01 Capitulo 1 PDF
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EL ACTO ADMINISTRATIVO.
CLASES Y ELEMENTOS
SUMARIO:
01. CONCEPTO Y CLASES
02. LOS ACTOS POLÍTICOS O DE GOBIERNO
03. ACTOS ADMINISTRATIVOS Y POTESTAD DISCRECIONAL.
03. ACTOS REGLADOS Y ACTOS DISCRECIONALES
A) Discrecionalidad y conceptos jurídicos indeterminados
B) Las técnicas de control de la discrecionalidad
C) La polémica en torno al control judicial de la discrecionalidad administrativa.
C) La configuración por el legislador de poderes arbitrarios o exentos del control judicial
04. ACTOS QUE NO CAUSAN ESTADO, ACTOS FIRMES O CONSENTIDOS Y ACTOS CONFIRMATORIOS
05. ACTOS FAVORABLES Y ACTOS DE GRAVAMEN
A) Los actos favorables
B) Los actos de gravamen
06. ACTOS EXPRESOS Y ACTOS PRESUNTOS POR SILENCIO ADMINISTRATIVO
A) La evolución de la regulación del silencio administrativo.
C) La regla general del silencio como acto presunto negativo y sus excepciones
B) La extravagante regulación del silencio en la ley 30/92, de régimen jurídico
C) de las Administraciones Públicas y del procedimiento administrativo
C) El triunfo del silencio positivo. La ley 4/1999 que modifica la ley 30/1992 y su reforma
C) por las leyes 17 y 25 de 2009 que trasponen la directiva 2006/123/CE, sobre el libre acceso
C) a las actividades de servicios y su ejercicio
07. LOS ELEMENTOS DEL ACTO ADMINISTRATIVO
08. EL TITULAR DEL ÓRGANO Y LA COMPETENCIA
09. LA CAUSA Y LOS PRESUPUESTO DE HECHO
10. LOS MÓVILES Y LA DESVIACIÓN DE PODER
11. EL CONTENIDO Y LOS ELEMENTOS ACCIDENTALES DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS
12. LOS ELEMENTOS FORMALES
A) Forma de la declaración
B) La motivación
13. NOTIFICACIÓN Y PUBLICACIÓN DE LOS ACTOS ADMINISTRATIVOS
BIBLIOGRAFÍA
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1. CONCEPTO Y CLASES
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su voluntad sobre los derechos, libertades o intereses de otros sujetos públicos o privados,
bajo el control de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa».
Se imponen ahora dos precisiones sobre los autores y los destinatarios de los actos
administrativos:
Incluir como autores de actos administrativos a los poderes públicos, y no solo a
las administraciones publicas propiamente dichas, se hace para acoger en el concep-
to, como ya se dijo en el primer capítulo del Tomo I, las resoluciones logísticas de
los órganos constitucionales —como las Cortes Generales, el Tribunal Constitucio-
nal y el Defensor del Pueblo— dictadas en la gestión patrimonial, contractual y de
personal, y que son enjuiciables por la Justicia Contencioso-Administrativa. En lo
relativo al Consejo General del Poder Judicial, son, a los mismos efectos, actos admi-
nistrativos, además de los anteriores, los relativos a los nombramientos y sanciones
a los jueces, así como las resoluciones de los órganos de gobierno de los Juzgados y
Tribunales» (art. 1.3 de la Ley de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa). En
cuando a la Administración común se entiende que los concesionarios forman parte
de la misma cuando toman decisiones sobre los derechos de los particulares como
gestores de un servicio público, por lo que aquellas entran en el concepto de acto
administrativo y son impugnables ante la Jurisdicción Contencioso-Administrativa.
En cuanto a los destinatarios de los actos administrativos las definiciones usuales
del acto administrativo sobreentienden que el destinatario de la manifestación de
voluntad de la Administración es siempre un particular o administrado, lo que, si
es históricamente cierto en un sistema centralista, no lo es tanto en nuestros días.
En efecto, en aquel sistema era inconcebible una reacción judicial contra los actos
de una Administración por otra de inferior o igual nivel, resolviéndose los enfren-
tamientos entre Administraciones Públicas por vía jerárquica o a través del sistema
de conflictos. Pero en la actualidad, y debido al fundamentalismo descentralizador
que vivimos son normales los actos de una Administración que tienen a otra por
destinataria (incluso sancionadores), como la consiguiente aplicación a esos actos
del régimen de fiscalización o impugnación contencioso-administrativo, es decir, los
conflictos interadministrativos, pleitos entre Administraciones Públicas del mismo
o diverso nivel.
Delimitado el concepto, queda por aclarar la naturaleza o la esencia del acto ad-
ministrativo. ¿Es análogo a un acto o negocio jurídico privado o, por el contrario,
se asemeja más al acto judicial por excelencia, la sentencia? Nuestra respuesta (ya
anticipada en el primer capítulo del Tomo I y en congruencia con lo que se dirá en
los capítulos que siguen y en el relativo a la Justicia administrativa) es que el acto
administrativo incorpora elementos ajenos a los actos privados y negocios jurídi-
co-privados. En particular, la exigencia de una impugnabilidad inmediata para no
convertirse en judicialmente inatacable y un elemento de coercibilidad, la ejecución
forzosa, son dos características que lo separan de los actos y negocios jurídico-pri-
vados en la misma medida que lo acercan a las sentencias judiciales de los Jueces
civiles de primera instancia. Calificar el acto administrativo como acto cuasi-judicial
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es, pues, una calificación acorde, tanto con sus potencialidades intrínsecas como en
razón del lugar de su nacimiento conceptual —el proceso contencioso-administra-
tivo— tradicionalmente revisor de resoluciones administrativas en que el órgano
jurisdiccional asume, en primera instancia, la posición jurídico-procesal del Juez
de apelación civil. Asimismo esta concepción cuasi-judicial del acto administrativo
pone de relieve, a diferencia de los actos privados, el dato fundamental de que el acto
administrativo no vale nada, es nulo de pleno derecho, si no va precedido y se dicta
(como las sentencias judiciales en un proceso) en el seno de un procedimiento, el
procedimiento administrativo, que estudiaremos en posteriores capítulos.
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naturaleza de los actos de que nazcan o de la materia sobre la que versen, pertenezcan al
orden político o de gobierno, y las disposiciones de carácter general relativas a la salud e
higiene públicas, al orden público y a la defensa del territorio, sin perjuicio del derecho a
las indemnizaciones a que puedan dar lugar tales disposiciones» (art. 4 del Reglamento,
aprobado por Real Decreto de 29 de diciembre de 1890).
La Ley de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa de 1956 [art. 2.b)], inclu-
yó en el concepto de acto de gobierno o político a «las cuestiones que se suscitasen en
relación con los actos políticos del Gobierno, como son los que afecten a la defensa del
territorio nacional, relaciones internacionales, seguridad interior del Estado y mando y
organización militar, sin perjuicio de las indemnizaciones que fueren precedentes». En
la exégesis de este precepto, el Tribunal Supremo determinó —sobre todo después
de que los arts. 24 y 106 de la Constitución impusieran la plena justiciabilidad de
los poderes públicos— que, subjetivamente, los actos políticos son únicamente los
actos del Consejo de Ministros y no de otras administraciones o autoridades inferio-
res, y que, materialmente, los actos políticos se refieren a las grandes decisiones que
afectan al conjunto del Estado, pero no a simples asuntos administrativos, incluso
en materias delicadas, como el orden público (sanciones) o militar (ascensos, cursos,
traslados, etc.), que son plenamente recurribles; también excluyó del concepto a los
reglamentos aprobados por el Gobierno y que la anterior jurisprudencia había con-
siderado como concreciones o expresiones de una determinada política para afirmar
su irrecurribilidad.
Según esta jurisprudencia no quedaba, pues, más espacio para el acto político que aquel
que era expresión de la función gubernamental propiamente dicha; es decir, los referidos a las
relaciones internacionales y a los de relación con otros poderes públicos (acuerdo, por ejemplo,
de remisión a las Cortes para su tramitación de un Proyecto de Ley). También calificó como acto
político exento del control judicial un acuerdo tácito del Consejo de Ministros desestimatorio
de la pretensión de que procediese, de conformidad al art. 100.1 de la Ley de Arrendamientos
Urbanos, a la adaptación bianual de rentas (Sentencia de 6 de noviembre de 1986); y, en fin, ha
considerado acto político el del Consejo de Gobierno de la Junta de Castilla y León que fijaba la
capitalidad de esta, y que el Tribunal Supremo calificó de «acto político incuestionable, de alta po-
lítica, no un simple acto provocado por un móvil político, lo que es completamente distinto, sino
de un acto político por su naturaleza intrínseca» (Sentencia de 30 de julio de 1987). Posteriormen-
te el Tribunal Supremo admitió la justiciabilidad parcial de los actos políticos o de gobierno, los
«juridificados» o «administrativizados», afirmando que el acto político es susceptible de control
judicial cuando contenga «elementos reglados establecidos por el ordenamiento» o cuando el
legislador haya definido mediante conceptos jurídicos asequibles los límites o requisitos previos
a que deban ajustarse dichos actos, o finalmente cuando el acto esté sometido a un régimen de
reglamentación administrativa (Sentencia de 22 de enero de 1993).
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enterrar el concepto mismo de acto político, «ya sea —dice la Exposición de Motivos
de la Ley— delimitando genéricamente un ámbito en la actuación del Poder Ejecutivo
regido solo por el Derecho constitucional, y exento del control de la Jurisdicción Conten-
cioso-Administrativa, ya sea estableciendo una lista de supuestos excluidos del control
judicial porque resultan inadmisibles en un Estado de Derecho». Sin embargo, no lo
elimina del todo, más bien lo presupone, al admitir que sobre determinados actos
del Gobierno y de los Consejos de Gobierno de las Comunidades Autónomas, por
muy políticos que sean, por muy amplia que sea la discrecionalidad gubernamen-
tal, el control jurisdiccional siempre será posible: «sobre los derechos fundamentales,
los elementos reglados del acto y la determinación de las indemnizaciones procedentes»
[art. 2.a)]. En definitiva, esta última regulación sobreentiende que, de una parte,
sigue existiendo el acto político puro, es decir, el que no afecta a derechos fundamen-
tales ni debe adecuarse a elementos reglados ni da origen a responsabilidad patrimo-
nial del Estado; pero al tiempo reconoce la existencia del acto cuasi-político, aquel
que, conforme a la legislación, está limitado por cualesquiera de estas circunstancias
que sí son enjuiciables por la Jurisdicción Contencioso-Administrativa.
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consideraban irrecurribles y, por ello, asimilables prácticamente a los actos discrecionales, «las
declaraciones de la Administración sobre su competencia o incompetencia para el conocimiento de
un asunto y las correcciones disciplinarias impuestas a los funcionarios públicos, civiles y militares,
excepto las que implicasen separación del cargo de empleados inamovibles».
Por el contrario, la Ley de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa de 1956 no reconoció a
estas materias el carácter de plenamente discrecionales ni plenamente infiscalizables. «La razón
estriba —como decía la Exposición de Motivos de la Ley— en que, como la misma jurisprudencia
ha proclamado, la discrecionalidad no puede referirse a la totalidad de los elementos de un acto, a
un acto en bloque, ni tiene su origen en la inexistencia de normas aplicables al supuesto de hecho,
ni es un prius respecto de la cuestión de fondo de la legitimidad o ilegitimidad del acto. La discrecio-
nalidad, por el contrario, ha de referirse siempre a alguno o algunos de los elementos del acto, con lo
que es evidente la admisibilidad de la impugnación jurisdiccional en cuanto a los demás elementos;
la determinación de su existencia está vinculada al examen de la cuestión de fondo». Sin embargo, a
pesar de este progreso, el art. 40 de la misma Ley no admitía recurso contencioso administrativo
contra las resoluciones dictadas en materia de policía sobre la radio y las referidas a ascensos y
recompensas de militares.
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la Administración tal margen de libertad, esta se libera de adecuar sus actos a prin-
cipios constitucionales tales como el del mérito y la capacidad o de objetividad, exo-
nerándola de la carga de motivación. Así viene ocurriendo en materia, por ejemplo,
de asignación de puestos funcionariales en la Función Pública (libre designación) o
en materia de ascensos militares al generalato y, en general, en todas aquellas mate-
rias en que, insistimos, las leyes atribuyen a la Administración una facultad, no ya
discrecional («podrá»), sino algo mas allá, de «libre decisión».
El Tribunal Supremo, reconociendo esa realidad normativa, ha definido la potes-
tad discrecional como «la capacidad de opción, sin posibilidad de control jurisdiccio-
nal, entre varias soluciones, todas ellas igualmente válidas por permitidas por la Ley», o
también como «la concesión de posibilidades de actuación, cuyo desarrollo efectivo es
potestativo y queda enteramente en manos de la Administración» (Sentencias de 15 de
junio de 1977, 27 de junio de 1979, 15 de octubre de 1983 y 15 de junio de 1984);
otras veces ha aludido a la «libertad de apreciación del interés general en cada caso con-
creto» (Sentencias de 16 de julio de 1982 y 12 de junio de 1985), declarando que es
mayor en el ejercicio de potestades reglamentarias organizativas y de planeamiento
que cuando se trata de la simple aplicación de normas preestablecidas (Sentencias de
24 de noviembre de 1981 y 6 de noviembre de 1984). En cualquier caso, se cuida
de advertir que la libertad de apreciación no es absoluta, sino que exige un proceso de
razonamiento, un proceso intelectivo, y que nunca la discrecionalidad equivale a arbi-
trariedad (Sentencias de 15 de junio y 13 de julio de 1984 y 10 de abril de 1987).
Especial problemática ofrece el equívoco concreto de la «discrecionalidad téc-
nica». Con él se alude a la especial complejidad de determinados asuntos cuya re-
solución y entendimiento requiere de especiales conocimientos y saberes científicos
o técnicos que se suponen en el ámbito de profesionales de la Administración y
que resultan totalmente ajenos a la formación jurídica de los jueces. Aunque estos
pueden apoyarse en pruebas periciales para comprenderlos y enjuiciar lo acertado
o desacertado de la decisión administrativa, ante la complejidad de esas pruebas
periciales y el esfuerzo que supone su comprensión, los jueces de lo contencioso
administrativo han optado por refugiarse en el falso concepto de la discrecionalidad
técnica para evitar su enjuiciamiento. Lo mismo ocurre con los recursos en que se
impugnan actos resolutorios de concursos y oposiciones para puestos de servidores
públicos, a veces con participación de miles de aspirantes. La dificultad técnica de
la valoración en el proceso de los méritos de los recurrentes frente a otros benefi-
ciados de las plazas —lo que, incluso, obligaría a la repetición de las pruebas de la
oposición ante los propios tribunales—, así como las dificultades de la ejecución de
eventuales sentencias estimatorias, varios años después de la asignación de destinos,
permiten comprender la habitual denegación de justicia en el ámbito del principio
de merito y capacidad. Lo que no es admisible es que en unos y otros tal denegación
se eleve a regla general y se ampare en el concepto de discrecionalidad, que no exis-
te, pues se trata, pura y simplemente, de imposibilidad o extraordinaria dificultad
probatoria.
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Al margen de esta polémica, hay que insistir que con el pleno control judicial
de las Administraciones Públicas se está poniendo en riesgo en mayor medida que a
través de una concepción pro-amministrazione de la discrecionalidad, por otras vías.
Nos referimos a la huida de los Entes públicos al Derecho privado, o mediante el en-
cubrimiento de actos administrativos con leyes singulares, o mediante la atribución
a la Administración de poderes, no ya discrecionales, sino «libres» o «arbitrarios»,
pues se presume que cuando el legislador atribuye a la Administración un margen de
«libre decisión», esta se libera de adecuar sus actos a principios constitucionales tales
como el del mérito y la capacidad o de objetividad, exonerándola de la carga de mo-
tivación, como viene ocurriendo en materia de adjudicación de contratos (amplian-
do los supuestos de conciertos directos o facilitando las adjudicaciones restringidas),
o en la asignación de puestos funcionariales en la función pública (libre designación)
o en materia de ascensos militares al generalato y, en general, en todas aquellas ma-
terias en que, insistimos, las leyes atribuyen a la Administración una facultad, no ya
discrecional («podrá»), sino de «libre decisión», concepto mágico ante el que el Juez
contencioso-administrativo se rinde de ordinario, renunciando a controlar cualquier
aspecto de la decisión que se toma al amparo de aquellas normas. De esta forma,
se configuran por el legislador estatal y autonómico una serie de materias exentas
del control judicial, lo que es una reinvención, una vuelta al art. 40 de la Ley de la
Jurisdicción Contencioso-Administrativa, definiéndose espacios no recurribles, que
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Desde el punto de vista procesal, y a los efectos de su exclusión del control judicial,
es de interés la distinción entre actos que no causan estado, actos firmes o consenti-
dos y actos confirmatorios.
Actos que no causan estado son aquellos que no expresan de manera definitiva
la voluntad de la organización administrativa en que se producen, porque contra los
mismos puede y debe interponerse un recurso ante el superior jerárquico del órgano
que los dictó o ante otro órgano, antes de acudir a la vía judicial. Este concepto se
infiere, negativamente, de los supuestos en que la ley considera que un acto ha «ago-
tado la vía gubernativa».
Pues bien, según la Ley 39/2015, de 1 de octubre, del Procedimiento Adminis-
trativo Común de las Administraciones Públicas ponen fin a la vía administrativa y,
por consiguiente, causan estado y pueden ser judicialmente impugnados: a) las reso-
luciones de los recursos de alzada; b) las resoluciones dictadas en otros procedimien-
tos de impugnación, reclamación, conciliación, mediación y arbitraje, ante órganos
colegiados o Comisiones específicas no sometidas a instrucciones jerárquicas que
hayan sustituido al recurso de alzada; c) las resoluciones de los órganos administra-
tivos que carezcan de superior jerárquico, salvo que una ley establezca lo contrario;
d) los acuerdos, pactos, convenios o contratos que tengan la consideración de finali-
zadores del procedimiento; e) la resolución administrativa de los procedimientos de
responsabilidad patrimonial, cualquiera que fuese el tipo relación, pública o privada,
de que derive; f ) La resolución de los procedimientos complementarios en materia
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sancionadora a los que se refiere el artículo 90.4; g) Las demás resoluciones de órga-
nos administrativos cuando una disposición legal o reglamentaria así lo establezca.
Además de los supuestos anteriores, en el ámbito estatal ponen fin a la vía ad-
ministrativa los actos y resoluciones siguientes: a) Los actos administrativos de los
miembros y órganos del Gobierno. b) Los emanados de los Ministros y los Secreta-
rios de Estado en el ejercicio de las competencias que tienen atribuidas los órganos
de los que son titulares. c) Los emanados de los órganos directivos con nivel de
Director general o superior, en relación con las competencias que tengan atribuidas
en materia de personal. d) En los Organismos públicos y entidades derecho público
vinculados o dependientes de la Administración General del Estado, los emanados
de los máximos órganos de dirección unipersonales o colegiados, de acuerdo con lo
que establezcan sus estatutos, salvo que por ley se establezca otra cosa (artículo 114).
A pesar de la variedad de supuestos que la Ley contempla, el medio normal de
conseguir la recurribilidad de un acto que no causa estado es agotar la vía administra-
tiva, interponiendo contra el mismo el correspondiente recurso de alzada. Ahora bien,
cuando se dan varios escalones en la jerarquía se plantea la cuestión de si es preciso
interponer cuantos recursos fueren necesarios para llegar a la cúspide de aquella o si
basta con uno solo, como sancionó la Ley de 2 de diciembre de 1962. Esta solución
sigue vigente en la Ley 39/2015, de 1 de octubre, del Procedimiento Administrativo
Común de las Administraciones Públicas, según la cual ponen fin a la vía administrati-
va «las resoluciones de los recursos de alzada». Basta, pues, con interponer un solo recurso
de alzada para agotar la vía administrativa, para que el acto cause estado. Para mayores
precisiones sobre cuándo se agota la vía administrativa en las diversas administraciones
nos remitimos a lo que se dirá a propósito del recurso de alzada en el Capítulo XV.
Los llamados actos consentidos son actos que, al margen de que hayan o no
causado estado, se consideran manifestaciones indiscutibles de la voluntad de un
órgano administrativo porque su recurribilidad resulta vetada por el transcurso de
los plazos establecidos para su impugnación sin que la persona legitimada para ello
haya interpuesto el correspondiente recurso administrativo o jurisdiccional. A ellos
se refiere, juntamente con los reproductorios y los confirmatorios, el art. 28 de la Ley
de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa, al decir que no se admitirá el recurso
contencioso-administrativo contra «los actos que sean reproducción de otros anteriores
que sean definitivos y firmes y los confirmatorios de acuerdos consentidos por no haber
sido recurridos en tiempo y forma». En el ajuste del concepto el Tribunal Supremo
exige, en primer lugar, que el acto sea declaratorio de derechos (Sentencia de 15
de febrero de 1977), en segundo lugar, que el interesado haya prestado su consen-
timiento, bien, como es el caso más frecuente, a través de un tácito aquietamiento
procedimental o procesal por no recurrirlo en tiempo, bien por haberlo recurrido
a través de un medio de impugnación improcedente o inadecuado (Sentencia de
6 de abril de 1981), bien, en último lugar, por haber procedido a su cumplimiento
voluntario evidenciando una aquiescencia a su contenido (Sentencias de 21 de mar-
zo de 1979, 19 de mayo de 1981 y 25 de abril de 1984).
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Actos favorables o declarativos de derechos son, como se ha dicho, los que am-
plían la esfera jurídica de los particulares. Son actos fáciles de dictar pero difíciles de
anular o revocar. Por ello no necesitan motivación respecto de sus destinatarios ni,
en principio, apoyarse en normas con rango de ley. Excepcionalmente pueden ser re-
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troactivos. Sin embargo, no pueden ser revocados sino a través de los procedimientos
formalizados de revisión de oficio previstos en la Ley 39/2015, de 1 de octubre, del
Procedimiento Administrativo Común de las Administraciones Públicas. Entre los
actos administrativos que amplían la esfera jurídica de los particulares se incluyen
las admisiones, las concesiones, las autorizaciones, las aprobaciones y las dispensas.
1. Las admisiones. Son actos cuyo efecto es la inclusión del sujeto en una institución u orga-
nización, o en una categoría de personas, para hacerlo participar de algunos derechos o ventajas
o del disfrute de determinados servicios administrativos. Dentro de las admisiones se incluyen
claramente los actos por los que se declara la incorporación de un profesional a un Colegio, o se
admite a una persona en un servicio público (por ejemplo, la admisión en la Universidad, en un
instituto de beneficencia, etcétera).
2. Las concesiones. Son resoluciones por las que una Administración transfiere a otros sujetos
un derecho o un poder propio; y aquellas que, sobre la base de un derecho o poder propios, que
quedan de esta forma limitados, constituyen un nuevo derecho o poder en favor de otros. En las
concesiones se distingue, no sin dificultad, entre las llamadas traslativas (como es, por ejemplo, la
concesión de un servicio público en el que el concesionario se subroga exactamente en la misma
posición que tendría la Administración, caso de que gestionase directamente el servicio) de las lla-
madas concesiones constitutivas. En esta categoría se incluirían las de uso excepcional o privativo
del dominio público (concesión de un quiosco sobre un bien de uso público, concesión de aguas,
de minas, etc.), en las que, aun derivando el derecho del particular de la propiedad pública de la
Administración concedente, tiene naturaleza diversa de la que corresponde a la Administración.
3. Las autorizaciones. Son actos por los que la Administración confiere al administrado la
facultad de ejercitar un poder o derecho, que preexiste a la autorización en estado potencial. A
diferencia de lo que acontece con la concesión, el derecho o la facultad no lo crea, constituye o
traslada la autorización, sino que está previamente en el patrimonio o en el ámbito de libertad de
particular, pero su ejercicio solo es lícito después de que la Administración constata la existencia
y límites del derecho o de la libertad, o de que no existen motivos contrarios a su plena efectivi-
dad. La autorización es de uso frecuente en la llamada policía de seguridad (industrias peligrosas,
permisos de armas, pasaportes) o en materia urbanística (licencias de obras) y, en general, como
técnica preventiva.
4. Las aprobaciones. Son actos por los cuales la Administración presta eficacia o exigibilidad
a otros actos ya perfeccionados y válidos. Esta técnica actúa, pues, en el campo de los controles
administrativos y, a diferencia de la autorización —que puede recaer sobre una actividad mate-
rial o un acto jurídico—, la aprobación siempre está referida a un acto jurídico. El control que la
aprobación cumple puede tener por objeto verificar la conveniencia u oportunidad del acto con-
trolado o simplemente su legitimidad o conformidad con el ordenamiento jurídico. Se discute,
no obstante, si, más que un acto de control, la aprobación no es sino el final de un acto complejo,
que deriva de la fusión de la voluntad manifestada en el acto aprobado con el acto de aprobación.
Esta tesis tendría un cierto apoyo en el art. 21.2 de la Ley de la Jurisdicción Contencioso-Adminis-
trativa, que, a efectos impugnativos, considera que no existe más que un acto, el controlado, si la
aprobación es positiva, o la desaprobación si, por el contrario, el resultado es negativo.
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5. Las dispensas. Son actos por los que la Administración exonera a un administrado o a otra
Administración del cumplimiento de un deber ya existente. La dispensa solo puede tener lugar
cuando está prevista en la ley, ya que se opone a la misma el principio de igualdad. También es un
obstáculo a la admisión de dispensas la regla de la inderogabilidad singular de los reglamentos u
otras prohibiciones legales expresas de dispensas.
Actos de gravamen o restrictivos son aquellos que limitan la libertad o los dere-
chos de los administrados o bien les imponen sanciones. Por ello, el ordenamiento
exige para su emisión determinadas garantías en favor de los beneficiados, siendo
inexcusable el trámite de audiencia del interesado y la motivación, sin que en nin-
gún caso pueda reconocérseles efecto retroactivo. En lo que atañe a su revocación, la
regla es no oponer a la misma exigencias procedimentales, pero sí un límite material,
como dice la Ley 39/2015, de 1 de octubre, del Procedimiento Administrativo Co-
mún de las Administraciones Públicas: «Que la revocación no constituya dispensa o
exención no permitida por las leyes, o sea contraria al principio de igualdad, al interés
público o al ordenamiento jurídico». Entre los actos restrictivos se comprenden las
órdenes, los actos traslativos de derechos —de los que constituye el mejor ejemplo la
expropiación forzosa—, los actos extintivos y, por último, los sancionadores.
1. Las órdenes. Son actos por los que la Administración impone a un sujeto un deber de con-
ducta positivo o negativo de cuyo incumplimiento puede derivarse, sin perjuicio de su ejecución
por la propia Administración, una sanción penal o administrativa al obligado. La orden presupone
una potestad de supremacía general, como la que ostentan las Administraciones territoriales (Es-
tado, Comunidad Autónoma, Municipio) sobre todos los ciudadanos que residen en un determi-
nado territorio, o bien especial sobre algunas clases de ellos (funcionarios, concesionarios, usua-
rios de servicios públicos, etc.), dentro de una relación jurídica especial entre la Administración y
el destinatario de la orden.
2. Los actos traslativos de derechos. Son aquellos cuyo efecto es transferir la propiedad o
alguna de sus facultades a una Administración o a un tercero. Entre ellos destacan las expropiacio-
nes, dado el amplio concepto que de la misma tiene nuestra legislación, como se verá al estudiar
el capítulo correspondiente.
3. Los actos extintivos. Son aquellos cuyo efecto es extinguir un derecho o una relación jurí-
dica, bien actuando directamente sobre estos o sobre el acto origen del derecho o de la relación.
Entre los que actúan directamente pueden incluirse la confiscación, que se produce sobre objetos
ilícitos o peligrosos (drogas, armas prohibidas, destrucción de cosas o de animales que entrañan
un peligro para la seguridad o la salubridad pública) y que, a diferencia de la expropiación, no
suponen un derecho a la indemnización; la caducidad o decadencia de derechos que se origina
como sanción de un comportamiento contrario a la finalidad por la que se otorgó el derecho (por
ejemplo, en materia de concesiones de dominio público, por la no utilización o explotación de
los bienes concedidos). La extinción de un derecho se produce en otros supuestos a través de la
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anulación del acto que lo creó, es decir, eliminando el acto con efecto retroactivo al momento en
que nació (ex tunc), o bien mediante la revocación del acto creador, pero extinguiendo sus efectos
solo a partir del momento en que se dicta el acto extintivo (ex nunc).
4. Los actos sancionadores. Son aquellos por los que la Administración impone una sanción
como consecuencia de la infracción a lo dispuesto en una norma o en un acto administrativo. A
este tipo de actos se dedicará el capítulo sobre la actividad sancionadora de la Administración.
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permitía que el administrado pudiera acceder a las subsiguientes vías de recurso ad-
ministrativo y judicial: si no existe acto, se inventaba uno, desestimatorio de la pre-
tensión o del recurso, para permitir el enjuiciamiento de la actividad administrativa
que se oculta tras el silencio. De esta manera, se cumplía también con la regla de que
el proceso contencioso es un proceso a un acto de la Administración. Lógicamente,
la desestimación debía entenderse producida una vez que ha transcurrido un plazo
prudencial sin contestación.
De acuerdo con esta lógica, la primera regulación del silencio administrativo (Es-
tatutos Municipal y Provincial de Calvo Sotelo de 1924 y 1925, a imitación de la Ley
francesa de 17 de julio de 1900) configuró el silencio como un acto desestimatorio.
También el art. 94 de la Ley de Procedimiento Administrativo de 1958 prescribió
que, cuando se formulare alguna petición ante la Administración y esta no notificase
su decisión en el plazo de tres meses, el interesado podía denunciar la demora o re-
traso en la resolución y, transcurridos tres meses desde la denuncia, debía considerar
desestimada su petición, al efecto de deducir frente a esta denegación presunta el
correspondiente recurso administrativo o jurisdiccional, según procediera. También
podía esperar la resolución expresa de su petición. En vía de recurso se reconoció
igual facultad de opción al interesado sin necesidad de denunciar la mora (dies in-
terpelat pro homine), entendiéndose entonces producida la desestimación presunta
por el mero transcurso del plazo fijado para resolverlo (tres meses para el recurso de
alzada y de un mes para el recurso de reposición).
Como excepción a la regla general del silencio como desestimación, la misma Ley
de Procedimiento Administrativo de 1958 reconoció al silencio carácter positivo o
estimatorio en las relaciones interorgánicas o interadministrativas en los supuestos
de autorizaciones y aprobaciones que debían acordarse en el ejercicio de funciones
de fiscalización y tutela de los órganos superiores sobre los inferiores. En las relacio-
nes de la Administración y los particulares el silencio solo se entendía positivo en
aquellos casos en que así lo estableciera una disposición expresa (art. 95).
Así ocurría, en la legislación de la época, por el transcurso del plazo de seis meses sin res-
puesta por la autoridad superior para que se entendiera producida la aprobación definitiva de los
planes de urbanismo. Otra admisión del silencio positivo se recogió del Reglamento de Servicios
de las Corporaciones Locales de 1955, que estableció el plazo de un mes para el otorgamiento de
licencias de actividades personales, parcelaciones con arreglo a plan urbanístico y obras indus-
triales menores, y de dos meses para las de nueva construcción o reforma de edificios e industrias,
apertura de mataderos, mercados particulares y, en general, grandes establecimientos (art. 9).
Transcurridos estos plazos, las licencias se entienden otorgadas si el particular denuncia la mora
ante la Comisión Provincial de Urbanismo (o a la de Servicios antes de su supresión por el Real
Decreto 2682/1978) y, a su vez, si estas Comisiones no notificaban al peticionario un acuerdo
expreso en el plazo de un mes a partir de la denuncia. Otra norma ampliadora de los supuestos
de silencio positivo fue el Real Decreto 1/1986, de 14 de marzo, de medidas urgentes administra-
tivas, financieras, fiscales y laborales, que extendió a las licencias y autorizaciones de instalación o
42
La técnica del silencio positivo supone un riesgo evidente al posibilitar sin el de-
bido control el otorgamiento de autorizaciones o licencias u otros derechos contra-
rios a los intereses generales o de terceros afectados, que ni se enteran de la presunta
resolución y que, como actos declaratorios de derechos, no pueden ser revocados a
posteriori sin seguir los complejos procedimientos establecidos. Téngase en cuen-
ta, además, que la técnica del silencio positivo deja en manos de los instructores
de los procedimientos, y de su desidia, guardando los expedientes sine die en un
cajón, la posibilidad de «vampirizar» la competencia resolutoria del órgano al que
corresponde la resolución expresa, sustituyendo una posible resolución desestima-
toria en estimatoria. Por todo ello el Tribunal Supremo aceptó la revocación directa
sin sujeción a los trámites de revocación de los actos declarativos de derechos de las
licencias y autorizaciones ganadas por silencio cuando su otorgamiento implicara
nulidad de pleno derecho, bien por concurrir vicios esenciales de tramitación, bien
porque el ordenamiento calificara el efecto o resultado de lo otorgado por silencio
como nulo de pleno derecho, o cuando lo ganado por silencio fuera ostensible y
manifiestamente ilegal, como ocurría con las licencias urbanísticas de construcción
sobre zonas verdes (Sentencias de 4 de febrero de 1977, 24 de octubre de 1978, 24
de diciembre de 1979 y 22 de octubre de 1981). Más restrictivamente aún, la legis-
lación urbanística limitó los efectos de las licencias ganadas por silencio positivo a
los que son conformes con el ordenamiento jurídico, de tal manera que en aquellos
extremos que las peticiones o proyectos extravasaren la norma o el plan por los que
deben regirse, el silencio de la Administración no comporta asentimiento ni, por
ende, se entiende producido la licencia o autorización («en ningún caso se entenderán
adquiridas por silencio administrativo facultades en contra de las prescripciones de esta
Ley, de los planes, proyectos, programas y, en su caso, de las normas complementarias y
subsidiarias del planeamiento»).
43
fue denominada en la discusión parlamentaria, una nueva regulación del silencio ad-
ministrativo. Una regulación sobre la que giró el marketing político de la nueva nor-
mativa, que según decían sus autores, permitiría acabar para siempre con la nefanda
práctica del silencio administrativo, regulación, sin embargo, que la doctrina calificó
muy negativamente incluso de «un desastre sin paliativos» (Santamaría Pastor).
Ciertamente, la regulación del silencio administrativo de la Ley 30/1992 (feliz-
mente modificada por la Ley 4/1999), frente a la modestia de la regulación de la
Ley de Procedimiento Administrativo de 1958 —que, como vimos, no pretendía
por regla general otra cosa que configurar un acto presunto negativo para permitir el
acceso al recurso administrativo y al proceso judicial cuando la Administración no
respondía al solicitante en unos determinados plazos—, pretendió acabar con la in-
actividad formal de la Administración con remedios procedimentales y de represalia
sobre los funcionarios; únicamente sobre los funcionarios, no sobre la clase política
(Gobierno, Ministros, Directores Generales, Consejeros y autoridades autonómicas,
Alcaldes, Concejales, etc.), que es la que ordinariamente tiene la competencia y la
responsabilidad (directa o por culpa in vigilando) para resolver en plazo legal los
procedimientos en tramitación.
Para ello reiteró la obligación de resolver los procedimientos en forma expresa,
aunque en menor plazo —tres meses—, cuyo transcurso sin resolución habría de
provocar la responsabilidad disciplinaria de los funcionarios y la remoción del puesto
de trabajo. Vencido el plazo o su excepcional prórroga, que tampoco podía exceder
de otros tres meses, el silencio tenía carácter positivo o negativo en unas u otras ma-
terias según hubiera determinado previamente cada Administración Pública o, en
defecto de esa determinación, según la distribución de materias que la propia Ley es-
tablecía. Pero el proceso no paraba aquí, pues, para acreditar el silencio, era necesario
que el interesado volviera de nuevo al órgano silente y obtuviera de él un certificado
de que ese silencio se había producido, certificado en el que debían constar los efec-
tos que de ello se derivaban, conminando de nuevo al funcionario a su expedición,
bajo amenaza de incurrir en infracción disciplinaria grave. Conseguido ese certifi-
cado del acto presunto o acreditado que había sido solicitado, se podía acceder a los
recursos administrativos o judiciales o ejercitar el derecho si se trataba de un acto
presunto positivo; pero este beneficioso efecto no estaba garantizado, pues, después
de tanto calvario burocrático, el acto presunto positivo, incluso certificado, podía ser
desconocido por la Administración, alegando que era nulo de pleno derecho, porque
no se daban en él las condiciones esenciales para la correspondiente adquisición de
derechos o facultades que en él se reconocen [art. 62.1.f )]. ¡Y vuelta a empezar!
La presión para que los funcionarios resolvieran en plazo, aun negativamente, desestima-
toriamente, las pretensiones de los administrados, se hacía más fuerte si consideramos que en
aquellos procedimientos en los que el funcionario hubiera preferido no resolver, a resolver preci-
pitadamente o sobre un expediente incompleto, debía luego certificar su propia falta mediante
el certificado de acto presunto (art. 44). Y es que cumplir con ese deber de certificar la propia falta
44
de retraso suponía reconocerse culpable del retraso, autoinculparse, para que se le sancionase y
privase de su puesto de trabajo; por ello, la constitucionalidad de la obligación de expedir este
certificado, cuando se trataba de funcionarios, podría haber sido cuestionada desde el derecho
a no confesarse culpable que garantiza el art. 24 de la Constitución. En cualquier caso, toda esta
presión sobre los funcionarios solo podía tener sentido —insistimos— si en manos de estos estu-
viera la potestad de resolver los expedientes, como la justicia está en manos de los Jueces. Pero
no es así, porque los funcionarios solo instruyen los procedimientos y el ordenamiento jurídico
atribuye, ordinariamente, la potestad de resolverlos a los titulares de los órganos, es decir, las au-
toridades o clase política (Alcaldes y Concejales, Directores Generales y Consejeros autonómicos,
Secretarios de Estado, Ministros y Gobierno de la Nación y de las Comunidades Autónomas, Rec-
tores de Universidad, etc.). Pero a estas autoridades, por no ser funcionarios en sentido técnico, no
les alcanzaba ninguna responsabilidad disciplinaria, ni siquiera la remoción del puesto de trabajo.
Al final, pues, se descubría con sorpresa que toda esa amenazante regulación, además de injusta,
no servía para nada.
Aceptando sustancialmente las críticas anteriores sobre los aspectos más grotescos
de la regulación de la Ley 30/1992, sobre todo en lo que afecta al papel central de
certificado presunto, la Ley 4/1999 introdujo una nueva regulación del silencio y de
los actos presuntos que parte, como las anteriores regulaciones, de la obligación de la
Administración de resolver de forma expresa (art. 42.1) y de una generosa admisión
de los supuestos de silencio positivo que pasa a ser la regla general en los procedimien-
tos iniciados a instancia del interesado, es decir, estimatorio de la pretensión, salvo
norma expresa contraria.
El triunfo del silencio positivo trae causa de la política liberalizadora de la Unión Europea limi-
tadora al máximo de controles a la iniciativa particular que ha llevado, por una parte, a sustituir la
técnica de las autorizaciones previas por las más inocuas de la simple notificación o declaración
responsable de la actividad que se pretende ejercitar y, de otra, a facilitar la autorización misma
ampliando los supuestos de su concesión por silencio administrativo. Esta política se plasma en la
Directiva y leyes citadas en el epígrafe. Los regímenes de autorización son uno de los trámites más
comúnmente aplicados a los prestadores de servicios, constituyendo una restricción a la libertad de
establecimiento. Una filosofía que recoge la Exposición de Motivos de la Ley 17/2009 de 23 de no-
viembre, sobre el libre acceso a las actividades de servicios y su ejercicio, en los siguientes términos:
«La Ley establece un principio general según el cual el acceso a una actividad de servicios y su ejercicio
no estarán sujetos a un régimen de autorización. Únicamente podrán mantenerse regímenes de auto-
rización previa cuando no sean discriminatorios, estén justificados por una razón imperiosa de interés
general y sean proporcionados. En particular, se considerará que no está justificada una autorización
45
cuando sea suficiente una comunicación o una declaración responsable del prestador, para facilitar,
si es necesario, el control de la actividad. Los procedimientos y trámites para la obtención de las auto-
rizaciones deberán ser claros y darse a conocer con antelación. Se aplicará el silencio administrativo
positivo a estos procedimientos salvo en los casos en los que esté debidamente justificado por una
razón imperiosa de interés general».
Fruto de esta nueva concepción fue la regulación del silencio en la Ley 25/2009
que dio una nueva redacción al art. 43 de la Ley de Régimen Jurídico de las Admi-
nistraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común en procedimientos
iniciados a solicitud del interesado. Sustancialmente esta es la regulación que se acoge
ahora en la nueva Ley 39/2015, de 1 de octubre, del Procedimiento Administrativo
Común de las Administraciones Públicas (artículos 24 y 25):
En los procedimientos iniciados a solicitud del interesado, sin perjuicio de la
resolución que la Administración debe dictar de forma expresa, el vencimiento del
plazo máximo sin haberse notificado resolución expresa legitima al interesado o inte-
resados para entenderla estimada por silencio administrativo, excepto en los supues-
tos en los que una norma con rango de ley o una norma de Derecho de la Unión
Europea o de Derecho internacional aplicable en España establezcan lo contrario.
La estimación por silencio administrativo tiene a todos los efectos la considera-
ción de acto administrativo finalizador del procedimiento.
Por el contrario, el silencio tendrá efecto desestimatorio en los procedimientos
relativos al ejercicio del derecho de petición, a que se refiere el artículo 29 de la Cons-
titución, en aquellos cuya estimación tuviera como consecuencia que se transfirieran
al solicitante o a terceros facultades relativas al dominio público o al servicio público,
impliquen el ejercicio de actividades que puedan dañar el medio ambiente y en los
procedimientos de responsabilidad patrimonial de las Administraciones Públicas.
El sentido del silencio también será desestimatorio en los procedimientos de im-
pugnación de actos y disposiciones y en los de revisión de oficio iniciados a solicitud
de los interesados. No obstante, cuando el recurso de alzada se haya interpuesto con-
tra la desestimación por silencio administrativo de una solicitud por el transcurso del
plazo, se entenderá estimado el mismo si, llegado el plazo de resolución, el órgano
administrativo competente no dictase y notificase resolución expresa, siempre que
no se refiera a las materias enumeradas en el párrafo anterior de este apartado.
La desestimación por silencio administrativo tiene los solos efectos de permitir a
los interesados la interposición del recurso administrativo o contencioso-administra-
tivo que resulte procedente, salvo que el acto devengue consentido y firme.
¿Qué ocurre cuando habiéndose ya producido silencio positivo o negativo la ad-
ministración cumple con su obligación de dictar una resolución expresa? La solución
que la Ley 39/2015, de 1 de octubre, de Procedimiento Administrativo Común
de las Administraciones Públicas es la siguiente: a) En los casos de estimación por
silencio administrativo, la resolución expresa posterior a la producción del acto solo
podrá dictarse de ser confirmatoria del mismo. b) En los casos de desestimación por
46
47
que se plantea al Juez lo es siempre bajo esta forma: ¿existe el vicio jurídico, la ilega-
lidad alegada por el recurrente?
Por el contrario, en la doctrina clásica italiana (Zanobini, Ranelletti) la cues-
tión de los elementos del acto administrativo se aborda utilizando los conceptos de la
dogmática privatista de los actos jurídicos. Esta es también la línea que sigue mayo-
ritariamente la doctrina española, que clasifica los elementos en subjetivos, objetivos
y formales, y asimismo en esenciales (el sujeto, el objeto, la voluntad, la causa, el
contenido, la forma) y accidentales (el término, la condición y el modo).
Esta presentación no puede, sin embargo, aceptarse sin advertir que, por estar los
actos administrativos unilaterales más cerca de los actos judiciales que de los actos
privados, sus elementos y la significación judicial de los mismos guardan una mayor
analogía con aquellos. Por su similitud, en efecto, con los actos judiciales adquieren
especial relieve algunos elementos, como la causa y el fin —sobre todo este último—,
que en los actos privados resultan prácticamente irrelevantes porque la actividad y ges-
tión patrimonial de los particulares no queda invalidada por la falta de congruencia
económica o de otra índole ni, en general, por los móviles que guíen a su autor, pues a
nadie se le impide hacer conscientemente malos negocios ni actos puramente gratuitos,
como ilustra la figura de la donación, inconcebible como tal en la esfera administrativa.
Notable diferencia con la teoría de los actos privados es la importancia que en esta
tienen los elementos accidentales y, en general, el principio dispositivo (art. 1.255
del Código Civil), mientras que el acto administrativo se encuentra ceñido por un
contrario principio de tipicidad que impide desvirtuar o modalizar en exceso los
efectos propios de una categoría de actos a través de los elementos accidentales (con-
dición, término o modo).
El contraste entre los actos privados y los administrativos y la cercanía de estos a
los actos judiciales, reiteramos, se manifiesta, por último, en la importancia que
para los actos administrativos adquieren los elementos formales: la necesidad de
seguir un procedimiento, la exigencia de la escritura y la necesidad de la notificación
para que el acto adquiera eficacia. Por el contrario, como es sabido, en los actos pri-
vados no hay, por regla general, procedimiento previo, y rige el principio de libertad
de forma (art. 1.278 del Código Civil).
48
autoridad o funcionario no sea válido, bien porque este se haya anticipado o haya sido ya
cesado, porque el órgano esté ocupado fraudulentamente por un impostor, bien porque
en virtud de circunstancias excepcionales se haya hecho cargo del mismo una persona
ajena a la Administración pero que actúa en nombre de esta. Todos estos supuestos que
la doctrina califica como supuestos de funcionarios de hecho plantean la cuestión de si en
base a un purismo legal debe negarse toda validez a los actos realizados por el supuesto
titular del órgano, o, por el contrario, en aras de la seguridad y apariencia jurídicas y de
los derechos de terceros de buena fe debe reconocerse valor a dichos actos siempre que
se adecuen al Derecho en todos los demás elementos, según estudia la teoría del órgano.
La actuación regular del titular del órgano implica asimismo su imparcialidad, es
decir, la ausencia de circunstancias que puedan provocar la parcialidad de la autori-
dad o servidor, y que la de la Ley de Régimen Jurídico del Sector Público concreta en
las llamadas causas de abstención que son las siguientes: a) Tener interés personal en
el asunto de que se trate o en otro en cuya resolución pudiera influir la de aquel; ser
administrador de sociedad o entidad interesada, o tener cuestión litigiosa pendiente
con algún interesado. b) El vínculo matrimonial o situación de hecho asimilable y
el parentesco de consanguinidad dentro del cuarto grado o de afinidad dentro del
segundo, con cualquiera de los interesados, con los administradores de entidades o
sociedades interesadas y también con los asesores, representantes legales o mandata-
rios que intervengan en el procedimiento, así como compartir despacho profesional
o estar asociado con estos para el asesoramiento, la representación o el mandato. c)
Tener amistad íntima o enemistad manifiesta con alguna de las personas menciona-
das en el apartado anterior. d) Haber tenido intervención como perito o como testigo
en el procedimiento de que se trate. e) Tener relación de servicio con persona natural
o jurídica interesada directamente en el asunto, o haberle prestado en los dos últimos
años servicios profesionales de cualquier tipo y en cualquier circunstancia o lugar.
Debe significarse que la Ley citada no vincula, indefectiblemente, la concurrencia
de motivos de abstención con la invalidez de los actos en que hayan intervenido.
Un tercer elemento a considerar es la capacidad de obrar y la ausencia de vicios
en el consentimiento del titular del órgano, objeto en el Derecho administrativo
de distinta valoración que en el Derecho privado. La diferencia radica en que la in-
capacidad del funcionario titular del órgano, por enajenación mental, por ejemplo,
o la concurrencia de determinados vicios en su voluntad, como el dolo o la violencia,
tampoco afectarían decisivamente a la validez del acto, si este, desde el punto de vista
objetivo, se produce de acuerdo con el ordenamiento jurídico (Garrido).
La infrecuencia de los vicios que afectan al titular del órgano, o su irrelevancia cuan-
do el acto se adecua al ordenamiento, lleva a considerar la competencia de que está
investido como el elemento fundamental. Esta se define como la aptitud que se con-
fiere a un órgano de la Administración para emanar determinados actos jurídicos en
nombre de esta.
El quantum, es decir, la extensión de las competencias a los titulares de los
órganos, se mide en función de la materia, de la jerarquía y del territorio. En función
49
Distingue la doctrina italiana entre la causa jurídica o causa inmediata de los actos ad-
ministrativos, que es la función típica de todos los actos de una determinada categoría,
50
de la causa natural, causa remota o causa finalis, que es el fin particular que el sujeto
se propone al realizar un determinado acto. Por ello, mientras la causa jurídica o
causa inmediata es la misma para un determinado tipo de actos, los motivos o causa
natural pueden ser muy diversos. Así, en la concesión la causa jurídica o inmediata
consiste en crear en favor del destinatario del acto un nuevo derecho, mientras que
el motivo o causa remota puede ser muy diverso, como la oportunidad de crear
un nuevo servicio público, de hacer más eficiente otro ya existente, utilizar de me-
jor manera los bienes del dominio público, o beneficiar a determinada persona al
margen del interés público, etc. Este planteamiento permite poner de relieve que, a
diferencia de los actos privados, en los actos administrativos negociables son siempre
relevantes no solo la causa legal o jurídica, sino también la causa natural (motivos o
móvil particular). El acto es válido cuando se realiza no solo de conformidad a un fin
típico, sino también a un fin particular lícito, porque el ordenamiento así lo acepta
(Zanobini).
Esta distinción tiene un encaje indudable en la Ley 39/2015, de 1 de octubre,
del Procedimiento Administrativo Común de las Administraciones Públicas que se
refiere a la causa jurídica, al decir que «el contenido de los actos se ajustará a lo dis-
puesto en el Ordenamiento jurídico», y, por otro, alude a la causa natural al prescribir,
además, que dicho contenido «será determinado y adecuado a los fines de aquellos»,
prohibiendo, en consecuencia, los motivos de interés privado como finalidad de los
actos administrativos.
De forma más simple, la doctrina francesa (y, entre nosotros, GARRIDO FALLA) equipara los térmi-
nos presupuestos de hecho y causa o motivo legal. Desde esta perspectiva, lo que, en definitiva,
se trata con el concepto de causa es que toda decisión administrativa encuentre su justificación,
o su censura, en una cierta situación de hecho existente en el momento en que es adoptada,
porque la norma hace de aquel presupuesto fáctico condición o requisito esencial y necesario
para el ejercicio de las competencias. Por ello, el control del Juez sobre la causa atenderá primor-
dialmente a la verificación de la exactitud de los hechos que integran el motivo o causa legal. Así,
por ejemplo, si la norma prevé que se sacrifiquen determinados animales en caso de epidemia, la
existencia de esa situación sanitaria condiciona la competencia de la Administración para ordenar
aquel sacrificio, y lo mismo cabe decir sobre los hechos que justifican una sanción administrativa,
etcétera.
El régimen jurídico de los presupuestos de hecho (motivo legal o causa) supone, según
la Jurisprudencia francesa, que la Administración tiene la obligación de explicitar ante el
Juez, cuando el acto es impugnado, los motivos de su decisión, incluso en los casos en que
formalmente no existe obligación legal de motivar. El Juez contencioso puede, a su vez,
convalidar el acto viciado si, además del motivo errónea o indebidamente invocado por
la Administración, concurre otro verdadero que sirva para justificar esa decisión, solución
recogida en la Ley del Procedimiento Administrativo Común: «los actos nulos que, sin em-
bargo, contengan los elementos constitutivos de otro distinto producirán los efectos de este»
(art. 65).
51
La desviación del poder es noción cercana al abuso del derecho que el art. 7.2 del Código Civil
define como «todo acto u omisión que por la intención de su autor, por su objeto o por las circuns-
tancias en que se realice sobrepase manifiestamente los límites normales del ejercicio de un derecho,
con daño para tercero». En ambos casos hay una utilización del poder jurídico con una finalidad
antisocial y malintencionada, en sentido diverso del querido por el legislador al atribuir la potes-
tad. Los efectos derivados de la apreciación del abuso del derecho y de la desviación de poder
son por ello en cierto modo análogos, pues el abuso del derecho «dará lugar a la correspondiente
indemnización y a la adopción de las medidas judiciales o administrativas que impidan la persistencia
en el abuso», resultado al que puede llegarse desde la estimación de un recurso fundado en la
desviación de poder.
Entre los supuestos clásicos en que la jurisprudencia del Consejo de Estado francés ha apre-
ciado la concurrencia del vicio de la desviación de poder, se citan los actos dirigidos a evitar la
ejecución de la cosa juzgada, los que comportan un fraude de ley, los inspirados por móviles
extraños a todo interés público, los dictados en favor de un tercero o de una categoría de terceros
52
y no del interés general, los que se adoptan con fines electorales, los inspirados por la pasión polí-
tica, los dirigidos a un fin público pero distinto de aquel para el que la potestad o competencia fue
atribuida (como, por ejemplo, cuando se utilizan poderes sancionadores, imposición de multas,
con fines recaudatorios) y, en último lugar, los actos dictados con marginación del procedimiento
legalmente establecido para eludir las reglas de la competencia o una determinada garantía en
favor de un particular, o para conseguir una economía de tiempo o de dinero en favor de la Ad-
ministración.
Habiendo sido la desviación de poder uno de los conceptos más celebrados del Derecho ad-
ministrativo francés, pasa en la actualidad por una de las etapas más bajas de su evolución. Ello
es debido, aparte del abuso de su invocación en toda suerte de recursos, por dos circunstancias:
primero, porque el Consejo de Estado considera ahora la desviación de poder como un remedio
subsidiario de los vicios de invalidez y anula por inexactitud de los motivos legales o presupues-
tos de hecho lo que antes invalidaba por desviación de poder; y segundo, porque ha dejado de
considerar la concurrencia de este vicio en los casos en que la Administración utiliza los poderes
de policía con desviadas finalidades económicas cuando se trata de defender la posición de los
concesionarios de la concurrencia de terceros, evitando así la aplicación de la cláusula de la ga-
rantía del equilibrio financiero y las correspondientes contrapartidas a cargo de la Administración
(indemnizaciones, subidas de tarifas, etc.).
En España, por el contrario, la desviación de poder no solamente ha sido un vicio cuya in-
vestigación fue estimulada por el legislador, al considerar susceptibles de apelación todas las
sentencias dictadas en los procesos en los cuales ha sido invocada como causa invalidatoria del
acto en primera instancia [art. 94.2.a) de la Ley de la Jurisdicción Contencioso-Administrativa de
1956], sino que, además, como ha observado CHINCHILLA, se ha producido un renacimiento juris-
prudencial en la utilización de la desviación de poder, porque la Constitución ha recordado a los
Jueces su obligación de controlar la obligada correlación entre la actividad administrativa y los
fines públicos (art. 106.1: «Los tribunales controlan la potestad reglamentaria y la legalidad de la ac-
tuación administrativa, así como el sometimiento de esta a los fines que la justifican»). Esta reacción
jurisprudencial se ha plasmado en el reconocimiento del vicio de la desviación de poder cuando
el acto se inspira no solo en fines personales o privados, sino incluso lícitos, pero diversos de los
expresados por la norma, pues, como afirma el Tribunal Supremo, «la desviación de poder no pre-
cisa que los fines perseguidos sean espurios en el sentido de dirigirse contra determinadas personas, o
que se utilicen en beneficio de los agentes administrativos autores de los actos, es decir, no se requiere
la concurrencia de móviles subjetivos, sino que basta con que se distorsione el fin concreto de interés
general que la norma marca a la Administración actuante» (Sentencias de 1 de octubre de 1982, 10
de mayo de 1983 y 27 de diciembre de 1985).
Asimismo, como advierte la citada autora, el Tribunal Supremo parece dulcificar la exigencia
de una prueba contundente y absoluta de la desviación de poder, bastando con que, además de
indicar claramente cuál es la finalidad perseguida por la Administración, el interesado la justifi-
que con una prueba suficiente para lograr una convicción del Tribunal sobre las divergencias de
fines, carga de la prueba que en ciertos casos se traslada incluso a la Administración (Sentencias
de 16 de julio y 29 de octubre de 1985). De aquí que sea bastante para apreciar la desviación de
poder que la convicción del Juez se haya producido con carácter indiciario en función de datos
53
54
A) FORMA DE LA DECLARACIÓN
55
cualquiera que sea la forma en que se hayan celebrado, siempre que en ellos concurran
las condiciones esenciales para su validez»). La forma escrita se exige, pues, en términos
análogos a los exigidos en los actos judiciales, dándose en uno y otro caso la misma
justificación: los actos administrativos son actos recepticios, que deben documen-
tarse, notificarse o publicarse porque son creadores de derechos y deberes, dotados
además de fuerza ejecutoria, lo que exige una constancia y prueba indubitada; y, tam-
bién, porque, al integrarse en los actos administrativos un conjunto de voluntades
exteriorizadas a lo largo del procedimiento (las que participan en él, o en el acuerdo
final cuando se trata de órganos colegiados), hay que dejar constancia fidedigna de
esa participación.
Al respecto la Ley del Procedimiento Administrativo Común de las Administra-
ciones Públicas establece que actos administrativos se producirán por escrito a través
de medios electrónicos, a menos que su naturaleza exija otra forma más adecuada de
expresión y constancia. No obstante, en los casos en que los órganos administrativos
ejerzan su competencia de forma verbal, la constancia escrita del acto, cuando sea
necesaria, se efectuará y firmará por el titular del órgano inferior o funcionario que la
reciba oralmente, expresando en la comunicación del mismo la autoridad de la que
procede. Si se tratara de resoluciones, el titular de la competencia deberá autorizar
una relación de las que haya dictado de forma verbal, con expresión de su contenido.
Cuando deba dictarse una serie de actos administrativos de la misma naturaleza,
tales como nombramientos, concesiones o licencias, podrán refundirse en un único
acto, acordado por el órgano competente, que especificará las personas u otras cir-
cunstancias que individualicen los efectos del acto para cada interesado.
El contenido de la declaración en que los actos consisten, necesariamente diverso
en unos y otros casos (por ejemplo, el nombramiento de un funcionario o una reso-
lución sancionadora), deberá siempre recoger algunos datos que permitan la identi-
ficación del acto mismo, como la autoridad que lo dicta, mandato o resolución y la
fecha, así como la motivación en los casos que es preceptiva. Además, deberán ex-
presarse otros extremos cuando vengan exigidos por disposiciones concretas (como
hacer constar que se ha consultado al Consejo de Estado). Los actos, además, deben
ir precedidos de una específica denominación según la autoridad que los dicta: Real
Decreto si emana del Consejo de Ministros, Orden si lo dicta un Ministro y resolu-
ción o acuerdo en los demás casos. Por último, y fundamental, el acto debe contener
la decisión, que deberá ser motivada en los casos que proceda, y expresará, además,
«los recursos que contra la misma procedan, órgano administrativo o judicial ante
el que hubieran de presentarse y plazo para interponerlos, sin perjuicio de que los
interesados puedan ejercitar cualquier otro que estimen oportuno».
B) LA MOTIVACIÓN
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En el Derecho francés fue regla tradicional la innecesariedad de la motivación, regla hoy aban-
donada. En el Derecho italiano se exige la motivación en los actos desestimatorios ampliativos de
la esfera jurídica de los particulares, en los restrictivos, en los dictados en disconformidad con el
parecer de órganos consultivos y, en general, en todos los actos que se consideran resoluciones,
es decir, los que envuelven algún parecido con los juicios por darse alguna suerte de contradic-
ción entre la Administración y el particular, como son, en todo caso, los actos resolutorios de los
recursos administrativos. Por su parte, la Resolución (77) 31 del Comité de Ministros del Consejo
de Europa de 27 de septiembre de 1977 recomienda que en la legislación de los países europeos
se recoja el principio de que «cuando un acto administrativo es susceptible de afectar a los derechos,
libertades o intereses, el administrado deberá ser informado de los motivos sobre los que se funda. Esta
información será facilitada por indicación de los motivos en el propio acto, bien a requerimiento del
interesado, mediante comunicación escrita en un plazo razonable».
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d) Los acuerdos de suspensión de actos, cualquiera que sea el motivo de esta, así
como la adopción de medidas provisionales previstas.
e) Los acuerdos de aplicación de la tramitación de urgencia, de ampliación de
plazos y de realización de actuaciones complementarias.
f ) Los actos que rechacen pruebas propuestas por los interesados.
g) Los actos que acuerden la terminación del procedimiento por la imposibilidad
material de continuarlo por causas sobrevenidas, así como los que acuerden el desis-
timiento por la Administración en procedimientos iniciados de oficio.
h) Las propuestas de resolución en los procedimientos de carácter sancionador,
así como los actos que resuelvan procedimientos de carácter sancionador o de res-
ponsabilidad patrimonial.
i) Los actos que se dicten en el ejercicio de potestades discrecionales, así como los
que deban serlo en virtud de disposición legal o reglamentaria expresa.
La motivación consiste, como queda dicho, en una sucinta referencia de hechos y
fundamentos de derecho. Pero su brevedad no supone que pueda ser cumplida con cual-
quier formulismo. La motivación ha de ser suficiente para dar razón plena del proceso
lógico y jurídico del acto en cuestión, sin que valgan las falsas motivaciones, las fórmu-
las passe-partout, o comodines, que valen para cualquier supuesto y que nada o muy
poco justifican o explican sobre la decisión del acto en el que se insertan. Para casos de
motivación muy compleja, como en los actos «que pongan fin a los procedimientos se-
lectivos y de concurrencia competitiva», la Ley prevé que «se realizará de conformidad con
lo que dispongan las normas que regulen sus convocatorias, debiendo en todo caso quedar
acreditados en el procedimiento los fundamentos de la resolución que se adopte».
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los notificará a los interesados cuyos derechos e intereses sean afectados por aquellos dentro del
plazo de diez días a partir de la fecha en que el acto haya sido dictado, y deberá contener el texto
íntegro de la resolución, con indicación de si pone fin o no a la vía administrativa, la expresión
de los recursos que procedan, en su caso, en vía administrativa y judicial, el órgano ante el que
hubieran de presentarse y el plazo para interponerlos, sin perjuicio de que los interesados puedan
ejercitar, en su caso, cualquier otro que estimen procedente.
Sin embargo, las notificaciones que, conteniendo el texto íntegro del acto, omitiesen alguno
de los demás requisitos, surtirán efecto a partir de la fecha en que el interesado realice actuacio-
nes que supongan el conocimiento del contenido y alcance de la resolución o acto objeto de
la notificación, o interponga cualquier recurso que proceda. Asimismo, y a los solos efectos de
entender cumplida la obligación de notificar dentro del plazo máximo de duración de los pro-
cedimientos, será suficiente la notificación que contenga, cuando menos, el texto íntegro de la
resolución, así como el intento de notificación debidamente acreditado.
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órgano competente y, además, en todo caso: a) Cuando el acto tenga por destinata-
rio a una pluralidad indeterminada de personas o cuando la Administración estime
que la notificación efectuada a un solo interesado es insuficiente para garantizar la
notificación a todos, siendo, en este último caso, adicional a la individualmente
realizada. b) Cuando se trate de actos integrantes de un procedimiento selectivo o
de concurrencia competitiva de cualquier tipo. En este caso, la convocatoria del pro-
cedimiento deberá indicar el medio donde se efectuarán las sucesivas publicaciones,
careciendo de validez las que se lleven a cabo en lugares distintos.
La publicación de un acto deberá contener los mismos elementos de las notifica-
ciones y se realizará en el diario oficial que corresponda, según cual sea la Adminis-
tración de la que proceda el acto a notificar.
Adicionalmente y de manera facultativa, las Administraciones podrán establecer
otras formas de notificación complementarias a través de los restantes medios de
difusión que no excluirán la obligación de publicar en el correspondiente Diario
Oficial.
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