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COLECCIÓN
DE
ESCRITORES CASTELLANO;
HISTORIADORES
-LXXI -
OBRAS
DE
D. ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO
ESTUDIOS* DEL REINADO DE FELIPE IV
TOMO II
TIRADAS ESPECIALES
58 ejemplares en papel de hilo 1 al 50
10 » en papel China I al X
A. CÁNOVAS DEL CASTILLO
OBRAS
ESTUDIOS
REINADO DE FELIPE IV
TOMO II
A N T E C E D E N T E S Y RELACIÓN CRITICA
DE LA B A T A L L A DE R O C R O Y , CON EL PRINCIPIO
Y FIN Q U E T U V O LA SUPERIORIDAD MILITAR
DE LOS ESPAÑOLES EN EUROPA
K
MADRID
IMPRENTA OJ».A. P$RB7. D U B R U L L
blor Baja, num. 22
1888
ÍgP*
R E C U E R D O ;DE AMISTAD
' CONSAGRADO í l.Á KfSÍ^>RlA
••- '••« ¿ d e l •
CAPITÁN GENERAL D. LEOPOLDO O'DONNELL
DUQUE DE TETUÁN
INSIGNE M A N T E N E D O R D E L A GLORIA D E N U E S T R A S ARMAS
EN T I E R R A E X T R A N J E R A
ANTECEDENTES Y RELACIÓN CRITICA
BATALLA DE ROCROY
CON EL PRINCIPIO Y FIN QUE T U V O L A SUPERIORIDAD MILITAR
DE LOS ESPAÑOLES EN E U R O P A .
ARA vez dejan de inquirir con esme-
ro los historiadores las circunstan-
cias de los hechos, y las calidades de
los hombres que dan gloria á las naciones,
esperando, sin duda, que esta conmemora"
ción de la virtud pasada aproveche á las gen"
tes que viven y á las venideras. No es, con
todo, el estudio de los hechos y de los hom-
bres afortunados el que mayor utilidad trae
á las naciones , ni el más digno de los cuida-
dos de la historia. Mucho más que la pros-
peridad enseña la desgracia, lo mismo á una
Nación que á un individuo.
IO A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Natural es, sin embargo, que huya un tanto
el hombre de los recuerdos penosos ó tris-
tes, y más de aquellos que con razón ó sin
ella hieren su orgullo. Por eso nuestra Nación,
que tantos historiadores tuvo en el siglo xvx,
ni por el mérito ni por el número superados
en parte alguna, sin haber suceso particu-
lar, campaña ó conquista que no quedase
bien relatada, y con frecuencia más de una
vez, cerró el templo de la historia desde
principios del siguiente siglo en adelante, de-
jando como en entredicho á sus puertas los
últimos reinados de la dinastía austríaca. To-
cante á las relaciones coetáneas de campa-
ñas y sucesos particulares, hubo causa espe-
cial, en otro estudio referida; pero ¿cómo
explicar de distinto modo que aquí lo expli-
co , el que estén á estas horas por escribir
las vidas y los reinados de Felipe III, Feli-
pe IV y Carlos II ? Ni la especie de sumario
de Gil González Dávila respecto al primero,
ni los cortos anales de Céspedes de Meneses
acerca del segundo, que sólo abrazan sus
primeros años, merecen reputarse excepcio-
nes de la regla, tanto y más que por la bre-
vedad , por la escasez de condiciones crí-
ticas. E l hecho es que ningún español ha
dado hasta el presente á luz verdaderas his-
torias de aquellos días de más ó menos vi-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V , II
sible decadencia , habiendo llegado entre
nosotros el apartamiento de los asuntos tris-
tes á extremo tal, que no se halla tan largo
período de tiempo sin narradores en nin-
guna otra nación ó siglo. Debe de esto
proceder que tan corta enseñanza saque-
mos de nuestros propios anales, porque
no solemos saber de ellos sino lo que basta
á estimular la vanagloria , pareciéndonos
á los engreídos hidalgos que dedican á la
contemplación de sus pergaminos inútiles
las horas que gastarían mejor en inquirir y
remediar las causas del aminoramiento de
sus rentas, agenciando, además, otras con
que atender á las crecientes necesidades de
los tiempos. Algo importante se ha publicado
recientemente respecto á nuestra domina-
ción en Italia, y también un concienzudo tra-
bajo especial que sobremanera ilustra uno
de los tres postreros reinados de la dinastía
austríaca ; pero lo más está todavía por ha-
cer, y en pocas cosas podrá hallar mejor
empleo el discreto amor á la patria.
Hasta el orgullo bien entendido ganaría
con estudiar más á fondo nuestros errores
y desastres. Cada nación logra, al fin y al
cabo, lo que merece, que para eso son per-
petuas , y pueden reparar las obras del aca-
so en mayor ó menor transcurso de tiem-
12 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
po, muy al revés que los individuos, á los
cuales suele atajarles la muerte antes de
tomar desquite de la mala fortuna. Los de-
sastres irreparables se merecen tanto como
los triunfos constantes y seguros, y cierta-
mente que mereció España cuantos tuvo de
los primeros, desde el primer tercio del si-
glo xvn hacia adelante. Pero aunque sean
censurables en su conjunto los gobiernos y
los subditos de entonces, por algo merecen
respeto muchos, y es por el valor y constan-
cia conque, ya que no impidieron, supieron
dilatar por largos años la decadencia efecti.
va y visible de su patria en el mundo, pagan-
do con sangre generosa, así las faltas políti-
cas de su edad, como las que se cometieron
en los días de sus abuelos y padres.
La relación de una batalla famosa ofreció-
me ocasión hace veinte y más años para tra-
tar de nuestra supremacía y nuestra deca-
dencia militar, con sus orígenes y causas; y
puesto á ello, extendí mi estudio por no pocas
páginas, procurando dar exacta idea sobre
todo del antiguo infante español, fundamento
de nuestras victorias : de aquel soldado que
en los labios de Bossuet dio un día motivo á
algunas de las más hermosas frases de la
oratoria sagrada, y que en época reciente
ha servido de ejemplo á un filósofo , también
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . I 3
francés, para el intento de probar la inefi-
cacia del valor militar, por sí sólo, ó sea de
la fuerza, en la final dirección de los destinos
humanos. ¿ Dónde están (preguntaba el di-
funto Cousin , que es á quien ahora alu-
do) aquellas veteranas compañías españolas
(vieilles bandes) que por tanto tiempo de-
tuvieron con su firmeza heroica el curso
inevitable de la historia moderna? «Elles
soríc mortes á Rocroy», se contestaba, y
no sin aparente razón. Porque si nuestros
tercios viejos no acabaron, como luego ha
de demostrarse, en Rocroy, tuvo allí tér.
mino la superioridad del infante, en que se
cifraba la de nuestras armas , quedando ma-
nifiesta la total decadencia del poderío espa-
ñol , que sólo sus hazañas mantenía en pie,
aunque estuviera desde mucho antes carco-
mido por dentro.
He reconocido, entiéndase bien, que, con
efecto , acabó en Rocroy la superioridad de
la milicia española, no que allí tuviese fin el
mérito de nuestros tercios; porque, según
patentizará lo que al presente estudio se
añade hoy, les vieilles bandes de que M . de
Cousin hablaba, ó sean nuestros tercios
de Flandes, jamás desmerecieron, mientras
tal nombre ostentaron, de sus antecesores.
Una razón tengo que no tuve, cuando por
14 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
vez primera escribí acerca de nuestra infan-
tería en general, y especialmente de la de
Rocroy, para tratar con cierta detención
este punto, rectificando algunas de mis apre-
ciaciones de entonces. L a dicha razón es que
en el primero de los estudios que esta publi-
cación comprende, he expuesto con pena,
pero con exactitud, para que pueda, si se
quiere, servir de lección, lo que eran los
soldados bisónos en la Península al tiempo
de la guerra de Portugal. E l ánimo contris-
tado por las poco honrosas derrotas de E l -
vas, Extremoz, Villaviciosa y Castel-Rodri-
go , puede aquí recibir consuelo íntimo , y
aun alto aliento, recordando cómo por aque-
llos años mismos sabían pelear los vete-
ranos soldados españoles, no ya sólo en Ro-
croy, sino en Lens y las Dunas de Dun-
querque, repitiendo, atmque ya siempre sin
fortuna, las recientes hazañas de Nórdlingen
y Honnecourt '. De estas batallas también,
y aun de otras acaecidas en vida de Feli-
pe IV, trataré ahora, por tanto, y con mayor
conocimiento que hubiera podido en otros
i Llamo esta batalla de Honnecourt y no de Chátelet, como
otros, porque se dio, con efecto , junto á la aldea y abadia de
aquel nombre, y así la llama también el escritor militar Dávila
Orejón, que se halló en ella , y de quien se hablará luego lar-
gamente.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I5
días, á fin de que el mal y el bien, la infeli-
cidad y la desgracia alternen, y de consuno
comparezcan á la vista de aquellos españo-
les , que todavía abriguen amor en el alma
á la milicia verdadera y á la verdadera glo-
ria. Por mi parte, he dicho ya, y repito, que
si la memoria de las pasadas grandezas vale
para confortar los ánimos desalentados y le-
vantar los pensamientos á esferas más en-
cumbradas que nuestro patriotismo divisa
actualmente, los reveses y los infortunios
históricos pueden servir para más, que es
para enseñar á evitarlos. Lo uno y lo otro
quiso lograr el autor en su trabajo primitivo,
y ambas cosas pretende igualmente al pu-
blicarlo hoy, refundido, corregido y por
extremo acrecentado.
II
Pocos tipos presenta la historia tan curio-
sos y dignos de atención como el infante es-
pañol de los tercios viejos, que casi siem-
pre triunfó durante un siglo , y cuando al si-
guiente tuvo ya alternativas de triunfos y
derrotas, supo sucumbir con admiración de
sus propios vencedores. Durante un período
l6 A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
de ciento y tantos años, conservó este solda-
do de á pie un carácter común, muy bien deli-
neado por escritores que no le conocían de
oídas, sino tal cual Antonio de Guevara re-
comendaba que los buenos conociesen de
cosas militares, es á saber, por haber puesto
mano en ellas. «No hay ninguno más pobre
en la mesma pobreza», decía, por ejemplo,
como quien lo sabía tanto, uno de tales sol-
dados , de inmortal nombre en las letras:
* porque está atenido á la miseria de su pa-
ga, que viene tarde ó nunca, ó á lo que gar-
beare con sus manos, con notable peligro de
su vida y de su conciencia; y á veces suele
ser su desnudez tanta, que un coleto acuchi-
llado le sirve de gala y de camisa, y en la
mitad del invierno se suele reparar de la
inclemencia del cielo estando en la campaña
rasa con sólo el aliento de su boca, que,
como sale de lugar vacío, tengo por averi-
guado que debe salir frío, contra toda natu-
raleza »'. Esta pintura, no menos que donosa,
exacta los días antes de la de Lepanto, era
igualmente cierta la víspera de la de Pavía
y aun de cualquiera de las batallas del tiem-
po de Felipe IV, ya felices, ya infelices , que
he de referir más adelante.
Zarparon ya nuestros soldados de la playa
' Cervantes : El Ingenioso Hidalgo, tomo n , cap. xxxvu.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 17
de Málaga sin pagas para emprender con el
Gran Capitán la conquista de Ñapóles; y
por falta de ellas estuvieron á punto de aca-
bar allí con la vida del primero de los Gene-
rales que elevó la guerra á ciencia y arte
en la Edad Moderna. Dispuestos luego para
la conquista de Navarra , bajo el mando del
segundo duque de Alba, sorprendieron á
aquel buen caballero muchos de ellos con los
gritos sediciosos de ¡motín!¡motín! (en Es-
paña oídos por primera vez) ', á causa igual-
mente de faltarles pagas. Harto sabidos son,
por otra parte, los disgustos y estragos que
ocasionó con frecuencia semejante penu-
ria en Flandes, á pesar de que, según ex-
puso D. Bernardino de Mendoza, «la cos-
tumbre de los nuestros era diferente de la
de los de otras naciones, que pedían las pa-
gas antes de pelear y al tiempo de venir
á las manos con los enemigos, porque los
nuestros sólo reclamaban lo que se les de-
bía después de haber combatido». Con esto
y todo, advirtió ya aquel gran soldado y
político , tanto como hombre de letras, que
valía más ceder ó perder algunas provin-
cias, que guerrear sin suficientes medios, lo
cual impedía llevar á buen término ninguna
campaña, aunque se hiciesen sobrehuma-
1
Luis Correa: Conquista del reino de Navarra: Toledo, 1513.
- LXXI - 2
13 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
ñas proezas. Pero esto era predicar por de
pronto en desierto á la España entera, to-
davía embriagada, aunque pobre, en su pa-
sión de dominar , hasta allí dichosa,
A l terminar el reinado de Felipe II, y en
el mayor auge de la potencia española pro-
piamente dicha, porque la del tiempo de
Carlos V no podemos del todo atribuírnosla
con .razón, bien que más y mejor que nadie
ayudásemos á adquirirla y conservarla; des-
pués de incorporado Portugal, y vencido el
turco , que había hasta allí disputado la su-
perioridad al mundo cristiano ; cuando aún
no habían sido deshechos nuestros infantes
sobre campo alguno de batalla, poquísimo
se distinguían los que comenzaban á servir
de los primeros que fueron á Ñapóles, si he-
mos de creer á Marcos de Isaba , en su
libro intitulado Cuerpo enfermo de la Mili-
cia española. Porque, según cuenta, iban
á esta ó la otra parte de Italia, donde á la
larga solían formarse los mejores, «con un
arcabuz mal hecho y una media viga por caja,
roto el punto, serpentina, y el frasco hecho
pedazos, y el que llevaba la pica, tuerta y sin
hierros, corta y á veces rota; otras veces
desarmados, que quien los viera no juzgaría
que iban á ser soldados y servir á tan gran
Señor y tan gran Rey, sino á labrar y culti-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . I 9
var las haciendas y posesiones de aquellos á
quien estos soldados han de defender y guar-
1
dar. ». Con razón llamaban, pues, bisogni,
de bisogno, necesidad, los italianos á aque-
llos tales soldados, de donde nuestra propia
lengua admitió que á todo recluta ó novicio
se diese tal nombre.
Este perpetuo mal de la escasez venía del
constante mal estado de nuestra Hacienda
nacional, ó si se quiere regia, que más que
nadie experimentaban y padecían, natural-
mente, los soldados nuevos y viejos al i r á
campaña. Y el mal mismo tenía por primero
y fundamental origen, no importa repetirlo,
aunque lo tenga en otros casos expuesto, la
enorme desproporción que hubo siempre en-
tre nuestros recursos y las múltiples y vas-
tas empresas en que nos fuimos empeñando.
Quien estudie y ahonde bien la situación de
nuestra Hacienda desde que se iniciaron las
expediciones y guerras exteriores en ade-
lante, cada vez atesorará, sin duda, mayo-
res pruebas que patenticen esta inconcusa
verdad. Cualesquiera que fuesen los des-
aciertos de nuestra administración pública,
también en Francia, en Alemania y en todas
partes imperfectísima por aquel tiempo, la
1
Cuerpo enfermo de la Milicia española , cap. xxi : Madrid.
Por Guillermo Druy : 1594.
20 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
verdad es que la excepcional penuria que
padecimos no podía tener seguro remedio
sino cambiando en conjunto de política y
abandonando voluntariamente una posición,
por accidentes varios alcanzada á deshora,
que tarde ó temprano habíamos sin remedio
de perder. No pretendo que fuese este medio
de aplicación fácil en ningún país, y menos en
uno de tan ordinario orgullo como España :
digo sólo que era el único que, empleado si-
quiera en lo preciso y á tiempo, hubiera evi-
tado los más de nuestros apuros y desenga-
ños posteriores. Ni la singular situación que
nuestra Península ocupa en este extremo de
Europa, de una parte , ni de otra la natu-
raleza esquiva de lo más de nuestra tierra,
fuera de eso devastada por ocho siglos de
guerra intestina, como fué la que sostuvi-
mos con los moros españoles, y por aquellas
inundaciones de bárbaros que, no en ejér-
citos, sino en razas enteras, sucesivamen-
te vinieron de África, podían conferirle á la
Monarquía de los Reyes Católicos el primer
puesto del mundo, dado el orden natural de
las cosas. Mucho disminuyó la dificultad de
nuestros gobiernos sucesivos para susten-
tar empresas costosas el descubrimiento de
América, después de pasado algún tiempo,
porque , aunque nunca bastasen las flotas
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 21
para mantener holgado el tesoro regio, ello
es, al cabo , que sin el oro y la plata que de
allí vino, hubiera decaído, desde el punto
y hora en que Carlos V abdicó, nuestra pre-
ponderancia. Los tributos de Castilla, aun-
que totalmente se la desollase ' ó arruina-
se, para poco, poquísimo podían valer en
necesidades tamañas. Y aquellos mismos
recursos de América, aunque en sí llegaran
á ser cuantiosos, fueron siempre por demás
inseguros á causa del mar y la distancia, y
á la larga, por la interposición frecuente de
nuestros enemigos , no bastando de todas
suertes para atender á los desmesurados
gastos de guerra que por todas partes ha-
cíamos. En el entretanto, y dada la parve-
dad con que á las necesidades del común
gobierno contribuían, tanta multitud de Es-
tados ó provincias como, aparte de Casti-
lla, poseíamos , más bien eran causa de fla-
queza que de poder. Para tamaña extensión
de dominios, helo dicho distintas veces, los
matrimonios hicieron una parte, y otra las
armas; pero claramente aparece, en suma,
que nuestras conquistas de Sicilia y Ñapóles,
nuestro imperio en el Milanesado, en Alema-
nia, en Flandes, fueron á modo de aventuras
gloriosas y no más. E l empeño tenaz con que
1
Palabra literal del conde-duque de Olivares.
22 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
procuramos luego retener todo lo adquirido,
sin excepción, si de suyo fué noble, y dado el
duro temple del carácter nacional, inevi-
table, no por eso dejó de ser impolítico y fu-
nesto. Hay cualidades que pueden honrar á
los individuos y perder las naciones, cuali-
dades que para los individuos mismos son
de ordinario fatales, aunque respetables, y,
si se quiere, loables en ocasiones. De éstas
han mostrado no pocas en todo el curso
de su historia los gobernantes españoles,
y singularmente en el período de que se
trata.
III
Seducidos, á todo esto, por los exage-
rados encomios de los geógrafos antiguos,
que solían sólo conocer de España algunas
cortas porciones, cual hojr favorecidas y ex-
cepcionales, siempre han concedido los crí-
ticos extranjeros mucho mayor estima en
España á la tierra que á la raza que la pue-
bla, cuando lo contrario fuera más justo, en
mi concepto. De nada sirvió para destruir
esta opinión equivocada, desde la época del
Renacimiento sobre todo, el testimonio de
aquellos extranjeros que vieron por sí mis-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 2j
mos las cosas. Desde 1465 á 1467, y mucho
antes, por tanto, que comenzase á intervenir
constantemente España en los negocios ge-
nerales del mundo, recorrió con gran séquito
laPenínsula, así como muchas provincias de
Inglaterra y Francia, el barón León de Roz-
mithal, noble de Bohemia, sobre cuyas pere-
grinaciones queda una relación curiosísima,
primero traducida al latín, y poco hace al
castellano. Con ella corre junta otra de un
cierto Gabriel Tetzel, patricio de Nuremberg
que acompañó á Rozmithal en su viaje. Pues
no hay más que recorrer ligeramente las pá-
ginas del interesante volumen que ambas re-
laciones componen, para comprender cuánta
diferencia hubiese ya entre la riqueza visible
de las otras naciones , visitadas por dichos
viajeros , y la de la Península española. Des-
de que aquellos honrados observadores en-
traron en Castilla hasta Segovia, y de aquí
á Portugal por Salamanca, apenas dejaron
de señalar campos incultos , salviam et ros-
marinum producentes ; y donde milla alia
arbor crescit ,quam buxus, dicen unas ve-
ces , ó nullas alias ardores quam jtmipe-
ros et sabinas, escriben otras : romerales,
malezas, monte bajo cuando más, por todas
partes, excepto en las vecindades de la
sierra de Guadarrama, donde se alzaban,
24 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cual ahora, hermosos bosques de pinos '. De
Medina del Campo en adelante, por un espa-
cio muy largo, «nullaprata vel sylvas vidi-
mus; ad ignis usum fimum pecorum acci-
piunt» ; decían literalmente los viajeros, lo
propio que han podido hasta nuestro siglo
observar cuantos por los mencionados sitios
transitaban. Vueltos á entrar en España por
Mérida, de nuevo hallaron delante un desier-
to , vestido de hierbas aromosas , los cán-
1
Itineris a Leone de Rozmithal, nobili Bohemo, annis 1465-
1467, per Germaniam, Angliam, Franciam , Hispaniam, Por-
tugalliam atque Italiam confecti. Commentarii coaevi dúo : Stutt-
gart, 1844. El barón León de Rozmithal de Blatna era cuñado
del rey de Bohemia ; salió de Praga el 26 de Noviembre
de 1465, y su acompañamiento no bajaba de cuarenta perso-
nas , con cincuenta y dos caballos. Las dos relaciones de su viaje
que poseemos, son obra de personas de su acompañamiento.
Fué autor de la una , un cierto Schaschek , que, según advierte
con razón el Sr. Fabié, traductor de ambas , debía formar parte
de la servidumbre del barón de Blatna , y aun tal vez fuera
uno de sus secretarios, como opinó el Sr. Gayangos, porque
siempre habla con gran respeto, y hasta con humildad , de Roz-
mithal, á quien llama constantemente «el Señor». El original
de esta relación se ha perdido ; pero se conserva su traducción
latina hecha por el canónigo de Olmutz Estanislao Paulowiski,
é impresa en 1577. La otra relación, escrita en alto alemán me-
dio , pertenece al Gabriel Tetzel, patricio de Nuremberg, que
también acompañó á Rozmithal en su viaje. Una y otra se
publicaron el año 1844 en el tomo vn de la colección de «Litera-
tura nacional» que dirige la Sociedad Literaria de Stuttgart, y
ambas han sido, como he dicho, traducidas y publicadas en
España por el infatigable académico D. Antonio Fabié.]
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 25
didos y sin duda verídicos viajeros. De allí á
Zaragoza, por Madrid y Guadalajara, sólo
admiraron algunos bosques entre Medellín y
Madrigalejo ; viñas y olivos en Talavera.
ó los alrededores pantanosos de Zaragoza;
frutas abundantes hacia Calatayud y la A l -
munia, por las tierras que el Jalón fertiliza-
ba, como hoy en día. Viñas y huertas distin-
guían también ya los campos de Lérida de
los grandes desiertos aragoneses. En Barce-
lona encontraron por fin los viajeros al pue-
blo catalán, que reputaron más díscolo y
cruel que ninguna gente bárbara que hu-
biesen conocido; pero plantando, con esto
y todo, sus labradores, por las cercanías de la
altiva y comerciante ciudad, copiosos bos-
ques de palmeras, y contestando á los que
se sorprendían de verles cultivar frutos que,
para gozados, necesitaban cien años, que
tenían obligación de dejar á sus descendien-
tes tantos bienes como de la laboriosidad de
sus predecesores recibieran. No debieron de
ser amablemente tratados de parte de algún
catalán los viajeros, según se explicaban;
pero, en conclusión, se ve que aquéllos eran
ya los más industriosos de los españoles
como ahora, y que todo aparecía, en fin,
muy poco diverso de lo que después ha sido
en tan lejana época.
2D A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
No describen mejor situación que los via-
jeros de la época de Enrique I V , ni alguna
que otra sucinta relación que queda, de los
peregrinos á Santiago, ni cierta narración»
recientemente traducida á nuestra lengua, de
un viaje del tiempo de los Reyes Católicos,
tan celebrados por su buen gobierno ', ni las
crónicas que refieren las varias entradas y
salidas en España de Felipe el Hermoso y
Carlos I, no lia mucho dadas á luz bajo la di-
rección de Gachard *. Según sus acompañan-
tes é historiadores, por todas partes encon-
traron aquellos jóvenes Monarcas, viniendo
de las costas septentrionales, donde arri-
baron , hasta el centro de Castilla , míse-
ros habitantes y lugares míseros ó aldeas,
donde lo más necesario faltaba, alzándose
sobre todo esto una aristocracia y un alto
clero potentes, pero más ostentosos y de-
' Viaje de Nicolás de Popielovo por España y Portugal. Tra-
ducción del alemán de fines del siglo xv, por Félix Rozánski.—
Colección de Javier : Liske : Madrid, 1878.
1
CoUection des voy ages des Souverains drs Pays-Bas, publiée
par M . Gachard. Tome l*'.— Relation du premier voy age de
Philippe le Beau en Espagne en 1501, par Antoine de Lalaing
S. de Montigny. — Relation du deuxieme voyage de Philippe le
Beau, en 1506, par un anonyme. Tome 11.—Itineraire de Char-
let-Quint, de 1506 a 1531.—Journal des voy ages de Cbarles-
Quint, de 1514 a 1551, par Jean de Vandenesse : Bruxelles,
1874-76.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 27
rrochadores todavía, con algunas pocas
poblaciones activas y prósperas, comoVa-
lladolid, Burgos y Medina del Campo. Fue-
ron, como se sabe, dichos Reyes los prime-
ros de nuestra dinastía austríaca, y aque-
llas, en el fondo, regocijadas relaciones de
sus paseos triunfales, prueban que no halla-
ron á España más rica ni más poblada que
la dejó, después de todo, el último al morir.
L o propio el célebre historiador Guicciar-
dini ', cuando en misión vino á España, que
los venecianos Bernardo Navagero, Vincen-
zo Quirino, Federico Badoero y otros, vie-
ron en igual estado que los flamencos á la
Península durante la primera mitad del si-
glo x v i , que corresponde á los gloriosos
años del Emperador. Aquí y allá templos y
monasterios grandiosos, castillos soberbios
y alguna que otra casa noble, magníficas
tiestas tal cual vez ; pero tanta ostentación
en la Prelacia y los Ricos-hombres, como
pobreza pregonaban, en substancia, los cam-
pos y sus habitadores.
Inclinábanse estos nuevos observadores,
cual todos ya, ó casi todos, á que en aquel
pobre estado tenía más parte el hombre que
la naturaleza del suelo, y la razón queda
!
Francesco Guicciardini. Opere iaedile : \ La Lega^ione di
Spagna (1512-1513) : Firenze, 1864. Tomo v i .
28 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
expuesta, pero en los hechos andaban con-
formes. No dejaba de tener Guicciardini al-
guna razón cuando, al señalarlas causas de
aquella gran pobreza, añadía que los natu-
rales de España no se dedicaban al comer-
cio, considerándolo vergonzoso, por tener
todos en la cabeza ciertos humos de hidal-
gos; pero ¿era verdad que se dedicasen por
eso todos alas armas, según pretendía? S i
el común orgullo les daba mayor valor que
á otros en las filas, conforme se advertirá
después, el corto número que hubo siempre
en nuestros ejércitos, cosa bien notada por
otros Embajadores, patentízala exageración
con que se expresó Guicciardini en este
punto. Con más exactitud observó que tra-
bajaban sólo nuestros artífices cuando la
necesidad les impelía, descansando mien-
tras la ganancia les duraba; así como que
tampoco se afanaban los campesinos, sin
ser forzados, por lo cual labraban menos te-
rrenos de lo que podían, y labraban mal, por
lo común. De esto han motejado siempre pro-
pios y extraños á nuestros trabajadores, y
aun hoy solemos motejarlos, cuando va para
cuatro siglos que formuló Guicciardini su
observación. Pero semejante censura debía
ser entonces , cuanto es ahora, exageradísi-
ma, porque la generalidad de nuestros cam-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 2Q.
pesinos trabaja más quizá que muchos , y la
mayoría misma de nuestros menestrales está
bien distante de extremar al punto dicho
la pereza. Y , por otra parte, ¿no son espa-
ñoles también los que poseen y cultivan los
admirables campos de Valencia y Murcia,
ó los que crean y conservan la frondosidad
de Galicia? No es oportunidad de insistir en
que la desigualdad de la tierra y del clima es
la mayor que entre Castilla, por ejemplo, y
Francia existe; pero, sin negar que por índo-
le sean menos industriosos que otros los cas-
tellanos, ó aragoneses, aquella es en el fondo
mi convicción. De todas suertes, lo que im-
porta aquí consignar es que, por testimo-
nio conforme de todos cuantos la vieron, la
España de principios del siglo xvi y la que
dejó Carlos II se parecían muchísimo.
E l ya citado embajador Quirino calculó en
solos doscientos cincuenta mil el número de
los vecinos que habitaban todas las ciudades,
villas y aldeas de la corona de Castilla, los
cuales vivían miserablemente, per essere
gran povertáfra essi '. Corriendo ya el año
de 1557, y al alborear el reinado de Felipe II,
escribió, con más conocimiento de causa que
1
Rela^ioni degli Avnbasciaíori veneti al Senato, raccolte, an-
notate, e publícate da Eugenio Alberi, a spese di una Sccieta:
Firenze, 1839. Tomo 1.
30 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Guicciardini, otro Embajador veneciano, Fe-
derico Badoero, que, «generalmente hablan-
do, esta provincia ó tierra de España era ári-
da, porque á las veces no llovía en ella en
un año entero, y no se podía introdvicir el
arado dos dedos debajo de tierra » '. Fal-
taban , pues, según este diplomático, en la
Península las cosas necesarias á la vida,
por su natural escasez, «aunque, además,
porque á pesar de ella se exportaba bas-
tante harina á las Indias». De industria ó ar-
tificios , decía, cual otros muchos, « que no
pensaba que hubiese país que poseyese me-
nos». Oyó también ya jactarse á los subditos
del vencedor de San Quintín, de que «la po-
breza, los montes y la esterilidad eran otras
tantas fortalezas del Reino, porque los ejérci-
tos pequeños no podían adelantarse por el
país, y los grandes, si se adelantaban, pere-
cían de hambre ». Dentro de la Península
calculaba Badoero que, aun llamando á todo
el mundo á las armas, no podrían juntarse á
la sazón más de cuarenta mil hombres de á
pie, partiendo de que el mayor ejército que
en tiempo de Carlos V se había arrimado á
Perpiñán por la frontera, no pasaba de trein-
ta mil infantes y cinco mil caballos; «gente
assai povera » , ó mal equipada, bien que
1
ídem. Serie i.«, volumen m.
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE I V . )l
con mayor aptitud natural que otra ninguna
para la guerra. Todos los españoles que
en 1557 militaban fuera de la Península, re-
partidos por tan diversos ejércitos ó guar-
niciones, los computaba el propio Badoero
en unos veinte mil, no juzgando posible au-
mentarlos en una mitad más sin gran fatiga.
¿Era este bastante número para suponer,
como Guicciardini supuso, que los españo-
les, en general, tomaban por oficio la gue-
rra? Tomáronlo siempre menos que debie-
ran. Y , en conclusión: tal cual resulta del
conjunto de las precedentes citas, quizá pro-
lijas, era indudablemente la España de los
días de nuestra mayor grandeza, madre
natural, por tanto, del soldado viejo de Cer-
vantes, como del bisoño de Marcos de Isaba.
Naturalmente no había mejorado esta si-
tuación del país cuando, reinando Felipe IV,
sobrevinieron nuestras guerras interiores
y nuestros exteriores desastres; pero tam-
poco hay datos para afirmar que hubiese
empeorado, por lo menos de un modo notable.
En substancia, los viajeros de aquel tiempo,
comenzando por Van Aarsens de So/nmer-
dyck, el más benévolo de todos, confirmaron
las noticias de los del siglo xv y x v i , tocante
al estado general de la Península, de su agri-
cultura , de su industria, de su población y
32 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
de sus recursos militares. Diríase leyéndolos
que, á pesar de las lamentaciones de nues-
tros economistas y arbitristas sobre el de-
caimiento de la riqueza y la población du-
rante los reinados de Felipe III y Felipe IV,
en realidad no habían cambiado lo más míni-
mo las cosas. Ni siquiera en viajero alguno,
italiano ó francés-, de los que corresponden
al reinado de Carlos II, hay pinturas más tris-
tes de la situación interior de España que las
hicieron los cronistas de Felipe el Hermoso
y Carlos V, con propender naturalmente al
panegírico más bien que á la censura, sobre
cuanto pertenecía y engrandecía á sus amos.
Medina del Campo, es cierto, había decaído,
y sirva de ejemplo; pero Madrid, Valladolid
y Sevilla eran mucho mayores ciudades
por aquellos tiempos que lo habían sido ante-
riormente'. Parece imposible que se haya
' Mémoires curieux envoye^ de Madrid: París, 1670. Van
Aarsens de Sommerdyk.— Voy agí d'Espagne, curieux, histori-
que et politique : Colonia, 1667.—Mémoires de la Cour d'Es-
pagne, par Madame D** (Madame d'Aulnoy) : Lyon , 1695.—
Domenico Laffi : Viaggio in Ponente a San Giacomo de Ga-
lilia : Bolonia, 1681.— Marquis de Villars : Mémoires de la
Cour d'Espagne sous leregne de Charles II: Londres, 1861..—
P. Gian Lorenzo Buonafede Vanti : Viaggio occidentale a San
Giacomo di Galicia: Bolonia, 1729;—y Voy age en Espagne
d'un Ambassadcur Marocain (1690-1691) , traduit de l'arabe par
H . Sauvaire : Angers , 1S84.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 33
tardado tanto en dar á cada cual lo suyo, atri-
buyendo á la tierra, en nuestra situación, lo
que de la tierra era, como lo que era del hom-
bre al hombre. A l comienzo de este siglo
estaba en la confusión más completa este
punto, y aun continuó estándolo después que
D. Antonio Capmany publicó la primera de
sus cuestiones críticas, destinada á indagar
si la industria, la agricultura y la pobla-
ción de España de los pasados habían lle-
vado ó no ventaja á la de sus tiempos. Gra-
cias á aquella verídica y curiosa obrilla, de-
bióse dudar ya de la ponderada riqueza de
España al advenimiento de la Casa de Aus-
tria; pero pocos hasta aquí han dudado. Fué
fortuna que acertara á partir de mejores da-
tos que la generalidad el escritor inglés Hen-
ry Thomas Buckle en el cotejo que hizo entre
su patria y España en el capítulo xv de la
Historia de la civilización de Inglaterra;
estudio de bastante más fundamento por esa
razón, que tocante á nuestros asuntos sue-
len ser los de los extranjeros. Pero, de todos
modos, cuando el autor del presente estudio
expuso por vez primera las anteriores con-
sideraciones, pasó por paradójico y pesi-
mista en su patria generalmente.
L a diferencia entre España y las demás na-
ciones, no era, ni podía ser, tan grande en
- LXXI - 3
34 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
aquellos siglos como ahora, es claro, porque
sobre la ventaja natural que han llevado
siempre á los nuestros el suelo y clima de
Francia ó el de Inglaterra, por ejemplo, llé-
vannoshoy ambas naciones la de mucho tiem-
po de trabajo , prosperidad y progreso, por
acá malgastado en revoluciones inútiles y de-
sastrosas guerras interiores. Mas desde en-
tonces era á la simple vista apreciable y de
mucha monta la diferencia, bien que fuese
calurosamente negada por los españoles. E n
los días de Felipe III y Felipe IV, el ingenio-
so autor de la Antipatía entre los franceses
y los españoles, Carlos García, si es ese su
verdadero nombre, escribió estas frases que
indican que la verdad era por fuera más co-
nocida que por acá se sospechaba ': «todo el
mundo sabe que España es mucho más
estéril que Francia por la gran sequedad
de su suelo y la falta de lluvias, sin em-
bargo de lo cual no se hallará un solo espa-
ñol que tal confiese». L o negásemos ó no,
cuando cualquier escritor francés llegaba á
venir, no sólo llevaba á su país exactas, sino
exageradas impresiones de nuestra pobre-
za , según acaba de exponer en un curioso
estudio el erudito Morel Fatio. De nada nos
1
Antipatía de Francesi e Spagnuoli, dal Dottor D. Cario
Carda: S. L., 1686.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 35
servía, por tanto, aquella vanidad excusa-
ble, tratándose de deslumhrar á aquellos
que tenían interés en conocer la verdad,
como, por ejemplo, lo tenían los Ministros
de naciones rivales '. Á las veces, y era na-
tural , desconocían también nuestras venta-
jas más notorias los extranjeros, porque el
propio Carlos García afirma que no se en-
contraba en su tiempo francés que recono-
ciese que, á lo menos, los buenos caballos,
las buenas espadas y los vinos buenos les
iban de la Península. Pero, en general, pre-
ciso es confesarlo, los viajeros de entonces
eran bastante exactos, y más desde luego que
la generalidad de los modernos, por lo co-
mún menos escrupulosos hacia los santos
mandamientos, ó más cultivadores que de lo
verdadero, de lo pintoresco y raro. U n estu-
dio especial de lo que escribieron sobre
España los de todas naciones que con mo-
tivos distintos la visitaron desde el siglo xv
al XVIII, sería importantísimo para dejar
fuera de toda duda que nuestro territorio no
se hizo pobre por culpa de nuestra suprema-
cía militar y del mal gobierno de la Casa de
1
Ya Sully en sus Memorias se hizo cargo de que España
tenía fuerzas propias muy desproporcionadas á sus pretensiones.
Véase sobre este punto especial también el curioso libro de
A. Morel Fatio, Eludes sur l'Espagne : Chartres , 1888.
}6 A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Austria, sino que lo era cuando ella vino.
Tampoco aconteció eso, como otros piensan,
por causa del descubrimiento y población de
América, porque ya lo era asimismo cuando
de Palos partieron las carabelas de Colón.
Las Cortes concedieron siempre tan mezqui-
nos subsidios, aunque para Castilla sola re-
sultasen pesada carga, que á un país, por
su naturaleza rico, no lo habrían arruinado
seguramente. ¡Harto más han sacado los do-
minadores extranjeros durante muchos siglos
de los siempre florecientes campos de Italia!
Ni nuestra despoblación pudo tampoco na-
cer de las guerras, porque era axioma de
nuestros enemigos que no se podían ver ocho
mil españoles juntos en parte ninguna, y ya
se sabe que nunca pasaron de veinte mil
entre todos. Para mantener los vastos do-
minios de Europa bastaban muy pocos ter-
cios ó regimientos, uno en Ñapóles, otro en
Lombardía, y tres, ó cuando más seis, en
Flandes. Si la América se nos llevaba al-
guna gente emigrada, devolvíanos en cambio
valiosos productos, y, sobre todo, metales
preciosos que, según queda expuesto, alivia-
ban extremadamente las cargas del Tesoro
regio, haciendo posible siquiera la sustenta-
ción de tan grande Estado largo tiempo.
Pero incontestablemente me he extendido en
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 37
esta materia demasiado. Otra ocasión y otro
espacio se necesita para recoger todos los he-
chos y ampliar las consideraciones que ins-
piran. Hoy me limito á preguntar, por últi-
mo , lo que sigue: Dada la situación general
que, si no con la extensión y pormenores su-
ficientes, con toda verdad he trazado, ¿cabría
explicar hoy, sin la individual fortaleza de
los españoles, y en especial de sus soldados
de infantería por entonces, que las pobres
y pequeñas naciones unidas en la Península
por los Reyes Católicos predominaran siglo
y medio sobre tantas otras más ricas y pobla-
das , y en todo, más fuertes que ella ?
IV
Más y más interesante hace todavía lo que
acabo de exponer, el estudio de aquel pobre
pero temible soldado , de quien nuestras no-
velas antiguas están, por cierto, llenas. Ape-
nas hay una, sea picaresca, sea. lastimosa
ó seria, en que el principal personaje no
comience ó no acabe por sentar plaza de tal
para Italia ó Flandes. Hidalgo pobre, por lo
común, villano de nobles pensamientos mu-
chas veces, por dondequiera aparece este
soldado singular, lo propio en tiempo de Fe-
lipe II que en el de Felipe IV, reemplazando
^8 A . CÁNOVAS BEL CASTILLO.
con su personal valor cuanto faltaba á sus
Reyes de buena política, á su tierra de recur-
sos, á su patria, en conclusión, de calidades
nativas para ser lo que quiso , y con efecto
fué, contra los decretos de la naturaleza.
Cada uno de los dichos soldados tenía que
picar en héroe para que tan corto número
como solía haber fuera de España, bastase á
conquistar las Américas y las islas del Asia,
mientras guarnecía tamaños territorios en
Europa, y ponía por obra las innumerables
empresas acometidas desde Fernando V
hasta Felipe IV. Por cierto que reinando este
Monarca, explicó muy sagazmente su pri-
mer Ministro Olivares , en la Memoria que
al encargarse de los negocios redactó , la
fundamental condición de que se derivaba
la superioridad del infante español sobre
los de todas las naciones '. L o que para aquel
1
Papeles que ha dado á S. M . el Conde-Duque, gran Canci-
ller, sobre diferentes materias de gobierno de España.—Biblio-
teca Nacional, E. 184.—'Por lo oportunas que aquí resultan
las dichas palabras del Conde-Duque, se reproducen , aunque
estén ya impresas en el primer volumen : « El pueblo de aquellos
reinos ( se refiere al de Portugal) es más parecido en la sujeción
y rendimiento á la nobleza á todos los otros reinos forasteros de
V . M . , que no á los de Castilla; ra^ón, sin duda, en que se
funda la ventaja que hace á todos los otros reinos y naciones la
infantería de España, donde se ve con la fidelidad á sus Reyes,
mayor que la de otros ningunos vasallos, el brío y libertad del
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 39
Ministro se la daba era su dignidad indi-
vidual , su profundo orgullo nativo, que,
á cualquiera hombre de este país, aunque
fuera menestral ó villano, le hacía mirar sin
miedo, y casi como de igual á igual, á los
magnates. Medianas, y quizá menos que me-
dianas calidades éstas para el soldado pos-
terior, más excelente cuanto más parecía una
máquina, lo que es para aquellos combates
de pica á pica, ó con arcabuz de cerca, re-
sultaban preciosas y hasta incomparables.
Gran señor Olivares , y Guzmán de veras,
que no por soldadesco mote, como se solía
su apellido usar; poseyendo las más altas dig-
nidades del Estado; vanidoso tanto y masque
soberbio por índole, nada le estorbó de esto
para simpatizar, según se ve , con el ca-
rácter del soldado antiguo español, sobre
todo del infante, que era el que mejor lo
representaba. Y con una clase popular por
el estilo, y unos aristócratas que podían pen-
sar como Olivares, compréndese bien aque-
lla especie de democracia de la vieja Espa-
ña, fundada en los humos de nobleza de todos,
que hoy, contemplada en sus reliquias, si
por ventura aparece sin mezcla de mal
más triste villano de Castilla con cualquiera señor ó noble ». Este
era ciertamente el humo de hidalgos que todos los españoles
traían en la cabeza , de que habló Guicciardini.
40 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
aprendidas lecciones extrañas, maravilla a
los buenos observadores transpirenaicos. E l
hijo más legítimo de esa democracia era, di-
cho se está, nuestro soldado de á pie de los
siglos xvi y xvn, por virtud de su individual
sentimiento del honor, más propio que nin-
gún otro para la guerra de entonces, siempre
mantenida por pequeños ejércitos, donde
cabía notar las hazañas de cualquiera y no
era difícil que entre sí se conocieran todos
los combatientes. No por aquel individualis-,
rao altivo dejaban de ser tales hombres ca-
paces de disciplina , y disciplina inflexible;
mas no rutinaria ni mecánica, sino de aquella
que arranca del corazón. La miseria con que
lucharon en Flandes, hizo allí, sobretodo,
sus motines famosos; pero eran motines á lo
mejor convertidos en rasgos de abnegación
sublime, como cuando salvaron á sus com-
pañeros asediados en el castillo de Ambe-
res, ó cuando, acudiendo al llamamiento
angustioso de la infanta Doña Isabel Clara
Eugenia, se estrellaron en las Dunas de
Newport. Una vez que á costa de esfuerzos
inauditos logró el Conde-Duque asegurar-
les algo mejor las pagas en tiempo de la
gran guerra con Francia, ya no se volvió á
hablar de motines por allá, y eso que nunca
dejaron de padecer escaseces. Aquellos sol-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 41
dados ofrecían, por fin, un conjunto de con-
diciones siempre raras, entre las cuales se
echaban de menos otras más comunes, pero
que precisamente son las que ante todo se
requieren en los innumerables soldados por
fuerza de los ejércitos modernos.
Antes de proseguir adelante, débese ya
advertir que con el nombre de soldado no
aparece el hombre de guerra entre nosotros,
ni á caballo ni á pie, hasta que bajo los Reyes
Católicos comenzó á haber continuos cuer-
pos militares en acción, ó sea ejército perma-
nente. Dio á esto causa la nueva necesidad
de guarnecer provincias lejanas, haciéndo-
se, en cambio, casi inútiles, por la paz inte-
rior, las milicias de los Concejos,las mesna-
das de los Ricos hombres, el servicio feudal
de los Nobles y todo el resto de la organiza-
ción militar de la Edad Media. Las diferen-
cias esenciales de aquel nuevo hombre de
guerra con el antecedente, y el de nuestros
días, por completo se comprenderán con
poco más de lo ya expuesto. Era el de infan-
tería, sobre todo, un hombre que volunta-
riamente sentaba plaza, llevado por el de-
seo juvenil de correr aventuras, por el ali-
ciente de mejorar su fortuna y condición, y
acaso también por huir de las asechanzas de
la justicia, ó de la venganza de algún padre ó
42 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
pariente, malamente ofendido en las mujeres
de su casa. Desde que este tal sentaba plaza,
teníase por hombre de pro, despreciando de
verdad todo oficio mecánico; y aunque con
gusto guardara obediencia severísima, ponía
mano á la espada, no bien le parecía que to-
caba el castigo á la honra, No sin razón,
cuando un General ó Maestre de Campo se
veía maltratado por la fortuna, iba á re-
cobrar ó depurar su honor en las filas de
aquella infantería, sirviendo con una pica;
no en vano encerraban sus primeras hileras
gran número de capitanes y oficiales refor-
mados, ó de reemplazo, multitud de hidalgos
de vida airada, ó cortos haberes, que se bus.
caban la vida en oficio tan honrado, y hasta
muchos señores de hábito, es decir, caballe-
ros de las orgullosas Órdenes militares'. Las
filas de esta infantería convertíanse por tal
modo en una verdadera escuela y un asilo
seguro de la honra individual: ¿ cómo había
de ser sobrado sufrido en ellas , lo mismo
bajo Felipe IV que bajo Carlos V , el soldado
raso, si por acaso trataban de quitársela ?
1
Pueden consultarse para testificar esta verdad , entre mu-
chas otras, las obras siguientes : Pierre de Bourdeiiles, Sei-
gneur de Branthóme : Oeuvres completes : París, 1858, tomo 1; y
D. Francisco Ventura de La Sala y Abarca : Después de Dios la
primera obligación : Ñapóles , 1681.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 43
No habiendo, por otra parte, limitado tiempo
de enganche, y dándole bien ó mal de co-
mer el Rey en todo tiempo, según advertían
los tratadistas militares', al revés de lo que
pasaba con los mercenarios alemanes, que
se enganchaban para una campaña, licen-
ciándoseles buenamente después; sabiendo,
por último, el soldado viejo que no podía ser
despedido del servicio sin causa legítima,
el menor infante se consideraba, tanto como
cualquiera oficial de ahora, propietario de
su arcabuz ó su pica, y en el ejercicio formal
de una profesión ó carrera.
Para echar del servicio á cualquiera de
ellos se necesitaba que fuese jugador, pen-
denciero, hombre, en suma, de muy malas
costumbres: para pasarle por las picas, no
se necesitaba, en cambio, m á s , sino que,
hallándose en campo seis contra ciento, to-
mase uno de los seis la fuga, abandonando en
el riesgo á sus camaradas. No eran las cos-
tumbres de la guerra en el siglo xvi para
que, por excepción, pudieran picarse de muy
humanos; pero pruebas hay de que, si en la
codicia de los sacos, como los de Roma ó
Amberes, igualaban á los peores , no era
así en lo que toca á derramar sangre de ven-
1
Martin de Eguiluz : Milicia. Discurso y Regla militar .
Amberes, 1595.
44 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cidos, cosa en que particularmente se se-
ñalaban los alemanes. Por algo el Almiran-
te de Francia, Coligny, cuando vio los muros
de San Quintín coronados por el ejército de
Felipe II, buscó á los infantes españoles, se-
gún cuenta en sus Memorias él mismo, para
entregarse á ellos, y no á los ingleses ó ale-
manes, contando con librar así la vida '.
Lloraban, por lo demás, de dolor los Maes-
tres de Campo al tener que reformar ó disol-
ver cualquiera de aquellas feroces familias
militares, como cuando D. Sancho Martínez
de Leyva castigó un tercio en Flandes, di-
ciéndole á su alférez : «Ea, batid la bandera,
y plegadla , pues ya de agora nunca irá de-
2
lante del tercio viejo ». Lloraban también
los encanecidos soldados á sus capitanes,
cual si fueran padres, cuando á su frente
caían, corno al Condestable de Borbón le
lloraron al pie del muro transtiberino de
Roma. Y eso que no les era absolutamente
indispensable tener capitanes señalados por
el Rey; porque en cualquiera necesidad cada
cuál sabía serlo ó buscárselo. Mucho más
1
La vie de Messire Gaspar de Colligny admiral de Frunce,
a laqueüe sont adiontés ses Mémoires sur ce qui se passé an siege
de St. Quentin en Van 1557: París, 1656, pág. 136.
1
Disertación sobre la antigüedad de los Regimientos, por
D. Juan Antonio Samaniego : Madrid, 1738.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 45
se pudiera decir; pero basta , si también no
sobra lo dicho en esto para mi propósito.
V
Desde la primera expedición de Gonzalo
de Córdoba á Italia, pocos días dejó de so-
nar ya el nombre de los soldados españoles
por Europa. Aquellos, por ejemplo, que dejó
algún tiempo ociosos la conquista de Ñapó-
les, se echaron á pelear por su cuenta, en
favor de diversos Príncipes , y hasta del
mismo rey de Francia. Durante las guerras
de éste con Julio II y los venecianos, dos mil
soldados españoles mantuvieron gran parte
del Milanesado á la devoción del primero;
y en la batalla perdida por el ejército ecle-
siástico, cerca de Ferrara, contra el del Mo-
narca francés, trescientos españoles de los
que por otro lado servían al Papa, se salie-
ron del campo en buen orden, poniendo entre
sus filas la artillería á salvo, sin que lograse
desbaratarlos la caballería francesa. Vuel-
tos después al servicio de su Rey natural
cuando le hicieron falta, y adiestrados ya
en el manejo de las picas, y el arte de es-
cuadronar, con que los suizos , y los alema-
nes que antes que nadie los imitaron, co-
menzaban á hacer inútil el valor, hasta en-
46 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tonces irresistible, de los caballeros armados
de punta en blanco, mantuvieron su supe-
rioridad nuestros infantes, gracias al esfuer-
zo individual que tan aptos los hacía para
aquel género de armas. No parece que en
el ejército del Gran Capitán, criado en las
tradiciones de la guerra de Granada, tu-
viese aún la infantería suficiente organiza-
ción, ni la ventaja, por tanto, que alcanzó más
tarde. Los hombres de armas, parecidos álos
coraceros actuales, y nuestros incompara-
bles caballos ligeros, montados á la jineta
y asimismo criados en la guerra de Granada,
representaron el primer papel en los más de
los combates parciales á que la guerra de
Ñapóles dio lugar. L a Edad Media Militar
preponderaba aún, y el propio Gonzalo de
Córdoba, que en punto á talento estratégico
se adelantó á su época tanto, peleó todavía
por su persona, con espada y rodela, como
cualquier paladín, en el Garellano, ni más
ni menos que en la guerra de Granada. Cuen-
ta á propósito de esto Machia vello, que los
infantes asturianos y gallegos con que Don
Fernando de Andrada se juntó en Barleta al
Gran Capitán, combatieron allí con rodela y
espada á campo abierto, llevando aun así
ventaja á la caballería francesa. Pero debo
deshacer un error en que incurrí, siguiendo
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 47
á Guicciardini y Machiavello , y al traductor
castellano de este último, en el pretendido
libro original , intitulado De Re Militari.
Consistió el error en afirmar, cuando por vez
primera publiqué este estudio, que todavía
en la batalla de Ravena, aunque introducidos
ya los escuadrones de largas picas á la sui-
za, de que fué en España maestro Gonzalo de
Ayora, contaron hileras de rodeleros nues-
tros cuerpos de infantería '. Supuesto que lo
cometí, ocasión es esta de rectificarlo. Todo
el mundo sabe que la infantería española
triunfó de tal modo en Ravena de la de Fran-
cia, que habría ésta quedado aniquilada, á
no sobrevenir su caballería vencedora, la
cual no logró impedir, con todo, que, aban-
donados del resto del ejército coligado, ya
que no podían triunfar, se retirasen en buen
orden los españoles. Mas por lo que hace al
modo de combatir, lo que allí pasó fué que
la infantería española, y la alemana ó gas-
' Nicolo Machiavelli: Y sette libri deU'Arte della Guerra: Flo-
rencia , 1550, pág. 37 ; y Francesco Guicciardini : La historia
d'Italia: Venecia , 1623 , folio 304. El Arte de la guerra, de
Machiavello, fué con aquel titulo traducido al castellano, ó más
bien plagiado, puesto que le cambió el supuesto autor los nom-
bres á los personajes del diálogo , dando la obra como original.
Cuando di esta noticia por primera vez, sorprendió mucho á los
bibliógrafos , que estimaban sobremanera el dicho Tratado de Re
Militari, teniéndolo por original.
l8- A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cona, se juntaran pica á pica con tal furia, que
no quedaba espacio para manejarlas. Enton-
ces dos Coroneles españoles, compañeros de
un Zamudio que mató al Coronel ó Jefe ale-
mán en singular combate, apellidados A r -
tieda y Arriaga, tomaron cada cual por su
extremo una pica, y metiéndose con ella ten-
dida por debajo de las de la primera hilera
contraria , levantáronlas en alto , de suerte
que su gente pudo tirar de las espadas, em-
brazar rodelas y acometer cuerpo á cuerpo.
Hiciéronlo con tan inaudito furor, que de
ocho mil alemanes apenas dejaron vivos en
el primer encuentro mil quinientos. No en
balde llenó de asombro á Italia aquella ha-
zaña. Por lo demás, su célebre retirada, sin
ser rota por la caballería francesa , hízola ya
formada en escuadrón de picas nuestra in-
fantería '.
' Lo que se cuenta aquí ahora de la batalla está literalmente
tomado de la Relación da los sucesos de las armas de España en
Italia en los años de 1511 y 1512 con la jornada de Ravena,
impresa en la Colección de documentos inéditos, tomo LXXIX,
pág. 233. Empeñada á uso caballeresco, como que medió for-
mal reto, y se dejó pasar tranquilamente el río á los france-
ses que sitiaban á Ravena , para medirse con ellos á campo
abierto, se dio contra las instrucciones de D. Fernando el Ca-
tólico, que no tenía la confianza que en Gonzalo de Córdoba
en los Generales que allí mandaron , según resulta de una carta
que existe en la librería del autor. Lo más curioso es que , para
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . ' 4 9
De temple tal eran los soldados con que se
constituyeron luego los primeros tercios, en
tres trozos repartidos realmente; pero el uno
armado de picas, el otro de mosquetes, y de
arcabuces el otro '. Con idéntico valor per-
volver á enviar á Italia al Gran Capitán , exigió aquel Monarca
que se le pagase entre todos los aliados el sueldo que había de
ganar, lo cual indica, ó que el Gran Capitán trabajaba muy
caro para la época , ó que sobre todo cuanto se piensa era
el Rey económico. En la carta á que me refiero , dirigida á su
Embajador en Roma y fechada en Burgos á 7 de Mayo de 1512,
dice D. Fernando : « Y porque es razón que los de la Liga demos
al Gran Capitán salario para su persona y plato, por el dicho
cargo de Capitán General de la Liga, diréis al Papa que me pa-
resce queledevemos dar Su Santidad y yo y venecianos , treinta
mil ducados cada año, para su plato, como he dicho ; que
los diez mil pague el Papa, y los diez mil yo, y los diez mil
venecianos, y trabajad que assí se assiente por scriptura entre
las partes, porque el dicho salario sea cierto durante el dicho
cargo».
1 Según el conde de Clonard en su Historia orgánica de las
armas de Infantería y Caballería españolas, tomo 111, página 136,
la creación de los tercios en nuestra infantería tuvo lugar en
1534. Varias son las opiniones acerca del origen de este nom-
bre. La mía es que se llamaban así por las tres armas distintas
que usaban. Sancho de Londoño , soldado ilustre, en un informe
que dirigió al duque de Alba sobre la forma de reducir la disci-
plina a mejor y antiguo estado, dice, sin embargo, lo siguiente :
« Los tercios , aunque fueron instituidos á imitación de las legio-
nes romanas, en pocas cosas se pueden comparar á ellas, que el
número es la mitad, y aunque antiguamente eran tres mil solda-
dos, por lo cual se llamaban tercios y no legiones , ya se dicen así,
aunque no tengan más de mil hombres». El conde de Clonard
sigue en esto la opinión de Londoño, que juzgo yo equivocada,
- LXXI - 4
50 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
sonal que los de Ravena, el natural orgullo
de sus hechos propios, y la desnudez y falta
de pagas de siempre, llegaron años después,
en el de 1525, nuestros infantes al Parque
de Pavía, bajo el mando del valeroso mar-
qués de Pescara, juntamente con las demás
fuerzas alemanas é italianas de Carlos V .
Debióse , sin disputa , á ellos la victoria,
ofreciendo además allí, con el empleo acer-
tado de las armas de fuego y del orden
abierto, una lección que parece imposible
que no se aprovechase más en los ejércitos
de la época, y que llegase día en que hasta
los nuestros la olvidasen. Doscientos arca-
buceros del capitán Quesada salieron, cual
porque tercio nunca ha sido sinónimo de tres en castellano. Por
lo demás , ignórase hasta aquí el número de los primeros tercios
de nación española. Una nota publicada por el conde de Clonard
en su Historia orgánica, de las armas, da á conocer que desde
1566 hasta 1597 creó Felipe II veintitrés, pero de éstos se
disolvió alguno por castigo, se levantaron otros para la campaña
de Portugal, que después de terminada debieron licenciarse , y
algunos más se reformarían ó disolverían por distintas causas,
porque de las relaciones de las guerras no resulta que jamás
hubiese á un tiempo en aquel reinado semejante número de
cuerpos de infantería española. De otra nota de la propia obra de
Clonard resulta que á la muerte de Felipe III había siete tercios
en Flandes. Sin embargo, á pesar de los dos que luego fueron de
Italia con el Cardenal-Infante , no constan más que seis al tiem-
po en que D. Francisco de Meló se encargó del mando de
aquel ejército.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 5I
nadie ignora, del escuadrón general de nues-
tra infantería por disposición de Pescara,
y , en pelotones ó grupos , acometieron á
campo raso al grueso de la caballería enemi-
ga, matando ó dispersando con su fuego in-
dividual y certero á los acerados caballeros
del rey Francisco. Esto fué lo que permitió
á la caballería pesada del virrey de Ñapóles,
Carlos de Lanoy, arrollar, con mucha infe-
rioridad de número, á sus contrarios, que la
traían maltrecha. Luciéronse grandemente
también nuestros arcabuceros sobre el E l -
ba, penetrando en el agua hasta los hombros
para alejar con su fuego al ejército pro-
testante de la orilla opuesta. Diez de ellos,
entre los cuales se contaban el insigne Cris-
tóbal de Mondrsígón, luego Coronel y Maes-
tre de Campo en Flandes, el poeta Rey de
Artieda, y el famoso Alonso de Céspedes,
aquella especie de Sansón de quien corre
historia particular impresa, prepararon ade-
más la total derrota de los enemigos en
Mulhberg por la caballería , que Carlos V
mandó en persona '. Nadando, con la espada
en la boca, apoderáronse de todas las barcas
amarradas á la opuesta orilla de aquel gran
río, para que se pudiese formar un puente,
' D. Luis de Avila y Zúñiga: Comentarios de la guerra de
Alemania: Amberes, 1550.
52 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
despreciando los tiros del ejército protestan-
te; todo, al decir de un historiador alemán y
anticatólico, jamás igualado por romanos ó
griegos. Y , ahora penetrando los primeros
por la muralla del burgo enRoma; ahora for-
zando antes que otros ningunos la brecha de
San Quintín, ó cayendo inmutables en la de
Ostia; ahora cruzando un ancho brazo de mar
á p i e , perseguidos por la marea creciente,
como osaron en el asalto de Zuydersée ; ya
combatiendo bajo la dirección de sus legí-
timos jefes, ya bajo el mando de sus Electos
ó cabezas de motín, cual se vio en la san-
grienta recuperación de Amberes y en la jor-
nada fatal de las Dunas de Newport; los in-
fantes españoles se dieron á conocer por con-
clusión , como un género de* milicia ó gente
de guerra excepcional, de que ni antes ni des-
pués ofrece la historia ejemplo '. Bien puede
decirse hoy sin vano alai-de , supuesto que
nuestros enemigos mismos lo reconocieron
por aquellos tiempos. E l célebre jurista é his-
toriador Puffendorf, refiriendo la batalla de
' D. Martín de los Heros describió esto como nadie , en pre-
sencia de los lugares, en su Bosquejo de un viaje histórico é ins-
tructivo de un español en Flandes : Madrid , 1835. — D. Bernar-
dino de Mendoza : Comentarios de las guerras de Flandet : Ma-
drid, 1592,—y todos los historiadores antiguos de Flandes,
tratan también de aquella ?ingular hazaña extensamente.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 53
Mulhberg, como Schiller, el gran poeta, con-
tando la de Nordlingen, y Bossuet al recor-
dar la de Rocroy, son en todo caso autori-
dades bastantes para abonar este juicio, en-
tre otras innumerables que cabría citar.
Pero una cosa conviene advertir ya para
evitar errores ó ilusiones : soldados como
los que heredó y poseyó aún Felipe IV en
Alemania ó Flandes, no volverán á verse en
España ni en parte alguna. Porque no es
posible que entre muchos centenares de mi-
les de hombres se encuentre la individual
energía que atesoraban los pocos millares
que para nutrirse necesitaban nuestros ter-
cios viejos. L a sola creación de las gran-
des masas militares que puso en movimiento
Luis XIV, aprovechando los recursos de la
Francia, tan superiores á los nuestros y á
los de cualquiera otra nación, y echando in-
diferentemente mano de propios ó extraños,
hubiera por sí sola bastado para que nuestra
escasa infantería dejase de desempeñar el
preponderante papel que hasta allí desem-
peñó. Ni cabe comparar nuestros tercios
viejos, por más que se reclutasen del modo
sabido, con los regimientos de voluntarios,
nacionales ó extranjeros, que hemos conoci-
do todos, y aún existen en alguna nación.
Fáltales, y les faltará á los meros mercena-
54 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
ríos siempre, aunque lleguen á ser muy
veteranos, el caballeresco espíritu, los sen-
timientos de honra, de fidelidad al Rey, de
orgullo de raza, hasta de religión, que los
gritos de «¡ España! ¡ España!», ó «¡ Santia-
go , y cierra España! », suscitaban y mante-
nían en nuestros infantes viejos. Insisto en
lo de viejos ó veteranos, porque, con todas
las demás condiciones reunidas, y faltando
esa sola, nuestros tercios nuevos de la Pe-
nínsula, ni de muy lejos imitaron después
los hechos de los de Italia, Alemania ó
Flandes.
No era entonces, por de contado, la guerra,
total lucha de una Nación con otra, como lo
es al presente. Sábese hoy que por necesi-
dad ha de vencer á la larga entre dos con-
tendientes , aquella que cuente con más ex-
tensión, con más riqueza, con más poder
propio, en suma, si no es ya que sea infe-
riorísima una á otra en espíritu y organiza-
ción militar. Inevitable consecuencia ha sido
esto del sucesivo acrecentamiento de los
ejércitos que , comenzado en Europa por
Luis X I V , lleva á los campos de batalla de
nuestros días cuantos hombres útiles cabe
poner en armas. E l valor individual, la habi-
lidad y fortuna misma de los capitanes, ceden
de esta suerte temprano ó tarde, como ha
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 55
acontecido en la guerra en los Estados Uni-
dos, sostenida por los del Sur contra los del
Norte, y se vio al cabo en la lucha de Na-
poleón I con la coalición europea, á la ma-
yor población, fertilidad, industria y fuerza
material en junto del adversario. Sólo en-
tre naciones de igual potencia puede ya pre-
valecer la mayor disciplina y el mayor co-
nocimiento y arte en la guerra. Nada de esto
acontecía en el siglo xvi, ó la primera mitad
del XVII , que fué cuando disfrutó España su
superioridad militar, y por eso pudo adqui-
rirla, y, durante largo plazo, conservarla. N i
era aquí ó fuera de aquí, á la sazón, cual-
quiera hombre soldado; éranlo sólo los que
el instinto y las pasiones de la guerra nativa-
mente llamaban á las armas. Los pueblos,
por su parte, más acostumbrados á cambiar
de señores que hoy, mezclábanse rara vez en
las contiendas de los ejércitos; y así era
cómo éstos, en tan corto número, podían ga-
nar y conservar vastos Estados á sus Prínci-
pes. Por eso bastó en la Edad Media un puña-
do de almogávares para someter por siglos el
reino de Sicilia á la Casa de Aragón, y sal-
var á Constantinopla ó conquistar á Ate-
nas. Por eso no tuvo que sacar de Málaga
sino cuatro mil peones ó infantes y seiscien-
tos caballos, entre jinetes y hombres de ar-
56 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
mas, Gonzalo de Córdoba, para dar comienzo
y cima á aquella serie de hazañas que por
dos centurias nos hizo dueños de Ñapóles '.
Por eso, en fin, se pudo notar que, ni en Ita-
lia ni en Flandes, llegaran á verse juntos
más de ocho mili españoles, aun constitu-
yendo el fundamento de los ejércitos, sin que
eso nos impidiera sustentar guerras largas y
obtener famosos triunfos. Las aventuras
militares eran por tal razón tan fáciles en
aquellos siglos, cuanto son ineficaces y hasta
imposibles hoy en día.
Á haber cesado antes tal estado de cosas,
antes también habría acabado la supremacía
militar de España en Europa y el especial
influjo de nuestra infantería en la historia.
Pero soldados como los que describo, nunca
se han hecho, repito, por quintas ó levas
forzosas; ni por millones, cual hoy se piden,
se encontraran jamás. E l curso natural de
los sucesos habría, por consiguiente, des-
truido la eficacia de aquella escogida y exi-
gua infantería, aunque triunfara en Rocroy
D. Francisco de Meló. Tan irresistible es,
con efecto, la marcha de los tiempos: tan
poca influencia suelen tener los elementos
particulares y aislados sobre el definitivo
' Suma de la conquista del reino de Ñapóles : Alcalá de Hena-
res , 1570.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 57
éxito de las contiendas en que la humanidad
interviene, ó aquella parte de la humanidad,
al menos, que, puesta á la cabeza de la civili-
zación, dirige el movimiento progresivo de la
historia. En esto último, más que en la supe-
rioridad absoluta de la filosofía sobre la fuer-
za , tuvo Cousin razón. Pronto dieron del
todo al traste con el paladín forzudo las ar-
mas de fuego, que pueden manejar los dé-
biles y los valientes, por decirlo así, de se-
gunda clase; y han ido acabando asimismo
con los pequeños ejércitos, compuestos de
gente atraída á las armas por un verdadero
aunque triste amor á la guerra, los ejércitos
cada día más numerosos, reclutados por
ministerio de la ley, en los cuales la discipli-
na, y la propia masa, igualmente hacen útiles
á todos los hombres, formándose con media-
nos soldados Potencias militares poderosísi-
mas. ¿ Qué habían de hacer los tercios viejos
de por sí, cuando era ya preciso que toda
Europa se coligase para contener la mar-
cha triunfante de las tropas extranjeras y
nacionales pagadas por Luis X I V , gran Rey
además, y servido por Generales que no tu-
vieron superiores, ni aun iguales, en mucho
tiempo? ¿Ni cómo habían de mantener aque-
llos soldados nuestra supremacía militar,
aunque resucitasen ahora?
58 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
No es exagerado amor de patria , en tanto,
que más bien tachan al autor algunos de tra-
tarla con dureza; pero, mientras que aque-
llas mudanzas , para España infelices, no se
realizaron, nuestras relaciones militares,
más que cosas de historia, parecen episo-
dios épicos. Brilla en ellas el infante español
cual reliquia de los siglos heroicos, y muchos
son los que, cuando menos, recuerdan á los
caballeros de la Edad Media. Todavía se en-
contraban, á la verdad, paladines y caballe-
ros en otras naciones durante el siglo xvi,
porque no estaban del todo extinguidos los
sentimientos de la Edad Media, en particular
por los días de Fernando el Católico, Car-
los V y Francisco I. Pero imparcialmente lo
digo: en ninguna otra parte se ve que el
hombre del pueblo , el que por necesidad
sentaba plaza de soldado raso, profesara así
y practicara los principios caballerescos del
anterior período histórico ; principios á todo
esto privativos de las clases altas, y que nun-
ca descendieron al vulgo en las demás nacio-
nes. No se ha conocido, no, hombre de á pie,
infante, con igual honor que el mejor caba-
llero, sino el antiguo español.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 59
VI
Si por ventura estaba iniciada alguna deca-
dencia en esta singular infantería á fines del
siglo xvi,y cuando á comenzar iba el siguien-
te , como Marcos de Isaba afirmó en el Cuer-
po enfermo de la Milicia española, tratando
en especial de los tercios de Ñapóles y Lom-
bardía, por entonces no se tradujo en he-
chos, ni mucho tiempo después. Perdimos,
es verdad, no muchos años más tarde,
reinando ya Felipe III, una primera bata-
lla campal, la de las Dunas deNewport;
pero sin el menor menoscabo de la reputa-
ción de nuestros infantes. Sea ésta, de todos
modos , la primera o ue, á título de antece-
A
dente, describa con alguna puntualidad en
el presente estudio. Á las órdenes del ar-
chiduque Alberto , soberano á la sazón de
los Países-Bajos , juntamente con su mujer
la infanta Doña Isabel Clara Eugenia, mo-
viéronse en dicha ocasión nuestros tercios
para rechazar al ejército de Mauricio de
Nassau, que había desembarcado en aque-
lla playa. Eran los enemigos más numero-
sos , por de pronto, hallándose organizados
en regimientos ingleses, suizos, franceses,
6o A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
alemanes y holandeses, lo cual constituía
más bien un ejército protestante , que de
la última Nación. Situólo su caudillo sobre
las Dunas ó colinas de arena de la playa,
apoyado por un flanco en los cañones de su
escuadra que barrían buena parte del fren-
te , y fortificando además y artillando toda
su línea, cosas en que era maestro. Tenía,
por otro lado, á su favor el sol y el vien-
to , el cual levantaba en la playa nubes de
arena menuda, que cegaban á las columnas
de ataque. Llegaron los tercios españoles
delante de las Dunas referidas después de
una marcha muy forzada, y sin reparar en
nada, ni descansar, ni esperar refuerzos,
que debían recibir en plazo breve , pronun-
ciáronse por embestir al enemigo inmedia-
tamente. Tres eran, y todos viejos: el de
D. Gaspar Zapena, el de D. Luis del V i -
llar y el de D. Jerónimo Monroy , acompa-
ñándolos ochocientos amotinados, que como
solían fueron los más ardientes por res-
catar su falta, acudiendo presurosos des-
de Diest, donde estaban, no bien recibieron
un mensaje de la Infanta, pidiéndoles que en
parecido trance no la desampararan. Fiado
en el valor probado de su gente, dejóse arras-
trar por ella el Archiduque á la desigual ba-
talla , lanzando sobre las Dunas los tercios
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 61
españoles, que embistieron tan ciegamente,
como si les fuese igual la muerte ó la victo-
ria. Mas fué todo inútil. Sus repetidos avan-
ces sobre el movible y fatigoso suelo estre-
lláronse en el conjunto de insuperables difi-
cultades que impedían su triunfo, flaqueó
la caballería á lo mejor, y, á pesar de los
esfuerzos del Archiduque, metido con su
pica en la mano entre los españoles , se per-
dió la batalla (1600) '. Los historiadores ex-
tranjeros, incluso el inglés Watson, tan poco
benévolo, hicieron entonces , ó han hecho
justicia después, al valor de nuestros infan-
tes en aquel día aciago.
No mucho después se ajustó la tregua
(1609) con Holanda, descansando por allí
unos cuantos años las armas ; pero espirada
al empezar el reinado de Felipe I V , y rotas
al punto las hostilidades, vengó bien sobre
los aliados de aquella Nación el desastre de
las Dunas D. Gonzalo de Córdoba, hijo del
duque de Sesa. Mandaba aquel General nues-
tro ejército del Palatinado del Rhin, operan-
do igualmente en los Países Bajos cuando ha-
cía falta. Los antecedentes del suceso son en
verdad extraños; pero constan en ana carta
1
Véase el excelente libro de Antonio Carnero : Historia de
las guerras civiles que ha habido en los Estados de Flandes desde
'559 ¿ 1609 : Bruselas, 1625 , pág. 473.
6l A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
al Rey del famoso marqués de Bedmar, que
á la sazón residía enFlandes, y era como Ase-
sor ó Consejero de la infanta Clara Eugenia,
después de su prematura viudez. E l conde de
Mansfeld y Cristian de Brunswik, obispo de
Alberstad, andaban guerreando tiempo ha-
cía por Alemania contra los católicos, ha-
biendo causado recientemente grandes da-
ños desde Colonia á Strasburgo, por la orilla
derecha del Rhin '. Ahuyentados al fin de
aquel territorio por las fuerzas del Empera-
dor y la Liga Católica, secundadas por las de
España, arrimáronse á la frontera de Fran-
cia, donde al principio fueron tan mal recibi-
dos , que el Embajador de aquella Potencia
en Bruselas pidió en nombre de su Gobier-
no, á la Infanta, que ayudase con sus tropas
á los franceses para atacarlos y deshacerlos.
Con gusto oyó la proposición la Infanta, tan-
to más que, por carta particular, se lo reco-
2
mendó la propia reina de Francia . Pero,
cuando se disponía el General español á
operar de acuerdo con el duque de Nevers,
gobernador de Champagne, contra los pro-
1
La Defaite Genérale de l'Arrnée du Comte de Mansfeld et de
l'Eveque d'Alberstad par l'Armée d'Espagne : París, 1622.
= Carta de Bedmar al rey D. Felipe IV de 8 de Septiembre
de 1622, y anónima Relación contemporánea que irán por
apéndice.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 6}
testantes, de repente avisaron los franceses
«que Mansfeld estaba recibido al servicio
del rey de Francia, y que por ello no tendría
D. Gonzalo para qué ofenderle». Fué ésta
una de las continuas ocasiones en que mostró
por entonces laNación vecina la inconsisten-
cia de sus amistades con España, porque, de
allí á poco, y después de refrescar y hasta
aumentar su ejército dentro del territorio
francés, tranquila, aunque rápidamente, se
enderezó Mansfeld por la Chapelle á los
Países Bajos, penetrando en ellos, con pro-
tección evidente de aquella Potencia , por la
provincia de Hainaut. Salióle D. Gonzalo al
encuentro, y tropezó con él y su ejército á la
entrada de Brabante, cinco leguas de Bru-
selas, junto al lugar llamado Fleurus, en
rasa campaña. Sumaba el ejército enemigo
sobre seis ó siete mil infantes y seis mil ca-
ballos , con quinientos que se le juntaron en
Francia , y el español tendría unos dos mil
caballos y ocho mil infantes. Y a á aquella
hora andaban de nuevo reunidos Mansfeld
y el obispo de Alberstad, por algún tiempo
separados , siendo el objeto de sus comunes
operaciones incorporarse, después de de-
vastar cuanto pudiesen el país, al ejército
holandés, lo cual naturalmente aguijoneó
contra ellos el celo de la Infanta y el del
64 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
General español. E l 27 de Agosto á media
noche supo este último que estaban vecinos
los enemigos, y, saltando del lecho, áaque-
lla hora misma marchó en su busca; el 28 al
caer la tarde los encontró, y á las cuatro de
la mañana del día siguiente (29 de Agosto de
1622) dio la señal de acometerlos. L a noche
había sido tempestuosa , y los nuestros, me-
nos en número, estaban más fatigados tam-
bién. Peleando á lo más uno contra tres, fué
rechazada la caballería de España otras tan-
tas veces al comenzar la batalla. No empeció
esto para que la infantería española reci-
biese con tal esfuerzo la carga de los nume-
rosos caballos enemigos, que, por su parte,
los puso en derrota. Hubo , sin embargo,
algún desorden por nuestro costado derecho,
porque el maestre de campo D. Francisco
de Ibarra, lejos de esperar á pie firme con
su tercio á los caballos enemigos, se adelantó
precipitadamente, y con temerario valor, á
su encuentro. Nuestra artillería, bien dirigi-
da por su jefe Otaiza, remedió el mal, alejan-
do á la caballería , que se juzgaba ya vence-
dora, y los infantes enemigos quedaron solos.
Entonces llegó escuadronada nuestra gente
á las picas con ellos, y fué tan recio el en-
cuentro , que cayeron muertos ó heridos los
más de los capitanes españoles; pero no por
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 65
eso cejaron los soldados , antes bien, anima-
dos con la presencia de su General, rompie-
ron finalmente á la infantería enemiga. Ni fué
este solo el servicio de los españoles, sino
que, emboscadas sus mangas de arcabuceros
entre unos setos, desordenaron con su fuego
la caballería del de Alberstad, que furiosa-
mente volvía á la carga, dando lugar á que
se rehiciese la nuestra y rompiese muchas
compañías contrarias. Lo propio D. Francis-
co de Ibarra, que peleó con gran valor hasta
que mortalmente cayó herido de un mosque-
tazo, que D. Felipe de Silva, general de nues-
tra caballería, y D. Baltasar de Santander,
teniente de maestre de campo general, cum-
plieron por demás con sus obligaciones. Don
Gonzalo de Córdoba no desdijo, por supues-
to, de su nombre. Los enemigos empren-
dieron al fin la retirada en desorden con el
obispo de Alberstad, gravemente herido, y
abandonando en el campo diez y nueve cor-
netas ó estandartes de caballería, algunas
banderas, bagajes y la sola pieza de artille-
ría que traían. Halláronse, además, hasta
mil doscientos cadáveres enemigos, contán-
dose en ellos un conde Rhingrave y un her-
mano del duque de Sajonia Weimar , con
muchos prisioneros. L a pérdida total de
los nuestros fué de cuatrocientos muertos,
- LXXI - 5
66 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
entre ellos trece ó catorce capitanes , y, na-
turalmente, hubo también muchos heridos de
ambas partes. L a batalla duró cinco horas y
media, y fué el pelear con tal ira, que en el
escuadrón de la infantería española, que, aco-
sado en algunos momentos por todas partes,
hizo cosas inauditas, no quedaron en pie á lo
último más oficiales que el maestre de cam-
po D. Jerónimo Boquín y un capitán llamado
Castell. Mucho se lucieron asimismo en la
batalla nuestros walones viejos y los bor-
goñones, mas no tanto los italianos. E l peso
principal recayó, por de contado, sobre los
españoles. D. Felipe de Silva, con la caballe-
ría, siguió el alcance, y cerca de Ham, en
la frontera de Lieja, degolló su vanguardia á
los más de los fugitivos '. Tal era el modo
con que nuestra gente peleaba cuando co-
menzó el reinado de Felipe I V , época mili-
i D. Gonzalo de Céspedes y Meneses, en su Historia de Don
Felipe IV, rey de las Españas : Barcelona , 1634 , folio 104 , trae
muchos pormenores de esta batalla , aunque su relato es muy
confuso, y los demás están tomados de la ya citada carta de
Bedmar á Felipe IV , de la Relación inédita y contemporánea
de la batalla, que también se publicará por Apéndice , y de la
curiosa Relación, referida ya también , que se intitula La Defaite
Genérale de l'Armée du Comte de Mansfeld et de l'Evesque
d'Alberstad par l'armée d'Espagne, aunque esta última contiene
algunas inexactitudes, como escrita en los momentos mismos
que sucedieron á la derrota.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 6j
tar que con particularidad intento esclare-
cer. Libróse la victoriosa batalla de que aca-
bo de hacer memoria, veintiún años antes de
la de Rocroy.
Por los años de guerra efectiva que con
título de paz sostuvimos por los estribos de
los Alpes, durante todo el primer tercio
del siglo XVII ; guerra primeramente provo-
cada por el mariscal de Lesdiguiére, go-
bernador del Delfinado, que sin cesar nos
hostilizaba, aunque acusasen de ello los fran-
ceses á nuestro conde de Fuentes , glorioso
vencedor de Doullens, que gobernaba el
Milanesado; continuada en la Valtelina á
causa de atribuirse el derecho nuestros veci-
nos de tener cuando les conviniera libre paso
por aquellas gargantas de los Alpes; encen-
dida , en fin , contra el duque de Saboya,
nuestro aliado á la sazón, con motivos muy
semejantes; fueron frecuentes los encuen-
tros donde el valor de nuestra infantería se
puso de nuevo á prueba. Aunque en estas
postreras circunstancias observasen algunos
cierta flojedad en los reclutas ó bisónos re-
cién llegados de España, todavía alabaron
por extremo los franceses el valor con que
quinientos de los nuestros defendieron un
reducto hasta morir, en la que apellidaron
ellos batalla de Veillane,año de 1630, bajo
6'> A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
el mando de D. Martín de Aragón ' , encar-
gado de proteger al duque de Saboya. No
dieron menores muestras de ánimo, cuando
fué menester, los soldados españoles que
de Lombardía llevó al Pal atinado el duque
de Feria. Compúsose, como de costumbre,
aquel pequeño ejército de gente de varias
naciones, españoles, italianos y alemanes,
empleándosele principalmente en guarnicio-
nes fatigosas que lo diezmaron, sin serios
combates. Pero faltando el duque de Feria
á deshora, D. Felipe de Silva, que quedó
mandando las reliquias de aquellas tropas,
tuvo que luchar á orillas del Rhin con Gus-
tavo Adolfo en persona. Había vacilado algo
este Monarca antes de hostilizar á los sol-
dados del rey de España, por no hallarse
con él en guerra, y temeroso también de que
nuestras flotas acometieran los puertos del
Báltico, ó del Mar del Norte, sobre alguno
de los cuales se nos suponían pretensiones;
pero alfintriunfó su belicoso espíritu, resol-
viéndose al paso del Rhin, que con gran va-
lor le disputó la caballería de España, com-
puesta allí de italianos principalmente. Poco
después defendieron los infantes españoles,
del propio Gustavo Adolfo, con su habitual
i Les Bat¡tilles memorables des Franfois , tomo n : Amster-
dam, 1696.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 69
constancia, el castillo de Oppenhein, donde
todos los quinientos que le ocupaban fueron
degollados por esperar, sin rendirse á parti-
do , el extremo asalto. Díjose por entonces de
ellos « que no solamente sabían combatir con
sus enemigos, sino con los elementos y las
privaciones» '; porque éstas, con efecto, fue-
ron su mayor obstáculo en Alemania. Ni deja
de ser curioso que durante esta guerra con
los suecos, así ellos como sus aliados, lla-
masen por antonomasia españoles á todos
sus enemigos, y española también la táctica
con que combatían, detalle que prueba el
prestigio que nuestra escuela militar alcan-
zaba. Maguncia, indefendible á la sazón, fué
al fin evacuada por D. Felipe de Silva con
todos los honores de la guerra; pero en
Frankenthal resistieron ya entonces los es
pañoles por todo un año. Ocurrió lo antedi-
cho en el mes último de 1632, y hasta el 5 de
Septiembre de 1634 no se encontraron más
frente á frente españoles y suecos; pero esta
vez fué el encuentro decisivo.
Ligeramente he recordado, según se ha
visto, las más célebres batallas anteriores al
1
Véase // Soldato Suélese, tradotto dal tráncese : Vene-
cia, 1684, pag. 210. lín Francia se publicó aquel mismo año
otra edición de esta obra , la más segura de todas las contem-
oráneas sobre las campañas de Gustavo Adolfo.
70 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
siglo XVII , porque para poco podían sus
pormenores servir, tratándose aquí, sobre
todo, de explicar bien la de Rocroy. L a de
las Dunas la referí con algún detenimiento,
ya por haber tenido lugar en época vecina
á Felipe IV, y por ser también la primera
campal en que nuestros tercios quedaron
arrollados. Mayor atención me han mere-
cido la de Fleurus y los posteriores comba-
tes, por tratarse de sucesos del tiempo de
este Monarca, y muy próximamente enlaza-
dos, en consecuencia, con la gran batalla de
Nordlingen. L a de este nombre no hay más
remedio que estimarla ya entre los antece-
dentes inmediatos de la de Rocroy, porque
hasta muchos de los jefes, capitanes y solda-
dos combatieron en entrambas ocasiones.
Por eso, y por la importancia excepcional
de aquel hecho en la historia, no me limitaré
á una narración somera, sino que procuraré
hacer de ella suficiente memoria, y nueva
en gran parte, aprovechando los interesan-
tes documentos inéditos ó desconocidos que
poseo.
Habían muerto ya Gustavo Adolfo y Wal-
lenstein, los dos mayores capitanes de la
guerra de los Treinta años. Fernando, rey
de Hungría, tercero después entre los Empe-
radores de Alemania , casado con nuestra in-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 71
fanta Doña María, y, por consiguiente, cuña-
do'de Felipe IV, había tomado el mando del
ejército imperial contra los suecos y sus
aliados protestantes, unido al de la Liga ca-
tólica que principalmente regía el duque de
Lorena. En el ínterin , dispuso nuestro Mo-
narca que su menor hermano [Link], á
quien había asegurado antes el rico arzobis-
pado de Toledo , haciéndole nombrar por el
Papa titular de aquella Primada Silla y Car-
denal, pasase al gobierno de los Países Bajos,
vacante desde el fallecimiento de la infanta
Doña Isabel Clara Eugenia. De Barcelona,
donde asistió al término de las agitadas Cor-
tes , por entonces reunidas, en representa-
ción del Monarca ausente, fué el Infante á
Italia, y comenzó allí á preparar su viaje
por Alemania á los Países Bajos. Una corres-
pondencia bastante extensa de los dos her-
manos, existente en los Archivos Reales de
Bélgica, de muchas de cujeas cartas obtuve
copia autografiada por mediación de mi buen
amigo el difunto M . Gachard, da á conocer
copiosos detalles sobre la corta carrera del
dicho Infante, de quien hasta hoy apenas
constaban más que las particularidades de
aquel viaje, que refirió por D. Diego de Aedo '.
1
D. Diego de Aedo y Gallart : Viaje del Infante Cardenal
•D- Fernando de Austria, desde 1632 á 1634.—Ainberes, 1635.
72 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Resulta de ella que antes que llegase á los
Países Bajos pidió y obtuvo Felipe I V dos
nuevos Breves del Papa, el uno para que
desde luego tuviese su hermano voto en con-
clave, y el otro para que dispusiera de las
pensiones del Arzobispado. Puesto con esto
y todo al frente de un ejército que debía jun-
tarse con los nuestros de Alemania y Flan-
des , salió de Milán al terminar el mes de Ju-
lio de 1634, y penetrando en el Tirol, se diri-
gió por Füssen y el valle alto del Leen á jun-
tarse con el rey de Hungría delante de Nór-
dlingen. Las tropas que de Italia sacó el
Infante con las que recogió en Alemania, res-
to de las que habían mandado el duque de
Feria y D. Felipe de Silva, podrían sumar
de doce á catorce mil hombres, calculándo-
los sólo en cinco mil infantes y siete mil caba-
llos Aedo '. De esta suerte llegó á sumar el
ejército católico hasta treinta y siete mil sol-
dados de todas armas, y por de pronto era
superior al contrario, no ascendiendo á trein-
ta mil el número de los suecos y alemanes
que mandaban Gustavo de Horn y Bernardo
de Weimar, discípulos de Gustavo Adolfo, y
famosos ya entrambos en la guerra de los
Treinta años. Resueltos los nuestros á tomar
la plaza de Nordlingen y los enemigos á so-
1
Obra citada.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 73
correrla, fué, pues, inexcusable la batalla
que voy á contar.
VII
Hay al Mediodía de Nordlingen ' una ca-
dena de colinas extendida de Oeste á Este,
cuyas cimas principales llevan por nombre
elLandle, el Tannenberg, el Hesselberg y
el Albuch, predominantes unas sobre otras,
y formando entre todas un semicírculo, abier-
to por el Noroeste. L a superior de las alturas
mira hacia Donavert. Sobre aquellas posicio-
nes apoyaba su izquierda la mayor parte del
ejército combinado de España y del Empe-
rador, manteniendo un trozo de este últi-
mo el asedio de la débil plaza de Nordlingen,
y estrechándola de día en día con ataques
continuos. Los protestantes , después de
grandes dudas entre sus Generales y el fa-
moso Canciller sueco, Oxenstierna, sobre
si socorrerían ó no la plaza, adelantáronse
por fin á ocupar otra serie de colinas, inti-
1
Como he dicho , cuento con bastantes documentos inéditos
que dan noticia de la batalla y todas sus circunstancias , la
mayor parte de los cuales se darán por Apéndice. Sobre ellos
principalmente fundo mi narración ; pero procurando concer-
tarlos entre sí , y ponerlos también de acuerdo hasta donde es
posible con las relaciones extranjeras. Mi objeto es dar idea
exacta de todo io esencial, y agrupar los pormenores más in-
teresantes.
74 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tulada de Arnsberg, al sur de las anterio-
res , y de ellas separadas por un valle donde
corre un riachuelo nombrado Rezembach.
E l descuido de los croatas del rey de Hun-
gría permitió que Bernardo de Weimar lle-
gase el 5 de Septiembre de 1634 por la tarde
hasta el dicho Arnsberg, sin ser visto, y
rodeando luego por unos bosques, coronó
las colinas llamadas Landle y Tannenberg.
Facilitóle aquella operación primera el ha-
ber interpretado mal los nuestros su movi-
miento , juzgando, por la noticia de que sus
bagajes desfilaban hacia el Danubio, que,
después de alentar con una demostración á
los defensores de Nordlingen, pensaba reti-
rarse. Pero, lejos de imaginar tal cosa, si-
guió Weimar avanzando hacia el Heselberg,
altura cubierta de grande arboleda. Enton-
ces ya el marqués de Leganés, D. Diego
Mexía de Guzmán, que hacía de Maestre de
Campo General ó Jefe de Estado Mayor con
el Cardenal-Infante, y el general Galas, que
desempeñaba igual oficio con el rey de Hun-
gría, conociendo las verdaderas intenciones
del enemigo, tomaron rápidamente sus dis-
posiciones de batalla.
Ordenó Leganés al sargento mayor Fran-
cisco de Escobar, que con doscientos mos-
queteros del tercio del conde de Fuenclara
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 75
ocupase la arboleda de Hesselberg, «y lo de-
fendiese hasta morir» , guarneciendo por
detrás con otras fuerzas la colina. En el en-
tretanto, tres mil caballos imperiales, al
mando de su general Piccolomini, que se
adelantaron á detener á la gente enemiga,
retrocedieron en confusión, no sin dejar bas-
tantes prisioneros, á pesar del apoyo que
nuestros emboscados mosqueteros les pres-
taron. Enardecido Weimar con esto, ata-
có el bosque fieramente, no obstante haber
sobrevenido la noche; pero allí hizo alto su
buena fortuna, porque no pudo tomarlo á
causa de la resistencia tenaz de los doscien-
tos mosqueteros españoles de Escobar, re-
forzados luego con otros tantos italianos y
borgoñones. En este punto las cosas, se pre-
sentó en el campo de batalla Gustavo de
Horn, persistiendo en su opinión antecedente
de no empeñarla del todo , antes que llega-
sen los refuerzos considerables que espe-
raban; mas di cese que Weimar exclamó con
confianza arrogante: «Nuestra gente wur-
temberguesa vale más que esos cinco mil es-
pañoles rendidos de cansancio: la fortuna nos
1
sonríe; valor, y ganaremos honra y gloria ».
1
E. Charveriat : Histoire de la gtterre de trente ans (1618-
1648): París, 1878. Charveriat sigue en todo á ios historia-
dores protestantes. Véase el tomo 11, pág. 290.
7'6 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Horn se dejó convencer. Llegada en esto la
infantería sueca, que por traer consigo los
cañones retardó su marcha, aunque bien en-
trada ya la noche, resolvió Weimar embestir
el bosque otra vez. L a noche era de luna,
pero la obscuridad del bosque profundísima,
tan sólo interrumpida por los fogonazos ince-
santes de los mosquetes y arcabuces de Es-
cobar. Lograron los suecos plantar nueve
cañones en tres baterías , que cruzaban sus
fuegos, no sin que, mientras las establecían,
hiciese una salida el Sargento IVLfyor, en que
mató doscientos hombres de los que trabaja-
ban para establecerlas. Cinco horas duraba
allí el combate; eran las diez de la noche; fal-
taban picos y palas para atrincherarse, y Es-
cobar pidió á Piccolomini, que había ido á
reconocer la situación, siquiera cien piqueros
para defenderse de las columnas de ataque
que se preparaban, pólvora, balas y cuerda,
de que escaseaban sus tiradores. Mas, no
bien hubo vuelto aquel General la espalda,
penetraron por cuatro distintos puntos en el
bosque tres mil suecos, y se hicieron por fin
dueños de él, con muerte de muchos de sus
defensores y prisión de su j efe. Lleno siem-
pre Weimar de despreciativa furia, porque,
interrogado el Sargento Mayor, le dijo el nú-
mero y valor de nuestra gente, volvió airado
ESTUDIOS DFX REINADO DE FELIPE I V . 77
las espaldas, tratándole bárbaramente, aun-
que, estimando después su valor, le convi-
dase á cenar. En el entretanto, los nuestros
hicieron algunas tentativas antes de amane-
cer, para recobrar aquel bosque; mas no lo
lograron.
De la cadena de collados que he descrito,
una vez ocupados sucesivamente el Landle,
elTanneberg y el Hesselberg, donde por
la resistencia de Escobar y los suyos sólo
pudo comenzar á establecer Weimar ar-
tillería á media noche, no había ya en
poder de los católicos sino el llamado el
Albuch. Quedó, pues, dispuesto el ejército
protestante para el siguiente día, de modo
que Weimar, sobre las posiciones que ha-
bía ganado, ocupábala izquierda, y Horn
la derecha en el valle de Rezembash. En-
frente de los protestantes defendía el rey
de Hungría la derecha y el centro del ejér-
cito combinado, tocando la izquierda al del
Cardenal-Infante, apoyado en el Albuch,
que, siendo la más alta de las colinas de la
cadena, las señoreaba; única, por otro lado,
que, según se ha visto, conservasen los ca-
tólicos. Aquella era, pues, la llave de la
posición. Teníala ya ocupada Leganés, des-
de antes que anocheciese, por el tercio ale-
mán de Salm. y luego por el de Würmser,
7<á A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
ambos al servicio de España, encargando
también al P. Camassa, jesuíta, que hacía
de Ingeniero General, que la fortificara.
Tropezóse con un terreno duro y pedrego-
so , donde era imposible abrir trincheras,
según dice nuestra relación oficial de la ba-
talla , aunque los alemanes pretenden que
se llegaron á construir tres medias lunas,
abiertas al Norte y cerradas al Mediodía,
por donde estaban los suecos, con un muro
de tres pies de alto ': la tal obra, de que
también hace memoria otra versión nuestra,
sería en todo caso insignificante. Pasóse la
noche en silencio, únicamente quebrantado
por una salida de la guarnición de Nórdlin-
gen, con facilidad rechazada. Pero ni el Car-
denal Infante, ni Leganés , ni el marqués
de los Barbases, ni el conde Juan Cervellón,
ó Zervellone, que eran los principales cau-
dillos de nuestro ejército, quedaron durante
la obscuridad inactivos. Además de los dos
tercios alemanes, estaban á la mira de la
posición del Albuch el tercio italiano de
D. Gaspar de Toralto, y la caballería de la
propia Nación de Gambacorta, toda gente ex-
i Distintas veces consigno cuanto dice Charveriat , que ha
extractado á los historiadores protestantes, si de todo punto no
se opone á lo que auténticamente consta por nuestros propios
documentos.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 79
perimentada; pero, comprendiendo que de
su conservación dependía el triunfo, resol-
vió extremar Leganés los medios de defen-
sa. Ordenó, por tanto, que marchase á ocupar
aquella colina el tercio de infantería españo-
la de D. Martín de Idiáquez, relevando al de
"Würmser, de cuya solidez se desconfiaba,
porque, aunque los paisanos alemanes tenían
mayor facilidad que otros ningunos para
organizarse militarmente , sus regimientos
recién reclutados nunca se podían compa-
rar con los veteranos, en especial con los
españoles. Würmser contestó al teniente
de maestre de campo general D. Pedro V i -
llamor, el mismo de Rocroy, que á nombre
del Infante le llevó la orden, «que iba para
treinta años que por su persona servía al
rey de España, y la honra por tales servi-
cios ganada no era cosa de que con dejarse
sacar de allí la perdiese». Insistiendo con
él, sin embargo, para que no comprome-
tiese el puesto, rindióse por último á que
obedeciera por disciplina el tercio, pero
quedándose á pelear él con una pica, según
se acostumbraba en casos de honor. Por res-
peto al de aquel valiente veterano, concerta-
ron al fin el Cardenal-Infante y Leganés con
Idiáquez que se quedase éste allí tan sólo para
sostener en caso de necesidad á los alema-
8ü A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
nes, y unos y otros satisfechos, permanecie-
ron á un tiempo sobre la colina, pero detrás
los españoles. Apoyado siempre sobre ella,
extendió en el ínterin el ejército español su
infantería en primera línea y su caballería
en segunda, con una parte de la imperial
como reserva. Así esperó, hasta que al ama-
necer del 6 de Septiembre se empeñó la ba-
talla.
Comenzóla Gustavo de Hora, que, como
sabemos, mandaba la derecha protestante,
arrojándose sobre el Albuch impetuosamen-
te , desde unas arboledas de antemano ocu-
padas, al frente de la veterana infantería
sueca, y llevando por vanguardia su caballe-
ría, la cual, adelantándose contra la posición
con imprudencia, sufrió un descalabro, ante
las picas hasta allí firmes de los regimientos
de Würmser y Salm. No desalentó esto un
punto á la infantería sueca; antes, reparando
con presteza la confusión momentánea que
en sus filas introdujo la caballería al volver,
marchó con su acostumbrada resolución con-
tra los dos regimientos alemanes. Tal como
había Leganés previsto, no pudieron resistir
éstos el tremendo choque, y se desbandaron,
no sin que el viejo Würmser dejase allí la
vida, y su compañero Salm cayese herido.
Aquel era el instante esperado por D. Martín
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 81
de Idiáquez y su tercio para echarse adelan-
te , ocupando la primera línea que se les dis-
putara. Poco tardaron en encontrarse así
nuestros infantes con los suecos y medir las
picas, trabándose una de las más desespera-
das luchas que recuerde la historia; pero los
nuestros recobraron palmo á palmo la cum-
bre perdida por los alemanes , y se estable-
cieron en ella triunfalmente. Horn, que vio á
los suyos retirarse en mal orden, se apresu-
ró á enviar refuerzos, y poco á poco fué em-
peñando toda su infantería en aquel lugar;
mas de nuestra parte acudieron al sostén
igualmente los tercios italianos de Panigue-
rola y Guaseo con buena parte de la mosque-
tería y arcabucería españolas. Juntamente
con esto, Piccolomini y Gambacorta, á la ca-
beza de la caballería imperial y española,
dieron repetidas y felices cargas sobre las
vertientes del Albuch contra las columnas
suecas y el resto del cuerpo de ejército de
Horn, que apoyaba el ataque de la altura.
Quince veces, en el entretanto, se anrojaron
las dichas columnas suecas, sostenidas por
su artillería, sobre el tercio de D. Martín de
Idiáquez, y quince veces fueron vencidas.
Como á cosa de las ocho de la mañana,
cargó también Weimar por la izquierda con-
traria, con cuatro ó cinco mil caballos, sin
- LXXI - 6
82 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
infantería, al ejército del rey de Hungría,
pareciendo que más trataba de entretenerle
en aquel flanco , para que no cayese sobre
el comprometido cuerpo de Horn, que trabar
formal pelea. Sabía bien que todo era inútil
mientras no se echase á los españoles del A l -
buch, desde donde con su artillería y sus
fuegos de arcabuz y mosquete señoreaban el
campo. Por eso, al propio tiempo que ama-
gaba de aquel lado, envió á Horn refuerzos
constantes, que bien le hacían falta. Después
de cada ataque infructuoso reorganizábase
el cuerpo de éste al amparo de los árboles
vecinos, y preparaba otro asalto. A l tiempo
de la carga de Weimar precisamente, y per-
siguiendo á los suecos tras uno de sus ata-
ques frustrados, penetró ya nuestra infante-
ría por el bosque, en que se apoyaba Horn,
apoderándose de cinco cañones de corto
calibre que lo defendían; pero aquiel consi-
guió recobrarlos. Hacia las diez avanzaron
mayores masas nuestras de infantería de na-
ciones, ó sea alemana, para envolver el bos-
que, entrando también de refresco en acción
un regimiento de infantes imperiales; pero
Horn no cedió el campo en lo más mínimo, y
hasta dos horas después no comenzó á aflo-
jar su gente.
Pero llegó alfinel momento oportuno para
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 83
hacer por nuestra parte el supremo esfuer-
zo. Mandó el marqués de Leganés entonces
que avanzase el Maestre de Campo, conde de
Fuenclara, con cuatrocientos arcabuceros y
mosqueteros de su tercio, fuerza ó escuadrón
volante, mantenido hasta allí en reserva, so-
bre el flanco del bosque; al tercio de D. Mar-
tín de Idiáquez le ordenó que, abandonan-
do su inflexible línea, embistiese de frente; y
á la caballería imperial y española le enco-
mendó que volviese á cargar decididamente.
Á aquella hora , que sería como la una, no
pudo el enemigo sufrir más, y ante el acerta-
do ataque dispuesto por Leganés, se declaró
en total derrota , deshaciéndose sus regi-
mientos , en forma que , aunque muy sabia-
mente organizase Horn la retirada, como se
pretende, de ningún modo habría logrado
ejecutarla en orden. Por otra parte, en el
punto mismo que pudo emprenderla, carga-
ron enérgicamente la caballería imperial y
la de la Liga católica que regían el duque de
Lorena y Juan de Wert por la derecha, á la
de Weimar, poniéndola en completa fuga,
con lo cual la infantería de aquel cuerpo
quedó abandonada, evacuando con precipi-
tación también el Hesselberg, que tanta
sangre le había costado la noche antes. No
ofreció desde aquel momento el campo sino
»4 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
una inmensa escena de matanza: seis mil
muertos quedaron sobre él, y otros tantos
prisioneros, con los generales Horn, Kratz,
otros dos, y catorce coroneles. Tomáronse,
además, cincuenta y cuatro cañones, cuatro
mil carros, trescientas banderas y estan-
dartes , de los cuales envió el Infante al rey
Don Felipe cuarenta , «que su gente», como
Aedo dice, «había ganado á puñadas y á
peso de sangre, no hallado en el suelo».
Cayó también en poder de los vencedores
todo el tren y bagaje, y no se hubiera en la
dispersión salvado un solo hombre, á no ser
por los bosques de que estaba salpicado el
país, y porque los croatas, entretenidos,
como acostumbraban, en saquear los baga-
jes, no siguieron la persecución activamen-
te. Entre los fugitivos pasó el soberbio Ber-
nardo de Weimar por el sitio donde el sar-
gento mayor Escobar estaba prisionero , y,
al reconocerle, tuvo la avilantez de tirarle
un pistoletazo; mas no acertándole, mandó
á voces que lo matasen, lo cual no tuvieron
ya aliento para ejecutar sus soldados. Tal
fué aquella batalla , que obligó á Richelieu
á desembozar sus miras y declarar inme-
diatamente la guerra á España y al Empera-
dor, tomando por pretexto la sorpresa de
Tréveris, pero en realidad para impedir que
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 85
terminase la guerra, que luego se llamó de
los Treinta años, por el triunfo del Imperio
y España sobre sus enemigos protestantes.
Nuestro joven infante D. Fernando se por-
tó con un valor que recordaba el de su gran
bisabuelo Carlos V , corriendo bástante peli-
gro personalmente. E l marqués de Leganés,
que en las sucesivas campañas tuvo varia
fortuna, obró allí en todo cerno un General
consumado. L a infantería española de los ter-
cios de Idiáquez y Fuenciara, lo propio en
sus inquebrantables hileras de piqueros que
en sus mangas ó destacamentos de arcabuce-
ros, mantuvo su reputación ala mayor altura
que hubiese estado; á tanta como en el siglo
anterior, después de su conducta en Ravena y
Pavía. Los mismos eran de siempre aquellos
soldados: ni un punto de decadencia se notó
en ellos, tan adelantado ya el reinado de Fe-
lipe IV. Los veteranos italianos subditos de
nuestro Rey, que allí pelearon , así como sus
caudillos Cervellón, Gambacorta y otros,
condujéronse valerosamente también, sobre
todo la caballería napolitana. Verdad es que
los napolitanos mostraron siempre bajo nues-
tras banderas que no eran dignos de la mala
reputación de soldados , que tuvieron más
tarde, cuando su país se constituyó en Po-
tencia independiente. Otro General italiano
86 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
que servía al Emperador, Piccolomini, ade-
lantó aquel día mucho su creciente repu-
tación. E l rey de Hungría, Emperador des-
pués, su Jefe de Estado Mayor el general
Galas, el duque de Lorena, Juan de Wert y
todos, en fin, cumplieron asimismo altamen-
te con sus respectivos deberes. Si en medio
de todo esto reclamo para los españoles la
mayor gloria de aquel día, hágolo porque
fué voz unánime en Alemania y en Europa
entera. «Nada», dice, hablando de nuestros
infantes, el autor de la relación del suceso
publicada en Madrid; «nada bastó á mover-
los de su puesto ni á divertir tanto valor: ja-
más se vio, no es razón mía, sino de pláticos
soldados, igual tesón.» Á esto añade una
relación italiana de otro testigo de la batalla,
que desde que Horn observó la resistencia
d é l a colina, exclamó: «no creo que pueda
ser esa la gente misma que la defendía pri-
mero», aludiendo á los alemanes '. Aque-
llos escritores fueron amigos de España ;
pero no lo era por cierto el gran poeta Schi-
11er, y nadie ha ponderado tanto como él la
conducta del tercio de Idiáquez, en su His-
toria de la guerra de los Treinta años. Fe-
< Está dicha relación, indudablemente de un testigo y actor,
en carácter de letra de la época, en la librería de! autor, y se
publica por apéndice.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 87
lipe IV felicitó, como era natural, á su her-
mano de todo corazón, y al propio tiempo
que directamente otorgaba una pensión de
mil ducados á D. Martín de Idiáquez, facul-
tó á aquél para que concediese otras á los
que más se distinguieron.
VIII
En el entretanto, no hay duda que adquirió
aquel día derecho el Infante á que se deli-
berase gravemente, como se deliberó, so-
bre si había de conservar, para su entrada en
Bruselas, los vestidos de Cardenal, ó usar
un traje más de soldado, habiendo demostra-
do que lo era, y teniendo que seguirlo demos-
trando de allí adelante. Pero todavía adquirió
mayor derecho á que se le tratase en lo su-
cesivo de un modo conforme alo que repre-
sentaba, porque, á decir verdad, el Rey su
hermano, el Conde-Duque y los magnates
que estuviéronla su lado de oficio, así en Ca-
taluña como en Italia, le habían hasta allí
tenido en calidad de pupilo más bien que de
persona encargada de gobernar Estados y
mandar ejércitos. Por cierto que el infante
D. Fernando se mostró desde el principio
muy mal sufrido con aquellos impropios tra-
tamientos , en lo cual demostró'que era digno
88 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
de los cargos difíciles á que se le había desti-
nado. Aprendiólo el Conde-Duque á su costa,
supuesto que , á pesar de las íntimas relacio-
nes que con él tuvo, recibió alfindel Infante,
como otra vez he dicho, reprensión tan áspe-
ra, que quedó bien castigado. Tan sólo se
resignaba á recibir con respeto humilde el
joven General las órdenes é instrucciones
bien severas, cuando eran puramente oficia-
les, del Rey su hermano. Fuera de esto, la
correspondencia íntima demuestra, no obs-
tante, suma cordialidad y confianza entre
los dos.
Mas, en el ínterin, si la gran victoria de
Nórdlingen precipitó á Richelieu á decla-
rarnos la guerra solemnemente, tampoco se
pensó en otra cosa en Flandes desde que
con sus vencedoras tropas llegó allí el Car-
denal-Infante. Según dice una importante re-
lación inédita escrita en 1635 por D. Antonio
de Saavedra, que servía en aquel ejército,
«todos los caudillos españoles pusieron la
mira entonces en el deseo, tanto tiempo cono-
cido en S. M. y el Conde-Duque, de tener con
algún buen suceso ocasión de rompimiento
con Francia, y que ésta fuese á la clara de su
parte, que á lo cubierto muchos años antes
nos la había dado, fomentando y socorriendo
con dineros y ejércitos formales á los ene-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 89
migos de la Casa de Austria». Por lo que
en otro estudio se ha visto, no era cierto
aquel deseo, aunque las palabras lo aparen-
tasen; pero mirándolo como indudable , los
de por allá no se anduvieron con remilgos
para sorprenderá Tréveris, ni para prender
á su Elector, que fué lo que tomó Richelieu
por pretexto de la guerra.
Comenzó ésta ya con mala fortuna. Rotas
apenas las hostilidades, el príncipe Tomás
de Saboya, destinado á observar, únicamente
con nueve mil hombres , la inopinada inva-
sión de los mariscales de Brezé y de Cha-
tillon, que traían mucho más que doble nú-
mero de tropas ', dejóse por ellos sorpren-
der á tres leguas de Namur, sobre un lugar
llamado Avein, y quedó vencido , «sacrifi-
cándose más por la reputación que por la
victoria con obstinado valor», según las pa-
2
labras de D. Antonio de Saavedra , el tercio
español de D. Alonso Ladrón de Guevara, y
otro italiano. Tan ligero anduvo el de Sabo-
ya, que aunque con tiempo le avisaron la
1
En la Relación de la Campaña de 1635 por el capitán Don
Diego de Luna y Mora, impresa en ia Colección de Documentos
Inéditos, tomo LXXV, se dice que sumaban los franceses hasta
treinta mil infantes y cinco mil caballos.
3
La Relación inédita de Saavedra existe en ¡a librería del
autor.
gO A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
superioridad enorme y la vecindad de los
enemigos, mandó marchar sobre ellos, no
dando crédito al número, un escuadrón vo-
lante de todas naciones, bajo el mando de
D. Antonio de la Rúa, sargento mayor del
tercio de Ladrón de Guevara. Con esta poca
gente se empeñó el combate, y bien pronto
nuestra caballería, que advirtió la imposibi-
lidad de vencer, se puso en luga, no obstan-
te los esfuerzos del conde de Bucquoy, su
General. Entonces la infantería, abandonada,
se metió en unos setos, y dieron desde allí
los dos mencionados tercios hasta cinco car-
gas al enemigo con la pica y la espada, ven-
diendo caras las vidas, ya que no podían
triunfar. Los tercios de naciones, walones
y alemanes, como estaban á la retaguardia,
se retiraron á tiempo, sin dar ni recibir daño %
Hiciéronse , entretanto , matar , de los dos
tercios que resistieron hasta lo último á todo
el ejército francés, mil y doscientos hom-
bres , entre ellos la mitad del número total
de sus capitanes. Sólo españoles sucumbie-
ron nueve vivos y seis reformados. E l prínci-
pe Tomás estuvo con el tercio español hasta
que, viéndolo todo perdido, le persuadieron
á retirarse. Portóse allí con valor inaudito
1
La narración de esta batalla está tornada principalmente de
la citada del capitán Luna y de la de Saavedra.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 91
el andaluz D. José de Saavedra, señor de la
villa de Rivas y hermano del conde de Cas-
tellar , que en defensa de su puesto reci-
bió hasta trece heridas, tratándole después
cruelmente los franceses, en cuyas manos
quedó prisionero, como otros muchos. Otro
de ellos fué el maestre de campo general
D. Manuel Pimentel, conde de la Feira, que
tampoco quiso rendirse hasta que malamen-
te herido cayó en tierra.
De allí adelante tuvieron un aspecto más
lisonjero las cosas. Habiéndole escrito Fe-
lipe IV á su hermano, con fecha 13 de Junio
de 1636 ', que « hiciese diversión por Fran-
cia antes que aquellos naturales nos gana-
sen por la mano » ; la invadió lucidamente,
en efecto, el Infante, con sus tropas y algu-
nas del Emperador, por Julio del propio
año, tomando á L a Chápelle y á Corbie, y
poniendo en París gran miedo. No dio lugar
aquella expedición brillante, aunque en con-
secuencias estéril, á ninguna batalla campal.
L a más feliz por nuestra parte bajo el go-
bierno del Infante fué, por tanto , la de Caloó
contra los holandeses. Obtúvose, como de or-
dinario, el triunfo por el esfuerzo de los ter-
1
Encuéntrase la carta á que aquí se alude en la correspon-
dencia de Felipe IV con su hermano, de que ya se ha hablado
y se hablará luego.
92 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cios españoles de Fuenclara y Velada espe-
cialmente. Nótese que en esta jornada ejer-
ció ya el mando superior, como Jefe más
antiguo, el famoso conde Paulo Bernard de
Fontaine, lorenés, que fué por tanto tiempo
creído conde de Fuentes, y aun el propio
Fuentes de la batalla de Doulens, suponién-
dose además que á su dirección se debiera la
resistencia de nuestra infantería en Rocroy.
Acompañó en Caloó Fontaine al tercio es-
pañol del conde de Fuenclara, D. Enrique
de Alagón, Maestre de Campo de mucha
valía; mas á este último, al italiano Don
Andrea Cantelmo, y al marqués de Lede,
natural de los Países Bajos, atribuyen las re-
laciones contemporáneas toda la gloria del
suceso. Después de un combate terrible, y á
costa de mucha sangre española, fué en Ca-
loó destruido un cuerpo holandés de más de
seis mil hombres que amenazó áBruselas, es-
capando poquísimos; como que sólo los pri-
sioneros llegaron á dos mil quinientos, con
treinta cañones, cincuenta banderas y tres
estandartes '. Tras esto, continuó la guerra
1
Hay sobre todos estos sucesos particulaves una larga rela-
ción , que forma un folleto en folio , intitulado «Efectos de las
Armas españolas del Rey Católico nuestro Señor en Flan-
des», etc.: Madrid, 1638. De esta relación está copiado cuanto
dice sobre la batalla de Caloó el libro intitulado Sitio de Fuente-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 93
de sitios , que caracterizó principalmente
nuestras campañas de los Países Bajos, y en
que más que ningún otro se distinguió Am-
brosio Spínola. No tan lleno de accidentes y
trabajos, como el de Breda, cuando la atacó
y rindió aquel gran General, fué el que puso
á la propia plaza el príncipe de Orange , Fe-
derico Enrique de Nassau, corriendo el año
de 1634, con un ejército compiiesto de france-
ses, ingleses, escoceses, walones y flamen-
cos, como solían constituir los suyos los
holandeses '. Pero, por desgracia, no obstan-
te los esfuerzos del marqués de Aytona du-
rante la interinidad, y luego los del propio
infante D. Fernando , nuestros enemigos re-
cobraron aquella plaza al fin. Esto, y la pér-
dida del importantísimo fuerte del Shenck,
ganado con singular fortuna poco antes , hi-
cieron que, aun después de la victoria de
Caloó, no saliésemos gananciosos del rom-
pimiento de la tregua. Por de contado que ya
desde el tiempo de la infanta Doña Isabel
Clara Eugenia, corriendo el año de 1632, se
intentó por nuestra parte renovarla. E l In-
rrabía y suceso de ¡6j8 , etc., que el venerable D. Juan de Pa-
lafox publicó por orden del Rey en 1639 , y se ha reimpreso
cuatro veces, la última en 1793.
' L'ordre du Siege de ¡a Viüe de Breda conire le% forcé* es-
pagnoles: París, 1634.
94 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
fante-Cardenal la deseó y negoció también
desde su llegada; pero no la quisieron de
buena fe los holandeses, viéndose tan pode-
rosamente secundados por Francia, hasta
que admitió por un lado España su soberanía
é independencia, cosa de que sólo muchos
años después consintió tratar Felipe IV , y
por otro les dieron cuidado los progresos de
aquella Nación sobre sus propias fronteras.
Mucho los tacharon de ingratos luego los
franceses, porque sin sus auxilios constan-
tes , dudosa, con efecto, habría sido la inde-
pendencia de aquellas provincias; pero si
en plena paz con España les habían parecido
á ellos lícitos semejantes auxilios, ¿por qué
no tener por tal que Holanda atendiera, como
atendió Francia al auxiliarlos, primero que
á ninguna ley moral á sus notorios intereses?
En el ínterin, nada prueba que el malogra-
do Infante tuviera la culpa; pero el caso es
que, aunque parecía imposible hacer más
que el Conde-Duque hizo para proporcionar
dinero y hombres, las dobles campañas de
aquél contra franceses y holandeses produje-
ron frutos escasos, y hubo, al revés, sensi-
bles pérdidas por ambas fronteras. De todos
modos, hubiera sido difícil defender bien
contra entrambos enemigos el territorio
belga; pero además de que, no obstante los
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 95
esfuerzos de Olivares, faltaban recursos su-
ficientes , todavía carecíamos en mayor gra-
do que de ellos de Generales de quien fiar.
Notóse más esto después de muerto Don
Francisco de Moneada, marqués de Aytona,
en su apostura militar inmortalizado por el
pincel de Vandyk y el grabado de Morghen.
Quizá la última vez que aquel historiador y
moralista empleó su hermoso estilo, fué para
predecir, en una carta que al fallecer dejó es-
crita, las traiciones del príncipe Tomás de
Saboya, el vencido de Avein, que venía á
ser como Lugarteniente del Infante en las co-
sas de guerra. No andaba éste tampoco muy
confiado, embarazándole para todo las du-
das , no sólo respecto de aquél, sino tocante
asimismo al conde Juan de Nassau, otro de
los caudillos principales, dudas sobre uno ú
otro muy bien justificadas. Y en medio de tan
incómodos auxiliares, apenas tenía ya el In-
fante ningún español de quien poder esperar
aciertos de mando, sobre todo una vez ma-
logrado también el duque de Lerma, dis-
creto y buen soldado. Llegó momento en que
ni siquiera tuvo otro compatriota de buen
consejo que le ayudase sino el marqués de
Castañeda, D. Sancho de Monroy. Por eso,
sin duda, el hombre de confianza de España
en Flandes era, á la sazón, el Presidente
g6 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Pedro Roose, á quien no se cansaba de reco-
mendar como consejero y guía el Conde-
Duque, juzgando tal. su talento, que, sin ser
soldado, podía hacerle entender, mejor que
á muchos de profesión, los asuntos militares.
Honraba á Roose esta opinión; pero no al
Estado Mayor General, como se dice ahora.
Holanda subía, en tanto, al mayor auge
de su prosperidad, y Francia gozaba de
los beneficios de la inteligente y enérgica
administración de Richelieu, mucho más
grande quizá por esto que por su diploma-
cia maquiavélica. Con aquella administra-
ción hábil y la natural riqueza del territo-
rio francés, verdaderamente privilegiado en
todos tiempos, pronto se remedió el poco
satisfactorio estado que hacia 1626 y 1627, po-
cos años antes que Luis XIII nos declarase la
guerra, debía de ofrecer aquel país, por lo
que aparece de las actas de la Asamblea de
Notables, Prelados, Magistrados y Gentiles
hombres, celebrada durante aquella época
en París \ Vese, por los discursos que diri-
gió Richelieu á aquella Asamblea, cuyo con-
curso pedía indudablemente con tanto ahin-
co para ir preparando la guerra con España,
1
L'AssambUe des Notables tenue a Parts les années 1626
et T627, et les résolutions prises sur pleusieurs questions et pro-
pcsilions d'Etat tres importantes, etc., etc. : Paris, 1652.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 97
más bien que para ninguna otra cosa, que
lo primero de todo, en su concepto , era des-
cargar de inútiles gastos á Francia, recobrar
rentas, mejorar ingresos. crearle, enfin,una
Hacienda floreciente. Sólo con el conoci-
miento de esta cardinal regla política llevó
ventaja suma aquel Ministro, como les había
llevado su predecesor Sully á todos los go-
bernantes españoles de aquellos siglos. Lo -
gró Richelieu, con el apoyo más ó menos
forzado de la mencionada Asamblea, no sólo
concentrar y fortificar en las leyes la potes-
tad Real para sus posteriores empresas, sino
poner al Tesoro francés en estado de adqui-
rir una marina de guerra que totalmente fal-
taba á la vecina Nación, y crear buenos regi-
mientos de infantería, que tampoco había
ella tenido hasta allí, sin perjuicio de las
milicias, ampliamente organizadas, por la
manera que quiso y no pudo Felipe II orga-
nizarías en España. De otras de las medi-
das, no siempre loables, ni mucho menos,
que, aprovechando Richelieu el período de
paz exterior en que Francia se encontraba,
llevó á ejecución para unificar las fuerzas
del Estado, no hay por qué discurrir en este
estudio especial. Baste recordar, que para
que subyugase de todo punto al partido pro-
testante , le ayudó con su flota España en el
- LXXI - 7
98 A , CÁNOVAS DEL CASTILLO.
sitio y rendición de la Rochela. Tocante á la
conducta que sugirió á Luis XIÍI y siguió
implacablemente contra todo género de opo-
sitores, hállase en las Memorias de su tiem-
1
po cuanto hay que saber . Lo único que, aun-
que con tristeza, conviene añadir sobre esto,
es que, por nuestra parte , nada se pudo
hacer en tanto para vigorizar el poder ;
pero continuaron planteándose , en cambio,
las cuestiones administrativas y económicas
como siempre, es decir, errada ó mezquina-
mente. Harto queda dicho ya acerca de esto,
y lo demás no es ocasión tampoco de expo-
nerlo ahora, bastando con saber que en nues-
tra pobreza nativa estaba el fundamento del
mal, y su desarrollo extremado, en nuestro in-
menso desorden tocante á la administración
de la Hacienda. Embajador veneciano hay
' Basta recorrer entre tales escritos el que .se intitula Extraii
des noms de ceux qui ont cié cloigne^, emprisonne^ et supplicie^
vivant de fe.u du le Cardinal de Richelim, par sa bropre volonté
et puissance, etc. Aparece eite documento adjunto al Journal de
Monsieur le Cardinal (1649, sin lugar de impresión), escrito
por persona que le era favorable. Siguen , sólo entre los perse-
guidos ó proscriptos, hasta setenta y tres nombres , entre los
cuales están los de los primeros magnates de Francia , comen-
zando por el hermano del Rey. Hay que añadir á esto diez
grandes damas , entre las cuales se contaba la madre del Rey
también, y en poco estuvo que no se contase su propia mujer.
Por último , figuran en lista hasta doce personas de gran im-
portancia ajusticiadas.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 99
que afirma que Olivares hizo grandes y hasta
felices esfuerzos porque la Hacienda españo-
la se mejorase; pero, no lo logró en verdad,
fuese la razón cual fuese. E n el entretanto, no
conviene pasar en silencio una cierta Real
orden, remitida por Felipe IV al Infante, du-
rante sus primeras campañas, para que sir-
va de indicio de los apuros á que el Tesoro
español debía de haber llegado en los pro-
pios momentos de estallar la gran lucha con
Francia, probando en gran manera, además,
los puntos de vista estrechos bajo los cuales
se contemplaba en Madrid la necesidad de re-
ducir gastos, y en especial los de guerra. «Os
encargo», decía en el citado documento el
Rey, «que reduzcáis vuestra persona y fami-
lia en las campañas á sólo vestidos de paño
y á comer carnero y vaca y alguna gallina y
perdiz y ningunos guisados, mostrando enoja-
ros con quien no lo hiciese así, para que á
vuestro ejemplo se consiga cosa tan con-
veniente ; y para lucimiento militar bastan
las plumas y lo dorado, sin que se consu-
ma en telas y bordados, lo que obliga á ro-
bar á los pobres por no decaer de ello '.»
Datos de este linaje, aunque al parecer tri-
• Archives du Royanme de Belgique. Correspondencia de Fe-
lipe IV con el Cardenal-Infante.—Carta de 29 de Octubre
de 1634.
10O A . CÁNOVAS D E L C A S T I L L O .
viales, por inducción fácil descubren todo un
orden de cosas. ¿Había exagerado algo en la
primera parte de este estudio al señalar los
obstáculos económicos con que emprendía.
mos y continuábamos nuestras guerras ? Mas
la justicia me obliga á reconocer en el caso
presente, ya que sobre otras materias he
excusado, cuando no defendido, á Felipe IV,
que éste exigía demasiada sobriedad á un
Príncipe empeñado en el trabajo penosísimo
de defender la actual Bélgica contra la Fran-
cia y la Holanda á un tiempo. Para eso, mu-
cho más natural y justo habría sido que se
dejase él propio de gastar en lienzos, pape-
les y luminarias , cantidades que bastaban
para consentir abundante mesa á su herma-
no. Acaso inspiró la Real orden el Conde-
Duque , que tan mal solía ver aquellos feste-
jos, relativamente costosos, porque, no pu-
diendo obligar al Rey á ser más económico,
posible es que se consolara con descargar
el rigor sobre su hermano, por manera ínti-
ma unas veces, como de su correspondencia
resulta , y otras, según acaba de verse, en
forma oficial. Y para decir la verdad pura,
no arruinaron, por cierto, al Estado aquellas
cosas grandes y maravillosas, á creer á sus
autores, que describen las relaciones de fes-
tejos de la época; pues, profundizando un
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. IOI
poco, se advierte que todo era relumbrón de
una parte, y de otra, ponderaciónlírica ó dra-
mática. Pero, cuando se llegaba á limitar la
mesa al Cardenal-Infante, cualquier lujo y
derroche, corto ó desmesurado, estaba de
más. Lo único que un habitante de Madrid,
al menos, no debiera censurar nunca, es el
gasto, muy moderado, al decir de Olivares,
que para que la Corte permaneciese en Ma-
drid más tiempo , excusando jornadas , se
hizo por iniciativa suya en las estériles coli-
nas donde hoy está el Retiro. Pocos Gobier-
nos han prestado un servicio más útil, ni an-
tes ni después, á los naturales de España,
que en tanto número lo han gozado siempre
y lo gozan hoy, como esa plantación real-
mente .¿maravillosa, para los escasísimos
medios de toda especie que hubo á mano y
para plazo tan breve como se tardó en po-
nerla mejor que quizá está ahora. Mas, de
todas suertes, ni aun lo que costaran los tales
jardines era justo quitárselo de la boca al
Cardenal-Infante. Porque fueran más ó me-
nos fructuosas sus empresas militares, con
sólo haber puesto, como puso, de su parte
cuanto pudo, y su valiente conducta enNórd-
lingen, sin duda es aquel Infante de los que
mejor memoria merecen entre los españoles
de su época. Lloróle además Flandes, como
102 A . CÁNOVAS D E L C A S T I L L O .
lloró á la infanta Doña Isabel Clara Euge-
nia, por la constante bondad y nobleza de su
carácter.
IX
Por cierto, que muy poco antes que él mu-
riese en la flor de la edad, de calenturas ma-
lignas , enfermedad que igualmente acortó la
vida de Aytona y Lerma, se envió á Flandes
al conde de Assumar, D. Francisco de Mello,
teniendo, á no dudar, en cuenta la falta de
capacidades de todo género con que, según
hemos visto, se contaba. Comenzamos, por
tanto, á tener que tratar ya con detenimien-
to del General infortunado que libró la bata-
lía de Rocroy. No parece ocioso advertir que
su apellido lo han escrito siempre Meló los
españoles, por causa de la pronunciación es-
pecial que se da á la doble // en nuestro
idioma, la cual no corresponde, como en Por-
tugal, al sonido de una sola de las dos. Noto-
rio es que, hasta que el autor de este trabajo
fijó su atención en un hombre que tamaña
intervención tuvo en nuestras cosas, nada se
sabía absolutamente de él, ni fuera ni dentro
de España. Sonaba su nombre como el de ün
General desconocido que, sin saber por qué,
había mandado el ejército español en aque-
ESTUDIOS DEL REINADO D E FELIPE IV. 103
lia batalla célebre. Tuve yo para mí, el pri-
mero, que se debían escudriñar los antece-
dentes de persona semejante, y en la primera
edición de mi estudio sobre aquel suceso, lo-
gré reunir ya noticias, si no completas, sufi-
cientes para que el mando de aquel personaje
no resultase inexplicable. Con el título de Un
soldado de España, dio poco después á luz
D. Alfredo W e i l , de nación francés, pero
tan español por sus sentimientos como quien
más, unos artículos, en que, á propósito del
conde Paul Bernard de Fontaine y de su par-
ticipación en la batalla, dio nuevas noticias
de Meló, más necesarias ya que para su ca-
rrera, para conocer su origen y familia.
Cuanto acerca de él escribió el inteligente y
malogrado Weil en los referidos artículos,
que imprimió la Revista de España, lo re-
produce y acrecienta su postumo folleto, in-
titulado: Le Comte Paul de Fontaine, son
tombeau, safondation encoré aujour d'hui
á BrugeSj ses campagnes ; obra que, re-
cientemente impresa en Bar-le-Duc, comple-
tará mis propias noticias sobre el personaje
en cuestión. No sería oportuno exponer su
biografía, si no fuera precisamente en el pre-
sente estudio donde primero se le dio á cono-
cer. De origen portugués, llamábase con ra-
zón D. Francisco de Mello de Braganza, por-
104 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
que era hijo de D. Constantino de Braganza-
Portugal Mello, rama, en efecto, de aquella
ilustre Casa. Sábese, además, que tuvo gran-
de intimidad en ella desde que, siendo pobre
hidalgo sin fortuna, se introdujo en la amis-
tad y confidencia del duque D. Teodosio, pa-
dre del que como Rey se llamó Juan IV. Ha-
llóse en Madrid al tiempo de la coronación
!
de Felipe IV , y por entonces fué nombrado
Gentil hombre del Rey. No perdonaban los
portugueses descontentos á ninguno de sus
compatriotas que sinceramente se apegase
al Gobierno español, y tal fué quizá el mayor
motivoque hubo para que aborreciesen tanto
á Diego Suárez en Madrid, y en Lisboa á M i -
guel de Vasconcellos, por más que ni uno ni
otro de aquellos Ministros mereciesen ala-
banzas por sus acciones. De los peor vistos
fué bien pronto D. Francisco de Meló, aunque
el historiador, á quien conocemos más por
este apellido que por el de Manuel, que lleva-
ba en primer término, consigne en sus Epha-
naphoras que hasta la proximidad de la re-
volución mantuvo aquél su intimidad con los
de Braganza, hasta ser agente de sus nego-
cios en la corte. L o cierto es que muchos
portugueses acabaron por acusarle de que,
habiéndose ganado la confianza del Conde-
' Avisos de Pellicer : Semanario erudito.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. IO5
Duque, la empleaba sólo en consejos daño-
sos á su patria, que era lo mismo que en par-
ticular decían de Suárez , secretario del
Consejo de Portugal, incitándole, añadían,
á imponer allí nuevos arbitrios y contribu-
ciones. Hasta le tacharon de indisponer al
rey Felipe y al primer Ministro con la Casa
de Braganza, vendiendo los secretos de ésta,
como quien era ó había sido su confidente \
Callar semejantes murmuraciones sería tan
mal hecho como creerlas sin pruebas, y más
cuando durante su vida entera demostró él,
conhechos mucho más nobles, quequeríaser
español y vasallo de Felipe IV, más bien que
de sus parientes los de Braganza. No habrían
dejado éstos, después de todo, de conservar
ó volver á admitir á su servicio un persona-
je tal, si lo hubiera preferido. Mas, para de-
cirlo de una vez, Meló estuvo al cabo no me-
nos aborrecido en Portugal que estimado
en la corte de España. En el entretanto, fué
nombrado embajador en Saboya , corrien-
do el año de 1632; y después de residir en
Milán muchos meses, mientras se arregla-
ban ciertas desavenencias de etiqueta so-
brevenidas entre aquella corte y la nuestra,
pasó al siguiente año á Genova, para co-
1
Gio-Bat. Birsgo : Historia de la desunione del reino de
Portogallo de la corona de Castiglia : Amsterdam , 1647.
!0Ó A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
menzar su ministerio, como mediador de un
tratado que se había de ajustar entre aquel
Duque y el Gobierno de la República.
Allí probó Meló que le sobraba astucia
para lograr sus fines. E l tratado, con la firma
deldeSaboya, estaba ya en Genova; pero
los Ministros de la República exigían que se
le añadiesen dos palabras importantes. Negá-
ronse, más por orgullo que con razones, á
semejante adición, los Embajadores del Du-
que , lo cual obligaba á devolver á éste los
pliegos. Aquella disputa no tenía trazas de
terminar bien, cuando Meló, que asistía á las
conferencias, dio un golpe como sin pensar-
lo en el tintero, y derribándole sobre el pro-
tocolo, lo inutilizó. Fué, pues, preciso enviar
á Turín por otro ; pero antes de que viniese,
ya estaba allá Meló, y acertó á conseguir
que se incluyesen las palabras reclamadas
en los pliegos nuevos '. Parece que el propio
año de 1635 fué encargado de la embajada de
España cerca del emperador de Alemania;
y por allí tenía que andar cuando, en Real or-
den de 7 de Diciembre del propio año, le or-
denó el Rey al Infante que, así sobre la
> Galeazzo Gualdo Priorato : Historia delle guerre. di Ferdi-
nando II e Ferdinando III, Impcratori, e del Re Filippo IV di
Spagna, contra Gostavo Adolfo, Re di Sudia, e Luigi XIII, Re
di Francia: Venecia , 1646.
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE IV. IO7
tregua que inútilmente se negociaba con los
holandeses á la sazón, como en todas las
acciones militares, tomase el parecer del
conde de Oñate y de D. Francisco de Meló,
que, por su capacidad y entendimiento, le
dirían lo que debía hacerse '. Indica bien es-
ta frase hasta qué punto llegaba ya el cré-
dito de Meló, pues se le equiparaba con el de
Oñate , que era grandísimo. D. Alfredo
Weil pretende que en Septiembre de 1635 se
hallaba en Madrid asistiendo al Consejo en
que se acordóla expedición contra las islas
de Santa Margarita y San Honorato, en
Provenza; y bien puede ser, afirmándolo es-
critor de tanta conciencia. Mas fíjese bien la
atención sobre los lugares varios en que du-
rante el dicho año aparece el nombre de Me-
ló : tanto movimiento, con lo largo de los
viajes de entonces, parece imposible. Lo se-
guro es que en 1636 obtuvo ya el título de
2
conde de Assumar por sus servicios , y que
tornando á Italia desempeñó con acierto di-
versas comisiones diplomáticas en Módena,
para atraer aquel potentado á la alianza de
España, en Turín, en Florencia y Luca, pa-
ra impedir que hiciesen causa común con
1
Archives du Royaume de Belgique. Correspondencia citada
de Felipe IV con el Cardenal-Infante.
2
Memorial Histórico Español, tomo xnr.
IOS A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
nuestros enemigos estos Estados. Pero mal-
contento con tal oficio á secas, aunque tan á
gusto le fuese en él, quiso Meló ensayarse
también en el de las armas.
Ha indicado ya en otra parte el autor de
este estudio que, no obstante que lo estimase
y protegiese mucho el Conde-Duque, no le te-
nía por soldado, según escribió de su mano
en cierta consulta. No fué de tal opinión,
en verdad, el escritor militar Gualdo Priora-
to, su contemporáneo, que en uno de sus
libros le calificó de caballero de grandísima
estima en las armas como en las letras. Fué
este conde Gualdo Priorato, de nación ita-
liano, y ahora poco conocido, un historiador
no elegante, pero bastante verídico, y juez
competentísimo tocante á hombres y cosas
de guerra, porque, como soldado aventure-
ro, sirvió sucesivamente á las órdenes de
Mauricio de Nassau, de Mansfeld, de Wa-
llenstein, y por último de Horn y Weimar,
todos buenos Generales. Habiendo pasado
su vida peleando contra los españoles, en
nada que nos toque de cerca ó de lejos pue-
de tachársele de parcial. Mas, de todas suer-
tes, algo hubo de notar la perspicacia de
Olivares en Meló para negarle las cualida-
des de soldado que le reconocía Gualdo Prio-
rato , sin embargo de que valor, y por su-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 109
puesto ingenio, le sobraban. Con eso y todo,
no se opuso Olivares á que durante la pri-
mavera de 1635 apareciese ya Meló en la
sangrienta batalla de Tornavento, donde hizo
sus primeras armas, cumpliendo, por su-
puesto, como esforzado. Por sus trazas se
sorprendió luego felizmente la plaza de Val-
detoro, desempeñando en Milán el gobierno
político, mientras el marqLiés de Leganés
gobernaba el ejército en campaña. Vuelto á
su anterior oficio, y yendo á Alemania de
Embajador, estuvo en Colonia, en Bruselas,
en Viena, negociando siempre, y siempre
con fortuna, hasta 1638, año en que el em-
bajador veneciano Giustiman le conoció
de privado ó confidente del Conde-Duque
en Madrid, y redactando muy á gusto de
éste los documentos de que se encargaba.
Mas su afición á las armas persistía, y des-
pués de algún tiempo de residencia en la
Corte, obtuvo mando activo de tropas en
Lombardía : «juzgando que quien había pro-
bado tan bien en las Embajadas, haría lo mis-
mo en la guerra». Con cierto retintín advir-
tió esto un padre jesuíta al poner en cono-
cimiento de otro la noticia '. Por de contado,
que cuando bastaba, y aun se necesitaba
tanto, ser Príncipe ó Gran Señor para gober-
1
Memorial Histórico Español, torno xiv.
IIO A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
nar ejércitos, no debía de sorprender, cual
sorprendería ahora, que se pasase de Emba-
jador á General. Quizá lo que se extrañaba
era que á Meló se le declarase hombre de
guerra de profesión, cualidad que con obce-
cación rara se tenía por distinta de las que
hacían falta para ponerse á la cabeza de un
ejército, porque el hecho fué que, no tenien-
do aún categoría militar determinada, se le
dio entonces la de Maestre de Campo Gene-
ral , con la cual se embarcó para Italia y sa-
lió á campaña. Téngase en cuenta que el
Maestre de Campo General, según nuestros
tratadistas militares de la época, debía ser la
verdadera capacidad militar de los ejércitos.
Nada había hecho Meló sino recibir desaires
en aquel cargo, según por la Corte se decía,
y ser una especie de asesor ó interventor de
Leganés, ya como Gobernador del castillo
de Milán, ya en las operaciones de campaña,
cuando , no sin murmuraciones , al ver que
se olvidaban otros y con exceso se pagaban
sus servicios, fué Meló nombrado virrey de
Sicilia '. Obró con gran celo allí en la fortifi-
cación de las costas, y expidió unas ordenan-
zas suntuarias, que tuvo que revocar por la
oposición que hallaron en el arzobispo Do-
ria y los artesanos perjudicados; cosa que
' Memorial Histórico Español, tomo xv, pág. 103.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. III
dio á conocer en su carácter alguna falta
de entereza '. Nombrado en seguida y casi á
un tiempo para mandar las armas de Milán
y las de Alsacia, con el cargo adjunto de Em-
bajador cerca de la Dieta de Ratisbona, tomó
el camino de esta última ciudad, hallándose
á su llegada con un difícil negocio, que dio
más que hablar que hasta entonces de su
persona.
Había estallado, en el ínterin, la suble-
vación de Portugal. Desde su estancia en
Madrid en 1638, ó sea desde las alteraciones
de Évora, debió de sospecharla Meló, que
esto al menos dio á entender su apartamiento
súbito de la intimidad de los Braganzas, y
aun es más que probable que , como temie-
ron los conspiradores, participase sus rece-
los al Conde-Duque. Una de las primeras
disposiciones del Rey nuevo fué, cual era na-
tural, confiscarle los bienes al desapegado
deudo, desterrándole perpetuamente de su
país. Mientras hacían esto con él sus compa-
triotas, colmábale cada día Felipe IV de dis-
tinciones. Comparada una conducta con otra,
no parece extraño que con tanto celo ejecu-
tase las apremiantes órdenes que recibió de
aquel Monarca y su Ministro para obtener la
prisión de D. Duarte, hermano del duque de
1
Torremuzza : Fasti di Sicilia: Mesina , 1820.
112 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Braganza, que voluntariamente servía en los
ejércitos del Emperador, en vez de entrar en
los de España; no corto indicio, por cierto,
déla rebeldía latente de aquella familia. Pero,
de otra parte, no le faltó razón á Brandano '
para pensar que, por lo mismo que se pre-
ciaba Meló de pertenecer á una de las ramas
de la familia de Braganza, necesitaba más
que nadie acreditar su vehemente lealtad á
España, ya que tantos favores la debía, y
estaba resuelto á morir en su servicio. L o
cierto es que condujo aquella negociación
habilísimamente, cual solía, consintiendo al
fin el Emperador en que D. Duarte fuese
preso enRatisbona, con no poco escándalo
de los Príncipes alemanes, que consideraban
violado en ello el suelo patrio, y general re-
probación del pueblo, que, con fundamento,
se compadecía de aquella víctima de la rasón
de Estado. Largamente hablaron de los ma-
los tratamientos que, según pretendían, pa-
deció D. Duarte, los escritores portugueses
2
de la época ; y en cierto memorial latino
1
Alessandro Brandano: Historia delle guerre di Portogallo,
succedute per l'occasione de la separalione di quel Regno della co-
rona cattolica : Venezia, 1689.
2
Sobre los pormenores de esta prisión de D. Duarte hay pu-
blicados varios libros, y entre ellos dos en castellano, que se ti-
tulan : Perfidia de Alemania y de Castilla en la prisión, entrega,
acusación y proceso del Sermo. Infante de Portugal D. Duarte:
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 13
presentado á la Dieta de Ratisbona, en queja,
por el enviado portugués Francisco de Sou-
sa, no vaciló en señalar éste por principales
autores de aquella crueldad á algunos que,
según él, a domo Brigantina panem et ho-
norem obtinuerant. Ciara alusión era eso á
Meló, y recuerdo amarguísimo, sino es que
con injusticia exagerase la pasión de partido
los beneficios que como á pariente pobre los
Braganzas le hubiesen dispensado. Tales ser-
vicios, mejores ó peores, pero incontesta-
bles , abonaban, en suma, al hombre enviado
como consejero del Infante á Bruselas, y á
quien, muerto éste, confirió Felipe I V el go-
bierno de las provincias más combatidas y
del mejor ejército que España tuviese á la
sazón. No menos que los de Maestre de Cam-
po General en Lombardía, Castellano de Mi-
lán, Virrey de Sicilia y Capitán General del
ejército de Alsacia, eran los mandos milita-
res en que se había ensayado ya, desempe-
ñándolos todos con celo y valor ; pero cuali-
dades de General en Jefe no se le conocían.
Nombrósele probablemente, porque no se
Lisboa , 1652, y Exclamaciones políticas, jurídicas y morales al
Sumo Pontífice, Reyes, Principes , Repúblicas amigas y confede-
radas con el rey D. Juan IV de Portugal, en la injusta prisión
y retención del Sermo. Infante D. Duarte, su hermano : Lisboa,
1645.
- LXXI- 8
A
114 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
encontró á mano otro más apto, pues que la
opinión de Olivares, según sabemos, no le
era favorable cuanto á soldado. Hay, por su-
puesto, que observar, que su nombramiento
de Gobernador de los Países Bajos sólo tuvo
el carácter de interino, mientras se escogía
un Príncipe de la Familia que, según costum-
bre, reemplazase al infante D. Fernando, y
que, por virtud de aquel cargo, mandó des-
pués el ejército. Mas, en conclusión, para
consejero de un Príncipe , ayudándole en la
administración económica y los negocios di-,
plomáticos, ningún hombre más capaz ser-
vía tal vez á Felipe IV; y si faltaba motivo
para que como General inspirase igual con-
fianza , poco donde escoger tenía España en
aquella época.
Conviene advertir, á propósito de esto,
tan manifiesto ya en el período de gobierno
del Infante, que las causas de que escasea-
sen Generales nativos de España, desde los
tiempos del duque de Alba, del marqués de
Santa Cruz y del gran conde de Fuentes,
no quedaron bien expuestas en las prime-
ras ediciones del presente estudio. Examina-
da más de cerca la cuestión, resulta que se
debió aquello á dos causas principalmente.
Consistía la primera, en que, alejada del te-
rritorio peninsular la guerra, perdieron, des-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I I5
de Carlos V en adelante, los Monarcas la an-
tigua costumbre de asistir á ella, lo cual
apartó de ella también á los Grandes y los
Nobles que tenían obligación legal de seguir-
les. L a segunda, consistía en que las ideas
reinantes en España inclinaban á colocar
en el mando superior de los ejércitos, ya
que no asistía en persona el Rey, á Prín-
cipes ó Grandes, aunque ninguna idea tu-
viesen de la guerra, los cuales, á modo de
Lugartenientes, representaban la autoridad
soberana, poniéndoles muy por debajo los
guerreros de profesión. Pero, si ha de decir-
se la verdad entera, tampoco en tiempo de
los Reyes Católicos, de Carlos V ó de Felipe II
abundaron los españoles capaces de mandar
ejércitos, por falta de afición de muchos á
las campañas lejanas, y por desaplicación
de todos á los estudios militares, como no
pocos de nuestros tratadistas en la mate-
ria lamentaron. E l hecho es que Gonzalo de
Córdoba y Pedro Navarro, Antonio de Ley-
va, el duque de Alba, fueron por excepción
Generales nacidos en España, sin que acer-
tase á remediarlo Carlos V , el más belicoso
de nuestros Monarcas y el más activo y re-
suelto soldado de su tiempo. Los marqueses
de Pescara y del Vasto, Carlos de Lanoy,
Borbón, el príncipe de Orange y otros ex-
I 16 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tranjeros , fueron ya los hombres de más
confianza del Emperador, con la sola ex-
cepción del duque de Alba y de Antonio
de Leyva, para mandar ejércitos. Cuando
principiaron luego las guerras de Flandes,
poseímos, en verdad, Maestres de Campo
ó Coroneles , los primeros del mundo en su
oficio, pero poquísimos Generales de veras
también, fuera del comendador Requesens
y el conde de Fuentes, sin contar, es cla-
ro , á los dos gloriosos Príncipes de nues-
tra Real Casa , D. Juan de Austria y Ale-
jandro Farnesio. Esta penuria de Generales
nacionales de día en día continuó creciendo.
No sin razón se quejaba Álamos Barrien-
tos, en un memorial á Felipe III, del. hecho
patente de que durante el reinado anterior
se hubiese acabado «con las grandes ca-
bezas de Estado, guerra y paz, en que antes
habían abundado estos reinos '»; cosa de que
igualmente se lamentó, como en otra par-
te he expuesto, el conde de Luna, tratando
de las alteraciones de Aragón. Pero, á de-
cir verdad, lo que habían abundado en los
días de Enrique IV, por ejemplo, eran las
grandes cabezas de motín, que no las ca-
bezas para mandar ejércitos, nunca, des-
pués de todo, sobradas en parte alguna. De
• Manuscrito inédito existente en la Biblioteca Nacional.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. II7
los lamentos , más prácticos y fundados,
que acerca del propio punto nos dejó Mar-
cos de Isaba, tratóse en otro estudio con de-
tenimiento , y aquél fué, que no Barrientos
ni Luna, quien puso el dedo en la llaga, como
se suele decir. L a forma en que se nutrían
nuestros tercios, muy á propósito, según se
ha visto, para producir incomparables solda-
dos, Capitanes, Sargentos Mayores y hasta
Maestres de Campo, no era por su propia
naturaleza la más propia para llevar á los
ejércitos hombres de inteligencia superior y
vasto saber, como para mandar en Jefe ha-
cía ya falta á la sazón. Si al par que los hidal-
gos pobres ó pendencieros ó la ínfima gente,
de que las clases de tropa se componían,
hubieran acudido á servir en gran número
los hijos de las grandes Casas, como quería
Isaba, contáranse con otra frecuencia en las
filas hombres como Coloma ó Moneada, por-
que , cual siempre, era la cultura más fácil
en las altas clases del Estado que en las que
por modo de vivir tomaban la guerra. Pero
Isaba y otros de nuestros tratadistas milita-
res lo dicen muy claro: veíase á la Nobleza
francesa, alemana, y muy especialmente á
la italiana, estudiar el arte de la guerra por
principios, educándose a s í propios no pocos
de sus miembros para Generales , y eso no
Il8 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
se conocía en España, De aquí que los Gran
des de mejores condiciones, como el mar-
qués de los Vélez , á quien reputaba el Con-
de-Duque por el más cumplido caballero de
España, hiciesen la figura triste que aquél
hizo como General en Cataluña. Los Reyes
no tuvieron en esta general desaplicación
más culpa que la de no dar por su parte
el ejemplo. Felipe III fué el único de quien
conste por un hecho , que modernamente ha
esclarecido D. Pedro de Madrazo ', expuesto
antes ya en el viaje á España del italiano
2
Laffi , que procuró que su heredero, que
tantas cosas loables supo, aprendiese tam-
bién el arte de la guerra, poniendo á su dis-
posición ua precioso simulacro de ejército y
plaza fuerte, obra de cierto malaventurado
italiano, que por bastante tiempo adornó una
estancia del Alcázar Real. Desgraciadamen-
te, no bastó el tal simulacro á los nietos de
Felipe II para crear ya soberanos de índole
militar, corno hubieran sido menester, en am-
bas ramas de la Casa de Austria.
Mas hay que advertir, en justicia, que una
1
Alberto Stru^iy su ejército.—Historia trágica de un juguete
del Principe D. Felipe, por D. Pedro de Madrazo.—Almanaque
de la ilustración : Madrid, 1884, pág. 58.
a
Domenico Laffi: Viaggio in Ponente a San Giacomo di Ga-
litia e Finisterrcs : Bolonia, 1681 , pág. 318.
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE I V . I!Q
de las cosas porque no gustaban de ir los
Grandes á lejanas guerras, era por la ruina
que les ocasionaba eso en su caudal. Para los
virreynatos de América , de sobra se encon-
traban magnates , y para los de Europa mu-
cho más, porque tales empleos les asegura-
ban entradas con que , no sólo mantenían la
fortuna propia, sino que la reparaban ó acre-
centaban; pero en los ejércitos, donde todo
el mundo andaba mal pagado , ellos , que
tan exagerado boato dondequiera solían gas-
tar , hallábanse al poco tiempo empeñados.
La casa de Grande que hacía cualquiera
jornada á su costa, de aquellas que no se
podían excusar , como Embajadas extraordi-
narias ó acompañamientos de Personas Rea-
les, para mucho tiempo quedaba pobre, por-
que, aunque poseyese extensos Estados, no
podían ser realmente ricos los señores ó
propietarios donde en pobreza tan general
vivían sus colonos ó vasallos. Por todo esto
junto, el caso es que la clase alta no servía
voluntariamente- sino rara vez, y no produ-
cía, por tanto, cabezas para mandar ejérci-
tos, cosa de que, con más amargura que Ba-
rrientes y que Isaba, se quejó todavía el
Conde-Duque en muchas ocasiones. Hacia
el tiempo de que estoy ahora hablando no
poseíamos más General probado de alta al-
120 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
curnia que el marqués deLeganés, hombre
de más valer , sin duda , que le ha concedi-
do hasta aquí la historia , y que , en sentir
del referido Conde-Duque , «tenía cuanta
bondad cabía en la tierra, pero se atacaba
mucho á estar siempre grueso » ; con lo
cual quería sin duda decir que era calmoso
en demasía '. Ni el conde de Fuensaldaña, ni
el marqués de Mortara, ni el segundo D. Juan
de Austria , ni el marqués de Caracena,
buenos, pero meros soldados, habían siquiera
aparecido todavía como Jefes de ejércitos.
Italianos ó portugueses eran, pues , los que
de ordinario mandaban los nuestros: testi-
gos Torrecusa y Cantelmo, D. Felipe de Sil-
va, ó el mismo D. Francisco de Meló; y,
cuando éstos no , teníanlos extraños aventu-
reros á su cargo, como Isembourg, Beck y
Fontaine, que tanto figuraron en las campa-
ñas de que empiezo á tratar. L o único que
persistimos en poseer fué admirables Maes-
tres de Campo ó Coroneles propios, ya en
Italia, ya en Flandes. De ellos y de la vete-
rana oficialidad debía en mucha parte depen-
der que, así el espíritu de aquellos tercios
como su instrucción y disciplina, se conser-
vasen. Mas como la alta Nobleza era para
' Correspondencia con el Cardenal-Infante: carta del 19 de
Marzo de 1693.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 12 1
todo preferida por los días de Felipe IV , y
en mucho mayor grado que durante los de
Carlos V y Felipe II, á ella solían pertene-
cer también y a , según se ha visto, los Maes-
tres de Campo, de lo cual ofrecía buen ejem-
plo el ejército encomendado á Meló. Preciso
es añadir que aquellos caballeros mozos no
eran ciertamente indignos de ser compara-
dos con los veteranos que el duque de Alba
y Farnesio tuvieron á sus órdenes. Tampoco
faltaron nunca al frente de los tercios hidal-
gos navarros y vascongados, herederos de
la gloria de los de Ravena, como D. Martín
de Idiáquez. Generales en Jefe eran, en
suma , los que nos hacían gran falta. Aquel
de quien sospechó el Conde-Duque mayores
condiciones de tal, que fué el duque de Albur-
querque , demostró todas las aptitudes mili-
tares, menos esa, porque nadie le superó
como Maestre de Campo de un tercio, nadie
como General de caballería en Cataluña,
nadie siquiera como Almirante y soldado de
mar en los combates y operaciones navales,
que quizá más que nada contribuyeron á la
fácil recuperación de Barcelona. Nunca, á lo
menos, llegó á. demostrar que le cupiese en la
cabeza la dirección de una batalla. De todas
suertes, este duque de Alburquerque, el
marqués de Velada y el conde de Fuensal-
122 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
daña, que ganó después algún crédito, eran
los solos españoles que, al tomar Meló la
dirección del ejército, alternasen en los altos
puestos militares de Flandes, con Beck, Fon-
taine, Isembourg, Bucquoy,Cantelmo, Guas-
eo, D. Alvaro de Meló y otros, todos nacidos
fuera de nuestro territorio actual. Y ni unos
ni otros se habían ensayado mucho tampoco
en el mando supremo.
Podía servir de consuelo, que la infan-
tería española, de que dichos Generales dis-
ponían, era aún tal y tan buena, que basta-
ba á desmentir la pesimista predicción de
Marcos de Isaba respecto á la latente de-
cadencia de nuestra milicia en su tiempo.
Había sin duda en ella bastante gente de
la que, viniendo de Italia á Flandes con
el Cardenal-Infante, reparó en Nórdlingen
(1634) la flaqueza de nuestra infantería ale-
mana, poniendo en fuga á los veteranos de
Gustavo Adolfo, aun después de muerto éste,
reputados invencibles. Allí debían de andar
también los pocos soldados que quedaron
del tercio español que mantuvo en la jor
nada de Avein el campo de batalla hasta
caer muertos la mitad de sus individuos,
Con mayor razón tenían aún que contarse
en aquellas filas los vencedores de Caloó y
los que acompañaron al infante y carde-
ESTUDIOS D E L REINADO D E FELIPE IV. 12j
nal D. Fernando, General intrépido y cons-
tantísimo, como le llamó su contemporá-
neo Gualdo Priorato , cuando por la pro-
vincia de Picardía entró en Francia durante
el año de 1636. Desde aquella fecha, hasta
que en 9 de Noviembre de 1640 acabó sus
días el Infante, sostuvo aquel ejército, con
su intrepidez ordinaria, y sobre todo la in-
fantería española, por testimonio del propio
Gualdo Priorato y otros historiadores ene-
migos, una serie de desiguales campañas
contra franceses y holandeses, que, siempre
con fuerzas superiores, acometían aquellas
provincias apartadas. Caído el Conde-Du-
que, que tanto cuidó del reclutamiento de
aquellos tercios, y agravados por tanto ex-
tremo los apuros de la Península, no tar-
dó mucho ya el ser tan difícil enviarles re
fuerzos, que poner un solo recluta allí, ó
sea una pica en Flandes, quedó en nuestra
lengua por refrán, que significaba una casi
imposibilidad vencida. Mas por los años de
que voy á tratar inmediatamente, todavía es-
taban los tercios completos, y, a l a sombra
de ellos, siempre era posible organizar bue-
nos ejércitos. A l morir dejó el Cardenal-In-
fante cercada la plaza de A y r e , que perdi-
mos poco antes, tomando precisamente en
aquel asedio las calenturas que le mataron;
124 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
y D. Francisco de Meló, una de las seis per-
sonas por él encargadas del Gobierno interi-
no , se presentó allí, aun antes de recibir
su nombramiento del Rey, teniendo la fortu-
na de asistir por Septiembre de 1641 á las
capitulaciones de la guarnición. Pocos meses
eran pasados, cuando Meló, que ya había
dado muestras en Milán y Sicilia de habili-
dad rara para juntar dinero y recursos de
toda especie, ganándose la voluntad de los
pueblos que gobernaba, tenía logrado repo-
ner y reforzar su ejército, que, á causa de
la enfermedad del Infante y de los grandes
sufrimientos experimentados en el sitio de
A y r e , estaba muy disminuido de soldados
de naciones, ó extranjeros. Hallóse, pues,
con medios de salir á nueva campaña por
los primeros días de Abril de 1642 , al frente
de veinte mil infantes y de ocho á diez mil ca-
ballos,grande ejército para aquella época; y,
dadas sus nuevas aficiones, no había de des-
perdiciar la ocasión de ejercer con lucimien-
to el cargo de General en Jefe. Parecióle, al
contrario, juzgando por lo que hizo, que era
llegado el momento de recoger los nuevos
laureles que ambicionaba.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 25
Satisfaciendo su deseo ardiente de aprove-
char el tiempo, fué la plaza de Lens la prime-
ra que acometió, y se le rindió bien pronto;
la Bassée tuvo á poco igual suerte, después
de un sitio bastante empeñado y sangrien-
to ; y tal cual se prometía, comenzó á subir
su reputación por manera, que corrió ya
en Madrid que había acertado á suplir en
aquellas provincias, no sólo cuanto faltaba,
sino cuanto podían desear los votos de los
españoles. Pero lo que coronó su fama fué
la victoria de Honnecourt, ganada el 26 de
Mayo de 1642, y á la verdad gloriosa. Por
ella se habló entre la gente hasta de hacerle
duque de Braganza, en lugar del que en
Portugal estaba reconocido como Rey, te-
niendo en cuenta sin duda el deudo que con
aquella egregia familia le unía, aunque des-
pués se conoció que la intención del Rey y
del Conde-Duque no era que subsistiesen los
títulos honoríficos de los rebeldes. Toda
aquella repentina boga popular fué mereci-
da , porque D. Francisco de Meló dio en
Honnecourt claras muestras de que, faltara-
12Ó A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
le lo que le faltase para soldado de oficio,
nada tenía de hombre vulgar.
Era, como se sabe, aquella la primera vez
que dirigía una batalla campal; y todos sus
pasos, antes y deepués de ella , fueron muy
acertados. Sabiendo que el ejército francés
estaba dividido en dos partes, al mando una
del conde de Harcourt, y otra á las órdenes
del de Guiche, marchó rápidamente, á pe-
sar *de un temporal de agua nunca visto,
desde las mismas líneas de la Bassée, y sin
dar punto de descanso á las tropas, hasta
interponerse entre los cuerpos enemigos.
Tres horas después de conocer el de Guiche
este movimiento, se halló ya con los nues-
tros al frente. Estaba su campo situado cerca
de la aldea y abadía de Honnecourt, poco
lejos de Chátelet, con la espalda al río Es-
calda , y un puente que lo mantenía en comu-
nicación con la orilla opuesta. E l número
del ejército francés ascendía á siete mil in-
fantes, con tres mil caballos y diez caño-
nes , cubriendo el" campo en que se halla-
ba reunido un muro formal de tierra con
dos bastiones de frente , y otro común al
frente y la derecha, la cual estaba defen-
dida por dos más. Desde el punto en que esta
parte del campo terminaba hasta el río, co-
rría un bosque espeso, que hubo de con-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 27
siderar suficiente á cubrirla el General ene-
migo. Por el flanco izquierdo quebrábase
el terreno á poca distancia del campo, y en el
intervalo, que no era muy ancho, mirábase
colocada mucha parte de la caballería fran-
cesa, con el bagaje detrás '. E l ejército de
Meló contaba, por su lado, con cinco tercios
españoles, los de D. Alonso de Ávila, duque
de Alburquerque, conde de Villalva, D. An-
tonio Veiandia y D. Jorge de Castelví. Retén-
ganse bien los nombres: todos, menos el pri-
mero, fueron sacrificados en Rocroy. E l
barón de Beck, hombre que de postillón ha-
bía subido á General por su valor y su intui-
tiva inteligencia militar, hacía de Maestre de
Campo General, ó sea, cual es sabido, de
jefe de Estado Mayor. Fiado Meló, como su
parte oficial de la jornada dice, en la cali-
dad de las tropas, é impulsado por su impa-
ciencia personal, no titubeó en asaltar á l o s
franceses dentro de sus fortificaciones. L a
caballería la inclinó á su derecha sobre el
flanco izquierdo enemigo, mientras que va-
rios tercios españoles con otros italianos
avanzaban resueltamente hacia el ángulo
que las fortificaciones formaban entre nues-
1
Puede el autor describir el teatro de la batalla con toda
exactitud, porque posee de él un plano francés original, y de
:
a época, admirab'emente delineado y dibujado.
128 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tro frente y nuestra derecha. Pero antes de
ordenar el asalto , dispuso Meló , probable-
mente aconsejado por su Maestre de Campo
General, Beck, que se encaminara este mis-
mo con buena parte del ejército á ocupar á
toda costa el bosque que por nuestra extrema
izquierda enlazaba dichas fortificaciones con
el río Escalda y la aldea y abadía de Honne-
court, áfin de envolver al enemigo por flan-
co y espalda.
Á las tres de la tarde comenzó por fin la
batalla, arrojándose á asaltar el frente de
las fortificaciones, á la vista de Meló, los ter-
cios de D. Alonso de Ávila y del duque de
Alburquerque, el cual, aunque rechazado
dos veces, coronó al fin el muro, arrancán-
dose antes la armadura y con solo la espada.
Gracias á su valor especialmente, pasaron
uno y otro tercio por encima, formándose
en batalla, del otro lado. Muy cerca de allí,
pero por la derecha, dispuso, en tanto, el
marqués de Velada, general de nuestra ca-
ballería, que cargase á la contraria su te-
niente general, D. Juan de Vivero, apoyado
por mil tiradores españoles, á las órdenes
del teniente de maestre de campo general,
D. Baltasar Mercader. Llegaron á saltar á
caballo, en la impetuosidad de la carrera,
algunos de nuestros caballeros mozos el
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 129
muro, que por su izquierda defendía el cam-
po francés, mucho menos extenso á causa
de estar principalmente confiada aquella par-
te á la custodia de la caballería francesa.
Pero mientras pugnaban así los nuestros por
envolver todo aquel flanco, no estuvo la di-
cha caballería ociosa; antes bien, arrancan-
do con ímpetu, desordenó á la nuestra, pro-
longando por allí mucho el combate, en que
tuvieron que exponer grandemente sus per-
sonas D. Gaspar Bonifaz, de quien habrá
bastante que hablar aún, D. Juan de Borja
y el propio marqués de Velada , que hasta
entonces había protegido el ataque de fren-
te de los tercios de Ávila y Alburquer-
que. Mas á todo esto, el cuerpo de Beck, á
quien acompañaba Carlos Guaseo, gran sol-
dado italiano, que estuvo á la cabeza de un
tercio de su nación en Nordlingen; cuerpo
formado con los tercios españoles de Villal-
va y Velandia, el de Castelví, por la mayor
parte compuesto de gente de nuestro país,
aunque se titulase borgoñón, dos italianos,
dos walones, los hombres de armas, ó cora-
ceros, que mandaba D. Carlos Padilla , ajus-
ticiado en Madrid más tarde por traidor, y
otros regimientos de á caballo, había ido ade-
lantándose en dirección del río hasta topar
con el bosque que por allá cubría el campo
- LXXI- 9
I3O A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
francés. Peleóse encarnizadamente en aque-
llos lugares, porque mandó en persona á sus
tropas Guiche, á causa de tener plantado en
la abadía de Honnecourt, que estaba muy
cerca, su cuartel general. Los dos tercios ita-
lianos llegaron á ceder, y también la caballe-
ría quelos apoyaba; mas, como de costumbre-
Ios tercios españoles de Velandia y Villal,
va, y éste sobre todo, no sólo restablecieron
el combate, sino que arrollaron del todo al
enemigo, ocupando el bosque. L a aldea y la
abadía hubieronde ser inmediatamente toma-
das también, no obstante la desesperada re-
sistencia de Guiche , y el campo quedó , en
resumen, forzado por su extrema derecha y
su espalda, lo cual hizo ceder á los franceses,
que aún defendían algo el frente. Alburquer-
quey Ávila avanzaron, pues, sin resistencia
grave, completando la victoria; pero todavía
por la izquierda luchaba contra nuestra de-
recha la caballería francesa sin desmayo.
Adelantóse, por último, contra ella [Link]-
sar Mercader con sus mil mosqueteros y ar-
cabuceros españoles, sostenidos por nuestra
propia caballería, y el enemigo no pudo re-
sistir el nuevo choque, huyendo en derrota.
Se tomaron diez cañones, de grueso calibre
el mayor número, y algunos con la leyenda
de Richelieu, que los había mandado fun-
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE IV. 1)1
dir: Ratio ultima Regiim. Ganóse la ban-
dera de la compañía del Delfín de Francia,
y la cornette blanche, que era el estandarte
del primer regimiento de caballería de Fran-
cia, ante el cual se abatían [Link]ás, y
que nunca se había perdido, al decir de los
franceses, con otras muchas banderas y es-
tandartes, entre otros el del General vencido.
Hiciéronse tres mil prisioneros; halláronse
mil doscientos hombres muertos en el cam-
po, y dos mil nada menos se ahogaron en el
río, porque, tomado el bosque que con él
lindaba, no les fué posible aprovechar el
puente. E l conde de Guiche , que se hizo por
' algunos momentos fuerte en una casa con
unos cuantos oficiales y soldados , viendo
ocupado el bosque y el puente por los ter-
cios españoles, que envolvieron su izquier-
da y su espalda , logró fugarse á caballo en
medio de la confusión, sospechándose que
con ayuda de algún soldado de nuestro ejér-
cito , porque en otro caso hubiera también
caído prisionero. Quedaron igualmente en
nuestro poder quinientas carretas de bagaje
y provisiones, muchísimos caballos, gran
cantidad de dinero, y hasta los papeles de
Guiche. Tamaña victoria no costó más que
cuatrocientos hombres al ejército de España.
Motivo ofrecía el suceso, elevado por la
132 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
fama alas nubes, y enaltecido además por
los subsiguientes favores regios, para llenar
de vanidad á cualquiera hombre de alma
vulgar ; pero hizo Meló en aquel caso la más
difícil prueba que de sí propio cabe hacer,
que es llevar con sosiego la desmesurada
fortuna. Ni fué mera apariencia, porque al
dar al Rey cuenta de su victoria, le escribió
estas singulares palabras : «Pruebe V . M.
cuanto quiera mi voluntad , pero no más mi
fortuna, habiendo quedado con tal conoci-
miento de lo poco que valgo, en las horas
que duró la batalla, que deseo por todo ex-
tremo , y sobre todo , dejar estas victorio-
sas armas á otro General, que pueda coger
el fruto de lo que hemos sembrado». Pala-
bras honradas y dignas de serle tenidas muy
en cuenta de aquí adelante. Porque no pare-
ce, no, este lenguaje el de la falsa modestia.
Para mí era el de un hombre que había bus-
cado con afán la gloria, y la había encontra-
do fácilmente; pero que, al tocarla, se halló
con bastante elevación de ánimo para com-
prender lo que para merecerla le faltaba.
Meló tenía talento, imposible dudarlo; te-
nía sagacidad y destreza; tenía gran valor
personal, como en la propia batalla de Hon-
necourt se probó largamente; pues , según
la relación publicada de un soldado, «asís-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 33
tió allí en los mayores riesgos». ¿ Qué era,
por tanto, lo que tan noblemente reconoció
que le faltaba durante las horas de la bata-
lla ? Faltábale, ert mi concepto, la educación
lenta y el hábito temprano de la guerra ; fal-
tábale la serenidad de espíritu indispensable
en los contrastes varios de una batalla, mien-
tras del todo no se inclina al lado propio la
victoria; faltábale la costumbre de ver y do-
minar el espectáculo sangriento, que no es lo
mismo que exponer sin temor la persona;
faltábale el conocimiento técnico y práctico
de las armas diversas, y su acertado empleo
sobre el campo: lo qu.e no se aprende, en fin,
sino rarísima vez, en los gabinetes, ni en los
salones donde había él ya consumido lo me-
jor de su vida ; lo que á la edad del vence-
dor de Honnecourt quizá no ha aprendido de
veras ningún caudillo jamás. Tal vez otro
tanto, en suma, que pocos años hace le faltó
al tercer Napoleón: hombre de talento in-
contestable , de grande y demostrada ins-
trucción militar, de sereno y hasta extrema-
do valor, que no acertó, sin embargo , á ser
General, por su desgracia y la de Francia.
L a corte de España, poco acostumbrada
ya asemejantes prosperidades, recibió na-
turalmente las nuevas de la victoria con jú-
bilo indecible. No se contentó con escribirle
A
134 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
de su puño y letra el Rey á Meló, que espera-
ba por su mano el remedio de todo, sino que
la Reina le dirigió asimismo una sentida
carta de gracias , con posdata de su letra,
dándole ya el título de Marqués de Tordela-
guna, que se le acababa de conceder, sin que
lo supiese él aún, y encomendándole que ex-
tendiese el testimonio de su gratitud á todo el
ejército. Quiso también el Rey que la primera
carta que en su vida escribiese el príncipe
D. Baltasar, su hijo, fuera para felicitar á
Meló. « Habéisme puesto en deseo», le decía
el Príncipe, «de ser vuestro soldado, viendo
que sabéis ganar para mí insignias como la
corneta blanca del rey Cristianísimo, y el es-
tandarte del Delfín, mi primo, que me habéis
enviado. E l Rey, mi Señor, mi padre, me
mandó que luego hiciese á Dios ofrenda de
ellas, reconociendo de su mano esta victoria,
y yo las he mandado poner en las iglesias de
Santiago de Galicia y Nuestra Señora de
Atocha en Madrid'». En todo esto no hay
que decir que gozaría tanto, y no escasearía
1
La relación de esta batalla está tomada de la carta de Meló,
impresa en el Memorial histórico, de los papeles de Alburquer-
que , publicados por Rodríguez Villa , y de la nota sobre esta
batalla del duque de Aumale , en su Historia des Princes de Con-
de, tomo ív. Pero no hubiera acertado yo á describirla con al-
guna exactitud sin el examen atento del plano original de la ba-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 135
más el agradecimiento que la Real Familia,
el Conde-Duque, aunque para sus adentros
se arrepintiera quizá de no haber tenido á
Meló desde luego por buen soldado. A l pro-
pio tiempo que las antedichas cartas, le escri-
bió otra el Rey sobre la ida, resuelta algún
tiempo antes, y próxima ya al parecer , del
archiduque Leopoldo á los Países-Bajos
para encargarse de aquel gobierno, agrade-
ciéndole la resignación con que llevaba el
término de su interinidad, y determinando
que quedase de superior á todos en la Casa
archiducal, y que entre el sueldo de ella y el
de su cargo militar, continuara disfrutando
idénticas ventajas pecuniarias. Concedióle
de paso la Grandeza, para sí y su hijo ma-
yor, y rentas en aquellos Estados de Flan-
des, mientras se le podían otorgar en Por-
tugal, dándole facultad, por último, para que
eligiese en aquel reino ó Castilla el título
de Conde ó Marqués que quisiera, con tal
que no fuese de los que llevaban los rebel-
des portugueses. Por cierto que no me ex-
plico esta elección de título que en 21 de Ju-
nio se le dejaba, cuando ya el 30 del mismo
talla que poseo, el cual me hace , por cierto, creer que hay algún
error en la nota á que me refiero del ilustrado Duque. Los varios
documentos inéditos citados después , existen en el Archivo de
Simancas , y de ellos tengo copia.
I36 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
mes le llamaban con el nuevo de Marqués
de Tordelaguna la Reina y D. Baltasar. Sea
lo que quiera, ni la dicha carta, ni las ante-
riores., podían ser más honoríficas. ¡ Y todo
esto acontecía un año casi justo antes de
Rocroy.'Pero ¿no es verdad que el haber
conocido en tanto de sí mismo lo que cono-
ció D. Francisco de Meló, y decírselo con ta-
maña franqueza á su Rey, no eran cosas pro-
pias de ningún ánimo mezquinamente ambi-
cioso? Inexcusable es contestar que sí, tri-
butándole la debida justicia, por lo mismo
que restan que decir de él cosas que le favo-
recen menos.
Terminada la campaña, volvió D. Fran-
cisco de Meló á Bruselas, después de siete
meses consecutivos de operaciones, en me-
dio de los aplausos del país, que había de-
fendido y conservado libre de enemigos de-
testados ; porque es de advertir que en el
territorio de la actual Bélgica no eran de
otra suerte mirados los holandeses, por ser
protestantes, y, acaso por vecinos, los fran-
ceses. Inútil había sido que en 1632 llamasen
los Estados de Holanda á la unión y concor-
dia las demás provincias de los Países-Ba-
jos, sujetas aún á España, ofreciéndolas res-
petar y mantener «todos sus privilegios,
franquicias y derechos, así como el público
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I37
ejercicio de la religión católica»'. L a gran
mayoría del país que profesaba esta religión
calurosamente, contemplaba ya con tan ma-
los ojos á sus antiguos compatriotas como
pudieran los españoles mismos. L a propia
ruptura de la tregua había sido en gran parte
aconsejada por personas de importancia de
aquel país, aunque todos la deseasen más
tarde, cuando vieron el poder francés unido
al de los holandeses. Fuese lo que fuese de lo
pasado, había allí ya, en conclusión, una
Holanda y una Bélgica irreconciliables, y al
sólo amparo de España vivía esta última.
Muy satisfecho, pues, con el espíritu que en
el país reinaba, dedicóse Meló á poner pri-
mero en orden los negocios administrativos,
muy atrasados por su larga ausencia , asis-
tiendo frecuentemente en persona á las jun-
tas de gobierno, y volvió después á tratar de
la guerra. Antes de mucho obtuvo, sin grande
esfuerzo, de los Estados de Flandes, Braban-
te, Hainaut, Namury los demás obedientes,
extraordinarios subsidios de dinero y otras
grandes asistencias, con lo cual pudo restau-
rar el ejército y preparar los elementos que
para la nueva campaña necesitaba. Prestóle
1
Le Manifesté de Messüurs les Etats des provinces unies de
Holande, au reste des villes catholiques qui sont subiettes au ROÍ
d'Espagne.- París, 1632.
138 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
para todo eficacísima ayuda, como solía , el
Consejo llamado de Finanzas, en Bruselas
llegando algunos de sus miembros, naturales
del país, hasta á tomar prestado sobre sus
propios bienes para servir al rey de España.
Todo esto proporcionó suficiente dinero á
Meló para hacer reclutas de infantería por
medio de los Maestres de Campo y Coroneles
de los tercios ó regimientos de naciones,
que ya se sabe que eran los de walones y
alemanes, y al propio tiempo expidió pa-
tentes á sujetos nobles del país para levan-
tar compañías de caballos. Igualmente in-
virtió gruesas sumas en la remonta gene-
ral del arma , sin olvidar las reparaciones y
provisión necesarias en las plazas fuertes
de las fronteras amenazadas. Por último :
no bastando, como de costumbre, los recur-
sos ordinarios y extraordinarios del país, y
recibiendo poco a l a sazón de España, fué
Meló mismo á Amberes á negociar y ajustar
con los hombres de negocios de aquella pla-
za un empréstito, logrando que, sobre su pa-
labra y crédito, de muy buena voluntad le
dieran ciertos portugueses ricos que allí ha-
bía,hasta trescientos mil escudos, ofreciéndo-
le todavía más si lo necesitaba. Desde Ambe-
res se dirigió ya Meló hacia Brujas, para ins-
peccionar las plazas marítimas de Ostende,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 39
Newport y Dunquerque, encaminándose á
Lila, por último, para disponer el plan de
campaña.
Movía á Meló, para prepararse con tanto
tiempo y salir muy temprano al campo, el
crítico estado en que estaba viendo á la Mo-
narquía. Y a al dar parte de la batalla de
Honnecourt comunicó al Rey su resolución
de salir de la parsimonia antigua de nuestras
armas, y fiar más que se había hasta allí
usado á la fortuna. «Viéndome cercado de
tantos enemigos», á poco más ó menos decía,
«y con la resolución íntima y secreta de que
he dado cuenta á V . M . , de pelear con algu-
nos de ellos, por no perderlo todo, esforzan-
do á la razón militar los aprietos de Catalu-
ña, para que el lance se jugase contra Fran-
cia , acometí aquella empresa y acometeré
otras tales». De la relación de Vincart, de
que hablaré luego, y en que constan muchos
de los precedentes pormenores , indúcese
que esta atrevida conducta gustó en la Corte
entonces, sin duda por la situación apretadí-
sima de las cosas. Determinóse Meló, pues,
á entrar por Francia en la campaña de 1643,
con el fin de atraer sobre sí todas las fuerzas
y ejércitos enemigos en parte donde más có-
modamente que en otra alguna podía, á su
juicio, resistírseles y luchar de poder á po-
140 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
der. No de otra suerte cabía tampoco evitar
en opinión de Meló, que nuestro Estado de
Borgoña fuese invadido por un ejército fran-
cés , y que otro de refuerzo penetrase por
los Pirineos en la rebelada Cataluña. Con
tan leales y patrióticos propósitos, después
de preparado y bien pensado todo, escogió
para invadir el territorio francés la parte en
que está situada Rocroy, sitiando aquella
plaza, que, sobre ofrecer facilidades para lle-
gar hasta ella y hallarse mal guarnecida,
presentábala ventaja de que, colocado nues-
tro campo delante de la Meuse ó Mosa, por
medio de las naves del río se aseguraba cual-
quiera cantidad de recursos que hiciese fal-
ta. Tal fué el origen de la desgraciada ba-
talla, de que he de empezar á tratar ya bien
pronto.
XI
No ha sido, bien se ha visto, mi intento
narrar por completo la historia de la Milicia
española en ningún período histórico , ni si-
quiera todos los hechos de nuestros tercios
en Flandes durante los accidentes varios de
la casi continua guerra que por más de un
siglo sostuvieron. Menos todavía he preten-
dido inquirir aquí, dicho está de sobra, la
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 141
totalidad de las causas políticas y económi-
cas que tantas veces hicieron inútiles las
victorias. Expuesto queda en las presentes
páginas lo más substancial tocante á esto
último, y para el primer intento, preciso se-
ría escribir muchos volúmenes. Este traba-
jo, que comenzó por un artículo, no aspira
hoy más que á ser un opúsculo. Por eso
han quedado por contar varias batallas é in-
numerables encuentros, y tantos y tantos si-
tios ó socorros célebres, tratándose sólo de
los casos culminantes que bastan para for-
mar idea justa de lo que los dichos tercios
fueron en Flandes. Á veces he omitido tan
importantes batallas como las de San Quin-
tín, Gravelingues ó Doullens, en Francia ó
Flandes, y la de Tornavento y otras en Ita-
lia, porque dieron poco nuevo que decir de
nuestros infantes, y eso que, hablando de la
de Doullens, ha hecho notar un historiador
novísimo que su fuego entre los sembrados
parecía un infierno. De todos modos , es
claro que la naturaleza restringida de este
estudio, aun dentro de la materia en espe-
cial tratada, impide examinar á fondo no
pocos puntos : las causas, por ejemplo, de
que no se obtuvieran resultados ningunos
de la para aquel tiempo, de cortos ejérci-
tos, grandísima victoria de Honnecourt. E n
I42 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cambio, no podré menos de examinar, por
excepción, bajo todos sus aspectos, sin des-
cuidar detalle ninguno interesante, la bata-
lla de Rocroy, y esto á causa de que consti-
tuye ella siempre el asunto cardinal de este
estudio.
Hasta que por primera vez se publicó mi
relación de aquel suceso los libros españoles
:
habían guardado sobre sus accidentes y su
importancia casi absoluto silencio, limitán-
dose , por lo común, á traducir las versiones
extranjeras. Consta por los Avisos de Pelli-
cer, impresos en élSemanario erudito,ypov
las Cartas de Jesuítas que publicó [Link]
Gayangos en el Memorial Histórico, que no
llegaron á conocimiento de la generalidad
de los españoles coetáneos sino incompletas,
confusas ó vagas noticias de dicha batalla,
descubriéndose á la legua el empeño de re-
ducir á pocas proporciones la pérdida. Por
eso mismo tiene extremo interés un manus-
crito de que voy á hablar, y de que por azar
poseo la copia única que del original esté
sacada directamente. Titúlase el documento
que en sus folios encierra: Relación de los
sucesos de las armas de S. M. Católica el
Rey D. Felipe IV N. S., gobernadas por
el Excmo. Sr. D. Francisco de Meló, Mar-
qués de Tordelaguna, Conde de As sumar,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 143
del Consejo de Estado de S. M., Goberna-
dor, Lugarteniente y Capitán General de
los Estados de Flandes y de Borgoña,
en la campaña del año 1643: dirigida á
S. M. por Juan Antonio Vincart, Secreta-
rio de los avisos secretos de guerra. Hice
el hallazgo del original en la librería del
convento de Capuchinos del Pardo, de donde
ha desaparecido por los días de la revolución
de 1868; y era un manuscrito de letra hermo-
sísima, el mismo, por todas las señas, que re-
mitió el autor á Felipe I V , dado que , según
su dedicatoria, cada año cumplía con el en-
cargo de enviarle relación puntual de los
sucesos que en los Países-Bajos acaecían.
Varias son las relaciones de este propio
Vincart que después que encontré yo la re-
ferente á Rocroy se han ido dando á luz, por
diversos lugares halladas. Aparte de esta
última, á que he de referirme tanto en ade-
lante , y que también hice yo imprimir, años
ha, en la Colección de documentos iné-
ditos, •detenidamente cotejada con el ejem-
plar , casi idéntico, de que hablaré luego, se
han dado á la estampa en la propia Colec-
ción las de las campañas de 1636, 1642, 1645
y 1650 ', mientras que el coronel Henrard
publicaba en Bélgica las correspondientes á
1
Colección de documentos inéditos, tomos LIX , LXVII y LXXV.
A
144 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
1644 y 1646 '. Del propósito de tales relacio-
nes, de las personas á quienes se dirigían y
el sujeto que las escribe, de su contexto y
hasta de su forma misma , indúcese con evi-
dencia que se trata de documentos oficiales,
mucho más detallados, y harto más verídi-
cos , que los partes dados á sus Gobiernos
por los Generales á la raíz de los triunfos ó
derrotas. Si el valor de la relación déla cam-
paña de 1645, como de las demás, es mucho
militarmente considerado, casi tanto impor-
tan ella y todas para conocer el curso ge-
neral de los negocios en Flandes por aque-
llos tiempos. Como se llegase á reunir la
serie completa, tendríamos una historia es-
timabilísima de dichos países y sus guerras
durante un largo período de que ninguna
poseemos, habiendo tantas y tan excelentes
del siglo xvi, alguna de las cuales prosigue
hasta la espiración de la tregua. Hállase Vin-
cart á cien leguas por lo que toca á estilo y
arte de un Mendoza ó de un Coloma; pero
no estuvo menos enterado de las cosas que
escribió, que ellos lo estaban de las que es-
cribieron.
Lo que no sé explicarme del todo bien es
el motivo por el cual una relación casi idén-
1
[Link] de Mémoires relatifs a Vhistoire de Belgique: Bru- .
selas , 1860.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 145
tica á la que dirigió Vincart á Felipe IV,
que es la que hice yo cotejar con la del
Pardo, pasó á poder de su hermana la Reina
Regente de Francia, contra la cual mante-
níamos la guerra; y el hecho es, sin embar-
go, indudable. Otro documento, igual en el
fondo al que me ocupa, existe en la Biblio-
teca Nacional de París, dirigido en nom-
bre de un señor G. Cardinael á la Reina mis-
ma , cuyas tropas vencieron en Rocroy; y
de este último poseía copia, que puso á mi
disposición, mi amigo inolvidable el general
Fernández de San Román. Nadie, en verdad,
ignora que por el despego inconcebible con
que la miró su marido al principio, y durante
sobrado tiempo , por la poca ternura que
siempre le inspiró en el fondo, á causa de ser
española, según parece, y por el pésimo trato
que, como toda la Familia Real de Francia,
recibió de Richelieu, tardó nuestra Doña
Ana de Austria mucho en olvidarse de los
suyos y de su país, permaneciendo más es-
pañola que francesa hasta que cayó la Re-
gencia en sus manos. Incontestable es tam-
bién que durante aquel período de tiempo
deseó mucho Doña Ana que cayese el Carde-
nal-Duque del favor de su marido, y que hizo
cuanto pudo por lograrlo, aunque por medios
triviales; y que sobre esto inició inteligen-
- L X X I - •• • • 10
146 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cias con Madrid y Bruselas , dirigiendo sus
avisos ó advertencias al Cardenal-Infante y
al Conde-Duque. Todo fué, sin embargo, en-
caminado contra Richelieu, que no contra su
patria adoptiva, y siguiendo los ejemplos
de la Reina madre, su suegra, y de su pro-
pio cuñado. Entre los documentos referentes
á los singulares tratos de paz que por los años
de 1637 á 1639 siguió en Madrid el barón de
Pujol, de que he sacado copia en los Archivos
Nacionales de París, hay uno en que manifes-
tó éste á la persona por medio de la cual se
entendía con Richelieu, que de su parte había
mostrado al Conde-Duque «el billete de la
inteligencia descubierta entre el marqués de
Mirabel y la Reina Cristianísima»; inteligen-
cia, por de contado, anterior á la declaración
de guerra, y sin duda provocada por la as-
pereza con que, no solo la Reina , sino aquel
Embajador también, eran tratados, á causa
de la nimia y constante suspicacia del am-
bicioso Cardenal ', que dondequiera imagi-
i Verdaderamente, hay pocas cosas más miserables que las
reyertas del gran Cardenal con la esposa de su Rey , aunque,
por otra parte, no faltasen al lado de ésta en todos lados mur-
muraciones más bien que conjuraciones contra su despotismo
intolerante. Véase el titulado Journal de Monsieur le Cardinal,
citado antes, donde se habla de un cierto López , al parecer es-
pañol, más confidente de Richelieu que de !a Reina.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I47
naba conjuraciones contra su ministerio. Á
aquella tardía queja personal contestó Oli-
vares, entre otras cosas,«que aseguraba con
juramento que en España nunca se había
procurado ni entendido semejante inteligen-
cia, ni pudiera parecer bien á S. M. Católica
que ningún Ministro ni vasallo suyo pusiera á
la Reina su hermana en ocasión de disgustos,
y, aunque se pudiera esperar mucho , con
esteriesgo» '. Porsemejante declaración, que
en tan solemnes términos no se habría hecho
pudiéndose probar un día ú otro lo contra-
rio , se ve bien que las comunicaciones de
Ana de Austria á la Corte de su hermano, ó
no llegaron á su destino, ó fueron rechaza-
das en su principio , sin dárseles en España
ninguna importancia. Pero, sea como quiera,
los historiadores franceses, que han escudri-
ñado profundamente todo esto, están confor-
mes en que jamás ha habido una Reina más
francesa desde que se encargó del gobierno
durante la minoridad de Luis X I V *. ¿ Qué gé-
• Archivos Nacionales de Paris, K . 1,419, número 25, 19 de
Octubre de 1637.
2
Jamás se han cumplido por todos conceptos menos las
adivinaciones ó augurios de un poeta que los del Cavalier Marino,
tan célebre en Italia, el cual publicó en París en 1616 una colec-
ción de Epitalamios, encabezada por el que dedicó al matri-
monio de la infanta Doña Ana con Luis XIII. Juzgúese por los
148 A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
ñero de inteligencia ó de interés representaba
pues , de parte de Ana de Austria el corres-
ponderse con un agente tan íntimo de su
hermano como Vincart, y justamente en los
instantes más duros de la guerra? Porque el
Cardinael era Vincart sin duda alguna; y
esto supuesto, ¿ qué es lo que se debe pen-
sar ? ¿ Sería aún bastante española de co-
razón, aunque sin faltar á sus propios de-
beres , aquella señora, para interesarse en
nuestros asuntos y querer saber á ciencia
cierta lo que nos ocurría? ¿Mantendría algu-
na inteligencia con el Rey su hermano, de
modo que tuviera éste dadas órdenes para
que se le comunicasen las propias relacio-
nes que él iba recibiendo sobre los sucesos ?
¿ Por ventura haría traición Vincart á Espa-.
ña, comunicando á la Regente de Francia las
noticias que estaba encargado de recoger,
siguientes versos bien singulares para escritos bajo el patrocinio
del mariscal de Ancre , y para correr por la corte francesa.
Habla de nuestra Infanta, y dice :
« Canginsi etl suo venirc
In trionfl le guerre, an^t in piü dolci
Di notturne battaglie assalti é piughe....
E se tra scher^i e giochi
Pur conibatter si dee, fiongansi in uso
Sol quell' armiy e quell' iré.
Che far nascer la gente, e non morir&t »
Duro sarcasmo resulta el recuerdo de estos versos cuando va á
empezar la tragedia sangrienta de Rocroy, precedida y seguida
de otras tantas por más de un continjado cuarto de siglo.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 149
ordenar y transmitir únicamente á nuestro
Monarca? Nada de esto rae atrevo á afirmar.
Lo cierto es que á Felipe IV, según sus pro-
pias palabras, le escribía por oficio,y á Ana
de Austria por ser hermana de su Rey, cual
si á la par no fuera su enemiga. A l primero
se dirige naturalmente con su verdadero
nombre; á la segunda con un seudónimo.
Curioso misterio, en conclusión, muy arduo
de explicar.
Mucho más que profundizar esa materia
importa ya recordar aquí que, por confesión
propia, al decidirse á la invasión de Fran-
cia que podía dar lugar, como dio, á una ba-
talla decisiva, había roto Meló, lo mismo
que la Corte de España, que no se lo prohi-
bió , con las tradiciones antiguas. Por lo co-
mún, nuestros Generales en Jefe, incluso
el Cardenal-Infante , evitaban tan arriesga-
dos y peligrosos lances, teniendo en con-
sideración la falta de medios con que veían
á España para reparar bien cualquier de-
sastre. Porque no sin razón obraban así,
con injusticia se les motejaba á veces de
flemáticos. E l propio Conde-Duque, que fué
de los que los acusaron más de eso cuando
con urgencia necesitaba sucesos felices, le
escribió al Cardenal-Infante un día estas
prudentes palabras : «No se hable más de
150 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
batallas; y con franceses, lo mejor es dejar-
los desfogar». Debió esto contribuir en gran
manera á que el vencedor de Nórdlingen no
las provocara ni las admitiera sino en úl-
timo caso. No sólo, no, en los días de Feli-
pe I V , sino desde los de su abuelo, así el
Consejo de Estado de Madrid, como los lo-
cales de Bruselas y Milán, ó los consejos de
guerra en campaña, solían tener en cuen-
ta igualmente, para excusar batallas, que
la pérdida de una sola podía quizá traer
la ruina de la Monarquía ; es decir, la de
aquel imposible coloso deque era cabeza
España, teniendo un pie en Italia y otro en
Flandes, dominando en el Mediterráneo, in-
fluyendo decisivamente en Alemania, é in-
terviniendo más ó menos por todas partes.
Pero de 1640 a 164.3 > para todos era notorio
que habían llegado al peligro extremo las co-
sas ; porque, en realidad, no la España de
recursos escasos que dejaron los Reyes Ca-
tólicos, y que , gastada por un siglo y tercio
más de continuas guerras, regía Felipe IV;
no los Ministros y los Generales de segundo
orden, al fin, que estaban, á la sazón, en-
cargados de los Consejos y ejércitos espa-
ñoles ; sino el más rico y grande en sí
mismo de los Estados, el más descansado y
floreciente, el más hábil y valerosamente
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 51
o-obernado , habría antes sucumbido , y en
grado mayor, á los'embates que nuestro país
padeció por los citados años. E l Gobierno de
Felipe IV tenía que defender las provincias
de Italia de los franceses, que tan fácilmente
desembocaban en ellas por los Alpes, y aun
de aquellos Príncipes soberanos , desperdi-
cios de nuestra grandeza, como los apelli-
dó el primero de nuestros satíricos, ham-
brientos ya de mayor independencia; tenía
que sustentar desde muy lejos lo que nuestra
Casa Real llamaba Estados patrimoniales de
Borgoña y Flandes contra la Francia colin-
dante, y una ya, p*acificada y próspera , al
tiempo mismo que contra la Holanda, en el
apogeo de su fortuna; tenía, por fin, que
guardar el Rhin de los protestantes, que con-
tener por los mares á turcos y á africanos,
que pelear hasta en las regiones más remo-
tas, y por dondequiera, contra enemigos im-
placables. E n esta situación, única quizá en
la historia, y para entregar de pies y manos
atada á España, suscitáronse de repente las
internas sublevaciones de Cataluña y Portu-
gal, que de par en par abrieron las puertas
de la Península á sus mayores adversarios.
No mintió Matías de Novoa cuando, á propó-
sito de los últimos tiempos de Olivares, dijo:
«apeósenos entonces indignamente del con-
1^2 A , CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cepto altísimo en que estábamos, aun en el
sentir de los más apasionados escritores fo-
rasteros». Pero, ¿es igualmente cierto que
sólo á Olivares se debiera, como aquel acé-
rrimo enemigo suyo pretendía, «que se au-
sentase bajo su ministerio la felicidad y falta-
se la seguridad de la Monarquía?» ¿Es ver-
dad tampoco que originaran semejante ruina
sus favorecidos, como lo era Meló? Este
mismo quiso indudablemente hacer un gran
servicio, todavía mayor que el de la victoria
de Honnecourt, á su Rey y á España. Inicuo
fuera culparle por su decisión valerosa y pa-
triótica: basta que censiíremos los graves
errores militares que cometió, ano dudar,
en la jornada.
Todo el mundo sabe que después que pu-
bliqué yo la primera edición de este trabajo,
ha dado á luz el duque de Aumale, no me-
nos insigne escritor que General entendido
y valiente, una Historia de los Príncipes de
Conde durante los siglos XVI y XVIIj en
la cual, por distinta manera que yo, ha ex-
puesto la intervención del conde de Fontaine
en la batalla de Rocroy, y algunos otros su-
cesos. Algo he dicho ya sobre esta diver-
gencia de opiniones para justificar las mías
propias, así en la obra intitulada El Solitario
y su tiempo, como en un discurso del Ateneo
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 53
de Madrid. Los señores Rodríguez Villa y
Fernández Duro también han impugnado
ciertas apreciaciones del egregio historia-
dor, especialmente por lo que toca á la con-
ducta del duque de Alburquerque en la bata-
lla. Con tales motivos, todos hemos buscado
documentos nuevos, y los que yo he encon-
trado por mi parte, fuerza será reconocer que
confirman la exactitud con que estaban los
puntos controvertidos expuestos en mi pri-
mitiva narración. Nadie debe extrañar, por
tanto, que la reproduzca en el fondo á conti-
nuación , conservando algo del texto mismo
publicado en la Revista de España, en mis
Estudios literarios, y en otras partes, seña-
ladamente en la Revue Britanique, que
apenas impreso lo tradujo. Rectifícase y se
aclara, no obstante, la dicha obra con los
nuevos é interesantes datos que he exami-
nado después, y ciertas particularidades re-
cogidas , así en la historia, del duque de
Aumale, como en los trabajos especiales de
los Sres. Rodríguez Villa y Fernández Duro.
Pero, aunque no logre la satisfacción de pres-
tar mi asentimiento á todos los juicios del
Príncipe, que dondequiera trata con excep-
cional competencia las cuestiones militares,
no por eso dejaré de ilustrar mi propio tra-
bajo, haciéndome extensamente cargo de su
A
154 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Historia de los Príncipes de Conde, que
de todas suertes contribuye mucho á escla-
recer y fijar los hechos. Pudieran obligarme
á semejante consideración los justísimos res-
petos debidos al noble historiador, y hasta
su singular cortesía conmigo; pero nada de
eso se necesita, porque basta y sobra su
propia obra en conjunto para merecer atento
examen. Si hubiera sido conocido en España,
su cuarto volumen, cuando, por ejemplo, im-
pugnó el Sr. Rodríguez Villa el capítulo suel-
to que publicó La Revue des Deux Mondes,
sin notas ni apéndices, de seguro no habría
sido la obra objeto de ciertos juicios. Por lo
demás, en lugar oportuno se tratará aquí
nuevamente, como es natural, de la especial
cuestión del conde de Fontaine, teniendo pre-
sente siempre, no sólo lo expuesto por el du-
que de Aumale, sino también los apreciables
comentarios que sobre sus opiniones hizo el
citado D. Alfredo Weil. Y hora es ya de dar
principio á referir los comienzos de la cam-
paña que dio ocasión á la batalla.
L a manera con que Meló organizó nueva-
mente sus fuerzas, fué la siguiente, que no
sólo tomo de Vincart, sino también de una
carta de aquel mismo General al Rey, dán-
dole cuenta de cuanto ocurrió; documento
importantísimo y hasta este instante deseo-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 55
nocido, que alumbra muchos puntos obs-
curos ó dudosos. Aunque todo él irá por
Apéndice , mucho importa á la claridad del
relato lo que se pone á continuación. «El
ejército principal», dice la carta, «lo man-
daba yo, con el conde de Fontaine, maestre
de campo general, y el duque de Alburquer-
que; y porque D. Andrea Cantelmo, general
de la artillería, mandaba las armas de la par-
te de Holanda y se prevenía para pasar á Ita-
lia, había encargado la artillería, con título
de General, por seis meses , á D. Alvaro de
Mello, mi hermano, en la forma que al conde
de Fuensaldaña, cuando el de Fontaine era
General de la artillería y gobernaba la parte
de Holanda. Si bien suelen aquí los Generales
dar patentes de seis meses, con que sirven
los Maestres de Campo Generales, el Gene-
ral de la caballería y el de la artillería, pro-
pietarios , con patente de V . M., no les obe-
decen, y así es menester patente de V . M.; y
yo llevé al conde de Fontaine por poder
mandar al duque de Alburquerque, siendo
una de las caimas de nuestra desdicha, y
los mismos franceses lo refieren, dicien-
do que D. Francisco no podía sólo con el
ejército ». Por donde se ve ya que Meló llevó
en calidad de Maestre de Campo General á
Fontaine con disgusto, y sólo porque su anti-
156 A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
gtiedad de empleo le hacía el único de los su-
jetos de que podía disponer, que con seguri-
dad obedeciesen los Generales ó Jefes de las
armas auxiliares '.Acababa, en efecto, de
ser nombrado el duque de Alburquerque
General de la caballería de Flandes , poco
después de haberlo sido de la de Milán,
puesto inmediatamente inferior. Era á la sa-
zón el Grande de este título D. Francisco de
la Cueva, caballero joven y de valor, que se
escapó de Madrid para asistir de voluntario
con su pica al hombro en Fuenterrabía. Ha-
biéndose ofrecido á continuar sirviendo al
Rey donde quisiera, pasó luego de soldado
á Flandes , sin sueldo ni puesto, y como el
2
menor camarada , hasta que se le dio el
mando de un tercio, que vistió á su costa.
Con él contribuyó poderosamente, según se
vio, á la victoria de Honnecourt, siendo muy
admirada la bizarría con que , para saltar
más desembarazado , se arrancó las armas
defensivas al tercer asalto del muro, ex-
poniendo el pecho descubierto á las picas
enemigas. E r a ya cuando ascendió á su pri-
mer Generalato el más antiguo Maestre de
Campo de Flandes, á causa de haberse mu-
' Véase la carta entera de Meló..
2 Véase lo que sobre esto dice Dávila Orejón , á quien más
particularmente se citará luego.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 157
dado mucho el personal por entonces, po-
niendo en lugar de los viejos jefes de tercio
caballeros jóvenes y osados; bonísimos para
pelear, que era su principal oficio, teniendo,
por supuesto, á sus órdenes para la parte
técnica Sargentos Mayores y Capitanes muy
veteranos. Así llegó Alburquerque á su se-
gundo y mayor Generalato, el de la caballe-
ría de Flandes, según acreditó oficialmente
después, no siendo cierta la sospecha insidio-
sa que corrió por Madrid de que le favore-
ciese Meló por quererlo casar con una de sus
tres hijas. En conclusión : era Alburquerque,
aunque no muy experto aún en las cosas de
la guerra, dignísimo de su nombre, el más
constantemente glorioso quizá, en la carrera
de las armas, de cuantos hoy llevan nuestros
Grandes; y éí de por sí mismo era en su tiem-
po el más soldado, por índole, de todos los
nobles castellanos.
Señaladas tres plazas de armas al ejército
para su concentración, mandó la del Artois el
referido Duque con el tercio de que fué
Maestre de Campo, dado en su lugar á D. Bal-
tasar Mercader, y los de D. Alonso de Ávila,
D. Antonio de Velandia, el conde de Villal-
va, el conde de Garcíes y D . Jorge Castell-
ví, todos españoles; hasta el último, que
llevaba el nombre de borgoñón, como se ha
158 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
dicho. Acompañaban allí á los españoles los
tercios italianos del marqués Visconti, Don
Alonso Strozzi y D. Juan Liponti, los de va-
lones del príncipe de Ligne, General de los
hombres de armas, y de los Maestres de
Campo alemanes Ribancourt y de Granges.
L a plaza de armas, ó división del Hainaut, á
las órdenes del conde de Bucquoy, se com-
ponía de cuatro regimientos de infantería
extranjera y ochenta y dos compañías de ca-
ballos. E l llamado ejército de Alsacia, que el
conde de Isembourg regía, se reunió entre la
Sambre y la Mouse, formándolo cinco regi-
mientos de infantería, seis de caballería, uno
de croatas y algunas compañías libres ó fran-
cas. Y á todo esto, casi al tiempo mismo sa-
lió de Bruselas el cadáver del malogrado
Cardenal-Infante con dirección al Escorial,
que D. Francisco de Meló partió á mandar el
ejército que con gloria tanta capitaneara él
difunto en Nórdlingen.
Situado desde el 10 de Mayo Isembourg
por orden de Meló entre Mariembourg y
Philippeville, fingió prepararse á pasar el
Sambra en otra dirección, y marchando rá-
pidamente, durante toda la noche del 11 al
12, sorprendió á los habitantes de Rocroy
al despuntar el día, por tal manera, que los
que habían salido á sus labores de campo
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. I 59
y al divisar á nuestras tropas tornaban hacia
la ciudad, encontraron bloqueadas ya las
puertas. A l mismo tiempo el barón de Beck
marchaba á ocupar con cinco mil hombres
á Chateau-Renaud, población situada sobre
la Mouse, á fin de dominar completamente la
navegación del río para asegurar , como se
ha dicho, las provisiones. Meló, en el ínterin,
esperó impacientemente en Lila á que se
aplacase la gran crudeza del tiempo, pasó
luego á la Bassée, que dejó bien proveída, y
juntándose en Carvin con su maestre de cam-
po general Fontaine, marchó á Douay, lle-
vando tras de sí la división de Alburquerque,
y luego á Valenciennes, donde se le incor-
poró la de Bucquoy. Una vez sabida la im
prevista toma de puestos y el bloqueo de
Rocroy, ordenó Meló al conde de Fuensal-
daña , D. Luis Pérez de Vivero, que que-
dase con algunas fuerzas á cubrir el país de
Artois , pasó inmediatamente el Sambra, y
penetrando por el territorio francés hasta la
Chapelle, se alojó sólo una noche en aquel
lugar, siguiendo á Rocroy. No más que
cuatro días después que Isembourg llegó
allí; en seguida se establecieron los cuar-
teles , y quedó formalizado el asedio de la
plaza, que estaba, como hoy en día, de-
fendida por cinco bastiones, profundo foso,
l6o A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
camino cubierto y algunas medias lunas.
Fueron los primeros errores que se co-
metieron, el de pensar, por los avisos de
Francia , y por la disposición de las tropas
contrarias, que sería imposible intentar el
socorro en muchos días, así como el de
creer que tres ó cuatro bastarían para ren-
dirla. De ellos provino que no se hicieran
obras de defensa en el campo, limitándose
á trazar el frente de banderas, que había
de servir, si llegaba el caso, de línea de
batalla. Embistióse , con efecto, la plaza
contal resolución, que, á poderse mante-
ner algunas horas más el asedio, los propios
franceses confiesan que se hubiera rendido.
Pero fué tal, en el ínterin, la inesperada
diligencia del joven Luis de Borbón, duque
de Anghien ', que, habiendo salido de su
cuartel general de Amiens al saber el ase-
dio de Rocroy, tres días después de comen-
zado estaba ya á la vista con el socorro, jun-
tando precipitadamente por el camino las
tropas aquí y allá dispuestas para formar
ejércitos diversos, y las guarniciones de las
fortalezas. Poco después del mediodía del
18 de Mayo avisaron, por tanto, los croa-
1
Así le llaman los documentos oficiales franceses de la épo-
ca , y así el duque de Aumale. Paréceme, pues , que está de
sobra justificado que escriba así este nombre, y no Enghien
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. iól
tas, que ambos ejércitos empleaban como
tropa ligera, que algunos gruesos de caba-
llería francesa se dejaban ver del otro lado
de un bosque, á corta distancia de nuestras
posiciones. A l punto envió orden Meló al
barón de Beck para que viniese á incorpo-
rársele desde Chateau-Renaud, despachán-
dole uno y otro correo á fin de que apre-
surase el paso, y dispuso la concentración
general del ejército, dejando sólo algunos
regimientos en observación de la plaza, con
el objeto de impedir que entrase el socorro.
Este era el único propósito que, al decir de
Vincart, sospechaban nuestros Generales,
no queriendo creer que estuviese el enemi-
go en disposición de venir á campal batalla.
Fuera de los errores antecitados, no hay
hasta aquí que decir sino que el duque de
Aumale encarece por extremo , así la con-
cepción estratégica de la campaña, como la
precisión, el secreto y la rapidez con que en
ella había obrado D. Francisco de Meló.
Pero adelantóse el impetuoso Anghien á
todos los cálculos con la rapidez de sus
propias operaciones; y los acontecimientos
se precipitaron de tal manera , que ni siquie-
ra pudo ya Meló reunir un consejo de guerra
completo para deliberar sobre lo que con-
venía hacer. Afirma Vincart esto como cosa
- LXXI - II
162 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
constante, por más que se murmurase en
Madrid luego que Meló no había querido se-
guir el parecer de nadie, desoyendo seña-
ladamente las sabias observaciones de Fon-
taine en el consejo supuesto; todo lo cual se
lee en una de las cartas del Memorial histó-
rico. Lo probable es que fuesen sorprendi-
dos todos por la presteza con que el ene-
migo obró, y para persuadirse, basta fijar
las fechas. E l día 12 de Mayo fué Rocroy blo-
queada; el 15 comenzó el sitio en regla, co-
ronando el 16 los asediantes el camino cu-
bierto y estableciendo una batería de tres
piezas; durante la noche del 16 al 17, un des-
tacamento del ejército de socorro se introdujo
ya en la plaza, ocupando momentáneamente
una media luna de los sitiadores; y el 18, poco
después de medio día, divisaron ya nuestros
croatas las tropas francesas. Aquella tarde
misma estuvo, enfin,para darse la batalla, la
cual, empeñada al amanecer, quedó conclui-
da hacia las diez de la mañana del día si-
guiente. L a dicha sorpresa, y la precipita-
ción consiguiente, podrían por sí solas ex-
plicar no pocas de las faltas sucesivas que
cometieron los nuestros en la jornada. Des-
de Amiens había venido el Príncipe á Guise,
que creyó primero amenazada; de Guise á
Rumigni y Bossu, dejando los grandes bos-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 163
ques de los Ardennes á su izquierda, y
aproximando su derecha á la Mouse, que
pasa á corta distancia de Rocroy, hasta dar
trente á nuestro campo : todo sin tomar
aliento. Desde sus primeros pasos en la ca-
rrera de las armas demostró, pues, que era
otro hombre que su padre, el infeliz caudillo
de Fuenterrabía.
Está situada Rocroy en el centro de una
llanura, y los radios de aquel alcanzan sobre
seis kilómetros de largo. L a llanura estaba
al tiempo de la batalla, rodeada de bosques
tan espesos, y tan pantanosa, que no se podía
en ella entrar sino pasando por largos é incó-
modos desfiladeros. Sólo de la parte de la pro-
vincia de Champagne se hallaba un mediano
paso, porque el bosque no tenía por allá más
de un cuarto de legua de ancho, y el desfila-
dero mismo, entre el bosque y los pantanos,
aunque á la entrada estrecho, comenzaba lue-
go á ensancharse hacia la plaza. Mas cerca de
ésta ei'adonde, levantándose el terreno, que-
daba en seco, y ofrecía una llanura bastante
espaciosa para contener los dos ejércitos. No
explica Vincart, ni se explicaron bien enton-
ces los franceses, por qué no defendió Meló
el paso de los desfiladeros, dejando tranqui-
lamente entrar á los enemigos por la llanura.
Lo cierto es que el afortunado duque de An-
A
164 - CÁNOVAS DEL CASTILLO,
ghien penetró sin oposición en ella con una
gran parte de su caballería, caminando hasta
situarse en cierta pequeña eminencia, á me-
dio tiro de cañón del ejército de España. Ape-
nas había tenido lugar Meló sino para ade-
lantarse á reconocer al enemigo con Fon-
taine, Isembourg, Alburquerque y su herma-
no D. Alvaro, explorando un tanto el terreno
intermedio, cuando, sin preceder escaramu-
zas ó combates de guerrillas, vio al grueso
del ejército enemigo puesto en batalla. Había
éste ido desplegando, conforme salía del
desfiladero, una línea, por la derecha apo-
yada en el bosque, y por la izquierda en un
gran pantano, haciendo alto en el terreno
más elevado y seco. Hasta las seis de la
tarde no acabó de entrar así en batalla todo
el ejército francés '; pero ya desde las cinco
la artillería española, hábilmente colocada
por D. Alvaro de Meló, hacia los puntos
salientes ó ángulos que el terreno ofrecía al
frente de nuestro propio ejército, comenzó á
tronar sobre los franceses, causándoles en
sólo aquellas horas, según se dijo, más de
trescientos hombres de pérdida.
Y a que nuestro Capitán General, ó Gene.
ral en Jefe, no logró exactas noticias del ene-
' Histoire de Louis de Bourbon, Prince de Conde : Colo-
gne, 1645.
ESTUDIOS DFX REINADO DE FELIPE IV. 165
migo á tiempo, dejándose un tanto sorpren-
der por él, que pudo ser muy bien la causa
de permitirle entrar en el llano sin resis-
tencia; lo que es desde que le tuvo enfrente,
procedió por su parte también con actividad
suma. Entre una y cinco de la tarde no sólo
levantó la artillería apostada contra los mu-
ros, para hostilizar, como hostilizó pronto con
ella al enemigo, sino que reconcentró en buen
orden sus fuerzas, repartidas por el circuito
de la plaza, menos las que reputaba indispen-
sables para impedir el socorro. Mas no es se-
guro que no tuviese ya contra sí Meló los
mayores enemigos con que un General puede
entrar en batalla, que son el exceso de con-
fianza en el propio ejército, y el menosprecio
indiscreto del que tiene enfrente. Lo primero
estaría, hasta cierto punto, justificado por las
precedentes hazañas de los veteranos de to-
das naciones que mandaba, y sobre todo de
los tercios viejos españoles. Lo segundo
pudiera algo excusarse también, siendo cier-
to, como el duque de Aumale escribe, que el
ejército francés , cuando el de Anghien se
puso á su cabeza, «carecía de ardor y de
confianza, dejando ver la apostura resignada
y triste que da el hábito de la derrota». De
todas suertes atribuyóse por algunos autores
contemporáneos, y tampoco es inverosímil
166 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
que tuvieran razón, á aquellos sentimientos
exagerados de Meló, y al consiguiente deseo
de que no se le escapara una victoria de las
manos, el haber dejado á los franceses pene-
trar en el llano; cosa que el texto de Vin-
cart me inclina á m í , cual se ha visto, á
atribuir más bien á la sorpresa. Por lo me-
nos, la confianza en su ejército le debió
consolar de tal sorpresa fácilmente, porque
lo que no ofrece duda es que todavía pudo
haber aguardado á los franceses al abri-
go de un pantano que quedaba entre ellos
y la ciudad , hasta que Beck se le hubiese
reunido. De esto se dedujo contra él un cargo
más adelante, aunque se defendiese con de_
cir que en aquella posición no habría podido
estorbar el socorro de la plaza. No pocas ve-
ces se reducían á eso, en verdad, las em-
presas de los ejércitos por entonces, dejan-
do á los sitiadores burlados y en no poco des-
concepto á los que los mandaban; pero tra-
tándose de una plaza tan débil, ¿cómo dudar
que habría tenido en breve plazo que ren-
dirse, una vez ganada la batalla? No; no
parece dudoso que tenía Meló sobrada con-
fianza en vencer para oir consejos con ex-
ceso prudentes, puesto caso que se le dieran.
Pensaba, además, como Vincart dice, «que
el valor de un General de un Monarca de Es-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 167
paña no debía demostrar tener miedo con
meterse detrás de estos ó los otros reparos,
sino salir á campaña rasa, aguardar allí á su
enemigo, y continuar un sitio comenzado ». Y
aun fuera de todo lo dicho, involuntariamen-
te influir debía en su corazón para no temer
nada el contemplar con sus propios ojos que
ios soldados que estaban delante venían á
ser aquellos mismos que dentro de sus ro-
bustas fortificaciones batió en Honnecourt;
aquellos que había rechazado de sus líneas
y fácilmente rendido en la Bassée ; aquellos
que, dentro de Rocroy, resistían ya mal los
primeros ataques de su infantería.
L a muerte, en fin, del rey Luis XIII, que
acababa de saber, y la confusión en que.
no sin verosimilitud, suponía á los france-
ses con tal motivo, hubo también de contri-
buir bastante á estimular en él excesivas es-
peranzas de triunfo. Y si es positivo, como
los historiadores franceses aseguran, que el
joven duque de Anghien se empeñó en la
empresa no obstante haberle llamado á Pa-
rís su propio padre, por hallarse agonizante
el Rey; á pesar también de las órdenes que
de su Gobierno tenía para no arriesgarse;
contraía opinión, por último, del veterano
mariscal de L'Hdpital, que era su Lugarte-
niente y maestro, engañándole y compróme-
168 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tiéndole contra su voluntad en aquella apa-
rente aventura, no cabe decir que los cálcu-
los de Meló careciesen de base. Lo mismo
que él, parece indudable que opinaban los
franceses más experimentados. L a confianza
juvenil y el impaciente deseo de gloria del
Príncipe, que tomó sobre sí la responsabili-
dad entera del suceso, impensadamente ser-
vidos por la fortuna, cambiaron allí el curso
natural de las cosas, quitando de todo punto
la razón al desventurado Capitán General de
nuestra milicia en Flandes. Pero ni aquel
arranque dichoso del caudillo francés, ni
otros posteriores por el estilo, fueron, en
tanto, admirados de todos. Sin ir más lejos,
el nuevo Gobierno francés, ó sea el de la re-
gente Ana de Austria con su ministro Maza-
rino, que debió al triunfo de Rocroy tan fa-
vorables auspicios, declaró en un documento
público, siete años más tarde, que «en todas
sus campañas arriesgaba aquel Príncipe un
combate general, atento sólo á que, si salía
triunfante, ganaba más reputación y podía
exigir recompensas mayores; y si vencido,
la situación apurada de las cosas le haría
más indispensable, y, por lo mismo, más es-
timado aún que antes '». No es imposible que
1
Lettres du Roy sur la detention des Princes de Conde et de
Conty, et Duc de Longueville: París, 1650, pág. i i .
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 169
fuera esto exacto los años adelante, porque,
en efecto , la ambición del gran Conde igua-
ló á su valor; pero el día de Rocroy debía
de sentir todavía más nobles y desinteresa-
dos impulsos.
XII
Por su oficio de Maestre de Campo Gene-
ral tocábale á Fontaine formar al ejército es-
pañol en batalla, una vez decidida, y Meló,
según dice Vincart expresamente, se fió de
él en todo por lo que hace á este punto. Debió
así obrar, de una parte, porque el puntillo mi-
litar de la época no consentía, sin agravio,
que cualquiera ejecutase funciones ajenas,
como no fuera en casos muy especiales; y de
otra, sin duda, porque el descontento con que
llevó á Fontaine no podía proceder de que
lo juzgase inepto, sino del mal estado de
salad con que sustentaba sus sesenta y siete
años, tras una trabajosa vida de soldado.
Mucho tiempo hacía que entre los nuestros
pasaba Fontaine por capaz para mandar
ejércitos; pero mal podía desempeñar bien
las funciones de Jefe de Estado Mayor Gene-
ral, alo cual es sabido que equivalía su cargo,
un hombre que, según se vio en la batalla,
ni siquiera podía montar á caballo. Sea como
170 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
quiera, limitóse á recomendarle Meló qu e
dispusiera las tropas lo más ventajosamente
posible, y que á toda costa se impidiera el
socorro de la plaza. Ignórase el número
cierto de nuestros soldados, que solían ser
siempre bastantes menos de los que en las
compañías se pagaban ' ; pero los franceses
pasaban de veintitrés mil, y los nuestros pre-
sentes no podían llegar á tantos, faltando del
ejército las fuerzas de Beck y las que por
otro lado quedaron con Fuensaldaña. Mucha
no sería la diferencia numérica de todos
modos, constituyendo en ambos lados la ter-
cera parte la caballería. Colocó á ésta Fon-
taine en las alas, según la ordinaria táctica
de la época, y á toda la infantería en medio,
adoptando un orden de batalla en la aparien-
cia idéntico al de los franceses. No pocas
dudas caben sobre la formación especial de
la infantería; pero ninguna respecto á que la
que supone el plano publicado por el duque
de Aumale, es [Link] sobra tuvo ra-
zón aquel, experto General para quejarse de
la confusión de términos de la época, que te-
« Sobre los soldados que tenían plaza en nuestros tercios y
no prestaban servicio , puede consultarse ¡a obra de La Sala y
Abarca , titulada Después de Dios la primera obligación, en donde
llama Santelmos á todos estos soldados que comían y no
servían.
ESTUDIOS D E L R E I N A D O DE FELIPE IV. 171
mía ya que le hiciese, como le hizo , cometer
en esto algún error. Figura el mencionado
plano que los tercios españoles ocupaban el
centro, y que á los extremos de la primera lí-
nea estaban situados, por la derecha los ita-
lianos , y por la izquierda los borgoñones.
No era esa, ni podía ser, la formación de una
línea española, que se desplegaba , según el
propio orden de marcha, tomando la van-
guardia la derecha, la batalla el centro, y
la izquierda la retaguardia. No fueron pocas
las disputas que sobre esto hubo entre espa-
ñoles é italianos, porque la vanguardia y la
retaguardia, que, según las circunstancias,
podían cambiar de nombre y de acción, eran
los puestos de preferencia, y una y otra pre-
tendían los españoles. L o que Vincart, que
debía bien saberlo , cuenta, es que Fontaine
colocó «cinco batallones de españoles á la
vanguardia (que era el puesto que les to-
caba indudablemente) con dos piezas de ar-
tillería entre cada batallón; otros tres bata-
llones, uno de italianos y uno de borgoñeses,
á la batalla ; cinco de walones á la reta-
guardia, y cinco de alemanes para la reser-
va». Claro es, pues, que los españoles esta-
ban á la cabeza de línea ó vanguardia, y que
los italianos y borgoñones formaban por su
izquierda la batalla. L a retaguardia, que
172 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
siempre seguía á la batalla, se situó esta vez,
según dicha versión, no á la extrema izquier-
da de la primera línea, sino en segunda, de-
jando en tercera otra parte como reserva.
Pero aquí empiezan las dudas, que, cual he
indicado, son graves. Por de pronto, hay que
observar que Vincart habla de batallones en
la infantería contra el tecnicismo, hasta en-
tonces constante, de que con exactitud se
hizo cargo luego el Diccionario de Autori-
dades, ó sea el primero de la Academia
Española, con arreglo al cual sólo constituía
batallones la caballería, así como escua-
drones la infantería. En lo que la Academia
no tuvo razón fué en reputar moderno este
cambio de acepciones; pues, como se ve, usa-
ba Vincart la palabra batallón, tratándose
de infantería, desde antes de mediar el si-
glo precedente. Ni escuadrón, ni batallón
eran sinónimos de tercio, por supuesto; an-
tes bien un tercio mismo podía formarse en
trozos distintos que llevasen aquellos nom-
bres , ó encontrarse ya bajo cualquiera de
ellos varios tercios reunidos, formando cuer-
po. Ahora bien : cuando Vincart habla de
los cinco batallones españoles de la van-
guardia, ¿quiere decir que estuviesen pre-
cisamente incluidos en ellos todos nuestros
tercios? Cinco eran, con efecto, los que allí
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 1 73
asistían: el de D. Baltasar Mercader, antes
de Alburquerque; el del conde de Villalva,
el del conde de Garcíes, el de D. Antonio de
Velandia y el de D. Jorge Castelví.; pero no
se puede afirmar que cada cual constituyese
un solo batallón. Los italianos y borgoñones,
con cuatro ó cinco tercios, no formaban en-
tre aquéllos y éstos más que dos batallones,
uno por Nación. Pudieron, en cambio, servir
los cinco tercios españoles para más de cinco
batallones ó columnas diferentes. Dos moti-
vos tengo para sospecharlo. E l primero, que
1
Gualdo Priorato , que no podía confundir
las cosas, por ser tan competente soldado
como se sabe, indica que «aquel día estaban
descontentos los tercios italianos por haber'
tomado para sí los españoles la vanguardia
y la retaguardia», ó sea también el extremo
izquierdo de la batalla, y de toda la prime-
ra línea, ya que había quedado en segunda
la retaguardia del orden de marcha. Tras
1
Conté Galeazzo Gualdo Priorato : DeW Historia : Parte
terza, nella quale si contengono tutte le cose umversalmente
occorse del anno 1640, fino 1' anno 1646. Venecia , 1648. Las
palabras textuales de este autor sobre el caso son las siguien-
tes : «Non essendosi salvati altri che tré reggimenti italiani
disgustati, perche in quella occasione gli spagnoli volessero essi
soli atnbi li comí della vanguarda, ponendo questi come soldati
vili nella battaglias.
A
174 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
de aquel motivo tengo el de que, enumeran-
do Vincart las tropas que componían la ba-
talla, habla, con efecto, de tres batallones
más, fuera del italiano y el borgoñón. ¿De
dónde habían salido estos tres batallones?
¿No parece que debieron formarse de los
cinco tercios españoles también, ya que Vin-
cart no dice expresamente á qué Nación per-
tenecían? Paréceme probable; mas no puedo
afirmarlo. Para referir Gualdo Priorato el
disgusto, tan verosímil dados los preceden-
tes, que experimentaron los italianos con el
motivo dicho , debió de comunicárselo algu-
no de éstos, cosa bien fácil, siendo natural de
Italia, é infatigable recopilador de hechos de
guerra. En mentir sobre este incidente, que
explicaba de un modo injurioso la conducta
posterior de los italianos, no parece que
tuviera interés ninguno aquel historiador.
No carece, pues, mi sospecha de fundamen-
to. Mas, sea lo que quiera de cuanto precede,
en la disposición misma que le dio aquella
tarde Fontaine, se mantuvo el grueso d e
nuestro ejército , como el del enemigo, hasta
obscurecer, aunque, creyendo que ya iba
éste á avanzar sobre nuestro frente, por dos
veces estuvo á punto Meló de dar la señal de
la batalla.
Durante la mencionada tarde hubo, sin
ESTUDIOS DEL REMADO DE FELIPE IV. I 75
embargo, un encuentro algo reñido sobre
socorrer ó no la plaza, que era alo que el ma-
riscal de L'Hópital quería limitar la opera-
ción. Según las órdenes de Meló, estaba colo-
cado, para impedirlo, un trozo de caballería
delante de la puerta de la ciudad, guardando
además las líneas alguna poca infantería,
todo al mando del coronel Suárez. Bien pron-
to los franceses, al abrigo de una gran arbo-
leda vecina de la plaza, se adelantaron á for-
zar el paso. Atacado Suárez por muy supe-
riores fuerzas, fué momentáneamente desalo-
jado del puesto que defendía; pero acudiendo
á apoyarle el Sargento Mayor de batalla, Don
Jacinto de Vera, con caballería de Alsacia,
se retiraron, por el momento, los franceses.
Parece que el duque de Anghien no aprobó
aquella intentona de L'Hópital, por parte de
éste iniciada con la mira indudable de hacer
innecesaria la batalla, y que le envió formal
orden de abandonar su empeño; mas, con eso
y todo, amagaron aún los franceses el socorro
otras dos veces durante la noche, obligando
á quedarse allí una buena parte de la dicha
caballería de Alsacia. Pensaba á todo esto el
historiador contemporáneo del joven Conde,
y, á lo que se dijo , creía el propio Príncipe,
que si nuestro General en Jefe hubiera dado
la señal de la batalla, como estuvo para ha-
Ij6 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cerlo, aquella tarde misma, ó bien cuando se
estaba desplegando la línea francesa , ó bien
cuando intentó L'Hópital el socorro, habría
alcanzado España una segura y fácil victo-
ria. L o cierto es que el duque de Aumale
conviene en los terribles momentos de an-
siedad que pasó Anghien durante aquellos
instantes. Pero Meló aguardaba á Beck, y
cualquiera que fuese el exceso de su confian-
za, hubiera frisado ya en locura el no dila-
tar la batalla hasta que llegase, mientras el
enemigo no la provocara. De este racional
propósito debió, no obstante, haberle sacado
cualquier falta del enemigo que conviniera
aprovechar rápidamente; pero si ésta exis-
tió, pasó sin duda inadvertida para él y para
todos nuestros Generales , porque nadie pa-
rece que le aconsejó empeñar la acción sin
Beck. Estúvose, pues, tranquilamente ob-
servando Meló al enemigo, si bien dispuesto
á dar láseñal de avanzar en cuanto notase el
menor movimiento por la línea contraria.
Cerró en esto la noche del 18 al 19 de
Mayo. E l ejército español durmió sobre el
campo en su frente de batalla, y otro tanto
hizo el francés. Los que emplearon muy di-
versamente aquella noche fueron los dos Ge-
nerales en Jefe. E l duque de Anghien , que
no contaba sino veintidós años de edad , im-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 177
previsor, confiado en su naciente estrella,
tomando aun á juego las peligrosas pruebas
de la fortuna, preténdese que durmió pro-
fundamente toda la noche, bien que sin duda
velarían por él sus veteranos tenientes. Don
Francisco de Meló, aunque tan seguro por
su lado de la superioridad de los elementos
con que contaba, como hombre maduro al fin,
algo receloso siempre de la suerte, pasó á ca-
ballo toda la noche, recorriendo las líneas,
animando á oficiales y soldados, atendiendo
al menor ruido que se sentía en el campo con-
trario, separado como un tiro de mosquete,
según Víncart, aunque el duque de Aumale
dice que bastante más. No dejaba de interrum-
pir de vez en cuando el alto silencio de aquella
noche memorable el estampido de los caño-
nazos que á bulto disparaban los franceses,
sin otro fin que impedir el descanso, si bien
cuenta Vincart que «llegaban á matarnos
muchos soldados». Por lo demás, sólo ocu-
rrió de notable durante las horas de obscuri-
dad total, que un caballero francés que en
nuestras filas servía, se pasó, favorecido
por las tinieblas, al campo de sus compatrio-
tas , llevándoles la interesante noticia de que
Meló esperaba á Beck á las primeras horas
de la mañana próxima. Era preciso, pues, si
quería aprovechar Anghien la desgraciada
- LXXI - 12
I78 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
divisic5n de nuestras fuerzas , que no perdie-
se momento '.
Comenzó á despuntar al fin el día 19 de
Mayo de 1643, que tan fatal debía, ser para
nuestros tercios viejos. Antes de separarse
la noche del día, como Vincart escribe, ad-
virtió Meló que había retirado el enemigo de
la parte de la ciudad todas las fuerzas con
que durante la noche amagó el socorro,
renunciando á intentarlo manifiestamente,
por lo cual dio al conde de Isembourg orden
de ir á recoger incontinenti los trozos de
caballería y los infantes que, al mando del
sargento mayor de batalla D. Jacinto de
Vera, quedaron allí la tarde antes. Mientras
llenaba su cometido Isembourg por nuestra
parte, acercóse por la suya el mariscal de
campo Gassion, que era el hombre de íntima
confianza del General en Jefe francés, á re-
conocer las posiciones en que hallaban á los
nuestros las primeras luces de la aurora.
Soldado voluntario de Gustavo Adolfo, ha-
bíale seguido este Gassion hasta su muerte
en Lutzen, mandando un regimiento ale-
mán, que había él mismo reclutado, y con el
cual se distinguió sobremanera en la Gue-
rra de los treinta años, siendo, por tan larga
i Histoire de Louis de Bourbon, Prince de Conde, citada ya:
Cologne, 1645.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 179
experiencia y su audacia nativa, uno de los
mejores, si no el mejor de los jefes del ejér-
cito francés. Los consejos y las decisiones
propias y espontáneas de aquel probado cau-
dillo, de seguro le sirvieron á Anghien tanto
como su propia actividad y su resolución
para ganar la batalla. Viendo partir á Isem-
bourg, y comprendiendo su objeto, corrió á
participárselo Gassion á Anghien, que esta-
ba ya á caballo, aconsejándole que no demo-
rase un instante el dar la señal de la batalla,
no sólo para anticiparse á la llegada de Beck,
que, según tenía espiado, había ya empren-
dido su movimiento, desde una distancia que
el duque de Aumale gradúa en treinta y dos
kilómetros, sino para aprovechar la sepa-
ración en que estaban las tropas colocadas
sobre Rocroy del resto del ejército de Espa-
ña. Aquella segregación debía tener , con
efecto, bastante desguarnecida al amanecer
nuestra ala derecha. Poco se hizo de rogar
Anghien, que no deseaba otra cosa, y no
bien pasadas las tres de la mañana, dio or-
den de avanzar á sus dos alas. Entonces Don
Francisco de Meló, que había acabado ya de
arengar á todos los jefes y soldados , exhor-
tándoles « á querer vivir y morir por su
Rey», se retiró á su puesto de ordenanza,
colocándose en sitio desde donde poder ver
18o A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
y disponer por todas partes, y mandó dar
igualmente su señal de batalla. Así lo cuen-
ta Vincart; pero como de oficio dijo Meló
luego que él combatió y venció con el ala
derecha, claro está que no pudo permanecer
en punto fijo sino momentáneamente.
Ocupaba en aquel momento los frentes de
ambos ejércitos como cosa de media legua
francesa, y aunque el contrario se extendía
más que el nuestro , según el duque de Au-
male, tenía este último también una frente
muy grande, al decir de Vincart. Parece que
esto deba significar que no situó Fontaine di-
cho día en orden tan cerrado las tropas como
se solía entre nosotros, y criticaban ya mu-
cho los extranjeros. Poco más ó poco menos
de una legua estaba, en tanto, nuestro frente
de batalla separado del recinto de Rocroy.
Por de pronto, el centro de los franceses, al
mando de su general Espenan , permaneció,
como la reserva que gobernaba el barón de
Sirot, á la defensiva, siendo las dos alas
francesas las encargadas de emprender la
batalla. Tomó el duque de Anghien en perso-
na, sin pensar en puesto fijo, el mando de la
derecha, llevando á Gassion por segun-
do, y el mariscal L'Hópital, secundado por
el general L a Ferté-Seneterre, se encargó
de dirigir la izquierda. Traían ya estas alas
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. l8l
francesas interpoladas con sus regimientos
de caballería compañías de mosqueteros y
piqueros que los apoyasen, quedando en
tanto el grueso de la infantería sobre el cen-
tro , formada en tres líneas, como la nues-
tra, cada una de las cuales era más nume-
rosa y fuerte que la que estaba por delante;
pero con la circunstancia de que la tercera,
ó reserva, contaba también con infantería y
caballería. A l embestir con sus alas las nues-
tras, traía el ejército francés tan conjunta-
mente mezclada la caballería con la infan-
tería, según Vincart, que entre cada batallón
ó trozo de esta arma había un escuadrón de
aquélla, por manera tal, que las cabezas de
los caballos no pasaban de la línea de los
hombres de á pie. Durante toda la batalla,
á cada paso vuelve Vincart á referirse á esta
formación de los franceses, atribuyéndole
las primeras ventajas que nos llevaron. No
señala el duque de Aumale en su plano de
la batalla semejante mezcla de infantería y
caballería, sino en la reserva; pero por todo
lo que pasó y por lo expreso del texto de
Vincart, confirmado por Gualdo Priorato,
hay que tenerla por cierta, siendo además el
hecho de importancia sobrada para que se
suponga en los que les facilitaron sus noti-
cias que no lo observasen bien. Hácelo más
182 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
indubitable todavía que, al dar cuenta el
famoso Juan de Wirth (Vert en nuestros tex-
tos) de la nueva batalla de Nordlingen, sos-
tenida por los imperiales contra el propio
Anghien, algunos años después, dice aquel
literalmente «que cada cual de sus escua-
drones había encontrado enfrente dos ó tres
franceses, mezcla de infantería y caballe-
ría •». No hay duda, por tanto, de que aque-
lla era táctica preferida de combatir, y con
razón, por el vencedor de Rocroy. Para
concertar, dado esto, el plano del Duque con
los hechos, hay que suponer que la infante-
ría del centro francés destacó, después de
su primera formación, algunos cuerpos de
infantería á sostener la embestida de su ca-
ballería. Cuál fuese entretanto el orden adop-
tado por Fontaine, queda ya expuesto; pero
resta advertir que, reunidos todos los in-
fantes en el centro, debía éste resultar mu-"
cho más fuerte que el del enemigo , desde el
punto y hora, sobre todo, en que este último
destacó infantería para apoyar á su caballe-
ría. En cambio, ni por un instante dejó de cu-
brir exclusivamente la caballería nuestras
alas. E l duque de Alburquerque estaba con
la de Flandes al frente de nuestra izquierda,
1
El propio duque de Aumale copia esta carta de Wirth en
sus Pteces et Documents.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 183
opuesta á Conde y Gassion, mientras que el
conde de Iserabourg, con la de Alsacia, tan
pronto como pudo llegar al campo de bata-
lla , tomó contra el mariscal de L'Hópital la
especial dirección de nuestra ala derecha.
Pero, ¿en qué momento se puso personal-
mente á la cabeza de esta misma el general
en jefe Meló? Sobre esto hablaremos des-
pués. No es tampoco ocasión de discutir aún
las desventajas con que de aquella suerte co-
menzamos á pelear, porque mejor que nada
las dará á conocer la subsiguiente relación
de los hechos. Nótese sólo otra vez el buen
cuidado que Vincart puso en consignar que
fué Fontaine el que, como Maestre de Cam-
po General, dispuso el plan entero. Impor-
ta recordarlo , porque Gualdo Priorato de-
clara terminantemente que nuestro ejército
se formó aquel día, «como si la disciplina
de Flandes no hubiese conocido nunca el
modo de regir un ejército , y el conde de
Fontana (ó Fontaine) no hubiera aprendido
en cincuenta años de experiencia militar á
tomar posición en un campo de batalla ».Este
cargo de hombre tan competente es de por
sí ya grave.
Nada, por lo común, más difícil que averi-
guar , sin embargo, el autor de cualquier
consejo ó disposición que en la práctica oca-
184 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
siona funestos efectos. Á Gualdo Priorato
le contaron , por ejemplo , que Fontaine fué
de opinión de no retirarse de la plaza tan-
to , y estar á toda costa á la defensiva hasta
que llegase Beck, atribuyendo exclusiva-
mente á Meló la resolución de salir al en-
cuentro, y no dilatar el combate si el ene-
migo lo provocaba, lo cual parece verosí-
mil. Añade, que de resultas de esto formó ya
el ejército con tristes presentimientos Fon-
taine. Mas, al juzgar definitivamente el plan
de la batalla , afirma que el duque de Albur-
querque aconsejó que se cambiase la dispo-
sición del ejército, y que, por más que hizo,
halló inflexible áFontaine, apoyado por Meló,
en mantener la que dio de sí tan mal fruto.
Sea lo que quiera, no tardó éste en recoger-
se, y muy colmado. Lo que parece ofrecer me-
nos duda es la aserción de Vincart de que,
si Meló no celebró antes de la batalla un ver-
dadero consejo de guerra , fué porque que-
ría tomar su resolución sobre el parecer de
Beck; cosa natural, habiéndole servido en
Honnecourt tan bien. Confirma esto indirec-
tamente Vincart al decir que los franceses
apresuraron la batalla, no sólo por evitar
que las tropas de Beck asistiesen á ella, sino
su persona, que era de alguna importancia.
L a presencia de aquel General hízole, pues,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. tQJ
gran falta á Meló, bajo [Link]
de contado que la acre censura de Gualdo
Priorato sobre la formación, ordenada por
Fontaine , debe referirse al abandono en que
dejó á la caballería de nuestras dos alas, re-
concentrando en un solo espacio la infante-
ría, porque los franceses reconocen que sólo
un destacamento de mosquetería quedó em-
boscado entre unas hayas , fuera de la masa
general de la infantería, para proteger nues-
troflancoizquierdo. Y de poco sirvió aquello
mismo, en todo caso, porque debió ésta de
ser la poca infantería nuestra sorprendida y
destrozada al despuntar el día por los fran-
ceses, si hemos de creer al duque de Auma-
le. La disciplina española de Flandes, como
Gualdo-Priorato decía bien, no autorizaba
semejante abandono. Uno de los mayores
maestros de ella, Fra Lelio Brancaccio, en
su libro intitulado Y Carichi Militari (Am-
bares, 1610), publicó, para esclarecimiento
de su doctrina, el plan de un ejército en ba-
talla , donde , efectivamente, aparecen los
escuadrones de infantería en el centro, y en
las alas la caballería; mas todo batallón de
ésta se halla apoyado en sus dos flancos por
largas mangas de arcabucería ó mosquete-
ría. L a mera inspección del citado plano lo
enseña, haciendo también ver que, aunque
186 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
con tanto acierto la emplease Anghien, no
había él inventado aquella disposición tácti-
ca. Lo singular es que pareciesen estar olvi-
dados de ella Fontaine, y, en honor de la
verdad, el propio Juan de Wirth, cuando la
notó y, al parecer, le sorprendió algo en la
segunda batalla de Nordlingen.
Sonaron por fin los clarines de nuestra ca-
ballería por las alas, tocaron á ataque en el
centro los tambores, y mientras por acá se
tiroteaban nuestros arcabuceros y los enemi-
gos sin grande empeño , púsose por allá A l -
burquerque á la cabeza de sus escuadrones
con sus tenientes generales D. Juan de Vive-
ro y D. Pedro de Villamor , y diciéndoles;
«Agora es tiempo de hacer como quien so-
mos», cerró con la derecha francesa, donde
estaba Anghien , mas que en primera línea
conducía Gassion. L a carga de Alburquer-
que fué tan impetuosa, que rompió el primer
grueso de caballería francesa que ya sobre
él venía, deshizo en un instante dos regi-
mientos , uno suizo y otro francés de infante-
ría que con su fuego y sus picas la sostenían,
y por en medio de los dispersos escuadrones
y de los soldados despavoridos que pedían
cuartel, llegó hasta la artillería, situada á re-
taguardia déla línea deshecha, tomando po-
sesión de los cañones contrarios. Tal es la
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 187
relación de Vincart, diferente, como severa
luego, de la del duque de Aumale, pero en la
cual se confirma de todas suertes que, no
sólo traía aquella ala infantería interpolada,
sino que aún podía ser apoyada por la arti-
llería.
En el ínterin, el mariscal deL'Hópital ha-
bía hecho cargar á la derecha española.
Sábese ya que, si no toda, porque, visto lo
que sucedió, no pudo ser, una buena parte
de la caballería de Alsacia, que allí debía
hallarse con Isembourg, muy cerca del mo-
mento de comenzar la batalla estaba aún
sobre Rocroy, distante una legua. Gassion,
ya se ha dicho, ponderó mucho las ventajas
de aprovechar lo descubierta que así queda-
ba aquella ala nuestra, y precisamente por
aprovechar ocasión tan propicia precipitó
Anghien la señal delabatalla.¿Cómo,ápesar
de tales circunstancias , pudo acontecer que
en la primera acometida quedase derrotado
el mariscal de L'Hópital? Los franceses
cuentan que mandó cargar desde muy lejos,
de manera que llegaron ya fríos y descom-
puestos sus escuadrones á dar en los nues-
tros , los cuales por su lado esperaron á pie
firme hasta el momento oportuno, y lanzán-
dose á tiempo sobre ellos, los desordenaron
fácilmente, haciendo prisionero á L a Ferté-
188 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Seneterre, que los mandaba, con cinco he-
ridas de espada y pistola. Pero esto prueba,
de todos modos, que el grueso de la caballe-
ría de Alsacia no se había separado de aquel
ala, porque sólo así se pudo pelear con
tanta fortuna antes que llegase Isembourg,
que tardaría algún tiempo en camino tan
largo. Es, por otra parte, imposible que
pasase nuestro ejército la noche con su flan-
co derecho abandonado totalmente, como
habría que suponer aceptando otra versión.
L o que sí parece probable es que Meló asis-
tiese allí desde el principio, dejando supues-
to de ordenanza, por no haber llegado Isem-
bourg todavía cuando inició el enemigo su
primera carga. Sólo así se explica que dijera
Meló textualmente: «El cuerpo derecho don-
de yo asistía venció». Derrotado por Meló
L a Ferté, embistió aquel ala de nuevo L'Hó-
pital en persona; y entonces debía ya de
haber llegado Isembourg con la mayor parte
al menos de las fuerzas segregadas. Consta
que éste lanzó vigorosamente á su vez sobre
el enemigo la gente que traía, apoyada por
la que acababa de pelear, acompañando él
mismo cada columna ó grueso al combate, y
empeñando el primero en la renovada pelea
á los hombres de armas del conde de Bus-
quoy. Dicho General había sido despedido,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 189
á lo que parece, el día antes á su gobierno
de Mons por una disputa que tuvo con A l -
burquerque, en la que le dio Meló á este úl-
timo la razón; é Isembourg se propuso ase-
gurar por aquel modo la fidelidad de unas
tropas malcontentas. Tampoco pudo resistir
L'Hópital este segundo choque, y herido ma-
lamente él mismo, se retiró del campo, de-
jando deshechos y dispersos, no sólo sus
regimientos de caballería, sino uno de in-
fantería que la apoyaba, y en nuestro poder
también los cañones franceses de aquel lado,
con muerte de L a Barre , que los dirigía.
Respecto á lo que pasó por este ala, está,
pues, en substancia de acuerdo Vincart con
el duque de Aumale.
El ejército de España se juzgó ya vencedor
en aquel momento de la batalla, al decir de
Vincart, comenzando los soldados á echar
los sombreros al aire, y á tener sus jefes por
indudable la victoria. Pero no puede dejarse
ya á un lado que, tratando de lo que aconte-
ció inmediatamente después de su propio
triunfo por la derecha, Meló escribió al
Rey que, en el ínterin, «el conde de Fon-
taine, que andaba en una silla, no pudo man-
dar el resto del ejército». Luego , al irse él
á combatir en aquel ala, había dejado exclu-
sivamente entregada la dirección del ej ército
I90 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
á Fontaine, rio obstante que éste se hallase
en situación tan poco á propósito para desem-
peñar bien sus difíciles y activas funciones.
Desprenderíase de aquí el mayor de los car-
gos posible para el General en Jefe, si la for-
zada ausencia de Isembourg no le hubiese
impuesto la obligación urgentísima de susti-
tuirle personalmente. Por supuesto, que esta
malhadada ausencia de Isembourg tuvo,
como se recordará, por causa el haber to-
mado tan á pechos Meló impedir que fuera
socorrida Rocroy. Cuanto al momento en que
llegó Isembourg al campo de batalla, dejan-
do á Meló libre para obrar como quisiera,
debió de ser, por lo que Vincart dice, el mis-
mo en que afirma que, rota la primera línea
francesa, ocupó también por su parte Albur-
querque los cañones enemigos.
Pero mientras Meló é Isembourg triunfa-
ban por un flanco del todo, avanzó sobre Al-
burquerque y sus tropas la segunda línea
enemiga, guiada por el propio duque de An-
ghien, asimismo compuesta, según Vincart
advierte, de un batallón ó trozo de infantería
en medio, con dos escuadrones ó gruesos de
caballería á los costados. A l amparo de esta
segunda línea, cuya caballería se lanzó á la
carga, mientras el fuego de su infantería re-
frenaba el movimiento ofensivo de los núes-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 191
tros, reluciéronse los primeros regimientos
deshechos, y juntos todos , y entusiasmados
naturalmente por la presencia y el ejemplo
de Anghien , volvieron sobre los escuadro-
nes de Alburquerque. Parece que el bosque
en que se apoyaban, así la derecha francesa
como la izquierda española, donde debieron
de estar emboscados los mosqueteros de
nuestro ejército , batidos al amanecer, no
era tan espeso que no pudiera atravesarlo la
caballería francesa para cargar de flanco y
por sorpresa nuestra izquierda. L a antigua
historia del gran Conde afirma que éste di-
vidió sus fuerzas en dos trozos, dirigiéndose
con uno á atacar de frente á Alburquerque,
mientras que Gassion, marchando por entre
el bosque, le sorprendía del otro lado. L a
versión del duque de Aumale difiere, cual ya
se ha indicado , hasta ser totalmente distinta
de la de Vincart, respecto al ataque dirigido
contra nuestra izquierda por Anghien y Gas-
sion. Para él, sorprendida desde el primer
momento, de flanco, la caballería de Albur-
querque, quedó derrotada ésta en seguida,
sin que estuviese un solo instante victoriosa.
Entre tan opuestas versiones no cabe con-
ciliación; pero cúmpleme observar que de
la relación del duque de Aumale aparece
que, con efecto, durante el combate de aque-
192 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
lias dos alas, el regimiento francés de Picar-
día, el mejor de los contrarios, apoyó enér-
gicamente á la suya, lo cual confirma la dis-
posición táctica descrita por Vincart. Y sea
de lo demás lo que se quiera, es lo cierto
que, vivamente cargada por los escuadro-
nes enemigos, acribillada por las balas de
su infantería, y viendo que ninguna ayuda la
prestaban nuestros tercios, como á la letra
dice Vincart, desorganizóse la caballería de
Alburquerque al fin, abriendo paso á An-
ghien, que definitivamente rompió por aquel
flanco la línea española. Vanos fueron los
esfuerzos del Duque y de sus tenientes Don
Juan de Vivero y D. Pedro Villamor, bue-
nos y antiguos soldados ambos, así como de
los más de los Capitanes. Aquella caballería,
no sólo combatió con desventaja contra las
dos armas juntas del enemigo, sino que, se-
gún el mismo Vincart, que tamaño hincapié
hizo en este especial motivo, demostró, ade-
más, durante la acción que estaba menos bien
constituida que la francesa, que existía ya
organizada en regimientos , y contaba con
doble número de oficiales por cada compa-
ñía de soldados. Más extensamente, y con el
apoyo de mayor autoridad, habrá que volver
á tratar esta cuestión de aquí á poco. No quie-
ro decir yo , en tanto , cuáles fuesen los que,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 19;
en medio de todo, peleasen mejor en aquella
caballería de Flandes, que fué la primera de-
rrotada , prefiriendo copiar á un historiador
francés contemporáneo que escribió su obra
en idioma latino '. « ltalici (dice) Germani,
Belgae, primum fusi: in Hispanis equiti-
bus aliquid moraefuit.» Hubo allí, sin em-
bargo, buenos ejemplos de todas las nacio-
nes , y en particular D. Juan de Borja, el de
Honnecourt; D. Gaspar de Bonifaz, capitán
de guardias del General en Jefe, y Maestre
de Campo después en la batalla de las Dunas
de Dunquerque; D. César Toralto , y otros
oficiales italianos de caballería , los ofrecie-
ron desde el principio muy señalados.
Mientras lo que se acaba de relatar suce-
día por la izquierda, siguieron por algún
tiempo vencedores Meló é Isembourg por la
derecha, hasta el punto de lanzarse ya in-
advertida y confusamente allí los nuestros
al saqueo y despojo de los vencidos. L a ba-
talla , viéndola desde aquel punto , parecía
efectivamente ganada, porque en el centro no
podía resistir Espenan el fuego superior de
nuestra intacta artillería y de nuestra arcabu-
cería y mosquetería, y á voces pedía soco-
rro, iniciando , en tanto , su retirada. Pero,
1
Joanne Labardeus : De rebus gallicis historiarum libri decem
ab anno 1643 ad annum 1652. París, 1671.
- LXXI - 13
A
194 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
por fortuna de Francia, mandaba la numero-
sa y bien organizada reserva francesa, con
su carácter de Maestre de Campo de caba-
llería, el barón de Sirot, Claudio de Letouf,
hombre de gran experiencia y valor, el cual,
no bien observó la derrota de L'Hópital, se
adelantó con sus tropas de ambas armas á
contener las de Isembourg. En el punto de
emprender su movimiento pasó el Mariscal
de batalla de la Valliére por cerca de él man-
dando tocará retirada, porque «no había re-
curso», decía,« estando perdida la batalla»'.
Sirot desobedeció tal orden, y, no solo se
mantuvo firme, sino que marchó resuelta-
mente á sostener á los sviyos. Clara y exactí-
simamente describe el duque de Aumale,
sea cualquiera la diversidad de versiones so-
bre los antecedentes detalles, el cuadro que
en aquel punto ofrecía la batalla. «Entre las
cinco y las seis de la mañana», dice, « nues-
tra izquierda estaba deshecha, tomada nues-
tra artillería, nuestro centro en retirada». El
solo peligro de los españoles estaba, pues,
por su izquierda; pero aun allí todo hubiera
podido remediarse, sin una falta de direc-
ción únicamente explicable por el aislamien-
to y la inutilidad de Fontaine para acudir con
prontitud al cumplimiento de su deber. Intac-
i Histoire de Louis de Bourbon, ya citada , libro i , pág. 37.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. ¡95
ta continuaba sobre el centro en sus tres lí-
neas toda la infantería de nuestro ejército, y
delante de ella la temible mosquetería y ar-
cabucería de los tercios españoles. Todavía
Alburquerque y sus tenientes generales Don
Juan de Vivero y D. Pedro de Villamor, con
una porción de valerosos Capitanes, entre
los cuales se contaban el citado D. Juan de
Borja, D. Antonio de Butrón, D. Antonio de
Ulloa y D. Antonio de Rojas, españoles; Don
Juan de Mascarenha, portugués, y los ita-
lianos D. César Toralto y D. Virgilio Orsini,
con frecuencia lograban, aunque á costa de
esfuerzos desesperados, reorganizar por acá
y por allá gruesos de caballería, que opo-
nían de nuevo á los del duque de Anghien.
Meló é Isembourg, si con la debida prontitud
recogían sus compañías de caballos, tan
prematuramente entregadas á disfrutar del
triunfo, y cargaban en orden, podían aún
destrozar la reserva de Sirot é impedir á las
vencidas tropas de L'Hópital que se reor-
ganizasen. Mas de nada de esto se sacó el
provecho que convenía.
Quien, por el contrario, recogió instantá-
neamente su caballería vencedora, fué el du-
que de Anghien, adelantándose á envolver
nuestro ejército por la derecha sin la menor
demora. Hubiera sido indispensable, mien-
I96 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tras había tal cual grueso de la caballería de
Alburquerque íntegro y se reorganizaban
otros , acudir con rapidez á proteger aquel
ala con un despliegue de mosqueteros y ar-
cabuceros, como el de Pavía, ó como el que
ejecutó en Honnecourt D. Baltasar de Mer-
cader, logrando que al abrigo de ellos se re-
pusiese el ala vencida, de la propia suerte
que en aquellas otras ocasiones se repusie-
ron las desordenadas compañías de caballos
de Carlos de Lanoy ó del marqués de Vela-
da. ¿Y por qué los mosqueteros y arcabuce-
ros de Rocroy no intentaron siquiera, como
sabemos por Vincart, semejante movimien-
to? Pues que de una sola orden, la de que se
adelantasen en dirección de la derecha ene-
miga , dependía quizá la suerte de la batalla,
¿por qué no se dio? Si la infantería de nues-
tro centro, más numerosa allí por fuerza que
la contraria, y que no había hasta entonces
servido sino para molestar el centro francés
con sus fuegos , hubiera cargado decidida-
mente, como temían Espenan y la Valliére,
hasta juntar las picas, apoyando , además,
con sus fuegos á la caballería desordenada
en la izquierda, y consolidando el triunfo
de la derecha, bien cabía esperar aún la de-
rrota de los franceses. A l decir del Capellán
de Meló, que quedó prisionero , y pretende
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 197
que se lo oyó al propio duque de Anghien,
tal era la opinión de éste después de su vic-
toria. Para explicar la falta de aquellas ne-
cesarias operaciones de la infantería, y el
que no las dispusiese nadie, hay, pues, que
atenerse á la versión de Meló, que en su ya
citada carta ó parte al Rey dice, como se re-
cordará, que , mientras él vencía por la de-
recha, «el conde de Fontaine, que andaba en
una silla, no pudo mandar lo restante del
ejército», añadiendo seguidamente que «mu-
rió luego, y quedando sin Cabo, ya se ve el
suceso '». ó, lo que es igual, que el grueso
del ejército sin jefe no podía menos de ser
derrotado. Este testimonio auténtico , que
por su base destruye cualquiera otra supo-
sición ó hipótesis, confirma las palabras de
Vincart, puestas en duda , demostrando su
completa veracidad. «La infantería», escri-
bió por su lado éste, «no se había adelantado
por no estar allí el Maestre de Campo Gene-
ral, conde de Fontana, para mandarla avan-
zar, con que habían hecho abertura los ene-
migos en la caballería, y pasaban á atacar
la infantería en su puesto; y que el dicho
conde de Fontana estaba muerto á la pri-
mera carga.-» Como se ve, los textos de
Meló y Vincart están completamente de
1
Véase el Apéndice.
I90 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
acuerdo en lo esencial, que es saber por qué,
derrotada nuestra ala izquierda , nadie la
auxilió desde el centro, ni los tiradores espa-
ñoles , ni siquiera la infantería alemana , que
se destinó á reserva ; aunque disparatada,
reserva era ya una infantería únicamente ar-
mada de picas, y sola, para marchar contra
la caballería triunfante. En cuanto al mo-
mento de la muerte de Fontaine, con bas-
tante exactitud cabe ya calcularlo.
Porque entre la derrota de nuestra izquier-
da , la funesta inercia de nuestra infantería
y la carga sobre ésta del impetuoso Anghien,
poco, muy poco tiempo pudo pasar. No gozó,
pues, sino algunos instantes Fontaine para
resolverse á algo desde la consabida silla
en que por el campo andaba. Cuando la ca-
ballería de Anghien rompió la carga á la
conveniente distancia, pudo muy bien encon-
trarse Fontaine entre las mas de la infan-
tería inmóvil y el rápido avance de los caba-
llos , ó pensando aún lo que había de hacer, ó
dando ya acaso ciertas instrucciones, y mo-
rir en tal situación luego, según dijo en su
carta oficial Meló, que es lo mismo que en la
primera carga, como escribió Vincart, ó á
los primeros tiros , conforme algún otro. E l
hecho averiguado es que nuestra primera
línea rechazó victoriosamente aquella pri-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 199
raitiva carga del duque de Anghien, apare-
ciendo después de ella muertos , según Vin-
cart, «elMaestre de Campo General, conde de
Fontaine, y los Maestres de Campo el conde
de Villalva y D. Antonio de Velandia, con
muchos Capitanes y gente particular; pero
quedando los dichos batallones españoles
firmes como una muralla, sin que los pudie-
sen romper ó descomponer un paso». Repe-
tida la carga de la caballería francesa inme-
diatamente por nuestro flanco izquierdo, ni
la tercera ni la segunda línea fueron tan
felices como la primera, según se verá des-
pués. Mas lo que ahora urge decir es que,
mientras por allí acontecía lo referido, nues-
tra vencedora derecha , sorprendida en des-
orden, á causa de haberse entregado tan pre-
maturamente al pillaje, por la poderosareser-
va que el barón de Sirot mandaba, al amparo
de la cual se rehicieron también antes de
mucho los fugitivos regimientos de L'Hópi-
tal, fué deshecha á su vez, no obstante los
inauditos esfuerzos de Isembourg. Así cam-
bió en brevísimo tiempo el favorable aspec-
to de las cosas que con las palabras mismas
del duque de Aumale se describió antes.
Queda ahora por saber, cómo y por qué, en
opinión del General en Jefe Meló, no se pu-
dieron por sí mismas rehacer las alas derro-
200 A . CÁNOVAS DEL [Link].
tadas, ni volver ordenadamente al combate,
y de eso con sus propias palabras voy á dar
cuenta. Ahora veremos más autorizadamente
analizadas que por Vincart, las cualidades
y condiciones de nuestra caballería, en com-
paración con la francesa. Perdida ya como es-
taba la batalla de nuestra parte, creo que no
parecerá fuera de lugar la digresión que si-
gue. Tiempo hay de volver al centro y á la
infantería, para referir su suerte en general,
y sobre todo el inútil aunque heroico episo-
dio del sacrificio de nuestros tercios.
Duro, durísimo, y sin tener en nada la ex-
puesta razón táctica, que en tanta medida ex-
plica su derrota, se mostró Meló con la caba-
llería de aquel ejército en común , quizá más
airado contra ella por lo mismo que gustó
á su frente un momento de triunfo. «Habe-
rnos llegado», le decía al Rey en la carta cita-
da, sin olvidar, por de contado, su propia
justificación, «al último desengaño de que
nuestra caballería no quiere pelear, y si no
hay alguna forma nueva de ponerla , es me-
nester perder las provincias, porque los fran-
ceses vienen, y si no les esperamos á la fren-
te, toman los puestos á la plaza que quieren,
y se la llevan. Si nó nos rendimos, es fuerza
pelear, y que les cueste sangre, y á nosotros
también, porque, en cediendo, no hay que es-
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE IV. 201
perar; ni yo sabré servir á V . M . , como deseo,
con la resolución de entregar sus provincias
á sus mayores enemigos. Ahora nos han ven-
cido ; pero es cierto que les habernos muerto
mucha más gente de la que murió de nuestra
parte , y que aún mirarán lo que hacen. La
infantería está tan resentida de la caballe-
ría, que temiera alguna desgracia si jun-
tase ahora este mismo ejército. Es menester
que veamos alguna novedad con que les pa-
rezca que se mejorará mejor la caballería. Los
franceses tienen regimientos, y en las otras
compañías un Cabo que mande cierto núme-
ro dellas, á que llaman Maestre de Campo de
la caballería. En Alemania hay regimientos,
y aquí unos Comisarios Generales paraman-
dar trosos y tropas ; pero por seis meses
solamente, con que los Capitanes no los obe-
decen. Las compañías son de veinticinco á
treinta caballos, y de cuarenta muchas. Cada
uno de los Capitanes no sabe cómo ni dónde
juntarse, y en esta batalla, siempre que
rompimos algún trozo de caballería fran-
cesa, al mismo punto se rehacía,y, en des-
ordenándose algún troso nuestro, no había
forma de juntarle. Yo por mi persona (no
conviniendo que el General ande en la ca-
ballería, sino esté en lugar fijo para man-
dar), viéndome ya perdido, iba procurando
202 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
juntar tropas de caballería, y volver la cara
al enemigo, y poniéndome delante , y lleván-
dolas á atacar, se me deshacían á las espal-
das. Todos me ofrecían embestir, y, con efec-
to, no sucedió en algunos. Y así soy de pare-
cer que á cada uno de estos Comisarios
Generales se encargue un trozo de diez com-
pañías de caballos , creciéndoles el sueldo
que tienen de Capitanes. En efecto: nos ha-
bernos visto mezclados con los franceses
muchas horas, y es cierto que no hay razón
para cederles, ni son mejores que nosotros;
tienen mejor orden, más oficiales, y han
peleado, por este respecto, y por la disci-
plina y unión en la caballería, mejor que
nosotros. Ahora nadie lo puede ignorar, y
después de las causas superiores (debe que-
rer decir divinas), la orden en su caballería
les ha dado la victoria; y, ó quedaremos
arriesgados á perder la jornada, ó dejaremos
perder las provincias, si no peleamos, siem-
pre que esto no tenga alguna enmienda. En
todo ordenará V. M. lo que fuese servido y |
quien tuviese de mandar estas armas; por-
que, por decir la verdad, aquí teníamos la
guerra por entretenimiento , y la profesión
es muy de veras, y da y quita los Imperios.»
Ni una palabra, como se ve, dice Meló sobre
l á m a l a disposición del ejército en general,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 203
ni la desventaja táctica con que peleó nues-
tra caballería, y la razón parece clara. Aun-
que todo esto lo hubiese ordenado Fontaine,
habíalo él aprobado plenamente, y de todo
ello era responsable en último término como
General en Jefe. E l documento de que trata-
mos es importantísimo, pero tiene demasiado
de justificación propia para ser imparcial.
Manifiestamente no era verdad , y sirva de
ejemplo, que sólo la organización superior
de la caballería les diese á los franceses la
victoria; pero en que la nuestra estaba peor
organizada, y era, por tanto, de inferior ca-
lidad, tenía Meló razón. Sus últimas pala-
bras muestran, además, lo que éste temía, y
á la larga sucedió, aunque no se le mostrase
al pronto ningún desagrado; es á saber: que
el Rey mudaría, como mudó, todos los Cabos
ó Generales de Flandes , más ó menos res-
ponsables , según su grado , de aquella gran
desgracia. Por todo eso mezclaba Meló, con
las noticias de lo pasado, los consejos para
lo por venir, y además las explicaciones de
su propia conducta.
Importa también dejar establecido , con
presencia de la carta de Meló, que él propio
reconoció que su puesto no era el de la caba-
llería del ala ó cuerno derecho, como se
decía entonces, á cuyo frente cargó , sino un
204 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
puesto fijo ; y, de continuar ocupándolo, no
hubiera sucedido, en verdad, lo que antes
había dicho, de que, muerto Fontaine lue-
go, quedase el ejército sin Cabo, 6 sea sin
Jefe, de lo cual, suponía él mismo , que
dependió la derrota. Mas, ¿por qué se fué d
vencer por la derecha, según él dice, y aban-
donó , conociendo que era error tan gran-
de , su puesto fijo ? No hizo esto, como pare-
ce que en algunas frases pretendió , después
de verse perdido, ni por hacer de Maes-
tre de Campo General, muerto Fontaine,
como á Vincart le contaron, sino desde el
principio, y esto ya no se explica sino como
lo dejo 3^0 explicado ; á saber : por el aleja-
miento excesivo y la consiguiente tardanza
de Isembourg en llegar, que le obligaría á
iniciar en persona el combate por aquel lado.
Llegado Isembourg, y triunfante aquel ala,
pudo ser tal vez cuando, libre Meló, inten-
tase tomar puesto fijo; pero para entonces
debía de estar ya deshecha la caballería
de Alburquerque en el cuerno izquierdo, y
allí acudiría naturalmente , encontrándose
en la desastrosa escena que refiere, y que
á toda la caballería trascendió al cabo. Por
lo demás , en cuanto á las circunstancias de
aquel confuso y en gran parte individual com-
bate, lo que cuenta Meló está conforme con
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 205
lo que de sí propio refirió Alburquerque: «No
hubo grueso nuestro que yo no lo llevase á la
carga (le decía en un Memorial al Rey '), ni
peligro que yo no buscase para mejorar el
estado de la batalla: prisionero estuve dos
veces, y me libré con la espada; ningún día
me ha debido tanto el servicio de V . M . , y
ninguno me ha debido menos mi vida; pero
ni el perderla, ni el perderse la ocasión, de-
pendió de mí, ni de medios humanos-».
Aunque en esto último errase, después de
lo que sobre la conducta del Duque han
publicado los Sres. Rodríguez-Villa y Fer-
nández Duro , no cabe insistir sobre la acu-
sación, de buena fe acogida por el duque
de Aumale, según la cual, huyó aquel cau-
dillo de la batalla al primer desorden de
su caballería. Con exceso han probado aque-
llos escritores que se portó allí, como siem-
pre, valentísimamente , de igual modo que
obró Meló por su persona. De lo que se
acusó con mayor fundamento á Albur quer-
que en Flandes y Holanda, y en España
misma, fué de no haber manejado bien la
caballería, porque era la primera vez que
á su cabeza peleaba. Tal censura la reputó
merecida un hombre tan grave, inteligente
1
Encontrado por el Sr. Rodríguez-Villa en el archivo de la
casa de Alburquerque , hoy de Alcañices.
206 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
y experimentado como el entonces conde
de Oñate, que en el Consejo de Estado se-
ñaló la poca experiencia de aquel General,
entre las causas de la pérdida de la batalla.
Por el voto del duque de Nájera, en la misma
consulta del Consejo, se ve, no obstante, que
Meló alabó, en una carta de que el expediente
carece, la conducta de Alburquerque, al pro-
pio tiempo que la de los demás Generales,
por el valor con que pelearon todos como
soldados. Otra cosa resulta de la referida con-
sulta del Consejo, que importa consignar, y es
que en Rocroy no hubo compañía ninguna de
caballos que se compusiera únicamente de
españoles , siendo, por lo visto, algunos sol-
dados sueltos entre muchos extranjeros, con
Capitanes de nuestra Nación, los que lleva-
ban el título de caballería de España. Aun así,
fueron, por lo que escribió Labarde, los que
se portaron mejor. De todas suertes, el ma-
yor número de aquellos Consejeros se mos-
tró contrario á que se alterase la antigua or-
ganización de nuestra caballería, por espíritu
de rutina tal vez ', porque no cabe duda que
i Está el importante expediente de que se trata en Siman-
cas , y dice en la cubierta : «De oficio, 1643,—El Consejo de
Estado que se tuvo en presencia de V . M . , en que concurrie-
ron el conde de Monterrey, el conde de Oñate, el Arzobispo
Inquisidor general, marqués de Santa Cruz, conde de Chinchón,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 207
su modo de ser, tal y como lo describe Meló,
era detestable, y bastante á producir por sí
solo su relativa flojedad enRocroy y en otras
partes. Con efecto : ¿ qué hombre de guerra
puede pensar que con compañías sueltas de
veinticinco ó treinta caballos, reunidas bajo
el mando de uno cualquiera de sus Capita-
nes, cada seis meses renovado para que to-
dos resultasen iguales, era posible contrastar
verdaderos regimientos, como ya eran los
franceses? S i , en medio de esto, también me-
reció la caballería de aquella Nación algunas
veces el descrédito que el duque de Aumale
supone, á otras causas habrá que atribuirlo,
mas no á la inferioridad de su organiza-
ción, visiblemente superior á la de la nues-
tra. Cedió, es verdad, la caballería francesa
en ocasiones, como, por ejemplo, enHonne-
court; mas no sin la intervención de los ar-
cabuceros de Mercader, que, por lo demás,
estuvo ya allí la nuestra en derrota. Sin duda
mejoraría A n g h i e n l a caballería que manda-
ba, con sólo animarla de su propio y ardien-
marques de Mirabel , conde de Castrillo , duque de Villahermo-
sa , marqués de Castrofuerte , duque de Maqueda , marqués de
Castañeda , en 17 de Junio, sobre ocho cartas que se han reci-
bido de D. Francisco de Meló, que tocan al suceso del sitio de
Rocroy y otros puntos.» De estas ocho, una tan sólo poseo, aun-
que seguramente la principal , que es la citada tantas veces.
208 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
te espíritu; pero desde antes encerraba en sí
condiciones para sobreponerse á la nuestra,
fuese flamenca, fuese alemana.
Nada de esto empece , por cierto , para
que se insista en que el no haber contado
Fontaine para la batalla con activas y pode-
rosas mangas ó destacamentos de arcabuce-
ros que protegiesen á nuestra caballería,
como siempre lo estuvo la francesa, por
fuerza debió contribuir á facilitar su derro-
ta, y á que no pudiera rehacerla el despe-
chado valor del General en Jefe y de sus cau-
dillos particulares. L a anticipada ocupación
de una arboleda por nuestra izquierda para
proteger á la caballería de Alburquerque,
no bastaba, y en todo se hizo caso con me-
dios insuficientes, dejándose además sor-
prender el destacamento que allí había de un
modo extraño. Ignórase á qué Nación perte-
necía la infantería del supuesto destacamen-
to, pero no debieron de ser arcabuceros de
los que ocuparon y defendieron con el sargen-
to mayor Escobar el bosque de Nórdlingen,
ni de los guarecidos en los setos de Fleurus y
de Avein. Otro grandísimo error de Fontaine
fué, por de contado, la ineficaz organización
de su reserva, cuando por de más se sabía ya
en España, según demuestra el libro de Dá-
vila Orejón, que tanto se citará luego, que
ESTUDIOS D E L R E I N A D O DE FELIPE IV. 200.
muchas batallas ya perdidas se ganaban á la
postre, como en especial enseñaban las gue-
rras de Alemania, gracias á la buena dispo-
sición de aquella, indispensable parte de todo
ejército bien ordenado en batalla. Mas ya es
tiempo de que narremos lo que falta de la de
Rocroy.
XIII
Hase expuesto que el primer choque de
la caballería de Anghien lo recibieron los
tercios españoles, rechazando al enemigo,
con gran pérdida ; mas , en verdad , no está
claro si fué en aquel primero, ú otro, cuan-
do , además de D. Antonio de Velandia,
cayó mortalmente herido en sus filas Don
Bernardino de Ayala, conde de Villalva,
de cuyo singular heroísmo al morir hizo
especial mención Meló, según se ve en la
antedicha consulta del Consejo de Estado.
Gran justador y toreador era este Ayala;
desterrado de Madrid y cuarenta leguas en
contorno por su airada vida, antes de i r á
servir en Flandes; Maestre de Campo lue-
go , donde se distinguió sobre todos en Hon-
necourt, peleando con «bien particular re-
solución», según dijo en una de sus cartas
Meló, en los ataques de Rocroy y en cuan
- LXXI - 14
2 10 A . CÁNOVAS D E L C A S T I L L O .
tos hechos se ofrecieron; el más brillante
oficial, donde tantos hubo, de la infantería es-
pañola. Pero antes de proseguir exponiendo
la conducta particular de nuestros viejoster-
cios, después del desamparo en que los dejó
la caballería de ambas alas , hay que volver
respecto á todo un poco atrás. Queda dicho
que ni la segunda ni la tercera línea de nues-
tro centro fueron tan felices como la prime-
ra. Con efecto : dejando á ésta, que por de
pronto parecía imposible de romper hacia
la mano izquierda, cargó en persona An-
ghien á la infantería walona y alemana, que
formaban la segunda y tercera línea de nues-
tro ejército, y penetrando por suflancoy es-
palda, las deshizo completamente. Fué aque-
lla una de las veces en que D. Francisco de
Meló , que ninguna disposición tomó tam-
poco respecto á su infantería, no obstan-
te estar ya haciendo de Maestre de Campo
General, trató de reunir alguna caballería,
con el fin de socorrer á alemanes y walones;
pero tan en vano cual siempre , según de-
claró en su carta al Rey. Corriendo á brida
abatida hacia un escuadrón que pensaba ser
de los suyos, para hacerle volver cara, hu-
biera sido desde entonces preso por los fran-
ceses, que eran los que iba él siguiendo, á
no estorbarlo D. Francisco Duque de Estra-
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE IV. 211
da capitán de una de las compañías de su
guardia, que advirtió el yerro. Aún le quedó
tiempo para pasar por el frente de los alema-
nes y arengarlos; pero muy poco antes ya
que, protegido por su infantería volante,pro-
bablemente la de los llamados enfans per-
dus, los cargase y deshiciese Anghien. Pe-
learon, por lo que Vincart dice, aquellos
regimientos antes de desordenarse, con tal
valor, que casi todos sus Coroneles y Capi-
tanes cayeron muertos, y los que no mal he-
ridos, señalándose entre todos el capitán An-
drés de Altuna, español de nacimiento, que
por largo rato combatió á solas entre los
muertos, hasta que rindió también la vida
con cinco heridas mortales. Pero la infante-
ría alemana y walona, que sólo llevaba pi-
cas, como se expuso antes, con arreglo á las
Ordenanzas militares de 1633, no acertó
al fin y al cabo á resistir las furiosas cargas
de la caballería francesa, por carecer quizá
de suficiente instrucción en el arte de escua-
dronar, ó por cogerles mal formados y or-
ganizados, ya que encarece Vincart tanto su
valor individual. Ello es, en suma, que toda la
infantería de naciones cedió, antes de mu-
cho, conforme queda narrado, y que después
de puestos sus regimientos en fuga, se arrojó
Anghien con creciente ímpetu, y cada vez
212 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
más confiado, sobre nuestra primera línea,
sin duda por el flanco izquierdo. Componían
tal vez los batallones ó columnas españolas,
allí colocadas también, según Gualdo Priora-
to, compañías del tercio de Velandia, porque,
según cuenta el duque de Aumale, fué éste
quien apoyó con sus soldados á los italianos
hasta perder la vida; y sólo cuando deserta-
ron los últimos del campo de batalla, se re-
plegaron aquellos trozos de españoles sin
Jefe sobre el grueso de sus compatriotas,
ó sea sobre la vanguardia de la primera
línea. Todo esto, por de contado, en el caso
de que la formación al principio supuesta
sea exacta, cual yo creo. De todos modos,
tres veces pasó Meló también casi solo por
delante de nuestra primera línea, y princi-
palmente de los tercios italianos, cuando iba
recorriendo el campo con el afán constante
de reorganizar caballería. En una se vio tan
acosado por cierto escuadrón enemigo, que
tuvo que refugiarse en las filas del tercio ita-
liano del caballero Visconti, diciendo á vo-
ces : «Tiren á éstos, que son los enemigos».
Tal era la confusión que reinaba. E l buen
Visconti respondió : « Nosotros queremos
aquí morir todos por el servicio del Rey nues-
tro Señor y V. E.». Y , efectivamente, recha-
zaron sus soldados entonces al escuadrón
ESTUDIOS DHL REINADO DE FELIPE I V . 21 3
enemigo con las picas , mientras Meló salía
por otro lado de sus filas para seguir reco-
rriendo el campo. Pero en esto un cuerpo
francés de infantería atacó por aquella parte
misma á los italianos, y el General en Jefe
español se halló en medio de la descarga re-
cíproca que unos y otros se hicieron, cayen-
do cabe él muerto su gentil hombre D. Pe-
dro Pozas ó Porras, y siendo herido y de-
rribado del caballo su secretario de Estado
D. Jerónimo de Almeida.
Mientras italianos y españoles combatían
todavía unidos, prosiguió sus aventuras
Meló , sin más provecho. Y a todos los ca-
ntaradas , como á la sazón se decía (ó sea
caballeros voluntarios que cerca de su per-
sona asistían, según las Ordenanzas del
tiempo), los Generales consagrados á se-
guirle por todos lados, y sus propios fami-
liares, habían ido desapareciendo unos tras
otros, á punto, que no restaba más que un
solo caballerizo en su compañía. Prendieron
los enemigos, al ir á cumplir una de sus
órdenes, á D. Baltasar Mercader, que, de-
jando su tercio á cargo del sargento mayor
Peralta, hacía las veces de Teniente de
Maestre de Campo General; desmontaron
al comunicar otra al de igual clase D. A n -
tonio de Quevedo; el conde CarlosReux, que
2 14 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
partió á llevar un aviso, fué también desmon-
tado y preso; al barón de Saventhen, llevan-
do otro, le mataron de un cañonazo el caba-
llo, y un cuerpo de caballería le pasó por
encima al trote , quedando , aunque vivo,
prisionero. Hasta el capellán mayor, D. Car-
los de Landriano, que quiso ir á confesar al
malogrado conde de Villalva, momentos an-
tes que espirase, recibió cinco balazos, por
haberse hallado, al llegar, entre el fuego del
tercio y unos escuadrones de caballería que
lo cargaban. Piénsese lo que se piense de
sus inútiles esfuerzos, justo es reconocer
que no exageró Meló su conducta^ personal
al Rey, porque ni un punto se acobardó
entre tantos fatales accidentes. Y no hay
duda que mientras vio firmes á los tercios
españoles é italianos, abrigó la esperanza
de que podrían causar ellos aún tales pér-
didas al enemigo, que le contuvieran, dando
su resistencia lugar á que llegase Beck con
su división de refresco. Pero en esto , los in-
fantes italianos, mal dispuestos ya , á lo que
Gualdo Priorato dice, por causa del desaire
que en la formación experimentaron, y vien-
do muerto al valiente Visconti, que los alen-
taba, se aprovecharon de la general confu-
sión de la batalla y de la feroz resistencia de
sus vecinos españoles, que atraía á ellos todo
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 21 5
el grueso de los enemigos, para salvarse.
No lejos estaba el bosque que limitaba el te-
rreno á la izquierda , y hacia él emprendie-
ron sin disposición de nadie su retirada, al-
tas las banderas y en bastante buen orden,
sin poder ser deshechos por la caballería
francesa. Prueba esto último que no aban-
donaron su puesto por cobardía, sino, en
efecto, por el supuesto agravio, ó por poca
disposición á imitar otra vez el sacrificio de
los españoles, como lo imitaron en Avein,
cuando vieron que era imposible evitar el
desastre. Los soldados de algunas de sus
compañías , más pundonorosos que los de-
más, y los del tercio de borgoñones, que to-
davía persistieron, fueron completamente
destrozados.
¿ Qué hacía Beck en tanto ? Meló miraría
sin cesar seguramente, y con más angustiosa,
esperanza cada instante, hacia el lado por
donde debía venir. Habiéndole avisado con
repetición desde la tarde antes, pudo contar
con que aquel General marchase de noche,y
llegase al amanecer al campo de batalla. /Te-
mió moverse á obscuras en terreno sembra-
do de bosques y tan cerca de un enemigo osa-
do ? 1 Había imaginado, conociendo las res-
pectivas fuerzas, que bastaba con que llega-
se en las primeras horas de la mañana? En
2l6 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
todo esto pensaría Meló; mas ello es que, en
el ínterin, no aparecían aquellas tropas. Lle-
gó, por tanto, el momento en que solo ya los
tercios españoles mantuviesen inquebranta-
blemente sus posiciones. Los únicos que, fue-
ra de ellos, andaban ya en armas, eran Meló
y los caudillos de la caballería, los cuales
por dondequiera iban todavía juntando pelo-
tones de gente, que, no bien formados, des-
hacía el número superior de los enemigos, y
haciendo entrar en combate las pocas com-
pañías de caballos que por cualquier motivo
no habían tomado hasta allí parte en la
acción.
En aquellos innumerables combates par-
ciales, que ninguna influencia ejercieron ni
podían ejercer en la suerte de la batalla, hubo
millares de heroicos aunque inútiles he-
chos, por nuestra parte, que no se deben ol-
vidar. Fué en ellos mortalmente herido el
valiente Capitán de caballería D. Virgilio
Orsini, y en el mismo encuentro le mata-
ron el caballo al esforzado D. César de To-
ralto , hiriéndole al propio tiempo de grave-
dad. E l marqués de Bentivoglio, D. Fran-
cisco Morón y D. Antonio Barraquín, fue-
ron también heridos ; y a las dos compañías
que D. Juan de Borja mandaba le faltaron, en
sólo un lance de aquellos, cuarenta caballos.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 21 7
Toparon los postreros pelotones de caballe-
ría, que se aprestaban á abandonar el cam-
po, con el duque de Alburquerque y sus te-
nientes D. Juan de Vivero y D. Pedro Villa-
mor, que persistían en recoger gente para
cargar de nuevo; pero á lo que Vincart
dice, confirmando de todo punto la carta ofi-
cial de Meló y el Memorial de Alburquerque,
no eran sino « Capitanes y Oficiales ísin sol-
dados». Con sólo aquellos hizo al punto el
Duque que un cierto capitán Carrillo car-
gase álos franceses; pero fué, naturalmente,
rechazado y herido. Alburquerque, sin en-
vainar la espada, corrió luego á recoger á
toda brida cuatro compañías, únicas que
permanecían de reserva, al mando del barón
de André, y al frente de ellas y de todos los
Generales, Capitanes y Oficiales que en
aquellos múltiples encuentros quedaron sin
soldados, cargó á los franceses por última
vez. Pero una gran masa de la caballería con
que Anghien había arrollado nuestra ala iz-
quierda vino sobre él, y con facilidad arrolló
su escasa gente, obligándole á guarecerse
por algún tiempo con muchos Oficiales en
uno de los tercios, siempre impertérritos, de
la infantería española. Debió volver á salir
bien pronto de allí, porque no acompañó á
su antiguo tercio en los postreros instantes.
2l8 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
De todos modos , D. Francisco Dávila Ore-
jón, de quien se va en seguida á hablar, y
que allí estuvo presente, declara que Albur-
querque se portó «con los créditos corres-
pondientes á su esclarecida sangre». Y aun-
que Juan de Sande ', historiador holandés
contemporáneo, afirmase que el no sustituir
á Alburquerque con el conde de Bucquoy fué
una de las mayores causas del desastre , ni
este mismo autor, ni más versión que la de
Favert, citada por el duque de Aumale, puso
en duda por entonces la valerosa pertinacia
con que mantuvo el campo hasta el período
final de la batalla.
No con menos valor, por cierto, que nues-
tros caudillos de la izquierda había corrido
en tanto el conde de Isembourg por el ala
derecha, procurando con la espada desnuda
rehacer la caballería alemana ó de Alsacia,
que después de su rápido triunfo se le había
ido, cual queda dicho, de entre las manos,
así por el doble acometimiento del enemigo,
como por su prisa en el pillaje. Insultando
y aun hiriendo por su mano á muchos de sus
Capitanes, que no estaban por aquella parte
menos desmoralizados que los soldados, co-
rría de un lado á otro Isembourg, rugiendo
de cólera, hasta que se encontró circuido por
1
Belgicarum historiarían , epitome.—Utrecht, 1652.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 219
los enemigos con poquísimos de escolta. No
por eso perdió aliento; antes bien, peleó por
su persona valerosísimamente mientras no
fué derribado del caballo en tierra. Murieron
á sus pies el trompeta de órdenes que lleva-
ba y otros criados; él mismo recibió dos cu-
chilladas terribles que le abrieron la cabeza
hasta los sesos, y una que le cercenóla nariz
hasta la boca ;y ni aun desmontado y sin de-
fensa quería rendirse aquel gran soldado.
Entonces, con el grueso de una carabina le
rompieron el brazo derecho, y cayó, sin po-
der sustentar más la espada. Tomóle en este
estado por prisionero un soldado francés del
regimiento de Gassion, y con él cogieron
al conde de Beaumont, que no había querido
abandonarle en aquel trance supremo. Hubo,
en tanto, ocasión de que uno de nuestros cau-
dillos intentase otro estéril esfuerzo. E l her-
mano del conde de Fuensaldaña, D. Juan de
Vivero, refugiado momentos hacía dentro
de un tercio español, divisó hacia la derecha
reunido un golpe de jinetes. Fué allá, y en-
contró en buen orden un trozo de caballería
de Alsacia , que pertenecía á la que desde
las cercanías de Rocroy tardó más en llegar
al campo de batalla, mandándolo aún el sar-
gento mayor de batalla D. Jacinto de Vera,
encargado de impedir el acceso á Rocroy,
220 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
con los coroneles Savary y Donquel. Puesto
al frente de dicha fuerza, y de muchos
Oficiales sueltos que instantáneamente se
agregaron, mandó Vivero á Don Jacinto
de Vera, cuyo empleo de Sargento Mayor
de batalla en la caballería alemana corres-
pondía al de Mariscal de Campo entre los
franceses, que cargase á dos batallones de
infantería enemiga, que por acaso se ha-
llaban solos y apartados de los caballos.
Pero no bien descubrieron los Generales
contrarios aquel reducido cuerpo de tro-
pas con que no contaban, lanzaron al tro-
te contra él sus regimientos de caballería,
y Vivero y Vera tuvieron que retirarse
también, sin disputar más el campo. Deta-
lles interesantes son todos estos, aunque, se-
gún se expuso anteriormente , inútiles para
el resultado. Beck no pareció por el campo
de batalla, y, por su parte, Meló, siempre me-
tido entre los franceses, unas veces pri-
sionero y libre otras, gracias á su propio
valor y á la ligereza de su caballo, estaba
en una ocasión ya á punto de ser muerto,
cuando el sargento mayor Juan Pérez de
Peralta, del tercio de D. Baltasar Mercader,
antes de Alburquerque, abrió las filas de sus
infantes y logró encerrarle dentro del escua-
drón en que se hallaban formados, «uniendo
ESTUDIOS D E L REINADO DE FELIPE IV. 22 1
su persona con las banderas». De allí debió
salir muy poco después para ponerse tam-
bién en salvo.
Porque ya en este punto, y después de una
especie de tregua empleada por Anghien en
disponer sus tropas para el último combate,
tregua durante la cual debieron tener lugar
muchos de los hechos parciales que acabo
de referir , todo el ejército francés , según
Vincart dice textualmente, vino á caer sobre
la posición que ocupaban los tercios españo-
les, reducidos á sus solas fuerzas. Faltando
las bayonetas, tenía entonces que cubrir sus
frentes cada cuadro de infantería con hileras
de picas, disparando, tal vez arrodillados
por delante, y por detrás de ellas en pie,
los arcabuceros y mosqueteros, muchísimo
más lentamente , es claro , que ahora , á
causa de la imperfección de las armas. No
puede , pues, compararse la fuerza y resis-
tencia ordinaria de aquella especie de cua-
dros con ios que ha podido oponer á la ca-
ballería la infantería posterior , estando ade-
más precedida y apoyada, en el caso de
que se trata, la enemiga, por el fuego de sus
propios infantes y por su artillería. Pero,
¿estuvo realmente del modo que yo presu-
pongo escuadronada, durante la batalla, y
sobre todo en su postrer período , la infan-
222 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
tería española? Cuestión es esta preñada
de arduas dudas, que trataremos de disipar
después. En lo que todos convienen es en
que los franceses atacaron por tres costados
á cada escuadrón ó batallón á un tiempo,
y «con batallón de infantería y escuadrón de
caballería», como añade Vincart; pero que
los infantes españoles, no solamente contu-
vieron la nueva carga de la caballería fran-
cesa con sus picas cerradas y firmes , sino
que la maltrataron con el incesante fuego de
su mosquetería y arcabucería. .La infantería
suiza del ejército enemigo , aunque peleaba
rabiosamente , tampoco hacía mella alguna
en unas torres, como Bossuet dijo, «que
tenían la virtud de reparar sus brechas ». Ni
el valiente Gassion, ni L a Ferté-Seneterre,
que, ápesardesus heridas, no se quiso retirar,
daban con el modo de asaltar con buen éxito
aquella muralla humana, que antes de de-
rruirse llevaba trazas de aplastar toda la
caballería francesa. « At pedites incvedi-
bile mentoratu est, guanta firmitudine
anirni, adque virtute adversum omnem vi-
ctorem exercitum aliquamdiu steterint»;
tal dice el francés Labarde, que, escri-
biendo la historia de los años transcurridos
desde 1643 hasta 1652, debió de oir á muchos
testigos de vista de la acción. Pedro Lenet,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 223
criado y confidente antiguo de la Casa de
Conde, que manejó todos los papeles y andu-
vo en las conversaciones y tratos más impor-
tantes del vencedor de Rocroy, se expresa
asimismo como sigue : «Aquella brava in-
fantería española hizo tan bella y extraordi-
naria resistencia, que en los siglos por venir
parecerá increíble; atacada de todos lados
á un tiempo por toda la caballería francesa
victoriosa , rechazó uno y otro ataque , ha-
ciendo frente con sus picas por todas par-
tes. El Duque, que la admiraba, no habría
podido rendirla tan pronto si no hubiera
traído dos piezas de artillería para batir-
ía». Y el historiador antiguo del gran Conde
añade: «No puede alabarse bastante el valor
de la infantería española en este trance. Es
casi inaudito que hombres á pie , sin caba-
llería que los abrigue, ha}^an podido resis-
tir á campo raso, no un ataque solo , sino
tres seguidos, sin descomponerse en lo más
mínimo. L a mayor parte de ellos fueron ha-
llados muertos en la propia fila y en el mis-
mo puesto en que le tocó combatir. Gene-
rosamente dio á entender esto uno de los
prisioneros, á quien se le preguntó cuántos
eran sus compañeros: Contad, respondió,
los muertos». Leones los llamó Bossuet en
su panegírico inmortal del gran Conde; y no
A
224 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
hay que rebuscar más testimonios france-
ses , porque son unánimes , honrando tanto
la imparcialidad y buen gusto de los vence-
dores como el valor sin par de los vencidos.
Ni es, por de contado, de los que los elogian
menos, con su alta competencia y su estilo
elegante, el duque de Aumale , en su Histo-
ria reciente.
Algunos escritores franceses cuentan que,
adelantándose en persona Anghien hacia
el último de los cuadros, en que se organi-,
zaron nuestros infantes, á fin de proponerles
la capitulación , fué recibido á tiros por los
defensores, que recelaron ser una estratage-
ma para sorprenderlos; con lo cual, furiosos
los franceses, y sobre todo los suizos, los
acometieron incontinenti y los rompieron, co-
menzando á hacer en ellos una carnicería
horrible, que á duras penas pudo contener la
generosidad del General vencedor. Nada se
halla acerca de tal incidente en Vincart ni
tampoco en las Memorias de Pedro Lenet,
que tan auténticas noticias contienen. Otros
escritores franceses, comoBruzende la Mar-
tiniére, por ejemplo, que tan extensamente
escribió la vida de Luis X I V , se equivocan
sin duda al pretender que el último escua-
drón formado por los infantes españoles es-
tuvo hasta el fin sostenido por su artillería.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 225
Las diez y ocho piezas de que ésta se compo-
nía, apenas sirvieron más que en el primer
período de la batalla. Su General, D. Alvaro
de Meló, no parece que, una vez comenza-
da, cuidase tanto de ella cuanto de pelear
al lado de su hermano como cualquier sol-
dado particular. Sábese , con efecto, por una
de las variantes del manuscrito de Vincart
enviado á la reina de Francia, que en los
momentos más peligrosos de la batalla se le
halló con él, lo cual prueba que también era
hombre de valor; mas debió antes acordar-
se de sus deberes de Jefe de la artillería.
Colocada ésta entretanto, como en su lugar
se dijo, sobre los intervalos de los batallones
de infantería, contentóse con disparar algo so-
bre el centro de los franceses, y no apoyó con
su fuego ni poco ni mucho á las alas, man-
teniéndose como el grueso de la infantería
inerte, mientras quedaba nuestra caballería
deshecha. Y cuando en el postrer período de
la batalla viéronse ya reducidos á un solo
batallón ó cuadro nuestros infantes, debió de
permanecer por fuera de sus apretadas hile-
ras. Ni sería fácil con tanta caballería encima
traerla de acá para allá, ni aquellos pocos
hombres de á pie, metidos dentro de un ejér-
cito íntegro, podían á cada paso abrir y ce-
rrar sus líneas para dispararla, sin ofrecer
- LXXI- 15
226 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
fácil puerta al enemigo, tan osado, tan acti-
vo, tan numeroso y lleno de ardor, que so-
bre ellos estaba, cargándolos á SLI placer. No
consta, por otra parte, el empleo de la arti-
llería en los últimos momentos, ni por la re-
lación de Vincart, ni por la de Dávila Orejón,
de que vamos á tratar ya, y aun el duque de
Aumale reconoce que á la postre dejó de dis-
parar, explicándolo por la falta de muni-
ciones.
No menos que unas dos horas , entre ocho
y diez de la mañana, según la cuenta del pro-
pio Duque, mantuvieron aquella desigual y
vana lucha los españoles. Por fin las repeti-
das cargas de una caballería que podía re-
novarse constantemente, y las grandes bajas
que el fuego de todos los tiradores enemi-
gos producía, quebrantaron uno de los es-
cuadrones , y otro luego y otro, hasta que-
dar solo uno firme y cerrado. Pero de aquí
adelante hay que oir al veterano é instruido
maestre de campo D. Francisco Dávila Ore-
jón y Gastón, testigo y actor en aquella ha-
zaña sublime '. Ninguna mayor autoridad
para saber con certeza lo que en aquellos
momentos pasó, por dentro del último cua-
* D. Francisco Dávila Orejón : Política y Mecánica militar
para Sargento Mayor de tercio: Bruselas, 1684.—Tal es el títu-
lo de la obra á que repetidamente se ha aludido.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 227
dro español, y al referirlo veinticuatro años
más tarde, á mero título de ejemplo para en-
señar el uso y la eficacia de las picas,no pudo
emplear frases más ingenuas. «Sólo se man-
tenía» dice , confirmando lo expuesto hasta
;
ahora, « el escuadrón del tercio que había
sido del señor duque de Alburquerque, go-
bernado por su sargento mayor Juan Pérez
de Peralta, soldado de muy conocido valor
y experiencia, como dice el ejemplo. Y ha-
bíanse recogido á este escuadrón, después
de haber defendido los suyos más que pare-
cía imposible, los maestres decampo el con-
de de Garcíes y D. Jorge de Castelví, «quien
á la sazón lo era mío», y otros muchos
oficiales y soldados, á quienes, aunque la
fortuna les venció, no les rindió el valor,
pues con él haciéndose lugar, llegaron des-
compuestos á componerse en este peñasco
de fortaleza, corta comparación á quienes
se supieron merecer inmortal gloria; y en
él tomando parte con buena orden, aguar-
daron como los demás el furor de los ven-
cedores, los cuales, para serlo enteramente
de la batalla, sólo les faltaba romper esta
gente. Y no habiéndolo podido conseguir
con algunos de los suyos de caballería é
infantería, obligó á los enemigos á que con
el todo de su ejército se les arrimase, como
228 A . CÁNOVAS DHL CASTILLO.
lo hicieron, buscándole por todas partes al-
guna flaqueza, que no pudieron hallar, pues
haciendo cuatro frentes de las picas y los
mosqueteros y arcabuceros, no mostraron
flaqueza, ni perdieron tiempo en representar
que el valor y la destreza estaban muy
unidos. Enfrenaron de tal forma á los ene-
migos , que les obligaron á desviarse y va-
lerse de su artillería, con la cual batieron,
como pudieran á una roca, sin que se reco-
nociese desmayo ni descompostura ; lo cual
visto por los enemigos, con notable admira-
ción , hicieron alto, lastimándose de los
que no se dolían de sí mismos». Después de
algunas exclamaciones, bien justificadas y
excusables en el soldado viejo que en tama-
ño hecho de armas puso mano, concluye su
relato Dávila Orejón en esta forma: «En-
viaron los enemigos un trompeta, como pu-
dieran á un castillo , preguntando de parte
del príncipe de Conde quién mandaba aquel
escuadrón ; y habiéndole respondido que
el conde de Garcíes , D. Jorge Castelvi y
su propio Sargento Mayor , mandó repli-
car que cómo eran tan bárbaros que llega-
ban á extremos tales, y que en el mundo sólo
ellos (como es así) eran el primer ejemplar:
que lo mirasen bien, y el poco recurso hu-
mano que les quedaba; que él ofrecía cuar-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 229
tel, que es las vidas, y, en suma, la cosa se
redujo á capitular como plaza fuerte. Y lo
que se les pidió, que no podía ser más, fué
que, cediendo las armas, se les conserva-
sen las vidas y todo lo que tuviesen encima;
y así lo concedieron y capitularon y cum-
pliéronlos franceses, de quienes no pondero
los muchos agasajos y favores que á todos
hicieron después de rendidos, pues nadie
conoce más bien el valor que el vencedor».
Gracias á este curioso libro militar , posee-
mos, según se ve, tan seguro conocimiento
del desenlace de la batalla, cual si hubié-
semos asistido á ella. Vincart, que pasa muy
de ligero por aquello último, sin duda por-
que no lo presenció ninguno de los que de-
bían de inspirar sus escritos, sólo añade á
lo antecedente que Anghien amenazó á nues-
tros infantes con cargar los cañones con
puñados de balas de mosquete, paraextermi-
narlos si no se rendían. Mayores razones que
ésta,,pues que desde tanto tiempo antes los
estaba batiendo la artillería de todos modos,
hubieron de moverlos á capitular. Basta con
el de que, no socorriéndolos nadie, tarde ó
temprano tenían que sucumbir. Pero Gualdo
Priorato afirma además , y su razón debía
tener para afirmarlo, que las dos descar-
gas postreras las hicieron ya nuestros arca-
23O A . CÁNOVAS D E L C A S T I L L O .
buceros y mosqueteros sin balas, por care-
cer también de ellas. Ocasión es esta de repe-
tir qvie aquel historiador podía ser acusado
de todo menos de parcial hacia los españo-
les, supuesto que había invertido lo mejor
de la vida peleando contra ellos en cuantos
campos de batalla le faé posible. Hay que
creer, pues, que lo propio que dice de la arti-
llería el duque de Aumale , la arcabucería y
mosquetería españolas agotaron sus muni-
ciones antes de capitular como plaza fuerte.
Quedaban sólo útiles los piqueros, y para
probar de lo que esta arma era capaz, bien
manejada, trajo Dávila Orejón á cuento pre-
cisamente el ejemplo del escuadrón que ca-
pituló enRocroy.
Sin esperar á esto último debió de salir de
aquel llano, donde tan poderoso y arrogan-
te entró, [Link] de Meló, toda la ropa
destrozada y quemadas las guedejas del fue-
go enemigo , pero sin herida alguna. No mu-
cho más allá de Rocroy, divisaría probable-
mente las tropas de Beck, apostadas en una
colina cercana á la ciudad, donde se irían
reuniendo los dispersos. Mientras el desven-
turado General de España contemplaba el
ansiado refuerzo tan á deshora, el duque de
Anghien se apresuró á conceder las con-
diciones dichas á los tercios españoles, ig-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 23 I
norantes, naturalmente, de cuanto por fue-
ra pasaba, y no tan sólo por generosidad,
sino á fin de terminar la capitulación cuanto
antes, fijo siempre en Beck su pensamiento.
A l mismo tiempo, y con prudencia impro-
pia de sus cortos años, que por singular
manera contrastaba con su temerario y afor-
tunado ardor, mandó tocar á retirada y cesar
la persecución de los vencidos, á fin de tener
sus tropas juntas y pelear con Beck si osaba
[Link] éste, reducido ya á aquella
hora á sus cinco mil hombres organizados, y
la confusa turba délos dispersos, no podía in-
tentarlo sobre las diez de la mañana, cuando
no lo juzgó ya á las siete conveniente. Se
contentó, por tanto, con permanecer algún
tiempo sobre sus posiciones , recogiendo un
número de fugitivos, que hizo menor que de
otra suerte habría sido, la pérdida en hom-
bres. Salvóse de este modo, entre otros, el
esforzado Isembourg , que, despedazado y
sangriento como estaba, halló todavía alien-
tos para sujetar al soldado que lo traía pri.
sionero y arrastrarlo á un pelotón de los
maestros, que iba retirándose al calor de las
vecinas tropas de Beck; « siendo cosa espan-
tosa» , como Vincart dice, « que , no obstante
sus grandes heridas y la grande pérdida de
su sangre, tuviese aiín la fortuna v el ánimo
232 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
de hacer siete leguas á caballo, hasta Char-
lemont, donde fué curado». Pequeños de-
talles son estos que no deben omitirse, por
honor á los valientes, y que un español
debe callar menos cuando exaltan la gloria
de alguno de los extranjeros leales, que pro-
digaron su sangre un día por nuestra patria.
Todo eso que se llama gloria, y que mueve
á sacrificios tan horribles y á tan difíciles
acciones, suele parar en esto justamente:
en que, pasados los años, y aun los siglos,
cualquier curioso registre papeles viejos, y
reproduzca el ignorado nombre de quien
tanto hizo por alcanzarla, poniendo sus he-
chos en conocimiento de los que saben ó
quieren estimarlos. Por eso mismo nunca he
escaseado yo los nombres propios en las
batallas, cuando los que los llevaban lo me-
recían. Isembourg, de quien acabo de hablar,
era Príncipe y señor soberano en el imperio
de Alemania, con Estados extensos , por lo
cual hubo que agradecer más su decisión y
constancia. De los otros que por medio de la
capitulación se salvaron , el sargento mayor
JuanPérez dePeralta merece figurar eterna-
mente en nuestros fastos militares, y tampoco
debe olvidarse á Dávila Orejón, por haber-
nos conservado la relación exacta de la glo-
riosa capitulación, en tres pasajes distintos de
ESTUDIOS DEL RUINADO DE FELIPE IV. 233
su obra. E l conde de Garcíes, que sacó sus
armas llenas de balazos, era, según Lenet,
que le conoció prisionero, un caballero lleno
de bondad y de honor, y, vuelto de Francia,
todavía prestó nuevos y notables servicios
[Link]é él quien, por orden del rey Fe-
lipe , prendió al duque de Lorena, tan buen
soldado corno infeliz político, y quien sal-
vó, como Gobernador y Capitán General de
aquel territorio, á Cambray en años siguien-
tes. Entre los prisioneros de aquellos señores
soldados ', como llamaba todavía en su libro
á los infantes españoles Dávila Orejón, re-
fieren las relaciones francesas que se halla-
ron seiscientos Oficiales reformados y casi
otros tantos en activo servicio. Por más que
pueda haber exageración en el número de per-
sonas de cuenta que se supone, por tal mane-
ra, y no de otra, cual ya he explicado, podían
formarse aquellos incomparables escuadro-
nes de infantería; es decir, combatiendo á pie,
y como soldados rasos, caballeros y hora-
1
Señor soldado llama también Sala y Abarca, en su obra
Después de Dios Ja primera obligación y glosa de las Órdenes mi-
litares (Ñapóles, IÓSi),al que supone que disputaba acerca de las
armas y las letras con un licenciado. Lo propio se halla en otros
diversos autores militares; y Cervantes dijo también por su
parte, como es sabido , en un soneto famoso :
« Voacé tiene ra\ón , señor soldado ».
A
234 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
bres de honor dignísimos, antes ó después de
haber sentado plaza, de figurar como perso-
najes en las comedias de Lope y Calderón.
XIV
¿Tuvo ó no razón Meló para escribirle in-
genuamente al Rey, que en la batalla misma
de Honnecourt ó Chatelet, con su triunfo y
todo, había comprendido que le faltaba mu-
cho para General? Teníala, y, por desgracia,
completa. Aparte de que, como dijo ya el
historiador antiguo de Conde, manifestó más
valor que prudencia en toda la jornada, dio,
además, á conocer que no tenía, con efecto,
la serenidad de espíritu ni la pronta y opor-
tuna inspiración que sobre el campo carac-
teriza á los verdaderos hombres de guerra.
L a poca experiencia propia, y el escaso saber
técnico que en materias militares debía de
poseer, de seguro contribuyó también á que
se fiase más absolutamente de su Maestre de
Campo General, Fontaine, en cuanto al plan
de la batalla, que, no obstante cuanto antes se
ha expuesto, solíanfiar los Generales en Jefe
cuando tenían en sí mismos mayor confian-
za. Bueno era respetar las atribuciones pro-
pias de Fontaine y SLI capacidad general-
mente reconocida; pero en las conferencias,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 235
si no ya verdadero consejo, que celebró con
sus Generales, pudo hacer triunfar, de ha-
berlo concebido, un plan mejor. Muerto Fon-
taine, corrió á desempeñar de por sí las fun-
ciones de Maestre de Campo General; ¿y
tomó tampoco entonces la menor disposición
que diera á entender su capacidad militar?
Estando aún toda su infantería intacta, y su
artillería segura entre la infantería, debió
consagrarse , no á disputar la victoria con
la sola caballería vencida, sino á reorganizar
ésta lo posible al abrigo y con el apoyo de
aquellas otras armas. Sin duda que la rapi-
dez de los movimientos de la caballería
francesa y el arrojo y habilidad de sus Gene-
rales, habrían puesto obstáculos; pero no
quedaba otro remedio que intentar á toda
costa lo dicho, con tanta mayor razón, cuanto
que, manteniéndose en vigorosa defensiva
por pocas horas, quizá hubiera osado avan-
zar Beck con sus tropas frescas y su propia
persona, que de tamaña importancia era, y
remediarse , si no todo, alguna parte del mal
á lo menos. ¿Qué hacía Meló en lugar de eso,
corriendo de acá para allá como un oficial de
aventuras, riñendo espada en mano, empe-
ñando estériles combates personales contra
la caballería vencedora, rehaciendo, en con-
tacto con el enemigo, compañías y trozos,
2}6 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
que se le deshacían inmediatamente, prodi-
gando, en fin, su vida , la de sus Generales
y Oficiales, sin tomar ninguna disposición
general y eficaz ?
Díjole al Rey que, muertoFontaineluego,
se quedó sin mando el ejército : ¿y por qué?
¿Desde que se puso ya Isembourg al frente
del ala derecha, no quedó él libre para lle-
nar las funciones de General en Jefe, ó si-
quiera de Maestre de Campo General, que
tampoco llenó ? L a funesta inacción de nues-
tra numerosa y valiente infantería, que no
cesó con su presencia , sino que él mantuvo,
fué la que hizo irremediable cuanto había
hasta allí acontecido y cuanto aconteció des-
pués. Concíbese que, superada su caballería
por la contraria, diese la batalla por perdi-
da; pero, 1 no debió pensar todavía en la re-
tirada ? No podía ésta ser de todo punto im-
posible , como no lo fué en Ravena, con una
masa tan sólida de picas de á veinte palmos,
guarnecida, además, de bocas de fuego,
en los momentos en que él se acogió á los
tercios de la primera línea, juntos y firmes
todavía. Tantas veces recogió trozos de caba-
llería con que volverá cargar, aun hallándose
en medio de los enemigos, que todavía pare-
ce más fácil que, retirándose á tiempo en la
dirección en que esperaba áBeck, al calor de
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 237
éste y á cierta distancia ya del teatro de los
sucesos, pudiera reorganizarse la suficiente
fuerza de caballos para acudir ambos juntos
al socorro de la infantería. Sábese además
que hasta muy tarde no abandonaron las cer-
canías deRocroy trozos considerables de ca-
ballería, malamente consumidos , al acabar
la acción, en cargas inútiles. E l pronto con-
tacto de cualquier fuerza reorganizada por
Meló primero con ésta, y luego con la de
Beck, era seguro, pues que el dicho General
apareció entre los bosques situados al Nor-
te de Rocroy, es decir, á poco más de ocho
kilómetros únicamente del campo de batalla,
entre seis y siete de la mañana, cuando no
empezó hasta las ocho el último período de
la batalla, ó sea el combate de dos horas, que
la infantería sostuvo sola. Beck debió de
tropezar bien temprano por su parte con
muchos de los fugitivos.
No había hecho más que Meló, en tanto,
el duque de Anghien su oficio de General en
Jefe, porque tampoco ocupó puesto fijo de
donde dirigir la batalla, ni en los primeros
períodos de ella hizo otra cosa que combatir
como el mejor de sus soldados ; pero , al
cabo, tuvo felices inspiraciones súbitas so-
bre el campo. Contaba además, aunque en
otros conceptos pudiera disculpar esto á
238 A . CÁNOVAS Dül. CASTILLO.
Meló, con lugartenientes muy hábiles el ejér-
cito francés, capaces de resolver de por sí
cuanto iba conviniendo, sin aguardar las ór-
denes del joven intrépido que á su cabeza
estaba. Nuestro caudillo, hay que recono-
cerlo, no halló á su lado ni un Gassion, ni
un Sirot, y, muerto Fontaine , él solo no po-
día con el ejército, como al Rey le dijo, po-
niéndolo en boca de franceses. Pero lo peor
fué que tampoco hiciese él nada de lo
que debió realmente hacer por su lado.
Nuestros d e m á s Generales , Alburquerque,
í s e m b o u r g , D . A l v a r o su hermano, siguie-
ron el ejemplo de Meló, reduciéndose todos
al papel de capitanes, y aun de simples solda-
dos de caballería. ¿No m e r e c í a , en el ínterin,
la infantería; no m e r e c í a n , sobre todo, nues-
tros heroicos tercios que , una vez muerto
Fontaine, alguno de aquellos Generales los
hubiese dirigido y acompañado? ¿Qué ha-
bían de hacer, entregados á ellos solos, los
Maestres de Campo, sino permanecer donde
se les había puesto hasta caer impávidos al
frente d e s ú s tercios? Imposible, imposible
ciertamente es absolver, como General en
Jefe, á Meló de las graves culpas militares
que contra él resultan de todo lo expuesto.
No está tampoco justificada la conducta de
Beck desde el principio, aunque prestase
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 239
algiia servicio al fin en aquel día aciago.
Tomando las distancias 3^ las lloras en la
Historia de los Príncipes de Conde, del du-
que de Aumale, que de seguro lian de ser las
más exactas, porque no ceibe error en los
datos franceses que sobre ello ha tenido á
su disposición , púsose Beck en marcha á
treinta y seis kilómetros del campo de bata-
lla. Si esperó á que el día despuntase, quiere
esto decir que tomaría el camino casi en
los momentos mismos de empeñarse la ba-
talla . y marchando con precaución , por sí
sólo explicaría eso el retardo. Pero el du-
que de Aumale afirma, y también debe sa-
berlo con certeza, que marchó toda la noche,
aunque de mala gana y sin prisa, por quejas
de amor propio que del General en Jefe te-
nía, el cual le guardaba, no obstante, las
mayores consideraciones , por cuanto se vio
antes y después. Gran mancha sería en la
biografía de Beck que, dándose por exacta
esta indicación del duque de Aumale, aquí
apareciera como el Grouchy de la vulgar le-
yenda sobre Waterlóo. Si el disgusto de
Beck, el de los italianos de que Gualdo Prio -
rato habló, y el de la caballería de Bucquoy,
fuesen ciertos todos, y todos influyeron en el
éxito de la batalla, mucho habría que com-
padecer al pobre General en Jefe y á los es-
240 A . CÁNOVAS D E L C A S T I L L O .
pañoles , que con tales auxiliares contaban.
Mas, sea lo que quiera de esto último , es lo
cierto que desde Rocroy, sin duda, se vieron
aparecer las columnas de Beck por entre los
bosques situados al Norte de aquella plaza,
sobre las seis ó las siete de la mañana, según
queda dicho. Supongamos que fuera esta
hora última: desde Rocroy, en cuyas vecin-
dades estaba, según el testimonio del propio
Duque, no había hasta el campo de batalla
sino ocho kilómetros. Prueba esto que, con
efecto, gran número de los fugitivos de ca-
ballería debieron tropezar con su vanguar-
dia muy temprano, es decir, á aquella propia
hora en que llegó cerca de Rocroy, ó algo
después; y por poco que sus descubiertas
de caballería se adelantasen, pudieron á lo
menos oir el fuego de la artillería france-
sa, que disparó casi hasta el término de la
acción. Nadie cuenta que destacase Anghien
ningún cuerpo de tropas á contener á Beck;
prueba de que no le hizo falta. ¿ Cómo no
avanzó nuestro General más ? ¿ Cómo no em-
peñó su caballería siquiera en un fuerte re-
conocimiento sobre el campo de batalla? La
sola vista de algunas de sus tropas de lejos,
habría producido un efecto mágico, facilitan-
do á Meló, Isembourg y Alburquerque la
reorganización de buena parte de la caballe-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 24.I
ría vencida. Para mí, en suma, si Meló debió
replegarse á tiempo sobre Beck , éste pudo
y debió también haberse adelantado hacia
Meló. Las dos horas de resistencia de la in-
fantería sola, de ocho á diez de la mañana,
les dieron tiempo para todo. ¡ A h ! Digamos,
en conclusión, que allí no tuvimos Generales
nacionales ni extranjeros; que allí no cumplie-
ron con sus deberes, si no todos ellos como
soldados rasos, los Maestres de Campo de los
tercios en general, nativos de España ó no,
é inútil es repetirlo, los infantes españoles.
Componíase el ejército enemigo de fran-
ceses de las distintas provincias de aquella
Monarquía, suizos de infantería, escoceses
de la guardia á caballo y á pie, alemanes y
croatas como tropas ligeras. Contábanse en
el nuestro españoles, napolitanos, milane-
ses, alemanes, walones, flamencos, croatas
también. Pocas veces se habrá, pues invo-
v
cado á Dios en más distintas lenguas sobre
un campo de batalla. Así como el número
de los combatientes debió ser casi igual,
aunque algo menor probablemente, según ya
expuse, el de los españoles,bastante aproxi-
mado parece que fué asimismo el número de
heridos y muertos. Vincart, cierto secretario
de Meló, en una carta del Memorial históri-
co, y Meló mismo en su parte oficial al Rey,
- LXXI - 16
242 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
pretenden que el enemigo perdió más gente
sin designar número. Gualdo Priorato cal-
culó con mayor verosimilitud en cuatro mil
muertos los de nuestro ejército y en dos mil
quinientos los que dejaron los franceses. De
la infantería española dice el mismo que ca-
pitularon dos mil quinientos, quedando el
resto, hasta seis mil que iban, sobre el cam-
po. Pocos en este caso perecieron de las de-
más gentes; más bien se comprende que
tampoco fué mucho lo que pelearon. El duque
de Aumale hace subir los muertos de nues-
tro ejército á ocho mil, y á seis ó siete mil
los prisioneros, casi todos heridos, con vein-
ticuatro cañones y ciento setenta banderas,
fijando en sólo dos mil hombres la pérdida de
los franceses. Las noticias de Gualdo Prio-
rato continúan estando más vecinas de la
exactitud. Cuanto á las banderas, parecen á
primera vista demasiadas para el número de
tropas; pero hay que contar con que lleva-
ba la suya cada compañía. Todo esto impor-
ta ya poco, seguramente. Lo que no quiero
olvidar es que, según refiere Gualdo Priora-
to , el mayor Strozzi y algunos oficiales ita-
lianos se recogieron á los tercios españoles
y siguieron su fortuna, cosa que, como se
ha visto en la relación de la batalla, fueron
haciendo igualmente todos nuestros infantes
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 243
útiles, después de deshechos los cuerpos á
que pertenecían. De cualquier modo, los tres
m i l y quinientos muertos que , al decir de
Gualdo Priorato, cayeron en las solas filas
de nuestra infantería, bastarían para pro-
bar su tesón inaudito. Toda la artillería,
todo el bagaje, y hasta los papeles de la
cancillería del Gobernador de los Estados
de Flandes, pasaron como trofeos á manos
del vencedor. Si los prisioneros españoles
fueron, según la carta del secretario de
Meló, citada antes, unos dos mil entre todos,
obligaría esto á creer que aún quedaron re-
ducidos en el combate á menor número que
el historiador italiano afirma los bravos in-
fantes españoles. Los muertos los calculó,
por otro lado, cierta breve relación espa-
ñola , publicada en el Memorial histórico, en
cuatro ó cinco mil, como en cinco mil los
prisioneros de todas naciones. Entre tal di-
versidad de números, el lector decidirá. Hay
que confesar que, según ya expuse, un senti-
miento bien explicable hizo que los españo-
les disminuyesen por lo común las propor-
ciones de aquella derrota. Eso acontece
siempre en casos iguales. «Aunque la pérdi-
da de Rocroy ha dado grande estampido, ha
sido mucho menos de lo que se imaginaba»,
dice una de las ya repetidas relaciones espa-
A
244 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
ñolas. Otra añade: «La rota, en todo caso,
fué grande, pero no nunca vista ni represen-
tada». Súpose en España , y así lo escribió
Pellicer en sus Avisos, y púsolo cierto je-
suíta en una de las cartas del Memorial his-
tórico , que los infantes españoles habían
capitulado ; mas se dijo que bajo la cláu-
sula de que sanos y salvos se les traería por
acá para seguir sirviendo. Lo de la capi-
tulación, sin duda era cierto; mas se exage-
raban sus honrosas condiciones. Nada se
omitió, por último, de buena ó mala fe, para
desconocer ó disminuir la verdad, ocultando
el mal, como si con no reparar en él dejase
de existir. Pero la vista sagaz de nuestros
enemigos no se dejó deslumhrar por eso.
Pasó desde entonces como axioma entre
ellos, y por desgracia era verdad en el fon-
do , que había acabado en Rocroy la supe-
rioridad de nuestras armas, aunque no fuera
cierto que el noble espíritu de nuestra infan-
tería desapareciera á la par en Flandes.
Salváronse de la derrota hasta diez mil
hombres, que , con otros que no había lle-
vado allí Meló, cinco mil que Beck mandaba,
y otros tantos que con el conde de Fuensal-
daña quedaron á la guarda del Artois, entre
ellos el tercio íntegro de 'Alonso de Ávila,
formaban un ejército de igual número que el
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE I V . 245
vencido. Con él y las fuerzas que Cantelmo
había conservado hacia la frontera de Holan-
da hizo luego Meló una admirable campa-
ña defensiva contra los dos ejércitos, fran-
cés y holandés, que le embistieron: vencedor
y confiado el primero, fresco y sobrema-
nera esperanzado el segundo naturalmente.
Parece que Meló , como ha acontecido á
otros, y sobre todo al general Blake durante
nuestra guerra de la Independencia, mucho
mejor supo disponer campañas que dirigir
batallas sobre el campo. Todo el fruto de
la victoria de Rocroy se redujo , para los
enemigos coligados, á la toma de la plaza
de Thionville por aquel año. Lo que de allí
adelante quedó perdido fué el prestigio mi-
litar de Meló. No produjo este efecto su
derrota en la corte de España precisamente;
antes bien resulta de la sesión del Consejo
de Estado, en que se examinaron las ocho
cartas que sobre la batalla y sus consecuen-
cias escribió, que ni un instante dejó de tra-
társele por aquellos señores con gran con-
sideración, aunque censurasen algunos como
temeridad la invasión de Francia y el haber
expuesto, no obstante las razones alegadas,
intereses tan grandes á las contingencias
de una batalla campal. E l extremo valor de
que Meló había hecho alarde, su constan-
246 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cia, quizá la costumbre misma de recibir ma-
las noticias y experimentar sucesos infeli-
ces , sellaron sin duda muchos labios. Acaso
también el recuerdo de Honnecourt, todavía
reciente, predispuso en aquel gran fracaso á
la indulgencia. Ello es que en el Consejo ape-
nas se habló más que de confortarle en su
angustia y enviarle auxilios y [Link]
la opinión pública no es tan considerada en
casos tales como la de los hombres de go-
bierno. Á pesar de la hábil y activa campaña
posterior de Meló , de su firmeza en la des-
gracia, y de los escritos publicados para jus-
tificar su conducta, cayó en el mayor descré-
dito en los Estados de Flandes , murmuróse
asimismo de él mucho en Madrid, y hubo que
sacarle bien pronto de aquel Gobierno, vol-
viendo precedido á España de reclamacio-
nes graves contra su administración, y hasta
de rumores y vagas acusaciones de impure-
za en el manejo de los caudales públicos.
Siempre será verdad el Vete victis esse de
Breno, que nos conservó Tito Livio. Fortuna
logró todavía en no tener que demostrar su
lealtad al vulgo de las gentes, por la manera
que después de Villalar Juan de Padilla, es
decir, perdiendo su cabeza en público supli-
cio, sin lo cual el obispo Sandoval nos dice
que habría aquél quedado por traidor á los
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 247
oíos de muchos. No cabía temer injusticias
tamañas de un hombre de la rectitud y bon-
dad de Felipe IV. Y , ó no hubo de dar cré-
dito á las bajas acusaciones de que fué obje-
to , ó no debió de pensar, ni aun después de
Rocroy, que tuviese mejores hombres de
quienes echar mano. Porque ello es que toda-
vía estuvo encargado Meló del mando en
Cataluña y Aragón, y, aunque no le faltaron
por allí disgustos, tomó larga participación
después en las deliberaciones del Consejo
de Estado.
XV
Resume el duque de Aumale su relato de
Rocroy en términos tan claros, que los lec-
tores españoles tendrán sumo gusto en co-
nocerlos , porque dan idea exacta del con-
junto del suceso. Después de referir que las
dos contrapuestas líneas de batalla permane-
cieron separadas durante la noche por una
distancia de novecientos metros, por cierto
mucho mayor que la que deja Vincart enten-
der , y de consignar que la francesa ofrecía
mayor frente, escribe al pie de la letra lo que
se verá á continuación. Lícito ha de serme
añadir á su resumen algunos comentarios
aún, deducidos de los documentos españo-
248 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
les, para que fácilmente se echen de ver aho-
ra los puntos en que no hay posible acuerdo.
«Primermomento», dice el Duque. «Al des-
puntar el día, el ala derecha francesa, capita-
neada porGassion y dirigida por el duque de
Anghien, comienza el combate. Quince escua-
drones, formando dos escalones en línea de
columnas, apoyados por un batallón deinfan-
tería, derrotan á mil infantes escogidos y des-
hacen la caballería de Flandes, no poniendo
término á su victoriosa carrera sino después
de haber rebasado la posición que ocupaba
la infantería española.» Comenzaré aquí re-
cordando, que en esto de que al primer em-
puje quedase definitivamente arrollado A l -
burquerque, está en total contradicción el
Duque con [Link] además que advertir
la divergencia importante que existe sobre
el número de infantes escogidos que el insig-
ne historiador supone emboscados en nues-
tra ala izquierda. Vincart da decisivo va-
lor al hecho de que nos acometiesen los
franceses por aquel ala con caballería é in-
fantería interpolada; ¿qué sentido tendría eso
si por allí hubiésemos contado con un trozo
importante de infantería también? Con oca-
sión del combate sostenido porD. Jacinto de
Vera en la tarde anterior, para impedir el so-
corro de Rocroy, habló ya Vincart del abrigo
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 249
que en sus infantes había encontrado la ca-
ballería francesa , cosa que á la nuestra le
faltaba. A l tratar del encuentro de Albur-
querque con Anghien, vuelve á decir que
halló aquel ala éste desabrigada de infan-
tería. Sus palabras , sobre las consecuen-
cias inmediatas que eso produjo, tampoco
caben más expresas. L o que dio ventaja,
dice, á la caballería francesa fué, en pri-
mer lugar , « que los escuadrones venían
mezclados con los batallones de infante-
ría, y estando un escuadrón de caballería
roto, se retiró tras del batallón de infantería
que estaba á su lado, y allí se rehizo y vol-
vió á pelear». Nada absolutamente habla en
cambio de la derrota previa de los supues-
tos mil infantes. Todo lo que este texto con-
siente admitir en pro de la versión del du-
que de Aumale, y está ya admitido, es que
algunos mosqueteros y arcabuceros queda-
sen la víspera apostados en el bosque vecino
de nuestra izquierda, para que no la molesta-
sen desde él los enemigos de noche ; y éstos
serían los que á la primera luz del alba sor-
prendieron los franceses. Pero ni llegarían á
mil con mucho, cuando tan fácilmente fueron
sorprendidos y aniquilados, ni pertenecerían
á los tercios españoles, únicos infantes que
se podían llamar allí escogidos. Recuérdese,
2 CQ A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
si no, cual se indicó antes ya, lo que obraron
los doscientos arcabuceros de Escobar en
la noche que precedió á Nordlingen. Cuando
las dos caballerías se encontraron, la nuestra
estaba por tanto sola, lo propio en la izquier-
da que en la derecha.
«El ala izquierda francesa», prosigue el
duque de Aumale, «tomó también la ofensi-
va ; pero, por un movimiento falso y el pre-
maturo empleo del galope, los escuadrones
de primera línea prestan elflancoá la caba-
llería de Alsacia y son puestos en derrota,
arrastrando en su fuga á la segunda línea.
LaFerté queda prisionero, L'Hópital herido,
los franceses pierden su artillería , y su in-
fantería , atacada en varios puntos y caño-
neada por la enemiga, se repliega, aproxi-
mándose á la reserva que mandaba Sirot,
mientras la caballería vencedora sigue la
persecución en una dirección excéntrica».
Prosiguiendo los comentarios, conviéneme
recordar ahora que aquí fué donde venció
Meló en persona, secundado después por
Isembourg, según aparece en nuestros textos.
No hay, por lo demás , que advertir sino que
el duque de Aumale señala en aquel momento
una marcha por escalones de nuestra infan-
tería del centro sobre su derecha, para apo-
yar la victoria de la caballería de aquel lado;
ESTUDIOS D E L R E I N A D O DE FELIPE IV. 2\ I
marcha que, si vivía aún Fontaine, debió él
ordenar, pero que no hallo fundamento algu-
no en los textos españoles para dar por cier-
[Link] de eso, cuenta Vincart «que la caba-
llería se desalentó echando de ver que la in-
fantería de S. M . no se adelantaba». Muy
poco después repite, «que la infantería no se
había adelantado por no estar allí Fontaine
para mandarla avanzar». Todo esto suena á
decisivo en la cuestión. Lo exacto por com-
pleto es que hacia las seis de la mañana el
ala derecha nuestra ocupaba, como el duque
de Aumale expone , posición casi idéntica á
la del ala derecha francesa, una vez derrota-
das las respectivas izquierdas.
«Segundo momento. Después de recoger
sus escuadrones», continúa el Duque, «hace
un cambio de frente Anghien; carga inopi-
nadamente á la infantería alemana y walona,
y la pone en completo desorden, pasando por
detrás de la primera línea (que era donde es-
taban los tercios españoles), al otro extremo
del campo de batalla. Sirot había hecho avan-
zar, en el ínterin , la reserva, y decidiendo
á algunos batallones del centro francés á
que hiciesen cara , procura , pero en vano,
mantener la línea de combate, de suerte que,
al aparecer allí Anghien, nuevamente estaba
en retirada su centro». L o que refiere , por
252 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
su lado, Vincart, es que, al revolverse so-
bre nuestro centro los franceses mandados
por Anghien, comenzaron por embestir á los
cinco batallones españoles de la vanguardia,
ó sea la cabeza de la primera línea, siendo
rechazado, y quedando los dichos batallones
firmes como muralla; que viéndolos tan fir-
mes y que daban tan furiosas cargas (lo
que hoy llamamos descargas), dejándoles á
la mano izquierda, se echaron sobre la in-
fantería walona y alemana, embistiéndolas
por su flanco, descubierto de caballería, con
caballería é infantería juntamente. Prosigue
contando el Duque, que «la infantería espa-
ñola, al ver su segunda y tercera línea des-
hechas, ó sea la infantería walonay alemana,
suspendió su movimiento ofensivo». No apa-
rece tal hecho en nuestros textos , sino que
aquellos batallones estuvieron siempre inmó-
viles ; mas bien pudo acontecer que hacia el
frente se desplegaran algunas mangas de ar-
cabuceros, cosa siempre acostumbrada, y que
tomasen esto los franceses por un verdadero
movimiento ofensivo. L a aparición de An-
ghien sobre su centro en retirada, no debió
ser de todos modos infructuosa, y el ala dere-
cha nuestra, que mandaba Isembourg, perde-
ría en aquel punto mismo sus ventajas. Pero
una vez logrado esto por el General enemigo,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 253
V dejando probablemente allí á su segundo,
Gassion, volvió sobre nuestro centro, atacan-
do de nuevo á los italianos que estaban con
los españoles en primera línea. Entonces , al
abrigo del inflexible tercio de Velandia, que
los sostenía, por lo que el Duque mismo expo-
ne, acabaron por retirarse desordenados los
italianos. Retiráronse, á la verdad, estos del
campo de batalla en aquel instante, pero en
orden y sin ser rotos del todo por la caballe-
ría francesa, al decir de Gualdo Priorato, que
pudiera andar en este caso más en lo cierto.
Y fué, á no dudar, en el ínterin cuando acon-
teció que , atacada á un tiempo la caballería
de Isembourg por la reserva de todas ar^
masdeSirot,por los escuadrones deLa-Fer-
té, que, á causa de la importuna desbandada
de los nuestros triunfantes, fácilmente logra-
ron reorganizarse á poca distancia, y por
una parte de la gente de Gassion, que allí
dejara Anghien , quedó deshecha. Aquella
caballería hubo de desmoralizarse, además,
por el ejemplo de los escuadrones de Albur-
querque, ya dispersos por aquí y por allá, y
por verse también del todo abandonada de
su infantería. En este segundo momento de la
batalla, ninguna divergencia hay esencial,
sino laque nace déla inmediata aserción del
Duque, más bien correspondiente al tercer
A
254 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
período, de que á la cabeza de los tercios es-
pañoles, cuando se encontraron en el campo
á solas, quedó el conde de Fontaine. Acer-
ca de este punto ha sido altamente honrado
el autor de este estudio con observaciones de
aquel ilustre Príncipe, que, con sentimiento
suyo, no han podido convencerle, por la evi-
dencia con que de los documentos españoles
resulta que no vivíaFontaine desde bastante
antes que comenzase lo que el historiador
de los Condes llama tercer momento ó perío-
do de la batalla.
E l instante, á poco más ó menos, en que
murió realmente, ya ha sido aquí fijado.
Luego, dijo Meló al referir la batalla, por lo
cual se quedó su centro sin dirección; y en es-
pañol, no sólo significa luego después, ó tras
de otra cosa, sino también pronto,inmediata-
mente. Por otro lado, en mi obra intitulada
El Solitario y su tiempo, hice reflexiones
que reputo incontrovertibles, fundadas en
el relato, que más que en ninguno me pa-
rece digno de crédito, de D. Francisco Dá-
vila Orejón '. L o que este testigo cuenta, y
perdóneseme repetirlo, es: «que después de
haber defendido sus propios tercios más de
' Su obra está varias veces citada ya : Política y Mecánica
Militar para Sargento Mayor de Tercio, por el Maestre de Cam-
po, etc.: Bruselas, 1684, y Madrid, 1669.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 255
lo que parecía posible los Maestres de
Campo conde de Garcíes y D. Jorge de
Castelví, que lo era suyo, con otros muchos
oficiales y soldados (entre ellos el narra-
dor), llegaron «descompuestos á compo-
nerse en aquel peñasco de fortaleza » que
todavía formaba el tercio del duque de A l -
burquerque, que á la sazón gobernaba su
sargento mayor Juan Pérez de Peralta. Pre-
guntando el duque de Anghien quién manda-
ba allí para intimar la rendición, «respondió-
sele que eran Garcíes , Castelví y Peralta».
Ni nombra Dávila en aquel lugar donde él
estuvo á Fontaine. De aquí que preguntase
yo en El Solitario y su tiempo: ¿Dónde
se hallaba el dicho General á aquella hora
postrera? Pues de no figurarentre los fugiti-
vos, que ni siquiera se lo permitían su mal
estado de salud y la forma en que iba , por
fuerza estaba muerto , sin haber por qué ne-
gar que lo fuese á la primera carga que su-
frió la infantería, como dijo Vincart. L o cual
no amengua su honor seguramente, pero del
todo desvanece la leyenda, sin que baste á
restablecerla ningún historiador, por justa
estimación que merezca su parecer. L a sos-
pecha deque Vincart quisiera robar á Fon-
taine semejante gloria, por ser extranjero,
parece muy extraña á los ojos de los que, co-
256 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
nociendo bien los libros y documentos espa-
ñoles déla época, saben que éstos jamás dis-
tinguen , ni muestran la menor preferencia,
entre los que servían al Monarca común,
fuese cual fuese la parte del mundo en que
nacieran. Pero, ¿yDávila Orejón? ¿Había
también éste de omitirle, cometiendo una
verdadera mentira en su libro, siendo así que
debían vivir tantísimos testigos todavía, y
cuando Fontaine, que era Maestre de Campo
General, gozaba de mucha mayor categoría
que los tres Jefes que en realidad quedaron
allí durante el postrer período, Garcíes, Cas-
telví y Peralta? ¿Cómo no empezó por decir
que al frente de aquella masa de infantería
estaba Fontaine, conforme á su deber, y que,
mandándola, cayó muerto? Nada tengo que
añadir, pues, á lo que acerca de este punto
especial expuse entonces, sino que el propio
D. Alfredo Weil, tan encariñado con Fon-
taine y tan propuesto á demostrar la tesis
del duque de Aumale, vino á darme la ra-
zón al fin en la preciosa biografía , después
de su fallecimiento dada á luz con el título
de Le Comte de Fontaine '. Éste, no hay
duda, cayó muerto de su silla, antes , y bas-
tante antes, del dicho tercer momento de la
batalla.
1
Está ya citada por completo anteriormente dicha obra.
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 2^7
/Pero murió en la íorma y en el preciso
instante que, á poco más ó menos, queda in-
dicado? Los textos nacionales no permiten
marcar con exactitud suficiente sino aquel en
que no vivía ya de cierto, es decir, á las
ocho déla mañana, que fué cuando, derro-
tado todo nuestro ejército, menos los ter-
cios españoles , hubo , como el duque de
Aumale refiere, una especie de tregua, por
los franceses empleada en reorganizar sus
diversos cuerpos y disponer el combate
final. Peleábase desde las tres de la maña-
na, según cuentan los propios franceses;
por manera que duraba ya la batalla enton-
ces cinco horas; pero la mayor parte de este
espacio de tiempo se había gastado en los
accidentados encuentros de la caballería de
ambas partes. Por el cómputo del Duque, el
primer período de la batalla, ó sea aquel en
que cada uno de ambos ejércitos tenía un ala
vencedora y otra vencida, duró hasta las
seis de la mañana. Si después de esto algu-
nas mangas de arcabucería española aban-
donaron los costados de los tercios, y avan-
zaron sobre la derecha y el centro francés,
admitiendo así la versión del duque de
Aumale, nadie pudo disponer tal cosa sino
Fontaine. Pero á aquel despliegue, si lo
hubo, que hoy se llamaría de guerrillas, no
- LXXI - Iy
258 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
había de asistir el Maestre de Campo Ge-
neral, que, además de este alto oficio, tenía
á su cargo el mando especial del centro de
nuestro ejército. E l período, pues, en que
se encontró por vez primera Fontaine cara
á cara con el enemigo, no pudo ser otro que
aquel en que, al llegar, cargó Anghien, sin
éxito, á los tercios españoles de vanguardia,
y poco después, por el flanco y la espalda,
á nuestra infantería alemana y walona. Ha-
cia entonces debió caer Fontaine forzosa-
mente, ó bien, como Vincart parece decir, al
cargar á los españoles Anghien, ó bien del
modo que cuenta, refiriéndola de Rocroy,
el autor de Les bátanles mem-orables des
f raneáis ', que, por lo que aparece de todos
sus relatos, bebió en buenas fuentes. «Fué»,
dice, «muerto el conde de Fontaine de un pis-
toletazo en la silla en que le conducían á cau-
sa de la gota, después que quedaron deshe-
chos los batallones que tenía alrededor.» En
este caso no debió morir delante ni dentro de
los tercios españoles, que ya se sabe que se
mantenían á la sazón como murallas, sino
en medio ó cerca de los walones y alema-
nes derrotados. Mas como Meló dijo, rela-
tando su fin, que andaba por el campo en
una silla, me he inclinado yo á la opinión
1
Obra citada ya, tomo n : Amsterdam, 1696, pág. 172-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 259
de que hallaría la muerte entre nuestra infan-
tería y la caballería enemiga, durante cual-
quiera de aquellas dos cargas, y yendo de
una parte para otra. Ninguna dificultad ten-
dría, sin embargo, en aceptar esta última
versión, es decir, la de que murió en medio
de los destrozados batallones alemanes y
walones. Fontaine pudo muy naturalmente
acudir allí viéndolos flaquear á la primera
embestida, y aun contribuir con su pronta
muerte á la fácil derrota de las dos líneas
que ocupaban. Aquel es el momento desde el
cual reconoce el duque de Aumale que no se
movió ya más nuestra infantería nacional:
y era natural, no tan sólo por la razón que él
apunta, sino porque nadie le mandó otra cosa.
Soldados tales no habían de ponerse en reti-
rada sin que se les ordenase, como, sea por lo
que quiera, hicieron los italianos. Permane-
cieron, pues, en el propio terreno que Fontai-
ne les trazó la víspera , sin que Meló, que es
lo extraño y hasta lo inconcebible, habiendo
andado tanto por allí cerca, que hasta se re-
fugió en sus filas á veces, les ordenase in-
tentar la retirada.
En la narración que el duque de Aumale
hace del tercer período de la batalla, toda-
vía hay un punto, y de interés sumo, donde,
de igual modo que los demás historiadores
2ÓO A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
franceses, se halla en contradicción absolu-
ta con lo que, como testigo , cuenta Dávila
Orejón. Tres veces, dice el Duque, que fué
rechazado el ejército de Anghien por las pi-
cas del último escuadrón ó cuadro, y el fuego
nutrido de su arcabucería y mosquetería,
pretendiendo también que de sus cañones
sobre lo cual tengo ya observaciones hechas.
Pero sea lo que quiera de esto, continúa
contando que á la cuarta carga los españo-
les , « abordados por tres lados á un tiempo,
rendidos de cansancio y sin municiones,
fueron rotos». En este punto supone que los
vencedores, y sobre todo los suizos, comen-
zaron á hacer horrorosa carnicería en los
infantes rendidos, que Anghien contuvo ge-
nerosamente. Dávila Orejón era, cuando dio
á la estampa su libro, Capitán General de
Cuba; compúsolo para enseñar el arte mili-
tar, y salió á luz á tiempo que lo pudieran
todavía leer muchísimos de los que á la ba-
talla sobrevivieron. No es posible, por todo
eso junto, que tan descaradamente mintiese,
como mentiría, siendo cierto lo que por tal
admite el duque de Aumale. E l resumen del
hecho, que al margen de la hoja en que trata
del asunto pone Dávila, dice así: «Un escua-
drón de españoles capituló con un ejército
vencedor en campaña rasa». Y en el texto se
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 26l
ha visto ya que se expresa del modo siguien-
te : «En suma: la cosa se redujo á capitular
como plaza fuerte , y lo que se les pidió, que
no podía ser más, fué que, cediendo las ar-
mas , se les conservasen las vidas y todo lo
que tuviesen encima ; y así lo concedieron,
y capitularon y cumplieron los franceses,
de quienes no pondero los muchos agasajos
y favores que á todos hicieron después de
rendidos». Ni una palabra de carnicería, ni
por supuesto de rompimiento del escuadrón
en que él peleaba. Para mí, lo que Davila
cuenta, y hasta tres veces más repite en su
libro con encomio, es bastante más honroso
para los vencedores que haber roto un ejér-
cito entero de todas armas á aquel solo cua-
dro español. Aunque, por no dar á entender
que quedó por rematar la victoria, callaran
esto los contemporáneos franceses, el hecho,
asimismo referido por Gualdo Priorato , es
á mis ojos incontestable. Dávila Orejón lo
atribuye, y agradece en último término, á la
generosidad del vencedor Anghien; mas pu-
do igualmente ser cálculo, conforme indiqué
en su lugar. Porque eran ya á todo esto las
diez de la mañana, admitiendo el cómputo
de tiempo de los franceses; y haciendo tres
horas ó más que Beck se encontraba á la vis-
ta de Rocroy , ó sea á poco más de ocho ki-
2 62 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
lómetros del campo de batalla, ¿no podía te-
merse , con razón, que Meló y Alburquerque
reorganizasen aún bastante caballería para
que, unidos con Beck y con la infantería que
quedaba firme, pudieran todavía dejarle ven-
cedor á medias ? Por eso no quiso Anghien
que la persecución misma de los fugitivos
se siguiera con empeño, y de aquella jus-
ta cautela del precoz gran General para no
comprometer su triunfo , es de la que no se
supieron precisamente aprovechar, con pres-
teza y audacia, los caudillos españoles para
salvar á nuestros tercios infelices de su pos-
trer sacrificio.
XVI
En la narración extensa de la batalla que
precede al resumen que acabo de analizar,
cuenta el duque de Aumale, cual otros ha-
bían contado ya, que antes de intimarles la
rendición, Anghien hizo «demoler á cañona-
zos uno de los ángulos de laforteresse vi-
vante», ó sea de la muralla de hombres que
nuestros piqueros trazaban. ¿Pero en qué
forma estuvo fabricada aquella muralla?, ó,
lo que es lo mismo, ¿ de qué suerte estuvie-
ron escuadronados nuestros tercios hacia el
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 263
término de la batalla? Cuestión es esta en que
se ofrecen dudas de solución ardua , porqvie
no tenemos más testigo de vista que Dávila
Orejón, aunque sea el más abonado que
cabe, como maestro teórico y práctico del
arte de escuadronar, y ese parece en con-
tradicción total consigo mismo. Hablando
del último escuadrón que todas las reliquias
de los tercios formaron sobre el núcleo del
de Mercader, que Peralta mandaba, dijo,
conforme se recordará, que se formó con
cuatro frentes de picas, mosqueteros y ar-
cabuceros. Está esto de acuerdo con el dic-
tamen para casos tales del ingeniero Don
Andrés Dávila y Heredia, el cual, en su Tra-
l
tado de formar escuadrones , impreso bas-
tante tiempo después que el de Dávila Ore-
jón, expuso que, «teniendo el enemigo golpe
de caballería para poder acometer, care-
ciéndose de ella, sería necesario usar del
escuadrón cuadrado de terreno ó de gente,
suponiendo que lo permitiese el sitio, por-
que , siendo acometido el escuadrón por
todas cuatro partes, hallase igual resisten-
1
Descripción de las placas de la Picardía que confinan con
los Estados de Flandes , etc., por D. Andrés Dávila y Heredia,
señor de la Garena, Capitán de cavallos y Ingeniero Militar por
Su Magestad.—Madrid , 1672.—Va unido á esta obra el Trata-
do deformar escuadrones que en particular se cita en el texto.
264 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cía». Pero, á decir verdad, no se necesitan
autoridades para probar que en ocasiones
como la de Rocroy era indispensable que la
infantería formase escuadrones cuadrados
de terreno ó de gente : la mera razón natural
dice que aquel orden de combate era indis-
pensable. ¿Cómo es , sin embargo, que, tra-
tando luego especialmente del arte de escua-
dronar, Dávila Orejón afirme que en treinta
y dos años que á S. M . servía, es decir, des-
de 1635, hecho el cómputo por la fecha de la
censura del libro, «en ninguno de sus'ejér-
citos había visto mandar formar ninguno de
estos escuadrones (refiriéndose á los llama-
dos cuadrado de gente,y de doblefrente que
fondo), sino sólo los ordinarios, sin raíz
cuadrada, con el fondo desde nueve á cinco
hombres?». Doy por sentado que uno ú otro
de estos números tendrían de fondo los escua-
drones ó batallones cuando organizó Fon-
taine la línea de batalla, porque aquél tenía
que ser, por su importancia, uno de los ejem-
plos con que Dávila contase. Según enseña él
mismo, «en el estado en que estaba la guerra,
los escuadrones no los formaba el Sargento
Mayor en cada tercio como le parecía, sino
como se lo mandaban sus Generales». Así se
explica que diera de por sí gran frente Fon-
taine á nuestra línea de batalla, como Vincart
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 265
expuso; orden el más conveniente en día de
combate para la infantería española, al decir
deDávila y Heredia'. Mas es imposible saber,
y no muy interesante además, si aquella for-
mación primera fué de cinco ó de nueve hom-
bres de fondo. Cualquiera de tales números
pudo escoger Fontaine, sin contradecir, en
este punto, cual se ha visto, las reglas de los
maestros del arte. Lo que importa observar
es que, ni con uno ni con otro número, los
flancos ó extremos de los tercios en línea
podían constituir dos de los cuatro fren-
tes que dice Dávila tratando del último pe-
ríodo de Rocroy. ¿Habría tenido tampoco el
escuadrón formado de tal suerte ángulos que
á cañonazos fuera forzoso demoler, ni en
tan flaca disposición pudiera resistir cuatro
ataques de las tropas francesas de todas ar-
mas , y sobre todo de la numerosa y triun-
fante caballería, que una y otra vez lo cargó
en vano? Esto es imposible seguramente.
Dada, pues, la formal oposición de los dos
textos de Dávila, no cabe otro concierto que
suponer que en todos sus treinta y dos años,
nunca había visto pelear sola á la infantería
contra la caballería sino en el caso extremo
de Rocroy, y que lo que quiso enseñar fué
que en el primer orden de batalla se pres-
1
La misma obra.
266 A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
cindiese de los macizos escuadrones cua-
drados de terreno ó de gente, y aun de los
de doblefrente que fondo. Hay que advertir
que, siendo la regla que entre hombre y
hombre hubiera en el frente una distancia
de tres pies y en el fondo siete, todo escua-
drón podía llamarse prolongado,por lo cual
debe acertar el duque de Aumale al suponer
quenuestros infantes formaban unrectangle
allongé, aunque fuese el escuadrón de los
dichos cuadrados de gente. Por igual moti-
vo los escuadrones llamados en orden de ba-
talla, de doble frente que fondo, tenían que
llevar mucho más de doble fondo que fren-
te en orden de marcha, pasándose de uno á
otro sin alterar la colocación de las hileras,
ya sobre la vanguardia, ya sobre la reta-
guardia, por lo cual se reputaban ambos
puestos de igual preferencia. Así se ve que
en el primero de los planos de la obra de Le-
fio Brancaccio, impresa en 1610, los escua-
drones de infantería, con estar en batalla el
ejército, conservan la formación prolonga-
da, suponiéndoseles dispuestos á marchar
sobre el enemigo, ó convertirse para reci-
birlo en escuadrones de doble frente que
fondo. Y aunque figurasen los de Rocroy en
el orden de batalla entre los que Dávila ti-
tula ordinarios, lo menos que para defender-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 267
se con buen éxito de tanta caballería pu-
dieron hacer luego, fué constituirse en el
orden que intitula Cristóbal Lechuga escua-
drón de trozos con su plasa vacía, pareci-
dísimo á los cuadros de la moderna táctica.
Así debió de ser para que pudieran recoger-
se al escuadrón Alburquerque y Meló. Tales
son, ensarna, mis conjeturas respecto á la
singular contradicción aparente en que incu-
rrió, como queda demostrado, Dávila Ore-
jón, y al modo y forma con que los infantes
españoles resistieron.
Por lo demás, define el duque de Aumale
en general muy bien las condiciones tácticas
de nuestra infantería, con sus ventajas y
sus defectos. «Vigorosa en el ataque, dice,
diestra en sacar partido del fuego , con apti-
tud, sobre todo, para el campo de batalla, ca-
recía de movilidad y de flexibilidad, y exa-
geraba las formas compactas.» Después de
haber examinado, á más de los ya referidos^
!
los libros de Bernardino de Escalante , Mar-
2
tín de Eguíluz y Cristóbal Lechuga *, y vis-
to asimismo el Arte de escuadronar inédito
de mi buen tío D. Serafín Estébanez Calde-
1
Diálogos del Arte Militar : Bruselas, 1595.
2
Milicia : Discurso y Regla Militar : Amberes, 1595.
i Discurso en que se trata del Maestre de Campo General:
Milán, 160;.
268 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
ron, que en alguna de sus conclusiones pa-
recía favorable á las formaciones compac-
tas , pienso que , para censurarlas por su
frecuencia ó su exceso, le asiste al historia-
dor francés razón. Sin duda que para con-
quistar á Berbería sin caballería ninguna,
como presuponía Martín de Eguíluz, mar-
chando por tierra llana ante gran número de
caballos enemigos, el cviadro de gente con
2
depósito de picas secas ' y arcabuceros , ó
Qlfortísimo perfecto de terreno, debían ser
útiles y aun indispensables, como enseñó
aquel práctico autor. Mas este supuesto caso
era por su naturaleza excepcional, como des-
pués ha sido el formar cuadros de infante-
ría con las nuevas armas. Por respeto, sin
duda, á las violentas agresiones de la caba-
llería, descuidó en tanto seguir nuestra infan-
tería, tocante á táctica , los progresos de las
armas de fuego, parándose demasiado tiem-
po en los principios del gran duque de Alba,
á quien se atribuye la máxima de que un buen
escuadrón de picas no podía ser roto por
gente de á caballo. Dávila Orejón opina-
ba esto mismo, á poco más ó menos, fun-
1
Picas secas se llamaban los infantes sin coseletes, por ma-
yor ligereza. Estos escuadrones eran de los de pla^a vacía.
2
Del peligro de entrar y salir los arcabuceros trató acerta-
damente Francesco Patrizi: Paralleli Militan: Roma, 1594-
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 269
dándose precisamente en el ejemplo de Ro-
croy, donde la caballería francesa por sí
sola nunca hubiera roto nuestros escuadro-
nes, y para que el último capitulase hubo que
emplear contra él todo un ejército. Pero en
el conjunto de las batallas, y los casos or-
dinarios de ellas , debía, ante todo, contar-
se con la oportuna combinación de las tres
armas juntas. No tratándose sólo de combates
de caballería, sino de verdaderas batallas,
la infantería sueca y la francesa llegaron por
tal razón á estar en progreso sobre la nues-
tra, extendiendo antes los frentes, movilizan-
do las unidades, disminuyendo por extremo
sus hileras, y guardando entre ellas mayo-
res claros. Todo esto les daba una flexibili-
dad que tan á nuestra costa experimentamos
por el rapidísimo y constante apoyo que la
infantería francesa dio en Rocroy á la caba-
llería de sus alas. Tal vez nuestros Maestres
de Campo y Capitanes Generales se resistie-
ron cuanto pudieron á alejarse mucho del
orden cerrado en principio, por ser aquel en
que los tercios habían peleado con tan buen
éxito por largo tiempo. Ello es que todavía
recomendó Dávila Orejón en su obra, impre-
sa en 1669, álos Sargentos Mayores que tra-
tasen de aprender bien el arte de escuadro-
nar, en Lechuga, Gallo, Moya, Navarro, Be-
27O A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
del [Link] demás tratadistas que, por el influjo
general delRenacimiento, preferían á todo la
imitación de la falange griega, sin fijarse en
la ventaja que por aquellos propios tiempos
le llevó al fin la flexible infantería romana.
Años después Dávila y Heredia puso aún
grande esmero en enseñar el arte de consti-
tuir escuadrones muy espesos. Mas nada de
esto impidió que, antes de mediar el si-
glo xvn, la táctica ordinaria de los tercios
estuviese en la práctica modificada, pues por
algo dijo Dávila Orejón, como se ha visto,
que en los treinta y dos años que servía al
Rey, nunca había visto formar escuadrones
cuadrados, ni con doble frente que fondo.
Comenzaba á caer ya, por tanto, en tierra
la teoría perfecta del escuadrón que resumió
D. Serafín Estébanez en los siguientes cu-
riosos términos :
«Trayendo abreve cuadro», decía al termi-
nar su tratado especial sobre la materia, «la
doctrina que con extensión razonable, por su
importancia, hemos dado del arte de escua-
dronar, diremos que los escuadrones se for-
maban por arte menor, y por arte mayor ó"
raíz cuadrada, por logaritmos, por regla de
tres, por la pantómetra ó compás de propor-
ción, y finalmente, sin suposición de núme-
ros. Añadiremos que los escuadrones eran,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 271
en razón de su figura, de todas estas clases:
cuadros de gente, cuadros de terreno, doble-
tes, de gran frente, cuneos y otros triangula-
res en forma sérrea, rombos, de trozos en
varias formas, entre ellas la de cruz ; flan-
queados, pentagonales, octogonales, semilu-
nares, circulares, ovados y en forma de coro-
na ó globo macedónico. No se añade á este
número el llamado de naciones, porque tal
escuadrón podía hacerse de muchas de las
formas antes dichas, ni el condenado por te-
rr<?wo,porque éste debía ajustarse en su traza
á la del lugar donde fuese forzoso plantearle,
no teniendo, por lo tanto, una figura determi-
nada , como atrás queda apuntado. Á propó-
sito de tanta variedad de escuadrones, es del
caso advertir que los más de ellos habían ya
caldo en desuso á mediados del siglo XVII,
época en que prevaleció la doctrina de que
el frente de la or denansa debía superar en
mucho al fondo. Por lo mismo , introdújose
un escuadrón de nueva traza, que venía á
reemplazar casi todos los conocidos antes, y
que por esto recibió elnombre de moderno. En
este escuadrón, según lo enseña un tratadis-
ta de aquella época, Domingo de Moradell ',
1
Compendio de los Preludios del Arte militar, escritos en len-
gua catalana y traducidos en castellano por Jacinto Ayom :
Barcelona , 1674.
2^2 A. CÁNOVAS DEL CASTILLO.
por crecido que fuese el número de gente
de que se formaba, nunca debían darse más
de veinte hileras de fondo, y aún se juz^
gaba ser bastantes quince, de manera que el
frente resultaba casi siempre de extremada
longitud. Últimamente, este escuadrón mo-
derno se redujo á cinco y aun á tres de fon-
do, desapareciendo de esta manera la gran
fortaleza de los antiguos escuadrones.»
Como se ve, la grande autoridad de Don
Serafín Estébanez confirma cuanto en este
asunto acabo de exponer, demostrando que,
hacia el tiempo de la batalla de Rocroy, si
nuestra infantería no había adquirido aún
tanta movilidad y flexibilidad como otras,
iba de continuo modificando su táctica en la
materia, no sujetándose ya estrictamente, ni
mucho menos, al arte antiguo de escuadro-
nar. Y razón era que se prescindiese bastan-
te de un arte, que hasta podría hoy prestarse
al ridículo, porque, en verdad, parece más
llevado á algunos de sus términos por lucir
el ingenio los tratadistas , que confinesreal-
mente prácticos. Lo que hacia la época de
que tratamos debía de eso quedar, era , en
suma, cierto abuso del orden cerrado en
general. Pero, con todo lo dicho, es bien
probable que, precisamente lo poco espeso
de la formación de los walones y alemanes,
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 273
y el no estar organizado en escuadrones cua-
drados, ó de doble frente, facilitase su pronta
derrota por la caballería de Anghien; que el
arte militar es muy complexo, y suele toda
doctrina exclusiva perjudicar en la práctica.
Con efecto: la formación de nueve á cinco en
fondo, única que había visto Dávila Orejón
usar, y que , por consiguiente, debió usarse
en la primera formación de Rocroy, confor-
me he supuesto, no era suficiente para que
ni de lejos se cumpliera la máxima del duque
de Alba sobre la absoluta superioridad de los
escuadrones de picas sobre la caballería.
Si por carecer los tercios de naciones de la
destresa que Dávila señaló tanto como el
valor en sus paisanos de Rocroy, no se su-
pieron escuadronar á tiempo con doble fren-
te que fondo siquiera, explícase su derrota
facilísimamente. Más tarde vio el propio Dá-
vila Orejón que en la batalla de Lens un es-
cuadrón de infantería , exclusivamente ar-
mado de bocas de fuego, quedó asimismo
deshecho en un instante, á causa de faltarle
picas, por la caballería francesa. Lo cual
quiere decir que ni las picas ni las armas de
fuego eranbastantes,yque sólo andaban bien
armados los tercios que, como los españoles
é italianos, las traían mezcladas con arte. Por
lo que aparece de los ejemplos que Dávila
- LXXI - 18
A
274 - CÁNOVAS DEL CASTILLO.
Orejón pone en su libro, hacia los días de
la batalla de Rocroy y los inmediatamente
posteriores, para veintiuna hileras de picas,
llevaban dichos tercios catorce de mosque-
tes, arma, como se sabe, apoyada en horqui-
llas y de más calibre y peso, con otras cator-
ce de arcabuces . más ligeros, ó sea veinti-
ocho bocas de fuego, en todo. Mas hubo, de
todas suertes, un período de transición difícil
durante el sucesivo progreso del número y la
calidad de las armas de fuego, hasta que se
inventó la bayoneta; quedando vivo en el en-
tretanto el principio de que para defenderse
de la caballería, bien á pie firme como en Ro-
croy, bien en retirada como en Ravena, las
picas eran el fundamento de los escuadrones
de infantes.
Volviendo á Fontaine ahora, fuese cual-
quiera el fondo con que mandase escuadronar
los tercios , la acumulación de la infantería
en el centro, constituyendo una especie de
masa inmóvil, no puede menos de reputar-
se , como Gualdo Priorato la reputó, una
falta enorme. No la cometió menor, como se
ha visto , en la organización del socorro ó
reserva. Y en resolución, de la leyenda an-
tigua nada queda en pie: ni estuvo, en suma,
en el cuadro heroico de Rocroy, ni tomó ape-
nas parte en la batalla , limitándose á dar la
ESTUDIOS DEL REINADO DE FELIPE IV. 275
peor disposición posible á las tropas, por su
oficio de Maestre de Campo General, alma
délos ejércitos, como le titulan los tratadistas
españoles de aquellos siglos. Larguísimo
tiempo ha que en la Historia de la Deca-
dencia de España, obra histórica de mi ju-
ventud, procuré deshacer la inexplicable
equivocación de los muchos historiadores
franceses y españoles que habían convertido
en uno á este Fontaine y al gran conde de
Fuentes de Valdeopero, D. Pedro Enríquez de
Acebedo, muerto en 1610, y nádamenos que
en edad de ochenta y cinco años. Pero el ape-
llido Fontaine había, sido tan alterado por los
distintos historiadores de su época, y habla-
ban éstos mismos con tan poca conformidad
del sitio de su nacimiento , que no parecía
fácil averiguar ni su patria ni su nombre con
certeza. Pellicer en sus Avisos, y Aedo en su
Viaje del Infante-Cardenal D. Fernando
de Austria, le llamaron unas veces conde de
Fontané y otras de Fontana : Baños de Ve-
lasco, Fontané; Vincart le apellidó también
Fontana; Gualdo Priorato, Fontanés y Fon-
tenes , y por lo común los franceses, conde
de Fontaines, alterando en solo una letra su
apellido verdadero. Hacíanse por entonces
estas alteraciones en todo linaje de nombres
propios, con elfinde apropiarlos cada Nación
276 A . CÁNOVAS DEL CASTILLO.
á su lengua, no sin grave confusión de
lugares geográficos y apellidos ; y los que
se aproximaron más á la verdad de todos
fueron los franceses, aunque añadiendo al de
que se trata una s, para que pareciera tra-
ducción de Fuentes en castellano. Quizá de
esta