Lumen
Lumen
HISTORIA DE UN ALMA
POR CAMILO FLAMMARION
Traducción de la sexta edición francesa por
A. Lopez Llasera
PREFACIO
La publicación de esta obra tiene por objeto dar a conocer el lugar que la Tierra ocupa en lo Infinito, y el lugar
del hombre en la vida universal y eterna. Es la continuación de la obra emprendida por el libro la Pluralidad de
Mundos habitados, y por los trabajos sucesivos del autor. La Astronomía, esa reina de las ciencias, no se limita
ya hoy a mostrarnos masas inertes en movimiento en el vacío, sino que nos hace entrever la vida inmensa que
está esparcida en las otras tierras del espacio; nos descubre el verdadero cielo; funda los cimientos de una
filosofía nueva, que nos enseña al fin lo que somos, de dónde venimos, a dónde vamos, y cuáles son los
destinos que nos arrastran en el sistema del mundo material y espiritual. Sin duda extrañará la forma de las
narraciones que van a seguir, y, a pesar de las precauciones oratorias tomadas a veces para disimular los
abismos al borde de los cuales marcharemos, es indudable que muchos lectores se detendrán súbitamente en
ciertos puntos, atacados de deslumbramiento y de vértigos.
La naturaleza del asunto no permite que sea de otro modo, y sólo los espíritus ligeros podrían mirar sin
emoción el INFINITO que se abre ante nuestros pasos, y que nos es revelado por las leyes inmutables a las
cuales obedece la creación entera. Una de esas leyes impresionó al autor hace algunos años, presentándole de
repente perspectivas en las cuales no había pensado jamás, y que habían permanecido desconocidas a los
diferentes astrónomos, filósofos y escritores que había conocido hasta entonces.
Estas perspectivas le parecieron al pronto, ilusorias, increíbles, como esos espejismos engañadores que las
caravanas sedientas distinguen en él fondo de los desiertos africanos, y que huyen a medida que se los
persigue. Pero reflexionando sobre ellas con mayor atención, y analizándolas con la severidad de los métodos
científicos, ha comprobado su realidad y reconocido que el conocimiento del mundo físico puede ayudarnos a
comenzar el estudio de un mundo relegado hasta el presente siglo al dominio incomprensible de lo
sobrenatural.
Los artículos de los periódicos a los cuales dieron lugar las primeras ediciones de esta obra, han mostrado al
autor que varios lectores, aun instruidos, se han fijado en la forma y no han visto en ella más que juegos de
imaginación, fantasías, astronomía recreativa. Ciertamente y sin contradicción, es muy útil propagar la
enseñanza de la astronomía con ayuda de un lenguaje imaginario, y hasta si se quiere apasionado, y el autor lo
ha hecho con gusto en otras publicaciones, porque sabe y confiesa que el conocimiento elemental del Universo
debería constituir la base de toda instrucción. Pero, al realizar este programa, y al hacer emprender al
pensamiento un viaje al seno de las regiones lejanas descubiertas por el telescopio y medidas por el cálculo; al
exponer con este designio los recientes descubrimientos de la astronomía sideral, el asunto de la presente obra
se extiende más allá de esta esfera de enseñanza clásica.
Dirigiese a los espíritus elevados que se han hecho libres, que saben sentir las grandes verdades de la
Naturaleza y que desean profundizarlas. Es este, en efecto, un estudio esencialmente científico de las
condiciones fisiológicas de la vida eterna en el Universo infinito. Si, por una parte, la forma general del libro
sirve de marco a un cuadro de la construcción del Universo trazado por las infatigables investigaciones de la
sublime ciencia del cielo, se ha tenido cuidado, por otra, de aplicar a la elucidación de las cuestiones
propuestas, los documentos proporcionados por los estudios tan curiosos y tan profundos de la fisiología
contemporánea.
Después de esta declaración, el autor debe limitarse a dejar al lector que comience la lectura de este libro sin
ninguna idea preconcebida. Sin duda, buscando así la solución de problemas reputados hasta ahora insolubles,
sentiremos zozobrar y desaparecer algunas de nuestras antiguas creencias. Pero esta es la suerte de todas las
cosas: el progreso no puede realizarse sino por el cambio. Los antiguos templos paganos de Roma, han cedido
su puesto a los altares consagrados a un culto más puro. A las iglesias de piedra de la Edad Media suceden hoy
las aspiraciones del pensamiento, que se elevan por encima de las bóvedas materiales, por encima mismo del
firmamento estrellado, y remontan libremente su vuelo a través de los espacios infinitos: la grande y divina
Naturaleza forma el nuevo Templo, y el Espíritu creador se manifiesta también en su insondable poder. Elevé-
monos en adelante a estas altas contemplaciones. Las revoluciones del globo destruirán las obras de los
hombres; pero nuestras almas sobrevivirán a la ruina de los cuerpos y de las cosas, y permanecerán vivas en la
inmutable eternidad. Pompeya, año 1873 de la era cristiana.
QUAERENS. –Me has prometido, oh Lumen, hacerme la descripción de aquella hora extraña, extraña entre
todas las demás que siguió a tu último suspiro, y referirme cómo, por una ley natural, aunque singularísima,
volviste a ver lo pasado en lo presente, y penetraste un misterio que había permanecido hasta hoy tan
obstinadamente oculto.
LUMEN. –Sí, mi antiguo amigo, voy a cumplir mi promesa; y gracias
a la larga correspondencia de nuestras almas, espero que comprendas ese fenómeno que calificas de “extraño”.
Hay contemplaciones que difícilmente puede soportarlas la vista mortal. La muerte, que me ha libertado de
los sentidos débiles y fatigables del cuerpo, no te ha tocado aún con su mano libertadora. Perteneces todavía al
mundo de los vivientes. A pesar de lo aislado de tu retiro, en estas regias torres del arrabal SaintJacques, donde
los profanos no vienen a distraerte de tus meditaciones, formas, sin embargo, parte de la existencia terrestre y
estás sujeto a sus preocupaciones superficiales. No te admires, pues, si en el momento de asociarte al
conocimiento de mi misterio, te invito a aislarte cada vez más de todo ruido exterior, y a concederme toda la
intensidad de atención de que es capaz tu espíritu.
QUAERENS. –No tengo oídos más que para escucharte, ¡oh Lumen!, ni espíritu más que para dedicarlo a
comprenderte. Habla, pues, sin temor y sin rodeos, y dígnate darme a conocer esas impresiones, para mí
desconocidas, que siguen a la cesación de la vida.
LUMEN. -¿Por dónde quieres que dé comienzo a mi relato?
QUAERENS. -¡Oh! La separación del principio pensante y del organismo nervioso, no deja en el alma
ninguna especie de recuerdo. Es como si las impresiones del cerebro que constituyen la armonía de la
memoria, se borrasen enteramente para renovarse en breve bajo otra forma. La primera sensación de identidad
que se experimenta después de la muerte se parece a la que se siente al despertar durante la vida, cuando,
recobrando por la mañana poco a poco la conciencia, se está todavía bajo la impresión de las visiones de la
noche. Solicitado por lo porvenir, y por lo pasado, el espíritu trata a la vez de recobrar la plena posesión de sí
mismo, y de retener las impresiones fugitivas del sueño que se desvanece, y que pasan por él con todo su
acompañamiento de ideas y de acontecimientos.
A veces, absorto en este examen retrospectivo de un sueño que le cautiva, siente bajo los párpados que se
cierran, renovarse las cadenas de la visión y continúa el espectáculo, cayendo de nuevo en el sueño. Así se
balancea nuestra facultad pensante al salir de esta vida, entre una realidad que aún no comprende, y un sueño
que todavía no ha desaparecido completamente. Las impresiones más diversas se mezclan y se confunden, y si,
bajo el peso de sentimientos perecederos se echa de menos la tierra de donde se acaba de ser desterrado,
abruma un sentimiento de tristeza indefinible que pesa sobre nuestros pensamientos, nos envuelve en tinieblas,
y retarda el discernimiento. -¿Has experimentado inmediatamente después de la muerte?
QUAERENS. tú esas sensaciones
LUMEN. -¿Después de la muerte? La muerte no existe. El hecho que designamos con ese nombre, la
separación del cuerpo y del alma, no se efectúa, a decir verdad, bajo una forma material, comparable a las
separaciones químicas de los elementos disgregados que se observa en el mundo físico. Esa separación
definitiva que parece tan cruel, apenas se siente, como el niño recién nacido no se da cuenta de su nacimiento.
Nacemos a la vida celeste como hemos nacido a la vida terrestre. Solamente el alma, libre ya de las
envolturas corporales que la revestían aquí abajo, adquiere más pronto la noción de su estado y de su
personalidad. Sin embargo, esta facultad de percepción varía esencialmente de un alma a otra. Hay almas que
durante la vida del cuerpo no se elevaron jamás hacia el cielo, ni se mostraron ansiosas de penetrar las leyes de
la creación. Estas, dominadas todavía por los apetitos corporales, permanecen largo tiempo en estado de
perturbación y de inconsciencia.
Pero hay otras, por fortuna, que, ya en esta vida, se elevaron en alas de sus aspiraciones hacia las cimas de la
belleza eterna; éstas ven llegar con calma y serenidad el instante de la separación; saben que el progreso es la
ley de la existencia, y que van a entrar en una vida superior a ésta; siguen paso a paso los progresos del letargo
que va subiendo hasta su corazón, y cuando éste da el último latido, lento e insensible, están ya por encima del
cuerpo, del cual han observado al adormecimiento, y, desprendiéndose de los lazos magnéticos que a él las
unía, se sienten llevar rápidamente por una fuerza desconocida hacia el punto de la creación a donde las
arrastran sus aspiraciones, sus sentimientos y sus esperanzas.
QUAERENS. –La conversación que entablo contigo en este momento,
mi querido maestro, me recuerda los diálogos de Platón sobre la inmortalidad del alma; y como preguntaba
Fedro a su maestro Sócrates, el mismo día en que para cumplir la inicua sentencia de los atenienses, debía éste
beber la cicuta, yo te preguntaré también, ¡oh, tú que has pasado el término fatal!, ¿qué diferencial esencial
distingue el alma del cuerpo, pues que éste muere, mientras que la primera no muere jamás?
LUMEN. –No daré a esa pregunta una respuesta metafísica como la de Sócrates, ni una respuesta dogmática
como la de los teólogos, sino una respuesta científica; porque ni tú, ni yo, damos valor más que a los hechos
probados por los métodos positivos. Ahora bien, hay en el hombre, como en el Universo mismo, tres principios
muy distintos: 1º el cuerpo; 2º la fuerza vital; 3º el alma. Los nombro en este orden para seguir el método a
posteriori.
El cuerpo es una asociación de moléculas, formadas a su vez por agrupaciones de átomos. Los átomos son
inertes, pasivos, inmutables e indestructibles. Entran en el organismo por medio de la respiración y de la
alimentación, renuevan incesantemente los tejidos, son reemplazados por otros, y expulsados por el
movimiento de la vida, pasan a pertenecer a otros cuerpos. En algunos meses el cuerpo humano se renueva
totalmente, y ni en la sangre, ni en la carne, ni en el cerebro, ni en los huesos, queda un solo átomo de los que
le constituían pocos meses antes.
Por el gran médium de la atmósfera, los átomos viajan sin cesar de un cuerpo a otro. La molécula de hierro es
siempre la misma, ya se encuentre incorporada en la sangre que palpita bajo la sien de un hombre ilustre, ya
pertenezca a un vil fragmento de hierro viejo y enmohecido. La molécula de oxígeno es siempre la misma, ya
brillante bajo la mirada amorosa de la joven desposada, ya uniéndose al hidrógeno, arda en una de las mil luces
de las noches parisienses, o ya caiga en forma de gota de agua del seno de las nubes.
Los cuerpos actualmente vivos están formados de las cenizas de los muertos, y si todos los muertos
resucitasen, los últimos se encontrarían faltos de muchos fragmentos que habrían pertenecido a los primeros. Y,
durante la vida misma, se hacen muchísimos cambios de átomos, entre enemigos como entre amigos, entre
hombres, animales y plantas, cambios que admirarían singularmente al que pudiera analizarlos. Lo que tú
respiras, comes y bebes, ha sido ya respirado, comido y bebido miles de veces. Tal es el cuerpo: un conjunto de
moléculas materiales que se renueva constantemente. La fuerza vital, la vida, es el principio bajo el cual esas
moléculas deben agruparse según cierta forma, para constituir un organismo.
La fuerza gobierna a los átomos inertes, pasivos, incapaces de regirse por sí mismos; ella es la que los llama,
los toma, los coloca, los dispone siguiendo ciertas reglas, formando ese cuerpo tan maravillosamente
organizado, que el anatómico y el fisiólogo contemplan. Los átomos son indestructibles; la fuerza vital no lo
es. Los átomos no tienen edad; la fuerza vital nace, envejece y muere. Un octogenario es más viejo que un
adolescente de veinte años. ¿Por qué? Los átomos que lo constituyen no están en él sino desde hace, todo lo
más, algunos meses, y por otra parte no son ni viejos ni jóvenes. Analizados, los elementos constitutivos de su
cuerpo, no tienen edad. ¿Qué ha envejecido en él? La fuerza vital, usada, terminada.
Como el calor y la electricidad, la vida es una fuerza engendrada por ciertas causas. Se transmite por la
generación. Conserva el cuerpo instintivamente y sin tener conciencia de sí misma. Tiene un principio y un fin.
Es el principio vital: fuerza físico-inconsciente, organizadora y conservadora del cuerpo. El alma es un ser
intelectual, pensador, inmaterial. El mundo de las ideas en el cual vive, no es el mundo de la materia. No tiene
edad ni envejece. No cambia en un mes o dos como el cuerpo, porque al cabo de meses, de años, de decenas de
años, sentimos que hemos conservado nuestra identidad, que nuestro yo es el mismo.
De otro modo, si el alma no existe, y si la facultad de pensar fuese una propiedad del cerebro, no podríamos
continuar diciendo que tenemos un cuerpo: sería nuestro cuerpo el que nos tendría a nosotros. Además, nuestra
conciencia cambiaría de período en período; no tendríamos la certidumbre, ni siquiera la simple noción de las
resoluciones segregadas por las moléculas que hubieron pasado por nuestro cerebro algunos meses antes. El
alma no es la fuerza vital, porque ésta es conmensurable, se transmite por generación, no tiene conciencia de sí
misma; nace, crece, declina y muere…, estados todos opuestos a los del alma, inmaterial, inconmensurable, no
transmisible y consciente. El desarrollo de la fuerza vital puede representarse geométricamente por un huso
que va llenándose insensiblemente hasta llegar el centro, y luego decrece y va disminuyendo hasta terminar.
A la mitad de la vida, el alma no se deshincha (si puedo emplear esta comparación) para disminuir y tener un
fin, sino que continúa abriendo su parábola, lanzada a lo Infinito. Por otra parte, el modo de existencia del alma
es esencialmente diverso del de la vida. Es un modo espiritual. El sentimiento de lo justo o de lo injusto, de lo
verdadero o de lo falso, de lo bueno o de lo malo; el estudio, las matemáticas, el análisis, la síntesis, la
contemplación, la admiración, el amor, el afecto o el odio, la estimación o el desprecio, en una palabra, las
ocupaciones del alma, cualesquiera que sean, pertenecen al orden intelectual y moral, que ni los átomos ni las
fuerzas físicas pueden conocer y que existen tan realmente como el orden físico.
Estos tres elementos de la persona humana, los hallamos también en el conjunto del Universo: 1º los átomos,
los mundos materiales, inertes, pasivos; 2º las fuerzas físicas, activas, que gobiernan a los mundos; 3º Dios, el
Espíritu eterno e infinito, organizador intelectual de las leyes matemáticas a las cuales las fuerzas obedecen…
Dios desconocido, en quien residen los principios supremos de lo Verdadero, de lo Bello y de lo Bueno. El
alma no puede hallarse unida al cuerpo sino por la fuerza vital intermediaria. Cuando la vida se ha extinguido,
el alma se separa naturalmente del organismo y cesa de tener relación inmediata con el espacio y el tiempo. No
tiene densidad, ni peso. Después de la muerte, el alma permanece en el sitio del cielo en que se encuentra la
Tierra en el momento de la separación. Ya sabes que la Tierra es un planeta del cielo (Fig. 1), lo mismo que
Venus o Júpiter. La Tierra continúa recorriendo su órbita a razón de 26,800 leguas por hora; de suerte que una
hora después de la muerte, el alma se halla a esa distancia de su cuerpo, por el solo hecho de haberse desligado
de las leyes de la materia, y de su inmovilidad en el espacio. Así, nos encontramos en el cielo inmediatamente
después de nuestra muerte, como, por lo demás, lo hemos estado durante todo el tiempo de nuestra vida.
Solamente que ya no tenemos peso que nos sujeta al planeta. Añadiré, sin embargo, que en general el alma
tarda algún tiempo en desprenderse enteramente del organismo nervioso, y que a veces permanece varios días,
y aún meses, magnéticamente unida a su antiguo cuerpo, que no es de su gusto abandonar.
QUAERENS. –Es la primera vez que concibo, bajo una forma
sensible, el hecho natural de la muerte, y que comprendo la existencia individual del alma, su independencia
del cuerpo y de la vida, su personalidad, su supervivencia y su situación tan sencilla en el cielo. Esta teoría
sintética me prepara, así lo espero, a oír y apreciar tu revelación. Un acontecimiento singular me has dicho que
te llamó la atención a tu entrada en la vida eterna. ¿En qué momento tuvo lugar?
LUMEN. –Voy a decirte, amigo mío. Pero déjame seguir mi narración.
Daba la media noche, ya lo sabes, en el antiguo reloj de mi habitación, y la luna llena, en mitad de su curso,
derramaba su pálida claridad sobre mi lecho de muerte, cuando mi hija y mi nieto se retiraron a descansar. Tú
quisiste quedarte a mi cabecera y prometiste a mi hija no separarte de mí hasta el amanecer. Te daría las gracias
por tus cariñosos cuidados si no fuésemos antiguos amigos. Haría como una media hora que estábamos solos,
ya que el astro de la noche declinaba a la derecha, cuando te tomé la mano y te anuncié que la vida abandonaba
ya la extremidad de mis miembros. Tú me asegurabas lo contrario, pero yo observaba con calma mi estado
fisiológico, y sabía que me quedaban pocos instantes de vida. Entonces te dirigiste sin hacer ruido hacia la
habitación de mis hijos, pero (no sé por qué concentración de fuerzas) conseguí gritarte que te detuvieras.
Volviste junto a mi cama, amigo mío, con lágrimas en los ojos y me dijiste: “Es verdad, tus últimas
disposiciones están dadas, y mañana por la mañana habrá tiempo de llamar a tus hijos.” Había en aquellas
palabras una contradicción que observé, sin dártelo a comprender.
Recordarás que entonces te rogué que abrieses la ventana. ¡Qué hermosa noche de octubre, más hermosa que
la de los bardos de Escocia cantada por Osián! No lejos del horizonte mi vista distinguía las Pléyadas, veladas
por las brumas inferiores. Cástor y Pólux, se cernían victoriosamente en el cielo un poco más lejos. Y encima
formando un triángulo constelado con las precedentes, se admiraba en la constelación del Cochero (Fig. 2) una
hermosa estrella blanca, que, dibujada en el extremo de las cartas zodiacales, se llama Capella o la Cabra. Ya
ves que no me falta la memoria. Cuando abriste la ventana, los perfumes de las rosas dormidas bajo las alas de
la noche subieron hasta mí y se mezclaron a los rayos silenciosos de las estrellas. Sería imposible hallar
palabras con que expresar toda la dulzura que derramaron en mi alma esas impresiones, las últimas que la tierra
me enviaba, las últimas que gozaban mis sentidos, aún no atrofiados. En mis horas de más tierna enajenación y
de más suave felicidad no he sentido ese gozo inmenso, esa serenidad gloriosa, ese placer ya celeste, que me
proporcionaron esos minutos de éxtasis entre el aliento perfumado de las flores y la tiernísima mirada de las
lejanas estrellas…
Y cuando volviste a mi lado, yo me había vuelto hacia el mundo exterior, y con las manos cruzadas sobre el
pecho, dejaba a mi vista y a mi pensamiento orar juntos y volar al espacio. Y como mis oídos iban pronto a
cerrarse para siempre, recuerdo las últimas palabras que mis labios pronunciaron: “Adiós, mi antiguo amigo,
siento que la muerte me lleva… hacia esas regiones desconocidas donde nos encontraremos algún día. Cuando
la aurora haga desaparecer esas estrellas, no habrá aquí ya más que un despojo mortal. Repetirás a mi hija que
mi último deseo ha sido que eduque a sus hijos en la contemplación de los bienes eternos.” Y viendo que
llorabas y que estabas arrodillado junto a mi cama, añadí: “Reza la hermosa oración de Jesús.” Y tú
comenzaste, con voz trémula, el Padre Nuestro… “…Perdónanos… nuestras… deudas… así como nosotros…
perdonamos… a… nuestros deudores…”
Tales fueron los últimos pensamientos que llegaron a mi alma por el intermedio de los sentidos. Mi vista se
turbó mirando la estrella Capella, y no sé nada de lo que siguió inmediatamente a aquel instante. Los años, los
días y las horas están constituidos por los movimientos de la Tierra. Fuera de ésa, el tiempo terrestre no existe
ya en el espacio: es, pues, absolutamente imposible tener en él noción del tiempo. Pienso, sin embargo, que
debió ser el mismo día de mi muerte cuando ocurrió lo que voy a referirte.
Porque, como observarás en breve, mi cuerpo no estaba sepultado todavía, cuando se ofreció a mi alma la
visión de que voy a hablarte.
Nacido en 1793, tenía setenta y dos años al morir, y no dejó de sorprenderme grandemente el sentirme
animado de un fuego y de una agilidad de espíritu no menos ardiente y vivos que en los más hermosos días de
mi adolescencia. No tenía cuerpo, y sin embargo, no era incorpóreo, pues sentía y veía que me constituía una
substancia; no obstante, no hay analogía alguna entre esa substancia y las que forman los cuerpos terrestres. No
sé cómo atravesé los espacios celestes, ni qué fuerza me impulsaba, pero muy pronto me hallé cerca de un
magnífico sol blanco cuyo esplendor, sin embargo, no me deslumbraba, y rodeado, según me pareció a bastante
distancia, de un gran número de mundos, rodeados cada uno de ellos a su vez, por uno o varios anillos.
Esa misma fuerza inconsciente me llevó hacia uno de esos anillos, donde fui espectador de indefinibles
fenómenos de luz, porque el espacio estrellado parecía como atravesado por puentes de arco-iris. No veía ya el
sol blanco, y vivía en una especie de noche colocada por matices multicolores. La vista de mi alma era de un
alcance infinitamente superior al de los ojos del organismo terrestre que acababa de dejar, y, cosa sorprendente,
su poder me parecía sometido a mi voluntad. Esa vista del alma es tan maravillosa que no me detendré ahora a
describirla. Baste decir que en lugar de ver simplemente las estrellas en el cielo, como las veis desde la Tierra,
distinguía claramente los mundos que gravitan alrededor de ellas, y cosa extraña, cuando deseaba no ver la
estrella a fin de poderme dedicar mejor al examen de esos mundos, desaparecía aquélla de mi vista dejándome
en excelentes condiciones para contemplar cualquiera de ellas 1 . Además, cuando mi vista se concentraba en
un mundo particular, llegaba a distinguir los pormenores de su superficie, los continentes, los mares, las nubes
y los ríos; y aunque no me parecía que se aumentara su volumen a mi vista como sucede cuando uno se sirve
del telescopio.
La anatomía fisiológica transcendental explicaría tal vez este hecho, proponiendo que se admitiera que el
“punctum coecum” cambia de lugar para ocultar el objeto que no se quiere ver.
Intensidad particular de concentración en la vista de mi alma, ver el objeto sobre el cual se concentraba, como
por ejemplo una ciudad, un campo. Y cuando continuaba mirando y limitando mi observación a un punto sólo,
se hacía visibles las particularidades más pequeñas, y veía los edificios, las calles y las casas, los árboles, los
jardines, los senderos, tan distintamente como si estuviera en un globo, a corta distancia encima de ellos. En
fin, por el mismo procedimiento y en virtud de la misma facultad, aplicando siempre mi atención al mismo
objeto, veía perfectamente los habitantes y seguía a las personas en las calles y en sus habitaciones. Me bastaba
para ello limitar mi pensamiento a la casa o al individuo que deseaba observar.
QUAERENS. –Pero, amigo mío (dispensa mi observación quizá
inocente), ¿acaso a esa gran distancia los mundos o los planetas que circulan alrededor de cada estrella no se
confunden con la estrella misma? Por ejemplo, ¿a la distancia en que te hallabas entonces, los planetas de
nuestro sistema no se confundían en nuestra estrella, en nuestro sol? ¿Podías distinguir la Tierra? –Has
comprendido desde luego la única objeción geométrica que parece oponerse a la observación precedente. En
efecto, a cierta distancia los planetas son absorbidos en la irradiación de su respectivo sol, y costaría mucho
trabajo a vuestros ojos terrestres el distinguirlos. Sabes que, desde Saturno, casi no se ve ya la Tierra.
Pero importa tener presente que esas dificultades dependen tanto de la imperfección de vuestra vista como de
la ley geométrica de la disminución de las superficies. Ahora bien, en el mundo a cuyas inmediaciones acababa
yo de llegar, los seres, no encarnados en una envoltura grosera como aquí abajo, sino libres y dotados de
facultades de percepción elevadas a un eminente grado de poder, pueden, como te he dicho, aislar el foco
luminoso del objeto iluminado, y, además, ver distintamente detalles que, a tan gran distancia, serían
absolutamente invisibles para organismos terrestres.
QUARRENS. -¿Acaso usan para ello instrumentos superiores a nuestros telescopios?
LUMEN. –Sí, para que te cueste menos la admisión de esa maravillosa facultad, te es más fácil imaginar a
esos seres provistos de instrumentos, no hay inconveniente en ello, en teoría. Puedes figurarte telescopios que
por una sucesión de lentes y una disposición de diafragmas acerquen sucesivamente los mundos y separen de la
vista el foco luminoso para dejar a la observación el solo mundo que se estudia. Pero debo advertirte que esos
instrumentos no son exteriores a esos seres, sino que pertenecen a la organización misma de su vista. Y ten bien
entendido que esa construcción óptica y ese poder de visión son naturales en esos mundos, y no sobrenaturales.
Piensa un momento en los insectos que gozan de la propiedad de acortar o alargar sus ojos como los tubos de
un anteojo, de hacer cóncavo o convexo su cristalino para convertirlo en lente de diferentes grados, o también
de concentrar sobre un mismo objeto una multitud de ojos asestados como otros tantos microscopios para
examinar lo infinitamente pequeño, y podrás admitir más legítimamente la facultad de esos seres ultra-
terrestres.
QUAERENS. –Sin poder figurármela, pues está fuera de mi
experiencia, concibo esa posibilidad. Así, pues, tú podrías ver la Tierra, y aun distinguir desde allí arriba las
ciudades y aldeas de nuestro pequeño mundo.
LUMEN. –Déjame proseguir. Llegué, pues, al anillo que ha
mencionado antes, cuya anchura es bastante para que doscientas tierras como la vuestra pudieran rodar en él
de frente, y me encontré sobre una montaña coronada de palacios vegetales. Parecióme, a lo menos, que
aquellos palacios encantados crecían naturalmente, o no eran más que el resultado de una fácil disposición de
ramas y de altas flores. Era una ciudad bastante populosa. En la cima de la montaña donde abordé, vi un grupo
de ancianos en número de veinticinco o treinta que contemplaban con la atención más obstinada, e inquietos,
una hermosa estrella de la constelación austral del Altar, (Fig. 3), en los confines de la Vía Láctea. Tan
exclusivamente dedicados estaban a la contemplación de la estrella, o de un mundo de su sistema, que no
notaron mi llegada en medio de ellos.
Por mi parte, quedé sobremanera admirado al oírles hablar de la Tierra; sí, de la Tierra, en aquella lengua
universal del espíritu que todos los seres comprenden, desde el serafín hasta los árboles de los bosques. Y no
solamente hablaban de la Tierra, sino también de Francia. “¿Por qué esas matanzas periódicas? Se
preguntaban. ¿Habrán organizado una ley de muerte, esos seres sedientos de sangre humana? ¿Qué significan
esos cadalsos levantados todas las mañanas, donde vienen una tras otra a caer las cabezas de los hombres y de
las mujeres, de los niños y de los ancianos? La guerra civil, ¿va, pues, a diezmar ese pueblo, hasta acabar con
el último de sus defensores, y a lavar con ríos de sangres las calles de esa capital, antes tan risueña y tan
pomposamente adornada?” No comprendía por qué hablaban así, yo que llegaba de la Tierra con la rapidez del
pensamiento y que, el día anterior, había respirado en el seno de una capital tranquila y pacífica.
Me reuní al grupo y fijé como ellos la atención en la hermosa estrella. En breve, escuchando su conversación
y tratando ávidamente de distinguir las cosas extraordinarias de que hablaban, observé a la izquierda de la
estrella una esfera de color azul pálido: era la Tierra. No ignoras, amigo mío, que, a pesar de la paradoja
aparente, la Tierra es verdaderamente un astro del cielo, como te he recordado hace un instante.
De lejos, desde una de las estrellas inmediatas a vuestro sistema, se presenta éste a la vista espiritual de que te
hablaba, como una familia de astros, compuesta de ocho mundos principales agrupados en torno del sol
convertido en estrella. Júpiter y Saturno llaman desde luego la atención por su magnitud; después no se tarda
en reparar en Urano y Neptuno, y en seguida mucho más cerca del Sol-estrella, Marte y la Tierra. Venus es
muy difícil de distinguir, y Mercurio permanece invisible a causa de su gran proximidad al Sol.
Tal es el sistema planetario visto desde el cielo. Mi atención se fijó exclusivamente en la pequeña esfera
terrestre, al lado de la cual distinguí la Luna. Pronto observé las blancas nieves del polo boreal, el triángulo
amarillo que forma el África, los contornos del Océano y como estaba absorto únicamente en la contemplación
de nuestro planeta, el Sol-estrella se eclipsó a mi vista. Luego, sucesivamente y poco a poco, alcancé a
distinguir en la esfera, en medio de regiones azuladas, una especie de cortadura negruzca; y persiguiendo mi
investigación, llegué a descubrir una ciudad en el seno de aquella cortadura. No me costó trabajo reconocer que
la cortadura continental era la Francia, y la ciudad era París. El primer signo por medio del cual reconocí la
capital fue la cinta argentada del Sena que describe coqueta-mente tantas circunvalaciones sinuosas al Oeste de
la gran ciudad. Reconocí también la isla de la Cité. La nave y las torres de Nuestra Señora, que veía por lo alto,
formaban una perfecta cruz latina en el extremo oriental de la Cité; los bulevares extendían su cinturón al
Norte. Iluminaba esta escena un sol espléndido; pero, ¡cosa extraña!, las colinas estaban cubiertas de nieve
como en el mes de enero, siendo así que yo había abandonado los paisajes de octubre enteramente verdes.
En breve tuve la seguridad de que era París la ciudad que contemplaba; pero como no por eso comprendía
mejor las exclamaciones de mis vecinos, hice todos los esfuerzos imaginables para tratar de distinguir mejor
todavía los detalles. Mi vista se detuvo con preferencia en el Observatorio; era mi barrio favorito, y en cuarenta
años apenas me había ausentado de él algunos meses. Ahora bien, juzga cuál fue mi sorpresa, cuando,
habiéndose acostumbrado mi vista a la contemplación de aquel cuadro, noté que no había ya la alameda entre
el Luxemburgo y el Observatorio, y que esta magnífica calle de castaños había sido reemplazada por pequeños
jardines. Despertáronse mis rencores de artista contra las usurpaciones de la edilidad parisiense, pero se
desvanecieron rápidamente para dar lugar a preocupaciones mayores.
Veíase un convento en el centro de aquellos jardines. N existían ni el bulevar San Miguel, ni la calle de
Médicis; en su lugar se veía una amalgama confusa de callejuelas, entre las cuales Parecióme reconocer la
antigua calle del Este, la calle de San Miguel, donde antes había una antigua fuente que proveía de agua a los
habitantes del arrabal, y una serie de callejuelas que yo había visto en otro tiempo. El Observatorio no tenía
cúpulas; las dos alas laterales habían igualmente desaparecido. Poco a poco, continuando mi investigación,
advertí que en detalle, París había cambiado infinitamente. No existían, ni el arco de triunfo de la Estrella, ni
una sola de las hermosas calles de árboles que en él terminan. No existían tampoco ni el bulevar de Sebastopol,
ni la estación del Este, ni ninguna de las demás estaciones. La torre de Saint-Jacques estaba en medio de una
plazuela formada por casas viejas, y la columna de la Victoria se había acercado a ella. La de la Bastilla
tampoco existía, porque hubiera fácilmente visto el genio que la corona, al reflejo del sol.
La columna Vendome me pareció que había sido substituida por una estatua ecuestre. La calle de Rívoli
había desaparecido. El Louvre o no estaba concluido o le habían demolido. Entre la plaza de Francisco I y las
Tullerías, se veía una masa confusa de casuchas con pingajos pendientes de las buhardillas. En la plaza de la
Concordia, no había obelisco ninguno, sino una muchedumbre agitada que al principio no pude distinguir: ni la
Magdalena, ni la calle Real eran visibles. Había una pequeña isla detrás de la isla de San Luis. Los bulevares
exteriores no eran más que el antiguo muro de ronda, y las fortificaciones rodeaban la ciudad. En fin, sin dejar
de reconocer la capital de Francia por los edificios que le quedaban y algunos barrios no transformados, no
sabía qué pensar de una metamorfosis tan maravillosa, que de la noche a la mañana había radicalmente
cambiado el aspecto de la antigua ciudad.
Ocurrióseme, desde luego, la idea de que en lugar de haber tardado poquísimo tiempo en llegar allí desde la
Tierra, había, sin duda, empleado muchos años, y acaso muchos siglos, en el camino. Como la noción del
tiempo es esencialmente relativa, y como la medida de su duración no tiene nada de real ni de absoluto una vez
separado del globo terrestre, había perdido por ello toda medida fija, y me decía que los años y los siglos
habían podido pasar por mí sin notarlo, porque el vivísimo interés que me inspiraba el viaje me había hecho
hallar corto el tiempo, expresión vulgar que denota la relatividad de esta sensación en nuestra alma. No
teniendo ningún medio para cerciorarme del hecho, habría sin duda acabado por creer que me separaban ya
varios siglos de la vida terrestre, y que tenía a la vista el París del siglo veinte o veintiuno, sino hubiese
profundizado más el examen de mi cuadro. En efecto, identificándome sucesivamente con el aspecto de la
ciudad, llegué por grados a encontrar sitios, calles y edificios que había conocido en mi juventud.
La casa Consistorial me pareció que estaba engalanada, y el palacio de las Tullerías me presentó su
techumbre central cuadrada. Un pequeño detalle acabó de fijar mis ideas. Y fue que en medio del jardín de un
antiguo convento de la calle de Saint-Jacques, observé un pabellón cuya vista me conmovió profundamente. En
él había encontrado en mi adolescencia a la mujer que me amó con tan profundo afecto, a mi Eivlys, tan tierna,
tan amante, que lo abandonó todo por unir su destino al mío. Volví a ver la pequeña cúpula del terrado j unto al
cual tanto nos gustaba fantasear durante la noche, y estudiar las constelaciones.
¡Oh, con cuánto júbilo saludé aquellas calles por donde habíamos paseado juntos, aquellas alamedas entre las
cuales huíamos de las miradas indiscretas de un mundo envidioso! ¡Contemplé aquel pabellón, que reconocí tal
como estaba en aquel tiempo, y ya comprenderás que su sola vista bastó para completar mis indicaciones y
convencerme, de una manera invencible e inquebrantable, de que lejos de tener a la vista, como naturalmente
había pensado, el París posterior a mi muerte, veía el París desaparecido!, el antiguo París de principios de este
siglo o de fines del pasado. Fácilmente comprenderás, sin embargo, que a pesar de la evidencia, no podía creer
a mis propios ojos. Apréciame mucho más natural admitir que París había talmente envejecido, que había
sufrido tales transformaciones desde mi partida de la Tierra (intervalo cuya duración me era absolutamente
desconocida), que lo que tenía a la vista era la ciudad del porvenir, si me es lícito expresar por esta figura un
hecho que para mí era presente. Continué, pues, con grande atención mis observaciones para averiguar si
decididamente era el antiguo París, en parte demolido hoy, lo que tenía a la vista, o si, por un fenómeno no
menos increíble, era otro París, otra Francia, otra Tierra.
II
QUAERENS. -¡Qué situación tan extraordinaria para tu espíritu
analizador, oh Lumen! ¿Y cómo te fue posible llegar a conocer la realidad?
LUMEN. –Los ancianos de la montaña habían continuado sus
conversaciones, mientras las reflexiones anteriores se sucedían en mi mente. De repente oí al más anciano,
espíritu venerable cuya cabeza nestoriana infundía a la vez admiración y respeto, exclamar con voz tristemente
retumbante: “¡De rodillas, hermanos míos; pidamos indulgencia al Dios Universal! ¡Esa tierra, esa nación, esa
ciudad se han manchado con un gran crimen: la cabeza de un rey inocente acaba de caer!” Sus compañeros
parecieron comprenderle, porque se arrodillaron en la montaña, y humillaron sus blancas cabezas hasta el
suelo. Yo, que todavía no había llegado a distinguir los hombres en medio de las calles y de las plazas públicas,
y que no había seguido la observación particular de aquellos ancianos, permanecí en pie y proseguí con más
insistencia mi examen. -“Extranjero –me dijo el anciano-; ¿censuras la acción unánime de tus hermanos, pues
que no unes tu oración a la suya?” -Senador -le respondí- no puedo censurar ni aprobar lo que no comprendo.
Llegado a esta montaña hace un instante, no conozco la causa de vuestra religiosa imprecación. Entonces me
acerqué al anciano, y mientras sus compañeros, que se habían levantado, hablaban reunidos en diversos grupos,
le rogué que me hiciera partícipe de sus observaciones. Díjome que, por la intuición de que están dotados los
espíritus del grado de los que habitan aquel mundo, y por la facultad íntima de percepción que han recibido,
poseen una especie de relación magnética con las estrellas vecinas. Dichas estrellas son doce o quince, las más
cercanas; fuera de aquella región la percepción es confusa. Nuestro sol es una de
aquellas estrellas inmediatas.
Conocen, pues, vaga, pero sensiblemente, el estado de las humanidades que habitan los planetas dependientes
de vuestro sol, y su grado relativo de elevación intelectual o moral. Además, cuando se verifica una gran
perturbación en el seno de una de esas humanidades, ya en el orden físico ya en el orden moral, experimentan
una especie de conmoción íntima, así como una cuerda vibrante hace entrar en vibración a otra cuerda situada a
cierta distancia. Haría un año (el año de aquel mundo es igual a diez de los nuestros) que se habían sentido
atraídos por un sentimiento particular hacía el planeta terrestre, y los observadores habían seguido con interés e
inquietud la marcha de este mundo. Habían asistido al fin de un reinado, a la aurora de una libertad
resplandeciente, a la conquista de los derechos del hombre, a la afirmación de los grandes principios de la
dignidad humana. Después, habían visto debilitarse todas estas luces, desenfrenarse las pasiones y lanzarse a
excesos deplorables, cubrirse el cielo de nubes y anunciarse la tempestad por signos precursores. Comprendí
que se trataba de la gran revolución del 89, y de la caída del antiguo mundo político ante el nuevo.
Desde aquel momento, sobre todo, habían seguido contemplando con dolor las obras del Terror y la tiranía de
los bebedores de sangre. Temían por los días de la Tierra, y dudaban ya del progreso de esta humanidad
emancipada. Algunos, sin embargo, habían confiado en que un hombre superior vendría a poner freno a la
anarquía, a combatir por un momento la libertad misma, a dominar al mundo por la fuerza y a dejar después a
la libertad recobrar las riendas del carro.
Guardéme bien de hacer saber al senador, que acababa de llegar de la Tierra y que la había habitado por
espacio de setenta y dos años. No sé si tuvo de esto alguna intuición; pero yo experimentaba tan extraña
sorpresa ante aquella visión, que mi espíritu estaba absorto en ella y no pensaba en mi persona.
Mi vista se había por fin asimilado al espectáculo observado, y distinguía en medio de la plaza de la
Concordia un cadalso rodeado de un formidable aparato de guerra. Una carreta dirigida por un hombre vestido
de rojo se llevaba los restos de Luis XVI; nobles cabezas acababan de ser separadas de sus troncos, y varios
chirriones conteniendo los cuerpos palpitantes se dirigían hacia el arrabal de San Honorato. Un populacho
ebrio amenaza al cielo con los puños crispados. Hombres a caballo seguían lúgubremente las carretas con el
sable desenvainado. Veíanse hacia los Campos Elíseos fosos en los cuales caían los que iban a pie. Los árboles,
irregularmente plantados, estaban sin hojas; y aquello era más bien un luto general que una muerte. Varios
descamisados que habían trepado hasta las cimas de los árboles, agitaban sus gorros, y en las calles lejanas
algunos raros transeúntes se atrevían a arrostrar aquellas soledades.
Yo no había asistido a los acontecimientos del 93, porque aquel año era precisamente el de mi nacimiento, y
experimentaba un vivo interés al encontrarme testigo de aquella escena, de la cual sabía la historia. Pero, por
inmenso que fuese este interés, comprenderás que estaba dominado por un sentimiento aún más poderoso; el de
saberme a fines de 1864 y tener presente delante de mí un hecho ocurrido a fines del siglo.
QUAERENS. –Paréceme, en efecto, que esa idea de imposibilidad
debía temblar singularmente el interés de tu contemplación. Porque, en fin, esa es una visión radicalmente
ilusoria y cuya realidad no podemos admitir, ni aún viéndola.
LUMEN. –Sí, amigo mío, es imposible. Ahora bien, ¿comprendes en
qué estado me hallaría yo, viendo con mis propios ojos realizada esa paradoja? Una expresión popular dice
que, a veces, “no puede uno creer a sus ojos”; esa era mi posición. Era imposible negar lo que veía, e imposible
admitirlo.
QUAERENS. –Pero, ¿no era una simple concepción de tu espíritu, una
creación de tu imaginación, una reminiscencia de tu memoria? ¿Tenías la certidumbre de que aquello era una
realidad, y no un reflejo singular de la memoria?
LUMEN. –Esa fue la primera reflexión que me ocurrió. Pero era para
mí tan evidente, que tenía ante mis ojos el París del 93 y el suceso del 21 de enero, que no pude dudar por
mucho tiempo. Además, esa explicación era inadmisible, toda vez que los ancianos de la montaña me habían
precedido en esta observación, que veían, analizaban y se comunicaban la acción presente, sin conocer en
modo alguno la historia de la Tierra, ni saber que yo conocía esa historia. Por otra parte, teníamos a la vista un
hecho presente y no un hecho pasado.
QUAERENS. –Pero entonces, si lo pasado puede fundirse de esa
manera en lo presente; si la realidad y la visión se enlazan de esa suerte; si personajes muertos de largo tiempo
pueden ser vistos representando su papel en la escena del mundo; si las construcciones nuevas y las
metamorfosis de una ciudad como París, pueden desaparecer dejando ver en su lugar la ciudad antigua; si, en
fin, lo presente puede desvanecerse por la resurrección de lo pasado ¿en qué certidumbre podemos en adelante
confiar? ¿Qué viene a ser la ciencia de la observación?
¿Qué las deducciones y las teorías? ¿Sobre qué se fundan nuestros conocimientos que nos parecen más
sólidos? Y si esas cosas son verdaderas, ¿no debemos dudar en delante de todo o creer en todo?
LUMEN. –Esas consideraciones y muchas otras, amigo mío, me
absorbían y atormentaban; pero no impidieron que fuese una realidad lo que yo observaba.
Cuando hube adquirido la certeza de que teníamos a la vista el año 1793, pensé inmediatamente que la
ciencia, en vez de combatir aquella realidad (porque dos verdades no pueden ser opuestas la una de la otra),
debía darme su explicación. Interrogué, pues, a la física y esperé su respuesta.
QUAERENS. -¡Cómo! ¿Sería real el hecho?
LUMEN. –No solamente real, sino comprensible y demostrable. Voy a darte ahora su explicación
astronómica. Examiné al principio la posición de la Tierra en la constelación del Altar, de que te he hablado.
Orientándome relativamente a la estrella polar y al zodíaco, observé que las constelaciones no eran muy
diferentes de las que se ven desde la Tierra, y que prescindiendo de algunas estrellas particulares, su posición
es sensiblemente la misma. Orión reinaba todavía en el ex-ecuador terrestre; la Osa mayor, detenida en su
curso circular, recordaba todavía el Norte. Refiriéndome a las coordenadas de los movimientos aparentes,
suspendidos ya, determiné entonces que el punto donde yo veía el grupo del Sol, la Tierra y los planetas, debía
marcar la hora decimoséptima de ascensión recta, es decir, el grado 256, a corta diferencia. (No tenía
instrumento para tomar una medida exacta).
Observé en segundo lugar que se hallaba hacia los 44º de distancia del polo Sur. Estas investigaciones tenían
por objeto darme a conocer la estrella en la cual me encontraba entonces. De ellas deduje que debía estar en un
astro situado hacia el grado 76 de ascensión recta y hacia el 46 de declinación boreal. Sabía, por otra parte, por
las palabras del anciano, que el astro en que nos hallábamos no estaba lejano de nuestro Sol, porque éste se
contaba entre el número de astros vecinos. Con ayuda de estos datos, pude fácilmente buscar en mi memoria
qué estrella concordaba con las posiciones determinadas. No había más que una y era la estrella de primera
magnitud alfa del Cochero, llamada también Capella o la Cabra.
No había la menor duda sobre este punto. Así, pues, estaba yo entonces, a no dudar, en un mundo dependiente
del sistema de esta estrella. Desde ella, en efecto, el Sol se presenta como una simple estrella, que, a
consecuencia del viaje, se había ido a colocar en perspectiva delante y en la constelación del Altar, situada
precisamente al lado opuesto de la del Cochero para un habitante de la Tierra. Entonces busqué en mi memoria
cuál era la paralaje de esta estrella. Recordé que un astrónomo ruso amigo mío la había calculado, y que
habiéndose confirmado su cálculo, esa paralaje era precisamente de 0”,046. –Me adelantaba rápidamente hacia
la solución del misterio, y mi corazón palpitaba de alegría. Todo geómetra sabe que la paralaje indica
matemáticamente la distancia en unidades de la magnitud empleada. Iba, pues, a recordar exactamente la
distancia que separaba esta estrella de la Tierra, y hasta en caso de necesidad a poder calcularla: bastaba para
ello buscar qué número corresponde a 0”,046 2 .
Expresado en millones de leguas este número es de 170,392,000. Así, desde el astro en que me encontraba,
para ir hasta Tierra hay una distancia de 170 billones, 392 mil millones de leguas. Lo principal estaba hecho, y
el problema estaba ya resuelto en sus tres cuartas partes. Pero, he aquí el punto capital, el punto sobre que
llamo tu atención especialmente, porque en él reside la explicación de la más extraña de las realidades. Ya
sabes que la luz no franquea instantáneamente la distancia de un lugar a otro, sino que lo hace sucesivamente.
Habrás observado que arrojando una piedra a un estanque de agua tranquila, se suceden una serie de
ondulaciones alrededor del punto donde la piedra ha caído. Así procede el sonido en aire cuando pasa de un
punto a otro Así procede también la luz en el espacio, transmitiéndose de un punto a otro ondulaciones
sucesivas.
Nadie ignora que cuanto más lejano está un objeto, tanto más pequeño parece. Un objeto que no se ve sino
bajo un ángulo de un segundo, se encuentra alejado de 206,265 veces su magnitud, cualquiera que esta sea;
porque hay 1.296,000 segundos en una circunferencia; la relación de la circunferencia al diámetro es de
3,14159, y 1.296,000 ------------= 206,265 3,14159X2 La estrella Capella, no viendo el semidiámetro de la
órbita terrestre sino bajo un ángulo 22 veces mayor; es, por consiguiente, de 4.484,000 veces el radio de la
órbita terrestre. 3 Téngase, sin embargo, presente, que el procedimiento de transmisión, no es enteramente
igual en el sonido y en la luz, puesto que el primero es debido al movimiento longitudinal de las moléculas del
aire, mientras que el segundo lo es a las vibraciones transversales del éter. (N. del T.)
La luz de una estrella emplea, pues, cierto tiempo para llegar a la Tierra, y ese tiempo depende, naturalmente,
de la distancia que separa a la estrella de la Tierra.
El sonido recorre 340 metros por segundo. Un cañonazo es oído en el momento mismo en que parte, por los
artilleros que están inmediatos a la pieza; un segundo después por los que están a 340 metros de distancias; 3
segundos después por los que están a 1 kilómetro; transcurren 12 segundos para los que están a una legua de
distancia; 2 minutos para los que están a diez leguas, y 3 minutos para los que, habitando a 25 leguas, pueden
oír todavía ese trueno de los hombres. La luz transmite con una celeridad mucho mayor, pero no
instantáneamente, como creían los antiguos. Recorre 75,000 leguas por segundo, y daría ocho veces la vuelta al
globo en un segundo, si pudiese girar circularmente. Emplean 1 segundo y ¼ para venir de la Luna a la Tierra;
8 minutos 13 segundos para venir de Júpiter; 2 horas para venir de Urano y 4 horas para venir de Neptuno.
Vemos, pues, los cuerpos celestes no precisamente tales como son en el momento mismo en que los
observamos, sino tales como eran ene. Momento en que partió el rayo luminoso que nos llega de ellos. Si un
volcán, por ejemplo, se pusiera en ignición en los mundos que acabo de enumerar, nosotros no le veríamos
arrojar sus llamas sino 1 segundo y ¼ después, si se trataba de la Luna; 8 minutos 13 segundos, si estaba en
Júpiter; dos horas, si se hallaba en Urano y cuatro horas si se trataba en Neptuno.
Si nos trasladamos fuera del sistema planetario, las distancias son incomparablemente más vastas, y el retraso
de la luz mucho mayor. Así el rayo luminoso que parte de la estrella más cercana a nosotros, alfa del Centauro,
emplea 3 años y 8 meses en venir, y la que viene de Sirio emplea 16 años en atravesar el abismo que nos separa
de ese sol. Estando la estrella Capella alejada de la Tierra a la distancia mencionada más arriba, es fácil
calcular, a razón de 75,000 leguas por segundo, cuánto tiempo necesita la luz para atravesar este espacio. El
cálculo de 71 años, 8 meses y 24 días. Y de la misma manera el rayo luminoso que parte de la Tierra para ir a la
estrella, no llega a aquella sino transcurrido un espacio de tiempo igual.
QUAERENS. –Si el rayo luminoso que nos viene de aquella estrella
emplea cerca de 72 años para llegar hasta nosotros, ¿nos trae, pues, la claridad de aquel astro tal como era hace
cerca de 72 años, en el momento de su partida? –Lo has comprendido perfectamente. precisamente, el hecho
que importa comprender bien.
LUMEN. Y este es,
QUAERENS. –Así en otros términos: el rayo luminoso es como un
correo que nos trae noticias del estado del país que le envía; y que si tarda 72 años en llegar, nos presenta el
estado de ese país en el momento de su partida, es decir, 72 años antes del momento en que llega a nosotros.
LUMEN. –Has adivinado el misterio. Tu comparación me demuestra
que has levantado la punta del velo.
Para hablar más exactamente aún, el rayo luminoso es como un correo que nos trajera, no noticias escritas,
sino la fotografía, o, hablando con más rigor, el aspecto mismo del país que hubiere salido. Nosotros vemos ese
aspecto, tal como era en el momento en que los rayos luminosos que cada uno de sus puntos nos envía, y por
los cuales se da a conocer a nosotros, salieron del astro. Nada más sencillo ni más incontestable. En el
momento, pues, en que examinamos con el telescopio la superficie de un astro, no vemos esa superficie tal cual
es en el momento mismo en que la observamos, sino tal cual era en el momento en que la luz que de él nos
llega, fue emitida por dicha superficie.
QUAERENS. - ¿De suerte que si una estrella, cuya luz por ejemplo
tarda diez años en llega a nosotros, fuese súbitamente aniquilada hoy día, todavía continuaríamos viéndola por
espacio de diez años, puesto que su último rayo no nos llegaría hasta dentro de diez años?
LUMEN. –Eso es precisamente. En una palabra, los rayos de luz que las estrellas nos envían, no llegando
instantáneamente a nosotros, sino empleando cierto tiempo en atravesar la distancia que de ellas nos separa, no
nos muestran esas estrellas tales como son en la actualidad, sino tales como eran a la partida de los rayos de luz
que nos transmite su aspecto. Hay, pues, ahí una sorprendente transformación de pasado en presente. Para el
astro observado, aquello que vemos es lo pasado, ya desaparecido; para el observador es lo presente, lo actual.
Lo pasado del astro es rigurosa y positivamente lo presente del observador. Como el aspecto de los mundos
cambia de un año a otro, de una estación a otra y casi de uno a otro día, se puede representar ese aspecto como
escapándose por el espacio y avanzando por lo Infinito para revelarse a los ojos de los contempladores más
lejanos. Cada aspecto es seguido de otro, y así sucesivamente siendo como una serie de ondulaciones que
llevan a lo lejos lo pasado de los mundos, convertido en presente para los observadores escalonados a su paso.
Lo que creemos ver actualmente en los astros ha pasado ya, y lo que sucede actualmente, no lo vemos
todavía. Identifícate bien, amigo mío, con esta representación de un hecho real, porque importa que
comprendas perfectamente la marcha sucesiva de la luz y la exacta naturaleza de esta verdad incontestable;
siéndonos, el aspecto de las cosas, traído por la luz, nos muestra esas cosas, no tales como son al presente, sino
tales como eran anteriormente, según el intervalo de tiempo necesario para que su claridad recorra la distancia
que nos separa de esas cosas. No vemos ninguno de los astros tal como es, sino tal como era en el momento en
que partió de él el rayo luminoso que llega hasta nosotros.
No es, pues, el estado actual del cielo lo que vemos, sino su historia pasada. Hay algunos astros que no
existen desde hace diez mil años, y que vemos todavía, porque el rayo de luz que nos llega salió de ellos largo
tiempo antes de su destrucción. Tal estrella doble de la cual tratáis, a costa de mil cuidados y fatigas de
determinar la naturaleza y los movimientos, no existe ya desde que hay astrónomos en la Tierra.
Si el cielo fuera hoy mismo aniquilado, se le varía aún mañana, y el año próximo, y todavía durante cien, mil,
cincuenta mil, cien mil años y más, a excepción tan sólo de las estrellas más próximas, que se extinguirían
sucesivamente cuando hubiese transcurrido el tiempo necesario a los rayos luminosos que de ellas emanan para
atravesar la distancia que de ellas nos separa: alfa del Centauro se extinguiría la primera, dentro de tres años y
ocho meses; Sirio dentro de dieciséis, etc.
Fácil te es ahora, amigo mío, aplicar la teoría científica a la explicación del hecho extraño de que fui testigo.
Si de la Tierra se ve la estrella Capella, no tal como es en el momento en que se la observa, sino tal como era
72 años antes, de la misma manera, desde Capella, no se ve la Tierra sino con un retraso de 72 años. La luz
emplea el mismo tiempo en recorrer el mismo trayecto.
QUAERENS. –Maestro, he seguido atentamente tus explicaciones.Pero, ¿la Tierra brilla de lejos como una
estrella? Sin embargo, no es luminosa.
LUMEN. –La Tierra refleja en el espacio la luz que recibe del Sol.
Cuanto mayor es la distancia, más se parece a una estrella, porque toda la luz repartida por el Sol en su
superficie de tres mil leguas de diámetro, se condensa en un disco cada vez más pequeño. Así, vista desde la
Luna, parece tan brillante como la Luna llena y catorce veces mayor. Vista desde el planeta Venus, parece tan
brillante como Júpiter visto desde la Tierra. Vista desde el planeta Marte, es la estrella de la mañana y de la
tarde, y ofrece fases como las que os presenta Venus. Así, aunque por sí misma no es luminosa, brilla de lejos
como la Luna, como los planetas, por la luz que recibe del Sol, y que refleja en el espacio. Ahora bien, así
como los sucesos de Neptuno tienen un retraso de cuatro horas, vistos desde la Tierra, los de la Tierra le tienen
igualmente vistos desde la órbita de Neptuno. Así, desde Capella se ve la Tierra con 72 años de retraso.
QUAERENS. –Por extraños y nuevos que sean para mí esos puntos de
vista, comprendo ahora perfectamente cómo hallándote en la estrella Capella no veías la Tierra tal como era en
octubre de 1864, fecha de tu muerte, sino tal como era en enero de 1793, pues que la luz tarda 71 años y 8
meses en atravesar el abismo que separa la Tierra de esa estrella. Y comprendo con la misma lucidez, que no
era aquello ni una visión, ni un fenómeno de memoria, ni un acto maravilloso o sobrenatural, sino un hecho
actual, positivo, natural e incontestable, y que efectivamente, lo que hacía largo tiempo que había pasado para
la Tierra, era presente para el observador situado a aquella distancia. Pero permíteme que te someta una
cuestión incidental. Para que, llegando de la Tierra, fueses testigo de aquel hecho, ¿no era preciso que
franqueases la distancia de nuestro mundo a Capella con una velocidad mayor que la de la luz misma?
LUMEN. –Eso es precisamente lo que te quería explicar cuando te
decía que había creído atravesar esa distancia con la velocidad del pensamiento, y que en el mismo día de mi
muerte me encontré en el
sistema de esa estrella, a la cual tanto admiraba y tanto quería durante mi estancia en el globo terrestre.
QUAERENS. -¡Ah! Maestro, verdaderamente aunque todo se explique
de ese modo, la visión de que se trata no es menos admirable. ¡Es en verdad un fenómeno muy extraordinario
ver así lo pasado presente; aunque tan sólo sea verlo de ese modo sorprendente, y hallarse en la imposibilidad
de contemplar los astros, tales como son en el momento en que se les examina, sino tales como eran más o
menos tiempo antes!
LUMEN. –La legítima admiración que sientes al contemplar esta
verdad, amigo mío, no es más que el preludio, me atrevo a decirlo, de la que vas ahora a experimentar. Sin
duda parece a primera vista muy extraordinario, que alejándose a bastante distancia en el espacio se pueda
asistir realmente a los acontecimientos de las edades desaparecidas, y remontar el río de lo pasado. Pero no es
nada todavía la extraña y positiva singularidad, que tengo que comunicarte, y que va a parecerte aún más
imaginaria, si quieres seguir escuchando la relación de lo que me pasó el día siguiente de mi muerte.
QUAERENS. –Habla, te lo ruego, estoy ansioso en oírte
III
LUMEN. –Después de haber separado mis miradas de las escenas
sangrientas de la plaza de la Revolución, me sentí atraído hacia una habitación de estilo ya antiguo, situada
frente a Nuestra Señora, y ocupando el lugar en que ahora se halla el atrio. Delante del postigo de la casa había
un grupo de cinco personas. Estaban medio tendidas sobre bancos de madera, con la cabeza descubierta, y
expuesta a los rayos del sol. Como al poco rato se levantaron y echaron a andar por la plaza, conocí en una de
ellas a mi padre, más joven de lo que jamás le había visto; a mi madre, más joven todavía y a uno de mis
primos que murió en el mismo año que mi padre, hace ya unos cuarenta años. Es difícil al pronto conocer las
personas, porque en lugar de verlas de frente se las ve desde arriba y como desde un piso superior.
Sorprendióme grandemente semejante espectáculo. Recordé entonces haber oído en mi juventud, que mis
padres habitaban antes de mi nacimiento en la plaza de Nuestra Señora. Más profundamente sorprendido de lo
que puedes imaginarte, sentí mi vista fatigada y cesé de distinguir cosa alguna, como si una nube se hubiese
extendido sobre París. Creí por un momento que me arrastraba un torbellino.
Además, como habrás comprendido, no tenía ya la noción del tiempo. Cuando volví a ver distintamente los
objetos, observé un grupo de niños que corría por la plaza del Panteón. Pareciéronme estudiantes que salían de
la clase, porque todos iban cargados con sus cartapacios y sus libros, y perecían volver a sus casas respectivas
dando brincos y gesticulando. Dos de ellos atrajeron especialmente mi atención porque parecían acalorados por
alguna disputa y comenzaban un combate particular. Un tercero se adelantó para separarlos, pero recibió un
golpe en el hombro que le hizo rodar por el suelo… En el mismo instante vi que una mujer corría hacia el niño.
Era mi madre. ¡Ah! ¡Jamás, no, jamás en mis setenta y dos años de existencia terrestre, entre todas las
peripecias, todas las sorpresas, todos los hechos imprevistos, todas las singularidades de que esa existencia
estuvo sembrada; entre todos los acontecimientos, todos los azares de la vida, ninguno de ellos me hizo
experimentar una conmoción semejante a la que se apoderó de mí, cuando en aquel niño, me conocí… a mí
mismo!
QUAERENS. –¿A ti mismo?
LUMEN. –A mí mismo, con mis cabellos rubios ensortijados, mi
cuellecito, bordado por manos de aquella madre que corría hacia mí, mi blusita azul celeste y mis puños
siendo arrugados. Allí estaba yo, el mismo niño cuya imagen has visto tú, medio borrada, en la pequeña
miniatura de mi chimenea. Acudió, pues, mi madre, me tomó en brazos riñendo a mis camaradas, y después me
llevó por la mano a nuestra casa, situada entonces a la entrada actual de la calle de Ulm. Después vi que
habiendo atravesado la casa, nos encontramos los dos en un jardín donde había mucha gente.
QUAERENS. –Maestro, perdóname una reflexión crítica. Te confieso
que me parece imposible que uno se pueda ver de ese modo a sí propio. No podías ser dos personas a la vez.
Puesto que tenías setenta y dos años, tu estado de infancia había pasado, desaparecido, estaba desde largo
tiempo reducido a la nada. No podías ver una cosa que no existía. A lo menos yo no puedo comprender que
siendo viejo te vieses tú mismo en la edad de la infancia.
LUMEN. -¿Qué razón te impide admitir este hecho como has
admitido los precedentes?
QUAERENS. –Porque no se puede uno ver doble, a la vez niño y viejo.
LUMEN. –No reflexionas bien, amigo mío. Has entendido lo bastante
el hecho general para admitirle; pero no has observado suficientemente que este hecho particular, está
absolutamente comprendido en el primero. Admites que el aspecto de la Tierra emplea setenta y dos años en
llegar hasta donde yo me encontraba, ¿no es así? ¿Que los acontecimientos no me llegaban sino pasado ese
intervalo de tiempo que acaecieron? En una palabra, que yo estaba viendo al mundo tal como era en aquella
época? ¿Admites igualmente que, al ver yo las calles de aquella época, veo al mismo tiempo los niños que
jugaban en ellas? ¿Está esto bien admitido? QUAERENS. –Enteramente.
LUMEN. –Pues bien, puesto que yo veía aquel grupo de niños y que
yo formaba entonces parte de dicho grupo, ¿por qué quieres que no me viese de la misma manera que veía a
los otros?
QUAERENS. –Pero tú no estabas ya en aquel grupo.
LUMEN. –Como no estaba ya tampoco el grupo mismo. Pero yo lo
veía tal como existía en el momento en que partió el rayo luminoso que me llegaba en aquel momento. Y pues
que yo distinguía los quince o dieciocho niños que le componían, no hay razón para que el niño, que era yo,
desapareciese, por ser yo quien le miraba. Otros observadores le verían en compañía de sus camaradas. ¿Por
qué había de haber una excepción cuando fuese yo el que mirase? Yo los veía a todos. Y yo me veía entre ellos.
QUAERENS. –No lo había comprendido bien. Es evidente, en efecto,
que mirando un grupo de niños del cual tú formabas parte, no podías menos de verte a ti mismo como veías a
los demás.
LUMEN. –Ahora bien; ¿comprendes la extraña sorpresa que debía
causarme semejante espectáculo? Aquel niño era yo, en carne y hueso, según la expresión vulgar y
significativa. Era yo a la edad de seis años. Me veía tan claramente como me veían los compañeros que
jugaban conmigo. No era un efecto de espejismo, ni una visión, ni un espectro, ni una reminiscencia, ni una
imagen; era la realidad misma, eran positivamente mi persona, mi pensamiento y mi cuerpo. Yo estaba allí, a
mi propia vista. Si mis demás sentidos hubiesen tenido la perfección del de la vista, creo que habría podido
tocarme u oírme. Saltaba por aquel jardín y corría alrededor del estanque, que por precaución habían rodeado
de una balaustrada. Poco tiempo después, mi abuelo me sentó sobre sus rodillas y me hizo leer un gran libro.
¡Oh! Renuncio a describir tales impresiones. Te dejo el cuidado de figurártelas, si te has penetrado bien de la
realidad física del hecho, y me limito a declarar que jamás experimentó mi alma sorpresa semejante. Había
sobre todo una reflexión que me aturdía. Decía para mí; ese niño soy yo.
Está lleno de vida. Crece y debe vivir todavía sesenta y seis años. Soy yo mismo real e incontestable. Pero,
por otra parte, yo que estoy aquí de edad de setenta y dos años terrestres, yo que pienso y veo estas cosas, soy
también yo, tan yo como ese niño. Heme aquí, pues, dos. Allá en la Tierra, y aquí en el espacio. Dos personas
idénticas, y, sin embargo, muy diferentes. Los observadores situados donde yo estoy podrían ver a ese niño en
el jardín como yo le veo y verme igualmente aquí. Heme aquí, doble. Es incontestable. Mi alma está en ese
niño y está igualmente aquí; es la misma alma, mi sola alma, y sin embargo, anima a dos seres. ¡Qué extraña
realidad! Y no puedo decir que me engaño, que soy víctima de una ilusión, que un error de óptica me seduce.
Con arreglo a la Naturaleza y a la ciencia, me veo a la vez niño y viejo, allí y aquí… allí, indiferente y alegre,
aquí pensativo y conmovido.
QUAERENS. -¡Cosa extraña, en verdad!
LUMEN. –Y positiva. Busca en toda la creación a ver si encuentras
una paradoja más formidable que esta. ¿Qué añadiré ya a mi narración? Seguí de esta manera viéndome crecer
en la vasta ciudad parisiense.
Vime en 1804, entrando en el colegio y haciendo mis primeras armas en el momento en que el primer Cónsul
se coronaba con la dignidad imperial. Reconocí aquella frente dominadora y pensativa de Napoleón, un día en
que pasaba revista en el campo de Marte. No recuerdo haberle visto durante mi vida, y estaba satisfecho de
verle pasar desde mi actual campo de observación. En 1810, me volví a ver en la promoción de la Escuela
Politécnica, y me sorprendí hablando en la clase con el mejor de mis camaradas. Francisco Arago. Vime
también en mitad de los brillantes años de la adolescencia, formando proyectos de viaje de exploración
científica, en compañía de Arago y de Humboldt, viajes que sólo este último se decidió a emprender. Luego,
apercibime más tarde, cuando los Ciendias, atravesando rápidamente el bosquecillo del antiguo Luxemburgo,
la calle del Este y la alameda del jardín de la calle de Saint Jacques, a donde acudía mi amada para recibirme al
pie de las lilas en flor. ¡Dulces horas de soledad, confidencias del corazón, silencios del alma, transportes del
amor, que os ofrecisteis a mi vista admirada; no ya como un recuerdo lejano y velado, sino en vuestra
actualidad absoluta!
Asistí de nuevo al combate de los aliados en la colina de Montmartre; a su bajada a la capital, a la caída de la
estatua de la plaza Vendome, arrastrada por las calles entre gritos de júbilo, al campamento de los ingleses y
prusianos den los Campos Elíseos; a la devastación del Louvre, al viaje de Gante, a la vuelta de Luis XVIII. La
bandera de la isla de Elba flotó a mi vista, y más tarde, al buscar en el Atlántico la isla solitaria donde había
sido encadenada el águila con sus alas rotas, la rotación del globo presentó a mis ojos Santa Elena, donde
contemplé al emperador meditando al pie de un sicomoro. Así sucesivamente pasaron los años a mi vista. Sin
dejar de seguir a mi propia persona, en matrimonio, mis empresas, mi vida de relación, mis viajes, mis
estudios; asistí al desarrollo de la historia contemporánea.
A la restauración de Luis XVIII sucedió el gobierno efímero de Carlos X. Las jornadas de julio de 1830 me
mostraron sus barricadas, y no lejos del trono del duque de Orleáns, vi aparecer la columna de la Bastilla.
Rápidamente pasaron aquellos dieciocho años. Vime en el Luxemburgo, en la época en que se abría aquella
magnífica avenida que tanto me gustaba. Volví a ver a Arago en el Observatorio y la multitud respetuosa que se
agolpaba a las puertas del nuevo anfiteatro. Reconocí la Sorbona de Cousín y de Guizot. Después se me
oprimió el corazón al ver pasar el entierro de mi madre, mujer austera y tal vez un poco demasiado severa en
sus juicios, pero a quien siempre amé como tú sabes. La singular revolucioncilla del 48, me sorprendió, no
menos vivamente que la primera vez que fui testigo de ella. Vi en la plaza de la Bolsa a Lamoriciére, enterrado
el año último, y en los Campos Elíseos a Cavaignac, desaparecido hace cinco o seis años. El 2 de diciembre me
halló observador en mi estación celeste, como lo había sido en mi torre solitaria, y sucesivamente
transcurrieron así sucesos que ya me habían llamado la atención, y otros que me habían sido siempre
desconocidos.
QUAERENS. -¿Por ventura esos acontecimientos pasaron rápidamente a tu vista?
LUMEN. –No puedo apreciar la medida del tiempo; pero todo ese
panorama retrospectivo se sucedió ciertamente en menos de un día… tal vez en algunas horas.
QUAERENS. –Entonces, no lo comprendo. Perdona a un antiguo
amigo esta interrupción indiscreta; pero, según lo que me había imaginado, me parecía que eran los
acontecimientos mismos los que tú veías, y no un simulacro de ellos. Solamente que en virtud del tiempo
necesario para que la luz se traslade de un punto a otro, esos acontecimientos llegaban a ti con
el retraso consiguiente. Esto es todo. Si, pues, han pasado 72 años terrestres a tu vista, han debido transcurrir
exactamente 72 años para que puedas verlos, y no unas cuantas horas. Si el año 1793 se presentó a tus ojos en
1864, este año, en cambio, no debería presentársete sino en 1936.
LUMEN. –Tu nueva objeción es fundada, y me prueba que has
comprendido perfectamente la teoría del fenómeno. Te agradezco, por tanto, que la hayas formulado. Así, voy
a explicarte por qué razón no me fue necesario esperar 72 nuevos años para volver a ver toda mi vida, y como,
bajo el impulso de una fuerza inconsciente, la he visto, efectivamente, en menos de un día. Siguiendo el curso
de mi existencia, llegué a los últimos años, notables por la transformación radical que París ha experimentado;
vi a nuestros últimos amigos; te vi también; vi a mi hija y a sus preciosos hijos; a mi familia, y al círculo de
mis relaciones, y llegó por fin el momento en que vi tendido en mi lecho de muerte asistiendo a la última
escena. Es decir, que había vuelto a la Tierra. Atraída mi alma por la contemplación que la absorbía, había
olvidado muy pronto la montaña de los ancianos y Capella.
Como sucede a veces sonando, voló hacia el objeto de sus miradas. Al principio no lo advertí, tanta era la
fuerza con que la extraña visión cautivaba todas mis facultades. No puedo decirte por qué ley, ni por qué
facultad poderosa pueden las almas trasladarse tan rápidamente de un lugar a otro; pero la verdad es que yo
había vuelto a la Tierra, en menos de un día, y que penetraba en mi cuarto en el momento mismo de mi
entierro. Ahora bien; supuesto que en este viaje de vuelta me adelantaba a los rayos luminosos, acortaba sin
cesar la distancia que me separaba de la Tierra, tenía la luz cada vez menos camino que recorrer para llegar
hasta mí y apresuraba con ello la sucesión de los acontecimientos. A la mitad del camino los rayos luminosos
me llegaban con 36 años tan sólo de retardo y ya no me mostraban la Tierra de 72 años antes, sino la de 36. A
las tres cuartas partes del camino los aspectos no se retrasaban, sino 18 años. A la mitad del último cuarto me
llegaban solamente 9 años después de haber pasado, y así sucesivamente; de suerte que la serie entera de mi
existencia se halló condensada en menos de un día a consecuencia de la vuelta rápida de mi alma en dirección
contraria a la de los rayos luminosos.
QUAERENS. –Esa combinación no es lo menos extraño del fenómeno.
LUMEN. -¿Se te han ocurrido al escucharme algunas otras objeciones?
QUAERENS. –Confieso que esta era la última o a lo menos embargaba tanto mi atención, que no ha
permitido que se formulara ninguna otra.
LUMEN. –Te haré, sin embargo, observar, que hay otra todavía: es una objeción astronómica, que resolveré
inmediatamente para no dejar en tu ánimo duda alguna. Esta objeción depende del movimiento de la Tierra. No
sólo el movimiento diurno del globo habría debido impedirme apreciar bien la sucesión de los hechos, sino que
siendo dicho movimiento desmesuradamente acelerado por la rapidez de mi regreso a la Tierra, y
transcurriendo 72 años en menos de un día, reflexioné que era extraño que yo no lo advirtiese. Pero sea que
hubiese seguido yo también la rotación del globo girando en el espacio y permaneciendo constantemente
encima de la Francia, lo cual no me parece aceptable; sea que la rapidez misma de los movimientos les hubiera
hecho insensibles y hubiera como aislado los objetos, sea en fin, que una causa para mí desconocida hubiese
salvado la dificultad, tengo que rendirme a la evidencia y confesar que había asistido sin trabajo a la sucesión
rápida de los acontecimientos del siglo y de mi propia vida.
QUAERENS. –No había dejado de ocurrírseme esta dificultad; pero lo había resuelto pensando que habías
girado en el espacio, lo mismo que un globo es arrastrado por la rotación de la Tierra. Cierto es que la
inconcebible rapidez con que debías ser arrebatado era capaz de producir vértigos; pero me limitaba a esta
hipótesis pensando en lo que me habías dicho: que los espíritus recorren el espacio con la velocidad y ligereza
del pensamiento; y observando que tu vista, como tu aproximación inconsciente a la Tierra, era debida a la
intensidad de tu atención sobre el punto del globo que examinabas, y por tanto que no era inadmisible que te
hubieses mantenido constantemente sobre ese mismo punto.
LUMEN. –Acerca de ese particular nada puedo afirmarte, porque he
permanecido inconsciente a dicho movimiento. No he visto todos los sucesos de mi vida, sino solamente un
corto número de los principales, que sucesivamente escalonados me han mostrado el conjunto de mi existencia.
Tal vez se han presentado todos, bajo el mismo rayo visual. Todo lo que sé, es que la atención indecible que me
encadenaba soberana e imperiosamente a la Tierra, obraba como una cadena, que me hubiera sujetado a ella, o
si lo prefieres, como esa fuerza todavía misteriosa de la atracción de los astros, en virtud de la cual los
pequeños caerían directamente sobre los grandes, si no estuviesen detenidos en sus órbitas por la fuerza
centrífuga.
QUAERENS. –Pensando en ese efecto de la concentración del
pensamiento en un solo punto, y de la atracción real que sufre a consecuencia de ello hacia ese punto, me
parece notar que ese es el principal resorte del mecanismo de los sueños.
LUMEN. –Has dicho una gran verdad, amigo mío, y yo puedo
afirmártelo, yo que durante largos años he hecho de los sueños el tema especial de mis observaciones y de mis
estudios. Cuando el alma, libre de las atenciones, de las preocupaciones y de las tendencias corporales, ve en
sueños un objeto que la gusta, y hacia el cual se siente atraída, todo desaparece alrededor de ese objeto, el cual
queda solo y se convierte en centro de un mundo de creaciones; el alma le posee enteramente y sin reserva le
contempla, se apodera de él, le hace suyo; el Universo entero se borra de la memoria para dejar un dominio
absoluto al objeto de la contemplación del alma; y como me ha sucedido respecto de mi regreso súbito a la
Tierra, no ve más que ese objeto acompañado de las ideas y de las imágenes que engendra y que hace
sucesivamente aparecer.
QUAERENS. –Tu rápido viaje a Capella, como tu regreso no menos
rápido a la Tierra, tenían pues, por causa de esta ley psicológica, y obraste más libremente todavía que en
sueños; porque tu alma no estaba ya detenida por la máquina del organismo. Recuerdo que en nuestras
conversaciones pasadas me hablaste, en efecto, muchas veces de la fuerza de la voluntad. Así, pues, ¿volviste a
tu lecho de muerte antes que tus restos mortales fuesen sepultados?
LUMEN. –Sí, volví, y bendije el sentimiento sincero de mi familia,
calmé los dolores de tu amistad y me esforcé en inspirar a mis hijos la certeza de que aquellos restos mortales
no constituían mi verdadero ser, y que yo habitaba la esfera de los espíritus, el espacio celeste, infinito e
inexplorado. Asistí al entierro y observé a los que habiéndose titulado mis amigos, por una ocupación de
mediana importancia, no se tomaron el trabajo de conducir mis restos a su última morada. Escuché las diversas
conversaciones de los que seguían mi féretro; y aunque en esta región de paz no nos importan ya las alabanzas,
experimenté, sin embargo, cierta alegría al conocer que quedaba, en el ánimo de todos, un buen recuerdo de mi
paso por la Tierra. Cuando la lápida mortuoria que separa la tierra de los muertos de la de los vivos, cerró mi
tumba, di un postrer adiós a mi pobre cuerpo dormido, y como el sol descendía hacia su lecho de púrpura con
franjas de oro, me quedé en la atmósfera hasta que cerró la noche, sumergido en la admiración de los hermosos
espectáculos que se desarrollan en las regiones aéreas.
La aurora boreal desplegaba por cima del polo su cinta argentada; una lluvia de estrellas errantes caía de
Casiopea, y la Luna llena se elevaba lentamente por Oriente, como un nuevo mundo saliendo de las olas. Vi a
Capella centelleante que me miraba, con su mirada tan pura y tan viva, y distinguí las coronas que la rodeaban,
príncipes celestes de una divinidad. Entonces olvidé de nuevo la Tierra, la Luna, el sistema planetario, el Sol y
los cometas, para abandonarme sin reserva a la seducción de la mirada encantadora de Capella, y me sentí
arrebatado hacia ella por la acción de mi deseo con una rapidez mayor que la de las flechas eléctricas. Al cabo
de un tiempo, cuya duración no puedo fijar, llegué al mismo anillo y a la misma montaña donde había
abordado el día antes, y vi a los ancianos ocupados en seguir la historia de la Tierra con 71 años y 8 meses de
retraso. Observaban los acontecimientos de la ciudad de Lyón, el 23 de enero de 1793. ¿Te confesaré cuál era
la causa misteriosa de la atracción que Capella ejercía sobre mí? ¡Oh, maravilla! Hay en la Creación lazos
invisibles que no se rompen como los lazos mortales; hay correspondencias íntimas que subsisten entre las
almas a pesar de la separación y de las distancias.
En la noche de ese segundo día, cuando la luna de color esmeralda se encajaba en el tercer anillo de oro (tal
es la medida sideral del tiempo), sorprendime siguiendo un paseo solitario rodeado de flores y perfumes.
Andaba por él meditando hacía algunos instantes, cuando vi venir hacia mí… a mi hermosa y tan amada
Eivlys. Tenía la edad madura de la época de su muerte, y a pesar de su nuevo aspecto, veíanse en ella los rasgos
de expansión y de bondad que una vida toda de sentimiento había impreso en su frente y fijado en su mirada.
No me detendré a describirte el júbilo de nuestra reunión; no es este el lugar de hacerlo, y tal vez algún día nos
será dado hablar de los afectos ultra-terrestres que suceden a los nuestros. Quiero solamente citar este
encuentro con motivo de la tesis de que te voy hablando, y añadir que pronto buscamos juntos en el cielo, la
Tierra, nuestra patria adoptiva, en la que habíamos pasado días de paz y de felicidad. Gustábamos, en efecto,
dirigir nuestras miradas hacia ese punto luminoso, donde nuestra condición actual nos permitía distinguir un
mundo; deseábamos enlazar lo pasado de nuestros recuerdos con lo presente que nos llegaba en alas de la luz;
y en el éxtasis en que nos sumergía aquella singularidad tan nueva para nosotros, tratábamos ardientemente de
ver reaparecer a nuestra vista los acontecimientos de nuestra juventud. Así es como volvimos a ver los años
queridos de nuestros primeros amores, el pabellón del convento, el florido jardín, los paseos por los
alrededores de París, tan agradables y atractivos, y nuestros viajes solitarios a través de los campos. Para ver de
nuevo esos años, nos bastaba adelantarnos juntos por el espacio, en dirección de la Tierra, hasta las regiones en
que esos aspectos llevados por la luz, estaban fotografiados. Te he revelado, amigo mío, la extraña observación
que te prometí. Ya se anuncia la aurora, y la estrella de Lucifer palidece ya ante la luz rosada del alba. Me
vuelvo a las constelaciones…
QUAERENS. –Una palabra todavía, oh, Lumen, antes de terminar esta entrevista. ¿Pues que los aspectos
terrestres no se transmiten sino sucesivamente por el espacio, habrá, pues, un presente perpetuo para las vistas
escalonadas de ese espacio, hasta un límite, cuya medida es tan sólo al poder de la vista espiritual?
LUMEN. –Sí, amigo mío. Pongamos, por ejemplo, un primer observador a la distancia de la Luna: verá los
hechos terrestres segundo y medio después que habrán tenido lugar. Coloquemos un segundo observador a una
distancia doble: los hechos se retrasarán para él, tres segundos. Un tercero, los verá cerca de seis segundos,
después que se hayan verificado a doble distancia de la precedente, un cuarto, los observará con un retraso de
doce segundos. Así sucesivamente. A la distancia del Sol hay ya ocho minutos y trece segundos de retraso.
Desde ciertos planetas, hay muchas horas, como ya hemos visto. Más lejos, el retraso es de días enteros. Más
lejos todavía es de meses y años. Desde alfa del Centauro, no se ven las cosas terrestres sino tres años y ocho
meses después de haber pasado. Hay estrellas bastante distantes, para que la luz que refleja la Tierra no llegue a
ellas sino al cabo de muchos siglos y aún de millares de años… Hay nebulosa a donde no llega sino después de
un viaje de muchos millones de años…
QUAERENS. –De suerte que, para ser testigo de un acontecimiento histórico o geológico de los tiempos
pasados, bastaría a esas vistas penetrantes alejarse lo suficiente para el caso. ¿No se podría de esta suerte volver
a ver verdaderamente el diluvio, el paraíso terrenal, Adan y…?
LUMEN. –Ya te he dicho, mi buen amigo, que la llegada del Sol al hemisferio ahuyenta los espíritus. Otra
conversación nos permitirá un día profundizar algo más un asunto del cual no he podido presentar hoy más que
el plan general, y que es fértil en horizontes nuevos. Las estrellas me llaman y ya han desaparecido. Adiós,
Quaerens, adiós.
En la persuasión de que el mundo que observaba era la exacta reproducción de la Tierra, adivinaba ya de
antemano los acontecimientos que iba a presenciar. Así, cuando después de haber visto a San Luis muriendo
sobre la ceniza al pie de las murallas de Túnez, asistí a la octava cruzada, y luego a la tercera, donde conocí a
Federico Barbarroja por su barba, y luego a la primera donde Pedro el ermitaño y Godofredo de Bullón, me
recordaron al Tasso, mi admiración no fue grande. Esperaba ver en seguida sucesivamente, Hugo Capeto
cantando vísperas con capa luvial; el concilio de Tauriacum decidiendo que el juicio de Dios va a pronunciar su
sentencia en la batalla de Fontenay, y Carlos el Calvo haciendo matar en ella cien mil hombres y toda la
nobleza merovingia; Carlo Magno coronado en Roma; la guerra contra los sajones y los lombardos; Carlos
Martel aplastando sarracenos; el rey Dagoberto haciendo edificar la abadía de San Dionisio, como había visto a
Alejandro III, poner la primera piedra de la catedral de Nuestra Señora; Brunequilda arrastrada por un caballo,
los visigodos, los vándalos, los ostrogodos, Clodoveo, Meroveo apareciendo en el país de los sálios, en una
palabra, los orígenes mismos de la historia de Francia desarrollándose en el sentido inverso de sucesión; y así
perfectamente sucedió.
Varias cuestiones históricas muy importantes, que hasta entonces me habían parecido obscuras, se resolvieron
a mi vista. Así, supe con certeza, entre otras cosas, que los franceses son originarios de la orilla derecha del
Rhin, y que los alemanes no tienen razón para disputarles este río, sobre todo, la orilla izquierda. Y a la verdad,
inspirábame un interés mayor de lo que puedo explicar, asistir de este modo a sucesos de los cuales no tenía
más que una vaga idea por los hechos, con frecuencia engañadores, de la historia, y visitar países
transformados hacía mucho tiempo. La vasta y brillante capital de la civilización moderna había envejecido
rápidamente y se había empequeñecido hasta el nivel de las ciudades ordinarias, rodeándose, sin embargo, de
bastiones y de torres almenadas. Admiré sucesivamente la hermosa ciudad del siglo XV, los tipos curiosos de
su arqueología, la célebre torre de Nestle, los vastos conventos de San Germán de los Prados. Allí donde
florece ahora el jardín de la torre de Saint-Jacques, vi el patio sombrío del alquimista Nicolás Flamel.
Los tejados redondos y puntiagudos presentaban el singular aspecto de hongos a la orilla del río. Después,
aquel aspecto feudal desapareció también, para dar lugar a un simple castillo construido en medio del Sena,
rodeado de algunas cabañas, y por último, a un verdadero campo en que sólo se distinguían algunas pobres
chozas de salvajes; París no existía ya, y el Sena paseaba sus aguas silenciosas por entre hierbas y sauces. Al
mismo tiempo observé que el foco de la civilización había cambiado de lugar y había descendido hacia el Sur.
¡Te lo confesaré, amigo mío! En ninguna circunstancia mi alma experimentó un sentimiento tan vivo de
satisfacción como en el momento en que me fue dado ver la Roma de los Césares en todo su esplendor. Era un
día de triunfo, y sin duda bajo el reinado de alguno de los príncipes sirios, porque en medio de las
magnificencias exteriores, de los carros resplandecientes, de los oriflamas de púrpura, de un senado de mujeres
elegantes y de ministros de ópera, distinguí un emperador muellemente recostado en un carro dorado,
enteramente vestido de seda y cubierto de pedrería, de adornos de oro y plata, resplandeciendo al sol de medio
día. Aquel emperador no podía ser otro que heliogábalo, el sacerdote del Sol.
El Coliseo, el templo de Antinoo, los Arcos de Triunfo, la columna Trajana, se veían claramente, y Roma
estaba en toda su belleza arqueológica, última belleza que no era más que una escena de teatro para bufones
coronados. Después asistí a la grandiosa erupción del Vesubio, que sepultó a Herculano y a Pompeya. Luego vi
a Roma ardiendo y aunque no pude distinguir a Nerón en su terrado, me persuadí de que indudablemente
estaba presenciando el incendio del 64, señal de las persecuciones contra los cristianos. Algunas horas después,
mi atención estaba todavía ocupada en examinar los vastos jardines de Tiberio, y acababa de ver a aquel
emperador acercarse al parterre de rosas, cuando a consecuencia de la rotación de la Tierra sobre su eje, vino la
Judea a presentarse a mi vista, que adivinó inmediatamente a Jerusalén y la montaña del Gólgota. Jesús subía
por aquella montaña, rodeado de algunas mujeres, escoltado por soldados y seguido de un populacho de judíos.
Este es uno de los espectáculos que no olvidaré jamás. Era muy diferente para mí de lo que había sido para los
vivientes que asistieron al él, porque la gloria futura (y sin embargo, pasada) de la Iglesia cristiana se
desplegaba para mí como coronamiento del divino sacrificio…
No insisto más en esto; tú comprenderás qué diversos sentimientos agitaron mi alma en aquella observación
suprema… Volviendo después hacia Roma, vi a Julio César tendido sobre su pira; junto a su cabeza estaba
Antonio cuya mano izquierda sostenía, según creo, un rollo de papiro. Los conjurados bajaban
apresuradamente por las orillas del Tiber. Remontando por natural curiosidad el curso de la vida de Julio César,
vile con Vercingétorix en el seno de las Galias, y pude comprobar que entre todas las hipótesis de nuestros
modernos sobre la Alesia, ninguna da su verdadera situación ya que aquella fortaleza estaba situada en
Alesia, capital de los Mandubios, pueblo de la Galia, que sostuvo un sitio célebre contra César en el año 52
antes de J.C. y cuya situación geográfica ha sido muy debatida, diciendo unos que se hallaba en lo que hoy día
es Alisia, en el departamento de La Cóte d’Or y otros en Alaise, Doubs. (N. del T.)
QUAERENS. –Perdona mi interrupción, maestro; pero me apresuro a aprovechar la ocasión de hacer alguna
declaración sobre un punto particular relativo al dictador. Pues que viste a Julio César, dime, te lo ruego, si su
semblante se parece verdaderamente al que el emperador Napoleón III, que reina actualmente en la Galia, ha
dado en su gran obra sobre la vida de aquel famoso capitán.
LUMEN. –Me alegraría mucho, mi antiguo amigo, que me fuera dado poder ilustrarte sobre este punto. Pero
reflexiona que las leyes de la perspectiva me lo impiden.
QUAERENS. -¿De la perspectiva…? Querrás decir de la política….
LUMEN. –No; de la perspectiva (aunque esas dos cosas se parezcan mucho) porque viendo a los grandes
hombres desde lo alto del cielo, los juzgo de diverso modo que el vulgo. Desde el cielo vemos
geométricamente a los hombres por arriba y no de frente: es decir, que cuando están de pie, no tenemos de
ellos más que una proyección horizontal. Recordarás que un día pasamos juntos en globo por encima de la
columna de Vendome, en París y que hiciste la reflexión de que Napoleón, visto desde arriba, no pasa del nivel
de los demás hombres. Lo mismo sucede respecto de César. Desde el otro mundo, las medidas naturales
desaparecen; no quedan más que las medidas intelectuales.
Sea como quiera, remonté desde Julio César a los cónsules y a los reyes del Lacio, para detenerme un
instante en el robo de las Sabinas que me alegré de poder observar directamente como tipo de las costumbres
antiguas. La historia ha embellecido muchas cosas y he visto que la mayor parte de los hechos históricos
reproducidos por los pintores, fueron totalmente diferentes de lo que se nos presentan. En aquel momento
apercibí al rey Candaules, en Lidia, en la escena del baño que tú conoces 7 ; la invasión del Egipto por los
etíopes, la república oligárquica de Corinto; la octava olimpiada de la Grecia, y a Isaías profetizando en Judea.
Vi construir las pirámides por rebaños de esclavos obedeciendo a jefes montados en dromedarios.
Apareciéronseme las grandes dinastías de la Bactriana y de la India, y la China me ofreció las artes
maravillosas que poseía, aún antes del nacimiento del mundo occidental. Tuve ocasión de buscar la Atlántida
de Platón, y vi efectivamente que las opiniones fácilmente se comprenderá el significado de estas palabras, si
se tiene presente que fueron escritas, según se lee en el apartado anterior, reinando todavía en Francia,
Napoleón III. (N. del T.) 7 El rey de Lidia, Candaules, disputando con su favorito Giges sobre la hermosura de
la reina, a fin de convencerle de ella, determinó enseñársela desnuda, mientras estaba en el baño. Habiéndolo
sabido la reina, se mostró tan ofendida, que determinó vengarse y para ello, ofreció a Giges la Corona y su
mano, si mataba a Candaules. El favorito aceptó y dio muerte al Rey en el año 708 antes de J. C. (N. del T.)
Baillo sobre aquel continente desaparecido no están destituidas de fundamento. En la Galia no se distinguían
ya sino grandes bosques y pantanos: los mismos druidas habían desaparecido, y los salvajes que habitaban
aquellos sitios se parecían mucho a los que viven todavía hoy en la Oceanía. Aquella era sin duda la edad de
piedra descubierta por los arqueólogos modernos. Después vi que el número de hombres disminuía poco a
poco y que el dominio de la Naturaleza parecía pertenecer a una gran raza de monos; al oso de las cavernas, al
león, a la hiena y al rinoceronte. Llegó un momento en que me fue imposible distinguir, n ya un solo hombre
en la superficie de este mundo, sino hasta el menor vestigio de la raza humana. Todo había desaparecido; los
temblores de la tierra, los volcanes, los diluvios parecían dueños de la superficie planetaria y no permitían ya la
presencia del hombre en el seno de aquellas ruinas. –Te confesaré, ¡oh, Lumen! Que esperaba con impaciencia
el momento en que llegase al Paraíso terrenal, a fin de saber exactamente en qué forma se presentó la Creación
de la raza humana sobre la Tierra. Me sorprende que no parezcas ni aún haber pensado en esta importante
observación.
. LUMEN. –Te refiero únicamente lo que he visto, mi curioso amigo, y me guardaré bien de sustituir al
testimonio de mis ojos las fantasías de mi imaginación. Pues bien, no he visto la menor señal de ese Edén tan
poéticamente descrito en las teologías primitivas. Por otra parte, hubiera sido muy extraordinario que la
semejanza entre el mundo que tenía a la vista y la Tierra hubiese llegado hasta ese punto, tanto más, cuanto que
si el paraíso terrestre tiene su razón de ser en la cuna de la humanidad, no veo que pueda tener la misma razón
en el fin de la sociedad humana.
QUAERENS. –Yo creo, por el contrario, que sería más justo suponerle al fin que al principio de la sociedad,
como recompensa, más bien que como preludio incomprendido, de una vida de sufrimientos. Pero puesto que
no lo has visto, no insisto en mi pregunta.
LUMEN. –En fin, y para terminar la observación de aquel mundo singular, cuya historia era precisamente
inversa de la vuestra, vi animales maravillosos por su monstruosidad, peleando a la orilla de vastos mares.
Había serpientes gigantescas armadas de patas formidables, cocodrilos que volaban por los aires, sostenidos
por alas orgánicas más largas que sus cuerpos; peces disformes por cuyas fauces pasaría un buey entero; aves
de rapiña riñendo terribles batallas en las islas devastadas. Había continentes enteros cubiertos de bosques
inmensos, árboles cuyas hojas enormes se entrelazaban; vegetales sombríos y severos, porque el reino vegetal
no produciría entonces ni flores ni frutos.
Las montañas vomitaban cascadas inflamadas; los ríos caían en cataratas; el suelo de los campos se abría
como una sima profunda, en la cual se hundían las colinas, los bosques, los ríos; los vegetales, los animales.
Pero pronto me fue imposible distinguir ni aún la superficie del globo; un mar universal pareció que lo cubría
todo, y el reino vegetal, como el reino animal, se disiparon lentamente para dar lugar a un verdor monótono
surcado por relámpagos y blancas humaredas. Aquel era ya un mundo moribundo. Yo asistía a las últimas
palpitaciones de su corazón, que se revelaban por amarillentos resplandores intermitentes. Después me pareció
que llovía a la vez sobre toda su superficie, porque el sol no iluminaba sino nubes y surcos de lluvia; el
hemisferio opuesto al sol me pareció menos sombrío que antes, y tenues claridades semejaban percibir a través
de las tempestades. Aquellas claridades ganaron en intensidad y se propagaron por toda la esfera.
Veíanse anchas grietas rojas como el hierro encendido; y así como este metal calentado en la fragua se vuelve
sucesivamente de color rojo claro, anaranjado, amarillo y por último blanco e incandescente, del mismo modo
el mundo pasó por todas las fases del calentamiento progresivo. Su volumen aumentó, su movimiento de
rotación disminuyó. El globo misterioso se hizo semejante a una esfera inmensa de metal fundido, envuelta en
vapores metálicos. Bajo la acción incesante del fuego interior y de los combates elementales de aquella extraña
química, adquirió proporciones enormes, y su esfera incandescente se convirtió en esfera de vapores .
Desde entonces fue desarrollándose sin cesar y perdiendo su personalidad. El Sol que la iluminaba al
principio ya no le sobrepujaba en brillo, y se aumentaba su circunferencia de tal suerte, que fue evidente para
mí que el planeta vaporoso iba a perder hasta su existencia absorbido en la atmósfera creciente del Sol. Asistir
al fin de un mundo es un privilegio inusitado. Así, en mi entusiasmo, no pude menos de exclamar con una
especie de vanidad: “¡He ahí el fin del mundo, oh, Dios, y he ahí la suerte reservada a las innumerables tierras
habitadas!” -“Ese no es el fin –respondió una voz al entendimiento de mi alma-: es el principio.” -¿cómo el
principio? –pensé yo en seguida. -“El principio de la Tierra misma –respondió la misma voz-. Tú has pasado
revista a toda la historia de la Tierra, alejándote de ella con una velocidad mayor que la de la luz.”
Volúmenes comparados de la Tierra en estado gaseoso y de la Tierra actual. Esta afirmación no me sorprendió
tanto como el primer episodio de mi vida ultra-terrestre; porque familiarizado ya con los asombrosos efectos de
las leyes de la luz, estaba en adelante preparado para toda nueva sorpresa. Ya había yo sospechado el hecho,
por ciertos pormenores que no te he referido, por no alterar la unidad de mí relato, pero que eran, sin embargo,
aún más extraordinarios que la sucesión general de los acontecimientos.
QUAERENS. –Pero, si era realmente la Tierra la que veías, ¿cómo es que la observación astronómica que
hiciste para reconocerla en la constelación del Altar, te indujo, por el contrario, a creer que el mundo que
examinabas no era, ni la Tierra, ni un asterismo del Altar?
LUMEN. –Es que esa constelación había también cambiado de posición a consecuencia de mi viaje por el
espacio. En vez de las estrellas de tercera magnitud, alfa, lambda, zeta y de las estrellas de cuarta magnitud,
beta, delta, y theta, que constituyen dicha figura vista desde la Tierra, mi alejamiento hacia la nebulosa había
reducido estas estrellas a pequeños puntos imperceptibles, y había puesto allí otras estrellas brillantes, que sin
duda eran alga y beta, del Cochero, theta, iota, eta, y tal vez épsilón de la misma figura, estrellas
diametralmente opuestas a las precedentes cuando se las mira desde la Tierra, pero que debieron interponerse
allí cuando las hube dejado atrás. Las perspectivas celestes habían cambiado, y era en verdad casi imposible
determinar la posición de nuestro Sol.
QUAERENS. –No había pensado en ese inevitable cambio de perspectiva, más allá de Capella. Así, era
efectivamente, la Tierra la que viste, y su historia se desarrolló a tus ojos en sentido inverso a la realidad. Has
visto los acontecimientos antiguos verificarse después de los modernos. Pero, ¿por qué nuevo procedimiento
pudo la luz hacerte remontar así el río del tiempo? Además, ¡oh, Lumen! Me has anunciado haber observado
particularidades curiosas, relativas a la Tierra misma. Yo deseaba precisamente someterte algunas cuestiones
sobre esos detalles. Escucharé, pues, con interés las historias extraordinarias que deben completar esta relación,
persuadido de que, como anteriormente, responderán a mi curiosidad.
II
LUMEN. – La primera circunstancia se refiere a la batalla de Waterloo.
QUAERENS. –Nadie mejor que yo recuerda esa catástrofe; allí recibí un balazo en el hombro, cerca del
Mont-Saint-Jean, y un sablazo en la mano derecha que me dio uno de los bribones de Blücher.
LUMEN. –Pues bien, mi antiguo camarada; al asistir de nuevo a esa batalla, la vi al revés de cómo pasó. Tú
juzgarás. Cuando hube reconocido el campo de Waterloo, al Sur de Bruselas, distinguí primero un número
considerable de cadáveres, siniestra asamblea de la muerte yaciendo tendida en tierra. A lo lejos, al través de la
bruma, se apercibía a Napoleón que llegaba andando hacia atrás y teniendo su caballo por la brida; los oficiales
que le acompañaban, marchaban igualmente hacia atrás. Algunos cañones debían comenzar el fuego, porque se
veían de cuando en cuando los tristes resplandores de sus relámpagos. Cuando mi vista se habituó a aquel
espectáculo observé primero algunos soldados muertos despertarse, resucitar de la noche eterna, poniéndose en
pie de un salto. Grupo por grupo iban resucitando en gran número; los caballos muertos se levantaban también
como los jinetes, y estos volvían a montar.
Tan pronto como volvieron a la vida dos o tres mil hombres, les vi formarse insensiblemente en orden de
batalla; los dos ejércitos se hallaron frente a frente y comenzaron a batirse con un encarnizamiento y un furor
parecido al de la desesperación. Una vez empeñado el combate, los soldados de ambas partes resucitaban más
rápidamente. Franceses, ingleses, prusianos, alemanes, hannoverianos, belgas, capotes grises, uniformes
azules, túnicas rojas, verdes, blancas, se levantaban del campo de muerte y se ponían a combatir. En el centro
del ejército francés vi al emperador; un batallón que formaba el cuadro le rodeaba: la guardia imperial había
resucitado. Entonces, numerosos batallones se adelantaron desde uno y otro campo, precipitándose unos contra
otros; de la izquierda y de la derecha se lanzaron los escuadrones. Blancos caballos hacían flotar al viento sus
crines. Recordé entonces el extraño dibujo de Raffet y el epígrafe espectral del poeta alemán Sedlitz:
Bélico parche retumba Con rudos ecos insanos, Y los muertos veteranos Se levanta de su tumba.
Y este otro:
Es la espléndida revista Que de la noche al fulgor Pasa en los Campos Elíseos El César que sucumbió.
Era, en efecto, Waterloo lo que veía, pero un Waterloo de ultratumba, porque los combatientes, eran
resucitados. Además, por un singular efecto de espejismo veía marchar de espaldas a los guerreros unos contra
otros. Semejante batalla producía en mí un efecto mágico y me impresionaba tanto más, cuanto que adivinaba
que veía el acontecimiento mismo, y sin embargo, aquel acontecimiento se hallaba transformado de un modo
extraño en su imagen simétrica. Otra observación no menos singular: cuando más se empeñaba el combate,
más se aumentaba el número de combatientes; a cada brecha que hacía el cañón en las filas ordenadas,
resucitaba inmediatamente un grupo de muertos que tapaba los claros. Cuando los ejércitos enemigos hubieron
pasado todo el día destrozándose mutuamente por medio de la metralla, los cañones, las bayonetas, los sables y
las espadas; cuando terminó la terrible batalla no quedó en tierra ni un solo muerto, ni un solo herido, los
uniformes rotos y en desorden habían recobrado su primitivo estado; los hombres estaban buenos; las filas
correctamente formadas. Los dos ejércitos se alejaron lentamente uno de otro, como si la ardiente pelea no
hubiese tenido más objeto que hacer resucitar, bajo el humo del combate, los doscientos mil cadáveres que
yacían en la llanura pocas horas antes. ¡Qué batalla tan ejemplar y digna de envidia! Seguramente era aquel el
episodio militar más extraño del mundo. Y el aspecto físico era sobrepujado aún por el aspecto moral, cuando
pensaba yo que aquella batalla tenía por resultado, no vencer a Napoleón, sino por el contrario, colocarle en el
trono. En vez de perder la batalla, era el emperador quien la ganaba; de prisionero se convertía en soberano.
¡Waterloo era un 18 brumario…!
QUAERENS. –No comprendo sino a medias, ¡oh, Lumen!, ese nuevo efecto de las leyes de la luz, y te
agradecería que me dieses su explicación, si la tienes.
LUMEN. –Te la he dejado adivinar hace poco diciéndote que me alejaba de la Tierra con una velocidad
mayor que la de la luz.
QUAERENS. –Pero, ¿cómo es que ese alejamiento progresivo por el espacio, te hacía ver los objetos en
orden inverso de cómo se habían verificado?
LUMEN. –La teoría es muy sencilla. Supón que partes de la Tierra con una celeridad exactamente igual a la
de la luz; tendrás siempre a tu vista el mismo aspecto que la Tierra presentaba en le momento de tu partida,
pues que te alejas del globo con una velocidad precisamente igual a la que lleva ese aspecto mismo por el
espacio. Aunque viajases durante mil, cien mil años, ese aspecto te acompañaría siempre, como una fotografía
que no envejece, mientras que los años hacen envejecer al original.
QUAERENS. –He comprendido ya ese hecho en nuestra primera conversación.
LUMEN. –Pues bien. Supón ahora que te alejas de la Tierra con una velocidad superior a la de la luz. ¿Qué
sucederá? A medida que adelantas encontrarás en el espacio los rayos luminosos que salieron antes que tú, es
decir, las fotografías sucesivas que, de segundo en segundo, de instante en instante, vuelan por el espacio. Si
por ejemplo, partes en 1867 con una velocidad igual a la de la luz, tienes eternamente delante de ti el año 1867.
Pero si caminas más deprisa, encontrarás los rayos que salieron en los años anteriores y que llevan en sí la
fotografía de aquellos años. Para poner más en evidencia la realidad del hecho, te ruego que consideres varios
rayos luminosos salidos de la Tierra en diferentes épocas.
Supongamos que el primero salió en un instante cualquiera del 1º de enero de 1867. A razón de 75,000 leguas
por segundo, ya en el momento en que te hablo, ha recorrido cierto trayecto y se encuentra ahora a una
distancia que expresaré con la letra A. consideremos ahora un segundo antes, el 1º de enero de 1767; va cien
años delante del anterior, y se halla a una distancia mucho mayor, distancia que expresaré por la letra B. un
tercer rayo, el de 1º de enero de 1667, está todavía más lejos a una distancia igual al trayecto que recorre la luz
en cien años. Llamaremos C, a lugar en que se halla este tercer rayo.
En fin, un cuarto, un quinto, y un sexto, son respectivamente de los años 1567, 1467, 1367, etc., y están
escalonados a distancias iguales, D, E, F, que se internan más y más en lo Infinito. Tenemos, pues, una serie de
5 fotografías terrestres escalonadas en una misma línea de distancia en distancia en el espacio. Ahora bien, el
espíritu que se aleja pasando sucesivamente por los puntos A, B, C, D, E, F, encuentra e ellos sucesivamente la
historia secular de la Tierra en estas épocas.
QUAERENS. –Maestro: ¿a qué distancia están esas fotografías unas de otras?
LUMEN. –El cálculo es facilísimo; el intervalo que las separa es naturalmente el que corre la luz en cien
años; ahora bien, a razón de 25 mil leguas por segundo, resulta que recorre 4.500,000 leguas en un minuto;
270.000,000 de leguas en una hora; 6,480.000.000 de leguas en un día; 2.365.200.000,000 de leguas en un año;
o teniendo en cuenta los años bisiestos, 2371,580.000,000. Resulta, por consiguiente, el intervalo entre los
rayos que salieron de la Tierra a un siglo de distancia, es de unos 237 billones 168 mil millones de leguas. Aquí
tienes, pues, una serie de fotografías terrestres escalonadas en el espacio de estos intervalos recíprocos.
Supongamos ahora que entre cada una de estas imágenes seculares se encuentran escalonadas a su vez las
imágenes anuales, guardando entre cada una de ellas la distancia que la luz recorre en un año, y que acabo de
enumerar, que entre cada una de las imágenes tenemos las de cada días; que cada día contiene las de cada hora,
cada hora, en fin, las de sus minutos y cada minuto las de sus segundos, todas sucediéndose según las
distancias respectivas, y tendremos en un rayo de luz, o por mejor decir, en un tiro de luz compuesto por una
serie de imágenes distintas yuxtapuestas, la inscripción fluídica de la historia de la Tierra.
Cuando el espíritu viaja por este rayo etéreo de imágenes, con una velocidad superior a la de la luz, encuentra
sucesivamente las imágenes anteriores. Cuando llega a la distancia en que se halla el aspecto de la Tierra en
1767, ha remontado ya cien años de la historia terrestre. Cuando llega al punto a donde ha llegado el aspecto de
1667 ha remontado dos siglos. Cuando llega a la fotografía de 1567, ha pasado revista a tres siglos, y así
sucesivamente. Te he dicho al principiar, que me dirigía entonces hacia una nebulosa situada a la izquierda de
Capella. Esta nebulosa se halla a una distancia incomparablemente mayor que Capella, aunque desde la Tierra
parece que esté a su lado, porque los dos rayos visuales pasan inmediatos; esta proximidad aparentemente, es
debida a la perspectiva. Para darte una idea de la distancia probable de esta nebulosa, puedo decirte que no es
menos vasta que la Vía láctea.
Es preciso, pues, saber a qué distancia debería hallarse la Vía láctea para que se redujera al aspecto de esta
nebulosa. Mi sabio amigo Arago había lecho este cálculo, que tú no ignoras, pues que le repetía todos los años
en sus lecciones del Observatorio, y ha sido publicado después de su muerte. Sería preciso suponer la Vía
láctea transportada a una distancia igual a 334 veces su longitud. Ahora bien; como la luz empela 15,000 años
en atravesar de un extremo a otro de la Vía láctea, resulta que no debe emplear menos de 334 veces 15,000
años, es decir unos 5.000,000 de años para llega hasta nosotros. Yo había remontado el rayo de la Tierra hasta
esa lejana nebulosa, y si mi vida espiritual hubiera sido más perfecta, habría podido distinguir, no sólo la
historia retrógrada de diez mil, cien mil años, sino la de cinco millones de años.
QUAERENS. –Para remontar así el curso de los acontecimientos alejándote en el espacio, ¡volabas, por
ventura, de espaldas, o es que los espíritus están dotados de la facultad de ver detrás de sí?
LUMEN. -¡Qué pregunta! Si tratara de explicarte por qué sentidoíntimo ven los espíritus, entraríamos en la
discusión de un problema insoluble para ti. Para tu satisfacción personal puedes pensar que me volvía de
cuando en cuando para examinar la Tierra; esta idea será para ti más comprensible.
QUAERENS. -¿Cuánto tiempo duró tu viaje hacia la nebulosa? LUMEN. -¿No te he dicho que el tiempo no
existe fuera del movimiento de la Tierra? Que haya empleado cien años o medio día en ese examen, es
exactamente lo mismo delante de lo Infinito.
QUAERENS. –Maestro, ¿me permitirás ahora someterte una idea extraña que acaba de germinar en mi
cerebro?
LUMEN. –Precisamente te hago esta relación para oír tus objeciones. QUAERENS. –Estaba pensando si esa
misma inversión podría producirse respecto del oído como respecto de la vista. Si, lo mismo que podemos ver
un acontecimiento a la inversa, podríamos oír un discurso comenzado por el fin. Esta es sin duda, una cuestión
ociosa y tal vez en apariencia ridícula; pero en la paradoja me parece que todo merece igualmente la atención.
Así, pues, me atreveré a confesarte que hace poco, mientras me hablabas de la batalla de Waterloo, se me
ocurrió cómo habrías oído… las palabras que la tradición atribuye al general Cambronne, y si el fenómeno que
se produjo respecto a la luz se había producido en cuanto al sonido.
LUMEN. –Las leyes del sonido difieren esencialmente de las de la luz. El sonido no recorre más que 340
metros por segundo, y sus efectos no tienen nada de común con los de la luz. Sin embargo, es evidente que si
nosotros nos adelantáramos por el aire con una velocidad superior a la del sonido, oiríamos a la inversa los
sonidos que salieran de los labios de un interlocutor. Si, por ejemplo, este recita un verso alejandrino, un
oyente, que se alejara con dicha velocidad, a partir del momento en que oyó el último pie, encontraría
sucesivamente los otros once pies, que salieron antes, y oiría el alejandrino al revés.
QUAERENS. –De suerte que volviendo a la batalla de Waterloo, habrías oído…
LUMEN. –Si lo que me ha sucedido respecto de la luz hubiera pasado también respecto del sonido, habría
oído el conjunto informe de sílabas que sigue: De-rin-se-no y re-mue-dia-guar-la que me hubiera sido difícil
comprender. Habría buscado diferentes sentidos a estas sílabas.
QUAERENS. –Tal vez habrías creído, modificando lógicamente los sonidos, que Cambronne, respondiendo
al desafío del oficial inglés, le había enviado a la morada de las sombras diciéndole: ¡Parte a ese lugar, y
muere…! Cansado de guerra…
LUMEN. -¡Modificando mucho los sonidos! En todo caso, esa explicación no me hubiera satisfecho. Habría,
sin duda, buscado mil interpretaciones, que es inútil buscar ahora. En cuanto a la teoría en sí misma, ofrece una
reflexión curiosa, y es que la Naturaleza habría podido hacer que el sonido no recorriese 340 metros por
segundo (porque la ciencia ignora cuál es la causa de esta velocidad), sino que se transmitiese más lentamente,
mucho más lentamente todavía. ¿Por qué, por ejemplo, no se transmite en el aire con una velocidad de algunos
centímetros tan sólo por segundo? Pero, he aquí lo que resultaría si sucediera así.
Los hombres no podrían hablarse marchando. Dos amigos hablan juntos; el uno da un paso o dos hacia
delante y se aleja un metro por ejemplo; y cómo el sonido empelaría algunos segundos en atravesar ese metro,
resultaría que en vez de oír la continuación de la frase pronunciada por su amigo, el paseante oiría de nuevo, en
un orden inverso, los sonidos constitutivos de las frases anteriores.
¡De qué depende que no se pueda hablar marchando, y que las tres cuartas partes de los hombres no puedan
entenderse! Estas observaciones, amigo mío, me inducen a proponer de paso a tus meditaciones un objeto muy
digno de atención y del cual se ha hecho poco caso hasta el presente: el de la adaptación del organismo humano
al medio terrestre en que vive. La manera con que el hombre ve, oye sus sensaciones, su sistema nervioso, su
estatura, su peso, su densidad, su modo de andar, sus funciones, en una palabra, todos sus actos están regidos, y
aún constituidos, por el estado de vuestro planeta. Ninguno de vuestros actos es absolutamente libre e
independiente: el hombre es la resultante dócil, aunque inconsciente, de las fuerzas orgánicas de la Tierra. Mas,
para volver a mi observación de los pormenores relativos a la vida terrestre inversamente observados a
consecuencia de mi rápido vuelo, te referiré ahora el aspecto singular que me ofrecieron las existencias
humanas. En el mundo que tenía a mi vista y que (ya lo hemos visto) no era sino el tuyo, los hombres no
nacían ya por el medio natural que conoces. Al contrario.
QUAERENS. -¿Cómo al contrario?
LUMEN. –Para sacar un hombre al mundo empezaban por ahondar la tierra hasta cierta profundidad, o para
hablar con más exactitud reuníanse algunos enana especie de huerto; varios trabajadores, echaban con ayuda de
palas, al borde de una fosa, tierra removida que, finalmente, parecía salir por sí sola del fondo de la fosa.
Después se inclinaban y sacaban de ella una caja oblonga, que llevaban no precisamente en triunfo, sino en
ceremonia a un templo. Poco después veíase salir del templo la misma caja, siempre seguida de un número
considerable de acompañantes, de los cuales unos parecían tristes, mientras que otros permanecían
indiferentes. La comitiva marchaba de espaldas, vestida de negro. Llegaban en seguida a una casa, en la cual
entraban igualmente de espaldas con la caja de que he hablado.
¿Qué pasaba después en el interior de la habitación? Una sola vez pude observarlo a consecuencia de una
disposición particular de las ventanas del edificio. Algunas personas escogidas comenzaban por desclavar la
caja a martillazos (procedimiento tan extraño como todo lo demás); después desnudaban el objeto encerrado en
ella y le colocaban sobre una cama. Entonces se preparaba el momento supremo del nacimiento de un ser
humano, porque aquel cuerpo inerte, acabado de desenterrar, era un futuro viviente.
Toda la familia lloraba como para deplorar la llegada de un nuevo ser a esta triste vida; unos rasgaban sus
vestidos, otros, estaban tendidos como muertos enanos sillones; otros se arrodillaban al pie de la cama y
parecía que rezaban. Los médicos, siempre fáciles de reconocer, llegaban, no para enviar el enfermo al otro
mundo, sino al contrario, para darle la vida y en cierto modo hacer nacer a la muerte. Ordinariamente el
cadáver despertaba al día siguiente de su exhumación. El ministro que había dirigido la primera ceremonia,
venía a darle el bautismo de la Extremaunción.
Desde aquel momento el recién nacido se hallaba rodeado de todos los cuidados imaginables. Así se
verificaban todos los nacimientos. Se nacía viejo o en la edad madura. Ordinariamente se sufría una larga
enfermedad antes de formar definitivamente parte de los vivos. Algunas veces no se sufría ninguna, y se
levantaban del sueño de la muerte como por accidente. La vida era desde entonces completamente diferente de
la vuestra actual. En lugar de envejecer se rejuvenecía; se llegaba a la fuerza de la edad, los cráneos calvos se
cubrían insensiblemente; las canas se convertían en cabellos negros o rubios; las mujeres eran muy entendidas
en sus artes, antes de ser inocentes; la Naturaleza misma reparaba el ultraje de los años; hombres y mujeres
llegaban a la virilidad primero, después a la adolescencia, después a la primera juventud, y por último, a la
infancia; y después de haber pasado por todas las fases, el hombre llegaba a ser niño, muy niño hasta el
momento en que era llevado por sus padres al templo, y por fin, se desaparecía de la escena del mundo por un
procedimiento que sin duda adivinarás reflexionando en la simetría…
QUAERENS. –Confieso, oh, Lumen, que jamás he oído relación más extraña y maravillosamente insólita.
Pero en ese mundo singular, ¿cómo se hacían, pues, los matrimonios?
LUMEN. –No es eso lo menos curioso. Nacían casados todos los que debían serlo. Ya fuera el esposo o la
esposa quien naciese primero, el que venía al mundo en segundo lugar era llevado directamente al domicilio
conyugal. Los hijos habían nacido mucho tiempo antes y estaban a la mitad de la vida cuando nacían el padre y
la madre. La familia permanecía unida durante cierto número de años, cada uno de sus miembros. Volviéndose
cada día más joven. Al llegar a cierta época, los hijos morían uno tras otro, convirtiéndose en niños pequeños y
desapareciendo por la ley indicada más arriba. Cuando el esposo y la esposa llegaban a la edad de la
adolescencia, (había, sin embargo, numerosas excepciones respecto del primero; pero el tiempo no tiene nada
que ver en esto), celebraban por última vez una boda alegre, y luego se separaban como con sentimiento,
prodigándose las más vivas protestas de amistad. Durante varios años solían hacerse la corte, y no era una de
las observaciones menos curiosas la de ver las ardientes pruebas de mutua simpatía que se prodigaban los
“novios” después de su separación definitiva.
QUAERENS. –Maestro, si todo se hacía en sentido opuesto a la naturaleza terrestre, ¿me explicarás cómo se
procedía en las comidas a la alimentación material, y a todo lo que a ella se refiere?
LUMEN. –Tú te pareces mucho, amigo mío, a esos niños terribles que hacen en público las preguntas más
indiscretas. Pues que sabes que los hechos pasaban exactamente a la inversa de la Naturaleza, puedes figurar
sin trabajo el cuadro que responde a tu singular interrogación. Entre las particularidades de la existencia, había
algunas que parecían semejantes, aunque opuestas. La acción de sentarse era para mí la acción de levantarse, y
recíprocamente. La Tierra giraba para mí en sentido inverso; la mañana era la tarde y la tarde era la mañana;
pero como los crepúsculos se parecen mucho, no advertí esta inversión, tanto menos cuanto que los detalles
concordaban; vestirse por ejemplo, era para mí desnudarse, etc.
No quiero prolongar inútilmente esta narración. Mi objeto era mostrarte que para presenciar el espectáculo de
un mundo y de un sistema de vida exactamente opuesto al vuestro, basta alejarse de la Tierra con una velocidad
superior a la de la luz. En este vuelo del alma hacia los horizontes inaccesibles de lo Infinito, se encuentran los
rayos luminosos reflejados por la Tierra y por los otros planetas hace miles y miríadas de años, y observando
los planetas desde esa lejana distancia, se puede asistir con la vista a los acontecimientos de su historia pasada.
Así se remonta el río del tiempo hasta su origen. Semejante facultad debe iluminar para ti con una claridad
nueva las regiones de la eternidad. En breve me prometo darte a conocer las consecuencias metafísicas de esto,
si como espero, has admitido el valor científico de los elementos de este estudio ultra-terrestre.
QUAERENS. –Te he escuchado con interés, ¡oh, Lumen! sin quedar, lo confieso, enteramente persuadido de
que todo lo que acabas de contarme sea una realidad. A la verdad, es muy difícil creer que puedan verse así
directamente todas esas cosas. Cuando hay nubes, por ejemplo, no puedes ver al revés de ellas lo que pasa en la
superficie de la Tierra. Lo mismo sucede respecto del interior de las habitaciones.
LUMEN. –Desengáñate, amigo mío; las ondulaciones del éter atraviesan obstáculos que podrías creer
insuperables. Las nubes están formadas de moléculas entre las cuales puede con frecuencia pasar un rayo de
luz. En caso contrario, hay acá y allá claros, al través de los cuales se puede ver oblicuamente. Es raro que sea
imposible distinguir alguna cosa. Si es esa la última objeción, preciso es confesar que está muy lejos de ser
insuperable.
QUAERENS. –Tienes un modo particular de resolver todas las dificultades. Tal vez es ese un privilegio de los
seres espirituales. Me ha sido preciso suponer sucesivamente que has sido transportado a Capella con una
velocidad superior a la de la luz; que has llegado a un mundo sin encarnarte en él; que tu alma permanece libre
de toda envoltura corporal; que tus ojos ultraterrestres son bastante poderosos para distinguir desde arriba lo
que pasa aquí; que puedes avanzar o retroceder por el espacio a tu voluntad, y en fin, que las mismas nubes no
se oponen a que puedas distinguir la superficie de nuestro globo. Preciso es convenir, sin embargo, en que estas
son dificultades bastante graves.
LUMEN. -¡Qué terrestre eres, mi viejo amigo, y cuán sorprendido te quedarías si tratase ahora de probarte
que todas esas dificultades no existen, y que todas las que pudieran todavía oponerse a tu inteligencia del
fenómeno son puros efectos de tu inteligencia natural! ¿Qué pensarías si te dijese que ningún hombre tiene idea
de lo que pasa, ni siquiera en la Tierra, y que ninguno comprende la Naturaleza?
Escrita en 1867.
QUAERENS. –En nombre de las verdades indiscutibles de la ciencia moderna, me atrevería a pensar que
pretendías engañarme.
LUMEN. -¡No lo quiera Dios! Amigo mío, préstame atención. Los maravillosos descubrimientos de la ciencia
contemporánea deberían ensanchar la esfera de vuestras concepciones. Acabarías de descubrir el análisis
espectral 9 . Por el examen metódico de un modesto rayo de luz, procedente de una estrella lejana, averiguáis
cuales son los elementos que constituyen esa estrella inaccesible y alimentan su luz. Este es, mi querido
hermano espiritual, un acontecimiento más asombroso por sí solo, que todas las conquistas de los Alejandros,
los Césares y los Napoleones; que todos los descubrimientos de los Ptolomeos, lo Colones, los Gutenberg; que
todas las biblias de los Moisés, los Confucios, los Jesús.
¡Qué! El abismo que os separa de Sirio, de Arturo, de Vega, de Capella, de Castor y Pólux mide billones de
leguas, y sin embargo, analizáis las substancias que constituyen esos soles, como si pudierais cogerlos con la
mano y someterles al crisol de laboratorio! ¿Y os negaréis a admitir que, por medio de procedimientos que os
son desconocidos, la vista del alma pueda contemplar el aspecto luminoso de un mundo lejano, y distinguir sus
menores detalles? ¡El telégrafo lleva en un instante inapreciable vuestro pensamiento desde la Europa a la
América, al través de los abismos del Océano; dos interlocutores conversan en voz baja a millares de leguas de
distancia, y no eres capaz de admitir mis narraciones porque no las comprendes del todo! ¿Comprendes acaso
cómo vuela y se transmite el telegrama? No; ¿no es verdad? Cesa, pues, de tener dudas que ni siquiera tienen el
valor de ser científicas.
QUAERENS. –Mis objeciones, mi sabio maestro, no tenían más objeto que ilustrar mi comprensión. Estoy
lejos de negar la realidad de lo que has querido darme a conocer; yo trato tan sólo de formarme una idea
racional y exacta.
LUMEN. –Ten entendido, amigo mío, que en modo alguno me ofendo; y para desarrollar a mi gusto la esfera
de tus ideas, puedo en este mismo instante abrirte los ojos sobre la insuficiencia de tus facultades terrestres y
sobre la pobreza fatal de la misma ciencia positiva, invitándote a reflexionar que las causas de vuestras
impresiones son únicamente modos de movimientos, y lo que se llama orgullosamente la ciencia, no es más
que una percepción orgánica muy limitada. La luz por la cual ven vuestros
(( Newton, fue el primero que estudió, con procedimientos regulares, la descomposición de la luz y los
diferentes medios de reconstruirla, viendo el espectro continuo. Fraünhofer, Becquerel, Faucault, Plucker y
otros, perfeccionaron el descubrimiento, y por último Kirchoff y Bunsen, en 1861, lo aplicaron al estudio del
análisis químico. (N. del T.))
ojos; el sonido por el cual oyen vuestros oídos; los olores, los sabores, etc., son diferentes modos de
movimiento que os impresionan. No podéis apreciar sino algunos de ellos por medio de los sentidos que habéis
recibido, y principalmente por los de la vista y del oído. ¿Creéis cándidamente ver y oír la Naturaleza? Pues,
no es así; lo que hacéis es recibir algunos de los movimientos en ejercicio sobre vuestro átomo sublunar. Helo
aquí todo. Además de las impresiones que percibís hay una infinidad de otras que no podéis percibir.
QUAERENS. -¡Perdona, maestro! Pero, ese nuevo aspecto de la Naturaleza no me parece bastante claro para
que yo pueda comprenderlo. Serías…
LUMEN. –El aspecto es nuevo para ti en verdad; pero una atenta reflexión te lo hará comprender. El sonido
se forma por vibraciones que, ejecutándose en el aire, vienen a herir la membrana de tu tímpano y te dan la
impresión de los diversos tonos. El hombre no oye todos los sonidos. Cuando las vibraciones son demasiado
lentas (menos de cuarenta por segundo), el sonido es muy bajo; tu oído no lo percibe. Cuando las vibraciones
son demasiado rápidas (más de 36.850 por segundo) el sonido es demasiado agudo: vuestro oído no lo aprecia
ya. Por encima y por debajo de estos dos límites del organismo humano, hay sonidos, sin embargo, que son
oídos por otros seres como, por ejemplo, los insectos. Los mismos razonamientos se aplican a la luz.
Los diferentes aspectos de luz, los matices y los colores de los objetos son igualmente debidos a vibraciones
que vienen a herir vuestro nervio óptico, y a daros la impresión de los diversos grados de intensidad de la luz.
El hombre no ve todo lo que es visible; cuando las vibraciones son muy rápidas (más de 727 billones por
segundo), la luz sobrepuja vuestra facultad orgánica de percepción, y se hace invisible para vosotros. Fuera de
estos dos límites, existen también colores, que son vistos por otros seres.
Vosotros no conocéis, pues, ni podéis conocer más que las impresiones que pueden hacer vibrar las dos
cuerdas de vuestra lira orgánica, que se llama el nervio óptico y el nervio auditivo. Piensa un poco en la
multitud de cosas no perceptibles para vosotros. Todos los movimientos ondulatorios que existen en el
Universo entre los que dan la cifra de 36,850 y los que dan la de 458.000.000.000,000 en la misma unidad de
tiempo, no pueden ser ni oídos ni vistos por vosotros y os quedan fatalmente desconocidos. ¡Trata de medir esa
escala! La ciencia contemporánea empieza a penetrar un poco en ese mundo invisible, y sabes que acaba de
medir las vibraciones inferiores a 458 billones (los rayos caloríficos, invisibles) y las vibraciones superiores a
727 billones (los rayos químicos, igualmente visibles). Pero los métodos científicos no pueden hacer más que
extender un poco la esfera de la percepción directa, sin poder jamás ir más allá. Estáis aislados en medio de lo
Infinito. Hay más. Existen en la Naturaleza otra infinidad de vibraciones, las cuales no estando en
correspondencia con vuestra organización, y no pudiendo ser recibidas por vosotros, os serán para siempre
desconocidas. Si tuvieseis más cuerdas en vuestra lira, diez, ciento, mil… la armonía de la Naturaleza se
traduciría más completamente para vosotros, haciéndolas entrar en vibración, cada una en lo concerniente a su
modo; percibiríais una multitud de hechos que ocurren ciertamente a vuestro alrededor, sin que os sea posible
ni aún adivinar su existencia; y en lugar de dos notas dominantes, podríais formaros una idea del conjunto del
concierto. Pero estáis en una pobreza que no sospecháis siquiera, porque una pobreza general no es pobreza,
porque os es imposible compararla con la riqueza de ciertos seres superiores a los habitantes de la Tierra. Los
sentidos que poseéis bastan para indicaros la existencia posible de otros sentidos, no solamente más poderosos,
sino también en una especie completamente diferente.
Por el sonido del tacto, por ejemplo, podéis, es verdad, conocer la sensación del calor, pero es fácil concebir
la estructura interna y de las demás cualidades aquel por medio del cual la luz os da el aspecto de los objetos
exteriores, haciendo al hombre capaz de juzgar de la figura, de la substancia, de la estructura interna y de las
demás cualidades de un objeto por la acción de las ondas caloríficas que de él emanan. El mismo razonamiento
pudiera aplicarse respecto a la electricidad. Podéis igualmente concebir la existencia de un sentido, que, siendo,
por ejemplo, al ojo lo que el espectroscopio es al telescopio, diera el conocimiento de los elementos
constitutivos de los cuerpos. Así, ya bajo el punto de vista científico, tenéis las bases suficientes para imaginar
modos de percepción muy diferentes de los que caracterizan a la humanidad terrestre. Estos sentidos existen en
otros mundos, y hay una infinidad de maneras de percibir la acción de las fuerzas de la Naturaleza.
QUAERENS. –Confieso, ¡oh, maestro!, que acaba de iluminar mi entendimiento una claridad nueva y
singular, y que tu enseñanza me parece una interpretación verdadera de la realidad. Ya había yo pensado en la
probabilidad de semejantes cosas, pero no había podido adivinarlas, envuelto como estoy todavía en los
sentidos terrestres. Es cierto que hay necesidad de hallarse fuera de nuestro círculo para juzgar verdaderamente
el conjunto. Así, no estando nosotros dotados más que de algunos sentidos limitados, no podemos conocer más
que los hechos que son accesibles a su percepción. El resto nos es naturalmente desconocido. ¿Acaso ese resto
es mucho, comparándolo con lo que conocemos?
LUMEN. –El resto es inmenso, y lo que sabéis es casi nada. No solamente vuestros sentidos no perciben los
movimientos físicos que, tales como la electricidad solar y terrestre, cuyos efluvios se cruzan en la atmósfera,
el magnetismo de los minerales, de las plantas y de los seres vivientes, las afinidades de los organismos,
etcétera, son invisibles para vosotros sino que perciben todavía menos los movimientos del mundo moral, las
simpatías y antipatías, los presentimientos, las atracciones espirituales, etc. En verdad te digo que lo que sabéis
y todo lo que podéis saber por el intermedio de vuestros sentidos terrestres, es nada, al lado de lo que es. Esta
verdad es tan profunda, que podría muy bien suceder que existiesen sobre la Tierra seres esencialmente
diferentes de vosotros, sin ojos ni oídos, ni ninguno de vuestros sentidos, pero dotados de otros sentidos, y
capaces de percibir lo que vosotros no percibís, y, aún viviendo en el mismo mundo que vosotros conociendo
lo que vosotros no podéis conocer y formándose de la Naturaleza una idea completamente distinta de la que
vosotros os formáis.
QUAERENS. –Eso traspasa completamente los límites de mi inteligencia.
LUMEN. –Y aún hay más, ¡oh, mi terrestre amigo!, puedo añadir con toda sinceridad que las percepciones
que recibís y que constituyen las bases de vuestra ciencia, no son siquiera percepciones de la realidad. No.
Luces, claridades, colores, aspectos, tonos, ruidos, armonías, sonidos diversos, perfumes, sabores, cualidades
aparentes de los cuerpos, etc., no son más que formas. Esas formas entran en vuestro cerebro por la puerta de
los ojos y de los oídos, del olfato y del gusto, y os representan apariencias, pero no la esencia misma de las
cosas… La realidad se escapa enteramente a vuestro espíritu, y sois completamente incapaces de comprender
el Universo… Pero conozco en la turbación íntima de tu encéfalo y en las agitaciones fluídicas que atraviesan
tus lóbulos cerebrales, que no entiendes absolutamente nada de mis revelaciones. No proseguiré, pues hablando
sobre este asunto, que he apuntado solamente para mostrarte cuán profundo sería tu error dando importancia a
dificultades que dependen de tu sensación terrestre, y al mismo tiempo para hacer comprender que ni tú, ni
ningún hombre sobre la Tierra, puede formarse una idea, ni aún aproximada, de la realidad del Universo. El
hombre terrestre no es más que un homúnculo.
¡Ah! Si conocieseis los organismos que vibran en Júpiter o en Urano; si os fuese dado apreciar los sentidos en
acción en Venus o en el anillo de Saturno; si algunos siglos de viaje os permitiesen observar, aunque fuera
ligeramente, las formas de la vida en los sistemas de las estrellas; las sensaciones de la vista en los soles de
colores; las impresiones de un sentido eléctrico que no conocéis en los grupos de soles múltiples; si, en una
palabra, una comparación ultraterrestre os hubiera dado los elementos de un conocimiento nuevo,
comprenderíais que seres vivientes pueden ver, oír, oler o por mejor decir, conocer la Naturaleza, sin ojos, sin
oídos y sin olfato; que existe en la Naturaleza un número indeterminado de otros sentidos, esencialmente
diferentes de los vuestros, y que hay en la Creación un número incalculable de hechos maravillosos que
actualmente os es imposible imaginar.
En esta contemplación general del Universo, amigo mío, se observa la solidaridad que reúne el mundo físico
al mundo espiritual; se aprecia desde más alto la fuerza íntima que eleva a ciertas almas probadas por las
groserías de la materia, pero depuradas por el sacrificio, hacia las regiones solemnes de la luz espiritual, y se
comprende que inmensa felicidad está reservada a esos seres que, en la Tierra misma, han llegado a libertarse
progresivamente de las pasiones corporales.
QUAERENS. –Para volver a la transmisión de la luz ene. Espacio, ¿acaso esa luz no se pierde al fin? ¿Acaso
el aspecto de la Tierra queda eternamente visible, y no se atenúa en razón del cuadrado de la distancia para
desaparecer pasado cierto tiempo?
LUMEN. –Tu expresión “al fin”, no tiene aquí aplicación, atendiendo a que no hay fin en el espacio. La luz se
atenúa, es cierto, con la distancia; los aspectos son menos intensos, pero nada se pierde enteramente. La Tierra
no es visible para todos a cierta distancia; pero su aspecto existe aún cuando no se le ve, y una vista espiritual
puede distinguirlo. Además, la imagen de un astro llevado en alas de la luz se aleja a veces a profundidades
insondables en los obscuros desiertos del vacío. Hay en el espacio vastas regiones sin estrellas, países
diezmados por el tiempo, en donde los mundos se han alejado sucesivamente a consecuencia de la atracción de
focos exteriores. Pues bien, la imagen de un astro, atravesando esos negros abismos, se halla en una condición
análoga a la de una persona o de un objeto que el fotógrafo ha pintado en su cámara obscura.
No es imposible que esas imágenes encuentren en esos vastos espacios un astro oscuro (la mecánica celeste ha
demostrado la existencia de varios), de condición particular, cuya superficie (formada de yodo tal vez, si hemos
de creer el análisis espectral), sería sensibilizada y capaz de fijar sobre sí mismo la imagen del mundo lejano.
Así vendrían a pintarse los acontecimientos terrestres de un globo oscuro. Y si ese globo gira sobre sí mismo,
como los demás cuerpos celestes, presentará sucesivamente sus diferentes zonas a la imagen terrestre, y sacará
de esta suerte la fotografía continua de los acontecimientos sucesivos.
Además, bajando o subiendo por una línea perpendicular a su ecuador, la línea en que las imágenes se
reproducirían, describiría no un círculo, sino una espiral, y, terminado el primer movimiento de rotación, las
nuevas imágenes no coincidirían con las anteriores, y no se sobrepondrían, sino que se imprimirían encima o
debajo de ellas. La imaginación podría también suponer que ese mundo no es esférico, sino cilíndrico, y ver así
en el espacio una columna imperecedera sobre la cual se grabarían y se arrollarían por sí mismos los grandes
acontecimientos de la historia terrestre. Yo no he visto la realización de esta idea: hace tan poco tiempo que
abandoné la Tierra, que apenas si he desflorado el primer aspecto de las maravillas celestes. Pronto averiguaré
si ese hecho está realizado en la riqueza infinita de las creaciones astrales.
QUAERENS. -¿Si el rayo que parte de la Tierra no se destruye nunca,oh, maestro! nuestras acciones serán
pues eternas?
LUMEN. –Tú lo has dicho. Una vez consumado un acto, no puede ser ya borrado, y no hay poder capaz de
hacer que desaparezca. En medio de un campo desierto se comete un crimen. El criminal se aleja, queda
ignorado y supone que el acto que acaba de cometer ha pasado para siempre. Se ha lavado las manos, se ha
arrepentido y cree su acción como no verificada. Pero en realidad nada ha desaparecido. En el momento en que
fue llevado a cabo aquel acto, la luz lo ha cogido en sus alas y lo ha llevado al cielo con la rapidez del rayo. Se
ha incorporado en un rayo de luz y eterno…, se transmitirá eternamente por el Infinito…
Por el contrario se ejecuta en secreto una buena acción: el bienhechor la tiene oculta; la luz se ha apoderado
de ella. Lejos de ser olvidada, subsistirá siempre. Napoleón ha causado voluntariamente, por satisfacer su
ambición personal, la muerte de cinco millones de hombres, de edad de treinta años por término medio, y que
tenían por consiguiente todavía treinta y siete de vida, según el cálculo de las probabilidades y de las leyes de
la vida. Ha destruido, pues, ciento ochenta y cinco millones de años. Su castigo, su expiación, consiste en ser
llevado por el rayo de luz que salió de las llanuras de Waterloo el 19 de junio de 1815; alejarse por el espacio
con la velocidad misma de la luz, teniendo constantemente a su vista el instante crítico en que vio hundirse
para siempre el objeto de sus más ardientes deseos y de su vanidad; sentir sin tregua el dolor de la misma
desesperación, y permanecer adherido a ese rayo de luz durante los ciento ochenta y cinco millones de años
destruidos, de que es responsable. Obrando como lo hizo, en vez de cumplir dignamente su misión, ha
retardado durante todo este tiempo su progreso de la vida espiritual. Si te fuera dado entrever lo que pasa en el
orden moral, tan claramente como lo entrevés ahora en el orden físico, conocerías vibraciones y transmisiones
de distinta naturaleza, que fijan en los arcanos del mundo espiritual las acciones y aún los pensamientos más
secretos.
QUAERENS. –Tus revelaciones son espantosos, ¡oh, Lumen! Así, pues, nuestros destinos eternos están
íntimamente ligados a la construcción misma del Universo. He pensado a veces en el problema especulativo de
la comunicación posible entre los mundos por medio de la luz. Varios físicos han supuesto que tal vez sería
posible un día establecer una comunicación entre la tierra y la Luna, y aún con los planetas, con el auxilio de
signos luminosos. Pero si se pudieran hacer señales desde la Tierra a una estrella cuya luz emplea por ejemplo,
cien años en llegar hasta nosotros, el signo de la Tierra no llegaría a su destino sino al cabo de ese espacio de
tiempo, y la respuesta tardaría en venir aquí otro tanto. Transcurrirían, pues, dos siglos entre la pregunta y la
respuesta. El observador terrestre habría ya muerto haría mucho tiempo, cuando su pregunta llegase al
observador sideral, y éste habría sufrido la misma suerte cuando se recibiera aquí su respuesta.
LUMEN. –Esa sería, en efecto, una conversación entre vivos y muertos.
QUAERENS. –Me perdonarás, maestro, una última pregunta un poco ndiscreta… y digo última porque veo
palidecer a Venus y comprendo que tu voz va a cesar de oírse. Si las acciones son visibles de esa suerte en las
regiones etéreas, podemos ver después de nuestra muerte, n sólo nuestras propias acciones, sino también las de
los demás; quiero decir las que nos interesan. Por ejemplo, dos almas gemelas y siempre unidas desearían
vivamente volver a ver durante mil años las dulces horas que pasaron juntas en la Tierra; se alejarán por el
espacio con una velocidad igual a la de la luz, y tendrán siempre a la vista las mismas horas de felicidad. En
otro sentido, un marido seguiría con interés la vida entera de su compañera, y en el caso de que se encontrara
alguna particularidad inesperada, podría examinar a placer los detalles que se le mostrarían sensiblemente…
Podría también, si su compañera desencarnada residiese en alguna región vecina, llamarla para observar juntos
esos hechos retrospectivos. Ante testimonio tan flagrante no cabría negación ninguna… ¿Acaso los espíritus no
asisten así al espectáculo de algunos sucesos íntimos?
LUMEN. –En el cielo, ¡oh, mi terrestre amigo!, se aprecian poco esos recuerdos del orden material, y me
admiro de que todavía pienses en ellos. El carácter que debe llamar particularmente tu atención es el de los
hechos que constituyen estas dos conversaciones, es que en virtud de las leyes de la luz, podemos ver los
sucesos después que han pasado y cuando en realidad se han desvanecido.
QUAERENS. –Cree, maestro, que esa verdad no se borrará nunca de mi memoria. Esto es precisamente lo
que más me ha maravillado. Olvida mi digresión anterior. A decir verdad, lo que me ha parecido
incomprensible desde nuestra primera conversación ha sido pensar que la duración del viaje del espíritu no
sólo es nula y negativa, sino también retrógrada. “¡Tiempo retrógrado!” Estas dos palabras deben estar
singularmente sorprendidas de hallarse juntas. ¡Parece imposible! Partís hoy para una estrella, y llegáis ayer.
¡Qué digo ayer! Llegaréis hace setenta y dos años! Llegaréis hace cien años! Y cuanto más lejos se vea, más
pronto se llegará. Sería necesario rehacer la gramática.
LUMEN. –Es incontestable. Hablan do en estilo terrestre, no hay error en expresarse así pues que la Tierra
está en el año 1793, etc., para el mundo a donde llegamos. Por lo demás; en vuestro mismo globo tenéis ciertas
paradojas aparentes que, aunque remotamente, dan una idea aproximada de esto. Por ejemplo, un despacho
telegráfico que se envía de París a mediodía, llega a Brest a medio día menos veinte minutos. Pero no son las
aplicaciones particulares o los aspectos curiosos los que importa que conserves en tu mente, sino la revelación
de que son la forma, y la metafísica de que son la expresión sensible. Sabe que el tiempo no es una realidad
absoluta, sino solamente una medida transitoria, producida por los movimientos de la Tierra en el sistema solar.
Ese cuadro, no ficticio sino real, de la vida humana, considerado con los ojos del alma y no con los del cuerpo,
tal como fue, sin disimulación posible, pertenece, por un lado, al dominio de la teología, en cuanto explica
eficazmente un misterio todavía no explicado, el del “juicio particular” hecho por nosotros mismos, después de
la muerte de cada uno. Bajo el punto de vista del conjunto, el presente de un mundo no es una actualidad
momentánea que desaparece inmediatamente; no es sólo un aspecto sin consistencia, una puerta por la cual lo
pasado se precipita incesantemente hacia lo porvenir; un plano matemático en el espacio. Es, por el contrario,
una realidad efectiva que se aleja de este mundo con la velocidad de la luz, y hundiéndose eternamente en lo
Infinito, permanece así un presente eterno.
La realidad metafísica de este vasto problema es tal, que puede concebirse ahora la omnipresencia del mundo
en toda su duración. Los acontecimientos se desvanecen para el lugar en que se han producido, pero
permanecen en el espacio. Esta proyección sucesiva e infinita de todos los hechos que se verifican en cada uno
de los mundos, se efectúa en el seno del Ser infinito, cuya ubicuidad conserva así todas las cosas en una
permanencia eterna. Los acontecimientos que se han sucedido en la superficie de la Tierra, desde su origen, son
visibles en el espacio a distancias tanto más lejanas cuando más antigua es su fecha.
Toda la historia de la Tierra, y la vida de cada uno de sus habitantes podrían ser vistas a la vez por una mirada
que abrazase todo ese espacio. Así comprendemos óptimamente por qué Dios, presente en todas partes, ve todo
lo pasado en un mismo momento. Lo que es verdad respecto de nuestra Tierra, lo es también respecto de todos
los mundos del espacio. Así la historia entera de todos los Universos puede hallarse presentes a la vez en la
universal ubicuidad del Creador. Puedo añadir que Dios conoce todo lo pasado, no sólo por esta vista directa,
sino también por el conocimiento de cada cosa presente. Si un naturalista como Cuvier supo reconstruir
especies animales desaparecidas, con ayuda de un fragmento de hueso, el Autor de la Naturaleza conoce, por la
Tierra actual, la Tierra pasada, el sistema planetario y el sol de lo pasado, y todas las condiciones de
temperatura, de agregaciones, de formaciones, por las cuales los elementos han llegado a formar los
compuestos que existen actualmente. Por otra parte, el porvenir puede también estar completamente presente a
Dios en sus gérmenes actuales tanto como lo pasado lo está en sus frutos. Cada acontecimiento está ligado de
una manera indisoluble con lo pasado y lo porvenir.
Lo porvenir será así inevitablemente consecuencia de lo presente, como lo es lógicamente, y existe en lo
presente tan exactamente como lo pasado mismo, para el que sepa reconocerlo. Pero, lo repito, el punto capital
de esta narración, es comprender, que la vida pasada de los mundos y de los seres está siempre visible en el
espacio, gracias a la transmisión sucesiva de la luz al través de las vastas regiones de lo Infinito.
El día en que tuvimos nuestra última conversación mística, oh, Lumen, han pasado dos años. Durante este
período, insensible para ti, habitante del espacio eterno, pero muy sensible para nosotros los seres terrenales, he
elevado con frecuencia mi pensamiento hacia los grandes problemas en que me has iniciado, y nuevos
horizontes se han desarrollado ante la vista de mi alma. Sin duda también, desde tu partida de la Tierra, tus
observaciones y estudios se han aumentado en un campo de investigaciones cada vez más vasto. Sin duda
tienes también que comunicar a mi inteligencia, mejor preparada, maravillas sin número.
¡Oh, si soy digno de ellas y si puedo comprenderlas, nárrame, oh Lumen, los viajes celestes que han llevado tu
espíritu hacia las esferas superiores, las verdades desconocidas que te han sido reveladas, las grandezas que te
han sido mostradas y los principios que te han sido enseñados sobre el misterioso asunto del destino de los
hombres y de los seres!
QUAERENS. –Desde LUMEN. –He preparado tu alma, mi querido y antiguo amigo, a recibir estas
impresiones extrañas que ningún espectáculo terrestre ha producido ni podría producir. Es, sin embargo,
absolutamente necesario que desprendas ahora tu espíritu de toda preocupación terrestre. Lo que voy a
enseñarte te admirará; pero escúchalo con atención, como una verdad demostrada y no como una novela. Es el
primer esfuerzo que reclamo de tu ardor estudioso. Cuando lo hayas comprendido y lo comprenderás, si lo
examinas con un espíritu matemático y un alma libre, te persuadirás de que todos los hechos que constituyen
nuestra existencia ultraterrestre son, no solamente posibles, si que también reales y que, además, están en
armonía íntima con nuestras facultades intelectuales ya manifestadas en esta Tierra.
QUAERENS. –Puedes estar seguro, oh, Lumen, de que vengo a escucharte con el espíritu libre de toda
pasión, y dispuesto ardientemente a oír esas maravillas que hasta ahora no ha oído ningún ser humano.
Escrita en 1869
LUMEN. –Los acontecimientos que serán objeto de esta narración no tienen solamente por objeto la Tierra y
los astros inmediatos, sino que se extiende por los campos inmensos de la astronomía sideral cuyas maravillas
nos darán a conocer. Su explicación se fundará, como la de las precedentes, en el estudio de la luz, puente
mágico echado de un astro a otro, de la Tierra al Sol, de la Tierra a las estrellas; de la luz, movimiento universal
que llena los espacios, sostiene los mundos en sus órbitas, y constituye la vida eterna de la Naturaleza. Ten,
pues, cuidado de conservar siempre presente la marcha sucesiva de la luz por el espacio.
QUAERENS. –Ya sé que la luz, ese agente por medio del cual los objetos sean visibles a nuestros ojos, no se
transmite instantáneamente de un punto a otro, sino sucesivamente como todo cuerpo móvil. Sé que vuela a
razón de 75,000 leguas por segundo, recorre 750,000 en diez segundos y 4.500,000 en cada minuto. Sé que
emplea más de 8 minutos en atravesar la distancia media de 37 millones de leguas que nos separan del Sol. La
astronomía moderna nos ha familiarizado con todas estas cosas.
LUMEN. -¿Y te representas exactamente su movimiento ondulatorio? QUAERENS. –Así lo creo. Le
comparo con el del sonido, aunque se verifica en una escala incomparablemente mayor. El sonido se propaga
en el aire por medio de ondulaciones. Cuando las campanas tocan a vuelo, su mugido sonoro que se oye en el
momento mismo en que golpea el badajo de la campana por los que habitan alrededor de la iglesia, tardan un
segundo en ser oído por los que habitan a 3 hectómetros y medio, 2 segundos por los que viven a 7
hectómetros, y 3 segundos por los que están a la distancia de 1 kilómetro de la iglesia. Así el sonido no se
transmite sino sucesivamente de un lugar a otro, tan lejos como pueda alcanzar. De la misma manera la luz
pasa sucesivamente de una región más cercana a otra más lejana del espacio, y se aleja así sin extinguirse a
distancias en cierto modo infinitas.
Si pudiéramos ver desde la Tierra un acontecimiento ocurrido en la Luna; si por ejemplo, tuviéramos un
instrumento bastante bueno para ver desde aquí, un fruto que cayese de un árbol en la superficie de la Luna, no
veríamos ese hecho en el momento mismo en que se verificara, sino un segundo y tercio después, porque la
luz, para venir desde la Luna, emplea un segundo y un tercio aproximadamente. Si pudiéramos ver igualmente
un suceso verificándose en un mundo situado a diez veces la distancia de la Luna, tardaríamos en verle 13
segundos desde el momento en que hubiera realmente pasado. Si ese mundo estuviese mil veces más distante
que la Luna, tardaríamos en ver el suceso, después de haberse verificado, 130 segundos; diez mil veces más
lejos, 1,300 segundos o sea, 21 minutos y 40 segundos después. Y así sucesivamente, según las distancias.
LUMEN. –Es exacto, y sabes que por esa razón el rayo luminoso enviado de la estrella Capella a la Tierra,
emplea 72 años en llegar a ésta. Si, pues, recibimos hoy el aspecto luminoso de la estrella tal como era hace 72
años, recíprocamente los habitantes de Capella no ven hoy día sino la Tierra de hace 72 años. La Tierra refleja
en el espacio la luz que recibe del Sol, y de lejos, parece brillante como a vosotros os parecen Venus, Júpiter,
planetas iluminados por el mismo Sol que ilumina la Tierra. El aspecto luminoso de la Tierra, su fotografía,
viaja por el espacio a razón de 75,000 leguas por segundo, y no llega a la distancia de la estrella Capella sino al
cabo de 72 años de marcha incesante. Te recuerdo estos elementos, a fin de que teniéndolos clara y sólidamente
fijos en la mente, puedas comprender sin trabajo los sucesos que me han ocurrido en mi vida ultraterrestre
desde nuestra última conversación.
QUAERENS. –Esos principios de óptica son evidentes para mí. Al día siguiente de tu muerte, en octubre de
1864, cuando te encontraste, como me has dicho, rápidamente trasladado a Capella, te admiraste de llegar en el
momento en que los astrónomos filósofos del país observaban la Tierra en 1793 y uno de los actos más
atrevidos de la Revolución francesa. No quedaste menos sorprendido al verte muy pronto a ti mismo niño.
Corriendo por las calles de París. Acercándote a la Tierra a una distancia menos que la de Capella, te situaste
en la zona a donde llegaba la fotografía terrestre partida en la época de tu infancia, y te volviste a ver a la edad
de seis años, no ya en recuerdo, sino en realidad. De tus narraciones anteriores esta es la que me costó más
trabajo creer, es decir, comprender exactamente.
LUMEN. –Lo que ahora te quiero hacer comprender es todavía más sorprendente. Pero es necesario haber
admitido lo primero para oír eficazmente lo que voy a revelarte. Partiendo de Capella, y acercándome a la
Tierra, he visto mis 72 años de existencia terrestre; mi vida entera, directamente, tal y como ha pasado; porque
acercándome a la Tierra atravesaba las zonas sucesivas de aspectos terrestres que llevaban al espacio la historia
visible de nuestro planeta, incluidas la de París, y la de mi persona que allí se encontraba. Recorriendo
respectivamente en un día el camino que la luz tarda 72 años en atravesar, había pasado revista a mi vida entera
en un solo día, y llegaba para asistir a mi entierro.
QUAERENS. –Es como si, volviendo de Capella a la Tierra, hubieses encontrado en tu camino 72 fotografías
escalonadas de año en año. La más lejana de la Tierra, la más antigua, la que estaba a la distancia de Capella
mostraba el aspecto de 1793; la segunda, partida un año después, y no llegaba todavía a Capella, contenía el de
1794; la décima el de 1803; la trigésima secta, llegada, a la mitad del camino, daba el de 1829; la
quincuagésima, el de 1843, y la septuagésima segunda, el de 1865.
LUMEN. –Es imposible comprender mejor esa realidad, que parece misteriosa e incomprensible a primera
vista. Ahora puedo referirte lo que me sucedió en Capella después de haber visto de nuevo mi existencia
terrestre.
I Mientras estaba, hace poco tiempo aún (pero no sé ya expresar el tiempo en rotaciones terrestres), en el seno
de un melancólico paisaje de Capella, y al principio de una noche transparente, contemplando el cielo
estrellado, y en ese cielo la estrella que es vuestro Sol terrestre, y en las inmediaciones de esa estrella el
pequeño planeta azulado que es vuestra Tierra; mientras que observaba una de las escenas de mi primera
infancia viendo a mi joven madre sentada en el jardín, teniendo en los brazos un niño de pocos meses (mi
hermano), a su lado una niña que apenas contaba dos primaveras (mi hermana), y un muchacho que ya tenía
cuatro (yo mismo); mientras que me veía en aquella edad en que el hombre no tiene todavía conciencia de su
existencia intelectual, y lleva sin embargo, en su frente el germen de su vida entera; mientras pensaba en
aquella singular realidad que me mostraba a mi mismo a la entrada de mi carrera terrestre, sentí distraída mi
atención, de vuestro planeta por un poder superior, que me hizo volver la vista hacia otro punto del cielo que,
en aquel momento, me pareció ligado a la Tierra y a mi carrera terrestre por algún lazo oculto. No pude menos
de fijar la vista en aquel nuevo punto del cielo, encadenado como estaba por una especie de poder magnético.
Varias veces, traté de retirar la vista y fijarla en la Tierra, que aún me atraía siempre, y sin embargo, mis
miradas se volvían obstinadamente hacia la estrella desconocida. Esta estrella, en la cual mi vista trataba
instintivamente de adivinar alguna cosa, forma parte de la constelación de Virgo asterismo cuya forma varía
un poco visto desde Capella. Es una estrella doble, es decir, una asociación de dos soles el uno de una blancura
argentina y el otro de un amarillo de oro muy vivo, que giran el uno alrededor del otro en una revolución de
ciento setenta y cinco años. Vese esa estrella a simple vista desde la Tierra, y está inscrita con la letra Gamma
de la constelación de Virgo. Alrededor de cada uno de los soles que la constituyen, hay un sistema planetario.
Mi vista se fijó en uno de los planetas del sol de oro.
En este planeta hay vegetales y animales como en la Tierra; sus formas se aproximan a las formas terrestres,
aunque en el fondo los organismos son muy diferentes. Hay un reino animal análogo al vuestro, peces en sus
mares y cuadrúpedos en su atmósfera donde los hombres pueden también volar, pero sin alas, en razón de la
densidad muy elevada de esa atmósfera. Los hombres de aquel planeta presentan casi la forma humana
terrestre. Aunque su cráneo esté privado de cabellera; que tengan en las manos tres dedos pulgares, anchos y
cortos, en vez de cinco dedos; y tres dedos en el talón en vez de la planta del pié; las extremidades de los
brazos y de las piernas flexibles como la goma elástica; tienen sin embargo, dos ojos, una nariz y una boca, lo
cual asemeja su rostro a los terrestres. No tienen dos orejas, una a cada lado de la cabeza, sino solamente una
en forma de pabellón cónico situada en la parte superior del cráneo, como un sombrerito. Viven en sociedad y
van desnudos. Ya ves que en suma difieren poco exteriormente de los habitantes de la Tierra.
Sistema estelario de gamma de Virgo
QUAERENS. -¿Hay, pues, en los otros mundos, seres muy diferentes de nosotros, para que estos, a pesar de
su desemejanza, merezcan sernos comparados?
LUMEN. –Una distinción profunda, inimaginable para vosotros, separa en general las formas animadas de los
diferentes globos. Estas formas son el resultado de los elementos especiales a cada globo y de las fuerzas que
le rigen: materia, densidad, gravedad, calor, luz, electricidad, atmósfera, etc., difieren esencialmente de un
mundo a otro. En un mismo sistema, estas formas ya difieren. Así, los hombres de Saturno y de Mercurio no se
parecen en nada a los hombres de la Tierra; el que les viese por primera vez no encontraría en ellos ni cabeza,
ni miembros, ni sentidos. Los del sistema planetario de Virgo, donde se fijaban mis miradas con una
persistencia pasiva, se asemejan, por el contrario, en su forma, a los habitantes del globo terrestre. Un poco
inferiores a nosotros, están situados en los grados de la escala de las almas que preceden inmediatamente al
grado a que la humanidad terrestre pertenece en su conjunto.
QUAERENS. –La humanidad terrestre no es homogénea en su valor intelectual y moral, antes bien, me
parece muy diferente. Nosotros diferimos mucho en Europa de las tribus de la Abisinia y de los salvajes de las
islas oceánicas. ¿Qué pueblo tomas como tipo del grado de inteligencia sobre la Tierra?
LUMEN. –El pueblo árabe. Este es capaz de producir Keplers, Newtons, Galileos, Arquímedes, Euclides, y,
por otra parte, toca por sus raíces a las hordas primitivas sujetas a la roca de granito. Pero no es necesario elegir
aquí un pueblo por tipo. Es preferible considerar el conjunto de la civilización moderna. Por otra parte, no hay
tanta diferencia como parece supones, entre el entendimiento de un negro y el entendimiento de un cerebro de
la raza latina. De todos modos, si necesitas absolutamente una comparación, puede decirte que los hombres de
ese planeta de la constelación de Virgo están casi en la situación intelectual de los pueblos árabes y de los
pueblos escandinavos. La diferencia más esencial que existe entre ese mundo y la Tierra, es que en él no hay
sexos, ni en las plantas, ni en los animales, ni en la humanidad. La generación de los seres se efectúa
espontáneamente, como resultado natural de ciertas condiciones fisiológicas reunidas en ciertas islas fértiles
del planeta, y los hombres no se forman en el vientre de una madre como aquí. Explicarte el procedimiento
sería inútil, porque no puedes juzgar ni comprender sino por tus ideas terrestres, de las cuales los hechos de
este planeta son absolutamente distintos.
El resultado de esa situación orgánica es que el matrimonio no existe bajo ninguna forma en aquel mundo, y
que las amistades entre los humanos no tienen nunca la mezcla de las atracciones carnales que se manifiesta
siempre aquí, aún en las relaciones amistosas más puras, entre dos personas de diferente sexo. Atraídas, como
te he dicho, hacia ese planeta lejano, las miradas de mi alma examinaron atentamente su superficie, fijándose
en particular y sin saber la razón predominante, en una ciudad blanca, que de lejos parecía una región cubierta
de nieve, pero que probablemente no era nieve, porque es inverosímil que el agua pueda existir en aquel globo
en el mismo estado físico y químico que en la Tierra. En los alrededores de esta ciudad un paseo conducía a un
bosque cercano, formado por árboles amarillos. No tardé en observar especialmente en aquel paseo tres
personas que parecían dirigirse lentamente hacia el bosque. Aquel pequeño grupo estaba formado por dos
amigos que parecían hablar íntimamente, y por un ser diferente de ellos por su traje colorado y la carga que
llevaba, y que debía de ser o su criado, o su esclavo, o su animal doméstico.
Mientras contemplaba con curiosidad los dos personajes principales, el de la derecha levantó la vista al cielo,
como si le hubieran llamado desde lo alto de un globo, y fijó sus ojos precisamente hacia Capella, estrella que
sin duda no veía, pues que la escena pasaba durante el día para él. ¡Oh, mi antiguo amigo! ¡Jamás olvidaré la
impresión repentina que me causó semejante vista…! No puedo todavía creer lo que vi cuando pienso en
ello… Aquel hombre del planeta Virgo que me miraba sin sospecharlo, era… ¿me atreveré a decírtelo sin más
preámbulos? Pues bien; era yo…
QUAERENS. -¡Cómo…! ¿tú?
LUMEN. –Yo mismo, en persona. Me reconocí instantáneamente, y tú puedes juzgar de mi sorpresa.
QUAERENS. -¡Sin duda! Tanto más, cuanto que no entiendo una palabra de todo ello.
LUMEN. –La verdad es que la situación es enteramente nueva y necesita ser explicada. Era yo, en verdad, y
no tardé en reconocer no solamente mi rostro y mi forma de otro tiempo, sino también, en la persona que
paseaba conmigo, a un amigo íntimo, mi querido Kathleen, que fue el compañero de mis estudios en aquel
planeta. Yo nos seguí con la mirada hasta el bosque dorado, a través de valles deliciosos sombreados por
cúpulas de oro, por árboles cubiertos de grandes ramas color de naranja, y por entre setos de hojas ámbar. Un
tranquilo manantial murmuraba sobre la arena fina, y nos sentamos a su orilla. Me acuerdo de las dulces horas
que pasamos juntos, de los hermosos años transcurridos en aquella tierra lejana, de nuestras confidencias
fraternales, de las impresiones comunes que experimentamos ante los hermosos paisajes del bosque, ante las
llanuras silenciosas, las vaporosas colinas y los pequeños lagos que parecían sonreír al cielo. Nuestras
aspiraciones se elevaban hacia la grande y santa Naturaleza, y adorábamos a Dios en sus obras.
¡Con cuánta alegría vi de nuevo aquella fase de mi precedente existencia, y volví a unir la cadena de oro
interrumpida por la Tierra…! En verdad, mi querido Quaerens, era yo el que veía entonces en aquel planeta de
Virgo. Veíame realmente, y podía continuar observando la serie de mis acciones y pasando revista a los
mejores momentos de aquella existencia ya remota. Por otra parte, si hubiese dudado de mi identidad, la
observación me hubiera quitado toda incertidumbre, pues, mientras me consideraba, vi salir del bosque e ir a
mi encuentro a mi hermano de aquella existencia, Berthor, que fue a tomar parte en nuestra conversación a
orillas de la fuente murmuradora.
QUAERENS. –Maestro, no comprendo todavía de qué manera podías verte así realmente en aquel planeta de
Virgo. ¿Tienes, pues, el don de ubicuidad? ¿Puedes estar, como Francisco de Asís, o Apolunio de Tiana, en dos
lugares a la vez? –De ninguna manera. Examinando las coordenadas astronómicas del sol Gamma de Virgo,
conociendo su paralaje, visto desde Capella, llegué a averiguar que la luz de aquel sol no podía emplear menos
de 172 años en atravesar la distancia que le separa de Capella.
LUMEN. Recibía, pues, actualmente (estilo terrestre: en 1869) el rayo luminoso que había salido de aquel
mundo hace 172 años (estilo terrestre: en 1697). Ahora bien: en aquella época vivía yo precisamente en el
planeta de que se trata, y tenía veinte años. Haciendo el cálculo de las edades y comparando los diferentes
estilos planetarios, reconocí, en efecto, que había nacido en aquel mundo de Virgo, en el año 45,904 (que
corresponde al año 1677 de la era cristiana terrestre), y muerto de accidente, en el año 45,913 (que corresponde
al año terrestre de 1767). Cada año de aquel planeta es igual a diez de los vuestros.
En el momento en que me veía, como acabo de decirte parecía tener veinte años, terrestremente hablando.
Pero en el estilo de aquel planeta, no tenía más que dos años; allí se llega con frecuencia a la edad de 15
años, que pasa por ser el límite de la vida en aquel globo, y que equivale a 150 años terrestres. Empleando el
rayo luminoso, o, para hablar más exactamente, el aspecto, la fotografía de ese mundo de Virgo, 172 años
terrestres en atravesar la inmensa distancia que le separa de Capella, resulta que, hallándome yo en este último
astro, recibía entonces la imagen que había partido hacía 172 años de la constelación de Virgo. Y aunque las
cosas habían cambiado bastante desde entonces, aunque se habían sucedido varias generaciones, y aunque
había muerto y había tenido desde aquella época tiempo de renacer otra vez, y de vivir 72 años en la Tierra, sin
embargo, la luz había empleado todo aquel tiempo en recorrer su trayecto de Virgo a Capella, y me llevaba
impresiones frescas de aquellos acontecimientos ya pasados.
QUAERENS. –Demostrada la duración del trayecto de la luz, no hay nada que objetar sobre ese punto. Sin
embargo, no puedo menos de confesar que semejante singularidad sobrepuja a todo lo que yo podía esperar de
la facultad creadora de la imaginación.
LUMEN. –No hay aquí imaginación, mi antiguo amigo. No hay más que una realidad eterna y sagrada que
tiene su lugar respetable en el plan de la Creación universal. La luz de cada astro, directa o reflejada, o para
decirlo de otro modo, el aspecto de cada sol y de cada planeta se esparce por el espacio con la velocidad que ya
conoces, y el rayo luminoso contiene en sí mismo todo lo que es visible. Como nada se pierde, la historia de
cada mundo, contenida en la luz que de él emana incesante y sucesivamente, atraviesa eternamente el espacio
infinito, sin que jamás pueda ser aniquilada.
La vida terrestre no puede verlo. Pero hay ojos superiores a los ojos terrestres. Además, aun en la Tierra,
cuando tu examinas con el telescopio, o mejor todavía, con el espectroscopio, la naturaleza de una estrella,
sabes perfectamente que no es su naturaleza actual la que tienes a la vista, sino su pasado, que te transmite un
rayo de luz, partido de allí, hace tal vez cien mil años… No ignoras tampoco que cierto número de astros, de
los cuales, vosotros, los astrónomos de la Tierra tratáis actualmente de determinar los elementos físicos y
numéricos, que brillan resplandecientes sobre vuestras cabezas, pueden muy bien no existir ya desde el
principio del mundo terrestre.
QUAERENS. –Lo sabemos. Así, pues, ¿has visto desarrollarse a tus ojos tu penúltima existencia 172 años
después de haber concluido?
LUMEN. –Di más bien una fase de existencia. Pero habría podido y podría evidentemente verla toda entera,
acercándome a aquel planeta, como lo hice respecto de mi existencia terrestre.
QUAERENS. -¿De suerte que has visto en la luz tus dos últimas encarnaciones?
LUMEN. –Exactamente; y lo que es más, las he visto y las veo todavía juntas, simultáneamente, la una al
lado de la otra en cierto modo.
QUAERENS. -¿Y las veías al mismo tiempo? LUMEN. –El hecho es fácil de comprender. La luz de la Tierra
tarda 72 años en llegar a Capella. La luz del planeta de Virgo, que está casi vez y media más distante que
Capella, emplea 172 años. Como yo vivía hace 72 años en la Tierra, y 100 años antes en el otro planeta, las dos
épocas me llegan precisamente juntas a Capella. Tengo, pues, delante de mí, mirando simplemente a estos dos
mundos, mis dos últimas existencias que se desarrollan naturalmente, como si yo estuviese allí para verlas, y
sin que pueda cambiar nada a las acciones que me veía a punto de ejecutar en el uno como en el otro mundo,
pues que aquellas acciones, aunque presentes y futuras para mi observación actual, son en realidad pasadas.
QUAERENS. -¡Cosa extraña en verdad! ¡Muy extraña!
LUMEN. –Lo que me chocó más es esa observación inesperada de mis dos últimas existencias,
desarrollándose juntas y actualmente para mí en dos mundos diferentes, y lo que sorprendió más singularmente
mi atención, es que las dos existencias se parecen de la manera más extraña. Veo que he tenido sobre poco más
o menos los mismos gustos, en la una que en la otra, las mismas pasiones, los mismos errores. Ni criminal ni
santo, en la una como en la otra.
Además (¡coincidencia extraordinaria!) he visto en la primera paisajes análogos a los que he visto también en
la Tierra. Así he tenido la explicación de un gusto innato que tenía en el mundo terrestre por la poesía del
Norte, por las narraciones de Ossian, por los melancólicos paisajes de Irlanda, por las montañas y las auroras
boreales. La Escocia, la Escandinavía, la Suecia, la Noruega con sus lagos, el Spitzberg, con sus soledades, me
atraían. Las viejas torres arruinadas, las rocas y las gargantas agrestes de las montañas, los abetos sombríos
entre los cuales murmuran el viento del Norte, todo esto me parecía en la Tierra que tenía alguna relación
oculta con mis pensamientos íntimos. Cuando estuve en Irlanda me pareció haber ya vivido en ella. Cuando
hice por primera vez la ascensión del Rigi y del Finsteraarhorn, y asistí a la espléndida salida del sol en las
cimas nevadas de los Alpes, me pareció haber visto ya todo aquello en otro tiempo.
El espectro del Brocken no me pareció nuevo . Y es que había habitado durante cincuenta años regiones
análogas en el planeta de Virgo. La misma vida, las mismas acciones, las mismas circunstancias, las mismas
ediciones. ¡Analogías, analogías! Casi todo lo que he visto, hecho y pensado en la Tierra, lo había ya visto,
hecho y pensado cien años antes en aquel mundo anterior.
El espectro de Brocken ¡Siempre lo había sospechado! El conjunto de mi vida terrestre es, sin embargo,
superior al conjunto de la presente. Cada niño trae, al nacer, facultades diferentes....
(( Este espectro es un magnífico efecto de espejismo que tiene lugar, a veces, a la salida del sol del Brocken,
la cima más elevada (3.300 pies sobre el nivel del mar) de la pintoresca cadena de montañas de Hartz, en el
reino de Hannover. (N. del T.))
….predisposiciones especiales, inclinaciones innatas, y por otro lado incontestable, que no puede explicarse
ante el espíritu filosófico y ante la Justicia eterna, sino por trabajos anteriormente hechos por almas libres. Pero
aunque mi vida terrestre ha sido superior a la precedente, principalmente bajo el punto de vista del
conocimiento más exacto y más profundo del sistema del mundo, debo, sin embargo, hacer observar que
carecía en la Tierra de ciertas facultades físicas y morales que poseía anteriormente. Recíprocamente, poseía en
este mundo otras facultades que no había recibido antes. Así, pues, por ejemplo, entre las facultades físicas que
me faltaban en la Tierra, citaré principalmente la de volar.
En el planeta de Virgo, vi que volaba casi tantas veces como andaba, y esto sin aparato aeronáutico y sin alas,
simplemente con mis brazos y mis piernas, como se nada entre dos aguas. Examinando bien este modo de
locomoción, que me veo claramente emplear en aquel planeta, conozco sin trabajo que no tengo (que no tenía,
quiero decir), ni alas, ni globo, ni hélice. En un momento dado, me lanzaba del suelo, como por un impulso
vigoroso de las piernas, y extendidos los brazos andaba sin fatiga por el aire. Otras veces, al bajar a pie una
montaña escarpada, me lanzaba al espacio con los pies juntos, y descendía lenta y oblicuamente, por mi
voluntad, hasta que mis pies tocaban al suelo, en el cual me encontraba de pie. Otras también, volaban
lentamente a la manera de una paloma que describe una curva para entrar en el palomar. He aquí lo que me veo
claramente hacer en aquel mundo.
Pues bien, no una vez sola, sino tal vez ciento y mil, me he sentido llevado de esa manera en mis sueños
terrestres; exactamente así, dulcemente, naturalmente y sin apuros. ¿Cómo habían de presentarse con tanta
frecuencia tales imposibles en nuestros sueños? Nada puede justificarse; nada análogo existe en el globo
terrestre. Para obedecer instintivamente a esa tendencia innata, me he lanzado varias veces a la atmósfera
adherida a la bola de gas de un aerostato; pero la impresión no es la misma; no se siente uno volar, sino que se
cree casi inmóvil. Ahora tengo la explicación de mis sueños; durante el sueño de mis sentimientos terrestres mi
alma tenía recuerdos de su existencia anterior.
QUAERENS. –Pero yo, también, con mucha frecuencia, me he sentido y me he visto volar en sueños, y
exactamente así, por un movimiento del cuerpo debido a la sola voluntad, sin alas y sin aparatos. ¿Por ventura
habré vivido yo también en aquel planeta de Virgo? –Lo ignoro. Si tuvieras buenos ojos o poderosos
instrumentos, podrías, desde tu globo mismo, ver dicho planeta, examinar
LUMEN. 82
su superficie, y si tal vez hubieses existido en él en la época en que partieron los rayos luminosos que llegan
actualmente a la Tierra, podrías acaso encontrarte allí. Pero tenéis ojos demasiado débiles para intentar esa
investigación. Por otra parte, no hay necesidad de que hayas habitado aquel mundo para haber estado en otro
tiempo dotado de la facultad de volar. Hay un número considerable de mundos en que el vuelo constituye el
estado moral, y donde toda la raza humana vive tan sólo por esta facultad. En realidad, hay pocos planetas
donde los seres se arrastren como en la Tierra.
QUAERENS. –De tu precedente visión resultaría que tu existencia terrestre no es la primera, y que antes de
vivir en la Tierra has vivido ya en otro mundo. ¿Crees, pues, en la pluralidad de existencias del alma?
LUMEN. -¿Olvidas que hablas a un espíritu desencarnado? Por fuerza he de rendirme a la evidencia, teniendo
delante de mí mi vida terrestre y mi vida anterior en el planeta virginal. Además, recuerdo otras varias
existencias.
QUAERENS. -¡Ah! Eso es precisamente lo que me falta para adquirir esta convicción. Yo no recuerdo
absolutamente nada de lo que ha podido preceder a mi nacimiento terrestre.
LUMEN. –Porque tú estás todavía encarnado. Espera tu libertad para poder recordarte de tu vida espiritual. El
alma no tiene plena memoria, plena posesión de sí misma, sino en su vida normal, en su vida celeste, es decir,
entre sus encarnaciones. Entonces ve, no sólo su vida terrestre sino también sus otras existencias anteriores.
¿Cómo, un alma envuelta en los lazos groseros de la carne terrestre y fijada en ella para ejecutar un trabajo
transitorio, podría acordarse de su vida espiritual? ¡Cuán perjudicial no le sería semejante recuerdo! ¡Qué
obstáculos no pondría a la libertad de sus actos, el que el alma pudiese saber su principio y su fin! ¿Cómo
podría hacer méritos si conociese su destino? .
Las almas encarnadas en la Tierra no han llegado todavía a un estado de progreso bastante elevado para que el
recuerdo de sus estados anteriores pudiera serles útil. La permanencia de las impresiones anímicas no se
manifiesta en este mundo transitorio. La oruga no recuerda su existencia rudimentaria en el huevo. La crisálida
dormida no recuerda los días empleados en el trabajo cuando se arrastraba sobre las plantas.
La mariposa que vuela de flor en flor no tiene para qué recordar al tiempo en que su momia soñaba
suspendida en una tela, ni el crepúsculo, en que su larva se arrastraba de hierba en hierba, ni la noche en que la
cáscara de un huevecillo la envolvía. Esto no impide que el huevo, la oruga, la crisálida y la mariposa sean un
solo y mismo ser.
QUAERENS. –Sin embargo, maestro, si hubiéramos ya vivido antes de esta vida, algo conservaríamos. De
otro modo, esas existencias anteriores serían como si no hubieran pasado.
LUMEN. -¿Y no es nada llegar a la Tierra con aptitudes innatas? Dos niños nacen del mismo padre y la
misma madre, reciben idénticamente la misma educación, están rodeados de los mismos cuidados, habitan el
mismo medio. Pues bien, examina a cada uno de ellos. ¿Son iguales? De ninguna manera. La igualdad de las
almas no existe. El uno trae consigo instintos pacíficos y una vasta inteligencia; será bueno, sabio, prudente,
ilustre tal vez, entre los pensadores. El otro trae instintos de dominación, de envidia, de brutalidad quizá. Su
carrera, bosquejándose y acentuándose cada vez más, le conducirá sin duda al primer puesto de los ejércitos y
le dará esa gloria (poco apetecible, y sin embargo, todavía admirada sobre la Tierra) que va unida al título de
asesino oficial. Débilmente o fuertemente acusada, esta desemejanza de carácter, que no depende ni de la
familia, ni de la raza, ni de la educación, ni del estado corporal, se manifiesta en todos los hombres. Reflexiona
sobre ella todo cuanto quieras; siempre llegarás a la convicción de que es absolutamente inexplicable, y no
puede encontrar su razón de ser más que en los estados anteriores de las almas.
QUAERENS. –Sin embargo, la mayor parte de los filósofos y de los doctores teológicos han enseñado que el
alma es creada al mismo tiempo que el cuerpo.
LUMEN. -¿Y en qué momento preciso? ¿Puedes decírmelo? ¿Es en el del nacimiento? Pero, la legislación
como la fisiología anatómica saben perfectamente que el niño vive antes de salir de su prisión uterina, y
destruir un feto de ocho meses es ya un asesinato. ¿En qué época supones, pues, que el alma se presenta de
repente en el cráneo del feto o del embrión?
QUAERENS. –Varios padres de la Iglesia han indicado la sexta semana de la gestación. Otros opinan por el
momento mismo en que se verifica la concepción.
LUMEN. -¡Oh, amarga derrisión! ¡Quieres que los designios eternos del Creador estén sometidos en su
ejecución a los deseos caprichosos, a la llama intermitente de dos corazones amorosos! ¿Osarías admitir que
nuestra alma inmortal se crea al contacto de dos epidermis? ¿Estarías dispuesto a creer que el Pensamiento
supremo que gobierna los mundos se pondría a disposición del azar, de la intriga, de la pasión y algunas veces
del crimen? ¿Pensarías que el número de almas puede depender del número de flores tocadas por el polvo del
polen de alas de oro? Semejante doctrina, semejante suposición, ¿no es blasfematoria contra la dignidad divina,
contra la grandeza espiritual de nuestra misma alma? Y por otra parte, ¿no sería eso la materialización
completa de nuestra facultad intelectual?
QUAERENS. –Convengo en que sería muy singular, en efecto, que un acontecimiento tan importante como la
creación de un alma inmortal, estuviese sometido a una causa carnal, y fuera el resultado fortuito de uniones
más o menos legítimas. Convengo también en que la diferencia de aptitudes que traemos al entrar en este
mundo no se explica por causas orgánicas. Pero me pregunto de qué servirán muchas existencias, si, cuando
uno principia una nueva vida, no se acuerda de las anteriores. Pregúntome además si es verdaderamente
deseable para nosotros tener en perspectiva un viaje interminable a través de los mundos y una transmigración
eterna. Porque, en fin, es preciso que todo esto tenga un término, y que después de tantos siglos de viaje,
acabemos por descansar. Entonces, mejor sería descansar inmediatamente después de una sola existencia…
LUMEN. - ¡Oh hombre! Tú no conoces ni el espacio ni el tiempo; no sabes que fuera del movimiento de los
astros, el tiempo no existe ya y que la eternidad no es medible; no sabes que en lo infinito de la extensión
sideral universal, el espacio es una palabra vana y no puede tampoco medirse; tú lo ignoras todo: principio,
causa y fin; todo te escapa; átomo sobre un átomo movible, no tienes acerca del Universo ninguna idea exacta,
¡y con semejante ignorancia, en semejante oscuridad quisieras comprenderlo todo, abarcarlo todo, dominarlo
todo! ¡Más fácil sería hacer entrar el Océano en una cáscara de nuez, que hacer que tu pobre cerebro terrestre
comprendiese la ley de los destinos! ¿No puedes, haciendo uso legítimo de la facultad de inducción que te ha
sido dada, detenerte en las consecuencias directas que resultan de la observación racional? La observación
racional te demuestra que no somos iguales al llegar a este mundo; que lo pasado es semejante a lo porvenir, y
que la eternidad, que está delante de nosotros, la tenemos igualmente detrás; que nada se crea en la Naturaleza,
como nada se aniquila, que la Naturaleza se extiende a todo lo existente, y que Dios, espíritu, ley, número, no
están fuera de la Naturaleza, como no lo están la materia, el peso, el movimiento; que la verdad moral, la
justicia, la sabiduría, la virtud, existen en la marcha del mundo lo mismo que la realidad física; que la justicia
ordena la equidad en la distribución de los destinos; que nuestros destinos no se cumplen en el planeta
terrestre; que el cielo empíreo no existe y que la tierra es un astro del cielo; que otros planetas habitados se
ciernen con el nuestro por el espacio, abriendo a las alas del alma un campo inagotable; y que lo infinito del
Universo corresponde, en la creación material, a la eternidad de nuestras inteligencias en la creación espiritual.
Tales verdades, acompañadas de las inducciones que nos inspiran, ¿no bastan a librar tu mente de las
preocupaciones antiguas y entregar a su libre juicio un panorama digno de los vagos y profundos deseos de
nuestras almas? Podría ilustrar este bosquejo general con ejemplos y detalles que tal vez llamarían mucho más
tu atención.
Bástame añadir que hay en la Naturaleza otras fuerzas que las que conocéis, cuya esencia y modo de acción
son distintos de los de la electricidad, de la atracción de la luz, etc. Ahora bien, entre esas fuerzas naturales
desconocidas, hay una en particular, cuyo estudio ulterior traerá consigo singulares descubrimientos para
dilucidad los problemas del alma y de la vida. Esta fuerza fluídica invisible, es ese lazo misterioso que une a
seres vivientes aun sin saberlo ellos, y que se ha manifestado ya en muchas circunstancias.
Dos seres se aman. Les es imposible vivir separados. Si la fuerza de los acontecimientos produce una
separación, los dos amantes quedan desorientados, y sus almas se ausentarán de sus cuerpos para reunirse a
través de la distancia. Los pensamientos del uno son comunes al otro; las emociones del uno son
experimentadas por el otro, y viven juntos a pesar de la separación. Si alguna desgracia viene a herir a uno de
ellos, el otro sufre el choque. Se han visto separaciones de estas que han producido la muerte.
¿Cuántos casos no se han presentado, apoyados por testimonios irrefutables de la aparición espontánea de una
persona a un amigo íntimo, de una mujer a su marido, de una madre a su hijo, y recíprocamente, ocurrida en el
momento mismo en que la persona aparecida moría a veces a una gran distancia kilométrica?.
La crítica más severa no puede negar ya hoy día estos hechos, auténticamente comprobados. Dos hermanos
gemelos viviendo a diez leguas uno del otro, en condiciones muy diferentes, sufren al mismo tiempo la misma
enfermedad, o si uno de ellos se fatiga demasiado, el otro siente un malestar que no tiene motivos para tener.
Y así sucesivamente. Estos hechos múltiples prueban que existen lazos simpáticos entre las almas y aun entre
los cuerpos, y nos inducen a reflexionar una vez más, que estamos lejos de conocer todas las fuerzas en acción
en la Naturaleza. Si te hago estas reflexiones, oh, amigo mío, es para demostrarte sobre todo que puedes
presentir la verdad aun antes de haber muerto, y que la existencia terrestre no está tan desprovista de luz que no
pueda llegar, por medio del razonamiento, a conocer los rasgos principales del mundo moral. Además, todas
estas verdades serán puestas de relieve por la continuación de mi narración, cuando te haya dicho que no es
sólo mi penúltima existencia la que vi directamente, gracias a la lentitud de la luz, sino también mi
antepenúltima vida planetaria, y, hasta el presente, más de diez existencias que han precedido a aquella durante
la cual nos conocimos en la Tierra. II
QUAERENS. –La reflexión y el estudio, oh Lumen, me habían inclinado ya a la creencia en la pluralidad de
existencias del alma. Pero no teniendo esta doctrina en su favor pruebas lógicas, morales, y aun físicas, en
tanto número y tan evidentes como la de la pluralidad de mundos habitados, confieso que hasta hoy reinaba la
duda en mi inteligencia. La óptica moderna y el cálculo trascendental, que en cierto modo nos hacen tocar con
el dedo los otros mundos, nos muestran sus movimientos, sus años, sus estaciones, y sus días; nos hacen asistir
a las variaciones de la Naturaleza viviente en su superficie; todos estos elementos han permitido a la
astronomía contemporánea fundar la doctrina de la existencia humana en los demás astros sobre una base
sólida e imperecedera. Pero de nuevo diré, que no sucede lo mismo respecto de la palingenesia; y aunque
inclinándome grandemente a creer en la transmigración de las almas en el verdadero cielo, puesto que este es el
único medio bajo el cual podemos representarnos la vida eterna, mis aspiraciones reclaman, sin embargo, para
sostenerse y consolidarse, una luz que no tengo todavía.
LUMEN. –Esta luz es precisamente la que forma el objeto de nuestra conversación de hoy y la que resultará
de ella. Confieso que tengo una ventaja sobre ti, porque hablo de visu y me limito rigurosamente a ser el
intérprete exacto de los sucesos ultraterrestres que he presenciado en mi vida espiritual. Pero puesto que tu
inteligencia puede comprender la posibilidad, la verosimilitud de la explicación científica de mi narración, no
podrás menos, al escucharla, de ilustrarte y aumentar tu saber.
QUAERENS. –Esa es la causa principal que me hace estar ansioso de oírte.
LUMEN. –La luz, ya lo has comprendido, se encarga de dar al alma desencarnada la vista directa de sus
existencias planetarias. Después de haber visto mi existencia terrestre, vi mi penúltima vida en uno de los
planetas, de Gamma Virginia. La luz, no llegándome la primera hasta después de setenta y dos años, y la
segunda hasta después de ciento setenta y dos, veo hoy desde Capella, lo que yo era en la Tierra hace setenta y
dos años, y lo que era en el mundo virginal hace ciento setenta y dos. Aquí tienes, pues, dos existencias pasadas
y sucesivas que se han hecho para mí presentes y simultáneas, en virtud de las leyes de la luz que me las
transmite. Hace quinientos años, poco más o menos, vivía yo en un mundo, cuya posición astronómica vista
desde la Tierra es precisamente la del seno izquierdo de Andrómeda.
Seguramente los habitantes de aquel mundo no sospechan que los de un pequeño planeta del espacio han
reunido las estrellas por líneas ficticias, trazado figuras de hombres, de mujeres, de animales, de objetos
diversos, e incorporado todos los astros (para darles un nombre) en esas figuras más o menos originales.
¡Los hombres planetarios quedarían muy admirados si se les dijese que en la Tierra ciertas estrellas tienen los
nombres de Corazón del Escorpión (¡qué corazón!), Cabeza de Perro, Cola de la Osa mayor, Ojo de Tauro,
Cuello del Dragón, Frente de Capricornio! No ignoran que las constelaciones dibujadas en la esfera celeste, y
las posiciones de las estrellas en esa esfera, no son reales ni absolutas, sino debidas únicamente a la situación
de la Tierra en el espacio, y por lo tanto no son simplemente más que un efecto de perspectiva.
El que, desde lo alto de una montaña, toma el panorama circular y fija en su plano la posición respectiva de
todas las cimas que se le presenta, de las colinas, de los valles, de las aldeas, de los lagos, diseña un mapa que
no puede servir sino para el sitio en que se encuentra. Si se traslada veinte leguas más allá, verá las mismas
cimas, pero situadas en posiciones recíprocas completamente diferentes, como resultado del cambio de
perspectiva. El panorama de los Alpes y del Oberland visto desde Lucerna y desde el monte Pilatos, no se
parece en nada al que se observa desde el Faulhorn o desde la Scheinige Platte sobre Interlaken. Son sin
embargo, las mismas cimas y los mismos lagos.
Esto es exactamente lo que sucede respecto de las estrellas. Las mismas se ven desde la estrella Delta de
Andrómeda que desde la Tierra. No hay, sin embargo, una sola constelación de las que aquí se conocen,
susceptible de ser reconocida desde allí; todas las perspectivas celestes aparecen cambiadas; las estrellas de
primera magnitud se han convertido en estrellas de segunda y de tercera; algunas, de un orden inferior, vistas
desde más cerca, se han hecho resplandecientes, y sobre todo la situación respectiva de las unas comparada con
la de las otras ha variado completamente a consecuencia de la diferencia de posición entre aquella estrella y la
Tierra.
Constelación de Andrómeda
QUAERENS. –Así, las constelaciones que durante tanto tiempo se han creído trazadas indeleblemente bajo la
bóveda celeste, son debidas tan sólo a la perspectiva. Al cambiar de posición, las perspectivas cambian y el
aspecto del cielo ya no es el mismo. Pero entonces ¿no deberíamos nosotros también tener un cambio de
perspectivas celestes de seis en seis meses, puesto que en este intervalo la Tierra ha cambiado grandemente de
posición y ha ido a colocarse a 74 millones de leguas de distancia del punto que ocupaba seis meses antes? –
Esa objeción me prueba que has comprendido perfectamente el principio de la deformación de las
constelaciones a medida que se avanza por el espacio hacia cualquier lado que sea. En efecto, sucedería lo que
has dicho, si la órbita terrestre fuera bastante vasta para que dos puntos opuestos de esa órbita pudiesen
cambiar la vista del paisaje celeste.
El planeta Venus
LUMEN. –Evidentemente. El antiguo cielo teológico no tiene hoy razón de ser, y el simple buen sentido
demuestra que no existe. Dos verdades no pueden ser opuestas una a otra, y es necesario que el cielo espiritual
concuerde con el cielo físico; esto es lo que mis deferentes conversaciones tienen por objeto especial
demostrarte. En el mundo de Andrómeda, de que te hablo, no hay, pues, nada de la constelación de Andrómeda.
Las estrellas que, vistas desde la Tierra, aparecen reunidas y han servido para dibujar en el paisaje celeste a la
hija de Cefeo y de Casiopea, están diseminadas por el espacio a todas las distancias y en todas direcciones.
Sería imposible encontrar en dicha constelación, ni en ninguna otra, el menor vestigio de esas figuras de la
mitología terrestre.
QUAERENS. –La poesía pierde en ello… Yo experimentaría una dulce satisfacción al saber que había
residido durante toda una vida en el seno de Andrómeda. Hay en ello como un perfume mitológico, y una
sensación vital. Me agradaría muchísimo verme trasladado allí, sin temor al monstruo, y sin inquietarme del
joven Perseo acompañado de su cabeza de Medusa y del famoso Pegaso.
Pero ahora, gracias al escalpelo de la ciencia, no hay ni princesa expuesta desnuda al furor de las olas, ni
Virgen con la espiga de oro, ni Orión persiguiendo a las Pléyades; Venus ha desaparecido de nuestro cielo de la
tarde; y el viejo Saturno ha dejado caer su guadaña en la noche. Todo lo ha hecho desaparecer la ciencia.
¡Siento este progreso!
LUMEN. -¿Prefieres, pues, la ilusión a la realidad? ¿No sabes que la verdad es incomparablemente más
hermosa, más grande, más admirable y más maravillosa que el error mejor adornado? ¿Qué hay en todas las
mitologías pasadas y presentes, comparable a la sola contemplación científica de las magnitudes celestes y de
los movimientos de la Naturaleza? ¿Qué puede impresionar más profundamente el alma que le hecho de la
extensión ocupada por los mundos y de la inmensidad de los sistemas siderales?
¿Qué palabra es más elocuente que el silencio de una noche estrellada?
¿Qué imagen podría transportar el pensamiento a un abismo de admiración más implacable que ese viaje
intersideral de la luz, haciendo eternos los acontecimientos transitorios de la vida de cada mundo? Despójate,
pues, amigo mío, de tus antiguos errores, y se verdaderamente digno de la majestad de la ciencia. Escucha lo
que sigue: En virtud del tiempo que la luz emplea para ir del sistema de Delta de Andrómeda a Capella, he
visto, este año, en 1869, mi antepenúltima existencia, que se cumplía en aquel mundo hace 550 años. Aquel
mundo es singular para nosotros. No hay en él más que un reino: el reino animal. El reino vegetal no existe.
Pero aquel reino animal es muy diferente del nuestro, aunque su especie superior, su especie inteligente, posee
cinco sentidos como en la Tierra. Es un mundo sin sueño y sin fijeza.
Está enteramente envuelto en un océano rosado, menos denso que el agua terrestre y más denso que el aire. Es
una substancia que viene a ser el término medio, como fluido, entre el aire y el agua. No trates de
representártelo exactamente: no lo conseguirás, atendiendo a que la química terrestre no te ofrece substancia
semejante. El gas ácido carbónico que se derrama como si fuera agua, puede darte una imagen de aquel fluido.
Este estado es debido a una cantidad determinada de calor y de electricidad que hay permanentemente en aquel
globo. No ignoras que la Tierra, en la textura de todos los seres, minerales, vegetales y animales, no hay más
que tres estados de los cuerpos: el sólido, el líquido y el gaseoso, y que estos tres estados tienen por causa
única el calor derramado por el Sol sobre la superficie terrestre.
El calor interior del globo tiene una acción muy sensible en la superficie. Menos calor solar liquidaría los
gases y solidificaría los líquidos. Más calor fundiría los sólidos y evaporaría los líquidos. Basta suponer una
cantidad mayor o menor de calor para hacer el aire líquido (aire líquido, ¡entiendes?) y el mármol gaseoso.
Si por una causa cualquiera, el planeta terrestre se escapase un día por la tangente de su órbita y se alejase por
la oscuridad helada del espacio, verías toda el agua terrestre hacerse sólida, y los gases a su vez hacerse
primero líquidos y después sólidos; verías… no, no lo verías permaneciendo en la Tierra, pero podrías, desde el
fondo del espacio, asistir a ese espectáculo tan curioso, si alguna vez vuestro globo tratara de escaparse por la
tangente. Y nota además que, si la llegada de ese frío colosal fuera súbita, los seres se encontrarían
repentinamente helados en el sitio que estuvieran, y el globo llevaría por el espacio el panorama singular de
todas las razas humanas y animales, fijas e inmovilizadas eternamente en las posiciones variadas que cada
individuo tuviese en el momento de la catástrofe. Hay mundos que están en esta situación. Son ciertos cometas
habitables, cuyos habitantes, detenidos insensiblemente en su vida por la huída rápida del cometa lejos del Sol,
se encuentran allí como millares de estatuas. La mayor parte allí tendidos, porque ese profundo cambio de
temperatura emplea muchos días en verificarse.
Allí están por millones mezclados, muertos, o por mejor decir, dormidos en un letargo completo. El frío los
conserva. Tres o cuatro mil años después, cuando el cometa vuelve a su afelio oscuro y helado a su brillante
perihelio hacia el Sol, el calor fecundo acaricia aquella superficie con sus rayos bien hechores, y va
aumentándose rápidamente. Cuando ha llegado al grado que caracteriza la temperatura natural de aquellos
seres, resucitan, a la edad que tenían en el momento en que se durmieron, y vuelven a ocuparse de sus negocios
de la víspera (¡antigua víspera!) sin saber en modo alguno que han dormido sin soñar) durante tantos siglos.
Algunos hay que continúan una partida de juego comenzada y acaban una frase, cuyas primeras palabras
fueron pronunciadas mil años antes. Todo esto es muy sencillo.
Ya hemos visto que le tiempo no existe en realidad. Es en grande lo que pasa en pequeño sobre la Tierra con
vuestros infusorios resucitantes, que renacen bajo la lluvia después de muchos años de muerte aparente .
Pero volviendo a nuestro mundo de Andrómeda, la atmósfera rosada y casi líquida que le ocupa enteramente
como un océano sin islas, es la morada de los seres animados de dicho globo. Sin descansar jamás en el fondo
de ese océano, el cual jamás nadie ha tocado, flotan perpetuamente en el elemento móvil.
Desde su nacimiento hasta su muerte, no tienen ni un solo instante de reposo. Su actividad constante es la
condición misma de su existencia. Si se detuvieran, perecerían. Para respira, es decir, para hacer penetrar en su
seño el elemento fluido, se ven obligados a agitar incesantemente sus tentáculos y a tener sus pulmones (uso de
esta palabra para hacerme comprender) constantemente abiertos. La forma exterior de aquella raza humana se
parece algún tanto a la de las sirenas de la antigüedad, pero menos elegante, aproximándose al organismo de la
foca. ((Por ejemplo, los vibriones, género de infusorios de la familia de los vibriones, de cuerpo filamentoso y
dotado de un movimiento ondulatorio. (N. del T.))
Ya ves la diferencia esencial que separa esta constitución de los hombres terrestres. En la Tierra respiramos
sin advertirlo, sin tener que ejecutar el menor trabajo para obtener nuestro oxígeno, sin vernos obligados a
ganar, por decirlo así, la transformación de la sangre venosa en sangre arterial por medio de la absorción del
oxígeno. En ese otro mundo, por el contrario, ese es un alimento que no se obtiene sino a costa de trabajo, al
precio de incesantes esfuerzos.
QUAERENS. -¿Entonces ese mundo es inferior al nuestro, como grado de progreso?
LUMEN. –sin duda alguna, puesto que yo le he habitado antes de venir a la Tierra. Pero no pienses que la
Tierra sea muy superior por la razón de que respiramos durmiendo.
Sin duda es ya maravillosos tener un mecanismo pneumático que se abre por sí mismo de segundo en
segundo, cada vez que nuestro organismo necesita la menor bocanada de aire, y es admirable que ese autómata
funcione, aun cuando los que le poseen no vean su belleza ni aprecien su valor. Pero el hombre no vive
solamente de aire; el organismo terrestre necesita un complemento más sólido, y ese complemento no le llega
por sí solo. ¿Qué resulta de aquí? Contempla por un instante la Tierra. ¡Qué triste y desconsolador espectáculo!
¡Qué mundo de miseria y embrutecimiento! Todas esas multitudes encorvadas hacia el suelo que escarban con
fatiga para pedirles su pan; todas esas cabezas inclinadas hacia la materia, en vez de estar levantadas para la
contemplación de la Naturaleza; todos esos esfuerzos y trabajos que traen en pos de sí la debilidad y la
enfermedad; todos esos tráficos para reunir un poco de oro a expensas de todos; la explotación del hombre por
el hombre; las castas, las aristocracias, los robos, y las ruinas; las ambiciones, los tronos y las guerras; en una
palabra, el interés personal, siempre egoísta, con frecuencia sórdido, y el reinado de la materia sobre el espíritu:
tal es el cuadro normal de la Tierra, situación requerida por la ley que rige vuestros cuerpos, que os obliga a
matar para vivir, y a preferir la posesión de los bienes materiales, que no sirven más allá de la tumba, a la
posesión de los bienes intelectuales, cuya riqueza inalienable conserva el alma consigo para siempre.
QUAERENS. -¡hablas, maestro, como si pensaras que es posible vivir sin comer!
LUMEN. -¿Y crees tú que una operación tan ridícula es obligatoria en todos los mundos del espacio?
Felizmente, en la mayor parte de ellos, el espíritu no está sometido a semejante ignominia.
No es tan difícil como pudiera suponerse a primera vista, creer en la posibilidad de atmósferas nutritivas. El
sostenimiento de la vida en el hombre y en los animales depende de dos causas: la respiración y la nutrición.
La primera reside naturalmente en la atmósfera; la segunda reside en los alimentos. De los alimentos proviene
la sangre; de la sangre provienen los tejidos, los músculos, los huesos, los cartílagos, la carne, el cerebro, los
nervios; en una palabra, la constitución orgánica del cuerpo. El oxígeno que aspiramos puede ser considerado
como substancia nutritiva, porque combinándose con los principios alimenticios absorbidos por el estómago,
completa la sanguificación y el desarrollo de los tejidos.
Ahora bien; para imaginar toda la nutrición trasladada al dominio de la atmósfera, basta observar que en suma
un alimento completo se compone de albúmina, de azúcar, de grasa y de sal, y pensar que un fluido
atmosférico, en vez de estar compuesto solamente de ázoe o de oxígeno, estuviese formado por estas diversas
substancias en estado gaseoso. En nuestro estado actual, esos alimentos se encuentran en los cuerpos sólidos de
que nos nutrimos, y la digestión es la que se encarga de la función de desprenderlos y asimilarlos al organismo.
Cuando, por ejemplo, comemos un pedazo de pan, introducimos en nuestro estómago fécula y almidón,
substancias insolubles en el agua y que no se hallan en la sangre.
La saliva y el jugo pancreático transforman el almidón insoluble en azúcar soluble. La bilis, el jugo
pancreático y las secreciones intestinales cambian el azúcar en grasa. Se encuentran en la sangre azúcar y grasa
y así es como por el procedimiento de la alimentación estas substancias han sido desprendidas y asimiladas a
nuestro cuerpo. Te admira, amigo mío, que en el mundo celeste, donde resido, hace cinco años terrestres,
recuerde todavía todos estos términos materiales y descienda a hablar de este modo.
Los recuerdos de la Tierra no se han borrado de mi memoria, ni mucho menos, y porque tratamos
incidentalmente una cuestión de fisiología orgánica, no tengo reparo alguno en llamar las cosas por su nombre.
Si, pues, suponemos que los alimentos, en vez de estar combinados o mezclados en la constitución de los
cuerpos sólidos o líquidos, se encuentran en estado gaseoso en la constitución de la atmósfera, cuando con ello
atmósferas nutritivas que nos dispensen de la digestión y de sus funciones ridículas y groseras.
Lo que el hombre es capaz de imaginar en la esfera limitada de sus observaciones, la Naturaleza ha sabido
realizarlo en algún punto de la Creación universal. Te lo aseguro, por lo demás, que cuando uno no está ya
acostumbrado a esa operación material de la introducción de los alimentos en el tubo intestinal, no puede
menos de chocarle la grosería de la operación. Esta es la reflexión que yo me hacía pocos días ha, cuando,
contemplando uno de los más opulentos paisajes de vuestro planeta, me llamó la atención la hermosura suave y
angelical de una joven , que se hallaba medio acostada en una góndola que flotaba sobre el agua azulada del
Bósforo, delante de Constantinopla.
Recostada sobre cojines de terciopelo rojo, bordados de sedas brillantes, con pesadas bellotas de oro que
caían hasta tocar en las olas, aquella joven circasiana tenía delante de ella, arrodillado, un pequeño esclavo
negro que tanía un instrumento de cuerda. Aquel cuerpo era tan juvenil y gracioso; el brazo en que apoyaba la
cabeza era tan elegantes, aquellos ojos tan puros y candorosos, aquella frente ya pensativa parecía tan serena
bajo la luz del cielo, que me dejé por un momento cautivar por una especie e admiración retrospectiva hacia
aquella obra maestra de la Naturaleza viviente. Pues bien; mientras aquel candor de la primera juventud y
aquella suavidad de la flor que se entreabre a los primeros rayos de la existencia me tenían bajo una especie de
fascinación pasajera, la barca tocó la orilla de una plataforma avanzada, y la joven, sostenida por el esclavo,
fue a sentarse en un diván, cerca de una mesa abundantemente servida, alrededor de la cual se hallaban ya
reunidas otras personas.
Entonces se puso a comer. ¡Si, comió! Durante una hora, tal vez, estuve sin poder darme cuenta de lo que
veía. ¡Qué espectáculo tan ridículo! ¡Un ser semejante llevando el alimento a su boca y vertiendo de cuando en
cuando n sé qué substancia en el interior de su cuerpo hechicero! ¡Y luego aquellos dientes de perlas tenían el
valor de mascar trozos de un animal cualquiera! ¡y aquellos labios virginales se abrían para recibir e ingerir
otros fragmentos de otros animales! ¡Qué régimen! ¡Una mezcla de ingredientes sacados de bestias o de fieras
que han vivido en el fango y que luego han sido muertas…! ¡Horror! Separé la mirada con tristeza de aquel
extraño contrate, y la dirigí al planeta Júpiter, donde la humanidad no experimenta semejantes necesidades. Los
seres flotantes pertenecientes al mundo de Andrómeda, donde se cumplió mi penúltima existencia, están
también sometidos, y más servilmente que los habitantes de la Tierra, al trabajo de la nutrición. No tienen aire
que les alimente en las tres cuartas partes, como en nuestro globo; es preciso que ganen lo que se puede llamar
su oxígeno, y para ello están condenados a hacer funcionar sin descanso sus pulmones y a preparar el aire
nutritivo, sin dormir jamás y sin hartarse de él, porque a pesar de todo su trabajo, no pueden absorber sino muy
poco a la vez. Así pasan su vida entera, y mueren sucumbiendo a la fatiga.
QUAERENS. –Valdría más no nacer.
LUMEN. –La misma reflexión podría aplicarse a la Tierra. ¿De qué sirve nacer, fatigarse en mil trabajos
diversos, girar durante setenta o cien años en el mismo círculo diario, dormir, comer, moverse, hablar, andar,
correr, agitarse, soñar, etcétera? ¿Para qué sirve todo ello? ¿No se encontraría uno de la misma manera si
muriese al día siguiente de su nacimiento, o mejor todavía, si no se tomase el trabajo de nacer? La Naturaleza
no estaría por eso pero, ni se apercibiría de ello. Por lo demás, se puede añadir, ¿de qué sirve la misma
Naturaleza y por qué existe el Universo…?
A todas estas preguntas no puede el espíritu observador dar más que una sola respuesta: es preciso que se
cumplan todos los destinos. Con frecuencia, amigo mío, me he dirigido en el fondo de mi conciencia esas
mismas preguntas insolubles; y recuerdo que una persona verdaderamente superior que había conocido en una
anterior existencia, y precisamente en ese mundo de Andrómeda, persona a quien tuve la satisfacción de volver
a ver, si bien muy pasajeramente, en la Tierra, la virtuosa princesa Carolath, a quien tú también has conocido,
me hablaba allí con frecuencia, de estos mismos problemas. Ella hizo grandes esfuerzos para elevar la
inteligencia del pueblo a cuya cabeza brillaba, pero sin llegar a conseguirlo. Aquel mundo de Andrómeda es
extremadamente grosero, y no comprendía nada de sus discursos.
Para darte una idea de la debilidad intelectual de aquella humanidad, elegiré los dos puntos que dan
generalmente la medida del valor de un pueblo: la religión y la política. Pues bien, en religión, aquellos
hombres, lejos de buscar a Dios en la Naturaleza, de fundar su juicio en la ciencia, de aspirar a la verdad, de
servirse de sus ojos para ver y de su razón para comprender; en una palabra, lejos de establecer los
fundamentos de su filosofía sobre el conocimiento tan exacto como es posible del orden divino que rige el
mundo, se han dividido en sectas voluntariamente ciegas; han creído rendir homenaje a su pretendido Dios,
cesando de discurrir, y creen adorarle sosteniendo que su mundo es único en el espacio, recitando palabras
inútiles, e injuriándose de secta a secta, y, ¡ay!, bendiciendo las espadas, encendiendo las hogueras y
autorizando las matanzas y las guerras. Hay tales y tales aserciones en sus doctrinas.
Que parecen expresamente imaginadas para ultrajar el sentido común. ¡Dichas aserciones son precisamente
las que constituyen los artículos de fe de sus creencias! A la misma altura están en política. Los más
inteligentes y más puros no consiguen entenderse; y así la república en aquel mundo parece una forma de
gobierno irrealizable. Remontando los anales de su historia tan lejos como es posible, se ve que los pueblos,
cobardes e indiferentes, prefieren a gobernarse ellos mismos, ser dirigidos por individuos que se proclaman sus
Basileos. Ese jefe les quita las tres cuartas partes de sus recursos, reserva para él y los suyos la esencia más
rosada de su atmósfera (es decir, lo que hay mejor en aquel mundo), les numera a todos, y de cuando en cuando
les envía a apalearse con algún pueblo vecino, sometido también a un Basileo análogo.
Entonces, a la manera de bancos de arenques, se dirigen de una y otra parte hacia un campo de batalla, que
llaman campo del honor, y se destruyen mutuamente como locos furiosos, sin saber por qué, y sin poder
comprenderse, pues que no hablan la misma lengua. Algunos, favorecidos por la suerte, vuelven salvos.
¿Crees que estos, a su vuelta, odian al Basileo? De ninguna manera. Al volver a sus hogares movibles, los
restos del ejército se apresuran a celebrar, en compañía de los dignatarios de su secta, acciones de gracias
suplicando a su Dios que conceda largos días de bendición al digno hombre que se titula su paternal Basileo.
QUAERENS. –De esta relación se deduce que los habitantes de Delta de Andrómeda son física e
intelectualmente muy inferiores a nosotros, porque en la Tierra estamos lejos de observar semejante conducta.
En suma, no hay en ese globo más que un reino animado, un reino movible, sin reposo, sin sueño, entregado a
la agitación perpetua por una fatalidad inexorable. Semejante mundo me parece muy extraño.
LUMEN. -¿Qué dirías del que habité hace cinco siglos? Mundo igualmente dotado de un solo reino, pero no
ya de un reino móvil, sino, por el contrario, de un reino fijo, como vuestro reino vegetal.
QUAERENS. -¿Es decir que no hay allí todavía más que plantas, y no animales ni seres inteligentes y
capaces de hablar?
LUMEN. –No. No hay más que plantas, es verdad. Pero en aquel vasto mundo de plantas hay razas vegetales
más adelantadas que las que existen en la Tierra; hay plantas que viven como tú y como yo, siente, piensa,
discurren y hablan.
QUAERENS. -¡Pero eso es imposible…! ¡Oh, perdona! Quiero decir, que es extraordinario, incomprensible y
completamente desconocido.
LUMEN. –Tan cierto que existen esas razas vegetales inteligentes, que yo formaba parte de ellas hace quince
siglos, siendo yo entonces un árbol racional.
QUAERENS. –Pero, dime: ¿cómo una planta puede discurrir sin cerebro, y hablar sin lengua?
LUMEN. –Enséñame tú, si puedes, por qué procedimiento íntimo tu cerebro material da nacimiento a ideas
intelectuales, por qué movimiento tu alma traduce sus pensamientos mudos en palabras.
QUAERENS. –Por más que la busco, ¡oh, maestro! No encuentro la explicación esencial de este hecho, que
sin embargo es tan común.
LUMEN. –Pues el que ignora la ley de su propia manera de ser, no tiene derecho a declarar imposible un
hecho desconocido. Porque el cerebro es el órgano terrestre puesto en la Tierra al servicio de la inteligencia,
¿crees que hay cerebros análogos, cerebros y médulas espinales en todos los mundos del espacio? Sería un
error demasiado candoroso. La ley del progreso rige el sistema vital de cada uno de los mundos. Ese sistema
vital difiere según la naturaleza íntima y las fuerzas particulares de cada mundo. Cuando un globo ha llegado a
un grado de elevación suficiente que le hace susceptible de entrar al servicio del sistema del mundo moral, el
espíritu, más o menos desarrollado, aparece en él.
No pienses que el Padre eterno crea directamente en cada globo una raza humana. No. El primer escalón del
reino animal recibe la transfiguración humana por la fuerza misma de las cosas, por la ley natural, que le
ennoblece, el día en que el progreso le ha conducido a un estado de superioridad relativa. ¿Sabes por qué tienes
un pecho, un estómago, dos piernas y dos brazos, y una cabeza provista de los sentidos visual, auditivo y
olfativo? Pues es porque los cuadrúpedos, los mamíferos que han precedido la aparición del hombre sobre la
Tierra, estaban hechos de esa manera.
Los monos, los perros, lo leones, los osos, los caballos, los bueyes, los tigres, los gatos, etc., y antes de ellos
el rinoceronte ticorrino, la hiena de las cavernas, el ciervo de cuernos gigantescos, el mastodonte, la semivulpa,
etc., y con anterioridad a estos el plesiodáctilo, etc., y mucho antes de estos las tortugas, los crustáceos, etc.,
han sido el producto de las fuerzas vitales en acción sobre la Tierra, dependientes del estado del suelo y de la
atmósfera, de la química inorgánica, de la cantidad de calor y de la gravedad terrestre. El reino animal terrestre
ha seguido desde su origen esa marcha continua y progresiva hacia el perfeccionamiento de la forma tipo de
los mamíferos, desprendiéndose cada vez más de la grosería de la materia.
El hombre es más hermoso que el caballo; el caballo lo es más que el oso; el oso más que la tortuga. Una ley
semejante ha regido al reino vegetal. Los vegetales pesados, groseros, sin hojas y sin flores, han comenzado la
serie. Después, con los siglos, las formas se han hecho más elegantes y más puras. Han aparecido las hojas
dando a los bosques una sombra silenciosa. Las flores, a su vez, han venido a embellecer el jardín de la Tierra
y a esparcir suaves perfumes por la atmósfera, hasta entonces inodora.
Esta doble serie progresiva de los dos reinos se encuentra hoy en los terrenos terciarios, secundarios y
primarios, visitados por la mirada escrutadora de la geología. Hubo una época en la Tierra, durante la cual,
asomando apenas del seno de las aguas cálidas y en medio de los vapores abundantes de una atmósfera
sobrecargada, algunas islas, no había más seres que se distinguiesen del reino inorgánico que largos filamentos
en suspensión sobre las olas. Algas, fucos, tales fueron los primeros vegetales. En las rocas se formaban seres
que la imaginación con dificultad puede clasificar. Aquí esponjas que se hinchaban. Allí un árbol de coral que
crecía. Más allá medusas que se desprendían como hemisferios de gelatina. ¿Son estos animales? ¿Son plantas?
La ciencia no responde. Son animales, plantas, zoófitos. Pero la vida no permanece fija en estas formas.
Pasado algún tiempo aparecen seres no menos primitivos e igualmente sencillos, que señalan la decisión de un
género de vida especial. Son anélidos, gusanos, peces reducidos al estado de tubo, seres sin ojos, sin orejas, sin
sangre, sin nervios, sin voluntad, especies vegetativas que sin embargo están dotadas de la facultad locomotriz.
Más tarde aparecen rudimentos de órganos visuales, rudimentos de órganos locomotores, rudimentos de una
vida más libre. Vienen los peces y los anfibios. El reino animal terrestre se forma por sí mismo. ¿Qué habría
sucedido si el primer ser no hubiera abandonado la roca a que estaba adherido? ¿Si esos elementos primitivos
de la vida terrestre hubieran permanecido fijos en el punto de su formación, y si, por una causa cualquiera no
hubiese tenido principio la facultad de locomoción?
Habría sucedido que el sistema vital terrestre, en vez de manifestarse en dos direcciones diferentes, mundo de
las plantas y mundo de los animales, habría continuado manifestándose solamente en la primera. No habría
habido más que un reino en vez de dos. Y operando en este reino el poder creador como ha operado en el reino
animal, no se habría detenido en la formación de las sensitivas, plantas superiores que ya están dotadas de un
verdadero sistema nervioso; no se habría detenido en la formación de las flores que están ya próximas a
nosotros en sus actos orgánicos, sino que, continuando su ascensión, lo que se ha producido en el reino animal,
se habría producido en el reino vegetal. Ya hay vegetales que sienten y tiene cierta actividad; entonces habría
vegetales pensando y haciéndose comprender. La Tierra no por eso se habría visto privada del género humano.
Solamente que el género humano, en vez de ser movible como lo es, habría estado sujeto por los pies. Tal es el
estado del mundo anular que habité hace quince siglos, en el seno de la Vía Láctea.
QUAERENS. –Sin contradicción ese mundo de hombres-plantas me admira más todavía que el precedente.
Pero difícilmente puedo figurarme la vida y las costumbres de esos seres singulares.
LUMEN. –Su género de vida es, en efecto, muy diferente del vuestro. No edifican ciudades, no hacen viajes y
no se dan ninguna forma de gobierno. No conocen la guerra, ese azote de la humanidad terrestre, y no tienen
ese amor propio nacional que os caracteriza. Prudentes, pacientes, y dotados de un carácter constante, no tienen
ni la movilidad ni la fragilidad de los hombres terrestres. Allí se vive por término medio de cinco a seis siglos
con una vida tranquila, dulce, uniforme, sin revoluciones. Pero no pienses que esos hombres-plantas tienen tan
sólo una existencia vegetal. Por el contrario, tienen una vida muy personal y muy absoluta. Están divididos, no
por castas, según el nacimiento o la fortuna, como en la Tierra, lo cual es absurdo, sino por familias, cuyo valor
natural difiere precisamente según la especie. Tienen una historia social, no escrita, porque nada se puede
perder entre ellos, atendido a que no hay ni emigraciones ni conquistas, sino por tradición y por generaciones.
Cada cual conoce la historia de su raza. Tienen también dos sexos, como en la Tierra, y las uniones se verifican
de una manera análoga, pero más pura, desinteresada y siempre afectuosa. Y no todas son uniones
consanguíneas; hay también fecundaciones a distancia. –Pero, en fin, ¿cómo pueden comunicarse sus
pensamientos, si es verdad que piensan? Y por otra parte, maestro, ¿cómo te has conocido tú en ese mundo
singular?
QUAERENS. LUMEN. –Con una misma respuesta contestaré a tu doble pregunta. Miraba yo ese anillo de la
constelación del Cisne, y la vista de mi alma se fijaba en él con persistencia; estaba sorprendido de no ver más
que vegetales en su superficie, y observaba principalmente sus singulares agrupaciones en el campo: aquí
estaban de dos en dos; más allá de tres en tres; más lejos de diez en diez; en otra parte grupos de mayor
número: los veía que parecían estar sentados a orillas de una fuente; otros parecían echados, con pequeños
renuevos alrededor; trataba de ver si había entre ellos algunas especies terrestres como abetos, encinas, álamos
blancos, sauces, pero no encontré ninguna de estas formas botánicas.
Por fin fijé la mirada en un vegetal de la forma de una higuera sin hojas ni frutos, pero con flores de un color
rojo-escarlata, cuando de repente vi aquella enorme higuera alargar una rama, como si fuera un brazo
gigantesco, levantar el extremo de este brazo hasta su cabeza, arrancar una de las magníficas flores que
adornaban su cabellera, y presentarla en seguida, inclinando la cabeza, a otra higuera esbelta y elegante, que
tenía hermosas flores azules, situada a cierta distancia enfrente de ella. Esta pareció recibir la flor roja con
cierto placer, porque tendió una rama, como si dijéramos una mano cordial a su vecino, y así permanecieron
asidos largo tiempo. Sabes que en ciertas circunstancias basta un gesto para dar a conocer una persona. Esto es
lo que me sucedió delante de aquel cuadro. Aquel gesto de la higuera de la Vía Láctea despertó en mi ánimo
todo un mundo de recuerdos. Aquel hombre-planta era también yo hace quince siglos, y conocí a mis hijos en
las higueras de flores color de violeta que me rodeaban, porque recordé que el color de las flores descendientes
resulta de la mezcla de los colores del padre y de la madre. Aquellos hombres-plantas ven, oyen y hablan, sin
ojos, sin oídos y sin laringe.
En la misma Tierra tenéis flores que distinguen perfectamente, no sólo la noche del día, la altura del sol sobre
el horizonte, un cielo puro y un cielo cubierto; que, además, sienten los ruidos diversos con exquisita
sensibilidad, y que, en fin, se entienden perfectamente entre sí y aún con las mariposas mensajeras. Estos
rudimentos están desarrollados hasta un verdadero grado de civilización en el mundo de que te hablo, y esos
seres son tan completos en su género como vosotros los sois en la Tierra en el vuestro. Su inteligencia, es
verdad, está menos adelantada que la inteligencia media de la humanidad terrestre; pero en sus costumbres, en
sus relaciones recíprocas, en todo, usan una dulzura y una delicadeza que podrían con frecuencia servir de
modelo a la mayor parte de los habitantes de la Tierra.
QUAERENS. –Maestro, ¿cómo es posible que se vea sin ojos y se oiga sin oídos?
LUMEN. –Cesarás de admirarte, mi antiguo amigo, si reflexionas que la luz y el sonido no son sino dos
modos de movimiento. Para apreciar el uno o el otro de estos dos modos de movimiento es preciso (y basta
también) estar dotado de un aparato en correspondencia con él, aunque no sea más que un simple nervio.
El ojo y la oreja son estos aparatos, en vuestra naturaleza terrestre. En otra organización natural, el nervio
óptico como el nervio auditivo forman órganos distintos. Por otra parte, no hay sólo en la Naturaleza esos dos
modos de movimiento: luminoso y sonoro; puedo decirte también que esas calificaciones derivan de vuestra
manera de sentir y no de la realidad. Hay en la Naturaleza, no uno, sino diez, veinte, cien, mil diferentes modos
de movimiento. En la Tierra estáis hechos para apreciar principalmente esos dos, que constituyen casi toda
vuestra vida de relación. En otros mundos hay otros sentidos para apreciar la Naturaleza bajo otros aspectos,
sentidos de los cuales los unos hacen el oficio de vuestros ojos y orejas, y los otros se dirigen a percepciones
completamente extrañas a las que son accesibles a los organismos terrestres.
QUAERENS. –Cuando me hablabas hace poco de los hombres-plantas del mundo del Cisne, me ha ocurrido
la idea de preguntarte si las plantas terrestres tienen alma.
LUMEN. –Sin duda alguna. Las plantas terrestres están dotadas de un alma lo mismo que los animales y los
hombres. Sin el alma virtual no podría existir ninguna organización. La forma de un vegetal es debida a su
alma. ¿Por qué una bellota y un hueso de melocotón plantados uno al lado de otro, en el mismo suelo, a la
misma exposición, e idénticamente en las mismas condiciones, producen la una una encina y el otro un
melocotonero? Porque una fuerza orgánica residente en la encina construirá su vegetal especial, y otra fuerza
orgánica, otra alma, residente en el melocotonero, se atraerá otros elementos para formar igualmente su cuerpo
específico; lo mismo que el alma humana se construye su propio cuerpo, sirviéndose de los medios puestos a
su disposición por la naturaleza terrestre. Sólo que el alma de la planta no tiene conciencia de sí misma. Almas
de vegetales, almas de animales, almas de hombres, son ya seres llegados a un grado de personalidad, de
autoridad suficiente para someter a sus órdenes, para dominar y tener bajo su dirección las demás fuerzas no
personales esparcidas por el seno de la inmensa Naturaleza.
La mónada humana, por ejemplo, superior a la mónada del oxígeno, las absorbe y las incorpora a su obra.
Nuestra alma humana en nuestro cuerpo terrestre, sobre la Tierra, rige sin apercibirse de ello todo un mundo de
almas elementales que forman las partes constitutivas de este último. La materia no es una substancia
absolutamente sólida y extensa. Es un conjunto de centros de fuerza. La substancia no tiene importancia.
De un átomo al otro, hay un vacío inmenso relativamente a las dimensiones de los átomos. A la cabeza de los
diversos centros de fuerzas constitutivas que forman el cuerpo humano, el alma humana gobierna todas las
almas ganglionales que le están subordinadas…
QUAERENS. –Confieso, mi profundo maestro, que no comprendo claramente esta teoría.
LUMEN. –Voy a ilustrarla con un ejemplo que la hará pasar para ti al estado de hecho.
QUAERENS. -¡Al estado de hecho! ¿Eres, tal vez, una reencarnación de la princesa Sheezarada, y me has
fascinado con un nuevo cuento de las Mil y una noches?
IV
LUMEN. –Antes de haber sido árbol pensante, hace quince siglos, en el mundo anular de la constelación del
Cisne, fui, hará unos 2.400 años, habitante del sistema Theta de Orión. Tú conoces, y hemos admirado con
frecuencia juntos esta hermosa constelación . La estrella Theta se encuentra debajo de la Espada suspendida del
Tahalí, y brilla al borde de la célebre nebulosa. Está mucho más cerca de las regiones celestes en que nos
hallamos, que dicha nebulosa hundida en las profundidades de los cielos. Su luz emplea 2,400 años para
atravesar la distancia que la separa de Capella, donde continúa siempre mi observatorio, y que es el punto
alrededor del cual gravita nuestra conversación.
La constelación de Orión
El sistema de Theta de Orión es uno de los diamantes más hermosos que existen en el joyero, tan rico sin
embargo, de las regiones celestes. Está compuesto de cuatro soles principales, dispuestos en forma de
cuadrilátero. Dos de estos soles, que forman lo que podríamos llamar la base del cuadrilátero, están además
acompañados cada uno por un pequeño compañero. Es, pues, un sistema de seis soles alrededor de cada uno
de los cuales gravitan planetas habitados.
Prefacio. ……………………………………………..2
LUMEN
PRIMERA NARRACIÓN Resurrectio praeteriti. –La muerte. –El alma. –La hora de la muerte. –
Separación del alma. –Vista del alma en el cielo. –El sistema solar en el cielo. –La Tierra vista desde el cielo. –
La estrella Capella. –Velocidad de la luz. –Los mundos vistos de lejos. –Lumen vuelve a ver su propia vida.
………………………………………………………..4
SEGUNDA NARRACIÓN Refluum temporis. –Narraciones de lo infinito. –Viaje en un rayo de luz. –Los
sucesos vistos en orden inverso. –Remontando el curso de las edades. –El hombre está organizado para el
planeta. ………………………………………………………..36
TERCERA NARRACIÓN
Homo homunculus. –La CUARTA NARRACIÓN Anteriores vital. –El espacio y la luz. –La estrella Gamma de
Virgo. –La existencia anterior. –La pluralidad de existencias. –Lo desconocido. –Las constelaciones. –Los
elementos. –La vida sobre la Tierra. –El procedimiento de la alimentación. –El gran problema. –Una
humanidad. – La organización de los seres. –El desarrollo de la vida. –En la constelación del Cisne. –Las almas
y los átomos. –Soles múltiples y de colores. –Un mundo en Orión. –Análisis del sistema nervioso. –El ojo y la
vista. –El estudio del Universo. ………………………..……. ..70