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Sibony Daniel - Perversiones

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PERVERSIONES

Diálogos sobre locuras “ actuales"

por
DANIEL SIBONY

m
s*g»°
ventiuno
editores
m
siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.
CERRO DEL AGUA 248, DELEGACIÓN COYOACÁN, 04310 MÉXICO. D.F.

siglo veintiuno de españa editores, s.a.


C A L L E P L A ZA 5, 28043 M A DRID, E S P A Ñ A

siglo veintiuno argentina editores


siglo veintiuno editores de Colombia, s.a.
CALLE 55 NÚM. 16-44, BOGOTÁ, D.E., COLOMBIA «

portada de carlos palleiro

p rim era edición en español, 1990


d r © siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.
isbn 968-23-1654-5
p rim e ra edición en francés, 1987
© éditions grasset & fasquelles
titulo original: perversions. dialogues sur des folies “actuelles"

im preso y hecho en m éxico / printed and m ade in m exico


In d i c e

ADVERTENCIA

PRÓLOGO. TERRORISMO Y PERVERSIÓN 12

DIALOGO I. LOS FANATICOS DE LA VERDADERA LEY 33


1. Lím ite y conform idad, 36; 2. M asoqu ism o y dolor, 41;
3. La ley sin falta. . ., 49; 4. H ace d o r de ley, 54; 5. Perverso
y neurótico, 60; 6. Religión, fetichism o. . ., 65; 7. Fetiche,
70; 8. M a rx y cía., 74; 9. S er la unión q ue significa. . . , 85;
10. L a "v e rd a d ” de la ley, 91; 11. U n a gran "c a u s a ” .. ., 100

INTERMEDIO I. LA INICIACIÓN DE LO PERVERSO 104

DIALOGO II. TOXICÓMANO 125


1. L a realidad y el vínculo, 126; 2. U n a fig u ra de lo sagrado,
138; 3. E l suicidio de una transm isión, 146; 4. El regreso
del toxicóm ano, 156; 5. Duelo, 164

INTERMEDIO II. EL ACTO Y EL "PASO” AL ACTO 172

DIALOGO III. VARIEDADES 191


1. Anoréxica, 191; 2. Alcohólico, 202; 3. H om osexualidad,
211
INTERMEDIO III. PERVERSO Y "LEY” 219

DIALOGO IV. RELIGIÓN Y PERVERSIÓN 239


1. M ístico, 239; 2. La abyección, 251

INTERMEDIO IV. UN MALESTAR TOTALMENTE DISTINTO EN


LA CULTURA 259

APÉNDICE. VARIACIONES SOBRE EL SACRIFICIO "AZTECA”. ., 292


ADVERTENCIA

Sí, le decía “ locuras actuales” Lo actual es el acto; es ser actuado,


puesto en acto por lo que le pasa, eso a lo que uno no llega . . . Es
también pretender —locura— controlarlo todo con el acto; pasar al
acto lo que no pasa, el pasado por ejemplo. . : De eso tratan estos
pequeños diálogos sobre lo que se llama perversión,, sin razón forzo­
samente. Aquí surge un sentido más vasto de ese término, un alcan­
ce más lejano, que incluye los sentidos reconocidos, pero que los
hace tambalearse también.
«•'Qué les picó a esos dialogadores que transcribí para lanzarse
así, a trompicones, a través de ese pensamiento en acto? Vaya us­
ted a saber. Eso sí, aué desorden. Al hablar del drogadicto comen­
tan sobre los homosexuales; dando rodeos por el místico y los esta­
llidos del terrorista nos aclaran de paso el factor en juego del
toxicómano, las visiones del anoréxico mediante los malestares de
la Cultura. . . Los temas se abren paso uno por el otro y vuelven
uno sobre el otro; sin cesar: nunca "parecidos"; siempre se infiltra
una pequeña diferencia que hace avanzar el problema. Es preciso
agarrarse un poco, pero hay algunos "nudos"; en tom o a cada efec­
to perverso vemos bien el hueso duro y la carne blanda que lo
rodea; lo cual distingue lo que llaman el fanático de la perversión
del ocasional. Pero hay un desencadenamiento t a l.. . y el aparato
no grabó nada de sus estados de ánimo, de las proximidades de
sus cuerpos, de lo que “ sentían” ; nada más que el entrechoque
de las ideas, ingenuas aquí, más astutas allá, más tensas en otra
parte o más flojas. Las ideas van y vienen "otras ;; otras se van
y no regresan.
Primero quise poner orden, después preferí duplicar esos diálo­
gos, con un intermedio mío, que hace el balance, para encontr arme
allí; a disgusto, lo confieso, pues fue apartándome de esos diálogos
como los aprendí más, más allá de su ingenuidad y de su extraña
manera de darle vueltas al tema, de voltearlo. Más allá también de
las repeticiones aparentes: me di cuenta de que ellos hablan como
escribo yo, por placas, cada una de las cuales se ajusta a la orilla
de la precedente a la que parece rep etir. . . en otro sentido. Curiosa
manera de roer lo desconocido; un poco como actúan los niños en
el lenguaje: aprenden a hablar no por simple eco de la madre ni por
pura inspiración, sino combinando ambas cosas: y su cuerpo vivo
hace t í balance, hace las veces de tercero. . .
Lo que surge es la trama inmensa en la cual un tejido de vínculos
(social, erótico, familiar) se enfrenta con las transformaciones que
secreta, las “ desviaciones" que lo alimentan, las “ perversiones"
que implica.
Así es. Eso es lo que se entrega aquí, con el temor y la emoción
que la Cosa me inspira. Le toca a usted pasar por ello, el camino
está libre

¿Es preciso de todas maneras decirle en qué puntos hay innovación?


Es que en estos tiempos hay que prevenir, anunciar. Bueno, aquí lo
tiene: ante todo el concepto de perversión estalla y su sentido
múltiple se despliega zn una vasta trama que cubre aspectos clínicos
conocidos y menos conocidos; yendo así las modulaciones del efecto
perverso de los enquistamientos dolorosos a los "malestares" de la
“civilización ", tan a menudo incriminada de manera vaga (o perver­
samente rousseauista. .). A qu í más bien es en su misión y su mérito
esenciales en lo que es cuestionada, puesta en tela de juicio, más que
atacada, en cuanto a lo que hace con el deseo de vínculo, con la pul­
sión radical de los humanos de vincularse entre sí, de producir vín­
culos que resistan, de soñar con vínculos indestructibles (aparecien­
do así la “identidad" com o un vínculo consigo mismo, tenaz, o flojo,
o amenazado). Es así com o se aborda otro malestar totalmente dis­
tinto en la civilización, muy distinto del señalado p or Freud, quien
acusa a la sociedad de “reprim ir” sexualmente, de exigir sacrificios
sexuales demasiado pesados... E l verdadero malestar concierne
hoy a la pulsión de vínculo.
Justamente desde ese punto de vista surge la novedad con respec­
to a la religión, dado que la religión es la práctica de cierto vínculo
y que ninguna clase de prácticas, instituidas o singulares, reconoci­
das o marginales, autorizadas o delincuentes (por ejemplo en lo que
se refiere a droga o terrorism o.. . ) puede evitar pasar por la acción
de semejante vínculo. Sólo que algunos quieren ser autores de todo
a todo del vínculo que los ata, mientras que otros reservan un lugar
para lo simbólico que viene de otra parte.
La innovación se refiere pues al aspecto perverso de lo religioso.
Y ello modifica la tesis clásica de Freud sobre la religión com o sim­
ple neurosis obsesiva. Otra idea clave: el perverso es un hacedor de
ley, abre un enfoque nuevo a la vez de ciertas formas sociales (diver­
sas normatividades, conform ism os...), de algunas formas clínicas
(alcoholismo, acoplamientos perversos, anorexias.. ) y Sobre todo
de esa práctica intermedia entre lo colectivo y lo subjetivo que es la
toxicomanía, síntoma mayor si lo hay del punto de unión de los dos:
es la búsqueda apasionada de un vínculo que resista, el de la adic­
ción precisamente, que resiste hasta el final, y del que se es a la vez
autor y víctima, productor y subproducto. Podemos decir que es
todo este enfoque el que innova y aclara uno por el otro el efecto de
estructura y el fenómeno vivo que lo produce y lo deforma.
Es decir que la idea clave, a saber que el perverso es un fanático
de la Ley, un-centinela del "absoluto", un idólatra de la Verdad, esa
idea, pues, tiene aquí un alcance a la vez formal y descriptivo. Y no
es una casualidad: muy pronto, en la investigación sobre las "perver­
siones", resulta claro que el fenómeno dicta la “ley", es decir, sigue
muy de cerca el programa que pone en acto; el fenómeno dicta la ley
porque la ley está destinada a encarnarse en él. (Esto es algo que
ciertamente puede molestar a algunos devotos de la “fórmula es-
tructural", la que supuestamente dice la quintaesencia, y que vene­
ran ante todo porque no sabrían qué hacer con ella. Pero qué im por­
ta; las invariantes del hecho perverso aparecen aquí con bastante
claridad para quien quiera interesarse en ellas, sobre todo en sus re­
percusiones en otras partes.)
Una observación: la palabra “O tro” aparece con frecuencia en el
texto. E l lector “profano" que la tome por un término de la jerga psi-
coanalítica, y que retroceda sonrojándose, cometerá un error. E l
Otro es una palabra simple y rica, es la m ejor para designar a la vez
al otro individuo que se nos parece y es distinto, y esa figura última
que nos sirve de origen y de límite, figura extraña y familiar que nos
habita y nos desborda. La palabra no esperó al psicoanálisis para
desplegar toda su fuerza en muchas tradiciones sobre todo filosófi­
cas. Casi diría que este libro (donde la palabra es redefinida al prin­
cipio del Diálogo i) habría podido llamarse: Elogio del Otro, el Otro
que la perversión consiste precisamente en querer “fija r”; cuando la
función del Otro es de apertura nueva y de cambio imprevisible.
ÉL: Totalmente.
YO: Sin embargo no va usted a confundir el terrorismo, que es
una decisión madurada, deliberada, “ ideologizada” , producto de
desafíos consciente y de venganzas calculadas, con el alcoholismo
■o la droga, que son sufrimientos padecidos, enfermedades de las
que los sujetos mismos se quejan ¡e intentan en vano cu rar!. . .
Confunde usted lo voluntario y lo involuntario.
é l : Sí. E s el sujeto el que lo impone. Dispensé las diferencias de­
masiado evidentes: el terrorista y el alcohólico son dos, al igual que
las palabras que los designan (por lo demás dos alcohólicos diferen­
tes lo son verdaderamente); la embriaguez del colocador de bombas
no es la del borrachales, y el cirrótico en readaptación no es real­
mente el terrorista de fin de semana en hotel de lujo con una bella
acompañante después de la "acción” . . . Pero sucede que tengo la
manía de los invariantes, de los puntos comunes que terroristas y
alcohólicos comparten con otros; con el drogadicto, el fetichista, el
"héroe” y, por qué no, cierta debilidad por la beneficiada profesio­
nal que recibe el s m ig * y aún más por cada niño que ha parido so­
la ...
YO: Despacio. Me está confundiendo. Dijimos: alcohólico y terro­
rista; voluntario e involuntario. . . ¿Eso no tiene sentido para
Usted?
ÉL: En el nivel en que sucede la cuestión esta diferencia es em­
brionaria, vacila, no sabe qué término elegir, voluntario o involun­
tario. Vea el dolor, ¿qué cosa hay más involuntaria? Y sin embargo
el "masoquista” lo quiere.
y o : ¡Pero no puede hacer otra cosa!
é l : Entonces usted dice que involuntariamente quiere lo invo­
luntario. . . Ya ve que la oposición voluntario-involuntario está
para él como disuelta, no anulada, sino desplegada en una alternan­
cia de sí-no, voluntario-involuntario; es difícil aferrarse: si se atra­
pa lo “ voluntario” eso termina en lo "involuntario” , y a la inversa.
El perverso a propósito, actúa a propósito, y no hace a propósito
lo que hace a propósito. .

* Salario Mínimo Interprofesional Garantizado. [T.]


y o : Supongamos que sí. ¿Cuáles son pues esas invariantes que
halla usted en el terrorista, el drogadicto y el alcohólico?. . .
ÉL: El alcohólico se "atiborra” se infla revienta y deja su cuer­
po, vociferante o mudo, en manos de otros, o tirado frente a ellos;
se erige en o se impone cómo una identidad perfecta bien delimita­
da en su ruina contra la cual no pueden hacer nada. En cuanto al
terrorista, hace estallar su bomba y deja un texto en el lugar, un lla­
mado, un programa que establece su identidad, que también es per­
fecta, su credo que da " todo su-sentido” a io que él es. un sentido
idéntico a lo que hace. . .
YO: El alcohólico también está totalmente lleno de sentido, ab­
sorbe e irradia todo el sentido de su ruina. ¿Podría ser el sentido
de su borrachera hacer de él un cuerpo que ronca o vocifera ante
ellos?, ¿un cuerpo “ visible” ?, ¿un cu erp o ?
ÉL: ¿Por qué no? Es una de sus "verdades” ser un cuerpo que
llora o que vocifera su “ verdad” a los que lo rodean, aparentemente
' sordos” , y sin tener que responder de ello pues está ebrio, limpio
de toda simulación: idéntico a lo que parece.
YO: Dejemos esta comparación, me disgusta, y ese nuévo "hé­
roe” de nuestra época que es el terrorista, sobre todo cuando tiene
envergadura, cuando un Estado lo financia. . . Precisamente, ¿qué
hace? ¿Qué quiere?
é l: Quiere in scrib ir mediante el acto lo que piensa que es la ver­
dad; afirm a con toda la verdad su relación con el Otro. Su acto fun­
da su causa, la cual se encarga de causar el acto: lógica autorrefe-
rencial- Uno de los cabecillas o de los pensadores de los grupos
alemanes en los años setenta proclamaba fríamente: “ Si lo destru­
yo todo, ésa es la prueba de que todo merece ser destruido y es la
prueba de que la sociedad es la culpable y que yo soy inocente." Cu­
rioso, ¿no?
YO: Sin embargo ese muchacho debe haber realizado algunos es­
tudios, aprender un poco lo que es una lógica. . .
ÉL: La lógica de alguien es el "logos'' que emana de él, de ahí
donde está, de lo que pone en juego en el espacio ambiente; eso se
filtra entre sus frases. Ahí está de lleno en la frase. El terrorista
quiere ser fundador de su acto, de lo que lo justifica, de su ley. Las
huellas que deja de su "verdad” la constituyen y la cierran sobre
él. Además, ahí su verdad no está fuera de él, está en él, es él. Ya
comienza una confusión entre uno y o t r o . . . En principio nuestras
verdades están en la otra parte desde donde nos hablan y nos atraen
..... Es una manera de decir que sus raíces se nos escapan, y sus
brotes también. . .
yo: Mejor hablemos de los cabecillas actuales.
ÉL: Sí, de los drogadictos del acto. Vaya, ya comienza a gustar­
le .. . Pues sí, ellos son el acto a través del cual somos actuados, agi­
tados . . Pienso en un jefe terrorista palestino, el más conocido a
decir verdad. "Concedió” una entrevista a un periodista alemán.
Vea el texto. Se le dijo: "Dénos una prueba de su id e n t id a d res­
puesta: “ Vea (desabrocha su camisa), aquí está la cicatriz de mi
operación. —¿Una operación del corazón? — Sí. —¿Dónde se la hi­
cieron? —En Estados Unidos. —¿Bajo su nombre? — ¡Por supuesto
4 ue no!" Bueno. Según él, había dado la "prueba" de su identidad.
Es típica esta lógica autofundadorá; un psicoanalista diría: de base
narcisista. Otro terrorista, más pedante aún, más “ ideólogo’ ', dirá:
"E l hecho de la guerra marca todas las relaciones sociales", sin ver
que es por sus actos por lo que fundamenta esta conclusión. Es el
vértigo entre causa y efecto; la autoinversión'lógica.
El terrorista se confunde con su causa: esa causa existe puesto
que él la defiende, es sagrada puesto que él se sacrifica por ella, y
reconocida puesto que él la ha dado a conocer. . . *
y o : Sin embargo tiene algo de razón: si él existe, ello hace que su
causa en tom o a él exista también, ¿no? ¿Y es eso lo que llamamos
su causa?
ÉL: Lo que existe es el acto que los identifica a los dos, a él y a
su "causa", y el hecho de que se háble de ello. Ahí la coyuntura es
el discurso de los medios de comunicación: un suceso existe si éstos
hablan de él, y si hablan de él hablan debido a que hablan de él, y
así le dan existencia . . También ahí la inversión hace un círculo.
Da vueltas y vueltas.
. y o : Pero vivimos de ese dar vueltas y vu eltas... que por lo de­
más puede crear el suceso, adaptarlo, sin intenciones de manipu­
lar, simplemente porque en cierto nivel, el acto de decir equivale a
hacer existir; y eso no hace más que apurar esta conclusión: que un
acto sólo ocurre en la afirmación que lo lleva o lo refiere.. .
ÉL: Debemos rozar con lo abyecto cuando el suceso en cuestión
es una persona: ir a suplicar a los poseedores de los medios que lo
hagan existir: forzarles la mano. Se resisten, lo harían s i.. . si
¿qué?, si . . nada, si se conforma con el modelo que no es para
nada el que se cree; pues entonces sería conformista, y hay hordas
de copias exactas bajo el signo del no conformismo.
YO: ¿Qué le pasa?. Se excita usted por nada. Sin duda hay ahí al­
gún juego perverso pero está admitido, integrado, ha dejado de ser
perverso. Quizá los perversos son quienes quieren ir en contra, so­
bre todo los medios de comunicación que creen sinceramente ac­
tuar por la verdad. . .
ÉL: Yo decía que debe ser difícil pedir a alguien que lo inscriba
a uno mismo, que lo hája existir a uno mismo.
YO: Quizá, pero de todas maneras los encargados del registro de­
ben registrar con todas sus energías, es su trabajo; y la tinta con
la que escriben se borra por sí misma, hay que repasarla, repetir,
y la repetición también borra y se borra. Así pues, le doy la razón,
los mecanismos de nacimiento, conocimiento, reconocimiento y au-
torreconocimiento son más abundantes que antaño, pero apenas
más marrulleros. ¿De qué hablábamos?
ÉL: Del terrorista y del perverso. Nos desviamos hacia los me­
dios y no sin razón, pues son el material, la materia blanda en la
que el terrorista graba su acto, lo pone en escena, le da razón y. re­
sonancia .. . Pues bien, el alcohólico. . .
YO: ¡Pero qué manía! Déjelo en paz. . .
ÉL: Digo que el alcohólico inscribe su existencia con su sombra,
con el desecho en que se convierte, mientras que el terrorista
inscribe su existencia en el lugar que han dejado vacío los muertos
que provoca: se inscribe con la sombra, con la muerte de un terce­
ro, quienquiera que sea, mediante esta muerte. Manipula la muerte
con fines de identidad, de autoinscripción. Vea la paradoja: es im­
portante que el tercero al que mata parezca indiferente, no involu­
crado en la Causa. Si matara a sus enemigos directos, los adversa­
rios precisos de su Causa, sería simplemente un guerrero, llevaría
a cabo una guerra, con sus altibajos: pero no habría este plusvalor
de inscripción que recibe al matar ciegamente a transeúntes, a "i-
nocentes".
YO: Pero desde cierto punto de vista los terroristas hacen la
guerra.
é l: ¡No es tan sencillo! Bueno, una causa como el "antiapar-
theid” es tan evidente que es la de todo un pueblo (y aún más: el
pueblo negro está dividido en tribus que se matan unas a otras).
Pero bueno, si sus defensores recurren al “ terrorismo", es una for­
ma de guerra. Es o blanco o negro, dos entidades separadas —preci­
samente. En el lado opuesto hay sectas, grupúsculqg o mafias. Y ahí
lo típico es: el acto “ mafioso" se infiltra en una misma masa, se
mete en los misterios del vínculo social, donde funciona como una
interrupción del destino; la organización se introduce en los inters­
ticios y se convierte en el órgano del "destino” , la encamación del
tercero. Ello explica que el hombre de bien o el "héroe” que quiere
detener aquello se acerca simplemente a la interrupción de su des­
tino: la muerte. El misterio de lá mafia —o de lo que se le parece—
se confunde con la opacidad “ natural” de lo social. Bajo formas di­
ferentes, no está lejos del "Partido de Dios" de los terroristas islá­
micos. Dios se lleva bien con el Destino. . .
YO: Pero cuando el terrorismo se erige en guerra n orm a l el te­
rrorista se convierte en "soldado” , libra una "batalla” , proclama
que su violencia es la de las naciones en guerra.
é l : Despacio. Llama a su nación a identificarse con él, y toma la
delantera: se identifica con Ella, eso lo ‘‘legitima” ; funda así su Ley,
con o sin su acuerdo. Ahí está el meollo del terrorismo, más allá de
sus efectos materiales más bien leves.
y o : ¿Quiere decir que la historia decide?
é l : Si se sigue y se legitima a los terroristas después del golpe
habrán sido héroes —y aun así, la historia puede retractarse: Hitler
fue un jefe terrorista antes de ser legitimado como Legislador y
Guía de su Nación, y luego deslegitimado tras su derrota, identi­
ficado con lo que debemos rechazar— por lo tanto guardar en re­
serva.
y o : Ya estaba en reserva antes de aparecer, luego fue el Respon­
sable de su liberación antes de convertirse en responsable de su re­
chazo; como antes; la diferencia es más bien leve. . .
é l : En todo caso mientras no les siga y les cante un pueblo, los
terroristas no son ni guerreros ni héroes. Entre tanto, el reconoci­
miento de su acto por parte de “ los medios” los legitima ya un
poco, e intentan canjearlo: representa en negativo el apoyo que no
tienen, en espera de que adquiera un valor reconocido.
y o : Aceptémoslo, el terrorista toma a terceros por testigos y
mata a algunos, provoca muertes en calidad de r ecuerdo, recuerdos
petrificados de aquello de lo que son testigos. . . .¿Pero porque con
sus enemigos directos es el frente a frente sin salida? ¿Actúa con
lo que puede, echa mano de un tercero, de una mediación?. ..
ÉL: En absoluto. No es el llamado al compromiso, sino la encar­
nación de una ley de la que él se convierte en órgano, órgano vivo
y mortífero; y paga con la piel de los demás, en un arr anque venga­
dor, una derrota inicial que en él es "histórica” (en otros es prehis­
tórica, perdida en los confines del "tiempo ”).
Los normóticos intentan existir a base de síntomas, de deudas
ilusorias, de deberes precarios. El drogadicto lo intenta gracias al
producto que lo ata, que lo sujeta; otros gracias al fetiche o a los
artilugios; pero el terrorista toma cuerpo con el cuerpo de su vícti­
ma, se inscribe con la huella del asesinato realizado en ella. Mien­
tras más neutra parece, más nueva, más nutricia es lá energía que
produce su muerte, siempre que una pequeña huella la relacione
con el enemigo; por ejemplo, en una masacre reciente de aeropuer­
to, muchas víctimas no tenían nada que ver con la Compañía que
era el blanco, pero esperaban al lado, en un mostrador vecino al su­
yo. Es la característica, tanto más significativa cuanto que es ínfi­
ma: estaban al lado, estaban cerca en lo real. Había una pequeña
que suplicaba de rodillas que no la mataran, y el tipo la mató de to­
das maneras: su muerte sólo llamó más la atención. Ahí, lo que la
inscripción pone enjuego surge con toda su violencia: hacer existir
sin duda alguna una identidad sin defectos. En efecto, los terroris­
tas sospechan que no lograrán liquidar al Enemigo (uno de ellos
simplemente ha "declarado la guerra” . . . a Estados Unidos). Si no
puede reducir al Enemigo a la nada, el terrorista se alza en el nivel
del Ser en estado puro. Su acto lo inscribe en los registros de la co­
municación masiva de la Existencia, de una existencia que se repite
hasta la saciedad, que es puesta una y otra vez en escena, grabada,
agravada.
YO: ¿Por qué no darles la identidad, el "reconocimiento” que pi­
den? Eso los expondría un poco a las dificultades de ser como a
todo el mundo, a las represalias, a los diálogos. . .
ÉL: Justamente es lo que tienen que impedir a toda costa. Si
hubiera un pequeño Estado Palestino, sus adversarios sabrían so­
bre quién golpear. El terrorista que mencionábamos mató a mu­
chos más árabes acusados de dialogar con el enemigo, que a ene­
migos. La identidad que pretende debe permanecer pura, exenta
de cualquier "simulación” o compromiso; llamarada de identidad
ebria de sí misma. Es como querer sacar del problema a los alco­
hólicos hallándoles un "lugar" estable, una compañera sonrien­
te. . . Aunque puedan (llega a suceder) guardar las apariencias,
conservan el contacto con la vía tan especial que eligieron para
existir. Por lo demás negarán que beben, así como los terroristas
negarán que están sedientos de sangre. No puede usted convencer
a alguien de que acepten convenios cuando su convicción absoluta
es que a causa de ello todo su ser se vio comprometido y su vida
destinada al fracaso. Además el terrorista en cuestión estaba orgu­
lloso de matar no sólo árabes, sino seres de su familia, allega­
dos: mientras más cercanos son, más "horrible" mancha en la
pureza es la sospecha de un "contacto” con el Enemigo; casi el
incesto.
YO: Pero si el Enemigo es de la "fam ilia" significa que la "man­
cha” , la parte vergonzosa inherente a toda familia, se proyecta en
él. Eso abre perspectivas.
ÉL: Sí, pero esta parte, esta mancha es innombrable, indecible.
Y los grupos terroristas, que son muy variados, tienen este rasgo
común: estar más allá del lenguaje actual; ser el instrumento me­
diante el cual la simulación se desenmascara en el Enemigo. Se lan­
za una bomba en una escuela o en una piscina: "esos objetivos pare­
cen inocentes vistos desde el exterior” (dice su volante) pero "en
realidad” son "máscaras” para el Enemigo, ¡la prueba.. . es que se
las atacal Y si hay que exterminar al Enemigo, es que es "ilegíti­
mo” . La destrucción del Otro, que en otra parte puede ser un objeti­
vo confuso, es patente en el terrorista. Transforma una fantasía en
"organización", a la organización en acto, acto orginal, útil para
fundar una neorrealidad. una verdadera legitimidad, sin man­
cha
YO: La cacería de simulaciones. . . los que la dirigen creen no
parecerse a nada, no tener semejantes, ser únicos. Son miles los
que se creen únicos. Es seductora la promesa de ser único. Ello su­
pone un odio fenomenal por el semejante. Es probable que un dis­
curso que no sea señalado como ''simulador'’ sea muy pronto tota­
litario.
ÉL: Un año Lacan ofició bajo el título: "Un discurso que no sea
una simulación ” En consecuencia los trámites se hicieron más rí­
gidos, más forzados a fuerza de librarlos de simulaciones; ya no ha­
bía más que verdad, verdad falsa. Además al neurótico eso le fasci­
na, su punto débil son la simulación y la imagen, él que se siente
difuso. . . Imagínese cómo lo cautivará la idea de un acto que va di­
recto al "corazón” de las cosas, de lo Real. La violación. Después
de todo los héroes son violadores a los que la masa ha seguido ma­
ravillada. Han dejado de ser criminales. Por lo demás, el joven hijo
de un notable palestino asesinado por "hermanos” terroristas tuvo
esta reacción- "Es como si siempre hubiera que matar a alguien
para atraer la atención a nuestra causa.” Ya ve, ya no es un crimen,
es un: "¡Atención, por favor!”
YO: Lo que sorprende en el acto terrorista es que está cargado
de sentido, cargado con muerte, idéntico al sentido que se da. Y
descarga el sentido a quemarropa.
ÉL: Un sentido que a menudo va a buscar en el ''enemigo” , en el
Otro, para ganárselo, para atraparlo para atraerle' hacia él.
YO: ¿Una inversión del sentido? Ya lo veo venir, ¿una perversión
del sentido?
ÉL: Pero en la realidad ¿conoce la inversión masoquista de la re­
lación con la ley? Él quiere que ella lo castigue, no por lo que ha
hecho, sino sin importar lo que haya hecho. Es más que un desafío
a las leyes, es una inversión. Imagine esta variante en la que el te­
rrorista "castiga” al otro, no por lo que ha hecho sino sin importar
lo que haya hecho. Y lo dice claramente: los asesinatos que provoca
son legítimos: y añade: "En mi opinión, el que los sionistas se hayan
apoderado por la fuerza de una parte de mi país árabe no es un ver­
dadero crimen. Para mí, el verdadero crimen sería que permitiéra­
mos a esos sionistas abandonar nuestro país vivos. Ésa es mi filoso­
fía. Y o me considero la respuesta a las desgracias de los árabes.”
El jefe terrorista Abú es quien dice eso. Lo peor es que Abú signifi­
ca "padre” . He ahí la lógica del padre extremista. ..
YO: Aquí lo mórbido va en aumento.

* Aquí el autor hace un juego de palabras entre Abú (padre) y pére á bout. [T.]
ÉL: N o sólo. Le importa menos liberar a la madre patria de sus
violadores que deshacer el abrazo horrible que tuvo lugar, el con­
tacto, invalidar la falla imperdonable, por la muerte. Y él es la res­
puesta a las fallas de su identidad. Pero sucede que la identidad
pasa por el otro, así que deberá acabar con el Otro. Por lo demás,
al periodista que objeta que para muchos árabes la presencia de los
estadunidenses (en su país) es totalmente "bienvenida” , responde:
“ Invito a todos los reyes, emires o jeques de nuestra región a decir
honestamente si se atreven a acostarse con sus mujeres sin antes
pedir permiso a los estadunidenses. . . " Su relación con lo sagrado
con la Mujer— está pues contaminada por el extranjero.. . Su
sexo está controlado por el Enemigo.
YO: De eso a pensar que su enemigo es su sexo. . .
é l : Pero el motivo es la existencia. Mire: "La URSS es un verda­
dero amigo de los árabes pero también tiene sus intereses: por eso
reconoce la existencia del sistema sionista en Palestina." No dice
que la URSS reconoce dicho "sistema" y que él no está de acuerdo;
no, la URSS reconoce la "existencia". .. y lo que él no reconoce es
esta "existencia” ; por tanto, idealmente ese sistema no "existe” : y
como él trabaja en el plano ideal y por lo ideal, se dedica a deshacer
esta "existencia” : es una batalla en la realidad con el lenguaje.
Arrancar al explosivo la palabra existencia.
y o : La palabra misma es explosiva; lo traumático de la existen­
cia; explotar sobre la existencia del otro, eso ya se ha visto.
ÉL: S í . L os nazis "sa lta ro n " sobre la p alab ra judío; fue una mina
p ara ellos, inagotable y m ortífera. E intentaron extraerla del len­
guaje matando a aquellos que r espondían por ella, lo cual les hace
tom ar p o r fetiche a todo un pueblo.
Y este "ideal” de pureza se realizaba por vías físicas, corporales,
cuerpos desnudos, gas, trenes. . . En todo caso nuestro hombre
está en el terreno d e jo ideal, no hay duda. Se le pregunta: "¿A l ser­
vicia de quién está realmente?” Respuesta: “ Me gustaría hacerle
una confidencia: muchos sociólogos y psicólogos de los países del
Este han intentado dilucidar el caso Abú Nidal. Buscaban un punto
débil en mi personalidad. El resultado fue nulo. Terminaron por re­
nunciar. Jamás apareceré públicamente excepto el día en que me
entierren . . Soy un hombre de principios, de acción, de organiza­
ción y de ejecución." El día de su muerte puede aparecer, no habrá
simulación: veremos un verdadero cadáver, no un hacedor de dis­
cursos, de gestos. Asimismo cualquiera que ‘traicione" a su nación
debe ser muerto: ha simulado servirla. El error también se parece
a la simulación: "¿Usted jamás se ha equivocado? ¿Jamás ha mata­
do a un inocente?” Respuesta: "P or supuesto que no.”
y o : ¿ N o raya eso en la paranoia?. . .
ÉL: La perversión no impide ni ser neurótico ni siquiera un poco
paranoico. . .
YO: Cuando haya demostrado usted qué es un perverso.. .
ÉL: Paciencia. Así pues, él cuenta una puesta en escena real de
hombres reales, dignos del lago de Shakespeare: desplaza a un per­
sonaje como un peón para que otros que lo acompañan desguarnez­
can a un tercero, a quien entonces es posible matar. Luego. . .
YO: Dirige su guerra como puede. . .
é l : Supongamos que sí. Por otra parte formula la diferencia en­
tre un combate justo y el terrorismo: “ Un combate justo significa
el derecho de un pueblo a utilizar todos los medios contra los usur­
padores de su país (la madre patria). El terrorismo es la liquidación
sin m otivo de gente inocente."
YO: Sí, lo que él llama terrorismo es la demencia pura y simple,
y su “ combate justo" es lo que nosotros llamamos terrorismo.
é l : Simplemente se identifica con el instumento de la madre pa­
tria; cualquier medio es bueno para que la "verdadera" Ley se ins­
taure; pues es la Ley el objetivo, lo que se busca. Añade: "Eso que
llaman solución a nuestro problema no existe.” Desde su punto de
vista tiene razón: una solución es un reparto que supone la existen­
cia del Otro. Hasta nuestros síntomas son un medio para contempo­
rizar con el Otro, una “ solución" entre otras. La solución para él,
la “ exterminación” del Enemigo, es el aniquilamiento del Otro.
YO: Eso supone una desesperación inaudita, hay que haber esta­
do totalmente harto para no tener como "O tro” sino a una entidad
por destruir. . .
ÉL: Sin duda. De golpe lleva a ser uno mismo el autor de su des­
tino, de su nombre, de su ley, de sí. Se le da otro nombre a las cosas
para invalidar los nombres corrientes.
YO: Hay en eso algo de heroico.. .
ÉL: Si las “ masas" lo siguen, lo será. . . por ellas, no antes. Y las
masas son prudentes: hacen de las personas héroes una vez muer­
tas, o condenadas; pero no faltan las simpáticas que los hallan "he­
roicos", que se identifican con la masa para las cuales serían hé­
roes . .. Una de ellas, el otro día, tomaba el avión con un bebé en
el vientre y un explosivo en la bolsa, confiado por su héroe.
YO: ¿También el bebé era del héroe?
é l : Por supuesto. Pero no todos son tan viles. Excepto los mer­
cenarios sin convicción, los terroristas son como chivos expiatorios
voluntarios: autoelegidos para cumplir esperanzas lejanas; han
asumido la responsabilidad de las infracciones a la ley y al mundo.
Aquellos a los que matan no son siempre enemigos sino carburante
para desplazar y mover a la Opinión, a la Información, de donde sa­
can con qué romper la monotonía a fuerza de escándalos. Esta as­
censión sacrificatoria del atitochivo expiatorio puede ser conmove­
dora y hasta aterradora. Algunos terroristas “ piden” la muerte, se­
ñal de su efusión con el Otro, de su autorrealización, su apertura
a la vida, la verdadera, puesto que esta otra para ellos está verdade­
ramente falseada. Los nuevos terroristas, los comandos suicidas di­
cen la verdad del terrorismo: la ascensión hacia el martirio, hacia
el testimonio puro sobre la "podredumbre" del mundo. Y los astu­
tos hombres de Estado claman: es tiempo de que el miedo cambie
de campo, que se atemorice a los terroristas; es tonto: los terroris­
tas están ya en el grado máximo del miedo, lo viven, es el efecto de
su droga y su recarga. Si acaso puede tratarse de atemorizar a los
ideólogos neuróticos que los apoyan o que viven de ellos. Pero los
terroristas están saturados de miedo, son el miedo encamado, el
miedo que Occidente tiene de sí mismo, sin saberlo, son su miedo
al desnudo.
YO: O los últimos accesorios con los que él se atemoriza-, eso
debe tranquilizarlo de tener miedo, eso le da límites, a él que tropie­
za con límites invisibles, o que se maravilla de ver cómo se mueven
sus fronteras, cómo vacilan sus conceptos, ya sabe usted, las fron­
teras de la vida, de la supervivencia, etc., las manipulaciones, uno se
atemoriza un poco con eso, es una cara de lo desconoc ido; y algo de
miedo y hasta estupor ayuda a ex istir... Escalofrío del s e r ...
ÉL: Lo que está en juego es existir. Y yo digo que hay un modo
perverso de existir que pasa por la necesidad de acabar con el Otro;
en acto. El terrorismo es una variante atípica de ese modo; fija al
Otro, lo fascina; y funciona; hace existir plenamente a aquel que
aterroriza. Por lo demás las víctimas del terrorismo son infinita­
mente menos numerosas que las de la guerra o del alcoholismo, y
están muy por debajo de las de la droga. Así pues la palabrería y
la inquietud que ello provoca están en proporción inversa. Hay es­
tados que, si no sostuvieran al terrorismo, serían casi insignifican­
tes; estarían ausentes del discurso ambiente.
y o : Habla usted de acto. ¿Sabe acaso cómo se pasa al acto terro­
rista? ¿Cómo se decide? La ideología revolucionaria, por ejemplo,
¿es una condición previa?
ÉL: A menudo una ideología sirve para no pasar al acto. La idea
de que hay que “ modificarlo todo” puede servir para no hacerlo,
eso puede ayudar a vivir. . . Pero el acto idéntico a su huella aterro­
riza; aplasta la palabra sobre la cosa; absorbe su ideal en plena rea­
lidad. Extraña cápsula. El Otro se ha fijado, petrificado en lo que
una vez fue; por ejemplo: "traidor” , “ mentiroso’’ .. . Vea el diálogo
entre el terrorista y el idealista revolucionario que no quiere “ pa­
sar al acto” . El terrorista dice: .. . usted es un mentiroso, sus ideas
son pura simulación, usted es lo que denuncia . . El otro argumen­
ta en vano, pero se dice en silencio que es agradable denunciar lo
que uno es: ello permite ser, al menos, y dejar ser. . .
YO: ¿Entonces la ideología "revolucionaría” no siempre es un
paso hacia el terrorismo?
ÉL: No. Tome a los terroristas que vienen del Islam, en las antí­
podas de las ideologías marxistas; tienen un ideal, que pasan al ac­
to; por ejemplo restablecer la pureza de la "tierra " expurgándola
de sus elementos impuros. Lo esencial es poner al desnudo, en acto,
un origen sin mancha, un inconsciente al alcance de la mano, a ima­
gen de lo que se quiere ser, de lo que se cree ser. Y vea cómo la cosa
se aguza: para cautivar al Otro se capturan pedazos de cuerpos que
hacen las veces de él: es la lógica de la toma de rehenes: cuerpos
"neutros” que tienen valor de fragmentos del Otro son capturados
"de veras". Eso capta también la atención general, permite jugar
c o n ...
YO: Y entonces ¿qué caso tiene todo eso puesto que no hay reme­
dio ni estrategia segura para fijarlos a su vez, para mantener a raya
a esos valientes héroes del absoluto?
ÉL: No se ha dicho eso. Hay procesos de contraperversión, de
contracerco. Pero cuanto más segura e implacable es una estrate­
gia, más terrorista es. Los soviéticos "supieron” hacer liberar a sus
rehenes en Líbano: simplemente tomaron otros, de las familias de
los terroristas. Es verdad que no hay otra salida que no sea totalita­
ria, pero es interesante el que no la haya. En realidad los terroris­
tas tienen el mismo "proyecto” que la sociedad: seguridad, garan­
tía, estrategia "segura” . . . Para ellos funciona porque vuelven
contra la sociedad sus mismos valores de certeza. Es menos lo que
le importa a la sociedad, eliminarlos (le molestan poco en términos
generales) que administrar bien lo que esta sociedad secreta en tor­
no de ellos: instituciones, información, represión; es equilibrar
todo eso; el reportaje televisado consuma el atentado, apacigua, de­
nuncia, funciona como cataplasma. . . Y lo mismo sucede en el caso
de otros males de la época, como la droga; no existe un formulario
verdaderamente "seguro” para eliminarla, salvo por vías mucho
más terribles. Todos esos males son momentos álgidos del diálogo
brumoso de esta sociedad consigo misma; ¡su manera de inventar en
ella al Otro que borra! Así pues, le cuesta trabajo prescindir de su
"m a l” . Si hubiera una vía segura para terminar con el “ mal” se sa­
bría. Hasta la Biblia que reflexionó al respecto no halló otra cosa
que el Apocalipsis, el Juicio Final, el Salvador, su regreso.. . es de­
masiado. Ya es suficiente con hacer frente al "m al” sin demasiada
cobardía. . . metabolizarlo, cambiar tanto de desgracia como de fe­
licidad, desplazar el enquistamiento. Ahora bien, el terrorismo, la
droga, etc., son fijaciones, a la vez de individuos y de tejidos socia-
k \ La maquinaria terrorista está conectada con la Causa Sagrada,
la madre ideal asesinada, violada y engañada. Y eso hace hervir la
ingre de los demás: me enteré del caso de un terrorista vergonzo­
samente despedido por sus jefes porque su bomba no causó ningu­
na muerte. Sin embargo había explotado a la entrada de un alma-
i en .. . Es como si hubiera preparado un carrujo malo.
YO: Esta historia de sangre extranjera. Parece tenaz. Ya los azte­
cas sólo sacrificaban extranjeros a sus dioses; alimentar a sus dio­
ses con eso, qué plan.
ÉL: J ustamente, la toma de rehenes lo aclara: se toma como re­
henes no a enemigos (a los que preferiblemente se mata), sino a “ ex­
tranjeros", a veces hasta a amigos de dicha Causa. Los extraen de
la existencia, se alimentan de su energía, de su nombre, de su pre­
sencia: se los incorpora y se vuelven los terroristas más vivos, más
existentes. Sabe usted, cuando los terroristas árabes matan árabes
(lo cual hacen con un entusiasmo increíble), los medios de comuni­
cación apenas hablan al respecto, nadie se conmueve, o casi. No es
"diferente desde el punto de vista del Otro; es sangre "otra" la que
se necesita para alimen tar la causa, sangre nueva, virgen. Los ino­
centes que mueren no son pues errores lamentables, sino una nece­
sidad, es el material para la inscripción. Así como en el caso de la
droga: la adicción, la dependencia no es un pequeño mal secunda­
rio, inevitable, que venga a echar a perder el goce del flash'* por el
contrario es el fin deseado: se toma droga para poder depender de
ella, para pertenecerle totalmente, para atarse con una atadura que
resista: ésa precisamente. Para dar un sentido a su vida.
YO: ¿Porque no se soporta lo insensato de la vida? Por eso se le
impone un sentido, lo cual la vuelve insensata. .. ¿Es eso?
ÉL: De alguna manera. El terrorista da sentido a su vida, pero es
él quien se lo da. Normalmente, si nuestras vidas tienen un sentido,
éste se nos escapa; lo sabemos después, cuando saberlo es inútil.
Los que dan victoriosamente un sentido a su vida quizá son perver­
sos en germen. El que se suicida da sentido a su vida, un sentido
irrefutable: la muerte. Connota con un cero todos los valores de la
vida.
YO: Debe haber buscado en vano un sentido que darle, y por no
hallarlo, le dio ése.
ÉL: Precisamente cuesta trabajo soportar no haber hallado el
sentido; entonces se lo da de manera absoluta; no halló a nadie más
a quien hacer un regalo más relativo. . . Pero es el hecho de darse
ese sentido lo mortal: eso elimina el sentido. Ya no puede empujar
para otra parte, por impulso de otras fuerzas.

* Sensación repentina y corta de goce después de la inyección de droga. [T,]


y o : Entonces vuelvo a las causas; imagínese una derrota "histó­
rica" una derrota en el corazón de su historia, una ruina del ser.
Si se la puede incorporar a un producto o a un vínculo que dé una
razón de existir, pues una derrota nos priva de razón de existir, si
es posible conseguir un enemigo contra el cual “ hacer" algo, enton­
ces se ha ganado, ganado monstruosamente: la situación se modifi­
ca por entero. ¿Es quizás entonces el terrorismo?
Él : Muchos terror istas son reclutados en la adolescencia, muy
jóvenes, en el momento de entrar a "la vida” : en el momento en que
en otros países se incorporan a la delincuencia, la droga, la me­
diocridad, la transparencia, el v a c ío ... E incluso alguien, hablan­
do de nuestras costumbres sexuales, parecía encantado de la desa­
parición de la diferencia en el vínculo amoroso: ahora las personas
se aman como ti fueran gemelos, es m aravilloso... la transparen­
cia. Pues bien, esos jóvenes terroristas abrazan la religión, y a la in­
versa, los fanatismos religiosos más tenaces se prolongan en el te­
rrorismo. Los terroristas como tales son drogadictos, no a la
heroína o al heroísmo, sino al explosivo, a las sacudidas donde en
la vibración del mundo se creen rehechos, redimidos, probados. Es
como un acto suicida donde en el último momento el disparo es des­
viado, y alcanza al transeúnte: al tercero, el fragmento del gran Ter­
cero desconocido. Y ya lo hemos visto, el terrorista asume la res­
ponsabilidad del plusvalor simbólico de la explosión. Él, su Causa,
su padre ideal, su madre patria, han salido a flo te . . .
YO: ¿Y por eso sería el drogadicto un terrorista que ejerce la
acción sobre sí mismo, con el goce además de ver su entorno angus­
tiado, perdido, desamparado?...
ÉL: Imagínese sobre el altar maternal al drogadicto que se auto-
consume en su viaje y su flash, al alcohólico que se inmola también
y que devuelve todas las tripas pero que existe en el v ó m ito .. . al
terrorista que alimenta el altar sagrado de su Causa con sangre vir­
gen extranjera. Si él es el instrumento de su Madre patria, que san­
gra otras ’matrias", entonces es una historia de Madre a Madre, un
encuentro de matrices armadas.
YO: Lo que es seguro es que una parte de muerte se saca de la
masa, y se le echa a la cara: eso la fascina; es lo familiar "imposi­
ble” . Un pequeño lado ordálico: la sociedad roza su muerte olvida­
da, se embriaga causando "terrorismo” , como los padres del droga-
dicto se drogan con palabras sobre su hijo aterrorizador. El
terrorismo es un medio con el que cuenta ese sistema agotado de
tocar sus fallas invisibles, de enfrentarlas con terror.
é l : Sus ideales de transparencia creen poder prescindir del
Otro; se quiere la perversión, y ésta quiere barrer al Otro; en eso
ella promete más. La prueba ordálica es poder darse la vida hacién-
Jola pasar por el vacío del Otro, por el azar, el azar al que después
■ carga de pensamientos. Algunas perversiones son ordalías com­
pulsivas; de ahí el aspecto "suicida": el cualquier cosa está encar­
gado de volver a dar vida. Pero en cierto sentido el instante ordáli-
t o no es raro: en el accidente, la enfermedad, el "m al"
ocasional. . . todos tenemos ocasión para hacer de ellos una peque­
ña ordalía. El suicidio sería la ordalía radical. Y al darse muerte
i elimina cualquier efecto de muerte. Es como darse la vida. Se
absorbe al Otro en y a sí en el mismo golpe mortal. Uno se cura
con el mal. El suicidio es una droga del Instante, como la droga
es un suicidio diluido; “ arrastra” .. . Pero siempre la perversión
Intenta una solución solitaria al problema de la vida, dándosela
i través del Otro que captura. En ese sentido, el suicidio, o la orda-
Ifa "m ortal” , es un regalo narcisista de la vida; incluso bajo la for­
ma de la muerte.
YO: Es curioso que los "jóvenes” se pregunten para qué vivir,
para quién, por qué causa. Como si hubiera que estar seguros de te­
ner primero la vida bien comprometida y para siempre antes de co­
menzar a vivirla; es una manera de darse la vida, aunque primero
haya que hipotecarla para volver a comprarla, uno se da razones
como si éstas no surgieran del mero hecho de vivir; las razones y
las sinrazones, además. . .
é l : E so me da una idea: el terrorism o es darse la vida mediante
la de los otros — aquellos a los que se fascina o a los que se mata.
YO: ¿Nosferatu? ¿Vampirismo?
ÉL: Sí, pero organizado, para la vida. Por lo demás incluso las
ordalías y otras “ pruebas” intentan chupar la vida donde pueden;
pequeño acento paranoico: si habiendo rozado la muerte he sobre­
vivido, entonces es que estoy hecho para vivir. Si hasta la muerte
me permite vivir, con más razón me lo permitirá la vida.
YO: Un pequeño umbral fetiche, pues; conjurador.
ÉL: Pero el duelo por uno no es sólo aceptar arriesgarse, es vivir
por el hecho de que no hay posición humana "defendible” , vivir de
eso. Y querer hacerlo. Todas las variantes perversas quieren des­
m entir eso, y probar que hay una posición defendible, la que man­
tiene el perverso, para quien lo más sólido de la vida es la muerte.
Eso conduce a vivir su muerte, y no a vivir al margen o más allá.
YO: ¿Por eso, esos grandes deprimidos que pregonan que ningu­
na posición es defendible, que todo es nada y que no hay nada que
valga, suponen en realidad un valor absoluto, del cual serían los au­
tores y que, a falta de otro, sería la muerte que se infligen? ¿O la
Nada? Uno cree que para ellos no hay nada que valga y nos damos
cuenta de que no hallan el valor absoluto que buscan. . .
é l : . . . En vano, puesto que ellos son ese valor. Espero que no
dude que los nihilistas son fetichistas dé la nada, de la nada total
que creen ser.
y o : ¿E s ése el núcleo narcisista de las depresiones? ¿Estar deso­
lado por no am ar más que a uno mismo, y ni siquiera lograrlo?
é l : Es estrangularse con el único lazo que se tolera, el que se tie­
ne consigo mismo, y no sólo es de éxtasis, puede ser de estanca­
miento, de torturas deliciosas. En todo caso, nuestros fanáticos he­
ridos no soportan la herida, y cultivan la hemorragia. Pero también
ahí hay contraperversión social: se fundan ‘valores’’ por el placer
de fundarlos: “ eso me gusta, me encanta, mé f a s c i n a e s la con­
traseña; narcisismo del decir: eso gusta porque uno lo dice y lo
vuelve a decir. .. Por lo demás, creo que hasta el terrorismo tiene
sus contraperversiones; como cualquier perversión, puede condu­
cir a gente anquilosada por la evidencia de los mecanismos, el auto­
matismo de las asunciones de responsabilidad puede conducirla a
conocer ese punto de impotencia e invalidez que provoca el renaci­
miento súbito, la recuperación de uno en relación con otros.
y o : E so hasta puede resultar prometedor, hacer que se "organí­
cen” en pequeños clanes terroristas honorables.. . Brigadas de vir­
tud. ..
ÉL: Sí, pero también ahí, contraataque de los terroristas que uti­
lizan ese ideal de asumir la responsabilidad para inscribirse ellos;
dicen al poder: puesto que están obligados a asumir la responsabili­
dad de esta masa, nosotros tomamos una pequeña parte, algo con
que forzarlos a reconocernos; es su tu m o .. .
De lo cual se déduce que el terrorismo es no sólo el sobresalto
de las fuerzas de muerte difundidas en los grandes conglomerados,
sino lo que las hace perceptibles. Es su lector ciego y enceguecedor.
y o : Hay quienes dicen que es la "acción psicológica” del intoxi­
cado, un poco seria.
ÉL: Aquí es usted quien vuelve al toxicómano, al hecho de intoxi­
car a los otros. Pero no como se le entiende. Fue Raymond Aron
quien dijo que una acción violenta es terrorista cuando sus efectos
psicológicos "están fuera de proporción con sus resultados físi­
cos” . Pero eso es impreciso. Una violación no es un acto terrorista
y sin embargo sus efectos psíquicos son desproporcionados en rela­
ción con sus "resultados físicos", no muy fáciles de apreciar; y es
un acto de violencia física al que se reducen muchas otras violen­
cias.
YO: Pero cuando un grupo de jóvenes "correctos desde cualquier
punto de vista” —incluido el sexual, me imagino— violan a una mu­
chacha en público, como llega a suceder, sin que nadie reaccione,
¿no se diría que la gente está aterrorizada?
ÉL: Más bien anestesiada, anulada en la envoltura de celofán
vjue les sirve para guardar reserva; la muchacha está indudable­
mente aterrorizada por sus agresores y por la pasividad de la gente;
por la armonía perfecta, tácita entre lo activo de unos y lo pasivo
diLlos otros. Como si fuera la misma "economía” . .. Una “ econo­
mía" de muerte, en el fondo; es entonces cuando el terrorista extrae
muerte y vive de ella, la acuña y la hace circular. . . La muerte, en
vez de ser un límite se convierte en un argumento, una pieza del
"juego” , se necesitan algunos muertos para alcanzar la embria­
guez, para que se distinga la identidad que falta. Vampirismo tri-
vializado; pero su puesta en escena tiene algo de sagrado. Los cuer­
pos alcanzados son fragmentos del cuerpo del Otro, son el Otro en
estado petrificado.
YO: Eso parece lógico, aterrorizar al Otro es una manera de fi­
jarlo, de petrificarlo, aunque sea en el “ temblor” del miedo; se tra­
ta de detener inyectando miedo como si fuera un producto.
Él : E so le aclara el vínculo establecido entre fobia y perversión:
algunos comerciantes de droga son como “ terroristas". Siembran
el terror, sobre todo entre los padres. Despachan su producto, y
también está el subproducto que es el miedo, el pánico ante un vín­
culo que se dibuja frente a sis ojos, contra el cual no se puede hacer
nada; un vínculo real: realidad que se convierte en vínculo en vez
de seguir siendo móvil, compleja, en movimiento. Lo real converti­
do en pulpo.
YO: Es un hecho que mantienen con su presa una relación ya
perversa hecha de miedo, de violación, de posesión-desposeimiento.
é l : Diga la palabra: de seducción. Sobre ese fondo de amor y de
odio se inserta el verdadero vínculo, objetivo de la droga. Se inserta
en la fantasía original que la seducción hace aparecer: fantasía del
"prim er” vínculo con las palabras; el origen; el año uno. Por cierto,
los primeros en la Historia a los que se llamó terroristas fueron los
enviados de la Convención que desembarcaban en provincia para
reprimir el monarquismo y otras "desviaciones” . . . en plena Revo­
lución francesa o más bien en pleno Terror, en 1793. "Comisarios
políticos", vaya. Es sorprendente lo que todas las revoluciones han
sacado de la francesa, como si sólo hubiera una por copiar. Y a esos
"convencionales" se les llamó terroristas porque aplicaban las con­
signas del Poder central con un realismo, una minucia, como si fue­
ran una Ley sagrada, divina: tenían verdaderamente la Ley en la
mano, la ley de la Convención —que ya es un nombre bastante cu­
rioso • • Si dudara usted de los resabios perversos de lo que se eri­
ge en Convención y que va a meterse en la conducta de la gente. ..
YO: También están los fanáticos religiosos, los partidarios del
verdadero vínculo, que aplican la ley divina en el nivel real o realis­
ta, aquellos que. Libro en mano, siembran muy pronto el terror.
ÉL: Atemorizan y confunden el miedo que tienen con el que se
tiene a Dios o a lo sagrado. Son lugartenientes de Dios .. o de la
Razón o de la Virtud. Bajo el Terror de Robespíerre la gente hace
todos sus esfuerzos, se afana y revienta, entiéndase afanarse como
hastiarse. La perversión se afana por ser. Y todos esos monstruos
de virtud que instituían el Terror esos nerviosos cortadores de ca­
bezas, eran herederos de Rousseau; la Virtud misma; el mismo que
escribió aquel bonito texto sobre el placer de la nalgada y del casti­
go inmerecido; también creó la fábula de que lo social descansa so­
bre un “ contrato" una convención. Y a había un gusano perverso en
ese fruto de inocencia. . .
YO: Una máquina de Virtud, es el te r r o r ... moral.
ÉL: El Terror es el mecanismo riguroso de lo arbitrario; el motor
se autoalimenta: se nutre de sus desprecios y de sus impulsos por
lograr lo ideal. Hay algo de masturbatorio en esta autorreferencia
en la que supuestamente la Ley se mantiene sola, en el nivel de lo
sagrado y de lo sacrilego. El terrorismo es la cocina donde se prepa­
ra una nueva sacralidad, a cielo abierto, en una mezcla explosiva
entre "fuera-de-la-ley” y "más-ley” .
YO: Sin embargo predomina un proyecto de mundo 'm ejor” , de­
purado, "regenerado".
ÉL: Ah, sí, el pura sangre, también viene de ahí, de la Revolu­
ción: "que una sangre impura riegue nuestros sur cos. . Y vaya
que los regaba. Se intoxicaron con ese licor antes de las grandes
sangrías del Imperio, más regimentadas.
YO: Hay que decir que las grandes sangrías del Terror ocurrie­
ron poco después de la decapitación del rey.
ÉL: Sí, habiendo "lim piado’' el antiguo poder, el nuevo perdía la
ca b eza ... Esas grandes sangrías con su acento 'fundador’' servían
también para alimentar, lubricar la máquina estatal nuevecita, el
Estado de derecho, el nuevo Sol, el sustituto del Rey.
YO: Pero los altos funcionarios del Estado nuevo, Estados Terce­
ros o Tercer Estado, esos frenéticos "cazadores de cabezas", ¿qué
tenían en m ente?... Esta voluntad de cambiar el mundo, ese vo­
luntarismo exacerbado.. . ¿Acaso el terrorismo es una enferme­
dad de la voluntad?
ÉL: Pero entonces, en el "yo quiero” , es el "yo ” el que estaría en­
fermo; no el "qu iero’ Quizá no haya otra enfermedad del "sujeto”
más que ésta; querer inmovilizar al Otro, responderle a cualquier
costó, hacerlo gozar a pesar de todo. El neurótico fracasa. El per­
verso lo logra, pero la factura es ruinosa. Mientras es el "y o " el que
está enfermo, lleno de sí mismo de toda la otredad que ha absorbi­
do y que no logra digerir Se erige en ga rante de su querer al grado
de identificarse con él; es lo que quiere y quiere lo que es. El térro-
i ista hace pasar la verdad de su querer por un querer de la Verdad;
on el perverso esta voluntad es esencial. Fundar un gesto en el he-
i ho de que se le quiere, refleja la confusión en sí de Uno y de Otro.
YO: Es el estigma de un Estado totalitario, un Estado que sería
la verdad en acto, la verdadera voluntad manifestada en forma
de dictado, la dictadura. . . verdadera, justa. La peor. Y por ello
veo surgir una idea curiosa: puesto que la “ voluntad” , el pro­
yecto voluntarista, conduce directamente al terrorismo, ¿no con­
sistiría el nuevo arte de vivir en no querer nada, no preocu­
parse, no actuar?. N o juzgar nada tampoco sino aceptar lo que
sucede, lo que hay, y confiar en la dinámica de las fuerzas pre­
sentes . . .
ÉL: Ya veo. Pero esta abulia, ese escepticismo astuto o ingenuo,
esa irresponsabilidad alegre o gris pero "sagaz” , esa desaparición
de la voluntad por miedo al ridículo, es lo que sirve de base a las
voluntades tenaces que necesitan ese contexto para surgir como
reacciones saludables, embriagadas de su "absoluto” frente al rela­
tivismo ambiente, a la postración inteligente y cobarde. Esta pos­
tración afectiva justifica su obnubilación con una autohipnosis que
es una manera inocua de aterrorizarse a sí mismo. El miedo a
"cualquier violencia” es un miedo neurótico a su propio retroceso
cuando amenaza con desmoronarse; miedo que en sí mismo es una
violencia permanénte. Esta abulia puede incluso tomar el cariz de
una tolerancia absoluta, de un asco refinado por la indignación
complaciente.
"Comprenderlo” todo es incluirlo todo, es la tolerancia maso­
quista que se traga al Otro crudo; puesto que no cree en nada, sólo
cree en sí misma, no tiene más objetivo que ser. Como el "yo quie­
ro” terrorista; él no quiere nada, él es: quiere ser idéntico a su ser.
YO: E s curioso pues en principio el gesto de “ querer” nos despo­
ja de nosotros mismos, toma nota de un abismo entre Uno y el Otro,
nos pone en estado de tensión entre nosotros y otras partes de noso­
tros mismos. "Quiera” . . . todo lo que quiera, exponga su voluntad,
intente incluso imponerla, el Otro y lo real dispondrán. Pero al eri­
girse en garante de la verdad de ese querer, sólo se oculta lo que
todo acto de deseo tiene de infundado.
ÉL: En eso radica lo perverso. Acentúa lo infundado de los vín­
culos vigentes para prometer la fundación absoluta; la redención;
la cura definitiva de las fallas de la Ley y de los arreglos que de ello
resultan. Y es una de las formas del terrorismo moderno, sobre
todo europeo, denunciador de las mentiras de la democracia que lo
produce, que lo hace posible y de la que pretende ser el saludable
aniquilamiento.
YO: En resumen, ¿no tiene la democracia más que mantenerse
como foco de conflictos fecundos, enfermedad benéfica del vínculo
social que no hay que curar?
ÉL: ¿Así como el amor sería la buena e incurable enfermedad de
los humanos? Pues ignoro si es la "democracia” la que mejor per­
mite que se desplieguen las contradicciones, los puntos críticos y
singulares, pero de lo que no hay duda es de que en el futuro hay
que alejar a los Redentores políticos lo más posible, como al ungido
del Señor, pues son Mesías. Bueno, eso del Mesías está bien, pero
para ayer o para mañana.
y o : ¿Para mañana cuando rasuren gratis?
ÉL: E l mundo no tiene que volver a comprarse, no fue vendido.
Y vive de las carencias que lo atormentan así como de los deseos
que lo agitan. De paso le señalo que uno de los pensadores más pro­
fundos sobre la voluntad, Schopenhauer, observó que la voluntad,
que constituye "la esencia íntima verdadera e indestructible del
hombre [. . .] es en sí misma sin conciencia-, la voluntad de vivir se
afirma y luego se niega” La referencia a la voluntad no puede ser
más que paradójica. Y si por voluntad se entiende el deseo (por qué
no, es una buena aproximación), vemos que el terrorismo y otras
formas de perversión son una extraña enfermedad del deseo que
consiste en su curación total: el deseo se vuelve órgano, sus fallas
son anuladas, y los suspensos de la voluntad son resueltos.
YO: Pero creo recordar que el gran Arthur hablaba de un querer
vivir total, ¿cósmico?
ÉL: Justamente, si hay un querer vivir "total" es para que los in­
dividuos no lo encamen solos no se apoderen de él. Ese querer vi­
vir no tiene motivo ni objetivo ni fin, mientras su forma perversa
es una interrupción de él, y hasta una involución. Y recuerde que
uno de los rasgos del terrorismo alemán reciente era no la
construcción de una "vanguardia” sino el "com prom iso total" del
individuo. Tenemos incluso el patético testimonio de uno de sus re­
clutas, un judío al que comprometieron totalmente, y a quien que­
rían hacer que ejecutara . . a judíos reaccionarios; en el más puro
estilo nazi. Eso le abrió los ojos .. Pero ahora es él quien debe vivir
escondido: tiene n iedo de que lo ejecuten por reaccionario
En cuanto a la abulia escéptica de la que hablábamos y que es
el contexto en el que brota la voluntad "total” , es a menudo una for­
ma floja de voluntad totalitaria, y las dos hacen pareja. Como hacen
pareja el aburrimiento y el sufrimiento, el aburrimiento de la "sa­
tisfacción'' y el sufrimiento de la tensión.
y o : Sin tomar en cuenta que hoy el aburrimiento abierto que
sería esta indiferencia es “ engañado” a fuerza de "distraccio­
nes” . . . pero éstas también en órganos, organizadas . ,
ÉL: Qué mejor; va a cuenta del activo de Occidente ¿Por qué
"desenmascarar” todas las engañifas y cortar de un tajo toda ilu-
■tión? En cambio, el "error” perverso es claro: ciertamente hay ten­
dón y sufrimiento en no tener lo que se quiere (entonces se busca,
■■v "metamorfosea” ), pero es diferente de querer ser el objeto del
querer, querer ser su propio querer. Eso es lo que el terrorismo
pasa al acto y quiere aniquilar. De ahí viene el aniquilamiento nar­
cisista.
Así pues, el umbral es sutil y el paso precario entre una voluntad
tenaz que no cede nada de deseo y cierto consentimiento a lo otro
■jue puede suceder. Sin la fuerza de esta voluntad, la otredad y el
suceso no dejan huella, pero sin ese consentimiento la voluntad no
tient con qué alimentarse. Se muere de inanición.
YO: ¿Sabe qué? Cuando me salgo un poco de esta discusión, me
da vértigo: asimilar perversión y terrorismo no deja de ser exagera­
do. Me doy cuenta de que algo hay de eso, pero de ahí a considerar­
los de la misma ralea. . . de meterlos en el mismo costal. ..
ÉL: ¿Y dónde ve ese costal? Es precisamente porque no existe, o
porque está todo agujereado por lo que esta hipótesis tiene sentido.
Es porque la perversión en sí no existe, y porque el terrorismo tiene
contornos a menudo muy vagos, por lo que podemos sorprender en­
tre ellos resonancias agudas, cruzamientos esenciales, a partir de
ese punto preciso que es la captura de la ley, la fundación de una
ley nueva garantizada en su verdad por cuerpos. Sucede que es el
cuerpo de los otros, pero el terrorista asume la responsabilidad de
ese cuerpo, lo encarna, en un acto autofundador: el asesinato.
YO: ¿Lo que usted llama "autorreferencia” ?
ÉL: Pero la autorreferencia no es "perversa” en sí; es en el terro­
rismo (o en la fascinación aterrorizada que supone, y que existe en
otro lado) donde funciona como punto de apoyo para la fundación
de la Ley; como narcisismo lógico. En otras exasperaciones narci­
sistas la autorreferencia también funciona, pero sin efecto de asesi­
nato.
YO: En el fondo es sencillo; imagine alcohólicos, drogadictos, ho­
mosexuales, militantes radicales de tal o cual combate que oyeran
nuestras charlas, ¿no cree que se sentirían un poco molestos de ver­
se disparados en el mismo sentido que el terrorismo?
ÉL: Despacio. En primer lugar no todos los que beben o que se
emborrachan son alcohólicos, no todos los que se drogan son toxi­
cómanos, no todos los militantes violentos son terroristas, no todos
los homosexuales son perversos, etc. Lo curioso de la perversión es
que siempre hay dos niveles: el de la perversión asumida, querida,
precisada como tal, como un modo de ser, una estrategia; y el de
las prácticas que cruzan ese modo de ser pero que no están instala­
das en él, y que incluso si se inscrustan no hacen de él su factor en
juego simbólico, el ombligo de su vida. Por supuesto que hay tránsi­
to de un nivel al otro; pero no es evidente. Uno puede convertirse
en un verdadero toxicómano aun sin haberla "probado” jamás, mu­
cho más rápido y de manera más fulgurante que quien la tome pru­
dente, regularmente. . .
Es un hecho que en el universo caótico de las formas perversas
el acento narcisista es abrumador. Y es cierto que mi hipótesis, que
hace converger todas esas formas en un punto crítico que llamo:
ser un drogadicto de la ley, un fanático de la Verdad; es cierto que
semejante hipótesis al señalar invariantes, al mostrar a los unos
que actúan com o los otros, es en sí misma escandalosa, es una ame­
naza a la identidad y por tanto una herida narcisista, insoportable
si nuestro objetivo fuera hacer "adm itir” cualquier cosa a los inte­
resados. . . No es el caso. Nuestro fin es la búsqueda.
y o : Entonces, buena suerte.. .
l'.LLA: No entendí nada, la perversión no es mi rollo.
ÉL: No tema "comprender", no por ello será menos mujer. Ade­
más, yo mismo no comprendo mucho, yo prendo, aprendo de
itquello por lo que me dejo prender.
e l l a : ¿Por qué de pronto le da por hablamos de perversión?
¿Será usted voyeur de los voyeuristas, usted, a quien yo creía viden­
te? El inocente que actúa como vándalo
ÉL: Hablo de lo que se me ocurre, y se me ocurrió, me llegó,
una evidencia enceguecedora hablo de ella para que no me des­
lumbre.
e l l a : Resulta más bien cómico que venga a hablarnos usted de
las perversiones sexuales. . .
ÉL: Desengáñese. Si la perversión fuera tener "una sexualidad
perversa" no habría más que ligar algunos sádicos-masoquistas-
fetichistas-exhibicionistas. .. que por lo demás no llenan las calles
¿eh? (esa gente es más bien discreta) y repetir el mismo estribillo
sobre ellos.
ELLA: ¿Cuál? Para qUe yo también lo tararee
ÉL: Bueno, que han hallado el objeto que conviene a su goce se­
xual, el objeto que invalida los límites y las "castraciones", el feti­
che que falta en otras partes (incluso hasta oír: que falta entre las
piernas de su madre), el objeto que les garantiza que habrá placer
cada vez.
e l l a : ¿En el caso del sádico sería el dolor del otro? ¿En el del
masoquista el suyo? ¿En el de otros el calzado, la ropa interior, la
mirada, el viaje, el alcohol, el ídolo? ¿Es eso?
é l : En términos generales . .
e l l a : ¿Pero, no es lo que los psicoanalistas llaman "fa lo ” ?
¿Siempre en lérminos generales? ¿No irá usted a "fraudam os’ con
eso?
ÉL: Ya lo hicieron, y al respecto Freud dijo la primera palabra
y la última. . .
ELLA: ¿Y cuál es esa dichosa palabra?
ÉL: Que todos esos "perversos” , esgrimen su fetiche como un
sexo materno, justamente el "fa lo ” que la madre no tie n e .. .
e l l a : ¿Por qué sería eso, y por qué iban a hacerlo?
ÉL: Según él, para invalidar la evidencia abrumadora de que la
madre no lo tenía.
ELLA: Es ridículo, en primer lugar lo que tiene no es nada, y si
quiere llamársele nada, reconozca que ese nada frecuentemente
hace las veces de todo.
ÉL: No tengo nada que reconocer y el ridículo no mata; le digo
lo que se repite allá arriba.
ELLA: Bueno, ya lo repitieron bastante; a menos que usted tam­
bién quiera tocar ese tambor, hacernos cantar ese estribillo.. .
ÉL: No. Así pues, habrá que interrogarme con más calma o inte­
ligencia para ver cómo salvar esta idea del ridículo.
ELLA: ¿Qué idea?
ÉL: Que hay gente a quienes el hoyo de la madre ha horrorizado
y que van a él directamente, traá preparar todos los fetiches, para
desmentir e s o ...
e l l a : ¿Y la idea de que la maldad humana, forma especial de
"perversión” , viene de ahí?
é l : E so nos hará desviam os un buen trecho, tenemos para toda
la noche, no podrem os hacer otra c o s a . . .
e l l a : Y a veremos; no es seguro que me interese. . . Pero ya lo
veo venir, va a ampliar el tema, pues aprovechando el viaje meterá
también a los homosexuales-marginales-alcohólicos-toxicómanos-
normales. . .
ÉL: ¡Hey, h ey!. . . Es cierto que con mayores amalgamas agran­
damos el tema, lo hacemos creerse importante; de gran alcance. ..
No me gustan mucho los grandes conjuntos (o los conjuntos infini­
tos; transfinitos). Es una perversión muy moderna: creer que una
idea va más lejos si concierne a más gente; cuando es evidente que
se queda allí; se estanca, se detiene.. .
ELLA: ¿Por qué es una perversión?
ÉL: Es una manera de hablar; usted quiere aumentar el interés
de una idea, que tenga un máximo de interesados, resultado, deja
de tener interés, sin que por ello sirva a los interesados. Helo ahí,
es una pequeña inversión, interesante. El gran conjunto, el público,
se convierte en el medio para anular la idea infinita, queriéndola
maximizar.
e l l a : Y decir que la idea se convierte en "fuerza material cuan­
do se apodera de las masas” . . .
é l : Fuerza de inercia también cuando las masas se insertan en
ella . . . Cuando esa idea conviene, deja de operar, se muere. Para
ser fecunda una idea no debe convenir demasiado. Es posible que
las grandes revoluciones saquen su fuerza y violencia del arriesga­
do cruzamiento entre la masa y una idea que no le conviene verda­
deramente, pero que la hace moverse en favor de aquello. Y el resul-
l-ido del enfrentamiento no le conviene ni a las masas ni a la idea,
reliemos como pru eba...
ELLA' Digamos que sí. ¿Por qué la perversión le interesa tanto, y
en primer lugar qué cosa es?
EL: Está en el corazón de los individuos y de los grupos, aun
■uando no sean “ perversos" Es como un arraigamiento de identi­
dad, una identidad “ radical” . Las morales la han denunciado; es
<|uizá la relación entre la moral y lo que ésta denuncia como per­
verso. . •
ELLA: Sí, ¿pero qué cosa es?
ÉL: Imposible definirlo de entrada. La etimología no ayuda; dice
jjue es la inversión, la alteración. Como no sabemos cuál es el dere­
cho, no es fácil mostrar el revés; y menos aún denunciarlo. .
ELLA: ¿Y entonces las normas? No irá usted a machacarnos con
que las normas es algo relativo, que lo que es normal aquí es anor­
mal en otras partes o patológico.
ÉL: Sin embargo aquellos que denuncian alguna “ perversión'’ o
sólo la nombran, lo hacen en relación con una norma, incluido
l?reud; él habla de "desviación perversa” de la pulsión sexu al...
e lla : ¿Desviada de su objetivo normal? ¿Pero cuál es? Si la pul­
sión sexual tiene por objetivo satisfacerse, y si eso se obtiene con una
loto, un fetiche, una mirada, por detrás o de través, ¿acaso no se lo­
gra el objetivo normal, que es la satisfacción? ¿Es preciso no sólo
llegar al “ objetivo normal” , sino llegar por vías supuestamente nor­
males? ¿Las de todo el mundo? ¿No tiene cada quién vías que le son
propias para alcanzar su goce? Y sin hablar de sexo, si el objetivo
‘normal” de la vida es sei vivida, ¿acaso no están permitidos y son
nórmale.1>todos los rodeos y desviaciones desde el momento en que
llegamos todos al mismo objetivo: agotar la vida y alcanzar la muer­
te? ¿Es preciso no sólo satisfacerse, satisfacer a su compañero, por
ejemplo sexual, sino además satisfacer la norma, como si fuera un
tercero cascarrabias y sin recursos, que pide que se le pague su deu­
da?
é l : Me marea usted un poco, hay respuestas tan vanas como las
preguntas. . .
ELLA: Así como sucede que las preguntas y las respuestas no
concuerdan, sino se cruzan, de lejos; puntos de contacto, pequeños
encuentros que desvían preguntas y respuestas. . .
ÉL: No es fácil organizar encuentros casuales, malentendidos fe­
cundos, respuestas que inviertan la pregunta.
ELLA: Eso, ¿inversión, "perversión” ?
é l : A veces la pregunta se come su respuesta, o a la inversa, y
entonces tenemos el pensamiento digestivo.
e lla : S o w h a t ? . . .
ÉL: Muy bien, cambiamos de lengua. Mire. No es que un ser sea
"perverso' sólo en relación con otro; es la relación entre uno y otro
lo que es perverso o no; según esa relación pretenda o no fundar por
sí misma su propia Ley, y por lo tanto remplazar lo que escapa a
toda relación: su ley, su verdad, su origen Ya sea esa relación se­
xual, afectiva, política ..
ELLA: Suavemente, o mejor —puesto que es usted suave, comete­
ría una violación suave— hágame ver la cosa claramente. Por ejem­
plo, leí en alguna parte que un hombre que desea a una mujer y que
sabe exactamente por qué, se ve atrapado con ella en una relación
peiversa. Eso me pareció un poco exagerado, pues además ¡pueden
muy bien hacer el amor de acuerdo con las normas!

1. LIMITE Y CONFORMIDAD

ÉL: Sabe usted, lo sorprendente es que de normas sabemos muy po­


c o .. . En su ejemplo, su relación se da por ley el saber que la funda;
ese saber cerrado, al alcance de la mano, hace las veces de fetiche:
primera y última palabra de lo que sucede entre él y ella.
Diría incluso —puesto que estamos diciendo algunas tonterías—
que un pensador, un investigador, en principio no sabe cómo le ven­
drán las ideas, pero quien supiera cómo "tenerlas" sería como un
perverso del intelecto; la Idea sería para él un fetiche. .. Quizá sea
de esa manera como las "ideas” circulan en nuestros días; y hay
quienes tienen por oficio pescarlas como peces y servirlas en su sal­
sa, o añadir ínfimos detalles para que la idea sea suya.. El detalle
puede ser su nombre convertido en marca registrada, depósito pre­
cioso. ..
e l l a : N o es tan descabellado; quien tuvo la idea no pudo pensar­
la toda. .. Pero dígame, en este caso, ¿todo el mundo es perverso
y desde todos los puntos de vis ta ? ...
ÉL: Digamos que el perverso es aquel que es parte interesada, in­
tegrante, de un dispositivo que incluye su propia ley (lo cual hace del
dispositivo un montaje perverso); esa relación, que funda el disposi­
tivo, celebra esta inclusión, hace de ella su ritual; el hombre del que
hablaba sabe desear, es el interruptor, pi-ende y apaga el mecanismo
del deseo como si fuera la pulsión misma que encarna y simboliza.
Su relación con esa mujer está saturada de saber, del saber que ha
erigido en verdad, verdad que no deja lugar a ninguna prueba. . .
ELLA: Ni a lo imprevisto, a la falla, a todo el aparato pues . . de
la molicie subjetiva, ¿es eso? Sin embargo nosotros sabemos que si­
gue siendo, como todo el mundo, presa de un deseo que se le esca-
I . cuyos fetiches y rituales son prendas, remedios para salir del
puso. Nosotros lo sabemos y él lo sospecha. . .
é l: ¿Pero qué haría con nosotros y con nuestro saber, o el de un
tercero? No existe un montaje en el que "nuestro saber” haga pare-
|mcon el suyo. La cuestión no está ahí; el perverso se organiza como
un impulso para conseguir lo que en otra parte parece escapar, fal-
lur, evadirse en el último momento. . .
ELLA: ¡Entonces es un especialista del deseo! Perfecciona allí
ilonde los otros pierden la cabeza. Y yo prefiero su precisión y su
i igor al patatús y vértigo y otras "pérdidas” con que los otros se
complacen; pérdidas de conocimiento o de saber, pérdidas totales,
iras contenidas, los agotadores dengues de la neurosis. ..
ÉL: El perverso tiene con qué fascinar. Un homosexual, por
ejemplo, fascina mucho a ciertas mujeres; es la fórmula exacta de
su fantasía confusa de fraternidad populosa: todos los hombres
hermanos, gemelos de preferencia, retozando en las faldas —taber­
náculo sublime— de la Virgen Madre que les sirve de abrigo. . . Es
seguro que como compañero evitaría a la mujer agotadores melin­
dres. .. Lo malo es que para ella trae letrero de "ocupado” ; "no
hay hombre"; justamente el credo de algunas mujeres. Un lío .. . En
todo caso, el perverso, identificado con su montaje, con su "esce­
na” , se consagra a la captura de la "fa lla " de la que hablaba, él es
esa falla fija como un cliché. Y si en el ejemplo de usted la desea
porque ella es deseable (según la lista de criterios que él trae en el
bolsillo, o que se despliega en los discursos de moda), siempre pue­
den jugar en tom o a ese rasgo que los une, hacer variaciones sobre
esta ley de su vín cu lo ; precisamente porque esta ley establecida por
ellos está ahí, pueden excitarse con ella, transgredirla, respetarla,
respetar su transgresión. . . A veces son esos pequeños juegos los
que uno toma por perversos cuando en realidad son el subproducto
de la relación perversa, la que funda entre uno y otro un dispositivo
idéntico a su ley.
ella: ¿En resumidas cuentas una especie de contrato?
ÉL: Mmmm. . .
e l l a : Ahí sí me inquieta usted, me exaspera. Dos seres que están
de acuerdo en algo, que establecen entre ellos un contrato, un con­
trato de matrimonio por ejemplo, ¿estarían uno con el otro en una
relación perversa?
é l : No dije eso; todavía no; pero la idea me seduce; pues enton­
ces la cantidad creciente de divorcios traduciría el hecho de que
muchos se desmoronan ante la perversión inherente al matrimo­
nio; ya no tienen los riñones lo suficientemente sólidos como para
soportar eso; falta de ejercicio, de fogosidad; hipotensión del pen­
samiento; quizás haya que revisar esta esclerosis, este enviscamien-
to del corazón en la grasa y lo agresivo de la molicie narcisista. . .
pero dejemos eso.
ELLA: Sí, mejor. Pues a ese paso, en vista de que no hay cosa más
normal que establecer un contrato, o intentar saber por qué se de?
sea a alguien, es capaz de probarme que lo normal es perverso.
é l : Todavía no, pero ya casi. Qué im paciencia... Ha olvidado
ya nuestro pequeño principio: es una relación con el Otro lo que
puede ser perverso, y no tal o cual gesto en sí. El Otro puede ser el
grupo de gente normal, o cualquier vínculo con lo que no es “ uno".
Lo normal es un concepto, una emanación “ social", no puede ser ni
perverso ni no perverso. Pero la relación que se tiene con el
conformismo, por ejemplo, puede ser perversa; incluso a menudo
lo es como relación que sabe de antemano los gestos que hay que
hacer o que ocultar, los valores al alza o a la b aja.. .
e l l a : Hay una película, E l conformista, que lo muestra clara­
mente.
é l : Ya no la recuerdo, o casi: las películas son un torrente de
imágenes, de percepciones, así que sólo las recuerdo volviéndolas
a ver, cuando recordarlas es inútil. En todo caso, el grupo como tal,
en relación consigo mismo, puede proferir cosas "descabelladas" o
“ perversas", puede permitírselo. Si los fieles se reúnen para cantar
"Dios nos d ijo .. . ” , al grado de que olvidan lo que les dijo, no im­
porta; pero que un individuo se levante y diga "Dios me dijo
q u e. . . " , y ya está enjaulado; al manicomio; antes de haber reco­
brado sus pobres ánimos. Se le mete al manicomio para protegerlo
de la locura furiosa con que el grupo le amenaza por la jugarreta
que les hace al encarnar su creencia.
ELLA: Sin embargo un grupo puede ser fetichista; ha habido y
hay sociedades idólatras; la nuestra quizá no lo es menos. . .
ÉL: Pero para llamarla “ idólatra" usted la sitúa en relación con
otras que creen no serlo o que les horroriza serlo. . . , y esas dos enti­
dades (ese grupo y los otros) están a su vez situados en relación con
el enigma de lo divino, del Otro, del valor —que consideran de mane­
ra distinta. Es esta diferencia de contexto lo que permite decir, abu­
sando del lenguaje, que un pueblo, en sí, es idólatra o “ perverso".
e l l a : Según la tradición, los sodomitas eran "perversos".
ÉL: ¿Y eso que quiere decir? Que la Biblia lo dice; porque ¿acaso
existieron? ¿Quién lo sabe? Por lo demás la Biblia dice más bien
que eran malos, malvados a los ojos del Dios bíblico (así como por
momentos su pueblo querido. . .). Los estigmatiza no porque sean
homosexuales sino porque no conocen ningún lim ite para su goce
sexual.
e l l a : Entonces todos somos sodomitas o casi. Conozco pocos
que pongan límite a su goce sexual; por lo demás ese goce muestra
riu límite por sí mismo, y rápido, así que resulta inútil ponerle uno.
ÉL: Q u izás... Usted hablaba de sodomitas, ¿conoce la historia?
I ,ot recibe en su casa a tres mensajeros divinos llegados a destruir
Sodoma porque sus habitantes eran malos” en su relación con lo
divino, y he aquí que los habitantes, "desde el joven muchacho has-
l.i el viejo, todo el pueblo” , rodean la casa y piden que se saque a
los tres hombres para 'conocerlos” . Lot invoca la ley de la hospita­
lidad, ley antigua, inmemorial: están bajo su protección,.. Pero a
esta ley no escrita el pueblo furioso opone su voluntad, su goce del
instante; establece su voluntad como idéntica a su límite, a su goce
que no tolera otro límite, y menos el de una costumbre que se le es-
»pa, una costumbre de extranjeros; pues el pueblo grita a Lot: uno
lío (a saber: Lot) ha llegado a vivir (como extranjero) ¡y he aquí que
-.1 pone a juzgar!
e l l a ¿Xenófobos entonces, racistas?
é l : Si se quiere; al- no admitir extraño o extranjero que no pue­
dan "conocer" y por lo tanto controlar. Eso no es verdaderamente
racism o.. .
e l l a : Sin embargo, no recuerdo quién dice que el racismo es re­
chazar el goce del Otro, creo que Lacan
ÉL Bonita frase, pero es falsa. Si usted tiene zulúes en un rincón
y si e goce de ellos es verdaderamente "otro", usted no estorba na­
da, ese goce no le molesta; cuando comienza a inquietarla, a asus­
tarla, es cuando le recuerda lo raro que hay en usted, criando su in­
timidad ya exigua se encuentra compartida con otros, cuando
“ ellos” salen con "nuestras” mujeres o "nuestras” hijas y gozan de
"nuestra seguridad” social. El racismo es cuando el otro se vuelve
hacia lo mismo, regresa a lo mismo, y por ello la altera, la vuelve
distinta a usted misma, y desata en usted la angustia inherente a
la relación con el Otro, con el Otro que en usted le inquieta.
e l l a : Ya leí eso en alguna parte, en La haine du désir creo un li­
bro bastante agudo de Sibony, ¿lo conoce? Trabajé con é l . ..
é l : Lo conocí y lo perdí de vista; en otro tiempo no lo dejaba ni
un momento; no sé qué ha sido de é l. .. Pero si dice usted que es
su idea del racismo, pues qué mejor, se la robo y la hago mía.
e l l a : ¿Sabe usted que eso le gustaría? Tiene una teoría curiosa
al respecto.
é l : ¿Una “ teoría"?
e l l a : De alguna manera; dice que lo entristecen los destajistas
que se quejan de que se les robó “ su” idea, la que ellos mismos aga­
rraron en el aire, al paso del viento. Dice que cuando le roban una
idea está contento, se siente liberado de esa idea; en primer lugar
deja de interesarle puesto que ha dejado de ser suya; parece que le
encanta; y sobre todo dice que eso le permite pasar a otra cosa,
que la Idea es infinita; que si se halla en ese grado de la Idea y otros
toman el relevo, qué mejor, puede pasar al nivel siguiente y eso le "a-
legra” . No sé si es cierto, pero de serlo debe ser un hombre feliz. En
todo caso, suelta esos disparates con una sonrisa feliz: “ Ya ve, es
sencillísimo, basta con estar conectado con el infinito de la idea, si
sólo se lo está con su parte finita le quitan esa parte y está usted aca­
bado.” Y se muere de risa como si hubiera dicho un chiste
ÉL: Ya empieza a hartarme con ese tipo; creí que hablábamos de
Sodorna.
ELLA: Ah, sí, querían ‘‘conocer” a los mensajeros.
ÉL: Echárseles encima. Imagínese la escena; hay un mensajero
divino que pasa, algo humano en resumidas cuentas, y quieren vio­
larlo, "conocerlo” entero, inmediatamente.
ELLA: ¿Quiere usted decir que los perversos quieren apoderarse
de lo d iv in o ?
ÉL: Chistosa frasecita, ¿por qué no? Es un acercamiento al feti­
chismo.
e lla : Pero de cualquier modo dehe haber contado el hecho de
que esos sodomitas fueran homosexuales.
ÉL: Pero de una manera compleja; no es el goce anal como tal lo
condenado (aunque la mujer de Lot quedó petrificada por haber mi­
rado atrás, como estatua de s a l...). También están todas las muje­
res que están allí, "todo el pueblo’ ’ dice el texto; ¿acaso gozan ellas
de ver a los hombres presa del hom osexo ? Gomorra está muy cerca,
el lugar privilegiado del hom osexo fem enino. . . Pero lo que se se­
ñala es que esa gente se erige en fuente única de la ley vigente, en
autora de su goce a voluntad.
e l l a : Por lo tanto la homosexualidad sería atacada en su raíz,
onanismo, masturbación de sí o de su sexo, narcisismo. . . ¿Es eso?
é l : Y ahí se une la idolatría, la pesadilla del Libro, concebida
como una relación fabricada en todas sus piezas, que asume la res­
ponsabilidad de lo que escapa, la parte del Otro, el inconsciente. El
idólatra ruega a su ídolo que lo sostenga; le paga con el juramento
de fidelidad; antaño con sacrificios humanos; hoy el gesto es más
simple: vive al ritmo de las revistas en las que se muestra a los
ídolos del día. Algunos sugieren con toda firmeza que un "pensa­
dor" es profundo porque es elegante... Y si el ídolo fracasa, si fun­
cionó mal, se hace otro (en otro tiempo lo rompían, le pegaban...);
imagínese a un jefe que dice estupideces, una diva que se desmoro­
na, una estrella que titila; es normal; ¿[Link] relaciones no idó­
latras con lo divino, con la Otra-escena?, es una pregunta. Tengo un
amigo que acaba de convertirse y tengo la impresión de que cuanto
más prueba más bueno le parece, y al final lo que ádora es haberse
acostumbrado.
[Link]: Hay otros que adoran sus “ costumbres” . . .
til.: Pero a él hay que verlo por la noche, rodeado de sus rosa-
i los con el crucifijo en la mano sujetándolo como una pistola que
«punta a su corazón. . . Parece estar seguro de su disparo, vaya, de
|ue el disparo no saldrá, de que el viaje durará; es un caso. De cual­
quier manera podemos pensar en un lazo en el que el fetiche no se
■■upe del deseo; el no fetichista hace que el Otro se ocupe de sus
proyectos secretos y turbios, y al mismo tiempo parece aceptar que
■ i) no funcione, que el vínculo simbólico no sea idéntico a sí mis­
mo: que tenga sacudidas inconscientes. Eso le explica las intoleran-
i las entre fieles de religiones o confesiones que sin embargo están
arcanas: los narcisismos demasiado cercanos se irritan; no se pue­
den ver ni en pintura. . .
ELLA: Permítame que dude de sus fieles “ no fetichistas” ... Pasan
li un fetiche a otro, es todo.
ÉL: En cierto sentido, los contratos que uno establece con los al-
i ohólicos o los toxicómanos sólo funcionan cuando el contrato ha
absorbido en sí, por anticipado, sus chascos sucesivos, cuando ha
lomado el relevo del vínculo perverso motivo de la discusión.
ELLA: Es cierto, he conocido toxicómanos a los que un gurú ha
lacado de apuros; se encuentran guruisados. . . Bastó con que la
secta les hiciera saber delicada, indirectamente, que la droga era
una molestia, leve por lo demás, para vivir el nuevo vínculo de ple­
nitud, de verdad más absoluta,..
ÉL: Eso transfiere a ese nuevo vínculo el llamado de vínculo que
lanzaba a la droga. Pues precisamente la religión es un vínculo,
y cualquier vínculo que establece contrato con su horizonte divino
tiene ya un pie en lo perverso.
A veces es explícito y hasta conmovedor en enunciados ingenuos
de alianza: usted me hace esto, me hace gozar, diría el dios, y yo le
hago esto, lo dejo en paz, le traigo la lluvia y el buen tiem po.. . Casi
en esos términos algunos dioses anuncian el color. . . Lo interesan­
te es que los fieles escapan a su perversión pecando; culpabilidad;
infracción permanente; el pecado los salva del fetichismo; las cuchi­
lladas al contrato, supuestamente involuntarias, desplazan la im­
portancia del contrato, y atraen la atención sobre el pecado, el
p erd ón ...

2. MASOQUISMO Y DOLOR

ELLA: Pero hace un momento pretendía usted que todo contrato era
perverso.
ÉL: En absoluto. Los contratos usuales se refieren a un tercero
que se les escapa, así sea el poder jurídico; éste, con sus leyes, invo­
ca a su vez una ley que se le escapa. . . La mayoría de los contratos
tienen el mérito de poner fin a un torbellino de seducción entre los
firmantes; un empleado que siga sin tener su contrato en forma
deberá agacharse cada día un poco más, encarecer la seducción. . .
El contrato con firmas, timbre, sello, da un frenazo; no verdade­
ramente definitivo, siempre hay ''lecturas” , manipulaciones diver­
sas . . ., todo un potencial dé agresiones. Pero hace un momento ha­
blaba de los contratos que incluyen la instancia del tercero: esos
quieren fundar la ley que toman por testigo.
e l l a : ¿Cómo es posible?
é l : Relea La Venus de las pieles de Masoch. Cuando establece el
contrato con la dama, le pide que lo tome como esclavo, que abuse
de él, que lo azote, que le de órdenes crueles. . . Y está el momento
patético en que para garantizar ese contrato (que ningún tercero
puede avalar sin pasar a ser parte interesada, sin resultar compro­
metido), Masoch da su palabra de hombre-, por un contrato que
debe reducirlo al silencio, privarlo de lo que lo hace un hombre con
palabra. Para él, toda su "palabra de hombre” va a alojarse en ese
contrato; al manipular el contrato manipula a la Palabra, a lo que
habla en la palabra. Y además hay un goce previsto, peor, obligato­
rio, un poco idiota, que emana de algunos contratos; hasta el goce
sexual que rezuma de un contrato de matrimonio; la respuesta,
pues quizá lo sea, es la frigidez: la mujer responde con la ausencia
cuando el contrato quiere que esté presente haya o no deseo. . . En
todo caso, echar mano de su palabra dé hombre libre para sacrifi­
car su libertad y asegurar su esclavitud es la menor paradoja a la
que conduce esta pretensión de un contrato que hará ley, quedando
el Tercero disuelto entre quienes fundan dicha ley.
e l l a : Pero ¿no es siempre así o casi? Ciudadanos muy libres re­
claman su libertad, sus atributos de “ hombres libres” , condición
necesaria para elegir, para dar su voto, volverse áfonos, someterse
voluntariamente a los poderes que se erigen y contra los cuales se
refunfuña. . . Y sin embargo ni son "masoquistas” ni están enamo­
rados de la degradación. Es cierto que su sumisión quizá no sea un
mal negocio: les asegura que otro responde por ello s.
ÉL: Comete usted dos errores; primero esta dimisión de hom­
bres "libres” se realiza bajo el signo del vínculo social, para mante­
nerlo; y ese vínculo no puede ser en sí mismo ni descabellado ni
perverso.
e l l a : ¿Y el otro error, profesor?
é l : Creer que el masoquista ama el dolor como tal.
e l l a : Todo el mundo lo dice.
ÉL: Pu^s es falso. El dolor puede no ser más que el señalamiento
dt un fenómeno más secreto, más esencial, fenómeno que el dolor
oculta con sus gritos y su vértigo.
e l l a : ¿Qué es lo que señala?
ÉL: En el dolor, lo que es Otro hace irrupción en el recinto narci-
’llsta, en el ámbito sacrosanto del "Y o mismo” ; es el retroceso Inicia
nosotros de lo que escapa, de lo que no se es, y que yo llamo el Otro
para acabar pronto. Aquello irrumpe violentamente en nuestro te-
i ritorio de carne e imágenes, de materia y memoria. Vuelva a pasar
por un lugar que le recuerde un vínculo de amor y su ruptura, y
verá que es el duelo en su estado puro, el dolor, el estrujamiento
del corazón al vientre lo que duele. La nostalgia es el dolor del re­
greso la irrupción de lo que regresa y que uno creía desaparecido,
pero que sigue estando lo suficientemente cerca como para regre­
sar y lo suficientemente “ otro1 como para doler y señalar la violen­
cia de la irrupción.
La paradoja del dolor es que nos rompe y hace que nos recobre­
mos: hace que nos repongamos conservando al Otro que, por ese do­
lor, penetra en nuestro recinto, nos fragmenta y nos vuelve a arre­
glar . . . de otra manera. El dolor es una obra de muerte que trabaja
en favor de la vida, incluso indirectamente. Hace un corte en noso­
tros, recordándonos que no somos el Otro, y que no podemos pro­
longamos en el universo entero.
e l l a : En suma, detiene al hombre a punto de ‘rebasar a Dios” .
Sin embargo él puede ser el Todo de ese dolor, ser ese dolor vivo
y absoluto.
é l : Pero por instinto él lo sacude y lo hace "o tro ", distinto de él.
Lo aparta de sí hasta en el pensamiento.
e l l a : ¿Qué diferencia hay entonces entre dolor físico y psíquico?
é l : Son dos caras de la misma cosa; dos caras que se comuni­
can, como en una superficie torcida. Si tiene un accidente, un dedo
cortado, el instrumento representa al Otro, al Otro que lo mordió,
pellizcó; irrupción en la carne que desgarra el tfaje narcisista, la
costumbre de ser uno mismo, de estar en el propio pellejo, un poco
apretado. Eso pone de luto. El dolor psíquico esti. muy cercano;
pudo causar el accidente, "provocarlo” . Y la irrupción del Otro
arranca el objeto, ése es el luto, el objeto que uno quiere es arreba­
tado por el azar, el "destino", o cualquier otra fuerza inconsciente
que pueda representar al Otro. El dolor psíquico estaba allí y para
mostrarse sólo halló esa cortadura en el cuerpo.
e l l a : ¿Y el masoquista en todo eso?
é l : Bueno, el dolor le señala, como a todos, la irrupción del
Otro, pero él pone en juego algo más preciso: lo que le interesa es
atraer al Otro para capturarlo, controlarlo, torcerle el cuello. El do­
lor le es precioso porque le señala que la cosa marcha, que la presa
está bien metida, que ha avanzado al territorio donde podrá fijarla,
aniquilarla, lentamente; violencia fría, absoluta, "ausente” ; violen­
cia inaudita del masoquista que extirpa al Otro lo más íntimo de su
violencia como si le vaciara su sangre; succión delicada, sumisa, de­
vastadora. En cuanto al dolor, todos se apoyan en él para no hun­
dirse en la nada, somatiza la muerte como representación extrema
del Otro, y podemos apoyamos en su "muerte' para tener un súbi­
to resurgimiento de vida. Le sucede lo mismo a todos, pero el maso­
quista es un estratega de la cuestión, y, para capturar lo que en
todo vínculo se nos escapa, a saber el Otro, para poseer todo lo
otro, organiza vínculos que autentifica con su sumisión; podemos
creer que goza imponiéndose vínculos (de pertenencia), cuando en
realidad se ata para arrancar cualquier otro vínculo que no sea
aquel del que es autor. Es un círculo perfecto; él pertenece al otro,
el Otro por lo mismo le pertenece, de ahí este efecto más fuerte aún:
que él se pertenece a sí mismo; "se revela” más vasto que él. Esta
estrategia de la pertenencia está presente en todo vínculo, se infil­
tra y actúa cuando los "interesados” exageran sobre su servidum­
bre para apropiársela mejor; para atrapar al Otro, fijarlo, terminar
con él imponiéndole un fin; erigirse en creadores de su vínculo, y
por lo tanto identificarse con el inconsciente y lo sagrado.
ELLA: ¡Vaya!. . . Según usted, desde que hay vida humana hay
perversión.
ÉL: Absolutamente. Y eso no es resultado de una búsqueda fre­
nética desplacer, sino de cuestiones más esenciales. Es posiblt- que
lo "perverso” , mucho más allá de las “ sexualidades perversas” ,
concierna a dimensiones radicales del ser en el mundo y de la rela­
ción con el Otro; es la tentativa vana y angustiosa de "fija r” esa re­
lación, de fijarse en ella. De ser cierto, entonces la perversión con­
cierne a vastos niveles muy ramificados de vínculos con el Otro y
con el ser, niveles que todos atravesamos pero donde algunos se
atascan más o menos. Y como el Otro es también lo social, la per­
versión concierne a vínculos con lo social, con la "cultura” ; todo
ello está en juego en la perversión como pretensión inmemorial de
producir fetiches, objetos-frontera que sirven de apoyo y de memo­
ria para esos vínculos: ya sea que esos objetos sean una creencia,
una droga, una ideología, un aparato, un ritual, una manía sexual,
un dios, otro d io s .. Diversidad de experiencias, de las que sólo
importan las invariantes.
e l l a : Hey, regrese un poco, hablábamos del dolor.
é l : Justamente, el dolor es una de esas invariantes, y para el ma­
soquista es la señal de que el ciclo en el que atrapa al Otro, por la
doble pertenencia, gira bien; pues atrapa al Otro dándose a él, ha-
i léndose hundir*por él; busca el dolor como prueba de la “ herida”
hecha por el Otro; del contacto hiriente. En general el perverso pue-
ilt buscar la “ mancha” ; el contacto con lo sagrado. Un paso más y
llegamos a la búsqueda de lo abyecto, como prueba de una mixtura
más avanzada entre nombre y cuerpo, de una mezcla más íntima
i on el Otro, cuestión de engancharlo mejor encontrándose "engan-
liado” con él.
el l a : Todo eso supone un odio o una poderosa maldad, una es­
pecie de venganza implacable. Ahora bien, la idea de que el hombre
■ “ malo” o malvado en la raíz ha alimentado tradiciones. . . más
bien neurotizantes.
ÉL: Sí, tradiciones en las que lo perverso fascina, donde el mal
>i une a lo demoniaco y por ello a lo “ divino", a lo sagrado. .. Un
Jetalle: acabo de regresar de Brasil y la atmósfera que se repira
illí, ya sea del lado de la miseria o de la opulencia, no es la cámara
i errada, culpable y culpabilizadora que pesa en algunas esferas pe-
■jueñoburguesas o en alguna sociedad magrebina. Hay allí una es­
pecie de perversión ligera, como si el goce en general no fuera im­
portante ni dejara huella, simplemente está allí como una sutil
vibración en el aire, una transparencia, una luminosidad percepti­
ble.
ELLA: Acaba de decir que la muerte es una representación del
Otro. Me imagino que no es la única.
ÉL: No, está la vida, o el amor, para quien jamás ha amado.. .
Hay Otro hasta el infinito.
Pero el masoquista se apoya en el dolor para ir más lejos; el do­
lor es su órbita de espera, su plataforma de despegue hacia viajes
más apabullantes.
ELLA: Me aclara usted cosas pero curiosamente eso las hace más
oscuras. . .
ÉL: Mire, el movimiento del conocimiento sólo es que mientras
más se sabe más se ve lo que queda por saber. . . Peor aún: el saber
que se obtiene provoca hoyos negros, boquetes en el infinito, desor­
den suplementario. . . que puede hacer irrupción, estallarle en las
manos. Ya se sabe, quien aumenta el saber aumenta el dolor. Eso,
dolor. . . En realidad esas cuestiones rebasan con mucho al maso­
quista, hacen vibrar o rechinar la textura misma del vínculo con el
Otro, del vínculo social o amoroso. El masoquista es un pájaro más
bien raro. No es extraño que se haya esperado a Sacher Masoch
para darle un nombre, en la pureza de su sacerdocio. El dispositivo
masoquista, del que el "masoquista” es el gran sacerdote, es siem­
pre un potencial difuso, pero una vez aislado, puede aclarar los
apoyos del vínculo perverso y hasta del vínculo a secas.
e l l a : A condición de no ofuscarse demasiado a fuerza de acia-
rar. Pero es una idea chistosa: el masoquista es el predador y su
presa es quien le hace daño.
ÉL: Es más bien simple, trivial. El masoquista es más que amo
del juego, lo instaura, instaura el contacto, aun cuando no hace más
que “ aceptarlo” ; tiene, o más bien es, la primera palabra y la últi­
ma. El otro, la compañera de Masoch por ejemplo, no tiene palabra
que decir, puesto que al dejarla entregarse a sus caprichos se la
abandona a sí misma, se le deja y al mismo tiempo se le arranca la
palabra final; ya ni siquiera se da cuenta de que los caprichos que
se le invita a tener deben pasar por su compañero, que se convierte
en el centro de su mundo. Se halla encerrada en el único proyecto
de manifestarse a él, de hacerle "daño” , es decir de hacer sensibles
todos sus movimientos en tom o a él; él es el centro, y al mismo
tiempo se convierte en el horizonte del mundo de ella, la rodea. El
que se desmorona no es el masoquista sino su compañera, que ya
no sabe qué hacer,, que se angustia si él no tiene un dispositivo ho­
mólogo que oponer. Si él no es más que un simple neurótico —y es
el caso de la “ Venus” — se ve muy pronto atascado en sí mismo, des­
hecho. En cambio, y es sorprendente, la sociedad moderna, ante los
perversos que produce y que la “ desvían” , tiene dispositivos nota­
bles de contrarrodeo, de contraperversión, incesantemente renova­
dos, mejorados, perfeccionados; recupera a sus perversos desbor
dándolos o volviendo contra ellos su lenguaje del cual ella se
apodera (el lenguaje de los toxi cómanos por ejemplo); les empalma
montajes institucionales, que los rebasan inmovilizándolos, que los
ayudan anulándolos. A su vez hace de ellos su Otro por capturar;
todo rechina, sangra, pero resiste; el “ contacto” se mantiene. Hasta
con los terroristas hace dúos bastante extraños. . . más bien estabi­
lizados, casi ritualizados.
e l l a : Pero ¿cuál es ese Otro que el masoquista quiere fijar? ¿Es
su pareja?
ÉL: El perverso y su montaje son compañeros para cautivar al
Otro; la pareja es una figura concreta que sirve al masoquista para
insertarse en el Otro, el Otro abstracto, que es lo que se nos escapa,
lo que ninguna palabra o ley puede decir por sí misma. El Otro
es también la parte maldita, la parte de vacío, la parte divina, la
parte de nada pero que significa el compartir; es lo aleatorio, lo
sagrado, lo imprevisto a punto de decirse, y de ‘decir" quién sabe
qué —de ahí la tendencia a hacerle decir lo que uno temía oír.
El Otro es lo no dicho pero es el más allá de todo decir.. Y si
bien se trata de una “pareja perversa”, el Otro al que quieren disol­
ver en su vínculo, no es uno de ellos, es lo que escapa a cada uno
de ellos.
e l l a : ¿Y eso es lo que el masoquista quiere capturar?
til • El eso del que habla es más vasto; todo perverso quiere con-
' Huirlo e inscribir su vínculo en eso gracias a la pareja que renue-
■ i compulsivamente, pues ninguno agota lo absoluto de eso, del
Otro. Hasta el drogadicto cuya pareja es la droga debe repetir las
■ iv es como cambiar de pareja, es la misma pero las dosis han
■ unbiado y el tiempo también. El fetichista hace de ello su fetiche,
lo uual es una manera más bien estricta de tener al Otro al alcance
iU la mano, de manipularlo, pero no como una histérica puede ma­
nipular su mundo pertrechándolo de palabras excesivas que se le
< apan y la desbordan.
ELLA: En pocas palabras, lo que llama usted perverso es aquel
i uyo modo de ser es idéntico al mecanismo de la perversión: captu-
i i del Otro para fusionarse con él, "a muerte” ; y ese Otro es todo
lo que no es uno; ¿es el Otro de cada uno o el Otro del grupo? ¿Aca-
i) no son uno?
ÉL: Lo intentan, pero la articulación es compleja. Cuando el
Otro del grupo es el Otro de cada miembro, el collage es total, la
ulhesión fulgurante. Si no es enorme, hay juego, seducción. Mire,
■I Otro puede ser la fantasía de una seducción arcaica convertida
n su propio objeto. La fantasía se vuelve juguete.
e l l a : ¿Cómo es eso?
ÉL: Imagine que la fantasía la une con su objeto del deseo, unión
I lexible pero rigurosa; pues bien, la perversión la une con el objeto
jue e s . .. la fantasía misma, esa fantasía seductora convertida en
|uguete, dispositivo en manos del perverso, casi órgano. Eso le per­
mite creerse fuera de la fantasía.
e l l a : Ahí me z a fo .. .
ÉL: No importa. De todas maneras siente que algunos seres es­
tán en relación con usted, mientras que otros toman esa relación
misma por objeto, objeto de juego, de estrategia. . ., al punto de
que a la larga cualquier relación se disuelve en el objeto en el que
m- convierte.
e l l a : Bueno, poco importa como dice usted, ¿pero qué es lo que
empuja al "perverso” a actuar así? ¿Al masoquista por ejemplo?
ÉL: El Otro no es tan sencillo de soportar. Si se lleva uno bien
t on él, se esfuma como Otro, su alteridad va a refugiarse en otra
parte. No olvide que lo difícil no es tanto aceptar al Otro, aceptar
que existe, como dejarlo ser como lugar de llamados, de fantasías,
de impulsos enigmáticos, de sucesos desconcertantes; como pulsa­
ción viva del otro lugar.
e l l a : ¡Pero si para todo el mundo es difícil soportar al Otro!
ÉL: Entonces la pregunta va más lejos; es la de saber lo que pre­
cipita a cada uno en tal “ locura” más que en cualquier otra. Sobre
eso los expertos no dejan muchas ilusiones: a fuerza de precisar las
“ causas” , olvidan que la misma causa tiene efectos muy diferentes
y que no sirve de nada haberla especificado tanto. Por ejemplo, el
padre ausente —siempre lo está— y la madre desenfrenada o pose­
siva o "histérica” producen aquí un neurótico, allá un perverso,
aquí un masoquista, allá un toxicómano que es también un alcohó­
lico o algún ser híbrido que ni siquiera sabe qué malestar escoger
para expresar que el ser le hace mal; sin hablar de los normales fu e
rayan en toda clase de anomalías o no producen más que réplicas
de sí mismos.
Parecería que las fuerzas inconscientes se empeñaran en desba­
ratar la causalidad que ellas mismas implican.
e l l a : Sin embargo usted no niega la "causalidad psíquica” ,
¿verdad?
ÉL: En principio nada impide pensar que existe como red com­
pleja de implicaciones pero que se enreda en cuanto uno se le acer­
ca, precisamente porque nos acercamos a ella para agarrarla o in­
movilizarla. Este efecto de escapatoria existe en física en el caso
de los electrones a los que uno se acerca, ¿por qué no en el de
las causas de nuestros malestares, en el de los núcleos "últim os'’
de nuestros destinos? Además, las causas se ramifican, se enrollan,
producen ciclos, torbellinos en los que causa y efecto se remiten
uno a la otra; y más aún, a fuerza de diferenciarse, las causas se
vuelven insignificantes; entonces hay que razonar por grupos de
causas. . .
e l l a : Esto produce charlas infinitas. . . No, en el fondo me pare­
ce absurdo saber cuáles son las causas capaces de hacer de un indi­
viduo "neutro” un perverso o un normal.
ÉL: Sin embargo es el punto de vista de cualquier pensamiento
preventivo: cómo hacer, qué precauciones tomar para que los indi­
viduos no se planteen los problemas que hemos resuelto para
ello s. . . Lo malo es que se los plantean porque los hemos resuelto
por ellos. Y se los plantean todavía peor, a falta de lugar dónde
plantearlos. Y esos seres problemáticos se vuelven "insolubles” ,
como si movidos por fuerzas inconscientes necesitaran invalidar la
idea de que su problema fue resuelto o hasta formulable. Los com­
prendemos.
e l l a : Me preguntaba qué clase de suceso podría, y no debía, im­
plicar la perversión, hacer que uno se convierta (¿poco a poco?, ¿de
golpe?, ¿a tirones?) en fetichista, o toxicóm ano.. ., que uno progra­
me su vida con miras a lograr toda forma de Otro, para "fijarla”
y "fijarse” con ella. Me interesa, ignoro por qué, saber cómo nace
un montaje perverso; me digo que el funcionamiento de una cosa
no es sino la repetición de su génesis, sobre todo en la perversión,
donde está un poco petrificado. . . ■
i I A LEY SIN FALTA. . .

I I lín ese caso, el hilo a seguir es la relación con lá Ley: el perverso


. . un traumatizado p or la Ley, y el fetiche es la equimosis, la moles-
I I I la inflamación dolorosa, la cicatriz del golpe que ha recibido de
ella . .
ELLA: ¿No es el caso de todo el mundo? ¿Traumatizados por la
ley?
EL: En absoluto. Normalmente la Ley sirve de apoyo, da el lími-
11 , previene el caos, el cualquier cosa. Aquí no se trata de las leyes
■nunciadas, a partir de las cuales podemos censurar, se trata de la
iVy que está más allá de esos enunciados, de esos enfoques; lo impor­
tante es el movimiento que en todo fenómeno vivo hace surgir nece-
tidades intrínsecas que exceden al movimiento mismo que las en-
gtndrn. Por ejemplo, la prohibición del incesto: todo adolescente
pegado a su madre la conoce, la respeta, incluso es lo único que sa­
be. lo cual no le impide elucubrar hasta el vértigo, hasta la náusea,
loda clase de ideas de donde resulta que infringe esa prohibición
que respeta. Su impotencia cuando desea a una mujer le sirve para
hacerse creer que él es el verdadero esposo de su madre, puesto que
■ siente culpable de serle infiel siendo al mismo tiempo culpable
de acercársele demasiado. Eso da vueltas hasta el infinito. La mu­
jer puede “ inventar” al hombre y evitarlo como si fuera ella la que
lo hubiera traído al mundo. Pero el hombre marca a una mujer con
^1 rasgo maternal que la hace deseable, la nota por ello, y la evita,
i- ■.décir sabotea el vínculo, porque le recordaría a la madre. Esas
son variantes “ neuróticas”
Sin hablar de pasar al acto, como cuando padre e hija, hermano
y hermana se calientan como quien no quiere la cosa, sorprendidos
de que resulte "agradable” , ligero malestar de todos modos, peque­
ños llamados a la Ley a pesar de las protestas: "¡Pero si somos feli­
ces!” Lo social, un poco molesto de tener que poner un límite a sus
leyes hedonistas ("¡ya que eso les gusta!. . . ” ) llama al rescate a sus
rieomoralistas. . Sigamos adelante..
ELLA: ¿Qué tiene que ver con la Ley?
ÉL: La mayoría de los humanos sólo, conocen la Ley por la falta
en la que se sienten enfrentados a ella, aunque no puedan decir ante
qué ley son culpables. Parece que a "fa lta ” de una Ley clara, límpi­
da, total, inventan leyes, a menudo fundadas en la razón (algo con
qué balizar la vida); sirven sobre todo para evocar la Ley que falta,
para aprehender a cada quien por su objetivo culpable. Todo suce­
de com o si la Ley fuera la totalidad de las leyes formulables, presen­
tadas ante un pequeño remanente excesivo, un remanente al que
ninguna fórmula alcanza, pero que está allí, que pesa mucho, y
que sostiene a todo el edificio de las leyes posibles.
e l l a : ¿Hasta las leyes de la ciencia? ¿Hasta la ley de la caída de
los cuerpos?
ÉL: Hasta ésas. N o sé de qué "caída” y de qué cuerpos habla;
¿de la gravedad?, es una forma de la ley de la gravitación que en
sí misma es una aproximación a la ley del movimiento de varios
cuerpos que se atraen mutuamente, y esta ley, infinitamente difícil
de escribir, ha quedado por ello informulada. . . si no es por apro­
ximación. Y si un día lo fuera, descubriríamos que hay otros fac­
tores que descuida; habría que escribir otra ley más "infinita"
tod a vía ...
Todas las leyes de la ciencia revelan deficiencia en relación con
el saber que tienen por objetivo, digamos incluso una falta; eso las
hace vivir; es quizá el eco de lo que en otras partes hace a los huma­
nos culpables: los hace cautivos de la Ley mientras no esté llena o
plenamente satisfecha.
ELLA: Pero si la Ley se impone como función regular, necesaria,
que estaría allí en el aire sin que podamos formularla, ¿no sería lo
que en otras partes se llama Dios, sin saber muy bien quién es, ni
lo que quiere exactamente?
ÉL: En primer lugar, Dios, cualquiera que sea la idea que uno se
haga de él, no siempre es muy "regular", aunque le encajen un ejér­
cito de teólogos para demostrar que sí, que está en regla, dando y
dando, buena conducta, buenos puntos.. . Eso no funciona; siem­
pre llega en el momento preciso una catástrofe que todo lo descom­
pone. Por más que han hecho hablar a Dios, por más que lo han tor­
turado, eso no los ha inmovilizado en lo que él quería. Quizá el gran
hallazgo monoteísta haya sido suponer a un Dios Uno pero verdade­
ramente Otro, por lo tanto "imposible” , ni ídolo ni imagen, un Dios
que nombra sin abolirlo el enigma de la vida, que la soporta sin col­
marla. ..
Como iba diciendo, también Freud, el ateo, se planteó, brutal­
mente, esta pregunta: "¿Quién es Dios?” , y lo que inventó al respec­
to es más bien decepcionante: que Dios es una imagen del Padre pri­
mitivo de quien lo único que nos dice es que “ tenía” todas las muje­
res . . . y que las prohibió a los demás, pues por supuesto no podía
gozar a todas. Pero en este mito lo importante es que por él, a causa
de él, hay una prohibición para los miembros del grupo, un límite
para su goce, límite que ellos revuelven, transforman, metamorfo-
sean, reinscriben, límite que los fascina, los hipnotiza; sobre todo
la "prohibición del incesto". . . Y fíjese, la ley que estableciera se­
mejante Padre se distingue en principio en esto: todos los demás
son culpables ante ella.
e l l a : Habría que preguntarse si era necesario añadir a esta fá­
bula el fantástico episodio del asesinato del Padre. Si mataron al
Padre para hacerse de un buen capital de culpabilidad, es un lujo
muy superfluo, puesto que tan sólo con su Ley eran ya culpables,
virtual o realmente, si se les antojaba tocar a las mujeres, es decir
■ 11 cualquier momento.
ÉL: Sí, la falta conectada a la pulsión, es el cierre com p leto..,
Pero a Freud le gustaba atar bien sus ideas, hacer nudos en el lugar
nlt I enigma. Qué importa, el hecho está allí. Todos los días vemos
hombres que hacen fracasar sus vínculos eróticos porque tal mujer
pudría, habría podido pertenecer al Padre; y mujeres muy púdicas
entregarse a cualquiera para dar así, al Padre que él habría podido
< i\ la linda hija que no tuvo cuando la zorra de su mujer lo castra­
ba, lo asfixiaba...
ELLA: ¿Acaso la Ley no es más que una línea de cresta entre lo
divino sin falta y lo humano deficiente y culpable?
ÉL: La falta es más vasta que la infracción. Eso es lo que se esca­
pa; y por ahí está la conexión con el Otro. Lo -avino por ejemplo,
puesto que escapa, puede ser culpa de los humanos, la “ culpa” ne-
i esaria, indispensable, al punto que querer deshacerse de esa culpa
puede ser igualmente.. culpable. Todo eso se comprueba durante
la transmisión; los padres transmiten su ignorancia, ignorantes de
ello; pasan una parte de aquello que para ellos es inimaginable, una
falla que transmitir. Ya ve los estragos cuando los padres se pre­
sentan com o. . . sin falta, irreprochables, desde el principio rayan­
do en lo divino, una divinidad más bien insulsa, sin deseo, insípida,
angustiante...
ELLA: Cuando los adolescentes se desatan contra los padres, les
hacen reproches, en pocas palabras los humanizan, les prestan im­
perfección, ¿suponen que esos padres dejan qué desear?
ÉL: Pero raros son los padres que soportan el impacto, y que en
vez de defenderse, de justificarse, de fingir que renuncian, posan e
imponen la historia de su vida con sus sombras y sus brillos como
algo que se debe tomar o dejar. Hay que decir en su descargo que
están ya demasiado "cargados” de moral, abr umados por el discur­
so psicoanalítico que ha tomado el relevo y que goza de un aura
"científica” , de un aplomo que ellos mismos le prestan. Normal.
Transferencia al inconsciente.
ELLA: Imagino la decepción desesperada del niño que se da cuen­
ta de que sus padres son tan bobamente normales e irreprochables
como parecen serlo. . . Conocí a una muchacha que se desmor onó
el día en que supo por la amante de su padre que, pero claro, claro
que no se acostaban. Eso la desesperó: si ni siquiera con su amante
hacía el amor y en casa era un tirano sádico, aquello quería decir
que entre su padre y el amor había un muro; de falsedad.. Es inte­
resante, pues en la "fa lta ’1misma de vivir con una rtRijer a la que
no ama, es todavía más culpable al tener una amante para no amar­
la tampoco.
ÉL: De lo cual se deduce que la "falta", en sentido de déficit, es
un relevo del impulso vital, una oleada de exceso y de infracciones;
algo vivo. Una vida sin falta no es una vida . A menos que sea en
sí misma la falta que niega.
e l l a : Entonces la Ley, aquella que estaría en el horizonte de
toda ley, parecería que azota a los humanos gracias a la infracción,
a la falta, que los excita y los conduce a sublevaciones de vida, que
los amenaza y los alcanza cuando corren el riesgo de caer en la
nada o el caos. . .
ÉL: Por ello el fundador del cristianismo, Pablo de Tarso, que
llegó a anunciar a los hombres que estaban salvados por Cristo, li­
berados de la falta porque estaban liberados de la Ley (su gran idea
era que la Ley engendraba la falta), pues bien, ese querido Pablo
produjo efectos curiosos con esta idea; una esperanza por supues­
to, el Reino de los Cielos .., y una depreciación inevitable de la
vida terrestre, pero sobre todo esta lamentable conclusión: eso no
los liberó de la falta; la falta es lo que los liga a la Ley a pesar de
ellos, aunque piensan que esta Ley (Palabra, Verbo, Verbo encama­
d o . . ) ha sido c umplida por el Salvador, de manera absoluta y defi­
nitiva. De manera que a pesar del éxito evidente de la idea de san
Pablo —el cristianismo es un negocio redondo—, no podemos decir
que desde entonces los fieles naden en la inocencia; la falta sigue
presente, y se impone, incluso en relación con la Nueva Ley, la Nue­
va Alianza. Y ello puede conducir a sobresaltos purificadores extre­
madamente mortales. Nos purificamos del "otro", enérgicamente,
sacrificándolo, .
ELLA: Si le mueve a las cosas santas nos alejamos de la perver­
sión.
ÉL: En absoluto. En el sentido más simplón, el perverso busca la
falta como por ella misma; se hace eco de cierto gusto erótico por
la falta, quizá debido a la alegría de ser salvado una vez más. Sólo
que no quiere la salvación que se le ofrece, la salvación "corriente",
él quiere una salvación de la que sea autor; su cuerpo será el punto
de encuentro entre falta e inocencia; un cuerpo autorredentor. Los
otros evitan la falta, juegan a las escondidas con ella, ella los persi­
gue, los atrapa; ellos cuentan hasta d iez.. . intentan contar: más
bien ausentes de las delicias del "a pesar de uno” , demasiado peli­
groso de manipular El perverso se ha vuelto —volvemos otra vez
a la inversión—, va a contracorriente de los fugitivos; corre hacia
lo que ellos toman por una falta, la toma con las manos abiertas,
con todo el cuerpo, la "realiza", y su triunfo un poco discordante
<ontrasta con sus semblantes contritos, o como él dice: "hipócri-
t-is", "co b a rd es"...
e l l a : Ahí se está moviendo demasiado, antes hablábamos del
masoquista y henos ahora en el gusto del pecado.
ÉL: Paciencia, está muy ligado, y por lazos que se acercan a espe-
» Imenes poco apreciados como los alcohólicos, los delincuentes, los
toxicómanos y otros acontecimientos singulares en los que nos en-
i ontramos luchando contra la Ley; el terrorismo hoy es su síntoma
escandaloso, y cada vez más diversificado.. .
ELLA: Demasiadas amalgamas chocantes, le gustan a usted los
t hoques. . .
ÉL: Esos choques pequeños o grandes sacuden al planeta cada
dia. . . es la vida que hace y deshace los conjuntos, las amalgamas.
Y si bien el mundo es monstruoso, conocerlo por lo que es, es una
manera de amarlo, de ayudarse a superarlo, de ayudarlo a superar-
m‘, a él, el insuperable, más allá de la inocencia y de la falta. En
luanto al "gusto del pecado” , es impropio. Los que profesan la
religión saben que el pecado tiene un gusto bueno, si no ¿para qué
defenderse tanto de él? Pero para el perverso se trata del gusto
que tiene p or el hecho de hacerlo', poco importa el contenido del
"m al” o el provecho que aporte; el acto es su propio beneficio; es
el goce que procura. Un jugador de casino, uno verdadero, apasio­
nado hasta la médula, no goza tanto ganando, o con el dinero que
gana, como con el acto de jugar, de continuar el juego al infinito,
de atormentar al azar, de interrogar el caos de las cifras como
para arrancarles la confesión del número esencial, absoluto, que
lo designaría a él. Y repite compulsivamente ese paso a las confe­
siones, goza con coger y volver a coger hasta el infinito el número
que falta, a falta de saber, la falta de saber inherente al caos; coger
con ambas manos esa falta o esa infracción y atiborrarse de ellas
hasta la muerte. Pues bien, aquél que se precipita sobre la "fa lta ” ,
religiosa o moral, no para engañar la prohibición como carterista,
sino para imbuirse de la falta, meterla en su cuerpo, ser el cuerpo
de esta falta por ello abolida-real izada, parecería que ese ser abne­
gado se sacrifica para dejar en la escena del mundo una ley sin
falta, impecable. . .
e l l a : Juega usted un poco con las palabras. . .
ÉL: Basta el juego de ellas, no hay para qué añadir más. "Sin
falta" es también sin plazos, sin diferencia de tiempo. La idea de
que aquél que hace el "m al” lo hace como para consumar el mal
y purificar el mundo parece grotesca. Lo es, pero esta "gruta” es
aquella misma donde se alimenta la idea perversa; es ahí donde
se fomenta y toma su impulso silencioso, que viene de lejos y que
va lejos.
ELLA: ¡Ah! revelaciones; ande, ¡hágalas! Espero que no sea de esos
gurús y capataces del pensamiento que para tener en vilo al audito­
rio —o al lector— prometen una y otra vez una revelación asombro­
sa, "articulaciones” esenciales, que cuando llegan pregonan: "¡no
se puede tener todo!” , "¡ya hay algo!” "¡andan paternales las co­
sas!", "n o hay relación sexual” . Entonces uno se aferra, para negar
su decepción, y sucede que alguna veces la Verdad tarda años en
ser dicha, así ata mejor a quienes la esperaban, fascinados. Eso no
me gusta. Si un tipo tiene algo que decir, por qué hacerles pagar a
los demás haciéndolos sacar la lengua, dejándoles la lengua colgan­
do, suspendida a la suya; y el día en que esa lengua se suelta, hélos
ahí partiendo de un tajo "la lengua acartonada” , la suya. . .
ÉL: ¿Juega a los cándidos o qué? ¿Y su deseo de dominio, qué
pasó con él? ¿Su deseo de seducir, de erigirse en cápsula, fetiche,
droga, música? ¡todo eso es humano!
e l l a : Es un poco perverso.. .
ÉL: N o tanto, es el vínculo entre hipnosis y perversión; el aspecto
fetiche del acto de hipnotizar; el público se colma con una palabra
que no es otra que su deseo de ser llenado. La hipnosis es una mane­
ra de intoxicarse con el Otro. Acuerdo perfecto de las dos partes:
el hipnotizador responde a la petición que se le hace* de encamar
una ficción para quien quiere ser hipnotizado, la ficción de que
existe un objeto adecuado que responde a la espera, que colma el
llamado de deseo lanzado hacia el mundo. . . Pero volvamos a la
Ley. Lo que "prom etía” yo es muy simple: que el futuro perverso
ha sido devastado, sorprendido, traumatizado, al descubrir que
todo lo que se le presentaba como Ley estaba lleno de remilgos, de
simulaciones, de componendas, de impureza, y se ha propuesto ins­
cribir una verdadera Ley, garantizar con su cuerpo o por el artifi­
cio del fetiche una Ley real, virgen, sin mancha, sin falla, plena, lle­
na de ella misma, y si es posible de él como garante de esta
plenitud. En pocas palabras, empresa descabellada hecha quizá
"para” escapar a la locura o más bien —pues uno no hace algo para
no estar loco, por lo general no hay alternativa— es una empresa
"loca ” que controla su locura, que la supera quedándose fijo en
ella. El fetiche es un objeto fóbico relativamente manipulable; más
que el animal "fób ico” del que simplemente podemos huir. El mie­
do que se tiene al objeto "fób ico" se vuelve a hallar en el fetiche,
pero en estado de instancia sagrada, como un acento de verdadera
Ley, pero flexible para ser "garantizada", negada, engendrada, re­
cobrada. . .
e l l a : Hablando de ley virgen, ¿pensaba usted en la fantasía de
't|guno£ perversos de que su madre es virgen y ellos la han embara-
»do de ellos mismos, que son a la vez padre e hijo?
ÉL: Esa fantasía es conocida, y muchas otras se reducen a
lia. . . al respecto tengo una hipótesis sobre la génesis del vínculo
v del dispositivo perverso, siendo el "perverso' aquél que se incrus-
tit en el potencial de tales montajes, que encama (él o su acto) el dis­
positivo o el ritual maquínico del cual es parte interesada. Así pues,
por un lado el perverso forcejea con la Ley, la voltea, la pisotea, la
i]i'>enrriascara con pasión, y por el otro se erige en hacedor de Ley,
* n aquél que inscribe una Ley verdadera, ideal pero real. Esos dos
B»pectos, el mentís y el hecho de que la Ley tenga origen humano,
- ítán ligados, aunque esa ley no sea más que un pequeño contrato
l>erverso, y aunque el Dios en cuestión adopte la forma simple y
■onmovedora de un fetiche.
ELLA: En ese caso, cualquier ser un poco inteligente es perverso.
Comprende que la ley de los demás está podrida de apariencias, y
está decidido a usar esas apariencias y en vez de respetarlas tonta­
mente las manipula, se hace su ley propia, y en ella se mantiene; de
ahí ese lado a la vez picaro y virtuoso, ‘íético” y "m alo" en todos
los seres un poco astutos.
ÉL: Confunde usted al animal inteligente que elige la "m ejor" es-
nuiegia en la jungla social (la estrategia que preserva o que halaga
su narcisismo) y el ser que decide ser él mismo el juego y la estrate­
gia, la ley y su huella, lo verdadero y su realización, garantía direc-
i ámente en el cuerpo.
el l a : Entonces el proyecto me parece extraño, no veo en él el re­
sorte, el impulso.
é l : Tan "extraño" como aquel que busca el castigo que los de­
más evitan, que encuentra en la humillación una dignidad in­
quebrantable, aquel que organiza su muerte por sobredosis, inani­
ción, aquel que sólo se ilumina practicando el sadismo a su
alrededor, aquel que sólo se calma cuando diez árabes lo sodomi-
zan al día, a q u el...
e l l a : L o que usted describe es más bien simple: gente poseída
por el placer y que hallan el suyo de una m anera un poco rara, es
t o d o ...
é l : El placer no explica nada, no hay placer en sí. Hasta en la re­
lación sexual, el colmo del goce humano según Sócrates, algunos se
las arreglan para no tener ningún "placer” . Siempre queda el re­
curso de decir que su placer es no tener ese placer, lo que prueba
sobre todo que el placer no es más que un efecto del verbo placer,
más complejo que el apaciguamiento de la tensión de la excitación,
como decía Freud; el placer es todas las subordinaciones del verbo
placer, placer al Otro o a Uno, o a uno placiendo al Otro, etc. Y este
matiz de consentimiento: placeres ser admitido, aceptado; placerse
es darse placer, aceptarse mediante otros, u objetos, o uno; no sólo
complacerse. El placer implica el “ decir", y no sólo para que la pul­
sión deje en paz y se retire. En la perversión no es tanto el principio
de placer como el placer del principio, del comienzo, del origen que
uno se fabrica, que uno se hace a la medida. Vn fetiche es una ciru­
gía plástica del Otro y de Uno, revisada y corregida p o r el deseo de
confundirlos, de abolirlos uno en el otro. Estamos lejos del princi­
pio de placer o de su variante averiada llamada principio de reali­
dad donde se trata de "placer lo suficiente” a la realidad, “ respetar­
la” lo suficiente para que no moleste.
ELLA: Pero de por sí ese respeto da placeres muy directos: el
gran realista, que masturba la Realidad
ÉL: Aunque la haga desfallecer, no la cambia, como pretende.
e l l a : Sí, pero no le niega nada, le da coba, y se abre camino, tre­
pa bastante rápido sobre sus pequeños montículos. La vieja puta ya
no ofrece su cuerpo gastado, pero tiene favores laterales recom­
pensas, tangibles o sublimadas.
é l : Recompensas poco creativas. Hacen feliz a quien ha hecho
votos de vivir esclavo de la Realidad. Los grandes goces hacen pa­
sar por lo irreal y lo inconsciente: más bien irrealistas. .. Ganar en
el juego de la Realidad sólo excita a una pequeña parte de nuestros
medios, de nuestros instintos, salvo si ya esos medios son lo sufi­
cientemente pequeños. Vea lo que sucede: si a los trofeos que se lle­
van los grandes realistas que juegan el juego a fondo (juego de los
medios, componenda económica, prestancia política) no les agre­
gan nada más, su trofeo no es más que un retrato de sí mismos ofre­
cido por aquellos a quienes desprecian, una imagen adulada que sa­
ben que es mediocre; para gozar de ella [Link] m odos. . . deben
olvidarla un poco, o amputarse, sí, amputarse. .
ELLA: Dejemos eso, hablaremos de política otra vez. ¿Y el placer
entonces?
ÉL: . . . sólo existe como vínculo de compartir in situ del verbo
plactr, "abre” usted el verbo placer a alguien, como una puerta
inadvertida, y le dice gracias, lo que quiere decir “ gracia” , es sufi­
ciente, o como se dice: ya no eche más o me hundirá, no tendré con
qué responder, con qué pagar lo compartido. Es todo un arte el de
dar y tomar. Y usted replica "e l placer es mío” .. , agresión trivial,
hipócritamente "graciosa' Uno da placer y lo retira con una sim­
ple palabra, justo con una señal. El juego del placer sabe hacer re­
botar en el otro el placer que uno se da; la descarga ahí sale ganan­
do y es también una recarga.
ELLA: Mientras no sea una "carga” . .. Me digo que para el per­
verso, el placeres una carga, casi una misión con su apuesta simbóli-
. ti Eso me recuerda una universidad donde se daban cursos de
bromas": no se aprendía el placer de bromear, pero se hacían bro-
iiiii Y salían como pastelitos, bien clasificadas. El profesor tenía
u idea, quería comercializar aquello para hacer a la gente más "fe-
li Eso se ajusta a los "métodos” modernos para ser felices, sentir
I 'I "¡er, ser más joven, más hermoso, estar en forma, muy en for-
nui . un tanto imbécil.
EL: El imbécil y el perverso están muy cerca. . . El perverso en-
i ii na una Ley, por consecuencia fetiche, y el imbécil no sabe ni si­
quiera que la encama; un lujo suplementario en pocas palabras. Sí,
I I placer; en la perversión el placer es esencial, pero no es la refe-
iencía; así como lo vimos en el caso del dolor del masoquista: cha­
potea en él, es la señal convenida, pero no es lo que está en juego.
l,o que está en juego es capturar al Otro en Sí, fijarlo como fetiche,
manipularlo y servirse de él para inscribir la Ley de la que pueda
uno creerse autor, y que por eso será “ verdadera” ; por ello los dis­
tingos entre placerse a sí mismo y placer al otro, indicaciones sim­
ples a pesar de todo, y seguras, se vienen abajo. Se trata de placer
il Sí facticio en que uno se convierte y que incluye al Otro. E l per­
verso puede sacrificar su placer para gustar a ese Otro que él mismo
ha producido, fabricado de todo a todo y que por lo tanto le “ place” ;
de esta manera recupera el placera la inversa, del otro lado, por de­
trás si se quiere, del lado en que Uno y Otro se confunden.
ELLA: ¡Por lo tanto se complace! El derecho y el revés es usted
quien lo dice, es nuestra impresión, la de los “ observadores” ex­
tranjeros que creen estar en el lugar correcto. Si sacrifica su placer
para placer al Otro, es que su placer es placer a ese Otro.
ÉL: Cierto. Como en el caso de todos, el placer le señala que su
asunto funciona, que entre él y su montaje hay agrado, algo agrada­
ble. El placer es el catalizador: “ todo” marcha bien, según el código
interno y la ley vigente, la que el montaje perverso hace consistir.
Pero en su manera de erigir sus instrumentos de placer en herra­
mientas de trabajo, en su queja o su endecha sobre la depresión de
existir, hay una ruptura esencial: no viene a dar libre curso a su
placer, habla de su agotamiento, incluso bajo la carga de ese placer.
Al final de cuentas, para el perverso, hasta el placer, com o toda
la realidad, está indexado con relación al factor en juego simbólico-,
hasta el placer del acto gratuito: en el que hay que fundar el acto
infundado. Si la indicación fuera el placer, deberíamos decir que
todo ser y toda cosa se abandonan todos los días al placer de exis­
tir, que todos chapotean en el placer incluso sin saberlo. .. Un po­
co absurdo ¿no?
ELLA: Sí.
ÉL: Por lo demás, el placer, que de todas maneras no soporta los
límites, carga en la perversión con un montón tal de presuposicio­
nes, precauciones, dispositivos, rituales. . .
e l l a : Pero la búsqueda del puro placer siempre ha servido para
describir al perverso.
é l : En realidad, el placer per sí mismo es un caso particular,
confuso y oscuro de la seducción p or si misma: relación de dos en
la que cada uno quiere placerse a través del otro. Cuando la seduc­
ción es atravesada, se pasa a otra cosa; pero en la perversión la se­
ducción está inmovilizada, detenida: una toma de vista maravilla­
da, alucinada; ambos parecen sacerdotes de un dios oscuro, avivan
el mismo hechizo, sostienen la misma creencia; su ceremonial,
esencial para el dispositivo, captura al mismo Otro, el dios de su re­
ligión íntima. En el modelo donjuanesco, ese dios es el absoluto fe­
menino, es la fantasía última que la mujer tendría de sí misma; ya
sea que la exalten o la profanen, que se rían de ella o no, su ballet
la concretiza, la hace suceder: a dos hacen la Mujer aunque sean
rehechos por ella, pues fracasan, y el ballet debe repetirse en otra
parte, en vista de la decepcionante ausencia de la diosa.
e l l a : Repetirse, sí. Infatigable, en efecto. ¿Pero de dónde sacan
esa energía?
ÉL: De lo que en nosotros jamás puede ser apaciguado o satisfe­
cho de una vez por todas. Lo que llamo la 'pulsión". Es un sentido
más bien amplio; y eso no quiere decir que el "objetivo” de la per­
versión sea satisfacer la pulsión, ni que ésta sea la "causa” de
aquélla.
Pero evidentemente el montaje perverso palpita como un cora­
zón o una bomba al ritmo de la pulsión. Está incorporado; toma el
relevo. E l dispositivo perverso es una misma constelación pulsional
de artefactos vibrantes; a veces confunde en ella todas las pulsiones
que sumer ge; como en la toxicomanía, donde las pulsiones sexuales
pueden borrarse, vertirse en el gran magma. Es casi lo ideal de una
pulsión narcisista: imagínese los dos sacer dotes de lo Femenino, en
el ritual donjuanesco, reducidos a un ser que se seduce, se place,
se interesa, se interesa en el otro en el que se convierte o al que en­
cama. Y entiendo "interesarse en el O tro” , como se diría emborra­
charse cori vodka o inyectarse heroína o vestirse a la oriental,
e l l a : ¡Pero todo eso es espantoso pues el perverso hace las ve­
ces de ideal! ¡Funcionamiento perfecto!
é l : Ideal es justamente la palabra. Un ideal encamado irradia cier­
ta perversión; y ésta, como se sabe, es el ideal del neurótico que se tro­
pieza en los pantanos del deseo con rechazo-angustia-culpabilidad-
denegación; se imagina la atmósfera del perverso: clara, cristalina,
acceso directo al deseo, el goce al alcance de la m ano...
ELLA: ¿Se equivoca?
ÉL: Lo que es seguro es que "perverso” es justamente lo que él
no puede ser: el síntoma del neurótico lo amortigua, su neurosis es
nn capullo que lo protege del contacto con la Ley, el Otro, el Incons-
i lente, la Madre (no acercarse demasiado a ella, o habría incesto),
<1 Padre (no acercarse demasiado a él, o habría "hom icidio” ), etc.
I .os grupos lo han comprendido siempre: saben poner su ideal a
buena distancia, lejos, para no correr el riesgo de alcanzarlo, para
i onservar un poco de espacio, a reserva de confiar ese ideal a chi­
vos expiatorios que son su sombra. Un chivo expiatorio no es sólo
un inhibido que escapa, y que es "responsable” del desorden, y al
«jue se quiere devolver rápido a la trampa; es un ser que funciona
i orno el "negativo” del ideal, que pasa demasiado cerca del ideal,
cjue hace sombra, que molesta las fantasías deslumbrantes. . . A ve­
la sociedad hace que otros encamen sus ideales, ídolos, "ideó­
los” , "ideólogos” . . . Eso le permite olvidar que su ideal es produ-
i irlos y cambiarlos a voluntad; que su ideal es manipular el ideal. . .
Algunos eligen ser ese ideal, deciden confundirse con él. Los místi-
i os estaban en e§e caso. Su objetivo a veces h$ inspirado descon-
I lanza, como perversión de la relación con D ios. . .
ELLA: Los místicos perversos... es excitante. Volveremos a ha­
blar de ello. Es más bien lo contrario lo que me interesa: la perver-
ilón como forma de mística. Imagino a toxicómanos, homosexua­
les, algunos fanáticos, los terroristas incluso, por qué no, como
modernos místicos. Conozco una prostituta culta que se las da de
mística de la muerte, y del amor.
ÉL: E so parece curioso, pero es sostenible. Después de todo, el
místico es aquél al que le interesa el misterio, la iniciación, lo ini-
i ial, lo que comienza. . . . Y si el perverso, en vez de andarse por las
ramas bizqueando neuróticamente toma todo eso mediante el cuer­
po, con el cuerpo, haciendo de su carne el umbral material de la
IíCy, ¡qué importa la manera de hacerlo! Por ejemplo, el alcohólico
lería aquél que bebe a sorbos hasta el infinito, vaso a vaso, la san­
gre del Otro que es la suya. Dice: ésta es mi sangre, pero lo dice a
una asamblea de fieles reducida a los suyos o a sí mismo, es el actor
de su propia crucifixión, el único fiel de su religión, aunque cuente
en otros lados con muchos fieles aislados. . . Resulta ser el primero
y último fiel de su religión única, se salva salvando al Otro en que
convierte a fuerza de asimilarlo, de aturdirse de él, de perder to­
da resistencia moral con él. Nacerá de sí mismo como de ese Otro
en el que se convierte; así como esa prostituta celebra en su vida
el amor a muerte; o como la anoréxica, que en vez de sólo comer
nada, como se dice, lo cual es ya comerse el absoluto, comería la
nada p or la que se toma, se comería como el Otro en que se convier­
te, viviría de sí misma como de la Nada con la que se funde, ella que
se come su hambre, el hambre que tiene de sí misma. Eso es drogar*
se con el Otro al que se captura.
e l l a : Es seductor, y hasta divertido. . .
ÉL: En realidad no funciona, pues la histérica ya se encuentra de
lleno, desatada, en esta manera de placerse por medio de otros (o
de un producto), en esta seducción que nada detiene salvo la decep­
ción que le da energías en otra parte.
ELLA: De todos modos no vamos a llamarla perversa. . .
ÉL: De por sí calificarla de histérica está usado y no es muy jus­
to. Antaño se llamaba histérica a cualquier mujer a la que no le gus­
tara la relación sexual, como si lo esencial fuera que esa maldita re­
lación se llevara a cabo, cuando puede tener lugar pero como acto
vampírico, caníbal, masoquista, haciendo gozar otra cosa de la que
la pareja es el reflejo o el accesorio. . .

5. PERVERSO Y NEURÓTICO

ELLA: Entonces hay que separar el factor en juego perverso del his­
térico.
ÉL: Un ser puede intentar salvar la ley, salvar al Padre, con sus
faltas y sus infracciones. . . Puede convertir en síntoma, inhibición
o angustia sus puntos de contacto con el extraño, con el Otro que
se ha enquistado en él.
Puede tapar sus salidas hacia el más allá que sus puntos doloro­
sos señalan —pues eso es un síntoma, es un tapón para obturar una
abertura al inconsciente. . .
e l l a : Vaya, ¿entonces el normal es aquel que está tapado por to­
das partes?
ÉL: El neurótico, entonces, puede entregarse a compulsiones
agotadoras para ser amado o reconocido, asumir la responsabili­
dad de la falta del Otro, no soportar ser culpable. Pero todos esos
montajes, prótesis o injertos para resistir, difieren completamente
de la perversión pues no se erigen en escritura de la verdadera Ley,
capturas facticias del inconsciente tomado en su totalidad, aunque
sea la totalidad de su infracción como sucede en el caso del fetiche.
El edificio neurótico no ataca las raíces mismas de la ley y del de­
seo; supone que la verdadera ley, el verdadero objeto, existen, pero
en otra parte, lejos. En el montaje perverso el héroe parece encar­
nar el inconsciente —en vez de huir de él—, el inconsciente que se
vuelve “ real” , el cuerpo consciente de la ley tomada mediante el
cuerpo, capturada como tal. Uno de los raros subproductos
neuróticos que evocá la perversión es el paso al acto, donde lo real
li I ' uerpo y del acto señala el límite alcanzado: es la materia sim-
Imln ii que remplaza los pensamientos confusos, las palinodias sin
lili
i't i A: En resumen, el paso al acto es un fetiche instantáneo don-
■li lu diferencia consciente/inconsciente perdió vigencia en un san-
ilfiitién.
11 Pues bien, lo perversión es un paso al acto permanente, don-
■li 1 1consciente y el inconsciente, el Uno y el Otro, se anulan y se
Un luyen uno en el otro. Para el no perverso, el paso al acto es un
■li itello fulgurante donde, expulsado de sí, no para hasta regresar,
l i 1 i t alejar un poco ese contacto demasiado cercano entre cuerpo
■ Inconsciente, contacto candente con la ley en acto. El histérico
puede pues querer "salvar al Padre” intentándolo con todo el cuer-
Ih i magullado con las huellas del enfrentamiento con la Mujer, lo
I'-menino, el Otro mujer, pero ese cuerpo no se da p or la ley
■ mi amada, ni siquiera por la artificialidad de lo femenino. Puede

■murrirle de paso, de ahí esoS pequeños destellos "perversos” que


li teólogos, gente sagaz y enterada, han descubierto en "la Mujer":
por más imposible que sea de encontrar, esto no impide a esa mujer
lomarse por Ella, ni a esos buenos hombres tomarle la palabra. . .
ELLA: En algunos retratos de Eva, estilo Cranach u otros, se la
muestra perversa, viciosa, amante del pecado y atrayendo al otro
pura atraparlo; la trampa demoniaca del "deseo” . . .
ÉL: El episodio en cuestión no tiene nada de perverso: ella es se­
ducida por el deseo mismo, y lo hace compartir a su hombre.
Transgrede una prohibición que no está ahí más que para eso, para
-i’ r contradicha, si no sería el embrutecimiento paradisiaco. Dios
« b e que si háy un lugar donde uno se aburre hasta la muerte es
I Paraíso. Es ella pues quien se involucra con todo su cuerpo,
quien corre riesgos para que el deseo tenga lugar, ahí donde el hom­
bre se habría quedado en su rincón, embruteciéndose con la prohi­
bición, esperando que se le permita .. Hay que decir que el hom­
bre, a causa misma de Su poco cuerpo, de su falta de apoyo en la
materia viva y pensante, recurre más fácilmente que la mujer al fe­
tiche, a pedazos de cuerpo (del Otro) convertidos en Espíritu. Es su
manera, muy conmovedora, de mantener excitado como por arte de
magia el cuerpo del Otro. Pero de eso a pretender —a "proponer”
■orno dicen nuestros psiquiatras en su jerga cada vez que no hay
proposición que valga—, de eso a decir que el hombre es "m ás” per­
verso que la mujer, hay un gran trecho.
e l l a : .Eso ya lo he leído, estoy segura: las mujeres son menos
perversas que los hombres aunque los teólogos. . .
ÉL: . . . seguramente expertos en la materia, una teología es una
erótica del vínculo, del vínculo con D ios. ..
ELLA: .. .aunque los teólogos digan lo contrario.
ÉL: Las mujeres son quizá menos dadas a hacer todo un montaje
que inscriba la ley sagrada.
ELLA: ¿Y por qué?
ÉL: Pueden decirse instintivamente que son ellas mismas esa
Ley; su problema no es cómo fundar la ley, sino cómo inscribirse
en calidad de mujer. Sus homosexualidades desbordan las fijacio­
nes perversas y resultan más bien de las complicaciones entre dos
mujeres, entre una mujer y el Otro como Mujer. Además, la “ histé­
rica" siempre puede invalidar al amo, invalidar al hombre que ella
ha ‘'hecho” , eso no hace ley para ella. La histérica mantiene siem­
pre abierta la posición del otro, de la cual se preocupa.,
e l l a : En resumen, la mujer no necesita de ídolo si se toma o se
ve tomada por ídolo, por la Mujer que ha confiscado los atributos
de lo femenino y que se los guarda para ella s o la .. . ¿Es eso?
ÉL: Es un hecho el que entre las mujeres la homosexualidad es
más bien un enfrentamiento erótico y agresivo con el Otro-Mujer
supuestamente sede de lo femenino que adorar. Está también en
enfrentamiento con la vida en las formas anoréxicas del desafío
corporal. . . Pero la diferencia entre una mujer y el fetiche es dema­
siado pequeña como para ser investida y dar lugar a montajes espe­
ciales. Cuando la diferencia con el Olro-Mujer es ‘‘imposible” , en­
tonces está abierto el camino, vía la droga, el alcohol, la anorexia,
la prostitución. •. y otras desviaciones, para inscribir el acto capaz
de acabar con el Otro.
e l l a : ¿Entonces los teólogos que hablan de la mujer perversa
confirman sobre todo su proximidad con el deseo? ¿Eva "llevando"
el deseo al hombre, el ‘‘infierno” del deseo?
ÉL: En mi opinión lleva sobre todo con qué salir de ese infierno.
Dicho lo cual, los puntos perversos están a disposición de todos,
hombres y mujeres, y son bien explotados por todos; nadie es egoís­
ta: la anorexia está abierta a los hombres, el alcoholismo a las mu­
jeres . . . y la ‘‘imbécil” que manipula el terrorista se entiende bien
con él, transportadora correcta de bom bas...
ELLA: ¿Y el famoso "masoquismo femenino” ?
ÉL: Es más bien una prolongación de la oleada histérica en la
que una m u jer lleva hasta el fin a l su ausencia de sí, que ha recobra­
do a través del hombre, el hombre al que hace existir en el sufri­
miento que obtiene de él, que ella le arranca. En realidad la proxi­
midad entre femenino y peí-verso la hemos visto en la seducción;
las parejas-sacerdotes de la Mujer ausente, que intentan en vano
cautivarla cuando se incrustan en su montaje. Si no, no hay princi­
pio de que “ la mujer” sea menos per versa o más que "el hombre ’.
También desconfío de filiaciones del tipo: a madre amargada e his-
Uta, hijo perverso. Los que se han imaginado a “ la Mujer” como
Ih i versa, en pintura o texto, no han hecho más que suponerlo, con-
Ini ríe su fantasía en donde la Mujer es la Ley del deseo, el incons-
■lente convertido en carne, la Cosa convertida en Verbo; mientras
|ue hasta para el niño de pecho, la madre no es más que uno dalos
polos de la otredad, un fragmento constelado del Otro. . . Los que
lineen clichés achacan a la mujer la fantasía que creyeron leer en
1.1 . y la encierran en esa engañifa. Pero su idealización perversa
de la Mujer no basta para pervertirla. Es un diálogo entre fantasías,
i n forma de seducción, y no toda seducción es perversa.
ella : Sin embargo seducir es descarriar, sacar a alguien de su
buen camino.
ÉL: Pero hasta el buen camino puede ser perverso al creerse el
bueno y permitir a sus poseedores la fantasía real de tener el Bien
n sus manos.
ella : Y volvemos a lo mismo: ¡los normales perversos!
ÉL: No está excluido. Los normales conocen bien una "verdade-
i i ley” , llamada Norma, autentificada con el hecho de que "todo el
mundo” la sigue o supuestamente lo hace. Es su verdadera piel, su
mascara más verdadera que la natural; su relación con ella puede
'.t r perversa: hay fetiches de la norma, artilugio o no, pequeñas se-
nules que actualizan la ley, símbolos reales de su verdad, llenos de
m i vacío, que saben lo que hay que saber, y dicen lo que hay que de-

. ir, lo que falta. Para los “ normales” , la presencia del Inconsciente


.e petrifica como representación: y hasta cuando se deprimen sa­
ben hallar eso normal: agotamiento por cansancio, nerviosismo. . .
I normal estar deprimido, hundirse en eso. Cierta morbidez de lo
Ictiche flota sobre ellos pero inocua. Una pesadez narcisista. Entre
los normales, culto normal de la imagen; gran Espejo de la norma
onvertida en lengua; a jalones, picazón hiriente del aguijón confor­
mista. Además, eso se convierte en amargura; abatimiento narcisis-
I i normal: el "dígame que estoy tan bien como pienso” se convierte
lápidamente en "es usted tan nulo como yo quiero” .
ELLA: Pero entonces esos "normóticos” son incurables: si se les
laca del buen camino hacia él malo, serían capaces de hacer de este
nuevo camino el bueno.
ÉL: Sí, los normales no son fáciles de curar o volver a curar, hay
que pasar las de Caín para enfermarlos, para revelarles su enferme­
dad, iniciarlos en su desgracia. Después, curarlos no es demasiado
difícil, desde el momento en que se saben enfermos de sí mismos.
e l l a : Por eso, lo interesante es el diálogo sin piedad entre el
vinculo social que se impone como normal y el perverso que denun-
i ia esta perversión, que quiere crearse un vínculo solo, ser una ver­
dadera ley, autorreferida, e inserta su montaje en el punto doloroso
del vínculo, donde se estrangula, donde ya no puede oír nada. Es
posible que el famoso diálogo de sordos entre individuo y grupo se
entienda mejor así, como diálogo entre dos perversiones, o dos nor­
mas enganchadas, salvo que una es masiva y la otra constituida por
un puhto.
ÉL: Sí, un diálogo entre dos momentos o dos aspectos de la per­
versión. Dado que el grupo puede ser muy variado, el individuo
también. . . Y es el grupo el que gana: es más numeroso por supues­
to, pero sobre todo, es espacio de transmisión, de engendramiento.
El individuo es ''lógico” , el grupo es “ genealógico” . Además, la nor­
ma se mueve, como si su objetivo fuera ante todo desbaratar el con­
formismo actuándolo, invalidar a aquellos que se creen conformes
mostrándoles formas nuevas. . . Eso no le impide al perverso ta­
char de "falso” . El neurótico padece la ley pero el perverso la encar­
na en la medida en que es capturado p or ella; está en el centro del
dispositivo Ley, de donde parten las infracciones y los límites, y
construye un montaje donde el límite y la carencia no tienen fuerza,
están ya como absorbidos; por lo tanto cuando llegan de otras par­
tes son rechazados, invalidados, considerados insignificantes.
e l l a : Hay un aspecto "inteligente", “ sin ilusión” entre algunos
perversos, que veo mejor, péro el aspecto fundador de le y ...
ÉL: Para eso intentemos ahondar aún más la diferencia con el
neurótico, y justamente con el neurótico más dado al fetiche: el fó ­
bico. El fóbico del perro, por ejemplo, es casi un fetichista, se diría
que el perro es su ídolo, sombra terrible que tan pronto muerde
como —y es lo peor— ya no muerde: la inminencia del mordisco lo
vuelve infinito. Ese fóbico es casi un idólatra del Dios-perro, con el
horror y el temor que tiene un fiel a su Dios. El objeto le sirve para
manipular la distancia, controlar un poco las aproximaciones del
deseo, las angustias. Pero ésta simple ligadura no agota la ley, no
inscribe verdaderamete otra, ni siquiera lo pretende; sólo un punto
de contacto, una detención frente al Otro, algo con qué paralizarse
enfrente, pero no con qué alzarse por encima de él. (Y sin embargo,
el fóbico está ya en el límite entre perversión y psicosis.) Para el
perverso, el punto fóbico es "ocul tado” por el fetiche, mientras que
el fóbico tiene por fetiche su misma fobia; su miedo lo tiene sujeto,
lo retiene, es casi un talismán, demasiado impreciso para ser mani­
pulado, demasiado "líquido” para ofrecer un apoyo y marcar la Ley
sin rumbo. Está demasiado protegido por su miedo como para con­
vertirse en objeto del Otro, como en la psicosis, o para tener el obje­
tivo perverso de cautivar al Otro; lo ha atrapado en el Perro, pero
el Perro siempre corre. El fóbico está demasiado cerca de simboli­
zar el deseo-otro (aunque fracase), como para proyectar destruir al
Otro; se conforma con capturarlo, siendo capturado por él: sobre-
;ido de miedo. No ha atravesado este miedo, con la vergüenza y
■ iseo que ese miedo implica; el perverso está más allá de él.
i [Link]: Por tanto el objeto fóbico es una reserva de un potencial
I iHk hista.
P.l La reserva está bien guardada. Y en cuanto a eso piense en
I místicos: parecen haber superado el miedo de Dios, la fobia de
I I ' que hace a los buenos creyentes: ellos la atraviesan, pasan al
■ti i ■) lado, al lado de la fusión final con el Otro, cerrando la efusión
mu ial. Posteriormente, eso muestra cómo el fóbico tiene miedo de
i/u su creencia pase al nivel de lo real: particularmente su creencia
■ni insista; tiene miedo de estallar al pasar; entonces tantea, contro-
I i prudentemente algunas idas mediante su “ elección” del objeto
I )l)ico. Así vemos cómo, en el perverso, lo que pone en juego al en-
■ uñar la verdadera ley y fijar al Otro es como el efecto límite de
iina creencia en la verdadera ley que exige ser real; la perversión es
■ . confirmación de la creencia, por consiguiente arrancada a sí
>'nsma y a la lengua que la lleva. Se anula como creencia en su paso
il nivel de lo real; ello sofoca el acento de amor sin embargo tímido,
lii ijro, que hay en toda creencia.

RELIGIÓN, FETICHISMO . . .

11 Es posible que los filósofos clásicos que partían directamente


i probar” la existencia de Dios, y hacer así inútil la creencia, ha-
in querido a su manera tener la piel de Dios. Místicos un poco es­
peciales; “ asesinos” de D ios. . . Aparentemente su Dios los amó lo
iiíiciente para impedirles demostrar su existencia; así como la len-
i ua ama lo suficiente a sus "hijos” como para no permitirles fun­
darla fuera de ella. . .
e l l a : Que eso conduce de nuevo a la religión, se ha dicho hasta
1 cansancio; la compulsión de lá humanidad; neurosis obsesiva
■ <>n fondo de histeria, reclutamiento de hombres en hordas frater­
nales . . . Hasta las compulsiones íntimas, los síntomas “ persona-
l< s” , son pequeñas religiones privadas. Vea a nuestro fóbico del pe-
i io , temor y temblor, del Dios-Padre en el horizonte. ..
ÉL Al menos es el estribillo freudiano. Podría usted matizar
pensando que esas hordas que parecen obedecer al jefe religioso (o
militar) se agitan en realidad en un gran regazo maternal cuyo jefe
no es sino el instrumento. Pero hay que ir más lejos: aparte los fun­
damentos de lo religioso, es menos la neurosis que el factor en jue-
. >perverso; en la medida en que la religión, com o práctica del vín-
i ulo, se toma por el “verdadero” vínculo, que pone en práctica,
mientras escapa a quienes ata. Trascendencia. Por supuesto, crea
un vínculo al que hace hablar, que sirve de lengua o de alfabeto, que
sirve de Otro a los fieles. La religión es una ligadura del Otro, una
memoria o reserva del Tiempo: la esperanza, la eternidad. . . Por
ella, al grupo le llega la Ley de otra parte. Se libera de la ley, y al
mismo tiempo dispone de ella, como de un recurso ante la nada; só­
lido, flexible, ineludible; vea todos los regresos modernos a las
"fuentes", a la identidad, a lo elemental: siempre se cruzan de paso
con la religión; y frecuentemente se quedan ahí.
Todo vínculo social desde el momento en que une hace religión
y se celebra repitiéndose.
e l l a : Pienso en "la religión es el opio de los pueblos". . . eso se
dijo para condenarla, disminuirla, y eso confirma toda su fuerza,
la verdad: la adicción. Uno se droga con la religión.
ÉL: Sí, un pueblo puede drogarse con su vínculo, doliente o no.
Literalmente toxicómano. Sin embargo esa frase revela sin saberlo
el nudo visceral en el que el “ pueblo” recobra fuerzas, vuelve a dar­
se nacimiento a sí mismo, al punto de fusión entre Uno y Otro; flash
de éxtasis o de posesión, beatitud o fanatismo, encuentro o choque
con la Ley o el inconsciente en estado puro. E l ombligo de un grupo,
el punto crítico de su montaje es el flash del encuentro consigo.
Nudo original, matriz de goce; hay prisa: cada grupo o pueblo quiei
re ser el primero, estar en el primer lugar; embotellamiento:
aquello se estanca desde el principio; todas las guerras son de “ relii
gión” . Sobre todo cuando dos pueblos pertenecen al mismo dios(
cada uno quiere ser el que más haga gozar a ese dios; encarnarlo;
el primero en ser aceptado. Incluso una guerra de puro prestigio 0
de interés económico, estilo colonial, con rivalidades sangrientas
por el mismo trozo, es una guerra para incrementar la materia del
"pueblo” , sus materias primas y últimas, materias fecales elabora*
das, recintos del patrimonio, contornos del cuerpo que goza, focos
de ebriedad desencadenada. Los fanáticos son los héroes de este
deslumbramiento; quieren compartirlo a cualquier precio, hacer
gozar de él a los otros, a los de enfrente.
e l l a : Me enteré por casualidad de que fanático es el hecho de
ser un fanum, un templo: ser la residencia del dios al que se adoraa
la sede social, la dirección correcta. De eso a que uno se adore a si
mismo como fiel de ese dios
ÉL: El fanatismo puede ser suave pero el templo es de granito»
Los fanáticos son narcisismos en carne viva y en movimiento, tem­
plos ambulantes. De ahí la hipótesis de que ese templo, mediante
el cual se apodera uno del Otro, debieron edificarlo para inscribid
"m ejor” a ese Otro, poseerlo, fijarlo, apuntalarlo, soportarlo. De
otra manera, el narcisismo de ese Otro no era soportable, demasías
do vacilante o demasiado fuerte. En pocas palabras, la imposibili­
dad de “soportar” el narcisismo del otro, dado que es distinto, es un
resorte de la perversión.
e l l a : Se ha dicho que el niño f uturo-perverso no soportó el nar-
i Isismo de la madre, a la vez inflado y hueco, engalanado e irriso-
i io; entonces decide encarnar las creencias de la madre, funda la
■iccta de la cual él es el único fiel, el fanático "entusiasta'-: que in-
i luye en sí al Dios que adora.
ÉL: El verdadero moto es un "entusiasta" de la mota, la adora,
hace de él el ser divino que se crea y se recrea a sí mismo. Todo fun­
dador de secta es un perverso. Entrar en la secta es "s e g u ir', ser un
íeguidor; y el peivcrso no tiene a quien seguir más que a sí mismo;
autonomía perfecta y deprimente.
ELLA: ¿Pero por qué Freud se aferra a la idea de que la religión
i . "ilusión"? Suponiendo que lo sea (y la "realidad" también quizás
lo sea), no por ello deja de operar realmente.
ÉL: Sobre todo porque los émulos freudianos no han dado prue­
ba de menos ilusiones en sus cismas exasperados; Freud les pidió
laramente que fueran las cariátides de su templo, del nuevo culto
que fundaba —ya sabe, las cariátides, esas columnas de forma hu­
mana; muy helénico, ese Freud. . . Y los émulos sólo se conmueven
■n sus pequeñas guerras de religión; asuntos de sectas; violentos;
■un la autoridad estatal, bonachona pero firme, eso atacaría con ba-
ui a la sede del grupo adverso, se prohibirían uno al otro la
- \tstencia. . . Entonces la "ilusión religiosa” tiene todavía futuro;
■■■. como la ilusión que necesita quien se mira en el espejo para cre-
■i que se parece; para forzarse a reconocerse; hasta que las arrugas
tlt‘1 tiempo o sus risas opongan un mentís demasiado fuerte.
ELLA: ¿Y ahí dónde entra el factor en juego perverso?
él : E l perverso es un fundador de vínculos cuya ley él encarna,
h y que forzosamente manipula. La encamación es esencial; le per­
mite identificarse con la Verdad del vinculo, con lo que le falta a
i -.ri materializa el hoyo que da consistencia al vínculo. Todo fun­
dador de secta funda un vínculo perverso, después de todo el mis­
ino que celebra el terrorista que quiere salir ganando contra el
■Intulo social vigeute. . .
[Link]: Y el Moisés bíblico por ejemplo, que funda su pueblo, ¿es-
l.i i*n el mismo caso?
EL: No, su vínculo no es muy manipulable, no se rdentificó con
, no más que con el cumplimiento de ese vínculo, o con la Verdad
ili- esa alianza; más bien lo conectó con esa ligura del Dios-Uno to-
I .límente indeterminado, con ese Otro que no sabe verdaderamente
lo que quiere, visto que hasta cuando uno se ajusta a su ley puede
[Link] en pecado; pecado de "nada” .
e l l a : ¿Y qué relación hay entre ese vínculo que se vuelve per­
verso cuando se encarna, y por ejemplo la religión del Libro?
ÉL: El libro puede ser fetiche como cualquier cosa, pero "reli*
gión del Libro” dice sólo que un fragm ento de lengua se escribe en
el corazón del vínculo, se entrega ahí donde supuestamente inspira
el espíritu de la Letra; y eso adopta la forma de un Libro, venido
de otra parte, del Otro.
e l l a : ¡Entonces sólo los partidarios de la Biblia, del Corán o del
Evangelio son fieles a esta religión!
ÉL: Absolutamente. Todo lecto r asiduo es un fiel de esta mota;
todos esos furibundos de la escritura que esperan inscribirse, ha­
llar una inscripción que resista en el simple enfrentamiento con la
hoja en blanco, quizá han presentido que es más sencillo que con
los meandros de lo social; a menos que lo social les haga una juga­
rreta: inflación de escritos; para ya no leer nada. Todo sobre fondo
de inflación generalizada. La inflación quiere decir que todo el
mundo lo tiene, lo firm a hasta desaparecer; por consiguiente hay
atascamiento, ya no pasa, ya no significa; pero el atolladero se con­
vierte él mismo en el punto crítico interesante. Y como en todo lo
que le llega al público, la publicidad es esencial: el acto a través del
cual el público se hace reconocer a sí m ism o, se acuerda que está
ahí, antes de perder conocimiento. En resumen, el tam-tam que
■anuncia el acontecim iento se convierte en el acontecim iento que
anuncia, inmediatamente invalidado por el siguiente. Autorrefe-
rencia; autoinvalidación. . .
e l l a : Pero "religión del libro” , en ese sentido tan amplio, es mo­
lesto; el lector del Corán y el lector de novelas difieren un poco.
ÉL: El primero lee la palabra de su Dios, el soplo de su lengua
materna que para él se identifica con el cuerpo de la madre a la que
al leer o cantar el texto sigue mamando, haciendo gozar; fusión en­
tre el fiel y el Dios que "engendra” , todos confundidos en la lengua
madre. El segundo, al que le gustan "los libros” o que los compra
sin leerlos, le gusta encontrar ahí no a Dios sino la imagen de sí mis­
mo, su otro dios; "adora” encontrar allí recuerdos y fantasías, se
busca en ese espejo, busca la aventura, el viaje organizado, la pura
y simple búsqueda, pero el imperativo es reconocerse ahí. El "me
gustó mucho, me encantó” , indica este reconocimiento recíproco;
no se trata de que el libro sea para él una catástrofe, un aconteci­
miento destructor que quizá abra a otras construcciones. Lea la
prosa más promocionada, aunque sea de un hueco muy acogedor,
donde uno se mete y se encuentra: ahí uno se ata a sí mismo, en la
recopilación de esos estados de,ánimo; sobre todo no perderse de
vista; y el cliché de esa impresión de gran tiraje. . .
ELLA: Hay quienes dicen que hoy el negocio del libro es sobre to-
■lu ■I de vender papel, con un poco de ‘‘impresión’ como valor aña-
klltlo
1 1 : Eso es explotación forestal. .. pero queda en la religión del
lilmj, echa siempre raíz en el Árbol —del saber, de la vida. Además,
I . "impresiones” no carecen de valor.
11 LA: Pero si quienes hacen los libros son quienes los presentan,
luicnes los lanzan —lanzapiedras o lanzallamas— y no quienes los
■ ■i iben, eso tiene consecuencias por el lado de la manipulación,
i ni i?
H Dejemos esas trivialidades. El hecho es que normalmente el
ilt ince del libro es el de llevar!» ante el espejo en que ese libro se
■<invierte, el trozo de fantasía que la engaña. Cliché de sí mismo,
ideología” bonachona, además con la ilusión de estar por encima
>lc su imagen, justo un poco por encima para creer que se la rebasa
I ,i imagen alimenta la falta de imagen y sirve para ser denunciada,
mecanismo gira, es autónomo. Toda ideología actual se sostie-
rn -en eso.
ELLA: De acuerdo, un pensador no existe, no "pasa” , salvo que
mediatizable, si promueve como pensamiento su imagen pen­
ando. . . en esta imagen precisamente. ¿Pero qué relación hay con
lu perversión? ¿Denuncia usted el onanismo cultural? ¿El hecho de
■|ue ese pequeño mundo se droga con el "yo.” ?
é l : Con el "y o ” , a corto plazo y sin idea rectora más bien. Con­
jugamos; masturbación, intervención masiva en uno para sustraer­
le al placer; a veces no hay mucha inspiración; pero lo esencial está
más allá. En un nivel más "estratégico” , la masturbación es una
manera de controlar al Otro; ataque rápido "toxicómano" al sexo;
lógica autorreferente. En lo que usted llama onanismo cultural, lo
esencial es que el Otro ya no tiene, se disuelve lentamente en esta
onfusión yoica; en ese balanceo del parecido con el mismo, el Otro
no es más que un yo de más. Pues bien, el perverso pasa al límite,
saca las consecuencias: se droga no con el yo sino con el dios por
c I que se toma, creado a partir de é l .
ELLA: Como la sociedad, que se toma por su propia divinidad, ¡y
modela a partir de los ídolos que se da!
ÉL: En eso el perverso es consecuente; se droga con su imagen.
e l l a : En la "religión del libro” tambrén, en el sentido amplio o
os,trecho, uno se droga con la imagen de sí que el libro le entrega. . .
ÉL: Sí. Y en esta ‘religión" no es el libro el fetiche, es la relación
que se tiene con él, es nuestra manera de extraer de él nuestra ima­
gen incrus trada, de tomarla por espejo.
En sentido estricto, las religiones entregan a domicilio la Voz de
Dios, su Palabra. Con el libro corriente hay un pequeño matiz, la
Voz es la de usted, o la del ‘‘presentador” que inscribe en detalle
el “ presente” del consumidor. En suma, la Voz divina ha pasado a
la palabrería, el hombre que consume cree existir a fuerza de ser
alimentado así. . . de sí mismo. En cuanto aquello parece excesiva­
mente “ cliché” , se ve que hay viraje, regreso, media vuelta en el te­
rreno; resultado: punto fijo, inmovilidad. Al menos en los países to­
talitarios ese conformismo es impuesto por los agentes del aparato;
aquí es natural; se encierra solo; un pequeño fondo de pensamien­
tos, los mismos, que nada merma. Y según las intensidades, va de
lo normal a lo idiota y a lo perverso.
ELLA: Ahí abusa usted. . . El discurso corriente es más matiza­
do, sabe perderse y reencontrarse, burlarse de sí, sus ruidos son
más "taimados” , va de la "fractura” a la "ruptura” , del "extrem o"
a la "deriva” , del "vagar” al "viaje” , lo "indefinido” y lo "infinito” ,
y la "diferencia” y el derecho a la diferencia. . . ¡Hay saltos, sobre­
saltos!

7. FETICHE

ÉL: Todas esas fracturas se anulan entre sí en el gran caldo de cul­


tivo; cuando todo no es más que deriva, nada deriva, y nada es deri-
vable; en la materia demasiado blanda no se produce ninguna frac­
tura. Algunos discursos perversos están tan saturados de juego que
no dejan ningún juego; rotos por todas partes, como cuerpos, en to­
das las coyunturas; sólo resisten, nombres y cuerpos, por la ilusión
de ser autónomos, siendo a la vez uno y otro, el fiel y su fetiche. . .
Vaya, eso puede definir al fetiche: construcción material y verbal
sobre la cual ninguna fractura hace mella; todo o nada.
ELLA: Es irritante, según usted todo es fetiche desde el momento
en que está un poco paralizado. Creía que el fetiche era por ejemplo
el objeto sagrado, la pequeña efigie que en una tribu fabrica un ma­
go, la muñeca demoniaca que representa al hombre por aniquilar:
el mago hunde la aguja cada día un poco más, el hombre a lo lejos
se siente mal, y cuando alcanza el corazón, muere. Eso es fetiche,
magia pues. ¿Qué es lo que en "nuestras" sociedades funciona
como tal?
ÉL: Usted sabe, la magia es la religión de los magos, manipula­
dores de filtros y de drogas para encantar al dios, seducir al Otro
divino, hacerlo favorable, hacer que asuma la responsabilidad de lo
que ellos quieren. Podrían ir directo al hecho, matar a su hombre
directamente, pero les interesa que pase por el Otro, incluso toman
el atajo del azar, a veces la prueba de la suerte; el sortilegio es lo
que lee la suerte (vaya, otra vez una religión de lo escrito), lo que
I ' descifra; eso da al deseo toda la fuerza de un paso por el azar
'|iit una forma decisiva de inconsciente.
11 i.A: ¿Con la idea de que si hasta el azar quiere’ la cosa, enton-
¡ i . no puede sino ocurrir?
fu,: Sí, pero se manipula al Otro todo lo necesario, para que
........E l deseo presupuesto es que sea Dios o el Azar quienes quie-
i 111 la muerte de ese enemigo,
i i,LA: ¿Y entonces?
fu. Eso quiere decir que la muñeca sirve al mago, lector de las
nrrtes que él mismo echa, para tomarse por Dios, para tomar el
Ji... jj >del azar, que una vez seducido, “ encantado” , querrá sacar en-
11 las jugadas posibles la esperada. Ésa es la suerte.
ella: ¿Uno más que se toma por el Otro y lo encama, así como
ii'iled dice que el místico se toma por el dios en el que se convierte?
El: E s o es, uno “cam a" al otro; se lo traga, hay un "camamien-
l<■ fetichista. Y su lector de la suerte atribuye su deseo a una ley
■leí Azar, desea que esta ley sea "real” , o más bien, hace de ella su
deseo. Es su manera de ser esta ley, de ser su autor. Difiere poco
ilfl jugador cuya lengua sagrada es su diálogo con las cifras en bus-
i n de aquel que lo nombra o le da vida. El jugador es a la vez él mis­
mo y esa bola que rueda, con la cual copula para hacer nacer el nú­
mero correcto que ese día será su Verdadero Nombre. De esa
manera inscribiría él mismo la ley de su nacimiento; como lector de
la suerte en el que se convierte. . .
ella : Es raro que lo logre, que haga saltar el casino —vaya, eso
iaya de nuevo en el terrorismo. .
El : Su verdadera guerra es contra el Otro, y su factor en juego
■ proseguir el juego, vivir en juego, dado que la verdad de una ci-
Ira o de un poder se invalida con la de otro; descifra la ley de las
tuertes (o la pasa al acto, cuando es terrorista y tira al azar. .. las
|ugada¿ de la suerte, el explosivo de la Suerte que encama), y esta
l<ey es tal que idealmente él no puede más que darfse) ¡a muerte para
darfse) la vida; jugar a morir y morir por jugar no son sino uno, la
muerte no es más que una manera de atrapar la vida y a la inversa,
lis como un niño que explotara saltando no en los brazos de su ma­
dre sino en el juego que le gusta, que lo absorbe.
ella : En espera de que más tarde sea tal droga la que él absor­
ba. . . Debe ser deprimente para su jugador el hecho de que ese don
de vida, ese don del azar sea él mismo quien lo organiza.
ÉL: Sí pero él se toma por el órgano del azar, órgano por fin
consciente y lúcido. El terrorista también, invalida tanto el orden
como el desorden. Es tan deprimente no lograr darse la vida como
lograrlo; pero ésa es su apuesta. En cuanto a aquél que hace feti­
ches, le señalo que lo "m ágico" concierne en el origen al tráfico de
alimentos, se trata de comer lo sagrado, de engullir a su dios, en do­
sis ligera, en sobredosis. poco importa, lo esencial para él es
atreverse, cuestión de dosificar la vida, de controlar la diferencia;
aquí la parte correcta, allá el veneno. . . para acabar con el Otro en
el que uno se convierte. Su brujo, pues, no era el vínculo colectivo
y simbólico en el que se coloca, no se distinguiría en nada del droga-
dicto de hoy. Y note que el toxicómano se imbuye del producto que
debe darle vida, una vida total, sin falla, salida de él, nuevecita, una
ley pura de vida; se da nacimiento, nace y muere a la vez (un poco
como todos nosotros en el nacimiento, pero él lo pone en escena a
voluntad); su dolor ante la falta de droga es un dolor de alumbra­
miento, creación, parto de sí, gestación vacía, nacimiento, entrega
al mundo. No es el producto lo que es fetiche, sino la relación que
el m oto instaura con el Otro en que se convierte bajo el efecto del
producto; se convierte en causa y efecto de sí mismo. Es el envenena­
miento invertido: se mata y mata al Otro con la vida total, en abso­
luto con la muerte; nada con la muerte; quizá sea por eso que ella
se presenta al galope, como lo natural que es desechado.
e l l a : Vaya, pues sí que quiere a sus pequeños motos, ¡apenas
habla de ellos se pone lírico! Mejor volvamos al fetichismo. Al feti­
che "africano1' primero. Primero la diferencia entre el dios y el feti­
che.
ÉL: L o hemos visto, los “fetiches” africanos son una m agia mate­
rializada; a veces como palabras sagradas encarnadas; eso explica
que puedan a la vez reinar en la fila de los dioses y sólo existir p ara
aquél que los utiliza.
ELLA: ¿Es encarnado o reencarnado? el antepasado por ejem­
plo. . .
ÉL: El principio es el mismo: encarnar en sí al antepasado o la
genealogía es como querer inmovilizar su transmisión; es inmovili­
zar al Otro. El fetiche sirve para poseerse: con una posesión que se
modifica, se curva, y vuelve sobre sí misma para incluir al Otro en
sí. En parte, por supuesto, pero su objetivo sigue siendo totalizante.
e l l a : Sí, ¿y entonces la diferencia entre el dios y el fetiche?
ÉJL: Hay una circulación entre el dios y el fetiche: éste encarna
la parte que uno tiene en la fabricación del dios, pero esta parte es
reproyectada sobre el dios sobre ese Otro que está allí, en persona,
y en esta circulación entre dos, el hombre se coloca, se instala, se
siente protegido, poseedor "poseído" por sí mismo y por el Otro. El
fetiche es una coyuntura entre el Sí y el Otro: une esos dos térmi­
nos, los identifica, los separa también por su realidad de cosa mate­
rial; pero el factor que el fabricante de fetiches pone enjuego es to­
car un límite del ser, de su propio ser, de su deseo inconsciente.
Tener a quién hablar y con qué hablar; no es nada.
liLLA: ¿Y esta captura del ser explicaría que el fetiche sirve tam­
ba n para capturar seres, para atraparlos, alcanzarlos justamente
ilil donde están metidos en el ser?
i l ' Sí, en ese sentido el fetiche es a la vez objeto total y objeto
l'.u cial, totalidad del objeto-deseo y potencial de objetos de deseo; no
pues sólo un paso de Sí al Otro o un medio para encerrarse en sí,
I' n a encontrarse. Es verdaderamente una piedra angular del lengua-
|< íl alcance de la mano. Eso abre algunas puertas y cierra otras.
[Link]: Por eso, tanto para el fetichista "clínico” como para el
pi imitivo” ; lo que importa es la realización del ritual mientras
■u i un vínculo, y no el hecho de tener o no el objeto.
EL: Pero la diferencia entre los dos, y la vemos también en el
de la droga, es que el "prim itivo” se integra con su fetiche a
11 totalidad del vínculo social, mientras que el fetichista "clínico”
■ convierte él m ism o en el suplente de ese vinculo, mediante esa re-
lii'io n que inventa. Aunque sean muchos en este caso, y aunque in-
U-nten unirse, se sitúan en calidad de excrecencia del Vínculo vi-
nte. De manera que para el fetichista "clínico” , el factor en juego
narcisista es voluminoso: toma la totalización del objeto para él so­
lo
ELLA: He leído a algunos psicoanalistas que dicen que la v«rda-
Icra diferencia es que la madre del fetichista es "m ala” , puramente
¡ductora, mientras que la del primitivo es protectora y tranquili­
zante.
EL: Es un punto de vista un poco matemante de las cosas, ¿por
■)ué no? Como el fetiche del primitivo actualiza para él la totalidad
ilc ¡ vínculo social, representa una fuerza tranquilizadora y protec­
tora; algunos lo toman entonces por la "m adre” , otros por el Padre
(lo cual conduce a erigirlos en madre-o padre-en dios. . . Mientras
Hiie el fetichista "clínico” debe fabricar por sí mismo su vínculo; la
madre no tiene permiso para transmitirlo, por eso sus psicoanális­
is la llaman narcisista, seductora, mala, etc. En realidad, más allá
le- esta ilusión de óptica, lo que en ambos casos está en juego es una
especie de "elección” entre prod u cir lo simbólico o transm itirlo', ha-
1 1 un "producto" terminado o dejarlo pasar al infinito.
ELLA: En el fondo, lo que cuenta es el ritual y el montaje en tor­
no al fetiche.
El : O más bien es el montaje mismo el que funciona como feti-
ihe, con la intención de fijar al Otro, de hacer de él un producto.
e l l a : Bueno, entonces, de nuevo sobre el fetichismo, hay dos
i uestiones .que me hacen cosquillas, una se llama Marx y la otra
l;reud. Es simple, ¿por qué Marx y su comitiva no hablan más que
de fetichismo del dinero, de la moneda, de la mercancía y otras ca-
lacterísticas fetiches del "capitalismo” ? ¿Y porqué Freud, que vie­
ne de las antípodas, juega todas sus cartas al fetiche como sustituto
del pene materno?

8. MARX Y CIA.

ÉL: ¡Ah! Marx y Freud. Sospechaba que pagaríamos ese peaje sin el
cual no podríamos circular. Que nadie diga de esta agua no beberé,
pues ¿por qué n o?. . . Es normal. Pero que haya que estar en regla
con ellos para “ existir” , es duro. Cuando intento pensar con ellos
es a distancia —pienso más bien con mis puntos de inexistencia—
y ahí uno se aposta entre esas dos garitas. Hay que pagar su parte
para entrar en la ley, e ir en dirección propia. .. Y o ya la di, sabe
usted, hace tiempo me zampé E l capital, un soporífero como ése, in­
soportable, antes de insistir más tarde, cuestión de recuperarse del
trasero, en toda la obra, antes de hu ir. . . leí todos los libros. . . la
carne no se entristece cuando la habita el pensamiento. .. Ante
todo hay que hacer el amor con las palabras.
e l l a : Amigo mío, la prostituta hace el amor con el dinero; feti­
chismo de la moneda; pero su gran detalle era pedir a los petroprín-
cipes en celo que la llamaran "m i Dios” , príncipes que en el orgas­
mo le pedían que los matara.
ÉL: Bueno. Entonces Marx percibió un aspecto del "va lor” : es lo
que se necesita para reproducir, regenerar la fuerza viva que produ­
ce las riquezas, esa fuerza que produce un poco más que el valor
necesario para mantenerla en una sociedad dada. En ese aspecto
simbólico del vínculo social está el suplemento de valor producido,
excedente que en otras partes es teorizado por ejemplo en forma de
costo marginal, de costo "diferencial” en el sentido matemático de
la función costo, que se refiere a una masa de objetos idénticos. En
realidad, este “ diferencial” desempeña el papel de impulso simbóli­
co, de efecto de límite con relación a una masa indiferenciada de
objetos.
El resultado es que, en el “ fetichismo” , el valor es aquello me­
diante lo cual el objeto es idéntico a su inscripción, a su escritura.
Por ejemplo el fetichismo que por momentos se refiere a tal mone­
da, quiere que el vínculo que constituye asegure una protección me­
jo r contra el riesgo y la inseguridad; ese vínculo se hace idéntico a
dicha moneda, tomada a la vez como moneda y como mercancía.
(Piense en el dólar en ciertas épocas. .. ) Nos vemos tentados a de­
cir que es un fetichismo "realmente” justificado. Ciertamente no
hay trabajo acumulado en el papel verde del dólar, pero si trabajo
iguala a sufrimiento, hay una parte de inquietud y por lo tanto de
ulrimiento que ha venido a refugiarse en él simbólicamente, y que
I linda la identidad entre el objeto y su inscripción. Debido a ese re-
I lujo de inquietud que encuentra allí un refugio, el objeto-
inscripción justifica su valor y lo incrementa. Esto se vuelve un
pioceso vivo y colectivo y una fetichización del incremento de
'■ulor.
Por lo demás, en cuanto al fetiche, lo que dice Marx al respecto
d isc u tib le .. . En prim er lugar su diatriba contra el oro-que-
provoca-las-guerras y que hace herm oso al feo, inteligente al imbé-
1 11, ágil al lisiado . . es idéntico al discurso que Shakespeare pone
■n boca de ese demente de Timón de Atenas, en la obra del mismo
nombre, cuando Timón maldice al género humano a quien no ha
podido arrancar amor puro por medio del oro, con el cual hacía
i i-galos mortales y sin regreso a sus “ amigos” . Ese pobre hombre
había identificado con su haber, con la esperanza de ser tan
íinable y buscado como el oro que tenía, en el momento en que
va no tiene. Curiosa manera de abolir el curso del tiempo, la heri-
ilu viva de la vida Y es desde el fondo de esta herida y de
■ U: horror por los vínculos humanos podridos de falsedad desde
'londe Timón lanza su diatriba, retomada palabra por palabra por
Marx, quien por supuesto contra los vínculos podridos de la ri-
ipieza del comercio, del intercambio, parece prometer para la so-
■ledad futura relaciones “ auténticas” , basadas en el “ único valor
Individual” ; nos preguntamos lo que puede ser ese "va lor” una
■c/ despojado de las apariencias y de los lazos que lo enganchan
'<1 vínculo social, depurado de las mediaciones y los pasos por
llores “ verdaderos” o "falsos" pero que despliegan el espacio de
fuego, y conjuran la crispación moralizante y cerrada sobre el ele­
mento “ auténtico” . Ahora bien, aparece la misma ingenuidad
liando habla del fetichismo de la mercancía; dice que en el régi­
men capitalista los obreros son despojados de su producto, el cual
convierte en un objeto "abstracto” una serie de cifras manipu­
ladas, tratadas por aquellos a quienes no importa lo que el produe­
lo tiene de concreto, de "vivo"; una serie de abstracciones que
lodos esos “ parásitos” codician en las redes mercantiles, a través
ilc la trama social en donde todos los productos son equivalentes
egún el valor mercantil. En ese cielo etéreo de la Verdad de las
relaciones reales” he aquí que la mercancía escupe su plusvalía
i uyo origen está tan ‘enmascarado" —y afortunadamente "desen­
mascarado” . . .
E lla : En fin, que si el valor de uso del producto es sumergido
por todos los tráficos abstractos y monetarios que se apoderan de
■1, hay razón para alarmarse, ¿no? Un auto está hecho para rodar,
■I i ■ tratado de otra manera es desviado de su objetivo, pervertido.
fetichizado, puesto que conserva un valor distinto al intrínseco de
rodar.
ÉL: Con semejantes razonamientos uno puede rodar cualquier
cosa. En primer lugar uno supone un uso "concreto” del objeto, uso
que identifica, o casi, lo “ material” y lo “ natural” -, más tarde será
lo "auténtico” , lo socialrncnte realizado, las n orm as.. . Y si tene­
mos la desgracia de apartarnos del buen camino somos perversos,
sexos machos a sus hoyos, nada de desviación, si no, campo de con­
centración, trabajadores a sus marcas, el pensamiento también
debe ir donde es preciso, en otra parte estaría pervertido. Gulag.
e l l a : Calma, se sulfura usted, volvamos a los hechos.
ÉL: Bueno, ¿por qué un auto tendría que rodar sólo en los cami-t
nos "concretos” y asfaltados, y no también en los caminos más aé­
reos donde los límites son cifras, existencias, excedentes, progra-i
mas, previsiones, pantallas que enloquecen, curvas que vibran?
¿Por qué el recorrido de tal máquina, como punto luminoso en la
pantalla o el espacio comercial, social, monetario, financiero, poli*
tico, tendría que ser menos productivo, menos vivo, menos comple?
jo y “ concreto” que sus recorridos embotellados de regreso del fin
de semana.■* ¿Por qué las transferencias kilométricas tendrían que
ser más verdaderas que las transferencias de capitales, juegos de
escrituras, series de números, puntos críticos, embotellamiento de
cifras que desplazan el trayecto de dicho auto hacia los espacios a
la vez seguros y arriesgados, abiertos y ficticios, "irreales” pero
operantes? El fetichismo estaría más bien en lo que presupone la
denuncia marxista, esa fantasía de la "relación real" y de la ley ob­
jetiva, que en su sociedad "prometida” se convierte en pesadez mo­
ral, encierro real de los cuerpos, desencadenamiento de perve-rsicn
nes oficiales, dado que los partidarios de la ley la identifican con
su deseo, con la Verdad. Y no se andan con contemplaciones. Aun­
que haya "fetichism o" de la mercancía, la sociedad mercantil —soi
bre todo la moderna— lo absorbe en ella, lo rompe, lo recicla, lo di­
suelve en ella hasta el punto que lo anula como fuerza "exterior’'
o parásita, no existe el paraje de la Verdad y el parásito del arte­
facto. . .
ELLA: Sin embargo, aquí o allá, toda sociedad de consumo es fe­
tichista. Además, consumir es acabar: "el acto está consumado'’;
principio de placer de todo ser y todo producto: ir a su terminación;
suma, consumo, habiendo trazado la línea, se acabó. Entonces todo
aquello se vuelve algo muerto, un desecho, un cadáver. Un fetiche.
é l : El que aquello se vuelva algo muerto no implica que se vuel­
va fetiche. El cadáver y el desecho no son fetiches en sí. E l fetiche
es la vida en el estado de muerte que supuestamente recobrará vidaJ
inversión típica entre la muerte de la vida y la vida de la muerte*
l‘i»r lo demás, la red de lenguajes en la que está atrapado un pro-
iliu to implica el vínculo social en un modo no menos vivo, no me-
ii" tamal, que el uso llama concreto, de ese producto. Los víncu­
lo■ ibstractos a los cuales da lugar un producto, y que conciernen
n iu reproducción, pueden ser más importantes que el enfrenta­
m i l rito entre el hombre y su producto. Lo esencial son las transfe-
■ ni ias de espacio, los desplazamientos de vínculos, las metamor-
I isis que permiten a los choques narcisistas desplegarse, hallar
nuevos recodos, sorpresas de vida antes del punto muerto. Erigir
mideal en algo “ real” o "racional” (a menudo identificados) empo-
lii ‘t e la complejidad del acto productivo y prepara la perversión
i M ilitaría en la que supuestamente sabemos qué decir y qué hacer
|uii.i ajustamos a la "realidad objetiva” , a la "necesidad históri-
i V’, a los “ imperativos científicamente establecidos” , etc. Siempre
Imv en el terreno una banda de cretinos que encarnan esos "impe-
i itivos” . Ello hace pensar en padres que se toman por padres y
■|\u ejercen efectivamente "la Ley” en vez de sólo invocarla; eso
lu como resultado policías abyectos y devastadores y hace de sus
I nnilias pequeños infiernos donde, como en los países del Este,
I régimen de la Ley está conectado al capricho de aquellos que
tu mcaman; pueden desmentir como quieran, y anular el esfuerzo
ili aquellos que intentan ajustarse a dicha ley. Uno puede arras-
li irse para que se 1e reconozca com o alguien ajustado a la ideolo-
¡ i i y sin embargo ser encerrado, degradado, deportado, sin razón
implícita; como si el régimen se llenara de razones y normas para
no cumplirlas y, en este terror implícito, controlar a quienes creen
iLii los enunciados, a los ingenuos que piensan que es a tal idea
0 ;i cual regla a la que tienen que someterse, cuando que son conmi­
nados a una sumisión total, intransitiva, sin objeto explícito. Y aún
111;: s, incluso sometidos así, serían tachados de pasividad, exceso
■lt celo, hipocresía. ..
ELLA: ¿Quiere usted decir que establecer una norma de conduc­
ta así, por un acto fundador que ata a los otros, es lo que hace al
montaje perverso? ¿Como en el caso de las sectas, entonces. .. ? el
|i te o sus allegados pueden invalidar la norma o modificarla de
pronto para anclar su poder en el abismo donde ninguna norma du-
1 En efecto hay ahí material para producir anormales, para hacer
perder la razón en nombre de la razón.
ÉL: Quizá sea eso, la locura de la razón. Piense en aquellos a
quienes allá se llama refuzniks, aquellos a quienes se les niega la
visa de salida y a quienes en seguida se encierra en hospitales psi­
quiátricos para, sinceramente, someterlos a tratamiento, tratar­
los verdaderamente. Toda la perversión está en esa verdad y esa
sinceridad.
ella: ¿Cómo? ¿Pretende usted que son enfermos o que están
locos?
ÉL: Sí, pero eso no es lo esencial. Cada uno de nosotros tiene
su punto crítico, su punto de enfermedad, su punto de enloqueci­
miento. . . Los “ normales” son los más correosos para llegar al
punto crítico; o entonces están en crisis permanente de normosi-
dad. Pues bien allá, los refuzniks son gente «uyo punto crítico es
puesto al desnudo por el sistema, que se dedica en seguida a tratar­
lo. No hay enfermos sino en relación con un sistema de vínculos
convincentes, un contexto, un texto confuso, escrito en una lengua
plural y no fácil de descifrar. Los disidentes y refuzniks son enfer­
mos o locos en el sentido en que están en posición de serlo; si lo
son "realmente” , intrínsecamente, en sí mismos, nadie lo sabe, su­
poniendo que eso tenga un sentido. Se cuenta que un hombre allá
había sido, entre otros muchos, encerrado en un hospital psi­
quiátrico, sin explicación. Su mujer protesta, pide una razón. Se
revela que el hombre había querido una visa para abandonar el
país; para irse a otra parte. Se la habían negado; sin razón; la vuek
ve a pedir, y pide incluso la razón de la primera negativa. Se le
vuelve a negar la visa y la razón. Reitera la petición. "Entonces
qué quiere usted que hagamos, dice el honeíto psiquiatra, es la
prueba cabal de que está loco, ¡que necesita ser tratado! Nos ocu­
pamos de ello.” En un sentido, ese psiquiatra dice la verdad, y
es por eso que es una verdadera basura, una basura honesta si
puede decirse así; basura porque es honesta, ajustada a las leyes»
a las costumbres, al "consenso” En pocas palabras, la idea es sim­
ple: la mayoría del pueblo no tiene la idea de abaldonar el país;
aquellos que quisieran hacerlo renuncian a ello casi en su totalidad
en vista de las dificultades que los convertirían en excluidos, en
parias; y resulta que hay quienes persisten, se obstinan en pedir
razones, diciendo basarse en los fundamentos racionales del
régimen, que tienen la locura de tomar al pie de la letra. Decir
que se les niega la razón, la razón que piden, es decir que se les
vuelve locos, que se les llama locos. . . con razón; no sólo razón
de Estado: la mayoría del pueblo también los desaprueba: a los
resignados no les gustan los que no se resignan, y que con su re­
vuelta los conminan a otra razón.
e l l a : Dice usted simplemente que un hombre conducido a con­
tradecir a todo el mundo, incluidos los consensos involuntarios y
silenciosos, está un poco loco, o francamente enfermo.
ÉL: Si no lo está ya, se vuelve muy pronto, encarna en su locura
la locura secreta del sistema que no soporta al Otro, a la otredad
que escapa, y el régimen lo obliga a ser el Otro, a dejarse captar en
la otredad absoluta. En el fondo, gracias a esos locos la sociedad en
■onjunto no está demasiado loca. Los disidentes y refuznilcs son los
■ii ificios por donde el sistema totalitario se abre sin quererlo a otra
■ii '.ji; son esos boquetes hacia otra parte los que lo atormentan y
■1111 él niega; son designados por su negativa a dejar pasar, a dejar
i ivir el efecto de frontera.
ELLA: Pero ese psiquiatra tal vez-quiso decir: señora, si su mari­
co no ha comprendido que tiene enfrente no a hombres para dialo-
[Link] sino un muro, y si insiste en darse cabezazos contra ese muro,
hay que tratarlo, a menos que quiera que ese muro vuelva a conver­
tir ■ en hombre, lo cual es aún más descabellado. Dicho de otra ma-
M’ i'ü si no comprende que cuando se le dice que hable significa que
tiny que callarse, entonces está lotalmente al margen del código, no
■onoce la lengua implícita del país; hay que enseñársela, y eso es
lo que intentamos hacer. ..
ÉL: Si hablara así, no sería más que un cínico.
ELLA: De acuerdo, pero ¿dónde está la peí-versión ahí?
EL: Usted la indicó: en ese sistema la ley es doble, es a la vez el
Uno y .el Otro; la palabra oficial es fetiche porque como no hay
Otro, confunde en ella al uno y al otro que encama, al consciente
al inconsciente, lo dicho y lo no dicho; es sagrada pero no intoca­
ble, es posible tocarla, pero puede explotarle en las manos, como
i estuviera insertada en un montaje de ruleta rusa; y son los diri­
gentes quienes accionan aleatoriamente el gatillo. Es cómico y si­
niestro que aquellos que apelan a lo racional y lo objetivo sean ne-
i (‘seriamente conducidos a accionar las fuerzas de la ilusión y de
lo subjetivo más desencadenadas; que invoquen conscientemente
los poderes ocultos del inconsciente.
e l l a : Parece que allá el alcoholismo es masivo y da lugar a per­
versiones suplementarias, a prácticas abyectas de denuncia con
descripción; hasta hay una broma reciente que me contaron: si te
agarran en estado de ebriedad, la primera vez son cien rublos de
multa, la segunda quinientos, y la tercera vez se le pone ‘judío” en
su credencial de identidad. Está usted listo para convertirse en re-
fuznik. . .
ÉL: Es normal que el pueblo busque refugio en un fetiche más
I raneo más sólido: el alcohol. Hay luchas complejas entre la per­
versión oficial y la del pueblo, con cercos, contracercos, recupera­
ciones, desechos, pérdidas y ganancias. .. Como en todas partes;
más que en todas partes. Es una sociedad madura para la religión:
o para el ideal del confort, de los retiros cómodos en sí o en su
casa. Puesto que los valores vigentes se invalidan por sí mismos,
lo más "valeroso” es colocarse de través, invalidarlos. . . El siste­
ma es '‘perverso” sin que necesariamente los individuos lo sean:
simplemente, está sin Otro o es idéntico a su Otro; no hay dife­
rencia. Podemos mostrarlo más en detalle pero ya no tengo ganas
de hablar de eso.
e l l a : A mí eso me abre horizontes; preguntas simples del tipo
¿qué funda el valor? ¿El hecho de que seamos muchos los que
deseemos tal objetivo? ¿El esfuerzo o el trabajo que ha costado?
¿La utilidad o el uso que se le dé? ¿El placer que proporciona?
¿El más allá del placer que promete? Es todo eso lo que hay que re­
tomar.
ÉL: Gracias, pero no por mí. La cuestión de las fundaciones se la
dejo a Dios, que sirva para algo, y si es un pozo sin fondo —y sin
nada en el bord e. . . — , mejor.
ELLA: Qué falta de seriedad. Justo cuando llegamos al funda­
mento . . . *
ÉL: Por lo visto usted no teme lo obsceno. No, las cuestiones de
las fundaciones sólo son interesantes si se plantean con respecto a
lo actual.' El verdadero pecado original no es lo que esa pobre pare­
ja hizo en el paraíso, eso más bien sirvió para liberarla de esa reali­
dad aterradora — ¡el Paraíso! B r r . . .— para hacer de ello una linda
fantasía paradisiaca, un impulso de sueño resistente. . .
ELLA: ¿Y según usted qué es el "pecado original"?
ÉL: Es el pecado de origen, la infracción original sentida inso­
portable, la manía de querer un origen fundado, ahí frente a uno,
claro y nítido, para colocarse la propia vida encima como sobre un
asiento; estar dispuesto a parecerse a cualquier cosa para ser bien
identificado, aunque tenga que llorar después por haber sido iden­
tificado con lo que no se es, etc. Si el origen — del valor o de otra
cosa— tiene cualquier valor, es el de contribuir, en lo actual, a la
originalidad de cada quien. Vaya, hasta el “ valor” está en ese caso:
algunos objetos tienen como valor el permitir que se les rebase, que
no se quede uno boquiabierto ante ellos, petrificado aún cuando
uno se agite. Esos objetos, uno los aborda —en el peor de los ca­
sos— con angustia de vida, la que empuja a la vida, incluso con do­
lor, y que hace hallar con qué objetivar el deseo, con qué objetarlo
también, pues hay objeto a manos llenas, pero hay que percibirlo;
y entonces, el valor de tal objeto es permitir que uno lo atraviese;
es transmisión de valor, impulso de valor; cuestión de decir que el
tesoro está en otro lado, quizá inasequible; eso hace correr e inven­
tar. Semejante objeto no hay que*acumularlo, repetirlo, como ocu­
rre con el síntoma. Es un poco como la salud, no se acumula. Por
lo demás uno de los sentidos primeros de la palabra valor, vale, es
que estés bien. No se puede reforzar o examinar la salud. Se puede
incluso estar enfermo de ella, de las condiciones de salud si perma-

* Fondem ent , en francés también es ano. [T.]


■" t ¡mi idénticas; el cuerpo, el alma, el espíritu, quieren entonces
■■'id emoción que no llega, están dispuestos a pagarla con dolor y
niHUStia Angustia de vida. Es distinto, la angustia de muerte es la
'inclusión de que pocas cosas dejan huella que valga, y que con
i '«la esta agitación sólo se está a punto de hundirse en la muerte.
II ly quienes dicen: ‘'Quisiera morirme” , y es la angustia de vida la
■|iu- los hace hablar; no están lo suficientemente vivos como para
l 'iu i intenciones de morir o entonces están dispuestos a morir de
nnt* muerte que no es la suya, de aquella en la que están atrapados;
lit vida les da miedo, los angustia y los atrae al mismo tiempo. En
lodo caso el objeto que uno busca en la angustia de muerte, es el ob-
|rlo refugio, reconocido como lleno de valor, atiborrado a muerte
(ir valor. Se acumula: dinero, privilegio, imagen social; se invier-
l< i‘n la ‘‘piedra’’ olvidando que es sepulcral; en la imagen-medios,
Ividando que una borra a los otros; y se emborracha uno con este
olvido; se intoxica de olvido. . . En realidad, el valor de esos objetos
no radica en ser buscados por todos, como refugio precisamente.
I ' más allá del fetiche de la moneda denunciado por Marx; allí, por
■I contrario, un valor llamado abstracto, una moneda, un título de
i (‘conocimiento, adquiere por ese motivo valor de objeto concreto,
dado que palpando ese papel millones de gentes se tranquilizan so­
bre el “ valor” de su vida, que ahorran; no quieren vivirla, quieren
taber que tiene valor y que podrían vivirla. Extraña pulsión de ate­
morar. Y quieren saber que otros hacen el mismo gesto de ahorrar­
la. Es cómico tomar un seguro de valor contra el riesgo de enterar-
■ de pronto de que uno no vale nada, no más que este seguro; pero
i “ nuestras” sociedades es lo esencial, este seguro contra la an­
gustia de estar muerto sin saberlo, la angustia de ver que se gastan
y deshacen en nombre de sí mismos los valores en los que uno
"cree” —es decir a los cuales uno ha dado su corazón, su órgano
■le amor—, el miedo de ver su “ haber” gastado, tomado por el tiem­
po, disuelto por él. Y este haber puede ser el cuerpo, los ahorritos,
el saber rebasado, el deseo rancio y fatigado. He aquí un fetiche:
creer invalidar el Tiempo p o r el hecho de tener en mano un signo
que lo invalida; el garrote de la angustia colectiva hace las veces de
vínculo simbólico.
e l l a : En el fondo, el valor de un fetiche así está justificado si
liga la angustia colectiva de una hemorragia de valores, de un des­
gaste de los discursos, de un debilitamiento de los deseos: eso basta
para justificar que ese objeto tome valor.
ÉL: Le es transferido por aquellos a quienes estorba, como vida
que les estorba, y la inmovilizan sobre este valor fetiche: pueden
por lo menos "tocarlo” ; mientras que el Otro es p a rad los intoca­
ble .. . Tener este “ fetiche" es como tocar el vínculo social para ase­
gurarse de él, sin más. El vínculo social era promesa de estar jun­
tos, de estar con, y resulta que se conforma con ser un refugio, un
bunker contra el Otro y contra sí mismo, ante el riesgo de alterarse,
es decir, de vivir.
ELLA: Todo eso me convence, pero me pregunto si a propósito da
fetiche no hemos "sim plificado'’ demasiado a Marx, confundiendo*
lo con los marxistas. . .
ÉL: ¡Ah no!, ¡ese estribillo no!, nada de m arxología... Marx tiei
ne los marxistas que merece, un pensamiento se juzga también pofl
sus efectos, por su descendencia, su genealogía.
e l l a : De acuerdo. Pero de todas maneras, Marx es más "agudo'''
de lo que usted dice. Después de todo, la emprendió contra la opaci|
dad de la mercancía, contra su apariencia de evidencia, y descubrió
mistificaciones, "caprichos” teológicos.
ÉL: Pero un capricho deja de serlo cuando se materializa y circuí
la como producto. ..
e l l a : Justamente, ya me acuerdo: denuncia la alienación del
hombre en los productos de su trabajo, lo que llama fetichismo dq
la mercancía es la ilusión de tomar por un elemento objetivo una
fatalidad bruta, los recorridos de objetos que uno mismo ha desatai
do, mantenido en buen estado; es la negativa de ver la parte que uno
toma.
ÉL: ¿Y el fetiche ocultaría esta parte de ignorancia? ¿Sería el re^
chazo a saber que las ilus iones que uno se forja, uno mismo las ha
producido? ¿Es eso?
e l l a : Sí.
ÉL: Entonces es decepcionante como revelación. Los humanos
quieren proyectai sobre productos, objetos o mitos, una parte de
sí mismos y de lo que se les escapa, olvidando que son ellos mismos
ios que proyectan', por eso proyectan también su olvido¡ que es un
proyecto de recuerdo, un lazo entre lo rechazado y la memoria in­
consciente, "exterior” . Y se necesita una buena fantasía de transpa$,
renda que recobrar para investir esta "revelación ’ hecha a los
hombres, a saber: son ustedes mismos quienes alimentan sus ilu­
siones, quienes las producen. No es sorprendente que al cabo de esa
fantasía de alienación abolida y de Estado "deteriorado” , esté la
alienación totalitaria y estatal. Justo regreso del inhibido
ELLA: Parece usted decir que hay una parte de fetichismo en
toda relación con el objeto, hasta en todo vínculo social, dado que
los hombres establecen sus relaciones mediante objetos, códigos¡
mecanismos que en lo esencial se les escapan,
ÉL: Sí. Por consiguiente, ¿por qué. llamarlo “fetichismo"? Si gru­
pos humanos inventan un Dios, un Destino, una Necesidad en la
cual fijar lo que de ellos mismos se les escapa y descargar así una
I ti tt de su impotencia, frases tales como: “ Dios lo quiso, la Crisis
I i onómica ha querido q u e. . ., la baja de la tasa de descuento exige
i/iti . . " son una manera de hacer las cosas vivibles, de hacer la
liarte del Otro, a reserva de exagerarla para influir en ella; es una
numera de unirse a esa compartición sin quedar verdaderamente
liurlado. Podemos analizar, desmenuzar, pero de ninguna manera
inular este curioso impulso: querer no tener nada que ver (o muy
poco) en lo que nos pasa, hasta cuando podemos controlarlo “ todo”
uno quiere ser “ responsable” cuando tiene la Respuesta. . . El feti-
i hista es otra cosa; incluye en el fetiche el olvido de esto: que es él
ijuien lo produjo; hace desempeñar al fetiche el papel de una Ley
.(ue detenta él solo. El fetiche encama para sí el escape ordinario
ilt la Ley. Es diferente de un modo social de producción (por ejem­
plo mercantil): ahí, los objetos inmovilizan y desplazan hacia ellos
relaciones a la vez transparentes y ocultas, pero no es fetichismo
i n estado puro: en un sentido, son las crisis del capitalismo las que
prueban mejor hasta qué punto no está totalmente fetichizado; se­
ñalan los puntos neurálgicos donde no ha fijado las leyes que lo go­
biernan.
ELLA: De acuerdo. Pero si Marx aporta esta “ revelación” a los
hombres en el plano económico: tiene usted algo que ver en las ca­
denas que lo sujetan y las máscaras que lo engañan, es quizá con
la esperanza de que la “ toma de conciencia” los conduzca a romper
dichas cadenas, a reserva de pasar a otras formas de “ fetichismo” .
ÉL: N o es tan simple, y la "tom a” de conciencia no es un resorte
suficiente ni siquiera necesario para el acto. En todo caso el feti­
chismo denunciado por Marx en el sistema mercantil, es la parte de
"fetichism o” inherente a todo vínculo social: en el que se proyecta
una parte de sombra,y de ignorancia, una parte de inconsciente. En
todo caso, basta con que el nombre del objeto o de una relación en­
tre en el lenguaje corriente, para que se vuelva un poco “ abstracto"
y “ oculte" las inversiones “ concretas" que lo animan.
e l l a : Es una lástima este desgaste de las palabras así como de
las cosas. Es una terrible alienación.. .
ÉL: Realmente, sí. .E n un hospital dicen: "¿fue a ver la tra-
queotomía de la 14 o el estómago de la 16 o el aborto de la habita­
ción 4?. . . " Eso da la impresión de "abstracción", inhumanidad, lo
que se quiera, pero después de todo garantiza un poco que al enfer­
mo de la 16 no se le quite la pierna sino su úlcera del estómago; y
nadie se engaña: cuando la enfermera va a decirle buenos días por
la mañana no es a un estómago a quien saluda, sino a un rostro. En
principio. Así es que resulta inútil exagerar sobre la alienación.
e l l a : Volviendo a Marx, lo que describe como "L ey ” del sistema
mercantil y que denuncia como delirante, es que un objeto concreto
como unas botas o un traje sea remitido a un gesto abstracto, a un
equivalente universal
ÉL: Pero eso es tanto como criticar como infundado lo simbólico
de cualquier gesto social. Usted da dinero a alguien contra un "reci­
bo", una firma, una huella abstracta e irrisoria . . Es igualmente
"delirante" y sin embargo el vínculo social se basa en esos gestos
“ simbólicos” , cuya "locura” es aceptada.
Denunciarla es querer un nivel simbólico real, que simbolice por
sí mismo. Quizá eso sea lo delirante, querer impedir que una parte
del hombre pase al objeto que manipula; o que se pierda ahí. Pero
pasa, lo importante es que no pasa entera .: Este aspecto parcial­
mente "fetiche” , invitable, curiosamente parece liberar a la gente,
añadirle un grado de libertad haciendo que el ‘fetiche” (o más bien
el objeto) cargue con la responsabilidad de un aspecto de la Ley, del
límite .. Eso les permite volverse, ver venir, intercambiar, jugar,
vivir un poco.
e l l a : Marx dice que con el equivalente "abstracto” y la forma
fetiche se vende la mercancía, no para comprar mercancía sino
para remplazar la forma mercancía por la “ forma moneda” , dice
que 'la moneda así petrificada se convierte en tesoro y el vendedor
de mercancía en atesorador” .
é l : Eso es totalmente falso. Si la gente atesora no es porque la
moneda le fascine sino por inquietud, o porque la moneda puede
ser un almacenamiento cómodo, en espera de que el valor que "re ­
tiene” pueda reactivarse en el “ narrativo’ de los intercam bios...
En una sociedad "mercantil” , el sujeto se completa menos con el
objeto que con su acto productivo y socializado. Es cierto que se
convierte en producto de sí mismo, pero esta producción de sí no
es una autogénesis (como en el caso del fetichista, que se comple­
menta con su objeto y se acaba con el Otro con el que acaba al mis­
mo tiempo); está mediatizada por el resto del vínculo social; es lo
que la hace escapar del fetichismo en estado puro. Asimismo, cuan­
do todo un conglomerado celebra su relación con lo divino, con el
Dios que se ha dado, sea como sea lo "facticio” de esta relación, no
podemos decir que hace de su Dios un puro fetiche: es cierto que
proyecta sobre él una parte de su fuerza, pero al hacerlo se reserva
una parte de esta fuerza que lo estorba y lo angustia; la fija ahí, en
lo divino, en espera del suceso. Y por el hecho de que es el grupo
el que toma a su cargo esta "fijación” , su dimensión "fetiche” re­
sulta desestabilizada. Por lo tanto, decir que tal sociedad, la nues­
tra por ejemplo, es fetichista y se basa en "e l fetichismo de la mer­
cancía", es presuponer otra sociedad distinta a partir de la cual
ésta sería "juzgada” fetichista. Es exactamente como los misione­
ros que llegan a África y juzgan fetichistas las religiones que no son
11 suya, siendo que los primitivos incluían en sus "fetiches" cosas
Mu complejas y profundas como los misioneros en los crucifijos; lo
|iu no quiere decir tan "válidas” . .. desde el punto de vista de los
misioneros.
ELLA: ¿ Y a partir de qué sociedad habría juzgado Marx que la so-
' ledad mercantil es fetichista?
EL: A partir del desenlace mesiánico que lo fijó: la sociedad de
lu alienación abolida, aquella en la que las relaciones "disfrazadas”
■ >n inútiles así como el Estado que las orquesta . En pocas pala­
bras, a partir del paraíso infernal.

l> SER LA UNIÓN OUE SIGNIFICA. . .

ELLA: Bueno. Por eso ya no me atrevo a llamar a Freud en mi auxi­


lio. Caray. ¿Qué relación hay entre todo eso y el pene de la madre
que define para él el fetiche?
ÉL: Su afirmación tiene sentido, aunque se la pueda negar.
Siempre hemos visto que el fetiche encarna una lengua única, uni­
versal, la que no existe, una lengua mítica anterior a la dispersión
de los humanos y a la falta de identidad que les permite vivir. ¿Por
qué Freud quiere reducir cualquier carencia a un casi prototipo: la
carencia del cuerpo materno? ¿Qué importa aquí? En todo caso tal
carencia es compleja. El niño puede necesitar ese cuerpo como un
moto su droga; pero ese cuerpo también se necesita, sobre todo si
lo habita una nostalgia, la de ser un todo, de estar acabado. Lo fe­
menino necesita su identidad y quizá sea eso lo que lo hace vivir.
Aparentemente, Freud quiere simbolizar todas estas carencias con
un falo que repararía la carencia materna, la colmaría, inscribiría
el acabamiento, la consumación de lo idéntico ahí donde falta. O,
si el "fa lo ” es todo lo que, procedente de un “ tercero” , puede limi­
tar el cuerpo-matemal-sin-límites, es la función del límite lo que
está en juego, y no hay que limitarse al fa lo .. .
ELLA: Por eso, el fetiche sería no el pene materno sino la posibili­
dad de producirlo ahí donde falta, el movimiento que satisface ca­
rencias y produce otras. E l fetiche sería la detención de ese movi­
miento; un remplazo de lo divino, lo creativo, lo sagrado, que mata
y hace vivir. . .
ÉL: El fetiche materializa las diferencias, los diferentes, presen­
tes en una misma “ lengua” ; les da cuerpo, y anula así la diferencia
entre nombre y cuerpo, cosifica lo que habla en la palabra. En
cuanto a creer que lo que quiere la mujer para completarse es un
pene o un falo, es dudoso, aunque hay quienes hacen lo necesario
para sostener esta creencia, para pasarla al acto. En cuanto a
"E lla ” , si cree que está completa, es porque no puede lograr estar­
lo, y porque no sabe cómo estar por encima de sí misma, singular
y universal, parcial y tota l. . .
e l l a : ¿Pero entonces lo que llaman "fa lo ” es simplemente lo que
acaba con el bamboleante sistema de las creencias maternas, lo que
consuma su copulación confusa con la divinidad o con ella misma?
ÉL: Con el dios en que se convierte, una vez completada con su
creencia “ realizada” , objetivada. Es este acabamiento el que cuen­
ta y cuyo programa pesa mucho.
En general, acabar una creencia es hacerla explotar, hacerla inú­
til. En la perversión la creencia es absorbida o atacada en su nivel
real mismo. El perverso sustenta a la madre por medio de su creen­
cia; dispone, como de un juguete, del medio de acabar al otro, al
Otro en sí, acabarlo con un juguete reproducible, piedra angular de
la fantasía y pequeña lengua autónoma.
e l l a : De acuerdo, pero ¿por qué los psicoanalistas se empeñan
en llamar al falo piedra angular del lenguaje por el placer de encon­
trarla —esta llave fálica— en los límites del lenguaje donde justa­
mente la escondieron? ¿No hay ahí una complaciente masturba­
ción? Y si el falo es el punto de intersección entre el deseo y la
palabra, ¿no es, como concepto, inútil, en vista de que no hay deseo
sin palabra y palabra sin deseo?
ÉL— Algo hay de eso, pero el tema me aburre.
e l l a : El señor se cansa pronto. . .
é l : Dije aburre, no cansa. A esta casuística del falo le falta ener­
gía, inspiración. Por la energía se siente hasta qué punto quien ha­
bla está involucrado en lo que dice; si aquello tiene energía, nos
pasa una poca, aunque la agote; lo importante es que la proyecte
por otro lado. Hay gente que dice verdades, pero su energía es asfi­
xiante, falsa, sin ritmo, no se proyecta, no inspira, no quiere morir
o expirar, ya está muerta.
e l l a : Bueno. E xit el falo. Volvemos al fetiche, puesto que el falo
es el fetiche psicoanalítico.
Decía usted que el fetiche destruye la diferencia entre nombre
y cu erp o ...
ÉL: Parece destruirla. Por eso, encierra al objeto en la identidad
consigo; es un fragmento de lengua brillante, inmóvil, en tom o al
cual se organiza la circulación del sentido; el fetiche no se mueve.
No puede sucederle nada aunque está lleno de carencias, saturado
de fallas y de estimulación del deseo. Su identidad lo extrae de las
fluctuaciones materiales, del lenguaje. El idólatra puede destruir
un ídolo, que no por eso deja de ser ídolo; y es rápidamente rempla­
zado; ídolo, idología, idiología, ideología. . . vasto espacio de la mo-
ilrina idolatría. Y el fetiche, que supuestamente ha atravesado la
muerte, hace la unión con el más allá.
[Link]: S u unión* huele a droga, fum arse un carrujo de más
.. la colilla suprem a de los lisiados.
í!l : ¿Por qué no? Una droga espiritual
[Link]: Dios fum ando carrujos humanos
B.l : En cuanto al fetiche, encargado del duelo que se hará de su
1 11 dida, se convierte en el relevo de la vida; el drogadicto, en un
cutido, tiene "realmente' razón: su fetiche tiene complicidades
h .¡les con la vida, pretende llevarla hasta su acabamiento real. El
l'Lllchista del zapato no tiene más que una imagen pero la relación
' n la que se mete es tan real como un lenguaje.
ELLA: La idea de que e l fetiche es un medio de atrapar al Otro, de
poseerlo", como modelo reducido y manejable, para tenerse me­
llante é l . . . no está mal: ser el autor de lo que se adora .. Una ma-
tile.- que se da nacimiento a sí misma de verdad.
ÉL: Pero el que se da a sí mismo el perverso es un nacimiento
■ontinuo, partiendo de él o de su madre a quien toma por él. De ahí
Id mediación del fetiche.
ELLA: Tengo una idea, una frase lapidaria: crear su creador es
■■.'j su Otro; pues bien, ser el Otro del Otro es caer en lo perverso.
ÉL: No me gustan mucho las frases lapidarias, ¿a quién van a la­
pidar?
el l a : De acuerdo, nada de frase. Pero no estoy de acuerdo en
ijue sólo el fetiche atrapa al Otro; todo objeto de deseo es una mane-
i i de atrapar al Otro; trampa del inconsciente. O entonces ¿cual­
quier objeto de deseo es un poco "fetiche” ?
é l : N o es tan simple, Lo que se llama objeto de deseo (u objeto-
causa del deseo) no es más que un punto de contacto con el régimen
Inconsciente; puede provocar angustia y deseo; en principio ningún
objeto agota el deseo; lo atrae y es rebasado por él. El fetiche es un
uiiadido del inconsciente que ha funcionado, una ligadura de los
puntos de contacto que son objeto de deseo; es una memoria del de­
seo entregada en mano, llaves en mano. Si el objeto encontrado en
las búsquedas del deseo no es el "mismo’ 1que el objeto perdido, es
que la búsqueda del objeto es también la búsqueda del tiempo. La
búsqueda del tiempo perdido es ante todo la búsqueda,'la que hace
el tiempo cuando se pierde y se encuentra. Para el perverso, es la
búsqueda del tiempo detenido, la petición desesperada contra el
paso del tiempo.
e l l a : En resumen, el perverso absorbe los fetiches que pueden
ser terceros en la relación con otros, y con el Otro en sí, los hace

* El autor utiliza la palabra joint, que significa unión y carrujó. [T.]


objetos de un culto oscuro que se rinde a sí mismo, en el que se hace
sacrificios.
Él : Sí, y el fetichismo no sólo aísla un fragmento de Otro, sino
que estabece el potencial de transmisión. Los boquetes de creencia
que en otras partes permanecen abiertos son llenados por el feti­
che, obstruidos. Creencia cerrada y por lo tanto fanática. Por ejenw
pío un transexual que se sabe hombre pero se cree mujer (o mejoi^
aún; da la impresión de creerlo) dice simplemente que la ley, identi»
ficada con el inconsciente maternal, quiere que sea mujer, lo desea
mujer; y su creencia revela ese deseo en suspenso. El colmo de la
ironía es que a veces su madre en su propia infancia se había valori*
zado muy poco como “ femenina” : ¿quiere entonces devolverle la fe­
minidad que ella no tuvo? ¿Lo femenino que ella odió? En todo caso
él significa ese cambio: lo es. El travestí también es el cambio de
un ser en el Otro que lo obsesiona, de un hombre en la mujer que
lo habita. Eso puede limitarse al hábito, a lo habitual.
e l l a : ¿Pero es más "verdadero” en su identidad masculina ordi­
naria que en su estado de excitación sexual más bien femenino?
ÉL: Recuerdo un hombre del que habla Stoller, muy "por-otra»
parte-normal” , pero que sólo goza como travestí. Hubo en su vida
una escena traumática: un grupo de mujeres lo vistió como mujer;
el grupo pasaba al acto su fantasía: hacer entrar en el “ cuerpo” de
las mujeres (el suyo) un cuerpo de mujer aparente, hecho por ellas!
el cuerpo de ese muchacho. Fantasía histérica pues: hacer entrar a
una mujer en un cuerpo de mujer o en el cuerpo de las mujeres; pero
su paso a lo real puede inducir a la perversión. El joven fue embau»
cado en su fantasía de violación y en su rechazo. En ese co-lapso en­
tre fantasía y real, la relación sexual se vuelve autorreferente-, rasgo
típico. La perversión es ser a la vez el anverso y el reverso de la ley,
la revelación del deseo vuelto hacia él mismo.
e l l a : Resulta inquietante pensar que una escena tan insignifi­
cante cause tal estrago. . . y tantos años después.
Él : No fue el disfraz lo traumático, fue el trauma fundamental
(de acceso al deseo, a la L e y . . .) el que tomó el camino del disfraz,
y se estabilizó allí. Pues, en principio, el trauma original no tiene
solución verdaderamente estable, a no ser las soluciones perversas
o idiotas, justamente.
e l l a : Se necesitaron fijaciones “ primeras" para que la segunda,
la de la escena, tuviera toda su fuerza posterior y operara ese “ es­
trago" . . . Por lo tanto la escena no explica, indica. . .
ÉL: En todo caso el travestí no se identifica con la mujer sino
con la realización de la fantasía femenina que él se encarga de "asu­
m ir". Hace triunfar al adversario petrificándolo en ese triunfo; a
veces, aplastándolo con su triunfo. Y no es sólo para "calmar su an-
liustia” . La perversión vuelve isomorfos al objeto real y a la angus­
tia: en el acto. Al travestí le encanta el emblema del otro, sus vesti­
dos (como al masoquista lo que el Otro le inflige). Por eso, encanta
I Otro y lo hunde en sí m ism o. . .
e l l a : ¿Y lo sexual allí?
ÉL: Hace las veces de última figura de lo real, del inconsciente;
i orno una comprobación del ser; no siempre visible en el cambio
Pero hay tantas situaciones en las que se consigue al Otro en el
cambio de la '‘ relación’’. Pienso por ejemplo en ese curioso cambio
ile la relación colonial: los colonos se fueron y he aquí que regresan
lo m o ... turistas; dar una vuelta; dar vueltas y vueltas; volverse
Idiota. Regresan a que los mimen, lisonjeen, les hagan las cosas mal
y de prisa, los timen, engañen, asistan, traten, en lugares cuyo
modo de vida desprecian pero donde lo “ original” los devuelve a
sus orígenes. . . perdidos, vueltos a perder mal hallados; lo autóc­
tono que les "sirve” , y de muy cerca, estando él también doblemen­
te alienado; en su origen del que se desembarazan a cualquier pre­
cio, y en el de ellos que codicia y del que sólo le abren los pasos
ingratos. Ahí está ei cambio de la relación colonial, ya “perver­
sa’’ . . . Y en su versión turística no siempre sabemos quién "posee”
qué, quién goza de qué. Imagínese a los Blancos —no a los Grandes
Rubios— que llegan a abastecerse de "origen” y de ' naturaleza" y
que — pulsión obliga— consumen muchachitos y muchachitas de
nueve años, adiestrados para eso; pues bien, forman parte de la fa­
milia, pagan directamente a los padres; amistad, vaya. ..
ELLA: Pienso en otro cambio muy diferente que a menudo me ha
impresionado: esos procesos estalinianos en los que los acusados
se colmaban de faltas no cometidas. La velación era perversa, pero
los acusados ¿lo eran?
é l : P oco importa; es su relación con la ley lo que lo era: compro­
bar la acusación es asfixiar la justicia atiborrándola de "falsas ver­
dades” ; por consiguiente, es arrancar la Ley al juez, es detener la
Ley: el acusado mismo firma su muerte y la sonsaca a sus verdugos,
a los que transforma en títeres, los peleles que ya eran. .. Los com­
pleta y los acaba con él mismo. Encima supone justa la Ley cuando
es inicua, la posee en sí anulando sus procedimientos culpables. Y
como no era sino culpable, la anula totalmente, coloca a guisa de
Ley el vacío absoluto de la muerte, y aquello resuena con un grito
de silencio en el abismo. Él se dejaba "vencer’ ' hasta la empuñadu­
ra y el otro era poseído. Él acusador representaba la Ley, el acusado
la encamaba, ofreciéndole su carne blanda pero tenaz para que ella
gozara en él y se agotara en él, no siendo los jueces sino instrumen­
tos en ese coito radical (que aclara muchos montajes homosexua­
les . . .). En realidad, todo dispositivo perverso pone en escena la fu­
sión de un Cuerpo con un Nombre, con la Ley, con el Otro convertido
en el doble. Se ajusta a la fantasía de algunas madres que identifi­
can sus cuerpos con los nombres que dan. Eso es fetichizar: colocar
el objeto como símbolo saturado idéntico a su textura. Un dispositi­
vo perverso —incluido el de la droga— es simbólico de un extremo
al otro; transustanciación entre carne y símbolo. El perverso, faná­
tico del símbolo, concretiza lo que puede ser un narcisismo del sím ­
bolo, lo que es una textura que sólo remite a sí misma.
e l l a : ¿Pero no hay siempre un poco de eso en el deseo?
ÉL: En parte; todo deseo es un inicio de perversión; perversión
fracasada; el deseo abre la fantasía que el perverso acaba, que hace
pasar al acto. El deseo inicia el gesto de tomarse por su ley, aunque
su proyecto de capturar al Otro se malogre detenido en seco por la
angustia, que sirve incluso para señalar al Otro.
e l l a : Entonces la perversión es un paso obligatorio. . .
Él : Un límite, un horizonte de los vínculos de amor, de religión,
de institución de todo vínculo en el que el Otro esté implicado. Lo
facticio está en germen en el deseo, pero está como disuelto en el
movimiento deseante. Cuando se incrusta, como un "cálculo” inso-
luble, cuando los elementos del deseo tomados como clichés rigen
toda la puesta en escena, la fetichización comienza como verdad to­
tal del montaje, cualquiera que sea la variante; así la Mujer en el
caso de don Juan, la ebriedad en el del alcohólico, o la crisis, el via­
je del toxicómano, o la necesidad, son áreas de lo facticio, puntos
de contacto de una verdad más vasta, la del proyecto fetichista de
asfixiar al Otro mediante él mismo, volviendo hacia él lo que está
destinado a separarse de él. Una vez más el cambio. Ello supone el
contacto estrecho con el Otro, por seducción y sacrificio.
e l l a : ¿El sacrificio?, ¿qué relación tiene? El sacrificio quiere
seducir a Dios y la seducción radica en que los compañeros se gus­
ten o se complazcan.
ÉL: Justamente, en esas religiones íntimas, el dios ál que hay
que seducir es el Otro (todo lo que no es uno); la perversión fetichi­
za el sacrificio en una seducción que toma al Otro con tenazas entre
dos miembros de una seducción automática y autónoma como todo
montaje perverso, pues el fetiche es la autocreación vuelta cliché,
“ simbolizada".
ELLA: Pero todo lo que tiene que ver con el inconsciente tiene
cierta autonomía, se hace solo, sin nosotros. . . ¡Autonomíade todo
objeto de deseo! *
ÉL: Sí, y la perversión se hace cargo de esta autonomía, asume
su responsabilidad; es una autonomía que no aísla forzosamente
una pulsión (sádica, voyeurista. . .). El factor en juego es ser idénti­
co a su nombre, encamarlo. Eso pulveriza la otra parte de donde
h lie ese nombre» goza pulverizándolo. El objeto de deseo se ve
• mininado a ser a la vez nombre y materia; es consumido como ma­
llín y símbolo.
11LA: Es un poco repugnante.
1 1 • Visto desde el exterior puede incluso ser abyecto. Lo abyecto
un caldo donde nombre y cuerpo son mezclados, amasados. Us-
i ti ( orne una hostia y de pronto a la boca le viene un gusto a bistec
mgriento. ..
[Link]: Escupiría de asco.
i!L: ¿Por qué de asco? El bistec sangriento no le da asco que yo
Es que un nombre, un fragmento de nombre adquiere cuerpo
011 la b o c a .. .
ELLA: Entonces escupo el nombre, vomito al dios. . .
EL: ¡ . . . que no pedía tanto! El nombre como tal no tiene nada de
ii ijueroso, sobre todo el nombre divino en la boca de un creyente,
n d nombre de la amada en la boca del amante. Es el hecho de que
encarna ahí, en el instante que le da esa sacudida, de que perpe-
li ese abuso de autoridad directamente en el cuerpo.
ELLA: Eso debe recordar el “ antaño” cuando supuestamente co­
mimos el cuerpo de la madre divinizada, su carne vibrante de pala-
liras, masticamos la verdad de su cuerpo, el cuerpo de su cuer­
po. . . ¿Quizá ese asco hace eco al traumatismo de la Ley? ¿Pero
i Orno llega a ser el perverso una ampulosidad de Ley, una conges­
tión de Ley?

[Link] "VERDAD" DE LA LEY

EL: Volveremos a hablar de ello. Vea este detalle: “ tú me castigas


por lo que no hice” , es una protesta; “ castígame haya hecho lo que
haya hecho” , es un atropello del acto punitivo directamente en el
cuerpo, un desbordamiento de lo legal mediante el cuerpo. Es un
trastocamiento donde el ser castigado supera la Ley por su deman­
da. Eso está claro. Por consiguiente, el Otro, como instancia
abstracta, es empujado al abismo. Al hoyo. E l artificio perverso su­
planta al artificio legal. En el fondo sólo hay perverso de la Ley. E l
dispositivo perverso debe acorralar al Otro al pie de la Letra. Y
cuando por ejemplo el Otro es el Dios bíblico, ello explica que agite
todas sus letras y sus energías para liberarse. No soporta la perver­
sión! no soporta ser “ colmado” . Como le decía, no es tanto que el
perverso quiera colpiar la “ abertura” del Otro; el montaje perverso
se colma con el Otro y con su abertura recobrada.
ELLA: Decía usted que el perverso quiere salvar al Otro.
ÉL: Sí, y no es sencillo "salvar” al Otro destruyéndolo; pero la
perversión es eso: abrir, por lo tanto controlar, el hoyo al que el
Otro se precipita; Atascamiento del Otro y de la Ley destinada a so­
focarse a sí misma más que a ser invalidada y sofocarse con la famo\
sa infracción o la falta que en principio la funda. Todo eso se le que­
da atravesado en la garganta a la Ley.
ELLA: Desde hace un momento ya no lo entiendo; nunca he visto
la garganta de la Ley.
ÉL: Tiene razón, la horrorizaría. Bueno, de acuerdo, digamos
algo concreto. El alcohólico ahoga al Otro en el vértigo de la em­
briaguez. Por lo demás es la embriaguez su fetiche, su abrazo feti-
chizado con el Otro, mucho más que el producto, la copa, la botella.
El anoréxico —tomemos a la mujer-»- rumia la falta del Otro, hasta
el infinito. Captura en su cuerpo, traga el vacío del Otro. Hace de
él el hueco nítido y embriagador de su vientre vacío de ella; es una
manera de sumergir al otro, cualquier forma de Otro. La anoréxica,
que tiene un lugar aparte en la constelación perversa, se alimenta
de su hambre, de la falta de alimento, de lo que falta a todo alimen­
to para ser el bueno-, ella que con tacto y dulzura comunica a los
demás que lo que comen es mierda y que son lo que comen.
e l l a : En todo caso la anoréxica, más que el drogadicto, hace de
su relación con el mundo, con la ley, un terreno de acción ruidoso,
agudo, paradójico; no se sabe si quiere comer Todo o si quiere que
el Otro lo coma Todo, y así asfixiarlo. . .
ÉL: Ya ve, es usted la que vuelve al atascamiento de la Ley. Es
un hecho que los perversos creen en la Verdad de la Ley, la acorra­
lan en sus límites más descabellados. Cuando Masoch obliga a su
"Venus” a maltratarlo como está convenido en el contrato, y ella
protesta diciendo que odia "toda esa comedia” , él le grita: "¡Enton­
ces maltrátame de verdadV Quiere la verdad hasta en las aparien­
cias.
e l l a : E s cierto que se trata de una apariencia programada por
él, él que odia las apariencias de la Ley y del grupo. Parecería que
quiere la vida en estado puro, justo antes de que se atasque de apa­
riencias. No es verdaderamente la muerte lo que busca. . .
ÉL: . . . pero la encuentra, y no en el plano real, no, acaba conver­
tido en abuelito; es más bien una vida muerta por encamarse, es­
trangulada por sí misma. La vida suicidada. E l suicidio sería el acto
perverso absoluto si el que lo comete pudiera quedarse para asu­
mirlo, anque fuera sólo un momento.
e l l a : Pero si la palabra clave del perverso es "encam ar” , hun­
dirse en la carne, ¿es para inyectarle qué cosa exactamente?, ¿vi­
da?, ¿ d roga ?...
ÉL: La perversión sutura la falla, hasta el fracaso de la Ley, di-
( lamente en la carne. Va más lejos que el goce de ver el fracaso
iU la ley. El fetiche no es más que una imagen de esa carne saturada
■le ley. Abolió la Ley al encarnarla.
ELLA: Eso es lo que me impresiona pues encamar, encamación,
l'llgue siendo la palabra clave del cristianismo!
El.: ¿Y qué? ¿Qué no podríamos pensar en el cristianismo, por lo
I .into en el Occidente, como el terreno más vasto en manos de la per-
i i rsíón? En cierto sentido Cristo hizo fracasar la ley bíblica al en-
■amarla con su cuerpo. La volteó como un traje con el que se hubie-
11 » vestido. Y hay que creer que en el revés de la Ley —por lo menos
■n la imagen corriente— está la gracia, la absolución, el absoluto
¡leí perdón. . . Por lo demás, el cristianismo inaugura una nueva re-
lut ión con la infracción, un nuevo tratamiento del pecado, del mal,
tlel castigo. Por ejemplo la confesión: uno vierte sus faltas en la co­
lección de todos los pecados que asumió Cristo, cuya anulación en-
■lima; y estamos perdonados. Debemos ya sentirnos mejor por el
'-■)lo hecho de haber hablado.. . de haber transferido a quien por
lerecho, o por g ra c ia ...
e lla : L o cierto es que la confesión, la dimensión de la confesión,
■■i erotiza por sí misma.
é l : ¿Qué importa? Una muchachita que '‘confiesa” lo que no co­
metió, por el solo placer de decirlo, se abona en cuenta un deseo,
. por qué no? En realidad, hay sobre todo un tras tocamiento gigan­
tesco, donde las faltas están encarnadas, donde la Ley colmada por
sí misma no tiene nada que pedir. Es como la esperanza de salvar
al mundo de la perversión haciendo de ella una enorme; es una gran
Idea; sobré todo si fracasa; privar a la gente de sus pecados y de su
vtleidad de cultivarlos, de fijarlos; privarla del proyecto de cum plir
la Ley de una vez por todas encamándose en ellos mismos. Acabo
de oír a cristianos convertidos al Islam y su palabra clave es cum­
plir, cumplimiento; el cumplimiento crístico no les bastaba; pare­
ciera: que no soportamos no cumplir la Ley no colmarla hasta el to­
pe; y puesto que la Ley es inlinita, transfinita, comprenderá usted
que para eso se necesita el abuso de poder, para creer en el cumpli­
miento encamado.
De todas maneras, la perversión concierne a un objeto particu­
lar que se llama Ley, inasequible lím ite del decir más que norma.
Sea lo que fuere lo que uno pervierta, es siempre la ley la que uno
pervierte. En la perversión, la Ley se convierte en el objeto de deseo;
en un conocimiento también, una pericia.
e l l a : Según usted la idea misma de un saber inconsciente va en
el sentido de pervertir la dimensión inconsciente.
ÉL: No está excluido. Prefiero hablar de ello después, con las
perversiones que secreta el psicoanálisis.
e l l a : Eso promete. Tenemos ya el lado narcisista, masturbattn
rio, sectario, el resto deberá seguir. . .
Él: Narcisismo y masturbación no son sino ingredientes del fetii
chismo, cocinarlos es más complejo. Pero más allá de las engañifas
de una pericia en lo concerniente a las cosas del deseo (engañifa^
en las que uno se ve atrapado en el modo fetichista, de manera qua
cada grupo, hasta los psicoanalistas, tiene sus amuletos, sus con­
traseñas, sus olores.. . los tufos del fundador que le dan nuevo imr
pulso. . .), digamos que es el sujeto mismo el que se fetichiza; el col»
mo del fetiche es el " sujeto" asumido, ralizado; sus sensaciones
(dolor, embriaguez, v ia je ...), su discurso que enarbola todas las
faltas como si se hubiera consentido en ellas de antemano, todas las
otredades como aceptadas por anticipado, y que sigue actuando
como si fuera el centro del mundo, con la imposibilidad de coexij*
tir en desacuerdo con el otro, lo cual es propio de los fanáticos. El
fetichista no soporta lo que el Otro tiene de fragmentario o de indesi
criptible; entonces se lo consigue en estado de presencia. Se haca
un regalo con ello.
e l l a : Recuerdo que para usted el "sujeto” es una postura inasui
mible. . . ¿Pero qué sería lo contrario del fetichismo?, ¿el deliria?
Después de todo, abre, rompe lo que el fetiche petrifica. .
ÉL: Hasta el delirio puede ser sacralizado. Y algunos dioses des»
confían de él; el entusiasmo —el convertirse en dios de sus fie le s -
no les gusta, no demasiado. Todo puede ser fetichizado, sobre toda
la norma. El fetiche como la seducción es ineludible, el problema
no es evitarlo sino no quedarse en él. Hasta el poema es un poco fe­
tiche: un nombre idéntico a su cuerpo; verbo encamado en su jor­
nia .. . Afortunadamente, el poeta rompe su fetiche en el poema si*
guíente, otro destello fragmentado del gran Poema. Lo que salvá a
un poema del fetiche es el otro poema, es su fracaso de ser el últii
mo. El Otro como poema se desprende, como una música, de los in­
tersticios del poema. E l fetiche injerta un cuerpo a la deriva en el
enigma del cuerpo del Otro. Y cuando el injerto prende, no se des*
prende fácilmente, o entonces el fetiche pierde la autonomía y viei
ne la depresión; como una seducción repetida que alcanza sus lími-.
tes y que no logra pasar hasta el amor.
e l l a : ¿La perversión está antes del principio de seducción del
que el amor estaría más allá?
é l : Eso basta para desbordar las definiciones ->-& lo Freud—
para quien la perversión es una pulsión que se ha vuelto autónomai
rebelde a las simbolizaciones. . .
e l l a : Justamente, dice que una relación erótica que se quede en
los preliminares, sin llegar al hecho, es perversa.
ÉL: Lo que cuenta ahí es menos la distancia que se forma con
i ipecto a la norm a que el estancamiento en las prim icias como
Itnugen de un comienzo , prim er contacto eternizado, inmovilización
ilo 1o rig e n . . .
e l l a : Regresamos (con esto) a la perversión como búsqueda fre­
nética del placer, y nada más que del placer.
EL: En absoluto. El placer, como hemos visto, es un encuentro
‘ on el Otro que halla gracia ante sus ojos, sus orejas, su presencia,
<ii vientre, encuentro que gusta y que la reconcilia con una parte

■le usted, que apacigua sus diferentes. Ahora bien, el perverso es


mucho más exigente en el placer, niega esta insignificancia. El prin-
lpio de placer quiere el apaciguamiento y él, él está en guerra.
Hasta el toxicómano pasado, todo colorado en su sueño maravilla­
dlo, celebra como quien no quiere la cosa una victoria, un episodio
■lt esta guerra en la que el factor en juego más simple es resistir
. uando nada alrededor de uno resiste, marcar la resistencia y que
i . la marca sea la verdadera ley. Esta misión puede hasta obstaculi­
zar su goce “ aparente” .
ELLA: ¿Entonces tiene un goce otro?
ÉL: Absolutamente. Ahí donde está, obtiene el placer de paso.
Hasta la angustia del otro que a veces provoca, no podemos decir
<jue la busca, que el masoquista por ejemplo busca la angustia de
l.i pareja. La obtiene de paso, como el placer; esa angustia señala
.obre todo que la captura del otro ha comenzado, es la primera eta­
pa. Es más bien él, el perverso, quien sufre lo que podemos llamar
la angustia de Dios, por ejemplo la angustia de la Pasión cristiana,
si ese Dios es Cristo; puesto que también se compromete a encarnar
la Ley, a ser atravesado por sus fallas, cumplirla a fondo. Digamos
que el perverso se crucifica por el mundo en que se ha convertido,
por el mundo reducido a sí mismo.
ELLA: Decididamente, el cristianismo es su referencia en la ma­
teria.
ÉL: Es la gran idea de san Pablo, como hemos visto: que es la ley
la que crea la falta, que hacer el mal, hacer sufrir, es como quererse
vengar de la ley desde el momento en que ella funda la falta. Ahora
bien, el perverso dice lo mismo de la ley: le tiene rencor por la falla
que funda y que la funda; falla, falta, hoyo, deficiencia. . . A su ma­
nera quiere reparar, redimir; olvida que ya está hecho.
e l l a : ¿Sería el cristianismo una perversión lograda?
é l : Usted sabe que el efecto colectivo supera a la locura 7^s i to­
dos están locos, .. Lo mismo ocurre en el caso de la perversión, ese
curioso sueño de inscribir la Ley a quemarropa. Y aún ipás, digo
“ sueño” , pero eso se acuña en pequeñas escenas, fragmentos de rea­
lidad saturados de un “ placer” que nadie está ahí para probar.
e l l a : Pero entonces, una buena manera de escapar a la perver­
sión es tener una ley que lo señale a uno como culpable, deficiente,
una ley infinita, inasequible, que se deje tomar en fragmentos fini­
tos pero lo acuse de no comprenderla, de ser infiel sin uno saber­
l o . ..
ÉL: Ya se ha inventado eso, una Ley infinita de la que no se sabe
muy bien lo que quiere; pasa uno la vida para descubrirla, y se ex­
travía uno cada vez que cree hallar su ver dadera huella. Pero el per­
verso está apoyado como un puente por encima del abismo de la
ley, que él colma con su dispositivo, cuerpo y alma, con riesgo»
mortales querer salvar la Ley implica enormes riesgos. Como si la
Ley necesitara de alguien para eso. . .
e l l a : Pero el más allá del placer, donde usted sitúa al perverso,
¿qué no es el puro instinto de muerte?
ÉL: Está marcado con la muerte: destruir al Otro —aunque ten­
ga'que suicidarse con él— para apoderarse de la Ley de vida, es
mórbido o mortal. Pero hay otra cosa: lo que se pretende es el
aulomatismo inconsciente como tal, el auloengendramiento de vi­
da, independiente de los sujetos, la frontera pulsátil entre vida y
muerte. Para el toxicómano, es el don de vida en estado puro, y
todos sabemos que la vida en estado puro apesta a muerte. Reducir
lo perverso al placer es confundir el placer como descarga y el
placer como el consentimiento agudo para que la máquina funcio­
ne a toda su capacidad. El drama del perverso es que su objetivo
está justamente más allá de esta descarga, ahí donde aparecería
la ley que funda: y lo que él quiere hacer aparecer es . . una nueva
irrupción del Otro. Para el toxicómano es evidente: la detención
del flash es un regreso de la diferencia abolida: irrupción del Otro
en su cuerpo, dolor de parto imposible, aquél en el que nacerá
de sí mismo. Su dolor es el regreso del límite necesitado de sí
mismo.
e l l a : Vuelvo a pensar en el placer de perjudicar, de ser malo,
que de cualquier modo es una de las señales un poco clichés de per­
versión. El puro placer, el acto gratuito.. .
ÉL: Ser "m alo” es sólo llamar al otro a sus límites para negarlos
inmediatamente; para atascarlo en otros límites que se le escapant­
es pues la idea de conseguir eso, de comérselo de un bocado. . . El
“ m alo” no soporta los contornos del otro, y no para hasta que los
reduce, los pisotea para reducirlos a los suyos.. . que pisotea al
mismo tiempo; y pisotea esta confusión. La perversión es una ven­
ganza desesperada: mucho níás que reclamar justicia, es cumplirla,
cumplir la ley nueva.. ¿Recuerda usted el famoso texto de Kafka,
“ el hombre en espera ante la ley” ?
ELLA: ¿Con el portero que le impide entrar y que le dan con la
puerta en las narices cuando ve que se ha vuelto viejo e impotente?
1 1 1 Sí, y esa palabra del final un poco cruel; esta puerta sólo se
ti j hecho para ti, ahora que todo ha acabado, cerram os. . .
i lla : Es el modelo del fracaso neurótico: perder la vida espe-
ndo que el Otro tenga a bien; esperar el permiso de vivir, un per-
iii > que llega con la muerte,
i l : Es la lectura simple. Y o tengo otra: toda esta puesta en
ena es un montaje perverso. El hombre ha invertido la existen-
1 1 de esta Ley infinita, se eterniza allí, consagra a ella su vida,
l ima un guardián, un guardaespaldas, un doble, una pareja, para
erse creer que sólo pide “ entrar” cuando en realidad no le im-
l«)i ta entrar (¿qué haría una vez "adentro” ?). Y se otorga la violen-
u inusitada de consagrar su vida y la de la pareja en el altar
l)i umoso de la Verdadera Ley, una ley que le sirve para suicidarse
iviendo, para vengarse de la Ley .sirviéndola. Aquí los procedi­
mientos de admisión adentro-afuera están incluidos en el dispositi-
perverso.
e l l a : ¿Quiere usted decir que ese tipo es cobarde hasta lo abyec-
t ), que forma con su guardia una pareja perversa?
ÉL: Usted ve en qué sentido el horizonte del vínculo es perverso
está incluido —sobre todo— bajo el signo de la Ley trascendente
■londe se trata de “ entrar” . Así, pues, el horizonte del vínculo reli­
gioso es perverso, y podemos preguntarnos si toda la perversión no
( v el horizonte realizado de un vínculo religioso, el horizonte donde
crea y se secreta el dios al que se adora. Por supuesto eso evoca
vi éxtasis y los desgarramientos del místico, su cuerpo a cuerpo go­
zoso con la verdadera religión de la Verdad, la suya. Pero en otras
partes se idolatra la palabra que prohíbe al ídolo. Y en la religión
que constituye el vínculo social, el "normal” , la norma hace las ve­
ces de Verdad.
e l l a : Pero en nuestras sociedades la norma está enormemente
diversificada.
ÉL: Y eso trae como resultado diversos conformismos, más bien
crispados sobre sus límites que ofrecen apoyos estables al malestar
narcisista, medios para evitar la prueba narcisista.
e l l a : Parecería que cualquier solución estable de la cuestión
narcisista anuncia la perversión.
ÉL: Sin embargo la normalidad, la institución y la religión lan­
zan llamados a los extraviados, a los sufridos y a los reprobados
para ofrecerles ortopedias adecuadas; hacen señas a los heridos de
la vida, a las psiques en carne viva, para que hagan una apuesta me­
jor, una perversión menos solitaria: ven con nosotros, ahí está la
ley con la que sueñas; y si entre nosotros no está el santo que nece­
sitas, mientras esperas puedes descansar en este vínculo. El hom­
bre en espera ante la ley, ..
ella: ¿Entonces, qué?, ¿la religión como perversión bien orde­
nada?
ÉL: Que aquello comience por sí rriismo, ¡oh, caridad!, o que s«
ponga en marcha en conglomerados más amplios, el resultado es
un límite detenido, una ley limitable y discernible que lo hace a uno
hombre, fiel; inocente, dentista, padroté, sindicado-pro. . . da el tí
tulo que falta a guisa de Nombre; y la infantería afuera que se atas­
ca en la entrada, esperando por años sin la esperanza de ser fijadé|
nombrada, titulada. . . El perverso busca un nombre o un títuk
inalterable. Vea a los toxicómanos.. ,
e l l a : Me cuesta trabajó verlos. En el caso de los suicidas me pa*
recen lentos, y en el de los vivos —demasiado lejos, demasiado in­
mediatos. . . Pero ¿qué decía?
ÉL: Un día leí una encuésta sobre la toxicomanía y él periodista
que la hacía estaba muy Orgulloso de descubrir que la gran masa
de los toxicómanos proviene de "parejas normales” , "sin proble­
mas” , donde la madre no afirmó que el marido no la hacía gozar (lo
cual amenaza con ser pronto una mención obligatoria en las cre­
denciales de identidad; se hacen peritajes al respecto, "se pesca” ,
aparece en las etiologías; es form al. .. ) Pues bien, el encuestaddf
decía que las tres cuartas partes de los toxicómanos comenzaron
imitando a los compañeros.
ELLA: ¿Y qué? el instinto gregario. . .
é l : Sí, pero “ imitar” a aquellos con los que uno se relaciona es
una manera muy conmovedora de creer controlar un poco el vincu­
lo social que escapa, sobre todo cuando se llega, adolescente, a los
umbrales en los que ese vínculo es brumoso. Entonces uno se lo fa­
brica de todo a todo, echando mano de un próducto que se toma
“juntos” . Es una toma colectiva, una toma de vínculo, como quiel|
dice toma de palabra, una discusión, una toma de tabaco o d e . . .
droga. Los interesados no se hacen ilusiones respecto a lo seudoinh
ciático, a las subjergas que secretan; lo esencial es encarnar un
vínculo social del que uno pueda creerse autor, alimentar un vínctw
lo naciente "imitando” . El vínculo como tal es una droga, a veces
embrutecedora cuando aprieta demasiado; estrangulamiento vaga­
mente gozoso. Además, crearse un vínculo de todo a todo le hace a
uno creer que se salta la transmisión y sus malestares, la
transmisión de los otros vínculos y del vínculo como forma de Otro.
En realidad la transmisión está ahí sin saberlo, ya que ella es la ig­
norancia de todos.
ELLA: ¡Pero uno crea esos vínculos para el placer!
ÉL: ¿Usted cree? Hay pocos vínculos deliciosos. El vínculo no es
para el placer, sino para el más allá mortificado o no. El vínculo
hace presente al Otro, y el factor en juego perverso es tener el pelleja
>!( I Otro. Si no, vea las sectas que pululan en Occidente, cualquiera
i|iic sea el hueso que uno roa allí.
ELLA: Eso produce huesos que roer sin freno. ..
EL: Los modos de pertenencia a un grupo o a un vínculo parecen
ilcl mismo orden que aquello mediante lo cual uno se afilia a un ré­
gimen psíquico con acentos perversos, idiotas, débiles, normales.
Uno se afilia a un síntoma como a un vínculo social, a fuerza de ne-
í',»ciones, de invalidaciones, de seducciones, de defensas. Porque el
Otro que se apodera del Fetiche está en el centro del lenguaje, de la
Imagen, hay ahí un vínculo social identificado con su espejo.
ELLA: , Qué tiene que ver con la especificidad per versa, maso­
quista por ejemplo? Pienso en un chiste —pero me enteré de que
i Ifnicamente era verdad—. es un masoquista que cuenta que hace
^ue su prostituta de tumo lo azote hasta dejarlo sangrando, y añá-
il pero no deben tomarme por uno de esos masoquistas vicrosos
perversos, ¡porque a mí eso me hace gozar!
ÉL: Es siempre la paradoja de tomarla con la deslealtad de la
ley, sobre todo en lo concerniente al goce. Porque el masoquista (y
quizá todo perverso) es un fetichista del goce.
ELLA: Pero entonces ¿es toda la sociedad occidental como tal la
ue está teñida de masoquismo?
ÉL; ¡Pero qué bien lo dijo! El perverso quiere tener el pellejo del
otro, tenerlo realmente, y en el lugar que ha quedado vacío, ve apa­
recer un Otro, de su cosecha, su producto, su huella, su nombre
t onvertido en Cosa. Pues bien, la relación de Occidente con lo que
no es él se basa en ese modelo, salvo que Occidente no sufre por tra­
garse al Otro, cuando mucho lo enfurece; pero se adapta, lo supera,
c¡ ana máquina potencialmente infinita, siempre es posible añadir
piezas, lo importante es que funcione. Lo que hace daño, lo que
hace crisis, es cuando un nivel simbólico se interrumpe, y se busca
en la angustia otras conexiones.
Volviendo al perverso, es simbólicamente como quiere gozar en
la realidad de los cuerpos. Y este goce hace daño cuando su enchufe
simbólico se interrumpe, cuando la máquina corporal se desconec­
ta de su factor en juego simbólico, "espiritual” .
Por lo demás, la pareja del masoquista no goza tanto haciéndolo
sufrir como viéndolo gozar sufriendo. Él no es más que el apéndice
de un goce que lo rebasa, y sus peores caprichos están previstos o
incluidos como previsibles.
El perverso tiende a lo sublime pero un sublime tan real que
muy pronto se vuelve abyecto.
Huelga decir hasta qué grado el factor en juego es radical; factor
en juego dé lenguaje, que rebasa ampliamente al ser que se llama
"masoquista": cualquier sujeto en la sociedad moderna es pareja
de una maquinaria perversa, “ masQquista” ; es apéndice de,un gocq
que lo rebasa, sus caprichos más descabellados están previstos, ..
e l l a : .. . o incluidos como previsibles. Ya veo por qué le interd
sa tanto no decir que el njasoquista es simplemente aquel que búa
ca el dolor.
ÉL: Si el m^spqviista obtiene placer con el dolor como tal, ¿por
qué no con el castigq que señala? ¿Por qué no con la falta que el cas*
tigo castiga? Y subiendo así la cuesta llegamos a la falla de la Ley
que el perverso repara. En él la sensación de dolor se vuelve feth
che, como vuelta hacia la ley, ella misma fetiche. Es más que un
simple mentís a la falta y a la ley.
e l l a : Ya no sé quién dijp que en el masoquismo, el principio de
placer, "guardián” de nuestra vida, está bajo el efecto de un narc&t
tico.
ÉL: Es bonito, eso quiere decir que está Rogado, y no sólo adoEi
mecido. Es arrancado, puesto en el torbellino perverso donde lo
que. hace gozar no es el dolor sino la captura del Otro, que a la vez
niega la falla y la lleva hasta el final.

I I . UNA GRAN "CAUSA” . . .

ella: Sabe usted, esta “ captura del Otro” no está muy clara. ¿Tie*
ne 4 lgún ejemplo preciso, concreto?
é l : ¡Pero si eso sucede todos los días; es cplectivo! Intentar do­
minar lo imprevisto, controlar lo que escapa, a reserva de restia
tuirlo con cuentagotas, es algo muy trivial hoy.
e l l a : Un ejemplo concreto.
ÉL: ¡Ay!, las concreciones. . . Mire, es lo que crece junto, lo que
se aglomera y se espesa, ya ve, no salimos del conjunto y del víncui
lo, aunque apeste un poco. . .
ELLA: De eso se trata, leí una declaración de un escritor conocii
do, homosexual, no del tipo perverso duro, no lo creo, más bien
dado a lo tierno, lo dulce, a lo pueril quizá, relaciones llenas de con­
fianza, fraternales, im agino. ..
él: ¿ Y ...?
ELLA: Decía que la sexualidad entre hombres y mujeres no fun­
ciona.
ÉL: ¡No es posible! ¡Lo descubrió!
e l l a : Se ríe. Ríase, pero de todos modos, en lo que al sexo se re­
fiere, entre hombre y mujer es el abismo.
ÉL: Pero a uno le gusta ese abismo, ¡no amamos sino con eso! Y
todos nuestros arrumacos poéticos no hacen más que agitar ese
il i no, hacer ruido; y es apasionante banquear el abismo, en fin,
"il'-ntar franquearlo: en medio, sálvese quien pueda, se nada —bal-
■ liuufragio, medusa— y quienes llegan sanos y salvos (qué sa­
lud .) son quizá a los que más hay que compadecer. Ya la Biblia,
■■ i'O U'alidad todo gran libro, responde a todas las preguntas sobre
in to)laderos de lo sexual. ¿Y después?
iu .la : Es cierto, los hay incluSo que ló ponderan, tengo amigos
l u anianos que repiten como una oración que “ no hay relación se­
ñal” , justo antes o justo después de haber practicado el coito; bue-
iic í-xagero, digamos que es un amuleto , . Bueno, pero mi escritor
■liii mas, dice que la sexualidad hombres-mujeres es demasiado
horrible, demasiado violenta porque da lugar a abortos, a asesina-
lii'- según él.
ÉL: También da lugar a crímenes pasionales, violaciones...
Pero de todos modos no vamos a renunciar al amor heterosexual
porque la cobardía o la neurosis de algunos los pone en casos difíci-
le ■ como abortar. . . o porque nos hallamos enfrentados a la proge­
nie y a los problemas que ello implica. Razona curiosamente su es-
i ritor.
e l l a : También dice que la sexualidad heterosexual condena a la
mujer al martirio de ser sumisa a su esposo.
ÉL: ¿L o es más ella que en las parejas homosexuales uno al otro?
ella: Y a ser sum isa al m artirio de un parto anual.
ÉL: Me pregunto dónde quedan los n iñ os.. .
e l l a : Finalmente, contra esa sexualidad salvaje y arriesgada
preconiza algo más “ dulce” , “ inofensivo” —la palabra es suya— ,
por ejemplo “ el fetichismo y la sodomía” .
ÉL: ¡Y usted que buscaba un ejemplo concreto de la "captura del
Otro"! Lo tiene ante las narices. En este caso, el Otro es la relación
sexual entre hombres y mujeres, con todo lo que hace que él escape
e incluso que se vuelva hacia el drama, el desorden, e: punto muer­
to. Y su hombre a quien todo ello horroriza quiere una sexualidad
reglamentada, ordenada, con todos los riesgos controlados. La
otredad caótica sería allí capturada, dado que la procreación se ve­
ría limpiamente separada de la sexualidad.
e l l a : Él quiere "terminal con el sexo que mata” .
é l : N o he notado que el mundo homosexual esté exento de los
cr ímenes sexuales y de las "casas de fieras” violentas que hallamos
en otras partes. Pero ya ve que al querer expurgar al sexo de las
huellas de muerte que lo contaminen (y que son la sombra de las
huellas de vida que transmite), su escritor- quiere fabricarnos una
sexualidad mortificada o de pura identificación: copulamos porque
nos parecemos, porque somos un poco ‘gemelos” , copulamos con
la otra imagen de nosotros (y ahí también el Otro es capturado y re­
ducido a esta imagen). En cuanto a la progenie —pues hace falta—q
tendremos "hacedores de progenie’’ me imagino, concebidos par¿,
eso; vaya, eso armoniza con los ‘hallazgos’ sobre la reproduc­
ción . . .
e l l a : Ya me acuerdo, dice que ante el horror de los abortos, hay
que ‘ser genial” , es decir crear una sexualidad que no mantenga
ninguna relación con "el acto habitual de procreación” .
ÉL: Más bien habría que hacer justicia a los humanos que a pe­
sar de los hallazgos técnicos —píldora y otros— han dejado que la
procreación siga siendo, en lo esencial, involuntaria. Y cuando lo»
chamacos no pudieron escapar del colimador que los tenía en la mi­
ra, pues bien, reservan sorpresas muy involuntarias tras su naci<(
m iento. . . ¿Pero qué es lo que su hombre entiende por "acto habi­
tual de procreación” ? ¿Qué no cada acto es singular?
ELLA: Por "habitual” entiende seguramente ajustado a la norma,
'normal.
é l : \ entonces él quiere fundar una nueva norma. Esos desviad
dos tienen una sed de norma impresionante,
e l l a : Pero él señala bien la confusión que halla, hasta en el dic^
cionario, entre normal, habitual e ideal.
É l : Ésa es la perversión —o la estupidez-— de todo grupo, tomar
su norma por ideal, y adorarse en sus costumbres; y su escritor,
que preconiza su ideal como futura norma, su ideal fetichista u ho­
mosexual, actúa igual que el grupo, pero haciéndolo solo. . . Y he­
nos de nuevo en el núcleo del vínculo perverso.
e l l a : Lo que él llama "perversión” , "es una práctica sexual orí-,
ginal, alejada de la finalidad procreadora” , i
ÉL: Es curioso, limita como algunos psicoanalistas la perversión
a una práctica sexual. No se ocupa de lo que está en juego, sin em­
bargo parece tener a lgo. . .
ELLA: Pero eso le permite distinguir entre la perversión mala
—peligrosa, criminal, "sadomasoquista’\ . .— y la buena, la ino­
fensiva: fetichismo, sodomía
ÉL: Esta distinción misma es "perversa” Pone una norma donde
no la hay. Pero no está mal que oponga "perversión” y procreación;
eso confirma que la perversión sigue estando pegada a un origen
dado que no debe transmitirse {pues corre el riesgo de perderse o
mancharse). Una especie de origen que se eterniza a fuecza de ser
una imagen de muerte viva, cristalina, estéril.-Así pues vuelve a ha­
llar el culto de la pureza. .. la Virgen ... pureza ya sensible en el
proyecto de romper: el contacto entre sexualidad y procreación.
¿Pero con qué motivo declaró todas esas lindezas?
ELLA: Con motivo de una encuesta eri la que se preguntaba si
aún había hoy "grandes causas’> que' defender.
I I Curiosa pregunta, ¿por qué aún? ¿Por qué milagro habrían
ti iparecido?
III a: ¿Quiere usted decir que tiene alguna en mente? ¡Ah!, ¡en-
todavía hay! Dígamelas rápido para que se las transmita a
1 i ncuestadores, parecen estar en apuros.
II No es eso. Una gran causa es lo que hace hablar a los "gran-
I grandes números o grandes de este mundo, y como hoy gra-
■ i > ,i los medios se da la osmosis entre los dos, entre la gente de
.■ li r y las masas, al menos en el caso de la habladuría, ya ve que
ii ik habiendo “ grandes causas” , sin lo cual oiríamos de vez en
ii tildo un "gran” y maravilloso silencio. . . En cuanto a defender
causas, es decir a identificarse con ellas, en efecto se nota cier-
i hastío entre los especialistas en la materia; ven que las grandes
tusas de todas maneras siguen su curso y van derecho hacia sus
li i tos, y llegan a identificarse.. . con ellos mismos como con una
tusa original que debe hallar a aquel que la causó. . . Lástima que
i no los acuse.
1

Sobre el origen de la perversión, una idea simple: hubo traumatis­


mo como en el caso de todo el mundo, pero el futuro perverso
"quiere" asumir lo inasumible; ahí donde otros huyen, retroceden,
ocultan, se ocultan. . .
Asumir es tomar para sí, sobre sí, atribuirse. Imagínese: recibé
usted un impacto (el efecto de una falla, un castigo, una bofetada,
en todos los sentidos del término, la repercusión de un fracaso) y,
en vez de sufrir a pesar suyo, de construir defensas, arreglos, dice:
no es a pesar mío que eso me sucede, soy yo quien lo quiere, si lo
quiero será “ bueno” , eso es lo que quiero, es lo que me gustaría.
Por supuesto eso no se dice pero todo sucede como si así fuera. Us­
ted ha sido volteado, y en vez de quejarse o de buscar otros apoyos,
encuentra apoyo en esa vuelta, apoyo en usted m ism o. . .
Asumir a ese grado es devolver la bofetada al Otro, aún más
fuerte; es apoderarse de él. La perversión es un traumatismo asumi­
do, es decir la amplitud del sadismo del masoquista. . .
En esta lógica paradójica, es asumiendo el acontecimiento como
se le rechaza. Lo que no se asume es que aquello venga de otra par­
te; que escape; que sea Otro. Y para mantener la asunción se necesi­
ta la ayuda de un montaje, de un producto, de una droga . Es raro
que el acto que asumir sea él mismo esta droga (como el dolor en
el caso del masoquista) De todos modos, hay una prolongación de
sí mismo a través del otro abolido, atravesado, aniquilado. Algunos
seres levemente perversos recuerdan el traumatismo maravillados.
La perversión es la conservación asumida de cierta desnudez del
ser. Algo que fascina al neurótico. El perverso juega con el Ideal del
neurótico, lo tiene al alcance de la mano, lo bebe a sorbitos a diario.
Soportarlo todo, tomarse por el Todo, fusionarse con él. La embria­
guez del impacto es sustituida por el juego; las piezas del juego dan
su apoyo para la embriaguez de un nuevo nacimiento. Esta gestión
de la ausencia en sí (que es también una omn ¡presencia) es simple
y compleja: puesto que uno es “ volteado’' se juega a voltear, se jue­
ga a haber nacido de esa vuelta en sí. Nacimiento prolongado en re­
sumen. El propio efecto de vuelta es capturado. .. No hay obstácu-
ln para prolongarse en el otro en el que uno se convierte, al que
iiiii ■absorbe. Uno integra el abismo. La tentación fetichista es la de
mui prolongación total: sin obstáculos y sin nada nuevo. Muchos,
mlt el impacto, se "prolongan” en su origen supuesto, universo
ni ii ino, maternal, ficticio, soñado. .. lo necesario para recobrarse,
l'm i el perverso es imposible: él se prolonga en las creencias más
li icabelladas de su origen mismo,
lil efecto de esta autorreferencia es: estar celoso de sí mismo . .

I I luturo perverso, particularmente el toxicómano, ha conocido el


li mmatismo absoluto, el de la nada: donde la cosa sin nombre, la
i osa necesitada de nombre ha dejado creer que podríamos darle
uno, un nombre que resista y que la complete. Normalmente los hu­
manos se encargan de ese hueco de la cosa —vacío de la Ley, falla
il< la lengua— mediante montajes precisos: fantasías-, o más preciso
um: creencias, a algunas de las cuales, como a la creencia en la
Identidad, no les gusta que se las moleste (animales muy capricho-
■>s, pero de todos modos animales).
Al perverso la fantasía no le bastó ni la creencia tampoco, aun­
que puede oscilar entre creencias y sus opuestos. E l montaje per-
rso “desmiente” todo porque todo miente. Los hablamentiras (los
parlementeurs en lugar de parlementaires, como dice una amiga de
pronunciado acento latino de sus colegas parlamentarios. . .). Pero
'Jurante las perversiones de la historia se acosa a los "hablamenti-
i 'b s ” que hablan y mienten (acento de lo medio dicho [mi-dit],* esta
vez. . . ) ; se quiere un verdadero Jefe. . . se rechazan las palabre-
i las, se quiere la Verdad y la Virtud. . . Generalmente se obtiene la
carnicería. En todo caso el perverso quiere estar del lado de lo que
no “ miente” ; del lado de la Verdad. Es lo que cree; pues sí, no sale
de ahí, nadie sale de ahí verdaderamente, del lenguaje, pero él ha
decidido esta salida; toma por salida el Origen y ahí se mantiene.
Fijación del origen. Pero el origen sólo forma parte de lo simbólico
cuando es perdido. La perversión invalida esa pérdida y encama en
su montaje el origen no m erm ado. . . Ahí donde la neurosis se con­
sagra a retraducir, a insistir sobre el origen perdido. . . Ahí donde
la psicosis se atasca en el origen ausente o desbordado, en la ausen­
cia que sigue siendo rea l. . .
Hay quienes dicen que el niño futuro perverso ha sido como ex­
puesto a un espectáculo sexual demasiado fuerte, y que luego inten­
ta protegerse fetichizando la necesidad, formar una pantalla repi­

* Juego de palabras entre Midi y mi-dil. [ ij


tiendo compulsivamente el goce prometido. Es interesante, pero
eso se aplica a cualquier neurótico, con lo “ fetichista" de cualquier;
síntoma. Se necesita otro enfoque para comprender cómo el per­
verso construye su creencia y su divinidad para darse nacimiento
a través de ella y a partir de él.

E l montaje perverso da cuerpo a la palabra primera. Resuelve la


ruptura primordial entre nombre y cuerpo. Su ideal sería casar la
carne y el verbo, garantizar uno mediante el otro. Ahí donde el neu­
rótico rechaza, el perverso llena de realidad, de pedazos de cuer­
pos, el lugar del rechazado. Eso explica que algunas tradiciones de
la "ruptura” estigmaticen su mezcla de abyección. Preconizan la di­
ferencia, la separación... Huelen el juego con el incesto, de lejosj
Esa mezcla entre nombre y cuerpo quiere rechazar cualquier nom­
bre, desplegar el verdadero cuerpo cuya carne haría Ley. En la abj
yección el deseo se desorbita, se inunda, ebrio de autonomía, de so­
ledad, de plenitud; el deseo que en otra parte es parcial, y hasta
herido de sí m ism o. . . Ahí, si es herido bebe la sangre de su herida
y se deleita con ella; el objeto de deseo ha cruzado un extremo de
realidad, y ahí se ha quedado, se ha vuelto real, idéntico a su huella.
Núcleo fetichista. El fetiche da al Otro la presentación que le falta*
y lo captura en ese don y esta presentación.
Así, la perversión es el símbolo producido artificialmente, erigii
do en cuerpo, garantizado por esta erección. El "cuerpo” garantiza
todo hasta la obcecación. Pienso en su masoquista que va a mostrar
al analista su cuerpo marcado con cortaduras, hoyos, plomo fundi­
do, tatuajes. . . le muestra las fórmulas de su goce, los criptogra­
mas de su ley hecha cuerpo. . . El analista parece maravillado,
atrapado en la trampa de ese encuentro bajo la presión de ese cuer­
po que le hace ver uno a uno esos emplomados, esos alambres de
hierro en tom o al sexo, esas agujas en los testículos, ese ano vagini-
zado, toda esa carnicería meticulosa. . . el cuerpo donde se escribe
el "verdadero" texto. Y al haber visto eso, el analista parece cauti­
vado, reducido: es verdad, he visto todo eso, ahí estaba. . . Víctima
de toda esta precisión. Lástima que no haya anotado: dice haber ta­
tuado la totalidad de su cuerpo, dice haber despedazado su ano,
dice tener plomo en el ombligo —o en el brazo. . . Si se hubiera ne­
gado a ver, quizá habría impedido que la verdad fuera absorbida
por ese cuerpo saturado, del cual no pudo sacar nada, excepto con­
templarlo . .. Habría mantenido, aun en calidad de deseo, el hori­
zonte de otra verdad.
■1

( orno se desencadena y madura una perversión? "Fue víctima de


l.i palabra de la madre .. sin que el padre estuviera a la altu-
ii ” ¿Qué padre ha estado a la altura — la altura "correcta” ?
, qué palabra de madre no ha sido por un iiempo predadora?
o algunos citan palabras de sus madres, hasta irrisorias, con
una vibración del ser, de ia voz, una tensión extraña. Ellos, tan
¡ ilusionados, evocan ínfimas coqueterías maternales y todo su
i'i se estremece.
Algo sucedió que decidió al futuro perverso a encarnar las creen-
Id maternales, a darles, cuerpo, el cuerpo del “ fetiche” en el que
convierte (siendo el fetiche en el sentido ordinario más bien un
u cfisorio). "E ligió” encarnar la ley abierta. De ahí ese lado idealis-
I ,t, verdadero, cruel, programado. Y el montaje que dicta la ley está
■onectado a la pulsión; no hay demasiados meandros "subjetivos” ;
In i repitación, lo discontinuo del inconsciente. Con semejante pro-
i i ama, ¿qué más quiere? Precisamente, se desmorona cuando el
montaje tiene demasiado éxito. A decir verdad éxito y f racaso se in-
let cambian. Es como triunfar en matarse o matarse para triunfar,
lil drogadicto por ejemplo, cuando se establece el vínculo absoluto
■on su droga, por lo tanto cuando aquello triunfa, es un puro llama­
do de socorro, el llamado que sin duda fue en “ el origen” . Pero ahí
ijuiere una ayuda para pervertir, un nuevo llamado al Otro donde
vuelve a atrapar al Otro. De lo cual se deduce que las molestias que
los demás tienen con lo simbólico, él las tiene con su montaje toma­
da como símbolo único y lengua última. De hecho, su montaje es un
triunfo. . . Por eso se desmorona frecuentemente. Eso confirma
también que se ha hecho perverso para tiiunfar en algo: triunfar en
encarnar la Ley; aunque, una vez el montaje en su lugar poco im­
porta para qué está hecho; funciona.

Dependencia de la madre, del origen materno, está bien. Pero ella


sólo fue la base, la escena donde el juego perverso se instala. El fac­
tor en juego está en otra parte. ¿“ Eligió” él actuar de manera que
la m^dre esté conforme consigo misma?, ¿con sus creencias? El
perverso quiere que lo simbólico sea conforme a lo sim bólico: es su
manera de torcerle el cuello. Conformismo radical más allá de los
desafíos.. .
Estigmas perversos en los dominios conformistas, ya sean pesa­
dos o lúdicos, agradables o represivos.
Ahora bien, lo que “ protege” a la Ley simbólica de la perversión
es su discordancia con ella misma, su ruptura interna; eso le permfl
te transmitirse a través de las vías inconscientes.
Habría una especie de guerra infinita entre lo simbólico y la per­
versión, operando ésta sobre todo mediante identidad, concentra­
ción, conformidades, órganos, etc., dado que lo simbólico tiene vía$
más subversivas (un extraño poder de cambiar de lógica. . .).
En cierto sentido el perverso quiere hacer manejable lo simbólW
co, palpable, operacional; tomando a los cuerpos como garantesv
¿Por qué querer así sobreeodificar con su cuerpo la palabra vacíd
o necesitada? ¿De dónde viene la urgencia de ese encuentro con la
ley? Hay que creer que ante los riesgos del caos, la ley absoluta es
un recurso absoluto. (Curioso, es el estribillo de los hacedores de
golpes de Estado: cuidado con el “ caos” , se necesita una le y . ..
“marcial"; orden.) Hace falta cierta confianza en los recursos vivo*
del “ desorden” para soportarlo. En la raíz de esta "confianza" (pofl
lo tanto del amor) el perverso ha sido golpeado, "alcanzado” . Si
está en la prueba y la invalidación, es que no se le dejó ni una pizca
de confianza en el momento “ crucial” .
Ésa es la razón por la que el estudio de la perversión es una ge­
nealogía del totalitarismo. (Remplazar Madre por Origen, Sangre,
Tierra, Verdad, Moral.) Eso aclara el famoso problema de la "servid
dumbre voluntaria": las masas que aceptan ser sojuzgadas cuando
que de un papirotazo podrían liberarse.. . "Gran enigma” . . . o en­
tonces, o entonces.. . hay que decir, no que soportan a ese Jefe sino
que lo quieren, quieren esa servidumbre dado que ya está ahí; es su
medio para atacar lo arbitrario del Jefe, para empezar; mientras^
En resumen, una pizca de perversión colectivamente asumida!
identidad asegurada; collage entre sí y el Otro; suicidio en vida; ni
vida ni muerte. Por lo demás, basta con un empujón para derrocar1
al tirano. . . ¿quién será el primero en hacerlo? ¿Quién querrá ser
ese elemento perdido, sacrificado, ese elemento inconsciente? Si
hay alguno que quiera serlo, la muchedumbre lo lincha por el insul­
to que le hace al liberarla solo, a menos. . que quiera ser el nuevo
am o. . .
De hecho, la perversión es una loca voluntad de dar un sentido
a la vida, un sentido al alcance de la mano. Con fragmentos de códii
go inertes el futuro perverso compone su código de Ley, su alfabeto
sagrado. Es la disposición material de ese código (y no como en la
histeria, el loco reflejo del Otro).

En el caos de los posibles que acometen al “ hombrecillo” (al hom-*


bré, pues, tan a menudo pequeñito), la salida perversa es tentadora.
moñudo intentada; el perverso hace de ella un sistema. Lleya a su
lliint las fantasías: paso al acto potencial; el acto efectivo vendrá
111 ■tarde. Mientras más perdido está el neurótico ante el Otro ne-
iitado, más se completa el perverso con las necesidades del Otro
un sus excesos, pues lo que completa y acaba no es a él sino a
11 "Ley verdadera” .
Por consiguiente, su dispositivo es una "creación” cerrada me-
Junte la cual responde a las otredades que acorralan. Salvo que
ni i creación no hace ley, aunque dé prueba de un buen altercado
mi la ley que la produjo y de la cual, como obra, se ha desprendido
I' jjo la presión de otras leyes. . . Una creación es un chorro de leyes
nilinitas, dispersadas, un sacudimiento del origen.

Volvamos a hablar de “ causas” . El motivo —suceso— psíquico no


sucedió esto y por lo tanto hubo aquello, sobre todo perversión.
I’ ues entqncesse produciría perversión . . •a voluntad; y no perver-
llón; en ambos, casos el resultado sería perverso. En el campo de
lo posible h^y lugar para la solución perversa. Pero siempre un
punto perversa está disponible, un punto en el que el dolor se con-
1 ierte en una droga, la necesidad en un fetiche, la falla en un logro,
i i "suicidio” en un triunfo, el fracaso en una venganza, el dolor en
una victoria. • . (Vea una vez n¡i^ a ese grupo que se droga con su
“Jefe” , con su servidumbre. Es una manera de recuperar en sí la
Ley que escapa . . Pisotear su ser para recuperarlo, hacer que el
Otro lo meta a uno para atraparlo no es “ ridículo” . Es muy “ se­
rio” .)
Tenemos entonces etiología de lo perverso. La serie de los “ se
dice” . De niño no recibió de la madre la aportación narcisista sufi­
ciente. Veam os. . . Entre lo que ella dio y lo que él tomó hay un
abismo, la diferencia entre narcisista y objeto. El am or inconscien­
te trabaja esta diferencia y echa uno contra otro al narcisista y
al objetal. La perversión es el amor “ adrede” , eso resuelve la
cuestión del amor; el inconsciente del amor es, como el Otro, aboli­
do» Dicho lo cual, sin prejuzgar lo que la madre “ dio” o no, es
seguro que el montaje perverso ha anexado a la madre; ha sido
percibida como no lo suficientemente consistente, incluso en su
pretensión narcisista. El perverso ha “ decidido” dar consistencia
al Otro capturándolo en su montaje. Esta tesis se separa un poco
del estribillo a tres tiempos: “ carencia del padre” , "no separación
de la madre” , “ presencia de un no d ic h o ".. . Como si todo debiera
ser dicho, o como si decirlo no provocara otro no dicho que habría
que deplorar también. . . Siempre hay un no dicho; es la relación
con lo dicho y lo no dicho lo que importa, y es cuando está ya fetii
chizada cuando puede conducir al fetichismo; en sí misma, no.
Igualmente: ¿qué significa la separación de la madre si la madre no
se ha separado aún de sí misma, no ha vivido como practicable su
separación de sí misma? Separarse de la madre es importante paraj
tener una madre, o más bien para haberla tenido, para evitar haceíl
de toda mujer su madre, asignándole ese lugar. También ahí el per­
verso ha tomado el atajo: se encarga de su madre, cuyas creencias
secretas e impulsos inconfesables realiza —misión sagrada. No es
evidente; se puede amar a alguien por la manera como se debato
con sus carencias, ya sea padre o madre. Pero el perverso quietfqj
una ley cuyos dos extremos sujete (ser su amo y esclavo, autor y su­
jeto), una ley concentrada, no dispersante, imprevisible. Por su­
puesto, no era la única solución: hay variantes; las fóbicas por
ejemplo: fobias confusas pero tenaces, sin objeto preciso pero que
empujan durante las “ crisis” a inscribir en su cuerpo la ley, hasta
entonces sin energía. Por ejemplo, fobia de estar encerrado en el
tren o en el metro, impulso irresistible de descender inmediata*
mente, no por miedo de quedar encerrado sino por necesidad de
inscribir, en esa detención del Otro, la posibilidad del m ovimiento
y de la detención. Pero la detención del Otro, del tren, es asumida
por el cuerpo del sujetó. Ya el fóbico está intoxicado por vacíos de
lenguaje que literalmente lo asfixian, lo petrifican, hacen de él el fé-
tiche de alguien más. Pero el perverso está más allá de lo fóbico, él
asume. Ha vencido su miedo en la ley que se ha hecho. Su miedo
se ha vuelto representable. Es un rasgo inconsciente puesto en fot-
ma de fetiche, puede jugar con él. Ese traumatizado de la Ley es
pues un salvador de L e y . . . N o de las leyes existentes sino de
aquella en la que se convierte. ''Fantasea” en segundo grado: la fan­
tasía del "otro” se ha convertido para él en objeto de su fantasía,
objeto de su deseo.1

También se dice que ha llegado a ello a causa de una ruptura en la


relación con la madre o con la "imagen que ella le envía” . Algunos
llaman a eso el “ estadio del espejo roto” . El futuro toxicómano ten­
dría de él una imagen en pedazos que intenta pegar con el pegamen­
to del "producto"; se inyectaría el producto como "cemento en las
grietas del muro, para rehacer un todo perdido” , dice Olivensteih.

1Se puede formalizar este final de la fantasía, incluso darle una fórmula matemá-
tica, pero no es necesario aquí; además favorecería tics en boga más bien nefastos.
. I't 1 0 ha tenido lugar ese todo?, ¿por qué hay que postularlo?
i No es decir simplemente que uno quiere ese todo, ese todo o
ii ula? ¿Y que uno quiere “ recuperarlo" mediante una captura del
Oír o en Sí? Ahora bien, cualquiera que sea el espejo, la imagen
|iu nos devuelve la vivimos en sus “ destellos"; si no, nos ahogaría-
mi. ■ en su imagen; el narcisismo se nutre de sus destellos y de
i fragmentaciones; nuestros potenciales de imágenes también.
IVro en el perverso esos destellos son “ manipulados” como piézas
mtónomas. En realidad, en cada una de nuestras épocas nos pro­
longamos en el Otro (que es el mundo, el inconsciente, nuestros
onglomerados, nuestros ideales) y esa prolongación sería fusional
sus rupturas inevitables, sus obstrucciones, no nos forzaran a
italizar recuperaciones, rebotes, coletazos que desplazan, algo
lomo para perderse y encontrarse. No es pues la ruptura de la
imagen el problema o la ruptura con la imagen, sino el extraño
impulso de producir imagen real que dicte la ley, de producir su
identidad encamada, autorreferente; de no soportar la falla ni en
i ni en el Otro —salvo cuando es manipulable y por lo tanto recu­
perada.
Por supuesto, él “ remedia su angustia con el producto” ; una vez
i onvertido en toxicómano, con cada toma se remedia una angustia;
pero eso no explica que se convierta en tal. ¿Porqué una falla “ ini-
d a l” debe ser arreglada como un muro? ¿Hay en el principio una
metáfora mural presente? ¿De dónde viene que haya que pegar las
Imágenes hechas pedazos?, ¿y si fuera más bien la dificultad de ha­
cer hablar ese despedazamiento, esos elementos plurales en los que
consiste una imagen? Se trataría entonces no de arreglar sino de
hacer hablar a ese despedazamiento. Y el drogadicto lo hace ha­
blar, pero en un lenguaje último, real: el del viaje sideral y “ cósmi­
co” que asegura el producto. El perverso es un seducido de lo real,
y aquellos que en nombre de lo real quieren devolverlo al camino
recto, olvidan que él es su amo.

El factor en juego narcisista del perverso está en lo que se refiere


a la Ley y su génesis más que en el espejo, roto o no. La ley sobrea-
firmada, recuperada. Con toda sobreafirmación de vida, es suicida:
echar en cara la Vida o la Ley a todos esos semivivos. . . E l suicidio
fetichiza la vida y por lo tanto la muerte: algunos quieren consumir
de un golpe el capital suicida que todos necesitamos para vivir,
para correr riesgos; ellos los corren de un golpe; sobredosis de vida
mortal; un poco cruel para los demás.. .
10

La transmisión de una imagen implica su eclipse: la transmisión d


imagen ‘primordial” por parte de la madre que nos habla ante el
espejo del armario con luna, supone un desprendimiento de su par­
te: un retiro que nos deja un poco de mirada y de palabras; es una
manera de retirarse de ella misma, de no tomarse por las palabras
que nos dice o el abrazo que nos da. En algunos casos es insosterri"
ble. De ahí el impulso de exigir la identidad perfecta entre la imagen
y la I¡#y. Solución fetichista, carencia colmada, identidad asegura­
da. ¿Pero es una razón para concluir que era la identidad la que
hacía falta ? Se trata más bien de preguntarse por qué es preciso qup
la identidad sin falla le sea proporcionada a un costo tan bajo. ¿Por
qué la carencia debe ser colmada de una manera tan flexible? La
“ etiología" no podría ser que él carecía de identidad y por lo tanta
se fabricó un fetiche; pues todo el mundo carece de identidad salva
el perverso, al que su pasión identifica completamente. Lq m alo es
que esa pasión se anula en su totalidad; se desmorona. Quizá no sea
la identidad que busca sino la de una inscripción a la que se ha con*
sagrado a encarnar —volviéndose idéntico a ella.
Una identidad es un contacto interrumpido con nuestras altera*
ciones,, nuestros pasos por e l Otro; un soplo de nombramiento que
flota sobre lo que hacemos; sólo se realiza totalmente en el impulsm
babeliano de una lengua única: “ hacerse un n om b re.. £ 1 proyec-\
to perverso está suspendido sobre el inconsciente p o r electo, la fan-,
tasía p o r el programa, lo simbolice/ p o r lo real, el desea por la volutfa
tad. Pero queriendo atrapar al Otro, el perverso se atrapa con él; es
la paradoja de querer limitarse a lo involuntario; de manera que su
identidad es dolor, irrupción del Otro, nunca lo bastante atrapado,

11
Si tuviera "los medios'' para su proyecto (cautivar al Otro), el per­
verso se convertiría en un "creador", un místico, un santo. . . Los
perversos que "tienen los medios" se convierten a veces en funda-,
dores de secta, aunque esa secta esté reducida a ellos mismos. El
proyecto perverso es hasta en su humildad, total: acabar la Ley es
también destruirla. Acabar el ser es deshacerlo; acabar con los he*
ridos es raramente vendar sus heridas; acabar el sexo es hacerlo
imposible en lo que tiene de generativo. El perverso quiere acabar
la humanidad dado que está herida de malestar, de Ley p reca ria ...
Quiere curar lo humano. Ciertamente se necesita un pequeño es­
fuerzo para percibir a esa anoréxica que maúlla, a ese drogadicto
que busca temblando su vena, a ese homosexual extraviado que re-
-' ii i las estaciones para obtener su cuota diaria de vergas, se nece-
ll.i (, ierta mirada para considerarlos lanzados a una empresa de
mtlviu ión de la Humanidad. Pero las acciones mediante las cuales
11 humanidad intenta "salvarse” no siempre son muy “ nobles"; los
•"1pulsos de absoluto pueden ser absolutamente abyectos. El perver-
■ ■ un salvador aunque sólo se salve a sí mismo. Por lo demás,
■ piocha a los normales su fetichismo barato, su perversión de
l,i|o nivel. Y si no logra hacerlo mejor que ellos, quizá quiera fraca-
iit mejor, y antes de caer, desgarrar el velo; mientras los otros ni
Iquiera saben si caen o están de pie. Señala el escollo estrellándose
m i ahí donde los demás, que se engañan bien y bonito, ni siquiera
i i ven turan. Ahí el “ normal” se acerca al perverso pero cien codos
|H)i debajo: en el hueco está el abanico de lo perversible.

12

I traña paradoja: el perverso denuncia las componendas en las


que los demás se descarrían y él se fabrica unas muy especiales que
«jstiene con todo su ser, y que cree "verdaderas” por ello. . . Por­
que todo su ser ha tomado partido por la Ley, y vibra al ritmo de
lina ley que “ marcha” y que se derrumba, al ritmo de las cargas y
di- las descargas de su memoria. . .

Algunas tradiciones lo han visto como pequeño demonio o pequeño


dios. Algo hay de eso. Vea al toxicómano, es el dios salvador de su
madre, concebido por ella con él, inconcebible en las leyes vigentes,
salvador del “ padre” al que suplanta sin siquiera enfrentarlo; hijo
divino furioso e inocente, violento y puro, al margen de la Ley y ha­
cedor de ley. Se ha dicho: a madre santa, hijo perverso. No se nece­
sita una santa para eso. Basta una madre envuelta con una Creen­
cia que el hijo se encargue de encamar. Ciertamente la versión
cristiana se impone: encamación por el Hijo; Virgen madre. . .
Pero este modelo es más vasto: el hijo que encama la creencia de
la madre es un programa que se cumple. A veces el hijo muerto por
sobredosis es inmediatamente remplazado por la hermana que has­
ta entonces no “ lo h acía". . . Se necesita un centinela en los confi­
nes del ta b ú ...

14

En cada etapa de su historia el sujeto está rodeado de un "com ple­


jo” de espacios, una constelación de posibles, gracias a lo cual se
enfrenta de modo diferente a las aperturas de la Ley y a los azare!
del Otro. Hay solución perversa cuando aparece una "oportunidad
de sustituir por realidad alguna fantasía demasiado doloroso; cuan■
do se encuentra en la realidad un elemento de inconsciente capaz de
inmovilizar la fantasía, de programar un fuego que cierre sobre no­
sotros las aperturas del espacio. Podemos entonces hacer de ello
una escena; la escena 'perversa” , que para en seco el crecimiento
del complejo de espacios, y fija la constelación de los posibles. ..
Un simple ejemplo, un detalle, una palabra en la historia de una es­
critora: descubre que es hija "ilegítim a” en el momento en que su
madre encuentra un marido; entonces debe separarse de su madrM
único objeto de su pasión, y entrar en un internado; en cuanto llegaJ
es seducida por una muchacha, vínculo homosexual inmediato, que
ella proclama así: ‘‘Pertenezco a Isabel, ¡tengo a alguien;” No sólo
actúa como su madre, sino que se une a alguien que la pone frente
a una imagen de su madre. Coagulación real de imágenes que la vueK
ve a pegar a la imagen del “ otro” —de la madre (con el acento maso-;
quista del vínculo: pertenezco. Esa palabra, esa escena-relevo pone
término al choque de los posibles. El relevo siguiente será el de la
escritura, donde tendrá fíente a ella una figura del Otro más precisa:
la suya; supeif ieie virgen que llenar de un extremo al otro .).

15

Autarcía sim bólica.. . Pero “ antes” de cercar, de cercar a su alrei


dedor incluyendo al Otro, hay un cambio de espacio que de prontu
contiene al Otro —por ejemplo el drogadicto en su burbuja, o el ma­
soquista encolerizado en manos de su pareja—, del producto o de
un tercero: poco ? poco la cólera se ahueca, se invagina, gira sobré
sí misma, y el Otro que la tenía se halla dentro, sin que la esfera se
haya desgarrado; simple autorruptura. (Eso se hace en topología,
incluso se visualiza.) Ahora bien, el fetiche es el movimiento que
gira y gira, en el que los significados “ otros” están atados, ligai
d o s ... A propósito de atadura, pienso en un montaje perverso que
hizo furor en un pequeño medio parisiense: un cineasta filma du­
rante tres minutos a "celebridades” reducidas al silencio ante su
cámara, envueltas en el mutismo de él: el actuante gesticula, se agi­
ta en el vacío silencioso que es la lengua del director; no es “ cine
mudo” , la palabra está ahí, aplastada bajo su carencia. La "víctfa
ma” consiente en todo ello, gracias también a la etiqueta de ser una
pequeña celebridad, la cierran bien, y todo se cierra. .. Dispositivo
perverso inocente, convenido, frente a las puestas en escena perverj
sas en las que se trata de poner al Otro fuera de sí para incluirlo,
tragárselo. El disparador puede ser ínfimo, por ejemplo pedir ser
i nstigado; es una gradación: ¿qué debo hacer para que me casti­
gue, para hacer de “ él" el instrumento de una ley irrisoria que
por ello rebaso? Parecen poca cosa esos pequeños arreglos ma­
lquistas, pero eso llama al Otro, sobre todo a la mujer punitiva,
.illí donde será disminuida, separada de todo lo que la rebasa,
aplastada bajo su capricho, llevada más allá de todo principio de
placer...

16

Al poseer así al Otro, ¿es posible que se vengue, o se venga de no


poder poseerlo de otra manera? Se venga a la vez del Otro y de sí
mismo. Se venga de la palabra dado que no es fiable y que sin em­
bargo debe confiar en ella {es sorprendente la confianza que tiene
en la palabra el masoquista que establece un contrato).
La fetichización tan frecuente de la piel confirma e ilustra el
■ambio de superficie: el olor, el cuero de animal, la piel, la combi­
nación en plástico, “ el armiño para la princesa, el cordero para la
rústica” dice Masoch. . . La piel es órgano de contacto con el Otro,
lugar de elección para atraparlo o estancarlo. La máscara verdade­
ra del cuerpo entregado al Otro para iniciar el cam bio. . . Vayamos
más lejos: el perverso quiere tener la piel del Otro; la piel de la Ley;
ser el pergamino donde se escribe; su factor en juego es hipnotizar
a la Ley para decirle lo que él cree que ella quiere oír; com o todo hip­
notizador, se hace agente del hipnotizado, es la ocasión para éste de
oír lo inaudito que lo habita. El montaje perverso es una hipnosis
despierta, lúcida, tan “ descabellada” como tranquila, donde uno y
otro se fusionan. El perverso quiere una ley que se entienda consigo
misma pasando por él, él como sacerdote, agente, esclavo y amo. Su
montaje está más allá de una autohipnosis.
Cuando Masoch pide a su amada: “ Sea mi m ujer. . . si no, sea mi
ideal pero sin reserva” , suena trivial; pero en el fondo ordena a la
mujer lo que él pierna que ella quiere. “ Normalmente” , para permi­
tírselo es preciso el estado de hipnosis. Y por supuesto Masoch in­
terviene al grado en que es imposible que un hombre tenga una mu­
jer. En plena falla de lo sexual.

17

¿Por qué el futuro perverso no pudo conformarse con la insuficien­


cia del Otro como todo el mundo? Decir que la droga o el fetiche
será para él el filtro mágico que arregla las aperturas, es sólo decir
que para él inscribe una “ verdadera identidad” . Decir que su ima­
gen primordial estalló, es sólo decir que no pudo soportar las rup­
turas de identidad que nos constituyen. De ahí la pregunta: ¿por qué
al perverso le interesa tanto una reparación radical de esas rupti*)
ras, una redención total de las carencias, una tensión perfecta de
nuestros lazos un poco "flojos” (tensión que él halla en la adicción
al producto, al fetiche, a sus ritos sexuales . . .)? Por lo demás, hay
tantas pruebas de espejo en la vida: el Otro, el semejante, nuestras
palabras que funcionan como espejo, todas esas crepitaciones de
imágenes siempre con “ elecciones" diversas en el caos de los “ des-i
tellos”; una imagen lo coge a uno y lo suelta en otra imagen (y para
algunos esos significa causalidad. . .)
Digamos que la perversión es la práctica organizada de la identi­
dad “ verdadera” , es la encarnación de una creencia en esta "verdal
dera" identidad. Si el perverso se da una ley segura, es que la precaví
riedad de nuestros vínculos y de la ley simbólica lo ha trastornado
y se ha erigido en salvador, salvador de la humanidad que él es, de
la cual es un fragmento “ total” .

18
A cada prueba ue ¡a imagen y del semejante, la Ley está en tela de
juicio y a la inversa, en las rupturas de la Ley la imagen se perfila.
Lo que importa son las obstrucciones a nuestras prolongaciones en
el Otro. El espejo es también una obstrucción a la prolongación del
hijo en su madre. Las rupturas de esa prolongación hacen surgip
embriones de lenguaje y de códigos hechos de pedazos de imágenes
de sí. Sigue habiendo ruptura, incluso de la prolongación de la ma­
dre en el niño: imágenes en pedazos son inyectadas al niño por las
fantasías de la madre y también por las fantasías del grupo, pues
éste se prolonga en sus retoños como acontecimientos que suceden
al grupo, suplementos que lo prolongan, incrementos diferenciales
que hacen rechinar la diferencia. Los niños (y “ los jóvenes" como
se d ice. . .) son prolongaciones generativas del grupo, generosos y
molestos.
Así pues, esas prolongaciones son reservas de espacios, lengua­
jes nacientes. Mi hipótesis es que esas formaciones "en el borde’’,
esas rupturas de la prolongación, esos efectos de obstrucción, se
despliegan y constituyen tesoros de imágenes, fuentes de homolo­
gía y por lo tanto también de diferencia, recursos de lenguajes mar­
cados por fantasías del Otro pero ofrecidos al sujeto en oleadas su­
cesivas a medida que él se apodera de ellos. Tan pronto le
transmiten el llamado de esas fantasías (es la neurosis), como lo en­
vuelven completamente (es la psicosis), pero a veces la influencia de
esas fantasías fragmentadas —su seducción— es tal, que inspira el
proyecto (perverso) de ser su verdadera Ley, de hacer con ellas pro-
. tamas de juego: esos elementos obstructores de las prolongacio-
iii se convierten en la regla del juego que fundan.
Siempre podemos "clasificar" patologías humanas según los
puntos muertos de la "prolongación” a través del Otro. Así, "doble
pi-olongación" en el caso de la psicosis: hijo prolongado en su ma­
dre en el de la neurosis, madre prolongada en el hijo en el de la per-
■■i sión. . . Pero ahí no está lo esencial; podemos hacer clasificacio­
nes a manos llenas; y todas las variantes son posibles (según las
i upturas de la prolongación recíproca). En la terapéutica se trata
menos de pegar pedazos de un rompecabezas que de reactivar tra-
ducibilidades inertes, únicas capaces de evitar el estancamiento re-
|’<lítivo. Lo que hace soportar las rupturas de prolongación, los
destellos” del espejo, es que se tomen como fragmentos de una
lengua, volverse más que inerte. Es ser codificaciones nuevas, que
alteran las codificaciones vigentes por la intensidad convincente de
las pulsiones. Pues el impulso "prim ero” es un arrebato de vida, un
t ódigo infinito de imágenes y de letras, más fragmentado que nin-
Hun "espejo'’. Y las famosas "roturas originales” son las de! decir
que el entorno ha impedido recibir (obstrucción), sobre todo cuan­
do el entorno no cree en lo que transmite y por lo tanto rechaza las
transmisiones de inconsciente.
El factor en juego terapéutico no es pues hacer renunciar al pa­
ciente a sus caprichos, sino permitir que se manifieste un consenti­
miento voluntario e involuntario por "otra cosa", distinta al dúo
entre perverso y montaje, drogadicto e institución, etc. Consenti­
miento en que eso se renueve: poder cambiar de felicidad. Pues en
un sentido, el perverso es "feliz", aunque esa felicidad lo haga re­
ventar: ¿pero puede cambiar de Felicidad?
Se trata del consentimiento en que Eso haya llegado, en que Eso
llegue a través de cambios fecundos, de vueltas, de los boquetes de
inconsciente que dispensen de ser el "inconsciente” , e inspiren
otras formas de dejar venir y desear.
Hay consentimiento rebelde en la dimensión simbólica.
No aceptar "algo” —lo inaceptable está en todas partes— sino
aceptarse como acontecimiento que ocurre y que pasa más bien
como acontecimiento que no ocurre (y sigue siendo Ideal o fetiche).

19

A veces uno equipara perversión y sublimación para darse en


seguida el lujo de distinguirlas diciendo que la perversión, a pesar
de todo, no es "reconocida” por la sociedad.. . y que la sublima­
ción es "valorizada". Es poner la cuestión a ras del suelo —y de los
prejuicios. Pues es evidente que la sociedad aprecia una perversión
desde el momento en que toma parte en ella, le hace un lugares
to. . . Puede incluso hacer de ella un deporte, campeonatos, pre*
mios, etc. —aunque es cierto que no hemos llegado a organizar
campeonatos de ayuno para anoréxicos. La sociedad pone precio a
ese lugarcito —que después se encarga de aumentar; otorga un pre<
ció al lugar que se le ofrece, al ofrecimiento que se le hace. En cam­
bio lo más intenso de la sublimación (encuéntrenos otro término
que no tenga ese aire nebuloso) es hacer el amor con palabras, colo*i
res, formas, espacios pues se engendran y uno toma parte en su gé*
nesis. El "centro” de la sublimación es menos el valor social que la
puesta en juego de este valor, el ponerlo en tela de juicio mediante
una inversión nueva, erótica, amorosa. El latido de la sublimación
es el amor inconsciente, el inconsciente como amor; es hacer el
amor con el Otro mantenido en la otredad. Todas las pulsiones es­
tán invertidas, conservan su fuerza y su impulso "sexual” . En cam­
bio la perversión tiene por objetivo petrificar al Otro. . . N o por
"actuar” como la creación artística que es reductible a ella. Su jue-s
go no la abandona y a la inversa. En ella, el factor en juego del goce
(de un goce muy "organizado” ) es tan vital que se une al factor en
juego narcisista de simplemente subsistir; y el factor en juego nar­
cisista es tan devastador que absorbe al del goce. Ambos factores
en juego coinciden. El eje narcisista está saturado; todo movimien­
to se cierra pronto sobre sí; el objetivo de la pulsión y su fuente se
unen, aboliendo la diferencia donde algo de la pulsión podría pasar
a lo simbólico.
En realidad, perversión y sublimación sólo pueden ser compara­
das desde un punto de vista muy normativo, en el que no se habla
más que de pulsiones sexuales "desviadas de su verdadero objeti­
vo” . Digamos que la perversión es un ritual especial, y la sublima­
ción una metamorfosis, operando ambas sobre las mismas pulsio­
nes. (Así pues, la sublimación es a veces peor que lo que sublima:
¿ qué vale más, un hombre que juega a horas fijas con sus excremen­
tos o un abogaducho tiñoso que supuestamente "sublima” su anali-
dad en el tribunal?)

20

Ya lo hemos visto, la prolongación es de doble sentido: del hijo ha­


cia el Otro (particularmente hacia la madre), y del Otro (el mundo,
el grupo, la familia, la m adre. ..) hacia el niño, con vueltas y conse­
cuencias más lejanas. Esas prolongaciones recíprocas se repiten en
la vida: transferencias, relaciones en “ espejo” , pertenencias va­
riables a los grupos. . . todas esas formas tienen sus niveles arcai­
cos, sus despliegues en el tiempo. No hay arquetipo del espejo.
Mientras menos rupturas de prolongación hay, más pobre es el
illíbeto imaginario del sujeto; más raquítico también su apoyo
imbólico. .. En el "desencadenamiento” de la perversión, el suje-
i-i ha sido agarrado por ese lenguaje de imágenes procedente de
iipturas de la prolongación, de los fragmentos de mensaje prove-
nli ntes del Otro; ha vivido la " tentación" de hacer con esos elemen-
)ii una realidad del mismo orden que su cuerpo narcisista; secre-
l i i su propia existencia (como si de todas maneras no fuera a ser
■11 aso, pero después), convertirse en el creador de sí y de su ley:
■ programa flota sobre las escenas de seducción radical en las
i|UO los compañeros quieren dar cuerpo a la fantasía primera de se­
ducción por la Ley. (Quizá nacimos al lenguaje seducidos por él a
un grado traumático.)

/I

Masoch insiste en que sea una mujer bella la que lo azote, un ser
n el que se habría fijado uno de los destellos del amor: la belleza;
lu belleza como somatización del amor. Él no busca el amor sino la
belleza como fijación previa de esa prolongación caótica que es el
«mor. Es con eso con lo que quiere jugar; jugar a poseerla pertene-
léndole. . . El toxicómano, por su parte, mediante el producto “ do­
mina" el vínculo perteneciéndole totalmente: lo crea y lo provoca
y es también una provocación para el vínculo social, para las ins­
tituciones que quieren curarlo, tomar el relevo, ofrecer su vinculo
i n estado de producto acabado. . . oponer su producto acabado a
iu producto infinito. Es que una institución paradójica no puede
existir; como instancia completa no puede enfrentar el vacío de los
Vínculos y del lenguaje, lo infundado radical, el hoyo de horror o
ile asco (que algunos homosexuales por ejemplo describen como lo
femenino. . .) irreductible a un pene materno, pues el fetiche erige
en ese vacío un nuevo nombre, bien “ fundado” . . . Y es en ese vacío
del nombre, engastado en el fetiche, donde el perverso sueña con
lundar su identidad depurada. El contrato, cualquiera que sea su
lorma, reconoce, invalida y supera la apertura de la Ley, le arranca
la última palabra que no tiene, el destello ausente, la ruina fantas­
ma de un templo alucinado. . .

22
Así pues, Masoch pone de manifiesto en su texto sobre la Venus:
“ Dios lo castigó y lo entregó en manos de una mujer.” Es poner de
manifiesto lo perverso, pues él se entrega en manos de una mujer
a fin de tomarse por Dios. Una vez más, el perverso hacedor de ley;
a imagen de Dios; el toxicómano hacedor de vida a imagen de la dei­
dad madre de la que no cesa de surgir. Se necesitan lentas metamon
fosis para que el perverso se constituya en el dios al que va a des*
truir, el dios cuya piel tendrá y al que quiere resucitar. Es a los
otros a los que encierra en el principio de placer, los deja ahí, agH
tándose en una jaula de cristal, mientras él quiere irse derechitq
hacia la inmortalidad.
¿Pero puede ver que este acabamiento del amor es una forma del
odio? N o puede verlo todo. . .

23

Algunas tradiciones afirman que el perverso es "m alo” . . . El "ma*


lo” es aquel que busca la falla del Otro o de los otros para poseerla.
Ahora bien, esta falla es un "bien” inalienable. . . No está "bien'l
arrancársela al otro. . . Hasta el famoso hombre que espera "anta
la Ley” arranca a su guardián toda falla y todo control. Habrá fu-
mado como un carrujo a ese guardián infalible. Habrá logrado into­
xicarse con su creencia en un guardián de la ley. En cuanto al droga-
do, tiene por guardián la droga, pareja perfecta, silenciosa pero
llena de vida, de caos, de enfrentamientos y de apaciguamientos. El
drogado le dice: entra en mí, sacúdeme de sorpresa, de estupor, gol»
pe^ con toda tu fuerza; o esto: déjame entrar en ti, será la efusión
suprema con la ley de vida, la gran explosión (que Kafka sitúa en
la muerte o la gran renunciación. . .).
Para el hombre en espera, su pulsión es diferir. Es la pulsión sig*
nificante, diferencial, en estado puro. Y su espera, que ha durado
una vida, es una manera de suicidar esta pulsión diferencial, de lo­
grar la calma chicha hasta la extinción de vida; drogado de espera,
de tiempo diferido hasta el flash mortal, aquí irrisorio: cerra­
mos . . . El drogado también se. difiere de una burbuja a otra, y es
derrotado en el terreno de su ideal, de su realidad maquínica, autó­
noma, fuera del lenguaje. Es ahí donde es rebasado por la fuerza
del Número: no el de la masa, sino el del Tiempo y de la historia.
No ve el límite pues piensa encamarlo. Es su ley y su guardián, es
todo el montaje; sin ninguna "otra” señal, fijado y extraviado. . .

24

El perverso sólo goza con la realidad que se fabrica, la realidad feti


che. Quizá sólo goce fabricándosela. El jugador que gana puede an
gustiarse: su problema es saber si puede acorralar hasta el infinitó
el Número, el Azar. Pero el envidioso que lo mira ante su dinero o
su trofeo lo envidia por lo que él haría con ellos, y lo que el otro no
luirá, eso no le interesa. Vea a Masoch, es el contrato-ley lo que le
hace gozar; ninguna huella de sexualidad con la Venus ante la cual
i<- arrastra. N o es homosexual pero no tiene nada que hacer con el
h'xo de la mujer. Su objetivo es lo real de la Ley, no lo real del cuer­
po dél otro. Para el toxicómano, el flash es lo real, pero no sabe
nada de las inmensidades de realidad que lo rodean, no más que de
■ii cuerpo. Es lo real de la Ley lo que quiere captar con el cuerpo.
Fuera del punto crucial donde se crucifica, no tiene ningún sen-
Iido de lo real o de la realidad. La realidad es una presentación del
Otro, el sentido de la realidad supone dejar ser al Otro, que adopta
lit forma de realidad. . . Ahora bien, el montaje perverso instaura
una neorrealidad, la que controla. Si la realidad no es desde el prin-
i ipio sustituida por el montaje, se vuelve angustiante, o “ depresi­
va".

J1
^

ha fantasía es pulsional puesto que no logramos satisfacerla de una


n z por todas; cobra vigor- en busca del goce que la domina o de
otra fantasía que la reorganice. Pero el perverso debe hacer gozar
una fantasmagoría vital del Otro. Hay una diferencia enorme entre
responder a la necesidad del Otro (neurosis) y sustentar mediante
un dispositivo la raíz de sus fantasías (lo cual viene a ser arrancárse­
la). Es de lo que el perverso ha partido para reconstruir todo un len-
niaje; no es simplemente un especialista del placer.

26

I I niño, ¿perverso ‘ polim orfo” ?. . . El adulto lo dice, pero el niño


no es lo suficientemente adulto como para tener un factor en juego
perverso frente a la Ley; no lo suficientemente atrapado en lo sim-
!)ólico como para tener por objetivo echarlo abajo.' Llega a ocurrir
que un “ niño golpeado’ forme con su madre que le pega una peque­
ña pareja perversa; él la manipula, la pone fuera de sí, es su rela-
l ión lo que se pervierte. Pero 'perverso polimorfo” significa sobre
lodo que es el adulto quien, al observar al niño, se califica de per­
verso si llegara a darse por ley apaciguar una a una sus pulsiones
dispersas, no lo suficientemente atadas entre ellas como para enre­
darse en lo simbólico. Por lo menos es lo que él cree. Es pues por
una fantasía de neurótico adulto por lo que el niño es llamado per­
verso. Hay que partir del niño como impulso vivo, y no quedarse
ahí. La perversión es una construcción sobre el pedestal infantil,
para hacer frente al mundo adulto lleno de fantasías que adquieren
valor de ley.
27

Muchos discursos psicoanalíticos sobre la génesis del perverso son


desilusionantes. Dicen que el niño quiere su madre para él solo, y
quiere hacerle creer mediante sus jueguitos que puede satisfacerla;
y descubre — terrible impacto— que no puede satisfacerla; o bien
se construye un falo fetiche para colmarla de todas maneras. . .
Ahora bien, podemos también decir que es ella la que lo quiere todo
para ella; tiene más medios que él para inscribir ese deseo. Si él es
el objeto, o si él lo tiene, es ella la que habrá decidido, es ella la que
puede hacerle com partir su creencia de tener el objeto; lo cual obli­
ga al niño a hacer lo necesario para probar que cree en ello, para
invalidar cualquier otra creencia o referencia a la Ley. La ley ni si­
quiera tiene que ser la de la madre, basta con que él suponga que
proviene de ella y que ella lo crea. Olvidamos que una creencia (la
del niño) proviene siempre de otra creencia mucho más que de la
realidad "visible” ; la creencia es un efecto de transmisión de in­
consciente. En este caso, la madre se atribuye un "fa lo ” en forma
de creencia, o de niño creyente.

28

El impacto para el niño es más bien ver que la madre desprecia la


ley que ella pregona siendo impotente para hacer una a la medida.
Ahí puede estar dispuesto a sacrificarse por entero para salvar la
situación... de la vergüenza.

29

En cuanto al horror que supuestamente el niño sintió al ver que ella


no tenía pene, ese "horror’' no tiene sentido y sólo es vivido si cree
ya que todo el edificio simbólico descansa en el pene, o en el hecho
de que la madre permita creer que tiene algo "m ejor que eso” . El
impacto es que ella se revela deficiente en relación con su propia
creencia. Entonces él se halla ante el desmoronamiento simbólico*
además de que su experiencia cotidiana le muestra que la madre,
con o sin pene, tiene las vías de acceso al deseo, a la Ley; ella puedo
callarse, pero su silencio reduce las palabras ambientes, las que se
dicen fuera de ella, al viento. El hoyo que el niño descubre, y que
inserta en la vagina, es ante todo una brecha en el sistema de creen­
cia de la madre. Ella, que se erigía en cuerpo de la lengua, primera,
o última palabra de la lengua "materna” , he aquí que es una ley
abandonada, que pide ser probada, fundada, salvada. Él debe darle
una creencia en sí misma que no tenga falla. Debe pues crearla de
linio a todo. Y aquí tenemos al hijo convertido en Dios para recrear
i iu madre, y engendrarse a partir de ella en una ley nueva . . Es
ilvado-salvador. Prima narcisista enorme, ser aquel que salva a la
mudre. Se salta el Edipo. Y si es el autor de una verdadera ley que
i "ii por encima de lo que los adultos se dan por ley, lleva a cabo
una verdadera eliminación de la madre que rebota después en cap­
tura del Otro, para inmovilizarlo o destruirlo. La perversión es una
(>nfiscación del absoluto.
Alguien habló del "arrebato” de un pequeño, futuro perverso,
■liando miraba fijamente el borde del vestido y de la ropa interior
■1c- la madre. ¿Por qué tendría que ser el arrebato de creer que tiene
lalo” ? (¿Qué tiene eso de 'arrebatador"?) El arrebato resulta más
bien de ser el autor de esta creencia, de jugar con este atributo que
íl da y retira a su capricho, con el que repara los bamboleos de las
■teencias maternas; eso se fusiona con el arrebato masturbatorio
que experimentaría el Otro ante ese órgano nuevecito; es su "prue-
Iiii ’’ y su captura. Y ello aclara la discrepancia de algunos homose-
i uales en lo referente a la mujer: santa cuando es su madre (por la
Jal son también ambivalentes), y horrible haipía con un hoyo-
basurero cuando es otra. Es él quien hizo a su madre; de su ser; las
otras.. . Y hasta su madre, cuando por periodos se retira de ella,
In redescubre, la desnuda, enmedio del horror primero en el que lo
había puesto el hoyo abierto de su creencia. Se halla como esos
"primitivos” que pisotean a sus ídolos cuando no pudieron vencer
¡ti enemigo invocándolos. Los reducen al polvo del que saben que
están hechos, puesto que son ellos mismos quienes los fabrican.
Pero lo habían ‘‘olvidado” , por las necesidades de su creencia narci-
llsta.

10
Aquí tenemos un ejemplo simple de montaje perverso, de "perver­
sión al pie de la letra’ , que debe entenderse como metáfora. Una
Biujer asedia a un hombre con cartas regulares, puntuales, donde
le declara que "ha logrado seducirla” y que lo ama por ello: que es
el amor de su vida. El hombre guarda esas cartas o las tira según
ii interés literario, pero ya se ha instaurado el montaje a partir del
i ual se trata de destinar al otro a recibir cartas, de fijarlo en el mo­
mento de esta lectura, de atarlo con esta lectura; de fijarlo también
i on el "am or” que se le profesa y ante el cual su indiferencia se con­
vierte en un rechazo; lo cual pone a la mujer en una postura maso-
ijuista con relación a ese rechazo. Pero ella superará ese rechazo,
para enlazarlo a "la ley del deseo” : al hecho de que de todas mane­
ras se rechaza al deseo en lo que tiene de absoluto. Así pues, ella
misma se convierte en el escritor de esta ley —al aplicársela y al
consentir en ella. Y puesto que el otro “ rechaza" y no quiere dar
“ nada” , ella declara que ese rechazo "duele” y que por lo tanto lo
que el otro quiere es hacerle daño. La relación masoquista está en­
tonces instaurada en esta perversión al pie de la letra y en letras»
Así pues, bastó con que esta mujer se haya creado un interlocutor!
un "otro” , y se haya apoyado en su rechazo o su retirada para pode||
construir una captura ficticia, en la que diga él lo que diga, o se ca­
lle lo que se calle, se convierte en el instrumento de esta “ tortura”
que ella se aplica y que le sirve de punto de contacto perverso.
Es claro que en ese montaje tan simple (en el que la actriz adopta
una postura masoquista al mismo tiempo que sádica) el factor en
juego rio es el dolor sino la captura del “ otro” y su fijación; con mi­
ras a crear de todo a todo un lugar fetiche de la palabra, donde ésta
pueda ser manipulada, pisoteada, exaltada al infinito, a voluntad.
Por supuesto ahí podemos no ver más que el componente erotomai
niaco (ya un poco perverso), pero el interés aquí es la movilidad y
la transmutación de los niveles que se estabilizan en una "perver»
sión al pie de la letra” , donde el sujeto se cartea, se hace “ escenas'Ji,
se reconcilia, de una carta a otra. . . con toda autonomía.
IOXICOMANO

.A: Es curioso, cuando Freud hace el balance de nuestros medios


1 1 1

pura aligerar la vida ‘demasiado pesada” , habla de "satisfacciones


listitutivas” y sobre todo de estupefacientes.
ÉL: Eso prueba su lucidez, así como la del loxicómano —o del
perverso— que toma la cuestión de la felicidad y la sacude muy
I uerte entre sus dos extremos: evitar el dolor y buscar fuertes goces.
Yesos dos términos se vuelven a unir, de ahí el torbellino: evitar
■ i dolor en un goce que tiene p o r efecto el dolor .. el de la “ necesi­
dad” , justamente; dolor del vínculo demasiado tenso.
e lla : Pues sí, toda esa gente ha comprendido que la "voluntad
di poder" no es más que una figura de la voluntad de goce.
ÉL: Si es que queda todavía una voluntad . Recuerde, las en-
Icrmedades de la voluntad. . . y el goce que rezuman esas enferme­
dades. En todo caso, el toxicómano desuella el enfoque de la felici­
dad, lo pone al desnudo; reduce las diferencias (de tensiones y de
juegos) a una diferencia única, absoluta: fiaih-necesidad, vida-
muerte. .. Ahora bien, otra idea totalmente distinta de la felicidad
:ría más bien desplegar las diferencias. Pero se necesita lugar
para “ desplegar" los potenciales de espacios. . . Y creo que la dife­
rencia flash-necesidad no es muy propicia para ello.
e l l a : Pero ¿qué es "desplegar” ? ¿Crear espacio?
ÉL Demasiado largo. Para terminar pronto, camina usted por
las montañas, avanza hacia las alturas, y se vuelve: el espacio es
muy distinto que hace un instante; camina un poco más, y ese mis­
mo espacio ya nuevo parece abrirse aún más y producir otro, que
se escapa, y así sucesivamente, aquello se despliega, se exfolia. ¿Ve
usted?
ELLA: En absoluto. N i modo, lo dejo con sus manías. Precisa­
mente, parece que un método "toxicómano" para la felicidad es la
manía. Ahí el organismo mismo secreta su droga. Lindo ¿no? Em­
briagarse de S> . . Tener en sí con qué escapar de s í. . . Ahí hay re­
cursos .. .
ÉL: Sobre todo si se es la fuente y el objetivo; se está autoconec
tado. Es vasto, es el vértigo de la necesidad: satisfacer las
necesidades creadas expresamente para el placer de estar satisfe­
cho; el público publicitándose a sí mismo. Es verdad puesto que se
dice, se dice porque es v e rd a d . . . Es tranquilamente maniaco. T o
xicómano.
e l l a : Sabe, es posible hacer de todo una droga, todos somoi
drogadictos, la cuestión es elegir un poco la droga.
ÉL: Pues bien, el “ drogadicto” es aquel que no la elige; la drog|
ya está lista, y es ella la que lo elige.
Es muy simple, si quiere un hilo conductor, dígase que el toxicA
mano “ quiere” con toda su alma la adicción de la que es víctima,
la dependencia de la que se queja (si se queja de ella es para seña
larla como algo que le viene de otra parte, del Otro, y ello le es in
dispensable); de manera que el estribillo que repite y repite a pn>
pósito de una droga: ay, es fenomenal, es maravilloso, “ lástima"
que pronto se vuelva uno dependiente y esclavo. . . es un estribillo
de neurótico que no entiende para nada al toxicómano, y que toda
lo juzga de manera estrecha, sin ver que el toxicómano quiere ese
vínculo del que es autor a pesar suyo, es decir “ verdadero” autor,
porque tiene hambre de vínculo y porque la dependencia le da uno.
Volveremos a esto.
ELLA: Es posible. En todo caso Freud tiene una crítica más que
moderada de la droga. Dice: "... en algunos casos los estupefacien­
tes son responsables del desperdicio de grandes energías que po­
drían emplearse en el mejoramiento. . .
é l : Vaya, es lo que dice el Príncipe en Romeo y Julieta: ve pelead
a la gente, ignora sus razones o sus iras, y grita: "¡Sus luchas me
[Link]! ¡En ellas pierdo soldados! El Estado pierde san­
gre y dinero en sus pendejadas.” Y los otros, los toxicómano»,
ebrios de ira, gimotean: si cree que esto nos divierte. .. pero hagt|
a lgo . . . nosotros no podemos hacer nada, es más fuerte que noso­
tros . . . Sí, más o menos así va la cosa.
ella: E s un poco lo que dicen los drogadictos.

1. LA REALIDAD y EL VÍNCULO

él: E s típico. La perversión es un diálogo en espejo del vínculo so­


cial consigo mismo, un momento petrificado de ese diálogo, sobro
todo si la sociedad acelera los cambios, los recicla, se confunde con
su Otro, con lo que se le escapa, y se vuelve para él mismo a la vez
trivial y sagrado, transparente y opaco, al alcance de la mano y fue­
ra del alcance. Pues ahí lo sagrado está en todas partes pero reducid
do a polvo, radioactivo, imposible de limitar; contamina todo y es
imposible de hallar.
e l l a : Usted cultiva la paradoja; decir que nuestras sociedades
ptolanas laicas tienen su lado sagrado,..
é l : S í , y no sólo su tálamo sagrado.
i . l l a : Bueno. Pero a las sociedades tradicionales, ¿les iba me-
|ot ? Ellas delimitan lo sagrado con una buena frontera alrede­
dor. ..
ÉL. Eso puede permitir alejarse para tomar distancias, escapar.
Habiendo localizado lo sagrado —lugar de lo sagrado, sitio privile­
giado de la L e y . . . —, estamos más tranquilos de ese lado, podemos
m-i a otras partes. Ahora bien, en Occidente, la perversión y la dro-
i'.l forman parte del tejido social pero en estado pulverizado, di-
'iiielto, fragmentado; cuando se localiza, se enquista y es el pánico
como ante aparecidos, fanáticos, ángeles (felices) llegados de
otras partes.
Se necesitan por lo menos tres términos para hacer una perver-
lión: el discurso ambiente, el discurso singular y el montaje; en rea­
lidad hay cuatro, contando el relevo familiar. En el caso de la dro-
r.i, ese montaje es complejo; vastos componentes geográficos,
financieros, psíquicos, biológicos, culturales. . . La toma no es más
que el apogeo, la punta.
e l l a : Pero si el montaje forma parte del discurso ambiente,
como en una sociedad tradicional ¿dónde hay ritu a l?.. .
ÉL: En ese caso la toma de droga no tiene nada de pervertidora,
aunque prometa el acceso al saber “ absoluto” . No es más que un
momento singular de la realidad social. Y notará usted que aquí
hay quienes intentan reconstituir lo microsocial en tom o a la toma
de droga, pero eso no hace más que un fetiche más: seudosocial
añadido a la droga. Una neorrealidad de m á s .. .
ELLA: Pero ¿cuál es la realidad del drogadicto?
ÉL: La del vínculo con el producto, del vínculo que él crea y que
lo recrea. Pues en cuanto a lo demás, niega la realidad al mismo
tiempo que asume toda la carga narcisista. . .
e l l a : Dice usted “ al mismo tiempo” , pero es lo mismo; negar
una realidad es xehusarse a investir, a confiarle la menor huella
narcisista, reconocer en ella algo de uno; ¿es pues echarse encima
toda la carga narcisista?
ÉL: Exacto. En realidad, en el drogadicto el acto de investir es
mantenido en 1j s misterios del inconsciente. Por ello, niega tal rea­
lidad en nombre de “ otra” realidad, lo que impide al tercero com­
parar puesto que son dos realidades incomunicables, heterogéneas.
Es una variante de la discrepancia entre “ realidad exterior” y “ uno
rnismo” . La realidad "otra", la otra escena, el Eso, es el sujeto mis­
mo, ya encerrado en su burbuja antes de actualizarla en el pro­
ducto.
ELLA: Es pues en nombre de sí mismo, de su retirada narcisista,
que niega la realidad. Está encerrado afuera, fuera de la gran bul
buja de los “ normales” . . . Es su manera de decir: yo no estoy allí,
no como de ese^an . . . Eso me recuerda al anoréxico de Kafka qu<
busca en vano el alimento celestial.
ÉL: Pero el drogado lo ha hallado, se ha hallado en su perdicidfl
misma, pues la otra realidad a la que dice pertenecer, es él. Lo que
le llega por la droga, es él, al pie de la letra. Eso es él. Vaya, es una
manera de llamar a Dios en algunas tradiciones. . . Sigamos ade
lante.
ELLA: Pero normalmente lo que nos sirve de realidad no es tanto
lo exterior a nosotros. La “ realidad” está llena de nuestras fanta
sías, no es más que una frontera de acercamiento entre el mundd
y nosotros mismos. . . una frontera con nosotros mismos; es un
poco nosotros. . .
ÉL: Sí, en parte; es lo que permite no tomarse por “ ideal” con
servando cierto índice narcisista. La realidad, precisamente por
estar llena de nuestras fantasías, nos abre los juegos que se nos
escapan y nos sorprenden. . . Actuar es también negar la realidad,
por lo tanto aceptarla lo suficiente como para señalar en ella nues«
tras negativas, nuestras fantasías en devenir, nuestros sueños y
sus reapariciones. El toxicómano tiene el culto de la realidad en
la que se convierte, opaca a los demás, cuyos desafíos enfrenta por
el desafío que él constituye, derrota sus pujas por la sobrepuja
que él es.
e l l a : ¿Qué es "el desafío que él constituye” ?
Él : Justamente es su ser, su cuerpo retirado, expuesto a la mi­
rada de los demás, colocado ante ellos como un cuerpo prostituido
imposible de comprar dado que la moneda con la que se paga es
él mismo quien la acuña. Su cuerpo es retirado del lenguaje
de ellos, encama lo que en su lenguaje se ha retirado sin sa­
berlo.
e l l a : Sin embargo, entre dos flashes, se las arregla bien con la
realidad y con los demás a los que sermonea o echa la culpa.
ÉL: Como todo perverso puede muy bien percibir la realidad, a
veces de manera aguda así sea sólo para negarla mejor; su negativa
no debe correr el riesgo de pasar por una simple ignorancia. (Hasta
algunos neuróticos en su momento perverso, cuando uno les dice
una palabra sobre ellos que sin embargo solicitaron, responden in­
mediatamente "¡pero eso ya lo sé!". N o es que se crean omniscien­
tes, sino que en calidad otro que les habla de ellos, uno los angus­
tia. . . uno es insoportable.)
Es su manera de manipular al Otro. . . conservándolo.
e l l a : ¿Hay entonces puntos de contacto entre neuróticos y per­
versos?
1 1 : Sin duda. E incluso, ser perverso no impide, iba a decir no
’llipcnsa, ser también neurótico, llegado el caso
i [Link]: Bueno, entonces la "realidad1’
1 1 • En el caso del drogadicto, la droga sirve de unión entre la
i ■ tildad y el narcisista, entre realidad e inconsciente, cuerpo y se-
-.11 Y si limitáramos la perversión a un "comportamiento sexual” ,
U ( uestión ni siquiera concerniría al toxicómano: comportamiento
nulo; la sexualidad le es a menudo indiferente, realidad "desinves-
llda” , rechazada, negada; el vínculo que ofrece no resiste, no es “ in-
Inesante” . En realidad es reabsorbido en la roca narcisista adonde
lodo se ha retirado, ese reducto una y otra vez anestesiado y doloro-
■■ exultante y átono.
ella : ¿Entonces la droga lo remplaza todo? Sexo, padres, cuer­
po, inconsciente, Otro, sagrado .. ¿Es el sustituto radical?
EL: No es ella la que remplaza, es él quien la utiliza para darse
una ley, un vinculo, un parentesco otro, un lado "sagrado” La per­
versión es darse todo eso.
e l l a : Sin embargo el toxicómano, más allá del "universo” per­
verso, intenta producir una percepción real que anule la fantasía.
ÉL: Más bien que haga las veces de ella. Es mi definición del per­
verso: encama la fantasía del Otro y vuelve así a ese Otro hacia sí
para anularlo consigo. Y el drogadicto, en la cumbre de su expe­
riencia, es descargado del O tro ... en el que se convierte, liberado
del dios que encama, descargado del mundo que remplaza.
el l a : Pienso en un homosexual que decía que al descargar le
gustaría descargarlo todo, esperma y órgano. Y era un monstruo dé
virtud.
ÉL: Claro, una buena descarga de lo humano. Baudelaire dice
del drogadicto: "E l hombre pasó a Dios . ” Y añade: "Una inmen­
sidad de felicidad y virtud se abre ante ti.’ En esos momentos per­
dona al mundo ser lo que es, pero es un perdón inútil, no tiene nin­
guna reciprocidad; no más que el mundo . . En realidad, el
drogadicto aclara el montaje perverso; no se contenta con idealizar
su objeto, es él como Otro que se halla idealizado; se convierte en
el ídolo que rompe y sobre el cual se rompe. Curioso co lapso entre
pulsión de vida y de muerte, una pulsión de muerte vival
Es el drogadicto el que dice mucho sobre el fetiche, muestra que
es un objeto al que se supone vida, un objeto al que se tranfiere vida
y que restituye vida; de ahí el ciclo: darse nacimiento a sí mismo a
través del Otro en el que uno se convierte. El fetiche es objeto-me­
moria para aquellos a quienes atrapa; transmisión de inconsciente
detenido, metáfora hecha realidad, nombre convertido en cosa. No
es una "aproximación" del Otro, es su materia, la forma controla­
da, operacional, dispuesta a hacer otros "fieles” : es lo que dice el
drogadicto que intenta cazar en ella a otros, y no sólo, como uno
cree, para procurarse con qué “ sobrevivir". Él es aquello con lo que
la religión debe dispersarse, algo así como una guerra santa, y el di
ñero es el nervio, así como lo es en el caso de otras guerras.
ELLA: El fetiche o la adicción serían como talismanes; protegen.
Eso Freud lo había visto: eso protege, decía, de las amenazas de cas
tración.
ÉL: Y es mucho más. La “ castración” es un conjunto de límites,
directamente en la lengua y el deseo. Pero el perverso establece un
límite con el cuerpo; y con un límite hace un cuerpo: el vínculo toxi
cómano fusiona en él la materia del cuerpo materno y la transmh
sión simbólica; el fetiche es esta conjunción interrumpida. La ma­
dre había iniciado ese lindo proyecto, pero tuvieron que interponer
su conversación ese “ dichoso” padre o esos “ peleles” sociales. El
fetiche es echado sobre la madre, sobre su cuerpo inmaculado, y se
convierte en sustancia convincente más allá del lenguaje. Eso con­
vierte a la madre en una fuente de la Ley, hospitalaria y pura. La
toxicomanía cristaliza el aspecto génesis, creación, origen, al mis­
mo tiempo que pone al desnudo pulsiones de muerte, en otras par­
tes ocultas.. .
e l l a : En sociedades tradicionales la droga no tiene la connota­
ción catastrófica que tiene aquí.
É l : Error. Es buscada por las “ catástrofes” —los enfrentamieiv
tos, las aberturas— que procura. Pero la totalidad del conglomera­
do se encarga de la toma de droga, la cual no tiene nada de “ perver­
so” , es una versión del vínculo social. Como otras formas de “ feti­
chismo” . Puede ser calificada de perversa por invasores que
traigan en su bolsa otros ídolos o que, como fóbicos del fetiche, lo
vean con horror y envidia funcionar en esos pueblos. Cada sociedad
maneja en su vínculo el conjunto de sus relaciones con el Otro, des­
de el momento en que él se le escapa pero ella se apoya en él.
e l l a : Por consiguiente, darse un Dios más allá de toda forma
humana, de toda imagen, de todo objeto, es un esfuerzo loable para
defenderse contra la tentación perversa. ..
Él : Es un acto, pero no por ello está uno a la altura de su acto,
o de su deseo de conjurar la solución perversa. Podemos blandir
como fetiche un Dios que condena a los fetiches. Vea el fanatismo,
o la maldad de algunas sectas religiosas, su intolerancia: se identifi­
can con su Dios y con sus fieles.
ELLA: En el caso del drogadicto, ¿es el producto el que es fe­
tiche?
ÉL: Es la relación instaurada por la adicción. El ritual mismo de
la toma de droga puede reducirse a nada. El verdadero “ ritual'' de
la droga se pierde en su realización.
11 1.a: ¿En el orgasmo?
r , Es la función del orgasmo la que es sustituida por el flash;
. un el mismo efecto que en el caso del sexo: 'desprendimiento” del
mhd, alejamiento, como después del orgasmo, alivio eventual. La
ilnir i separa del sexo porque es una sexualidad y su rebasamiento,
ti apogeo y su marchitamiento.
ELLA: Incluso en una sexualidad “ normal” no sabe uno muy
lilt ti de qué goza, si de la tensión, o de la descarga, o del apacigua­
miento; o de eludir el peligro ..
f!l, El toxicómano es todo tensión hacia el viaje y el flash; es
cure desesperado, crispación exasperada; el flash le da más que
1 1orgasmo o la relajación de la tensión: la creación de un vínculo
,h'! cual sea autor y producto. Es el punto de cierre de circuito
.Id "universo” , el punto de acabamiento repetitivo. En la droga
1 1lenguaje no está destruido, simplemente es inútil —por comple­
to Y en los instantes de Nirvana, puede uno creer que lo tiene
rntero. La droga asegura la reducción del lenguaje a un punto,
una esfera, una burbuja. Por lo demás, todo lenguaje acabado se
Ttduce al fetiche en el que se convierte. Si nuestras lenguas escapan
un poco a la fetichización, no es sólo por las diferencias entre ellas,
que son ya casi infinitas, sino por la infinidad de niveles internos
en una misma 1‘lengua” ; si es que por lo menos sabemos provocar
esos niveles.
e lla : Pero para evitar el punto final, donde justamente cae, el
drogadicto debe aumentar cada vez la dosis para crear la diferen­
cia la diferencia que provoca placer, ¿no?
ÉL: Si ese fuera el caso todos morirían de sobredosis. Además, la
toma de un día difiere de la de otro día. Lo que está en juego no es
el placer de la diferencia sino la captura de la diferencia, su aboli­
ción en sí. Ese goce está más allá del placer, en esa captura del Otro
en sí; se le atrapa atrapándose con él, para llegar al fracaso con él.
Está más allá de los regresos a arcaicas satisfacciones, los cuales
no tienen factores en juego tan precisos: el bebé que mama a su ma­
dre no tiene como "objetivo” colmarla, acabarla; ni siquiera "devo­
rarla” : esta interpretación proviene de los observadores. ..
e l l a : .. .o de las fantasías de ella, si ése es su lado flaco. ¿Qué
decía?
ÉL: Sí, el goce toxicóm ano... Es como si el drogadicto se con­
virtiera en la pérdida del objeto al mismo tiempo que ese objeto; a
la vez deseo y objeto de su deseo; todo perverso conoce ese estanca­
miento del deseo. En el punto límite de su búsqueda, si goza deja
de ser " é l” ; posee mientras es poseído; para él, gozar es tenerse,
como límite de su búsqueda, es el soporte y el desecho de su goce.
Y todo el proceso es sellado por la marcación biológica: muy pronto
es el cuerpo sin palabra el que grita el deseo convertido en necesi
dad. De droga.
Es el factor en juego perverso en estado puro: la ley enreda en la
carne y las células su inscripción absoluta que sustituye todo víncit
lo e invalida toda palabra.
e l l a : Encontramos en ese trayecto un rasgo masoquista conocí
do: ser el objeto de su propio deseo. . .
ÉL: Sí. Con tufos masturbatorios y repliegue narcisista: ser el
objeto de su deseo es estar de luto tanto por el deseo como por
el objeto; no es posible ninguna forma de Otro para llevar ese
d e se o ...
e l l a : ¿Por qué habla de masturbación?
ÉL: Porque al drogadicto no le falta, e incluso él muestra que
hay dos: la masturbación carente de objeto, que hace coincidir la
ausencia de objeto con la necesidad inherente al impulso sexual; y
la masturbación de aquellos que sólo tienen por objeto su cuerpo*
que es el impulso de vida vivido como muerte; como un deseo se
xual puramente mortificado; un más allá mórbido del deseo.
e l l a : ¿Y es eso lo que obtiene el masoquista consiguiendo el
cuerpo del Otro?
ÉL: La efusión erótica con la muerte, un viejo cliché; en Masoch
la pareja es de mármol, fría, bella, muda, intratable, lunar, exan‘
güe, la muerte como forma de vida incorruptible.
e l l a : En el fondo, un montaje fetichista está "consagrado” a ha­
cer gozar al Otro hasta la muerte. Y el drogadicto lo confirma. Pero
¿quién es el Otro? ¿De nuevo la m ad re?...
ÉL: El otro no es nadie. Es el inconsciente de la madre también.
Y el perverso, ídolo o "producto” de la madre, es el instrumento
con el cual la madre cuida su narcisismo: ella se separa lo suficien^
te de sí misma para poder amarse sólo a sí misma y seducirse hasta
el infinito, puesto que el narcisismo es la tentativa de seducirse en
vano. Y que el drogadicto sea víctima o ídolo de su m adre.. .
e l l a : Pero a veces la madre ni siquiera se ocupa de eso.. .
ÉL: Él no hace más que asumir las creencias maternas, y perfeC1
cionarlas; desde este punto de vista, sólo existe en la pantalla del
Otro, ese Otro necesitado de sí, insaciable de sí, pero que vive de
esa necesidad. Cuando la pantalla se oscurece, cuando la madre
muere por ejemplo, viene la ruptura devastadora; se desmorona
por no tener ya nada que sostener, se hunde no en el duelo de la ma­
dre sino en el duelo que la madre no llegaba a hacer de sí misma.
Él era no el objeto que la colmaba, sino aquello por lo que ella
difería al infinito la cuestión de ese duelo, el duelo de no ser lo que
ella creía. En todo caso, no es el ser "adorado” por su madre lo que
puede hacer de un hijo un toxicómano: una madre puede amar a su
hl|o narcisistamente, como figura de ella misma resurgida del pa-
»do, sin que para ella la ley se encame en ese niño “ adorable” . Dije
i li tima o ídolo” de su madre; en cierto sentido ambos son equiva­
lí ules. . .
[Link]: Volvamos a la droga. Extraña copulación del cuerpo con
. veneno infinito, mágico. . .
ItL: Veneno [poison] viene de poción, bebida mágica; lo cual tiene
ver con la suerte como destino sellado, con "farmakon” . . . En
I tiene usted un sucedáneo: la pequeña farmacia de los motos. Ése
>■, su vínculo con el farmakon. ..
ella : ¿Un remedio paradójico entonces, idéntico al mal que trata?
ÉL: Exacto. Sólo el amor está en ese caso; o la muerte. Curioso
no? Y tóxico¡ es del griego toxikos, es lo que se pone en la punta
de las flechas para hacerlas eficaces: mortales. Eso tiene que ver
on el tiro, el acto de tirar: es lo que se orienta hacia el Otro. En
pi mcipio uno no tira contra sí, salvo cuando uno se mata a tiros en
\iv de sólo disparar a una imagen de sí. El gesto suicida se despren­
dí1de una lógica toxicómana reducida al instante fulgurante, total.
e l l a : También están las flechas del amor, Cupido. . . ¿Entonces
tirar contra uno las flechas de amor?
ÉL: Ése es un am or definitivo, completo, lleno de la desespera-
1 ión de no orientarse a otro lado, y de la alegría rencorosa de tener
ijue hacerlo uno mismo, o de tener que repetir el golpe fatal, arcai-
l o . . . el golpe fallido, el golpe de la falla que no ha podido "exterio-
i i z a r ” y que se repite en lo “actual", en el acto.
ELLA: Entonces ¿habría habido violación o violencia hecha al
iu e rp o ? ...
ÉL: . . . al cuerpo como presencia viva y no lugar erógeno. Es co­
mo un efecto mágico: la pura presencia de un inconsciente que asu­
mir. Hubo posesión, al pie de la letra; antes se decía posesión por
un demonio, un espíritu; digamos solamente posesión por vía “ espi­
ritual . . . ” , como se diría por vía oral.
ELLA: Pero lo importante en el veneno es la escena en la que se
da; es saber quién lo da y por qué, cuál es el trayecto que toma un
giro envenenador'... En Romeo y Julieta hay un asunto de droga,
y los amantes se envenenan por la sordera ambiente, la enferme­
dad, la peste que impiden que la carta pase, la carta que debe preve­
nir al otro, transmitirle el mensaje vital
ÉL: N o me acuerdo, pero también es cierto en el caso del droga­
do: “ ¿De dónde viene la droga?' No es sólo dónde está el dealer, el
pusher, el traficante, las comparsas, donde se prepara el tiro mor­
tal, la flecha in m ortal... ¿Quién es flechado y por quién? Hay un
caos de transferencias con, como rasgo final, la tr ansferencia a uno
de una ruptura en el Otro, de una diferencia que en el Otro fue inso­
portable al Otro; sobre todo la diferencia en la madre entre ella
misma y sus creencias. En ese sentido sí, flecha de amor desgarra
do, imposible.
N o sólo a causa del incesto. Hay una cólera que envenena a falta
de exutorio, una desesperación de tener que abatir sobre uno la
existencia del Otro y de tener que tomarse por blanco de lo que uno
dirigía al Otro. Es el factor en juego perverso: absorber la existen!
cia del Otro para "fija rlo” .
e l l a : En un sentido es conmovedor: se da existencia al Otro ma­
tándolo . . .
ÉL: Imagínese que según algunos, es así como se inventa a Dios,
como se le da existencia: manejamos su muerte o su ausencia, in­
tentamos hacerlo sobrevivir al “ asesinato" que le infligimos.
En el caso del perverso, esta fijación echa sobre él toda la carga
pulsional. La esfera narcisista se reabsorbe, se endurece. El na reí'
sismo sólo está en “ buenas” condiciones cuando hay un Otro que
se soporta, que soporta su "narcisismo” . E l factor en juego narcisiss
ta es soportar el narcisismo del Otro, poder articular los “ dos" nive+ 1
les narcisistas (uno y el Otro): que se toquen sin destruirse y sin que
uno sea el simple apéndice del otro. Mi idea es que el drogadicto no
pudo soportar el narcisismo aplastado-aplastante del Otro; del Otro
que no es forzosamente la madre o el padre o los parientes: pueda
ser su vínculo, la trama social en la que se mueven, la identidad fa­
m iliar como ta l. . . Ese Otro ha transmitido su existencia y sus cre­
encias como algo que asumir, lo que implica una burbuja narcisista
reducida, separada del resto, donde uno y otro se fusionan.
e l l a : ¿Pero tener al Otro entre manos es una variante de la mas­
turbación? Uno se toma por la mano del Otro. . . el deseo se vuelv©
sobre uno. Es más bien conmovedor. ¿Por qué tendría que ser “ tó­
xico"?
ÉL: Para algunos seres de pasado muy deteriorado, la masturba­
ción es casi un "progreso” : les da un sexo en vez dé dejar que su
cuerpo sea el sexo de nadie. Pero al absorber al otro, de manera
compulsiva, el sujeto recibe el choque de un llamado en vano lanza•
do al Otro. Es el regreso de la llamada que lanzó y que se cierra en
él. Existe el hecho de intoxicarse a sí mismo, consigo, con su de­
seo . . . El aspecto tóxico se refiere al rasgo mortífero de la fantasía
que lleva el deseo y que lo inscribe directamente en el cuerpo: el
programa. Está más allá del modelo "económico” de carga-
descarga, más allá del principio de placer. Para el perverso o el dro­
gadicto, aunque obtiene casi a voluntad "orgasmos” , la referencia
mayor no es el placer o el Eros, sino el fetiche como hoyo de lengua­
je donde el lenguaje viene a absorberse; de ahí un lenguaje del cuer­
po prolongado en él mismo; él encarna lo completo y su negación.
lín esta autodestrucción, uno es a la vez víctima de sí y victorio-
u sobre sí; más que "víctima de su cuerpo” , uno es víctima de la
i,i i dad que encama, de la ley que funda, mucho más que de las con­
ducencias del mundo. . . Sin embargo con, en el horizonte, el pla-
■■i "otro" el de funcionar, de ser un sistema casi perfecto, placer
otro” que el de la simple descarga.
ELLA: Cosa curiosa, a veces se halla más ‘ideología” entre los
drogadictos que entre otros.
ÉL: Es una envoltura convincente que hace de espejo, un emba­
laje más entre uno y el mundo. Por supuesto titila algunos "regre-
m ) s ” (regresos de Oriente, árabe hindú "indio” . . .), se despliega en

itproches ante los padres y la sociedad ("¡por su culpa estamos en


esto!” ). . . pero la confesión humillada está implícita: somos
aquellos a quienes toca la tarea de ser el síntom a de la podredum bre
ambiente, de ser su huella de verdad, su desmoronamiento convin­
cente, su ruina elocuente. . . En pocas palabras algo para echar en
cara a los demás una vida suicidada; en cara al Otro, que en este
caso es la vida.
e lla : A veces el acento "ideológico” , el discurso está ya rebasa­
do. ... N o es tranquilizante cuando ni siquiera hay ya este "alar­
de", esa señal hecha a los otros para recargar el montaje.
ÉL: Sí . . Pero entre los motos no se trata de ‘‘ideología’ ' perver­
sa. Vea más bien del lado del terrorismo, la pequeña horda de már­
tires asesinos. Ellos dicen: "se" "nos” orilla a la desesperación..
la desesperación nos orilla.
e lla : Dice usted que el perverso es un "m ártir” , por lo tanto un
"testigo” . Es como para creer que ese m undo carece de testigos,
como para que haya esos testimonios en síntomas irritados Y los
Testigos de Dios, y el Partido de D ios. . .
é l: Sí, pero el perverso echa el testimonio sobre su cuerpo, o so­
bre el cuerpo del Otro. Y el terrorista, sobre el cuerpo de los demás,
tomados como rehenes-tomados-por-testigos. Los terroristas reli­
giosos quieren tomar al mundo por testigo de que hacen gozar a su
Dios a muerte.
e l l a : Prefiero los drogadictos, los testigos del Vacío, del Instan­
te cero. Es regresivo pero claro. Porque de los refinamientos regre­
sivos de los tomadores de rehenes. . . se toma los rehenes de un
pueblo para que hable al otro pueblo a fin de que. . . presión sobre
mamá para que diga a papá que el tío es una tía. . .
é l : En general el perverso ejerce ese último recurso sobre sí
mismo, pero le asocia, forzosamente, otros accesorios y comparsas;
pues en lo esencial sólo cree en el Otro en el que se convierte, en
el montaje que instaura; sangriento o exangüe.
ELLA: ¿Y qué relación hay con la negativa perversa?
é l : La negativa es el otro polo de la creencia. Es la sombra ne­
gra de la creencia com o "aproximación" del a m o r .. . En el pervefl
so está reducida al punto de creencia narcisista, punto doloroso
pero punto de apoyo último.
e l l a : Volvamos a la ideología, sobre todo a las referencias a la
droga en las sociedades indias u otras; la "iniciación” .
ÉL: Eso le confirma que el perverso exige una norma, pero la
sitúa en otra parte . . a reserva de voltear esa otra parte en si
mismo. Es ese movimiento lo que cuenta. Pues del lado de las
"realidades'', la diferencia es enorme: “ en otra parte” el vínculo
social asume la responsabilidad de la toma de droga; "aquí” la
droga toma el relevo del vínculo social o familiar que viene a enea-
llar en ella; ella que es su punto muerto convulsivo. La toxicómano
desafía menos de lo que suplanta ese vínculo social. Así pues, si
hay iniciación, en realidad solitaria, es en el vacío del vínculo que
pretende suplir. Mientras que en tal tradición o tal tribu, la res­
ponsabilidad de la toma de droga es asumida por la instancia sim­
bólica para iniciar en sus Verdades primeras, en sus transferen­
cias vía los agentes chamánicos. Castañeda está lleno de
acontecimientos mágicos que son hermosas transferencias al bru-i
jo o a los vínculos que representa. Para nuestros toxicómanos es
a la inversa: llevan solos y con gran esfuerzo, en una transferencia,
desesperada, la raíz del vínculo simbólico (social o familiar), la
llevan ahí donde hace falta para verla romperse; llevan un vincula
a que se suicide-, transfieren ese vínculo a ellos antes que sólo
excluirse de él.
e l l a : Es casi una desviación de la d ro g a ... ¿Una especie de
"cam bio” ?
e l : Si toma como "norma” e l uso "indio” , sí es una desviación;
pero eso no aporta nada. N o más que decir que el alcohólico "des­
vía " el alcohol que debería servir para calentarse en in viern o... o
con los amigos; o que los adolescentes de las ciudades “ desvían” el
pegamento cuyo uso normal es "pegar” , no ser inhalado... Agra­
dezca más bien que sea de esos países 'tradicionales” , por ejemplo
de la América “ india” de donde viene la droga. De todas esas socie­
dades envenenadas por Occidente. Eso [Link] vuelta. Devolución al
remitente.
e l l a : Pienso en el devenir Otro, Baudelaire ya habló de eso. Us­
ted ya conoce el famoso texto: “ Su mirada se clava en un árbol ar­
monioso. . . y pronto es usted el árbol” , está en Los paraísos artifi-,
dales.
ÉL: Su frase: “ El hombre pasó a Dios” es más directa. ¿Y vio
toda la agudeza, sobre todo que uno se convierta en el dios de su
Dios, el creador de Sí-mismo-Otro? El drogadicto es un impulso por
n i)lvi t la paradoja narcisista siendo Uno y el Otro, objeto e ima-
i ii tlestructor y destruido, adorador y adorado, .. Baudelaire no
i' IV» que buscar en la etiología dónde llega el drogadicto a "salvar”
I » madre del duelo de sí misma, a ser el pequeño redentor resenti-
o » sus padres por tener que inmolarse en el altar de sus ideales
1 miboleantes. Es más complejo que “ pasar” a Dios; aunque en ese
I i >” se actualiza como origen del lenguaje; es una forma poética
lll M'tO. . .
i i.1.a: Es más bien un fin del lenguaje, como vemos fin al termi­
nal una película.
I r Sí, origen y fin confundidos, celebración silenciosa a la som-
lii >ile las palabras descartadas. Lo que uno llama origen es la esce-
iiH ile seducción original que el perverso actúa y fija. La escena pro-
liui Ida —flash, viaje o rituales— es la de una seducción eternizada
.Itmde él va al encuentro de sí-mismo-otro. Se emborracha con el
i )t i o al qué voltea sobre él en el control y la pérdida. Y sin duda al-
i una en ese regreso al origen hace por él solo lo que hace todo con-
i lomerado, a saber: convencerse de ser a la vez la fuente y el objeti-
e de su lenguaje. En el fondo, ¿qué droga absorbe un grupo para
i ? ¿Acaso no todo colectivo es una “ burbuja” ? ¿Aunque el viaje
(lu consigue no lleve siempre a las nubes ? Una burbuja que inmo-
■ lliza el ser y el tiempo, cuando percepción y memoria se igualan
i n su anulación. . .
Lo que “ salva” a un grupo, y con reservas, es ser en sí múltiple
v no enfrentarse a otros grupos —política, lucha de los lugares,
t e e s ser puesto en crisis por la diferencia que cree ser y que lla­
ma su identidad; es necesitar el mundo que se le escapa, que se le
insiste, lo confunde. .. Siempre “ salvándose” . .. Mientras que un
montaje perverso remplaza el origen de lo simbólico y su fin; los en-
i Ierra uno en el otro, realiza uno y otro en el vínculo que produce.
I I toxicómano sólo se realiza en el momento de la dependencia: si
está "enganchado” revela sólo estar enganchado a sí mismo vía el
producto. Una vez más autorreferencia. Es esencial esta dependen­
cia invpluntaria “ voluntariamente” creada. Es la primera necesi­
dad que se une con la droga y con el Otro en el que uno se convierte;
esa primera necesidad transfiere la necesidad de todo lo que es “p ri­
mero", primera palabra, primera escena, primeros puntos de apo­
yo. . . Inscribe el nuevo vínculo. Y está mucho más allá del destete
y de la “ castración” oral: la "castración” se pierde en el vínculo do­
loroso, erotizado.
ELLA: Hay en el “ pasón” una explosión que no se halla en otros
perversos más "ecónomos” , los fetichistas muy activos. ..
ÉL: Lo dudo. En todos hay esta disolución del ser, congelada
o hirviente; ese flash orgánico, esa necesidad, esta depresión, este
aspecto "organizado” : ser el órgano del Otro, el Organo que debí
acabarlo, serle “ fatal” . Es simplista la oposición entre el perveqm l
calculador y ecónomo, y el audaz suicida que lo arriesga "toddf i >
y se hunde en la sobredosis. . . Esta oposición viene de la idea fren
diana del fóbico: que negocia el miedo fijándolo en un objeto paru
estar tranquilo por otro la d o ... Ahora bien, aunque es menos siiu
pie, un fóbico del perro puede temer cruzar la calle porque loU
autos amenazan con echársele encima . como perros. La fobih
es el arte de designarse a través de su miedo; tiene pues el acentji
fetiche que es dar ella misma un pequeño nombre al inconsciente
Pero queda la angustia del cambio de nombre, del sin nombre: (il
miedo sin nombre es el miedo a lo innombrable. Bajo el fetictj/k
bien ajustado o bajo el objeto fóbico hay un polvorín listo para safr \
tar: un suicidio prolongado en el que no se muere. En cierto sentí
do, el fetichista y el toxicómano son “ como ” muertos, han aspirlM
do en el fetiche todo lo vivo del vínculo con el Otro. Y en loii
rituales más dosificados hay, retenido pero presente, el desencade
namiento “ sobredosis1' de lo abyecto.
e l l a : Es verdad que el estilo del drogado alerta a la sociedad
más que las maniobras íntimas de un fetichista del cuerc
ÉL: Curiosas uniones sin embargo: un toxicómano inhala los va
pores de caucho y el fetichista del caucho se hace un traje con
él y se mete en esta piel del Otro, que termina por tener en una
struggle for love sofocante que huele a la tortura del mártir, el
autosuplicio erótico. . . La circulación entre todas esas formas no
las hace homologas, las engancha por el factor en juego que le í
es común: el ángel de lo sagrado... impulso a lo sagrado, fanatis-
mo de la verdad, encarnación del Otro en Sí, regulación de la
L e y . ..

2. UNA FIGURA DE LO SAGRADO

ELLA: Es paradójico: en una época de desacralización acelerada,


¿es de los perversos de quienes vendría el llamado a lo sagrado'
é l : Ellos serían más bien los síntomas de ese regreso, y bajo una
forma insoportable, como es frecuente en esos casos: lo que uno
desconoce de sí regresa por vías desagradables. También en el caso
de los grupos.
En cuanto a los flujos de "sacralidad'1, pasan permanentementf
por los intersticios de toda sociedad; en la sociedad moderna o pos-
moderna, esos flujos están ahí, y parecería que los perversos los
han recibido de muy cerca, y nos los ponen bajo la n a r iz ...
1 1 i.A: Para algunos de todos modos es más costoso. El toxicóma-
ile menos bien librado que el perverso buena gente.
1 1 Quiere usted decir que angustia más al entorno y a los "res-
I in-tables", que ellos preferirían formas “ buenas gentes” a formas
provocantes donde se trata de alcanzar al Otro de manera más
■ (tura. Más dura. En el caso de los drogadictos el Otro es en princi-
11 hi "alcanzado” , y de frente: en ellos mismos y fuera de ellos. Es
i la consumación de lo sagrado; la consumación del Otro y de Sí:
I I imtoinscripción embelesada. Si lo que dice usted es que no hay
|ii< tratar al drogadicto con la misma estrechez de miras con la que
aborda a un fetichista, sepa que el fetichista, el anoréxico, así
orno el drogado, rebasan siempre y con mucho la estrechez con la
>¡,ur se les aborda.
El l a : Sin embargo hay diferencias. Algunos forman “ parejas” ,
iltos corren tras la pareja absoluta, la pareja anónima que hay que
■ \mbiar compulsivamente. . .
ÉL: Pero hay parejas “gay” más que estables, incrustadas, entre­
lazadas una en la otra, como es evidente. Además, la pareja toxicó-
muna tiene que ser cambiada, es más compañero de equipo que pa­
reja. Su participación en la investidura toxicómana es secundaria,
i■/ verdadero compañero es el vínculo con la droga-, mientras para
otros, el compañero es el ser que tienen con ellos, con quien elabo­
ran el montaje, mediante el cual se abandonan a ese montaje. En
la pareja perversa es grande la diferencia entre los compañeros
pero es inmediatamente invalidada por la absorción de uno en el
otro. En la pareja toxicómana ya se ha logrado la desaparición de
esta diferencia: ambos son compañeros del Otro, mediante el pro­
ducto; están ya absorbidos en la droga que absorben.
ELLA: Esa relación con lo sagrado en la perversión. ..
ÉL: En un sentido, cuando se habla de perversión, incluida la del
toxicómano, no se habla más que de ‘'sacralidad” , de la relación
con lo sagrado; sin decirlo.
e l l a : ¿Y por qué no se dice? ¿Es sagrado?
ÉL: Quizá ya no se cuenta con los medios para hablar de lo sa­
grado.
e l l a : Pero ¿qué es lo sagrado? ¿El tabú? ¿Lo prohibido?
ÉL: No, el tabú es tabú y lo prohibido prohibido. . . Lo sagrado
es el lugar del encuentro con el Otro, la Otra escena, lo divino, lo
inconsciente, y también lo prohibido, ya sea más o menos tabú. Se­
gún las culturas y los sujetos, ese lugar de encuentro está poblado
de santos, sacerdotes, demonios, ángeles, violencia, inocencia.. .
pero es siempre el encuentro con el Otro, dado que se nos escapa
absolutamente, y está atado a nosotros en parte/así sea por el mie­
do que le tenemos.
ELLA: ¿Y el perverso en todo eso?
él: Para él, ese lugar de encuentro es el de una transmutación
se vuelve Dios, más o menos, y no es nada chistoso. Mientras qui
para otros ese lugar está hecho de contactos-intercambios, doneá
perdones, oraciones, sacrificios, gritos, silencios, violencias, reco
gimientos, posesión-desposesión, erotismo, pudor, desencadena
miento, moderación. . . todo lo que se puede imaginar come
relación con el Otro; pero sea lo que fuera, la distancia entre los doi
espacios se halla reafirmada, la distancia con el Otro es mantenida
vivificada. Ese contacto con lo sagrado recrea esta distancia come
germen de espacio vivo, principio de localización, efecto de don v&
nido de otra parte; eso elabora el don de un lugar original, destiné
do a ser perdido y en parte hallado, luego vuelto a p e rd er...
Lo sagrado es una pulsación, un lugar pulsátil.
e l l a : ¿Ese lugar es siempre templo, iglesia, capilla, confesiona
rio?
ÉL: ¡Pero si son el templo y la iglesia los que proceden de ese lu
gar! Y usted sabe que hoy se hacen un montón de cosas en los tem
píos, montones de cadáveres incluso; el acto terrorista de moda es
matar gente que reza. Curioso, ¿no? Como regreso al sacrificio
Esta manera de abrevar a Dios con sangre, de atribuirle una sed de
sangre cuando que eso debería asquearlo. ..
e l l a : ¿No tendría usted otro ejemplo un poco más alegre de “ sa
cralidad"? Mire, para cambiarle las ideas, pensaba en el encuentre
terapéutico, el psicoanálisis, vaya. Hay un algo imponente movién
dose ahí.
ÉL: ¿Por qué no? Muestra la tendencia que el síntoma ha tratade
de “ contener” ; que hace las veces de prohibición y que amenaza cor
sum ergir. . . Pero más allá de la tendencia hay potenciales de vín
culo, de memoria, de lo que jamás tuvo lugar pero que condicions
el tener lugar. . . Son los contactos con Eso lo que evoca lo “ sagra
do", la vibración entre una y otra escena, sobre un fondo compulsi
vo, traumático, risible, irrisorio, aterrador.
e l l a : Pero ¿de qué está hecho lo sagrado? ¿Qué remplaza? ¿E]
cuerpo del Padre muerto, el cuerpo de la Madre arcaica prohibide
o amenazante?, ¿el Verbo original?
ÉL: Metemos muchas cosas ahí, demasiadas, el lugar es vasto
nos vemos un poco perdidos ante e llo . . . pero es siempre una reía
ción consigo pasando por el Otro, un potencial de intensidades di'
versificado; lo esencial es que funcione, que exista. Cuando no ha>
ninguna relación sostenible con ese nivel sagrado, viene la catástro
fe; en el mejor de los casos se debilita muy rápido. Sucede que los
niños, cuando se hacen “ grandes, en la adolescencia, reducen esta
dimensión excluida (la de lo sagrado) al encamarla firmemente: e]
|ti (jueño sacerdote excluido emerge en el centro de la familia, con
u ritual casa, muy de él, y com o no ve de qué dios sería sacerdote,
■i1hace dios aprovechando el viaje. Tiene su pequeño incensario
■ustodia cuchara jeringa pequeña hostia polvosa, y se mete directa­
mente al cuerpo esta ofrenda, al cuerpo divino que es el suyo, y la
■lusión sagrada com ienza... Sagrado pánico en el entorno. No
' omprenden. . .
el l a : Ya veo: sugiere usted una etiología muy curiosa de la toxi-
omanía: falta de relación con lo sagrado en las familias. ..
ÉL Más bien relación negada, vergonzante, condenada .. Pero •
■ o no es más que una señal, un señalamiento, esencial pues une
tactores individuales y colectivos: no son los mismos, pero es preci­
so que se crucen para que se produzca el efecto masivo que vemos;
perdiciones masivas, hordas de soledades desesperadas...
el l a : R aro. .. Cualquiera diría que reduciendo la religión todo
marcharía mejor.
ÉL No es evidente. Por lo demás, la cosa religiosa se reduce sola
■n formas variadas; no hay necesidad de que se la reduzca. Así
pues, he conocido familias, periferia unidad habitacional delin-
luencia. . . donde los niños se han sentido muy protegidos por la
presencia de lo "religioso’ en la familia. Le dicen a uno más tarde
ron algún cinismo: "Era súper, con la religión nos sentíamos lejos
de toda esa gente jodida, completamente protegidos. Hoy ya no es
necesaria, la hemos abandonado.. . “
e l l a : A propósito de esa idea suya de lo "sagrado” negado, inva­
lidado, pero-no-totalmente... yo conocí, viví en otro tiempo dos
momentos que se parecen. Una vez en París, en el hospital donde
ti abajaba: había una enorme proporción de magrebinas toxicóma-
nas entre las mujeres que venían a dar a luz, y de magrebinos tam­
bién, sobre todo árabes. Después en un conjunto tipo unidad habi­
tacional en Israel, donde una cantidad sorprendente de
adolescentes se drogaban. En ambos casos, el desmoronamiento de
identidad..
é l : Eso es más preciso. La identidad es socavada, sacudida, pero '
es más bien un efecto: todo el mundo tiene y vive sacudidas de iden­
tidad. Pero entre sus inmigrados parisienses, a menudo desde el in­
terior de la familia las relaciones con el Otro, con el inconsciente
y lo sagrado son asfixiantes, insopor tables, '‘podridas” . Por ejem­
plo el padre envidia a los franceses la madre envidia a la europea,
y liquidan lo misterioso —lo "sagrado’'— de su origen quedando un
poco avergonzados por él. Y es eso lo que acorrala al niño ya sea-
desde su entrada en el lenguaje, o en el umbral de la sociedad: en
la adolescencia. Sin duda ocurre lo mismo en su unidad israelita
poblada de norafricanos, excepto que para ellos, el europeo, el
“ evolucionado" es el judío llegado de Europa, el Occidental de cept
y de cultura
ELLA: Lo curioso es, en ambos casos, el regreso furibundo del
fanatismo; fanatismo religioso. Eso vuelve loca a la gente pondero
da, evolucionada, racional . . ese desencadenamiento que a menu­
do pasa al acto, al terrorismo. Ahí el entorno está consternado, “ na
comprenden". El paso al acto es como un regreso de lo "sagrado"»
el fuego sagrado encamado. . .
é l : Note que sacrilego, por lo menos en la etimología, es aquefl
que descifra lo sagrado, simplemento porque lo lee; nada más que
eso; mientras que sacrilego ha tomado el sentido que usted sabe, pi­
soteo de lo divino y de los valores más preciosos. . . A fortiori, im!
gine a aquel que no lee lo sagrado sino que se le ocurre escribirían
que lo liga a su cuerpo, que lo encarna. .. pues es eso lo perverso,
su única salida para escapar al 'sacrilegio” es, o ser “ ocultado'»
peí donado, lomado bajo la tutela del grupo, o de plano ser seguido
por el grupo: se convierte en fundador de secta, o de religión. . . Si
el grupo lo sigue, ya no es sacrilegio. Otro contacto peí-verso —sa­
grado: el "sacramento'' En principio es una garantía dada a lo divi­
no, garantía de buena fe. . . Pero si el Dios es "uno mismo” , sólo
hay garantía absoluta. Cualquier otra es repudiada cor intensida­
des variables, pues hay en cada sociedad una gradación en lo
sagrado, un amplio abanico, así como hay gradaciones en la perver*
sión: en la captura de lo sagrado por encarnar o inmovilizar. La per­
versión es una gestión de lo sagrado en todos os terrenos, incluida
la prostitución (sagrada o no .). Y lo sagrado de la prostitución es
un vasto capítulo.
ELLA: ¿La m am á y la puta?
él: No es sino una ligera raíz de lo que produce lo sagrado cuan­
do se "expone” a la venta, al intercambio con un valor más maneja
ble, el dinero; pues “ prostituirse” es al pie de la letra: mantenerse
al frente, salir, quizá hacer salir los órganos de goce en los otros. ..
Pero volveremos a ello. Hablemos ya d e . ..
e l l a : Espere. Leí esta extravagancia en el libro de un loxicóma-
no: dice que el psicoanálisis lo liberó de inhibiciones y de angustias,
tras lo cual pudo hundirse en la droga más tranquilamente, con
toda tranquilidad. .
ÉL: Pues claro. Una vez “ liberado" necesita un vínculo al que
asirse, y la droga se lo proporciona. De lo cual se deduce que las
inhibiciones y angustias están entre los vínculos sólidos que los hu­
manos se han forjado. Un grado más y es el vínculo fetiche. ..
ELLA: Cuenta también que sus padres vivían como en una cáp­
sula . Qué premonición. Una cápsula confortable, separada d
cualquier contacto con la vida urbana. Y él, adolescente, entraba
I uidestinamente en las casas de la esquina pero sin robar nada.
11 Conmovedora manera de entrar en contacto con la gente,
un u "hoyo” ; con los policías también. . . la Ley. . . Pero es un he-
i lio la droga proporciona vínculo más que cualquier otra cosa. Los
iliogadictos lo dicen claramente: una vez que está uno ahí, ya no
In "motivado” para nada más. Y la “ motivación” es un deseo de
■luí ulo. La droga procura un vínculo paradójico: absolutamente vi-
iitotalmente muerto, idéntico a sí mismo. . . Es una línea de
Diluirte y de superviviencia paralela a la línea de vida, pero en otro
i pació. La vida supone que será impulsada por otros sentidos que
' I ictual, otras direcciones que aquella en la que se está. Por el con-
i .1 rio, el drogadicto (como el anoréxico, el alcohólico, el perverso)
■ i|. todo el tiempo prendido en el vínculo que ha creado; no puede
í. ¡prenderse-, no “ solo” . . . Sus pulsiones son sustituidas, puestas
■ti la órbita de una sola, que crea la tensión que alivia: matar de sed
I células y volverles a dar vida. La mota funciona como don de
i ida absoluto; sin falla ni deuda. Y ahí también el placer está some-
lldo a la creación de un vínculo; no es el factor primero. Incluso
puede haber distinción entre los drogadictos y aquellos que toman
lioga: a estos últimos les puede "gustar” , y “ reventarse” con ella,
i l i . Los otros no quieren más que eso, y sólo son queridos por eso.
( on muchos grados, gradaciones. . . Es posible querer totalmente
i n una franja parcial de su ser.
el l a : Y de cualquier manera hay ahí un placer del estado segun­
do, un g o c e .. .
é l : Goce y placer son dos, y el drogadicto lo prueba desde el
principio. Así pues, aun cuando a veces erija el placer en goce, hay
i n su goce un gusto de muerte, de eternidad; gozar hasta caer “ en­
fermo” de goce, gozar a falta de amar es el destino de algunos per­
versos, vengarse por el goce, vengarse del goce; el goce de vengarse
el de la Ley justiciera, que restablece las “ verdaderas” cuen­
tas. . . En cuanto al estado segundo o tercero, existe por supuesto,
pero su residuo absoluto es que uno no puede prescindir de él. Has­
ta la desintoxicación está integrada al proceso: él se desintoxica
como si se drogara, en negativo, para recomenzar después por el
otro lado. Y presume de tener acceso a una memoria biológica, ce­
lular, más allá de cualquier recuerdo.
el l a : Hay uno cuyo recorrido termina por la salida hacia la dro­
ga absoluta: la “ télépathine", el yagé*, el "pasón último” . . . No está
mal, el don del inconsciente en estado puro, en directo, suponiendo
que la telepatía sea uno de sus efectos mayores; la salida hacia la

* Palabra de una lengufc indígena de Colombia: Vegetal que sirve para preparar
una decocción con poder alucinatorio e insensibilizante. [T.]
unión que no se suelta, que agarra todo el tiempo, algo como la
m uerte, puesto que hasta la vida suelta a veces para vo lver a coger­
lo a uno por otros la d o s. . . Y curiosam ente, cuando la droga falta
es cuando él tom a conciencia de lo que “ representa” para él.
ÉL: Es sim ple por el contrario; torbellin o perfecto: la necesidad
de v ín c u lo está representada por e l v ín c u lo de la necesidad.
ELLA: A veces me preguntaba cóm o alguien tan listo, tan desilu­
sionado com o él, podía reducir su vida a su “ plan de m ota” cotidia­
no, y parecía p o r ejem plo que podía v iv ir de recetas de m orfina sa­
cadas a m édicos com p lacien tes. . .
ÉL: Sí, el sentido de la realidad se desbarata cuando ya no hay
más que una realidad; el sentido de las realidades es captar sus ca­
ras m últiples. En este caso, cuando se ve reducido a sacar con arti­
mañas la receta, está en el vacío del vínculo social ambiente, y es
este v ín c u lo el que quiere agarrar dado que se le escapa.
e l l a : Pero ¿con qué objeto?
ÉL: N o tiene más ob jetivo que esa vida, que incluye su más allá;
¿resistir cuál golpe? Ése precisam ente. Puesto que la m ota es el re­
m edio para la enferm edad que engendra y que la había llamado.
e l l a : ¡Toda una paradoja lograda! Hasta la religión es rebasa­
da, relegada, no ofre ce nada m ejor.
ÉL: Sigue siendo muy com petitiva en el m ercado del vínculo..
e l l a : Sí, p ero si la droga representa ve rd a d era m en te un don de
vid a ,
ÉL: H ay que creer que los drogadictos son gente a la que se ha
educado com o todo el mundo, bien o mal queridos, pero a quien no
se le d io la vid a o el am or o la felicidad o la desgracia que han teni­
do. C areció del acto del don, del gesto. Después siem pre es posible
rep ara r dando todo lo que se tiene; pero dar el vínculo es dar lo que
no se tiene; o más bien, es haberlo dado, antes. . .
e l l a : N o me interrum pa. Decía que la droga parece orien tar to­
das las necesidades y tener p riorid ad sobre ellas; realiza permanen­
tem ente lo que de m anera norm al uno experim enta en momentos
fulgurantes: cuando sólo se tiene hambre, o sueño. . .
ÉL: Sí, los m otos han rasgado los m isterios de la perversión, la
han puesto al desnudo, la aclaran sin ellos saberlo hasta la ceguera,
se revientan con ella y la hacen reventar. Han depurado la
perversión: sólo muestran su desam paro abierto, y no algunos as­
pectos tradicionales, sobre todo del lado "m a lo ” . Una m ujer me ha­
blaba de su h ijo adolescente con el que vive sola: cuando él se iba,
ella se quedaba com o muerta: él le daba una m uerte, un peligro
m orta l que ella no conocía. Cuando él estaba ahí ella se encerraba
en él — guardando las distancias, las distancias correctas— y esta­
ba com o muerta, pero de una m uerte buena que conocía bien. En
pocas palabras m e hablaba de su hijo com o de un viaje, de un ca­
rrujo divino hecho de una m ota desconocida que además venía de
ella. E lla conocía el estrib illo sobre la “ separación necesaria” de la
madre, pero su g rito iba más allá: ¿ c ó m o p u e d en las m adres sepa­
rarse de sus h ijo s ? ¿Com o puede uno renunciar a eso? N o se p ued e
renunciar en frío, por razones m orales; sólo puede uno ser d is tra í­
do de eso, seducido por otra cosa, si la otra cosa tiene a bien ser lo
suficientemente seductora. M e hablaba de ello con la angustia de
una m ujer feliz, plenamente fe liz de su droga f il i a l . . . Aun cuando
"se m oría ” de esa felicidad, de la que tam bién vivía. Estaba
“ poseída” no por el h ijo sino por el vínculo con él; no tenía nada de
drogadicta. H ay potencial toxicóm ano en los vínculos más "n orm a ­
les” . . . Cierta estabilidad.
e l l a : Sí, m ientras se tenga la droga asegurada, se siente uno se­
g u ro ; todo funciona; los m om entos de la verdad son los puntos de
ruptura de reserva, com o los puntos de ruptura con el hijo en el
caso de esta madre. Estar totalm ente seguros frente a la vida es un
poco la muerte. Afortunadam ente las cosas no se detienen ahí; está
la prueba de esta vid a segunda que se ha alojado en las cápsulas de
la prim era, están las rupturas, de reserva o de otra cosa. Un cuerpo
de m adre es una reserva inagotable, ¿no?
ÉL: Con la droga se tiene un ideal al alcance de la m a n o . . . y un
ideal no está hecho para eso, no lo soporta.
ELLA: Com prendo que las curas "in d ivid u ales” , las que uno se
administra, no tengan éxito.
é l: Si es una enferm edad del v ín c u lo , no puede uno curarla 5 0 /0 .
No se puede b o rra r la necesidad con la mota (com o en la "c u ra ” que
adultera las dosis con la esperanza de b o rra r el producto a la larga,
de engañar a las cé lu la s. . .); la m ota sim boliza “ re a lm e n te " la nece­
sidad y está hecha para eso. Por ello, la toxicóm ana confirm a que
en la perversión e l o b je to de deseo es e l v ín c u lo c o m o tal, el vínculo
que realizar, que v iv ir totalmente, que tocar, que vo lver a tocar. Es
un vínculo que to m a el tiem po, que tom a to d o el tiem po, que regla­
menta el tiem po. Cuando falta eso no se queda uno a la "qu in ta pre­
gunta”- com o se dice, es el caos en el que otros tiem pos están dispo­
nibles, dispuestos allí, pero sin que uno tenga p oder sobre ellos.
H ay caos silenciosos de im p oten cia . . . .
. La m ota da el tono, el tempo, el tiem po, y tom a todo el tiem po
que da al moto. Esa paradoja vale para todo síntoma que se vuelve
fetiche; contrariam ente a síntoráas más productivos que dan un
tiempo, toman otro y obligan a las m etá fo ra s. . .
e l l a : La enferm edad de la necesidad sugiere que hay en la exis­
tencia intrínseca áreas de d o lor y de duelo, un d o lo r de ser, el dro­
gadicto es aquel que c o n e cta este d o lo r en la d roga para recogerlo
después como d olor de la necesidad, de una necesidad precisa esta
vez: la de la droga. Es com o si se diera una causa palpable para
el m al que se oculta, y que para otros se mantiene oscuro. Una
cosa es necesitar su dosis y otra necesitar ser. . . E l toxicómano
reorgan iza a su manera, invirtiéndola, su "causalidad” psíquica;
la reconoce y la domina aunque ella lo domine; y ahí están dom i­
nados . . .
ÉL: Sin duda. Es justam ente la función del fetiche: dar causas y
fines allí donde faltan. Y el drogadicto, com o todo perverso, cierra
el horizonte a bierto m ediante el vínculo fetiche. Todo el mundo tra­
ta de hacerlo, rem ediar las aberturas de horizonte con "d ro g a s ” o
artilu gios de los que hay que estar ya "d ro g a d o " para no ver que
son m e d io c r e s . P e r o e l " d r o g a d o ” p asa su d o lo r al
acto, lo pone en "en tred ich o” , lo pone en form a dándole una
causa. Los demás están "in to xica d os” pero n o saben "d e qué” .
ELLA: ¿Intoxicados sin saberlo?
é l: Quizá. Si no regresan, no conocen el dolor del regreso, del
regreso al mundo, de la reposición en el mundo. El drogadicto co­
noce el d olor del vínculo que falta y de la falta de vínculo. Puede
uno estar deslum brado p o r flashes, sentir vibraciones en todo su
ser, pero es la a d ic c ió n la que hace a l d ro g a d ic to . Tom a la droga
para depender de ella y, una vez establecido el vínculo, lo celebra;
m isa negra o b la n ca . . . Para el drogadicto en el regreso, el dolor
es el de deshacer hilo a hilo el vínculo tejido con todo su cuerpo,
el vín cu lo en el que cautivó al Otro. Es duro hacer de este fracaso
un v ín c u lo . . . M ientras que la "ca rn e congelada por la m ota sufre
la tortu ra del d e s h ie lo ". . . El d olor del regreso ilustra el de la par­
tida; d olor del regreso al mundo com o de una cápsula cósm ica que
se fro ta hasta el fu ego en las capas más densas de la atm ósfera tras
h a b er evolucionado en el "in terp la n eta " dep u rad o. . . asfixiante de
o tra manera. P o r lo demás los dos polos, los dos focos o puntos crí­
ticos tienen que ve r con el espacio sideral: el flash s o la r p o r un lado,
y lo n e g ro de la necesida d p o r el otro; en torno a los dos, la elipse
del la rgo trayecto cósm ico; d olor inverso al placer que sería el foco
s o la r .. . Pero lo esencial es el trayecto, el vínculo único en to m o al
dolor-placer, el trayecto del vínculo, la L ey de la perfecta ó r b ita . . .

3. e l s u ic id io d e u n a TRANSMISION

e l l a : El placer que se halla en la mota no es pues sólo el de v iv ir


bajo su ley: es el de desencadenar uno m ism o esta ley destinada a
escapar.
ÉL: Sí, es un vínculo de am or que uno m ism o crea a propósito.
Y am ar a propósito, es un am or de odio.
e l l a : "A m a r a p rop ósito” indica quizá el rem edio: será terapéu­
tico todo lo que proporcion e una ley. Puede ser una droga, un gurú,
una secta; hay un producto que atenúa los síntomas de la nece­
sidad, la "te o fo rin a ” , ¡lo leí!, portadora de Dios. . . Éste es su
cuerpo.
ÉL: Más seriam ente, plantea usted la cuestión de saber lo que
uno puede hacer p o r un drogadicto. V eo dos soluciones. O bien el
punto de enganche con la droga es tran sferib le a otras "d ro g a s ” , en
el sentido am plio (puede ser un vínculo sectario norm alizado), y en­
tonces abrim os un trayecto de perm utaciones más o menos rico; o
bien es transferible a un tercero, un terapeuta que puede disolver­
lo, hacerlo estallar, disem inarlo, d is p e rs a rlo . . . Si se deja agarrar;
no está decidido y no es simple.
e l l a : P ero en su proceso para liberarse del vínculo, los droga­
dictos parecen a veces ve rifica r que su vínculo es más fu erte que
cualquier otro; com o si vinieran a desm entir su llam ado a lib era r­
se; a sobrecodificar su vínculo por el fracaso de cualquier otro
vínculo.
ÉL: Y com o el v ín c u lo con la d r o g a y a es au tón om o, casi in d e­
p endiente de la s o tra s p u lsio n e s qu e casi h a a b s o r b id o y s o b re la s
cu ales se en cuen tra, es d ifíc il v iv ir co m o p a rá s ito en él, o p o n e rlo
so b re el tapete.
e l l a : E so m e recuerda al m oto interrogado por un psicoanalis­
ta sobre su vida sexual; he aquí la respuesta: pues sí, m i vida se­
xual es e x c e le n te .. . cuando no m e drogo. Dicho de otra manera,
entre la m em oria que ofrece el vínculo, y el recuerdo del punto
m uerto sexual (o la insistiencia en él), está el abismo; no hay com u­
nicación.
é l : Ahí es el psicoanalista el que com ienza un vínculo perverso:
él sabe lo que quiere y lo que espera; ahora bien, con la droga, el
drogadicto tiene en sus manos a un tercero intratable que sabe tam ­
bién lo que quiere y lo que espera de su fiel: que la "to m e ” en pe­
queñas dosis regulares, mesuradas e infinitas. D ecir que "n o hay
com unicación” es d ecir que hay dos dinám icas casi independientes:
la pu lsión erótica y la pulsión con el vín cu lo , la que funda las reli­
giones, las sectas, los g ru p o s. . . En realidad term ina por haber co­
municación, pero ésta se erige en independiente.
ella: P o r con sigu ien te él v e rd a d e ro m a le s ta r de la civ ilizació n
no es q u e n o p ro p o rc io n e su ficien te sexo, sino qu e p ro p o rc io n e d e ­
m a sia d o s v ín c u lo s f a l s o s . . . P o r e je m p lo u n o de lo s r a ro s v ín c u lo s
q u e a ú n resisten, el d e la fam ilia, c o n d e n a en c a m b io a p a d e c e r san ­
gu iju e la s, seres qu e están lejos de u n o y de su vid a, a s u p o n e r qu e
alguna vez hayan estado c e r c a . . . Hay razones que inducen a bus­
car vínculos no humanos.
ÉL: Vínculos a secas. El de la droga lo engancha a uno lisa y lla­
namente; el traum a casi continuo: Cuando uno lo corta ya no se ei>
gancha más que en sus propios efectos de angustia, de dolor. De
esta m anera u n o recrea e l tra u m a que e x ig ió que nos engan ch ára­
m o s a la droga . La tendencia es regresar mecánicamente, como
unas manos nerviosas hallan ocupación volviendo a arm ar un me­
canismo, de preferen cia bastante com plejo com o para que los ab­
sorba durante toda la vida; de nuevo: atarse al objeto que lo ata a
uno. . . p rod u cir objeto-vínculo. Ahora bien, el drogadicto señala
sin saber la “ necesidad” que tem e com o necesidad de vida ambien­
te, com o una vasta N ada que em papa todos los vínculos; y la socie­
dad está dispuesta, perversam ente, a aceptar esta acusación, esta
denuncia, incluso a alim entarse de ella, a reaccionar m ediante toda
clase de asunciones de responsabilidad, arrépentim ientos, culpabi­
lidades . . . Pues claro, no se le am ó lo su ficien te. . . De hecho, el
acto perverso o toxicóm ano siem pre ha existido: algunos siempre
quisieron resistir al destino encerrándose en la cápsula de una
m uerte fría pero que los mantiene vivos, y les hace "su p era r” la
muerte, la m uerte que es el destino que escapa. El deshielo es dolo­
roso, forzosam ente. Es una asfixia, una d e rrota de las fuerzas de
vid a en su a firm a c ió n m ism a . Como si en la escena de la droga se
vo lviera a representar en estado puro aquello en lo que radica la va­
cuidad de un mundo, lo que borra los lazos y rom pe su tensión du­
radera. Al lado de eso, Beckett es más bien optim ista: expresa el
am or al vínculo en los basureros de lo humano, la persistencia de
vida en la m iseria de la vida, la tenacidad del decir en su ruina; casi
hay serenidad en com paración con esta asfixia del ser; esta podre­
dum bre donde se estrellan las fuerzas asesinas portadoras de vín­
culos extenuados. Es diferente de lo que uno llam a pulsión de
muerte. Quizá haya que acusar a la separación entre vid a y muerte
a p a r t ir d e l a c to p erv ers o: puesto que lo aísla, delim ita las fuerzas
de m uerte inherentes a la vida, las recoge en estado puro, destila­
das, concentradas. Aísla también las fuerzas de vida y éstas revelan
ser de m uerte. Es la crueldad de ese acto y tam bién su "verd a d ” :
de una ojeada oblicua y arrogante capta inm ediatam ente lo feo y lo
herm oso, la fa lta de gusto y de deseo que la "g e n te ” tiene por lo que
hace, las sujeciones a los pretextos falsos, la cloaca, la habladuría.
Opone a esas verdades sin va lor La Verdad, p o r lo tanto la de la
m uerte, pero que destila a pequeñas dosis.
e l l a : ¿N o hay ahí tam bién una com placencia? Pretextar un
vín cu lo p odrido para intoxicarse con uno m ism o tom ándose por el
verd a d ero vín cu lo. . .
ÉL: Pero lo irresistible no es el placer de la droga, es el vínculo
que procura — algunos "re g re s o s " lo confirm an más que nada— : en
esos trayectos de desintoxicación no se tienen ganas de nada ni si­
quiera de droga-, hay un vacío del ser, lim piar cualquier investidu­
ra. H ay d olor en estado puro: se ha perdido al ser amado, y no se
puede am ar otra cosa, com o si se hubiera perdido el am or mismo.
De ahí el regreso maquinal, o m aquínico, a la droga. A lgo con que
huir de la vasta nada y la imagen del mundo donde justam ente uno
no es tá . . . aun cuando esté. De vez en cuando uno vuelve, y cuando
se ha decepcionado de todo, de las apariencias, de las ilusiones,
cuando se ha decepcionado de la droga misma, se busca aún un
punto fetiche, un verdadero vínculo que tom e el relevo de los
vínculos disueltos. Y la droga vuelve a surgir com o vínculo a fectivo
o social, relevo de los vínculos desbaratados, incluyendo síntomas
con los que se había uno atado. Muchos organizan en torno a sí una
m uerte fr ía e inocua, una congelación del ser, sin droga; el deshielo
doloroso se reconcilia entonces con los n iñ o s. . . Una crueldad de
la transmisión. La civiliza ción occidental m anifiesta una regresión
hacia lo arcaico que no asume-, un regreso a los estados lím ites
de la infancia, hechos de abandono e im potencia, de aislam ien­
to y pulsión; y sus "p erversos” son aquellos que lo asumen por
ella. . .
ELLA: Sin em bargo el Estado es una terrible buena madre, toma
a su cargo todo lo que puede para "d a r s e g u rid a d ". . .
ÉL: Pero se da fu era de todo vínculo, ya no tiene que ser conquis­
tado, ni establecido en una tensión de vida intrínseca. Resulta más
deprimente. El Estado distribuye drogas calmantes, inofensi­
vas . . . y sus cuidados m aternales predisponen a los resentim ien­
tos, a los rencores in fa n tiles. . . Otros cuidados m aternales están
más experim entados y son más fra n c o s . . .
e l l a : En una novela estadunidense se describe a una m ujer g o r­
da que vende m ota, por supuesto traficada por ella, una especie de
divinidad azteca de ciento treinta kilos que com pra a la policía, tie­
ne un amante cada mes, al cual mantiene y echa cuando la harta,
es d ecir cada mes. Y cuando uno de los "h éro e s” en busca de p erm i­
so o ficia l para conseguir m orfina busca un trabajo "verd ad eram en ­
te” legal, ¡se pone a vender cru cifijos!
ÉL: Es corriente identificar así a los otros con herm anos hom o­
sexuales-gemelos que se agitan en el gran cuerpo m a te rn o . . . Fan­
tasía de m adre común, proveedora de leche "h e ro ic a ” . . .
e l l a : Además me pregunto si la gran cantidad de drogadictos
norafricanos del hospital donde trabajo no es el desplazam iento
de un destete im posible de su O rigen M aterno, sustituto de la re­
ligión, de la música, de la ebria lengua madre, ¿daría la droga el
trato m aternal que la M adre o la m adre patria ya no da?
é l : Tam bién es posible que esas fam ilias de inm igrados no resis­
tan el im pacto de Occidente que los fascina, que sus puntos de refe­
rencia se desm oronen en su e x ilio . . . P ero en todos los casos, la
droga rem plaza mucho "m e jo r ” un vínculo roto, o uno cuyas apa­
riencias o desgaste ya no se soportan . . . Da acceso por consiguien­
te al a u to m a tism o inconsciente que está por encima de los "ensa­
yos” . D ígale a alguien al azar que haga algo ahí, al instante, para
sentirse m ejor. En general no sabrá qué hacer; ni siquiera dirá una
oración si es religioso, porque nada le asegura de antemano que
su oración será escuchada. P ero si es un drogadicto, puede respon­
d er inm ediatam ente con una toma de droga y su cuerpo responde,
ese cuerpo que se supone es ú ltim o punto de referencia de la "v e r ­
d ad” . Es justam ente lo que fascina a los neuróticos: que el perverso
responde a ese p u n to de su deseo', eso les fascina a ellos que andan
tras el deseo del Otro, a rem olque; no ven que el perverso no res­
ponde nada porque él es una respuesta. Sorda a sí misma.
ELLA : A mí es otra cosa la que me fascina. M ire, hubo alguien
que dijo: la mota tom a todo y no aporta nada si no es una seguridad
contra los dolores de la n ecesidad. . . cuando está uno necesitado.
Es ese punto tau tológico del lenguaje: la droga garantiza que si se
la tom a ¡ya no se la necesitará! Ante la idea de que uno pueda con­
form arse con ese grado cero de la v e r d a d . . . y estar bien, es lo que
me sorprende.
é l : Y eso es el m ontaje perverso. "R e s is te ” no porque contenga
muchas verdades, sino porque lo tiene en sus< manos el perverso, al
que por consiguiente sostiene.
e l l a : Vaya, el perverso se sostiene por sí m ism o . . . ¡no se funda
sino por sí m ism o!
E l : En suma. Eso da com o resultado un fragm ento de incons­
ciente. Lo m alo es que sólo resiste si se tom a a los otros com o pie­
zas de su juego, piezas sueltas de su ju e g o . . .
• ELLA : Conocí un m oto que se fabricaba bolsitas que daba a su
m ujer para que las escondiera, "recom en dán dole" que no se las
diera más que según un "p rogram a establecido” .
é l : Sí, eso engloba el program a del m asoquista que sólo admite
los golpes y las patadas'según el contrato establecido por él. Es de­
cir que la cuestión dé la droga trae tras de sí la cuestión enorm e y
sim ple del querer, de lo que uno qu iere ; no: ¿qué quiere de mí?, o
¿qué quiero?, sino: ¿hay m o tiv o para q u erer algo? ¿Cómo qu erer la
pérdida de la voluntad?,'etc. Preguntas serias. ¿Y le funcionaba su
ro llo de destetarse vía su m ujer?
e l l a : No. N ada funcionaba. Un día, sin razón sintió que la mota
se expandía en su cuerpo com o una inyección de m uerte (cuando
que él lo sabía y lo decía antes) y de pronto sintió piedad por su
cuerpo. . . sus venas, su carne violentada. . .
é l : ¿ Y esa piedad que sentía por él lo sacó de él? Quizá haya una
solución en el consentim iento de estar fu era de uno, al lado p ero no
en sí; el consentim iento de haber tenido orígenes discordantes con
ellos mismos, y de que los vínculos sigan su m etam orfosis, sus lí­
neas de vida y de muerte, sin que se les ayude. Renunciar a asir la
vida pero consentir en que pase por uno, que nos atraviese; ganar
ante ella algunas pasividades p a rc ia le s . . .
ELLA: El drogadicto paga muy cara la pasividad que se impone,
como si no fu era a ser reducido a ella com o todo el m u n do. . .
ÉL: Pero su pasividad es su m anera de absorber al Otro, de redu­
cirlo a él y no de consentir. Por más que goce o se exalte por las "e-
nergías" de la pasividad, no puede hacer nada más que sacar la con­
clusión plácida: el O tro está en él y ya nada se le e s c a p a — o lo que
viene a ser lo mismo: todo se le escapa. En realidad habrá gozado
sobre todo de estar bajo una ley im p la ca b le. . . Las sociedadesisólo
se la dan en form a interm itente, en los arranques totalitarios en los
que se sienten exaltadas y atadas, esclavas y p o d erosa s. . . P ero es
la paradoja de la perversión: el sueño de una libertad absoluta en
form a de vínculo absoluto, en una dependencia t o ta l. . .
ELLA: ¿Libertad de q u é ?
é l : Libertad con relación a la libertad, al tiempo, a la carne que
envejece, a las precauciones, a los pudores, a las vergüenzas, a los
com prom isos. . . E l pasón quiere h u n d ir la libertad en la carne. Lo
logra y deja de haber libertad. E l fracaso es pues un triu n fo y a la
inversa.
ELLA: Es enloquecedor. . . Hay ahí una locura solapada.
é l : H ay algunos estados "p sicóticos” , cierta falta de realidad,
pero mantenida com o realidad. Siem pre sucede en un trasplante de
"verd ad ero” vínculo o de "verd ad era le y ” . Vea el trasplante de un
mito, de una construcción fetiche, de una nueva creencia: en las co­
yunturas hay un poco de delirio, de escenas que sólo se repiten a
sí mismas; escenas reales e irreales, com o si uno se hubiera
acorralado en el sueño de otro; el sueño del O tro en el que uno se
convierte. Claro, no hay que dejar atrás los sueños, alguien corre
el riesgo de quedar a tra p a d o. . .
e l l a : Sin em bargo eso procura un sentim iento de seguridad
inaudito; y el fam oso sentimiento "o ce á n ic o ” . . .
é l : Son figuras del lím ite abolido, ahogado en s í . . . Y el lím ite
es lo que señala al Otro. La demanda m asiva de seguridad es tam ­
bién la demanda, vagam ente perversa o idiota, de una "verd a d era ”
ley im posible de invalidar. Como no hay, esta perversión vaga fra ­
casa. Hay desgarraduras de inseguridad, no sólo debidas a quienes
llegan al centro del vínculo o que aprovechando el viaje hacen su
escándalo, colocan su bomba, su cápsula, y anulan la p rotección de
la que la "g e n te ” se p revale. . .
ELLA: Pero su anulación es verd a d era : uno no está jamás total­
m ente protegido, sólo los m uertos no corren ningún riesgo; los te­
rroristas despiertan la fantasía de una protección t o ta l. . .
é l : . . . los libera, pues, de una ley sin falta, absoluta, que encar­
nan. En realidad hay m il maneras de colocar su bomba. Los jóvenes
drogadictos ponen a los adultos, a los padres, en estado de inseguri­
dad; éstos se ven negados no en sus palabras sino en su ser: se les
pone en las narices el éxito de su ideal de seguridad pasado al acto,
éxito fulgurante y m órbido. Y no es tanto que sus valores sean re­
chazados, eso no es lo más grave: desde siem pre los jóvenes han ne­
gado los valores de los padres antes de adm itirlos, y para poder ad­
m itirlos. Aquí hay algo distinto a una oposición "a g res iva ". Es que
esos padres ven que sus hijos les destilan una especie de suicidio
cotidiano, regular, tranquilo. Seres a los cuales han transferido una
parte de su vida, "e lig e n ” com o m odo de vida m atarla en silencio,
atarse con un vínculo absoluto, puntual, autónomo, "ga n a d or” en
un sentido, tan ga n a d or que invalida su propio ju ego y vuelve cual­
qu ier otro ju ego irrisorio. Y los estribillos del tipo: habría que
transm itirles valores que resistan, son edificantes y vacías pues los
interesados muestran claram ente por su actitud que los valores
que se les han transm itido no resisten, no los mantienen calientes,
ni les interesan; deberías trabajar. . . — no gracias, no m e interesa.
En cam bio, la droga los tiene, en todos los sentidos del térm ino; y
a los demás les hace frente. Dicho de otra manera, hace que se plán-
teen abiertam ente cuestiones hasta entonces ocultas, o evidentes:
la del querer, del querer vivir, de la "d ec isió n " de v iv ir . . .
e l l a : ¿Pero esos "v a lo re s ” son falsos, o es la tensión, los
m od a les los que han faltado?. . .
é l : Los valores colectivos raram ente son "fa lso s "; valen para
quienes valen; m ueven a quienes m ueven. . . E s m ás bien la
relación de la gente con sus valores lo q u e está en tela de ju icio, no
los valores. A la gente se le pregunta: ¿así es com o está con sus valo­
re s ” , sus deseos, sus am ores? ¿Lo que le im porta le im porta tan po­
co? ¿Qué es lo que le im porta o a qué le im porta usted? Lo angus­
tiante para los padres es que no pueden decir, partiendo de su
posición convenida: "Q u eridos muchachos no adopten vínculos de­
m asiado fuertes, no tom en caminos dem asiado seguros (el de la
droga es uno de e llo s ). . . ” N o pueden porque ellos m ism os sólo han
buscado la seguridad; y sus hijos encuentran en la droga una más
"seg u ra ” ; la com odidad que han buscado, sus hijos la tienen de ma­
nera más directa; hacen pasar al acto los insulsos sueños de los pa­
dres. Sin em bargo el con fort hace fu erte [ fort ] y entonces vuelve
"pen dejo'' [c o n ], es decir engreído.
Así pues, rio es que busquen la prueba, el "p a són ” , la violencia,
el terreno ausente donde ejercer la "sana violencia de la ju ventu d",
etc.; esos estribillos m oralistas ignoran todo acerca de la droga.
Buscan la com odidad, la calma, la seguridad, y las hallan. De ahí
la nobleza torpe, "in fa n til" y conm ovedora de los adultos que "asu ­
men la responsabilidad” y no saben qué hacer, no saben qué alte­
rar; a veces de puntillas, a veces llorando (com o niños) van a pertu r­
bar la escena prim itiva de su hijo que copula con la nada.
Contrariamente a lo que se dice, la "ju ven tu d ” no se hunde en la
droga porque esté "p riva d a de referen cias” , sino porque busca y
halla en la droga una referencia m ayor, que rem ite a sí misma; una
autorreferencia; las otras referencias son distantes, arriesgadas,
confusas. Están astilladas y no pueden más que estarlo. Dicha "ju ­
ventud” quiere una referencia clara, al álcance de la mano, m aneja­
ble, una droga ; m al com batida por supuesto por la droga más alm i­
barada de la m oral. Eso siem pre se ha llam ado droga, en el sentido
figurado, y vaya que al pasar a la realidad desfigura un p o c o . . .
En cambio, hay quienes pueden d ecir a los drogadictos la tenta­
ción distinta de v iv ir "peligrosam en te” . La inseguridad que siem ­
bran los drogadictos en la sociedad es la de todo "te rro ris m o ” : deja
ver la im p losión de los valores am bientes, su autoasfixia p o r realiza­
ción total, es el ideal de seguridad que sé asfixia en sí mismo. (Pues
insisto en que si bien los terroristas se drogan con el cuerpo de los
demás, los drogadictos son los terroristas de sus cuerpos.)
e l l a : ¿ Entonces no es por falta de valores por lo que los jóvenes
se tiran a la droga, sino para buscar y hallar en ella la realización
de los valores ambiente?
ÉL: Lo que hay que revisar son esos valores y l a relación con los
valores, con su transm isión ; un va lo r no es más que un signo de de­
seo reconocido socialmente. Y cuando los jóvenes, que caen en la
droga impugnan la relación de los adultos con los valores que pre­
conizan — relaciones más bien hipócritas y com prom etidas— ,
muestran su preferencia por una relación directa, real: la inyección
de valores seguros, la inyección c o m o transm isión segura, real, de
esos m ism os valores, por lo demás sustentables y triviales, puesto
que culminan en esa form a inocua de instinto de muerte: "d e
calma-en-casa. . . ” El drogadicto es más prom isorio: "ca lm a en
s í Y en ello, com o todo perverso, el toxicóm ano hace reales las
vagas creencias de los padres. Las actúa en un g rito de silencio o
de llam ado de socorro.
Eso le explica a usted que se haya hecho fracasar la "tra n sferen ­
cia " del drogadicto en su éxito total; transferencia de Sí en el Otro
que el “p r o d u c t o " le ofrece. Es com o la hipnosis: un éxito fulguran­
te de la transferencia. H ay fascinación del sujeto por la droga como
fig u ra del O tro que va a c o n fu n d ir con él, y gracias a lo cual puede
c o n fu n d ir a otro. Y com o siem pre, el hipnotizado responde al lla­
m ado que se había lanzado a sí m ism o vía el p rod u cto: al igual que
el hipnotizador no lanza al sujeto más que la conm inación que esta­
ba dispuesto a oír, que pedía oír; aquí, el hipnotizador es la droga.
La paradoja del toxicóm ano es que aboliendo su identidad es
com o la "re a liz a ” . Como siempre, se trata menos de anular lo real
que de "a tra p a rlo ” prim ero. El sujeto se enfrenta con lo real de la
identidad, lo real de la ley que podría identificarlo. Y lo imposible
de esta ley, es lo que él niega. Es posible que en su infancia haya
su frido una ley tanto más fu erte cuanto que estaba vacía, y su ho­
r r o r (véase su aversión por el padre) le sugiere una ley verdadera,
digna de esa M adre a la deriva, una ley que los realizará a ambos
en su creencia en osmosis. E l quiso aspirar a lo im posible de negar,
y eso es lo que pasa por lo "verd a d ero ” , la últim a verdad: la cara
oculta del Otro sería anulada al lado de la cara visible. Mencionába­
m os esas fam ilias en las que tras la pérdida de uno de ellos por so-
bredosis, el otro hijo que hasta entonces no tocaba la droga toma
el relevo: alguien debe estar en el puesto, com o centinela de la ver­
dadera Ley cuando los demás roncan. Como para creer que el
punto-droga, el punto perverso, está enganchado allí, encima, como
im perativo radical, no "v iv id o ", insoportable, pero asumido.
ELLA: ¿Es la transm isión de un suicidio?
é l : O el su icid io de una transm isión. La tom a del Otro pasa por
la tom a del producto. Se trata de in scribir la necesidad más que de
colm arla, y el drogadicto necesitado se inscribe "verdaderam ente”
en el lugar de la necesidad pura: encarnación, transustanciación de
la Ley, palabra y huella fusionadas y por ello abolidas; tiem po ce­
rrad o sobre ese cuerpo-dolor víctim a de su Pasión . . .
Se pueden añadir algunas observaciones.
En la "toxicom a n ía", com o en toda perversión, el h orror se mez­
cla con lo sublim e, lo abyecto con lo trascendente; y por eso los dos
polos extrem os de la relación con el O tro son convocados y atorni­
llados uno al otro (un verdadero sím bolo son esas sesiones de larga
desobstrucción fecal que alternan con los arrebatos más sublimes
del ser). Por lo demás, al principio hasta el "gu sto ” de algunas dro­
gas es a la vez innoble y extático. En cuanto a la etiología, algunos,
piensan innovar diciendo que la "ca u s a " de la toxicomanía, lo que
em puja a ella, es la curiosidad, el deseo de saber en el fondo. ¿Por
qué no? Pero podem os ver m uy rápido que es exactam ente el pro­
yecto de capturar al Otro; pues esta Ignorancia, esa "S acralid ad ”
que se quiere asir, ¿en qué se convierte una vez alcanzada? Teñe-
mos en las manos (o más bien en el cuerpo) ese saber absoluto; nos
convertimos en eso; y por ello ya no hay nada que saber (sería im po­
sible que hubiera algo más que saber: el m ovim iento del saber está
bloqueado justam ente en esta identificación). La distancia consigo
y con el Otro se ha anulado. De ahí el cam bio inm ediato del deseo
de saber en h orror de saber, por no d ecir en saber del h orror pues­
to que una vez más ya no hay nada que saber. El drogadicto no in­
tenta saber sino tenerse; y una vez que lo ha logrado, listo, se ins­
taura el vínculo que lentam ente absorbe al O tro en un zum bido de
absoluto donde todo está ya sabido.
Y una vez que " lo tien e" el producto al que se integra, entonces
se celebra el segundo nacim iento a voluntad, la relación erótica len­
tamente desplazada hacia un m asoquism o sexual no disim ulado;
tomo al azar en un texto reciente: "...habiendo entrado en m í hasta
la médula, el op io im pregna mis ca vid ad es. . . penetración tan to­
tal. . . déjate am ortajar. . . me vu elvo á acostar dentro de m í” .
Sin em bargo se ha anunciado y obtenido un éxtasis “ intelec­
tual” . Pero, a través de los testim onios y las experiencias, no enun­
cia más que trivialidades decepcionantes, apenas realzadas p o r al­
gunos giros poéticos (cuando el sujeto es además un poco poeta):
" . . .célula de éxtasis. .. sobrecogim iento saqueador. . . efecto sa­
grado . . . pupcias m ística s. . . sentim iento o c eá n ico . . . elevación
del ser clavado en su cruz de éxtasis. . . encantam iento carceral",
expresión justa al principio, puesto que el v ín cu lo to xicóm a n o a fir­
ma lo carceral del m undo, y pretende tratarlo asum iéndolo absolu­
tamente, “ qu eriéndolo": prisión de por vida, ávida de sí m ism a sin
que nadie sepa lo que sucede a llí puesto que no sucede Nada (lo
cual, com o todos sabemos, no es nada).
Lo que el sujeto tendría que decir al respecto sería una enuncia­
ción de ser, sin enunciado posible, en todo caso sin "id e a " precisa;
si no puede decir ninguna idea, es que el decir de la idea se une a
su fuente y la anula. (De lo cual se deduce que nuestros pensam ien­
tos son ritm os del Otro que pasan por nosotros: si el O tro es cauti­
vado o integrado, hay más necesidad de decir otra cosa que esta
captura; y se hace el silencio, la pasividad resplandeciente o brutal.)
Y esta compulsión porque lo "ten ga ” a uno el vínculo más fuerte
puede realizarse prim ero con el producto, luego con los subproduc­
tos, incluso a veces por la instancia que "asum e la responsabilidad” ,
buena o mala m a d re. . ., la instancia que trata o que sübtrata el de­
secho voraz en que se ha convertido el toxicómano.
Además voy a decirle una cosa para divertirnos un p o c o . . . Todo
el fenóm eno de los m edios de com unicación debe ser revisado des­
de el punto de vista "toxicóm a n o"; pues sorprendentem ente, sólo
notamos el aspecto: m uchedumbre drogándose en la imagen (y pa­
siva, la pobre, qué podem os hacer para defenderla, cuando dicha
muchedumbre, individualm ente, no piensa en otra cosa); no se ha­
bla del otro lado del montaje, del lado del " o tr o ” , es d ecir de todas
esas siluetas del mundo de los m edios de com unicación que se into­
xican con la M irada fija en ellas, con las m iradas que las “ inm ovili­
zan” y les dan su consistencia, la única que a menudo tienen. Hay
que ve r a algunos desm oronarse cuando no tienen su dosis de mira­
das; necesitados, literalm ente deshechos, com o el drogadicto más
estándar; conozco algunos que recorren Europa com o locos para
obtener algunos m om entos en la tele, algo para com pletar la dosis
semanal, para llega r al flash, al orgasm o. Además, com o las mira­
das de los demás (que les sirven de droga o de producto o de semen)
no los ven, tiene uno la im presión de que se drogan c o n . . . sí mis­
mos. Lo cual nos devuelve a la autorreferencia narcisista. En todo
caso parece que la entidad interesante no es ni la muchedumbre
que se da sus toques en la imagen, ni aquellos que se emborrachan
al inyectársela recogiendo su tensión; es el acoplam iento o el diálo­
go de esas dos partes, su im pulso común para capturar el Objeto-
M irada, quizá para ob jetivar la m irada divina que desde hace tanto
tiem po se apartó del m u n d o. . .

4 . E L R EG R ESO d e l t o x ic ó m a n o

ELLA: Y a m encionó usted el regreso m aquinal a la droga; ¿y el re­


greso de la droga? ¿Cuando se regresa de ella, y que es espantoso
según todos?
É L : Curiosamente, lo que da sentido a la aventura perversa, fun­
dada en el cam bio, es el "re g re s o " hacia la vida con su orden y su
caos; el regreso fu era del fetiche. Cuando ha tenido lugar, ese "re ­
g re s o " es tan rico que aclara muchos trayectos humanos que se
desprenden del m iedo, del encierro, cuando al ya no poder manejar
su autonomía, su cam bio perverso, se vuelven hacia otra cosa. . .
El regreso de un viaje dice mucho, siempre, de las verdades de ese
viaje, y tam bién de su causa. . .
e l l a : ¿En qué consiste ese regreso; ese destete?. . .
É L : Es menos un destete — el perverso mamaba la nada— que
una ruptura de la burbuja tóxica, una ruptura del cam bio. Si el feti­
che es un circu ito cerrado, ese regreso rom pe el circu ito y lo des­
pliega; en una especie de hélice abierta. . . Ese regreso aclara el
apretón del torn illo que hace poco le puso la tuerca perversa; lo
hizo perverso. . . A l atravesar la "m u erte" que im plica ese regreso
al m undo, uno se desprende de la m uerte y del program a de traerse
al mundo solo, a través del Otro capturado. El regreso es a la vez
voluntario e inconsciente, y concierne a todos aquellos que hacen
el viaje de drogas hipócritas, intoxicados de creencias "lo c a s ” , de
convicciones retorcidas, de ideologías que los apabullan. . . " R e ­
gresar” , en algunas lenguas, es poder al fia "resp on d er” . . .
e l l a : ¿Qué no es siem pre así? Un suceso violento, una sacudida
de la historia, son masas que se drogan, que se "p ica n ” o que ya in­
toxicadas regresan a sí mismas, regresan involun tariam en te.. .
é l : . . . o cam bian de droga. En periodos norm ales muchos se
conforman con un via je sin regreso, sin ida tam poco: el avión no se
movió, flecha inm óvil, pero la vida ha pasado; dado que todo es fe ti­
che ya rio hay fetiche; uno repite una y otra vez las norm as adm iti­
das, y para realzar esas tomas de drogas edificantes se dispara a los
"cred i” agotados. Vaya, "c r e d i” , lindo plural de cred o . . .
Así pues, el " regreso ” es cuando el drogadicto consiente en dejar
de estar reducido a sí m ism o y al vínculo autónomo que ha centra­
do en el producto. Dejar de estar reducido a eso, sin por ello c o n v e r­
tirse uno m ism o en el p ro d u cto o el subproducto de otra perversión,
la social sobre todo, la que se hace cargo de él y que está dispuesta
a consumirlo, a deleitarse con é l . . .
e l l a : Dice usted: no reducirse a uno m is m o . . . Leí a un experto
en toxicomanía que se preguntaba: ¿llegará el drogadicto a "a c ep ­
tar otra cosa más que él m ism o” ?
ÉL: Ése es más bien su lem a com o "p e rv e rs o ": no aceptar nada
más que él; cerrado en su identidad p o r el p rod u cto. De lo que le
hablo es de un consentim iento de lo que puede o cu rrir al O tro en
su calidad de indefinido, y que realm ente se nos escapa llevándose
una parte de nosotros, la esencial.
En realidad todo el mundo quiere consentir en el O tro con tal
de que éste prevenga sobre su otredad; si sabemos de antemano,
si estamos "p o r en cim a" del Otro, entonces éste puede m an ifestar­
se. . . Es divertido. Para el perverso es todavía más d ifíc il dado
que la perversión es estar por encim a del O tro y hasta encim árse­
le. Y a ve que el "re g re s o " supone que salga de una postura acusa­
dora sobre todo con respecto a los padres que no dijeron esto,
que no hicieron aquello, que tendrían que haber sospechado que,
etcétera.
e l l a : Pero el toxicóm ano no es el único que se am para en esta
postura. Conocí a mucha gente que salía del psicoanálisis con un
cuaderno de quejas así de grueso contra su fam ilia, sus padres, su
historia, lo que les hicieron y lo que no les hicieron, y el herm ano
que un día lo abofeteó y la hermana m ayor que le im pedía cantar,
y la m enor que estorbaba para flir t e a r . . .
ÉL: Entonces se quedaron sin regreso, sin otro regreso que esta
pequeña perversión de od iar al Otro; de inm ovilizarlo. Ése es el
p u n to p erverso al cual algunos se agarran: está el O tro en,el que se'
convierten, es su narcisism o inflado; y está el Otro al que rechazan:
es su historia, sus padres, la m adre que no "g o zó ", el padre que no
"h a b ló ” , los padres que no "tra n sm itieron ” . . . Como si de todas
maneras no hubieran transm itido su desesperación p o r transmitir.
En fin, eso halaga al "s u je to ” , eso lo consuela: si hubiera nacido
so lo no estaría a h í. . . Es común esta tram pa que encierra juntos
al acusador y al acusado; proceso sin salida. Es quizá un proceso
así el que tuvo lugar antes pero en silencio, y que d esem b o có en la
elección perversa.
e l l a : Pero adm itir que las fantasías de su m adre n o dictaron la
ley y que son com o tantos otros bloques a la deriva jugables y des­
b arata b a s, no es sencillo.
É L : Supone desprenderse de ello, renunciar a su desgracia o
aceptar cam biar de desgracia; quizá un pequeño lado de apuesta
pascaliana. A m enudo se dan todas las señales de un regreso a la
norm alidad y se desplaza la escena perversa hacia la de las asuncio­
nes de responsabilidades, m uy vasta. Después de todo, el perverso
a su m ió la responsabilidad de sus padres, cuando se decidió por el
sacrificio, por el sacerdocio del fetich e. . .
E LLA : Bueno. ¿ Y llega ese regreso?
É L : Sí. El regreso es algo distinto a colocarse o entrar al redil; es
asum ir el ser a través de lo existente. Asum ir ser no es hallar la uni­
dad inicial, la unidad de "antes de la ruptura” ; lo hemos visto, es
la ruptura la que nos hace ser o la que nos lo hace saber. Se trata
p o r el contrario de no identificarse con el Uno. El proyecto p erver­
so era rehacer el Uno, y para ello in m ovilizar al Otro, quedar por
encim a de la parte de inconsciente que lleva. El regreso rearticula
una ruptura, una ruptura que al m ism o tiem po crea vínculo, hace
lu ga r al Uno y al O t r o .. .
e l l a : ¿Es análoga su ruptura-vínculo a la que en un grupo sepa­
ra lo h u m a n o de lo divino y al m ism o tiem po los ata?
É L : Es cierto que lo que los separa es también lo que los hace
cruzarse de vez en cu an do. . . Pero esta ruptura nos sucede a todos
nosotros, sucede a cada grupo, en m edio de su ideal, en su campo
" d iv in o " si usted quiere; pues lo divino tam poco es muy hom o­
gén eo. . .
e l l a : Entonces, si no podem os esperar "re stitu ir al sujeto su de­
ven ir de antes de la fra ctu ra ", com o se dice. . .
E L : La fractu ra es una transm isión de inconsciente y se trata de
in iciar otras m aneras de vo lver a realizar esta transmisión; otras
soluciones que escrib ir ahí la ley absoluta, aun cuando esta solu­
ción está en un sentido "ju stifica d a ". En el fondo, ¿puede el droga-
dicto consentir en lo injustificable, en lo infundado inherente a las
transmisiones humanas? Es la cuestión, es, repitám oslo, la parado­
ja de aceptar cam biar de felicidad cuando se está ya en plena “ fe li­
cidad” . Se trata de ayudarlo a co rrer un riesgo, más que a in tegrar­
se a otros vínculos sin riesgo. Pues com o tal, el toxicóm ano no
corre riesgos: lo que le espera está catalogado, es posible escribir
su historia del año próxim o, sabemos que m ientras tanto no ocu rri­
rá nada. . . distinto¡ y lo sabe porque ha trabajado para eso; es su
ideal. Mientras que a otro que no está parapetado en un m uro fóbi-
co o una burbuja resplandeciente o un fetiche resistente, p u ed en
sucederle cosas; corre el riesgo. El suceso —una señal del O tro—
puede o cu rrirle. . .
e l l a : Oiga, a su toxicóm ano le hace falta una buena llam ada del
deseo, un deseo inspirado. . .
ÉL: Usted sabe, hasta "sim p les” neuróticos — no tan sim ples en
realidad— m anifiestan el deseo de cam biar; el deseo. Pero puede
suceder que aquello se incruste, que no quiera moverse, sin más ra­
zón que la voluntad de rechazo, es lo que llam o el punto perverso,
el punto en el que a qu ello no quiere, o m ejor dicho, el punto en el
que a quello quiere no. N o es verdaderam ente “ resistencia” , es una
pequeña construcción autónoma, vina ligadura un tanto fetiche,
como si fuera su últim a carta, y el sujeto no la juega porque la tom a
por su últim a palabra, por la im agen de la prim era palabra que
cree detentar, por su origen que no qu iere soltar. . . Es ahí cuando
cierta seducción retom a sus derechos, una seducción del incons­
ciente, y no una seducción por algo “ m e jo r” que ofrecer; pues, fu e­
ra del encuentro del amor, nadie tiene nada "m e jo r ” que o fre c e r a
nadie, salvo em barcarla en su viaje que cree m ejor. E l p e rve rso su ­
fre m en os p o r una fractura original qu e p o r el rem ed io que le da, ese
rem edio absoluto que lo ha hundido en una fo rm a de vida y de per-,
cepción muy especiales; ese rem edio lo ha conectado a un vínculo
de vida “ m ortal” . . .
e l l a : ¡Com o todo el mundo! T o d o el mundo está conectado a
vínculos de vida m o rta les. . . todos se m ueren p o r vivir.
é l : Pero en é l es voluntario, concentrado, él es el autor de ese
vínculo que ha fom entado, provocado, manejado, injerido, captura­
do, eso es lo que no es “ bueno” , y es de eso de lo que llega a reg re­
sar, cuando regresa. Ese regreso pone en ju e g o toda la textura sim ­
bólica, la construcción punto por punto, pedazo p o r pedazo de un
espacio de lengua, el surgim iento de objetos-tiem po, de objetos por­
tadores de tiem po, ese tiem po que la adicción había cerrado — no
dejando más que el acto o el inconsciente al desnudo, el a floram ien ­
to directo sin réchazo ni descifram iento, fragm entos de códigos en
desorden incapaces de crear su lengua. Un ejem plo es el fam oso
“ ¡Inm ediatam ente!” , que por lo demás se refiere a la petición de ha­
cerse cargo.
Y en cierto sentido, lo que el drogadicto había pedido a la droga,
después de todo ¿acaso no es que se hiciera cargo de él? L a adicción
es una p etición lograda de hacerse ca rgo. . . Por eso el "re g re s o ” es
trágico: ¿qué h a cer con el vacío que deja una pequ eñ a religión que
explota, un p erfecto am or que de pronto desaparece, Un am or que
no era el am or p o r alguien sino el am or m ism o? ¿Cóm o am ar otra
cosa si lo que acaba de perderse es el amor, el am or “ lograd o” ?
e l l a : ¡N aturalm ente! Y a se sabe, no podem os v iv ir más que con
lo im p erfecto del amor, la im perfección de todo lo que se es. . .
É L : Eso es una frase; pero para el "d ro g a d ic to " el regreso es un
a c o n te c im ie n to : ¿qué hacer ahí donde se aferra por m iedo a ese va­
cío, ahí donde la religiosidad "n o rm a l” parece empañada, con ra­
zón ?
e l l a : N o es fá cil si el terapeuta se niega a hacer las veces de gu­
rú que ofrece una nueva ley, una nueva "leg itim id a d ” de la cual
pron to se hace un fe tic h e . . . Se necesitaría el a con tecim ien to don­
de se le dé lo que tiene: el poder de amar, que nadie puede dar direc­
tam ente . . . Una pareja que pueda dar lo que él no tiene y que eso
se revele soportable.
é l : Pero es p o r falta de eso p o r lo que se hizo “ drogadicto": el
O tro le dio su necesidad que colm ar, le pidió que se hiciera cargo
de él, y el toxicóm ano tran sfirió esta petición a la adicción donde
h alló en qué echar raíces, sólidamente, juntos él y el Otro; de ahí
la paradoja del regreso: el drogadicto debe renunciar allí a la salva­
c ió n , m ediante lo cual quizá sea " sa lva d o ” . . . Debe ahorrar su capi­
tal suicida para aprender a ju ga rlo m ejor.
e l l a : ¿Es verdaderam ente un psicoanálisis el que puede soste­
ner o som eter a un ritm o tales regresos?
É L : Seguram ente no en el sentido estándar en el que se le entien­
de. Es más bien una experiencia de co m p a rtir el decir, una especie
de reposición del acto poético, que roza con lo fetiche pero atravie­
se lo fetiche, que consiente en el “ aza r" y en el L u g a r en fo rm a c ió n ;
una c o m p lejid a d de inconsciente. En esa com partición, la autono­
m ía perversa se convierte en recuperación intrínseca de otredades
incesantes; llam ado y rechazo de significados en fo rm a c ió n . . . con­
sentim iento en el acontecim iento de lenguaje y en el lenguaje com o
acontecim iento; aceptación y búsqueda de pasos im previstos entre
las len gu a s. . . Sólo puede quebrantarse la ley del perverso "ju s tifi­
cán d ola" y no intentando rechazarla, debilitarla por la invocación
de las norm as que la impugnan; se trata de añadir con qué disolver
el aspecto fetiche, incluido el aspecto fetiche de este añadido y de
la autoridad que lo produce.
T o d o esto nos reafirm a la idea de que en otro tiem po, cuando ni­
ño, el futuro drogadicto estuvo necesitado; necesitado de O tro que
pudiera soporta r la necesidad. N o pudo hablar de ello, pesaba sobre
él la am enaza de a su m ir una n orm a qu e pisotea a qu ien es él quiere.
e l l a : H ay algo que me m olesta en su idea de "re g re s o ” que es
dem asiado amplia, dem asiado general: parecería que cualquiera
que sea la ley o la religión a la que uno pertenezca, hay un m om ento
en el que habría que regresar, regresar de lo qu e se es, sea lo que
se sea ; regresar para vo lver a pasar p o r la ruptura que nuestros cul­
tos habían ocultado. . .
É L : Sabe usted, no es lujo; un gran lib ro com o la B iblia casi se
vio obligado a considerar ese caso: es la fam osa historia de Job, que
se había drogado con Dios. Aqu ello funcionaba perfectam ente,
im pecable (literalm ente: sin pecado), y he aquí que la L ey divina que
creyó definitiva y verdadera le estalla en las manos, lo deja fa lto de
ella misma, lo ob liga a la experiencia dolorosa de regresar, no a
Dios o a su religión, sino a librarse del lazo perfecto que vivía. Y ex­
presa el h orror de ese regreso: la falta absoluta de puntos de refe­
rencia, el hecho de no poder aferrarse a nada, sobre todo a los dis­
cursos de los "a m ig o s” que machacan sobre su m oral, sobre su
racionalidad. . .
e l l a : Pero el drogadicto reduce su d olor a la falta del producto-,
así com o Job lo reduce a la falta de Dios, al hecho de que su Dios
le falla, al hecho de que su L eY está necesitada de sí m ism a . . .
É L : Entonces no es asunto de creencia en tal o cual ley, sino de
renacim iento, se trata de una colocación del O tro com o tal, en su
pura otredad. Es la catástrofe de un renacim iento. Y ese h orror
d e l"re g re so ” quizá no haga más que reprodu cir el "s in regreso”
que conoció, "en otro tiem po” , cuando fue expulsado al séptim o
cielo de su fe tic h e . . .
De ahí esta paradoja: es el to x icóm a n o en el regreso, c o m o “ m á r­
tir” , el que logra a pesa r suyo lo que el tox icóm a n o triunfante no lo­
gró: inscribir la necesidad. E l drogadicto era el m asoquista de su
producto, y hélo aquí sin ese producto, sin pareja, con productos
que no juegan el juego, hélo aquí víctim a de la otredad pura, dis­
puesto a venderse al prim er "O tr o ” que se c r e e . . .
e l l a : Justamente, ¿podemos sacarlo de apuros por una especie
de contrato, de renuncia recíproca: él renunciando a su droga y el
terapeuta a su "n o rm a ” ?
É L : Sí, si el carácter perverso del contrato puede disolverse en
esa com partición .del decir, esta transm isión de inconsciente, esa
transferencia del O tro al pie de la Letra, en lo que anima un de­
c i r .. . Pues tratándose de contratos, de conform idad con una nor­
ma, él conoce el terreno m ejor que nadie. En realidad, el perverso,
sobre todo el toxicómano, afronta solo, con las manos desnudas, un
problema que todo conglomerado, incluida la “humanidad”, ha
afrontado, afronta y resuelve las más de las veces mediante la reli­
gión, la magia y la superstición. Es el problema de darse una tras­
cendencia, de darse un nivel de Ley que permita hacer leyes, incluí
so describir las leyes de la naturaleza ligadas entre sí y ligadas a
las leyes humanas; leyes añadidas a la Ley trascendente. Es el pro­
blema de darse una dimensión simbólica dado que se nos escapa.
Lo más razonable fue inventar a Dios —y aun así fue cada vez un
abuso de autoridad. . . tan trascendente como la trascendencia que
producía— , un Dios que fuera autor de esa Ley a la que los hombres
intentan aproximarse; un Dios que alienta o que reprocha según se
ajuste uno a esta Ley o se desvíe. Ese acto “ divino” abre un campo
inmenso a las "lecturas” , interpretaciones, esperanzas, desespe­
ranzas .. . Hasta las oraciones son un discurso que el grupo se diri­
ge a través de Dios, a sí mismo y a cada uno de sus miembros; son
mensajes que su transmisión carga de trascendencia, esa misma
trascendencia que desearíamos suponer que tienen. . .
Pues bien, el perverso se halla en estado de oración muda, de gri­
to, de tristeza, sólo que el Dios al que adora o maldice es él mismo.
Su "regreso” es por ello más problemático: integrarse a una huma­
nidad ya provista de sus creencias, abastecida de sus fetiches, de
sus opios-del-pueblo. . . No es sencillo.
e l l a : Su "regreso" sería entonces el prototipo de lo que se vive
cuando se "regresa” de las creencias, y que, demasiado enterado o
demasiado cansado para buscar otras, no se tiene suficiente amor
o conocimiento como para prescindir de ellas.
E l : En efecto, hay quienes creen en Dios y hay a quienes Dios
ama; y cualquiera que sea el Dios elegido, parece que no son los
mismos. Así pues, el drogadicto, el fetichista, tras la dependencia
gozosa y el abrazo absoluto, debe de "regreso” iniciarse en la inde­
pendencia frenada, en las perdiciones recobradas del deseo; apren­
der a apoyarse en la necesidad misma, la necesidad del Otro y de
Sí. En el fondo, encarna un intervalo demasiado "humano” entre el
paraíso alucinado, el infierno de su pérdida y la esperanza de su re­
encuentro. Felizmente algunas mitologías inventan la falta que jus­
tifica ser "echado” del paraíso. Pero el futuro perverso no tiene la
oportunidad de fantasear con una falta; no ha conocido más que la
angustia del paraíso y del infierno; angustia que le ha proyectado
a una guerra a muerte contra sí mismo y contra el Otro —puesto
que está de los dos lados, puesto que en él pasa una frontera y lo
"fractura” : la de la Ley que ha intentado encarnar. Esta fractura no
la produjo el sistema familiar, es ineluctable-, la cosa es no encarnar­
la,; es el choque por el que se llega al lenguaje; es decir que esa frac*
Ima lo tiene a uno. Pero la familia del perverso no tiene permiso
I' ira (como se dice: "las condiciones no han permitido” ) que esta
11 actura se articule de otra manera que en el ahogamiento.
ELLA: A s í p u es, la a v e n tu r a to x ic ó m a n a c o n v ia je y r e g r e s o s e r ía
una m e t á fo r a d e l d e s t in o h u m a n o : terror a n te e l c a o s , lu e g o crea-
■ ion d e u n m u n d o c o n e l p a r a ís o o c u lt o e n u n rin c ó n ; lu e g o e x p u l-
ion d e l p a r a ís o a c a u s a d e u n a le y to r c id a , m a l fo r m u la d a , e inven­
tan d e paraísos artificiales — d o n d e n o h a y m á s q u e “ o r d e n c a lm a
v o lu p tu o s id a d ” c o m o d ijo a su “ h e r m a n a ” e l p o e ta q u e n o e s c a tim a
■•n el in c e s to ; lu e g o nueva expulsión d e lo s p a r a ís o s a r t if ic ia le s p o r
la m u e r te o la te n t a tiv a d e " r e g r e s o ” q u e q u e r r ía c e r r a r e l t r a y e c t o
o in s c r ib ir lo m a l q u é b ie n .
ÉL: El factor en juego de ese regreso, de esta “ cura" del droga-
dicto, no es tanto que renuncie a su muerte como que acepte que
v le escapa; que cese de dársela por miedo de que sea "Otra". Que
deje de darse la vida también. N o se trata sólo de no ser todo. No
*er todo, sea; pero la dificultad está en dejar que ese no deje huellas
que escapen. Hay un furor creador en no ser uno; en acosar al Otro
que lo decepciona pero que lo “ lleva” a uno; en dejar que los cami­
nos se bifurquen y se pierdan, en agarrarlos por un pelo, en perder
justamente el equilibrio de su mundito. . . Es esta justeza la que el
perverso tiene en la mira y ha tomado por Verdad que captar, mani­
pular. Ha querido tomar en sus manos la trascendencia humana, y
he aquí que de regreso, vuelve manco, superviviente de un paraíso
infernal o de un infierno paradisiaco. Decepcionado o aparecido,
necesita renunciar a ser el autor de su vida y el escritor de su nom­
bre; en su relación de simetría fusional con el producto, el fetiche
o la Ley, el perverso hace las veces de un fragmento de inconsciente:
es el tercero errante que se excluye de sí mismo; y ahí, en el regre­
so, debe incluirse fuera de s i . . . La perversión afirma los límites de
lo indecidible cuando se decide mediante un abuso de autoridad
agarrarse, tomarse uno mismo por el término de su juego. El pro­
ducto confronta al drogadicto con lo indecidible; y he aquí que al
regreso, uno tropieza con la fantasía colectiva, social, de seguridad,
que también tiene su mala mota que colocar, y que quiere hacer pa­
gar caro lo que uno tenía ya, la pequeña felicidad. . .
ELLA: ¿Pero hay alguna salida posible del fetichismo que no sea
fetiche? ¿Una crítica de la ideología que sea no ideológica? ¿No hay
que hacer crecer el fetiche para disolverlo ? ¿No hay que consentir
en los ídolos desde el momento'en que se desvanecen a medida que
desfilan —si es que no hacen más que desfilar?. . . ¿Acaso no hay
oposición entre la verdad y la búsqueda de la verdad?
ÉL: Hay búsquedas verdaderas que la Verdad no ciega; buscan y
ponen en movimiento la capacidad de buscar, de desear. Los “ per­
versos” son aquellos que se han quedado allí, en los resplandor»
donde el deseo alucinado hace creer que ha capturado su ley finall
o inicial; que no regresaron. El problema de la ley no tiene otra
solución que el amor, el amor inconsciente; solución ilógica, infun­
dada, imposible, pero que por lo menos vuelva a plantear el proble
ma al infinito, al infinito del tiempo y de la generación de las len
guas. . . Las otras soluciones —seducción, enfermedad, crisita
perversión— son pausas, etapas, pasos posibles donde muchos se
atascan fascinados por la solución final, suicidá, pero incapaces de
recoger los frutos del "suicidio"; los "regresos” de esas soluciones
son decepcionantes, y hasta insoportables.

5. DUELO

ELLA: ¿Qué s u c e d e Con e l d o lo r d e l r e g r e s o , s o b r e to d o e n e l c a s o


d e l t o x ic ó m a n o ?
ÉL: Su vínculo con la necesidad es tan violento que lo confina a
un duelo radical del ser. Al mismo tiempo este dolor es el refleju
invertido de una anestesia que se desmorona en el momento del re­
greso.
e l l a : ¿Pero de dónde viene esta anestesia?. . .
ÉL: ¿Dónde tiene usted la cabeza? Hemos visto que la perversión
niega la-falla de la Ley encamándola; niega que la Ley sea una dis­
persión simbólica. Esa negación se apodera de toda la realidad; la
alcanza desde el momento en que ya no es indiferente. La realidad
sufre ese curioso tratamiento que anestesia casi todo salvo la zona
psíquica interesada. Es sencillo de comprender: si el Otro es "des­
truido” o neutralizado, el dolor ya no tiene lugar, puesto que es la
irrupción del Otro en el campo narcisista, así como es comprensi­
ble el hecho de que el factor en juego perverso marque toda la reali­
dad, puesto que se refiere a la Ley y por lo tanto al lenguaje. Se sig­
nifica en un ritual preciso, pero el factor en juego es global, así
como el acceso al lenguaje.
ELLA: Es un triunfo asombroso, anestesiarlo todo incluido el se­
x o .. . La perversión parece una fobia lograda.
ÉL: Lo sería si anestesiara también la relación con el producto,
con el fetiche. . . Pero entonces ya no habría nada. Ahora bien, hay
dolor desde que la cuenta narcisista queda al descubierto; desde el
momento en que hay "necesidad” ; la necesidad equivale a una
irrupción del Otro, a un estrago.
Tanto el neurótico puede estar en el sufrimiento, es decir en la
espera, de sí mismo o de una señal proveniente del otro, como el
I"-iverso está en el dolor: el duelo convertido en Cosa, la pérdida
■ (invertida en fetiche. Usted sabe que dolor y duelo tienen el mismo
■■lintido.. . Hacer un duelo es disolver un dolor para transformarlo
j-n sufrimiento; si es demasiado “ duro” se lo pone bajo el sigilo de
una anestesia más amplía que ‘significa” el dolor, sofocado pero
presente.
ELLA: ¿Y por qué está en duelo el perverso?, ¿por la Ley que no
i .. por la madre que no tuvo?
ÉL También puede decir: ¡por la madre que tuvo!, o que lo tu­
v o .. . En realidad está en duelo del Otro, y él es el duelo que el Otro
tiene de sí mismo; duelo imposible, que el niño convertido en adulto
embalsama con sus fetiches, cuando para sostener las creencias del
Otro las encama simplemente. Y es doloroso la diferencia entre su
cuerpo y el cuerpo del Otro con el que está encorsetado: el cuerpo
del nombre que se da como fetiche, o como loca creencia en la ma­
dre virginal. . .
e l l a : De todas manera, estar en duelo por un ser querido reacti­
va el duelo de lo que él no fue, de aquello con lo que no se vivió, de
loque no se vivirá jamás.
ÉL: Sí, se intenta resignarse al vacío que se sentía en ese ser que­
rido . . . por nosotros, cuando estábamos en su presencia, cuando
su presencia estaba viva. Resignarse del Tiempo no sucedido.
ELLA: Es curioso, pues lo que se ha vivido con ese ser nadie pue­
de quitárnoslo, no podemos perderlo porque ya lo consumimos;
pero es el resto lo que duele. . .
ÉL: El resto que n o tendremos, por el hecho de que somos ese
resto, despojado. . .
En principio, aquellos que viven su vida temen poco a la muerte,
ésta no puede quitarles lo que han vivido y que es justamente su vi­
da. Pero eso no es más que un principio. . .
e l l a : ¿Por qué diablos se dice que el perverso está en duelo por
el “ pene dé la madre", o por la "promesa” incestuosa que supuesta­
mente ella le hizo?
ÉL: En efecto, eso es más complejo. Por lo demás el perverso se
presenta a menudo como el hueco de un pene, cava en sí la tumba
de cualquier pene imaginable, está por encima de todos los falos.
En cuanto a la “ promesa", sería más bien la que ella se hizo a sí
misma, dicho de otra manera su creencia. Por ejemplo la madre
creía ser la lengua que transmitía, y el hijo está atrapado en esta
creencia. Se ha enamorado de ella. Ha tomado al pie de la letra las
aperturas maternas donde se precipitan como copos otras creen­
cias . . .
ELLA: ¿Y d e s p u é s ?
ÉL: Después queda el dolor. El masoquista encuentra en él el
apoyo que sabemos, para cautivar la parte del Otro. Pero es que, en
el abanico de las sensaciones posibles en el que recupera su víncuU)
con el Otro, el masoquista no tiene más alternativa que placero d o
lo r ihora bien, el placer es descartado porque volcaría al otro en
una confusión en la que nada se inscribe, mientras que el factor en
juego es inscribir la Ley como tal. Queda el dolor, mezcla viva de
vida y muerte; y eso no engaña ni se engaña, es bien sabido: una mu
jer puede fingir placer en la relación sexual en la que supuestame»
te debe sentirlo; pero uno no finge dolor cuando le golpean hasti
que le hacen daño. Se ha visto que el dolor lo hace gozar como señal
mientras dura el cuerpo a cuerpo en el que debe dominar al Otro;
cuando este agarrón termina, cuando se ha atravesado el procesQj
el masoquista deja de soportar el dolor, estúpidamente; fuera de su
escena, le da horror que lo empujen.
ELLA: Ya veo, se imagina un contrato en el que uno se compro­
mete a dar placel' al otro, a ser por un tiempo su apéndice de goce,
mediante retribución, un contrato únicamente consagrado al pla­
cer- por ello el acento perverso es mucho más leve, nada de la Le y
está inscrito, sería simple prostitución. .
ÉL: . . .que tiene componentes peí-versos. Pero su ejemplo puedf
ampliarse cuando el vínculo entre el fiel y su dios se vuelve contfli
to —tú Me haces gozar y Yo te defiendo Cuando no está abierta
al vacío de una transmisión, raya en el contrato perverso. El reli
gioso tapado, cerrado a lo que sucede, está de plano adentro. Felij:
mente “ Sucede” algo, Dios da cuchillazos al contrato —"¡n o es asi
como se Me hace gozar, por Dios!"— y he aquí a los fieles en faltfi
murmullos en la asistencia, ¿y ahora qué hemos hecho?. ., Duelf.
pero elude la perversión.
ELLA: Volvamos al dolor. Usted hablaba de é l como de u n fe tl
che
ÉL: El dolor es cuerpo del Otro petrificado en nosotros, frag­
mentos de Otro mortífero: en estado puro, es el dolor de la necesi­
dad en el drogadicto; un duelo del cuerpo del Otro presente en su
ausencia; irrupción negativa; negativo en erupción.
D olor y flash parecen isomorfos; dolor de la necesidad y flash Jr
colmar; el dolor es el "colmanecesidad" del drogadicto. irmpcujui
hemorrágica y deliciosa de Sí en Sí pasando por el Otro abolidli
masturbación del Ser y no sólo de un órgano; disolución del Otro
en la discrepancia de sí. Hasta el dolor es entonces recobrado comí-
forma sin energía del ser
e l l a : Algunos dicen que el perverso está en duelo por no habí i
sido el objeto ideal para el Otro
ÉL: Entonces ¿por qué ha tomado ese camino? ¿Le permite reali
zar ese duelo? Está el duelo de un yo “ otro" o de un yo del Otro,
leí que ha hecho un ídolo. En el factor en juego perverso, el dolor
i s a la vez muestra de la ley y muestra de que se la rebasa; según
lu idea de que mientras más me duele, más fuerte es la ley que me
i astiga o que afronto. Y manipulando el dolor es al final de cuentas
la ley absoluta la que uno tiene.
ELLA: Sin embargo toda prueba se presta a la invalidación, por
I» tanto esta prueba no tiene fin: ¿dónde detener el raudal de prue­
bas cuando uno mismo es la fuente y el objetivo?
ÉL: El masoquista es un ejemplo de esa detención; en eso es para
nosotros una especie de abstracción perversa, un fetichista de la
percepción, una estrategia modelo para atrapar al Otro e inscribir
- í u hundimiento en el campo narcisista: basta con que el sujeto se

ponga un accesorio, un instrumento —de tortura o no—, que lleve


en su cu erpo la huella palpable de una ley hecha. . . Y ahí ve la enor­
me confusión que corremos el riesgo de cometer con la actitud neu­
rótica en la que se lleva en el cuerpo la huella de lo que jaita al Otro,
el emblema de una queja sobre el estado incompleto de esa ley. Por
el contrario, la ley que lleva el perverso no es sólo artefacto, es su
objeto de deseo, objeto reducido a lo accesorio que se' vuelve lo
esencial; emblema de gozo acabado, de un saber realizado, de una
seducción cercana a la muerte.
e l l a : Por lo tanto el perverso sabe lo que otro rechaza; es su sa­
ber de la Ley lo que lo libera de ella, y le hace superarla.
é l : Para él si ella no tiene valor de ley es que no es la verdadera,
la que él produce y encarna» El aspecto desafío a las leyes no es más
que un primer paso de su proceso. Decir que el ''drogadicto” no
hace más que desafiar a la policía, o a su familia, es un poco simple.
Un poco idiota. ..
e lla : . por lo tanto un poco perverso, puesto que dice usted
que lo idiota es no-saber encarnado, vuelto cuerpo-saber, eximido
de ese saber. . . Bueno, Así pues, la paradoja es enervante, decirse
que el perverso, sobre todo el masoquis ta, al manipular e) dolor tie­
ne como blanco aquel que se lo mflige.
ÉL Pero es mucho más vasto que una escena de dos; el compañe­
ro puede ser un fragm ento de la sociedad que atrapar, que atrapar
por sus límites, como el masoquista tiene por blanco al compañero
que limitará.
e l l a : ¿ Y si aquel que le inflige ese dolor tiene un proyecto aná­
logo?
ÉL: Es que el masoquista y su pareja no forman más que un dis­
positivo. Y eso aclara un campo más vasto: el de la arm onía entre
un con glo m era d o y los p erversos que secreta; entre una ley en sus­
penso y aquellos que encarnan la versión fetiche, la aversión feti-
chizada. Armonía cordial, rencorosa, indestructible, astuta.
e lla : Pero la pareja del masoquista es un sádico. ..
ÉL: No. No más que el masoquista, ni menos. Es una pareja-dt
masoquista, que participa con él en la prueba de la "verdadera"
ley.
e l l a : La perversión es pues la conjunción de dos instancias par
tidas; eso nos remite a la histeria. . .
é l : N o , la histérica sufre esta conjunción de uno y Otro en ella'
sufre por el colíage con su madre, se queda antes; el perverso pro
duce esta conjunción para abolir los términos, los supera con su
montaje.
e l l a : ¿Y eso es lo que duele?
É l: S í ; hacer que el Otro lo derrote y renovar esa "derrota" para
hacer contacto con el Otro al que hay que capturar por sus límites,
duele. Quizá el dolor del drogadicto en el "regreso" no es sólo el de
la "necesidad” sino el del contacto con el mundo que funciona un
poco como Otro que tragar, que digerir. . . Y es un producto curio
so. . . inasimilable.
e l l a : S u idea del dolor como irrupción del Otro en el campo
narcisista. . . ¿en qué el dolor de un niño necesitado de su ma­
dre . . . ?
é l : Dado que su madre no está allí, está abandonado sin recur­
sos a la irrupción de ese Otro que es la necesidad. Su "campo” care­
ce de límites, es el dolor y la angustia.
ELLA: De acuerdo; cambiemos de ejemplo: el dolor del alumbra­
miento, ¿en qué. . . ?
ÉL: Antes del parto, con su agitación y contracciones, el campo
narcisista de la madre estaba completo, y he aquí que el Otro hace
irrupción, el Otro en el que ya se convierte el niño, que llama a la
puerta como si viniera de otra parte, el Otro que es la necesidad de
procrear, el Otro que es la especie, el Otro-Mujer; por ejemplo la
propia madre de la parturienta con quien tiene que "explicarse” , de
la que tiene que separarse. . . En todos esos casos, desgarramiento
del campo narcisista. Por lo demás, ya se sabe que uno inviste "nar-
cisistamente” la zona dolorosa; es posible convertirse en esta zona,
reducirse al punto que duele. . . Esta investidura, por una nueva
carga narcisista, subraya el hoyo producido por la irrupción, acen­
túa el vacío, pues un dolor puede "vaciam os” completamente, a la
vez bombeamos y echamos fuera de nosotros; ya no hay nadie; vea
la pérdida de conocimiento: ya no hay nada para investir el mundo,
"p or tanto” ya no existe.
e l l a : ¿Y el dolor psíquico?
ÉL: Siempre hay la irrupción, pero el campo narcisista es más
amplio que el "cuerpo propio” ; comprende las imágenes del cuer­
po, los objetos que nos prolongan. El dolor psíquico es la investidu-
i i %tn g a r a n t e , la c a r t a in t r a d u c ib ie , ile g ib le , s in r e s p u e s t a p o s ib le ,
i [Link] : E s o r e c u e r d a la n o s t a lg ia d o l o r o s a . . .
1 1 Pero la nostalgia es dolorosa, aún cuando el dolor sea exqui-
ilti i La nostalgia no es el regreso del dolor, sino el dolor del regreso
■n estado puro, regreso de lo que sin duda no tuvo lugar; nostalgia
./.■ la época im posible. El dolor traumático hace las veces de objeto
■le deseo, tiene su nombre de tristeza, su forma con la que se fami­
liariza (aclara así la intuición perversa: extraviar al otro en el dolor
i|iit provoca, y arrinconarlo allí). E ste d o lo r del traum a es el naufra­
g o de una transm isión, ahí donde el fin se hunde en su origen. El
Iinverso quiere dominarlo, y por inversión ese dolor lo domina y
10 confunde con él: con el objeto de transmisión; se convierte en ob-
i 'tu precioso y desecho; embrutecido y avisado: la anoréxica se pre­
vale de ser incomprendida, y el drogadicto de detentar el saber in-
I I ansmisible. ..
e l l a : Sobre el místico decía usted que revive en acto el origen y
1 1final de una transmisión, que se pierde en Dios y vuelve a perder
■Dios en él, en una caída libre del s e r ... ¿Serán los drogadictos
los nuevos místicos?
é l : Es seguro que en opinión de Santa Teresa o de Juan de la
Cruz es una seria baja de nivel. Pero como el resto también ha baja­
do, incluyendo la relación con lo divino, con el fetiche, ahí nos ha­
llarnos. el factor en juego se mantiene: apoyarse en el objeto en el
que uno se convierte para superar su muerte dándosela, a d m in is­
trándosela. L a p erversió n es una " adm in istra ción ” de la m uerte;
muy simple a veces. Trata las pulsiones de muerte no unidas, expul­
sadas por el grupo; es la im potencia del gru po para u n ir las pu lsio­
nes de m uerte que secreta para alim entarse co n ellas. Algunos suje­
tos reciben esas pulsiones de frente, como un llamado de otro
mundo o una misión sagrada. El montaje perverso no las disuelve,
las paraliza, 'as hace más mórbidas al añadir su acento de muerte:
ser la verdad de un sistema es ser su punto de ruptura, su tensión
límite, su dolor petrificado, su agotamiento de ser.
e l l a : Es conmovedor ver a un ser vivo llevado a buscar p ru ebas
de vida y de ley, y ese contacto límite entre la lógica y lo vivo que
para otros es evidente. .
é l : Una prueba que sólo remite a sí misma es una prueba. La
perversión es inscribir y c o m p ro b a r la ley con su cu erpo; ser el es­
clavo idólatra del Otro capturado en sí; el testigo lúdico de su
naufragio.
e l l a : En suma, los perversos se han convertido en amos en el
arte de ser esclavos...
ÉL: En el arte de casar el goce d el a m o y del esclavo; así como en
el de echar uno en el otro lo consciente y lo inconsciente.
e l l a : La idea de que el dolor no engaña..
é l : ¿No engaña sobre qué? ¿Sobre el sólo hecho de sentir!'?
0En qué es garante de verdad? No es sino su señal ya fetiche: es vcfJ
dad que se siente ese dolor, pero ¿a qué otra verdad remitiría si nu
es a la que funda?
e l l a : En el fondo la práctica fetichista, sobre todo la d e la dio
ga, es una manera de vivir más allá de la propia muerte. ¿Es quijut
una manera de escapar a la locura?
é l : Pero la perversión es una locura organizada, controlada, cu
lo que la salva de la locura caótica. Es una especie de pequeña locu
ra hecha adrede, querida, como el castigo querido por el masoqijji!
ta. Un peí-verso que se ignorara, que no contara con los medios partí
conocer su perversión, estaría loco o idiota.
En cuanto a la expresión de moda "es su manera de” , me irrita
Gracias al psicoanálisis se dice hoy: pues sí, entró y le dio un pai
de bofetadas —era su manera de decirle que la amaba—, luego ella
llamó a la policía —era su manera de hacerle presente la Ley—, luí
go ella se sintió muy mal —era su manera de gozar— y luego. . . El
lío de la m etáfora..

Nuestras opiniones desarrolladas más arriba, por breves que seaiíi


contrastan bastante con los discursos y las presuposiciones de va^
rias instituciones que pretenden tratar a los "drogadictos” . Pode
mos preguntamos por qué dichas instituciones no afinan más su
análisis; la respuesta es que no es necesario, pues adernáb de quí
un cambio así podría crear amenazas nuevas al principio de exis
tencia de esas instancias, es preciso señalar que lo que más les im­
porta es ante todo existir, hacer gozar plenamente su principio d<-
existencia, por lo tanto asegurar un acoplamiento estable y perfec­
tamente a punto entre ellas y aquellos a quienes tratan o sublratau
Por supuesto ese acoplamiento tiende a funcionar a partir de mo­
dos perversos pero ,qué importa en cierto sentido, si ello no resul*
ta explosivo; si resiste; si es un recurso' 'mejor que nada” ? (Una ló
gica análoga rige la enorme masa de instituciones destinadas a
“ tratar” el desempleo, a "manejarlo” : lo esencial es que su acopla
miento con los deseinpleados “ resista” , y sea lo suficientemente es­
table; a fin de cuentas es su perversión y hasta su franca idiotez la
que más le garantiza su existencia y duración.) Querer afinar el
análisis es hacer que excrecencias más bien benignas corran los
riesgos que por naturaleza excluyen, en caso de haber sido el ho­
rror al riesgo lo que las provocó. Una cosa es segura: el principia
de existencia total (narcisista) que inspiró al perverso desde el co-
inicnzo, inspira también, a la llegada, a quienes se encargan de tra-
I ti lo; esto complica singularmente la tarea, que en algunos lugares
i afronta con hermosa simplicidad, erigiéndose u ofreciéndose
orno espacio de cierto vínculo que crear a partir de "nada” ; por lo
monos ello da prueba de que se ha tomado nota de esto: de que se
liuta de una “ enfermedad del vínculo” .
1
¿Es típico de la perversión el paso al acto ? No, todo el mundo lo ha­
ce; se pasa al acto lo que ya no se puede decir, retraducirse; se pasa
al acto la impotencia de decirlo, o de actuar.
A veces no puede decirse "paso al acto"; hay acto puro, fulguran*
te, la idea de paso ni siquiera tiene lugar. Por ejemplo, un niño se
hace una cortadura, sin ninguna "razón” perceptible; es como si sa­
liera de cualquier conducta hablable, como si saliera del lenguaje
El objeto fóbico también es una punta de extrañeza fuera del len­
guaje, un empujón hacia lo indecible; allí el lenguaje está fuera de
é l . . . Parecería no que "el sujeto no sabe lo que hace", sino que
para él el Otro lo sabe todo, y que en ese acto en el que se expulsa
fuera del lenguaje, está a punto de convertirse en la pareja perversa
de ese Otro; se convierte en el nada de ese todo que lo sumerge y
con el que traba un vínculo masoquista. Y no estamos lejos del feti­
che: este afecto que subleva al sujeto, es lo que el fetiche, en princh
pió, debe "inm ovilizar” . En eso el fetiche está en los confines de lo
decible.
¿Un ejemplo de esta expulsión fulgurante? Helo aquí, la mujer
dice al hombre, como "adiós” un poco tierno: "Bueno, hasta pron­
to, de todas maneras no te pasará nada puesto que te amo.” Una
hora después, telefonazo del hospital, un auto atropelló al amigo;
al dejarla, atravesó "com o un sonámbulo” , en la luz verde. ¿Simple­
mente quiso desmentir esa posesión que ella mostraba? No te
sucederá nada; nada malo; con ese nada . .. ella lo cubría. El haber
atravesado como autómata fue un gesto mórbido y salvador: des­
prenderse de su madre que se colocaba por encima de SU destino,
rehacerse un destino vacío, garantizado por su cuerpo. ¿"Pasó” al
acto? El acto le pasó por encima; regresándolo al punto muerto o
al punto de partida.
Podemos pensar, fantasear, "adornar con imágenes” , imaginar­
se. . . pero el paso al acto toma lo real de un gesto, una imagen del
cuerpo, y resuelve, como la ley: no se desprende uno de nada en el
paso al acto, está uno desprendido de sí.
Un nuestras sociedades abunda el paso al acto; encuentro hombre
mujer, primero se cogen —paso al acto tan “ ligero" que no siempre
pasa gran cosa— y luego se ve qué sucede, se ve lo que se puede “ ha-
i er juntos” .
Pero nos llega una nueva moda de América: no acostarse prime-
ro, ni después de preferencia; de lo cual se deduce que no es asunto
de justo medio. /. Nos llegan también los "nuevos peligros” . El
punto muerto de lo sexual decidió hacerse carne y pasar al acto; al
•taque. Sida.

El paso al acto es una extracción del a m o r q u e n o está en el am or;


esta extracción del amor inherente a las palabras, a los vínculos
parciales, a las simulaciones, se hace a través de la negación de las
Imágenes, de la simulación. Por eso la perversión es el paso al acto
permanente, estable, integrado. Se puede estar en el paso al acto sin
“ actuar" las palabras están desnudas, idénticas a sí mismas, los
vínculos también. Infernal; se convierte en alucinación (una de
nuestras huidas del infierno. . . ). El perverso pasa al acto porque
pasa con el acto hacia lo real fascinante de la identidad "verdadera” .

4
Sólo el perverso puede decir que el deseo es una alucinación; por­
que no intenta más que alucinar el deseo al no contar con los me­
dios simbólicos para hacerle frente (o teniéndolos dem asiado gra­
cias a su ley rígida). Su "verdad” , el paso al acto, "flirtea ” con lo
alucinable: lo percibido pasa a lo real sin el rodeo de la im agen; m e ­
m oria y percepción se confundirían; debe alucinar al Otro para abo-
lirio, hacer de él una imagen captada o un pasado actual.
La perversión es un tratam iento de lo alucinatorio por lo aluci-
natorio. Siempre podemos suponer que un goce traumático, un
ehoque pulsional, intenta 'memorizarse” por la vía perceptiva. Es
como “ sanar" el goce por un goce aún más "rea l” —una droga—
que se inscribiría a sí misma. En todo caso, el perverso tiene en la
mira lo real del Decir; su cuerpo es a la vez la huella y su soporte,
mientras que en principio es la dinámica de lo real la que produce
y reproduce las huellas que la desencadenan. Curiosamente la lu-
einación nos retiene en el descenso hacia el caos, hacia la pura "m a­
teria” . Es un sistema de sujetadores por “ huellas-imágenes” , una
salvaguardia contra lo inimaginable, contra lo real ante lo cual es­
tamos sin recursos. Para algunos este descenso, r etenido o no, tíent
acentos suicidas: desaparecer, desvanecerse, pero estar ahí par*
inscribir esta disolución del ser: curiosa partenogénesis en la quf
se nace del feto que uno ha puesto en sí mismo . como Otro. La
droga puede ser ese feto ruidoso que uno se pone en sí, se convierte
en burbuja y uno se encuentra como feto; inversión "lograda”.
Por lo demás, parece que la palabrería sobre las nuevas técnica!
de alumbramiento y el "control” que aportan, acaricia sobre todo
el aspecto autoprocreativo; la fantasía fulgurante de parirse a si
mismo; fantasía a veces ‘realizada" desde la noche de los tiempos,
uno toma a sus hijos por sí mismo. Pero he aquí que quiere uno alg<)
real, "verdadero” : y es la burbuja narcisista que vibra de vida agre
siva.

En el fondo, la humanidad siempre ha buscado aperturas a lo aluci


natorio: con o sin sacralidad. Huxlev habla de una juventud bien
alimentada y metafísicamente hambrienta, en busca de visión sa
grada y utilizando el único método que conoce: "las drogas1' . .
Pero no sólo está esta juventud occidental —en cuyas espaldas uno
se descarga. En todas partes pueblos o tribus han tratado con la
alucinación, y han hecho de ella uno de los umbrales hacia "el mál
allá’ . Pero la perversión es una fijación en u n o ... más allá: se est
más allá de uno mismo.
Curiosamente, la moda de los "alucinógenos" no "pegó" er, Occi­
dente. Sólo un arrebato de entusiasmo, luego las cosas se redistribu
yen: a unos el sentar cabeza, el vínculo convenido; a los demás las
"drogas duras” , el vínculo de la adicción, el vínculo absoluto qUe se
da uno a sí mismo. De hecho, si el factor en juego es la búsqueda del
Vínculo, un producto como el LSD no puede resistir, no puede col*
mar al ser necesitado de vínculo. Entraña una pérdida del víncuUl
establecido, del vínculo afectivo entre lo percibido y lo concebido,
sin remplazarlo por otro más fuerte; hace vigente una especie de
proyecto de lenguaje naciente hecho de imágenes, de colores, de
emergencias que parten del caos perceptivo de pronto desatado,
disponible. Entonces se abre la experiencia de engendrar un len*
guaje, de engendrarse como lenguaje de ese '‘percibido” caotizadta.
Uno se lleva al umbral de las palabras para rechazar su ampulosi­
dad. Por el contrario, una droga como la heroína restituye, desde el
principio otro vínculo, el vínculo con. .. ella misma justamente, que
“fija ” al sujeto, que lo tiene. Toma el lugar del tercero en el que resi­
de el valor del vínculo. La norma se convierte en la adicción, que
ni miente ni engaña. . . El LSD es la inestabilidad, se sumerge uno
ii un vacío de vínculo. Ello confirma hasta qué punto la adicción
mi es un efecto secundario: se tom a la droga para d ep en d er de ella.
I i adicción toma el lugar de un vínculo de amor “ realmente simbó-
lli o” ; es una tensión de vín cu lo en estado puro, de la cual no es posi-
blt prescindir sin deshacerse completamente.

I n el amor a veces se obtienen conclusiones espantosas: de pronto


puede uno p rescindir del otro; es remplazable. . . la tensión de in-
tsto se desplaza, se metaforiza; uno no ama más que a sí mismo;
0 p e o r.. . Pero con la droga —la "verdadera” : la que ata — el
ínculo de amor en vez de gastarse sólo se fija a la larga: ahí donde
los otros amores se extenúan (hasta el amor de Dios, cuando la reli­
gión se convierte en rutina), la adicción cava su camino en la carne
del ser, contra el olvido; agujerea al ser, que se liga con el n u e vo
Vinculo; el resultado es: m e m o r i a . .. Es una investidura "pasiva”
activa; activación pasiva. . . El acto de investir es más que un de­
pósito de energía; es una marca de amor, es la erección de un ser
1un nivel simbólico. Hay una manera de errar en el infinito que ac­
tualiza el infinito. Investir un ser, suponer que tiene valor, es plan­
tear que lo tiene para un tercero, es pues suponer al Tercero. Y hay
tantas maneras de negar esta frase “ tener valor para un tercero” ,
' orno las hay de desinvestir. En la experiencia alucinatoria, el Ter-
i ero del que derivan los valores es excluido o rechazado, y es la ex­
periencia misma la que adquiere valor, como acto de vínculo ele­
mental, elem e n to de vínculo.

Un simple alucinógeno (del tipo LSD) deja el factor en juego en sus­


penso. .. Es cierto hasta en sus efectos fisiológicos: se halla uno
entre dos contrarios, alternancia de estados, ya exterior a sí, ya en
•(. Los muros y los pisos parecen respirar como uno, fuera de uno;
no se distingue su voz de la de los otros aunque se aguce el oído;
se ve la “ situación” en su conjunto estando dentro pero viéndola
desde fuera; al mismo tiempo, pensamiento abstracto más bien en­
deble. .. Hay gérmenes de unión, de lo virtual, que ni resuelve ni
lija. Y sobre todo, en el momento alucinatorio lo que salta es el
vínculo “ afectivo” entre percepción e inteligencia. Lo afectivo es un
potencial de vínculos, es la emoción de estar en el centro de un
vínculo colectivo o simbólico, una emoción entre juicio y deseo,
aun cuando es un juicio de rechazo, como en el acceso de cólera:
hay que amar lo suficiente a un vínculo o juzgarlo lo suficientemen­
te fuerte como para cortarlo en la cólera o para sentir la cólera de
no lograr cortarlo. . . El goce alucinatorio hace saltar el víncul
convenido; invalida lo afectivo vigente para remplazado por la nu<-
va alianza de la que se es autor y soporte. Se roza el factor en jue^.
perverso, sin inscribirlo, En la alucinación hay una migración d<
uno a uno mismo tomado como otro, y esta separación es la que
ocupa el fetiche, en otra parte, cuando se ha realizado la fijación

La experiencia alucinatoria es como un juego para desorganizar <1


consciente, y verlo conscientemente reorganizarse, por azares recu
peradas, a través de un caos de huellas. Algo con qué producir nut
vos vínculos, sobre un fondo de vínculos perdidos o borrados, í ■■
una ruptura de imagen, de asociación de imágenes. Pero la lib e rtí!
que da está reducida por el hecho de que uno se pega a ella; la libel*
tad ''cósmica” de la alucinación es reducida por la necesidad il<
adherirse. Libertad adhesiva, inerte. Parecería que los grupos en
cargan a alguien de m arcar rupturas de vinculo, de ser el drogada
to de quién sabe qué, de llevar la tensión de vínculo: profetas, cht
manes, visionarios, poetas. . . cortadores de vínculos, hacedores li­
ñudos. .. (Tenemos los poetas o los profetas que merecernos,) En
Occidente hoy son los drogadictos, los ter roristas, los delincuente-.,
los deprimidos, los marginados de todos tipos, los heridos del cuet íet
po, quienes marcan y hacen n otar esas rupturas de v in c u lo ; rest<
;t<ji
de una tempestad invisible, aperturas de lo afectivo: es que el nü
cleo de lo afectivo no es el sentimiento sino el vínculo de las pa!
bras, de las imágenes, de los cuerpos, del grupo. Un déficit afectiVÍ
es una ruptura de vínculo que no halla cómo recuperarse, cómo r<-
hacer el vínculo de otra manera. De ahí el interés de la alucinación
;
como espejo del Otro: uno se ve en ella como su propio tercero y
su doble confundidos.

Curioso enredo entre perversión y paso al acto. Se tiene, se entrt


tiene y transita por lo “ alucinante” . A veces en el nivel de toda una
cultura: por ejemplo el nazismo fue un p a so al acto de lo que el Oc­
cidente cristiano simplemente pensó, rumió, fantaseó... en su c*
fuerzo de inmaculación: en su esfuerzo por volver a fundar a Dio*
sobre una crucifixión renovada de aquellos que acariciaban el ori
gen, el fundamento. Ejemplos más irrisorios son numerosos, soblc
todo en el capítulo de las pequeñas gestiones perversas y modernim
alrededor de la procreación —pero después de todo ¿no es en su re
producción donde una sociedad confiesa mejor sus atolladeros ge­
nealógicos ? Ahí roza la idiotez cuando lo que se exige es que el Esta­
do garantice mediante una ley, una ley inscrita, el derecho de una
mujer a que "nadie” la embarace. Una mujer quiere ser embaraza­
da por el esperma de su hombre muerto desde hace mucho: espan­
tosa metáfora que quiere pasar al acto algunos rasgos del coito:
morbosidad perversa por simple paso a lo real: el hijo tendrá un pa­
dre realmente muerto mientras que todo padre lo está simbólica­
mente.
Hay sucesos-síntomas: a una pareja hermano-hermana que vi­
vían maritalmente, tranquilamente ("aquello no molestaba a
nadie” ) se le ocurre pedir al jefe de Estado una derogación para . . .
casarse; para inscribir aquello en una ley; ejemplo de "paso al ac­
to" en el que coinciden idiotez y perversión. Consideran la prohibi­
ción del incesto como una ley escrita, codificada y garantizada por
un jefe de Estado, que entonces puede hacer una pequeña deroga­
ción en nombre de una realidad precisa: la armonía de una pareja
"excepcional". Resultan tranquilamente alucinantes esas búsque­
das de una huella que resista. El mismo factor en juego que el
fetiche.

10

Algo un poco "loco” en el paso al acto hace decir que el perverso


"debió” ser psicótico: fuera del vínculo, fuera de continuidad. . .
Pero pudo recuperarse de la falta de la ley, jugar con ella, creer que
podía realizarla. En el acto, el sujeto se hace uno con la angustia en
la que el Otro (el extraño) se anuncia; él mismo se convierte en la
señal que arranca al Otro al encamarlo.
Fetichismo del acto: más que de evitar la angustia se trata de fi­
jarla; anuncia un flujo de “ pasado” , y el acto hace de ella lo actual,
fragmento de inconsciente presente e inmediato: algo con qué in­
movilizar en el instante un emblema consumado. El acto es paradó­
jico (como lo simbólico): cuandó falta sobreviene la catástrofe; pero
su presencia aporta la falta y el peligro. (Eso es lo que hace ocioso
hablar de la falta en s í. . . La falta sólo existe con relación a un len­
guaje que la señala.) El acto no es sólo una “ ruptura” ; comprende
una parte de suicidio del deseo que lo lleva; no reducirse a su acto
es escapar de ese suicidio. Muchos prefieren evitar el acto. Por el
contrario, el perverso, idealmente, no es otra cosa que el acto que
realiza, idéntico a su "le y ” y a las huellas de su falta. El factor en
juego eS: dar una solución narcisista al problema del amor. (La dro­
ga lo logra.) Narciso no ahogado en su imagen, sino colmado por
ella. N o olvidemos que la maldición de Narciso es la prohibición de
amar y hasta-de hallar en el Otro (en el mundo) cualquier cosa de
él; nada que pueda tomar por imagen de sí mismo. El narcisisrrw
llega pues más lejos que el amor por uno mismo: consiste en tenel
por ley una imagen —la suya— , por ello convertida en ídolo; en
romper con amor, odio, o simple depresión. . .

11
De ahí esa paradoja de la solución narcisista: el sexo está saturado
en su eclipse mismo; la ley exaltada en su ruina, reducida a un ju
guete, alucinación tranquila de una sexualidad “jugable” sin histo­
ria, en el cuerpo “ propio” , presente en cada sexo y no en su diferen­
cia con el Otro. Sexualidad anulada. Reducida menos a una norma
que a un dispositivo; siempre la idea de algo que hacer, de un dispo
sitivo que colocar para capturar el deseo, por lo tanto al Otro. Dis
positivo —esquife cósmico, microcósmico, para el viaje inmóvil,
El acto para algunos es el “ planeta” del drogadicto. . . Es posi
ble drogarse mediante el otro o uno mismo', el factor en juego es ha
cer del Otro un sub-‘‘producto” de su cuestión narcisista. (Cual­
quier solución estable de la cuestión narcisista puede ser llamada
“ perversa” .)

12
El perverso quiere no destruir al Otro sino al ser; está cautivo de
una imagen que a decir verdad no es ni la suya ni la del Otro (ejem­
plo: la imagen de las creencias maternas). Mientras que el neurótit
co quiere ser el límite del Otro, en la relación perversa se está en
el lím ite de uno mismo, uno incluye sus límites. De ahí el cierre, la
autonomía compulsiva: jugar con su pérdida, con la idea de recupe­
rarla . . . No tiene nada que ver con la "pérdida” de la histérica, a
quien no se le ocurre ser “ nadie” .
Ello aclara el vínculo entre crueldad y perversión: lo cruel no es
sólo lo crudo, lo que se complace en la sangre y la carne cruda; no
es sólo, los cuerpos desnudos tomados como realidad, más allá de
las palabras, no “ cubiertos” por el lenguaje. Es cierto que la per­
versión quiere poner al desnudo esa realidad pura en su materiali­
dad, pero la crueldad es un efecto de Verdad: donde el que dice goza
encarnando esta verdad y aplicándola en los cuerpos. Es la cruel,
dad que consuma. Y si la perversión quiere consumar lo simbólico,
es posible definir lo simbólico como una renuncia a la perversión
puesto que ella funda el deseo y hace de él un saber, o una destreza.
De hecho, el acento simbólico es más que una renuncia así; es una
seducción del inconsciente por transmitir; es pues preciso despren­
derse de él sin "hacerlo adrede” , y percibir los sucesos repentinos
y sorprendentes que ponen en ejecución sin hacer adrede la diferen-
ia imperceptible. . .

13

La perversión, que se salta el vínculo social en calidad de ley, inau­


gura para algunos una forma de acto absoluto, diferente al suici­
dio: el crimen, cuyo espacio de la delincuencia es una vaga aproxi­
mación, un cuestionamiento acuciante sobre la ley. Ferenczi dice
que los criminales son "grandes niños peligrosos” , y habla de per­
versiones como de "infantilismos” ; es sugestivo: el criminal, niño
poderoso, directo, auténtico, desnudo, viva negación de los falsos
vínculos, actúa y legisla a partir de lo que está allí, de lo que lo habi­
ta: pulsión elemental, chorro narcisista, asunción total; no “ difie­
re” , ya que no dispone de ninguna herramienta "diferencial” ; está
en el ser, y desde ahí convoca todo lo demás, en una vibración mor­
tal en la que el acto iguala a las palabras, iguala al cuerpo. Ferenczi
hable incluso del crimen como simple "carencia de facultad de
adaptación". . . Eso remite al horror por las simulaciones, por los
compromisos; pues adaptarse fes consentir en las imágenes no “ rea­
les” . Ahora bien, la perversión está dispuesta a hacer "reales” las
más ficticias.
El crimen, en latín, es el acto de decidir, el criminal se ha com­
prometido a decidir, a resolver, ahí donde los vínculos posibles in­
vitan a dejar venir los “ regresos” y a querer lo indecidible .. Pedir
al perverso que se adapte un poco mejor, es pedirle que abandone
su decisión sacrificial de salvar al mundo o de salvarse del mun­
d o . .. Es invitarlo a lo indecidible. En principio declina la oferta,
En cuanto a la delincuencia —cuyo acto límite es el crimen— ,
adopta a veces formas triviales pero curiosas: sabotear, ensuciar,
romper, sobre todo lo que está "renovado” .. Además del desafio
a la ley, es el proyecto de dejar una huella a cualquier precio. Todos
sienten que su huella es casi nula e intentan inscribir una que resis­
ta. He conocido a gente cuyo placer es romper los aparatos telefóni­
cos. Y la respuesta de Comunicaciones es conmovedora: "Atención,
una llamada puede salvar una v id a ... ” Justamente, ser aquél me­
diante el cual el hilo de una vida puede ser cortado, qué huella.. .
Ser el mensajero que dice: "¡En esta sociedad no hay comunica­
ción! . . ¡no hay mensaje (no obstante nos venimos aba jo)!. . . ya no
hay Verdadero amor, Verdadera palabra. ” Exceso disciplinado
para “ probar" que falta el amor: ser la autodestrucción en marcha.
Destruir' al Otro —el cuerpo del Otro— en el sentido más trivial; al
mismo tiempo, llamada de socorro, y llamada a la sordera.
14

Se dice que la conciencia moral es débil en el perverso. Por el con


trario puede ser muy fuerte, para tomar el relevo de una ley 'podrí
da". La perversión está en los cimientos de la m oral si p or m oral sí
entiende una fijación de las costumbres: El acto de fundación qu<
en otras partes es mitificado, el perverso lo asume siendo amo y
súbdito de lá ley que encarna.
Y si se adopta el punto de vista freudiano sobre la “ conciencia
m oral", aquello no cambia en nada: según él, la conciencia moral
es el residuo del complejo de Edipo (el Super ego), y dado que en
el perverso el Edipo fue eludido, el relevo del padre estaría desfa
llecien tc... Ahora bien, se trata de superarlo medíante un Supet
ego más moralista y virtuoso, y ajustado a su elección fundadora,
Éste es el criterio: el perverso cree remplazar la transmisión de in
consciente por el acto autofundador.
Tratándose de virtud en acto, mencionemos la prostitución,. .
Pues si hay una práctica que pasa al acto .. al acto sexual puro,
es la prostitución. Arranca el acto con sus misterios y sus vértigo*
(paso al acto se convierte en activismo de la prostitución); "consU*
ma” la seducción que se convierte'en objeto de trabajo; y el acto,
más allá de una descarga, se organiza en facticio-fetiche. Poca»
prácticas "desviadas” están tan pegadas, tan ajustadas a la socie­
dad que las secreta. Y no puede decirse que ella “ desvíe” el instinto
sexual; lo pone a trabajar, lo vuelve opaco a fuerza de hacerlo trans­
parente; como en la pornografía: anulación de lo sexual —todo está
visto, ya no hay nada que ver, de ahí la idea de que lo que hay que
ver se ha ocultado, es aún más misterioso. (Al invalidar el misterio
no se hace más que desplazarlo, nadie se engaña.) En la prostitución
el sexo se convierte en el grado cero del sentido, grado absoluto. Y
curiosamente, eso aclara otros sentidos- cuando esas señoras piden
una situación legal ("retiro, seguridad") para poder "confesar sin
vergüenza a nuestros hijos la naturaleza de nuestro trabajo” . . .
Y el dinero confirma el vínculo con lo sagrado, pues ¿no es
el dios paralelo de nuestras muy creyentes sociedades? Podemos
contar con Dios pero el "contador" es el dinero, como dice un
“ portavoz".
Y qué verificaciones .. (no dije aberraciones pero habría podi­
do decirlo). Somos, ¿no es así? una sociedad de "servicios” ; mu­
chos intermediarios; el proxeneta es uno de ellos, “ proxeneta", es
aquel que pone en contacto a dos "extraños” ; en este caso el hom­
bre y la mujer; ya no hay "extranjeros" en el terreno del sexo. Sim­
plemente, prostitución es simétrico de institución: una exhibe lo
que la otra encierra. Una, la prostitución, puede ser el escaparate
ilt la otra. Pone al desnudo el hecho del vínculo. Parece que ha to­
mado al pie de la letra la idea de que el amor está fuera de la ley,
Vfija ese cliché en su ley propia, su pequeña reglamentación: fija-
• lón fetichista apenas teñida de muerte cuando el ídolo-muñeca lle­
na de imágenes el amor maquínico. . . . Para algunos todo este asun-
lo no es más que una sucursal del Edipo: la mujer que busca al
padre y el hombre que busca a la madre ofrecida a todos y por lo
tanto a é l . .. Ahora bien, está mucho más allá. Es lo arcaico del
amor lo que ella manipula, su relación con la ley, la regla, el traba-
|o, el sufrimiento, el valor, el goce. . . Si hay Edipo, no es el que se
i ree: vea a quienes van al burdel empujados por la fantasía del pa­
dre —o por su consejo expreso, "pagados” por él. Van a buscar su
huella como si fueran a ver a su madre, su madre de él, su "verda­
dero” lazo incestuoso. . . El orgullo de la prostituta que exhibe sus
pantuflas de buena marca en la maternidad en la que da a luz sólo
■i1 iguala al de la mujer legítima que exhibe las mismas "cosas”
bajo la cubierta de la ley. Pero la prostituta exhibe bajo el descu­
bierto de la ley, al revés de la ley cuyo descubierto exhibe. Aun
cuando hay Edipo, ya pasó al límite en el conflicto: la prostituta
convierte su enfrentamiento con la Mujer, que encama pero que no
es, en un suicidio de lo femenino; su enfrentamiento con la Otra
Mujer se convierte en un suicidio de la Mujer, no consumado pero
"vivido", aunque se mezcle el hechizo del “ amor verdadero, absolu­
to” La prostitución ha disipado la angustia propia de Eros y sólo
la vuelve a encontrar en los momentos del regreso, regreso a la rela­
ción "convincente” , "norm al” . Su cuerpo purificado confirma has­
ta qué punto no hay amor sino palabra o inconsciente. El regreso
es esencial e. . . imposible: "reinsertar” a las prostitutas en el "re ­
greso” es tan imposible como impedir que se exhiban, que las haya
desde el momento en que pasan al acto el punto muerto del amor
y de la ley.
Hoy —diversificación obliga, mercados tapados, destapados, lu­
gares disponibles de mercado. . . — es la sociedad la que subvierte
la prostitución mediante la industria erótica. Está la pornografía
del "decirlo todo", no sólo del "verlo todo" o del "hacerlo todo” .. .
“ Agencias” donde los clientes llaman por teléfono y "cuentan sus
fantasías", sus prácticas eróticas "extrem as” ; especies de
palabras-actos; entre la fantasía y el acto, "prácticas" posibles...
Ello confirma que es la sociedad la que produce y subvierte sus
islotes perversos, no a la inversa. Así pues, por más sutil que se ha­
ga, no se rebasa la idea de “ casa de paso"; mediante este rodeo coin­
cide con la institución donde a menudo el umbral se elabora como
un acto rápido de prostitución... La prostitución hace de tal acto
de lo sexual un paso al acto trivial o ritual, donde es la Nada disci­
plinada la que pasa al acto. Lo que es invalidado es el amor mismo;
ello afirma la falta de amor en el amor: es ei amor tomado como tes
tigo de sí mismo, de su fracaso, aplastado bajo el incesto puesto al
desnudo, invalidado, doliente, deprimido; el sexo regresa al punttf
de muerte; anorexia del deseo donde no queda más que la llamad;'
muda al Deseo absoluto, llamada sutil o idiota.
Se ha comprendido que el interés de la prostitución la rebasé
aclara otras tantas relaciones con el deseo y con la sociedad. . . el
poner en marcha la fantasía: el deseo a la vista y a revistas desplt
gadas. . . Está ya casi disuelto en las “ costumbres". Pero la prosti­
tución insiste en el paso del ídolo al cuerpo, y contrariamente a las
estrellas, aquello puede comprarse y consumirse en cuerpo real,
ideal de consumo, donde el “ producto” somatiza el punto muerto
del amor, el de dar, de darse (de ahí el sustituto: venderse, comprar­
se. . .). Insiste también en la relación con el vínculo; siemprá|
vínculo religioso mucho antes de María Magdalena. Recientemef)
te, para pedir la “ legitimidad” , ocuparon. .. las iglesias, y ya en la
Biblia es la misma palabra la que designa al Dios santo y a las pros*
titutas. Y cuando san Luis decide su rehabilitación las confía al con­
vento de las Hijas de Dios. La rehabilitación falló, se volvieron a
abrir las “ casas” y las madrecitas de Dios retomaron su lugar, cen­
tinelas de lo abyecto pero también “ iniciadoras’’: un golpe para na­
da, el golpe del origen, para comenzar en la vida . . Eso también se
ha diluido en la sociedad, incluyendo ese esencial estigma de per­
versión: saber qué hacer para gustar al Otro y que el Otro lo sepa
—tecnologías del cuerpo. .. Vasta apertura industrial de la porno*
prostitución, bien asimilada por el cuerpo social; es'decir, que cada
forma de perversión funciona como una crispación de lo posible, de
una posibilidad que la sociedad se dedica paciente, ciegamente, a
disolver y reproducir, mientras tanto. . .

15

El acto pretende ser la verdad de los pensamientos que lo evitan|


por eso increpa al perverso y su verdad. Muchos aman la verdad y
confían en ella para que los lleve más lejos puesto que ella se les
escapa en parte. Pero el perverso hace de su ídolo la verdad y de la
verdad su ídolo; se somete a ella a condición de ser su autor, la reco«
noce a condición de poseerla. Conoce su paradoja: ¿cómo someter*
se a sí cuando no se tiene otro lugar donde poner los pies, y no pue­
de uno pisotearse al infinito? El hombre se ha ocupado de inventar
los dioses, las musas y la inspiración para asegurarse de que su ver­
dad le viene de otra parte: si no, ¿cómo articularla o incluso sopor*
tarla? El peiverso, de donde le venga su verdad, ya ha investido
narcisistamente: la ha confundido con él. Por ello ya no tiene nada,
ya es mucho si se tiene, si "resiste” . Éste es el drama narcisista:
tuando uno confunde lo que ama consigo, lo ve desaparecer. . .
Para amar hay que estar un poco distante, hay que guardar la
distancia, se necesita energía, diferencia respirable. El perverso
debe probarse que tiene su “ verdad” ; y para ello hace cualquier co­
sa, y esa verdad se convierte en cualquier cosa; la invalida para re­
cuperarla, la pisotea para ver, para verificar; su relación con lo ver­
dadero supone el fetiche y lo implica: sin fetiche como punto fijo
de la verdad, la locura lo acecha. E l perverso quiere captar la verifi­
cación de lo verdadero, captarla en su punto muerto, y el punto
muerto de lo verdadero es el fetiche. Da un apoyo “ otro” que viene
a ser el mismo, uno mismo.

16

Todos saben el refrán: la verdad sólo puede "medio decirse” , decir­


se a medias. Pero ese decir a medias aclara poco en el caso del per­
verso, pues así aceptara cortar una mitad o una tercera parte de
ella, querría esa mitad o esa tercera parte enteras, cercadas por él.
Quiere que la parte esté completa.
Esta fascinación por la verdad confirma el horror por lo que se
oculta o se rechaza (incluso en la simulación), pues lo que se oculta
escapa. El perverso quiere jugar con lo rechazado, jugar a mostrar-
ocultar, si es él el director, el gestor del factor en juego. Y la gestión
puede ser muy simple: "tom as” de fetiche o de "producto” . Nuevas
tom as. . . La droga ha "sim plificado" aún más las cosas para los to-
xicómanos, esos centinelas de lo absoluto.

17

El perverso cree estar en lo cierto. . . Pero su factor en juego es una


tensión insostenible entre creencia y verdad; le hace tanta falta la
verdad que ésta arranca la creencia que la lleva, el pedestal sobre
el cual, como verdad, se exhibe. El perverso se consagra a ella por­
que se identifica con la verdad de un vínculo.

18

Es un hecho que el perverso "asume” ahí donde otros se escabu­


llen. Eso lo salva a veces, este poner al desnudo el destino. Pienso
en una obra muy fuerte, China Blue de Ken Russell, donde la em­
pleada bella y honesta se vuelve prostituta por la noche, en un gesto
autodestructor y gozoso. Encuentra el amor, el riesgo del amor; es
la explosión, la catástrofe. . . Pero es su “ regreso” fuera de la pros>
titución lo que importa, vivo y complejo: en primer lugar el hombre
al que conoció da todo su valor al sexo y a la palabra; pero sobra
todo el "regreso” pasa por un asesinato: élla mata a un “ padre*4,
un religioso, que la acosaba para "salvarla” y que le dice al morirs
yo soy tú. Es un asesinato de ella misma com o verdad petrificada,
asesinato de la identidad en sí que ella poseía y pisoteaba al pros*
tituirse.
Cierta prostitución fetichiza el amor imposible de encontrar,
lo imposible de encontrar el amor. A veces la prostituta es una
figura de lo sagrado. Pero ¿cómo atravesar lo sagrado sin "des*
figurar” ?

19

El perverso confunde simbólico y sagrado. O más bien, él es la con­


fusión de ellos, su collage. Es lógico: de niño se encontró frente al ob­
jeto del incesto, la madre, que al mismo tiempo le transmitió la pro­
hibición del mismo, aunque ella misma cree en el incesto, al cual
consagra su pequeño templo interior, para ella y su Padre ideal. . .
Él se encontró entonces ante un ser "sagrado” que lo alimentó
con su cuerpo y sus palabras, y la idea se le impuso: los nombres
toman cuerpo y los pedazos de cuerpos fetiches son los verdaderos
nombres.
El niño no estaba loco: tenía razones para cuestionar, dudar, in­
crepar . . . más allá de lo que veía, más allá de la ausencia de pene
que Freud casi fetichizó: como una verdad naturaf convertida en
símbolo —"el cielo es azul” . . . Ahora bien, el valor de lo simbólico
no es ser "verdadero” sino ser una apuesta humana, una vía para
superar lo “ humano” y lo real.

20

Para el perverso, lo verdadero es una creencia real, reducida a su


huella en la realidad de los cuerpos. Tuvo que fijar la verdad al pun­
to de creencia narcisista, porque se halló "desde el principio” en
una situación sin salida; "situación” es distinto que mala madre,
mal padre, padre demasiado bueno.. . Una situación es una genea­
logía, una dinámica de los trayectos posibles, un'álgebra de pasos
y obstrucciones; es el lenguaje que eso permite.
En el caso del perverso eso le permite jugar con la realidad del
Otro vía el producto, la pareja, el fetiche. El montaje perverso se
constituye en límite deslumbrado de su verdad; disolución del ser
que se reanima a sí misma y se niega en su duración. Todo ello
ftspira inocencia; está más allá de la falta. La perversión es una po­
sición de inocencia; roza a veces la idiotez, pero con mucha "in te li­
gencia” . La desgracia del perverso es que tiene lazón. Es lo que le
«luita la razón; pues nadie le ha confiado la tarea, ni siquiera él, de
Verificar las coordinadas del espacio humano. Pero sobre todo es lo
)ue lo derriba o lo hunde en la locura de la razón.

21

IL1 neurótico hace daño con el rechazo, y se hace daño con él; el
psicótico no tiene posibilidades de rechazar, el perverso no quiere
ii'chazo, quiere ocultar que hay algo que ocultar, detesta el juego
de sombra y luz si ese juego se le escapa; quiere poner al desnudo;
la revelación; la profanación; salir de la condición humana me­
diante la eternidad, la verdad convertida en juego y la muerte inva­
lidada.
Ese ser enteramente “ libre'' está cautivo de su libertad; de su re-
hazo del rechazo, el cual se lo regresa —lo expulsa en el acto— :
paso al acto, donde consciente iguala a inconsciente, pérdida iguala
u asunción; el más acá de lo sexual y su más allá se confunden;
amor por sí y amor por el Otro son aplastados en el mismo odio.
El perverso no está “ más allá del inconsciente” , está dentro to­
talmente, porque el inconsciente no es una reserva de contenidos
o un conjunto de imágenes almacenadas, es una relación dinámica
entre la otredad y los potenciales inscriptivos. Tal perverso puede
vivirlo en el nirvana “ planetario” o acosando muchachitos; en la
pureza o lamiendo vómito sobre los cuerpos exóticos en su búsque­
da de una lengua O tra. . . Lo importante es lo que encama . Ese
ser irrompible se ha hecho la ruptura misma, ahí donde le parece
que los demás van a la guerra sexual, ahí donde no resisten el golpe,
donde no comprenden ni jo ta . . .
Conocemos la explicación clásica: la perversión es un regreso a
lo infantil, una regresión a los “ estadios precoces” de la pulsión.
¿Eso. qué explica? ¿Por qué esta “ regresión” ? ¿En relación con qué
fantasía d e ''progresión” ? Sólo dice, y es mucho, que se trata del in­
consciente puesto al desnudo (pues para Freud, infantil, inconscien­
te y primitivo son iguales).
Freud tomó como paradigma de la verdad el hecho de que la ma­
dre no tiene pene: según él, el perverso inventa su montaje para de­
fenderse de esta “ Verdad” , invalidarla, creer que no es.
Ahora bien, el hecho de que la madre no tenga pene, no hace una
verdad, es apenas una “ realidad” , muy modulada p o r las creencias
de dicha madre, y por la petición hecha al perverso de verificar esas
creencias. Es arriesgado tomar eso como prototipo de verdad. No
fue tanto frente a ía falta de pene como el futuro perverso conoció
la catástrofe, como frente a algo más vasto donde la madre necesi
tada de sí misma, enredada en sus creencias a la deriva, desempenu
un papel evidente. Es confiar demasiado en la realidad desnuda,
neutra, sin precedente, creerla suficiente como para que un niño se
aferre y haga frente al flujo de creencias al que está expuesto. Tod<L
realidad está precedida de creencias en estado de transmisión. Y el
futuro perverso está atrapado en la tristeza de invalidar las creen
cias de alguien al que ama, no puede invalidarlas más que destru­
yéndose con ellas, por lo tanto compartiéndolas. Se comprende su
estrategia de la vuelta: voltear la "cosa” asumiéndola.
Al no poder desmentir las creencias maternas, se pasa la vida
desmintiendo. Casi habría sido "preciso” pisotear lo que ama para
buscar el amor. Como es imposible, entonces se pasa la vida piso­
teando el amor en busca del amor.

NOTA

P a ra algunos quizá valga la pena que se les recuerden algunas ideas clave*
de Freud en to m o a la perversión.
1] Ante todo, según él las perversiones son intervalos en el ‘ d e sa rro lla
de la pu lsión sex u al” fijaciones. A h o ra bien, hem os visto que en caso de ha
b e r fijación, es m ás bien el O tro el que está fijo, petrificado, atrap ad a en
el m ontaje perverso. L a "detención de de sa rro llo ” (que según Freu d entrañé
fijaciones en estados regresivos) no es una causa de perversión, es en lo quo
consiste precisam ente: una detención donde se trata de detener al Otro.
2] Se necesita todo el hum or de Freud p a ra al m ism o tiem po im pugna(
la noción de n o rm alid ad ” en m ateria sexual y sostener que toda desviación
de la pulsión sexual en cuanto al objeto y al objetivo es perversa. Se refieré
a la desviación con relación a las norm as. E s esta contradicción, y otras ra
zones tam bién las que nos han conducido a tom ar com o punto de referencit
el factor en juego sim bólico, y no la n orm a o el "v e rd a d e ro acto sexu al” .
3] Freud distingue entre perversión y pulsión, distinción que nos s o r ­
pren de hoy pues a nadie se le o c u rriría confu ndirlas pero tenía su interéSt
si bien es v erdad que en la intuición corriente perversión igu ala a incons­
ciente, el inconsciente puesto al desnudo y "d esatad o ” .
4] Freud distingue entre objeto en el caso de la pulsión y objeto en el del
am or; lo m alo es que en la perversión se inviste con am o r el objeto de una
pulsión, o m ejor aún: se transform a en pulsión la aproxim ación del objetq
de am or. En cuanto a la explicación: el sujeto es desviado del objetivo se'
x u al norm al (unión de las partes sexuales! p o r la intensidad del placer que
obtiene en los "p relim in a re s”, y hem os visto el riesgo que entraña: incluirltt
todo en un principio de placer. En realidad lo prelim in ar es lo o rigin al que
no term ina.
5] Su idea del perverso (aquel que niega la castración de la m ad re) es la
m ás vasta; tan vasta o estrecha com o la m ism a p a la b ra castración. Si cas-
Iración es una ley no controlable, un potencial de ru pturas que actúan en
el discurso y el deseo, que lo llevan y lo desplazan, entonces es segu ro que
el perverso no la q u ie re . . . Si castración es co rta r el pene, la idea se vuelve
dem asiado estrecha. P o r ejem plo los cortadores de trenzas que Freud m en­
ciona y que según él "desem peñan sin saberlo el papel de personas que rea­
lizan en el órgano fem enino el acto de la castración ”, dem uestran p o r eso
mismo que lo esencial no es la castración del pene, sino la ley de la que esos
cortadores se convierten en agentes fanáticos.
<5] Freud dice que " la s fuerzas in h ibido ras” (que norm alm ente fundan la
repulsión, el p u d o r o la vergüenza) " y a no actúan en la perversió n ” o son
desbordadas; pero ¿explica eso que sea justam ente el objeto "re p u g n a n te ”
o la cosa "v ergo n z o sa” la que atrae?
7] A sim ism o la distinción activo-pasivo se revela frágil; el m asoquism o
por ejem plo sería una "fo rm a pasiva” ; sin em b a rgo m ás bien lo hem os u bi­
cado com o un desencadenam iento fanático que se ap re su ra a b a r r e r al Otro
literalm ente, y m ediante un m étodo particularm ente sádico: fijá n d o lo a sí
m ism o (lo cual lo an u la com o "o t r o ”).
5] Pero es la idea tradicional de que la "fan tasía perversa” es inconsciente
en el neurótico y consciente en el perverso la que parece discutible; sería más
justo oponer un contenido psíquico fantaseado y un contenido actuado (oposi­
ción distinta a la que hay entre consciente e inconsciente; distinta también
a la que hay entre activo y pasivo). Podemos pues decir que la perversión es
una "posición” subjetiva a la que le sirve de b ase no tanto una ‘‘fantasía cons­
ciente” com o la actuación de una fantasía inconsciente, de una fantasía del
Otro, pudiendo ser esta actuación diferentemente consciente.
9] C u an do F reu d m enciona a los "p erv erso s y a los hom osexuales que no
eligen su objeto de am o r u lterio r según el m odelo de la m adre sino según
el de su pro p ia pe rso n a”, es evidente que hay que añadir: según el m odelo
de su pro p ia persona en función de la m adre, en función del O tro cuya fan­
tasía fijan, lo cual los exp ulsa de la fantasía hacia el acto.
10] E n cam bio, la actuación del perverso y su lado hiperconsciente hacen
difícil el trab ajo de interpretación (en el sentido freu d ian o de llevar a la con­
ciencia: puesto que ya está allí). Adem ás ¿cóm o puede "en g an ch a r” la pala­
b r a al acto? Sin em b a rgo es posible, pues el acto está en ganchado a otras
p a la b ra s y fantasías. Y ello a pesar de la agudeza de ese punto traum ático
del perverso: a quien la ley y la seducción (por la m adre) llegaron al m ism o
tiempo; com o si la seducción fu e ra ley, y la ley seducción total.

22
La "depresión” del perverso: si debe crear al Otro se encuentra con­
vertido en hijo de la nada, puesto que no puede crear Otro sin ser
el puro producto de su ausencia. Más allá de la “ inversión” perver­
sa jugable al infinito está el proyecto de hacer jugable al infinito la
frontera entre Sí y el Otro, saturada de profanación, de adoración,
de insulto y de ideal. . . Con la fascinación por las envolturas, las
pieles, los velos, las fronteras vivas de los cuerpos (donde el placer
es siempre preliminar, original), por esta frontera donde se refleja
la "Verdad” , la de darse nacimiento a través de la ruina del Otro.
E l perverso, este amante de la Verdad, no hace más que alucinar, la
lengua misma se le ofrece a manera de un juego manejable. V arioí
escritores conocen ese momento en el que creen manejar completa*
mente la lengua, ellos que son un instrumento de éstá.

23

Abrazo desesperado con el ser, si hay que alcanzarlo a través de sí,


de través, como Otro.
Los verdaderos idealistas son los perversos, con su búsqueda de
absoluto vuelta mórbida a fuerza de eludir la muerte; su exigencia
de verdad (sorprendente para campeones de lo facticio) es la exi-
gencia vital, que quiere resolver verdaderamente el problema del
amor. Es lógico: los humanos se debaten con el amor insoluble, es
fatal que algunos se crean obligados a resolverlo. Solución final.
Nuestros perversos, tan inteligentes, sospechan que la "verdad”
que encarnan no es más verdadera que la que niegan, que la verdad
de su negación no se funda más que en ella misma, lo cual la hace
dar’vueltas y vueltas. Pero pueden no sospecharlo; la estupidez in­
teligente existe; puede uno tener puntos ciegos (focos de erotismo
verdadero) y ser por otra parte muy clarividente.
Además se trata de ser el operador de la inversión en la que se
engendra la verdad. Es la función de verificación que encamar. Ahí
está el esfuerzo de agudeza: el perverso purifica la fantasía para ha­
cer de ella un programa: el ideograma de su religión conectada a
la pulsión. El placer, el nirvana, la “ gloria” , el flash, la embriaguez,
el dolor, señalan que "aquello funciona” , el autocompletarse uno al
otro: "Soy el bofetón y la m ejilla. . . la herida y el cuchillo. . . ” Pero
lo esencial es lo que añade el querido poeta: que es también “el es­
pejo donde se mira la arpía"; es pues el despliegue donde su madre
contempla sus creencias verificadas. Y ser esta verificación lo ago­
ta, le interrumpe la aproximación a la verdad, lo hace mortal inclu­
so a sí mismo; es a veces la huella de muerte real que parece devol­
verlo a la vida, recordarle la memoria de vida.
Contrariamente a lo que se dice, no "busca” la muerte; vive un
poco más allá de esa muerte sin vida, sin otra vida que la del
inconsciente-programa.

24

Pasa por experto en Deseo ("ex padre del deseo” , dice riendo), pero
su “ saber” le prohíbe la génesis, la transmisión, la transferencia ge-
iterativa, la genealogía del deseo; de eso no sabe nada porque está
adentro: en un sueño de autonacimiento, de transmisión en circuito
terrado. Ciertamente ftfnda su lenguaje, su programa-, última ver­
dad de su razón, la razón loca de Su "verdad” .

25

No hay una “ estructura" perversa donde uno pueda integrar éstos


con exclusión de aquéllos. Pero podemos esbozar un vasto poten­
cial de formas, clínicas y culturales, que retengan algunos rasgos
de la relación con el vínculo social, inserción y desinserción de con­
ductas precisas... Hay una "inspiración” perversa de la relación
con el Otro y el mundo, de los espacios ramificados de prácticas
más numerosas que rituales íntimos. Inversamente, eso hace perci­
bir el acento perverso de los procesos sociales "normales" en sus
momentos "culturales’ más álgidos: pedagogía, distracciones, me­
dios de comunicación, relación con el poder, con la familia, las tradi­
ciones, las obras, la belleza, el pensamiento, las riquezas, la naturale­
za, el trabajo, los tratamientos, la muerte, el amor, el nacimiento...
Ya no es cuestión ‘‘sexual” en estado puro. Y cuando suelta uno la
palabra "estructura” que fascina a mucha gente —fascinación ra­
ramente fecunda— , se advierte una pululación de uniones, de las
circulaciones entre variedades perversas, variedades de un mismo
factor en juego diversamente cargado, repartido, dispuesto. Algu­
nos desde un principio adquieren lo que a otros les exige un gran
ti abajo. Por ejemplo, echar al Otro sobre sí, capturarlo, es un factor
en juego perverso esencial, pero que el drogadicto ha adquirido des­
de el principio: el Otro es el vínculo toxicómano y se crea por la dro­
ga. Cuando el drogadicto desinviste “ la realidad” , como se dice, es
el primer paso para inmovilizar al mundo, inmovilizarse en su
mundito, destruir al Otro, o plantearlo como desti-uido. En otros
puntos perversos se lo intenta de otros modos ifetichista, anoréxi-
co, "terrorista", masoquista, su icida.. .). Pero podemos conceder a
las formaciones humanas tanta riqueza como al reino animal. La
embriaguez del alcohol no es el orgasmo del hambre. Los masoquis-
tas cubiertos de cuero, "resistentes” y azotados, los apasionados de
la pornografía, los enamorados del Minitel para teléfonos eróticos,
pueden parecer anodinos ante la publicidad más rentable, las vio­
lencias más manejables, los terrores más calculados, dosificados,
sobredosificados, en tom o a las drogas, las delincuencias, que
cuentan menos por sus efectos que por los boquetes que abren en
lo que seguía su curso “ normal” . Pero en esta jerarquía en la ges­
tión de los "efectos” , en su tasa de interés y la ganancia que se saca,
nadie está obligado a alinearse en los mediós de comunicación u
otras bolsas de valores de angustia. ¿Es de mejor gusto la angusü.i
de un drogadicto necesitado que la del peii'ersc qué no halla pareja
o que la de un exhibicionista, o que la de un desempleado necesita
do de esa droga particular que es el trabajo? Es cierto que para pro­
curarse el "producto" uno entra en contacto con la sociedad (y
hasta se la amenaza) de diferentes maneras. Un exhibicionista a me­
nudo no hace más que divertir a las muchachitas, salvo si se le ocu­
rre matarlas. En este caso, si seguimos la ley de los grandes núme­
ros, lo más masivo e inquietante sería la perversión de los nórmale*.
la perversión que secreta la cultura de las “ normas” Enormes su
presiones.
VARIEDADES

1 ANORÉXICA

ELLA: ¿Y esa otra embriaguez, la del hambre, con la que se embo­


rracha la anoréxica?
é l : Lo esencial ahí tampoco es el placer de intoxicarse con el
hambre sino ese rodeo que hay que dar para captar la ley de la vida
en su nivel elemental: biológico, celular, metabólico. . .
ELLA: ¿No se da simplemente en la anoréxica una “ fantasía me-
galomaniaca” al principio? Todo el mundo tiene necesidad de co­
mer y de defecar, excepto ella —puesto que a menudo es una niña
o una m ujer. . .
é l : Es más bien una presión narcisista, que hallamos en todos
los perversos, a la medida del factor en juego: recobrar la Ley
—aquí, el principio de vida—, tenerla a la mano, en el cuerpo, a vo­
luntad. El perverso es cautivo del punto de vista único desde el cual
domina el mundo. Son muchos los únicos, pero es conmovedor que
en algunas cumbres haya quienes se dediquen a morirse de ham­
bre. ..
e l l a : Recuerdo la frase de Moliere: "Comer para vivir, vivir
para com er. . . ’’
é l : Curiosamente, la bulímica come para vivir, para asimilar a
su cuerpo el todo de la vida, el mundo entero que metaboliza en
ella, el Otro al que atrapa en su cuerpo donde se encama la ley cru­
da y total de la carne viva. Y la anoréxica (que además se siente gor­
da) se mata de hambre por lo mismo por lo que la otra se atasca
Vive para c o m e r...
e l l a : Pero no cualquier cosa, ni con los demás, a quienes desig­
na implícitamente como comedores de mierda, como si fueran lo
que comen.
é l : Hay un hermoso texto de Kafka, E l artista del hambre, a ve­
ces traducido como Un campeón de ayuno: entre sueño y realidud,
en la frontera en que el sueño y la realidad pasan uno por el otro.
El héroe se exhibe como "profesional” en campeonatos de ayuno:
todo el diálogo perverso entre la anoréxica y su entorno está visto
ahí con más agudeza que en otras partes. Kafka disfruta mucho y
detalla en esas "exhibiciones” todos los recovecos de lo social. Está
el hombre que se deja m orir de hambre, y que se enoja consigo mis
mo por querer impresionar al público; la palabra clave, el gran se
creto, lo dice a su muerte: "N o debe admirarse mi ayuno. . . estoy
obligado a ayu nar... porque no hallo alimento que me guste. Si hu
biera hallado uno, no me habría andado con remilgos y me habríi
llenado la barriga como todos los demás.” Son sus últimas pala
bras. Dicho de otra manera, entre los tragones ordinarios hay uno
que dice: yo no como eso; no lo paso. Pero al mismo tiempo, su
aventura np es una búsqueda de un alimento más fino. Depende de
otro alimento, quizá el Otro como alimento. . . En todo caso se con
vierte en ese alimento, de pronto idéntico a su falta.
Resulta entonces más que un cuestionamiento del vínculo social
y de sus tonterías; instaura un “ régimen” totalmente distinto, don
de se sacrifica a sí mismo: se come; es lo único bueno que hay. .,
ELLA: Pero antes que nada una pregunta: ¿por qué a menudo son
adolescentes ?
ÉL: Se dice: la adolescencia son los primeros contactos con el
vinculo social al que uno está a punto de entrar, la época de los tro
piezos, y de la división entre apariencia y verdad con los otros, con
sigo. ..
En realidad, cada quien tiene siempre sus puntos de adolescen
cia, sus puntos de contactos vivos, entre el niño que se rebela y el
adulto que calcula, entre lo inconsciente y lo instituido. La etimolo
gía es clara: adolescere es aumentar, crecer, o moverse. El proble
ma es “ aumentar” o moverse pero no siempre en el miámo sentido,
El punto de adolescencia es un cambio de escala, de régimen; se re­
punta en cada choque (y mucho más allá de las pretendidas resignn»
ciones a “ no tener los dos sexos” , a no ser “ perfecto” o inmortal y
otras tonterías); se trata del choque entre las palabras y la realidad,
entre las palabras y ellas mismas; entre la identidad y ella misma*
e lla: ¿ E s e s e c h o q u e q u e e l p s ic o a n á lis is lla m a “ c a s t r a c ió n ” ?
él: En todo caso, cuando se lo oculta, es la Norma que prevale­
ce con sus acentos perversos. La adolescencia es los umbrales don­
de se renuevan las pertenencias y los afectos que las marcan. Pue­
de uno pasar p or la anorexia en cualquier edad, viejo e incluso
bebé; en cualquier momento en que la cuestión del vínculo sea viví-
da como “ traumática” . Por ejemplo vi un homosexual (bien aferra*
do a su madre, con la ambivalencia de rigor), protagonizar un epi­
sodio anoréxico, ante su propio estupor en vista de su edad
avanzada; lo que lo desencadenó fue la muerte de su madre, al
mismo tiempo que el despertar de un violento deseo sexual. En
ese caso, la anorexia apareció como un repliegue autoerótico: en
vez de tomar como pareja a semejantes, homosexuales, como su
madre lo había "obligado” , se tomó como única pareja; se comía
con fruición —hasta ese momento había sido todo un gastróno­
mo. Y se encontraba así como el niño adorable, autoadorado, de
esa madre "divina” que justamente acababa de pasar al lado del
Otro.
El héroe de Kafka quiere captar la atención de todos para con­
fiarles su última palabra, el programa de su dieta: su comida es in­
comible; nada de lo que gustan es de mi gusto. Quiere que quieran
esta revelación: que no están como para ser queridos, no más que
su alimento.
Es una bofetada para todos, y para los valores de los que se
retacan; el repudio total. El anoréxico encarna en ello la “ verdad” ;
es una, siempre hay un extremo por el que nuestros alimentos y
nosotros mismos somos desperdicios o nos convertimos en eso.
Pero sucede que los espectadores de la prueba acusan al ayunador
de comer a escondidas; en resumen le dicen: ocultas, niegas aquello
por lo que eres com o nosotros. Imagínese a los padres gritándole
a su hijo anoréxico: ¡pero si eres de nuestra misma carne! Por más
que te lo ocultes, ¡es cierto! Estás ligado a nuestros goces. Y su
hijo, anoréxico o toxicómano, no quiere estarlo; quiere pasar al
otro lado, al lado del Otro; cambiar de especie. Todo eso es infer­
nal, kafkiano (y raramente resulta cóm ico.. .). Así pues, al ayuna­
dor, que debe establecer una marca, en plena carrera con el tiempo
para inscribir un límite —el de su vida y su muerte confundidas— ,
lo ponen melancólico esas sospechas. . . . Así que canta mientras
puede durante la prolongada guardia de los vigilantes, que además
son carniceros —cortadores de cuerpos, bocas al acecho, Pero la
gente no depone las armas: admira "la destreza con la que lograba
comer cantando’’. Es el torbellino: perversión, contraperversión,
ataques y contrataques; como para pensar que para el drogadicto
(y el anor éxico lo es) el factor en juego es atraer el reconocimiento
de la gente para invalidarlo, atraer la ley para negarla o desafiarla;
y que para la gente, o la sociedad instituida, el factor en juego
es escatimarle este reconocimiento, hacérselo pagar c a r o ... Y él
paga con su cuerpo; su cuerpo encama este reconocimiento y su
vacuidad. Pero él quiere ser conocimiento místico del Otro, de ese
alimento invertido del que se atasca. Sólo de paso se alimenta de
la atención de los demás; como en el caso del jugador empederni­
do, que no es el dinero lo que lo alimenta sino el juego (y el dinero
alimenta el juego); como el placer en el caso del drogadicto y el
dolor en el del masoquista. es un carburante necesario para que
la Escena de la Encarnación se produzca. En realidad como todo
drogadicto o todo perverso, el anoréxico está atado no tanto al
hambre, al alimento, a la droga como tales, como a la cuestión
del Vínculo, del vínculo entre Uno y Otro; entre alma y .cuerpo.
e lla : Pero cuando la gente aplaude los resultados, ¿aplaude a
su propia tontería de haberse dejado engañar?
é l : N o , es la tontería inherente a todo vínculo. Por lo demás,
sólo el ayunadoi podía saber si había ayunado “ impecablemente’*
(es esencia] la idea del pecado), “ sólo él podía constituir ante su
ayuno un espectador perfectamente satisfecho” . Es el acento auto-
erótico, narcisista, deprimente.
ELLA: De todas maneras ese montaje es curioso, pues actualmen*
te la sociedad, la institución, vela y vigila para que coma al anoréxi*
co y no para que no coma, como en Kafka.
ÉL: Ese texto prueba que es lo mismo; es la prueba poética. Es
una radioscopia del dispositivo anoréxico. Muestra que más allá de
comer o no, más allá de los gestos equivalentes a su negativa, lo que
cuenta es cuestionar lo que alim enta a las muchedum bres humanaSi
el “ trozo” que se come poco a poco cada grupo o institución.
Trozo de padre muerto, fetiche, o simple “ trozo” por volver a mas­
ticar, repetir rumiar. Kafka es claro al respecto: el anoréxico es el
único que “ sa b e... lo fá cil que es el ayuno” , más allá del placer, de
la embriaguez, es la conclusión encarnada, la afirmación camal de
que no hay nada en este mundo que verdaderamente valga la pena
ser com id o, estar “ crudo” . La cuestión metafísica se hunde en el
abismo.
e l l a : Se diría que la hipocresía ambiente exige esos héroes de la
verdad que se acercan con su cuerpo frágil y m ístico. . . Todo eso
resulta un poco m oral. . .
é l : La perversión es el colm o de la moral. Usted lo sabía. La mo­
ral se realiza en la perversión, se encama en ella, pero como moral
"unitaria", por cuenta de uno solo, o de un grupo que se cree “ so­
lo” . . . Vuelvo al artista. Cuando tras cuarenta días de ayuno (cifra
simbólica) se detiene la prueba, y la detienen porque el empresario
registra “ una notable disminución de la demanda” , se proclaman
los resultados, y dos "jóvenes damas felices de ser las elegidas" in­
tentan "hacer bajar al campeón lor> pocos escalones de su jaula;
descenso de la cruz. .. El joven esqueleto se debate un poco: ¿por
qué lo interrumpieron tan pronto? Habría podido resistir un “tiem*
po ¡lim itado”. Es que "no sentía ningún límite para su facultad de
ayunar” . Y con razón, sólo él conoce su secreto: no hay nada que
comer. Entonces, en medio del estrépito de la música que ahoga el
discurso —los ruidos del m undo.. .—, el empresario:“ levanta los
brazos por encima del artista como para invitar al Cielo a mirar por
fin su obra que yace sobre esa paja, a contemplar a ese lamentable
m á rtir.. . asía al campeón por el brazo, lo tomaba por el delgado
talle con prudencias exageradas destinadas a mostrar de qué cosa
frágil había que hacerse cargo, y lo devolvía a las damas ahora páli­
das como la muerte". Es una escena de nacimiento cósmico o meta-
físico: el empresario partero recibe al niño mártir concebido por el
Cielo (que ha puesto en su Creación imperfecciones bien conocidas,
obligando a algunos al m artirio,. . ), y como es competencia de las
damas, se les devuelve el Niño: “ Todo el peso, ínfimo a decir ver­
dad, descansaba sobre una de las damas que buscaba ayuda y con
la respiración ahogada —no era así como había imaginado esa glo­
riosa misión— comenzaba por levantar el codo mientras podía para
preservar al menos su cara del contacto. . . " Luego, como la otra
mujer no venía a ayudarlá, “ la dama prorrumpía en sollozos para
deleite de la asistencia.”
e l l a : Es demasiado. Ante tales factores en juego me parecen in­
significantes argumentos del tipo: la causa de la droga es la “ crisis
de valores” , o la droga como "respuesta a la regresión pulsional
que ocurre en la adolescencia” .
é l : E s que no se trata de crisis sino de fundación de los valores,
de reestructuración, de pasos repentinos por el origen, por el punto
cero del deseo; la regresión no es sino el regreso de una fundación
imposible, cuyo imposible busca otras vías para asumirse. . . Pero
vuelvo a mi artista. Una vez "reconocido", aplaudido, devuelto al
mundo, está por supuesto deprimido. Su palabra está sin contacto
con las que lo rodean. Malentendido total. Es como si se explicara
a los drogadictos que están enfermos a causa de la droga, cuando
que se drogan porque están enfermos de la vacuidad de los vínculos
que se ofrecen; para ellos es ya un "bien " tener a qué "enganchar­
se” , al vínculo de la droga justamente. Además hay un cretino que
explica que si el ayunador está deprimido es porque tiene hambre
—biología obliga. . . Eso encoleriza al ayunador, que sacude "como
un animal los barrotes de su reja” , y el otro explica que el ayunador
se irrita porque tiene el estómago vacío, que es comprensible. . . Es
así, la sociedad venda la herida con sus "causas” propias, pone su
cataplasma ahí donde el drogadicto desgarra la venda y desnuda la
herida. ¿Y cómo luchar contra esta incomprensión que "presenta­
ba como un efecto del ayuno lo que no era más que la consecuencia
de su interrupción prematura"? Kafka se da cuenta de que el ayu­
nador es un drogadicto y de que los problemas del destete son los
de una vuelta al mundo; habla también del ayunador como de un
alcohólico "fanáticamente entregado a la embriaguez del ayuno” ,
inconvertible a ninguna otra profesión. Un buen día pierde “ su pú­
blico"; el público ya no es atraído por el "espectáculo del hambre” .
Tiene sus drogas bien etiquetadas: sus pequeñas perversiones nor­
males, sus puntos perversos estabilizados y por ello silenciosos,
sus borracheras inocuas, se conforma con ellas y se basta a sí mis­
mo. Hay pues interés en "alcanzar” la sociedad, en "engancharla”
para conservar un público, para “ fijarlo” , si no, es la muerte o la
nada. Ya ve, no sólo a los drogadictos concierne ese programa, sino
a todos aquellos que luchan cuerpo a cuerpo con la sociedad como
tal para fijarla en ellos, aquellos que viven de esta fijación. (Y la
“ sociedad” puede también ser un nudo en la historia familiar.)
El ayunador se ve reducido a contratarse en un "gran circo” (me
táfora del mundo), donde su búsqueda se aliena todavía más: en
otro tiempo estaba puntuada de malentendidos, de falsos reconocí'
mientos; ahí es la indiferencia total. La gente se acostumbra a su ra
reza, se le hace un lugarcito en un rincón, y este “ acostumbrarse de
los clientes ‘equivale’ a una sentencia de m u erte". Allí es el públicQ
el que está drogado de indiferencia, insensible a la singularidad del
tipo en busca de Otro alimento. Ahora bien, si ya no hay nadie que
lo escrute, lo interpele, pues se muere; así como según algunos, si
ya no hay hombre que mire el sol o vibre a su luz, corre el riesgQ
de extinguirse; su calor perdería su agudeza significante. Eso es lo
que le sucede a ese drogadicto: el horror —" nadie cuenta los días)
ni siquiera él” . Ya no tiene el mínimo vital para dialogar con su
muerte. De pronto allí está, entera. Lo recogen como un desecho y
muere pidiendo perdón a todos por haberles hecho creer que hacía
un esfuerzo. No, ningún esfuerzo, simplemente nada que fuera de
su gusto. . .
Y Kafka sutilmente les hace meter en la jaula, en el lugar del
ayunador, a una “ joven pantera. . . noble cuerpo harto de todo has
ta el límite preciso en el que corría el riesgo de estallar” . Ante esta
imagen invertida, esta anorexia invertida, animada, la gente se en­
cuentra embelesada, fascinada.
ELLA: No está mal. Sin duda alguna los otros —la sociedad y sus
instancias—‘ necesitan drogadictos (y drogas) accesibles que los hip«
noticen, que los ayuden a acallar falsas cuestiones; drogadictos que
les encarnen su creencia en una ley real: la ley implacable toma
cuerpo en ese “ mártir” , mientras la gente chapotea en esa creencia
proyectada en el "más allá” , hacia el “ más tarde” que no viene.
ÉL: Un m á rtir no es más que un testigo, y el drogadicto testimo­
nia encarnando ante los otros las pulsiones de muerte cómoda que
los agrupa y les da una apariencia de ser. . .
e l l a : Ya veo de dóndo viene la etiqueta de megalómano que se
le pone al anoréxico; el entorno se siente agredido al ver sus sueño*
más ocultos puestos al desnudo por ese cuerpecito testarudo que
se compromete a ser el punto cero de la Ley, el origen develado) y
su cuerpo de drogadicto es el grito sin voz del gran Conjunto y de
la gran Renuncia...
ÉL: Sí, por otra parte, lo propio de una verdadera droga es la
dependencia que crea: la droga es una forma de vida-m em oria: to­
marla crea una fuerza de recuerdo; mientras que uno absorbe los
alimentos ordinarios, rechaza una parte, y lo que no retiene es o lv i­
dado, asimilado; en si eso no crea un vínculo. Es cierto que se con­
sume en sociedad: comidas, fiestas.. . pero la sociedad es aquí acu­
sada por su vacuidad simbólica, su memoria blanda o ausente.
Normalmente, uno olvida que come y lo que come, pero la anoréxi­
ca recuerda sin cesar su hambre, ese alim ento-m em oria reducido al
sostén vacío, al casi nada tomado como tal.
e lla : Lacan dijo que la anoréxica "come nada".
é l: Para decir sin duda que devora la Nada del deseo. Sin em­
bargo la anoréxica está más allá del deseo, el deseo está ya petrifi­
cado en ese cuerpo que se vacía y se devora ávidamente, que encar­
na a la vez Uno y Otro, vida y muerte confundidas. La anoréxica se
convierte en'ese alimento-memoria, se completa y se intoxica con
su hambre, como un perverso se intoxica con su impulsó fetichista,
como el terrorista se embriaga con la verdad que encarna, como el
místico se emborracha con el Dios en el que se con vierte...
e lla : ¿Entonces el hambre para la anoréxica no es más que un
alimento provisional, en espera del Alimento ideal y mortal del que
hace las veces?
ÉL: Sí, pero mientras tanto sobreviene el m entís masivo: las ne­
cesidades corporales elementales son desmentidas: alimentan el
discurso ambiente que se reduce —y que la reduce— a las necesida­
des. Ése discurso es pisoteado como ley que pretende sacar su fuen­
te de la realidad del cuerpo. El mentís llega lejos, pues la anoréxica
pretende hacer lo mismo, en apariencia: sacar su fuente del cuerpo.
El cuerpo no es para ella, como se dice, despreciado o desconocido:
es el testigo necesario, el Tercero encarnado con el cual ella se con­
funde.
e lla : Todo eso irradia un odio bastante vibrante por los demás...
é l: La palabra de los demás es tomada como alimento por des­
truir, por eliminar totalm ente. Es "vomitada” , devuelta, cagada: he
conocido anoréxicas que pasan la mitad de la jornada en el excusa­
do a fuerza de laxantes para tener las tripas limpias de cualquier
desecho. Una defecación del ser Ahí el voto de pureza va acompa­
ñado de la certeza de que todo, en el mundo, los "jode hasta decir
basta". "Todo el mundo” está atrapado; cualquier otro está al rapa­
do por la mirada sobre el cuerpo y el discurso sobre el alimento;
invitado a ver cómo la incansable anoréxica rum ia su carencia. Ella
captura con su cuerpo el vacío del Otro que convierte, en el hueco
límpido de su vientre, en un embarazo imposible, en un monstruo
angél ico.
ELLA: ¡De todas formas está enferma de eso!
é l : No, sólo está enferma de las ‘repercusiones" de esta aventu­
ra, así como el alcohólico está enfermo de las repercusiones de su
estado, no del estado mismo; así como el masoquista puede estar
enfermo de las supuraciones causadas por las heridas que ha red
bido; pero es raro, parecería que el cuerpo, clavado en un programa
fetichista, no tiene tiempo para distraerse en tener algunos males­
tares . . . la anorexia, el alcoholismo, la toxicomanía, etc., a la inver­
sa, son efectos de una elección patológica de vida, aunque es una
“ elección" involuntaria...
e l l a : En el fondo, la anoréxica se niega a compartir una ley, la
que hace que se coma en compañía, con otros, aun solo, y aun si no
come uno el mismo "bocado".
ÉL: ¿Sabe? El alimento por sí mismo no simboliza nada; es el
vínculo “ social” lo que rechaza la anoréxica. En cambio, la polari­
dad alimento-hambre le sirve para simbolizar la alternancia lleno*
vacío, presencia-ausencia, vida-m uerte... cuya diferencia ella asu
me; y esa "diferencia" en la que se convierte hace de ella su propio
fetiche.
e l l a : En alguna parte leí que la relación amorosa a menudo es
excluida por esos sujetos. . .
é l : Si no como medio para llamar los emblemas del amor, si
para rechazarlos, invalidarlos, asistir a su fracaso. Es el rechazo a
compartir puesto que el amor es compartir el amor.
e lla : P e r o ¿ n o p o d e m o s d e c i r m á s s im p le m e n t e q u e la a n o r é x i-
c a , y e l p e r v e r s o e n g e n e r a l, e v i t a m e d ia n t e s u d is p o s it iv o e n f r e n ­
t a r s e a la v id a , a l E d ip o , a la c a s t r a c ió n , a la e s c e n a p r i m i t i v a . , . ?
ÉL: . . .a las facturas de fin de mes, a las molestias de la circula-
c ió n .. . al marasmo de la nostalgia... ¿y qué más? No se explica
el compromiso de un ser mostrando lo que evita, las pequeñas y
grandes molestias, "las alegrías y los sinsabores” que "nosotros’5,
los "responsables", no podemos e v ita r ... Eso no explica nada del
montaje perverso, del programa frío, Fanático, de fundirse con el
Otro para ser engranaje de la verdadera ley, espacio autosuficiente,
narcisistamente estable.
e l l a : Sin embargo explica esto: que el montaje perverso, sobre
todo el anoréxico, registra el trauma al mismo tiempo que lo resuelí
ve: en el fetiche. Una especie de neurosis "actual” que quiere curar
se de si misma, bastarse a sí misma. . .
ÉL: Sí, es un juego complejo donde retoma uno p o r su cuenta el
choque con el Otro, el fracaso del Otro, se apoya uno en él para dic­
tar ley. Pero hay un rasgo propio de la anorexia: es visible, incluso
y sobre todo si la imagen del cuerpo es desmentida. Es visible para
ser desmentida; es una imagen prohibida de la imagen. Es la maldi­
ción de Narciso. El anoréxico se echa encima el peso malsano sobre
la imagen produciendo la imagen insoportable al Otro: a los otros
y a sí mismo. Y como lo propio de nuestras imágenes es que se nos
escapan, que no son totalmente nuestra identidad, el anoréxico in­
vierte esta escapatoria y hace de su identidad una imagen “ real” ,
controlada, que busca en las raíces del cuerpo el último apoyo sim­
bólico.
e l l a : ¿E s lo que algunos llaman “ regresión” y que sirve para ex­
plicar el advenimiento del perverso? Ya sabe, el drogadicto cuya
imagen en el espejo del Otro, en la mirada de su Madre, fue rota
desde el origen, y cuyo objetivo sería pegarla con droga. . .
ÉL: Veo más bien lo inverso: es la imagen del Otro que ha sido
torpedeada, y el perverso vuela en ayuda de ese Otro para capturar­
lo, salvarlo, aboiirlo en él; desata su perversión donde se suicida
con el Otro en un resplandor de vida. El toxicómano toma la droga
como un objeto de muerte y un alimento celeste, de otra vida. Pues­
to que lo ata, es un masoquista del vinculo, de la pertenencia.
e l l a : Parecería que todos se lanzan sobre su producto —droga,
hambre, ebriedad, fetiche. . . — como sobre el sexo de Dios; por de­
vorar. Además tienen una oralidad exasperada, voracidad de las ve­
nas o de las "células", absorción furiosa, son la inscripción perfec­
ta de una ley oral, tragada e integrada a sus células, una ley oral
escrita con su cuerpo.
ÉL: Hallamos aquí que los perversos son drogadictos de la Ley;
tienen un hambre insaciable de la ley en la que se convierten, de lo
simbólico que encarnan, del deseo que organizan —del que son el
órgano vivo e "inm ortal” . . . En cuanto al sexo de Dios, le dejo a us­
ted imaginárselo. ¿Lo que quería usted decir es que ese sexo, o el
fetiche, es el punto en el que el Otro no se pertenece? ¿El punto en
el que su goce se le escapa?
e l l a : Quizá
ÉL: Porque entonces sigue una idea interesante: llamamos
'perverso'’ a aquel que se deja atrapar, intoxicar, en los orificios
donde un ‘cuerpo social” desprende el goce otro que se le escapa,
en los puntos de vértigo y de inversión donde secreta extrañas
miasmas, que algunos han tomado al pie de la letra, de las que
han hecho su contraseña, o su punto muerto. Ahí vemos más claro
el aspecto droga de toda perversión, droga "dura” , incrustada, y
no sólo el aspecto fetiche (que sin embargo se relaciona). ¿Qué
le parece?
e l l a : Seductor. Pero vuelvo a pensar en el "ensayo": la anoréxi-
ca debe ensayar su hambre un poco más para sentirla, como el dro­
gadicto debe inyectarse un poco más cada vez para sentir la dife­
rencia ¿no?, o para mantener el nivel de p la ce r.. .
ÉL: Si ése fuera el caso, ya se lo he dicho, estarían todos muer­
tos. Ahora bien, eso puede durar mucho tiempo, y de una manera
más bien tranquila. La anoréxica se inyecta todos los días un ham*
bre nueva; repite la prueba continuándola; todos los días es un poco
más, un día más sin que aquello la lleve a la muerte, aunque siem­
pre quiera intentar ir más lejos. El objetivo no es una huella que s*
aleja siempre como el horizonte, es el hecho mismo de inscribirlti,
de ser su autoinscripción. Cuando la anoréxica dice no tengo ham■
bre, no es una mentira, dice simplemente: no tengo la misma ham­
bre que ustedes; ni los mismos fines. El Vinculo ambiente es recha­
zado mucho más que la dependencia al gesto "natuial” de
com er.. . Y en el fondo, es al Otro al que la anoréxica alimenta. ..
con ella misma, para llenarlo, asfixiarlo, exterminarlo en el impul­
so que la lleva a encarnarlo.
e l l a : ¿Tendrá miedo de comer porque teme una "satisfacción
demasiado grande"? Lo leí en alguna parte.
ÉL: Ante todo el orgasmo del hambre o el orgasmo bulímico no
es pequeño; luego el miedo a una satisfacción no se presenta sin la
satisfacción de ese miedo; no es pues un buen punto de referencia,
e l l a : Exacto. Extraño goce sin embargo, el de encarnar la de­
sencamación: esos cuerpos que se consumen parecen querer con­
vertirse en el espíritu de la carne, como una revelación del ser, pero
en la realidad. ,
é l : L o malo es que los vínculos entre la carne y las palabras, en­
tre materia y memoria, no pertenecen a nadie: están en el caos don­
de el mundo se crea y se recrea.. . Aparentemente se rebelan con­
tra los montajes que los encarnan.
ELLA: Sí, pero aparentemente, los demás necesitan que se les en­
carne lo insoportable del vínculo, para poder vivir tranquilos su
vínculo convenido.
É l : E s u n a f i g u r a s u t il d e l " c h i v o e x p ia t o r io ” : n e c e s it a n c h iv o s
e x p ia t o r io s voluntarios, sacrificados que tomen la delantera, añoré*
xicos de la vida q u e n o h a lle n m á s a lim e n t o q u e e llo s m is m o s , y q u e
s e o f r e z c a n c o m o p a s t o . C o m o e n lo s t ie m p o s a lu c in a d o s d e l s u e ñ o
k a f k ia n o , d o n d e to d o s te n ía n necesidad d e a s i s t i r a la exhibición
d e l a y u n a d o r . .. Y e n u n a p u e s t a e n e s c e n a e lla m is m a p e r v e r s a ,
d o n d e e l d iá lo g o y a p e r v e r s o e n t o m o a l a lim e n t o e s u n id o a o t r o
e n t r e " e x h ib ic ió n ” y " v o y e u r i s m o ” . . . D e e s a d u p lic a c ió n te n e m o s
e q u iv a le n t e s m o d e r n o s , n iv e le s d e p e r v e r s ió n e s t r a t if ic a d o s , c u a n ­
d o la a n o r é x ic a e s t r a t a d a p o r a lg u n o s d i s c u r s o s in s t it u id o s , in s ti-
t u y e n t e s , in s t i t u t o r e s . .
e l l a : Ese lado narcisista del espectáculo es por sí solo una dro­
ga. . . Conocí a una niña que sólo pudo ‘‘desengancharse’ convirv
tiéndose en actriz, y de teatro, no de cine: la mirada "negra’ de la
sala la fijaba mejor que el ojo de la cámara. . . Imagino que en lo
concerniente a la gente, tener una mirada infinita que fije al objeto,
que lo devore, d e l* ser bastante gozoso; un canibalismo apenas su­
blimado. . .
ÉL: Lo que dice sobre la bifurcación “ teatral” de esa niña droga-
dicta me interesa. .. Tiene trayectos que pasan de la anorexia a las
drogas duras, luego a la secta que desintoxica, luego a las búsque­
das de instantes creativos o "expresivos” , justamente el instante
“ teatral” donde se captan todas las energías del auditorio para ali­
mentar la imagen de sí de la que uno puede entonces llenarse, si se
la puede ver a través del Otro al que se captura. (Ahora bien, a me­
nudo hay vueltas de imágenes: la prensa, la opinión. ..) Ello tam­
bién funciona como un flash o un fix-* se fija la tensión de los de­
más . . . uno se -convierte en droga para sí. Ése es el núcleo
narcisista de la sublimación, debe ser consumado por las dos par­
tes —el sujeto y la gente—, cada uno encontrando allí su goce.
Cuando la gente se rebela, es que el trozo se le escapa, y por consi­
guiente el otro se convierte en delincuente. Pues está también el
paso por la delincuencia: manera de capturar una parte del vínculo,
del vínculo social autoritario del cual no es uno más que apéndice.
El paso de una forma a otra cambia el estilo, no lo que está en jue­
go. Las “ perversiones" en el sentido amplio que doy a la palabra
son enfermedades del vínculo social en calidad de individuo atrapa­
do de pronto en la locura de encargarse de ellas, de asumirlas.
Hay enfermedades de las que se puede vivir, no sólo enfermeda­
des vivibles. . . “ Chivo expiatorio voluntario” , es un buen “ rollo”
cuando uno es resistente.
e l l a : A algunos sin embargo dan ganas de decirles: dejen que el
mundo se descomponga, no va a morirse por eso, hasta puede ha­
cerle bien . ..
ÉL: Es menos simple, sería preciso que perdonaran al mundo ser
lo que es, por lo tanto que se perdonaran a sí mismos parecérsele
tanto. Ahora bien, se vengan de parecérsele, y de tener que vengar­
se; se tienen rencor y le tienen rencor. Su rechazo a la fuerza de un
sí fundador, casi "inconsciente” . Es decir que la perversión no se in­
sinúa en las tensiones de la sociedad: es esta tensión que de prontd
estalla a la luz del día.
En cierto sentido podemos decir que como todo perverso, la ano­
réxica suicida al Otro (a veces es observable clínicamente a cielo
abierto: ayuda a su hermana, ella misma anoréxica, a suicidarse, a
la otra que fue lo bastante perversa como para pedírselo). A seme­
janza del profeta que interpreta al rey de "Babel las tres palabras
claves de su visión (Mené: Dios te ha contado; Teqel: te ha pesado;
Ufarsim: y tu serás, por Él, destruido), así la anoréxica, como profe­

* Inyección.
tisa inspirada, sin saberlo, ha pesado al Otro, y # a descubierto que
no pesa mucho, que no tiene las cualidades requeridas, y ella se en
carga de encarnar ese mensaje sagrado que interpreta a los edifi
cios convenidos su ruina inminente. Y se dice con una dulzura im
placable, no como el terrorista místico que fulmina y gesticula;
puesto que tiene el factor en juego en la mano (su cuerpo) la añoré
xica está segura de tener razón, y de poder más que cualquief
"otro".
Huelga decirle que cuando el terapeuta queda atrapado en ese
lugar del Otro (y sabemos que lo está deseando), pues bien, cuando
lo agarran ahí, resulta que no pesa mucho; la damita se lo traga de
un bocado.. .
Así pues, podemos tener variantes más “ histéricas" de la añore-
xia, donde el aspecto neurosis parece modular masivamente el sín­
toma. Pero son las variantes propias del carácter de la anorexia las
que a veces se imponen dado que su objetivo es fijar al otro. Por
ejemplo puede tratarse no de no hallar alimento adecuado sino de
presentarse como quien duda absolutamente de sí, que no tiene nin­
gún apoyo adecuado. Entonces la persona conduce naturalmente al
entorno a protestar: pues claro que sí, tú puedes, hazlo y verás, lo
lograrás, etc. (equivalente a: pues claro que sí, come y verás, recu­
perarás las fuerzas, etc.). Dicho de otra manera, el entorno es desti­
nado a no tener más que certidumbres ante el sujeto que sólo mues­
tra dudas. Por supuesto siendo desmentidas las certezas del
entorno por la duda de ella. La inversión perversa es pues instantá­
nea (bajo la forma de creencia fanática en-lo infundado de su propia
existencia; que va a la par con una sobreinvestidura narcisista y
malsana de dicha existencia).

2. ALCOHÓLICO

ELLA: Me gustaría que habláramos de los viejos trotape rversiones,


los alcohólicos, aquellos para quienes el alcohol sirve de vínculo ab­
soluto. Tengo una amiga que trabaja en una casa para ellos, para
los odres, los cirróticos. . . Por la noche cuando regresan, los regis*
tra, y ellos se sorprenden tanto como ella de hallarse encima su an-
forita, pues dicen que no beben; que sinceramente no lo hacen;
como si bebieran sin saberlo, a la salud de su ignorancia. El direc*
tor modera (cree que eso los vuelve moderados): "Hay que compren­
derlos, han sufrido” , y él los comprende. Parecería que él quisiera
ser la mejor anforita que se toman. . . En pocas palabras, no sé
quién es el más perverso, si el alcohólico o los discursos que lo tra­
tan, que se instituyen sobre él, estando él conectado a ellos.
ÉL: Sí, conectado, empalmado, m am ándolos... Es el acopla­
miento que actúa perversamente. No hay cosa más perversa que
una pareja —Uno y el Otro— bajo formas muy diversas. Y cuando
el paciente parece "solo” es que maneja en secreto un acoplamiento
muy preciso; se ha ‘ido" con aquello por lo que en otro tiempo
fracasó. Por lo demás, la pareja terapéutica refleja las condiciones
de surgimiento de la enfermedad; por lo tanto las de su conserva­
cióni; y a veces tan fielmente que no tiene uno la fuerza para salir
de ellas; uno es la yunta terapéutica: atascado en su existencia, ya
no puede cambiar de costumbre, y el dispositivo excluye al Tercero
que prometía; curioso vértigo: las causas de la enfermedad recu­
rren a un Tercero para sacudir el síntoma perverso, y he ahí que
la yunta terapéutica los reduce a un espejo entre dos. . .
e l l a : . . .¿cuando aquello se reduce al diálogo entre el medica­

mento y la embriaguez?, ¿o como dice Frangois Perrier, entre la


química y la alquimia?
ÉL: Es más complejo, es por supuesto el enfrentamiento entre el
Dios del médico y el del enfermo; guerra de religiones, frente a
frente de dos fetiches. Y es el "enferm o" el más fuerte: su factor en
fuego simbólico va más lejos; el más perverso gana; el terapeuta no
tiene más que un factor en juego normativo, conservativo —como
el bueno de su director ... Pero se refuerza también; la sociedad
se refuerza al restar importancia al factor en juego perverso, se au­
tentifica al colocarse por encima de él; lo contrapervierte fijándolo;
no salva al perverso sino que "se salva” gracias a él. Su acoplamien­
to se estabiliza, adquiere fuerzas.
Algunos —alcohólicos o no— se entregan a la bebida, beben has­
ta que todo esté permitido, gracias a lo cual nada está permitido.
Recuerde, en Dostoievski: "Dios está muerto, todo está permitido” ,
y el otro que responde: "Dios está muerto, ya nada está permitido.”
Pareciera que el punto crítico —comatoso o no— que tiene en la
mira el alcohólico, su flash, es el punto en que su Dios está muerto,
el Dios en el que él mismo se convierte, en ese punto precisamente.
Paradoja evidente del alcohol: lo libera y lo lleva allí donde, levan­
tada toda inhibición, ya no puede hacer nada. Más allá de ese pun­
to, es cuestión de memoria: algunos pueden regresar, y hacer algo
con ese exilio fulgurante. Otros se consumen. A veces es la familia
como tal, la "estructura’ , la que es "alcohólica” , sin que sus miem­
bros lo sean verdaderamente; beben cada uno a su modo —hasta
colmar su "sed "— pero en el corazón del vínculo familiar todos se
llenan de alcohol, está el vértigo que nada calma, y que atrapa a to­
dos; la filiación
e l l a : ¡El alcohólico es increíblemente cómplice de su destino!
ÉL: Más que eso: quiere ser el autor, por ser el "autor" de su des
tino se encuentra instalado en su estado; luego en todos sus esta­
dos. E ilustra bien la diferencia que se ha visto entre neurótica y
perverso: el primero tiene su destino en las manos del Otro —pa>
dres, antepasados, divinidades precarias—, se aferra mediante hi­
los chirriantes de culpabilidad, negación, rechazo; el segundo re­
nueva en él, sobre él, el acto de fundar al Otro, de crear la nueva
alianza de la que es el dios y el sacerdote: "ésta es mi sangre” , y se
la bebe. . .
e l l a : Se dice sobre todo que sigue la política de lo " p e o r " . . .
ÉL: Ni más ni menos que el drogadicto, la anoréxica y otros,
para quienes lo "p eor" o el "m al” se aproxima a la p erfección mejor
que los bienes ordinarios. Si el perverso es un centinela del absolu­
to, es por ello un partidario de lo "peor” ; una presencia de lo impre­
sentable; el punto de fuga recobrado de los vínculos imperfec­
tos. . .
ELLA: Volvamos al discurso instituido que circunscribe al
alcohólico. ..
ÉL: A veces es un discurso perverso; ofrece su relatividad com o
“verdadera” imagen del absoluto. El perverso desmiente ese discur-
so, se hace su objetor, el objeto que falta, la puesta al desnudo; pasa
a un segundo nivel donde transforma el llamado de los demás en
fetiche (el primer nivel es el contexto familiar donde se ha fijado su
destino). La sociedad es para él una forma degenerada del Otro, y
en su "diálogo” con él, recupera su primer diálogo imposible con
los suyos, con su tipo de ley; palpa, tuerce y retuerce ese encuentro
infinito entre él y aquello p o r lo que se ha inventado perverso. Su
fijeza "actual” frente a los otros —pues no se mueve ni un milíme­
tro— garantiza su perversión y es un efecto de ella. A veces, los
otros son “ tolerantes": al saciarlo, lo fijan. Pero es impresionante
ver el discurso "prim ero” que lo consagró como perverso regresar
veinte o treinta años después bajo la forma "segunda", y dirigirse
a él para tratarlo, consolarlo, "mantenerlo” con él mismo. . . Es to-
fnando la delantera como el alcohólico se le escapa; como convir­
tiéndose en alcohólico escapó en otro tiempo al discurso ambiente:
significando con su cuerpo el punto límite de ese discurso, da a su
cuerpo su "verdadero” nombre: alcohólico.
e lla : Habla usted de escapar, algunos manipulan perfectamen­
te esta manera de escapar. Por ejemplo, en la oficina, trabajo impe­
cable hasta las cinco de la tarde, luego, salida, y a la media es ya
el coma, el punto límite, el flash —¿cómo nombrar eso, ese paso por
lo innombrable?— y poco después la buena mujer regresa, pues es
una mujer, fresca y alegre; muy sorprendente. Incluso por algún
tiempo creí que no era alcohólica, que simplementé bebía demasía-
do, que se untaba, se lubricaba las neuronas, la tubería, pero no, ¡lo
era de verdadl Y no había que acercársele cuando andaba arranca­
da, porque entonces le decía a uno hasta de lo que se iba a morir:
el otro día llamé en el mal momento, entonces se vació por teléfono,
como un lavabo, y el ruido de sifón final fue una cantinela racista
increíble, de aquellas que destrozaba en sus “ tomas de posición” ,
en ayunas. . .
é l: Dice usted que es de las 'de verdad” . Esa también es una si­
tuación de la verdad. Pienso en una frase de alcohólico citada por
Perrier: “ No, gracias, nada de alcohol, soy a lco h ó lico .” Es la erec­
ción de un verdadero nombre, de un título (alcohólico) —capaz de
poner en falta cualquier gesto simple y convivial: ¡no se da alcohol
a un alcohólico!. . . Es lo ú ltim o que hay que h a ce r.. . ¡y tengo que
ser yo, un alcohólico titulado el que vigile! Tiene a su identidad, la
cual se declina sola: y simbólica; etiqueta por favor. Ello junta sus
buenas intenciones y las del entorno; vínculo fetiche, intocable. Pa­
rece decir: el alcohol soy yo; soy yo el que lo toma, no me dejo enga­
ñar al respecto; m i títu lo excede los m im os de usted a m i persona.
Precioso tener por nombre un título; hay sociedades en las que la
gente se mata por eso.
e l l a : ¿Las sociedades totalitarias?
ÉL: N o sólo, en todas partes donde sobre fondo de realidad
—económica u otra— se desata la lucha de las plazas y de los títu­
los que produce una nueva "realidad' lo bastante fuerte como para
sumergir la realidad del principio. Los nombres se ofrecen al juego
perverso de los títulos que pretenden; juego de nombres y de cuer­
pos: cuerpos deportados, nombres anulados, degradados, r eanima­
dos . . . El alcohólico, una vez titulado, asume valerosamente su
condena por parte de los otros; pondera, toma la deJantera y se une
al factor en juego masoquista.
ELLA: Eso me hace pensar, decididamente, en los procesos estali-
nianos: en los acusados que aceptan hasta las faltas que no cometie­
ron, como para acaparar la falta. Pienso en ello porque me digo que
ahí la masa opone al régimen una sorprendente fuerza de inercia,
la del alcoholismo justamente.
ÉL: Quizá. . . En todo caso el alcohólico aclara el factor en juego
masoquista, sobre todo en la relación de poder: se trata de h un dir
a los demás en su com pacidad juzgante, en su necedad, destruirlos
c o m o “ otros". Al asumir las palabras de los demás, se las arranca;
al aceptar ser su desecho, los desaloja, en una violencia que pulveri­
za todas las estrategias neuróticas. El chivo expiatorio que toma la
delantera arranca a los demás su pequeña partitura de música sa­
grada que se preparan a entonar en el momento del sacrificio. . .
La canta solo, a grito pelado. En todo caso, les arranca la lengua y
se une de golpe, en el instante fulgurante, al Otro que el grupo que
ría doblegar o calmar mediante el sacrificio; se convierte en ese
Otro, va a fijarse en el lugar del vínculo que pretendía consolidar
denunciando al perverso. Ahí también más allá del mentís, es la in
versión. Invertir la relación con el Otro es convertirse en huella, Le
tra ilegible por ser fetiche, en vez de estar e n re la c ió n con el Otro;
es irreductible al desplazamiento o al “ deslizamiento” , a las
metáforas-metonimias. . . No hay "aproximación” de la verdad:
uno decide; lo arcaico y lo simbólico se unen; el perverso invierte
la escena, escena primitiva convertida en acto, verifica lo contrario
en la verdad en la que se convierte.
e l l a : ¿ I n v i n o v e r it a s ?
ÉL: No es en el vino donde busca la verdad, no más que el droga*
dicto en la droga. Uno y otro s o n la verdad en busca de sí misma,
relevándose a sí misma. Cuando el alcohólico aprovecha para decir
“ su v e r d a d ” a los demás, puede inflarse y pavonearse; pero encarna
sin saberlo lo irrisorio de la "verdad” a falta de garante.
e l l a : A veces se dice a sí mismo su verdad cuando pone a otro
hombre en la cama con su m ujer. .. imagino que se dice su buena
verdad de homosexual, o que la actúa.
ÉL: Pasa al acto lo que otros fantasean, pero es un detalle.
e l l a : ¿Él lo v e ? ¿ S a b e que se disuelve en el alcohol?
é l : Él es ese saber, se burla pues de saberlo. Bebe al Otro, se
emborracha con él, lo disuelve en él así como él en la ebriedad; de
saparición suicida del Otro. Como todos los perversos, el alcohólica
es víctima de sí mismo en calidad de Otro pegado a sí y lleno de sí.
Piense también en la efusión donde el místico se confunde con su
Dios al que absorbe, cuyo goce bebe. Excepto que al alcohólico eso
lo pone fuera de sí. Y no es que "confunda” dentro y fuera, es el
punto de inversión de uno en el otro. L a b e b id a es e l d e r r a m e g o z o s a
d e l c u e r p o d e l O t r o p o r a b s o r b e r . Y el perverso cree, no sin "razón” ,
alcanzarlo mejor en la ru in a , f o r m a ú ltim a de rea liz a c ió n , que en
las construcciones precarias, bamboleantes, terminadas. . .
e l l a : ¿Pero cómo puede circunscribir al Otro, o siquiera discei>«
nirlo?
é l : Justamente, es imposible, de ahí el vértigo y la abyección de
la mezcla entre palabra y masa camal. El padre alcohólico: e l a lc o ­
h ó li c o v íc t im a de la p a te r n id a d , es la abyección p u ra . Los hijos se
dan cuenta de ello cuando él se les restriega.
e l l a : ¿Por qué se siente uno siempre "agredido” por la actitud
del toxicómano o del alcohólico que tiene enfrente?
ÉL: En primer lugar el alcohólico lo llama a uno para rechazarS
lo, lo hace a uno presente para ausentarlo; pero sobre todo, de buen,
o mal grado, usted, como Otro, es parte interesada de lo que absor-t
be: de esa consistencia con la que se e x c ita y se apaga la sed para
ir hacia su Verdad, que de hecho es la muerte. En suma le dice a
uno: bebo por usted —literalmente: a su salud— y uno siente que
se la va a beber hasta las heces. Uno es a lc a n z a d o por él como refle­
jo del Otro.-
e l l a : ¿E so explica que uno le responda con el desprecio, cues­
tión de liberarse, de señalar que no tiene nada que ver?
ÉL: N o es fácil si como terapeuta quiere usted justamente tener
algo que v e r . . .
e l l a : L o que me im presiona es hasta qué punto esa gente carece
de “p a la b ra ”; desde que adquieren un compromiso, sabe uno que
no lo cumplirán, pero insisten en adquirirlo.
ÉL: Piense en Masoch que da su palabra de hombre para garanti­
zar que será un subhombre sin palabra; el alcohólico tiene una pa­
labra p a r a no tener palabra. Intercambia la palabra ya sea para
desmentirla, lo cual mantiene la cuestión, o para fetichizarla, lo
cual termina la cuestión.
e l l a : Dijo usted que ante el médico es el más perverso el que ga­
na, que el dios del alcohólico vence al dios de los farmacéuticos. ..
ÉL: Salvo si el médico lo c r e e verdaderamente, es decir si es im­
bécil, insensible a la agresión que lo tiene en la mira como Otro. En­
tonces el imbécil puede vencer al perverso, pero a qué precio: la tu
tela y la palabra del médico relevan el alcohol, lo diluyen, o dan al
paciente el “ verdadero” punto de referencia que le faltaba.
e lla : Sin embargo el paciente sigue siendo el amo virtual. . .
é l: Sí, en todo momento es libre de ser dece]>cionado, decepcio­
nado por la Ley del médico, que querría fingir haber encontrado,
como una pequeña revelación. . . Para el alcohólico —o el droga-
dicto, la anoréxica.. .— d e te n e rs e es dar prueba de haber hallado
la Ley pretendida.
e l l a : ¿Y no poderse detener sería simplemente decir que la bús­
queda continúa, furibunda y destructiva?
ÉL: N o la b ú s q u e d a , sino el hallazgo-, e l h a lla z g o c o n tin ú a , aquel
en el que resultó fetiche hemorrágico y m óvil. . . Es decir que no
halló o tr a c o s a más que él. Una detención que fracasa desmiente la
detención precedente, dice que era falso, que el médico fetiche no
era de verdad, un dios “ verdadero” que rechace todos los fetiches..
e l l a : ¿Sabe?, lo que dice me inspira un pequeño sermón para el
alcohólico, algo así como: querido amigo, sí, el mundo está podrido,
la ley que buscas no existe e incluso parece haber elegido esta for­
ma de inexistencia para advenir, para estar ahí pero no como "ver­
dadera” ley, idéntica a la muerte; perdona al mundo su podredum­
bre, no intentes salvarlo, o mejor aún: haz inútil tu perdón en vista
de aue al mundo, podrido o no, le importa poco tu apostolado, pres­
cinde de tus asaltos o de tus depresiones, persiste como puro enig»
ma; y la Ley podrida de apariencias siempre ha hallado con qu('
trascenderlas, renovarse
é l : Pare, o voy a llorar . como un alcohólico. ¡Vaya!, su dis­
curso es inaudible por el interesado, porque es sostenibJe. * . InteiV
te. Diríjaselo también al suicida.
ÉLLA: ¿Por qué no? Hay momentos de gracia en los que se oyen
no las palabras sino el pudor o los silencios que uno puede poner
sin saberlo.
ÉL: Olvida usted que es al Otro al que hay que destetar de la de
rrota del alcohólico. .. Hasta en el caso de los niños de pecho, e*
a la madre a la que muchas veces hay que destetar, destetarla di
leche o de otra cosa. Además, ¿cómo hacer que el amante se despidtt
de lo que ama si su pareja es el amor m ism o? Para el alcohólico, su
alcoholismo no es un amor, es el amor, y decirle que hay “ tantai
otras cosas” es un poco burlarse de él. Uno sólo se despide del amor
mediante el fetiche, por lo tanto un pelo por encima en la pervei
sión; y aún así, se halla uno con el amor por el duelo, por la mortifi
cación. La guerra no es entre el alcohólico y él mismo sino entre él
y el Otro por quien acaba por tomarse, estando excluido de esta lu
cha él tercero. El alcohólico que "recae” , que vuelve a probar “ sólo
para ver” , se convierte en el voyeur del Otro más que en su vident*
las palabras tienen ya valor de cosa. Es una dinámica fulguran Lv,
discontinua, todo o nada, sí-no, totalitaria, sin mediación ni deslei­
miento, sin carácter evolutivo. Y la sorprendente autonomía: se
puede beber por desesperación de haber dejado escapar el factor en
juego que en un principio era el objetivo del acto de b e b e r.. . Eso
está por encima de la autonomía perversa y los torbellinos neuróti
eos donde puede uno sentirse culpable de no ser culpable, etc. Es
una dinámica compulsiva, automan tenida, al infinito. El duelo im­
posible es duelo de uno y del Otro, duelo de la Ley y de sus apariefli
cias.
Es el puro deseo lo que el alcohólico quiere beber, hasta las he­
ces; la terminación; pero el deseo no se acaba, cualquiera que sea
su herida; queda un deseo de terminación; y eso lo termina.
e l l a : Leí en alguna parte que el alcohólico habla solo por dos1'
¿No es ése el estilo histérico: pasar de su lugar al del Otro para ase­
gurarse de ese Otro, reparar sus faltas, responder a su pedido? . ..
ÉL: No, hace más que identificarse con el deseo del Otro, es la
frontera donde Uno y Otro se tocan, se afirman, se destruyen. Ade­
más, el alcohólico tiene como objetivo una ley, quiere hacerla pre­
sente, con la esperanza de encallar en los vértigos con fusiónales de
su objetivo mismo. En términos simples está ebrio', la fusión entr
uno y otro es desde el principio confusión. Y el vértigo extático que
otros buscan en el verbo, el alcohólico lo halla en el objeto codifica­
do: el alcohol tiene la ventaja de que no engaña.
e l l a : En E l c a n ta r d e lo s ca n ta re s eso empieza: "Mejores son los
amores que el vin o. . . "
ÉL: Pues sí, es una sutil intuición: el amor como alternativa a la
perversión; en competencia con el vino.
ELLA: Se bebe mucho en la Biblia, ¿no?
ÉL: ¿Y qué no se hace? Cuando el texto pide beber y " re g o c ija rs e
el c o r a z ó n ” con el vino, dice: con " t u vino” , no con e l v i n o : que no
sea una abstracción, que uno se incorpore; si tienes tu vino, corres
menos riesgo de ser poseído por él.
ELLA: ¿Es decir que a los fetiches hay que tenerlos, y no dejarse
atrapar por e llo s ? ... Un voto piadoso.
ÉL: No, una dialéctica sutil entre el tener y el ser, que desborda
la que se hace en el psicoanálisis entre "ser o tener el falo” . Pero
dejemos eso.
ELLA: Otra cosa, ¿cómo explicar que el alcohólico no re te n g a lo
que se le dice? Eso exaspera a sus terapeutas, a su entorno, y a ve­
ces hasta a sí mismo.
ÉL: Para retener lo que le dicen a usted o lo que se dice, se nece­
sita una distancia. Es físico. Una distancia para resistir, correr el
riesgo de perder, reten er... Ahora bien, el alcohólico tiene un po­
tencial de inscripción inerte, insensible, como muerto. Es él mismo
el que deja huella, es idéntico a la huella que busca. Es un trozo de
inconsciente (más que un "fa lo ” como se dice, maternal o no). Rete­
ner al otro o lo que dice, es diferirlo; ahora bien, el factor en juego
perverso debe petrificar al otro y rechaza en él cualquier diferen­
cia. Retener es tr a n s m itir s e la diferencia entre lo d ic h o y lo o í d o ;
uno lo retiene por un tiempo, el tiempo necesario para que sea con­
tenido, pasado, metabolizado. . . Pero para el alcohólico esa d ife ­
re n c ia e s ya n u la : si lo que se le dice es o tr o , es absorbido de ante­
mano, sin diferencia; si es de lo m is m o , viene a ser lo mismo; no hay
por qué hacer una ruptura; la diferencia entre decir y oír, puede sa­
turarla y por lo tanto borrarla. La memoria es una r e te n c ió n de la
p a rte del Otro; del encuentro con él; de la hipótesis de que existe.
Por lo tanto r e te n e rse o r e te n e r lo que uno oye supone actuar en una
temporalidad marcada por los movimientos de este encuentro; la
parte del Otro, sus partidas. . . Si el perverso encama la verdadera
ley, bloquea el tiempo y los potenciales inscriptivos. Está ahí donde
eso no puede inscribirse porque ya e s e so . Mediante la inversión, ya
está ahí, todo está ahí. El alcohólico necesita para ello los vértigos
del alcohol. Y cuando con su terapeuta, en un frente a frente des­
camado, ya no tiene memoria, es que él es la memoria. Se dice que
se bebe para olvidar; para ya no pensar en el Otro sino sólo en la
confusión con él\ y es inútil pensarla, está ahí. Toda droga es olvidoi
es la memoria en la que se hunde el sujeto; el vinculo donde se trama
su destino. En todo caso, hacer que alguien oiga es sacarlo del lugar
de elemento de inconsciente donde se ha tomado entero. . . es ex­
pulsarlo de ese lugar de Otro o de Letra que acapara. La escucha
de dos exige un espacio de tres, al menos. El drogadicto carece de
lugar para el Otro. Conocí a un drogadicto del medicamento que lo
tomaba por su m adre. . . en nombre de su padre: ese gesto ritual
se convertía en la memoria facticia del vínculo entre los padres; la
hostia de su unión ausente, la ley de su deseo abandonado.
e l l a : Pero —decididamente insisto— ¿se da cuenta el alcohólico
de que se destruye?
ÉL: La cuestión no es ésa. Se trata de destruir al Otro captarán
dolo en sí, con riesgo de destruirse para tener la prueba de esa cap­
tura. ¿Se da cuenta el suicida de que pierde la vida? Si lo más vivo
en él es darse muerte, ¿qué importa el informe?
ELLA: ¿ Y dar muerte es una manera de darse e l Otro y por lo tan­
to de aniquilarlo?
é l : Perfectamente. Y el suicida está en el centro de los vínculos
perversos, en la frontera entre Sí y el Otro, el Otro como mujer de
preferencia.
e l l a : Leí en un texto de un psicoanalista alcohólico este grito
del corazón: " ¡U f!, por freudiano que se sea terminaría uno por sen­
tirse cristiano con semejante h istoria .. la del alcoholismo.
ÉL: Está bien dicho, destaca el aspecto cristiano de ser autor de
su nacimiento y de cumplir la Ley en sí.
ELLA: Además cita esta frase de una de sus pacientes alcohóli­
cas: "¡Sin alcohol ya no tengo el corazón en el vientre del cuerpo
de E lla!” Hablaba de su madre.
é l : Parece torcido pero es visceral, la unión de por vida —aguar?
diante, agua de fuego— con el Otro como madre, vínculo religioso
cuyo ritual es el alcoholismo.
e l l a : ¿Y la mujer alcohólica entonces?, ¿y su sexualidad?
ÉL: Pare el interrogatorio. . . Por lo demás, sean hombres o mu­
jeres su sexualidad es autoerótica; masivamente; en el fondo, el
sexo es la herida de lo que nos separa del Otro y nos une a él. En
el perverso, esta herida está erotizada por ella misma, autoerotiza*
da. Y la autonomía de Eros es para algunos un verdadero pequeño
ideal: la relación sexual es su manera de incluir al otro en su autoe■
rotism o. . .
ELLA: Hay que tener un autoerotismo enorme.
ÉL: Como usted dice. ¿Pero qué locura no haría uno por ser
idéntico a sí?
ELLA: ¿ R e c u e r d a q u e h a b la m o s d e lo s d is id e n te s y d e lo s r e fu z -
oiks rusos y del hecho de que eran a la vez los puntos de locura del
sistema y sus puntos de "verdad” ?
é l : Sí, decíamos que al querer "tratarlo s”, el psicoanalista que­
ría en el fondo enseñarles la "len gu a” del país, los gestos de esta
lengua, su desciframiento, pero ¿cuál es la relación?
ELLA: Vuelvo a mi idea de que dicha nación eligió el gran analgé­
sico, el alcohol, a la vez para encontrarse ella misma y para oponer­
se por la inercia a las perversiones del sistema; y también por su­
puesto para poder soportarlas. Usted dijo que es mejor producir su
impotencia a que se la impongan a uno; producirla es un poco supe­
rarla, y alcanzar incluso en la abyección los gestos esenciales de
la v id a .. .
ÉL: De todos modos no olvide que el alcoholismo masivo allá es
antiguo. Pero es cierto que su acoplamiento con el sistema totalita­
rio produce efectos nuevos; nuevas perversiones: delaciones oficia­
les, servilismo acrecentado, relaciones sadomasoquistas institui­
das . . . Ese sistema tiene cierta perfección (que debe a sus rasgos
perversos) y por eso se propaga de manera imparable. Nada es más
duro de refrenar que la perfección en marcha, es como el cáncer,
una perfección mortal de vida. . .
e l l a : En otros lados es a los homosexuales a los que se acosa;
en Cuba parece ser que se les pone en pequeños campos, se les
concentra. .. Pero en realidad aquí mismo se les califica de per­
versos, ¿río?

3. HOMOSEXUALIDAD

e l l a : Y la lectura de los textos eruditos no me ilustró; se contradi­


cen con descaro —lo cual no es grave— pero sobre todo contradi­
cen hechos muy simples; por ejemplo se nos dice que la homosexua­
lidad es el odio al padre y la adoración por la madre; pero conozco
a algunos que mezclan padre y madre en la misma "ambivalencia” ,
o la misma aversión. Y leí en Lacan que la perversión es la "aver­
sión por el padre".
é l : Lindo juego de palabras, lo entiendo mejor en el otro senti­
do: el Padre como tal tiene la aversión por el perverso, el padre divi­
no, no le gu sta .. .
ELLA: Espero que lo tenga de fuente segura. Lo que yo sé es que
el homosexual no siempre tiene la aversión por el padre, no más de
lo que se niega a hacerle, como se dice, la "confesión” de su homo­
sexualidad . . . y no siempre asume ésta, contrariamente a lo que se
dice: la denuncia, a veces violentamente, entre los heterosexuales.
Se dice que idolatra a su pareja como habría querido ser idolatrado
de niflo, como lo fue su madre por su padre —lo cual impacta a mis
amigos homosexuales que no habían notado nada semejante y que
se sentían trastornados por la diferencia entre padre y madre en su
infancia. . .
ÉL: Bueno, deje los "se dice” y haga su pregunta.
e l l a : N o es fácil. Es ésta: ¿cómo definir la entidad homosexual
— si es que hay una?
ÉL: Es usted terrible, sieínpre hay que detectar primero, como si
fuera la cuestión. . . Sobre todo porque está la homosexualidad de
cada hijo de vecino, un rasgo de su sexualidad, que se manifiesta
intermitentemente, en ciertos momentos, que puede ser “ sublima­
da” o no, dramática o no. Algunos, cuando les sucede, creen descu­
brir su última verdad, “ homosexual” , y se dan cuenta de que es me­
nos simple, de que pasa. .. Para otros no pasa. Incluso es el único
paso posible. Y todo depende de lo que se va en ello, de lo que está
en juego. En todo caso se trata nada menos que de la pulsión, del
impulso.
e l l a : Ahí habla usted de bisexualidad.
ÉL: No, eso es otra cosa; un hombre "heterosexual” de pronto
atraído por muchachos no es por ello afeminado, no más que
aquellos que lo atraen. Pero la bisexualidad también tiene algo pul-
sional: nuestra sexualidad tiene entre otras cosas dos componen­
tes: macho y hembra. En algunas especies animales se c a m b ia d e c i­
d id a m e n t e d e s e x o a tirones, por impulsos: machos que se
convierten en hembras y a la inversa. De lo cual se deduce que lo
sexual es una pulsión en su "naturaleza" y no sólo su funciona­
miento; es un complejo pulsional. Así pues, veo dos líneas de homo­
sexuales divergentes en torno a las cuales, por supuesto, hay mu­
chas variantes, pero esencialmente dos "tip os". . .
ella:¿Los buenos y los malos?
ÉL: No, pero si hay que poner etiquetas, diría los duros y los
blandos; nada que ver con la distinción a c tiv o -p a s iv o . Los duros son
aquellos para quienes es el conflicto con la Ley, los fanáticos de la
verdad, los perversos del nombre, los salvadores del Padre al que
odian por su nulidad, los horrorizados del hoyo femenino, que
odian también a la madre cuyas creencias han asumido: en el fon­
do, la o d ia n p o r h a b e r la d e ific a d o .
Y están los blandos, o más bien aquellos que buscan en el homó­
logo el apoyo narcisista que falta, la imagen de ellos mismos que
falta o que es la única que puede prestarse a su amor; su imagen,
más que la del padre, aunque una aproximación variable se dibuje
con é l . . . Conocí uno muy "apegado” como se dice a la madre, que
soñó una vez que estaba en el tren con ella, ella era joven y hermo­
sa, y tenía sobre las rodillas un monito con la cara de é l . . . Lo terri­
ble y apasionante con la imagen es. que puede ser parecida y com­
plementaria, Puede decir sí..y también no, atraer porque rechaza,
rechazar porque atrae. Por ello prefiero distinguir a partir de los
factores en juego, de los objetivos simbólicos. Eso da dos "líneas"
distintas, pero que se cruzan en el punto narcisista.
ella: S u s dos tipos tienen pues un factor en juego narcisista ra­
dical pero los "d u ro s” echan todo el lenguaje, todo el am or que tie­
nen sobre el pene fetichizado; los otros sobre su imagen llevada por
la apariencia, y que se fusiona m ás o menos con la del padre.
ÉL: Sí. Tienen en común cierta fragilidad del "cuerpo", aunque
sean sólidos: fragilidad narcisista, estados de extenuación, hemo­
rragia energética.. . Eso confirma que el am or narcisista es no tan­
to el am or por uno como el am or sin Otro; independientemente del
Otro. Es amor por sí tan bien delimitado que puede rayar en el odio;
pues para colmo está uno tan mal delimitado
e l l a : Tuve que ver a un "duro” una vez: denunciaba la homose­
xualidad "reprim ida” de los heterosexuales como si fuera una
maldición de la cual se les reprochara escapar con demasiada faci­
lidad, mientras que él se medio mataba por realizar su hazaña. Es­
taba bajo el signo de un violento llamado de Verdad ..
é l : En ello algunos homosexuales viven su factor en juego de
modo perverso: no soportan lo infundado del nombre, el déficit por
el que el nom bre está separado de la Ley. Vuelven a jugar el nombre
en forma de fetiche —que debe llenar la brecha o destruirla. Bus­
can un nombre que se diga a modo de confesión. Pues la confesión
es una verdad idéntica a su mentís, por lo tanto insensible al men­
tís. Juegan con la fa lt a ,..
e l l a : ¡El neurótico también!
é l : N o , el neurótico se aferra, gira alrededor, eso lo ocupa y lo
protege del vacío. Pero para el perverso, jugar con la falta o con la
Ley es ante todo hacer de ello un trozo de realidad, una realidad
fragmentada cuyo vínculo gozoso y doloroso es él. A veces quiere
directivas justamente para desmentirlas, hacerlas fracasar, poner­
las en falta. Sólo hallaría gracia a sus o jo s .. , un efecto de gracia,
una palabra que se salve de ser infundada, que rompa el odio y la
cólera en los que está atrapado ,,
e l l a : Curiosa esta gracia que halla gracia. •.
é l : Da vueltas y vueltas como un trayecto autónomo, pero viene
de otra parte, como el amor; el odio está ahí. Y si ve una salida dis­
tinta al amor
e l l a : La Ley. Lo qúe le ,ha faltado es la ley.
é l : Digamos más bien que la Ley fue para él reducida a su falta;
y por esta razón; fetichizada. Por tanto no es la Ley la que le falta
sino su apertura, sus rupturas vivas. De por sí muy a menudo el ob­
jeto fóbico dicta la ley: une el miedo del inconsciente es decir del
amor, de lo que radicalmente escapa, une este miedo con la implan­
tación de la Ley. Pero el perverso asume la ruptura de la Ley: se co­
loca en una y otra parte de lo que habría podido ser la Ley.- Y grita:
“ ¡En este mundo fracasado, que me vuelvan a hender! ¡Que el agua
y la sangre en el pecho de Jesucristo se derramen al exterior!, ¡que
salgan!. ¡que me saquen de este mundo donde no hay más que
recursos fallidos!. . . "
e l l a : ¿Qué es lo que está citando? ¿Usted también frecuentó a
esos fanáticos?
ÉL: Me enseñaron mucho, ellos y los niños . Y los quiero igual.
Sienten las cosas con curiosa agudeza. Ayudé a algunos a no dilapi­
dar demasiado su capital suicida, a no despilfarrarlo de un solo gol­
pe despilfarrándose con é l . . . Hay como un llamado para que se les
dé una muerte viva, más viva; entre la muerte que les ocurre y la
que los retiene. Lo que les fue dado, legado, es una mentira radical,
positiva, no apariencia o imagen: "M i padre mintió pero yo no sé en
qué" decía uno de ellos. Su ignorancia era así atribuida a una men­
tira, mentira del nombre que el padre transmitió; mentira de la pa­
ternidad. Entonces se "cargaba'1una gran cantidad de vergas de ex­
tranjeros, "una verga más antes de que la muerte nos llegue. . . ” El
nombre absoluto que buscaba era para él idéntico a todas las ver­
gas, de las que sólo podía devorar un número finito. Está mucho
más allá del mentís. Desmentí/ es tachar de falso, y él quería tachar
de cierto: no como esos perversos de "segunda zona" que se confor­
man con desmentir. Otro me decía: "Y o necesito ser un bidet mien­
tras no haya dicho el verdadero insulto a mi padre ", el insultó
era el verdadero nombre; el imposible de hallar. No obstante a ve­
ces lo intentaba: "M i padre es un gusano blanco, y el residuo de es­
perma (que él excreta tras el coito) se parece a ese gusano .. ” Des­
pués de todo, muchos otros —y normales— dan su bajeza como
prueba de la verdad que buscan. También en cuanto a la madre
hubo mentira.
e l l a : ¿Cuál?, ¿le prometió el incesto y io engañó con el padre, es
eso?, ¿la eterna cantinela edípica?
é l : Sí, pero no se ha dicho que la viva tan tontamente como un
estribillo. Sabe que ella ha gozado, que 'parrandeó* . Uno de ellos
soñó que ella le pedía perdón, y era horrible: es un "pecado” más
grande que haber gozado haciendo creer que la violaban, que sufría
a ese bruto, a ese padre inmundo... En realidad le tiene rencor al
padr? no por haberla violado, sino porque ella no carecía de deseo
cuando el padre se entregaba a ese curioso "tiro al blanco” . Y él
odia a su madre porque no lo nombró (habría sido una hermosa
transustanciación: su carne blanca inmaculada convirtiéndose en
tin verdadero N om b re... un verdadero padre, realm ente.. .
Correoso, el sueño de un Cuerpo homogéneo al Nombre. Sin embar­
go el cristianismo había arreglado eso, ¡y para todo el mundo!). Al­
gunos homosexuales odian a su madre por haber tenido que ado­
rarla, por haber encamado sus creencias por ella sin que ella
misma creyera verdaderamente, sin que siquiera se diera cuenta de
la inmensidad del sacrificio', del cual el hijo ni siquiera rescató una
imagen defendible, puesto que la madre era inimaginable para sí
misma. Literalmente: no se imaginaba. . . Fue sin embargo sincera
—irrefutable sinceridad de la histérica— en su creencia de ser la
Mujer pura, intocable. Vea ese sueño en el que pide perdón: hunde
al hijo en la creencia —que ella tiene-y que inspira— de ser su vir­
gen madre; o más bien, es hundido por esa creencia. Y va a buscar
esa pureza en los bajos fondos más abyectos.
ELLA: Justamente, ¿por qué buscan su ley fetiche en el extranje­
ro de preferencia, sobre todo en el árabe? ¿Es el doble o él mentís
de la xenofobia corriente?, ¿o bien el apego árabe a la madre es
para ellos evocador?
ÉL: N o gozar sino con el "extranjero" es poder "insultar” en blo­
que al grupo de origen, nombrarlo con una negativa: aprender des­
de cero una lengua nueva identificada con el cuerpo nuevo "perfu­
mado", exótico, inocente, puro. Es una manera de integrar al Otro
en el estado puro. Uno de esos homosexuales hablaba de su "delga­
dez ramadanesca” , con lo cual incorporaba a su cuerpo una identi­
dad —el Ramadán, el ayuno islámico— que ninguno de los, suyos
está en posibilid de discutir, un nombramiento sobre el cual los su­
yos no tienen ninguna influencia, los suyos por quienes en esos mo­
mentos su odio es desbordante; miedo, odio y vergüenza parecen
entonces idénticos; odio por Sí y por Otro confundidos, aire de ado­
lescente exasperado por su ruptura, exasperado por compartirla
con todo el mundo.
e l l a : ¿ Y e l h o r r o r p o r lo fe m e n in o ?
ÉL: Ante todo horror por la 'femineidad de los tipos. .. esos ti­
pos que huelen a mujer". Y la mirada feroz sobre las mujeres:
"Esas mujeres (las transeúntes), esos cuerpos de mujeres que han
parido, es horrible, enloquecedor: ¡ellas no creen en nada!" Es el
grito de dolor frente a las creencias de la madre que tuvo que verifi­
car. Y el vínculo con la madre, que siente por instinto entre "sus"
árabes, hace que los utilice como disparadores del montaje donde
se opera el sacrificio sobre el altar materno. Y a su vez, inversión
se convierte en la verdad que falta a "sus" árabes a la deriva; su
desmadre, su Madre, el sacerdocio del que ellos son los compar­
sas. .. Otro del que me habló usted soñaba al hacer el coito con
descargarlo to d o , verga y esperma al mismo tiempo. Como para
descargarse también de su misión totalizante y superar esas verga»
parciales. Otro: "L o que me exaspera en la exuberancia del cuerpo
femenino, es que el tejido social está curiosamente bien cuidado
por la paranoia femenina.” Una lucidez aterradora a veces.
e l l a : Algunas mujeres sueñan con arrancar al hombre su sexo
como una ilusión
é l : . . . que quizá también sea la suya. . . En este caso, él tenía la
verga más bien en la cabeza de su madre.
e l l a : ¿El in c e s t o e n t o n c e s ?
ÉL: No e s ta n s im p le ; n o s e t r a t a b a d e " c o m p l e t a r l a ” a e lla c o n su
p e n e , o d e c o n s a g r á r s e lo , o d e c o lm a r la c o n é l, c o m o s e d ic e , n o , el
p u n t o d e in c e s t o a c t ú a d e o t r a m a n e r a , e n e l n iv e l m á s a r c a ic o d e l
d o n d e la v id a ; e l h ijo e r a la p r o lo n g a c ió n d e la v i d a d e la m a d r e , p o r
lo t a n to t a m b ié n d e s u m u e r t e ; e l p u n to d e u n ió n e n t r e v id a y m u e r te
p a r a l a m a d r e (la c u a l n o lo a m a b a d e m a n e r a e s p e c i a l ...). Es v e r d a ­
d e r a m e n t e u n a c o m p le jid a d d e c u e r p o s y d e ó r g a n o s e n tr e m a d r e e
h ijo , d o n d e e l h ijo e s t á d r o g a d o c o n l a m a d r e y la m a d r e c o n s ig o m iS'
m a . En u n c a s o t u v o u n d ía u n p e q u e ñ o d e r r a m e d e s a n g r e y s e q u e ­
d ó fa s c in a d o , h ip n o t iz a d o a n t e e l c o lo r q u e le p a r e c í a " h e r m o s o ” , y
q u e lo d e v o fv ía a la s h e m o r r a g ia s d e la s q u e la m a d r e m u r ió ; d e lo
c u a l s e d e d u c e q u e la b e lle z a s o m a t iz a h a s t a e l a m o r m ó r b i d o . . .
Pero s e n e c e s it a r ía n d e t a lle s c lín ic o s p r e c i s o s , y m e p r o m e t í n o d a r
lo s , a u n q u e m is e x p e d ie n t e s b r in c a n d e i m p a c ie n c i a . . .
ELLA: En uno de sus montajes, Mishima, el novelista japonó»
(que se dio cuenta de su homosexualidad en su fascinación por una
imagen de San Sebastián traspasado de flechas), oye decir a su
pareja: “ Soy tu espejo” , y ella nombra su cuerpo a él con fragmen­
tos del suyo visto en el espejo que ella desplaza poco a poco. Cuan­
do halla un día la mujer que lo matará, dice: "Ahora no necesito
e s p e jo .. . ”
ÉL: Pero es inútil embriagarse con relaciones entre imagen y
muerte. Si lo hermoso le fascina es como aproximación de la muer­
te, captura del amor, asesinato de sí en el amor. En todo caso, una
vez captado el factor en juego fetichista, podemos oír las mil va­
riantes. Uno de los homosexuales decía que "e l sentimiento oceáni­
c o es una gran nostalgia de paternidad” y quería ser a la vez el h o y o
donde el padre y los penes se enterraban, y la grieta por donde dar
a luz la apariencia, por donde darse a luz a sí mismo. Ser a la vez
la madre y el hermano de los árabes que se lo cogen. . . Todo en un
desenfreno de significantes y de juegos de palabras que impiden
aferrarse a alguno de ellos: ese tipo de hemorragia verbal puede
matizar la confianza que tiene uno en los "juegos del significante^'
para ubicarse. . . El ambiente es de vergüenza, de confusión, inclu*
yendo la de las palabras; un bloque de amor petrificado que se nie­
ga a descongelarse.
e l l a : ¿Por qué a menudo los homosexuales suscitan ternura en­
tre las mujeres?
ÉL: No sólo ellos. Pero con ellos no hay peligro de ‘‘violación'1,
o mejor aún: la fantasía de violación está en suspenso; bien agarra­
da. Para una madre un hijo homosexual es una prueba real de que
no hay más mujer que ella, que ella es la Mujer; es el emblema de
su victoria aplastante sobre cualquier otra. .. Algunas mujeres
identifican al homosexual o al moto con el hijo ideal que no tienen,
o que su madre no tuvo, o con el padre ideal (sin peligro de incesto)
que habrían querido. Es la idealización en la que el fetiche surge
como emblema del duelo. Conocí a una terapeuta siempre enterne­
cida ante "sus” adolescentes motos: al verlos "suicidarse” así en el
amor —ni siquiera por su madre sino por sus locas creencias— , al
verlos estallar en las fantasías de Otra mujer, los habría adoptado,
les habría dado a Dios gratis: ‘‘Pero si no se les pedía tanto, niños
m íos. . . "
Está el horror que tienen los adultos de que se les haya tomado
la palabra, de haber sido ponderados.
e l l a : ¿Sabe usted?, su distinción entre "duros” y "tiernos" exis­
te ya, implícita, en las ideas que corren. Por ejemplo en la editorial
de una publicación "ga y " que leí por casualidad, El Avispero se lla­
ma, título elocuente para los paladines del rollo gay, el autor distin­
gue primero la ternura entre hombres: Los hombres se quieren. ..
Por supuesto, dice, hacen alusiones al culo de las chicas, y los más
temerarios se ausentan algunas horas para cogérselas. . . " , men­
ciona "los abrazos fanáticos de los futbolistas y las manos de hom­
bres apoyadas tiernamente en la nuca del am igo.. ."; luego están
los “ gays” , los duros: "Los gays son tris te s... si no te deseo no te
veo. . . Abrimos un abismo entre nuestro decir totalitario del cuer­
po masculino y la pobreza afectiva de nuestras relaciones con el
prójimo. Como si hubiera que pagar por el desierto cotidiano los
minutos flamígeros de nuestros éxtasis sexuales.”
ÉL: Totalmente. Habla de la relación sexual como de un flash . . .
Inteligente ese muchacho, me suscribiré a su publicación.
e l l a : La misma revista cita a Jean Genet, recordando a Sartre y
Beauvoir, y la alegría de "reunir en una trilogía santificada al hom­
bre, la mujer y el pederasta. . Ci ta el último texto de Genet que
habla de los fedayines: "Los dos primeros fedayines eran tan her­
mosos que yo mismo me sorprendía de no sentir ningún deseo por
ellos. . . Cada uno parecía no sólo la transfiguración de mis fanta­
sías sino su materialización." Es un poco lo que usted llama encar­
nación de la fantasía. . . Y explica esta ausencia de deseo, dice que
"la palabra prostitución, la idea de las prostituciones estaba ausen­
te p o r lo tanto todo deseo lo estaba’ Lo que lo consternaba es "qu<
esa ausencia de deseo se ajustara a la materialización de mis pro­
pios deseos amorosos .. ” Lo más curioso es cuando intenta fun­
dar su simpatía por ellos: "S i no hubiera combatido contra el
pueblo que me parecía más tenebroso, aquel cuyo origen quería es­
tar en el Origen, que proclamaba haber sido y querer seguir siendo
el O rig en ... ¿me habría atraído con tanta fuerza la revolución pa­
lestina?’ En suma, lo atrae porque combate al hebreo —el "teñe*
broso” — cuya Tradición mantiene en efecto cierta cuestión del Ori­
gen. Y éste es el remate: "Imponiendo al mundo entero su moral y
sus mitos, Israel se confundía con el Poder. Era el Poder.” Intere­
sante, ¿no?
ÉL: ¿Sabe? Hacer a los judíos responsables de Occidente —que
sin embargo los ha asesinado, perseguido— , es una perversión más
bien trivial, admitida. . . El antisemitismo como prueba contra los
judíos: "Son detestables, la prueba es que yo soy antisemita” ; la ló­
gica autorreferida... Ya le hablé de eso.
Es posible que además Genet odie a Israel como ligadura del ori­
gen, ligadura que Genet piensa que no llega a producirla tan total
como supone ha hecho su Enemigo. ..
e l l a : En otra parte, en ese mismo texto, evoca sus prisiones
como lugares maternales, y a propósito de un muchacho a punto de
cambiar de sexo, dice: "La alegría puede estar cerca de la demencia
cuando al hablar de sí ya no diga 'él', sino ‘ella’, comprendiendo en­
tonces que la gramática también se divide en dos m itades... El
paso de una a la mitad no velluda debe ser delicioso y terrible. Tu
alegría me inunda, adiós, querida mitad, muero en mí mismo. . . ’’
Es hermoso, ¿no?
PERVERSO Y “ L E Y "

El “ perverso” : destructor de Dios por ser creador de Dios; desqui-


ciador de la ley por ser hacedor de ley. Cuando los hombres dicen
matar a Dios o terminar con él, es para recrearlo ellos mismos:
quieren matar lo que se les escapa de Dios, lo que se le escapa a
Dios también: su "creación” ; quieren pues crearse matándose; se
matan por crearse.. . por fundarse cada uno en el lazo reducido a
sí, pues no saben dónde apoyarse para fundarse. El perverso sabe.
Y agarra a Dios por la garganta y aprieta hasta estrangularse, hasta
las delicias del vacío de donde "tod o" puede nacer. Pequeño de­
miurgo exasperado. Resuelve lo infundado del deseo y recupera la
parte perdida de ese deseo, que lo maldice. Se viste de los despojos
del deseo con el que ha despojado al otro. Sin embargo el masoquis-
ta pide al otro que manifieste su capricho, no importa cómo. Pero
justamente, se lo pide-, al hacerlo, se lo arranca. Para él, el dolor es
el símbolo de lo que uno no se da a sí mismo y que sin embargo él
se da. Es símbolo de la paradoja.
Lo sorprendente es que el ser humano rebota en esa paradoja.
Imagine al ser aplastado pór el capricho del otro, y que para libe­
rarse anticipa ese capricho, toma la delantera: “ al querer” su aplas­
tamiento parece escapar de él. Curioso papel de la voluntad. Re­
cuerde a Yago en Otelo, perfecto perverso (en realidad es la pareja
Yago-Otelo la entidad perversa en su doble cara: vivales-imbécil).
Pues bien, cuando al principio de la obra Yago anima a un "am igo”
a no suicidarse, le suelta un lindo discursito sobre la voluntad: "S ó­
lo corresponde a usted ser esto o aquello: nuestros cuerpos son jar­
dines cuyos jardineros son nuestras voluntades. . . " En pocas pala­
bras uno puede plantar lo que quiera, cocaína o remolachas,
cuando se quiere se puede. . . Y según él "el amor no es más que
un esqueje o un brote” de la voluntad. Debía saber mucho sobre ve­
nenos vegetales; pero su elogio de la voluntad es digno de un mora­
lista. Todo el ataque de Nietzsche contra la moral es una crítica a
la perversión, a sus tufos morales, así como a los tufos perversos
de la moral. . .
2
Cuando el masoquista dice: “ Quiero que tu poder sobre mí se haga
ley” , estamos obligados a oír: quiero que la voluntad que yo suscito
tenga para mí el valor de una voluntad general. No someterse a la
ley sino estar por encima de ella. Cuando Masoch dice: “ Que nada
en este mundo pueda protegerme o salvarme frente a ti” , eso quiere
decir que ninguna ley haga frente a la de nuestro dispositiva,
aquella de que disponemos, donde la instancia de ley es destinad»
a constatar su supresión. Eso ocurre también en el caso del droga-
dicto: su objeto no es tanto el ‘producto’ como la textura donde se
acomoda ese nuevo vínculo que es la adicción. Pasa por el vínculo
social ambiente para erigirse en objeto de deseo o de angustia. El
verdadero “ producto"’ del toxicómano es el vínculo social cuyo em­
blema es el producto. Es al vínculo al que lanza su grito, su llamado
a no ser abandonado, a que no se le deje necesitado; a estar mejor
ligado en el terreno. El vínculo social se fetichiza en el 'producto,'>
y a la inversa la palabra droga se fetichiza para la sociedad. Dando
y dando.

A fuerza de ver al perverso tomarle al otro la palabra, uno llega a


preguntarse lo que es una palabra. . . El fetiche oscurece la palar
bra imposible, la palabra clave de una lengua; le da consistencia
como último recurso; le da la consistencia de esa desesperación.
Está claro el vínculo entre el fetiche (lo facticio) y la voluntad (ei
programa). El perverso se imbuye del poder de la palabra que fal­
ta y de la que él es la sombra "sagrada” . Su voluptuosidad sería
mortal si no estuviera... programada. Y a veces, faltas de pro­
grama . . .

Sobre la relación perversión-ley Freud se contradice (su encanto es


contradecirse y asegurar que eso no sucede, y hasta hacer como si
no sucediera, . .). Dice que hay perversión cuando una pulsión ad­
quiere su autonomía y ya no puede ser “ rechazada” o "sublima-
da” . .. La perversión es pues reducida al estadio infantil de "an­
tes” de la ley, cuando las pulsiones están más acá de las conexiones
que impone la Ley. Además dice que la perversión sobreviene des­
pués del Edipo, por lo tanto después del momento en que según él
la Ley se enuncia o aparece. ¿Contradicción? Hemos visto cosas
peores, y ésta es más bien simple: si según Freud la perversión vie­
ne antes de la Ley, y después de la Ley, es preciso deducir que se
identifica con la Ley. La perversión es una ley artificial, un artificio
de ley.

Frase sadiana: “ Tengo derecho a gozar tu cuerpo y ejerceré ese de­


recho sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exac­
ciones que tengo el gusto de saciar." Curiosa, esta forma de ley en
la que el "capricho” y el "gusto” están conectados al derecho. Pero
es el sujeto quien se lo atribuye, como derecho; echa sobre su per­
sona la referencia al tercero. Cree —no sin razón— que la moral go­
za, y quiere arrancarle este goce.
Por consiguiente, la idea del niño "perverso polim orfo” parece
frágil: el niño no es lo suficientemente moral como para ser perver­
so. Es cierto que la educación lo moraliza bastante rápido para
paliar esa desventaja, y poco a poco, sobre todo en el vínculo con
su madre, construye la “ perversidad” . El ejemplo ideal es el de
los niños golpeados: saben sacar a la madre de sus casillas y ma­
mar toda su violencia hasta la embriaguez. En todo caso, la idea
de que es una buena pequeña ley normativa la que puede oponerse
a la perversión es mucho más que ingenua: perversa; es un llamado
a que el vínculo perverso se instaure: en el que la ley es modelo
y pareja.

6
El perverso depende a la vez de la Ley ideal (la que quiere él mismo
inscribir) y de las leyes ambientes, de los prejuicios, etc. Lacan, en
su Kant con Sade, se sorprende de que uno de los héroes sadianos
más libertinos crea en el infierno. Llama eso una "incoherencia” de
Sade. Por el contrario, esta ingenuidad, esta inocencia es de entra­
da un estigma perverso, muy coherente con la hipótesis sadiana de
una segunda muerte: es un motor más para vencer a la muerte; se
la supone para duplicarla en su terreno y acabarla. Asimismo, un
homosexual "perverso” cree en la heterosexualidad (figura trivial
del infierno, más bien "increíble” como todos dicen, en todo caso
no muy segura como valor). Un homosexual gay decía a su amigo:
"Sí, mi sexo jamás ha servido” (cuando acababa de hurgar en algu­
nos traseros extranjeros, sus parejas favoritas. . .); quería decir
que jamás había hecho el amor con una mujer. Llamar a eso no ha­
ber servido, es presuponer, como el heterosexual más limitado, que
un pene sólo está hecho para la mujer; que es el "tributo” o el atri­
buto de lo femenino. Por lo demás, algunos homosexuales tienen
una manera de hacer "pareja" que vence en su terreno a los hetera
sexuales más repletos; como para asquearse de la pareja "normal”
y de la pareja homosexual que la "duplica” . . Y no es para que lo»
reconozcan los normales para lo que las parejas homosexualci
actúan así; simple dominio sobre la "le y ” , por afán de emulación
victorioso —y humillado.

La idea de que el deseo del hombre es que se le reconozca su deseo


implica que ese deseo permite que la otredad lo marque, que ese de­
seo se deja alterar. El perverso resuelve esa paradoja: se enajena
del deseo en el que se convierte, del Otro con el que se fusiona. Ahí
los puntos de referencia "psicoanalíticos” son insuficientes: se dice
que se identifica con el objeto imaginario del deseo de la m a d re..,
simbolizado en el falo; o bien otros se identifican así sin volverse
■perversos.
El perverso se identifica con la génesis de la Ley, garantizada por
el .cuerpo fetiche: se convierte en una ligadura del inconsciente.

El origen del vínculo perverso: realiza un "golpe cristiano” perso­


nal para salvar el origen: salvar al padre de su nulidad y a la madr®
de su creencia abierta. Ésa es una hipótesis pero incluye las refe­
rencias "clásicas'' sobre el perverso: fase narcisista aguda, pulsión
de muerte, saturación narcisista en la que el sujeto se echa encima
ei acento de asesinato intrínseco a la Ley, acento que regresa a él
y la toma contra la materia misma de lo vivo. Por ello, la perversión)
encarna también el instinto de muerte: es la vida que se toma a si
misma por objeto que consumir, definitivamente; engendramiento
de sí por el Otro en el que uno se convierte. Los reinos animal y so­
bre todo mineral ofrecen algunas imágenes de ello: el c ris ta l.. . to
mado como modelo.
La perversión concierne al objeto particular que se llama Ley. Y
si para un traumatizado, echar sobre sí la ley basta para hacer pre
sente el instinto de muerte, es que la Ley es un traumatismo del let.
guaje, y el perverso un traumatizado de la L e y ... Una perversión
lo sustrae a uno un poco del mundo pero lo deja lo suficientemente
presente como para parecer comprometido en su perfeccionamien­
to, vía el de la Ley. Sea lo que fuera lo que uno pervierta, y puede
pervertirse cualquier cosa, es la Ley la que uno pervierte, como re­
lación con el Otro, inasequible límite del decir.
9

Es el narcisismo del Otro el que uno apenas soporta, y al respecto


el perverso se ha hundido. Recoge al Otro en pedazos y lo restable­
ce en él. . . en una erección petrificada. Así pues, el narcisismo de
los demás nos molesta, limita el nuestro. ¿Acaso no se dice que la
libertad del otro es el límite de la mía? Es una definición un poco
malsana; produce enganches narcisistas exasperados. La libertad
del otro comienza ahí donde com iénzala mía y no donde termina.
La libertad es poder ligarse y desligarse, es consentir en el vínculo
y cambiarlo; sin dejar todo el pellejo, todo el ser; es no estar obliga­
do a transmitirlo "todo" de uno (lo cual hace de uno un fetiche. .).
Libertad de no ser "atrapado" en un modelo sino de tomar uno y
cambiarlo; quedar atrapado ahí es dar cuerpo a la Ley que promete.

10

El hombre que espera ante la L e y .. . quizá ha inventado a su guar­


dián para que lo detenga, para que le impida entrar, para jugar a
exigirle de vez en cuando el derecho a entrar, a celebrar mediante
ese fetiche su fascinación por la Ley, a admitir esa grotesca puesta
en escena donde la Ley tendría una puerta con dentro y fu e r a .. .
Curiosamente, si uno supone que él sabe, de neurótico que uno
10 creía se convierte en perverso. De hecho, todo el mundo lo . . . sa­
be: dar golpes bajos a propósito pasa por perverso; una mujer que
sabe que encanta y que rechaza todos los agrados que suscita, pasa
por perversa. Cristo dijo: "Perdónalos, no saben lo que hacen. . ."
Es cierto, el perverso busca ser imperdonable, quizá porque el per­
dón que terminarían por darle es también absoluto, como la “ falta"
que encama.

11
Por lo demás, los neuróticos creen que el perverso sabe; y algunos
están deseosos del "saber" que los llevaría como quien no quiere
la cosa de su neurosis a la perversión. Parecen esperar de “ un análi­
sis" la llave de esta vía real. A veces se las da: se encuentran en el
punto perverso —toda angustia ligada, narciso encendido, deseo al
alcance de la mano, rechazo granítico de cualquier efecto de otre-
dad. Ese punto perverso en el que uno está lleno de sus faltas, lo
llaman lo "inanalizable” . En realidad el psicoanálisis, bonachón,
no les da lo que ya tenían, ese punto de extrema resistencia a sí mis­
mos, de fanatismo narcisista donde se toman por objeto de su deseo
y por huella de su Ley. Es un fenómeno trivial: maquillar sus grie­
tas con trozos de saber "excedentarios’1, pequeño oam iz “ perver*
so” , no muy malo por lo demás. . . si no está amenazado. De lo con­
trario, explota.

12
La ley lo ha manejado como un títere y lo ha abandonado en un pro­
grama que hace las veces de le y . .. El montaje perverso es una
inclusión reciproca entre Sí y Otro.
Quiere arrancar a lo invisible esa Ley a la que quiere desmentir
y fijar con riesgo dé que lo deje ciego. La droga secreta que lo ali­
menta es la búsqueda de identidad con la Ley, las rupturas de éstas
se convierten en las suyas; las colma con su ser y cuando lo logra,
es deprimente.

13

Su búsqueda está conectada con las pulsiones —pulsiones de


vínculo, de muerte, de eros. Una vez alcanzado el "orgasm o” , el
sortilegio se rompe: desbandada, regreso al punto muerto. En un li­
bro que relata la aventura entre un masoquista y su pareja (que es
menos un sádico que un accesorio de su goce), sus asaltos, san­
grientos o no, coitos golpes bajos heridas lamidas como sexos traje
de plástico ahogos orgasmos pataleos, todo es rítmico, punteado
por ese formidable comienzo desde cero:- tras el"orgasm o” , uno y
otro se encuentran como desechos del montaje que los une. Están de
uniforme, incluso desnudos: sus gestos solemnes son su traje: "crea*
dores” de sí mismos, directores de su acto, no hablan más que de
Ley; juristas apasionados; legisladores sacrilegos; la convocan para
verla surgir y superar sus mentís. En sus desencadenamientos en­
cadenados, todos proyectan fijar al otro como instrumento de su
propio nacimiento. Pero el proyecto perverso tropieza consigo
mismo, fracasa en su éxito, exulta en su abismo, demasiado conec­
tado al Otro como para no abolirse al crearlo. Y cuando los cuerpos
se derrumban, nadie está ahí para precisare 1 límite alcanzado, no
quedan sino objetos de culto dispersos, un culto de objetos de len
guaje cerrado. No pueden crear el vínculo que sea en sí mismo su
prueba mantenida, indefinida. Queda el entrechoque de dos nadas
que se hablan como se hablan el drogadicto y su producto, el feti­
che y su fie l.. . cada uno responde presente en la cita .. para fun­
dar la palabra desde cero, como un producto nuevo.
Si el esquizofrénico toma la palabra por la cosa, el perverso goza
tomando las palabras por el acto que las representa y las comprue
ba a sus ojos. Su fetiche es nombre real, y toda su realidad está teñi
da de Fetiche, sobre todo dei fetiche que es la fantasía pasada al acto
y vuelta realidad', vive un colapso entre sueño y realidad, ensoña­
ción y realidad, fantasía y programa, deseo y escritura. ..

14

La perversión es un remedio demasiado eficaz para el mal de vivir,


para la enfermedad humana. Demasiado exitoso como para ser vi-
vible. Libera al hombre de su "enfermedad” humana, que es la úni­
ca oportunidad que tiene el hombre de ser “ superado” . Lo que el
perverso desmiente no es la “ castración” de la madre o entonces
hay que entender por “ castración” las sacudidas imprevistas que
abren la palabra, transmiten la vida, permiten que ocurra el suce­
so, constituyen el surgimiento y la génes;3 incesante de lo nuevo, de
lo que es Otro. Eso es lo que el perverso niega, él que es su ley y
la falla recuperada de esta ley; crucificado en el punto de creencia
narcisista. En este límite, la. mediación de un producto (droga, feti­
che, pareja) es necesaria para dar un poco de juego al programa as­
fixiante que prevé la vida en la muerte; para desplazar la ruptura
narcisista, hacerla pasar por un otro lado. Es como si cavara su
tumba al infinito sin que le pareciera lo suficientemente profunda
como para quedarse a llí.. . Esto evoca las tumbas egipcias, esos
crisoles de escrituras inertes, momias diosas y otras viudas, mentís
de la muerte, leyes últimas escritas para la mirada de los muer­
tos . .. Un homosexual gay que conocí se veía como la Tierra Madre
que recibe a los muertos, es decir a los hombres que acaban de eya­
cular en é l . . . un verdadero mausoleo; aquello producía hecatom­
bes . . . Es así como prestaba cuerpo a la fantasía de la Mujer —de
dejar al hombre después del coito, allí tirado, sin vida— y como se
fusionaba con ella, en esa fantasía.

15

El perverso es un lugar de interpretación, "interpreta” mucho por­


que debe fundar el sentido con su cuerpo. Y sus paradojas entre
placer y dolor, vergüenza y perdón. . . se refieren menos a las leyes
existentes que a la ley que se deduce de su montaje, que le funda
una memoria reducida a los "sentidos” . Idealmente, el lenguaje
que le conviene es aquél, impersonal, de las disposiciones; nada de
“ sujeto” o de humedades subjetivas. . . Sed de vínculos depurados:
cuando un homosexual sodomiza a su compañero sobre el altar de
um :glesia, no es una ‘distracción’ ' es un pequeño sacerdocio; así
como cuando lo "sacrifica” en un terreno baldío parecido al Gólgo-
ta. . . Al lado de eso las ensoñaciones de un Bataille, por pensador
que fuera, parecen lim itadas.... Sólo que él tenía el recurso de la
escritura, y esta montura conduce siempre más lejos de lo previU*
t o . . . Pero el perverso "directo” se inscribe por sí mismo con
imágenes de él que cree haber creado; su dispositivo también produ­
ce imagen, imagen real y simbólica. Pero su ley "neutra’ y total tro­
pieza con que todo cuerpo está ya demasiado marcado de nombre',
que alcanzar el nombre absoluto es pretender lo innombrable, des­
prender nombre y cuerpo, aplastarlos uno contra otro, y gozar con
su m ezcla. . .

16

Tomarles la palabra a algunas palabras, por lo tanto hacer de ellas


“ leyes", es el medio para pervertirlas: aplastarlas bajo ellas mí?
mas y aplastar mediante ellas a quienes las dicen. Se compremin
que algunas tradiciones hayan pedido perdón a su Dios, le hayaii
pedido piedad: que no se tome la palabra y no los pisotee al pie di
la letra.

17

Perversión de menores; desvío de pulsión (fuera de su trayecto ñor


mal); de avión (fuera de su trayecto norm al).. . Vuelta; la sociedad
ha vuelto contra ella el arma blanca de sus ceros armados, de sus
drogadictos desarmados; eso la ha volteado; emoción; es agradabh
de tocar, de darle salida. Pero cuando marcha” , cuando funciona,,
las fantasías se convierten en pequeños programas y la perversión
llega muy pronto, menos porque ello desafíe a la ley (como lo de­
nuncian quienes a su vez se identifican con la ley ambiente) qug
porque al estabilizarse, la fantasía opeí acional se integra a lo coti­
diano y se pone a duplicar la Ley. (El actual terrorismo lo ilustra!
¿desviaron el avión?, ¿dispararon contra la gente?, ¿hicieron. .. ?
"¿pero quiénes?” Ellos. “ Ah, sí, su hermano está en la cárcel, enton
ces comprendo, porque si no, mire, ¡querría decir que estamos en
pleno caos!” Una vez reconocidos los actores, es normal; puesta en
escena conocida; la puesta ya no es discutida... los espectador*-
ven que el cine se vuelve “ verdadero” . El acto sirve de señal para
el ritual: “ nos vemos” . . . ) En otras partes se copula con el fetiche,
con Dios, consigo, con el producto, el signo; conmovedoras señalfll
del celo entre los humanos. . . Un hombre para mostrar a su mujei
que sentía deseo, iba a la ventana e imitaba el canto del gallo; sin
reírse; colocación de los cuerpos, tablado, escenografía, la escena,
listo, señal íntima apenas idiota; eso fija el "deseo” ; uno está fijado
también. A veces la perversión es algo “ normal” allí donde no pue
de serlo, es algo “ organizado” allí donde está lo imprevisto; y a la
inversa. En cuanto al sexo, lo que lo “ hace” perverso no es que los
penes no entren en las vaginas; sino que esté convenido que no lo
hagan; que sus movimientos estén arreglados; aunque tenga que or­
ganizarse el desarreglo en regla. Y no es que ello se contraponga a
la sacrosanta procreación; no tiene que ver; la "naturaleza” ha to­
mado ya sus precauciones para que entre su objetivo tenaz y nues­
tras pequeñas agitaciones no haya común medida. Lo humano la­
dra, la generación pasa.

18

Curioso que el conflicto con la Ley se haya confundido con la idea


de desviación: desviación del objetivo (o fijación en el objetivo: nor­
ma exaltada, conformismo). Pervertir una relación no es tanto in­
vertirla, es hundir la "cosa” en sí misma, y uno con ella: la "droga”
convertida en Ley.
N o es el sujeto el que está fijo, es la Ley como boquete del deseo.
El fetiche no es el objeto de deseo sino el testimonio palpable de
que el Otro está fijo. El obfeto del perverso es el hoyo de la Ley, y
su objeto es hallar el montaje que la fije.

19

Sin embargo, ha habido fundadores de la ley no perversos. . . . Pero


fundaban su ley en el asesinato de la anterior; el perverso no tiene
los medios para realizar ese "asesinato” . No es, como ellos, la pun­
ta avanzada de un vínculo social. . . O en tal caso es la punta exa­
cerbada de un vínculo que busca su punto final.

20

En apariencia cada quien tiene su pequeña conversión de bolsi­


llo. . . cada uno tiene su síntoma por ley. En realidad, eso no sucede
en el caso de todo síntoma. El síntoma perverso quiere "tener domi­
nio" sobre la ley que secreta; con la que está en regla: ideal de ino­
cencia perversa.

21
Hay una tolerancia absoluta para con el otro, que roza con la
perversión: estar de antemano de acuerdo total con lo que él nos di­
ce es dejarlo debatirse en su decir, encerrarlo en él como en una
burbuja, asfixiarlo; es el programa de "fija r” al Otro. Sin embargo,
uno lo seduce haciéndolo, le dice por su boca lo que le gusta oír.
Lo ‘perverso” en la seducción es quedarse allí, programar la
fantasía.
Una fantasía no es ni perversa ni normal (puede ser más extraña
que otra, puede señalar odios psíquicos más tenaces que otros,
áreas más deterioradas); no es la fantasía lo perverso, es su paso al
'‘programa” . Por ejemplo, el seductor va a devastar lo femenino, y
hacer caer a cualquier mujer que no sea la Intocable de la que es
sacerdote: creerá hacer llegar a todas sus "víctim as'’ lo femenino
que les falta completándolas (en el rasgo del coito) y dejándolas
abiertas (en la retirada de su huida); seduce por lo mismo que lo ha
seducido: la fantasía que supuestamente tiene la Mujer de ser la vi­
da, la creación de la L e y ... La puesta al desnudo perversa radica
en pasarla al acto, si no la fantasía Don Juan puede ser trivial, y
además femenina: conseguir a todas las mujeres castrándolas de su
hombre real, o virtual; neurosis de rutina; "entredós m u jeres"...

22
Al envidiar al perverso, el neurótico supone que aquél tiene un goce
total, en los límites de la Ley, la Ley que el neurótico percibe prime­
ro como prohibición sobre el goce. A veces se imagina que el per­
verso está "fuera de la Ley” , cuando en realidad está sepultado en
la ley rematada con un origen puesto al desnudo, con un traer al
mundo eternizado.
Es cierto que a muchos otros íes sucede querer darse ellos mis
mos las condiciones de su traída al mundo, inscribirse desde cero,
a partir de ellos y sólo de ellos; está en la fantasía. La novela de los
orígenes está hecha para eso; aunque tenga por núcleo un dolor (el
de haber sido ignorado por el amor del Otro); uno sueña con otros
orígenes: se hace del origen una pulsión de sueño, un impulso de
rea lid a d ... El perverso hace de ello un dispositivo para resolver,
erradicar esta cuestión de origen. De ahí su rechazo del vínculb
parcial; el rasgo parcial (el resorte inconsciente) le hace la partida
¡jyugable.

23

Decir que el proceso perverso es el fracaso de la simbolización, que


ha dejado un vacío en el yo o el sujeto. .. es un estribillo vacío. El
"éxito” de la simbolización, suponiendo que existe, deja siempre un
vacío imposible de llenar. El vacío qué quiere llenar el perverso, na
die lo llena; las fracturas de la imagen que sufre, otros las han pado
cido; pero para él es un programa pegarlas; la perversión es la exi
gencia de una imagen sin falla, pegada con cuerpo e idéntica a un
“nom bre”. Por lo tanto, decir que Ja perversión es una fantasía ac
tuada para preservar el placer o la identidad sexual del sujeto es
también no decir nada, pues no importa qué síntoma esté hecho pa
ra preservar la identidad o permitir que fluctúe. En cambio, la bús­
queda de identidad cierta cuyo rasgo sea restablecido y como
producido a voluntad, es un resorte del perverso. Todos tenemos es­
tallidos de perversión, pero el perverso es el punto en el que esos
estallidos hacen revelación, deslumbramiento, destino, induciendo
a una forma de vida donde pululan los estados de muerte. La per­
versión es jugar a quien pierde gana con lo simbólico, en una teatra­
lidad inerte donde el jugador es juguete.
Si juega con la Ley, no es falta de respeto: la toma como la pieza
de un juego más vasto en el que inscribe la verdad. Por ejemplo
(ejemplo pr oporcionado por Lucien Israel, el psicoanalista): un sa­
cerdote que frecuenta los burdeles y el colmo de su goce es confesar
a las prostitutas, después del coito, su identidad de sacerdote. Se
quedaban estupefactas, lo cual le encantaba. Un día fue a dar con
una nueva que después de la "confesión” le respondió simplemen­
te: "Pobre cuate .. ” Se dio un porrazo; depresión; fue a pedir ayu­
da a un analista. Por supuesto pide ayuda cuando su montaje "tiene
éxito” y revienta al mismo liempo. La prostituta, de pareja y cóm­
plice que debía ser, se convierte en un Tercero, ese tercero vivo que
mediante sus "confesiones” él quería petrificar de asombro, o de
horror si pensaba confesarlas: "Padre, copulé con mi padre. . . ”
Hasta entonces había jugado a las escondidas con su "identidad”
de hijo que consagra su sexo a su santa madre (la Iglesia, la Reli­
gión, la "verdadera" M a d re ...); una vez detenido el juego por su
éxito, queda vacío, amenazado de volver al orden. Trayecto cerrado.
Un trayecto peí-verso que se cierra es recuperado o disuelto en
las leyes existentes.

24

Contrariamente a lo que se dice, la perversión depende muy poco


de la significación del acto, pues tiene que ver con la génesis misma
de la significación, de la palabra-cosa que elabora. El proyecto per­
verso es "fundador” : más allá del sentido común implanta otro sen­
tido; más allá del principió de ptacer, implanta un placer otro, el
suyo, que esclarece sobre la génesis del“ placer’’ humano: no sólo
descarga, sino construcción de islotes Facticios donde los nombres
y los cuerpos se alcanzan, se intercambian. El voyeurista muestra
ese aspecto fundador: constituye el deseo de su mirada por su ojea­
da, crea en el Otro lo inadvertido, lo invisible de pronto existente
porque es visto (siempre la "prueba” : la sombra proyectada del
mentís); y al crear la ignorancia en el otro se "engancha" a ese otro
en lo que tiene de esencial, en su carencia, que suspende en sí mis­
mo: emblema de su amarga victoria. Esta escena tiene lugar en el
boquete que realiza su mirada, la irrupción de su cuerpo como vi­
sión realizada- "Enganchar" al otro con la mirada para hacerle
morder el d o I v o , morderlo con él. La mirada del voyeur no es sólo
"desenfrenada", "excesiva", es idéntica al saber que funda, al mis­
terio que cree adivinar y que en realidad instaura. Se arranca el ojo
en su mirada convertida en lugar privilegiado del "m isterio” se­
xual, de la excitación, del goce; y juega con él.

25

Se habla de la "enorme gratificación sensual" del perverso...


Supuestamente el orgasmo es para él la explosión de alegría triun­
fante. Pero entonces ¿por qué no goza una felicidad sin nubes? Co­
mo si la destrucción del Otro lo alcanzara también. Por supuesto,
hay "placer” en el ejercicio perverso, y dolor, y desencadenamiento
sensual, pero es vivido en el rigor y la ascesis de una Ley que se en­
cama. A veces el placer es incluso denunciado como desviación des­
preciable lejos de la exigencia simbólica.

26

El perverso quiere suicidar al Otro en sí. No sólo "angustiarlo". El


dolor o eJ trip señalan que el otro responde., aunque esté angustiado
por haberse quedado sin sus semejantes. Y si ese Otro es una figura
concreta, dicho suicidio puede convertirse en asesinato. (Todos sa­
ben que "asesino" viene de haschischin: drogado con hasch. Dada
la variedad de las drogas “ abstractas’’, el campo del asesinato no
tiene límites.) Además el perverso no quiere la muerte como tal, si­
no la muerte de la vida, la muerte en vida. Vea a Masoch: “ Mi biena­
mada es de piedra. . . ” , la quiere en la arista exacta entre vida y
muerte.

27

La perversión, ¿"odio erótico” ? Ciertamente el odio es acabamien*


to del amor, odiar el amor por su fracaso vivo, tomar al amor como
objeto de odio, es sobre todo exasperar su búsqueda de identidad
cierta• es un efecto de esta búsqueda. Así como la “ voluntad de per­
judicar’’, que convierte el traumatismo en "victoria” ; o como la
conversión del dolor en placer. Pero decir que es lo esencial del ac­
to perverso, es desconocer el masoquismo. Y ello haría de cual­
quier venganza un acto perverso, lo cual es falso. Si uno conoce a
quienes lo han perjudicado, resulta a veces más bien perverso re­
nunciar a toda venganza y vaciarlos de toda violencia mostrándoles
la mejilla izquierda. Así pues, el neurótico vuelve la “ venganza”
contra sí mismo: culpabilidad, resentimiento; se consagra a la ven­
ganza que no ocurre, al ajuste de cuentas embrolladas. Pero no se
ha dicho que el perverso devuelva esta venganza a quien pertenece
por derecho, a su destinatario titular, pues justamente es el título
y el derecho lo que interroga. E incluso si el dolor del trauma se
convierte en placer, ese placer es mortífero. Tiene que ver con la
bronca con las raíces exangües de la Ley que hay que hacer surgir,
la Ley cuya forma viva y ajusticiada quiere ser.

28

Si el mal fascina a algunos es que es un acto preciso. Frente al mal,


el “ bien” resulta de una vaguedad increíble, con apariencias equí­
vocas. Lo malo es que habiéndose lanzado a exterminar la aparien­
cia y lo infundado, la perversión crea infundado y apariencias muy
precisas en lo arbitrario. (Incluso la crueldad no es más que un ex­
ceso de precisión, y en ello reside el mal que hace.) En un impulso
de “ libertad" uno hace el vacío, evacúa los “ infundados” : ¿en nom­
bre de qué prohibir esto o aquello? Sin embargo hay que decidir;
entonces será en nombre de una nueva "le y ” , reciente, no menos
facticia que la antigua, de preferencia absurda, y de la que nadie
puede responder. Se convierte también en "sagrada” , pero de un
sagrado más inmediato, nuevo; un artefacto de lo sagrado, conecta­
do al capricho más fuerte. En política, es el embrión de procesos
totalitarios. (A propósito de em briones... En una maternidad " li­
berada” , una parturienta había pedido que su pequeño de tres años
asistiera al parto; el equipo no encontró “ en nombre de qué negar­
se". Y el niño estaba ahí con los ojos desorbitados viendo llegar a
la hermanita. Cuando nadie asume su parte de ley por temor a los
contragolpes decisivos —y a las pérdidas de goce—, se produce la
perversión por falta; el llamado a las perversiones no asumidas; a
una ley que funcionaría sola .. La dificultad es que el embrión en
cuestión, el feto, provenía de una plaqueta del amante inyectada
por el ginecólogo. ..

29

Perversión y “depresión". El eje narcisista de los estados melancóli­


cos o depresivos es evidente: el sujeto no está ligado más que a sí
mismo, de manera que está a la vez en duelo de sí y atestado de sí,
perdido en sí; se emborracha de su presencia como de su ausencia!
se emborracha de tristeza y de duelo del que es causa'y efecto. La
libido lista para ser investida hacia la otra parte es devuelta a sí,
investida en sí en forma invertida, agotada, agotadora. La ausencia
de pertenencia a otra cosa se traduce en la pertenencia asfixiante
a uno mismo. A veces ese estado corresponde para el sujeto, por
ejemplo para una mujer, a la fantasía de tener que presentarse sin
nada frente a la Otra mujer (sobre todo presentarse como quien ca­
rece de hombre frente a la madre, sin relación sexual ‘otra” : lo cual
implica componentes edipicas pero no solamente). Lo deprimente
entonces es tener que cumplir un contrato que la asfixia, tener qut
ser fiel a otro que no la suelta —en este caso la madre. Lo deprimen
te es tropezar con un límite que uno se ha puesto a sí mismo con
el límite en el que uno se ha convertido para sí mismo.
Llega a ocurrir que semejante estado depresivo sea vivido como
"fin de análisis” , es decir en el momento en que todo un proceso
analítico concluye (y que otro se inaugura exigiendo otros
análisis. . .). Es que en efecto el sujeto pudo soñar con oponer el
“ psicoanálisis” como tal a su síntoma principal. Por ejemplo pud
soñar oponer la "ley ” psicoanaiítica a la ley todopoderosa que
atribuía a su madre; soñar con hacer de esa ley un síntoma más
fuerte que aplastaría al otro. Cuando el análisis está bien conduoi
do, hace al sujeto el don más precioso de todos: impide ese inter­
cambio entre su nueva ley (“ el Psicoanálisis” ) y su síntoma; hace ex
plotar esa transferencia, la dispersa sin aniquilarla. De ese modo
introduce al sujeto mediante el análisis de sus transferencias, a lo
que llamo en otra parte la transferencia al pie de la letra; la reacti­
vación de otras articulaciones. Se comprende que esta ruptura sea
a veces vivida bajo forma depresiva. Pero es el don de una ley infoi
mulable, venida de otra parte y reducida al mínimo; a la existenciii
de una ley, coextensiva a su ruptura.

30

Perversión “psicoanaiítica". El inconsciente se manifiesta a menú


do como punto de inversión, paso de una cosa o de una palabra ¡i
su contrario, proceso primario” insensible a la inhibición. Por elle
¿el inconsciente como tal no sería un poco perverso? No. Porque
"perverso” es una relación; la relación con el inconsciente puedf
serlo, el inconsciente no. El querer identificarse con la inversión in
consciente es lo que alimenta el régimen perverso; éste devasta Id
imagen para hacer de ella un símbolo, y el ¡símbolo para hacer d
él una realidad. La perversión es un cliché del inconsciente; briznai<
de inconsciente en estado de cliché real. El inconsciente realiza in­
versiones, pero no definitivamente, no sin alteraciones; contraria­
mente al acto perverso en el que lo definitivo está integrado. La
perversión es un estado del inconsciente que supuestamente no se
ha desprendido de su pérdida "prim era’'. En pocas palabras, el in­
consciente sería "perverso” si alguien estuviera ahí para asumirlo,
y para “ expresar” esta perversión. Pero no hay “ nadie” . Incluso si
se pusiera a Dios, no hablaría ese lenguaje. Aunque creyentes, en
plena catástrofe, se hayan visto conducidos a acusar a Dios de per­
versión. . . Es cierto que los “ expertos” en inconsciente tienen una
tendencia visible a ser esa persona, por lo tanto a funcionar como
perversos, ídolos inertes del deseo, fetiches del inconsciente, blo­
ques de silencio dispuestos a absorberlo todo —a "oírlo todo” — y
que, cuando al fin se estremecen un poco, “ dicen” con infinitas pre­
cauciones trivialidades aplastantes.
Para los analistas es más preciso: como si a fuerza de ser toma­
dos por trozos de inconsciente o de objetos de deseo se arriesgaran
a encamar eso. El otro riesgo es el de reaccionar, haciendo cual­
quier cosa para convencerse de estar vivo; eso convence sobre todo
de que uno puede hacer cualquier cosa. Sorprendentemente, eso
tiene pocas consecuencias: el inconsciente es generoso, puede hacer
un análisis hasta con eso, hasta con fetiches —o sabios inertes; de
cuyo masoquismo a veces nos hemos burlado, “ perversos pasivos” ,
se dice. Lo "vivo” debe ser raro; el otro día una amiga que buscaba
un analista me dijo como si fuera la gran noticia: “ ¡Encontré un
analista vivo! Habla, se ríe, se mueve, es increíble.” Sea. Pero lo "v i­
vo” es una relación. Esperemos que eso la haga moverse o reír a
ella. La risa es una manera narcisista de engañar el narcisismo.

31

El psicoanálisis puede ayudar a quienes sufren, perversos o no. In­


cluso aquellos que lo atacan, saben tocar a la puerta correcta cuan­
do no los calienta ni el sol. Pero, como todo vínculo que pone en jue­
go la relación con el Otro, secreta su pequeña perversión, muy su­
ya, multiforme. Ha instituido un vínculo religioso narcisista sea
con el Jefe (al que uno se consagra para perpetuar la Herencia), con
la Teoría, o —y es lo más común— consigo mismo, "com o sujeto” :
burbuja narcisista donde vegeta "en” su Deseo, saturado de saber
sobre-el-no-saber. ... El "y o ” de los ortodoxos, un poco flojo aun­
que sea “ fuerte” , halla en el "sujeto” lacaniano su versión pura y
dura. Está también la autorreproducción délos psicoanalistas: par-
tenogénesis simbólica, vínculo eclesial, gestión religiosa del deseo,
de la herencia, pero religiosa a lo perverso: que se ocupa menos de
rituales que de echar sobre sí el vínculo que produce religión. Ex­
pliquemos esto, pues es menos fácil que denunciarlo. El Maestro
—Freud para comenzar— había llamado a sus discípulos a ser las
columnas del templo que él fundaba (templo es a menudo fuente de
fanatismo, está visto). Ellos obedecieron y, al repetirse las cosas
—Lacan hizo la misma petición sólo que más cristiana— algunos
discípulos se dicen que han dado demasiado; cortan el vínculo que
el Maestro dejó, y de "correa” que era, hacen de él una insignia, un
nudo de corbata por ejemplo, justo lo necesario para reconocerlo,
pero lo esencial del vínculo ha sido echado sobre ellos mismos.
Cada uno se erige en nuevo maestro, en fundador de su fundamen­
to, en origen final, a falta de originalidad. "Cuando dos de ellos dis­
cuten, me decía un tercefb, se diría que cada uno es una escuela,
y que se enfrentan.” Esta impaciencia por gozar de sí, por agarrar­
se de sí habiendo absorbido al otro, por no servirse más que a sí
tras haber servido "al pueblo” o al Maestro, todo ello refleja el re­
pliegue narcisista más trivial de observar, el cierre del circuito de
Uno por el Otro, la inclusión del tercero en sí, el autoconsumo de
sí, enriquecido por otros "productos” . Así, la manía más común del
mundo moderno (el yo primero e inmediatamente, ni dios ni amo
pues yo soy uno y otro), esa manía se encuentra como residuo de
ese producto sofisticado de su cultura, el psicoanálisis. Así pues,
éste se ha integrado perfectamente. . .
En realidad, un vasto abanico "terapéutico” , inspirado por el in­
consciente, secreta como quien no quiere la cosa esta religión de
uno mismo, esta erección del "sujeto” en pequeño dios fetiche,
creador de su deseo donde está como en una burbuja, sin hablar de
las prácticas "psicocorporales” donde se trabaja cuerpo a cuerpo
consigo mismo; siendo el cuerpo la palabra clave, el colmo de lo au­
téntico.
Esta cultura, desde que busca "curarse” de sus creencias y pre­
juicios, de sus magias supersticiosas, produce vínculo —religioso—i
en profusión; desde el antiguo (que uno renueva aunque no estaba
tan mal), hasta el nuevo de las religiones atomizadas: a cada quien
su atomizador narcisista, religioso de lo lindo, "en forma” , en plena
forma; deprimido si no. Es también el punto perverso: ser idéntico
al vínculo al que uno se engancha, "manejado” o mal manejado, con
o sin accesorio, más bien con, puesto que hay; regreso al origen en
el que el origen es Uno, perdido en Uno, exiliado en Uno. La reía-»
ción con el mundo oscila entonces entre la exaltación y la depre­
sión, la engañifa de la omnipotencia y la de la impotencia. Y es a
ese punto perverso al que muchos trayectos terapéuticos parecen
querer conectarse, ligarse. La autonomía de la cura (que la interi
pretación no puede romper si está ya incluida) se convierte en auto­
nomía incurable: pretensión de nombrarse uno mismo gracias
al Otro al que uno posee, que tiene uno en la mano.
El hecho es que muchas críticas inteligentes del psicoanálisis es­
tán ya incluidas en la situación, comprendidas en la gran adición
cuya suma es nula. Sin siquiera hablar de los pacientes "muy ente­
rados” que sueñan con un contrato ideal, y que están al pendiente
de las trampas: "¡E l otro día no me interpretó usted cuando le dije
que olisqueaba el calzón de mi japonés!, ¡no sé! Jappe-au-nez, jupe-
au-nez* El amigo psicoanalista a quien le sucedió también había en­
viado a una paciente con el médico, la cual lo puso verde: "¡Pasó
al nivel de lo real en vez de quedarse en lo simbólico!, ¡en lugar de
intentar desentrañar lo que se jugaba ah ü" ¡Ah! p e r o ... Estamos
lejos, ahí, de una crítica a los juegos de palabras y al psicoanalista
que ‘ interpretó” el "grupo hippie” en el que su paciente quería en­
trar como gros-pipi.** Es más vasto, más radical. Hay un tono ama­
blemente pervefso en los estudios e investigaciones sobre el psicoa­
nálisis: verdaderos pequeños rituales de la cultura ambiente; una
revista perdería su honor si pasara más de seis meses sin su en­
cuesta sobre "esos psicoanalistas que. . Siendo lo elegante pro­
ducir una imagen para "atravesarla” , suponei una verdad para
desmentirla; y el psicoanálisis, siempre bonachón, inteligente y
tonto, recibe todo eso tranquilamente. Por supuesto que tiene des­
de el principio un pie en la perversión, con su Saber-sobre-el-deseo
que olvida ignorarse, que incluso toma todas las medidas para
inscribirse como Ley. Pero una vez más, los medios "psicoanalis­
tas” reflejan la sociedad ambiente, ni más ni menos: entrechoque
de narcisismos enervados, impotencia para oírse, pues uno no se
oye más que a sí, síntomas perversos y resistencias neuróticas a
esos mismos síntomas, transferencia a uno como supuesto sa­
ber. . . Todo ello se encuentra en las esquinas, en cualquier agluti-
namiento humano. Lo que sorprende es que en todos lados se elabo­
re como juego, como pequeña máquina perversa: "¡M e tendieron
una trampa!, \deformaron mis palabras!, ¡qué vergüenza!” ¡Vamos,
calma!, lo que deformaron forma parte de su forma; ¿creía jugar al
juego de la Verdad olvidando que las mentiras forman parte de él?
¿Dice que "eso anula el juego” ? ¡Pero si es un juego de "valor nu­
lo” ! Una verdad tan saturada no puede más que ser igual a cero. Y
el juego continúa. Mire la pedagogía moderna, puros juegos, una jo-
yita de perversión: a veces, el maestro se presenta como quien-se-

* Literalmente: “ladrido en la nariz, falda en la nariz”, pero la prim era frase se pro­
nuncia como japonés en francés. [T.]
** Literalmente "gran pitacho" —sexo de niño— y se pronuncia igual que groupe
hippie. [T.]
supone-que-no-sabe. Se "juega" a saber: ¿no sabes? ¡Yo tampoco! se
juega. . . Y del juego surge lo verdadero. . . Pasmo de ignorancia,
delicias del no preocuparse; ello evita encontrarse en los límites de
su saber, darle vueltas a esta perversión: arrostrar el ridículo, don*
de lo vemos hundirse, y nosotros con él; no es fácil reírse de uno
como si fuera otro. Eso supone amor. ¿ Amor a qué ? Amor que pasa
la seducción y hace fracasar el juego sacrificial.

32

— Un día vi en la televisión un debate entre psicoanalistas; la pre­


gunta crucial era: ¿cómo garantizar que sea uno verdadero y no un
charlatán?
— ¿Y qué decidieron?
— Un tipo dijo que él podía garantizar cierto número en París)
creo que doscientos, no doscientos tres.
— ¿Nadie se rio o se le ocurrió preguntarle quién lo garantizaba
a él?
— No. También había un paciente, superviviente de una cura
mala, que se levantó para gritar mostrando a su compañero, un
“ paciente decepcionado” también: "M i pregunta es: ¿pueden hacer*
lo feliz?"
— Muy bueno; si uno ya ni siquiera está seguro de que lo hagan
fe liz . .. Contrato obliga; garantía. En el amor también, mi amor ga­
rantizado para siempre. . . palabra.
— ¿No es eso lo que se llama un contrato de matrimonio?
— Usted comprende que uno pueda odiar al otro por tener que
amarlo siempre. . . Felizmente los amores cesan, como las pala»
bras, y recuperan su aliento de otra manera. Es lo que salva seme­
jantes contratos. ..
— Ahora que me acuerdo, otro tipo dijo: "Es cierto, hay charlata­
nes pero hay instituciones que garantizan a quienes forman, y es di­
fícil, muy difícil entrar allí, tener el título.1’
— Eso es una garantía. Se han medio matado, han imitado, pue­
den fingir, repetición asegurada de lo parecido a lo mismo. Y si lo
mismo es tonto. . . Eso le explica también la llamarada narcisista
en la que todos salvan el pellejo creyendo sólo en sí. Compensación.
— ¿Pero no sería espantoso que al comprometerse en un vínculo,
terapéutico, amoroso u otro, uno estuviera seguro de su resultado?
— No es "espantoso” , el fetichismo es eso. Pero tranquilícese, la
búsqueda de una garantía es diferente de la garantía. Por ejemplo
hoy existe una ola neurobiológica que piensa explicar el destino hu­
mano por causas garantizadas, redes de neuronas, que serían la
verdad de cada fenómeno; los otros enfoques serían apariencia. Se
dirá: se encolerizó porque tal complejo de neuronas se excitó. . .
— Pero lo inverso es también cierto: se encolerizó, entonces tal
naurona se excitó; ello amenaza anular la causa en la insignifican­
cia. Justa inversión de los grandes proyectos, de las justas cau­
sas . .. Además, ¿hay neuronas del deseo; nt> de la erección, sino del
deseo? ¿Y qué es lo que las hace desear? ¿De dónde les viene el de-
seo de funcionar? ¿De otras neuronas o de sí misma&?
— Un gran experto dijo que puede reducir todo eso a algo mecá­
nico, algo así como: déme un músculo y un nervio, y le hago un cere-
b rito. ..
— Eso incluye ya cuatro personajes: el nervio, el músculo, quien
lo dará y él mismo, que supongo tiene un cerebro nervio y mús­
culo . . . Si también hubiera dicho: tome un músculo, luego un ner­
vio, enérvese con eso, cocínelos, sazónelos y tendrá. . . Pero bueno,
volvamos a la garantía.
— Sí, se trata de autoridad, de valor, no es fácil manejar la dife­
rencia entre ser el único juez de los valores. lo cual es una forma de
locura, y hacer de la sociedad el único juez: estupidez ordinaria,
más o menos cobarde, por lo demás destinada al fracaso pues la so­
ciedad sólo piensa en repetirse, continuar, durar. . . Eso no la pre­
para verdaderamente para salyar la diferencia; por ello la cobardía
es el acontecimiento más común en nuestras sociedades, incluso y
sobre todo del lado de los pensadores. Y la cobardía [táchete], como
me dijo un día un niño, es soltar [lácher] cuando hay que agarrar,
y agarrar cuando hay que soltar. Una forma masiva e inocua de co­
bardía puede ser la indiferencia: la insignificancia es com o una co­
bardía de sentidos.
— No todo está perdido ya que hay sobresaltos en el caos de la
insignificancia, de la indiferencia. O saltos inesperados. Vea, "se
nos" satura de imágenes, de asesinatos, de hecatombes, de catás­
trofes, que se anulan entre sí, lo cual sólo marca el instante en el
que se d ic e .. . y de pronto una muerte accidental puede convertir­
se en la piedra de toque a partir de la cual todo un pueblo se levan­
ta, se divide; la verdad debilitada se cristaliza en ese punto, punto
sensible de pronto vivo en un tejido anestesiado. Eso se convierte
en "la cuestión” , el escándalo: ¿mintió o no el Estado en ese 'asun­
to" preciso, minúsculo?, como si todo el resto del tiempo dijera la
verdad. . . La ingenuidad de la pregunta no la anula, permite hacer
otras. Es una etapa. Y se forman grupos diferenciados, irreducti­
bles, que exultan al recuperar la diferencia desvanecida..Como si
la palabra también fuera una droga, mientras más se la toma menos
efecto hace la toma —de palabra. Y si está hundido puede ahondar
hasta la angustia.
— Pero el fondo de transmisión, el caos de los posibles parece
tan rico como siempre lo ha sido; incluyendo las formaciones per­
versas como límites, puntos fronterizos, deslumbrantes señales de
alerta, ideales exasperados o inertes. . . El “ perverso” , el fetiche,
el antifetiche que se incrusta, forman parte de la gran mezcla de
v id a ...
— Sí, son gritos lanzados en el silencio o el barullo, y no sólo de­
safíos, ponderaciones, enquistamientos llenos de odio. Son estados
límites del mundo. Expresan la muerte insensata, y ya uno lo sospe­
chaba: esa muerte condiciona el don del sentido. El que quieran col­
mar ese don, dar de un solo golpe todo su sentido a la vida, no es
sino un riesgo más, en realidad no para la sociedad sino para el in­
dividuo: riesgo de despilfarrar de un golpe su capital suicida; y de
ya no arrostrar ningún riesgo.
— Usted hablaba de sobresaltos de verdad. Recientemente un
gran actor estadunidense, un verdadero ídolo, al descubrirse el si­
da, se hizo de pronto el iconoclasta de su imagen. Rompió el ídolo
en que se había convertido para él y para sus fieles, dijo su "verda­
dero mensaje” : que él no era más que un pobre hombre desnudo.
Conmovedor, ¿no?, que también se haga actuar a las oraciones
cuando se pierden las garantías, las certezas de s e r ... Y que sea
necesario el sida para recordar esta verdad. . .
1. MISTICO

e lla: ¿De dónde viene su manía de equiparar religión con perver­


sión, cuando toda religión tiene sus “ perversos” a los que estigma­
tiza?. ..
é l : La religión es la práctica de cierto vínculo, la perversión
puede producir un vínculo cierto, ya ve en qué puntos se tocan:
exactamente ahí donde el vínculo religioso es blandido como
vínculo seguro y cierto, emblema de verdad adquirida, de pertenen­
cia “ auténtica” , etc. Cada vez que el vinculo religios<» parece extraí­
do de nuestros lenguajes para regirlos, desprendido de nuestras vi­
das para sujetarlas de nuevo, la operación fetichista va viento en
popa; con o sin “ violencia” : hay fanatismos tranquilos, fríos. Así
pues, el punto de encuentro entre perversión y religión no los iden­
tifica. ..
e l l a : Quiere decir que uno obtura los puntos de fuga de su len­
guaje y de su vida con emblemas religiosos —los signos de un
vínculo ya fundado o consumado— y que uno se encuentra cerrado,
protegido.. .
ÉL: Sí, y de manera beatífica o agresiva, tranquila o suspicaz.
e l l a : Sin embargo hay religiones que la toman contra sus fieles
por sú fidelidad misma, como si, igual que una mujer coqueta y ca­
prichosa, estuvieran hartas de ser “ seguidas” .
é l : \Religiones\ Plurales así conozco pocos. Está la vieja religión
del Yahvé bíblico, áspera, violenta, imprevista, desabrida, aguje­
reada en todos sentidos, cur iosamente buena y no tierna; cae a bra­
zo partido sobre sus fieles más seguros, así, por el placer de calen­
tarse, de darse movimiento, de desentumecerse. Ya ve a Yahvé
estirándose y aplastando como a un gato a su fiel Job que se afana­
ba en sus oraciones, que no perdía una, y al Dios que se soiprende,
“ ¡Ah!, ¿estabas ahí?, pobre gatito aplastado.. . ” y rompe a reír
— sin maldad ni bondad, así nada más; por lo grotesco del punto de
ruptura; y con su voz terrible: "Muy bien, veamos cómo te las arre­
glarás, qué es lo que vas a hacer ante ese acontecimiento que te su­
cede, de ese acontecimiento nuevo que tus cretinos amigos van a re­
ducir a algo viejo, a castigo por mala conducta. ¡Anda, te toca
jugar!” Y Job está allí aplastado en el piso, respirando como un as­
mático, tapándose las orejas con sus patitas para protegerse los
tímpanos. Pero seamos serios, religiones de ese tipo ya no aguantan
mucho, religiones de la lectura del mundo (fy del Libro tomado
como fragmento del mundo!), religiones del suceso, del azar, del
choque y del regreso, de la transmisión y no del mejoramiento, del
desciframiento y no de la lectura torpe, de la soledad audaz y no del
amontonamiento frio le n to .. . ¡Vamos!, eso ya no se hace. Ese tipo
de religión que trabaja en la lengua ha sido castrada, tratada, cal­
mada. Algunos electrochoques decisivos, y se somete como las
otras: ¡Pecado castigo falta gracia paraíso infierno y condena! Toda
la ch atarra...
e l l a : Pero bueno, todos necesitamos reglas de vida; si uno las

halla en la religión.. .
ÉL: Me abstengo de contrariar sus necesidades y sus reglas, pero
las “ reglas” interesantes son aquellas que se “ fundan” en el juego
que regulan y que así se renueva; se fundan y se disuelven hasta las
nuevas (reglas) que las relevan. Si no, se erigen en fetiches, en pará­
sitos, y matan el exceso de vida que no saben “ regular".
e l l a : El ajedrez exige reglas y no es un fetiche.
ÉL: ¡Pero nosotros no somos las piezas de ese juego! Le hablo
del juego de la vida del que somos piezas, juego, jugador fragmen­
tado que gana su pérdida y se pierde al g an ar... Vea otra vez
al viejo Yahvé, era una genialidad inventarlo, descubrirlo, hallarlo
si lo prefiere, era divinidad "infundada” , Ser que juega a ser a
golpe de Letras, y eso hace zumbar en las cabezas todo lo infunda­
do de la existencia, el nervio de las palabras y de los cuerpos,
lo injustificable de la vida vuelto divino. Los fetiches alrededor
eran una espantosa justificación, tan ganadora y fundada que re­
sultaba deprimente y que se vino abajo con los imperios que justi­
ficaba. Todo aquello por lo que se ha remplazado ese viejo Dios
colérico va siempre en el sentido de una Justificación, de una Fun­
dación, de una Autentificación mayor. Vea a Cristo, acaba de fun­
dar con su Cuerpo el perdón definitivo, de detener con su cuerpo
la gran hemorragia humana, de autentificar lo que faltó, de cum­
plir lo que se prometió. ¿Cómo no seguir, no amar, no identificarse
con un tipo así? ¡Está absolutamente fundado! ¡Y no ve usted
a Cristo venir a meter el caos en su vida simplemente porque
lo ama!
e l l a : Insisto: algunos se aferran a ritos, a reglas de vida porque
eso los pone —espiritualmente— en contacto con sus antepasados
que hicieron lo mismo, los mismos gestos.
ÉL: ¡Está bien! Son buenas las visitas a los antepasados, a los pa­
dres. eso recuerda que no cayó uno del cielo; ¿pero debe una vida
estar regida por esas visitas, por esos recuerdos, donde deposita
uno los vínculos en el inconsciente?
ELLA: ¿Por qué no? Los deposita uno y está más libre, más libe­
rado para ocuparse de lo demás.. .
ÉL: . . . De una manera más bien vacía; es la idea catártica : va
uno a aliviarse de sus "necesidades de inconsciente” y después se
está más sereno para dedicarse a sus vacuidades. Pero la catarsis
—el vaciado si lo prefiere— está lejos de agotar el teatro de la vida,
o lo que en la vida no es ni siquiera teatralizable, ni actuable. . .
ELLA: La religión sirve para resistir, para aferrarse en espera de
que la “ cosa” llegue: el suceso, la salvación también, por qué no; si
no, no pasa nada o viene la angustia.
é l : "E l hombre en espera ante la L e y .. Espera, ¿pero qué le
puede suceder si se ha puesto a la puerta de todo lo que puede suce-
derle? Si las líneas de fuga, de otredad, están depositadas en lo reli­
gioso . . . Hay situaciones en las que ya nada tiene el valor de llegar
hasta uno. . . Es como si se tuviera al azar por el pescuezo, bien
apretado, se asfixia, gira los ojos pero no puede decir nada; es una
manera de asegurarse de su silencio.
e l l a : Pero volvamos a lo religioso, puesto que uno se droga con
la religión.
ÉL: Hay un matiz cuando es el conjunto el que marca sus tomas
de droga, sus tomas en la textura de su vínculo. Si no son indivi­
duos que se drogan en pequeños grupos —para hacerlo "juntos” ,
atenuar la "vergüenza” añadiéndole el factor “ colectivo” . . .
e l l a : Así pues, religión y fanatismo se oponen en principio.
ÉL: Vea las guerras de religión, jamás terminadas.
e l l a : Digo en principio: el fanatismo es una creencia abierta,
embriagada de sí misma, insaciable; la religión fija la creencia, jus­
tamente en el vínculo religioso.
ÉL: Pues bien, la perversión tiene que ver. El p e rve rso es un cre­
yen te en sí "fa n á tico ”: inserta el tiempo de su religión sobrevoltada,
él, el paladín del "m al” , que pone al desnudo, a cielo descubierto,
la cuestión de Dios: el religioso es aquel para quien esta cuestión
está regulada, escrita en la falta, en el ritual. Y cuando esa escritu­
ra ya no basta, sobreviene la crisis, el impulso de chivo expiatorio
o fanático.
e l l a : Es como si perversión y religión buscaran por vías simé­
tricas el vínculo sagrado, la pureza, la ¡nocenciír, el pecado en el
que uno se revuelca y que supera. . . Y como si a veces uno corriera
el riesgo de ser imagen del otro. De ahí el dúo agresivo entre una
religión y sus perversos. . . —Es un poco eso, ¿no?
ÉL: Los perversos aclaran mucho más el hecho religioso porque
son partes interesadas y víctimas de aquello a lo que ofrecen sacri­
ficio, del ídolo en el que se fundan. En ello encaman el gesto huma­
no radical: adorar en el otro las huellas de su asesinato, e identifi­
carse con sus huellas.
e l l a : ¿Por qué hablar siempre de "asesinato"?
é l : El asesinato del Otro significa apoderarse de la falta que lo
hace "v iv ir” El fetiche no es más que un despojo de ese asesinato,
una consecuencia ‘'sagrada'1de esa toma de posesión. L o importan­
te en el ‘‘asesinato” es el contragolpe, el rebote: el asesínalo es un
curioso dispositivo, un acto ideal” que marca el punto cero del
ser para renacer de él. Vea el suicidio: un asesinato del Otro en sí.
Ahora bien, el hombre se empeña en vano en realizar un acto que
pueda contar, a través del que pueda contar, un acto que tenga el
valor del trauma, salvo que el trauma es a pesar de uno lo que cuen­
ta, sin uno saberlo.
e l l a : ¿Por qué sólo puede uno "contar” sobre ese fondo de ase­
sinato del Otro?
ÉL: Atención, la fantasía de asesinato del Otro, sobre todo del pa­
dre, mantiene al Otro, y lo mantiene a uno ligado a él por el remor­
dimiento, la prohibición. .. La perversión desarraiga la fantasía y
pone al desnudo esta curiosa convicción, donde el hombre cree que
su vida se ha extraído de la del Otro, que es pues equivalente a un
asesinato permanente, inminente. Es diferente del asesinato del
"padre” , que dudo sea fundador de la religión. Aquí la extracción
[Link] remite más bien a una palabra maternal (y el perverso le ha
cogido la palabra) que tiene que ver con el hecho de traer al mundo,
en el que él no sería más que una extracción de la vida de e lla ...
Es muy violenta esta creencia de que la vida de uno está tomada de
la del otro y a la inversa; los celos mortales pasan por ahí.
e l l a : ¿Es como cuando el narcisismo de los demás nos es inso­
portable?
é l : No podía haberlo dicho mejor: el amor por Dios a veces ha
sido un medio para no querer a nadie. Cuando una mística escribe
que "vive en el deseo de la muerte” pues puede "debilitarse" en el
amor de Dios y que esta "suavidad” es "incompatible con la pena,
cualquiera que sea” , es claro: ningún amor la alcanza si no es el de
Dios (y para im itarlo se impone la obligación de "amar al próji­
mo” . ..). Pero sigamos. Así pues, el hombre ha deificado su violen­
cia contra el Otro, contra todo lo que no es él y que está sin embar­
go en él; quizá para atar esta violencia, para atarse, deificarse. . .
ELLA: ¿Una manera de protegerse del Otro en él?, ¿de su incons­
ciente?
ÉL: Pero dándole existencia. La raíz de lo religioso es el gesto pa­
radójico de volver a dar vida a Dios “matándolo”', es recrear lo divi­
no como efecto de un asesinato
ELLA: Un asesinato variable entonces, muy flexible: uno puede
crucificar a un hombre o sacrificar a millones de hombres, o tomar­
la contra una imagen. . .
ÉL: En todo caso lo divino se recrea o se renueva cotidianamente
según dos vías: la ‘ 'neurótica” del chivo expiatorio (con inhibición,
falta, rem ordim ientos.. .) y la del autochivo expiatorio, de aquel
que asume la falta y se echa la responsabilidad de ser el objeto del
sacrificio: es el horizonte perverso, donde el convertirse en Otro se
asume en el fetiche. Y es siempre la proximidad con el Otro lo que
marca los rituales, las cargas-descargas, las vibraciones del
vínculo. En cuanto a la neurosis, es "Dios sea a ta d o ... y nosotros
con él” ; respecto a lo perverso, uno produce el vínculo total con el
que se ata, con el que se escribe vía el fetiche.
e l l a : ¿Y Freud se queda en el aspecto''neurosis" de lo religioso?
ÉL: Le señalo que la expresión neurosis religiosa es de Nietzsche,
cuya crítica contra la mora) y la religión es en mi opinión una críti­
ca a la perversión, incluyendo su crítica al cristianismo: Dios mis­
mo sobre una cruz, lo descomponía. Que Dios envíe a uno de sus hi­
jos, y hasta a su Hijo preferido a ponerse en la cruz para salvar la
vida del hombre, bueno; pero que Dios, es decir la Vida, venga a po­
nerse en cruz, Nietzsche no podía tragarlo, quizá estuviera equivo­
cado. Aun cuando ignoraba la etiología de la perversión y sólo retu­
vo del abnso de autoridad cristiano el pisoteo de la vida terrestre
en nombre del Reino Celestial. En cuanto a Freud, sí, se quedó ahí:
religión igual a neurosis obsesiva. Como si los factores en juego
místicos con trance, éxtasis y otros problemas le repugnaran ins­
tintivamente. Respecto a eso dice, en su Malestar: "Siento [. .. ] la
necesidad de exclamar con el buzo de Schiller: . . . se alegra quien
respira en la luz color de rosa."
e l l a : ¡Pues claro! aire, alta mar; filosofía de las luces; un' poco
rosa quizá. . .
ÉL: Pero su enfoque está demasiado calcado de una versión bí­
blica simplista: Dios es el Padre, le horrorizan lis diosas materna­
les a lo egipcio. Ahora bien, es menos simple, incluso en la Biblia.
Uno de los usos de Dios ha sido, en el transcurso del tiempo, impe­
dir a todos tomarse por Dios —salvo raras y escandalosas excepcio­
nes. Pero algunos experimentan una buena depresión ante el í »
mo y las creencias maternales, y no tienen posibilidad de hablar de
ellas a un tercero, ni siquiera a Dios, menos aún a su madre que es
el objeto de dicha tristeza. Lo inaudito es que tomen entonces sobre
sí toda la génesis de lo religioso, su instauración r adical Y eso no
es de orden neurótico. La "amenaza” materna es asumida, querida,
gozada.
La ganancia narcisista es aplastante: uno se fusiona, m ejor que
con su madre, con el Todo que la rebasa. Con el océano. . . Uno se
convierte en grano de eternidad, autotransmisivo, conectado consi­
go; no tiene nada que ver con la dependencia con el Otro, que mane­
ja lo obsesivo o lo religioso "freudiano” . El sentimiento oceánico
—que tanto molestaba a Freud— puede referirse al sentimiento
primitivo de un Y o aún no delimitado: uno se toma por el mundo
y traza, delimita, se convierte en su límite-, otra forma de autonaci-
miento. Los místicos cristianos. . .
ELLA: Justamente. Expliqúese un poco sobre esa idea curiosa, de
que los místicos quieren "tener la piel de Dios” y nacer de sí mis­
mos, volviéndolo a crear.
ÉL: Reiteran, pero por su cuenta, el abuso de autoridad cristia­
no: encarnar las promesas o las fallas de la ley, realizarla en su
cuerpo y, por consiguiente, rebasarla, perfeccionarla, aniquilarla
en la gracia y la fusión que resulta. Es una posición jugable y la jue­
gan a fondo.
e l l a : ¿Son nuevos Cristos?
ÉL: En absoluto, trabajan ante todo por su cuenta, se salvan so­
los en vez de salvar al mundo. El mundo está en libertad de tomar­
los por sus puntos de salvación; a veces le interesa. Si los santos y
los mártires dan prueba de su "salvación” , si dan señales de que se
"salvan” , ello permite a los demás quedarse en su sitio, perderse
allí mismo sin demasiada angustia. Se pide a los santos que interce­
da»; como a los profetas bíblicos. .. Pero los místicos como tales
se lanzan en una empresa de destrucción amante de Dios mediante
la fusión con él. Un deseo de debilitarse —de liquidarse— en el Dios
que incluyen, que absorben. ..
e l l a : ¿Y fu n c io n a ?

ÉL: Depende; están los místicos "blandos” que sólo llegan a abis­
marse en el abismo divino, a disolverse en el vacío de Dios: resulta
un poco neurótico, pues la fusión supone al Otro y lo mantiene; y
están los místicos "duros" que realizando un abuso de confianza se
unen a Dios en su punto increado, añaden el suyo, se identifican
con ese punto para cerrar ante ellos el espacio de su encuentro con
el Otro, para compactarlo con ellos mismos, cerrando así ante ellos
el espacio hasta entonces abierto donde la criatura y su Dios esta
ban a uno y otro lado. . . Y esta esfera que se cierra, sería la piel
de Dios y la suya confundidas. Ahí el sujeto se feminiza, se aguje
rea, se ahueca para quedar embarazado de su creador, encinta de
sí mismo y del Dios en el que se convierte. Son dos maneras de in
vestir el vínculo con el Otro: una neurótica y "desdichada” en su
vértigo de la falta; la otra más "perversa" e inocente: transformo
esa falta en una victoria, una reestructuración del Otro en lo que
tiene de infundado. Lo más curioso es que pueden cohabitar. . . Y
este goce tan elaborado, esta reducción lograda con Dios, es una au-
toseducción donde lo que seduce es la piel del Otro en el que uno
se convierte para abolido en cuanto Otro. La relación con Dios se
convierte en el lugar de transformación de uno en el otro. Es el lí­
mite en el que uno y Otro se pertenecen, se confunden.
El místico parece identificarse con lo femenino del lenguaje, con
su fuente, con su regreso a las fuentes que él hace partir de sí mis­
mo y llegar al fondo de sí; esta autotransmisión resuelve las para­
dojas de la transmisión, las dualidades fatigantes entre lo finito y
lo infinito. Pero el místico, en su abuso de autoridad, no se limita
a nombrar lo innombrable, se convierte en ello, se actualiza como
órgano donde el nombre y la cosa se igualan, se igualan a él mismo.
Todos los textos místicos cultivan esa paradoja, de la que se em­
briagan con ra?ón.
e l l a : En algunos medios la gente acerca mucho el goce místico
al de la mujer.
É L : La mujer y también el hombre, tiene un goce del cuerpo y un
goce del inconsciente; por supuesto no estando el cuerpo reducido
al sexo, que es su ombligo. Asi pues, es en la ausencia en sí y el naci­
miento en sí mismo donde hay un acercamiento posible entre Mu­
jer y Místico. El místico entra en su piel, y en el centro de esta au­
sencia, se produce como nacimiento en el vacío del Otro. Maese
Eckhart es claro al r especto: habla de un hombre, "panzón de na­
d a ... de esa nada nació Dios, fruto de una nada” Y cuando una
mujer se identifica con su ausencia de sí misma (cuando así encar­
na en la fantasía de ser la fuente del lenguaje, la madre de Dios, si
así lo prefiere usted), se acerca al factor en juego ‘místico” ; produ­
ce una identidad que se confunde con sus puntos de fuga; oculta­
ción por una mujer de lo femenino que fantasea. Es un trayecto
“m ístico" donde Dios sería la mujer que se engendra a sí misma.
Transformación de la hija en la madre a quien da nacimiento como
a una primera palabra que sería también la última. En realidad,
esta realización fetiche de lo femenino tiene todas las posibilidades
de estallar en el encuentro sexual donde uno goza sexualmente las
palabras y simbólicamente los cuerpos que se tocan, se entremez­
clan, se separan y se dispersan; goce complejo dado que las pala­
bras y los cuerpos lo son. Está en lo opuesto de la "mujer continen­
te negro", tiniebla divina en fusión con Dios; es más bien la mujer
dispersada, diseminada, innombrable, que renace de sus encuen­
tros y de sus lugares de otredad en los que el incesto es convocado
y atravesado; sin tener que ser el Verbo o la Carne, y sin tener que
confundirlos en ella.
e l l a : ¿En qué apoya su idea de los místicos como perversos que
han logrado su objetivo?
ÉL: En lo que siento, lo que sé, lo que ignoro pero que regresa
sin yo saberlo a esclarecerme, sobre. . .
e l l a : ¡Un p o c o d e s e r ie d a d !
ÉL: Quiere usted "referencias'’ ¿no es así? Pues aquí están. Es­
toy leyendo el libro que mi difunto amigo De Certeau dejó al respec­
to, La fábula mística. Eso le dará un sabor anticipado. Lo abro al
azar; de entrada habla de autores místicos como de 'estatuas levan­
tadas como límites instauradores de otra parte que no es otra par­
te, la producen y la defienden a la vez” . Habla de una erótica del
Cuerpo-Dios centrada en su ausencia, la ausencia del “ único” . . .
los místicos serían los monoteístas de sí mismos —siendo monote­
ístas de nadie los o tr o s .. . Dice: “ La configuración mística que se
extiende del siglo xra al xvm [ . . . ] atestigua una lenta transforma­
ción de la escena religiosa en escena amorosa, o de una fe en una
erótica: Cuenta cómo un cuerpo. . . herido, escrito por el Otro, rem­
plaza la palabra reveladora y enseñante. Los místicos luchan así
con el duelo, ese ángel nocturno. Pero la propedéutica medieval de
una asimilación a la verdad se convierte entre ellos en un “ cuerpo
a cuerpo1'. En su diálogo con el Otro, “ el verbo mismo debe nacer
en el vacío que lo espera” (página 14). El cuerpo se convierte en
"emblema o memorial grabado por los dolores de amor” . Eso no
sería más que “ histeria” , pero el sujeto se convierte en el Otro con
el que dialoga, y ahí nos acercamos al núcleo duro del factor en jue­
go perverso; a la inversión de la escena que de paso remplaza al
Otro. Cuando habla del puro amor de la señora Guyon, es un ‘infi­
nito de Otro cuyas certezas, noches del cuerpo, no dejan de tener
punto de referencia en los significantes” ; nos hallamos en los confi­
nes del lenguaje. A veces identifica “ místico’' con “ inconsciente''
(página 17) dado que el místico debe encamar al inconsciente in­
nombrable, que revelará ser Dios-en-nosotros y nosotros-en-
Dios. . . Está también la apología del tonto del pueblo de quien Si-
mone Veíl dice que "ama realmente la verdad porque en vez de
‘ talentos’ favorecidos por la educación, tiene ese ‘genio’ que no es
otra cosa que la virtud sobrenatural de humildad en el dominio del
pensamiento” (página 42). Teresa de Ávila dice más francamente
que "es la humildad la que lo logra todo” : había captado bien la om­
nipotencia de la postura masoquista.
Luego está el episodio de una "idiota” que un hombre santo, por
instigación de un ángel, acaba de descubrir en un monasterio de
mujeres, él, el dignatario que había dado prueba de sus aptitudes,
hace que las monjas reacias la lleven con él y cae de rodillas ante
ella: "Bendígame, madre” y ella cae también a sus pies diciendo:
"Bendíceme tú, Señor.” Y De Certeau dice que "su abyección, im­
presión de escándalo, se articula como impresión de verdad y de
amor” (página 53). Dice que en su réplica, la "idiota” no se dirige
ni siquiera al hombre sino al Otro; encarna la falta de contacto de
los otros con Dios; por lo demás quizá no sea ni loca ni idiota, sim­
plemente víctima de su perfección narcisista, en forma de ausencia
o de abyección: encama la Nada. ‘Y "al no estar jamás donde uno
podría decirla, la loca falsificó el contrato que la institución garan­
tiza. .. así fuera el primero y el último de todos los contratos, el
del lenguaje” . A s í, ella es la verdad de nuestras fallas intrínsecas,
las del lenguaje. El "loco” puede ser otra figura de lo místico: es el
Otro "m ism o", se nos dice (página 62). Y el místico, "es el seducido
por el Otro. .. seducido por un absoluto” . Por supuesto, inversión
narcisista; es seducido por su ser-seducido, por él mismo converti­
do en otro a quien se pega. Certeau habla incluso de "travestí” a
propósito de él. Menciona prácticas de los siglos XIV al XVI donde
mujeres se disfrazan de hombres. . . menos para "ocultar una iden­
tidad femenina bajo una aparencia masculina” que para “ abolir la
diferencia (sic) y superar la ley de Uno u Otro” . Será entonces Uno
y Otro.
ELLA: Vaya, uno es el otro, expresión de hoy para decir que la di­
ferencia hombres-mujeres se borra, y que los hombres podrán lle­
var en su seno, pues claro: embarazarse.
ÉL: Seguramente que eso cambiará todo, ¡todo lo humano!
e l l a : No ironice, gente muy docta explica que eso puede cam­
biarlo todo puesto que justamente no vemos lo que eso puede cam­
biar.
ÉL: ¿Sabe? Desde que la diferencia sexual existe, uno la niega
como puede. ¿Cree usted que las buenas de nuestras parejas nor­
males y enfriadas viven esa diferencia llamada sexual ? Simplemen­
te con un poco de técnica y de realidad se pondrá en este asunto un
poco de morbosidad; y eso hará creer a los cocineros de células que
lo que toman con sus pinzas es lo más intrincado del misterio hu­
mano. Bueno, ¿en qué estaba?
e l l a : En la confusión jnística de uno y el otro.
é l : Sí, le citaba a De Certeau —que era reacio a mi tesis (que el
místico se adora en el Dios en el que se convierte) cuando su libro
la demuestra. Leo: "La multitud, abismo donde las diferencias de­
saparecen, es el eclipse del sexo (masculino o femenino) y el eclipse
del Logos (sabio o loco)” (página 64). "E l cuerpo. . . instaura ese no-
lugar absoluto y absuelto de la diferencia.” "L a gente es así, por el
cuerpo perdido que ‘recibe’ su locura, el lugar paradójico de lo ab­
soluto . . . figura mística del conformismo y de la moda, anticipa­
damente. "La mística.. se desvanece en su origen. . . como si es­
tando enferma de lo absoluto desde el comienzo muriera por la
cuestión que finalmente la formó.” Y “ lo que se formula como re-
ckazo del ‘cuerpo’ o del ‘m undo’, lucha ascética, ruptura profética,
no es más que. .. preámbulo de un estado de hecho a partir del cual
comienza la tarea de ‘encam ar’ el discurso... Éste es mi cuerpo. ..
Inventar al verbo un cuerpo de amor. . . el de los místicos. El
cuerpo ausente de Dios se aloja en el suyo. Está también la equiva­
lencia entre mysticus (oculto) y verus (verdadero, real). En pocas pa­
labras, “ es místico el tercero ausente que une los dos términos di­
sociados” . Y como el místico tiende a convertirse en esa unión,
vemos dónde se lleva a cabo la fusión. En el "cuerpo dividido por
el barranco central donde se repite el ‘nada’, nada nada nada nada
si no la relación dual con Dios que confunde a uno y otro en el mis­
mo vacío” .
e l l a : En realidad no veo cómo se realiza esta fusión, cómo el
místico se convierte en el Dios que contempla.
ÉL: ¡Ah! Entonces se necesita la gran máquina; la pieza maestra.
Teresa de Ávila; ella explica eso punto por punto cuando baliza su
Camino de perfección. Habla de la oración de recogimiento y luego
de quietud —está muy perfilado como vínculo erótico con Dios que
es a la vez Padre e Hijo pero también Esposo y Hermano de la car­
melita, le paso a usted los detalles de su relación erótica y sensual
con Dios: su Vida escrita por ella misma está llena de expresiones
tales como "un día, inundada en la oración de delicias excesivas
[. . .] entro en un embelesamiento que no puedo expresar [. . . ] ” y
llega a hablar de "darse totalmente al Creador” , desarrolla el tema,
está muy claro: “ ¡Oh, hermanas mías, qué poder en ese darse! Si es
consumado [. . .] lleva al Todopoderoso a no ser sino uno con nues­
tra bajeza y a transformamos en él.” Así pues, no es sólo una unión,
un “ matrimonio místico” , es incluso más que una fusión: uno se
convierte en el otro y a la inversa. De ello resulta por supuesto una
fusión —y hasta cierta confusión— pero la operación es precisa:
ante todo abriga a Jesús en ella y él goza en ella (diciéndolo muy
S im p le m e n te "se d e le it a ” en ella como ella en él, está en la Séptima
exclamación), luego e lla se funde en é l por la oración mental y con­
templativa y se convierte en é l .. . que está en e lla . . . Ella no vacila,
contrariamente a su "pequeño Séneca” (Juan de la Cru2), en hablar
de placer recíproco, goce, caricias. El resultado es, entre otros,
cierto torbellino “ auto-nomo” de la voluntad: ‘‘Dígnate, ¡oh, mi Se­
ñor! . . . (¿qué cosa?) que tu voluntad se cumpla en mí y me conduz­
ca a someter a ella mi voluntad.” Como este llamado es la voluntad
de ella, "dígnate” , el circuito se cierra sobre una voluntad única
q u e se mantiene d e sí misma con e lla misma. Esta paradoja de la
autonomía narcisista permite muchos otros torbellinos y vértigos
infinitos que se convierten a la vez en el efecto y la causa del embe­
leso fundamental de uno por sí mismo pasando por el Dios que uno
integra. Así: “ ¿Por qué motivo nuestro Buen Señor formula esta
exigencia (que sometamos nuestra voluntad a la suya)? Es que sabe
la gran ventaja que existe para nosotros si damos ese gusto a su Pa­
dre Eterno (que es también él mismo),” De manera que nos pide
—por nuestra boca— pedirle que sometamos nuestra voluntad por­
que sabe el placer que nos da darle placer a él que nos da ese placer,
etc. Efectos de espejo al infinito pero que se trata de captar. Con
acentos muy sorprendentes, como: hay que amar al prójimo porque
Dios lo amó, pero basta con que ella piense en su tierno Esposo
para verse liberada de todo afecto terrestre y para no sentir sino
asco por el mundo. Dicho de otra manera: En Dios dispone de un
vínculo —y hasta de un producto— a toda prueba, que no es otro
que ella misma y que puede invalidar cualquier otro vínculo. Su
omnipoíencia es pues casi la. . . del Todopoderoso. Y: “ ¿si hubiéra­
mos sido amados con un gran amor (terrestre) qué nos quedaría?":
la muerte rechaza la vida que la precede, es su desmentís más que
su resurgimiento, Y con semejante Dios que le habla como ella se
habla —que además está tan alerta y es tan simpático como ella—
Teresa dispone de un Resto absoluto: siente, a su muerte, la eterni­
dad de ese Resto. Sus sufrimientos anuncian el regreso en ella del
Esposo que viene a colmarla, de ahí ese grito: “ ¡Señor, o sufrir o
m orir!" En pocas palabras conoce los recursos de una posición ma-
soquista frente al Otro al que uno se une o más bien en el que uno
se convierte en una especie de autohipnosis mediante lo divino: “ Lo
que Él espera de nosotros. . . es que Lo miremos. Lo hallará bajo
el aspecto en el que usted quiera considerarlo. .. Se pliega a todos
sus deseos.” Y ella precisa: si está usted triste Lo mira cuando está
triste, por ejemplo llevando su cruz, y si está alegre, "contemple-Lo
resucitado". . . “ Pueden consolarse sin testigos uno al otro." A ve­
ces es la verdad misma la que ella hace hablar en sí, más tarde iden­
tificada con el tierno Señor. Pero siempre es una relación de perte­
nencia recíproca y total con el Otro, vía el espejo: " . . . Vivo de
repente mi alma como un claro espejo, sin reverso, sin lados, sin al­
tos ni bajos sino resplandeciente por todas partes. En el centro se me
aparecía Nuestro Señor Jesucristo como lo hace normalmente. . . y
ese espejo de mi alma a su vez, no puedo decir cómo, se gravaba en­
tero en Nuestro Señor.” Con esa idea de que un pecado es lo que os­
curece el espejo, es lo que impide a Dios ser visto o representado. La
visión del Otro viene a colmar la falta del sujeto. "¡En cuanto a los
herejes, es como si el espejo se hubiera rotol” Así, aquellos cuya ima­
gen es dispersada no conocen el Dios que puede a la vez no sólo cen­
trarla, unificarla, sino incluirse como Otro e incluirlo en él. Volve­
mos a hallar esa doble inclusión en Juan de la Cruz, en el Cántico
del alma: "Oh, noche (dice el alma) que uniste/A! amado con su biena­
mada (el alma)/ Que se transformó en é l!" Y también: "Con su dulce
mano/ Colocada sobre mi cuello él me hería/ Y todos mis sentidos
se vieron suspendidos. . ./Todo cesó para mí y me abandoné a él.”
e l l a : Es impresionante; totalmente el factor en juego perverso,
en versión simpática. . .
é l : ¡Ah! ¿Acaso siente aversión por las otras? Se equivoca, nada
está de sobra bajo el so l. . .
e l l a : Quiero decir que los místicos son la prueba de que existen
perversos adorables, sublimes.
ÉL: Pero los poetas también, los escritores, los "creadores” , ¡y
cualquiera que haga algo con su manía de capturar al Otro!
e l l a : Bueno, yo digo que vale más drogarse con Dios que con
cualquier cosa, es más "sano” . . .
ÉL: N o entendió nada. . . Es cierto que Dios es el "Crack” abso­
luto; pero en realidad uno no se droga jamás más que consigo mis­
mo bajo forma de Otro o de producto o de embriaguez o de virtud
o de estupidez. Uno se droga con el vínculo en el que uno se convier­
te para sí, cerrado a su doble, autónomo y resplandeciente. En
cuanto a drogarse con Dios, las viejas morales y sus prejuicios son
su larga costum bre... Pero le concedo que se necesitan disposicio­
nes particulares —y Teresa Ahumada era una mujer excepcional—
para atribuir a Dios las palabras que uno quiere oírse decir como
si vinieran del Otro fabricado a la medida para ser nuestra figura
ideal. Hay ahí una manera muy dulce, autoamante, de poner al Otro
a su merced, y de "recrearlo” todo, incluyendo a Dios, desde el inte­
rior. Es una solución radical (y que no perjudica a nadie) de la cues-
tito de la identidad en sí pasando por el Otro al que uno absorbe.
Para una mujer eso puede ser fascinante: capturar en ella a la Otra-
Mujer indecible, innombrable, que representaba para ella los lími­
tes del lenguaje, de lo femenino, del goce. Es la mujer descentrada
que vuelve a tomar posesión de sí misma incluyendo nada menos
que al significante absoluto: Dios. Por lo demás, un estudio realiza­
do por otra mujer sobre Teresa, concluye claramente: "También es
Dios el que habla cuando Teresa habla.” Está pues más allá de la
inspiración poética o profética; no es: he aquí lo que Dios me dijo
y yo os lo transmito. . . Es: la identidad de ser y de palabra entre
Teresa y Dios. Así pues, aunque Dios y las visiones de la mística
sean mitos forjados por ella, para expresarse, se vuelven verdade­
ros y divinos puesto que ella los encama en su Pasión, cuyo único
objeto es Dios (es decir Ella).
e l l a : En el fondo, ¿la mística es la historia misteriosa del con­
vertirse en dios de lo humano?
ÉL: Sí, y la perversión también, aunque a otros les parece demo­
niaco el dios perverso...
2. LA ABYECCION

ELLA: Se habló de abyección, ¿en q u é se diferencia del asco?.


ÉL: Por ejemplo en la mayoría de los grupos, comer cadáver es
abyecto; es cuerpo del Otro, podrido de palabras y de símbolos. La
abyección es un afecto debido a la mezcla de nombre y de cuerpo;
pone en juego las fantasías del grupo, su transmisión al sujeto.
ELLA: ¿Pero puede alguien imaginar lo que consume como de ca­
dáver, y sentir lo abyecto'?
é l : Justamente, entre el nombre y el cuerpo está la imagen, y la
abyección aplasta al nombre y al cuerpo bajo esta imagen, los pega
a la imagen que dicta la ley.
ELLA: Leí en un libro de Kristeva un ejemplo vivido de "abyec­
ción": de pequeña se enfurecía de asco ante la "nata” que su padre
le presentaba, dice que era “ abyecto” .
ÉL: El aspecto "asco” es simple, trivial: el asco por la leche, por
las "pieles” de la leche hervida, es frecuente entre los niños, recuer­
da el seno perdido y por lo tanto rechazado, la piel del seno
Freud lo dice, y es verdad. Quizá haya también un acento caníbal.
Pero en su ejemplo, para que haya “ abyección” y no sólo asco hay
que suponer que esa materia blanca que el padre da se pega a su
palabra coercitiva, hace cuerpo con ella; la mezcla entre nombre y
cuerpo estaría conectada a una imagen de lactancia del pecho pa­
terno. Y el impacto viene de que en vez de una pura palabra que uno
esperaba, es el “ pecho de leche” * paterno lo que viene. ..
e l l a : ¿Y cómo explicar que algunos, asqueados, no se alejan
sino se abalanzan, que traguen en vez de rechazar? ¿Es para tomar
posesión de ello?
ÉL: Buscan el vínculo último entre uombre y cuerpo. .. Eso les
gusta. La abyección comienza cuando un resto corporal es porta­
dor de una palabra "otra ” a 1? que da cuerpo; palabra que captura
y pisotea a la vez; lo abyecto es cuando un trozo de cuerpo es toma­
do p o r nombre; se acerca al fetiche, que es el movimiento inverso:
un Nombre es tomado por cuerpo. Es lo que une a lo abyecto y
la profanación, tan querida por algunos perversos: palpar el cuer­
po divino, jugar con él, con la ruptura desmentida entre humano
y d iv in o ... Ir a propósito hacia la mancha es como pedir ser cas­
tigado: pisotear la separación entre Uno y Otro, arrancarle la
otredad.
e l l a : A menudo se confunde separar y simbolizar
ÉL: Seguramente a causa de la famosa "separación de la ma­
dre" . . . una idea más bien justa pero que oculta lo esencial: la sepa­

* P is á lait en vez de pis-aller (a falta de algo mejor). [T.]


ración de la madre de sí misma. Lo simbólico es más vasto que la
prohibición del incesto, afortunadamente.
e l l a : Volvamos a lo abyecto: ¿Por q u é es importante para el

perverso?
ÉL: Lo abyecto es la sombra del fetiche a punto de fijarse: el ídolo
vacila, la abertura narcisista busca el punto de creencia que la su­
ture; como hemos visto, el fetiche quiere ligar esta abertura, resol­
ver una crisis narcisista, producir un vínculo manejable.
e l l a : Según una tradición bíblica nada es más “ abyecto” para
Dios que caminar desnudo por la calle. . . ¿Es a causa de la nega­
ción del traje, de la costumbre, del emblema social?
é l : Esas tradiciones percibieron muy bien el problema ’ ntes de

legislar al respecto. Rechazan el contacto con el cadáver así como


con lo puramente vivo: la sangre, la menstruación, la desnudez. . .,
en pocas palabras: no hay gozo que tenga fuerza de ley. Ahora bien,
lo abyecto es una ley que no puede y no quiere simbolizar nada. El
contacto con el cadáver no es más que un caso partícula r del con­
tacto con un cuerpo abandonado por el deseo, o por el contrario sa­
turado de deseo, identificado (por lo tanto sin contacto) con la
"L e y ” . El cadáver es percibido como extinción de la Ley en su aca­
bamiento absoluto, sagrado. Eso concierne al fetiche, por supuesto,
Pero el cadáver “ en sí” no es abyecto, es el cuerpo “ caído” sin re­
greso (el cuerpo desnudo está 'levantado” , sin reserva). En esas tra­
diciones, el contacto involuntario con el cadáver no es más que una
impureza, no una abyección. Una impureza implica no disponer
más que parcialmente del vínculo social (por ejemplo, prohibición
de ir al Templo que para el grupo representa la Ley , .).
Ello implica otros gestos para recuperar la disposición integral
del vínculo social. Pero ya basta; hablaré de ello en otra parte. . .
e l l a : ¿Pdr qué? Es interesante ese rechazo a comunicarse con la
divinidad, a fusionarse con ella. No recuerdo qué místico habla de
“ amar la abyección de uno mismo” .
ÉL: Sí, el orgullo de la humildad: tomarse como desecho o como
objeto de su deseo, por lo tanto también del deseo de D ios. . . atra­
pado en ese cuerpo que se le ofrece, ese cuerpo magullado que uno
se ofrece también, parece no tener importancia, pero muestra
cómo la abyección aspira a la pureza. La abyección no es la mancha;
uno puede ser abyecto simplemente por creerse puro, por lanzar se­
ñales de "pureza” , por no imaginar otra "palabra” que la angelical.
El perverso agita lo abyecto por exigencia de pureza: se hunde en
los confines entre nombres y cuerpos para desarraigar la impuru
za. Hemos visto que era un salvador, no un salvavidas; salvar al
Otro —o salvarse con él— implica abrirse a él y cerrarse sobre él
como un pulpo. Hay palpitación en ese movimiento pulsátil
abierto-cerrado, donde se trata en el fondo de hacer el amor ton ti
Otro como tal, puro. La pureza es a lo abyecto lo que la "verdad*1! u
ley” es al perverso; la abyección convoca el horror por superar, por
dominar por la pureza que ella misma produce. El asesinato crapu
loso entre homosexuales de los bajos fondos (piense en Pasolini) tie­
ne a veces un aura de pureza redentora, un acento cristiano de sal­
vación, de pureza violenta, de perdón ebrio y de suplicio sublime.
La pureza, lograda, tiene crueldades asesinas así.
e l l a : ¿Entonces no basta con un desmoronamiento de las “ leyes
paternas” para producir abyección?. . .
é l : Tiene usted unas preguntas.. . como si quisiera producir
abyección y buscara los ingredientes. . . Bueno. Aquí hay uno: el
cuerpo que encama la ley y su hundimiento. Piense en un escritor
que cree agitar su pluma en el vómito de su m adre. . . Sólo es “ ab­
yecto” cuando cree inscribir así el Texto Sagrado; hasta Céline roza
apenas lo abyecto cuando piensa vomitar a los judíos —atragantar­
se de judíos, y chapotea en el magma semiótico con su lengua ja­
deante en pedazos, ese montón de gritos obscenos y de nombres fra­
casados, esa corriente narcisista de ahogamientos recuperados; eso
no es abyección, es casi un desplazamiento sublimatorio; que debe
apreciarse según los gustos.. . Hay un ejemplo literario mejor de
abyección, descrito con rigor sorprendente, en E l veredicto de Kaf­
ka, esa novela corta donde el escritor entra en escritura — como se
entra en religión o en trance— a través de la puesta en escena de
un hijo, un hijo víctima de la ruina del padre que lo condena a mo­
rir; y muere para verificar esta palabra que lo sacrifica. Ahí el pun­
to de abyección es muy preciso: el padre maldecidor se agarra del
cuello del hijo mientra éste lo lleva en sus brazos y lo pone en la
cama: el padre juega entonces con la cadena del reloj del hijo como
lo haría un bebé. ¿Se imagina la escena? Tiene tres líneas y es per­
fecta: colisión entre nombre y cuerpo, inversión en la que el padre
hijo del hijo que lo lleva carga el suicidio del hijo con su palabra
infantil; mezcla explosiva de pulsión y de símbolo. Y es muy depu­
rado; puede sorprender a quienes confunden abyección con cuerpo
materno, hablando de los "riesgos de regresar a él” . . . Como si
para "ser” no tuviera uno más que desprenderse de la m a d re.. .
Regresar a aquello de lo que uno se ha desprendido —por ejemplo
a su "morada” natal— no es abyecto; excepto si en el altercado en­
tre nombre y cuerpo hay peligro de inversión de uno en el otro;
reinyección del desecho para alcanzar la pureza. La abyección es
alimentarse de su cadáver como carne petrificada de identidad;
es el desecho recuperado como la palabra clave de la "verdadera”
vida; es el padre kafkiano que mueve su cetro flojo, el padre a se­
cas que se despacha a su hija detrás de las puertas o detrás de
las apariencias; variantes del incesto son abyectas cuando reducen
el deseo de incesto erotizado a su negativa; el padre que hace que
la hija lo manosee como “ prueba” de confianza mutua. . . (Y eso se
generaliza, en el Jefe, en la Ley, en la Comunicación, en la Manipu­
lación. . .)
e l l a : A veces se tacha a los medios de comunicación de perver­
sos, de abyectos, esta manera de pasarlo todo por los molinillos
donde todo se mezcla en el mismo caldo llamado de cultivo. . ,
ÉL: La abyección no es meterlo todo en el mismo basurero, es ex­
traer de ese basurero lo que va a servir de ideal. Cuando los dese­
chos del discurso se convierten en objetos reales, fetiches de ley y
de deseo, el objeto se desliza hacia lo abyecto. Los medios de comu­
nicación no son nunca tan perversos como cuando creen sincera­
mente actuar para la verdad. En realidad, muy pocos están a la al­
tura de la abyección que remueven, cuando los flujos almibarados
hechos de cuerpos e imágenes se dan aires muy "simbólicos” .
ELLA: Ah, si conocieran toda la extensión de su poder. . .
ÉL: Es la extensión de ese poder la que lo atenúa, lo "difunde",
lo reduce a casi nada. Es la "autonomía” del montaje. . .
ELLA: Bueno. Volvamos a la abyección; la distinguía del asco. . .
ÉL: El asco o la repugnancia nos protege, la abyección es una
verdadera ofensiva, una posición de ataque, de invasión. Si el per­
verso no quisiera más que repugnar a los demás, simplemente sería
provocador; un neurótico en suma. Ahora bien, su juego va más le­
jos. Asimismo, decir que la abyección es una crisis narcisista no
aclara nada: una enfermedad benigna puede ser una crisis narcisis­
ta, y radical. La abyección del perverso es una aproximación a su
factor en juego, es la búsqueda de una lengua donde la Ley se diría
en las tripas y las visceras. Cuando se halla esta lengua y se ha colo­
cado el dispositivo, la ¡perversión suplanta lo abyecto: es abyección
operacional; domesticada; funcional; nivel de inconsciente donde
nombre y cosa coinciden.
ELLA: Para mí la abyección es simplemente una búsqueda loca
del placer, una manera de buscarlo más allá del placer. . . Habría
primero una forma ligera, pasar de un placer al otro, cambiar de
"pareja" compulsivamente, luego estaría el placer de hacer explo­
tar un placer; reventar su límite; hacerlo infinito. ..
ÉL: Volvemos a la idea de terminar al Otro aprovechando el via­
je. Tropezamos con su límite, y se convierte en compulsión. Vea al
toxicómano: se alimenta con el vínculo donde el Otro está absorbi­
do, pero como todo perverso tiene que vérselas con una pareja
única e infinita, marcada por las tomas compulsivas. La lengua que
funda así puede ser reducida a casi nada. Pienso en un toxicómano
que para expresar durante el flash su "acceso” filosófico no halla
nada más que decir que esto: un olor de muerte le subía a la nariz
desde todo el cuerpo: olía a cadáver...
ELLA: Pues bien, se dice que filosofar es aprender a m orir. . .
ÉL: Aprender no es tomar y ahí la muerte no era más que una to­
ma, toma de tabaco o de absoluto.. . En esta “ muerte” el placer y
su más allá coinciden. . . .
ELLA: Su idea de la abyección como búsqueda perversa de la pu­
reza me sigue intrigando. Me gustaría que retomáramos el tema,
sobre todo porque Kristeva habla en su libro de la abyección en la
Biblia (Toeba) y la identifica con la mancha, la impureza. . .
ÉL: N o me dan ganas de hablar de Biblia aquí, lleva siempre de­
masiado lejos. . .
e l l a : Justo sobre este punto preciso: ¿es abyecto el contacto con
lo impuro o lo prohibido?
é l : La impureza es el contacto con lo prohibido, con lo rechaza­
do; es un contacto diversificado, y reparable mediante sacrificios,
"difiriendo” , a veces basta con esperar al día siguiente, con lavarse,
abstenerse de tal acto ,. Es lo mismo en toda sociedad. Imagínese
que en Moscú tuviera usted contacto con un elemento sospechoso,
sospechoso para el régimen, pues bien, podría ser usted suspendi-
dd por algún tiempo de sus funciones, degradada, obligada a “ la­
varse" de esta falta dando pruebas, mostrando c e lo . . .
ELLA: También es cierto en Occidente: si un miembro de un gru­
po o de un partido entra en contacto con un miembro del campo
'‘enemigo” , un elemento “ rechazado” como dice usted, puede pro­
hibírsele la estadía durante algún tiempo en los lugares "santos"
del grupo.
ÉL: Ya v e . .. Siempre hay un lenguaje para marcar la impureza
como contacto con lo prohibido; ese contacto es pues, en cierto sen­
tido, "perm itido” . . .
EIJLA: ¡Pero cómo se las arregla usted!, es prohibido por lo tanto
permitido.
é l : Quiero decir: previsto como posible (la mayoría de las prohi­
biciones se refieren a lo que se hace). Está pues integrado a la vida
ordinaria; a veces tropieza uno con lo ‘‘rechazado” , simplemente
hay niveles de encuentro, de inscripción, de borrado.
e l l a : ¿Y cuando uno no hace lo necesario, cuando no se “ lava",

por ejemplo, tras un contacto así?


ÉL: Entonces el "perdón” , es decir el "recubrimiento” del mal-
contacto ya no está asegurado: el sujeto lleva la falta de borrado en
sí; se convierte en su síntoma.
e l l a : ¿Y el contacto con la sangre?
ÉL: Ya se lo dije, en la Biblia la sangre se identifica con el alma,
con la vida, de manera que hasta la matanza de animales es puesta
bajo el signo de lo divino: se hacía en el Templo, o en el umbral, o
con oraciones. .. como para interponer a un tercero en el frente a
frente con la "vida” en estado puro.
e l l a : Entonces ¿por qué la mujer durante su menstruación es

considerada abyecta en la Biblia?


ÉL: ¿Quién le dijo eso?
e l l a : Lo le í. . .
ÉL: No hay que creer todo lo que se lee. En este caso es llamada
impura porque está en contacto con su sangre durante la menstrua­
ción, pero no ''abyecta” . Incluso aquellos que comen sangre, man­
cha extrema, imposible de perdonar (de ' recubrir": de rechazar),
hasta ésos son "sustraídos” de la comunidad pero no son abyectos.
Así como el contacto con animales "prohibidos” no es abyecto; y
sin embargo son señalaSos como "repugnantes": ló son porque
caen bajo el golpe de una palabra que los excluye, no a la inversa.
E l asco es una relación con la palabra que condena y rechaza a par-
tir de ñn modo arcaico. Tocar lo prohibido es pues menospreciar,
equivocadamente, lo prohibido. Pero la abyección comienza más
allá del desprecio por lo prohibido: en la manipulación de elemen­
tos significantes que pretenden desencadenar por el contacto cor­
poral, el conflicto con la Ley, para volverla a hacer, ..
ELLA: Sin embargo el pecado de sodomía es calificado de abyec­
to.
ÉL: La homosexualidad es condenada en una frase más sutil
donde la toman contra "aquél que se acuesta con un hombre como
con una mujer” . Por supuesto, es el rechazo a ver invalidada la dife­
rencia sexual, pero el ataque es más preciso: después de todo, ¿qué
no se acuesta con un hombre como con un hombre? Aparentemente
para el homosexual perverso eso no es posible. Ya hemos hablado
de las parejas homosexuales "normalísimas” con sus clichés hete­
rosexuales .. .
En este caso la abyección resulta de que un hombre mezcle su
carne de hombre, su sexo de hombre, con significante femenino,
que pretende encamar. De ahí, otra vez, mezcla de nombres y de
cuerpos. En realidad, lo que las más de las veces se califica de ab­
yecto en la Biblia son las leyes y las costumbres de los idólatras;
es la i4olatría como captura de la dimensión divina en un ‘produc­
to” humano.
e l l a : Y cuando usted dice "perdonado” o "recubierto” , ¿es en el
sentido de que el contacto con lo prohibido puede ser reelaborado
por una ofrenda, un sacrificio, que no es una ofrenda de sí?. ..
é l : Mientras que la abyección asimila al Otro a sí; símbolo car-
nado o encarnado; carnicería de lo sim bólico. . . cualquiera que sea
el campo de actividad. Algunas prácticas de la escritura pueden ser
abyectas. Incluso son sentidas como tales por su autor: estrago de
una lengua que uno poseería como su cuerpo. . .
e l l a : Ya veo de dónde viene la confusión entre abyección y asco:
quienes se entregan a la abyección provocan el asco, pero es el asco
de los demás, del Otro
é l : Además la Biblia dice: la tierra los "vomitará” . .. Hay que
creer que los normales o los neuróticos se idenl ifican con el Otro
o con la tierra cuando vomitan a quienes califican de abyectos,
cuando no ven en lo abyecto más que su propio asco.
• e l l a : Pero entonces, ¿tiene otros ejemplos de abyección en la Bi­
blia?
ÉL: Le digo que es demasiado amplio.
e l l a : Un detalle o dos. . .
é l : En primera, cuando el texto condena la abyección, la única

"explicación” que da es: "Pues yo soy Yahvé tu Dios.” Nada de jus­


tificación, simple recuerdo de una dimensión simbólica que excede
lo "manipulable” ; instancia de "gracia” injustificada, Ley infunda­
da. Lo hemos visto, es lo infundado de la Ley simbólica lo que exas­
pera al perverso-. En cuanto a los ejemplos de abyección, aquí hay
algunos extraños: el asesino voluntario que va a refugiarse en las
ciudades refugios hechas para recibir a los asesinos involuntarios.
Dicen que eso es abyecto. Ya ve, muy sensibles a la confusión
voluntario-involuntario. . . y en el caso de un asesino que va a cu­
brir su cuerpo con la protección divina . También los profetas,
seis o siete siglos antes de Cristo, la tomaban contra los sacrificios
en el Templo como contra "abyecciones” : señales formales de lo
simbólico, autónomas, autoadministradas. , . Los estigmatizan
como gérmenes de una lógica perversa o idiota. O aún más: si un
profeta da una señal que se comprueba y si se apoya en ese signo
para sostener su llamado a la idolatría, hace acto de abyección. Es
claro, el vínculo simbólico tiene prelación sobre la corresponden­
cia de una palabra con lo real. Es una posición antihipnótica radi­
cal; la hipnosis se incorpora a enunciados verdaderos para sugerir
otros. . .
Hay ahí un llamado de amor inconsciente para fundar el vínculo.
Y de hecho el am or hace inútil la perversión, o más bien la haria
inútil si pu diera... aceptarla. No es simple ..
e l l a : En suma, la identidad menos perversa sería al mismo
tiempo la más problemática, consentiría en dejar abierta la cues­
tión de su identidad.
ÉL: Pienso en un chiste que agita esas cosas de una manera no
demasiado tonta. Es la historia de un rabino, de un cura y de un
pastor que discuten sobre la parte que se reservan de los dineros
del culto y la que consagran a Dios. El cura dice: "Y o trazo un cír­
culo y lanzo todas las monedas que he recibido; las que caen en el
circulo son mías, las otras de Dios." El pastor dice Casi lo mismo:
"Trazo una cruz, lanzo las monedas, las que caen más cerca de la
cruz son para mí, las otras para Dios, ” El rabino dice: “ Y o no trazo
nada, lanzo todas las monedas hacia Él, hacia el Cielo; él toma las
que quiere, y las que vuelven a caer son para m í . . ."'E s decir, él
prefiere confundir el deseo divino con la Ley de la gravedad antes
qiie colocarse él como autor de la Ley, aunque sea mediante un tra­
zo
e l l a : ¡Hombre! Volvamos de todas maneras a lo abyecto, pues
mi pregunta es: ¿cómo hay quienes pueden hundirse en lo abyecto
como si fuera la belleza? ¿Cómo puede lo abyecto, en opinión de al­
gunos, ser bello?
é l : Porque para ellos, al igual que la belleza, es una somatiza-
ción del amor; una cristalización del punto muerto del amor, donde
no logran mezclar nombres y cuerpos, donde no logran disolverse
uno en el otro.
ella: E so n o es e v id e n te , e s e v ín c u lo s o m á tic o y e n fe r m iz o e n tr e
a m o r y b e lle z a , e s e v ín c u lo q u e u s te d h a c e
é l : Sin embargo es cierto, la belleza es una somatización del
amor; si toma al amor como una enfermedad —por qué no, es una
enfermedad sublime que aclara todas las demás, que las señala
como rechinidos del amor—, pues sí, produce cristalizaciones psi-
cosomáticas, que no sólo son bellas, sino que son la belleza: peda­
zos de cuerpos donde uno cuelga sus palabras de amor.
e l l a : ¿Y la belleza de un paisaje entonces?
Él : Los humanos no debieron hallar dónde colgar su exceso de
palabras de amor (pues no es fácil quererse entre humanos, se está
demasiado cerca), entonces inventaron a Dios y también fragmen­
tos del mundo, paisajes, a quien decir mañana y tarde su pura afir­
mación de amor en forma de: ¡Qué hermoso! Hace un hermoso
día . . Y parece que agradecieran al "paisaje" que cuelgue sus pa­
labras de amor, que son mucho más peligrosas dichas al vecino. ..
Pero es una larga historia.
UN MALESTAR TOTALMENTE DISTINTO
EN LA CULTURA

LA “ PULSIÓN DE VINCULO” Y SUS AVATARES

1
Este enfoque de ia perversión es casi demasiado vasto, concierne
al efecto colectivo, sus callejones sin salida para el individuo, el ma­
lestar en la c u ltu ra .. Un gran libro de Freud lleva ese titulo; en
otro tiempo creí que lo habla dicho todo, o lo esencial, sobre la
cuestión. Sin embargo al leerlo recientemente sentí un malestar, la
obra me pareció limitada, sin duda a causa de la precedente, E l fu
turo de una ilusión, un poco reductora, donde Freud ajusta las
cuentas a la religión, a la que trata simplemente de neurosis obsesi­
va de la humanidad: con lo cual pierde todo lo “ perverso" de lo reli­
gioso, y sobre todo la amplia asunción de responsabilidades de la
perversión por parte del cristianismo.1 De manera que al abordar
la cultura (Occidental, se sobrentiende) y sus malestares, le repro­
cha sobre todo exigir demasiados sacrificios del individuo, dema­
siadas "renuncias” pulsionales, sexuales. . . ¿Pero es cierto que
hoy la sociedad es tan exigente respecto al sexo? Desenfrenó lo se­
xual, lo maneja, lo revende, lo juega, lo muestra, lo desencadena, lo
fomenta, le añade. . . y no exige gran cosa —más bien ofrece— por
ese lado. A menos que se llame sacrificio a la prohibición del inces­
to. . . y aun así, los chiquillos lo han integrado mucho antes de ser
miembros de pleno derecho de la sociedad (para algunos adultos sí
lo es, pero es que ellos están ya sacrificados, arruinados). En todo
caso, quizá gracias a Freud, la sociedad occidental no pide ningún
sacrificio a las pulsiones, su divisa sería más bien: cojan como quie­
ran (algunos añadirán, perentoriamente: de todas maneras estará
m a l.. .); en realidad, la sociedad no se da ni siquiera ese falso lujo,
pues dice: de todas maneras el problema no está ahí. Esta sociedad
ha agravado el malestar de lo sexual ál soltarle tanto la rienda que
ya no puede reprocharle que lo asfixia. Ni siquiera el beneficio del
griterío. .

1Cf. supra, p. 98.


Podría ser que el malestar de esta cultura tuviera menos que ver
con la pulsión sexual que con la pulsión del vínculo, el impulso de
pertenecer y capturar, de atar y atarse, de establecer relaciones so­
ciales, grupos, instituciones, capillas, religiones, guerras de capi­
llas y de religiones, corrientes de ideas: aglutinamientos más que
rivales, pequeñas totalidades hostiles, islotes narcisistas aferrados,
mundanidades irreductibles, no comparables, incomparables, que
sin embargo intentan compararse, arrancarse reconocimientos, ali­
viar esta tensión en la que cada una de ellas se identifica con lo Se­
creto, con lo Sagrado, con lo Inconsciente, con la Ley más allá de
las leyes. . . . Ahora bien, si la cuestión fundamental es la pulsión
de vínculo, se comprende la inmensa variedad de formas que adop­
ta: repliegues narcisistas (donde uno es objeto de su vínculo), cla­
nes, sectas, vínculos toxicómanos, instituciones, exasperaciones so­
litarias, inserciones-desinserciones, ciclajes-reciclajes, conectados-
desconectados, etc. La misma cuestión busca sus metamorfosis, sin
cesar.

2
¿En qué se convierte entonces la oposición entre individuo y masa,
entre la libertad de uno y la voluntad de otro? Está fragmentada,
dispersa entre sociedades individuadas y múltiples, narcisistamen-
te cargadas hasta el tope, tomándose cada una por' el Dios que ado­
ra, por la religión que la ata, cuya letanía anuncia. Y el individuo
viene aislado en ese "mercado” más vasto que un "mercado de tra­
bajo” que sin embargo dice bien su nombre: emplear viene de ple­
gar, plegarse, poner uno en el otro, mezclarse, enlazarse con. . .
Buscar un "em pleo” es plantearse la pregunta: ¿a qué, a quién pue­
do plegarme? ¿A quién puedo manejar a mi antojo o quién puede
atarme ? Cuestiones de guerra y de am or. ..
Y no es una casualidad si en el actual estado de cosas la sociedad
responde: puedes emplearte como desempleado —atándote tú mis­
mo, no estando atado más que a ti con nuestro aval, nuestro apoyo;
subvención, indemnidad; mira, con eso quedas indemne, con ello
haces que no te pase nada. El individuo quiere más bien integrarse
a las entidades, identidades, o hacer el viaje a través de ellas, zig­
zags fronterizos, escollos, arrecifes; introducirse, despreocuparse,
no demasiado, no volverse loco, modular sus contactos a partir de
la diversidad de los vínculos —de las religiones—, esperar un apoyo
oculto de parte del Vínculo o de la Ley que ninguna de las religio­
nes agote...
3

En los puntos donde el vínculo se rompe o le cuesta trabajo echar


raíces, surge la Fantasía del verdadero vínculo; perversiones, con­
traperversiones, El perverso es aquel que no puede viajar a través
de los vínculos disponibles sin tener su fetiche, su vínculo de él, en
él; que no puede integrarse, como hacen los neuróticos, a las capi­
llas existentes (los "malos” neuróticos son aquellos que sufren es­
perando con los brazos colgantes que uno tenga a bien atarlos. . . )
Notemos, en todo caso, que muchas perversiones, homosexualidad,
toxicomanía. ,. estallan en el umbral de lo social, cuando hay que
ir; es más que un malestar: un punto de horror, la náusea efe meter­
se en un vínculo cuya tensión escapa. De ahí el deseo de hacer uno
con su mano, fetiche, más manipulable que los disponibles, exceso
positivo y disciplinado. Si uno de los rasgos —angustia— de nues­
tro mundo es el cada-quien-para-sí (y Dios para nadie), si es la indi­
ferencia, la apariencia, la vacuidad del tiempo que pasa donde nada
pasa, pues bien el "drogadicto” en todos sentidos, con su vínculo
bien "enganchado", puede decir: "Tengo todo eso, precisamente
eso, pero mejor, infinitamente mejor; ustedes, marionetas que co­
rrer las pequeñas nadas, vean, tengo la gran Nada sin recorrer; ¿mi
vértigo?, ahí mismo; ¿mi indiferencia por el mundo?, más allá de
la suya.1 La institución le canta: "Con nosotros tienes un ideal, eres
sostenido, mantenido, etc.’’ Él responde: "Tengo algo mejor aún:
soy mi ideal, mejor mantenido que por los vínculos de ustedes que
se deshilaclian.’’ Y puede trocar su propio vínculo por el de una sec­
ta, pasar de una secta a o tra , . . Pero dejemos a los toxicómanos,
son exasperantes, ¿verdad?, están allí para eso, son nuestra exaspe­
ración encamada. .. Pues la sobrepuja, que realizan tiene ya lugar
en todo grupo que se drogue consigo mismo, y soporta difícilmente
que el referente simbólico se le escape; que el reverendo padre sim­
bólico se le escape. . . Entonces lo rumia, la vomita, se lo traga, lo
absorbe y se absorbe; hostia, pequeñas hostilidades, éste es nuestro
Cuerpo . . social.
El grupo se abalanza sobre la identificación con un individuo, lo
que hace fracasar el gran proyecto de un poder colectivo más fuerte
que cada uno de sus miembros: ese hermoso proyecto se coagula
cuando el grupo hace que su Punto fuerte se encarne en un indivi­
duo real, al que a la vez imita como semejante y teme como sobera­
no de otra especie (trascendente). Por ello, ya no podemos oponer
(com o hace Freud) la fuerza colectiva com o derecho a la fuerza indi­
vidual como desencadenamiento brutal; hay una serie de compleji­
dades: la ganga individual pasa por los hogares colectivos, que se
individúan sorprendentemente.
4

Por lo demás, el verdadero problema del poder colectivo, de la so­


beranía, lo ha tratado Shakespeare en Julio César: los individuos
que quieren tomar el poder, siempre pueden ir, tratar de hacerlo
y hasta lograr su propósito, pero después es necesario que den toda
su persona y su deseo, que los fetichicen en esa soberanía, si no el
pueblo los "linchará” u odiará por haberle revelado solamente su
alienación (que él conoce) sin darle nada a cambio; si no quieren to­
mar ese poder que han derrocado, el pueblo los "degüella” porque
no hicieron más que señalarle su desprecio, desprecio por su alie­
nación cuya necesidad conoce: sin un soberano, el grupo no puede
ni nombrarse, ni reconocerse, ni transmitirse. . . 2

Freud quiere oponer la fuerza colectiva como derecho a la fuerza


individual como capricho; pero es casi lo contrario: la fuerza bruta
está del lado de los grupos, que siempre hallan el emblema necesa­
rio para darse el derecho para ello. Respecto al individuo, hay poca
cosa; se intenta dar vida a la idea de "derechos del hombre” , que
sin embargo debe inclinarse ante las grandes "necesidades históri­
cas” , "los imperativos del Momento” o simplemente el fanatismo
colectivo desatado. Aveces los "derechos del hombre” son restable­
cidos para volver a dorar la imagen del Jefe que los otorga. De he­
cho, vivimos a cada instante esa paradoja del grupo: crea una iden­
tidad más fuerte, por lo tanto imposible de identificar con ninguno
de sus miembros; pero la tendencia es poner en ese punto fuerte,
en el punto de tensión máxima donde el lazo se anuda, ya sea a un
Jefe, o a un chivo expiatorio, para encamar ese vacío un poco verti­
ginoso en tom o al cual una cohorte de sacerdotes se afana por con­
fiscar los potenciales individuales por simple medida de orden,
Pero jefe o chivo expiatorio, es un fragmento de rechazo que se ha
escapado, que es preciso o exaltar o devolver a la trampa para esta­
blecer el orden o restablecer el silencio (puesto que un verdadero
Grupo es un conjunto de gente decidida a callarse respecto a la mis­
ma cosa). Es decir que potenciales perversos zumban alrededor, y
muy rápjdo. Añadamos a esta paradoja la de la libertad individual:
"antes” , cuando esa libertad era "grande", el individuo no podía
defenderla, y cuando puede, es porque otros se la defienden, la "de­
fienden” para él, la confiscan para que esté en mayor seguridad.
Sólo la tiene para no gozar de ella. Decir que esta "libertad” señala

2Sobre esas cuestiones véase mi libro sobre Shakespeare (próximo a aparecer).


el paso de la infancia a la edad adulta parece a veces un chiste (so­
bre todo a quienes están en el intervalo: en los puntos de adolescen­
cia. . .).

Hay más. Veamos la autotransformación de un régimen de libertad


en un régimen de opresión, en nombre del peligro exterior, supues­
tamente absoluto, identificado con la Muerte pura y simple (por
ejemplo la invasión del nuevo régimen por los “ enemigos” , los
“ enemigos de la Revolución” . ..). Es un fenómeno de masa frecuen­
te, y nuestro enfoque de la perversión aclara esa autotransforma­
ción, donde se invoca el Otro absoluto para negar cualquier
alteración interna del espacio concernido. (“ ¡Quieren que se le deje
hablar cuando el enemigo está a nuestras puertas!” ) N o es tan dife­
rente cuando un grupo o una institución invoca los imperativos de
su existencia, de su funcionamiento armonioso o solamente posi­
ble, para denunciar todo lo que molesta al ronroneo admitido. Un
pensamiento que produce ruptura o diferencia y que se desprende
de ese ronroneo es estigmatizado como alteración amenazadora,
disfuncionamiento inminente, peligro de “ muerte” : el grupo por
boca de sus portavoces (bien nombrados: lo eximen de hablar) se
identifica con la Vida para eliminar la diferencia a la que trata co­
mo un obstáculo para la Vida, la suya. Y raramente se ha visto un
Estado —un estado de cosas— comprometido en esta vía totaliza­
dora dar marcha atrás una vez pasado el peligro, y aceptar el
diálogo, la diferencia interna. Cuando un grupo o un Estado que se
ha“ liberado" se compromete a la autorrestricción de esta libertad
en nombre del peligro externo (peligro del Otro, en el fondo), no se
recupera de ello.
Las más de las veces compensa esa autocensura con estribillos
más fuertes contra el “ lenguaje político” , pidiendo “ de la manera
más cordial” pensamientos "más originales” que en el mismo ins­
tante descarta si por casualidad se muestran. El impulso perverso
e inocente de un grupo es fijar al Otro todo lo que pueda, fijarlo a
muerte (eS ahí donde la idea de asesinato toma su fuerza y su valor
operatorio distinto del famoso "asesinato del padre” ).3

3 A nivel de una nación o de un sistema, esta fijación va acompañada de un punto


de vista que totaliza cada vez más; lo cual le da cierta dinámica. Ejemplo de ese fenóme­
nos la famosa expansión del sistema comunista. Se aclara mejor desde ese punto de vis­
ta; no es ni la justicia particular de ese sistema ni la trapacería especialmente eficaz de
sus promotores, sino el hecho de que un movimiento totalizador no puede sino totalizar
aún más o abolirse. El nazismo fue una totalización distinta, de una locura diferente; e
Por lo demás, narcisismo obliga, el peligro de "muerte” jamás
pasa, pues la afirmación de vida jamás es suficiente para triunfar
sobre la muerte que siempre viene de otra parte, del elemento ex­
tranjero, exterior, que inspira el miedo, y luego el odio puesto que
uno termina por odiar aquello a lo que teme (se le odia por no lo­
grar liberarse de é l ,. . )■ Desde el momento en que uno se identifica
con la "vida” , o con la vida de su grupo, de su institución, de su Es­
tado, de su palabra clave, de su Dios, de su nombre, etc., no acepta
ver esta "vida” compartida, esa palabra sagrada contaminada, uti­
lizada por otros. Para muchos es insoportable; sobre todo porque
la prueba narcisista se refiere tanto a nuestros cuerpos, imágenes
y sombras originales como a nuestras palabras y nuestros "luga­
res” íntimos; se prefiere anestesiarlos que verlos marcados de otre-
dad, de un efecto de "muerte” , de un simple efecto de inconsciente.
Habría pues una especie de enfermedad incurable: los hombres no
pueden eximirse de encarnar los principios o la ley por los cuales
combaten; como si esa ley necesitara alimentarse de sus cuerpos. Es­
te autoerotismo furioso es masivamente tóxico.
Conocemos la revuelta de los marinos de Cronstadt durante la
revolución rusa; Lenin, que mandó masacrarlos a sangre fría —in­
vocando el "peligro m ortal" que representan— declara, inmediata'
mente después de la masacre: "Todos saben que no querían la con­
trarrevolución, pero tampoco nos querían a n o s o tro s ..." e
interpreta su movimiento como una persistencia de individualis­
mo. .. Es el mismo término que emplea Freud cuando evoca cier­
tas "persistencias de individualismo” que resurgen a veces como
una ‘tendencia hostil a la civilización” .
En realidad, es probable que ninguna revuelta se haya dado co­
mo objetivo la ostentación individual. Más bien lo social se indivi­
dua: la masa hoy no tiene más ideal que el del individuo, y éste a
su vez el ideal de una masa; pertenece a la masa, pero quiere hacer­
lo por su cuenta, como su asunto. Más que conflicto, habría rivali­
dad entre individuo y masa: uno y otro quieren un narcisismo com­
pleto; se diría que el mismo.
El resultado es curioso: gracias a los medios de comunicación
—que uno se la pasa poniendo en mal y a los que eso les fortalece—
los individuos rebosan y se hunden en los valores masivos para sa­
lir de ahí brillantes, regenerados, incluso por un tiempo breve; y a
la inversa, las masas se envuelven en las palabras de aquellos que
hablan de ellas, que hablan como individuos aun cuando son feti-
chizados, "estandarizados” , etc.; y salen de ahí sosegadas, tranqui­
lizadas, calmadas, individuadas, reconciliadas Con su imagen sin-

inmediatamente interrumpido en su impulso expansivo, fue mortalmente herido.


guiar. Es importante, y nuevo: gracias a la imagen planetaria difun­
dida por satélites, espejo cósmico constelado que convierte a uno
en el otro a discursos individuales y colectivos, gracias a esos nue­
vos medios donde individuos hablan a masas innombrables (y les
hablan de lo real, de lo social, como si estuviera al alcance de la
mano, como si se lo pudiera cambial- con una decisión, como si se
hablara a lo real, en directo), otra lógica surge de las relaciones en­
tre masa e individuo, donde se trata menos de imponer su voluntad
que de simplemente imponerse, estar ahí; no querer esto o aquello
(lo que uno puede querer cambia tan rápido que hasta la fuerza de
querer llega a faltar porque parece inútil) sino ser una voluntad
abierta que quiere todo lo que puede inflarla, hacerla manifiesta.
En esas condiciones, si la textura social permite potencialidades
puntuales que uno puede traducir, desplazar, dejando que los movi­
mientos individuales adquieran forma y cambien de forma, puede
uno considerarse feliz; porque la trama social puede muy bien esta­
bilizarse a partir de bloqueos masivos y de códigos imposibles de
traducir.

Hay un narcisismo de lo colectivo en plena resonancia con los narci­


sismos individuales. Tienen un factor en juego común: durar, per­
durar, tener la certeza de ser. Pero al fijar la inmensa duda concer­
niente al ser, la develan.
Evidentemente ese narcisismo alcanza su pleno desarrollo, en el
caso de la masa o en el del individuo, en la autohipnosis. De por sí
un individuo puede dormirse a partir de la angustia en la que inten­
ta en vano ajustarse a sí m ism o. . . o al Otro; pues bien, la masa
puede conocer esta masturbación mental, de dolores a veces exqui­
sitos, mediatizándose a sí misma; y lo que sucede es la automanipu-
lación, no por mensajes buenos o malos, sino por autohipnosis: de
la masa por parte de individuos, de los individuos por parte de la
masa a la que creen modelar y a partir de la cual se modelan en una
persecución incesante; a quién se ajustará más, a sí mismo y al otro;
ajuste indefinido, desmentido, recuperado; fusión y confusión de
uno en el otro, forma trivial del factor en juego perverso. Está visto,
la fundación de sectas, de pequeñas masas totalizadas —incluso re­
ducidas a muy poco— es el acto perverso típico, que hace las veces
de acto "sim bólico” : el narcisista dicta la ley, y a la inversa. Sin que
siquiera haya que desafiar o invalidar las leyes. Basta con agarrar­
se a un suelo virgen donde todo comience desde cero, desde el ori­
gen. Recuerdo a un perverso pederasta que tenía problemas con la
justicia; entonces cambió de ''capa" —social—, se unió al lumpen,
a los marginales, menos enredado según él con las convenciones,
las apariencias; le importaba un pito desafiar las leyes, simplemen­
te se las “ saltaba” ; pequeña desviación en el circuito, y funciona;
comodidad. Pues bien esta sociedad se “ salta” a sí misma: se agarra
siempre más bajo para asegurarse de ser y de recuperar sus funda­
mentos; vasta postración del pensamiento, nulidad ética con fondo
“ cultural” catalogado, etiquetado. El vagón de metro donde una
mujer es violada sin que nadie se atreva a actuar conducía sin duda
a sus viajeros a “ actividades culturales” honorables, sublimato-
rias, al espectáculo, o a la “ lata” cotidiana del tra b a jo... Pero la
muchedumbre necesitó ponerse delante de las narices la ceremonia
fundadora: el portavoz como portaverga, desangrando a la mujer
consagrada; sacrificio puesto al desnudo, ganancia inmediata con
o sin voyeurismo, esta pequeña masa halla un momento fundador;
en el acto perverso del que forma parte, parte interesada e interesan­
t e . . . En ese momento existe, vergonzosa y cierta; tranquilizada.
Vuelvo a pensar otro ejemplo, en ese barco de seiscientas perso­
nas desviado por cuatro terroristas; donde la gente se dejó violar,
suavemente pasiva; nadie reaccionó salvo un paralítico, mudo, y
para colmo judío. Desde el fondo de su parálisis halló cómo dar una
palada a uno de los terroristas, que lo echó al mar. La masa siente
que está a cargo de alguien (cómodamente de sus gobernantes, más
firmemente de esos transgresores de la ley); ni siquiera puede sen­
tirse lo suficientemente despojada, como lo estamos todos, lo bas­
tante '‘paralitica’ como para tener un impulso de vida, para estar
menos fascinada, menos paralizada. Pero detrás de este deseo de
ser grupos modernos, y de que un jefe suave implacable y maternal
se haga cargo de ellos, está la fantasía de un vínculo social automá­
tico, que funcionaría solo: bastaría con conectarse a él para que se
encarguen de uño, y bien

Otra idea clave del Malestar de Freud es que esta sociedad pide el
“ sacrificio de las tendencias agresivas” . Esta idea también se ha de­
bilitado con el tiempo. Las pulsiones agresivas se metabolizan bien
en el desencadenamiento narcisista orquestado, autoorganizado.
La sociedad occidental parece soportar tan bien la violencia que se­
creta, que le angustia soportarla hasta ese punto, sin que nada se
venga abajo; sigue su cu rs o ... Apenas un poco de embotamiento,
de autofascinación, cuando algunos pasan a la violencia; la masa
fascinada por el rito fundador: a las escenitas un poco apáticas des­
critas anteriormente podemos añadir la apatía de toda una Cultu­
ra: los buenos pueblos de Occidente se dejan imponer el muy la­
mentable espectáculo de las deportaciones dirigidas por los nazis,
como si la cristiandad, cansada de creer (sobre todo de creer reali­
zada su Redención y adquirida su inocencia), hubiera necesitado un
pequeño golpe de origen una vez más, una crucifixión real, hecha
en sus narices, la del judío, para reanimar su creencia en el Otro-
Judío Crucificado; para estimular su fe, en pocas palabras.4

En todo caso la paradoja de repetir la fundación del vínculo social


es periódica. Y ese vínculo, insisto, no contradice las pulsiones in­
dividuales; todo el juego colectivo es socializarla, hacerlos jugar en
el vínculo. Si alguien se pone a disparar “ sin razón” contra automo­
vilistas víctimas de la autopista de la autoerótica rápida, es más
bien como último recurso para lograr el vínculo; llamado reprimi­
do de un ser necesitado de vínculo social; este acto denunciador ac­
tualiza lo que denuncia: nadie se detiene; tras una larga matanza al­
guien alerta a la policía, la cual llega a controlar al "loco". Ahora
imagínese que el loco se dispare balas a la piel, balas que no matan
inmediatamente; sigue estando necesitado de sociedad, fascinado
ante esta muerte extraña que se da infinitamente; es una imagen del
toxicómano. Está necesitado y es la necesidad; necesitado de sí mis­
mo; el toxicómano es una pequeña sociedad necesitada de sí mis­
ma.

10

Es pues una guerra curiosa entre lo social y sus “perversos": las dos
partes son intocables, cada una se "toca” ya a sí misma; su voca­
ción es "tocar” (masturbación: primera forma de intoxicación). El
combate no se lleva a cabo como tal, forma parte de lo social y de
sus ritmos; es el frotamiento entre lo social y sus imágenes que in­
tegra, secreta, excreta, retoma; frotamiento rechinante y agrada­
ble, frontal o diferido; desencadenamiento imaginario de lo social.
(Lo “ imaginario” es lo que depende de la imagen y del hecho de im­

4 Según las últimas noticias, las monjas fueron a instalarse en el lugar m ism o de
la matanza; para orar. Para consum ir la hostia hay que estar muy cerca del cuerpo.
Sin duda también hay que orar para que esos muertos sean perdonados, pues claro,
por haber sido causa de un desgarramiento tan penoso, tan arcaicamente implicado
en la “Conciencia occidental". Ese "Carmelo" en Auschwitz es un hermoso ejemplo de
injerto perverso, con todo am o r y toda inocencia.*hdem ás de que Carmelo es una pala­
bra bíblica que significa "jardín de Dios", lo cual no carece de hum or negro. Sobre
todo si se piensa que el lugar elegido por esas monjas es el mismo en el que los nazis
almacenaban el gas, los cristales de Zyclon B.
poner una, o de imponerse como imagen ) De manera que las “ ten­
dencias agresivas" —en realidad narcisistas— lejos de poner en pe-
ligro'lo social, lo alimentan, y lo suponen para ejercerse. La existen­
cia misma de lo social metaboliza esas agresiones. Hay depresión
y desmoronamiento cuando la metamorfosis es bloqueada; lo cual
es raro.
Estamos pues lejos del conflicto entre individuo y masa. Los
conflictos abundan más bien entre individuos. . . por tener los me
jores pedazos del pastel masivo; o entre masas cuando se levantan
“ como un solo hombre”

11
Extraña relación también entre la masa y su “ voluntad". Aquellos
que se agitan en tom o al "Punto fuerte” , al foco de poder, quieren
“ darle” una, de voluntad, pero de modo individual: o descifran la
que pueden suponerle. Funciona; más bien mal. Felizmente en las
orillas de los torbellinos lo posible espera, acecha el impulso singu­
lar, el encuentro “ absurdo” y necesario, que supone los pasos va­
cíos y los efectos de inexistencia; todo lo contrario de la certeza de
existir, por la cual uno está dispuesto a atragantarse de imágenes
o de cualquier cosa, al grado de sacrificar dicha existencia. Nótelo:
aquellos que no logran cambiar, cuando todo está allí para que pue­
dan dar el paso, temep justamente meter la nariz en un área de ine­
xistencia, franquear el vacío glacial —y sin embargo breve— donde
su identidad ya no es visible, ya no está asegurada. Toda la algazara
en tom o a la existencia de Dios oculta un factor en juego más narci-
sista: son los hombres quienes dudan de existir: y sueñan con un
Dios cierto que les dé la prueba. Es también eso lo que se espera
de los excesos perversos.
La “ cultura” podría servir de relevo a la necesidad-de-ser; ¿pero
es ése el caso? ¿Qué cultiva uno exactamente? Antes uno se cultiva­
ba, pequeño culto íntimo de la parcela que uno era; un jardín no
siempre fructuoso. De todas maneras nos dimos cuenta de que era
para damos una Memoria, algo con que enfrentar el olvido y la re­
novación que no llegaba. Ahora bien, una memoria es el arte de te­
ner un origen que perder, que pensar y gastar, un impulso de len­
guas nuevas. Eso pasa también por el silencio, el riesgo de ser
mudo, el desmoronamiento de las lenguas unidas en plena erección
babeliana. .
Versión perversa de la Memoria: ser su memoria encamada, o
tenerla al alcance de la mano; siendo vividas las rupturas de Memo­
ria como dolores fríos y aperturas toxicómanas donde el producto
se hace memoria. El riesgo y lo imprevisto tienen poca posibilidad
de ser cortados de su memoria, cortados en su memoria. Cuando
eso sucede, hay llantos en todos sentidos. Muy pocos se atreven a
pasar por la inexistencia.

12
En todo caso, el desarrollo cultural no descansa, como dice Freud,
én la “ renuncia a los instintos” . Volvamos al tren de la violación.5
¿ Cedió la gente pasiva al instinto gregario de ser un grupo borre-
guil ante el delincuente héroe? El grupito no renunció pues a su ins­
tinto fundamental. O: ¿renunció cada uno de los individuos a su re­
vuelta instintiva para quedarse prudentemente en su asiento y
celebrar ese “ desarrollo cultural’ ' allí? O bien, hipótesis más plau­
sible: un m ontoncito de individuos, ni siquiera muchedumbre gre­
garia, sin instinto, ni gregario ni individual, nada, vacío bajo un
barniz de cultura y de poses; statu quo, "simplemente". El “ desa­
rrollo cultural” vacila siempre entre statu quo acumulados estrati­
ficados que hacen las grandes torres de Babel, y el aliento inspira­
dor, la ruptura de statu quo que rompe las “ estatuas” a reserva de
hacer otras. Mientras tanto, hay un olor creativo en el aire, un so­
plo de vida, de inventiva y de novedad
Se dirá que todo eso es caduco y que hoy es la acumulación la
que cuenta, que se cuenta: ¿cuánta gente lo ha visto, oído, contem­
plado? ¿La tasa de escucha?, ¿el nivel? Lo que se ha dicho o hecho
no tiene ninguna importancia, lo esencial es el suceso que produce:
el desplazamiento de masa (de cuerpos, de palabras, de imágenes)
para describir ese desplazamiento, etc. Es cierto; como para pre­
guntarse cómo los sucesos llegan todavía a suceder, a infiltrarse,
a pasar, puesto que lo ideal es la sociedad de seguros de todo ries­
go: los "sucesos” que amenazan llegar parecen primero catástro­
fes. Gracias a lo cual ya no pasa nada, en el sentido en que el lengua­
je ambiente ya no es capaz de distinguir el suceso, latente o
manifiesto. Eso produce un lenguaje ciego. Ahora bien, un suceso
nunca es más que una ruptura de lenguaje, o de Memoria, abierta
al poder separador de las palabras.
* Sin embargo quedan los pánicos, los impulsos fóbicos, xenofóbi-
cos de preferencia, aquellos que uno vive sin riesgo y cuyo objetivo
es neutralizar los últimos riesgos. . . El instinto de muerte es la fal­
ta absoluta de riesgo, querida como tal. La sociedad y sus márgenes
lo quieren también, pero de manera diferente; la competencia de
los productos para “ drogarse” ; pero en cada caso el riesgo es “ to­
mado” y p etrificado.. . en el “ fetiche’ en el que uno se convierte.

5O del asesinato: puesto que llega a suceder que maten sin que nadie se mueva.
(Ejemplo de palabra fetiche: la Crisis, donde se agrupan todos los
riesgos.) Sublimar no es a veces más que reinvestir las pulsiones,
incluida la de muerte, en la abertura de un riesgo, del encuentro
que espera ser, y de los goces aleatorios o diferidos.

13

Más que nunca lo soc’ al tiene todo su valor, no en oposición al indi­


viduo, sino como escena ineludible en la que se valora al individuo.
"Todas las luces” sobre Untel; es lo "social” quien paga los gastos
de la puesta en escena; paga los gastos pero consume. Lejos de opo­
nerse al individuo (en su ser sexual o "agresivo” ), lejos de sólo pro­
tegerlo, lo social se ha convertido en un componente de lo pulsional,
de lo erótico; y hoy, el reproche que se le hace es menos el de repri­
m ir que el de no "hacerse cargo lp suficiente” . La sociedad occiden­
tal ya no sabe qué hacer para seguir permitiendo más "salidas” a
las pulsiones, sexuales o no. Trata la pulsión como una demanda
periódica. . . que tratar, que excitar, que reanimar para ser "aún
m ejor” tratada. Hasta las pulsiones del tiempo, los contratiem­
pos . . La instancia estatal quiere que todos salgan indemnes de lo
que les pasa (si es un campesino tendrá la indemnización por se­
quía o inundación según que esté muy seco o que llueva demasia­
do), gracias a lo cual ya no suelta a aquel a quien hace indemne; su­
plemento de vínculo, que ya tampoco puede soltar. La trama social
se ha convertido en un componente individual, y gracias a la mezcla
masiva anticipa las perversiones de tal subgrupo entregándole bue­
nos préstamos, operaciouales, las perversiones de otro grupo más
activo; es más perversa y más sagaz, más conservadora y más sub­
versiva en la conservación de lo que sus "asociados” esperan.
Lo que hace mal, en cambio, es socializar los efectos de ruptura,
la ruptura de las continuidades anteriores. La nivelación hacia aba­
jo es el pretexto: es preciso que convenga a todos. . . como si uno
supiera de antemano lo que puede convenir a todos. Por ello, se so­
cializa lo más manipulable. por lo tanto lo que se presta mejor a las
manipulaciones perversas. A la instancia social le asusta y fascina
todo lo que puede manipular —comenzando por sí misma: su mas-'
turbación soberana.6
De manera que hoy lo social se define com o prolongación de sí
en sí, asimilación y por lo tanto desaparición de cualquier otro; con­
tinuación extensiva de "uno mismo” . El peligro no es que lo social

6 En realidad, tolera el efecto de ruptura, pero más tarde: los creadores malditos
son peí donados a su muerte, por su muerte; cuando el inspirado ha exhalado su último
Suspiro, une se inspira.. .
reprima la agresividad de los individuos, sino que les comunique
una nueva, que le cueste trabajo controlar puesto que es él quien
la secreta llevando tan lejos a los individuos en el ideal de continui­
dad que los droga de pulsión de muerte, no dejándoles otro aliento
que los ‘facticios” sin aliento. El resultado visible es que la civiliza­
ción occidental logra el propósito de toda civilización: agrupa
—grandes conjuntos— pero el hecho de estar juntos no es vivido
como tal. De ahí una nueva agresividad inmóvil y tensa, violenta y
muda, que confina al individuo a su reducto narcisista donde vibra
de impaciencia, de impotencia (cuando vibra). Es cierto que esos
puntos narcisistas no amenazan a lo social, incluso le exigen que
garantice, que se haga cargo de la continuación de su juego. Y es
ese juego el que se desboca.
Así, el peligro no es "sacrificar” lo sexual o las pulsiones agresi­
vas, sino no socializar el riesgo, más que anulándolo. Los efectos
perversos son al respecto un desafío y una respuesta total. El per­
verso toma el riesgo y no se echa para atrás; toma el riesgo como
uno se escapa, como uno se pica, y ahí se queda; no puede despren­
derse; instinto de destrucción. Ahora bien, ese instinto es vital: es
el soplo del Otro que echa por tierra nuestras construcciones y las
voltea, y revela que estamos de acuerdo con esta destrucción si po­
demos ser reanimados por ella, si no estamos ya destruidos. De he­
cho, la pulsión de destrucción hace que uno se reapropie el mundo,
si queda vínculo abierto, disponible. Ése es el vínculo que ligan
para terminarlo, por un lado, la institución, y por el otro, las for­
mas perversas, a veces bastante inocuas, del fetichismo.
Ése es el peligro de las pulsiones destructivas, no el temor de
destruir el mundo; es utilizar el vínculo para estrangularse o ente­
rrarse; es producir vínculo que se destruye.

14

Freud habla de la renuncia pulsional que "la cultura” exige; y he


aquí que ésta suscita otras pulsiones; por ejemplo la inagotable ne­
cesidad de que lo reconozcan a uno: cuando el reconocimiento del
deseo se convierte en deseo de reconocimiento. Si uno no quiere
más que lo “ reconozcan” , el calléjón sin salida es lograrlo. Lo que
sigue es el renacimiento de lo religioso: para tener referentes que
se le escapen a uno. Es como si el hombre "lib re” regresara con la
cola entre las patas con los restos de sus vínculos, y pidiera que se
le volviera a conectar con las viejas buenas faltas, con los “ grandes
valores” que lo rebasan. Ahí también, el perverso toma la vía direc­
ta: atarse allí m ism o. . . a s í mismo. *
Volviendo al Malestar, Freud dice que el defecto de la educación,
respecto a lo social, es hacer creer a los jóvenes que los adultos son
virtuosos para que lo sean ellos tam bién... El defecto es más bien
mantener su ingenuidad respecto al problema del vínculo, que tie­
ne que ver con el arte de hacerse lugar en el caos más que con dejar­
se desplazai de una casilla a la otra de la red. Ahí también el perver­
so lanza su "solución” ideal: él es el vínculo, su vínculo es el fetiche
o la burbuja... N i siquiera hay que criticar la ética de la virtud,
no es la que prevalece; y la perversión toma por sorpresa las hipo­
cresías morales mostrando las suyas propias, con igual certeza.
Hay también en el Malestar de Freud señalamientos sorprenden­
tes, por ejemplo: "E l amor sexual genital procura al ser humano las
satisfacciones más fuertes de su existencia [. . .] de ahí a buscar la
felicidad de la vida en las relaciones sexuales [. ] no debería ha­
ber más que un paso [ . . . ] pero metiéndose en este camino uno se
hacía [ . . . ] dependiente del objeto amado [ . . . ] se exponía a un do­
lor intenso por su desdén o su pérdida.” Actualmente, eso suena cu­
rioso. En primera, los individuos buscan esta dependencia; y la ha­
llan no en el amor sino en las drogas (término vasto para designar
la transferencia del inconsciente a un producto que permite la au-
lohipnosis adictiva). En efecto, en lo referente al amor, la "depen­
dencia excesiva” respecto del ser amado está a punto de ser neutra­
lizada por la discrepancia entre lo sexual y el amor. Y surge otra
discrepancia: entre sexualidad y procreación; por la coartada de al­
gunas técnicas procreativas. . . Lo social logra con facilidad una
gestión perversa de lo genital como tal sin por ello "desviarlo" de
su objetivo. No detiene uno el progreso. .

15

Hay muchos a quienes "les cuesta trabajo seguir” , sufren menos


por padecer las privaciones que lo social les impone que por no lo­
grar ponerse al corriente de las satisfacciones que les propone, o
ser lo suficientemente soberanos como para poner en práctica su
propio goce. Su inhibición prueba que la discrepancia entre sexual
y simbólico tiene algo de insoportable, aun cuando resuelve devas­
tadoramente algunas cuestiones del amor. Ahí también, ya no es la
sociedad la que limita lo sexual obligándolo a legitimarse (matri­
monio, monogamia. . .), son los individuos los que quieren legiti­
mar sus vínculos como para sacar, enganchándose al vínculo so­
cial, un suplemento de "sim bólico". La sociedad ha simplificado
sus prejuicios y sus creencias para conservar sólo su creencia en sí
misma, su punto de creencia narcisista. Utiliza lo sexual como cual­
quier otra cosa para preservar el carácter "de rebaño", conservar
cierto estancamiento. No tiene nada contra el deseo dado que cada
quien está "en” su deseo como en una burbuja. También ahí hay ex­
ceso perverso; la "verdadera” burbuja del toxicómano.

16

Ese punto de creencia narcisista sabe preservar sus reflejos; verse


verse. .. "verse” al infinito. Ir al espectáculo, ir a ver a quienes van
a que los vean.. ., ver el aglutinamiento en el que está uno atrapa­
do, gozar con que lo atrapen, con recobrarse... A veces la lección
narcisista es magistral; el Carnaval de Brasil es lo mejor que he vis­
to en el género: el gentío se hace manifiesto a sí mismo al mostrar
el deseo latente de los sujetos que lo componen. En cualquier otra
parte la gente ' manifiesta1' con motivo de esto o de aquello, bande­
rolas, emblemas, llamados, hasta silenciosos. Allá , en Río, hay lo
que llaman un "sambádromo” donde los bailarines de samba desfi­
lan por "escuelas” durante horas, noches enteras: cada grupito dis­
frazado desfila repitiendo su canto como una letanía, y parece de­
cir sólo "aquí estoy” . . . al otro grupo, inmenso, que está allá sobre
las gradas, viendo, "sig u ien d o "... El lugar de la ceremonia sólo
sirve para eso, recorrido casi sagrado de ochocientos metros que el
resto del año está desierto, o casi. Un desfile del narcisismo colecti­
vo, muy inocente, que seguramente debe equilibr ar muchas cosas
allá. Nunca había visto tanta gente divertirse tan seriamente, entre
desenfreno y ritual, disfraz e identidad. Puesto que está uno en el
ser, mejor hacerlo relucir, si eso permite liberarse de él, o imagi­
nárselo. Al día siguiente de los cantos se desencantan.. cantando
— la saudade, la extraña nostalgia que expresa su dolor exquisito.

17

Esta sociedad no carece de ideales; sólo que los ha hecho funciona­


les. son modos de empleo; "modas” ; todo cambia y queda igual. El
ideal persiste: ajustarse a lo que se esperaría de uno. Algunos llori­
quean: "¿Qué ideal nos ofrecen?", exponiéndose a que la gran Ma­
dre estatal les responda: "¡Pero si no tenemos por qué ofrecerles un
ideal!” ¡Dispongan de lo que se ofrece! — ¡Entonces ofrézcannos un
empleo! — ¡Búsquenlo y no sólo con un rifle de caza! ¿No encuen­
tran en ese montón de azares nada posible? ¿Se los impide? ¿Qué?,
¿les ponen trabas? ¡Pero queriditos míos, si ése es un dato de base,
una hipótesis de trabajol Anden, utilícenlo y olvídenme un po­
c o . . . ’ (Ahí yá no es el Estado el que habla; se siente culpable por
no colocar a la gente, poco importa dónde. Hay que ocuparla. Sin
embargo hasta los niños saben jugar solos; cuando uno piensa en
ocuparlos es que ya se les ha separado —del mundo o de sí mismos.)
Y el empleo en el sentido "pleno” del término se confunde con el
ideal; el pleno empleo como ideal de plenitud. . . (O lo que es lo mis­
mo: ser el límite de uno mismo; de por sí es peligroso ser el límite
de los demás. . .). Volveremos a ello.

18

En ese informe Estado-Masa hay algo alucinatorio, algo como de


"droga” ; tufos perversos. Nos lo han dicho bastante: "cultura de la
imagen” , escultura de la imagen que uno da y que uno recibe, de
la estatua en la que uno se convierte. . . Las relaciones con el po­
der, con el Estado y con la sociedad son "mediatizadas” por la ima­
gen, por lo tanto también por los efectos hipnóticos alucinatorios,
fantásticos, que reactiva. Es un boquete de irracionalidad, pero ob­
tura los hoyos que hace si se consume mucho de dicha cultura. En
todo caso las relaciones con la sociedad recuperan pronto sus raí­
ces irracionales que hasta entonces parecían reguladas, suavizadas
por conceptos, funciones, racionalidades. De ahí esta paradoja: mu­
chos piden al Estado que les dé los medios para "resistirlo” , pero
que no lo diga demasiado y que se ocupe menos de gobernar que
de "enviarles” apoyos simbólicos, polos de identificación, puntos de
apoyo y de sostén. Y él se queja como la tripulación de un gran bar­
co (donde todos están embarcados. . .) al que se le pide dar fuerzas
a quienes tienen el mal de mar, más que maniobrar y "gobernar” .
De hecho, el impulso irracional es tanto más fuerte cuando que se
ha callado por más tiempo. Y el acto de "gobernar” se vuelve más
vital, más complejo, más "imposible” , más digno de ser repensado
en función de los efectos de vínculo y de los objetivos del “ viaje” .

19

Cuando Freud dice que la sociedad (occidental) saca energía de la


libido individual, piensa que es de la “ libido inhibida en cuanto a
los objetivos sexuales” . ¿No sería más-bien de la masa infinita de
las pulsiones narcisistas? Porque el narcisismo es una pulsión. La
sociedad extrae menos de la necesidad de amar que del miedo de es­
tar solo o de hallarse frente a lo semejante que dice y hace lo mis­
mo, a lo semejante que la sociedad secreta en serie. Este atrinche­
ramiento narcisista conduce al punto álgido de la soledad. En
primer lugar, el narcisismo necesita que los demás sepan que no los
necesita. Pide siempre a otros el carburante para circular solo. "A-
yúdenme a prescindir de ustedes. . . ” Ahora bien, cuando se sufre
de soledad es que se está lleno de imágenes de otros que exigen todo
y no dan más que su presencia vacía, donde señalan al sujeto su fal­
ta de lugar en otra parte, junto con los demás, con el Otro. Es esa
falta de lugar en otra parte la que echa a perder la soledad, la llena,
la colma de preguntas sobre el valor, los "contactos” , la reduce a
no ser más que la ausencia de otro en el lugar de uno. Se convierte
en sufrimiento narcisista. Cuando uno no quiere su soledad es que
está llena de aparecidos; es que no es verdaderamente la de uno, es
que está poblada de los vínculos imposibles. Entonces el remedio
trivial es hundirse en el mundo: para poder estar un poco solo. Es
toda la fuerza del llamado: “ Ama a tu prójimo como a ti mismo” ,
que Freud ridiculiza recordando que no todo el mundo es digno de
ser amado, y que un amor que no elige pierde su valor y se muestra
injusto para con su objeto. . . Como si ése fuera el problema. Se tra­
ta más bien de cierto desprendimiento narcisista, una renovación
del narcisismo en el paso por el Otro. Habría: ámate a ti primero,
lo cual no es evidente; luego: intenta extender ese amor un poco
más allá de ti, hasta incluir a tu prójimo (y no a cualquiera: cuestión
de proximidad, de cercania, de contacto posible ). Se trata de sa­
ber extender lo narcisista al amor, cuando en realidad quiere exten­
derse, y sin límites, pero al asesinato de la imagen. En fin, uno espe­
ra que esta extensión pueda elevarte por encima de ti, dar otro
valor al amor narcisista y aferrado (al sufrimiento'narcisista) que
tenías por ti. Es pues complejo, y distinto de un deseo piadoso. Por
lo demás, hasta el ser más narcisista siente lo benéfico de ese des­
prendimiento. ¿Prefiere un artista que le digan: me gustó mucho su
obra, su último lienzo, que: lo amo? Si es su obra la que le gusta
a uno, queda pues como un tercero en relación con ella, se
desprende de esta obra como parte de él, se queda allí creándola
después, expulsándose de ella. Se le restituye viniendo de otra par­
te el altercado de amor y de furor que conoció con su obra; algo con
que romper la identificación con ella.
La relación del factor en juego perverso con esta cuestión de la
extracción narcisista es simple: el perverso extrae de su narcisismo
con qué colmarlo teniendo en si todos sus lugares posibles que esta­
rían en otra parte —del lado del Otro. De ahí una “ soledad” triun­
fante y mortificada.

20

Así pues, las “ tendencias a la agresión” , esencialmente narcisistas,


no ponen en peligro lo social, necesitan de ello para ejercerse, como
de un espejo donde contemplarse; como la guerra entre hermanos
supone la fratría y la mantiene. . . La sociedad parece haber com­
prendido la idea milenaria sobre el instinto humano: “ malo desde
el origen" pero decidió sacar de él el mejor partido. Esta idea es
también retomada, "recuperada” por Freud en su Malestar cuando
menciona a '‘aquellos que prefieren los cuentos de hadas y se hacen
de la vista gorda cuando se les habla de la tendencia natural del
hombre a la maldad” . . . Pero ¿quién no está enterado hoy de la vio­
lencia humana, ciega u organizada? Quienes se drogan con "cuen­
tos de hadas” lo hacen para soportar el resto y recuperar aliento.
El peligro es más bien que la sociedad ya no esté en posibilidad de
manejar la violencia que secreta, la maldad que exige y que utiliza.
En realidad, el paso al acto es más bien raro en esta sociedad:
se sacrifica fácilmente al otro. . . "simbólicamente” , por la burla,
la crítica, la denuncia, la asfixia de su nombre, la agresión ver­
bal . . . Uno pasa al acto cuando ha agotado el registro de los signos,
que abundan al punto de ya no operar. Así pues, ¿puede uno criti­
car a "la sociedad"? No critica uno a una sociedad, sino a indivi­
duos. Todo un. xnoralismo nuevo la toma contra "la sociedad que-
no-propone-nada-válido ”, como si los individuos tuvieran el poder
de cambiarla directamente. Por lo demás, cuando sucede, esos
individuos-claves se convierten en los puntos de locura de la socie­
dad; sus bloqueos más dementes.
Pero es un hecho que esta sociedad puede dudar de sí misma p or­
que cree tener en la mano las llaves de su destino. Por eso llega a
pasar al acto sus mitos fundadores, para tranquilizarse, de un
modo muy arcaico. Se ha visto lo que sacrifica, veamos un poco lo
que consagra. Espectáculo televisado: la subasta con fines de "be­
neficencia' de la camiseta de un futbolista, un campeón, en treinta
millones; la raqueta dé tenis, de un campeón también, diez m illo­
nes; el casco de motociclis ta, etc. ¿Qué puede uno decir al respecto?
Es un sistema de valores hecho de autorrejerendas: esos objetos tie­
nen el valor de un gentío enorme que aplaude a quienes los llevan;
y el gentío se devuelve valerosamente su narcisismo. Mientras el
futbolista no haga cachitos su camiseta para distribuirla como hos­
tias, ésta es mi camiseta. .
Esta sociedad se adora {y se deprime cuando intermitentemente
llega a descubrir que no es tan adorable o no puede fundar ella mis­
ma el culto que se consagra).
Afortunadamente, la solución que ha hallado es irrefutable, por
ser inverificable: la fuga por adelanlado. Pero el interés de esta "fu ­
ga” es ante todo el de ser un movimiento: permite la recarga perió­
dica de los fondos de azar, de inconsciente, de deseo; sin lo cual se
enquista... Esta mutación de fuerzas de muerte alimenta el acto
creativo por el cual uno da vida: en fragmentos de otro uno proyec­
ta una parte de sí, una pérdida que recuperar, superable; alegría
análoga a lo que el artista siente cuando se expulsa de su obra;
cuando se desprende de ella. ¿Es esa pulsión de muerte la que el
toxicómano difunde y reinviste en sí mismo?, ¿él, que “ sublima” en
la obra de arte en la que se convierte?, ¿él, que vive de morir y mue­
re por vivir? devorando su muerte sin terminar. . .

21
Una sociedad también puede estancarse en sus funciones, desapa­
recer en el vínculo que asegura, borrarse en la seguridad que da y
a la que se reduce. En cuyo caso la civilización fracasa por su éxito:
debía extraer una parte de instinto de cada uno, convertirla en un
poco más de seguridad para gozar lo demás. . . y ya no hay demás;
no habría más que deducciones y conversiones. . . A fuerza de estar
asegurado contra todo, nadie está ya seguro de nada. Felizmente es­
tán los pasos en el vacío de una generación a la otra, las escotadu­
ras de transmisión, los Duntos generativos y de ruptur a donde todo
es puesto en juego. Redistribución. Más fuerte que la frontera entre
vida y muerte, la frontera entre generaciones. . . Es ahí donde se
incrustan los malestares más vivos, en las recuperaciones del
Vínculo.

22
En lo que se llama “ crisis de valores” ¿no sería el punto crítico ese
torbellino donde el reconocimiento de los valores depende de ins­
tancias sin valor, de instancias que no tienen más valor que el de
"reconocer” e identificar el valor con ese reconocimiento? En ese
dar vueltas y vueltas muchos se marean. Si un pensamiento sólo
tiene valor por la exhibición —el show— que lo valoriza, el asunto
gira, “ circula” ,7 pero si el círculo se reduce a un punto, a un indi­
viduo, surge el fetiche, el factor en juego perverso. El toxicómano
es el único que se reconoce y se mantiene desconocido a sí mismo:
irreconocible-, autorreconocido; origen y desecho de sí. Ahí tam­
bién, los fracasados de ese torbellino son los puntos de transmisión
que devuelven sus oportunidades al “ azar", al inconsciente, a las
rupturas.
Ese frenesí de [Link] que agita la sociedad ¿será
la form a actual del “ trabajo social” cuya certeza de que es él quien
crea el valor nos la da una buena vieja referencia? Sin embargo, no
todos los valores se fundan en el trabajo; algunos son efecto de un
gran trabajo acumulado que adquiere valor en la ruptura que se ha­

7 Y puede volverse idiota: el hombre que no vive más que de las imágenes que se
le devuelven debe olvidar su desprecio por quienes lo adulan, que no tienen m ás valor
a sus ojos que el de devolverle la imagen.
ce con él. El poeta, el pensador, el "creador” —palabra usada hasta
el cansancio— trabajan pero no producen más que en ruptura con
lo que anteriormente significó "trabajo” ; pues el deseo y el incons­
ciente no "trabajan” . El trabajo no acerca al deseo más que ofre­
ciendo, en este acercamiento, una resistencia bastante fuerte —y
por lo mismo un punto de apoyo; un obstáculo digno de uno; para
que se produzca otra cosa. (Mire a quienes no hallan nada que de­
sear cuando el obstáculo a su deseo se ha desvanecido: nada que ha­
cer. . . Creen que liberados de algunos obstáculos podrán al fin de­
sear: se retira el obstáculo, y ven con estupor que su deseo se ha
retirado). El punto creativo del trabajo está entre recuperarse (en
"casa” ) y alienarse (en el trabajo); transferencia amorosa de los
cuerpos; es lo que es vivido como una verdadera calamidad. Véase
la oposición entre estar en casa y estar en el trabajo', la mayoría se
siente en uno u otro lugar, pero la frontera entre los dos parece
inerte: tiempo muerto, ‘"transporte” , transferencia muda de los
cu erp os.. . Casi un símbolo. En tom o al ''trabajo” los efectos per­
versos son intensos, e interpelan lo político como lugar donde uno
intenta, sin gran éxito, conjugar el verbo poder {"¿puede?” "N o po­
demos m ás. .. ” ). Ejemplo edificador, el trabajo del ocio, las para­
dojas del ocio industrial. El ocio (loisir) es lo lícito (loisible), lo per­
mitido, lo que se "puede” . En principio el ocio es hacer la corte a
lo "posible” . . . Estamos lejos de ello.

23

Nuestra idea sobre la pulsión de vínculo y sus puntos críticos pue­


de aclarar cierta r elación con el trabajo, sobre todo el desempleo.
Además existe un hecho notable: en los puntos críticos de la trama
social hay encuentro, cruce, entre por una parte los temas "mani­
dos" de lo político (jóvenes, trabajo, seguridad, inmigrados, educa­
ción, salud.. .) y por la otra el surgimiento de efectos perversos (to-
xicómanos, sectas, desempleo, delincuencia, terrorismo, racismo,
manipulaciones diversas. . .). No es sorprendente que en los puntos
en los que el vínculo se revienta las dos tensiones se ejercen para
ligar una hacia el vínculo convenido, la otra hacia el desengaño del
vínculo, su invalidación, su punto de estrangulamiento. Vea la ob­
sesión por la seguridad: ya tenga que ver con el terrorismo, la delin­
cuencia o la cuestión de los inmigrados, concierne a la relación con
el Otro, con el extranjero, con el racismo, con el deseo feroz de una
identidad plastificada, "infalsificabie". Habría mucho que decir,
sobre todo en cuanto a la complicidad, a la relación casi contrac­
tual entre el poder y quienes lo hacen "impotente” . Pero es el efecto
desempleo el que nos retendrá aquí. Para los poseedores del poder.
es simple: el espacio social está necesitado de orificios (donde se
pueda colocar a los ciudadanos excedentarios) y cuando hay orifi­
cios vacíos, es que la gente no está lo suficientemente "form ada”
como para ir a meterse ahí. Conclusión: hay que crear orificios, for­
mar gente, colocarla allí , volverla a colocar cuando sea puesta de
patitas en la calle. . . Es demasiado; resulta comprensible que el re­
sultado sea escaso y que mientras tanto (¿mientras qué?) el gran
orificio se desborde, aquel donde el trabajo consiste en ser desem­
pleado. La empresa Desempleo es la que emplea a más gente; per­
fectamente autoadminístrada en torno al vacío que produce.
No obstante, se impone una observación. La saturación de de­
sempleados no ha disminuido el precio de la fuerza de trabajo, ni
su valor. Es decir que la referencia con la relación oferta-demanda,
normal para todas las mercancías, pierde su fuerza cuando se trata
del trabajo, y que la idea de ajustar oferta y demanda es tan vana
como la de admitir el disfuncionamiento "intrínseco" (como precio
de la libertad, de la competitividad, etcétera).
Hay más aún. No sólo el precio de la fuerza de trabajo no ha
disminuido8 (a pesar de su oferta excedentaria —y hay que decir
justamente oferta—: los desempleados son aquellos a quienes el
trabajo no ha hallado, a pesar de la oferta que le hacen. . .), sino que
es más difícil que otras veces "hallar a alguien” que haga un traba­
jo, a veces urgente, cuando muchos desempleados estarían inme­
diatamente en posibilidad de hacerlo s i. . . si se les pegara un terce­
ro que los fijara, que les diera lugar en ese trabajo, que los atara
en suma. ¿Estarán pues tan desatados? Sí, a veces hasta la angus­
tia. Digamos más bien que están en busca de vínculo, de un vínculo
diferentemente "ideal” que los resista, que resista solo, que respon­
da por ellos, que los deje libres de soñar con otros, de intentarlos,
de regresar puesto que el vínculo que tienen en la mira no existe
(salvo en la droga, el dogma ideológico, la nada que uno cultiva, el
alistamiento partidario, con la variante delincuente que interpela
la ley para que ate un poco m ejor.. .). El desempleo es pues una
forma particularmente viva de la cuestión del vínculo y del estar
necesitado de vínculo (y si bien la droga la resuelve con una eficacia
"tota l” , por lo tanto mortífera, existen otras soluciones más par­
ciales y más vivas). El estar-necesitado o estar-sin es una función
general que adquiere sentido según la variable que uno ponga:
estar sin-empleo, sin-amor, sin-nada, sin-fe, sin-estorbo, sin-juego

8 Insisto: no se trata de un juicio de conjunto sobre los salarios, cuyos movimien-


tos son hoy más bien caóticos (fuertes bajas por aquí, enormes alzas por allá), se trata
sobre todo de señalar que la ley oferta-demanda, tratándose del desempleo, está dema­
siado sacudida, demasiado desordenada como para servir de punto de referencia. Y
es lo que invalida el punto de vista del ajuste entre los "orificios" y los "llenos".
sin-dirección. . . etc. Su forma abstracta es: sst'dT-sin-vínculo, sin
lugar donde hallarse. Eso puede rezumar angustia o depresión o
embotamiento, o esa risa tonta con la que se responde: "Y o no hago
nada" a la pregunta: "¿Qué hace usted?" (Cuando evidentemente
Nada es la cosa más difícil de hacer, grandes civilizaciones se rom­
pieron ahí los dientes.) Es pues el malestar del vínculo necesitado;
la pulsión de vínculo a la deriva o derrotada, Y el estar-sin reúne
una linda trilogía: privación-frustración-castración.
Agreguemos que la intervención de las "altas instancias” es a
menudo dudosa, su objetivo es principalmente justificar su existen­
cia, ocuparlas más que resolver un problema que las desborda y
frente al cuál su fracaso, no obstante comprobado, no debe ser re­
conocido. Su intervención de ajuste compete a menudo al vínculo
fetichista o a la agencia matrimonial: ¿cómo casar, relacionar, a un
trabajador en estado de ausencia o de "necesidad” con un trabajo
(una plaza, un "orificio ’ . . .) virtual, voraz y riguroso, cuando los
interlocutores no se conocen ? Puede haber éxitos (si no, las agen­
cias habrían cerrado), pero esta lógica no rebasa la de las eróticas
frías y modernas con prótesis fetiches accesorias y modos de em­
pleo, para actividades que caen por su peso y que tienen su dinámi­
ca cuando el deseo de vínculo está presente y puede mantenerse
abierto. Se comprende que frente a las depresiones de esas perver­
siones baratas, las más costosas pero más fuertes ejerzan una
atracción más notable.
Otra observación de paso: en los países del Este, el desempleo no
está aislado como tal sino diluido, inyectado en el trabajo: es la in­
dolencia y la •indiferencia tan frecuentemente denunciadas allá ; y
es cuestión de secar el tejido esponjoso de la economía para tender­
lo más limpio, para depurarlo de esas gotitas de farniente que se­
gún parece lo hacen más pesado, al mismo tiempo que las emana­
ciones de alcoholismo y otras desviaciones... Ya veremos. ..
En todo caso, podemos considerar que el “ desempleado” es un
ser necesitado pero sin que uno sepa de qué 'producto". (Es dife­
rente del ser en estado de deseo a quien le falta el objeto; pues su
deseo le sirve de vector y de objeto provisional; nada de lo cual su­
cede en el estado de necesidad.) De hecho, las pequeñas drogas que
se le ofrecen, los pequeños vínculos, no resisten, no por falta de
formación (lo que tendría que "aprender" a menudo es rápidamen­
te aprendido, son el deseo de "atrapar" y el riesgo de ser atrapado
los motivos de la discusión), esos productos que se le ofrecen, inclu­
yendo a veces el desempleo, no le funcionan porque eluden esto:
que un trabajo es un vínculo consigo pasando por el Otro, el cual
es en sí mismo caótico, móvil y está alterado. Encontrar ese trabajo
es ser capaz de hallar en otra parte —del lado del Otro— una parte
de sí que se ha perdido, y engancharse a ella para producir el
vínculo en su búsqueda misma-, el enganche no es forzosamente to­
tal (de tipo toxicómano) si el objetivo no es terminar con el Otro in­
tegrándolo o perdiéndose en él vía el embrutecimiento pasivo bajo
el pretexto de la necesidad (pues la necesidad también sirve de
vínculo absoluto). Para algunos es el infortunio de una pérdida par­
cial, fecunda en principio, que se halla bloqueada de entrada como
por un duelo masivo; el infortunio de una separación de sí parece
encallar en una pérdida total de sí. Entonces es el "no hacer nada”
vago, la deriva lenta y a veces muy “ organizada" para ía cual “ zan­
ganear'1es el verbo preciso, que expresa el repliegue vegetativo;
hacer-lo-menos-posible: droga suave, cuyo concentrado explosivo,
violento, que lo enreda hasta la nada, absorbe el toxicómano.
Nuestro propósito aquí no es "estudiar el desempleo" sino mos­
trar que al incorporarlo a nuestra investigación sobre las perver­
siones como búsquedas de vínculos absolutos, aparece bajo una
nueva luz, como un caso particular de esos estados depresivos " li­
geros” de esos duelos narcisistas, de los que conocemos formas
más violentas. Cuestiona de manera nueva y masiva la idea misma
de trabajo como investidura narcisista que pasa por el Otro (¿y por
qué forma de otro?).
Quizá era necesario que el progreso técnico provocara enormes
vacíos en la textura del trabajo para que llegáramos a considerar
esas cuestiones.
Insistamos sin embargo en algunos efectos perversos, en el sen­
tido ligero del término. El desempleo examina la idea de cambiar
de plaza, por lo tanto el cambio, la relación con lo nuevo, la consis­
tencia de una plaza, de un espacio. Y el hacerse cargo masivo y pro­
gramado hace a veces del desempleo un trabajo competitivo, y ob­
tura esas cuestiones al plantear que una ‘ plaza” es el orificio en el
que uno se inserta a reserva de dar libre curso al ruido de las pul­
siones de muerte. Hay un fetichismo del trabajo, cuando el trabajo
es ante todo un formar parte del vínculo social. Es un lugar de inter
cambio con ese vínculo. En principio el vínculo social goza de sí
mismo dejándose trabajar en sus pasos por el Otro, siendo el Otro
la naturaleza, la materia, lo social, Dios, el Cosmos. . . en pocas pa­
labras todo lo que no logramos agotar. El ser infinito del mundo,
conectado a nuestras necesidades y nuestras locuras. . .
La idea de que el trabajo es precioso para quien lo tiene porque
produce valor, es secundaria. E l trabajo es precioso com o símbolo
del vínculo social tomado él mismo com o valor, precioso pues el
vínculo se transfiere allí. Para muchos, el placer de ir al trabajo es
encontrar a otros.. A veces, el "placer" es m orir allí, matarse sin
hacer ruido. Algunos se intoxican directamente con el trabajo, e in­
cluso: su valor es ser ese tóxico ofrecido en forma de vínculo. Ahí,
:omo en otras partes, la adicción es esencial, inconscientemente
buscada: viene a desplazar al deseo, “ plaza” faltante o “ imposible
de hallar".
Otro efecto de confusión o de hipocresía molesto: con los orifi­
cios supuestamente hechos y las casillas etiquetadas, ¿cómo
obligar a la gente a elegir libremente su trabajo? ¿Cómo estimular
el deseo de emprender el gran viaje que debe hacerla entrar en el
orificio, insertarse en lo preestablecido?
Emprender es transferir, desplazar, transferir al pie de la letra.
Ello aclara el espacio crítico del desempleo. El desempleo retiene,
recuerda, a quienes el campo de las fuerzas (psíquicas y sociales)
ha puesto al margen, a quienes la mecánica de la transferencia ha
hecho pasar al límite. Por supuesto cada uno de los desempleados
tiene que ver ahí, como cada ser tiene que ver en el azar que lo al
canza o lo señala. Pero las cosas son complejas: un ser privado de
“ empleo" no sólo ha "perdido la plaza" que tenía; a veces se ve tam­
bién privado del gusto por arriesgar y emprender: esas cualidades
las ha inhibido ya para tener una plaza, la que perdió o la que jamás
ha tenido. Haber anulado esas cualidades fue lo que le permitió
“ conservar" su plaza y convertirse en la plaza que tenía (ser “ idénti­
co" a sí, estar emplazado). Cuando la pierde, está “ perdido", y ya
no tiene las cualidades que le harían halfar otra o que le darían la
fuerza para desplazarse. El precio que ha pagado para colocarse,
para reducirse a esa plaza, ha sido aplastante. Entiéndase “ plaza”
en el sentido amplio: participación en el vínculo social. A veces lo
que se paga para estar “ colocado" es tal que ya no se puede uno mo­
ver- ya no hay fuerza, ni se cuenta con los medios para hacerlo. Por
lo tanto, un "trabajador" así para ser racional, debe romper con
las racionalidades del sistema. El desempleado es un punto fronte­
rizo, un punto fijo y también un punto de locura del sistema econó­
mico. No es un agente tipo pero asegura al sistema poder ser tipoló­
gico, clasificado, ordenado, en subconjuntos, para poder ser un
juego ¡ugable cuyos equilibrios uno calcula, los puntos de "cri­
sis” . . . Curiosamente, los que "estudian" un juego descuidan su
existencia misma: existe y se lo observa; se olvida la parte que se
tiene en él y el hecho de que existe. Ahora bien, el desempleo tiene
que ver con la instauración del juego económico, con su génesis, y
no sólo con su desarrollo. Es a la vez un acto y un no acto, un traba­
jo y un no trabajo. Podría ser un punto de turbulencia fecunda, y
frecuentemente no es más que un punto muerto, una ruptura del
saber social sobre lo que lo trabaja, y a menudo no es más que una
necesidad inerte. Es mucho más que un intervalo, es un punto de
indeterminación, de abertura indecidible; toda clase de saltos, de
cambios bruscos están ahí presentes, en potencia. Hay allí determi
naciones que se terminan, se agotan, azares que uno intentaba bo­
rrar y que se renuevan.
La relación "norm al" con el trabajo es instalarse en él: uno sabe
dónde está, en qué está, hay que hacer, durante mucho tiempo, mu­
chísimo tiem po. . . lo mismo. Ese trabajo es pues el instante que se
eterniza: está uno atrapado, no por el trabajo sino por la evidencia
de estar atrapado.. . Es difícil soltarse para recuperarse de otra
manera; falta de confianza en la memoria. Lo propio de una civiliza­
ción es el arte de recordarse, de reinscribir sus vínculos en el tiem­
po, de devolverse su memoria, la del pasado y del presente. Las ma­
yores hazañas de una civilización tienen que ver con su manera de
dotarse de una memoria. Algunos dirán que con las computadoras
ya la hicimos: memorizamos, registramos, no hacemos más que
eso; febrilidad nunca vista. . . Pero es la memoria de la que se hace
ostentación la que se hincha y que uno suscita, no la otra memoria,
la que es efecto de transmisión, causa de otredad, de pasos otros.
En el caso la memoria que se ostenta, hay una carrera loca, la mis­
ma que para el espacio: acumulación, exhaustión, agotamiento, in­
sistencia: corrernos, nos desplazamos febrilmente como nunca; pa­
sos al acto del "viaje” . La suntuosidad que antes caracterizaba los
palacios, se transporta hoy a las máquinas de desplazamiento: au­
tomóvil, avión, cohete . . Se comprende que el flash tome todo eso
rápido lanzándose hacia lo surreal (cuando el jet real a menudo bo­
rra sus propios efectos: en el fondo nos desplazamos muy poco).

24

El malestar de esta civilización tiene que ver con el vínculo y su re­


cuerdo, su despliegue en el tiempo, su puesta en el espacio . . el
don de Lugar y de Memoria obedece a los gestos y a los actos que
conciernen al tener lugar.9 Es en el nivel del don de memoria, de
su transmisión, donde la crisis es aguda. La droga es una manera
de darse una memoria dándose uno mismo como memoria fulgu­
rante, instante eternizado. Cualquier fetiche es de ese orden. Sobre
el origen de esta crisis, agreguemos una hipótesis: Occidente, tras
dos milenios, parece reaccionar a la desvalorización de la vida te­
rrestre producida por una escucha un poco simple del mensaje
cristiano (están salvados, por lo tanto las pruebas de aquí abajo tie­

9 Es muy claro en el nivel del acto terapéutico: a veces la pregunta evidente del pa­
ciente no es “¿Qué pasó para que esté aquí?” sino “¿Tengo un pasado? ¿Tiene lugar
una Memoria para mí?" Y a veces el efecto terapéutico es menos “recordar” lo que
“pasó” que dar lugar a fuerzas de evocación, puntos de transmisión en vez de puntos
de sufrimiento.
nen muy poca importancia respecto al Reino. ..). Pero su reacción
es bastante pobre; consiste en plantear, simplemente, que las cosas
aquí abajo tienen un valor: el que él les da. Y como ignoramos lo
que lleva en sí este valor, se convierte en valor de ignorancia, valor
del instante, en el instante. La memoria tiene todavía menos lugar
para desplegarse. Al menos en el cristianismo se proyectaba hacia
el Gran Acontecimiento pasado o el Gran Porvenir celeste. . Pero
allá, lo que sacralizamos son pequeñas proyecciones narcisistas,
"su desayuno es sagrado", "las vacaciones son sagradas". . . El
punto de creencia narcisista, punto de autofundación, funciona
como primera y última palabra de la escala de valores (por donde
ningún ángel pasa. . . contrariamente a la escalera del sueño de Ja­
cob recorrida por mensajeros "divinos"). Dios entró en el hombre
y el hombre se tomó por Dios. En los montajes perversos resulta pa­
tente. Es latente en toda una brillantez social de las perversiones
más insulsas, más blandas y extenuadas. Se dice “ no está loco el
que quiere” , pero muy pocos cuentan con los medios para realizar
su perversión, la que intentan erigir para escapar del marasmo
donde la angustia misma ya no es reconocida más que en el diálogo
secreto y sordo que mantiene con cada uno. Ya no se habla de an­
gustia existencial. .. (y a propósito, ¿qué pasó con el "existencialis-
mo"?). Si la angustia es un afecto "sin objeto", sin otro objeto que
inconsciente, es claro que actualmente, en nuestro espacio cultu­
ral, es un afecto sin sujeto. No hay sujeto lo suficientemente consis­
tente como para mantenerla. Ni siquiera el aburrimiento, forma
inocua de la angustia, es asumido, trabajado, cultivado. .. sólo en­
gañado, manipulado. Por ello, tenemos problemas. La sociedad tie­
ne problemas cuando sus cuadros se descuadran. Ella ya no se en­
cuadra. Pero pocos están lo suficientemente vivos como para
asumir y salir del problema como caída del ser en el vacío que lo
lleva. Hay más bien embotamiento, aún en medios muy avisados:
autohipnosis de cada medio por el lenguaje que secreta: está "todo
visto” ; se queda uno ciego de verlo todo, de prorrogar el "nada que
ver” en el ideal de transparencia.

25

Las fijaciones conocidas, los enquistamientos violentos (droga,


terrorismo, sectas, delincuencia, alcoholismo, conform ism os...)
no se destacan verdaderamente en los islotes más o menos vastos
donde uno piensa haber hallado el buen programa de vuelo, donde
uno sabe qué hacer, . . Después de todo, en la "complejidad del mun­
do” , ¿acaso [Link] necesita siempre un programa? Cierto, y no deja­
mos de hacer alguno. ¿Pero qué programa puede sin contradecirse
consentir en sus crisis temiéndolas a la vez, renunciar a su control
sin controlar sus renuncias, deformarse, modularse a partir de sus
vueltas y sus fallas, tomar en cuenta el narcisismo del Otro, hecho
de presencia y de imprevisto?

26

Están aquellos que colman el vacío de la ley gracias al vínculo que


crean; y están quienes sufren su vida frente a la apertura de la ley,
al "umbral” de lo prohibido. El intervalo es un abismo, el de la ley
quizá. De esa manera los oprimidos no derrocan la opresión, menos
por miedo a los "golpes" que por miedo de hallarse ante el vacío
de la Ley, ante la ausencia de vínculo que amenaza con recaer sobre
ellos y hacer estallar su identidad. Manteniéndose sumisos, pueden
creerse un poco autores de la Ley que los sujeta, y que su sumisión
mantiene. De ahí el acento perverso de algunas sumisiones "norma­
les” . Desde ese punto de vista, viejos enunciados "evidentes" ad­
quieren otro tono: “ Los trabajadores no tienen nada que perder
más que sus cadenas” : por eso las quieren. “ La religión es el opio
del pueblo": es pues indesarraigable. "L a lucha de clases es el mo­
tor de la historia" sí, convirtiéndose en lucha de plazas, de las colo­
caciones y desplazamientos en el espacio abierto que se recrea por­
que esa lucha desplaza... Otras tesis del mismo género son
imposibles de arreglar. Por ejemplo, la idea de que una vez satisfe­
chas ias necesidades materiales, esta civilización se lanzará al com­
pleto desarrollo cultural, a la gratuidad creativa. Qué engaño más
dulce. . . La necesidad sigue pegada al deseo más íntimo, hace vi­
brar su fibra; no es un nivel elemental que uno rebase para acceder
al infinito del deseo. Vea los países superdesarrollados: necesidades
materiales "cubiertas” , pero sujeciones maniacas a esas mismas
necesidades, cada vez más delimitadas, asediadas (la pureza del
pan, los índices de higiene, las tasas de prevención y la seguridad
imperfecta, que deja que desear, todo entre los vahos de alcohol).
Cuando la seguridad sobre la felicidad la anula y sólo deja como fe
licidad a dicha seguridad, entonces hay que acorralar al extraño,
vencer al Otro, estar prevenido para lo imprevisto, rumiar el vacío.
La discrepancia entre éxito social y felicidad se mantiene.
Muchos, "socialmente exitosos” , son incapaces de hacer lo que
quieren, no porque la sociedad se lo impida: no saben lo que quieren
en cuanto están fuera de los rieles en los que funcionan para justa­
mente no saberlo. Es como si temieran la realización decepcionan­
te, la prueba en la que uno revela ser desigual. De ahí el deseo de
igualarse, de ser idéntico a sí gracias a los fetiches adecuados. En
realidad, hasta la cuestión de un riesgo así es a menudo ignorada,
se la descubre bajo el golpe del despertar de las pulsiones: destruc­
toras y portadoras de vida gracias al "despertar” doloroso.

27

Pasividad destructora de Occidente respecto al Otro. Occidente se


da a los otros, a los “ subdesarrollados” como producto para consu­
mir, para simplemente absorber; y los otros lo han tragado, se han
"drogado” con él; flash apabullante que los dejó para siempre "en
las nubes” . Adicción, costumbre. Así una cultura puede hacer que
otra se derrumbe dándose a ella; es una manera de apoderarse de
ella, por inversión. De hecho, Occidente no niega al Otro, lo absorbe
y lo disuelve en él, al grado que el Otro se remodela a partir de los
soportes narcisistas que Occidente le da. (Un hindú sin transistor
o un árabe de una ciudad perdida sin televisión a color pasan por
pordioseros a los ojos de sus parientes, aunque sus puntos de refe­
rencia tradicionales sigan vigentes.) Resultado: pertenencia recí­
proca; el horizonte sadomasoquista no está lejos (basta con ver al
Tercer Mundo, el mundo del "tercero” en cierto sentido, gemir bajo
el peso de la deuda, dar pruebas de buena conducta.. .)

28

Extraño efecto de la lógica de los conjuntos que pesa mucho en esta


sociedad. Todos saben que se reagrupa, se reúne, se amontona, se
acomoda, y mientras más grandes conjuntos produzca eso, más es­
casa y raquítica es la identidad agrupada; ello no obedece al "nú­
mero” sino al hecho de la agrupación, a su estilo. En cuanto hay un
concepto, la gente se reagrupa bajo su emblema. Y tenemos la agru­
pación de aquellos a los que se quiere ayudar. . . a morir como es
debido, "bien", es decir "bien " para el entorno. Pues si hay un mo­
mento más allá del bien y del mal es el de la muerte; si hay un "ac­
to” por el que uno escapa al juicio de los humanos es su muerte.
Pero la muerte (que sabemos es mortífero querer captarla como
otra) se presta casi tan bien como el amor a los discursos perversos,
y resulta que se quiere inspeccionar la muerte, hallar la que no
afecte a los vivos, que sea la menos "muerte” posible. También ahí
la verdad de esta Lógica —de simple arreglo, simple ordenamien­
to— es anular el efecto de margen o de frontera encamándolo. Esta
lógica ya había hecho maravillas en el caso de los "locos" y otros
inadaptados: una vez que se les ha aislado, concentrado, "juntado” ,
se preguntan qué hacer con ellos.10

10Habría que aclarar una ecuación: locura más neurosis igual a perversión. . . No
Uno de los efectos positivos de esta lucha entre perversión y con­
traperversión —en la que todo es rápido e impide fijar la plaza bue­
na—, uno de los efectos subversivos de esos flujos y reflujos, cerco
y contracerco entre la sociedad y sus límites o sus márgenes, es que
las poses, las posturas complacientes, las buenas plazas, cambian
muy pronto de "valor” en las grandes escenas sociales o las peque­
ñas escenas casi íntimas. Hay movimiento. El otro día en la “ reu­
nión de padres", rumor quejumbroso: “ ¡Nuestros hijos no leen!. . .
la televisión no los deja. Los aton ta... ¿Y entonces la cultura?” Los
quejosos no se preguntaban si ellos tenían amor por el "lib ro” que
transmitir; querían métodos seguros para transmitir este valor se­
guro, la lectura, independientemente de lo que ellos hacían al res­
pecto. Sexología de la cultura: enséñenos cómo se hace. . . ¿Qué co­
sa?, ¿cómo enseñar a amar (leer) cuando no se ama.' Vamos. Un
niño lee si se une a alguien a quien le gusta leer: y en esa unión se
transmite el amor por la Letra. " ¡ S í , pero todo ese montón de imá­
genes impide la lectura, objetivamente!" Ese montón de imágenes
es una lectura, qué a veces se inspira en lib ro s .. . que a los niños
les gusta le e r .. . porque a la película le gustaron esos libros. "Sí,
pero los juegos televisados les impiden, los cautivan.” Ahí es el co­
mercio el que reacciona, y tajantemente: se fabrican libros
construidos como juegos, juegos textuales cuyo héroe es el lec­
tor .. . Eso afloja un poco el torno de las imágenes que se retoma
de otra manera: entrega. .. libra, captu ra.. . desbaratada y así al
infinito, allí donde la vida no tiene "fin ” no tiene más fin que ser
vivid a .. . Eso es; no hay garantía contra los azares del amor y los
riesgos de "m al” a m a r... La "perversión" como garantía de goce
y seguridad contra el Otro no está segura de tener la última pala­
bra. Por eso querría ser esa última palabra.

29

Forma sutil de narcisismo; caritativo:


— Y decir que mientras estamos aquí festejando el nacimiento
de tu hijo, mientras nos atracamos, hay hambruna en África, ma­
tanzas en el Medio Oriente, la hecatombe en el Golfo Pérsico. ..
— ¿Y por qué a la sola señal de nuestras borracheras, el mundo
va a ponerse de acuerdo, a detener cualquier otra actividad que
para nosotros, en este momento, resulta penosa, cuando aparente­
mente le apasiona lo suficiente como para continuarla?, empezan-

hay más que ver ese resultado espantoso: que grandes neuróticos traten en una institu­
ción a psicóticos produce perversión en serie, como curioso terreno de acuerdo, o de
maniobra, entre neurosis y locura.
do por la actividad de combatirse, de hacerse la guerra. ¿ Es preciso
que se acabe todo eso para "posar” para alguna foto histórica de
felicidad universal? o peor aún, ¿de felicidad idéntica a la nuestra
en el momento en que somos felices? Su egoísmo es indecente, al
menos tanto como el que denuncia.
— Diga lo que diga, no deja de ser un escándalo.
— Cierto, pero la vida es un escándalo, tanto como la muerte, y
si uno no lo sabe, la sacrifica, lo cual es un escándalo aún mayor.

30

— En el fondo, el verdadero malestar de la sociedad es el de ser hu­


mana. La humanidad está enferma de eso, de ser humana, y puesto
que lo sobrehumano es de difícil acceso y la animalidad —sin em­
bargo cercana— tiene leyes demasiado estrictas. ..
— Más seriedad.
— Pero si es en serio. Especialmente en Occidente, la fragilidad
del vínculo, el deseo del vínculo es tal, que nos chorrea el miedo de
estar desatados, fuera de él. Riesgo de estar loco; loco de atar. Y,
narcisismo obliga, su vínculo se identifica con Todo el vinculo; si
es usted profesor, futbolista, psicoanalista, secretaria, obrero, el
vínculo tácito con los "suyos' hace las veces de vínculo con la hu­
manidad: que su equipo o sus colegas le “ pongan mala cara” , y su
vínculo con todo lo humano que vacila podría ser la ocasión para
salir un poco; fuera de lo humano, pero no, haría usted cualquier
cosa para adecuarse —adecuarse a qué, no se sabe— adecuarse a
secas. Es intransitivo. Para existir como reconocido...
— Decididamente es la obsesión: reconocido, inscrito, reins­
crito .. .
— Creo que se inventó a Dios como instancia de inscripción, de
reconocimiento, lugar de Mem oria. . . Y se le quiere p o r eso, como
recurso, memoria del lugar. Pues ya ve, por más que sea reconoci­
do, notado, señalado, a un ser no le basta: esa seña misma puede
olvidarse y no va a estarla trayendo sin cesar poniéndosela en la na­
riz a la gente para que no la olviden. Tienen otras cosas de qué preo­
cuparse. La "vida” . . . Cuestión de ritmo, de tiempo; pulsiones de
memoria, periodos...
— ¿Piensa en las estrellas, en el horror a ser olvidado?
— No, ni siquiera. Pienso en un amigo investigador; obtuvo to-
do% los reconocimientos y los honores posibles; y le aterra ver que
frecuentemente, demasiado incluso, lo olvidan, lo eclipsan, lo mar­
ginan. . . que otros, mediocres o brillantes, a quienes él mismo ini­
ció, ponen su narcisismo para apartar el suyo.
— Su amigo está en el mismo caso que ellos. Para existir un poco
a veces se necesita no ver más que la imagen propia, y la estre­
chez misma de esta visión nos impide existir. Es un círculo vi­
cioso.
— Y de nuevo es el narcisismo del Otro, la imagen del Otro es
"insoportable". Se comprende que algunos hayan puesto a Dios en
imagen, y eso ni siquiera basta. Cuando el narcisismo del Otro es in­
soportable o amenazador, hace uno arreglos urgentes para acabar
con el Ctro o fijarlo. Mucho de lo que se ilama agresividad munda­
na y que raya en maldad tiende a eso. En el caso del individuo, ello
responde al hecho de que el narcisismo del Otro maternal ha sido
insoportable, devastador, en su fuerza o su debilidad, su dureza o
su ruina. Y eso puede llegar lejos, grupos humanos pueden hacer
cosas inhumanas que ni las ratas hacen; es una manera de volver
tabú al que molesta —y qué fácil es molestarse, está a flor de piel—,
una manera de dejar atrás el olvido del que se acuerda, de precipi­
tarlo allí como si corriera el riesgo de ser inmortal, como si el mie­
do a los humanos, que los obsesiona y los fascina, el miedo más cós­
mico de todos, fuera que uno de ellos se convirtiera en Dios. La
grandeza del cristianismo es haber dicho: ¡está hecho! Otros dije­
ron: ¡no se puede hacer! Pero la fuerza de tales mensajes no es sufi­
cientemente percibida. . .
Implicaría ver la Ley como un proceso infinito de renovación; de
transmutaciones. Es difícil. Incluso por eso la perversión se ofrece
como el medio para aceptar al Otro con objeto de arrinconarlo, in­
movilizarlo, hasta como fuente de valor. Ello desemboca, en el me­
jo r de los casos, en una ética del mejoramiento; pero hay cosas a
las que no les funciona ser mejoradas , vemos que son infernales. En
la normalidad tenaz es peor, la perversión está tan perfeccionada
que se ignora, el valor está petrificado, se finge que el Otro no exis­
te; se le han arreglado las cuentas. “ Afortunadamente'' hay catás­
trofes que recuerdan que el Otro existe. En Occidente, el parloteo
sobre la crisis se encarga de recordarlo. Un recordatorio que no ter­
mina; al punto que uno lo o lv id a .. .
— Oyéndolo me pregunto si puede haber no perversión. . .
— Sí, cuando el deseo renuncia a colocarse en lo real, o en las
palabras convertidas en cosas, y consiente en hundirse en sus reali­
zaciones en conocer su eclipse, en resurgir de otra manera; cuando
uno está bastante sostenido por chifladuras en la palabra, bastante
seducido por los pasos entre órdenes y desórdenes como para no
necesitar una fundación límite, no tener que comprometer su tota­
lidad narcisista en cada prueba; cuando circulan huellas simbóli­
cas no saturadas y que no pretenden el ser. No olvide que el factor
en juego del fetichista es menos proporcionar a la “ madre” un ór­
gano que le falta que condensar en un mismo punto lo real del de­
seo, el agotamiento del deseo, y el automatismo de una ley muerta,
eternizada.
— ¿Sabe qué? Me gustaría que para terminar pronunciara, diga­
mos, una palabra de amor para los perversos.
— ¿Bromea? Pero si no hemos hecho más que hablar de ellos con
am or. . .
— Sí, sí, pero de todas maneras, una palabra de amor.
— Eso es, fundada, justificada . . De lo cual se deduce que es
útil hablar, lo entienden a u n o .. . Tengo la impresión de que los
perversos, incluso con su dominio y sus fetiches, son las primeras
víctimas de la condición humana; es como si hubieran recibido de
lleno el huracán de sus pulsiones; ya ve, usted está ahí, tranquila,
y la pulsión sexual le cae encima, reduce a la nada sus pobres pala­
bras, sus pequeñas construcciones, las reduce a nada o a aparien­
cia, a una siniestra broma, eso la expulsa de usted, la desaloja.. .
y el supuesto perverso ha recibido eso y no deja de recibirlo en cada
soplo de vida; eso "estaba" a punto de aniquilarlo de pulverizarlo,
cuando de pronto se le ocurrió lanzarse sobre su "cosa” , su fetiche,
su nuevo montaje, su "idea” , y lo patético es que esa acción se con­
vierte en una nueva pulsión, la misma quizá, apenas más disciplina­
da, que le cae encima pero esta vez a voluntad, y que lo devasta en
silencio. . . Y se revela entonces que no es tanto víctima de la pul­
sión sexual como de la frontera ardiente donde alimenta otra
pulsión, la de la Ley y del vínculo. La ley y el vínculo en estado de
pulsión, de ritmos, de recaigas periódicas de lo humano.
Así pues, si bien es cierto que la mayoría de las perversiones y
delincuencias que perforan la trama social con violencia y estrépi­
to, si bien es cierto que son frutos amargos en torno a un núcleo de
pureza, de absoluto, de impulsos sagrados, es preciso reconocer
que esa sociedad sólo tiene los santos que merece y que combate,
o que son los sacrilegos de una sagrada falta, de lo sagrado que fal­
ta: son sus descifradores exasperados, sus cifradores desespera­
dos; los mártires de testimonio sordo.

Listo. ¿Logré transmitir al lector un sentido más vasto de la pala­


bra "peí-verso” y de los efectos que sobrentiende? No obstante, el
factor en juego es importante: se trata de reconsiderar el acopla­
miento dialéctico entre un vínculo social y los "malestares1' que sin
saberlo alimenta y que a su vez se incorporan a él y catalizan sus
"desazones” las cuales rebasan con mucho los efectos puramente
marginales o residuales. La cantidad de formas "clínicas” que he­
mos mencionado está lejos de ser masiva, pero la interacción que
revelan con la textura ambiente es mucho más vasta, y sintomática
de fenómenos más profundos y activos, afectando a la relación de
todo el Vínculo social con sus valores y sus “ fines” con sus leyes,
sus fantasías, y la manera como trata sus "simbolicidades” .
Nuestro punto de vista (sobre la dinámica de un vínculo "social”
en su esfuerzo po< "fija r" al Otro, es decir lo extraño y lo incons­
ciente, cuando no puede expulsarlo o absorberlo) ese punto de vista
nos ha permitido reubicar el espacio del vínculo comb plataforma
para los síntomas y las historias individuales, y sobre todo nos ha
permitido comprender las formaciones "perversas" (ya sean sexua­
les, agresivas, toxicomaniacas u otras en sus manifestaciones)
como impulsos de "absoluto” , como llamados de "p u reza ', séd de
Ley y de Moral “ auténtica” , gritos de religiosos abandonados, redu­
cidos a ser ellos mismos el Dios que les falta, el Dios necesitado de
sí mismo. Está claro que la “ Sociedad" no tiene obligación de sen­
tirse “ responsable" y de echarse a la espalda esas víctimas de los
mea culpa hipócritas y de las contriciones complacientes (tampoco
deja de hacer lo, durante sus pequeñas llamaradas perversas, pero
eso no es lo esencial). Más bien tiene que apoyarse en la existencia
de esos centinelas locos del absoluto (del absoluto consumible y pa­
sado al acto), apoyarse en la irresponsabilidad de ellos y en la suya
para reconsiderar sus fobias, sus fetiches, en pocas palabras sus
fronteras, como lugares de comunicación con el otro.
Y, para terminar, quiero mencionar la imagen llena de horror,
de emoción y de angustia que un día me invadió y reunió en mí to­
dos esos pensamientos en un chorro fulgurante que esa visión me
incitó a transcribir; es la imagen de un bebé que acababa de nacer
y ya estaba en plena crisis de ''necesidad” , necesidad de droga por­
que su madre toxicómana estaba recluida en la maternidad. Todo
el dolor de Ja necesidad estaba allí, mezclado con los vagidos del na­
cimiento. Médicamente no es terrible, se recupera muy bien a esos
pequeños ángeles caídos, el elixir paregórico y la inetadona repa­
ran muy bien la mala acción; se logra pues destetarlos por un tiem­
po de la locura de su madre, de su “ otro” producto mamado, de su
celeste seno abstracto. Pero simbólicamente ese niño me pareció la
metáfora de la perversión en estado puro si puede decirse así, en
estado de pura inconsciencia: sacrificado sin saberlo en el altar de
la “ creencia” materna, enganchado a su enganche pero de manera
distinta a la de ella, con su cuerpecito sirviendo de relevo a la trans­
misión en la que ella se había hundido, ella misma enganchada a
otros senos celestes. . .
VARIACIONES SOBRE EL SACRIFICIO
"AZTECA” . ..

E l sacrificio es una aproximación a lo sagrado; debe d escargarlo si hay de­


m asiado, rec arga rlo si lo necesita. D oble paso; delicado; do ble exigencia:
protegerse de lo sagrado, pero tam bién ir hacia ello; no tocarlo dem asiado
pero hacer contacto; tocarlo pero no confundirse con ello; todo un trabajo
de la distancia entre consciente e inconsciente; un espaciam iento de la dife­
rencia con el Otro; un paso de la transm isión; una com partición; doble o bje­
tivo: cre ar el desequ ilibrio si el e q u ilib rio es dem asiado riguroso; volver a
c re a r el eq u ilib rio si el caos es dem asiado pesado; m o d u lar la diferencia se­
gú n falte o inunde.

E l sacrificio bu sc a un control de esa relación inestable con la p u ra Otredad.


A veces es límite: en vez de sacrificar (de hacer sagrada) una parte de sí
o del O tro, uno p asa entero; autosacrificio: el punto fin al y el origen se con­
fu n den en el punto m uerto.
A veces es el gru p o el que se ap odera de un ser que consagra o sacrifica:
chivo expiatorio; lo incorpora al Rechazo com ún p a ra co n ju ra r su resu rgi­
miento; calm a el ju eg o del rechazo-liberación.
Y están las variantes perversas: no "sa c rific a rs e ’ al objeto del deseo,
sino fundar el objeto confundiéndose con él: eso an u la la d iferencia que el
sacrificio q u e rría inscribir. V arian te "te rro rista ” : "sa c rific a rs e ” p o r su
C a u sa echando su suicidio a la c a ra del Enem igo, p a ra m atarlo; es una m a­
n e ra de decir que su vida es "m o r t a l” . M óvil suicida, al pie de la letra:
autom óvil cargad o de explosivos que se lanza al cam po enem igo, que pene­
tra el cu erp o e n e m ig o .. . H a y tantas variantes com o culturas, m omentos
históricos, instantes críticos de una m ism a cultura.

H u b o u n a cu ltu ra límite, la de los aztecas, donde la relación con el sacrifi­


cio — hum ano, po r supuesto— fue reveladora y crucial. E l sacrificio azteca
fue u n a gestión m ortal del vínculo del O tro, con acentos "su ic id a s” ya p re­
sentes en esta cu ltu ra m ucho antes de la sum isión — extrañam ente "v o lu n ­
ta ria ” — del im perio azteca a sus destructores blancos. Com o si el pu eblo
asu m iera la responsabilidad del him no de sus gu e rre ro s sobre “ la du lzu ra
de la m u erte de o b sid ia n a " que los gu errero s "a le g re n con su corazón el
cu ch illo de doble filo; que deseen, que codicien la m uerte flo r id a ” . . .
L a idea es que el pu eblo azteca, pu eblo elegido con todas las de la ley,
d e b ía velar porqu e el Sol, fuente de toda vida, no careciera de energía. D ebía
alim entar ese gran h o g a r cósm ico m ediante sacrificios hum anos: reinyec-
tar la en ergía de la sangre y del corazón de las víctim as a esa enorm e
com bustión solar, que de lo contrario co rre el riesgo de agotarse. E l Otro-
s o la r es así "c a p tu ra d o ” en esa certeza narcisista: se vela p o r su buen fu n ­
cionam iento; se sabe que puede m o rir p o r falta de sangre, p o r lo tanto vive
gracias a la sangre. P ara ello, se sacrifica siem pre a extranjeros, tom ados
en las inm ediaciones del im perio, en las fronteras. Los extranjeros sirven
de com bustible p a ra co lm a r al O tro-solar v a s eg u ra r el cierre del "e s p a c io ”
fundam ental cuyo perím etro va a identificarse, vía los sacrificios, con un
m ism o punto ideal: solar; así com o el bo rd e de una superficie plana, al iden­
tificarse con un punto, hace de esta superficie una esfera, ce rrá n d o la a lo
la rg o de su o rilla . . . Este espacio totalitario, que no integra ni la pérdida
interna ni la m uerte (ésta siem pre está en las fronteras: en la conquista, y
lu ego en el sacrificio de las víctim as), exige la expansión creciente. L a m u er­
te es echada fu e ra y, a la inversa, el O tro sólo reintegra la vida y el g ra n ci­
clo cósm ico cuando se le sacrifica com o com bustible. (P o d ría decirse: los
aztecas da b an flashs a su dios-solar dro gán d o lo con una d ro g a particular:
extran jero descorazonado y sangrante.) Y cuando los españoles se presen­
tan, hacen las veces de O tro en estado puro: idénticos a la m uerte, que ad e­
m ás infligían con un entusiasm o nunca antes visto. Se dice que M octezum a,
ante su aparición, se sintió sim plem ente deprimido', com o cuando u n a cre­
encia [Link] vuelve real. N o le q u e d ab a m ás que asum ir: desear ser suici­
dado p o r esos conquistadores blancos en caram ados en sus "m o n stru o s " y
sus "ciu d ad e s flotantes” . Ese O tro venía quizá de la isla originariar la isla
de B la n c u r a .. E se B lan co evocaba la m uerte bien conocida en el rostro
exan güe de los sacrificados. Y con esta blan ca aparición, la o rilla se desga­
rró, lo real se convirtió en abism o insignificable, el desplom e fu e total. Se
intentó o frec er a los co n q u istad ore s. . . algunos sacrificios hum anos; pero
eso los h orrorizó (ellos tam bién tenían su rechazo q ue p r o t e g e r .. .).
S u " O t r o " era pues com o la m uerte, o com o el Otro-scxo, a ju z g a r po r
algu n as iconografías en las que el sacerdote azteca ca b alg a o casi a su vícti­
m a, a la que penetra con su punta de o bsidian a com o con un dardo, antes
de a rra n c a rle el corazón.
E sta cu ltu ra parecía h a b e r tenido algunas dificultades p a ra p ensar el
" re s t o ” , el resto del m undo, el extranjero, o cu pad a en su m isión de im pedir
q ue el Cosm os se q uedara debiendo o necesitado.
L a idea no es tan descabellada; hay ricos cuya fortun a excede toda nece­
sidad, y que viven con el tem or de s u fr ir escaseces; y se lanzan a em presas
a rriesga d as com o po r no saber cuánto tienen, no sab er dónde su vida, iden­
tificada con sus "b ie n e s ” , termina. L a angustia del resto es un m edio p a ra
en tra r en contacto con ei Otro. P a ra los aztecas, el O tro cósm ico estaba cap­
tu rad o en una red no de deseo, sino de necesidad: los dioses necesitan ser
alimentados, se conoce el alimento: es el corazón del extranjero, com o se di­
ce, el corazón del problem a. Partiendo de ahí, la econom ía " s a c r ific ia l" al­
canza una estabilidad asom brosa. Q u iere ser "re alm e n te” rep a rad o ra. E l ri­
to, el corazón del sacrificio es objeto de necesidad, vía la creencia de ser los
m ecánicos del Cosm os. N o se sabe qué les picó al final, pero el im pulso sa­
crificial se am plificaba, com pulsivo, desm esurado; desm esu ra en la m esu­
ra; com o si se tratara ae a g a rra r no la m uerte sino la m uerte de la vida. E l
corazón de la vida.
P or lo dem ás, en ese universo sin necesidad y sin "o t r o ” (cuanto m ás se
extiende el im perio, m ás lejan o se vuelve el otro que sacrificar), en este uni­
verso "e s fé ric o ", el tiem po está cerrado, es exhaustible, está virtualm ente
term inado: la m ecánica del calendario, de los días y los periodos, servía
tam bién de única reserva de donde sacar los nom bres propios — puesto que
se tenía p o r nom bre religioso la fecha de nacim iento— , ese calendario pues
se ce rra b a p o r interm itencias, p o r periodos; de pronto h abía un hoyo; ya no
hab ía tiem po disponible, al pie de la letra. T o d a la obsesión energética de
la pérd id a y de la necesidad se fo calizaba en ese punto negro donde el tiem­
po está gastado, agotado, hasta los últim os signos. E l tesoro de los nom bres
estaba acabado; ya no h abía suceso posible. (Pienso de pronto que una de
las víctim as de "nu estros atentados terroristas" m e dijo su im presión: “ En
el m om ento de la explosión, y antes de desm ayarm e, pensé: Listo, sucedió,
pasa algo, p o r fin N o sabía que estaba a la esp e ra de su acontecimiento,
s u f r ie n d o .. .) Así pues, en ese m undo azteca no hay singularidad, ni crisis
o punto crítico donde llegarían a an u larse los cam pos de fu erza que m ueven
el Cosm os (ironía topológica: un teorem a clásico dice que en un espacio es­
férico no hay cam po de fu erza sin singularidad, es decir: sin p o r lo menos
un punto en el q ue el cam po se anule).
E l fin del m undo no era pues una fantasía, sino una im plicación lógica
del sistem a: escapaban de él regularm en te ligando el año: du rante una cere­
m onia im presionante, el ciclo siguiente (es decir, el m ism o pero al lado) era
reanu dad o con el “ fu ego ” que crepita en los pechos de los sacrificados. La
liga d u ra sim bólica se realizab a de una vez p o r todas periódicam ente. De lo
cu al se deduce que hasta en u n a sociedad de signos, donde el tiem po y el
sím bo lo son totalizados, p o r periudos se necesita del Otro, p a ra extraer la
ligadura significante. (H em os visto, luego, otras fo rm as m uy agu das; en el
espacio totalitario nazi: su o rilla era el "se m ita ” identificado con el desecho
o con el "re s to ” , siendo el Dios sím bolo de la lim pieza anal llam ada Pureza
en ese caso: n ada de "re s to ” . . . )
L a función del sacrificio, en ésta especie de autismo sim bólico, fija b a lo
im previsto del tiempo, detenía la otredad.
Y du rante la catástrofe, ante la m uerte blanca, ¿se identificó el azteca
con el otro — sem ejante al que hasta entonces sacrificaba, exim iéndolo el
e q u ilib rio energético de toda angustia, de toda abertu ra? De pronto, en el
choque fin al el gru p o asum e la necesidad y se consum e en m edio de resa­
bios suicidas. Antes, durante los sacrificios, se hacía todo p ara lo g ra r que
la víctim a consintiera en el instante de muerte; al preven ir cu a lqu ier re­
vuelta y cualquier retroceso, se prevenía la angustia de la gente.
E l sacrificio e ra p a ra ellos la única " a b e r t u r a ” hacia el Otro, so bre el
O tro com o im posible, siendo la p ro p ia ab e rtu ra su cierre. Oecir que e ra su
respuesta a " fu g a s ” de en ergía no explica p o r qué todo un pu eblo se centró
en esta única idea cósm ica: la m archa de los hom bres, al paso del Cosm os,
ponía toda la en ergía de los sujetos al servicio del grupo, teniendo com o
ú nico residuo: la certeza gozosa de hacer fu n cion ar al Cosmos.
De ahí esta hipótesis: en sus sacrificios, los aztecas, en el fondo, se sacri­
fic ab an " a sí m ism o s": sacrificaban (se privaban de ) la idea de pérd id a, de
déficit, y del increm ento de la necesidad. S ac rific ab a n (al cierre de su espa-
cío y al acabam iento de su tiempo) potenciales de abertu ra, so bre todo el
po d er de en fren tar al O tro cu ando sobreviene en fo rm a hum ana. Su fetiche
era el sacrificio m ism o com o vínculo petrificado en la pérd id a y el Otro.

E n eso soñ aba despierto al m ira r ese día el estadio Azteca, en M éxico, en
el "m e d io tiem po” exactam ente (curioso nom bre), ese "e sta d io ” donde Occi­
dente ce leb ra b a su cerem onia favorita: m ás de m il m illones de ojos — vía
televisión y satélites— “ fija n d o ” un objeto redondo que se disputan cada
vez dos naciones diferentes, habiendo delegado cada una pa ra ello a sus me­
jores, en cantidad de "diez m ás u no” . Pues sí, ¿en qué estadio está esta cu l­
tura?, ¿estadio oral?, ¿anal?, ¿uretral? E stá en el estadio, a secas; intransi­
tivo; digam os, si hace falta, en el estadio de la "p o rte ría ", la que b rilla de
im ágenes en los hogares, y tam bién aqu ella que en el estadio servirá de
hoyo de b a l a . . . O tam bién digam os que estam os en el estadio de la imagen,
m arcado, orqu estado p o r la s cuentas, cuentas m asivas de dinero, de ojos,
de m iradas fijas en la im agen y que se la llevan a ojos vistas. Curiosam ente,
p o r estropeada que esté la im agen (está en todas partes, vivimos en un ruido
de m iradas) a todos les cuesta cara; una b u en a im agen de sí, reconocida y
reconocible, cuesta “un ojo de la c a ra "; literalm ente: lo deja a uno ciego, so­
b r e uno mism o. Los provistos de una herm osa im agen de sí, pasada y vuelta
a p a sa r po r la portería, están a veces en peligro de estar ciegos sobre sí m is­
mos; estado de em botam iento y de beatitud narcisista. Pero eso no es más
que un desplazam iento de ojos: su m irad a se ha desplazado a los ojos que
los m iran, los telem iran, los telecontrolan. Los drogadictos de la im agen
m ediatizada de sí m ism os son lo suficientem ente inteligentes com o p ara sa­
b e r que es dro g a más bien o rd in aria pero no fum an — no inhalan— m ás que
eso. Pero bueno, ¿en qué estaba? Sí, el estadio. . .

Los corazones palpitan furiosam ente — sin arran ca rse— , los puños se
cierran, los gritos estallan, el estadio está repleto; el proyectil, en otra parte
m ortal, a q u í es b u scado y luego vuelto a lan zar po r todos, es el corazón del
ju ego, del sujeto, de la alegría, de la d e p re s ió n . .. O ccidente encontró allí
una bonita m etáfora: todas las p a lab ras del “ju e g o ” de la g u e rra están allí
— F rancia "d e r r o t a ” a B rasil, E sp añ a vuelve al ataque, A lem ania es elim in a­
da, Italia a p la s t a d a .. . A rgentina triu n fa sobre In g late rra que a c a b a b a de
h u n dirle un b a r c o . . . Pero las p a lab ras se refieren al objeto vacío y móvil,
y llevan lejos gracias al glob o que las lleva. E so basta p a ra sacar a la luz
los afectos más o c u lto s . . . V e rd a d de la apariencia, ap ariencia de verdad
hecha “ re a lid a d ”, vínculo jugado, fetiche d e s b a ra ta d o . . . E s un hoyo de p a ­
la b ra que se "p a s a n ” los ju gadores, y de “ v e rd a d ”, pero sin decirlo, o cu pán ­
dose sólo d e r'p ro y e c til”, pequeño o grande según los "d e p o rte s ” , lleno de
aire o de plom o — o de m etal radioactivo— según la naturaleza de las bata­
llas . . . Sorprendente la cantidad de “deportes” con objeto redondo o circu ­
lar, a veces de plano ovoide (y com o sport viene de “ d is p o n ” que quiere
d e cir ju eg o o diversión, podem os inclu ir hasta la ruleta, las canicas, los
bo los . .). E n vez de en cerrarse en un espacio esférico, los hom bres ju e ­
gan con esa esfera. N o es m enos violento que con proyectiles de plom o,
es violento de otra m anera, p o r el lado de la pasión, afecto, vértigo de las
pa lab ras. Y la diferencia con la g u e rra abierta, es que los pu eblos quieren
e s ta r en el suceso, asistir, hacer de esa " g u e r r a " un espectáculo en vez de
conform arse con la reseña de las batallas; quieren ver, asistir, fo rm a r p a r­
te. Es pues un excedente sensitivo el que orquesta esta "su b lim a c ió n " don­
de, en vez de cabezas que ruedan, le tom a uno el pelo a la cabeza del Otro,
en fo rm a de p ro ye ctil. .. Poco después desde m i ventana vi a un ju g a d o r
de g o lf “ entrenándose"-, solo; entrenándose ¿ para qué? O bviam ente q uiere
que su gesto lo arrastre un poco m ás a llá de sí m ism o, hacia o tro espacio
m ás preciso, donde el diálogo con su cu erp o a través del proyectil (golpeado
con un gesto circu la r) se v o lv e r ía .. . ¿qué?, ¿más gozoso?, ¿más justo?, ¿o
u n a sim ple ocasión p a ra reb a sa rse. .. sin desaparecer? E l destino de la hu ­
m an idad parece b u sc ar u n a m arca, excitarse marcando puntos (com o h a­
ciéndose notar) en ese gesto con el que lanza uno a la cara de los dem ás (o
ante ellos), un pedacito del cu erp o del O t r o . . . A l gra d o de que nos pregu n­
tam os; ¿habría sido otro el m undo, y la historia también, si esos valientes
aztecas, en vez de a rra n c a r “verdaderam en te” el corazón, se h u bieran con­
fo rm ad o con el gesto, con un gesto-facticio-de-veras? ¿Pero su sol se h a bría
conform ado con ello?
P orq u e siem pre la realidad no sólo regresa sino que y a está ahí; el factor
e n ju e g o es tanto en tra r com o salir de ella, acercarse y co rtar las vías direc­
tas, dem asiado directas p a ra lle ga r a ella; haciendo de ese corte un vínculo
p a ría n le y excitante.

texto com puesto en áster 9/11


en literal, [Link].
im preso en ju an pablos, s.a.
m exicali 39 - col. condesa
del. cuauhtérnoc 06100 m éxico, d.f.
tres m il ejem plares y sobrantes
5 de diciem bre de 1990

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