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Lenguaje y Ciencias Sociales: Fundamentos

Este documento presenta cinco perspectivas clave que fundamentan el papel protagónico del lenguaje en las ciencias sociales: 1) El giro lingüístico cuestionó el lenguaje científico formal y enfatizó el lenguaje cotidiano; 2) La teoría de los actos del habla considera el habla como una acción; 3) La lingüística pragmática provee herramientas para analizar el lenguaje en uso; 4) La etnometodología ve al ser humano como sociólogo capaz de construir la realidad;

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Lenguaje y Ciencias Sociales: Fundamentos

Este documento presenta cinco perspectivas clave que fundamentan el papel protagónico del lenguaje en las ciencias sociales: 1) El giro lingüístico cuestionó el lenguaje científico formal y enfatizó el lenguaje cotidiano; 2) La teoría de los actos del habla considera el habla como una acción; 3) La lingüística pragmática provee herramientas para analizar el lenguaje en uso; 4) La etnometodología ve al ser humano como sociólogo capaz de construir la realidad;

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Capítulo II.

El lenguaje en las ciencias sociales: fundamentos, conceptos y modelos

Lupicinio Íñiguez Rueda


Introducción

El lenguaje ha adquirido en los últimos años un papel relevante y sustantivo en las ciencias
sociales que no resultaría pretencioso tildar de protagonista. Este capítulo está dedicado a
examinar los fundamentos que sostienen y nutren dicho papel. A lo largo de sus páginas se
pretende hacer asequibles los elementos necesarios para facilitar la identificación de las
principales perspectivas que cimientan el mencionado protagonismo. Asimismo, se
proporcionarán las claves que permitan reconocer las características principales de estas
perspectivas y examinar las consecuencias que de ellas se derivan para las ciencias sociales.

El giro lingüístico, la teoría de los actos del habla, la lingüística pragmática, la


etnometodología y algunos aspectos de la obra de Michel Foucault constituyen los cinco
ejes representativos. En torno a ellos se organiza la exposición y su fundamentación.

El giro lingüístico, porque ha abierto la posibilidad de ver la acción científica como una
práctica social equivalente a cualquier otro tipo de acción social y porque ha dotado a la
ciencia social de un basamento epistemológico de tipo no-representacionista.

La teoría de los actos del habla, porque ve en el habla una acción equivalente a cualquier
otra. Es decir, como una maniobra capaz de hacer cosas.

La lingüística pragmática, también llamada pragmática, porque aporta el arsenal teórico y


metodológico para analizar el lenguaje en su uso.

La etnometodología, porque ve al ser humano como un sociólogo en la práctica. Es decir,


como una persona que es capaz no sólo de actuar en su contexto social, sino también de
describir, hablar y construir la realidad. La etnometodología sintetiza magistralmente y
lleva a la práctica, teórica y metodológicamente, los principios básicos que permiten
insertar el lenguaje como elemento clave en el análisis y comprensión de la vida y de la
estructura social.

Ciertos aspectos de la obra de Foucault, porque permiten comprender la conexión entre


las prácticas discursivas, y la construcción y mantenimiento de la estructura social, al
tiempo que se compromete con un talante crítico en la investigación social, donde la
problematización constante es la marca característica.

La selección de estos cinco ejes no es arbitraria, pues como se detallará, presenta un hilo
conductor que da coherencia a múltiples prácticas que, bajo la etiqueta de análisis del discurso
o perspectiva discursiva, cobran cada día más fuerza en las ciencias sociales. Sin embargo, no
es la única posible. Con seguridad, otras perspectivas discursivas, a las que aquí sólo se
aludirá, compondrían un hilo conductor diferente. Ahora bien, es posible afirmar que a pocas
selecciones se les escaparía la importancia que las aquí señaladas han tenido en este proceso.

El argumento principal del capítulo es que el papel que el lenguaje inicialmente tuvo en las
ciencias sociales fue auxiliar. En primera instancia, cubría una función de apoyo básicamente
metodológico (en el sentido de ofrecer herramientas e instrumentos de análisis para la
investigación de procesos sociales), así como de complemento a la actividad investigadora. Sin
embargo, paulatinamente el papel otorgado al lenguaje ha llegado a conformar una perspectiva
particular presente en una gran variedad de corrientes sociológicas y psicosociales, donde la
lingüisticidad y lo lingüístico ocupan un lugar central.

Mediante los elementos y recursos que se vayan facilitando a lo largo del capítulo, será posible
introducirse en el campo de la investigación social basado en el lenguaje, y explorar las
vertientes ofrecidas en el texto mediante el apoyo en las referencias que se ofrecen. Asimismo,
el itinerario que se propone permitirá reconocer la trayectoria mencionada, que va desde el uso
del lenguaje como herramienta metodológica hasta la constitución discursiva de corrientes y
perspectivas.
1. Consideraciones preliminares

En los últimos años se está produciendo un movimiento en las ciencias sociales y humanas muy
intenso, casi podría decirse radical, que vamos a tratar de reproducir en este capítulo. Una de
sus características principales está relacionada con los cambios que se pueden observar en el
plano de la metodología y de la teoría.

Ciertas opciones metodológicas y el énfasis en el lenguaje que han ido connotando muchos
métodos poco a poco han acabado por convertirse en perspectivas teóricas nuevas por derecho
propio, constituyendo un planteamiento teórico radicalmente diferente al que caracterizaba a
periodos precedentes.

Uno de los ejemplos más evidentes de este proceso es, sin duda, el del análisis del discurso,
(en lo sucesivo, AD). Es éste un método que ha aparecido enmarcado en el interior del giro
lingüístico, siendo profusamente utilizado. Es más, el AD es una etiqueta común para definir una
gran cantidad de métodos empíricos que son utilizables y utilizados para el estudio de una gran
variedad de temas, que, sólo a título de ejemplo, podemos decir que van desde el estudio de las
interacciones cotidianas cara a cara, hasta procesos como la memoria, el pensamiento y las
emociones e, incluso, problemas sociales como la exclusión social, la diferenciación de género
o el racismo.

El AD, como método, tiene tanto similitudes como diferencias con otros enfoques metodológicos
dentro de la llamada metodología cualitativa (Denzin y Lincoln,1994). A título de ejemplo se
pueden citar el análisis de contenido (Bardin, 1977), el análisis narrativo (Bruner, 1990; Cabruja,
Íñiguez y Vázquez, 2000) y otras formas de análisis basadas en la lingüística (Casamiglia y
Tusón,1999). Pero lo que vamos a resaltar en este capítulo es algo que ha sucedido y aún
sucede en varias disciplinas sociales y humanas como la Sociología o la Psicología. A saber,
que más allá de constituir una alternativa metodológica, la reflexión teórica que lo ha originado y
que lo acompaña en su desarrollo está provocando un efecto sumamente interesante, de modo
que lo que hoy en día puede destacarse del AD no es su entidad como un método, sino su
calidad de perspectiva desde la cual poder analizar los procesos sociales.

Como veremos en el capítulo “El análisis del discurso en las ciencias sociales”, bajo el nombre
de AD, hay etiquetas, nombres y perspectivas múltiples y muy diversas, con principios,
características y procedimientos distintos. Es tal su variedad que no vamos a poder cubrirlas en
su totalidad. Por todo ello, hemos elegido algunas de las que pueden considerarse más
representativas. Vamos a repasar el AD con la única aspiración de que al final pueda
disponerse de un panorama amplio de este particular escenario, que sea lo suficientemente
atractivo como para que constituya una invitación a profundizar en él.

Para conseguirlo, comenzaremos con el itinerario inaugural del AD. Obviamente cada
perspectiva en AD presenta unos fundamentos y describe unas raíces que no son siempre
coincidentes con las que se narran en otras perspectivas distintas. Presentaremos cinco
contextos de desarrollo histórico que, a nuestro juicio, se inicia con el (a) giro lingüístico,
continúa con la (b) teoría de los actos de habla, prosigue con la (c) pragmática lingüística y con
la (d) etnometodología y podríamos hacerla concluir con la (e) obra de Foucault.

Quienes sostengan una idea de discurso y de AD distinta de la que presentaremos aquí


diferirán, seguramente, de este itinerario histórico y conceptual y, probablemente, enfatizarán
otras tradiciones que aquí se omiten e, incluso, negarán algunas de las relaciones que aquí se
sostienen. No obstante, será fácilmente asumible para la mayoría de estudiosos y estudiosas
que los desarrollos que aquí se exponen han ejercido, directa o indirectamente, una gran
influencia en la constitución y desarrollo del AD.
2. El giro lingüístico

El giro lingüístico ha sido presentado en el primer capítulo de este volumen con mucho detalle,
por lo que aquí no se insistirá mucho en los pormenores. Tan sólo enfatizaremos aquellas de
sus características más relevantes para poder enmarcar la presentación del lenguaje en el seno
de las ciencias sociales y humanas y, más en concreto, en las herramientas analíticas, como el
AD.

Uno de los aspectos relevantes para ser resaltados tiene que ver con la naturaleza del giro
lingüístico. Como pasa siempre cuando una formulación exitosa acaba formando parte del
bagaje común en un espacio amplio de la ciencia, hay una cierta simplificación cuando nos
referimos a él. En efecto, el giro lingüístico acostumbra a confundirse con un mero interés por el
lenguaje.

Sin embargo, como se ha visto en el capítulo primero, el giro lingüístico es particularmente


interesante, no porque plantee que el lenguaje es importante, no porque postule que la mayor
parte de las acciones humanas son lingüísticas o, como diría Ludwig Wittgenstein, porque todo
es lenguaje. No es por todo ello por lo que resulta importante. Su relevancia se halla en que
opone el lenguaje cotidiano (es decir, lo que nosotros/as decimos cuando hablamos) al lenguaje
científico especializado y formal, suscitando el interrogante sobre si hay o no hay que elaborar
un lenguaje propio que sea capaz de explicar cómo es el mundo.

Esta empresa ha sido, precisamente, la antítesis de otras perspectivas que en ciencias sociales
y humanas han incorporado el estudio del lenguaje como, por ejemplo, el positivismo. Lo que se
ha planteado es si el lenguaje explica la realidad, si da cuenta de ella, si la reproduce. Así pues,
no es sólo por el interés en el lenguaje, ya que el giro lingüístico nunca ha sido tal giro porque
las ciencias sociales se interesasen meramente por el lenguaje. El giro lingüístico ha sido un
giro en el sentido de que ha supuesto un vuelco por su interrogación sobre si el lenguaje
cotidiano es suficiente para explicar el mundo y la vida real.

El célebre trabajo de Richard Rorty (1967) que da el nombre a este movimiento, debate
precisamente lo que en un momento de los años sesenta estaba en pleno apogeo. A saber,
cuestiona la empresa de construir un lenguaje formal que dé cuenta del mundo, un lenguaje tan
alejado del lenguaje cotidiano como sea posible. Tras Rorty y el giro lingüístico, lo que tenemos
es una exaltación, si se puede decir así, una dignificación del lenguaje cotidiano, que se
convierte en el único lenguaje posible, rebajando el lenguaje formal al espacio del lenguaje
cotidiano.

Esto ha tenido consecuencias extraordinarias para el itinerario de construcción de un enfoque


crítico en ciencias sociales y humanas. Aparte de las que ya han sido señaladas en el capítulo
“El giro lingüístico”, su importancia es crucial porque abre la puerta a dos dimensiones
fundamentales:

1. convertir la labor de la ciencia en una práctica social más, igual que cualquier otra; porque
las personas que se dedican a hacer ciencia utilizan el lenguaje igual que otras personas
que no son científicas, y

2. la fundamentación epistemológica más importante de la ciencia social crítica que es el


trabajo antirrepresentacionista de Rorty.

Efectivamente, el ancestro fundacional del antirrepresentacionismo de Rorty es esta idea de giro


lingüístico. Su interés estriba no tanto en que a partir de entonces las ciencias humanas y
sociales empezaron a interesarse por el lenguaje, sino al hecho de deslegitimar la operación de
construcción de los lenguajes formales como la mejor manera de dar cuenta de la realidad y
depositar esa acción en el lenguaje cotidiano.

El impacto de esta idea tan simple en el ámbito de las ciencias sociales y humanas ha sido
fundamental porque hace desaparecer, deslegitima de manera rotunda toda pretensión del
llamado lenguaje científico, le quita cualquier clase de validez, pues iguala las prácticas de las
personas que se dedican a hacer ciencia a las prácticas de cualquier persona común de la calle.
La supuesta superioridad o bondad, ajustabilidad, reproductividad, capacidad heurística, etc., de
los lenguajes formales desaparecen y hace posible pensar que no necesitamos ir más allá del
1
modo en que la gente interpreta, hace y construye la realidad ( ) .

( 1) Actualmente, todavía está muy enraizada la idea de que el lenguaje científico dispone de recursos que le hacen más adecuado en los
intentos de dotar de inteligibilidad al mundo que nos rodea. Esta idea está tan presente entre nosotros/as que incluso caemos muy
frecuentemente en una retórica especializada, capaz de crear un argot que sólo entienden los científicos y científicas. Lo que es interesante
del planteamiento del giro lingüístico es la consideración de que ese lenguaje es precisamente un argot, igual que el que un grupo social ha
construido en un barrio, hablando de sus vidas y de sus asuntos.

Especialmente para el espacio general de las ciencias humanas y sociales hay otra puerta que
se ha abierto desde el giro lingüístico. Esa puerta es la dignificación de la acción social. En
efecto, existen teorías sobre la acción social en muchas de las grandes tradiciones, sobre todo
sociológicas. Sin embargo, en todas ellas hay una jerarquía de acción donde no todas las
acciones de los seres humanos ocupan la misma posición. El giro lingüístico abrió la posibilidad
de pensar toda acción humana en el mismo plano. ¿Cómo hizo esto? Simplemente
considerando que no hay operación de habla que no sea una acción en sentido estricto.
3. La teoría de los actos del habla

En el itinerario fundacional que estamos recorriendo, otro elemento clave ha sido la teoría de los
actos de habla.

Cuando John L. Austin (1962) se propone como objeto de análisis la significación, se basa en
los planteamientos del giro lingüístico. Su propuesta es que lo fundamental en el proceso de
significación no es ni la conexión del significante con el significado, ni la manera en que se
elabora el significado. La cuestión no es ni cómo se reproduce el signo, ni cómo se codifica, ni
cómo se descodifica, cuestiones que están presentes en todos los debates típicos de la
lingüística tradicional. Lo importante, según Austin, es cómo se habla y, como se vio en el
capítulo “El giro lingüístico”, hablar es una acción equivalente a cualquier otra y, por lo tanto,
regulada del mismo modo en que están reguladas todas las acciones de los individuos.

La gran aportación de Austin, que abre una posibilidad metodológica al AD, sostiene que
cuando hablamos no estamos expresando un significado, sino que estamos haciendo alguna
cosa.

Esta sutileza, que forma parte del background más o menos general incluso en la lingüística
contemporánea, es la que representó en su momento un giro realmente revolucionario porque,
parafraseando a Austin (1962), “[...] cuando yo digo ciertas cosas, la acción está exactamente en
aquello que yo digo”.

Esta aportación de Austin abre la posibilidad al AD, de modo que sin la teoría de los actos del
habla, hoy continuaríamos atrapados en una visión representacional del lenguaje. En este
sentido, puede sostenerse que el giro lingüístico, por una parte, y la teoría de los actos de habla,
por otra, nos ha dado la posibilidad de pensar que el lenguaje no es la ventana para saber lo
2
que pasa en la cabeza, sino una acción por derecho propio ( ) .
( 2) Consideremos un ejemplo: Yo te bautizo . En la tradición cristiana el bautizo no es únicamente derramar agua sobre la cabeza de alguien,
del mismo modo que tampoco resulta suficiente que lo haga un sacerdote. El bautizo acontece cuando alguien enuncia esa frase, yo te
bautizo . No es el ritual, no es la persona que lo ejecuta, no son las condiciones que legitiman el acto; sino que es la propia expresión del
verbo bautizar . Insistiendo por su importancia en las ideas ya desarrolladas en el capítulo anterior, lo importante es que la acción de hablar
es ella misma una acción que no representa nada, no se pone en el lugar de nada, no informa de nada sino que es, en sentido estricto, el
acto mismo.

Austin estableció la distinción entre expresiones constatativas y expresiones realizativas.

Las expresiones constatativas son aquellas que describen el mundo o las cosas que forman
parte del mundo y que, consiguientemente, pueden evaluarse en términos de verdad o de
falsedad.

Las expresiones realizativas, o también denominadas oraciones realizativas o, simplemente,


realizativos, en las que Austin focalizó particularmente sus estudios, son expresiones que
emitidas en las circunstancias apropiadas no se limitan a ser una mera descripción o
enunciación de aquello que se hace, sino que, rigurosa y directamente, lo hacen, ejecutan o
realizan. Dicho con otras palabras, un realizativo es una expresión lingüística, cuya
característica definitoria no es la desnuda o elemental declaración, ni tampoco la simple emisión
de un informe, verdadero o falso, acerca de algo. Un realizativo hace algo en el decir, en su
expresión se consuma una acción, que no es el mero decir algo.

Como hemos señalado, las expresiones realizativas no son ni verdaderas ni falsas, pero, como
dice Austin, pueden ser más o menos afortunadas. En efecto, como acciones, estas expresiones
no representan nada en particular y, por lo tanto, no puede determinarse si se ajustan o no a una
supuesta realidad que estarían representando. Sin embargo, al estar necesariamente
determinadas por ciertas condiciones de contexto, lo que sí podemos evaluar es su éxito o su
fracaso en la realización de lo que pretenden:

“Además de pronunciar las palabras correspondientes al realizativo, es menester, como regla


general, que muchas otras cosas anden bien y salgan bien para poder decir que la acción ha
sido ejecutada con éxito. Esperamos descubrir cuáles son estas cosas examinando y
clasificando tipos de casos en los que algo sale mal y, como consecuencia de ello, el acto –
asumir un cargo, apostar, legar, bautizar, o lo que sea– es un fracaso o, por lo menos, lo es en
cierta medida. Podemos decir entonces que la expresión lingüística no es en verdad falsa sino,
en general, desafortunada. Por tal razón, llamaremos a la doctrina de las cosas que pueden
andar mal y salir mal, en oportunidad de tales expresiones, la doctrina de los Infortunios.”

J. L. Austin (1962). Cómo hacer cosas con palabras (pág. 55).

Barcelona: Paidós, 1998.

Las expresiones realizativas pueden ser de distintos tipos. Austin distinguió los actos
locucionarios (locutionary acts), los actos ilocucionarios (illocutionary acts), y los actos
perlocucionarios (perlocutionary acts).

Un acto locucionario o locutivo es el que se realiza al decir meramente algo; al emitir el sonido
de las palabras. Se trata de un acto (que incorpora los actos fonéticos, fáticos y réticos) que
posee significado.

El acto ilocucionario o ilocutivo es el acto que se realiza al decir algo; es aquel que posee una
cierta fuerza al hacer alguna manifestación. De este modo, realizar un acto ilocucionario es
diferente de la simple realización del acto de expresarse: es ejecutar un acto al decir algo. Por
ello, para determinar qué tipo de acto ilocucionario se está realizando, es necesario determinar
de qué manera se está utilizando la locución. En este sentido, Austin (1962) denomina al
sistema de los diferentes tipos de función del lenguaje en torno a los actos ilocucionarios
doctrina de las fuerzas ilocucionarias.

Por último, el acto perlocucionario o perlocutivo es el que se realiza al decir algo; o lo que es lo
mismo, las consecuencias o efectos que genera aquello que es dicho; el logro de ciertos efectos
por (el hecho) de expresarse. En efecto, habitualmente, una expresión origina ciertas
consecuencias o efectos sobre los pensamientos, los sentimientos o acciones de aquéllos o
aquellas a quienes se dirige la locución o, por supuesto, sobre el mismo emisor de la expresión.
Aunque no es imprescindible, es posible que cuando decimos algo actuemos con la intención o
el afán de producir tales efectos. Es precisamente cuando se producen ciertas consecuencias o
efectos cuando puede sostenerse que quien emite la expresión ha realizado un acto
perlocucionario o una perlocución, que puede ser descrito haciendo una referencia indirecta (o
no haciendo referencia alguna) a la realización del acto locucionario o ilocucionario.

En síntesis y recogiendo las palabras de Austin, entre las expresiones realizativas o realizativos
hay que establecer diferentes distinciones que se corresponden con la ejecución de diferentes
actos:

“En primer lugar distinguimos un grupo de cosas que hacemos al decir algo. Las agrupamos
expresando que realizamos un acto locucionario, acto que en forma aproximada equivale a
expresar cierta oración con un cierto sentido o referencia, lo que a su vez es aproximadamente
equivale al “significado” en el sentido tradicional. En segundo lugar, dijimos que también
realizamos actos ilocucionarios, tales como informar, ordenar, advertir, comprometernos, etc.,
esto es, actos que tienen una cierta fuerza (convencional). En tercer lugar, también realizamos
actos perlocucionarios; los que producimos o logramos porque decimos algo, tales como
convencer, persuadir, disuadir, e incluso digamos, sorprender o confundir. Aquí tenemos tres
sentidos o dimensiones diferentes, si no más, de la expresión uso de una oración o el uso del
lenguaje (y, por cierto, también hay otras)”.
J. L. Austin (1962). Cómo hacer cosas con palabras (pág. 153).

Barcelona: Paidós, 1998.

Así pues, el habla como acción lleva a la práctica la idea, derivada del giro lingüístico, según la
cual el lenguaje no es representativo de la realidad, sino que más bien la produce. Austin
desentraña los procesos mediante los cuales se realiza esa constitución y, por lo tanto, genera
las condiciones de posibilidad de insertar el lenguaje como proceso social de pleno derecho y
del propio AD.
4. La lingüística pragmática

Lingüística pragmática o pragmática (Levinson, 1983) son los nombres que recibe habitualmente
el tercero de los fundamentos del AD. Nos detendremos un poco más en la pragmática por no
haber sido tratada con la misma profundidad que el giro lingüístico o la teoría de los actos del
habla en el capítulo “El giro lingüístico”.

1) En el estudio del significado, la teoría lingüística dominante es, en cualquiera de sus


modalidades, la teoría del signo, sin apenas variaciones respecto de la formulación de
Ferdinand de Saussure (1915). La Pragmática, sin embargo, apenas guarda relación con dicha
teoría, ofreciéndose como una alternativa a la misma.

“El signo lingüístico es, pues, una entidad psíquica de dos caras, que puede representarse por la
siguiente figura:

Figura 1

Estos dos elementos están íntimamente unidos y se reclaman recíprocamente. Ya sea que
busquemos el sentido de la palabra latina arbor o la palabra con que en el latín designa el
concepto árbol, es evidente que las vinculaciones consagradas por la lengua son las únicas que
nos aparecen conformes con la realidad, y descartamos cualquier otra que se pueda imaginar”.

Figura 2

F. Saussure (1915 [1945]). Curso de lingüística general (pág. 129). Buenos Aires: Losada.

En la teoría del signo tradicional se postula la existencia del par significante/ significado. De
acuerdo con esta teoría, la relación entre ambos extremos del par es totalmente arbitraria. En
paralelo con ello, se puede decir que existe la postulación implícita de que los significados
guardan alguna relación con el mundo, una relación probablemente de representación en virtud
de la cual podemos sustituir el objeto del mundo real por la palabra. En efecto, en la lingüística
tradicional se asume la existencia de alguna clase de índice en el interior de cada lengua, que
nos permite llegar del significante al significado. Este índice, que podría tener un formato como
el de un diccionario, debería ser utilizado por cada uno de nosotros cuando tratamos de
descodificar, es decir, entender aquello que oímos o aquello que nos están diciendo.

La concepción vehiculada por la teoría del signo ha sido el fundamento mediante el cual se han
sostenido y se sostienen muchos estudios sobre procesos psicológicos y sociales. Fieles
ejemplos de ello son el estudio del pensamiento, del aprendizaje, del proceso de comunicación
y, en general, de la interpretación como proceso individual y colectivo.

2) Paralelamente a la teoría del signo se ubica la teoría de la comunicación, más comúnmente


extendida y aceptada:

Figura 3

De acuerdo con esta teoría, el/la emisor difunde o expresa un mensaje a través de un canal que
es descodificado por el/la oyente o receptor/a.

No nos extenderemos más en estas dos teorías por ser ampliamente conocidas y pasaremos a
centrar nuestra atención en la pragmática.

La cuestión clave es que la pragmática se opone tanto a las implicaciones de esta teoría
lingüística simple de significante y significado, como a la teoría de la comunicación, aportando
un punto de vista radicalmente distinto.

En efecto, la pragmática está estrictamente interesada en los principios que regulan el uso del
lenguaje y, en particular, por aquellas condiciones que hacen del empleo de un enunciado
concreto una acción de comunicación.

La pragmática, sin embargo, no tiene una única concepción consensuada, más bien podemos
decir que hay una gran variedad de concepciones pragmáticas. Así, por ejemplo, uno de los
grupos pragmáticos más conocidos en este momento es el que asume los principios de la teoría
de la relevancia (Sperber y Wilson, 1986). Es ésta una orientación pragmática marcadamente
cognitivista, que ve en el proceso de comunicación una labor del hablante que empaqueta o
codifica lo que quiere decir y una labor en la recepción que desempaqueta o des-codifica lo que
quiere escuchar. En esta labor de descodificación hay ciertas claves, siendo la más importante
de ellas la conexión de la relevancia de lo dicho con el contexto, la cual facilita tanto el proceso
de enunciación como el proceso de recepción. En la medida en que esta visión de la pragmática
concede un papel muy importante al proceso de codificación y de descodificación, y siendo
obviamente un papel eminentemente mental o cognitivo, no vamos a referirnos a ella.

Optaremos por referiremos a una pragmática menos interesada en discernir la naturaleza de los
procesos cognitivos de codificación y descodificación, y más interesada en la praxis
comunicativa. Ésta es la pragmática coherente con los principios del giro lingüístico y la teoría
de los actos del habla que hemos visto con anterioridad y que podemos encontrar en autores
como Herbert Paul Grice (1975) o Stephen Levinson (1983). Desde esta otra concepción de la
pragmática, de tipo no cognitivista por decirlo de algún modo, no hay ningún significado estable
preexistente o codificable de manera unívoca, sino que hay un proceso de comunicación en el
cual la contextualización es la única posibilidad real de comprensión.

La pragmática afirma, muy enfáticamente, que es preciso dar por supuesto que lo que se dice
siempre tiene un sentido que está más allá del significado que acompaña las palabras. Así es
cómo podemos interpretar las acciones del habla, tanto en términos intencionales como no
intencionales. En términos intencionales cuando, por ejemplo, alguien quiere decir algo más de
lo que está diciendo y no dice. Éste es el caso de leer entre líneas, es decir, cuando al leer un
texto se va buscando qué es lo que realmente alguien estaría queriendo decir que no esta
diciendo con palabras. En términos no intencionales, tanto cuando, por ejemplo, consideramos
la manera en que se estructura gramaticalmente una frase, el tipo de conexiones contextuales
que ofrece desde un punto de vista gramatical, como cuando consideramos las partes del habla
que se refieren a situaciones contextuales –deícticos, que veremos más adelante–, puesto que
éstas son las condiciones necesarias para cualquier comprensión de la situación comunicativa.

Podemos afirmar, pues, que todas las lenguas cuentan con este tipo de artefactos y no se puede
abordar un análisis de significado si no se toman en cuenta estos dispositivos. Por ejemplo, si
encontráramos en el suelo una nota manuscrita con la expresión vuelvo en 5 minutos, si no se
dispone del escenario relacional, físico, temporal, etc., esta frase es una frase carente de
sentido. ¿Quién ha de volver? ¿Adónde tiene que volver? ¿Qué día? ¿A qué hora? O, en el
mejor de los casos, ¿habrán transcurrido ya los 5 minutos o falta todavía tiempo? Este ejemplo
ilustra sobradamente la importancia de los elementos implicados en la significación y
comprensión. Los supuestos subyacentes a la pragmática van en esta dirección.

En congruencia con ello, puede decirse que la diferencia de la pragmática con el modelo
tradicional de comunicación estriba en que, más que canal, lo que tenemos es un contexto de
comunicación, que es preciso conocer para hacer inteligible aquello de lo que estamos
hablando.

El lenguaje en uso es, por lo tanto, lo que define a la pragmática en oposición a otras maneras
de entender el lenguaje. No es posible comunicarse sin disponer de un anclaje lingüístico en
esos contextos físicos, relacionales y sociales, y esa operación lingüística ha de ser
descodificada, porque si no se produce dicha descodificación, la comprensión es imposible.

En esta presentación de la pragmática nos referiremos especialmente a dos cuestiones


cruciales: 1) la deixis y 2) las implicaturas.

1) La deixis

El término deixis se refiere a aquellos elementos de la estructura gramatical que relacionan el


lenguaje con el contexto. Como señala Levinson.

“El término deixis proviene de la palabra griega para señalar o indicar, siendo ejemplos
prototípicos o principales de ello el uso de los demostrativos, los pronombres de primera y
segunda persona, el tiempo verbal, los adverbios específicos de tiempo y lugar como now
(ahora) y here (aquí), y varios otros rasgos gramaticales ligados directamente a las
circunstancias de la enunciación”.

Los deícticos codifican pues las relaciones del lenguaje y el contexto de enunciación. Y lo
hacen cumpliendo diversas funciones como señalar o indicar lugares y/o cosas, personas,
momentos, etc. Por ello, los deícticos pueden ser de tres tipos:

a) de persona, cuando se refieren a personas e indican el rol que cada participante tiene en la
interacción (hablante, oyente).

Yo, nosotros, tú, ellos, así como vocativos como tío/tía o macho, son ejemplos de deícticos de
persona.

b) de lugar, cuando se refieren a lugares localizando las personas u objetos a los que se refieren
en la conversación.

Ponlo aquí, es un ejemplo en el que aquí es un deíctico de lugar.

c) de tiempo, cuando se refieren a los diferentes momentos de aquello que se narra tomando
como punto de referencia el momento en que se produce la conversación.

Nos vemos luego, es un ejemplo en el que el adverbio luego opera como deíctico temporal.

Éstos son los deícticos descritos tradicionalmente. Más recientemente se han añadido otras
categorías (Levinson, 1983), la deixis del discurso y la deixis social:
a) la deixis del discurso alude a la realización de referencias a partes del discurso, anteriores o
posteriores, en las que se formula el enunciado.

Por ejemplo, cuando en el texto leemos el enunciado como vimos en el capítulo 1, se nos hace
referencia a una parte del escrito que se ubica temporal y espacialmente con anterioridad a lo
que estamos leyendo.

Expresiones como en definitiva, así pues, sin embargo, y otras similares tienen también esta
función deíctica discursiva.

b) la deixis social hace referencia a la codificación de las distinciones sociales de los roles de
los participantes en la conversación. En particular, cuando indican la relación social entre los
participantes.

Son ejemplos de deixis social las fórmulas de tratamiento tu, usted, o vos, pues indican
claramente la posición de los/as hablantes y/o la relación entre ellos/as. Así, cuando una
persona joven habla con otra mayor, es habitual el uso del usted. Los vocativos ¡cariño!, ¡churri!
o ¡querido/a!, por ejemplo, dichos por uno de los miembros de una pareja tienen idéntica
función.

Toda indicación contextual, y consiguientemente la deixis, tiene un punto de referencia. En


pragmática ese punto de referencia se denomina centro deíctico. Existe un cierto consenso en
aceptar que la deixis se organiza de manera egocéntrica (Levinson, 1983). Es decir, por un lado
el hablante; por otro, el tiempo en el que produce su enunciado y, finalmente, el lugar de
enunciación. En términos de la deixis del discurso, el centro es el lugar discursivo en el que el
hablante se halla y en la deixis social, el centro es la posición social del hablante en torno a la
cual giran las de sus interlocutores.

No obstante, y para terminar, hay que señalar que la deixis experimenta interesantes
desplazamientos, como por ejemplo, cuando el/la hablante asume el rol del oyente, o cuando el
pasado es convertido por el/la hablante en el centro deíctico de un relato. Estos
desplazamientos deben ser conocidos por los participantes en la interacción, pues, de otro
modo, resultaría imposible cualquier comunicación.

2) Las implicaturas

Herbeut P. Grice (1975) elaboró la noción de implicatura. Una implicatura es una inferencia que
los/as participantes en una situación de comunicación realizan a partir de un enunciado o
conjunto de enunciados. Grice distingue entre lo que se dice y lo que se comunica:

lo que se dice depende de las palabras que se enuncian,

lo que se comunica es toda la información que transmite el enunciado.

Dicha información no es explícita, no se extrae del significado de las palabras, sino


que es implícita y se elabora en el marco de las normas de la conversación y del
contexto de interacción.

Asimismo, Grice distinguió también entre implicaturas convencionales e implicaturas no


convencionales. Las primeras pueden depender del significado convencional de las palabras.
Sin embargo, las segundas no, pues dependen de las reglas contextuales. Cuando esas reglas
son las que estructuran la conversación, hablamos de implicaturas conversacionales. De algún
modo, las implicaturas conversacionales son una consecuencia de los enunciados. Es decir, las
oraciones que son dichas por los/as hablantes, y comportan una producción de sentido más allá
del significado convencional de las palabras que se pronuncian.

“En algunos casos, el significado convencional de las palabras usadas determinará qué es lo
que se implicó, además de ayudarnos a identificar lo que se dijo: Si digo (con un gesto de
autosuficiencia) Es un latino; luego es muy temperamental, yo mismo me comprometo
ciertamente, en virtud del significado de mis palabras, con la idea de que él (la persona en
cuestión) sea muy temperamental es una consecuencia (se sigue) de que sea latino. Pero
mientras que he dicho que es latino y que es temperamental, no me gustaría defender la tesis de
que he dicho (en el sentido deseado) que del hecho de que alguien sea latino se sigue que es
muy temperamental, si bien ciertamente lo he indicado o implicado. No pretendo sostener que
mi preferencia de la mencionada oración sea, estrictamente hablando, falsa, pese a que lo
primero no fuese una consecuencia de lo segundo”.

H. P. Grice (1975). Lógica y conversación. En L. M. Valdés (ed.).

La búsqueda del significado (pág. 515). Madrid: Tecnos y Universidad de Murcia, 1991.

Así pues, es un latino, luego es muy temperamental, que Grice propone en la cita, es una
implicatura convencional. Sin embargo,

A: ¿Viste a tu sobrina ayer?

B: Ayer no salí en todo el día de casa es una interacción donde la implicatura no va asociada a
las palabras utilizadas. Cuando el hablante B responde a la pregunta de A, en sentido literal no
está respondiendo si vio o no vio a su sobrina, pero lo dicho implica claramente que no la vio.

El contexto privilegiado de las implicaturas es lo que Grice llamó principio de cooperación. El


punto de partida y el elemento que caracteriza este principio es la consideración de que
conversar requiere un deseo de colaborar con otra persona u otras personas o, lo que es lo
mismo, que necesita objetivos compartidos. De hecho, las conversaciones que mantenemos no
son una mera secuencia de informaciones, descripciones o datos inconexos, sino que
constituyen, en cierto modo, un esfuerzo de colaboración o reciprocidad en el que los/as
interlocutores/ as nos involucramos. Se podría decir que los/as participantes en una
conversación son conscientes o se hacen conscientes de que el intercambio comunicativo en el
que participan está, de alguna manera, vertebrado por un propósito o conjunto de propósitos
comunes o, cuando menos, posee una orientación recíprocamente aceptada por los/as
hablantes. Este propósito u orientación puede determinarse desde el principio de la
conversación mediante diferentes recursos como, por ejemplo, planteando un posible tema de
diálogo; o puede transfigurarse durante el discurrir de la misma. No obstante, cabe también la
posibilidad de que el tema de conversación esté completamente especificado o que sea tan
borroso que permita una maniobrabilidad casi ilimitada de los/as interlocutores/as (situación
ésta muy habitual en las conversaciones e intercambios que se producen en los encuentros
fugaces e inopinados). A pesar de ello, sea como fuere, a lo largo de la conversación algunas de
las contribuciones quedarán relegadas por inadecuadas. En definitiva, los/as participantes
implicados/as en una conversación aceptarán como precepto rector de sus intercambios el
principio de cooperación que, como señala Grice se podría formular diciendo:

“Haga usted su contribución a la conversación tal y como lo exige, en el estadio en que tenga
lugar, el propósito o la dirección del intercambio que usted sostenga.

Si cualquiera de los hablantes no está dispuesto a cumplir con este principio, es decir, a
colaborar, entonces lo que sucederá es que el otro inferirá que quiere decir otra cosa”.

H. P. Grice (1975). Lógica y conversación. En L. M. Valdés (ed.). La búsqueda del significado


(pág. 515516). Madrid: Tecnos y Universidad de Murcia, 1991.

El principio de cooperación según Grice tiene diversas máximas:

1) Máxima de cantidad: hace referencia a la cuantía de información que se suministra en una


conversación y se relaciona con la modulación de esta cuantía, en el sentido de que en la
cooperación se contribuya con mayor o menor cuota de información.
2) Máxima de cualidad: alude a la verdad de la contribución informativa y a la acreditación o aval
con que pueden sostenerse las contribuciones.

3) Máxima de relación (relevancia): consiste en aportar contribuciones pertinentes y directas que


abunden en el meollo de la cuestión y no en sus aspectos fútiles.

4) Máxima de modo: a diferencia de las anteriores, su importancia no recae en el contenido, sino


en cómo se expresa éste. Se relaciona fundamentalmente con la exposición clara, ordenada,
concisa y precisa.

Grice expresa las máximas que hemos definido y que configuran el principio de cooperación de
la siguiente manera:“[...] podrían distinguirse quizá cuatro categorías a una u otra de las cuales
pertenecerán máximas o submáximas más específicas. De entre todas ellas, las siguientes
darán pie a resultados que están de acuerdo con el Principio cooperativo. Haciéndonos eco de
Kant, denominaré a estas categorías categorías de cantidad, cualidad, relación y modo. La
categoría de cantidad tiene que ver con la cantidad de información a proporcionar, y a ella
pertenecen las máximas:

‘Haga usted que su contribución sea tan informativa como sea necesario’ (teniendo en cuenta
los objetivos de la conversación), y puede que también ‘No haga usted que su contribución
resulte más informativa de lo necesario’ [...] A la categoría de cualidad pertenece una
supermáxima: ‘Trate usted de que su contribución sea verdadera’, y dos máximas más
específicas:

‘No diga usted lo que crea que es falso’ ‘No diga usted aquello de lo cual carezca de pruebas
adecuadas’ [...] Dentro de la categoría relación sitúo una sola máxima: ‘Vaya usted al grano [...]’
Finalmente, a la categoría de modo, la cual concibo de manera que no tiene que ver (como
sucede con las categorías precedentes) con lo que se dice, sino con cómo se dice lo que se
dice, pertenece la supermáxima: ‘Sea usted perspicuo’, así como diversas máximas:

‘Evite usted ser oscuro al expresarse’ ‘Evite usted ser ambiguo al expresarse’ ‘Sea usted
escueto (y evite ser innecesariamente prolijo)’, ‘Proceda usted con orden’”.

H. P. Grice (1975). Lógica y conversación. En L. M. Valdés (ed.). La búsqueda del significado


(pág. 516517). Madrid: Tecnos y Universidad de Murcia, 1991.

Una implicatura conversacional se produce tanto cuando se obedecen estas máximas como
cuando se violan todas o alguna de ellas. Todas las implicaturas requieren cálculo por parte de
los/as interlocutores/as, en el sentido de que se asume que los/las hablantes están respetando
el principio de cooperación. Para que una implicatura pueda ser considerada como
conversacional y no como convencional, ha de poder ser inferida. De no ser posible esta
inferencia, aunque se sospeche que la implicatura está presente o se intuya su presencia de
alguna manera, siempre deberá ser considerada como convencional; a no ser que la sospecha
o la intuición puedan sustituirse por un argumento. Por ello, para que un/a oyente pueda inferir
que está ante una implicatura conversacional, deberá apoyarse y manejar los siguientes datos:

1) el significado convencional de las palabras dichas, junto con la identidad de las referencias
implicadas,

Como sostiene Grice, una fórmula que permite detectar la presencia de una implicatura
conversacional podría sintetizarse como sigue:

“Él ha dicho que p; no hay ninguna razón para suponer que no está observando las máximas, o
al menos PC; podría estar cumpliéndolas si pensase que q; sabe (y sabe que yo se que él sabe)
que yo me apercibo de la necesidad del supuesto de que piensa que q; no ha hecho nada para
impedirme pensar que q; por lo tanto, pretende que yo piense, o al menos hacerme posible que
piense, que q; y consiguientemente ha implicado que q.”
H. P. Grice (1975). Lógica y conversación. En L. M. Valdés (ed.). La búsqueda del significado
(pág. 521). Madrid: Tecnos y Universidad de Murcia, 1991.

Las implicaturas conversacionales, para ser tales, deben reunir ciertos rasgos que constituyen,
asimismo, una manera o procedimiento que nos permite conocerlas e identificarlas. Según Grice
(1975), para admitir que una implicatura conversacional es tal, resulta imprescindible aceptar
que se cumple el principio de cooperación. No obstante, puede eludirse esta aceptación. Si se
elude, necesariamente, una implicatura conversacional generalizada debe cancelarse en un
caso particular. Para ello, se puede operar de dos maneras: a) se la puede cancelar
expresamente mediante una cláusula que dé a entender o que determine que el/la hablante se
ha inclinado por no acatar el principio de cooperación, o b) se la puede cancelar
contextualmente, si la forma verbal expresada que habitualmente acompaña a la implicatura
conversacional es usada en un contexto tal que no deja duda ninguna de que el/la hablante
prescinde del principio de cooperación.

Asimismo, existen otros rasgos de las implicaturas conversacionales que Grice detalla y formula
de la siguiente manera:

“En la medida en que para inferir que se está ante una implicatura conversacional haga falta,
además de la información contextual y de fondo, tan sólo el conocimiento de lo que se ha dicho
(o del compromiso convencional de la proferencia), y en tanto en cuanto el modo de la expresión
no juegue función alguna en la inferencia, no será posible dar con otra forma de decir la misma
cosa, por carecer de la implicatura en cuestión, a no ser que algún rasgo especial de la nueva
versión sea relevante por sí mismo para la determinación de una implicatura (en virtud de alguna
de las máximas de modo). Si le damos a esta característica el nombre de indesligabilidad, cabe
esperar que toda implicatura conversacional generalizada que se lleve a cabo mediante una
locución familiar, y nada especial, tenga un alto grado de indesligabilidad.

Hablando en términos aproximados, puesto que para inferir la presencia de una implicatura
conversacional se presupone un conocimiento previo de la fuerza convencional de la expresión,
cuya proferencia lleva consigo la implicatura, el implicandum conversacional será una condición
a no incluir a la especificación primera de la fuerza conversacional de la expresión. Aunque
puede que no sea imposible que lo que se inicie en la vida, por decirlo así, como implicatura
conversacional adquiera la naturaleza de implicatura convencional, suponer que en un caso
dado esto sucede así requeriría de una justificación especial. Así pues, inicialmente al menos,
los implicata conversacionales no son parte del significado de las expresiones a cuyo uso se
adhieren.

Puesto que la verdad de un implicatum conversacional no se sigue de la verdad de lo que se


dice (lo que se dice puede ser verdadero y lo que implica puede ser falso), la implicatura no va
unida inseparablemente a lo que se dice, sino al decir lo que se dice o al expresarlo de esa
manera.

Puesto que inferir una implicatura conversacional es inferir lo que se ha supuesto para
salvaguardar la observancia del principio cooperativo, y dado que pueden darse varias
explicaciones específicas posibles, quedando la lista de éstas abierta, en tales casos el
implicatum conversacional será la disyunción de tales explicaciones específicas; y si la lista
queda abierta, el implicatum tendrá el carácter de indeterminación que muchos implicata reales
parecen de hecho poseer”.

H. P. Grice (1975). Lógica y conversación. En L. M. Valdés (ed.). La búsqueda del significado


(pág. 530). Madrid: Tecnos y Universidad de Murcia, 1991.

Terminaremos este apartado dedicado a la pragmática con dos ejemplos:

1) Imaginemos que alguien vive en un quinto piso sin ascensor. Cuando llega a casa, otra
persona con quien comparte la vivienda pronuncia la siguiente frase:
“Hay que bajar la basura”.

Veremos que no se puede hacer un AD sin pragmática. En cierto sentido, estudiar AD es


estudiar pragmática, hacer una AD es hacer una análisis pragmático. Y este ejemplo, al tiempo
que es una ilustración de la pragmática, nos va a ayudar a entender cómo se hace un AD.

Cuando alguien dice Hay que bajar la basura, podríamos pensar que se está verificando una
constatación de un hecho cierto. A saber, que hay basura que es necesario transportar para que
sea recogida. Pero, prestemos atención al contexto: una casa con varias personas (por ejemplo,
una familia), tarde, de noche (por ejemplo, las diez de la noche), final de un día de trabajo, etc.
En esa situación, si alguien dice Hay que bajar la basura, la mayor parte de las personas van a
entender que en realidad no se está constatando un hecho, sino que más bien se está
requiriendo o, incluso, se está dando la orden de bajar la basura. No hay forma, fuera de las
enseñanzas de la Pragmática, de entender cómo sucede eso. Es decir, cómo un hablante
consigue que su interlocutor entienda que le están dando una orden.

Bien volvamos al ejemplo Hay que bajar la basura. Es común, desde las ciencias sociales,
hacer la siguiente crítica a la pragmática (del mismo tipo a la que con frecuencia se le hace a
Austin, por ejemplo): que sólo se preocupan por ejemplos cortos con frases pequeñas y que uno
no puede abordar los problemas sociales desde la pragmática. Sin embargo, el reconocimiento
de los actos perlocutivos como aquellos actos de habla que generan efectos, nos abre la puerta
a un análisis más global a partir de la pragmática.

Supongamos que el enunciado de este ejemplo se pronuncia en una casa en donde vive un
matrimonio. Podemos anticipar quién va a decir esa expresión porque sabemos que no lo puede
decir cualquiera indistintamente. Sabemos que esa acción tiene que ver con una posición de rol.
Como analistas, cuando examinemos una expresión de ese tipo, como nos enseñará la
etnometodología, no necesitaremos tener una teoría sobre la desigualdad social, porque la
observación y el registro puntual de ese acto es informativo de aquello que está pasando. En
efecto, las consecuencias de decir hay que son una orden puesto que alguien baja
efectivamente la basura, o protesta porque se siente increpado para hacerlo, o se excusa, o se
justifica porque ya lo hizo en múltiples ocasiones. Y sabemos también que en un contexto
semejante, esa orden no la puede dar cualquiera.

Ese acto nos informa de que hay una posición disimétrica, en la cual uno está en condiciones de
dar una orden al otro. No informa de las capacidades de interpretación o de descodificación de
la pareja, quien obviamente es un sujeto hábil en su lengua y entiende todas y cada una de las
palabras. No es eso, de lo que informa es de la relación que están teniendo esas dos personas.

2) Alrededor de la mesa de cualquier casa una familia estándar está comiendo. Alguno de los
comensales formula la siguiente pregunta:

“¿Dónde está la sal?”

Igual que en el caso anterior, ésta no es una interrogación para saber la ubicación del salero.
Cualquiera en una situación como ésa sabe que, nuevamente, se trata de una orden para que
alguien traiga la sal a la mesa.

Nada impide dar una orden directa como tráeme la sal y, a veces, así se produce; pero no es en
sí mismo necesario para que se origine la orden, para que alguien traiga la sal a la mesa, y para
que se constituya y reconstituya una situación de disimetría obvia entre los distintos
participantes de la escena.

Desde un punto de vista convencional, podríamos hacer una anticipación de cuál es el


escenario real, cuáles son las posiciones disimétricas reales desde las que una persona puede
dar una orden como ésa. Pero no es imprescindible, o al menos no lo es en muchos casos.
Decir dónde está la sal, igual que decir hay que, comporta la posición de rol, la posición de
disimetría, el ejercicio del poder, etc. Y como analistas, lo único que necesitamos es ser
miembros competentes en ese contexto para entender lo que pasa, nada más. No necesitamos
tener una teoría sociológica ni psicológica, lo único que necesitamos es ser miembros
competentes en esas circunstancias.
5. La etnometodología

El famoso texto de Harold Garfinkel (1967) Studies in Ethnomethodology, comienza con las
siguientes palabras, que constituyen desde el inicio una de las mejores definiciones de lo que
es la etnometodología (en lo sucesivo, ETN):

“En los estudios siguientes se intenta tratar las actividades prácticas, las circunstancias
prácticas y el razonamiento sociológico práctico como temas de estudio empírico y, prestando a
las actividades más corrientes de la vida cotidiana la atención que se otorga normalmente a los
acontecimientos extraordinarios, se intenta aprender sobre ellos como fenómenos por derecho
propio. Su recomendación central es que las actividades mediante las que los miembros
producen y controlan escenarios de asuntos cotidianos organizados sean idénticas a los
procedimientos que utilizan los miembros para hacer que estos escenarios sean “explicables”.

H. Garfinkel (1967). Studies in Ethnomethodology (pág. 1). Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

Efectivamente, la ETN se ha centrado en el análisis de las actividades prácticas cotidianas


dotándolas del mismo interés que en gran parte de la Sociología estándar, se ha dado a los
eventos aparentemente más importantes. El foco de interés de la ETN son las personas en su
interacción cotidiana y las actividades que desarrollan en sus contextos inmediatos. Por ello se
sitúa esta parte de la Sociología en el ámbito de las microsociologías, también denominadas por
algunos autores Sociologías de la situación (Díaz, 2001).

Garfinkel en la obra mencionada explica el porqué del término etnometodología:

“Utilizo el término etnometodología para hacer referencia a la investigación de las propiedades


racionales de expresiones indiciales y otras acciones prácticas, como logros en desarrollo que
contienen prácticas ingeniosas organizadas de la vida cotidiana”.

H. Garfinkel (1967). Studies in Ethnomethodology (pág. 11). Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

En efecto, los estudios etnometodológicos dirigen su atención hacia las actividades diarias en
las que nos vemos envueltas las personas. Estas actividades diarias son concebidas y
analizadas como métodos a los que las personas recurrimos para hacer que estas actividades
sean explicables (accountables): haciendo que sean visibles, racionales y comunicables en
todos los propósitos prácticos y como organizaciones de todas las actividades comunes de cada
día. Una de las características singulares de las acciones y circunstancias prácticas, de las
estructuras sociales que proporciona el sentido común y del razonamiento sociológico práctico
es la reflexividad. Así, la reflexividad fundamenta el estudio de estas situaciones porque permite
localizar y examinar sus diversas ocurrencias.

La ETN nació como corriente sociológica en los años sesenta. Supuso una ruptura
extraordinaria con los modelos sociológicos dominantes dado que no se postula como una
teoría, sino como una perspectiva de investigación. En el entramado de las corrientes
sociológicas, se reclama como una alternativa definida contra aquellas versiones que defienden
la explicación de los hechos sociales y se apunta a aquellas que sostienen la comprensión
como única forma de viabilidad en el acercamiento a los procesos sociales. Los principios
básicos de la ETN son pocos y, probablemente, el más importante de ellos sea la asunción de
que todos los miembros de la sociedad son sociólogos/as en la práctica. Es decir, que cada
persona, en su acción cotidiana, a la vez describe, habla y construye la realidad. No hay, pues,
una realidad social independiente de los individuos, cuyo conocimiento sólo sea posible desde
un pensamiento teórico y una investigación ajena al sentido común, sino que más bien el
sentido común es perfectamente capaz, no sólo de construir la realidad social, sino de conocerla
y de dar cuenta de ella. Para la ETN, la realidad social no es nunca algo exterior a los
individuos, sino un producto incesantemente construido por la actividad de todos los miembros
de un grupo o colectividad en su acción cotidiana.
5.1. Los cuatro conceptos clave de la etnometodología

Resaltaremos cuatro conceptos claves de la ETN por su particular relevancia en los enfoques
discursivos. Estos conceptos son 1) el de competencia, 2) el de reflexividad, 3) el de
indexicabilidad y 4) el de accountability.

1) Competencia

La noción de competencia de membrecía, o de miembro competente, desarrollada por la ETN,


no se refiere a la pertenencia a un grupo o colectividad, sino más bien al uso que se hace o
puede hacerse del lenguaje natural. Contrariamente al concepto sociológico y psicológicosocial
de pertenencia a una sociedad, grupo o categoría social, la noción de membrecía se refiere a la
gestión y manejo del lenguaje.

En este sentido, ser un miembro competente significa ser una persona dotada de un savoir faire,
capaz de actuar, con conocimientos de procedimientos, métodos y estrategias que permiten la
adaptación y el desenvolvimiento exitoso en el contexto social en el que se habita, con
capacidad para engendrar dispositivos de adaptación para significar el mundo circundante. Más
concretamente, ser un miembro competente entraña el ingreso a un grupo o institución, no sólo
mediante la voluntad de hacerlo, sino a través de la incorporación al uso y la utilización efectiva
del lenguaje común de ese grupo o de esa institución. Ello supone que, una vez afiliados/as, la
necesidad de interrogarse sobre lo que hacen los otros miembros del grupo desaparece, ya que
se aceptan las rutinas inscritas en las prácticas sociales y se conocen los implícitos de sus
3
conductas. ( )

( 3) Esto ayuda a entender cómo nuestra cultura no nos parece insólita, ni nos consideremos unos extraños o extrañas respecto a ella. Sin
embargo, habitualmente, es extrañeza lo que mostramos ante las conductas o las preguntas de un extranjero/a.

El concepto de miembro competente, la membrecía, no es en términos de la ETN una asunción,


un aprendizaje o una enculturación con los sistemas de valores de creencias o los análisis de la
intersubjetividad de un grupo social o cultural dado.

“Existe una característica de las explicaciones de los miembros que para ellos es de una
relevancia singular e imperante tan grande que controla otras características en su carácter
específico, como características racionales reconocibles de investigaciones sociológicas
prácticas. La característica es ésta. Respecto al carácter problemático de acciones prácticas y a
la adecuación práctica de sus investigaciones, los miembros dan por sentado que un miembro
debe “saber” de entrada los escenarios en los que debe actuar si sus prácticas han de servir
como medidas para explicar de modo reconocible las características localizadas particulares de
estos escenarios. Tratan de la forma más superficial el hecho de que las explicaciones de los
miembros, de todo tipo, en todas sus formas lógicas, con todos sus usos y por todos los métodos
para su montaje sean características que constituyan los escenarios que hacen observables.
Los miembros saben, requieren, cuentan con, y hacen uso de esta reflexividad para producir,
lograr, reconocer o demostrar aptitud racional a todos los efectos prácticos de sus
procedimientos y conclusiones”.

H. Garfinkel (1967). Studies in Ethnomethodology (pág. 8). Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

La ETN surge por oposición a las teorías de la acción vigentes a finales de los años sesenta,
sobre todo a las de Parsons. En este sentido, frente a la asunción de que nuestro
comportamiento es un comportamiento que sigue reglas, la ETN está interesada en cómo
constituimos esas normas cuando estamos interactuando o actuando. Por ello, la membrecía en
el sentido de la ETN no es compartir ese background que nos antecede o, al menos, no es
únicamente eso, sino que es más bien tener la competencia para la acción conjunta y la
interacción.
El lenguaje mismo puede servirnos como ejemplo. La cuestión no está sólo en si cada uno de
nosotros conoce o no una lengua, lo cual nos haría miembros competentes de esa comunidad
lingüística, sino en ver si somos capaces de hablar, que es algo completamente diferente. Como
sabe cualquier persona que ha tenido que aprender una segunda lengua, no es suficiente con
conocerla: es decir, conocer su gramática o conocer su vocabulario, puesto que eso no da la
competencia. Una membrecía es una competencia sobre todo en el manejo del lenguaje común,
entendido no sólo como las palabras, sino del contexto de las normas y reglas que se
constituyen en la acción social.

2) Indexicabilidad

La enunciación de toda palabra o frase se produce en un contexto. Ese contexto hace que cada
palabra tenga un significado específico en cada oportunidad de enunciación. Comprender una
palabra o una frase implica siempre un análisis de la situación que va mas allá de la información
efectivamente dada en un momento concreto. Una palabra o una oración, por lo tanto, no
conllevan el significado plenamente, sino que lo adquieren del todo en el escenario concreto de
su producción. Ese contexto de enunciación, además, se extiende a elementos mas allá de la
situación inmediata, como pueden ser los intercambios lingüísticos previos, la relación que
mantienen los/as interlocutores/as o la propia historia de cada uno/a de ellos/as.

El concepto de indexicabilidad desarrollado en la ETN por Garfinkel implica que todo lenguaje
natural es indexical en la medida en que su significado es siempre dependiente del contexto de
su propia producción. No hay significado posible al margen de las condiciones de su uso y del
espacio social de su enunciación.

Cada persona en su interacción, como miembro competente, conoce sin dificultad los usos y
significados de las palabras y oraciones que utiliza. La comprensión mutua, igual que la
inteligibilidad de lo que sucede para cualquier observador potencial, se hace posible en virtud
de esta propiedad que hemos llamado indexical. Llegamos al conocimiento del significado
concreto y pertinente de un enunciado por nuestro conocimiento de este carácter indexical. La
ETN se interesará, pues, por ver cómo utilizamos el lenguaje y observar cómo de forma
completamente rutinaria somos capaces de dar sentido a las palabras.

“Las propiedades que se exponen mediante explicaciones (debido a que son características de
ocasiones organizadas socialmente de su uso) se encuentran disponibles en estudios de
especialistas en lógica como propiedades de expresiones indiciales y oraciones indiciales.
Husserl habló de expresiones cuyo sentido no puede ser decidido por un oyente sin saber
necesariamente o asumir algo sobre la biografía y las intenciones de la expresión del usuario,
las circunstancias de la emisión, el curso previo de la conversación, o la relación particular de la
interacción real o potencial que existe entre el que expresa y el oyente”.

H. Garfinkel(1967). Studies in Ethnomethodology (pág. 4). Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

Así pues, todas las circunstancias que rodean una palabra son las puertas de acceso a la acción
de compartir el sentido. Cada participante hace un trabajo, como diría Garfinkel, documental.
Como en un archivo, una cosa conduce a la otra. Pongamos el ejemplo del análisis
etnometodológico de una entrevista. Una entrevista es una situación de interrogación más o
menos pactada, el/la entrevistador/a no tiene una información que el/la entrevistado/a sí tiene.
Ambos estructuran el espaciotiempo para que uno diga lo que el otro quiere saber. Analizada
etnometodológicamente, esa situación comporta identificar todas aquellas acciones del
individuo que llevan a esos espacios que cada participante conoce. Entonces, lo que da idea de
una situación no es sólo si alguien es o no competente, sino, sobre todo, la indexicabilidad:
cada cosa que se dice, como cada cosa que se hace, nos pone en contacto con algo que está
pasando. Cualquier observador/a de esa situación podría llegar por sí mismo/a a ese tipo de
conclusiones. Todo lo que pasa cobra sentido por la estructuración que se está dando en ese
momento particular y no únicamente por las condiciones de partida. Es decir, si se observa que
el/la entrevistado contesta mal, entonces es fácil ver que estamos ante una ruptura de una regla
o de una norma, no es necesario saber las condiciones previas, pactadas o no, de la entrevista.

3) Reflexividad

La propiedad de la reflexividad tiene que ver al mismo tiempo con la descripción de una
situación y con su construcción, en el sentido de que describirla es construirla. Asimismo, la
reflexividad se relaciona, simultáneamente, con el entendimiento de aquello que está
aconteciendo y con la explicitación de dicho entendimiento. Como sostiene Garfinkel (1967), la
reflexividad supone que las actividades que emprendemos las personas para crear y operar las
situaciones que se nos presentan en nuestra vida cotidiana son idénticas a los procedimientos
que utilizamos para describir esas mismas situaciones.

En una situación dada, la reflexividad se refiere, simultáneamente, a las prácticas que la


describen y la construyen. Mientras interactuamos con otras personas y hablamos con ellas,
producimos simultáneamente el significado, las normas y la inteligibilidad de lo que hacemos.
Cuando describimos un acontecimiento o una situación social, al mismo tiempo la estamos
construyendo.

Es mediante la acción de hablar, y en virtud de la indexicabilidad que ya hemos revisado, como


producimos el mundo. No hay un antecedente, no hay un código que al seguirlo conforme la
realidad social; más bien, sólo existe la propia práctica que lo instituye en cada momento.

La reflexividad no es lo mismo que reflexión o reflexionar, en el sentido de tomar conciencia de


algo. No se refiere a una supuesta capacidad de la gente para recapacitar o ser consciente
sobre sus propias acciones:

“Anteriormente se defendía el argumento de que la posibilidad de entendimiento común no


consiste en manifestar medidas de conocimiento compartido de estructura social, sino que por el
contrario consiste enteramente en el carácter ejecutable de acciones de conformidad con las
expectativas de la vida cotidiana como moralidad. El conocimiento del sentido común de los
hechos de la vida social para los miembros de la sociedad es el conocimiento institucionalizado
del mundo real. No sólo el conocimiento del sentido común representa una sociedad real para
los miembros, sino que, igual que una profecía que se cumple por su propia naturaleza, las
características de la sociedad real se producen por la conformidad motivada de personas que
tienen estas expectativas de fondo”.

H. Garfinkel (1967). Studies in Ethnomethodology (pág. 53). Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.

La reflexividad no es, pues, en la ETN un concepto moral. Se refiere más bien a que cuando se
está haciendo algo, se está propiamente realizando un acto de constitución y a que un/a
miembro competente podría ser capaz, además, de dar cuenta de aquello que está haciendo.

Pongamos como ejemplo una acción trivial como andar en bicicleta. Andar en bicicleta es un
acción que se constituye ella misma en el acto de trasladarse sobre dos ruedas. Es el
movimiento del/a conductor y la propia máquina quienes hacen posible el traslado. Un/a ciclista
puede pretender hacer consciente y explícito todos los actos implicados en andar en bicicleta,
pero como sabemos, eso hará que se caiga. Así pues, para andar bien en bicicleta no es
necesario pensar cómo se hace, luego podemos decir que hay una especie de conocimiento
implícito, un conocimiento no necesariamente consciente que es el que está permitiendo andar
en bicicleta, pero que al mismo tiempo puede ser explicitado. Desde el momento en que un
ciclista puede dar cuenta de por qué se mueve y no se cae, es posible afirmar que para poder
mantenerse en pie, lo que es necesario es ser reflexivo, que no es lo mismo que ser consciente
de o estar reflexionando sobre, sino que en la estructuración de la acción los miembros que
participan en ella pueden en cada momento dar cuenta de la acción que están desarrollando.

4) Accountability

El último concepto que vamos a repasar de la ETN está relacionado con los anteriores y, en
particular, con la indexicabilidad y la reflexividad. Algo, una acción, una situación social, el
4
mundo mismo, es accountable ( ) porque es accesible, porque podemos describirlo, entenderlo,
contarlo. Y eso no es sólo algo que puedan hacer los científicos/as sociales y los/as analistas en
virtud de su propio conocimiento; es algo que cada persona desarrolla y realiza cotidianamente
en sus acciones prácticas. El mundo no preexiste como tal, sino que se realiza, se instituye en
cada acción práctica y en cada interacción llevada a cabo por las personas.

( 4) Accountability es un término inglés difícilmente traducible; vendría a significar algo similar al sentido que señala la paráfrasis dar cuenta
de. No obstante, hemos preferido mantener el término original en inglés para que se pueda tomar su sentido por la explicación del proceso al
que se refiere.

Cuando alguien describe lo que hace o lo que le está aconteciendo, al mismo tiempo lo está
constituyendo. Cuando contamos un relato o proporcionamos una explicación, estamos
construyendo el mundo en el que vivimos. La ETN se interesa por los relatos y las
descripciones, accounts, precisamente por su propiedad constitutiva de la realidad.

“Hacer visible el mundo es hacer comprensible mi acción al describirla, porque doy a entender
su sentido al revelar los procedimientos que empleo para expresarla”.

A. Coulon, (1987). La etnometodología (pág. 49). Madrid: Cátedra, 1988.

Las prácticas explicativas en las que nos vemos envueltos habitualmente, así como las
explicaciones que proporcionamos, poseen un carácter reflexivo o encarnado. Se dice de algo
que es explicable (accountable) cuando los/as participantes en una situación entienden que
aquello que se ve y se dice son prácticas de observación y de explicación. Pero, asimismo,
estas prácticas se distinguen por su carácter inacabado, continuo y contingente, ya que se
desarrollan y ocurren como acontecimientos de la cotidianeidad que estas prácticas describen,
pero que, simultáneamente, organizan en su actuar.

Los participantes y las participantes en estas situaciones cotidianas, disponen del conocimiento,
poseen la habilidad y tienen el compromiso de colaborar en el cumplimiento de estas prácticas.
Además, existe una reciprocidad en el compromiso con la situación: asumen y dan por supuesta
la competencia de los/as otros/as (de la cual dependen), y asumen y dan por supuesta su propia
competencia. Esta reciprocidad proporciona a las partes las características distintivas y
particulares de una situación, aunque, del mismo modo, también contribuye con problemas,
recursos y proyectos.

Garfinkel enfatiza la ligazón que existe entre accounts, contextos de utilización y la utilización
misma que hacen los/as participantes en una situación:

“En resumen, el sentido reconocible, o el hecho, o el carácter metódico, o la impersonalidad, o la


objetividad de las explicaciones no son independientes de las ocasiones organizadas
socialmente de su uso. Sus características racionales consisten en lo que los miembros hacen
con lo que ‘hacen de’ las explicaciones en las ocasiones reales organizadas socialmente de su
uso. Las explicaciones de los miembros están vinculadas de forma reflexiva y esencial por sus
características racionales a las ocasiones organizadas socialmente de su uso porque son
características de las ocasiones organizadas socialmente de su uso.”

H. Garfinkel (1967). Studies in Ethnomethodology (pág. 34). Englewood Cliffs, NJ: Prentice Hall.
5.2. Implicaciones de la etnometodología

La ETN plantea consecuencias muy interesantes para la práctica del análisis sociológico y para
la consideración del lenguaje en esa práctica.

5.2.1. Lo manifiesto y lo oculto

Por desesencializadores que sean los planteamientos críticos en las ciencias sociales, en la
mayor parte de ellos permanece una dicotomía sistemática: la diferencia entre lo oculto y lo
manifiesto. Es decir, parece que siempre hay un camino por el cual el análisis de un proceso
nos permitirá llegar a algo que no se ve, que está oculto, que es justamente lo que realmente
importa. Desde la ETN y desde este conjunto de argumentos, el planteamiento es que no hay
nada oculto, no hay nada que esté detrás, sino que, más bien, lo que hay es sólo y
exclusivamente aquello que está cuando se está diciendo o haciendo algo. No hay una norma o
normas que estén en otro sitio y que haya que descubrir. La norma no es un código escrito o una
clave que a través de la observación del comportamiento de las personas puede inducir que
existe. La norma es la acción.

En este sentido, la idea de buscar lo oculto es irrelevante. La ETN desacredita la búsqueda que
persigue encontrar lo que hay detrás, bien sea el pensamiento de la gente, bien sea la acción
del individuo o, incluso, una hipotética estructura social reificada como algo ajeno a la acción de
los individuos. La estructura social no sería identificable mediante el análisis de los relatos de la
gente o la observación de sus comportamientos porque no está detrás, no está más allá o más
acá, en otro sitio, sino que es y está en la acción misma. Esto es la ETN. Parafraseando a
Garfinkel, podemos decir que el mundo no será de una vez para siempre, sino que se cumple en
nuestras realizaciones prácticas.

Así pues, no hay nada que sea eso que llamamos las normas que hacen que nuestro
comportamiento sea de una determinada manera, sino que cuando hacemos algo estamos
haciendo normas. No es preciso, por lo tanto, buscar cuál es la norma que hay detrás regulando
nuestro comportamiento. La invitación de la ETN es que basta saber cómo se hacen las cosas; o
sea, que el hacer es una forma de decir. Que el hacer es decir.

5.2.2. Acción social y estructura social

La aportación de la ETN a un análisis de la estructura social es que la acción individual,


pequeña, restringida, cotidiana, irrelevante, e insignificante, está efectivamente estructurada, tal
y como nos informan los estudios clásicos sociológicos, por el marco social en el cual se
desenvuelven. Pero la innovación de la ETN es que esa misma estructura actúa, se ejecuta, se
pone en evidencia, se construye literalmente en cada acción.

Así pues, cuando a la ETN se le atribuye su desinterés por la estructura social al centrar su
estudio en pequeños extractos de conversaciones o en pequeños episodios de actividad social,
se comete una gran injusticia. Su interés por cosas tan poco interesantes como la cortesía, un
intercambio trivial o una acción espontánea son sólo el interés por una pieza minúscula en el
edificio de la estructura social, puesto que toda acción, incluso la más insignificante, contribuye
a la construcción social. Pero aunque su contribución sea infinitesimal, lo que está claro es que
si esa acción desapareciera, entonces no habría actualización de la estructura social en ningún
momento.

5.2.3. Etnometodología y lenguaje institucional

Con frecuencia se piensa que por hablar de la acción cotidiana, la ETN no está habilitada para
analizar los procesos que se dan en el interior de las organizaciones e instituciones. Sin
embargo, el enfoque etnometodológico sostiene otra argumentación.

En efecto, la única diferencia entre las acciones que se ejecutan en las instituciones y las
mismas instituciones radica, en todo caso, en que cobran una naturaleza propia del escenario
que definen. Por ello, muchos han visto en la ETN la única salida para analizar estos contextos,
a saber, el análisis de la interpelación espontánea.

Una persona interesada en los ámbitos institucionales lo único que tiene que hacer es asumir
que ése es un escenario normativo, de interacción peculiar, donde la cotidianeidad también
tiene lugar, en donde el habla está a veces marcada por un argot lingüístico específico, como
pasa, por ejemplo, en las jergas profesionales.

Dicho en breve, un análisis de prácticas institucionales no es incompatible con la perspectiva


etnometodológica ni con el interés por algo que esté más allá de la cotidianeidad. En efecto,
muchos estudios etnometodológicos se han centrado en las instituciones y, en particular, en
organizaciones empresariales. ¿Cuál podría ser la diferencia? Todos hemos oído desde la
sociología estructural que tenemos que separar las normas explícitas del funcionamiento
informal, que en la realización de una organización informal y que en el desarrollo de una
organización social es más importante la organización informal que la formal. Pues bien, la ETN
aporta mucha más luz con tan sólo, por ejemplo, el análisis de las conversaciones cotidianas
sobre cómo se estructura una organización a partir de las interacciones concretas de los
individuos que la conforman. Ofrece un análisis mucho más rico con esta reflexión que cualquier
análisis estructural de las normas explícitas de la organización, aunque esas normas estén
escritas en el dintel de la organización que se está analizando.
6. El enfoque discursivo de Michel Foucault: discurso y prácticas discursivas

El trabajo de Foucault desborda cualquier intento de encapsulamiento en un marco disciplinar


y/o temático concreto. Su obra es, sin duda, una de las más influyentes del pasado siglo XX.
Cualquiera de los temas que han sido objeto de su interés han tenido como consecuencia
siempre un cambio radical, cambios tanto en el nivel de la definición misma del campo como de
su abordaje, estrategias y formas de conceptualización. Eso al menos puede decirse de tres de
sus intereses: el discurso, el poder y las relaciones poder/saber, y la producción de subjetividad.
Y ninguno de ellos es pensado y analizado hoy de la misma forma en que lo era con
anterioridad al planteamiento foucaultiano.

Nos centraremos en sólo uno de ellos, el discurso, para ofrecer su definición y características y
para aprovechar el talante metodológico e investigador de Foucault, pues constituirán
herramientas conceptuales y metodológicas sumamente útiles para completar el panorama del
AD. En este sentido, aunque no se restrinja al discurso y al AD sino a cualquier otra tarea
constitutiva de producción de conocimiento, a cualquier otra tarea de investigación y análisis,
resaltaremos una de las más importantes características que debe acompañarles según
Foucault, la problematización.
6.1. La concepción de discurso

Para Foucault, un discurso es algo más que el habla, algo más que un conjunto de enunciados.
El discurso es una práctica, y como para otra práctica social cualquiera, se pueden definir sus
condiciones de producción. Dice Foucault:

“Se renunciará, pues, a ver en el discurso un fenómeno de expresión, la traducción verbal de


una síntesis efectuada por otra parte; se buscará en él más bien un campo de regularidad para
diversas posiciones de subjetividad. El discurso concebido así, no es la manifestación,
majestuosamente desarrollada, de un sujeto que piensa, que conoce y que lo dice: es, por el
contrario, un conjunto donde pueden determinarse la dispersión del sujeto y su discontinuidad
consigo mismo. Es un espacio de exterioridad donde se despliega una red de ámbitos distintos”.

M. Foucault (1969). La arqueología del saber (pág. 90). Madrid: Siglo XXI, 1978.

Todo discurso tiene un contexto de producción. Ese contexto es la formación discursiva.


Foucault la concibe como un conjunto de relaciones que articulan un discurso, cuya propiedad
definitoria es la de actuar como regulaciones del orden del discurso mediante la organización de
estrategias, facultando para la puesta en circulación de determinados enunciados en detrimento
de otros, para definir o caracterizar un determinado objeto, etc. En palabras de Foucault, una
formación discursiva es un:“[...] haz complejo de relaciones que funcionan como reglas:
prescribe lo que ha debido ponerse en relación, en una práctica discursiva, para que ésta se
refiera a tal o cual objeto, para que ponga en juego tal o cual enunciado, para que utilice tal o
cual conjunto, para que organice tal o cual estrategia. Definir en su individualidad singular un
sistema de formación es, pues, caracterizar un discurso o un grupo de enunciados por la
regularidad de una práctica”.

M. Foucault (1969). La arqueología del saber (pág. 122123). Madrid: Siglo XXI, 1978.

Los discursos son, pues, prácticas sociales. Es un hecho que, a partir de Foucault (1969), no se
hablará ya tanto de discursos como de prácticas discursivas. Por prácticas discursivas Foucault
entiende reglas anónimas, constituidas en el proceso histórico, es decir, determinadas en el
tiempo y delimitadas en el espacio, que van definiendo en una época concreta y en grupos o
comunidades específicos y concretos, las condiciones que hacen posible cualquier enunciación.

En ningún momento Foucault niega que los discursos estén conformados por signos. Sin
embargo, rechaza que los discursos tan sólo se sirvan de los signos para mostrar o revelar
cosas. Los discursos hacen algo más que utilizar signos, lo cual los vuelve irreductibles a la
lengua y la palabra (Foucault, 1969). Es precisamente el salir de la prisión de los signos, el tratar
de desentrañar ese algo más que utilizar los signos una de las tareas que Foucault emprende
en su trabajo arqueológico. Dicho con más exactitud, el quehacer que debe plantearse con el
discurso, que simultáneamente constituye el problema que se tiene que resolver y la estrategia
que ha de adoptarse, debería consistir en tratar los discursos como prácticas que forman
sistemáticamente los objetos de que hablan (Foucault, 1966) y abandonar la consideración de
los discursos como conjuntos de signos o elementos significantes que son la representación de
una realidad.

Este tipo de conceptualización del discurso da un sentido diferente a su análisis. En efecto, el


análisis del discurso desde la perspectiva foucaultiana también es una práctica que permite
desenmascarar e identificar otras prácticas discursivas. Y es también, y sobre todo, una forma
para transformarlas:

“Las positividades que yo he intentado establecer no deben ser comprendidas como un conjunto
de determinaciones que se impusieran desde el exterior al pensamiento de los individuos, o
habitándolo en el interior y como por adelantado; constituyen más bien el conjunto de las
condiciones según las cuales se ejerce una práctica, según las cuales esa práctica da lugar a
unos enunciados parcial o totalmente nuevos, según las cuales, en fin, puede ser modificada.
Se trata menos de los límites puestos a la iniciativa de los sujetos que del campo en que se
articula (sin constituir su centro), de las reglas que emplea (sin que las haya inventado ni
formulado), de las relaciones que le sirven de soporte (sin que ella sea su resultado último ni su
punto de convergencia). Se trata de hacer aparecer las prácticas discursivas en su complejidad
y en su espesor; mostrar que hablar es hacer algo, algo distinto a expresar lo que se piensa,
traducir lo que se sabe, distinto a poner en juego las estructuras de una lengua; mostrar que
agregar un enunciado a una serie preexistente de enunciados, es hacer un gesto complicado y
costoso, que implica unas condiciones (y no solamente una situación, un contexto, unos
motivos) y que comporta unas reglas (diferentes de las reglas lógicas y lingüísticas de
construcción); mostrar que un cambio, en el orden del discurso, no supone unas ‘ideas nuevas’,
un poco de invención y de creatividad, una mentalidad distinta, sino unas transformaciones en
una práctica, eventualmente en las que la avecindan y en su articulación común. Yo no he
negado, lejos de eso, la posibilidad de cambiar el discurso: le he retirado el derecho exclusivo e
instantáneo a la soberanía del sujeto” .

M. Foucault (1969). La arqueología del saber (pág. 350351). Madrid: Siglo XXI, 1978.
6.2. Problematización

La problematización es un término que sintetiza la invitación de Foucault a dotar a la producción


de conocimiento y saber de un carácter transformador y emancipador. La problematización se
refiere a la totalidad de prácticas discursivas y no discursivas que introduce algo en el juego de
lo verdadero y de lo falso y lo constituye como un objeto de pensamiento. Pero, por encima de
todo, es un método y un proceso de pensamiento. La problematización pone en duda todo
aquello que se da por evidente o por bueno, cuestiona lo que está constituido como
incuestionable, recela de aquello que es indudable. Foucault ha llevado al extremo este método
problematizando el concepto y el ejercicio de poder, la sexualidad y la liberación sexual.

“Problematizar no es, solamente –sería demasiado fácil–, conseguir que lo no problemático se


torne problemático, es algo aún mucho más importante que esto, porque problematizar es
también, y sobre todo, lograr entender el cómo y el por qué algo ha adquirido un estatus de
evidencia incuestionable, cómo es que algo ha conseguido instalarse, instaurarse, como
aproblemático. Lo fundamental de la problematización consiste en desvelar el proceso a través
del cual algo se ha constituido como obvio, evidente, seguro”.

T. Ibáñez (1996). Fluctuaciones conceptuales en torno a la postmodernidad y la psicología (pág.


54). Caracas: Universidad Central de Venezuela.

La aplicación práctica de la problematización muestra en qué sentido se puede orientar e influir


una práctica de producción de conocimiento social, incluido específicamente el AD. En primer
lugar, pueden ser tenidas en cuenta para el enfoque y el planteamiento de la práctica
investigadora, en particular la invitación a la problematización. Y, en segundo lugar, constituyen
una forma alternativa al estudio de las prácticas sociales por la vía de un AD, en el sentido de
abrir su campo de acción más allá de conocer el mundo o los mundos, por así decir, que el
lenguaje construye, y los efectos que provoca cualquier práctica discursiva. Un campo en el que
lo relevante es la dirección que queremos inducir en la transformación que toda acción
discursiva y toda acción de análisis discursivo han de provocar necesariamente.

Para terminar, resaltaremos el mantenimiento de una cierta posición y un cierto talante al que
Foucault nos invitaba:

“La curiosidad es un vicio que ha sido estigmatizado una y otra vez por el cristianismo, por la
filosofía e incluso por cierta concepción de la ciencia. Curiosidad, futilidad. Sin embargo, la
palabra curiosidad me gusta; me sugiere totalmente otra cosa: evoca el cuidado, evoca la
solicitud que se tiene con lo que existe y podría existir, un sentido agudizado de lo real pero que
nunca se inmoviliza ante ello, una prontitud en encontrar extraño y singular lo que nos rodea, un
cierto encarnizamiento en deshacernos de nuestras familiaridades y en mirar de otro modo las
mismas cosas, un cierto ardor en captar lo que sucede y lo que pasa, una desenvoltura a la vista
de las jerarquías tradicionales entre lo importante y lo esencial”.

M. Foucault (1994). Estética, ética y hermenéutica (pág. 222). Barcelona: Paidós. 1999.
Conclusiones

En este capítulo hemos repasado algunos de los fundamentos que sustentan el papel que el
lenguaje desempeña actualmente en las ciencias sociales. La lingüisticidad es una
característica de la comunicación humana, sin duda la más genuina, pero lo que hemos
pretendido mostrar aquí es que dicha característica no es sólo de los seres humanos como
individuos singulares, sino que lo es también de los procesos sociales.

El papel del lenguaje en las ciencias sociales se reconoció inicialmente cuando se percibió el
interés metodológico que su toma en consideración podría tener para los desarrollos de la
ciencia y el pensamiento sociales. En ese momento, se aprovecharon las experiencias
acumuladas de la lingüística y de los estudios de la comunicación para completar, y en
ocasiones sustituir, el arsenal de técnicas y procedimientos metodológicos disponibles. Surge
así el uso de métodos como el análisis de contenido (del cual tan sólo hemos referido su
existencia) y las distintas modalidades de análisis del discurso, algunas de las cuales se
desarrollarán en el capítulo siguiente.

La línea argumental del capítulo ha sido que lo que comenzó siendo presumiblemente un
método, es decir, una aplicación de los conocimientos sobre el lenguaje a la investigación de
procesos sociales, se ha acabado convirtiendo en un conjunto de perspectivas genuinas que
han ayudado a transformar nuestra concepción de los procesos sociales mismos y de la forma
de abordarlos.

En primer lugar, hemos aludido al giro lingüístico, ampliamente desarrollado en el capítulo “El
giro lingüístico”, y hemos sintetizado las consecuencias del giro lingüístico en este proceso. La
consecuencia principal del giro lingüístico en este terreno ha sido igualar la competencia del
lenguaje cotidiano al lenguaje formal, por tener capacidad suficiente para dar cuenta de la
realidad, justamente por haber negado cualquier pretensión de representatividad y haber
enfatizado el carácter constructivo de toda acción lingüística. Otra consecuencia esencial ha
sido la de permitir la consideración de toda acción social en igualdad de condiciones con
cualquier otra, al confirmar que toda enunciación es una acción en sentido pleno.

En segundo lugar, hemos aludido a la teoría de los actos del habla. Sus consecuencias
principales proceden de haber detallado la forma en que el habla es una acción de pleno
derecho. En este sentido, operacionaliza en la práctica el antirrepresentacionismo para
confirmar el carácter constitutivo de cada acto de habla. Una de sus principales consecuencias
ha sido, por una parte, posibilitar la conceptualización del lenguaje como algo que está mas allá
de ser una ventana de acceso a la actividad mental; y por otra, analizar pormenorizadamente las
acciones de habla como elementos constitutivos de la interacción. Es decir, esta teoría permite
insertar el lenguaje en el interior mismo de los procesos sociales que interesan y han interesado
a las ciencias sociales.

En tercer lugar, hemos hecho una presentación de algunos de los elementos principales de la
pragmática. La principal consecuencia de la pragmática ha sido poner de manifiesto que el
significado y la creación de sentido propio de la actividad humana no es únicamente un proceso
debido a la constitución de cada signo lingüístico, sino más bien a la interacción y al contexto en
el cual ésta se desarrolla. Trasmitir un significado y comprenderlo es, desde la perspectiva
pragmática, algo más que utilizar palabras.

En cuarto lugar, hemos aludido a la ETN. Esta corriente sociológica interesada por los procesos
microsociales ha venido a completar las aportaciones anteriormente señaladas, desmenuzando
los procesos básicos mediante los cuales las personas construimos el mundo a través de la
acción.

Finalmente, hemos introducido las aportaciones de Foucault tanto en los procesos de


investigación, como directamente en la concepción del discurso y del AD. Después de Foucault,
se puede dar por establecido que el discurso es una práctica social y, lo que es aún más
interesante, que como práctica social incorpora elementos constitutivos que no son
sencillamente lingüísticos, pues éstos son los elementos que, condicionados por un contexto
histórico particular y un inventario de reglas socialmente elaboradas, constituyen los objetos de
los que hablan.

Como se enfatizó al inicio, otros fundamentos podrían identificarse para hacer inteligible el papel
del lenguaje en las ciencias sociales. Pero los que hemos señalado aquí están indudablemente
presentes, en todo o en parte, en muchas de las corrientes que bajo la etiqueta de discursivas,
están hoy en activo en las ciencias sociales. De todas ellas, en el capítulo siguiente veremos
una modalidad que, además, ilustraremos con ejemplos de estudios específicos.

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