CAPÍTULO II.
EL DIOS VIVO DE LA REVELACIÓN COMO ASUNTO PRINCIPAL DE LA
TEOLOGÍA
2.1. Teología, Ciencia De Dios Y De La Salvación Humana
La teología es la ciencia de Dios, es una ciencia teocéntrica. Su interés se centra en Dios y
su actividad salvadora en Jesucristo a favor de los hombres.
La teología considera a Dios bajo la razón de deidad (sub ratione Deitatis), es decir, trata a
Dios en cuanto Dios, el Dios de la Revelación, el Dios de Abraham, de Iaac y de Jacob, el
Dios Trino que revela la historia de la salvación.
La teología se diferencia de la teodicea o teología natural, que es el conjunto de
conocimientos que el hombre puede llegar a tener de Dios sin ayuda de la Revelación
sobrenatural y se limita a estudiar la existencia, el ser y los atributos divinos.
La ciencia teológica estudia el ser de Dios, dependiendo por entero de la Revelación, lo
estudia en la medida en que puede alcanzarlo. No olvida que Dios es un profundo misterio,
que no es objeto del que se pueda dar información como de otros seres, puesto que no existe
del modo en que existen las demás cosas o los hombres en el mundo, el Dios escondido1.
«No podemos –dice santo Tomás de Aquino- saber de Dios que cosa es». No obstante, para
saber de Dios, empleamos sus obras, bien sean de naturaleza o de Gracia2.
Santo Tomás de Aquino hace un análisis a partir de las relaciones entre objeto y facultad
humana que lo considera, y afirma que el objeto de la teología, al que denomina lo
revelabile, es Dios y las demás realidades en cuanto se relacionan con El3. Lo revelado es
así el principio de unidad de la Teología, siendo que la teología es así cogitatio fifei o la
elaboración racional del dato revelado.
2.2. El cuestionamiento moderno de Dios como objetivo principal de la ciencia
teológica
La debilitación moderna del termino Dios se debe en primer lugar a la perdida de sentido y
la erosión filosófica que ha recorrido en el mundo intelectual occidental. En segundo lugar,
unos presupuestos y condiciones epistemológicos modernos, que declaran a Dios como un
ser del todo incognoscible y lejano, y consideran imposible o superfluo el discurso humano
(teológico).
a) La reducción religiosa. La postura más típica de este planteamiento reductivo, que
se origina a partir de una opción espiritual de fondo, es la representada por Lutero,
para el cual «Dios ha decidido ser incognoscible e incomprensible al margen de
1
Cfr. Is 45, 15.
2
Cfr. S. Th. 1, 7, 1
3
Cfr. S. Th. 1, 1, 3 Y 7.
Jesucristo». El Dios de Lutero es lo que él llama un Dios revestido de sus promesas.
Dios se reduce a Cristo, y Cristo se reduce a la visión creyente que tengo de Él. No
me salva en realidad porque es Jesucristo, sino que es Jesucristo, para mí, porque me
salva.4 K. Barth ha contribuido en la Teología cristiana, especialmente en la
protestante, al redescubrir el sentido profundo de la Palabra como acto de Dios. En
su teología no está la justificación del pecador la categoría central, como ocurre en
Lutero, sino la Revelación divina al Hombre. Toda la obra de Barth está
consiguientemente penetrada de una honda percepción de Dios como lo
«Absolutamente Otro». El Dios de la fe cristiana es un Dios que habla, y la única
respuesta adecuada por parte del hombre es escuchar en obediencia, siendo la teología
una empresa intelectual, pero sobretodo un prolongado acto de fe, por lo que es la
Palabra misma quién aporta los criterios para su interpretación. Esta postura de Barth
ha supuesto una verdadera renovación religiosa, pero a la vez ha establecido límites
indebidos para el conocimiento de Dios, y para la actividad teológica rectamente
entendida.
b) La reducción filosófica. El Autor moderno que plantea de manera más sistemática y
detallada la incognoscibilidad (metafísica) de Dios por parte de la razón humana, y
que ha ejercido mayor influencia a este aspecto es Immanuel Kant (1724-1804). Para
él lo que el hombre puede conocer son los fenómenos sensibles, ordenados por la
actividad sintética a priori del entendimiento (Verstand), pero el hombre que conoce
es además razón pura (Vernunf) que es la facultad cognoscitiva por la que el hombre,
según Kant, trata de conocer con sus solos recursos intelectuales, lo suprasensible,
incondicionado y absoluto; y pretende hacer con “las alas de la metafísica”, por tanto,
Dios no es una realidad que podamos conocer sino una idea o contenido mental, cuya
existencia no resulta racionalmente demostrable, (razón práctica) siendo una garante
del orden inteligible y moral. Este sistema está a la base de la pérdida del objeto
teológico.
c) Reducción antropológica. Esta opción se halla presente implícitamente en F.
Schleiermacher, que buscan eliminar la tensión y dualidad entre sujeto creyente y
misterio creído, para proclamar la unidad de ambos, también Martín Heidegger
(1889-1976) influye con la pregunta por el hombre entendida como el único modo
posible de planear la pregunta de Dios. Rudolf Bultman (1889-1976) radicaliza esta
postura con una interiorización del mensaje evangélico, eliminando todos los factores
relacionados con el mundo, la historias y el tiempo, siendo que la revelación es así
entendida como un proceso subjetivo de auntocompresión, a lo largo del cual el
creyente se conoce a sí mismo como pecador y, mediante el kerigma, se percibe como
salvado por la fe en Jesús. En vez de proclamar y examinar lo que el Dios vivo hace
y dice en la Biblia, se aplican a examinar en nosotros las condiciones epistemológicas
para conocer y entender lo que Dios dice en la Biblia. La Teología deja así de estar
principalmente controlada por su objeto divino, y corre el peligro de comenzar y
4
J. Morales, Introducción a la Teología, Navarra, 2004, 45-47.
terminar en el hombre5. Karl Rahner (1904—1984) se ha esforzado por “mostrar
que la teología dogmática hoy debe ser una antropología teológica, y que el “giro
antropológico” es necesario y fructífero. La antropología filosófica sería así,
presupuesto de una verdadera teología. Si el teólogo desea conseguir la credibilidad
de los misterios cristianos, deberá referir las afirmaciones de la fe a las estructuras
trascendentales del espíritu humano. La realidad concreta e histórica del hombre
desborda, para Rahner, cualquier clase de anticipación formal, derivada
intelectualmente de una antología trascendental, siendo así que la credibilidad de las
verdades cristianas descansar en las anticipaciones discernibles a priori en las
estructuras del espíritu, causando para mucho algo de dudas en este sistema
“rahneriano”6.
2.3. La credibilidad del misterio de Dios para la Teología cristiana
La mejor teología de la Iglesia vive su convicción de que, a pesar de la incomprensibilidad
divina y del carácter fragmentado y débil del conocimiento teológico. Fiel a su hondo
instinto religioso y creyente, la teología cristiana clásica nunca ha imaginado que la
noción de Dios pudiera ser reabsorbida por el saber conceptual humano. Trasunto de la
fe bíblica, la auténtica teología discierne que la invocación, el acto de nombrar a Dios, y la
afirmación de su existencia son inseparables. Ciertamente el misterio de Dios nos resulta
inalcanzable. Al espíritu humano le faltan fuerzas, y el lenguaje quiere hablar del Dios Vivo
y cojea necesariamente. Hay que distinguir, en efecto, entre un conocimiento imperfecto de
Dios y un conocimiento falso. Dado que nuestro conocimiento es análogo, Dios es siempre
mucho mayor que nuestras representaciones de Él. Pero estas representaciones dicen algo
que es verdadero7. El Dios que se auto descubre y se vela al mismo tiempo es así la vida de
la teología, su gran tema, y su principio unificador.
“Cuanto más profundo y radicalmente se capta el centro, tanto más clara y convincentes
resultan las líneas que enlazan el centro divino con aquellas verdades que parecen situadas al
margen. La profundidad de la concentración se manifiesta también en el alcance de su
irradiación a toda la teología”(Juan Pablo II)8.
5
Cfr. J. Morales, Introducción a la Teología, Navarra, 2004, 49.
6
Cfr. Idem, 50
7
Cfr. C. Pozo, Iglesia y secularización, Madrid, 1971, 66.
8
Cfr. J. Morales, Introducción a la Teología, Navarra, 2004, 52.
2.4. Extensión del objeto de la Teología
La teología no busca sólo una formulación o clasificación de la verdad divina en sí misma,
sino también su desarrollo y exposición para los hombres. De hecho, comprobamos que, en
la Biblia, con gran frecuencia, las afirmaciones sobre Dios son también afirmaciones sobre
el hombre y para el hombre, por ejemplo, Dios único (Dt 6, 4); Dios irascible (salmo 138,22)
Dios fuego devorador (Dt 4, 24), los distintos atributos de Dios nos hablan muy claramente
de un Ser personal, que puede y quiere positivamente entrar en relación con nosotros
mediante una llamada y una experiencia. La teología puede por tanto ocuparse de cualquier
realidad terrenal, siempre que lo haga:
a) Para detectar y explicar su sentido último a la luz del Evangelio.
Las realidades terrenas tienen importancia en la economía de la salvación, ya que son
fines intermedios en el camino vocacional del ser humano. Las consideraciones de
estas realidades terrenas no sólo no suponen olvido de Dios sino una visión del mundo
en la que Dios y la realización de su Reino son el dato y la intención primarios.
b) Para determinar su repercusión espiritual y moral en el hombre. La teología sigue
siendo teocéntrica cuando se ocupa de modo especial del ser humano, ante todo
porque “la antropología es de modo indisociable teología y cristología, dado que el
modelo autentico de hombre vivo es Cristo prefigurado en Adán”9. La actividad
teológica de la Iglesia ha de reflexionar sobre la posibilidad misma de la fe para la
criatura humana y su vocación y destino eternos. Sobre todo, presenta al hombre
como un ser religioso y moral, que tiene su centro en Dios y necesita elegir con
frecuencia entre el bien y el mal para lograr su fin. Existe una profunda conexión
entre el objeto de la teología y la misión de la Iglesia, y es tarea de los teólogos
proporcionar los fundamentos de esa unión y de su unión y de su ejercicio en campos
concretos de la realidad.
9
Pablo VI, Discurso al Congreso Mundial Tomista, Insegnamenti VIII, 1970, 866.