Fe y obediencia en Corinto
Fe y obediencia en Corinto
Clemente de Roma
La Iglesia de Dios que reside en Roma a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los
que son llamados y santificados por la voluntad de Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo. Gracia a vosotros y paz del Dios Todopoderoso os sea multiplicada por
medio de Jesucristo.
I. Por causa de las calamidades y reveses, súbitos y repetidos, que nos han acaecido,
hermanos, consideramos que hemos sido algo tardos en dedicar atención a las
cuestiones en disputa que han surgido entre vosotros, amados, y a la detestable sedición,
no santa, y tan ajena y extraña a los elegidos de Dios, que algunas personas
voluntariosas y obstinadas han encendido hasta un punto de locura, de modo que
vuestro nombre, un tiempo reverenciado, aclamado y encarecido a la vista de todos los
hombres, ha sido en gran manera vilipendiado. Porque, ¿quién ha residido entre
vosotros que no aprobara vuestra fe virtuosa y firme? ¿Quién no admiró vuestra piedad
en Cristo, sobria y paciente? ¿Quién no proclamó vuestra disposición magnífica a la
hospitalidad? ¿Quién no os felicitó por vuestro conocimiento perfecto y sano? Porque
hacíais todas las cosas sin hacer acepción de personas, y andabais conforme a las
ordenanzas de Dios, sometiéndoos a vuestros gobernantes y rindiendo a los más
ancianos entre vosotros el honor debido. A los jóvenes recomendabais modestia y
pensamientos decorosos; a las mujeres les encargabais la ejecución de todos sus deberes
en una conciencia intachable, apropiada y pura, dando a sus propios maridos la
consideración debida; y les enseñabais a guardar la regla de la obediencia, y a regir los
asuntos de sus casas con propiedad y toda discreción.
III. Os había sido concedida toda gloria y prosperidad, y así se cumplió lo que está
escrito: Mi amado comió y bebió y prosperó y se llenó de gordura y empezó a dar
coces. Por ahí entraron los celos y la envidia, la discordia y las divisiones, la
persecución y el tumulto, la guerra y la cautividad. Y así los hombres empezaron a
agitarse: los humildes contra los honorables, los mal reputados contra los de gran
reputación, los necios contra los sabios, los jóvenes contra los ancianos. Por esta causa
la justicia y la paz se han quedado a un lado, en tanto que cada uno ha olvidado el temor
del Señor y quedado ciego en la fe en Él, no andando en las ordenanzas de sus
mandamientos ni viviendo en conformidad con Cristo, sino cada uno andando en pos de
las concupiscencias de su malvado corazón, pues han concebido unos celos injustos e
impíos, por medio de los cuales también la muerte entró en el mundo.
IV. Porque como está escrito: Y aconteció después de unos días, que Caín trajo del
fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus
ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero
no prestó atención a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y
decayó su semblante. Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por
qué ha decaído tu semblante? Si has ofrecido rectamente y no has dividido rectamente,
¿no has pecado? ¡Calla! Con todo esto, él se volverá a ti y tú te enseñorearás de él. Y
dijo Caín a su hermano Abel. Salgamos a la llanura. Y aconteció que estando ellos en
la llanura, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató. Veis, pues, hermanos,
que los celos y la envidia dieron lugar a la muerte del hermano. Por causa de los celos,
nuestro padre Jacob tuvo que huir de delante de Esaú su hermano. Los celos fueron
causa de que José fuera perseguido a muerte, y cayera incluso en la esclavitud. Los
celos forzaron a Moisés a huir de delante de Faraón, rey de Egipto, cuando le dijo uno
de sus paisanos: ¿Quién te ha puesto por juez entre nosotros? ¿Quieres matarme, como
ayer mataste al egipcio? Por causa de los celos Aarón y Miriam tuvieron que alojarse
fuera del campamento. Los celos dieron como resultado que Datán y Abiram
descendieran vivos al Hades, porque hicieron sedición contra Moisés el siervo de Dios.
Por causa de los celos David fue envidiado no sólo por los filisteos, sino perseguido
también por Saúl [rey de Israel].
V. Pero, dejando los ejemplos de los días de antaño, vengamos a los campeones que
han vivido más cerca de nuestro tiempo. Pongámonos delante los nobles ejemplos que
pertenecen a nuestra generación. Por causa de celos y envidia fueron perseguidos y
acosados hasta la muerte las mayores y más íntegras columnas de la Iglesia. Miremos a
los buenos apóstoles. Estaba Pedro, que, por causa de unos celos injustos, tuvo que
sufrir, no uno o dos, sino muchos trabajos y fatigas, y habiendo dado su testimonio, se
fue a su lugar de gloria designado. Por razón de celos y contiendas Pablo, con su
ejemplo, señaló el premio de la resistencia paciente. Después de haber estado siete
veces en grillos, de haber sido desterrado, apedreado, predicado en el Oriente y el
Occidente, ganó el noble renombre que fue el premio de su fe, habiendo enseñado
justicia a todo el mundo y alcanzado los extremos más distantes del Occidente; y
cuando hubo dado su testimonio delante de los gobernantes, partió del mundo y fue al
lugar santo, habiendo dado un ejemplo notorio de resistencia paciente.
VI. A estos hombres de vidas santas se unió una vasta multitud de los elegidos, que en
muchas indignidades y torturas, víctimas de la envidia, dieron un valeroso ejemplo entre
nosotros. Por razón de los celos hubo mujeres que fueron perseguidas, después de haber
sufrido insultos crueles e inicuos, +como Danaidas y Dirces+, alcanzando seguras la
meta en la carrera de la fe, y recibiendo una recompensa noble, por más que eran débiles
en el cuerpo. Los celos han separado a algunas esposas de sus maridos y alterado el
dicho de nuestro padre Adán: Ésta es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.
Los celos y las contiendas han derribado grandes ciudades y han desarraigado grandes
naciones.
VII. Estas cosas, amados, os escribimos no sólo con carácter de admonición, sino
también para haceros memoria de nosotros mismos. Porque nosotros estamos en las
mismas listas y nos está esperando la misma oposición. Por lo tanto, pongamos a un
lado los pensamientos vanos y ociosos; y conformemos nuestras vidas a la regla
gloriosa y venerable que nos ha sido transmitida; y veamos lo que es bueno y agradable
y aceptable a la vista de Aquel que nos ha hecho. Pongamos nuestros ojos en la sangre
de Cristo y démonos çuenta de lo precioso que es para su Padre, porque habiendo sido
derramado por nuestra salvación, ganó para todo el mundo la gracia del arrepentimiento.
Observemos todas las generaciones en orden, y veamos que de generación en
generación el Señor ha dado oportunidad para el arrepentimiento a aquellos que han
deseado volverse a Él. Noé predicó el arrepentimiento, y los que le obedecieron se
salvaron. Jonás predicó la destrucción para los hombres de Nínive; pero ellos, al
arrepentirse de sus pecados, obtuvieron el perdón de Dios mediante sus súplicas y
recibieron salvación, por más que eran extraños respecto a Dios.
VIII. Los ministros de la gracia de Dios, por medio del Espíritu Santo, hablaron
referente al arrepentimiento. Sí, y el Señor del universo mismo habló del
arrepentimiento con un juramento: Vivo yo, dice el Señor, que no me complazco en la
muerte del malvado, sino en que se arrepienta; y añadió también un juicio
misericordioso: Arrepentíos, oh casa de Israel, de vuestra iniquidad; decid a los hijos
de mi pueblo: Aunque vuestros pecados lleguen desde la tierra al cielo, y aunque sean
más rojos que el carmesí y más negros que la brea, y os volvéis a mí de todo corazón y
decís Padre, yo os prestaré oído como a un pueblo santo. Y en otro lugar dice de esta
manera: Lavaos, limpiaos, quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos;
dejad de hacer lo malo; aprended a hacer lo bueno; buscad la justicia; defended al
oprimido, juzgad la causa del huérfano, haced justicia a la viuda. Venid luego, dice
Jehová, y estemos a cuenta; aunque vuestros pecados sean como la grana, como la
nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como
blanca lana. Si queréis y obedecéis, comeréis el bien de la tierra; si rehusáis y sois
rebeldes, seréis consumidos a espada; porque la boca de Jehová Lo ha dicho. Siendo
así, pues, que Él desea que todos sus amados participen del arrepentimiento, lo confirmó
con un acto de su voluntad poderosa.
X. Abraham, que fue llamado el «amigo», fue hallado fiel en haber rendido obediencia
a las palabras de Dios. Por medio de la obediencia partió de su tierra y su parentela y de
la casa de su padre, para que, abandonando una tierra escasa y una reducida parentela y
una casa mediocre, pudiera heredar las promesas de Dios. Porque Él le dijo: Vete de tu
tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré. Y haré de ti
una nación grande, y te bendeciré; y engrandeceré tu nombre y serás bendición.
Bendeciré a los que te bendigan y a los que te maldigan maldeciré; y serán benditas en
ti todas las familias de la tierra. Y de nuevo, cuando se separó de Lot, les dijo: Alza
ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y
al occidente. Porque toda la tierra que ves, la doré a ti y a tu descendencia para
siempre. Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar
el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada. Y de nuevo dice: Dios hizo
salir a Abraham y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes
contar. Así será tu descendencia. Y Abraham creyó a Jehová, y le fue contado por
justicia. Por su fe y su hospitalidad le fue concedido un hijo siendo anciano, y en
obediencia lo ofreció a Dios en sacrificio en uno de los montes que Él le mostró.
XI. Por su hospitalidad y piedad Lot fue salvado de Sodoma, cuando todo el país de los
alrededores fue juzgado por medio de fuego y azufre; el Señor con ello anunció que no
abandona a los que han puesto su esperanza en Él, y que destina a castigo y tormento a
los que se desvían. Porque cuando la esposa de Lot hubo salido con él, no estando ella
de acuerdo y pensando de otra manera, fue destinada a ser una señal de ello, de modo
que se convirtió en una columna de sal hasta este día, para que todos los hombres
supieran que los indecisos y los que dudan del poder de Dios son puestos para juicio y
ejemplo a todas las generaciones.
XII. Por su fe y su hospitalidad fue salvada Rahab la ramera. Porque cuando Josué hijo
de Nun envió a los espías a Jericó, el rey del país averiguó que ellos habían ido a espiar
su tierra, y envió a algunos hombres para que se apoderaran de ellos y después les
dieran muerte. Por lo que la hospitalaria ramera los recibió y los escondió, en el terrado,
bajo unos manojos de lino. Y cuando los mensajeros del rey llegaron y le dijeron: Saca
a los hombres que han venido a ti, y han entrado en tu casa; porque han venido para
espiar la tierra, ella contestó: Es verdad que los que buscáis vinieron a mt, pero se
marcharon al poco y están andando por su camino; y les indicó el camino opuesto. Y
ella dijo a los hombres: Sé que Jehová os ha dado esta ciudad; porque el temor de
vosotros ha caldo sobre sus habitantes. Cuando esto acontezca y toméis la tierra,
salvadme a mí y la casa de mi padre. Y ellos le contestaron: Será tal como tú nos has
hablado. Cuando adviertas que estamos llegando, reunirás a los tuyos debajo de tu
techo, y serán salvos; porque cuantos sean hallados fuera de la casa, perecerán. Y
además le dieron una señal, que debía colgar fuera de la casa un cordón de grana,
mostrando con ello de antemano que por medio de la sangre del Señor habrá redención
para todos los que creen y esperan en Dios. Veis pues, amados, que se halla en la mujer
no sólo fe, sino también profecía.
XIV. Por tanto, es recto y apropiado, hermanos, que seamos obedientes a Dios, en vez
de seguir a los que, arrogantes y díscolos, se han puesto a sí mismos como caudillos en
una contienda de celos abominables. Porque nos acarrearemos, no un daño corriente,
sino más bien un gran peligro si nos entregamos de modo temerario a los propósitos de
los hombres que se lanzan a contiendas y divisiones, apartándonos de lo que es recto.
Seamos, pues, buenos los unos hacia los otros, según la compasión y dulzura de Aquel
que nos ha hecho. Porque está escrito: Los rectos habitarán la tierra, y los inocentes
permanecerán en ella; mas los transgresores serán cortados y desarraigados de ella. Y
de nuevo dice: Vi al impío elevado y exaltado como los cedros del Líbano. Y pasé, y he
aquí ya no estaba; y busqué su lugar, y no lo encontré. Guarda la inocencia, y mira la
justicia; porque hay un remanente para el pacífico.
XV. Por tanto, hemos de adherirnos a los que practican la paz con la piedad, y no a los
que desean la paz con disimulo. Porque Él dice en cierto lugar: Este pueblo de labios
me honra, pero su corazón está lejos de mí; y también: Bendicen con la boca, pero
maldicen con su corazón. Y de nuevo Él dice: Le lisonjeaban con su boca, y con su
lengua le mentían, pues sus corazones no eran rectos con él, ni se mantuvieron firmes
en su pacto. Por esta causa, enmudezcan los labios mentirosos, y callen los que
profieren insolencias contra el justo. Y de nuevo: Arranque Jehová todos los labios
lisonjeros, y la lengua que habla jactanciosamente; a los que han dicho:
Engrandezcamos nuestra lengua; nuestros labios son nuestros, ¿quién es señor sobre
nosotros? A causa de la opresión del humilde y el gemido de los menesterosos, ahora
me levantaré, dice Jehová; le pondré en seguridad; haré grandes cosas por él.
XVI. Porque Cristo está con los que son humildes de corazón y no con los que se
exaltan a sí mismos por encima de la grey. El cetro [de la majestad] de Dios, a saber,
nuestro Señor Jesucristo, no vino en la pompa de arrogancia o de orgullo, aunque podría
haberlo hecho, sino en humildad de corazón, según el Espíritu Santo habló, diciendo:
Porque dijo: ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Ya quién se ha revelado el brazo de
Jehová? Lo anunciamos en su presencia. Era como un niño, como una raíz en tierra
seca. No hay apariencia en Él, ni gloria. Y le contemplamos, y no había en Él
apariencia ni hermosura, sino que su apariencia era humilde, inferior a la forma de los
hombres. Era un hombre expuesto a azotes y trabajo, experimentado en quebrantos;
porque su rostro estaba vuelto. Fue despreciado y desechado. Llevó nuestros pecados y
sufrió dolor en lugar nuestro; y nosotros le consideramos herido y afligido. Y Él fue
herido por nuestros pecados y afligido por nuestras iniquidades. El castigo de nuestra
paz es sobre Él. Con sus llagas fuimos nosotros’ sanados. Todos nos descarriamos
como ovejas, cada cual se apartó por su propio camino; y el Señor lo entregó por
nuestros pecados. Y Él no abre su boca aunque es afligido. Como una oveja fue llevado
al matadero; y como un cordero delante del trasquilador, es mudo y no abre su boca.
En su humillación su juicio le fue quitado. Su generación ¿quién la declarará? Porque
su vida fue cortada de la tierra. Por las iniquidades de mi pueblo he llegado a la
muerte. Daré a los impíos por su sepultura, y a los ricos por su muerte; porque no obró
iniquidad, ni fue hallado engaño en su boca. Y el Señor desea limpiarle de sus heridas.
Si hacéis ofrenda por el pecado, vuestra alma verá larga descendencia. Y el Señor
desea quitarle el padecimiento de su alma, mostrarle luz y moldearle con conocimiento,
para justificar al Justo que es un buen siervo para muchos. Y Él llevará los pecados de
ellos. Por tanto heredará a muchos, y dividirá despojos con los fuertes; porque su alma
fue entregada a la muerte, y fue contado como los transgresores; y Él llevó los pecados
de muchos, y por sus pecados fue entregado. Y de nuevo, Él mismo dice: Mas yo soy
gusano y no hombre; oprobio de los hombres y despreciado del pueblo. Todos los que
me ven me escarnecen; tuercen los labios, menean la cabeza, diciendo: Esperó en el
Señor, que le libre; sálvele, puesto que en él se complacía. Veis, queridos hermanos,
cuál es el ejemplo que nos ha sido dado; porque si el Señor era humilde de corazón de
esta manera, ¿qué deberíamos hacer nosotros; que por Él hemos sido puestos bajo el
yugo de su gracia?
XVII. Iimitemos a los que anduvieron de un lugar a otro en pieles de cabras y pieles de
ovejas, predicando la venida de Cristo. Queremos decir Elías y Eliseo y también
Ezequiel, los profetas, y aquellos que han merecido un buen nombre. Abraham alcanzó
un nombre excelente y fue llamado el amigo de Dios; y contemplando firmemente la
gloria de Dios, dice en humildad de corazón: Pero yo soy polvo y ceniza. Además,
también se ha escrito con respecto a Job: Y Job era justo y sin tacha, temeroso de Dios
y se abstenía del mal. Con todo, él mismo se acusa diciendo: Ningún hombre está libre
de inmundicia; no, ni aun si su vida dura sólo un día. Moisés fue llamado fiel en toda
su casa, y por medio de su ministración Dios juzgó a Egipto con las plagas y los
tormentos que les ocurrieron. Y él también, aunque altamente glorificado, no pronunció
palabras orgullosas sino que dijo, al recibir palabra de Dios en la zarza: ¿Quién soy yo
para que me envíes a mí? No, yo soy tardo en el habla y torpe de lengua. De nuevo
dijo: Yo soy humo de la olla.
XVII. Pero, ¿qué diremos de David que obtuvo un buen nombre?, del cual dijo: He
hallado a un hombre conforme a mi corazón, David, el hijo de Jsaí, con misericordia
eterna le he ungido. También dijo David a Dios: Ten misericordia de mí, oh Dios,
conforme a tu gran misericordia; y conforme. a la multitud de tus compasiones, borra
mi iniquidad. Ltmpiame más aún de mi iniquidad, y lávame de mi pecado. Porque
reconozco mi iniquidad, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra Ti sólo he
pecado, y he hecho lo malo delante de tu vista; para que Tú seas justificado en tus
palabras, y puedas vencer en tu alegación. Porque he aquí fui concebido en iniquidad,
y en pecados me llevó mi madre. Porque he aquí Tú amas la verdad; Tú me has
mostrado cosas oscuras y escondidas de tu sabiduría. Tú me rociarás con hisopo y seré
limpiado. Tú me lavarás, y pasaré a ser más blanco que la nieve. Tú me harás oír gozo
y alegría. Los huesos que han sido humillados se regocijarán. Aparta tu rostro de mis
pecados, y borra todas mis iniquidades. Hazme un corazón limpio dentro de mí, oh
Dios, y renueva un espíritu recto en mis entrañas. No me eches de tu presencia, y no me
quites tu Santo Espíritu. Restáurame el gozo de tu salvación, y corrobórame con un
espíritu de gobierno. Enseñaré tus caminos a los pecadores, y los impíos se convertirán
a Ti. Líbrame de la culpa de sangre, oh Dios, Dios de mi salvación. Mi lengua se
regocijará en tu justicia. Señor, tú abrirás mi boca, y mis labios declararán tu
alabanza. Porque si Tú hubieras deseado sacrificio, te lo habría dado; de holocaustos
enteros no te agradas. El sacrificio para Dios es un espíritu contrito; un corazón
contrito y humillado Dios no lo desprecia.
XIX. Así pues, la humildad y sumisión de tantos hombres y tan importantes, que de
este modo consiguieron un buen nombre por medio de la obediencia, nos ha hecho
mejores no sólo a nosotros, sino también a las generaciones que fueron antes que
nosotros, a saber, las que recibieron sus palabras en temor y verdad. Viendo, pues, que
somos partícipes de tantos hechos grandes y gloriosos, apresurémonos a volver al
objetivo de la paz que nos ha sido entregado desde el principio, y miremos fijamente al
Padre y Autor de todo el mundo, y mantengámonos unidos a sus excelentes dones de
paz y beneficios. Contemplémosle en nuestra mente, y miremos con los ojos del alma su
voluntad paciente y sufrida. Notemos cuán libre está de ira hacia todas sus criaturas.
XX. Los cielos son movidos según sus órdenes y le obedecen en paz. Día y noche
realizan el curso que Él les ha asignado, sin estorbarse el uno al otro. El sol y la luna y
las estrellas movibles dan vueltas en armonía, según Él les ha prescrito, dentro de los
límites asignados, sin desviarse un punto. La tierra, fructífera en cumplimiento de su
voluntad en las estaciones apropiadas, produce alimento que es provisión abundante
para hombres y bestias y todas las criaturas vivas que hay en ella, sin disentir en nada,
ni alterar nada de lo que Él ha decretado. Además, las profundidades inescrutables de
los abismos y los inexpresables +estatutos+ de las regiones inferiores se ven
constreñidos por las mismas ordenanzas. El mar inmenso, recogido por obra suya en un
lugar, no pasa las barreras de que está rodeado; sino que, según se le ordenó, así lo
cumple. Porque El dijo: Hasta aquí llegarás, y tus olas se romperán dentro de ti. El
océano que el hombre no puede pasar, y los mundos más allá del mismo, son dirigidos
por las mismas ordenanzas del Señor. Las estaciones de la primavera, el verano, el
otoño y el invierno se suceden la una a la otra en paz. Los vientos en sus varias
procedencias en la estación debida, cumplen su ministerio sin perturbación; y las
fuentes de flujo incesante, creadas para el goce y la salud, no cesan de manar
sosteniendo la vida de los hombres. Todas estas cosas el gran Creador y Señor del
universo ordenó que se mantuvieran en paz y concordia, haciendo bien a todos, pero
mucho más que al resto, a nosotros, los que nos hemos refugiado en las misericordias
clementes de nuestro Señor Jesucristo, al cual sea la gloria y la majestad para siempre
jamás. Amén
XXI. Estad atentos, pues, hermanos, para que sus beneficios, que son muchos, no se
vuelvan en juicio contra nosotros, si no andamos como es digno de El, y hacemos las
cosas que son buenas y agradables a su vista, de buen grado. Porque Él dijo en cierto
lugar: El Espíritu del Señor es una lámpara que escudriña las entrañas. Veamos cuán
cerca está, y que ninguno de nuestros pensamientos o planes que hacemos se le escapa.
Por tanto, es bueno que no nos apartemos de su voluntad. Es mejor que ofendamos a
hombres necios e insensatos que se exaltan y enorgullecen en la arrogancia de sus
palabras que no que ofendamos a Dios. Sintamos el temor del Señor Jesu[cristo], cuya
sangre fue entregada por nosotros. Reverenciemos a nuestros gobernantes; honremos a
nuestros ancianos; instruyamos a nuestros jóvenes en la lección del temor de Dios.
Guiemos a nuestras mujeres hacia lo que es bueno: que muestren su hermosa
disposición de pureza; que prueben su afecto sincero de bondad; que manifiesten la
moderación de su lengua por medio del silencio; que muestren su amor, no en
preferencias partidistas, sino sin parcialidad hacia todos los que temen a Dios, en
santidad. Que nuestros hijos sean participantes de la instrucción que es en Cristo; que
aprendan que la humildad de corazón prevalece ante Dios, qué poder tiene ante Dios el
amor casto, que el temor de Dios es bueno y grande y salva a todos los que andan en él
en pureza de corazón y santidad. Porque Él escudriña las intenciones y los deseos; su
aliento está en nosotros, y cuando Él se incline a hacerlo, lo va a quitar.
XXII. Ahora bien, todas estas cosas son confirmadas por la fe que hay en Cristo;
porque Él mismo, por medio del Espíritu Santo, nos invita así: Venid a mí, hijos,
escuchadme y os enseñaré el temor del Señor. ¿Quién es el hombre que desea vida, que
busca muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal y tus labios de hablar
engaño. Apártate del mal y haz el bien; busca la paz, y corre tras ella. Los ojos de
Jehová están sobre los justos, y sus oídos atentos a sus oraciones. Pero el rostro del
Señor está sobre los que hacen mal, para destruir su recuerdo de la tierra. Claman los
justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias. Muchos son los males del justo,
y de todos ellos le librará Jehová. Y también: Muchos dolores habrá para el pecador,
mas al que espera en Jehová le rodeará la misericordia.
XXIII. El Padre, que es compasivo en todas las cosas, y dispuesto a hacer bien, tiene
compasión de los que le temen, y con bondad y amor concede sus favores a aquellos
que se acercan a Él con sencillez de corazón. Por tanto, no seamos indecisos ni
consintamos que nuestra alma se permita actitudes vanas y ociosas respecto a sus dones
excelentes y gloriosos. Que no se nos aplique este pasaje de la escritura que dice:
Desventurado el de doble ánimo, que duda en su alma y dice: Estas cosas oímos en los
días de nuestros padres también, y ahora hemos llegado a viejos, y ninguna de ellas
nos ha acontecido. Insensatos, comparaos a un árbol; pongamos una vid. Primero se le
caen las hojas, luego sale un brote, luego una hoja, luego una flor, más tarde un
racimo agraz, y luego un racimo maduro. Como veis, en poco tiempo el fruto del árbol
llega a su sazón. Verdaderamente pronto y súbitamente se realizará su voluntad, de lo
cual da testimonio también la escritura, al decir: Su hora está al caer, y no se demorará;
y el Señor vendrá súbitamente a su templo; el Santo, a quien vosotros esperáis.
XXIV. Entendamos, pues, amados, en qué forma el Señor nos muestra continuamente
la resurrección que vendrá después; de la cual hizo al Señor Jesucristo las primicias,
cuando le levantó de los muertos. Consideremos, amados, la resurrección que tendrá
lugar a su debido tiempo. El día y la noche nos muestran la resurrección. La noche se
queda dormida, y se levanta el día; el día parte, y viene la noche. Consideremos los
frutos, cómo y de qué manera tiene lugar la siembra. El sembrador sale y echa sobre la
tierra cada una de las semillas, y éstas caen en la tierra seca y desnuda y se
descomponen; pero entonces el Señor en su providencia hace brotar de sus restos
nuevas plantas, que se multiplican y dan fruto.
XXV. Consideremos la maravillosa señal que se ve en las regiones del oriente, esto es,
en las partes de Arabia. Hay un ave, llamada fénix. Esta es la única de su especie, vive
quinientos años; y cuando ha alcanzado la hora de su disolución y ha de morir, se hace
un ataúd de incienso y mirra y otras especias, en el cual entra en la plenitud de su
tiempo, y muere. Pero cuando la carne se descompone, es engendrada cierta larva, que
se nutre de la humedad de la criatura muerta y le salen alas. Entonces, cuando ha
crecido bastante, esta larva toma consigo el ataúd en que se hallan los huesos de su
progenitor, y los lleva desde el país de Arabia al de Egipto, a un lugar llamado la
Ciudad del Sol; y en pleno día, y a la vista de todos, volando hasta el altardel Sol, los
deposita allí; y una vez hecho esto, emprende el regreso. Entonces los sacerdotes
examinan los registros de los tiempos, y encuentran que ha venido cuando se han
cumplido los quinientos años.
XXVI. ¿Pensamos, pues, que es una cosa grande y maravillosa si el Creador del
universo realiza la resurrección de aquellos que le han servido con santidad en la
continuidad de una fe verdadera, siendo así que Él nos muestra incluso por medio de un
ave la magnificencia de su promesa? Porque Él dice en cierto lugar: Y tú me levantarás,
y yo te alabaré; y: Me acosté y dormí, y desperté; porque Tú estabas conmigo. Y
también dice Job: Tú levantarás esta mi carne, que ha soportado todas estas cosas.
XXVII. Con esta esperanza, pues, que nuestras almas estén unidas a Aquel que es fiel
en sus promesas y recto en sus juicios. El que manda que no se mienta, con mayor razón
no mentirá; porque nada es imposible para Dios, excepto el mentir. Por tanto, que
nuestra fe en Él se enardezca dentro de nosotros, y comprendamos que todas las cosas
están cercanas para Él. Con una palabra de su majestad formó el universo; y con una
palabra puede destruirlo. Quién le dirá: ¿Qué has hecho?; o ¿quién resistirá el poder
de su fuerza? Cuando quiere, y si quiere, puede hacer todas las cosas; y ni una sola cosa
dejará de ocurrir de las que Él ha decretado. Todas las cosas están ante su vista, y nada
se escapa de su control, puesto que Los cielos declaran la gloria de Dios, y el
firmamento proclamo la obra de sus manos. Un día da palabra al otro día, y la noche
proclama conocimiento á la otra noche; y no hay palabras ni discursos ni se oye voz
alguna.
XXVIII. Siendo así, pues, que todas las cosas son vistas y oídas, tengámosle temor, y
abandonemos todos los deseos abominables de las malas obras, para que podamos ser
protegidos por su misericordia en los juicios futuros. Porque, ¿adónde va a escapar
cualquiera de nosotros de su mano fuerte? ¿Y qué mundo va a recibir a cualquiera que
deserta de su servicio? Porque la santa escritura dice en cierto lugar: ¿Adónde iré, y
dónde me esconderé de tu presencia? Si asciendo a los cielos, allí estás tú; si voy a los
confines más distantes de la tierra, allí está tu diestra; y si me escondo en las
profundidades, allí está tu Espíritu. ¿Adónde, pues, podrá uno esconderse, adónde
podrá huir de Aquel que abarca todo el universo?
XXX. Viendo, pues, que somos una porción especial de un Dios santo, hagamos todas
las cosas como corresponde a la santidad, abandonando las malas palabras, intereses
impuros y abominables, borracheras y tumultos y concupiscencias detestables, adulterio
abominable, orgullo despreciable; porque Dios (dice la Escritura) resiste al orgulloso y
da gracia al humilde. Por tanto mantengámonos unidos a aquellos a quienes Dios da
gracia. Vistámonos según corresponde, siendo humildes de corazón y templados,
apartándonos de murmuraciones y habladurías ociosas, siendo justificados por las obras
y no por las palabras. Porque Él dice: El que habla mucho, tendrá que oír mucho
también. ¿Cree que es justo el que habla mucho? Bienaventurado es el nacido de mujer
que vive corto tiempo. No seas abundante en palabras. Que nuestra alabanza sea de
Dios, no de nosotros mismos; porque Dios aborrece a los que se alaban a sí mismos.
Que el testimonio de que obramos bien lo den los otros, como fue dado de nuestros
padres que eran justos. El atrevimiento, la arrogancia y la audacia son para los que son
malditos de Dios; pero la paciencia y la humildad y la bondad convienen a los que son
benditos de Dios.
XXXI. Por tanto acojámonos a su bendición y veamos cuáles son las formas de
bendición. Estudiemos los datos de las cosas que han sucedido desde el comienzo. ¿Por
qué fue bendecido nuestro padre Abraham? ¿No fue debido a que obró justicia y verdad
por medio de la fe? Isaac, con confianza, como conociendo el futuro, fue llevado a un
sacrificio voluntario. Jacob con humildad partió de su tierra a causa de su hermano, y
fue a casa de Labán y le sirvió; y le fueron concedidas las doce tribus de Israel.
XXXII. Si alguno los considera uno por uno con sinceridad, comprenderá la
magnificencia de los dones que Él nos concede. Porque de Jacob son todos los
sacerdotes y levitas que ministran en el altar de Dios; de él es el Señor Jesús con
respecto a la carne; de él son reyes y gobernantes y soberanos de la línea de Judá; sí, y
el resto de las tribus son tenidas en un honor no pequeño, siendo así que Dios prometió
diciendo: Tu simiente será como las estrellas del cielo. Todos ellos fueron, pues,
glorificados y engrandecidos, no por causa de ellos mismos o de sus obras, o sus actos
de justicia que hicieron, sino por medio de su voluntad. Y así nosotros, habiendo sido
llamados por su voluntad en Cristo Jesús, no nos justificamos a nosotros mismos,o por
medio de nuestra propia sabiduría o entendimiento o piedad u obras que hayamos hecho
en santidad de corazón, sino por medio de la fe, por la cual el Dios Todopoderoso
justifica a todos los hombres que han sido desde el principio; al cual sea la gloria para
siempre jamás. Amén.
XXXIV. El buen obrero recibe el pan de su trabajo con confianza, pero el holgazán y
descuidado no se atreve a mirar a su amo a la cara. Es, pues, necesario que seamos
celosos en el bien obrar, porque de Él son todas las cosas; puesto que Él nos advierte de
antemano, diciendo: He aquí, el Señor, y su recompensa viene con él; y su paga va
delante de él, para recompensar a cada uno según su obra. El nos exhorta, pues, a creer
en Él de todo corazón, y a no ser negligentes ni descuidados en toda buena obra.
Gloriémonos y confiemos en Él; sometámonos a su voluntad; consideremos toda la
hueste de sus ángeles, cómo están a punto y ministran su voluntad. Porque la escritura
dice: Diez millares de diez millares estaban delante de El, y millares de millares le
servían; y exclamaban: Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos; toda la creación
está llena de su gloria. Sí, y nosotros, pues, congregados todos concordes y con la
intención del corazón, clamemos unánimes sinceramente para que podamos ser hechos
partícipes de sus promesas grandes y gloriosas. Porque Él ha dicho: Ojo no ha visto ni
oído ha percibido, ni ha entrado en el corazón del hombre, qué grandes cosas Él tiene
preparadas para los que pacientemente esperan en Él.
XXXV. ¡Qué benditos y maravillosos son los dones de Dios, amados! ¡Vida en
inmortalidad, esplendor en justicia, verdad en osadía, fe en confianza, templanza en
santificación! Y todas estas cosas nosotros las podemos obtener. ¿Qué cosas, pues,
pensáis que hay preparadas para los que esperan pacientemente en Él? El Creador y
Padre de las edades, el Santo mismo, conoce su número y su hermosura. Esforcémonos,
pues, para que podamos ser hallados en el número de los que esperan pacientemente en
Él, para que podamos ser partícipes de los dones prometidos. Pero, ¿cómo será esto,
amados? Si nuestra mente está fija en Dios por medio de la fe; si buscamos las cosas
que le son agradables y aceptables; si realizamos aquí las cosas que parecen bien a su
voluntad infalible y seguimos el camino de la verdad, desprendiéndonos de toda
injusticia, iniquidad, avaricia, contiendas, malignidades y engaños, maledicencias y
murmuraciones, aborrecimiento a Dios, orgullo y arrogancia, vanagloria e
inhospitalidad. Porque todos los que hacen estas cosas son aborrecidos por Dios; y no
sólo los que las hacen, sino incluso los que las consienten. Porque la escritura dice:
Pero al pecador dijo Dios: ¿Por qué declaras mis ordenanzas, y pones mi pacto en tus
labios? Tú aborreces mi enseñanza, y echaste mis palabras a tu espalda. Si ves a un
ladrón, te unes a él, y con los adúlteros escoges tu porción. Tu boca multiplica
maldades y tu lengua teje engaños. Te sientas y hablas mal de tu hermano, y contra el
hijo de tu madre pones piedra de tropiezo. Tú has hecho estas cosas y guardas silencio.
¿Pensaste, hombre injusto, que yo sería como tú? Pero te redargüiré y las pondré
delante de tus ojos. Entended, pues, estas cosas, los que os olvidáis de Dios, no sea que
os desgarre como un león y no haya quien os libre. El sacrificio de alabanza me
glorificará, y éste es el camino en que le mostraré la salvación de Dios.
XXXVIII. Así que, en nuestro caso, que todo el cuerpo sea salvado en Cristo Jesús, y
que cada hombre esté sometido a su prójimo, según la gracia especial que le ha sido
designada. Que el fuerte no desprecie al débil; y el débil respete al fuerte. Que los ricos
ministren a los pobres; que los pobres den gracias a Dios, porque Él les ha dado a
alguno por medio del cual son suplidas sus necesidades. El que es sabio, dé muestras de
sabiduría, no en palabras, sino en buenas obras. El que es de mente humilde, que no dé
testimonio de sí mismo, sino que deje que su vecino dé testimonio de él. El que es puro
en la carne, siga siéndolo, y no se envanezca, sabiendo que es otro el que le concede su
continencia. Consideremos, hermanos, de qué materiales somos hechos; qué somos, y
de qué manera somos, y cómo vinimos al mundo; que Él nos ha formado y moldeado
sacándonos del sepulcro y la oscuridad y nos ha traído al mundo, habiendo preparado
sus beneficios de antemano, antes incluso de que hubiéramos nacido. Viendo, pues, que
todas estas cosas las hemos recibido de Él, debemos darle gracias por todo a Él, para
quien sea la gloria para siempre jamás. Amén.
XL. Por cuanto estas cosas, pues, nos han sido manifestadas ya, y hemos escudriñado
en las profundidades del conocimiento divino, deberíamos hacer todas las cosas en
orden, todas las que el Señor nos ha mandado que hiciéramos a su debida sazón. Que las
ofrendas y servicios que Él ordena sean ejecutados con cuidado, y no precipitadamente
o en desorden, sino a su tiempo y sazón debida.Y donde y por quien Él quiere que sean
realizados, Él mismo lo ha establecido con su voluntad suprema; que todas las cosas
sean hechas con piedad, en conformidad con su beneplácito para que puedan ser
aceptables a su voluntad. Así pues, los que hacen sus ofrendás al tiempo debido son
aceptables y benditos, porque siguiendo lo instituido por el Señor, no pueden andar
descaminados. Porque al sumo sacerdote se le asignan sus servicios propios, y a los
sacerdotes se les asigna su oficio propio, y a los levitas sus propias ministraciones. El
lego debe someterse a las ordenanzas para el lego.
XLI. Cada uno de nosotros, pues, hermanos, en su propio orden demos gracias a Dios,
manteniendo una conciencia recta y sin transgredir la regla designada de su servicio,
sino obrando con toda propiedad y decoro. Hermanos, los sacrificios diarios continuos
no son ofrecidos en cualquier lugar, o las ofrendas voluntarias, o las ofrendas por el
pecado y las faltas, sino que son ofrecidos sólo en Jerusalén. E incluso allí, la ofrenda
no es presentada en cualquier lugar, sino ante el santuario en el patio del altar; y esto
además por medio del sumo sacerdote y los ministros mencionados, después que la
víctima a ofrecer ha sido inspeccionada por si tiene algún defecto. Los que hacen algo
contrario a la ordenanza debida, dada por su voluntad, reciben como castigo la muerte.
Veis, pues, hermanos, que por el mayor conocimiento que nos ha sido concedido a
nosotros, en proporción, nos exponemos al peligro en un grado mucho mayor.
XLII. Los apóstoles recibieron el Evangelio para nosotros del Señor Jesucristo;
Jesucristo fue enviado por Dios. Así pues, Cristo viene de Dios, y los apóstoles de
Cristo. Por tanto, los dos vienen de la voluntad de Dios en el orden designado.
Habiendo recibido el encargo, pues, y habiéndo sido asegurados por medio de la
resurrección de nuestro Señor Jesucristo, y confirmados en la palabra de Dios con plena
seguridad por el Espíritu Santo, salieron a proclamar las buenas nuevas de que había
llegado el reino de Dios. Y así, predicando por campos y ciudades, por todas partes,
designaron a las primicias (de sus labores), una vez hubieron sido probados por el
Espíritu, para que fueran obispos y diáconos de los que creyeran. Y esto no lo hicieron
en una forma nueva; porque verdaderamente se había escrito respecto a los obispos y
diáconos desde tiempos muy antiguos; porque así dice la escritura en cierto lugar: Y
nombraré a tus obispos en justicia y a tus diáconos en fe.
XLIII. Y ¿de qué hay que sorprenderse que aquellos a quienes se confió esta obra en
Cristo, por parte de Dios, nombraran ellos a las personas mencionadas, siendo así que el
mismo bienaventurado Moisés, que fue un fiel siervo en toda su casa, dejó testimonio
como una señal en los sagrados libros de todas las cosas que le fueron ordenadas? Y a él
también siguió el resto de los profetas, dando testimonio juntamente con él de todas las
leyes que fueron ordenadas por él. Porque Moisés, cuando aparecieron celos respecto al
sacerdocio, y hubo disensSión entre las tribus sobre cuál de ellas estaba adornada con el
nombre glorioso, ordenó a los doce jefes de las tribus que le trajeran varas, en cada una
de las cuales estaba inscrito el nombre de una tribu. Y él las tomó y las ató y las selló
con los sellos de los anillos de los jefes de las tribus y las puso en el tabernáculo del
testimonio sobre la mesa de Dios. Y habiendo cerrado el tabernáculo, selló las llaves y
lo mismo las puertas. Y les dijo: Hermanos, la tribu cuya vara florezca, ésta ha sido
escogida por Dios para que sean sacerdotes y ministros para El. Y cuando vino la
mañana, llamó a todo Israel, a saber, seiscientos mil hombres, y les mostró los sellos de
los jefes de las tribus y abrió el tabernáculo del testimonio y sacó las varas. Y la vara de
Aarón no sólo había brotado sino que había dado fruto. ¿Qué pensáis, pues, amados?
¿No sabía Moisés de antemano que esto era lo que pasaría? Sin duda lo sabía. Pero hizo
esto para que no hubiera desorden en Israel, para que el nombre del Dios único y
verdadero pudiera ser glorificado; a quien sea la gloria para siempre jamás. Amén.
XLIV. Y nuestros apóstoles sabían por nuestro Señor Jesucristo que habría contiendas
sobre el nombramiento del cargo de obispo. Por cuya causa, habiendo recibido
conocimiento completo de antemano, designaron a las personas mencionadas, y después
proveyeron a continuación que si éstas durmieran, otros hombres aprobados les
sucedieran en su servicio. A estos hombres, pues, que fueron nombrados por ellos, o
después por otros de reputación, con el consentimiento de toda la Iglesia, y que han
ministrado intachablemente el rebaño de Cristo, en humildad de corazón, pacíficamente
y con toda modestia, y durante mucho tiempo han tenido buena fama ante todos, a estos
hombres nosotros consideramos que habéis injustamente privado de su ministerio.
Porque no será un pecado nuestro leve si nosotros expulsamos a los que han hecho
ofrenda de los dones del cargo del obispado de modo intachable y santo.
Bienaventurados los presbíteros que fueron antes, siendo así que su partida fue en sazón
y fructífera: porque ellos no tienen temor de que nadie les prive de sus cargos
designados. Porque nosotros entendemos que habéis expulsado de su ministerio a ciertas
personas a pesar de que vivían de modo honorable, ministerio que ellos +habían
respetado+ de modo intachable.
XLV. Contended, hermanos, y sed celosos sobre las cosas que afectan a la salvación.
Habéis escudriñado las escnturas, que son verdaderas, las cuales os fueron dadas por el
Espíritu Santo; y sabéis que no hay nada injusto o fraudulento escrito en ellas. No
hallaréis en ellas que personas justas hayan sido expulsadas por hombres santos. Los
justos fueron perseguidos, pero fue por los malvados; fueron encarcelados, pero fue por
los impíos. Fueron apedreados como transgresores, pero su muerte fue debida a los que
habían concebido una envidia detestable e injusta. Estas cosas las sufrieron y se
comportaron noblemente. Porque, ¿qué diremos, hermanos? ¿Fue echado Daniel en el
foso de los leones por los que temían a Dios? ¿O fueron Ananías y Azarías y Misael
encerrados en el horno de fuego por los que profesaban adorar de modo glorioso y
excelente al Altísimo? En ninguna manera. ¿Quiénes fueron los que hicieron estas
cosas? Hombres abominables y llenos de maldad fueron impulsados a un extremo de ira
tal que causaron sufrimientos crueles a los que servían a Dios con intención santa e
intachable, sin saber que el Altísimo es el campeón y protector de los que en conciencia
pura sirven su nombre excelente; al cual sea la gloria por siempre jamás. Amén. Pero
los que sufrieron pacientemente en confianza heredaron gloria y honor, fueron
ensalzados, y sus nombres fueron registrados por Dios en memoria de ellos para
siempre jamás. Amén.
XLIX. Que el que ama a Cristo cumpla los mandamientos de Cristo. ¿Quién puede
describir el vínculo del amor de Dios? ¿Quién es capaz de narrar la majestad de su
hermosura? La altura a la cual el amor exalta es indescriptible. El amor nos une a Dios;
el amor cubre multitud de pecados; el amor soporta todas las cosas, es paciente en todas
las cosas. No hay nada burdo, nada arrogante en el amor. El amor no tiene divisiones, el
amor no hace sediciones, el amor hace todas las cosas de común acuerdo. En amor
fueron hechos peffectos todos los elegidos de Dios; sin amor no hay nada agradable a
Dios; en amor el Señor nos tomó para sí; por el amor que sintió hacia nosotros,
Jesucristo nuestro Señor dio su sangre por nosotros por la voluntad de Dios, y su carne
por nuestra carne, y su vida por nuestras vidas.
L. Veis, pues, amados, qué maravilloso y grande es el amor, y que no hay manera de
declarar su perfección. ¿Quién puede ser hallado en él, excepto aquellos a quienes Dios
se lo ha concedido? Por tanto, supliquemos y pidamos de su misericordia que podamos
ser hallados intachables en amor, manteniéndonos aparte de las facciones de los
hombres. Todas las generaciones desde Adán hasta este día han pasado a la otra vida;
pero los que por la gracia de Dios fueron perfeccionados en el amor residen en la
mansión de los píos; y serán manifestados en la visitación del Reino de Dios. Porque
está escrito: Entra en tus aposentos durante un breve momento, hasta que haya pasado
mi indignación, y yo recordaré un día propicio y voy a levantaros de vuestros
sepulcros. Bienaventurados somos, amados, si hacemos los mandamientos de Dios en
conformidad con el amor, a fin de que nuestros pecados sean perdonados por el amor.
Porque está escrito: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y
cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el hombre a quien el Señor no imputará
pecado, ni hay engaño en su boca. Esta declaración de bienaventuranza fue pronunciada
sobre los que han sido elegidos por Dios mediante Jesucristo nuestro Señor, a quien sea
la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
LI. Respecto a todas nuestras transgresiones que hemos cometido por causa de las
añagazas del adversario, roguemos para que nos sea concedido perdón. Sí, y también los
que se hacen cabecillas de facciones y divisiones han de mirar a la base común de
esperanza. Porque los que andan en temor y amor prefieren ser ellos mismos los que
padecen sufrimiento más bien que sus prójimos; y más bien pronuncian condenación
contra sí mismos que contra la armonía que nos ha sido entregada de modo tan noble y
justo. Porque es bueno que un hombre confiese sus transgresiones en vez de endurecer
su corazón, como fue endurecido el corazón de los que hicieron sedición contra Moisés
el siervo de Dios; cuya condenación quedó claramente manifestada, porque
descendieron al Hades vivos, y la muerte será su pastor. Faraón y sus huestes y todos
los gobernantes de Egipto, sus carros y sus jinetes, fueron sumergidos en las
profundidades del Mar Rojo, y perecieron, y ello sólo por la razón de que sus corazones
insensatos fueron endurecidos después de las señales y portentos que habían sido
realizados en la tierra de Egipto por la mano de Moisés el siervo de Dios.
LIII. Porque, amados, conocéis las sagradas escrituras, y las conocéis bien, y habéis
escudriñado las profecías de Dios. Os escribimos estas cosas, pues, como recordatorio.
Cuando Moisés subió al monte y pasó cuarenta días y cuarenta noches en ayuno y
humillación, Dios le dijo: Moisés, Moisés, desciende pronto de aquí, porque mi pueblo
que tú sacaste de la tierra de Egipto ha cometido iniquidad; se han apartado
rápidamente del camino que tú les mandaste; y se han hecho imágenes de fundición. Y
el Señor le dijo: Te he dicho una y dos veces, este pueblo es duro de cerviz. Déjame
que los destruya, y borraré su nombre de debajo del cielo, y yo haré de ti una nación
grande y maravillosa y más numerosa que ésta. Y Moisés dijo: No lo hagas, Señor.
Perdona su pecado, o bórrame también a ml del libro de los vivientes. ¡Oh, qué amor
tan poderoso! ¡Oh, qué perfección insuperable! El siervo es osado ante su Señor; y pide
perdón por la multitud, o pide que sea incluido él mismo con ellos.
LIV. ¿Quién hay, pues, noble entre vosotros? ¿Quién es compasivo? ¿Quién está lleno
de amor? Que diga: si por causa de mí hay facciones y contiendas y divisiones, me
retiro, me aparto adonde queráis, y hago lo que está ordenado por el pueblo: con tal que
el rebaño de Cristo esté en paz con sus presbíteros debidamente designados. El que haga
esto ganará para sí un gran renombre en Cristo, y será recibido en todas partes; porque
la tierra es del Señor y suya es la plenitud de la misma. Esto es lo que han hecho y
harán los que viven como ciudadanos de este reino de Dios, que no da motivo de
arrepentirse de haberlo hecho.
LV. Pero para dar ejemplo a los gentiles también, muchos reyes y gobernantes, cuando
acaece una temporada de pestilencia entre ellos, habiendo sido instruidos por oráculos,
se han entregado ellos mismos a la muerte, para que puedan ser rescatados sus
conciudadanos por medio de su propia sangre. Muchos se han retirado de sus propias
ciudades para que no haya más sediciones. Sabemos que muchos entre nosotros se han
entregado a la esclavitud, para poder rescatar a otros. Muchos se han vendido como
esclavos y, recibido el precio que se ha pagado por ellos, han alimentado a otros.
Muchas mujeres, fortalecidas por la gracia de Dios, han ejecutado grandes hechos. La
bendita Judit, cuando la ciudad estaba sitiada, pidió a los ancianos que se le permitiera ir
al campamento de los sitiadores. Y por ello se expuso ella misma al peligro y fue por
amor a su país y al pueblo que estaba bajo aflicción; y el Señor entregó a Rolofernes en
las manos de una mujer. No fue menor el peligro de Ester, la cual era perfecta en la fe, y
se expuso para poder librar a las doce tribus de Israel cuando estaban a punto de
perecer. Porque con su ayuno y su humillación suplicó al Señor omnisciente, el Dios de
las edades; y Él, viendo la humildad de su alma, libró al pueblo por amor al cual ella
hizo frente al peligro.
LVI. Por tanto, intercedamos por aquellos que están en alguna transgresión, para que se
les conceda mansedumbre y humildad, de modo que se sometan, no ante nosotros, sino
a la voluntad de Dios. Porque así el recuerdo compasivo de ellos por parte de Dios y los
santos será fructífero para ellos y perfecto. Aceptemos la corrección y disciplina, por la
cual nadie debe sentirse desazonado, amados. La admonición que nos hacemos los unos
a los otros es buena y altamente útil; porque nos une a la voluntad de Dios. Porque así
dice la santa palabra: Me castigó ciertamente el Señor, mas no me libró a la muerte.
Porque el Señor al que ama reprende, y azota a todo hijo a quien recibe. Porque el
justo, se dice, me castigará en misericordia y me reprenderá, pero no sea ungida mi
cabeza por la +misericordia+ (óleo) de los pecadores. Y también dice: Bienaventurado
es el hombre a quien Dios corrige, y no menosprecia la corrección del Todopoderoso.
Porque él es quien hace la herida y él la vendará; él hiere y sus manos curan. En seis
tribulaciones te librará de la aflicción; y en la séptima no te tocará el mal. En el
hambre te salvará de la muerte, y en la guerra te librará del brazo de la espada. Del
azote de la lengua te guardará, y no tendrás miedo de los males que se acercan. De los
malos y los injustos te reirás, y de las fieras no tendrás temor. Pues las fieras estarán
en paz contigo. Entonces sabrás que habrá paz en tu casa; y la habitación de tu tienda
no irá mal (fallará), y sabrás que tu descendencia es numerosa, y tu prole como la
hierba del campo. Y llegarás al sepulcro maduro como una gavilla segada en sazón, o
como el montón en la era, recogido a su debido tiempo. Como podéis ver, amados,
grande es la protección de los que han sido disciplinados por el Señor; porque siendo un
buen padre, nos castiga con miras a que podamos obtener misericordia por medio de su
justo castigo.
LVII. Así pues, vosotros, los que sois la causa de la sedición, someteos a los
presbíteros y recibid disciplina para arrepentimiento, doblando las rodillas de vuestro
corazón. Aprended a someteros, deponiendo la obstinación arrogante y orgullosa de
vuestra lengua. Pues es mejor que seáis hallados siendo poco en el rebaño de Cristo y
tener el nombre en el libro de Dios, que ser tenidos en gran honor y, con todo, ser
expulsados de la esperanza de Él. Porque esto dijo la Sabiduría, suma de todas las
virtudes: He aquí yo derramaré un dicho de mi espíritu, y os enseñaré mis palabras.
Porque os llamé y no obedecisteis, y os dije palabras y no quisisteis escucharlas, sino
que desechasteis todo consejo mío, y no aceptasteis mi reprensión; por tanto, yo
también me reiré de vuestra destrucción, y me regocijaré cuando caiga sobre vosotros
vuestra ruina, y cuando venga de repente sobre vosotros confusión, y vuestra desgracia
llegue como un torbellino, cuando sobre vosotros vengan la tribulación y la angustia.
Porque cuando me llamaréis yo no responderé. Los malos me buscarán con afán y no
me hallarán; porque aborrecieron la sabiduría y no escogieron el temor del Señor, ni
quisieron prestar atención a mis consejos, sino que se mofaron de mis reprensiones.
Por tanto, comerán los frutos de su propio camino, y se hartarán de su propia
impiedad. Porque el extravío de los ignorantes los matará, y la indolencia de los necios
los echará a perder. Mas el que me escucha habitará confiadamente en esperanza, y
vivirá tranquilo, sin temor a la desgracia.
LVIII. Sed obedientes a su Nombre santísimo y glorioso, con lo que escaparéis de las
amenazas que fueron pronunciadas antiguamente por boca de la Sabiduría contra los
que desobedecen, a fin de que podáis vivir tranquilos, confiando en el santísimo
Nombre de su majestad. Atended nuestro consejo, y no tendréis ocasión de arrepentiros
de haberlo hecho. Porque tal como Dios vive, y vive el Señor Jesucristo, y el Espíritu
Santo, que son la fe y la esperanza de los elegidos, con toda seguridad el que, con
humildad de ánimo y mansedumbre haya ejecutado, sin arrepentirse de ello, las
ordenanzas y mandamientos que Dios ha dado, será puesto en la lista y tendrá su
nombre en el número de los que son salvos por medio de Jesucristo, a través del cual es
la gloria para Él para siempre jamás. Amén.
LIX. Pero si algunas personas son desobedientes a las palabras dichas por Él por medio
de nosotros, que entiendan bien que se están implicando en una transgresión y peligro
serios; mas nosotros no seremos culpables de este pecado. Y pediremos con insistencia
en oración y suplicación que el Creador del universo pueda guardar intacto hasta el fin
el número de los que han sido contados entre sus elegidos en todo el mundo, mediante
su querido Hijo Jesucristo, por medio del cual nos ha llamado de las tinieblas a la luz,
de la ignorancia al pleno conocimiento de la gloria de su Nombre.
LX. Tú, que por medio de tu actividad hiciste manifiesta la fábrica permanente del
mundo. Tú, Señor, que creaste la tierra. Tú, que eres fiel de generación en generación,
justo en tus juicios, maravilloso en la fuerza y excelencia. Tú, que eres sabio al crear y
prudente al establecer lo que has hecho, que eres bueno en las cosas que se ven y fiel a
aquellos que confían en Ti, compasivo y clemente, perdónanos nuestras iniquidades y
nuestras injusticias y nuestras transgresiones y deficiencias. No pongas a nuestra cuenta
cada uno de los pecados de tus siervos y tus siervas, sino límpianos con tu verdad, y
guía nuestros pasos para que andemos en santidad y justicia e integridad de corazón, y
hagamos las cosas que sean buenas y agradables a tu vista y a la vista de nuestros
gobernantes. Sí, Señor, haz que tu rostro resplandezca sobre nosotros en paz para
nuestro bien, para que podamos ser resguardados por tu mano poderosa y librados de
todo pecado con tu brazo levantado. Y líbranos de los que nos aborrecen sin motivo. Da
concordia y paz a nosotros y a todos los que habitan en la tierra, como diste a nuestros
padres cuando ellos invocaron tu nombre en fe y verdad con santidad, [para que
podamos ser salvos] cuando rendimos obediencia a tu Nombre todopoderoso y sublime
y a nuestros gobernantes y superiores sobre la tierra.
LXI. Tú, Señor y Maestro, les has dado el poder de la soberanía por medio de tu poder
excelente e inexpresable, para que nosotros, conociendo la gloria y honor que les has
dado, nos sometamos a ellos, sin resistir en nada tu voluntad. Concédeles a ellos, pues,
oh Señor, salud, paz, concordia, estabilidad, para que puedan administrar sin fallos el
gobierno que Tú les has dado. Porque Tú, oh Señor celestial, rey de las edades, das a los
hijos de los hombres gloria y honor y poder sobre todas las cosas que hay sobre la tierra.
Dirige Tú, Señor, su consejo según lo que sea bueno y agradable a tu vista, para que,
administrando en paz y bondad con piedad el poder que Tú les has dado, puedan obtener
tu favor. ¡Oh Tú, que puedes hacer estas cosas, y cosas más excelentes aún que éstas, te
alabamos por medio del Sumo Sacerdote y guardián de nuestras almas, Jesucristo, por
medio del cual sea a Ti la gloria y la majestad ahora y por los siglos de los siglos!
Amén.
LXII. Os hemos escrito en abundancia, hermanos, en lo que se refiere a las cosas que
corresponden a nuestra religión y son más útiles para una vida virtuosa a los que quieren
guiar [sus pasos] en santidad y justicia. Porque en lo que se refiere a la fe y al
arrepentimiento y al amor y templanza genuinos y sobriedad y paciencia, hemos hecho
uso de todo argumento, recordándoos que tenéis que agradar al Dios todopoderoso en
justicia y verdad y longanimidad y santidad, poniendo a un lado toda malicia y
prosiguiendo la concordia en amor y paz, insistiendo en la bondad; tal como nuestros
padres, de los cuales os hemos hablado antes, le agradaron, siendo de ánimo humilde
hacia su Padre y Dios y Creador y hacia todos los hombres. Y os hemos recordado estas
cosas con mayor placer porque sabemos bien que estamos escribiendo a hombres que
son fieles y de gran estima y han escudriñado con diligencia las palabras de la
enseñanza de Dios.
LXIII. Por tanto, es bueno que prestemos atención a ejemplos tan grandes y numerosos,
y nos sometamos y ocupemos el lugar de obediencia poniéndonos del lado de los que
son dirigentes de nuestras almas, y dando fin a esta disensión insensata podamos
obtener el objetivo que se halla delante de nosotros en veracidad, manteniéndonos a
distancia de toda falta. Porque vais a proporcionarnos gran gozo y alegría si prestáis
obediencia a las cosas que os hemos escrito por medio del Espíritu Santo, y desarraigáis
la ira injusta de vuestros celos, en conformidad con nuestra súplica que os hemos hecho
de paz y armonía en esta carta. Y también os hemos enviado a hombres fieles y
prudentes que han estado en medio de nosotros, desde su juventud a la ancianidad, de
modo intachable, los cuales serán testigos entre vosotros y nosotros. Y esto lo hemos
hecho para que sepáis que nosotros hemos tenido, y aún tenemos, el anhelo ferviente de
que haya pronto la paz entre vosotros.
LXIV. Finalmente, que el Dios omnisciente, Señor de los espíritus y de toda carne, que
escogió al Señor Jesucristo, y a nosotros, por medio de Él, como un pueblo peculiar,
conceda a cada alma que se llama según su santo y excelente Nombre, fe, temor, paz,
paciencia, longanimidad, templanza, castidad y sobriedad, para que podáis agradarle en
su Nombre, por medio de nuestro Sumo Sacerdote y guardián Jesucristo, a través del
cual sea a Él la gloria y majestad, la potencia y el honor, ahora y para siempre jamás.
Amén.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros y con todos los hombres, en
todos los lugares, que han sido llamados por Dios y por medio de El, a quien la gloria y
honor, poder y. grandeza y dominio eterno, a El, desde todas las edades pasadas y para
siempre jamás. Amén.