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ART I La Relación Del Hombre Con Dios

Este documento discute la importancia de la relación del hombre con Dios. Argumenta que el hombre necesita a Dios para alcanzar la plenitud, ya que fue creado por Dios y para Dios. Además, afirma que la acción social, el compromiso y la ética deben ir acompañados de la búsqueda de Dios, y que la oración y la vida interior "humanizan" al hombre. Finalmente, señala que la educación, la cultura y la liturgia pueden influir en la capacidad del hombre para conocer y creer en Dios

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ART I La Relación Del Hombre Con Dios

Este documento discute la importancia de la relación del hombre con Dios. Argumenta que el hombre necesita a Dios para alcanzar la plenitud, ya que fue creado por Dios y para Dios. Además, afirma que la acción social, el compromiso y la ética deben ir acompañados de la búsqueda de Dios, y que la oración y la vida interior "humanizan" al hombre. Finalmente, señala que la educación, la cultura y la liturgia pueden influir en la capacidad del hombre para conocer y creer en Dios

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La relación del hombre con Dios

por Corazón Eucarístico de Jesús


 
02 octubre 2018

¿Puede el hombre relacionarse con Dios?


Claro que si el hombre es imagen de Dios es capaz de relacionarse con él, que puede
conocerle y amarle mientras oramos y meditamos.
¿Eso es tan importante? 
Es importante ya que estamos haciendo referencia a la posibilidad de crear una conexión
donde la persona se sienta escuchada y que de paso logre dar con las respuestas. Para llegar a
este punto se precisa de voluntad, fe y humildad.
¿No será más bien secundario?
Cuando nosotros afirmamos su existencia, y que podemos y debemos saber que Él es la
primera, la suma, la absoluta, la infinita realidad, debemos enseguida añadir que no sabemos
bien Quién sea Él, si no es con un esfuerzo discursivo, no con una intuición adecuada e
inmediata, de nuestro pensamiento; el cual, llegando al término de su progreso, siéntese como
cegado por el sol divino, y tiene que balbucir definiciones negativas de Dios.

¿No será antes prioritario la acción social, el compromiso, la ética, las obras... y luego,
más adelante si acaso, relacionarse con Dios?
 La acción social, el compromiso, la ética, las obras, etc. Van dentro de los fundamentos para
relacionarse y buscar de Dios. Ya que las enseñanzas dentro de la mayoría de las religiones
hablan de ser buenas personas y tener valores que incluso humanamente son visibles.

¿Será una alienación?


Si
¿Tal vez un refugio?
Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza por eso es nuestro refugio
¿Por qué debe el hombre relacionarse y tratar con Dios? Los seres humanos nos
relacionamos con Dios debido a que Él nos dio el don de la vida y nos creó para ser felices. Por ello:
Realizamos buenas obras como respuesta a este acto amoroso de Dios
Estas son preguntas que provienen de una mentalidad totalmente secularizadora, que pone el
acento y la primacía sólo en el hombre, como si éste lo pudiera lograr todo y Dios no fuera
necesario ni tuviera nada que decir; es la mentalidad pelagiana, combatida por San Agustín,
que confía ciegamente en la naturaleza buena del hombre y ve la gracia como un añadido
posterior: el hombre se basta solo.
 
Pero si se conoce bien la naturaleza del hombre, se ve que nada colma su corazón, creado
para lo infinito, capax Dei (capaz de Dios); nada colma el corazón creado del hombre,
excepto Dios mismo. Está creado por Dios y para Dios, necesita a Dios y sólo por gracia y
por fe, el hombre descubre a Dios, lo reconoce, lo abraza por amor y vive en comunión con
Él. Ahí comienza a realizarse la plenitud humana. Lo otro se quedaba pequeño e insuficiente.
 
El hombre necesita la relación con Dios para ser él mismo. La vida interior, la oración, en el
mejor sentido de la palabra, "humaniza". Ahora nos queda por ver, con las palabras de Pablo
VI, el alcance y la forma de esta relación viva y vital del hombre con Dios.
 
 
 
                "Sobre el tema más elevado, más apropiado, más fecundo, más gozoso de nuestra
confesión de creyentes y religiosos, no os hablamos ahora más que con muy pocas palabras,
con una indicación apenas, como para recordar que existe este tema y tiene una razón de ser
fundamental; pero no más, porque habría demasiado que decir, y porque hoy no se quiere oír
hablar de Él.
 
               ¿Cuál es este tema? Este tema es Dios. Sí, Dios mismo; pues cuando nosotros
afirmamos su existencia, y que podemos y debemos saber que Él es la primera, la suma, la
absoluta, la infinita realidad, debemos enseguida añadir que no sabemos bien Quién sea Él, si
no es con un esfuerzo discursivo, no con una intuición adecuada e inmediata, de nuestro
pensamiento; el cual, llegando al término de su progreso, siéntese como cegado por el sol
divino, y tiene que balbucir definiciones negativas de Dios, diciendo lo que no es, al no poder
decir más que en términos de sublimación analógica algo sobre él, al Cual está obligada
también a atender nuestra inteligencia (cf. Sto. Tomás, I,1,ad. 7). Dios es misterio. Y
entonces no sólo permanece infinitamente inefable el objeto mismo de nuestro acto religioso
(cf. Garrigou-Lagrange, Dieu, p. 712 ss), sino nuestra humana inteligencia, nuestra educación
científica del conocimiento, nuestra mentalidad moderna, queda perpleja y fácilmente se
repliega en su complejo de inferioridad, renunciando fácilmente a proponerse la cuestión de
la fe en Dios, y haciendo un acto de fe en la repulsa  del mismo Dios (cf. Maritain, La
signification de l´atheisme contemporain, p. 16).
 
El campo de la experiencia religiosa
 
                Si consideramos este segundo aspecto de la cuestión religiosa, o sea, el subjetivo,
entramos en un campo hoy fácilmente embarazado por las diversas negaciones ateístas, pero
inmensamente interesante, porque afecta al de la experiencia religiosa, más bien que al
propiamente teológico: al pedagógico, al pastoral; y se nos presenta un difícil, pero
inevitable, y no insoluble problema: ¿Cómo puede hoy el hombre encontrar a Dios? ¿Cuáles
son las disposiciones de ánimo necesarias para que la mentalidad de hoy pueda establecer una
relación auténtica y viva con Dios?
 

 
Problema de la conciencia psicológica
 
 
 
                ¡Qué problema! Podemos considerarlo principalmente –y por ahora al menos-
como un problema de conciencia. De conciencia psicológica, ante todo. Hay que decirlo en
seguida: Disponer la propia conciencia para advertir a Dios, su viviente realidad, su
amenazadora presencia, su tácita acción, no quiere decir apagar nuestro ojo crítico y
racionante, para abandonarse a un encantamiento fabulista, a una sugestión pietista, a una
debilidad mitificadora; quiere decir, más que nada, aguzar su sentido perceptivo de la verdad
espiritual, su vigilancia purificada de distracciones, de prejuicios, de innobles transigencias
morales. Por algo el Señor nos advierte que son los “puros  de corazón” quienes “verán a
Dios” (cf. Mt 5,8). También nuestra vida humana puede convertirse en luz (cf. Jn 1,4), reflejo
de Dios, espejo donde todo hace alusión a él (cf. R. Guardini, Le Dieu vivant, pp. 79-93).
 
 
 
Problema de conciencia moral
 
 
 
                El problema llega a ser, como veis, de conciencia moral. Y se extiende sobre la
inmensa gama del pensar (¿y no es, por ejemplo, el impedir al pensamiento llegar al
conocimiento esencial de las cosas, o sea, metafísico, un fraude, hoy tan difundido, a su
virtud cognoscitiva?), y alcanza la rectitud de la búsqueda, la paciencia de la verificación,
etc., para llegar a la limpidez de las turbias y opacas obsesiones de la sensualidad. Recordad
lo que dice San Pablo: “El hombre animal no capta las cosas del espíritu de Dios” (1Co 2,14).
 
 
 

Problema humano
 
 
 
                Se hace problema de conciencia cristiana; y sabiendo perfectamente cómo el
Evangelio interesa a toda la humanidad, aún decimos de conciencia humana. El primero y
principal precepto del Evangelio, el que por Cristo resume, con el precepto del amor al
prójimo, toda la ley y los profetas, es el amor a Dios, en cuatro expresiones superlativas.
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt
22,36) y “con todas tus fuerzas” (Mc 12,33). Ningún deseo de Cristo está expresado con igual
energía. Hay para nosotros como una tensión en sus palabras, que parece luchar con la
dificultad que encontramos los hombres en la observancia de esta ley suprema, como si el
Señor supiese cuán débiles y ambiguos amadores somos, llevados más al amor de nosotros
mismos que al de Dios (cf. S. Agustín, De civ. Dei,14, 28. “dos amores hicieron, pues, dos
ciudades...”). Y es extraño cómo se puede extorsionar en nuestros días la interpretación
naturalista del mensaje evangélico hasta llegar a hablar de un cristianismo sin religión, todo
él tendido en línea horizontal, es decir, humana y sociológica, y como olvidado de la línea
vertical, o sea teológica y sobrenatural.
 
 
 
Tendencia natural a amar y conocer el sumo bien
 

                Lo que, a su vez, en esta consideración, puede presentar dificultades es la cuestión


de si es posible amar a Dios sin conocerlo primero; la cuestión se presenta en términos
prácticos bastantes frecuentes, cuando la ignorancia religiosa impide todo pensamiento acerca
de Dios. Y es obvia la respuesta (evitando tantos problemas como surgen aquí),la cual
reconoce en nosotros (aun profanos o pecadores) la existencia innata de una tendencia natural
“que precede a todo conocimiento y se identifica con la inclinación natural de nuestra
voluntad” (cf. Garrigou-Lagrange, Dieu, 61, 306) hacia el Bien, de la que se beneficia nuestro
conocimiento, ya sea aplicándose a la búsqueda de Dios, ya sea gustando y gozando de
cuanto sobre Dios, tanto por la vía normal de la inteligencia especulativa, cuanto por la vía
del amor y del don de sabiduría, puede conocer (cf. Sto. Tomás, II-II, 45,2; Contra Gentes,
III,19; S. Agustín, Solil. 1,1).
 
 
Influencia del ambiente

 
                Y con estos profundos y arduos aspectos de nuestro tema se hacen prácticos y
concretos, si consideramos la conciencia comunitaria, o social, en que la vida religiosa,
individual o colectiva se desenvuelve. El ambiente exterior, en que está inmersa y en el que
transcurre nuestra vida, puede tener una influencia de bastante importancia, si no
determinante de una manera rigurosa, sobre nuestro conocimiento y nuestra creencia en Dios.
Por ello, existe una historia religiosa de los pueblos, y por ello se ejerce tanto la propaganda
en pro y en contra del nombre de Dios.

 
La liturgia, escuela de divinidad
 
                La educación puede muchísimo en este sentido. La cultura bastante. El apostolado
mira a esto. y añadimos que la liturgia, es decir, la profesión religiosa vivida en la
autenticidad de sus dogmas, en el lenguaje sensible y espiritual de sus ritos, en la consonancia
coral de las voces y de los ánimos de la comunidad que alaba a Dios, puede dar testimonio
tan interior de la verdad de Dios, tanta sinceridad de gozo que constituya la eficacia de una
escuela de divinidad, y hasta infunda, en quien dignamente la celebra y en ella participa, la
certeza juntamente con la esperanza, el sentimiento de Presencia y de Esperanza, de las
cuales sólo nuestra religión conoce el secreto y dispensa la riqueza (cf. S. Ambrosio, Contra
Ausencio, 34). La oración y la fe se funden juntamente e indican el momento de plenitud de
nuestra vida peregrina hacia la eternidad" 
 
(PABLO VI, Audiencia general, 11-diciembre-1968).

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