HISTORIA DE LA EDUCACION EN LA EDAD MEDIA
PRESENTADO POR:
KATHLEEN YULIETH ROMERO PINEDA
PROGRAMA:
LICENCIATURA EN PREESCOLAR
CODIGO:
2013171092
LIC:
JUAN DE JESUS QUEVEDO TORO
18/ MAR/2013
LA EDUCACION EN LA EDAD MEDIA
La educación en los primeros siglos de la Edad Media fue impartida sobre todo por la iglesia, en los
monasterios y conventos. Estos colegios en monasterios y conventos siguieron existiendo, pero
hacia principios del primer milenio de nuestra era, y durante los dos siglos siguientes, surgieron
por toda Europa numerosas universidades, como la de Cambridge en Inglaterra, la de París en
Francia, la de Bolonia en Italia y la de Salamanca en España, las cuales de todos modos seguían
bajo la influencia de la iglesia, y son a la fecha alguna de las que tienen mayor prestigio en el
mundo.
En cuanto a las materias que se impartían, las cuales fueron por lo general las mismas a lo largo de
toda la edad media, se enseñaban, el trívium y el cuadrivium, los cuales eran en el primer caso 3, y
en el segundo 4 materias, agrupadas en su respectivo grupo por sus semejanzas y que se
consideraban la base del saber humano.
Las materias del trívium (relacionadas con el hablar) eran:
-gramática, la ciencia del uso correcto de la lengua, ayuda a hablar;
-dialéctica, la ciencia del pensamiento correcto, ayuda a buscar la verdad;
-retórica, la ciencia de la expresión, enseña a "colorear" las palabras
Las materias del cuadrivium (relacionadas con el pensar y la matemática) eran:
-aritmética, enseña a hacer números;
-geometría, enseña a calcular y medir;
-astronomía, enseña a cultivar el estudio de los astros.
-música, enseña a producir notas o sonidos perfectos.
Además en todas estas universidades destacaban los estudios de teología, para formar al futuro
clero. Las materias referentes a la anatomía y la medicina, estaban prácticamente prohibidas, y el
saber con respecto a esta área para la gente de la Edad Media estaba limitado a los estudios que
realizaron los antiguos sabios griegos y romanos como Aristóteles y Galeno, y que conocían tan
solo debido a la tradición familiar de generación en generación (de ahí las numerosas
enfermedades en esta época debido a la ignorancia de las personas). Las materias referentes a las
artes "plásticas" como la pintura, la escultura o lo referente al teatro tampoco existían en sí, pues
la mayoría de estas actividades eran consideradas obscenas debido a la moral fabricada por la
iglesia. Los escritores de la época, por ejemplo Dante, cultivaron sus habilidades estudiando el
trivium y el cuadrivium.
A los colegios de los monasterios asistían por lo general niños, y a las universidades asistían desde
adolescentes hasta adultos jóvenes. Eran contados los que asistían a estudiar, pues casi nadie le
daba importancia a eso, pues no era necesario en su tiempo.
La enorme influencia de la iglesia sobre la educación comenzó a desaparecer con el fin de la edad
media con la llegada del renacimiento, además que nacieron nuevas "materias" y prácticamente
dejo de existir al emperador de Francia Napoleón Bonaparte crear lo que hoy conocemos como
educación pública
El cristianismo con su poder divino se había encargado de transformar el mundo antiguo en
mundo nuevo, y pronto hizo sentir su influjo por todas partes y en todas las cosas. La educación y
la instrucción recibieron grande impulso, y presentaron nueva faz conforme con el destino
presente y futuro del hombre. No faltó quien pretendiese que donde está la fe la ciencia es inútil;
pero no hallaron eco semejantes doctrinas, porque contaba la Iglesia con muchos hombres
distinguidos que al abandonar el paganismo conservaban la afición a los estudios científicos, y
porque los padres de la Iglesia de mas renombre, como san Clemente de Alejandría, san
Crisóstemo, san Gregorio Nacianceno, san Agustín, san Gerónimo y otros, defendían con todo su
poder los fueros de la ciencia. La escuela de Alejandría y las de los catequistas, de que ya hemos
hablado en los artículos respectivos, vienen en apoyo de esta aserción. Más en el primer periodo
del cristianismo la educación pagana marchaba al nivel de de los cristianos próximamente.
Las cosas sin embargo no podían permanecer largo tiempo en semejante estado, pues el espíritu
del Evangelio penetraba en la sociedad, y a medida que se extendían sus saludables doctrinas, las
escuelas y establecimientos paganos debían someterse, por fin, a la cultura cristiana. A pesar de
todo, semejantes establecimientos se hubieran sostenido por más largo tiempo, y la
transformación se hubiera verificado de distinto modo, sin la emigración de los pueblos. Desde el
siglo IV hasta el VI fueron inundadas por los bárbaros casi todas las provincias romanas. Reinaba la
desolación por doquiera; a los males que procedían de fuera se agregaban los que eran efecto de
las particiones del imperio, de las guerras contra los usurpadores, de impuestos insoportables y de
la manera de recaudarlos. Las necesidades, del presente, la incertidumbre del porvenir, que a
todos angustiaba, entorpecían los progresos de las ciencias aun en los intervalos de la paz. La
escasez del tesoro público no permitía a los emperadores sostener los establecimientos de
educación; los pueblos carecían de los medios necesarios de atender a tales servicios y las escuelas
desaparecieron insensiblemente. Sin embargo, los hijos de los cristianos debían instruirse en la
religión, y los que aspiraban al estado eclesiástico debían prepararse también para su carrera. Esta
necesidad, a que se agregan las pacificas relaciones de los bárbaros con los cristianos después de
las primeras contiendas, contribuyó a que los intereses de la civilización estuvieran en manos del
clero desde el siglo IX hasta el VI. Este orden de cosas, que fue un bien inmenso, perjudicó sin
embargo al progreso de las ciencias, porque todas las escuelas se impregnaron del carácter
teológico, los conocimientos humanos se modularon en un todo a la fe de la Iglesia, y se estableció
completamente el despotismo intelectual. Todas las ciencias se redujeron al trívium y al
cuadrivium, de que hablaremos con más extensión en los artículos respectivos; es decir, se
redujeron a la gramática, la dialéctica, la retórica, la música, la aritmética, la geometría y la
astronomía, que constituyeron la instrucción del occidente por largo tiempo.
El influjo del cristianismo disponía a pensar en las cosas del cielo, a penetrarse del espíritu de amor
y a avanzar en el terreno de la verdad. La Iglesia con su disciplina destruía insensiblemente las
costumbres brutales, haciendo que el espíritu predominase a las fuerzas y agilidad del cuerpo.
Todas estas circunstancias y el espirito caballeresco que se desarrolló más tarde, contribuyeron en
gran manera a los progresos de la civilización en aquella época.
Durante este tiempo se ensanchaba la instrucción en las escuelas sobre todo, en las del orden de
san Benito, y particularmente en Irlanda, Escocia e Inglaterra. La reputación de las escuelas de
Irlanda se extendió por todas partes, de suerte que acudían muchos alumnos del continente a
instruirse en ellas en la Biblia. Los conventos de Escocia e Inglaterra participaron pronto de la
misma gloria, de suerte que mientras crecía la barbarie en otros países, se refugiaban las ciencias a
los conventos de las islas Británicas.
Por el mismo tiempo el obispo de Mea, Codeando sujetó al clero a una regla parecida a la de san
Benito, la cual facilitó extraordinariamente la creación de escuelas. Por este medio Carlomagno y
aun sucesores pudieron establecerlas, no solo en los conventos, sino donde quiera que se hallase
un clero numeroso especialmente en la residencia de los obispos.
Persuadido Carlomagno de que el poder de los estados se funda en la moralidad y la inteligencia
de loa súbditos, se ocupó en civilizar a estos. Logró despertar en muchos puntos, la necesidad de
una instrucción superior, y tiene derecho, por este y otros resultados no menos brillantes de sus
esfuerzos, a que se le considere como el restaurador de las ciencias en la Europa occidental. Llamó
a la corte a los hombres más distinguidos de su época, procuró instruirse él mismo, y en medio de
los grandes cuidados del imperio se ocupaba también en los trabajos científicos; hizo un ensayo de
gramática de su Idioma, y formó unas tablas astronómicas que fueron la admiración de Al cuino.
En sus viajes inspeccionaba las escuelas e interrogaba a los niños, demostrando en su conducta
que no aspiraba con esto a una vana gloria.
Carlomagno fundó en sus estados tres especies de establecimientos de instrucción: escuelas para
el pueblo, escuelas superiores y seminarios de música. En las escuelas populares aprendían los
niños a leer, escribir y contar. Teódulo, obispo de Orleans, hizo establecer escuelas de esta clase
en todos los pueblos de sus diócesis, disponiendo que la enseñanza fuese gratuita, a fin de que
hasta los más pobres pudieran adquirir la instrucción necesaria a los ciudadanos. De los
establecimientos superiores, el más antiguo es la escuela de la corte (Achola Palatina). Este
establecimiento, anterior a Carlomagno, no principió a florecer hasta el tiempo de Alucino,
llamado a Francia por el renombre que había adquirido y que había llegado a noticia del
emperador. Alucino eligió hombres capaces de elevar la institución, pero no introdujo nuevos
métodos ni ensanchó la enseñanza. Los seminarios destinados a formar cantores para las iglesias,
se crearon en Mes y Sois son, poniendo al frente de estos establecimientos a Teodor y Benito,
hombres aventajados en la música, y que fueron indicados al emperador por Adriano.
Luís el Piadoso siguió el ejemplo de su ilustre progenitor, pero carecía de la firmeza necesaria para
hacer prevalecer su voluntad sobre la del clero; así que se entibió el celo de éste y desaparecieron
insensiblemente o quedaron reducidas a elementales todas las escuelas que profesaban las siete
artes liberales, hasta el siglo VIII, en el cual recibieron las ciencias nuevo impulso con la elevación
de Hugo Capeto al trono.
En Alemania, donde Bonifacio había preparado los espíritus, obtuvieron excelentes resultados los
esfuerzos de Carlomagno. Prosperaron primero las escuelas de los conventos y luego quedaron
mucho más atrás que las de las catedrales. En los siglos IX y X ningún país de la Europa occidental
contaba tantos abades y obispos sabios como Alemania; en ninguna parte se exigían tantos
conocimientos a los eclesiásticos, y en país otro alguno se interesaba más la nobleza por los
progresos de las ciencias. En tiempo de Otón, las relaciones con Italia sostuvieron el impulso que
se había dado al saber, y desde su tiempo empezó a estudiarse el griego. Solo Inglaterra podía
compararse ventajosamente con Alemania en aquella época, porque cuando parecía abandonada
en Alemania la idea de Carlomagno de ilustrar a la masa del pueblo, la realizó Alfredo el Grande en
Inglaterra, de que son una prueba evidente los progresos de la lengua nacional bajo su gobierno.
No duraron sin embargo largos años aquellos dichosos tiempos, ni para uno, ni para otro país.
Sustraendo los conventos de la vigilancia de los obispos, y desde entonces, a medida que se
enriquecían, se introdujo entre los monjes una vida poco a propósito para los estudios, perdieron
insensiblemente la afición a las ciencias, y sus escuelas decayeron completamente. Las de las
catedrales no tuvieron mejor suerte, sobre todo desde que los canónigos de Tréveris rompieron el
lazo canonical con aprobación del obispo. Seguido generalmente este ejemplo, se dispersaron los
canónigos y desaparecieron sus escuelas. Esta decadencia fue acaso también debida en parte a la
fundación de las universidades, a la actividad que empezaba a experimentarse en las ciudades,
para la cual eran ya insuficientes las escuelas de aquella época.
A medida que se desarrollaban las relaciones sociales y políticas de los pueblos, y que se conocía la
civilización de otros países, no podía satisfacer la instrucción de las escuelas eclesiásticas.
Entonces, con la participación de los príncipes y magnates, se reunieron hombres ilustrados y
jóvenes entusiastas que no pertenecían al clero, con objeto de suplir a lo que faltaba en las
escuelas de éste. Algunas de las escuelas fundadas por estas sociedades existían ya en los siglos XI
y XII, pero solo obtuvieron privilegios en el siglo XIII, como la escuela de medicina de Salerno, la de
derecho de Bolonia y la de teología de París. En estas escuelas fue ampliándose gradualmente la
enseñanza, hasta la fundación de las universidades, que hicieron grandes servicios en todos los
países y acabaron con las antiguas escuelas.
Los franciscanos y dominicos establecieron también escuelas en la edad media para los aspirantes
a la orden, y otras distintas para cuantos querían frecuentarlas. Escribieron también algunas obras
superiores a las empleadas hasta entonces, y como, sus escuelas estaban en las ciudades,
quedaron desiertas las de los benedictinos, aunque las de estos eran superiores.
Desde el siglo XII se establecieron escuelas en los pueblos bajo la vigilancia de las autoridades
locales. Estas escuelas sin embargo no diferían gran cosa de las de los conventos, pues que
estaban reducidas al estudio de memoria, a causa del grande precio de los libros y el papel. El
maestro, auxiliado a veces por los discípulos de mayor edad, recitaba la lección hasta que la
mayoría la aprendía de memoria y la explicaba después bien o mal. Cuando disminuyó el precio
del papel, se adoptó el método del dictado. En suma, no diferían estas escuelas de las del clero
sino en la forma exterior, y servían asimismo, por lo común, para formar eclesiásticos. Decidida la
creación de una escuela, se construía un edificio, se fijaba la dotación del maestro y la retribución
de los niños, y se nombraba un rector de entre el clero, y la autoridad civil no se cuidaba más de la
escuela. Entonces el rector nombraba auxiliares pertenecientes también al clero, y estos eran los
encargados de la enseñanza. En el siglo XIV los discípulos de más edad viajaban para frecuentar
diversos establecimientos, y esta costumbre, que al principio tuvo por objeto adquirir una
educación más esmerada, degeneró por último en una vida vagabunda; así que estas escuelas
destruyeron las de los conventos sin contribuir en nada a los progresos de las ciencias. La
educación de la masa del pueblo en aquellos tiempos era casi nula. Los estudios clásicos
introdujeron después cierta libertad de espíritu, y con ella cambios notables en la educación y
enseñanza, los cuáles bajo el influjo del cristianismo prepararon los progresos del porvenir.
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