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Cuentos y Parábolas

El documento habla sobre un niño que observaba a su madre bordando y solo veía hilos desordenados desde abajo. Su madre le decía que desde arriba se podía ver el hermoso diseño completo. Esto le enseñó que a veces las cosas se ven confusas desde nuestra perspectiva limitada, pero Dios tiene un plan y propósito mayor que entendermos cuando estemos con Él.

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Cuentos y Parábolas

El documento habla sobre un niño que observaba a su madre bordando y solo veía hilos desordenados desde abajo. Su madre le decía que desde arriba se podía ver el hermoso diseño completo. Esto le enseñó que a veces las cosas se ven confusas desde nuestra perspectiva limitada, pero Dios tiene un plan y propósito mayor que entendermos cuando estemos con Él.

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El bordado de Dios

Cuando yo era pequeño, mi mamá solía coser mucho. Yo me sentaba cerca de


ella y le preguntaba qué estaba haciendo. Ella me respondía que estaba
bordando. Siendo yo pequeño, observaba el trabajo de mi mamá desde abajo,
por eso siempre me quejaba diciéndole que solo veía hilos feos. Ella me
sonreía, miraba hacia abajo y gentilmente me decía: “Hijo, ve afuera a jugar un
rato y cuando haya terminado mi bordado te pondré sobre mi regazo y te dejaré
verlo desde arriba”.  Me preguntaba por qué ella usaba algunos hilos de colores
oscuros y porqué me parecían tan desordenados desde donde yo estaba.  Más
tarde escuchaba la voz de mamá diciéndome: “Hijo, ven y siéntate en mi
regazo.”  Yo lo hacía de inmediato y me sorprendía y emocionaba al ver la
hermosa flor o el bello atardecer en el bordado. No podía creerlo; desde abajo
solo veía hilos enredados. Entonces mi mamá me decía: “Hijo mío, desde abajo
se veía confuso y desordenado, pero no te dabas cuenta de que había un plan
arriba.  Yo tenía un hermoso diseño. Ahora míralo desde mi posición, que bello.

Muchas veces a lo largo de los años he mirado al Cielo y he dicho: “Padre,


¿qué estás haciendo?”.  Él responde: “Estoy bordando tu vida.” Entonces yo le
replicó: “Pero se ve tan confuso, es un desorden. Los hilos parecen tan
oscuros, ¿por qué no son más brillantes?” El Padre parecía decirme: “Mi niño,
ocúpate de tu trabajo confiando en Mi  y un día te traeré al cielo y te pondré
sobre mi regazo y verás el plan desde mi posición. Entonces entenderás…”

Las tres puertas

Un joven discípulo dijo a un sabio filósofo: – Maestro, un amigo tuyo estuvo


hablando mal de ti.

– Espera, le interrumpió el filósofo. ¿Ya hiciste pasar por las tres puertas lo que
vas a contarme?
– ¿Qué tres puertas?

– Sí, la primera es la verdad ¿Estás seguro que es totalmente cierto lo que vas
a decirme?

– No, lo oí comentar a unos vecinos.


– Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda puerta, la bondad. Lo que
quieres decirme ¿es bueno para alguien?

– No, al contrario.

– Y la última puerta es la necesidad ¿es necesario que yo sepa lo que quieres


contarme?

– No, no es necesario.

– Entonces dijo el sabio sonriendo: “Si no es verdadero, ni bueno, ni necesario,


mejor será olvidarlo para siempre”

La vida que sostienes está en tus manos


Un grupo de chicos conocían a un hombre sabio de su pueblo y urdieron un
plan para engañarle. Atraparían a un pájaro vivo e irían a visitar al hombre
sabio. Uno de ellos sostendría el pájaro detrás de la espalda y le preguntaría:
“Hombre sabio, ¿el pájaro está vivo o muerto?”.

Si el hombre sabio respondía que estaba vivo, el chico aplastaría rápidamente


al pájaro y diría: “No, está muerto”. Si el hombre sabio decía: “El pájaro está
muerto”, el chico le
enseñaría el pájaro con vida.

Los chicos consiguieron que el hombre sabio los recibiera, el que sostenía al
pájaro le preguntó: “Hombre sabio, ¿el pájaro está vivo o muerto?”

El hombre sabio permaneció en silencio durante unos instantes. Después se


agachó hasta que quedó a la misma altura que el chico y le dijo: “La vida que
sostienes está en tus manos”.

El Obstáculo en el Camino

Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca obstaculizando un camino. Se
escondió y miró para ver si alguien quitaba la tremenda piedra. Algunos
pasaron simplemente dando una vuelta. Muchos culparon al rey por no
mantener los caminos despejados, pero ninguno hizo nada para sacar la piedra
del camino.

Un campesino, que pasaba por allí con una carga de verduras, la vio. Al
aproximarse a ella, puso su carga en el piso y trato de mover la roca a un lado
del camino. Después de empujar y fatigarse mucho, con gran esfuerzo, lo logró.
Mientras recogía su carga de vegetales, vio una bolsa en el suelo, justo donde
había estado la roca.

La bolsa contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey diciendo
que el oro era la recompensa para la persona que removiera la piedra del
camino.

El campesino aprendió ese día que cada obstáculo puede estar disfrazando
una oportunidad.

Compartiendo la luz

Hu-Song, filósofo de Oriente, contó a sus discípulos la siguiente historia:

“… Varios hombres habían quedado encerrados por error en una oscura


caverna donde no podían ver casi nada. Pasó algún tiempo, y uno de ellos
logró encender una pequeña tea. Pero la luz que daba era tan escasa que aun
así no se podía ver nada. Al hombre, sin embargo, se le ocurrió que con su luz
podía ayudar a que cada uno de los demás prendieran su propia tea y así
compartiendo la llama con todos la caverna se iluminó”.

Uno de los discípulos preguntó a Hu-Song: ¿Qué nos enseña, maestro, este
relato?

Y Hu-Song contestó: Nos enseña que nuestra luz sigue siendo oscuridad si no
la compartimos con el prójimo. Y también nos dice que el compartir nuestra luz
no la desvanece, sino que por el contrario la hace crecer.

 
El sembrador de dátiles

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se


encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras
datileras.

Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus


camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.

-Que tal anciano? La paz sea contigo.

– Contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea.

-¿Qué haces aqui, con esta temperatura, y esa pala en las manos?

-Siembro -contestó el viejo.

-Qué siembras aqui, Eliahu?

-Dátiles -respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el palmar.

-¡Dátiles!! -repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la
mayor estupidez.

-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. ven, deja esa tarea y vamos a
la tienda a beber una copa de licor.

– No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos…

-Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?

-No sé… sesenta, setenta, ochenta, no sé.. lo he olvidado… pero eso, ¿qué
importa?

-Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y recién
después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no
estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú
sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras.
Deja eso y ven conmigo.
-Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con
probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los
dátiles que hoy planto… y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido,
vale la pena terminar mi tarea.

-Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que te pague con una bolsa de
monedas esta enseñanza que hoy me diste – y diciendo esto, Hakim le puso en
la mano al viejo una bolsa de cuero.

-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me


pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin
embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de
monedas y la gratitud de un amigo.

El proceso de la búsqueda

Al final del campo donde vivía Hu-Song había un barranco. Para pasar al otro
lado, en el que había un hermoso prado y una fuente de aguas claras, la gente
debía bajar trabajosamente para subir luego una pendiente muy empinada.
Todos los días Hu-Song tomaba unos guijarros y los lanzaba al fondo del
barranco.

-¿Para qué haces eso, maestro? -le preguntó uno de sus discípulos-. Y
respondió Hu-Song: -Es mi aporte para reducir el abismo que nos separa de lo
que deseamos.  Si todos hacemos lo mismo, si nuestros hijos y nietos también
lo hacen, alguna  vez el barranco quedará cubierto y los hombres podrán
disfrutar sin fatigas de lo que ahora nosotros debemos sufrir para gozar. Mis
guijarros son pequeños ya que no puedo cargar los grandes, pero gracias a
ellos la fuente y el prado están cada día más cerca”.

Posición de responsabilidad

Cuando el enorme bosque comenzó a incendiarse, cada animal asustado, se


lanzó a correr…
La mayor parte dejó las llamas atrás y cruzó a la otra orilla del río, salvando su
vida. Desde allí veían como todo desaparecía bajo el fuego…

De pronto uno de ellos vio que un pequeño picaflor hacía algo extraño. Con su
pequeño pico tomaba agua del río, volaba hasta el incendio y dejaba caer
gotitas de agua sobre las llamas.

Los animales, al verlo comenzaron a reírse; y le preguntaron si no se sentía


ridículo haciendo eso…

El picaflor los miró y les contestó: yo, simplemente, estoy haciendo mi parte.

Al entender su actitud cada animal comenzó a juntar agua del río y llevarla de
alguna manera hacia el incendio hasta apagarlo.

Proacción

Hay un viejo cuento con cuatro personajes: TODOS, ALGUIEN, CUALQUIERA


y NADIE.

Ocurre que había que terminar un trabajo muy importante para el día siguiente

TODOS sabían que ALGUIEN lo haría.

CUALQUIERA podría haberlo hecho, pero en realidad NADIE lo hizo.

ALGUIEN se enojó cuando se enteró de lo sucedido, porque le hubiera


correspondido hacerlo a TODOS.

El resultado fue que TODOS creía que lo haría CUALQUIERA y NADIE se dio
cuenta de que ALGUIEN no lo haría.

¿Quieren saber cómo termina esta historia?

ALGUIEN reprochó a TODOS porque en realidad NADIE hizo lo que hubiera


podido hacer CUALQUIERA.

 
 

Elecciones

Jerry era el tipo de persona que uno no puede dejar de amar. Siempre estaba
de buen humor y tenía algo positivo para decir. Era un motivador natural: Si
alguien tenía un mal día, Jerry estaba ahí para decirle como ver el lado positivo
de la situación.

Su estilo realmente me causo curiosidad, así que un día lo fui a buscar y le


pregunte: “Como es posible ser una persona positiva todo el tiempo… ¿cómo lo
haces?”

Y el respondió: Cada vez que sucede algo malo, me digo a mi mismo: Jerry
tienes dos opciones: puedes escoger entre ser una víctima o aprender de eso;
elijo aprender. Cada vez que alguien se queja, puedo aceptar su queja o puedo
ensenarle el lado positivo de lo que trae; elijo buscar el lado positivo”

Varios años más tarde, me entere que Jerry había sido baleado en un asalto.
Me encontré con él seis meses después del accidente y cuando le pregunte
como estaba, me respondió: mejor imposible.

Le pregunte que paso por su mente cuando se encontró baleado y tirado en el


piso. Contesto: “Lo primero que pensé es que podía elegir: Podía elegir vivir o
podía elegir morir. Elegí vivir y cuando los médicos me llevaban en la
ambulancia y vi las  expresiones en sus caras, realmente me asuste… podía
leer en  sus ojos: Es hombre muerto. Supe entonces que debía comunicarles mi
elección…”

“¿Qué hiciste?” pregunte.

“Bueno… mientras uno de los médicos me preguntaba si era alérgico a algo yo


le dije: si, a quedarme sin la posibilidad de elegir. En este momento estoy
escogiendo vivir… trátenme como si tuviera esa probabilidad”

Puntos de vista

 
Un relato de origen chino describe la vida de un campesino que era
considerado muy próspero porque era dueño de un caballo que utilizaba para
arar la tierra y trasladarse.

Un día un rayo rompió la entrada del corral y el animal se escapó. Los vecinos
al enterarse fueron a verle apenados por la pérdida diciéndole: “qué mala suerte
ha tenido vecino, de no ser por esta tormenta no habría perdido su único
caballo”. El campesino simplemente dijo: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? Solo
son puntos de vista”.

Unos pocos días después, el animal volvió acompañado de dos caballos


salvajes de las montañas. Todos los vecinos se regocijaron por su buena
fortuna y fueron a felicitarlo por su buena suerte. El campesino solo dijo:
“¿Buena suerte? ¿Mala suerte? Solo son puntos de vista”

Al día siguiente, el hijo del campesino trató de montar a uno de los caballos
salvajes; el animal lo tiró y el joven se quebró una pierna. Debió ser entablillado
y se le indicó guardar cama por un par de meses. Naturalmente todos los
vecinos ofrecieron su consuelo por la mala fortuna. Y el campesino nuevamente
dijo:

“¿Buena suerte? ¿Mala suerte? Solo son puntos de vista”

Una semana más tarde, los oficiales de reclutamiento llegaron al lugar para
alistar a los jóvenes para el ejército ya que se había desatado una guerra en las
fronteras de la China. Ellos rechazaron al hijo del campesino porque tenía la
pierna fracturada. Cuando los vecinos le dijeron lo afortunado que era porque
su hijo no había sido alistado, el campesino contestó: “¿Buena suerte? ¿Mala
suerte? Solo son puntos de vista”

Declaraciones

Extenuado, el caminante se desplomó a la sombra de un árbol.

“Necesito agua”, pensó. Este debe ser un lugar donde el agua abunda, pensaba
mientras imaginaba con todo detalle el agua recorriendo su garganta reseca.
Abrió los ojos y vio que, en efecto, muy cerca había un estanque de agua clara.
Bebió hasta saciarse y siguió con sus fantasías: ” Un poco de pan, un jergón
donde descansar mis huesos molidos, un abrigo para el frío de la noche…” Uno
a uno los pensamientos de su mente se concretaban.

Ya adormecido pensó: “No puede ser que todo esto bueno me esté ocurriendo
a mí, debe ser cosa del demonio”. Por cierto el demonio también apareció y le
dio muerte al peregrino. Si en lugar de pensar eso hubiera pensado: “Debo
merecer toda esta abundancia y estoy agradecido por haberla recibido, hoy
estaría vivo.

Cuento Árabe sobre la Amistad

A un oasis llega un joven, toma agua, se asea y pregunta a un anciano que se


encuentra descansando: -¿Qué clase de personas viven aquí?

El anciano le pregunta: -¿Qué clase de gente había en el lugar de donde tú


vienes? -“Un montón de gente egoísta y mal intencionada- replico el joven-
estoy encantado de haberme ido de allí.

A lo cual el anciano comento: Lo mismo habrás de encontrar  aquí.

Ese mismo día otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano
pregunto: –¿Qué clase de personas viven en este lugar?

El viejo respondió con la misma pregunta: “¿Qué clase de personas viven en el


lugar de donde tu vienes? “Un magnifico grupo de personas, honestas,
amigables, hospitalarias, me duele mucho haberlos dejado. “Lo mismo
encontraras aquí”, respondió el anciano.

Un hombre que había escuchado ambas conversaciones le pregunto al viejo:


¿Cómo es posible dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta? A lo
cual el viejo contesto:

“Cada uno de nosotros solo puede ver lo que lleva en su corazón. Aquel que no
encuentra nada bueno en los lugares donde estuvo no podrá encontrar otra
cosa aquí.

Solo tienes poder sobre la actitud mental y tus creencias y ellas son las que
generan tu espacio de acción. Los pensamientos crean la realidad en que
vivimos.
La increíble Historia de la Milla

Durante miles de años, la gente sostuvo la creencia de que era imposible para
un ser humano, recorrer una milla de distancia en menos de cuatro minutos. En
1954, sin embargo, Roger Bannister rompió esta imponente barrera. Se dispuso
a conseguir lo imposible, no solo mediante una excelente preparación física,
sino también mediante la creación de referencias mentales que lo apoyaran en
la creencia de que esto era posible. Nadie había sido capaz de hacerlo en toda
la historia de la raza humana, pero un año después que Roger rompiera esa
barrera, ya lo habían conseguido treinta y siete competidores.

Esta experiencia les proporcionó referencias lo bastante fuertes como para


crear la sensación de certidumbre (creencia) de que ellos podían “hacer lo
imposible”. Un año más tarde ya eran trescientos los corredores que pudieron
hacer lo mismo.

Los tres árboles

Había una vez tres árboles en una colina de un bosque. Hablaban acerca de
sus sueños y esperanzas.

El primero dijo:- “Algún día seré un cofre de tesoros. Estaré lleno de oro, plata y
piedras preciosas. Estaré decorado con labrados artísticos y tallados finos;
todos verán mi belleza”.

El segundo árbol dijo: – “Algún día seré una poderosa embarcación. Llevaré a
los más grandes reyes y reinas a través de los océanos, e iré a todos los
rincones del mundo. Todos se sentirán seguros por mí fortaleza, destreza sobre
las aguas y mi poderoso casco”.

Finalmente el tercer árbol dijo: “Yo quiero crecer para ser el más recto y grande
de todos los árboles en el bosque. La gente me verá en la cima de la colina,
mirará mis poderosas ramas y pensarán en el Dios de los cielos, y en cuán
cerca estoy de alcanzarlo. Seré el más grande árbol de todos los tiempos y la
gente siempre me recordará.”
Después de unos años de que los árboles oraran para que sus sueños se
convirtieran en realidad, un grupo de leñadores vino donde ellos estaban.

Cuando uno vio al primer árbol dijo: – “Este parece un árbol fuerte, creo que
podré vender su madera a un carpintero”, y comenzó a cortarlo. El árbol estaba
muy feliz debido a que sabía que el carpintero podría convertirlo en un cofre
para tesoros. El otro leñador dijo mientras observaba al segundo árbol: –
“Parece un árbol fuerte, creo que lo podré vender al carpintero del puerto”. El
segundo árbol se puso muy feliz porque sabía que estaba en camino a
convertirse en una poderosa embarcación. El último leñador se acercó al tercer
árbol; éste estaba muy asustado, pues sabía que si lo cortaban, su sueño
nunca se volvería realidad. El leñador dijo entonces: – “No necesito que el árbol
que corte tenga alguna característica especial, así que tomaré este”. Y cortó al
tercer árbol.

Cuando el primer árbol llegó donde el carpintero, fue convertido en un cajón de


comida para animales, y fue puesto en un pesebre y llenado con paja. Se sintió
muy mal pues eso no era por lo que tanto había orado. El segundo árbol fue
cortado y convertido en una pequeña balsa de pesca, ni siquiera lo
suficientemente grande para navegar en el mar, y fue puesto en un lago. Y vio
como sus sueños de ser una gran embarcación cargando reyes había llegado a
su final. El tercer árbol fue cortado en largas y pesadas tablas y dejado en la
oscuridad de una bodega.

Años más tarde, los árboles olvidaron sus sueños y esperanzas por las que
tanto habían orado. Entonces un día un hombre y una mujer llegaron al
pesebre. Ella dio a luz un niño, y lo colocó en la paja que había dentro del cajón
en que fue transformado el primer árbol. El hombre deseaba haber podido tener
una cuna para su bebe, pero esta cumplía su labor y protegió al bebé. El árbol
sintió la importancia de este acontecimiento y supo que había contenido el más
grande tesoro de la historia.

Años más tarde, un grupo de hombres entraron en la balsa en la cual habían


convertido al segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado y se durmió en la
barca. Mientras ellos estaban en el agua una gran tormenta se desató y el árbol
pensó que no sería lo suficientemente fuerte para salvar a los hombres. Los
hombres despertaron al que dormía, este se levantó y dijo: – “¡Calma! ¡Quédate
quieto!”, y la tormenta y las olas se detuvieron. En ese momento El segundo
árbol se dio cuenta de que llevaba al Rey de reyes y Señor de señores
navegando sobre él.
Finalmente, un tiempo después alguien vino y tomó al tercer árbol convertido en
tablas. Fue llevado un viernes por las calles al mismo tiempo que la gente
escupía, insultaba y golpeaba al Hombre que lo cargaba. Se detuvieron en una
pequeña colina y el Hombre fue clavado al árbol y levantado para morir
crucificado allí. Cuando llegó el domingo, el tercer árbol se dio cuenta de que él
fue lo suficientemente fuerte para permanecer erguido en la cima de la colina, y
estar tan cerca de Dios como nunca, porque Jesús había sido crucificado en él.

Cuando parece que las cosas no van de acuerdo a tus planes, debes saber que
siempre Dios tiene un plan para ti. Si pones tu confianza en él, te dará grandes
regalos a su tiempo. Recuerda que cada árbol obtuvo lo que pidió, sólo que no
en la forma en que pensaban. No siempre sabemos lo que Dios planea para
nosotros, sólo sabemos que sus caminos no son nuestros caminos pero…
siempre son los mejores.

El saco de plumas

Cuentan que una vez hubo un hombre, que roído por la envidia ante los éxitos
de su amigo, le calumnió grandemente. Tiempo después se arrepintió de la
ruina que había ocasionado a su amigo con sus calumnias, y fue a confesarse.
Ya una vez en el confesionario y después de haber confesado su pecado,
-pecado grave contra el séptimo Mandamiento, como le dijo el confesor, pues
Usted le ha robado a su amigo, el valor más grande que una persona tiene ante
la Sociedad, como son su dignidad, su reputación, su derecho a la buena fama,
y contra el octavo Mandamiento, pues lo que Usted dijo de él son solo
calumnias-, le preguntó al sacerdote: “¿Como puedo reparar todo el mal que he
hecho a mi amigo?. ¿Que puedo hacer?”. A lo que el sacerdote le respondió:
“Tome un saco llena de plumas y suéltelas por donde quiera que vaya. Y una
vez que lo haya hecho, vuelva que Dios le acompañe.

El hombre, muy contento ante aquel mandato tan fácil, salió rápido fuera de la
Ciudad en busca de una granja, y una vez que hubo conseguido el saco lleno
de plumas, regresó a ella, y sin esperar ni un minuto más, empezó a pasearse
por las calles lanzando al aire, en todas direcciones las plumas que llevaba en
el saco. Y una vez que lo hubo vaciado del todo, volvió a la Iglesia en busca del
sacerdote con el que se había confesado y lleno de satisfacción le dijo: “Padre:
ya he hecho lo que me mandó esta mañana”. Pero cual no fue su sorpresa,
cuando el sacerdote le dijo: “No hijo, esa es la parte más fácil. Ahora debe
volver a las mismas calles en las que las soltó, e ir recogiéndolas una por una,
hasta que vuelva a tener el saco lleno, y luego vuelva a verme”. Y que Dios le
acompañe.

El hombre se sintió muy triste, pues sabía lo que eso significaba. Y por más
empeño que puso no pudo juntar casi ninguna. Al volver a la Iglesia al día
siguiente, se lo explicó al sacerdote con una profunda pena y un verdadero
arrepentimiento, pero éste le dijo: “Así como no pudo juntar las plumas que
Usted soltó porque se las llevó el viento, así mismo la calumnia que Usted lanzo
contra su amigo, voló de boca en boca y su amigo jamás podrá recuperar del
todo la fama, la reputación que Usted le quitó″.

Lo único que Usted puede hacer es pedirle perdón a su amigo, y hablar de


nuevo con todas aquellas personas ante las que lo calumnió, diciéndoles las
verdad, para reparar así en la medida de lo posible el daño que le ha causado a
su amigo y para tratar de restituirle en la medida que pueda su fama , su
reputación”.

La tienda del cielo

Hace mucho tiempo, caminaba por el sendero de la vida y encontré un letrero


que decía: “La Tienda del Cielo”. Me acerqué y la puerta se abrió lentamente.
Cuando me di cuenta; yo, ya estaba dentro. Vi muchos ángeles parados en
todas partes. Uno de ellos me entregó una canasta, y me dijo: Ten… compra
con cuidado, todo lo que un cristiano necesita de la tienda.

Primero compré Paciencia, el Amor estaba en la misma fila. Más abajo había
Comprensión que se necesita por donde yo vaya. Compré dos cajas de
Sabiduría y dos bolsas de Fe. Me encantó el paquete del Perdón. Me detuve a
comprar Fuerza y Coraje para ayudarme en esta carrera que es la vida. Ya
tenía casi lista la canasta cuando recordé que necesitaba Gracia y que no podía
olvidar la Salvación, que la ofrecían gratis. Entonces tomé bastante para
salvarme y salvarte a ti.

Caminé hacia el cajero para pagar la cuenta; pues creí que tenía todo lo que el
cristiano necesita. Pero cuando iba a llegar a la caja, vi la Oración y la puse en
mi canasta repleta porque sabía que cuando saliera, la iba a usar… La Paz y la
Felicidad estaban en los estantes pequeños, al lado de la caja y aproveché,
para tomarlas.

La Alegría colgaba del techo y, arranqué una para mí. Al fin llegué al cajero y le
pregunté:
¿Cuánto le debo? Él sonrió y me contestó: Lleva tu canasta a donde vayas.
¿Si, pero cuánto le debo?, – le repliqué. Él otra vez me sonrió y me dijo: No te
preocupes JESUS pagó tu deuda hace mucho tiempo. JESUS dice: “he aquí, yo
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y
cenaré con él y él conmigo”. Apocalipsis 3:2

“Todo lo que pidas en oración con fe lo recibirás”. MT. 21:22

El plato de madera

El viejo se fue a vivir con su hijo, su nuera y su nieto de cuatro años. Ya las
manos le temblaban, su vista se nublaba y sus pasos flaqueaban.

La familia completa comía junta en la mesa, pero las manos temblorosas y la


vista enferma del anciano hacían el alimentarse un asunto difícil. Los guisantes
caían de su cuchara al suelo y cuando intentaba tomar el vaso, derramaba la
leche sobre el mantel. Hijo y su esposa se cansaron de la situación. “Tenemos
que hacer algo con el abuelo”, dijo el hijo. “Ya he tenido suficiente”. “Derrama la
leche hace ruido al comer y tira la comida al suelo”.

Así fue como el matrimonio decidió poner una pequeña mesa en una esquina
del comedor. Ahí, el abuelo comía solo mientras el resto de la familia disfrutaba
la hora de comer. Como el abuelo había roto uno o dos platos su comida se la
servían en un plato de madera. De vez en cuando miraban hacia donde estaba
el abuelo y podían ver una lágrima en sus ojos mientras estaba ahí sentado
solo. Sin embargo, las únicas palabras que la pareja le dirigía, eran fríos
llamados de atención cada vez que dejaba caer el tenedor o la comida.

El niño de cuatro años observaba todo en silencio. Una tarde antes de la cena,
el papá observó que su hijo estaba jugando con trozos de madera en el suelo.
Le pregunto dulcemente: “¿Que estás haciendo?” Con la misma dulzura el niño
le contestó: “Ah, estoy haciendo un tazón para ti y otro para mamá para que
cuando yo crezca, ustedes coman en ellos.” Sonrió y siguió con su tarea. Las
palabras del pequeño golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin
habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo
al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer.

Esa tarde el esposo tomo gentilmente la mano del abuelo y lo guió de vuelta a
la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupo un lugar en la mesa con
ellos. Y por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más,
cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el
mantel.

El cofre de vidrios rotos

Érase una vez un anciano que había perdido a su esposa y vivía solo. Había
trabajado duramente como sastre toda su vida, pero los infortunios lo habían
dejado en bancarrota, y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar.

Las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, y la visión se
le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta. Tenía tres hijos
varones, pero los tres habían crecido y se habían casado, y estaban tan
ocupados con su propia vida que sólo tenían tiempo para cenar con su padre
una vez por semana.

El anciano estaba cada vez más débil, y los hijos lo visitaban cada vez menos.
— No quieren estar conmigo ahora -se decía- porque tienen miedo de que yo
me convierta en una carga.

Se pasó una noche en vela pensando qué sería de él y al fin trazó un plan.

A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió que le


fabricara un cofre grande. Luego fue a ver a su amigo el cerrajero y le pidió que
le diera un cerrojo viejo. Por último fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió
todos los fragmentos de vidrio roto que tuviera.

El anciano se llevó el cofre a casa, lo llenó hasta el tope de vidrios rotos, le


echó llave y lo puso bajo la mesa de la cocina. Cuando sus hijos fueron a cenar,
lo tocaron con los pies.
— ¿Qué hay en ese cofre? preguntaron, mirando bajo la mesa.

— Oh, nada -respondió el anciano-, sólo algunas cosillas que he ahorrado.

Sus hijos lo empujaron y vieron que era muy pesado. Lo patearon y oyeron un
tintineo.

— Debe estar lleno con el oro que ahorró a lo largo de los años -susurraron.

Deliberaron y comprendieron que debían custodiar el tesoro. Decidieron


turnarse para vivir con el viejo, y así podrían cuidar también de él. La primera
semana el hijo menor se mudó a la casa del padre, y lo cuidó y le cocinó. A la
semana siguiente lo reemplazó el segundo hijo, y la semana siguiente acudió el
mayor. Así siguieron por un tiempo.

Al fin el anciano padre enfermó y falleció. Los hijos le hicieron un bonito funeral,
pues sabían que una fortuna los aguardaba bajo la mesa de la cocina, y podían
costearse un gasto grande con el viejo. Cuando terminó la ceremonia, buscaron
en toda la casa hasta encontrar la llave, y abrieron el cofre. Por cierto, lo
encontraron lleno de vidrios rotos.

— ¿Qué triquiñuela infame! -exclamó el hijo mayor-. ¡Qué crueldad hacia sus
hijos!
— Pero, ¿qué podía hacer? -preguntó tristemente el segundo hijo-. Seamos
francos. De no haber sido por el cofre, lo habríamos descuidado hasta el final
de sus días.
— Estoy avergonzado de mí mismo -sollozó el hijo menor-. Obligamos a
nuestro padre a rebajarse al engaño, porque no observamos el mandamiento
que él nos enseñó cuando éramos pequeños.

Pero el hijo mayor volcó el cofre para asegurarse de que no hubiera ningún
objeto valioso oculto entre los vidrios. Desparramó los vidrios en el suelo hasta
vaciar el cofre.

Los tres hermanos miraron silenciosamente dentro, donde leyeron una


inscripción que el padre les había dejado en el fondo: “Honrarás a tu padre y a
tu madre”.

La otra mujer
 

Después de 21 años de matrimonio, descubrí una nueva manera de mantener


viva la chispa del amor. Desde hace poco había comenzado a salir con otra
mujer, en realidad había sido idea de mi esposa.

-Tú sabes que las amas- me dijo un día, tomándome por sorpresa-. La vida es
demasiado corta debes dedicarle tiempo.

– Pero yo te amo a ti- protesté. Lo sé. Pero también la amas a ella.

La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo visitara, era mi madre, quien era
viuda desde hacía 19 años, pero las exigencias de mi trabajo y mis 3 hijos
hacían que solo la visitara ocasionalmente. Esa noche la llamé para invitarla a
cenar y al cine.

-¿Qué te ocurre? ¿Estás bien? me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer para


quien una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresiva es indicio de
malas noticias.
– Creí que sería agradable pasar algún tiempo contigo –les respondí- Los dos
solos. Reflexionó sobre ello un momento. – Me agradaría muchísimo.-dijo.

Ese viernes mientras conducía para recogerla después del trabajo, me


encontraba algo nervioso, era el nerviosismo que antecede a una cita… y ¡por
Dios, cuando llegué a su casa, advertí que ella también estaba muy
emocionada con nuestra cita. Me esperaba en la puerta con su abrigo puesto,
se había rizado el cabello y usaba el vestido con que celebró su último
aniversario de boda Su rostro sonreía e irradiaba luz como un ángel.

– Les dije a mis amigas que iba a salir con mi hijo, y se mostraron muy
impresionadas -me comentó mientras subía a mi auto-. No pueden esperar a
mañana para escuchar acerca de nuestra velada.

Fuimos a un restaurante no muy elegante pero sí acogedor, mi madre se aferró


a mi brazo como si fuera “La primera dama”. Cuando nos sentamos, tuve que
leerle el menú. Sus ojos solo veían grandes figuras.

Cuando iba por la mitad de las entradas, levanté la vista; mamá estaba sentada
al otro lado de la mesa, y me miraba. Una sonrisa nostálgica se le delineaba en
los labios. – Era yo quien leía el menú cuando eras pequeño – me dijo. –
Entonces es hora de que te relajes y me permitas devolver el favor. Respondí.
Durante la cena tuvimos una agradable conversación; nada extraordinario, sólo
ponernos al día con la vida del otro. Hablamos tanto que nos perdimos el cine.-
Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas invitar – dijo mi madre cuando la
llevé a casa. Asentí.

-¿Cómo estuvo tu cita? – quiso saber mi esposa cuando llegué aquella noche.
– Muy agradable…mucho más de lo que imaginé.. -Contesté.

Días más tarde mi madre murió de un infarto masivo, todo fue tan rápido, no
pude hacer nada.

Al poco tiempo recibí un sobre con copia de un cheque del restaurante donde
habíamos cenado mi madre y yo, y una nota que decía: ” La cena la pagué por
anticipado, estaba casi segura, de que no podría estar allí, pero igual pagué 2
platos uno para ti y el otro para tu esposa, jamás podrás entender lo que
aquella noche significó para mí. Te amo”.

En ese momento comprendí la importancia de decir a tiempo: “TE AMO” y de


darles a nuestros seres queridos el espacio que se merecen; nada en la vida
será más importante que Dios y tu familia. Dadles tiempo, porque ellos no
pueden esperar.

¿Tú qué harías?

El 14 de Octubre de 1998, en un vuelo trasatlántico de la línea aérea British


Airways tuvo lugar el siguiente suceso.

A una dama la sentaron en el avión al lado de un hombre de raza negra. La


mujer pidió a la azafata que la cambiara de sitio, porque no podía sentarse al
lado de una persona tan desagradable. La azafata argumentó que el vuelo
estaba muy lleno, pero que iría a revisar a primera clase a ver por si acaso
podría encontrar algún lugar libre. Todos los demás pasajeros observaron la
escena con disgusto, no solo por el hecho en sí, sino por la posibilidad de que
hubiera un sitio para la mujer en primera clase. La señora se sentía feliz y hasta
triunfadora porque la iban a quitar de ese sitio y ya no estaría cerca de aquella
persona.
Minutos más tarde regresó la azafata y le informó a la señora: “Discúlpeme
señora, efectivamente todo el vuelo está lleno…. pero afortunadamente
encontré un lugar vacío en primera clase. Sin embargo, para poder hacer este
tipo de cambios le tuve que pedir autorización al capitán. Él me indicó que no se
podía obligar a nadie a viajar al lado de una persona tan desagradable.”

La señora con cara de triunfo, intentó salir de su asiento, pero la azafata en ese
momento de voltea y le dice al hombre de raza negra: “¿Señor, sería usted tan
amable de acompañarme a su nuevo asiento?”. Todos los pasajeros del avión
se pararon y ovacionaron la acción de la azafata. Ese año, la azafata y el
capitán fueron premiados y gracias a esa actitud, la empresa British Airways se
dio cuenta que no le había dado demasiada importancia a la capacitación de su
personal en el área de atención al cliente, la empresa hizo cambios de
inmediato; desde ese momento en todas las oficinas de British Airways se lee el
siguiente mensaje: “Las personas pueden olvidar lo que les dijiste, las personas
pueden olvidar lo que les hiciste, pero nunca olvidarán como los hiciste sentir.”

Depende de la forma

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar,
mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.

-¡Qué desgracia Mi Señor!, exclamó el Sabio. Cada diente caído representa la


pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.

-¡Qué insolencia!, gritó el Sultán enfurecido.

¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado.

Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:

-¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que


sobrevivirás a todos vuestros parientes.
Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran
cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le
dijo admirado:

-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma


que el primer Sabio. No entiendo por qué al primero le pagó con cien latigazos y
a ti con cien monedas de oro.
-Recuerda bien amigo mío, respondió el segundo Sabio, que todo depende de
la forma en el decir uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a
comunicarse.

De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz


o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no
cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo que provoca en
algunos casos, grandes problemas.

La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el


rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y
la ofrecemos con ternura ciertamente será aceptada con agrado.

Comé la fruta

El maestro sufi contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los
alumnos no siempre entendían el sentido de la misma…

– Maestro – lo encaró uno de ellos una tarde. Tú nos cuentas los cuentos pero
no nos explicas su significado…

– Pido perdón por eso. – se disculpó el maestro – Permíteme que en señal de


reparación te convide con un rico durazno.

– Gracias maestro. – respondió halagado el discípulo.

– Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?

– Si. Muchas gracias – dijo el alumno.

– ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano el cuchillo, te lo corte en trozos


para que te sea más cómodo?…
– Me encantaría… Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro…
– No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte… Permíteme
también que te lo mastique antes de dártelo…

– No maestro. ¡No me gustaría que hicieras eso! – se quejó sorprendido el


discípulo.

El maestro hizo una pausa y dijo: – Si yo les explicara el sentido de cada


cuento… sería como darles a comer una fruta masticada.

El Traje Nuevo del Emperador

Antiguamente vivía un rey que se preocupaba mucho por si vestuario, un día


dos charlatanes le dijeron que podían fabricar la tela más suave y delicada que
existía, añadiéndole a la tela la capacidad de ser invisible a los estúpidos o
incapaces de ejercer su cargo. Por supuesto que tal prenda no existía, ellos
pretendían quedarse con los materiales y el dinero que solicitaban para su
confección.

El emperador que se sentía inseguro de su capacidad mandó a dos hombres de


confianza para que la valoraran primeramente, inmediatamente ambos
comenzaron a alabar a la misma porque no querían demostrar la supuesta
incapacidad para ejercer su cargo, así toda la ciudad estaba ansiosa por ver la
prenda para demostrar cuales eran los verdaderos estúpidos.

El emperador se vistió con la inventada prenda con ayuda de los estafadores y


salio a mostrarla a los pobladores de la ciudad, no admitiendo que no la veía
pues tenia miedo admitir que era un estúpido y un inepto.

Todas las personas, a pesar de no ver nada, alabaron el traje, para demostrar
su capacidad e inteligencia, hasta que un niño gritó !El emperador va desnudo!,
las personas empezaron a murmurar lo que decía el niño, el emperador
escucho y se dio cuenta que era verdad, avergonzado terminó el desfile.

Martín, el zapatero
 

Cuenta la historia que Martín era un hombre ya entrado en años, que se


ganaba la vida como zapatero. Vivía solo, en una pequeña casa. Su mujer
había muerto muy joven y el hijito que ambos habían tenido, también enfermó y
falleció. Por todo esto, Martín estaba muy enojado con Dios, o lo que es peor,
Dios le era indiferente.

Cierto día, llegó a casa de Martín un sacerdote, que le encargó,  como trabajo,
hacer una funda de cuero para su Biblia. Le dejó el libro, a fin de que tomara las
medidas exactas y así la funda quedara perfecta. Esa noche, después de
cenar, Martín sintió curiosidad por hojear la Biblia: la abrió  al azar, y comenzó a
leer: “Venid, benditos de mi Padre…” (Mt 25,31-46). Notó que poco a poco
desaparecía su enojo contra Dios. Recordó a su mujer, a su hijito… Largo rato
estuvo leyendo. Cansado al fin de la lectura y del trabajo del día, se quedó
dormido sobre la mesa. Tan dormido, que hasta soñó… ¡Y qué sueño!

Oyó la voz de Dios que le decía: “Martín, mañana iré a visitarte”.

Al día siguiente Martín se despertó sobresaltado, nervioso, pero contento. Dios


vendría a visitarlo a su casa. Desayunó y se puso a limpiar y ordenar todo.

Mientras estaba en plena tarea, golpeó a su puerta un anciano, exhausto de


tanto caminar. Martín le hizo pasar, le ofreció un mullido sillón para descansar y
le sirvió una taza de té muy caliente. Cuando el anciano hubo descansado,
agradeció el favor y se fue.

Martín siguió con los preparativos para recibir a su visitante.

Poco rato después, golpearon nuevamente a la puerta. ¡Es el Señor!, pensó


Martín; pero al abrir la puerta sólo vio a una mujer, con un bebé en brazos, que
venía a pedirle: “Señor, estoy sola con mi niño, y no tenemos qué comer desde
hace días. Podría usted ayudarme con algo?” Martín la hizo pasar, le dio de
comer, y calentó leche para el bebé. Cuando los dos se hubieron saciado, la
mujer se levantó, besó agradecida las manos de Martín, y se marchó.

Martín estaba cada vez más impaciente. Su invitado no acababa de llegar. Miró
por la ventana de su casa, y vio a un niño de la calle, con su ropa toda rota y
sucia. Martín abrió un cajón en el que guardaba la ropita que había sido de su
pequeño, tomó las prendas más bonitas, salió y se las dio al niño de la calle,
que las aceptó con una sonrisa de felicidad. Martín entró nuevamente en su
casa y siguió preparándolo todo.
Así pasó todo el día. Al llegar la noche, cansado y decepcionado, se sentó y se
durmió. Y nuevamente soñó…

Vio a Jesús, y se le quejó: “¡Señor, he pasado todo el día esperándote! Limpié,


ordené, preparé todo… y ¡Me fallaste!”

Entonces volvió a escuchar la voz del Señor que le decía:

— ¡¿Cómo que te fallé?! ¿No fui a tu casa? Y no una, sino ¡tres veces! Martín,
¿no me reconoces?

— ¿Quién eres? —musitó el zapatero.

— Soy yo —dijo la voz. Y del oscuro rincón surgió la figura del anciano
exhausto del camino; sonrió y, como una nube, se desvaneció.

— Soy yo —volvió a decir la voz. Y de las sombras salió la mujer con el bebé
en brazos. Sonrió la madre, rió el niño; y poco a poco también se esfumaron.

— Soy yo —dijo la voz, por tercera vez. El niño harapiento emergió de las
sombras, sonrió y se diluyó igualmente en la penumbra.

La voz siguió hablándole:

— ¿No recuerdas: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de


beber; fui peregrino y me hospedaste?”. Siempre que lo hiciste con uno de mis
hermanos más pequeños, lo hiciste conmigo.

Entonces Martín se despertó, alegre y feliz como nunca.

Parábolas:

El buen samaritano (Lucas 10:30 – 37)

Respondiendo Jesús dijo: –Cierto hombre descendía de Jerusalén a Jericó y


cayó en manos de ladrones, quienes le despojaron de su ropa, le hirieron y se
fueron, dejándole medio muerto. Por casualidad, descendía cierto sacerdote por
aquel camino; y al verle, pasó de largo. De igual manera, un levita también llegó
al lugar; y al ir y verle, pasó de largo. Pero cierto samaritano, que iba de viaje,
llegó cerca de él; y al verle, fue movido a misericordia. Acercándose a él, vendó
sus heridas, echándoles aceite y vino. Y poniéndole sobre su propia
cabalgadura, le llevó a un mesón y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos
denarios y los dio al mesonero diciéndole: “Cuídamelo, y todo lo que gastes de
más, yo te lo pagaré cuando vuelva.” ¿Cuál de estos tres te parece haber sido
el prójimo de aquel que cayó en manos de ladrones? El dijo: –El que hizo
misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: –Vé y haz tú lo mismo.

Parábola del trigo y la cizaña (Mateo 13:24 – 30)

“El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en
su campo. Pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró
cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, entonces
apareció también la cizaña. Se acercaron los siervos al dueño del campo y le
preguntaron: ‘Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde,
pues, tiene cizaña?’ Y él les dijo: ‘Un hombre enemigo ha hecho esto.’ Los
siervos le dijeron: ‘Entonces, ¿quieres que vayamos y la recojamos?’ Pero él
dijo: ‘No; no sea que al recoger la cizaña arranquéis con ella el trigo. Dejad
crecer a ambos hasta la siega. Cuando llegue el tiempo de la siega, yo diré a
los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla.
Pero reunid el trigo en mi granero.’”

¿Qué clase de tierra eres tú?

Un sembrador salió a sembrar.  Y al sembrar, una parte de la semilla cayó en el


camino, y llegaron las aves y se la comieron.  Otra parte cayo entre las piedras,
donde no había mucha tierra; esa semilla broto pronto, porque la tierra no era
muy honda; pero el sol, al salir, la quemo, y como no tenía raíz, se secó.  Otra
parte de la semilla cayo entre espinos, y los espinos crecieron y la ahogaron. 
Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio buena cosecha; algunas espinas
dieron cien granos por semilla, otras sesenta granos, y otras treinta.  Los que
tienen oídos, oigan. Jesús enseño a menudo empleando parábolas.  Que es
una parábola, es un relato, ejemplos o comparaciones sencillas, tomadas de la
vida diaria, empleadas para impartir una enseñanza y que revela la verdad
sobre el reino de Dios.  Jesús usa esta parábola para ilustrar como será
recibido el evangelio en el mundo. Cuando tu escuches la palabra de Dios, cual
será tu reacción?.  Que clase de tierra eres tú?.

El prudente y el insensato (Mateo 7:24 – 27)

Cualquiera, pues, que oye estas mis palabras, y las hace, le compararé a un
hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Y descendió lluvia, y
vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó,
porque estaba fundada sobre la roca. Y todo el que oye estas mis palabras y no
las hace, será comparado al hombre insensato, que edificó su casa sobre la
arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con
ímpetu contra aquella casa; y cayó; y fue grande su ruina.

La parábola de los talentos (Mateo 25:14 – 30)

“Es también como un hombre que al marcharse de su tierra llamó a sus


servidores y les entregó sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos y a
otro uno sólo: a cada uno según su capacidad; y se marchó. El que había
recibido cinco talentos fue inmediatamente y se puso a negociar con ellos y
llegó a ganar otros cinco. Del mismo modo, el que había recibido dos ganó
otros dos. Pero el que había recibido uno fue, cavó en la tierra y escondió el
dinero de su señor. Después de mucho tiempo, regresó el amo de dichos
servidores e hizo cuentas con ellos. Llegado el que había recibido los cinco
talentos, presentó otros cinco diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste, he
aquí otros cinco que he ganado. Le respondió su amo: Muy bien, siervo bueno y
fiel; puesto que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré lo mucho; entra en el
gozo de tu señor. Llegado también el que había recibido los dos talentos, dijo:
Señor, dos talentos me entregaste, he aquí otros dos que he ganado. Le
respondió su amo: Muy bien siervo bueno y fiel; puesto que has sido fiel en lo
poco, yo te confiaré lo mucho: entra en el gozo de tu señor. Llegado por fin el
que había recibido un talento, dijo: Señor, sé que eres hombre duro, que
cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por eso tuve
miedo, fui y escondí tu talento en tierra: aquí tienes lo tuyo. Le respondió su
amo, diciendo: Siervo malo y perezoso, sabías que cosecho donde no he
sembrado y recojo de donde no he esparcido; por eso mismo debías haber
dado tu dinero a los banqueros, y así, al venir yo, hubiera recibido lo mío junto
con los intereses. Por lo tanto, quitadle el talento y dádselo al que tiene los diez.

Porque a todo el que tenga se le dará y abundará; pero a quien no tiene, aun lo
que tiene se le quitará. En cuanto al siervo inútil, arrojadlo a las tinieblas
exteriores: allí será el llanto y el rechinar de dientes”

La parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32)

“Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos dijo a su padre: Padre, dame
la parte de la herencia que me corresponde. Y les repartió los bienes. No
muchos días después, el hijo más joven, reuniéndolo todo, se fue a un país
lejano y malgastó allí su fortuna viviendo lujuriosamente. Después de gastar
todo, hubo una gran hambre en aquella región y él empezó a pasar necesidad.
Fue y se puso a servir a un hombre de aquella región, el cual lo mandó a sus
tierras a guardar cerdos; le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que
comían los cerdos; y nadie se las daba. Recapacitando, se dijo: ¡cuántos
jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de
hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: padre, he pecado contra el
Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno
de tus jornaleros. Y levantándose se puso en camino hacia la casa de su padre.
Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre y se compadeció; y corriendo a su
encuentro, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo:
Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo
tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: pronto, sacad el mejor traje y vestidlo;
ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y
matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba
muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado. Y se
pusieron a celebrarlo.

El hijo mayor estaba en el campo; al volver y acercarse a casa oyó la música y


los cantos y, llamando a uno de los criados, le preguntó qué pasaba. Este le
dijo: Ha llegado tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado por
haberle recobrado sano. Se indignó y no quería entrar, pero su padre salió a
convencerlo. El replicó a su padre: Mira cuántos años hace que te sirvo sin
desobedecer ninguna orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para
divertirme con mis amigos. Pero en cuanto ha venido este hijo tuyo que devoró
tu fortuna con meretrices, has hecho matar para él el ternero cebado. Pero él
respondió: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero había
que celebrarlo y alegrarse, porque ese hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto
a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”

La parábola del sembrador (Marcos 4.1-9; Lucas 8.4-8)

“Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del
Reino y no entiende, viene el maligno y arrebata lo sembrado en su corazón:
esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el
que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino
que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la
palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la
palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas
sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra
es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el
sesenta, o el treinta”

La parábola de la oveja perdida (Mateo 18.10-14)

“Se le acercaban todos los publicanos y pecadores para oírle. Pero los fariseos
y los escribas murmuraban diciendo: Este recibe a los pecadores y come con
ellos. Entonces les propuso esta parábola: ¿Quién de vosotros, si tiene cien
ovejas y pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de
la que se perdió hasta encontrarla? Y, cuando la encuentra, la pone sobre sus
hombros gozoso, y, al llegar a casa, convoca a los amigos y vecinos y les dice:
Alegraos conmigo, porque he encontrado la oveja que se me perdió. Os digo
que, del mismo modo, habrá en el Cielo mayor alegría por un pecador que hace
penitencia que por noventa y nueve justos que no la necesitan”

 
La parábola del tesoro escondido (Mateo 13:44)

“El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo que, al


encontrarlo un hombre, lo oculta y, gozoso del hallazgo, va y vende todo cuanto
tiene y compra aquel campo”

La parábola de la red barredera (Mateo 13:47-50)

“El Reino de los Cielos es semejante a una red que, echada en el mar, recoge
todo clase de cosas. Y cuando está llena la arrastran a la orilla, y sentándose
echan lo bueno en cestos, mientras lo malo lo tiran fuera. Así será el fin del
mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los
arrojarán al horno del fuego. Allí será el llanto y rechinar de dientes”

La parábola de los dos hijos (Mateo 21:28-32)

“¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le


mandó: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. Pero él le contestó: No quiero. Sin
embargo se arrepintió después y fue. Dirigiéndose entonces al segundo, le dijo
lo mismo. Este le respondió: Voy, señor; pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la
voluntad del padre? El primero, dijeron ellos. Jesús prosiguió: En verdad os
digo que los publicanos y las meretrices os van a preceder en el Reino de Dios.
Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia y no le creísteis; en cambio,
los publicanos y las meretrices le creyeron. Pero vosotros, ni siquiera viendo
esto os movisteis después a penitencia para poder creerle”

La parábola del fariseo y el publicano (Lucas 18:9-14)

 
Dos hombres subieron al Templo para orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
El fariseo, quedándose de pie, oraba para sus adentros: Oh Dios, te doy gracias
porque no soy como los demás hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni como
ese publicano. Ayuno dos veces por semana, pago el diezmo de todo lo que
poseo. Pero el publicano, quedándose lejos, ni siquiera se atrevía a levantar
sus ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios ten
compasión de mí que soy un pecador. Os digo que éste bajó justificado a su
casa, y aquél no. Porque todo el que se ensalza será humillado, y todo el que
se humilla será ensalzado”

Parábola del grano de mostaza (Mateo 13:31-32)

“El Reino de los Cielos es semejante al grano de mostaza que tomó un hombre
y lo sembró en su campo; es ciertamente la más pequeña de todas las semillas,
pero cuando ha crecido es la mayor de las hortalizas, y llega a ser como un
árbol, hasta el punto de que los pájaros del cielo acuden a anidar en sus ramas”

Parábola de la levadura (Mateo 13:33-35)

“El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que toma una mujer y
mezcla con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta”

Parábola de la dracma perdida (Lucas 15, 8-10)

“¿Qué mujer, si tiene diez dracmas y pierde una, no enciende una luz y barre la
casa y busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne
a las amigas y vecinas diciéndoles: Alegraos conmigo, porque he encontrado la
dracma que se me perdió. Así, os digo, hay alegría entre los ángeles de Dios
por un pecador que se arrepiente”

 
Parábola de los obreros de la hora undécima (Mateo 20,1-15)

“El Reino de los Cielos es semejante a un amo que salió al amanecer a


contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en
un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora de tercia y vio
a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: Id también vosotros a mi
viña y os daré lo que sea justo. Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora
de sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y
todavía encontró a otros parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí todo el
día ociosos? Le contestaron: Porque nadie nos ha contratado. Les dijo: Id
también vosotros a mi viña. A la caída de la tarde dijo el amo de la viña a su
administrador: Llama a los obreros y dale el jornal, empezando por los últimos
hasta llegar a los primeros. Vinieron los de la hora undécima y percibieron un
denario cada uno. Al venir los primeros pensaban que cobrarían más, pero
también ellos recibieron un denario cada uno. Cuando lo tomaron murmuraban
contra el amo, diciendo: A estos últimos que han trabajado sólo una hora los
has equiparado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y del calor. El
respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿acaso no
conveniste conmigo en un denario? Toma la tuyo y vete; quiero dar a este
último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer yo con lo mío lo que quiero? ¿O es
que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? Así los últimos serán primeros
y los primeros últimos”

Parábola de los invitados a las bodas (Mateo 22:1-14)

“El Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró las bodas de su hijo,
y envió a sus criados a llamar a los invitados a las bodas; pero éstos no querían
acudir. Nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decid a los invitados:
mirad que tengo preparado ya mi banquete, se ha hecho la matanza de mis
terneros y reses cebadas, y todo está a punto; venid a las bodas. Pero ellos sin
hacer caso, se marcharon uno a sus campos, otro a sus negocios; los demás
echaron mano a los siervos, los maltrataron y dieron muerte. El rey se
encolerizó y, enviando a sus tropas, acabó con aquellos homicidas y prendió
fuego a su ciudad. Luego dijo a sus criados: las bodas están preparadas pero
los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a
las bodas a cuantos encontréis. Los criados, saliendo a los caminos, reunieron
a todos los que encontraron, malos y buenos; y se llenó de comensales la sala
de bodas. Entró el rey para ver a los comensales, y se fijó en un hombre que no
vestía traje de boda; y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin llevar traje de
boda? Pero el se calló. Entonces dijo el rey a sus servidores: Atadlo de pies y
manos y echadlo a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el rechinar de
dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”

La cuestión de la herencia (Lucas 12,13-21)

“Uno de entre la multitud le dijo: Maestro, di a mi hermano que reparta la


herencia conmigo. Pero Él le respondió: Hombre, ¿quién me ha constituido juez
o repartidor entre vosotros? Y añadió: Estad alerta y guardaos de toda avaricia,
porque si alguien tiene abundancia de bienes, su vida no depende de aquello
que posee las tierras de cierto hombre rico dieron mucho fruto, y pensaba para
sus adentros: ¿qué haré, pues no tengo donde guardar mi cosecha? Y dijo:
Esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí
guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: alma, ya tienes
muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe,
pásalo bien. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te reclaman el
alma; lo que has preparado, ¿para quién será? Así ocurre al que atesora para
sí y no es rico ante Dios”

La parábola del administrador (Lucas 16:1-13)

El que ama debe cuidar ese amor para que no se pierda y para que aumente el
calor y el fuego. “Tened ceñidas vuestras cinturas y las lámparas encendidas, y
estad como quienes aguardan a su amo cando vuelve de las nupcias, para
abrirle al instante en cuanto venga y llame. Dichosos aquellos siervos a los que
al volver su amo los encuentre vigilando. En verdad os digo que se ceñirá la
cintura, les hará sentar a la mesa y acercándose les servirá. Y si viniese en la
segunda vigilia o en la tercera, y los encontrase así, dichosos ellos. Sabed esto:
si el dueño de la casa conociera a qué hora va a llegar el ladrón, no permitiría
que se horadase su casa. Vosotros, pues, estad preparados, porque a la hora
que menos pensáis viene el Hijo del Hombre” (Lc). Si la espera es corta, es fácil
estar atento a la llegada de Dios. Si se alarga, se puede debilitar la vigilancia;
entonces entran las tentaciones y las componendas con el maligno. Es más
fácil luchar una hora que mil, pero si se lucha cada hora como si fuese la última
parece más fá[Link] discípulos se inquietan por los peligros. “Y le preguntó
Pedro: Señor, ¿dices esta parábola por nosotros o por todos? El Señor
respondió: ¿Quién piensas que es el administrador fiel y prudente, a quien el
amo pondrá al frente de su casa, para dar a tiempo la ración adecuada?
Dichoso aquel siervo, al que encuentre obrando así su amo cuando vuelva. En
verdad os digo que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si aquel siervo
dijera en sus adentros: mi amo tarda en venir, y se pusiera a golpear a los
criados y criadas, a comer, a beber y a emborracharse, llegará el amor de aquel
siervo el día menos pensado, a una hora imprevista, lo castigará duramente y le
dará el pago de los que no son fieles. El siervo que, conociendo la voluntad de
su amo, no fue previsor ni actuó conforme a la voluntad de aquél, será muy
azotado; en cambio, el que sin saberlo hizo algo digno de castigo, será poco
azotado. A todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le
encomendaron mucho, mucho le pedirán” (Lc). Ellos han recibido mucho y
grande es su responsabilidad. El hecho de que Dios respete la libertad de las
personas y a veces parezca ausente, precisamente para no coartar esa
libertad, no significa que no lo sepa todo; al final Él va a pedir cuenta de las
acciones de cada uno. Los discípulos, además de su vida personal son
administradores de las cosas de Dios y, al tener gran responsabilidad, también
tendrán gran exigencia.

Parábola de la higuera estéril (Lucas 13:6-9)

“Estaban presentes en aquel momento unos que le contaban lo de los galileos,


cuya sangre mezcló Pilato con la de sus sacrificios. Y en respuesta les dijo:
¿Pensáis que estos galileos fueron más pecadores que todos los galileos,
porque han padecido tales cosas? ¡No!, os lo aseguro; pero si no hacéis
penitencia, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los que
cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que fueron más culpables que todos
los hombres que vivían en Jerusalén? ¡No!, os lo aseguro; pero si no hacéis
penitencia, todos pereceréis igualmente”.

La parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lucas 16:19-31)


 

“Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y cada día
celebraba espléndidos banquetes. Un pobre, en cambio, llamado Lázaro, yacía
sentado a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la
mesa del rico. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió,
pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán;
murió también el rico y fue sepultado. Estando en el infierno, en medio de los
tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno;
y gritando, dijo: Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que
moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua, porque estoy
atormentado en estas llamas. Contestó Abrahán: Hijo, acuérdate de que tú
recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora, pues, aquí
él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y
nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren
atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros. Y
dijo: Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, pues tengo
cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de
tormentos. Pero replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los
oigan! El dijo: No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a
ellos, se convertirán. Y les dijo: Si no escuchan a Moisés y a los Profetas,
tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite”

Parábola de las vírgenes necias y prudentes (Mateo 25, 1-13)

“Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que tomaron
sus lámparas salieron a recibir al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco
prudentes; pero las necias, al tomar sus lámparas, no llevaron consigo aceite;
las prudentes, en cambio, junto con las lámparas llevaron aceite en sus
alcuzas. Como tardase en venir el esposo les entró sueño a todas y se
durmieron. A medianoche se oyó vocear: ¡Ya está aquí el esposo! ¡Salid a su
encuentro! Entonces se levantaron todas aquellas vírgenes y aderezaron sus
lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: dadnos de vuestro aceite porque
nuestras lámparas se apagan. Pero las prudentes les respondieron: Mejor es
que vayáis a quienes lo venden y compréis, no sea que no alcance para
vosotras y nosotras. Mientras fueron a comprarlo vino el esposo, y las que
estaban preparadas entraron con él a las bodas y se cerró la puerta. Luego
llegaron las otras vírgenes diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! Pero él les
respondió: En verdad os digo que no os conozco. Vigilad, pues, porque no
sabéis el día ni la hora”

Parábola del juicio final (Mateo 25,31-46)

“Cuando venga el Hijo del Hombre en su gloria y acompañado de todos los


ángeles, se sentará entonces en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él
todas las gentes; y separará a los unos de los otros, como el pastor separa las
ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos en cambio
a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: Venid,
benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros
desde la creación del mundo: porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve
sed y me disteis de beber; era peregrino y me acogisteis; estaba desnudo y me
vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. Entonces le
responderán los justos: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de
comer, o sediento y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos peregrino y te
acogimos, o desnudo y te vestimos? o ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel
y vinimos a verte? Y el Rey en respuesta les dirá: En verdad os digo que cuanto
hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.
Entonces dirá a los que estén a la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego
eterno preparado para el diablo y sus ángeles: porque tuve hambre y no me
disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; era peregrino y no
acogisteis; estaba desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me
visitasteis. Entonces le replicarán también ellos: Señor, ¿cuándo te vimos
hambriento o sediento, peregrino o desnudo, enfermo o en la cárcel y no te
asistimos? Entonces les responderá: En verdad os digo que cuando dejasteis
de hacer con uno de estos más pequeños, también dejasteis de hacerlo
conmigo. Y éstos irán al suplicio eterno; los justos, en cambio, a la vida eterna”

Parábola del juez injusto (Lucas 18:1-8)

“Les proponía una parábola sobre la necesidad de orar siempre y no


desfallecer, diciendo: En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni
respetaba a los hombres. También había en aquella ciudad una viuda, que
acudía a él diciendo: Hazme justicia ante mi adversario. Y durante mucho
tiempo no quería. Sin embargo al final se dijo a sí mismo: aunque no temo a
Dios ni respeto a los hombres, ya que esta viuda está molestándome, le haré
justicia, para que no siga viniendo a importunarme. Concluyó el Señor: Prestad
atención a lo que dice el juez injusto. ¿Acaso Dios no hará justicia a sus
elegidos que claman a El día y noche, y les hará esperar? Os aseguro que les
hará justicia sin tardanza. ¿Pero cuando venga el Hijo del Hombre, acaso
encontrará fe sobre la tierra?”

Parábola de los viñadores homicidas (Marcos 12,1-11; Mateo 21, 33-46; y


Lucas 20,9-18)

“Cierto hombre que era propietario plantó una viña, la rodeó de una cerca y
cavó en ella un lagar, edificó una torre, la arrendó a unos labradores y se
marchó de allí. Cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió a sus criados a
los labradores para percibir sus frutos. Pero los labradores, agarrando a los
criados, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y a otro lo lapidaron. De nuevo
envió a otros criados en mayor número que los primeros, pero hicieron con ellos
lo mismo. Por último les envió a su hijo, diciéndose: A mi hijo lo respetarán.
Pero los labradores, al ver al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero. Vamos,
matémoslo y nos quedaremos con su heredad. Y, agarrándolo, lo echaron fuera
de la viña y lo mataron. Cuando venga el duelo de la viña, ¿qué hará con
aquellos labradores? Le contestaron: A esos malvados les dará una mala
muerte, y arrendará la viña a otros labradores que les entreguen los frutos a su
tiempo. Jesús les dijo: ¿Acaso no habéis leído en las Escrituras: La piedra que
rechazaron los constructores, ésta ha llegado a ser la piedra angular. Es el
Señor quien ha hecho esto y es admirable a nuestros ojos? Por esto os digo
que os será quitado el Reino de Dios y será dado a un pueblo que rinda sus
frutos. Y quien caiga sobre esta piedra quedará destrozado, y sobre quien ella
caiga, lo aplastará. Al oír los príncipes de los sacerdotes y los fariseos sus
parábolas, comprendieron que se refería a ellos. Y aunque querían prenderle,
tuvieron miedo a la multitud, porque lo tenían como profeta”

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