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El Espíritu Santo en la Trinidad y Creación

Este documento discute la persona y obra del Espíritu Santo según la revelación del Antiguo y Nuevo Testamento. Explica que el Espíritu Santo estuvo presente en la creación del mundo y del hombre, en la profecía, y en varias actividades como la de los jueces y profetas en el Antiguo Testamento. También destaca la importancia de aceptar la verdad revelada sobre la Santísima Trinidad y que los apóstoles llegaron a comprender la naturaleza trinitaria de Dios a través de su experiencia
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El Espíritu Santo en la Trinidad y Creación

Este documento discute la persona y obra del Espíritu Santo según la revelación del Antiguo y Nuevo Testamento. Explica que el Espíritu Santo estuvo presente en la creación del mundo y del hombre, en la profecía, y en varias actividades como la de los jueces y profetas en el Antiguo Testamento. También destaca la importancia de aceptar la verdad revelada sobre la Santísima Trinidad y que los apóstoles llegaron a comprender la naturaleza trinitaria de Dios a través de su experiencia
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La persona y obra del Espíritu Santo (1ª parte)

El Espíritu Santo y la Santísima Trinidad


La importancia de aceptar la verdad revelada. Sería acertado volver a leer el estudio
sobre “La Deidad” antes de emprender este estudio, teniendo en cuenta dos
consideraciones fundamentales: 1) Es imposible que el raciocinio del hombre caído
comprenda la naturaleza de la Deidad, y ésta ha de ser revelada por medio del Hijo, el
Verbo encarnado, y por la iluminación del Espíritu Santo (Mt 11:25-27) (1 Co 2:10-16). 2)
Los Apóstoles aprendieron el misterio de la Trinidad, no por declaraciones dogmáticas
promulgadas por el Maestro, sino por medio de su propia experiencia. En el estudio sobre
la Persona de Cristo subrayamos las reacciones de los discípulos al verse frente al Señor
cuando efectuaba obras nacidas de su autoridad divina, llegando ellos a la convicción
práctica de que Jesús de Nazaret era Dios manifestado en carne. Análogamente, tenían
experiencia de las operaciones del Espíritu Santo durante el ministerio del Señor en la
tierra, recibiendo después la “promesa del Padre”. Después del Día de Pentecostés, la
“Promesa” fue hecha realidad en su experiencia, hasta el punto de comprender ellos muy
claramente que el Espíritu Santo no era una mera influencia, sino una Persona divina.
Mucho antes de formularse la doctrina de la Trinidad, los Apóstoles habían llegado a
comprender por la experiencia que el Dios Uno, del cual habían aprendido por medio del
Antiguo Testamento, no era “monolítico”, sino que existía en tres Personas, iguales en
sustancia y en honor, pero con una distinción interna que hacía posible el amor y la
comunicación (Jn 1:1-3). De esta distinción surgen diversas actividades, tal como
notamos en el estudio sobre “La Deidad”. Recordamos que, según las referencias
bíblicas, el Padre es Fuente del pensamiento y de los planes del Trino Dios, siendo típico
la declaración del Maestro en (Hch 1:7) “No os toca a vosotros saber los tiempos o las
sazones, que el Padre puso en su sola potestad” (Mr 13:32). Con todo, es preciso
recordar que a veces el Padre representa el Trino Dios, y que los términos “Dios” y
“Padre” pueden intercambiarse (1 Co 1:1-3). El Hijo es el gran Mediador entre el Padre y
toda la creación, siendo el Agente para realizar los propósitos que emanan del Padre,
obrando en la esfera externa, que incluye cosas visibles o invisibles para nuestra visión
(Jn 1:1-3) (Col 1:15-20). Con todo, hay textos que muestran que no hemos de pensar en
“compartimientos estancos” cuando se trata de las actividades de las Personas de la
Santísima Trinidad, ya que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo el mundo, no
tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados” (2 Co 5:19). El Espíritu Santo es
también Agente para efectuar los pensamientos divinos, pero obra interiormente,
vitalizando la palabra de Dios en todas las esferas.

El Espíritu Santo según la revelación del Antiguo


Testamento
En la obra de la creación
“El Espíritu de Dios se movía (o incubaba) sobre la faz de las aguas” (Gn 1:2), llevando a
su cabo la obra que cada “palabra divina” decretaba para adelantar las distintas etapas de
la creación. Alguna traducción moderna traduce la frase hebrea por “viento”, y si bien es
verdad que el sentido básico de “ruah” es viento, o soplo, la luz conjunta de las Escrituras
indica en este contexto la obra vitalizadora del Espíritu de Dios. Aguas y tierra habían de
llenarse de vida, culminándose el proceso de la creación en la del hombre hecho a

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imagen de Dios, con el fin de controlar la vida vegetal y animal de este mundo. Hagamos
una distinción entre la vitalización amoral del Espíritu (es decir, sin implicaciones morales),
lo que hace crecer la planta más humilde, dando su fuerza también a las fieras, etc. (Sal
104:30), y su obra en seres conscientes que necesitan someter su voluntad a los
impulsos del Espíritu. Donde existe oposición voluntaria a la obra del Espíritu, éste sigue
obrando en la esfera natural, pero no es responsable por la rebeldía, que surge de la
libertad moral del hombre, bajo los impulsos del mal.

El Espíritu Santo y la creación del hombre


(Gn 1:26) anuncia el propósito de Dios en cuanto al género humano, y los versículos
siguientes constatan el cumplimiento del plan en sus líneas generales. Desde (Gn 2:4) la
esfera se limita al Huerto de Edén, y la creación se describe en términos apropiados a
Adán y Eva. La declaración de (Gn 2:7) es de gran importancia y significado. Dios “formó”
al hombre, polvo de la tierra, o sea, le dio una constitución relacionada con la naturaleza.
Luego “sopló en su nariz aliento de vida” por una iniciativa especial, lo que dio al hombre
su carácter determinativo de “ser espiritual”. Los animales también son “seres vivientes”,
pero no se halló entre ellos ninguno que podía ser compañero del “hombre del espíritu”.
He aquí una obra especialísima del Espíritu Santo: comunica el “soplo” de Dios, en virtud
de la cual “Dios es Dios de los espíritus de toda carne (hombre)” y “lámpara de Jehová es
el espíritu del hombre” (Nm 16:22) (Pr 20:27) (Zac 12:1). Pese a su enlace físico con la
naturaleza, el hombre es un ser espiritual, igual que la creación angelical, y por lo tanto
pertenece a una categoría más elevada que la de un mero “homo sapiens”. El pecado
rompió la comunión íntima con Dios, que se mantenía por el Espíritu Santo, y que debiera
caracterizar al hombre en su plenitud. No vuelve a gozarse de la consumación de su
“hombría” hasta que sea “bautizado con Espíritu Santo”: obra culminante del Mesías,
como veremos más abajo.

El Espíritu Santo y la profecía


Es evidente la relación entre la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. El Maestro subrayó la
importancia de (Dt 8:3), al insistir en lo escrito: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4:4). Dios se comunica mediante su
Palabra, que, vitalizada por el Espíritu Santo, es medio de vida para el ser humano. Por
eso el ministerio profético es una obra típica del Espíritu Santo, algo ya conocido por
Moisés y la gente de su tiempo, puesto que, frente a los recelos de Josué, el caudillo dijo:
“¿tienes tú celos por mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta y que Jehová
pusiera su Espíritu sobre ellos!” (Nm 11:29). En un momento crítico del reinado de Asa
“Vino el Espíritu de Dios sobre Azarías, hijo de Obed, y salió al encuentro de Asa y le dijo:
Oídme Asa y toda Judá y Benjamín...“. El mensaje del profeta, inspirado por el Espíritu,
produjo una reforma en el pueblo que se sometió a la Palabra (2 Cr 15:1-19). Otro
incidente parecido se halla en (2 Cr 20:14-30) donde se enfatiza la obra del Espíritu en la
profecía. Lo mismo se reconoce en las extrañas “consultas” que precedieron la derrota de
Acab en Ramot de Galaad (1 R 22:1-28). Los profetas de los libros Isaías a Malaquías no
se apresuran a reclamar la potencia del Espíritu para todos sus oráculos, quizá por el
deseo de distinguirse de los falsos profetas, tan dados a fingir éxtasis sobrenaturales,
pero Ezequiel repite frecuentemente: “Entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies,
y oí al que me hablaba...” (Ez 2:2). Normalmente los profetas son fieles siervos de Dios,
declarando Amós: “No hará nada Jehová el Señor sin que revele su secreto a sus siervos
los profetas” (Am 3:7), pero en el caso de Balaam hallamos a un hombre, llevado por
sórdidos móviles de interés propio, quien tiene que declarar la Palabra de Dios por el
impulso incontestable del Espíritu soberano: “Vio a Israel alojados por sus tribus, y el
Espíritu de Dios vino sobre él... y dijo...” (Nm 24:2). Al iniciarse la monarquía en Israel el

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pueblo preguntó: “¿Qué le ha sucedido al hijo de Cis? ¿Saúl también entre los profetas?”.
El caso de Saúl es enigmático, pero, tempranamente, después de su unción por Samuel,
podría haber estado en comunión con el Señor. De todas formas, lo que nos interesa es la
obra del Espíritu Santo, puesto que, según las señales dadas anteriormente por Samuel,
“El Espíritu de Dios vino sobre él con poder y profetizó...” (1 S 10:5-11).

Distintas actividades del Espíritu Santo en el Antiguo Testamento


Toda actividad ordenada por Dios, operando dentro de las vidas de los hombres, procede
del Espíritu Santo. Veremos más tarde la tremenda importancia del Día de Pentecostés,
pero el nuevo modo de operar el Espíritu desde aquella fecha trascendental no debería
cegarnos a su obra durante el Antiguo Régimen y durante el ministerio terrenal de Cristo.
La Divina Persona es siempre igual y nada se realiza en ninguna época sin su potencia y
vitalización. No se nos dice mucho de su operación silenciosa e interior, pero podemos
estar seguros, por ejemplo, de que la fe de Abraham y la visión y constancia de José no
habrían sido posibles sin la ayuda del Espíritu Santo, y lo mismo rige en cuanto a todo
adelanto del plan de Dios. En cuanto a referencias directas, el Espíritu se menciona en
relación con ciertas obras llevadas a cabo por medio de los instrumentos que Dios elegía,
y se nota una amplia gama de ministerios. Recibimos la impresión de que los
instrumentos fueron investidos por el Espíritu para el cumplimiento de su misión especial,
que podría ser de menor o de mayor duración. Esto no anula la bendición que el siervo de
Dios podría recibir, simultáneamente, como individuo.
a) Los jueces. Estos eran campeones levantados por Dios para librar las tribus de Israel
de la opresión de ciertos enemigos vecinos, cuyo dominio entrañaba una manifestación
de los juicios de Dios frente a los desvaríos del pueblo. Al manifestarse alguna señal de
arrepentimiento de parte de Israel, Dios proveía los medios para su liberación, ungiendo
por el Espíritu a hombres aptos para la tarea, quienes, posteriormente, asumían cierto
control de los asuntos nacionales. Después del llamamiento de Gedeón leemos:
“Entonces el Espíritu de Jehová vino sobre Gedeón y los abiezeritas se unieron con él”.
Revestido de este poder derrotó a los madianitas, algo parecido a lo que ocurrió con Jefté
(Jue 11:29). Hasta las manifestaciones de extraordinaria fuerza física que caracterizaban
la extraña obra de Sansón se atribuyen al Espíritu Santo que venía sobre él (Jue 14:6,19)
(Jue 15:14).
b) Los reyes. Cuando el establecimiento de la monarquía puso fin a la confusión y
anarquía de los días de los jueces, la unción del escogido de Jehová tipificaba el don del
Espíritu Santo para la realización de la obra de pastorear el “rebaño” del Señor. Los
monarcas de Israel no habían de ser déspotas, sino virreyes, ya que Jehová era
Soberano de su pueblo. Ya hemos notado el caso de Saúl, quién terminó por ser infiel a
los implicados de su unción. Cuando David confiesa un pecado horrible, agravado porque
había sido infiel a su labor de pastoreo, ruega al Señor: “No me eches de delante de ti y
no quites de mí tu Espíritu Santo” (Sal 51:11). Es probable que está pensando en el don
del Espíritu Santo que le capacitaba para llevar a cabo su misión como pastor de su
pueblo. Se había mostrado indigno de su alto cargo, pero pidió misericordia con el fin de
que el Espíritu Santo le utilizara aún para el bien de Israel.
c) Los artesanos. Moisés había visto en el Monte el diseño de la obra del Tabernáculo,
pero le hacían falta artesanos y artistas para realizar lo dispuesto en cuanto a la
construcción de esta “casa portátil” de Dios. Es interesante notar que esta obra de
artesanía fue inspirada por el Espíritu según (Ex 31:3): “Habló Jehová... he llamado por
nombre a Bezaleel... y yo le he llenado del Espíritu de Dios en sabiduría, en inteligencia,
en ciencia y en todo arte” (Ex 35:21,31). (Ex 35:21) muestra que el espíritu de Bezaleel
mismo estaba dispuesto a la tarea, lo que hizo posible las poderosas operaciones del

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Espíritu Santo, al sacar adelante la obra simbólica que Dios había dispuesto hasta que
viniera el tiempo de la consumación de la obra por medio del Mesías. Notemos que el
Espíritu Santo, dentro de la voluntad de Dios, puede obrar en asuntos científicos y
artísticos.

El Espíritu y el Plan de Dios


Dios escogió a Abraham para ser “padre de los fieles”, y sus descendientes llegaron a
formar la nación de Israel, el testigo de Dios en la tierra (Gn 12:1-3). El pueblo escogido
sólo pudo cumplir su cometido por medio del Espíritu Santo, de quien se dice que “los
pastoreó” (Is 63:14) y que les “enseñó” (Neh 9:20). Lo triste fue que los propósitos de
Dios en su plenitud, sólo se llevaron a cabo por medio de los hijos espirituales de
Abraham, el Resto Fiel, ya que tantas veces Dios testificaba al pueblo con su Espíritu por
medio de los profetas, pero no prestó oído, según el lamento de Esdras y de los levitas en
(Neh 9:30). Con todo, se promete que, bajo el Nuevo Pacto, basado sobre la Obra de la
Cruz, el Espíritu renovará su obra en Israel, levantando bandera contra sus enemigos (Is
39:19), recreando la nación “muerta” (Ez 37) y escribiendo las leyes en el corazón del
pueblo. En la conocida profecía sobre el Nuevo Pacto de (Jer 31:31-34) no se menciona
directamente al Espíritu Santo, pero la obra realizada es típicamente suya. La profecía de
(Jl 2:28-32), que Pedro citó en relación con el Día de Pentecostés, tiene una primera
referencia a la renovación de Israel, como se ve por el estudio del contexto: “Después de
esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras
hijas... porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá salvación”.

El Espíritu Santo y las profecías mesiánicas


La esperanza que ilumina el Antiguo Testamento se asocia con el Mesías, el Ungido por
Dios para llevar a cabo sus propósitos, no sólo en relación con Israel, sino con miras al
reino universal. Como es natural, su misión se relaciona íntimamente con las operaciones
del Espíritu Santo. Así en el elocuente anticipo del Reino en (Is 11) leemos: “Y reposará
sobre él (el Mesías) el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu
de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová...”. En el oráculo de
(Is 42:1-2) hallamos expresiones que habrán de reflejarse claramente en el bautismo del
Señor: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene
contentamiento. He puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones...”. Al
anunciar el sentido de su obra mesiánica en Nazaret el Señor habrá de utilizar la profecía
de (Is 61:1): “El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová: me
ha enviado para predicar buenas nuevas a los quebrantados...” (Lc 4:18-19). El tema se
enlaza con el de las operaciones del Espíritu durante el ministerio terrenal del Señor, que
tratamos más abajo.

La clave del asunto


Advertimos una y otra vez del peligro de dogmatizar cuando se trata de las relaciones que
existen entre las Personas de la Santísima Trinidad, que se basan en secretos que no
podemos conocer. Parece evidente por la lectura del Sal 139 (especialmente el versículo
7) que la Omnipresencia de Dios se relaciona íntimamente con la Persona y Obra del
Espíritu Santo, exclamando David: “¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu
presencia?”. En todo el pasaje se identifica el Espíritu con Jehová el Señor, el Creador de
todas las cosas, a quien se dirige el salmista.
La importancia de la Persona y Obra del Espíritu se resume en la conocida declaración de
(Zac 4:6) “Esta es la palabra de Jehová a Zorobabel que dice: No con ejército, ni con
fuerza, sino con mi Espíritu ha dicho Jehová de los ejércitos”. La obra total de los siervos

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de Dios es diversa, pero si no actúa del Espíritu Santo no queda más que la cáscara de
un pretendido servicio, algo que viene a ser carnal y nulo.

La persona y obra del Espíritu Santo en los Evangelios


El Mesías y el Espíritu Santo
Este epígrafe enlaza el ministerio terrenal de Cristo con las profecías mesiánicas que
acabamos de considerar. Antes de ver algunas referencias típicas, será conveniente
preguntar por qué se destaca tanto la Obra del Espíritu Santo en el ministerio del Dios-
Hombre, ya que éste se hallaba revestido de toda autoridad para cumplirlo, puesto que el
Padre había puesto todas las cosas en sus manos (Mt 11:27) (Jn 13:3). La pregunta es
análoga a la que consideramos al ver que el Hijo-Siervo no quiere hacer nada sin su
Padre (Jn 5:19) (Jn 8:28,30), y no se trata de que el Hijo sea incapaz de realizar su Obra,
dentro de los términos de su propia autoridad, sino que las referencias enfatizan la obra
conjunta del Trino Dios en todo. Ya hemos visto que la obra divina, interna y subjetiva es
propia del Espíritu Santo, y nada anula este principio aun cuando el Hijo mismo se halla
personalmente en el mundo. En todo tiempo el Padre ordena, el Hijo realiza la obra
externa y el Espíritu Santo vivifica, armonizándose la obra divina de una manera perfecta.

El Espíritu Santo y la concepción del Mesías


Ante los temores de José, el ángel le tranquiliza: “No temas recibir a María tu esposa,
porque lo engendrado en ella del Espíritu Santo es” (Mt 1:20). Esta declaración se amplia
en el mensaje de Gabriel a María misma: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del
Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será
llamado Hijo de Dios” (Lc 1:35). La plenitud de Dios obra por medio del Espíritu Santo en
el misterio de la Encarnación.

El Espíritu Santo y el ungimiento del Mesías


Juan el Bautista conocía a Jesús como Hombre, pero la plena comprensión de su misión
le vino después del Bautismo: “Y he aquí, se abrieron los cielos y vio (Juan) el Espíritu de
Dios que descendía como paloma sobre él; y he aquí una voz de los cielos que decía:
Este es mi Hijo Amado, en quien tengo complacencia” (Mt 3:16-17) (Lc 3:21-22) (Jn
1:29-34). Ya hemos notado que la Voz del cielo hace eco de la profecía de (Is 42:1). Hubo
perfecta armonía entre la voluntad del Padre, la Obra del Siervo y la plenitud del Espíritu
Santo que reposó sobre él.

El Mesías justificado por el Espíritu (1 Ti 3:16)


Las obras del Mesías que evidencian las profundas operaciones del Espíritu Santo le
“justifican” ante los hombres, que debían haber percibido el carácter divino de lo que se
hacía. El Maestro apela especialmente a esto en (Mt 12:22-32) (y paralelos). Los rabinos
habían intentado explicar una manifestación de poder que echaba fuera a demonios
diciendo: “Este no echa fuera demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios”. El
Maestro contesta con lógica contundente: en su loco afán por desacreditar a Jesús, los
rabinos suponían que Satanás destrozaba su propio reino, algo obviamente imposible, no
queriendo confrontarse con la verdadera solución que anuncia el Maestro: “Si yo por el
Espíritu de Dios echo fuera a los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el Reino de
Dios”. No hace falta multiplicar referencias, pues la misma lógica se aplica a todas las
obras de restauración y de vivificación, siendo el Mesías “justificado por el Espíritu”, según
el hermoso himno que cantaban los creyentes del primer siglo, que es como hemos de
entender (1 Ti 3:16).

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El Espíritu Santo y la obra culminante de la Cruz y de la Resurrección
No tenemos plena luz sobre las distintas facetas de la obra de las Personas de la
Santísima Trinidad al llegar al gran Sacrificio y triunfo sobre la Muerte, por la Obra del
Calvario y del Día de la Resurrección (He 9:26). La figura central es la del Dios-Hombre, a
la vez Víctima y Sacerdote; sin embargo, la obra realizada es del Trino Dios, bien que nos
conviene emplear expresiones prudentes, ya que interviene el factor del juicio sobre el
pecado que procedió del Trono de Justicia para caer sobre el Sustituto. La referencia más
directa a la obra del Espíritu Santo en esta crisis se halla en (He 9:13-14): “Porque si la
sangre de machos cabríos... santifican (ceremonialmente) para la purificación de la carne,
¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo
sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al
Dios vivo?”. El título “Espíritu Santo” aquí no lleva artículo definido, pero es evidente que
se trata de una ofrenda, presentada por Aquel que era a la vez la Víctima inmaculada y el
Sumosacerdote a los efectos de la expiación del pecado, según el impulso del Espíritu
eterno, ya que es imposible hacer distinciones entre el “Espíritu del Hijo” y el Espíritu
Santo de Dios. Aquí la dinámica infinita que hizo posible la derrota del pecado y de la
muerte se asocia con el Espíritu Santo.
Es más fácil ver el enlace entre la Resurrección de Cristo y la operación del Vivificador,
bien que el hecho no se declara muchas veces en tantas palabras precisamente por ser
tan obvio. En (Ro 1:3) hallamos estas palabras: “(Jesucristo)... declarado Hijo de Dios con
poder, según (el) Espíritu de Santidad.., por la resurrección de los muertos...”. De nuevo
falta el artículo definido, pero, como en el caso de (He 9:14), el Espíritu de Santidad tiene
que identificarse con el Espíritu Santo. El Espíritu de vida es el que anima y utiliza el
cuerpo del creyente, que de otra forma no podría ser instrumento vital en el servicio de
Dios: pensamiento relacionado con la santificación, la Resurrección del Señor y la obra
del Espíritu de resurrección: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús
mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros
cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros” (Ro 8:11). Todas las expresiones
que señalan la potencia suprema que operó en la Resurrección y glorificación de Cristo en
(Ef 1:19-23) implican la obra del Espíritu Santo, bien que no hallamos el título expresado.
De igual modo “el postrer Adán, Espíritu Vivificante”, obra por el Espíritu Santo al resucitar
a los muertos, dándoles “cuerpo espiritual” (1 Co 15:42-58).

El enlace con el periodo pospentecostal, (Juan 14 a 16)


Las enseñanzas sobre la Persona y Obra del Espíritu Santo
Normalmente los Evangelios ilustran la obra del Espíritu en relación con el Mesías, ungido
éste para llevar a cabo la misión de redención. Si tomamos en cuenta los propósitos de
Juan al redactar su Evangelio, no nos sorprende que sea él quien más nos enseñe sobre
la Persona que había de venir a sustituir, de forma directa, la Persona del Hijo. Los
discursos del Aposento alto preparan a los discípulos para el gran cambio que se avecina,
y por lo tanto enseñanzas más detalladas se nos ofrecen en este sentido, pero antes de
examinarlas debiéramos notar las declaraciones anteriores de (Jn 7:37-39). En el último
día de la fiesta de los Tabernáculos el Señor dirigió una preciosa invitación a todos los
sedientos diciendo: “Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba. El que cree en mí, como dice
la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de
recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús
no había sido aún glorificado”. La puntuación que hemos utilizado enfatiza la verdad de
que la Roca mesiánica es Fuente única del agua viva del Espíritu Santo, según las figuras
y profecías del Antiguo Testamento. Repetimos que la obra del Espíritu Santo es

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constante, pero notamos también que la glorificación de Cristo, después de llevar a cabo
la obra de redención, había de hacer posible el don especial del Espíritu Santo,
cumpliéndose la predicción en el día de Pentecostés.

Las enseñanzas del Cenáculo


Las enseñanzas que el Maestro dio a sus discípulos en el Cenáculo, según los capítulos
13 a 16 de Juan, cobran una importancia muy especial, puesto que el Señor, en la víspera
de la Pasión, se expresó como si la Obra fuese ya realizada, enfocando la atención de los
suyos en las realidades basadas en el cumplimiento de su misión en la tierra. El, en
cuanto a su Persona como Dios-Hombre en la tierra, se marcha, y frente a la tristeza de
los suyos, que no pueden imaginar la vida y el servicio sin su presencia, el Maestro
esboza algunos de los principios que han de regir después. Naturalmente, da realce a la
Persona y obra del Espíritu Santo, ya que el nuevo período habría de ser “el del Espíritu”
hasta que el Señor volviera para recoger su Iglesia. Esta enseñanza viene a ser el eje de
la doctrina sobre el Espíritu Santo, enlazando la que ya hemos meditado con el hecho
primordial del día de Pentecostés. Se destaca el desarrollo de la labor especial de los
Doce, cuyo testimonio ha de ser vitalizado por la obra del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo había de venir para sustituir al Señor, (Jn 14:15-19)


Los discípulos no habían de quedar como huérfanos en medio de un mundo hostil: “No os
dejaré huérfanos, vendré a vosotros.., vosotros me veréis...”. Es evidente que la promesa
de (Jn 14:2-3) se refiere a la venida del Señor para recoger a los suyos a los lugares
celestiales preparados para ellos, la meta última del desarrollo de este siglo, y ha de
distinguirse netamente de la de (Jn 14:16-19), ya que estos versículos prometen la venida
del Espíritu Santo, el “alter ego” del Señor, quien será su Paracletos (su Ayudador
cercano), del modo en que Cristo lo había sido durante los tres años de ministerio. Pero el
Espíritu Santo, Espíritu de verdad, podría morar en ellos, y estar con ellos “para siempre”.
Los hombres del mundo no comprenderían esta presencia, pero ayudaría a los discípulos
a reconocer la verdad, haciendo posible que vieran al Señor espiritualmente y que
recibieran constantemente la ayuda del Paracletos.

El Espíritu Santo como Enseñador, (Jn 14:26)


El Paracleto no sólo había de consolar y auxiliar a los discípulos, sino enseñarles “todas
las cosas”, con referencia especial en (Jn 14:26) a su obra al despertar su memoria,
recordándole las maravillosas palabras del Verbo Encarnado. De ahí la garantía de la
verdad de los Evangelios, que no sólo constituyen excelentes documentos históricos, sino
que vienen a ser la presentación inspirada de la Persona, Obra y enseñanza del Dios-
Hombre. Se volverá a subrayar este tema más abajo.

El Espíritu Santo da testimonio a Cristo, (Jn 15:26-27)


Estos versículos enfatizan la verdad que acabamos de comentar, pero es importante notar
aquí el testimonio dual que se daría en el mundo en cuanto a Cristo. Los discípulos
estaban muy enterados en todos los aspectos de la misión terrenal del Señor, porque
habían estado con él desde el principio de su ministerio, pero reiteramos que hacía falta la
garantía divina de la inspiración, ya que el hecho central del Evangelio es Cristo mismo. El
Paracletos procedió del Padre por mediación del Hijo glorificado, pudiendo recordar y
comunicar la verdad con toda autoridad (Hch 1:21-22) (Hch 5:32).

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El Espíritu convence del pecado, (Jn 16:7-15)
La porción señalada es de especial importancia, ya que el Maestro desarrolla con mayor
detalle el ministerio del Espíritu que había de enviar no sólo a los discípulos, sino para la
iluminación de los hombres del mundo. Tan importante sería la labor del Espíritu que
“convenía” que el Señor se marchara, pues había de inaugurarse otra etapa de la historia
de la redención. En el Estudio sobre la Regeneración hicimos ver que toda la obra de
gracia, no sólo objetiva, sino subjetiva (interna), dependía de la gracia de Dios y de las
operaciones del Espíritu Santo, citando lo que hallamos aquí: “Cuando él venga,
convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio...”. Esta bendita obra puede ser
rechazada por el hombre, pero en manera alguna puede ser iniciada por él, pues la
comprensión de la culpabilidad del pecado ha de ser despertado por las operaciones del
Espíritu Santo, en relación con la obra de Cristo. “Convencer al mundo” no indica que el
mundo de todos los hombres había de responder a los impulsos del Espíritu, sino que
todo testimonio tendente a despertar la conciencia de los hombres depende del Espíritu
Santo en todo el mundo.

El Espíritu Santo completa la revelación del Nuevo Pacto, (Jn 16:12-14)


El Señor vuelve a afirmar la labor didáctica del Espíritu Santo, pero de una forma más
amplia. El Maestro había enseñado mucho a los fieles discípulos, manifestando su
Nombre a ellos y entregándoles palabras divinas (Jn 17:6-8); sin embargo, aún tenía
mucho más que decirles que no eran capaces de asimilar antes de participar en el gozo
de la Resurrección (Jn 16:12). Por eso era preciso que el Espíritu les guiara a “toda la
verdad”, con referencia, claro está, a lo que corresponde a la nueva dispensación, y que
había de concretarse por fin en el Nuevo Testamento. Los versículos 13 y 14 notan tres
facetas de esta enseñanza: a) su procedencia divina, “hablará todo lo que oye”; b)
revelará asuntos proféticos, “os declarará las cosas que están por venir”; c) enseñará la
verdad en cuanto a Cristo, pues le ha de glorificar por tomar de lo suyo, dando a conocer
a los fieles “el misterio de Dios, que es Cristo” (Col 2:3).

Un acto simbólico, (Jn 20:19-23)


Terminamos las referencias a la doctrina del Espíritu Santo que hallamos en los
Evangelios por notar el significado del hecho simbólico de (Jn 20:21-23). El Señor
resucitado se presentó en medio de sus discípulos, con su mensaje de “Paz”, reiterando
los términos de la misión de ellos: “Como el Padre me ha enviado a mí, así también os
envío yo a vosotros... Dicho esto, sopló en ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. Los
discípulos habían de ser bautizados por el Espíritu Santo en el Día de Pentecostés igual
que los demás creyentes presentes en el Aposento Alto, por medio del Descenso del
Paracletos aquel día: hecho único que no podía duplicarse. Ahora bien, tratándose de
estos hombres que habían de iniciar el nuevo testimonio, siendo piedras en la fundación
de la Iglesia (Ef 2:19-20), el Maestro les concedió un acto simbólico, efectuado por él
mismo, estando aún con ellos. Anticipa la realidad de Pentecostés en estrecha relación
con la misión que les encomendó para ser sus enviados al mundo. Los Evangelios
empiezan con una profecía de parte del Bautista: “El os bautizará con el Espíritu Santo” y
terminan con un acto simbólico que señala el cumplimiento de esta misión mesiánica,
cuyo significado hemos de estudiar en los párrafos siguientes.

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