LA ORACIÓN
Por R. C. Sproul
Tomado del libro 5 cosas que todo cristiano necesita para crecer
Pag. 24-39
En un pequeño pueblo de Alemania, un barbero se fue a su barbería
temprano en la mañana. Se llamaba Peter Beskindorf, mejor conocido como
"el maestro Peter". Aquella mañana se encontraba ocupado, afeitando a uno
de sus clientes habituales cuando un hombre alto entró a la barbería. Peter
reconoció al hombre inmediatamente como un fugitivo buscado por las
autoridades. Y en efecto, había una recompensa por su cabeza, pero Peter
no dijo nada al respecto. Cuando el maestro Peter terminó con el cliente,
aquel hombre gigantesco se sentó en el sillón y le pidió que lo afeitara y le
cortara el cabello.
Peter complació la petición del visitante y comenzó a afilar la navaja con el
suavizador y a preparar la espuma para la barba. Empezó a afeitar,
presionando el borde afilado de la navaja sobre el cuello del hombre. Peter
sabía que solo de ejercer una leve presión podía degollar al hombre y cobrar
la recompensa.
Sin embargo, Peter no tenía intenciones de llevar a cabo una acción tan
espeluznante. El conocía al hombre. Aquella no era la primera vez que
visitaba la barbería o se sentaba en el sillón, Peter no solo conocía al
hombre, sino que lo tenía en gran estima. Más que cliente, el hombre era
amigo de Peter, su mentor y su héroe. El hombre que se sentó en el sillón
de Peter Beskindorf en la aldea de Wittenberg, Alemania, era Martín Lutero.
Aquel día, mientras afeitaba a Martín Lutero, el maestro Peter le dijo al gran
reformador: "Dr. Lutero, ¿estaría usted dispuesto a enseñarme a orar?"
Lutero le respondió que le encantaría ayudarlo. De hecho, aquel doctor en
teología, siempre tan ocupado, líder de la Reforma protestante, se retiró a
sus habitaciones y escribió un folleto especialmente para Peter titulado A
Simple Way to Fray [Una manera sencilla de orar].
El folleto de Lutero se centraba en cómo orar. Pero primero formulemos la
siguiente pregunta: "¿Para qué?”
¿POR QUÉ DEBEMOS ORAR?
De las tantas respuestas legítimas a dicha pregunta, nos centraremos
particularmente en tres: Primero, porque la oración es un deber de todo
cristiano; segundo, porque la oración es un privilegio; y tercero, porque la
oración es un poderoso medio de gracia.
By LeMDS
LA ORACIÓN COMO UN DEBER
La Biblia nos deja bien claro que el pueblo de Dios está llamado a ser un
pueblo de oración. El Antiguo Testamento contiene numerosos ejemplos de
hombres y mujeres que oraron con fervor. Pensamos, por ejemplo, en Ana,
quien le rogó al Señor que le diera un hijo:
Y Elcana su marido le dijo: Ana, ¿por qué lloras? ¿Por qué no comes? ¿Y por
qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos?
Y se levantó Ana después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el
sacerdote Eli estaba sentado en una silla junto a un pilar del templo de
Jehová, ella con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente.
E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la
aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva,
sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los
días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.
Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Eli estaba observando la
boca de ella. Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus
labios, y su voz no se oía; y Eli la tuvo por ebria. Entonces le dijo Eli: ¿Hasta
cuándo estarás ebria? Digiere tu vino. Y Ana le respondió diciendo: No, señor
mío; yo soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra,
sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas a tu sierva
por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi
aflicción he hablado hasta ahora. Eli respondió y dijo: Ve en paz, y el Dios
de Israel te otorgue la petición que le has hecho. Y ella dijo: Halle tu sierva
gracia delante de tus ojos. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no
estuvo más triste. (I S. 1:8-18)
Después que Dios respondió la oración de Ana, ella volvió a orar, esta vez
una oración de agradecimiento. Ello tiene un parecido extraordinario con la
oración que María, la madre de Jesús, dijo en su Magníficat. (Compare I S.
2:1-10 con Le. 1:46-55.)
La oración de Ana es un sencillo ejemplo de la multitud de oraciones que
aparecen en el Antiguo Testamento. Los Salmos contienen toda una
colección de oraciones pronunciadas por David y otros muchos. El Nuevo
Testamento también da testimonio de la costumbre de orar entre los
creyentes e incluso —en especial— de Jesús mismo. Ya que la oración es
característica de nuestros antecesores bíblicos, también nos sirve a nosotros
de estándar normativo.
Y por encima de los anteriores ejemplos, nos quedan los mandamientos
explícitos dados a nosotros por los apóstoles y Jesús. El apóstol Pablo con
frecuencia anima a sus lectores a ser diligentes en sus vidas de oración. Por
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ejemplo, nos dice: ...gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación;
constantes en la oración. (Ro. 12:12) No os neguéis el uno al otro, a no ser
por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente
en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a
causa de vuestra incontinencia. (I Co. 7:5)
Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante
de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. (Fil. 4:6) ...porque
por la palabra de Dios y por la oración es santificado. (I Ti. 4:5)
Jesús nos dice que oremos siempre y que no nos demos por vencidos. En la
parábola del juez injusto, Él dice:
También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre,
y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios,
ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual
venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún
tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni
tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le
haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia. Y dijo
el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. (Le. 18:1-6)
En esta parábola, nuestro Señor habla de algo que necesitamos hacer
(digamos orar siempre). La palabra necesidad se utiliza para describir una
necesidad ética o moral. Lo que sea que Jesús diga que necesitamos hacer,
se convierte en un deber solemne para nosotros.
LA ORACIÓN COMO UN PRIVILEGIO
La obligación o el deber de orar queda equilibrado por ser también un
privilegio. Cuando Pablo se refirió acerca de los frutos y consecuencias de
nuestra justificación, escribió: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz
para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también
tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos
gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios" (Ro. 5:1-2).
En el Antiguo Testamento, la "entrada" a Dios estaba limitada por la virtud
de la separación entre el templo sagrado y el lugar santísimo. Por supuesto
que los creyentes podían orar, pero se les mantenía a cierta distancia de la
gloriosa presencia de Dios. Solo el sumo sacerdote, una vez al año, podía
entrar al lugar santísimo. Una gruesa pared llamada muro de la separación
protegía la entrada. Pero cuando crucificaron a Jesús, Jerusalén sufrió un
terremoto, y en el levantamiento, el velo se hizo pedazos. Gracias a la muerte
expiatoria de Cristo, nosotros recibimos nuevo y libre acceso al Padre. Cristo
conquistó para nosotros la paz con Dios y el final del distanciamiento. Ahora
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nuestras oraciones nos invitan a entrar al lugar santísimo. ¡Qué gran
privilegio!
Cuando entramos, no llegamos como extraños o extranjeros, sino como hijos
privilegiados, adoptados en la familia de Dios. En el Nuevo Testamento se
hace énfasis en la metáfora de la familia, donde se le llama a la iglesia, de
manera metafórica, la novia de Cristo.
Considere la enseñanza de Pablo en 2 Corintios 11:1- 2: "¡Ojalá me toleraseis
un poco de locura! Sí, toleradme. Porque os celo con celo de Dios; pues os
he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a
Cristo".
Luchamos con el término "celo" en la Biblia porque acostumbramos a pensar
en el celo como un pecado, un pecado ligado a la envidia y la codicia, rasgos
impropios de un cristiano. Sin embargo, las Escrituras describen a Dios
como un Dios "celoso". Cuando en la Biblia aparece dicha palabra, no lo
hace expresando el sentir de que Dios se muere de envidia de sus criaturas,
como si nosotros fuéramos poseedores de algo que Él no tiene. Él no siente
celos de nosotros; Él es celoso con nosotros. Es decir, Dios se preocupa
indispensablemente por nuestro bienestar. A esto es a lo que Pablo se refiere
cuando dice "celo de Dios". Pablo siente celo por el bienestar de sus hijos
espirituales debido al compromiso de ellos con Cristo.
Pablo lleva la metáfora del matrimonio aún más lejos en Efesios 5:22-33.
Dicho texto resulta controversial en nuestros días porque llama a la
sumisión de la esposa al esposo. Pero dejando eso a un lado, el texto sondea
la relación mística entre Cristo y su novia, la Iglesia. Dicha relación ha
estado relacionada históricamente a lo que el credo apostólico llama la
"comunión de los santos".
El cristianismo no es un ejercicio de misticismo. El objetivo común de las
religiones místicas es alcanzar la unidad con Dios. Dicho deseo se expresa
a menudo en términos de ser "uno con el universo" (o algún otro objeto). La
finalidad consiste en que la identidad del individuo se funda con el todo,
como una gota de agua que cae en el océano y que ya no podrá distinguirse
jamás del océano.
Tal misticismo es diametralmente opuesto al cristianismo. La fe cristiana
jamás considera nuestro objetivo el convertirnos en Dios o perder nuestra
identidad individual al ser absorbidos por Dios. La finalidad del crecimiento
espiritual no es la clase de unión con Dios que destruye nuestra
personalidad. Por el contrario, es una unión espiritual especial en la cual
tiene lugar la rica comunión.
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La oración y la comunión espiritual están ligadas de la siguiente manera: La
palabra comunión está compuesta por el prefijo "com", que sencillamente
significa "con" y la raíz unión. En la comunión experimentamos una unión
como la que se vive en el matrimonio, la cual nos ofrece el nivel más cercano
que una relación pueda alcanzar entre dos personas. La Biblia nos habla de
matrimonio como una experiencia en la que dos se convierten en uno. En
este tipo de unidad, las dos personas no pierden sus identidades
individuales. Más bien, experimentan un nivel de interacción que convierte
la unidad espiritual en un vínculo.
El Nuevo Testamento plantea con frecuencia que en la conversión, por la
obra del Espíritu Santo, pasamos a ser "en Cristo". También nos enseña que
Cristo habita dentro de su pueblo, de manera que cada cristiano está "en
Cristo" y Cristo está "en" cada cristiano.
En el Nuevo Testamento, que originalmente se escribió en griego, ocurre una
mutación lingüística que no se advierte en una traducción al español.
Cuando la Biblia nos llama a creer en Cristo, la palabra griega para en es
eis. Literalmente, este término significa "dentro". Si usted se encuentra
afuera de una habitación y quiere entrar, tienen que atravesar alguna
puerta u otro medio de acceso para lograrlo. Dicha transición es pasar
dentro. Una vez lograda la transición, ya usted no se encontrará fuera de la
habitación, sino dentro de ella. La palabra en griego para ello es en. En los
términos del Nuevo Testamento, nosotros estamos "en Cristo" porque por fe
hemos pasado adentro de Él y Él ha pasado adentro de nosotros. Ese es el
más glorioso de todos los matrimonios, el matrimonio resultado de la unión
del alma con Cristo.
Nuestra unión con Cristo constituye la base para la unión unos con otros.
Si yo estoy en Cristo y Él está en mí, y usted también está en Cristo y Él
está en usted, entonces es obvio que ambos estamos unidos a Cristo. Todos
los que están unidos a Cristo también están unidos entre sí.
Es por esto que a la iglesia se le llama el cuerpo místico de Cristo y la
comunión de los santos.
A pesar de lo maravillosa que es la comunión de los santos, no es digna de
compararse con la comunión con Cristo. Dicha comunión con Él es la base
para nuestra comunicación con El en la oración.
Las personas con problemas matrimoniales presentan con frecuencia
problemas en la comunicación. Una esposa podría decir: "Mi esposo ya ni
me habla". Cuando hay problemas de comunicación, falla la comunión
básica entre dos personas.
Los matrimonios usualmente no comienzan así. Con frecuencia, las parejas
se comunican bien durante el cortejo. Mi esposa y yo estuvimos de novios
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más de ocho años antes de casarnos. Durante seis de dichos años asistimos
a diferentes escuelas. Yo le hacía llamadas de larga distancia todos los días
y le escribía una carta cada noche. Ella también me escribía todos los días.
Queríamos mantener una comunicación estrecha. Yo no hacía aquellas
llamadas o escribía las cartas por obligación, sino por deseo. Nuestras
cartas no eran periódicos; eran cartas de amor. Eso es la oración:
Comunicación entre los que tienen una relación de amor con Cristo. Que
gran privilegio tenemos.
LA ORACIÓN ES UN MEDIO DE GRACIA
Oramos no solo porque es nuestro deber y privilegio, sino también porque
la oración es un poderoso medio de gracia. Es decir, Dios utiliza la oración
para hacer que su voluntad se cumpla.
¿Puede la oración cambiar las cosas? Tenemos que responder con un sí
rotundo. La oración nos cambia a nosotros y cambia las cosas. Santiago
5:13-18 nos enseña que:
¿Está alguno entre vosotros afligido? Haga oración. ¿Está alguno alegre?
Cante alabanzas. ¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los
ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del
Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si
hubiere cometido pecados, le serán perdonados. Confesaos vuestras ofensas
unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración
eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones
semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no
llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio
lluvia, y la tierra produjo su fruto.
El pasaje anterior nos enseña que "la oración eficaz del justo puede mucho".
"Puede mucho" significa tener un efecto significativo. La oración es eficaz.
Tiene verdadero poder. El poder de la oración es un medio que Dios utiliza
para' que sus fines se cumplan. Al igual que Dios utiliza la predicación del
evangelio como el poder de salvación, asimismo utiliza el poder de la oración
para llevar a cabo la redención. Nuestras oraciones no pueden obligar a Dios
a hacer nada, pero Él las utiliza como su propio instrumento para llevar a
cabo su voluntad.
Mónica fue la madre de San Agustín. Mónica era una cristiana devota y se
encontraba profundamente afligida a causa de su hijo díscolo, quien era un
joven no convertido y desenfrenado en el pecado. Mónica oraba con lágrimas
día tras día por la conversión de su hijo. En una ocasión, ella visitó a su
pastor, el famoso obispo Ambrosio de Milán, en busca de consuelo y cierta
seguridad de que sus oraciones no eran en vano. Ambrosio intentó
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consolarla con una pregunta retórica: "Mónica, ¿hay alguna posibilidad de
que se pierda a un hijo por el cual se han derramado tantas lágrimas?"
Ambrosio esperaba que la respuesta fuera: "No". Él asumió que cualquier
hijo por quien su madre orara tan fielmente de seguro terminaría entrando
en estado de gracia. Yo no estoy de acuerdo. Las oraciones llenas de lágrimas
de una madre afligida no garantizan la conversión del hijo, aunque las
probabilidades de que ocurra son altas. Al menos son tan altas que podemos
encontrar gran consuelo en esto. Puede que yo predique con gran pasión y
lágrimas y sin embargo, nadie se convierta. Pero sé que finalmente, la
Palabra de Dios no regresará a Él vacía, y de la misma manera, las oraciones
de su pueblo no se desperdician nunca. Las oraciones surten efecto, y esto
es un tremendo incentivo para orar.
¿CÓMO DEBEMOS ORAR?
Recordemos que la petición que el maestro Peter le hizo a Martín Lutero no
fue que le enseñara para qué orar, sino cómo orar. Esa es la cuestión más
importante. A menudo, pastores y maestros exhortan a congregaciones
enteras a actuar de cierta manera porque ese es su deber, pero olvidan
enseñarles cómo hacerlo.
La cuestión del cómo es lo que motivó a los discípulos a pedirle a Jesús que
los enseñara a orar. Es obvio que ellos habían notado una relación entre el
extraordinario poder de Jesús y su vida de oración. Jesús respondió a su
petición dándoles, y dándonos, lo que llamamos el padrenuestro: Aconteció
que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus
discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a
sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu
reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan
nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque
también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas
en tentación, más líbranos del mal. (Le. 11:1-4)
UN MODELO PARA LA ORACIÓN
El padrenuestro es un modelo. No solo nos brinda una oración para orar,
sino también un patrón a seguir en la oración. Tome en cuenta, por ejemplo,
la primera frase. La oración comienza dirigiéndose de manera personal a
Dios, donde se le llama "Padre". Esto constituyó algo radical en la época de
Jesús ya que los judíos no se dirigían a Dios como "Padre". Y Jesús, además
de llamarlo constantemente "Padre", nos invita a que hagamos lo mismo.
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La primera petición es que el nombre de Dios sea considerado sagrado. A
partir de ahí, Jesús pasa a pedir que el reino de Dios triunfe. Debemos orar
porque ese reino venga a nosotros y se haga la voluntad de Dios en la tierra
como en el cielo. A menudo me pregunto si existe alguna relación lógica
entre la primera petición del padrenuestro y las dos siguientes. Si es así,
significa que hasta que el nombre de Dios no sea considerado sagrado, no
podremos esperar que su reino venga a nosotros ni que su voluntad se haga
en la tierra como en el cielo, donde Dios está rodeado de serafines que
cantan sin cesar: "Santo, santo, santo". Por consiguiente, debemos
comenzar nuestras oraciones haciendo en reverencia ante nuestro Dios,
reconociéndolo como nuestro amoroso Padre celestial.
CENTRARSE EN EL REINO
Al igual que el padrenuestro hace énfasis en el reino de Dios y su gloria,
nuestras oraciones deben hacerlo también. Esto significa orar por encima
de las circunstancias y de nuestras necesidades, considerando todos los
aspectos y orando que la obra de Dios se haga en el resto del mundo. Hace
poco tiempo, Archie Parrish condujo un seminario en nuestra iglesia,
durante el cual nos agrupó en "cinco equipos". Cada equipo formado por
cuatro personas que se ven a menudo para alentarse mutuamente en la
disciplina de la oración. Durante los primeros tres meses, cada equipo
acordaría orar quince minutos cada día. En los segundos tres meses, el
tiempo diario que se le dedica a la oración aumentaría a treinta minutos.
Cada tres meses el tiempo aumentaría quince minutos hasta que los
guerreros de la oración lleguen a orar sesenta minutos diarios. Actualmente
contamos con más de sesenta personas en nuestra congregación poniendo
el plan en práctica.
Además, todos los miembros de la congregación prometieron orar por mi
familia y por mí en cada comida. Para mí es una bendición extraordinaria,
como lo sería para cualquier pastor: Recibir el apoyo que tanta oración de
la congregación me brinda. Creo que una iglesia donde se ora siempre será
una iglesia eficaz.
SUGERENCIAS PRÁCTICAS
A manera de guía práctica para esta empresa de orar, Archie publicó un
pequeño folleto en que comenta la obra de Lutero A Simple Way to Pray [Una
manera sencilla de orar], Este pequeño libro, más que ninguna otra cosa
con que me he tropezado, ha cambiado mi forma de orar. Lutero sugirió al
maestro Peter que todos los días dedicara un tiempo a la oración. Ya que las
presiones con frecuencia amenazan con afectar el tiempo que dedicamos a
la oración, ayuda tener un horario establecido al respecto. Lutero también
le sugirió, como hacía Jesús, que fuera a un lugar tranquilo, donde le fuera
fácil concentrarse. Lutero le dijo: "La oración es como tu trabajo de barbero.
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Lo menos que quiero es que tengas la cabeza" en otra parte cuando tengo la
cara llena de espuma y tú ya has sacado la navaja y has comenzado a
afeitarme. No quiero que pienses en las musarañas, no sea que termines
degollándome".
Tal vez la sugerencia más útil que extraje del folleto de Lutero es la de orar
"por medio" de tres cosas: El padrenuestro, los Diez Mandamientos y el
credo apostólico. Hay una diferencia importante entre orar el padrenuestro,
por ejemplo, y orar por medio del padrenuestro. Orar por medio del
padrenuestro es centrar la atención durante un tiempo en cada una de las
peticiones. Por ejemplo, en vez de simplemente orar: "Santificado sea tu
nombre", podría decirse: "¡Ay, Señor!, vivimos en una época en que se
reverencia y se honra tu nombre, pero también se profana. Haz que tu gloria
sea latente para que nadie piense siquiera en arrastrar tu nombre por el
lodo o en tratarlo como algo común y trivial. Deja que quede en nuestros
labios y en nuestro corazón como muestra de nuestra adoración por ti.
Dame gracia para siempre respetar tu sagrado nombre en mi corazón y con
mis labios".
De la misma manera continuamos orando por las cosas que aparecen en el
padrenuestro, los Diez Mandamientos y el credo apostólico. Oramos que no
caeremos en alguna forma de idolatría al poner a otros dioses antes que a
Él. En el credo, exaltamos la majestuosidad del que "hizo los cielos y la
tierra". Esos tres elementos nos brindan un apoyo eficaz para nuestras
oraciones.
Por lo general, las personas eluden la idea de pasarse toda una hora en
oración. La cuestión está en no ser rígidos cronometrando el tiempo que
dedicamos a la oración ni sentirnos culpables si no podemos orar. Lutero
dijo que hubo veces en las que las preocupaciones del día lo habían acosado
tanto que sencillamente ponía la cabeza en la almohada al final del día,
oraba el padrenuestro, recitaba los Diez Mandamientos y el credo, y se
dormía.
Otra forma sencilla de estructurar una oración es utilizando las iniciales
ACAS. Las letras significan: Adoración, Confesión, Agradecimiento y Súplica.
Yo utilizo dicha estructura para las oraciones pastorales en la iglesia. Nos
mantiene centrados en los elementos vitales que toda oración debe tener.
Muy a menudo, las oraciones se limitan a apelaciones personales por
cualquier bendición que quisiéramos recibir de Dios, o a peticiones por
nuestros amigos y parientes. Esto lo aprendemos a muy temprana edad,
cuando oramos: "Dios, bendice a mami y a papi, a mi hermana, a mi
hermano, a abuelita...", y otras semejantes. Claro que es bueno orar por la
familia, los amigos y todo el que lo necesite, pero tenemos que entender que
la oración es más que súplica e intercesión.
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Confieso que me sorprendió la respuesta que Jesús dio a sus discípulos
cuando le pidieron que los enseñara a orar. Yo esperaba que Él dijera algo
así: "Si quieres dominar el arte de la oración, estudia los Salmos —oraciones
inspiradas por el Espíritu Santo— a fondo". O pudo haberles orientado las
oraciones ya recogidas de santos como Ana o Nehemías. En su lugar, les dio
un modelo para comunicarse con Dios que ha inspirado, consolado y
fortalecido a los cristianos por miles de años.
Ya sea que utilicemos como modelo el padrenuestro, los Diez
Mandamientos, el credo apostólico, ACAS o cualquier otra cosa en general,
lo importante es que oremos. En lo personal, yo siempre le estaré agradecido
a aquel barbero de Wittenberg por haberse atrevido a pedirle al Dr. Martín
Lutero que lo enseñara a orar. Gracias a su petición y a la sencilla respuesta
de Lutero, multitudes han alcanzado una más profunda vida de oración.
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