Diálogos Revista Electrónica de Historia 1409-469X: E-Issn: Historia@fcs - Ucr.ac - CR
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E-ISSN: 1409-469X
[email protected]
Universidad de Costa Rica
Costa Rica
Comité Editorial:
Director de la Revista Dr. Juan José Marín Hernández [email protected]
Miembros del Consejo Editorial: Dr. Ronny Viales, Dr. Guillermo Carvajal, MSc.
Francisco Enríquez, Msc. Bernal Rivas y MSc. Ana María Botey
Miembros del Consejo Asesor Internacional: Dr. José Cal Montoya, Universidad de San
Carlos de Guatemala; Dr. Juan Manuel Palacio, Universidad Nacional de San Martín y
Dr. Eduardo Rey, Universidad de Santiago de Compostela, España
Editor técnico
MSc. Anthony Goebel Mc Dermott [email protected]
Resumen
Abstract
The article carries out a conceptual and contextual balance of architecture as an essential
instrument, which is often overlooked at the historic interpretation level. The latter is
aimed at proving that architecture has expressed and likewise influenced in the
dialogistic, dialectic, and hence, historical relations between the dominant sectors and the
subordinate groups of society in the different space-time settings. Also, based on this
methodological proposal that highlights the need to include in the historical
interpretation, the architecture’s symbolic-representative dimension and its relation both
with the social construction of space as well as with the spatial construction of society,
the paper also sets forth a proposal for the periodizing and study of the city of Cartago,
Costa Rica.
1. Introducción
1
Doctor en Historia. Profesor de la Escuela de Historia y de la Escuela de Estudios Generales de la
Universidad de Costa Rica.
2
Existe una preocupación constante por “ilustrar”; por la fotografía con pie de página, por el monumento
conmemorativo, nunca por tal o cual artefacto como la materia misma de la historia. Nos olvidamos de las
relaciones entre los artefactos y la sociedad, es esta una relación social y como tal también compete a los
estudios históricos.
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Esta situación centra mi objeto de estudio al considerar que la política es importante, más el
determinante está constituido por el nexo entre la historia del poder y la transformación arquitectónica, por
el papel que le asigna la sociedad a los artistas y por la estética adoptada por esa sociedad y por quienes la
gobernaron; Véase: MOYA GUTIÉRREZ, “La arquitectura emblemática del Porfiriato…” Tesis para optar
por el grado de Doctor en Historia. Centro de Estudios Históricos. El Colegio de México. 2008, p. VI.
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La situación es clara en la Ciudad de México, Buenos Aires y Santiago de Chile, no es tan evidente en
San José de Costa Rica, ni en las principales ciudades de la provincia. El reciente estudio de Florencia
Quesada: La modernización entre cafetales, 2007, podría nutrir este argumento, pues no fue sino hasta el
último cuarto del siglo XIX, que ante la irrupción en gran escala del cultivo cafetalero en manos de una
burguesía agraria y bajo el signo del capital se sometieron los espacios de la ciudad capital a una nueva
segregación y se erigió un entorno sujeto a los parámetros dictados por Europa y el norte de América.
5
Por artefactos arquitectónicos comprendemos una amplia gama de obras materiales que identifican a una
sociedad en el tiempo y en el espacio. Por artefactos arquitectónicos hemos de considerar la arquitectura
civil y privada, eclesiástica y militar, así como los monumentos que contienen las ciudades. En este sentido
estos artefactos/monumentos están constituidos por dos segmentos, uno escultórico y otro arquitectónico,
Panofsky y Gombrich recomendaban que no se seccionasen, para su lectura, los monumentos y que se
“leyesen” como un solo artefacto. La noción de artefacto no debe limitar el quehacer arquitectónico, pues
una plaza, un bulevard, un circuito cívico constituyen también artefactos proyectados por el arquitecto. En
la investigación histórica tradicional los documentos que son susceptibles de ser leídos son los que se
acopian en los distintos archivos documentales, por lo que considero que la lectura de una imagen, o bien,
de una fotografía, sigue siendo extraña a la gran mayoría de los historiadores.
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Han sido considerados diversos aspectos relacionados con esta temática central que hemos referido como
la genealogía de la historia del arte y de correlaciones tan importantes como el del “significado de las artes
visuales” y los métodos de interpretación de una obra de arte. La obra arquitectónica, tanto como la pintura
y la escultura es una obra de arte.
7
BACHELARD, La poética del espacio, 1997, p. 11
8
BACHELARD, La poética del espacio, 1997, p. 12
9
BOUDON, Del espacio arquitectónico…, 1980, p. 15
10
BOUDON, Del espacio arquitectónico…, 1980, p. 25
11
Le Courbusier afirma frecuentemente que “el exterior es siempre otro interior”. BOUDON, Del espacio
arquitectónico…, 1980, p. 29
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12
CONRADS, Arquitectura-escenario para la vida…, 1977, p.1
13
Por arquitectura testimonial entendemos la sobrevivencia física y tangible del artefacto arquitectónico a
través del tiempo y del espacio. El caso contrario sería su supervivencia a través de imágenes planas y de
otras representaciones bi y tridimensionales. Valga decir que cuando el artefacto arquitectónico ha
desaparecido aún podemos recurrir a las imágenes fotográficas registradas en momentos diversos y que en
su debido contexto podrían ser interrogadas por el estudioso de los fenómenos sociales.
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14
GOMBRICH, Historia del Arte. 1992, p. IX del prefacio.
15
La paradigmática reconstrucción de Bremen se logró a partir de registros fotográficos.
16
Este concepto se entrelaza con el desarrollado posteriormente y que está en función del ojo de la época.
17
BACZKO, Los imaginarios…, 1984, p. 12
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nutieron en las fuentes del clasicismo18. Más cercano a nosotros, el envanecimiento del
III Reich se evidenció en la proyección de esa megaciudad que se consagraría como el
centro del imperio nazi: Germania. En ella se representaban esos artefactos de la
arquitectura totalitaria, no muy distintos a los de la Roma de Mussolinni, cuya crítica ha
sido capitalizada por Baczko19. Poco más de 80 años antes, la reorganización urbana de la
Viena de Francisco José y el París de Napoleón III, ambas capitales imperiales,
devinieron en paradigmas de la modernidad al ser transformadas brutalmente por sus
“propios magos del progreso”.
Cabe aquí una precisión, pues no es lo mismo estudiar una representación de la obra que
la obra propiamente representada, aun mediante la “lectura” de sus vestigios. En fin, no
podemos adivinar la trama urbana de la capital novohispana a partir de las demoliciones
que acontecen en la segunda mitad del siglo XIX y nuestra “imaginación histórica” es
insuficiente para hacer justicia a la relevancia de los edificios públicos y a la arquitectura
religiosa que emergía en el Cartago decimonónico. Lo que el “ojo ve” no se ajusta ni a la
más fiel de las descripciones de los cronistas y viajeros. El testimonio fotográfico puede
advertir acerca de la existencia de tales artefactos arquitectónicos, pero no puede sustituir
su esencia20. Gombrich no se atrevía a emitir juicio alguno sobre una obra que no
conociera personalmente y el mismo autor insistía en que “una descripción verbal nunca
puede dar tantos detalles como necesariamente puede darlos una imagen”21. Se refiere
Gombrich no a las imágenes de lo representado sino a la sobrevivencia del monumento o
el edificio propiamente dicho. Cuando tan sólo contamos con el registro fotográfico es
imposible inferir el carácter que quiso imprimirle el arquitecto a determinada obra,
aunque encontremos una memoria donde éste exprese, literariamente, sus motivaciones.
El saber leer una imagen se torna un asunto aun más complejo en cuanto a la lectura de
fotografías. Al respecto señala Gombrich, quizá más familiarizado con las obras maestras
de la pintura que con otros ejemplos de la creación artística que “los supuestos ocultos
18
Balandier hace una interesante digresión acerca de la antigua Roma. BALANDIER, El poder en escenas,
1994, pp. 25-26
19
BACZKO, Los imaginarios…, 1984, pp. 46-51 y 137-152
20
Advertimos la importancia que posee la imagen para la historia social de la cultura material. Estas
imágenes se potencian después de que han sido trastocadas por la revolución industrial.
21
GOMBRICH, Imágenes simbólicas, 1983, p. 15.
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con los que generalmente observamos las fotografías se ponen de manifiesto muy
fácilmente en el limitado valor informativo de las sombras en las imágenes planas. El que
leamos el código de la fotografía en blanco y negro sin suponer que es una representación
de un mundo incoloro puede ser una trivialidad, pero tras esa trivialidad se ocultan otros
problemas”22. Felix del Valle advierte que
22
GOMBRICH, La imagen y el ojo, 1991, p. 137
23
DEL VALLE, Manual de documentación, 1999
24
AGUAYO Y ROCA (coord.,) Imágenes e investigación social. Tomo I, Publicación del Instituto Mora
pendiente. México.
25
ROCA, “La imagen como Fuente …”, 2004, p. 1
26
QUESADA AVENDAÑO, La modernización entre cafetales…. 2007.
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El proceso volutivo no siempre coincide con el carácter que desea imprimirle el artista a
su obra. Esta es también una situación, que como la habría señalado Gombrich reside en
el “ojo” del espectador27. Al respecto señala Lourdes Roca que “si tomamos la fotografía
como artefacto social, como producto resultante de una aplicación tecnológica mediada
por el sujeto que registra desde una cultura, desde una praxis social de una época,
coincidiremos a que sólo podemos llegar al significado holístico de la fotografía si la
consideramos por sí misma como documento/artefacto, interpretamos su contenido y
comprendemos la intención del fotógrafo28. Se hace evidente que la imagen constituye un
testimonio, pero no se debe perder de vista la distancia que media entre las imágenes y su
percepción y porque también hemos de destacar lo que Haskell ha llamado “su impacto
en la imaginación histórica”29.
27
GOMBRICH, Imágenes simbólicas, 1983, p. 23
28
ROCA, “La imagen como Fuente …”, 2004, p. 4
29
HASKELL, La historia y sus imágenes…, 1994.
30
NORA, “Entre Mémoire et Histoire”, en: Les lieux de mémoire, tomo I, La Repúblique, 1984.
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31
ROSSI, La arquitectura…, 1982, pp. 70-73
32
PEVSNER, Historia…, 1980, p. 17
33
PEVSNER, Historia…, 1980, p. 17.
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34
BENÉVOLO, Historia…, 1980, p. 6
35
PEVSNER, Historia…, 1980, p. 227
36
PEVSNER, An Outline of..., 1948.
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propio el prestigio con el que se rodea un poder, utilizando la escala monumental, los
materiales “nobles”, etcétera”37.
La arquitectura o, más bien, las arquitecturas evidencian el espíritu de una época tal y
como lo proponían Warburg, Saxl, Panofsky, Gombrich y Haskell en lo que concebían
era el arte y la historia del arte. Pevsner, el famoso historiador de la arquitectura, también
sustentó esta posición38.
El estilo neoclásico es el que mejor traduce la simbólica republicana y el granito, la
piedra de cantera y el mármol son los nobles materiales en que se sustantiva39. Si
consideramos que el neoclásico constituye una reacción al barroco y al rococó, en verdad
no estamos precisando la naturaleza de tal reacción. Volvamos la vista a las fuentes
europeas del neoclásico para así poder comprender su génesis: en Francia la victoria del
neoclásico se afianzó tras la Revolución Francesa. La vieja tradición de los arquitectos y
decoradores del barroco y el rococó quedó identificada con el pasado, que acababa de
descartarse; había sido el estilo de los castillos de los reyes y de la aristocracia, y los
hombres de la Revolución se tenían por ciudadanos libres de una nueva Atenas. Cuando
Napoleón, manifestándose como campeón de las ideas revolucionarias, alcanzó el poder
en Europa, el estilo neoclásico de la arquitectura se convirtió en el estilo Imperio40.
Según Gombrich “en pintura y escultura, la ruptura de la cadena de la tradición acaso no
se percibiera tan inmediatamente como en la arquitectura, pero es muy posible que aun
tuviera consecuencias mayores”41. En Europa las raíces de la subversión se hundían en el
siglo XVIII, y esta subversión en algunos casos, como es el de los impresionistas, la
37
BACZKO, Los imaginarios…, 1991, p. 31.
38
PEVSNER, An Outline of…, 1948.
39
Habría que matizar esta alusión a la república, pues si bien es cierto que este fue un estilo
arquitectónico que proliferó desde Washington D.C. hasta Buenos Aires, también debemos apuntar que
el neoclásico se había nutrido en las fuentes de la antigüedad clásica, y que al menos para Gombrich la
Acrópolis en su conjunto, con sus edificios y pormenores bellamente labrados causaba la impresión de
sosiego y de gracia infinita. GOMBRICH, Historia del Arte. 1992, p. 66. Nada más lejos del
simbolismo a que acudieron las recién instituidas repúblicas hispanoamericanas y sus elites gobernantes
durante el siglo XIX. Por otro lado Gombrich repara en que el ascenso del neoclasismo al otro lado del
Atlántico “fue, sin duda , el resultado de varias tendencias convergentes, en las que la repulsión contra
la irracionalidad del rococó fue tan sólo un elemento. En su historia clásica de la moda rococó, Fiske
Kimball ha subrayado con razón la creciente influencia de la cultura inglesa en el continente europeo
como una de las fuentes principales de la nueva perspectiva que ayudó a socavar la autoridad del
anterior estilo”. GOMBRICH, El sentido del orden, 1980, p. 50.
40
GOMBRICH, Historia del Arte, 1992., pp. 378,379.
41
GOMBRICH, Historia del Arte, 1992., p. 379.
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emprendió contra los salones y la academia de la Tercera República42. Aunque la hora del
impresionismo como bien los subraya Benévolo habrá llegado con la representación
artística del paisaje de la nueva ciudad43.
En Europa el acontecer artístico tomaba giros sorprendentes. Lo que Gombrich ha
denominado como “la ruptura de la tradición, para la época de la Revolución Francesa,
hizo cambiar totalmente la situación en que vivieron y trabajaron los artistas. Las
exposiciones y las academias, los críticos y los coleccionistas, hicieron cuanto les fue
posible por establecer una distinción entre el Arte, con A mayúscula, y el mero ejercicio
de un arte, fuese el del pintor o el del arquitecto. Ahora, esos cimientos sobre los que el
arte había permanecido fueron minados desde otra parte. La Revolución Industrial
comenzó a destruir las mismas tradiciones del sólido quehacer artístico; la obra manual
42
Adéle Robin señala que los impresionistas, miembros de un movimiento de vanguardia nacido como
remanente de la Comuna francesa, montaron su primera exposición en 1874, después de haber sido
rechazados por el Salón de la Academia, justo su salón se llamó el de los rechazados. Estas
exposiciones continuaron hasta 1886, pero la condición de “fuera de la ley” de los impresionistas se
suavizó relativamente. Después de que el gobierno de la Tercera República asumiera el poder en los
años setenta, ante el fracaso del segundo imperio, la cultura visual se convirtió en un terreno de
confrontaciones, así como las instituciones estatales mediante las cuales su producción y conocimiento
debía ser diseminado. Distintos ministros de la República apoyaron diversas ideologías estéticas hasta
finales de la década de 1870, cuando la política de la “libertad artística” y diversidad ocupó el espacio
de cualquier otra estética “oficial”. A partir de este momento, el impresionismo fue sólo un estilo entre
otros, o sea había adquirido el status de un estilo y quizá perdía un poco de su beligerancia
vanguardista. Aún así, en 1886, el neoimpresionismo desafió todos los remanentes de “vanguardismo”
que el impresionismo pudo haber mantenido, y durante los años noventa el Estado compraba obras
impresionistas y daba este estatuto oficial a Monet y compañía; véase ROBIN, “Artistas mexicanos en
Europa…”, T. II, 2004, pp. 310-311.
43
El impresionismo es pintura urbana por excelencia, no sólo porque pinte preferentemente imágenes
de la ciudad o de la periferia, sino porque capta, con penetración, aunque ignorada por los críticos y
escritores de la época, el carácter del ambiente urbano: la continuidad de sus espacios, todos
comunicantes, abiertos unos hacia otros, y nunca, acabados en una perspectiva unitaria autosuficiente;
la composición por repetición de elementos iguales, calificados de modo siempre diverso y, por ello,
dinámicamente por sus relaciones con los elementos circundantes; la nueva relación entre el cuadro
arquitectónico, que de cerrado ha pasado a abierto a indefinido, y el tráfico de los hombres, de los
vehículos; la renovada unidad entre arquitectura y decoración callejera. Con la seguridad de su paleta
Monet, Renoir y Pizarro sacan a la luz no sólo los aspectos positivos, sino también los negativos de la
nueva ciudad; las fachadas minuciosas de las calles haussmannianas son reducidas, justamente, a una
rítmica alternancia de zonas claras y oscuras, desenfocando resueltamente todo el aparato decorativo,
que sólo sirve para dar a los edificios un convencional decoro; la masa que recorre los grands
boulevards, repetida por las indiferenciadas arquitecturas del fondo se amontona como un ejército de
sombras iguales no diferenciada de las masas de árboles y vehículos. Benévolo señala también el triunfo
de esquemas libres y anti-académicos en la representación de las ciudades. Pero esta representación, no
nos confundamos, guarda exacta correlación con las libertades proclamadas por la “nueva arquitectura”,
que al menos en estas latitudes se empieza a denominar -por los vanguardistas y conocedores- como art
nouveau. BENÉVOLO, Historia…, 1980, p. 184.
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44
GOMBRICH, Historia del Arte, 1992., p. 395
45
GOMBRICH, Historia del Arte, 1992, p. 396.
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futuro. En dicho movimiento maduran las nuevas experiencias que darán paso al
movimiento moderno46.
El neoclasicismo resultó aberrante para los “profetas de la nueva arquitectura” y la
modernidad, en el quehacer artístico, experimentada en la primera parte del siglo XX
indujo a sus representantes a repudiar los estilos clásicos que identificaban con la
reacción47. La resistencia de estos arquitectos a servirse del otrora indiscutible ”repertorio
decorativo clásico” les pareció a algunos que constituía una ofensa al buen gusto y al
decoro. “Al prescindir de todo ornamento –señala Gombrich- los arquitectos modernos
rompían, efectivamente, con la tradición de muchos siglos. Todo el sistema de los
“órdenes” ficticios, desarrollado desde la época de Brunelleschi, fue dejado a un lado, y
todas las telarañas de falsas molduras, volutas y pilastras fueron barridas”48. Gombrich
ofrece un acertado diagnóstico de la arquitectura europea y estadounidense, pero en
América Latina la modernidad arquitectónica se proyectó bajo un signo distinto. La
América Latina se mantuvo reacia a los cambios que hemos enunciado y en las
principales capitales se evocaba, aún con cierta nostalgia, el revival del neoclásico. La
ciudad de México, Buenos Aires y La Habana no fueron la excepción, en tanto “el arte
debe inculcar las virtudes civiles y utilizar las formas antiguas hace recordar los nobles
ejemplos de la historia griega y romana; o bien, más simplemente, se atribuye al
repertorio clásico una existencia de hecho, a causa de la moda o de la costumbre”49. La
arquitectura cívica y habitable de estas ciudades también está fundada en el
46
BENÉVOLO, Historia de la arquitectura…, 1980., pp. 22-29
47
Como ya lo habría apuntado Haskell, esta es una referencia que no se queda sólo en el ámbito
artístico. La “reacción” es un término que hicieron propio las izquierdas en la segunda mitad del siglo
XIX, aunque a fines del siglo XVIII fueron los antimonárquicos –como quien dice la izquierda de esa
época- los que reaccionaron ante la institución de la monarquía. El concepto de “vanguardia” sufrió su
propia metamorfosis: en esencia fue un concepto militar que después se utilizó para referirse al arte y a
la sociedad. Existe, además, un referente político de la obra de arte que no siempre se ha analizado por
razones que por supuesto nos interesan pero que exceden el ámbito de esta investigación. Una
aproximación interesante la encontramos en HASKELL, Pasado y presente.., 1989; véase en especial el
apartado 5: “El Arte y el lenguaje de la política”, pp. 105-116. No dejemos de mencionar que la estética
fascista, implantada por las potencias del eje, se habría inspirado en la Antigüedad Clásica. La escultura
y la arquitectura hierática, fría y descarnada que rindiera tributo al “nuevo hombre alemán” es
testimonio de la creación de un falso artístico.
48
GOMBRICH, Historia del Arte, 1992, p. 444.
49
BENÉVOLO, Historia…, 1980., p. 54.
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neoclasicismo en una dimensión que nos es cada vez menos extraña al conjugar, en
especial para la América Latina, el triunfo de la máquina y del canon académico.
Nos vemos obligados a revisar esa compleja y exquisita vinculación entre arquitectura y
poder. Foucault ya habría valorado la incidencia del poder en la arquitectura50.
Las relaciones puestas en evidencia por Foucault entre la arquitectura, el poder, la
reclusión y el castigo son una dimensión que ha interesado a pocos estudiosos en el
ámbito latinoamericano. Estas manifestaciones de un poder que casi siempre se oculta
ante la “normalidad” contrastan con otras manifestaciones del poder que se definen por
su ostentación y que está acostumbrado al fasto, a la gran ceremonia, a la “puesta en
escena”. En el caso costarricense son paradigmáticas las inauguraciones del Monumento
Nacional en 1895 y del Teatro Nacional en 1897, por el fasto que revistieron y por el
“lugar “en” la memoria” que les asignó el imaginario socio-político.
Las manifestaciones del poder según Balandier, “se adaptan mal a la simplicidad y son la
grandeza o la ostentación, la etiqueta o el fasto, el ceremonial o el protocolo lo que suele
caracterizarlas”51. La grandeza que exhibe un régimen, cualquier régimen, halló su
complemento idóneo en el fasto que rodeó al rito conmemorativo. En el rito
conmemorativo el régimen se celebraba a sí mismo.
La vinculación entre la ciudad, la arquitectura, el poder y la interpretación histórica les
parecerá a algunos, todavía, una herejía. Es esta una discusión reciente y novedosa en el
medio historiográfico latinoamericano. La valoración de la forma y del contenido
arquitectónico se encuentran ante un verdadero dilema: ¿Se puede utilizar la obra de arte
(obra figurativa) como un documento histórico? ¿Se puede concebir la creación
arquitectónica como un lenguaje particular y capaz de dialogar con el poder? ¿Cuál ha
sido el papel desplegado por la historia del arte ante el asalto de la modernidad?
¿Pertenecen a los “lugares de la memoria” los edificios y monumentos? ¿Quién dirige los
50
FOUCAULT, El ojo del poder, Madrid: 1979, pp. 11-12
51
BALANDIER, El poder en escenas, 1994, p. 23
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52
GOMBRICH, Ideales e ídolos…, 1981, p. 158
53
BACZKO, Los imaginarios…, 1991. STAROBINSKI, 1789, Los emblemas… 1988. PANOFSKY, El
significado de…., 1992. Idem., Estudios sobre iconología 1993. GOMBRICH, El sentido del orden. 1980.
Idem., Imágenes simbólicas. 1983. Idem., La imagen y el ojo. 1991. Idem., Historia del Arte. 1992.
HASKELL, Pasado y presente…, 1989 y HASKELL et al., El gusto y el arte…, 1990. SAXL, La vida de
las imágenes, 1989. ZANKER, Augusto y el poder…, 1992. SCHAMA, Landscape and Memory, 1996.
54
Para una excelente introducción a estos tres autores véase “De A. Warburg a E.H. Gombrich. Notas
sobre un problema de método”. En: GINZBURG, Mitos, emblemas…., 1989, pp. 38-74.
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XVII a Luis XIV se le representa como le roi soleil, con todos los emblemas y atributos
de su majestad55. Volvamos a la representatividad de las imágenes. El gran innovador
sería Leonardo da Vinci cuando apunta que el ojo humano es el centro del mundo. Sólo
se puede alcanzar el conocimiento –decía Leonardo- con la vista: el dibujo es el medio
apropiado para registrar y el texto explicatorio en la mayoría de los casos no es más que
una aclaración. El dibujo no es una ilustración –o mejor dicho, no es sólo una ilustración-
. Es un acto de selección ilustrativa y de comprensión entusiasta del universo. Por esto ni
sus contemporáneos ni las generaciones siguientes de científicos utilizaron los métodos y
los resultados de Leonardo. Lo que en general entendían por ciencia se basaba en la obra
de los científicos griegos y se trasmitía por medio del lenguaje56. Hoy habríamos de
agregar otra dimensión, pues si para Leonardo es tan importante lo que capta el ojo, lo
que a éste escapa también reviste singular importancia, en especial por los medios
audiovisuales actuales, por la manipulación de los escenarios y por el prurito de
ocultamiento de rasgos “poco convenientes” de la realidad social57.
En oposición a lo pregonado por los historiadores del arte del siglo XIX Panofsky
advierte “que un historiador de arte es un humanista cuyo “material primario” lo
componen aquellos testimonios o huellas del hombre que han llegado hasta nosotros en
forma de obras de arte. Ahora bien ¿qué es una obra de arte? No siempre se crea una obra
de arte con el propósito exclusivo de que suministre un placer dado, o para emplear una
expresión más culta, con el fin de que sea estéticamente experimentada. La afirmación de
Poussin de que « la fin de l’art est la délectation » fue revolucionaria, pues los escritores
anteriores habían insistido siempre en que el arte, aunque deleitable, era también en cierto
modo útil. Pero una obra de arte siempre tiene una significación estética (que no debe
confundirse con el valor estético): ya obedezca o no a una finalidad práctica, ya sea buena
o mala, reclama ser estéticamente experimentada […] Un objeto fabricado por el hombre
puede exigir o no ser experimentado estéticamente, por cuanto posee lo que los
55
SAXL, La vida de las imágenes. 1989, p. 11.
56
SAXL, La vida de las imágenes. 1989, pp. 114-115.
57
En el México porfiriano, que se aprestaba a celebrar con gran fasto el Centenario de la Independencia en
septiembre de 1910, se prohibió la circulación de los indígenas por el Paseo de la Reforma (algo así como
los Elíseos americanos) para que los visitantes no se llevaran una imagen equívoca del México moderno.
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escolásticos llaman “intención” […] El límite donde acaba la esfera de los objetos
prácticos y comienza la del “arte” depende, pues de la “intención” de los creadores. Las
“intenciones” de quienes producen objetos se hallan condicionadas por los
convencionalismos de la época y del medio ambiente58.
En Imágenes y símbolos (Phaidon Press, 1972, Alianza Editorial, 1983) apunta Gombrich
que “No podemos escribir la historia del arte sin tener en cuenta las distintas funciones
que las diferentes sociedades y culturas le asignan a la imagen visual. En el prefacio de
Norma y forma “señalaba yo que la creatividad del artista sólo puede desenvolverse en
cierto clima, y que éste tiene sobre las obras de arte resultantes tanta influencia como el
clima geográfico sobre la forma y la índole de la vegetación”59. Ante el irresuelto
problema del estilo en Warburg, Salx y Panofsky, Gombrich acuña el concepto de
“función”. La distinta función que el arte cumplía en Egipto y en Grecia es lo que explica
esta decisiva transformación del estilo. La forma de una representación, escribe
Gombrich, no puede ser separada de su finalidad y de las necesidades de la sociedad en la
cual es válido ese lenguaje visual dado. Los grandes cambios del gusto se explican, para
Gombrich, con las mutaciones de las “exigencias”, que por lo demás nunca parecen
dictadas por motivos meramente estéticos60.
Con Warburg, Saxl, Panofsky y Gombrich hemos trazado la genealogía del análisis de la
interpretación artística desde fines del siglo XIX. El inmenso aporte de Gombrich lo
sintetizamos en su preocupación por los aspectos teóricos y en su crítica a la
58
PANOFSKY, El significado… 1993, pp. 31-32
59
GOMBRICH, Imágenes simbólicas, 1983, p. 10. La misma metáfora es utilizada para ilustrar su
oposición al determinismo en la historia del arte en: Tributos, 1993, p. 62
60
GINZBURG, Mitos, emblemas…, 1989, p. 72.
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Haskell llama la atención sobre lo que designa “como uno de los problemas más
fascinantes de la historia del arte, desde diferentes puntos de vista: los intentos hechos
por artistas de toda Europa por mirar hacia atrás, hacia su historia nacional, para poder
expresar sus sentimientos sobre su propia época”63. La mayoría de los pintores, v. gr., se
volcaron a la búsqueda de escenas que se alejaban de la “iconografía de Grecia y Roma y
que hasta entonces había sido la reina suprema”64.
61
Los aspectos simbólicos no son extraños a nuestro objeto de estudio. Las representaciones alegóricas
son imágenes simbólicas por excelencia y remiten a imágenes donde lo profano se mezcla con cierto
tipo de religiosidad. Una “Virtud” rodeada de ángeles, un “Marte” conduciendo el carro de la guerra
entre nubes que simbolizan el cielo que es también caro a los cristianos. La alegoría se puede
contemplar por el simple placer de contemplarla, más una lectura correcta deriva de la información
pertinente acerca de lo representado y de la tradición a que haga referencia. Las representaciones
alegóricas son imágenes simbólicas por excelencia. En sus Imágenes simbólicas, 1983, Gombrich
repara en la genealogía del análisis de los temas alegóricos; véase: GOMBRICH, El sentido del orden.
1980. En esta investigación se aludirá al simbolismo de alguna escultura o pintura alegórica en apoyo a
nuestro argumento a sabiendas de que la amplitud de este fascinante campo merece un estudio aparte,
pues supera nuestras mejores expectativas.
62
GOMBRICH, La imagen y el ojo, 1991, pp. 135,136.
63
HASKELL, Pasado y presente…, 1987, p. 117.
64
HASKELL, Pasado y presente…, 1987, p. 117.
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65
CROW, Pintura y sociedad..., 1989.
66
BACZKO, Los imaginarios…, 1991, p. 28
67
STAROBINSKI, Los emblemas de la razón. 1988, pp. 7-8
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y bajo la cual la investigación exacta busca hoy encontrar el juego de las fuerzas “reales”.
Los movimientos de masa, las fiestas, los emblemas son los elementos de este discurso
simbólico que, en su conjunto, disimula y manifiesta un paso decisivo de la historia.
Forman parte de lo real68. La recepción que obtuvo la obra de Starobinski abrió el camino
para las investigaciones que explorarían la historia cultural en el ámbito de las
celebraciones del bicentenario de 1789. Su amplia difusión acudió también a la re-
universalización del lenguaje propio de la Revolución Francesa. Nos referimos al leguaje
apropiado desde antes por todas las revoluciones y a los lenguajes artísticos que buscaban
su interpretación a través de los emblemas.
Edificios y monumentos son documentos susceptibles de ser leídos, como clave del
discurso dominante, para informar el trabajo histórico. La lectura de estos documentos ha
sido un campo desarrollado durante varias décadas por historiadores del arte de renombre
universal y de cuyos resultados depende el desarrollo de una importante área del
conocimiento. En la articulación examinada entre la arquitectura, el poder y la
interpretación histórica se advierte un problema crucial: en la urbe latinoamericana,
mediante la iconografía, es posible descubrir un vínculo determinante que fue el que se
estableció entre la expresión plástica y el poder detentado por la elite dirigente.
68
STAROBINSKI, Los emblemas de la razón. 1988, p. 36
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69
MOYA GUTIÉRREZ, Comerciantes y damas principales…. 1998, pp. 79-96
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I Etapa 1780-1840
El orden arquitectónico del Cartago colonial correspondía a una modesta villa, alejada de
cualquier centro virreinal, cuyas ciudades principales albergaron a lo más rancio de las
elites criollas. Sin ser muy extensa, la ciudad alojaba a las autoridades provinciales, a la
jerarquía eclesiástica, a un grupo selecto de comerciantes y sus familias y a las gentes del
común, a los esclavos y sirvientes que habitaban los confines de la ciudad y sus arrabales.
La ciudad, a pesar de sus dimensiones modestas, se lee como un texto y revela un uso
jerárquico de los espacios que contiene. En el centro se ubica la Plaza Mayor y la Santa
Iglesia Parroquial, la de mayor rango de la provincia; hacia el noreste de la plaza se
ubican las casas del cabildo y la cárcel, modestas construcciones de adobes y techos de
paja; y hacia el sureste el cuartel de las milicias. El cementerio parroquial se ubicó en el
70
En un estudio acerca de las actitudes ante la muerte en el siglo XVII se afirma que la iglesia de la
Soledad y la iglesia del Carmen estaban en las afueras de la ciudad. En honor a la evidencia documental
que nos asiste la iglesia de la Soledad estaba a escasas dos cuadras al este de la Iglesia Parroquial y la del
Carmen a sólo dos cuadras al norte de la Plaza Mayor.
71
Basado en una reconstrucción literaria de la ciudad de Cartago a fines del siglo XVIII. Véase: MOYA
GUTIÉRREZ, Comerciantes y damas principales… pp. 84-86
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toros, carreras de cintas, funerales solemnes y no tan solemnes, velas, misas de cabo de
año, así como festejos patronales y visitas de obispos y oidores le otorgaron a la pequeña
urbe un carácter particular.
Si la ciudad de Cartago hubiera seguido ostentando el título de capital del naciente estado
costarricense los edificios públicos y las casas privadas hubieran dado cuenta del rango
que reclamaba para sí misma la antigua ciudad. Al acervo arquitectónico que pudo
ostentar la ciudad de Cartago en el siglo XIX hay que agregar la enorme destrucción que
significaron los terremotos de 1841 y 1882. Del primero sólo quedaron 12 casas en pie.
El segundo, el de 82, desoló los principales edificios públicos. En el lapso de 40 años la
ciudad había sido destruida dos veces, y nadie supuso la destrucción masiva perpetrada
por el terremoto de 1910.
¿Dónde se gestan las pautas arquitectónicas que se pusieron en boga en Costa Rica? A
fines del siglo XVIII, y por su alta sismicidad, la ciudad de Antigua es trasladada al
actual asiento de la ciudad de Guatemala. Miembros prominentes de la Academia de San
Fernando se dedicaron a levantar edificios en el resto de las provincias que constituían el
Reino de Guatemala. Esta situación influyó en el resto de los territorios que constituían el
Reino. De tal suerte vamos a encontrar a un Díaz de Navarro levantando el Fuerte de
Matina y a artesanos nicaragüenses edificando la Parroquia de San José y la Factoría de
Tabacos. Estos cambios deben ser entendidos dentro del reformismo borbónico.
En el último periodo colonial, a partir de 1780, el neoclásico es el estilo arquitectónico
que impera. Sin mayores perturbaciones, este mismo estilo transitó a las primeras etapas
del naciente Estado Nacional.
Un poco de imaginación histórica72 nos ayudaría a reconstituir los parámetros en los que
se movió la ciudad de Cartago antes de la destrucción de 1841. Ni tan señorial, como La
Antigua de Guatemala, ni tan noble como León de Nicaragua, pero quizá el perfil se
aproximaba al de la ciudad de Granada en la misma Nicaragua.
72
Para dar pábulo a esta imaginación histórica recomiendo la lectura de BACHELARD, La poética del
espacio, 1997.
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II Etapa 1840-1910
El siglo XIX fue un siglo fundamental en la forja de la nación costarricense. La
sismicidad natural del territorio tenía su correlato en la sismicidad política y en los
diferentes experimentos socioeconómicos, al fragor de los cuales, se alumbraba el parto
de la nación. Los golpes de Estado expresaron la divergencia de intereses al interior de
una oligarquía que consolidaba su poder en torno a la producción y comercialización del
café. La “querella entre los integrantes de la elite” provocó un reacomodo de la matriz
política en que se definió un ideario y un panteón de características nacionales. Las tropas
costarricenses debieron enfrentar en estos años la invasión filibustera de William Walker.
Después de 1870 la dictadura de Tomás Guardia estabiliza la estructura política y el
Estado se prepara para dar la bienvenida a las ideas liberales. El “hecho arquitectónico”
no se puede desvincular de la coyuntura política ni de la económica, por cuanto el
desarrollo arquitectónico estuvo asociado a los avatares de la administración de la cosa
pública y de la estructura económica del Estado costarricense.
Como un rasgo del neogótico tomado de la arquitectura internacional, el Estado
desarrolló una serie de “tipologías” arquitectónicas: cuarteles, cárceles, hospitales e
instituciones de beneficencia, colegios de educación secundaria. El siglo XIX es un siglo
de urbanismo y control social, y la arquitectura responde a esos parámetros. La visión de
mundo de las elites liberales dirigentes, comulgaba con cánones arquitectónicos que se
habían resuelto en Francia, Inglaterra, Bélgica e Italia.
La verdadera transición puede ser fechada entre 1888 y 1910. El Estado liberal toma
medidas tendientes a fiscalizar la construcción y a inicios de la década de 1890, la
Dirección de Obras Públicas habría reestructurado sus funciones al reforzar los
departamentos de supervisión y asistencia técnica, con profesionales idóneos, tanto
nacionales como extranjeros.
Para la ciudad de Cartago esta etapa se corresponde con la de la ciudad patricia definida
por José Luis Romero. También podemos definirla como una ciudad con características
burguesas, si nos detenemos a pensar por un momento que esta ciudad alojó a lo más
selecto de las elites citadinas. La ciudad decimonónica sin embargo se resuelve entre dos
mundos. Uno colonial que desea preservar el orden anterior y el otro de progreso y
rechazo del antiguo régimen. Esta situación prevaleció en la ciudad de Cartago hasta bien
entrado el siglo XIX y fue determinante en el futuro de la ciudad que abogó por su
pasado señorial y por la sobrevivencia de sus antiguos blasones.
Después del terremoto de 1841 y bajo el gobierno de Braulio Carrillo se decretó el
primer código antisísmico titulado Instrucciones para construir con firmeza. Se cambió
el sistema constructivo, más no los materiales.
¿Cuál es la apariencia de la ciudad de Cartago durante el siglo XIX?
Diversos informes de viajeros europeos y norteamericanos dan testimonio de la
topografía de la ciudad decimonónica. Pero ni la más fiel de estas descripciones podría
acercarnos a la ciudad realmente existente. Por lo tanto, y al menos en la segunda mitad
del siglo XIX y en virtud de la existencia de testimonios fotográficos, es posible hacer un
levantamiento del perfil de la ciudad. En cuanto al acervo fotográfico el que si abunda es
el que considera el patrimonio destruido por el terremoto de 1910, pero no ha existido el
esfuerzo sistemático de elevar cuadrante por cuadrante de la “ciudad que realmente
desapareció”.
En el paisaje urbano sobresalían unas 6 iglesias de mampostería y algunos edificios
públicos. La arquitectura privada fue desplazando los adobes por bahareques, lo que dio
a la ciudad un temperamento acriollado que mezclaba los estilos neoclásicos con la
herencia vernácula colonial. Además, el estilo que mejor traduce el lenguaje artístico de
la república es el neoclásico. Véanse el Cuartel Militar y el Palacio Municipal destruidos
por el terremoto de 1910. Antes del terremoto, señala Jesús Mata Gamboa “las calles eran
empedradas y con declive hacia el centro, por dónde discurrían las aguas pluviales en
caños formados por dos cordones y un fondo de piedra redonda (este sistema de caños
subsiste en extensas áreas de la ciudad) […] Todas las manzanas estaban atravesadas de
norte a sur por acequias que recibían tanto las aguas pluviales de los solares de las casas,
como la de los usos domésticos…73.
La arquitectura eclesiástica se convirtió en un excelente catálogo al utilizar el
impresionante repertorio que se compendia en Europa. El eclecticismo imperante supone
la vigencia del estilo mudéjar, gótico, románico y neoclásico. Las iglesias no eran de gran
73
MATA GAMBOA, Monografía de Cartago, 1999, p. 441
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tamaño pero establecían el rango de la ciudad. De esta época data también el Edificio
Pirie, antigua casa del Padre Bonilla y hoy Casa de la Ciudad de Cartago:
Ubicada en el centro de la ciudad de Cartago la magnífica casa que adquirió la familia
Pirie cuando llegó al país, procedente de Canadá, a fines del siglo XIX, aun luce
majestuosa74. La famosa casa fue mandada a erigir por el Padre Fulgencio Bonilla entre
1879 y 1880. Con su arquitectura sólida, el inmueble testimoniaba el advenimiento de la
modernidad y de los paradigmas liberales en la arquitectura de la otrora ciudad capital.
En su expresión formal el edificio está influenciado arquitectónicamente por el
neoclásico francés y constituye una excepción en la topografía urbana cartaginesa por su
volumetría, envolvente y suntuosidad. En su construcción mixta intervinieron el
calicanto, la tela metálica y la madera, así como detalles decorativos de granito labrado.
Sus pisos, cielos y paredes de tablilla fueron dispuestos con un alto sentido decorativo.
Los materiales de construcción son sumamente novedosos, tanto más cuanto la ciudad
decimonónica ha sido edificada en adobes y calicantos. Hacen gala de su fortaleza
antisísmica las paredes de calicanto de 0,70 m. de espesor. El inmueble de dos pisos
presenta un claustro central cerrado por trabajo de herrería y columnatas y rodeado por
un corredor inferior y otro superior. Dentro de la simetría de sus fachadas sobresalen las
forjas de los balcones. La esquina del inmueble ostenta un blasón tallado como se
aprecian en León y en Cartagena. El edificio, más que centenario resistió el embate del
terremoto de 1910, que destruyó la ciudad casi en su totalidad. Antes del sismo el
inmueble lucía todas sus fachadas enchapadas en mármol blanco, acabado que hoy ha
desaparecido. Las aceras del inmueble, de las mejor conservadas de la ciudad, están
talladas en baldosas de granito. Este inmueble fue declarado Patrimonio Nacional desde
1985.
III Etapa 1910-1930
Después del terremoto de 1910 la ciudad hubo de reedificarse en su totalidad. Se le
solicitó al ex-presidente Cleto González Víquez la elaboración de un reglamento de
construcciones urbanas para mejorar las condiciones de edificación en la ciudad. Las
74
En un álbum fotográfico perteneciente a la familia Pirie, cuyo original conoció el autor de este texto,
encontramos una de las mejores recreaciones de la belle époque costarricense sustantivadas en la casa
que mantenía la opulenta familia en el casco histórico de la ciudad en el año de 1904.
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75
En la capital, San José, múltiples cambios en el paisaje urbano se empiezan a notar en las dos
últimas décadas del siglo XIX. Las amplias casonas urbanas construidas en adobes, de una y dos
plantas, dan paso a una arquitectura ecléctica que pone cierto acento en las tradiciones vernáculas, pero
también, y esto es muy importante, en estilos e influencias internacionales. Fue el sector privado,
enriquecido en las redes de la exportación-importación, el que apostó por la introducción de los estilos
historicistas y eclécticos en la capital. Las fiestas de la patria contarían en las dos últimas décadas del
siglo XIX con un nuevo repertorio arquitectónico constituido por edificios cívicos y privados y por los
monumentos que consagraban la épica oficial. El Monumento Nacional y el Teatro Nacional,
inaugurado en 1897, se suscriben a cierto eclecticismo imperante en todo el Occidente. Las principales
capitales europeas y algunas ciudades estadounidenses han sido remozadas en una clave neoclásica
que denota los mejores momentos de la República. El caso de San José y de las principales cabeceras
de provincia, aunque mucho más modesto, no fue del todo ajeno al ímpetu modernizador que se gestó
en otras latitudes.
sistemas, como el del mercado central, con sofisticadas armaduras de hierro importadas
de Bélgica que aun hoy podemos identificar.
Hubo una continuidad entre las transformaciones arquitectónicas y urbanas que se
llevaron a cabo en el último tercio del siglo XIX y la primera década del siglo XX. ¿En
que consistieron dichas transformaciones? Las transformaciones emprendidas no pueden
ser valorarlas sólo en términos de ruptura, pues las técnicas y los materiales que se
utilizarán a principios del siglo XX, ya se habían ensayado en las últimas décadas del
siglo XIX. El rasgo más evidente sería que a partir del terremoto de Cartago de 1910, se
le puso más atención a la flexibilidad de algunos sistemas constructivos como el
bahareque francés y las paredes de madera revestidas con lámina de metal troquelada. En
una misma estructura se pueden encontrar bahareques, calicantos y láminas troqueladas
y, aun, asbestos. Conforme avanza el siglo XX los sistemas constructivos se hacen más
complejos y se someten al concurso de arquitectos profesionales, el boom edilicio
irrumpe como factor clave del desarrollo urbanístico en la segunda mitad del siglo XX.
En esta tercera etapa hemos de considerar un impresionante acervo fotográfico cuyos
originales fueron propiedad del fotógrafo Patrocinio Vives. En el documental fotográfico
publicado por el Dr. Franco Fernández Esquivel titulado: Terremoto. Los terremotos de
Cartago en 1910, no se constata la procedencia de las fotografías y se desaprovecha una
oportunidad única para ubicar in situ los principales artefactos arquitectónicos de la
ciudad. Ante la fragmentación de este documental fotográfico es imposible inferir la
complejidad de la trama urbana de la antigua ciudad, aunque como ya lo apuntamos en su
ocasión, de la memoria de la destrucción puede surgir un primer perfil del Cartago de
fines del siglo XIX. Indaguemos, entonces, acerca de la biografía de estos artefactos.
iconográfico. En estos casos particulares contamos con la evidencia física del artefacto en
cuestión.
El diseño de este inmueble pertenece al proyecto original propuesto por Luis Llach para
la reedificación de la Iglesia Parroquial de Cartago y sus anexos después del terremoto de
1910
En la fachada principal de la casa cural impera la simetría y está conformada por un
vestíbulo, entrada principal y ventanales. Dicha fachada está rematada por un friso que
ostenta detalles geométricos estilo art decó. Este inmueble es de los pocos que rinde
tributo a este estilo arquitectónico en la ciudad de Cartago y a pesar de estar ubicado en el
centro histórico podría escapar al ojo del estudioso toda vez que se oculta en medio de un
enjambre de edificios que no ostentan ninguna pretensión arquitectónica.
Con una fachada de unos 12 metros de largo, una triada de ventanas está dispuesta a cada
lado de la entrada principal. Las ventanas que originalmente fueron de guillotina y cuatro
paños de cristales fueron sustituidas por un sistema moderno de aluminio y cristal. Los
ventanales de la fachada, las puertas y el acceso principal están protegidos por una
compleja herrería que contrasta con las horizontales y verticales que prevalecen en el
diseño del inmueble. La herrería, de factura europea, está consolidada con remaches y
abrazaderas.
En el interior de la estructura observamos paredes de bahareque que se alzan por unos 5
metros y la luz entra a raudales por los lucernarios y los ventanales. El inmueble está
constituido por 12 aposentos, entre salas, comedor, dormitorios y cocina. La fachada
posterior ha sido intervenida, con el objeto de ampliar las instalaciones. El sistema de
aireación de los pisos, se utilizó antes y después del terremoto de Cartago y consiste en
ventanillas de ventilación natural apostadas en el zócalo del edificio.
En la construcción se utilizó, por sus virtudes antisísmicas, el famoso sistema mixto de
malla metálica, barro y cemento, así como madera de pochote en algunos aposentos y
cielos rasos. Los pisos, de ricos diseños en dos y tres colores, son de la fábrica de Lesmes
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Jiménez. Algunas secciones del edificio, así como sus pisos, han sido intervenidos sin
atender a la propuesta original del arquitecto Llach.
El convento es una estructura chata de un solo piso que no acusa mayor trascendencia
arquitectónica, con su patio enclaustrado de lenguaje sencillo y ventanas simétricas. En
su interior el convento alberga la biblioteca, el refertorio, el cementerio, el huerto y el
claustro. Los mosaicos de los pisos son los originales producidos en San José en la
fábrica de Mosaicos Hidráulicos de Lesmes Jiménez. Pese al celo de los miembros de la
Orden algunos de los espacios del convento han sido intervenidos posteriormente. El
cementerio a cielo abierto original ha desaparecido dando paso a una cripta en el subsuelo
4.1.3. Estación del Ferrocarril al Atlántico, Cartago. (Al 23 de junio del 2008 se
encuentra en plena labor de restauración, con el esfuerzo combinado de la
Municipalidad de Cartago y de la Oficina de Patrimonio del Ministerio de Cultura)
4.1.4 Casa del Beneficio Herrán, antigua hacienda de la familia Montealegre en Tres
Ríos, Cartago (Demolida “en nombre del progreso” en diciembre del 2007).
Esta casa es un magnífico ejemplo de las que se erigieron en los cascos de las haciendas
cafetaleras del Valle Central. Por su buena disposición y encanto este inmueble es un
valor singular de la arquitectura costarricense y fue, también, testigo fiel de la bonanza
económica de la oligarquía cafetalera.
La casa descrita en las publicaciones de época como una “casa de campo” es en realidad
una casa criolla con un pórtico de inspiración historicista dividido en cinco lienzos. El
pórtico descansa sobre columnas circulares torneadas de tipo victoriano. El inmueble es
de amplias proporciones y en su armoniosa y simétrica fachada exhibe una tríada de
ventanas a ambos lados del pórtico.
El techo de varías aguas del pórtico, en su concepto original, fue intervenido y
disminuyó en altura y elegancia. Frente al pórtico principal se encuentra un estanque oval
que le otorga un espejo de agua a la estructura.
La casa principal de la hacienda se encuentra enclavada en una magnífica hacienda
cafetalera. La Hacienda Herrán ha tenido insignes propietarios, vinculados con los
miembros más prominentes de las familias cafetaleras. Expertos londinenses habrían
determinado, con exactitud, que la región cafetalera que se extendía entre Tres Ríos y
Moravia era privilegiada por producirse en ella el café de más rico y exquisito licor.
Hacia 1935 toda la franja que mencionamos estaba sembrada de café y en el puro centro
de esta región se encuentra la valiosa hacienda conocida como “Herrán”, cuyo fundador
fue don Juan de Dios Gallegos, de familia distinguida desde la época colonial. Por
razones económicas el señor Gallegos se deshizo de la finca pasando a manos de don
Ramón Herrrán. Al morir dicho señor, sus hijos la vendieron al señor Juan José
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