Julio César: Ascenso y Legado
Julio César: Ascenso y Legado
Adrian Goldsworthy
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Adrian Goldsworthy
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Agradecimientos
Introducción
PRIMERA PARTE EL ASCENSO AL CONSULADO
100-59 a.C.
1. El mundo de César
II. La infancia de César
III. El primer dictador
IV. El joven César
V. Candidato
VI. La conspiración
VII. Escándalo
VIII. Cónsul
SEGUNDA PARTE PROCÓNSUL 58-50 a.C.
IX. La Galia
X. Emigrantes y mercenarios: las primeras campañas, 58 a.
C
XI. «El más bravo de los pueblos galos»: los belgas, 57 a.C
XII. Política y guerra: el convenio de Luca
XIII. «A través de las aguas»: las expediciones a Britania y
Germania, 55-54 a.C
XIV. Rebelión, desastre y venganza
XV. El hombre y la hora: Vercingetórix y la sublevación de
los pueblos galos, 52 a.C.
XVI. «Toda la Galia ha sido conquistada»
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TERCERA PARTE LA GUERRA CIVILY LA
DICTADURA 49-44 a.C.
XVII. El camino hacia el Rubicón
XVIII. Guerra relámpago: Italia e Hispania,
invierno-otoño de 49 a.C
XIX. Macedonia, noviembre de 49-agosto de 48 a. C
XX. Cleopatra, Egipto y Oriente, otoño de 48-verano de
47 a.C
XXI. África, septiembre de 47 junio de 46 a.C.
XXII. Dictador, 46-44 a.C
XXIII. Los idus de marzo
Epílogo
Notas
Cronología
Glosario
Abreviaturas
Lista de mapas
Bibliogratia de obras citadas
Índice temático
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Varias personas han revisado distintas partes de este libro y
quisiera comenzar expresando mi profunda gratitud hacia
todos ellos. Mi agradecimiento también al que fuera mi tutor
en la universidad, Nicholas Purcell, que accedió amablemente
a leer un borrador del manuscrito. Philip Matyszak, que sabe
más de lo que yo nunca sabré sobre el funcionamiento del
Senado romano en este periodo, ha aportado muchos
comentarios que me han sido de gran utilidad. Como
siempre, lan Hughes abordó de manera extremadamente
metódica su útil labor de revisar y comentar cada capítulo a
medida que lo iba escribiendo. Kevin Powell leyó todo el
material e hizo numerosos comentarios que me ayudaron
mucho. lan Haynes fue tan amable de leer la segunda parte y
aportó varias cuestiones importantes.A ambos, y a todos
aquellos que leyeron una parte o la totalidad del texto, mi
agradecimiento más sincero. Me gustaría darle las gracias
asimismo a mi agente, Georgina Capel, que negoció un
contrato que me dio la oportunidad de hacerle justicia a este
tema. Por último, quiero expresar mi gratitud hacia Keith
Lowe y el resto del personal de la editorial Orion por su
trabajo y su entusiasmo en la realización de este proyecto.
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La historia de julio César posee un intenso dramatismo que
ha fascinado a generación tras generación: atrajo la atención
de Shakespeare y Bernard Shaw, entre otros muchos
novelistas y guionistas. César fue uno de los generales más
capaces de todos los tiempos y dejó relatos de sus propias
campañas cuya calidad literaria raramente -tal vez nunca- ha
sido superada. Al mismo tiempo fue un político y hombre de
Estado que, más adelante, asumió el cargo supremo de la
República romana y se convirtió en un monarca de facto,
aunque nunca llegó a adoptar el apelativo de rey. César no fue
un dirigente cruel y mostró clemencia ante sus enemigos
derrotados. Sin embargo, acabó muriendo apulañado como
resultado de una conspiración liderada por dos hombres que
habían sido indultados por él y en la que también participaron
algunos de sus propios partidarios. Más tarde, su hijo
adoptivo, Octavio -nombre completo: Cayo julio César
Octavio-, se convirtió en el primer emperador de Roma. El
linaje familiar se extinguió con Nerón en el año 68 d.C., pero
todos los emperadores posteriores siguieron adoptando el
nombre de César aunque no hubiera ningún vínculo de sangre
o adopción. Lo que había sido sencillamente el nombre de
una familia aristocrática -y además una familia poco
conocida- llegó a convertirse en un título que simbolizaba
poder supremo y legítimo. Tan fuerte era la asociación que, a
principios del siglo xx, dos de las grandes potencias mundiales
seguían estando en manos de un káiser y un zar, nombres
ambos derivados del de César. Hoy en día los clásicos han
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perdido su posición fundamental en la educación occidental y,
sin embargo, julio César sigue siendo una de las escasas
figuras cuyo nombre es reconocido al instante. Multitud de
personas sin ningún conocimiento de latín recuerdan la
versión de Shakespeare de sus últimas palabras: et tu Brute,
aunque, de hecho, y dicho sea de paso, es probable que lo que
dijera fuera otra cosa (véase página 652). Entre los demás ro
manos, sólo Nerón, y tal vez Marco Antonio, disfrutan de
una fama similar, y de otras naciones, probablemente sólo
Alejandro Magno, los filósofos griegos, Aníbal y, sobre todo,
Cleopatra, están tan presentes en la conciencia pública.
Cleopatra fue amante de César y Marco Antonio uno de sus
principales lugartenientes, de modo que ambos forman parte
de su historia.
César fue un gran hombre. Napoleón es sólo uno de los
numerosos generales famosos que admitieron haber
aprendido mucho del estudio de sus campañas.
En el plano político tuvo un enorme impacto en la historia
de Roma y desempeñó un papel clave en la erradicación del
sistema de gobierno republicano, que había perdurado cuatro
siglos y medio. Aunque era extremadamente inteligente y
culto, también era un hombre de acción y es por esa faceta por
la que se le recuerda. Sus talentos eran variados y
excepcionales, desde su habilidad como orador y escritor,
pasando por su capacidad como artífice de leyes y como
político, hasta su talento como soldado y general. Con todo,
fue principalmente su encanto lo que tan a menudo cautivó a
la multitud en Roma, a los legionarios en campaña y a las
muchas mujeres que sedujo. César cometió numerosos
errores, como comandante y como político, pero ¿qué ser
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humano no los comete? Su mayor talento era recuperarse de
los reveses, admitir, al menos ante sí mismo, que se había
equivocado, y luego adaptarse a la nueva situación y, de algún
modo, salir victorioso a largo plazo.
Pocos pondrían en duda su grandeza, pero es mucho más
dificil afirmar que fue un buen hombre, o que las
consecuencias de su carrera fueron inequívocamente buenas.
No fue ni un Hitler ni un Stalin, ni desde luego un Genghis
Khan y, sin embargo, una de las fuentes consultadas sostiene
que más de un millón de enemigos perecieron en sus
campañas. Las actitudes de la Antigüedad diferían de las
actuales, y los romanos tenían pocos escrúpulos respecto a las
guerras de César contra oponentes extranjeros, como las
tribus galas. En ocho años de campañas, como mínimo, sus
legiones mataron a cientos de miles de personas en aquella
región e hicieron esclavos a muchos más. Hubo momentos en
los que su comportamiento fue absolutamente despiadado,
ordenó masacres y ejecuciones y en una ocasión decretó la
mutilación en masa de varios prisioneros, a los que se les cortó
las manos antes de liberarlos. Era más fre cuente que mostrara
compasión ante los vencidos, por la razón eminentemente
práctica de que quería que aceptaran la dominación romana y
se convirtieran en pacíficos contribuyentes de una nueva
provincia. Su actitud era de frío pragmatismo: elegía entre la
clemencia o la atrocidad dependiendo de cuál pareciera
ofrecerle mayor ventaja. Era un imperialista activo y enérgico,
pero, dicho esto, también es cierto que no fue él el creador del
imperialismo romano, sino únicamente uno de sus múltiples
agentes. Sus campañas no fueron más brutales que otras
guerras romanas. Mucho más controvertidas en la época
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fueron sus actividades en Roma y su voluntad de librar una
guerra civil cuando sus rivales políticos mostraron la
determinación de acabar con su carrera. Sus sospechas estaban
más que fundadas, pero, aun así, cuando llevó su ejército
desde su provincia a Italia en enero del año 49 a.C., se
convirtió en un rebelde. Las guerras civiles que siguieron a su
asesinato supusieron el golpe de gracia para la República
romana, cuyo estado, en cualquier caso, posiblemente fuera
terminal a consecuencia de las propias acciones de César. La
República cayó y fue reemplazada por el dominio de los
emperadores, el primero de los cuales fue su heredero.
Durante su dictadura, César disfrutó de poder supremo y,
por lo general, gobernó bien, introduciendo medidas sensatas
y propias de un estadista, así como beneficiosas para Roma.
Anteriormente, la República había estado dominada por una
limitada élite senatorial, cuyos miembros con demasiada
frecuencia abusaban de su posición para enriquecerse
explotando tanto a los romanos más pobres como a los
habitantes de las provincias. César tomó medidas para
solucionar problemas que habían sido reconocidos como
reales y serios durante algún tiempo, pero que no habían
llegado a resolverse debido a la reticencia que existía a
permitir que un senador se llevara todo el mérito a título
individual. El sistema republicano estaba en decadencia y
había sufrido ataques violentos desde antes de que él naciera,
así como una guerra civil desde sus primeros años. Julio César
llegó al poder por medio de la fuerza de su ejército y sabemos
que empleó el soborno y la intimidación en algunos
momentos de su carrera. Los métodos de sus oponentes no
eran diferentes y estaban tan dispuestos a combatir en una
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guerra civil para destruir la posición de César tanto como él
para defenderla, pero eso sólo significa que no era ni mejor ni
peor que ellos. Tras su victoria, gobernó de manera muy res
ponsable y marcadamente distinta a la de la aristocracia
senatorial: sus medidas estaban diseñadas para beneficiar a
una parte mucho más amplia de la sociedad. Su régimen no
era represivo e indultó y ascendió a muchos antiguos
enemigos. Roma, Italia y las provincias estuvieron mucho
mejor bajo su mando de lo que habían estado por algún
tiempo. Y, sin embargo, aunque gobernaba
responsablemente, su gobierno también significó de manera
efectiva la desaparición de las elecciones libres y, por muy
justo que fuera su régimen, al final la monarquía acabó
llevando hasta emperadores como Calígula y Nerón. Era la
acaudalada élite romana la que tendía a escribir la historia y el
ascenso de César supuso una reducción del poder de esta
clase: esa fue la razón de que muchas fuentes se mostraran
críticas respecto a su figura.
César no era un hombre moral; de hecho, desde muchos
puntos de vista, resulta amoral. Parece probado que su
naturaleza era amable, generosa y propensa a olvidar los
resentimientos y a convertir a los enemigos en amigos, pero
también estaba dispuesto a ser totalmente despiadado. Era un
mujeriego empedernido, infiel a sus esposas y numerosas
amantes. Cleopatra es, con diferencia, la más famosa de todas
y es posible que el romance fuera auténtico por ambas partes,
pero eso no le impidió a César tener una aventura con otra
reina poco después, o seguir persiguiendo a las mujeres de la
aristocracia romana.
Era muy orgulloso, incluso presumido, en especial en lo
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tocante a su apariencia. Resulta dificil evitar concluir que
desde su juventud estuvo absolutamente convencido de su
propia superioridad. Gran parte de esa autoestima estaba
justificada, porque era más inteligente y más capaz que la gran
mayoría de los senadores. Tal vez, como Napoleón, estaba tan
fascinado por su propio personaje que eso le ayudó a
embelesar a otros. También como en el emperador francés en
su personaje existían muchas contradicciones. Sir Arthur
Conan Doyle escribió una vez de Napoleón: «Era un hombre
maravilloso, tal vez el más maravilloso que haya existido
nunca. Lo que me sorprende es la falta de un rasgo definitivo
en su carácter. Cuando te has convencido de que es un villano
absoluto, descubres un rasgo de nobleza y, a continuación, tu
admiración se disuelve en algún tipo de acto de increíble
maldad».’ Hay algo de esta misma extraña mezcla en César,
aunque quizá era menos extremo. Es chocante que, aunque se
supone que los académicos de hoy en día están preparados
para exa minar el pasado sin apasionamiento, es muy poco
habitual encontrar un viejo historiador que no tenga una
firme opinión sobre César. En el pasado algunos lo han
admirado, incluso idolatrado, considerándolo un visionario
que reconoció los graves problemas a los que se enfrentaba la
República y supo cómo resolverlos. Otros son mucho más
críticos y le ven como un aristócrata más con ambiciones muy
tradicionales que escaló hasta la cima sin importarle el coste
para la ley y el precedente que sentaría, pero que luego no
sabía exactamente qué hacer con su poder. Ese tipo de
comentaristas tienden a enfatizar el oportunismo que
caracterizó su llegada al poder. César ciertamente fue un
oportunista, pero ese apelativo es sin duda aplicable a casi
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todos los políticos de éxito. Creía con firmeza en el poder del
azar en todos los asuntos humanos y sentía que él era
especialmente afortunado. En retrospectiva, sabemos que
Octavio -a quien en estos días se llama más a menudo
Augusto- creó el sistema por el cual los emperadores
gobernarían el Imperio romano durante siglos. Hay un
encarnizado debate sobre hasta qué punto los años del control
de César sobre Roma comenzaron lo que Augusto logró
completar, o bien fueron un falso inicio y sólo sirvieron de
ejemplo de lo que su hijo adoptivo debía evitar
conscientemente para escapar al mismo destino. Las
opiniones siguen estando muy divididas y no es probable que
esto llegue a cambiar. La verdad, probablemente, se sitúe en
algún punto entre las dos opciones más extremas.
El objetivo de este libro es estudiar la vida de César por sí
misma y situarla con claridad en el contexto de la sociedad
romana del primer siglo antes de Cristo. No se ocupa de lo
que sucedió después de su muerte, y no se discutirán las
diferencias entre su régimen y el sistema que fue surgiendo en
los años en los que Augusto asumió el poder. Se centra en lo
que César hizo y en tratar de comprender por qué o cómo lo
hizo. Evidentemente, es inevitable una mirada retrospectiva,
pero esta obra pretende evitar dar por supuesto que la guerra
civil y la caída de la República eran inevitables, o el extremo
opuesto, que afirma que la República no tenía ningún
problema en absoluto. En el pasado se ha tendido a ver a julio
César o como político o como general, pero tal distinción no
tenía significado real en Roma, a diferencia de lo que sucede
en las modernas democracias occidentales. Un senador
romano debía realizar tareas militares y civiles a lo largo de su
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carrera y ambas eran parte normal de la vida pública. Ninguna
podía entenderse por completo sin la otra y en este libro
ambas se cubrirán con igual detalle. Esta es una obra larga,
pero no puede aspirar a proporcionar un relato integral de la
política romana en Roma durante la vida de César, ni
pretende acometer un análisis exhaustivo de las campañas en
las Galias o de la guerra civil. La atención se centra siempre
en César y la descripción de los sucesos en los que no
participó personalmente se ciñe a lo esencial. Muchos puntos
polémicos son tocados muy por encima, como, por ejemplo,
los detalles de una ley o un juicio concreto en Roma, o
cuestiones topográficas u otras relacionadas con las
operaciones militares. Por muy interesantes que sean, esos
puntos serían meras digresiones a menos que desempeñaran
un papel importante a la hora de comprender al personaje.
Aquellos que se sientan atraídos por esos temas podrán
encontrar más información sobre ellos en la lista de obras
citadas en las notas que se presenta al final del libro.
Igualmente, en la medida de lo posible, el texto principal evita
mencionar de forma directa a los muchos eruditos de
renombre que han escrito sobre César, así como debatir sus
respectivas interpretaciones. Ese tipo de cuestiones son una
preocupación principal y esencial de un estudio académico,
pero resultan extremadamente tediosas para el lector general.
De nuevo, las obras relevantes son citadas en las notas al final
del libro.
Por mucha que fuera su fama y pese al hecho de que vivió
en las décadas probablemente mejor documentadas de la
historia romana, sigue habiendo muchas cosas que no
sabemos de César. La mayor parte de las pruebas en las que
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nos basamos han estado ahí durante bastante tiempo. Las
excavaciones arqueológicas siguen revelando información
sobre el mundo en el que vivía: en el momento de escribir se
están realizando excavaciones en Francia y Egipto que quizá
nos digan mucho más acerca de la Galia de la época y de la
Alejandría de Cleopatra. No obstante, no es probable que
ningún descubrimiento altere radicalmente nuestra
comprensión de la carrera y la vida de César. Por eso,
confiamos en la mayoría de los casos en las fuentes literarias
en latín y en griego que han sobrevivido desde la Antigüedad
hasta nuestros días, complementadas en ocasiones por
inscripciones en bronce o en piedra. Los propios Comentarios
de César sobre sus campañas se han conservado y nos
proporcionan descripciones detalladas de sus campañas en la
Galia y los primeros dos años de la guerra civil. A eso se unen
otros cuatro libros escritos tras su muerte por sus oficiales que
cubren el resto de operaciones. Además, contamos con las
cartas, los discursos y las obras teóricas de Cicerón, que nos
facilitan infinidad de pormenores sobre este periodo. La
correspondencia de Cicerón, que incluye cartas que le
escribieron muchos de los principales personajes de la
República, se publicó a su muerte y contiene varios mensajes
breves del mismo César. Sabemos que se publicaron todos los
libros de la correspondencia entre Cicerón y él, así como otro
compuesto por mensajes intercambiados entre Cicerón y
Pompeyo, pero, desafortunamente, se han perdido. Lo mismo
ha sucedido con otras obras literarias y discursos publicados
de César. Siempre es importante recordar que sólo una
mínima parte del uno por ciento de la literatura de la
Antigüedad se ha conservado hasta hoy. Hay varias omisiones
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deliberadas de las cartas publicadas de Cicerón, en especial las
cartas a su amigo Ático de los primeros tres meses del año 44
a.C. Ático participó en la publicación de la correspondencia,
pero eso no se produjo hasta que Augusto se estableció como
el dueño de Roma. Es más que probable que las cartas
desaparecidas contuvieran algo que podría haber implicado a
Ático en la conspiración contra César, o, más probablemente,
sugerían o bien que estaba enterado de la existencia del
complot o que lo aprobaba, y fueron eliminadas de forma
deliberada para protegerse. Otra fuente casi contemporánea es
Salustio, que escribió varias historias, incluido un relato de la
conjura de Catilina. Durante la guerra civil, Salustio había
luchado a favor de César y había sido reincorporado al Senado
como recompensa. Enviado para gobernar África, había sido
condenado más tarde por extorsión, pero fue perdonado por
César. Más favorable a César que Cicerón, Salustio escribió
con el beneficio de la visión retrospectiva y su opinión del
dictador parece haber presentado bastantes altibajos.
Irónicamente, considerando su propia carrera -aunque
siempre negó con energía haber obrado mal-, su opinión era
que todos los problemas de Roma provenían del declive moral
entre la aristocracia, y así, inevitablemente, esa opinión teñía
su narrativa. Cicerón, Salustio y César eran los tres activos
participantes en la vida pública. César en concreto escribió
para celebrar sus hazañas y conseguir apoyo para su larga
carrera. Ni él ni los otros que hemos mencionado fueron
observadores desapasionados a quienes sólo les interesaba
informar sobre la verdad sin adornos.
La mayoría del resto de las fuentes son de una época muy
posterior. Tito Livio escribió durante el reinado de Augusto
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y, por esa razón, algunos hechos habían permanecido vivos en
la memoria, pero los libros que cubren este periodo se han
perdido y sólo disponemos de breves resúmenes.Veleyo
Paterculo escribió un poco más tarde y hay algún material útil
en su escasa narrativa de ese periodo. Sin embargo, gran parte
de las fuentes sobre César en las que nos basamos no fueron
escritas hasta principios del segundo siglo después de Cristo,
más de ciento cincuenta años después del fallecimiento del
dictador. El escritor griego Apiano redactó una monumental
historia de Roma, de la cual dos libros están dedicados a las
guerras civiles y a los disturbios acaecidos entre los años 133 y
Plutarco también era griego, pero sus obras más relevantes
para nuestros propósitos fueron sus Vidas paralelas, biografias
que presentaban la vida de una pareja compuesta por una
famosa figura griega y una romana. César fue emparejado con
Alejandro Magno como los dos generales de más éxito de
todos los tiempos. También destacan sus relatos de las vidas
de Mario, Sila, Craso, Pompeyo, Cicerón, Catón, Bruto y
Marco Antonio. Suetonio era un romano que escribió
biografias de los doce primeros emperadores, comenzando
con César. Dión Casio era de origen griego, pero era
asimismo ciudadano romano y un senador activo en la vida
pública a principios del siglo iii d.C.: de su puño nos llega la
narrativa continuada más detallada del periodo. Todos estos
escritores tenían acceso a fuentes, muchas de ellas
contemporáneas de César y entre las que se contaban algunas
de sus obras perdidas.Y, sin embargo, nunca debemos olvidar
que esos relatos fueron escritos mucho después y no siempre
podemos estar seguros de que comprendieron o reflejaron con
exactitud las actitudes del siglo i a.C. Hay notables lagunas en
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nuestras pruebas. Por una curiosa coincidencia, se ha perdido
la sección inicial de las biografias de César escritas tanto por
Suetonio como por Plutarco y no sabemos con total certeza
en qué año nació. Cada autor tenía sus propios prejuicios,
intereses o puntos de vista, y utilizó fuentes que, a su vez,
estaban cargadas de prejuicios y, con frecuencia, eran clara
propaganda. Es necesario ser precavido a la hora de emplear
cualquier fuente.A diferencia de los estudiosos de la historia
más reciente, los que estudiamos la historia clásica a menudo
tenemos que sacar el máximo provecho de fuentes limitadas y,
posiblemente, poco fiables, así como contrastar y encontrar el
punto medio de visiones en aparencia contradictorias. A lo
largo del texto he intentado reflejar de algún modo ese
proceso.
Algunos aspectos de la vida interior de César permanecen
secretos para nosotros. Sería interesante y revelador saber más
sobre sus relaciones personales y privadas con su familia,
esposas, amantes y amigos. En el caso de estos últimos, parece
que durante gran parte de su vida y, sin duda, en sus últimos
años, no tuvo ningún amigo que fuera su igual en ningún
sentido, aunque es evidente que mantenía una estrecha y
afectuosa relación con muchos de sus subordinados y
ayudantes.Tampoco sabemos casi nada de sus creencias
religiosas. El ritual y la religión impregnaban todos y cada
uno de los aspectos de la vida en el mundo romano. César fue
uno de los sacerdotes más importantes de Roma y celebraba o
presidía rezos, sacrificios y otros ritos de forma regular.
También dio gran valor a la tradición familiar que sostenía
que su linaje descendía de la diosa Venus. Sin embargo, no
sabemos en absoluto qué significaban estas cuestiones para él.
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Muy rara vez dejaba de hacer algo debido a escrúpulos
religiosos y estaba dispuesto a manipular la religión en su
beneficio, pero eso no implica necesariamente que fuera un
cínico absoluto y que no tuviera ninguna creencia. En última
instancia, sencillamente no lo sabemos. Parte de la fascinación
inspirada por César se debe a que es dificil de definir y a que,
por ejemplo, sus planes para los últimos meses de su vida
siguen siendo un misterio. En los cincuenta y seis años que
vivió, fue una larga serie de cosas diferentes, entre ellas
fugitivo, prisionero, político en alza, jefe de un ejército,
representante legal, rebelde, dictador -tal vez incluso un dios-,
además de esposo, padre, amante y adúltero. Pocos héroes de
ficción han hecho tanto como Cayo julio César.
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22
Pues quedando atrás el temor a Cartago, y apartada su rival
en el poder, se abandonó la virtud de manera no progresiva,
sitio precipitada, para volcarse en los vicios; perdida la antigua
disciplina, se estableció una nueva. La ciudadanía cambió de
la vigilia al sueño, de las armas a los placeres, de las
ocupaciones al ocio.
23
dominio directo de los romanos. En otras zonas, el poder de
Roma se reconocía, aunque a regañadientes, o al menos se
temía. Ninguno de los reinos, tribus o Estados que estaban en
contacto con los romanos podían igualar su fuerza y no había
perspectivas reales de que llegaran a unirse contra ellos. En el
año 100 a. C., Roma era tremendamente poderosa y muy rica,
y no había ningún indicio de que eso fuera a cambiar. En
retrospectiva, sabemos que Roma, de hecho, llegaría a ser más
fuerte y rica todavía, y menos de un siglo después habría
conquistado la mayor parte de un imperio que perduraría
cinco siglos.
El ascenso de Roma de potencia puramente italiana a
superpotencia mediterránea había sido rápido, de una rapidez
pasmosa para el mundo de habla griega, que en el pasado
apenas había tomado en consideración a los bárbaros
occidentales. La lucha contra Cartago había durado más de
un siglo y había causado pérdidas masivas, mientras que la
derrota de las potencias helenísticas había durado la mitad de
tiempo y se había logrado a un coste insignificante. Una
generación antes del nacimiento de César, el historiador
griego Polibio había escrito una Historia universal con el
propósito expreso de explicar precisamente cómo Roma había
alcanzado su posición de dominio. Él mismo había
presenciado las últimas etapas del proceso, había luchado
contra los romanos en la tercera guerra macedónica (172-167
a.C.), después había sido llevado a Roma como rehén, había
vivido en el hogar de un noble romano y lo había acompañado
en campaña para ser testigo de la destrucción de Cartago.
Aunque prestó atención a la efectividad del sistema militar
romano, Polibio creía que el éxito de Roma residía mucho
24
más en su sistema político. En su opinión, la constitución
republicana, que estaba cuidadosamente equilibrada para
evitar que un individuo o parte de la sociedad se hiciera con
un control excesivo, liberaba a Roma de las frecuentes
revoluciones y luchas intestinas que habían asediado la
mayoría de ciudades-estado griegas. Internamente estable, la
República era capaz de dedicarse a hacer la guerra a gran
escala y de mostrarse más implacable que ninguno de sus
rivales. Es poco probable que algún otro Estado
contemporáneo hubiera podido superar las pérdidas
catastróficas y la devastación provocada por Aníbal, y además
llegar a ganar la guerra.’
César nació en una República que tenía unos cuatro siglos
de antigüedad y cuya eficacia había quedado demostrada con
su constante ascenso. La propia Roma alcanzaría un poder
aún mayor, pero el sistema republicano estaba llegando a su
fin. A lo largo de su vida, vería cómo la República era
desgarrada por las guerras civiles: conflictos en los que él
mismo desempeñaría un papel protagonista. Algunos
romanos opinaron que el sistema no había sobrevivido a
César y muchos le consideraron su principal verdugo. Nadie
dudaba de que la República no era más que un recuerdo en el
momento en el que Augusto, el hijo adoptivo de César, se
autoerigió primer emperador de Roma. Pese a que su éxito
había sido prolongado, la República romana se estaba
aproximando al final de su vida coincidiendo con la
terminación del siglo u a.C. y se vislumbraban ya algunos
signos de que no todo estaba funcionando como debería.
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En el año 105 a.C., un grupo de tribus germánicas
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emigrantes, los cimbros y los teutones, habían acabado con un
ejército romano excepcionalmente grande en Arausio (la
actual Orange, en el sur de Francia). Los heridos de esta
batalla rivalizaron con los de Cannas en el año 216 a.C.,
cuando Aníbal aniquiló a casi cincuenta mil soldados romanos
y aliados en un solo día. Fue la última y peor de una serie de
derrotas infligidas por los bárbaros, que habían comenzado a
luchar provocados por el primer comandante que se topó con
ellos en el año 113 a.C.
Los cimbros y los teutones eran pueblos nómadas que
buscaban nuevas tierras, no un ejército profesional que
entablara guerras sin cuartel. En batalla, sus guerreros tenían
una apariencia terrorífica y gran valor, pero les faltaba
disciplina.A nivel estratégico, las tribus no se guiaban por
objetivos rígidos. Tras Arausio, partieron hacia Hispania, sin
volver a invadir Italia durante varios años. Este alivio
temporal apenas logró reducir el pánico que se había
propagado por Roma, alimentado por los recuerdos populares
del saqueo de la ciudad en el año 390 a.C. a manos de salvajes
guerreros de alta estatura y tez clara -en aquella ocasión galos
más que germanos-, y los romanos siguieron albergando un
miedo profundamente arraigado ante todos los bárbaros del
norte. Muchas voces criticaron a los incompetentes generales
aristócratas que habían estado al mando durante los recientes
desastres e insistían en que la guerra contra las tribus debería
confiarse ahora a Cayo Mario, que acababa de obtener una
victoria en Numidia, finalizando una guerra que inicialmente
también se había caracterizado por la corrupción e ineptitud
de los cargos más altos. Mario estaba casado con la tía de
César y fue el primero de su familia que entró en política.Ya
27
había logrado mucho al ser elegido como uno de los dos
cónsules del año 107 a.C., pues los cónsules eran los
magistrados más poderosos de la República y estaban al frente
de las más importantes responsabilidades civiles y misiones
militares a lo largo de los doce meses que duraba su mandato.
Supuestamente, debían pasar diez años antes de que un
hombre pudiera acceder a un segundo consulado, pero Mario
fue elegido para el cargo cinco años consecutivos desde el año
104 al año 100 a.C., un hecho sin precedentes y de dudosa
legalidad, pero que obtuvo el resultado deseado, ya que
derrotó a los teutones en el año 102 a.C. y a los cimbros al
año siguiente.4
Los sucesivos consulados de Mario violaron un principio
fundamental de la vida pública romana, pero podrían
interpretarse como un recurso necesario para guiar al Estado
en tiempos de crisis. En el pasado, la República había
demostrado cierto grado de flexibilidad que había ayudado a
los romanos a hacer frente a otras situaciones de excepción.
Mucho más preocupante era la tendencia de los últimos
tiempos a que las disputas políticas se volvieran violentas. En
el otoño del año un senador llamado Memio, que acababa de
ser elegido cónsul para el mandato del año siguiente, recibió
una paliza mortal en el Foro de manos de los esbirros de uno
de los candidatos derrotados. Ese hombre, Cayo Servilio
Glaucia, junto con su asociado, Lucio Apuleyo Saturnino, ya
había empleado las amenazas y los ataques en grupo en
anteriores ocasiones para forzar la aprobación de su
legislación. Se creía que habían organizado el asesinato de
otro de sus rivales el año anterior. El linchamiento de Memio
se realizó con total desfachatez y desencadenó una inmediata
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reacción violenta. Mario, que hasta ese momento se había
contentado con utilizar a Saturnino para sus propios fines, se
volvió ahora contra él y respondió a la llamada del Senado,
que le instaba a salvar la República: tras armar a sus
partidarios, bloqueó a los seguidores de Saturnino y Glaucia
en la colina Capitolina y, poco después, estos se vieron
obligados a rendirse. Es posible que Mario hubiera prometido
a los radicales que les perdonaría la vida, pero el ambiente
general estaba menos inclinado a la indulgencia. La mayoría
de los cautivos fueron asesinados en la Cámara del Senado
cuando una multitud invadió el edificio.Varios hombres
treparon al tejado y comenzaron a arrancar las tejas, lanzando
a continuación los pesados proyectiles hacia el interior hasta
que todos los prisoneros hubieron muerto. Para proteger la
República, se había suspendido la legislación normal y la
violencia fue aplacada con más violencia: algo muy distinto de
la imagen que presentara Polibio, desde luego idealizada, de
una constitución perfectamente equilibrada, aunque incluso él
había insinuado que la estabilidad interna de Roma podría no
durar eternamente. Para comprender la historia de César
primero debemos analizar la naturaleza de la República
romana, tanto en teoría como en la práctica, cambiante, de las
últimas décadas del siglo ü a.C.’
LA REPÚBLICA
Según la tradición, Roma fue fundada en el año 753 a.C.
Para los romanos ese fue el Año Uno y los acontecimientos
subsiguientes se dataron formalmente como acaecidos tantos
años después de la «fundación de la ciudad» (ab urbe condita).
La evidencia arqueológica de los orígenes de Roma es menos
clara, puesto que es dificil juzgar cuándo se fundieron en una
29
sola ciudad las pequeñas comunidades que salpicaban las
colinas circundantes de lo que llegaría a ser Roma. Se
conservan escasos vestigios de los periodos iniciales y había
muchas cosas que ni siquiera los romanos sabían con certeza
cuando empezaron a escribir la historia a principios del siglo ü
a.C. Es probable que los relatos de los primeros días de la
ciudad contengan cierto grado de verdad, pero es totalmente
imposible verificar los incidentes particulares o lo que se narra
sobre un individuo concreto. Es evidente que Roma fue
gobernada inicialmente por reyes, aunque resulta dificil
constatar si alguno de los siete monarcas que recuerda la
tradición fue una figura real. Hacia finales del siglo muy
posible que la fecha del año 509 a.C. aceptada por la tradición
sea exacta- la monarquía fue sustituida por la República a
causa de problemas y desajustes internos.
El sistema político de la República romana evolucionó
gradualmente a lo largo de los años y nunca se regló de forma
estricta. Más parecida a la actual Gran Bretaña que a los
Estados Unidos de América, Roma no contaba con una
constitución escrita, sino que se guiaba por un mosaico de
leyes, precedentes y tradición. La expresión res publica, de la
que ha derivado nuestra palabra República, significa
literalmente «la cosa pública» y quizá pueda traducirse con
más propiedad como «el Estado» o el «cuerpo político». La
imprecisión garantizaba que significara cosas diferentes para
personas diferentes. Más adelante, César la desecharía por
considerarla una frase vacía.’ La inconcreción del sistema
permitía una flexibilidad considerable, lo que durante siglos
resultó ser una fuente de fuerza. Al mismo tiempo, su propia
naturaleza garantizaba que cualquier nueva ley o precedente,
30
ya fuera bueno o malo, pudiera fácilmente modificar para
siempre la forma en que se hacían las cosas. La esencia del
sistema era el deseo de evitar que un individuo se hiciera con
demasiado poder de manera permanente. El temor al retorno
de un régimen monárquico estaba muy extendido y había
arraigado profundamente en la aristocracia que monopolizaba
los principales cargos públicos. Por tanto, el poder en la
República recaía en una serie de instituciones, de las cuales las
más importantes eran las magistraturas, el Senado y las
asambleas populares.
Los magistrados poseían un poder significativo: a los más
antiguos se les otorgaba formalmente el imperium, el derecho
a mandar tropas y a impartir justicia, pero se trataba de algo
en esencia temporal y que duraba sólo los doce meses de
mandato. Ese poder estaba asimismo limitado por el poder
equivalente de los colegas que tenían el mismo cargo. Cada
año eran elegidos dos cónsules y seis pretores, cuyo cargo era
el siguiente en importancia. Nadie podía buscar la reelección
en el mismo puesto hasta que no hubiera transcurrido un
plazo de diez años, ni podía presentarse a él por primera vez
hasta que hubiera alcanzado los treinta y nueve años de edad
en el caso de la pretura y cuarenta y dos en el caso del
consulado. No había división entre el poder político y el poder
militar y los magistrados acometían tareas militares o civiles
según fuera necesario. Las responsabilidades y órdenes
militares más importantes recaían en los cónsules, las menos
decisivas en los pretores. La mayoría de los magistrados de
rango superior eran enviados a gobernar una provincia
durante su año de mandato. El Senado tenía la capacidad de
extender el imperium de un cónsul o pretor como
31
promagistrado -procónsul o propretor respectivamente- de
modo anual, dado que con frecuencia resultaba necesario para
proveer a la República del número de gobernadores
provinciales necesarios para controlar un gran imperio, pero
eso no alteró la naturaleza fundamentalmente temporal del
poder. Una ampliación de más de dos años era insólita. Por
tanto, mientras que los cargos en sí representaban un gran
poder, en el plano personal, los cónsules y el resto de
magistrados cambiaban todos los años.
Por el contrario, la importancia del Senado se basaba
menos en sus funciones formales que en su mera
permanencia. Estaba compuesto de unos trescientos
senadores que se reunían cuando eran convocados por un
magistrado, por lo general un cónsul cuando uno de ellos
estaba presente. Los senadores no eran elegidos para formar
parte del Senado -y en contadas ocasiones, expulsados- por
votación, sino por los dos censores, que cada cinco años
realizaban un censo de los ciudadanos romanos. Se esperaba
que los censores escogieran a cualquiera que hubiera accedido
a una magistratura a partir del último censo, aunque esto no
suponía ninguna obligación legal. No obstante,
comparativamente, había pocos cargos y muchos senadores;
tal vez la mitad nunca habían ocupado ninguna magistratura.
Los senadores tenían que pertenecer a la orden ecuestre, la
clase más adinerada, propietaria de inmuebles, que figuraba
en el censo. Su nombre, equites o «caballeros», derivaba de su
papel tradicional de miembros de la caballería del ejército. Sin
embargo, sólo una minoría de équites trató de acceder a la
vida pública y el Senado solía formarse a partir de una élite
interna dentro de su clase. Por su riqueza y su papel
32
prominente en la dirección del Estado, eran hombres que
tenían un fuerte interés personal en preservar la República.
Los antiguos magistrados eran los que dominaban los
debates, ya que el procedimiento dictaminaba que se
consultara la opinión de los antiguos cónsules en primer lugar,
después a los antiguos pretores y así hasta llegar a los puestos
más recientes. Aquellos que habían servido a la República
desde un cargo destacado poseían una gran influencia o
auctoritas (véase página 715), y el prestigio colectivo del
Senado como institución se basaba en gran medida en la
inclusión de hombres así. El Senado no tenía poder
legislativo, pero los decretos que emergían de sus debates
pasaban a las asambleas populares para su aprobación con una
fuerte recomendación. También funcionaba como consejo
asesor para los magistrados cuando estaban en Roma, decidía
qué provincias estarían disponibles cada año y podía conceder
el imperium como promagistrado. Además, era el Senado el
que recibía a las embajadas extranjeras y organizaba los
despachos de los embajadores, así como el encargado de
enviar comisionados para supervisar las disposiciones
administrativas en las provincias, lo que le confería un papel
clave en las decisiones sobre los asuntos relacionados con el
extranjero.
Las diversas asambleas del pueblo romano poseían un
poder considerable dentro de la República, pero tenían poca o
ninguna capacidad de actuación independiente. Elegían a
todos los magistrados, aprobaban leyes y eran responsables de
la ratificación formal de las declaraciones de guerra y los
tratados de paz que concluían los conflictos. Todos los
ciudadanos adultos podían votar si estaban presentes, pero sus
33
votos no tenían el mismo valor. En las Comitia Centuriata,
que elegían a los cónsules y tenían otra serie de funciones
importantes, los miembros se dividían en unidades de voto
dependiendo de qué propiedades poseyeran según el padrón
más reciente. Su estructura procedía de la organización del
antiguo ejército romano, donde los más ricos eran los que
podían permitirse con más facilidad el caro equipamiento
requerido para luchar en los puestos más destacados y
peligrosos. Era inevitable que hubiera menos miembros en las
unidades o centurias de más rango, simplemente debido a que
había menos ricos que pobres. Se suponía que el voto de todas
las centurias tenía el mismo peso, pero las de las clases más
adineradas votaban primero y, con frecuencia, la decisión ya
había sido adoptada antes de que las unidades más pobres
hubieran dado su opinión. Otras asambleas se basaban en
divisiones tribales, determinadas de nuevo por el censo, y aquí
las desigualdades eran también inmensas, aunque de un
carácter algo diferente: cada tribu votaba de acuerdo con una
decisión mayoritaria tomada por los miembros presentes. Sin
embargo, las tribus urbanas, a las que pertenecían muchos de
los pobres de Roma, solían contar el día del voto con muchos
más ciudadanos que las tribus rurales, de las que,
probablemente, sólo los miembros acaudalados habían viajado
hasta Roma. Así, en general, la opinión de los ciudadanos
más prósperos tenía un impacto mucho mayor en el resultado
de las votaciones que la del más nutrido grupo de los pobres.
Ninguna de estas asambleas brindaba oportunidad para el
debate, sino que, sencillamente, elegían un nombre de una
lista de candidatos o votaban a favor o en contra de una
propuesta en particular. Las asambleas eran convocadas por
34
un magistrado, que las presidía y dictaminaba cuáles serían los
asuntos que trataría. En comparación con la asamblea de
Atenas de finales del siglo v a.C., puede parecer que los
elementos democráticos del sistema romano estaban
sometidos a un estricto control, pero eso no significa que
carecieran de importancia. El resultado de las votaciones, en
especial en las elecciones, seguía siendo impredecible.
Sólo aquellos que estuvieran registrados como ecuestres en
la clase de propiedad más elevada eran candidatos para la
carrera política. En Roma, las magistraturas dependían de
ganar el favor del electorado. No había nada que se pareciera
ni remotamente a los actuales partidos políti cos -aunque, en
vista de su opresiva influencia, eso podría hacerla más
democrática en vez de menos en comparación con muchos
países de hoy- y cada candidato a un cargo público competía
como un individuo. Sólo en contadas ocasiones defendían una
medida concreta y lo más común era que comentaran temas
de actualidad. Por lo general, los votantes buscaban un
individuo capaz que, una vez elegido, pudiera emprender
cualquier tarea que el Estado requiriera. Las hazañas
realizadas en el pasado se consideraban prueba de habilidad,
pero en caso de que no hubiera ninguna, en especial en las
primeras etapas de una carrera, los candidatos hacían alarde
de los logros de las pasadas generaciones de su familia. Los
romanos creían firmemente que las familias poseían marcados
rasgos de carácter y se asumía que un hombre cuyo padre y
abuelo hubieran salido victoriosos de una guerra contra los
enemigos de Roma resultaría igualmente capaz. Las familias
aristocráticas ponían mucho esmero en dar a conocer las
hazañas de sus miembros, pasados y presentes, de modo que
35
su nombre fuera reconocido por los votantes. La combinación
de su fama y riqueza permitió a un número comparativamente
pequeño de familias ocupar la mayoría de las magistraturas y,
sobre todo, el consulado. A pesar de todo, nunca era
imposible para un hombre, aunque fuera el primero de su
familia que accedía al Senado, convertirse en cónsul. Aquel
que conseguía esa proeza era conocido como un «hombre
nuevo» (novus homo). Mario, con su serie de consulados sin
precedente, fue el más grande de los «hombres nuevos», y
para la mayoría un solo mandato era un logro suficientemente
dificil. La política era muy competitiva e incluso los
miembros de las familias de larga tradición necesitaban
esforzarse para mantener su ventaja. El número de colegios de
magistrados disminuía en relación inversa a su importancia,
de manera que la lucha por el cargo se recrudecía a medida
que un candidato ascendía en el escalafón. Por simple
aritmética, sólo un tercio de los seis pretores elegidos cada año
podían albergar la esperanza de convertirse en cónsules. Esta
competitividad feroz garantizaba que las uniones políticas a
largo plazo fueran poco habituales y los partidos permanentes
inimaginables, ya que nadie podía compartir una
magistratura. En muchos aspectos, el sistema funcionaba
bien, todos los años proporcionaba a la República una nueva
cosecha de magistrados impacientes por realizar grandiosas
hazañas en nombre de Roma antes de que expiraran sus doce
meses de mandato. El poder formal del impe rium era válido
sólo en esa ocasión, pero los éxitos de un magistrado
acentuarían enormemente su auctoritas. Como tantos otros
conceptos romanos, es dificil traducir este término con una
única palabra, ya que combinaba autoridad, reputación e
36
influencia con pura importancia o estatus. La auctoritas se
mantenía después de haber renunciado al cargo, aunque podía
reducirse por el comportamiento posterior de un hombre o ser
eclipsada por el de otros senadores. Determinaba con cuánta
frecuencia y en qué momento un magistrado que presidiera
una reunión del Senado solicitaría la opinión de un antiguo
magistrado, y el peso que su punto de vista tenía para otros.
La auctoritas existía sólo cuando era reconocida por los
demás, pero los individuos eran conscientes de su estatus y a
veces podían emplearlo sin rodeos: en el año 90 a.C., el
distinguido ex cónsul y censor, y actual primer senador
(princeps senatus), Marco Emilio Scauro, fue acusado de
aceptar sobornos de un rey hostil. El abogado de la acusación
fue el mediocre Quinto Vario Severo, quien, pese a ser
romano, había nacido en la ciudad de Sucro, en Hispania.
Como pieza clave de su defensa, Scauro se volvió al tribunal y
a la multitud que presenciaba el juicio y formuló una sencilla
pregunta: «El sucrense Vario Severo dice que Emilio Scauro,
sobornado por el rey, ha traicionado al pueblo romano;
Emilio Scauro declara que no tiene relación con esa
acusación, ¿a cuál de los dos dais crédito?». Como
respuesta,Vario fue abucheado desde el tribunal y el cargo fue
retirado.’
La competición no cesaba cuando uno de los candidatos
obtenía el consulado. Su estatus posterior dependía de su
actuación en el cargo en comparación con otros cónsules.
Llevar un ejército a la victoria sobre un enemigo de la
República era un gran logro, en especial si era reconocido con
el premio de un triunfo a su regreso a Roma. En esta
ceremonia, el vencedor conducía un carro a través del centro
37
de la ciudad como parte de una procesión que incluía a sus
cautivos, los botines obtenidos y otros símbolos del éxito, así
como a sus propios soldados desfilando con su mejor equipo.
El general iba vestido con las galas de la más importante
deidad romana, Júpiter Optimus Maximus, y llegaba hasta el
extremo de pintarse el rostro de rojo para parecerse a las
antiguas estatuas de terracota del dios. Detrás de él se situaba
un esclavo que sostenía el laurel de la victoria por encima de la
cabeza del general, a la vez que le susurraba al oído un
recordatorio de que era mortal. Era un gran honor que se
conmemoraba eternamente colocando las coronas de laurel (o
esculpiendo su efigie) en el atrio de la casa de la persona en
cuestión. Un logro así se valoraba mucho, pero también se
comparaba a las victorias de otros senadores. Era importante
haber ganado mejores y más importantes batallas ante
enemigos más fuertes o más exóticos porque incrementaban la
auctoritas de un hombre en relación con otros antiguos
generales. La mayoría había obtenido y completado su primer
consulado para cuando habían alcanzado la mitad de la
cuarentena, y podían esperar proseguir con su vida y
permanecer activos en el Senado durante décadas. Su
continuada prominencia en la vida pública dependía de su
auctoritas, y, con el tiempo, podía aumentar. La competición
estaba muy arraigada en la vida pública romana, los senadores
luchaban a lo largo de sus carreras para ganar fama e
influencia, así como para evitar que otros adquirieran
demasiado de las mismas cosas. La elección anual de nuevos
magistrados y las restricciones sobre la duración de los cargos
ayudaban a que muchos senadores disfrutaran de la
oportunidad de servir a la República desde un puesto
38
distinguido y evitaba que alguien estableciera un monopolio
de gloria e influencia. Todos los aristócratas deseaban
sobresalir, pero su temor más profundo era siempre que algún
otro superara al resto de los rivales por un margen demasiado
amplio y ganara una importancia más permanente, invocando
el espectro de la monarquía. Si un individuo acumulaba
demasiados éxitos, reducía el número de honores disponibles
para los demás.
39
estaban abarrotadas. Y, sin embargo, en el que era el centro de
Roma desde todos los puntos de vista, se abría el espacio del
Foro. El Foro era un lugar de comercio, donde se
congregaban desde las tiendas de moda, que lindaban con sus
grandiosos edificios y ofrecían los lujos que constituían el
premio del imperio, hasta los representantes de las grandes
compañías mercantiles y los proveedores de grano. Era
asimismo el lugar de la ley y la justicia, donde se reunían los
tribunales, los abogados presentaban sus casos y los jurados
pronunciaban sentencia, todo a cielo descubierto. El Foro era
atravesado por la Vía Sacra, la ruta de las procesiones
triunfales. Más que ninguna otra cosa, la vida pública de la
República se desarrollaba dentro y en torno al Foro. Los
magistrados, como tribunos, ediles y pretores, habían esta
blecido plazas en el Foro donde se sentaban a hacer negocios.
Cuando el Senado se reunía, lo hacía con muy pocas
excepciones en un edificio lindante con el Foro, ya fuera en la
Cámara del Senado (Curia) o en uno de los grandes templos.
Fuera de la Cámara del Senado se encontraba la plataforma
de oradores o rostra, cuyo nombre se deriva de su decoración,
que estaba compuesta por las proas de las naves enemigas
derrotadas durante las guerras contra Cartago. Desde la
rostra, los discursos se convertían en reuniones informales del
pueblo romano en los que los magistrados y algunas
personalidades trataban de persuadir a los ciudadanos de que
votaran a favor o en contra de un proyecto de ley, o de que
favorecieran a alguien en una elección.A la orden de un
magistrado adecuado, la misma multitud de romanos podría
congregarse en una asamblea de tribus (el Concilium Plebis o
las Comitia Tributa) y aprobar una legislación. Además de la
40
celebración de las elecciones, la aprobación de las leyes casi
siempre se producía en el Foro. Desde muchos puntos de
vista, era el corazón de Roma.’
41
carácter distintivo, no sólo por su efectividad a la hora de
lograr la victoria, sino por su talento para consolidar esa
victoria de manera permanente al absorber a los enemigos
derrotados y convertirlos en aliados de confianza. A principios
del siglo iii a.C. la práctica totalidad de la península italiana se
encontraba bajo el control de Roma. Dentro de ese territorio,
algunas comunidades habían obtenido la ciudadanía romana,
de modo que, con los habitantes de las colonias situadas en
tierra conquistada, el número de ciudadanos romanos crecía
muy por encima de las poblaciones de otras ciudades-
estado.A otros pueblos les fue concedido el ius latü, que
implicaba privilegios menores, pero en cualquier caso
trascendentes, mientras que el resto eran simplemente aliados
o socii. En un plazo comparativamente breve, tanto la
ciudadanía romana como el ius latü perdieron toda relación
con un grupo étnico o incluso lingüístico concreto y pasaron a
ser fundamentalmente distinciones legales. Con el tiempo, las
comunidades que carecían de dichos privilegios podían aspirar
a obtenerlos, progresando a lo largo de varias etapas desde el
derecho latino a la ciudadanía sin derecho a voto, hasta
finalmente obtener la ciudadanía romana plena. Cada
comunidad estaba ligada a Roma por medio de un tratado
específico que establecía con claridad tanto sus derechos como
sus obligaciones. Todavía más evidente era el hecho
fundamental de que Roma era el socio superior en cualquier
convenio de ese tipo y de que no se trataba de un acuerdo
entre iguales. La obligación más común de todos los tipos de
aliados, incluyendo los que contaban con el derecho latino,
era proveer a Roma de hombres y recursos en tiempos de
guerra. Al menos la mitad de todo ejército romano estaba
42
compuesto invariablemente de soldados aliados. De ese
modo, los enemigos derrotados del pasado ayudaban a ganar
las guerras del presente. Aparte de confirmar así su lealtad, las
comunidades aliadas recibían una parte pequeña, pero
significativa, de los beneficios de la contienda. En vista de la
alta frecuencia con la que Roma entraba en guerra y algunos
eruditos han llegado a sugerir que la República necesitaba
hacer la guerra para recordar a los aliados cuáles eran sus
obligaciones- había numerosas oportunidades tanto para
prestar un servicio como para sacar provecho.’
En el año 264 a.C. los romanos enviaron un ejército fuera
de Italia por primera vez, lo que dio lugar al prolongado
conflicto con los cartagineses, de cuyo origen fenicio deriva el
nombre que le dieron los romanos: poeni (púnicos). La
primera guerra púnica (264-241 a.C.) le reportó a Roma su
primera provincia extranjera en Sicilia, a la que se añadió
Cerdeña en el periodo inmediatamente posterior al conflicto.
La segunda guerra púnica (218-201 a.C.) significó la
presencia permanente de Roma en Hispana y su implicación
en Macedonia. Las enormes reservas humanas con las que
contaba la República entre ciudadanos y aliados y la
disposición a aceptar pérdidas estremecedoramente elevadas
fueron factores clave a la hora de asegurar la victoria ante
Cartago. Estos conflictos también acostumbraron a los
romanos a despachar y a aprovisionar ejér citos emplazados en
posiciones muy distantes, algo que hizo posible la creación de
una gran flota durante la primera guerra púnica. La República
se habituó a librar batallas en varios escenarios diferentes de
manera simultánea. En las primeras décadas del siglo ü a.C.,
Roma venció a Macedonia y al Imperio seléucida que, junto
43
con el de los tolomeos de Egipto, eran los más poderosos de
los reinos helenísticos que surgieron tras la caída del imperio
de Alejandro Magno. La destrucción de Cartago y Corinto a
manos de las huestes romanas en el año 146 a.C. se convirtió
en símbolo de la supremacía romana sobre las antiguas
potencias del mundo mediterráneo. Se establecieron más
provincias en Macedonia y África, se completó la conquista
del valle del Po y se reforzó la presencia en Iliria. Hacia
finales de siglo fue conquistada la Galia Transalpina (la actual
Provenza, en el sur de Francia), lo que creó un vínculo seguro
por tierra con las provincias en Hispania, del mismo modo
que Iliria proporcionaba una conexión con Macedonia.
Pronto se construirían las vías romanas, que unirían una
provincia con otra de una manera monumental, pero también
muy práctica. En torno a las mismas fechas fue anexionada la
rica provincia de Asia. En esta época, el vínculo entre Roma y
sus provincias extranjeras era mucho menos estrecho que los
lazos que le unían a los pueblos de Italia, y la concesión
generalizada de la ciudadanía romana o el ius latü a las
poblaciones indígenas ni siquiera se planteaba. Con
frecuencia, las comunidades de las provincias facilitaban
tropas para servir junto al ejército romano, pero esa no era su
obligación esencial, que era la de pagar un tributo regular o
impuesto.
La expansión hacia el extranjero reportó importantes
beneficios a numerosos romanos: para la aristocracia supuso
multitud de oportunidades de obtener gloria durante sus
magistraturas a través de una guerra. Las campañas contra las
tribus de Hispania, la Galia, Iliria y Tracia eran frecuentes,
mientras que los enfrentamientos con los famosos Estados del
44
mundo helenístico eran menos habituales aunque mucho más
espectaculares. Dado que las guerras eran un fenómeno casi
constante, la competición entre los senadores se centraba en
quién había ganado la contienda mayor o más peligrosa, y
también se concedía un gran valor al honor de ser el primero
en derrotar a un pueblo. La gloria venía acompañada de
grandes fortunas procedentes del saqueo y la venta de los
prisioneros como esclavos. Parte de esa riqueza se destinaba a
la República y parte a los soldados, pero puesto que los rangos
superiores recibían cuotas más altas, los que se beneficiaban
realmente eran los comandantes. Las victorias conseguidas en
el Mediterráneo oriental eran especialmente lucrativas y
durante el siglo u a.C. varios generales regresaron de esas
batallas habiendo cosechado los triunfos más fastuosos y
espectaculares que se habían visto nunca. Fue en ese periodo
cuando la ciudad empezó a reconstruirse con un estilo más
ostentoso: los comandantes victoriosos utilizaban parte de sus
botines para erigir grandiosos templos y otros edificios
públicos como recordatorios permanentes de sus logros. La
competencia por la fama y la influencia continuaron
dominando la vida pública, pero se estaba convirtiendo en un
negocio cada vez más caro, ya que algunos generales traían
riquezas inmensas de sus victorias. A los senadores
pertenecientes a aquellas familias que no habían conseguido
obtener ningún puesto de mando en las campañas más
rentables les resultaba cada vez más dificil costearse la carrera
política. La brecha entre los senadores más ricos y los más
pobres fue ampliándose de forma constante, lo que redujo el
número de hombres que podían competir por las
magistraturas y mandos supremos.
45
No sólo los senadores sacaron provecho de la creación del
imperio, pero, en general, las nuevas condiciones beneficiaron
sobre todo a los ciudadanos acomodados. La República no
organizó un extenso aparato burocrático para administrar las
provincias, de modo que los gobernadores sólo disponían para
gobernar de un limitado número de funcionarios a los que se
sumaban miembros de sus propias familias. Como resultado,
gran parte de los negocios diarios quedaba en manos de las
comunidades locales, mientras que otra parte importante la
llevaban a cabo compañías privadas dirigidas por romanos
acaudalados. Estos solían ser miembros de la orden ecuestre,
dado que la ley prohibía a los senadores realizar contratos de
ese tipo. (Así se pretendía evitar que los intereses comerciales
influyeran en las opiniones expresadas en el Senado. No
obstante, se sospecha que muchos senadores invirtieron
dinero en empresas dirigidas abiertamente por ecuestres). Las
compañías lideradas por los ecuestres pugnaban por el
derecho a recaudar impuestos en una región, vender
prisioneros de guerra y otros frutos de sus rapiñas, o por
conseguir enormes contratos para abastecer al ejército de
alimento y equipo. Se les conocía por el apelativo de publican
-los publicanos de la Biblia- debido a que desempe fiaban
tales tareas requeridas por la República, pero su motivo
principal era obtener un beneficio y no realizar un servicio
público. Una vez que una compañía había accedido a pagar al
Tesoro una suma fija por el derecho a recaudar impuestos en
una región o provincia en concreto, era necesario que
recaudara un importe superior de las provincias. Los agentes
de las compañías de todos los niveles tendían a quedarse con
una parte de los ingresos, por lo que, inevitablemente, la
46
cantidad real que se exigía de la población de la provincia a
menudo era muy superior a la suma recibida por el fisco. Sin
embargo, por regla general, la República se daba por
satisfecha con este estado de cosas y el resentimiento que se
despertaba en los habitantes de las provincias podía, si era
necesario, aplacarse con la fuerza del ejército. Aparte de los
publican, muchos otros romanos y sus agentes hacían
negocios en las provincias. El solo hecho de ser romano -y la
mayoría de los italianos eran tomados por romanos por otras
razas- brindaba a los comerciantes (negotiatores) notables
ventajas por asociación con el poder imperial. Con frecuencia,
los más influyentes -que de nuevo tendían a ser los más ricos
de sus representantes- conseguían obtener ayudas más
directas de los gobernadores de las provincias. Las actividades
de los comerciantes no suelen figurar sino de forma tangencial
en nuestras fuentes antiguas, pero es importante no
infravalorar sus cifras o la escala de sus operaciones. Estos
personajes sacaron mucho provecho del imperialismo de
Roma, aunque es muy poco probable que llegaran a influir
verdaderamente en el proceso de toma de decisiones que
dirigía las actividades en el extranjero de la República.`
A través de generaciones, una proporción
excepcionalmente alta de romanos sirvieron en el ejército.
Hasta que el gobierno de la Francia revolucionaria introdujo
el servicio militar obligatorio ningún Estado de dimensiones
comparables había movilizado un porcentaje tan elevado de
sus recursos humanos durante un plazo tan prolongado. Al
parecer, hasta mediados del siglo u a.C. la resistencia popular
al alistamiento obligatorio era escasa y la mayoría de hombres
asumía de buen grado sus deberes militares. Pese a la brutal
47
disciplina que imponían las legiones, algunos consideraban el
servicio activo muy atractivo debido a las abundantes
perspectivas de saqueo y de obtener fama y honores. Los
romanos eran también profundamente patrióticos y valoraban
esta demostración de su compromiso con la República. El
ejército reclutaba entre las clases propietarias, porque se
esperaba que cada soldado aportara por sí mismo el
equipamiento necesario para servir como jinete -los muy
acaudalados-, como soldado de infantería pesada -la mayoría-
, o como soldado de infantería ligera -los reclutas más pobres
o más jóvenes-. El núcleo de las legiones estaba formado por
granjeros, ya que la tierra seguía siendo la forma más común
de propiedad. El servicio militar se prolongaba hasta que la
legión se licenciaba, lo que con frecuencia ocurría al finalizar
la guerra. En los primeros días de la República, el servicio en
el ejército podía durar sólo unas pocas semanas, o como
mucho unos meses, porque el enemigo solía estar próximo y
la contienda era de pequeña escala y de breve duración.
Idealmente, permitía que el soldado-granjero ganara una
rápida victoria y, a continuación, volviera a casa a tiempo de
cosechar sus propios campos. A medida que Roma se
expandía, las guerras se entablaban cada vez más lejos y
tendían a ser más largas. Durante las guerras púnicas, decenas
de miles de romanos permanecieron lejos de sus casas durante
años. Varias provincias extranjeras exigían acuartelamientos
permanentes, por lo que aquellos hombres lo suficientemente
desafortunados para ser enviados a algún destino como
Hispana, a menudo debían sobrellevar de cinco a diez años de
servicio continuado. En su ausencia, sus pequeñas granjas
corrían el riesgo de arruinarse y sus familias de caer en la
48
miseria. La situación empeoraba a medida que la cualificación
mínima por propiedad disminuía para ofrecer más mano de
obra, ya que esos reclutas inevitablemente vivían mucho más
cerca del umbral de pobreza. El servicio militar prolongado
lleva a la quiebra a muchos pequeños agricultores, y la pérdida
de su tierra significaba que en el futuro carecerían de
propiedad suficiente para ser llamados a las filas de la legión.
A partir de la segunda mitad del siglo creció la preocupación
de que el número de ciudadanos elegibles para el ejército
estuviera en irreversible disminución.
Las dificultades de muchos pequeños agricultores se
produjeron de forma paralela a la aparición de otros factores
que dieron como resultado la reestructuración de la
agricultura italiana. Los beneficios de la expansión reportaron
fabulosas riquezas a muchos senadores y ecuestres, que
invirtieron gran parte de sus fortunas en inmensos latifundios,
absorbiendo a menudo tierra que originariamente había
estado dividida en múltiples minifundios. La elevada
frecuencia de la guerra garantizaba la abun dancia de esclavos
baratos, por lo que el cultivo de esas fincas (latifundia) se
dejaba invariablemente en manos de siervos. Las dimensiones
de las parcelas, el número de esclavos que las trabajaba y la
fastuosidad de las villas construidas para acoger al propietario
en sus visitas eran nuevas formas de competir en la
ostentación de sus portentosas fortunas. En términos más
prácticos, los latifundios podían dedicarse a la agricultura
comercial, que proporcionaba beneficios constantes, de bajo
riesgo. En muchos aspectos se trataba de un círculo vicioso,
puesto que los continuados enfrentamientos en provincias
distantes alejaban a más y más ciudadanos agricultores de sus
49
tierras y, a menudo, les dejaba a ellos y a sus familias en la
miseria, a la vez que estos mismos conflictos enriquecían aún
más a la élite de la sociedad y les suministraba los medios para
crear más latifundia. Las excavaciones arqueológicas no han
permitido cuantificar con exactitud los cambios acaecidos en
los modelos agrícolas italianos durante el periodo, y en
algunas zonas parece al menos que la agricultura minifundista
persistió. Sin embargo, es incuestionable que se produjeron
cambios significativos en amplias zonas y no hay duda de que
los propios romanos los percibieron como un problema
grave.”
POLÍTICA Y DERRAMAMIENTO DE SANGRE
En el año 133 a.C., Tiberio Sempronio Graco, uno de los
diez tribunos de la plebe elegidos cada año, lanzó un
ambicioso programa de reforma destinado a solucionar ese
problema. Los tribunos diferían de otros magistrados en que
no tenían ningún papel fuera de Roma. En origen, el cargo
había sido creado para brindar al pueblo protección frente al
abuso de los magistrados superiores, pero en aquel momento
suponía fundamentalmente un paso más en el desarrollo de
una carrera.Tiberio se encontraba al final de la treintena,
provenía de una familia muy distinguida -su padre había sido
censor y dos veces cónsul- y se preveía que llegaría lejos. En
su tribunado, se centró en la tierra pública confiscada a lo
largo de los siglos a los enemigos italianos vencidos.Tanto
desde el punto de vista legal como teórico, se suponía que esa
tierra se había repartido en parcelas de tamaño
comparativamente pequeño entre muchos ciudadanos, pero
en la práctica amplias franjas de terreno habían sido
convertidas en latifundios. Graco aprobó una ley que
50
confirmaba el límite legal de tierra pública que cada individuo
podía ocupar y redistribuía el resto entre los ciudadanos más
pobres, elevándolos así a la categoría de propietarios elegibles
para el servicio militar. Algunos senadores le apoyaron, pero
la mayoría se enfrentaba a perder terrenos a través de la
confiscación de tierra pública obtenida de modo indebido, y
lo mismo le sucedía a numerosos ecuestres influyentes. Al no
conseguirla aprobación de su ley en el Senado, Tiberio Graco
violó la tradición llevándola directamente a la asamblea
popular. Cuando un colega del tribunado trató de detener los
procedimientos imponiendo su veto, Graco organizó una
votación y logró que el tribuno fuera depuesto de su cargo. Es
posible que su actuación fuera legal, ya que en teoría el pueblo
podía legislar sobre cualquier asunto, pero asestó un duro
golpe en el mismo corazón del sistema republicano al
cuestionar la premisa de que todos los magistrados del mismo
rango eran iguales.
A algunos senadores que podrían haber simpatizado con
los objetivos de la legislación de Graco les inquietaba que las
ambiciones del tribuno estuvieran más ligadas a la obtención
de poder personal que a realizar una reforma altruista, porque
Graco podía llegar a ganar un inmenso prestigio y auctoritas
si lograba mejorar el destino de tantos ciudadanos. Se
propagó el temor de que aspirara a algo más espectacular
incluso que la exitosísima carrera que se esperaba para un
hombre con sus antecedentes. El hecho de que el mismo
Graco, su suegro y su hermano pequeño Cayo fueran los tres
comisionados designados para supervisar la distribución de la
tierra y la notable influencia que ese nombramiento llevaba
aparejada despertó aún más indignación. Algunas voces
51
comenzaron a acusarle de perseguir el regnum, el poder
permanente de un monarca. La gota que colmó el vaso fue
que Graco, alegando que necesitaba garantizar que sus leyes
no resultaran revocadas de manera inmediata, se presentó a
las elecciones de tribuno para el año Su éxito no estaba
asegurado: por la misma naturaleza de sus reformas, muchos
de los ciudadanos que estaban más en deuda con él se habían
establecido en granjas que estaban demasiado alejadas de
Roma para asistir a unos comicios. No obstante, la emoción
se desbordó cuando el cónsul que presidía el Senado se negó a
tomar medidas contra el tribuno. Un grupo de senadores
enfurecidos encabezados por el primo de Tiberio, Escipión
Nasica, abandonó la reunión como una turba y linchó al
tribuno y a muchos de sus seguidores. A Graco le rompieron
la cabeza con la pata de una silla y su cuerpo, como el de sus
partidarios, fue arrojado al Tíber.
Era la primera vez que las disputas políticas terminaban en
un estallido de violencia de tan funestas consecuencias, y
Roma quedó sumida en un estado de incrédula consternación.
(Algunas historias de los primeros años de la República
relataban que varios demagogos u otras personas habían sido
linchados por ser considerados una amenaza para el Estado,
pero la memoria romana las había relegado a la categoría de
cosas del pasado). Tras los disturbios, gran parte de la
legislación de Tiberio Graco siguió vigente, pese a la violenta
persecución a la que fueron sometidos algunos de sus
partidarios que habían sobrevivido. Cayo, el hermano del
tribuno, estaba sirviendo en el ejército en Hispana en aquella
época y, a su regreso a Roma, se le permitió continuar su
carrera. Le consumía el rencor por la suerte que había corrido
52
Tiberio, pero tenía poco más de veinte años y sólo cuando le
nombraron tribuno en el año 123 a.C. se embarcó en su
propia serie de reformas, que resultaron ser mucho más
radicales y de mayor alcance que las de su hermano. Su
radicalidad se debía en parte a que dispuso de más tiempo,
pues logró ser elegido para un segundo mandato como
tribuno en el año 122 a.C. sin despertar ninguna oposición
seria. Muchas de sus reformas atañían al reparto del botín del
imperio, que Cayo pretendía ampliar. Confirmó la legislación
de su hermano y aumentó su alcance a la hora de restaurar el
número de ciudadanos propietarios al establecer una colonia
en el emplazamiento de Cartago. Consiguió asimismo
muchos seguidores entre los ecuestres al crear un tribunal para
juzgar a los senadores acusados de mala práctica en su servicio
como gobernadores provinciales y constituir el jurado con
miembros de la orden ecuestre. Hasta ese momento, un
senador sólo había sido juzgado por sus pares. La decisión de
Cayo de extender la ciudadanía a muchos más latinos e
italianos fue menos popular entre los romanos, y su intento de
lograr un tercer mandato como tribuno fracasó. Desde el
principio, tanto Cayo como sus oponentes estaban más
dispuestos a emplear la intimidación y las amenazas que
cualquier político diez años antes. La situación alcanzó un
punto crítico cuando una refriega acabó con la muerte de uno
de los siervos del cónsul Opimio. El Senado sancionó un
decreto -conocido entre los expertos como senatus consultum
ultimum (senadoconsulto último) debido a una expresión
utilizada por César, aunque no se sabe cómo se llamaba en la
época- instando al cónsul a defender la República por cuantos
medios considerara necesarios. La ley normal fue suspendida
53
y los partidarios de ambos bandos se armaron. Opimio añadió
a sus fuerzas un grupo de arqueros mercenarios cretenses que
aguardaban a las afueras de Roma, lo que sugiere un grado de
premeditación en sus acciones. Cayo y sus seguidores,
inferiores en número, ocuparon el templo de Diana en la
colina Aventina, pero el cónsul rechazó toda oferta de
negociación e irrumpió en el edificio al asalto. Graco murió
en la lucha y su cabeza fue entregada a Opimio, que había
prometido su peso en oro como recompensa.”
No sabemos si los Gracos eran auténticos reformadores
ansiosos por resolver los que consideraban los problemas de la
República o un grupo de hombres ambiciosos cuyo única
aspiración era ganar grandes dosis de popularidad. Es
probable que sus motivos no fueran totalmente puros. Resulta
dificil creer que un senador romano pudiera ignorar las
ventajas personales que albergaba una legislación tan drástica.
Independientemente de su motivación personal, pusieron de
manifiesto los problemas existentes en la sociedad, en
particular los apuros de muchos ciudadanos sin dinero, y el
deseo de los que habían quedado excluidos del pastel del
poder, ya fueran de la orden ecuestre o de la población
italiana, de obtener una porción mayor. El impacto de la
carrera de los Gracos en la vida pública no fue inmediato -la
gran mayoría de tribunos siguió siendo elegida por un solo
mandato y la violencia política era poco común-, pero a la
larga resultó profundo. En un sistema que se basaba tanto en
los precedentes, muchos principios fundamentales se vieron
sacudidos en sus cimientos. Los hermanos habían demostrado
cómo podía adquirirse un alto grado de influencia, aunque
fuera temporal y en cierto modo precario, apelando a la
54
creciente conciencia de los grupos sociales de una forma
nueva. Era sólo cuestión de tiempo antes de que apareciera
algún otro que poseyera tanto el prestigio inicial como el
deseo de emularlos. La inercia del Senado al tratar los
problemas que los Gracos habían puesto de relieve y su
decisión de no hacer nada en vez de permitir que alguien se
quedara con el mérito de ofrecer una solución no mejoró las
cosas. Para colmo, las últimas décadas del siglo ü no se
distinguieron por la competencia y honestidad generalizadas
por parte de los numerosos magistrados.
Un enfrentamiento dinástico en el reino aliado de Numidia
en el norte de África dio lugar a una sucesión de escándalos
cuando se descubrió que los senadores habían aceptado
generosos sobornos para favorecer la reivindicación
deYugurta. La masacre de miles de comerciantes romanos e
italianos en la localidad de Cirta provocó la indignación en
Roma y, en consecuencia, se mandó un ejército
contraYugurta, pero la guerra se libró con apatía, y en el año
esas tropas fueron derrotadas y se rindieron ante el enemigo.
Después de eso, un cónsul más hábil fue enviado para hacerse
cargo de la situación, pero todo el episodio había dañado
gravemente la fe de la población en general en la capacidad de
la élite senatorial para desempeñar el liderazgo. Explotando
ese clima, Cayo Mario hizo campaña para conseguir el
consulado del año midiéndose él, un soldado duro y
experimentado cuyo éxito se debía sólo al mérito personal,
con los vástagos de las casas nobles, que confiaban en la gloria
de sus ancestros antes que en su propia habilidad. Mario
cosechó una cómoda victoria y, mediante la ayuda de un
tribuno que aprobó una ley en la asamblea popular para
55
invalidar la distribución de las provincias por parte del
Senado, obtuvo el mando en Numidia. Un nuevo intento para
contenerle tuvo lugar cuando el Senado se negó a dejar que
formara nuevas legiones para llevarse a África, dándole
permiso únicamente para transportar voluntarios. Mario fue
más hábil que ellos y los seleccionó entre las clases más
pobres, hombres que, por lo general, no eran elegibles para el
servicio militar. Era una etapa importante en la transición de
una milicia popular de reclutas provenientes de una muestra
representativa de las clases propietarias a un ejército
profesional reclutado mayoritariamente entre los muy pobres.
El cambio no fue instantáneo, pero su significado llegaría a
ser profundo y su contribución a poner fin a la República fue
considerable.`
Más adelante, a finales del año Mario ganó la guerra en
Numidia, pero en aquel momento la oscura amenaza de los
cimbros y los teutones se cernía sobre Italia. De nuevo, los
primeros contactos con estas tribus se habían caracterizado
por los escándalos y la incompetencia de los magistrados,
muchos de los cuales pertenecían a las familias más antiguas.
Existía la opinión generalizada, evidente entre los más
acomodados así como entre las clases más desfavorecidas,
porque eran los primeros los que dominaban las votaciones en
las Comitia Centuriata, de que Mario era la única persona a
quien se le podía confiar la tarea de derrotar a los bárbaros, lo
que desembocó en su inigualada sucesión de consulados, una
violación mucho más grave del precedente que la de los
tribunados consecutivos de Cayo Graco. Saturnino y Glaucia
brindaron apoyo a Mario y, al mismo tiempo, confiaron en
poder capitalizar su éxito. En el año Saturnino era tribuno y
56
aprobó una ley que otorgaba tierras del norte de África a
muchos veteranos de Mario de la guerra en Numidia. El
padre de César fue uno de los comisionados designados para
supervisar la implementación de este proyecto de ley o, lo que
era más probable, de uno similar sancionado por Saturnino en
el año El uso de reclutas procedentes de las secciones más
pobres de la sociedad significaba que estos hombres no tenían
fuente de ingresos cuando les licenciaban y volvían la vida
civil. Parte de la legislación aprobada por Saturnino en el año
estaba destinada a proveer de lo necesario a los soldados
licenciados de las operaciones contra los cimbros. Saturnino
utilizó el tribunado de modo muy similar a los Gracos,
presentando medidas populares para repartir la tierra, en
especial la tierra de las provincias y renovando una medida
que ponía trigo a disposición de todos los ciudadanos por un
precio fijo independiente del precio del mercado. Esta última
había sido introducida por Cayo Graco, pero se abandonó tras
su muerte.Y, sin embargo, desde el principio, la reputación de
Saturnino y Glaucia era inferior a la de los Gracos y los
primeros eran mucho más propensos a recurrir a la violencia.
Al final llegaron demasiado lejos y perdieron el respaldo de
Mario que, amparándose en el senadoconsulto último, como
hiciera Opimio en el año 122 a.C., lideró su eliminación. La
República en la que había nacido César no se las estaba
arreglando demasiado bien con algunos de los problemas a los
que se enfrentaba.
57
Descendiente de la nobilísima familia de los Julios,
según se sabe, muy antigua, un linaje que procedía
de Anquises y Venus, destacó por su prestancia
entre todos los ciudadanos…
Cayo julio César nació el 13 de julio del año 100 a.C. del
calendario actual. El día es seguro, pero sobre el año se cierne
una sombra de duda debido a que, casualmente, las secciones
iniciales de las biografias de Suetonio y Plutarco se han
perdido. Unos cuantos expertos han fechado su nacimiento en
los años pero sus argumentos no han logrado convencer a la
mayoría y el consenso sigue apostando firmemente por el año
100. Por el calendario romano, César nació el tercer día antes
de los idus de Quintilis durante el consulado de Cayo Mario y
Lucio Valerio Flaco que, a su vez, era el año 644 «tras la
fundación de la Ciudad». Quintilis -el nombre está
relacionado con quintas o quinto- era el quinto mes del año
de la República, que comenzó en marzo (martius). Más
adelante, durante la dictadura de César, el mes sería
rebautizado julio en su honor, de ahí el nombre actual del
mes. Los idus de Quintilis, como los de marzo, caían el 15,
pero los romanos incluían también ese día cuando contaban
hacia atrás o hacia delante a partir de esas fechas.
58
Los nombres revelaban mucha información sobre la
posición de una persona en la sociedad romana. César poseía
la completa (tres nombres) de un ciudadano romano. El
primer nombre (praenomen) tenía prácticamente la misma
función que su equivalente moderno: identifica ba al miembro
de una familia y era usado en conversaciones informales. La
mayoría de familias empleaba el mismo praenomen para sus
hijos generación tras generación. Tanto el padre como el
abuelo de César se llamaban también Cayo, al igual,
seguramente, que muchos más primogénitos de este linaje de
julios Césares. El nombre segundo o principal (nomen) era el
más importante porque era el nombre del linaje o grupo de
familias a las que alguien pertenecía. El tercer nombre
(cognomen) especificaba la rama concreta de este
agrupamiento más amplio, aunque no todas las familias, ni
siquiera entre los aristócratas, contaban con esa distinción. El
gran rival de César, Cneo Pompeyo, así como su propio
lugarteniente, Marco Antonio, pertenecían a familias que no
poseían cognomina.Algunos individuos adquirían un
sobrenombre adicional, semioficial, que, gracias al saludable
sentido del humor de los romanos, con frecuencia se
adjudicaba a cuenta de su apariencia. El padre de Pompeyo
era conocido como Estrabón o «el estrábico», como también
un primo lejano de César, Cayo Julio César Estrabón. El
nombre de César nunca recibió adendas de este tipo. Cuando
era muchacho le pusieron los tres nombres, pero si hubiera
sido una chica, habría sido conocida sólo por la forma
femenina del nomen. La tía, las hermanas y la hija de César
eran llamadas sencillamente Julia, de la misma manera que
cualquier miembro femenino de cualquier rama de la gens
59
Julia. Si una familia tenía más de una hija, en contextos
oficiales su nombre aparecía seguido de un número para
distinguirlas. Esta disparidad entre los sexos dice mucho
sobre el mundo romano: los hombres, y sólo los hombres,
podían desempeñar un papel en la vida pública y era
importante saber con precisión quién era cada uno de ellos en
el competitivo mundo de la política. Las mujeres no tenían
papel en la política y no necesitaban una especificación de ese
tipo.’
Los julios eran patricios, lo que significa que eran
miembros de la más antigua clase aristocrática de Roma, que
en la primera época de la República había monopolizado el
poder, reinando sobre los plebeyos, mucho más numerosos.
Se sabe poco sobre los diez o doce miembros del clan que
ganaron las elecciones a las magistraturas superiores en los
primeros dos siglos de la República.A diferencia de otros
linajes de patricios de más éxito, como los Fabios y los
Manlios, al parecer, los julios no conservaron y acrecentaron
los logros de sus ancestros con demasiada eficacia. Varias de
estas otras familias continuaron manteniendo un alto grado
de influencia en el periodo en el que el control que
disfrutaban en exclusiva del poder los patricios comenzó a
debilitarse de forma gradual cuando los plebeyos demandaron
más derechos y algunas familias plebeyas de elevada fortuna se
introdujeron por la fuerza en la élite dirigente. A partir del
año uno de los dos cónsules anuales tenía que ser plebeyo; a
finales del siglo ü, la mayoría de las familias más influyentes
entre la élite senatorial eran plebeyas. Quedaron unos pocos
honores que seguían estando destinados únicamente a los
patricios, a quienes, a su vez, no se les permitía convertirse en
60
tribunos de la plebe. En general, de todos modos, las
diferencias entre ambas clases eran mínimas. El mero hecho
de ser patricia no garantizaba el éxito político de una familia.
No existía ningún proceso de creación de nuevos patricios y, a
lo largo de los siglos, varias familias se extinguieron por
completo o fueron cayendo poco a poco en el olvido. Los
julios sobrevivieron, pero poseían escasa prominencia en la
vida pública. Un julio César -el primer hombre que
conocemos que tuvo ese cognomenalcanzó la pretura durante
la segunda guerra púnica. Un autor muy posterior afirmó que
este julio había adoptado ese nombre porque había matado al
elefante de un enemigo durante el combate y que se trataba de
la palabra fenicia para elefante. Otra historia relataba que el
nombre significaba «peludo» y que la familia era famosa por el
grosor de sus cabellos. Es posible que esta historia sea una
invención. Lo que sí parece cierto es que en torno a la misma
época el linaje se dividió en dos ramas distintas, ambas
denominadas julio César, pero registradas en tribus diferentes
en el censo. En el año Lucio julio César obtuvo el consulado,
cargo que ningún otro César ocuparía en el siglo u a.C. No
era antepasado de Cayo, sino que descendía de la otra rama,
algo más exitosa, de la familia. En los primeros años del siglo
i, varios julios Césares comenzaron a disfrutar de más fortuna
en las elecciones. En el año 91 a.C., Sexto julio César fue
cónsul, así como Lucio julio César en el año 90. El hermano
pequeño de este último, Cayo julio Césares Estrabón, fue edil
el mismo año, una magistratura de rango inferior cuyas
responsabilidades incluían la supervisión de los festivales y
entretenimientos públicos. Lucio y Cayo pertenecían a la otra
rama de la familia y, por tanto, eran primos lejanos del padre
61
de César. De los dos, Estrabón era muy respetado como uno
de los principales oradores de su época, mientras que Sexto
julio César es una especie de misterio, no se sabe con certeza
de qué rama de la familia provenía. Es posible incluso que
fuera tío de César, el hermano menor, o más probablemente,
mayor de su padre Cayo, pero no hay pruebas concluyentes
que lo demuestren y es posible que sólo fuera su primo.’
Aunque el impacto de los julios en la historia de la
República era menor que el de otros clanes, su antigüedad era
ampliamente reconocida. Se dice que se habían asentado en
Roma en el siglo vii a.C. tras la captura y destrucción de la
ciudad vecina de Alba Longa a manos de Tulo Hostilio, el
tercer rey de los romanos. No obstante, la asociación con los
primeros días de Roma no se inicia con este acontecimiento,
ya que la familia sostenía que su nombre derivaba de julo (en
latín lulus), el hijo de Eneas, el líder de los desterrados
troyanos que se había establecido en Italia tras la caída de
Troya. El mismo Eneas era hijo del humano Anquises y de la
diosa Venus, es decir, que los antepasados de los julios eran
divinos. En aquella época, los mitos de tiempos remotos no
habían cristalizado aún en la forma que adoptarían en la era
de Augusto, cuando el poeta Virgilio y el historiador Tito
Livio narraron las historias con mayor detalle. Incluso Tito
Livio reconocería que había versiones discrepantes de la
historia de Eneas y sus descendientes; no estaba seguro de si
había sido Julo u otro hijo de Eneas quien fundara Alba
Longa y se convirtió en su primer rey, estableciendo la
dinastía de la que, tiempo después, nacería Rea Silvia, la
madre de Rómulo y Remo. Hay pocos indicios de que a
principios del siglo i a.C. hubiera muchos romanos que fueran
62
conscientes de esa posible asociación entre los julios y
Rómulo. Por el contrario, la afirmación de que el clan
descendía de Venus era muy conocida y lo más probable es
que no se tratara de una invención reciente. Suetonio dejó
constancia de parte de la oración pronunciada por César en el
funeral de su tía en el año 69 a.C.:
El linaje de mi tía Julia por el lado materno desciende de
reyes y por el paterno está vinculado a los dioses
inmortales; pues de Anco Marcio proceden los Marcios
Reyes cuyo nombre llevaba su madre, y de Venus los julios,
de cuya estirpe forma parte nuestra familia. Aúna pues, en
su linaje, la majestad de los reyes que son los que más
poder tienen entre los hombres y la santidad de los dioses
de quienes los propios reyes dependen.’
Es evidente que César dio por supuesto que su público no
se sorprendería ante tales declaraciones. Algunos estudiosos
han señalado que el nombre más que marcar una conexión
con la monarquía podría derivar de un papel en las
ceremonias religiosas de los inicios de la República. Es muy
probable que sea cierto, pero este tipo de distinciones
seguramente no eran tan claras en el siglo i a.C.
63
Mario. Como hemos visto, tal vez existiera un tercer hijo,
Sexto, que llegó a ser cónsul en el año Cayo emprendió la
carrera pública con cierto éxito, logrando una cuestura o bien
justo antes o bien justo después del nacimiento de su hijo. Su
esposa era Aurelia, que procedía de una célebre familia de
nobles plebeyos, pues tanto su padre como su abuelo habían
alcanzado el consulado en el año 114 y en el 119 a.C.
respectivamente, y tres de sus primos, Cayo, Marco y Lucio
Aurelio Cota obtendrían asimismo esa distinción. Es
probable que contraer matrimonio con un miembro de esa
familia supusiera una gran ayuda para las perspectivas
políticas de Cayo César, pero aún recibirían un impulso
mayor cuando su hermana se desposó con Mario. Como ya
hemos mencionado, Cayo fue uno de los diez comisionados
encargados de supervisar parte del programa de colonización
creado por Saturnino para los veteranos de Mario en los años
103 o En su momento, será elegido pretor, pero se desconoce
el año en que lo logró y las fechas conjeturadas han oscilado
desde el año 92 hasta el Es más probable que se tratara de la
fecha más temprana, ya que el año de magistratura fue
seguido por un periodo de gobernador de la provincia de Asia
y lo más probable es que ocupara el puesto en torno al año
Cayo falleció a principios del año y no podemos saber si sus
conexiones le habrían bastado para llevarle hasta el consulado.
Si su pretura se desarrolló, en efecto, ya en el año entonces sin
duda habría tenido la suficiente edad para perseguir la
magistratura suprema… y si Sexto César era realmente su
hermano, seguro que su éxito electoral en el año 91 a.C.
animó a Cayo. Sin embargo, si alguna vez se presentó al
consulado, entonces es obvio que fracasó. En última instancia,
64
nuestra documentación sobre la familia de César es tan escasa
y confusa que es poco lo que podemos afirmar con total
certeza, aparte de la conclusión generalizada de que la carrera
de su padre tuvo un éxito razonable, aunque no espectacular.
No podemos decir si sus logros satisficieron o decepcionaron
al propio Cayo y a su familia inmediata.
Cayo y Aurelia tuvieron tres hijos, César y dos hermanas,
ambas, por supuesto, llamadas Julia. Es más que posible que
hubiera otros hijos que no llegaron a la edad adulta, dado que
la tasa de mortalidad infantil era tremendamente elevada en
Roma (y, desde luego, en todo el mundo antiguo), incluso
entre la aristocracia. Se dice que Cornelia, la madre de los
Gracos, dio a luz a doce bebés, de los cuales sólo tres -
Tiberio, Cayo y su hermana Sempronia- sobrevivieron. Es
probable que se tratara de un caso excepcional, pero parece
que el hecho de que dos o tres hijos alcanzaran la madurez era
una media estable. Había excepciones; por lo visto, los
Metelos, una noble familia plebeya de considerable fortuna e
influencia, habían sido especialmente fértiles y, como
resultado, tuvieron gran peso en las filas de las magistraturas
supremas en los últimos cien años de la República.’
PRIMEROS AÑOS Y EDUCACIÓN
Existe escasa documentación sobre los primeros años de
César, pero se han deducido algunas cosas de los
conocimientos generales sobre la aristocracia en la Roma
contemporánea. Como en la mayoría de las sociedades hasta
el pasado comparativamente reciente, los bebés solían nacer
en casa. El nacimiento de un niño era un acontecimiento
importante para una familia senatorial y la tradición exigía
que tuviera lugar con testigos. Cuando el nacimiento
65
pareciera inminente, se enviaban mensajes para informar a los
parientes y a los socios políticos, que, por lo general, se
presentaban a continuación en la casa. Tradicionalmente su
papel había sido en parte actuar como testigos de que el bebé
era un verdadero miembro de la aristocracia, y algo de ese
papel se había conservado. Ni su padre ni esos invitados
estarían en realidad en persona en la habitación en la que
estaba confinada la madre, asistida por una comadrona y
seguramente algunas parientes y esclavas. En contadas
ocasiones la madre era asistida por un médico, pero, en ese
caso, él era el único hombre presente. Aunque más adelante el
procedimiento llevaría su nombre, no hay pruebas de la época
que sugieran que el parto de César tuviera lugar por césarea,
aunque sí se sabe que era un método conocido en la
Antigüedad. De hecho, es altamente improbable, dado que la
operación solía ser mortal para la madre y Aurelia continuó
viviendo varias décadas más. (Una fuente muy posterior
sostiene que uno de los antepasados de César nació de esta
manera). De hecho, no hay fuente que indique que su
nacimiento no fuera totalmente normal, puesto que un parto
de nalgas o bien otro tipo de parto dificil eran considerados
un mal augurio y existe constancia documental de algunos de
ellos, de los que el más famoso fue el del emperador Nerón.
Una vez que el bebé había nacido, la comadrona lo tendía en
el suelo y lo inspeccionaba en busca de anormalidades o
defectos, valorando, en un nivel muy básico, sus
oportunidades de sobrevivir. Sólo entonces los padres
decidían si aceptaban e intentaban criar al niño. Según la ley,
esta decisión era tomada por el padre, pero es muy poco
probable que la madre no estuviera implicada, en especial
66
cuando tenía un carácter tan tremendo como Aurelia.7
Una vez que el niño había sido aceptado, se encendían
fuegos en varios altares en la casa de los padres. Muchos de
los invitados realizarían el mismo ritual cuando volvieran a sus
propios hogares. El día del nacimiento era muy importante
para los romanos y se celebraba con importantes festejos.
Cuando el niño tenía nueve días de edad -por razones que se
desconocen, la misma ceremonia tenía lugar un día antes en el
caso de las niñas la familia celebraba una ceremonia formal de
purificación (lustratio). Con ello se pretendía liberar al niño
de cualquier espíritu maligno o contaminación que pudiera
haber penetrado en él durante el proceso del parto. La noche
previa se velaba y se llevaban a cabo una serie de ritos que
culminaban el mismo día con sacrificios y la observación del
vuelo de los pájaros como guía sobre el futuro del niño. Al
bebé se le solía regalar un amuleto especial, normalmente de
oro, conocido como la bulla, que se introducía en una bolsa de
cuero y se colgaba del cuello. Como parte de la ceremonia, era
bautizado y, a continuación, su nombre era registrado de
manera oficial. El ritual y la religión rodeaban a todos los
romanos, sobre todo a los aristócratas, en todas las etapas de
su vida.’
Normalmente, la madre desempeñaba el papel
preponderante en los primeros años de la educación de los
hijos. Es poco probable que Aurelia diera el pecho a ninguno
de sus hijos, puesto que, en los inicios del siglo u a.C., la
mujer de Catón el Viejo fue considerada un caso excepcional
por hacerlo. Esta y otras historias similares hacen pensar que
había dejado de ser habitual que una mujer de la aristocracia
diera de mamar a sus hijos.’ Lo más probable es que se
67
buscara una nodriza entre el nutrido grupo de esclavos que
mantenía bajo su techo cualquier familia aristócrata, incluso
una de fortuna tan modesta como los Césares. La selección de
una nodriza y otras esclavas para cuidar del infante eran tareas
importantes para una madre, que las supervisaba
estrechamente y realizaba asimismo múltiples tareas por sí
misma. Otra historia que celebraba la importancia que Catón
otorgaba a su papel de padre cuenta cómo se esforzaba para
estar presente siempre que su esposa Licinia bañaba a su hijo,
lo que implica que la presencia de la madre se daba por
supuesta en tales ocasiones. Se suponía que las madres no
debían ser figuras distantes para unos niños atendidos
principalmente por siervos, pero, en cualquier caso, su
autoridad era considerable. Tácito, un escritor de finales del
siglo hablaba sobre el papel de la madre en la educación de los
hijos en un párrafo que presentó ante Aurelia como una
descripción del ideal:
Pues antaño los hijos nacidos de madre honrada no se
criaban en el cuartucho de una nodriza alquilada, sino en el
regazo y en el seno de su propia madre, y ésta tenía como
principal motivo de orgullo velar por la casa y ser una
esclava para sus hijos… En su presencia no se permitía
nada que pudiera parecer expresión grosera o acción
vergonzosa. Con una virtud que infundía respeto,
moderaba incluso los esparcimientos y juegos de los niños,
no ya sólo sus aficiones e inquietudes. Así se ocupó
Cornelia, la madre de los Gracos, de la educación de sus
hijos -según se nos ha dicho- y consiguió que llegaran a ser
personajes de primera fija; y lo mismo hizo Aurelia con
César y Acia con Augusto.`
68
Es evidente que la influencia de Aurelia sobre su hijo era
grande y perduró más allá de su infancia. César tenía cuarenta
y seis años cuando perdió a su madre, que había sobrevivido a
su marido tres décadas, algo que no era raro en sí mismo en la
aristocracia dado que, con frecuencia, los maridos eran mucho
mayores que sus esposas, en especial en los segundos, terceros
o incluso cuartos matrimonios que los senadores podían llegar
a contraer por razones políticas. Por tanto, suponiendo que la
esposa sobreviviera a los rigores del parto, era más que
probable que viviera más años que su cónyuge e, igualmente,
era mucho más habitual que la madre y no el padre de un
senador estuviera viva para cuando este comenzaba a
aproximarse a tan importante cargo. Las madres, sobre todo
aquellas que, como Aurelia, respondían con tanta exactitud al
ideal de maternidad, eran muy admiradas por los romanos.
Una de sus historias más preciadas contaba que Coriolano, el
gran general que, al verse maltratado por sus rivales políticos,
había desertado, se había unido al enemigo y le había guiado
contra Roma, pero que, cuando estaba a punto de destruir su
tierra natal, retiró su ejército, movido menos por un
sentimiento de patriotismo que por la petición directa de su
madre.”
Para la aristocracia, la educación debía organizarse
completamente dentro de la familia. Muchos romanos se
vanagloriaban de esta costumbre, comparándola con orgullo
con los sistemas preceptivos controlados por el Estado de
numerosas ciudades griegas. En Roma, solían ser los
ciudadanos de ingresos medios los que enviaban a sus hijos a
las escuelas primarias de pago, que acogía niños a partir de los
siete años. Para la aristocracia, la educación continuaba
69
llevándose a cabo en el hogar y, al menos inicialmente, tanto
niños como niñas recibían la misma instrucción: aprendían a
leer, escribir y cálculo y matemática básica. En la época de
César era habitual que los hijos de los senadores fueran
educados para ser bilingües en latín y griego. Es probable que
las primeras clases de griego fueran impartidas por un esclavo
nativo (paedagogus) que atendía al niño. Había asimismo
abundante instrucción sobre los rituales y tradiciones de la
familia y sobre la historia de Roma que, invariablemente,
hacía hincapié en el papel desempeñado por los antepasados
del muchacho. Estas y otras grandes figuras del pasado eran
consideradas lecciones prácticas sobre lo que significaba ser
romano. Los niños aprendían a admirar las cualidades
típicamente romanas de la dignitas, pietas y virtus, todas ellas
palabras con una renosancia más poderosa que sus derivados
dignidad, piedad y virtud. La dignitas era el sobrio
comportamiento que ponía claramente de manifiesto la
importancia y responsabilidades de un hombre y, en
consecuencia, infundía respeto. La dignidad era considerable
en cualquier ciudadano romano, mayor en un aristócrata y
aún mayor en un hombre que había ocupado una
magistratura. La pietas incluía no sólo el respeto hacia los
dioses, sino hacia la familia y los padres, así como hacia las
leyes y tradiciones de la República. La virtus poseía un fuerte
componente militar, incluyendo no sólo la valentía física, sino
también la confianza, el coraje moral y las habilidades
requeridas tanto en el soldado como en el comandante.`
Los romanos consideraban que la grandeza de Roma
residía en el hecho de que las anteriores generaciones daban
prueba de reunir estas cualidades en un grado que no había
70
sido igualado por ninguna otra nación. Los adustos rostros
tallados en los monumentos funerarios del siglo que
reproducían en detalle la idiosincrasia y defectos que había
tenido el hombre en vida, tan diferentes de los retratos
idealizados de la Grecia clásica, irradian un inmenso orgullo y
seguridad en sí mismos. Los romanos se tomaban muy en
serio a sí mismos y educaban a sus hijos no sólo para creer,
sino para saber que eran especiales. Su amor propio y el
enorgullecimiento que sentían por pertenecer a la República
eran muy intensos incluso entre los ciudadanos más pobres, y
aún más pronunciado en aquellos de mayor fortuna y cuna
más privilegiada. Los senadores romanos llevaban años
viéndose a sí mismos como superiores a cualquier rey
extranjero. A los jóvenes aristócratas se les educaba en esa
creencia, pero también para pensar que ellos y sus familias se
distinguían del resto de la élite romana. La familia de César,
que contaba con pocos antepasados que hubieran alcanzado
los más altos cargos o hubieran realizado grandes hazañas en
el servicio a la República, poseían sin duda algunos logros que
contar, además, por supuesto, de la antigüedad del linaje y sus
orígenes divinos. Este sentimiento de importancia venía
acompañado de un enorme sentido del deber y de la
obligación de estar a la altura de las expectativas de la familia
y de la comunidad de la República en general. La educación
de los hijos les inculcaba la idea de que estaban íntimamente
conectados con el pasado de su familia y de Roma. Como
Cicerón declararía más tarde: «En efecto, ¿qué es la vida del
hombre si no se enlaza mediante la memoria de los hechos
antiguos con la vida de nuestros antepasados?».13
A César le enseñaron a creerse alguien especial. Eso en sí
71
mismo no era nada inusual, pero como único hijo de sexo
masculino y con una madre tan enérgica y admirada, no hay
duda de que desde el principio desarrolló un sentido
inusualmente elevado, aunque probablemente no único, de su
propia valía. La educación romana tenía el objetivo
eminentemente práctico de preparar al niño para su papel
como adulto. Para un niño de la aristocracia eso significaba
hacer carrera en la vida pública y la oportunidad de obtener
nueva gloria para la familia, así como convertirse un día en el
jefe de su propio hogar, el paterfamilias, encargado de educar
a la próxima generación. Desde los siete años de edad
aproximadamente, los chicos empezaban a pasar más tiempo
con sus padres, acompañándoles en sus actividades. En la
misma etapa, la niña estaría aprendiendo cómo su madre
administraba la casa, supervisaba las ocupaciones de los
esclavos y, al menos en los hogares tradicionales, tejía ropa
para la familia. Los chicos veían cómo su padre se reunía y
saludaba a otros senadores, y se les permitía sentarse junto a
las puertas abiertas del lugar de reunión del Senado y escuchar
los debates. Comenzaban a aprender quién poseía mayor
influencia en el Senado y por qué. Desde una temprana edad
observaban el desarrollo de los grandes asuntos de la
República, de modo que, de manera natural, nacía en ellos el
sentimiento de ser parte de ese mundo y el deseo de participar
en él cuando tuvieran edad suficiente para ello. Había
vínculos informales de favores y obligaciones que ligaban
entre sí a toda la sociedad romana en un sistema conocido
como clientela: existía un patrón, que era un hombre con
riqueza, influencia y poder, a quien los menos favorecidos
acudían en busca de ayuda. Esa ayuda podía adoptar la forma
72
de un puesto, conseguir un contrato, asistencia en los
negocios o las disputas legales, o incluso, en su nivel más
básico, donaciones de alimentos. A cambio, el cliente tenía el
deber de ayudar a su patrón de diversas maneras. La mayoría
iba a saludarle formalmente todas las mañanas. El número de
clientes que un hombre poseía acrecentaba su prestigio, en
especial si eran distinguidos o exóticos. Los senadores podían
llegar a contar entre sus clientes a comunidades enteras,
incluidos pueblos o ciudades en Italia y las provincias. Era
muy posible que un patrón, incluso algunos senadores menos
distinguidos, fuera cliente de un hombre aún más poderoso,
aunque en este caso no se emplearía ese nombre. Los
senadores dedicaban gran parte de su tiempo a ver a sus
clientes, a hacer por ellos lo suficiente para garantizar su
compromiso continuado, mientras que, a su vez, se
aseguraban de que le brindaran el apoyo que deseaban.
Numerosos asuntos de la política romana se llevaban a cabo
de manera informal.14
Al mismo tiempo continuaba la educación más formal, lo
que implicaba tal vez asistir a uno de los cerca de veinte
colegios que enseñaban grammatica o, probablemente más a
menudo, recibir una instrucción similar en casa o con otros
niños en la casa de un pariente. César fue educado en casa y
de esa etapa de su vida sabemos que su tutor fue un tal Marco
Antonio Gnipho. Original del Oriente helenístico y educado
en Alejandría, Gnipho había sido esclavo, pero más tarde fue
liberado por la familia Antonio, posiblemente por su
satisfacción con la manera en que enseñaba a sus hijos. Era
muy respetado como profesor de retórica griega y latina. En
esta etapa secundaria de la educación se estudiaba con detalle
73
la literatura en ambas lenguas, así como la práctica de la
retórica. La literatura ocupaba un papel central en el
aprendizaje y la aristocracia tenía la ventaja de poder
permitirse realizar copias de manuscritos en un mundo
anterior a la imprenta, que facilitaría tanto la copia de libros.
Muchos senadores tenían amplias bibliotecas en sus casas que
estaban a disposición de sus parientes y asociados más
jóvenes. El propio futuro suegro de César, Calpurnio Pisón,
poseía una inmensa colección de libros que trataban
fundamentalmente sobre filosofía epicúrea, de los que se han
hallado vestigios en las ruinas de su villa, cerca de Herculano.
También era común recibir en casa a estudiosos y filósofos,
ampliando así el entorno cultural en el que crecían los jóvenes
aristócratas. César, como muchos otros jóvenes aristócratas,
no se contentaba sólo con leer gran literatura: sentía asimismo
la inspiración de escribir sus propias obras. Suetonio
menciona un poema de loa a Hércules, así como una tragedia
titulada Edipo. Es posible que la calidad de estas obras
inmaduras no fuera especialmente elevada -aunque
probablemente no fueran ni mejores ni peores que las de otros
aristócratas que después se dedicaron a destinos más
grandiosos- y fueron destruidas por el hijo adoptivo de César,
el emperador Augusto.15
Todavía se practicaba la recitación de memoria, y los niños
memorizaban cosas como las Doce Tablas, la base esencial del
Derecho Romano. En el año 92 a.C., un edicto ordenó el
cierre de varios colegios que en señaban retórica latina,
declarando que la instrucción en griego era superior, incluso
para enseñar a una persona que pronunciaba discursos en
latín. Es probable que, en parte, esta medida pretendiera
74
evitar que las habilidades para la oratoria, que tan útiles
resultaban en la vida pública, llegaran a ser algo demasiado
común, dado que ese tipo de colegios era el que tenía más
posibilidades de aceptar alumnos de familias ajenas al Senado.
En el entorno político romano era esencial poseer cierta
habilidad para hablar en público, de modo que esa costumbre
continuaba haciendo hincapié en la utilidad más que en la
adquisición de conocimientos puramente académicos.
Cicerón, que tenía seis años más que César, recordaba cómo
en el año había ido a escuchar a los mejores oradores a las
asambleas populares y a los tribunales. Describió asimismo
cómo «aunque escribía, leía y me entrenaba en la elocuencia
todos los días, no me contentaba sólo con los ejercicios
oratorios» y pronto comenzó a observar las actividades de uno
de los más importantes juristas del momento. Por lo visto, a
César le influyó especialmente el estilo oratorial de su familiar
César Estrabón, así que podemos suponer que le había visto
en acción.16
El entrenamiento fisico estaba dirigido por metas
igualmente utilitarias a las de la educación académica. En el
mundo helenístico se perseguía la perfección atlética como un
fin en sí mismo y no era una preparación directa para los
deberes de un adulto. El ejercicio de gymnasia se practicaba
desnudo y en numerosas ciudades esas instituciones tendían a
celebrar la homosexualidad, aspectos ambos muy poco
populares entre los romanos. Para ellos, el ejercicio buscaba
fomentar la buena forma fisica y tenía un fuerte regusto
militar. Lo más habitual era que en el Campus Martius -el
Campo de Marte, el dios de la guerra, donde el ejército se
congregaba cuando Roma era todavía una pequeña ciudad-
75
los jóvenes aristócratas aprendieran a correr, a nadar en el
Tíber y a luchar con armas, sobre todo la espada y la jabalina.
También se les enseñaba a cabalgar, y Varrón, casi
contemporáneo de César, nos cuenta que, al principio, este
montaba más a pelo que con la silla. Se suponía que gran
parte de la instrucción en todas estas destrezas era impartida
por el padre o algún otro pariente. Era muy importante que
todo esto tuviera lugar a la vista de todos. Los muchachos de
edad similar que, con el tiempo, acabarían convirtiéndose en
rivales en la lucha por los cargos políticos, entrenaban a la
vista de los demás, e incluso en esta temprana etapa de su vida
podían comenzar a labrarse una reputación. César era de
constitución ligera y no particularmente robusto, pero parece
que su gran determinación compensó esa desventaja. Plutarco
nos cuenta que tenía una habilidad innata para montar a
caballo y también leemos que se habituó a montar con los
brazos cruzados a la espalda, guiando el trote del caballo con
las rodillas. En una época posterior de su vida, su destreza con
las armas también fue alabada y los romanos creían que todo
buen comandante debía manejarla espada, la jabalina y el
escudo tan bien como manejaba legiones enteras.”
LA CALMA Y LAS TORMENTAS
Tras la violenta eliminación de Saturnino y Glaucia en el
otoño del año 100 a.C., la vida pública romana había
recobrado hasta cierto punto la normalidad. La reputación de
Mario se había visto menoscabada por su anterior asociación
con ambos individuos, pese a haber sido quien dirigiera las
fuerzas de la República contra ellos. Había rumores de que se
había sentido tentado de unirse a Saturnino. Una de las
historias más descabelladas afirmaba que la noche antes de la
76
confrontación final había recibido al mismo tiempo a los dos
líderes radicales y a una delegación del Senado en su casa.
Supuestamente, Mario había fingido un ataque agudo de
diarrea y utilizado ese pretexto para escabullirse de la
habitación donde se entrevistaba con uno de los grupos cada
vez que quería hablar con el otro. No obstante, aparte de su
cuestionable actuación en este asunto, Mario simplemente
carecía de la habilidad suficiente en el juego político para
sacar el máximo partido de su fortuna y de su gloria militar.
El trabajo diario de recibir amigos y asociados, de hacer
favores a tantas personas como fuera posible para que
quedaran obligados ante él sin hacerles sentir inferiores
consumía gran parte del tiempo de un senador, pero no eran
cosas en las que Mario destacara. Plutarco nos cuenta que
eran pocos los que buscaban su asistencia, ni aun después de
construir una casa nueva cerca del Foro y haber declarado que
los visitantes no tendrían que caminar demasiado para verle.
No sabemos cuánto contacto tuvo el joven César con su
famoso tío durante la década de los noventa antes de Cristo,
pero no debió de aprender mucho de él sobre cómo obtener
influencia en el Senado.18
La legislación de los Gracos y de Saturnino había
despertado una notable oposición, pero, al final, el temor al
poder e influencia que estos tribunos radicales podían llegar a
alcanzar merced a sus acciones fue el factor decisivo que
provocó sus violentas muertes. En última instancia, la mayoría
de la élite romana prefería permitir que algunos de los
principales problemas a los que se enfrentaba la República
quedara sin resolver antes que ver a otro hacerse con el mérito
de haberlos solucionado. Sin embargo, los temas seguían ahí,
77
muchos de ellos relacionados con la cuestión fundamental de
quién debería beneficiarse de las ganancias del imperio. Si un
magistrado proponía una nueva distribución de la tierra,
ofrecer trigo subvencionado por el Estado a los pobres de la
ciudad o ampliar el papel público como jueces de la orden
ecuestre, podía contar con encontrar apoyo inmediato, y el
éxito de los tribunos radicales de las pasadas décadas lo
demostraba con claridad, pero del mismo modo su brutal
muerte mostraba lo dificil que era mantener a largo plazo la
popularidad entre grupos de intereses tan dispares.
Un grupo cuyo favor ofrecía menos ventajas inmediatas a
un senador eran los aliados italianos o socii.Tiberio Graco se
había granjeado la hostilidad de la aristocracia italiana con su
ley sobre la tierra debido a que muchos de ellos poseían
grandes franjas de De manera directa, no disfrutaban de
ningún poder en Roma, pero lograron influir sobre algunos
senadores importantes para que se opusieran al tribuno. Cayo
Graco había tratado de ganarse a los italianos otorgándoles la
ciudadanía romana, pero en el proceso había perdido el apoyo
de muchos de sus adeptos romanos. A la élite romana no le
gustaba la idea de que los más acaudalados entre los nuevos
ciudadanos se sumaran a la competición por los cargos
públicos, mientras que los más pobres, en especial los que
habitaban en la urbe, temían que multitudes de italianos
inundaran los juegos y los entretenimientos y redujeran el
valor de sus votos en las asambleas. Al parecer, el fracaso de la
legislación de Cayo acentuó la insatisfacción existente entre
los aliados italianos de Roma. Estas comunidades
suministraban al menos la mitad de los soldados que
conformaban el ejército romano y es posible que el porcentaje
78
se hubiera elevado aún más en los últimos tiempos- y sufrían
bajas de manera proporcional, pero en aquella época no
parece que compartieran el botín de la expansión en el mismo
grado que los romanos. El arrogante comportamiento de
algunos ma gistrados romanos en sus tratos con los socü
constituía otra fuente de resentimiento. En el año la colonia
de Fregellae, que poseía el ius latü y, por tanto, disfrutaba de
ciertos privilegios en comparación con otras zonas, se había
rebelado contra Roma y la sublevación había sido reprimida
con gran brutalidad. Por lo visto, muchos italianos llegaron a
la conclusión de que sólo cuando alcanzaran la plena
ciudadanía romana les resultaría más aceptable la hegemonía
de Roma. Algunos partieron hacia Roma y, de algún modo,
lograron ser inscritos como ciudadanos, pero durante los
primeros años del siglo i, una serie de censores especialmente
estrictos se esforzaron al máximo para eliminar los nombres
de aquellos a los que no les correspondía por derecho obtener
la ciudadanía romana.`
En el año 91 a.C., el tribuno Marco Livio Druso volvió a
abogar por otorgar la ciudadanía a los aliados: era el elemento
central de una serie de reformas que recordaban mucho a las
de los Gracos, lo cual no dejaba de ser una ironía porque el
padre de Druso había sido uno de los principales oponentes
de Cayo. Como los hermanos Graco, Druso provenía de una
familia rica e influyente, lo que le permitía proponer leyes más
audaces, pero a la vez acrecentaba el recelo respecto a sus
ambiciones a largo plazo. El tribuno se enfrentaba a una
considerable oposición, sobre todo hacia su plan de ampliar el
derecho al voto. No obstante, antes de que la ley de
ciudadanía pudiera ser votada por la asamblea, un
79
desconocido asestó a Druso una puñalada mortal con un
cuchillo para trabajar el cuero cuando recibía a algunos
visitantes habituales en el atrio de su casa. Nunca se ha
llegado a establecer la identidad del asesino, pero era evidente
que la ley ya no se aprobaría. Un alto número de nobles
italianos, algunos de los cuales habían mantenido una estrecha
asociación con Druso, resolvieron de inmediato hacerse cargo
ellos mismos del asunto. El resultado fue el levantamiento de
grandes áreas de Italia en lo que se ha dado en llamar la
Guerra Social (nombre que deriva de socü, palabra latina para
aliados). Los rebeldes crearon su propio Estado, con capital
en Corfinium y una constitución con una acusada influencia
del sistema romano, en el que los magistrados clave eran dos
cónsules y doce pretores elegidos cada año. Se acuñaron
monedas que mostraban el toro de Italia corneando a la loba
romana y se movilizó con rapidez un nutrido ejército, con un
equipamiento, entrenamiento y doctrina táctica idénticos a los
de las legiones. Hacia finales del año estalló una encarnizada
lucha, con cuantiosas pérdidas en am bos bandos. Las
lealtades de la contienda eran complejas y, en muchos puntos,
la lucha se parecía más a una guerra civil que a una revuelta.
Numerosas comunidades italianas, incluidos prácticamente
todos los municipios latinos, permanecieron leales a Roma,
mientras que muchos soldados romanos capturados se
mostraron dispuestos a enrolarse en las tropas italianas y
luchar contra sus conciudadanos.`
César era demasiado joven para participar en la Guerra
Social, pero la primera experiencia militar de varios de
aquellos que desempeñaron un papel clave en su historia, en
particular Cicerón y Pompeyo, tuvo lugar en este conflicto. Es
80
muy posible que el padre de César participara de algún modo,
pero las fuentes no mencionan nada al respecto. Lucio julio
César, que fue cónsul en el año y resultó ser un comandante
poco inspirado en sus operaciones contra los rebeldes, era
miembro de la otra rama de la familia. Sexto julio César, que,
como dijimos, podría haber sido hermano de Cayo, había
ocupado el cargo el año anterior y también tomó parte en el
conflicto, en el que acabó falleciendo de enfermedad cuando
capitaneaba un ejército en calidad de procónsul. La magnitud
de los enfrentamientos de la Guerra Social, unida a las
muertes de varios magistrados a manos del enemigo y a la
incompetencia mostrada por otros, provocó que muchos
senadores experimentados recibieran cargos de
promagistrados. Mario desempeñó un papel esencial en el
primer año de lucha, erigiéndose vencedor en diversas
escaramuzas y, lo que tal vez es más importante, evitando la
derrota. Se estaba aproximando a los setenta años, una edad
que los romanos consideraban excesiva para un general en el
campo de batalla, y se alzaron algunas voces críticas que
afirmaban que su comportamiento era demasiado
cauteloso.Ya fuera por eso o por problemas de salud, no
parece haber tenido un papel activo en la guerra después del
año 90 a.C. Fueron otros dos comandantes, Lucio Cornelio
Sila y Cneo Pompeyo Estrabón, a los que se les atribuyó el
mérito de haber contribuido más que ningún otro a la victoria
militar de Roma. Sin embargo, la diplomacia y la conciliación
fueron tan decisivas para ganar la Guerra Social como el uso
de la fuerza, y, desde el principio, el Senado había comenzado
a conceder lo que los italianos habían solicitado sin éxito en
primer lugar. Las comunidades aliadas que habían
81
permanecido leales obtuvieron la ciudadanía, así como
aquellos que se habían rendido velozmente y, al poco,
también los vencidos. La rapidez con la que los romanos
ampliaron el derecho al voto a prácticamente toda la
población libre de Italia que habitaba al sur del río Po pone de
relieve lo absurdo de la lucha. La forma en la que se llevó a
cabo ilustra asimismo la renuencia a alterar el equilibrio
político existente en la propia Roma: los nuevos ciudadanos
fueron concentrados en unas pocas tribus con derecho al voto
para minimizar su influencia.`
Sila había obtenido un gran reconocimiento por su papel
en la represión de los rebeldes, y a finales del año 89 a.C.
regresó a Roma y ganó las elecciones al consulado para el año
siguiente, derrotando a Cayo julio César Estrabón, uno de sus
principales competidores. Desde numerosos puntos de vista,
la carrera de Sila prefiguró la de César.Ambos eran patricios,
pero sus familias hacía tiempo que habían perdido
prominencia, es decir, su progreso en la vida pública resultó
casi tan complicado como el de cualquier «hombre nuevo».
Sila inició su carrera más tarde de lo normal, pero sirvió como
cuestor de Mario en Numidia y fue el principal artífice de la
traición y captura de Yugurta. Ese fue un logro del que
alardeaba constantemente, avivando los crecientes celos de su
antiguo comandante, que sentía que disminuía su propia
gloria.Aunque durante la guerra con los cimbros Sila sirvió al
principio a las órdenes de Mario, pronto se trasladó al ejército
de su colega consular y, al parecer, a partir de entonces las
relaciones entre los dos nunca volvieron a ser cordiales.
Cuando era cónsul en el año el Senado adjudicó a Sila el
mando en la guerra contra el rey Mitrídates VI del Ponto.
82
Mitrídates reinaba en uno de los reinos helenísticos orientales
cuyo poder había aumentado con la decadencia de Macedonia
y los seléucidas. Mientras los romanos estaban ocupados
combatiendo en Italia, el rey había invadido la provincia
romana de Asia y ordenado la masacre de todos los romanos e
italianos de la región. Tras este triunfo, invadió Grecia. Para
Sila esta misión era una excelente oportunidad para hacer
campaña entre las famosas y extremadamente ricas ciudades
de Oriente y comenzó a formar un ejército para el que no le
faltaron reclutas, porque las guerras en el este eran famosas
por sus sencillas batallas y fructífero saqueo.`
En circunstancias ordinarias, Sila habría ido a la guerra y
habría hecho todo lo posible para añadir nuevo lustre al
nombre de su familia, pero un tribuno llamado Sulpicio
aprobó un proyecto de ley en la asamblea que daba a Mario el
mando en Oriente en vez de a Sila. Era una ley de una serie
de leyes en las que se intentaba seguir el camino marcado por
los Gracos y Saturnino utilizando el tribunado para introducir
un radical programa de reformas. Otra de las leyes estaba
concebida para distribuir de modo más uniforme entre las
tribus que votaban a los ciudadanos que acababan de obtener
el derecho al voto. Mario no tuvo inconveniente en utilizar a
Sulpicio como ya había utilizado a Saturnino, y Sulpicio se
alegró de poder beneficiarse de la asociación con el popular
héroe de guerra. Seguramente ninguno de ellos habría
vacilado en romper con el otro si eso les hubiera ofrecido
mayor ventaja, sobre todo después de conseguir sus objetivos
inmediatos. Nunca debemos olvidar que la política se basaba
en el éxito individual y no en los partidos. Por el momento,
era obvio que Mario había decidido que necesitaba volver a
83
pelear para recuperar la admiración de la que había gozado
después de derrotar a Yugurta y los bárbaros del norte.
Sulpicio, un tribuno con notable influencia en la asamblea,
podía brindarle la oportunidad de luchar en otra guerra.
Mario tenía sesenta y nueve años y no había ocupado una
magistratura por votación desde el año mientras que el
historial de Sila ponía de manifiesto su competencia, por lo
que no había motivo para que se produjera esa alteración de
los métodos tradicionales de asignar misiones. No obstante,
los Gracos habían confirmado que la asamblea popular podía
legislar sobre cualquier asunto. La simpatía y los precedentes
apoyaban la causa de Sila, pero técnicamente no había nada
ilegal en el procedimiento de Sulpicio, que este respaldó con
ataques de bandas violentas, hasta el punto de que una
historia mantenía que Sila escapó con vida sólo porque se
refugió en casa de Mario.23
Sila había sido tratado de forma injusta, su dignitas como
aristócrata, senador y cónsul se había visto severamente
menoscabada. Aunque su resentimiento era comprensible, su
reacción fue asombrosa y terrible: abandonó Roma, se
presentó ante sus tropas y les dijo a los soldados que ahora
que había sido reemplazado en el mando de Oriente, era
inevitable que Mario reuniese sus propias legiones para librar
la guerra. Antes de permitir que sucediera algo así, instó a sus
legionarios a que le siguieran hacia Roma para liberar a la
República de la facción que se había hecho con el poder.
Únicamente uno de los oficiales senatoriales respondió a su
llamamiento, pero esta reticencia no era compartida por el
resto del ejército.Ya fuera por el temor a que les arrebataran la
oportunidad de lograr un buen botín, o incluso por la
84
sensación de que se había cometido una injusticia contra su
comandante, el caso es que las legiones siguieron a Sila hasta
Roma. Era la primera vez que un ejército romano marchaba
contra la ciudad. Dos pretores enviados a encontrarse con el
ejército recibieron un duro trato: rasgaron sus ropas, y las
fasces, que portaban sus ayudantes como símbolo de que
poseían imperium, fueron despedazadas por los legionarios
enfurecidos. Algún tiempo después, otras delegaciones
senatoriales, que solicitaron al cónsul que hiciera un alto y
diera tiempo a que el conflicto se solucionara de manera
pacífica, fueron recibidas cordialmente, pero se hizo caso
omiso a sus peticiones. Cuando la entrada en Roma de una
pequeña parte de las tropas fue detenida por un grupo reunido
con precipitación de soldados leales a Mario y Sulpicio, Sila
respondió con mayor energía, ordenando a sus hombres
abrirse camino luchando a través de las calles y quemando
varias viviendas en su avance. Al principio, la oposición fue
feroz, pero mal equipada y los defensores fueron aplastados
enseguida. Sila declaró fuera de la ley a doce de los líderes
contrarios, incluidos Mario y su hijo, así como Sulpicio, tras
lo cual cualquiera podía asesinarlos legalmente y reclamar la
recompensa. El tribuno fue traicionado y asesinado por uno
de sus propios esclavos. (Sila otorgó la libertad al esclavo y, a
continuación, hizo que lo despeñaran desde lo alto de la Roca
Tarpeya por deslealtad hacia su antiguo amo. La severidad del
gesto estaba muy en sintonía con las tradiciones romanas de
respeto a la ley y al deber). Los otros fugitivos se libraron de
la persecución y escaparon. Mario, tras una serie de
pintorescas aventuras -sin duda muy adornadas más tarde por
la leyenda-, acabó llegando a África, donde fue recibido con
85
los brazos abiertos por las comunidades de sus veteranos,
establecidos allí tras la guerra de Numidia. Sila adoptó
algunas medidas para restaurar la normalidad; después partió
con su ejército a luchar contra Mitrídates y no retornó a Italia
durante casi cinco años.`
En el año 87 a.C., los dos cónsules elegidos se enfrentaron
casi de inmediato y uno de ellos, Lucio Cornelio Cinna, fue
declarado enemigo de la República y expulsado del cargo
después de que intentara anular la legislación de Sila.
Imitando a Sila, Cinna huyó hacia uno de los ejércitos que
aún se ocupaban de apagar los últimos rescoldos de la revuelta
italiana y persuadió a los soldados de que le respaldaran. Al
poco se unió a él Mario, que había regresado de África con
una multitud de voluntarios que eran poco más que chusma.
Los más conocidos eran los Bardyaei, una banda de libertos
que constituían la guardia personal de Mario y, con
frecuencia, actuaban como verdugos. Hacia finales de año,
Mario y Cinna marcharon sobre Roma: el cónsul Octavio, un
hombre de principios elevados pero de muy modesto talento,
se les opuso en vano. El ambiguo comportamiento de
Pompeyo Estrabón, que seguía al mando de su ejército y que
llevaba varios años detrás de un segundo consulado, sólo
sirvió para empeorar las cosas. Sila había enviado a Quinto
Pompeyo, el otro cónsul del año a hacerse cargo de las
legiones de Estrabón. Quinto y Estrabón eran primos lejanos,
pero eso no impidió que los legionarios de Estrabón
asesinaran al primero, casi con certeza con la aprobación de su
comandante. Es posible que Estrabón dudara a qué lado
unirse y, probablemente, se acercó a ambos. Llegado el
momento, se unió a Octavio, pero el apoyo que le brindó no
86
fue eficaz y sus fuerzas resultaron derrotadas. Estrabón murió
poco después, quizá de enfermedad o posiblemente tras ser
alcanzado por un rayo.
Octavio se negó a huir cuando el enemigo entró en la
ciudad y fue asesinado mientras ocupaba su puesto de cónsul
en la colina Gianicolo. Su cabeza cortada fue entregada a
Cinna, que ordenó que la sujetaran a la rastra en el Foro, y
pronto se le sumaron las cabezas de otros senadores. Según
nuestras fuentes, Mario es el principal responsable de la ola de
ejecuciones que siguieron, pero parece probable que el papel
de Cinna fue igualmente significativo. El famoso orador
Marco Antonio -el abuelo del Marco Antonio que sucedería a
César- fue asesinado, como también lo fueron el padre y el
hermano mayor de Marco Licinio Craso y Lucio César y su
hermano César Estrabón. Unos cuantos hombres fueron
juzgados en procesos simulados, pero la mayor parte acabaron
asesinados sin más al ser capturados. La casa de Sila fue
reducida a cenizas en un importante gesto simbólico, puesto
que la residencia de un senador no era sólo la localización de
muchas actividades políticas, sino asimismo un signo visible
de su importancia. Los secuaces de Mario y Cinna buscaron a
su esposa y familia, pero lograron evitar la captura y se
unieron a él más adelante en Grecia. Si el ataque de Sila a
Roma había sido terrible, la brutalidad de esta segunda
ocupación fue mucho peor. Mario y Cinna fueron elegidos
cónsules para el año 86 a.C., pero el primero falleció
súbitamente unas pocas semanas después de asumir su
cargo.Tenía setenta años.21
La participación del padre de César en estos hechos, si es
que se produjo, se desconoce. Tampoco es posible afirmar si
87
el joven César estaba realmente en Roma en las dos ocasiones
en las que la ciudad fue tomada al asalto, o si vio los cadáveres
flotando en el Tíber y las cabezas colgadas de la rostra. La
educación de los jóvenes aristócratas era muy tradicional y se
suponía que debían aprender mucho de la observación de sus
mayores mientras estos se hacían cargo de las tareas diarias,
pero, en esos años, la vida era tan desordenada y a menudo
violenta que, inevitablemente, estaban recibiendo una
impresión muy distinta de la República de la que tuvieron las
anteriores generaciones. Lo peor estaba por llegar.
88
Proscribíase no sólo en Roma, sitio en todas las ciudades de
Italia, no estando inmunes y puros de esta sangrienta matanza
tú los templos de los dioses, ni los hogares de la hospitalidad,
tú la casa paterna, sitio que los maridos eran asesinados en los
brazos de sus mujeres y los h¿ios en los de sus madres. Y los
entregados a muerte por encono y enemistades eran un
número muy pequeño respecto de los proscritos por sus
riquezas. Así, los mismos ejecutores solían decir de los que
perecían, como cosa corriente: a este le perdió su magnfica
casa; a aquel, su huerta; al otro, las aguas termales.
89
tenía lugar entre los catorce y los dieciséis años, aunque se
sabe de casos en los que los muchachos apenas contaban doce
años y otros que ya tenían dieciocho. Lo más frecuente era
que la ceremonia se llevara a cabo en la fiesta de las Liberalia,
que tenía lugar el 17 de marzo, aunque, una vez más, no exis
tía ninguna obligación legal de celebrarla ese día. Aparte de
las ceremonias dentro del hogar, el niño aristócrata era
conducido a la vista de todos a través de la ciudad por su
padre y los amigos de este, lo que simbolizaba la admisión del
hijo como adulto en la comunidad general de la República.
Tras cruzar el Foro, el grupo ascendía la colina Capitolina
para realizar un sacrificio en el templo de Júpiter: una ofrenda
a Juventus, la deidad de la juventud.’
Tras la muerte de su padre, César no se convirtió sólo en
un adulto, sino también en el paterfamilias o cabeza de
familia. Había pocos parientes cercanos varones que pudieran
guiar su futura carrera, pero, desde el principio, el chico
demostró tener mucha confianza en sí mismo. Al cabo de un
año, rompió el compromiso matrimonial que sus padres
habían cerrado en su nombre unos años antes. Este
compromiso le prometía con una tal Cosucia, cuyo padre no
era senador, sino que pertenecía a la orden ecuestre. Su
familia poseía una gran fortuna y no hay duda de que habría
aportado una elevada dote, pero, aunque este dinero habría
sido muy útil para lanzar su carrera política, la alianza ofrecía
pocas ventajas más. Es posible que César y Cosucia estuvieran
incluso casados y no sólo prometidos, porque la palabra
empleada por Suetonio significaba a menudo un divorcio en
toda regla, mientras que Plutarco incluía con claridad a
Cosucia entre las esposas de César. La edad de ambos hace
90
que el matrimonio resulte poco probable, pero no imposible.
Sea cual fuere la naturaleza exacta de la unión, César la
rompió para casarse con Cornelia, la hija de Cinna, patricio
como él, cónsul durante cuatro años consecutivos (87-84
a.C.) y el hombre más poderoso de Roma.’
No sabemos con exactitud por qué Cinna decidió honrar a
César con este vínculo. Es evidente que la ejecución de los
dos julios Césares no contaba en su contra, lo que en sí
mismo ilustra hasta qué punto estaban separadas las dos
ramas de la familia. Mario era el tío del muchacho, algo que
indudablemente jugaba a su favor, pero la importancia de este
vínculo había disminuido en cierta medida con la muerte de
Mario a principios del año 86 a.C. Es cierto que, en las
últimas semanas de su vida, él y Cinna habían nombrado al
chico para el cargo de Flamen Dialis, uno de los sacerdocios
más prestigiosos de Roma. El anterior titular del cargo, Lucio
Cornelio Mérula, había sido elegido cónsul sufecto (sustituto)
en el año por Octavio para sustituir al destituido Cinna.
Cuando las fuerzas de Mario y Cinna tomaron Roma, Mérula
se había anticipado a la ejecución suicidándose. El Mamen
tenía que ser un patricio casado con una patricia por una
antigua forma de ceremonia nupcial, muy poco común, que se
conocía por el nombre de confarreatio. César era demasiado
joven para ocupar el cargo en el año 86 a.C., y el compromiso
conyugal con la patricia Cornelia en el año 84 se cerró en
parte como prepararación para su sacerdocio. No obstante, es
dificil creer que la hija de Cinna fuera la única patricia
disponible para desposar al hombre que había sido
designado.flamen, o que el deseo de garantizar que César
cumpliera los requisitos para el sacerdocio prevalecieran sobre
91
las prioridades normales de un senador en busca de yerno. De
hecho, el joven no cumplía ni siquiera los requisitos mínimos
para ser candidato al sacerdocio porque se suponía que el
Mamen debía ser hijo de padres patricios casados conforme al
ritual de confarreatio y Aurelia era plebeya. Cinna debía de
tener una elevada opinión del joven César.
Si ese es el caso, la decisión de convertirle en Flamen Dialis
resulta muy peculiar. El flaminado o sumo sacerdocio era una
de las órdenes religiosas más antiguas de Roma. En total
había quince sacerdotes, cada uno de ellos dedicado al culto
de una deidad específica, pero tres de ellos gozaban de mucha
mayor importancia y prestigio que el resto: los sacerdotes de
Quirino (Flamen Quirinalis), de Marte (Flamen Martialis) y
de Júpiter (Flamen Dialis). Júpiter era el dios más importante
de Roma, y su Mamen era, en consecuencia, el de rango
superior. La gran cantidad de extraños tabúes que vinculaban
al sacerdote atestiguan la antigüedad del cargo, ya que se
consideraba que el Mamen y su esposa estaban
comprometidos de forma permanente en la propiciación al
dios y, por tanto, no podían permitirse correr el riesgo de
corromper el ritual de ningún modo. Entre muchas otras
cosas, el Flamen Dialis no estaba autorizado a hacer un
juramento, a pasar más de tres noches fuera de la ciudad o a
ver un cadáver, un ejército en campaña o a una persona
trabajando en día festivo. Además, no podía montar a caballo,
ni en su casa ni en su vestimenta podía haber ningún tipo de
nudo y no debía sentarse ante una mesa desprovista de
comida porque nunca debía dar la impresión de que carecía de
nada. Es más, sólo un esclavo con un cuchillo de bronce podía
afeitarle o cortarle el pelo -sin duda otro índice de
92
antigüedad- y esos cabellos, junto con otras cosas, como las
uñas cortadas, tenían que ente rrarse en lugar secreto. El
Mamen llevaba un tocado especial denominado apex que, al
parecer, estaba hecho de piel, acababa en punta y tenía
orejeras. Estas restricciones hacían imposible que el Mamen
desarrollara una carrera senatorial normal.’
El prestigio del Flamen Dialis era muy grande, y el siglo
anterior los sacerdotes habían reafirmado su derecho a
sentarse en el Senado y a ocupar magistraturas que no les
exigieran abandonar Roma. Para ello debían quedar exentos
del juramento que tomaban todos los magistrados al
comienzo de su mandato. Las restricciones que impedían que
el Mamen ocupara un cargo militar no podían soslayarse tan
fácilmente. Era poco probable que el consulado de Mérula se
hubiera producido si no se hubieran dado las peculiares
circunstancias de la deposición de Cinna Más adelante
sostendría que él no quería presentarse, y se puede presumir
que las Comitia Centuriata lo eligieron para el cargo de la
manera habitual. Los tabúes impuestos por su sacerdocio
garantizaban que no podría desempeñar un papel muy activo
en los acontecimientos, y tal vez fuera esa la razón por la que
Octavio deseaba que César compartiera con él el cargo.
Cuando Cinna y Mario se hicieron con el poder de Roma,
Mérula había abandonado su consulado por propia iniciativa,
pero enseguida se dio cuenta de que eso no bastaría para
salvar su vida. Fue al templo de Júpiter en la colina Capitolina
y allí se despojó del apex, dejando formalmente su cargo antes
de cortarse las venas con un cuchillo. Murió maldiciendo de
manera categórica a Cinna y sus partidarios, pero se cuidó de
dejar una nota explicando que se había preocupado
93
meticulosamente de no corromper su sacerdocio.’
César y Cornelia se casaron según la peculiar ceremonia de
la confarreatio. Su nombre proviene del trigo almidonero far
en latín- usado para hacer una hogaza de pan que se
presentaba como ofrenda sacrificial ante Jupiter Farreas. Se
llevaba unos pasos por delante de la novia y es posible que la
pareja lo comiera como parte del ritual. En la ceremonia que,
en principio, era llevada a cabo por dos de los sacerdotes de
más rango de Roma, el Pontifex Maximus y el Flamen Dialis,
debían estar presentes diez testigos. En vista de que este
último puesto seguía vacante tras la muerte de Mérula, esta
parte del ritual no puede haberse completado. Como César
había sido designado para este cargo y, por tanto, su esposa
pasaría a ser la flaminica, su boda fue distinguida también por
el sacrificio de un corde ro. Después, con la cabeza cubierta
por un velo, la pareja se sentó en asientos cubiertos con piel
de cordero.’
La selección de César para el sacerdocio vacante fue un
honor considerable que le convertiría en una importante
figura en la República y en miembro del Senado a una edad
muy temprana. Sin embargo, obtuvo esa prominencia a
cambio de limitar gravemente las oportunidades de su futura
carrera. En el mejor de los casos, podía esperar alcanzar la
pretura como su padre, pero no podría abandonar Roma para
gobernar una provincia y, desde luego, no tendría ninguna
oportunidad de obtener gloria militar. Tal vez los modestos
logros de la familia en el pasado hicieran pensar que una
carrera así era una amplia recompensa para un muchacho, ya
que realmente nadie podía imaginar los éxitos que cosecharía
más tarde. No obstante, no hay evidencia de que creyeran
94
que, de todos modos, la falta de talento o la mala salud
habrían evitado que tuviera éxito por el camino normal (César
aún no había comenzado a sufrir los ataques epilépticos a los
que sería propenso más adelante). El matrimonio con
Cornelia sugiere asimismo que ya se reconocía que el chico
poseía ciertas cualidades. Es obvio que Cinna y Mario, para
empezar, coincidieron en nombrarle para el cargo y el primero
mantuvo la decisión tras el fallecimiento de su aliado, pero al
final es imposible saber cuáles fueron sus motivos ni, por
supuesto, la actitud del joven César respecto a la situación.
Pensaran lo que pensaran, no hay indicios de que trataran el
asunto con ningún tipo de urgencia y aunque una de nuestras
fuentes afirma que fue efectivamente investido con el
flaminado, lo más probable es que los demás autores tuvieran
razón al decir que en realidad esa ceremonia nunca llegó a
tener lugar. Al principio, su juventud puede haber sido un
obstáculo y, lo que es más importante, el propio Cinna no
podía efectuar el nombramiento, que tenía que ser realizado
siguiendo un estricto procedimiento por otro de los sumos
sacerdotes de Roma, el Pontifex Maximus. En aquel
momento, el cargo lo ocupaba Quinto Mucio Escévola, que
no era amigo del nuevo régimen y ya había sobrevivido a un
intento de asesinato a manos de uno de los esbirros de Cinna.
Ex cónsul y famoso jurista -el Pontifex Maximus no estaba
obligado a obedecer reglas tan opresivas con el Mamen, por lo
que podía seguir una carrera pública activa-, Escévola podría
haberse opuesto a César por cuestiones técnicas, alegando el
estatus plebeyo de Aurelia, y también es posible que simple
mente se negara a doblegarse a la presión ejercida por Cinna.
En última instancia, se trataba de un tema menor y la
95
preocupación que despertaban en Cinna otros asuntos mucho
más importantes hizo que quedara sin resolver.’
ESPERANDO A SILA
Los años en los que Cinna y sus partidarios dominaron
Roma no están documentados con ningún tipo de detalle por
nuestras fuentes, aunque es probable que esta falta de
información no sea la única sugerencia de que no trató de
acometer reformas de envergadura.A pesar de que apeló a los
italianos que acababan de obtener el derecho al voto y a otros
grupos descontentos antes de su victoria, Cinna hizo pocos
esfuerzos para satisfacer sus demandas más tarde. El primer
periodo de guerra civil de Roma -y, de hecho, las posteriores
contiendas- tenía muy poco que ver con conflictos ideológicos
o políticos, sino que eran violentas extensiones de la
tradicional competición entre individuos. Cinna no abrigaba
ambiciones revolucionarias de reformar la República, pero
ansiaba obtener poder personal e influencia dentro del
sistema. Por tanto, cuando hubo logrado estas cosas mediante
el uso de la fuerza, su principal prioridad era conservarlas.Ya
cónsul en el Cinna se aseguró de ser elegido para el cargo en
los años 85 y pues se cree que sólo permitió que su nombre y
el de un colega seleccionado se presentaran candidatos.
Cuando era cónsul, disfrutó de imperium y, con ello, del
derecho legal para mandar los ejércitos que necesitara para
protegerse de Sila o de cualquier otro rival. Como magistrado
no podía ser llevado a juicio, y parece que había cierta
actividad en los tribunales romanos, aunque unos cuantos
abogados destacados eligieron dejar de ejercer. Cinna y Mario
habían asesinado a algunos senadores y provocado la huida al
extranjero de otros, pero la mayoría del Senado permaneció
96
en Roma y siguió reuniéndose. Había muchos senadores a
quienes no les convencían ni Cinna ni sus asociados, pero Sila
no les inspiraba tampoco ninguna simpatía. Al parecer, los
debates del Senado eran relativamente libres y, en ocasiones,
se votaron medidas que no eran especialmente favorables para
Cinna, por ejemplo, cuando se iniciaron las negociaciones con
Sila. No obstante, no podrían contenerle o evitar sus
consecutivos consulados, dado que, después de todo, él era el
que controlaba un ejército y no el Senado. En la Roma de
Cinna, el Senado se reunía, los tribunales funcionaban y se
celebraban elecciones, lo que revestía el día a día al menos de
un barniz de normalidad. Había una marcada flexibilidad en
las principales instituciones de la República, que tendía a
continuar marchando de algún modo independientemente de
las circunstancias y se detenía sólo de forma temporal por los
disturbios y el derramamiento de sangre. Las vidas de los
senadores giraban en torno a los favores que hacían para
conseguir apoyos, influencia y lograr un cargo. Fueran las que
fueran las circunstancias, de manera natural continuaban
intentando hacer esas mismas cosas en la medida de lo
posible.’
La posición de Cinna era incompatible con el adecuado
funcionamiento de la República: al final su posición se basaba
en su ejército y no parecía tener ninguna intención de
deshacerse de él, a la vez que sus repetidos consulados
negaban a otros la oportunidad de alcanzar cargos de rango
superior y limitaban el número de magistrados disponibles
para gobernar las provincias. Pero Cinna no podía sentirse
seguro mientras Sila siguiera en libertad y al mando de sus
legiones. A Mario le habían concedido el mando en la guerra
97
contra Mitrídates en el año pero había muerto antes incluso
de partir. Su sustituto en el consulado, LucioValerio Flaco,
también heredó su misión y, al menos, marchó hacia Oriente
con un ejército. Pronto se hizo evidente que Sila no iba a
permitir que le sustituyeran, pero es posible que Flaco tratara
de negociar con él con la idea de unir sus fuerzas contra
Mitrídates. No obstante, Flaco fue asesinado al poco tiempo
por su propio cuestor, Cayo Flavio Fimbria, que se puso al
frente del ejército e intentó derrotar el Ponto por su cuenta.
Mostrando menos talento en el arte de la guerra que el que
poseía para la traición y el asesinato, Fimbria acabó
suicidándose después de que sus soldados se amotinaran. A lo
largo de los siguientes años, el Senado intentó varios
acercamientos a Sila, con la esperanza de lograr que se
reconciliara con Cinna y evitar la guerra civil, pero ninguno
de los dos líderes mostró demasiado entusiasmo ante su
actuación. Sila mantenía que él era un magistrado electo
legalmente, enviado como procónsul por el Senado para
luchar contra un enemigo de la República y exigía ser
reconocido como tal y que se le permitiera terminar su tarea.
Hacia el año cuando la guerra contra Mitrídates estaba
claramente llegando a su fin, Cinna y sus asociados se
lanzaron a reunir tropas y grandes cantidades de provisiones
para lo que veían como el inevitable enfrentamiento con
Sila.9
Lucio Cornelio Sila era un hombre de impresionante
apariencia, con una piel excepcionalmente clara, penetrantes
ojos verdes y cabello rojizo. Al alcanzar la madurez, su aspecto
se estropeó a causa de una enfermedad de la piel que salpicó
su rostro con manchas rojas. (Una recóndita ley militar de
98
hacía varios siglos afirmaba también que sólo tenía un
testículo y que sus logros evidenciaban que ese defecto no fue
impedimento para convertirse en un soldado de éxito.) Sila
podía ser muy seductor, conquistando tanto a soldados como
a senadores, pero numerosos aristócratas seguían sintiéndose
inseguros respecto a él. A pesar de haber llegado tarde a la
vida pública había logrado un éxito razonable y demostró su
destreza militar en reiteradas ocasiones. Su consulado se
produjo cuando contaba cincuenta años, una edad
excepcionalmente avanzada para un primer mandato, y en la
década precedente le había costado dos intentos ganar la
pretura. Es probable que a muchos senadores les resultara
dificil olvidar la pobreza de su juventud y la decadencia de su
familia. Es habitual que los que prosperan en un sistema
tengan la impresión de que el fracaso de los demás es
merecido: Sila había sido pobre y sus compañeros de
diversión eran actores y músicos, profesiones consideradas
infames. Ese comportamiento juvenil ya era malo en sí y peor
aún en el caso de un senador y magistrado, pero Sila
permaneció fiel a sus amigos a lo largo de toda su vida. Bebía
mucho, se daba grandes festines y se le tenía por un hombre
sexualmente muy activo, con amantes tanto masculinos como
femeninos. Durante gran parte de su vida se asoció
públicamente con el actor Metrobio, especializado en
interpretar papeles femeninos en el escenario, y se decía que la
pareja estaba teniendo una aventura. La élite interna del
Senado aceptaba a regañadientes el éxito político de Sila,
aunque, en ocasiones, era obvio que le preferían a alguna de
las alternativas. Es posible que esa actitud le fuera indiferente,
pero su voluntad de obtener el reconocimiento público de su
99
triunfo y de evitar que le arrebataran sus logros era
inquebrantable. En el año marchó sobre Roma alegando que
era un representante legítimo de la República y que era
necesario liberar a Roma de la ilícita dominación de una
facción. Más tarde se presentó siempre como procónsul de
Roma, negando la validez de la declaración de Mario y Cinna
que le proclamaba enemigo del Estado. Era un hombre cuyo
epitafio autoproclamado era que nunca había dejado de
ayudar a un amigo y combatir a un enemigo.”
Sila sostenía que su imperium y su mando eran legítimos, y
que sus oponentes habían actuado de manera ilegal y como
enemigos de la República. En consecuencia, era a la vez su
derecho y su deber reprimirlos con todos los medios a su
alcance. También era importante para él proteger su propia
dignitas, pues sus logros merecían respeto para él y para su
familia. Los romanos resaltaban abiertamente la influencia del
azar en las actividades humanas, en especial en la guerra, y -
anticipándose a Napoleón- creían que la buena suerte era una
de las principales virtudes de un general. Los comandantes no
debían confiar en el azar y se esperaba que se prepararan
concienzudamente para asegurar el triunfo, pero en el caos de
la contienda los mejores planes podían fracasar y la victoria o
la derrota dependían del azar. Sila alardeó de su buena suerte
durante toda su carrera. Ser afortunado implicaba gozar del
favor divino que, en su caso, era el apoyo de Venus y, de vez
en cuando, el de Apolo, entre otros. Sostenía que había
tenido sueños proféticos antes de muchos de los grandes
acontecimientos de su vida en los que un dios o una diosa le
instaban a hacer lo que había planeado y le prometían que
tendría éxito. De igual modo, Mario había sido inspirado por
100
los oráculos a través de diversas predicciones sobre su
grandioso futuro, de las cuales la más famosa auguraba que
llegaría a ocupar siete consulados. La ambición de ambos era
implacable, pero la creencia de que su éxito había sido
predestinado por los dioses y, por tanto, era justo, alimentaba
aún más la ya notable confianza que tenían en sí mismos.
Tampoco el cinismo de nuestros tiempos debe impedirnos ser
conscientes de que, con frecuencia, esas afirmaciones
resultaban una propaganda muy efectiva.”
Sila ya había empleado la fuerza una vez para defender su
posición. La brutalidad del asalto a la ciudad de Cinna no
puede haberle llevado a anticipar un comportamiento más
suave de su enemigo. En el año firmó la Paz de Dárdano, que
ponía fin a la guerra con Mitrídates. No era una victoria
completa, porque el rey del Ponto seguía siendo independente
y mantenía un poder considerable, pero había sido expulsado
de territorio romano y sus huestes habían sido derrotadas en
la batalla. Sila no pudo regresar a Italia de inmediato porque
había mucha burocracia que solucionar para organizar las
provincias orientales. En el año 84 a.C. Cinna había decidido
combatir a su rival en Grecia más que en Italia, pero se
produjeron sustanciales retrasos al empeorar el tiempo en el
Adriático y un convoy de soldados fue devuelto a Italia a
causa de los vientos contrarios. Poco después, sus soldados se
amotinaron -probablemente porque no estaban muy
dispuestos a luchar contra otros romanos, aunque nuestras
fuentes son contradictorias en este punto- y Cinna fue
asesinado por sus propios hombres. El liderazgo sobre sus
partidarios fue asumido por Cneo Papirio Carbón, el otro
cónsul de ese año y del año precedente. En el 82 a.C.
101
ocuparía un tercer mandato como cónsul con el hijo de Mario
como colega, pese al hecho de que este último era demasiado
joven para el cargo. Un número creciente de senadores ya
había decidido que Italia había dejado de ser segura para ellos
o tal vez sospecharan a quién estaba favoreciendo la fortuna y
huyeron hacia Oriente para unirse a Sila. Mas se adherirían a
su causa cuando finalmente aterrizó en Brundisium (la actual
Brindisi), en el sur de Italia, en el otoño del año 83.12
Sila tenía pocas posibilidades de ganar, pero sus oponentes
fracasaron sistemáticamente a la hora de aprovechar su
superioridad numérica, de modo que un ejército tras otro fue
perdiendo batallas e incluso, en una ocasión, unos soldados
fueron persuadidos de desertar en masa. Pocos de los jefes que
se enfrentaban a él poseían demasiado talento militar.
Después de un periodo de calma en los meses invernales, se
reanudó la campaña: Sila logró tomar Roma en el año Una
repentina contraofensiva enemiga desencadenó una batalla
desesperada junto a la puerta Colina. Durante la lucha, el
propio Sila escapó de la muerte por escaso margen y perdió
toda un ala de su ejército, pero al final el resto de las tropas
siguió adelante y obtuvo la victoria. Cuando su suerte falló,
los líderes enemigos se mostraron más vengativos. El joven
Mario ordenó la ejecución de Escévola, el Pontifex Maximus,
una acción que se cree que fue condenada por su madre, Julia.
El propio Mario sufrió asedio en Praeneste y fue asesinado o
bien se suicidó cuando la ciudad se rindió. Cuando su cabeza
fue entregada a Sila, el vencedor comentó que ese mozalbete
tendría que haber «aprendido a remar antes de intentar
gobernar el barco». Carbón huyó a Sicilia para continuar la
resistencia, pero fue derrotado y ejecutado por uno de los
102
subordinados de Sila.13
Al igual que la captura de Roma por parte de Mario había
superado con mucho la marcha de Sila sobre la ciudad en
cuanto a la escala de ma tanzas y ejecuciones que se
produjeron, ambas fueron ahora eclipsadas por la ferocidad
del retorno de Sila. Dirigiéndose al Senado en el Templo de
Bellona, a las afueras de Roma, el discurso del vencedor
estuvo acompañado por los gritos de miles de soldados
capturados -sobre todo italianos, que eran tratados con más
dureza que los romanos- que estaban siendo ejecutados a poca
distancia de allí. No sufrían únicamente los rangos inferiores
del enemigo: los líderes más destacados fueron ejecutados tan
pronto como fueron capturados o se adelantaron a este
desenlace quitándose la vida. Muchos más senadores y équites
considerados hostiles a Sila fueron asesinados por estos
hombres en el periodo posterior a la victoria?’
Al principio, las ejecuciones se producían sin previo aviso,
pero las quejas de un Senado nervioso que deseaba saber a
quién le tocaba sufrir hicieron que el proceso adoptara una
mayor formalidad. Sila ordenó que las proscripciones -listas
con los nombres de aquellos que, de ese modo, perdían toda
protección de la ley- se colocaran en el Foro y que, a
continuación, se enviaran copias a otras partes de Italia. Los
proscritos podían ser asesinados por cualquiera y el ejecutor,
más tarde, al presentar su cabeza seccionada ante Sila, podía
reclamar una recompensa. Él las disponía en la rostra. Por lo
general, la propiedad de la víctima era confiscada y subastada
y la mayor parte era adquirida a precio de saldo por los
asociados de Sila. Las víctimas solían ser senadores o équites.
Se hicieron públicas varias listas y, aunque no disponemos de
103
cifras exactas, la cantidad ascendía a varios cientos. La
mayoría eran opositores de Sila, pero otros nombres fueron
añadidos simplemente para quedarse con la riqueza de las
víctimas. Al parecer, un équite que apenas se había interesado
en participar en la vida pública vio su nombre en una de las
listas y declaró que la población de su propiedad albana
deseaba verlo muerto. Al poco tiempo, fue asesinado.` El odio
hizo que se ajustaran muchas cuentas privadas y hubo
bastantes casos de nombres añadidos a las listas después de
que esa persona estuviera muerta para legitimar el asesinato.
No parece que Sila supervisara el proceso con excesivo
detenimiento, pero sí creó una escolta con los esclavos libertos
de muchos de los proscritos, que fue acusada en numerosas
ocasiones de abusar de su nuevo poder. Las proscripciones
finalizaron de manera formal el 1 de junio de pero su horror
perduró y dejó una marca en la conciencia colectiva de los
romanos todo lo que quedaba de siglo.`
El poder de Sila procedía directamente del control de un
ejército que había derrotado a todos sus rivales, pero el
hombre que tanto había hecho para defender su legitimidad
como procónsul se otorgó a sí mismo una posición más
formal para justificar su dominio del Estado. En momentos
de grave crisis, la República había dejado ocasionalmente a un
lado su miedo al gobierno de un solo hombre y había
nombrado un dictador, un único magistrado con imperium
supremo. Siempre había sido un puesto temporal,
abandonado a los seis meses, pero Sila desechó estas
restricciones y no estableció ningún plazo limite a su cargo.
Fue nombrado dictator legibus faciendis et re¡ publicae
constituendae (dictador que promulga leyes y reconstituye el
104
Estado) mediante una votación en la asamblea popular. Su
cargo no tenía precedentes, como tampoco la violencia que
empleó para reprimir cualquier oposición. Una de las veces
ordenó con toda tranquilidad la ejecución de uno de sus
seguidores en el Foro porque insistió en presentar su
candidatura al consulado desafiando las órdenes del dictador.”
FUGITIVO
César tenía unos dieciocho años cuando las tropas de Sila
tomaron Roma por segunda vez. No había participado en la
guerra civil; su suegro, Cinna, había muerto y nada sugiere
una relación especialmente estrecha con Mario el joven. Lo
que es más importante, es probable que ya se esperara de él
que cumpliera las reglas impuestas sobre el Flamen Dialis
aunque no había sido investido formalmente con el sacerdocio
todavía. Las mismas limitaciones que le impedían ir a la
guerra deben hacernos suponer que estaba en Roma cuando la
ciudad fue tomada y se libró la gran batalla a las afueras de la
puerta Colina, y que fue testigo del baño de sangre que
supusieron las proscripciones. El Mamen no debía ver un
cadáver, pero es evidente que eso era algo dificil de evitar en
aquella época. Los viera o no, el muchacho no podía dejar de
haber visto las cabezas de tantos romanos prominentes
expuestos en el corazón de la ciudad. En un momento dado,
pareció que la suya las seguiría muy pronto.
El mismo César no contaba ni con la suficiente influencia
ni con la suficiente riqueza para garantizar su inclusión en las
proscripciones. No obstante, estaba casado con la hija de
Cinna y ese vínculo no le ayudaba precisamente a ganarse el
favor del nuevo régimen. Sila le dio instrucciones de que se
divorciara de su mujer. Había dado órdenes similares a otros
105
hombres, organizando de vez en cuando una boda más
favorable para ellos que, con frecuencia, implicaba a alguna de
sus parientes. El caso más famoso fue el de Cneo Pompeyo,
hijo de Pompeyo Estrabón y uno de los comandantes más
eficaces de Sila, a quien ordenó que se divorciara de su esposa
y se casara con la hijastra del dictador. Esta estaba no sólo ya
casada, sino también embarazada de muchos meses, pero eso
no impidió que tuviera que divorciarse velozmente y que se
uniera con igual velocidad a Pompeyo. Sabemos de al menos
otro hombre que abandonó a su esposa a instancias de Sila.
César fue el único que rehusó y persistió en su negativa pese a
las amenazas y ofertas de favores, entre los que se incluía un
matrimonio con la familia del dictador. Tras los recientes
acontecimientos, esta actitud era una audacia, sobre todo para
un joven que podía ser eliminado fácilmente y tenía lazos con
la oposición. Desconocemos por qué lo hizo. Por lo visto, el
matrimonio con Cornelia era feliz, pero también podía
deberse a terquedad innata u orgullo.
Las amenazas de Sila se intensificaron. La dote de Cornelia
fue confiscada y sumada a las arcas de la República como
castigo. En un momento dado, también se le arrebató a César
el flaminado, lo que podría haber sucedido de todas formas
teniendo en cuenta que le había sido otorgado por Mario y
Cinna, pero nuestras fuentes suelen asociarlo con la disputa
en torno a Cornelia. O bien es posible que alguien fuera tan
escrupuloso como para señalar que César, para empezar, no
era técnicamente elegible. Roma había sobrevivido sin
Flamen Dialis desde el año 87 a.C., y era obvio que no era
urgente designar un sustituto, ya que, de hecho, el puesto
permanecería vacante hasta el año Al parecer un honor tan
106
restrictivo no despertaba demasiado entusiasmo entre la
aristocracia. Plutarco nos cuenta que César trató asimismo de
presentarse a las elecciones a un sacerdocio sin determinar,
pero Sila se opuso en secreto a su elección y, en consecuencia,
fracasó en el intento. Es posible que sea sólo una versión
errónea de la historia del flaminado, aunque este cargo no se
confería por votación, o bien fuera una invención que
pretendía resaltar la confianza mostrada por el joven César
frente al poderoso dictador.` Sea cual fuere el alcance de su
oposición pública a Sila, era un camino peligroso y pronto dio
pie a que llegara la orden de que le arresta ran, lo que solía ser
un preludio de la ejecución. No hay certeza de que el mismo
Sila diera esas instrucciones y, en realidad, es posible que la
iniciativa procediera de alguno de sus subordinados. Si ese fue
en efecto el caso, por lo visto el dictador fue informado con
prontitud sobre el encarcelamiento y al principio no hizo nada
para contener a sus hombres.`
César huyó de Roma y buscó refugio en el territorio de la
Sabina, al noreste. Las fuerzas del dictador ocupaban toda
Italia. Al poco tiempo, ordenó la desmovilización y el
asentamiento de ciento veinte mil veteranos, lo que da un
indicio de la magnitud de su ejército. César no podía esperar
desvanecerse sin más, mezclándose en una de las pequeñas
comunidades. Prácticamente tenía que trasladarse cada noche
para evitar a las patrullas y siempre existía el riesgo de traición
porque es probable que las recompensas otorgadas a aquellos
que entregaban a fugitivos durante las proscripciones
siguieran estando vigentes. El joven aristócrata que, hacía sólo
unos años, había tenido que cumplir la estricta rutina del
flaminado, ahora se veía obligado a vivir en la precariedad.
107
Puede que hubiera algunos esclavos con él, quizá incluso
algunos amigos, pero ese estilo de vida contrastaba
abiertamente con sus anteriores años. Para empeorar las cosas,
contrajo la malaria. En medio de un ataque tuvo que
desplazarse durante la noche desde un refugio a la siguiente
vivienda franca, pero fue interceptado y capturado por un
grupo de soldados de Sila. Esos hombres, bajo el mando de
un tal Cornelio Fagites, que tal vez fuera centurión, estaban
limpiando el área de enemigos del dictador y, de acuerdo con
Suetonio, llevaban varios días siguiéndole la pista. César les
ofreció dinero para que le dejaran marchar y finalmente
compró su libertad por doce mil denarios de plata: casi cien
años de paga para un soldado ordinario, aunque los
centuriones recibían bastante más.`
Al final, le salvó su madre. Aurelia persuadió a las vírgenes
vestales, además de a alguno de sus parientes en especial a su
primo Cayo Aurelio Cota, así como a Mamerco Emilio
Lépido- para que rogaran al dictador misericordia por la vida
de su hijo.Tanto Cota como Lépido habían tomado partido
por Sila en la guerra civil y ambos obtendrían el consulado en
los años por venir. El apoyo de hombres tan influyentes,
combinado con el hecho de que César no era realmente
importante, le granjeó el indulto. No sólo se le perdonó la
vida, sino que se le permitió comenzar su carrera pública, lo
que constituía una importante concesión, ya que estaba
prohibido que los hijos y nietos de los proscritos ocuparan
ningún cargo o entraran en el Senado. Según la leyenda,
cuando Sila finalmente cedió, declaró: «Salíos con la vuestra,
quedaos con él, pero sabed que este hombre, que con tanto
afán deseáis incólume, llegará un día en que acabará con la
108
nobleza por la que habéis luchado conmigo; pues en César
hay muchos Marios». Puede que esta frase no sea más que un
mito posterior, pero desde luego no es imposible que el
dictador reconociera la inmensa ambición -y tal vez también
el talento- del petulante joven que le hizo frente.`
109
restablecer. El sistema no requería un dictador que lo
supervisara y por eso él se retiró. Durante un tiempo, caminó
a través de las calles de Roma como cualquier otro senador,
acompañado de sus amigos, pero sin llevar la protección de
una escolta. El hecho de que nadie le molestara en absoluto
era un signo del respeto y el miedo que despertaba. Sin
embargo, una historia cuenta que había un joven que le seguía
y que le insultaba a gritos sin ce sar, hasta que Sila declaró que
este joven loco impediría que ningún otro dictador renunciara
al poder. Es muy posible que se trate de otra invención.
Mucho más tarde, César diría que «Sila, al renunciar a la
dictadura, demostró que no sabía ni las primeras letras del
Poco después, Sila se retiró a una finca en el campo. Acaba
de casarse por segunda vez tras el fallecimiento de su esposa a
causa de las complicaciones de un parto de gemelos. Era
miembro del sacerdocio de los augures y había seguido
escrupulosamente las normas de la orden divorciándose de su
esposa agonizante porque su casa no podía verse contaminada
por una muerte en caso de festividad. Se negó incluso a verla
durante ese periodo aunque, en otra muestra tanto de severa
adherencia al deber como de afecto personal, le dio un
fastuoso funeral. Más tarde conoció a una joven divorciada en
los juegos. Lo que comenzó como un flirteo iniciado por ella
se convirtió enseguida en una relación puramente aristocrática
cuando Sila, intrigado, hizo discretas averiguaciones sobre su
familia y, a continuación, arregló el matrimonio. Después de
su retirada hubo muchos rumores acerca de las desenfrenadas
fiestas celebradas en la época en la que vivió en el campo con
su esposa y muchos de sus amigos actores de teatro, que había
conservado desde su juventud. Falleció de manera repentina a
110
principios del año 78 a.C.23
Roma había tenido su primera experiencia de guerra civil y
de dictadura. El joven César -y es importante recordar que
todo esto ocurrió cuando era un adolescente- había visto las
rivalidades personales de los principales senadores crecer hasta
transformarse en salvajes derramamientos de sangre. Cónsules
y otros hombres distinguidos habían sido ejecutados o
forzados a cometer suicidio, lo que demostraba que incluso las
carreras de los hombres más relevantes de la República podían
terminar violenta y súbitamente. El mismo César había
escapado por poco a la muerte. También se había enfrentado
al abrumador poder del dictador, negándose a ceder ante él, y
había sobrevivido a la experiencia. Los hijos de los senadores
eran educados para tener una opinión muy elevada de sí
mismos y César no era ninguna excepción a ese respecto. La
experiencia de los últimos años sólo pudo haber reforzado la
sensación de su propio valor. Se había resistido a la tiranía
cuando todos los demás se dejaban intimidar y mostraban su
sumisión. ¿Acaso las normas que regían sobre los otros no le
obligaban a él?
111
Quiero que al orador le suceda lo siguiente: que cuando se
corra la voz de que va a hablar, se coja sitio en los bancos, el
tribunal se llene, los escribanos se muestren complacientes en
indicar un sitio o en ceder el propio, los círculos del público
multipliquen sus filas, los jueces estén erguidos y atentos; que,
cuando se levante el que deba hablar, el público haga señales
para que se guarde silencio; luego, que dé repetidas muestras
de asentimiento y muchas pruebas de admiración; que haya
risas, cuando él quiera y, cuando lo quiera, llantos, de modo
que quien vea todo esto de lejos, aun sin saber de qué se trata,
comprenda, no obstante, que quien está hablando es del
agrado general y que sobre la escena es un Roscio aun actor
famoso de la época].
112
desprovistos de vida para la mirada moderna y es fácil olvidar
que muchos de ellos en origen eran policromados, porque
tenemos una visión muy arraigada del mundo clásico como un
lugar de piedra y mármol. A pesar del realce de la pintura -y
los grandes pintores de estatuas eran tan reve renciados como
los grandes escultores-, un busto revelaba sólo algunos
aspectos del carácter. En el caso de César, ciertamente
sugieren una inteligencia aguda, pero no hay indicios de la
vitalidad, ingenio y encanto sobre los que tan a menudo
hablan sus contemporáneos. También es dificil imaginar sus
rasgos suavizados por la juventud al observar los retratos de
César maduro, aunque las fuentes literarias proporcionan
algunas indicaciones sobre su apariencia. Según Suetonio, de
César se decía «que era alto, de tez clara, con miembros
esbeltos, una cara algo redonda y ojos muy oscuros,
penetrantes». Plutarco lo confirma cuando señala que César
era de complexión ligera y tez pálida, lo que hacía que sus
proezas de resistencia fisica en las últimas campañas
resultaran aún más admirables. Hay mucho de subjetivo en
estas descripciones y es dificil saber, por ejemplo, cuánto
medía realmente. El comentario de Suetonio puede no
significar nada más que César no daba la impresión de ser
especialmente bajo pese a ser bastante delgado. En realidad
desconocemos por completo qué estatura consideraban
elevada los romanos del siglo y tampoco cuál consideraban
que era una estatura media. En muchos aspectos no había
nada particularmente diferente en la apariencia fisica de
César, porque sin duda había muchos otros aristócratas que
tenían ojos oscuros, cabello castaño oscuro o negro
(suponemos que ese era su color, pero no hay comentarios
113
explícitos sobre ello) y tez clara. Era su actitud lo que hacía
que aquel joven sobresaliera.Ya hemos mencionado la
extraordinaria audacia con la que se enfrentó a Sila cuando
todos los demás parecían aterrorizados y sumisos.A César le
gustaba destacar entre los demás y se vestía de un modo muy
característico. En vez de la túnica normal de manga corta, que
era blanca con una raya púrpura -la documentación no nos
permite asegurar si era una línea que atravesaba el centro en
vertical o una línea horizontal a lo largo del borde-, él vestía
su propia y nada convencional versión con mangas largas, que
le llegaban hasta las muñecas y terminaban en un fleco.
Aunque no era normal llevar cinturón o faja con la túnica,
César lo hacía, pero se obstinaba en llevarla muy floja. Se dice
que Sila había advertido a otros senadores que no perdieran
de vista a ese «muchacho del cinturón aflojado». Es posible
que con su estilo pretendiera recordar su antiguo
nombramiento para el flaminado, ya que al Mamen no se le
permitía llevar nudos en su ropa, pero también es posible que
se tratara de mera extravagancia. Fuera cual fuera su propósi
to, el resultado era el mismo: César se vestía de modo que se
reconociera que era un miembro de una familia senatorial,
pero, al mismo tiempo, se distinguía del resto de sus pares.’
La apariencia y el cuidado personal eran muy importantes
para los romanos y, en especial, para la aristocracia. No era
casualidad que la casa de baños, un complejo consagrado al
confort y limpieza de los ciudadanos, utilizara la ingeniería
más sofisticada nunca concebida por los romanos. La misma
naturaleza de la vida política, en la que los senadores
frecuentemente hacían o recibían visitas de potenciales aliados
y clientes, y en la que debían atravesar las calles para asistir a
114
reuniones públicas, garantizaba que la vestimenta y el porte
estuvieran siempre bajo escrutinio. César era casi un dandi: su
aspecto siempre era impecable aunque su ropa fuese algo
excéntrica. Lo mismo era aplicable a muchos otros jóvenes
aristócratas en una Roma cuya riqueza aseguraba la rápida
disponibilidad de telas caras y exóticas. Los hijos jóvenes de
familias senatoriales poseían bastante dinero para gastarlo en
ese tipo de cosas, así como un alto número de esclavos para
atender sus mínimas necesidades. Los que no tenían fondos
suficientes para pagar ese lujoso estilo de vida a menudo
estaban dispuestos a endeudarse para estar a la altura de los
más acaudalados. Sin embargo, incluso entre el «grupo más
moderno» de Roma, las manías de César respecto a su
apariencia eran consideradas excesivas. Un afeitado apurado y
el pelo corto, bien recortado, eran completamente adecuados,
pero se rumoreaba que César se hacía depilar todo el vello del
cuerpo. En muchos sentidos, era tal vez la naturaleza
contradictoria de su carácter lo que desconcertaba a los
observadores. La mayoría de los modernos jóvenes
aristócratas de Roma gastaban tales fortunas en vivir
alocadamente como en su propia apariencia. Por el contrario,
César comía frugalmente, rara vez bebía y nunca lo hacía en
exceso, aunque siempre agasajaba y cuidaba bien de sus
invitados. Es decir, presentaba una extraña mezcla de
frugalidad tradicional y exceso moderno.’
La familia de César no era especialmente rica según los
estándares de la aristocracia y la pérdida de la dote de
Cornelia sin duda debió de suponer un fuerte revés. Por lo
general, se podía averiguar la prominencia y fortuna de un
senador a partir de la localización de su casa y los hombres
115
más importantes de la República vivían en las laderas de la
colina Palatina,junto a laVía Sacra, el camino que tomaban las
procesiones y que atra vesaba el corazón de la ciudad. Mario
había marcado su éxito sobre los bárbaros comprando una
vivienda en esa área, cerca del Foro. Algunas de aquellas
grandiosas viviendas eran muy antiguas, pero, por lo visto, era
poco habitual que la misma familia permaneciera en una casa
durante muchas generaciones. Esto se debía en parte a que la
aristocracia romana no tenía concepto de primogenitura, sino
que tendía a dividir la propiedad entre sus hijos, incluyendo
en el reparto a menudo a sus asociados políticos a los que se
considerara importante honrar con un legado. Para facilitar
ese proceso, las casas y demás propiedades se compraban y
vendían con mucha frecuencia. La vivienda que el orador
Cicerón poseía en la cumbre de su carrera originalmente
había sido propiedad de Marco Livio Druso hasta su
asesinato en el año Cicerón se la había comprado a otro
senador, Marco Licinio Craso, un destacado partidario de
Sila de quien sabemos que había adquirido numerosos
inmuebles durante las proscripciones. La misma casa tuvo, al
menos, otros dos propietarios, entre los que no existía
ninguna relación, en las décadas posteriores a la muerte de
Cicerón en el año 43 a.C. Era un magnífico edificio en una
posición que indicaba la gran importancia de su ocupante. Por
el contrario, el joven César poseía un lugar de menor tamaño
en un distrito poco elegante conocido como la Subura.
Situada en un valle entre las colinas Esquilino yViminal, a
cierta distancia del Foro principal, la Subura estaba dominada
por grandes barriadas de viviendas insalubres, en la que
muchos de los ocupantes más pobres vivían en bloques de
116
pisos de mala construcción en calles estrechas y callejones.
Era un área muy bulliciosa, abarrotada de gente y famosa por
ser sede de diversas actividades de dudosa reputación, en
particular, la prostitución. Es probable que los ocupantes
fueran fundamentalmente ciudadanos, entre ellos muchos
antiguos esclavos, pero se cree que también vivían allí
numerosas comunidades de extranjeros. Se tiene
conocimiento de la existencia de una sinagoga en la zona en
una fecha posterior y no es imposible que ya existiera una en
la época de César.4
Gran parte de los asuntos de un senador se llevaba a cabo
en casa y eso se reflejaba en el diseño de las viviendas. Una
parte esencial era el atrio para recibir a los visitantes, incluidos
los clientes (de los que se esperaba formalmente que saludaran
a su patrón todas las mañanas), y para exhibir los bustos de los
antepasados y los símbolos de los honores y lo gros que estos
o el residente actual habían ganado. Igualmente importantes
eran las habitaciones para conversaciones más privadas y las
destinadas a acoger las cenas con amigos. El plano habitual
con un patio central cerrado garantizaba cierta intimidad,
pero los hombres ambiciosos se resistían a dejar el mundo
fuera. Se dice que el arquitecto de Livio Druso se ofreció a
construir su casa de modo que nadie pudiera verles desde el
exterior, provocando la respuesta de que si era posible prefería
que la construyera de modo que todos pudieran ver
claramente lo que hacía.’ Pese a su fortuna, estatus e
influencia, los hombres consagrados a la vida pública no
podían permitirse vivir en un lugar retirado de la vida y los
negocios del resto de la ciudad. Por tanto, aunque sin duda
vivía en la zona más exterior de la Subura y desde luego es
117
muy poco probable que tuviera una casa en la parte más pobre
de la zona, César no puede haber estado totalmente separado
de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Tal vez ese
contacto diario con los más desfavorecidos le enseñara parte
de las habilidades que, más tarde, mostraría al tratar a las
masas y al hablar ante los soldados rasos de las legiones.
Es posible que vivir en la Subura resultara ventajoso, al
permitir que aquel petimetre aristócrata comprendiera mejor a
la población, pero lo más seguro es que la razón de habitar en
esa zona fueran sólo sus modestos recursos. El joven Sila
había estado en una situación aún más precaria: tuvo que
alquilar un piso en un bloque de apartamentos porque no
podía ni siquiera permitirse una casa y pagaba por su
alojamiento apenas algo más que el liberto que vivía encima
de él. La vivienda de César revelaba al mismo tiempo su falta
de recursos y su poca importancia en la República. Hasta
cierto punto su deseo de destacar entraba en conflicto con esa
realidad, así como su tendencia a gastar por encima de sus
posibilidades. Por regla general, lo hacía para que su carrera
progresara, pero, de vez en cuando, parecía poco más que un
capricho. Suetonio nos explica que decidió construirse una
villa de campo en uno de sus terrenos. No obstante, cuando
ya se habían colocado los cimientos y las obras estaban en
marcha, se percató de que el diseño no le convencía. De
inmediato, ordenó que se demoliera la estructura y que se
construyera la nueva desde el principio. La fecha de este
incidente es incierta, puede haber tenido lugar en una fase
avanzada de su carrera, pero ayuda a ilustrar el punto de que,
al menos en algunos asuntos, César exigía perfección.
Durante gran parte de su vida fue un entusiasta coleccionista
118
de arte, gemas y perlas, lo que era un pasatiempo bastante
caro en sus circunstancias.’
UNA CORONA Y UN REY
Poco después de escapar de los hombres de Sila, César se
había marchado al extranjero y no retornó a Roma hasta que
el dictador hubo fallecido. Durante esos años comenzó el
servicio militar, que era el preliminar legal a la carrera pública.
Primero sirvió con el gobernador de Asia, el propretor Marco
Minucio Termo. El padre de César había gobernado la
misma provincia aproximadamente una década antes, por lo
que el nombre de la familia ya era conocido por sus habitantes
y el hijo heredó varias conexiones importantes con algunas
personalidades de la región.Termo era un destacado seguidor
de Sila y César se convirtió en uno de sus contubernales
(«compañeros de tienda»),jóvenes que compartían el rancho
con el comandante y realizaban todos los encargos que se les
asignaba. Idealmente, el gobernador disponía así de una
reserva de útiles subordinados para ocuparse de funciones
menores, al tiempo que les instruía acerca del servicio militar
y el mando. Los contubernales aprendían a través de la
observación, igual que los niños aprendían cómo funcionaba
la República acompañando a los senadores importantes en sus
deberes diarios en Roma. Como muchos otros aspectos de los
primeros años de un aristócrata, los detalles de dónde y con
quién servía no eran controlados directamente por el Estado,
sino que estaban en manos de las distintas familias. La
conexión entre César y Termo es poco conocida y podría
haber surgido de forma indirecta, a través de otra persona con
la que ambas partes tuvieran vínculos de amistad política.’
En circunstancias normales, Asia era una provincia pacífica
119
y próspera, lo que la convertía en el tipo de sitio donde un
gobernador romano y sus subordinados podían esperar
obtener generosas ganancias durante su servicio. Sin embargo,
sólo hacía siete años que Mitrídates del Ponto había invadido
toda la zona y ordenado a las comunidades que masacraran a
todos los romanos que vivían entre ellos. Sila había vencido a
Mitrídates y, por el momento, el rey estaba nuevamente en
paz con Roma, pero todavía había que derrotar a algunos de
sus recientes aliados. Una de las principales misiones de
Termo fue derrotar la ciudad de Mitilene, que fue sitiada y
acabó siendo tomada al asalto.A lo largo de la lucha, el César
de diecinueve años ganó el mayor reconocimiento al valor que
otorgaba Roma: la corona cívica. Tradicionalmente, este
honor se entregaba sólo a aquellos que habían arriesgado su
propia vida para salvar la de otro ciudadano. Se suponía que el
hombre rescatado debía trenzar una sencilla corona con hojas
de roble -un árbol sagrado para Júpiter- y regalársela a su
salvador como un reconocimiento público de su deuda. No
obstante, en los tiempos de César el encargado de entregarla
solía ser el magistrado que estaba al frente del ejército. La
corona se llevaba en desfiles militares, pero los que la ganaban
también estaban autorizados a llevarla durante la celebración
de festividades de Roma. Ninguna de nuestras fuentes
contiene detalles sobre la proeza por la que se le otorgó la
corona a César, pero la corona civica nunca fue concedida a la
ligera e infundía un inmenso respeto. Durante la crisis de la
segunda guerra púnica, cuando el Senado romano había
registrado muchas bajas y necesitaba reponer sus filas,
aquellos que habían ganado la corona civica eran uno de los
principales grupos entre los que se elegía a nuevos miembros.
120
Es posible que Sila hubiera decretado una medida similar, de
modo que los aristócratas que habían ganado la corona
entraban de inmediato en el Senado, pero aunque eso no
fuera cierto, no había duda de que la condecoración
impresionaba al electorado e impulsaba la carrera del héroe.’
No todo el periodo de servicio en el extranjero de César fue
tan encomiable.Antes de asaltar Mitilene, el propretor le
había enviado a la corte del rey Nicomedes de Bitinia (en la
coste norte de la moderna Turquía) para organizar el
despacho de un escuadrón de barcos de guerra para apoyar la
campaña. Bitinia era un reino cliente, aliado de Roma y
obligado a hacer ese tipo de contribuciones. Nicomedes era
un anciano y sin duda había conocido al padre de César, lo
que con seguridad garantizó que la bienvenida al hijo fuera
especialmente afectuosa. Por lo visto, el muchacho se deleitó
enormemente con el lujo que encontró y se le acusó de
haberse demorado mucho más de lo que era necesario para
realizar su tarea. César era joven, había llevado una vida
bastante protegida debido a los deberes del flaminado, y esa
era su primera experiencia con el gran mundo y la realeza.
También se estaba moviendo entre personas inmersas en la
cultura helénica, que tanto admiraban los aristócratas
romanos. Todo esto podría explicar por qué se detuvo tanto
tiempo en la corte del rey, pero enseguida se propagó el
rumor de que la auténtica razón era que Nicomedes había
seducido al joven César. Empezaron a circular historias que
retrataban a César como un amante muy servicial y sostenían
que había sido el escanciador del rey en una bacanal a la que
asistieron varios comerciantes romanos. Otro relato contaba
que había sido guiado por los ayudantes del monarca hasta el
121
dormitorio real, que una vez allí le habían vestido con unos
ropajes púrpuras y le habían dejado reclinado en un diván
dorado esperando a Nicomedes. Los rumores se extendieron
con rapidez y se multiplicaron cuando César regresó a Bitinia
poco después de haberla abandonado, alegando que
necesitaba supervisar los negocios de uno de sus libertos.9
Ese escándalo perseguiría a César a lo largo de toda su vida.
La aristocracia romana admiraba casi todo lo que implicaba la
cultura griega, pero nunca aceptó abiertamente la celebración
de la homosexualidad propugnada por la nobleza en algunas
ciudades griegas. Aquellos senadores que tenían amantes
varones solían hacerlo con discreción, a pesar de lo cual con
frecuencia sus opositores políticos les ridiculizaban
públicamente.Al parecer, el rechazo de la homosexualidad
estaba bastante extendido por la mayoría de clases sociales de
Roma, y se consideraba que debilitaba a los hombres. En el
ejército, la homosexualidad dentro del campamento era un
delito capital desde, al menos, el siglo Durante la campaña
contra los cimbros, Mario concedió la corona civica a un
soldado que había asesinado a un oficial cuando este había
tratado de forzarle a aceptar sus atenciones. La conducta del
legionario fue presentada como ejemplo de virtud y coraje,
mientras que la muerte del oficial fue considerada un castigo
apropiado por su exceso de pasión y abuso de autoridad.Y eso
pese al hecho de que el fallecido era pariente del cónsul. Los
senadores no estaban sometidos a reglas tan rígidas como los
soldados, pero como mínimo eran objeto de críticas y burlas si
mostraban afición a tener amantes varones. Durante su
periodo como censor, Catón elViejo expulsó a un senador por
haber ordenado la ejecución de un prisionero en un banquete
122
simplemente para agradar al muchacho del que estaba
prendado en aquel momento. Su falta fue el abuso del
imperium, pero la opinión general es que sus motivos
agravaban el delito. Había un desprecio especial hacia los
chicos o jóvenes objeto de esa pasión y los compa fieros
pasivos en el acto sexual. Ese papel implicaba un extremo
afeminamiento y, en todo caso, se consideraba peor que el
comportamiento del amante de más edad y más activo. El
hecho de que se dijera sobre César que se había mostrado
sumiso en ese sentido hacía los rumores más dañinos si cabe,
porque significaba que el joven aristócrata había actuado de
una manera que se estimaba inadecuada incluso en un esclavo.
El entusiasmo con el que decían las habladurías que había
asumido ese papel acrecentaba el crimen.`
En último caso, era un cotilleo bien construido, que
explotaba tradicionales estereotipos romanos. Los romanos
sospechaban de los orientales, tenían a los griegos de la época
por corruptos y decadentes, en nada parecidos a los admirados
griegos de la Antigüedad clásica. Sentían una aversión
especial hacia los reyes, y las cortes reales se consideraban
lugares de intriga política y depravación sexual. Es decir, que
el relato del lascivo anciano gobernante desflorando al joven e
ingenuo aristócrata en su primer viaje al extranjero tenía
mucho gancho.También ayudaba que la historia fuera sobre
César, un joven cuya extravagante vestimenta y enorme
autoestima sin duda inspiraban una antipatía cordial, ya que
ni él ni su familia podían jactarse de suficientes hazañas para
justificar tal vanidad. Era muy agradable para los demás
pensar que este jovenzuelo tan seguro de sí mismo se había
comportado con tanta sumisión para gratificar a un decrépito
123
amante. En un momento posterior de la carrera de César, a
medida que iba acumulando más y más enemigos políticos, el
asunto con Nicomedes les sirvió de arma arrojadiza para
atacarlo. A lo largo de la vida de César, la historia fue repetida
una y otra vez, por lo que en ocasiones le apodaron «la reina
de Bitinia». Otro de sus oponentes dio en llamarle «el marido
de toda mujer y la esposa de todo hombre». Es dificil saber si
hombres como Cicerón, que se hacía eco con regocijo de las
acusaciones, creían en realidad en lo que decían. Lo creyeran
o no, deseaban que esas alegaciones fueran ciertas y
saboreaban la oportunidad de soltárselas a una persona que le
caía mal a muchos y que algunos llegaron a odiar. A menudo,
la invectiva política en Roma era tremendamente difamatoria
y la verdad rara vez frenaba una historia jugosa de deseo
desenfrenado o perversión. Sin embargo, no eran sólo sus
adversarios quienes se burlaban de César por este episodio, ya
que, años después, sus propios soldados se regodearon en
repetir la broma. Curiosamente, no parece que eso
disminuyera en absoluto el respeto que sentían por su
comandante, y su mofa fue afectuosa, aunque típicamente
grosera.”
La historia de que César había sido amante de Nicomedes
persistió, pero hoy en día es imposible discernir con certeza si
era cierta o falsa. El propio César la negó con fervor, hasta el
punto de que en una ocasión llegó a ofrecerse a jurar ante
testigos que no había ni una pizca de verdad en la acusación,
aunque su esfuerzo sólo sirvió para aumentar el ridículo. En
edad más avanzada se mostraba muy susceptible respecto a
este tema y era de las pocas cosas que podían hacerle perder
los estribos en público. Al mismo tiempo, su rápido regreso a
124
la corte había alimentado los rumores. ¿Era su regreso un
signo de su encaprichamiento, un signo de ingenuidad y de
que esa acción podía interpretarse por lo que era, o era una
decisión consciente de hacer caso omiso del cotilleo porque
no había ni sombra de verdad en los rumores sobre él? Es
muy posible que este sea el caso, si consideramos la necesidad
de César de no verse limitado por las normas que constreñían
a los demás. Al final, es imposible saberlo. Tal vez aquel chico
de diecinueve años sí sintió y sucumbió a la atracción por un
hombre mayor («experimentar con su sexualidad» sería tal vez
el eufemismo de moda hoy en día). Si ese fue el caso,
entonces fue la única ocasión en la que sucedió algo así, ya
que es absolutamente seguro que la homosexualidad no tuvo
ningún papel en el resto de su vida. Dada la naturaleza del
debate político en Roma, es asombroso que el asunto de
Bitinia fuera casi el único insulto de ese tipo que le lanzaran
en toda su vida pública. Otros rumores similares, incluyendo
una obra difamatoria del poeta Catulo, no convencieron a la
opinión pública en general, aunque es evidente que a César le
fastidiaban. Sus proezas sexuales eran una rica fuente de
habladurías y escándalo y le valieron una reputación muy
dudosa, pero sus frecuentes aventuras eran siempre con
mujeres. La falta de moderación que exhibía en las relaciones
con sus amantes femeninas hace muy poco probable que se
acostara también con hombres o muchachos porque ninguno
de sus contemporáneos lo comenta. El apetito de julio César
por las mujeres era casi insaciable y sus conquistas -que a
menudo procedían de las más distinguidas familias- fueron
muy numerosas. Sin duda, esta evidencia acentuaba el placer
que sentían los demás al reiterar la acusación de que ese gran
125
mujeriego había desempeñado él mismo una vez el papel de
mujer para Nicomedes. De nuevo, la veracidad de la historia
importaba mucho menos que el hecho de que tocaba una fibra
sensible de César y le avergonzaba. Con todo, es más que
probable que no hubiera nada de verdad en la historia,
aunque, por supuesto, no podemos tener absoluta
certidumbre al respecto.`
César había desposado a Cornelia cuando tenía, como
máximo, dieciséis años, pero lo más seguro es que esa unión
no fuera su primera experiencia sexual, aunque sí la de la
recién casada. Era habitual que la joven prometida viviera en
la casa de su futuro marido hasta que tuvieran edad suficiente
para contraer matrimonio, por lo que Cosucia (a quien César
abandonó para casarse con Cornelia) pudo muy bien haber
figurado entre los miembros del hogar de los César durante
un año o dos. No obstante, habría sido insólito que la pareja
hubiera adelantado su matrimonio, y es probable que Cosucia
fuera algunos años menor que César. Por otra parte, no
debemos olvidar que los romanos aceptaban la esclavitud
como un aspecto normal de la vida y que en cualquier casa
aristocrática habría grandes grupos de esclavos que eran
literalmente propiedad de sus dueños.A menudo, los esclavos
domésticos eran elegidos por su apariencia fisica, ya que sus
funciones les obligaban a ser muy visibles para sus dueños y
los amigos de estos. Los esclavos domésticos apuestos
invariablemente alcanzaban precios elevados en las subastas.
Si una chica o una mujer esclavas -o un chico, desde luego-
atraía la atención de su dueño no tenían ningún derecho legal
para negarse a sus peticiones porque, al fin y al cabo, eran
propiedades y no seres humanos. Se consideraba totalmente
126
normal que los aristócratas satisficieran sus deseos con los
esclavos y el tema rara vez merecía un comentario especial. El
dechado de virtudes anticuadas, Catón elViejo, se había
acostado de manera regular con una joven esclava tras la
muerte de su esposa. Durante la guerra civil Marco Licinio
Craso había huido a Hispania, donde le acogió uno de los
clientes de su padre.Vivió en una cueva para evitar ser
detectado por los agentes de Mario y su anfitrión le enviaba
comida y bebida con regularidad, pero pronto decidió que esa
hospitalidad era insuficiente para la juventud de su «invitado»,
que estaba al final de la veintena: le envió dos bonitas y
jóvenes esclavas para que vivieran en la cueva con Craso y
satisficieran las necesidades naturales de un joven viril. Un
historiador que escribió en un momento muy posterior del
siglo afirmó que incluso en su madurez guardaba afectuosos
recuerdos de aquellos días. Los esclavos no tenían elección en
esa situación, porque el dueño podía emplear la fuerza si lo
deseaba y castigarlos o venderlos por un antojo. Sin embargo,
sin duda, algunas esclavas se alegraban de recibir la atención
de su señor o de los hijos de su señor con la esperanza de
beneficiarse de una posición más privilegiada. Una esperanza
peligrosa, en cualquier caso, porque despertaban la envidia de
otras esclavas, así como, tal vez, la de la esposa del propietario
si estaban casados. Era tan común que los propietarios
mantuvieran relaciones sexuales con las esclavas que es muy
probable que las primeras experiencias de César tuvieran lugar
con las esclavas de la familia. Es posible que, como muchos
otros jóvenes, hubiera visitado los más caros burdeles, de los
que Roma estaba tan bien abastecida, porque, una vez más,
esta práctica era considerada en buena medida normal y
127
aceptable. Es tentador percibir una nota de incredulidad en la
declaración de César en sus Comentarios a la Guerra de las
Galias de que las tribus germanas pensaban que «el conocer
mujer antes de los veinte años [era] sumamente
vergonzoso».13
EL ESTUDIANTE Y LOS PIRATAS
En algún momento tras la caída de Mitilene, César se
trasladó al servicio del gobernador de Cilicia, Publio
ServilioVatia Isáurico, que operaba fundamentalmente contra
las piratas que infestaban la zona. Sin embargo, en el año 78
a.C. las noticias del fallecimiento de Sila alcanzaron las
provincias del este e impulsaron a César a retornar a Roma.
La ciudad se enfrentaba de nuevo a la amenaza de la guerra
civil debido a que el cónsul Marco Emilio Lépido había
entrado en oposición con la mayor parte del Senado. Lépido
enseguida había empezado a formar un ejército para hacerse
con el poder por la fuerza, como habían hecho Sila, Cinna y
Mario. Se dice que César había contemplado unirse a los
rebeldes e incluso que Lépido le había ofrecido grandes
incentivos. No obstante, pronto decidió no unirse al cónsul
porque no confiaba ni en su habilidad ni en su ambición. Es
posible que esta sea una más de las diversas historias
inventadas a lo largo de los años basadas en la suposición de
que César siempre aspiraba a la revolución, pero en sí misma
no deja de parecer razonable. César había sufrido en manos
de Sila y, pese a que había escapado a la ejecución y al final
había recibido el indulto, tenía pocos motivos para sentir
dema siado cariño por un Senado repleto de partidarios del
dictador. También deberíamos recordar que había crecido en
unos años en los que Roma había sido asaltada tres veces por
128
las legiones que brindaban su apoyo a algunos ambiciosos
senadores. Era posible que sucediera de nuevo y entonces le
convendría más estar asociado a los vencedores que a los
vencidos, por lo que puede haber sido una simple cuestión de
oportunismo, que decidió considerando si le resultaba
favorable unirse a Lépido.14
Al final, César eligió un camino político más convencional
y apareció por primera vez como abogado en los tribunales
romanos. Los siete tribunales establecidos por Sila en su
codificación de antiguas prácticas eran presididos por un
pretor y contaban con un jurado formado por miembros del
Senado. Los juicios eran asuntos muy públicos, celebrados en
plataformas elevadas en el Foro o, en ocasiones, en una de las
grandes basílicas y, en cualquier caso, abiertos al público. El
derecho romano no incluía el concepto de acusación por parte
del Estado y los cargos siempre debían ser presentados por un
particular, aunque podía actuar en representación de otros o
incluso de toda la comunidad. Durante el periodo de
mandato, los magistrados no podían ser procesados, pero eran
conscientes de su vulnerabilidad a los ataques en los tribunales
cuando renunciaran a su imperium. En teoría, el miedo a ser
inculpados más adelante evitaría que abusaran del poder de su
cargo. No había abogados profesionales como tal porque,
aunque sí existía una clase de fiscales (accusatares), no
procedían de la aristocracia y no eran tenidos en demasiada
estima, así que lo que las partes solían hacer era contratar la
representación de uno o más abogados que normalmente
estaban haciendo carrera en la vida pública. Su estatus y
auctoritas suponían un importante respaldo al caso que
presentaban. Comparecer ante los tribunales como
129
representante legal era un buen modo de consolidar amistades
políticas o de hacer que otras personas contrajeran una
obligación, y asimismo darse a conocer a los votantes
potenciales.
En el año 77 a.C. César acusó a Cneo Cornelio Dolabela
de extorsión durante su mandato como procónsul de
Macedonia. Dolabela se había marchado a su provincia
después de su consulado en el año y había obtenido un triunfo
por sus hazañas militares. Era partidario de Sila, como
indicaba su éxito electoral bajo el mando del dictador, pero
sería un error creer que el juicio había sido motivado por esa
relación. César no trataba de atacar el régimen de Sila, sino
que sencillamente había elegido a un hombre prominente al
que procesar. El procesamiento de un ex cónsul, y de alguien
que había triunfado, atraería más interés público que el de
alguien más humilde y ofrecía al joven acusador la
oportunidad de ser el centro de atención, aunque fuera
brevemente. Lo más probable es que el pleito fuera inspirado
por las quejas de alguna de las comunidades de las provincias
de Macedonia que habían sufrido bajo el gobierno de
Dolabela. Puesto que los que no eran ciudadanos no podían
interponer una demanda contra él por sí mismos, tenían que
ir a Roma y persuadir a un romano de que aceptara llevar el
caso por ellos. Desconocemos por qué eligieron a César, pero
puede que se deba a algún vínculo de amistad con los líderes
de la comunidad, quizá heredado de su padre o de un
antepasado más antiguo. Es más que probable que Dolabela
hubiera abusado de su poder para enriquecerse, ya que esa
conducta estaba a la orden del día entre los magistrados
romanos de la época. Gastaban sumas exorbitantes para ganar
130
las elecciones en Roma y, con frecuencia, volvían a su
provincia desesperados por saldar sus inmensas deudas. Los
gobernadores no eran remunerados, aunque sí recibían
modestas cantidades para gastos, pero representaban el poder
supremo en su provincia y podían conceder o retirar favores a
los habitantes del lugar o a los hombres de negocios. La
tentación de aceptar sobornos era grande, como el deseo de
confiscar como botín de saqueo cualquier cosa que se les
antojara. El poeta Catulo sugeriría años más tarde que la
primera pregunta que un amigo le hacía a otro a su regreso de
un puesto como empleado de un gobernador provincial era:
«¿Cuánto dinero has sacado?». La dificultad de los habitantes
de las provincias para hacer uso de la ley contra sus
gobernantes, ya que tenían que viajar a Roma y buscarse un
abogado, exacerbaba terriblemente la corrupción. En el año el
orador Cicerón interpuso una acción judicial contra un
gobernador de Sicilia muy conocido que se supone que había
declarado que un hombre debía permanecer tres años en un
cargo: el primer año para robar suficiente dinero para
enriquecerse, el segundo para reunir dinero para contratar la
mejor defensa legal y el tercero para acumular los sobornos
para el juez y el jurado con el fin de asegurarse de escapar a
lajusticia.15
Parte de las circunstancias desfavorables en las que vivían
los habitantes de las provincias se hicieron evidentes en el
juicio de Dolabela. El abo gado de la acusación era César, de
veintitrés años de edad, un joven con pocos logros a sus
espaldas y procedente de una familia con escasos contactos. El
procónsul fue defendido por el principal orador de Roma,
Quinto Hortensio, y el distinguido Cayo Aurelio Cota. Cota
131
era primo de la madre de César, pero no era extraño que los
parientes representaran a partes opuestas ante los tribunales.
Se consideraba totalmente correcto, lo que les permitía honrar
o crear nuevas obligaciones con otros senadores, y no
significaba que existiera ningún tipo de resentimiento entre
los abogados. Cayo había sido uno de los que convenció a Sila
de que indultara a César, y obtendría el consulado en el año
75 a.C. Posteriormente, Cicerón recordaba ver a Hortensio y
a Cota en acción en ese juicio, así como en otros:
Entonces sobresalían dos oradores que provocaban en mí
el deseo de imitarlos, Cota y Hortensio: el primero hablaba
con tono calmoso y tranquilo, expresando sus
pensamientos en términos exactos con soltura y facilidad;
el segundo hablaba con abundancia de ornamentos y con
impetuosidad… En efecto, había visto con mis propios
ojos que en determinadas causas, como en la defensa de
Marco Canuleyo o la del consular Quinto Dolabela,
aunque se había recurrido a Cota como abogado principal,
era realmente Hortensio quien había desempeñado el
primer papel.Y es que el movimiento del público y el
estrépito del foro exigen un orador vigoroso, ardiente, que
sepa actuar y tenga una voz sonora.`
Por tanto, César se enfrentaba a uno de los equipos más
formidables de los tribunales de aquella época, lo que no era
sorprendente si tenemos en cuenta que la defensa se
consideraba un papel más honorable que la acusación. Los
fiscales eran esenciales para que funcionara el sistema legal,
pero su éxito a menudo significaba el final de la carrera de
otro senador. En teoría, un gobernador declarado culpable de
extorsión se enfrentaba a la pena capital porque Roma tenía
132
pocas prisiones y tendía a castigar todos los delitos graves con
la ejecución. En la práctica, al condenado se le permitía huir
de la ciudad con todos sus bienes muebles y exiliarse
cómodamente. Massilia (la actual Marsella), la antigua
colonia griega en la costa gala que ahora era parte de la
provincia romana de la Galia Transalpina, era una de las
localizaciones favoritas para el exilio. No obstante, pese a
todos los consuelos, el exilio era permanente: el condenado no
podía regresar a Roma. Es decir, la acusación era una acción
agresiva y la defensa se tenía por más honorable. De acuerdo
con los principios de la aristocracia senatorial era mejor
apoyar a un amigo contra el que se habían presentado cargos,
aunque fuera culpable, que tratar de acabar con la carrera de
un senador. Casi siempre, los abogados defensores eran
hombres de más edad y experiencia que habían demostrado a
lo largo de los años su destreza ante los tribunales. Se
consideraba más digno que demostraran su lealtad hacia los
aliados políticos, mientras que la acusación solía quedar en
manos de los jóvenes y ambiciosos que deseaban labrarse la
fama que les ayudaría a ascender en el escalafón.
Cuando el caso llegó a juicio, César pronunció un discurso
que causó una honda impresión en los espectadores.Tiempo
después publicó una versión de este discurso, una práctica
habitual que Cicerón emplearía a lo largo de su carrera.
Aunque no conservamos aquella alocución, sabemos por los
antiguos comentaristas que fue muy admirada. Es muy
posible que ese discurso mostrara cuánto había influido en él
el estilo retórico de César Estrabón y en otra de sus
alocuciones publicadas llegó a copiar una parte sustancial de
una de sus oraciones. Las palabras de un discurso eran sólo
133
parte de la actuación de un orador -porque de una actuación
se trataba, como admitió Cicerón cuando comparó al dotado
orador con un actor famoso (véase la cita que abre el capítulo,
La postura que adoptaba el orador, cómo se vestía, dejando
que su toga cayera justo como debía, sus expresiones, el poder
y tono de su voz, eran aspectos vitales del trabajo de un
abogado. Durante el juicio, César impresionó tanto a la
muchedumbre que observaba el proceso como a los que
participaban en él, y la publicación del discurso contribuyó a
acrecentar la reputación que se había ganado. Su voz era algo
aguda, pero es evidente que su manera de hablar le imprimía
fuerza y poder. Salió bien parado de su primera aparición
como abogado a pesar de que la acusación fracasó y Dolabela
fue absuelto. Es probable que el resultado no fuera ninguna
sorpresa, porque la mayoría de los gobernadores acusados de
extorsión eran exonerados. Como era habitual, la defensa
estaba compuesta de hombres con mucha mayor experiencia y
auctoritas que la acusación, por lo que aquel resultado era casi
inevitable. La fama adquirida por César probablemente fue
un pobre consuelo para los macedonios que le habían persua
dido de aceptar el caso, pero al menos habían demostrado que
eran capaces de llevar a juicio a un antiguo gobernador,
aunque se hubiera librado de la condena.”
La actuación de César fue mejor en su siguiente aparición
ante el mismo tribunal, aunque, una vez más, el acusado
escapó al castigo. Se trataba del juicio contra Cayo Antonio
por su codicia mientras servía en la guerra contra Mitrídates.
El tribunal estaba presidido por el pretor Marco Licinio
Lúculo, el hermano de Lucio, que había sido el único senador
que acompañó a Sila en su marcha sobre Roma en el año
134
César argumentó muy bien su causa contra un hombre cuya
culpa, por lo visto, era patente, pero Antonio apeló a los
tribunos de la plebe, logrando que uno o más de entre ellos
vetaran el proceso. Como resultado, el juicio se interrumpió
sin pronunciar veredicto y Antonio se libró, aunque su carrera
posterior resultó extremadamente accidentada: los censores le
expulsaron del Senado en el año 70 a.C., fue reincorporado
nuevamente en el año 68 a.C. e incluso logró alcanzar el
consulado en el año cargo que compartió con Cicerón.
Aunque los habitantes de las provincias habían sido testigos
de cómo un funcionario romano corrupto volvía a quedar
impune, la reputación de César había crecido. No obstante,
Suetonio sostiene que sus actividades habían despertado la
hostilidad de hombres influyentes, en especial los socios de
Dolabela, lo que le impulsó a marcharse al extranjero en el
año con el pretexto de estudiar. 18
César fue primero a Rodas, donde planeaba estudiar con
Apolonio Molón, el profesor de oratoria más distinguido de
su tiempo. Apolonio había sido enviado a Roma por los
rodios como parte de una embajada unos cuantos años antes,
cuando se le permitió dirigirse al Senado en griego. Fue la
primera persona a la que se le concedió ese privilegio. En el
siglo i a.C. era habitual que los jóvenes aristócratas romanos
completaran su educación asistiendo a las famosas escuelas de
filosofa y retórica del Imperio romano de Oriente. De forma
bastante similar a César, Cicerón había abandonado Roma
para continuar sus estudios tras haber trabajado en los
tribunales un par de años. En su caso, pasó un tiempo en
Atenas y diversas ciudades de Asia Menor entre los años 78 y
77 a.C., antes de visitar también Rodas para aprender con
135
Apolonio. Cicerón lo describe como:
además de ser un abogado de causas reales y un escritor
sobresaliente, era también muy competente en señalar y
corregir los defectos y en formar a los alumnos con sus
enseñanzas. Este Molón se esforzó, si es que puedo
conseguirlo, en refrenar mi excesiva redundancia y mi
desmedido flujo de palabras -producto de esa cierta falta de
moderación y freno propia de los jóvenes- y en contener el
torrente de mi elocuencia, que, por así decir, se salía de su
cauce.19
Se ignora en qué disciplinas específicas recibió instrucción
César del famoso profesor. Pero antes de que alcanzara
Rodas, su barco fue interceptado por unos piratas cerca de la
isla de Farmacusa, a poca distancia de la costa de Asia Menor.
La piratería era un problema grave en todo el Mediterráneo
en las primeras décadas del siglo i a.C. En parte, era un
legado de los propios éxitos de los romanos, que habían
destruido el reino de Macedonia, arruinado el Imperio
seléucida y contribuido a la caída del Egipto tolemaico. Todas
estas grandes potencias helenísticas habían mantenido una vez
poderosas armadas, pero su decadencia propició el
florecimiento de la piratería en el Egeo, que, con el tiempo,
llegó a ser una plaga endémica en el Mediterráneo. Mitrídates
del Ponto fomentó la piratería, a la que brindó apoyo directo,
pues consideraba a estos filibusteros útiles aliados contra
Roma. La escarpada costa de Cilicia, en Asia Menor,
albergaba muchos bastiones de piratas, y las campañas de
Servilio Isáurico, con quien había servido el propio César, y
otros habían hecho pocos progresos en el control del
problema. Los piratas eran extremadamente numerosos,
136
trabajaban a veces en grandes escuadras e incluso emprendían
incursiones de rapiña en las comunidades costeras de la
misma Italia. Aunque no estaban unidos bajo un único líder,
sino que contaban con muchos jefes, parece que existía un
alto grado de cooperación entre las distintas comunidades
piratas. En la cumbre de su poder en los últimos años de la
década de los setenta antes de Cristo, los piratas lograron
incluso asaltar Ostia y, en otra ocasión, secuestraron a dos
pretores romanos junto con todos sus ayudantes. Pese a que
de vez en cuando asesinaron a sus prisioneros romanos -
supuestamente le dijeron a un altivo aristócrata que
desembarcara cuando estaban en alta mar, en una historia
que, hasta cierto punto, anticipa el momento de caminar por
el tablón, tan bienamado por la fic ción que ha hablado de
una generación posterior de piratas- su principal objetivo era
exigir un rescate por ellos.20
El joven patricio era una valiosa captura y sus raptores
decidieron exigir el pago de veinte talentos de plata por su
liberación. Se dice que César se rio al oír aquella cantidad,
declaró que valía mucho más que eso y prometió pagarles
cincuenta talentos. A continuación, envió a la mayoría de sus
compañeros de viaje a las ciudades más próximas de las
provincias donde podían conseguir un préstamo para entregar
el dinero necesario. César quedó atendido sólo por su médico
y dos esclavos en el campamento pirata. Según Plutarco, no se
sentía en lo más mínimo intimidado por sus feroces captores,
sino que:
los trataba con tal desprecio, que siempre que iba a
acostarse les daba recado con la orden de que estuvieran
callados. Durante treinta y ocho días, como si en vez de
137
estar vigilado estuvieran dándole escolta, participó en sus
juegos y ejercicios sin el menor miedo. Escribía poemas y
discursos y los utilizaba como auditorio, y a los que no se
los elogiaban los llamaba cara a cara ignorantes y bárbaros,
y entre risas muchas veces los amenazó con ahorcarlos.
Ellos estaban divertidos y atribuían esta franqueza a una
especie de ingenuidad y broma.’
Cuando sus amigos volvieron con el rescate que las
comunidades aliadas habían entregado con diligencia,
deseosas de complacer a un hombre que, con el paso del
tiempo, podía convertirse en una útil conexión en Roma,
César fue liberado. Al parecer, la ciudad de Mileto, en la
costa occidental de Asia, había proporcionado el grueso del
dinero y hacia allí se dirigió él de inmediato. Tenía
veinticinco años y era un ciudadano particular que nunca
había ocupado un cargo público, pero eso no impidió que
lograra persuadir y engatusar a los habitantes de Mileto para
que reunieran y tripularan varios navíos de guerra. Al frente
de esta fuerza, marchó directamente de vuelta a Farmacusa
para atacar a los que habían sido sus captores.
Despreocupados y autocomplacientes, los piratas habían
permanecido en el campamento en tierra, sus barcos varados
en la orilla y sin posibilidad de oponer resistencia. La escuadra
improvisada de César los capturó y se hizo con el botín de sus
rapiñas, en el que estaba incluido su propio rescate.
Suponemos que los cincuenta talentos fueron reembolsa dos a
las comunidades que los donaron y los prisioneros conducidos
a Pérgamo, donde los encarcelaron. Después, fue a visitar al
gobernador romano de Asia para disponer la ejecución de los
piratas. Sin embargo, el propretor Marco junco no se mostró
138
demasiado interesado en imponer el castigo que César había
prometido infligir de manera reiterada. En aquel momento,
estaba ocupado organizando la introducción de Bitinia en el
imperio como provincia romana, porque Nicomedes había
fallecido recientemente y había legado su reino a Roma. Junco
vio la oportunidad de beneficiarse vendiendo a los piratas
como esclavos y también estaba ansioso por apropiarse de
parte de su botín. Cuando comprendió que no actuaría con
tanta rapidez a instancias de un insignificante joven patricio,
César se apresuró a volver a Pérgamo y ordenó que
crucificaran a los prisioneros. No tenía autoridad legal para
hacerlo, aunque era poco probable que alguien cuestionara la
ejecución de un grupo de salteadores. De esta forma, cumplió
su promesa. Sin embargo, el tiempo que pasó con ellos había
hecho nacer en él cierta estima por los piratas y, en cualquier
caso, deseaba mostrar su naturaleza compasiva, por lo que
ordenó que les cortaran la garganta antes de crucificarles,
librándoles de una muerte lenta y extremadamente dolorosa.”
Eso cuenta la leyenda. En buena medida es un compendio
perfecto del mito de César, que siempre estaba al mando
fuere cual fuere la situación. Aquí vemos al joven aristócrata
que se burló de sus captores, despreció el rescate que exigieron
por él y no perdió la compostura ni un solo instante. De
nuevo nos encontramos con la misma confianza en sí mismo
con la que había hecho frente a Sila, el dictador, cuando el
patricio no se amilanó ante su inmenso poder. Tenemos
asimismo el encanto con el que logró seducir a una banda de
asesinos con tanta facilidad como conquistaba a los
ciudadanos romanos o a los soldados.Tras su liberación, actuó
con prontitud, la fuerza de su carácter movió a otros a hacer
139
su voluntad aunque no tenía auténtico poder sobre ellos y, al
final, obtuvo una victoria arrolladora. César había prometido
capturar y ejecutar a los piratas, y eso es precisamente lo que
había hecho, a pesar de que el propretor que gobernaba la
provincia se mostrase tan reacio a actuar. Fue una exhibición
de su audacia, determinación, rapidez de acción e implacable
habilidad, mientras que el acto final proporcionó un ejemplo
de la clemencia de la que más tarde haría alarde como uno de
sus principales atributos. Es una historia muy buena que, sin
duda, fue embelleciéndose cada una de las veces que se volvió
a contar. Puesto que sus compañeros de viaje se habían
marchado y sólo sus esclavos y su médico estuvieron presentes
durante el tiempo que pasó con los piratas, es interesante
preguntarse quién fue el primero en relatar la historia. ¿Fue
un ejemplo temprano de la habilidad de César para celebrar
sus propios logros? Tal vez no, pero aunque los rumores se
iniciaran en las comunidades después de su liberación o
fueran propagados por sus amigos, no hay duda de que él no
hizo nada para desmentir esa versión de los hechos.
Evidentemente, es imposible decir cuánto había de verdad y
cuánto era sólo una fabulación romántica.
Al concluir esta aventura, César alcanzó por fin Rodas y
estudió allí con Apolonio. Demostró ser un alumno hábil, con
un estilo retórico fluido y engañosamente simple. Cicerón y
otros observadores le consideraban uno de los mejores
oradores del periodo y sugirieron que podría haber llegado a
ser el mejor si se hubiera concentrado en la oratoria y no se
hubiera dedicado a ninguna otra actividad. Sin embargo, para
él, la destreza con las palabras no dejaba de ser un medio para
lograr la meta más ambiciosa del éxito político. Hablar en
140
público se le daba excepcionalmente bien, pero en realidad
estaba demostrando que era muy bueno también en otras
cosas, sobre todo en el arte de la guerra. Se le presentó otra
oportunidad de probarlo durante su época de estudiante en
Rodas. En el año 74 a.C. había vuelto a estallar la guerra
abierta contra Mitrídates y un destacamento de tropas del
Ponto había realizado una incursión en Asia, saqueando el
territorio de los pueblos aliados con Roma. César dejó a un
lado sus estudios y tomó un barco en dirección a la provincia,
donde reclutó tropas entre las comunidades locales y, con este
ejército formado con tanta precipitación, derrotó a los
invasores. La opinión generalizada es que la acción -una vez
más tan rauda, determinada y competente- evitó que los
aliados desertaran y se unieran a Mitrídates en vista de que los
romanos no habían sido capaces de defenderlos. Merece la
pena subrayar otra vez que César era un ciudadano particular
sin autoridad legal para actuar así. Nadie le habría
responsabilizado de los problemas surgidos en Asia si hubiera
permanecido tranquilamente en Rodas. Sin embargo, para él,
su deber, considerando que no había disponible ningún
funcionario constituido debidamente para hacerse cargo de la
situación, era actuar. También era una espléndida
oportunidad para labrarse un nombre. Servir a la República y
obtener gloria personal en el proceso eran ambiciones de lo
más apropiadas para la aristocracia senatorial.23
DE NUEVO EN ROMA
Hacia finales del año 74 o principios del año 73 a.C., César
fue nombrado sacerdote, pero era un cargo mucho menos
restrictivo que el de Flamen Dialis. El colegio de pontífices,
quince poderosos sacerdotes liderados por el Pontifex
141
Maximus, votó su admisión para suplir la vacante surgida tras
el fallecimiento de uno de sus miembros. Se trataba de un
familiar de Aurelia, Cayo Aurelio Cota, que en el pasado
había pedido clemencia por la vida de César ante Sila y, más
tarde, había actuado en el bando contrario en el juicio de
Dolabela. Se suponía que los pontífices transmitían sus
conocimientos religiosos de palabra, de manera que era
normal que en el colegio hubiera una amplia franja de edad.
Es más que probable que los nexos familiares fueran uno de
los motivos de la selección de César, pero también es un
indicio de que el joven ya estaba haciendo gala de su talento.
Uno de los pontífices era Servilio Isáurico, para quien había
servido tras obtener la corona civica. Puesto que la mayoría de
los pontífices en buena medida también habían sido
designados por Sila, se infiere que César no era percibido
como un extremista peligroso. El nombramiento era un gran
honor que marcaba al elegido como un hombre con mucho
futuro y posibilidades de triunfar en la vida pública. Los
quince pontífices, junto al mismo número de miembros de
otras dos importantes órdenes, los augures y los
quindecenviros, constituían una élite dentro de la clase
senatorial. Por regla general, sólo miembros de familias
nobles, que contaban con cónsules entre sus antepasados,
recibían estos cargos, y la admisión de alguien que no
cumpliera tales requisitos era una gran distinción. Si vivían lo
suficiente, la mayor parte de estos sacerdotes obtenían el
consulado.24
Al tener noticia del nombramiento, César abandonó sus
estudios y regresó de inmediato a Roma para ser admitido
formalmente al sacerdocio.Viajando con sólo dos amigos y
142
diez esclavos en una pequeña embarcación, tuvo que atravesar
de nuevo los mares infestados de piratas, a quienes les había
dado muy poco motivo para tenerle demasiado afecto con su
reciente aventura. En un momento dado durante el viaje, los
romanos pensaron que habían avistado un bajel pirata, ante lo
cual César se despojó de sus refinados ropajes y se ató una
daga al muslo. Creemos que esperaba pasar inadvertido entre
sus asistentes y la tripulación y escapar en cuanto se
presentara la oportunidad. Al final resultó innecesario, porque
pronto se percató de que habían confundido una ribera
boscosa con la silueta de un barco.A su regreso a Roma volvió
enseguida a trabajar en los juzgados y parece que llevó la
acusación contra Marco junco en el tribunal de extorsiones.
Lo más probable es que actuara en representación de los
bitinios, porque conservaba la relación con su familia real en
concreto. En una fecha posterior, representó a Nisa, la hija de
Nicomedes, en una disputa legal, y pronunció un gran
discurso en el que narró su deuda con el rey de Bitinia. Se
dice que ese alegato dio lugar a la respuesta de Cicerón de:
«Omite, te lo ruego, esos detalles, puesto que todo el mundo
sabe lo que el rey te ha dado y lo que tú has recibido». Ese
escándalo perseguía a César, pero no parece haberle
perjudicado políticamente. Se desconoce el resultado del
juicio de junco, pero es muy posible que fuera absuelto, ya que
antes que él lograron escapar al castigo innumerables ex
gobernadores que eran obviamente culpables. Como en sus
previas apariciones ante los tribunales, el resultado del juicio
era en cierto modo menos importante para su propia carrera
que su actuación personal.`
En algún momento al final de la década se presentó a su
143
primer cargo público y fue elegido uno de los veinticuatro
tribunos militares, seguramente para el año 72 o 71 a.C.,
aunque nuestras fuentes son vagas al respecto. Los tribunos
militares eran muy diferentes de los tribunos de la plebe,
porque su papel era exclusivamente militar. Cada legión del
ejército contaba con unos seis tribunos y, dado que para
entonces el imperio contaba siempre con más de cuatro
legiones, se designaron muchos de estos funcionarios. No
obstante, había un notable prestigio ligado a los cargos y se
solía considerar la primera oportunidad para poner a prueba la
popularidad de un joven aristócrata con los votantes. Ninguna
de las fuentes consultadas menciona un puesto en las
provincias en aquella época, lo que sugiere que César ejerció
sus funciones en la misma Italia, porque la gran Guerra de los
Esclavos estaba en pleno apogeo. En el año 73 a.C., un
pequeño grupo de gladiadores liderado por un traciano
llamado Espartaco había escapado de su escuela de
entrenamiento a las afueras de Capua, desencadenando una
inmensa rebelión entre los esclavos en toda la península
italiana. Espartaco logró una serie de asombrosas victorias en
las que fue aniquilando un ejército romano tras otro, y sólo en
el año 71 a.C. fue finalmente derrotado por Marco Licinio
Craso. Es muy posible que César sirviera con Craso y, de ser
así, esa sería la primera conexión conocida entre ambos.26
Craso había conseguido la pretura para el año 73 a.C. y
recibió el mando contra los esclavos al año siguiente después
de que ambos cónsules hubieran sido derrotados en el campo
de batalla. Tenía unos cuarenta años, pero había acumulado
bastante experiencia de lo que implicaba ocupar el mando
superior durante la guerra civil. Obligado a huir a Italia tras el
144
asesinato de su padre y hermano a manos de los partidarios de
Mario, al principio Craso buscó refugio en Hispania. Es en
esta ocasión cuando se cuenta que estuvo escondido en una
cueva, a la que uno de los clientes de su familia le llevó
comida y dos jóvenes esclavas como compañeras. Más
adelante, se unió a Sila y luchó con honor a su lado, salvando
la situación en la batalla de Puerta Colina, a las afueras de
Roma, en el año 82 a.C. Craso estaba resentido porque creía
que el dictador nunca había reconocido lo suficiente el mérito
de sus logros, pero, en muchos aspectos, salió muy bien
parado del gobierno de Sila: adquirió propiedades a gran
escala de las víctimas de las proscripciones. Negociante astuto
y absolutamente implacable, pronto sería uno de los hombres
más ricos de Roma. La manera en que condujo la campaña
contra los esclavos fue igualmente eficaz. Para restablecer la
disciplina de las tropas, abatidas por anteriores desastres,
ordenó que se diezmaran varias unidades. Un soldado de cada
diez fue elegido al azar y golpeado hasta la muerte por sus
camaradas, que sufrieron las humillaciones simbólicas de
comer cebada en vez de trigo y montar sus tiendas fuera de las
murallas del campamento. Tras acorralar a los esclavos en el
extremo sur de Italia, Craso ordenó que se construyera una
amplia línea de fortificaciones para encerrarlos. Espartaco
logró salir, mostrando una vez más la extraordinaria habilidad
y fortaleza de carácter que le habían permitido transformar
una dispar horda de esclavos fugitivos en un ejército efectivo.
Los romanos persiguieron a los esclavos hasta que les hicieron
entrar en batalla y les aniquilaron. Craso ordenó que
crucificaran a seis mil prisioneros varones en intervalos
regulares a todo lo largo de la Vía Apia de Roma a Capua. Ni
145
se planteó la posibilidad de cortarles la garganta para
mostrarse «compasivo», porque la Guerra de los Esclavos
había aterrorizado a los romanos y ese espantoso espectáculo
pretendía mostrar a todos los esclavos la temeridad que
suponía una nueva rebelión.27
Sabemos tan poco del periodo de César como tribuno
militar que no podemos afirmar si realmente tomó parte en la
Guerra de los Esclavos, y si participó, qué parte desempeñó
en ella. Años más tarde, cuando dirigía las legiones contra las
tribus germanas por primera vez, animó a sus soldados
recordando que había habido muchos germanos entre los
esclavos vencidos, pero su propio relato no menciona ningún
servicio personal en el primer conflicto. En cualquier caso, eso
no indica ni una cosa ni la contraria, ya que los Comentarios
raramente incluyen detalles autobiográficos. A fin de cuentas,
es probable que sí participara en la guerra, a pesar de que tal
vez no hiciera nada particularmente distinguido que pudiera
haberle hecho merecedor de una mención en las fuentes. Se
sabe que durante su época como tribuno militar habló a favor
de una propuesta de restaurar en parte los poderes de los
tribunos de la plebe, que Sila les había arrebatado. Gran parte
del electorado contemplaba esa idea con entusiasmo y lo más
probable es que César deseara ganar popularidad asociándose
con esta causa.Tal oportunismo era común entre los que
buscaban ascender en el escalafón político y no debe
entenderse como un signo de profunda hostilidad hacia el
régimen de Sila o hacia un Senado aún atestado de adeptos
del dictador. El pariente de César, Cayo Aurelio Cota, había
presentado un proyecto de ley durante su consulado del año
75 a.C. que permitía a los antiguos tribunos de la plebe ser
146
candidatos a otras magistraturas y evitaba así que el cargo
fuera un callejón sin salida política como Sila había
La posibilidad de una conexión previa con Craso resulta
intrigante, porque este poseía una gran habilidad a la hora de
emplear su fortuna para obtener influencia política a cambio
de ayudar a aquellos cuya ambición sobrepasaba sus recursos.
En la década siguiente, César ciertamente se benefició de
sustanciales préstamos de Craso y es posible que
anteriormente hubiera recibido ya una ayuda de ese tipo. Sin
embargo, no deberíamos exagerar la importancia de César, ya
que fue uno de los numerosos senadores a quienes Craso
ayudó de esta forma y pocos habrían adivinado el éxito que
lograría más adelante. Era extravagante, tenía ta lento -como
demostró en el servicio militar y en sus actividades en los
tribunales- y tenía un don para el autobombo que le ayudaba
a atraer la atención del electorado, mientras que el escándalo
que le rodeaba garantizaba al menos que su nombre era
conocido por todos. Ese tipo de cosas eran activos para
alguien que aspiraba a hacer carrera en la vida pública, pero,
en mayor o menor grado, también eran cualidades de muchos
de sus contemporáneos y, además, tampoco eran garantías
automáticas de obtener el éxito. Es cierto que el talento
personal atraía a los votantes, pero no era el único factor, ni
siquiera el factor decisivo a la hora de ganar su favor. Aunque
se vistiera de manera diferente y demostrara poseer una
elevadísima opinión de sí mismo, la carrera de César hasta el
momento había sido convencional en los aspectos más
importantes. Sus acciones independientes contra los piratas y
los asaltantes del Ponto en Asia habían sido excepcionales,
pero eran adecuadas para un ciudadano consciente de sus
147
deberes y, lo que era más importante, de éxito. Esa clase de
comportamiento era un buen indicativo de virtus, una
cualidad clave en la imagen que la aristocracia romana tenía
de sí misma. Para cuando cumplió los treinta años, César
había dado muestras de poseer un futuro bastante prometedor
-como sugería su admisión en el pontificado- y no era
considerado en absoluto un revolucionario. Aún estaba por
ver lo lejos que llegaría en el escalafón político, considerando
que su talento compensaba su relativa pobreza y los mediocres
logros de sus antepasados recientes.
148
Como era pródigo en sus gastos y parecía intercambiar una
gloria breve y efímera por grandes dispendios, aunque en
realidad no hacía más que comprar lo más importante a costa
de muy poco […] dispuso al pueblo tan favorablemente hacia
él, que cada uno buscaba nuevas magistraturas y renovados
honores con los que recompensarle.
149
César en el extranjero, lo más probable que es que su hija
fuera concebida entre el 78 a.C., tras su retorno de Oriente, y
el 75 a.C., antes de que volviera a abandonar Roma.’
César trató a Cornelia con mucho respeto, como demostró
en su famoso desafio a la orden de Sila de que se divorciara de
ella. En la tradi ción romana, las esposas debían ser honradas,
pero no eran necesariamente objeto de un gran pasión, porque
ese tipo de emociones eran consideradas irracionales e incluso
algo vergonzosas. El lecho matrimonial era el lugar donde se
engendraba la próxima generación de niños romanos para
perpetuar el nombre familiar, pero el placer físico debía
buscarse en otra parte. Eso no significa que algunas parejas
casadas -tal vez incluso la mayoría- no estuvieran muy
enamoradas y disfrutaran de una activa vida sexual, sino
sencillamente que, de acuerdo con los ideales de la sociedad
aristocrática romana, esa pasión no era tenida por un aspecto
de especial significación en el matrimonio. Era comúnmente
aceptado que los maridos aristocráticos buscaran placer sexual
fuera del matrimonio y no necesitaran a sus esposas para
satisfacer sus vergonzosos deseos, en especial en el caso de los
jóvenes, lo que los romanos llamaban un adalescens. Aunque
esa es la raíz de nuestra palabra adolescente, para los romanos
hacía referencia a todo hombre que no hubiera madurado por
completo y podía fácilmente extenderse hasta el final de la
treintena.A esos «jóvenes» se les concedía un grado de
libertad en su conducta que no disfrutaban aquellos que
habían alcanzado ya la edad adulta, de quienes, como líderes
de la República, se esperaba que actuaran con mayor
responsabilidad. Satisfacer sus deseos de manera discreta con
las esclavas o con prostitutas rara vez era criticado.’
150
Muchos jóvenes aristócratas conservaban asimismo a sus
amantes después del matrimonio. Había un grupo especial de
prostitutas de clase alta o cortesanas que dependían de sus
amantes para poseer una casa o un apartamento, ayudantes y
riqueza. Esas mujeres solían contar con una buena educación,
eran ingeniosas, atractivas y, en ocasiones, diestras en las artes
del canto, la danza o la interpretación de algún instrumento
musical, de modo que ofrecían a su amante compañía además
de satisfacción sexual. Estas aventuras no pretendían ser
permanentes y las cortesanas de éxito pasaban de un amante-
proveedor al siguiente, lo que añadía emoción al alfaire
porque el amante tenía que esforzarse para ganar el favor de
su amante y, después, seguir dedicándole suficiente atención y
ofreciéndole regalos para retenerla. Con frecuencia, las
cortesanas famosas se relacionaban con los hombres más
importantes de Roma, porque no eran sólo los senadores
jóvenes los que podían decidir mantener a una amante. La
naturaleza de la relación entre amante y cortesana permitía en
oca siones a la mujer llegar a obtener considerable influencia.
Según la opinión mayoritaria de la época, en el año 74 a.C. el
cónsul Lucio Licinio Lúculo se hizo con un importante
mando en las provincias ganándose a Precia, la amante de un
prominente senador, con regalos y halagos. Ese hombre era
Publio Cornelio Cetego, un útil ejemplo de alguien que
formalmente no ocupó ningún cargo, pero que disfrutó de
una inmensa aunque temporal influencia en el Senado gracias
a una mezcla de auctoritas y un sagaz conocimiento y empleo
de los procedimientos senatoriales. Las concubinas podían
asimismo desempeñar un papel político por otras vías, como
puso de manifiesto el caso de otra famosa cortesana llamada
151
Flora. En una época, el joven Pompeyo le profesó un
profundo amor y, años más tarde, se decía que ella había
presumido a menudo de que siempre le quedaban marcas de
arañazos en la espalda después de mantener relaciones
sexuales con él. No obstante, cuando Pompeyo descubrió que
un amigo suyo llamado Geminio había intentado seducir a
Flora de forma reiterada, se la cedió voluntariamente,
mostrándose escrupuloso en su generosidad hacia su amigo,
quien así quedó en deuda con él y se convirtió en un útil
partidario político. Pompeyo nunca volvió a visitar a Flora, lo
que se consideró un sacrificio particularmente grande dado
que él seguía sintiéndose muy atraído hacia ella. Por su parte,
se supone que Flora todavía estaba enamorada de Pompeyo y
declaró que no había dejado de sentirse mal hasta mucho
tiempo después. En el fondo, la posición de las concubinas
era muy precaria, porque a pesar de que, a veces, algunas
lograran ejercer mucha influencia, no tenían estatus legal y
tenían éxito sólo mientras pudieran mandar sobre los afectos
de sus amantes.4
En general, se consideraba aceptable que las cortesanas y
las esclavas fueran objeto del afecto de los aristócratas, ya que
esa relación no amenazaba en absoluto el orden social
establecido o la integridad del linaje familiar. La mayoría de
las cortesanas eran de clase baja, prostitutas que habían sabido
abrirse camino. Con frecuencia eran esclavas o antiguas
esclavas que habían trabajado como artistas en diversos
ámbitos del mundo del espectáculo. Durante algún tiempo, a
mediados de la década de los cuarenta antes de Cristo, Marco
Antonio se había enamorado perdidamente de una bailarina y
actriz de mimo llamada Citeris, una antigua esclava que había
152
sido liberada por su dueño y rebautizadaVolumnia.Antonio
alardeaba de ella en público y le ofrecía el lugar de honor en
las cenas, tratándola casi como a una verdadera esposa, para
secreta consternación de Cicerón. La misma mujer, más
adelante, fue amante del asesino de César, Bruto, así como de
otros importantes senadores. Los niños nacidos de una unión
así entre un aristócrata y su amante eran ilegítimos, es decir,
que no tomaban el nombre de su padre ni tenían ningún
derecho legal a que este les mantuviera, mientras que los
bebés nacidos esclavos pasaban a ser propiedad de sus dueños
en sentido literal. Ahora bien, si un marido aristócrata podía
tener amantes de esta forma, la sociedad no otorgaba la
misma licencia a su esposa, porque era esencial que no
hubiera ninguna duda sobre la paternidad de su vástago. La
castidad, en el sentido de permanecer fiel a su marido y sólo a
su marido, era uno de los principales atributos de la matrona
ideal. En épocas anteriores, una mujer pasaba toda su vida
bajo el dominio de -literalmente «en manos de» su padre o su
marido, que tenían derecho incluso a ejecutarla si así lo
deseaban. En el siglo i a.C. esta tradicional y estricta forma de
matrimonio en el que el marido asumía todos los derechos del
padre de la mujer era muy poco habitual. El matrimonio se
había flexibilizado y el divorcio era más común, aunque se
seguía esperando que la esposa permaneciera absolutamente
fiel a su marido, a pesar de que el marido con frecuencia
tuviera otras amantes.5
Es muy posible que César se divirtiera con cortesanas,
esclavas y cualquier otra mujer disponible entre los veinte y los
treinta y tantos años. Nuestras fuentes no hacen especial
mención de ello, pero puesto que ese comportamiento era
153
común, puede no haber sido considerado algo significativo.
Suetonio sí nos cuenta que César a menudo pagó precios muy
altos, incluso desmesurados, para adquirir esclavas fisicamente
atractivas, señalando que incluso él se avergonzaba del coste y
por eso lo había ocultado en sus libros de cuentas. Nada se
dice sobre si la misión de esas siervas era puramente
ornamental o también debían proporcionar a su dueño
entretenimiento sexual. Sin embargo, Suetonio declara que
«todo el mundo está de acuerdo» en que César fue muy dado
a «los placeres sensuales y manirroto para conseguirlos» y que
había seducido a «muchas mujeres de la nobleza». Enumera el
nombre de cinco, todas ellas esposas de importantes
senadores, pero insinúa que había otras. Una de las mujeres
que nombra era Tertula, la esposa de Craso, bajo cuyo mando
César podría haber servido durante la Guerra de los Esclavos.
En un principio, Tertula estuvo casada con uno de los
hermanos mayores de Craso, pero, cuando este fue asesinado
durante la guerra civil, Craso había decidido desposar a la
viuda. Es probable que fuera unos años mayor que César y su
matrimonio con Craso funcionaba bien de acuerdo con los
criterios aristocráticos, ya que tuvieron descendencia. No hay
ningún indicio sobre cuándo tuvo lugar esta aventura o de
cuánto duró, una vaguedad común en esta parte de la vida de
César. Tampoco sabemos si Craso estaba al corriente de la
relación, aunque la notoriedad de los amoríos de César lo
hace claramente posible. Desde luego no tomó ninguna
medida contra el amante de su mujer y no tuvo ningún
inconveniente en emplearlo como aliado político.’
Las aventuras de César con mujeres casadas fueron muy
numerosas, pero, por lo general, no parece que pasara
154
demasiado tiempo entre una amante y la siguiente. Una clara
excepción a este patrón es su relación con Servilla, que, al
parecer, se prolongó durante la mayor parte de su vida.
Suetonio narra que «amó como a ninguna a Servilla». Su
primer marido fue Marco junio Bruto, pero había apoyado el
golpe de Lépido en el año 78 a.C. y había sido ejecutado
cuando este fracasó. La viuda ya había dado a luz a un hijo en
el año 85 a.C., a quien también llamaron Marco junio Bruto.
Este sería el «romano más noble de todos» de Shakespeare,
uno de los líderes de la conspiración por la que César sería
asesinado en el año 44 a.C. La ironía no termina ahí, ya que
Servilla también era hermanastra de Catón el joven, uno de
los más encarnizados oponentes de César durante más de
veinte años. César quería mucho a Bruto, un afecto que
subsistió incluso después de que este luchara contra él en los
años 49 y 48 a.C., lo que alimentó persistentes rumores de
que él era, en realidad, el padre de Bruto y llevó a Plutarco a
afirmar que el mismo César lo creía. Dado que sólo tenía
quince años cuando nació Bruto, sin duda esta historia no es
más que una leyenda, pero la existencia de esos relatos sugiere
que la relación entre César y Servilla comenzó en una fecha
temprana, probablemente en la década de los setenta.
Continuó pese al hecho de que Servilla volvió a casarse y
tampoco le impidió a él tener múltiples aventuras con otras
mujeres. Es evidente que el idilio entre Servilla y César fue
apasionado por ambas partes y también duradero, aunque la
intensidad varió a lo largo de los años. Todo hace suponer
que había algo más fuerte que una mera atracción fisica.
Servilla era una mujer de gran inteligencia, muy interesada en
la política y deseosa de promocionar las carreras de su marido
155
y su hijo. Sus tres hijas estaban casadas con senadores
importantes. Tras la muerte de César, fue incluida en los
consejos que reunió Bruto para decidir cuál sería el siguiente
paso de los conspiradores y su opinión prevalecía sobre la de
distinguidos senadores, incluido Cicerón. El orador, como
correspondía, se sentía indignado ante el hecho de que una
mujer invadiera el mundo masculino de la política, pero en
otras ocasiones había estado impaciente por obtener su
consejo en cuestiones consideradas más pertenecientes a la
esfera femenina. Él y su familia la habían consultado cuando
buscaban un marido adecuado para su hija Tulla. Cuando esta
murió al dar a luz, Servilla escribió una nota de condolencia al
destrozado Cicerón. Aunque como mujer no podía ocupar
ningún cargo o asumir ningún tipo de poder oficial, Servilla
se preocupaba de mantener contactos y vínculos de amistad
con muchas familias de renombre.’
Con atractivo, inteligencia, esmerada educación,
sofisticación y ambición: la descripción podría fácilmente
corresponder tanto a César como a Servilla, aunque en el caso
de esta última, la ambición era indirecta y aspiraba a obtener
una posición destacada no para ella misma, sino para los
miembros masculinos de su familia cercana. Por lo visto,
ambos se parecían realmente en muchos sentidos, lo que
puede en parte explicar la intimidad y la longevidad del
vínculo que existía entre ellos. Lo prolongado de su aventura
en sí sugiere que César sintió un amor más profundo por
Servilla que por ninguna otra de sus amantes. Aparte de su
aventura con él, se cree que Servilla permaneció fiel a su
segundo marido, Décimo Junio Silano, a diferencia de su
hermana -como siempre, llamada también Servilla- de quien
156
se divorció su marido a causa de sus frecuentes aventuras
extramatrimoniales. César era un seductor en serie de mujeres
casadas. Si sintió una fuerte pasión por alguna o por todas
estas amantes, esta rara vez duró mucho, o al menos nunca
fue exclusiva. La envergadura de sus actividades fue tal que
sobresalió en la sociedad romana, que, en aquella época, no
andaba escasa de adúlteros o vividores. Por tanto, es
importante tratar de comprender por qué se comportó de
manera excepcional. La respuesta obvia, que disfrutaba
haciendo el amor con numerosas mujeres atractivas, no
debería pasarse por alto completamente sólo por ser
demasiado básica.Y, sin embargo, esta no podía ser la única
razón, dado que el placer podía obtenerse de manera menos
controvertida con esclavas o amantes de bajo estatus social.
Las cortesanas más distinguidas ofrecían ingeniosa compañía
además de satisfacer necesidades más fisicas. Seducir a
mujeres casadas de familias senatoriales entrañaba muchos
riesgos, como el de la mala reputación, que podría ser
utilizada contra uno por los oponentes políticos. La tradición,
aunque no la ley en esta fecha, permitía a un marido matar al
amante de su esposa si los sorprendía durante el acto. Ese tipo
de violencia directa era poco habitual, pero un marido
cornudo podía muy bien convertirse en un enconado enemigo
político.’
Es posible que los riesgos no hicieran sino añadir emoción.
Incluso podemos ver este andar detrás de las mujeres de César
como una extensión de la competencia política, acostarse con
las esposas de otros senadores para probar que era el mejor en
el dormitorio además de en el Foro. ¿Tal vez había incluso un
deseo consciente de echar tierra sobre las historias de su
157
sumisión a Nicomedes haciéndose famoso por sus aventuras
de depredador sexual, tan abiertamente heterosexuales? No
obstante, ninguno de estos motivos parece suficiente para
explicar por qué César buscaba satisfacer sus deseos sobre
todo con mujeres aristocráticas. El hecho de que esas amantes
estuvieran invariablemente casadas era casi inevitable, ya que
las hijas de familias senatoriales desempeñaban un papel
decisivo a la hora de crear y reforzar vínculos políticos. Las
chicas se casaban jóvenes y las que se divorciaban o
enviudaban cuando seguían siendo jóvenes o de mediana edad
solían ser destinadas con prontitud a una nueva unión. En
general, sólo a las mujeres maduras con hijos se les permitía
vivir como viudas sin volver a casarse. La madre de César,
Aurelia, siguió ese camino, como hizo Servilla tras el
fallecimiento de su segundo esposo, pero en muchos aspectos,
sencillamente no había grupo de mujeres aristocráticas
solteras en Roma entre las que César no buscara amantes. Sin
embargo, la propia naturaleza de la vida pública romana, en la
que los senadores ocupaban diversos cargos, muchos de los
cuales les obligaban a vivir en el extranjero durante
innumerables años, implicaba que las mujeres casadas
quedaban solas durante largos periodos.
Las esposas aristocráticas disfrutaban de considerable
libertad en la Roma del siglo i a.C. Muchas de ellas poseían
importantes recursos independientes de los de sus maridos,
incluida la dote que aportaban en el momento de la boda, que
siempre se suponía que permanecía separada, aunque también
era complementaria, de los ingresos del hogar. Como hemos
visto, en aquella época, las niñas eran educadas igual que sus
hermanos, al menos en el sentido académico y durante sus
158
primeros años de edad. Por tanto, aprendían a ser bilingües
en latín y griego y a apreciar profundamente la literatura y la
cultura.A diferencia de sus hermanos, las niñas rara vez tenían
la oportunidad de viajar al extranjero para perfeccionar su
educación estudiando en uno de los grandes centros de
instrucción de Grecia. Dado que muchos filósofos y
profesores visitaban Roma durante largos periodos, esta
diferencia era una desventaja parcial y había escuelas que
enseñaban toda la gama de habilidades culturales. La
descripción que hace Salustio de la esposa de un senador es
reveladora:
Ahora bien, entre estas se contaba Sempronia, que
muchas veces había llevado a cabo actos propios de la
osadía de un hombre. Esta mujer por su alcurnia y su
belleza, y también por su marido y por sus hijos, era
bastante afortunada; versada en la literatura griega y latina,
tocaba la lira y bailaba con más elegancia de lo que una
mujer honesta necesitaba, y poseía muchas otras cualidades
que son instrumento de la disipación. Pero para ella todo
era más estimable que la honra y la decencia; no era fácil
dilucidar qué respetaba menos, si su dinero o su
reputación; su pasión era tan encendida que cortejaba ella a
los hombres con más frecuencia de lo que era cortejada.
Antes había traicionado muchas veces su palabra, había
negado con perjurio haber recibido un préstamo, había
estado complicada en un crimen; su lujo y su falta de
medios la habían llevado a la ruina. Ahora bien, poseía
cualidades extraordinarias; sabía escribir versos, hacer
chanzas, llevar una conversación ya seria, ya distendida y
procaz; tenía, en fin, mucha sal y mucho encanto.9
159
Sempronia estaba casada con Décimo junio Bruto, un
primo del primer marido de Servilla. Su hijo fue uno de los
subordinados de rango superior de César en la Galia y
durante la guerra civil, pero más tarde se volvió contra él y fue
uno de sus asesinos. César la conocía, sin duda, aunque
desconocemos si era uno de los hombres que buscaba sus
favores -o uno de los que ella perseguía-. Los términos en los
que está escrita la descripción que Salustio hace de Sempronia
expresan escándalo ante su inmoralidad y desenfreno, pero
muchos de sus logros no eran considera dos malos en sí
mismos. Plutarco escribió admirativamente sobre otra mujer
aristocrática que había quedado viuda cuando aún era joven y
que había vuelto a casarse:
Tenía esta joven muchas prendas que la hacían amable
además de su belleza, porque estaba muy versada en las
letras, en tañer la lira y en la geometría y había oído con
fruto las lecciones de los filósofos.Agregábanse a esto unas
costumbres libres de la displicencia y afectación con que
tales conocimientos suelen echar a perder la índole de las
La sofisticación, los estudios, el ingenio e incluso cierta
habilidad para la música o la danza no eran en sí mismas cosas
malas en una mujer, siempre que se combinaran con la
castidad, es decir, si era fiel a su marido. Pero en la época de
César había muchas mujeres que no contaban con esa virtud.
Como generación estaban mejor educadas que sus madres y
sin duda que sus abuelas, pero aún se esperaba de ellas que se
ocuparan de poco más que de llevar las cosas de la casa.
Entregadas en matrimonio cuando aún eran unas niñas y,
después, pasando de un marido al otro según lo dictaran la
muerte o los cambios en las alianzas políticas, una mujer tenía
160
suerte si encontraba la felicidad y la realización personal de
ese modo. No autorizadas a votar o a ocupar cargos públicos,
las mujeres como Servilla debían dirigir su marcado interés en
la política a promover las carreras de sus parientes varones.
Con una fortuna propia en una Roma donde los botines y los
beneficios del imperio estaban a la venta, muchas mujeres
sentían la tentación de competir en el lujo de sus estilos de
vida. Algunas añadían a sus vidas la emoción de tener un
amante o amantes. En general, parece probable que César
buscaba en sus amantes al menos un cierto grado de
camaradería e ingenio, así como conversación sofisticada.
Puede que algunas de las cortesanas más distinguidas
ofrecieran eso, pero en ese sentido muy pocas podían
competir con las hijas de las grandes familias de Roma. Sus
aventuras le proporcionaban no sólo satisfacción sexual, sino
también otro tipo de estímulos. Otras emociones ya
mencionadas -el elemento de peligro al tener una aventura
con una mujer casada, el placer adicional de ponerle los
cuernos a hombres con quienes se reuniría y competiría a
diario en la vida pública- sin duda acrecentaron su diversión.
Las mujeres que amó disfrutaron de su encanto, al que pocas
perso nas lograban resistirse cuando estaban en su compañía.
Él era César, el que se vestía de forma diferente, marcando
modas que muchos jóvenes copiaban, que prestaba tanta
atención a su apariencia y porte, y que siempre resultaba
especial. Acaparar su atención aunque sólo fuera un momento
era sin duda muy halagador, algo que la notoriedad de sus
proezas amorosas seguramente hacía aún más atrayente. Fuera
cual fuera su origen, su reiterado éxito con tantas mujeres
pone de manifiesto que era un excelente seductor. La
161
necesidad de pasar de una aventura a otra era en parte sólo un
reflejo de la enorme energía y ambición que mostraba en
todos los demás aspectos de su vida. También es posible que
siempre estuviera buscando a alguien que tuviera el atractivo
suficiente para mantenerle interesado durante un periodo más
largo. Es evidente que Servilia, tan parecida a él en muchos
aspectos, se aproximaba más a su ideal que ninguna otra
mujer de Roma, de ahí la duración de su relación. Pero a
pesar de la pasión que sentían ambos, cada uno de ellos
mantuvo un cierto grado de distanciamiento e independencia.
Aunque es muy posible que Servilia llorara a su amante tras
los idus de marzo, eso no le impidió tratar de promocionar la
causa de su hijo inmediatamente después. De igual modo,
pese al entusiasmo y esfuerzo que dedicó a la conquista de
mujeres, César nunca dejó que eso interfiriera con su
ambición de obtener cargos y estatus. También puede ser que
algunas de las historias que se contaban sobre él fueran falsas.
Una vez que había adquirido esa fama, es probable que el
mero hecho de que le vieran con una mujer diera pie a
habladurías que daban por supuesto que estaban teniendo una
aventura.
TIEMPO DE CAMBIOS: EL AUGE DE POMPEYO
Los años posteriores a la muerte de Sila fueron en general
una época de éxitos para César, en la que fue entrando de
forma gradual en la vida pública. Pese a haber despertado la
ira del dictador en el pasado, había vuelto a ser aceptado en el
redil y no vio ninguna razón para unirse a aquellos que
seguían prefiriendo combatir a Sila o el régimen que había
creado. No se unió al alzamiento de Lépido en el año 78 a.C.,
ni tampoco parece que se le ocurriera dirigirse a Hispania,
162
donde muchos de los partidarios de Mario y Cinna
continuaban luchando en la guerra civil. Estos hombres eran
liderados por Quinto Sertorio, probablemente uno de los más
grandes generales que Roma tuviera jamás, cuyo talento para
conquistar a las tribus hispanas para su causa le permitió
resistir a los ejércitos del Senado la mayor parte de la década.
Sertorio y sus seguidores eran exiliados y refugiados de las
proscripciones, a quienes los decretos de Sila habían
prohibido para siempre regresar a Roma o reanudar la carrera
política. En el fondo, su única alternativa era seguir luchando,
si bien en varias ocasiones Sertorio expresó un profundo deseo
de volver a casa, aunque fuera para vivir como un ciudadano
más. A pesar de contrariar a Sila, los lazos familiares de César
le habían salvado de enfrentarse a una prohibición similar de
dedicarse a la política. Como resultado, no necesitaba seguir
el desesperado camino de acometer una rebelión abierta
contra el Estado.”
En esos años, Sila proyectó una larga sombra sobre la
República. El Senado, una vez purgado de todos los
oponentes que no habían escapado de él a tiempo y repoblado
con sus partidarios, era en buena medida creación suya. Había
reforzado la posición del Senado como institución,
restaurando el monopolio senatorial sobre los jurados en los
tribunales y limitando drásticamente el poder del tribunado.
Había introducido otra legislación, por ejemplo una ley que
restringía la actuación de los gobernadores de las provincias,
con el fin de evitar que cualquier otro general siguiera el
propio ejemplo del dictador y volviera sus legiones contra el
Estado. Es evidente que legalizar formalmente ese tipo de
actuación tenía un dudoso valor práctico, como ponían de
163
manifiesto la guerra en Hispania y la rebelión de Lépido. Sila
no podía anular ni los precedentes que había sentado ni las
consecuencias de sus acciones. Italia seguía atravesando un
periodo de gran agitación a consecuencia de la Guerra Social
y de las guerras civiles.Amplias áreas habían sido devastadas
por las tropas enemigas, mientras que faltaba bastante todavía
para que los italianos, que acababan de obtener derecho al
voto, fueran completa y justamente integrados en el conjunto
general de los ciudadanos. Grandes franjas de tierra habían
sido asimismo confiscadas para que Sila pudiera entregar a sus
veteranos granjas en propiedad, por lo que muchos
campesinos fueron despojados de sus terrenos. Los problemas
a los que se enfrentaba el campo italiano no habían hecho más
que empeorar durante los años de saqueo a manos del ejército
de esclavos de Espartaco.”
El Senado de Sila no había sabido sobrellevar demasiado
bien la serie de crisis a las que se enfrentó después de que el
dictador se retirara. Durante la Guerra de los Esclavos, los
magistrados debidamente elegidos habían visto cómo los
ejércitos que lideraban habían sido aplastados e incluso
destruidos uno por uno por el enemigo. Se aplicaron medidas
poco ortodoxas para obtener la victoria final: los dos cónsules
abandonaron sus mandos y fueron reemplazados por Craso,
que sólo había sido elegido para la magistratura de rango
inferior de la pretura. Este modo de actuar era poco
convencional, pero no era nada en comparación con el
vertiginoso incremento de la prominencia de Cneo Pompeyo.
Hijo de Pompeyo Estrabón, Pompeyo nació en el año 106
a.C. y sirvió a las órdenes de su padre durante la Guerra
Social. Tras la muerte de Estrabón, pasó algún tiempo en el
164
campamento de Cinna, pero el trato que le dispensaron
estuvo marcado por el recelo y, más tarde, se retiró a las vastas
propiedades de su familia en Piceno. Cuando Sila llegó a
Italia en el año 83 a.C., Pompeyo decidió unirse a él, como
hicieron un número creciente de hombres que habían perdido
el favor del régimen gobernante o que adivinaban el probable
resultado de la guerra.A diferencia de estos otros refugiados, a
sus veintitrés años, Pompeyo eligió no actuar como
suplicante, sino como útil aliado. Utilizando su propio dinero
y recurriendo sobre todo a la población de Piceno, reclutó
primero una y, después, otras dos legiones de soldados. Esto
era ilegal desde todos los puntos de vista, porque Pompeyo
nunca había ocupado ningún cargo que le otorgara imperium
y con él el derecho a reclutar y mandar, sino que era
sencillamente un ciudadano particular. No era ni siquiera
miembro del Senado, pero se salió con la suya gracias a la
riqueza e influencia de su familia y a su fuerte personalidad.A
diferencia de su padre, que había sido uno de los hombres
más impopulares de su generación, a Pompeyo sus soldados le
adoraban y no parecían tener ningún reparo por el hecho de
que no tuviera autoridad para liderarlos. Cuando marchó
hacia el sur para unirse a Sila, el joven general y su ejército
privado demostraron que sabían luchar con destreza y
ferocidad. Sila no tuvo ningún escrúpulo en hacer uso de los
servicios de Pompeyo y le envió una y otra vez a luchar en su
nombre a Italia, Sicilia y África. En todas y cada una de las
campañas el gallardo y joven comandante derrotó a sus
contrarios sin esfuerzo. Sila -tal vez en parte con ironía,
aunque es dificil de decir con un personaje tan comple jo- le
bautizó Pompeyo «Magno» (Magnus) y le permitió celebrar
165
un triunfo, un honor insólito para un hombre que no poseía
imperium legal. Pese a la inmensa gloria que acumuló en esos
años, Pompeyo también se ganó la fama de cruel, y se
contaban historias de cómo extraía un placer sádico de
ejecutar a los distinguidos senadores que había capturado.
Para algunos su apelativo no era «Magno», sino el <joven
verdugo». Actuando de modo opuesto a César, se divorció
obedientemente de su mujer para casarse con la hijastra del
dictador. Esta ya estaba casada, además de en avanzado
estado de gestación, y murió poco después de contraer
matrimonio con Pompeyo, pero esa boda fue de todos modos
una señal de que contaba con el favor del dictador. Aunque
recibió multitud de honores de Sila, Pompeyo no pertenecía
al Senado y siguió siendo un ciudadano particular, capaz de
recurrir a su propio ejército. Sin embargo, estaba muy
interesado en la política y apoyó la campaña de Lépido para
obtener el consulado en el año 78 a.C., lo que contribuyó
enormemente a que este lograra la victoria. No obstante,
cuando Lépido se volvió contra el Senado, Pompeyo se
distanció de él de inmediato. Ante el estallido de la rebelión y
al constatar que no contaba con fuerzas suficientes para
aplacarla, el Senado de Sila apeló a Pompeyo y sus legiones.
Actuando con todo el vigor que había mostrado en anteriores
campañas, el joven general (ahora de veintiocho años)
aniquiló en poco tiempo a Lépido y sus tropas.También
volvió a exhibir su habitual crueldad, en especial cuando
ejecutó al primer marido de Servilla, Marco Bruto.`
Después de lograr este triunfo, Pompeyo solicitó al Senado
que le enviara a Hispana a enfrentarse a Sertorio como
respaldo del ejército que ya estaba combatiendo a las órdenes
166
de un gobernador designado de manera más convencional. Su
causa se vio favorecida por la reticencia de los cónsules del
año 77 a.C. a ir a aquella región. Esta vez Pompeyo fue
investido con imperium proconsular, lo que legitimaba su
estatus. Uno de los senadores que le apoyaba tuvo la
ocurrencia de que iba no como procónsul sino como pro
consulibus, «en vez de dos cónsules». En Hispana, Sertorio
resultó ser un oponente mucho más duro que los
incompetentes militares a los que Pompeyo se había
enfrentado anteriormente y, por primera vez, sufrió algunos
reveses. La experiencia fue humillante para alguien tan
acostumbrado al éxito, pero el joven general tenía la capacidad
de aprender de sus errores, y sentía respeto por su oponente
sin llegar a dejarse intimidar por él. La guerra en Hispana fue
cruel y larga, pero a medida que pasaban los años, Pompeyo y
las demás tropas senatoriales fueron ganando terreno frente a
las fuerzas de Mario.A pesar del progreso de sus contrarios, si
Sertorio no hubiera sido asesinado por uno de sus
subordinados en el año 72 a.C., es muy posible que la guerra
hubiera proseguido varios años más. En vez de eso, privados
de su genio y guiados ahora por su asesino, un hombre cuya
ambición y orgullo superaban con mucho su talento, todo
terminó en unos meses. Pompeyo retornó a Italia al año
siguiente, llegando justo a tiempo para interceptar y masacrar
a varios miles de esclavos que habían escapado cuando
Espartaco fue derrotado. Este éxito menor le llevó a declarar
enseguida públicamente que fue él y no Craso quien había
puesto fin a la Guerra de los Esclavos.
La mala relación entre Pompeyo y Craso se remontaba a la
guerra civil, cuando ambos habían luchado con Sila. Craso era
167
seis o siete años mayor y le molestaban los honores y la
atención prodigada al extravagante joven. Este resentimiento
es comprensible, pues Pompeyo había intentado arrebatarle el
mérito que se había ganado al vencer a Espartaco. El
incidente revelaba asimismo una veta algo mezquina en
Pompeyo, que en otras ocasiones le movería a tratar de
quedarse con la gloria de otros. No tenía ninguna necesidad
de hacerlo, dado que la guerra en Hispana había sido un
conflicto mucho más prestigioso que la represión de
Espartaco y le había aportado un segundo triunfo, en tanto
que Craso había recibido el honor menor de una ovación. Sin
embargo, a Pompeyo le deleitaba la aclamación del Senado y
de los ciudadanos y sentía celos de cualquiera que distrajera la
atención de sus éxitos, aunque fuera de forma momentánea.
Por lo general, a la gente le gustaba Pompeyo, su redonda
cara se consideraba abierta y atractiva, aunque no bella en el
sentido clásico. Los que le conocían mejor solían ser cautos,
sabiendo que, a menudo, sus declaraciones públicas no
concordaban con sus acciones y que no siempre era un amigo
en quien se pudiera confiar. Por el contrario, Craso era
respetado más que amado, cumplía escrupulosamente con sus
obligaciones con los demás, a la vez que no olvidaba jamás
ningún favor o deuda que algún otro hubiera contraído con él.
En algunos aspectos, Pompeyo era bastante inmaduro, algo
que había ilustrado con claridad el momento en el que obtuvo
su primer triunfo: sus planes eran recorrer Roma montado en
un carro tirado por elefantes. Sólo descubrir que un arco
situado en la ruta de la procesión impedía el paso de un
vehículo y una cohorte tan descomunal le disuadió de llevar a
cabo una exhibición tan extravagante. Le encantaba el
168
apelativo de «Magno», así como la tendencia de los
aduladores a compararlo con Alejandro Magno.A veces era
extremadamente taimado, lo que no era una cualidad negativa
durante una guerra, pero no era demasiado hábil en el juego
político de Roma. Esta falta de maña se debía sobre todo a la
inexperiencia, porque había pasado la mayor parte de su vida
entregado de manera casi constante al servicio militar. Desde
que tenía veintitrés años había liderado su propio ejército,
gran parte del tiempo en operaciones independientes que le
mantenían lejos de sus superiores. Pompeyo era utilizado para
mandar más que para manipular y persuadir. A diferencia de
otros aristócratas, apenas había dedicado tiempo a observar las
actividades diarias del Senado y el Foro, a aprender de los
senadores de más edad cómo funcionaba realmente la vida
pública. No obstante, al regresar de Hispania, decidió que era
el momento de entrar en la política de manera oficial.
En el año 71 a.C. Pompeyo tenía treinta y cinco años, pero
nunca había ocupado un cargo electo y seguía figurando en la
orden ecuestre porque nunca había pertenecido al Senado. En
aquel momento anunció que deseaba presentarse al consulado
para el año siguiente. Este paso era directamente contrario a
la regulación que había establecido Sila de la carrera pública,
que había ratificado la legislación anterior. Según esta ley,
nadie podía presentar su candidatura al consulado hasta que
no hubiera cumplido los cuarenta años de edad y ya hubiera
ocupado los cargos de cuestor y pretor. Craso, que también
hizo pública su candidatura sobre esas fechas, cumplía con los
requisitos en cuanto a la edad, pero toda la carrera de
Pompeyo hasta entonces violaba tanto la letra como el
espíritu de la normativa de Sila.Ambos se encontraban
169
acampados con sus ejércitos a las afueras de Roma, con total
legitimidad, puesto que estaban a la espera de celebrar su
ovación y su triunfo respectivamente. Ninguno hizo ninguna
amenaza abierta, pero desde que Sila había lanzado sus
legiones contra la ciudad para enfrentarse a sus enemigos
políticos, existía un temor palpable a que otros generales
pudieran hacer lo mismo. Cuando Pompeyo y Craso dejaron
a un lado sus diferencias personales para lanzar una campaña
conjunta al consulado, pocos eran los que deseaban oponerse
a ellos. Era obvio que Craso se merecía el puesto por su éxito
fren te a los esclavos, mientras que Pompeyo era considerado
un héroe por gran parte de la población. Era irregular que
alguien que no perteneciera al Senado aspirara
simultáneamente a unirse a este órgano y a alcanzar el
consulado, pero habría parecido absurdo que alguien que ya
había disfrutado de varios mandos superiores tuviera que
recorrer todas las magistraturas menores. Exentos por el
Senado del requisito de la edad y otras cualificaciones -dado
que ambos necesitaban conseguir el permiso para presentarse
a las elecciones sin llegar a entrar en la ciudad o de lo
contrario perderían su imperium y eso supondría disolver sus
ejércitos antes de la procesión triunfal- Craso y Pompeyo
fueron elegidos legalmente con una victoria arrolladora.
Sila había permitido que Pompeyo adoptara una posición
en cierto modo anómala, pues incumplía las normas que él
mismo había establecido para las carreras públicas y que el
Senado no había querido o no había podido cambiar en años
posteriores. Dentro del sistema de la República siempre había
sido importante contar con un cierto grado de flexibilidad, en
especial en épocas de crisis militar. Los extraordinarios
170
honores y exenciones otorgados a Pompeyo eran personales,
no significaban que se abandonara la normativa y que todo el
mundo pudiera seguir su ejemplo. Sin embargo, antes incluso
de ser elegidos, Craso y él habían declarado que pretendían
eliminar determinados puntos clave del sistema de Sila. Lo
primero que hicieron en su año de mandato fue restablecer
todos los derechos y poderes tradicionales del tribunado. Fue
una medida popular, de ahí el deseo de César de asociarse con
esta causa durante su periodo como tribuno militar. Otra
medida promulgada en el año 70 a.C., sin duda con la
aprobación de Pompeyo y Craso, pero que en realidad entró
en vigor a instancias de uno de los familiares de Aurelia,
Lucio Aurelio Cota, dio solución a la polémica cuestión de la
composición de los jurados: a partir de aquel momento y
hasta el final de la República, los jurados procederían en igual
número del grupo de los senadores, de los équites y de la clase
de propietarios inmediatamente inferior a ellos, los tribunü
aerarü. Una vez más, esta medida contaba con un
considerable respaldo popular y fue considerada un razonable
punto medio entre posiciones encontradas. Otro problema
que venía de antiguo fue resuelto en buena medida ese mismo
año con la elección de dos censores. Estos hombres fueron los
cónsules del año 72 a.C., y ambos habían sido venci dos por
Espartaco sin que esa derrota perjudicara en exceso sus
ulteriores carreras. Aunque se tardaría un año más en
completar el censo, se constató que daba como resultado un
enorme incremento del número de ciudadanos varones
registrados y con derecho al voto. El último censo fue
realizado de manera parcial en el año 85 a.C. e incluía sólo
463.000 nombres, mientras que en la nueva lista el total casi
171
se había duplicado y ascendía a 910.000. Como parte del
proceso, los censores tenían asimismo que examinar y corregir
el registro senatorial, añadiendo los nuevos nombres y
expulsando de la institución a aquellos cuyas acciones o moral
les incapacitaba para ser guías de la República. Hasta sesenta
y cuatro hombres fueron castigados con esta medida.14
Aunque Pompeyo y Craso habían aunado esfuerzos para
lograr el cargo y cooperaron en el restablecimiento del
tribunado, su mutua antipatía y envidia resurgieron de
inmediato. Pompeyo había comenzado su año de mandato de
manera espectacular: se convirtió en cónsul, se unió al Senado
y celebró un triunfo el mismo día. A continuación, los nuevos
censores decidieron -sin duda con considerable aliento por
parte de Pompeyo- resucitar una anticuada ceremonia que
consistía en un desfile con caballos y armas de la orden
ecuestre en la que demostraban que estaban dispuestos para
ejecutar su tradicional papel de soldados de caballería en las
legiones. Cuando la ceremonia estaba a la mitad, llegó
Pompeyo, avanzó junto a los doce lictores que le aguardaban
como cónsul y le abrieron camino entre la muchedumbre de
espectadores para aproximarse a los censores. Cuando le
preguntaron, en el lenguaje formal de la ceremonia, si había
cumplido con su deber hacia la República, el cónsul respondió
con voz poderosa que había servido allí donde Roma le había
necesitado y siempre había sido su propio jefe. Mientras la
multitud le aclamaba, los censores le acompañaron hasta su
casa. Fue un magnífico ejemplo de teatro político que, unido
a su triunfo, celebrado con unos juegos, Craso no podía soñar
con igualar, por lo que este decidió dedicar un diezmo de su
riqueza a Hércules, organizar un inmenso festín público con
172
diez mil mesas repletas de comida, así como regalar el
suministro de tres meses de grano a todos y cada uno de los
ciudadanos de Roma. Hércules, el gran héroe, estaba
estrechamente relacionado con la victoria y el triunfo y el
último que había conmemorado su éxito militar de ese modo
había sido Sila. Ambos trataban de eclipsarse mutuamente y,
en consecuencia, las relaciones entre los dos cónsules se
enfriaron al máximo hasta el final de su mandato, cuando, a
instancias de un tal Cayo Aurelio, realizaron un acto público
de reconciliación. Después, tanto Craso como Pompeyo se
retiraron de la vida pública sin solicitar el gobierno de una
provincia en el extranjero, como era habitual al abandonar las
magistraturas superiores.`
LA CUESTURA DE CÉSAR
Poco se sabe de las actividades de César en los años 71 y 70
a.C. Sabemos que durante el consulado de Pompeyo y Craso
apoyó un proyecto de ley presentado por el tribuno Plotio (o
Plautio), que autorizaba que los seguidores de Sertorio y
Lépido que aún estaban en el exilio regresaran a casa.
Pronunció un discurso a favor de esta ley, que tenía una
dimensión personal, pues permitiría la vuelta de su yerno,
Lucio Cornelio Cinna. Sólo se conserva una frase de esta
alocución, cuando César declara que «en mi opinión, en lo
que respecta a nuestra relación, no me han faltado ni esfuerzo,
ni hazañas, ni diligencia». El deber hacia la familia extensa,
así como hacia los amigos o los clientes, era muy importante.
Algunos expertos han barajado la posibilidad de que César
desempeñara un papel de más envergadura entre bastidores,
tal vez insistiendo para que Pompeyo y Craso unieran fuerzas
para lograr el consulado. Incluso se ha sugerido que preparó la
173
reconciliación entre ambos, basándose en la suposición de que
Aurelio estaba emparentado con la familia de su madre.
Aunque no es imposible, sigue siendo sólo pura especulación,
puesto que ninguna de nuestras fuentes sugiere que tuviera
parte en estos hechos.`
Sí tenemos datos que confirman que fue sobre esas fechas
cuando el propio César se presentó a la cuestura y es probable
que obtener ese cargo fuera su principal preocupación. En el
año 70 a.C. tenía treinta años, la edad mínima decretada por
Sila para ser elegido para esa magistratura. Era una
importante cuestión de orgullo para un aristócrata conseguir
el cargo en es decir, en el mismo momento en que comenzaba
a ser elegible. Esto, así como otros factores, nos hacen
suponer que César fue elegido como uno de los veinte
cuestores en el otoño del año 70 a.C. y empezó su año de
mandato a principios del año 69 a.C. Por regla general, los
comicios consulares se celebraban hacia finales de julio,
aunque no existía una fecha determinada de forma estricta.
Había unos ciento cincuenta días al año en los que estaba
permitido celebrar una asamblea del pueblo romano, pero
podía verse reducida por otras festividades o la declaración de
periodos de ceremonias públicas de agradecimiento, durante
las cuales no se podía llevar a cabo ningún negocio con el
Estado. Los cargos de rango inferior, como la cuestura, se
designaban en una asamblea diferente que se reunía poco
después de las elecciones consulares. La campaña electoral
podía comenzar hasta un año antes de los comicios, pero era
especialmente intensa en los últimos veinte días antes de la
votación en sí. Era durante esta época, después de que el
magistrado que supervisaba la elección los hubiera incluido de
174
manera formal en el registro, cuando los que aspiraban a
obtener un cargo se ponían una toga especialmente
blanqueada -la toga candidus, de ahí nuestra palabra
candidato- cuyo fin era hacer que destacaran mientras se
desplazaban por el Foro. Los candidatos recorrían el
abarrotado centro de la ciudad saludando a sus
conciudadanos, sobre todo a aquellos cuyo voto era más
influyente por el hecho de poseer más propiedades y estatus.
Un esclavo especialmente adiestrado conocido como
nomendator solía situarse detrás del candidato, listo para
susurrar los nombres de aquellos que se aproximaban para que
su dueño pudiera saludarlos con la precisión adecuada. Todo
el mundo utilizaba estos esclavos como apuntadores, pero los
buenos políticos se aseguraban de que su dependencia de esta
asistencia a su memoria no resultara evidente. Para un
candidato era importante que le vieran, pero en muchos
aspectos era aún más importante con quién se les veía. Se
esperaba que otros senadores que apoyaran su candidatura le
acompañaran durante la campaña, y su auctoritas ayudaba a
atraer al electorado. Otra forma de propaganda menos sutil
era pintar en los edificios signos que expresaran el respaldo a
un nombre u otro. Muchas de las tumbas que bordeaban las
principales vías de entrada a Roma tenían una inscripción que
incluía una prohibición de colocar o pintar sobre ellas ese tipo
de muestras de apoyo.”
Los cuestores eran elegidos por la Comitia Tributa, la
asamblea de las treinta y cinco tribus de ciudadanos romanos.
Cuando se congregaban para elegir a los magistrados y no
para aprobar o rechazar alguna ley, la Comitia se solía
celebrar en el Campo de Marte, la principal zona abierta de
175
parques y áreas destinadas a practicar ejercicio fuera de la
frontera formal de la ciudad, al noroeste, seguramente porque
en las elecciones se esperaba un mayor número de asistentes y
habría sido imposible apretar a tantos votantes en los confines
del Foro. Parece probable, aunque no seguro, que los
candidatos tuvieran una oportunidad de dirigirse a la
asamblea antes de que el magistrado que la presidía diera la
orden de «voten, ciudadanos» (discedite, quirites). En ese
momento, los miembros de cada tribu entraban en la parte
que tenían asignada en la saepta (un complejo temporal de
parcelas cercadas). Para votar, cada miembro de la tribu debía
abandonar su recinto, atravesando un estrecho pasillo elevado
conocido como «puente» para llegar al rogator, la persona
designada para supervisar el proceso de cada tribu. A
continuación, el votante ponía su papeleta con el nombre
elegido en una cesta, bajo la vigilancia de otros funcionarios
denominados «guardias» (custodes), que eran los encargados
de contar los votos e informar del resultado al magistrado
presidente. Cada tribu votaba como una unidad y su decisión
se anunciaba en un orden establecido por un sorteo previo. El
número de votantes de cada tribu variaba considerablemente,
pues hasta los miembros más pobres de las cuatro tribus
urbanas podían asistir sin demasiada dificultad. Dado que en
aquel momento la mayoría de ciudadanos romanos vivían
lejos de Roma, en general, sólo los miembros más ricos de las
otras tribus podían permitirse y estaban dispuestos a
trasladarse a Roma para los comicios. El voto de estos
hombres era muy significativo, como también el de los
hombres más pobres que pese a habitar ya en Roma seguían
censados en una de las tribus rurales.A pesar de la disparidad
176
entre las cifras de asistentes a las elecciones, el voto de cada
tribu poseía el mismo peso. Era importante para los
aristócratas tener el voto de su tribu -en el caso de César era la
tribu fabia- y se esforzaban mucho para conocer y hacer
favores a sus miembros. Las elecciones no se decidían por
mayoría absoluta, sino que concluían en cuanto el número de
candidatos necesario para cubrir los puestos disponibles había
recibido el voto de dieciocho tribus. Se trataba literalmente de
un sistema de reparto de puestos tipo «el primero que llegue,
se lo
Las perspectivas de César eran buenas: había sido aclamado
en los tribunales y se había distinguido en los combates en
Oriente. Hasta los rumores sobre Nicomedes y su escandaloso
donjuanismo habían contribuido al menos a que su nombre
fuera conocido por la mayoría de la ciudadanía, al igual que su
peculiar modo de vestir. Si bien es cierto que su familia no
pertenecía al círculo interno de los nobles del Senado, de
entre los julios Césares habían salido varios magistrados en los
últimos años. Algunos de ellos procedían de la otra rama de la
familia, pero, en cualquier caso, el nombre había permanecido
en el candelero. Los parientes de su madre tenían éxito: dos
consulados en los pasados cinco años y la pretura en el año 70
a.C.Teniendo en cuenta que había veinte puestos de cuestor
disponibles cada año, esta era la magistratura más fácil de
conseguir. La concesión del derecho al voto a los italianos
había atraído a muchos hijos de familias locales acomodadas
hacia Roma en busca de carrera, pero un patricio que fuera
miembro de una familia romana establecida no tenía nada que
temer de esa competencia. Como era de esperar, César fue
elegido. Era un momento decisivo, porque las reformas
177
políticas de Sila garantizaban que todos los cuestores pasaban
automáticamente a formar parte del Senado. Los cuestores se
ocupaban de una serie de tareas financieras y administrativas,
pero la mayoría actuaba como ayudante de un gobernador
provincial que, a su vez, era o un ex cónsul o un ex pretor.
Cesar fue enviado con esa misión a Hispana Ulterior, la
provincia más occidental de la Península Ibérica.`
Antes de abandonar Roma en algún momento del año 69
a.C., sufrió dos reveses personales: falleció su tía Julia y, al
poco, murió también su esposa, Cornelia. Las familias
aristocráticas celebraban funerales públicos para sus miembros
en los que aprovechaban la oportunidad para celebrar los
logros de todo su linaje, de ese modo recordaban al electorado
lo que habían hecho y sugerían que su familia era una
promesa para el futuro. En la procesión tomaban parte actores
vestidos con la vestimenta de los funcionarios públicos y
cubiertos con las máscaras funerarias de antepasados
distinguidos. La primera etapa del recorrido era el Foro,
donde se pronunciaba un discurso desde la rostra. Polibio
cuenta que:
el que perora sobre el que van a enterrar, cuando, en su
discurso, ha acabado de tratar de él, entonces habla de los
demás representados, comenzando por el más viejo, y
explica sus gestas y sus éxitos. Así se renueva siempre la
fama de los hombres óptimos por su valor, se inmortaliza la
de los que realizaron nobles hazañas, el pueblo no la olvida
y se transmite a las generaciones futuras la gloria de los
bienhechores de la patria.`
En el funeral de Julia, César habló desde la rostra sobre su
distinguido origen, de que los julios descendían de la diosa
178
Venus y de los vínculos reales de la familia de su madre. Era
útil recordar a la multitud expectante lo honorable que era su
propio linaje. En un gesto más polémico, incluyó en la
procesión algunos símbolos de las victorias de Mario, y tal vez
incluso un actor que lo representaba. Sila había prohibido que
se honrara públicamente a su rival, pero sólo unos cuantos
espectadores protestaron, y al instante fueron silenciados por
el resto. Aunque Sila había ganado la guerra civil, había
muchos, algunos incluso pertenecientes a la élite de Roma, a
quienes no había convencido de que todas sus decisiones eran
aceptables, como señalaba la creciente popularidad del
restablecimiento del tribunado. Para muchos romanos, Mario
seguía siendo un gran héroe, el hombre que había devuelto a
Roma su orgullo herido en África y, más tarde, había salvado
a Italia de la amenaza nórdica. Cicerón, que condenó
abiertamente el papel de Mario en la guerra civil, solía alabar
con entusiasmo sus victorias sobre Yugurta y los cimbros en
sus alocuciones, sabiendo que su público estaría por completo
de acuerdo con él. La mayoría aprobó calurosamente el gesto
de César, y ese énfasis en el estrecho lazo que le unía al gran
héroe fue muy positivo para su propia popularidad.`
No era extraño que las mujeres ancianas de familias nobles
recibieran un funeral público grandioso. La decisión de César
de otorgar el mismo honor a Cornelia era muy poco habitual
y Plutarco afirma que era el primer romano que lo hacía para
un mujer tan joven. Su gesto recibió la aprobación popular,
porque muchos lo entendieron como un signo de genuino
pesar de un hombre de buen corazón. Aunque la imagen
popular de los romanos les refleja severos y flemáticos, en
realidad muy a menudo eran un pueblo profundamente
179
sentimental. Los funerales, como tantos otros elementos de la
vida aristocrática, se celebraban en público e influían en la
esfera política. Ningún familiar varón próximo de César había
fallecido durante su adolescencia y en ese sentido los funerales
de su tía y esposa le brindaban ahora excelentes oportunidades
para hacerse publicidad. César las aprovechó, esforzándose en
sacar el máximo partido, lo que no significa necesariamente
que no sintiera auténtico dolor, porque los sentimientos y la
política convivían en Roma sin problemas. Su matrimonio
con Cornelia había funcionado bien, tal vez incluso habían
sido felices y se habían amado. Ahora bien, ninguna de
nuestras fuentes sugie re que la pérdida de su esposa fuera el
desencadenante de su desmedida afición a seducir mujeres.
Lo más probable es que tuviera diversas aventuras mientras
ella aún vivía. No sabemos si en el funeral mostró los
símbolos de su padre, Cinna, como había hecho
recientemente con su aliado Mario. Este despertaba mucho
más la emoción popular, por lo que para César era más
importante la conexión con él.
César partió hacia Hispana Ulterior en la primavera o
principios de verano del año 69 a.C., muy probablemente
acompañando al gobernador con el que iba a servir, Antistio
Veto. Era común que los gobernadores seleccionaran a su
propio cuestor entre los que habían sido elegidos. Es posible
que así fuera también en el caso de César y que los dos se
hubieran tratado previamente. Desde luego, parece que se
entendieron muy bien y César eligió al hijo deVeto como
cuestor siete años más tarde, cuando fue enviado a gobernar
Hispana Ulterior tras obtener su pretura. Una de las tareas
más importantes de un cuestor era supervisar las cuentas de la
180
provincia, pero se le llamaba para actuar como representante
del gobernador en un amplio espectro de actividades. Gran
parte del tiempo del gobernador se destinaba a recorrer los
principales pueblos de la región, escuchar peticiones, resolver
problemas y administrar justicia. Veto mandó a César a
realizar esa función en varios lugares. Este llevó a cabo todas
sus tareas con eficacia, y unos veinte años después recordaría a
los habitantes de la zona los servicios que les había prestado.
Una cuestura brindaba la oportunidad de adquirir clientes
entre los hombres más destacados de la población provincial.
Se dice que César sufrió su primer ataque epiléptico mientras
estaba en Hispana, aunque no sabemos a ciencia cierta si se
produjo en el año 69 a.C. o durante su periodo como
gobernador entre el 61 y el 60 a.C. Hay otro incidente que
probablemente se remonte a la cuestura (aunque Plutarco lo
sitúa más adelante) y sucedió cuando estaba de visita en
Gades (la actual Cádiz) para celebrar un juicio: parece que
César había quedado visiblemente consternado al ver una
estatua de Alejandro Magno en el templo de Hércules y
pensar que él había logrado tan poco a una edad en la que el
rey de Macedonia ya había conquistado medio mundo. Aún
más inquietante fue un sueño en el que violaba a su madre,
Aurelia. Comprensiblemente afectado, consultó a un adivino
cuya interpretación fue que «era un presagio de que se alzaría
con el imperio de las tierras del orbe», puesto que, según
afirmaban, «la madre que había visto que se le doblegaba no
era otra que la tierra cual es tenida como la madre de todas las
cosas». Suetonio sostiene que esta explicación le impulsó a
abandonar la provincia antes de tiempo, tantas eran las ansias
que tenía de volver a Roma y reanudar su carrera. Si esto es
181
cierto, entonces es probable que actuara con la aprobación de
Veto, ya que no se ha registrado ninguna crítica o sugerencia
de que abandonara su puesto. Es muy posible que ya hubiera
completado la revisión de las cuentas de la provincia, con lo
que su deber estaba cumplido. En general, había hecho bien
su trabajo, pero las actividades de los cuestores tenían poco
poder de fascinación para el electorado romano.’
MONUMENTOS Y GLADIADORES: CÉSAR
COMO EDIL
En su camino de regreso a Italia, César se detuvo en la
Galia Transpadana, el área del valle del Po, que era parte de la
provincia de la Galia Cisalpina, la única que pertenecía a la
península italiana. Estaba poblada por una mezcla de
descendientes de colonos romanos e italianos y por tribus
galas cuyas principales familias eran ahora muy romanas
desde el punto de vista cultural. Sin embargo, la ola de
concesiones de ciudadanía plena que se produjo tras la Guerra
Social se había detenido en la línea del Po y las comunidades
del norte sólo poseían estatus latino. Esta circunstancia se
vivía como una ofensa en esas tribus, en especial entre los
ricos y poderosos, a quienes más beneficiaría la ciudadanía
plena, y ese sentimiento de ultraje fue alentado por César, ya
que hacerse con los futuros votos de esos nuevos ciudadanos
acomodados era un objetivo deseable. Algunos han sugerido
que su incitación fue tan fuerte que llevó a los transpadanos al
borde mismo de la rebelión y que esta se evitó únicamente por
la proximidad casual de algunas legiones, pero resulta muy
poco probable y esa teoría parece más bien una invención
posterior basada en la suposición de que la meta de César era
siempre la revolución. Alguien que se había negado a unirse a
182
Lépido o Sertorio no parece muy deseoso de iniciar una
rebelión por su cuenta. En este momento de su carrera,
simplemente, no le hacía falta correr ese riesgo.`
A su llegada a Roma, una de sus primeras acciones fue
volver a casarse. Su nueva prometida era Pompeya, nieta de
Sila por parte de madre y del que fuera cónsul con este último
en el año Quinto Pompeyo, por parte de padre. Es decir, a
pesar de la ostentación que había hecho de su conexión con
Mario y de haber apoyado la legislación que pretendía
desmantelar el régimen de Sila, sería demasiado simplista ver
a César como absolutamente pro Mario o absolutamente anti
Sila. La política romana rara vez dividía de manera tan nítida,
ni siquiera durante una guerra civil. Cuando los senadores se
casaban era casi invariablemente con vistas a lograr útiles
asociaciones como resultado de esa unión. No se sabe lo
suficiente sobre los familiares de Pompeya para entender con
exactitud de qué modo pensó César que ese matrimonio
promocionaría su carrera: la red de interconexiones entre las
familias aristocráticas era compleja hasta el extremo.A
diferencia de su boda con Cornelia, esta vez no se casaron
según la ceremonia de la confarreatio. Disponemos de
bastante información sobre los rituales asociados a los
matrimonios convencionales en Roma, aunque no sabemos si
todos se siguieron en la boda de César (67 a.C.). Como en la
mayoría de los ritos de la vida privada y pública de Roma,
había ofrendas sacrificiales e interpretación de augurios. La
tradición dictaba que la novia llevara sandalias de color
naranja y un vestido tejido a mano ceñido con un cinturón
atado con un complicado nudo «de Hércules», que el novio
debía desatar la noche de bodas. Si Pompeya siguió las
183
convenciones habituales, llevaría el cabello recogido en seis
trenzas y cubierto con un velo naranja brillante (flammeum):
un recordatorio de Cornelia, que habría tenido que llevar ese
tocado siempre que saliera de casa si César hubiera llegado a
ser nombrado Flamen Dialis. En una procesión iluminada por
antorchas, habría sido escoltada desde la casa de su familia
hasta la casa del novio, donde este le estaría aguardando.A su
llegada, los montantes de la puerta estarían decorados con
filetes de madera y uncidos con aceite o grasa animal.
Entonces, un ayudante tomaba en brazos a la novia y
atravesaba con ella el umbral, un gesto que, supuestamente, se
remontaba al rapto de las Sabinas, cuando los primeros
romanos sólo podían encontrar esposas secuestrando a las
hijas de la comunidad vecina. Por tanto, las primeras esposas
romanas habían entrado en sus nuevos hogares sin quererlo.
Este ritual -aunque sin que la mayoría sea consciente de su
supuesto origen- ha sobrevivido en el mundo moderno, pero
la práctica romana difería en el hecho de que eran los
asistentes de la novia y no el mismo novio los que la tomaban
en brazos.
El novio estaba esperando con una antorcha y una vasija
llena de agua, que simbolizaba la voluntad de proporcionarle
todo lo que es esencial en la vida. Al parecer, la ceremonia de
formalización del matrimonio no solía ser particularmente
larga. La fórmula tradicional era la simplicidad por
antonomasia, la novia declaraba: «Donde tú seas Cayo, yo
seré Caya» (ubi tu Caius, ego Caia), que eran las formas
masculina y femenina de un nombre común que simbolizaba
la unión de la pareja. Había un lecho nupcial simbólico y muy
ornamentado en el vestíbulo de la casa, aunque es evidente
184
que la pareja no lo utilizaría, sino que se retiraría a un
dormitorio normal a su debido tiempo. (Algunos griegos
creían que el novio romano hacía apagar todas las luces para
que la habitación estuviera en completa oscuridad antes de
reunirse con su esposa en la cama de matrimonio. Se supone
que esa era una señal de respeto hacia una mujer honorable,
para que nunca pareciera una prostituta, sólo deseada para el
placer sexual, aunque es muy posible que se trate sólo de una
historia que contaban los griegos sobre los raros romanos). A
la mañana siguiente, la nueva esposa hacía por primera vez un
sacrificio para los dioses del hogar (los lares y los penates).
Ella y su marido también invitarían a algunos amigos para
celebrar un banquete especial.`
Pompeya era sólo una pariente lejana de Pompeyo Magno
y no existía un gran afecto entre las dos ramas de la familia,
de manera que el matrimonio de César no significó un
estrechamiento de lazos con el general vivo más importante y
más popular de Roma. Durante los primeros dos años que
siguieron a su consulado, parecía que Pompeyo era feliz, pese
a que su actuación en el Senado era mediocre. Hacia el año 67
a.C se hizo evidente que echaba de menos la admiración que
le habían deparado sus victorias y comenzó a intrigar para
obtener un nuevo mando. La espectacularidad de su carrera
hasta la fecha había garantizado que el encargo no podía
consistir simplemente en ser el cónsul de una provincia, sino
que debía ser mucho más grandioso. La piratería continuaba
asediando el Mediterráneo y un tribuno llamado Aulo
Gabinio propuso una ley que creaba un mando extraordinario
para solucionar el problema de una vez y para siempre.Ya se
había hecho algo parecido cuando el Senado había mandado a
185
uno de los cónsules del año 74 a.C., Marco Antonio -el padre
del segundo de César, Marco Antonio-, con una misión
móvil de combatir piratas. No obstante, había logrado muy
poco, sufrió una derrota grave en el año 72 a.C. y murió poco
después. La situación se había deteriorado aún más y
amenazaba con interrumpir el suministro de grano
proveniente del extranjero del que Roma dependía. Si bien su
intención no era en absoluto nueva, los detalles de la ley de
Gabinio eran tremendamente radicales, otorgando al nuevo
comandante el control de un vasto número de barcos y tropas,
así como un imperium que se ampliaba hasta el Mediterráneo
y a ochenta kilómetros desde la orilla. Su poder era, como
mínimo, igual al de todos los gobernadores cuyas provincias
contaban con territorio en esa área y es posible que fuera
superior. Aunque Gabinio no hizo mención explícita de
Pompeyo en su propuesta inicial, era evidente para todos que
él era la obvia y única elección. Muchos senadores
importantes se opusieron a la medida, declarando que era un
error en una República libre darle tanto poder a un solo
hombre. Como siempre, la fuerza de la inercia dentro del
Senado garantizó que muchos prefirieran que persistiera un
grave problema antes de permitir que fuera otro el que se
llevara el mérito por
Se dice que César fue el único senador que habló en favor
de esta ley, sin duda convocado por Gabinio para hablar desde
la rostra e intentar persuadir a la multitud del Foro de que
apoyara su propuesta. Cuando se dio la orden de que la gente
se congregara y formara la asamblea de las tribus, la
aprobaron con entusiasmo. Parece poco probable que ningún
otro senador respaldara la ley, pero es posible que César fuera
186
uno de los partidarios que más se hacía oír. Como en el
pasado, estaba deseoso de asociarse a causas populares,
mientras que sus propias experiencias con los piratas le habían
proporcionado un conocimiento personal de la amenaza que
suponían. Cuando la ley fue aprobada, parece que el precio
del grano en Roma cayó de inmediato hasta un nivel más
normal, lo que indicaba la confianza del mercado en
Pompeyo. Muchos senadores influyentes se mostraron
dispuestos a ayudarle en esa tarea, de manera que los
veinticuatro legados o subordinados de rango superior que le
correspondían por ley fueron un grupo muy distinguido, lo
que sugiere que César no fue el único que prestó apoyo a
Gabinio. Se demostró que la fe en Pompeyo estaba
completamente justificada cuando invirtió su genio
organizativo en el problema: dividió el mar Mediterráneo en
sectores, los mares al oeste de Italia estuvieron limpios de
piratas en unas semanas y sólo se tardó un poco más en
derrotar a los bucaneros que infestaban la mitad oriental del
Mediterráneo. Una de las razones de la celeridad con que se
llevó a cabo la operación fue la decisión de Pompeyo de
aceptar que los piratas y sus familias se rindieran y de
trasladarlos a buenas tierras de cultivo, a menudo en nuevas
comunidades donde podían mantenerse sin recurrir a la
violencia. Una vez más, Pompeyo era el adorado héroe de la
República, aunque la mezquindad de su carácter reapareció
cuando trató de negar al gobernador proconsular de Creta el
mérito de haber vencido a los piratas en aquella isla. Su
triunfo sólo le abrió el apetito de obtener nuevas glorias.`
En el año 66 a.C., otro tribuno, Cayo Manilio, presentó un
proyecto de ley en la asamblea popular utilizando los poderes
187
que Pompeyo y Craso habían devuelto a esa magistratura.
Desde el año 74 a.C. el mando del eterno conflicto con
Mitrídates había recaído en Lucio Licinio Lúculo (un puesto
que, como ya hemos mencionado, al parecer consiguió con la
ayuda de la cortesana Precia [véase página 115]). Lúculo era
uno de los hombres de Sila, probablemente el único senador
que permaneció a su lado cuando marchó sobre Roma en el
año 88 a.C. Era un general atrevido y hábil, pero sus talentos
para la estrategia y las tácticas no venían acompañadas de una
destreza similar como líder. Durante sus campañas, Lúculo
había cosechado victoria tras victoria sobre Mitrídates y su
aliado, el rey Tigranes de Armenia, pero nunca logró
conquistar el afecto de sus oficiales y soldados del modo que
supieron hacerlo comandantes como Mario, Sila y Pompeyo.
Lo que era aún más peligroso, regulaba escrupulosamente las
actividades de los hombres de negocios romanos y de los
recaudadores de impuestos (publican) en Asia, lo que
despertaba el resentimiento de estos influyentes grupos, que
se habían acostumbrado a explotar a los habitantes locales
bajo el auspicio de gobernadores que sólo pedían a cambio un
porcentaje de los beneficios. Lúculo se había esforzado en
tener contentos a los habitantes de las provincias temiendo
que llegaran a ver a Mitrídates como a un liberador potencial
de la opresión romana. Sin embargo, para muchos
comerciantes adinerados, los beneficios eran más importantes
que esas preocupaciones y, a partir del año 69 a.C., el mando
de Lúculo se fue mermando de manera paulatina a medida
que se retiraban regiones de su mando para ponerlas en
manos de otros gobernadores. Su poder se resintió, perdió
gran parte del terreno que había ganado en los inicios de la
188
guerra y la victoria final empezó a parecer más lejana todavía.
En esas circunstancias, la idea de enviar a Pompeyo para
ocuparse del problema y solucionarlo de una vez por todas
resultaba inmensamente atractiva. César volvió a hablar a
favor de la ley, que fue aprobada con facilidad. Pompeyo
sustituyó a Lúculo, dando una vez más la impresión de llegar
en el último momento para hacerse con el mérito por la
victoria en una guerra que ya estaba prácticamente ganada.”
Es muy poco probable que el apoyo de César a las leyes que
otorgaron a Pompeyo los mandos extraordinarios en los años
67 y 66 a.C. marcaran la diferencia en el resultado de las
votaciones sobre esos asuntos. Había muchos otros ex
cuestores, así como varios senadores jóvenes, que
contravenían las convenciones con su manera de vestir y su
comportamiento. Es importante que no olvidemos que en ese
momento de su vida, César todavía no era demasiado
importante. Su historial hasta la fecha sugería que era un
hombre que llegaría lejos, con posibilidades de hacer una
carrera de considerable valía, pero, una vez más, no era el
único en esa situación. No iba a lograr la profunda gratitud de
Pompeyo gracias a su abierto posicionamiento a favor de la
Lex Gabinia y la Lex Manilia, porque su papel había sido
mínimo. No obstante, ambas leyes habían creado polémica,
habían despertado mucha atención cuando diversos senadores
importantes hablaron contra ellas en el Senado y en el Foro.
César aprovechó la oportunidad para darse a conocer y
conseguir que lo asociaran al éxito de las leyes y de Pompeyo.
Existía la posibilidad de que se le contagiara alguna pequeña
parte de su popularidad y, lo que era aún más importante,
había expresado opiniones que compartían un amplio grupo
189
de ciudadanos, entre ellos numerosos équites y otros romanos,
de moderada prosperidad, cuyo voto era decisivo en las
asambleas. Abrazar causas populares significaba ser un
popularis; aunque en estudios antiguos los populares se
describían casi como un partido o agrupamiento político bien
definido, en realidad se trataba sólo de un estilo de hacer
política que se basaba en obtener el apoyo del pueblo. Los
Gracos habían sido populares, como Mario en ocasiones, así
como Saturnino y Sulpicio. A pesar de que planteaban
muchos asuntos similares, estos hombres no compartían un
conjunto fijo de opiniones comunes. Desde el comienzo de su
carrera, César se había inclinado hacia el camino de los
populares, pero eso tampoco significaba que hiciera causa
común con cualquiera que actuara de la misma manera, como
era el caso de muchos. La política seguía siendo una lucha
esencialmente individual, ya que todos los demás eran
competidores. No era sólo una cuestión de lograr el clamor
popular, sino de conseguir más clamor popular que ningún
otro candidato.`
Otro método que César empleó para captar votos del
electorado fue gastar con generosidad. Había sido nombrado
responsable de laVíaApia, y gastó buena parte de su propia
fortuna para pagar las renovaciones y mejoras del camino y las
estructuras asociadas. En principio, la rentabilidad de esa
inversión fue positiva, ya que la Vía Apia seguía siendo uno
de las rutas más importantes hacia Roma, de modo que los
votantes que utilizaran esa vía para llegar a la ciudad
recordarían lo que César había hecho por ellos. No hay duda
de que esa disposición a gastar su propia riqueza en sus
conciudadanos contribuyó a que resultara elegido para el
190
cargo de edil curul (curule aedile) en el año 65 a.C. En total
había cuatro ediles, pero dos eran puestos reservados a
plebeyos y, por tanto, un patricio como César no podía
ocuparlo. Los ediles curules, que podían ser tanto patricios
como plebeyos, tenían derecho a sentarse en la silla oficial de
los magistrados, como los pretores y los cónsules. Sila no
convirtió el cargo de edil en parte obligatoria de la carrera
pública para aquellos que deseaban obtener una magistratura
superior, ya que había muy pocos puestos disponibles, pero
había determinado que sólo podrían ser ediles los mayores de
treinta y siete años. César sólo tenía treinta y cinco años
cuando obtuvo el cargo, y lo más probable es que el Senado le
otorgara una exención especial para poder presentarse al
puesto dos años antes de lo habitual. Al parecer, ese tipo de
favores especiales eran bastante comunes, tanto que en el año
un tribuno había aprobado una ley que prohibía al Senado
otorgar esas dispensas a menos que se contara con la presencia
de un quórum de doscientos senadores. Seguramente la
exención de César se debiera a la influencia de la familia de su
madre y su propia fama como poseedor de la corona cívica y
un pontificado. (Sin embargo, la fecha en la que obtuvo el
cargo de edil ha sido presentada como prueba por aquellos
estudiosos que prefieren datar el nacimiento de César en el
año 102 a.C., aunque eso no concuerda con los escasos datos
con los que contamos: por ejemplo, habría sido extraño que se
tiera en cuestor dos años más
Los ediles se ocupaban casi exclusivamente de la
organización de la propia Roma, supervisaban el cuidado de
los templos, la limpieza y man tenimiento de los caminos,
acueductos y alcantarillado e inspeccionaban el suministro de
191
grano, los mercados e incluso los burdeles de la ciudad. En
ocasiones adoptaban asimismo funciones judiciales, pero uno
de los principales atractivos para un político ambicioso era la
responsabilidad de los ediles de organizar los
entretenimientos y las festividades públicas. Los dos ediles
curules eran responsables de los siete días de juegos y
espectáculos en honor de la diosa madre Cibeles en abril (los
Ludi Megalenses) y de los juegos Romanos (los Ludi
Romani), otros quince días de entretenimientos en
septiembre. Aunque el erario público otorgaba una asignación
a los magistrados para hacer frente a los costes de estas
producciones, hacía años que se había establecido la
costumbre de que los ediles completaran esa cantidad con sus
propios fondos. Cada lujoso espectáculo que organizaba un
edil deseoso de ganar popularidad establecía un nuevo
estándar que su sucesor debía igualar o superar. César se lanzó
a preparar los juegos con todo el brío de un hombre del
espectáculo experimentado y la determinación de que no
había que reparar en gastos. Gran parte de su colección
privada de arte se expuso en el Foro y en las basílicas
circundantes, además de erigirse columnatas temporales con
ese fin. En aquella época, Roma aún no contaba con los
monumentales teatros que caracterizaban las ciudades
helénicas y fue necesario instalar asientos y un auditorio
provisional. El otro edil curul, Marco Calpurnio Bíbulo,
compartió los gastos, pero se quejó de que todo el mérito
pareciera recaer sobre su colega pese a que ambos organizaron
de forma conjunta las luchas de fieras y las producciones
dramáticas. Por lo visto, Bíbulo comentó que lo mismo había
sucedido con el Templo de Cástor y Pólux, los gemelos
192
celestiales, que todo el mundo conocía como el Templo de
Cástor por cuestiones de brevedad. Parecía que, del mismo
modo, la gente hablaba de César el edil, nunca de César y
Bíbulo.3o
Durante su mandato como edil, César decidió organizar
unos juegos de gladiadores en honor de su padre, muerto unos
veinte años antes. El origen de las exhibiciones de gladiadores
eran los juegos funerarios. Al principio, estas exhibiciones
habían sido privadas, familiares, pero, hacia finales del siglo in
a.C. se convirtieron en espectáculos públicos y su escala y
esplendor crecieron rápidamente. La tradición de que esas
luchas tuvieran lugar sólo para conmemorar el fallecimiento
de algún familiar se mantuvo hasta la época de César,
mientras que las luchas de fieras podían formar parte de
diversas celebraciones. No obstante, las celebraciones habían
pasado a ser un mero pretexto para organizar estos violentos
entretenimientos que tanta popularidad habían alcanzado en
Roma y en toda Italia. Con todo, la decisión de César de
declarar unos juegos funerarios tras un periodo tan largo fue
una acción tremendamente inusual.Y, sin embargo, desde
muchos puntos de vista, la escala de sus planes fue aún más
excepcional: comenzó a reunir tantos gladiadores de las
escuelas de todo el territorio italiano que el Senado se puso
nervioso. La rebelión de Espartaco todavía estaba fresca en la
memoria de todos y es posible que se temiera lo que un
hombre ambicioso como César podía llegar a hacer con tantos
hombres armados bajo su mando en la propia Roma. Es
probable que fuera igualmente importante el hecho de que
otros senadores se mostraran reacios a permitir esos
exuberantes despliegues porque elevaban las expectativas del
193
público, haciendo así que resultara más caro y complicado
conseguir el apoyo del pueblo en el futuro. En consecuencia,
se aprobó una ley que limitaba el número de gladiadores que
podían actuar en los juegos organizados por una sola persona.
Aun así, nuestras fuentes informan de que trescientos veinte
gladiadores participaron en los juegos de César y de que todos
estaban equipados de armaduras plateadas y con recargados
ornamentos. También los que lucharon contra las fieras
utilizaron armas magníficas en los entretenimientos que
organizó junto con Bíbulo.31
Durante la época que fue edil, César gastó sumas ingentes
de su propio dinero, además de los fondos que aportaba
Bíbulo en sus proyectos conjuntos. El pueblo romano
disfrutaba inmensamente en los espectáculos y juegos que se
les ofrecía para su disfrute gratuito. No le gustaba percibir la
más mínima sombra de tacañería en la preparación de los
juegos y se lo tendría en cuenta al organizador en cuestión en
su futura carrera, del mismo modo que recordaría con gratitud
a alguien que tara un espectáculo realmente impresionante.
Sin embargo, no era sólo cuestión de invertir dinero en los
proyectos, ya que incluso unos juegos muy caros podían pasar
inadvertidos si no se presentaban bien. A César nunca le faltó
estilo en todo lo que hizo y sus juegos fueron un gran éxito.
Desde su punto de vista, el dinero que había destinado a
conseguir ese resultado había estado bien gastado. Era su
propio dinero sólo en el sentido de que él lo había pedido
prestado. Plutarco nos cuenta que, aun antes de haber sido
elegido para ningún cargo público, las deudas de César ya
ascendían a más de 1.300 talentos, un total de más de
31.000.000 de sestercios en moneda romana. (Para dar una
194
idea de las proporciones, la propiedad mínima que cualificaba
a un miembro de la orden ecuestre en una fecha ligeramente
posterior era de 400.000 sestercios). Era una cifra
astronómica que, a continuación, se vio incrementada por sus
enormes gastos como responsable de la Vía Apia y su cargo de
edil. César confiaba en que su futuro político fuera
suficientemente brillante y lucrativo para liquidar sus deudas.
Sus acreedores asumían ese mismo riesgo, pero suponemos
que también confiaban en sus posibilidades. Seguramente, la
mayor parte de este dinero se lo debía a Craso. César no era el
único político prometedor al que financió, pero es poco
probable que a los demás les diera la misma libertad para
pedir prestado dinero una y otra vez.32
Hubo un último gesto en el periodo de César como edil.
En algún momento a lo largo del año, con toda seguridad
antes de una de las series de juegos, ordenó que los trofeos
que conmemoraban la victoria de Mario sobre los cimbros y
los teutones fueran devueltos al Foro. Sila había ordenado que
se retiraran y probablemente que se destruyeran, por lo que lo
más seguro es que se colocaran copias. Como sucedió en los
funerales de Julia, la respuesta de la población a ese gesto fue
muy positiva. Había suficientes personas que seguían
recordando el miedo a que los bárbaros del norte se
extendieran hacia el sur entrando en Italia y saqueando Roma
de nuevo. Mario había salvado a Roma de su destino y esa era
una hazaña que la mayoría consideraba digna de celebración.
Una excepción era Quinto Lutacio Catulo, cónsul en el año
78 a.C. y pontífice como César. Su padre había sido cónsul
con Mario en el año 102 a.C. y procónsul en 101 a.C. y se
sentía muy contrariado ante el hecho de que el héroe popular
195
hubiera ganado la mayor parte del mérito por el éxito de los
dos. En aquel momento, es probable que Catulo fuera el
miembro más respetado del Senado, pese a que, oficialmente,
no era el princeps senatus, el hombre cuyo nombre aparecía
en primer lugar en la lista de senadores. El énfasis en Mario
redujo la gloria de la propia familia de Catulo, lo que le
molestó, pero si las historias que se cuentan son ciertas,
también estaba empezando a ver a César como un político
temerario y potencialmente peligroso. En el Senado, Catulo
declaró: «Ya no es con minas, sino con máquinas de guerra
como César trata de conquistar el Estado». Sin embargo, a
pesar de la gran auctoritas del anciano hombre de Estado,
César respondió con un discurso de perfecta sensatez que
convenció a la mayoría de los senadores de su inocencia. Es
muy posible que tuviera razón, porque su carrera seguía
siendo convencional en la mayoría de los aspectos, pese a su
extravagancia. Pero la revolución estaba en el aire.33
196
Desde que las riquezas comenzaron a servir de honra, y gloria,
poder e influencia las acompañaban, la virtud se embotaba, la
pobreza era considerada un oprobio, la honestidad empezó a
tenerse por mala fe. De esta manera, por culpa de las riquezas,
invadieron a la juventud la frivolidad, la avaricia y el
engreimiento: robaban, gastaban, valoraban en poco lo
propio, anhelaban lo ajeno, la decencia, el pudor, lo divino y
lo humano indistintamente, nada les merecía consideración ni
moderación.
197
serían expulsados del Senado, se les negaría el derecho a
exhibir los símbolos de cualquier cargo público y se les
excluiría a perpetuidad de la política. Los dos candidatos más
votados después de los elegidos, Lucio Aurelio Cota y Lucio
Manlio Torcuato, se apresuraron a entablar una acción
judicial contra los vencedores amparándose en esa ley contra
el soborno. Cota fue el hombre que en su calidad de pretor en
el año 70 a.C. había introducido la ley que modificaba la
composición de los jurados en los tribunales. Para entonces
hacía uno o dos años que debería haber conseguido el
consulado, lo que posiblemente hizo la derrota aún más
dolorosa. Sus dos hermanos ya habían sido cónsules, mientras
que Manlio provenía de un distinguido linaje de patricios, a
diferencia de los vencedores. Para su defensa, Autronio confió
más bien en un grupo de adeptos que intimidarían a los
miembros de los tribunales o, si eso fallaba, sabotearían el
proceso. No es posible determinar si Sila empleó tácticas
similares; años más tarde Cicerón le defendió de otra
acusación y culpó de toda la violencia anterior a Autronio. No
obstante, las denuncias prosperaron y ambos fueron
desposeídos de su cargo y excluidos de la vida pública,
mientras que Cota y Torcuato eran nombrados cónsules para
el año 65 a.C., o bien porque obtuvieron el mayor número de
votos tras Sila y Autronio, o tal vez a consecuencia de una
segunda elección.
Por lo visto, la cosa no quedó ahí. Autronio y Sila se
resistían a aceptar su expulsión permanente de la política. Se
habló de una confabulación para asesinar a Cota y a Torcuato
cuando tomaran posesión de su cargo de cónsules el 1 de
enero del año 65 a.C.; la conjuración preveía también el
198
asesinato de otros importantes senadores, a continuación de lo
cual, los conspiradores se instalarían en la magistratura
suprema. Prevenidos del golpe que se había planeado, los
nuevos cónsules obtuvieron permiso del Senado para rodearse
de una guardia armada y el día transcurrió sin que se
produjera ningún incidente violento. Oficialmente, todo el
asunto se ocultó tras un velo de silencio, de tal modo que
Cicerón, que en el año 66 a.C. ocupaba el cargo de pretor,
pudo sostener algunos años después que nada de lo acaecido
había llegado a sus oídos. En ausencia de hechos, se
multiplicaron los rumores, sobre todo cuando pasaron los
años y podía resultar útil manchar el nombre de un rival
acusándole de haber participado en aquellos turbios sucesos.
Más tarde se dijo que el principal aliado de Autronio había
sido Lucio Sergio Catilina, personaje que volveremos a tratar
en este capítulo. Catilina acababa de regresar de África,
donde gobernaba con el cargo de propretor, y había deseado
presentarse a cónsul desde la destitución de Sila y Autronio.
Supuestamente, la negativa del magistrado presidente a
aceptar su candidatura le impulsó a unirse a Autronio en sus
planes de hacerse con el poder por la fuerza. Otro de los
nombres mencionados fue el de Cneo Calpurnio Pisón, que
había sido elegido cuestor para el año y a quien se le atribuía
un carácter violento y destemplado. Cuando poco después el
Senado le envió a Hispania como propretor (un
nombramiento de lo más extraordinario para un magistrado
de tan poca edad y rango), la decisión fue interpretada como
un signo del temor del Senado a lo que Pisón pudiera hacer si
se le permitía permanecer en Roma. Es indudable que estas
historias fueron exagerándose con el tiempo, en especial
199
después de que Pisón fuera asesinado en su provincia a manos
de algunos de sus propios soldados hispanos. Se alzaron voces
que aseveraban que lo que incitó a su escolta a cometer tal
acto fue el tiránico mandato del gobernador. Desde luego es
una teoría plausible, pero no deberíamos olvidar que, de los
numerosísimos gobernadores romanos que podemos calificar
de opresores, sólo un puñado de ellos acabó siendo asesinado.
Otros, por su parte, sugirieron que los soldados eran leales a
Pompeyo debido a que habían luchado bajo su mando contra
Sertorio, y habían recibido órdenes (o habían tomado la
decisión por propia iniciativa) de deshacerse de un rival
potencial. La circulación de historias descabelladas como esta
es un índice del nerviosismo que reinaba en aquellos años.’
Es en ese contexto donde debemos situar la versión
ofrecida por Suetonio, según la cual Craso y César se habían
confabulado con Autronio y Sila. El plan consistía en matar a
sus oponentes del Senado, otorgar el consulado a los dos
condenados y nombrar a Craso dictador, con César como su
segundo, con el antiguo título de jefe de caballería (magister
equitum). Se suponía que César daría la señal para el ataque
dejando caer su toga del hombro, pero no lo llegó a hacer en
vista de que Craso, movido por «arrepentimiento o por
miedo», no se presentó. Todas las fuentes señaladas por
Suetonio para documentar este incidente salieron con
posterioridad de la pluma de autores hostiles a César y lo
mismo sucede con otra de las historias que menciona, que
describe cómo César proyectó una rebelión armada de común
acuerdo con Pisón y cómo resultó frustrada por la muerte de
este último. Al igual que otros alegatos que sostienen que
planeaba hacerse con el control de la República por medio de
200
la fuerza desde sus primeros años, es probable que estas
teorías no sean más que propaganda ulterior. César, que
acababa de ser elegido edil para el año 65 a.C., no tenía
ninguna razón para desear una revolución y sin duda es
altamente improbable que participara en una conjura para
asesinar a su pariente Lucio Aurelio Cota. De la misma
manera, Craso, que en fechas recientes había obtenido el
cargo de censor con Catulo como colega, ganaría bien poco
con una rebelión armada. Es evidente que hubo disturbios de
origen político durante y después de los comicios consulares y
es posible que existiera un complot de algún tipo, pero la ción
de César o Craso es ciertamente una invención
Existe una tendencia entre los historiadores antiguos y
modernos a considerar que estos años estuvieron
caracterizados por la rivalidad entre Craso y Pompeyo. En el
año 67 a.C. Catulo había afirmado que el mando de la
expedición contra los piratas había otorgado demasiado poder
a un solo hombre. Cuando Pompeyo fue puesto también al
frente de la guerra con Mitrídates, llegó a controlar ejércitos
todavía mayores y a tener acceso a los recursos de un área muy
superior a la que tuvo a su disposición Sila en los inicios de la
guerra civil. Los autores de la época de los emperadores
expresaron su sorpresa cuando decidió renunciar a esos
extraordinarios poderes al regresar a Italia a finales del año 62
a.C. Se daba por supuesto que cualquiera que tuviera la fuerza
suficiente para convertirse en dirigente único de Roma
indefectiblemente codiciaría esa autoridad. En retrospectiva,
sabemos que esa creencia era errónea, ya que Pompeyo
prefirió perseguir la consecución de sus ambiciones por
medios más convencionales. En las cartas escritas por Cicerón
201
en aquellos años no hay ningún indicio de que le preocupara
que el gran general siguiera el ejemplo de Sila. Parece
improbable que hubiera muchos otros senadores que
previeran una nueva guerra civil, pero eso no significa que la
consideraran completamente imposible. Cualquiera que
formara parte de la vida pública de esos años tenía suficiente
edad para recordar la terrible violencia de los años ochenta
antes de Cristo, las listas de proscripciones que señalaban a
conocidas personalidades por cuya muerte se ofrecía
recompensa y las cabezas cortadas que decoraban la rostra.
Todo eso había sucedido en el corazón de Roma y nadie
podía decir que no sucedería de nuevo. Pompeyo había sido
uno de los sanguinarios generales de Sila, el «joven verdugo».
Los años parecían haberle ablandado, pero sólo había pasado
una pequeña parte de su carrera en Roma, participando en el
día a día del negocio de la vida pública.A todos les era
familiar la figura del apuesto comandante que agregaba sus
victorias en Asia a las que había acumulado en África,
Hispania, Sicilia e Italia, pero ¿cuántos conocían en realidad
al verdadero hombre y podían en consecuencia estar seguros
de cómo se comportaría? Las circunstancias eran muy
distintas a la situación a la que se enfrentó Sila y que, de
hecho, acabaría poniéndole entre la espada y la pared. Sin
embargo, si alguien llegara a tomar Roma por la fuerza, como
hiciera el descontento cónsul Cinna, ¿quién diría que eso no
le daría a Pompeyo el motivo, o el pretexto, para regresar
espada en mano a la cabeza de su ejército? Esa perspectiva era
aún más fácil de imaginar teniendo en cuenta que el
desarrollo de las elecciones y los juicios se estaba viendo
perturbado y la competencia entre los principales senadores
202
parecía más desesperada que nunca.4
A diferencia de lo que sucedía con Pompeyo, la gente
conocía a Craso, que pasaba mucho más tiempo en Roma y
participaba activamente en la vida pública. Craso era uno de
los hombres más ricos de la República -es probable que su
fortuna fuera sólo superada por la de Pompeyo- y, como le
gustaba decir, ningún hombre podía llamarse a sí mismo rico
hasta que podía permitirse constituir su propio ejército.A
pesar de su riqueza, su estilo de vida era considerablemente
frugal en una época de lujo y caprichos. Hombres como
Lúculo y el gran rival de Cicerón, Hortensio, hacían
ostentación de sus fortunas en sus magníficas residencias,
villas y jardines, en los que celebraban espléndidos banquetes
de alimentos exóticos. Eran famosos por los esfuerzos que
dedicaron a la construcción de estanques de agua salada en los
que criaban peces marinos, a menudo como mascotas además
de como alimento. Craso no despilfarraba su dinero en
antojos de ese tipo y, por el contrario, dedicaba grandes
esfuerzos a acrecentar su ya vasta fortuna. Tenía muchos
negocios y mantenía estrechos vínculos con los publican y
otras compañías que operaban en las provincias. Sus negocios
más conocidos eran las propiedades inmobiliarias, en ellos
trabajaban cientos de esclavos capacitados que Craso
empleaba para construir edificios e incrementar su valor.
Entre estos esclavos había un grupo adiestrado como cuerpo
de bomberos, algo único en Roma en aquel momento. Gran
parte de la ciudad consistía en calles estrechas que separaban
altos bloques de viviendas o insulae, densamente poblados y,
con frecuencia, construidos a bajo precio por caseros deseosos
de beneficiarse lo máximo posible de las rentas. Los incendios
203
se desataban con facilidad y se propagaban con rapidez, en
especial en el calor del verano italiano. Craso logró adquirir
amplias franjas de Roma a precio de ganga esperando a que se
produjera un incendio y comprando a continuación aquellas
propiedades que se hallaban en el camino del fuego. Una vez
cerrado el trato, avisaba a su cuerpo de bomberos para que
detuviera las llamas, lo que solían hacer demoliendo edificios
para crear cortafuegos. Algunos de los inmuebles recién
adquiridos se salvaban, mientras que sus esclavos artesanos
estaban listos para volver a edificar en los terrenos donde
acababan de demoler las antiguas construcciones. Al parecer,
estaba especializado en mansiones para los más pudientes,
aunque, como otros romanos destacados, es posible que
también poseyera numerosos bloques de casas en las barriadas
más pobres. Los métodos utilizados para adquirir muchas de
sus propiedades demostraban a la vez determinación y falta de
escrúpulos. En un momento dado, probablemente en el año
73 a.C., se le vio frecuentar con asiduidad a una virgen vestal
llamada Licinia y, de resultas, esta fue acusada formalmente
de haber roto su voto de castidad, un delito que en el caso de
las vestales era castigado con el enterramiento en vida de la
culpable. El caso fue desestimado cuando Craso anunció que
su propósito era comprarle una casa a Licinia, cuyo nombre
sugiere que tal vez se tratara de una pariente. Tan
convencidos estaban todos de su entusiasmo por la
adquisición de nuevas propiedades que esa posibilidad fue
considerada mucho más probable que la de que estuvieran
teniendo una aventura. Licinia fue absuelta, pero se cree que
Craso siguió rondando a la vestal hasta que finalmente le
vendió la casa?
204
Craso no era sólo un magnate inmobiliario que poseía
enormes propiedades y minas de plata, así como viviendas, y
la finalidad de su fortuna no era sólo multiplicarse, sino
ayudarle en sus ambiciones políticas. Como hemos visto, es
probable que César recibiera varios préstamos para financiar
sus intentos de ganarse el favor popular. Craso siempre estaba
dispuesto a prestar fondos a aquellos hombres que tuvieran la
intención de seguir una carrera política. Rara vez les cobraba
intereses, aunque era implacable a la hora de recuperar el
préstamo en cuanto llegaba la fecha acordada para su
reembolso. Se concentraba sobre todo en acumular capital
político, haciéndole favores a otros hombres y logrando así
que estuvieran en deuda con él. En esos años, una alta
proporción de los aproxi madamente seiscientos senadores, tal
vez incluso la mayoría, le debía dinero a Craso o había
disfrutado de uno de sus préstamos sin intereses en el pasado.
Pocas de esas personas procedían de las principales familias,
que solían poseer suficientes riquezas. Muchos de ellos, como
César, eran hombres ambiciosos de los márgenes del círculo
más íntimo de familias, y un número aún mayor eran
senadores inferiores que nunca habían ocupado una
magistratura, pero eran miembros del Senado y podían votar,
aunque pocas veces se les invitaba a hablar. Craso tenía
mucha influencia entre esos hombres debido a la generosidad
con la que había permitido que recurrieran a su fortuna.
También estaba dispuesto a hacer otro tipo de favores si así
las personas a quienes había ayudado quedaban en deuda con
él. Craso participaba de forma muy activa en los tribunales,
incluso en comparación con personajes del calibre de Cicerón,
cuya carrera se basaba fundamentalmente en sus habilidades
205
como abogado. Este último sostenía que Craso:
Este, pues, con una formación cultural mediocre y con
dotes naturales aún más limitadas, gracias a su aplicado
esfuerzo y a que ponía todo su cuidado y hasta su
influencia en ganar las causas, figuró por algunos años
entre los principales abogados. Usaba en sus discursos un
latín correcto, sus palabras no eran triviales; los argumentos
los hilaba diligentemente, pero sin figuras ni brillantez
alguna; se acaloraba mucho interiormente, pero elevaba
poco la voz, de manera que casi todo lo decía en tono
similar y uniforme.’
Plutarco también hizo hincapié en la meticulosidad con la
que Craso preparaba sus discursos antes de aparecer ante el
tribunal. Su abogacía, pues, estaba definida por el esfuerzo
más que por una facilidad natural, pero en cualquier caso era
extremadamente efectiva y su disponibilidad para aceptar
casos que otros habían rechazado colocaba a muchos en una
situación de compromiso con él. Igualmente, el hecho de que
siempre estuviera listo para hacer campaña en nombre de los
candidatos electorales era otra manera de hacer favores que
podían devolverle en el futuro. Su entusiasmo para establecer
nuevos contactos conllevaba que, en ocasiones, se mostrara
voluble y representara a un hombre un día ante los tribunales
o en el Foro, pero, un poco más tarde, se pusiera de parte de
alguien que se oponía a él. Craso trabajaba duro en el terreno
político, a di ferencia de Pompeyo, que, cuando estaba en
Roma, apenas aparecía por el Foro. La fortuna y la auctoritas
de Pompeyo eran mayores que los de cualquier otro, pero se le
consideraba reacio a utilizarlos, porque le disgustaban las
multitudes y pocas veces ejercía como abogado. Craso
206
siempre era visible, defendiendo o apoyando a otros y
prestando atención a saludar por su nombre a todos los que se
encontraba, incluso a los más humildes. Nunca se ganó el
cariño de la multitud, pero su influencia garantizó que fuera
tratado con respeto. Las acciones judiciales contra hombres
importantes eran parte habitual y común de la vida pública,
pero nadie atacó a Craso en los tribunales. Plutarco menciona
a un tribuno de la plebe que era famoso por sus feroces
ataques contra las personalidades. Cuando le preguntaron por
qué nunca arremetía contra Craso, respondió que se debía a
que «ese lleva paja en los cuernos», refiriéndose a la costumbre
italiana de poner paja en los cuernos de los toros peligrosos
para advertir a la gente de que debían mantenerse alejados de
ellos. Es posible que la expresión fuera un juego de palabras,
ya que la palabra latina para paja posee la misma raíz que la
palabra prestamista.’
Es evidente que Craso tenía grandes planes para su periodo
como censor en el año 65 a.C. Anunció que planeaba otorgar
la ciudadanía a muchos de los habitantes de la Galia
Cisalpina. César ya se había unido a la agitación surgida en la
región por ese tema, y Craso estaba deseoso de conseguir la
gratitud y el futuro apoyo de tantos nuevos votantes. Otros
senadores temían la influencia que podrían obtener de ese
modo, mientras que su colega Catulo se mantenía firme en su
rechazo a aceptar a los nuevos ciudadanos. Craso también
trató de anexionar Egipto como provincia y recaudar
impuestos, aunque se desconoce cómo pretendía hacerlo
exactamente, porque esos temas no solían ser responsabilidad
de los censores. El país estaba sumido en el caos, plagado de
disputas dinásticas entre los decadentes tolomeos y las
207
rebeliones internas. Suetonio nos cuenta que César, animado
por la popularidad obtenida durante su mandato como edil,
intentó asimismo persuadir a algunos tribunos populares de
que votaran a favor de otorgarle un mando extraordinario
como gobernador de Egipto. Es posible que Craso y él
estuvieran trabajando en colaboración en este asunto.
También es posible que simplemente hubieran identificado la
misma oportunidad de enriquecerse haciéndose cargo de esa
región, famosa por su riqueza. En cualquier caso, había
demasiada oposición para que estos planes tuvieran éxito.
Craso y Catulo siempre estaban tan absolutamente en
desacuerdo que ambos accedieron a dimitir como censores
tras unos pocos meses en la magistratura. No habían logrado
llevar a cabo su principal misión: realizar un nuevo censo de
los ciudadanos y sus propiedades, y pasarían décadas antes de
que se volviera a efectuar un nuevo padrón de forma correcta.
Una institución clave estaba fracasando en su tarea de hacer
frente a las nuevas circunstancias de la vida pública.’
CATÓN, CATILINA Y LOS TRIBUNALES
En el año 64 a.C., César actuó por primera vez como
magistrado presidente en un juicio. Se trataba de un deber
común para los ediles y los antiguos ediles, a quienes se
llamaba con regularidad para ser jueces en los tribunales
cuando había demasiados casos a cargo de los pretores. En el
año 64 a.C. hubo un desbordamiento de juicios en los
tribunales que se ocupaban de los casos de asesinatos
(quaestio de sicarüs), debido en parte a las actividades de uno
de los cuestores, Marco Porcio Catón. Se dice que se tomó
sus deberes con mucha mayor seriedad que la mayoría de
jóvenes que ocuparon este primer puesto en el cursas. Cuando
208
le nombraron supervisor de las arcas públicas, Catón no se
contentó con continuar con la práctica habitual y abandonó la
administración cotidiana a los empleados contratados de
manera permanente para realizar esas tareas. Por su parte, él
se dedicó a revisar en detalle todos los aspectos del negocio,
por lo visto dejando boquiabierto al personal profesional con
su rigor y sus conocimientos. Los empleados se resistieron
con firmeza, intentando usar a algunos de los otros cuestores
para bloquear sus actividades. Catón respondió echando al
miembro más antiguo del personal y procesando a otro
hombre, al que acusó de fraude. Durante su año de mandato,
también analizó varias anomalías de la época de la dictadura.
Sila había permitido que algunos seguidores privilegiados
tomaran dinero «prestado» de los fondos de la República.
Catón les persiguió y se aseguró de que el dinero fuera
devuelto. Un grupo sobre el que se centró en particular fueron
aquellos que habían aceptado la recompensa de 12.000
denarios (el equivalente a 48.000 sestercios) que se ofrecían
por el asesinato de los proscritos. Los nombres de estos
hombres se hicieron públicos y se les obligó a restituir ese
«dinero ensangrentado». Las actividades del cuestor
obtuvieron la aprobación generalizada dado que el horror de
las proscripciones seguía vivo en las mentes de los romanos.
Conscientes del signo de los tiempos, los fiscales se
apresuraron a acusar a todos aquellos hombres de asesinato.
La legalidad de esta acción era cuestionable dado que la ley de
proscripciones de Sila había protegido a los que actuaran en
su nombre en contra de los que habían sido decretados
enemigos de la República. Estos juicios cuestionaron la base y
la legitimidad de la propia dictadura, del mismo modo que el
209
amplio entusiasmo por la restauración del estatus y los
poderes de los tribunos había reflejado el deseo de que las
cosas volvieran a ser como antes de Sila, cuando existía una
República «como es debido». Los romanos estaban
esforzándose en asimilar la violencia y el caos de su pasado
reciente.’
No hay duda de que presidir estos juicios era una tarea
grata para César. Sus propias experiencias durante los años de
la dictadura le hacían sentirse poco comprensivo con aquellos
que habían participado y se habían beneficiado de las
proscripciones. Políticamente tampoco era negativo
implicarse de nuevo en una causa popular. Aunque el juez no
controlaba al jurado en su tribunal, sí podía favorecer a una de
las partes del caso y parece que César se mostró entusiasmado
cuando condenó a aquellos cuya culpa hubiera sido certificada
de algún modo por los datos del erario público. Entre los
condenados se encontraba Lucio Luscio, uno de los
centuriones de Sila, que había adquirido una inmensa fortuna
de diez millones de sestercios durante las proscripciones. Otro
era el tío de Catilina, Lucio Anio Belieno, entre cuyas
víctimas se incluía Quinto Lucrecio Ofela, el hombre que
había intentado presentarse al consulado desafiando una
orden directa de Sila. El mismo Catilina fue llevado a juicio
acusado de un delito del que era claramente culpable, pese a
que la invectiva final de Cicerón bien podría haber sido
exagerada: sostenía que había desfilado por las calles agitando
la cabeza de su cuñado, que era un familiar cercano de Mario.
No obstante, fue absuelto, no sabemos si en connivencia con
César como magistrado presidente, pero, en cualquier caso,
Catilina era mucho más importante y contaba con muchos
210
más amigos influyentes que otros condenados en esos juicios.
Es posible que sus contactos le bastaran para influir en el
jurado, en especial si estaban respaldados por sobornos o
favores. Puede que Catilina no necesitara la ayuda de César,
pero tal vez este último presintiera que le convenía más no
demostrar demasiado entusiasmo por este caso en concreto.
El hecho de que ambos se asociaran políticamente en los
siguientes años demuestra que el juicio no provocó ninguna
enemistad personal, pero qué significa eso en el fondo es
dificil de decir. A pesar de su asociación con Mario, parece
cierto que César evitó actuar como vengador de cuestiones
personales durante todo el asunto. Suetonio apunta que, de
forma significativa, se negó a acusar a Cornelio Fagites, el
oficial que lo había arrestado durante su huida de la ira de Sila
(véase página 84) y que sólo lo liberó tras pagarle un generoso
soborno. Cornelio había cumplido con su parte del trato y
puede que César, que subrayaba que nunca abandonaba a
nadie que le hubiera ayudado, pensara que eso era más
importante que el arresto original.”
No era la primera vez que Catilina salía impune de una
acusación. Sus contactos entre los principales miembros del
Senado ya le habían permitido salir libre de un juicio por mala
administración y corrupción durante su propretura en África.
Una vez más, es probable que fuera culpable, pero la presencia
en el tribunal de hombres que le apoyaban, como Catulo, le
permitió escapar al castigo como a otros tantos gobernadores.
En este caso incluso su acusador estaba muy dispuesto a hacer
un favor a la defensa. Como Sila y César, Catilina procedía de
una antigua familia patricia que había ido debilitándose a lo
largo de los siglos hasta que quedó al margen de la vida
211
pública, y tuvo que esforzarse para competir con rivales más
ricos y que contaban con distinciones más recientes. La guerra
civil le había ayudado a restaurar su fortuna, ya que, con el
tiempo, había llegado a ser un entusiasta partidario de Sila.
En los años siguientes, el escándalo persiguió su carrera: fue
acusado de seducir a una virgen vestal, entre otras proezas
amorosas. Posteriormente se casó con Aurelia Orestila -por lo
que sabemos, no tenía ninguna relación con la madre de
César-, que poseía fortuna, pero tenía una dudosa reputación.
Salustio comenta mordaz que era alguien «de quien ninguna
persona decente alabó nunca otra cosa a no ser su belleza».
Circulaban algunos rumores descabellados que contaban que,
en su pasión por ella, Catilina había asesinado a su propio hijo
adolescente porque ella no quería vivir en la misma casa que
ese heredero casi adulto. Catilina tenía mala fama, era
considerado un mujeriego cuyos amigos, tanto hombres como
mujeres, tendían a ser los miembros más desenfrenados de la
aristocracia. Sin embargo, también poseía un gran encanto y
una habilidad especial para inspirar la máxima lealtad en sus
asociados. La similitud con César es asombrosa y resulta
tentador ver a Catilina casi como el hombre en el que César
podría haberse convertido.A pesar de los escándalos, la carrera
de Catilina hasta la fecha había sido fundamentalmente
convencional, con la excepción de los años de guerra civil, en
los que no eran aplicables las reglas normales. Había un
entusiasmo y una desesperación en su voluntad de alcanzar el
éxito que, una vez más, recuerda a César. Se le había
prohibido presentarse a las elecciones al consulado del año 66
a.C., y al año siguiente tampoco se presentó, probablemente
porque seguía estando en juicio en el tribunal provincial de
212
extorsión, pero fue candidato de nuevo a finales de Al parecer,
tanto Craso como César apoyaron su campaña.”
A diferencia de Catilina, a primera vista parece que Marco
Porcio Catón fue el contrario de César en todos los sentidos.
Era el bisnieto de Catón elViejo, un «hombre nuevo» elevado
al Senado por sus distinguidos servicios en la segunda guerra
púnica que había llegado a ser cónsul y censor. Su antepasado
había sido siempre comparado con los decadentes aristócratas
de las familias establecidas, cuyo amor por la lengua y la
cultura griega desdeñaba, y había vivido una vida sencilla
guiada por los severos principios del deber. Fue la primera
persona que escribió una historia en prosa de Roma en latín,
negándose abiertamente a mencionar el nombre de los
magistrados debido a que deseaba celebrar las hazañas del
pueblo romano, no conmemorar los logros de la nobleza. Era
un interesante ejemplo de la manera en la que las familias
senatoriales se convencían a sí mismas de que el bisnieto
podía hacerse famoso y llegar a ser muy respetado emulando
las costumbres y el estilo de vida de su famoso antepasado.
Catón combinaba su personificación de los valores
tradicionales romanos -que tal vez fueran un reflejo de una
realidad histórica o tal vez no, pero, en cualquier caso, eran
admirados por todos, cuando no emulados- con una
observancia especialmente rigurosa de la filosofía estoica. Esta
doctrina hacía hincapié en la búsqueda de la virtud por
encima de todo, pero él la llevó hasta un extremo casi
obsesivo. Catón nunca se vio salpicado por el escándalo o
acusado de llevar una vida de lujo. En contraste con la suma
atención que César prestaba a su aspecto y la extravagancia de
su vestuario, Catón no se preocupaba en absoluto de su
213
apariencia. Era habitual verle recorrer descalzo las calles de
Roma, y se cree que llegó a despachar asuntos oficiales como
magistrado vestido con la toga, pero sin la túnica que se
llevaba por debajo. Cuando viajaba, nunca iba a caballo, sino
que prefería caminar y se dice que lograba sin dificultad
mantener el ritmo de sus compañeros con montura. De nuevo
en marcada diferencia con César, según Plutarco, Catón
nunca había mantenido relaciones sexuales con ninguna mujer
hasta que se casó con su esposa. En este caso, el autocontrol
de su esposa no estaba a la altura del suyo, ya que más
adelante se divorció de ella por infidelidad. Tampoco se
contaba entre las cualidades de su hermanastra Servilla, que
durante mucho tiempo fue amante de César.`
En cuanto a su comportamiento, con frecuencia parece que
César y Catón eran polos opuestos, pero en cierto modo
ambos estaban esforzándose por conseguir el mismo fin. Los
políticos ambiciosos tenían que llamar la atención del pueblo
para poder destacar entre los muchos hombres que perseguían
ocupar los mismos puestos oficiales. Aquí Catón tenía
ventaja, ya que los contactos de su familia eran mejores que
los de la familia de César. Cuando una persona conseguía una
magistratura, debía eclipsar a todos los demás que ocupaban
el mismo cargo. La habilidad era importante, pero era
esencial llamar la atención sobre las propias gestas. Durante
su cuestura, Catón se aseguró de que todo el mundo supiera
que estaba haciendo las cosas con un estilo diferente,
aportando a su trabajo no sólo talento, sino su propia versión
de rígida virtud: persiguió a todos aquellos que habían
cometido asesinatos durante las proscripciones y a los que se
habían beneficiado de ellas, lo que resultó ser una acción muy
214
popular que llamó la atención del pueblo y se ganó su
aprobación. De formas muy distintas -César mediante su
arreglado aspecto y su estilo innovador, Catón mediante ese
aparente desaliño natural- ambos pregonaron ante los demás
lo distintos que eran de sus colegas. Lo mismo se puede decir
de la afición por el lujo y de la generosa inversión en los
juegos del primero y el gusto por economizar del segundo.
Catón y César lograron que se les considerara desde el
principio de sus carreras como individuos que ya habían
ganado amplia fama y reconocimiento y que tenían un
prometedor futuro por delante. Pese a emplear estilos tan
diferentes, ambos estaban jugando al mismo juego.
ANTIGUOS CRÍMENES Y NUEVOS COMPLOTS
A finales del año 64 a.C., las elecciones volvieron a estar
muy reñidas. César no presentó su candidatura, porque no
sería elegible para la pretura hasta el año siguiente, pero sin
duda estuvo presente para apoyar las campañas de otros
candidatos. Ese era uno de los mejores métodos para obtener
apoyo para el futuro y siempre se agradecía conseguir que los
magistrados entrantes estuvieran en deuda con uno. La pugna
por obtener el consulado estaba especialmente igualada.
Catilina logró finalmente presentarse al cargo y se asoció con
un personaje de reputación casi tan dudosa como la suya, pero
con mucho menos talento: Cayo Antonio. El otro candidato
digno de mención fue Marco Tulio Cicerón, el famoso
orador. Cicerón era un «nuevo hombre» y dependía de su
propio talento para lograr el éxito. Había ganado fama como
abogado defensor, sobre todo en casos célebres como, por
ejemplo, cuando se opuso a uno de los subalternos de Sila en
el año 80 a.C. o cuando acusó a un gobernador que era
215
conocido por su corrupción, pero que contaba con una
abultada fortuna y buenos contactos, en el año 70 a.C.AI
igual que César, apoyó la ley Manilla para otorgar a Pompeyo
el mando en Oriente y se asoció de manera continuada con
los partidarios de este héroe popular. Durante un breve
periodo, Pompeyo y él habían servido a las órdenes de
Pompeyo Estrabón en la Guerra Social al igual que,
irónicamente, lo había hecho Catilina. Cicerón, además, se
presentaba a sí mismo como el defensor de la orden ecuestre y
había puesto mucho cuidado en organizar buenos
entretenimientos mientras fue edil. No obstante, hacerse el
popularis de este modo no le había granjeado el afecto de los
más destacados aristócratas del Senado, los «hombres buenos»
(boní), como les gustaba llamarse, y ningún «hombre nuevo»
había alcanzado el consulado en la pasada generación. En
último término, resultó que las sospechas que despertaba
Catilina fueron suficientes para hacer que el orador pareciera
la mejor elección. Cicerón ganó con comodidad, mientras que
Antonio sufrió para alcanzar el segundo puesto.`
Cuando Cicerón y Antonio asumieron oficialmente el
cargo el 1 de enero de 63 a.C., tuvieron que enfrentarse de
inmediato a un radical proyecto de ley sobre la tierra
presentado por el tribuno Publio Servilio Rulo que pretendía
asignar grandes franjas de terreno a los ciudadanos más
pobres, comenzando con el territorio de propiedad estatal en
Campania, que suponía la mayoría del agerpublicus que había
quedado tras las redistribuciones iniciadas por los Gracos.
Puesto que la cifra de personas implicadas lo hacían
insuficiente, la República tendría que adquirir la tierra extra
necesaria. La ley garantizaba un buen precio a los vendedores,
216
estipulaba que todas las ventas debían ser voluntarias y excluía
de modo explícito las granjas de los veteranos de Sila que se
habían instalado en tierra confiscada tras la guerra civil. Era
evidente que incluso podrían llegar a venderse propiedades de
las provincias para recaudar los fondos requeridos. Una
comisión de diez miembros (decemvirí), elegidos por el voto
de una asamblea compuesta por diecisiete en vez de treinta y
cinco tribus y dotada de imperium propretoriano, supervisaría
durante cinco años la implementación del programa. El
proyecto tenía una escala masiva y los poderes de la comisión
eran correspondientemente importantes, pero el problema
que trataba de solucionar era muy real. La Italia rural había
atravesado grandes dificultades y era obvio que había
numerosos ciudadanos pobres cuya situación era de extrema
desesperación. Muchos de los desposeídos se habían
trasladado a Roma, donde a menudo pasaban grandes apuros
para encontrar trabajos remunerados para mantenerse ellos
mismos y sus familias. En la ciudad había oportunidades y
empleo, pero no todos los que se mudaban a Roma tenían
éxito. Los alquileres eran altos, las condiciones de vida podían
ser profundamente miserables en las abarrotadas insulac y las
deudas suponían una terrible carga para muchos de los más
desfavorecidos que, a diferencia de la nobleza, no podían
aspirar a enriquecerse a través de un cargo público.
Por sí sola, la reforma agraria propuesta por Rulo no habría
solucionado todos estos problemas, pero los habría aliviado en
parte. Al principio, contó con el apoyo de los diez tribunos de
aquel año, y es muy probable que Craso y César fueran
partidarios entusiastas de Rulo y desearan ser elegidos para
formar parte de la comisión. Es más dificil juzgar la actitud de
217
Pompeyo: por una parte, la reforma habría proporcionado
granjas a sus veteranos cuando regresaran de las campañas,
que estaban a punto de concluir, pero si Craso había
desempeñado un papel importante en el programa, entonces
eso significaría también que ellos y muchos otros ciudadanos
estaban en deuda con su gran rival. Algunos de los tribunos
eran fieles seguidores suyos, por lo que no es probable que se
opusiera de for ma activa al proyecto, pero es posible que,
simplemente, no tuviera tiempo para desarrollar una opinión
demasiado firme ya que seguía estando muy lejos de Roma.
Cicerón se opuso con firmeza a la propuesta desde el
principio y a lo largo de toda su vida mostró de modo
consistente su desacuerdo hacia este tipo de legislación.
Muchos senadores destacados se opusieron también a Rulo y
es posible que el nuevo cónsul creyera que era una buena
oportunidad para congraciarse con ellos, que hasta el
momento habían mostrado hacia él un entusiasmo, como
mucho, tibio. En una serie de discursos al Senado y reuniones
del pueblo en el foro, Cicerón atacó con ferocidad la
propuesta de ley. Demonizó a los diez comisionados por sus
extraordinarios poderes y los tildó de «reyes», y alegó que los
misteriosos hombres que se sospechaba que estaban realmente
detrás de la propuesta tenían motivos muy oscuros para
apoyarla. Estas siniestras figuras -aunque nunca llegaron a ser
nombrados, se suele dar por supuesto que se refería a Craso y
probablemente a César- deseaban presentarse como rivales de
Pompeyo. Al menos uno de los tribunos había roto ya el
consenso y declaró que vetaría la propuesta. La retórica de
Cicerón resultó victoriosa y la ley agraria fue abandonada.14
En los siguientes meses, César procesó a Cayo Calpurnio
218
Pisón, un ex cónsul que había regresado recientemente de su
gobierno en la Galia Cisalpina. Entre los cargos de extorsión
y mala administración estaba la acusación de que había
ejecutado de forma injusta a un galo del valle del Po. Una vez
más, César defendió la causa de los habitantes de aquella
región, pero sin más éxito que en sus anteriores esfuerzos. La
defensa que Cicerón hizo de Pisón, en la que la auctoritas de
su actual cargo se unió a su formidable oratoria, resultó
convincente. Sin embargo, el hecho de que César llevara el
caso y, sin duda también la habilidad y el entusiasmo con los
que persistió en sus argumentos, le granjearon la eterna
enemistad de Pisón. Ese mismo año, más adelante, César
representó a un cliente númida, un joven noble que estaba
intentando afirmar su independencia del rey Hiempsal. El
hijo del rey, juba, estuvo presente en las sesiones, que cada vez
estaban más caldeadas. En un momento dado, César agarró a
Juba por la barba. Es posible que se tratara de un gesto
deliberado de un orador que busca explotar la latente
xenofobia de la mayoría de los romanos, pero es muy probable
que fuera un genuino ataque de ira. A pesar de las impecables
maneras y la pose aristocrática de César -como huésped
aceptaba con gentileza hasta la más humilde hospitalidad y
criticaba a sus compañeros cuando se quejaban-, a lo largo de
su vida fue proclive a perder los estribos de manera ocasional.
Fuera cual fuera el motivo, la disputa se resolvió a favor del
rey. César no abandonó a su cliente, sino que le mantuvo
escondido en su casa hasta que pudo sacarlo de forma
clandestina de Roma.15
En varias ocasiones durante el año 63 a.C., César estuvo
asociado a uno de los tribunos del año, Tito Labieno.
219
Seguramente ambos hombres fueran viejos conocidos, ya que
tenían más o menos la misma edad y habían servido en Cilicia
y Asia bajo el mando de Servilio Isáurico en la década de los
setenta antes de Cristo. Se cree que Labieno procedía de
Piceno, una zona dominada por las fincas de la familia de
Pompeyo, y es probable que existiera cierta relación entre
ellos. Como tribuno, había aprobado un proyecto de ley que
otorgaba honores extraordinarios a Pompeyo: el gran
comandante obtuvo el derecho a exhibir la corona de laurel y
la túnica púrpura de general triunfante siempre que fuera a los
juegos y el traje de ceremonia completo si asistía a una carrera
de carros. Se dice que César fue el instigador y principal
partidario de estas medidas. Suetonio afirma asimismo que
alentó la acción judicial interpuesta por Labieno contra Cayo
Rabirio, un senador de edad bastante mediocre. Se le acusó
del arcaico cargo de perduellio -parecido a la alta traición- y
los denunciantes se remitieron a los hechos ocurridos poco
después del nacimiento de César treinta y siete años antes:
Rabirio había sido uno de los hombres que siguió a los
cónsules en la masacre de los partidarios de Saturnino y
Glaucia. El tío de Labieno estaba entre los asesinados. Una
fuente muy tardía, y muy probablemente poco fidedigna,
sostiene que Rabirio llegó a exhibir la cabeza de Saturnino en
una cena celebrada poco después. La acusación bien podía
haberle procesado por asesinar al tribuno, cuya persona era
sacrosanta por ley, pero, dado que un esclavo recibió una
recompensa por esa causa, su culpabilidad es extremadamente
improbable. En el año el Senado había aprobado su decreto
definitivo (el senatus consultum ultimum), en el que daba
instrucciones a Mario y al otro cónsul de que protegiera la
220
República por cualquier medio que fuera necesario. No parece
que César y Labieno cuestionaran el derecho del Senado para
aprobar el decreto o de los magistrados de obedecerlo, pero
mostraron su preocupación por la manera en la que debería
llevarse a la práctica. Por lo visto, la creencia de que Mario
había aceptado la rendición de los radicales, que, a
continuación, fueron asesinados por una turba que se había
subido al tejado de la Casa Senatorial, fue una de las
cuestiones comentadas en el juicio. El senatus consultum
ultimum otorgaba a los magistrados el poder para usar la
fuerza contra los ciudadanos que estaban amenazando a la
República, pero lo que no estaba tan claro era si esas personas
perdían toda protección legal cuando se habían rendido y ya
no podían hacer ningún daño.16
Muchos detalles del juicio son confusos, en especial en
cuanto a los argumentos de la acusación, que conocemos
principalmente por el discurso que pronunció Cicerón en
defensa de Rabirio. En buena medida, lo mismo sucede con la
reforma agraria de Rulo, que también es conocida en gran
parte gracias a la retórica detallada y profundamente hostil de
Cicerón. Todo el asunto era muy extraño, en primer lugar
debido al enorme lapso de tiempo transcurrido: no parece que
quedaran muchos testigos con vida, en especial considerando
la gran pérdida de vidas sufrida por la élite romana durante la
guerra civil. Tampoco había ningún procedimiento moderno
para organizar un juicio por cargos de perduellio. Sila había
establecido un tribunal permanente para tratar los casos de un
delito similar, aunque menor, el de maiestas, que, en realidad,
era un delito contra la majestad del pueblo romano, algo
parecido a la idea que encontramos en algunos deportes
221
modernos de «deshonrar el juego». Sin embargo, César y
Labieno eligieron deliberadamente el antiguo delito, cuya
legislación se decía que se remontaba a más de quinientos
años atrás, a la época de los reyes romanos. El arcaico
procedimiento legal incluía la muerte por crucifixión, un
castigo que ninguna otra ley imponía en los ciudadanos, y no
parecía permitir el habitual exilio voluntario para los
culpables. Una junta formada por dos jueces (duumviri) fue
designada a suertes para juzgar el caso. César fue uno de ellos,
y su primo lejano Lucio julio César, que había sido cónsul el
año anterior, fue el otro. Aunque esta coincidencia resulta
sospechosa en extremo, no hay ninguna razón en particular
para suponer que existiera connivencia con el pretor que
supervisó el proceso de selección y es posible que no fuera más
que una casualidad.
Rabirio fue declarado culpable por ambos jueces y
condenado a muerte. Se le permitió apelar al pueblo romano a
través de la Comitia Centuriata. No sólo Cicerón, sino
también el orador a quien había reemplazado en el puesto de
mejor orador de Roma, Quinto Hortensio, defendía al
anciano frente a Labieno. Es muy probable que fuera en esta
ocasión cuando Cicerón pronunció el discurso que se
publicaría en fecha posterior. En él subrayó que Saturnino
había recibido su bien merecido castigo, señaló que Rabirio
no era la persona que le había asesinado, aunque afirmó
reiteradamente que desearía que su cliente pudiera presumir
de haberlo hecho él. Atacó la crueldad inherente de recuperar
una ley tanto tiempo olvidada y, como era bastante habitual
en los tribunales romanos, desacreditó el nombre de Labieno,
haciendo crípticas indirectas a su «bien conocida»
222
inmoralidad. Más justificada estaba la queja del cónsul de que
le habían dado un tiempo inusualmente corto para hablar. Al
parecer, sus esfuerzos no convencieron a los votantes que se
habían reunido para la Comitia, a pesar de que se cree que la
abierta hostilidad que César había mostrado como juez había
despertado la compasión hacia el acusado. Pronto fue
evidente que el voto condenaría a Rabirio, pero este asunto
tan poco ortodoxo tuvo una conclusión apropiadamente
extraña. Con una estructura proveniente del primer ejército
romano, la Comitia Centuriata siempre se había reunido en el
Campo de Marte, fuera de los límites oficiales de la ciudad.
En aquellos días Roma seguía siendo pequeña y sus enemigos
estaban cerca. Al reunirse para votar todos aquellos que
estaban obligados a hacer el servicio militar, se dejaba de
manera inevitable a la ciudad en un estado de vulnerabilidad
ante un ataque sorpresa. Por tanto, para protegerse de esa
amenaza, la costumbre era situar centinelas en la posición
estratégica que garantizaba la colina Gianicolo. Siempre que
esos hombres estaban en su sitio y mantenían la vigilancia,
una bandera roja ondeaba en lo alto de la colina y la Comitia
Centuriata podía ocuparse de sus asuntos. Si la bandera se
arriaba, eso significaba que Roma estaba en peligro, y que sus
ciudadanos debían disolver la asamblea y tomar las armas. La
costumbre se mantuvo en la época de César y continuaría
vigente durante siglos, pese a que su función hacía mucho que
había quedado obsoleta. Antes de que la Comitia hubiera
completado la votación sobre el destino de Rabirio, el pretor
Quinto Cecilio Metelo Celer dio la orden de arriar la
bandera. La asamblea se disolvió sin haber emitido veredicto
alguno. Más tarde, nadie hizo ningún esfuerzo por reabrir el
223
juicio.”
Ninguna fuente explica por qué Metelo actuó de ese modo.
¿Lo hizo para proteger a Rabirio o más bien para ayudar a
Labieno y a César a acabar con todo el asunto sin
desprestigiarse y sin tener que condenar y castigar a un
senador anciano y poco importante? A juzgar por la rapidez
con la que abandonaron el caso más tarde, su principal
objetivo no fue nunca condenarle. Habían cuestionado el
hecho de que el senatus consultum ultimum anulara todas las
demás leyes y los derechos de los ciudadanos, pero no
proporcionaron ninguna respuesta o modificaron la ley de
ninguna manera. En términos prácticos, es posible que lo
máximo que lograran fuera introducir una nota de precaución
en las actividades de cualquier futuro magistrado que actuara
en respuesta a ese decreto. En lo personal, el juicio fue un
éxito tanto para Labieno como para César. Lo más probable
es que la Comitia que se reunió para juzgar el caso de Rabirio
estuviera atestada de partidarios suyos y de aquellos a quienes
había conmocionado el caso y la cuestión en general, con lo
que es probable que no tuviera una composición típica.
Muchos ciudadanos no tenían ni el tiempo, ni el interés, ni la
oportunidad de asistir. De hecho, habría sido fisicamente
imposible que cupieran todos los que cumplían los requisitos
en el emplazamiento donde se reunía la Comitia Centuriata.
Con todo, esa asamblea más que ninguna otra favorecía a los
más acomodados. El hecho de que estuvieran tan dispuestos a
condenar a Rabirio indica que muchos de esos ciudadanos
simpatizaban con la acusación. Una vez más, César se
aseguraba de ocupar un papel destacado en la vida pública y se
asociaba a causas populares. Su popularidad quedó
224
demostrada más tarde en ese mismo año cuando otra reunión
de la Comitia Centuriata le eligió pretor para el año 62 a.C.,
un cargo para el que era elegible por primera vez.
La pretura era un cargo importante que traía consigo la
seguridad de recibir un mando provincial tras un año en el
cargo siempre que se deseara ese puesto. La competencia era
feroz y más de la mitad de los cuestores nunca llegarían a
obtener un cargo superior. Sin embargo, tal y como salieron
las cosas, este éxito fue mucho menos drástico que otra
victoria electoral que César obtuvo durante los últimos meses
del año El puesto de Pontifex Maximus, jefe del colegio de
quince pontífices de los cuales él era miembro, quedó vacante
tras la muerte de su titular del momento, Quinto Cecilio
Metelo Pío, otro representante de la prolífica familia de los
Metelos, cuya ya considerable preeminencia se había
incrementado después de apoyar a Sila. El dictador había
puesto la selección de los elegidos para este y otros
sacerdocios superiores en manos del Senado. No obstante, en
algún momento del año Labieno había aprobado un proyecto
de ley que recuperaba la antigua práctica de nombramiento
por votación popular. Una asamblea tribal reducida, con
diecisiete tribus elegidas en vez de las treinta y cinco, asumió
esta tarea. No está claro cuándo se aprobó esta ley o si la
muerte de Metelo se anticipó o la legislación se aceleró en el
periodo que siguió a su muerte. Debían transcurrir tres días
de mercado, lo que en la práctica significaba veinticuatro días
en total, antes de la publicación del proyecto de ley y su
votación en una asamblea. César habló a favor del proyecto y,
poco después de que se convirtiera en ley, anunció su
candidatura.`
225
El Pontifex Maximus era un cargo de inmenso prestigio
(desde muchos puntos de vista era el sacerdocio más
importante de Roma), por lo que era codiciado por muchos
de los próceres de la República. Catulo se presentó al puesto,
así como Publio Servilio Isáurico, el antiguo comandante de
César en Cilicia. Ambos tenían más edad y contaban con
muchas más distinciones que César en términos de cargos y
honores acumulados y, si el nombramiento hubiera
dependido aún del Senado, es prácticamente seguro que
habría sido elegido Catulo. En una elección, el resultado era
mucho menos predecible, porque los votantes recordaban el
generoso gasto de César como edil y su constante apoyo de
causas populares. Al parecer, también había sido muy
espléndido en sus gastos durante la campaña, haciendo
regalos y favores para conquistar a los hombres clave de cada
tribu. Sus rivales hacían lo mismo y en cierto modo el hecho
de depender del voto de sólo diecisiete tribus en vez del voto
de la asamblea completa facilitaba el empleo de sobornos. A
medida que progresó la campaña, Catulo se preocupó mucho
al constatar que el advenedizo César se había convertido en
un serio competidor.A pesar de lo importante que era su
auctoritas, indudablemente se vería mermada por una derrota
electoral, en especial una infligida por un hombre mucho más
joven que él. Sabiendo que las deudas de César eran enormes
aun antes de que la campaña hubiera comenzado, Catulo le
escribió ofreciéndole una considerable suma de dinero a
condición de que se retirara de la pugna por el sacerdocio.
César lo interpretó como un signo de debilidad y, de
inmediato, pidió nuevos préstamos para invertir fondos en
captar los votos de las tribus. Era una apuesta desesperada.
226
Sus acreedores confiaban en sus posibilidades para el futuro,
sobre todo en los cargos superiores y las oportunidades de
beneficiarse que brindaban esos puestos. En sí mismo, el
cargo de Pontifex Maximus no implicaba ninguna
recompensa financiera, pero César no podía permitirse un
fracaso electoral. Si ya no conseguía conquistar a los votantes,
empezaría a parecerle un riesgo muy poco rentable a sus
acreedores, que podrían presionarle para que liquidara sus
deudas antes de que su fortuna se malograra por completo y
quedara absolutamente arruinado. Cuando llegó el día de las
elecciones no hay documentos que recojan cuándo se produjo,
pero se conjetura que tuvo lugar a finales del año César sabía
que para él el resultado no decidiría solamente si había o no
había conseguido el puesto. Aurelia estaba allí y lo besó al
marcharse antes de que él saliera. En ese momento, César le
dijo que o bien volvía a casa como Pontifcx Maximus o no
volvería. Esta es una de las raras menciones que hace de
Aurelia en aquellos años, pero de nuevo demuestra el papel
esencial que desempeñaba en la vida de su hijo. Es digno de
mención el hecho de que, en la historia, vemos a César
hablándole así a su madre en vez de a su esposa Pompeya o a
alguna de sus amantes. Aunque no podemos estar
completamente seguros, parece que Aurelia vivía en la casa de
su hijo. Tal vez en cierto modo ella simbolizaba la deuda que
César tenía con su familia, haciendo que todos sus éxitos
fueran no sólo significativos para él, sino también una manera
de restablecer la importancia y estatus de la familia. La
competición por el sacerdocio era una lotería y el precio del
fracaso era muy serio, desde luego suficiente para retrasar su
carrera pública y posiblemente para acabar con ella. Sin
227
embargo, antes de entrar en el juego, César había hecho todo
lo posible para potenciar sus posibilidades de éxito. Echarse
atrás ante un desafio, como Catulo había tratado de
persuadirle de que hiciera, era algo contrario a los instintos de
César, porque era jugador por naturaleza, aunque nunca
jugaba a la desesperada. Al gastar más todavía, arriesgaba
mucho más, pero también había considerado que sus
perspectivas de éxito eran buenas y, así, el riesgo estaba
justificado. El fracaso era una posibilidad real, pero, al
parecer, César había calculado que sus probabilidades de
ganar eran buenas.Teniendo en cuenta la hostilidad que
Catulo le había mostrado en el pasado, la última vez tras la
reposición de los trofeos de Mario, su oferta sugería que su
principal rival había llegado a la misma conclusión.`
Al final César resultó vencedor. Plutarco describe unas
votaciones muy reñidas, pero Suetonio sugiere que la victoria
fue arrolladora y que en las propias tribus de Catulo y Servilio
hubo más votos a favor de César que las que sus rivales
recibieron en toda la asamblea. Fue un gran triunfo para él, en
especial por haber vencido a rivales tan poderosos. Como
Pontifex Maximus asumiría un papel central en numerosos
aspectos de la religión y los rituales públicos. No estaría al
mando de los demás pontífices, ya que una mayoría del resto
de miembros del colegio podía invalidar las decisiones del
Pontifex Maximus, pero, en cualquier caso, su prestigio y
auctoritas eran inmensos.Asimismo, a diferencia de lo que
ocurría con el puesto de Flamen Dialis, no había ningún tipo
de restricción que obstaculizara la carrera política y militar.
Físicamente, su victoria acarreaba un cambio importante,
porque el cargo venía acompañado de una casa, la domus
228
publica, junto a la Vía Sacra. César se había trasladado desde
la relativa oscuridad de la Subura a un lugar próximo al
corazón de la República. La domus publica estaba situada en
el extremo oriental del Foro y lindaba con el Templo de Vesta
y la Regia, donde se guardaban los registros y textos de los
pontífices y donde se reunían estos como colegio. El nombre
Regia o «palacio» sugiere una conexión con la monarquía
romana, y las excavaciones han demostrado que realmente
había existido un edificio en esa localización desde un periodo
muy temprano y que, a grandes rasgos, las fases y
reconstrucciones subsiguientes se ajustaban al mismo e
inusual diseño. Hay un acalorado debate sobre la precisa
naturaleza de los primeros edificios y si realmente sirvieron
como residencia real o palacio, pero no es un tema que nos
ataña. En los últimos años de la República la domas publica y
la Regia fueron santificadas por su gran antigüedad y
asociación con lo sagrado.`
La lucha por el sacerdocio fue crítica para César, pero, a
pesar del sorprendente resultado, su importancia era mucho
menor que la de las elecciones consulares. Catilina volvía a ser
candidato, así como también el marido de Servilla, Décimo
junio Silano. Este era el segundo intento de Silano, a quien,
unos cuantos años antes, Cicerón había tildado de
insignificante. Como cónsul, Cicerón estaba ahora a cargo de
la supervisión de las elecciones. Alentado por uno de los otros
candidatos, había elaborado y garantizado la aprobación de
una nueva ley, aún más dura, contra el cohecho electoral, que
ahora estaba penado con diez años de exilio. No obstante, no
logró frenar la corrupción, ya endémica, que tal vez iniciara
Catilina, pero que pronto fue imitada por el resto de
229
candidatos. Catón anunció que procesaría a cualquiera que
ganara las elecciones, basándose en que nadie podría haber
vencido de manera honesta en esa pugna. Sin embargo, hizo
una excepción por su cuñado Silano. Pese a que este
favoritismo puede parecer hipócrita desde una perspectiva
actual, la aristocracia romana daba una importancia inmensa a
los vínculos familiares y lo comprendió perfectamente.
Catilina estaba de capa caída, desesperado, y se presentó
como defensor de los pobres, cuyas dificultades podía
entender muy bien debido a su propia pobreza. Hablaba
abiertamente de la dominación de la República a manos de
una camarilla de individuos indignos y vulgares que miraban
sólo por su propio interés. Cuando el cónsul le desafió en el
Senado, habló de las dos Repúblicas: la gran mayoría de la
población eran un cuerpo poderoso sin una cabeza que les
guiara, mientras que sus oponentes eran una cabeza sin un
cuerpo, ya que no contaban con un apoyo realmente
sustancial. Declaró que se convertiría en esa cabeza que la
mayoría de la población necesitaba con tanta urgencia. Era
evidente que tenía muchos partidarios y sus agentes
trabajaban con especial ahínco en las zonas rurales, pues
parece que poco a poco había ido perdiendo la amistad de
numerosas personalidades que con anterioridad le habían
apoyado en los tribunales. Probablemente, Craso y César
mantuvieron su apoyo a lo largo de toda la campaña. Cicerón
pospuso las elecciones una vez, y cuando por fin se celebraron
en los últimos días de septiembre, llegó acompañado de una
escolta de équites que le había asignado el Senado. También
se aseguró de que todo el mundo se percatara de que llevaba
un peto «escondido» bajo la toga. Los candidatos victoriosos
230
fueron Silano y Lucio Licinio Murena, que había sido uno de
los subordinados superiores de Lúculo en la guerra contra
Mitrídates.”
Obviamente, Catilina había considerado emplear la fuerza
incluso antes de las elecciones, pero lo más seguro es que
tuviera esperanzas de ganar con los medios convencionales.
Su derrota no le dejó más opción que enfrentarse a la
desaparición política y al exilio, dado que, al igual que César,
sus deudas eran enormes y muchas vencían el 13 de
noviembre, lo que le dejaría en la ruina. Su caso era muy
distinto del de César, ya que sus posibilidades de éxito eran
remotas, y parece que no estaba seguro de cómo pondría su
plan en práctica. Había enviado a uno de sus seguidores, Cayo
Manlio, a reunir un ejército en Etruria, mientras él mismo
permanecía en Roma, asistiendo al Senado como si nada
hubiera pasado. Manlio era un antiguo centurión que había
servido con Sila, pero había perdido la fortuna que acumuló
en la guerra civil desde la época de la dictadura. Al parecer,
era un hombre capaz, pero no pertenecía a la clase senatorial
y, por tanto, nunca podría ser más que un subordinado.
Catilina contaba con varios seguidores aristocráticos, pero
estos se caracterizaban principalmente por sus dudosas
reputaciones y notoria falta de habilidad. Había muchas
personas a quienes les costaba tomar en serio a esos
incompetentes y esto, unido a la continuada presencia de
Catilina en Roma, contribuyó a despertar la incertidumbre en
el Senado. Había rumores de conspiraciones y rebelión, pero
hasta la fecha no había sucedido nada que sugiriera que
tuvieran ningún fundamento. Cicerón estaba mejor
informado, ya que había creado una red de espías para
231
observar a los conspiradores. Una de las fuentes principales
era Quinto Curión, que había alardeado de los planes en un
esfuerzo por impresionar a su amante, Fulvia. Fulvia
pertenecía a una familia aristocrática y estaba casada con un
senador, y Cicerón logró persuadirla de que convenciera a su
amante de que traicionara al resto de conspiradores. En
consecuencia, el cónsul estaba bastante al tanto de lo que
estaba pasando y consiguió protegerse de un intento de
asesinato. La capacidad para frustrar los planes de los
conspiradores estaba muy bien, pero no permitía al cónsul
ponerse en pie en el Senado y demostrar públicamente que
había un complot en marcha. Hasta la fecha, en realidad no
habían hecho nada para justificar que actuara contra ellos. Es
evidente que Catilina estaba aprovechándose de esa
incertidumbre, pero es posible que todavía no hubiera
decidido cuándo y cómo actuar.’
La noche del 18 de octubre, Craso y unos cuantos
senadores más recibieron cartas anónimas advirtiéndoles de
que debían huir porque el día 28 tendría lugar una masacre de
hombres importantes. Inmediatamente llevaron las cartas ante
Cicerón, que hizo que fueran leídas ante el Senado. Nuevos
informes sobre las actividades de Manlio en Etruria
alcanzaron la ciudad, y el 21, Cicerón llevó esta información
ante el Senado, que aprobó el senatus consultum
ultimum.Afirmó que el ejército rebelde declararía la guerra
abierta el 27 de octubre, lo que sucedió, aunque no la
prometida masacre. Diversas tropas, incluidos varios ejércitos
que habían es tado esperando a las afueras de Roma hasta que
sus comandantes obtuvieron permiso para celebrar sus
triunfos, fueron enviados a enfrentarse a los rebeldes. El 8 de
232
noviembre, el Senado se reunió una vez más y Cicerón arengó
a Catilina a la cara, acusándole de delitos pasados y
declarando que conocía a la perfección sus actuales
planes.Aunque en aquel momento le devolvió la invectiva,
acusando al cónsul de ser un «extranjero naturalizado» con
todo el desprecio que un patricio podía mostrar por un
«hombre nuevo», esta reunión le movió finalmente a actuar.
Abandonó Roma esa misma noche, alegando que se exiliaba
de forma voluntaria para ahorrarle a la República esos
conflictos internos. En una carta enviada a Catulo, se lamentó
de las injusticias que habían cometido contra él sus enemigos
y de cómo le habían arrebatado las merecidas recompensas
por sus esfuerzos y habilidades. De un modo muy romano,
encomendó a su esposa e hija a la protección de Catulo.
Pronto se descubrió que, en realidad, Catilina no había huido
al extranjero, sino que se había unido a Manlio y su ejército.
Ambos fueron declarados enemigos públicos. Dejó tras de sí
varios seguidores en Roma que comenzaron a negociar con
algunos embajadores de los alóbroges, un pueblo galo que
había acudido a la ciudad para quejarse de su desesperada
situación. Los conspiradores esperaban poder persuadir a la
tribu de que se rebelaran y abrieran un segundo frente para
distraer a las fuerzas leales al Senado, pero lo que hicieron los
galos fue presentarse ante Cicerón y traicionarlos. Capturaron
a uno de los conspiradores cuando los alóbroges lo dirigieron
hasta una emboscada y las otras cuatro figuras clave fueron
arrestadas poco tiempo después. Al enfrentarse a las pruebas
condenatorias, las declaraciones iniciales de inocencia fueron
reemplazadas rápidamente por confesiones de culpabilidad.
Ahora era cuestión de decidir qué iban a hacer con ellos.‘3
233
234
Nuestra República, conciudadanos, la vida de todos nosotros,
vuestras riquezas, vuestros intereses, vuestras esposas e h¿ios y
esta ciudad, tan próspera e ilustre, metrópoli del más brillante
imperio; todo ello podéislo ver completamente a salvo del
fuego y de la cuchilla -si no es que de las mismas fauces de la
muerte- gracias al gran favor que plugo a los dioses inmortales
otorgaros, así como al esfuerzo, a la previsión y al riesgo de mi
propia persona.
235
llegó a donde aguardaba el ejército de Manlio, Catilina desfiló
con un águila que había sido uno de los estandartes de las
legiones de Mario. También podía parecer probable que
César se uniera a una conspiración de deudores, porque su
estilo de vida era similar desde muchos puntos de vista.
Cuando Cicerón se dirigió a la multitud en el Foro, des cribió
a muchos de los conspiradores como: «No son otros que esos
mismos que con vuestros propios ojos soléis ver pasar con su
cabellera escrupulosamente aderezada, todos resplandecientes,
luciendo por atavío, no nuestra usual toga, sino esas túnicas
suyas adicionadas con mangas y hasta el tobillo de largas y
sobre las cuales llevan, por añadidura, transparentes
mantos».3
Esta imagen casi podría ser un retrato exagerado del mismo
César, que, muy posiblemente, había establecido la moda de
llevar manga larga y cuya túnica con cinturón suelto era
bastante larga.Años más tarde, Cicerón empezó a sospechar
de todo lo que hacía César, pero incluso entonces se cree que
dijo: veo su cabellera dispuesta con tanto esmero y a él
rascándose la cabeza con un solo dedo, ya no me parece que
este hombre haya podido concebir en su mente un crimen de
tal magnitud como el aniquilamiento de la constitución
romana».4 Como muchos de los conspiradores, César era un
dandi, un hombre cuyas proezas sexuales y deudas masivas
eran igualmente famosas, pero, a diferencia de ellos, también
gozaba de un gran éxito. Había obtenido cada uno de los
cargos que constituían el cursas en cuanto cumplió con los
requisitos necesarios y acababa de cosechar un triunfo
espectacular en la competición por el puesto de Pontifex
Maximus. César no necesitaba la revolución, lo cual no
236
significa que no se hubiera unido a los rebeldes si hubiera
pensado que tendrían éxito.
Craso se encontraba en una posición similar, porque había
apoyado sin reservas a Catilina en las elecciones.
Probablemente, como César, Craso se habría asegurado de
estar en el bando vencedor, fuera el que fuera, pero dada la
incertidumbre de la situación, era una época incómoda para
cualquiera que fuera sospechoso de estar implicado en la
conspiración. Aunque era evidente que sus agentes estaban
formando un ejército, Catilina permaneció en Roma. Cuando
se hubo marchado, se supo que otros conspiradores se habían
quedado en la ciudad para causar daños. Considerando que el
cónsul anunciaba casi a diario que había descubierto nuevos
planes de asesinato e incendios, no es de extrañar que los
senadores miraran a muchos de sus colegas con desconfianza.
Tanto César como Craso tenían que prestar especial atención
a su comportamiento, por lo que Craso llevó de inmediato a
Cicerón la carta anónima que había recibido. Aun así, tras el
arresto de los conspiradores, se presentó un informador ante
el Senado diciendo que había sido enviado por Craso con un
mensaje a Catilina en el que le conminaba a no preocuparse
por las detenciones y a continuar con su empresa. Según
Salustio:
Pero cuando Tarquinio nombró a Craso, hombre de la
nobleza, con enormes riquezas y extraordinaria influencia,
juzgando los unos que era cosa increíble, los otros, aunque
estimaban que era verdad, considerando que más valía en
semejantes circunstancias aplacar a un hombre tan
poderoso que provocarlo, dependiendo la mayoría de Craso
por asuntos privados, gritan a coro que el testigo es
237
Se celebró una votación en la que el resultado estableció
que la acusación era falsa y se puso al informador en custodia,
pendiente de investigación. El historiador Salustio dice que él
mismo oyó más tarde que Craso decía que el informador
había actuado siguiendo instrucciones de Cicerón, que quería
forzarle a abrir una brecha con Catilina y los rebeldes en vez
de seguir nadando entre dos aguas. Sin duda, todo el
incidente parece haber empeorado las relaciones, ya endebles,
entre ambos hombres.’
Cicerón estuvo sometido a mucha presión en esas semanas.
Incluso en aquel momento era consciente de que aquella sería
su mejor época, el momento en el que el «nuevo hombre» de
Arpino salvara la República. A lo largo de su vida disfrutaría
relatando una y otra vez su magnífica victoria, pero no fue un
triunfo fácil de obtener. Desde el principio había resultado
dificil convencer a todos los senadores de que la amenaza de
la rebelión era real, sobre todo porque, durante mucho
tiempo, había pocos datos y cifras sobre las que pudiera
informar abiertamente. Más adelante, el arresto e
interrogación de los conspiradores jefe en Roma convencieron
a todo el Senado de que la amenaza era real y seria.Ahora la
cuestión era cómo atajarla, pero Cicerón se encontró con el
problema de que a su mandato como cónsul sólo le quedaban
unas cuantas semanas. Como cualquier magistrado romano,
estaba deseando garantizar que la principal amenaza fuera
derrotada en aquel momento, tanto para estar seguro de que
se hacía como es debido como porque aspiraba a hacerse con
el mérito por este logro. Resultó tremendamente inoportuno
cuando Catón cumplió su promesa y procesó a Murena,
cónsul electo para el año 62 a.C. Era evidente que Murena
238
era culpable de cohecho en las elecciones, pero Catón estaba
haciendo gala de su característico don para la inoportunidad.
En tiempos de crisis, habría sido obviamente peligroso retirar
a uno de los dos magistrados superiores que debía empezar a
guiar a la República en unas pocas semanas. Por ello, Cicerón
sacó tiempo para defender a Murena, haciendo hincapié en la
terrible amenaza a la que se enfrentaba el Estado y el valioso
servicio que su cliente, un experimentado hombre de armas,
podía realizar para una República en peligro. Su discurso fue
publicado más tarde y aunque en la época se decía que la
fatiga había mermado la perfección de su expresión habitual,
Murena fue absuelto. Haciendo caso omiso de los cargos, se
burló de los motivos de la acusación, describiendo a Catón
como un ingenuo idealista, que intentaba imponer principios
filosóficos poco prácticos en el mundo real. Se cree que Catón
respondió, sonriéndose: «¡Ciudadanos, qué cónsul tan decidor
tenemos!». Cicerón siempre prefería hablar en último lugar
después de los demás abogados de la defensa, que en este caso
eran Hortensio y Craso. Era un indicativo de la compleja red
de obligaciones y amistades de la política romana que Craso y
Cicerón se encontraran trabajando juntos en los tribunales en
esta y otras ocasiones. A ambos les gustaba llevar la defensa,
para ganarse así la gratitud del cliente, su familia y sus
colaboradores más estrechos.’
Este juicio se había transformado en una carga añadida a
las muchas obligaciones del cónsul en esas desesperadas
semanas. Poco después de la acusación contra Craso, hubo un
intento de persuadir a Cicerón de que implicara a César en la
conspiración. Las personas que promovieron ese intento
fueron Catulo, todavía indignado por su derrota en la pugna
239
por el sacerdocio superior, y Cayo Calpurnio Pisón, a quien
César había procesado sin éxito a principios de año. Cicerón
se negó a secundar su propuesta. Puede que sencillamente no
les creyera, porque es probable que conociera a César bastante
bien, ya que le había visto a menudo en la década de los
setenta antes de Cristo, cuando tenía amistad con los
hermanos Cota. O bien puede que fuera una cuestión de
interés personal, al considerar que era peligroso acorralar a un
hombre como César y forzarle a unirse a los revolucionarios.
Más tarde, en una obra que se publicó cuando Craso y César
ya habían muerto, Cicerón había escrito que ambos habían
estado involucrados en la conspiración de Catilina, pero no es
posible saber si eso era lo que creía en su momento o si tenía
razón. Durante los últimos meses del año decidió que
confiaría de manera patente en la lealtad de ambos hombres
hacia la República, fuera cual fuera su opinión personal. Tras
interrogar a los cinco conspiradores principales en el Senado,
cada uno de ellos quedó a cargo de un importante senador
que le tendría bajo custodia hasta que el Senado hubiera
decidido cuál sería su destino. Craso y César fueron dos de los
senadores elegidos para llevar a cabo esa tarea, porque
Cicerón quería demostrar así su fe en ellos, pero esto no
impidió que Pisón y Catulo siguieron propagando rumores
sobre su enemigo personal, César.’
Los cautivos eran un grupo variopinto. Dos de ellos, Publio
Cornelio Léntulo Sura y Cayo Cornelio Cetego, habían sido
dos de los sesenta y cuatro senadores expulsados del Senado
por los censores en el año 70 a.C. Léntulo había sido cónsul
en el año y había ido reconstruyendo su carrera pública firme
y regularmente después de su expulsión. En el año 63 a.C.
240
había obtenido la pretura por segunda vez, pero se le despojó
del puesto tras su detención. No fue el único que volvió a
abrirse camino hacia la fama presentándose a unas nuevas
elecciones. El otro cónsul elegido junto con Cicerón,
Antonio, también había sido expulsado por los mismos
censores, así como Curión, a quien su amante, Fulvia, había
convencido para que actuara como informante (véase página
171). Léntulo creía firmemente en su destino, y citaba una y
otra vez una profecía que proclamaba que los tres Cornelios
dominarían Roma: Sila, Cinna y él mismo. Su esposa era una
Julia, hermana de Lucio julio César, que había sido cónsul en
el año 64 a.C. El hijo que había tenido de un matrimonio
anterior y que entonces tendría unos diez años de edad era
Marco Antonio. Durante el alzamiento, Catilina se negó a
contratar esclavos, prefirió utilizar sólo ciudadanos. Léntulo
no sólo expresó su opinión contra esa decisión, sino que lo
hizo por escrito, en una carta que fue posteriormente
confiscada y leída en voz alta ante el Senado. Todos los
conspiradores parecían haberse esforzado para incriminarse.
La mayoría se enfrentó al interrogatorio negando sin más
haber participado -Cetego sostuvo que el enorme alijo de
armas descubierto en su casa era sólo su colección de
antigüedades militares-, pero pronto se derrumbó cuando le
mostraron varias cartas condenatorias selladas con su propio
sello y escritas de su puño y letra. Su culpabilidad se estableció
de modo firme cuando se les hizo comparecer ante el Senado
el 3 de diciembre. Dos días después, en día 5, el Senado se
reunió de nuevo para decidir sobre su destino.’
EL GRAN DEBATE
El Senado se congregó en el Templo de la Concordia en
241
vez de en la Casa del Senado. Esto no era inusual, porque el
Senado se reunía en diversos templos aparte de en la misma
Curia. Es posible que la elección de la deidad Concordia
pareciera especialmente apropiada, o incluso irónica, en las
circunstancias, pero puede que se debiera a su posición en la
orilla occidental del Foro, cerca de la cuesta de la colina
Capitolina. Esta área era más fácil de defender gracias a la
gran cantidad de hombres armados, muchos de ellos jóvenes
ecuestres, que asistían al cónsul y adoptaban posiciones para
proteger la reunión. Se cree que Cicerón, como magistrado
presidente, comenzó la sesión con una oración formal antes
de dirigirse al Senado y pedirle que decidiera qué debía
hacerse con los prisioneros. En el pasado, los cónsules que
actuaban bajo el senatus consultuni ultimum habían tomado
la decisión de ejecutar a aquellos que consideraban enemigos
de la República sin consultar al Senado. Sin embargo, en
general, esos asesinatos habían sucedido en el calor de la
batalla, cuando se podía pensar que los «rebeldes» constituían
una amenaza real. Los cinco conspiradores ya estaban bajo
custodia, a diferencia de las anteriores ocasiones en las que se
había aprobado el decreto. Se rumoreaba que Cetego había
tratado de comunicarse con sus esclavos y de organizar una
banda armada para liberar a los prisioneros, pero ni siquiera
eso podía presentarse como un linchamiento en un momento
de exaltación. Hacía poco que el juicio de Rabirio había
cuestionado exactamente qué acciones estarían justificadas por
el decreto supremo, y es posible que eso aumentara la
prudencia de Cicerón. El Senado no era un tribunal, pero si
sus miembros aprobaban por un claro consenso un curso de
acción, la actuación del cónsul ganaría en fuerza moral.
242
Cicerón declaró que estaba dispuesto a aceptar la decisión del
Senado, fuera la que fuera, pero es evidente que pensaba que
los prisioneros merecían morir y que su ejecución era
necesaria. No había un turno fijo de palabra en el Senado,
pero existía una jerarquía en el sentido de que era habitual
convocar primero a los cónsules, luego a los pretores y a
continuación a los magistrados inferiores. El orden en el que
hablarían los miembros de cada grupo era decidido por el
magistrado presidente, que les llamaba por su nombre. Los
miembros de menor rango del Senado, en especial aquellos
que nunca habían ocupado una ma gistratura, eran invitados a
hablar sólo en contadas ocasiones. No obstante, todos los
senadores presentes podían votar y, algo único en los sistemas
de votación romanos, cada uno de los votos tenía la misma
importancia. Cuando llegaba el momento de votar, los
senadores se dirigían hacia lados opuestos de la Casa para dar
a entender que estaban aprobando o rechazando la moción.
Durante un debate, era habitual que aquellos que apoyaban a
un orador cambiaran de sitio y se sentaran a su lado. Los
diputados, que raramente hablaban, pero que podían votar, a
veces eran llamados pedarü, que se podría traducir como
«caminantes». En la reunión del 8 de noviembre, había sido
muy evidente que, cuando Catilina había tomado asiento, los
senadores se habían alejado de él enseguida, dejándole física y
políticamente aislado.`
El 5 de diciembre, Cicerón comenzó el debate llamando al
marido de Servilia, Silano, para que diera su opinión. Era
habitual buscar la opinión de los cónsules electos antes que la
de los ex cónsules o «consulares», puesto que esos hombres tal
vez tuvieran que aplicar las medidas decididas por el Senado.
243
Silano declaró que los prisioneros deberían sufrir «el castigo
supremo», lo que se interpretó -y era claramente lo que
quería- como una ejecución. La siguiente persona que fue
llamada, Murena, coincidió con Silano, al igual que todos los
demás catorce ex cónsules que estuvieron presentes aquel día.
La ausencia de Craso llamó la atención, un gesto que
confirmaba la ambigüedad de su comportamiento. César, por
el contrario, estuvo allí y expresó con audacia su opinión
cuando le llamaron como pretor electo. Hasta ese momento,
todos los oradores habían optado por la pena de muerte, y los
murmullos -tal vez gritos, ya que no sabemos si las reuniones
del Senado eran escandalosas o dignas y reposadas- de
aprobación del resto de la Curia sugerían que esa era
básicamente la opinión de todos. Es probable que se esperara
que César, después de las dudas que se habían expresado
sobre él en los últimos días, asintiera con vigor como prueba
de su lealtad a la República. No obstante, no mucho tiempo
antes había atacado a Rabirio por el asesinato ilegal de
ciudadanos romanos y a lo largo de su carrera había defendido
causas populares, criticando el uso arbitrario del poder por
parte del Senado o los magistrados. Habría sido
inconsecuente expresar ahora una opinión contraria, pero es
poco probable que César llegara siquiera a considerar esa
posibilidad. Desde los días en los que desafió a Sila nunca le
había impor tado defender solo una posición. La aristocracia
celebraba a aquellos hombres que habían persuadido al
Senado de que cambiaran de opinión por sí solos. Uno de los
más famosos había sido Apio Claudio el Ciego en 278 a.C.,
quien supuestamente había convencido al Senado de que no
negociara con el victorioso Pirro, y que debían seguir
244
luchando. Cuando se trataba de elegir entre mezclarse con la
multitud y adoptar un papel destacado, César siempre elegía
esta última opción. En este caso también es muy posible que
se tratara de una cuestión de conciencia y de auténtico
convencimiento. Obtener fama y hacer lo que consideraba
correcto eran opciones que no se excluían mutuamente.”
El texto del discurso de César no ha sobrevivido, pero
Salustio brinda una versión que parece reflejar los argumentos
principales, pese a hacerlo en su propio estilo y
probablemente con mucha mayor brevedad. Al igual que
sucede con cualquier discurso escrito, ahora resulta dificil
evocar todo el impacto del orador pronunciando esas palabras
ante un público. César fue elogiado por sus gestos, la
elegancia y contundencia de su actitud y su porte, y los tonos
de su voz, levemente aguda. En la versión de Salustio la gran
actuación comenzó con las siguientes palabras:
Los hombres, padres conscriptos, cuando deliberan
sobre asuntos espinosos, deben estar libres todos de odio,
amistad, cólera y compasión. El espíritu no discierne
fácilmente la verdad cuando andan por medio estas
pasiones, y nadie puede servir al mismo tiempo sus
impulsos y su interés. Cuando haces uso de tu inteligencia,
esta predomina; si se apoderan de nosotros los impulsos,
mandan estos y el espíritu para nada cuenta.12
Durante el discurso se mostró calmado, amable y razonable
a la vez, y se burló con delicadeza de los anteriores oradores
que habían intentado superarse los unos a los otros con
gráficas descripciones de la matanza, violación y pillaje que
habían seguido a la victoria de Catilina. No se vio ni rastro
del hombre airado que había agarrado a juba por la barba. La
245
culpabilidad de los acusados no se cuestionaba, y no había
castigo demasiado duro para ellos; sin embargo, volviendo al
tema con el que abrió el discurso, la posición del Senado era
demasiado responsable para permitir que sus miembros
cedieran a sus emociones. Debían decidir qué era lo mejor
para el futuro de la República, sabiendo que sentarían un
prece dente. César tuvo el cuidado de rendir homenaje a
Cicerón declarando que nadie podría ni imaginar que el
cónsul actual pudiera abusar de su posición. Lo que no podían
garantizar era que todos los futuros magistrados fueran
siempre tan mesurados. Les recordó cómo las proscripciones
de Sila habían empezado con las muertes de unos cuantos
hombres que todos consideraban culpables. La matanza se
había convertido rápidamente en un espantoso baño de sangre
en el que las víctimas eran asesinadas para que los ejecutores
pudieran quedarse con «una casa o una villa».13
Para César, la pena de muerte no era romana (aunque, por
supuesto, el reciente juicio por perduellio, con su arcaico
procedimiento, había estado a punto de emplearla). Con
amabilidad, reprendió a Silano, alabando su patriotismo, pero
sugirió que se había dejado llevar por la enormidad de los
crímenes de los prisioneros. En circunstancias normales, a los
ciudadanos romanos -al menos a los ciudadanos más
acaudalados- siempre se les permitía exiliarse si eran
encontrados culpables de un delito grave, lo que en la práctica
convertía la pena de muerte en un castigo teórico. César se
preguntó por qué Silano no había sugerido que los acusados
fueran azotados antes de su ejecución, y respondió a su propia
pregunta diciendo que, por supuesto, algo así era ilegal.
Elogió la sabiduría de sus antepasados, las pasadas
246
generaciones de senadores que habían eliminado
sistemáticamente la pena de muerte y otros castigos brutales
para los ciudadanos. En cualquier caso, la muerte era «el
descanso de los sufrimientos y no un tormento, que ella acaba
con todos los males de los hombres y que después no hay
lugar ni para los problemas ni para el disfrute».14 La solución
de César era diferente. Es evidente que habría sido absurdo
dejar libres a los hombres para que pudieran unirse a Catilina.
Roma no contaba con una auténtica prisión para albergar
prisioneros durante largos periodos de tiempo, ya que la
violación de la mayoría de las leyes implicaba o bien multas o
bien el exilio. César propuso que los prisioneros fueran
entregados a distintos pueblos italianos, que estarían
obligados a mantenerlos en cautividad el resto de sus vidas.
Aquel pueblo que fracasara en su tarea tendría que pagar una
elevada multa. Las propiedades de los acusados serían
consfiscadas por el Estado, lo que en la práctica impedía que
sus hijos accedieran a la vida pública y buscaran
venganza.También se decretaría que ni el Senado ni el pueblo
pudieran considerar jamás la posibilidad de que se solicitara la
vuelta de los conspiradores, tal como hizo César al hacer
campaña por el regreso de los partidarios de Lépido. En
opinión de César, esa pena era más dura que la muerte, pues
haría que los conspiradores vivieran con las consecuencias de
sus crímenes.`
Durante el discurso, César apeló al ejemplo de las pasadas
generaciones, un recurso habitual porque la aristocracia
romana sentía gran reverencia por sus antepasados y, por
ejemplo, los niños escuchaban desde su más temprana edad
historias sobre sus grandes hazañas en nombre de la
247
República. Sin embargo, su propuesta era radical e
innovadora a la vez. Nunca antes se había mantenido en
permanente cautividad a ningún ciudadano romano, de ahí la
necesidad de crear un nuevo método para hacerlo. Aunque
estipuló que debería ser ilegal que alguien buscara liberar o
restaurar en su posición a los condenados, se cuestionaba la
posibilidad de que esa disposición pudiera hacerse cumplir.
Los Gracos y otros tribunos habían afirmado repetidamente
el derecho de la asamblea popular para votar sobre cualquier
tema. Era imposible saber si alguien apoyaría alguna vez la
causa de los conspiradores, pero esa posibilidad tampoco
podía excluirse por completo. El problema al que se
enfrentaba el Senado era nuevo, porque nunca en la historia
del decreto supremo se había empleado su poder en frío
contra hombres que ya estaban bajo custodia. César había
hablado sobre el precedente que sentaría el Senado con esta
decisión y ahora proponía una nueva solución a lo que era,
desde muchos puntos de vista, un problema nuevo. El
objetivo era evitar las recriminaciones que se habían
producido tras la ejecución de los Gracos y de Saturnino. Los
conspiradores eran culpables de haber planeado crímenes
espantosos, pero a pesar de todo, no deberían despojarles de
todos sus derechos como ciudadanos.Ya no podían perjudicar
a la República y su encarcelamiento aseguraría que nunca
volvieran a ser capaces de amenazarla en el futuro.`
A lo largo de su discurso, César se mostró calmado y
mesurado, racional en todo momento mientras hacía un
llamamiento a los senadores para que no permitieran que sus
emociones anularan su deber con la República. Ese
llamamiento a situar Roma por delante de los propios
248
sentimientos estaba dirigido a hombres educados con un
fuerte sentimiento de las obligaciones inherentes al hecho de
ser miembros de una de las grandes familias. La certeza que
había caracterizado el comienzo de la reunión empezó a
tambalearse y luego se desmoronó. Quinto Tulio Cicerón, el
hermano menor del cónsul, era otro de los pretores designado
y habló después de César, mostrándose totalmente de acuerdo
con su opinión. Es posible que, de acuerdo con las
convenciones del Senado, se cambiara de sitio para sentarse
con César para apuntarlo. Otro de los pretores del año
Tiberio Claudio Nero -el abuelo del emperador Tiberio-,
enfocó el asunto desde una perspectiva algo diferente,
sugiriendo que, mientras Catilina estuviera en libertad con su
ejército, era demasiado pronto para decidir sobre el destino de
los prisioneros, por lo que deberían ser mantenidos bajo
custodia y establecer una fecha para el próximo debate, en el
que se decidiría su suerte.” Muchos otros comenzaron a
titubear. En un momento dado, Silano habló, alegando que se
le había malinterpretado y que no había pedido la pena de
muerte en absoluto, sino el «castigo supremo» permitido por
la ley.Tal vacilación era propia de un hombre que no quería
ser considerado responsable de ningúna actuación
controvertida.
Cicerón, al ver que el consenso previo se estaba
evaporando, decidió actuar, y en ese momento pronunció un
largo discurso, cuyo texto publicó más adelante con el título
de Cuarta catilinaria. Puesto que el original debió de
componerse durante el propio debate, al menos en parte, es
probable que estuviera un poco menos pulido que la versión
que conservamos. No obstante, sería un error infravalorar la
249
preparación retórica y la habilidad de este magnífico orador, y
es probable que incluso improvisando, el uso del lenguaje, el
ritmo y la estructura del discurso de Cicerón fueran de un
nivel extraordinariamente alto. Se aseguró desde el principio
de recordarles a todos que él era el cónsul, el que estaba al
mando de la República en ese momento de crisis y también,
en última instancia, la persona sobre la que recaería la
responsabilidad de cualquier acción que decidieran
emprender. Reviviendo el tono de la primera parte del debate,
antes de la comedida y razonable intervención de César, habló
de matanzas, violaciones y saqueo de templos:
De manera que es preciso, padres conscriptos, que
deliberéis con calma: volved, al hacerlo, los ojos hacia la
patria; procurad, ante todo, conservar vuestras vidas,
vuestras esposas e hijos y vuestras riquezas; mantened el
renombre y la prosperidad del pueblo romano; y absteneos
ya de la intención de ahorrarme compromisos y de toda
preocupación por mi destino; pues, en primer lugar, creo
que tengo derecho a confiar en que todos los dioses inmor
tales que amparan a esta ciudad me recompensarán
conforme a lo que merezco, y, en segundo término, aun en
el caso extremo de que algún día me llegare a suceder
cualquier desgracia, ello no me importaría, pues mi espíritu
está ya en condiciones de morir, si es necesario,
enteramente satisfecho y tranquilo.18
Pasó a revisar las dos propuestas, la de Silano, que siguió
interpretando como una ejecución, y la de César. El primer
castigo concordaba con la tradición -Cicerón mencionó a los
Gracos y Saturnino, quienes, dijo, habían sido ejecutados por
crímenes mucho menores-, el segundo no tenía precedente y
250
era poco práctico. ¿Cómo, preguntó Cicerón, se elegirían los
pueblos a los que se les asignaría la tarea de custodiar a los
prisioneros? Parecía injusto que los eligiera el Senado, pero
¿se suponía que las comunidades se brindarían a ocuparse de
esa misión de forma voluntaria? Sin embargo, no cuestionó la
severidad de la propuesta de César, y subrayó que el
encarcelamiento de por vida y la expropiación de todos los
bienes eran en muchos sentidos castigos más crueles que una
muerte rápida.
Cicerón también se mostró estudiadamente educado con el
mismo César, que había demostrado con su discurso y sus
acciones su «inquebrantable adhesión al gobierno
establecido». Le comparó, un auténtico popularis con «una
convicción democrática de veras, que procura en realidad la
conveniencia del pueblo», con otros demagogos agitadores.
En ese momento soltó una maliciosa indirecta respecto a
Craso, señalando que «no pocos de esos tipos que se hacen
pasar por defensores de nuestras muchedumbres» estaban
ausentes, «de fijo para no hacerse responsables con ella, de
una sentencia capital pronunciada en contra de ciudadanos
romanos». Craso -que no había sido nombrado, aunque no
había ninguna duda sobre su identidad- se había hecho cargo
de uno de los prisioneros durante los últimos dos días, había
votado a favor de una acción de gracias pública a Cicerón y
había aprobado las recompensas que se les entregarían a los
informadores.A continuación, Cicerón intentó debilitar el
argumento de César utilizando su propia presencia allí. Si
aceptaba que era correcto que el Senado juzgara a los
conspiradores, entonces debía de haber reconocido que, de
hecho, habían dejado de ser ciudadanos y, por tanto, habían
251
perdido toda protección legal. Si el Senado elegía adoptar su
propuesta, Cicerón sabía que gracias a la popularidad personal
de César les sería fácil persuadir a la muchedumbre reunida
en el Foro de que esa decisión era la justa. No obstante,
también afirmó estar convencido de que la sabiduría del
pueblo les permitiría aceptar la necesidad de ejecutar a los
prisioneros. Entonces recordó la enormidad de sus crímenes:
«Y es cuando pienso todo despavorido en los gritos de
espanto de nuestras matronas, en la aterrada fuga de doncellas
y niños, y en el sacrílego ultraje de las vírgenes vestales».19
Tranquilizó a los presentes mencionando las precauciones que
había adoptado para proteger esa reunión y defender la
ciudad, dejando claro que eran libres de hacer lo que pensaran
que fuera justo. Como cónsul, estaba dispuesto a asumir él
mismo las consecuencias de su decisión y cualquier estigma u
odio que las ejecuciones pudieran provocar en el futuro. Él en
persona pagaría cualquier precio por servir a la República.
El discurso del cónsul reavivó las emociones de algunos
senadores, pero la reunión siguió dividida e incierta. Se
escucharon más opiniones y uno de los tribunos electos
preguntó a Catón qué pensaba él sobre el asunto. De nuevo
debemos confiar fundamentalmente en el relato de Salustio
sobre su contenido, pero Plutarco afirma que el discurso fue
anotado y publicado más adelante por los empleados que
trabajaban para Cicerón y que siguieron la totalidad del
debate. En su versión, aquel joven de treinta y dos años
comenzó afirmando que parecía que los senadores habían
olvidado que Catilina seguía en libertad y que los
conspiradores seguían constituyendo una amenaza potencial
para la República. La propia supervivencia del Estado estaba
252
en duda y les recomendaba no hacer ninguna tontería: «[…]
que no se lancen a perder a todas las personas decentes para
salvar el pellejo a unos pocos Desdeñó la opinión de César de
que la muerte suponía un final compasivo del sufrimiento, y
recordó los relatos tradicionales de los castigos impuestos a los
malhechores en la otra vida. También criticó la sugerencia de
enviar a los prisioneros a diferentes pueblos para mantenerlos
en cautividad. ¿Por qué iban a estar más seguros allí que en
Roma y qué les impediría ser liberados por los rebeldes de
Catilina? En esa ocasión, como a lo largo de toda su vida,
Catón defendió el mismo curso de acción duro, implacable y
severo. La piedad estaba fuera de lugar y resultaría peligroso
hasta que la amenaza que pendía sobre la República hubiera
sido conjurada:
Por ello, al tomar una decisión sobre Publio Léntulo y
los demás, tened por cierto que estáis decidiendo al mismo
tiempo sobre el ejército de Catilina y todos los conjurados.
Cuanto más estrictamente actuéis, tanto más debilitaréis su
estado de ánimo; como vean que os ablandáis un ápice, al
instante los tendréis aquí a todos envalentonados.
Unos ciudadanos de la más alta alcurnia se han
conjurado para poner fuego a la patria, llaman a un pueblo
galo que es el más enemigo del Estado romano, y el
general de los enemigos está con su ejército encima de
nuestra cabeza: ¿vosotros vaciláis todavía y dudáis qué
hacer con los enemigos apresados dentro de las murallas?`
Al igual que César, Catón mencionó ejemplos de la
historia de Roma, en un esfuerzo por reforzar su opinión con
el apoyo -en ambos caso bastante espurio- de la tradición. Era
habitual que hombres que defendían cursos de acción
253
contrarios alegaran que las costumbres tradicionales de Roma
les respaldaban. En Roma las innovaciones llegaban casi
siempre envueltas en la capa de la tradición. Salustio describe
el debate fundamentalmente como una lucha entre César y
Catón, lo que prefiguraba la guerra civil, en la que Catón sería
el oponente más acérrimo e implacable de César.A medida
que pasaron los años, la visión de Salustio fue compartida por
más y más personas. Cicerón se sintió muy molesto cuando
Bruto redactó un escrito en el que minimizó su papel, a la vez
que destacaba el de Catón. Esa versión poseía un gran
atractivo, convirtiéndose en uno de esos incidentes en los que
un hombre había hecho cambiar de opinión a todo el Senado
y les había mostrado el camino del deber. Catón era muy
consciente de que ese era el papel que había desempeñado, al
igual que César y, sin duda, su intervención había tenido un
enorme impacto en el debate. Todos los ex cónsules y muchos
otros senadores aplaudieron la propuesta de Catón en cuanto
terminó de hablar y tomó asiento. César no se dejó intimidar
y continuó defendiendo su propia propuesta. Ambos hombres
estaban sentados a poca distancia el uno del otro y las
respuestas de Catón fueron haciéndose más y más mordaces,
aunque no consiguió provocar a su oponente. A diferencia de
Cicerón, puso abiertamente en entredicho la conducta de
César en los últimos meses, demonizándole y afirmando que
su rechazo a apoyar la pena de muerte mostraba su
comprensión hacia la conspiración, y tal vez su complicidad.
Mientras esto sucedía, un mensajero, seguramente uno de sus
esclavos, entró sin hacer ruido y le entregó una nota a César.
Catón aprovechó esa oportunidad y declaró que era evidente
que su oponente estaba en secreta comunicación con el
254
enemigo. César, que había leído la nota con absoluta
tranquilidad, no respondió, pero se mostró remiso a obedecer
cuando Catón exigió que leyera el mensaje en voz alta. Catón
intuyó que los reparos provenían de una conciencia culpable y
adoptó una actitud aún más enérgica, alentado por los gritos
de aprobación que llegaban de todas partes de la Curia. Al
final, César tendió simplemente la nota a Catón, que se
quedó estupefacto al descubrir que en realidad era sólo una
apasionada carta de amor de Servilla. Exclamando
desesperado: «¡Ten, borracho!», le devolvió el mensaje a
César, cuya dignidad y calma de patricio y su seguridad en sí
mismo no habían vacilado durante todo el incidente. Era una
extraña forma de insultarle, porque César era conocido por su
abstinencia en lo referente al alcohol, mientras que el mismo
Catón bebía mucho.22
El suceso proporciona una interesante visión
complementaria de la relación que existía entre César y
Servilla que revela con claridad una gran pasión, y la
necesidad de establecer contacto y de comunicarse entre ellos
cuando estaban separados. Enviar una nota amorosa a una
reunión del Senado, en la que César estaría sentado cerca de
su marido y su hermanastro, era un acto de considerable
atrevimiento por parte de Servilla. Tal vez a ella, o a ambos,
les excitaba el peligro de llevar a cabo una acción así. Es dificil
juzgar la actitud de Silano y no sabemos si sabía o no sabía
que su esposa estaba teniendo una aventura con César. Si lo
había averiguado, desde luego no emprendió ninguna acción
contra su rival. La amistad política de César era valiosa, en
especial para un hombre que sólo había logrado obtener el
consulado al segundo intento y cuya habilidad no tenía una
255
reputación demasiado buena. Incluso se ha especulado con la
posibilidad de que animara a su esposa en la relación en un
esfuerzo por conseguir el apoyo de César. Aunque es evidente
que su amor era profundo, ninguno de los dos amantes
perderían una oportunidad de enriquecimiento personal.
Al final, la votación -adoptando la propuesta de Catón más
que la de su hermanastro Silano porque, en opinión de todos,
estaba mejor formulada- se decantó abrumadoramente a favor
de ejecutar a los prisio neros. Lucio César, el hermanastro de
Léntulo, apoyó esta decisión, así como al parecer el verdadero
hermano de Cetego, que también era senador. César no
cambió de opinión, y fue asediado por una multitud airada
cuando abandonó el Templo de la Concordia. Como era
habitual durante los debates, las puertas se habían dejado
abiertas y era obvio que había personas relatando gran parte
de lo que estaba sucediendo a los numerosos curiosos que se
habían reunido a la puerta y en el resto del Foro. El temor
ante una conspiración y, en especial, las historias de que
existían planes secretos para incendiar Roma -una amenaza
alarmante para los numerosos ciudadanos que vivían en las
atestadas, repletas y fácilmente inflamables insulac- habían
creado un ambiente muy hostil. Cicerón continuó mostrando
de manera manifiesta su apoyo a César, garantizando que
nadie le hiciera daño. El acto final fue representado en la
cercana Tullano, la pequeña prisión parecida a una cueva en la
que los prisioneros eran retenidos durante breves periodos
mientras esperaban el castigo. Los conspiradores fueron
llevados allí. A Léntulo le habían despojado de su pretura,
pero aun así le otorgaron la distinción de ser conducido por el
cónsul en persona. Los cinco fueron introducidos en la cárcel
256
y luego estrangulados sin presencia de público. Cicerón
apareció poco después y proclamó sencillamente: «Han
vivido» (vixerunt). A pesar de la votación del Senado, era a él
a quien se le podía imputar la responsabilidad de esa acción.`
TRAS LA CONSPIRACIÓN: LA PRETURA DE
CÉSAR, 62 A.C.
No pasó mucho tiempo antes de que empezaran a
producirse los primeros ataques contra Cicerón. Los nuevos
tribunos tomaron posesión de sus cargos el 10 de diciembre
del año y entre ellos estaba Quinto Metelo Nepote, un
hombre cuya fama de persona imprudente movió a Catón a
presentarse al tribunado ese año en cuanto se anunció su
candidatura. Pronto comenzó a denunciar a Cicerón por
haber infligido un castigo «ilegal» a los conspiradores. El
último día de diciembre, los cónsules abandonaban
formalmente sus cargos y era costumbre que pronunciaran un
discurso enumerando sus logros. Nepote y uno de sus colegas,
Lucio Bestia, utilizaron el veto al que tenían derecho como
tribunos para impedir que Cicerón hablara, lo que constituía
un insulto insólito. No pudieron evitar que el cónsul saliente
hiciera el juramento tradicional y Cicerón aprovechó esa
oportunidad para proclamar que él había salvado la República.
Nepote era cuñado de Pompeyo y había servido algún tiempo
como uno de sus legados en Oriente, pero había regresado a
Roma y se consideraba que representaba los intereses del
general. La guerra había terminado y el retorno de Pompeyo
era inminente, pero la cuestión era cuándo regresaría.Ya se
habían alzado voces que opinaban que debían convocar al más
famoso y eficaz comandante de la República para aniquilar el
ejército rebelde de Catilina.24
257
El 1 de enero, César tomó posesión de su cargo de pretor y
de inmediato lanzó un ataque contra Catulo. El Templo de
Júpiter en la colina Capitolina había sido incendiado en el año
83 a.C. y cinco años más tarde se le había asignado a Catulo
como cónsul la tarea de supervisar su restauración. El
proyecto no se había completado todavía y el pretor convocó a
Catulo a una reunión del pueblo en el Foro para responder
por esta negligencia, acusándole de haber malversado los
fondos aportados por el Senado con ese fin. En un estudiado
insulto, impidió que el ex cónsul subiera a la rostra y le hizo
hablar desde el nivel del suelo. César propuso presentar un
proyecto de ley que transfiriera la misión a otra persona,
probablemente a Pompeyo, porque César continuaba
buscando alcanzar la popularidad mediante su claro apoyo al
héroe popular. Sin embargo, acudieron suficientes partidarios
de Catulo para presionar al pretor para que diera marcha
atrás. Como sucedía con frecuencia en la carrera de César
hasta la fecha, conseguir el éxito de sus proyectos era menos
importante que lograr ser asociado públicamente a una
Poco después César respaldó de forma activa a Nepote, que
presentó un proyecto para traer de vuelta a Pompeyo y
encomendarle la tarea de restaurar el orden en Italia. Catón,
tribuno como él, se opuso violentamente a esta propuesta,
arremetiendo contra ellos en el Senado y jurando que,
mientras él estuviera vivo, Pompeyo nunca volvería a entrar
en la ciudad con soldados a sus órdenes. El día de la votación
de ese proyecto, Nepote, como era habitual, celebró una
reunión informal del pueblo romano. Tomó asiento en el
podio del Templo de Cástor y Pólux. Esta plataforma elevada
se utilizaba a menudo como alternativa a la rostra, porque allí,
258
en la parte oriental del Foro, había más espacio para la
multitud. Cé sar había situado su silla oficial junto al tribuno
como muestra de apoyo. Entre la muchedumbre había
numerosos hombres fornidos, incluyendo algunos gladiadores,
colocados allí para defender a los tribunos en caso de que
hubiera algún problema. Los problemas se presentaron
enseguida, en la persona de Catón y del también tribuno
Quinto Minucio Termo, que estaban allí para vetar el proceso
y habían venido acompañados de sus seguidores. Catón se
dirigió con amplias zancadas hacia el podio y Minucio y él
subieron los escalones. Catón se sentó entre Nepote y César,
desconcertándoles momentáneamente con su atrevimiento.
Buena parte de la multitud ya le estaba animando a continuar,
pero otros seguían siendo leales a Nepote y la tensión se
incrementó. Recuperándose, Nepote ordenó a un empleado
que leyera el proyecto de ley en voz alta. Catón utilizó su veto
para impedirlo, y cuando el mismo Nepote tomó el
documento y empezó a leer, se lo arrebató de las manos. El
tribuno, que conocía el texto de memoria, comenzó a recitarlo
hasta que Termo le puso la mano en la boca con fuerza para
detenerle. Entonces, Nepote hizo una señal a sus seguidores
armados y de inmediato se desencadenaron unos disturbios
que comenzaron con luchas con palos y piedras, pero
culminaron en peleas con arma blanca. Tanto Catón como
Termo fueron tratados con rudeza, pero Catón fue protegido
físicamente por Murena, el cónsul a quien acababa de
procesar. Al final, los partisanos y seguidores se dispersaron.
Esa misma tarde, el Senado se reunió y aprobó el senatus
consultum ultimum. Sin embargo, una propuesta para
despojar a Nepote de su tribunado fue abandonada por
259
recomendación del mismo Catón. Aun así, tras convocar otra
reunión pública en el Foro y acusar a Catón y al Senado de
conspirar contra Pompeyo y decir que pronto pagarían por
ello, Nepote huyó de Roma. Un tribuno no debía abandonar
la ciudad durante su año de mandato, pero él fue aún más
lejos y se marchó de Italia para unirse a Pompeyo en Rodas.
Con el alivio de su partida, nadie cuestionó su legalidad.`
César no había sabido juzgar la situación. Todas las fuentes
en las que nos basamos retratan a Nepote como el iniciador
de la violencia de este episodio y como un individuo
peligrosamente impulsivo y volátil, pero César le había
apoyado con entusiasmo, al menos al principio. Nepote era
partidario de Pompeyo porque su hermanastra Mucia estaba
casada con el general, y porque esperaba beneficiarse con su
regreso. César no era familiar de Pompeyo y nunca había
tenido una relación directa con él -aunque había estado
acostándose con Mucia durante la ausencia de su marido
cuando estaba en campaña-, pero prosiguió su política de
elogiar y apoyar al gran héroe romano como un medio para
incrementar su propia popularidad. En esta ocasión había ido
demasiado lejos y el Senado decretó que se le expulsara de la
pretura, puesto que sólo ocupó durante unas semanas. Al
principio, César trató de negar la evidencia, y siguió
apareciendo en público con los símbolos del cargo y cumplió
con sus deberes. De nuevo, no había sabido interpretar el
clima general y la profunda ira que los últimos hechos habían
despertado. Al averiguar que algunos senadores estaban
dispuestos a oponerse a él por la fuerza, despidió a los seis
lictores que le asistían. Estos hombres portaban las fasces, un
haz de varas y un hacha que simbolizaban al titular del
260
imperium, y su poder para infligir castigo corporal y la pena
capital. A continuación, se despojó de su toga practexta,
llevada en ocasiones oficiales por los senadores, y se marchó
discretamente a su casa, la domus publica, poniendo de
manifiesto que pretendía retirarse de la vida pública. Al día
siguiente, una muchedumbre se congregó en el Foro a la
puerta de su casa, proclamando a voz en grito que estaban
dispuestos a ayudarle a recuperar su posición. César salió y les
habló, calmando los ánimos y persuadiéndoles para que se
dispersaran. Calculada o espontánea -o muy posiblemente
una mezcla de ambas cosas-, fue una actuación digna y
responsable que convenció al Senado para devolverle a su
puesto. Aunque su instinto político le había fallado unas
cuantas veces esos días, César había mostrado su capacidad
para darse cuenta de que había cometido un error y la
habilidad para recuperarse de ello.27
Para entonces, Catilina había sido derrotado por un ejército
liderado en teoría por Antonio, el antiguo colega de Cicerón,
pero que de hecho comandaba uno de sus subordinados. La
afirmación de Catilina de que el uso de la fuerza aterrorizaría
a los rebeldes había resultado infundada, ya que la mayoría se
había mantenido fiel a Catilina y habían muerto con él. Fuera
la que fuera la opinión que se tenía de él en vida, se le
reconoció a regañadientes que había muerto bien, mostrando
todo el coraje que correspondía a un miembro de la
aristocracia. Aunque había muerto y los rebeldes habían sido
derrotados, seguía perviviendo un clima de sospecha y
recriminación en Roma. Había recompensas disponibles para
aquellos que proporcionaran pruebas valiosas a las
autoridades, y eso explica en parte la avalancha de denuncias.
261
Quinto Curión, el hombre cuya amante le había persuadido
para que traicionara a los rebeldes y que había sido
recompensado con su reincorporación al Senado, ahora había
nombrado a César entre una lista de hombres acusados de
haber participado en la conspiración. Otro informador, Lucio
Vetio, repitió la acusación, alegando que poseía una carta
escrita por César a Catilina. En el Senado, el recién
reincorporado pretor respondió a Curión apelando a Cicerón,
que testificó que César le había proporcionado alguna
información y había demostrado su total lealtad. Como
resultado, Curión perdió su botín de informador. Vetio, un
insignificante miembro de la orden ecuestre de cuestionable
reputación, era más fácil de tratar: en su calidad de pretor,
César le ordenó presentarse ante la rostra, luego hizo que le
dieran una paliza y lo metieran en prisión. Es muy probable
que lo liberaran poco después, pero no se volvieron a dirigir
más acusaciones públicas contra César.`
LA «BUENA DIOSA»
Se conservan pocos datos más sobre el periodo de César
como pretor, y es más que probable que, al menos según sus
estándares, tratara de pasar inadvertido y sencillamente
continuara con su misión principal de ejercer como juez.
Hacia finales de año, resultó implicado en un escándalo de
amor ilícito y adúltero, pero, sólo por esta vez, él era la parte
inocente.Todos los años se celebraba el festival de Bona Dea,
o de la Buena Diosa, en casa de uno de los magistrados
superiores. En el año 62 a.C. se eligió para ese fin la casa de
César, seguramente porque era el pontífice máximo además
de pretor. Aunque la celebración tenía lugar en la casa de un
magistrado, ni él ni ningún otro hombre podía estar presente,
262
ya que las ceremonias eran llevadas a cabo únicamente por
mujeres, sobre todo matronas aristocráticas de Roma y sus
ayudantes femeninas. Tras efectuarse los sacrificios y demás
rituales, la música y el festejo proseguían a lo largo de toda la
noche. Las vírgenes vestales presidían los rituales y, según
Plutarco, la mujer del magistrado tenía un papel
preponderante en la organización de las celebraciones. En
este caso puede que Aurelia hubiera desempeña do un papel
más importante todavía que Pompeya, y la hermana de César,
Julia, también estaba presente.
Pompeya tenía un amante, el cuestor electo de treinta años
Publio Clodio Pulcro, y la pareja había decidido que las
celebraciones ofrecían una perfecta tapadera para una cita.
Clodio se disfrazó de tañedora de arpa, una de las muchas
artistas profesionales, en su mayoría esclavas, que participaban
en el festival. Durante la noche, Habra, una de las doncellas
personales de Pompeya, que estaba al tanto del secreto, le
dejó entrar en la casa. Después, salió corriendo a buscar a su
señora, dejando a Clodio aguardando durante un tiempo.
Impaciente, este comenzó a vagar y se topó con una de las
esclavas de Aurelia, que de inmediato intentó persuadir a la
joven y aparentemente tímida arpista de que se reuniera con el
resto de la compañía. Incapaz de zafarse de sus persistentes
atenciones, finalmente Clodio le dijo que no podía marcharse
porque «ella» estaba esperando a su amiga Habra.
Traicionado por su voz, obviamente masculina, fue
descubierto por la esclava, que echó a correr gritando que
había un hombre en la casa, lo que causó al instante una gran
confusión. Clodio huyó hacia la oscuridad. Aurelia reaccionó
con la calmada eficiencia que parece haber sido propia de su
263
carácter y del de su hijo. Detuvo inmediatamente la
ceremonia y mandó cubrir los instrumentos sagrados
utilizados en los ritos para evitar que fueran contaminados por
la mirada de un hombre. Ordenó a las esclavas que candaran
todas las puertas de la casa para que el intruso no pudiera
escapar. La madre de César guío al grupo mientras buscaban
por toda la casa a la luz de una antorcha hasta que por fin
encontraron a Clodio escondido en la habitación de Habra.
La mujer le miró un buen rato para estar segura de quién era -
el mundo de la aristocracia romana era pequeño y la mayoría
de sus miembros podían reconocerse entre sí- antes de
expulsarlo de la casa. A continuación,Aurelia envió a las
mujeres de vuelta a sus hogares para que les contaran a sus
maridos el sacrilegio de Clodio.29
A los pocos días, César se divorció de Pompeya. En el
primer código legislativo romano no existían disposiciones
sobre el divorcio, los niños aristocráticos aún memorizaban las
Doce Tablas en la época de César, pero estaba consagrado por
una larga tradición. Como tantos otros aspectos de la
sociedad romana, se consideraba un asunto de las familias. En
los últimos años de la República, parece que tanto el marido
como la mujer podían divorciarse de manera unilateral de su
cónyuge. En su forma más simple, el marido podía decir
sencillamente: «Coge tus cosas» (tuas res tibi habeto). Es
posible que César utilizara esta frase tradicional o tal vez le
enviara una carta a Pompeya, pero en cualquier caso el
matrimonio se rompió con rapidez. No se hizo pública
ninguna razón para el divorcio, algo que no era inusual,
aunque sí lo fueran las circunstancias precedentes. Al parecer,
la unión nunca fue tan estrecha como cuando estuvo casado
264
con Cornelia y, a pesar de que la pareja había pasado la mayor
parte de su matrimonio juntos, no habían tenido hijos. No
hay constancia de que ninguna de las otras esposas de César
tuviera un amante, pero en este caso el encanto de César no
había bastado para mantener a Pompeya fiel.Tal vez hubiera
pasado demasiado tiempo con Servilla y sus otras amantes en
aquellos años, o tal vez a su esposa, bastante más joven que él,
le molestase vivir en un hogar que, por lo visto, estaba
dominado por su suegra. Tampoco debemos infravalorar el
atractivo de Clodio, que era inteligente y guapo -su familia
era famosa por su aspecto- y encantador, con una reputación
de libertino que le hacía aún más enigmático. La descripción
podría fácilmente aplicarse a César, así como su afición a
seducir a las esposas de otros. Fuera cual fuera la razón de la
infidelidad de Pompeya, César no estaba dispuesto a otorgarle
a su esposa la misma licencia que se daba a sí mismo, actitud
habitual en un hombre de su clase y su época.`
El final de su matrimonio fue importante para las partes
afectadas, pero no debemos subestimar la escala del impacto
que este episodio tuvo en toda la República. Nunca antes la
festividad de la Bona Dea había sido contaminada de ese
modo. Algunos senadores, entre ellos Cicerón y César, se
mostraban escépticos respecto a los dioses en privado, o al
menos sobre muchas cuestiones de la religión tradicional,
pero públicamente nadie ponía en duda la importancia de los
rituales que dominaban tantos aspectos de la vida pública. Se
decía que el éxito de Roma se basaba en el favor de los dioses,
y no podía descuidarse o celebrarse de forma inapropiada
ninguna de las ceremonias necesarias para garantizar que esta
bendición siguiera activa. El Senado estableció una comisión
265
especial para investigar el asunto y decidir qué acciones
debían emprenderse. La festividad se celebró otra noche de la
manera adecuada.Tras solicitar consejo a las vestales y al
colegio de pontífices, se decidió procesar a Clodio. Parece que
César, desde el principio, habría querido ocultar todo el asun
to, pero, aunque era el cargo superior del colegio, el Pontifex
Maximus tenía un papel de presidente más que de jefe. En el
tribunal, declinó la oferta de testificar contra Clodio,
aduciendo ignorar por completo lo que había sucedido.
Cuando le preguntaron públicamente por qué se había
divorciado de su esposa si pensaba que no había sido
descubierta en adulterio, respondió con la famosa frase de que
lo había hecho porque la esposa de César «debe verse libre no
sólo de culpa, sino incluso de sospecha». Clodio era un
hombre de carrera prometedora, con amigos poderosos que
estaban haciendo todo lo posible para asegurarse de que el
tribunal le exonerara. Puede que César creyera que ganarse la
enemistad de un hombre así era un riesgo innecesario o bien
pensó incluso que Clodio le podría ser útil en el futuro. En
retrospectiva, sabemos que, de hecho, eso es lo que sucedió,
pero es posible que en aquel momento no fuera tan evidente.
Pese a sus frecuentes denuncias y ataques contra hombres
como Catulo, toda la carrera de César se basaba en tratar de
hacer amigos más que en destruir enemigos. Lo que le hacía
famoso eran sus favores y su generosidad, a diferencia de
Catón, que era conocido por su inquebrantable severidad: era
uno de los que presionaba para que Clodio recibiera un duro
castigo.
Las preocupaciones políticas nunca estaban lejos de la
mente de un senador, pero no deberíamos olvidar el elemento
266
personal. A lo largo de buena parte de la historia, ser
conocido por ser un cornudo ha resultado muy incómodo.
Habría sido muy poco habitual en Roma si el consejo de
defensa no hubiera lanzado la propia reputación de mujeriego
de César contra él si hubiera aparecido como testigo en el
caso. Tal vez realmente creía que habría sido hipócrita por su
parte atacar a otro hombre por algo que él había hecho tan a
menudo, si bien en circunstancias menos extrañas y sacrílegas.
No obstante, a pesar de la renuencia de César, tanto Aurelia
como Julia comparecieron como testigos, testificando sobre la
culpabilidad de Clodio. Cicerón también compareció y
declaró que había visto a Clodio el día de la ceremonia en
Roma, destruyendo así la coartada del defensor de que se
encontraba lejos de la ciudad cuando se cometió el delito.A
pesar de su evidente culpabilidad, Clodio fue absuelto después
de que sus amigos y él organizaran una campaña orquestada
de intimidación y sobornos. Para la sesión final, el jurado
solicitó que se les proporcionaran guardias para su protección.
Cuando se supo que el resultado habían sido treinta y un
votos frente a veinticinco a favor de la absolución, el
desdeñoso Catulo les espetó: «¿Para qué nos pedíais una
guardia?; ¿temíais acaso que os robaran los dineros?». Es la
última anécdota que se recuerda sobre el viejo senador, que
murió poco después.`
HISPANIA
Mucho antes de que finalizara el juicio, César había
abandonado Roma como propretor para gobernar la Hispana
Ulterior. En su séquito se escondía el cliente númida que
había defendido sin éxito en el juicio de la acusación del rey
Hiempsal, que durante meses había estado oculto en casa de
267
César. También le acompañaba su cuestor, Veto, el hijo del
hombre a quien César había servido asimismo como abogado.
Otro miembro de su personal, con el título de praefectus
fabrum, una especie de oficial de la plana mayor de César, era
Lucio Cornelio Balbo, un español proveniente de una familia
acomodada que había obtenido la ciudadanía merced a la
gratitud de Pompeyo. Sin duda, el nuevo gobernador había
dejado atrás la ciudad y el escándalo con bastante alivio, pero
en un momento dado había dado la impresión de que no
permitirían que César abandonara Roma. Algunos de sus
acreedores se habían impacientado, quizá simplemente
porque había llegado la fecha de pago de las deudas, pero tal
vez su expulsión temporal de la pretura a principios de año les
hubiera hecho desconfiar de sus perspectivas a largo plazo. Se
tomaron medidas para evitar su marcha, pero César apeló a
Craso, que le avaló por ochocientos treinta talentos, una suma
enorme, pero que sólo representaba una fracción de su deuda
total. Esta es la primera ocasión de la que nuestras fuentes
dejan constancia de que había solicitado un préstamo a Craso,
pero es más que probable que César ya hubiera recurrido en
numerosas ocasiones a su inmensa riqueza. De todos modos,
se libró por poco y acabó marchándose de la ciudad antes de
que el Senado hubiera anunciado de forma oficial las
provincias adjudicadas ese año. Se trataba de una mera
formalidad, ya que estas ya habían sido asignadas, pero
contravino las convenciones. Irónicamente, uno de los
primeros problemas a los que tuvo que enfrentarse cuando
llegó a Hispana fue el endeudamiento generalizado, lo que
posiblemente había forzado a muchos a engrosar las filas de
los bandidos que infestaban la región. César decretó que los
268
deudores debían entregar dos tercios de sus ingresos a sus
acreedores hasta que las deudas fueran saldadas, pero se les
permitió quedarse con el tercio restante para mantener a sus
familias.32
Un puesto en las provincias era una oportunidad para
enriquecerse. En diversas ocasiones, César había procesado a
los ex gobernadores por corrupción y extorsión. Sus
oponentes del Senado no tardaron en afirmar que había
provocado una guerra en Hispana sin ninguna necesidad,
atacando incluso a comunidades aliadas sólo para saquearlas.
Los cargos eran bastante convencionales y muchos de los
gobernadores romanos actuaban así, pero no hay suficientes
pruebas para decidir si César era culpable o no de ese
comportamiento. En el año 61 a.C., amplias extensiones de
Hispana seguían mostrando las cicatrices de la guerra contra
Sertorio. Durante generaciones, las razias y el bandidaje
habían sido modos de vida en la Península Ibérica, en especial
entre las comunidades de las regiones más montañosas, que
apenas lograban obtener sustento mediante la agricultura. El
noroeste de Lusitania, donde César operaba
fundamentalmente, no era una región rica en aquella época y
es dudoso que ningún comandante pudiera hacerse rico
saqueándola durante las campañas. Tampoco es probable que
careciera de oportunidades para organizar una operación
militar, dado que todas las fuentes consultadas destacan la
anarquía que reinaba en la zona. Lo que es evidente es que
César aprovechó con entusiasmo esas oportunidades,
actuando con tremenda contundencia. Casi nada más llegar,
reunió diez nuevas cohortes de tropas, aumentando la
guarnición en un cincuenta por ciento. Marchando hacia el
269
área montañosa existente entre los ríos Tajo y Duero, ordenó
a una de las comunidades fortificadas de las colinas que se
rindiera y se trasladara a la llanura. Como había previsto, se
negaron y César tomó la plaza al asalto. A continuación, se
lanzó contra los pueblos vecinos, evitando una emboscada
cuando los lusitanos trataron de tenderle una trampa
utilizando sus rebaños como cebo. César hizo caso omiso de
ellos y atacó y venció a su ejército principal. Las emboscadas
eran una táctica común para los pueblos de las sierras de
Hispana y sus fuerzas evitaron otra desviándose de la ruta más
obvia a través del dificil territorio. Más tarde, César regresó,
luchó en el terreno que él mismo eligió y ganó. Continuando
con sus éxitos, persiguió a los lusitanos hasta la costa atlántica,
donde se refugiaron en una pequeña isla. El primer intento de
tomarla fracasó, pero César pidió que le enviaran naves de
guerra desde Gades (Cádiz) y obligó a los defensores que se
rindieran. Después, navegó por la costa y la sola visión de sus
tropas -los barcos de remos eran prácticamente desconocidos
en la zonabastó para intimidar y provocar la capitulación
instantánea de al menos una de las comunidades.33
Había ya mucho en esta operación del César que tan bien
conocemos por sus propios Comentarios de las posteriores
campañas en la Galia y la guerra civil: acción veloz a la vez
que calculada, determinación a no dejarse arredrar por los
obstáculos naturales o por reservas iniciales y el
aprovechamiento implacable del éxito. También vemos la
disposición a aceptar la rendición y a tratar a los vencidos con
generosidad con la esperanza de convertirlos en
contribuyentes y productivos miembros de la provincia. Su
victoria no había completado este proceso en sí misma, pero sí
270
había supuesto un paso importante. César fue saludado como
Imperator, la aclamación formal que otorgaba a un
gobernador el derecho para solicitar un triunfo a su regreso a
Roma. Sin embargo, su mandato no estuvo únicamente
dedicado a la guerra, y adoptó numerosas medidas para
reorganizar la administración civil de la provincia, arbitrando
en disputas entre las comunidades locales. Al parecer,
también suprimió la práctica de hacer sacrificios humanos en
algunas de las sectas locales. Es dificil decir hasta qué punto
resultaron efectivas sus acciones a largo plazo, ya que otros
gobernadores de la provincia se habían enfrentado a esta
costumbre en el pasado. Ese tipo de ofrendas eran conocidas -
tal vez incluso bastante comunes- durante gran parte de la
Edad de Hierro en Europa y el resto del mundo. La última
ocasión en la que los romanos habían hecho ofrendas
humanas había tenido lugar sólo unos años antes del
nacimiento de César, cuando la amenaza de los cimbros y los
teutones había parecido muy real. No obstante, era una de las
escasas prácticas religiosas que los romanos eliminaron en las
provincias. No hay demasiada documentación sobre el
gobierno de César en Hispania, pero parece que se caracterizó
por la actividad frenética que era habitual en él.
Probablemente se benefició de aquel periodo -aunque sólo
hasta el punto de reducir sus enormes deudas-, se ganó los
elogios de los habitantes locales, y a su regreso le aguardaba la
perspectiva del triunfo. Este puesto le había proporcionado a
César lo que deseaba, pero siempre estaba mirando hacia el fu
turo y abandonó esta provincia para regresar a Roma antes de
que su sucesor hubiera llegado, algo que era poco común,
pero no único, pues Cicerón hizo lo mismo cuando
271
finalmente se marchó a su provincia más de una década
después de ser cónsul. Posiblemente, su cuestor se quedó al
cargo.`
Plutarco afirma que, de camino a Hispania, César y su
séquito pasaron por un pequeño pueblo alpino. Sus amigos le
preguntaron bromeando si incluso en un escenario tan
miserable los hombres persiguen desesperadamente poder y
cargos públicos. César declaró con total seriedad que
preferiría ser el primer hombre en un lugar como aquel que el
segundo hombre en Roma. Es posible que la historia sea
apócrifa, pero, como supo reconocer Plutarco, decía mucho
del carácter de César.Ya había obtenido una buena reputación
política y ahora casi podía estar seguro de que haría carrera.
No esperaba menos, pero el éxito no era suficiente por sí solo
y César aspiraba a llegar a lo más alto. Deseaba alcanzar más
de lo que nadie antes había alcanzado jamás.`
Había espacio en la cumbre, pues a medida que se
aproximaba el final de la década, sólo Craso podía
considerarse un rival serio para Pompeyo. Algunos de los
hombres más ricos de la República, como Lúculo, se habían
apartado en buena medida de la vida pública y vivían en un
lujoso retiro. En esos años, el Senado contaba con unos
seiscientos miembros, pero había poco talento entre ellos. El
legado de la guerra civil, que había eliminado a los mejores y
más capaces, era todavía muy evidente. Resulta sorprendente
que sólo catorce ex cónsules estuvieran presentes en el debate
sobre Catilina, una ocasión de tal importancia en la que se
hubiera esperado una gran afluencia. Craso evitó la reunión
deliberadamente, mientras que Pompeyo y algunos otros
cónsules habían salido de campaña. Suponiendo de modo
272
aproximado que un hombre tenía una expectativa de vida de
veinte años después de haber sido cónsul, el total siguen
siendo menos de la mitad de la cifra que podía preverse. En
comparación con periodos anteriores, había muchos menos
senadores distinguidos cuya auctoritas les permitiera guiar los
debates del Senado. Esa era una de las razones por las que
hombres como César y Catón lograron tanta prominencia a la
temprana edad de treinta años.
273
En fin, César había tomado la determinación de trabajar,
estar alerta, desdeñar lo propio en atención a los intereses de
sus amigos y no negar nada que fuese digno de ser dado;
anhelaba para sí un gran mando, un ejército, una guerra nueva
donde pudiese resplandecer su coraje.
274
personas, apresado o hundido 846 barcos de guerra y
aceptado la rendición de 1.538 pueblos o plazas fortificadas.
Cada reino, pueblo o lugar que había conquistado figuraba a
su vez en las magníficas carrozas que llevaban los botines que
les había robado. También había cuadros que mostraban
famosos episodios de las guerras. Otros estandartes reflejaban
cómo cada soldado del ejército había recibido mil quinientos
denarios -que equivalían a más de diez años de paga- y
proclamaban que se había añadido la vasta suma de veinte mil
talentos de oro y plata al tesoro público. Pompeyo alardeaba
de que, como resultado de sus esfuerzos, los ingresos anuales
de la República habían aumentado en más del doble, desde
los cincuenta millones a los ciento treinta y cinco millones de
denarios. Al final de la procesión había un carro presentado
como un trofeo por la victoria sobre el mundo conocido. La
gente decía que Pompeyo había triunfado sobre tres
continentes: África como parte de su primer triunfo, Europa
y, en concreto, Hispana en el segundo, y ahora Asia en el
tercero. Delante de Pompeyo marchaban más de trescientos
rehenes de gran categoría, incluyendo reyes, princesas, jefes y
generales, todos ellos ataviados con su traje nacional. El
mismo general iba montado en un carro decorado con piedras
preciosas y se cubría con una capa arrebatada a Mitrídates,
que sostenía que una vez había pertenecido a Alejandro
Magno. En opinión de Apiano, que escribió siglo y medio
después, eso era poco probable, pero a Pompeyo le encantaba
trazar paralelismos entre él y el mayor conquistador de la
historia.’
No hay duda de que los logros de Pompeyo fueron
grandiosos. La eliminación de los piratas había sido una
275
deslumbrante demostración de una meticulosa planificación y
una rápida actuación, pero resultó ser sólo el preludio de
éxitos aún mayores. Mitrídates del Ponto había sido uno de
los enemigos más resistentes de Roma: Sila lo había
expulsado de Grecia y había recuperado la provincia de Asia,
pero la necesidad de regresar a Italia le había impedido lograr
una victoria total. Lúculo había hecho más en los siete años
que estuvo al mando en la región, atacando con fiereza al rey
y sus aliados en una serie de batallas. Entretanto, se había
hecho inmensamente rico con los botines de la guerra, pero
perdió el apoyo de los publican que operaban en Asia como
recaudadores de impuestos, así como de muchos de sus
propios soldados.A un general de éxito nunca le faltaban
oponentes en el Senado, porque los senadores se ponían
instintivamente nerviosos cuando alguien acumulaba
demasiada gloria, fortuna y auctoritas. Cada vez se alzaban
más voces quejándose de que la guerra estaba durando
demasiado, e incluso de que Lúculo la estaba prolongando de
manera deliberada para enriquecerse todavía más. Su enorme
provincia se dividió y las partes se repartieron entre nuevos
gobernadores, privándole de los hombres y el material con el
que hacer la guerra. Con Lúculo debilitado, Mitrídates tuvo la
oportunidad de recuperar parte del terreno perdido. Todo
cambió cuando llegó Pompeyo en el año 66 a.C. Con el
apoyo de unos recursos de una escala que su predecesor nunca
habría siquiera soñado, había aplastado el poder del rey a
finales de año. Sería ir demasiado lejos decir que Lúculo ya
había ganado la guerra no así en el caso de la Guerra de los
Esclavos, que sin duda había decidido Craso antes de que
Pompeyo llegara y tratara de robarle el mérito-, pero también
276
es cierto que su contribución a la posterior victoria romana
fue importante.
Cuando hubo completado la tarea que se le había asignado,
Pompeyo no mostró ningún deseo de retornar a Roma
enseguida, sino que buscó nuevas oportunidades para ganar
gloria con las tropas bajo su mando. En los siguientes dos
años aprovechó cualquier oportunidad para conducir a sus
legiones más lejos de lo que cualquier otro ejército romano
hubiera llegado nunca. Marcharon contra los iberios y los
albanos, recorriendo la orilla oriental del mar Negro y
llegando hasta lo que llegaría a ser Rusia. Tras intervenir en
una guerra civil entre miembros rivales de una familia real
judía, Pompeyo había dado abundantes pruebas en estas
campañas de su capacidad como comandante y es posible que
en anteriores campañas se pusiera personalmente al frente de
algunas batallas emulando el estilo heroico de Alejandro. En
Jerusalén, sus comandantes y él habían penetrado en lo más
sagrado de lo sagrado del Gran Templo, algo prohibido a
todo el mundo excepto a los sumos sacerdotes. Como muestra
de respeto, no se llevaron ninguno de los tesoros, pero el
gesto, tal y como se pretendía, proporcionó una nueva leyenda
que contar en Roma sobre las inauditas hazañas del gran
general romano. Para los romanos, lo espectacular a menudo
se combinaba con lo práctico, y Pompeyo pasó gran parte de
su tiempo organizando la administración de las antiguas
provincias romanas de la región y de las nuevas provincias que
había creado. Las campañas activas habían cesado en buena
medida cuando en el año a.C.llegó la noticia de que
Mitrídates había muerto, asesinado por uno de sus escoltas
después de que hubiera intentado envenenarse pero
277
descubriera que los antídotos que había tomado a lo largo de
toda su vida le habían inmunizado. Aun así, Pompeyo
permaneció en Oriente durante más de un año colonizando la
región. Sus talentos organizativos eran considerables y
muchas de las normativas que había establecido seguirían
vigentes durante siglos.4
La insensatez con la que actuó Metelo Nepote durante su
tribunado aumentó la aprensión acerca de lo que Pompeyo
haría a su regreso a Italia. Nepote era su cuñado, había
servido a sus órdenes como legado, por lo que su tendencia a
usar la violencia y la intimidación para conseguir que
Pompeyo conservara el mando de su ejército era muy
preocupante. Se dice que Craso explotó ese clima llevándose a
su familia al extranjero. Es dificil saber hasta qué punto
Nepote estaba siguiendo instrucciones, pero es evidente que
Pompeyo no puede haberse sentido satisfecho con un
resultado que despertó las sospechas de muchos senadores
sobre él sin lograr ningún beneficio. En la primavera del año
62 a.C. escribió al Senado en conjunto y a los principales
senadores de modo privado asegurándoles que deseaba un
retiro pacífico. Otro de sus legados, Marco Pupio Pisón,
estaba ya en Roma haciendo campaña por el consulado para el
año 61 a.C. Pompeyo le pidió al Senado que pospusiera las
elecciones hasta final de año, de manera que pudiera estar
presente y apoyar a su amigo. Las opiniones estaban
divididas, pero Catón evitó que se produjera ninguna votación
manipulando los procedimientos del Senado. Cuando se le
preguntó su opinión en el debate, siguió hablando hasta que
finalizó la jornada y la reunión se clausuró sin haber llegado a
ningún resultado. Nadie intentó debatir el tema de nuevo.
278
Cuando llegó el momento, Pisón obtuvo el consulado de
todos modos, pero esa fue la primera de una serie de desaires
que tuvo que sufrir Pompeyo, lo que no le impidió continuar
esforzándose para tranquilizar al Senado sobre sus buenas
intenciones. Cuando por fin se presentó en Brindisi en
diciembre del año desmovilizó de inmediato a sus legiones,
dando orden a sus soldados de que se reunieran de nuevo sólo
cuando llegara el momento de marchar en su triunfo.’
Hasta que celebrara su triunfo, Pompeyo no podía cruzar el
pomerium, la frontera sagrada de la ciudad, por lo que se alojó
en su villa en las colinas albanas, a las afueras de Roma.A
mediados del siglo importantes partes de Roma estaban más
allá del pomerium. En varias ocasiones, el Senado eligió
localizaciones en aquellas áreas para reunirse, y también se
celebraron reuniones públicas allí, para que Pompeyo pudiera
acudir. Cuando fue elegido cónsul el año 70 a.C., Pompeyo
encargó al experimentado senador y prolífico autor Marco
Terencio Varrón que le escribiera un folleto que explicara los
procedimientos senatoriales. Su regreso a la vida política
demostró que, tras casi seis años de campañas, todavía le
quedaba mucho por aprender. Su primer discurso fue un
fracaso, no le gustó a nadie.Tuvo mala suerte porque llegó en
plena controversia sobre el juicio de Clodio por sacrilegio,
mientras se debatía acaloradamente qué procedimiento debía
emplearse y, en particular, cómo se seleccionarían los jurados.
Pisón, el antiguo legado de Pompeyo, era amigo y partidario
de Clodio, mientras que el otro cónsul era un oponente
igualmente determinado. Pompeyo, que no era un orador
muy entrenado o especialmente dotado, intentó mostrar su
firme apoyo y respeto por el Senado cuando se le pidió
279
opinión sobre esos asuntos, pero sus discursos despertaron
poco entusiasmo. Cicerón, todavía resentido por la negativa
de Pompeyo a alabarle con suficiente entusiasmo por la
eliminación de Catilina, fue muy cáustico en sus opiniones
sobre el hombre que tan a menudo había apoyado en el
pasado. El 25 de enero del año 61 a.C. le escribió a su amigo
Ático que Pompeyo, «según hace ver, me estima, me aprecia,
me quiere mucho; me elogia a las claras, pero en el fondo,
aunque de forma que resulta evidente, me mira con malos
ojos: nada de afabilidad, ni de sencillez, ni de claridad “en
cuestiones políticas”, ni honestidad, ni valor, ni
independencia».’ Cicerón se mostró encantado cuando Craso
comenzó a ensalzarle en el Senado, probablemente porque
Pompeyo no lo había hecho.7
En la esfera personal, las cosas funcionaban algo mejor:
Pompeyo se había divorciado de su esposa, Mucia, casi
inmediatamente después de regresar a Italia. César y ella
habían tenido una aventura mientras su marido estaba
ausente, pero él no había sido su único amante y sus
infidelidades eran un escándalo público. El divorcio tuvo
desafortunadas consecuencias políticas, alejando a Pompeyo
de sus hermanastros Metelo Nepote y Quinto Cecilio Metelo
Celer, porque, como familia, los Metelos siempre estaban
dispuestos a responder ante desprecios reales o aparentes.
Después de sufrir el ataque de Nepote, Cicerón tuvo que
esforzarse mucho para aplacar a Metelo Celer, aunque había
sido su hermano el que comenzó la disputa. Celer era un
importante candidato al consu lado en el año 60 a.C., lo que
le convertía en un enemigo especialmente peligroso. No
obstante, el divorcio le brindó a Pompeyo la oportunidad de
280
establecer nuevas alianzas políticas, y es evidente que deseaba
demostrar una vez más su compromiso con la élite senatorial
y que no era ningún revolucionario. Se dirigió a Catón y le
pidió que permitiera que su hijo y él se casaran con sus
sobrinas, las hijas de Servilla. Para consternación de las chicas
y su ambiciosa madre, Catón rechazó la propuesta, un gesto
que se sumó a su reputación de situar los severos dictados de
la virtud por delante de la ventaja política. Aunque tuvo que
renunciar a la perspectiva de aliarse con el hombre más rico y
el comandante más famoso del Senado, el incidente hizo
crecer la leyenda que Catón estaba creando de forma
consciente con sus acciones y su actitud.’
Durante aquellos años, Pompeyo tenía dos objetivos
fundamentales. El primero era asegurarse de que los veteranos
dados de baja del ejército recibían tierras. En el año 70 a.C. se
había aprobado una ley para ocuparse de la situación
económica de los hombres que habían luchado a sus órdenes
en Hispania, pero no había conseguido demasiado ya que el
Senado no había proporcionado los recursos para garantizar
una distribución adecuada de la tierra. Su segundo objetivo
era garantizar la ratificación de la reorganización de Oriente,
del conjunto de leyes y regulaciones que había establecido tras
su victoria sobre Mitrídates. Lo normal era que un comité
senatorial se ocupara de estas cuestiones, pero Pompeyo había
acometido la tarea sin esa autoridad. El hecho de que el
trabajo realizado fuera excelente no evitó que recibiera
bastantes críticas. Lúculo, que había tenido que esperar años
para su propio triunfo y que seguía resentido por haber sido
sustituido en el mando por Pompeyo, salió de su
autoimpuesto retiro de la vida pública para enfrentarse a él.
281
Criticó en especial los cambios que se habían efectuado en su
propia normativa. Pompeyo deseaba que toda la
reorganización de Oriente se ratificara en una sola ley.
Lúculo, Catón y muchos otros senadores importantes exigían,
por el contrario, que cada una de las normas se discutiera y
tratara de forma individual. Durante el consulado de Pisón en
el año no se logró nada, en parte por su preocupación por el
juicio de Clodio. Dándose cuenta de que Metelo Celer estaba
prácticamente seguro de alcanzar el consulado para el año
Pompeyo hizo numerosos sobornos para asegurarse de que le
proporcionaban un colega dócil. El hombre elegido fue otro
de sus antiguos legados, un «hombre nuevo» llamado Lucio
Afranio. Aunque es posible que fuera un oficial capaz, era
más conocido como bailarín que por su habilidad como
político. Como cónsul resultó ser un fracaso total, al que el
también «hombre nuevo» Cicerón consideró poco más que un
chiste del peor gusto. Más talento demostró Lucio Flavio,
uno de los tribunos del año, que estaba muy dispuesto a hacer
lo que Pompeyo quisiera. Propuso una nueva ley agraria que
pretendía proporcionar granjas a los veteranos y a muchos
pobres de la ciudad. Metelo Celer lideró la oposición y fue tan
brutal en su invectiva que el tribuno ordenó que le metieran
en prisión. El cónsul era un jugador suficientemente astuto
del juego político para saber cómo explotar la situación y
enseguida convocó una reunión del Senado en la misma
cárcel. La respuesta de Flavio fue situar su banco oficial de
tribuno delante de la entrada para impedir que nadie pudiera
entrar. Sin dejarse intimidar, Metelo ordenó a sus asistentes
que abrieran un agujero en la pared de la prisión para que
pasaran los senadores. Pompeyo se dio cuenta de que Flavio
282
estaba perdiendo la batalla y le ordenó que liberase al cónsul.
El episodio mostró el mismo respeto, casi ridículo, por las
convenciones que el enfrentamiento entre Catón y Nepote en
el año 62 a.C. en el podio del Templo de Cástor y Pólux. En
este caso, el asunto se detuvo antes de que hubiera auténtica
violencia.Ante el fracaso de nuevos intentos de intimidar a
Metelo negándole el derecho de ir a una provincia, el
proyecto de ley acabó abandonándose.’
Después de dos años, Pompeyo no había alcanzado
ninguno de sus dos objetivos clave. La confirmación de la
reorganización de Oriente y la entrega de tierras para los
soldados veteranos eran medidas sensatas que habrían
beneficiado a la República. Metelo se opuso al proyecto de ley
sobre todo porque no deseaba hacer nada que favoreciera al
hombre que se había divorciado de su hermanastra Mucia,
pero también por el prestigio de mostrarse independiente y
por su innata tozudez. Su abuelo había obtenido fama gracias
a ser el único senador que se negó a jurar obediencia a una de
las leyes de Saturnino, por lo que sufrió un periodo de exilio.
Lúculo estaba motivado por la memoria del perjuicio que
sentía que Pompeyo le había infligido en el año 66 a.C.,
mientras que Catón y otros estaban más inclinados a frustrar
las iniciativas de Pompeyo como un medio de frenar su
ascenso y de impedirle que dominara la República con su
enorme riqueza y fama. Pompeyo no fue el único senador que
se sintió frustrado esos años. Craso, que al principio se había
solazado con los problemas de su rival, descubrió que muchos
senadores de la misma camarilla estaban igualmente deseosos
de bloquear una medida de gran importancia para él.A
principios del año 60 a.C. se produjo una disputa entre el
283
Senado y los équites que lideraban las grandes empresas de los
publican. Estos habían adquirido los derechos para recaudar
impuestos en Asia y las demás provincias orientales sólo para
descubrir tras tantos años de guerra que no conseguían
recaudar suficientes ingresos para cubrir la suma que habían
prometido al erario público. Al enfrentarse a la perspectiva de
registrar pérdidas en vez del habitual pingüe beneficio
derivado de la recaudación de impuestos, los consternados
publican pretendieron renegociar las condiciones de su
contrato, reduciendo el importe que debían entregar al tesoro
público. Craso, que estaba estrechamente asociado con los
publican más importantes y probablemente tenía
participaciones en varias compañías, les apoyó con
entusiasmo. Cicerón consideraba que la demanda era
indignante, pero estaba dispuesto a aceptarla puesto que era
necesario aplacar y mantener del lado del Senado a la
acaudalada orden ecuestre. Una nueva ley de sobornos
acababa de imponer severas multas a los équites, así como a
los jurados senatoriales, lo que había ofendido gravemente a
los miembros de la orden. Catón nunca había contenido su
indignación y se opuso con firmeza a los publican,
persuadiendo al Senado de que rechazara la apelación.
Cicerón comentó con desesperación que Catón «con su mejor
intención y su mayor buena fe perjudica algunas veces a la
República; pues interviene como si estuviera en la “república
ideal” de Platón y no en la de fango de
Los planes de Pompeyo y Craso, los dos hombres más ricos
y, en ciertos sentidos, los más influyentes de la República,
estaban siendo desbaratados por los miembros de un puñado
de familias nobles que dominaban el Senado. Pompeyo, en
284
particular, había sido rechazado cuando intentó formar parte
de esta élite interna. Una pequeña minoría de aristócratas
estaban bloqueando reformas necesarias, razonables y
populares, además de otras medidas más cuestionables que tal
vez hubieran sido oportunas políticamente. La inercia
existente en el mismo corazón de la República estaba
provocando el rechazo de muchos ciudadanos en todos los
niveles de la sociedad. Décadas más tarde, uno de los ex
comandantes de César comenzaría su historia de la guerra
civil en el año en que Metelo Celer y Afranio fueron cónsules.
En retrospectiva, muchos considerarían el año 60 a.C como el
año en el que la enfermedad que corroía la República se tornó
terminal.”
DE VUELTA AL HOGAR
En el verano del año 60 a.C., César volvió de Hispania.
Tenía cuarenta años y -seguramente con la misma dispensa de
la que había disfrutado para ocupar anteriores cargos dos años
antes del momento normal- podía presentarse al consulado
del año 59 a.C. Es evidente que llevaba tiempo preparando el
terreno para presentar su candidatura. Al no poder hacer
campaña en persona, parece que escribió a algunos senadores
influyentes, incluyendo a Cicerón. César era un prolífico
escritor de cartas, lo que hace aún más desafortunado el hecho
de que se conserve tan poco de su correspondencia. Se cree
que era capaz de dictar a varios escribas a la vez, y era famoso
por ser el primer hombre que, mientras estaba en Roma,
escribía con regularidad a amigos y aliados políticos que
también estaban en la ciudad. Es posible que se divorciara de
Pompeya con una nota.También es probable que utilizara una
carta para llegar a un acuerdo con otro de los candidatos para
285
organizar una campaña conjunta. Este candidato era Lucio
Luceyo, un hombre de considerable riqueza pero escasa fama
o carisma. La suma de su dinero con la popularidad de César
era una poderosa combinación. A principios de junio del año
60 a.C., antes siquiera de haber llegado a Roma, César era
considerado favorito en la pugna por el consulado, lo que
movió a Cicerón a comentar que sus «vientos son ahora muy
favorables». Evidentemente, las cartas de César a Cicerón
habían agradado al orador, porque escribió a Ático diciendo
que esperaba «hacer mejorar a César», lo que veía como un
buen servicio para la República.”
César, al igual que Pompeyo dos años antes, llegó a las
afueras de Roma, pero no podía cruzar el pomerium hasta que
celebrara el triunfo que había obtenido por sus campañas en
Hispania. Un triunfo, con sus espectaculares procesiones y
celebraciones, mejoraría aún más sus perspectivas electorales.
El electorado romano y la sociedad en general admiraba la
gloria militar por encima de todas las cosas y, en la práctica,
era muy probable que un cónsul acabara al mando de una
guerra importante, por lo que las pruebas de que poseía
talento castrense eran obviamente una buena cosa.A Cicerón
le gustaba a veces proclamar que un gran historial como
abogado en los tribunales se valoraba casi tanto como las
proezas militares, pero no hay duda de que, en el fondo de su
corazón, sabía que esa no era la opinión de la mayoría de los
votantes. Sin embargo, por ley, los candidatos a un cargo
público tenían que presentarse en persona a una reunión en el
Foro. Llevaba tiempo preparar de modo adecuado la
celebración triunfal que, además, sólo podía tener lugar en un
día asignado por el Senado. La fecha de las elecciones ya se
286
había fijado y César no podría presentarse a menos que
cruzara el pomerium, renunciando así a su triunfo. Solicitó
una exención a la regla que le permitiera convertirse en
candidato sin aparecer en persona. Se supone que la solicitó
por carta, o mediante intermediario, ya que no hay constancia
de que el Senado se reuniera en uno de los templos al otro
lado del pomerium para que pudiera asistir. Suetonio narra
que hubo amplia oposición a esa petición. El resto de nuestras
fuentes identifican a Catón, algo nada sorprendente, como el
principal foco de oposición: de nuevo utilizó la táctica de
continuar hablando hasta que se acabó el tiempo del debate y
la reunión tuvo que clausurarse sin que se hubiera votado
sobre el tema. El Senado no volvería a reunirse hasta después
de que la lista de candidatos hubiera sido anunciada de forma
oficial (el Senado sólo podía reunirse ciertos días y no podía,
por ejemplo, hacerlo el mismo día en que se celebraba una
asamblea popular). La táctica de Catón de prolongar los
debates para que no se votara una proposición había
funcionado en el pasado y esta vez garantizó que César no
pudiera celebrar su triunfo y presentarse al consulado para el
año siguiente.`
Las maniobras dilatorias de Catón funcionaron, pero no
del modo que había pretendido. Cuando César se dio cuenta
de lo que estaba sucediendo, renunció inmediatamente a su
triunfo y entró en la ciudad, cruzando el pomerium para
presentarse candidato al consulado. Es dificil valorar en lo que
vale la importancia que tuvo esta decisión. Un triunfo era uno
de los mayores honores al que podía aspirar un aristócrata
romano, algo que se conmemoraría de manera permanente
mediante la exhibición de sus símbolos en el atrio de su casa.
287
Pompeyo, cuya carrera había sido siempre muy poco
ortodoxa, había obtenido tres triunfos, pero eso era algo
excepcional y en ese periodo era muy poco habitual que un
hombre obtuviera ese honor más de una vez. No sólo eso: los
triunfos se otorgaron únicamente a una pequeña minoría de
propretores en el siglo y eran bastante raros incluso para los
procónsules. Era la más clara indicación de que César estaba
mirando hacia el futuro, absolutamente convencido de que le
aguardaban hazañas y oportunidades mucho mayores. Un
triunfo por sus victorias en Hispana habría sido muy grato y
había hecho todo lo posible para conseguirlo, pero el
consulado era un premio aún mejor.
Los motivos de Catón también merecen nuestra
consideración, porque, a primera vista, su acción parece
absurda, pero en retrospectiva, también había supuesto un
grave error. Como mucho habría logrado retrasar la
candidatura de César durante un año: César habría obtenido
su triunfo, lo que sólo habría incrementado sus perspectivas
electorales, ya de por sí buenas. Quizá Catón esperara que
durante los siguientes doce meses, las deudas de César
acabarían aplastándole y su carrera implosionaría. No
obstante, acababa de regresar de su provincia y, como todos
los gobernadores romanos y en especial aquellos que
participaban en una guerra victoriosa, sin duda se había
beneficiado. Sus deudas eran demasiado elevadas para que
pudiera saldarlas y es evidente que César necesitó la fortuna
de Luceyo en su campaña electoral, pero en general lo más
probable es que su situación financiera a su regreso de Roma
fuera mejor que cuando se marchó. Como ciudadano
particular, César podía ser procesado, así que tal vez se
288
esperaba que pudiera ser acusado en el tribunal de extorsión.
Sin embargo, la mayoría de ex gobernadores que se
enfrentaban a esos cargos resultaban absueltos y, como hemos
visto, es posible que César fuera inocente, aunque ese no era
necesariamente el factor clave en muchos juicios. Había una
razón más personal para retrasar un año la candidatura de
César. El yerno de Catón, Marco Calpurnio Bíbulo, también
se presentaba al consulado. Era el mismo hombre a quien
César había eclipsado completamente durante su mandato
edilicio en el año 65 a.C. Los talentos de Bíbulo eran
modestos y aún lo parecían más en comparación con el
atractivo y muy competente César. No obstante, el sistema,
con la norma de la edad mínima para cada cargo, garantizaba
que, con frecuencia, un hombre compitiera y ocupara los
distintos puestos con los mismos hombres a lo largo de toda
su carrera. Tanto César como Bíbulo habían sido pretores en
el año 62 a.C., aunque no se tiene noticia de que surgiera
ningún conflicto entre ellos. Posponer la candidatura de
César al consulado suponía que, por una vez, Bíbulo tendría
la oportunidad de ser el centro de atención.Asimismo evitaba
el peligro de que el «nuevo hombre», Luceyo, impulsado por
la popularidad de su aliado, relegara a Bíbulo a un tercer
puesto. Perder unas elecciones era un humillante golpe para
un miembro de una familia noble.
Es decir, la familia de Catón obtenía indudables beneficios
del bloqueo de la solicitud de César.Tampoco debería
ignorarse el conflicto que existía entre ambas personalidades.
No exageramos si decimos que Catón detestaba a César, cuya
maldad creía haber descubierto bajo su encanto exterior. La
continuada relación extramatrimonial que mantenía Servilla
289
con ese hombre exacerbaba los sentimientos de su
hermanastro. La aristocracia romana no veía nada malo en
que los senadores se movieran por odios personales siempre
que sus acciones no fueran excesivas y, desde ese punto de
vista, Catón simplemente estaba aprovechando la
oportunidad de perjudicar a uno de sus enemigos. Más aún,
todas las veces que logró hacer cambiar de opinión al Senado
o impedir que tomara alguna medida, la reputación de Catón
mejoró. En aquel momento tenía sólo treinta y cinco años y el
puesto más importante que había ocupado era el tribunado,
pero ya tenía una posición bien establecida como una de las
voces dominantes del Senado. Era Catón un dechado de
virtudes pasadas de moda a la manera de su famoso
antepasado y nunca era disuadido de sus opiniones o tenía
miedo de expresarlas aunque fueran contrarias a lo que
pensaba la mayoría. Realmente parece poco probable que en
el año 60 a.C. considerara a César un peligro para la
República y las cartas de Cicerón demuestran que esa no era
la opinión de la mayoría antes de las elecciones. El único
indicio de que hubiera alguna sospecha llegó cuando el
Senado asignó las provincias que los cónsules del año
recibirían tras su año de mandato, algo que una ley de Cayo
Graco había estipulado que debía llevarse a cabo antes de las
elecciones. En este caso el Senado decidió que ambos
hombres serían enviados a «los bosques y caminos rurales de
Italia» (silvac callesque). Era cierto que la Italia rural había
sufrido mucho en las últimas décadas, pero aun así esa tarea
estaba muy por debajo de la dignidad de un cónsul, y no
digamos de dos. La sugerencia de que la asignación pretendía
únicamente mantener a los cónsules en la reserva por si acaso
290
se producía una guerra importante en la Galia no es
demasiado convincente, ya que no era una práctica habitual
en Roma. Era un insulto que, según mantienen nuestras
fuentes, estaba dirigido contra César, aunque no hay que
olvidar que era igualmente probable que Bíbulo sufriera
también por esa humillación.14
Los cónsules eran elegidos por la Comitia Centuriata, cuya
estructura difería mucho de las asambleas tribales. César ya
había obtenido un éxito en la Comitia cuando fue elegido
pretor, pero la competición era inevitablemente más dura por
los dos consulados que por las ocho preturas de cada año. Los
comicios consulares solían celebrarse a finales de julio, de
manera que César disponía sólo de unas pocas semanas para
hacer campaña en persona. La Comitia Centuriata se reunía
en el Campo de Marte, con rituales que tenían fuertes
asociaciones con el sistema militar de los inicios de la historia
de Roma, como por ejemplo el hecho de izar una bandera roja
en la colina Gianicolo, que ya mencionamos en relación con
el juicio de Rabirio (véase página 165). El magistrado
presidente, uno de los cónsules de ese año, también dio
instrucciones a la asamblea al estilo tradicional, lo que hizo
que sonaran como órdenes militares. Primero se celebró una
reunión informal o contio antes de que empezara la asamblea
en sí, aunque no se sabe si los candidatos tuvieron la
oportunidad de pronunciar un discurso como una última
apelación al electorado. El cónsul abriría con una oración,
seguido por una fórmula prefijada que ordenaba a los
presentes que eligieran a los dos nuevos cónsules. Los
votantes se dividían en centurias dependiendo de sus
propiedades tal y como las registrara el último censo. Las
291
centurias estaban compuestas de hombres de las mismas
tribus, pero sólo en ese sentido había un elemento tribal. La
votación comenzó con las setenta centurias de la Primera
Clase, seguidas de las dieciocho centurias ecuestres. Cada
centuria elegía dos nombres de la lista de candidatos para
cubrir las dos vacantes. Había un total de 193 centurias y el
resultado de las elecciones podía decidirse, y a menudo se
decidía, durante la votación de la Segunda Clase. Los
miembros de la Primera Clase tenían que contar con
importantes propiedades, aunque se desconoce la cantidad
exacta correspondiente a ese periodo. Sería un error pensar
que todos ellos eran muy ricos; algunos eran casi tan ricos
como los équites, pero otros contaban con medios
relativamente modestos. No hay verdaderos indicios de que
los miembros de esta clase tuvieran un fuerte sentimiento de
identidad corporativa o de formar una clase social en el
sentido moderno. La decisión de que las centurias votaran
primero influía en los posteriores votos, ya que, con
frecuencia, se sentía el impulso de elegir a aquellos hombres
que se esperaba que resultaran victoriosos. Influía en especial
la decisión de una centuria de la Primera Clase que era
elegida por medio del azar para hablar en primer lugar: se
trataba de la centuria praerogativa, y la opinión más extendida
era que el hombre cuyo nombre salía el primero en el voto de
esta centuria ganaría las elecciones.`
Como en otras elecciones, la votación de la Comitia
Centuriata tuvo lugar en la saepta o «redil» del Campo de
Marte. Conocida también como los oviles, esta estructura
temporal de cercados de madera para cada una de las unidades
de votación estaba a la intemperie y cubría una amplia zona.
292
No sabemos cuántos ciudadanos participaban de manera
habitual. Más de 900.000 ciudadanos varones estaban
incluidos en el censo y al menos varios cientos de miles de
ellos vivían en la misma Roma, al menos durante parte del
año. Sin embargo, parece muy improbable que la mayoría de
ellos, ni siquiera de los residentes, pudiera votar aunque
hubiera querido hacerlo, dado el tamaño de la saepta. Los
cálculos que se han realizado sobre el número de votantes que
podrían acomodarse dentro de estos recintos electorales,
normalmente modificados a partir de conjeturas sobre la
posible duración de las votaciones, ya que todo el proceso
debía haber terminado con la puesta del sol, varían desde las
cifras más elevadas de 70.000 o 55.000, hasta las más bajas de
30.000. La tendencia de todos los investigadores ha sido
sugerir que se trata de cifras máximas y que las cantidades
reales solían ser muy inferiores. A pesar de que sería poco
prudente confiar en exceso en esas conjeturas, se puede
afirmar sin temor a equivocarse que sólo una minoría de las
personas que tenían derecho a votar efectivamente lo hacían.
No obstante, es dificil saber si siempre se reunían más o
menos los mismos votantes, como se suele dar por supuesto.
Una elección consular era sin duda un gran acontecimiento, y
muchos ciudadanos viajaban a Roma desde todas partes de
Italia para participar. Inevitablemente estos solían ser los más
acomodados, pero dado que los deseos de la orden ecuestre y
la Primera Clase tenían tanto peso, su importancia era aún
mayor. Es evidente que los resultados de las elecciones eran
impredecibles y que era muy excepcional que los dos
candidatos para el consulado fueran considerados ganadores
seguros. La centuria praerogativa era seleccionada a suertes el
293
día de las elecciones, lo que añadía un elemento de
incertidumbre a los procedimientos.16
Durante su propia campaña, Cicerón había contemplado la
posibilidad de visitar la Galia Cisalpina para intentar
conseguir votos entre los ciudadanos acaudalados de allí y a lo
largo de su vida trató de mantener vínculos con muchas partes
de Italia. Cuando los favores y la amistad del pasado no
bastaban, el dinero podía convencerlos. Había hombres en
cada tribu que podían hacer cambiar el voto de los demás
miembros de su tribu, tanto si votaban conjuntamente como
si lo hacían cada uno en su propia centuria. En el año
numerosas personas dijeron haber visto a muchos de esos
hombres visitar el jardín de Pompeyo para recibir el pago por
apoyar a su candidato, Afranio. En el año los sobornos fueron
menos flagrantes, pero siguieron siendo utilizados por todos
los candidatos. El dinero de Luceyo actuaba para sí mismo y
para César, mientras que Bíbulo utilizaba no sólo sus propios
recursos, sino que recibía ayuda de varios senadores
destacados. Catón lo aprobaba, de la misma manera que no
procesó a su cuñado por cohecho en las elecciones del año 63
a.C. cuando atacó a Murena por el mismo asunto. Como
cualquier otro senador, deseaba que su familia tuviera éxito.
Según Suetonio, Catón y otros partidarios de Bíbulo actuaban
también impulsados por el temor de lo que César podía llegar
a hacer si era elegido cónsul y tenía como colega a un hombre
muy ligado a él políticamente. Es posible que esta opinión
proceda de una visión retrospectiva y es probable que los
contactos y el estatus de la familia de Bíbulo fueran factores
mucho más importantes.”
El día de las elecciones, César quedó en primera posición
294
por un cómodo margen. Bíbulo consiguió el segundo puesto,
de modo que Luceyo obtuvo escasa rentabilidad de los gastos
realizados. Seguramente muchos de los votantes escribieron
los nombres de César y Bíbulo en sus papeletas. Ahora que
había alcanzado una magistratura superior, la cuestión era qué
haría César y cómo se comportaría en sus doce meses de
mandato.
LA LEY AGRARIA
En diciembre del año 60 a.C., unas cuantas semanas antes
de que César tomara posesión del cargo de cónsul el 1 de
enero del año 59 a.C., Cicerón recibió una visita en su villa
del campo. Se trataba de Lucio Cornelio Balbo, el ciudadano
romano de Gades, en Hispania, que había trabajado
recientemente en la plana mayor de César y que ahora estaba
empezando a actuar como su representante político. Balbo
habló fundamentalmente de la reforma agraria que César
planeaba introducir durante su consulado. A lo largo de su
vida, Cicerón sintió una aversión de terrateniente a cualquier
redistribución y su oposición había contribuido mucho a
bloquear el proyecto de ley de Rulo tres años antes. Esta vez
podía elegir entre oponerse a la nueva ley, ausentarse un
tiempo para evitar comprometerse o bien apoyarla. Como
Cicerón le explicó a Ático por carta, César esperaba que la
apoyara; Balbo le había asegurado que «César seguirá mi
opinión y la de Pompeyo en todos los temas y que trataría de
reconciliar a Craso con Pompeyo». Si Cicerón seguía ese
curso de acción, tendría la perspectiva de «una estrecha
alianza con Pompeyo y, si lo deseo, también con César, y una
reconciliación con mis enemigos, paz con la turba y seguridad
en la vejez». César estaba preparando cuidadosamente su año
295
de mandato e intentando conseguir tantos aliados políticos
como fuera posible. Cicerón, a pesar de sus éxitos como
cónsul, seguía siendo un «hombre nuevo», nunca había
llegado a ser aceptado por completo por las familias
establecidas del Senado, y el hecho de haber ejecutado a los
conspiradores en el año 63 a.C. le hacía vulnerable a un
ataque por haberse excedido en sus poderes. Durante la
última década se había mostrado como un leal partidario de
Pompeyo. Ahora, era evidente que Pompeyo se había
asociado con la reforma agraria de César y ambos deseaban
asegurarse de que la oratoria de Cicerón ayudaba a su causa.`
Tras meditarlo un poco, Cicerón se negó a comprometerse,
lo que sin duda supuso una decepción para César, pero no
excesiva, puesto que ya había conseguido dos aliados que eran
mucho más poderosos. Balbo le había insinuado a Cicerón
que existía la posibilidad de que se produjera una alianza entre
Pompeyo y su principal rival, Craso. Efectivamente, en un
momento dado durante esos meses, César logró que ambos se
aliaran y él se vinculó a ellos de tal manera que, en palabras de
Suetonio: «No se podía hacer nada en la República que
desagradara a cualquiera de los tres».19 Esta alianza política
es conocida por los estudiosos como el Primer Triunvirato (el
Segundo Triunvirato estuvo formado por Marco Antonio,
Octavio y Lépido en noviembre del año 43 a.C. para
oponerse a los asesinos de César). Triunvirato significa sólo
junta de tres, pero a diferencia del Segundo Triunvirato, que
fue establecido de manera oficial por medio de una ley y
otorgó a los tres hombres poderes dictatoriales, la asociación
entre Craso, Pompeyo y César tenía un carácter informal. Al
principio la alianza fue asimismo secreta: el hecho de que en
296
diciembre del año 60 a.C., Balbo hablara sólo de la
posibilidad de reconciliación entre Pompeyo y Craso no debe
tomarse como una indicación de que el triunvirato todavía no
se había constituido, sino sólo de que todavía no se había
hecho público. Hacía ya algún tiempo que César estaba
estrechamente asociado con Craso, que había invertido
mucho en él al actuar como aval para las deudas que
estuvieron a punto de evitar que César partiera para asumir el
gobierno de Hispana Ulterior. César tenía tiempo y, una vez
más, había sido un partidario clave de las medidas que
favorecían a Pompeyo. Sin duda también le conocía -el
mundo de la aristocracia romana era pequeño, y ambos
habían estado en Roma gran parte del periodo entre los años
70-67 a.C.- aunque no hay constancia de ninguna intimidad
especial. César había seducido a la esposa de Pompeyo
durante su ausencia mientras este estuvo en el extranjero, lo
que desde luego no le había granjeado el cariño de su marido,
pero el caso es que también se había acostado con la esposa de
Craso sin que eso impidiera que colaboraran en cuestiones
políticas.Tanto las iniciativas de Pompeyo como las de Craso
habían sido frustradas en los últimos años, y habían
descubierto que su riqueza e influencia no eran suficientes
para conseguir todo lo que deseaban. Pompeyo necesitaba un
cónsul más dotado y determinado que Pisón o Afranio para
lograr que se hiciera lo que se le antojaba. César había
sacrificado un triunfo para obtener el consulado de inmediato.
Para que ese sacrificio mereciera la pena, necesitaba una
oportunidad de emprender aventuras militares mucho
mayores después de su año de mandato, algo que los «bosques
y caminos» de Italia claramente no le proporcionarían. Para
297
lograr esa oportunidad, quería contar con seguidores
influyentes. Si se hubiera unido sólo con Pompeyo o sólo con
Craso, era probable que la mutua antipatía entre ambos
hubiera garantizado que el otro se opondría a César. Con la
seguridad de que Catón, Bíbulo y sus asociados se
enfrentarían a cada una de sus decisiones, sencillamente no
podía permitirse ningún otro enemigo poderoso. Por tanto, la
elegante y simple respuesta era unir a Pompeyo y a Craso,
sabiendo que su relevancia combinada sería irresistible. Catón
y los otros nobles que habían bloqueado e irritado a los dos
mejores hombres de la República le habían brindado esa
oportunidad.Aun así, es indudable que fueron necesarias
todas las dotes de persuasión y el encanto de César para
convencer a los antiguos enemigos de que podría lograr lo que
se proponía si ambos se unían para apoyarle.`
Es posible que las negociaciones para crear el triunvirato
comenzaran por carta, pero no es probable que se tomara
ninguna decisión en firme hasta que César regresó a Italia en
el verano del año 60 a.C. Seguramente no aceptaron hasta
después de las elecciones consulares, cuando el éxito de César
reforzó su posición negociadora. No se sabe con certeza si
Pompeyo y Craso unieron fuerzas abiertamente para hacer
campaña a su favor. Aunque lo hubieran hecho, tal vez no se
habría considerado muy significativo, ya que era normal que
los enemigos personales apoyaran al mismo candidato si
existían lazos de amistad individuales con él. La cooperación
entre los tres hombres no se sospechó de forma generalizada
hasta enero del año 59 a.C. como muy pronto. Más tarde,
resultó incluso más obvio y provocó la indignación y los
habituales gritos de la época final de la República.Varrón, el
298
erudito que en el año 70 a.C. aconsejó a Pompeyo sobre
procedimientos senatoriales y, más adelante, sirvió como su
legado, escribió un folleto censurando al «monstruo de tres
cabezas». Más de un siglo y medio más tarde, Plutarco afirmó
de manera categórica que la amistad entre los triunviros, en
especial entre César y Pompeyo, fue la causa fundamental de
la guerra civil y del final de la República romana; fue el modo
que utilizó César para obtener tanto poder que al final pudo
vencer incluso a Pompeyo. Era una opinión expresada a
posteriori, pero evidentemente no era única, aunque sugiere
una inevitabilidad de los futuros acontecimientos que resulta
cuestionable. Sin embargo, en cierto sentido Plutarco había
comprendido que el triunvirato no era en realidad una unión
entre personas con los mismos ideales y ambiciones políticos.
Pompeyo, Craso y César buscaban obtener ganancias
personales. Pompeyo quería tierra para sus veteranos y la
ratificación de su reorganización de Oriente, y Craso deseaba
tranquilizar a los recaudadores de impuestos de Asia. César
era con mucho el miembro de menos categoría, que
necesitaba apoyos poderosos si pretendía conseguir algo en
vista del colega tan poco colaborador con quien le había
tocado compartir consulado y si aspiraba a conseguir un
mando provincial importante más adelante. De hecho, él era
un instrumento de los otros dos, porque necesitaban un
magistrado para proponer y hacer que se aprobara la
legislación que necesitaban.A cambio, César sería
recompensado por esa labor. Cada uno de ellos sabía que los
otros se beneficiarían del acuerdo, pero eso les parecía bien
siempre que ellos alcanzaran sus propios objetivos. En última
instancia era un matrimonio de conveniencia que cualquiera
299
de los miembros podía romper en cuanto cesara de
beneficiarle. Verlo como una unión más sólida o permanente
sería arriesgarse a malinterpretar los hechos de ese año y los
posteriores. Dión cuenta que los tres hombres hicieron
solemnes juramentos, pero lo más probable es que se trate de
propaganda posterior. Prestar juramento en secreto siempre
fue considerado como un acto siniestro por los romanos. Se
supone que Catilina lo hizo con sus seguidores. En siglos
posteriores esa sería una de las acusaciones que se esgrimirían
contra los primeros cristianos.`
Los dos cónsules gozaban del mismo poder, pero cada uno
de ellos tenía prioridad sobre su colega en meses alternos.
César había quedado por delante en las elecciones, por lo que,
cuando Bíbulo y él tomaron posesión del cargo el 1 de enero
del año 59 a.C., fue él quien obtuvo la prioridad y comenzó el
año de la República con oraciones y sacrificios. Cada uno de
los cónsules iba acompañado de doce lictores que
transportaban las fasces que simbolizaban el poder del
magistrado. El cónsul con prioridad en aquel mes debía
sostener las fasces. Por lo general, los lictores marchaban
delante del magistrado, abriendo un camino a través de la
multitud si era necesario. Como signo de respeto hacia su
colega, César determinó a principios de año que siempre que
Bíbulo llevara las fasces, sus propios lictores marcharían detrás
de él. Pero sólo un oficial menor, el accensus, le precedería.
Ese fue sólo uno de los diversos gestos razonables que César
tuvo al principio de año. Como todo el mundo, también
deseaba que sus obras y palabras fueran del dominio público,
por tanto, los discursos en el Senado y en las reuniones
públicas serían registrados por escribas y publicados en el
300
Foro. En el pasado, sólo se habían anotado de manera
ocasional, por ejemplo en algunos de los debates que se
produjeron durante el consulado de Cicerón.”
Sin embargo, su inmediata prioridad era el proyecto de ley
sobre la tierra y es probable que se leyera en el Senado y se
debatiera el 1 o el 2 de enero. Era necesario darse prisa,
porque un proyecto de ley debía publicarse veinticuatro horas
antes de que se convocara a la asamblea tribal para votarlo. Si
César quería que esa votación se efectuara en enero mientras
él llevaba las fasces, entonces cada día contaba, porque el
Senado no se podía reunir el 3 o el 4.Ya se había realizado un
esfuerzo considerable para preparar el proyecto de ley y
garantizar su aprobación antes de que acabase el año
anterior.Ya hemos visto que Balbo había sido enviado a hacer
campaña para apoyar a Cicerón. César se había preocupado
de aprender del fracaso de los proyectos agrarios de Rulo y
Flavio y la tierra pública de Campana -el ager Campanus, que
proporcionaba al erario público unos suculentos ingresos- fue
excluida formalmente. Las cláusulas también especificaban
con claridad que se respetaría la propiedad privada. Una
comisión supervisaría la adquisición y distribución de la tierra
a los soldados veteranos de Pompeyo y a muchos pobres de la
ciudad. Los comisionados sólo estaban autorizados a comprar
tierra de propietarios que desearan vender y el precio era el
registrado en el último censo. Los fondos para la adquisición
provenían de los vastos excedentes procedentes de las victorias
de Pompeyo. Otras cláusulas de la ley reconocían de manera
expresa todas las tierras ocupadas existentes, a menos que se
multiplicaran los temores de que habría investigaciones sobre
si la propiedad era legal o no. Asimismo impedía a los nuevos
301
colonos que vendieran la tierra durante veinte años para
recalcar que su objetivo era establecer nuevas comunidades
que fueran estables y permanentes. Habría veinte
comisionados, de manera que ni una ni dos personas tuvieran
excesiva influencia en sus manos, aunque parece que existió
un consejo interno de cinco miembros para tomar algunas
decisiones. Los comisionados serían elegidos y la ley excluía
de modo expreso a César de formar parte de la comisión, por
lo que no se plantearía la cuestión de que propusiera
legislación de la que pudiera derivar un beneficio tangible.
Las leyes romanas tendían a ser largas y complejas. Uno de los
legados más duraderos de Roma al mundo es una prosa legal
farragosa y enrevesada. Antes de que César leyera todo el
texto ante el Senado, anunció que modificaría o eliminaría
cualquier cláusula sobre la que se formulara una
El proyecto de ley estaba bien construido y era sensato. No
había nada o muy poco en el texto que pudiera criticarse por
motivos razonables y los senadores eran conscientes de que
cualquier cosa que dijeran en el debate se publicaría. Lo más
probable es que fuera el 2 de enero cuando César comenzó a
solicitar la opinión individual de cada senador. Craso fue el
primero de los ex cónsules al que habló y seguramente dio su
aprobación, lo mismo que Pompeyo, al que se cree que se
dirigió en segundo lugar. Los demás mostraban cierto
resentimiento, pero no deseaban quedar registrados como
opositores del proyecto de ley. Lo mismo sucedió con los
antiguos pretores. Sólo cuando César llegó a los ex tribunos y
llamó a Catón para que expresara su parecer se encontró con
algo distinto de un apoyo entusiasta o evasivas. Incluso Catón
se vio obligado a reconocer que el proyecto de ley era bueno,
302
pero pensó que no era oportuno y alegó que sería un error
introducir ninguna innovación durante ese año. Algunos de
los primeros en intervenir habían conseguido retrasar la sesión
introduciendo temas tangenciales, pero Catón era el
verdadero maestro de la manipulación de las convenciones del
Senado. Al preguntarle su opinión la dio, y luego continuó
dándola, hablando sin interrupción por minutos que se
convirtieron en horas. Era evidente que su plan era una vez
más seguir hablando hasta que el Senado tuviera que terminar
la sesión de ese día y así impedir que se efectuara la votación.
Había empleado la misma táctica en el pasado y siempre
había surtido efecto.
En esta ocasión, César explotó y ordenó a sus ayudantes
que arrestaran a Catón y le condujeran a prisión. Por extrema
que parezca su acción, no había otro modo de evitar que un
miembro del Senado continuase hablando cuando se le había
pedido opinión, ya que a alguien como Catón no se le podía
sencillamente mandar callar. Revelaba la frustración de César
y pronto fue evidente que había sido un error. Catón sabía
cómo explotar la situación desempeñando el papel del recto
defensor de la República que se negaba a doblegarse ante la
«tiranía».Al menos en el Senado encontró mucha
comprensión, aunque durante un tiempo el debate prosiguió.
Un senador, Marco Petreyo, el hombre que había derrotado a
Catilina en batalla en el año 62 a.C. y que ya llevaba treinta
años de servicio militar, se puso en pie y abandonó la Casa.
César exigió saber por qué se marchaba antes de que finalizara
la sesión y recibió la áspera respuesta del entrecano veterano,
que prefería estar en prisión con Catón que allí con César. El
cónsul estaba empezando a darse cuenta de que se había
303
equivocado. Se supone que esperaba que Catón apelara a uno
de los tribunos de la plebe para vetar su arresto. No obstante,
el prisionero estaba disfrutando demasiado aquel momento
para proporcionarle a César una salida fácil. Al final, el cónsul
tuvo que ordenar su liberación. El día había transcurrido sin
que el Senado llegara a votar la moción de apoyo al proyecto
de ley.`
Catón se había apuntado una victoria y había vuelto a
fortalecer su reputación. Sin embargo, como muchos de los
éxitos de su carrera, era un triunfo vacío que a la larga sólo
sirvió para empeorar las cosas. En esta ocasión no se
enfrentaba a un Pisón o un Afranio a quien pudiera esquivar u
obstaculizar con facilidad. César, que se había esforzado tanto
en comportarse de manera conciliadora, declaró ahora que ya
que el Senado no hacía nada, se dirigiría directamente al
pueblo romano. Es probable que al día siguiente celebrara una
reunión en el Foro y de nuevo hizo un esfuerzo por ser
razonable. Convocó a su colega Bíbulo en la rostra y, a la vista
de la muchedumbre allí congregada, le preguntó qué opinaba
sobre la reforma agraria. Siempre es dificil saber con exactitud
quién asistía a esas reuniones públicas y si eran un reflejo
genuino del sentir de la población en general o más bien eran
similares a los mítines de los partidos políticos actuales. Por
un lado, poco se podía hacer para impedir que un ciudadano -
o incluso alguien que no fuera ciudadano- que estuviera en
Roma se presentara y observara las sesiones. Por otro lado, el
espacio del Foro era limitado y no podía contener más que
una pequeña proporción de la vasta población de la ciudad. Es
dudoso que más de cinco mil personas escucharan realmente
los discursos, aunque es probable que algunas partes del Foro
304
tuvieran capacidad para mayores multitudes. La mayoría de
los estudiosos dan por supuesto que el magistrado que
convocaba la reunión se aseguraría de que estaría llena de sus
seguidores. Es muy posible que sea cierto, aunque no hay
pruebas reales de cómo se organizaba eso y deberíamos ser
precavidos a la hora de suponer que tenían un control
absoluto sobre tales congregaciones. En este caso, la
muchedumbre se mostró muy favorable hacia César. Sin
embargo, Bíbulo repitió el argumento de Catón de que fueran
los que fueran los méritos del proyecto, no debería haber
innovaciones en su año de mandato. César siguió intentando
convencer a su colega y le dijo a la multitud que podrían
conseguir la ley si Bíbulo consentía; inició y lideró el cántico
de la consigna que le pedía al cónsul que accediera, pero la
presión sólo logró que Bíbulo gritara: «No tendréis la ley
durante el presente año, aunque todos lo queráis». Tras hacer
ese burdo comentario, Bíbulo salió en estampida.25
Los magistrados romanos no eran elegidos para representar
a nadie y ni ellos ni los senadores debían responder ante
ningún tipo de distrito electoral. En ese sentido la política
romana difería mucho de la teoría -si no necesariamente de la
práctica- de las modernas democracias. No obstante, se
suponía que al final la voluntad del pueblo romano era
soberana y que era un grave error que un cónsul expresara ese
desdén por los votantes. César le había presionado hasta que
cometió ese error y ahora aprovechó ese éxito. No llamó a
más magistrados a su reunión -o reuniones, ya que es posible
que hubiera más de una-, sino que llamó a distinguidos
senadores de larga experiencia. Esto era una práctica
totalmente habitual, y César comenzó por Craso y
305
Pompeyo.Ambos apoyaron el proyecto de ley con gran
entusiasmo, dando por primera vez una clara indicación
pública de su asociación con el cónsul. Pompeyo habló de la
necesidad de recompensar con tierra a los soldados que, bajo
su mando, habían luchado tan bien por Roma. Asimismo les
recordó que los botines obtenidos por sus ejércitos habían
proporcionado a Roma amplios fondos que hacían viable la
distribución. César volvió a concentrarse en la población,
logrando que suplicaran a Pompeyo que garantizara que el
proyecto se convirtiera en ley. Siempre sensible a la adulación,
anunció en respuesta a la pregunta de César de qué sucedería
si alguien «osa levantar la espada» para frenar el proyecto, que
entonces él tomaría «el escudo» (o en otra versión «su espada
y escudo»). La amenaza era muy poco sutil: le encantó a la
multitud, que les vitoreó, pero provocó el nerviosismo de
muchos senadores. Catón y Bíbulo habían bloqueado a César
en el Senado, pero arriesgarse más no le había disuadido ni a
él ni a sus partidarios. Al final, César fue al menos tan tozudo
y determinado como ellos. Como Tiberio Graco en el año
133 a.C., al no conseguir la aprobación del Senado, César
presentó la ley directamente a los votantes. Se fijó una fecha
en los últimos días de enero para que una asamblea tribal
votara el proyecto de ley agraria. César había manejado bien
sus reuniones públicas y todos los indicios sugerían que se ría
aprobada. A pesar de que se presentaron como los verdaderos
defensores de la República, es poco probable que Catón y
Bíbulo representaran más que a una pequeña parte de los
ciudadanos. De hecho, seguramente sus opiniones eran
compartidas por una minoría, aunque tal vez una amplia
minoría, del Senado, si bien en ese caso incluía muchos de los
306
nobles más distinguidos e influyentes.`
EL CONSULADO DE JULIO Y CÉSAR
En las primeras horas del día, cuando la asamblea tribal iba
a votar el proyecto de ley, los partidarios de César, Pompeyo y
Craso comenzaron a situarse en lugares clave en torno al
Foro. Entre ellos se cree que se encontraban algunos de los
veteranos del ejército de Pompeyo, que tenían un interés
personal en que se aprobara el proyecto. Algunos llevaban
armas, aunque, al menos en parte, escondidas. No es probable
que hubiera suficientes veteranos para controlar todos los
accesos al Foro, y, a medida que el sol ascendía, muchos otros
ciudadanos se fueron uniendo a la multitud reunida delante
del Templo de Cástor y Pólux. La elección de esta
localización para una reunión pública antes de la asamblea
sugiere que se preveía la llegada de muchísimas personas, ya
que había más espacio en ese extremo del Foro que alrededor
de la misma rostra. No debería olvidarse que, al parecer, la
propuesta de repartir la tierra recibió un respaldo generalizado
y, lo que es más, que los que se oponían de manera activa a la
reforma, más que simplemente mostrarse indiferentes, eran
muy pocos. El abierto apoyo de Pompeyo había convencido a
muchos que habrían estado menos seguros de los motivos de
César. Es dificil decir si los presentes se sintieron intimidados
-o incluso protegidos- por los corpulentos hombres que se
apostaban en grupos en torno al Foro. César dio un discurso
desde el podio del templo, explicando otra vez lo necesaria
que era esta ley.A la mitad de su alocución, se presentó su
colega consular: Bíbulo venía acompañado de sus asistentes y
lictores, y con él llegó Catón, tres de los tribunos del año y un
grupo de seguidores. La multitud se separó cuando el cónsul
307
avanzó para unirse a César. Dión afirma que eso se debía en
parte al respeto natural que inspiraba la magistratura suprema,
pero también porque pensaban que habría cambiado de
opinión y habría de cidido no oponerse a la ley. Cuando
alcanzó a César en la plataforma del templo -y tal vez recordó
su horrible chiste sobre su edilato conjunto-, Bíbulo dejó claro
que su actitud no había vacilado en lo más mínimo. La
presencia de los tribunos sugiere que Catón y él planeaban
vetar la sesión e impedir que se celebrara una asamblea. No
obstante, los procedimientos ya estaban demasiado avanzados,
porque ese tipo de pronunciamiento debía preceder a la orden
que se le daba a los ciudadanos para que se separaran por
tribus, que posiblemente César ya había dado.”
De inmediato, la muchedumbre reaccionó con hostilidad.
Sin duda fueron los partidarios armados los que encabezaron
la violencia que se produjo a continuación. Bíbulo fue
expulsado a empujones de las escaleras del templo cuando
trató de hablar contra César. Sus lictores fueron reducidos y
las fasces que transportaban fueron hechas pedazos, lo que
significaba una humillación simbólica para un magistrado. De
acuerdo con Apiano, Bíbulo se descubrió el cuello y gritó que
preferiría manchar los procedimientos con su muerte en vista
de que no podía detener a César. Su intento de ser heroico
terminó en farsa cuando le volcaron una cesta llena de
estiércol sobre la cabeza. Le lanzaron proyectiles y varios
asistentes acabaron heridos, al igual que uno o más de los
tribunos, en algunas versiones.
Varios de los asistentes resultaron heridos por los
proyectiles. Nadie fue asesinado, lo que sugiere que la
violencia estuvo rigurosamente controlada por César y sus
308
aliados. Cubrir al cónsul con estiércol en vez de herirle
realmente aumenta la sensación de que se trataba de un uso
de la fuerza bien orquestado y contenido, lo que difería por
completo de otros estallidos periódicos de violencia que se
produjeron a partir del año Catón resultó ileso y fue el último
en marcharse, sin dejar de gritar a sus conciudadanos para
persuadirles o intimidarles y tratar de que adoptaran su propio
punto de vista. Apiano sostiene que en realidad fue expulsado
a rastras por algunos de los partidarios de César, pero volvió a
entrar a escondidas y no se rindió hasta que se dio cuenta de
que nadie escuchaba lo que estaba diciendo. A continuación,
la asamblea acordó y aprobó el proyecto de ley por una
cómoda mayoría. La nueva ley incluía una cláusula que
requería que todos los senadores juraran acatar sus cláusulas y
no intentar que la ley fuera revocada. En caso contrario, serían
enviados al exilio. Poco tiempo después -tal vez cinco días,
que era el periodo correspondiente a una cláusula similar
contenida en otra ley- todos habían prestado juramento.
Metelo Celer, el cónsul que había instado al Senado a
reunirse con él en la celda de la prisión en la que estaba
encarcelado, se mostró reacio al principio, pero acabó
transigiendo. Se dice que Catón fue persuadido por Cicerón
de que sería de más valor en Roma que en el exilio. Bíbulo
convocó al Senado en cuanto fue posible después del día de
las votaciones para protestar por el comportamiento de César.
Lo más probable es que la reunión se celebrara el 1 de febrero,
cuando le hicieron entrega de las fasces. Sin embargo, las
esperanzas de Bíbulo de que el Senado condenara a César, tal
vez de que aprobara el senatus consultum ultimum y le
despojaran de su cargo como le había sucedido a Lépido en el
309
año 78 a.C., eran infundadas. En vista del entusiasmo que
gran parte del pueblo había mostrado por César y su ley,
ningún senador quería oponerse a ninguno de los dos.
Muchos miembros del Senado tenían, además, estrechos
vínculos con sus socios, Pompeyo y Craso?
Bíbulo se retiró a su casa y no volvió a aparecer en público
en calidad de cónsul en lo que quedaba de año. Se dedicó a
redactar escritos difamatorios y acusaciones contra César,
Pompeyo y sus seguidores, que ordenó que se mostraran en el
Foro, pero permaneció en la sombra. Pronto se extendió la
costumbre de hablar del «consulado de julio y de César» en
vez de Bíbulo y César. Suetonio repite unos versos que se
hicieron populares en la época:
Las cosas se hacen recientemente no por voluntad de
Bíbulo, sino de César, pues no recuerdo nada que haya
sucedido durante el consulado de Bíbulo.
Pero Bíbulo no estuvo completamente inactivo y siguió
intentando obstaculizar la actuación de César. Los cónsules
tenían la misión de establecer las fechas para aquellas
festividades que no debían celebrarse en un día concreto.
Bíbulo eligió situarlas en días en los que se permitía que se
reunieran las asambleas populares, lo que impedía que estas
tuvieran lugar. No obstante, su colega no estaba obligado a
reconocer esas fechas y César hizo caso omiso de él de manera
sistemática. No podía evitar que Bíbulo declarara la
celebración de periodos de acción de gracias en honor de los
comandantes de éxito que ya habían sido aprobados mediante
votación por el Senado. Cualquier asunto público estaba
prohibido en esos días, y César y sus aliados perdieron así
parte del año, pero estos métodos no bastaron para bloquear
310
todas las actividades de ese año, y Bíbulo enviaba mensajes de
forma rutinaria a todas las reuniones y asambleas que
celebraba César para anunciar que había visto malos augurios
para ese día y que debían suspender lo que tuvieran entre
manos. Esta práctica de «observar los cielos» estaba
consagrada por la Antigüedad, pero al no hacer el anuncio en
persona carecía de suficiente fuerza. En este caso se trataba de
una farsa y todo el mundo lo sabía, pero los rituales arcaicos
podían afectar a la vida pública, como ocurrió cuando se arrió
la bandera del Gianicolo, lo que puso fin al juicio de Rabirio.
El asunto planteó la cuestión de si las leyes de César eran
válidas, aunque los mismos romanos parecían no saber la
respuesta. El propio César era el Pontifcx Maximus, y
Pompeyo un augur del colegio de sacerdotes con la especial
responsabilidad de interpretar los augurios.29
César se negó a aceptar las declaraciones de Bíbulo porque
había demasiadas medidas que necesitaba conseguir que se
aprobaran. Pese a las continuadas obstrucciones, su año de
mandato estuvo repleto de nueva legislación, cuya cronología
precisa es incierta. La ley agraria había contribuido a realizar
uno de los objetivos de Pompeyo y, en un momento dado, su
reorganización de Oriente fue finalmente ratificada por una
votación de la asamblea tribal. Es posible que fuera en una
reunión organizada para debatir este asunto cuando Lúculo
habló contra César. El cónsul replicó con una diatriba tan
feroz y con amenazas tan serias de denunciarle que el anciano
senador se lanzó al suelo para suplicar piedad. Para Craso se
aprobó una reducción de un tercio en la suma que debían los
publican por el derecho a recaudar los impuestos en Asia. Sin
embargo, César advirtió formalmente a las compañías de que
311
no hicieran ofertas tan imprudentes en el futuro. Es posible
que se beneficiara de modo directo de esta ayuda, porque más
tarde Cicerón sostuvo que César pudo recompensar a sus
agentes con porcentajes de las principales comunidades.
Hacía tiempo que se había interesado en cómo se gobernaban
las provincias de Roma y la mayoría de sus famosas
apariciones en los tribunales fueron procesos contra
gobernadores opresores. Formuló una ley que regulaba
rigurosamente el comportamiento de los gobernadores
provinciales, aclarando y mejorando una normativa que fue
aprobada por Sila cuando era dictador. La ley resultó muy útil
y seguiría vigente durante siglos. Cicerón la describió como
una «ley excelente». En años anteriores, tanto César como
Craso habían intentado conseguir comisiones especia les en
Egipto. Pompeyo, que había reorganizado personalmente
grandes franjas del Mediterráneo Oriental, también estaba
muy interesado en esa zona. En el año 59 a.C. se aseguraron
de que la República romana reconociera de modo oficial el
gobierno de Tolomeo XII, un hijo ilegítimo de Tolomeo XI.
Tolomeo XII, apodado Auletes o «el flautista», era muy
impopular entre los egipcios, pero había pagado un enorme
soborno a Pompeyo y Craso. Suetonio sostenía que la
cantidad ascendía a seis mil talentos, es decir, la
impresionante cifra de treinta y seis millones de denarios.
Algunas de las leyes fueron presentadas en nombre del propio
César, de modo que todas eran leyes «de julio» (lexJulia) fuera
cual fuera el tema que trataran; otras fueron propuestas por
tribunos simpatizantes. El más notable de estos fue
PublioVatinio, que según nuestras fuentes era un granuja
encantador. En una ocasión dirigió a una multitud hasta la
312
casa de Bíbulo y trató de hacerle salir y anunciar sus presagios
desfavorables en público. Se habló incluso de
arrestarlo.Vatinio apoyó a César, pero sería un error verlo
simplemente como una herramienta del cónsul, ya que, como
cualquier otro senador, tenía sus propias ambiciones. Ayudó a
César porque eso le reportaba beneficios personales,
incluyendo parte de sus participaciones en las empresas
recaudadoras de impuestos mencionadas más arriba. Cicerón
afirma que, en años posteriores, César comentaría con ironía
que Vatinio no había hecho nada «gratis» durante su
tribunado.3o
Pese a su actividad legislativa, César tuvo tiempo para
dedicarse a otras cosas durante el año 59 a.C. Seguía estando
profundamente enamorado de Servilla, y en esos meses le
regaló una perla por valor de un millón y medio de denarios,
tal vez provenientes del soborno de Tolomeo. César estaba
soltero desde el divorcio de Pompeya en el año Ninguna de
nuestras fuentes especifican si César y Servilla sentían deseos
de casarse. Puesto que tanto el divorcio de Silano como la
unión con César requerirían la aprobación de Catón, es
evidente que no era una posibilidad muy realista. Julia, la
única hija de César, había alcanzado edad casadera. A finales
de abril o principios de mayo del año se anunciaron dos
bodas: César tomó como esposa a Calpurnia, la hija de Lucio
Calpurnio Pisón, quien se vio claramente favorecido en su
candidatura al consulado del año siguiente, puesto que obtuvo
con facilidad gracias al apoyo de los triunviros. Esta boda
garantizó a César un sucesor simpatizante que protegería sus
intereses. El matrimonio resultó un éxito político y, por lo
que sabemos, fue bastante feliz, aunque la pareja estuvo la
313
gran mayoría del tiempo separados, ya que César pasó la
mayor parte del resto de su vida en campañas en el extranjero.
El segundo matrimonio unió a Julia y al aliado político de su
padre, Pompeyo Magno. Pompeyo era seis años mayor que
César, y la diferencia de edad entre marido y mujer era grande
incluso para los estándares romanos. También se había
divorciado de su última esposa por su infidelidad con su
nuevo suegro, entre otros. Es obvio que el matrimonio tenía
una motivación política y fue anunciado de manera repentina.
Julia ya estaba prometida con Quinto Servilio Cepión, y la
boda se había programado para unos pocos días después.
Cepión se mostró comprensiblemente molesto cuando se
rompió el compromiso, por lo que Pompeyo le entregó a su
propia hija, Pompeya, como esposa, una acción que, a su vez,
implicaba la ruptura de su compromiso con Fausto Sila, el
hijo del dictator. La creación de un vínculo familiar tan
estrecho entre César y Pompeyo suele verse como un indicio
de que el cónsul estaba empezando a preocuparse por la
lealtad de su aliado. Desde luego, Dión y nuestras otras
fuentes opinan que la iniciativa provino de César. Se había
arriesgado mucho para hacer que se aprobara la legislación
que quería Pompeyo e iba a necesitar amigos poderosos en
Roma cuando él mismo partiera a una provincia. César
necesitaba también el apoyo de Pompeyo para obtener una
provincia apropiada para él. Sin embargo, el matrimonio bien
puede haber sido un indicio del éxito del triunvirato. César
había probado su valía y merecía la pena estrechar un lazo
más permanente. La nueva esposa de Pompeyo era joven,
atractiva, inteligente y parece haber heredado gran parte del
encanto de su padre. El marido, de cuarenta y siete años de
314
edad, se enamoró rápidamente de su joven novia. Al parecer,
su afecto era correspondido y el matrimonio fue sin duda
feliz. Pompeyo siempre había disfrutado con la adoración, y
había estado dispuesto a responder a la devoción con
devoción.`
EL CONTRAGOLPE
Desde mediados de abril hasta bien entrado mayo, la
mayoría de senadores tendían a abandonar Roma y visitar sus
propiedades rurales. Como resultado, había escasas reuniones
del Senado o asambleas durante esas se manas.
Probablemente, antes de que comenzara esta suspensión
informal de actividades, César ya había propuesto otra ley
agraria. En ese tiempo se ocupó en concreto de la tierra
pública de Campana, que había sido excluida de su primera
ley. Los comisionados para la primera ley ya habían sido
elegidos y habían comenzado su trabajo, y es posible que
encontraran poca tierra lista para su compra inmediata aparte
de aquella. Quizá César hubiera pensado siempre que su
distribución también sería necesaria en un momento dado, o
tal vez se fue dando cuenta de forma más gradual de que la
primera ley por sí sola era inadecuada. Si lo supiéramos,
sabríamos con más certeza si verdaderamente había deseado
convencer al Senado de que apoyara su primera ley agraria o
sólo quería exponer sus errores ante el electorado. En aquel
momento, veinte mil ciudadanos -o más bien veinte mil
familias, ya que sólo eran elegibles los hombres casados con
tres o más hijos- fueron seleccionados entre los pobres de
Roma y enviados a granjas en Campana. Posiblemente, los
mismos comisionados que supervisaron la primera ley fueron
los encargados de controlar esta. Es interesante que se hiciera
315
hincapié en los hombres con familia, dado que es una
característica constante en similares planes de colonización
establecidos en la época de los emperadores, y es evidente que
se creía que de ese modo se favorecía a los colonos más serios
y dignos de ayuda. De nuevo, los senadores tuvieron que jurar
defender esa ley y no intentar que fuera revocada.`
En torno a la misma época en la que se presentó este nuevo
proyecto de ley, el tribuno Vatinio también presentó una
propuesta para darle a César un mando especial de cinco
años, que unía las provincias de Iliria y la Galia Cisalpina.
Estas provincias estaban guarnecidas por tres legiones y
también se encontraban convenientemente cerca de Italia. Le
concedieron el privilegio de elegir sus propios legados, y al
menos uno de ellos recibió imperium de propretor. Ambas
leyes fueron aprobadas, se cree que a finales de mayo.
Mediante una votación del Senado, la provincia de César fue
ampliada para incluir la Galia Transalpina, que había
quedado vacante al fallecer su gobernador, Metelo Celer, que
en realidad no había llegado a su provincia cuando enfermó y
murió. Un mando de cinco años, con poderosos ejércitos -
había una legión adicional en la Galia Transalpina- y
oportunidades de empresas militares en los Balcanes, o en la
propia Galia, donde los problemas habían estado fraguándose
durante años, era exactamente lo que César deseaba. Bíbulo
quedaba a cargo de los «bosques y caminos rurales», aunque,
de hecho, al parecer no ocupó este puesto ni se hizo cargo de
ninguna provincia durante casi una década. No obstante, pese
a que todos los triunviros habían conseguido su objetivo, su
éxito no estaba garantizado, y el peligro seguía siendo que la
hostilidad contra ellos podría despertar oposición en el futuro.
316
En el peor escenario posible, un magistrado podía actuar para
declarar inválidas todas las acciones del consulado de César en
los próximos años. Como resultado, los triunviros
continuaron estando nerviosos y tendían a reaccionar con
vehemencia a cualquier crítica abierta.
A principios de abril, el antiguo colega consular de
Cicerón, Cayo Antonio, fue acusado de extorsión durante su
mandato como gobernador de Macedonia. En el año esta
acaudalada provincia había sido asignada por votación al
mismo Cicerón, pero se la había entregado voluntariamente a
Antonio para mantenerlo del lado de la República y el suyo
propio durante la conspiración de Catilina. Aunque no tenía
una opinión demasiado elevada de Antonio y es probable que
sospechara su obvia culpabilidad, el orador decidió defenderle.
La acusación fue apoyada por César y probablemente por
Craso también. La acusación obtuvo la victoria y Antonio se
marchó hacia un lujoso exilio. Durante su defensa, Cicerón
cometió el error de criticar sin tapujos a los triunviros y
lamentarse del mal estado de la República: eso fue por la
mañana; por la tarde, su enemigo personal, Clodio -el mismo
hombre que se introdujo en la festividad de la Bona Dea para
seducir a la esposa de César, Pompeya- fue relegado de
patricio a plebeyo. César, como Pontifcx Maximus, presidió la
ceremonia, que consistía en que Clodio fuera adoptado por un
plebeyo, con Pompeyo oficiando como augur. Clodio llevaba
varios años buscando convertirse en plebeyo porque deseaba
presentar su candidatura al tribunado, un cargo en el que no
se admitían patricios.Ya había adoptado la costumbre de
escribir su nombre en la forma más vulgar de «Clodius», en
vez de «Claudius». Como para enfatizar la naturaleza absurda
317
de esta ceremonia, el plebeyo que adoptó a Clodio era más
joven que él mismo.33
Cicerón pasó la mayor parte del resto del año oscilando
entre el nerviosismo y el optimismo repentino. Buena parte
de abril permaneció en su villa de Antio, «pasando
inadvertido», como él lo describió. No era el único, y la
asistencia al Senado cayó en picado porque muchos miembros
del Senado simplemente no acudían. En una ocasión, se cree
que César le preguntó a un viejo senador por qué había tan
pocos senadores en una reunión. Por lo visto, el anciano, un
tal Considio, respondió que los demás tenían miedo de los
seguidores armados de César. Cuando el cónsul le preguntó
porque él mismo seguía asistiendo, le dijo que era un viejo
que había dejado atrás el miedo en vista del poco futuro que,
en cualquier caso, tenía por delante. Cicerón se alegró de que
se aprobara la ley de Campana, porque pensó que eso podría
dar lugar a que los triunviros perdieran el apoyo de muchos
senadores. Señaló que esta redistribución eliminaría una
importante fuente de ingresos, lo cual, desde luego, era cierto
en cuanto a los impuestos recaudados en Italia, pero las
conquistas de Pompeyo compensaban con mucho esa pérdida.
Una vez más, hubo intentos de hacer que se uniera a los
triunviros: César le ofreció un puesto como legado con él en
la Galia, pero ni esto ni ninguna otra alternativa le
disuadieron de su creencia de que habían actuado mal.
También se sentía descontento con Catón, que, en su
opinión, sólo había empeorado las cosas con su actuación a
principios de año y con los principales nobles, cuyo apoyo
hacia él no podía considerarse firme cuando adoptaba una
posición.A finales de abril comenzó a confiar en que el
318
equilibrio en los asuntos públicos estuviera cambiando y
escribió a Ático, diciéndole que «si en verdad fue aborrecible
el poder del Senado, ¿qué piensas que será hoy cuando ha
pasado no al pueblo, sino a tres individuos desenfrenados?
[…] verás en breve engrandecidos no sólo a los que nunca
dieron un mal paso, sino incluso al mismo que ha incurrido
en falta, es decir, Catón».34 El 18 de abril, Cicerón había
oído que Clodio planeaba presentarse al tribunado, pero
estaba declarando públicamente que anularía todas las leyes
de César. Es probable que esa animadversión se debiera a que
le había negado un puesto muy lucrativo en Egipto y en su
lugar le habían ofrecido uno menos atractivo en Armenia. Las
habladurías contaban que César y Pompeyo estaban negando
que hubieran celebrado alguna vez la ceremonia de adopción.
Eran noticias alentadoras, pero en mayo escribió con cierta
desesperación sobre Pompeyo, y llegó a sugerir que estaba
planeando establecer un gobierno tiránico. Más tarde, ese
mismo año, un joven senador acusó abiertamente a Pompeyo
en el Foro y casi le lincharon, aunque no se sabe con
seguridad si le atacaron los partidarios de los triunviros o el
público en general. La descripción que hizo Cicerón de este
hombre, Cayo Catón, como «un jovencito sin dos dedos de
frente, pero ciudadano romano al fin y un Catón», ofrece un
claro indicio del poder de un nombre famoso en Roma.`
En una fase más avanzada del verano, Cicerón anotó que el
oponente que más se hacía oír era Cayo Escribonio Curión,
hijo del cónsul del año 76 a.C. Como Cayo Catón, Curión
era todavía un hombre joven y es sorprendente que los
triunviros no recibieran apenas críticas directas de los
senadores más distinguidos y ex magistrados. Era otro indicio
319
de la debilidad de los rangos superiores del Senado en esos
años, en gran parte como resultado de la guerra civil y más
recientes disturbios. Sin embargo, en ocasiones, era un grupo
de ciudadanos ordinarios los que protestaban. Pompeyo fue
abucheado cuando tomó asiento en un lugar de honor en los
juegos organizados por Gabinio, el hombre que, como
tribuno, le había ayudado a conseguir el mando contra los
piratas y, más tarde, sirvió como su legado. En una obra de
teatro, un actor fue aclamado cuando puso énfasis en la frase
«nuestra miseria te ha hecho magno» cuya intención era,
evidentemente, atacar a Pompeyo Magno. Según Cicerón:
Entrado que hubo César, con un desmayado aplauso,
apareció detrás Curión hijo: a este se le aplaudió igual que
solía aplaudirse a Pompeyo cuando todavía existía la
República. César lo ha encajado muy mal: se dice que una
carta vuela hacia Capua para Pompeyo; [los triunviros] se
declaran adversarios de los caballeros [équites] que
aplaudieron en pie a Curión y enemigos de
Los edictos vitriólicos y, con frecuencia, indecentes de
Bíbulo eran leídos con regocijo por muchos ciudadanos, y
Cicerón habló de la multitud que se solía reunir alrededor de
ellos en el Foro. Su gozo no tenía por qué ser un signo de
afinidad con aquel cónsul que no salía de casa. A lo largo de
los años, la sátira política ha divertido a menudo incluso a
aquellos que estaban en desacuerdo con ella. Los romanos
tenían un gran sentido del humor y se deleitaban en esa
grosera invectiva. César fue el objetivo de gran parte de los
insultos de su colega, pero parece que no le molestaban
demasiado. Pompeyo nunca supo hacer frente a las críticas y
320
el 25 de julio se decidió a pronunciar un discurso en el Foro
defendiéndose de esta difamación. Cicerón consideró que
había dado una imagen patética, porque seguía esperando que
se reanudara la amistad con el hombre que tantas veces había
elogiado, pero señaló que todo lo que Pompeyo había
conseguido era atraer más atención hacia los folletos de
Bíbulo. En aquella época, Pompeyo aseguraba sin cesar a
Cicerón que no tenía nada que temer de Clodio, que
evidentemente había abandonado sus planes de atacar las
leyes de César, si es que había llegado a considerarlo en serio
alguna vez y no estaba sólo tratando de alcanzar el tribunado.
En otoño, Cicerón creyó, o tal vez quiso creer, que Pompeyo
lamentaba los disturbios de principios de año y su alejamiento
de los nobles del Senado.`
A finales de verano o principios de otoño tuvo lugar un
extraño episodio que todavía no se ha llegado a comprender
por completo. Vetio, que en el año 62 a.C. acusó a César de
complicidad en la conjura de Catilina y fue golpeado y
encarcelado por sus culpas (véase página 192), tuvo que
comparecer ante el Senado y declaró que conocía otra
«conspiración». Se había hecho amigo de Curión y, más tarde,
le dijo que planeaba asesinar a Pompeyo, y a Pompeyo y a
César en otra versión. Curión se lo contó a su padre, que
enseguida se lo contó a Pompeyo y el Senado se reunió y
convocó aVetio para ser interrogado. Este entonces acusó a
Bíbulo de incitar a Curión a asesinar a Pompeyo, y tal vez a
César también. Nombró a varios conspiradores más, entre
ellos al hijo de Servilla, Bruto, que en aquel momento tenía
veintitantos años de edad. Él, y al menos uno de los otros
hombres mencionados, podría quizá poseer un motivo, ya que
321
Pompeyo había ejecutado a sus padres durante la guerra civil.
Supuestamente, uno de los sirvientes de Bíbulo había
suministrado la daga que los jóvenes conspiradores iban a
usar. En aquella época, Cicerón creía que César estaba detrás
de Vetio, y que había intentado neutralizar a Curión por
criticar a los triunviros. Sin embargo, parece muy poco
probable que deseara implicar al hijo de su amante. Curión se
defendió bien del ataque, mientras que Pompeyo ya le había
agradecido a Bíbulo algunos meses antes que le hubiera
advertido de la conspiración para asesinarle. La historia
deVetio fue recibida con grandes sospechas y le pusieron bajo
custodia ya que, según él mismo había admitido, había sido
descubierto en el Foro con una daga escondida. Al día
siguiente, César yVatinio le hicieron acudir a la rostra en una
reunión pública. Esta vezVetio no mencionó a Bruto.
Cicerón, en lo que sin duda era una indirecta a la re lación
con Servilla, señaló con astucia que daba «la sensación clara de
que había pasado una noche con sus correspondientes
intercesiones».38 En vez de eso, declaró que Lúculo y otros
hombres más estaban implicados, entre ellos, el cuñado de
Cicerón. Nadie se inclinaba a creerle y le procesaron, pero fue
encontrado muerto en su celda antes de que el proceso
pudiera comenzar.
Las circunstancias de la muerte deVetio son inciertas.
Plutarco afirma que se registró como un suicidio, pero que las
marcas de estrangulamiento eran visibles en su cuello.
Suetonio, que sostenía que César estaba detrás de todo el
asunto, dice que este había hecho envenenar aVetio. Unos
años más tarde, Cicerón echó la culpa de ese episodio
aVatinio en vez de a César. Más recientemente, los estudiosos
322
han cambiado de opinión acerca de lo que había sucedido en
realidad. Algunos han culpado a César, pero otros han
especulado con la posibilidad de que el culpable fuera Clodio
o incluso el mismo Pompeyo. Por un lado, el asunto podría
haber ayudado a poner nervioso a Pompeyo, porque siempre
había tenido un miedo cerval a ser asesinado, reafirmándole
así en su lealtad al triunvirato pese al aluvión de insultos de
Bíbulo y su desacostumbrada popularidad. No obstante, el
hecho de que se nombrara a Bruto hace muy improbable que
César inspirara todo el asunto. Es más probable que sólo
buscara beneficiarse del asunto cuando se revelara. La omisión
del nombre de Bruto en el segundo día indica que el
informador había sufrido presión. Es posible que Vetio
actuara por su cuenta, buscando volver a ser el centro de
atención o restablecer su economía con la recompensa que
podía recibir un informador. Es evidente que César trató de
utilizarle, pero pronto se dio cuenta de que el beneficio sería
escaso y que Vetio no era digno de confianza. Es verosímil
que diera la orden de matar al prisionero que, al fin y al cabo,
era un hombre que le había atacado en el pasado, pero es
imposible demostrarlo.`
Al final, Bíbulo consiguió retrasar las elecciones consulares
de julio a octubre, pero, a pesar de tener derecho a presidirlas,
permaneció en casa y la tarea quedó en manos de César. Los
cónsules elegidos para el año 58 a.C. fueron el nuevo suegro
de César, Calpurnio Pisón, y Gabinio, ambos favorables a los
triunviros. El desarrollo de los acontecimientos en los
próximos meses sería decisivo para el destino de César, ya que
cuanto más tiempo se respetase su legislación, más dificil sería
que cualquiera plantea ra dudas serias sobre su validez. Al
323
final de su año como cónsul, César permaneció algunos meses
en Roma o en sus alrededores para ver cómo evolucionaban
los acontecimientos. Clodio había sido elegido para el
tribunado y, dado que su propio cambio de estatus de patricio
a plebeyo estaba ligado a la legalidad de las acciones de César
como cónsul, es evidente que iba a hacer un gran esfuerzo por
confirmar su validez. Dión afirma que prohibió que Bíbulo
pronunciara un discurso cuando finalmente se presentó el
último día de su consulado, del mismo modo que Metelo
Nepote había impedido que Cicerón hablara a finales del año
63 a.C. Dos de los nuevos pretores atacaron a César, y él
respondió a sus críticas en una reunión del Senado. Tres
discursos que pronunció en esos debates se publicaron para
presentar una defensa duradera de sus acciones en el año 59
a.C. Por desgracia, no se conserva ninguno. Sin embargo,
después de tres días la Casa no había llegado a ninguna
decisión. La mayoría del colegio bloqueó un intento de uno
de los nuevos tribunos para procesarle. Hasta marzo del año
58 a.C. César no partió hacia la Galia, donde había surgido
un problema que requería su atención inmediata.`
César había logrado muchas cosas durante su consulado. Se
había puesto en marcha un extensivo programa de nuevas
redistribuciones de tierras que continuaría a lo largo de la
década. Pompeyo había conseguido establecer su
reorganización de Oriente y Craso había obtenido ayudas
para los recaudadores de impuestos. César, aliándose a los
otros dos, había logrado hacer todo eso pese a una oposición
que no había logrado conquistar con sus primeras acciones
conciliadoras. Había sido un año turbulento, en el que la
tensión se elevó en varias ocasiones. Cicerón escribió en sus
324
cartas sobre su temor de que llegara la tiranía y una inminente
guerra civil. Ninguna de las dos cosas había sucedido, pero
muchas de las convenciones y precedentes que regulaban la
vida pública habían sufrido mucho y se habían erosionado aún
más. La determinación de Bíbulo y Catón para obstaculizar
las acciones de César a toda costa había sido tan perjudicial
como su propia determinación de presionar a toda costa. De
todos modos, por el momento había ganado César y había
logrado la oportunidad de obtener gloria militar a gran escala.
Ahora que tenía un prolongado e importante mando
provincial era cuestión de ganar victorias para la República. Si
sus éxitos militares eran suficientemente grandiosos -y César
estaba decidido a lograr que lo fueran-, enton ces seguro que
incluso sus oponentes más acérrimos tendrían que aceptarle
como un gran siervo de la República, tal vez el más grande, y
los más dudosos actos de su consulado podrían ser olvidados o
perdonados. La aprobación de la Lex Vatinia, que le otorgaba
la Galia Cisalpina e Iliria, y la posterior adición a su provincia
de la Galia Transalpina habían llenado a César de alegría.
Encantado con este éxito, declaró en el Senado que, puesto
que «había conseguido sus deseos a pesar de la oposición y los
lamentos de sus adversarios, a partir de aquel momento los
trataría a patadas». Fuera o no fuera un doble sentido, un
senador respondió que sería dificil que una mujer pudiera
hacerlo, refiriéndose a la vieja historia de César y Nicomedes,
que habían revivido los edictos de Bíbulo. César bromeó
alegremente diciendo que no sería dificil porque «ya en Siria
había reinado Semíramis y las Amazonas en otro tiempo
habían dominado gran parte de Asia». Parece apropiado
finalizar el relato de ese año con un chiste vulgar y un
325
episodio que muestra la confianza y satisfacción consigo
mismo que le caracterizaban.`
326
327
Combatió en cincuenta y dos batallas, siendo el único que
sobrepasó a Marco Marcelo, que combatió treinta y nueve
veces.
328
qué es sólo un combate o una escaramuza. De cualquier
modo, el hecho es que esos autores reflejaban la extendida
creencia de que César había luchado más a menudo y con
éxito más constante que ningún otro general romano.
Alejandro, con quien se le comparó con frecuencia, tomó
parte en sólo cin co batallas campales y tres asedios de
envergadura, aunque participó en numerosos encuentros de
menor importancia. Aníbal, que se enfrentó a un oponente
muy distinto, luchó en batallas más pero probablemente no
superó el total de César de combates de envergadura. Hasta la
época de Napoleón, con el aumento de la intensidad de las
guerras, no hubo ningún comandante de ejércitos que viviera
más días de combate serio que César y los otros grandes
comandantes del mundo antiguo.’
El contraste entre la vida de César antes y después del año
58 a.C. no podría ser más marcado. Hasta entonces había
pasado como máximo unos nueve años fuera de Italia y tal vez
la mitad de ese tiempo en algún tipo de operación militar,
algo normal para un senador romano, incluso un poco menos
que la media, aunque no en comparación con hombres como
Cicerón, que utilizaba sus constantes apariciones en los
tribunales para mantenerse en el candelero. Una vez más,
merece la pena destacar que, pese a su extravagancia, a que se
asoció con personajes dudosos y a la controvertida naturaleza
de algunas de sus acciones durante el consulado, el patrón
general de la carrera de César había sido esencialmente
convencional. Al haber alcanzado el consulado dos años antes
de la edad habitual, era sólo algo más joven que el procónsul
medio. Comparado con Alejandro Magno, Aníbal o
Pompeyo, su oportunidad llegó a una edad muy tardía.
329
Alejandro murió a la edad de treinta y tres años y Aníbal libró
su última batalla a los cuarenta y cinco. Napoleón y
Wellington tenían sólo un año menos que Aníbal cuando se
enfrentaron en Waterloo, aunque Blücher tenía setenta y tres.
En cambio Robert E. Lee ya había sobrepasado los cincuenta
cuando estalló la guerra civil americana, como Patton cuando
Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Ni por
parámetros romanos ni por parámetros modernos podría
considerarse a César viejo en el año 58 a.C., pero tampoco
habría sido obvio para ninguno de sus contemporáneos que
estuviera a punto de demostrar que era uno de los más
grandes comandantes de todos los tiempos. Con anterioridad
ya había mostrado talento, valentía y confianza en sí mismo
durante sus periodos de servicio militar, pero muchos otros
hombres ambiciosos habían exhibido similares habilidades.
Como siempre sucedió en la historia de César, debemos tener
cuidado de no permitir que la visión retrospectiva imponga un
sentido de inevitabilidad en los acontecimientos. La magnitud
de los éxitos de César en la Galia fue impresionante, in cluso
en una Roma que había sido deslumbrada recientemente por
los logros de Pompeyo. No obstante, el equilibrio entre el
éxito y el fracaso solía ser ajustado y fácilmente podía haber
sido asesinado o haber muerto en accidente o por enfermedad
antes de regresar. Es dificil que el hecho de regresar después
convertido en un rebelde para luchar contra Pompeyo, su
antiguo aliado y yerno, le hubiera ocurrido a cualquiera.
Cuando César fue a la Galia tenía planes y ambiciones y, sin
duda, contemplaba muchos resultados posibles, pero al final
confiaba en la suerte para conformar su futuro.
LOS COMENTARIOS
330
César había trabajado mucho para conseguir un mando tan
importante: incurrió en inmensas deudas, corrió grandes
riesgos políticos e hizo numerosos enemigos. Necesitaba
victorias colosales para que todo aquello mereciera la pena,
pero también tenía que asegurarse de que el pueblo estaba
informado de sus logros si quería obtener algún beneficio de
ellos. Las campañas de Pompeyo contra los piratas y
Mitrídates habían sido documentadas porTeófanes de
Mitilene, un erudito griego que había acompañado a su plana
mayor. César no tenía necesidad de contratar los servicios
literarios de otros hombres y registró sus victorias en sus
propias palabras.Ya había publicado varios de sus discursos,
así como obras que se han perdido, algunas de las cuales
fueron escritas en su juventud. Posteriormente, el emperador
Augusto destruyó esas obras inmaduras, incluyendo una
tragedia titulada Edipo, así como sus Elogio a Hércules y
Colección de frases célebres, y de los discursos sólo se
conservan fragmentos. Era tradicional que los generales
romanos celebraran sus logros escribiendo comentarios, un
género que se consideraba diferente de la historia y que con
frecuencia era utilizado como material por posteriores
historiadores. César llegó a escribir diez libros de
Comentarios a la Guerra de las Galias, siete de ellos
dedicados a las operaciones en las Galias, en el periodo 58-52
a.C., y otros tres sobre la guerra civil contra Pompeyo, en los
años 49 y 48 a.C.Tras su muerte, varios de sus propios
oficiales añadieron otros cuatro libros que cubrían las
operaciones en las Galias en el año 51 a.C., las campañas en
Egipto y Oriente en los años 48 y 47 a.C., así como Hispana
en el año 45 a.C. Del resto de Comentarios sólo se han
331
conservado fragmentos ínfimos, por lo que es dificil saber si
los libros de César se adecuaban al estilo establecido.4
Los Comentarios a la Guerra de las Galias de César fueron
reconocidos desde el principio como una de las grandes obras
de la literatura en latín. Cicerón sentía un gran respeto por la
oratoria de César y fue igualmente generoso en su elogio de
los Comentarios:
Es verdad que son muy estimables […1 están escritos,
en efecto, en un estilo austero, simple y elegante,
desprovistos -como un cuerpo despojado de sus vestidos-
de toda ornamentación estilística. No obstante, al querer
legar a los futuros historiadores los materiales de donde
poder abastecerse, quizás dio gusto a los ineptos que
quieren rizarlos con calamistros; pero a la gente con
sentido común la ha disuadido de escribir sobre ello: en la
historia, en efecto, no hay nada más agradable que una
concisión pura y luminosa.5
Estas palabras fueron escritas en el año 46 a.C., cuando
Cicerón cada vez se sentía más incómodo con la dictadura de
César, por lo que es posible que hubiera un doble sentido
oculto cuando dijo que había disuadido a «la gente con
sentido común» de redactar sus propias narrativas de las
hazañas de César. No obstante, es evidente que su alabanza
de la calidad literaria de los libros era totalmente auténtica,
quizá en especial porque la austera sencillez de su narrativa
contrastaba tanto con su propio estilo de retórica. En una
ocasión, César declaró que un orador debería «evitar una
palabra inusual como el timonel de un barco evita un
arrecife».Aparte de los necesarios términos técnicos o
extranjeros, siguió de manera incondicional este principio y
332
creó una narrativa clara y de ritmo rápido. Muy rara vez es
emotiva o melodramática, porque César hacía que el drama y
la importancia de los hechos hablaran por sí mismos. Se
refería a sí mismo siempre en tercera persona, mientras que
sus soldados eran nostri o «nuestros hombres» y cuenta la
historia del ejército del pueblo romano, a las órdenes de su
comandante, designado de la forma debida, en su lucha
contra feroces enemigos e incluso contra la propia naturaleza.
En todas y cada una de las etapas, César presenta sus acciones
como decisiones por completo orientadas a servir a la
República. Aunque el lector moderno pueda en ocasiones
sentir cierto rechazo ante la impertérrita retahíla de im
perialismo, masacre, ejecuciones en masa y esclavización
contenida en los Comentarios, a un romano contemporáneo
todo eso no le habría afectado. De hecho, debió de haber sido
dificil, incluso para uno de los oponentes políticos de César,
no dejarse llevar por la emoción de la narrativa.’
Muchos líderes políticos y militares han escrito sus propias
versiones de los acontecimientos en los que participaron, pero
pocos han igualado el nivel literario de los Comentarios de
César. En los últimos tiempos, Churchill es probablemente el
que más se le acerca por el puro poder de sus palabras y la
velocidad con la que presentó su relato, tan poco después de la
conclusión de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, hay
una diferencia fundamental, tanto respecto a Churchill como
a la gran mayoría de los demás generales famosos: todos ellos
escribieron para la posteridad, sabiendo que sus propias
carreras prácticamente habían terminado y deseando dejar la
huella de su versión de los hechos en la opinión de lectores
futuros. Por el contrario, César estaba mucho más
333
preocupado por el público contemporáneo y escribió para
intentar hacer avanzar su carrera y obtener más oportunidades
de gloria (lo que también era la intención de Churchill en sus
primeros escritos). No está del todo claro cuándo se
redactaron y publicaron los siete libros de Comentarios a la
Guerra de las Galias, pero la creencia más generalizada es que
aparecieron en los años Se supone que -se trata de conjeturas
pese a la seguridad con la que se afirma con frecuencia- en los
meses de tensión que acabarían culminando en la guerra civil,
César tenía la esperanza de conseguir tanto apoyo como fuera
posible en Roma. Sin embargo, eso era así desde el momento
en que partió hacia las Galias en el año 58 a.C., porque ni él
ni ningún otro hombre que aspirara a hacer carrera pública
podía permitirse que lo olvidaran el electorado y los grupos
influyentes de la ciudad. Habría sido extraño que esperara
tanto tiempo. Además, si consideramos las diferencias en el
tratamiento de algunos personajes y las aparentes
contradicciones en algunos detalles entre los diversos libros, es
más que probable que cada uno de ellos se publicara de forma
independiente. En realidad, hay más posibilidades de que
cada uno de los libros fuera escrito después del año de
campaña que describe, en los meses de invierno, antes de que
las operaciones pudieran reanudarse. Incluso aquellos que
abogan por la teoría de que se publicaron colectivamente, dan
por supuesto que César envió un informe anual al Senado y
que este circulaba por todas partes y, en ocasiones, sugieren
que tenían una forma similar a los Comentarios tal y como
han llegado a nosotros. No hay razón para creer que, en la
mayoría de los casos, César no dispusiera de tiempo durante
los inviernos en las Galias para escribir un libro. Hircio, uno
334
de sus propios subordinados de más rango, que, más adelante,
añadió el octavo libro de Comentarios a la Guerra de las
Galias, repitió la alabanza de Cicerón sobre el estilo de César,
pero también destacó la gran velocidad a la que escribía los
libros. Otro miembro de su personal, Asinio Polión, pensaba
que César tenía la intención de reescribirlos más adelante, lo
que podría indicar que fueron redactados con rapidez para
satisfacer una necesidad política inmediata. Ninguno de estos
comentarios demuestra que cada uno de estos libros se
publicara de manera independiente es evidente que la
composición de los siete libros en los meses siguientes al fin
de las campañas en las Galias era una tarea considerable-,
pero, en general, realmente parece muy probable.’
Otra suposición muy extendida es que los Comentarios
estaban dirigidos ante todo a las clases senatoriales y
ecuestres, pero, una vez más, esa es una afirmación
cuestionable. En su consulado había ordenado la publicación
de todas las actas de las sesiones del Senado, lo que
obviamente no estaba pensado para los senadores. Es dificil
valorar los niveles de alfabetización del mundo romano, por lo
que no sabemos cuántos lectores había fuera de la élite
acomodada. Sin embargo, de manera más práctica, podemos
juzgar que cualquier sistema en el que cada copia de un libro
debía escribirse a mano implicaba que los libros eran un lujo
raro y caro. Por otra parte, Cicerón destacó el entusiasmo con
el que los hombres de las clases sociales humildes, como los
artesanos, devoraban los libros de historia. En nuestras
fuentes hay comentarios que sugieren que la lectura pública de
libros era una actividad común y posiblemente muy
concurrida. Parece probable que César, que siempre había
335
sido un popularis y había confiado en el apoyo de una amplia
parte de la comunidad, estaba muy interesado en seducir a
este público. Es llamativo ver que los senadores y los équites
no tienen un papel destacado en los Comentarios y, en
ocasiones, son descritos con palabras poco elogiosas. Por el
contrario, los soldados ordinarios de las legiones muestran
siempre su coraje y destreza. En la mayoría de los casos,
incluso cuando son criticados, suele ser por un exceso de
entusiasmo que lleva a los legionarios a olvidar la apropiada
disciplina.Aún más que los rangos inferiores y los soldados
rasos, los centuriones que los lideran son descritos, con
frecuencia, en actitudes heroicas. Sólo unos pocos de estos
oficiales son identificados por su nombre, pero en general son
los centuriones como grupo los que mantienen la calma en
tiempos de crisis y luchan y mueren para lograr la aprobación
de su comandante. Es muy posible que este favorable retrato
de los centuriones y los soldados agradara a los patrióticos
aristócratas y équites, pero seguro que resultaba aún más
atractivo para la población en general. César cultivaba su
relación con estos romanos y no hablaba simplemente con la
élite. Es probable que algunos grupos le importaran más que
otros, por ejemplo aquellos ciudadanos que estaban incluidos
en las listas de votantes en la Primera Clase de la Comitia
Centuriata, pero sabemos tan poco de la vida fuera de los
círculos de la élite que es imposible asegurarlo.’
Desde el principio de las campañas en las Galias hasta el
mismo fin de la guerra civil, sabemos mucho más de las
actividades de César, pero la inmensa mayoría de esta
información procede de su propio relato en los Comentarios.
Sobre las campañas en las Galias en concreto apenas
336
disponemos de datos en otras fuentes que no parezcan derivar
de la versión de César. Podemos tener motivos para dudar de
la veracidad fundamental de los Comentarios, pero no
tenemos nada con que reemplazarlos. Napoleón era un gran
admirador de César como comandante y le colocaba en la lista
de grandes capitanes cuyas campañas debían ser estudiadas
por cualquiera que aspirara a convertirse en general, pero, aun
así, ponía en duda la veracidad de algunos aspectos de su
relato y dedicó algún tiempo durante su exilio a analizarlos
con ánimo crítico. No obstante, en vista de la flexible actitud
hacia la verdad que revelan sus propios comunicados y
memorias, es posible que lo considerara completamente
natural. César escribía con un propósito político, para
aumentar su reputación de gran servidor de la República y
demostrar que merecía la posición prominente que ocupaba.
Por tanto, los Comentarios eran obras de propaganda y
presentaban todo lo que hacía desde la perspectiva más
favorable. Según Suetonio: «Asinio Polión considera que
fueron escritos con poco cuidado y que se atienen poco a la
verdad estricta, porque muchas veces, a su juicio, César dio
crédito a los hechos llevados a cabo por otros y tergiversó los
suyos propios, ya adrede, ya como consecuencia de un fallo de
la
Polión sirvió a las órdenes de César en la guerra civil, pero
no estuvo junto a él en las Galias y es más que probable que
sus comentarios se refirieran sobre todo a los comentarios de
César acerca de ese conflicto. La alegación de que César
estaba muy dispuesto a aceptar los relatos que los demás
hacían de sus acciones como ciertos podría ser una amarga
nota personal, puesto que Polión fue uno de los pocos
337
supervivientes de un desembarco desastroso en África dirigido
por un hombre que recibe un trato favorable en los
Comentarios. Con todo, si era cierto que César también
distorsionaba algunas de sus propias actuaciones, entonces,
¿hasta qué punto lo hizo? Los yacimientos arqueológicos han
confirmado parte de sus descripciones de las operaciones en
las Galias, pero es una herramienta poco adecuada para
reconstruir los detalles de las operaciones militares, y menos
aún la motivación e ideología que las impulsaba. Lo que es
más importante, es evidente que a lo largo de todo el conflicto
de las Galias, los numerosos senadores y équites que sirvieron
en el ejército de César escribían con regularidad a su familia y
amigos. Años después, el hermano de Cicerón, Quinto, fue
designado legado de César. La correspondencia que
conservamos de la época contiene escasos detalles militares,
pero es sorprendente que Quinto pudiera enviar una carta a su
hermano en los pocos meses que el ejército pasó en Gran
Bretaña en el año Claramente, había un flujo constante de
información entre Roma y el ejército. En el año 56 a.C.,
Cicerón criticó la actuación del suegro de César, Lucio
Calpurnio Pisón, como procónsul de Macedonia en el
Senado. Pisón había violado la costumbre establecida de
enviar despachos regulares al Senado, pero, aun así, Cicerón
afirma que él y todo el Senado estaba bien informado sobre
las actividades y errores del procónsul. La mayoría de las
críticas a la veracidad del relato de César utiliza detalles de su
propia narrativa contra él. Se mencionan diversas derrotas y
varias acciones polémicas. En última instancia, César no
podía arriesgarse a inventarse los hechos de forma
generalizada o a distorsionarlos de modo ostensible porque su
338
público lo habría notado enseguida. Lo que sí podía hacer, y
obviamente hizo, es presentar una imagen tan positiva como
pudo de los acontecimientos, culpando a otros de las derrotas,
justificando sus acciones con razonamientos calmados en
apariencia y no haciendo hincapié en las operaciones menos
exitosas. Pero al final tenía que ceñirse estrictamente a los
hechos en especial a aquellos hechos que más importaban a la
audiencia romana- si quería que los Comentarios cumpliesen
con su función de ganarse a la opinión pública. Debemos ser
precavidos al abordar la narrativa de César, al igual que
cualquier otra fuente, pero tenemos buenos motivos para creer
que, como mínimo, sus escritos ofrecen una descripción
precisa de los acontecimientos básicos.`
EL EJÉRCITO DE CÉSAR
El ejército que guarnecía la provincia de César en el año 58
a.C. tenía el doble de soldados que las tropas que se había
llevado a Hispana y, a su debido tiempo, se duplicaría y, a
continuación, se triplicaría. Había realizado unos cinco años
de servicio militar, y no poseía experiencia previa de combate
en esta región, pero, como hemos visto, esa no era una
situación inusual para un comandante romano. César supo
estar a la altura del desafio, pero sería un error suponer que
desde el mismo principio mostrara la extraordinaria habilidad
que le daría la reputación de ser uno de los más grandes
comandantes de todos los tiempos. Primero tuvo que llegar a
conocer a su ejército y aprender la mejor manera de utilizarlo,
y este proceso no fue instantáneo. No obstante, sus oficiales
más experimentados eran hombres que había seleccionado
personalmente y traído consigo a la provincia. Los más
importantes eran los legados -el nombre legatus significaba
339
representante y se empleaba tanto para embajadores como
para oficiales de alto rango que «actuaban en nombre de» un
gobernador-, que, invariablemente, eran senadores. Por lo que
sabemos ninguno de ellos tenía más experiencia marcial que el
mismo César. Le había pedido a Cicerón que le acompañara
como legado, lo que es un claro indicio de que los útiles
contactos políticos a menudo eran más importantes que el
talento militar. El orador había rechazado la propuesta, pero
desde el principio de las campañas César tuvo al menos cinco,
y posiblemente seis o incluso diez legados en su Estado
Mayor. El de más rango fue Labieno, al que otorgó imperium
de propretor y no tenía meramente poder delegado. Labieno,
que como tribuno en el año 63 a.C. había cooperado con
César y llevado el proceso contra Rabirio, recibe más atención
en los Comentarios que cualquier otro legado, y había
demostrado ser un soldado excepcionalmente diestro. Sin
embargo, en el año 58 a.C., es posible que no tuviera más
experiencia de combate que César, y su talento sólo alcanzó
su plenitud cuando llegó a las Galias. Labieno había servido
en Asia en los años setenta a las órdenes de Publio Servilio
Vatia Isáurico. Puede que los caminos de César y él se
cruzaran durante estos años, aunque es igualmente posible
que Labieno no llegara a la provincia hasta que César no
estuvo en Roma. Se ha conjeturado que sirvió con frecuencia
bajo el mando de Pompeyo, pero no hay pruebas que lo
confirmen. Del mismo modo, muchos estudiosos opinan que
Labieno había ocupado la pretura en los años 60 o 59 a.C.,
pero, de nuevo, es un hecho más posible que realmente
probado.”
Balbo era otro antiguo asociado de César que también fue
340
su praeFectus fabrum, pero parece que no pasó demasiado
tiempo en las Galias antes de regresar a Roma para actuar
como uno de los principales agentes de César. Otro hombre
que sirvió a César en el mismo puesto era Mamurra, que
provenía de Formiae y cobró fama por la inmensa fortuna que
había acumulado con métodos dudosos durante su temporada
en las Galias. Al parecer, el tribuno Vatinio, que había
logrado el mando de cinco años para él, había estado en las
Galias durante un tiempo, pero su estancia podría haber
tenido lugar más adelante en la década. Posiblemente Quinto
Pecho estuvo con César desde el principio. La identidad de
los otros legados de César en el año 58 a.C. no está clara, pero
si no estaban ya a su lado, varios hombres estaban a punto de
unirse a él. Uno de ellos era Aulo Hircio, el autor del octavo
libro de Comentarios. Otro era Servio Suplicio Galba, que
había servido con Pomptino durante la rebelión de los
alóbroges y, por tanto, contaba con experiencia reciente de
batalla en la Galia. Probablemente, Quinto Titurio Sabino y
Lucio Aurunculeyo Cota también estuvieron a su lado desde
el principio. (A pesar del cognomen Cota, no se cree que
fuera un pariente de la familia de la madre de César, ya que su
nomen era Aurelio). Cota había escrito un tratado sobre la
constitución romana, y la plana mayor de César tenía un
pronunciado sesgo literario. Del año 58 al 56 a.C., entre sus
miembros se encontraba también el hijo menor de Craso,
Publio, que era un aplicado estudiante de literatura y filosofía
e íntimo de Cicerón por esa razón. Eso era un indicio de la
continuada proximidad entre César y Craso, que no había
necesitado consolidarse con una alianza matrimonial. Con
alrededor de veinticinco años, Publio Craso demostró ser un
341
comandante atrevido y dotado, pero comenzó la campaña
como comandante de la caballería del ejército (praefectus
equitum), antes de ser ascendido a legado el año siguiente.
Otro joven de talento que sirvió a César desde el principio de
la campaña era Décimo junio Bruto, hijo de Sempronia, que
era conocido por haber estado muy implicado en la
conspiración de Catilina. Por último, César había contado
asimismo con la asistencia de un cuestor, pero se desconoce su
identidad.’
Lo más sorprendente de los legados de César es su
comparativo anonimato. Craso y, en una medida algo menor,
Bruto, pertenecían a familias distinguidas, y los padres de
ambos habían llegado a ser cónsules. Labieno era un «hombre
nuevo» y no había ocupado ningún puesto de más rango que
el tribunado, al igual queVatinio. La familia de Cota no
parece haber destacado durante muchas generaciones, aunque
aún menos se sabe del entorno de Sabino y varios oficiales
más. En general, las grandes familias nobles, sobre todo las
que habían tenido éxito bajo el mando de Sila y en el periodo
posterior, rechazaron las ofertas de trabajar con César, lo que
contrastaba mucho con la distinguida lista de legados que
habían servido con Pompeyo en la misión contra los piratas.
Por lo visto, la mayoría de los legados de las Galias estaban
buscando restaurar o mejorar la situación de su familia y no
pocos de ellos lo lograron. Seguramente lo mismo le ocurrió a
muchos de los oficiales menos experimentados. En su
descripción del año 58 a.C., César habló de «los tribunos
militares, los prefectos y todos aquellos que, habiendo seguido
a César desde Roma para cultivar su amistad, no tenían gran
experiencia de la guerra». Aquellos que ya estaban bien
342
establecidos no necesitaban unirse a César en el año 58 a.C.
Nadie sabía que llegaría a ser tan gran comandante y que no
marcharía hacia su derrota o su propia muerte en alguna
colina gala. Podrían adivinar que resultaría generoso con
cualquier éxito que tuviera, porque su reputación estaba ya
establecida a ese respecto. Buscar estrechar la relación con
César era una apuesta arriesgada que atraía sobre todo a
aquellos que no conseguían el éxito de ningún otro modo. Por
lo que sabemos, César parece haber recibido con satisfacción
casi a cualquiera, con su entusiasmo acostumbrado a la hora
de hacer tantos favores como pudiera y obligar así a más
individuos en un compromiso con él.13
César seleccionaba a sus propios oficiales superiores, pero el
ejército que iba a liderar ya existía. En conjunto, Iliria, la
Galia Transalpina y Ci salpina contenían una guarnición de
cuatro legiones: la séptima, la octava, la novena y la décima.
No se sabe cuándo ni quién los había formado, pero es muy
probable que hubieran sido creadas varios años antes y ya
hubieran participado en el servicio activo. Sobre el papel, una
legión de este periodo consistía en un número algo inferior a
cinco mil hombres, pero, como en todos los ejércitos de todos
los periodos de la historia, con frecuencia las unidades en
campaña estaban muy cortas de efectivos. Una de las legiones
de César durante la guerra civil sólo fue capaz de reunir algo
menos de mil soldados. Una legión no poseía un comandante
permanente, pero sus oficiales superiores eran seis tribunos,
que solían ser équites. Algunos de ellos eran jóvenes
aristócratas que todavía no pertenecían al Senado, mientras
que otros eran oficiales semiprofesionales que buscaban
puestos en una legión tras otra. Cada año el pueblo romano
343
elegía veinticuatro tribunos: este número tradicional debía
aprovisionar al ejército de dos legiones que se le asignaba a
cada cónsul en siglos anteriores. El propio César había sido
elegido de ese modo, pero en aquel momento solía haber
demasiadas legiones en activo al mismo tiempo para confiar
en este método. La mayoría, si no a todos los tribunos, César
los eligió él mismo, aunque algunos ya habían estado con las
cuatro legiones. Los Comentarios nunca mencionan que un
tribuno dirigiera una legión y, por lo general, César asignaba
esa tarea a sus legados y a su cuestor. Sin embargo, los
tribunos tenían importantes funciones de organización de
personal y administrativas y podían dirigir destacamentos de
considerable
Por debajo de un tribuno estaba el centurión, que era más
una graduación que un rango específico. Había sesenta
centuriones en una legión, cada uno de ellos estaba al mando
de una centuria de ochenta hombres -es probable que la
palabra nunca significara nada más específico que en torno a
cien hombres- y seis centurias unidas para formar una cohorte
de cuatrocientos ochenta, que era la unidad táctica básica del
ejército. Nuestras fuentes no dicen nada al respecto, pero
seguramente los centuriones de más rango comandaban la
cohorte en batalla. Había diez cohortes en una legión y la
primera cohorte tenía mayor prestigio que el resto porque
protegía el águila plateada o dorada que era el estandarte de
toda la legión. Los centuriones de la primera cohorte poseían
un inmenso prestigio y, probablemente junto con los
centuriones que estaban al mando de las otras cohortes,
formaban los «centuriones del primer grado» (primi ordines),
cuyas acciones con frecuencia estaban incluidas en las
344
instrucciones del comandante. En ocasiones, los centuriones
han sido retratados como una especie de «sargentos mayores»,
veteranos entrecanos ascendidos sólo después de haber servido
muchos años en la tropa, pero en realidad hay pocas pruebas
que apoyen esa opinión. César no menciona en ningún lugar
de los Comentarios el hecho de promover a un legionario al
cargo de centurión, pero tampoco dice nada sobre sus
orígenes, seguramente porque daba por supuesto que su
público los conocía. Puede que muchos fueran nombrados
centuriones directamente, algo común en la época de los
emperadores romanos, cuando hubo incluso équites que
sirvieron en ese puesto. El papel administrativo que era una
parte importante de su trabajo requería un buen nivel de
alfabetización y aritmética, conocimientos poco habituales
entre los soldados ordinarios. Una vez en la tropa, es
indudable que los centuriones estaban muy alejados social y
económicamente de los legionarios comunes, porque su paga
era varias veces -tal vez hasta diez veces- superior. Es
probable que la mayoría de centuriones ya provinieran de las
clases más prósperas, a diferencia del grueso de la tropa,
conformado por los muy pobres. En ese caso, la relevancia
que recibieron en los Comentarios resulta aún más
interesante. Podría ser que los seleccionaran entre miembros
de la Primera Clase, que desempeñaba un papel tan decisivo
en las votaciones de la Comitia Centuriata. El hecho de ser
designado para este cargo, así como las siguientes
promociones, cobrarían entonces una importancia más allá de
lo puramente militar para un comandante como César, muy
en consonancia con las amplias redes de influencias que
subyacían en tantos ámbitos de la sociedad romana. Sin
345
embargo, a diferencia de los oficiales de mayor rango, los
centuriones permanecían con el ejército durante largos
periodos y no sería un error verlos como oficiales
esencialmente profesionales.`
Las legiones de siglos anteriores, que se formaban con
hombres de los distintos estratos sociales y habían excluido a
todos aquellos que no poseían suficientes propiedades para
adquirir su propio equipo, eran ahora un recuerdo distante.
Mario había reclutado sin reservas entre los capite censi, tan
pobres que contaban sólo como números en el censo, pero es
probable que fuera una tendencia ya bien establecida.
Quedaban ya pocos atractivos en las legiones para los
acaudalados y los bien educados. La dis ciplina podía ser
brutal, los latigazos eran habituales y la ejecución era la pena
para las negligencias más graves en el cumplimiento del
deber. Un legionario recibía un salario anual de ciento
veinticinco denarios (quinientos sestercios) -una cifra que
ayuda a poner las astronómicas deudas de César en
perspectiva-, que era menos de lo que podía ganar un
trabajador agrícola, aunque tenía la ventaja de ser regular. Los
ciudadanos más pobres consideraban el ejército como una
carrera viable, o como un camino hacia una vida mejor. Un
general que fuera generoso con las recompensas o prometiera
concesiones de tierras para sus soldados veteranos podía
ganarse la firme lealtad de sus legionarios, como Mario, Sila y
Pompeyo habían demostrado. Los centuriones a menudo eran
transferidos de una legión a otra, pero no hay ninguna
mención de que con los soldados comunes se hiciera lo
mismo. Los legionarios eran soldados profesionales que
permanecían en el servicio militar durante muchos años,
346
aunque no hay datos precisos sobre el periodo normal de
permanencia en el ejército. Años después, Augusto estableció
el periodo de servicio en dieciséis años, que más tarde
ampliaría a veinte con otros cinco como veterano, lo que
significaba que estaban exentos de algunos deberes y fatigas.
La legión era su hogar y las mejores unidades desarrollaban
un intenso orgullo hacia su identidad corporativa. Cada
legión contaba también con muchos hombres con destrezas
técnicas que, a su vez, formaban a otros. No había unidades
especiales o cohortes de ingenieros o artilleros, sino que los
especialistas simplemente se separaban de sus cohortes
cuando se requerían sus servicios para construir un puente o
para el asedio de un pueblo. La capacidad de ingeniería del
ejército romano en este periodo era fabulosa. El legionario era
un soldado de infantería pesada que luchaba en orden
cerrado, pero en tiempos de César su aspecto era bastante
distinto a la clásica imagen perpetuada por Hollywood y al
flexible uso de las imágenes de las recreaciones de los
documentales televisivos. La famosa armadura en bandas o
segmentos probablemente no se había inventado todavía,
porque el fragmento más antiguo conocido de este tipo de
coraza se remonta al año 9 d.C. (Sin embargo, ya que hasta
que ese fragmento fue descubierto se daba por supuesto que
esta armadura no se introdujo hasta mediados del siglo i d.C.,
es posible que fuera conocida en la época de César). Lo que
llevaba el legionario era una cota de malla y un casco de
bronce o, en ocasiones, de hierro. Los cascos romanos dejaban
los ojos y las orejas al descubierto, a pesar de que el resto del
rostro obtenía cierta protección de las amplias piezas de las
mejillas. Los cascos cerrados del tipo empleado a veces en los
347
primeros siglos por los ejércitos griegos brindaban mejor
protección, pero un legionario necesitaba ser capaz de oír y
ver para reaccionar a las órdenes. El gran escudo
semicilíndrico o scutum resguardaba más: tenía más de un
metro de alto y entre sesenta y setenta y cinco centímetros de
ancho y se cree que era de forma oval, aunque es posible que
ya hubiera adoptado la forma rectangular del del clásico
legionario de Hollywood. Es muy probable, aunque no hay
pruebas, que las legiones ya portaran las insignias distintivas
en sus escudos, ya fueran pintadas o en relieve. Los mismos
escudos estaban compuestos de tres capas de madera pegadas
entre sí, cubiertas con piel de becerro, y con los filos
protegidos por un ribete de bronce. El escudo era flexible y
ofrecía buena protección, pero pesaba unos diez kilos. Se
llevaba en batalla sostenido por una sola asa horizontal situada
detrás del tachón central y podía emplearse de manera
ofensiva: el soldado empujaba el tachón hacia adelante para
derribar al contrario.
Las principales armas del legionario eran el pilum (jabalina)
y el gladius (espada). El pilum tenía una vara de madera de
1,20 metros, rematada con una parte de hierro de 60-90
centímetros, que terminaba en una pequeña punta piramidal.
Cuando se lanzaba, todo el peso del arma se concentraba tras
la pequeña cabeza, perforando el escudo del adversario,
mientras que el largo y delgado mango la prolongaba para que
llegara más lejos y pudiera herir o matar al propio hombre. Al
contrario de lo que sostiene la arraigada leyenda, el metal no
debía doblarse. En el siglo i a.C., el gladius usado por el
legionario romano era corto, con una hoja normalmente de
sesenta y un centímetros de longitud. No obstante, en la
348
época de César se utilizaba una hoja más larga, de al menos
setenta y cinco centímetros y a veces más. Hecha con acero de
alta calidad, la pesada hoja estaba bien diseñada para cortar y
dar estocadas y su larga punta estaba concebida para penetrar
en la armadura y la carne. El legionario estaba bien equipado
y entrenado como luchador individual, pero la mayor fuerza
del ejército romano residía en la disciplina y la estructura de
mando que los hacía tan efectivos colectivamente.`
Como tropas de apoyo, las legiones confiaban en soldados
extranjeros, que se conocían de forma colectiva como los
auxilia. Muchos de ellos eran aliados reclutados localmente:
César llegaría a depender mucho de las tribus de las Galias,
en especial para reunir contingentes de caballería. En la
mayoría de los casos estos hombres eran comandados por sus
propios jefes, pero al menos algunos galos parecen haber
servido en unidades dirigidas por oficiales romanos y es
posible que fueran entrenados y equipados por el ejército. En
su relato de la guerra civil, César menciona que en el año 49
a.C. poseía «tres mil jinetes, a los que ya había tenido […] en
las guerras anteriores». También nos cuenta que contaba con
cinco mil soldados de infantería auxiliar, aunque no está claro
si sirvieron asimismo a partir del año 58 a.C. No se menciona
ningún grupo de manera específica en su descripción de las
campañas de las Galias y pueden haber sido aliados,
mercenarios o los soldados regulares que prefiguran los
regimientos organizados y permanentes de auxiliares del
periodo imperial. Sí hace unas cuantas referencias a unidades
de especialistas, incluyendo a los arqueros cretenses y númidas
y a los honderos baleares. Los cretenses y los númidas eran
famosos por su habilidad con sus respectivas armas y habían
349
estado presentes como mercenarios en muchos ejércitos
durante varios siglos. Los númidas eran más famosos por su
caballería ligera y es muy posible que César también contara
con algunos de ellos. Sólo gracias a un único comentario
sabemos que había algunos soldados españoles de caballería
con el ejército. El número de soldados aliados variaba de año
en año, mientras que es probable que la fuerza total de
mercenarios y auxiliares profesionales fuera más estable. En
ocasiones, los contingentes aliados eran mucho mayores, pero,
aun así, las legiones seguían siendo la base del ejército
romano.”
«TODA LA GALIA ESTÁ DIVIDIDA»
En el año 58 a.C. no era evidente hasta dónde llevarían a
César sus campañas. Primero le habían concedido la Galia
Cisalpina e Iliria como provincia y la Galia Transalpina fue
añadida tras la repentina muerte de su gobernador.
Posiblemente, la intención original de César fue hacer
campaña en los Balcanes para reducir el creciente poder del
rey dacio Burebista, que estaba forjando un poderoso imperio
en Transilvania. La región era rica y apenas había sido
explorada por los ejércitos romanos, por lo que ofrecía la
gloria asociada a la derrota de un pueblo que nunca había sido
visto. Es muy posible que hubiera planeado avanzar en esa
dirección, tanto en el año como en años posteriores, pero los
acontecimientos continuaron proporcionándole
oportunidades de emprender hazañas militares en las Galias y
la expedición de los Balcanes nunca tuvo lugar. En cualquier
caso, nunca se borró de la mente de César porque estaba
pensando atacar Dacia en el año 44 a.C. cuando fue
asesinado.`
350
En el siglo i a.C., la Galia abarcaba el área de la actual
Francia, Bélgica y parte de Holanda, extendiéndose desde el
Rin hasta la costa atlántica. Galia no era una nación en
ningún sentido. Como César dijo en la primera frase de los
Comentarios a la Guerra de las Galias, su población estaba
dividida en tres grupos étnicos y lingüísticos. En el suroeste,
en la frontera con los Pirineos, estaban los aquitanos, con
quien él pensaba que los íberos de Hispana tenían mucho en
común. En el norte, sobre todo en el noreste, estaban los
belgas, mientras que el centro de las Galias alojaba a los
pueblos a los que los romanos llamaban los galos galli), pero
que se llamaban a sí mismos celtas. Cada uno de esos grupos a
su vez se subdividía en numerosos pueblos distintos que, pese
a la similitud de sus lenguas y cultura, con frecuencia eran
hostiles entre sí. La unidad política básica era el clan (pagus) y
varios clanes conformaban una tribu (civitas). (Ninguna
palabra española resulta totalmente apropiada y algunos
eruditos prefieren Estado a tribu, pero, en realidad, nadie ha
sugerido algo mejor). La importancia de la tribu parece haber
aumentado mucho en ese siglo antes de la llegada de César a
las Galias, y algunos estudiosos las consideran invenciones
comparativamente recientes. Es más probable que los cambios
del clima político y económico en las Galias simplemente
hubieran otorgado nueva importancia a vínculos flexibles de
parentesco y ritual establecidos hacía mucho tiempo.Aun así,
el grado de unidad entre los clanes de un tribu variaba
bastante y hubo varios casos durante las guerras de las Galias
en los que los pagi individuales actuaron de forma
independiente. Hay reyes en algunas tribus y tal vez en
algunos clanes, pero no en otros y parece que la mayoría eran
351
gobernadas por consejos o senados, mientras que la
organización diaria de los asuntos estaba en manos de
magistrados electos. Los aliados más antiguos de Roma, los
eduos, tenían un magistrado supremo llamadoVergobret que
ocupaba el cargo durante un solo año. Nadie podía ser elegido
dos veces para este cargo ni ningún miembro de su familia
podía ocupar ese puesto mientras viviera el individuo que
había sido magistrado, lo que impedía que un hombre o su
familia monopolizara el poder. La similitud de este ideal con
el sistema republicano romano es asombrosa y, desde muchos
puntos de vista, las tribus de las Galias se asemejaban a las
ciudades-estado del mundo mediterráneo, aunque quizá en
una fase anterior de desarrollo.19
Hay un debate académico continuado sobre hasta qué
punto podemos considerar a los galos y a otros pueblos que
hablaban lenguas «célticas» parte de un pueblo con
costumbres y culturas fundamentalmente uniforme, pero ese
debate no es tema de nuestro libro. César señala tanto
similitudes como diferencias entre las diversas tribus, pero
mantenía una muy clara distinción entre los pueblos de las
Galias y las tribus germanas. El río Rin se presenta como la
línea divisoria entre ambos, aunque César concede que la
situación no era tan evidente y algunos grupos germánicos
estaban bien establecidos en tierras de la orilla oeste. La
arqueología no apoya una división tan clara, lo que sugiere
importantes semejanzas en patrones de asentamiento y en
objetos de su cultura como la cerámica, el trabajo en metal,
etcétera, entre la Galia y el centro de Germania. Había más
de una diferencia entre las regiones meridionales y centrales y
las áreas septentrionales de Germania, donde había escasos
352
asentamientos fortificados de envergadura. Sin embargo, sería
un error rechazar el testimonio de César y otros autores
antiguos, porque la arqueología es un instrumento poco
apropiado para revelar fronteras étnicas y políticas. Había
idiomas germánicos y célticos independientes y, sin duda, un
elevado número de dialectos y variaciones regionales dentro
de cada grupo amplio. Es muy posible que algunas tribus que
hablaban una lengua germánica vivieran en asentamientos de
tamaños y planos similares a algunos pueblos de la Galia, así
como que utilizaran objetos de forma y estilo muy semejante.
Eso no significa que alguno de los grupos hubiera percibido al
otro como parecido a ellos mismos en lo esencial y no como
extranjeros. Es más probable que consideraran semejantes a
aquellos pueblos que hablaban la misma lengua o una lengua
similar, que veneraban a las mismas deidades y que habían
vivido entre ellos durante mucho tiempo como familiares.
Esta percepción en sí misma no evitaría la hostilidad y las
guerras entre ambos grupos ni excluiría las relaciones pacíficas
con un pueblo más «extranjero». Ni los galos ni los germanos
eran naciones en un sentido significativo, y la identidad
personal y la lealtad tenían mucho más que ver con la tribu y
el clan, y dentro de estos, con la familia, el vecino o el jefe.`
353
La Galia y sus tribus.
El contacto entre las tribus galas y el mundo mediterráneo
tenía una larga historia marcada por frecuentes
enfrentamientos. Una banda de galos había saqueado Roma
en el año 390 a.C., mientras que otras tribus habían invadido
y se habían asentado en el valle del Po. Más tarde, los
romanos comenzaron a colonizar la misma región, lo que dio
lugar a una serie de guerras que finalizaron a principios del
siglo ii a.C. con la subyu gación y absorción de las tribus
galas. En torno al año 125 a.C. los romanos comenzaron a
conquistar la Galia Transalpina para crear una ruta segura por
354
tierra hacia sus provincias en Hispania. Uno de los
procónsules que participó en esas campañas era Cneo
Domicio Ahenobarbo, el tataratatarabuelo del emperador
Nerón. Según la descripción de un contemporáneo tenía «un
rostro de hierro y un corazón de plomo», y se dice que había
impresionado a las tribus al aparecer montado en un elefante,
pero su legado más duradero fue la Vía Domitia, una gran vía
estratégica que llegaba hasta Hispania. La región fue el
escenario de muchos enfrentamientos durante la emigración
de los cimbros y los teutones, pero no hubo más expansión
romana concertada antes de la llegada de César. Hubo una
considerable consolidación con el establecimiento de puestos
de avanzada fortificados y una colonia en Narbo (la actual
Narbona) en el año 118 a.C., que más adelante se convertiría
en un importante centro comercial, cuando los bienes
producidos por los grandes latifundia de Italia empezaron a
llegar a través de los Alpes. El vino era el principal producto y
la ruta del comercio puede seguirse gracias al descubrimiento
de fragmentos de las ánforas empleadas para transportarlo. La
cantidad comercializada era impresionante, y un estudioso ha
calculado que durante el siglo i a.C. se vendieron unos
cuarenta millones de ánforas de vino en la Galia, una cifra
que, en todo caso, es probable que fuera superior. Cada vasija
solía medir entre un metro y un metro quince centímetros de
altura y contenía entre veinte y veinticinco litros. Las
principales rutas comerciales recorrían los valles del Ródano y
del Saona y discurrían hacia el oeste de la Galia hasta la costa
atlántica a través del Ande y el Garona. A cambio de vinos y
otros bienes de lujo, los comerciantes deseaban obtener
materias primas, incluyendo estaño del suroeste de Bretaña y,
355
sobre todo, esclavos. Una fuente sostiene que un jefe galo
intercambiaría un esclavo por una sola ánfora de vino. Esto
puede haber sido un malentendido sobre la obligación social
de un anfitrión de demostrar cuánta riqueza y poder tenía
entregando al invitado algo de un valor muy superior a su
regalo, pero aun así ilustra la importancia del vino para la
nobleza gala. Se cree que parte de ese comercio era llevado a
cabo por intermediarios locales, pero es evidente que los
mercaderes romanos eran una imagen familiar en amplias
áreas de la Galia. Era una época de grandes oportunidades
comerciales para los romanos y los hombres de negocios
empren dedores penetraban hasta territorios en los que nunca
se habían adentrado los ejércitos romanos. En una zona en
Noricum había una comunidad comerciante romana con su
propio Foro de pequeño tamaño establecido a las afueras de
un pueblo nativo al principio del siglo i a.C.21
El comercio con el mundo romano alentó una tendencia a
la centralización en muchas de las tribus galas. En los siglos li
y i a.C. se multiplicaron los grandes pueblos amurallados que
César denomina con el término algo vago de oppida. Muchas
tribus estaban acuñando monedas de un tamaño y peso
estándar a partir de modelos helenísticos, lo que sugiere que el
comercio a larga distancia era habitual. Algunos
emplazamientos muestran huellas de actividades de
manufacturación a gran escala y tenían un trazado
organizado. Entremont, un pueblo situado en una colina que
fue asaltado por los romanos en torno al año 124 a.C. durante
la conquista de la Galia Transalpina, estaba construido en
piedra en estilo griego. No obstante, la influencia cultural no
era abrumadora, ya que un santuario de estilo helenista
356
también tenía nichos en las paredes para alojar las cabezas
cortadas de los enemigos. Las comunidades situadas en las
principales rutas comerciales eran las más beneficiadas y sus
pueblos eran correspondientemente grandes. Los arvernos
habitaban en la ruta del oeste, mientras que los eduos y los
sécuanos se disputaban los valles del Ródano y del Saona. La
localidad principal de los eduos en Bibracte (el actual Monte
Beuvray) abarcaba un área de ciento treinta y cinco hectáreas
dentro de sus muros, y las excavaciones han revelado vastas
cantidades de ánforas de vino. Los pueblos como este tendían
a ser el foco de atracción del movimiento de las tribus, pero
nunca llegaron a adquirir por completo el papel central de las
ciudades griegas y romanas. Los líderes cuyo poder se basaba
en las zonas rurales seguían manteniendo la capacidad de
dominar a su tribu.”
Al final fue la aristocracia la que dominó a todas las tribus
de la Galia en menor o mayor medida. César consideraba al
pueblo llano poco más que esclavos, tan estrecho era el
vínculo con sus poderosos jefes. La nobleza la dividió en
caballeros (équites) y sacerdotes, conocidos como druidas.
Ninguno de los grupos provenía de una casta determinada y
las familias podían contener tanto druidas como caballeros.
Los druidas no luchaban y su poder residía en los largos años
de formación que los convertía en expertos en materia de
religión, leyes y costumbres tribales. César afirma que de
forma deliberada no anotaban ninguna de sus creencias ya que
pensaban que recurrir a la palabra escrita debilitaba el poder
de la memoria y podía asimismo reducir su propia autoridad.
Como resultado, se sabe muy poco a ciencia cierta de las
creencias de los druidas, algo que ha dado mucho margen a lo
357
largo de los siglos para que ese vacío se llenara con
invenciones románticas. En la época, a los filósofos griegos les
gustaba ver a los druidas como estoicos primitivos y César
indica que creían en la inmortalidad del alma y eso animaba a
los guerreros a desdeñar la muerte en la batalla. Una vez al
año, los druidas de gran parte de las Galias se reunían en un
santuario en el territorio de los carnutes, pero su capacidad
para servir de nexo de unión entre las tribus y unificarlas era
muy limitada. También presidían ceremonias sacrificiales y
podían castigar a una persona prohibiéndole asistir a esos
rituales. El tipo de ofrenda variaba, pero César y nuestras
demás fuentes de la Antigüedad afirman categóricamente que
los galos practicaban sacrificios humanos en ciertas ocasiones.
César habla de altas figuras de mimbre dentro de las cuales se
introducía a gente -por lo general, criminales o enemigos,
pero si no había ni unos ni otros, entonces alguien tenía que
ocupar su lugar- para después prenderles fuego. Algunos
estudiosos desestiman esas historias porque las consideran
propaganda griega y romana, pero no debemos olvidar que los
mismos romanos habían ofrendado víctimas humanas a los
dioses en la época en la que los cimbros amenazaban Italia, y
el Senado no declaró ilegal esa práctica hasta el año 97 a.C.
La sociedad romana seguía sin tener ningún reparo a la hora
de entretenerse viendo cómo moría gente en la arena del
circo, pero se negaban a matar seres humanos en un ritual
religioso. Los testimonios arqueológicos no ofrecen pruebas
incontrovertibles de la celebración generalizada de sacrificios
humanos en las tribus galas, aunque hay evidencias claras de
esta costumbre entre los pueblos germánicos y británicos. No
obstante, es indudable que muchos rituales galos utilizaban
358
partes del cuerpo humano y en la mayoría de los casos es
imposible discernir si se obtuvieron mediante asesinatos
rituales. Además, la caza de cabezas era muy común entre los
guerreros galos y probablemente entre muchos pueblos del
norte de Europa. El santuario de Entremont, y otro similar
en el próximo de Roquepertuse, ofrecen ilustración gráfica de
tales prácticas.` Estrabón nos cuenta:
como por ejemplo la costumbre de colgar, al volver de la
batalla, las cabezas de los enemigos de las colas de los
caballos, para llevárselas y clavarlas ante las puertas de sus
templos. Cuenta Posidonio que él mismo pudo ver este
espectáculo en muchos lugares distintos, y que lo que al
principio le repugnaba, con la costumbre, lo llegó a
soportar serenamente. Muestran a los extranjeros las
cabezas de los enemigos famosos embalsamadas con aceite
de cedro, y ni siquiera a cambio de su peso en oro se
avienen a devolverlas.`
Posidonio era un filósofo griego que viajó por el sur de las
Galias durante los primeros años del siglo i a.C. recopilando
material para un estudio etnográfico. Más adelante se
estableció en Roma y es muy posible que César le conociera.
De hecho, una moneda gala de mediados de siglo
representaba a un guerrero con una cabeza cortada en la
mano. Los arqueólogos han descubierto asimismo un
truculento trofeo en Ribemont-sur-Ancre, en el que los
cadáveres de múltiples guerreros armados y algunos caballos
han sido fijados a una estructura de madera para que se
mantuvieran derechos.Todos estos hombres aparecen sin
cabeza y no se sabe con certeza si se trataba de enemigos
derrotados o era alguna forma de ofrenda sacrificial. César
359
menciona que el botín de guerra se apilaba en montones que
con frecuencia eran consagrados a los dioses y que los
montones podían verse en muchos sitios, ya que los galos
respetaban los rituales y no osarían robar nada de ellos.
También afirma que antes de su llegada las tribus iban a la
guerra «casi todos los años, ya fuesen ellos los atacantes o los
defensores». Estrabón describió a toda la raza gala como
«belicosos» y es evidente que los caballeros eran una
aristocracia de guerreros. El estatus de un hombre se medía
por el número de guerreros que mantenía con sus propios
recursos y que estuvieran personalmente ligados a él por un
juramento solemne. La fuerza y la fama de sus séquitos
actuaban como elementos disuasorios para cualquiera,
miembro o no de la tribu, que pensara atacarles, o para las
comunidades que les eran leales y estaban bajo su protección.`
Al parecer, buena parte de la actividad militar en la Galia
adoptaba la forma de razias, pero en ocasiones los combates
entre las tribus podían ser a gran escala, como en el caso del
enfrentamiento entre los eduos y los sécuanos por el control
de la ruta comercial que recorría los valles de los ríos Ródano
y Saona. Es muy poco probable que el incremento del co
mercio con el mundo mediterráneo diera lugar a la
belicosidad de las tribus galas, pero no hay duda de que fue un
estímulo para guerrear. Los bienes que entraban a espuertas
en la Galia estaban destinados fundamentalmente al mercado
aristocrático. El vino desempeñaba un papel importante en
los banquetes que reunían a los jefes y a los guerreros y los
artículos de lujo ayudaban a incrementar el estatus o podían
ser regalos espectaculares para algún seguidor leal. Las tribus
emplazadas en las rutas comerciales disponían de mejor
360
acceso a este tipo de bienes y podían asimismo cobrar una
cuota comercial. Por otra parte, el grueso de los beneficios era
para la aristocracia, lo que les proporcionaba suficiente
riqueza para mantener grupos más y más grandes de
guerreros. Los líderes no sólo necesitaban dinero, sino una
buena reputación militar si pretendían que se unieran y
permanecieran en su cortejo los guerreros más famosos. Las
incursiones victoriosas era una de las mejores maneras de
lograrlo, así como conseguir buenos botines, parte de los
cuales era entregada a sus partidarios para reforzar su lealtad.
Los líderes y la totalidad de las tribus estaban dispuestos a
emplear la fuerza para controlar las rutas comerciales.
Además, los esclavos que, por lo visto, eran intercambiados
sin ningún reparo por vino, tenían que salir de algún sitio, lo
que fomentaba los asaltos para hacer prisioneros. Un
aristócrata con un fuerte séquito de guerreros a menudo lo
lanzaba contra los enemigos de su tribu, pero existía también
la tentación de utilizar la fuerza en un intento por hacerse con
el poder dentro de la tribu. Los reyes habían desaparecido en
gran parte de las tribus de la Galia central y en el resto de las
Galias sus poderes eran limitados, pero el sueño de gozar de
poder monárquico o tiránico seguía estimulando la
imaginación de muchos líderes poderosos. Las instituciones
de la tribu, los magistrados y el consejo senatorial no siempre
poseían la fuerza suficiente para controlar a esos hombres.’
A diferencia de las legiones romanas, los ejércitos galos
eran tropas poco ágiles, que rara vez tenían capacidad logística
para permanecer en el campo de batalla para sostener una
campaña larga y que a sus comandantes les costaba dirigir.
Tomados uno a uno, los guerreros eran valientes, pero,
361
exceptuando los séquitos de los grandes hombres, casi nunca
eran adiestrados colectivamente y el énfasis siempre se ponía
en la destreza individual. En comparación, los guerreros
semiprofesionales que seguían a los jefes poderosos eran
escasos, suficientes para una expedición de sa queo, pero
nunca suponían más de un pequeño núcleo del ejército de la
tribu que, básicamente, estaba compuesto por todos los
hombres que consiguieran hacerse con alguna arma. Es muy
posible que los romanos copiaran la cota de malla y los más
comunes diseños de casco de los originales galos, pero eran
capaces de construirlos en cantidades muy superiores. Cada
legionario tenía una espada, escudo, coraza y casco, pero lo
más probable es que sólo los ricos y algunos de los guerreros
semiprofesionales galos tuvieran todas esas cosas. La gran
mayoría de guerreros luchaba sin ninguna protección aparte
del escudo. Las espadas sí parecen haber sido bastante
comunes, pero tendían a ser más largas que las de los romanos
-que eran una copia de un diseño español- y eran más
utilizadas para cortar que para clavarse. La mayoría de las
tribus criaban caballos para montar, animales de menor
tamaño que la mayoría de las monturas actuales, pero de
buena calidad. La caballería gala era famosa y,
posteriormente, el arma de caballería del ejército profesional
romano copió muchos aspectos del equipo, instrucción y
terminología de ellos. No obstante, aunque eran muy
efectivos en una carga, la caballería de las tribus, que siempre
estaba formada por los guerreros más ricos, no solían
presentar ni entusiasmo ni aptitud para tareas tan importantes
como la de patrullar.27
La Galia no se hallaba en una situación demasiado estable
362
cuando llegó César. La provincia romana de la Galia
Transalpina aún estaba recuperándose de la rebelión de los
alóbroges, que no habían recibido ninguna recompensa por
ayudar a Cicerón en el año 63 a.C. y no habían encontrado
más alternativa que rebelarse. El alzamiento había sido
reprimido en el año 60 a.C., pero el perpetuo enfrentamiento
entre los eduos y los sécuanos era una cuestión grave porque
afectaba a la seguridad de la provincia y a la continuación del
comercio rentable.Ambas tribus eran aliadas de Roma, pero
parecían dispuestas a buscar apoyo exterior para ganar el
conflicto. En torno al año 71 a.C., los sécuanos habían
apelado al rey germano Ariovisto para que lanzara a sus
guerreros en su ayuda; unos diez años más tarde, infligió una
severa derrota sobre los eduos, muchos de cuyos principales
nobles murieron en el combate, a cambio de lo cual le
hicieron entrega de unas tierras en las que podían asentarse
sus seguidores. Poco después los eduos también sufrieron el
ataque de los helvecios, procedentes de la actual Suiza.
Aproximadamente en la misma época, Diviciaco, un druida
que había ocupado el cargo de Vergobret, se presentó en
Roma para pedir ayuda. El Senado envió una delegación de
enviados a la región pero no emprendió ninguna acción
directa. En el año 59 a.C., durante el consulado del propio
César, Ariovisto fue reconocido como rey y «amigo del pueblo
romano». Por el momento, esa actividad diplomática había
instaurado una cierta estabilidad en las fronteras en torno a la
Galia Transalpina, pero es importante subrayar que César
estaba introduciéndose en una situación dinámica: el
equilibrio de poder entre las tribus -y a menudo dentro de
ellas- cambiaba con frecuencia. De ningún modo se puede
363
calificar a las tribus galas de meras víctimas que aguardaban
pasivas la invasión del imperialismo romano. Sin embargo, es
indudable que estaban desunidas y divididas y esas debilidades
fueron explotadas implacablemente por César.`
364
Bien, en el terreno político, lo que ahora más preocupa es el
miedo a una guerra con los galos; en efecto, los eduos,
nuestros hermanos, tuvieron hace poco un combate
desgraciado; los helvecios están, sin duda, en armas y hacen
incursiones contra la provincia.
365
estaba amenazada y la opinión pública no trataría bien a un
procónsul que se entretenía fuera de Roma mientras había
una crisis en la región que estaba bajo su mando. Después de
los riesgos que había corrido para obtener ese mando, César
no podía permitirse ningún tipo de fracaso, de modo que se
precipitó hacia el norte, viajando a esa fabulosa velocidad que
tantas veces asombró a sus contemporáneos. Con una media
aproximada de 145 kilómetros diarios, ocho días más tarde
había llegado al Ródano. Una crisis podía en una
La emigración no era resultado de un impulso repentino,
sino fruto de años de planificación. Primero había sido
planeada por Orgetórix, descrito por César como el hombre
«más noble y rico» de la tribu, pero al parecer se había basado
en frustraciones ya existentes previamente. Los helvecios eran
un pueblo nutrido y marcial que se sentían cada vez más
restringidos en su patria, encerrada entre las montañas, la
provincia romana más allá del Ródano y del Rin hacia el este.
«En estas circunstancias, sucedía que no podían espaciarse a
sus anchas ni hacer cómodamente la guerra a sus vecinos; lo
cual era motivo de aflicción para aquellos hombres belicosos».’
Las razias eran endémicas en las Galias y lo que los helvecios
deseaban era disfrutar de la capacidad de hacer incursiones de
saqueo con mayor facilidad. No obstante, César afirma que
Orgetórix tenía un motivo ulterior, pues creía que unir a la
tribu para este propósito le ayudaría a convertirse en rey. Los
helvecios, como muchas de las otras tribus, había dejado de
ser una monarquía y, al parecer, eran regidos por un consejo
de jefes y por líderes o magistrados electos. Orgetórix había
logrado que se unieran a su causa numerosos nobles y
evidentemente poseía considerable poder y apoyo, ya que en
366
su época se acuñaron monedas con su nombre con la grafia
ORCIITIRIX. Con la aprobación de los líderes de la tribu,
fue enviado en misión diplomática para visitar otras tribus y
preparar el camino para la emigración. Al resultarle más fácil
tratar con jefes individuales que con magistrados o consejos
tribales, puso de su lado a Cástico de los sécuanos y
Dumnórix de los eduos. Estas dos tribus dominaban la Galia
central y los helvecios atravesarían o pasarían cerca de su
territorio en su viaje hacia el oeste. Su apoyo, o incluso su no
intervención, facilitaría la emigración y ayudaría a los
helvecios a establecerse cuando llegaran. Orgetórix alentó
tanto a Cástico como a Dumnórix para que aspiraran a la
suprema realeza en sus propias tribus, probablemente
prometiéndoles el apoyo de los guerreros helvecios después de
la migración. De hecho, el padre de Cástico había sido
soberano en solitario de los sécuanos y había sido
formalmente reconocido como un «amigo del pueblo
romano» por el Senado. Dumnórix era el hermano menor del
druida Diviciaco, y había logrado reunir un considerable
número de adeptos en la tribu. En secreto, los tres líderes
hicieron un so lemne juramento -algo siempre siniestro a ojos
de los romanos- que les comprometía a ofrecer su ayuda a los
demás en sus empresas. Dumnórix se casó con la hija de
Orgetórix, continuando su afición por las alianzas
matrimoniales: su madre había estado casada con el líder de
los bituriges, su hermanastra y otras parientes con diversos
jefes de las tribus vecinas. Aliándose entre sí, los tres líderes
de lo que serían las tribus más poderosas de la Galia central
creían que nadie podría oponérseles.’
Los preparativos de los helvecios habían finalizado. Sus
367
líderes opinaban que eran necesarios al menos dos años -60 y
59 a.C.- para prepararse para partir. Se reunieron animales de
tiro, por lo visto algunos los habían adquirido o se los habían
quitado a sus vecinos, y habían plantado una enorme cantidad
de cosechas de cereal para producir un excedente que les
alimentara en su viaje. El Senado romano recibió
preocupantes noticias sobre este plan, sin duda remitidas por
los líderes de las tribus amistosas, así como por el gobernador
de la Galia Transalpina. En el año 60 a.C. se decidió mandar
una delegación a la Galia, incluyendo un número de hombres
con experiencia en el área y conexiones familiares entre las
tribus. Al parecer el contacto se estableció con el rey
germánico Ariovisto, que había venido a las Galias para
ayudar a los sécuanos frente a sus rivales, pero ahora se había
asentado con sus guerreros y sus familias en una amplia
extensión de tierra perteneciente a esta tribu. Aparte de eso
sabemos muy poco de las actividades de la delegación romana,
pero la situación pronto pareció volverse favorable para los
romanos. A pesar del éxito diplomático de Orgetórix, los
demás nobles helvecios se enteraron de sus ambiciones y le
procesaron por pretender establecer una tiranía. El castigo por
este delito era ser quemado vivo, y Orgetórix decidió
intimidar a los otros líderes. El día asignado para su juicio
llegó acompañado de sus guerreros, personas a su cargo y
todos los miembros de la tribu ligados a él por obligación
social o por deudas, lo que sumaba una fuerza de más de diez
mil hombres, tal vez una octava parte de todo el poderío
militar de los helvecios. Se planteó una competición entre las
instituciones en ciernes de un Estado y los patrones
tradicionales del liderazgo aristocrático. Ningún juicio podía
368
tener lugar en tales circunstancias, pero la intimidación sobre
los demás líderes no era permanente y pronto comenzaron a
formar una leva de la tribu con la que aplastarlo de una vez y
para siempre. Sin embargo, antes de que la guerra civil llegara
a estallar, Orgetórix falleció entre rumores de suicidio. Los
preparativos para la emigración continuaron a pesar de todo, y
su muerte no alteró de ningún modo la determinación de la
tribu de seguir adelante con sus planes. Es posible que los
romanos no percibieran del todo que el impulso seguía ahí
aun después de la desaparición del líder que había concebido
el plan. En mayo del año Cicerón creyó que la perspectiva de
una guerra importante en las Galias había sido conjurada,
para disgusto del cónsul Metelo Celer, que había recibido la
Galia Transalpina como provincia.5
Esa es la explicación que da César para la emigración, un
producto del deseo de la tribu de disponer de más
oportunidades para saquear y la ambición personal de
Orgetórix. No todos los eruditos han estado dispuestos a
aceptar tal cual esta interpretación y han sugerido que
escondía la verdad con el fin de justificar sus subsiguientes
acciones. Señalan, por ejemplo, que los Comentarios no
mencionaban a Ariovisto, el rey germano que luchó contra los
sécuanos y, más tarde, se estableció en sus tierras. Esto sugiere
que la principal intención de los helvecios era ayudar a las
otras tribus a vencer a Ariovisto y sus germanos. Durante el
propio consulado de César, el líder germano fue designado
«amigo del pueblo romano» por el Senado y los aficionados a
las conspiraciones sugieren que necesitaba la neutralidad o
incluso la complicidad de Ariovisto para enfrentarse a los
helvecios en el año 58 a.C. Cuando fueron derrotados,
369
cínicamente, lo atacó y lo expulsó de las Galias. En esta
versión, César no quería que los helvecios expulsaran a
Ariovisto y que, así, le negaran la excusa para intervenir en la
Galia.’
Nada de esto resulta convincente porque se basa
fundamentalmente en una visión retrospectiva. En primer
lugar, en sí mismo es poco probable que César pudiera haber
logrado que se pasara por alto una distorsión tan enorme de
los hechos en su relato, pues esa práctica era objeto de críticas
muy duras y, a menudo, bien informadas. También es dificil
que Roma contemplara la expulsión de Ariovisto por parte de
los helvecios con buenos ojos. En aquel momento, su
provincia de la Galia Transalpina lindaba con las tribus de los
eduos y los sécuanos, ambos con estatus de aliados. Ariovisto
había entrado recientemente en el sistema. La propia
provincia acababa de sufrir una importante rebelión
encabezada por los alóbroges y lo ideal es que disfrutara de un
periodo de estabilidad para evitar que el comercio y los
ingresos sufrieran. La llegada de una tribu fuerte amenazaba
perturbar esta red de alianzas. También estaba la cuestión de
lo que sucedería con la tierra natal de los helvecios cuando se
marcharan. Si las tierras abandonadas eran colonizadas por
recién llegados, quizá provenientes de una de las tribus
germanas, eso podría suponer una nueva amenaza a la
provincia romana. En general, los romanos sospechaban de
los movimientos de los pueblos, tan comunes en la Edad de
Hierro de Europa, y trataban de evitar que se produjeran en
las tierras cercanas a sus propias provincias.Tampoco a las
tribus de Galia les beneficiaba unirse independientemente de
Roma.
370
Por tanto, César tendría amplia justificación para intervenir
aunque los helvecios hubieran tenido la intención de
enfrentarse a Ariovisto, y no necesitaba ocultarlo. A fin de
cuentas, su propio relato es mucho más verosímil. Es obvio
que Cástico y Dumnórix creían que ganarían con la llegada de
los emigrantes y, sin duda, esperaban el apoyo de Orgetórix
contra todos sus oponentes, ya fueran extranjeros o miembros
de su propia tribu. Los líderes de los sécuanos que habían
invitado a Ariovisto a entrar en la Galia en primer lugar y los
múltiples jefes que solicitarían la ayuda de César en los
próximos años, actuaron con los mismos motivos. Asociarse
con una poderosa fuerza exterior elevaba el prestigio de un
jefe y dicha asociación podía convertirse en asistencia militar
directa. Podría inducir a error hablar de facciones pro o
antirromanas dentro de las tribus, ni tampoco pro o
antigermanos o antihelvecios en realidad. Cada jefe individual
buscaba aquel tipo de ayuda que creía que más le beneficiaría
y todos participaban en la pugna por el dominio dentro de la
tribu. Algunos líderes y, desde luego, los consejos de algunas
tribus, decidieron que lo que más les convenía era aliarse a
César y Roma, mientras que otros hombres y sus pueblos, que
eran sus rivales, actuaron de forma diferente.’
Sin embargo, en la primavera del año 58 a.C. hay múltiples
indicios de que los helvecios cogieron desprevenido a César.
Quizá le sorprendiera el momento elegido para la migración o
tal vez su magnitud. Tenía cuatro legiones bajo su mando,
pero sólo una de ellas estaba en la Galia Transalpina. Las
otras tres estaban acampadas en la frontera de la Galia
Cisalpina más próxima a Iliria. No se sabe quién emplazó allí
las tropas, pero aunque no hubiera sido César, el caso es que
371
no hizo ningún esfuerzo por modificar esa disposición.
Incluso cuando se apresuró a dirigirse hacia el Ródano, no
hizo ningún intento de enviar nuevas órdenes a esas tropas.
Es dificil evitar la conclusión de que seguía pensando mucho
en la campaña en los Balcanes. Quizá sólo cuando llegó a las
proximidades de Ginebra fue consciente del alcance del
problema. Los helvecios y los clanes aliados que se les habían
unido en la emigración habían apilado sus posesiones en
carromatos y habían partido con gran determinación.A sus
espaldas dejaron las ruinas humeantes de sus pueblos y aldeas,
que habían incendiado deliberadamente para desalentar a
cualquiera que vacilara si el viaje se ponía dificil. Puede que
César exagerara cuando afirmó que todos y cada uno de los
asentamientos fueron quemados, como también, desde luego,
era excesiva la implicación de que ningún miembro de la tribu
quedó atrás, pero es evidente que la magnitud de los
acontecimientos había sido inmensa.
Según César, la cifra de 368.000 emigrantes fue tomada de
los registros capturados a los helvecios. Estos estaban escritos
en caracteres griegos, ya que este tipo de inscripciones galo-
griegas que utilizaban la lengua celta y el uso del alfabeto
griego en el sur de las Galias es bastante común y atestigua la
larga presencia e influencia de Massilia. Cualquier cifra
encontrada en un texto antiguo debe tratarse siempre con
cierta precaución, puesto que es muy fácil que los números
resulten distorsionados a lo largo de los siglos cuando los
manuscritos son copiados una y otra vez. En casos de ese tipo,
el deseo romano de cuantificar una victoria militar mediante
las cifras de enemigos asesinados y ciudades capturadas
animaba a exagerar de forma deliberada. No hay duda de que
372
es una cifra muy alta, que sugiere una densidad de población
considerablemente superior a lo que podía esperarse, incluso
en una región tan superpoblada como para producir una
emigración. No obstante, al final sabemos tan poco de los
antiguos niveles demográficos que no sería razonable ser
demasiado dogmático y si rechazamos la cifra dada por César,
no tenemos nada con qué sustituirla. Las sugerencias
modernas de totales más «plausibles» nunca dejarán de ser
conjeturas. Al final, aunque César inflara las cifras, o estuviera
genuinamente equivocado, una considerable cifra de personas
y animales se pusieron en movimiento, más bien en muchos
grupos separados que en una columna muy larga, que habría
creado enormes problemas prácticos y logísticos. Sin
embargo, en ciertos puntos, como cruces de ríos y pasos de
montañas, los diferentes grupos tenían tendencia a apiñarse
unos a
Es poco probable que César supiera con exactitud cuántos
emigrantes estaban esperando para cruzar el río y entrar en su
provincia, pero sin duda superaban en número a la única
legión que tenía a su disposición. Una de las primeras órdenes
que dio a los legionarios fue que destruyeran el puente que
cruzaba el río a la altura de Ginebra. También reclutó tantas
tropas como pudo en la provincia y las tribus le
proporcionaron contingentes de caballería. Poco después de
su llegada, le visitó una delegación de líderes helvecios que le
pidieron permiso para que su pueblo atravesara la provincia
romana, prometiéndole que no efectuarían saqueos a su paso.
César no quería autorizar esa petición. En los Comentarios
aprovecha esta oportunidad para recordar a sus lectores una
batalla librada cincuenta años antes, cuando uno de los clanes
373
de los helvecios había derrotado al ejército romano. Desde el
punto de vista de los romanos, había sido un ataque sin
provocación previa que empeoró cuando obligaron a los
supervivientes a sufrir la humillación de pasar bajo un yugo de
lanzas, lo que simbolizaba que habían perdido el estatus de
guerrero. Esto sucedió en el año 107 a.C., en medio de una
serie de desastres sufridos por los ejércitos romanos a manos
de los cimbros y los teutones. César deseaba revivir el temor
de aquellos años -un temor que formaba parte de la memoria
viva- en su audiencia romana. Así podrían sentirse tranquilos
al saber que el sobrino de Mario estaba allí para defenderlos.
Sin embargo, al principio, César en realidad no contaba con
medios para ofrecer esa protección, por lo que intentó ganar
tiempo, diciéndole a los representantes helvecios que
consideraría la cuestión y les informaría de su decisión si
regresaban en los idus -el 13- de abril, seguramente una o dos
semanas después. En ese intervalo ordenó a su legión que
construyera una línea defensiva a lo largo de la orilla romana
del Ródano desde el lago Leman hasta el principio de las
montañas jura. Fue la primera de muchas proezas de
ingeniería que llevaría a cabo su ejército y la realización fue
rápida y satisfactoria. A lo largo de 19 millas romanas (algo
más cortas que la milla actual, es decir, de 1,48 kilómetros)
elevaron una muralla de tierra de unos 5 metros de altura,
reforzada en puntos clave en los que el río podía vadearse con
fortines guarnecidos con destacamentos de la legión y de otras
tropas que César había reclutado. Es posible que la muralla
no fuera absolutamente continua y que se interrumpiera
cuando los accidentes naturales garantizaran que era
imposible atravesarlos, pero no hay pruebas para confirmar
374
esta sugerencia. Ese planteamiento no es un concepto nuevo
en un ejército romano en ese periodo. Craso había hecho uso
de una barrera fortificada similar en la campaña contra
Espartaco, y Pompeyo había hecho lo mismo en la guerra
contra Mitrídates. Ese tipo de murallas eran prácticas,
presentaban un obstáculo que, como mínimo, retrasaría al
enemigo, pero también era una declaración visible y potente
de intenciones y determinación.’
Cuando los helvecios regresaron para conocer la decisión
de César, les informó sin rodeos que «según costumbre y
ejemplo del pueblo romano él no podía dar paso a nadie por
la Provincia, y que, si trataban de forzarlo, estaba dispuesto a
impedirlo».’ Las nuevas fortificaciones estaban allí para
demostrar que estaba hablando en serio. No obstante, era
dificil que una masa tan grande de gente cambiara
repentinamente de dirección y propósito. Es probable que el
periodo de espera junto al río resultara muy frustrante y
muchos de los helvecios estaban decididos a seguir adelante,
sobre todo tras años de preparación y la destrucción de sus
antiguos hogares: empezaron a cruzar el Ródano en pequeños
grupos, usando los vados o improvisando balsas para
transportar personas, animales y vehículos. Es posible que
fueran pruebas deliberadas enviadas por los jefes para
comprobar la fuerza de las defensas de César, pero lo más
posible es que reflejaran la debilidad de la autoridad central y
la independencia del individuo que parece haber sido
característica de muchas de las tribus de las Galias. Es
indudable que no se trataba de asaltos con todas las de la ley a
la línea de fortificaciones. La mayoría de los cruces tuvieron
lugar bajo la protección de la oscuridad, pero algunos grupos
375
tuvieron el valor de arriesgarse a intentarlo a la luz del día.
Ninguno de ellos lo logró, porque los hombres de César
fueron capaces de concentrarlos y abordar cada grupo
sucesivamente, lanzándoles a muchos de ellos proyectiles
cuando intentaban cruzar. Más adelante, los helvecios
admitieron la derrota, pero para entonces algunos de sus
líderes habían decidido tomar otro curso de acción, seguir una
ruta alternativa, más dificil, para salir de sus tierras. Eso
significaba utilizar los pasos a través de las montañas jura y
cruzar el territorio de los sécuanos. No habría sido práctico si
estos hubieran decidido resistirse a ellos, pero la tribu había
sido persuadida por Dumnórix, el eduo, de que permitiera
pasar a los helvecios. Supuestamente, lo logró gracias a su
propia reputación y sus conexiones matrimoniales con
hombres poderosos. Orge tórix estaba muerto, pero seguiría
siendo útil para Dumnórix poder pedir el apoyo de los
poderosos helvecios una vez que estuvieran establecidos en sus
propias tierras. Aun antes de que comenzaran a avanzar en esa
nueva dirección, César recibió informes sobre sus planes.”
«UNA NUEVA GUERRA»
Probablemente fue en ese momento cuando César resolvió
por fin iniciar una campaña completa contra los helvecios en
las Galias. La razón que adujo en los Comentarios era que los
helvecios planeaban asentarse en la frontera con «los santonos,
que no distan mucho de los tolosanos, pueblo este que
pertenece a la Provincia. Si tal cosa llegaba a suceder,
comprendía que la Provincia se vería expuesta a gran peligro,
teniendo como vecinos en regiones abiertas y muy ricas en
trigo a aquellos hombres amigos de la guerra y enemigos del
pueblo romano». Sus recientes acciones le habían asegurado la
376
hostilidad de los helvecios, pero desde la perspectiva de los
romanos, su razonamiento era sensato. Como hemos visto,
como mínimo, la incursión de los nuevos colonos habría
desestabilizado el sistema de equilibrio por el que la
combinación de la diplomacia y la potencia militar romana
habían garantizado la seguridad de la provincia. Dejando a su
experimentado legado Labieno a cargo de las defensas del
Ródano -probablemente otro indicio de que los helvecios
viajaban en series de grupos separados y de que una masa
extendida de personas, animales y vehículos tardaban en
alejarse en una nueva dirección-, César se apresuró hacia
Aquileia, donde se hallaba su ejército principal. Llegaron
otras dos legiones, la undécima y la duodécima, para unirse a
las tres que ya estaban estacionadas allí y a la que había
quedado atrás junto al Ródano. Los Comentarios transmiten
la impresión de que estas medidas se tomaron sólo cuando
César se presentó allí, pero considerando estas cuestiones
prácticas de reclutamiento y organización lo más seguro es
que ya hubiera dado la orden algún tiempo antes. Puede que
las tropas estuvieran allí con el fin de reforzar el ejército para
emprender operaciones en los Balcanes, pero la amenaza
inmediata de los helvecios era un pretexto mejor para su
público. No tenía autoridad para formar nuevas legiones,
porque se suponía que sólo el Senado podía dar instrucciones
a un go bernador para hacerlo, pero la carencia de poder
específico nunca había detenido a César. Cuando era joven y
aún un ciudadano privado había reclutado tropas aliadas para
combatir a los piratas y rechazar la invasión de los pontos de
Asia, y también había formado diez cohortes -equivalentes en
su número de soldados a una legión- durante su mandato
377
como propretor en Hispania. Sin dudar que sabía qué era lo
mejor para Roma y las provincias, César sencillamente
actuaba y luego confiaba en su propia habilidad para hacer
que las cosas funcionaran. Puesto que no había autorizado su
existencia, el Senado no podía enviar dinero del erario público
para pagar y aprovisionar las nuevas legiones, lo que
significaba que el procónsul tendría que conseguir los fondos
de los ingresos que recaudaba en su provincia y los beneficios
que obtuviera con las victorias. Se cree que el grueso de los
soldados en las nuevas formaciones eran de la Galia Cisalpina,
es decir, no eran realmente ciudadanos romanos y, por tanto,
no eran legalmente elegibles para servir en una legión. En el
pasado, César había defendido el deseo de la población de la
región de obtener la ciudadanía y como gobernador, con
consecuencia, les trató como si, de hecho, sí fueran
ciudadanos. Este era el primer ejemplo importante de la
determinación de aplicar una medida de este tipo.’
Pronto, César estaba preparado para dirigir a las cinco
legiones de regreso a la Galia Transalpina. La ruta más rápida
era a través de los Alpes, que, a pesar de estar casi
completamente rodeados de provincias romanas, seguían sin
haber sido conquistados. En una semana, la columna romana
atravesó las montañas, rechazando sucesivas emboscadas de
las tribus, ferozmente independientes, que se sintieron
molestas ante esta incursión y, sin duda, también vieron la
oportunidad de obtener algún botín. Era una dura
introducción a la campaña para los novatos reclutas, pero, al
parecer, la marcha se llevó a cabo sin graves pérdidas. Una vez
hubieron atravesado las montañas, César avanzó hacia los
territorios de los alóbroges, reuniéndose con las tropas que
378
había dejado en la provincia. Ahora tenía seis legiones a su
disposición, con un total de unos veinticinco a treinta mil
hombres, y una fuerza de caballería aliada que pronto contaría
con unos cuatro mil efectivos, junto con algo de infantería
ligera.Además había esclavos acompañando a cada legión para
cuidar los carros con las provisiones y aperos, algunos de ellos
propiedad de los oficiales y, muy posiblemente, algunos
simpatizantes. Todos ellos necesitaban alimentos, así como
los miles de monturas y animales de tiro y carga. Abastecer a
su ejército siempre ha sido una de las principales
preocupaciones de cualquier comandante de un ejército. Las
operaciones contra los helvecios se habían desarrollado de
manera tan inesperada que César apenas había podido
prepararse para esta tarea y acumular todo lo necesario en
depósitos de suministros situados en emplazamientos
convenientes en la Galia Transalpina. Es improbable que la
fuerza principal trajera consigo importantes suministros de
alimento en su rápida marcha desde Aquileia. Aún era
primavera, y faltaban unos meses para que la cosecha estuviera
disponible -César señala en los Comentarios que era tardía en
aquellos climas nórdicos-, por lo que el ejército no podía
esperar conseguir demasiadas provisiones de la tierra que
atravesaban. Por tanto, se enviaron mensajes a los aliados de
Roma, en especial a los numerosos y poderosos eduos, para
que guardaran reservas de grano y se las entregaran a las
tropas. Entretanto, los helvecios habían cruzado el Pas de
l’Ecluse, pasando por las tierras de los sécuanos, y se
adentraron en la zona fronteriza de los eduos. Representantes
de la tribu se dirigieron a César quejándose de incursiones de
saqueo por parte de los emigrantes. «Los eduos siempre se
379
han merecido un trato justo y no es justo que nuestras tierras
sean devastadas, nuestros niños sometidos a cautiverio y que
nuestros pueblos sean saqueados casi ante los ojos de un
ejército romano.» Los ambarros, una tribu aliada de los eduos,
así como los alóbroges, que no hacía tanto que se habían
rebelado y habían sido derrotados, elevaron también quejas
similares. No se sabe si los jefes de los helvecios habían
resuelto enviar esos ataques de pillaje de forma consciente.
Aunque no hubiera sido así, habría sido extremadamente
dificil controlar un grupo tan numeroso y dispar dividido en
muchos grupos individuales. Debido a los retrasos sufridos en
el viaje, es posible que a algunos de los emigrantes se les
estuvieran acabando los víveres. De igual manera puede que
hubieran surgido hostilidades con los pueblos locales,
nerviosos por la incursión de tantos forasteros. No es de
extrañar que hubiera estallidos de violencia, pero la necesidad
de defenderse o vengarse de los ataques contra un aliado era
para los romanos una justificación clásica para iniciar un
agresivo combate. Debe mencionarse asimismo que eso tenía
un sentido práctico: si Roma no estaba dispuesta o era
incapaz de proteger a sus amigos, entonces, ¿por qué una
tribu, sobre todo los alóbroges, que en aquel momento
estaban muy desconten tos, iba a considerar que merecería la
pena mantener la alianza? Como cónsul, César había
aprobado una ley que regulaba el comportamiento de los
gobernadores provinciales y restringía la libertad para enviar a
su ejército fuera de su provincia. En los Comentarios
demostró que cuando él lo hizo fue una decisión totalmente
acertada.`
César alcanzó a los emigrantes en las proximidades del
380
Saona. Durante veinte días, los miembros de la tribu habían
estado pasando el río en balsas y pequeños botes atados entre
sí, y tres cuartos de ellos estaban ya en la otra orilla. Este es
otro indicio de que no debemos imaginarnos a los helvecios
desplazándose en una columna ordenada, sino en muchos
grupos separados que avanzaban de modo disperso por el
paisaje y que sólo se agrupaban cuando el sendero se
estrechaba. En el mismo lado del río que los romanos estaban
los tigurinos, el clan responsable de la humillante derrota
sufrida por los romanos el año 107 a.C. César se asegura de
recordarle a sus lectores una vez más esta derrota y añade que
él tenía un interés personal en vengarla porque el abuelo de su
suegro, Calpurnio Pisón, había muerto en aquella batalla.
Cuando sus exploradores le informaron de la presencia de los
tigurinos, César decidió lanzar un ataque sorpresa, saliendo al
frente de su ejército antes del amanecer. El resultado no fue
una batalla, sino una masacre, pues los romanos cayeron sobre
los grupos desperdigados y desprevenidos de los miembros de
la tribu y de sus familias. Muchos fueron asesinados y el resto
se dispersaron, abandonando sus carros y sus posesiones.
Después del combate, los romanos construyeron un puente
sobre el Saona y lo atravesaron en un solo día.14
Cuando el ejército romano se enfrentó al resto de los
helvecios, sus jefes enviaron otra delegación al procónsul. Para
subrayar aún más la conexión con lo sucedido en el año 107
a.C., César afirma que estaba encabezada por el mismo
hombre que lideró la guerra entonces, un tal Divicón, que en
aquel momento debía de ser muy anciano. La tribu se ofreció
a establecerse en cualquier tierra que César sugiriera y
prometió mantener la paz con Roma. Sin embargo, también
381
demostraron que no estaban abatidos por el ataque sorpresa
contra los tigurinos y advirtieron a los romanos que no
despreciaran su poderío militar, recordándoles la batalla
ganada medio siglo antes. Habían aprendido «de sus padres y
antecesores a ganar batallas utilizando el valor, no la astucia y
el sigilo».15 Un público romano habría considerado esta
declaración como una peligrosa muestra de orgullo que se
negaba a reconocer y someterse a la supremacía romana.
César les dijo que la derrota del ejército de Casio del año 107
a.C. sólo se había producido porque los helvecios habían
atacado sin previo aviso, cuando ni siquiera estaban en guerra
con los romanos. Aparte de esa antigua injusticia, les recordó
sus recientes ataques a los aliados de Roma. Les aconsejó que
no debían tener ese exceso de confianza y declaró que los
dioses inmortales a menudo otorgaban breves periodos de
éxito a los criminales antes de que sufrieran terribles castigos.
(César era Pontifex Maximus, pero esta es una de las pocas
referencias a los dioses en sus escritos.) Sólo si les entregaban
a los rehenes por su buen comportamiento y compensaban a
los eduos y a los demás que habían sufrido con sus expolios,
estarían dispuestos a aceptar la oferta de paz. Tras responder
que los helvecios «tenían como tradición de sus mayores
recibir rehenes, no darlos», Divicón y su delegación se
marcharon precipitadamente. Resulta dificil imaginar cómo
César podría haber concedido la petición de tierras de un
modo razonable, dado que la Galia ya estaba densamente
poblada. No tenía derecho a emplazarlos en ningún territorio
fuera de su propia provincia y habría sido impensable que se
establecieran en su interior. Allá donde fueran, era inevitable
que los helvecios causaran trastornos y eso perjudicaba a los
382
romanos.`
Los convoyes de los helvecios avanzaron y César los siguió,
enviando sus cuatro mil soldados de caballería por delante.
Entre ellos había una amplia representación de eduos,
liderados por Dumnórix, el mismo jefe que se había aliado
con Orgetórix y, después, había ayudado a los helvecios.Al
avanzar sin tomar las debidas precauciones, la caballería aliada
cayó en una emboscada y fue vencida por una fuerza de
caballería helvecia que era de un tamaño muy inferior. La
aplastante derrota comenzó con Dumnórix y los eduos.
Animados por ese primer éxito, la retaguardia del enemigo
empezó a moverse más despacio y a iniciar enfrentamientos
más a menudo. César no estaba dispuesto a arriesgarse a que
hubiera demasiadas refriegas con ellos, y mantuvo al enemigo
bajo observación y detuvo a todos los grupos que intentaron
separarse y saquear las tierras que cruzaban. Su ejército
marchaba detrás de los helvecios, siguiendo de cerca cada uno
de los movimientos para que su avanzada no estuviera a más
de ocho o nueve kilómetros de su retaguardia. En aquel
momento estaba bastante lejos de su provincia y cada vez
estaba más preocupado por la situación de las provisiones.
Cuando estaba cerca del Saona los suministros no habían
supuesto un problema tan grave porque había podido traer
alimentos en las numerosas barcazas que surcaban esa ruta
comercial. No obstante, los helvecios se habían alejado del
río, por lo que se vio obligado a hacer lo mismo. Los eduos
habían prometido que le darían grano -al fin y al cabo, estaba
luchando contra un enemigo que había invadido y saqueado
sus tierras-, pero de momento no había llegado nada y las
repetidas peticiones no tuvieron ningún resultado a pesar de
383
las frecuentes promesas de que estaba de camino. En el plazo
de unos días, los soldados debían recibir un grano que César
no tenía en su posesión en aquel momento. Durante breves
plazos de tiempo, había sido posible convencer a los soldados
en campaña de que se arreglaran con unas raciones mínimas,
pero, por lo general, sólo un fuerte liderazgo podía conseguir
algo así. César y sus hombres seguían siendo relativamente
desconocidos, mientras que un tercio del ejército tenía muy
poca experiencia.”
Deseoso de evitar el desastre, César reunió a los hombres
más importantes de los eduos, acaudillados por los druidas
Diviciaco y Lisco, el hombre que en aquel momento ocupaba
el puesto de Vergobret, el magistrado supremo elegido
anualmente por la tribu. Al ser amonestados por César por no
haber cumplido con sus obligaciones hacia un ejército que
estaba luchando para protegerlos, Lisco culpó a los hombres
poderosos dentro de la tribu que habían retrasado la
recolección y transporte del grano, alegando que creyeron que
era mejor ser dominados por sus compatriotas galos, los
helvecios, antes que por romanos. Estos jefes habían pasado
información al enemigo e intimidado a cualquiera que se
atreviera a oponerse a ellos. Lisco no dio nombres, pero César
ya sospechaba de Dumnórix y adivinó que él estaba detrás de
esa conspiración. Despidió al resto de jefes y habló en privado
con elVergobret, que ahora estaba más dispuesto a hablar con
libertad y enseguida confirmó las sospechas del procónsul.
Dumnórix aspiraba a la monarquía -probablemente fue él
quien acuñó las monedas de ese periodo con el nombre de
DUBNOREIX- con el respaldo de una amplia fuerza de
guerreros mantenidos con los beneficios de controlar las
384
cuotas sobre el comercio a lo largo del Saona. Su complicidad
con los helvecios quedó ahora completamente al descubierto y
César creyó que poseía suficientes pruebas para justificar un
severo castigo, pero titubeaba porque valoraba la lealtad de
Diviciaco. Por tanto, convocó al druida a una conferencia aún
más privada en la tienda de su cuartel general. Despidió a los
intérpretes que solía utilizar y confió en la asistencia de Cayo
Valerio Procilo, un aristócrata de la Galia Transalpina cuyo
padre había obtenido la ciudadanía romana para la familia.
César, que había pasado suficiente tiempo en los tribunales de
Roma, presentó los hechos y los argumentos contra
Dumnórix y sugirió que o su hermano o los eduos debían
juzgarle por estos delitos. Diviciaco relató cómo su hermano
menor había dependido de él para triunfar en la vida pública,
pero desde entonces se había vuelto contra él, convirtiéndose
en su rival. Parte de la frustración de Dumnórix es
comprensible, ya que el druida había ocupado recientemente
el cargo de Vergobret y la norma era que ningún otro
miembro de su familia podía obtener el puesto mientras él
viviera. No obstante, Diviciaco rogó a César que no castigara
a su ambicioso pariente, en parte por afecto, pero sobre todo
porque pensaba que le perjudicaría personalmente que le
vieran apoyar a los romanos contra su propio hermano. Su
apelación fue llorosa e insistente. Dumnórix fue llamado para
que se presentara en la tienda y, delante de su hermano,
enumeró sus delitos. El procónsul le informó de que, gracias a
su hermano mayor, se le había dado otra oportunidad, pero
que en el futuro debía evitar que recayera sobre él ni la más
mínima sombra de duda. Ese tipo de diplomacia «cara a cara»
se convirtió en un rasgo común de la época de César en la
385
Galia. Como en la vida pública romana, muchas de las
acciones del gobernador eran decisiones personales. César era
famoso en Roma por su facilidad para perdonar y su buena
disposición para hacer favores. En ocasiones, en las Galias
aplicó los mismos principios, pero en ningún momento se
confió en exceso o se mostró ingenuo. Después de la reunión
ordenó que mantuvieran a Dumnórix bajo constante
vigilancia y que le informaran de todo lo que hiciera.`
Aunque habían eliminado los obstáculos que retrasaban el
suministro de grano, no era una solución instantánea a sus
problemas, y aún tendría que pasar un tiempo hasta que los
eduos llevaran el grano a su ejército. César necesitaba forzar
un rápido desenlace de la campaña y el mismo día que celebró
esas reuniones creyó haber visto la oportunidad. Sus patrullas
de reconocimiento regresaron e informaron de que los
helvecios habían acampado ocho millas romanas más allá,
junto a un terreno elevado. César envió a otra patrulla para
explorar cuidadosamente la posición, examinando en
particular las dificultades que presentaba escalar las pen
dientes de la colina por cada lado, sobre todo la más alejada
del enemigo. Ese grupo retornó e informó de que el ascenso
era sencillo. César decidió lanzar un ataque en toda regla
sobre el campamento enemigo con la esperanza de aprovechar
el efecto sorpresa del mismo modo que con los tigurinos.
Labieno obtuvo el mando de las dos legiones -posiblemente
dos de las más experimentadas- y partió de madrugada para
tomar la colina. Dos horas más tarde, César dirigió al resto
del ejército y recorrió los trece kilómetros hasta el
campamento enemigo. Cuando Labieno viera que César
comenzaba el asalto, él debía atacar con su legión desde la
386
loma. Ambas tropas debían seguir la misma ruta durante la
mayor parte del camino, guiados por los hombres que habían
formado parte de la patrulla el día anterior y habían visto el
terreno a la luz del día.
Era un plan audaz, pero perfectamente factible, con un
método de preparación que, en esencia, podría ser aplicado
por un ejército moderno. César poseía amplia experiencia en
razias y ataques sorpresa, bastante más que en batallas
campales, ya que la guerra en la Península Ibérica tendía a
adoptar esa forma. Mario también había logrado ocultar un
nutrido destacamento de hombres en terreno estéril detrás de
los teutones en Aquae Sextiae en el año 102 a.C. Las
operaciones nocturnas siempre son arriesgadas, por la
confusión potencial y la eterna posibilidad de que las unidades
se pierdan. En este caso, las cosas empezaron muy bien.
Labieno salió y desapareció en la oscuridad; tras el intervalo
acordado, César le siguió con la fuerza principal. La caballería
avanzó al frente de la columna, y envió patrullas para
supervisar el avance. Estos exploradores estaban al mando de
Publio Considio, un experimentado oficial con una excelente
reputación militar. Había servido con Sila y Craso, y, por
tanto, es probable que tuviera más de cuarenta años. César no
menciona su rango, pero seguramente era tribuno o prefecto,
aunque en ocasiones se ha sugerido que era un centurión. Es
posible que fuera familiar del senador Considio, que el año
anterior había declarado que, a diferencia de tantos otros, era
demasiado mayor para preocuparse por el peligro (véase
página 232).19
Al amanecer, la tropa principal estaba sólo a dos kilométros
y medio del campamento enemigo y Labieno estaba
387
aguardando en posición, pero desde donde estaba no podía
comunicarse con César. Los helvecios, como muchos ejércitos
tribales que no prestaban excesiva atención a reconocer el
terreno, eran totalmente ajenos a la presencia de ambas
fuerzas. En aquel momento, Considio se aproximó galopando
para informar de que la colina no estaba en manos de los
romanos, sino de los galos. Estaba absolutamente convencido
de eso, porque había visto con claridad su armamento,
emblemas e insignias. Aquellas noticias significaban que
Labieno, o bien se había perdido y no había llegado a su
destino, o bien había sido derrotado. En cualquier caso, era
evidente que los helvecios estaban preparados y esperándoles.
César detuvo la columna de inmediato. Contaba con cuatro
legiones, dos de las cuales eran posiblemente las primerizas
undécima y duodécima. Además, sus hombres estaban
cansados tras la marcha nocturna, sin duda todavía
suficientemente frescos para atacar por sorpresa a unos
oponentes desprevenidos y entorpecidos por las provisiones y
las familias, pero no necesariamente listos para librar una
interminable batalla campal. Atacar en esas circunstancias
supondría pelear con una seria desventaja numérica en un
terreno elegido por el enemigo. Ordenó a la columna que se
retirara a un alto cercano y allí les hizo formar en línea de
batalla para aguardar un ataque. Pasó el tiempo. Los helvecios
levantaron el campamento y se dispusieron a continuar su
marcha, aún ignorantes de que el ejército romano se había
aproximado tanto a ellos y se había dividido. Labieno
obedeció las órdenes al pie de la letra, sin entrar en batalla
hasta que viera a los hombres de César iniciar el ataque. En
cualquier caso, poco podría haber hecho con sólo dos legiones
388
bajo su mando. Sólo al final del día unos exploradores de la
tropa principal establecieron contacto con el destacamento de
Labieno y confirmaron que eran ellos, y no el enemigo,
quienes ocupaban aquella posición clave. En lo que quedaba
de día, César ordenó a su ejército que siguiera a los helvecios
y esa noche acampó a cinco kilómetros de ellos.20
Había sido un error vergonzoso, pero podría haber
resultado desastroso si los helvecios hubieran sido conscientes
de la situación y hubieran atacado a cualquiera de las dos
partes del ejército romano. La posición de los hombres de
Labieno en la colina había sido especialmente vulnerable.
César había aprendido que podía confiar en el buen juicio y el
sentido común de su experimentado legado, pero no en los de
otros oficiales, por muy buena que fuera su reputación. Fue
una lección sobre los riesgos inherentes a las operaciones
complejas y sobre el papel que desempeñaba la suerte en el
arte de la guerra. César no menciona si castigó a Considio por
perder la cabeza, pero la publicación de los Comentarios
garantizó que su vergüenza se hiciera pública. En su relato,
César culpa a su subordinado de aquel fracaso, lo que no
parece completamente irrazonable, pero puede que sus
soldados no lo vieran así en aquel momento. César había
dado las órdenes y había sido él quien había detenido a la
fuerza principal basándose en información falsa y tardó
mucho en comprobar su veracidad. Durante este periodo
había dejado a sus compañeros de armas de las dos legiones
de Labieno prácticamente en la estacada. La persecución de
los helvecios continuó, pero la situación no era demasiado
buena. La ración de trigo debía entregarse en el plazo de dos
días, pero no había provisiones para hacerlo.A la mañana
389
siguiente, César decidió que las cosas no podían continuar así
y dio orden de abandonar su cauteloso seguimiento de los
helvecios por el momento. El ejército dio media vuelta y
marchó hacia Bibracte, a unos veintinueve kilómetros de
distancia. Su plan era reabastecerse allí y, a continuación,
lanzarse de nuevo contra los helvecios. En vista de su lento y
pesado avance, no debería resultar dificil darles alcance otra
vez.”
En retrospectiva, aquel fue el momento crucial de la
campaña. Algunos guerreros que servían entre los aliados de
César se apresuraron a desertar y cabalgaron hacia el enemigo,
informándoles de la retirada de los romanos. Los helvecios
decidieron perseguirlos, probablemente porque interpretaron
esa maniobra como un signo de debilidad. César también se
preguntó si pretendían cortarles el paso y no permitirles llegar
a Bibracte y sus provisiones. Pronto, los galos estaba atacando
la retaguardia romana. César la reforzó con toda su caballería
y empleó a los jinetes para cubrir el despliegue de su ejército.
Ocupó una colina próxima y situó a las experimentadas
legiones séptima, octava, novena y décima en la línea
principal. Si actuó según su costumbre posterior, entonces es
probable que la décima ocupara el lugar de honor a la derecha
de la línea. Cada legión se desplegó en la formación normal,
la línea triple (triplex acies) con cuatro cohortes en la línea del
frente, y tres en la segunda y tercera. Los legionarios dejaron
sus bultos en el suelo -que normalmente llevaban suspendidos
de un bastón que descansaba sobre su hombro- para poder
luchar sin estorbos. Los escudos fueron despojados de sus
cubiertas protectoras de cuero para exhibir la insignia de cada
unidad y los penachos se colocaron en los cascos. Detrás de
390
ellos, en una zona más elevada de la pendiente, estacionó a las
primerizas legiones undécima y duodécima junto con su
infantería auxiliar, que debían ocuparse de custodiar los bultos
y los carros de suministros, y comenzaron a cavar una
pequeña trinchera y muralla a su alrededor, aunque es muy
poco probable que hubiera tiempo para construir un
campamento de marcha en toda regla, del tipo que solían
construir los ejércitos romanos al final de un día de marcha.
Era importante para los soldados en la línea de combate saber
que sus posesiones estaban a salvo, y es evidente que a César
le seguía costando confiar en estos inexpertos soldados. Es
probable que las cuatro legiones expertas formaran una línea
que cubriera la mayor parte de la ladera, pero, como sucede
con el grueso de las batallas de César, ha resultado imposible
localizar el emplazamiento de este encuentro, de manera que
no podemos describir la topografia con ninguna certidumbre.
César narra que la pendiente garantizaba que las dos legiones
y las auxiliares fueran claramente visibles para el enemigo,
pues cubrían toda la ladera y transmitían una poderosa
impresión del poderío numérico de los romanos.
El despliegue del ejército llevó un tiempo -probablemente
varias horas- y fue cubierto por la caballería, pero los helvecios
necesitaban también bastante tiempo para avanzar y
prepararse para la batalla. Llevaban ya varias semanas
viajando y, por necesidad, habían desarrollado un cierto grado
de coordinación, pero concentrar un número suficiente de sus
guerreros en un sitio para reducir a los romanos seguía siendo
una tarea dificil. Con los soldados iban sus familias y personas
a su cargo y los helvecios situaron los carromatos formando
una especie de campamento detrás de sus líneas. Poco a poco
391
su ejército comenzó a formar, pero la lucha empezó antes de
que hubieran llegado algunos contingentes. César no da
ninguna cifra de los guerreros a los que se enfrentó al
comienzo de la batalla, pero la disposición de los helvecios a
atacar sugiere que ambos bandos contaban, como mínimo,
con una paridad aproximada de efectivos (a menos que los
miembros de la tribu desdeñaran absolutamente la habilidad
para el combate de los romanos). Los largos retrasos antes de
una batalla eran habituales en esta época, lo que
inevitablemente supondría una importante tensión para los
hombres, que no podían hacer otra cosa que esperar. César
decidió que era el momento de hacer un gesto grandioso y
desmontó de forma muy notoria y envió su propio caballo a la
retaguardia junto con los de sus oficiales superiores, con el fin
de «igualar el peligro para todos, y acabar con la tentación de
escapar». Catilina había hecho lo mismo en el año 62 a.C.
antes del combate, cuando sus seguidores, inferiores en
número, habían sido acorralados por un ejército leal al
Senado. El gladiador Espartaco había ido aún más allá,
cortándole el pescuezo al caro caballo que le había arrebatado
a un general romano en un encuentro anterior. Un general a
pie era mucho menos móvil y, por tanto, tenía menos visión
del desarrollo de la batalla, es decir, que César había
sacrificado varias ventajas prácticas para motivar a sus
hombres. Nunca volvió a hacerlo en batallas ulteriores, lo que
sugiere que fue consciente de que sus legionarios todavía no le
conocían bien y que la campaña no había ido demasiado bien
los últimos días. Tal vez también era un indicio de que aún no
estaba del todo seguro de sí mismo como comandante. Para
dar más aliento a sus hombres, les habló, probablemente
392
mientras caminaba junto a las tropas en formación,
dirigiéndose a una cohorte cada vez, puesto que lo más seguro
es que las cuatro legiones no pudieran oírle al mismo tiempo.”
La batalla comenzó a mediodía, cuando los helvecios
ascendieron por la ladera en dirección a la línea romana. Se
aproximaron en orden, manteniendo una formación cerrada.
Los ejércitos intentaban intimidar a sus adversarios antes de
llegar a ellos, atemorizándoles con sus gritos de batalla, el
ruido de sus trompetas y su feroz apariencia. No era insólito
que uno de los bandos se amilanara tanto que se dispersara y
huyera antes de que se hubiera dado un solo golpe. Esa era
una de las principales razones por las que habría sido
demasiado arriesgado exponer a los legionarios novatos a la
presión de la batalla. En este caso, los legionarios
experimentados aguardaron en silencio, como era táctica
habitual en aquella época, intimidando al enemigo con su
aparente calma. Cuando los helvecios estuvieron cerca -
probablemente a unos diez o quince metros- las legiones
lanzaron sus pila y esas pesadas jabalinas atravesaron escudos
y en algunos casos llegaron a ensartar dos escudos montados
uno encima del otro. Algunos guerreros fueron asesinados o
heridos, otros fueron obligados a soltar sus escudos. El
impulso inicial del ataque había desaparecido y los romanos
mantuvieron su ventaja entre clamores, sacando las espadas y
cargando contra los helvecios cuerpo a cuerpo. Contaban con
la ventaja del terreno y el entusiasmo e ímpetu de la carga,
pero aun así los helvecios pelearon durante un tiempo antes
de comenzar a ceder y retirarse hacia la llanura. Los romanos
los siguieron, pero, al parecer, lo hicieron de manera
disciplinada y pronto perdieron contacto con los fugitivos,
393
que retrocedieron a la carrera hasta el terreno elevado al otro
lado del valle, aproximadamente a kilómetro y medio de
distancia. Sin embargo, en aquel momento los romanos se
enfrentaban a una nueva amenaza, porque un contingente
fresco de quince mil guerreros llegó por su flanco derecho,
que estaba desprotegido. Eran los boyos y los tulingos, dos
pueblos aliados que habían estado situados al final de la
columna helvecia. Es poco probable que se tratara de una
maniobra planeada y que el primer ataque no fuera más que
un amago de combate para atraer a los romanos hacia el nivel
del suelo, sino que seguramente fue sólo una feliz
coincidencia para los helvecios. A un ejército tribal -incluso
un ejército helénico en el que la doctrina era amontonar a la
infantería en una única línea densa sin reservas significativas-
le habría resultado muy complicado salir de esa situación,
expuesto al peligro de que toda la línea fuera arrollada por un
enemigo fresco. Por el contrario, el sistema militar romano
hacía hincapié en la importancia de la reserva, y por lo general
mantenía al menos dos tercios de sus fuerzas lejos de la línea
de combate al comienzo de la batalla. La tercera línea de
cohortes salió de formación y creó una nueva línea para
enfrentarse a los boyos y los tulingos. Las líneas primera y
segunda se ocuparon de los helvecios, que se habían
realineado ante la aparición de sus aliados y regresaron a la
refriega. No parece que la undécima y la duodécima, una
reserva extra, fueran utilizadas por César en esta batalla y por
lo visto fueron sólo meros observadores de la acción.`
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Batalla de Bibracte.
La batalla fue muy reñida y continuó hasta bien entrada la
noche, pero tras el impacto inicial de la llegada de esas nuevas
fuerzas, los romanos fueron avanzando de forma constante.
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La pugna por el campamento de carromatos fue
especialmente dura, ya que los guerreros luchaban para
defender sus posesiones y sus familias. César no menciona en
su relato qué hizo él durante la batalla, habla sencillamente de
cómo <dos romanos» evolucionaban y formaban estrechas
líneas de combate luchando en dos direcciones. Suponemos
que hacía lo que todo comandante romano debía hacer,
permanecer detrás de la línea de combate, animando a los
hombres y enviando tropas de reserva cuando era necesario.
Al final la victoria fue total, pero las pérdidas romanas fueron
bastante considerables en comparación con otras batallas y el
ejército tuvo que quedarse donde estaba durante tres días
cuidando de los heridos y enterrando a los muertos. Se habían
hecho varios prisioneros, incluyendo al hijo y a la hija de
Orgetórix, pero César cuenta que ciento treinta mil personas
escaparon del combate y huyeron hacia el noreste, el territorio
de los lingones. En aquellas circunstancias debe haber sido
dificil hacer un recuento preciso, pero es evidente que
numerosos emigrantes sobrevivieron a la batalla. Es posible
que muchos no llegaran siquiera a donde se libraba la batalla,
pero aquellos que participaron habían perdido la mayor parte
de sus posesiones y alimentos. César no salió en pos de ellos
enseguida. Todavía no había solucionado la cuestión de sus
propios suministros y la preocupación que mostrara por sus
muertos era importante para fomentar la confianza entre el
ejército y su comandante. Envió mensajes a los jefes de los
lingones, ordenándoles que no ayudaran a los helvecios a
menos que quisieran ser tratados como enemigos.Tres días
después partió en pos del enemigo, pero al poco salió a su
paso una delegación que le anunciaba la rendición. César les
396
dio instrucciones de regresar y conminar a la tribu a que se
detuviera y aguardara a que les alcanzara para comunicarles su
decisión. Lo hicieron, lo cual indicaba que no estaban
simplemente ganando tiempo. Cuando llegó, César exigió y
recibió rehenes, y también consiguió que los helvecios le
devolvieran los esclavos que habían escapado o habían sido
capturados durante la emigración. Los guerreros fueron
obligados a entregar las armas. La primera noche, unos seis
mil hombres de uno de los clanes se marcharon del
campamento y se dirigieron hacia el este, en dirección al Rin.
César envió mensajeros a las comunidades que había en su
camino con la misma severa advertencia que le había he cho a
los lingones. Los fugitivos fueron capturados y vendidos como
esclavos, pues se les negó las condiciones que había ofrecido a
todos los demás. César ordenó entonces a los helvecios y a la
mayoría de sus aliados que regresaran a sus tierras de origen y
que volvieran a establecerse allí. Los alóbroges de su provincia
recibieron instrucciones de proveer de grano a las tribus hasta
que se hubieran asentado nuevamente, hubieran reconstruido
sus poblados y pudieran cultivar otra vez en sus granjas.
Después de que los eduos apelaran a él, César les permitió
que los boyos se establecieran en tierras dentro del territorio
de la tribu de los eduos. Se había restaurado la estabilidad en
las tierras que rodeaban la Galia Transalpina, pero el coste en
vidas humanas había sido muy alto. En conclusión, César
declara que de los 368.000 individuos que se habían
constatado que formaban las tribus de los helvecios, sólo unos
110.000 volvieron a casa: los 32.000 boyos -menos sus
muertos en combate- se establecieron en la Galia, mientras
que 6.000 fugitivos fueron vendidos como esclavos, lo que
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dejaba la enorme cifra de pérdidas humanas de 220.000.
Como siempre, no podemos saber hasta qué punto estas
cifras eran exactas y es probable que muchos helvecios
simplemente se hubieran dispersado ante el ataque de los
romanos, como hicieron los tigurinos en el Saona. No
obstante es obvio que otros -quizá decenas de miles- habían
sido asesinados, pero no deberíamos permitir que el horror
que en la actualidad despierta una cifra tan descomunal nos
ciegue respecto a cuál sería la reacción del público romano
ante tales estadísticas. Para ellos, se había puesto freno a un
peligroso movimiento de pueblos hostiles y su provincia, que
no estaba lejos de Italia, había sido pacificada para el futuro.
En los Comentarios, César emplea a menudo el verbo
parcere, que significa «pacificar», y era utilizado para referirse
a la derrota de cualquier pueblo, en cualquier zona, que se
hubiera negado a someterse a la autoridad romana. La pax era
el resultado de la victoria romana. Desde la perspectiva de los
romanos, se había restablecido la paz en la frontera
septentrional.`
EL AMIGO DEL PUEBLO ROMANO
Había llegado el verano. Aún quedaban varios meses de la
estación de campaña, pero no habría tiempo suficiente para
trasladar las tropas a la frontera de los Balcanes y comenzar
allí las operaciones. César ya había obtenido una gran victoria,
pero estaba ansioso por lograr más triunfos y le costaba
permanecer ocioso aun por un plazo breve. Al poco, surgió
una nueva oportunidad de emprender otra aventura militar.
Habían llegado delegaciones de la mayor parte de las tribus
galas/célticas de la Galia central felicitándoles por derrotar a
los helvecios. Es posible que, en parte, los elogios fueran
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sinceros, pero es evidente que lo más sensato era entablar una
buena relación con cualquier nueva potencia que se presentara
en la región. Estos enviados pidieron permiso para convocar
una reunión de todas las tribus en la que pudieran conocer a
César y presentar peticiones. En otra escena emotiva, los jefes
se lanzaron a los pies del procónsul y, con el druida Diviciaco
como portavoz, rogaron a César que les protegiera del rey
germano Ariovisto. Sostenían que, después de ser invitado a
entrar en la región para ayudar a los sécuanos, había traído
consigo ciento veinte mil miembros de su pueblo, que se
habían asentado en sus tierras y habían hecho prisioneros de
todas las tribus. Se lamentaban de su tiranía, llamándole
«bárbaro, iracundo y temerario». Le contaron que se preveía la
llegada de más germanos para unirse al líder guerrero, por lo
que le pidieron a César que «defendiera a toda la Galia contra
la tiranía de Ariovisto». En silencio, los representantes de los
sécuanos apoyaban el ruego. Cuando César le interrogó sobre
su silencio, Diviciaco respondió diciendo que preferían no
hablar porque temían que los germanos lo averiguaran.A
continuación, César aseguró a los jefes congregados que se
ocuparía del asunto y utilizaría su auctoritas para persuadir a
Ariovisto de que moderara su comportamiento. En privado,
se tomó la cuestión muy en serio, ya que sentía que debía
apoyar a los eduos en pago a su larga y leal alianza con Roma.
Por otra parte, declara en sus escritos que también le
preocupaba que los germanos se habituaran a emigrar a través
del Rin, por si acaso la migración sucedía con demasiada
frecuencia y provocaba desplazamientos poblacionales de la
magnitud de los de los