Hiperconsumo y sociedad actual
Hiperconsumo y sociedad actual
Gilíes Lipovetsky
La felicidad
paradójica
Ensayo sobre la sociedad de hiperconsumo
l
Traducción de Antonio-Prometeo Moya
!
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
Primera parte
La sociedad de hiperconsumo
ganzl912
19
las redes y del capitalismo informático, que ocuparía el lugar del
capitalismo de consumo. La segunda se apoyaba en los cambios
de actitud y de valores de los que dan fe nuestras sociedades.
Después de insistir en el bienestar material, el dinero y la segu
ridad física, nuestra época daría prioridad a la calidad de vida, a
la expresión personal, a la espiritualidad, a las preocupaciones
relativas al sentido de la vida. Pasaríamos de un sistema cultural
básicamente materialista a una Weltanschauung de orientación
«posmaterialista». Sociedad informática, sociedad posmaterialis
ta: así veríamos desaparecer poco a poco la consagración de las
«cosas» descrita antaño por Georges Perec.
Si por «fin» de la sociedad de consumo entendemos la sofo
cación de las pasiones consumistas y el bloqueo de la comercia
lización de las necesidades, la idea, desde luego, no resiste el
análisis ni un instante. ¿Habrá que tachar entonces de un plu
mazo el tema de la «superación» de este tipo de sociedad y de
cultura? Yo creo que no. Por el contrario, estoy convencido de
que esta hipótesis es la buena. Al cabo de veinte años, las de
mocracias han entrado en una nueva era de mercantilización de
los modos de vida, y las prácticas de consumo expresan una re
lación nueva con las cosas, con los demás y con uno mismo. La
dinámica expansiva de las necesidades prosigue, pero cargada
con nuevos significados colectivos e individuales. El consumi
dor que deambula por los grandes centros comerciales, compra
marcas internacionales, mira si los productos son «light» o
«bio», exige etiquetas que garanticen la calidad, navega por las
redes y descarga melodías en el móvil es un consumidor de «ter
cer tipo». Sin que haya que ponerse en guardia contra ella, y por
encima de la familiaridad de una expresión que todo el mundo
reconoce, la era del consumo de masas ha cambiado de rostro y
ha entrado en una nueva fase de su historia secular.
Advenimiento de una nueva economía y una nueva cultura
del consumo no quiere decir mutación histórica absoluta. La so
ciedad del posconsumo de masas debe entenderse corno una
20
ruptura dentro de la continuidad, un cambio de dirección con
el mismo fondo. El sistema posfordiano que se impone se pre
senta con profundas alteraciones en la forma de estimular la de
manda, en las fórmulas de venta, en los comportamientos y los
imaginarios del consumo. Bien es verdad que estas transforma
ciones prosiguen una dinámica económica iniciada en los últi
mos decenios del siglo XIX y se inscriben en la corriente general
de la civilización individualista de la felicidad. Las industrias y
servicios ponen hoy en práctica lógicas de opción, estrategias de
personalización de los productos y los precios, la gran distribu
ción cultiva políticas de diferenciación y segmentación, pero to
dos estos cambios no hacen más que aumentar la comercializa
ción de los modos de vida, incentivar un poco más el frenesí de
las necesidades, dar otra vuelta de tuerca a la lógica del «siempre
más, siempre nuevo» que el último medio siglo concretó ya con
el éxito que todos conocemos. En estos términos hay que pen
sar la «salida» de la sociedad de consumo, una salida por arriba,
no por abajo, por el hipermaterialismo más que por el posma
terialismo.
La nueva sociedad que nace funciona con hiperconsumo, no
con «desconsumo».
21
1. LAS TRES EDADES D EL CAPITALISMO D E CO N SU M O
22
ferrocarril, telégrafo, teléfono. Al aumentar la regularidad, el vo
lumen y la velocidad de los transportes a las fábricas y las ciu
dades, las redes ferroviarias en concreto permitieron la forma
ción del comercio a gran escala, el traslado regular de cantidades
masivas de productos, la gestión de los flujos de productos de
un estadio de la producción a otro.1*
Esta fase es asimismo contemporánea de la puesta a punto
de máquinas para la fabricación continua, que, al elevar la velo
cidad y la cantidad de los flujos, condujeron a un aumento de
la productividad con menor coste: ellas abrieron el camino de la
producción de masas. A fines de la década de 1880, en Estados
Unidos, una máquina podía fabricar 120.000 cigarrillos al día:
treinta máquinas así bastaban para saturar el mercado nacional.
Las máquinas automáticas permitían a setenta y cinco obreros
fabricar al día dos millones de cajas de cerillas. Procter & Gam
ble fabricaba 200.000 jabones Ivory diarios. Máquinas de este
tipo aparecieron asimismo en la producción de lejía, de cereales
para el desayuno, de película fotográfica, sopas, leche y otros
productos envasados. De este modo, las técnicas de fabricación
ininterrumpida permitieron producir en grandes series artículos
estandarizados que, envasados en pequeñas cantidades y con
nombre de marca, podían distribuirse a escala nacional, a precio
unitario muy bajo.2
La expansión de la producción a gran escala fue potenciada
asimismo por la reestructuración de las fábricas en función de
los principios de la «organización científica del trabajo», que se
aplicaron sobre todo en el sector del automóvil. Gracias a la ca
dena de montaje, el tiempo de trabajo necesario para ensamblar
un chasis del Ford modelo T pasó de doce horas y veintiocho
minutos en 1910 a una hora con treinta y tres minutos en 1914.
La planta de Highland Park producía mil coches diarios. La ace
leración de la producción permitió rebajar el precio de venta
23
1
hasta el 50 % del de su competidor más próximo,3 y las ventas
de vehículos de precio moderado se dispararon.
El capitalismo de consumo no nació automáticamente con
las técnicas industriales capaces de producir mercancías estan
darizadas en grandes series. Es también una construcción cultu
ral y social que requirió por igual la «educación» de los consu
midores y el espíritu visionario de los empresarios creativos, la
«mano visible de los directivos». En la base de la economía de
consumo se encuentra una nueva filosofía comercial, una estra
tegia que rompe con las actitudes del pasado: vender la máxima
cantidad de productos con un pequeño margen de beneficios
antes que una cantidad pequeña con un margen amplio. El be
neficio no vendrá ya por la subida del precio de venta, sino por
su reducción. La economía de consumo es inseparable de esta
invención mercadotécnica: la búsqueda del beneficio por el vo
lumen y la práctica del bajo precio.4 Poner los productos al al
cance de las masas: la era moderna del consumo comporta un
proyecto de democratización del acceso a los bienes comerciales.
La fase I ilustra ya esta dinámica, un conjunto de productos
duraderos y no duraderos que abora están al alcance de muchas
más personas que antes. Este proceso, pese a todo, se mantiene
a un nivel limitado, ya que los recursos de la mayoría de los ho
gares populares son demasiado magros para acceder a los útiles
modernos. Unas cuantas cifras ponen de manifiesto los límites
de esta democratización. En 1929 había diecinueve automóvi
les por cada cien estadounidenses, y dos por cada cien franceses
y cada cien británicos. En 1932 había en Estados Unidos 740
aspiradoras, 1,580 planchas eléctricas y 180 hornos eléctricos
por cada diez mil personas, mientras que en Francia había, res
pectivamente, 120, 850 y 8. El uso de electrodomésticos ha es
tado en Francia asociado al lujo durante mucho tiempo: toda
vía en 1954 no había frigorífico más que en el 7 % de los
hogares. La fase I creó un consumo de masas inacabado, de do
minante burguesa.5
24
Una triple invención: la marca, el envasado y la publicidad
25
envasado y la publicidad aparece el consumidor de los tiempos
modernos, que compra el producto sin la obligada mediación
del comerciante, que juzga los productos más por su nombre
que por su textura y que adquiere una firma en vez de una cosa.7
26
Al mismo tiempo, en virtud de su publicidad, su animación
y su vistosa decoración, los grandes almacenes desencadenaron
un proceso de «democratización del deseo».9 Al transformar los
lugares de venta en palacios de ensueño, los grandes almacenes
revolucionaron la relación con el consumo.
Arquitectura monumental, decoración lujosa, cúpulas res
plandecientes, escaparates de colores y luces, todo está hecho
para deslumbrar, para metamorfosear el comercio en fiesta per
manente, maravillar al parroquiano, crear un clima compulsivo
y sensual propicio a la compra. Los grandes almacenes no sólo
venden mercancías, se esfuerzan por estimular la necesidad de
consumir, por excitar el gusto por las novedades y la moda me
diante estrategias de seducción que prefiguran las técnicas mo
dernas de marketing. Impresionar la imaginación, excitar el de
seo, presentar la compra como un placer, los grandes almacenes
fueron, con la publicidad, los principales instrumentos de la pro
moción del consumo a arte de vivir y a emblema de la felicidad
moderna. Mientras los grandes almacenes contribuían a descul-
pabilizar el acto de comprar, el ir de tiendas, el «mirar escapara
tes» se convertía en una forma de ocupar el tiempo, un estilo de
vida de las clases medias.10 La fase I inventó el consumo-seduc
ción, el consumo-distracción del que somos fieles herederos.
27
La economía fordiana
28
tividad del trabajo fue del 4,7 % en los doce países de Europa
occidental. Las palabras clave en las organizaciones industriales
eran ahora: especialización, estandarización, repetición, eleva
ción de los volúmenes de producción. El objetivo era fabricar
productos estandarizados en cantidades enormes, gracias a la
automatización y a las cadenas de montaje. La «lógica de la can
tidad» domina la fase II.
La esfera industrial no es la única que se moderniza a gran
velocidad: la gran distribución se reestructura también inte
grando en su funcionamiento los mecanismos de racionaliza
ción vigentes en el sistema productivo fordiano: aplicación de
economías de escala, métodos científicos de gestión y organiza
ción del trabajo, división intensiva de las tareas, volumen de
ventas elevado, precios rebajados al máximo, margen de benefi
cio pequeño, rotación rápida de las mercancías. La expresión
francesa usine h vendre [en España diríamos «máquina de ven
der»] data de los años sesenta y pone de manifiesto la fuerza de
la lógica productiva presente en la distribución a gran escala.
Con la formidable difusión del autoservicio, de los supermerca
dos y luego de los hipermercados, no se tratará ya sólo de ven
der a bajo precio, sino de «romper los precios» poniéndolos
«menos caros que los menos caros»:11 una formidable «revolu
ción comercial» viene con la fase II.
La producción y el consumo de masas exigían una distri
bución de masas: las grandes superficies con autoservicio y la
práctica sistemática de la rebaja respondieron a esta necesidad.
El gran comercio conoció un crecimiento fulgurante: en Fran-
cia se abre el primer supermercado en 1957, cuando en Esta
dos Unidos había ya 20.000: en 1973 habrá registrados 2.587,
y 3.962 en 1980. El primer hipermercado abre sus puertas en
1963 con la insignia de Carrefour: en 1972 habrá 124 y 426 en
1980. Impresionante expansión del parque de las grandes su
perficies (supermercado, hipermercado) que se traduce en un
aumento progresivo de las cifras de las transacciones comercia
29
les, sobre todo de los productos alimenticios: 2 0 % en 1974,
3 0 % en 1980.
Durante toda la fase II las prótesis comerciales invaden la
vida cotidiana al mismo tiempo que aparecen políticas de di
versificación de los productos, así como procesos tendentes a re
ducir el tiempo de vida de las mercancías, a desfasadas median
te la renovación acelerada de modelos y estilos. La «conspiración
de la moda», infiltrada ya en el universo industrial, es objeto de
numerosas denuncias. Aunque de naturaleza básicamente for-
diana, el orden económico se rige ya parcialmente según los
principios de la seducción, lo efímero, la diferenciación de los
mercados: tras la mercadotecnia de masas típica de la fase I vie
nen las estrategias de segmentación centradas en la edad y en los
factores socioculturales. Es un ciclo intermedio e híbrido que
combina la lógica fordiana con la lógica-moda que se está orga
nizando.
30
Por la otra, se presenta como avance hacia la utopía exigiendo
aún más confort, más objetos y alternativas de ocio.
En la sociedad de consumo hay algo más que elevación rá
pida del nivel de vida medio: el clima de estimulación de los de
seos, la euforia publicitaria, la imagen exuberante de las vaca
ciones, la sexualización de los signos y los cuerpos. Es un tipo
de sociedad en el que la seducción reemplaza a la coerción, el
hedonismo al deber, el gasto al ahorro, el humor a la solemni
dad, la liberación a la represión, el presente a las promesas del
futuro. La fase II se anuncia como «sociedad del deseo», ya que
toda la cotidianidad está impregnada del imaginario de la felici
dad consumista, de sueños playeros, de ludismo erótico, de mo
das ostensiblemente juveniles. Música rock, tebeos, lolitas, li
beración sexual, fun morality, diseño vanguardista: el período
heroico del consumo rejuveneció, euforizó, aligeró los signos de
la cultura cotidiana. Mediante mitologías adolescentes, libera-
cionistas y despreocupadas por el porvenir se llevó a cabo una
profunda mutación cultural.
La fase II es la fase en que se vienen abajo a gran velocidad
las antiguas resistencias culturales a las frivolidades de la vida
material comercial. Toda la maquinaria económica se pone aquí
en juego a través de la renovación de los productos, del cambio
de modelos y estilos, de la moda, el crédito, la seducción publi
citaria. Se estimula el crédito para adquirir las maravillas del país
de Jauja, para realizar deseos inmediatos. Entre 1952 y 1972 la
inversión francesa en publicidad se multiplicó al menos por cin
co (en francos constantes); entre 1952 y 1973, los gastos publi
citarios de Estados Unidos se multiplicaron por tres. A comien
zos de los años sesenta, mientras la publicidad conquistaba
nuevos espacios, una familia estadounidense recibía ya alrede
dor de 1.500 mensajes diarios. La affluent society aparece como
una época con hipertrofia de «creación de necesidades artificia
les», de «derroche» organizado,12 de tentaciones omnipresentes
y estimulación inmoderada de los deseos. Poderosa dinámica de
31
comercialización que ha erigido el consumo comercial en estilo
de vida, en sueño de masas, en nueva razón de vivir. La socie
dad de consumo ha creado a lo grande la avidez crónica de bie
nes materiales, el virus de la compra, la pasión por lo nuevo, un
modo de vida centrado en valores materialistas. Compras com
pulsivas, avidez de objetos, escalada de necesidades, abundancia
y derroche espectacular: más que preparar la «programación bu
rocrática de lo cotidiano»,13 la fase II ha destradicionalizado la
esfera del consumo: más que crear un entorno «climatizado», ha
privatizado los estilos de vida.
Conforme se acelera la «caducidad controlada» de los pro
ductos, la publicidad y los medios celebran el disfrute-minuto,
aireando un poco por todas partes sueños de erotismo, confort
y ocio. Bajo un diluvio de signos de ligereza, frivolidad y hedo
nismo, la fase II se ha esforzado por deslegitimizar las normas
victorianas, los ideales de sacrificio y los imperativos rigoristas
en beneficio de los goces privados. De este modo ha causado un
basculamiento en el tiempo y hemos pasado de la orientación
hacia el futuro a la «vida en presente» y sus satisfacciones inme
diatas. Revolución del confort, revolución de lo cotidiano, re
volución sexual: la fase II está en la base de la «segunda revolu
ción individualista»,14 caracterizada por el culto hedonista y
psicológico, la privatización de la vida y la autonomización de
los sujetos frente a las instituciones colectivas. Puede conside
rarse el momento inicial de la desaparición de la antigua mo
dernidad disciplinaria y autoritaria, dominada por los enfrenta
mientos e ideologías de clase.
Este ciclo ha terminado. Desde finales de los años setenta lo
que se representa en el escenario de las sociedades desarrolladas
es el tercer acto de las economías de consumo. Un fenómeno
que inventa un porvenir nuevo con la aventura individualista y
consumista de las sociedades liberales. Los capítulos que siguen
se dedican a determinar su alcance y lo que pone en juego.
32
2. MÁS ALLÁ D E L «STAN D IN G »: EL C O N SU M O
EM O C IO N A L
33
tencia.1 Desde esta perspectiva, la carrera por los bienes comer
ciales no es eterna más que en la medida en que se apoya en lu
chas simbólicas por la apropiación de signos diferenciadores. Lo
que está en la base del gigantesco tumor del consumo y de la im
posibilidad de llegar a un umbral de saciedad de las necesidades
son las estrategias de la distinción y las luchas de competencia
que enfrentan a las clases sociales.2
34
sí. El culto al bienestar de masas, consagrado por la fase II, co
menzaba a minar la lógica de los gastos orientados por la consi
deración social y a promover un modelo de consumo de corte
individualista.
Bien es verdad que durante todo este ciclo el consumo con
serva un elevado potencial de prestigio, ya que los objetos no
cesan de valorarse como signos tangibles del éxito, pruebas de
ascensión e integración social, vectores de consideración hono
rífica. Los coches estadounidenses se cargan de cromo y alero
nes para causar impresión, para crear una imagen de superiori
dad social. Así como hay complacencia en exhibir los objetos
como símbolos de la posición, también la publicidad se dedica
a ensalzar los productos como emblemas de categoría: quienes
protagonizan los anuncios de coches, batidoras y aspiradoras
son mujeres muy arregladas, con «clase» y elegantes. Al analizar
los comportamientos de los años cincuenta, V. Packard habla de
«obsesión por el standing».4
Esta combinación de dos lógicas heterogéneas, la carrera
por la estima (course b l ’estime) y la carrera del placer, pone de
manifiesto la especificidad compuesta de la fase II en compara
ción con el ciclo precedente, el cual, por conocer sólo una difu
sión limitada de los bienes industriales duraderos, se construye
bajo la égida hegemónica del consumo estamental. Al aumentar
el régimen de gastos en la apariencia, la fase II es al mismo tiem
po la que ha consagrado el hedonismo como objetivo legítimo
de masas, la que ha transformado el ambiente o el estilo del con
sumo envolviéndolo en un halo de ligereza y ludismo, de ju
ventud y erotismo. La máquina de discos, la máquina de pulsa
dores, las jóvenes provocativas, el scooter, el rock and roll, el
tocadiscos, el transistor, el televisor, el Club Méditerranée, el
asiento «Djinn» de aspecto zoomórfico, el diseño pop, los téja
nos y la minifalda, y muchos otros productos, ciertamente va
riopintos, pero que, asociados a la juventud o a la sexualidad, a
la movilidad y la libertad, a la provocación y al ocio, aligeraron,
35
dinamizaron el imaginario consumista. El momento «duro», in
sistente y competitivo de la mercancía ha retrocedido en bene
ficio de una mitología eufórica y lúdica, frívola y juvenil. De ahí
el carácter híbrido de este ciclo que se presenta, a escala históri
ca, como una creación de compromiso entre la mitología del es
tamento y la del «pasarlo bien», entre el consumo demostrativo
«tradicional» y el consumo hedonista individualista.
E l consumo privatizado
36
y estéticas, comunicativas y sanitarias, lúdicas y entretenedoras.
Los bienes comerciales que funcionaban sobre todo como sím
bolos de la posición se presentan de manera creciente como ser
vicios a la persona. Esperamos menos que las cosas nos catego-
ricen delante de los otros y más que nos permitan ser más
independientes y móviles, paladear sensaciones, vivir experien
cias, mejorar nuestra calidad de vida, conservar la juventud y la
salud. Naturalmente, las satisfacciones sociales diferenciadoras
siguen estando ahí, pero ya no son sirio una entre muchas mo
tivaciones posibles en un conjunto dominado por la búsqueda
de la felicidad privada. El consumo «para sí» ha reemplazado al
consumo «para el otro», siguiendo el incontenible movimiento
de individualización de las expectativas, los gustos y los com
portamientos.
Los gastos suntuarios, la carrera por el standing, los com
portamientos de moda no siempre se basan en la rivalidad entre
grupos que quieren darse pisto y hacerse reconocer. La época del
hiperconsumo tiene esto de específico, que ha conseguido que
la lucha de conciencias, antes central en el campo del consumo,
pase a segundo plano y a veces sea expulsada. Ahora presenta un
espectáculo en buena medida liberado de la dramaturgia que to
davía era suya en los años cincuenta, ya que la adquisición de
cosas y las alternativas de ocio se han desarrollado en gran par
te al margen de las lógicas de la rivalidad estamentaria. El con
sumo que cada día gana más terreno es un consumo sin negati
vo ni apuestas interhumanas, sin dialéctica ni competencia
generalizada. Para describir una época en la que los gastos no
tienen ya por motor el desafío, la diferencia, los enfrentamien
tos simbólicos entre los hombres, no encuentro término más
apropiado que el de hiperconsumo. Cuando las luchas de com
petencia no son ya la clave de bóveda de las adquisiciones co
merciales, comienza la civilización del hiperconsumo, ese impe
rio en el que no se pone jamás el sol de la mercancía y el
individualismo extremo.
37
Antes la apuesta era estar afiliado a un grupo y crear distan
cia social. ¿Qué queda de esto en el momento de los nuevos ob
jetos de comunicación que aceleran los intercambios individua
les y posibilitan los estímulos del yo, en el momento en que
proliferan demandas de salud, de diversión y de vivir mejor? Lo
que articula el orden del consumo no es ya la oposición entre la
minoría dominante y la masa dominada, ni la oposición entre
las distintas capas de las clases, sino el «todavía más» y el zapeo
generalizado, las bulimias exponenciales de cuidados, de comu
nicación y evasiones renovadas. Lo que ahora sostiene la diná
mica consumista es la búsqueda de la felicidad privada, la opti
mización de nuestros recursos corporales y comunicativos, la
salud ilimitada, la conquista de espacio-tiempos personalizados:
la era de la ostentación de objetos ha sido reemplazada por el
reinado de la hipermercancía desconflictuada5 y posconformis
ta. La culminación de la mercancía no es el valor signo de dife
rencia, sino el valor de experiencia, el consumo «puro», que vale
no como significante social sino como abanico de servicios para
el individuo. La fase III es el momento en que el valor que dis
trae triunfa sobre el valor que honra, la conservación de uno so
bre la comparación provocativa, el confort sensitivo sobre la ex
hibición de signos llamativos.
Arrastrado por esta ola de fondo, el gusto por las noveda
des ha cambiado de sentido. El culto de lo nuevo no es recien
te, ni mucho menos, ya que se remonta a fines de la Edad Me
dia, en que aparece impulsado sobre todo por el surgimiento de
la moda. Pero la norma de «todo lo nuevo es bueno» apenas
desbordó durante siglos los restringidos círculos de los privile
giados, ya que su valor se basaba en gran parte en su poder dis
tintivo. La situación actual es muy diferente. Ante todo, el gus
to por el cambio incesante en el consumo no tiene ya límite
social, se ha propagado por todos los estratos y todas las eda
des; además, deseamos las novedades comerciales por ellas mis
mas en razón de los beneficios subjetivos, funcionales y emo
38
cionales, que procuran. La demanda de renovación ha supera
do actualmente a la demanda del «mínimo de confort técnico»
que estaba en vigor en la fase II, la curiosidad se ha convertido
en una pasión de masas y cambiar por cambiar en una expe
riencia destinada a probarnos personalmente. El amor a lo nue
vo no obedece ya tanto a pasiones conformistas sino a apetitos
experienciales de los sujetos. Se cae en el universo del hiper-
consumo cuando el gusto por el cambio se unlversaliza, cuan
do el deseo de «moda» se expresa más allá de la esfera indu
mentaria, cuando la pasión por la renovación adquiere una
especie de autonomía que relega a segundo plano las luchas de
competencia por la posición, las rivalidades miméticas y otras
fiebres conformistas.
De ahí las nuevas funciones subjetivas del consumo. A dife
rencia del consumo a la antigua, que hacía visible la identidad
económica y social de las personas, los actos de compra en nues
tras sociedades expresan ante todo las diferencias de edad, los
gustos particulares, la identidad cultural y personal de los agen
tes, incluso a través de los productos más triviales. La organiza
ción de los departamentos pone de manifiesto una evolución
parecida.6 No se trata ya, en este dominio, de hacer ostentación
de un signo exterior de riqueza o de éxito, sino de crear un mar
co de vida agradable y estético «digno de nosotros», un nido
acogedor y personalizado. Sin duda es el resultado de comprar
productos estandarizados, pero éstos, de manera creciente, son
reinterpretados, organizados en composiciones nuevas que ex
presan una identidad individual, ya que importa menos el valor
estamentario que el valor privado y único del «como en casa»,
posibilitado por un «consumo creador». Yo demuestro, al menos
parcialmente, que existo, como individuo único, por lo que
compro, por los objetos que pueblan mi universo personal y
familiar, por los signos que combino «a mi manera». En una
época en que las tradiciones, la religión y la política producen
menos identidad central, el consumo adquiere una nueva y cre-
39
cíente función ontológica. En la búsqueda de las cosas y las di
versiones, el Homo consumericus, de manera más o menos cons
ciente, da una respuesta tangible, aunque sea superficial, a la
eterna pregunta: ¿quién soy?
Consumo emocional: la idea navega viento en popa en las
aguas de los teóricos y agentes de la mercadotecnia, que exage
ran los méritos de las gestiones que permiten que los consumi
dores vivan experiencias afectivas, imaginarias y sensoriales. Este
posicionamiento se llama actualmente mercadotecnia sensorial
o experiencial. Ya no es el momento de la fría funcionalidad,
sino del atractivo sensible y emocional. A diferencia de la mer
cadotecnia tradicional que utilizaba argumentos racionales y la
dimensión funcional de los productos, multitud de marcas jue
gan hoy la carta de lo sensorial y lo afectivo, de las «raíces» y la
nostalgia (el «retromarketing»). Otras hacen hincapié en los
mitos o en el ludismo. Y otras quieren pulsar la fibra cívica, eco
lógica o zoológica. Los comercios excitan los sentidos con am
bientes sonoros, difusión de olores y puestas en escena especta
culares. La mercadotecnia sensorial quiere ante todo mejorar las
condiciones sensibles, táctiles y visuales, sonoras y olfativas de
los productos y lugares de venta. Lo sensible y lo emocional se
han convertido en temas de investigación mercadotécnica, des
tinados por un lado a diferenciar las marcas en un universo hi-
percompetitivo y por otro a prometer una «aventura sensitiva y
emocional» al hiperconsumidor que busca sensaciones variadas
y mayor bienestar sensible.
Lo que yo llamo «consumo emocional» sólo se corresponde
parcialmente con estos productos y ambientes que movilizan ex
plícitamente los cinco sentidos. Mucho más allá de los efectos de
una tendencia mercadotécnica, designa la forma general que ad
quiere el consumo cuando lo esencial se juega con uno mismo.
En lo más profundo, el consumo emocional aparece como for
ma dominante cuando el acto de comprar, al no estar impuesto
ya por la obsesión conformista del otro, entra en una lógica de
40
sinstitucionalizada y privatizada, encarrilada a la búsqueda de
sensaciones y de mayor bienestar subjetivo. La fase III represen
ta la nueva relación emocional de los individuos con las mercan
cías que instituye la primacía de la sensibilidad, el cambio de sig
nificación social e individual del universo consumidor que
acompaña al ímpetu individualizador de nuestras sociedades.
41
varse» para remozar el perfil de imagen, para dar un alma o un
estilo a la marca. No se vende ya un producto, sino una visión,
un «concepto», un estilo de vida asociado a la marca: en ade
lante, la construcción de la identidad de marca estará en el nú
cleo del trabajo de comunicación de las empresas. En la fase III,
el imperativo de la imagen se ha desplazado del campo de lo so
cial a la oferta mercadotécnica. Lo que importa no es ya la ima
gen social y su «¿me ves?», sino lo imaginario de la marca: cuan
to menos valor estamentario tiene el consumo, más aumenta el
poder orientador del valor inmaterial de las marcas.
42
ya «imponerse» a los demás, sino confirmar el propio valor ante
los propios ojos, estar, como dice Veblen, «satisfecho de uno
mismo»:8 «L’Oréal, porque yo lo valgo.» En nuestros días, la fas
cinación por las marcas se alimenta del deseo narcisista de gozar
del sentimiento de ser una «persona de calidad», de compararse
ventajosamente con los demás, de ser diferente de la masa, sin
que por eso se movilice la carrera por la estima ni el deseo de dar
envidia a nadie.
Lo que expresa el culto actual de las marcas es una nueva re
lación con el lujo y la calidad de vida. En épocas anteriores, las
clases populares y medias veían en las marcas de lujo bienes
inaccesibles que, destinados en exclusiva a la minoría social
mente privilegiada, no formaban parte de su mundo real, ni si
quiera de sus sueños. H a habido una ruptura con esta forma de
cultura: la aceptación del destino social ha cedido el paso al «de
recho» al lujo, a lo superfluo, a las marcas de calidad. La demo
cratización del confort, la consagración social de los referentes
del placer y el ocio han minado la oposición tradicional entre
«gustos de necesidad», propios de las clases populares, y «gustos
de lujo», característicos de las clases adineradas,9 al mismo tiem
po que la moral de la resignación y la austeridad. En la sociedad
democrática de hiperconsumo cada cual tiende a conseguir lo
mejor y lo más bello, a orientar sus miras hacia los productos y
marcas de calidad. Como los modos de socialización no encie
rran ya a los individuos en universos estancos, todo el mundo
cree tener derecho a la excelencia y aspira a vivir mejor en las
mejores condiciones. Por este motivo, en medida creciente, los
productos de calidad (alimentación, bebida, marcas de gama
alta en todos los géneros) se privilegian frente a la cantidad y a
los «productos de necesidad». La atracción que ejercen las mar
cas más costosas expresa menos la continuidad histórica de las
estrategias distintivas que la ruptura representada por la formi
dable difusión social de las aspiraciones democrático-individua-
listas a la felicidad material y a vivir bien.
43
Valoración de la calidad que, por lo demás, no da lugar a
ninguna actitud sistemática, ni siquiera en el seno de las capas
superiores. En la sociedad de hiperconsumo ya no es indigno
gastar a manos llenas aquí y economizar allá, comprar unas ve
ces en una tienda selectiva, otras en un hipermercado, ya que se
han vuelto legítimos los comportamientos descoordinados o
eclécticos. La obligación de gastar con vistas a la representación
social ha perdido su antiguo vigor: ya no se compran marcas ca
ras en razón de la presión social, sino en función de los mo
mentos y las ganas, del placer que se espera de ellas, y mucho
menos para hacer ostentación de riqueza o rango que para apro
vechar una relación cualitativa con las cosas o los servicios. In
cluso la relación con las marcas está psicologizada, desinstitu
cionalizada y subjetivada.
Hiperconsumo y ansiedad
44
ciaban por sentados porque estaban organizados por las tradi
ciones de clase. El culto de las marcas refleja el movimiento de
destradicionalización, la pujanza del principio de individuali
dad, la incertidumbre hipermoderna desencadenada por la di
solución de las coordenadas y los atributos de las culturas de cla
se. Cuanto menos están dirigidos los estilos de vida por el orden
social y los sentimientos de pertenencia de clase, más se impo
nen el poder del mercado y la lógica de las marcas. Cuando la
moda se balcaniza y descentraliza, crece la necesidad de puntos
de apoyo y de referentes «reconocidos» por los medios o garan
tizados por los precios; cuando las normas del «buen gusto» sal
tan en pedazos, la marca permite tranquilizar al comprador;
cuando se multiplican los temores alimentarios se privilegian los
productos etiquetados «bio», las marcas cuya imagen se asocia
con lo natural y con lo «auténtico». El éxito de las marcas brilla
sobre el telón de fondo del desconcierto y la ansiedad crecientes
del hiperconsumidor.
La ansiedad está asimismo en la base del gusto de los ado
lescentes por las marcas. Si bien es verdad que la marca permite
diferenciar o clasificar a los grupos, la motivación que sostiene
la adquisición no está menos ligada a la cultura democrática.
Pues exhibir un logotipo, para un joven, no equivale a ponerse
por encima de los otros sino a no parecer menos que los otros. El
imaginario de la igualdad democrática ha producido efectos in
cluso entre los jóvenes, cuando se niegan a presentar una ima
gen de sí mismos que parezca inferior y depreciadora. Sin duda
es la razón por la que la sensibilidad a las marcas se ve tanto en
los medios desfavorecidos. El joven sale de la impersonalidad
por una marca apreciada y con ella no quiere dar testimonio de
una superioridad social, sino de su participación total e iguali
taria en los juegos de la moda, de la juventud y el consumo. Bo
leto para entrar en el modelo de vida «moda», lo que activa la
nueva obsesión por las marcas es el miedo al desprecio y al ofen
sivo rechazo de los demás. En la época del hiperconsumo hay
45
que entender este fenómeno como una de las manifestaciones
del individualismo igualitario, que ha conseguido extender sus
exigencias al universo imaginario de los jóvenes.
¿Cómo hablar de individualismo cuando los conformismos
de grupo adquieren un relieve mucho más pronunciado que las
exigencias de calidad de vida o de singularización personal? La
verdad es que al comprar esta o aquella marca, el adolescente
hace una elección que le diferencia del mundo de sus padres,
afirma preferencias y gustos que le definen, se apropia de un có
digo. Si el logotipo reviste una importancia tal es porque per
mite una pertenencia reivindicada por el yo y no ya una perte
nencia recibida, como un destino social, familiar o de otro tipo.
En este sentido, la compra de una marca se vive como expresión
de una identidad a la vez individual y de clan. Exhibiendo en
público esta marca, el adolescente se reconoce por ella como si
fuese una de las banderas de su personalidad. Donde se ve que
la famosa oposición entre individualismo y «tribalismo» posmo
derno es totalmente artificial y engañosa: a pesar de su dimen
sión comunitaria, la marca exhibida es subjetivadora, pues
manifiesta, aunque sea en la ambigüedad, una apropiación per
sonal, una búsqueda de individualidad, así como un deseo de
integración en el grupo de los iguales, un yo que reivindica, a
los ojos de todos, los signos de su apariencia.
46
con un «pluspoder» sobre la organización de nuestra vida, con
una potestad mayor sobre el tiempo, el espacio y el cuerpo. Po-
Jer construir de modo individualizado el propio estilo de vida y
el empleo del tiempo, acelerar las operaciones de la vida co
rriente, aumentar la capacidad de relacionarse, prolongar la du
ración de la vida, corregir las imperfecciones del cuerpo: en el
corazón del hiperconsumidor habita algo así como una «volun
tad de poder» y el goce que produce ejercer cierto dominio so
bre el mundo y sobre sí mismo.
¿Qué seduce en los nuevos objetos de consumo-comuni
cación (ordenador, vídeo, fax, Internet, teléfono móvil, horno
microondas), sino su capacidad para abrir nuevos espacios de
independencia personal10 y aligerar la densidad del espacio-
tiempo? Por mediación de las cosas buscamos menos la apro
bación de los otros que mayor soberanía individual, mayor
dominio de los elementos de nuestro universo corriente. En la
fase III, el consumo funciona como palanca de «potencia más»,
vector de apropiación personal de lo cotidiano: no ya teatro de
signos de distinción, sino tecnología de autonomización de los
individuos frente a las obligaciones de grupo y multitud de co
acciones naturales. Lo que impulsa la espiral consumista ya no
es tanto el deseo de representación social como el deseo de go
bernarse a uno mismo, de ampliar la capacidad organizadora del
individuo.
En el momento en que se afirma la voluntad de poder so
bre la dirección de la propia vida, los objetos técnicos que sim
bolizan la potestad viril tienden a perder su aspecto agresivo y
conquistador. Lo ponen de manifiesto las nuevas formas redon
deadas y suavizadas del automóvil, que revalorizan las dimen
siones de la habitabilidad y la comodidad, la relajación y la se
guridad. Y cada vez son más los objetos y los entornos que
ilustran hoy esta «feminización» estilística. Retroceso de la lógi
ca del standing, reducción de la imagen viril de los productos:
dos manifestaciones de una misma cultura hiperconsumista,
47
1
más emocional que demostrativa, más sensible que ostensible.
Los deseos de poderío individualista progresan en consonancia
con la eufemización de los signos emblemáticos del dominio.
48
Espiral de comportamientos preventivos, inflación de de
mandas de cuidados, huida hacia delante de los gastos de salud:
fenómenos todos que muestran, sin ninguna ambigüedad, has
ta qué punto ha perdido operatividad el paradigma de la distin
ción, ya que es incapaz de dar cuenta de un consumo hipertro
fiado y centrado en el solo individuo, en su salud y en su
conservación. No luchas simbólicas ni beneficios de distinción,
únicamente vigilancia higiénica de uno mismo, temores hipo
condríacos, combate médico contra la enfermedad y los factores
de riesgo. El hiperconsumo médico es el punto extremo de la
tendencia a la desimbolización vigente en la fase III: ya no que
da más que la búsqueda de la optimización de la salud median
te la autovigilancia y las prácticas tecnocientíficas.
La consecuencia de este reinado del Homo medicus es así
una dramatización de la relación con el consumo. No, evidente
mente, bajo la antigua forma de las rivalidades estamentarias,
sino como una creciente angustia relacionada con el cuerpo y la
salud. En nombre de la religión de la salud cada vez necesitamos
más información, consultar con los profesionales, vigilar la cali
dad de los productos, sopesar y limitar los riesgos, corregir nues
tros hábitos de vida, retrasar los efectos de la edad, someternos
a revisiones y hacernos chequeos. Terminada la época feliz y des
preocupada de la mercancía, la época que sigue es la de la hi-
permercancía medicalizada, reflexiva y preventiva, cargada de
preocupaciones y dudas, que exige más y más actitudes respon
sables a los interesados.
No hay duda de que el imaginario actual del consumo se
consolida bajo el signo de un «modelo de alianza» que reconci
lia divisiones antaño muy manifiestas.13 Y no convendría omi
tir o subestimar el fortalecimiento simultáneo de las grandes
oposiciones (juventud/vejez, sano/enfermo, delgadez/obesidad,
seguridad/riesgo, contaminado/no contaminado) que trae el
culto a la salud. Lo que domina en este plano no son la fle
xibilidad y la conciliación sino las ramificaciones nuevas que
49
se encuentran en estado de guerra y movilización total contra
la enfermedad, el envejecimiento, la contaminación, la obesi
dad, los factores de riesgo. En realidad, el consumo no ha de
jado de ser un campo de batalla: si el conflicto interhumano se
reduce, es en beneficio de una lucha médica interminable y an
gustiosa. La acción pacificadora del consumo es un trampanto
jo: la sensación de peligro y riesgo es ya omnipresente, todo a
la larga puede considerarse amenazador y necesitar vigilancia.
En el ciclo III, la inseguridad, el recelo y la ansiedad cotidiana
aumentan en razón directamente proporcional a nuestra capa
cidad de combatir la mortalidad y alargar la duración de la
vida.
50
cacia médica amplía el poder del hombre sobre su vida, por el
otro crea un «consumidor sin poder».14
Numerosos comportamientos ponen de manifiesto que en
la actualidad el cuerpo se considera un material que puede co
rregirse o transformarse a voluntad, como un objeto totalmente
a disposición del sujeto. La cirugía estética, las fecundaciones in
vitro, pero también el consumo de psicotropos para «gestionar»
los problemas existenciales ilustran esta relación individualista
con el cuerpo. Los sujetos quieren ahora elegir su estado de áni
mo, controlar sus vivencias cotidianas, ser dueños de las even
tualidades emocionales recurriendo a fármacos psicotrópicos,
cuyo consumo, como se sabe, no deja de crecer. A medida que
se afirma el principio de soberanía personal sobre el cuerpo, el
individuo confía su suerte a la acción de sustancias químicas que
modifican sus estados psicológicos «desde el exterior», sin análi
sis ni trabajo subjetivo, ya que sólo cuentan la eliminación in
mediata de los desarreglos (fatiga, insomnio, ansiedad), la ma
yor eficacia posible, el deseo de producir estados afectivos «por
encargo». La exigencia de soberanía individual se expresa aquí
por un consumo pasivo de moléculas químicas. Si estos triviali-
zados recursos a la psicofarmacología dan fe del deseo indivi
dualista de controlar el cuerpo y el estado de ánimo, reflejan al
mismo tiempo cierta impotencia subjetiva, dado que el sujeto
renuncia a todo esfuerzo personal y se abandona a la omnipo
tencia de productos químicos que trabajan en él, sin él.15 No
buscamos ya la solución a nuestros males en nuestros recursos
interiores, sino en la acción de tecnologías moleculares que, ade
más, tienen efecto adictivo. El individuo deseoso de dirigir o
rectificar a su gusto su interioridad se transforma en individuo
«dependiente»: cuanto más reclama la plena potestad sobre su
vida, más se despliegan formas nuevas de someterlo.
51
1
Un hipermaterialismo médico
52
genética. La fase III es hiperconsumista porque es hipermate-
rialista.
Cuántas consideraciones autorizan a interpretar la espiral de
las necesidades de un modo muy alejado de la propuesta por las
sociologías de la distinción. Bulimia de cuidados médicos, de
manda sin fin de autonomía personal y diversiones: parece cla
ro que el engranaje de las necesidades no encuentra su verdad
última en la dialéctica de las imitaciones y las pretensiones de
clase. El fenómeno tiene causas mucho más profundas: básica
mente procede del cruce de dos dinámicas indefinidas, inheren
tes a las sociedades modernas. La primera es la de la oferta téc
nica y comercial que, al no estar ya articulada en sistemas
sociales y religiosos, puede innovar y renovar perpetuamente sus
productos y sus servicios. La segunda remite al orden social de
mocrático, basado en el individuo igual y su derecho a la felici
dad. En la raíz social de la demanda ilimitada de consumo hay
menos luchas de competencia por la clasificación social que
Homo democráticas vuelto hacia sí mismo, libre de hacerse y di
rigirse. Tocqueville nos enseñó que el deseo creciente y univer
sal de goces materiales estaba vinculado a la era de la igualdad,
que niega la inevitabilidad de las pertenencias sociales y engen
dra deseos insaciables, envidias e insatisfacciones permanentes.
Esta lógica igualitaria y portadora de exigencias sin fin se inten
sifica en nuestros días por mediación de esas metas que son la
autonomía subjetiva, la salud, el bienestar, la distracción, la co
municación, y que se caracterizan por ser axiomáticas sin terri
torialidad fija, ya que trazan cada vez más lejos sus fronteras y
no conocen la saturación. Si existe alguna homología funcional
y estructural entre la oferta y la demanda, no se debe tanto a
«dos sistemas de diferencias»18 como a dos órdenes indefinidos
(el mercado, el individuo) y constitutivos de las sociedades libe
radas del timón religioso y que, por ello mismo, pueden iniciar
la escalada de los cambios, la optimización ilimitada de nuestros
recursos, la ampliación infinita de nuestras necesidades.
53
5. HACIA U N T U R B O C O N SU M ID O R
90
es cada vez más el multiequipamiento con cadenas de alta fide
lidad, cámaras fotográficas, teléfonos. Muy pronto ocurrirá con
los ordenadores personales. Pluriequipamiento que, innegable
mente, permite una relajación de los controles familiares, una
mayor independencia de los jóvenes, más autonomía personal
en lo cotidiano. En pocas palabras, prácticas de consumo más
individualizadas. Es lo que lleva a R. Rochefort a sostener la te
sis de que el «consumo individualista» despegó en realidad a
mediados de los años setenta y sobre todo en los ochenta.2 ¿Se
puede estar de acuerdo con él en este punto? ¿Cómo pensar his
tóricamente el vínculo entre consumo moderno y autonomía
individual? En la actualidad, cuando ha tomado cuerpo una
nueva fase de regulación de las sociedades comerciales, ¿hacia
qué destino se empuja al neoconsumidor?
91
Con la economía de consumo masivo y la elevación del ni
vel de vida que caracterizan los «Treinta Años Gloriosos» [1945-
1975], no es ya la minoría burguesa, sino la inmensa mayoría
quien dispone de una «capacidad de compra discrecional», de
ingresos que sobrepasan el mínimo indispensable para subvenir
a las necesidades básicas. Comprar lo que complace y no sólo lo
que se necesita no es ya monopolio de las capas privilegiadas,
sino, poco a poco, de las propias masas. La dimensión de la elec
ción, las motivaciones individuales, los factores psicológicos
ejercerán una influencia cada vez más determinante, ya que los
hogares están en condiciones de consumir más de lo que se li
mita a satisfacer sus necesidades fisiológicas.3 Con la «sociedad
opulenta» es cuando el consumo entra en la era de la individua
lización y la psicologización de masas. Como subraya R. Castel,
se ha producido casi una «mutación antropológica del produc
to salarial», ya que el obrero accede a un «nuevo registro de la
existencia», el del consumo, el del «deseo», el de una forma de
libertad «cuya condición social de realización es liberarse del
apremio de la necesidad».4 Lo superfluo, la moda, las distrac
ciones, las vacaciones se han convertido en deseos y aspiraciones
legítimos de todos los grupos sociales.5 El gusto por los bienes
duraderos que favorecen la privatización de la vida (televisión,
coche) hará furor. No fue en los años ochenta, sino unos veinte
o veinticinco años antes cuando el universo del consumo co
menzó a remodelarse, a escala enorme, bajo el signo del indivi
duo, de sus aspiraciones y su felicidad privada.
92
jo en su esfera los mecanismos productivistas vigentes en el apa
rato productivo fordiano,6 no sólo favoreció la difusión de los
bienes de consumo entre el conjunto de la población, sino que
trastornó, por medio del supermercado y el hipermercado,7 las
prácticas y el imaginario del acto de compra. Al ofrecer con
centrado bajo un mismo techo y a bajo precio un amplio surti
do de productos de gran consumo, la gran distribución inven
tó una técnica de venta revolucionaria: el autoservicio,8 tal vez
uno de los dispositivos más emblemáticos de la segunda mitad
del siglo XX y que poco a poco será el modelo dominante de los
comportamientos individuales en sectores de la vida cada vez
más amplios, sea la vida familiar, la política, la sindical o la re
ligiosa.9
Autoservicio: con este procedimiento, el proceso de desper
sonalización de la relación comercial, iniciado por los grandes
almacenes con el precio fijo y anunciado, llega a una nueva eta
pa en que el contacto entre la oferta y la demanda, liberado de
la mediación del vendedor, es directo. Lógica de despersonaliza
ción que funciona asimismo como medio de autonomización
del consumidor. He aquí, en efecto, al cliente solo, indepen
diente, libre de elegir, de tomarse su tiempo, de examinar los
productos, de comprar sin sufrir las presiones del comerciante.
Ya no se le vende: compra.
No hay duda de que los supermercados e hipermercados
rompieron el hechizo de la mercancía que constituía el incenti
vo de los grandes almacenes. También es verdad que, con el au
toservicio, lo que la gran distribución puso en marcha fue una
nueva estrategia de seducción, una seducción que no se basaba
ya en la presentación mágica de los productos y del lugar de
venta, sino en la autonomía del consumidor. La seducción de la
fase II no se limita al mito eufórico del consumo, al espectácu
lo de la profusión, al ambiente de prodigalidad festiva y de so
licitud que envuelve a las mercancías:10 concierne también a
dispositivos que, eliminando diversas coacciones comerciales,
93
abren el espacio de la independencia y la movilidad individua
les. Con el autoservicio, la gran distribución ha posibilitado
prácticas y un imaginario de libertad individual, un universo de
compra caracterizado por el principio de la libre disposición de
sí; no ha funcionado sólo como un agente de la democratización
del consumo, sino que ha contribuido, a su nivel, a la indivi
dualización de las prácticas de compra, de los gustos y de las exi
gencias.
E l hedonismo consumidor
94
Hedonismo individualista que se materializa en nuevas
prácticas de consumo, dado que éste se ha convertido en una de
las principales preocupaciones del individuo. Importante au
mento de los gastos en diversiones (entre 1949 y 1974 se mul
tiplicaron por 3,5), pasión por las vacaciones,12 retroceso de la
moral del ahorro y crecimiento del endeudamiento de las fami
lias,13 aumento de las compras impulsivas,14 gusto por los cam
bios y fluctuaciones rápidas en las preferencias, las modas y las
canciones de éxito: el individuo-consumidor ya está preparado.
No es posible reducir el consumo de los «Treinta Años Glorio
sos» a un consumo familiar o «semicolectivo», apoyado en los
gastos de equipamiento básico de los hogares (alojamiento, co
mida, coche, televisión). Es pasar por alto uno de sus rasgos
esenciales, a saber, la generalización de las prácticas de ocio, li
bremente elegidas en función de los gustos y aspiraciones de
cada cual. Con la multiplicación del tiempo libre, las diversio
nes y las vacaciones, se difunde el gusto por las actividades lúdi-
cas, la reivindicación de un tiempo para sí, de momentos de
vida centrados en los deseos individuales. La fase II impulsó una
fun morality basada en la prioridad de los placeres del instante y
del individuo, en los sueños de distracción escapista, en la pa
sión por los viajes, por el mar, por el sol. El tiempo para sí, las
secuencias de vida propias del individuo han adquirido derecho
de ciudadanía.
La aparición de un consumo emancipado de la lógica fami
liar se ve particularmente a través de lo que Edgar Morin llama
«la clase adolescente»,15 que es inseparable de las publicaciones,
las películas, las estrellas, las modas indumentarias y musicales
específicamente jóvenes. Cuando recibir dinero para gastos se
vuelve una práctica más corriente,16 muchos jóvenes se compran
un tocadiscos17 y pueden oír en las radios portátiles, que se es
tán generalizando,18 la música que les gusta y en la que se reco
nocen. Contrariamente a un consumo semicolectivo, es con di
ferencia el «individuo-oyente»19 lo que aparece en los años
95
cincuenta y se generaliza en los sesenta. El microsurco, el mer
cado de masas del disco,20 el transistor y el tocadiscos, los pro
gramas radiofónicos dirigidos al público joven (Saint les copains,
Pop club, etc.) anunciaron la defunción de la escucha colectiva
en beneficio del proceso de apropiación individual de la músi
ca. El consumo individualista correspondiente a la cultura de
masas es hijo de la fase II.
EL TURBOCONSUMISMO
E l consumo hiperindividualista
96
siderables, ya que de este modo cada cual puede organizar su vida
privada a su manera, independientemente de los demás. Teléfo
nos móviles, microordenadores, multiplicación de los televisores,
de los equipos de música, de las cámaras fotográficas digitales:
el multiequipamiento y los nuevos objetos electrónicos de la
fase III han producido una escalada en la individualización de
los ritmos de vida, ya que se materializa un hiperindividua-
lismo consumista en actividades desincronizadas, prácticas do
mésticas diferenciadas, usos personalizados del espacio, del
tiempo y de los objetos, y esto en todas las edades y en todos
los medios.
Objetos como el móvil, el contestador telefónico, el conge
lador, el microondas, el video tienen en común que permiten a
los individuos construir de manera autónoma su propio espa
cio-tiempo. Es el momento de la hiperindividualización de la
utilización de los bienes de consumo, el momento del desajuste
de los ritmos en el interior de la familia, el momento de la de
sincronización de las actividades cotidianas y del empleo del
tiempo. La sociedad de hiperconsumo puede escribir en sus
banderas, con letras triunfales: «A cada cual sus objetos, a cada
cual su uso, a cada cual su ritmo de vida.»
Todas las esferas del consumo reciben frontalmente este for
midable empuje individualizador. En este sentido, la evolución
de los comportamientos alimentarios es particularmente ejem
plar. Mientras la oferta es más variada y más exótica, los menús,
los horarios, los comedores reflejan mucho más elecciones per
sonales que reglas colectivas: estamos en el momento de la de
sestabilización del sistema de comidas y de la alimentación de-
sestrucmrada.21 Incluso la relación con la moda se subjetiva, ya
que los adultos compran lo que les gusta, lo que «les va», y no
ya la moda por la moda, a diferencia, hay que señalarlo, de los
adolescentes. Lo que define la láse 111 es la debilitación del po
der directivo de las reglas colectivas, la creciente personalización
de las prácticas cotidianas, la mayor libertad de los agentes en
97
relación con la clase a la que pertenecen. Las crecientes aspira
ciones a la autonomía y a vivir mejor, la multiplicación de la ga
mas de productos y la diferenciación de la oferta comercial, to
dos estos factores han hecho posible un uso cada vez más
personalizado de los bienes de consumo, articulándose al mis
mo tiempo, alrededor del referente individual, una tremenda
desregulación del consumo.
E l consoviajero
98
de paso ha afectado incluso a los hospitales. Los «no lugares»23
están a punto de transformarse en zonas comerciales repletas de
productos básicos, pero también de marcas, productos cultura
les, artículos de lujo.
En las fases I y II, los consumidores se desplazaban para ir a
los establecimientos; en la fase III es el comercio el que va a
ellos, organiza sus lugares de venta en función de los horarios de
frecuentación y de los flujos de paso. Asistimos a la transforma
ción progresiva de los espacios monofuncionales, antes en sub
régimen consumista, en áreas hipercomerciales polifuncionales:
la cifra de negocios por metro cuadrado en los aeropuertos es
hoy superior a la de las grandes superficies, y los establecimien
tos de las estaciones tienen un rendimiento superior al de los co
mercios del centro urbano.24 Un espacio-tiempo discontinuo se
sustituye por una especie de continuo espacio-temporal comer
cial. Por todas partes suena la hora de la optimización comercial
de los lugares de paso y transporte, de la desaparición de los es
pacios vacíos de marcas, de la conquista de un espacio-tiempo
continuo del consumo de productos y servicios.
Se ha consumado una mutación: mientras que la fase II es
taba centrada casi exclusivamente en las prestaciones técnicas
(facilitar el transporte, por ejemplo), la fase III no cesa de di
versificar ni de multiplicar la oferta de servicios a los viajeros. El
pasajero no es ya únicamente el que toma el tren, el avión o el
coche; es un hiperconsumidor al que hay que atraer, ocupar y
distraer. En 2000 la firma Coop lanzó en la línea Zurich-Berna
un establecimiento con un surtido de unos 900 artículos de pri
mera necesidad. La telecompra no tardará en estar a disposición
de los viajeros, sea en el tren o en el avión. La compañía Virgin
ha introducido juegos de azar en sus líneas asiáticas. El Airbus
A380 podría tener máquinas tragaperras. La fase III ve multi
plicarse servicios sin relación con el viaje, ya que el objetivo es
comercializar el tiempo, estructurarlo mediante un sobreconsu
mo, un consumo dentro del consumo.
99
El tren y el avión eran ante todo medios de transporte rápi
do, pero de manera creciente se conciben como «yates de cru
cero» y «TG V comunicantes», donde la apuesta es el «viajero
más satisfecho», gracias a una multitud de servicios multimedia
que giran alrededor de las distracciones, los juegos y la infor
mación. En las líneas del TGV, los pasajeros tendrán acceso a
Internet con conexión de alta velocidad; un servidor permitirá
ver películas, oír música, distraerse con videojuegos, leer libros
informatizados. Las compañías aéreas ofrecen cada vez más
prestaciones: música y películas a petición del cliente, juegos
virtuales, conexión con Internet, televisión en directo y pronto
la conexión G SM .25 Los responsables de marketing de las com
pañías aéreas estudian nuevos servicios: peluquerías, sala de de
portes, sauna, espacio infantil, minialmacén. Para fidelizar a los
clientes y vencer a la competencia en un mercado desregulado
hace falta cada vez más confort, más servicios, más distraccio
nes. De empresas de transporte han pasado a ser multiservicios
para viajeros. Ya no se trata tanto de ir más deprisa sino de
hacer que pase más rápidamente el tiempo del viaje y de permi
tir un mejor control subjetivo del tiempo. Las conquistas técni
cas centradas en la reducción del tiempo subjetivo no bastan ya:
la época del hiperconsumo experiencial es la que privilegia un
enfoque más cualitativo del tiempo de transporte, la que se pro
pone, mediante el consumo, hacer olvidar que los viajes en el es
pacio tardan tiempo.
E l consumo continuo
100
parque de dispensadores automáticos que permiten las compras
continuas.26 Mientras las vacaciones se parcelan y escalonan en
el tiempo, las agencias de viajes presentan ofertas para todo el
año. La entrega a domicilio y a cualquier hora de platos prepa
rados se desarrolla con éxito. Las salas de cine proponen sesio
nes lo mismo a las diez de la mañana que a medianoche. La le
gislación laboral francesa dispone que el domingo sea día de
descanso obligatorio, pero los incumplimientos son numerosos
y algunos grandes distribuidores abren sus puertas a pesar de
todo, adaptándose a la política del hecho consumado. Las leyes
sobre horarios de apertura de los comercios se flexibilizan más o
menos en toda Europa. A lo que asistimos es al desmantela-
miento de las antiguas reglas que enmarcan el tiempo de con
sumo comercial, que «idealmente» ya no deberá conocer ningún
momento de interrupción o de pausa.
No se puede pasar por alto que hay muchas instituciones
(sindicatos, asociaciones familiares, grupos de barrio, iglesias)
que se oponen a que la ciudad esté totalmente consagrada al
consumo. También es verdad que uno de cada dos franceses está
a favor de que los comercios abran los domingos. Conforme se
relajan las leyes coercitivas de los horarios y los días, vemos di
bujarse un continuo temporal consumista independizado de los
ritmos codificados del pasado. Lo que hay en marcha es un pro
ceso de organización de un universo hiperconsumidor en flujo
forzoso que funciona sin interrupción día y noche, los 365 días
del año. Así como el capitalismo desreglamentado y globaliza-
do se ha convertido en «turbocapitalismo»,27 también somos
testigos de la aparición de un «turboconsumismo» estructural
mente liberado de los encuadramientos espacio-temporales tra
dicionales.
Tras la difusión de los bienes comerciales por todo el cuer
po social (fase II), la fase III tiende a dilatar la organización tem
poral del consumo alargando los horarios y los días de servicio
de los comercios, eliminando progresivamente los tiempos «va-
101
cíos» o «protegidos», entregando los días festivos y la vida noc
turna al orden del mercado. Mientras se habla de «turismo noc
turno», la noche se convierte en un sector económico con todas
las de la ley, ya que su cifra de negocios se ha duplicado desde
mediados de los años noventa. En algunas megalópolis de Esta
dos Unidos y Japón hay supermercados y librerías, restaurantes
y salones deportivos que permanecen abiertos las veinticuatro
horas del día. Algunas compañías empiezan ahora las rebajas el
día D a medianoche. Después de los videoclubs robotizados, los
miniautoservicios automáticos y climatizados (YaTooPartout,
Casino 24), abiertos las veinticuatro horas, están en plena ex
pansión.28 En 2005, cinco mil librerías organizaron en Estados
Unidos un M idnight M agic Party para presentar el último volu
men de las aventuras de Harry Potter; más de mil librerías bri
tánicas abrieron aquella noche para el lanzamiento del libro. Las
estrategias del marketing han abierto un territorio inmenso: es
el tiempo de la noche. Al invertir en el espacio nocturno, la eco
nomía hipercomercial suprime todos los tiempos de pausa,
construye una ciudad abierta incesantemente al consumo, insti
tuye la comercialización ilimitada de los intercambios, veinti
cuatro horas al día, siete días a la semana. La sociedad de hiper-
consumo, lejos de invalidar el sistema del deseo y el consumo,29
se aplica, no sin éxito, a mantenerlo cada vez más despierto, alar
gando su régimen temporal.
La lógica del turboconsumismo halla su desarrollo perfecto
en las redes electrónicas gracias a las compras en línea. Si el
cliente, en el curso de las fases I y II, se emancipó del dominio
del vendedor, en la fase III el ciberconsumidor se libera de to
das las trabas espacio-temporales, puesto que ya no está obliga
do a presentarse físicamente en un lugar de venta y puede hacer
el pedido, esté donde esté y a cualquier hora, a una máquina y
no a una persona. Caída de las barreras del espacio, pero tam
bién de las relacionadas con el acceso a la información: gracias a
las páginas de comparación de precios, el internauta puede in-
102
formarse en tiempo real sobre los productos y servicios, puede
compararlos en cualquier momento del día y de la noche antes
de hacer la elección que se ajusta a sus necesidades. Lo que de
fine la época turboconsumista es un sistema de informaciones
sin límite, sin obstáculos temporales ni espaciales.
Un turboconsumismo policrónico
103
directo, la inmediatez se imponen como nuevas exigencias tem
porales. Se instalan terminales de venta ultrarrápida de billetes
de transporte y pantallas que informan en tiempo real de los re
trasos en estaciones y aeropuertos, SM S, foto digital, televisión
a petición del cliente, lector de DVD , e-mail: se extiende la cos
tumbre de la gestión y el resultado instantáneos, dado que to
dos quieren llamar y estar ya en comunicación, ver y comprar
en el acto, en todas partes y en cualquier momento. La época de
la «bendita paciencia» en que la experiencia de la espera era un
elemento de felicidad desaparece en beneficio de una cultura de
la impaciencia y de la satisfacción inmediata de los deseos.
«Hago una foco: la veo, la envío, la borro»: el placer se vincula
aquí con la experiencia de lo instantáneo. En la civilización del
hiperinstante, los servicios 24 horas y en 1 hora exacta se mul
tiplican, los viajes decididos en el último minuto y las reservas
tardías aumentan: es el tiempo de la espera cero, de «lo que
quiero, cuando quiero, donde quiero», ya que el turboconsumi-
dor lo quiere todo y enseguida, sin que importe el día ni la hora.
Mientras proliferan las ofertas y demandas en tiempo real, el
Homo consurnans se vuelve alérgico a la menor espera, devorado
como está por el tiempo comprimido de la inmediatez y la ur-
gencia. 30
*
104
vive prisionero de la dictadura del «tiempo real»? Si la irrupción
de una cultura de lo instantáneo es una idea poco objetable, lo
mismo cabe decir de la conveniencia de mostrar sus límites, ya
que el tiempo comprimido no ha conseguido absorber, ni mu
cho menos, la totalidad de nuestras energías. Es verdad que el
hiperconsumidor muestra una preocupación evidente por hacer
más y más aprisa, que no soporta perder el tiempo, que quiere
tener acceso a los productos, a las imágenes y a la comunicación
a cualquier hora del día o de la noche. Pero al mismo tiempo
asistimos a la proliferación de deseos y comportamientos cuya
orientación hacia los placeres sensoriales y estéticos, el mayor
bienestar, las sensaciones corporales, expresa la valoración de
una temporalidad lenta, cualitativa y sensualista. «Slow food»,
audiciones musicales, paseos a pie, excursiones, spas, baños tur
cos, meditaciones y relajaciones: frente a la fast life, los pasa
tiempos lentos vuelven a tener amplia repercusión. Lo ponen de
manifiesto el gusto por el callejeo, las cenas fuera de casa, el no
hacer nada en la playa o en las terrazas de los cafés. No una tem
poralidad uniformemente apremiante, sino un sistema com
puesto de temporalidades muy heterogéneas: al tiempo operati
vo se opone el tiempo hedonista, al tiempo de las obligaciones
el tiempo recreativo, al tiempo precipitado el tiempo descom
primido de los juegos y espectáculos, del descanso, de todos los
momentos centrados en los goces sensuales y estéticos. El régi
men temporal en la sociedad de hiperconsumo no tiene nada de
unidimensional; por el contrario, es paradójico, está desincroni
zado, es heteróclito, polirrítmico. La fase III se organiza bajo el
signo de un consumo policrónico.
Aunque las presiones de la rapidez se intensifican, no por
ello perdemos de vista el papel primordial que desempeña el
agente individual, el «consumactor» que de manera ininterrum
pida adopta estrategias individuales, elige y emite juicios perso
nales, pisa el acelerador aquí para tener tiempo libre allí. Ganar
tiempo no es sólo una obligación determinada por el mundo ex-
105
terior; también puede ser una estrategia destinada a aprovechar
mejor otros momentos de la vida. El tiempo de lo instantáneo
se propaga, pero su «despotismo» dista de ser total, ya que el hi-
perconsumidor está en condiciones de organizar a la carta su
empleo del tiempo, de adoptar ritmos diferentes según las si
tuaciones y los momentos. Por un lado se generaliza la sensación
de estar sometidos al tiempo acelerado; por el otro crece el tiem
po libre, el tiempo para uno mismo, la individualización de las
formas de administrar el tiempo personal, la disociación de los
ritmos de vida, las prácticas en que se acepta perder el tiempo,
en que se dedica tiempo a ocuparse de uno mismo.
Presa de la huida acelerada de la temporalidad, ¿se encuen
tra el turboconsumidor encerrado en el tiempo único de la in
mediatez y en consecuencia privado de distancia simbólica y
utópica? ¿Vive en un estado de ingravidez temporal, sin el lastre
que lo unía al pasado? Es una idea endeble en el momento en
que triunfan el culto al patrimonio, la pasión por lo «auténtico»,
por objetos cargados de sentido y de leyendas. ¿Ha perdido el
turboconsumidor todo interés por el futuro? ¿Cómo conciliar
esta tesis con la aparición de consumidores «comprometidos»
que se preocupan por el porvenir del planeta y tratan de dar sen
tido a sus compras favoreciendo los productos del comercio jus
to y solidario? La verdad es que cuanto más arraiga el imperati
vo de la celeridad, más observaciones éticas se expresan, más
posturas críticas ante las marcas y el consumo «irresponsable».
Lejos de haberse eclipsado los ideales normativos, los vemos ac
tivos en nuevos territorios, en particular en los del consumo. En
este sentido, hay que ver el turboconsumismo menos como un
orden que hace desaparecer la perspectiva de los sujetos y más
como una dinámica que favorece el distanciamiento del presen
te, la responsabilización ética del consumidor.
106
E l efecto «Diva»
107
elecciones particulares y la libre expresión de los placeres y los
gustos personales. El «a cada cual su lugar», que expresa la pri
macía del grupo social, se sustituye por un principio de legiti
midad opuesto: «que cada cual haga lo que le plazca». La cues
tión central no es ya «ser como los demás», sino qué elegir en la
sobreabundante oferta del mercado: el principio de autonomía
se ha convertido en regla de orientación legítima de las conduc
tas individuales. El turboconsumismo se define por el descon
trol social del comprador, por su emancipación de las obli
gaciones simbólicas de clase. Por eso, el derecho a construir
nuestro modo de existencia como «mejor nos parezca» no tro
pieza ya con más obstáculo que el nivel del poder adquisitivo.
En la actualidad, lo que marca la diferencia en los géneros de
vida no es tanto el origen de clase sin el dinero de que se dis
pone. Conforme las decisiones se desplazan del grupo hacia el
sujeto singular, el estilo de existencia concierne sólo al indivi
duo. Liberado de la obligación de amoldarse a un estilo de vida
preconcebido y concreto, el turboconsumidor aparece como un
comprador móvil que ya no tiene que rendir cuentas a nadie.
Es indudable que, en muchos dominios, las elecciones y las
prácticas de consumo pueden estar todavía relacionadas con la
clase social a la que se pertenece. Y en el horizonte no despunta
ninguna homogeneización de los géneros de vida, dado que las
diferencias de ingresos producen inevitablemente acusadas dis
paridades en las maneras de consumir y distraerse. Pero si los es
tilos de vida no convergen en absoluto, también es verdad que
no cesa de retroceder la capacidad organizativa de los hábitos.
La especificidad de los estilos de vida de las clases se diluye de
manera creciente: todos comparten ya los ideales relativos al bie
nestar, los viajes, las novedades, la esbeltez. El gusto por las mar
cas y la moda aparece entre los adolescentes de todos los grupos
sociales; la pasión por los juegos, por los espectáculos, por la
música se desata en todos los estratos. Las desigualdades econó
micas se acentúan, las aspiraciones consumistas se aproximan;
108
las prácticas sociales divergen, pero el sistema referencial es
idéntico. Aunque el orden social esté escindido, el universo sim
bólico de las normas es homogéneo. Por eso desaparecen la an
tigua impermeabilidad de clase y el encierro de los individuos
en su grupo de origen. La heterogeneidad social salta a la vista,
pero ya no hay base cultural para su reproducción, dado que
cada cual ha conquistado el derecho a lo superfluo, al consumo,
a vivir mejor. Lo que define la fase III no es la homogeneización
social, es la reducción del poder directivo de los modelos de cla
se, la libertad de los agentes ante las normas colectivas y los há
bitos, la individualización de las elecciones de consumo.
La consecuencia de esta destradicionalización de las clases es
que se vuelve difícil prever los gastos de consumo a partir del lu
gar ocupado en el orden social. Incluso cuando hay igualdad de
ingresos difieren notablemente las maneras de consumir, ya que
las decisiones de compra reflejan menos criterios socioprofesio-
nales «duros» y más gustos personales, más criterios de edad o
de sexo. Los juicios de los individuos no coinciden ya exacta
mente con la clase a la que pertenecen, y esto de manera cre
ciente. Mientras se debilitan las identidades y los sentimientos
de pertenencia a una clase, las elecciones de consumo, cada vez
menos determinadas unilateralmente por el hábito y cada
vez más por la oferta comercial y mediática, se caracterizan por
ser ampliamente imprevisibles, descoordinadas, desunificadas.
Peregrinaje impredecible que podría llamarse «efecto Diva», en
referencia a la película de Jean-Jacques Beineix [de 1981],
en que un joven empleado de correos, de condición modesta,
vive en un loft barroco, está enamorado de la ópera y tiene un
equipo de grabación musical de profesionales. De un sistema
mecanicista hemos pasado a un sistema probabilista o indeter
minado, ya que el hiperconsumidor se parece a una partícula
elemental, por su trayectoria aleatoria: lo que distingue a la fase
III es un consumo desinstitucionalizado, de geometría variable.
De ahí ese perfil del turboconsumidor, descrito a menudo como
109
flexible y nómada, volátil y «transfronterizo», ecléctico y frag
mentado, zapeador e infiel.
E l consumo balcanizado
110
y elecciones personales efímeras, en los antípodas de la imposi
ción «mecanicista» de tiempos anteriores: la colectivización hi-
permoderna no se inscribe a contracorriente de la cultura del in
dividuo autónomo, sino que es una de sus facetas paradójicas.
Parcelada, desregulada, volátil, la era que se anuncia instituye un
colectivismo basado en la preocupación por afirmarse uno mis
mo, un consumo en mosaicos ciánicos arrastrado por la ola de
individualización de los agentes.
E l hijo hiperconsumidor
111
el hijo actual informa de sus preferencias, expresa demandas, da
su opinión sobre las elecciones de los padres. El hijo «mudo»
forma parte de una época pasada: en la situación actual, elige,
emite voto, da consejo cuando se hacen las compras y los padres
tienen en cuenta sus deseos y le transmiten un estilo de consu
mo cuyo fin es el placer. Estamos en la era del hijo hiperconsu-
midor, un hijo al que se escucha, que tiene derecho a elegir por
sí mismo, que dispone de una parcela de poder adquisitivo y
que controla directa o indirectamente una parte de los gastos del
hogar.
No se trata ya, como en la fase I, de poner fin a costumbres
ancestrales, sino de permitir la expresión de los deseos subjeti
vos favoreciendo los comportamientos autónomos de los más
jóvenes, por mediación de las compras y del dinero para gastos:
en nuestros días el consumo se concibe como instrumento de
placer, adiestramiento y desarrollo de la autonomía del hijo. Al
mismo tiempo, el consumo acentúa, para los padres, una lógica
experiencial que esencialmente es un momento de alegría oca
sionado por el espectáculo del placer de los hijos. La fase III es
ese cosmos en el que prevalece el «consumo-amor», el consumo-
fiesta tanto de los más pequeños como de los más ancianos. En
la hora en que crece el «hijo-rey» informado, que decide y pres
cribe, el consumo aparece como un medio de «comprar la paz»
en la familia, una manera de hacerse perdonar por demasiadas
ausencias largas y al mismo tiempo un derecho del hijo basado
en el derecho a la felicidad, a los placeres, a la individualidad.
«Power Age»
112
der adquisitivo que ha aumentado considerablemente, ya que
tienen menos bocas que alimentar, estos ciudadanos maduros
son responsables de casi la mitad de los gastos relacionados con
el consumo; uno de cada dos coches nuevos que se venden lo
compran ellos; el mercado de los seniornautas aumenta el doble
de rápido que la media; representa el 31 % de la cifra de nego
cios de la industria turística estadounidense. Añadamos que a
causa de la prolongación de la esperanza de vida y del creciente
volumen demográfico del sector, su importancia económica au
mentará inevitablemente en las próximas décadas. La fase III es
contemporánea de la Power Age, la era dominada por los seniors
metamorfoseados en hiperconsumidores emocionales de pro
ductos y servicios.
La época en que los jubilados estaban agotados y tenían po
cos años de vida por delante, en que los abuelos se contentaban
con cuidar de sus nietos, ha desaparecido. Incorporados a la so
ciedad de consumo, los seniors viajan, se van a la otra punta del
mundo, visitan ciudades y museos, siguen cursos de informáti
ca, hacen deporte, quieren parecer «más jóvenes». La edad no
detiene la bulimia consumista: la generación nacida en la pos
guerra mundial se muestra ávida de distracciones de evasión, de
mayor bienestar, de calidad de vida asociada al consumo de pro
ductos dietéticos, a los placeres del turismo, a los cuidados cos
méticos. Se les llamaba reacios a los cambios: actualmente, los
de 50-64 años están tan bien equipados como los jóvenes en
materia de lectores de D V D , de cámaras de fotos y de grabación
digitales; recuperan su atraso en el uso de ordenadores y cada
vez están más dispuestos a probar nuevas marcas y productos
nuevos, sobre todo en el campo de la alimentación, con vistas a
mejorar el estado de salud. La edad avanzada se relacionaba an
tes con la lentitud y la inactividad, con la fidelidad a las marcas
y con el subconsumo: hoy es un período de vida caracterizado
por el hedonismo y la sobreactividad consumista. En la actuali
dad, el jubilado es el perfecto representante del individuo hi-
113
perconsumidor, liberado del imperativo del trabajo, interesado
únicamente por las cuestiones corporales y sanitarias, por los
viajes y las salidas, los placeres privados y familiares. Incluso con
arrugas, Narciso sigue siendo el Narciso que quiere seducir, vi
vir plenamente el presente, aunque sometido a las inquietudes
del final de la vida. Narciso sénior busca ahora en el consumo
conservarse en forma y con buena salud, pero también partici
par en el movimiento de la vida social, «seguir al tanto», tomar
se las cosas con calma y olvidar el paso del tiempo. En las fases
I y II, el consumo contribuyó a erradicar las tradiciones sociales
«arcaicas»; en lo sucesivo se movilizará para reducir la sensación
íntima de envejecimiento. El hiperconsumo sénior funciona,
más aún que en otros tramos de edad, como una especie de te
rapia cotidiana, como una forma de exorcizar el sentimiento de
inutilidad, la angustia de la soledad y del tiempo que pasa.
La fase II inauguró las estrategias de segmentación del mer
cado, pero este marketing generacional estaba básicamente
orientado hacia la juventud. Los adultos eran sistemáticamente
olvidados, expulsados del circuito por políticas comerciales te
merosas de avejentar la imagen de marca de sus productos. Esto
está cambiando, porque en la fase III apareció, con más o me
nos empuje, un marketing para el sector maduro. El movimien
to dista de ser un maremoto: el 95 % de las inversiones publici
tarias francesas está orientado hacia los jóvenes y hacia el ama de
casa menor de cincuenta años. Esto no impide que haya una
mutación en marcha: se habla del «objetivo» sénior, el tramo de
edad descuidado por el marketing comienza a adquirir derecho
de ciudadanía, aparece como una nueva «mina de oro», el gran
mercado del futuro.
Hace algunos años los seniors formaban una población uni
forme y comercialmente leal. Hoy hay que seducirlos y fide-
lizarlos construyendo una comunicación específica con ellos,
proponiéndoles productos adecuados a su situación y sus nece
sidades particulares. El mercado de las prótesis, de los servicios
114
personalizados, de las entregas a domicilio está en pleno desa
rrollo. En Estados Unidos hay unos 50.000 sitios web dirigidos
a los seniors; hay cadenas de hoteles y agencias de viajes que
ofrecen reducciones o servicios particulares a los mayores de se
senta años. Las marcas de cosméticos (Roe) lanzan campañas
publicitarias centradas en el rejuvenecimiento del rostro que
prometen «diez años menos» a las mujeres quincuagenarias. Las
imágenes publicitarias congregan al abuelo y al nieto y en los
spots comerciales aparecen hombres y mujeres de sesenta años.
Las empresas contratan a empleados seniors, porque piensan
que los clientes mayores de cincuenta años prefieren hablar con
vendedores de su edad. Así como hay en vigor una tajante sub
división del mercado de los «jóvenes» (bebé, niño, preadoles
cente, «adulescente», joven adulto), también la mercadotecnia
sénior divide sus objetivos en «másters», «liberados», «apaci
bles», «muy mayores»: es una mercadotecnia hipersegmentada la
que construye los nuevos mercados de la tercera y cuarta edades,
concluyendo así el orden turboconsumista. En la fase III nin
guna edad puede escapar ya a las redes de la mercadotecnia, nin
gún límite debe detener el expansionismo comercial: así como
el tiempo del hiperconsumo es continuo, 24 horas al día, 365
días al año, también dentro de poco serán llamados los indivi
duos a ser turboconsumidores vitalicios, desde el nacimiento
hasta los cien años.
El reinado de los hijos de la posguerra mundial (papy-
boom), ¿anuncia entonces el fin de la cultura «antivejez», la de
saparición de la dictadura de lo joven? ¿Instituye la fase III el ré
gimen pluralista y tolerante con todas las edades? Guardémonos
de confundir una lógica comercial con la cultura de la vida co
tidiana: es verdad que ha concluido la época del ostracismo de
los «viejos», pero eso no significa en absoluto que lo joven se
haya desdibujado. Más bien se trata de lo contrario, porque si
los seniors son más visibles en la publicidad, desean en medida
creciente seguir siendo jóvenes y seductores, sexualmente acti
115
vos, «ser como todo el mundo» y a veces «rehacer su vida». El
éxito de los productos para cuidarse y de la cirugía estética ilus
tra claramente este proceso: cuando el juvenalismo mediático-
publicitario pierde exageración es cuando triunfa en los com
portamientos y las aspiraciones de cada cual. Mientras que la
sociedad y el mercado tienden a reconocer a los seniors, éstos
quieren, de manera creciente, sentirse jóvenes, experimentar
emociones nuevas de todas clases, reducir los estigmas de la
edad. El juvenalismo no está muriendo, en absoluto: se intro
duce en lo más profundo de los seres. La fase III desregula los
espacio-tiempos del consumo precisamente con el auspicio de
un juvenalismo subjetivado, alargado, prolongado hasta el infi
nito, que llega hasta el límite extremo en que desaparece la ca
pacidad de autonomía individual.
116
mucho más allá de las pasiones egotistas, si es verdad que se ca
racteriza por la liberación de las conductas personales de los en-
cuadramientos colectivos y por la consolidación del culto a la di
versión, al mayor bienestar y a la salud. Es innegable que los
imaginarios del consumo se han transformado, pero estos cam
bios no significan en absoluto que aquéllos comporten una in
versión de la lógica consumista. La discontinuidad no es más que
la superficie, ya que lo que vemos es sólo la acentuación, sin
duda irreversible, de la dinámica del principio de individualidad.
¿Queremos pruebas? Son abundantes. ¿Qué hay más explí
citamente individualista, léase narcisista, que las nuevas preocu
paciones relativas a la salud, al cuerpo y al aspecto? Hay tanta o
más motivación individualista en el crecimiento de los consu
mos de salud que en los gastos destinados a atraer la mirada del
otro. ¿Cómo justificar en este plano la idea de que se ha produ
cido en el consumidor «un giro de ciento ochenta grados»,37
cuando se vulgarizan la cirugía estética, el rechazo de los signos
de la edad, las prácticas de mantenimiento y de la buena forma,
los deseos de soberanía personal sobre el cuerpo? ¿Retrocede lo
efímero? El ciclo vital de los productos no cesa de reducirse.
Que crezcan los sectores de la educación, los viajes, la comuni
cación, el bienestar corporal y mental, ¿significa que hemos de
jado atrás lo pueril? No es verdad lo que sugieren los videojue
gos, los chats, los travestismos electrónicos del yo, la necesidad
de comunicarse por comunicarse, la telerrealidad, los parques
temáticos de atracciones. Forzoso es reconocer que el turbocon-
sumidor se acerca tanto a lo que es esencial para la vida como a
lo más frívolo. Medicalización de la existencia, espiral de diver
siones, juegos, zapeo de productos: desde que salió de los años
ochenta, el T G V individualista no ha reducido su velocidad, la
ha aumentado.
¿Son más solidarios los consumidores interesados por las
causas humanitarias, atentos a las etiquetas verdes y a los pro
ductos éticos? Pero si la tendencia al consumo «cívico» es inne-
117
gable, ¿en qué se aparta de la constelación del individuo o, lo
que es igual, de los compromisos de tipo opcional, mínimo e in
doloro? Este consumo significa sobre todo que individualismo
no es sinónimo de egoísmo absoluto: puede ser compatible con
el espíritu de responsabilidad, con la preocupación por ciertos
valores, aunque sea en un régimen de geometría variable, «sin
obligación ni sanción».38
118
TV
¡
;
. —
de resistirse tanto a las tentaciones exteriores como a los impul-
sos interiores. Así, somos testigos de todo un conjunto de com
portamientos desestructurados, de consumos patológicos y
compulsivos. Por todas partes van de la mano la tendencia a la
desreglamentación de uno mismo y la cultura de libre disposi
ción de los individuos abandonados al vértigo del actual super-
| mercado de los modos de vida. A medida que se amplía el prin-
1 cipio de pleno dominio de la dirección de la propia vida crecen
1 a ritmo creciente las manifestaciones de dependencia e impo
tencia subjetivas. Lo que está en juego en la escena actual del
consumo es tanto el Narciso liberado como el Narciso encade
nado.
El estadio III ha puesto en órbita un consumidor liberado
en buena medida de imposiciones y ritos colectivos. Pero esta
autonomía personal comporta nuevas formas de servidumbre.
Si está menos sometido a los valores conformistas, es mucho
más tributario del reinado monetizado del consumo. Si el indi
viduo es socialmente autónomo, helo ahora más dependiente
que nunca de la forma comercial para satisfacer sus necesidades,
i Tomados de uno en uno, los actos de consumo están menos di-
¡ rigidos socialmente, pero en términos generales crece la capaci
dad del mercado para encuadrar la existencia. La influencia ge
neral del consumo en los modos de vida y los placeres aumenta
tanto más cuantas menos reglas sociales apremiantes impone.
119