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Ética profesional del abogado y su formación jurídica
Enviado por Ing.+Lic. Yunior Andrés Castillo S.
Partes: 1, 2
1. Consideración general
2. Vocación profesional
3. Preparación en la ética profesional de los estudiantes
4. La ética profesional constituye un tema relevante para las
Instituciones de Educación Superior
5. Principios de la ética profesional
6. Otros principios
7. Investigaciones sobre ética profesional en República Dominicana
8. Dimensiones del ejercicio profesional
9. Conclusión
10. Fuentes consultadas
Consideración general
La abogacía es una actividad y un grupo social al que pertenecen únicamente los
profesionistas del Derecho que se dedican habitualmente a brindar asesoramiento
jurídico y postular justicia ante los tribunales, pero en un sentido amplio consagrado
por el uso la abogacía comprende a todos los individuos graduados en Derecho que se
dedican a cualquiera de las múltiples actividades directamente relacionadas con el
vastísimo campo de acción a que dan lugar la creación, interpretación y aplicación del
orden jurídico, es en este último sentido que hablaremos de la abogacía.
Por culpa de los malos abogados que han sido y siguen siendo por desgracia, ya que la
abogacía carga sobre sus espaldas una historia multisecular de burla y desprestigio
sancionada no sólo por el alma popular sino por muchos espíritus selectos que no han
dudado en lanzar contra ella sus denuestos.
Nos guste o no nos guste, es cierto que durante siglos una literatura mediocre y
también una literatura de más alto nivel han formado del abogado una imagen pública
como la de un ser codicioso vendedor de palabras o descarado prestidigitador de la
verdad y de la justicia.
Cuál sería la imagen de la abogacía en el siglo XVI que las autoridades españolas
en América por mucho que su acto sea discutible se vieron en la penosa necesidad de
prohibir su ejercicio en los territorios recién conquistados. Los que del viejo mundo
traían también acerca del abogado un pensamiento que se expresa en estas palabras
cabales dichas lo mismo de la República Dominicana, que por el de la ciudad
de Buenos Aires "vengan clérigos pero no abogados", ésta posición quiere decir
simplemente que, así como el clérigo predica la paz y enseña la fraternidad entre los
hombres, el abogado hace lo contrario: un enredador y picapleitos que los concita que
perturba sus pasiones inferiores: que los enfrenta para salir con el pez en su anzuelo
que inventa los problemas donde no los hay y con su arte y maña pone en juego, sale a
flote con lo suyo aunque se hundan los demás. En fin no como un colaborador sino
como un grave perturbador de la paz social.
Sin embargo aun suponiendo que el juicio negativo esté justificado, vale únicamente de
los malos abogados por numerosos que estos sean pero no de la abogacía como
profesión, pues ésta se define y encuentra su razón de existir en su fin principal y
último la justicia. De aquí se desprende que la abogacía comporta como exigencia
esencial la necesidad de ser exigida con un elevado sentido ético y que las primeras
cualidades que debe reunir el abogado son en el sentido de la justicia y la
rectitud moral.
Ni un picapleitos, ni un enredador, ni un leguleyo, puede ser el abogado, el
profesionista de la abogacía, si el hombre que hay en el abogado fuere todo eso, lo será
como tal, pero no como abogado antes bien, traicionando su profesión, porque no cabe
el ejercicio de la abogacía sin las directrices éticas que lo gobiernan.
Consideramos en primer lugar, al abogado como un hombre de probidad moral, quiere
esto decir que siendo el intérprete del derecho, ciencia cultural y teniendo por fin
último de su actividad la justicia, valoración, cultura, también maneja categorías que
son la expresión del espíritu y de la conciencia de un pueblo o sea categorías morales.
Por medio del derecho y de la ley se dirige la conducta de los hombres hacia la justicia
dando protección a los bienes que garantizan el desenvolvimiento de la
personalidad del hombre, de la libertad. Todo esto quiere decir valores morales, y
estos valores morales sólo puede manejarlos debidamente quien esté dotado, a su vez,
de probidad moral por encima de otros cualesquiera atributos; incluso el de la pericia,
pues esa probidad moral es base y sustento de la abogacía.
Debemos de entender que hablar de la moral profesional es asunto de
responsabilidades propias del hombre cabal, de aquél que es capaz de decidir
consciente y reflexivamente sobre su propia conducta y de asumir los riesgos de las
propias decisiones. El que consagra su vida a una profesión, a las responsabilidades
morales que ya tiene como ser humano, añade de aquellas otras responsabilidades
morales que son propias del ejercicio de su profesión.
El cirujano que trabaja sobre el cuerpo humano, el ingeniero que construye un puente
o el abogado que tiene en sus manos un problema de justicia, está asumiendo
especiales responsabilidades morales que no tienen aquellos que no se dedican a sus
respectivas profesiones, así el compromiso de ejercer bien una profesión, significa
asumir las responsabilidades morales propias de ella. Esto es verdad de cualquier
profesión, sólo de esta manera se puede lograr una convivencia social que merezca el
calificativo de humana.
La sociedad humana, se caracteriza entre otras cosas por ser un entretejido de
responsabilidades: de los padres para con los hijos, de los cónyuges entre sí, de los
ciudadanos para con las autoridades y de éstas para con los ciudadanos, de cada
profesional para sus clientes y para la sociedad.[1]
Vocación profesional
A continuación haremos una breve reseña sobre lo que debiera tomarse en cuenta para
el ejercicio de una profesión, ya que ante todo debe existir vocación profesional.
Cuando la vocación es auténtica, es decir, cuando corresponde a las potencialidades,
habilidades, metas e ideales de la persona, entonces el ejercicio profesional crea una
segunda naturaleza, y las actividades propias de la profesión se facilitan hasta hacerse
muchas de ellas de manera casi automática. Entonces las responsabilidades
profesionales se aceptan sin dificultad.
La carga extra de responsabilidades no se resiente como un gravamen que pesa sobre
la conciencia y que podría inhibir la actuación, sino que se toma gustosamente como el
acompañamiento natural del trabajo libremente emprendido. Si no fuere por la
especial ayuda de la vocación, muchas personas responsables no se atreverían a asumir
los compromisos peculiares a determinadas profesiones.
Acontece lo mismo que en el matrimonio, en el que las tendencias naturales al mismo
ayudan a sobrellevar las cargas que implica. Pero hay una diferencia: la mayoría de las
vocaciones no son resultado sin más de tendencias naturales, influjos del medio
ambiente y decisiones libres. Por eso hablamos de una segunda naturaleza, es decir, de
una conformación de la personalidad a la que se puede llegar por medio de la práctica
deliberada de actos y que una vez lograda facilita las conductas concordantes con esos
hábitos. Lo que nos lleva a otra reflexión.
La vocación, por perfecta que sea, no exime del cuidado de mantenerla viva, no sólo
debe ser cultivada sino que, una vez lograda, debe seguir siendo atendida. La vocación
que no se ejercita y vigila acaba decayendo y se puede perder, las responsabilidades
morales que se asumen por ella son inyecciones que la revitalizan, y, al contrario,
cuando se rehuye una responsabilidad moral propia de la vocación, ésta se debilita.
Así una vocación vigorosa es aquella que continuamente se enfrenta a las
responsabilidades morales que le son propias, las asimila con naturalidad y se
complace en ellas, los que tienen auténtica vocación no esperan
recompensas materiales de su ejercicio profesional; para ello es suficiente la
satisfacción del trabajo profesional bien cumplido, una vida así se siente llena, a pesar
de los contratiempos e ingratitudes , porque se vive por un ideal mucho más elevado
que uno mismo, un ideal que se ama y que merece todos los sacrificios.
Cuando se ama algo, no sólo desaparecen los titubeos ante las responsabilidades
morales que ese amor exige, sino que las desea como ocasiones de afirmar ese amor.
La fuerza última y definitiva que hace posible una vocación y las responsabilidades
morales que se siguen de ella es el amor a los ideales propios de la vocación, con amor
todo es llevadero, sin amor la vocación decae en un compromiso social que apenas se
puede soportar.[2]
De ahí que los aspectos normativos que regulan la conducta humana no se agotan en
las disposiciones jurídicas, sino que, al lado de las reglas del Derecho, existen
las normas del trato externo y las normas morales o éticas, por tanto, si las normas de
la ética profesional son normas morales, corresponden a un ámbito no típicamente
jurídico. Sobre la pertenencia de las reglas de ética a la moral y no al Derecho, opina el
procesalista Ángel Francisco Brice que las reglas de conducta respectivas "no tienen la
fuerza coercitiva de la legislación penal vigente; existen consignadas en los
reglamentos de los Colegios de Abogados y su violación da lugar a las sanciones
establecidas por esos reglamentos.[3]
Sin embargo, las reglas de ética pertenecen al dominio de la moral y ello es suficiente
para que lleven en sí la necesidad de cumplirse, so pena de merecer el desprecio de la
sociedad, el establecimiento y cumplimiento de estas reglas son tan indispensables al
decoro de la abogacía que la preocupación por su efectividad ha existido siempre.
Para Pedro Chávez Calderón, la ética profesional comprende deberes hacia los
miembros de ese mundo y se dará prioridad a los deberes referidos a los clientes; en
segundo lugar, estarán los que aluden a la institución donde trabaja; en tercero, los
correspondientes a los colegas; y en cuarto, los relativos a la personas relacionadas con
el círculo social.[4]
La ética tiene una plena configuración moral y no jurídica, ya que como lo establece
el Diccionario de la Lengua Española, "es la parte de la filosofía que trata de la moral y
de las obligaciones del hombre. Por lo que se refiere a la ética profesional, es el
conjunto de reglas de naturaleza moral que tienden a la realización del bien, en el
ejercicio de las actividades propias de la persona física que se dedica a una profesión
determinada".
La ética profesional está integrada por normas de conducta de naturaleza moral, lo que
significa que se trata de reglas de conducta con las características propias de las
normas morales, es decir; son unilaterales porque frente al sujeto obligado no existe un
sujeto pretensor con facultades para exigir el acatamiento de las reglas de conducta.
Son internas porque no basta con que la persona se pliegue a la exigencia de la norma,
sino que es preciso que en su fuero interno considere que con plena convicción, ha
aceptado la procedencia de la obligatoriedad y no se le forzará al cumplimiento de la
conducta debida. Esta característica va ligada a la autonomía, porque la propia persona
la hace suya, y por último, no es coercible porque no tiene sanción.[5]
Desde el punto de vista teleológico las normas éticas tienen como finalidad la
realización del bien. El ser humano, poseedor de la libertad, está capacitado conforme
a su propia naturaleza y libre albedrío, para conocer la suprema virtud del bien y para
identificar el mal. Aplicado a una profesión, la rectitud de la conducta obliga a
una actitud de respeto a todo lo positivo, ya sea desde una perspectiva personal o desde
la perspectiva de nuestros semejantes.[6]
La intervención de la ética profesional en el desenvolvimiento de la conducta humana
de los profesionales es muy conveniente para el beneficio común de los integrantes de
la comunidad. A este respecto coincido con Edgar Bodenheimer que nos dice que sería
equivocado asegurar que, en una sociedad gobernada por el Derecho, la moral no
tendría lugar salvo como guía íntima del alma o conciencia individual. En un verdadero
sentido, la moralidad es el establecimiento de una jerarquía de valores supremos que
han de gobernar a una sociedad.
La doctrina ética o moral nos aporta ciertos criterios esenciales para evaluar los actos y
la conducta humana, en toda sociedad los valores morales que la guían se reflejan de
alguna manera incorporándose al Derecho. El Derecho considera los motivos,
intenciones y pensamientos de los hombres como importantes y relevantes, de otro
lado, la mayor parte de las sociedades reconocen, además de las reglas de moralidad
que han ido incorporadas a las normas jurídicas, otras normas morales.
Dentro de esa esfera el individuo es libre de actuar según su voluntad, es esencial al
régimen de Derecho que no exista otro instrumento de carácter social que pueda
deshacer la obra que el Derecho ha realizado, si esas reglas de moralidad que no han
pasado al sistema jurídico estuviesen dotadas de sanciones coactivas semejantes a las
del Derecho, quedaría prácticamente borrada la significación específica de la
regulación jurídica.
El prestigio del individuo y de la profesión misma dependen de la observancia de las
reglas morales integradoras de la ética profesional, por tal motivo, Manuel de la Peña y
Peña , hace referencia a que el ejercicio de la abogacía es de suyo muy honroso y
recomendable, así como el abuso de algunos profesionales lo hace odioso, vil y
detestable. Incluso, a pie de página, se refiere con amplitud a los apodos que suelen
darse a los malos abogados, y apunta que no sólo en el lenguaje del vulgo quejoso, sino
en el de escritores muy juiciosos.
En consecuencia, la dignificación de la profesión de abogado, ha de enaltecer el
acatamiento a las normas que derivan de la ética profesional, Para Manuel de la Peña y
Peña, la existencia de esas desviaciones en la profesión de la abogacía ha de servir de
ejemplo a los abogados para ejercer la profesión con integridad y decoro. Considera
que la conducta de un mal abogado, por desgracia, en los pocos justos, lleva a
desacreditar a todos los demás y aun se utiliza para hacer odiosa a la misma profesión
que, como indica Manuel de la Peña y Peña, "es de lo suyo tan noble y provechosa, y
que debiera ser muy respetable y estimada".[7]
Al ilustre filósofo del Derecho, Luis Recaséns Siches le ha preocupado la actitud a veces
denostante que suele emplearse contra la profesión de la abogacía. Sobre ese particular
expresa: "desde remotos tiempos circulan por el mundo dos ideas contradictorias
sobre la profesión jurídica. Por un lado, la idea de que la profesión de abogado y la de
juez constituyen el ejercicio de una nobilísima actividad. Por otra parte, abunda un
juicio irónico de acre sátira, contra los juristas".[8]
La exigencia del apego a las normas de la ética profesional es asentada en la
Enciclopedia Omeba "Hablar del abogado, implica, forzosamente, hablar de la ética
profesional. Por ser tal, el abogado debe ajustarse a normas de conducta ineludibles,
que regular su actuación, enaltecen y dignifican a la profesión. El alto ministerio social
que cumple, los intereses de todo orden, la libertad, el patrimonio, la honra, que le son
confiados y el respeto que debe guardar a sí mismo y al título universitario que ostenta,
exigen del abogado el cumplimiento fiel de las normas de ética consagradas por la
tradición".[9]
En concepto de Rafael de Pina, es a veces tan imprescindible la ética profesional que el
Derecho se encarga de recogerla y de convertirla en normas jurídicas. Establece al
respecto: "el hombre como es sabido no está únicamente sujeto en su vida de relación a
normas jurídicas, sino que sobre él gravitan las normas morales no menos importantes
y eficaces". En opinión de Carnelutti el Derecho es un medio dirigido a reducir a la
moral la conducta de los hombres.[10]
También juzga esencial a la profesión de la abogacía la ética profesional el
jurista español Antonio Fernández Serrano, citado por Carlos Arellano García, cuando
afirma: "es éste un requisito universalmente exigido, pues no se concibe que una
profesión que coopera a la sagrada función de la administración de justicia y que radica
en servicios de confianza, pueda ser desempeñada por quienes no se ajustasen a las
normas de un vivir honesto.[11]
El atributo esencial del abogado es su moral, la abogacía es un sacerdocio; la
nombradía del abogado se mide por su talento y por su moral, y Osorio estima que" en
el abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los
conocimientos".[12] La conducta moral es la primera condición para ejercer la
abogacía, nuestra profesión es ante todo, ética, el abogado debe saber derecho, pero,
principalmente, debe ser un hombre recto.
En el siglo XVIII, se entendía por abogado "un hombre de bien, capaz de aconsejar,
defender a sus conciudadanos", para otros la vida profesional se resume en una sola
palabra: "honradez". Tan importante es la ética profesional, que el acatamiento a las
normas jurídicas, sin un adecuado contenido ético de tales reglas de Derecho es sólo
una fuerza que doblega, para que sea un auténtico deber, es menester
una presión interna de la conciencia del sujeto obligado.
Conforme al criterio de Nicolai Hartman, el terreno de la ética es el más difícil para el
hombre porque debe comprender a sus semejantes y no debe imponerse a los demás.
De las nociones analizadas derivamos la reflexión de que la ética profesional es
imprescindible para matizar el contenido de las normas jurídicas que regulan la
actividad profesional del abogado pero, además es indispensable para enaltecer
la dignidad de nuestra profesión y para mantener el decoro que apoye el prestigio de
una actividad tan noble puesto que su finalidad es sostener la convivencia armónica en
el seno de la sociedad.
El abogado no puede ocupar el lugar de conductor de hombres si no mantiene la
aureola de dignidad propia de una profesión que tiene como base la confianza de los
semejantes. La maldad es un motivo de repudio y de justa censura; por tanto, el
abogado en su actuación ha de apegarse a la realización del bien en todas aquellas
ocasiones en que el obrar profesional lo coloque ante una disyuntiva de bien o mal. Ese
es el gran objetivo de la ética profesional que justifica plenamente su existencia.
Por supuesto que no bastaría la existencia de las reglas de ética profesional, sino que es
preciso su acatamiento. A tal efecto, Marco Tulio Cicerón expresaba: "No ha de
poseerse la virtud a la manera de un arte cualquiera, sin practicarla, la virtud consiste
precisamente en la práctica". El abogado ha de creer en la ética profesional y,
concomitantemente, ha de apegar su conducta cotidiana a los postulados de moralidad
contenidos en ella.[13]
Estamos ciertos de que el tema de la ética profesional no deja de tener fuertes nexos
con la Filosofía, por ello, es oportuno citar a Rudolf Stammler, quien con firma el
enfrentamiento cotidiano con los principios de la ética profesional. Determina este
autor: "Cada día que amanece trae para cada hombre nuevos problemas interiores,
nuevas dificultades que agitan su espíritu. Y si quiere gozar de seguridad y sosiego
tiene que dar a esos problemas soluciones que pueda refrendar un juicio crítico. Los
deseos y los afanes hay que subordinarlos a la ley suprema de la rectitud de voluntad y
tomar ésta por mira de orientación".[14]
Por tanto, no sólo es necesario tener en el ejercicio profesional el constante contacto
con la ética profesional, sino que es de interés cotidiano. Por supuesto que ante la
posible dificultad que pudiera encontrarse en la determinación de los principios éticos,
orientados hacia la realización del bien, es conveniente examinar en particular los
deberes que se han señalado como integrantes de las reglas de conducta morales que
conforman la ética profesional.
Preparación en la ética profesional de los estudiantes
Sobre la preparación de los estudiantes de Derecho en la ética profesional, es
indudable lo certero de la serie de argumentaciones en el sentido de que debe
prepararse con la técnica y la ciencia jurídica, simultáneamente, hacia el
conocimiento de los deberes morales que le darían el lugar de dignidad que
corresponde al especializado en Derecho.
En materia de formación profesional se identifican, en muchos casos, perfiles
profesionales de licenciatura que no alcanzan a satisfacer la amplia diversidad y
movilidad de un ejercicio profesional cambiante, que exige creatividad, espíritu
emprendedor, motivación permanente y una alta capacitación; no sólo en el campo
del conocimiento específico de que se trate, sino además, en una gran gama de
metodologías y sistemas de información, sin olvidar por supuesto el elemento valoral,
el sustento ético que debe guiar toda formación humana.[15]
A este respecto, en la Enciclopedia Jurídica Omega con acierto se apunta: "Muchas
veces los jóvenes entran en la Facultad de Derecho y salen de ella, sin saber qué es el
abogado, en qué consiste la abogacía y cómo debe ejercitarse la profesión". Piensan que
es un medio de enriquecerse, desempeñando una profesión lucrativa. El abogado es
casi siempre, para ello, un hombre diestro en el manejo de las leyes, conocedor de
toda clase de artimañas para defender, al mismo tiempo, lo blanco y lo negro.[16]
Su tarea, para algunos, consiste en defender cualquier cosa, mediante una paga. Ya no
importa cuán injusta o repudiable pudiera ser la causa defendida. La culpa no es de
ellos, sino de la defectuosa preparación, excesivamente libresca, de nuestros planes de
estudio, no se les enseña a ser abogado, no se les instruye sobre las reglas de su
conducta profesional. Lo aprende por sí solo, a fuerza de golpes, errores y fracasos, y
en este aprendizaje suele dejar jirones, a veces irreparables, de su propia moral.
La precariedad de la preparación ética de los futuros profesionales del Derecho, es
claramente marcada, por Giorgio Del Vecchio, en las siguientes frases "es necesaria, la
preparación técnica de los juristas y de los abogados una
compleja organización didáctica que no tiene correspondencia en el campo de la moral.
Así éste si se le compara con el jurídico se halla casi abandonado y sin cultivar,
se muestra muy deseable que la enseñanza de la moral tenga un adecuado desarrollo,
unida a la del Derecho, como integradora del mismo y promotora de su progreso".[17]
El antiguo director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, José Castillo Larrañaga
ha mostrado inquietud por el abandono de la preparación ética que se debe impartir a
los estudiantes de Derecho: Considera que una asignatura sobre la práctica jurídica
"mejor que en cualquier otra, caben las orientaciones morales y éticas dolorosamente
abandonadas en nuestras escuelas. Es la clase de práctica el lugar en donde los jóvenes
juristas deben conocer a los guías que por su virtud y saber influyan de modo eficaz en
el prestigio de la abogacía por haberla honrado en su ejercicio".
Herrera expone a este respecto que "la sociedad en su conjunto demanda de
profesionales que: a) Sean capaces de abstraer globalmente los procesoscon los que
trabajan; b) dominen las estrategias cognoscitivas que les permitan
analizar datos formalizados; c) posean herramientas conceptuales y metodológicas que
les aseguren administrar y conseguir recursos extraordinarios; d) funcionen con
esquemas de pensamiento anticipatorio que promuevan el impulso de los elementos de
mayor potencialización de futuro y conducción estratégica de la producción y; e)
tengan capacidad de diálogo con todos los niveles de la organización.[18]
De este modo, la formación de los profesionales deberá descansar en la incorporación
de mayores niveles de conocimiento, fomento del trabajo en equipo, capacidad
de interacción simbólica, amplio conocimiento del proceso productivo, desarrollo de
un pensamiento innovador y anticipatorio y la construcción de mentalidades críticas y
prepositivas.[19]
Se puede afirmar que el joven sistema de educación superior mexicano fue
desarrollándose no con la planeación y evaluación que los educadores hubieran
querido; en gran parte, la elección para el establecimiento de los programas de
licenciatura se realizó repitiendo los ya existentes y copiando los planes y programas de
estudio.
En materia de desarrollo curricular se identifican también avances, en particular para
finales del siglo XX. Las instituciones de educación superior (IES) tenían un
importante desarrollo en esta materia. En el caso de las universidades públicas se
consideran entre otros avances: la actualización de contenidos y diversificación de
carreras; el haber superado estructuras curriculares en las que se contemplan
verdaderas cadenas de seriación que iban del inicio al final de la licenciatura y sólo con
asignaturas teóricas que no incluían la parte práctica del conocimiento profesional; la
reducción de la duración de las licenciaturas a ocho o nueve semestres en promedio y
la eliminación de semestres previos y terminales; la delimitación de perfiles
profesionales y explicitación de programas de estudio, así como la ampliación de las
opciones de titulación.[20]
Los rasgos más representativos del desarrollo curricular en República Dominicana, en
las últimas décadas fueron las que a continuación se indican: Se establecieron sistemas
de créditos; se superó el sistema anual por el semestral; se logró romper con el mito de
las seriaciones; se pudieron establecer programas con tronco y asignaturas comunes;
se incorporaron talleres, seminarios, prácticas de campo, clínicas, etc., en la formación
profesional, que aborda la parte práctica, además de las teorías y metodologías.
Se concluye en este punto que, en materia de formación profesional, el elemento rector
de su orientación, lo constituyen los planes y programas de estudio, integrados en un
sistema de valores, contenidos, metodologías y estrategias educativas que determinan
las actividades y funciones académicas de una universidad.
Sin embargo, el desempeño consecuente de nosotros los docentes no se logra por
efecto de compartir ideológicamente tales lineamientos, ni sólo el sentido de
responsabilidad con que realicemos nuestra tarea, tampoco únicamente de de la
vocación, aunque todo esto es importante, la docencia en ética exige un proceso de
renovación y formación permanente que nos permita, entre otras cosas:
Superar visiones fragmentarias del conocimiento y la educación, de las que se
deriva que educar en materia de ética es asunto exclusivo de filósofos o de carreras
humanistas;
Enriquecer nuestro arsenal de opciones metodológicas para abordar cuestiones
éticas relacionadas con el ejercicio profesional de los estudiantes;
Desempeñarnos como profesores reflexivos y transformativos, además de
especialistas en nuestra área de conocimientos;
Asumirnos como profesionales de la docencia un compromiso ético, además de
pedagógico.
Con todo, esto comienza por develar supuestos generales, en buena medida arraigados
en la institución educativa y, ¿por qué no decirlo?, en nuestras prácticas docentes.
Supuestos tales como: que el objetivo de la educación universitaria es preparar
profesionistas sólo en el dominio de su disciplina; que la educación inevitablemente
reproduce el orden social, más la universidad por suponer que ahí los estudiantes ya
tienen formada y definida su personalidad y sus valores; que para ser buen docente es
suficiente el dominio en la asignatura.
Por el contrario, educación es construcción, no sólo de conocimientos disciplinares, así
sea a nivel profesional, sino también de sujetos que participan y construyen con
sus acciones procesos y situaciones sociales. Educar es formar seres humanos con algo
más que cognición: imaginación, ideas, emociones y valores, que también toman parte
en sus decisiones y sus actividades.
La educación no sólo reproduce, también implica retos y posibilidades de acción para
que el trabajo docente sea espacio de innovación y transformación pedagógica con
sentido ético. Actualmente nuestros planes de estudios y programas de asignatura con
que trabajamos contemplan cuestiones éticas, pero en lo particular como materia
optativa, pareciera contravenir lo previsto particularmente. Sin embargo, como
profesionistas sabemos de su importancia para el ejercicio profesional, la vida personal
y social.
Tal vez, incorporar el tratamiento de cuestiones éticas en nuestra práctica dé lugar a
actuar, una vez más, a contracorriente de circunstancias materiales, administrativas y
económicas que a veces limitan las posibilidades de acción. También es cierto que las
cosas no siempre son tan rígidas, los docentes contamos con márgenes de autonomía y
flexibilidad que nos permiten actuar como algo más que simples mecanismos de
transmisión.
Puesto que los docentes somos quienes dinamizamos las prácticas pedagógicas reales,
podemos redimensionar nuestro quehacer con relación a los contenidos temáticos, a la
vida escolar, al ejercicio de la autoridad, a las relaciones entre estudiantes-profesores y
al intercambio de maneras de concebir el mundo, a la sociedad y al ser humano, lo que
implica valores y opciones éticas. Por ello debemos de asumir un papel más importante
que el de transmisores de información, debemos ser mediadores pedagógicos, es decir,
creadores y organizadores de las situaciones de aprendizaje, con relación a la
asignatura que impartimos, pero también a las cuestiones éticas implicadas en la vida
personal y profesional.
Nuestra experiencia docente, nuestro conocimiento de la profesión y nuestra
creatividad son elementos especialmente valiosos para planear y organizar esas
situaciones de aprendizaje que articulen la preparación especializada, con la reflexión y
el análisis de situaciones concretas en forma de problemas éticos. Renovar nuestra
práctica docente implica planear procesos educativos en los que se presenten
situaciones, algunas vinculadas al mundo de la profesión, que den pie a la reflexión y al
análisis de la situación expuesta y de referentes documentales útiles para fundamentar
dicho análisis.
Para esto, por supuesto, es especialmente importante no perder de vista que el docente
como persona es portador de conocimientos, de cultura y también de valores, con base
en los cuales interpreta, selecciona, jerarquiza y presenta a los estudiantes actividades
y contenidos temáticos, pero que no debe ser para imponerlos sino para dar ocasión a
que el alumno sea quien piense, actúe, se exprese y construya el conocimiento con base
en esas situaciones de aprendizaje participativas planeadas y puestas en marcha por el
docente.
Así las cosas, planear significa diseñar formas diferentes de promover el aprendizaje,
de organizar los contenidos, de dirigirse a los estudiantes y relacionarse con ellos. La
planeación no ha de desembocar necesariamente ni en propuestas rígidas de acción
que limiten al educador, ni en programas ideales fuera de contexto. Se busca propiciar
la reorientación de nuestra práctica docente con la dimensión ética, no precisamente
con el discurso teórico y filosófico alejado de la realidad escolar, sino a través de la
revisión juiciosa de nuestras prácticas, así como de los valores que subyacen en ellas,
en todos los planos; el establecimiento de los objetivos educativos; la selección de
contenidos y las actividades para su tratamiento pedagógico; los roles docente-
estudiante y las formas comunicativas de interacción en el aula y la propia facultad;
nuestras nociones de enseñanza, aprendizaje, disciplina y evaluación; las actitudes a
promover en los estudiantes, así como las de los profesores en su intervención .[21]
Es cierto que existen funcionarios inmorales, pero no es la regla, hay muchos
abogados, que prestan sus servicios en las diversas dependencias de la administración
pública o del poder judicial que son absolutamente honrados. Que cumplen sus
funciones con limpieza, con dignidad. Muchos han vivido durante muchos años en
forma modesta, sin pretensiones, sin aparecer en los lugares de lujo, preocupados por
sostener un hogar en la mejor forma con sus bajos ingresos, deseosos de educar a sus
hijos de la mejor manera, con muchos sacrificios para pagar sus estudios.
Encontramos también abogados litigantes en los que los clientes pueden tener
confianza absoluta, porque no son capaces de engañarlos, ni de pedirles algo que no les
corresponde, que luchan por ellos con fe y con convicción; pero siempre dentro del
terreno de la ley; que se sentirían manchados si tuvieran necesidad de obtener un fallo
por medio del soborno, que trabajan infatigablemente, a veces con ingresos reducidos,
pero cuya satisfacción es que nadie pueda con justicia imputarles un engaño o una
deslealtad.
Por lo tanto, al enseñarse el Derecho, también debe de mostrarse al alumnado el
contenido de las reglas morales que tendrán vigencia en su vida profesional si quiere
conservarse como un hombre y un profesionista digno de la alta investidura de la
abogacía. La ética profesional dotaría al estudiante del instrumental moral para
realizar con eficacia las actividades profesionales. Pero se sabe de la existencia de una
realidad en que un sector de los profesionistas jurídicos, actúan utilizando toda clase
de triquiñuelas y maniobras, en la mayoría de los casos por falta de una preparación
adecuada, provocando una actitud de desconfianza del hombre común hacia el hombre
de derecho. Por lo que es importante respaldarse la necesidad de la preparación
adecuada en la ética profesional en la abogacía y que lo óptimo sería encargar tal
cátedra a quien se ha distinguido por honrar la profesión en su ejercicio cotidiano.
Nos interesa formar profesionistas no sólo con conocimientos de tal o cual
especialidad, sino también en cuanto a cualidades éticas y humanas para un
desempeño responsable y de calidad, habremos de concluir que la educación en ética
debe estar presente en toda formación profesional y que todo docente tiene parte de
responsabilidad en esa tarea, tomando como base la relación entre el ejercicio de la
profesión y la actitud ética del profesionista.
Para tal efecto, sin pretender que todos los docentes se conviertan en especialistas de
ética, es indispensable que cuenten con fundamentos conceptuales y criterios
metodológicos, para introducir en sus espacios curriculares aspectos éticos,
preferentemente ligados con la aplicación del conocimiento de cada carrera y con el
desempeño profesional.
En este sentido, lo conducente es que la formación ética no consista solamente en una
asignatura más y de manera exclusiva en algunas especialidades o maestrías, sino que
se convierta en una dimensión educativa presente en múltiples puntos de las
asignaturas que integran el currículum de toda carrera profesional e incida y
complemente el desarrollo intelectual de los profesionistas con su formación como
personas y como ciudadanos.
Puesto que la formación ética guarda su propia naturaleza una estrecha conexión con
la vida, por lo que se hace indispensable abordar sus contenidos y tratamiento con
relación a situaciones comunes de la vida personal y, sobre todo, profesional. Esto
entraña una doble posibilidad: por un lado, la oportunidad de
superar procedimientos didácticos convencionalmente apegados al libro de texto y a
prácticas expositivas de los maestros; por otro, la incertidumbre respecto a cómo
proceder ante la ausencia de un temario cerrado y una técnica centrada en el profesor.
Asimismo, existe el riesgo de generar prácticas moralistas más que éticas, basadas
exclusivamente en el sentido común o en las personales creencias morales de cada
profesor. Por ello es importante contar con fundamentos de ética y responsabilidad
social para la formación profesional, así como con criterios y procedimientos
didácticos básicos para el proceso de enseñanza-aprendizaje en dicha temática.
Respecto a esto último, "el método de casos" se presenta como
una estrategia especialmente valiosa para el tratamiento de contenidos de ética en la
educación profesional superior, por retomar situaciones concretas como materia
desencadenante de problematización, reflexión y análisis, donde se vinculen los
contenidos conceptuales con los actitudinales ya que éstos son decisivos en la
formación integral de los futuros profesionistas.[22]
Inclusive darse una orientación ética a los que están por egresar en su ejercicio
profesional y crear conciencia de que la abogacía es una profesión al servicio de la
colectividad. Pero ¿cuál es el procedimiento a seguir?, estimamos que esto sería con los
seminarios que se impartieran en los dos últimos semestres, que podría ser un estudio
de los principios establecidos en la ética profesional.
En conclusión la formación ética es una necesidad inaplazable en las universidades,
tanto a nivel de las propias instituciones, como de todos sus actores. El papel
socializador de las universidades en esta tarea sigue siendo crucial, no basta con
preparar buenos profesionales, en conocimientos y habilidades en ciencia, tecnología y
cultura, si no se incluye la reflexión de principios y valores, en las disciplinas
científicas, hay en general, un mayor énfasis en la preparación cognoscitiva y técnica
que en la formación ética.
Sin embargo, ésta última, añade consistencia moral al contenido científico y técnico y a
las propias disciplinas. La ética, en y desde las universidades, es una oportunidad para
la consolidación intelectual y moral de la vida universitaria y de la sociedad en su
conjunto, ya que la universidad ha sido, desde sus orígenes la encargada de formar
profesionales y especialistas en las diversas áreas del conocimiento para contribuir en
la formación de los ciudadanos ya que el conocimiento ha sido siempre la base de
conformación de las profesiones.
La ética profesional constituye un tema relevante para
las Instituciones de Educación Superior
Las instituciones educativas tienen significativas funciones sociales y culturales en la
construcción de la sociedad y con respecto a los importantes cambios que se están
produciendo en el mundo, sobre todo cuando buscan modos diversos de disminuir la
inequitativa distribución de la riqueza, promover la movilidad social y estudiar y
formular opciones de solución para problemas prioritarios. Los valores y
el comportamiento ético son parte de estos asuntos.
Las profesiones y los profesionales, de todas las áreas del conocimiento, ocupan un
lugar significativo en el mundo social, pues aportan bienes y servicios que requiere la
propia sociedad. Su desempeño y actuación están siempre en la mira de los
sectores, grupos e individuos (a nivel local, regional, nacional e internacional). El
comportamiento es parte intrínseca de la profesión y del sentido y proyectos de vida de
los sujetos. Constituye, además, junto con la competencia profesional y técnica, lo que
las personas mejor pueden apreciar de su labor.
Hoy se vive una especial sensibilidad y demanda social de ética con respecto a los
profesionales. Se insiste con mayor frecuencia en la importancia de incorporar
elementos éticos en su formación y en el ámbito de investigación científica y socio-
cultural. Paulatinamente se han ido introduciendo asignaturas de ética y deontología
profesional en las titulaciones universitarias y en las instituciones de educación
superior y en los países de Europa Occidental y en los Estados Unidos de América y
Canadá se han multiplicado los comités de ética, principalmente en los ámbitos de la
ciencia.
Han aparecido recientemente en sectores muy diversos, como son:
universidades, empresas, ministerios y organismos, a escala nacional e internacional.
Se hace referencia, en muchos discursos y propuestas, a la necesidad de que la
universidad cambie, no para adaptarse mecánicamente a los lineamientos de las
agencias internacionales, sino en el reconocimiento de las nuevas necesidades,
estructuras y discursos que aparecen desde finales del siglo XX a nivel mundial y que
marcan la situación de inicios de este siglo. En esta transformación, la formación de
valores y el aprendizaje ético son una opción significativa.
Se multiplican los conflictos éticos en el ejercicio profesional; entre otras razones
porque se han desarrollado (o han sido adaptadas como tales) nuevas profesiones, se
han generado campos de frontera interdisciplinarios y los profesionales se incorporan
cada vez al trabajo en instituciones públicas y privadas. Esta incorporación puede
limitar su independencia y su capacidad de tomar las decisiones más importantes,
incluyendo las de carácter ético. Se suma a esto, la crítica en los casos de
comportamiento inmoral de los profesionales, tanto cuando actúan por cuenta propia,
como con respecto a los que forman parte de las diversas organizaciones.
La formación ética es una necesidad inaplazable en las universidades, tanto a nivel de
las propias instituciones, como de todos sus actores. El papel socializador de las
universidades en esta tarea sigue siendo crucial. No basta con preparar buenos
profesionales, en conocimientos y habilidades en ciencia, tecnología y cultura, sino que
incluye la reflexión de principios y valores. En las disciplinas científicas hay, en
general, un mayor énfasis en la preparación cognoscitiva y técnica que en la formación
ética. Sin embargo, ésta última, añade consistencia moral al contenido científico y
técnico y a las propias disciplinas.
La ética, en y desde las universidades, es una oportunidad para la consolidación
intelectual y moral de la vida universitaria y de la sociedad en su conjunto.
La universidad ha sido, desde sus orígenes, la encargada de formar profesionales y
especialistas en las diversas áreas del conocimiento, además de realizar esta
importante tarea, puede contribuir decididamente en la formación de los ciudadanos.
El conocimiento ha sido siempre la base de conformación de las profesiones. La
complejidad creciente del conocimiento, técnicas avanzadas y habilidades
especializadas, así como de los problemas vinculados a su puesta en práctica, han
generado mayor atención con respecto a la ética profesional. La ética profesional es un
campo interdisciplinario, que puede contribuir aminorar el aislamiento en que se
encuentran las especialidades, para integrarlas a una perspectiva de conjunto.[23]
La ética compete a todas las profesiones, no sólo a cada una de ellas, sino también a los
campos de interacción que se producen para resolver problemas sociales complejos.
Ayuda a reflexionar sobre qué debe hacer un buen profesional para serlo. Para cada
una de las profesiones, es significativo: clarificar los bienes y servicios que brindan a la
sociedad, sus beneficiarios directos e indirectos, los modos más apropiados de ofrecer
dichos bienes y servicios, la complejidad del trabajo profesional en las
diversas organizaciones públicas y privadas, la posibilidad de que se
produzcan conflictos éticos durante el ejercicio profesional, la problemática
de identidad profesional cuando los estudios no coinciden con las ofertas de empleo, la
existencia y vigencia de asociaciones, colegios profesionales y códigos y la oportunidad
de contribuir a través de la profesión al mejoramiento de la sociedad.
Estos conocimientos e información son de gran utilidad para los profesionales en
ejercicio y para los profesores y estudiantes universitarios. En este campo
de investigación, es relevante formular la pregunta acerca de los principios y valores
prioritarios que conforman la ética profesional en las distintas áreas de conocimiento
de las instituciones de educación superior. Especialmente importante es indagar si los
alumnos los conocen y comparten y cómo piensan que pueden utilizarse en la práctica
profesional. Complementariamente, saber si existen códigos éticos de la profesión y si
los estudiantes universitarios pueden identificarse con ellos.
La ética profesional es un tema privilegiado para promover la autoestima personal y
colectiva de los estudiantes universitarios y de los profesionales, la calidad profesional
y humana de lo que hacen y la estima social del servicio que prestan a la sociedad,
deben de estar conscientes del servicio que ofrecen a la sociedad y del valor que
representa.
Principios de la ética profesional
Para Augusto Hortal, cada ética profesional genera, en su propio ámbito una
clasificación de situaciones, asuntos, conflictos y modos de abordarlos y resolverlos,
que permiten analizar lo que está en juego en la toma de decisiones. Los nuevos casos
son juzgados, en primera instancia, con base en los elementos conocidos.
Los principios son imperativos de tipo general, que orientan acerca de lo que es bueno
hacer y lo que debe evitarse. Se distinguen de las normas por ser más genéricos,
señalan grandes temas y valores de referencia, que hay que tomar en cuenta a la hora
de decidir y de enfrentar casos problemáticos. Las normas aplican los principios a
situaciones más o menos concretas.[24]
Para este autor, los principios pueden ser el punto de partida o de llegada de una
actuación. "El razonamiento moral descendente" va de los principios generales a otros
más específicos, paulatinamente, hasta llegar a las decisiones singulares.
Para poder ser aplicados, deben ser revisados e interpretados con respecto al contexto
en que se producen y a las situaciones y casos que se busca resolver. El "razonamiento
moral ascendente" parte de las actuaciones y decisiones singulares en situaciones
concretas. De ahí se van generando criterios de actuación, hasta llegar al nivel más
general de los principios. Ambos procesos se combinan.
En la ética profesional están implícitos al menos tres principios:
1. Beneficio o Beneficencia: "La palabra beneficencia está compuesta de dos
vocablos de origen latino, bene y facere, que podrían traducirse como hacer el bien.
Hace referencia a la consecución de determinados bienes específicos de la práctica
profesional correspondiente".
Cada profesión se plantea y legitima frente a los demás la consecución de ciertos bienes
y servicios. Para ser buenos profesionales, los individuos deben conocerlos y buscar su
cumplimiento, tanto con respecto a los usuarios que reclaman un trabajo bien hecho,
como de la sociedad en su conjunto, que pretende resolver problemas prioritarios con
la contribución de los profesionales.[25] .
En este campo de investigación, lo primero que hay que plantearse es la finalidad de
cada profesión. Se puede partir de generar y responder preguntas básicas como son:
¿Qué bienes y/o servicios produce?, ¿para quién?, ¿de qué manera?. En
la evaluación de los profesionales, se consideran no sólo los directamente beneficiados
por su actividad, sino también los individuos y grupos que se relacionan con
las acciones desarrolladas.
La ideología del profesionalismo enfatiza el uso del conocimiento y habilidades
disciplinarias para el bien público. Aunque algunas disciplinas proporcionan
directamente un bien específico a personas, grupos e instituciones, los bienes y
servicios que se generan son siempre valorados con respecto a un bien común más
amplio. Los profesionales y sus asociaciones tienen la obligación de valorar lo que
hacen con esa perspectiva. Es evidente que para ello se
requiere competencia profesional, que se adquiere por una formación inicial y
continuamente actualizada de conocimientos y habilidades, de carácter teórico y
práctico, para saber qué hacer y cómo hacerlo.[26]
Augusto Hortal retoma de Alasdair MacIntyre la distinción entre bienes intrínsecos y
extrínsecos. Los primeros están ligados a la adecuada realización de la práctica
profesional y los segundos se refieren a las recompensas económicas, de poder y de
prestigio que se asocian a ella. Es evidente que los bienes intrínsecos son los
prioritarios y que se tergiversan las actividades profesionales cuando los esfuerzos
están dirigidos únicamente al logro de beneficios personales.[27]
Friedson, considera que existe una larga tradición de estudiosos que defienden que los
profesionales buscan el bien del cliente, del público o del desarrollo de su profesión,
por encima de su propio interés económico. No puede haber una justificación ética
para los profesionales que sólo buscan el beneficio personal, por sobre la obligación de
hacer un buen trabajo para el que lo necesite. El fortalecimiento de la legitimidad del
profesionalismo requiere un claro reconocimiento de las implicaciones éticas del
privilegio profesional y una fuerte resistencia a los acuerdos institucionales que
enfatizan exclusivamente los incentivos económicos.[28]
Detrás del secreto profesional se oculta, muchas veces, la apropiación y
el monopolio sobre una parcela del conocimiento, que de ser manejada bajo principios
éticos, ayudaría a resolver importantes problemas sociales. Ejemplos de lo planteado
hay muchos a nivel mundial. Uno de ellos, señalado por el Dr. Daniel Ramón Vidal,
catedrático de Tecnología de Alimentos de la Universidad de Valencia, consiste en la
dificultad que hay de generar y distribuir alimentos básicos, desarrollados
transgénicamente, a poblaciones y países que lo requieren con urgencia, debido a las
patentes de las grandes compañías transnacionales. Lo mismo sucede con
la producción de medicamentos que pueden combatir enfermedades contagiosas y
pandémicas.[29]
Aunque el principio de beneficio o beneficencia se plantea en general para todas las
profesiones, es importante reflexionar en las diferencias que se producen entre ellas.
Así, para cierto tipo de ciencias, como las exactas y naturales, podremos encontrar más
fácilmente la reflexión sobre la ética profesional en la ética de la ciencia y de la
investigación científica, mientras que en otro tipo de disciplinas, como las sociales y
humanísticas y principalmente en aquellas que tienen una eminente labor asistencial,
la relación directa con los beneficiarios de la actividad profesional ocupa un lugar
predominante. Esto no exime, por supuesto, a ninguna profesión de la evaluación de
las consecuencias que se producen por la toma de decisiones y el uso que se hace de sus
resultados.
2. Autonomía: "La palabra autonomía procede del griego: autos (sí mismo) y nomos
(ley) y hace referencia a la capacidad que tiene cada cual de darse a sí mismo sus
propias normas, procurando construir la propia vida a partir de ellas".[30]
En este segundo principio hay dos acepciones. Una de ellas se centra en el profesional,
que requiere independencia y libertad para poder realizar adecuada y éticamente su
trabajo y lo otra se centra en el beneficiario, que posee derechos que deben ser
respetados. Ambas posturas se plantean a continuación:
a) Autonomía del profesional: Se basa en el valor de la libertad, se refiere a la
capacidad personal de tomar decisiones en el ejercicio de la profesión. Por este
principio, se condena la presión extraprofesional, tanto de individuos, como de
instituciones públicas y privadas en la toma de decisiones relevantes, que puede orillar
a que se dejen de lado los comportamientos éticos.[31]
Lo más importante de la ideología profesional es que está vinculada a valores
trascendentes que le dan sentido y justifican su independencia. Los profesionales
reclaman el derecho de evaluar las peticiones de empleadores o patrones y
las leyes del Estado. Su revisión está basada en razones profesionales, que llevan a la
convicción de que se está tergiversando el valor o propósito fundamental de una
profesión. Los profesionales tienen que ser capaces de equilibrar el bien público con las
necesidades más inmediatas de los clientes y empleadores.
b) Autonomía del beneficiario: En el segundo que es la propuesta de Augusto
Hortal y del grupo que trabaja este tema de manera sistemática en los Centros
Universitarios de la Compañía de Jesús en España, el principio de autonomía busca
corregir la falta de simetría entre quien ofrece el servicio y el beneficiario de la
actividad.
El profesional por su preparación acreditación y dedicación tiene un ascendente sobre
sus clientes y usuarios. La desigualdad entre ambas partes puede producir abusos. Para
evitarlos, es necesario que esté siempre en funcionamiento el principio de autonomía.
Consiste en considerar que el receptor de los servicios (individual y colectivo) no es
ente pasivo, sino un sujeto protagonista. De ahí se deriva la obligación de garantizar a
todos los individuos involucrados, el derecho de ser informados, de que se respeten sus
derechos y de consentir antes de que se tomen decisiones con respecto a ellos;
protegiendo de manera especial a los que no pueden decidir por sí mismos. "El usuario
tiene el derecho y la obligación de colaborar en la resolución de sus problemas".[32]
Cuando se respeta este principio, se establece una relación de carácter profesional, en
la que se desarrollan ciertos acuerdos y estrategias conjuntas entre los profesionales y
sus beneficiarios. En el caso de la universidad, por ejemplo, es necesario reconocer que
los estudiantes pueden ejercer por sí mismos su autonomía, en plenitud de derechos,
capacidades y responsabilidades.
Para Francisco Bermejo, existen ciertos requisitos para que pueda darse una decisión
autónoma. Son de dos tipos, los de carácter social y cultural, que implican que el
contexto debe contar con condiciones propias para ello y los de carácter personal, es
decir, que los clientes y usuarios actúen con iniciativa y capacidad. Sintetiza los
requisitos en "querer", "saber" y "poder". En el primero, los clientes y usuarios deben
contar con motivación para demandar al profesional el tipo de bienes y servicios que
requieren. En el segundo, requieren de información, que incluye conocer otras
opciones disponibles y las consecuencias que acarrea cada una de ellas. El tercero
implica que sí se quiere algo y se sabe cómo realizarlo, es necesario poder llevarlo a
cabo. En todo proceso de decisión, el papel del profesional es apoyar, mediante
sus recursos profesionales, la competencia e información de sus clientes y usuarios.
[33]
c) Justicia: La ética profesional queda incompleta si no se enmarca en la perspectiva
de una ética social, que permita entender en qué contribuye o puede contribuir el
trabajo de cada profesión a mejorar la sociedad. Los profesionales son las personas y
grupos más competentes y mejor ubicados socialmente para promover
una distribución más racional y justa de los recursos, que son siempre escasos y que se
requieren para conseguir múltiples y variados fines. Las preguntas básicas son: ¿Qué
es lo justo? y ¿Qué es prioritario cuando no hay recursos para satisfacer las demandas
de todos?.
Para Hortal, este principio tiene que ver con: El sentido social de profesión. El
colectivo profesional se hace responsable ante la sociedad de los bienes y servicios que
busca promover. Se traduce en un compromiso a favor del bien público y con los
problemas sociales que se refieren a temas del propio ámbito profesional. Los
colectivos profesionales deben estar vinculados con las necesidades sociales.[34]
El desempeño profesional en espacios públicos y privados, tiene que ver con el asunto
de quién puede o no puede pagar por el servicio profesional que se requiere. Un buen
profesional tiene, o debería tener, siempre presente el contexto social de referencia y
las obligaciones de justicia. La ética profesional permite reflexionar sobre si
la función social que desempeña una profesión es la misma que la sociedad necesita de
ella. Con el principio de justicia se hace presentes tres protagonistas: los usuarios que
reclaman determinados bienes y servicios, el profesional que requiere de medios para
ofrecerlos y los responsables públicos, que representan al conjunto de la sociedad y
buscan conseguir un cierto equilibrio entre las necesidades, exigencias y expectativas
de todos. Es importante que los clientes y usuarios sean conscientes de que también
dependen de la capacidad de las instituciones de responder a sus demandas y de su
propia adaptabilidad a lo que éstas pueden proporcionar.[35]
Otros principios
Podríamos considerar los tres principios mencionado como los básicos. Hay autores
que toman en consideración otros principios (Corey, Corey y Callanan (Pérez, Franca-
Tarragó, Mertzman y Madsen), como son:
Evitar el daño. Consiste en no actuar de manera que se ponga en riesgo o se lastime
a las personas. Equivale, en términos de los principios clásicos generados por
la bioética, al principio de no maleficencia. El evitar el daño a los hombres y a
la naturaleza, se vuelve muy importante, especialmente, en el caso de las ciencias y la
tecnología, que cuando se utilizan inadecuadamente tienen un enorme potencial
destructivo. Para la inmensa mayoría de las personas, la ética de las ciencias se centra
en la preocupación por los peligros del uso de la ciencia y la tecnología y por
los límites que conviene establecer.
Fidelidad. El profesional hace promesas justas y cumple con sus acuerdos a aquellas
a quienes presta el servicio. Es un derecho del cliente o usuario elegir al profesional y
es un derecho de éste último, aceptar o no la relación. Pero cuando ambas partes
deciden iniciarla, se entabla un acuerdo sobre la base de las expectativas previamente
conocidas o formuladas. Los códigos conceden que hay una promesa explícita de
cumplir el acuerdo.
Veracidad. Cuando se entabla la relación: profesional-beneficiario, se establece un
acuerdo implícito de que la comunicación se basará en la verdad.
onfidencialidad. Es el derecho que tiene cada persona de controlar la información
referente a sí misma, cuando la comunica bajo la promesa-explícita o implícita- de que
será mantenida en secreto. Se refiere a un criterio general de conducta que obliga al
profesional a no discutir información acerca de los beneficiarios con otros. Obliga a
guardar los secretos que uno conoce en razón del ejercicio profesional y a respetar la
intimidad de las personas implicadas. En la práctica hay situaciones en que el
profesional puede verse obligado a revelar, sin el consentimiento del cliente o usuario,
alguno de los detalles recibidos confidencialmente.[36]
Estos casos buscan: beneficiar de algún modo al cliente o protegerlo de algún mal que
pudiera ocasionarse a sí mismo, proteger a terceros de algún perjuicio que pudiera ser
ocasionado por parte del cliente, poner en común ciertos datos con otros colegas y
profesionales y respetar la orden de alguna autoridad administrativa o judicial. El
problema ético, en éstos casos, radica en decidir acerca de la necesidad de contravenir
el principio de confidencialidad. De todos modos, el usuario tiene derecho a que se le
comunique, desde el inicio de la relación profesional, el tratamiento que se va a dar a la
información, la obligatoriedad de la confidencialidad en general y las excepciones que
pueden generarse.
Todos los códigos deontológico señalan la obligación que tienen los profesionales de
mantener en secreto la información que han recibido con carácter confidencial. Si los
beneficiarios no tienen esta seguridad no pueden expresarse con libertad, el
profesional al garantizar la relación confidencial, manifiesta respeto por sus clientes y
usuarios y por su libertad para tomar decisiones, incluyendo aquella de si quiere o no
manifestar información públicamente.
Honestidad. Aunque este principio/valor se menciona escasamente, es importante
para el correcto ejercicio profesional.
Juan Manuel Cobo, propone unos principios éticos válidos para todas las profesiones.
Unos provienen de la ética general, como son: dignidad, libertad, igualdad y derechos
humanos, de los directamente beneficiados por el ejercicio profesional y de los
indirectamente relacionados. Otros son propios de la ética profesional: beneficencia,
autonomía, justicia, confidencialidad y responsabilidad profesional.[37]
Como puede verse, el tema de los principios de la ética profesional, es un asunto
ineludible en la investigación de éste campo, son un punto de referencia con los cuales
contrastar el comportamiento real de los profesionales en sus lugares de trabajo y un
elemento básico en la formación de los profesores y estudiantes universitarios.
Investigaciones sobre ética profesional en República
Dominicana
La construcción del estado de conocimiento sobre valores universitarios y
profesionales en República Dominicana ha tenido recientemente tres fases. La primera
es la coordinación del libro colectivo Educación y Valores, en tres volúmenes. En el
segundo se compilaron diversas investigaciones sobre los valores universitarios y
profesionales.
En un segundo momento, el Consejo Mexicano de investigación Educativa (COMIE),
organizó en República Dominicana, por segunda ocasión, la elaboración de estados de
conocimiento sobre una enorme gama de temas educativos. Tenían por objeto localizar
y analizar las investigaciones realizadas en el país de 1990 a 2002. El trabajo se realizó
en comisiones, que desarrollaron su labor entre 2001 y 2002. En el 2003 se publicó en
forma de libros.
Uno de los grupos conformó la Comisión: Educación, Valores y Derechos Humanos,
que subdividió el campo en estudio en: formación valoral en educación básica,
formación ciudadana, aspectos filosóficos y teóricos, educación y valores de los
mexicanos, derechos humanos y valores universitarios y profesionales.
Específicamente, en el equipo sobre Valores Universitarios y Profesionales, de la
Comisión se localizaron y analizaron 53 reportes de investigación. Se clasificaron en
ocho rubros: valores universitarios, valores profesionales, ética profesional, valores de
los estudiantes universitarios, valores de los profesores universitarios, valores
psicológicos de los estudiantes universitarios y valores en el postgrado. En ética
profesional se localizaron pocas investigaciones, pero algunas de ellas son muy
relevantes y han tenido repercusión en instituciones educativas de República
Dominicana.
La tercera fase consiste en una actividad a largo plazo. La construcción del estado de
conocimiento es una tarea permanente, por lo que se siguen recuperando informes de
investigación.[38]
Dimensiones del ejercicio profesional
La competencia en un profesionista como en todo ser humano no puede limitarse a la
parte intelectual; es necesario que la inteligencia incorpore los valores, la virtud, la
voluntad profesional hacia el bien. La ciencia y la técnica solamente son capaces de
garantizar el bien si tienen incorporadas los sustentos valorales.
La importancia de la ética en el mundo profesional es imprescindible; si la vida
profesional estuviera impregnada siempre de valores éticos, avanzaríamos hacia una
sociedad más humana y más justa. Hay dos deseos superiores en todos los seres
humanos y éstos son: el de conocer y el de amar. La doctrina filosófica así lo confirma,
desde la primera frase de la metafísica de Aristóteles: Pantes anthropoi tuo
eidenai oregontai fusei,todos los hombres desean por naturaleza conocer, éste es
un deseo irrestricto, no sujeto a ninguna limitación.
Platón, en su teoría de la dialéctica del eros, afirmó que estamos poderosamente
atraídos hacia el bien, agathon, que trasciende al mundo. Ambos deseos supremos de
conocer y amar, sin confundirse pero integrados, están estrechamente vinculados al
ejercicio profesional, relacionado con la ciencia, la responsabilidad profesional, y el
respeto a las personas a las que se sirve en la profesión.
Griseiz Germain y Shaw Russell citado por el maestro Pérez Valera, proponen ocho
aspectos de la responsabilidad ética:
- No debemos dejarnos llevar por la indolencia o la inercia de no actuar ante el bien
que razonablemente debe hacerse. "El no hacer nada" puede ser una grave
irresponsabilidad, y a veces, de las omisiones culposas o dolosas se pueden seguir
graves daños.
- En el combate al mal o en la promoción del bien no conviene proceder de modo
individualista, cuando se capta que produciría mejores resultados el buscar
cooperación o actuar de manera asociada. Muchas frustraciones en el área
deontológica, como el combate en la corrupción, sólo podrían evitarse si se actúa como
grupo o cuerpo social.
- No es razonable actuar guiados únicamente por satisfacciones superficiales,
sentimientos negativos o motivos no racionales. Es necesario estar atentos para actuar
con disciplina y autocontrol ante arrebatos irreflexivos o impulsivos.
- No debemos claudicar ante el deber por dejarnos dominar por sentimientos
negativos, con cierta repugnancia, o por dejarnos intimidar, por temor a la crítica o por
medio a posibles represalias. El actuar ético exige, frecuentemente, valor y fortaleza
que superen la debilidad y la cobardía.
- No debemos proceder haciendo excepción de personas, movidos por antipatías,
prejuicios, fanatismos, sesgos afectivos o sobornos. El comportamiento ético implica
neutralidad y rectitud para no caer en parcialidad, discriminaciones egoístas
o corrupción.
- Conviene estar muy atentos a no preferir el bien aparente al bien real o tan sólo evitar
el mal aparente y no el mal real. Sabiduría práctica o prudencia debe conducir a evitar
la superficialidad, la frivolidad y el autoengaño.
- Es imperativo estar alertas para no movernos por la hostilidad para destruir, dañar o
impedir hacer el bien. El espíritu de tolerancia, de prudencia y de perdón debe
atemperar los sentimientos de resentimiento, rencor o venganza.
- Nunca debemos hacer un mal para que se pueda seguir un bien; el fin no justifica los
medios. Nuestro compromiso es hacer el bien superando el pragmatismo y el
oportunismo.[39]
Con motivo de una profesión, la rectitud de la conducta obliga a una actitud de respeto
hacia todo lo positivo, determinado por nuestros semejantes o desde una perspectiva
personal. En el caso de la profesión jurídica que nos interesa en este apartado, la ética
se centra en las reglas de conductas morales que han de acatarse con motivo del
ejercicio profesional del derecho. Trata sobre las normas de conducta que rigen el
comportamiento del abogado, en su relación con el cliente, sus deberes para con los
tribunales y demás autoridades, su relación con la contraparte y naturalmente su
responsabilidad para con la sociedad.
I. DEBERES DE LA ÉTICA PROFESIONAL FRENTE A CLIENTES
El abogado requiere observar un comportamiento en el ejercicio de su profesión, frente
a los sujetos a los que habrá de prestarles sus servicios intelectuales. En ese sentido,
"El abogado en el ejercicio de su profesión debe obrar con pericia y veracidad, con
honradez y fidelidad, con celo y diligencia, aun en las más justas defensas, no debe usar
de medios irregulares y reprobables, como son, por ejemplo, aconsejar o sugerir a sus
clientes que usen de falsos instrumentos, que sobornen testigos, que se perjudiquen en
la absolución de posiciones, que promuevan artículos impertinentes o maliciosos, o
hagan otras cosas semejantes".
Por lo que es importante mencionar algunos de los deberes morales de los abogados
frente a sus clientes a saber:
a) El abogado faltaría a un claro deber de ética profesional si aceptara hacerse cargo de
un asunto para el que no posee la pericia indispensable que ha menester para ser
llevado a buen éxito. Por tanto, el que se prepara para la abogacía debe tomar nota de
la importancia de una buena preparación que lo habrá de capacitar para ejercer su
profesión sin este tipo de cortapisas basadas en una impericia parcial.
b) El abogado tiene el deber moral, de ética profesional, de actuar siempre con la
verdad. La veracidad es un requisito sine qua non para todo profesionista digno. El
engaño al cliente equivale a una traición a éste y al propio abogado. Por supuesto, que
la base de este deber está en la actuación rectilínea del abogado en su actividad
profesional. El cliente deberá está siempre informado de su asunto, con estricto apego
a la realidad, sin vicios de falta de información, ni de información alterada.
c) El abogado ha de ser el más honesto de los profesionistas. Su intervención en
asuntos cuantiosos y el manejo de sumas diversas, ajenas, exigen que su probidad sea
más desarrollada para nunca incurrir en una indebida interferencia patrimonial. Para
que nunca se dude de su honradez es menester que sea muy ordenado en el manejo de
fondos ajenos y deberá extremar sus precauciones para que nunca se ponga en tela de
juicio su más elevada honestidad.
d) El cliente le ha depositado su confianza, le ha proporcionado datos que lo pueden
colocar en una situación de desventaja. Esa confianza depositada debe ser
ilimitadamente correspondida con una lealtad, con una fidelidad a toda prueba. El
abogado está al servicio de su cliente con toda su capacidad, con toda su pericia, con
toda su dedicación, con toda su dedicación, con toda su responsabilidad, con todo su
cuidado y de esa manera responde a la confianza del cliente que le ha encomendado su
libertad, su patrimonio, su honra, su tranquilidad, sus intereses.
e) El abogado ha de ser un profesionista excesivamente diligente para el avance
del procedimiento a su cargo, para que no se produzca el más mínimo daño como
consecuencia de un descuido imperdonable. El esmero, el cuidado, el celo en su
actuación son imprescindibles. Los negocios ajenos se cuidan igual o más que los
propios. Ésta última es afirmación que puede ser adoptada como norma ética de
conducta en el ejercicio profesional jurídico.
f) Varios caminos pueden conducir al arreglo del asunto del cliente. El abogado está
obligado a elegir el que representa menos riesgos para el patrocinado, el menos
gravoso económicamente, el que ofrezca más responsabilidad de éxito y, por supuesto,
el más ventajoso para su cliente. Además nunca deberá utilizar medio ilícitos o
antiéticos.
g) El abogado deberá abstenerse de aconsejar la invocación de hechos falsos, la
presentación de documentos apócrifos o testigos prefabricados. Jamás deberá poner en
peligro la libertad de su cliente.
h) El abogado debe ser un individuo discreto que se reserve para sí toda la información
procedente del cliente.
i) Es aconsejable que siempre extienda el abogado recibos de documentos que le sean
entregados por el cliente y, a su vez, exija recibo en caso de devolución de documentos
al cliente. Lo mismo se recomienda respecto de cantidades de dinero entregadas al
abogado o que el abogado entregue al cliente.
j) En las cuestiones de trascendencia es pertinente que el abogado tenga constancia
escrita de las informaciones que el cliente le ha proporcionado, así como de las
instrucciones que suele darle al cliente.
k) El abogado ha de abstenerse de realizar gestiones oficiosas que no han sido
autorizadas por el cliente o que no son totalmente imprescindibles en ausencia de éste.
l) Es de gran importancia destacar que el abogado debe redoblar sus esfuerzos hacia un
arreglo amistoso o extrajudicial de todo negocio que se le plantee. A mayoría de razón
no deberá provocar la iniciación o comunicación de litigios si existen posibilidades de
transacción.
m) Todo juicio implica un riesgo y dado que los resultados siempre lleven un matiz de
incertidumbre, el abogado deberá de omitir asegurar resultados favorables. Por el
contrario, deberá advertir de la existencia de imponderables y de la discutibilidad
propia de todo lo jurídico.
n) El abogado debe ser poseedor de un alto, quizá hasta excesivo, sentido de
responsabilidad. Deberá tomar las precauciones necesarias tendientes a eliminar el
error, tan característico de la falibilidad humana. Su pericia y dedicación serán los
guardianes de su alto sentido de responsabilidad.
ñ) En opinión del autor, se inclina porque no haya demasiado rigorismo en las
actividades del abogado orientadas a la formación de una clientela, sobre todo si se
trata del abogado joven recién egresado, del abogado que ha tenido necesidad de volver
al campo del servicio profesional activo o del abogado que se ve acuciado por la
existencia de necesidades familiares que ha de atender. La norma a este respecto debe
ser en el sentido de que no se macule la dignidad profesional.
o) El título profesional del abogado puede convertirse en un escollo para el desempeño
de actividades propias de sujetos carentes de preparación universitaria. No obstante, si
la extrema necesidad ha arrojado a esa situación a un profesional de la abogacía, esto
no puede considerarse contrario a la ética profesional y sí lo sería no tenderle la mano
para ayudarle a superar esa situación. Sería también contrario a la ética profesional
formularle algún reproche por tal situación en que la vida le ha colocado.
p) Somos de la opinión de que no es contrario a la ética profesional que un abogado sea
empleado, o administrador, o dependiente económico de un cliente al que le patrocina
juicios diversos, siempre y cuando mantenga el respeto debido a su investidura de
profesional del Derecho.
q) Desde el punto de vista de la ética profesional, el patrocinio del cliente por el
abogado está sujeto a una mantenida relación de confianza recíproca. Si sobreviniere
un deterioro en las relaciones abogado-cliente que les hiciera perder la adecuada
armonía, debe concluir la intervención del abogado y ceder el puesto a un colega
elegido por el cliente.
r) Siendo que el abogado goza de absoluta libertad, no es contrario a la ética
profesional que el abogado pueda retirarse de un negocio cuando así lo estime
conveniente, sin más limitación que permitir al cliente que designe quien lo sustituya.
s) También dentro del margen de libertad que le corresponde al abogado, éste puede
seleccionar los asuntos que le interesa llevar de aquellos que le lleve al cliente, sin estar
obligado a llevar a todos.
t) Estimamos que no es contrario a la ética profesional que el abogado no realice
personalmente gestiones en el asunto que le han encomendado, si éstas las realiza otro
profesionista bajo la dirección del abogado o si las gestiones las desempeña otra
persona bajo el consentimiento del cliente.
u) Es exigencia de la ética profesional, en concepto nuestro, que el abogado sea
mesurado en lo que atañe a la cuantificación de sus honorarios.
v) Los deberes que emergen de la ética profesional, está comprendido el de
proporcionar, en la medida de las posibilidades del abogado, servicio profesional
gratuito.
w) Delicada es la misión del abogado, si partimos del supuesto que su alta investidura
profesional le exige conciliar su vida profesional con un decoro simultáneo en su vida
privada. En cuanto a ello, el abogado debe exigirse a sí mismo evitar cualquier aspecto
negativo que pudiera macularlo ante la sociedad a la que pertenece. La confiabilidad
que deposita el cliente en el abogado, exige que el abogado sea digno de esa confianza y
la imagen del abogado no debe quedar deteriorada ante el cliente. El respeto que el
abogado le merece al cliente está influido por la conducta aceptable o por el
comportamiento objetable del profesionista.[40]
J. RÉGIMEN JURÍDICO DEL EJERCICIO PROFESIONAL
1. BASES CONSTITUCIONALES: La Constitución Política de los Estados
Unidos Mexicanos es el fundamento de validez de la normatividad ordinaria federal y
estatal en el Derecho mexicano. Una característica de la organización política mexicana
es el de estar constituida en una federación, y la norma suprema que establece la
distribución de facultades entre la federación y las entidades federativas es el artículo
124 constitucional; aquí se estipula para la federación una competencia con facultades
expresas dejando para las entidades federativas facultadas reservadas en forma
implícita; en otras palabras, las facultades que no están expresamente concedidas por
la norma constitucional a las autoridades federales se entienden reservadas a las
autoridades estatales. Por otra parte, en materia de facultades legislativas la
constitución federal establece en su artículo 73 las facultades del Congreso de la Unión
y en su fracción XXV se delimita que éste podrá legislar en toda la república con el
objeto de establecer, organizar y sostener escuelas rurales, elementales, superiores,
secundarias y profesionales.
Por lo tanto, las facultades relativas a la reglamentación profesional no son exclusivas
de las entidades federativas sino que concurren con las de la federación. Esta
concurrencia está expresamente reconocida en el artículo 25, fracción I de la Ley
Federal de Educación. De acuerdo a las directrices que se desprenden de los
artículos124 y 73 constitucionales antes referidas, las entidades federativas están
facultadas para legislar en todo lo relativo al ejercicio profesional en el ámbito de su
jurisdicción.
En República Dominicana encontramos una Ley de Profesiones en cada una de las
entidades federativas, además de una Ley de Reglamentaria del artículo 5º
constitucional relativo a las profesiones, que puede ser aplicable en materia federal
para toda la república. Desde un punto de vista práctico el profesionista que requiera
ejercer su profesión en una entidad federativa, deberá apegarse a la ley de profesiones
de esa entidad federativa, esto independientemente de que si va a ejercer la profesión,
también en materia federal en esa entidad federativa, deberá apegarse a la ley de
profesiones para el Distrito Federal aplicable en toda la República en materia federal.
Si un profesional ejerce su profesión en un estado, en una materia que sea de
competencia federal, por ejemplo, en el caso del abogado en materia mercantil, laboral,
procesal federal fiscal federal o amparo, deberá satisfacer los requisitos que establezca
la legislación federal. Pero si en el mismo estado se ejerce la profesión en materia que
sea de competencia local, como derecho civil o penal, el mismo abogado requerirá
satisfacer los requisitos que establezca la legislación del estado correspondiente.[41]
Otro sustento constitucional del ejercicio profesional se encuentra en el artículo 121 de
nuestra carta magna que establece las bases jurídicas relativas a los conflictos
interprovinciales en República Dominicana; la regla especial para el ejercicio
profesional es la prevista en la fracción V de este dispositivo, en el párrafo de este
artículo se establece textualmente: "En cada Estado de la Federación se dará entera fe
y crédito a los actos públicos, registros y procedimientos judiciales de todos los otros.
El Congreso de la Unión, por medio de leyes generales, prescribirá la manera de probar
dichos actos, registros y procedimientos, y el efecto de ellos, sujetándose a las bases
siguientes:…V. Los títulos profesionales expedidos por las autoridades de un Estado,
con sujeción a sus leyes, serán respetados en los otros".
El otorgamiento de una autorización para ejercer una profesión es un acto público,
donde se debe tener en cuenta que existen registros en donde se asientan y se lleva
el control de cada autorización que se otorga. Conforme al primer párrafo de este
artículo 121 que comentamos, tal acto público y tal registro tienen plena fe y crédito en
las entidades federativas a aquella en que se otorgó y registró la autorización
respectiva.
En la normatividad que rige el ejercicio profesional, son actos distintos expedir un
título, autorizar el ejercicio de una profesión en la que está titulado y registrar el título;
para ello debemos tener presente y relacionar la fracción V del artículo 121 que estamos
analizando, el cual reconoce los efectos de un título profesional expedido por
autoridades de un estado, respecto de los demás estados; título profesional que será
respetado plenamente en todos ellos y no sólo en el que se expidió.
El ejercicio profesional es una garantía de libertad concreta, dentro de la libertad
genérica de trabajo, así lo confirma el artículo 5º constitucional, que a la letra dice: "A
ninguna persona podrá impedirse que se dedique a la profesión, industria, comercio o
trabajo que le acomode, siendo lícitos". El ejercicio de esta libertad sólo podrá vedarse
por determinación judicial, cuando se ataquen los derechos de tercero, o por
resolución gubernativa, dictada en los términos que marque la ley, cuando se ofendan
los derechos de la sociedad. Nadie puede ser privado del producto de su trabajo, sino
por resolución judicial.
La ley determinará en cada Estado, cuáles son las profesiones que necesitan título para
su ejercicio, las condiciones que deban llenarse para obtenerlo y las autoridades que
han de expedirlo".
Los dos primeros párrafos del artículo 5º constitucional hacen referencia específica y
concreta al ejercicio profesional. Se le reconoce al gobernado el derecho de dedicarse a
la profesión que le acomode, sin más limitación que la licitud de su profesión. Esto
significa que si la normatividad prohíbe el ejercicio profesional o lo condiciona a
requisitos no reunidos, no podrá una persona dedicarse a esa profesión; ésta es una
limitación de carácter legal.
Otras limitaciones al ejercicio profesional están comprendidas en la segunda parte del
primer párrafo, donde se establece la posibilidad de vedar el ejercicio profesional
cuando se ataquen los derechos de tercero, o por resolución gubernativa, dictada
conforme a la ley, cuando se ofendan los derechos de la sociedad. La sistematización
del primer párrafo del artículo 5º constitucional nos permite distinguir tres clases de
posibles limitaciones a la libertad de ejercicio profesional:
Limitación establecida en la ley general.
Limitación establecida en determinación judicial cuando se ataquen los
derechos de tercero.
Limitación fijada por resolución gubernativa cuando se ofendan los derechos de
la sociedad. En esta última hipótesis es preciso que la resolución gubernativa haya
sido dictada en los términos que establezca la ley. Esto significa que si no hay
disposición legal que sustente la resolución gubernativa, no podrá establecerse esta
tercera clase de limitación.
El segundo párrafo del artículo 5º constitucional, expresamente, les confiere
competencia a las entidades federativas para determinar:
- Cuáles profesiones requieren título para su ejercicio.
- Cuáles son las condiciones que han de llenarse para la obtención de título.
- Cuáles son las autoridades que han de expedir el título.
Con la revisión de los dispositivos constitucionales que se ha expuesto, se ha intentado
delimitar el marco de normas jurídicas de mayor jerarquía que rigen el ejercicio
profesional en República Dominicana.[42]
2. CAPACIDAD JURÍDICA PARA EJERCER UNA PROFESIÓN
El Código Civil para el Distrito Federal en el artículo 22, nos dice que la capacidad de
goce no es suficiente para el ejercicio de una profesión, ya que el menor de edad
requiere quien lo represente en la forma prevista por el artículo 23 del Código Civil.
El texto del artículo 22 del Código Civil para el Distrito Federal, aplicable en toda la
república en materia federal, establece: "La capacidad jurídica de las personas físicas
se adquiere por el nacimiento y se pierde por la muerte; pero desde el momento en que
un individuo es concebido, entra bajo la protección de la ley y se le tiene por nacido
para los efectos declarados en el presente código".
El artículo 23 del mismo ordenamiento dispone expresamente: "la minoría de edad, el
estado de interdicción y las demás incapacidades establecidas por la ley, son
restricciones a la personalidad jurídica que no deben menoscabar la dignidad de la
persona ni atentar contra la integridad de la familia; pero los incapaces pueden
ejercitar sus derechos o contraer obligaciones por medio de sus representantes".[43]
Del precepto transcrito en segundo lugar, aparece que la incapacidad por minoría de
edad, por interdicción y por otras incapacidades legales, exige la representación. El
ejercicio de la profesión de abogado es actividad personalísima, por tanto un menor de
edad o un individuo sujeto a la interdicción, desde el punto de vista de los preceptos
analizados, carece de la facultad legal necesaria para ejercer la profesión. No es
necesaria disposición expresa que establezca como requisito en las profesiones la
mayoría de edad.
Acerca de la aptitud legal de mayor edad, dispone el artículo 24 del Código Civil: "El
mayor de edad tiene la facultad de disponer libremente de su persona y de sus bienes,
salvo las limitaciones que establece la ley." Por otra parte, complementariamente el
artículo 646 del Código Civil para el Distrito Federal fija como límite mínimo para la
mayoría de edad la de dieciocho años cumplidos.
El artículo 647 de la misma legislación consultada, reitera que el mayor de edad
dispone libremente de su persona y de sus bienes. Si el profesional no fuera mayor de
edad, no podría desempeñar su profesión. El artículo 450 del Código Civil para el
Distrito Federal determina la incapacidad como se indica a continuación:
Tienen incapacidad natural y legal:
I. Los menores de edad; y
II. Los mayores de edad disminuidos o perturbados en su inteligencia , aunque tengan
intervalos lúcidos; y aquellos que padezcan alguna afección originada por enfermedad
o deficiencia persistente de carácter físico, psicológico o sensorial o por la adicción a
sustancias tóxicas como el alcohol, los psicotrópicos o los estupefacientes; siempre que
debido a la limitación, o la alteración de la inteligencia que esto les provoque no
pueden gobernarse y obligarse por sí mismos o manifestar su voluntad por algún
medio.
III. (Derogada).
IV. (Derogada).
Un profesional que estuviese en alguna de las situaciones de afecciones mentales
prevista por la fracción II aludida, no podría ejercer la actividad profesional que se
requiere plena capacidad de ejercicio. El profesional debe ser sujeto con plena
capacidad como individuo sui juris.
La fracción II del citado artículo 450 contiene los casos de interdicción que
requieren tutela. Por tanto, el profesionista no podría ejercer la profesión si se hallase
en estado de interdicción. La interdicción, por razón obviamente deducida, es un
obstáculo para el ejercicio de la profesión. Si hubiera duda alguna, se desvanecería con
la simple lectura del artículo 635 del Código Civil que establece: "Son nulos todos los
actos de administración ejecutados y los contratos celebrados por los incapacitados sin
la autorización del tutor, salvo lo dispuesto en la fracción IV del artículo 537."
3. LEGISLACIÓN REGLAMENTARIA
La ley reglamentaria del artículo 5º constitucional relativo al ejercicio de las
profesiones en el Distrito federal rige para esta materia en asuntos de orden común en
esta entidad, y en toda la república en asuntos del orden federal.
Esta ley reglamentaria fue publicada en el Diario Oficial de la Federación el 26 de mayo
de 1945. A la fecha se han realizado dos reformas, una en 1974 y otra en 1993.
Naturalmente, que dado el avance de la ciencia, la tecnología y el desarrollo de la
educación superior en República Dominicana, así como los fenómenos de
internacionalización, esta ley ha quedado rebasada.
Recordemos que si un profesionista pretende realizar actividades de su profesión en el
Distrito Federal, no bastará con tener autorización para ejercer en un determinado
estado de la república, necesitará además su cédula federal. Si por el contrario, un
profesionista con cédula profesional federal pretende ejercer la actividad en una
entidad federativa, no le servirá su cédula federal sino que requerirá de la autorización
estatal.
4. LEY DE PROFESIONES PARA EL DISTRITO FEDERAL
Disposiciones Generales
El artículo 1º de la ley en estudio, determina qué instituciones pueden expedir título
profesional.
- Instituciones de Estado
- Instituciones descentralizadas
- Instituciones particulares que tengan reconocimiento de validez oficial de estudios.
El título profesional es el documento expedido por alguna de las instituciones antes
indicada a favor de la persona que haya concluido los estudios correspondientes o
demostrado tener los conocimientos necesarios de conformidad con esta ley y otras
disposiciones aplicables.
Conforme al artículo segundo transitorio del decreto publicado en el Diario Oficial de 2
de enero de 1974, se determina qué profesiones requieren título para su ejercicio.
Como consecuencia de este dispositivo, un requisito legal para ejercerlas profesiones
que este precepto establece, es poseer título correspondiente. El artículo 2º de la ley
de análisis establece que las leyes "determinarán cuáles son las actividades que
necesitan título y cédula para su ejercicio". Pero por su parte el citado artículo segundo
transitorio, determina qué profesiones requieren título para su ejercicio sin indicar que
requieran cédula.
La posible omisión del artículo 2º transitorio está superada por el artículo 3º del
mismo ordenamiento que establece textualmente: "Toda persona a la que legalmente
se le haya expedido título profesional o grado académico equivalente, podrá obtener
cédula de ejercicio con efectos de patente, previo registro de dicho título o grado."
Este precepto viene a ampliar considerablemente los conceptos. Efectivamente, ya no
menciona en forma exclusiva los títulos sino que ya comprende los grados académicos,
con el único requisito de la equivalencia. Por otra parte, el acto de obtención de título o
grado académico, le adiciona otros actos, como son la obtención de la cédula y el
registro del título o del grado. Además de establecer los efectos de la cédula, los
equipara a los de patente.
No bastan el título, el registro y la cédula con efectos de patente si se trata de ejercer
una especialidad dentro de una profesión. A este respecto establece el artículo 5º de la
ley que nos ocupa: "Para el ejercicio de una o varias especialidades se requiere
autorización de la Dirección General de Profesiones, debiendo comprobarse
previamente: 1.- Haber obtenido título relativo a una profesión en los términos de esta
ley; 2.- Comprobar, en forma idónea, haber realizado estudios especiales de
perfeccionamiento técnico científico en la ciencia o ramas de la ciencia de que se trate".
Hay necesidad de homologar un catálogo general de las profesiones que requieran
título para su ejercicio. El artículo segundo transitorio del decreto que reforma la ley en
1974, solamente enlista 23 profesiones que supuestamente requieren título para su
ejercicio; pero actualmente en la Dirección General de Profesiones existen quizá más
de mil quinientas de ellas registradas. Un tema que debe destacarse en esta materia es
la jerarquía de intereses; es decir, en el ejercicio profesional existe un interés particular
e individual y un interés social. La ley de profesiones da prioridad a los intereses de la
sociedad al establecer en el artículo 6º que: "en caso de conflicto entre los intereses
individuales de los profesionistas y de los de la sociedad, la presente Ley será
interpretada a favor de esta última, si no hubiere precepto expreso para resolver el
conflicto. Por lo que se refiere a las profesiones que implican el ejercicio de una función
pública se sujetará a esta ley y a las leyes que regulen su actividad, en lo que se oponga
a este ordenamiento".
5. REQUISITOS PARA LA OBTENCIÓN DE UN TÍTULO PROFESIONAL
A nivel federal en República Dominicana, conforme a la Ley de Profesiones que se
analiza, para obtener título profesional es indispensable acreditar que se han cumplido
los requisitos académicos previstos para las leyes aplicables. Cuando se trate del
registro de un título profesional expedido por institución que no forme parte
del sistema educativo nacional, será necesario que la Secretaría de Educación Pública
revalide, en su caso, los estudios correspondientes y que el interesado acredite haber
prestado servicio social. Esto lo exigen los artículos 8 y 9 de la Ley de Profesiones.
Respecto de las instituciones autorizadas para expedir títulos profesionales, conforme
a los artículos 10 y 11 de la Ley de Profesiones para el Distrito Federal que analizamos,
sólo podrán hacerlo las instituciones que impartan educación profesional, las cuales
deberán cumplir los requisitos establecidos por la legislación y disposiciones
reglamentarias que los rijan.
El artículo 12 de la Ley de Profesiones en comento, se refiere a los títulos expedidos en
los estados respecto de profesiones que quieran ejercer en el Distrito Federal. Sobre el
particular determina: "Los títulos profesionales expedidos por las autoridades de un
Estado serán registrados, siempre que su otorgamiento se haya sujetado a sus leyes
respectivas, de conformidad con la fracción V del artículo 121 de la constitución".
Atingentemente, el legislador ordinario se ha sujetado a las bases del artículo 121
constitucional. En materia de ejercicio profesional, la Secretaría de Educación Pública
ha celebrado diversos convenios de coordinación con los gobiernos de los estados para
la unificación del registro profesional. Estos convenios están previstos en el artículo 13
del ordenamiento que ahora estudiamos, cuyo texto establece: "El ejecutivo Federal,
por conducto de la Secretaría Educación Pública, podrá celebrar convenios de
coordinación con los gobiernos de los Estados para la unificación del registro
profesional, de acuerdo con las siguientes bases:
I. Instituir un solo servicio para el registro de títulos profesionales;
II. reconocer para el ejercicio profesional en los Estados, la cédula expedida por la
Secretaría de Educación Pública y, consecuentemente, reconocer para el ejercicio
profesional en el Distrito Federal las cédulas expedidas por los Estados;
III. Establecer los requisitos necesarios para el reconocimiento de los títulos
profesionales, así como los de forma y contenido que los mismos deberán satisfacer;
IV. Intercambiar la información que se requiera; y
V. Las demás que tiendan al debido cumplimiento del objeto de convenio.
6. EJERCICIO PROFESIONAL
La ley de profesiones determina en el artículo 24 que se entiende por ejercicio
profesional, para los efectos de esta ley, la realización habitual a título oneroso o
gratuito de todo acto, o la prestación de cualquier servicio propio de cada profesión,
aunque sólo se trate de simple consulta o la ostentación del carácter del profesionista
por medio de tarjetas, anuncios, placas, insignias o de cualquier otro modo. No se
reputará ejercicio profesional cualquier acto realizado en los casos graves con
propósito de auxilio inmediato.
Más adelante establece el artículo 25 que, para ejercer en el Distrito Federal cualquiera
de las profesiones a que se refieren los artículos 2º y 3º, se requiere:
I. Estar en pleno goce y ejercicio de los derechos civiles.
II. Poseer título legalmente expedido y debidamente registrado.
III. Obtener de la Dirección General de Profesiones patente de ejercicio.
Los artículos 26,27 y 28 de la Ley Reglamentaria del artículo 5º constitucional que se
comenta, son de especial importancia para la profesión jurídica, porque se refieren en
especial a ella. En primer término establece el artículo 26 que las autoridades judiciales
y de las que conozcan de asuntos contencioso-administrativos rechazarán la
intervención en calidad de patronos o asesores técnicos del o de los interesados, de
persona que no tenga título profesional registrado.
El mandato para asunto judicial o contencioso administrativo determinado sólo podrá
ser otorgado a favor de profesionistas con título debidamente registrado en los
términos de esta ley. Se exceptúan los casos de los gestores en asuntos obreros,
agrarios y cooperativos y el caso de amparos en materia penal a que se refieren los
artículos 27 y 28 de esta ley. De estos preceptos se desprende la exigencia de que todo
abogado que acuda ante una autoridad administrativa en ejercicio de su profesión,
deberá portar su cédula profesional, con la que demostrará tener registrado su título
profesional; si lo acredita, la autoridad judicial o administrativa deberá rechazar
legalmente su intervención.
Para esto el maestro Carlos Arellano García proporciona los siguientes consejos: "tener
registrada la cédula profesional en el ejercicio; sacar fotocopias de la cédula
profesional, cotejarla notarialmente con su original, y portarla siempre consigo "; y así
mismo sigue afirmando el maestro Arellano García "que el abogado pedirá que se
cumpla con el artículo 26 citado en aquellos casos en que la parte interesada vaya
representada por quien no tenga título profesional registrado".[44]
La Ley de Profesiones para el Distrito Federal reconoce la pasantía al establecer en el
artículo 3º, que la Dirección General de Profesiones podrá extender autorización a los
pasantes de las diversas profesiones para ejercer la práctica respectiva por un término
no mayor de tres años. Para efectos de la pasantía se demostrará el carácter de
estudiantes, la conducta y la capacidad de los mismos, con los informes de la facultad
o escuela correspondiente.
En cada caso darán aviso a la Secretaría de Educación Pública y extenderán al
interesado una credencial en que se precise el tiempo en que gozará de tal
autorización; al concluir dicho término quedará automáticamente anulada esta
credencial. En casos especiales podrá el interesado obtener permiso del secretario de
Educación Pública para prorrogar la autorización por el tiempo que fije este
funcionario.
En cuanto a las obligaciones del profesionista, se consigna en los artículos 33 y 34 de la
Ley de Profesiones para el Distrito Federal, que el profesionista está obligado a poner
todos sus conocimientos científicos y recursos técnicos al servicio de su cliente, así
como el desempeño de su trabajo convenido. En caso de urgencia inaplazable, los
servicios que se requieran, al profesionista se prestarán en cualquier hora y en el sitio
que sean requeridos, siempre que éste último no exceda veinticinco kilómetros de
distancia del domicilio del profesionista.
Cuando hubiere inconformidad por parte del cliente respecto al servicio realizado, el
asunto se resolverá mediante juicio de peritos, ya en el terreno judicial, ya en privado si
así lo convinieren las partes. Los peritos deberán tomar en consideración para emitir
su dictamen, las circunstancias siguientes:
I. Si el profesionista procedió correctamente dentro de los principios científicos y
técnica aplicable al caso y generalmente aceptados dentro de la profesión de que se
trate.
II. Si el mismo dispuso de los instrumentos, materiales y recursos de otro orden que
debieron de emplearse, atendidas las circunstancias del caso y el medio en que se
preste el servicio.
III. Si en curso de trabajo se tomaron todas las medidas indicadas para obtener buen
éxito.
IV. Si se dedicó el tiempo necesario para desempeñar correctamente el servicio
prestado.
V. El procedimiento a que se refiere este artículo 34, se mantendrá en secreto y sólo
podrá hacerse pública la resolución cuando sea contraria al profesionista.[45]
7. SECRETO PROFESIONAL
Sobre el secreto profesional, la Ley de Profesiones para el Distrito Federal que se
analiza establece en el artículo 36 que todo profesionista estará obligado a guardar
estrictamente el secreto de los asuntos que se le confieren por sus clientes, salvo los
informes que obligatoriamente establezcan las leyes respectivas.
El profesionista debe corresponder a la confianza de su cliente con la mayor fidelidad.
Esto comprende el guardar con el más profundo secreto los antecedentes del caso, que
pueden incluir información personal y familiar. Otra materia de confidencialidad
corresponde a las instrucciones recibidas, como sucede en el derecho y en la
administración en casos de representación.
Gramaticalmente, secreto es una verdad conocida por una o pocas personas, pero que
debe mantenerse oculta para los demás. Por las diversas causas que obligan a
mantener la discreción, el secreto puede ser: natural, que obliga por su propia
naturaleza, por tratarse de una verdad cuya revelación ocasiona necesariamente daño o
disgusto. El secreto promeso, que obliga precisamente como consecuencia de la
promesa realizada. El secreto pactado, que obliga como consecuencia de la voluntad
expresa de quien lo confía y de un pacto o contrato con que se compromete a no
revelarlo el que lo recibe. Cuando el pacto o contrato (explícito o implícito) procede del
ejercicio de una profesión, tenemos el secreto profesional.[46]
Los profesionistas están obligados a la discreción, porque pueden comprometer la
estabilidad social y el bien común con revelaciones profesionales. Si la medicina y el
derecho polarizaron temporalmente el interés y la gravedad del secreto profesional,
hoy la evolución social y la jerarquía de la evolución universitaria lo exigen en todas las
profesiones, no solamente como "criterio de conveniencia" o "postulado de honor",
sino como "obligación jurídica y deber moral".
Quien ejerce una profesión se pone en contacto con otras personas, familias e
instituciones. El origen de este contacto es la existencia de un problema o necesidad, y
la confianza depositada en el profesionista que se oculta. Esta confianza permite al
profesionista, aun sin requerirlo el carácter de su profesión y sin proponérselo,
penetrar en la intimidad de lo hogares, en los planes personales y en las reales
condiciones materiales y espirituales de sus clientes.
La ética del secreto profesional debe valorarse como una prerrogativa universitaria y
profesional. Sus características y amplitud, pueden resumirse en los siguientes
términos:
El secreto profesional no se restringe a la actuación oficial del profesionista
en funciones, que tiene derecho a que se le entregue el secreto como condición
indispensable del servicio.
La organización moderna de algunas instituciones contiene frecuentemente
revelaciones confidenciales que exigen sus actividades.
Al ser la revelación una aportación indebida de conocimientos secretos, los
profesionistas en calidad de inspectores o peritos deben mantener el secreto para con
el cliente, ya que el secreto profesional sólo les autoriza la manifestación de la verdad a
las personas o entidades que les encomendaron las funciones.
Especialmente es objeto de secreto profesional lo relacionado con las personas de los
clientes y respectivos familiares. No se considera violación del secreto el manifestarlo a
un colega o persona prudente para pedir consejo, en el entendido que la persona
consultada tiene la misma obligación de guardar el secreto que el consultante.
En el compendio deontológico del juramento hipocrático se estableció: Quaecumque
vero inter curandum videro aut audiero, tacebo: callaré cuanto viere u oyere en
las curaciones. La fórmula para jurar el secreto establecida por la antigua Facultad de
Medicina de París: Aegrorum arcana, audita, intellectad eliminet nemo:
ninguno divulgue lo que oiga o entienda de lo que ocultan los enfermos, debe normar
escrupulosamente la conducta de todas las profesiones y de los profesionistas con sus
respectivos clientes.
K. ASOCIACIONES PROFESIONALES
Toda agrupación de profesionistas, conforme a su régimen jurídico, tiene que
constituirse como asociación civil, sin embargo, en República Dominicana, se les ha
dado mayormente el nombre de colegio, siguiendo la tradición romana,
particularmente en el caso de algunas profesiones, como los colegios de abogados, por
esto se utilizan en esta investigación indistintamente los dos términos.
Los colegios profesionales son el medio más adecuado para preservar y fomentar los
valores de este sector de la sociedad. Su misión es responder invariablemente a la
necesidad de unión, defensa y elevación de sus asociados a nivel ético, técnico y
científico. Esta preocupación se ha destacado en los diferentes gremios de artistas,
arquitectos, abogados, notarios, ingenieros, contadores, médicos, entre otros, unidos
en colegios de orígenes antiguos y noble tradición.
En el Diccionario de legislación y jurisprudencia de Escriche, se define a los colegios
como "el conjunto de personas de una misma profesión, que sin vivir en comunidad,
observan ciertas constituciones, como el Colegio de abogados, Médicos, entre otros".
[47]
La Enciclopedia jurídica Omeba proporciona la siguiente definición: " En un sentido
amplio se pueden definir a los Colegios de Abogados como a los organismos integrados
por abogados que ejercen sus funciones en un determinado ámbito territorial,
provincia, departamento o circunscripción, y que tienen por finalidad propender al
ejercicio digno, honrado y eficiente de la profesión, cuidando de que sus miembros
cumplan estrictamente con los deberes y obligaciones que su alto ministerio les
impone y propendiendo, por todos los medios posibles, a la jerarquización del mismo".
[48]
G. Cabanelas, en su Diccionario enciclopédico de Derecho usual define al Colegio de
Abogados como: "la Asociación Profesional y Corporativa, obligatoria en España para
el ejercicio de la abogacía en las localidades donde se hallen establecidos. Los Colegios
de Abogados están regidos por una junta directiva o de gobierno, elegida por los
mismos miembros, salvo intromisiones del Poder Público, y presidida por un decano.
Sus actividades tienen carácter interno y público.[49]
Por lo que debemos entender que las asociaciones de profesionales son agrupaciones
de personas de la misma rama profesional, que tienen como propósito: la ayuda
mutua, la superación profesional, el mejoramiento de la disciplina de que se trate y el
colaborar con el Estado y con la comunidad en su conjunto en la materia que
corresponde a su profesión.[50]
L. DEBER DE COLEGIACIÓN
Respecto a la colegiación o no colegiación de los profesionales han existido tres
posiciones:
La primera, que la colegiación sea obligatoria, situación que se exigió en el colegio de
abogados. En cuanto al de notarios, es una obligación que hasta ahora subsiste.
La segunda posición, es la que el Estado por normatividad permite, que es la
colegiación, aunque no obligatoria; es decir, voluntaria hasta ahora. Así lo establece la
Ley reglamentaria del artículo 5º constitucional relativa al ejercicio de las profesiones
en el Distrito Federal, como las relativas leyes de la materia en las entidades
federativas.
Como tercera y última posición se encuentra la de aquellos países en donde existe una
laguna legislativa, porque sus ordenamientos jurídicos no prevén la colegiación.
En cuanto a la colegiación obligatoria, en algunos países, como Estados Unidos y
Canadá, ésta es requisito indispensable para el ejercicio de las profesiones liberales.
Este requisito exige a los abogados matricularse en la barra o colegio correspondiente
para estar en condiciones de poder ejercer en los tribunales; de esta manera, su
expulsión del gremio los inhabilita para seguir ejerciendo.
Villoro Toranzo Miguel, al hablar de la colegiación obligatoria, opina:
Una norma moral adquiere el carácter de jurídica, cuando es proclamada como
obligatoria por los órganos estatales y, en consecuencia, recibe el respaldo del aparato
coactivo estatal. Eso es lo que acontece cuando hay colegiación obligatoria. En efecto,
entonces las normas y las sanciones que un colegio de profesionistas decreta como
obligatorias para sus miembros no sólo tiene obligatoriedad moral sino también
jurídica, puesto que, para su implementación se puede acudir al aparato coactivo
estatal. Cuando la colegiación es libre y voluntaria, la situación es diferente. Como se
ve, las normas deontológicas son promulgadas por un colegio de profesionales para
mantener y elevar el nivel moral de la práctica profesional en los miembros de su
respectiva profesión. Incluso cuando procuran el prestigio profesional, quieren lograr
ese prestigio por medio de conductas morales. Si hacen un llamado al honor, a la
dignidad y al decoro profesionales, es porque quieren acudir a una motivación que en
último término es moral. Por lo tanto, las normas deontológicas son esencialmente
morales y obligan moralmente. Los miembros de la profesión están obligados
moralmente a seguirlas, es decir, en la medida que esas normas contribuyan al
desarrollo moral. Para un profesional su desarrollo moral no consiste únicamente en la
perfección humana, sino también en su perfección profesional. La deontología
profesional respectiva le informa de sus deberes morales como miembro de su
profesión. Por lo tanto, a no ser que tenga alguna seria objeción moral, el profesional
está moralmente obligado a acatar las normas deontológicas de su profesión. Cuando
no hay colegiación forzosa, no se puede decir que se dé más obligatoriedad que la
moral.[51]
Por su parte, el maestro Bernardo Pérez Fernández del Castillo, sostiene que: la
existencia de los colegios de profesionales, de diferentes ciencias y en diversas épocas,
ha sido benéfica. Por un lado su trabajo e importante labor de investigación mantiene
en alto el nivel de competencia entre sus agremiados, ya que son los primeros
interesados en conservar su prestigio, confianza y aun la credibilidad de la profesión.
Por otro, y no menos importante, la práctica de juicio de los pares entre sus integrantes
regularmente es más justa y equitativa. Asimismo, el respeto, la ayuda mutua,
la solidaridad y comprensión que llega a desarrollar una agrupación de este tipo
siempre aventajará a los profesionales que permanecen aislados. Habría que agregar
que la preparación y actualización constante, valores propios de la profesión y pilar
para mantener un alto nivel de probidad y competencia, se realizan más fácilmente por
medio del apoyo y cooperación de los colegiados.[52]
Los colegios pretenden la mejora de la profesión misma en cuanto tal, lo cual implica
necesariamente un compromiso con la sociedad. Para mantener este compromiso el
colegio dispone de diversos medios, entre lo que destaca el control deontológico y el
ejercicio de la potestad disciplinaria. Al solicitar su ingreso en dicho cuerpo, se
comprometen a seguir las pautas de comportamiento que garantizan el cumplimiento
de la función social que se atribuye a una determinada profesión, así como los valores
éticos que ésta persigue. En este sentido señala Sáinz Moreno que "es evidente que la
naturaleza misma de la actividad ejercida profesionalmente conlleva su sometimiento
a reglas que van más allá de lo dispuesto por el Derecho positivo en un sentido estricto
al estar originadas en los principios y usos de la profesión (en lo que se espera de un
profesional)". Esto sucede en todas las profesiones, pero se manifiesta de un modo más
intenso en aquellas que tienen por objeto inmediato al hombre o a las relaciones
humanas.[53]
Conclusión
Después de un examen exhaustivo sobre el tema del uso de Chicanas en nuestros
Tribunales. Para Dr. Ramón Gómez Masía, en su libro titulado: La Trastienda de
Themis, dice varios ejemplos como: el caso del mercader de Venecia. El deudor ha
prometido a Shylock, su usurero, una libra de su propia carne, si no le paga. Llegando
el caso, el usurero reclama la libra de carne y el juez, atendiendo a la alegación del
demandado, concede la libra de carne, mas a condición de no verter ni una gota
de sangre de la víctima, porque la sangre no ha entrado en el contrato. Naturalmente
esto es imposible de cumplirse. De allí que el acreedor quede burlado. ¿Qué es esto?
¿Chicanería o Humanidad?.
La Verdadera misión de los abogados es ganar los pleitos y que para ello deben usar
primero todos los argumentos de buena fe, velando por el propio decoro y la
tranquilidad del espíritu, y después los de mala fe, porque éstos en ocasiones, tienen
un peso decisivo en la balanza de la justicia. ***
Finalmente, me queda la satisfacción de haber realizado un trabajo conciso que nos
arrojó luz sobre la base teórica y la aclaración de varios aspectos prácticos relacionado
con el uso de Chicanas en nuestros Tribunales.
Fuentes consultadas
Arellano García, Carlos. Manual del abogado. Práctica jurídica.
UIA., México 1987.
De pina, Rafael. Diccionario Jurídco. Editorial Porrúa. México 2004.
Olmeda Gracía, Marina del Pilar. Ética Profesional en el ejercicio del
Derecho. Universidad Autónoma de Baja California. Mexicali, Baja California.
México 2005.
Omeba Enciclopedia Jurídica. T. XI . Argentina 1980.
Recaséns Siches, Luis. Direcciones Contemporáneas
del Pensamiento Jurídico. Editporial Nacional. México 1974.
Villoro Toranzo, Miguel. Deontología Jurídica. UIA. México 1987.