Teoría del Valor en Marx
Teoría del Valor en Marx
Karl Marx: El Capital
Introducción
1. La teoría del valor:
1.1 El principio general: el valor trabajo.
1.2 Algunas precisiones: campo de aplicación, trabajo concreto/trabajo abstracto, trabajo
simple/trabajo complejo
3. La teoría de la plusvalía
4. Acumulación de capital.
4.1 la composición orgánica del capital y su evolución
4.2 Acumulación de capital y empleo
6. El Problema de la Transformación
Karl Marx: El Capital
Introducción
El Marxismo, o la concepción del mundo inspirada en las ideas de Carlos Marx (1818-1883), es al mismo
tiempo una filosofía (el materialismo dialéctico), un método científico (la dialéctica), una visión
económica de la historia (el materialismo histórico) y un conjunto de principios para la acción (la praxis).
Aparte de lo anterior el Marxismo también nos ofrece una visión del curso futuro de la humanidad dentro
de una concepción historicista, como una sucesión necesaria de distintas fases del desarrollo: la
revolución, la dictadura del proletariado, el comunismo. Pero sobre todo, el Marxismo es economía
política.
Para Marx todos esos aspectos de su concepción del mundo constituyen una unidad. Sin embargo,
también es evidente que, tanto cuantitativamente como por la lógica de su evolución, la obra de Marx es
fundamentalmente la de un economista. Esto es evidente, por ejemplo, en la definición que Marx hace de
su proyecto en el prefacio de su principal obra (El Capital: La crítica de la economía política: Primer
Volumen, Tercer Volumen) en los siguientes términos: "En la presente obra nos proponemos investigar el
régimen capitalista de producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden.....
Lo que de por sí nos interesa aquí, no es precisamente el grado más o menos alto de desarrollo de las
contradicciones sociales que brotan de las leyes naturales de producción capitalista. Nos interesan más
bien esas leyes por sí, esas tendencias que actúan y se imponen con férrea necesidad." (pag. XIV). En esta
unidad del programa seguiremos a Marx en el estudio de estas "leyes naturales de la producción
capitalista". En el primer apartado desarrollaremos los elementos básicos de la teoría del valor, lo que
permite, en el segundo apartado estudiar el problema de la naturaleza de la ganancia y el concepto de
fuerza de trabajo que juega un papel crucial en la concepción económica de Marx, lo que se refleja en el
tercer apartado en la teoría de la plusvalía y de la explotación. Con esos elementos es posible desarrollar,
en el cuarto apartado, la teoría de la acumulación capitalista y, en el quinto apartado, los esquemas de
reproducción de las relaciones sociales de producción. En el sexto apartado se estudia la relación entre los
precios y los valores de los distintos bienes. Finalmente, todos los elementos anteriores sirven, como se
expone en el último apartado, para estudiar el conjunto de leyes y tendencias del capitalismo, en las que
se basa Marx para sostener la necesidad de la superación histórica de este modo de producción.
Marx aborda el estudio del modo de producción capitalista a partir del análisis de la
mercancía. Marx resalta de entrada, y esta es una aproximación tradicional en toda la economía clásica,
que la mercancía tiene dos dimensiones: es al mismo tiempo un valor de uso y un valor de cambio. El
primer polo resulta de que la mercancía debe satisfacer una necesidad final para quien la adquiera; en
otros términos, debe poseer un valor de uso que se realiza en el consumo. Esta utilidad de la mercancía
reside en sus propiedades físicas: son las cualidades objetivas de un bien las que le hacen apto para
satisfacer una necesidad determinada. Así, si el valor de uso se realiza en la relación (subjetiva) entre el
hombre y las cosas, no es menos importante que este valor encuentra su fuente en la naturaleza (objetiva)
de las cosas. Sin embargo, el valor subjetivo de un bien para un individuo concreto (en el uso) es algo
imposible de cuantificar y, en consecuencia, de comparar con lo que vale otro bien para el mismo
individuo y, mucho menos, con lo que vale el mismo bien para otro individuo. Como consecuencia de lo
anterior, para Marx, como para toda la tradición clásica, la utilidad no guarda relación inmediata con el
intercambio: "el intercambio de las mercancías es evidentemente un acto caracterizado por una
abstracción total del valor de uso" (El Capital, capítulo 1)
Pero en el modo capitalista de producción, los bienes no se producen para satisfacer una necesidad
inmediata, sino para su venta en el mercado; por ello el capitalismo convierte los bienes producidos en
mercancías, es decir, les atribuye un valor de cambio. Este razonamiento nos conduce directamente a la
primera gran cuestión: ¿en qué reside la causa del valor?. Si hacemos abstracción del dinero, considerado
como un simple medio de cambio, el valor de cambio aparece como un tipo de cambio, es decir como la
proporción según la cual se intercambian entre sí valores diferentes de uso. Según Marx esto no es más
que una impresión, que no debería llevarnos a extraer conclusiones equivocadas. Si el intercambio puede
transformar en relación cuantitativa dos utilidades imposibles de medir, es porque las mercancías
comparten un elemento común, y ese elemento común es cuantificable. Si dos valores de uso son
cuantitativamente equivalentes, es sólo porque poseen una propiedad común susceptible de ser medida.
Este elemento común cuantificable es el tiempo de trabajo. A pesar de su diversidad, todas las mercancías
comparten la propiedad de ser productos del trabajo humano y es el trabajo humano el que confiere al
producto su valor de cambio. La substancia del valor de cambio, es el trabajo, y como el trabajo es
cuantificable (por el tiempo) el valor de cambio es también "medible".
El principio general de la teoría marxista del valor trabajo es entonces que el valor (de cambio) está
determinado por el número de horas necesario para producir una mercancía. A medida que aumenta la
fuerza productiva del trabajo, el valor unitario de la mercancía disminuye, pero el mismo tiempo de
trabajo determina la misma cantidad de valor. El valor de una mercancía varía entonces directamente en
función de la cantidad de trabajo e inversamente en función de la productividad del trabajo.
Por supuesto, el valor no se mide observando y calibrando el tiempo ocupado por un trabajador
concreto en una empresa específica. La medida del valor está en el tiempo medio, "socialmente
necesario", para la producción. Es decir, aquel tiempo de trabajo que "comporta el grado medio de
habilidad y de intensidad que caracteriza el momento histórico". Podemos añadir que, como en Ricardo,
la ley del valor no se aplica más que a las mercancías reproducibles resultantes de un proceso de
producción social. Una obra de arte, por ejemplo, resultado de un acto de creación individual, no posee un
valor cuantificable, aunque tenga un precio. Además, pueden existir valores de uso que no tengan valor de
cambio; éste es el caso de los bienes de libre acceso que están disponibles para todos en la cantidad que
cada uno desee, o de los bienes útiles y producidos pero no destinados al mercado. Inversamente, un bien
que no sea socialmente útil carecerá de valor. Todo esto se puede resumir en una frase: el valor de uso es
entonces una condición necesaria, pero no suficiente, para que aparezca el valor de cambio.
A los dos polos de la mercancía, que son el valor de uso y el valor de cambio, corresponden también
las dos dimensiones que nos permiten analizar el trabajo. El valor de uso refleja el trabajo concreto, o útil,
correspondiente a una actividad laboral específica en un entorno concreto, con una habilidad dada, etc.
Para producir un valor de uso específico, hace falta un trabajo particular, utilizando los medios de
producción precisos en ese objetivo preciso. De este modo el trabajo útil produce un valor de uso
determinado. A escala social, el conjunto de valores de uso corresponde al conjunto de trabajos concretos
distintos, es decir, a una división del trabajo. Por supuesto, la división del trabajo no conduce siempre a la
producción de mercancías (en el interior de una empresa circulan productos obtenidos del trabajo) pero,
para que existan mercancías, es necesario que exista la división social del trabajo entre productores
especializados e independientes.
Aparte de su finalidad y especificidad, es decir del aspecto concreto y útil, todo trabajo es un gasto de
fuerza humana, de energía física e intelectual. Visto desde este ángulo, se puede considerar como trabajo
abstracto. Este gasto de "inteligencia, nervio, y de músculo" es precisamente lo que tienen en común
todos los bienes producidos; por ese motivo, es el trabajo abstracto y no el trabajo concreto el que
constituye la esencia del valor. El valor proviene entonces del trabajo abstracto. Este concepto no es una
pura construcción teórica; el trabajo abstracto es una realidad del capitalismo. En la empresa capitalista,
los obreros son a menudo intercambiables, cada uno de los obreros como individuo se pierde en el
anonimato de la cadena de producción y el trabajo abstracto se convierte, paradójicamente, en
realidad. Marx resume su distinción del siguiente modo: "Todo trabajo es, por una parte, gasto, en el
sentido fisiológico, de fuerza humana, y, a este título de trabajo humano igual, forma el valor de las
mercancías. Por otra parte, todo trabajo humano es gasto de fuerza humana en tal o cual forma
productiva, determinado por su objetivo particular, y, a este título de trabajo concreto y útil, produce
valores de uso o utilidades" (I,2,p.61).
Admitamos entonces que el valor está determinado por el tiempo de trabajo considerado desde el punto
de vista abstracto. Surge entonces una dificultad: ¿podemos tratar el trabajo como homogéneo y
considerar que la hora de trabajo de un obrero es igual a la de un ingeniero?; evidentemente se trata del
mismo problema, de tratamiento de desigualdades de productividad, con que tropezó Ricardo en su teoría
del valor trabajo. Marx elige tomar una unidad de medida, la unidad de tiempo de trabajo simple sin
calificación particular. El trabajo calificado (o complejo según la denominación de Marx), se trata como
un simple múltiplo del trabajo no calificado. Este artificio, ya presente en Ricardo, lleva directamente al
supuesto implícito de que la estructura de salarios de la economía, que refleja la jerarquía de trabajos
simples y complejos, está dada y es estable. Esta manera de proceder es lógica en el marco de una teoría
del valor trabajo, pero plantea problemas que Marx no percibió. Lógica porque el trabajo complejo se
puede concebir como el resultado de un trabajo previo de educación y entrenamiento. Pero también es
problemática, porque esta forma de entender el trabajo exige actualizar los gastos en educación e
introduce entonces la cuestión del interés en la teoría misma de los salarios. Del modo que sea, el
procedimiento de Marx trata el trabajo como homogéneo siguiendo el camino ya sugerido por Ricardo.
En primer lugar, la teoría del valor permite comprender lo que Marx denomina la forma simple de
circulación de mercancías. Imaginemos un bien (D) que cumple las funciones del dinero (es decir sirve
como, unidad de cuenta, medio de cambio y reserva de valor). La forma simple de circulación se puede
simbolizar por la secuencia M-D-M', en el que una mercancía (M) se intercambia por dinero (D), lo que
permite, acto seguido, obtener otra mercancía (M'). Como hemos admitido que el tiempo de trabajo es lo
que determina el intercambio, debemos deducir entonces que el valor cedido en el primer intercambio
debe ser igual al valor obtenido en el segundo. Así, el único interés que pueden tener las personas en este
doble intercambio está en la obtención de un valor de uso diferente del que se ha cedido inicialmente. En
la forma simple de circulación de las mercancías, el intercambio tiene un sentido cualitativo (en definitiva
se intercambia un bien por otro), pero no tiene un sentido cuantitativo (el valor del bien que se cede es
idéntico al del bien que se adquiere).
En efecto, lo que Marx trata de diferenciar con estos simbolismos es el ámbito del intercambio, que
comienza con la venta y acaba con la compra, del ámbito de la producción, que comienza con la compra y
acaba con la venta. En el primer caso los bienes están al comienzo y al final, en el segundo es el capital
monetario el que está en cada extremo. En el primer caso el objetivo es la sustitución de valores de uso,
mientras que en el segundo es el aumento de los valores de cambio.
Presentada de esta forma, la existencia de ganancias se convierte en todo un acertijo. En efecto: ¿cómo
puede explicarse la aparición de la plusvalía si el intercambio se hace sobre la base de valores
equivalentes?. Cómo es posible que la plusvalía sea positiva (es decir, dD>0) si, en valor, D=M y M=D'.
Una posibilidad para deshacer este enigma consiste en admitir que los intercambios no se realizan entre
valores equivalentes; sin embargo, para Marx, esto no nos llevaría demasiado lejos. En efecto, la compra,
por ejemplo, de un bien por debajo de su valor para venderlo por su valor significará pérdidas
sistemáticas para el grupo de vendedores iniciales (y tal grupo no podrá existir como tal durante mucho
tiempo). Por otra parte, los capitalistas no pueden vender sin comprar y lo que ganen de un lado lo
perderán del otro; los beneficios, en ese caso, solo pueden [Link] definitiva, los capitalistas no
pueden enriquecerse robándose unos a otros.
En efecto, la verdadera forma de resolver el misterio está en lo siguiente: si el capitalista, en la esfera
de la producción, siempre compra y vende las mercancías por su valor y, a pesar de ello obtiene una
ganancia, es porque puede comprar una mercancía que, utilizada en el proceso de producción, tienen la
propiedad de crear más valor de lo que cuesta adquirirla. El acertijo se reduce entonces a encontrar una
mercancía con esas propiedades y eso es precisamente lo que Marx cree haber descubierto: la mercancía
que resuelve el enigma no es otra que la fuerza de trabajo. Veámos antes lo que Marx entiende por fuerza
de trabajo.
2.2 la fuerza de trabajo
La fuerza de trabajo es aquel conjunto de cualidades físicas e intelectuales que existen en un hombre y
que se ponen en movimiento en el proceso de producción. Eso es precisamente lo que el capitalista
compra en el mercado. En una economía no esclavista la venta de la fuerza de trabajo se realiza
"voluntariamente" y sólo por un período de tiempo. Así, el objeto de un contrato de trabajo, es la venta al
capitalista del derecho de utilizar la fuerza de trabajo del obrero durante, digamos, tres meses a razón de 8
horas diarias y cinco días a la semana. La remuneración total de la fuerza de trabajo será evidentemente
proporcional a la duración de su utilización. De ahí, la ilusión, propia de la "ideología burguesa", de creer
que lo que compra el capitalista es el tiempo de trabajo del obrero, cuando de hecho lo que se compra es
el derecho de utilizar las capacidades productivas del obrero durante un cierto tiempo. Esta distinción es
crucial y sus consecuencias constituyen sin duda el núcleo de la teoría marxista ya que en ella se
encuentran los argumentos básicos de la teoría de la explotación.
Digamos de paso que la fuerza de trabajo no siempre ha sido una mercancía. En el capitalismo, cuando
el trabajador vende su fuerza de trabajo por un cierto tiempo, no pierde su libertad. El obrero proletario, ni
esclavo ni siervo, dispone de su capacidad de trabajo y nada le impida negociar con ella en el mercado.
Ahora bien, si el trabajador carece de medios de producción que le permiten emplearse por su propia
cuenta, la venta se convierte en una obligación. Por ello, la libertad personal y la privación de la
propiedad de los medios de producción son entonces las condiciones históricas que convierten la fuerza
de trabajo en mercancía.
El modo capitalista de producción convierte entonces la fuerza de trabajo en una mercancía. A tal
mercancía, como a cualquier otra, se aplica la ley del valor. El valor de la fuerza de trabajo estará
determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Para el trabajador, producir
fuerza de trabajo es consumir los bienes necesarios para su existencia. Se deduce, entonces, que el valor
de la fuerza de trabajo es el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción de las mercancías
que aseguran su reproducción. Dicho de otro modo: en el proceso de producción, el trabajo es un gasto de
energía física e intelectual. Tal energía debe ser recuperada en cada período y, por ello, el valor de la
fuerza de trabajo no es más que el valor de los bienes que permiten esta recuperación.
Más aun, la fuerza de trabajo no sólo debe reproducirse individual sino también colectivamente. Las
que deben reproducirse son las generaciones de trabajadores. Como subraya Marx, el valor del salario de
la fuerza de trabajo debe tener en cuenta la renovación de todos los bienes necesarios para la existencia.
Pero estas precisiones son secundarias. Más interesante es la afirmación de Marx de que, a diferencia de
otras mercancías, el valor de la fuerza de trabajo depende de las condiciones históricas de su empleo. La
misma fuerza de trabajo tendrá necesidades diferentes dependiendo, entre otras cosas, del país, de las
condiciones de vida, del grado de conciencia y de las tradiciones de lucha de los obreros en la época y el
entorno considerados.
La renovación normal de la fuerza de trabajo es entonces un elemento fundamental que garantiza la
permanencia del capitalismo. Es importante tener claro que la teoría del valor no es una teoría de los
precios y, por la misma razón, la teoría del valor de la fuerza de trabajo no es la teoría del salario. Aun no
tenemos todos los elementos teóricos necesarios para explicar la determinación del salario. Sin embargo,
sí podemos anotar que, para que el capitalismo funcione con normalidad, la fuerza de trabajo se debe
pagar por su valor. Si éste no fuera el caso, la fuerza de trabajo no se reproducirá idénticamente y
tampoco lo hará el modo de producción en su conjunto.
Sin embargo, esto no significa que el valor de la fuerza de trabajo sea un dato inmutable. Las
necesidades fundamentales cambian y, con ellas, los bienes necesarios para satisfacerlas. Estas
necesidades fundamentales evolucionan esencialmente porque el capitalismo en su desarrollo, tiene
necesidad de una fuerza de trabajo cada vez más calificada, lo que implica unos costes de formación cada
vez mayores. Además, con el tiempo también cambia el modo de consumir la fuerza de trabajo; a este
respecto, Marx se encargará de resaltar que la fuerza de trabajo se utiliza de un modo cada vez más
intensivo, como consecuencia de la supresión de los tiempos muertos en la producción, lo que hace
disminuir la fatiga física pero aumentar la fatiga nerviosa y conlleva la exigencia de reducción de la
duración del trabajo. Estos elementos nuevos tienden, todo lo demás igual, a la elevación del valor de la
fuerza de trabajo, pero su traducción en el salario no es ni mucho menos mecánica. Para que el cambio en
el valor de la fuerza de trabajo se traduzca en un cambio en los salarios es necesario que las nuevas
necesidades sean efectivamente percibidas por los propios trabajadores y que las luchas obreras puedan
conseguir su objetivo ajustando el salario a su valor. En el capitalismo, como lo reafirma Marx, no se
reconoce espontáneamente esta necesidad.
En resumen, más allá de los matices mencionados, lo esencial para Marx es lo siguiente: lo que
realmente se compra con un salario no es el tiempo de trabajo sino la fuerza de trabajo durante un cierto
tiempo. El pretendido mercado de trabajo es en efecto el mercado de fuerza de trabajo. En este mercado,
capitalistas y asalariados suscriben un contrato con total libertad, valor igual contra valor igual. Pero,
como veremos, para Marx éste es un mercado de apariencias. Detrás de la esfera del intercambio, donde
se intercambian valores idénticos, en la esfera de producción se esconde la verdadera explotación del
trabajo.
3. La teoría de la plusvalía
En la actividad productiva, la fuerza de trabajo se combina con los medios de producción (objetos e
instrumentos de trabajo). Estos dos elementos juegan papeles completamente distintos en el proceso de
creación de valor. En el proceso de producción, el valor de los medios de producción se transfiere en su
totalidad al producto. En esa dimensión de la producción no se crea ni se destruye valor alguno. La simple
utilización de medios de producción no sirve para aumentar la cantidad de trabajo "cristalizado" que
incorporan tales medios. El valor contenido en los medios de producción se transmite al producto final.
No ocurre lo mismo con el trabajo. Hemos visto, en efecto, que lo que compra el capitalista no es el
tiempo de trabajo sino la fuerza de trabajo durante un cierto tiempo. Quien vende su fuerza de trabajo deja
de poseerla y pierde los derechos que tenía sobre ella. El capitalista adquiere la fuerza de trabajo por su
valor de cambio y dispone, en consecuencia, de su valor de uso. El valor de uso de la fuerza de trabajo no
es otra cosa que el tiempo durante el cual esta fuerza de trabajo puede ponerse en funcionamiento.
Estamos, en efecto, en presencia de un bien muy particular; tal vez el único bien cuyo valor de uso se
puede cuantificar. El capitalista, dueño del tiempo de utilización de la fuerza de trabajo, se encuentra con
que hay una diferencia positiva entre la duración necesaria para la reproducción de la fuerza de trabajo y
el tiempo durante el cual la fuerza de trabajo se puede poner en funcionamiento. Como dice Marx, "el
valor que posee la fuerza de trabajo, y el valor que ésta puede crear difieren en tamaño". Este desfase,
entre el valor de uso y el valor de cambio de la fuerza de trabajo, es precisamente la plusvalía.
El capitalista será quien se apropie de la plusvalía. Pero, la plusvalía no es otra cosa que trabajo no
pagado. El intercambio de valores equivalentes en el mercado de trabajo permite entonces la explotación
del obrero en la esfera productiva. A partir de aquí es posible entender el modo en que la fuerza de trabajo
y los medios de producción participan en la formación de valor. Como mencionamos en el segundo
apartado, el trabajo se puede ver desde un punto de vista concreto o abstracto. En tanto que trabajo
concreto, el trabajo realiza la transferencia al producto final del valor incorporado en los medios de
producción. En tanto que trabajo abstracto el trabajo crea valor, es decir crea un valor necesario para su
reproducción y, además, produce plusvalía.
Por su parte, los medios de producción transmiten su valor al producto. Las materias primas y los
bienes intermedios pierden su aspecto inicial, son consumidas en su totalidad, y su valor se transmite
completamente al producto. Por el contrario, las máquinas y los edificios conservan su aspecto inicial
mientras se usan gradualmente; este uso progresivo se analiza como una cesión gradual de valor.
Evidentemente, la totalidad del valor de uso participa en el proceso de producción.
Estas consideraciones de naturaleza técnica, permiten retomar la clásica distinción entre capital fijo y
circulante. El capital fijo comprende los medios de producción que participan, como una totalidad, en la
producción de valor de uso pero solo una fracción de su valor se convierte en valor de cambio. El capital
circulante, por su parte, transmite íntegramente su valor de cambio a la mercancía. Como ya
subrayó Ricardo, esta distinción capital fijo/circulante es más una cuestión de grado que de naturaleza y
depende fundamentalmente de la duración del período de análisis.
Más allá de los aspectos técnicos mencionados arriba, lo esencial de la teoría de la explotación se
encuentra en los distintos papeles que juegan los medios de producción y la fuerza de trabajo en la
creación de valor. La teoría del capital le sirve a Marx para expresar esta diferencia; así, los medios de
producción sólo transmiten su valor al producto, y es precisamente por esta circunstancia que Marx lo
denomina capital constante. Por el contrario, la fuerza de trabajo utilizada en la producción reproduce su
valor y crea una plusvalía y por esta razón Marx lo denomina capital variable.
De lo anterior podemos concluir entonces que el valor de una mercancía producida con la ayuda de
capital constante y variable se descompone entonces en capital constante consumido, capital variable
utilizado y plusvalía. Es decir:
Si nos interesamos por el papel de la fuerza de trabajo, la descomposición anterior del valor nos
muestra cómo el capital variable anticipado sirve para reproducir la fuerza de trabajo. Es decir, esta
fracción del capital permite, al mismo tiempo, la subsistencia del obrero y, lo que es más importante para
el funcionamiento del sistema, que el capitalista vuelva a encontrar la misma fuerza de trabajo en el
mercado en el período siguiente. Esta parte del tiempo de trabajo se denomina trabajo necesario. Pero,
como ya hemos visto, el trabajador también crea una plusvalía; es decir, un trabajo excedente, no pagado
y apropiado por el capitalista.
Si relacionamos esos elementos, podremos obtener una tasa de explotación o tasa de plusvalía (pl/v),
que se expresa como la relación entre la plusvalía y la parte del capital anticipado que crea tal plusvalía.
En la práctica, para una duración de la jornada de trabajo (un día por ejemplo), esta tasa de explotación
puede expresarse por la relación trabajo excedente/trabajo necesario. Esta relación refleja el hecho de que
el trabajador consagra una parte del tiempo a trabajar para sí mismo y la otra a trabajar para el capitalista
(una realidad evidente en el feudalismo que sigue existiendo, aunque de modo encubierto, en el
capitalismo). En resumen:
Donde PL es la plusvalía total, pli es la plusvalía por obrero, vi es el capital variable por obrero y V el
capital variable total. Lo que también puede expresarse como:
Si razonamos, como hace Marx en primer lugar, suponiendo una tasa de explotación dada, resultará
entonces que la plusvalía total depende del volumen de capital variable anticipado. Es decir, con una tasa
de explotación dada y un valor medio de la fuerza de trabajo dado, la plusvalía crece con el empleo. El
crecimiento del empleo, de la mano de la acumulación de capital, es entonces uno de los medios con que
cuenta el capitalista para aumentar la plusvalía. Marx le denominará a este fenómeno aumento de la
plusvalía absoluta (o simplemente plusvalía absoluta).
El aumento del empleo se puede conseguir por dos medios diferentes. El primero, a través del aumento
del número de trabajadores, con la misma duración de la jornada de trabajo. Este aumento es
evidentemente posible, pero está limitado por el crecimiento natural de la población activa. El segundo,
mediante la prolongación de la jornada de trabajo. Esta segunda opción está limitada, por una parte, por
razones fisiológicas (ya que hace falta un tiempo mínimo para recuperarse después de la jornada de
trabajo), pero sobre todo por razones sociológicas (la prolongación de la jornada de trabajo resultará en
una viva resistencia obrera). Por ese motivo, el aumento de la plusvalía en su forma absoluta topará con
sus límites rápidamente y exigirá que el modo de producción capitalista ponga en marcha otro método,
que Marx denominará la producción de plusvalía relativa.
El modo de obtener la plusvalía relativa es simple. Manteniendo constante la jornada de trabajo y el
número de trabajadores, la plusvalía sólo puede aumentar reduciendo el trabajo necesario y aumentando
el trabajo excedente; es decir, aumentando la tasa de explotación. Si excluimos, por hipótesis, que el
salario pueda ser inferior al valor de la fuerza de trabajo, la única forma de aumentar la tasa de
explotación estará en la disminución del valor de la fuerza de trabajo. Esta disminución se consigue
disminuyendo el valor de los bienes fundamentales que aseguran la renovación de la fuerza de trabajo; es
decir, aumentando la productividad del trabajo en las empresas que producen los bienes de consumo
obrero.
Para aclarar cómo se alcanza en la práctica el resultado anterior hay que tener en cuenta la realidad de
la competencia. El empresario capitalista vive en un mundo en el que ganar una cuota del mercado es el
elemento esencial para la obtención de ganancias. En ese contexto, la innovación tecnológica le permite
reducir los costes del trabajo y establecer de ese modo un valor de los bienes que produce por debajo del
valor social de los mismos. El capitalista innovador obtiene así una plusvalía suplementaria, cuya
traducción concreta es una tasa de beneficio superior a la media, y una cuota del mercado superior a sus
competidores. Por supuesto, como hemos visto, en la esfera de la circulación nada se crea ni se destruye,
y tal plusvalía suplementaria solo puede provenir de la redistribución de la plusvalía global, en perjuicio
de los competidores que sin duda se verán obligados a vender por debajo de su valor. La restauración de
la tasa de ganancia para todas las empresas pasará evidentemente por la adopción y generalización del
nuevo proceso. Este proceso general, nacido de la competencia, conduce entonces a la disminución del
valor unitario de los bienes producidos.
En lo que respecta a la plusvalía relativa, la cuestión crucial consiste en saber donde tendrán lugar estas
innovaciones. Si estas se realizan en los sectores que no sirven para la reproducción de la fuerza de
trabajo, la plusvalía global no aumentará ya que tampoco disminuirá el valor de la fuerza de trabajo. Si,
por el contrario, las innovaciones tienen lugar en los sectores que producen bienes de consumo obrero, se
hace posible la producción de la plusvalía relativa. El capitalista innovador realiza una plusvalía extra en
detrimento de sus competidores. Luego se difunde la innovación o aparecen nuevas innovaciones, el valor
unitario de los bienes de consumo sufre una disminución que se generaliza, el valor de la fuerza de trabajo
disminuye y el salario se ajusta progresivamente al nuevo valor. Las plusvalía global crece (en su forma
relativa) a medida que las plusvalías suplementarias que nacen de las olas de innovación se van
erosionando progresivamente. En resumen, la búsqueda de la máxima ganancia por parte de cada
capitalista tendrá como consecuencia a escala social el aumento de la tasa de explotación y de la plusvalía
global.
4. Acumulación de capital.
En el esquema de Marx, la teoría de la producción no sólo es útil para explicar el proceso de creación
de valor; también lo es para entender las leyes que rigen la distribución de la riqueza. El valor producido
sirve, por una parte, para reponer el capital constante consumido y para reproducir la fuerza de trabajo y,
por otra parte, para reportar una plusvalía al capitalista. En la medida en que se recomponen los medios
de producción y la fuerza de trabajo, se recrean también las condiciones que permiten reiniciar un nuevo
ciclo productivo. Como los capitalistas siguen siendo los únicos poseedores del capital y los obreros sólo
poseen su fuerza de trabajo, la producción de mercancías reproduce también las relaciones sociales
propias del capitalismo.
La acumulación de capital toma la forma de aumentos en el capital constante (C) y de capital variable
(V) y es fácil comprender que, para la evolución de capitalismo, es crucial el conocimiento de la
evolución de la distribución C-V. Esto nos lleva directamente al concepto de composición orgánica del
capital.
Desde el punto de vista práctico, la producción resulta de la combinación de medios específicos de
producción y de modalidades concretas de trabajo. Bajo este ángulo descriptivo, es posible hablar
de composición técnica del capital. Esta combinación productiva tiene, por otra parte, una traducción en
valor; en ese caso nos referiremos a ella como composición orgánica del capital. La composición orgánica
del capital se define como la relación entre el capital constante y el capital variable; es decir
como: q=C/V.
Según Marx, con el desarrollo del capitalismo se produce un aumento evidente de la cantidad de
máquinas que utiliza cada trabajador (es decir de la composición orgánica del capital). El aumento de la
productividad del trabajo, que pasa por la puesta en marcha de innovaciones, se manifiesta en la
utilización de técnicas cada vez más capitalistas (o cada vez más intensivas en capital). La traducción en
valor de este aumento de la composición orgánica del capital no es, sin embargo, inmediata. En otros
términos, no podemos afirmar a priori que el progreso del maquinismo aumenta o disminuye la creación
de valor.
En efecto, la consecuencia del aumento del maquinismo sobre el valor del capital anticipado está
sometida a dos efectos contradictorios: un efecto volumen que influye al alza (cuanto más máquinas
mayor será su valor), y un efecto valor que influye a la baja (el progreso técnico hace disminuir el valor
unitario de los bienes producidos). Esto es igualmente cierto para el capital constante como para el capital
variable. Sin embargo, para Marx, el efecto valor, relativamente pequeño, sólo sirve para atenuar el efecto
volumen, que, en definitiva, es el dominante. Podríamos tratar de justificar este punto, por ejemplo, con el
supuesto implícito de que el aumento de la productividad del trabajo influye más o menos del mismo
modo sobre la producción de bienes de capital y sobre la producción de bienes de consumo obrero; por
tanto, en la relación C/V, el efecto valor afectará del mismo modo al denominador y al numerador,
dejando influir sólo al efecto volumen.
Siguiendo a Marx, se puede afirmar entonces que en el proceso de acumulación capitalista, la
composición del capital crece de un modo permanente. Esta tendencia tiene algunas consecuencias dignas
de mención. A medida que aumenta la composición orgánica del capital, aumenta también el volumen
mínimo requerido de las inversiones, haciendo surgir barreras de entrada y acentuando el fenómeno de
concentración de capitales. Con la concentración también aumenta la vulnerabilidad de las empresas
rezagadas. La acumulación de capital, según Marx, se realiza entonces en un contexto de quiebras,
recompras, fusiones, afiliaciones, acuerdos de colusión, etc; fenómenos todos ellos que llevan
inexorablemente a la centralización de capitales en pocas manos. Es de ese modo "como se abre paso a
escala social el aumento de la composición orgánica".
Una parte de la plusvalía creada con la explotación de la fuerza de trabajo se acumula en la forma de
capital variable y sirve entonces para generar nuevos empleos. Si la composición orgánica del capital
permanece constante, en cada período se convertirá en empleo nuevo una fracción constante de la
plusvalía. Así, suponiendo para simplificar una tasa constante de explotación, la plusvalía, el capital
variable y, en consecuencia, el empleo aumentarán al mismo ritmo. El siguiente ejemplo numérico ilustra
este mecanismo:
Períodos C V Pl DC DV DV/V
Pl/V = 1 ; C/V = 4
La evolución anterior es claramente insostenible. Con las hipótesis planteadas, es improbable que el
ritmo de crecimiento de la población activa sea suficiente para satisfacer el ritmo deseado de acumulación
de capital variable. De ello resultará entonces una demanda excedente de trabajo, que elevará los salarios
en detrimento de los beneficios, y que terminará por ralentizar y eventualmente frenar la acumulación de
capital. Para Marx, siempre que la composición orgánica del capital muestra una cierta inercia, se
producirá un movimiento cíclico de la economía en el que la expansión se manifiesta, primero, por un
fuerte desarrollo del empleo y, a continuación, por un crecimiento excesivo de los salarios y una caída en
la tasa de beneficios. La cima del ciclo se obtiene cuando la tasa de beneficios es el mínimo compatible
con la acumulación; a partir de allí, la acumulación disminuye y eventualmente se hace cero. El tipo de
salario, que antes había aumentado, ahora disminuye y se inicia una recesión que terminará cuando se
restablezca el beneficio normal. Esta es una de las razones centrales por las que el capitalismo, para Marx,
es esencialmente inestable.
Más allá de los movimientos cíclicos, a más largo plazo, la composición orgánica del capital crece.
Esto será lo que ocurra si, a medida que se acumula capital, el capital variable, y con él el empleo,
aumenta a un ritmo decreciente. Este punto puede ilustrarse con el ejemplo numérico siguiente:
- La acumulación capitalista sirve para crear nuevos empleos. En este caso tales puestos
de trabajo se crean a un ritmo constante en términos absolutos (pero es posible imaginar
ritmos crecientes o decrecientes). Sin embargo, lo más importante es los siguiente:
- La tasa de crecimiento del empleo es decreciente (DV/V disminuye).
El caso planteado no parece demasiado negativo si tenemos en cuenta que en él el empleo crece a una
tasa decreciente, pero positiva. El problema es que las cosas no terminan ahí. En efecto, si introducimos la
depreciación del capital, el resultado sobre el empleo puede convertirse en negativo. La razón está en que
el remplazamiento del capital usado se hace sobre la base de técnicas nuevas de producción, más
capitalistas que las anteriores y que, en consecuencia, implican la destrucción de empleos antiguos.
En resumen: la evolución del empleo es el resultado de dos tendencias contradictorias: una de ellas
creadora de empleos (la capitalización de la plusvalía), y la otra destructora, el aumento y el reemplazo
del capital sobre la base de una composición orgánica creciente. Para Marx, esta tensión permanente no
conduce a un equilibrio y, a la larga, la destrucción de empleos predominará sobre la creación de puestos
de trabajo. En efecto, como hemos visto, en el mejor de los casos, la creación de empleos se realiza a un
ritmo decreciente. Pero, la destrucción de empleos se produce a un ritmo creciente, ya que el aumento de
C/V conduce al crecimiento del capital utilizado, y, en consecuencia, a un aumento del capital que, en
cada período se reemplaza sobre la base de nuevas técnicas. En resumen: entre la tendencia a la baja de
empleos creados y la tendencia al alza de los empleos destruidos, el capitalismo se convierte
inevitablemente en una "gran fábrica de parados" que, según la célebre expresión de Marx, se
incorporarán al "ejército industrial de reserva".
Evidentemente, lo anterior es la descripción de una tendencia de largo plazo, perfectamente compatible
con fases de crecimiento del empleo. Lo esencial es que el mercado de fuerza de trabajo está bajo el
dominio total del capital. Lejos de tratarse de dos polos independientes, la demanda y la oferta de fuerza
de trabajo no son más que los dos aspectos de la misma dominación. Como dice Marx: "En estas
condiciones, la ley de la oferta y la demanda corona el despotismo capitalista" ([Link].83)
Teóricamente, según Marx, es posible distinguir dos modalidades de la reproducción del ciclo
productivo. En la primera modalidad, el capital, la fuerza de trabajo y las relaciones sociales se
reproducen período tras período sobre una base idéntica; en este caso, que Marx denomina de
reproducción simple, el capital avanzado no aumenta ni disminuye con el paso del tiempo o, lo que es
equivalente, los capitalistas consumen totalmente la plusvalía. En la segunda modalidad,
que Marx denominará de reproducción ampliada, se capitaliza una parte de la plusvalía y, por lo tanto,
una parte de la plusvalía se convierte en fuerza de trabajo y en medios suplementarios de producción.
Obviamente, esta última situación es la norma general del capitalismo.
En el caso de reproducción ampliada, las consecuencias sobre el empleo son directas e inmediatas: la
acumulación de capital se concreta con el anticipo de un capital variable suplementario que dará lugar a
una plusvalía suplementaria. La acumulación de capital, si nos limitamos a este mecanismo, es un proceso
que se refuerza a sí mismo. Para Marx los capitalistas son fanáticos de la acumulación; aunque esta
característica no se explica por razones psicológicas, sino por motivos históricos que deben buscarse en
las reglas impuestas por la competencia. El capitalista no acumula por vocación, sino porque está es la
condición de supervivencia impuesta por la competencia.
Hasta ahora hemos tratado el capital como un valor anticipado para la producción. En realidad, el ciclo
del capital es de hecho una imbricación de ciclos de capitales individuales que no se puede realizar más
que por la coherencia de los valores de uso. En efecto para que se pueda dar la circulación D-M-D', es
necesario que en todas las etapas se consiga la coherencia de los bienes producidos y las necesidades a
satisfacer. El capital inicial nace de una venta previa, su inversión en medios de producción específicos
exige la presencia de tales medios en el mercado, la compra de la fuerza de trabajo, por su parte, supone
la existencia de bienes de consumo obrero y, del mismo modo, la realización de la plusvalía exige que el
producto sea socialmente útil. Es decir, una economía sólo puede funcionar si existe una compatibilidad
sectorial que asegure la armonía del conjunto. Esta compatibilidad necesaria es la que Marx desea
describir en sus esquemas de reproducción.
La división más general que podemos concebir de la economía es la que distingue el sector de los
bienes de producción (sector I) y el sector de los bienes de consumo (sector II). En cada una de los
sectores, el valor creado (M), se puede descomponer en capital constante consumido (c), capital variable
(v) y plusvalía (pl). es decir:
En el caso de la reproducción ampliada, se consume una parte de la plusvalía (apl1 + apl2 con a< 1), en
tanto que otra parte se capitaliza ((1-a)pl1 + (1-a)pl2). La producción del sector I sirve entonces para
reemplazar el capital utilizado (c1+c2) y para la acumulación neta ((1-a)pl1 + (1-a)pl2)). La producción II
sirve para el consumo obrero v1+v2 (los obreros no ahorran) y para el consumo de los capitalistas (apl1 +
apl2). Entonces, las condiciones de equilibrio se convierten en:
Estas condiciones de equilibrio, pueden ser objeto de varios análisis. Lo primero a destacar es que las
dos condiciones de equilibrio son formalmente idénticas. Ya sea en la reproducción simple o ampliada, la
demanda de los bienes de consumo proveniente del sector I debe ser igual a la demanda de bienes de
producción que emana del sector II. En segundo lugar, en cada uno de los dos casos, el equilibrio de un
sector asegura el equilibrio del otro. Este resultado es intuitivamente evidente, ya que ambos se sirven
mutuamente de los gastos del otro. En tercer lugar, como consecuencia directa de lo anterior, al
desequilibrio en un sentido de un sector le corresponde un desequilibrio en el otro sentido del otro sector.
Por ejemplo, si en I la producción de bienes de capital (M1) es superior a la demanda, es decir si c1 +v1 +
pl1 > c1 + c2 + (1-a)pl1 + (1-a)pl2, esto significa que en II la producción de bienes de consumo es inferior a
la demanda. En otros términos: a la sobrecapitalización le corresponde la insuficiencia en la producción
de bienes de consumo.
Pero, ¿qué quieren decir todas esas condiciones formales de equilibrio, tanto para una economía
estacionaria como para otra en crecimiento? Sin duda, el objetivo de Marx era mostrar que aun en una
estructura simple (incluso elemental) las condiciones exigidas de coherencia son extremadamente
restrictivas. En esta óptica, la simplicidad del modelo no es un defecto sino una cualidad. Si dividiendo
simplemente la economía en dos sectores, la condición de equilibrio es tal que su probabilidad de
realización es más bien pequeña, es posible pensar lo que puede ocurrir en una economía real. Las
condiciones planteadas son en efecto estrechamente rígidas y Marx no introduce ningún mecanismo
corrector o estabilizador para que puedan corregirse los desequilibrios.
Si queremos introducir algo más de realismo en los modelos de reproducción deberíamos, por una
parte, introducir un nuevo sector (el de los bienes de lujo demandados por los capitalistas) y tener en
cuenta las amortizaciones no sincronizadas de los bienes de capital. Así, por hipótesis, es fácil concluir la
inestabilidad crónica de un sistema interdependiente en el que se han eliminado los mecanismos
autocorrectores. Marx no se priva de extraer conclusiones en ese sentido ni de insistir en que el menor
desfase en las condiciones de equilibrio se traducirá en shocks de inventarios en uno u otro sector, en
perspectivas no realizadas de beneficios, en caídas de precios, quiebras de empresas y aumentos del paro.
El sistema capitalista es entonces fundamentalmente inestable y está sometido a crisis periódicas como
resultado de una producción incorrectamente articulada de los sectores de bienes de capital y de bienes de
consumo. Es importante subrayar que las crisis en sentido marxista no son asimilables a las crisis de
subconsumo en el sentido clásico del término. El sistema no engendra, como en Malthus, crisis de
sobreproducción ya que las condiciones de equilibrio muestran que el crecimiento equilibrado es
teóricamente posible. Por otra parte, el subconsumo no se encuentra necesariamente en el origen de una
crisis: también se puede producir la razón contraria. La idea de Marx es que el modo capitalista de
producción aumenta las producciones sectoriales sin mantener la coherencia entre las demandas
sectoriales; la razón de fondo de tales desajustes está en que se produce por el valor de cambio y no por el
valor de uso. Esa es una fuente importante de crisis aunque no evidentemente la única.
6. El Problema de la Transformación
Hasta ahora hemos conducido todo el razonamiento en términos de valor y de plusvalía, conceptos sin
traducción inmediata en la realidad económica. En la vida corriente son los precios y los beneficios los
que aparecen corrientemente y, son ellos, en efecto los que deben ser explicados. Pero, esta transposición
de valores en precios y de plusvalía en beneficios no es ni automática ni simple. Al contrario, el intento de
conseguir esta transformación hace surgir, como veremos, una contradicción. Siguiendo la tradición
clásica, Marx retoma la idea según la cual la movilidad del capital asegura la igualación de las tasas
individuales de ganancia: cada capitalista exige la misma tasa de ganancia (descontando obviamente el
riesgo de cada uno de los usos posibles del capital). Esta idea es natural, pero en el razonamiento marxista
esconde el problema. En efecto, para el capitalista individual es completamente indiferente que el capital
se anticipe en forma variable o constante y la ganancia debe proporcionarse a todo el capital en su
conjunto. Pero, sin embargo, el análisis de la fuerza de trabajo ha pretendido mostrar que la plusvalía sólo
proviene del capital variable. Entonces, con el mismo capital avanzado y con la misma tasa de
explotación, una empresa que utilice más capital constante que otra deberá, en principio, obtener menos
plusvalía, lo que contradice la hipótesis de unicidad de la tasa de ganancia.
Marx reconoce esta contradicción y trata de resolverla. Según él, en primer lugar, hay que rechazar la
hipótesis simple de que la contradicción se pueda resolver admitiendo simplemente que el capital variable
genera más o menos plusvalía según el sector en que se emplee. Esto supondría abandonar la aplicación al
mercado de trabajo de la teoría del valor trabajo, y reconocer que el trabajo es más o menos productivo de
acuerdo con los medios de producción de que dispone (lo que, en última instancia, significaría reconocer
que el capital constante produce valor). Obviamente, para Marx, esta es una solución insatisfactoria, en la
que la explotación se excluye a-priori, y por todo ello propondrá otra solución.
Para la economía en su conjunto, el beneficio total es igual a la plusvalía total, es decir a 225, ya que el
capital variable total es igual a 225 y la tasa de explotación es del 100%. El valor total de la producción es
entonces M=c+v+pl=675. La tasa de beneficio, igual a la relación de la plusvalía sobre el capital total
avanzado, es entonces 3/11. Esta tasa de beneficio medio general es la que se aplica a los capitales
individuales de los sectores I, II, y III.
A escala sectorial, aparecen respectivamente las plusvalías de 100, 75 y 50, es decir, la tasa del 100 por
ciento aplicada al capital variable avanzado. El capital constante consumido resulta de la aplicación de
tasas de depreciación sectoriales a los capitales constantes avanzados (es decir: 1/4(300)=75, 3/8(200)=75
y 3/4(100)=75). En estas condiciones los valores creados aparecen en la columna (5).
¿Cómo se forman los precios de oferta de los productos (Marx les llama "precios de producción")?
Estos son la suma de los costes de producción (capital constante consumido + capital variable avanzado-
columna (6)), y de los beneficios (obtenidos aplicando la tasa media general de beneficios a los capitales
sectoriales avanzados (columna (8)). Estos precios aparecen en la columna (9). Salvo para el sector II,
estos son diferentes de los valores.
La diferencia (M-p) aparece en la columna (10). Los resultados de este análisis son los siguientes. La
transformación de la plusvalía en ganancia y del valor en precio de producción se realiza por la
distribución de la plusvalía. A escala global, la plusvalía constituye el beneficio global del que disponen
los capitalistas. Los sectores que utilizan menos capital variable que la media producen menos plusvalía
por unidad de capital (en este caso el sector I) que el sector medio. A la inversa, aquellos que utilizan más
capital variable que la media producen más plusvalía (en este caso el sector III). Pero los capitalistas
exigen una remuneración a prorrata sobre el total de capital anticipado, y no en proporción de su capital
variable adelantado. De esto resulta que los sectores con fuerte composición orgánica venden por debajo
de su valor, en tanto que los sectores con débil composición orgánica venden por encima de su valor. El
sector medio, representativo de las condiciones medias de producción ve coincidir precio y valor. En
suma, la igualación de la tasa de ganancia es equivalente a la redistribución de la plusvalía, de modo tal
que el capital obtiene en todas partes el mismo rendimiento. Evidentemente, en este proceso de
circulación nada se crea ni se destruye. La plusvalía no se realiza allí donde se crea, pero la suma
algebraica de los desfases entre los precios y los valores es nula (columna 10), lo que permite concluir,
que la ley del valor se verifica globalmente.
La solución de Marx dio lugar a un importante debate cuyo origen reside en el carácter incompleto,
sino ilógico, de la teoría de la transformación de los valores en precios. En efecto, para Marx, la tasa de
beneficio se obtiene con respecto al valor del capital invertido; habiendo calculado ya el precio de los
productos. Pero, el capitalista no compra el capital constante ni el capital variable por su valor sino por su
precio. Una solución correcta debe servir para transformar no sólo los valores de los productos en precios,
sino también los valores de los factores y esto no es lo que hace Marx. En cualquier caso, según Marx, el
valor no se expresa directamente en el precio de producción, sino sólo indirectamente, por intermedio de
la distribución de la plusvalía. La ley del valor se satisface globalmente y para los precios individuales se
trata solamente de una ley tendencial.
Como la tasa de beneficio es la misma para todos los sectores de la economía, a nivel agregado la tasa
de ganancia y la de plusvalía son idénticas. Esta tasa de ganancia puede entonces definirse como la
relación de los beneficios sobre el capital avanzado (o de la plusvalía sobre el capital
avanzado). Marx escribe entonces:
Evidentemente, la evolución de r depende, al menos en una primera aproximación, de las evoluciones
respectivas de la tasa de explotación y de la composición orgánica del capital. Para Marx, con los
argumentos que luego juzgaremos, es la composición orgánica y su evolución la que determinan la
tendencia de r; los otros factores juegan sólo como contratendencias que matizan el resultado general.
Evidentemente, si razonamos en términos de tasa de explotación constante, el aumento de la composición
orgánica del capital entraña mecánicamente una baja de la tasa de beneficio. Lo que, económicamente, se
interpreta del siguiente modo: la sustitución constante de "trabajo muerto" por "trabajo vivo" hace que la
unidad marginal de capital invertido reporte cada vez menos rendimiento, ya que sólo el "trabajo vivo"
crea plusvalía.
Frente a esta fuerte tendencia, el modo de producción capitalista pone en juego contratendencias que
pueden clasificarse en dos categorías: las que se refieren a los precios y las que se refieren al valor.
A nivel de los precios, sin ser exhaustivos, podemos mencionar, por ejemplo, la disminución temporal del
salario por debajo del valor de la fuerza de trabajo cuando hay paro o inmigración. El comercio exterior
también puede jugar un papel importante en la medida en que permite obtener los bienes de producción,
materias primas y bienes de subsistencia a un precio inferior al precio del mercado interno. Mas
importante para el porvenir de la teoría Marxista es el papel jugado por las exportaciones de capital, sea
bajo la forma de préstamos, en cuyo caso el capital nacional puede recoger parte de la plusvalía generada
en el exterior, sea en la forma de inversiones directas, en cuyo caso el capital se beneficia de una
explotación más acusada y de unos salarios reales más bajos.
A nivel del valor, podemos, en primer lugar, imaginar un aumento de la tasa de explotación a través de un
aumento de la plusvalía absoluta, es decir, por la prolongación de la jornada de trabajo o de la
intensificación del trabajo. Para Marx estos son sólo paliativos, tales mecanismos están limitados por
razones puramente físicas y por las luchas obreras.
La aceleración de la rotación del capital es también un freno a la baja tendencial de r. En efecto, si tc es
la tasa de rotación del capital constante, podemos escribir:
donde c es el capital constante consumido (si, por ejemplo, el capital constante se utiliza en dos años la
tasa de rotación será de 1/2). Vemos que todo aumento de tc corresponde a una disminución del capital
constante avanzado sobre el período unitario, y es entonces algo que conduce a un alza de la tasa de
ganancia.
En suma, estamos inmersos en un conjunto de fuerzas antagónicas entre las que ninguna parece
dominar. Esta impresión no hace más que confirmarse si eliminamos la hipótesis de una tasa de
explotación constante (que además es insostenible en el marco del razonamiento de Marx). En efecto, el
aumento de la composición orgánica del capital y el de la tasa de explotación son dos resultados del
mismo movimiento. El crecimiento de q significa el crecimiento de la productividad del trabajo, que no
podemos suponer como exclusiva al sector I. La producción de bienes de consumo obrero también se
beneficia, lo que conlleva la mayor producción de plusvalía y al aumento de la tasa de explotación.
Además, la evolución de la tasa de beneficio depende de dos fuerzas contradictorias: una que presiona a
la baja (el aumento de q), y otra al alza (el crecimiento de pl/v). El propio Marx dice que "las causas
mismas que producen una baja tendencial de la tasa de beneficio inducen también efectos
compensadores". Es decir, sin duda, que las contratendencias no ponen en duda la tendencia. Pero esto
también equivale a decir que si la tasa de ganancia disminuye se verifica la ley; en tanto que si aumenta,
son las contratendencias las que dominan (¿provisionalmente?) sobre la tendencia.
Admitamos, a pesar de todas las reservas, que Marx tiene razón y la tasa de beneficio disminuye. El
modo capitalista de producción en sus etapas avanzadas se encontrará entonces con una acumulación
excesiva de capital. Este exceso de acumulación no significa que el capital disponible permite satisfacer
de sobra las necesidades sociales; sólo significa que la plusvalía es insuficiente con respecto al volumen
de capital anticipado. Esta contradicción se puede superar con la desvalorización de una parte del capital.
Es decir con la valoración de una parte del capital por una tasa de beneficio inferior a la tasa normal de
beneficio general. La desvalorización puede tomar distintas formas, que son al mismo tiempo los
síntomas de una crisis cíclica: retirada pura y simple de capitales de la producción, recompras a bajo
precio después de la quiebra de las empresas, fragmentación de la tasa de beneficio, intervención del
estado, etc. Más allá de estas múltiples formas, la desvalorización de ciertos capitales permite
contrabalancear provisionalmente las consecuencias de una baja de la tasa de ganancia permitiendo
mantener su rentabilidad a los capitales no desvalorizados hasta el momento en que la ley tendencial haga
sentir de nuevo sus efectos con la aparición de una nueva crisis.
Esta tendencia a la disminución secular de la tasa de beneficio, unida a las otras tendencias
mencionadas en los apartados anteriores, permite comprender la afirmación de Marx, de que "el
capitalismo está infectado con el germen de su propia destrucción".