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Reflexiones filosóficas sobre la muerte

Este documento trata sobre diferentes perspectivas de la muerte desde la filosofía. Aborda las visiones de Sócrates, Platón, Aristóteles, Hegel y Marx sobre la muerte y cómo concibieron el alma y el cuerpo. También analiza cómo otros filósofos como Heráclito, Nietzsche y Montiel reflexionaron sobre la muerte e integrarla a la vida.
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Reflexiones filosóficas sobre la muerte

Este documento trata sobre diferentes perspectivas de la muerte desde la filosofía. Aborda las visiones de Sócrates, Platón, Aristóteles, Hegel y Marx sobre la muerte y cómo concibieron el alma y el cuerpo. También analiza cómo otros filósofos como Heráclito, Nietzsche y Montiel reflexionaron sobre la muerte e integrarla a la vida.
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TEMA III: LA MUERTE

Puede parecer raro el hecho de tratar un tema relacionado con la muerte en un espacio dedicado,
fundamentalmente, a la educación, pero el tema mencionado se relaciona con la educación de una
manera directa, aunque esa situación no sea explícitamente reconocida ni tratada en ninguno de los
planes de estudios, con excepción de aquellos que conciernen a la psicología, a la psiquiatría o a la
filosofía (Pontificia Universidad Católica de Perú, 2014, p. 19; Fernández-Burillo, 2016, p. 39, UNAM, 2018,
p. 2; Heinze, 2016; p. 72). 2

Para algunos filósofos, nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco
lo tuvo nuestra vida. Por eso, cuando alguien muere de muerte violenta, solemos decir: “se la buscó” y es
cierto, cada quien tiene la muerte que se busca, la muerte que se hace. Muerte de cristiano o muerte de
perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir. Si la muerte nos traiciona y morimos de mala
manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte es intransferible, como la vida. Si no
morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como
no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres. (Paz, 1992, p. 21).
En la vida cotidiana, en la mayoría de los casos, los sujetos generan afecto, cariño, alegría, dependencia
emocional o económica y, entonces, cuando alguno de ellos, muere, quienes compartieron la vida o parte
de ella, padecen la pérdida del difunto y esa pérdida causa dolor “en el alma”, causa tristeza y
desesperación, aunque en otros casos, los sujetos también generan odio, envidia, rencor y, cuando
mueren, más de uno se alegra de tal acontecimiento. Así se vive la muerte en el “pueblo”, en la vida
cotidiana, en esa vida a la que no podemos renunciar.
De forma cotidiana, nos solemos involucrar en procesos relacionados con la vida y con la muerte. La
primera, generalmente, propicia alegría, gusto, celebración, pero la segunda, causa llanto, tristeza,
desesperación y, no faltan casos de renegación hacia la divinidad por lo que se considera el “arrebato” de
un ser querido, sin embargo, la experiencia en estudios de posgrado relacionados con la educación nos ha
llevado a pensar, aunque aún no a sentir, la muerte desde otro punto de vista distinto al cotidiano o
empírico que es el que impera en los casos de muerte que he presencia- do. Por lo anterior, en este
artículo se expone la forma en que se ha concebido la muerte desde la filosofía y la forma en que se
percibe que los familiares de un difunto asumen el deceso de una persona o de un ser querido. Por otro
lado, desde la filosofía, la muerte es percibida de manera distinta.
LOS FILÓSOFOS Y LA MUERTE
Desde su origen, la filosofía constituye una reflexión acerca de los principios de la realidad, pero también
se ha ocupado de reflexionar acerca de los últimos momentos de la naturaleza humana. De acuerdo con
Montiel, desde que el hombre es tal, la muerte ha sido objeto de temor y de ritualidad. Reflexionar sobre
nuestra muerte es reflexionar acerca de nuestra vida. La muerte es una dimensión de la vida; ella es
nuestra compañera más fiel, la única que nunca nos abandona puesto que puede sobrevenir en cualquier
momento. Rechazar la muerte, hasta el extremo, es negarse a vivir. Para vivir plenamente hay que tener el
coraje de integrar a la muerte en la vida (Montiel, 2003, pp. 59, 64, 72).
Entre los filósofos presocráticos, Heráclito destaca por haberse ocupado tempranamente del cambio de la
materia. De él, la sentencia que expresa que nadie se baña dos veces en el mismo río, es una de las más
conocidas y, con ella, el apodado Oscuro, indicó que el cambio de la materia es inherente a la materia
misma y es la forma en que se expresa la Naturaleza en sí (León, 2006). Sócrates fue primer mártir de la
filosofía y fue, también, quien inauguró la tradición del pensamiento hacia la muerte. El encuentro de
Sócrates con la muerte está documentado en el diálogo Fedón. Sócrates, reconocido por la consistencia
entre su obrar y su pensar, como se sabe, fue juzgado por no reconocer a los dioses atenienses y por,
supuestamente, corromper a la juventud. Con tales acusaciones, fue condenado a morir ingiriendo una
infusión de cicuta, potente veneno de la época (Platón, 1871, p. 17).
La muerte de Sócrates, relatada por Platón en el diálogo Fedón, da evidencia de la forma en que aquél
asumió su injusta sentencia a muerte y la entereza con la cual se comportó. En el diálogo mencionado, 2
Fedón le expresa a Equecrates que, cuando él habló con Sócrates antes de su muerte, le pareció un
hombre dichoso y que creía que no dejaba este mundo, sino bajo la protección de los dioses; que se le
tenían reservada, en el otro mundo, una felicidad tan grande, que ningún otro mortal había gozado jamás.
En Sócrates, también debe considerarse la posibilidad que Sócrates no solamente haya aludido a la
muerte del cuerpo como tal, sino al considerar a éste como un estorbo para que el alma pueda acceder al
conocimiento. (Grave, 2014, p. 85).
Por otro lado, a Platón se le ha considerado como el primero que concibió a la filosofía no sólo como una
reflexión del orden y la verdad del universo, sino como la búsqueda del sentido de la vida de acuerdo con
lo que se considera que es su final: la muerte. El ser humano, despojado de su ropaje exterior, incluyendo
sus sentimientos, sus anhelos, sus frustraciones y sus expectativas es, finalmente, materia y, como tal, no
puede escapar del cambio incesante que caracteriza a la naturaleza misma. (Covarrubias, 1995, p. 13).
Para Platón, la naturaleza del hombre no proviene de un Dios, sino que se trata de una naturaleza
semejante a la verdadera realidad, es decir la idea. El cuerpo del hombre, en cambio, está regido por las
imperfecciones y los cambios del mundo sensible y, aunque Platón mantiene la concepción órfica de la
relación psyché.sôma, considera que, el alma, al participar de lo divino, es conciencia cognoscente
llamada racional y, por otro lado, el cuerpo no es sino la fuente de la irracionalidad, por sus demandas
biológicas, sus pasiones y sus fantasías sensoriales. Por todo lo anterior, el trabajo de cada hombre,
consiste en desembarazarse de las demandas corporales mediante una práctica de auto conocimiento,
moderación en las acciones y búsqueda de la verdad y, sobre todo, un sometimiento del cuerpo al alma y
de ésta a las normas del logos y del bien cuyo modelo es la idea. (Tedeschi, 2017, p. 3).
Para Aristóteles, el alma no existe por un lado y el cuerpo por otro lado, sino que ambos existen
exclusivamente en la sustancia llamada hombre. Según Aristóteles, la distinción entre alma y cuerpo existe
sólo epistemológicamente, es decir, sólo puede ser pensada. Por lo demás, el alma no puede existir sin el
cuerpo, razón por la cual, para Aristóteles, el alma no puede ser inmortal. El alma es concebida como
“acto” de los cuerpos que poseen la vida en potencia y como “forma” en tanto es la forma del cuerpo
material. Así, en cuanto que acto, el alma es forma y, en cuanto que forma, es sustancia, en el sentido de
la forma de un cuerpo que posee la potencialidad de la vida. La diferencia entre el ser ‘animado’ y el ser
inerte es que el primero realiza una serie de funciones o actos propios del vivir. (Alesso, 2011, p. 13).
Daniela Díaz Rocha plantea que la mayoría de los seres humanos creen en un Dios (es decir no son
ateos) y, por tanto, en la mayoría de los casos creen en algún tipo de trascendencia y ésta es una idea
poderosa en cuanto ayuda a vivir, ayuda, de alguna manera, a soportar el temor a la muerte y, por tanto, a
hacer frente al sufrimiento y la desesperación. Con base en los escritos de Nietzsche, Díaz considera que
la muerte no nos deja descansar, es la pérdida de la esperanza, entendiendo a ésta como la posibilidad, a
secas, o como la posibilidad de otro horizonte posible. La muerte es la ausencia de otro horizonte posible,
dentro del horizonte de la vida que es, al menos, nuestro límite, pero siempre hay posibilidad de otra
mirada (Díaz, 2007).
En Hegel (2012), la muerte no existe como tal ya que la explicación de la dialéctica hegeliana, con base en
la transformación constante de la materia, asume a la muerte como un paso natural en el devenir de la
materia. Hegel, siguiendo la tradición judeo-cristiana, concibe al hombre como un ser espiritual, pero, a
diferencia de ésta, lo entiende como un ser necesariamente temporal y finito, es decir, sólo la muerte
asegura la existencia de un ser espiritual. Si el hombre no muriera, si la muerte no fuera una fuente de
angustia, no existiría la libertad y, desde luego, no existiría el hombre mismo. Sólo la historia, dice Hegel,
tiene el poder de acabarlo todo en el desarrollo del tiempo; más allá del tiempo no hay Nada (Duplanic,
2017, pp. 89-102). 2

El Capital es un libro que ha sido pensado, en algunos casos, como una obra árida, destinada a los
estudiosos del tema y, aparentemente, nada tiene que hacer ahí la muerte, sin embargo, en el capítulo
“Capital constante y capital variable”, Marx se refiere a los medios de trabajo y Marx que, durante el
proceso de trabajo, éstos se agotan y, en consecuencia, les llama “cadáveres” y esto también les ocurre a
los hombres. Todo hombre muere 24 horas al cabo del día, sin embargo, el aspecto de una persona no
nos dice nunca con exactitud cuántos días de vida le va restando ya la muerte (Marx,2010; y Winocur,
2008, pp. 1-3).
Por otro lado, puede decirse que Marx alude a una muerte que quizá podría denominarse “política” de la
población, propiciada por la explotación despiadada del hombre de ese tiempo y, en varios pasajes de El
Capital, enfatiza ese proceso diciendo, ejemplo, que el propietario de la fuerza de trabajo es mortal y, por
tanto, su presencia, debiendo ser continua en el mercado –tal como lo presupone la continua
transformación de dinero en capital–, el vendedor de la fuerza de trabajo habrá de perpetuarse del mismo
modo en que se perpetúa todo individuo vivo, por medio de la procreación(Marx, 2010).
Greta Rivara, en un artículo donde hace un análisis estructural del “ser ahí” explicado por Heidegger,
indica que el “ser ahí” es inacabado e incompleto, pero, justamente, por ello, es posibilidad, apertura y
proyecto. Su inacabamiento es lo que constituye su ser. ¿Cómo hablar de la totalidad de un ente en cuyo
ser radica ser inacabado? ¿Implica esto señalar que el “ser ahí” sólo logra su acabamiento al morir? No.
La muerte no es, para Heidegger, el acabamiento del “ser ahí”, simple y sencillamente porque la muerte no
es algo que llega al “ser ahí” después, al final de su vida. De hecho, la muerte no es un fenómeno que el
“ser ahí” pueda llegar a experimentar. Esto ni siquiera a través de la muerte de los otros, pues, vista como
un fenómeno que sucede a los otros, no necesariamente me remite a asumir que la muerte es siempre mi
posibilidad. Ver la muerte como algo que sucede fuera de mí constituye, en realidad, la visión que el “uno”
tiene de la muerte. Morir es algo que cada ‘ser ahí’ tiene que tomar, en su caso, sobre sí mismo. La muerte
es, en la medida en que ‘es’, esencial- mente, en cada caso la mía. Resumiendo, dice Rivara, aunque
parecería que no puede plantearse el problema de la totalidad del “ser ahí” porque, al morir, éste ya no es,
no obstante, es, justamente, la muerte como estructura del ser lo que nos puede llevar a hablar de la
totalidad del “ser ahí” y aun explicarla. En este sentido, dice Rivara, no podemos comprender la muerte
como un fenómeno que el “ser ahí” no posee mientras vive y que, en un momento dado, se le inserta en su
ser, como si algo le hubiese faltado y viniese a completarle. Cuando Heidegger habla de totalidad no se
refiere a que al “ser ahí” le falte algo y, al ser agregado lo que le falta, pueda ser entonces una totalidad
(Rivara, 2010, p. 66).
El filósofo, por sus conocimientos, puede comprender a la muerte como parte de un proceso de la vida
misma, sin embargo, esa compresión puede no eliminar el sentimiento de pérdida o de ausencia o,
inclusive el dolor, ya que, éste es ajeno a la razón, es decir, el sentimiento y la razón caminan por ejes
paralelos y el primero no depende de la segunda o al revés. Por lo anterior, quizá pueda decirse que el
dolor y el sentimiento puede ser comprendidos, pero no controlados.
LA MUERTE EN LA VIDA COTIDIANA
La muerte es un acontecimiento inevitable y universal; es un suceso por el que todo ser humano tiene que
pasar, pero el hombre el único ser vivo que puede llegar a tener conciencia de lo qué es la muerte; la
muerte y el morir están directamente ligados con la existencia humana y ésta está constituida con
2
experiencias que comprenden dimensiones biológicas, religiosas, psicológicas, ideológicas, culturales,
políticos-sociales, filosóficas, antropológicas, espirituales y pedagógicas ya que cada cultura tiene una
concepción específica de la vida y de la muerte misma. (Freitas, 2016, p. 330).
En la cotidianidad, en la mayoría de las ocasiones, la muerte de una persona es un suceso doloroso, pero
¿por qué se sufre con la muerte de un ser querido o cercano? Se sufre por los lazos de afectividad
existentes; por la relación de familia, padre, madre, hermano, primo o por la dependencia moral, social o
económica que pudo haberse generado. En la vida cotidiana, en algunos casos, la muerte no sucede de
manera “rápida”, es decir, en cuestión de horas, días, semanas o, inclusive meses, pero no años como
sucede con la muerte lenta en donde el paciente se deteriora lentamente. El ser humano ordinario, es
decir, aquél que no se ha interesado por las discusiones filosóficas, percibe a la muerte como un suceso
en el cual se termina la vida, se termina la relación con la persona fallecida, aunque, en algunos casos, el
recuerdo perdura en el tiempo.
Desde el punto de vista médico, se dice que la muerte se produce al cesar las funciones fundamentales: la
actividad cardiaca y la actividad respiratoria y, esto, implica el cese de las funciones cerebrales y, a su vez,
con esto termina toda la existencia, pero debe tenerse en cuenta que, actualmente , las investigaciones
han mostrado que el cese de la actividad del organismo no es muy fiable, pues ha habido casos en que se
ha diagnosticado un cuadro de muerte clínica, pero, aun así, fue posible una reanimación, por ejemplo,
mediante respiración artificial o masaje en el corazón, aunque esto último ha de producirse antes que haya
daños irreparables en el cerebro por la falta de oxígeno. La muerte biológica es la muerte cerebral, es
decir, la muerte central y, finalmente, la muerte de todo el organismo. (Montiel, 2003, p. 60).
Para el ser humano ordinario es difícil percibir la muerte de otra forma que no sea la ausencia física del ser
querido ya que los referentes que tiene en su conciencia le indican que la muerte del cuerpo implica la
desaparición total del ser querido y aunque, la iglesia y sus representantes enfaticen, platónicamente, que
el alma perdurará y que solamente el cuerpo ha muerto, se da un profundo dolor, en el alma, por la
ausencia del ser querido. En el ser ordinario, la incomprensión de la muerte como un proceso natural, es
decir, como un pro- ceso de transformación de la materia, puede propiciar que, en algunos, se piense en
culpar al personal médico o la institución hospitalaria por asistencia recibida o, inclusive, en intentar
preguntarle a la Divinidad ¿por qué ha sucedido tal deceso?
Sin embargo, aunque no pensemos en nuestra muerte o no queramos admitir que ella llegará en un
momento de nuestra vida, es un acontecimiento que no tiene alternativa y, tarde o temprano, se
presentará. Ante esto, podría intentarse una preparación personal para concebir a la muerte de una forma
distinta, pero también se requiere que la familia, los amigos, los conocidos, estructuren su conciencia con
referentes que propicien el pensar a la muerte como parte de la vida, como parte de la naturaleza y no
solamente como un proceso doloroso. No obstante, es pertinente reconocer que propiciar que la
conciencia de un ciudadano con preparación académica o sin ella se constituya de una manera diferente
es un proceso complicado para el cual parece que lo único que se ha planteado es acercarle referentes
para que, si él decida, pueda pensar la vida de una forma diferente. (Covarrubias, 1995, p. 13).
CONCLUSIONES
La manera en que los filósofos piensan o sienten la muerte propia o la de otros y el modo en que las
personas con quienes convivimos en la vida cotidiana piensan la muerte propia o sienten la muerte de un
ser querido es el resultado de la forma en que, cada uno de ellos, tiene estructurada su conciencia y esto
2
indica que no es que la muerte sea distinta para los filósofos o para el hombre ordinario, sino que indica
que cada uno de ellos la percibe de una manera que corresponde a la forma en que han vivido, del lugar
donde han vivido, de lo que han leído, de lo que han comprendido y de lo que han pensado, es decir, la
concepción de la muerte está relacionada directamente con la concepción ontológica que se tenga.
EXTRA… ¿DEBE RECHAZARSE LA CREMACIÓN?
Algunas personas opinan que incinerar a los difuntos, es decir, reducirlos a cenizas, deshonra su cuerpo y
su memoria. Creen que la cremación es una práctica pagana y que, por lo tanto, los cristianos deben
rechazarla. Sin embargo, otros la consideran una forma normal y digna de deshacerse de los restos
humanos. Ahora bien, ¿qué piensas Tú?
La Biblia no habla de manera concreta sobre la práctica de la cremación o incineración. No especifica si
hay que enterrar o cremar a los muertos. No impide la resurrección. La Biblia enseña claramente que Dios
devolverá la vida sin importar si un cuerpo ha sido sepultado, incinerado, tragado por el mar, devorado por
fieras o hasta desintegrado por una explosión atómica, el Dios misericordioso cumplirá su promesa. La
Biblia no prescribe específicamente cómo hay que deshacerse de los cadáveres, y Dios no condena la
cremación. Eso sí: los funerales deben realizarse con dignidad y respeto.
Puede que las costumbres funerarias locales influyan a la hora de decidir qué hacer con el cuerpo de uno
o el de un ser querido. Ahora bien, quien se guía por los principios bíblicos jamás pretendería incomodar a
la comunidad con su decisión. Pero tampoco haría nada que diera la impresión de que apoya alguna
doctrina antibíblica, como la Reencarnación del alma. Aparte de estas consideraciones, la cremación es un
asunto personal que implica exclusivamente a la familia.

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