La Biblioteca de Babel
La Biblioteca de Babel
FIN
Diálogos con Borges
El orden y el tiempo
Hoy quisiera hablar con usted sobre aquello que me ha parecido su mayor
preocupación: me refiero al tiempo. Usted ha dicho que la palabra eternidad es
inconcebible.
Es una ambición del hombre, yo creo: la idea de vivir fuera del tiempo. Pero no sé si es
posible, aunque dos veces en mi vida yo me he sentido fuera del tiempo. Pero puede
haber sido una ilusión mía: dos veces en mi larga vida me he sentido fuera del tiempo, es
decir, eterno. Claro que no sé cuánto tiempo duró esa experiencia porque estaba fuera del
tiempo. No puedo comunicarla tampoco, fue algo muy hermoso.
Sí, no es concebible la eternidad; así como, quizá, hablamos del infinito pero no es
concebible por nosotros, aunque sí podemos concebir lo inmenso...
Bueno, en cuanto a lo infinito, digamos, lo que señaló Kant: no podemos imaginarnos
que el tiempo sea infinito, pero menos podemos imaginarnos que el tiempo empezó en un
momento, ya que si imaginamos un segundo en el que el tiempo empieza, bueno, ese
segundo presupone un segundo anterior, y así infinitamente Ahora, en el caso del
budismo, se supone que cada vida está determinada por el karma tejido por el alma en su
vida anterior. Pero, con eso nos vemos obligados a creer en un tiempo infinito: ya que si
cada vida presupone una vida anterior, esa vida anterior presupone otra vida anterior, y
así infinitamente. Es decir, no habría una primera vida, ni tampoco habría un primer
instante del tiempo.
En ese caso, habría una sospechable forma de eternidad.
No, de eternidad no: de infinita prolongación del tiempo. No, porque la eternidad creo
que es otra cosa; la eternidad yo he escrito sobre eso en un cuento que se llama "El
Aleph" es la, bueno, la muy aventurada hipótesis de que existe un instante, y que en ese
instante convergen todo el pasado, todos nuestros ayeres como dijo Shakespeare, todo el
presente y todo el porvenir. Pero, eso era un atributo divino.
Lo que se ha llamado la tríada temporal.
Sí, la tríada temporal.
Ahora, lo que advierto es que esta familiaridad, por momentos angustiosa, con el
tiempo, o con la preocupación por el tiempo que usted tiene, bueno, me ha hecho sentir
que en esos momentos en que usted habla del tiempo, el tiempo parece corporizarse,
parece tomar forma corpórea, parece percibírselo como un ente corporal.
Y, en todo caso, el tiempo es más real que nosotros. Ahora, también podría decirse y
eso lo he dicho muchas veces que nuestra sustancia es el tiempo, que estamos hechos de
tiempo. Porque, podríamos no estar hechos de carne y hueso: por ejemplo, cuando
soñamos, nuestro cuerpo físico no importa, lo que importa es nuestra memoria y las
imaginaciones que urdimos con esa memoria. Y eso es evidentemente temporal y no
espacial.
Cierto. Ahora, fíjese: Murena decía que el escritor debía volverse anacrónico, es decir,
contra el tiempo.
Es una espléndida idea, ¿;eh? Casi todos los escritores tratan de ser contemporáneos,
tratan de ser modernos. Pero eso es superfluo ya que, de hecho yo estoy inmerso en este
siglo, en las preocupaciones de este siglo, y no tengo por qué tratar de ser
contemporáneo, ya que lo soy. De igual modo, no tengo por qué tratar de ser argentino,
ya que lo soy, no tengo por qué tratar de ser ciego ya que, bueno, desgraciadamente, o
quizás afortunadamente, lo soy... tenia razón Murena.
Es interesante porque él no dice metacrónico, o más allá del tiempo, sino anacrónico:
contra el tiempo. A diferencia, quizá, infiero, del periodista o del cronista de la historia.
Adolfo Bioy Casares y yo fundamos una revista, que duró no quiero exagerar tres
números, que se llamaba "Destiempo". Y la idea era ésa, ¿;no?
Coincide, cómo no.
Nosotros no sabíamos lo de Murena, pero, en fin, coincidimos con él. Se llamaba
"Destiempo" la revista, claro, eso dio lugar a una broma previsible, inevitable; un amigo
mío, Néstor Ibarra, dijo: "Destiempo... ¡;más bien contratiempo!" (ríen ambos),
refiriéndose al contenido de la revista. "Contretemps", sí.
Murena se refería al tiempo del artista o del escritor como al tiempo eterno del alma,
contraponiéndolo a lo que él llamaba: "El tiempo caído de la historia".
Sí, quizás uno de los mayores errores, de los mayores pecados de nuestro siglo, es esa
importancia que le darnos a la historia. Eso no ocurría en otras épocas. En cambio, ahora
parece que uno vive un poco en función de la historia. Por ejemplo, en Francia, donde,
claro, los franceses son muy inteligentes, muy lúcidos, les gustan mucho los cuadros
sinópticos; bueno, el escritor escribe en función de su tiempo, y se define, digamos, como
un hombre de tradición católica, nacido en Bretaña, y que escribe después de Renán y
contra Renán, por ejemplo. El escritor está haciendo su obra para la historia, en función
de la historia. En cambio, en Inglaterra no, eso se deja para los historiadores de la
literatura. Bueno, claro, como dijo Novalis: "Cada inglés es una isla", es decir, cada
inglés está aíslado exactamente en la etimología de "isla" y entonces escribe más bien en
función de su imaginación, o de sus recuerdos, o de lo que fuere. Y no piensa en su futura
clasificación en los manuales de la historia de la literatura.
Pero, todo coincide con lo que usted dice: Murena sostenía que la servidumbre al
tiempo por parte de los hombres, nunca ha sido peor que en este momento de la historia,
que en esta época.
Si, bueno, uno de los que señalaron el hecho de que nuestra época es ante todo
histórica, fue Spengler. En "La decadencia de Occidente" él señala que nuestra época es
histórica. La gente se propone escribir en función de la historia. Con su obra casi prevé -
un escritor casi prevé el lugar que va a ocupar en los manuales de la historia de la
literatura de su pais.
¿; Y qué lugar ocuparía en una época así, historizada, y dependiente del tiempo. . . ?
Es que yo, sin duda, estoy historizado también: estoy hablando de la historia de esta
época.
Claro, pero ¿;qué lugar ocuparía el arte y la literatura, en una época de tal naturaleza?
El arte y la literatura... tendrían que tratar de librarse del tiempo. Muchas veces a mi
me han dicho que el arte depende de la política, o de la historia. No, yo creo que eso es
todo falso.
Claro.
Bueno, Whistler, el famoso pintor norteamericano, asistía a una reunión, y ahi se
discutían las condiciones de la obra de arte. Por ejemplo: la influencia biológica, la
influencia del ambiente, de la historia contemporánea. Entonces Whistler dijo: "Art
happens", el arte sucede, el arte ocurre, es decir, el arte... es un pequeño milagro.
Verdaderamente.
Que escapa, de algún modo, a esa organizada causalidad de la historia. Sí, el arte
sucede o no sucede; eso tarnpoco depende del artista.
Borges con Platón y Aristóteles
Osvaldo Ferrari: Borges. se impone que hablemos de la experiencia que usted trae de este
viaje que realizó por Italia, Grecia y Japón. La primera impresión que uno tiene al verlo
es la de que ese viaje le ha sentado muy bien, y que usted tiene el aire de haber hecho
nuevos descubrimientos.
Jorge Luis Borges: No sé si descubrimientos. . . confirmaciones, más bien, desde luego.
Vuelvo con una excelente impresión, y siemp;e con el asombro... no sé, de que me
respete tanto la gente, de que me tomen en serio. Yo no sé si mi obra merece esa
atencion, yo creo que no, creo que soy como una suerte de superstición ahora...
internacional. Pero, la agradezco muchísimo y no deja de asombrarme eso; el hecho de
haber recibido esos premios, esos honores: usted está hablando ahora con un doctor
honoris causa de la Universidad de Creta. Todo eso me parece tan fantástico... bueno, me
parece tan fantástico a mí como les parecerá a otros también, ¿no? Es decir, yo estoy
asombrado de todo eso; pienso que quizá, bueno, ellos me han leído en traducciones, las
traducciones pueden haber mejorado mis textos, o quizás haya algo entre líneas que no
alcanzo a percibir, y que está allí. Porque si no, yo no sé por qué merezco todo esto. Pero
vuelvo con la mejor impresión de esos países; yo no conocía el sur de Italia, aunque sabía
que era Magna Grecia aquello. Estuve en Creta también, y tuve ocasión de decir que
aquella expresión "Magna Grecia", expresión que se aplica al Asia Menor, al sur de
Italia, a ciertas islas, podría aplicarse al mundo entero o, en todo caso, al Occidente
entero. Es decir, que todos somos Magna Grecia. Eso lo dije allí, es decir, que todos
somos griegos en el destierro en un destierro no necesariamente elegíaco o desdichado,
ya que quizá nos permite ser más griegos que los griegos, o más europeos que los
europeos. De modo que tengo el mejor recuerdo de esos países; yo no conocía el sur de
Italia: me sorprendió oír la música popular, oí a un individuo tocando la guitarra, un
campesino, me dijeron que estaba tocando temas sicilianos, y me pareció oír, bueno, esas
tonadas criollas que corresponden a la provincia de Buenos Aires o a la República
Oriental: esas tonadas con las que se toca "La tapera", o "El gaucho", de Elías Regules.
Bueno, ése es exactamente el tipo de música que yo oí en Sicilia. Y luego, en Vicenza,
estuvieron espléndidos conmigo, en Venecia también, y en el Japón, desde luego,
confirmé las espléndidas experiencias de mi viaje anterior. Es decir, de un país que ejerce
a la vez su cultura oriental y la cultura occidental y que, en lo que se refiere a cultura
occidental, en lo que se refiere a técnica, parece que está, bueno, dejándonos atrás.
Cierto. He visto que en un lugar de Italia lo han designado Maestro de vida.
Bueno, ojalá eso pudiera referirse a mi propia vida, que ha sido una serie de errores, ¡eh!
Pero, posiblemente uno pueda enseñar lo que no sepa, o lo que no ha practicado, ¿no?
(ríe).
-Sí. Pero, además, es curioso: después de que en los últimos años viajó muchas veces por
pafses, digamos, donde se impone la actual tecnocracia el sistema más moderno : Estados
Unidos, Europa occidental (la parte del norte), ahora parece que usted hubiera sido
convocado por el sur, por el antiguo Occidente: Creta, Grecia y Sicilia.
Bueno, pero es que lo que no es Creta, Grecia o Sicilia es un reflejo de
esos lugares, es una extensión de esos lugares. Cuando tuve que hablar en
Creta, cuando me hicieron doctor de esa Universidad de Grecia, recordé
un hecho bastante curioso: uno piensa en el norte como opuesto al sur y, sin embargo,
cuando creo que Snorri Sturluson en ocasión de referirse al dios Thor, el dios que había
dado su nombre al Thursday (jueves) inglés, ya que, bueno, el día de Thor, es decir, el día
de Jove (Júpiter), ¿no? bueno, cuando Snorri Sturluson, en el siglo Xlll, tiene ocasión de
referirse a Thor, da esta etimología que, desde luego, es falsa pero que muestra el deseo
que tenía el norte de incorporarse al sur. Es esto: él dice que Thor es hijo de Príamo y
hermano de Héctor, por la similitud de los sonidos. Claro que eso es del todo falso, pero
no importa; muestra el deseo de aquella gente allá... y, él escribió en Islandia, bueno,
querían de algún modo vincularse al sur, querían acercarse a "La Eneida", que es lo que
ellos conocerían del Sur, ya que no podrían conocer los poemas homéricos, desde luego,
pero, en fin, el deseo de querer ser parte de la cultura mediterránea. Bueno, y eso se ve,
por ejemplo... en alemán, la palabra "Vaterland", o en inglés "motherland", parecen muy
germánicas y, sin embargo, ¿qué es "Vaterland" sino una traducción de "patria"? No es
una idea que los germanos tuvieran, ya que para los germanos lo importante era
pertenecer a tal o cuai tribu, ser leales a tal o cual caudillo.
Bueno, representan... creo que, en todo caso, representan para nosotros dos hechos muy
distintos. El hecho de que uno piensa, bueno, Aristóteles es una persona que piensa por
medio de razones. En cambio, Platón piensa, además, por medio de mitos.
Justamente.
Y eso se ve en el último diálogo de Socrates: parece que él usa, a la vez, el razonamiento
y el mito. En cambio, ya después de Aristóteles, o se usa un sistema u otro, ¿no?; ya no
somos capaces de usar ambas cosas. En cuanto a mí, personalmente, me creo casi incapaz
de pensar por medio de razones; parece que yo pensara sabiendo lo peligroso y lo falible
del método yo tiendo a pensar, bueno, por el mito, o en todo caso, por sueños, por
invenciones mías, ¿no?
O por la intuición, como en Oriente.
O por la intuición, sí. Pero sé que es más riguroso el otro sistema, y trato de razonar,
aunque no sé si soy capaz de hacerlo; pero me dicen que soy capaz de soñar, y espero
serlo, ¿no? Al fin de todo, yo no soy un pensador, soy un mero cuentista, un mero poeta.
Bueno, me resigno a ese destino, que ciertamente no tiene por qué ser inferior a otro.
Pero usted advierte que en lugar de la mística y la poesía como tradición, se ha optado
por la razón y el método.
Sí, pero sin embargo nos rigen la mística y la poesía.
Ah, claro.
Eso desde luego, y nos rigen inconscientemente, pero nos rigen.
Pero, es curioso, porque filósofos occidentales, como Wittgengstein, por ejemplo,
terminan hablando de las posibilidades de lo místico o de lo divino, después de todo el
circuito cumplido por la razón a lo largo de siglos.
Soy leñador. El nombre no importa. La choza en que nací y en la que pronto habré
de morir queda al borde del bosque. Del bosque dicen que se alarga hasta el mar que
rodea toda la tierra y por el que andan casas de madera iguales a la mía. No sé; nunca
lo he visto. Tampoco he visto el otro lado del bosque. Mi hermano mayor, cuando
éramos chicos, me hizo jurar que entre los dos talaríamos todo el bosque hasta que no
quedara un solo árbol. Mi hermano ha muerto y ahora es otra cosa la que busco y
seguiré buscando. Hacia el poniente corre un riacho en el que sé pescar con la mano.
En el bosque hay lobos, pero los lobos no me arredran y mi hacha nunca me fue infiel.
No he llevado la cuenta de mis años. Sé que son muchos. Mis ojos ya no ven. En la
aldea, a la que ya no voy porque me perdería, tengo fama de avaro pero ¿qué puede
haber juntado un leñador del bosque?
Cierro la puerta de mi casa con una piedra para que la nieve no entre. Una tarde oí
pasos trabajosos y luego un golpe. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto y
viejo, envuelto en una manta raída. Le cruzaba la cara una cicatriz. Los años parecían
haberle dado más autoridad que flaqueza, pero noté que le costaba andar sin el apoyo
del bastón. Cambiamos unas palabras que no recuerdo. Al fin dijo:
Clareaba el día cuando salimos de la casa. La lluvia había cesado y la tierra estaba
cubierta de nieve nueva. Se le cayó el bastón y me ordenó que lo levantara.
1
- Soy rey de los Secgens. Muchas veces los llevé a la victoria en la dura batalla,
pero en la hora del destino perdí mi reino. Mi nombre es Isern y soy de la estirpe de
Odín.
- Ando por los caminos del destierro pero aún soy el rey porque tengo el disco.
¿Quieres verlo?
Abrió la palma de la mano que era huesuda. No había nada en la mano. Estaba
vacía. Fue sólo entonces que advertí que siempre la había tenido cerrada.
- Puedes tocarlo.
Ya con algún recelo puse la punta de los dedos sobre la palma. Sentí una cosa fría
y vi un brillo. La mano se cerró bruscamente. No dije nada. El otro continuó con
paciencia como si hablara con un niño:
- Es el disco de Odín. Tiene un solo lado. En la tierra no hay otra cosa que tenga un
solo lado. Mientras esté en mi mano seré el rey.
Entonces yo sentí la codicia de poseer el disco. Si fuera mío, lo podría vender por
una barra de oro y sería un rey.
Dijo tercamente:
- No quiero.
Me dio la espalda. Un hachazo en la nuca bastó y sobró para que vacilara y cayera,
pero al caer abrió la mano y en el aire vi el brillo. Marqué bien el lugar con el hacha y
arrastré el muerto hasta el arroyo que estaba muy crecido. Ahí lo tiré.
2
Al volver a mi casa busqué el disco. No lo encontré. Hace años que sigo buscando.
FIN
3
Jorge Luis Borges
El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la
superficie, del hipercubo, de todas las palabras genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y
de la divinidad. En suma, casi del universo. Nos hemos atenido, sin embargo, a lo que
inmediatamente sugiere la locución "seres imaginarios", hemos compilado un manual de los
extraños entes que ha engendrado, a lo largo del tiempo y del espacio, la fantasía de los
hombres.
Ignoramos el sentido del dragón, como ignoramos el sentido del universo, pero algo hay en su
imagen que concuerda con la imaginación de los hombres, y así el dragón surge en distintas
latitudes y edades.
Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo de
ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.
Invitamos al eventual lector de Colombia o del Paraguay a que nos remita los nombres, la
fidedigna descripción y los hábitos más conspicuos de los monstruos locales.
Como todas las misceláneas, como los inagotables volúmenes de Robert Burton, de Fraser o
de Plinio, El libro de los Seres Imaginarios no ha sido escrito para una lectura consecutiva.
Querríamos que los curiosos lo frecuentaran, como quien juega con las formas cambiantes que
revela un calidoscopio.
Son múltiples las fuentes de esta "silva de varia lección"; las hemos registrado en cada
artículo. Que alguna involuntaria omisión nos sea perdonada.
J.L.B. / M.G.
Martínez, septiembre, 1967
A BAO A QU
Para contemplar el paisaje más maravilloso del mundo, hay que llegar al último piso de la
Torre de la Victoria, en Chitor. Hay ahí una terraza circular que permite dominar todo el
horizonte. Una escalera de caracol lleva a la terraza, pero sólo se atreven a subir los no
creyentes de la fábula, que dice así:
En la escalera de la Torre de la Victoria, habita desde el principio del tiempo el A Bao A Qu,
sensible a los valores de las almas humanas. Vive en estado letárgico, en el primer escalón, y
sólo goza de vida consciente cuando alguien sube la escalera. La vibración de la persona que
se acerca le infunde vida, y una luz interior se insinúa en él. Al mismo tiempo, su cuerpo y su
piel casi traslúcida empiezan a moverse. Cuando alguien asciende la escalera, el A Bao A Qu
se coloca en los talones del visitante y sube prendiéndose del borde de los escalones curvos y
gastados por los pies de generaciones de peregrinos. En cada escalón se intensifica su color,
su forma se perfecciona y la luz que irradia es cada vez más brillante. Testimonio de su
sensibilidad es el hecho de que sólo logra su forma perfecta en el último escalón, cuando el
que sube es un ser evolucionado espiritualmente. De no ser así el así, el A Bao A Qu queda
como paralizado antes de llegar, su cuerpo incompleto, su color indefinido y su luz vacilante.
El A Bao A Qu sufre cuando no puede formarse totalmente, y su queja es un rumor apenas
perceptible, semejante al roce de la seda. Pero cuando el hombre o la mujer que lo reviven
están llenos de pureza, el A Bao A Qu puede llegar al último escalón, ya completamente
formado e irradiando una viva luz azul. Su vuelta a la vida es muy breve, pues al bajar el
peregrino, el A Bao A Qu rueda y cae hasta el escalón inicial, donde, ya apagado y semejante
a una lámina de contornos vagos, espera al próximo visitante. Sólo es posible verlo bien
cuando llega a la mitad de la escalera, donde las prolongaciones de su cuerpo, que a manera
de bracitos lo ayudan a subir, se definen con claridad. Hay quien dice que mira con todo el
cuerpo y que al tacto recuerda la piel del durazno.
En el curso de los siglos, el A Bao A Qu ha llegado una sola vez a la perfección.
El capitán Burton registra la leyenda del A Bao A Qu en una de las notas de su versión de Las
Mil y Una Noches.
ABTU Y ANET
Según la mitología de los egipcios, Abtu y Anet son dos peces idénticos y sagrados que van
nadando ante la nave de Ra, dios del sol, para advertirlo contra cualquier peligro. Durante el
día, la nave viaja por el cielo, del naciente al poniente; durante la noche, bajo tierra, en
dirección inversa.
LA ANFISBENA
La Farsalia enumera las verdaderas o imaginarias serpientes, que los soldados de Catón
afrontaron en los desiertos de África; ahí están la Parca "que enhiesta como báculo camina" y
el Yáculo, que viene por el aire como una flecha, y "la pesada Anfisbena, que lleva dos
cabezas". Casi con iguales palabras la describe Plinio, que agrega: "como si una no le bastara
para descargar su veneno". El Tesoro de Brunetto Latini -la enciclopedia que éste recomendó a
su antiguo discípulo en el séptimo círculo del Infierno- es menos sentencioso y más claro: "La
Anfisbena es serpiente con dos cabezas, la una en su lugar y la otra en la cola; y con las dos
puede morder, y corre con ligereza, y sus ojos brillan como candelas". En el siglo XVII, Sir
Thomas Browne observó que no hay animal sin abajo, arriba, delante, detrás, izquierda y
derecha, y negó que pudiera existir la Anfisbena, en la que ambas extremidades son
anteriores. Anfisbena, en griego, quiere decir "que va en dos direcciones". En las Antillas y en
ciertas regiones de América, el nombre se aplica a un reptil que comúnmente se conoce por
"doble andadora", por "serpiente de dos cabezas" y por "madre de las hormigas". Se dice que
las hormigas la mantienen. También se dice que, si la cortan en dos pedazos, éstos se juntan.
Las virtudes medicinales de la Anfisbena ya fueron celebradas por Plinio.
Durante los últimos veinticinco años de su estudiosa vida, el eminente hombre de ciencia y
filósofo Emmanuel Swedenborg (1688-1772) fijó su residencia en Londres. Como los ingleses
son taciturnos, dio en el hábito cotidiano de conversar con demonios y ángeles. El Señor le
permitió visitar las regiones ultraterrenas y departir con sus habitantes. Cristo había dicho que
las almas, para entrar en el cielo, deben ser justas; Swedenborg añadió que deben ser
inteligentes; Blake estipularía después que fueran artísticas.
Los Ángeles de Swedenborg son las almas que han elegido el Cielo. Pueden prescindir de
palabras; basta que un Ángel piense en otro para tenerlo junto a él. Dos personas que se han
querido en la tierra forman un solo Ángel. Su mundo está regido por el amor; cada Ángel es
un Cielo. Su forma es la de un ser humano perfecto; la del Cielo lo es asimismo. Los Ángeles
pueden mirar al norte, al sur, al este o al oeste; siempre verán a Dios cara a cara.
Son ante todo teólogos; su deleite mayor es la plegaria y la discusión de problemas
espirituales.
Las cosas de la tierra son símbolos de las cosas del Cielo. El sol corresponde a la divinidad. En
el Cielo no existe tiempo; las apariencias de las cosas cambian según los estados de ánimo.
Los trajes de los Ángeles resplandecen según su inteligencia.
En el Cielo los ricos siguen siendo más ricos que los pobres, ya que están habituados a la
riqueza. En el Cielo, los objetos, los muebles y las ciudades son mas concretos y complejos
que los de nuestra tierra; los colores, más variados y vívidos. Los Ángeles de origen inglés
propenden a la política; los judíos, al comercio de alhajas; los alemanes llevan libros que
consultan antes de contestar. Como los musulmanes están acostumbrados a la veneración de
Mahoma, Dios los ha provisto de un Ángel que simula ser el Profeta.
Los pobres de espíritu y los ascetas están excluidos de los goces del Paraíso porque no los
comprenderían.
"Es un animal con una gran cola, de muchos metros de largo, parecida a la del zorro. A veces
me gustaría tener su cola en la mano, pero es imposible; el animal está siempre en
movimiento, la cola siempre de un lado para otro. El animal tiene algo de canguro, pero la
cabeza chica y oval no es característica y tiene algo de humana; sólo los dientes tienen fuerza
expresiva, ya los oculte o los muestre. Suelo tener la impresión de que el animal quiere
amaestrarme; si no, qué propósito puede tener retirarme la cola cuando quiero agarrarla, y
luego esperar tranquilamente que ésta vuelva a atraerme, y luego volver a saltar".
Franz Kafka: Hochzeitsvorbereitungen au dem Lande, 1953
"El canto era fuerte ya, y la espesura muy densa, de manera que no podía ver casi a un metro
delante de él, cuando la música cesó súbitamente. Oyó un ruido de maleza que se rompe. Se
dirigió rápidamente en aquella dirección, pero no vio nada. Había casi decidido abandonar su
búsqueda cuando el canto recomenzó un poco más lejano. De nuevo se dirigió hacia él; de
nuevo el que cantaba guardó silencio y lo evadió. Llevaría más de una hora jugando a esta
especie de escondite cuando su esfuerzo fue recompensado.
Avanzó cautelosamente en dirección a uno de estos cantos fuertes, vio finalmente a través de
las ramas floridas una forma negra. Deteniéndose cuando dejaba de cantar, y avanzando de
nuevo con cautela cuando reanudaba el canto, la siguió durante diez minutos. Finalmente tuvo
al cantor delante de los ojos, ignorando que era espiado. Estaba sentado, erecto como un
perro, y era negro, liso y brillante; sus hombros llegaban a la altura de la cabeza de Ransom;
las patas delanteras sobre las que estaba apoyado eran como árboles jóvenes, y las pezuñas
que descansaban en el suelo eran anchas como las de un camello. El enorme vientre redondo
era blanco, y por encima de sus hombros se elevaba, muy alto, un cuello como de caballo.
Desde donde estaba, Ransom veía su cabeza de perfil; la boca abierta lanzaba aquella especie
de canto de alegría, y el canto hacía vibrar casi visiblemente su lustrosa garganta. Miró
maravillado aquellos ojos húmedos, aquellas sensuales ventanas de su nariz. Entonces el
animal se detuvo, lo vio y se alejó, deteniéndose a los pocos pasos, sobre sus cuatro patas, no
de menor talla que un elefante joven, meneando una larga cola peluda. Era el primer ser de
Perelandra que parecía mostrar cierto temor al hombre. Pero no era miedo. Cuando lo llamó
se acercó a él. Puso su belfo de terciopelo sobre su mano y soportó su contacto; pero casi
inmediatamente volvió a alejarse. Inclinando el largo cuello, se detuvo y apoyó la cabeza entre
las patas. Ransom vio que no sacaría nada de él, y cuando al fin se alejó, perdiéndose de
vista, no lo siguió. Hacerlo le hubiera parecido una injuria a su timidez, a la sumisa suavidad
de su expresión, a su evidente deseo de ser para siempre un sonido y sólo un sonido, en la
espesura central de aquellos bosques inexplorados. Ransom prosiguió su camino; unos
segundos más tarde, el sonido empezó de nuevo detrás de él, más fuerte y más bello que
nunca, como un canto de alegría por su recobrada libertad.
"Las bestias de esta especie no tienen leche, y, cuando paren, sus crías son amamantadas por
una hembra de otra especie. Es una bestia grande y bella, y muda, y hasta que la bestia que
canta es destetada vive entre sus cachorros y está sujeta a ella. Pero cuando ha crecido se
convierte en el animal más delicado y glorioso de todos los animales y se aleja de ella. Y ella
se admira de su canto"...
C. S. Lewis Perelandra, 1949
EL ANIMAL SOÑADO POR POE
En su Relato de Arthur Gordon Pym, de Nantucket, publicado en 1838, Edgar Allan Poe
atribuyó a las islas Antártidas una fauna asombrosa pero creíble. Así, en el capítulo dieciocho
se lee:
"Recogimos una rama con frutos rojos, como los del espino, y el cuerpo de un animal
terrestre, de conformación singular. Tres pies de largo y seis pulgadas de alto tendría; las
cuatro patas eran cortas y estaban guarnecidas de agudas garras de color escarlata, de una
materia semejante al coral. El pelo era parejo y sedoso, y perfectamente blanco. La cola era
puntiaguda, como de rata y tendría un pie y medio de longitud. La cabeza parecía de gato, con
excepción de las orejas, que eran caídas, como las de un sabueso. Los dientes eran del mismo
escarlata de las garras".
No menos singular era el agua de esas tierras australes:
"Primero nos negamos a probarla, suponiéndola corrompida. No sé cómo dar una idea justa de
su naturaleza, y no lo conseguiré sin muchas palabras. A pesar de correr con rapidez por
cualquier desnivel, nunca parecía límpida, excepto al despeñarse en un salto. En casos de
poco declive, era tan consistente como una infusión espesa de goma arábiga, hecha en agua
común. Éste, sin embargo, era el menos singular de sus caracteres. No era incolora ni era de
un color invariable, ya que su fluencia proponía a los ojos todos los matices del púrpura, como
los tonos de una seda tornasolada. Dejamos que se asentara en una vasija y comprobamos
que la masa del líquido estaba separada en vetas distintas, cada una de tono individual, y que
esas vetas no se mezclaban. Si se pasaba la hoja de un cuchillo a lo ancho de las vetas, el
agua se cerraba inmediatamente, y al retirar la hoja, desaparecía el rastro. En cambio, cuando
la hoja era insertada con precisión entre dos de las vetas, ocurría una separación perfecta,
que no se rectificaba en seguida".
ANIMALES ESFÉRICOS
La esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos, ya que todos los puntos de la superficie
equidistan del centro. Por eso y por su facultad de girar alrededor del eje sin cambiar de lugar
y sin exceder sus límites, Platón (Timeo, 33) aprobó la decisión del Demiurgo, que dio forma
esférica al mundo. Juzgó que el mundo es un ser vivo y en las Leyes (898) afirmó que los
planetas y las estrellas también lo son. Dotó, así, de vastos Animales Esféricos a la zoología
fantástica y censuró a los torpes astrónomos que no querían entender que el movimiento
circular de los cuerpos celestes era espontáneo y voluntario.
Más de quinientos años después, en Alejandría, Orígenes enseñó que los bienaventurados
resucitarían en forma de esferas y entrarían rodando en la eternidad.
En la época del Renacimiento, el concepto de Cielo como animal reapareció en Vantini; el
neoplatónico Marsilio Ficino habló de los pelos, dientes y huesos de la Tierra, y Giordano Bruno
sintió que los planetas eran grandes animales tranquilos, de sangre caliente y de hábitos
regulares, dotados de razón. A principios del siglo XVII, Kepler discutió con el ocultista inglés
Robert Fludd la prioridad de la concepción de la Tierra como monstruo viviente, "cuya
respiración de ballena, correspondiente al sueño y a la vigilia, produce el flujo y el reflujo del
mar". La anatomía, la alimentación, el color, la memoria y la fuerza imaginativa y plástica del
monstruo fueron estudiados por Kepler.
En el siglo XIX, el psicólogo alemán Gustav Theodor Fechner (hombre alabado por William
James, en la obra A Pluralistic Universe) repensó con una suerte de ingenioso candor las ideas
anteriores. Quienes no desdeñan la conjetura de que la Tierra, nuestra madre, es un
organismo, un organismo superior a la planta, al animal y al hombre, pueden examinar las
piadosas páginas de su Zend-Avesta. Ahí leerán, por ejemplo, que la figura esférica de la
tierra es la del ojo humano, que es la parte más noble de nuestro cuerpo. También, "que si
realmente el cielo es la casa de los ángeles, éstos sin duda son las estrellas, porque no hay
otros habitantes del cielo".
En algún tomo de las Cartas edificantes y curiosas que aparecieron en París durante la primera
mitad del siglo XVIII, el P. Zallinger, de la Compañía de Jesús, proyectó un examen de las
ilusiones y errores del vulgo de Cantón; en un censo preliminar anotó que el Pez era un ser
fugitivo y resplandeciente que nadie había tocado, pero que muchos pretendían haber visto en
el fondo de los espejos. El P. Zallinger murió en 1736 y el trabajo iniciado por su pluma quedó
inconcluso; ciento cincuenta años después Herbert Allen Giles tomó la tarea interrumpida.
Según Giles, la creencia del Pez es parte de un mito más amplio, que se refiere a la época
legendaria del Emperador Amarillo.
En aquel tiempo, el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora,
incomunicados. Eran, además, muy diversos; no coincidían ni los seres ni los colores ni las
formas. Ambos reinos, el especular y el humano, vivían en paz; se entraba y se salía por los
espejos. Una noche, la gente del espejo invadió la tierra. Su fuerza era grande, pero al cabo
de sangrientas batallas las artes mágicas del Emperador Amarillo prevalecieron. Este rechazó
a los invasores, los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una
especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los
redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico.
El primero que despertará será el Pez. En el fondo del espejo percibiremos una línea muy
tenue y el color de esta línea será un color no parecido a ningún otro. Después, irán
despertando las otras formas. Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos
imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas. Junto a las
criaturas de los espejos combatirán las criaturas del agua.
En el Yunnan no se habla del Pez sino del Tigre del Espejo. Otros entienden que antes de la
invasión oiremos desde el fondo de los espejos el rumor de las armas.
El problema del origen de las ideas agrega dos curiosas criaturas a la zoología fantástica. Una
fue imaginada al promediar el siglo XVIII; la otra, un siglo después.
La primera es la "estatua sensible" de Condillac. Descartes profesó la doctrina de las ideas
innatas; Etienne Bonnot de Condillac, para refutarlo, imaginó una estatua de mármol,
organizada y conformada como el cuerpo de un hombre, y habitación de un alma que nunca
hubiera percibido o pensado. Condillac empieza por conferir un solo sentido a la estatua: el
olfativo, quizá el menos complejo de todos. Un olor a jazmín es el principio de la biografía de
la estatua; por un instante, no habrá sino ese olor en el universo, mejor dicho, ese olor será el
universo, que, un instante después, será olor a rosa, y después a clavel. Que en la conciencia
de la estatua haya un olor único, y ya tendremos la atención; que perdure un olor cuando
haya cesado el estímulo, y tendremos la memoria; que una impresión actual y una del pasado
ocupen la atención de la estatua, y tendremos la comparación; que la estatua perciba
analogías y diferencias, y tendremos el juicio; que la comparación y el juicio ocurran de
nuevo, y tendremos la reflexión; que un recuerdo agradable sea más vívido que una impresión
desagradable, y tendremos la imaginación. Engendradas las facultades del entendimiento, las
facultades de la voluntad surgirán después: amor y odio (atracción y aversión), esperanza y
miedo. La conciencia de haber atravesado muchos estados dará a la estatua la noción
abstracta de número; la de ser olor a clavel y haber sido olor a jazmín, la noción del yo.
El autor conferirá después a su hombre hipotético la audición, la gustación, la visión y por fin
el tacto. Este último sentido le revelará que existe el espacio y que en el espacio, él está en un
cuerpo; los sonidos, los olores y los colores le habían parecido, antes de esa etapa, simples
variaciones o modificaciones de su conciencia.
La alegoría que acabamos de referir se titula Traité des sensations y es de 1754; para esta
noticia, hemos utilizado el tomo segundo de la Histoire de la philosophie de Bréhier.
La otra criatura suscitada por el problema del conocimiento es el "animal hipotético" de Lotze.
Más solitario que la estatua que huele rosas y que finalmente es un hombre, este animal no
tiene en la piel sino un punto sensible y movible, en la extremidad de una antena. Su
conformación le prohíbe, como se ve, las percepciones simultáneas. Lotze piensa que la
capacidad de retraer o proyectar su antena sensible bastará para que el casi incomunicado
animal descubra el mundo externo (sin el socorro de las categorías kantianas) y distinga un
objeto estacionario de un objeto móvil. Esta ficción ha sido alabada por Vaihinger; la registra
la obra Medizinische Psychologie, que es de 1852.
De ocho patas dicen que está provisto (o cargado) el caballo del dios Odín, Sleipnir, cuyo
pelaje es gris y que anda por la tierra, por el aire y por los infiernos; seis patas atribuye a los
primitivos Antílopes un mito siberiano. Con semejante dotación era difícil, o imposible,
alcanzarlos; el cazador divino Tunk-poj fabricó unos patines especiales con la madera de un
árbol sagrado que crujía incesantemente y que los ladridos de un perro le revelaron. También
crujían los patines y corrían con la velocidad de una flecha; para sujetar, o moderar, su
carrera, hubo que ponerles unas cuñas fabricadas con la leña de otro árbol mágico. Por todo el
firmamento persiguió Tunk-poj al Antílope. Este, rendido, se dejó caer a la tierra y Tunk-poj le
cortó las patas traseras.
"Los hombres -dijo- son cada día más pequeños y débiles. Cómo van a poder cazar Antílopes
de Seis Patas, si yo mismo apenas lo logro".
Desde aquel día los Antílopes son cuadrúpedos.
EL APLANADOR
Entre los años de 1840 y de 1864, el Padre de la Luz (que también se llama la Palabra
Interior) deparó al músico y pedagogo Jakob Lorber una serie de prolijas revelaciones sobre la
humanidad, la fauna y la flora de los cuerpos celestes que constituyen el sistema solar. Uno de
los animales domésticos cuyo conocimiento debemos a esa revelación es el Aplanador o
Apisonador (Bodendrucker) que presta incalculables servicios en el planeta Mirón, que el editor
actual de la obra de Lorber identifica con Neptuno.
El Aplanador tiene diez veces el tamaño del elefante, al que se parece muchísimo. Está
provisto de una trompa algo corta y de colmillos largos y rectos; la piel es de un color verde
pálido. Las patas son cónicas y muy anchas; las puntas de los conos parecen encajarse en el
cuerpo. Este plantígrado va aplanando la tierra y precede a los albañiles y constructores. Lo
llevan a un terreno quebrado y lo nivela con las patas, con la trompa y con los colmillos.
Se alimenta de hierbas y de raíces y no tiene enemigos, fuera de algunas variedades de
insectos.
ARPÍAS
Para la Teogonía de Hesíodo, las Arpías son divinidades aladas, y de larga y suelta cabellera,
más veloces que los pájaros y los vientos; para el tercer libro de la Eneida, aves con cara de
doncella, garras encorvadas y vientre inmundo, pálidas de hambre que no pueden saciar.
Bajan de las montañas y mancillan las mesas de los festines. Son invulnerables y fétidas; todo
lo devoran, chillando, y todo lo transforman en excrementos. Servio, comentador de Virgilio,
escribe que así como Hécate es Proserpina en los Infiernos, Diana en la tierra, y Luna en el
cielo, y la llaman "diosa triforme", las Arpías son Furias en los infiernos, Arpías en la tierra y
Demonios (Dirae) en el cielo. También las confunden con las Parcas.
Por mandato divino, las Arpías persiguieron a un rey de Tracia que descubrió a los hombres el
porvenir o que compró la longevidad al precio de sus ojos y fue castigado por el sol, cuya obra
había ultrajado. Se aprestaba a comer con toda su corte y las Arpías devoraban o
contaminaban los manjares. Los argonautas ahuyentaron a las Arpías; Apolonio de Rodas y
William Morris (Life and Death of Jason) refieren la fantástica historia. Ariosto, en el canto
treinta y tres del Furioso, transforma al rey de Tracia en el Preste Juan, fabuloso emperador
de los abisinios.
Arpías, en griego, significa "las que raptan", "las que arrebatan". Al principio, fueron
divinidades del viento, como los Maruts de los Vedas, que blanden armas de oro (los rayos) y
que ordeñan las nubes.
Plinio atribuye a Zarathustra, fundador de la religión que aún profesan los parsis de Bombay,
la escritura de dos millones de versos; el historiador arábigo Tabari afirma que sus obras
completas, eternizadas por piadosos calígrafos, abarcan doce mil cueros de vaca. Es fama que
Alejandro de Macedonia las hizo quemar en Persépolis, pero la buena memoria de los
sacerdotes pudo salvar los textos fundamentales y desde el siglo IX los complementa una obra
enciclopédica, el Bundahish, que contiene esta página:
"Del Asno de Tres Patas se dice que está en la mitad del océano y que tres es el número de
sus cascos y seis el de sus ojos y nueve el de sus bocas y dos el de sus orejas y uno su
cuerno. Su pelaje es blanco, su alimento es espiritual y todo él es justo. Y dos de los seis ojos
están en el lugar de los ojos y dos en la punta de la cabeza y dos en la cerviz; con la
penetración de los seis ojos rinde y destruye.
"De las nueve bocas, tres están en la cabeza y tres en la cerviz y tres adentro de los ijares...
cada casco, puesto en el suelo, cubre el lugar de una majada de mil ovejas, y bajo el espolón
pueden maniobrar hasta mil jinetes. En cuanto a las orejas, son capaces de abarcar a
Mazandarán". El cuerno es como de oro y hueco, y le han crecido mil ramificaciones. Con ese
cuerno vencerá y disipará todas las corrupciones de los malvados.
"Del ámbar se sabe que es el estiércol del Asno de Tres Patas. En la mitología del mazdeísmo,
este monstruo benéfico es uno de los auxiliares de Ahura Mazdah (Ormuz), principio de la
Vida, de la Luz y de la Verdad".
ΕL AVE FÉNIX
EL AVE ROC
El Roc es una magnificación del águila o del buitre, y hay quien ha pensado que un cóndor,
extraviado en los mares de la China o del Indostán, lo sugirió a los árabes. Lane rechaza esta
conjetura y considera que se trata, más bien, de una especie fabulosa de un género fabuloso,
o de un sinónimo árabe del "simurg". El Roc debe su fama occidental a Las Mil y Una Noches.
Nuestros lectores recordarán que Simbad, abandonado por sus compañeros en una isla, divisó
a lo lejos una enorme cúpula blanca y que al día siguiente una vasta nube le ocultó el sol. La
cúpula era un huevo de Roc y la nube era el ave madre. Simbad, con el turbante, se ata a la
enorme pata del Roc; éste alza el vuelo y lo deja en la cumbre de una montaña sin haberlo
sentido. El narrador agrega que el Roc alimenta a sus crías con elefantes.
En los Viajes de Marco Polo (III, 36) se lee: "Los habitantes de la isla de Madagascar refieren
que en determinada estación del año llega de las regiones australes una especie extraordinaria
de pájaro, que llaman Roc. Su forma es parecida a la del águila, pero es incomparablemente
mayor. El Roc es tan fuerte que puede levantar en sus garras a un elefante, volar con él por
los aires y dejarlo caer desde lo alto para devorarlo después. Quienes han visto el Roc
aseguran que las alas miden dieciséis pasos de punta a punta y que las plumas tienen ocho
pasos de longitud".
Marco Polo agrega que unos enviados del Gran Khan llevaron una pluma de Roc a la China.
BAHAMUT
La fama de Bahamut llegó a los desiertos de Arabia, donde los hombres alteraron y
magnificaron su imagen. De hipopótamo o elefante lo hicieron pez que se mantiene sobre un
agua sin fondo y sobre el pez imaginaron un toro y sobre el toro una montaña hecha de rubí y
sobre la montaña un ángel y sobre el ángel seis infiernos y sobre los infiernos la tierra y sobre
la tierra siete cielos. Leemos en una tradición recogida por Lane: “Dios creó la tierra, pero la
tierra no tenía sostén y así bajo la tierra creó un ángel. Pero el ángel no tenía sostén y así
bajo los pies del ángel creó un peñasco hecho de rubí. Pero el peñasco no tenía sostén y así
bajo el peñasco creó un toro con cuatro mil ojos, orejas, narices, bocas, lenguas y pies. Pero
el toro no tenía sostén y así bajo el toro creó un pez llamado Bahamut, y bajo el pez puso
agua, y bajo el agua puso oscuridad, y la ciencia humana no ve más allá de ese punto".
Otros declaran que la tierra tiene su fundamento en el agua; el agua, en el peñasco; el
peñasco, en la cerviz del toro; el toro, en un lecho de arena; la arena, en Bahamut; Bahamut,
en un viento sofocante; el viento sofocante, en una neblina. La base de la neblina se ignora.
Tan inmenso y tan resplandeciente es Bahamut que los ojos humanos no pueden sufrir su
visión. Todos los mares de la tierra, puestos en una de sus fosas nasales, serían como un
grano de mostaza en mitad del desierto. En la noche 496 del Libro de Las Mil y Una Noches, se
refiere que a Isa (Jesús) le fue concedido ver a Bahamut y que, lograda esa merced, rodó por
el suelo y tardó tres días en recobrar el conocimiento. Se añade que bajo el desaforado pez
hay un mar, y bajo el mar un abismo de aire, y bajo el aire, fuego, y bajo el fuego, una
serpiente que se llama Falak, en cuya boca están los infiernos.
La ficción del peñasco sobre el toro y del toro sobre Bahamut y de Bahamut sobre cualquier
otra cosa parece ilustrar la prueba cosmológica de que hay Dios, en la que se argumenta que
toda causa requiere una causa anterior y se proclama la necesidad de afirmar una causa
primera, para no proceder en infinito.
BALDANDERS
Baldanders (cuyo nombre podemos traducir por "Ya diferente" o "Ya otro" ) fue sugerido al
maestro zapatero Hans Sachs, de Nuremberg, por aquel pasaje de la Odisea en que Menelao
persigue al dios egipcio Proteo, que se transforma en león, en serpiente, en pantera, en un
desmesurado jabalí, en un árbol y en agua. Hans Sachs murió en 1576; al cabo de unos
noventa años, Baldanders resurge en el sexto libro de la novela fantástico-picaresca de
Grimmelshausen Simplicius Simplicissimus. En un bosque, el protagonista da con una estatua
de piedra, que le parece el ídolo de algún viejo templo germánico. La toca y la estatua le dice
que es Baldanders y toma las formas de un hombre, de un roble, de una puerca, de un
salchichón, de un prado cubierto de trébol, de estiércol, de una flor, de una rama florida, de
una morera, de un tapiz de seda, de muchas otras cosas y seres, y luego, nuevamente, de un
hombre. Simula instruir a Simplicissimus en el arte "de hablar con las cosas que por su
naturaleza son mudas, tales como sillas y bancos, ollas y jarros"; también se convierte en un
secretario y escribe estas palabras de la Revelación de San Juan: "Yo soy el principio y el fin",
que son la clave del documento cifrado en que le deja las instrucciones. Baldanders agrega
que su blasón (como el del turco y con mejor derecho que el Turco) es la inconstante luna.
Baldanders es un monstruo sucesivo, un monstruo en el tiempo; la carátula de la primera
edición de la novela de Grimmelshausen trae un grabado que representa un ser con cabeza de
sátiro, torso de hombre, alas desplegadas de pájaro y cola de pez, que con una pata de cabra
y una garra de buitre pisa un montón de máscaras, que pueden ser los individuos de las
especies. En el cinto lleva una espada y en las manos un libro abierto, con las figuras de una
corona, de un velero, de una copa, de una torre, de una criatura, de unos dados, de un gorro
con cascabeles y un cañón.
LA BANSHEE
Nadie parece haberla visto; es menos una forma que un gemido que da horror a las noches de
Irlanda y (según la Demonología y Hechicería de Sir Walter Scott) de las regiones montañosas
de Escocia. Anuncia, al pie de las ventanas, la muerte de algún miembro de la familia. Es
privilegio peculiar de ciertos linajes de pura sangre celta, sin mezcla latina, sajona o
escandinava. La oyen también en Gales y en Bretaña. Pertenece a la estirpe de las hadas. Su
gemido lleva el nombre de "keening".
EL BASILISCO
El Basilisco reside en el desierto; mejor dicho, crea el desierto. A sus pies caen muertos los
pájaros y se pudren los frutos; el agua de los ríos en que se abreva queda envenenada
durante siglos. Que su mirada rompe las piedras y quema el pasto ha sido certificado por
Plinio. El olor de la comadreja lo mata; en la Edad Media, se dijo que el canto del gallo. Los
viajeros experimentados se proveían de gallos para atravesar comarcas desconocidas. Otra
arma era un espejo; al Basilisco lo fulmina su propia imagen.
Los enciclopedistas cristianos rechazaron las fábulas mitológicas de la Farsalia y pretendieron
una explicación racional del origen del Basilisco. (Estaban obligados a creer en él, porque la
Vulgata traduce por "basilisco" la voz hebrea Tsepha, nombre de un reptil venenoso.) La
hipótesis que logró más favor fue la de un huevo contrahecho y deforme, puesto por un gallo
e incubado por una serpiente o un sapo. En el siglo XVI, Sir Thomas Browne la declaró tan
monstruosa como la generación del Basilisco Por aquellos años, Quevedo escribió su romance
El Basilisco, en el que se lee:
EL BEHEMOTH
Cuatro siglos antes de la era cristiana, Behemoth era una magnificación del elefante o del
hipopótamo, o una incorrecta y asustada versión de esos dos animales; ahora es,
exactamente, los diez versículos famosos que lo describen (Job XL, 15-24) y la vasta forma
que evocan. Lo demás es discusión o filología.
El nombre "Behemoth" es plural; se trata (nos dicen los filólogos) del plural intensivo de la voz
hebrea "b'hemahh", que significa "bestia". Como dijo Fray Luis de León en su Exposición del
Libro de Job: "Behemoth que siendo un animal vale por muchos".
A título de curiosidad recordemos que también es plural el nombre de Dios, Elohim, en el
primer versículo de la Ley, aunque el verbo que rige está en singular ("En el principio hizo los
Dioses, el cielo y la tierra") y que esta formación ha sido llamada plural de majestad o de
plenitud *.
Análogamente, en la Gramática de la Real Academia Española se lee: "Nos, sin embargo de
ser plural por su naturaleza, suele juntarse con nombres del número singular cuando de sí
propias hablan personas constituidas en dignidad; v. gr.: "Nos, D. Luis Belluga, por la gracia
de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Cartagena".
Estos son los versículos que figuran en el Behemoth, en la traducción literal de Fray Luis de
León, que se propuso "conservar el sentido latino y el aire hebreo que tiene su cierta
majestad".
EL BORAMETZ
Son hombrecitos serviciales de color pardo, del cual han tomado su nombre. Suelen visitar las
granjas de Escocia y durante el sueño de la familia, colaboran en las tareas domésticas. Uno
de los cuentos de Grimm refiere un hecho análogo.
El ilustre escritor Robert Louis Stevenson afirmó que había adiestrado a sus Brownies en el
oficio literario. Cuando soñaba, éstos le sugerían temas fantásticos; por ejemplo, la extraña
transformación del doctor Jekill en el diabólico señor Hyde, y aquel episodio de Olalla en el
cual un joven, de una antigua casa española, muerde la mano de su hermana.
EL BURAK
El primer versículo del capítulo diecisiete del Alcorán consta de estas palabras: "Alabado sea El
que hizo viajar, durante la noche, a su siervo desde el templo sagrado hasta el templo que
está más lejos, cuyo recinto hemos bendecido, para hacerle ver nuestros signos". Los
comentadores declaran que el alabado es Dios, que el siervo es Mahoma, que el templo
sagrado es el de La Meca, que el templo distante es el de Jerusalén y que, desde Jerusalén, el
Profeta fue transportado al séptimo cielo. En las versiones más antiguas de la leyenda,
Mahoma es guiado por un hombre o un ángel; en las de fecha posterior, se recurre a una
cabalgadura celeste, mayor que un asno y menor que una mula. Esta cabalgadura es Burak,
cuyo nombre quiere decir "resplandeciente". Según Burton, los musulmanes de la India suelen
representarlo con cara de hombre, orejas de asno, cuerpo de caballo y alas y cola de pavo
real.
Una de las tradiciones islámicas refiere que Burak, al dejar la tierra, volcó una jarra llena de
agua. El Profeta fue arrebatado hasta el séptimo cielo y conversó en cada uno con los
patriarcas y ángeles que lo habitaban y atravesó la Unidad y sintió un frío que le heló el
corazón cuando la mano del Señor le dio una palmada en el hombro. El tiempo de los hombres
no es conmensurable con el de Dios; a su regreso, el Profeta levantó la jarra de la que aún no
se había derramado una sola gota. Miguel Asín Palacios habla de un místico murciano del siglo
XIII, que en una alegoría que se titula Libro del nocturno viaje hacia la Majestad del más
Generoso ha simbolizado en Burak el amor divino. En otro texto se refiere al "Burak de la
pureza de la intención ".
A diferencia de otros animales fantásticos, el Caballo del Mar no ha sido elaborado por
combinación de elementos heterogéneos; no es otra cosa que un caballo salvaje cuya
habitación es el mar y que sólo pisa la tierra cuando la brisa le trae el olor de las yeguas en las
noches sin luna. En una isla indeterminada -acaso Borneo-, los pastores manean en la costa
las mejores yeguas del rey y se ocultan en cámaras subterráneas; Simbad vio el potro que
salía del mar y lo vio saltar sobre la hembra y oyó su grito.
La redacción definitiva del Libro de Las Mil y Una Noches data, según Burton, del siglo XIII; en
el siglo XIII nació y murió el cosmógrafo Al-Qazwiní que, en su tratado Maravillas de la
creación, escribió estas palabras: "El Caballo Marino es como el caballo terrestre, pero las
crines y la cola son más crecidas y el color más lustroso y el vaso está partido como el de los
bueyes salvajes y la alzada es menor que la del caballo terrestre y algo mayor que la del
asno". Observa que el cruzamiento de la especie marina y de la terrestre da hermosísimas
crías y menciona un potrillo de pelo oscuro, "con manchas blancas como piezas de plata".
Wang Tai-hai, viajero del siglo XVIII, escribe en la Miscelánea china:
"El Caballo Marino suele aparecer en las costas en busca de la hembra; a veces lo apresan. El
pelaje es negro y lustroso; la cola es larga y barre el suelo; en tierra firme anda como los
otros caballos, es muy dócil y puede recorrer en un día centenares de millas. Conviene no
bañarlo en el río, pues en cuanto ve el agua, recobra su antigua naturaleza y se aleja
nadando".
Los etnólogos han buscado el origen de esta ficción islámica en la ficción grecolatina del viento
que fecunda las yeguas. En el libro tercero de las Geórgicas, Virgilio ha versificado esta
creencia. Más rigurosa es la exposición de Plinio (VIII, 67):
"Nadie ignora que en Lusitania, en las cercanías del Olisipo (Lisboa) y de las márgenes del
Tajo, las yeguas vuelven la cara al viento occidental y quedan fecundadas por él; los potros
engendrados así resultan de admirable ligereza, pero mueren antes de cumplir los tres años".
El historiador Justino ha conjeturado que la hipérbole "hijos del viento", aplicada a caballos
muy veloces, originó esta fábula.
EL CANCERBERO
Si el Infierno es una casa, la casa de Hades, es natural que un perro la guarde; también es
natural que a ese perro lo imaginen atroz. La Teogonía de Hesíodo le atribuye cincuenta
cabezas; para mayor comodidad de las artes plásticas, este número ha sido rebajado y las
tres cabezas del Cancerbero son del dominio público. Virgilio menciona sus tres gargantas;
Ovidio, su triple ladrido; Butler compara las tres coronas de la tiara del Papa, que es portero
del Cielo, con las tres cabezas del perro que es portero de los Infiernos (Hudibras, IV, 2).
Dante le presta caracteres humanos que agravan su índole infernal: barba mugrienta y negra,
manos uñosas que desgarran, entre la lluvia, las almas de los réprobos. Muerde, ladra y
muestra los dientes.
Sacar el Cancerbero a la luz del día fue el último de los trabajos de Hércules. Un escritor inglés
del siglo XVIII, Zachary Grey, interpreta así la aventura:
"Este Perro con Tres Cabezas denota el pasado, el presente y el porvenir, que reciben y como
quien dice, devoran todas las cosas. Que fuera vencido por Hércules prueba que las Acciones
heroicas son victoriosas sobre el Tiempo y subsisten en la Memoria de la Posteridad".
Según los textos más antiguos, el Cancerbero saluda con el rabo (que es una serpiente) a los
que entran en el Infierno, y devora a los que procuran salir. Una tradición posterior lo hace
morder a los que llegan; para apaciguarlo era costumbre poner en el ataúd un pastel de miel.
En la mitología escandinava, un perro ensangrentado, Garmr, guarda la casa de los muertos y
batallará con los dioses, cuando los lobos infernales devoren la luna y el sol. Algunos le
atribuyen cuatro ojos; cuatro ojos tienen también los perros de Yama, dios brahmánico de la
muerte.
El brahmanismo y el budismo ofrecen infiernos de perros, que, a semejanza del Cerbero
dantesco, son verdugos de las almas.
EL CATOBLEPAS
Plinio (VIII, 32) cuenta que en los confines de Etiopía, no lejos de las fuentes del Nilo, habita
el Catoblepas. "Fiera de tamaño mediano y de andar perezoso. La cabeza es notablemente
pesada y al animal le da mucho trabajo llevarla; siempre se inclina hacia la tierra. Si no fuera
por esta circunstancia, el Catoblepas acabaría con el género humano, porque todo hombre que
le ve los ojos, cae muerto".
Catoblepas, en griego, quiere decir "que mira hacia abajo". Cuvier ha sugerido que el "gnu"
(contaminado por el basilisco y por las gorgonas) inspiró a los antiguos el Catoblepas. En el
final de la Tentación de San Antonio se lee:
"El Catoblepas, búfalo negro, con una cabeza de cerdo que cae hasta el suelo, unida a las
espaldas por un cuello delgado, largo y flojo como un intestino vaciado. Está aplastado en el
fango, y sus patas desaparecen bajo la enorme melena de pelos duros que le cubren la cara. -
Grueso, melancólico, hosco, no hago otra cosa que sentir bajo el vientre el calor del fango. Mi
cráneo es tan pesado que me es imposible llevarlo. Lo enrollo alrededor de mí, lentamente; y,
con las mandíbulas entreabiertas, arranco con la lengua las hierbas venenosas humedecidas
por mi aliento. Una vez, me devoré las patas sin advertirlo. -Nadie, Antonio, ha visto mis ojos,
o quienes los vieron han muerto. Si levantara mis párpados rosados e hinchados te morirías
enseguida".
EL CENTAURO
EL CIEN CABEZAS
El Cien Cabezas es un pez creado por el karma de unas palabras, por su póstuma repercusión
en el tiempo. Una de las biografías chinas del Buda refiere que éste se encontró con unos
pescadores, que tironeaban de una red. Al cabo de infinitos esfuerzos, sacaron a la orilla un
enorme pez, con una cabeza de mono, otra de perro, otra de caballo, otra de zorro, otra de
cerdo, otra de tigre, y así hasta el número cien. El Buda le preguntó:
- ¿No eres Kapila?
- Soy Kapila -respondieron las Cien Cabezas antes de morir.
El Buda explicó a los discípulos que en una encarnación anterior, Kapila era un brahmán que
se había hecho monje y que a todos había superado en la inteligencia de los textos sagrados.
A veces, los compañeros se equivocaban y Kapila les decía "cabeza de mono", "cabeza de
perro", etcétera. Cuando murió, el karma de esas invectivas acumuladas lo hizo renacer
monstruo acuático, agobiado por todas las cabezas que había dado a sus compañeros.
EL CIERVO CELESTIAL
Nada sabemos de la estructura del Ciervo Celestial (acaso porque nadie lo ha podido ver
claramente), pero sí que estos trágicos animales andan bajo tierra y no tienen otra ansia que
salir a la luz del día. Saben hablar y ruegan a los mineros que los ayuden a salir. Al principio,
quieren sobornarlos con la promesa de metales preciosos; cuando falla este ardid, los Ciervos
hostigan a los hombres, y éstos los emparedan firmemente en las galerías de la mina. Se
habla asimismo de hombres a quienes han torturado los Ciervos.
La tradición añade que si los Ciervos emergen a la luz, se convierten en un líquido pestilente
que puede asolar al país.
Esta imaginación es china y la registra el libro Chinese Ghouls and Goblins (Londres, 1928) de
G. Willoughby-Meade.
CROCOTAS Y LEUCROCOTAS
Ctesias, médico, de Artajerjes Mnemón, se valió de fuentes persas para urdir una descripción
de la India, obra de valor inestimable para saber cómo los persas del tiempo de Artajerjes
Mnemón se imaginaban la India. El capítulo treinta y dos de ese repertorio ofrece una noticia
del lobo-perro; Plinio (VIII, 30) dio a ese hipotético animal el nombre de Crocota y declaró que
"no había nada que no pudiera partir con los dientes y acto continuo digerir".
Más precisa que la Crocota es la Leucrocota, en la que ciertos comentadores han visto el
reflejo del gnu, y otros de la hiena, y otros, una fusión de los dos. Es rapidísima y del tamaño
del asno silvestre. Tiene patas de ciervo, cuello, cola y pecho de león, cabeza de tejón,
pezuñas partidas, boca hasta las orejas y un hueso continuo en lugar de dientes. Habita en
Etiopía (donde asimismo hay toros salvajes, armados de cuernos movibles) y es fama que
remeda con dulzura la voz humana.
CRONOS O HÉRCULES
El tratado Dudas y Soluciones sobre los Primeros Principios del neoplatónico Damascio registra
una curiosa versión de la teogonía y cosmogonía de Orfeo, en la que Cronos -o Hércules- es
un monstruo:
"Según Jerónimo y Helánico (si los dos no son uno solo), la doctrina órfica enseña que en el
principio hubo agua y lodo, con los que se amasó la tierra. Estos dos principios puso como
primeros: agua y tierra. De ellos salió el tercero, un dragón alado, que por delante mostraba
la cabeza de un toro, por detrás la de un león y por el medio el rostro de un dios; lo llamaron
"Cronos que no envejece" y también "Heracles". Con él nació la Necesidad, que también se
llama la Inevitable, y que se dilató sobre el Universo y tocó sus confines... Cronos, el dragón,
sacó de sí una triple simiente: el húmedo Éter, el ilimitado Caos y el nebuloso Erebo. Debajo
de ellos puso un huevo, del que saldría el mundo. El último principio fue un dios que era
hombre y mujer, con alas de oro en las espaldas y cabezas de toro en los flancos, y sobre la
cabeza un desmesurado dragón, igual a toda suerte de fieras..".
Tal vez porque lo desaforado y monstruoso parece menos propio de Grecia que del Oriente,
Walter Kranz atribuye a estas invenciones una procedencia oriental.
UNA CRUZA
"Tengo un animal curioso, mitad gatito, mitad cordero. Es una herencia de mí padre. En mi
poder se ha desarrollado del todo; antes era más cordero que gato. Ahora es mitad y mitad.
Del gato tiene la cabeza y las uñas, del cordero el tamaño y la forma; de ambos los ojos, que
son huraños y chispeantes, la piel suave y ajustada al cuerpo, los movimientos a la par
saltarines y furtivos. Echado al sol, en el hueco de la ventana, se hace un ovillo y ronronea; en
el campo corre como loco y nadie lo alcanza. Dispara de los gatos y quiere atacar a los
corderos. En las noches de luna su paseo favorito es la canaleta del tejado. No sabe maullar y
abomina de los ratones. Horas y horas pasa en acecho ante el gallinero, pero jamás ha
cometido un asesinato.
"Lo alimento con leche; es lo que le sienta mejor. A grandes tragos sorbe la leche entre sus
dientes de animal de presa. Naturalmente es un gran espectáculo para los niños. La hora de
visita es los domingos por la mañana. Me siento con el animal en las rodillas y me rodean
todos los niños de la vecindad.
"Se plantean entonces las más extraordinarias preguntas, que no puede contestar ningún ser
humano:
"Por qué hay un solo animal así, por qué soy yo su poseedor y no otro, si antes ha habido un
animal semejante y qué sucederá después de su muerte, si no se siente solo, por qué no tiene
hijos, cómo se llama, etcétera. No me tomo el trabajo de contestar; me limito a exhibir mi
propiedad, sin mayores explicaciones.
"A veces las criaturas traen gatos; una vez llegaron a traer dos corderos. Contra sus
esperanzas no se produjeron escenas de reconocimiento. Los animales se miraron con
mansedumbre desde sus ojos animales, y se aceptaron mutuamente como un hecho divino.
En mis rodillas el animal ignora el temor y el impulso de perseguir. Acurrucado contra mí, es
como se siente mejor. Se apega a la familia que lo ha criado. Esa fidelidad no es
extraordinaria; es el recto instinto de un animal, que aunque tiene en la tierra innumerables
lazos políticos, no tiene uno solo consanguíneo, y para quien es sagrado el apoyo que ha
encontrado en nosotros. "A veces tengo que reírme cuando resuella a mi alrededor, se me
enreda entre las piernas y no quiere apartarse de mí. Como si no le bastara ser gato y cordero
quiere también ser perro. Una vez -eso le acontece a cualquiera- yo no veía modo de salir de
dificultades económicas, ya estaba por acabar con todo. Con esa idea me hamacaba en el
sillón de mi cuarto, con el animal en las rodillas; se me ocurrió bajar los ojos y vi lágrimas que
goteaban en sus grandes bigotes. ¿Eran suyas o mías? ¿Tiene este gato de alma de cordero el
orgullo de un hombre? No he heredado mucho de mi padre, pero vale la pena cuidar este
legado. "Tiene la inquietud de los dos, la del gato y la del cordero, aunque son muy distintas.
Por eso le queda chico el pellejo. A veces salta al sillón, apoya las patas delanteras contra mi
hombro y me acerca el hocico al oído. Es como si me hablara, y de hecho vuelve la cabeza y
me mira deferente para observar el efecto de su comunicación. Para complacerlo hago como si
lo hubiera entendido y muevo la cabeza. Salta entonces al suelo y brinca alrededor.
"Tal vez la cuchilla del carnicero fuera la redención para este animal, pero él es una herencia y
debo negársela. Por eso deberá esperar hasta que se le acabe el aliento, aunque a veces me
mira con razonables ojos humanos, que me instigan al acto razonable". Franz Kafka
CHANCHA CON CADENAS
En la página 106 del Diccionario folklórico argentino (Buenos Aires, 1950) de Félix Colluccio se
lee:
"En el norte de Córdoba y muy especialmente en Quilinos, se habla de la aparición de una
chancha encadenada que hace su presencia por lo común en horas de la noche. Aseguran los
lugareños vecinos a la estación del ferrocarril que la chancha con cadenas a veces se desliza
sobre las vías férreas y otros nos afirmaron que no era raro que corriera por los cables del
telégrafo, produciendo un ruido infernal con las "cadenas". Nadie la ha podido ver, pues
cuando se la busca desaparece misteriosamente".
Entre el mundo de la carne y del espíritu, la superstición judaica presuponía un orbe que
habitaban ángeles y demonios. El censo de su población excedía las posibilidades de la
aritmética. Egipto, Babilonia y Persia contribuyeron, a lo largo del tiempo, a la formación de
ese orbe fantástico. Acaso por influjo cristiano (sugiere Trachtenberg) la Demonología o
Ciencia de los Demonios importó menos que la Angelología o Ciencia de los Angeles.
Nombremos, sin embargo, a Keteh Merirí, Señor del Medio Día y de los Calurosos Veranos.
Unos niños que iban a la escuela se encontraron con él; todos murieron salvo dos. Durante el
siglo XIII la Demonología Judaica se pobló de intrusos latinos, franceses y alemanes, que
acabaron por confundirse con los que registra el Talmud.
EL DOBLE
Sugerido o estimulado por los espejos, las aguas, y los hermanos gemelos, el concepto del
Doble es común a muchas naciones. Es verosímil suponer que sentencias como "Un amigo es
un otro yo" de Pitágoras o el "Conócete a ti mismo" platónico se inspiraron en él. En Alemania
lo llamaron el Doppelgaenger; en Escocia el Fetch, porque viene a buscar (fetch) a los
hombres para llevarlos a la muerte. Encontrarse consigo mismo es, por consiguiente,
ominoso; la trágica balada Ticonderoga de Robert Louis Stevenson refiere una leyenda sobre
este tema. Recordemos también el extraño cuadro How they met themselves de Rossetti; dos
amantes se encuentran consigo mismos, en el crepúsculo de un bosque. Cabría citar ejemplos
análogos de Hawthorne, de Dostoievski y de Alfred de Musset.
Para los judíos, en cambio, la aparición del Doble no era presagio de una próxima muerte. Era
la certidumbre de haber logrado el estado profético. Así lo explica Gershom Scholem. Una
tradición recogida por el Talmud narra el caso de un hombre en busca de Dios, que se
encontró consigo mismo.
En el relato William Wilson de Poe, el Doble es la conciencia del héroe. Este lo mata y muere.
En la poesía de Yeats, el Doble es nuestro anverso, nuestro contrario, el que nos
complementa, el que no somos ni seremos. Plutarco escribe que los griegos dieron el nombre
de "otro yo" al representante de un rey.
EL DRAGÓN
El Dragón posee la capacidad de asumir muchas formas, pero éstas son inescrutables. En
general lo imaginan con cabeza de caballo, cola de serpiente, grandes alas laterales y cuatro
garras, cada una provista de cuatro uñas. Se habla asimismo de sus nueve semblanzas: sus
cuernos se asemejan a los de un ciervo, su cabeza a la del camello, sus ojos a los de un
demonio, su cuello al de la serpiente, su vientre al de un molusco, sus escamas a las de un
pez, sus garras a las del águila, las plantas de sus pies a las del tigre, y sus orejas a las del
buey. Hay ejemplares a quienes les faltan orejas y que oyen por los cuernos. Es habitual
representarlo con una perla, que pende de su cuello y es emblema del sol. En esa perla está
su poder. Es inofensivo si se la quitan.
La historia le atribuye la paternidad de los primeros emperadores. Sus huesos, dientes y saliva
gozan de virtudes medicinales. Puede, según su voluntad, ser visible a los hombres o invisible.
En la primavera sube a los cielos; en el otoño se sumerge en la profundidad de las aguas.
Algunos carecen de alas y vuelan con ímpetu propio. La ciencia distingue diversos géneros.
El Dragón Celestial lleva en el lomo los palacios de las divinidades e impide que éstos caigan
sobre la tierra; el Dragón Divino produce los vientos y las lluvias, para bien de la humanidad;
el Dragón Terrestre determina el curso de los arroyos y de los ríos; el Dragón Subterráneo
cuida los tesoros vedados a los hombres. Los budistas afirman que los Dragones no abundan
menos que los peces de sus muchos mares concéntricos; en alguna parte del universo existe
una cifra sagrada para expresar su número exacto. El pueblo chino cree en los Dragones más
que en otras deidades, porque los ve con tanta frecuencia en las cambiantes nubes.
Paralelamente, Shakespeare había observado que hay nubes con forma de Dragón (sometimes
we see a cloud that's dragonish).
El Dragón rige las montañas, se vincula a la geomancia, mora cerca de los sepulcros, está
asociado al culto de Confucio, es el Neptuno de los mares y aparece en tierra firme. Los reyes
de los Dragones del Mar habitan resplandecientes palacios bajo las aguas y se alimentan de
ópalos y de perlas. Hay cinco de esos reyes: el principal está en el centro, los otros cuatro
corresponden a los puntos cardinales. Tienen una legua de largo; al cambiar de postura hacen
chocar a las montañas. Están revestidos de una armadura de escamas amarillas. Bajo el
hocico tienen una barba; las piernas y la cola son velludas. La frente se proyecta sobre los
ojos Llameantes, las orejas son pequeñas y gruesas, la boca siempre abierta, la lengua larga y
los dientes afilados. El aliento hierve a los peces, las exhalaciones del cuerpo los asa. Cuando
suben a la superficie de los océanos producen remolinos y tifones; cuando vuelan por los aires
causan tormentas que destechan las casas de las ciudades y que inundan los campos. Son
inmortales y pueden comunicarse entre sí a pesar de las distancias que los separan y sin
necesidad de palabras. En el tercer mes hacen su informe anual a los cielos superiores.
EL DRAGÓN CHINO
La cosmogonía china enseña que los Diez Mil Seres (el mundo) nacen del juego rítmico de dos
principios complementarios y eternos, que son el Yin y el Yang. Corresponden al Yin la
concentración, la oscuridad, la pasividad, los números pares y el frío; al Yang, el crecimiento,
la luz, el ímpetu, los números impares y el calor. Símbolos del Yin son la mujer, la tierra, el
anaranjado, los valles, los cauces de los ríos y el tigre; del Yang, el hombre, el cielo, el azul,
las montañas, los pilares, el Dragón.
El Dragón Chino, el Lung, es uno de los cuatro animales mágicos. (Los otros son el unicornio,
el fénix y la tortuga.) En el mejor de los casos el Dragón Occidental es aterrador, y en el peor,
ridículo; el Lung de las tradiciones, en cambio, tiene divinidad y es como un ángel que fuera
también león. Así, en las Memorias históricas de Ssu-Ma Ch'ien leemos que Confucio fue a
consultar al archivero o bibliotecario Lao Tse y que, después de la visita, manifestó:
"Los pájaros vuelan, los peces nadan y los animales corren. El que corre puede ser detenido
por una trampa, el que nada por una red y el que vuela por una flecha. Pero ahí está el
Dragón; no sé cómo cabalga en el viento ni cómo Llega al cielo. Hoy he visto a Lao Tse y
puedo decir que he visto al Dragón".
Un Dragón o un Caballo-Dragón surgió del río Amarillo y reveló a un emperador el famoso
diagrama circular que simboliza el juego recíproco del Yang y el Yin; un rey tenía en sus
establos Dragones de silla y de tiro; otro se nutrió de Dragones y su reino fue próspero. Un
gran poeta, para ilustrar los riesgos de la eminencia, pudo escribir: "El Unicornio acaba como
tambre, el Dragón como pastel de carne".
En el I King (Canon de las Mutaciones), el Dragón suele significar el sabio.
Durante siglos, el Dragón fue el emblema imperial. El trono del emperador se llamó el Trono
del Dragón; su rostro, el Rostro del Dragón. Para anunciar que el emperador había muerto, se
decía que había ascendido al firmamento sobre un Dragón.
La imaginación popular vincula el Dragón a las nubes, a la lluvia que los agricultores anhelan y
a los grandes ríos. "La tierra se une con el Dragón", es una locución habitual para significar la
lluvia. Hacia el siglo VI, Chang Seng-Yu ejecutó una pintura mural en la que figuraban cuatro
Dragones. Los espectadores lo censuraron porque había omitido los ojos. Chang, fastidiado,
retomó los pinceles y completó dos de las sinuosas imágenes. Entonces "el aire se pobló de
rayos y truenos, el muro se agrietó y los Dragones ascendieron al cielo. Pero los otros dos
Dragones sin ojos se quedaron en su lugar".
El Dragón Chino tiene cuernos, garras y escamas, y su espinazo está como erizado de púas.
Es habitual representarlo con una perla, que suele tragar o escupir; en esa perla está su
poder. Es inofensivo si se la quitan.
Chuang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte
de matar Dragones, y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de
ejercerlo.
EL DRAGÓN EN OCCIDENTE
Una gruesa y alta serpiente con garras y alas es quizá la descripción más fiel del Dragón.
Puede ser negro, pero conviene que también sea resplandeciente; asimismo suele exigirse que
exhale bocanadas de fuego y de humo. Lo anterior se refiere, naturalmente, a su imagen
actual; los griegos parecen haber aplicado su nombre a cualquier serpiente considerable. Plinio
refiere que en el verano el Dragón apetece la sangre del elefante, que es notablemente fría.
Bruscamente lo ataca, se le enrosca y le clava los dientes. El elefante exangüe rueda por tierra
y muere; también muere el Dragón, aplastado por el peso de su adversario. También leemos
que los Dragones de Etiopía, en busca de mejores pastos, suelen atravesar el Mar Rojo y
emigrar a Arabia. Para ejecutar esa hazaña, cuatro o cinco Dragones se abrazan y forman una
especie de embarcación, con las cabezas fuera del agua. Otro capítulo hay dedicado a los
remedios que se derivan del Dragón. Ahí se lee que sus ojos, secados y batidos con miel,
forman un linimento eficaz contra las pesadillas. La grasa del corazón del Dragón guardada en
la piel de una gacela y atada al brazo con los tendones de un ciervo asegura el éxito en los
litigios; los dientes, asimismo, atados al cuerpo, hacen qué los amos sean indulgentes y los
reyes graciosos. El texto menciona con escepticismo una preparación que hace invencibles a
los hombres. Se elabora con pelo de león, con la médula de ese animal, con la espuma de un
caballo que acaba de ganar una carrera, con las uñas de un perro y con la cola y la cabeza de
un Dragón.
En el libro undécimo de la Ilíada se lee que en el escudo de Agamenón había un Dragón azul y
tricéfalo; siglos después los piratas escandinavos pintaban Dragones en sus escudos y
esculpían cabezas de Dragón en las proas de las naves. Entre los romanos, el Dragón fue
insignia de la cohorte, como el águila de la legión; tal es el origen de los actuales Regimientos
de Dragones. En los estandartes de los reyes germánicos de Inglaterra había Dragones; el
objeto de tales imágenes era infundir terror a los enemigos. Así, en el romance de Athis se
lee:
Ce souloient Romains porter, Ce nous fait moult à redouter*.
Esto solían llevar los romanos, / Esto hace que nos teman muchísimo.
En el Occidente el Dragón siempre fue concebido como malvado. Una de las hazañas clásicas
de los héroes (Hércules, Sigurd, San Miguel, San Jorge) era vencerlo y matarlo. En las
leyendas germánicas, el Dragón custodia objetos preciosos. Así, en la Gesta de Beowulf,
compuesta en Inglaterra hacia el siglo VIII, hay un Dragón que durante trescientos años es
guardián de un tesoro. Un esclavo fugitivo se esconde en su caverna y se lleva un jarro. El
Dragón se despierta, advierte el robo y resuelve matar al ladrón; a ratos baja a la caverna y la
revisa bien. (Admirable ocurrencia del poeta atribuir al monstruo esa inseguridad tan
humana.) El Dragón empieza a desolar el reino; Beowulf lo busca, combate con él y lo mata.
La gente creyó en la realidad del Dragón. Al promediar el siglo XVI, lo registra la Historia
Animalium de Conrad Gesner, obra de carácter científico.
El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los Dragones. Creemos en el león como
realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, ya que no como realidad; el
Dragón es acaso el más conocido, pero también el menos afortunado de los animales
fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura.
Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por
el exceso de Dragones que hay en los cuentos de hadas. Empero, en la Revelación de San
Juan se habla dos veces del Dragón, "la vieja serpiente que es el Diablo y es Satanás".
Análogamente, San Agustín escribe que el diablo "es león y Dragón; león por el ímpetu,
Dragón por la insidia". Jung observa que en el Dragón están la serpiente y el pájaro, los
elementos de la tierra y el aire.
Quinientos años antes de la era cristiana, la reina Maya, en el Nepal, soñó que un Elefante
blanco, que procedía de la Montaña de Oro, entraba en su cuerpo. Este animal onírico tenia
seis colmillos, que corresponden a las seis dimensiones del espacio indostánico: arriba, abajo,
atrás, adelante, izquierda y derecha. Los astrólogos del rey predijeron que Maya daría a luz un
niño, que sería emperador de la tierra o redentor del género humano. Aconteció, según se
sabe, lo último.
En la India, el Elefante es un animal doméstico. El color blanco significa humildad y el número
seis es sagrado.
LOS ELFOS
Son de estirpe germánica. De su aspecto poco sabemos, salvo que son siniestros y diminutos.
Roban hacienda y roban niños. Se complacen asimismo en diabluras menores. En Inglaterra se
dio el nombre de "elf-lock" (rizo de elfo) a un enredo del pelo, porque lo suponían obra de
Elfos. Un exorcismo anglosajón les atribuye la malévola facultad de arrojar desde lejos
minúsculas flechas de hierro, que penetran sin dejar un rastro en la piel, y causan dolores
neurálgicos. En alemán, pesadilla se traduce por Alp, los etimólogos derivan esa palabra de
"elfo", dado que en la Edad Media era común la creencia de que los Elfos oprimían el pecho de
los durmientes y les inspiraban sueños atroces.
El héroe de la novela The Time Machine (La máquina del tiempo), que el joven Wells publicó
en 1895, viaja, mediante un artificio mecánico, a un porvenir remoto. Descubre que el género
humano se ha dividido en dos especies: los Eloi, aristócratas delicados e inermes, que moran
en ociosos jardines y se nutren de fruta; y los Morlocks, estirpe subterránea de proletarios,
que, a fuerza de trabajar en la oscuridad, han quedado ciegos y que siguen poniendo en
movimiento, urgidos por la mera rutina, máquinas herrumbradas y complejas que no
producen nada. Pozos con escaleras en espiral unen ambos mundos. En las noches sin luna,
los Morlocks surgen de su encierro y devoran a los Eloi.
El héroe logra huir al presente. Trae como único trofeo una flor desconocida y marchita, que
se hace polvo y que florecerá al cabo de miles de siglos.
ESCILA
Antes de ser un monstruo y un remolino, Escila era una ninfa, de quien se enamoró el dios
Glauco. Este buscó el socorro de Circe, cuyo conocimiento de hierbas y de magias era famoso.
Circe se prendó de él, pero como Glauco no olvidaba a Escila, envenenó las aguas de la fuente
en que aquélla solía bañarse. Al primer contacto del agua, la parte inferior del cuerpo de Escila
se convirtió en perros que ladraban. Doce pies la sostenían y se halló provista de seis cabezas,
cada una con tres filas de dientes. Esta metamorfosis la aterró y se arrojó al estrecho que
separa Italia de Sicilia. Los dioses la convirtieron en roca. Durante las tempestades, los
navegantes oyen aún el rugido de las olas contra la roca.
Esta fábula está en las páginas de Homero, de Ovidio y de Pausanias.
LA ESFINGE
FASTITOCALON
La Edad Media atribuyó al Espíritu Santo la composición de dos libros. El primero era, según se
sabe, la Biblia; el segundo, el universo, cuyas criaturas encerraban enseñanzas inmorales.
Para explicar esto último, se compilaron los Fisiólogos o Bestiarios. De un bestiario anglosajón
resumimos el texto siguiente:
"Hablaré también en este cantar de la poderosa ballena. Es peligrosa para todos los
navegantes. A este nadador de las corrientes del océano le dan el nombre Fastitocalón. Su
forma es la de una piedra rugosa y está como cubierta de arena; los marineros que lo ven lo
toman por una isla. Amarran sus navíos de alta proa a la falsa tierra y desembarcan sin temor
de peligro alguno. Acampan, encienden fuego y duermen, rendidos. El traidor se sumerge
entonces en el océano; busca su hondura y deja que el navío y los hombres se ahoguen en la
sala de la muerte. También suele exhalar de su boca una dulce fragancia, que atrae a los otros
peces del mar. Estos penetran en sus fauces, que se cierran y los devoran. Así el demonio nos
arrastra al infierno".
FAUNA CHINA
El Chiang-liang tiene cabeza de tigre, cara de hombre, cuatro vasos, largas extremidades, y
una culebra entre los dientes.
En la región al oeste del Agua Roja habita el animal llamado Ch'ou-t'i que tiene una cabeza de
cada lado.
Los habitantes de Ch'can-T'ou tienen cabeza humana, alas de murciélago y pico de pájaro. Se
alimentan exclusivamente de pescado crudo.
El Hsiao es como la lechuza, pero tiene cara de hombre, cuerpo de mono y cola de perro. Su
aparición presagia rigurosas sequías.
Los Hsing-hsing son como monos. Tienen caras blancas y orejas puntiagudas. Caminan como
hombres, y trepan a los árboles.
El Hsing-t'ien es un ser acéfalo que, habiendo combatido contra los dioses, fue decapitado y
quedó para siempre sin cabeza. Tiene los ojos en el pecho y su ombligo es su boca. Brinca y
salta en los descampa, dos, blandiendo su escudo y su hacha.
El pez Hua o pez serpiente voladora parece un pez, pero tiene alas de pájaro. Su aparición
presagia la sequía.
El Hui de las montañas parece un perro con cara de hombre. Es muy buen saltador y se
mueve con la rapidez de una flecha; por ello se considera que su aparición presagia tifones.
Se ríe burlonamente cuando ve al hombre.
Los habitantes del País de los Brazos Largos tocan el suelo con las manos. Se mantienen
atrapando peces en la orilla del mar.
Los Hombres Marinos tienen cabeza y brazos de hombre, y cuerpo y cola de pez. Emergen a la
superficie de las Aguas Fuertes. La Serpiente Musical tiene cabeza de serpiente y cuatro alas.
Hace un ruido como el de la piedra musical.
El Ping-feng, que habita en el país del Agua Mágica, parece un cerdo negro, pero tiene una
cabeza en cada extremo. El Caballo Celestial parece un perro blanco con cabeza negra. Tiene
alas carnosas y puede volar. En la región del Brazo Raro, las personas tienen un brazo y tres
ojos. Son notablemente hábiles y fabrican carruajes voladores, en los que viajan por el viento.
El Ti-chiang es un pájaro sobrenatural que habita en las Montañas Celestiales. Es de color
bermejo, tiene seis patas y cuatro alas, pero no tiene ni cara ni ojos.
T'ai P'ing Kuang Chi
EL FÉNIX CHINO
Los libros canónicos de los chinos suelen defraudar, porque les falta lo patético a que nos tiene
acostumbrados la Biblia. De pronta, en su razonable decurso, una intimidad nos conmueve.
Esta, por ejemplo, que registra el séptimo libro de las Analectas de Confucio:
"Dijo el Maestro a sus discípulos: ¡Qué bajo he caído! Hace ya tiempo que no veo en mis
sueños al príncipe de Chu".
O ésta del libro noveno:
"El Maestro dijo: No viene el Fénix, ningún signo sale del río. Estoy acabado".
El "signo" (explican los comentadores) se refiere a una inscripción en el lomo de una tortuga
mágica. En cuanto al Fénix (Feng), es un pájaro de colores resplandecientes, parecido al
faisán y al pavo real. En épocas prehistóricas, visitaba los jardines y los palacios de los
emperadores virtuosos, como un visible testimonio del favor celestial. El macho, que tenia tres
patas, habitaba en el sol.
En el primer siglo de nuestra era, el arriesgado ateo Wang Ch'ung negó que el Fénix
constituyera una especie fija. Declaró que así como la serpiente se transforma en un pez y la
rata en una tortuga; el ciervo, en épocas de prosperidad general, suele asumir la forma del
unicornio, y el ganso, la del Fénix. Atribuyó esta mutación al "liquido propicio" que, dos mil
trescientos cincuenta y seis años antes de la era cristiana, hizo que en el patio de Yao, que fue
uno de los emperadores modelo, creciera pasto de color escarlata. Como se ve, su información
era deficiente o más bien excesiva.
En las regiones infernales hay un edificio imaginario que se llama Torre del Fénix.
EL GALLO CELESTIAL
Según los chinos, el Gallo Celestial es un ave de plumaje de oro, que canta tres veces al día.
La primera, cuando el sol toma su baño matinal en los confines del océano: la segunda,
cuando el sol está en el cenit; la última, cuando se hunde en el poniente. El primer canto
sacude los cielos y despierta a la humanidad. El Gallo Celestial es antepasado del Yang,
principio masculino del universo. Está provisto de tres patas y anida en el árbol Fu-sang, cuya
altura se mide por centenares de millas y que crece en la región de la aurora. La voz del Gallo
Celestial es muy fuerte; su porte, majestuoso. Pone huevos de los que salen pichones con
crestas rojas que contestan a su canto cada mañana. Todos los gallos de la tierra descienden
del Gallo Celestial, que se llama también el Ave del Alba.
GARUDA
Vishnu, segundo dios de la trinidad que preside el panteón brahmánico, suele cabalgar en la
serpiente que llena el mar, o en el ave Garuda. A Vishnu lo representan azul y provisto de
cuatro brazos que sostienen la clava, el caracol, el disco y el loto; a Garuda, con alas, rostro y
garras de águila y tronco y piernas de hombre. El rostro es blanco, las alas de color escarlata,
y el cuerpo, de oro. Imágenes de Garuda, labradas en bronce o en piedra, suelen coronar los
monolitos de los templos. En Gwalior hay uno, erigido por un griego, Heliodoro, devoto de
Vishnu, más de un siglo antes de la era cristiana.
En el Garuda-Purana (que es el decimoséptimo de los Puranas, o tradiciones), el docto pájaro
declara a los hombres el origen del universo, la índole solar de Vishnu, las ceremonias de su
culto, las ilustres genealogías de las casas que descienden de la luna y del sol, el argumento
del Ramayana y diversas noticias que se refieren a la versificación, a la gramática y a la
medicina.
En el Nagananda (Alegría de las Serpientes), drama compuesto por un rey en el siglo VII,
Garuda mata y devora una serpiente todos los días, hasta que un príncipe budista le enseña
las virtudes de la abstención. En el último acto, el arrepentido hace que vuelvan a la vida los
huesos de las serpientes devoradas. Eggeling sospecha que esta obra es una sátira
brahmánica del budismo.
Nimbarka, místico de fecha insegura, ha escrito que Garuda es un alma salvada para siempre;
también son almas la corona, los aros y la flauta del dios.
En inglés existe la locución "grin like a Cheshire cat" ("sonreír sardónicamente como un Gato
de Cheshire"). Se han propuesto varias explicaciones. Una, que en Cheshire vendían quesos
en forma de gato que ríe. Otra, que Cheshire es un condado palatino o "earldom" y que esa
distinción nobiliaria causó la hilaridad de los gatos. Otra, que en tiempos de Ricardo Tercero
hubo un guardabosque, Caterling, que sonreía ferozmente al batirse con los cazadores
furtivos.
En la novela onírica Alice in Wonderland publicada en 1865, Lewis Carroll otorgó al Gato de
Cheshire el don de desaparecer gradualmente, hasta no dejar otra cosa que la sonrisa, sin
dientes y sin boca. De los Gatos de Kilkenny se refiere que riñeron furiosamente y se
devoraron hasta no dejar más que las colas. El cuento data del siglo XVIII.
LOS GNOMOS
Son más antiguos que su nombre, que es griego, pero que los clásicos ignoraron, porque data
del siglo XV. Los etimólogos lo atribuyen al alquimista suizo Paracelso, en cuyos libros aparece
por vez primera.
Son duendes de la tierra y de las montañas. La imaginación popular los ve como enanos
barbudos, de rasgos toscos y grotescos; usan ropa ajustada de color pardo y capuchas
monásticas. A semejanza de los grifos de la superstición helénica y oriental, y de los dragones
germánicos, tienen la misión de custodiar tesoros ocultos.
Gnosis, en griego, es "conocimiento"; se ha conjeturado que Paracelso inventó la palabra
"gnomo", porque éstos conocían y podían revelar a los hombres el preciso lugar en que los
metales estaban escondidos.
EL GOLEM
Nada casual podemos admitir en un libro dictado por una inteligencia divina, ni siquiera el
número de las palabras o el orden de los signos; así lo entendieron los cabalistas y se
dedicaron a contar, combinar y permutar las letras de la Sagrada Escritura, urgidos por el
ansia de penetrar los arcanos de Dios.
Dante, en el siglo XIII, declaró que todo pasaje de la Biblia tiene cuatro sentidos, el literal, el
alegórico, el moral y el anagógico. Escoto Erígena, más consecuente con la noción de
divinidad, ya había dicho que los sentidos de la Escritura son infinitos, como los colores de la
cola del pavo real. Los cabalistas hubieran aprobado este dictamen; uno de los secretos que
buscaron en el texto divino no fue la creación de seres orgánicos. De los demonios se dijo que
podían formar criaturas grandes y macizas, como el camello, pero no finas y delicadas, y el
rabino Eliezer les negó la facultad de producir algo de tamaño inferior a un grano de cebada.
"Golem" se llamó al hombre creado por combinaciones de letras; la palabra significa,
literalmente, "una materia amorfa o sin vida".
En el Talmud (Sanhedrín, 65 b) se lee:
"Si los justos quisieran crear un mundo, podrían hacerlo. Combinando las letras de los
inefables nombres de Dios, Rava consiguió crear un hombre y lo mandó a Rav Zera. Este le
dirigió la palabra; como el hombre no respondía, el rabino le dijo:
"-Eres una creación de la magia; vuelve a tu polvo.
"Dos maestros solían cada viernes estudiar las leyes de la Creación y crear un ternero de tres
años, que luego aprovechaban para la cena".
[Parejamente, Schopenhauer escribe: "En la página 325 del primer tomo de su
Zauberoioliothek (Biblioteca mágica), Horst compendia así la doctrina de la visionaria inglesa
Jane Lead: Quien posee fuerza mágica, puede, a su arbitrio, dominar y renovar el reino
mineral, el reino vegetal y el reino animal; bastaría, por consiguiente, que algunos magos se
pusieran de acuerdo para que toda la Creación retornara al estado paradisíaco". (Sobre la
Voluntad en la Naturaleza, VII).]
La fama occidental del Golem es obra del escritor austriaco Gustav Meyrink, que en el quinto
capítulo de su novela onírica Der Golem (1915) escribe así:
"El origen de la historia remonta al siglo XVII. Según perdidas fórmulas de la cábala, el rabino
Judah Loew ben Bezabel construyó un hombre artificial -el llamado Golem- para que éste
tañera las campanas en la sinagoga e hiciera los trabajos pesados. No era, sin embargo, un
hombre como los otros y apenas lo animaba una vida sorda y vegetativa. Esta duraba hasta la
noche y debía su virtud al influjo de una inscripción mágica, que le ponían detrás de los
dientes y que atraía las libres fuerzas siderales del universo. Una tarde, antes de la oración de
la noche, el rabino se olvidó de sacar el sello de la boca del Golem y éste cayó en un frenesí,
corrió por las callejas oscuras y destrozó a quienes se le pusieron delante. El rabino, al fin, lo
atajó y rompió el sello que lo animaba. La criatura se desplomó. Sólo quedó la raquítica figura
de barro, que aún hoy se muestra en la sinagoga de Praga".
Eleazar de Worms ha conservado la fórmula necesaria para construir un Golem. Los
pormenores de la empresa abarcan veintitrés columnas en folio y exigen el conocimiento de
"los alfabetos de las doscientas veintiuna puertas" que deben repetirse sobre cada órgano del
Golem. En la frente se tatuará la palabra "Emet", que significa "Verdad". Para destruir la
criatura, se borrará la letra inicial, porque así queda la palabra "met", que significa "muerto"..
EL GRIFO
"Monstruos alados", dice de los Grifos Herodoto, al referir su guerra continua con los
Arimaspos; casi tan impreciso es Plinio, que habla de las largas orejas y del pico curvo de
estos "pájaros fabulosos" (X, 70). Quizá la descripción más detallada es la del problemático Sir
John Mandeville, en el capítulo ochenta y cinco de sus famosos Viajes:
"De esta tierra (Turquía) los hombres irán a la tierra de Bactria, donde hay hombres malvados
y astutos, y en esa tierra hay árboles que dan lana, como si fueran ovejas, de la que hacen
tela. En esa tierra hay "ypotains" (hipopótamos) que a veces moran en la tierra, a veces en el
agua, y son mitad hombre y mitad caballo, y sólo se alimentan de hombres, cuando los
consiguen. En esa tierra hay muchos Grifos, más que en otros lugares, y algunos dicen que
tienen el cuerpo delantero de águila, y el trasero de león, y tal es la verdad, porque así están
hechos; pero el Grifo tiene el cuerpo mayor que ocho leones y es más robusto que cien
águilas. Porque sin duda llevará volando a su nido un caballo con el jinete, o dos bueyes
uncidos cuando salen a arar, porque tiene grandes uñas en los pies, del grandor de cuerpos de
bueyes, y con éstas hacen copas para beber, y con las costillas, arcos para tirar".
En Madagascar, otro famoso viajero, Marco Polo, oyó hablar del roc, y al principio entendió
que se referían al "uccello grifone", al pájaro Grifo (Viajes, III, 36).
En la Edad Media, la simbología del Grifo es contradictoria. Un bestiario italiano dice que
significa el demonio; en general, es emblema de Cristo, y así lo explica Isidoro de Sevilla en
sus Etimologías: "Cristo es león porque reina y tiene la fuerza; águila, porque, después de la
resurrección, sube al cielo".
En el canto veintinueve del Purgatorio, Dante sueña con un carro triunfal tirado por un Grifo;
la parte de águila es de oro, la de león es blanca, mezclada con bermejo, por significar, según
los comentadores, la naturaleza humana de Cristo.(Blanco mezclado con bermejo da el color
de la carne. Estos recuerdan la descripción del Esposo en el Cantar de los Cantares ( V, 10-11
): "Mi amado, blanco y bermejo...; su cabeza como oro".
Otros entienden que Dante quería simbolizar al Papa, que es sacerdote y rey. Escribe Didron,
en su Iconografía cristiana: "El Papa, como pontífice o águila, se eleva hasta el trono de Dios a
recibir sus órdenes, y como león o rey anda por la tierra con fortaleza y con vigor".
LAS HADAS
Su nombre se vincula a la voz latina "fatum" (hado, destino). Intervienen mágicamente en los
sucesos de los hombres. Se ha dicho que las Hadas son las más numerosas, las más bellas y
las más memorables de las divinidades menores. No están limitadas a una sola región o a una
sola época. Los antiguos griegos, los esquimales y los pieles rojas narran historias de héroes
que han logrado el amor de estas fantásticas criaturas. Tales aventuras son peligrosas; el
Hada, una vez satisfecha su pasión, puede dar muerte a sus amantes.
En Irlanda y en Escocia les atribuyen moradas subterráneas, donde confinan a los niños y a
los hombres que suelen secuestrar. La gente cree que poseían las puntas de flechas neolíticas
que exhuman en los campos y a las que dotaban de infalibles virtudes medicinales.
A las Hadas les gusta el color verde, el canto y la música. A fines del siglo XVII un eclesiástico
escocés, el Reverendo Kirk, de Aberboyle, compiló un tratado que se titula "La Secreta
República de los Elfos, de las Hadas y de los Faunos". En 1815, Sir Walter Scott dio esa obra
manuscrita a la imprenta. Del señor Kirk se dice que lo arrebataron las Hadas porque había
revelado sus misterios. En los mares de Italia el Hada Morgana urde espejismos para
confundir y perder a los navegantes.
En Babilonia, Ezequiel vio en una visión cuatro animales o ángeles, "y cada uno Tenía cuatro
rostros, y cuatro alas y "la figura de sus rostros era rostro de hombre, y rostro de león a la
parte derecha, y rostro de buey a la parte izquierda, y los cuatro tenían asimismo rostro de
águila". Caminaban donde los llevara el espíritu, "cada uno en derecho de su rostro", o de sus
cuatro rostros, tal vez creciendo mágicamente, hacia los cuatro rumbos. Cuatro ruedas "tan
altas que eran horribles" seguían a los ángeles y estaban llenas de ojos alrededor.
Memorias de Ezequiel inspiraron los animales de la "Revelación de San Juan", en cuyo capítulo
cuarto se lee:
"Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y en medio del trono; y
al derredor del trono cuatro animales llenos de ojos delante y detrás.
"Y el primer animal era semejante a un león, y el segundo animal, semejante a un becerro, y
el tercer animal tenía la cara como hombre, y el cuarto animal, semejante a! águila que vuela.
Y los cuatro animales tenían cada uno para sí seis alas al derredor; y dentro estaban llenos de
ojos; y no tenían reposo día ni noche, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios
Todopoderoso, que era, y que es, y que ha de venir".
En el Zohar (Libro del Esplendor) se agrega que los cuatro animales se llaman Haniel, Kafziel,
Azriel y Aniel, y que miran al oriente, al norte, al sur, y al occidente.
Stevenson preguntó que si tales cosas había en el cielo, qué no habría en el Infierno. Del
pasaje anterior del Apocalipsis derivó Chesterton su ilustre metáfora de la noche: "un
monstruo hecho de ojos".
"Hayoth" (seres vivientes) se llaman los ángeles cuádruples del Libro de Ezequiel; para el
Sefer Yetsirah, son los diez números que sirvieron, con las veintidós letras del alfabeto, para
crear este mundo; para el Zohar, descendieron de la región superior, coronados de letras.
De los cuatro rostros de los "Hayoth" derivaron los evangelistas sus símbolos; a Mateo le tocó
el ángel, a veces humano y barbado; a Marcos, el león; a Lucas, el buey; a Juan, el águila.
San Jerónimo, en su comentario a Ezequiel, ha procurado razonar estas atribuciones. Dice que
a Mateo le fue dado el ángel (el hombre) porque destacó la naturaleza humana del Redentor;
a Marcos, el león, porque declaró su dignidad real; a Lucas, el buey, emblema de sacrificio,
porque mostró su carácter sacerdotal; a Juan, el águila, por su vuelo ferviente.
Un investigador alemán, el doctor Riehard Hennig, busca el remoto origen de estos emblemas
en cuatro signos del zodiaco, que distan noventa grados uno del otro. El león y el toro no
ofrecen la menor dificultad: el ángel ha sido identificado con Acuario, que tiene cara de
hombre, y el águila de Juan con Escorpio, rechazado por juzgarse de mal agüero. Nicolás de
Vore, en su Diccionario de Astrología, propone también esta hipótesis y observa que las cuatro
figuras se juntan en la Esfinge, que puede tener cabeza humana, cuerpo de toro, garras y cola
de león y alas de águila.
Entre los indios sioux, Haokah usaba los vientos como palillos para que resonara el tambor del
Trueno: Sus cuernos demostraban que era también dios de la caza. Lloraba cuando estaba
contento; reía cuando triste. Sentía el frío como calor y el calor como frío.
LA HIDRA DE LERNA
Tifón (hijo disforme de la Tierra y del Tártaro) y Equidna, que era mitad hermosa mujer y
mitad serpiente, engendraron la Hidra de Lerna. Cien cabezas le cuenta Diódoro el historiador;
nueve, la Biblioteca de Apolodoro. Lemprière nos dice que esta última cifra es la más recibida;
lo atroz es que, por cada cabeza cortada, dos le brotaban en el mismo lugar. Se ha dicho que
las cabezas eran humanas y que la del medio era eterna. Su aliento envenenaba las aguas y
secaba los campos. Hasta cuando dormía, el aire ponzoñoso que la rodeaba podía ser la
muerte de un hombre. Juno la crió para que se midiera con Hércules.
Esta serpiente parecía destinada a la eternidad. Su guarida estaba en los pantanos de Lerna.
Hércules y Yolao la buscaron; el primero le cortó las cabezas y el otro fue quemando con una
antorcha las heridas sangrantes. A la última cabeza, que era inmortal, Hércules la enterró bajo
una gran piedra, y donde la enterraron estará ahora, odiando y soñando.
En otras aventuras con otras fieras, las flechas que Hércules mojó en la hiel de la Hidra
causaron heridas mortales.
Un cangrejo, amigo de la Hidra, mordió durante la pelea el talón del héroe. Este lo aplastó con
el pie. Juno lo subió al cielo, y ahora es una constelación y el signo de Cáncer.
EL HIJO DE LEVIATÁN
"En aquel tiempo, había en un bosque sobre el Ródano, entre Arles y Aviñón, un dragón,
mitad bestia y mitad pez, mayor que un buey y más largo que un caballo. Y tenía los dientes
agudos como la espada, y cuernos a ambos lados, y se ocultaba en el agua, y mataba a los
forasteros y ahogaba las naves. Y había venido por el mar de Galasia, y había sido engendrado
por Leviatán, cruelísima serpiente de agua, y por una bestia que se llama Onagro, que
engendra la región de Galasia."...
La légende dorée, Lyón, 1518
EL HIPOGRIFO
Para significar imposibilidad o incongruencia, Virgilio habló de encastar caballos con grifos.
Cuatro siglos después, Servio el comentador afirmó que los grifos son animales que de medio
cuerpo arriba son águilas, y de medio abajo, leones. Para dar mayor fuerza al texto, agregó
que aborrecen a los caballos... Con el tiempo, la locución "Jungentur jam grypes equis" (cruzar
grifos con caballos) llegó a ser proverbial; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto la
recordó e inventó el Hipogrifo. Águila y león conviven en el grifo de los antiguos; caballo y
grifo en el Hipogrifo ariotesco, que es un monstruo o una imaginación de segundo grado.
Pietro Micheli hace notar que es más armonioso que el caballo con alas.
Su descripción puntual, escrita para un diccionario de zoología fantástica, consta en el Orlando
Furioso: "No es fingido el corcel, sino natural, porque un grifo lo engendró en una yegua. Del
padre tiene la pluma y las alas, las patas delanteras, el rostro y el pico; las otras partes, de la
madre y se llama Hipogrifo. Vienen (aunque, a decir verdad, son muy raros) de los montes
Rifeos, más allá de los mares glaciales".
La primera mención de la extraña bestia es engañosamente casual: "Cerca de Rodona vi un
caballero que tenía un gran corcel alado".
Otras octavas dan el estupor y el prodigio del caballo que vuela. Esta es famosa:
HOCHIGAN
Descartes refiere que los monos podrían hablar si quisieran, pero que han resuelto guardar
silencio, para que no los obliguen a trabajar. Los bosquimanos de África del Sur creen que
hubo un tiempo en que todos los animales podían hablar. Hochigan aborrecía los animales; un
día desapareció, y se llevó consigo ese don.
ICTIOCENTAUROS
Licofronte, Claudiano y el gramático bizantino Juan Tzetzes han mencionado alguna vez los
Ictiocentauros; otra referencia a ellos no hay en los textos clásicos. Podemos traducir
Ictiocentauros por Centauro-Peces; la palabra se aplicó a seres que los mitólogos han llamado
también Centauro-Tritones. Su representación abunda en la escultura romana y helenística.
De la cintura arriba son hombres, de la cintura abajo son peces, y tienen patas delanteras de
caballo o de león. Su lugar está en el cortejo de las divinidades marinas, junto a los
Hipocampos.
EL KAMI
Según un pasaje de Séneca, Tales de Mileto enseñó que la tierra flota en el agua, como una
embarcación, y que el agua, agitada por las tormentas, causa los terremotos. Otro sistema
sismológico nos proponen los historiadores, o mitólogos, japoneses del siglo VIII.
En una página famosa se lee:
"Bajo la Tierra -de llanuras juncosas- yacía un Kami (un ser sobrenatural) que tenía la forma
de un barbo y que, al moverse, hacía que temblara la tierra hasta que el Magno Dios de la Isla
de Ciervos hundió la hoja de su espada en la tierra y te atravesó la cabeza. Cuando el Kami se
agita, el Magno Dios se apoya en la empuñadura y el Kami vuelve a la quietud".
(El pomo de la espada, labrado en piedra, sobresale del suelo a unos pocos pasos del templo
de Kashima. Seis días y seis noches cavó en el siglo XVIII un señor feudal, sin dar con el fin
de la hoja.)
Para el vulgo, el Jinshin-Uwo, o Pez de los Terremotos, es una anguila de setecientas millas de
largo que lleva el Japón en el lomo. Corre de norte a sur; la cabeza viene a quedar bajo Kyoto,
la punta de la cola bajo Awomori. Algún racionalista se ha permitido invertir ese rumbo,
porque en el sur abundan los terremotos y resulta más fácil imaginar un movimiento de la
cola. De algún modo, este animal es análogo al Bahamut de las tradiciones arábigas y al
Midgardsorm de la Edda.
En ciertas regiones lo sustituye sin ventaja apreciable el Escarabajo de los Terremotos, el
Jinshin-Mushi. Tiene cabeza de dragón, diez patas de araña y está recubierto de escamas. Es
bestia subterránea no submarina.
KHUMBABA
EL KRAKEN
El Kraken es una especie escandinava del zaratán y del dragón de mar o culebra de mar de los
árabes.
En 1752, el danés Eric Pontoppidan, Obispo de Bergen, publicó una Historia natural de
Noruega, obra famosa por su hospitalidad o credulidad; en sus páginas se lee que el lomo del
Kraken tiene una milla y media de longitud y que sus brazos pueden abarcar el mayor navío.
El lomo sobresale como una isla; Eric Pontoppidan llega a formular esta norma: "Las islas
flotantes son siempre Krakens". Asimismo escribe que el Kraken suele enturbiar las aguas del
mar con una descarga de liquido; esta sentencia ha sugerido la conjetura de que el Kraken es
una magnificación del pulpo.
Entre las piezas juveniles de Tennyson, hay una dedicada al Kraken. Dice, literalmente, así:
"Bajo los truenos de la superficie, en las honduras del mar abismal, el Kraken duerme su
antiguo, no invadido sueño sin sueños. Pálidos reflejos se agitan alrededor de su oscura
forma; vastas esponjas de milenario crecimiento y altura se inflan sobre él, y en lo profundo
de la luz enfermiza, pulpos innumerables y enormes baten con brazos gigantescos la verdosa
inmovilidad, desde secretas celdas y grutas maravillosas. Yace ahí desde siglos, y yacerá,
cebándose dormido de inmensos gusanos marinos hasta que el fuego del Juicio Final caliente
el abismo. Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles, rugiendo surgirá
y morirá en la superficie".
KUYATA
Según un mito islámico, Kuyata es un gran toro dotado de cuatro mil ojos, de cuatro mil
orejas, de cuatro mil narices, de cuatro mil bocas, de cuatro mil lenguas y de cuatro mil pies.
Para trasladarse de un ojo a otro o de una oreja a otra bastan quinientos años. A Kuyata lo
sostiene el pez Bahamut; sobre el lomo del toro hay una roca de rubí, sobre la, roca un ángel
y sobre el ángel nuestra tierra.
Hay en la tierra, y hubo siempre, treinta y seis hombres rectos cuya misión es justificar el
mundo ante Dios. Son los Lamed Wufniks. No se conocen entre sí y son muy pobres. Si un
hombre llega al conocimiento de que es un Lamed Wufnik muere inmediatamente y hay otro,
acaso en otra región del planeta, que toma su lugar. Constituyen, sin sospecharlo, los secretos
pilares del universo. Si no fuera por ellos, Dios aniquilaría al género humano. Son nuestros
salvadores y no lo saben.
Esta mística creencia de los judíos ha sido expuesta por Max Brod.
La remota raíz puede buscarse en el capítulo dieciocho del Génesis, donde el Señor declara
que no destruirá la ciudad de Sodoma, si en ella hubiere diez hombres justos.
Los árabes tienen un personaje análogo, los Kutb.
LAS LAMIAS
Según los clásicos latinos y griegos, las Lamias habitaban en África. De la cintura para arriba
su forma era la de una hermosa mujer; más abajo la de una sierpe. Algunos las definieron
como hechiceras; otros como monstruos malignos. La facultad de hablar les faltaba, pero su
silbido era melodioso. En los desiertos atraían a los viajeros, para devorarlos después. Su
remoto origen era divino; procedían de uno de los muchos amores de Zeus. En aquella parte
de su Anatomía de la melancolía ( 1621) que trata de la pasión del amor, Robert Burton narra
la historia de una Lamia, que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo
"no menos agraciado que ella". Lo llevó a su palacio, que estaba en la ciudad de Corinto.
Invitado a la boda, el mago Apolonio de Tyana la llamó por su nombre; inmediatamente
desaparecieron la Lamia y el palacio. Poco antes de su muerte, John Keats (1795-1821) se
inspiró en el relato de Burton para componer su poema.
LOS LEMURES
También les dieron el nombre de "larvas". A diferencia de los Lares de la familia, que
protegían a los suyos, los Lemures, que eran las almas de los muertos malvados, erraban por
el mundo infundiendo horror a los hombres. Imparcialmente torturaban a los impíos y a los
justos. En la Roma anterior a la fe de Cristo, celebraban fiestas en su honor, durante el mes
de mayo. Las fiestas se llamaban Lamurias. Fueron instituidas por Rómulo, para apaciguar el
alma de Remo, a quien había ejecutado. Una epidemia asoló a Roma, y el oráculo, consultado
por Rómulo, aconsejó esas fiestas anuales que duraban tres noches. Los templos de las otras
divinidades se clausuraban y estaban prohibidas las bodas.
Era costumbre arrojar habas sobre las tumbas o consumirlas por el fuego, porque el humo
ahuyentaba a los Lemures. También los espantaban los tambores y las palabras mágicas. El
curioso lector puede interrogar Los Fastos de Ovidio.
LA LIEBRE LUNAR
En las manchas lunares, los ingleses creen descifrar la forma de un hombre; dos o tres
referencias al "hombre de la luna", al "man in the moon", hay en el Sueño de una noche de
verano. Shakespeare menciona su haz de espinas o maleza de espinas; ya alguno de los
versos finales del canto vigésimo del Infierno habla de Caín y de las espinas. El comentario de
Tommaso Casini recuerda a este propósito la fábula toscana de que el Señor dio a Caín la luna
por cárcel y lo condenó a cargar un haz de espinas hasta el fin de los tiempos. Otros, en la
luna, ven la Sagrada Familia, y así Lugones pudo escribir en su Lunario sentimental:
Los chinos, en cambio, hablan de la Liebre Lunar. El Buda, en una de sus vidas anteriores,
padeció hambre; para alimentarlo, una Liebre se arrojó al fuego. El Buda, como recompensa,
envió su alma a la luna. Ahí, bajo una acacia, la Liebre tritura en un mortero mágico las
drogas que integran el elixir de la inmortalidad. En el habla popular de ciertas regiones, esta
Liebre se llama "el doctor", o "liebre preciosa", o "liebre de jade".
De la liebre común se cree que vive hasta los mil años y que encanece al envejecer.
LILITH
"Porque antes de Eva fue Lilith", se lee en un texto hebreo. Su leyenda inspiró al poeta inglés
Dante Gabriel Rossetti ( 1828-1882) la composición de Edén Bawer. Lilith era una serpiente;
fue la primera esposa de Adán y le dio "glittering sons and radiant daughters" (hijos
resplandecientes e hijas radiantes). Dios creó a Eva después; Lilith, para vengarse de la mujer
humana de Adán, la instó a probar del fruto prohibido y a concebir a Caín, hermano y asesino
de Abel. Tal es la forma primitiva del mito, seguida por Rossetti. A lo largo de la Edad Media,
el influjo de la palabra "layil", que en hebreo vale por "noche", fue transformándolo. Lilith dejó
de ser una serpiente para ser un espíritu nocturno. A veces es un ángel que rige la generación
de los hombres; otras es demonios que asaltan a los que duermen solos o a los que andan por
los caminos. En la imaginación popular suele asumir la forma de una alta mujer silenciosa, de
negro pelo suelto.
Veintidós siglos antes de la era cristiana, el justo emperador Yu el Grande recorrió y midió con
sus pasos las Nueve Montañas, los Nueve Ríos y los Nueve Pantanos y dividió la tierra en
Nueve Regiones, aptas para la virtud y la agricultura. Sujetó así las Aguas que amenazaban
inundar el Cielo y la Tierra; los historiadores refieren que la división que impuso al mundo de
los hombres le fue revelada por una Tortuga sobrenatural o angelical que salió de un arroyo.
Hay quien afirma que este reptil, Madre de todas las Tortugas, estaba hecho de agua y de
fuego; otros le atribuyen una sustancia harto menos común: la luz de las estrellas que forman
la constelación del Sagitario. En el lomo se leía un tratado cósmico titulado el Hong Fan (Regla
General) o un diagrama de las Nueve Subdivisiones de ese tratado, hecho de puntos blancos y
negros.
Para los chinos, el cielo es hemisférico y la tierra es cuadrangular; por ello descubren en las
Tortugas una imagen o modelo del universo. Las Tortugas participan, por lo demás, de la
longevidad de lo cósmico; es natural que las incluyan entre los animales espirituales (junto al
unicornio, al dragón, al fénix y al tigre) y que los augures busquen presagios en su caparazón.
Than-Qui (Tortuga-Genio) es el nombre de la que reveló el Hong Fan al emperador.
LA MANDRÁGORA
Como el Borametz, la planta llamada Mandrágora confina con el reino animal, porque grita
cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan (Romeo y Julieta, IV,
3). Pitágoras la llamó "antropomorfa"; el agrónomo latino [Link] Columela, "semi-homo", y
Alberto Magno pudo escribir que las Mandrágoras figuran la humanidad con la distinción de los
sexos. Antes, Plinio había dicho que la Mandrágora blanca es el macho y la negra es la
hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran
al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla
era correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra judía de Flavio
Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero
las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.
La supuesta forma humana de las Mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen
al pie de los patíbulos. Browne (Pseudodoxia Epidémica, 1646) habla de la grasa de los
ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers (Alraune, 1913), de la simiente.
Mandrágora, en alemán, es Alraune; antes se dijo Alruna; la palabra trae su origen de runa,
que significó "misterio", "cosa escondida", y se aplicó después a los caracteres del primer
alfabeto germánico.
El Génesis (XXX, 14) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la
Mandrágora. En el siglo XII, un comentador judeo-alemán del Talmud escribe este párrafo:
"Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo,
como una calabaza, o melón, el animal llamado Yadu'a, pero el Yadu'a es en todo igual a los
hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde
alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal".
El médico Discórides identificó la Mandrágora con la circea, o "hierba de Circe", de la que se
lee en la Odisea, en el libro décimo:
"La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla
del suelo, pero los dioses son todopoderosos".
EL MANTÍCORA
Plinio (VIII, 30) refiere que, según Ctesias, médico griego de Artajerjes Mnemón, "hay entre
los etíopes un animal llamado Mantícora; tiene tres filas de dientes que calzan entre sí como
los de un peine, cara y orejas de hombre, ojos azules, cuerpo carmesí de león y cola que
termina en un aguijón, como los alacranes. Corre con suma rapidez y es muy aficionado a la
carne humana; su voz es parecida a la consonancia de la flauta y de la trompeta".
Flaubert ha mejorado esta descripción, en las últimas páginas de la Tentación de San Antonio
se lee: "El Mantícora (gigantesco león rojo, de rostro humano, con tres filas de dientes):
"Los tornasoles de mi pelaje escarlata se mezclan a la reverberación de las grandes arenas.
Soplo por mis narices del espanto de las soledades. Escupo la peste. Devoro los ejércitos,
cuando éstos se aventuran en el desierto.
"Mis uñas estan retorcidas como barrenos, mis dientes están tallados en sierra; y mi cola, que
gira, está erizada de dardos que lanzo a derecha, a izquierda, para adelante, para atrás. ¡Mira,
mira!
"El Mantícora arrojo las púas de la cola, que irradian como flechas en todas direcciones.
Llueven gotas de sangre sobre el follaje".
EL MINOTAURO
La idea de una casa hecha para que la gente se pierda es tal vez más rara que la de un
hombre con cabeza de toro, pero las dos se ayudan y la imagen del laberinto conviene a la
imagen del Minotauro. Queda bien que en el centro de una casa monstruosa haya un
habitante monstruoso.
El Minotauro, medio toro y medio hombre, nació de los amores de Pasifae, reina de Creta, con
un toro blanco que Poseidón hizo salir del mar Dédalo, autor del artificio que permitió que se
realizaran tales amores, construyó el laberinto destinado a encerrar y a ocultar al hijo
monstruoso. Éste comía carne humana; para su alimento, el rey de Creta exigió anualmente
de Atenas un tributo de siete mancebos y de siete doncellas. Teseo decidió salvar a su patria
de aquel gravamen y se ofreció voluntariamente. Ariadna, hija del rey, le dio un hilo para que
no se perdiera en los corredores; el héroe mató al Minotauro y pudo salir del laberinto.
Ovidio, en un pentámetro que trata de ser ingenioso, habla del "hombre mitad toro y toro
mitad hombre"; Dante, que conocía las palabras de los antiguos, pero no sus monedas y
monumentos, imaginó al Minotauro con cabeza de hombre y cuerpo de toro (Infierno, XII, 1-
30).
El culto del toro y de la doble hacha (cuyo nombre era "labrys", que luego pudo dar
"laberinto") era típico de las religiones prehelénicas, que celebraban Tauromaquias sagradas.
Formas humanas con cabeza de toro figuraron, a juzgar por las pinturas murales, en la
demonología cretense. Probablemente, la fábula griega del Minotauro es una tardía y torpe
versión de mitos antiquísimos, la sombra de otros sueños aún más horribles.
EL MIRMECOLEÓN
Un animal inconcebible es el Mirmecoleón, definido así por Flaubert: "León por delante,
hormiga por detrás, y con las pudendas al revés". La historia de este monstruo es curiosa. En
las Escrituras (Job, IV, 11) se lee: "El viejo león perece por falta de presa".
El texto hebreo trae "Iayish" por "león"; esta palabra anómala parecía exigir una traducción
que también fuese anómala; los Setenta recordaron un león arábigo que Eliano y Estrabón
llaman "myrmex" y forjaron la palabra "mirmecoleón".
Al cabo de unos siglos, esta derivación se perdió. Myrmex, en griego, vale por "hormiga"; de
las palabras enigmáticas "El león-hormiga perece por falta de presa" salió una fantasía que los
bestiarios medievales multiplicaron:
"El fisiólogo trata del león-hormiga; el padre tiene forma de león, la madre de hormiga; el
padre se alimenta de carne, y la madre de hierbas. Y éstos engendran el león-hormiga, que es
mezcla de los dos y que se parece a los dos porque la parte delantera es de león, la trasera de
hormiga. Así conformado, no puede comer carne, como el padre, ni hierbas, como la madre;
por consiguiente, muere".
LOS MONÓCULOS
Estos versos exageran y debilitan a otros del tercer libro de la Eneida (alabados por
Quintiliano) que a su vez exageran y debilitan a otros del noveno libro de la Odisea. Esta
declinación literaria corresponde a una declinación de la fe poética; Virgilio quiere impresionar
con su Polifemo, pero apenas cree en él, y Góngora sólo cree en lo verbal o en los artificios
verbales.
La nación de los Cíclopes no era la única que tenía un solo ojo; Plinio (VII, 2) también hace
mención de los Arimaspos:
"Nombres notables por tener sólo un ojo, y éste en la mitad de la frente. Viven en perpetua
guerra con los Grifos, especie de monstruos alados, para arrebatarles el oro que éstos extraen
de las entrañas de la tierra y que defienden con no menos codicia que la que ponen los
Arimaspos en despojarlos".
Quinientos años antes, el primer enciclopedista, Herodoto de Halicarnaso, había escrito (III,
116):
"Por el lado del norte, parece que hay en Europa copiosísima abundancia de oro, pero no
sabré decir dónde se halla ni de dónde se extrae. Cuéntase que lo roban a los Grifos los
monóculos Arimaspos; pero es harto grosera la fábula para que pueda creerse que existan en
el mundo hombres que tienen un solo ojo en la cara y son en lo restante como los demás".
EL MONO DE LA TINTA
"Este animal abunda en las regiones del norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo: está
dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache,
sedoso y flexible, suave como una almohada. Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las
personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que
hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se
queda tranquilo". WANG TA-HAI (1791)
EL MONSTRUO AQUERONTE
Un solo hombre, una sola vez, vio al monstruo Aqueronte; el hecho se produjo en el siglo XII,
en la ciudad de Cork. El texto original de la historia, escrito en irlandés, se ha perdido, pero un
monje benedictino de Regensburg (Ratisbona) lo tradujo al latín y de esa traducción el relato
pasó a muchos idiomas y, entre otros, al sueco y al español. De la versión latina quedan
cincuenta y tantos manuscritos, que concuerdan en lo esencial. Visio Tundali (Visión de
Tundal) es su nombre, y se la considera una de las fuentes del poema de Dante.
Empecemos por la voz "Aqueronte". En el décimo libro de la Odisea, es un río infernal y fluye
en los confines occidentales de la tierra habitable. Su nombre retumba en la Eneida, en la
Farsalia de Lucano y en las Metamorfosis de Ovidio. Dante lo graba en un verso:
Su la trista riviera d'Acheronte
Una tradición hace de él un titán castigado; otra, de fecha posterior, lo sitúa no lejos del polo
austral, bajo las constelaciones de las antípodas. Los etruscos tenían libros fatales que
enseñaban la adivinación, y libros aquerónticos que enseñaban los caminos del alma después
de la muerte del cuerpo. Con el tiempo, el "Aqueronte" llega a significar el "infierno". Tundal
era un joven caballero irlandés, educado y valiente, pero de costumbres no irreprochables. Se
enfermó en casa de una amiga y durante tres días y tres noches lo tuvieron por muerto, salvo
que guardaba en el corazón un poco de calor. Cuando volvió en sí, refirió que el ángel de la
guarda le había mostrado las regiones ultraterrenas. De las muchas maravillas que vio, la que
ahora nos interesa es el monstruo Aqueronte. Este es mayor que una montaña. Sus ojos
llamean y su boca es tan grande que nueve mil hombres cabrían en ella. Dos réprobos, como
dos pilares o atlantes, la mantienen abierta; uno está de pie, otro de cabeza. Tres gargantas
conducen al interior; las tres vomitan fuego que no se apaga. Del vientre de la bestia sale la
continua lamentación de infinitos réprobos devorados. Los demonios dicen a Tundal que el
monstruo se llama Aqueronte. El ángel de la guarda desaparece y Tundal es arrastrado con los
demás. Adentro de Aqueronte hay lágrimas, tinieblas, crujir de dientes, fuego, ardor
intolerante, frío glacial, perros, osos, leones y culebras. En esta leyenda, el infierno es un
animal con otros animales adentro.
En 1758, Emmanuel Swedenborg escribió: "No me ha sido otorgado ver la forma general del
Infierno, pero me han dicho que de igual manera que el Cielo tiene forma humana, el Infierno
tiene la forma de un demonio".
LOS NAGAS
Los Nagas pertenecen a las mitologías del Indostán. Se trata de serpientes, pero suelen
asumir forma humana.
Arjuna, en uno de los libros del Mahabharata, es requerido por Ulupi, hijo de un rey Naga, y
quiere hacer valer su voto de castidad; la doncella le recuerda que su deber es socorrer a los
infelices; y el héroe le concede una noche. Buda, meditando bajo la higuera, es castigado por
el viento y la lluvia; un Naga compasivo se le enrosca siete veces alrededor y despliega sobre
él sus siete cabezas, a manera de un techo. El Buda lo convierte a su fe.
Kern, en su Manual del budismo indio, define a los Nagas como serpientes parecidas a las
nubes. Habitan bajo tierra, en hondos palacios. Los sectarios del Gran Vehículo refieren que el
Buda predicó una ley a los hombres y otra a los dioses, y que ésta -la esotérica- fue guardada
en los cielos y palacios de las serpientes, que la entregaron, siglos después, al monje
Nagarjuna.
He aquí una leyenda, recogida en la India por el peregrino Fa Hsien, a principios del siglo V:
"El rey Asoka llegó a un lago, cerca del cual había una torre. Pensó destruirla para edificar otra
más alta. Un brahmán lo hizo penetrar en la torre y, una vez adentro, le dijo:
"-Mi forma humana es ilusoria; soy realmente un Naga, un dragón. Mis culpas hacen que yo
habite este cuerpo espantoso, pero observo la ley que ha dictado el Buda y espero redimirme.
Puedes destruir este santuario, si te crees capaz de erigir otro que sea mejor.
"Le mostró los vasos del culto. El rey los miró con alarma, porque eran muy distintos de los
que fabrican los hombres, y desistió de su propósito".
EL NESNÁS
Entre los monstruos de la Tentación figuran los Nesnás, que "sólo tienen un ojo, una mejilla,
una mano, una pierna, medio cuerpo y medio corazón". Un comentador. Jean-Claude
Margolin, escribe que los ha forjado Flaubert, pero el primer volumen de Las Mi! v Una Noches
de Lane (1839) los atribuye al comercio de los hombres con los demonios. El Nesnás -así
describe Lane la palabra- es "la mitad de un ser humano: tiene media cabeza, medio cuerpo,
un brazo v una pierna; brinca con suma agilidad" y habita en las soledades del Hadramaut y
del Yemen. Es capaz de lenguaje articulado; algunos tienen la cara en el pecho, como los
Blemies, y cola semejante a la de la oveja: su carne es dulce y muy buscada. Una variedad de
Nesnás con alas de murciélago abunda en la isla de Raij (acaso Borneo), en los confines de
China; "pero -añade el incrédulo expositor- Alá sabe todo".
LAS NINFAS
Paracelso limitó su habitación a las aguas, pero los antiguos las dividieron en Ninfas de las
aguas y de la tierra. De estas últimas, algunas presidían sobre los bosques. Las Hamadríadas
moraban invisiblemente en los árboles y perecían con ellos; de otras se creyó que eran
inmortales o que vivían miles de años. Las que habitaban en el mar se llamaban Oceánidas o
Nereidas; las de los ríos, Náyades. Su número preciso no se conoce; Hesíodo aventuró la cifra
de tres mil. Eran doncellas graves y hermosas; verlas podía provocar la locura y, si estaban
desnudas, la muerte. Una línea de Propercio así lo declara.
Los antiguos les ofrendaban miel, aceite y leche. Eran divinidades menores; no se erigieron
templos en su honor.
LAS NORNAS
En la mitología medieval de los escandinavos, las Nornas son las Parcas. Snorri Sturluson, que
a principios del siglo XIII ordenó esa dispersa mitología, nos dice que las principales son tres y
que sus nombres son Pasado, Presente y Porvenir. Es verosímil sospechar que la última
circunstancia es un refinamiento, o adición, de naturaleza teológica; los antiguos germanos no
eran propensos a tales abstracciones. Snorri nos enseña tres doncellas junto a una fuente, al
pie del árbol Yggdrasill, que es el mundo. Urden inexorables nuestra suerte.
El tiempo (de que están hechas) las fue olvidando, pero hacia 1606 William Shakespeare
escribió la tragedia de Macbeth, en cuya primera escena aparecen. Son las tres brujas que
predicen a los guerreros el destino que los aguarda. Shakespeare las llama las "weird sisters",
las "hermanas fatales", las Parcas. Wyrd, entre los anglosajones, era la divinidad silenciosa
que presidía sobre los inmortales y los mortales.
LA ÓCTUPLE SERPIENTE
La Óctuple Serpiente de Koshi atrozmente figura en los mitos cosmogónicos del Japón. Ocho
cabezas y ocho colas tenía; sus ojos eran del color rojo oscuro de las cerezas; pinos y musgo
le crecían en el lomo, y abetos en las frentes. Al reptar, abarcaba ocho valles y ocho colinas;
su vientre siempre estaba manchado de sangre. Siete doncellas, que eran hijas de un rey,
había devorado en siete años y se aprestaba a devorar la menor, que se llamaba Peine-
Arrozal. La salvó un dios, llamado Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho. Este paladín construyó
un gran cercado circular de madera, con ocho plataformas. En cada plataforma puso un tonel,
lleno de cerveza de arroz. La Óctuple Serpiente acudió, metió una cabeza en cada tonel, bebió
con avidez y no tardó en quedarse dormida. Entonces Valeroso-Veloz-Impetuoso-Macho le
cortó las ocho cabezas. De las heridas brotó un río de sangre. En la cola de la Serpiente se
halló una espada, que aún se venera en el Gran Santuario de Atsuta. Estas cosas ocurrieron
en la montaña que antes se llamó de la Serpiente y ahora de Ocho Nubes; el ocho, en el
Japón, es cifra sagrada y significa "muchos". El papel-moneda del Japón aún conmemora la
muerte de la Serpiente.
Inútil agregar que el redentor se casó con la redimida, como Perseo con Andrómeda.
En su versión inglesa de las cosmogonías y teogonías del Japón (The Sacred Scriptures of the
Japanese, Nueva York, 1952), Post Wheeler recuerda los mitos análogos de la Hidra, de Fafnir
y de la diosa egipcia Hathor, a quien un dios embriagó con cerveza color de sangre, para librar
de la aniquilación a los hombres.
ODRADEK
"Unos derivan del eslavo la palabra "odradek" y quieren explicar su formación mediante ese
origen. Otros la derivan del alemán y sólo admiten una influencia del eslavo. La incertidumbre
de ambas interpretaciones es la mejor prueba de que son falsas; además, ninguna de ellas
nos da una explicación de la palabra.
"Naturalmente nadie perdería el tiempo en tales estudios si no existiera realmente un ser que
se llama Odradek. Su aspecto es el de un huso de hilo, plano y con forma de estrella, y la
verdad es que parece hecho de hilo, pero de pedazos de hilos cortados, viejos, anudados y
entreverados, de distinta clase y color. No sólo es un huso; del centro de la estrella sale un
palito transversal, y en este palito se articula otro en ángulo recto. Con ayuda de este último
palito de un lado y uno de los rayos de la estrella del otro, el conjunto puede pararse, como si
tuviera dos piernas.
"Uno estaría tentado de creer que esta estructura tuvo alguna vez una forma adecuada a una
función, y que ahora está rota. Sin embargo, tal no parece ser el caso; por lo menos no hay
ningún indicio en ese sentido: en ninguna parte se ven composturas o roturas; el conjunto
parece inservible, pero a su manera completo. Nada más podemos decir, porque Odradek es
extraordinariamente movedizo y no se deja apresar.
"Puede estar en el cielo raso, en el hueco de la escalera, en los corredores, en el zaguán. A
veces pasan meses sin que uno lo vea. Se ha corrido a las casas vecinas, pero siempre vuelve
a la nuestra. Muchas veces, cuando uno sale de la puerta y lo ve en el descanso de la
escalera, dan ganas de hablarle.
Naturalmente no se le hacen preguntas difíciles, sino que se lo trata -su tamaño diminuto nos
lleva a eso- como a un niño. "¿Cómo te llamas?", le preguntan. "Odradek", dice. "¿Y dónde
vives?" "Domicilio incierto", dice y se ríe, pero es una risa sin pulmones. Suena como un
susurro de hojas secas. Generalmente el diálogo acaba ahí. No siempre se consiguen esas
respuestas; a veces guarda un largo silencio, como la madera, de que parece estar hecho.
"Inútilmente me pregunto qué ocurrirá con él. ¿Puede morir? Todo lo que muere ha tenido
antes una meta, una especie de actividad, y así se ha gastado; esto no corresponde a
Odradek. ¿Bajará la escalera arrastrando hilachas ante los pies de mis hijos y de los hijos de
mis hijos? No hace mal a nadie, pero la idea de que puede sobrevivirme es casi dolorosa para
mí".
Franz Kafka [El título original es Die Sorge des Hausvofers (La preocupación del padre de
familia).]
Además del dragón, los agricultores chinos disponen del pájaro llamado Shang Yang para
obtener la lluvia. Tiene una sola pata; en épocas antiguas los niños saltaban en un pie y
fruncían las cejas afirmando: "Lloverá porque está retozando el Shang Yang". Se refiere, en
efecto, que bebe el agua de los ríos y la deja caer sobre la tierra.
Un antiguo sabio lo domesticó y solía llevarlo en la manga. Los historiadores registran que se
paseó una vez ante el trono del príncipe Ch'i, agitando las alas y dando brincos. El príncipe,
alarmado, envió a uno de sus ministros a la corte de Lu, para consultar a Confucio. Este
predijo que el Shang Yang produciría inundaciones en la región y en las comarcas adyacentes.
Aconsejó la construcción de diques y canales. El príncipe acató las admoniciones del maestro,
y evitó así grandes desastres.
LA PANTERA
En los bestiarios medievales, la palabra "pantera" indica un animal asaz diferente del
"mamífero carnicero" de la zoología contemporánea. Aristóteles había mencionado que su olor
atrae a los demás animales; Eliano -autor latino apodado Lengua de Miel por su cabal dominio
del griego- declaró que ese olor también era agradable a los hombres. (En este rasgo, algunos
han conjeturado una confusión con el gato de algalia.) Plinio le atribuyó una mancha en el
lomo, de forma circular, que menguaba y crecía con la luna. A estas circunstancias
maravillosas vino a agregarse el hecho de que la Biblia griega de los Setenta usa la palabra
"pantera" en un lugar que puede referirse a Jesús (Oseas, V, 14).
En el bestiario anglosajón del Código de Exeter, la Pantera es un animal solitario y suave, de
melodiosa voz y aliento fragante. Hace su habitación en las montañas, en un lugar secreto. No
tiene otro enemigo que el dragón, con el que sin tregua combate. Duerme tres noches y,
cuando se despierta cantando, multitudes de hombres y animales acuden a su cueva, desde
los campos, los castillos y las ciudades, atraídos por la fragancia y la música. El dragón es el
antiguo enemigo, el Demonio; el despertar es la resurrección del Señor; las multitudes son la
comunidad de los fieles y la Pantera es Jesucristo.
Para atenuar el estupor que puede producir esta alegoría, recordemos que la Pantera no era
una bestia feroz para los Sajones, sino un sonido exótico, no respaldado por una
representación muy concreta. Cabe agregar, a título de curiosidad, que el poema Gerontion,
de Eliot, habla de Christ the tiger, de "Cristo el tigre".
Anota Leonardo da Vinci:
"La Pantera africana es como una leona, pero las patas son más altas, y el cuerpo más sutil.
Es toda blanca y está salpicada de manchas negras que parecen rosetas. Su hermosura deleita
a los animales, que siempre le andarían alrededor, si no fuera por su terrible mirada. La
Pantera, que no ignora esta circunstancia, baja los ojos; los animales se le aproximan para
gozar de tanta belleza y ella atrapa al que está más cerca y lo devora".
EL PELICANO
LA PELUDA
A orillas del Huisne, arroyo de apariencia tranquila, merodeaba durante la Edad Media la
Peluda (la velue). Este animal habría sobrevivido el Diluvio, sin haber sido recogido en el arca.
Era del tamaño de un toro; tenía cabeza de serpiente, un cuerpo esférico cubierto de pelaje
verde, armado de aguijones cuya picadura era mortal. Las patas eran anchísimas, semejantes
a las de la tortuga; con la cola, en forma de serpiente, podía matar a las personas y a los
animales. Cuando se encolerizaba, lanzaba llamas que destruían las cosechas. De noche,
saqueaba los establos. Cuando los campesinos la perseguían, se escondía en las aguas del
Huisne, que hacía desbordar, inundando toda la zona.
Prefería devorar los seres inocentes, las doncellas y los niños. Elegía a la doncella más
virtuosa, a la que llamaban la Corderita (l'agnelle). Un día, arrebató a una Corderita y la
arrastró desgarrada y ensangrentada al lecho del Huisne. El novio de la víctima cortó con una
espada la cola de la Peluda, que era su único lugar vulnerable. El monstruo murió
inmediatamente. Lo embalsamaron y festejaron su muerte con tambores, con pífanos y
danzas.
EL PERITIO
Parece que la sibila de Eritrea afirmó en uno de sus oráculos que Roma sería destruida por los
Peritios.
Al desaparecer dichos oráculos en el año 642 de nuestra era (fueron quemados
accidentalmente), quien se ocupó en restituirlos omitió el vaticinio y por ello en los mismos no
hay indicación alguna al respecto.
Ante tan oscuro antecedente, se hizo necesario buscar una fuente que arrojara mayor luz
sobre el particular. Así fue como tras mil y un inconvenientes se supo que en el siglo XVI un
rabino de Fez (con toda seguridad Aaron-Ben-Chaim) había publicado un folleto dedicado a los
animales fantásticos, donde traía a colación la obra de un autor árabe leída por él, en la que
se mencionaba la pérdida de un tratado sobre los Peritios, al incendiar Omar la biblioteca de
Alejandría. Si bien el rabino no ha dado el nombre del autor árabe, tuvo la feliz idea de
transcribir algunos párrafos de su obra, dejándonos una valiosa referencia del Peritio. A falta
de mayores elementos, es juicioso limitarse a copiar textualmente dichos párrafos; helos aquí:
"Los Peritios habitan en la Atlántida y son mitad ciervos, mitad aves. Tienen del ciervo la
cabeza y las patas. En cuanto al cuerpo, es un ave perfecta con sus correspondientes alas y
plumaje.
"Su más asombrosa particularidad consiste en que, cuando les da el sol, en vez de proyectar
la sombra de su figura, proyectan la de un ser humano, de donde algunos concluyen que los
Peritios son espíritus de individuos que murieron lejos de la protección de los dioses.
"...se los ha sorprendido alimentándose de tierra seca... vuelan en bandadas y se los ha visto
a gran altura en las Columnas de Hércules.
"...ellos (los Peritios) son temibles enemigos del género humano. Parece que cuando logran
matar a un hombre, inmediatamente su sombra obedece a su cuerpo y alcanzan el favor de
los dioses...
"...los que cruzaron las aguas con Escipión para vencer a Cartago estuvieron a muy poco de
fracasar en su empresa, pues durante la travesía apareció un grupo compacto de Peritios, que
mataron a muchos... Si bien nuestras armas son impotentes ante el Peritio, el animal no
puede matar a más de un hombre.
"...se revuelca en la sangre de su víctima y luego huye hacia las alturas.
"...En Ravena, donde los vieron hace pocos años, dicen que su plumaje es de color celeste, lo
cual me sorprende mucho por cuanto he "leído" que se trata de un verde muy oscuro".
Aun cuando los párrafos que anteceden son suficientemente explícitos, es lamentable que a
nuestros días no haya llegado ninguna otra información atendible sobre los Peritios.
El folleto del rabino que permitió esta descripción se hallaba depositado hasta antes de la
última guerra mundial en la Universidad de Munich. Doloroso resulta decirlo, pero en la
actualidad ese documento también ha desaparecido, no se sabe si a consecuencia de un
bombardeo o por obra de los nazis.
Es de esperar que, si fue esta última la causa de su pérdida, con el tiempo reaparezca para
adornar alguna biblioteca del mundo.
LOS PIGMEOS
Para los antiguos, esta nación de enanos habitaba en los confines del Indostán o de Etiopía.
Ciertos autores aseveran que edificaban sus moradas con cáscaras de huevo. Otros, como
Aristóteles, han escrito que vivían en cuevas subterráneas. Para cosechar el trigo se armaban
de hachas como para talar una selva. Cabalgaban corderos y cabras, de tamaño adecuado.
Anualmente los invadían bandadas de grullas, procedentes de las llanuras de Rusia.
Pigmeo era asimismo el nombre de una divinidad, cuyo rostro esculpían los cartagineses en la
proa de las naves de guerra, para aterrar a sus enemigos.
LA QUIMERA
La primera noticia de la Quimera está en el libro sexto de la Ilíada. Ahí está escrito que era de
linaje divino y que por delante era un león, por el medio una cabra y por el fin una serpiente;
echaba fuego por la boca y la mató el hermoso Belerofonte, hijo de Glauco, según lo habían
presagiado los dioses. Cabeza de león, vientre de cabra y cola de serpiente, es la
interpretación más natural que admiten las palabras de Homero, pero la Teogonía de Hesíodo
la describe con tres cabezas, y así está figurada en el famoso bronce de Arezzo, que data del
siglo V. En la mitad del lomo está la cabeza de cabra, en una extremidad la de serpiente, en
otra la de león.
En el libro sexto de la Eneida reaparece "la Quimera armada de llamas"; el comentador Servio
Honorato observó qué, según todas las autoridades, el monstruo era originario de Licia y que
en esa región hay un volcán que lleva su nombre. La base está infestada de serpientes, en las
laderas hay praderas y cabras, la cumbre exhala llamaradas y en ella tienen su guarida los
leones; la Quimera seria una metáfora de esa curiosa elevación. Antes, Plutarco había
sugerido que Quimera era el nombre de un capitán de aficiones piráticas, que había hecho
pintar en su barco un león, una cabra y una culebra.
Estas conjeturas absurdas prueban que la Quimera ya estaba cansando a la gente. Mejor que
imaginarla era traducirla en cualquier otra cosa. Era demasiado heterogénea; el león, la cabra
y la serpiente (en algunos textos, el dragón) se resistían a formar un solo animal. Con el
tiempo, la Quimera tiende a ser "lo quimérico"; una broma famosa de Rabelais ("Si una
quimera, bamboleándose en el vacío, puede comer segundas intenciones") marca muy bien la
transición. La incoherente forma desaparece y la palabra queda, para significar lo imposible.
"Idea falsa", "vana imaginación", es la definición de Quimera que ahora da el diccionario.
REPTIL SOÑADO POR C. S. LEWIS
"Lentamente, temblorosa, con movimientos inhumanos una forma humana, escarlata bajo el
resplandor del fuego, salió del orificio a la caverna. Era el Inhumano, desde luego; arrastrando
su pierna rota y con la mandíbula inferior colgante como la de un cadáver, se puso de pie. Y
entonces, poco después de él, otro cuerpo apareció por el agujero. Primero salieron una
especie de ramas de árbol y después seis o siete puntos luminosos agrupados como una
constelación; luego, una masa tubular que reflejaba el resplandor rojo como si estuviese
pulida. El corazón le dio un vuelco al ver las ramas convertirse súbitamente en largos
tentáculos de alambre y los puntos de luz en otros tantos ojos de una cabeza recubierta de
caparazón, que fue seguida de un cuerpo cilíndrico y rugoso. Siguieron horribles cosas
angulares, piernas de varias articulaciones, y finalmente, cuando creía que todo el cuerpo
estaba ya a la vista, apareció otro cuerpo siguiendo al primero y otro tras el segundo. Aquel
ser se dividía en tres partes, unidas entre sí sólo por una especie de cintura de avispa, tres
partes que no parecían estar debidamente alineadas y daban la sensación de haber sido
pisoteadas; era una deformidad temblorosa, enorme, con cien pies, que yacía inmóvil al lado
del Inhumano, proyectando ambos sobre el muro de roca sus dos sombras enormes en unida
amenaza..".
C. S. Lewis. Perelandra, 1949
Heráclito enseñó que el elemento primordial era el fuego, pero ello no equivale a imaginar
seres hechos de fuego, seres labrados en la momentánea y cambiante sustancia de las llamas.
Esta casi imposible concepción la intentó William Morris, en el relato "El anillo dado a Venus"
del ciclo El Paraíso terrenal (1868-1870). Dicen así los versos:
"El Señor de aquellos dominios era un gran rey, coronado y cetrado. Como una llama blanca
resplandecía su rostro, perfilado como un rostro de piedra; pero era un fuego que se
transformaba y no carne, y lo surcaba el deseo, el odio y el terror. Su cabalgadura era
prodigiosa; no era caballo ni dragón ni hipogrifo; se parecía y no se parecía a esas bestias, y
cambiaba como las figuras de un sueño".
Tal vez en lo anterior hay algún influjo de la deliberadamente ambigua personificación de la
Muerte en el Paraíso perdido (II, 666-73). Lo que parece la cabeza lleva corona y el cuerpo se
confunde con la sombra que proyecta alrededor.
LA SALAMANDRA
Al promediar el siglo XII, circuló por las naciones de Europa una falsa carta, dirigida por el
Preste Juan, rey de reyes, al emperador bizantino. Esta epístola, que es un catálogo de
prodigios, habla de monstruosas hormigas que excavan oro, y de un Río de Piedras, y de un
Mar de Arena con peces vivos, y de un espejo altísimo que revela cuanto ocurre en el reino, y
de un cetro labrado de una esmeralda, y de guijarros que confieren invisibilidad o alumbran la
noche. Uno de los párrafos dice: "Nuestros dominios dan el gusano llamado Salamandra. Las
Salamandras viven en el fuego y hacen capullos, que las señoras del palacio devanan, y usan
para tejer telas y vestidos. Para lavar y limpiar estas telas las arrojan al fuego".
De estos lienzos y telas incombustibles que se limpian con fuego, hay mención en Plinio (XIX,
4) y en Marco Polo (I, 39). Aclara este último: "La Salamandra es una substancia, no un
animal". Nadie, al principio, le creyó; las telas, fabricadas de amianto, se vendían como piel de
Salamandra y fueron testimonio incontrovertible de que la Salamandra existía.
En alguna página de su Vida, Benvenuto Cellini cuenta que, a los cinco años, vio jugar en el
fuego a un animalito, parecido a la lagartija. Se lo contó a su padre. Este le dijo que el animal
era una Salamandra y le dio una paliza, para que esa admirable visión, tan pocas veces
permitida a los hombres, se le grabara en la memoria.
Las Salamandras, en la simbología de la alquimia, son espíritus elementales del fuego. En esta
atribución y en un argumento de Aristóteles, que Cicerón ha conservado en el primer libro de
su De natura Deorum, se descubre por qué los hombres propendieron a creer en la
Salamandra. El médico siciliano Empédocles de Agrigento había formulado la teoría de cuatro
"raíces de cosas" cuyas desuniones y uniones, movidas por la Discordia y por el Amor,
componen la historia universal. No hay muerte; sólo hay partículas de "raíces", que los latinos
llamarían "elementos", y que se desunen. Estas son el fuego, la tierra, el aire y el agua. Son
increadas y ninguna es más fuerte que otra. Ahora sabemos (ahora creemos saber) que esta
doctrina es falsa, pero los hombres la juzgaron preciosa y general- mente se admite que fue
benéfica. "Los cuatro elementos que integran y mantienen el mundo y que aún sobreviven en
la poesía y en la imaginación popular tienen una historia larga y gloriosa", ha escrito Theodor
Gomperz. Ahora bien, la doctrina exigía una paridad de los cuatro elementos. Si había
animales de la tierra y del agua, era preciso que hubiera animales del fuego. Era preciso, para
la dignidad de la ciencia, que hubiera Salamandras. En otro artículo veremos cómo Aristóteles
logró animales del aire. Leonardo da Vinci entiende que la Salamandra se alimenta de fuego y
que éste le sirve para cambiar la piel.
LOS SÁTIROS
Así los griegos los llamaron; en Roma les dieron el nombre de Faunos, de Panes y de Silvanos.
De la cintura para abajo eran cabras; el cuerpo, los brazos y el rostro eran humanos y
velludos. Tenían cuernecitos en la frente, orejas puntiagudas y la nariz encorvada. Eran
lascivos y borrachos. Acompañaron al dios Baco en su alegre conquista del Indostán. Tendían
emboscadas a las Ninfas; los deleitaba la danza y tocaban diestramente la flauta. Los
campesinos los veneraban y les ofrecían las primicias de las cosechas. También les
sacrificaban corderos.
Un ejemplar de esas divinidades menores fue apresado en una cueva de Tesalia por los
legionarios de Sila, que lo trajeron a su jefe. Emitía sonidos inarticulados y era tan repulsivo
que Sila inmediatamente ordenó que lo restituyeran a las montañas.
El recuerdo de los Sátiros influyó en la imagen medieval de los diablos.
SERES TÉRMICOS
Al visionario y teósofo Rudolf Steiner le fue revelado que este planeta, antes de ser la tierra
que conocemos, pasó por una etapa solar, y antes por una etapa saturnina. El hombre, ahora,
consta de un cuerpo físico, de un cuerpo etéreo, de un cuerpo astral y de un yo; a principios
de la etapa o época saturnina, era un cuerpo físico, únicamente. Este cuerpo no era visible ni
siquiera tangible, ya que entonces no había en la tierra ni sólidos ni líquidos ni gases. Sólo
había estados de calor, Formas Térmicas. Los diversos colores definían en el espacio cósmico
figuras regulares e irregulares; cada hombre, cada ser, era un organismo hecho de
temperaturas cambiantes. Según el testimonio de Steiner, la humanidad de la época saturnina
fue un ciego y sordo e impalpable conjunto de calores y fríos articulados. "Para el
investigador, el calor no es otra cosa que una substancia aún más sutil que un gas", leemos
en una página de la obra Die Geheimwissenschaft im Umriss (Bosquejo de las Ciencias
Ocultas). Antes de la etapa solar, espíritus del fuego o arcángeles animaron los cuerpos de
aquellos "hombres", que empezaron a brillar y a resplandecer.
¿Soñó estas cosas Rudolf Steiner? ¿Las soñó porque alguna vez habían ocurrido, en el fondo
del tiempo? Lo cierto es que son harto más asombrosas que los demiurgos y serpientes y
toros de otras cosmogonías.
LOS SILFOS
A cada una de las cuatro raíces o elementos en que los griegos habían dividido la materia,
correspondió después un espíritu. En la obra de Paracelso, alquimista y médico suizo del siglo
XVI, figuran cuatro espíritus elementales: los Gnomos de la tierra, las Ninfas del agua, las
Salamandras del fuego, y los Silfos o Sílfides del aire. Estas palabras son de origen griego.
Littré ha buscado la etimología de "Silfo" en las lenguas celtas, pero es del todo inverosímil
que Paracelso conociera o siquiera sospechara esas lenguas.
Nadie cree en los Silfos, ahora; pero la locución "figura de sílfide" sigue aplicándose a las
mujeres esbeltas, como elogio trivial. Los Silfos ocupan un lugar intermedio entre los seres
materiales y los inmateriales. La poesía romántica y el ballet no los han desdeñado.
EL SIMURG
El Simurg es un pájaro inmortal que anida en las ramas del Árbol de la Ciencia. Burton lo
equipara con el águila escandinava que, según la Edda Menor, tiene conocimiento de muchas
cosas y anida en las ramas del Árbol Cósmico, que se llama Yggdrasill.
El Thalaba (1801) de Southey y la Tentación de San Antonio (1874) de Flaubert hablan del
Simorg Anka; Flaubert lo rebaja a servidor de la reina Belkis y lo describe como un pájaro de
plumaje anaranjado y metálico, de cabecita humana, provisto de cuatro alas, de garras de
buitre y de una inmensa cola de pavo real. En las fuentes originales el Simurg es más
importante. Firdusi, en el Libro de reyes, que recopila y versifica antiguas leyendas del Irán, lo
hace padre adoptivo de Zal, padre del héroe del poema; Farid al-Din Attar, en el siglo XIII, lo
eleva a símbolo o imagen de la divinidad. Esto sucede en el Mantiq al-Tayr (Coloquio de los
Pájaros). El argumento de esta alegoría, que integran unos cuatro mil quinientos dÍsticos, es
curioso. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de China una pluma
espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su presente anarquía. Saben que el
nombre de su rey quiere decir "treinta pájaros"; saben que su alcázar está en el Kaf, la
montaña o cordillera circular que rodea la tierra. Al principio, algunos pájaros se acobardan: el
ruiseñor alega su amor por la rosa; el loro, la belleza que es la razón de que viva enjaulado; la
perdiz no puede prescindir de las sierras, ni la garza de los pantanos, ni la lechuza de las
ruinas. Acometen al fin la desesperada aventura; superan siete valles o mares; el nombre del
penúltimo es Vértigo; el último se llama Aniquilación. Muchos peregrinos desertan; otros
mueren en la travesía. Treinta, purificados por sus trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo
contemplan al fin: perciben que ellos son el Simurg, y que el Simurg es cada uno de ellos y
todos ellos.
El cosmógrafo AI-Qazwiní, en sus Maravillas de la creación, afirma que el Simorg Anka vive
mil setecientos años y que, cuando el hijo ha crecido, el padre enciende una pira y se quema.
"Esto -observa Lane- recuerda la leyenda del Fénix".
SIRENAS
A lo largo del tiempo, las Sirenas cambian de forma. Su primer historiador, el rapsoda del
duodécimo libro de la Odisea, no nos dice cómo eran; para Ovidio, son aves de plumaje rojizo
y cara de virgen; para Apolonio de Rodas, de medio cuerpo arriba son mujeres y, abajo, aves
marinas; para el maestro Tirso de Molina (y para la heráldica), "la mitad mujeres, peces la
mitad". No menos discutible es su género; el diccionario clásico de Lempriére entiende que
son ninfas, el de Quicherat que son monstruos y el de Grimal que son demonios. Moran en
una isla del poniente, cerca de la isla de Circe, pero el cadáver de una de ellas, Parténope, fue
encontrado en Campania, y dio su nombre a la famosa ciudad que ahora lleva el de Nápoles, y
el geógrafo Estrabón vio su tumba y presenció los juegos gimnásticos que periódicamente se
celebraban para honrar su memoria.
La Odisea refiere que las Sirenas atraían y perdían a los navegantes y que Ulises, para oír su
canto y no perecer, tapó con cera los oídos de los remeros y ordenó que lo sujetaran al mástil.
Para tentarlo, las Sirenas le ofrecieron el conocimiento de todas las cosas del mundo.
"Nadie ha pasado por aquí en su negro bajel sin haber escuchado de nuestra boca la voz dulce
como el panal, y haberse regocijado con ella y haber proseguido más sabio... Porque sabemos
todas las cosas: cuantos afanes padecieron argivos y troyanos en la ancha Tróada por
determinación de los dioses, y sabemos cuanto sucederá en la tierra fecunda" (Odisea, Xll).
Una tradición recogida por el mitólogo Apolodoro, en su Biblioteca, narra que Orfeo, desde la
nave de los argonautas, cantó con más dulzura que las Sirenas y que éstas se precipitaron al
mar y quedaron convertidas en rocas, porque su ley era morir cuando alguien no sintiera su
hechizo. También la Esfinge se precipitó desde lo alto cuando adivinaron su enigma.
En el siglo VI, una Sirena fue capturada y bautizada en el norte de Gales, y figuró como una
santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgen. Otra, en 1403, pasó por
una brecha en un dique, y habitó en Haarlem hasta el día de su muerte. Nadie la comprendía,
pero le enseñaron a hilar y veneraba como por instinto la cruz. Un cronista del siglo XVI
razonó que no era un pescado porque sabía hilar, y que no era una mujer porque podía vivir
en el agua.
El idioma inglés distingue la Sirena clásica (siren) de las que tienen cola de pez (mermaids).
En la formación de esta última imagen habrían influido por analogía los Tritones, divinidades
del cortejo de Poseidón.
En el décimo libro de la República, ocho Sirenas presiden la revolución de los ocho cielos
concéntricos. Sirena: supuesto animal marino, leemos en un diccionario brutal.
EL SQUONK
"La zona del Squonk es muy limitada. Fuera de Pennsylvania pocas personas han oído hablar
de él, aunque se dice que es bastante común en los cicutales de aquel Estado. El Squonk es
muy hosco y generalmente viaja a la hora del crepúsculo. La piel, que está cubierta de
verrugas y lunares, no le calza bien; los mejores jueces declaran que es el más desdichado de
todos los animales. Rastrearlo es fácil, porque llora continuamente y deja una huella de
lágrimas. Cuando lo acorralan y no puede huir o cuando lo sorprenden y lo asustan, se
disuelve en lágrimas. Los cazadores de Squonks tienen más éxito en las noches de frío y de
luna, cuando las lágrimas caen despacio y al animal no le gusta moverse; su llanto se oye bajo
las ramas de los oscuros arbustos de cicuta.
"EI señor J. P. Wentling, antes de Pennsylvania y ahora establecido en St. Anthony Park,
Minnesota, tuvo una triste experiencia con un Squonk cerca de Monte Alto. Había remedado el
llanto del Squonk y lo había inducido a meterse en una bolsa, que llevaba a su casa, cuando
de pronto el peso se aligeró y el llanto cesó. Wentling abrió la bolsa; sólo quedaban lágrimas y
burbujas".
William T. Cox. Fearsome Creatures of the Lumberwoods. Washington, 1910
TALOS
Los seres vivos hechos de metal o de piedra integran una especie alarmante de la zoología
fantástica. Recordemos los airados toros de bronce que respiraban fuego y que Jasón, por
obra de las artes mágicas de Medea, logró uncir al arado; la estatua psicológica de Condillac,
de mármol sensible; el barquero de cobre, con una lámina de plomo en el pecho, en la que se
leían nombres y talismanes, que rescató y abandonó, en Las Mil y Una Noches, al tercer
mendigo hijo de rey, cuando éste hubo derribado al jinete de la Montaña del Imán; las
muchachas "de suave plata y de furioso oro" que una diosa de la mitología de William Blake
apresó para un hombre, en redes de seda; las aves de metal que fueron nodrizas de Ares; y
Talos, el guardián de la isla de Creta.
[NOTA: A la serie podemos agregar un animal de tiro: el rápido jabalí Guillinbursti, cuyo
nombre quiere decir "el de cerdas de oro", y que también se llama Slidrugtanni, "el de
peligrosos colmillos". "Esta obra viva de herrería -escribe el mitólogo Paul Herrmann- salió de
la fragua de los habilidosos enanos; éstos arrojaron al fuego una piel de cerdo y sacaron un
jabalí de oro, capaz de recorrer la tierra, el agua y el aire. Por oscura que sea la noche,
siempre hay bastante claridad en el sitio en que esté el jabalí". Guillinbursti tira del coche de
Freyr, dios escandinavo de la generación y de la fecundidad.]
Algunos lo declaran obra de Vulcano o de Dédalo; Apolonio de superviviente de una Raza de
Bronce.
Tres veces al día daba la vuelta a la isla de Creta y arrojaba peñascos a los que pretendían
desembarcar. Caldeado al rojo vivo, abrazaba a los hombres y los mataba. Sólo era vulnerable
en el talón; guiados por la hechicera Medea, Cástor y Pólux, los Dióscuros, le dieron muerte.
EL T'AO-T'IEH
Los poetas y la mitología lo ignoran; pero todos, alguna vez, lo hemos descubierto en la
esquina de un capitel o en el centro de un friso, y hemos sentido un ligerísimo desagrado. El
perro que guardaba los rebaños del triforme Gerión tenía dos cabezas y un cuerpo y
felizmente Hércules lo mató; el T'ao-T'ieh invierte ese procedimiento y es más horrible, porque
la desaforada cabeza proyecta un cuerpo a la derecha y otro a la izquierda. Suele tener seis
patas, porque las delanteras sirven para los dos cuerpos. La cara puede ser de dragón, de
tigre o de persona; "máscara de ogro" la llaman los historiadores del arte. Es un monstruo
formal, inspirado por el demonio de la simetría a escultores, alfareros y ceramistas. Mil
cuatrocientos años antes de la era cristiana, bajo la dinastía de los Shang, ya figuraba en
bronces rituales.
T'ao-T'ieh quiere decir "glotón". Los chinos lo pintan en la vajilla, para enseñar frugalidad.
Para los annamitas, tigres o genios personificados por tigres rigen los rumbos del espacio.
El Tigre Rojo preside el sur (que está en lo alto de los mapas); le corresponden el estío y el
fuego.
El Tigre Negro preside el norte; le corresponden el invierno y el agua.
El Tigre Azul preside el oriente; le corresponden la primavera y las plantas.
El Tigre Blanco preside el occidente; le corresponden el otoño y los metales.
Sobre estos Tigres Cardinales hay otro Tigre, el Tigre Amarillo, que gobierna a los otros y está
en el centro, como él Emperador está en el centro de China y China está en el centro del
mundo. (Por eso la llaman el Imperio Central; por eso, ocupa el centro del mapamundi que el
P. Ricci, de la Compañía de Jesús, trazó a fines del siglo XVl para instruir a los chinos.)
Lao Tse ha encomendado a los Cinco Tigres la misión de guerrear contra los demonios. Una
plegaria annamita, vertida al francés por Louis Cho Chod, implora con devoción el socorro de
sus incontenibles ejércitos. Esta superstición es de origen chino; los sinólogos hablan de un
Tigre Blanco, que preside la remota región de las estrellas occidentales. En el sur, los chinos
ubican un Pájaro Rojo; en el oriente, un Dragón Azul; en el norte, una Tortuga negra. Como
se ve, los annamitas han conservado los colores, pero han unificado los animales.
Los Bhils, pueblo del centro del Indostán, creen en infiernos para Tigres; los malayos saben de
una ciudad en el corazón de la jungla, con vigas de huesos humanos, con muros de pieles
humanas, con aleros de cabelleras humanas, construida y habitada por Tigres.
LOS TROLLS
En Inglaterra, las Valquirias quedaron relegadas a las aldeas y degeneraron en brujas; en las
naciones escandinavas los gigantes de la antigua mitología, que habitaban en Jotunheim y
guerreaban con el dios Thor, han decaído en rústicos Trolls. En la cosmogonía que da principio
a la Edda Mayor, se lee que, el día del Crepúsculo de los Dioses, los gigantes escalarán y
romperán Bifrost, el arco iris, y destruirán el mundo, secundados por un lobo y una serpiente;
los Trolls de la superstición popular son Elfos malignos y estúpidos, que moran en las cuevas
de las montañas o en deleznables chozas. Los más distinguidos están dotados de dos o tres
cabezas.
El poema dramático Peer Gynt (1867) de Henrik Ibsen les asegura su fama. Ibsen imagina que
son, ante todo, nacionalistas; piensan, o tratan de pensar que el brebaje atroz que fabrican es
delicioso y que sus cuevas son alcázares. Para que Peer Gynt no perciba la sordidez de su
ámbito, le proponen arrancarle los ojos.
EL UNICORNIO
La primera versión del Unicornio casi coincide con las últimas. Cuatrocientos años antes de la
era cristiana, el griego Ctesias, médico de Artajerjes Mnemón, refiere que en los reinos del
Indostán hay muy veloces asnos silvestres, de pelaje blanco, de cabeza purpúrea, de ojos
azules, provistos de un agudo cuerno en la frente, que en la base es blanco, en la punta rojo y
en el medio es plenamente negro. Plinio agrega otras precisiones (VIII, 31):
"Dan caza en la India a otra fiera: el Unicornio, semejante por el cuerpo al caballo, por la
cabeza al ciervo, por las patas al elefante, por la cola al jabalí. Su mugido es grave; un largo y
negro cuerno se eleva en medio de su frente. Se niega que pueda ser apresado vivo".
El orientalista Schrader, hacia 1892, pensó que el Unicornio pudo haber sido sugerido a los
griegos por ciertos bajorrelieves persas, que representan toros de perfil, con un solo cuerno.
En las Etimologías de Isidoro de Sevilla, redactadas a principios del siglo VII, se lee que una
cornada del Unicornio suele matar al elefante; ello recuerda la análoga victoria del Karkadán
(rinoceronte), en el segundo viaje de Simbad'. Otro adversario del Unicornio era el león, y una
octava real del segundo libro de la inextricable epopeya The Faerie Queene conserva la
manera de su combate. El león se arrima a un árbol; el Unicornio, con la frente baja, lo
embiste; el león se hace a un lado, y el Unicornio queda clavado al tronco. La octava data del
siglo xvI; a principios del XVIII, la unión del reino de Inglaterra con el reino de Escocia
confrontaría en las armas de Gran Bretaña el Leopardo (león) inglés con el Unicornio escocés.
En la Edad Media, los bestiarios enseñan que el Unicornio puede ser apresado por una niña; en
el Physiologus Graecus se lee: "Cómo lo apresan. Le ponen por delante una virgen y salta al
regazo de la virgen y la virgen lo abriga con amor y lo arrebata al palacio de los reyes". Una
medalla de Pisanello y muchas y famosas tapicerías ilustran este triunfo, cuyas aplicaciones
alegóricas son notorias. El Espíritu Santo, Jesucristo, el mercurio y el espacio sideral han sido
figurados por el Unicornio. La obra de Jung Psychologie und Alchemie (Zurich, 1944) historia y
analiza estos simbolismos.
Un caballito blanco con patas traseras de antílope, barba de chivo y un largo y retorcido
cuerno en la frente, es la representación habitual de este animal fantástico.
Leonardo da Vinci atribuye la captura del Unicornio a su sensualidad; ésta le hace olvidar su
fiereza y recostarse en el regazo de la doncella, y así lo apresan los cazadores.
1. Este nos dice que el cuerno del rinoceronte, partido en dos, muestra la figura de un
hombre; AI-Qazwiní dice que la de un hombre a caballo, y otros hablan de pájaros y de peces.
EL UNICORNIO CHINO
El Unicornio Chino o K'i-lin es uno de los cuatro animales de buen agüero; los otros son el
dragón, el fénix y la tortuga. El Unicornio es el primero de los animales cuadrúpedos; tiene
cuerpo de ciervo, cola de buey y cascos de caballo; el cuerno que le crece en la frente está
hecho de carne; el pelaje del lomo es de cinco colores entreverados; el del vientre es pardo o
amarillo. No pisa el pasto verde y no hace mal a ninguna criatura. Su aparición es presagio del
nacimiento de un rey virtuoso. Es de mal agüero que lo hieran o que hallen su cadáver. Mil
años es el término natural de su vida.
Cuando la madre de Confucio lo llevaba en el vientre, los espíritus de los cinco planetas le
trajeron un animal "que tenía la forma de vaca, escamas de dragón y en la frente un cuerno".
Así refiere Soothill la anunciación; una variante recogida por Wilhelm dice que el animal se
presentó solo y escupió una lámina de jade en la que se leían estas palabras:
"Hijo del cristal de la montaña (o de la esencia del agua), cuando haya caído la dinastía,
mandarás como rey sin insignias reales".
Setenta años después, unos cazadores mataron un K'i-lin que aún guardaba en el cuerno un
trozo de cinta que la madre de Confucio le ató. Confucio lo fue a ver y lloró porque sintió lo
que presagiaba la muerte de ese inocente y misterioso animal y porque en la cinta estaba el
pasado.
En el siglo XIII, una avanzada de la caballería de Zingis Khán, que había emprendido la
invasión de la India, divisó en los desiertos un animal "semejante al ciervo, con un cuerno en
la frente, pelaje verde", que les salió al encuentro y les dijo: "Ya es hora de que vuelva a su
tierra vuestro señor". Uno de los ministros chinos de Zingis, consultado por él, explicó que el
animal era un Chio-tuan, una variedad del K'i-lin. Cuatro inviernos hacía que el gran ejército
guerreaba en las regiones occidentales; el Cielo, harto de que los hombres derramaran la
sangre de los hombres, había enviado ese aviso. El emperador desistió de sus planes bélicos.
Veintidós siglos antes de la era cristiana, uno de los jueces de Shun disponía de un "chivo
unicorne", que no agredía a los injustamente acusados y que topaba a los culpables.
En la Anthologie raisonnée de la littérature chinoise (1948), de Margouliés, figura este
misterioso y tranquilo apólogo, obra de un prosista del siglo IX:
"Universalmente se admite que el Unicornio es un ser sobrenatural y de buen agüero; asi lo
declaran las odas, los anales, las biografías de varones ilustres y otros textos cuya autoridad
es indiscutible. Hasta los párvulos y las mujeres del pueblo saben que el Unicornio constituye
un presagio favorable. Pero este animal no figura entre los animales domésticos, no siempre
es fácil encontrarlo, no se presta a una clasificación. No es como el caballo o el toro, el lobo o
el ciervo. En tales condiciones, podríamos estar frente al Unicornio y no sabríamos con
seguridad que lo es. Sabemos que tal animal con crin es caballo y que tal animal con cuernos
es toro. No sabemos cómo es el Unicornio".
EL UROBOROS
Ahora el océano es un mar o un sistema de mares; para los griegos era un río circular que
rodeaba la tierra. Todas las aguas fluían de él y no tenía ni desembocadura ni fuentes. Era
también un dios o un titán, quizás el más antiguo, porque el Sueño, en el libro decimocuarto
de la Ilíada, lo llama origen de los dioses; en la Teogonía de Hesíodo, es el padre de todos los
ríos del mundo, que son tres mil, y que encabezan el Alfeo y el Nilo. Un anciano de barba
caudalosa era su personificación habitual; la humanidad, al cabo de siglos, dio con un símbolo
mejor.
Heráclito había dicho que en la circunferencia el principio y el fin son un solo punto. Un
amuleto griego del siglo llI, conservado en el Museo Británico, nos da la imagen que mejor
puede ilustrar esta infinitud: la serpiente que se muerde la cola o, como bellamente dirá
Martínez Estrada, "que empieza al fin de su cola". Uroboros (el que se devora la cola) es el
nombre técnico de este monstruo, que luego prodigaron los alquimistas.
Su más famosa aparición está en la cosmogonía escandinava. En la Edda Prosaica o Edda
Menor, consta que Loki engendró un lobo y una serpiente. Un oráculo advirtió a los dioses que
estas criaturas serían la perdición de la tierra. A1 lobo, Fenrir, lo sujetaron con una cadena
forjada con seis cosas imaginarias: "el ruido de la pisada del gato, la barba de la mujer, la raíz
de la roca, los tendones del oso, el aliento del pez y la saliva del pájaro". A la serpiente,
Jórmungandr, "la tiraron al mar que rodea la tierra y en el mar ha crecido de tal manera que
ahora también rodea la tierra y se muerde la cola".
En Jótunheim, que es la tierra de los gigantes, Utgarda-Loki desafía al dios Thor a Ievantar un
gato; el dios, empleando toda su fuerza, apenas logra que una de las patas no toque el sueló;
el gato es la serpiente. Thor ha sido engañado por artes mágicas.
Cuando llegue el Crepúsculo de los Dioses, Ia serpiente devorará la tierra, y el lobo, el sol.
LAS VALQUIRIAS
Valquiria significa, en las primitivas lenguas germánicas, "la que elige a los muertos". Un
conjuro anglosajón contra los dolores neurálgicos las describe, sin nombrarlas directamente,
de esta manera:
"Resonantes eran, sí, resonantes, cuando cabalgaban sobre la altura. Eran resueltas, cuando
cabalgaban sobre la tierra. Poderosas mujeres...".
No sabemos cómo las imaginaban las gentes de Alemania o de Austria; en la mitología
escandinava son vírgenes armadas y hermosas. Su número habitual era tres.
Elegían a los caídos en el combate y llevaban sus almas al épico paraíso de Odín, cuya
techumbre era de oro y que iluminaban espadas, no lámparas. Desde la aurora, los guerreros,
en ese paraíso, combatían hasta morir, luego resucitaban y compartían el banquete divino,
donde les ofrecían la carne de un jabalí inmortal e inagotables cuernos de hidromiel.
Bajo el creciente influjo del cristianismo, el nombre de Valquiria degeneró; un juez en la
Inglaterra medieval hizo quemar a una pobre mujer acusada de ser una Valquiria, es decir una
bruja.
LOS YINN
Alá, según la tradición islámica, hizo a los ángeles con luz, a los Yinn con fuego y a los
hombres con polvo. Hay quien afirma que la materia de los segundos es un oscuro fuego de
humo. Fueron creados dos mil años antes de Adán, pero su estirpe no alcanzará el día del
Juicio Final.
Al-Qazwiní los definió como "vastos animales aéreos de cuerpo transparente, capaces de
asumir varias formas". Al principio se muestran como nubes o como altos pilares indefinidos;
luego, según su voluntad, asumen la figura de un hombre, de un chacal, de un lobo, de un
león, de un escorpión o de una culebra. Algunos son creyentes; otros, heréticos o ateos. Antes
de destruir un reptil debemos pedirle que se retire, en nombre del Profeta; y es lícito matarlo
si no obedece. Pueden atravesar un muro macizo o volar por los aires o hacerse bruscamente
invisibles. A menudo llegan al cielo inferior, donde sorprenden la conversación de los ángeles
sobre acontecimientos futuros; esto les permite ayudar a magos y adivinos. Ciertos doctores
les atribuyen la construcción de las Pirámides o, por orden de Salomón, hijo de David, que
conocía el Todopoderoso Nombre de Dios, del Templo de Jerusalén.
Desde las azoteas o los balcones lapidan a la gente; también tienen el hábito de raptar
mujeres hermosas. Para evitar sus depredaciones conviene invocar el nombre de Alá, el
Misericordioso, el Apiadado. Su morada más común son las ruinas, las casas deshabitadas, los
aljibes, los ríos, y los desiertos. Los egipcios afirman que son la causa de las trombas de
arena. Piensan que las estrellas fugaces son dardos arrojados por Alá contra los Yinn
maléficos.
Iblis es su padre y su jefe.
YOUWARKEE
EL ZARATAN
Hay un cuento que ha recorrido la geografía y las épocas; el de los navegantes que
desembarcan en una isla sin nombre, que luego se abisma y los pierde, porque está viva.
Figura esta invención en el primer viaje de Simbad y en el canto sexto del Orlando Furioso
(Ch'ella sia una isoletta ci credemo); en la leyenda irlandesa de San Brandán y en el bestiario
griego de Alejandría; en la Historia de las Naciones Septentrionales (Roma, 1555), del prelado
sueco Olao Magno, y en aquel pasaje del primer canto del Paraíso perdido, en el que se
compara el yerto Satán con una gran ballena que duerme sobre la espuma noruega (Him
hap'ly slumbering on the Norway foam).
Paradójicamente, una de las primeras redacciones de la leyenda la refiere para negarla.
Consta en el Libro de los animales de Al-Yahiz, zoólogo musulmán de principios del siglo IX.
Miguel Asín Palacios la ha vertido al español con estas palabras:
"En cuanto al Zaratán, jamás vi a nadie que asegurase haberlo visto con sus ojos. Algunos
marineros pretenden que a veces se han aproximado a ciertas islas marítimas; y en ellas
había bosques y valles y grietas; y han encendido un gran fuego; y cuando el fuego ha llegado
al dorso del Zaratán, ha comenzado éste a deslizarse (sobre las aguas) con ellos (encima) y
con todas las plantas que sobre él había; hasta tal punto, que sólo el que consiguió huir pudo
salvarse. Este cuento colma todos los relatos más fabulosos y atrevidos".
Consideremos ahora un texto del siglo XIII. Lo escribió el cosmógrafo AI-Qazwiní y procede de
la obra titulada Maravillas de la creación. Dice así:
"En cuanto a la tortuga marina, es de tan desaforada grandeza que la gente del barco la toma
por una isla. Uno de los mercaderes ha referido:
"Descubrimos en el mar una isla que se elevaba sobre el agua, con verdes plantas, y
desembarcamos y en la tierra cavamos hoyos para cocinar, y la isla se movió, y los marineros
dijeron: "Volved, porque es una tortuga, y el calor del fuego la ha despertado, y puede
perdernos".
En la Navegación de San Brandán se repite la historia:
"...y entonces navegaron, y arribaron a aquella tierra, pero como en algunos lugares había
escasa profundidad, y en otros, grandes rocas, fueron a una isla, que creyeron segura, e
hicieron fuego para cocinar la cena; pero San Brandán no se movió del buque. Y cuando el
fuego estaba caliente y la carne a punto de asarse, esta isla empezó a moverse, y los monjes
se asustaron y huyeron al buque dejando el fuego y la carne, maravillándose del movimiento.
Y San Brandán los reconfortó y les dijo que era un gran pez llamado Jasconye, que día y noche
trata de morderse la cola, pero es tan largo que no puede".
En el bestiario anglosajón del Códice de Exeter, la peligrosa isla es una ballena, "astuta en el
mal", que embauca deliberadamente a los hombres. Estos acampan en su lomo y buscan
descanso de los trabajos de los mares; de pronto, el Huésped del Océano se sumerge y los
marineros se ahogan.
En el bestiario griego, la ballena quiere significar la ramera de los Proverbios ("sus pies
descienden a la muerte; sus pasos sustentan el sepulcro"); en el bestiario anglosajón,
simboliza el Diablo y el Mal. Guardará ese valor simbólico en Moby Dick, que se escribirá diez
siglos después.
Véase el artículo El Uroboros, pág. 200.
EL ZORRO CHINO
Para la zoología común, el Zorro Chino no difiere mucho de los otros; no así para la zoología
fantástica. Las estadísticas le dan un promedio de vida que oscila entre ochocientos y mil
años. Se le considera de mal agüero y cada parte de su cuerpo goza de una virtud especial. Le
basta golpear la tierra con la cola para causar incendios; puede prever el futuro y asumir
muchas formas, preferentemente de ancianos, de jóvenes doncellas y de eruditos. Es astuto,
cauto y escéptico; su placer está en las travesuras y en las tormentas. Los hombres, cuando
mueren, suelen trasmigrar con cuerpo de Zorros. Su morada está cerca de los sepulcros.
Existen miles de leyendas sobre él; transcribimos una, que no carece de humorismo:
"Wang vio dos Zorros parados en las patas traseras y apoyados contra un árbol. Uno de ellos
tenía una hoja de papel en la mano, y ambos se reían como compartiendo una broma. Trató
de espantarlos, pero se mantuvieron firmes y él disparó contra el del papel; lo hirió en el ojo y
se llevó el papel. En la posada refirió su aventura a los otros huéspedes. Mientras estaba
hablando, entró un hombre que tenía un ojo lastimado. Escuchó con interés el cuento de Wang
y pidió que le mostraran el papel. Wang ya iba a mostrárselo, cuando el posadero notó que el
recién venido tenía cola. "¡Es un Zorro!", exclamó y en el acto el hombre se convirtió en un
Zorro y huyó. Los Zorros intentaron repetidas veces recuperar el papel, que estaba cubierto de
caracteres indescifrables, pero fracasaron. Wang resolvió volver a su casa. En el camino se
encontró con toda su familia, que se dirigía a la capital. Declararon que él mismo Wang les
había ordenado ese viaje, y su madre le mostró la carta en que le pedía que vendiera todas
las propiedades y se reuniera con él en la capital. Wang examinó la carta y vio que era una
hoja en blanco. Aunque ya no tenían techo que los cobijara, Wang ordenó: "Regresemos".
Un día apareció un hermano menor que todos habían dado por muerto. Preguntó por las
desgracias de la familia y Wang le refirió toda la historia. "Ah -dijo el hermano, cuando Wang
llegó a su aventura con los Zorros-, ahí está la raíz de todo el mal", Wang mostró el
documento. Arrancándoselo, su hermano lo guardó con apuro. "Al fin he recobrado lo que
buscaba", exclamó y, convirtiéndose en un Zorro, se fue.
EL MILAGRO SECRETO
JORGE LUIS BORGES
El diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al atardecer, Jaromir
Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y blanco, en la ribera opuesta del
Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos de la Gestapo: su apellido materno era
Jaroslavski, su sangre era judía, su estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el
censo final de una protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah para
la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había exagerado comercialmente el
renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas
manos estaba la suerte de Hladík. No hay hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo;
dos o tres adjetivos en letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de
Hladík y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se fijó el día
veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia apreciará después el
lector) se debía al deseo administrativo de obrar impersonal y pausadamente, como los vegetales y
los planetas.
El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran arredrado la horca,
la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era intolerable. En vano se redijo que el acto
puro y general de morir era lo temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar
esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba
infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día
prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos
fatigaban la geometría, ametrallado por soldados variables, en número cambiante, que a veces lo
ultimaban desde lejos; otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con
verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos;
cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego
reflexionó que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que
prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para
que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos fueran
proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en la sustancia fugitiva del
tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día veintinueve; razonaba en voz alta:
Ahora estoy en la noche del veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy
invulnerable, inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en las que
podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva descarga, que lo redimiría, mal
o bien, de su vana tarea de imaginar. El veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los
altos barrotes, lo desvió de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas costumbres, el
problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo escritor, medía las virtudes de
los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o
planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento.
En sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente
la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura.
Juzgaba menos deficiente, tal vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las
diversas eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el
pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del
universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles
experiencias del hombre y que basta una sola "repetición" para demostrar que el tiempo es una
falacia...
Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía
recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie de poemas
expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una antología de 1924 y no hubo
antología posterior que no los heredara. De todo ese pasado equívoco y lánguido quería redimirse
Hladík con el drama en verso Los enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los
espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.)
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en Hradcany, en la
biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del siglo diecinueve. En la
primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una
vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible música
húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas que lo importunan, pero
tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo
halagan, pero es notorio-primero para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que
son enemigos secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus
complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin,
que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt...
Los peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un
conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven
actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el hombre matado por
Roemerstadt.
Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol
occidental, el aire trae la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las
palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el
espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es
el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o admirable, rigurosa
o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más apta para disimular sus
defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo
fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter
métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los hexámetros, sin el
manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló
con Dios en la oscuridad. Si de algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas,
existo como autor de Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y
justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los siglos y el tiempo. Era
la última noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del Clementinum.
Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca? Hladík le replicó: Busco a Dios. El
bibliotecario le dijo: Dios está en una de las letras de una de las páginas de uno de los
cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los padres de mis Padres han buscado esa
letra; yo me he quedado ciego, buscándola. Se quito las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban
muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil, dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo
abrió al azar. Vio un mapa de la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas
letras. Una voz ubicua le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito que son
divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver quien las dijo. Se
vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y pabellones.
La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de fierro. Varios soldados-
alguno de uniforme desabrochado-revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el
reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve. Hladík,
más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña. Advirtió que los ojos de los
soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no
fumaba; lo aceptó por cortesía o por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El
día se nubló; los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente,
procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...
El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la descarga.
Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron al reo que
avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones preliminares de los
fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su
mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo. Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a
matarlo estaban inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una
baldosa del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un
cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba
paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó estoy en el infierno,
estoy muerto. Pensó estoy loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal caso,
también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba: repitió (sin mover los
labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que los ya remotos soldados compartían
su angustia: anheló comunicarse con ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el
vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su
omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo alemán, en la hora
determinada, pero en su mente un año transcurría entre la orden y la ejecución de la orden. De la
perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que agregaba
le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan párrafos interinos y
vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía.
Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto
dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música.
Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la
versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban
modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que
alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la
palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un
solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido,
movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.
1943
EL MUERTO
JORGE LUIS BORGES
Que un hombre del suburbio de Buenos Aires, que un triste compadrito sin más virtud que la
infatuación del coraje, se interne en los desiertos ecuestres de la frontera del Brasil y llegue a
capitán de contrabandistas, parece de antemano imposible. A quienes lo entienden así, quiero
contarles el destino de Benjamin Otálora, de quien acaso no perdura un recuerdo en el barrio de
Balvanera y que murió en su ley, de un balazo, en los confines de Río Grande do Sul. Ignoro los
detalles de su aventura; cuando me sean revelados, he de rectificar y ampliar estas páginas. Por
ahora, este resumen puede ser útil.
Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de
sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre
valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la
República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del
Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las
calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira;
hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos
troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro
sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja
que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser
Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí
mismo.
Otro año pasa antes que Otálora regrese a Montevideo. Recorren las orillas, la ciudad (que a
Otálora le parece muy grande); llegan a casa del patrón; los hombres tienden los recados en el
último patio. Pasan los días y Otálora no ha visto a Bandeira. Dicen, con temor, que está
enfermo; un moreno suele subir a su dormitorio con la caldera y con el mate. Una tarde, le
encomiendan a Otálora esa tarea. Éste se siente vagamente humillado, pero satisfecho también.
El dormitorio es desmantelado y oscuro. Hay un balcón que mira al poniente, hay una larga
mesa con un resplandeciente desorden de taleros, de arreadores, de cintos, de armas de fuego y
de armas blancas, hay un remoto espejo que tiene la luna empañada. Bandeira yace boca arriba;
sueña y se queja; una vehemencia de sol último lo define. El vasto lecho blanco parece
disminuirlo y oscurecerlo; Otálora nota las canas, la fatiga, la flojedad, las grietas de los años.
Lo subleva que los esté mandando ese viejo. Piensa que un golpe bastaría para dar cuenta de él.
En eso, ve en el espejo que alguien ha entrado. Es la mujer de pelo rojo; está a medio vestir y
descalza y lo observa con fría curiosidad. Bandeira se incorpora; mientras habla de cosas de la
campaña y despacha mate tras mate, sus dedos juegan con las trenzas de la mujer. Al fin, le da
licencia a Otálora para irse.
Días después, les llega la orden de ir al Norte. Arriban a una estancia perdida, que está como en
cualquier lugar de la interminable llanura. Ni árboles ni un arroyo la alegran, el primer sol y el
último la golpean. Hay corrales de piedra para la hacienda, que es guampuda y menesterosa. "El
Suspiro" se llama ese pobre establecimiento. Otálora oye en rueda de peones que Bandeira no
tardará en llegar de Montevideo. Pregunta por qué; alguien aclara que hay un forastero
agauchado que está queriendo mandar demasiado. Otálora comprende que es una broma, pero le
halaga que esa broma ya sea posible. Averigua, después, que Bandeira se ha enemistado con
uno de los jefes políticos y que éste le ha retirado su apoyo. Le gusta esa noticia.
Llegan cajones de armas largas; llegan una jarra y una palangana de plata para el aposento de la
mujer; llegan cortinas de intrincado damasco; llega de las cuchillas, una mañana, un jinete
sombrío, de barba cerrada y de poncho. Se llama Ulpiano Suárez y es el capanga o
guardaespaldas de Azevedo Bandeira. Habla muy poco y de una manera abrasilerada. Otálora
no sabe si atribuir su reserva a hostilidad, a desdén o a mera barbarie. Sabe, eso si, que para el
plan que está maquinando tiene que ganar su amistad. Entra después en el destino de Benjamin
Otálora un colorado cabos negros que trae del sur Azevedo Bandeira y que luce apero chapeado
y carona con bordes de piel de tigre. Ese caballo liberal es un símbolo de la autoridad del patrón
y por eso lo codicia el muchacho, que llega también a desear, con deseo rencoroso, a la mujer de
pelo resplandeciente. La mujer, el apero y el colorado son atributos o adjetivos de un hombre
que él aspira a destruir.
-Ya que vos y el porteño se quieren tanto, ahora mismo le vas a dar un beso a vista de todos.
Agrega una circunstancia brutal. La mujer quiere resistir, pero dos hombres la han tomado del
brazo y la echan sobre Otálora. Arrasada en lágrimas, le besa la cara y el pecho. Ulpiano Suárez
ha empuñado el revólver. Otálora comprende, antes de morir, que desde el principio lo han
traicionado, que ha sido condenado a muerte, que le han permitido el amor, el mando y el
triunfo, porque ya lo daban por muerto, porque para Bandeira ya estaba muerto.
Suárez, casi con desdén, hace fuego.
EMMA ZUNZ
JORGE LUIS BORGES
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas;
luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente.
Acto contínuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único
que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue
asucuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos
ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier,
que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de
Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron,
recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los
anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que
su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón
Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba
el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía
la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente.
Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento
de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba
perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había
en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las
seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se
inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas
vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué
cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma
hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi
patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se
acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de
estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas
alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö,
zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba
comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio,
al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho
memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla
Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló,
cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la
primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada,
se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la
había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y
la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un
atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los
agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba,
cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma
vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el
infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los
ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la
indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio
al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y
optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera
mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una
escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a
los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos
graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del
porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y
atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para
mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo
no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo
pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés,
no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió
para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En
la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió
como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se
arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza
de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó
y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba.
Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste.
Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le
confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las
cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en
una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la
obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en
los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el
patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un
revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una
Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo
bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener
con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones.
Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la
ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio
hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los
de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de
morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se
había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la
miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios
triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no
quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de
Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar
el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco
tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a
fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros
y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de
agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma
ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo
se desplomó como si los estampi-dos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la
cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas
palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado
rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba
y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me
podrán castigar...»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo
nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván,
desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero.
Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha
ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la
huelga... Abusó de mí, lo maté...
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta.
Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero
también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos
nombres propios.
FUNES, EL MEMORIOSO
JORGE LUIS BORGES
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra
tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como
nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una
vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del
cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un
mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla,
con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del
orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en
1887... Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él;
mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del
volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el
ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla,
porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo
representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un
precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no
hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables
limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del
año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo
Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la
única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color
pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo
tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental.
Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre
dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en
lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una
estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro
rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son,
Ireneo?"". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: 'Faltan cuatro minutos para las
ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el
diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi
primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la
réplica tripartita del otro. Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado
por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj.
Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos
decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o
rastreador del departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la
ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los
conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un
redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo
la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos
a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo
Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se
movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres,
permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era
benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente
recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil
también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria
yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris
illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un
volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas
virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no
tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y
ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de
febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don GregoriQ Haedo, mi tío, finado
ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me
solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la
buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en
buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo
que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis
primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a
ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un
diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la
obra de Plinio.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos
signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese
disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo)
Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián
Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía.
En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de
marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces
inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era
decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números "El
Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el
siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra,
cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma
análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto,
Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que
la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos
setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideracíones: la
conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora
de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números,
un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo)son insensatos, pero revelan cierta
balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo
olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el
símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa
forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre
que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos,
lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del
minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries,
de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido
espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia,
Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres;
nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una
realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre
arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de
espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas
que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más
vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un
trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras,
compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También
solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente. Había aprendido sin
esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy
capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo
de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por
el patio de tierra.
Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años;
había nacido en 186
LA ESPERA
JORGE LUIS BORGES
El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la
mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de
cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la
pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol
reverberaba, más lejos, en unos invemáculos. E1 hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y
casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios
quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza:
Breslauer, los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos.
Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre. El cochero le ayudó a bajar el
baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le
devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el
hotel de Melo. E1 hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: "Tengo la obligación
de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de
otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación". Precedido por la mujer, atravesó el
zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama
era de hierro, que el artífice había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos;
había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos
sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio
turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel
era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio.
Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el
inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto,
no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre lo trabajaba,
porque le fue imposible pensar en otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar
que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia. El señor Villari, al principio, no dejaba
la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró
en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se
levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda,
incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari
no las advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él.
Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las
mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí mismo como un
personaje del arte.
No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las
secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad,
puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le
habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni
siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas, que no sea al trasluz una red de mínimas
sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta
reclusión era distinta, porque no tenía término, salvo que el diario, una mañana, trajera la noticia
de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces
esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al
alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el
curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor
sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de
alguna mujer; ya no quería cosas particulares: sólo quería perdurar, no concluir. El sabor de la
yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio, eran
suficientes estímulos.
Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en
italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de
vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las
últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por
ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en
momentos así, no era mucho más complejo que el perro.
Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca.
Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba. Villari, al día siguiente,
mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le
arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.
Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con
secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito, balbuceó
una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo
alemán; Villari, esa noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron
antes que saliera a la calle. Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo
comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari
acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, leía un canto, y luego, en orden riguroso,
las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera
condenado al último círculo donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.
Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el
señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricable: pájaros vivos. En
los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y
Villari entraban con revólveres en la pieza y lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los tres
a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y
parecían no conocerlo. Al fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de
luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra los hombres. El
estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño tenía que volver a
matarlos.
Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta
cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por
la penumbra (siempre en los sueños de temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y
pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara Alejandro Villari y un
desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta
contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo
mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo
aguardarlo sin fin, o -y esto es quizá lo más verosímil- para que los asesinos fueran un sueño,
como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?
En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.
LA LOTERÍA DE BABILONIA
Jorge Luis Borges
Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo;
también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha
le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje
bermejo; es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me
confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de
Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los de Ghimel. En el crepúsculo del
alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año
de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me
decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de
bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el
río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras
recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar
vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aún a la impostura.
Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra
en ellas de modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que los
magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede
saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la
lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella
como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de
Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las
conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.
Mi padre refería que antiguamente ¿cuestión de siglos, de años? la lotería en Babilonia
era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoro si con verdad) que los barberos
despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino adornados de
símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin otra
corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental,
como ven ustedes.
Naturalmente, esas «loterías» fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a
todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública,
los mercaderes que fundaron esas loterías venales, comenzaron a perder el dinero.
Alguien ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo
de números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos
numerados corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces
cuantiosa. Ese leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago)
despertó, como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El
que no adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese
1
desdén justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran
despreciados los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a
llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios
si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los
perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de
cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de
unos pocos nace el todo poder de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.
Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se
limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese
laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera
aparición en la lotería de «elementos no pecuniarios». El éxito fue grande. Instada por los
jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos.
Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la
simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas
y los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión
de monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá
más directas.
Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal
multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza;
los pobres (con envidia razonable o inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén,
notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por
igual en la lotería, inspiró una indignada agitación, cuya memoria no han desdibujado los
años. Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba
de un orden nuevo, de una etapa histórica necesaria... Un esclavo robó un billete
carmesí, que en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba
esa misma pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que
merecía el hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo
debía aplicárselo porque así lo había determinado el azar... Hubo disturbios, hubo
efusiones lamentables de sangre; pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad,
contra la oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En
primer término, logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa
unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En
segundo término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la
venta mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre
automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los
laberintos del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro
ejercicio. Las consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su
elevación al concilio de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el
encontrar, en la pacífica tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no
esperábamos rever; una jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A
veces un solo hecho -el tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B- era la
solución genial de treinta o cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay
que recordar que los individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En
muchos casos, el conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar,
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hubiera aminorado su virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía
usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para
indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de
astrólogos y de espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada
Qaphqa, había unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general,
daban a la Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en
esos sitios. Un archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.
Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual,
no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un
argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal
observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que
aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos
leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañía (que no
renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial.
Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos,
acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la
Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré
de explicarlo.
Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de
los juegos. El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega
su vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes
laberínticas, ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa
que he mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De
alguna de ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar,
una periódica infusión del caos en el cosmos ¿no convendría que el azar interviniera en
todas las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte
de alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de
una hora o de un siglo- no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron
al fin una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de
siglos) no entienden sino algunos especialistas; pero que intentaré resumir, siquiera de
modo simbólico.
Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento
se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos
ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos
pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro,
digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de torturas),
otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad el número
de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras. Los
ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta
que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del
Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos
números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos...
Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Ello Lampridio,
en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las
3
suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y
otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en
el Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo.
También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje
a las aguas del Eufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se
suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un gramo de arena de los
innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles.
Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de
azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si
una de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no
deja casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada
declaración he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna
misteriosa monotonía... Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe,
han inventado un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese
método son (en general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna
dosis de engaño. Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la
Compañía... Un documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del
sorteo de ayer o de un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre
cada uno de los ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de
interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.
La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es
natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no
difieren de las que prodigan los impostores. Además ¿quién podrá jactarse de ser un
mero impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta
de golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado ¿no ejecutan, acaso,
una secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de
Dios, provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya
siglos que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es
puramente hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la
última noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es
omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los
matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de
heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil,
razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque
Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.
FIN
4
EL ALEPH
Jorge Luis Borges
Hamlet, II, 2.
Leviathan, IV, 46
1
con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del
Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino;
Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres
cuartos, sonriendo; la mano en el mentón... No estaría obligado, como otras
veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas
páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que
estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces no dejé pasar un 30 de abril sin
volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco
minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en
1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No
desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas
las ocho con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así,
en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí gradualmente
confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada: había en su andar (si el
oximoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos
Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué
cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario,
pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las
fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y
la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua,
apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en
ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)grandes y afiladas manos hermosas.
Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas
que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas en Francia",
repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más
inficionada de tus saetas."
El 30 de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del
país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas
copas, una vindicación del hombre moderno
- Lo evoco - dijo con una admiración algo inexplicable - en su gabinete de estudio,
como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de
telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de
linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro
siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas,
ahora convergían sobre el moderno Mahoma.
2
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición,
que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las
escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y
otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal o
simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años,
sin réclame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos
que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la
imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase
de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca
digresión y el gallardo apóstrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera bre- ve. Abrió un cajón del
escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de
la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción.
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Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención
de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo
modificaba la obra para él, pero no para otro. La dicción oral de Daneri era
extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, transmitir esa
extravagancia al poema (1 ).
Una sola vez en mi vida he tenido la ocasión de examinar los quince mil
dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton
registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica
de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado, es
menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se
proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado
unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob,
un gasómetro al Norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la
parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la
calla Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no
lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la
zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la
relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa (2):
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boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo
el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera
vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la
leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri - los
propietarios de mi casa, recordarás - inaugura en la esquina; confitería que te
importará conocer". Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil
encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco
menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas el excitado público
mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos
Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que,
sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
- Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más
encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido
según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado,
ahora abundaba en azulino, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era
bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería
lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos;
luego, más benigno, los equiparó a esas personas, "que no disponen de metales
preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la
acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro".
Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa
prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la
portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por
el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales
de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba
a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado:
Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto
al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián
Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el
poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme
portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico,
"porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo
detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había
distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el
lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda
5
reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las
reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía
comprobar en los diarios y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre
adivinatorio y sagaz, que antes de abordar el tema del prólogo describiría el
curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen,
encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con
Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz(ese eufemismo explicativo
me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo
infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví,
lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me
indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de
Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizás coléricas quejas
de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente nada ocurrió - salvo el
rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una
delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me
habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira
balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su
desaforada confitería, iban a demoler su casa.
-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! -
repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta años,
todo cambio es un símbolo detectable del pasaje del tiempo; además se trataba de
una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese
delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri
persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría
ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una
seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri
dio que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que
solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le
era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró
que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
- Está en el sótano del comedor - explicó, aligerada su dicción por la angustia -.
Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera
del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien
dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero
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yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada,
caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
-¡El Aleph! - repetí.
-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos
desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no
podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre
burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código
en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
-La verdad no penetra un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la
Tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas,
todos los veneros de luz.
-Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un
hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes
insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que
Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbos, por lo demás... Beatriz(yo
mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi
implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas
crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de
Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos
habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño
estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una
flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de
Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de
ternura me aproximé al retrato y le dije:
- Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida
para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad;
comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
- Una copita del seudo coñac - ordenó - y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes,
el decúbito dorsal es indis-pensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad,
cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de la baldosas y fijas los ojos
en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te
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quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves
el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo
proverbial, el multum in parvo!
Ya en el comedor, agregó:
- Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio... Baja;
muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más
ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el
baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas
de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en
un sitio preciso.
- La almohada es humildosa - explicó - , pero si la levanto un solo centímetro,
no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo
ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con su ridículo requisito; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa, la
oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total.
Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de
tomar un veneno. Las bravatas de Carlos transparentaban el íntimo terror de que
yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba
loco tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la
rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el
Aleph.
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simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin
embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera
tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego
comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos
espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres
centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada
cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la
veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde,
vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una
negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos
escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno
me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace
treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve,
tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada
uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la
violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra
seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un
ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un
tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras
de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi
la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar
el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de
Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi
caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la
delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando
tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las
sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres,
émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la
tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo
temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos
Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que
deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi
el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los
puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y
lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre
usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible
universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
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-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman - dijo una voz
aborrecida y jovial - . Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo
esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los pies de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca
penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
-Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
-¿La viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado,
nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano
y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa
metrópoli que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave
energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme y le repetí que el campo y la
seguridad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron
familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de
sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver.
Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio me tra-bajó otra vez el olvido.
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innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca yo creo
que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un
falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de
cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una
biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye
el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su
cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres
- la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una
torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en
la Luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del
Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlín, "redondo y
hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19) - , y
añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores(además del defecto de no
existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita
de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de
las columnas de piedra que rodean el patio central... Nadie, claro está, puede
verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie declaran percibir, al poco
tiempo, su atareado rumor... la mezquita data del siglo VII; las columnas proceden
de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En
las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros
para todo lo que sea albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las
cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy
falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.
A Estela Canto
11
EL LIBRO DE ARENA
Jorge Luis Borges
Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer,
oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos
desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente.
Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al
principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi
blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría
una hora, supe que procedía de las Orcadas.
Le señalé una silla. El hombre tardó un rato en hablar. Exhalaba melancolía, como
yo ahora.
- En esta casa hay algunas biblias inglesas, incluso la primera, la de John Wiclif.
Tengo asimismo la de Cipriano de Valera, la de Lutero, que literariamente es la peor, y
un ejemplar latino de la Vulgata. Como usted ve, no son precisamente biblias lo que me
falta.
- No sólo vendo biblias. Puedo mostrarle un libro sagrado que tal vez le interese. Lo
adquirí en los confines de Bikanir.
Lo abrí al azar. Los caracteres me eran extraños. Las páginas, que me parecieron
gastadas y de pobre tipografía, estaban impresas a dos columnas a la manera de una
biblia. El texto era apretado y estaba ordenado en versículos. En el ángulo superior de
las páginas había cifras arábigas. Me llamó la atención que la página par llevara el
número (digamos) 40.514 y la impar, la siguiente, 999. La volví; el dorso estaba
numerado con ocho cifras. Llevaba una pequeña ilustración, como es de uso en los
diccionarios: un ancla dibujada a la pluma, como por la torpe mano de un niño.
- No - me replicó.
Apoyé la mano izquierda sobre la portada y abrí con el dedo pulgar casi pegado al
índice. Todo fue inútil: siempre se interponían varias hojas entre la portada y la mano.
Era como si brotaran del libro.
También fracasé; apenas logré balbucear con una voz que no era la mía:
2
- No puede ser, pero es. El número de páginas de este libro es exactamente
infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última. No sé por qué están numeradas de
ese modo arbitrario. Acaso para dar a entender que los términos de una serie infinita
admiten cualquier número.
- Sí, soy presbiteriano. Mi conciencia está clara. Estoy seguro de no haber estafado
al nativo cuando le di la Palabra del Señor a trueque de su libro diabólico.
Le aseguré que nada tenía que reprocharse, y le pregunté si estaba de paso por
estas tierras. Me respondió que dentro de unos días pensaba regresar a su patria. Fue
entonces cuando supe que era escocés, de las islas Orcadas. Le dije que a Escocia yo
la quería personalmente por el amor de Stevenson y de Hume.
Le respondí, con toda verdad, que esa suma era inaccesible para mí y me quedé
pensando. Al cabo de unos pocos minutos había urdido mi plan.
- Le propongo un canje - le dije -. Usted obtuvo este volumen por unas rupias y por
la Escritura Sagrada; yo le ofrezco el monto de mi jubilación, que acabo de cobrar, y la
Biblia de Wiclif en letra gótica. La heredé de mis padres.
Fui a mi dormitorio y le traje el dinero y el libro. Volvió las hojas y estudió la carátula
con fervor de bibliófilo.
3
Me asombró que no regateara. Sólo después comprendería que había entrado en
mi casa con la decisión de vender el libro. No contó los billetes, y los guardó.
Hablamos de la India, de las Orcadas y de los jarls noruegos que las rigieron. Era
de noche cuando el hombre se fue. No he vuelto a verlo ni sé su nombre.
Pensé guardar el Libro de Arena en el hueco que había dejado el Wiclif, pero opté
al fin por esconderlo detrás de unos volúmenes descabalados de Las Mil y Una
Noches.
Recordé haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque. Antes
de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional, que guarda novecientos mil libros; sé
que a mano derecha del vestíbulo una escalera curva se hunde en el sótano, donde
están los periódicos y los mapas. Aproveché un descuido de los empleados para
perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles. Traté de no fijarme a qué
altura ni a qué distancia de la puerta.
FIN
4
Jorge Luis Borges
Ficciones
Ficciones, libro aparecido en 1944, con el que ganó el Gran Premio de Honor de
la Sociedad Argentina de Escritores, es uno de los más representativos de su
estilo. En él están algunos de sus relatos más famosos, como «Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius»; «Pierre Menard, autor del Quijote»; «La biblioteca de Babel» o «El jardín
de senderos que se bifurcan». En su caso, hablar de relatos es sólo un modo de
entendernos, y a falta de un término más adecuado para designar esta magistral
y sugestiva mezcla de erudición, imaginación, ingenio, profundidad intelectual e
inquietud metafísica. Metáforas como la del laberinto, la biblioteca que coincide
con el universo o la de la minuciosa reescritura del Quijote, pertenecen al centro
del universo borgiano y, a través de sus millones de lectores en todas las lenguas, a la cultura universal.
Prólogo
José Luis Rodríguez Zapatero
El lector que tiene en sus manos Ficciones es una persona en la frontera, un ser
humano que está a punto de abandonar el mundo seguro y confortable del que está
hecha la vida cotidiana para adentrarse en un territorio absolutamente nuevo. Borges
descubre en su obra, o quizás inventa, otra dimensión de lo real. Con seguridad el
título, que nos sugiere la idea de mundos imaginados y puramente ilusorios, es sólo
una sutil ironía del autor, una más, que nos señala lo terrible y maravillosamente real
de sus argumentos. Después de leer a Borges el mundo real multiplica sus
dimensiones y el lector, como un viajero romántico, vuelve más sabio, más pleno, o lo
que es lo mismo, ya nunca vuelve del todo.
Ficciones es una de las más esenciales e inolvidables obras de Borges. En ella se
resumen los principales temas, los intereses intelectuales más queridos del autor. En
todas las historias de este libro el tiempo es, de un modo u otro, un personaje central.
También lo es la literatura, los libros. Libros en los que está escrito el destino de los
hombres y que por eso son a la par tan necesarios como inútiles. También el destino es
una preocupación borgiana, un destino que no es más que el reconocimiento de que
nuestros afanes e inquietudes, que aquello que nos parece incierto, que sólo es un
deseo o un temor, tiene otra cara, una cara cierta, cerrada. Lo que en el anverso es
azar, en el reverso es necesidad.
Quizás, entre las cosas admirables de Borges, la que más me impresiona es su
extraña mezcla de pasión y escepticismo, esa mezcla de la que en distinta proporción y
cantidad estarnos hechos los seres humanos, pero que en el caso de nuestro autor se
dan en un equilibrio y abundancia cuya mejor prueba es su obra.
Durante un tiempo, cuando era más joven, estuve enfermo de Borges, todavía no
estoy seguro de haberme curado. Cuando uno enferma de Borges se pregunta por qué
la gente sigue, seguimos, escribiendo. Todo está en Borges y él lo sabe. Cuando leernos
La biblioteca de Babel no podemos evitar la sensación de que en esas pocas páginas
están contenidos todos los libros que los hombres han escrito y escribirán, además de
todos los restantes, que son la infinita mayoría. Las ruinas circulares son otro ejercicio
de la más espléndida metafísica, y uno no sabe cómo salir del sueño que nos propone,
realmente el lector ya nunca sale de ese sueño, salvo a través del olvido, pero el olvido
no está en las manos del lector, no forma parte de su poder.
Es posible que Borges me fulminara con una de esas bellísimas y mortales críticas
que podemos leer en sus libros, pero diré que en algún momento llegué a pensar que
cada página suya contiene toda su obra, como uno de esos objetos fractales que
repiten su estructura creando geometrías tan hermosas como extrañas. Pero este
parecido concluye en la forma, Borges nos da más, los textos de Borges no son
amorales, sus héroes son héroes morales, que se someten, a veces hasta la locura,
hasta la más lúcida locura, a los códigos de su cultura, de su tiempo y lugar. Es, otra
vez, la multiplicidad de esos códigos, las variadas dimensiones de los mismos la que
Borges utiliza con extraordinaria maestría para dejarnos atrapados en una libertad
infinita.
Prologar a Borges resulta muy difícil cuando Borges es el prólogo de uno mismo, y es
eso exactamente lo que le ocurre a este prologuista. Quizás la tarea que se propuso
Pierre Menard al tratar de escribir el Quijote no sea tan extraña, uno se ve muchas
veces haciendo cosas parecidas a la que intentó Menard, como ocurre ahora. El lector
debe estar tranquilo, porque él es el verdadero héroe de la obra de Borges, una obra
que es una aventura que debe vivir como quiere el autor cuando dice: «Así combatieron
los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada, resignados a matar y a
morir».
A Esther Zemborain de Torres
El jardín de senderos que se bifurcan
(1941)
Ficciones
Jorge Luis Borges
Prólogo
Las ocho piezas de este libro no requieren mayor elucidación. La octava (El jardín de
senderos que se bifurcan) es policial; sus lectores asistirán a la ejecución y a todos los
preliminares de un crimen, cuyo propósito no ignoran pero que no comprenderán, me
parece, hasta el último párrafo. Las otras son fantásticas; una -La lotería en Babilonia-
no es del todo inocente de simbolismo. No soy el primer autor de la narración La
biblioteca de Babel; los curiosos de su historia y de su prehistoria pueden interrogar
cierta página del número 59 cíe Sur, que registra los nombres heterogéneos de Leucipo y
de Lasswitz, de Lewis Carroll y de Aristóteles. En Las ruinas circulares todo es irreal: en
Pierre Menard autor del «Quijote» lo es el destino que su protagonista se impone. La
nómina de escritos que le atribuyo no es demasiado divertida pero no es arbitraria; es un
diagrama de su historia mental...
Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en
quinientas páginas una idea. cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor
procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario.
Así procedió Carlyle en Sartor Resartus; así Butler en The Fair Haven; obras que tienen
la imperfección de ser libros también, no menos tautológicos que los otros. Más razonable,
más inepto, más haragán, he preferido la escritura de notas sobre libros imaginarios.
Éstas son Thön, Uqbar; Orbis Tertius; el Examen de la obra de Herbert Quain; El
acercamiento a Almotásim, La última es de 1935; he leído hace poco The Sarred Fount
(1901), cuyo argumento general es tal vez análogo. El narrador, en la delicada novela de
James, indaga si en B influyen A o C; en El acercamiento a Almotásim, presiente o adivina
a través de B la remotísima existencia de la Z, quien B no conoce.
6
Ficciones
Jorge Luis Borges
7
Ficciones
Jorge Luis Borges
lector) por la indicación alfabética. Comprobamos después que no hay otra diferencia
entre los volúmenes. Los dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima
Encyclopaedia Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.
Leímos con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único
sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general de la obra y
(como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo su rigurosa escritura
una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban en la parte geográfica,
sólo reconocimos tres -Jorasán, Armenia, Erzerum-, interpolados en el texto de un modo
ambiguo. De los nombres históricos, uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado
más bien como una metáfora. La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus
nebulosos puntos de referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región.
Leímos, verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la
frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes. Eso, al
principio de la página 918. En la sección histórica (página 920) supimos que a raíz de las
persecuciones religiosas del siglo XIII, los ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde
perduran todavía sus obeliscos y donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La
sección «Idioma y literatura» era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la
literatura de Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se
referían jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön... La
bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta ahora, aunque
el tercero -Silas Haslam: Hystory of the Land Called Uqbar, 1874- figura en los catálogos
de librería de Bernard Quaritch1. El primero, Lesbare und lesenswerthe Bemerkungen
über das Land Ukkbar in Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus
Andreä. El hecho es significativo; un par de años después, di con ese nombre en las
inesperadas páginas de De Quincey (Writings, decimotercer volumen) y supe que era el
de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la imaginaria comunidad de
la Rosa-Cruz -que otros luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.
Esta noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios
de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores: nadie había estado
nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese
nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió
en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo
American Cyclopaedia... Entró e interrogó el volumen XLVI. Naturalmente, no dio con el
menor indicio de Uqbar.
II
Algún recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles del
Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en el fondo ilusorio
de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos ingleses; muerto, no es
siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y desganado y su cansada barba
rectangular había sido roja. Entiendo que era viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a
Inglaterra: a visitar (juzgo por unas fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos
robles. Mi padre había estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades
inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo.
Solían ejercer un intercambio de libros y de periódicos; solían batirse al ajedrez,
1
Haslam ha publicado también A General History of Labyrinths.
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Ficciones
Jorge Luis Borges
en él. Las revistas populares han divulgado, con perdonable exceso la zoología y la
topografía de Tlön; yo pienso que sus tigres transparentes y sus torres de sangre no
merecen, tal vez, la continua atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos
minutos para su concepto del universo.
Hume notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admitían la menor réplica
y no causaban la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su aplicación a la
tierra; del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta son –congénitamente-
idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su lenguaje -la religión, las letras, la
metafísica- presuponen el idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en
el espacio; es una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no
espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la que proceden los
idiomas «actuales» y los dialectos: hay verbos impersonales, calificados por sufijos (o
prefijos) monosilábicos de valor adverbial. Por ejemplo: no hay palabra que corresponda a
la palabra luna, pero hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. «Surgió la luna
sobre el río» se dice «hlör u fang axaxaxas mlö» o sea en su orden: «hacia arriba
(upward) detrás duradero-fluir luneció». (Xul Solar traduce con brevedad: «upa tras
perfluyue lunó». «Upward, behind the onstreaming, it mooned.»)
Lo anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio boreal
(de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el onceno tomo) la célula primordial no es el
verbo, sino el adjetivo monosilábico. El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos.
No se dice luna: se dice aéreo-claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del cielo o
cualquier otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un
objeto real; el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio (como en
el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados y disueltos en
un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a veces, la mera
simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter visual y otro
auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro. Los hay de muchos: el sol y
el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo que se ve con los ojos cerrados,
la sensación de quien se deja llevar por un río y también por el sueño. Esos objetos de
segundo grado pueden combinarse con otros; el proceso, mediante ciertas abreviaturas,
es prácticamente infinito. Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra.
Esta palabra integra un objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en
la realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número.
Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las lenguas
indoeuropeas y otros muchos más.
No es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola disciplina:
la psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que los hombres de ese
planeta conciben el universo como una serie de procesos mentales, que no se
desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el tiempo. Spinoza atribuye a su
inagotable divinidad los atributos de la extensión y del pensamiento; nadie comprendería
en Tlön la yuxtaposición del primero (que sólo es típico de ciertos estados) y del segundo
-que es un sinónimo perfecto del cosmos-, Dicho sea con otras palabras: no conciben que
lo espacial perdure en el tiempo. La percepción de una humareda en el horizonte y
después del campo incendiado y después del cigarro a medio apagar que produjo la
quemazón es considerada un ejemplo de asociación de ideas.
Este monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho es
unirlo a otro; esa vinculación, en Tlön, es un estado posterior del sujeto, que no puede
afectar o iluminar el estado anterior. Todo estado mental es irreductible: el mero hecho
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Ficciones
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de nombrarlo -id est, de clasificarlo- importa un falseo. De ello cabría deducir que no hay
ciencias en Tlön -ni siquiera razonamientos. La paradójica verdad es que existen, en casi
innumerable número. Con las filosofías acontece lo que acontece con los sustantivos en el
hemisferio boreal. El hecho de que toda filosofía sea de antemano un juego dialéctico, una
Philosophie des Als Ob, ha contribuido a multiplicarlas. Abundan los sistemas increíbles,
pero de arquitectura agradable o de tipo sensacional. Los metafísicos de Tlön no buscan la
verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una
rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la
subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Hasta la frase
«todos los aspectos» es rechazable, porque supone la imposible -adición del instante
presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito el plural «los pretéritos», porque supone
otra operación imposible... Una de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona
que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza
presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente.1 Otra escuela
declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra vida es apenas el recuerdo o
reflejo crepuscular, y sin duda falseado y mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que
la historia del universo -y en ellas nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras
vidas- es la escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio.
Otra, que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos los
símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra, que mientras
dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada hombre es dos hombres.
Entre las doctrinas de Tlön, ninguna ha merecido tanto escándalo como el
materialismo. Algunos pensadores lo han formulado, con menos claridad que fervor, como
quien adelanta una paradoja. Para facilitar el entendimiento de esa tesis inconcebible, un
heresiarca del undécimo siglo2 ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre, cuyo
renombre escandaloso equivale en Tlön. al de las aporías eleáticas. De ese «razonamiento
especioso» hay muchas versiones, que varían el número de monedas y el número de
hallazgos; he aquí la más común:
El lenguaje de Tlön se resistía a formular esa paradoja; los más no la entendieron. Los
defensores del sentido común se limitaron, al principio, a negar la veracidad de la
anécdota. Repitieron que era una falacia verbal, basada en el empleo temerario de dos
voces neológicas, no autorizadas por el uso y ajenas a todo pensamiento severo: los
1
Russell (The Analysfs of Mind, 1921, página 159) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de
una humanidad que «recuerda» un pasado ilusorio.
Siglo, de acuerdo con el sistema duodecimal, significa un período de ciento cuarenta y cuatro años.
2
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1
En el día de hoy, una de las iglesias de Tlön. sostiene platónicamente que tal dolor, que tal matiz verdoso del amarillo,
que tal temperatura, que tal sonido, son la única realidad. Todos los hombres, en el vertiginoso instante del coito, son el
mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeáre, son William Shakespeare.
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tuvo a Dalgarno y después a George Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago
programa inicial figuraban los «estudios herméticos», la filantropía y la cábala. De esa
primera época data el curioso libro de Andreä. Al cabo de unos años de conciliábulos y de
síntesis prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país.
Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo para la
continuación de la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció; después de un hiato de
dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América. Hacia 1824, en Memphis
(Tennessee) uno de los afiliados conversa con el ascético millonario Ezra Buckley. Éste lo
deja hablar con algún desdén -y se ríe de la modestia del proyecto-. Le dice que en
América es absurdo inventar un país y le propone la invención de un planeta. A esa
gigantesca idea añade otra, hija de su nihilismo:1 la de guardar en el silencio la empresa
enorme.
Circulaban entonces los veinte tomos de la Encyclopaedía Britannica; Buckley sugiere
una enciclopedia metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras auríferas, sus
ríos navegables, sus praderas holladas por el toro y por el bisonte, sus negros, sus
prostíbulos y sus dólares, bajo una condición: «La obra no pactará con el impostor
Jesucristo». Buckley descree de Dios, pero quiere demostrar al Dios no existente que los
hombres mortales son capaces de concebir un mundo. Buckley es envenenado en Baton
Rouge en 1828; en 1914 la sociedad remite a sus colaboradores, que son trescientos, el
volumen final de la Primera Enciclopedia de Tlön. La edición es secreta: los cuarenta
volúmenes que comprende (la obra más vasta que han acometido los hombres) serían la
base de otra más minuciosa, redactada no ya en inglés, sino en alguna de las lenguas de
Tlön. Esa revisión de un mundo ilusorio se llama provisoriamente Orbis Tertius y uno de
sus modestos demiurgos fue Herbert Ashe, no sé si como agente de Gunnar Erfjord o
como afiliado. Su recepción de un ejemplar del onceno tomo parece favorecer lo segundo.
Pero ¿y los otros? Hacia 1942 arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez uno de
los primeros y me parece que algo sentí de su carácter premonitorio. Ocurrió en un
departamento de la calle Laprida, frente a un claro y alto balcón que miraba el ocaso. La
princesa de Faucigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de plata. Del vasto fondo
de un cajón rubricado de sellos internacionales iban saliendo finas cosas inmóviles:
platería de Utrecht y de París con dura fauna heráldica, un samovar. Entre ellas -con un
perceptible y tenue temblor de pájaro dormido- latía misteriosamente una brújula. La
princesa no la reconoció. La aguja azul anhelaba el norte magnético; la caja de metal era
cóncava; las letras de la esfera correspondían a uno de los alfabetos de Tlön. Tal fue la
primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real. Un azar que me inquieta hizo
que yo también fuera testigo de la segunda. Ocurrió unos meses después, en la pulpería
de un brasilero, en la Cuchilla Negra. Amorim y yo regresábamos de Sant'Anna. Una
creciente del río Tacuarembó nos obligó a probar (y a sobrellevar) esa rudimentaria
hospitalidad. El pulpero nos acomodó unos catres crujientes en una pieza grande,
entorpecida de barriles y cueros. Nos acostamos, pero no nos dejó dormir hasta el alba la
borrachera de un vecino invisible, que alternaba denuestos inextricables con rachas de
milongas -más bien con rachas de una sola milonga-. Como es de suponer, atribuimos a
la fogosa caña del patrón ese griterío insistente... A la madrugada, el hombre estaba
muerto en el corredor. La aspereza de la voz nos había engañado: era un muchacho
joven. En el delirio se le habían caído del tirador unas cuantas monedas y un cono de
metal reluciente, del diámetro de un dado. En vano un chico trató de recoger ese cono.
Un hombre apenas acertó a levantarlo. Yo lo tuve en la palma de la mano algunos
minutos: recuerdo que su peso era intolerable y que después de retirado el cono, la
1
Buckley era librepensador, fatalista y defensor de la esclavitud.
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Ficciones
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opresión perduró. También recuerdo el círculo preciso que me grabó en la carne. Esa
evidencia de un objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba una impresión
desagradable de asco y de miedo. Un paisano propuso que lo tiraran al río correntoso.
Amorim lo adquirió mediante unos pesos. Nadie sabia nada del muerto, salvo «que venía
de la frontera». Esos conos pequeños y muy pesados (hechos de un metal que no es de
este mundo) son imagen de la divinidad, en ciertas religiones de Tlön.
Aquí doy término a la parte personal de mi narración. Lo demás está en la memoria
(cuando no en la esperanza o en el temor) de todos mis lectores. Básteme recordar o
mencionar los hechos subsiguientes, con una mera brevedad de palabras que el cóncavo
recuerdo general enriquecerá o ampliará. Hacia 1944 un investigador del diario The
American (de Nashville, Tennessee) exhumó en una biblioteca de Memphis los cuarenta
volúmenes de la Primera Enciclopedia de Tldn. Hasta el día de hoy se discute si ese
descubrimiento fue casual o si lo consintieron los directores del todavía nebuloso Orbis
Tertius. Es verosímil lo segundo. Algunos rasgos increíbles del onceno tomo (verbigracia,
la multiplicación de los hrönir) han sido eliminados o atenuados en el ejemplar de
Memphis; es razonable imaginar que esas tachaduras obedecen al plan de exhibir un
mundo que no sea demasiado incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos
de Tlön en diversos países complementaría ese plan...1 El hecho es que la prensa
internacional voceó infinitamente el «hallazgo». Manuales, antologías, resúmenes,
versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor
de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la
realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años
bastaba cualquier simetría con apariencia de orden -el materialismo dialéctico, el
antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a
la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad
también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas -traduzco: a leyes
inhumanas- que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un
laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres.
El contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su rigor, la
humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no de ángeles. Ya ha
penetrado en las escuelas el (conjetural) « idioma primitivo» de Tlön; ya la enseñanza de
su historia armoniosa (y llena de episodios conmovedores) ha obliterado a la que presidió
mi niñez; ya en las memorias un pasado ficticio ocupa el sitio de otro, del que nada
sabemos con certidumbre -ni siquiera que es falso-. Han sido reformadas la numismática,
la farmacología y la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas aguardan
también su avatar... Una dispersa dinastía de solitarios ha cambiado la faz del mundo. Su
tarea prosigue. Si nuestras previsiones no yerran, de aquí a cien años alguien descubrirá
los cien tomos de la Segunda Enciclopedia de Tlön.
Entonces desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo
será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel de Adrogué
una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la imprenta) del Urn Burial de
Browne.
1
Queda, naturalmente, el problema de la materia de algunos objetos.
15
Ficciones
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El acercamiento a Almotásim
Philip Guedalla escribe que la novela The approach to Al-Mu'tasim del abogado Mir
Bahadur Alí, de Bombay, «es una combinación algo incómoda (a rather uncomfortable
combination) de esos poemas alegóricos del Islam que raras veces dejan de interesar a su
traductor y de aquellas novelas policiales que inevitablemente superan a John H. Watson
y perfeccionan el horror de la vida humana en las pensiones más irreprochables de
Brighton». Antes, Mr. Cecil Roberts había denunciado en el libro de Bahadur «la doble,
inverosímil tutela de Wilkie Collins y del ilustre persa del siglo XII, Ferid Eddin Attar»
-tranquila observación que Guedalla repite sin novedad, pero en un dialecto colérico-.
Esencialmente, ambos escritores concuerdan: los dos indican el mecanismo policial de la
obra, y su undercurrent místico. Esa hibridación puede movernos a imaginar algún
parecido con Chesterton; ya comprobaremos que no hay tal cosa.
La editio princeps del Acercamiento a Almotásim apareció en Bombay, a fines de 1932.
El papel era casi papel de diario; la cubierta anunciaba al comprador que se trataba de la
primera novela policial escrita por un nativo de Bombay City: En pocos meses, el público
agotó cuatro impresiones de mil ejemplares cada una. La Bombay Quarterly Review, la
Bombay Gazette, la Cdlcutta Review, la Hindustan Review (de Alahabad) y el Calcutta
Englishman, dispensaron su ditirambo. Entonces Bahadur publicó una edición ilustrada
que tituló The conversation with the man called Al-Mu'tasim y que subtituló
hermosamente: A game with shifting mimo» (Un juego con espejos que se desplazan).
Esa edición es la que acaba de reproducir en Londres Victor Gollancz, con prólogo de
Dorothy L. Sayers y con omisión -quizá misericordiosa- de las ilustraciones. La tengo a la
vista; no he logrado juntarme con la primera, que presiento muy superior. A ello me
autoriza un apéndice, que resume la diferencia fundamental entre la versión primitiva de
1932 y la de 1934.
Antes de examinarla -y de discutirla- conviene que yo indique rápidamente el curso
general de la obra.
Su protagonista visible -no se nos dice nunca su nombre- es estudiante de derecho en
Bombay. Blasfematoriamente, descree de la fe islámica de sus padres, pero al declinar la
décima noche de la luna de muharram, se halla en el centro de un tumulto civil entre
musulmanes e hindúes. Es noche de tambores e invocaciones: entre la muchedumbre
adversa, los grandes palios de papel de la procesión musulmana se abren camino. Un
ladrillo hindú vuela de una azotea; alguien hunde un puñal en un vientre; alguien
¿musulmán, hindú? muere y es pisoteado. Tres mil hombres pelean: bastón contra
revólver, obscenidad contra imprecación, Dios el Indivisible contra los Dioses. Atónito, el
estudiante librepensador entra en el motín. Con las desesperadas manos, mata (o piensa
haber matado) a un hindú. Atronadora, ecuestre, semidormida, la policía del Sirkar
interviene con rebencazos imparciales. Huye el estudiante, casi bajo las patas de los
caballos. Busca los arrabales últimos. Atraviesa dos vías ferroviarias, o dos veces la
misma vía. Escala el muro de un desordenado jardín, con una torre circular en el fondo.
Una chusma de perros color de luna (a lean arad evil mob of mooncoloured hounds)
emerge de los rosales negros. Acosado, busca amparo en la torre. Sube por una escalera
16
Ficciones
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de fierro -faltan algunos tramos- y en la azotea, que tiene un pozo renegrido en el centro,
da con un hombre escuálido, que está orinando vigorosamente en cuclillas, a la luz de la
luna. Ese hombre le confía que su profesión es robar los dientes de oro de los cadáveres
trajeados de blanco que los parsis dejan en esa torre. Dice otras cosas viles y menciona
que hace catorce noches que no se purifica con bosta de búfalo. Habla con evidente
rencor de ciertos ladrones de caballos de Guzerat, «comedores de perros y de lagartos,
hombres al cabo tan infames como nosotros dos». Está clareando: en el aire hay un vuelo
bajo de buitres gordos. El estudiante, aniquilado, se duerme; cuando despierta, ya con el
sol bien alto, ha desaparecido el ladrón. Han desaparecido también un par de cigarros de
Trichinópoli y unas rupias de plata. Ante las amenazas proyectadas por la noche anterior,
el estudiante resuelve perderse en la India. Piensa que se ha mostrado capaz de matar un
idólatra, pero no de saber con certidumbre si el musulmán tiene más razón que el
idólatra. El nombre de Guzerat no lo deja, y el de una malka-sansi (mujer de casta de
ladrones) de Palanpur, muy preferida por las imprecaciones y el odio del despojador de
cadáveres. Arguye que el rencor de un hombre tan minuciosamente vil importa un elogio.
Resuelve -sin mayor esperanza- buscarla. Reza, y emprende con segura lentitud el largo
camino. Así acaba el segundo capítulo de la obra.
Imposible trazar las peripecias de los diecinueve restantes. Hay una vertiginosa
pululación de dramatis personae -para no hablar de una biografía que parece agotar los
movimientos del espíritu humano (desde la infamia hasta la especulación matemática) y
de la peregrinación que comprende la vasta geografía del Indostán-. La historia
comenzada en Bombay sigue en las tierras bajas de Palanpur, se demora una tarde y una
noche en la puerta de piedra de Bikanir, narra la muerte de un astrólogo ciego en un
albañal de Benarés, conspira en el palacio multiforme de Katmandú, reza y fornica en el
hedor pestilencial de Calcuta, en el Machua Bazar, mira nacer los días en el mar desde
una escribanía de Madrás, mira morir las tardes en el mar desde un balcón en el estado
de Travancor, vacila v mata en Indaptir y cierra su órbita de leguas y de años en el mismo
Bombay, a pocos pasos del jardín de los perros color de luna. El argumento es éste: Un
hombre, el estudiante incrédulo y fugitivo que conocemos, cae entre gente de la clase
más vil y se acomoda a ellos, en una especie de certamen de infamias. De golpe -con el
milagroso espanto de Robinsón ante la huella de un pie humano en la arena-- percibe
alguna mitigación de esa infamia: tina ternura, una exaltación, un silencio, en uno de los
hombres aborrecibles. «Fue como si hubiera terciado en el diálogo un interlocutor más
complejo.» Sabe que el hombre vil que está conversando con él es incapaz de ese
momentáneo decoro; de ahí postula que éste tia reflejado a un amigo, o arraigo de un
amigo. Repensando el problema, llega a una convicción misteriosa: En algún punto de la
tierra hay un hombre de quien procede esa claridad; en algún punto de la tierra está el
hombre que es igual a esa claridad. El estudiante resuelve dedicar su vida a encontrarlo.
Ya el argumento general se entrevé: la insaciable busca de un alma a través de los
delicados reflejos que ésta ha dejado en otras: en el principio, el tenue rastro de una
sonrisa o de una palabra; en el fin, esplendores diversos y crecientes de la razón, de la
imaginación y del bien. A medida que los hombres interrogados han conocido más de
cerca a Almotásim, su porción divina es mayor, pero se entiende que son meros espejos.
El tecnicismo matemático es aplicable: la cargada novela de Bahadur es una progresión
ascendente, cuyo término final es el presentido «hombre que se llama Almotásim». El
inmediato antecesor de Almotásim es un librero persa de suma cortesía y felicidad; el que
precede a ese librero es un santo... Al cabo de los años, el estudiante llega a una galería
«en cuyo fondo hay una puerta y una estera barata con muchas cuentas y atrás un
resplandor». El estudiante golpea las manos una y dos veces y pregunta por Almotásim.
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Ficciones
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Una voz de hombre -la increíble voz de Almotásim- lo insta a pasar. El estudiante descorre
la cortina y avanza. En ese punto la novela concluye.
Si no me engaño, la buena ejecución de tal argumento impone dos obligaciones al
escritor: una, la variada invención de rasgos proféticos; otra, la de que el héroe
prefigurado por esos rasgos no sea una mera convención o fantasma. Bahadur satisface la
primera; no sé hasta dónde la segunda. Dicho sea con otras palabras: el inaudito y no
mirado Almotásim debería dejarnos la impresión de un carácter real, no de un desorden
de superlativos insípidos. En la versión de 1932, las notas sobrenaturales ralean: «el
hombre llamado Almotásim» tiene su algo de símbolo, pero no carece de rasgos
idiosincrásicos, personales. Desgraciadamente, esa buena conducta literaria no perduró.
En la versión de 1934 -la que tengo a la vista- la novela decae en alegoría: Almotásim es
emblema de Dios y los puntuales itinerarios del héroe son de algún modo los progresos
del alma en el ascenso místico. Hay pormenores afligentes: un judío negro de Kochín que
habla de Almotásim, dice que su piel es oscura; un cristiano lo describe sobre una torre
con los brazos abiertos; un lama rojo lo recuerda sentado «como esa imagen de manteca
de yak que yo modelé y adoré en el monasterio de Tashilhunpo». Esas declaraciones
quieren insinuar un Dios unitario que se acomoda a las desigualdades humanas. La idea
es poco estimulante, a mi ver. No diré lo mismo de esta otra: la conjetura de que también
el Todopoderoso está en busca de Alguien, y ese Alguien de Alguien superior (o
simplemente imprescindible e igual) y así hasta el Fin -o mejor, el Sinfín- del Tiempo, o en
forma cíclica. Almotásim (el nombre de aquel octavo Abbasida que fue vencedor en ocho
batallas, engendró ocho varones y ocho mujeres, dejó ocho mil esclavos y reinó durante
un espacio de ocho años, de ocho lunas y de ocho días) quiere decir etimológicamente «El
buscador de amparo». En la versión de 1932, el hecho de que el objeto de la
peregrinación fuera un peregrino, justificaba de oportuna manera la dificultad de
encontrarlo; en la de 1934, da lugar a la teología extravagante que declaré. Mir Bahadur
Alí, lo hemos visto, es incapaz de soslayar la más burda de las tentaciones del arte: la de
ser un genio.
Releo lo anterior y temo no haber destacado bastante las virtudes del libro. Hay rasgos
muy civilizados: por ejemplo, cierta disputa del capítulo diecinueve en la que se presiente
que es amigo de Almotásim un contendor que no rebate los sofismas del otro, «para no
tener razón de un modo triunfal».
Se entiende que es honroso que un libro actual derive de uno antiguo: ya que a nadie le
gusta (como dijo Johnson) deber nada a sus contemporáneos. Los repetidos pero
insignificantes contactos del Ulises de Joyce con la Odisea homérica, siguen escuchando
-nunca sabré por qué- la atolondrada admiración de la crítica; los de la novela de Bahadur
con el venerado Coloquio de los pájaros de Farid ud-din Attar, conocen el no menos
misterioso aplauso de Londres, y aun de Alahabad y Calcuta. Otras derivaciones no faltan.
Algún inquisidor ha enumerado ciertas analogías de la primera escena de la novela con el
relato de Kipling On the City Vall,; Bahadur las admite, pero alega que sería muy anormal
que dos pinturas de la décima noche de muharram no coincidieran... Eliot, con más
justicia, recuerda los setenta cantos de la incompleta alegoría The Faërie Queene, en los
que no aparece una sola vez la heroína, Gloriana -como lo hace notar una censura de
Richard William Church (Spenser, 1879). Yo, con toda humildad, señalo un precursor
lejano y posible: el cabalista de Jerusalén, Isaac Luria, que en el siglo xvi propaló que el
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1
En el decurso de esta noticia, me he referido al Mantiq al-Tayr (Coloquio de los pájaros) del místico persa Farid al-Din Abú
Talib Muhámmad ben lbrahim Attar a quien mataron los soldados de Tule, hijo de Zingis Jan, cuando Nishapur fue
expoliada. Quizá no huelgue resumir el poema. El remoto rey de los pájaros, el Simurg, deja caer en el centro de la China
una pluma espléndida; los pájaros resuelven buscarlo, hartos de su antigua anarquía. Saben que el nombre de su rey quiere
decir treinta pájaros; saben que su alcázar está en el Kaf, la montaña circular que rodea la tierra. Acometen la casi infinita
aventura; superan siete valles, o mares; el nombre del penúltimo es «Vértigo»; el último se llama «Aniquilación». Muchos
peregrinos desertan; otros perecen. Treinta, purificados por los trabajos, pisan la montaña del Simurg. Lo contemplan al fin:
perciben que ellos son el Simurg y que el Simurg es cada uno de ellos y todos. (También Plotino-Enéodas,V 8, 4 -declara
una extensión paradisíaca del principio de identidad: Todo, en el cielo inteligible, está en todas partes. Cualquier cosa es todas
las cosas. El sol es todas las estrellas, y cada estrella es todas las estrellas y el sol.) El Mantiq al-Tayr ha sido vertido al francés
por Garcín de Tassy; al inglés por Edward FitzGerald; para esta nota, he consultado el décimo tomo de Las mil y uno noches
de Burton y la monografa The Persion mystics: Attar (1932) de Margaret Smith.
Los contactos de ese poema con la novela de Mir Bahadur Alí no son excesivos. En el vigésimo capítulo, unas palabras
atribuidas por un librero persa a Almotásim son, quizá, la magnificación de otras que ha dicho el héroe; ésa y otras
ambiguas analogías pueden significar la identidad del buscado y del buscador; pueden también significar que éste influye en
aquél. Otro capítulo insinúa que Almotásim es el «hindú» que el estudiante cree haber matado.
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Ficciones
Jorge Luis Borges
A Silvina Ocampo
La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por
lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri
Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia «protestante» no es un
secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos
son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos-. Los amigos auténticos de
Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos
reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de
empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.
Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no
me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos
vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar
las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del
principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda
con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de
sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado «a la veracidad y a la muerte» (tales son
sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la
revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son
insuficientes.
He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con
esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:
a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La
conque (números de marzo y octubre de 1899).
b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de
conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje
común, «sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente
destinados a las necesidades poéticas» (Nîmes, 1901).
c) Una monografía sobre «ciertas conexiones o afinidades» del pensamiento de
Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).
d) Una monografía sobre la Characteristica universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).
e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno
de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por
rechazar esa innovación.
f) Una monografía sobre el Ars magna generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).
g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del
juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).
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Ficciones
Jorge Luis Borges
1
Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de ¡aversión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la
vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una
broma de nuestro amigo, mal escuchada.
2
Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las
páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?
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Ficciones
Jorge Luis Borges
Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico
de Novalis -el que lleva el número 2.005 en la edición de Dresden- que esboza el tema de
la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios
que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall
Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles,
sólo aptos -decía- para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor)
para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son
distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el
famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso
Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un
Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.
No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino «el» Quijote. Inútil agregar que
no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su
admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran -palabra por palabra y
línea por línea- con las de Miguel de Cervantes.
«Mi propósito es meramente asombroso», me escribió el 30 de septiembre de 1934
desde Bayonne. «El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo
externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que
mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables
volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.» En
efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.
El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español,
recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de
Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió
ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo XVII) pero
lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible!, dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa
era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste
era el menos interesante. Ser en el siglo XX un novelista popular del siglo xvii le pareció
una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos
arduo -por consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al
Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso,
le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese
prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado
presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se
negó a esa facilidad.) «Mi empresa no es difícil, esencialmente -leo en otro lugar de la
carta-. Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.» ¿Confesaré que suelo imaginar que
la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard?
Noches pasadas, al hojear el capítulo XXVI -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo
de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: «las ninfas de los ríos, la
dolorosa y húmida Eco». Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo
a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:
¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español,
no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto
esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que
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Ficciones
Jorge Luis Borges
engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto.
«El Quijote -aclara Menard- me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo
diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:
o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote.
(Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las
obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su
escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal
vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no
intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, La Galatea, las
Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje
del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia,
puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada
esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es
harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración
del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del
lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente
su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera
me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a
sacrificarlas al texto «original» y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A
esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios
del siglo Xvii era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del XX, es
casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos
hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.»
A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el
de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre
realidad provinciana de su país; Menard elige como «realidad» la tierra de Carmen
durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa
elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las
elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de
fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela
histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.
No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el
XXXVIII de la primera parte, «que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las
armas y las letras». Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y
posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas.
Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre
Menard -hombre contemporáneo de La Trahison des clercs y de Bertrand Russell-
reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable
y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente)
una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa
tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta,
que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o
irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él.
(Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de
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Ficciones
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... la verdad cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones,
testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones,
testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.
1
Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto.
En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una
alegre fogata.
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Ficciones
Jorge Luis Borges
antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis
pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de
todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.»
Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte
detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las
atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea
como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure a madame Henri
Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los
libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de
Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?
Nîmes, 1939
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vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los
impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un
alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de
aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que
arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor
y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más.
Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un
par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó
con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos
afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca
eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones
particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre,
un día, emergió del sueñó como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al
pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo
el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva,
extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas
fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y
apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró.
En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se
componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre
todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una
cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era
inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó
otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas
que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto
continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese
período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna
fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses
planetarios, pronunció las sílabas licitas de un nombre poderoso y durmió. Casi
inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la
penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó,
durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo
tocaba; se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo
percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la
arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen
lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó
el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes
de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más
difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni
podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra
ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de
sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda
su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los
númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal
vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La
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soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos
criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le
reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales)
le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de
suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un
hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara al otro
templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo
glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se
despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a
descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse
de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al
sueño. También rehízo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una
impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al
cerrar los ojos pensaba: «Ahora estaré con mi hijo». O, más raramente: «El hijo que he
engendrado me espera y no existirá si no voy».
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara
una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros
experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su
hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente-. Esa noche lo besó por primera vez y lo
envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de
inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma,
para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de
aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y
del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal
ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o
soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los 'sonidos y formas
del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de
su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un
tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en
lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le
hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no
quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las
criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un
fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su
hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero
simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre, ¡qué
humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha
procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago
temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en
mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos.
Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un
pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos;
luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de
las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario
del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio
cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las
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Ficciones
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aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez ,y a absolverlo de
sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos lo
acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con
terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
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La lotería en Babilonia
Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también
he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el
índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es
el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre
los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches
sin luna deben obediencia a los Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he
yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido
declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He
conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el
pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los
deleites, el pánico. Heraclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba
haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes
análogas yo no preciso recurrir a la suerte ni aun a la impostura.
Debo esa variedad casi atroz a una institución que otras repúblicas ignoran o que obra
en ellas de un modo imperfecto y secreto: la lotería. No he indagado su historia; sé que
los magos no logran ponerse de acuerdo; sé de sus poderosos propósitos lo que puede
saber de la luna el hombre no versado en astrología. Soy de un país vertiginoso donde la
lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella
como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón. Ahora, lejos de
Babilonia y de sus queridas costumbres, pienso con algún asombro en la lotería y en las
conjeturas blasfemas que en el crepúsculo murmuran los hombres velados.
Mi padre refería que antiguamente -¿cuestión de siglos, de años?- la lotería en
Babilonia era un juego de carácter plebeyo. Refería (ignoró si con verdad) que los
barberos despachaban por monedas de cobre rectángulos de hueso o de pergamino
adornados de símbolos. En pleno día se verificaba un sorteo: los agraciados recibían, sin
otra corroboración del azar, monedas acuñadas de plata. El procedimiento era elemental,
como ven ustedes.
Naturalmente, esas «loterías» fracasaron. Su virtud moral era nula. No se dirigían a
todas las facultades del hombre: únicamente a su esperanza. Ante la indiferencia pública,
los mercaderes que fundaron esas loterías venales comenzaron a perder el dinero. Alguien
ensayó una reforma: la interpolación de unas pocas suertes adversas en el censo de
números favorables. Mediante esa reforma, los compradores de rectángulos numerados
corrían el doble albur de ganar una suma y de pagar una multa a veces cuantiosa. Ese
leve peligro (por cada treinta números favorables había un número aciago) despertó,
como es natural, el interés del público. Los babilonios se entregaron al juego. El que no
adquiría suertes era considerado un pusilánime, un apocado. Con el tiempo, ese desdén
justificado se duplicó. Era despreciado el que no jugaba, pero también eran despreciados
los perdedores que abonaban la multa. La Compañía (así empezó a llamársela entonces)
tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas
el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los
condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por
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Ficciones
Jorge Luis Borges
la cárcel, para defraudar a la Compañía. De esa bravata de unos pocos nace el todopoder
de la Compañía: su valor eclesiástico, metafísico.
Poco después, los informes de los sorteos omitieron las enumeraciones de multas y se
limitaron a publicar los días de prisión que designaba cada número adverso. Ese
laconismo, casi inadvertido en su tiempo, fue de importancia capital. Fue la primera
aparición en la lotería de elementos no pecuniarios. El éxito fue grande. Instada por los
jugadores, la Compañía se vio precisada a aumentar los números adversos.
Nadie ignora que el pueblo de Babilonia es muy devoto de la lógica, y aun de la
simetría. Era incoherente que los números faustos se computaran en redondas monedas y
los infaustos en días y noches de cárcel. Algunos moralistas razonaron que la posesión de
monedas no siempre determina la felicidad y que otras formas de la dicha son quizá más
directas.
Otra inquietud cundía en los barrios bajos. Los miembros del colegio sacerdotal
multiplicaban las puestas y gozaban de todas las vicisitudes del terror y de la esperanza;
los pobres (con envidia razonable e inevitable) se sabían excluidos de ese vaivén,
notoriamente delicioso. El justo anhelo de que todos, pobres y ricos, participasen por igual
en la lotería, inspiró una indigna agitación, cuya memoria no han desdibujado los años.
Algunos obstinados no comprendieron (o simularon no comprender) que se trataba de un
orden nuevo, de una etapa histórica necesaria... Un esclavo robó un billete carmesí, que
en el sorteo lo hizo acreedor a que le quemaran la lengua. El código fijaba esa misma
pena para el que robaba un billete. Algunos babilonios argumentaban que merecía el
hierro candente, en su calidad de ladrón; otros, magnánimos, que el verdugo debía
aplicárselo porque así lo había determinado el azar... Hubo disturbios, hubo efusiones
lamentables de sangre; pero la gente babilónica impuso finalmente su voluntad, contra la
oposición de los ricos. El pueblo consiguió con plenitud sus fines generosos. En primer
término, logró que la Compañía aceptara la suma, del poder público. (Esa unificación era
necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.) En segundo
término, logró que la lotería fuera secreta, gratuita y general. Quedó abolida la venta
mercenaria de suertes. Ya iniciado en los misterios de Bel, todo hombre libre
automáticamente participaba en los sorteos sagrados, que se efectuaban en los laberintos
del dios cada sesenta noches y que determinaban su destino hasta el otro ejercicio. Las
consecuencias eran incalculables. Una jugada feliz podía motivar su elevación al concilio
de magos o la prisión de un enemigo (notorio o íntimo) o el reencontrar, en la pacífica
tiniebla del cuarto, la mujer que empieza a inquietarnos o que no esperábamos rever; una
jugada adversa: la mutilación, la variada infamia, la muerte. A veces un solo hecho -el
tabernario asesinato de C, la apoteosis misteriosa de B- era la solución genial de treinta o
cuarenta sorteos. Combinar las jugadas era difícil; pero hay que recordar que los
individuos de la Compañía eran (y son) todopoderosos y astutos. En muchos casos, el
conocimiento de que ciertas felicidades eran simple fábrica del azar hubiera aminorado su
virtud; para eludir ese inconveniente, los agentes de la Compañía usaban de las
sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las
íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían .de astrólogos y de
espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa, había
unas grietas en un polvoriento acueducto que, según opinión general, daban a la
Compañía; las personas malignas o benévolas depositaban delaciones en esos sitios. Un
archivo alfabético recogía esas noticias de variable veracidad.
Increíblemente, no faltaron murmuraciones. La Compañía, con su discreción habitual,
no replicó directamente. Prefirió borrajear en los escombros de una fábrica de caretas un
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Ficciones
Jorge Luis Borges
argumento breve, que ahora figura en las escrituras sagradas. Esa pieza doctrinal
observaba que la lotería es una interpolación del azar en el orden del mundo y que
aceptar errores no es contradecir el azar: es corroborarlo. Observaba asimismo que esos
leones y ese recipiente sagrado, aunque no desautorizados por la Compañia (que no
renunciaba al derecho de consultarlos), funcionaban sin garantía oficial.
Esa declaración apaciguó las inquietudes públicas. También produjo otros efectos,
acaso no previstos por el autor. Modificó hondamente el espíritu y las operaciones de la
Compañía. Poco tiempo me queda; nos avisan que la nave está por zarpar; pero trataré
de explicarlo.
Por inverosímil que sea, nadie había ensayado hasta entonces una teoría general de los
juegos. El babilonio es poco especulativo. Acata los dictámenes del azar, les entrega su
vida, su esperanza, su terror pánico, pero no se le ocurre investigar sus leyes laberínticas,
ni las esferas giratorias que lo revelan. Sin embargo, la declaración oficiosa que he
mencionado inspiró muchas discusiones de carácter jurídico-matemático. De alguna de
ellas nació la conjetura siguiente: Si la lotería es una intensificación del azar, una
periódica infusión del caos en el cosmos, ¿no convendría que el azar interviniera en todas
las etapas del sorteo y no en una sola? ¿No es irrisorio que el azar dicte la muerte de
alguien y que las circunstancias de esa muerte -la reserva, la publicidad, el plazo de una
hora o de un siglo- no estén sujetas al azar? Esos escrúpulos tan justos provocaron al fin
una considerable reforma, cuyas complejidades (agravadas por un ejercicio de siglos) no
entienden sino algunos especialistas, pero que intentaré resumir, siquiera de modo
simbólico.
Imaginemos un primer sorteo, que dicta la muerte de un hombre. Para su cumplimiento
se procede a un otro sorteo, que propone (digamos) nueve ejecutores posibles. De esos
ejecutores, cuatro pueden iniciar un tercer sorteo que dirá el nombre del verdugo, dos
pueden reemplazar la orden adversa por una orden feliz (el encuentro de un tesoro,
digamos), otro exacerbará la muerte (es decir la hará infame o la enriquecerá de
torturas), otros pueden negarse a cumplirla... Tal es el esquema simbólico. En la realidad
el número de sorteos es infinito. Ninguna decisión es final, todas se ramifican en otras.
Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad
basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible, como lo enseña la famosa parábola del
Certamen con la Tortuga. Esa infinitud condice de admirable manera con los sinuosos
números del Azar y con el Arquetipo Celestial de la Lotería, que adoran los platónicos...
Algún eco deforme de nuestros ritos parece haber retumbado en el Tíber: Elle Lampridio,
en la Vida de Antonino Heliogábalo, refiere que este emperador escribía en conchas las
suertes que destinaba a los convidados, de manera que uno recibía diez libras de oro y
otro diez moscas, diez lirones, diez osos. Es lícito recordar que Heliogábalo se educó en el
Asia Menor, entre los sacerdotes del dios epónimo.
También hay sorteos impersonales, de propósito indefinido: uno decreta que se arroje a
las aguas del Éufrates un zafiro de Taprobana; otro, que desde el techo de una torre se
suelte un pájaro; otro, que cada siglo se retire (o se añada) un grano de arena de los
innumerables que hay en la playa. Las consecuencias son, a veces, terribles.
Bajo el influjo bienhechor de la Compañía, nuestras costumbres están saturadas de
azar. El comprador de una docena de ánforas de vino damasceno no se maravillará si una
de ellas encierra un talismán o una víbora; el escribano que redacta un contrato no deja
casi nunca de introducir algún dato erróneo; yo mismo, en esta apresurada declaración,
he falseado algún esplendor, alguna atrocidad. Quizá, también, alguna misteriosa
monotonía... Nuestros historiadores, que son los más perspicaces del orbe, han inventado
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un método para corregir el azar; es fama que las operaciones de ese método son (en
general) fidedignas; aunque, naturalmente, no se divulgan sin alguna dosis de engaño.
Por lo demás, nada tan contaminado de ficción como la historia de la Compañía... Un
documento paleográfico, exhumado en un templo, puede ser obra del sorteo de ayer o de
un sorteo secular. No se publica un libro sin alguna divergencia entre cada uno de los
ejemplares. Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar.
También se ejerce la mentira indirecta.
La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural,
son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren
de las que prodigan los impostores. Además, ¿quién podrá jactarse de ser un mero
impostor? El ebrio que improvisa un mandato absurdo, el soñador que se despierta de
golpe y ahoga con las manos a la mujer que duerme a su lado, ano ejecutan, acaso, una
secreta decisión de la Compañía? Ese funcionamiento silencioso, comparable al de Dios,
provoca toda suerte de conjeturas. Alguna abominablemente insinúa que hace ya siglos
que no existe la Compañía y que el sacro desorden de nuestras vidas es puramente
hereditario, tradicional; otra la juzga eterna y enseña que perdurará hasta la última
noche, cuando el último dios anonade el mundo. Otra declara que la Compañía es
omnipotente, pero que sólo influye en cosas minúsculas: en el grito de un pájaro, en los
matices de la herrumbre y del polvo, en los entresueños del alba. Otra, por boca de
heresiarcas enmascarados, que no ha existido nunca y no existirá. Otra, no menos vil,
razona que es indiferente afirmar o negar la realidad de la tenebrosa corporación, porque
Babilonia no es otra cosa que un infinito juego de azares.
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juego; es lícito recordar que el autor no la consideró nunca otra cosa. «Yo reivindico para
esa obra -le oí decir- los rasgos esenciales de todo juego: la simetría, las leyes arbitrarias,
el tedio.» Hasta el nombre es un débil calembour: no significa «Marcha de abril» sino
literalmente «Abril marzo». Alguien ha percibido en sus páginas un eco de las doctrinas de
Dunne; el prólogo de Quain prefiere evocar aquel inverso mundo de Bradley, en que la
muerte precede al nacimiento y la cicatriz a la herida y la herida al golpe (Appearance
and reality, 1897, página 215).1 Los mundos que propone April March no son regresivos,
lo es la manera de historiarlos. Regresiva y ramificada, como ya dije. Trece capítulos
integran la obra. El primero refiere el ambiguo diálogo de unos desconocidos en un andén.
El segundo refiere los sucesos de la víspera del primero. El tercero, también retrógrado,
refiere los sucesos de otra posible víspera del primero; el cuarto, los de otra. Cada una de
esas tres vísperas (que rigurosamente se excluyen) se ramifica en otras tres vísperas, de
índole muy diversa. La obra total consta, pues, de nueve novelas; cada novela, de tres
largos capítulos. (El primero es común a todas ellas, naturalmente.) De esas novelas, una
es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra,
comunista; otra, anticomunista, etcétera. Quizá un esquema ayude a comprender la
estructura.
x1
x2
y1
x 3
x4
z y2 x5
x 6
x7
y3 x8
x 9
De esta estructura cabe repetir lo que declaró Schopenhauer de las doce categorías
kantianas: todo lo sacrifica a un furor simétrico. Previsiblemente, alguno de los nueve
relatos es indigno de Quain; el mejor no es el que originariamente ideó, el x 4; es el de
naturaleza fantástica, el x 9. Otros están afectados por bromas lánguidas y por
pseudoprecisiones inútiles. Quienes los leen en orden cronológico (verbigracia: x 3, y 1,
z) pierden el sabor peculiar del extraño libro. Dos relatos -el x 7, el x 8- carecen de valor
individual; la yuxtaposición les presta eficacia... No sé si debo recordar que ya publicado
1
Ay de la erudición de Herbert Quain, ay de la página 215 de un libro de 1897. Un interlocutor del Político, de Platón, ya
había descrito una regresión parecida: la de los Hijos de la Tierra o Autóctonos que, sometidos al influjo de una rotación
inversa del cosmos, pasaron de la vejez a la madurez, de la madurez a la niñez, de la niñez a la desaparición y la nada
También Teopompo, en su Filípica, habla de ciertas frutas boreales que originan en quien las come, el mismo proceso
retrógrado... Más interesante es imaginar una inversión del Tiempo: un estado en el que recordáramos el porvenir e
ignoráramos, o apenas presintiéramos, el pasado. Cf. el canto décimo del Infierno, versos 97-102, donde se comparan la
visión profética y la presbicia.
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April March, Quain se arrepintió del orden ternario y predijo que los hombres que lo
imitaran optarían por el binario
x1
y1
x 2
z
x3
y2
x 4
y los demiurgos y los dioses por el infinito: infinitas historias, infinitamente ramificadas.
Muy diversa, pero retrospectiva también, es la comedia heroica en dos actos The Secret
Mirror En las obras ya reseñadas, la complejidad formal había entorpecido la imaginación
del autor; aquí, su evolución es más libre. El primer acto (el más extenso) ocurre en la
casa de campo del general Thrale, C.I.E., cerca de Melton Mowbray. El invisible centro de
la trama es miss Ulrica Thrale, la hija mayor del general. A través de algún diálogo la
entrevemos, amazona y altiva; sospechamos que no suele visitar la literatura; los
periódicos anuncian su compromiso con el duque de Rutland; los periódicos desmienten el
compromiso. La venera un autor dramático, Wilfred Quarles; ella le ha deparado alguna
vez un distraído beso. Los personajes son de vasta fortuna y de antigua sangre; los
afectos, nobles aunque vehementes; el diálogo parece vacilar entre la mera vanilocuencia
de Bulwer-Lytton y los epigramas de Wilde o de Mr. Philip Guedalla. Hay un ruiseñor y una
noche; hay un duelo secreto en una terraza. (Casi del todo imperceptibles, hay alguna
curiosa contradicción, hay pormenores sórdidos.) Los personajes del primer acto
reaparecen en el segundo -con otros nombres-. El «autor dramático» Wilfred Quarles es
un comisionista de Liverpool; su verdadero nombre, John William Quigley. Miss Thrale
existe; Quigley nunca la ha visto, pero morbosamente colecciona retratos suyos del Tatler
o del Sketch. Quigley es autor del primer acto. La inverosímil o improbable «casa de
campo» es la pensión judeo-irlandesa en que vive, trasfigurada y magnificada por él... La
trama de los actos es paralela, pero en el segundo todo es ligeramente horrible, todo se
posterga o se frustra. Cuando The secret mirror se estrenó, la crítica pronunció los
nombres de Freud y de Julian Green. La mención del primero me parece del todo
injustificada.
La fama divulgó que The Secret Mirror era una comedia freudiana; esa interpretación
propicia (y falaz) determinó su éxito. Desgraciadamente, ya Quain había cumplido los
cuarenta años; estaba aclimatado en el fracaso y no se resignaba con dulzura a un cambio
de régimen. Resolvió desquitarse. A fines de 1939 publicó Statements: acaso el más
original de sus libros, sin duda el menos alabado y el más secreto. Quain solía argumentar
que los lectores eran una especie ya extinta. «No hay europeo -razonaba-que no sea un
escritor, en potencia o en acto.» Afirmaba también que de las diversas felicidades que
puede ministrar la literatura, la más alta era la invención. Ya que no todos son capaces de
esa felicidad, muchos habrán de contentarse con simulacros. Para esos «imperfectos
escritores», cuyo nombre es legión, Quain redactó los ocho relatos del libro Statements.
Cada uno de ellos prefigura o promete un buen argumento, voluntariamente frustrado por
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el autor. Alguno -no el mejor- insinúa dos argumentos. El lector, distraído por la vanidad,
cree haberlos inventado. Del tercero, The Rose of Yesterday, yo cometí la ingenuidad de
extraer Las ruinas circulares, que es una de las narraciones del libro El jardín de
senderos que se bifurcan.
1941
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La Biblioteca de Babel
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1
El manuscrito original no contiene guarismos o mayúsculas. La puntuación ha sido limitada a la coma y al punto. Esos dos
signos, el espacio y las veintidós letras del alfabeto son los veinticinco símbolos suficientes que enumera el desconocido.
(Nota del Editor.)
2
Antes, por cada tres hexágonos había un hombre. El suicidio y las enfermedades pulmonares han destruido esa
proporción. Memoria de indecible melancolía: a veces he viajado muchas noches por corredores y escaleras pulidas sin
hallar un solo bibliotecario.
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veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han
confirmado: «No hay, en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos». De esas premisas
incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las
posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque
vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la
historia minuciosa del porvenir, las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la
Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos
catálogos, la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico de
Basílides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de ese evangelio,
la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a todas las lenguas, las
interpolaciones de cada libro en todos los libros.
Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión
fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto
y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera: en
algún hexágono. El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las
dimensiones ilimitadas de la esperanza. En aquel tiempo se habló mucho de las
Vindicaciones: libros de apología y de profecía, que para siempre vindicaban los actos de
cada hombre del universo y guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de
codiciosos abandonaron el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos
por el vano propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los
corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las escaleras
divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían despeñados por los
hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las Vindicaciones existen (yo he
visto dos que se refieren a personas del porvenir, a personas acaso no imaginarias) pero
los buscadores no recordaban que la posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o
alguna pérfida variación de la suya, es computable en cero.
También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el
origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan
explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca
habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese
idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos... Hay buscadores
oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre
rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de
escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en
busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La
certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos y de que
esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una secta blasfema
sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran letras y símbolos, hasta
construir, mediante un improbable don del azar, esos libros canónicos. Las autoridades se
vieron obligadas a promulgar órdenes severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he
visto hombres viejos que largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de
metal en un cubilete prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros, inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles.
Invadían los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio un
volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se debe la
insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero quienes deploran
los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos notorios. Uno: la Biblioteca es
tan enorme que toda reducción de origen humano resulta infinitesimal. Otro: cada
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ejemplar único, irreemplazable, pero (como la Biblioteca es total) hay siempre varios
centenares de miles de facsímiles imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra
o por una coma. Contra la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de
las depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror que
esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros del Hexágono
Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes, ilustrados y mágicos.
También sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En
algún anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que sea la
cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario lo ha recorrido y es
análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún vestigios del culto de ese
funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de Él. Durante un siglo fatigaron en
vano los más diversos rumbos. ¿Cómo localizar el venerado hexágono secreto que lo
hospedaba? Alguien propuso un método regresivo: Para localizar el libro A, consultar
previamente un libro B que indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar
previamente un libro C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y
consumado mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya
un libro total;1 ruego a los dioses ignorados que un hombre -¡uno solo, aunque sea, hace
miles de años!- lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría y la felicidad no son
para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo
sea ultrajado y aniquilado, pero que en un instante, en un ser, Tu enorme biblioteca se
justifique.
Afirman los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y aun
la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé) de «la
Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur de cambiarse en
otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira».
Esas palabras, que no sólo denuncian el desorden sino que lo ejemplifican también,
notoriamente prueban su gusto pésimo y su desesperada ignorancia. En efecto, la
Biblioteca incluye todas las estructuras verbales, todas las variaciones que permiten los
veinticinco símbolos ortográficos, pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que
el mejor volumen de los muchos hexágonos que administro se titula Trueno peinado, y
otro El calambre de yeso y otro Axaxaxas mlö. Esas proposiciones, a primera vista
incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica; esa
justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No puedo combinar unos
caracteres
dhcmrlchtdj
que la divina Biblioteca no haya previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no
encierren un terrible sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de
ternuras y de temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un
dios. Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de
los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos -y
también su refutación. (Un número n de lenguajes posibles usa el mismo vocabulario; en
algunos, el símbolo biblioteca admite la correcta definición «ubicuo y perdurable sistema
1
Lo repito: basta que un libro sea posible para que exista. Sólo está excluido lo imposible. Por ejemplo: ningún libro es
también una escalera, aunque sin duda hay libros que discuten y niegan y demuestran esa posibilidad y otros cuya
estructura corresponde a la de una escalera.
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1
Letizia Álvarez de Toledo ha observado que la vasta Biblioteca es inútil; en rigor, bastaría un solo volumen,
de formato común, impreso en cuerpo nueve o en cuerpo diez, que constara de un número infinito de hojas
infinitamente delgadas. (Cavalieri a principios del siglo XVII, dijo que todo cuerpo sólido es la superposición de
un número infinito de planos.) El manejo de ese vademecum sedoso no sería cómodo: cada hoja aparente se
desdoblaría en otras análogas; la inconcebible hoja central no tendría revés.
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A Victoria Ocampo
1
Hipótesis odiosa y estrafalaria. El espía prusiano Hans Rabener alias Viktor Runeberg agredió con una pistola automática
al portador de la orden de arresto, capitán Richard Madden. Éste, en defensa propia, le causó heridas que determinaron su
muerte. (Nota del Editor.)
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doctor Stephen Albert?" Sin aguardar contestación, otro dijo: "La casa queda lejos de
aquí, pero usted no se perderá si toma ese camino a la izquierda y en cada encrucijada
del camino dobla a la izquierda. Les arrojé una moneda (la última), bajé unos escalones
de piedra y entré en el solitario camino. Éste, lentamente, bajaba. Era de tierra elemental,
arriba se confundían las ramas, la luna baja y circular parecía acompañarme.
»Por un instante, Pênsé que Richard Madden había Pênetrado de algún modo mi
desesperado propósito. Muy pronto comprendí que eso era imposible. El consejo de
siempre doblar a la izquierda me recordó que tal era el procedimiento común para
descubrir el patio central de ciertos laberintos. Algo entiendo de laberintos; no en vano
soy bisnieto de aquel Ts'ui Pên, que fue gobernador de Yunnan y que renunció al poder
temporal para escribir una novela que fuera todavía más populosa que el Hung Lu Meng y
para edificar un laberinto en el que se perdieran todos los hombres. Trece años dedicó a
esas heterogéneas fatigas, pero la mano de un forastero lo asesinó y su novela era
insensata y nadie encontró el laberinto. Bajo los árboles ingleses medité en ese laberinto
perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé
borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados
y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pênsé en un laberinto de
laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que
implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino
de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El
vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que
eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino
bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica
se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia.
Pênsé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros
hombres, pero no de un país; no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua,
ponientes. Llegué, así, a un alto portón herrumbrado. Entre las rejas descifré una alameda
y una especie de pabellón. Comprendí, de pronto, dos cosas, la primera trivial, la segunda
casi increíble: la música venía del pabellón, la música era china. Por eso, yo la había
aceptado con plenitud, sin prestarle atención. No recuerdo si había una campana o un
timbre o si llamé golpeando las manos. El chisporroteo de la música prosiguió.
»Pero del fondo de la íntima casa un farol se acercaba: un farol que rayaban y a ratos
anulaban los troncos, un farol de papel, que tenía la forma de los tambores y el color de la
luna. Lo traía un hombre alto. No vi su rostro, porque me cegaba la luz. Abrió el portón y
dijo lentamente en mi idioma:
»-Veo que el piadoso Hsi Pêng se empeña en corregir mi soledad. ¿Usted sin duda
querrá ver el jardín?
Reconocí el nombre de uno de nuestros cónsules y repetí desconcertado:
»-¿El jardín?
»-El jardín de senderos que se bifurcan.
»Algo se agitó en mi recuerdo y pronuncié con incomprensible seguridad:
»-El jardín de mi antepasado Ts'ui Pén.
»-¿Su antepasado? ¿Su ilustre antepasado? Adelante.
»El húmedo sendero zigzagueaba como los de mi infancia. Llegamos a una biblioteca de
libros orientales y occidentales. Reconocí, encuadernados en seda amarilla, algunos tomos
manuscritos de la Enciclopedia Perdida que dirigió el Tercer Emperador de la Dinastía
Luminosa y que no se dio nunca a la imprenta. El disco del gramófono giraba junto a un
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fénix de bronce. Recuerdo también un jarrón de la familia rosa y otro, anterior de muchos
siglos, de ese color azul que nuestros artífices copiaron de los alfareros de Persia...
» Stephen Albert me observaba, sonriente. Era (ya lo dije) muy alto, de rasgos
afilados, de ojos grises y barba gris. Algo de sacerdote había en él y también de marino;
después me refirió que había sido misionero en Tientsin "antes de aspirar a sinólogo".
»Nos sentamos; yo en un largo y bajo diván; él de espaldas a la ventana y a un alto
reloj circular. Computé que antes de una hora no llegaría mi perseguidor, Richard
Madden. Mi determinación irrevocable podía esperar.
»-Asombroso destino el de Ts'ui Pên -dijo Stephen Albert-. Gobernador de su provincia
natal, docto en astronomía, en astrología y en la interpretación infatigable de los libros
canónicos, ajedrecista, famoso poeta y calígrafo: todo lo abandonó para componer un
libro y un laberinto. Renunció a los placeres de la opresión, de la justicia, del numeroso
lecho, de los banquetes y aun de la erudición, y se enclaustró durante trece años en el
Pabellón de la Límpida Soledad. A su muerte, los herederos no encontraron sino
manuscritos caóticos. La familia, como usted acaso no ignora, quiso adjudicarlos al fuego;
pero su albacea (un monje taoísta o budista) insistió en la publicación.
»-Los de la sangre de Ts'ui Pên -repliqué- seguimos execrando a ese monje. Esa
publicación fue insensata. El libro es un acervo indeciso de borradores contradictorios. Lo
he examinado alguna vez: en el tercer capítulo muere el héroe, en el cuarto está vivo. En
cuanto a la otra empresa de Ts'ui Pên, a su Laberinto...
»-Aquí está el Laberinto -dijo indicándome un alto escritorio laqueado.
»-¡Un laberinto de marfil! -exclamé-. Un laberinto mínimo...
»-Un laberinto de símbolos -corrigió-. Un invisible laberinto de tiempo. A mí, bárbaro
inglés, me ha sido deparado revelar ese misterio diáfano. Al cabo de más de cien años, los
pormenores son irrecuperables, pero no es difícil conjeturar lo que sucedió. Ts'ui Pên diría
una vez: "Me retiro a escribir un libro". Y otra: "Me retiro a construir un laberinto". Todos
imaginaron dos obras; nadie Pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. El Pabellón
de la Límpida Soledad se erguía en el centro de un jardín tal vez intrincado; el hecho
puede haber sugerido a los hombres un laberinto físico. Ts’ui Pênmurió; nadie, en las
dilatadas tierras que fueron suyas, dio con el laberinto; la confusión de la novela me
sugirió que ése era el laberinto. Dos circunstancias me dieron la recta solución del
problema. Una: la curiosa leyenda de que Ts’ui Pên se había propuesto un laberinto que
fuera estrictamente infinito. Otra: un fragmento de una carta que descubrí.
» Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y
renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y
cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y
fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: "Dejo a
los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan". Devolví en
silencio la hoja. Albert prosiguió:
»-Antes de exhumar esta carta, yo me había preguntado de qué manera un libro puede
ser infinito. No conjeturé otro procedimiento que el de un volumen cíclico, circular. Un
volumen cuya última página fuera idéntica a la primera, con posibilidad de continuar
indefinidamente. Recordé también esa noche que está en el centro de Las mil y una
noches, cuando la reina Shahrazad (por una mágica distracción del copista) se pone a
referir textualmente la historia de Las mil y una noches, con riesgo de llegar otra vez a la
noche en que la refiere, y así hasta lo infinito. Imaginé también una obra platónica,
hereditaria, transmitida de padre a hijo, en la que cada nuevo individuo agregara un
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capítulo o corrigiera con piadoso cuidado la página de los mayores. Esas conjeturas me
distrajeron; pero ninguna parecía corresponder, siquiera de un modo remoto, a los
contradictorios capítulos de Ts'ui Pên. En esa perplejidad, me remitieron de Oxford el
manuscrito que usted ha examinado. Me detuve, como es natural, en la frase: "Dejo a los
varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan". Casi en el acto
comprendí; El jardín de senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase "varios
porvenires (no a todos)" me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el
espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada
vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las
otras; en la del casi inextricable Ts'ui Pên, opta -simultáneamente- por todas. Crea, así,
diversos porvenires, diversos tiempos, que también proliferan y se bifurcan. De ahí las
contradicciones de la novela. Fang, digamos, tiene un secreto; un desconocido llama a su
puerta; Fang resuelve matarlo. Naturalmente, hay varios desenlaces posibles: Fang puede
matar al intruso, el intruso puede matar a Fang, ambos pueden salvarse, ambos pueden
morir, etcétera. En la obra de Ts'ui Pên, todos los desenlaces ocurren; cada uno es el
punto de partida de otras bifurcaciones. Alguna vez, los senderos de ese laberinto
convergen: por ejemplo, usted llega a esta casa, pero en uno de los pasados posibles
usted es mi enemigo, en otro mi amigo. Si se resigna usted a mi pronunciación incurable,
leeremos unas páginas.
»Su rostro, en el vívido círculo de la lámpara, era sin duda el de un anciano, pero con
algo inquebrantable y aun inmortal. Leyó con lenta precisión dos redacciones de un mismo
capítulo épico. En la primera, un ejército marcha hacia una batalla a través de una
montaña desierta; el horror de las piedras y de la sombra le hace menospreciar la vida y
logra con facilidad la victoria; en la segunda, el mismo ejército atraviesa un palacio en el
que hay una fiesta; la resplandeciente batalla les parece una continuación de la fiesta y
logran la victoria. Yo oía con decente veneración esas viejas ficciones, acaso menos
admirables que el hecho de que las hubiera ideado mi sangre y de que un hombre de un
imperio remoto me las restituyera, en el curso de una desesperada aventura, en una isla
occidental.
Recuerdo las palabras finales, repetidas en cada redacción como un mandamiento
secreto: "Así combatieron los héroes, tranquilo el admirable corazón, violenta la espada,
resignados a matar y a morir".
»Desde ese instante, sentí a mi alrededor y en mi oscuro cuerpo una invisible,
intangible pululación. No la pululación de los divergentes, paralelos y finalmente
coalescentes ejércitos, sino una agitación más inaccesible, más intima y que ellos de
algún modo prefiguraban. Stephen Albert prosiguió:
»-No creo que su ilustre antepasado jugara ociosamente a las variaciones. No juzgo
verosímil que sacrificara trece años a la infinita ejecución de un experimento retórico. En
su país, la novela es un género subalterno; en aquel tiempo era un género despreciable.
Ts’ui Pên fue un novelista genial, pero también fue un hombre de letras que sin duda no
se consideró un mero novelista. El testimonio de sus contemporáneos proclamaba -y
harto lo confirma su vida- sus aficiones metafísicas, místicas. La controversia filosófica
usurpa buena parte de su novela. Sé que de todos los problemas, ninguno lo inquietó y lo
trabajó como el abismal problema del tiempo. Ahora bien, ése es el único problema que
no figura en las páginas del Jardín. Ni siquiera usa la palabra que quiere decir tiempo.
¿Cómo se explica usted esa voluntaria omisión?
»Propuse varias soluciones; todas, insuficientes. Las discutimos; al fin, Stepheri Albert
me dijo:
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Ficciones
Jorge Luis Borges
»-En una adivinanza cuyo tema es el ajedrez ¿cuál es la única palabra prohibida?
»Reflexioné un momento y repuse:
»-La palabra ajedrez.
»-Precisamente -dijo Albert-, El jardín de senderos que se bifurcan es una enorme
adivinanza, o parábola, cuyo tema es el tiempo; esa causa recóndita le prohíbe la
mención de su nombre. Omitir siempre una palabra, recurrir a metáforas ineptas y a
perífrasis evidentes, es quizá el modo más enfático de indicarla. Es el modo tortuoso que
prefirió, en cada uno de los meandros de su infatigable novela, el oblicuo Ts'ui Pên. He
confrontado centenares de manuscritos, he corregido los errores que la negligencia de los
copistas ha introducido, he conjeturado el plan de ese caos, he restablecido, he creído
restablecer el orden primordial, he traducido la obra entera: me consta que no emplea
una sola vez la palabra tiempo. La explicación es obvia: El jardín de senderos que se
bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui
Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo
uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa
de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se
aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las
posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no
yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara,
usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado
muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
»-En todos -articulé no sin un temblor- yo agradezco y venero su recreación del jardín
de Ts'ui Pên.
»-No en todos -murmuró con una sonrisa-. El tiempo se bifurca perpetuamente hacia
innumerables futuros. En uno de ellos soy su enemigo.
»Volví a sentir esa pululación de que hablé. Me pareció que el húmedo jardín que
rodeaba la casa estaba saturado hasta lo infinito de invisibles personas. Esas personas
eran Albert y yo, secretos, atareados y multiformes en otras dimensiones de tiempo. Alcé
los ojos y la tenue pesadilla se disipó. En el amarillo y negro jardín había un solo hombre;
pero ese hombre era fuerte como una estatua, pero ese hombre avanzaba por el sendero
y era el capitán Richard Madden.
»-El porvenir ya existe -respondí-, pero yo soy su amigo. ¿Puedo examinar de nuevo la
carta?
»Albert se levantó. Alto, abrió el cajón del alto escritorio; me dio por un momento la
espalda. Yo había preparado el revólver. Disparé con sumo cuidado: Albert se desplomó
sin una queja, inmediatamente. Yo juro que su muerte fue instantánea: una fulminación.
» Lo demás es irreal, insignificante. Madden irrumpió, me arrestó. He sido condenado a la
horca. Abominablemente he vencido: he comunicado a Berlín el secreto nombre de la
ciudad que deben atacar. Ayer la bombardearon; lo leí en los mismos periódicos que
propusieron a Inglaterra el enigma de que el sabio sinólogo Stephen Albert muriera
asesinado por un desconocido, Yá Tsun. El jefe ha descifrado ese enigma. Sabe que mi
problema era indicar (a través del estrépito de la guerra) la ciudad que se llama Albert y
que no hallé otro medio que matar a una persona de ese nombre. No sabe (nadie puede
saber) mi innumerable contrición y cansancio.»
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Ficciones
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Artificios
(1941)
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Ficciones
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Prólogo
Aunque de ejecución menos torpe, las piezas de este libro no difieren de las que forman
el anterior. Dos, acaso, permiten una mención detenida: La muerte y la brújula, Funes el
memorioso. La segunda es una larga metáfora del insomnio. La primera, pese a los
nombres alemanes o escandinavos, ocurre en un Buenos Aires de sueños: la torcida Rue
de Toulon es el Paseo de julio; Triste-le-Roy, el hotel donde Herbert Ashe recibió, y tal vez
no leyó, el tomo undécimo de una enciclopedia ilusoria. Ya redactada esa ficción, he
pensado en la conveniencia de amplificar el tiempo y el espacio que abarca: la venganza
podría ser heredada; los plazos podrían computarse por años, tal vez por siglos; la
primera letra del Nombre podría articularse en Islandia; la segunda, en México; la tercera,
en el Indostán. ¿Agregaré que los Hasidim incluyeron santos y que el sacrificio de cuatro
vidas para obtener las cuatro letras que imponen el Nombre es una fantasía que me dictó
la forma de mi cuento?
Posdata de 1956. Tres cuentos he agregado a la serie: El Sur, La secta del Fénix, El
Fin. Fuera de un personaje -Recabarren- cuya inmovilidad y pasividad sirven de contraste,
nada o casi nada es invención mía en el decurso breve del último; todo lo que hay en él
está implícito en un libro famoso y yo he sido el primero en desentrañarlo o, por lo
menos, en declararlo. En la alegoría del Fénix me impuse el problema de sugerir un hecho
común -el Secreto- de una manera vacilante y gradual que resultara, al fin, inequívoca;
no sé hasta dónde la fortuna me ha acompañado. De El Sur, que es acaso mi mejor
cuento, básteme prevenir que es posible leerlo como directa narración de hechos
novelescos y también de otro modo.
Schopenhauer, De Quincey, Stevenson, Mauthner, Shaw, Chesterton, Léon Bloy,
forman el censo heterogéneo de los,autores que continuamente releo. En la fantasía
cristológica titulada Tres versiones de Judas, creo percibir el remoto influjo del último.
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Ficciones
Jorge Luis Borges
Funes el memorioso
Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en
la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano,
viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de
la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente
remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo
cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana
de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz;
la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora.
Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887... Me parece muy feliz el proyecto de que
todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y
sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi
deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio
en el Uruguay-,cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo
esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para
él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los
superhombres, «un Zarathustra cimarrón y vernáculo»; no lo discuto, pero no hay que
olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o
febrero del año ochenta y cuatro. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray
Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco.
Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad.
Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el
cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la
esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una
especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos
veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos
en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como
por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el
cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó
imprevisiblemente: «¿Qué horas son, Ireneo?» Sin consultar el cielo, sin detenerse, el
otro respondió: «Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco». La
voz era aguda, burlona.
Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la
atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo
local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.
Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas
rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj.
Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que
algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un
domador o rastreador del departamento del Salto. Vivía con su madre, a la vuelta de la
quinta de los Laureles.
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Ficciones
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historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron «ut nihil
non iisdem verbis redderetur auditum».
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando.
Me parece que no le vi la cara hasta el alba creo rememorar el ascua momentánea del
cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y
de la enfermedad de mi padre.
Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno e que ya lo sepa el lector)
no tiene otro argumento que ese diálogo d hace ya medio siglo. No trataré de reproducir
sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que
me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi
relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa
noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos d memoria prodigiosa
registrados por la Naturalis historia: Ciro, re de los persas, que sabía llamar por su
nombre a todos los soldado de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la
justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia;
Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con
evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa
tarde lluviosa e: que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristiano: un
ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción
exacta del tiempo, su memoria de nombre propios; no me hizo caso.) Diecinueve años
había vivido con quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi
todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable
de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco
después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la
inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos
y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del
amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un
libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que
un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no
eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etc.
Podía reconstruir todos los sueños, todos los entresueños. Dos o tres veces había
reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había
requerido un día entero. Me dijo: «Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido
todos los hombres desde que el mundo es mundo». Y también: «Mis sueños son como la
vigilia de ustedes». Y también, hacia el alba: «Mi memoria, señor, es como vaciadero de
basuras». Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son
formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las
aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego
cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo
velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no
había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que
nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo
postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o
temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.
La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando.
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Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en
muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado
una sola vez ya no podía borrársele. Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los
treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola
palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En
lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) «Máximo Pérez»; en lugar de siete mil
catorce, «El Ferrocarril»; otros números eran «Luis Melián Lafinur», « Olimar», «azufre»,
«los bastos», «la ballena», «el gas», «la caldera», «Napoleón», «Agustín de Vedia». En
lugar de quinientos, decía «nueve». Cada palabra tenía un signo particular, una especie
de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de
voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que
decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades; análisis que no existe en
los «números» El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso
entenderme.
Locke, en el siglo XVII, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa
individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes
proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general,
demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol, de cada
monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir
cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por
cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable,
la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún
de clasificar todos los recuerdos de la niñez.
Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los
números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos,
pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferir el vertiginoso
mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas.
No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos
dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y
catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto
de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez.
Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes
discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la
fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido
espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso.
Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los
hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y
la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el
infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es
distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada
grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos
importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un
goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había
casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla
homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el
tundo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin
embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar,
abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.
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La forma de la espada
A E. H. M.
Le cruzaba la cara una cicatriz rencorosa: un arco ceniciento y casi perfecto que de un
lado ajaba la sien y del otro el pómulo. Su nombre verdadero no importa; todos en
Tacuarembó le decían el Inglés de La Colorada. El dueño de esos campos, Cardoso, no
quería vender; he oído que el Inglés recurrió a un imprevisible argumento: le confió la
historia secreta de la cicatriz. El Inglés venía de la frontera, de Río Grande del Sur; no
faltó quien dijera que en el Brasil había sido contrabandista. Los campos estaban
empastados; las aguadas, amargas; el Inglés, para corregir esas deficiencias, trabajó a la
par de sus peones. Dicen que era severo hasta la crueldad, pero escrupulosamente justo.
Dicen también que era bebedor: un par de veces al año se encerraba en el cuarto del
mirador y emergía a los dos o tres días como de una batalla o de un vértigo, pálido,
trémulo, azorado y tan autoritario como antes. Recuerdo los ojos glaciales, la enérgica
flacura, el bigote gris. No se daba con nadie; es verdad que su español era rudimental,
abrasilerado. Fuera de alguna carta comercial o de algún folleto, no recibía
correspondencia.
La última vez que recorrí los departamentos del Norte, una crecida del arroyo
Caraguatá me obligó a hacer noche en La Colorada. A los pocos minutos creí notar que mi
aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz
de las pasiones: el patriotismo. Dije que era invencible un país con el espíritu de
Inglaterra. Mi interlocutor asintió, pero agregó con una sonrisa que él no era inglés. Era
irlandés, de Dungarvan. Dicho esto se detuvo, como si hubiera revelado un secreto.
Salimos, después de comer, a mirar el cielo. Había escampado, pero detrás de las
cuchillas del Sur, agrietado y rayado de relámpagos, urdía otra tormenta. En el
desmantelado comedor, el peón que había servido la cena trajo una botella de ron.
Bebimos largamente, en silencio.
No sé qué hora sería cuando advertí que yo estaba borracho; no sé qué inspiración o
qué exultación o qué tedio me hizo mentar la cicatriz. La cara del Inglés se demudó;
durante unos segundos pensé que me iba a expulsar de la casa. Al fin me dijo con su voz
habitual:
-Le contaré la historia de mi herida bajo una condición: la de no mitigar ningún oprobio,
ninguna circunstancia de infamia.
Asentí. Esta es la historia que contó, alternando el inglés con el español, y aun con el
portugués:
-Hacia 1922, en una de las ciudades de Connaught, yo era uno de los muchos que
conspiraban por la independencia de Irlanda. De mis compañeros, algunos sobreviven
dedicados a tareas pacíficas; otros, paradójicamente, se baten en los mares o en el
desierto, bajo los colores ingleses; otro, el que más valía, murió en el patio de un cuartel,
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en el alba, fusilado por hombres llenos de sueño; otros (no los más desdichados) dieron
con su destino en las anónimas y casi secretas batallas de la guerra civil. Éramos
republicanos, católicos; éramos, lo sospecho, románticos. Irlanda no sólo era para
nosotros el porvenir utópico y el intolerable presente; era una amarga y cariñosa
mitología, era las torres circulares y las ciénagas rojas, era el repudio de Parnell y las
enormes epopeyas que cantan el robo de toros que en otra encarnación fueron héroes y
en otras peces y montañas... En un atardecer que no olvidaré, nos llegó un afiliado de
Munster: un tal John Vincent Moon.
»Tenía escasamente veinte años. Era flaco y fofo a la vez; daba la incómoda impresión
de ser invertebrado. Había cursado con fervor y con vanidad casi todas las páginas de no
sé qué manual comunista; el materialismo dialéctico le servía para cegar cualquier
discusión. Las razones que puede tener un hombre para abominar de otro o para quererlo
son infinitas: Moon reducía la historia universal a un sórdido conflicto económico.
Afirmaba que la revolución está predestinada a triunfar. Yo le dije que a un gentleman
sólo pueden interesarle causas perdidas... Ya era de noche; seguimos disintiendo en el
corredor, en las escaleras, luego en las vagas calles. Los juicios emitidos por Moon me
impresionaron menos que su inapelable tono apodíctico. El nuevo camarada no discutía:
dictaminaba con desdén y con cierta cólera.
»Cuando arribamos a las últimas casas, un brusco tiroteo nos aturdió. (Antes o
después, orillamos el ciego paredón de una fábrica o de un cuartel.) Nos internamos en
una calle de tierra; un soldado, enorme en el resplandor, surgió de una cabaña
incendiada. A gritos nos mandó que nos detuviéramos. Yo apresuré mis pasos, mi
camarada no me siguió. Me di vuelta: John Vincent Moon estaba inmóvil, fascinado y
como eternizado por el terror. Entonces yo volví, derribé de un golpe al soldado, sacudía
Vincent Moon, lo insulté y le ordené que me siguiera. Tuve que tomarlo del brazo; la
pasión del miedo lo invalidaba. Huimos, entre la noche agujereada de incendios. Una
descarga de fusilería nos buscó; una bala rozó el hombro derecho de Moon; éste,
mientras huíamos entre pinos, prorrumpió en un débil sollozo.
»En aquel otoño de 1922 yo me había guarecido en la quinta del general Berkeley. Éste
(a quien yo jamás había visto) desempeñaba entonces no sé qué cargo administrativo en
Bengala; el edificio tenía menos de un siglo, pero era desmedrado y opaco y abundaba en
perplejos corredores y en vanas antecámaras. El museo y la enorme biblioteca usurpaban
la planta baja: libros controversiales e incompatibles que de algún modo son la historia
del siglo XIX; cimitarras de Nishapur, en cuyos detenidos arcos de círculo parecían
perdurar el viento y la violencia de la batalla. Entramos (creo recordar) por los fondos.
Moon, trémula y reseca la boca, murmuró que los episodios de la noche eran
interesantes; le hice una curación, le traje una taza de té; pude comprobar que su
"herida" era superficial. De pronto balbuceó con perplejidad:
»-Pero usted se ha arriesgado sensiblemente.
»Le dije que no se preocupara. (El hábito de la guerra civil me había impelido a obrar
como obré; además, la prisión de un solo afiliado podía comprometer nuestra causa.)
»Al otro día Moon había recuperado el aplomo. Aceptó un cigarrillo y me sometió a un
severo interrogatorio sobre los "recursos económicos de nuestro partido revolucionario".
Sus preguntas eran muy lúcidas; le dije (con verdad) que la situación era grave. Hondas
descargas de fusilería conmovieron el Sur. Le dije a Moon que nos esperaban los
compañeros. Mi sobretodo y mi revólver estaban en mi pieza; cuando volví, encontré a
Moon tendido en el sofá, con los ojos cerrados. Conjeturó que tenía fiebre; invocó un
doloroso espasmo en el hombro.
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conspirador irlandés inducen a Ryan a suponer una secreta forma del tiempo, un dibujo de
líneas que se repiten. Piensa en la historia decimal que ideó Condorcet; en las morfologías
que propusieron Hegel, Spengler y Vico; en los hombres de Hesíodo, que degeneran
desde el oro hasta el hierro. Piensa en la transmigración de las almas, doctrina que da
horror a las letras célticas y que el propio César atribuyó a los druidas británicos; piensa
que antes de ser Fergus Kilpatrick, Fergus Kilpatrick fue Julio César. De esos laberintos
circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en
otros laberintos más inextricables y heterogéneos: ciertas palabras de un mendigo que
conversó con Fergus Kilpatrick el día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare,
en la tragedia de Macbeth. Que la historia hubiera copiado a la historia ya era
suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible... Ryan
indaga que en 1814, James Alexander Nolan, el más antiguo de los compañeros del
héroe, había traducido al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, Julio
César. También descubre en los archivos un artículo manuscrito de Nolan sobre los
Festspiele de Suiza: vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de
actores y que reiteran episodios históricos en las mismas ciudades y montañas donde
ocurrieron. Otro documento inédito le revela que, pocos días antes del fin, Kilpatrick,
presidiendo el último cónclave, había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo
nombre ha sido borrado. Esta sentencia no condice con los piadosos hábitos de Kilpatrick.
Ryan investiga el asunto (esa investigación es uno de los hiatos del argumento) y logra
descifrar el enigma.
Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los
actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas
noches. He aquí lo acontecido:
El 2 de agosto de 1824 se reunieron los conspiradores. El país estaba maduro para la
rebelión; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún traidor había en el cónclave. Fergus
Kilpatrick había encomendado a James Nolan el descubrimiento de ese traidor. Nolan
ejecutó su tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Kilpatrick.
Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a
muerte a su presidente. Éste firmó su propia sentencia, pero imploró que su castigo no
perjudicara a la patria.
Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda idolatraba a Kilpatrick; la más
tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que
hizo de la ejecución del traidor el instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió
que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias
deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que
apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en este proyecto, que le daba ocasión de
redimirse y que rubricaría su muerte.
Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la
múltiple ejecución; tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William
Shakespeare. Repitió escenas de Macbeth, de Julio César. La pública y secreta
representación comprendió varios días. El condenado entró en Dublín, discutió, obró, rezó,
reprobó, pronunció palabras patéticas, y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria,
había sido prefijado por Nolan. Centenares de actores colaboraron con el protagonista; el
rol de algunos fue complejo; el de otros, momentáneo. Las cosas que dijeron e hicieron
perduran en los libros históricos, en la memoria apasionada de Irlanda. Kilpatrick,
arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía, más de una vez
enriqueció con actos y palabras improvisadas el texto de su juez. Así fue desplegándose
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La muerte y la brújula
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El tercer crimen ocurrió la noche del 3 de febrero. Poco antes de la una, el teléfono
resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo, habló un hombre de voz
gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg) y que estaba dispuesto a comunicar,
por una remuneración razonable, los hechos de los dos sacrificios de Azevedo y de
Yarmolinsky. Una discordia de silbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la
comunicación se cortó. Sin rechazar aún la posibilidad de una broma (al fin, estaban en
carnaval) Treviranus indagó que le habían hablado desde Liverpool House, taberna de la
Rue de Toulon -esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y la lechería, el burdel
y los vendedores de biblias-. Treviranus habló con el patrón. Éste (Black Finnegan,
antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por la decencia) le dijo que la última
persona que había empleado el teléfono de la casa era un inquilino, un tal Gryphius, que
acababa de salir con unos amigos. Treviranus fue en seguida a Liverpool House. El patrón
le comunicó lo siguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado una pieza en los altos
del bar. Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeado pobremente
de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleo que Treviranus adivinó) le
pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphius inmediatamente pagó la suma estipulada. No
salía casi nunca; cenaba y almorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el
bar. Esa noche, bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo
ante la taberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianos recordaron
que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines, eran de reducida estatura y
nadie pudo no observar que estaban muy borrachos. Entre balidos de cornetas,
irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazaron a Gryphius, que pareció reconocerlos,
pero que les respondió con frialdad; cambiaron unas palabras en yiddish -él en voz baja,
gutural, ellos con voces falsas, agudas- y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de hora
bajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borracho como los otros.
Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequines enmascarados. (Una de las
mujeres del bar recordó los losanges amarillos, rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos
veces lo sujetaron los arlequines. Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los
tres subieron al cupé y desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín
garabateó una figura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova.
Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible, decía:
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manuscritas. Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Éste, sin sacarse
el sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a los contradictorios
testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En la torcida Rue de Toulon, cuando
pisaban las serpentinas muertas del alba, Treviranus dijo:
-¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro?
Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estaba subrayado) de la
disertación trigésima tercera del Philologus: «“Dies Judaeorum incipit a solis occasu
usque ad solis occasum die¡ sequentis”. Esto quiere decir -agregó-: “El día hebreo
empieza al anochecer y dura hasta el siguiente anochecer”».
El otro ensayó una ironía.
-¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche?
-No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg.
Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas. La Cruz de la
Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden del último Congreso Eremítico;
Ernst Palast, en El Mártir, reprobó «las demoras intolerables de un pogrom clandestino y
frugal, que ha necesitado tres meses para liquidar tres judíos»; la Yidische Zaitung
rechazó la hipótesis horrorosa de un complot antisemita, «aunque muchos espíritus
penetrantes no admiten otra solución del triple misterio»; el más ilustre de los pistoleros
del Sur, Dandy Red Scharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de
ésos y acusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus.
Éste recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado. Lo abrió: el
sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minucioso plano de la ciudad,
arrancado notoriamente de un Baedeker. La carta profetizaba que el 3 de marzo no habría
un cuarto crimen, pues la pinturería del Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hótel
du Nord eran «los vértices perfectos de un triángulo equilátero y místico» ; el plano
demostraba en tinta roja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación
ese argumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot
-indiscutible merecedor de tales locuras.
Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes. Simetría en el
tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en el espacio, también...
Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Un compás y una brújula
completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció la palabra Tetragrámaton (de
adquisición reciente) y llamó por teléfono al comisario. Le dijo:
-Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Me ha permitido
resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la cárcel; podemos estar
muy tranquilos.
-Entonces ¿no planean un cuarto crimen?
-Precisamente porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos.
-Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de los Ferrocarriles
Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al sur de la ciudad de mi
cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas, infamado de curtiembres y de basuras.
Del otro lado hay un suburbio fabril donde, al amparo de un caudillo barcelonés, medran
los pistoleros. Lönnrot sonrió al pensar que el más afamado -Red Scharlach- hubiera dado
cualquier cosa por conocer esa clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach;
Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fuera Scharlach.
Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema; las meras
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intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot, comprendiera que
es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y en el Oeste, reclaman un cuarto
prodigio en el Sur; el Tetragrámaton -el Nombre de Dios, JHVH- consta de cuatro letras;
los arlequines y la muestra del pinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto
pasaje en el manual de Leusden; ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el
día de ocaso a ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro de
cada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí que usted agregaría
el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto, el punto que prefija el
lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo he premeditado, Erik Lönnrot, para
atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy.
Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielo subdivididos en rombos
turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un poco de frío y una tristeza impersonal,
casi anónima. Ya era de noche; desde el polvoriento jardín subió el grito inútil de un
pájaro. Lönnrot, consideró por última vez el problema de las muertes simétricas y
periódicas.
-En su laberinto sobran tres líneas -dijo por fin-. Yo sé de un laberinto griego que es
una línea única, recta. En esa línea se han perdido tantos filósofos que bien puede
perderse un mero detective. Scharlach, cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o
cometa) un crimen en A, luego un segundo crimen en B, a 8 kilómetros de A, luego un
tercer crimen en C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos.
Aguárdeme después en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino.
Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
-Para la otra vez que lo mate -replicó Scharlach- le prometo ese laberinto, que consta
de una sola línea recta y que es invisible, incesante.
Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.
1942
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El milagro secreto
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muertes, en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por
soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos; otras,
desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas
ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo,
Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte. Luego reflexionó
que la realidad no suele coincidir con las previsiones; con lógica perversa infirió que
prever un detalle circunstancial es impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia,
inventaba, para que no sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que
esos rasgos fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo
en la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba del día 29;
razonaba en voz alta: «Ahora estoy en la noche del 22; mientras dure esta noche (y seis
noches más) soy invulnerable, inmortal». Pensaba que las noches de sueño eran piletas
hondas y oscuras en las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la
definitiva descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El 28,
cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió de esas
consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas
costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como todo
escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y pedía que los otros lo
midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los libros que había dado a la estampa
le infundían un complejo arrepentimiento. En sus exámenes de la obra de Boehme, de
Abnesra y de Flood, había intervenido esencialmente la mera aplicación; en su traducción
del Sepher Yezirah, la negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal
vez, la Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas eternidades
que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta el pasado
modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que todos los hechos del
universo integran una serie temporal. Arguye que no es infinita la cifra de las posibles
experiencias del hombre y que basta una sola «repetición» para demostrar que el tiempo
es una falacia... Desdichadamente, no son menos falaces los argumentos que demuestran
esa falacia; Hladík solía recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había
redactado una serie de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron
en una antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese
pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los enemigos.
(Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores olviden la irrealidad,
que es condición del arte.)
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría en
Hradcany; en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas tardes del
siglo xix. En la primera escena del primer acto, un desconocido visita a Roemerstadt. (Un
reloj da las siete, una vehemencia de último sol exalta los cristales, el aire trae una
apasionada y reconocible música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no
conoce las personas que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos
visto ya, tal vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero
para los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos secretos,
conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus complejas intrigas; en
el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez
la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los
peligros arrecian; Roemerstadt, al cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar
a un conspirador. Empieza el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las
incoherencias: vuelven actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un
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instante, el hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el
reloj da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae una
apasionada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las palabras que
pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le habla sin asombro; el
espectador entiende que Roemerstadt es el miserable Jaroslav Kubin. El drama no ha
ocurrido: es el delirio circular que interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o
admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la invención más
apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades, la posibilidad de rescatar
(de manera simbólica) lo fundamental de su vida. Había terminado ya el primer acto y
alguna escena del tercero; el carácter métrico de la obra le permitía examinarla
continuamente, rectificando los hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aún le
faltaban dos actos y que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. «Si de
algún modo existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de Los
enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y justificarte, requiero
un año más. Otórgame esos días, Tú de quien son los siglos y el tiempo.» Era la última
noche, la más atroz, pero diez minutos después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca del
Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: «¿Qué busca?». Hladík le
replicó: «Busco a Dios». El bibliotecario le dijo: «Dios está en una de las letras de una de
las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos del Clementinum. Mis padres y los
padres de mis padres han buscado esa letra; yo me he quedado ciego buscándola». Se
quitó las gafas y Hladík vio los ojos, que estaban muertos. Un lector entró a devolver un
atlas. «Este atlas es inútil», dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de
la India, vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua
le dijo: « El tiempo de tu labor ha sido otorgado». Aquí Hladík se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha escrito
que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras y no se puede ver
quién las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías, escaleras y
pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por una sola escalera de
fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado- revisaban una motocicleta y la
discutían. El sargento miró el reloj: eran las ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que
esperar que dieran las nueve. Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un
montón de leña. Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la
espera, el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o por
humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló; los soldados
hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente, procuró recordar a la
mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...
El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel, esperó la
descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre; entonces le ordenaron
al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente, recordó las vacilaciones
preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de lluvia rozó una de las sienes de Hladík
y rodó lentamente por su mejilla; el sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo.
Las armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban
inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa del
patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en un cuadro.
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Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano. Comprendió que estaba
paralizado. No le. llegaba ni el más tenue rumor del impedido mundo. Pensó «estoy en el
infierno, estoy muerto». Pensó «estoy loco». Pensó «el tiempo se ha detenido». Luego
reflexionó que, en tal caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a
prueba: repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó que
los ya remotos soldados compartían su angustia; anheló comunicarse con ellos. Le
asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga inmovilidad. Durmió, al
cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo seguía inmóvil y sordo. En su
mejilla perduraba la, gota de agua; en el patio, la sombra de la abeja; el humo del
cigarrillo que había tirado no acababa nunca de dispersarse. Otro «día» pasó, antes que
Hladík entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le otorgaba su
omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el plomo germánico, en
la hora determinada, pero en su mente un año trascurría entre la orden y la ejecución de
la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del estupor a la resignación, de la resignación
a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro que
agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y olvidan
párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para Dios, de cuyas
preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto
laberinto invisible. Rehízo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado
evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba.
Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el
patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del
carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a
Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita,
no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo
epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido,
movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladík murió el 29 de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana.
1943
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1
Borelius interroga con burla: «¿Por qué no renunció a renunciar? ¿Porqué no a renunciar a renunciar?».
2
Euclydes da Cunha, en un libro ignorado por Runeberg, anota que para el heresiarca de Canudos, Antonio Conselheiro, la
virtud «era una casi impiedad». El lector argentino recordará pasajes análogos en la obra de Almafuerte. Runeberg publicó,
en la hoja simbólica Sju insegel, un asiduo poema descriptivo, El agua secreta; las primeras estrofas narran los hechos de un
tumultuoso día; las úttimas, el hallazgo de un estanque glacial; el poeta sugiere que la perduración de esa agua silenciosa
corrige nuestra inútil violencia y de algún modo la permite y la absuelve. El poema concluye así: «El agua de la selva es
feliz; podemos ser malvados y dolorosos».
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1
-Maurice Abramowicz observa: «Jésus, d'aprés ce scandinave, a toujours le beau rôle; ses déboires, grâce à la science des
typographes, jouissent d'une réputabon polyglotte; sa résidence de trente-trois ans parmi les humains ne fut en somme, qu'une
villégiature». Erfjord, en el tercer apéndice de la Christelige Dogmatik refuta ese pasaje. Anota que la crucifixión de Dios no
ha cesado, porque lo acontecido una sola vez en el tiempo se repite sin tregua en la eternidad. Judas, ahora, sigue
cobrando las monedas de plata; sigue besando a Jesucristo; sigue arrojando las monedas de plata en el templo; sigue
anudando el lazo de la cuerda en el campo de sangre. (Erlord, para justificar esa afirmación, invoca el último capítulo del
primer tomo de la Vindicación de la eternidad, de Jaromir Hladík)
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1944
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El fin
Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra
pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se
enredaba y desataba infinitamente... Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas
que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de
lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana,
se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo.
Con el brazo izquierdo tanteó, hasta dar con un cencerro de bronce que había al pie del
catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos
acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de
cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto.
Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las
horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado.
La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la
pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de
yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza
de apiadarnos de las desdichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con
exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis
como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el
presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna
era señal de lluvia.
Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta. Recabarren le
preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que
no; el negro no contaba. El hombre postrado se quedó solo; su mano izquierda jugó un
rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.
La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se
agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete que venía, o parecía venir, a la casa.
Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara del
hombre, que, por fin, sujetó el galope y vino acercándose al trotecito. A unas doscientas
varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al
palenque y entrar con paso firme en la pulpería.
Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura:
-Ya sabía yo, señor, que podía contar con usted.
El otro, con voz áspera, replicó:
-Y yo con vos, moreno. Una porción de días te hice esperar, pero aquí he venido.
Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió:
-Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.
El otro explicó sin apuro:
-Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise
mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.
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Jorge Luis Borges
-Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejó con salud.
El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de buena gana. Pidió una
caña y la paladeó sin concluirla.
-Les di buenos consejos -declaró-, que nunca están de más y no cuestan nada. Les
dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre.
Un lento acorde precedió la respuesta del negro:
-Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.
-Por lo menos a mí -dijo el forastero y añadió como si pensara en voz alta-: Mi destino
ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.
El negro, como si no lo oyera, observó:
-Con el otoño se van acortando los días.
-Con la luz que queda me basta -replicó el otro, poniéndose de pie.
Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado:
-Deja en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.
Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró:
-Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.
El otro contestó con seriedad:
-En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andabas ganoso de llegar al segundo.
Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual
a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó
las espuelas. Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo:
-Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su
coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi
hermano.
Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio. Su sangre lo sintió como
un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.
Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo
dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una
música... Desde su catre, Recabarren vio el fin. Una embestida y el negro reculó, perdió
pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el
vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó.
Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el
pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de
justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho era el otro: no tenía destino sobre la tierra y había
matado a un hombre.
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Ficciones
Jorge Luis Borges
Quienes escriben que la secta del Fénix tuvo su origen en Heliópolis, y la derivan de la
restauración religiosa que sucedió a la muerte del reformador Amenophis IV, alegan
textos de Heródoto, de Tácito y de los monumentos egipcios, pero ignoran, o quieren
ignorar, que la denominación por el Fénix no es anterior a Hrabano Mauro y que las
fuentes más antiguas (las Saturnales o Flavio Josefo, digamos) sólo hablan de la Gente
de la Costumbre o de la Gente del Secreto. Ya Gregorovius observó, en los conventículos
de Ferrara, que la mención del Fénix era rarísima en el lenguaje oral; en Ginebra he
tratado con artesanos que no me comprendieron cuando inquirí si eran hombres del Fénix,
pero que admitieron, acto continuo, ser hombres del Secreto. Si no me engaño, igual cosa
acontece con los budistas; el nombre por el cual los conoce el mundo no es el que ellos
pronuncian.
Miklosich, en una página demasiado famosa, ha equiparado los sectarios del Fénix a los
gitanos. En Chile y en Hungría hay gitanos y también hay sectarios; fuera de esa especie
de ubicuidad, muy poco tienen en común unos y otros. Los gitanos son chalanes,
caldereros, herreros y decidores de la buenaventura; los sectarios suelen ejercer
felizmente las profesiones liberales. Los gitanos configuran un tipo físico y hablan, o
hablaban, un idioma secreto; los sectarios se confunden con los demás y la prueba es que
no han sufrido persecuciones. Los gitanos son pintorescos e inspiran a los malos poetas;
los romances, los cromos y los boleros omiten a los sectarios... Martín Buber declara que
los judíos son esencialmente patéticos; no todos los sectarios lo son y algunos abominan
del patetismo; esta pública y notoria verdad basta para refutar el error vulgar
(absurdamente defendido por Urmann) que ve en el Fénix una derivación de Israel. La
gente más o menos discurre así: Urmann era un hombre sensible; Urmann era judío;
Urmann frecuentó a los sectarios en la judería de Praga; la afinidad que Urmann sintió
prueba un hecho real. Sinceramente, no puedo convenir con ese dictamen. Que los
sectarios en un medio judío se parezcan a los judíos no prueba nada; lo innegable es que
se parecen, como el infinito Shakespeare de Hazlitt, a todos los hombres del mundo. Son
todo para todos, como el Apóstol; días pasados el doctor Juan Francisco Amaro, de
Paysandú, ponderó la facilidad con que se acriollaban.
He dicho que la historia de la secta no registra persecuciones. Ello es verdad, pero
como no hay grupo humano en que no figuren partidarios del Fénix, también es cierto que
no hay persecución o rigor que éstos no hayan sufrido y ejecutado. En las guerras
occidentales y en las remotas guerras del Asia han vertido su sangre secularmente, bajo
banderas enemigas; de muy poco les vale identificarse con todas las naciones del orbe.
Sin un libro sagrado que los congregue como la Escritura a Israel, sin una memoria
común, sin esa otra memoria que es un idioma, desparramados por la faz de la tierra,
diversos de color y de rasgos, una sola cosa -el Secreto- los une y los unirá hasta el fin de
sus días. Alguna vez, además del Secreto hubo una leyenda (y quizá un mito
cosmogónico), pero los superficiales hombres del Fénix la han olvidado y hoy sólo guardan
la oscura tradición de un castigo. De un castigo, de un pacto o de un privilegio, porque las
versiones difieren y apenas dejan entrever el fallo de un Dios que asegura a una estirpe la
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Ficciones
Jorge Luis Borges
He merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del Fénix; me consta que
el secreto, al principio, les pareció baladí, penoso, vulgar y (lo que aún es más extraño)
increíble. No se avenían a admitir que sus padres se hubieran rebajado a tales manejos.
Lo raro es que el Secreto no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes
del orbe, a despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos los
fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.
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Ficciones
Jorge Luis Borges
El Sur
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Ficciones
Jorge Luis Borges
dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro día, el cirujano le dijo que
estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia.
Increíblemente, el día prometido llegó.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había llegado
al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a Constitución. La
primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo
natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la
mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran
como largos zaguanes, las plazas como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con
un principio de vértigo; unos segundos antes de que las registraran sus ojos, recordaba
las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla
del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solfa repetir que
ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo
y más firme. Desde el coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el
llamador, el arco de la puerta, el zaguán, el íntimo patio.
En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente
que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme
gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí
estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente; la probó (ese
placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que
aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el
hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la
eternidad del instante.
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio
con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y
sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las mil y una noches. Viajar con este
libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha
había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.
A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de
jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó
poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran,
quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La
felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro
y se dejaba simplemente vivir.
El almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya remotos
veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.
«Mañana me despertaré en la estancia», pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos
hombres: el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro,
encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin
revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los
terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes luminosas que
parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura.
También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su
directo conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y
literario.
83
Ficciones
Jorge Luis Borges
Alguna vez durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol
intolerable de las doce del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría
en ser rojo. También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el
andén; la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la móvil sombra
del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni poblaciones ni
otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna
manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La
soledad era perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y
no sólo al Sur. De esa conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le
advirtió que el tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y
apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no
trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le importaba.)
El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado de las vías
quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo
tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a
unas diez, doce, cuadras.
Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol,
pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la
noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba
despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.
El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su bien
ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de
una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmann,
adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido
con uno de los empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la
jardinera; para agregar otro hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann
resolvió comer en el almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann,
al principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como
una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las
aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico
y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una eternidad. Dahlmann registró con
satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripa y la bota de potro y se dijo,
rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con entrerrianos,
que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur.
Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo,
pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo
sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto.
Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco
soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la
otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra; otro, de rasgos achinados y torpes,
bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara.
Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una
bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dahlmann, perplejo, decidió que nada había
ocurrido y abrió el volumen de Las mil y una noches, como para tapar la realidad. Otra
bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo
que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara
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Ficciones
Jorge Luis Borges
arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el
patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.
Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas
palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la provocación de los
peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra él y contra su nombre y
lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los peones y les
preguntó qué andaban buscando.
El compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan
Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su
borrachera y esa exageración era una ferocidad y una burla. Entre malas palabras y
obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó, e invitó a
Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado.
En ese punto, algo imprevisible ocurrió.
Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del
Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur
hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y
sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La
segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar
que lo mataran. Alguna vez había jugado con un puñal, como todos los hombres, pero su
esgrima no pasaba de una noción de que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para
adentro. «No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas», pensó.
-Vamos saliendo -dijo el otro.
Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al
atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo,
hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del
sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o
soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.
Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la
llanura.
85
Prólogo............................................................................................................................. 2
EL JARDÍN DE SENDEROS QUE SE BIFURCAN................................................................................................................5
Prólogo ..................................................................................................................................................................6
Tlön, Uqbar, Orbis Tertius ....................................................................................................................................7
El acercamiento a Almotásim..............................................................................................................................16
Pierre Menard, autor del Quijote........................................................................................................................20
Las ruinas circulares ...........................................................................................................................................26
La lotería en Babilonia........................................................................................................................................30
Examen de la obra de Herbert Quain..................................................................................................................34
La Biblioteca de Babel ........................................................................................................................................38
El jardín de los senderos que se bifurcan............................................................................................................43
ARTIFICIOS ...............................................................................................................................................................49
Prólogo ................................................................................................................................................................50
Funes el memorioso.............................................................................................................................................51
La forma de la espada .........................................................................................................................................56
Tema del traidor y del héroe ...............................................................................................................................60
La muerte y la brújula .........................................................................................................................................63
El milagro secreto ...............................................................................................................................................70
Tres versiones de Judas.......................................................................................................................................74
El fin ....................................................................................................................................................................78
La secta del Fénix................................................................................................................................................80
El Sur...................................................................................................................................................................82
UTOPÍA DE UN HOMBRE QUE ESTÁ
CANSADO
Jorge Luis Borges
Quevedo
No hay dos cerros iguales, pero en cualquier lugar de la tierra la llanura es una y la
misma. Yo iba por un camino de la llanura. Me pregunté sin mucha curiosidad si estaba
en Oklahoma o en Texas o en la región que los literatos llaman la pampa. Ni a derecha
ni a izquierda vi un alambrado. Como otras veces repetí despacio estas líneas, de
Emilio Oribe:
Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del
cielorraso una lámpara de luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En
la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero.
El hombre me indicó una de las sillas.
- Por la ropa - me dijo -, veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas
favorecía la diversidad de los pueblos y aún de las guerras; la tierra ha regresado al
latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en
1
papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que
será me interesan.
Atravesamos un corredor con puertas laterales, que daba a una pequeña cocina en
la que todo era de metal. Volvimos con la cena en una bandeja: boles con copos de
maíz, un racimo de uvas, una fruta desconocida cuyo sabor me recordó el del higo, y
una gran jarra de agua. Creo que no había pan. Los rasgos de mi huésped eran
agudos y tenía algo singular en los ojos. No olvidaré ese rostro severo y pálido que no
volveré a ver. No gesticulaba al hablar.
- Recuerdo haber leído sin desagrado - me contestó - dos cuentos fantásticos. Los
Viajes del Capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma
Teológica. Pero no hablemos de hechos. Ya a nadie le importan los hechos. Son meros
puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la
duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el
tiempo, que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos
quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles
precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho
que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.
- No se llamaba.
En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras
e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto
rúnico, que, sin embargo, sólo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los
2
hombres del porvenir no sólo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los
largos y finos dedos del hombre.
Éste me dijo:
- Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil, aunque no tan antiguos ni tan
preciosos.
El otro se rió.
- Nadie puede leer dos mil libros. En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de
una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha
sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo
textos innecesarios.
Todo esto se leía para el olvido, porque a las pocas horas lo borrarían otras
trivialidades. De todas las funciones, la del político era sin duda la más pública. Un
embajador o un ministro era una suerte de lisiado que era preciso trasladar en largos y
ruidosos vehículos, cercado de ciclistas y granaderos y aguardado por ansiosos
fotógrafos. Parece que les hubieran cortado los pies, solía decir mi madre. Las
imágenes y la letra impresa eran más reales que las cosas. Sólo lo publicado era
verdadero. Esse est percipi (ser es ser retratado) era el principio, el medio y el fin de
nuestro singular concepto del mundo. En el ayer que me tocó, la gente era ingenua;
creía que una mercadería era buena porque así lo afirmaba y lo repetía su propio
fabricante. También eran frecuentes los robos, aunque nadie ignoraba que la posesión
de dinero no da mayor felicidad ni mayor quietud.
3
- ¿Dinero? - repitió -. Ya no hay quien adolezca de pobreza, que habrá sido
insufrible, ni de riqueza, que habrá sido la forma más incómoda de la vulgaridad. Cada
cual ejerce un oficio.
- Tampoco hay ciudades. A juzgar por las ruinas de Bahía Blanca, que tuve la
curiosidad de explorar, no se ha perdido mucho. Ya que no hay posesiones, no hay
herencias. Cuando el hombre madura a los cien años, está listo a enfrentarse consigo
mismo y con su soledad. Ya ha engendrado un hijo.
- Sí. Uno solo. No conviene fomentar el género humano. Hay quienes piensan que
es un órgano de la divinidad para tener conciencia del universo, pero nadie sabe con
certidumbre si hay tal divinidad. Creo que ahora se discuten las ventajas y desventajas
de un suicidio gradual o simultáneo de todos los hombres del mundo. Pero volvamos a
lo nuestro.
Asentí.
- Cumplidos los cien años, el individuo puede prescindir del amor y de la amistad.
Los males y la muerte involuntaria no lo amenazan. Ejerce alguna de las artes, la
filosofía, las matemáticas o juega a un ajedrez solitario. Cuando quiere se mata. Dueño
el hombre de su vida, lo es también de su muerte.
4
El hombre ahora me daba la espalda y miraba por los cristales. Afuera, la llanura
estaba blanca de silenciosa nieve y de luna.
Me atreví a preguntar:
- En tal caso, cada cual debe ser su propio Bernard Shaw, su propio Jesucristo y su
propio Arquímedes.
- He construido esta casa, que es igual a todas las otras. He labrado estos muebles
y estos enseres. He trabajado el campo, que otros cuya cara no he visto, trabajarán
mejor que yo. Puedo mostrarte algunas cosas.
Lo seguí a una pieza contigua. Encendió una lámpara, que también pendía del
cielorraso. En un rincón vi un arpa de pocas cuerdas. En las paredes había telas
rectangulares en las que predominaban los tonos del color amarillo. No parecían
proceder de la misma mano.
Examiné las telas y me detuve ante la más pequeña, que figuraba o sugería una
puesta de sol y que encerraba algo infinito.
- Si te gusta puedes llevártela, como recuerdo de un amigo futuro - dijo con palabra
tranquila.
Le agradecí, pero otras telas me inquietaron. No diré que estaban en blanco, pero
sí casi en blanco.
5
- Están pintadas con colores que tus antiguos ojos no pueden ver.
Las delicadas manos tañeron las cuerdas del arpa y apenas percibí uno que otro
sonido.
Una alta mujer y tres o cuatro hombres entraron en la casa. Diríase que eran
hermanos o que los había igualado el tiempo. Mi huésped habló primero con la mujer.
A los quince minutos de caminar, doblamos por la izquierda. En el fondo divisé una
suerte de torre, coronada por una cúpula.
- Es el crematorio - dijo alguien -. Adentro está la cámara letal. Dicen que la inventó
un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler.
FIN
6
BIOGRAFIA DE TADEO ISIDORO CRUZ
JORGE LUIS BORGES
I'm looking for the face I had before the world was made.
El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el
Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre
ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una
pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con
él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados
por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos,
y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del
Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa
una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La
aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos
(1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones.
Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la
llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas
riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie
monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni
un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa
del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar
el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos
días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la
oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver
con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las
noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no
había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de
guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado
la policía. Probó el cuchillo en una mata: poro que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las
espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano
izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos,
peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron.
El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la
frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su
provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso,
fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon
contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza. En su oscura y valerosa
historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o
amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado
sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse
feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche
fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre.
Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de
esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que
sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre
quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa
historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no
sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y
un hombre. Los hechos ocurrieron así:
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía
dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el
coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra,
a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En
este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio
sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de
la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido
que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas
del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable
inquietud lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo
laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se
había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y ¡os suyos, cautelosos y
a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto.
Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El
criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la
barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme
recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras
combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender.
Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva
adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo
destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada
llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a
un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.
El incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké
Borges
La cinta desatada
En la desvanecida primavera de 1702 el ilustre señor de la Torre de Ako tuvo que recibir y
agasajar a un enviado imperial. Dos mil trescientos años de cortesía (algunos mitológicos),
habían complicado angustiosamente el ceremonial de la recepción. El enviado representaba al
emperador, pero a manera de alusión o de símbolo: matiz que no era menos improcedente
recargar que atenuar. Para impedir errores harto fácilmente fatales, un funcionario de la corte de
Yedo lo precedía en calidad de maestro de ceremonias. Lejos de la comodidad cortesana y
condenado a una villégiature montaraz, que debió parecerle un destierro, Kira Kotsuké no Suké
impartía, sin gracia, las instrucciones. A veces dilataba hasta la insolencia el tono magistral. Su
discípulo, el señor de la Torre, procuraba disimular esas burlas. No sabía replicar y la disciplina
le vedaba toda violencia. Una mañana, sin embargo, la cinta del zapato del maestro se desató y
éste le pidió que la atara. El caballero lo hizo con humildad, pero con indignación interior. El
incivil maestro de ceremonias dijo que, en verdad, era incorregible, y que sólo un patán era capaz
de frangollar un nudo tan torpe. El señor de la Torre sacó la espada y le tiró un hachazo. El otro
huyó, apenas rubricada la frente por un hilo tenue de sangre... Días después dictaminaba el
tribunal militar contra el heridor y lo condenaba al suicidio. En el patio central de la Torre de
Ako elevaron una tarima de fieltro rojo y en ella se mostró el condenado y le entregaron un puñal
de oro y piedras y confesó públicamente su culpa y se fue desnudando hasta la cintura, y se abrió
el vientre, con las dos heridas rituales, y murió como un samurai, y los espectadores más
alejados no vieron sangre porque el fieltro era rojo. Un hombre encanecido y cuidadoso lo
decapitó con la espada: el consejero Kuranosuké, su padrino.
El simulador de la infamia
La Torre de Takumi no Kami fue confiscada; sus capitanes desbandados, su familia arruinada y
oscurecida, su nombre vinculado a la execración. Un rumor quiere que la idéntica noche que se
mató, cuarenta y siete de sus capitanes deliberaran en la cumbre de un monte y planearan, con
toda precisión, lo que se produjo un año más tarde. Lo cierto es que debieron proceder entre
justificadas demoras y que alguno de sus concilios tuvo lugar, no en la cumbre difícil de una
montaña, sino en una capilla en un bosque, mediocre pabellón de madera blanca, sin otro adorno
que la caja rectangular que contiene un espejo. Apetecían la venganza, y la venganza debió
parecerles inalcanzable.
Kira Kotsuké no Suké, el odiado maestro de ceremonias, había fortificado su casa y una nube de
arqueros y de esgrimistas custodiaba su palanquín. Contaba con espías incorruptibles puntuales y
secretos. A ninguno celaban y vigilaban como al presunto capitán de los vengadores:
Kuranosuké, el consejero. Este lo advirtió por azar y fundó su proyecto vindicatorio sobre ese
dato.
Se mudó a Kioto, ciudad insuperada en todo el imperio por el color de sus otoños. Se dejó
arrebatar por los lupanares, por las casas de juego y por las tabernas. A pesar de sus canas, se
codeó con rámeras y con poetas, y hasta con gente peor. Una vez lo expulsaron de una taberna y
amaneció dormido en el umbral, la cabeza revolcada en un vómito. Un hombre de Satsuma lo
conoció, y dijo con tristeza y con ira: ¿No es éste, por ventura, aquel consejero de Asano Takumi
no Kami, que 1o ayudó a morir y que en vez de vengar a su señor se entrega a 1os deleites y a la
vergüenza?¡Oh, tú indigno de1 nombre de Samurai!
Le pisó la cara dormida y se la escupió. Cuando los espías denunciaron esa pasividad, Kotsuké
no Suké sintió un gran alivio. Los hechos no pararon ahí. El consejero despidió a su mujer y al
menor de sus hijos, y compró una querida en un lupanar, famosa infamia que alegró el corazón y
relajó la temerosa prudencia del enemigo. Éste acabó por despachar la mitad de sus guardias.
Una de las noches atroces del invierno de 1703 los cuarenta y siete capitanes se dieron cita en un
desmantelado jardín de los alrededores de Yedo, cerca de un puente y de la fábrica de barajas.
Iban con las banderas de su señor. Antes de emprender el asedio, advirtieron a los vecinos que no
se trataba de un atropello, sino de una operación militar de estricta justicia.
La cicatriz
Dos bandas atacaron el palacio de Kira Kotsuké no Suké. El consejero comandó la primera, que
atacó la puerta del frente; la segunda, su hijo mayor, que estaba por cumplir dieciséis años y que
murió esa noche. La historia sabe los diversos momentos de esa pesadilla tan lúcida: el descenso
arriesgado y pendular por las escaleras de cuerda, el tambor del ataque, la precipitación de los
defensores, los arqueros apostados en la azotea, el directo destino de las flechas hacia los
órganos vitales del hombre, las porcelanas infamadas de sangre, la muerte ardiente que después
es glacial; los impudores y desórdenes de la muerte. Nueve capitanes murieron; los defensores
no eran menos valientes y no se quisieron rendir. Poco después de media noche toda resistencia
cesó.
Kira Kotsuké no Suké, razón ignominiosa de esas lealtades, no aparecía. Lo buscaron por todos
los rincones de ese conmovido palacio, y ya desesperaban de encontrarlo cuando el consejero
notó que las sábanas de su lecho estaban aún tibias. Volvieron a buscar y descubrieron una
estrecha ventana, disimulada por un espejo de bronce. Abajo, desde un patiecito sombrío, los
miraba un hombre de blanco. Una espada temblorosa estaba en su diestra. Cuando bajaron, el
hombre se entregó sin pelear. Le rayaba la frente una cicatriz: viejo dibujo del acero de Takumi
no Kami.
Entonces, los sangrientos capitanes se arrojaron a los pies del aborrecido y le dijeron que eran los
oficiales del señor de la Torre, de cuya perdición y cuyo fin él era culpable, y le rogaron que se
suicidara, como un samurai debe hacerlo. En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era
varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo.
El testimonio
Ya satisfecha su venganza (pero sin ira, y sin agitación, y sin lástima), los capitanes se dirigieron
al templo que guarda las reliquias de su señor. En un caldero llevan la increíble cabeza de Kira
Kotsuké no Suké y se turnan para cuidarla. Atraviesan los campos y las provincias, a la luz
sincera del día. Los hombres los bendicen y lloran. El príncipe de Sendai los quiere hospedar,
pero responden que hace casi dos años que los aguarda su señor. Llegan al oscuro sepulcro y
ofrendan la cabeza del enemigo. La Suprema Corte emite su fallo. Es el que esperan: se les
otorga el privilegio de suicidarse. Todos lo cumplen, algunos con ardiente serenidad, y reposan
al lado de su señor. Hombres y niños vienen a rezar al sepulcro de esos hombres tan fieles.
El hombre de Satsuma
Entre los peregrinos que acuden, hay un muchacho polvoriento y cansado que debe haber venido
de lejos. Se prosterna ante el monumento de Oishi Kuranosuké, el consejero, y dice en voz alta:
Yo te vi tirado en la puerta de un lupanar de Kioto y no pensé que estabas meditando la
venganza de tu señor, y te creí un soldado sin fe y te escupí en la cara. He venido a ofrecerte
satisfacción. Dijo esto y cometió harakiri.
El prior se condolió de su valentía y le dio sepultura en el lugar donde los capitanes reposan.
Éste es el final de la historia de los cuarenta y siete hombres leales -salvo que no tiene final,
porque los otros hombres, que no somos leales tal vez, pero que nunca perderemos del todo la
esperanza de serlo, seguiremos honrándolos con palabras.
EL SUR
JORGE LUIS BORGES
El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la
Iglesia evangélica; en 1939, uno de sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca
municipal en la calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido aquel
Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera de Buenos Aires, lanceado por
indios de Catriel: en la discordia de sus dos linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre
germánica) eligió el de ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el
daguerrotipo de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de ciertas
músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y la soledad, fomentaron ese
criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A costa de algunas privaciones, Dahlmann había
logrado salvar el casco de una estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su
memoria era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna vez fue
carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad. Verano tras verano se contentaba
con la idea abstracta de posesión y con la certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio
preciso de la llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció. Ciego a las culpas, el
destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde,
un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil, ávido de examinar ese hallazgo, no esperó
que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un
murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano
que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un batiente recién pintado que alguien se
olvidó de cerrar le habría hecho esa herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba
despierto y desde aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las
ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos y parientes lo
visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una
especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron,
como ocho siglos. Una tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a
un sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía. Dahlmann, en el
coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no fuera la suya podría, al fin, dormir.
Se sintió feliz y conversador; en cuanto llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con
metales a una camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre
enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en una celda que tenía
algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la operación pudo entender que apenas había
estado, hasta entonces, en un arrabal del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de
frescura. En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades
corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que
eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una
septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante
previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte. Otro
día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto, podría ir a convalecer a la estancia.
Increíblemente, el día prometido llegó. A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos;
Dahlmann había llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a
Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano, era como un símbolo
natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana, no había
perdido ese aire de casa vieja que le infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas
como patios. Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos antes
de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras, las modestas diferencias de
Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día, todas las cosas regresaban a él.
Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una
convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el
coche buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de 1a puerta, el
zaguán, el íntimo patio. En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó
bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme
gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato,
dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la
clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como
separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la
actualidad, en la eternidad del instante. A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann
recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches
arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar
con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había
sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal. A los lados del tren, la
ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio
de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha
jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y
que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann
cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir. El almuerzo (un el caldo servido en boles de metal
reluciente, como en los ya remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido. Mañana
me despertare en la estancia, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba
por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado en un sanatorio y sujeto a
metódicas servidumbres. Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando
pasar los trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas nubes
luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran casuales, como sueños de la llanura.
También creyó reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido nombrar, porque su directo
conocimiento de la campaña era harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario. Alguna vez
durmió y en sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el
sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo. También el coche era distinto; no era el
que fue en Constitución, al dejar el andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado.
Afuera la móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra elemental ni
poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo tiempo era íntimo y, de alguna
manera, secreto. En el campo desaforado, a veces no había otra cosa que un toro. La soledad era
perfecta y tal vez hostil, y Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa
conjetura fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el tren no lo dejaría en
la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y apenas conocida por Dahlmann. (El hombre
añadió una explicación que Dahlmann no trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de
los hechos no le importaba). El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro lado
de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un cobertizo. Ningún vehículo
tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez,
doce, cuadras. Dahlmann aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol,
pero un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la borrara la noche. Menos
para no fatigarse que para hacer durar esas cosas, Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave
felicidad el olor del trébol. El almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado
para su bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en acero, acaso de
una vieja edición de Pablo y Virginia. Atados al palenque había unos caballos. Dahlmam, adentro,
creyó reconocer al patrón; luego comprendió que lo había engañado su parecido con uno de los
empleados del sanatorio. El hombre, oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro
hecho a aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.
En una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al principio, no
se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba, inmóvil como una cosa, un hombre muy
viejo. Los muchos años lo habían reducido y pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de
los hombres a una sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una
eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el largo chiripá y la bota
de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con gente de los partidos del Norte o con
entrerrianos, que gauchos de ésos ya no quedan más que en el Sur. Dahlmann se acomodó junto a la
ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre
los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con
unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un
poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa
eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo
puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio,
sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había
tirado. Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhmann. perplejo, decidió que nada había ocurrido y
abrió el volumen de Las Mil y Una Noches; como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los
pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que
sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa.
Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres. Dahlmann no se extrañó de
que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la
situación. Antes, la provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba contra
él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado al patrón, se enfrentó con los
peones y les preguntó qué andaban buscando. El compadrito de la cara achinada se paró,
tambaleándose. A un paso de Juan Dahlmann, lo injurió a gritos. como si estuviera muy lejos. Jugaba a
exagerar su borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas palabras y
obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos, lo barajó e invitó a Dahlmann a
pelear. El patrón objetó con trémula voz que Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo
imprevisible ocurrió. Desde un rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del
Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur
hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a recoger la daga y sintió dos
cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su
mano torpe, no serviría para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado
con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de que los golpes
deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran permitido en el sanatorio que me pasaran
estas cosas, pensó. -Vamos saliendo- dijo el otro. Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza,
tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y
acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del
sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su
muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado. Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo,
que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura.
HOMBRE DE LA ESQUINA ROSADA
JORGE LUIS BORGES
A mí, tan luego, hablarme del finado Francisco Real. Yo lo conocí, y eso que éstos no eran sus
barrios porque el sabía tallar más bien por el Norte, por esos laos de la laguna de Guadalupe y la
Batería. Arriba de tres veces no lo traté, y ésas en una misma noche, pero es noche que no se me
olvidará, como que en ella vino la Lujanera porque sí a dormir en mi rancho y Rosendo Juárez
dejó, para no volver, el Arroyo. A ustedes, claro que les falta la debida esperiencia para
reconocer ése nombre, pero Rosendo Juárez el Pegador, era de los que pisaban más fuerte por
Villa Santa Rita. Mozo acreditao para el cuchillo, era uno de los hombres de don Nicolás
Paredes, que era uno de los hombres de Morel. Sabía llegar de lo más paquete al quilombo, en
un oscuro, con las prendas de plata; los hombres y los perros lo respetaban y las chinas también;
nadie inoraba que estaba debiendo dos muertes; usaba un chambergo alto, de ala finita, sobre la
melena grasíenta; la suerte lo mimaba, como quien dice. Los mozos de la Villa le copiábamos
hasta el modo de escupir. Sin embargo, una noche nos ilustró la verdadera condición de
Rosendo.
Parece cuento, pero la historia de esa noche rarísima empezó por un placero insolente de ruedas
coloradas, lleno hasta el tope de hombres, que iba a los barquinazos por esos callejones de barro
duro, entre los hornos de ladrillos y los huecos, y dos de negro, dele guitarriar y aturdir, y el del
pescante que les tiraba un fustazo a los perros sueltos que se le atravesaban al moro, y un
emponchado iba silencioso en el medio, y ése era el Corralero de tantas mentas, y el hombre iba
a peliar y a matar. La noche era una bendición de tan fresca; dos de ellos iban sobre la capota
volcada, como si la soledá juera un corso. Ese jue el primer sucedido de tantos que hubo, pero
recién después lo supimos. Los muchachos estábamos dende tempraño en el salón de Julia, que
era un galpón de chapas de cinc, entre el camino de Gauna y el Maldonado. Era un local que
usté lo divisaba de lejos, por la luz que mandaba a la redonda el farol sinvergüenza, y por el
barullo también. La Julia, aunque de humilde color, era de lo más conciente y formal, así que no
faltaban músicantes, güen beberaje y compañeras resistentes pal baile. Pero la Lujanera, que era
la mujer de Rosendo, las sobraba lejos a todas. Se murió, señor, y digo que hay años en que ni
pienso en ella, pero había que verla en sus días, con esos ojos. Verla, no daba sueño.
La caña, la milonga, el hembraje, una condescendiente mala palabra de boca de Rosendo, una
palmada suya en el montón que yo trataba de sentir como una amistá: la cosa es que yo estaba lo
más feliz. Me tocó una compañera muy seguidora, que iba como adivinándome la intención. El
tango hacía su voluntá con nosotros y nos arriaba y nos perdía y nos ordenaba y nos volvía a
encontrar. En esa diversión estaban los hombres, lo mismo que en un sueño, cuando de golpe
me pareció crecida la música, y era que ya se entreveraba con ella la de los guitarreros del
coche, cada vez más cercano. Después, la brisa que la trajo tiró por otro rumbo, y volví a
atender a mi cuerpo y al de la compañera y a las conversaciones del baile. Al rato largo
llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un silencio general, una
pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El hombre era parecido a la voz.
Para nosotros no era todavía Francisco Real, pero sí un tipo alto, fornido, trajeado enteramente
de negro, y una chalina de un color como bayo, echada sobre el hombro. La cara recuerdo que
era aindiada, esquinada. Me golpeó la hoja de la puerta al abrirse. De puro atolondrado me le jui
encima y le encajé la zurda en la facha, mientras con la derecha sacaba el cuchillo filoso que
cargaba en la sisa del chaleco, junto al sobaco izquierdo. Poco iba a durarme la atropellada. El
hombre, para afirmarse, estiró los brazos y me hizo a un lado, como despidiéndose de un
estorbo. Me dejó agachado detrás, todavía con la mano abajo del saco, sobre el arma inservible.
Siguió como si tal cosa, adelante. Siguió, siempre más alto que cualquiera de los que iba
desapartando, siempre como sin ver. Los primeros -puro italianaje mirón- se abrieron como
abanico, apurados. La cosa no duró. En el montón siguiente ya estaba el Inglés esperándolo, y
antes de sentir en el hombro la mano del forastero, se le durmió con un planazo que tenía listo.
Jue ver ese planazo y jue venírsele ya todos al humo. El establecimiento tenía más de muchas
varas de fondo, y lo arriaron como un cristo, casi de punta a punta, a pechadas, a silbidos y a
salivazos. Primero le tiraron trompadas, después, al ver que ni se atajaba los golpes, puras
cachetadas a mano abierta o con el fleco inofensivo de las chalinas, como riéndose de él.
También, como reservándolo pa Rosendo, que no se había movido para eso de la paré del fondo,
en la que hacía espaldas, callado. Pitaba con apuro su cigarrillo, como si ya entendiera lo que
vimos claro después. El Corralero fue empujado hasta él, firme y ensangrentado, con ése viento
de chamuchina pifiadora detrás. Silbando, chicoteado, escupido, recién habló cuando se
enfrentó con Rosendo. Entonces lo miró y se despejo la cara con el antebrazo y dijo estas cosas:
Yo soy Francisco Real, un hombre del Norte. Yo soy Francisco Real, que le dicen el Corralero.
Yo les he consentido a estos infelices que me alzaran la mano, porque lo que estoy buscando es
un hombre. Andan por ahí unos bolaceros diciendo que en estos andurriales hay uno que tiene
mentas de cuchillero , y de malo , y que le dicen el Pegador. Quiero encontrarlo pa que me
enseñe a mí, que soy naides, lo que es un hombre de coraje y de vista.
Dijo esas cosas y no le quitó los ojos de encima. Ahora le relucía un cuchillón en la mano
derecha, que en fija lo había traído en la manga. Alrededor se habían ido abriendo los que
empujaron, y todos los mirábamos a los dos, en un gran silencio. Hasta la jeta del milato ciego
que tocaba el violín, acataba ese rumbo. En eso, oigo que se desplazaban atrás, y me veo en el
marco de la puerta seis o siete hombres, que serían la barra del Corralero. El más viejo, un
hombre apaisanado, curtido, de bigote entrecano, se adelantó para quedarse como encandilado
por tanto hembraje y tanta luz, y se descubrió con respeto. Los otros vigilaban, listos para
dentrar a tallar si el juego no era limpio. ¿Qué le pasaba mientras tanto a Rosendo, que no lo
sacaba pisotiando a ese balaquero? Seguía callado, sin alzarle los ojos. El cigarro no sé si lo
escupió o si se le cayó de la cara. Al fin pudo acertar con unas palabras, pero tan despacio que a
los de la otra punta del salón no nos alcanzo lo que dijo. Volvió Francisco Real a desafiarlo y él
a negarse. Entonces, el más muchacho de los forasteros silbó. La Lujanera lo miró
aborreciéndolo y se abrió paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las chinas, y se
jue a su hombre y le metió la mano en el pecho y le sacó el cuchillo desenvainado y se lo dió
con estas palabras:
Rosendo, creo que lo estarás precisando. A la altura del techo había una especie de ventana
alargada que miraba al arroyo. Con las dos manos recibió Rosendo el cuchillo y lo filió como si
no lo reconociera. Se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse
ajuera, en el Maldonado. Yo sentí como un frío. De asco no te carneodijo el otro, y alzó, para
castigarlo, la mano. Entonces la Lujanera se le prendió y le echó los brazos al cuello y lo miró
con esos ojos y le dijo con ira: Dejalo a ése, que nos hizo creer que era un hombre.
Francisco Real se quedó perplejo un espacio y luego la abrazó como para siempre y les gritó a
los musicantes que le metieran tango y milonga y a los demás de la diversión, que bailaramos.
La milonga corrió como un incendio de punta a punta. Real bailaba muy grave, pero sin ninguna
luz, ya pudiéndola. Llegaron a la puerta y grito: ¡Vayan abriendo cancha, señores, que la llevo
dormida!- dijo, y salieron sien con sien, como en la marejada del tango, como si los perdiera el
tango.
Debí ponerme colorao de vergüenza. Dí unas vueltitas con alguna mujer y la planté de golpe.
Inventé que era por el calor y por la apretura y jui orillando la paré hasta salir. Linda la noche,
¿para quién? A la vuelta del callejón estaba el placero, con el par de guitarras derechas en el
asiento, como cristianos. Dentré a amargarme de que las descuidaran así, como si ni pa recoger
changangos sirviéramos. Me dio coraje de sentir que no éramos naides. Un manotón a mi clavel
de atrás de la oreja y lo tiré a un charquito y me quedé un espacio mirándolo, como para no
pensar en más nada. Yo hubiera querido estar de una vez en el día siguiente, yo me quería salir
de esa noche. En eso, me pegaron un codazo que jue casi un alivio. Era Rosendo, que se escurría
solo del barrio. Vos siempre has de servir de estorbo, pendejo me rezongó al pasar, no sé si para
desahogarse, o ajeno. Agarró el lado más oscuro, el del Maldonado; no lo volví a ver más.
Me quedé mirando esas cosas de toda la vida cielo hasta decir basta, el arroyo que se emperraba
solo ahí abajo, un caballo dormido, el callejón de tierra, los hornos y pensé que yo era apenas
otro yuyo de esas orillas, criado entre las flores de sapo y las osamentas. ¿Qué iba a salir de esa
basura sino nosotros, gritones pero blandos para el castigo, boca y atropellada no más? Sentí
después que no, que el barrio cuanto más aporriao, más obligación de ser guapo.
¿Basura? La milonga déle loquiar, y déle bochinchar en las casas, y traía olor a madreselvas el
viento. Linda al ñudo la noche. Había de estrellas como para marearse mirándolas, una encima
de otras. Yo forcejiaba por sentir que a mí no me representaba nada el asunto, pero la cobardía
de Rosendo y el coraje insufrible del forastero no me querían dejar. Hasta de una mujer para esa
noche se había podido aviar el hombre alto. Para esa y para muchas, pensé, y tal vez para todas,
porque la Lujanera era cosa seria. Sabe Dios qué lado agarraron. Muy lejos no podían estar. A lo
mejor ya se estaban empleando los dos, en cualesquier cuneta. Cuando alcancé a volver, seguía
como si tal cosa el bailongo. Haciéndome el chiquito, me entreveré en el montón, y vi que
alguno de los nuestros había rajado y que los norteros tangueaban junto con los demás. Codazos
y encontrones no había, pero si recelo y decencia. La música parecia dormilona, las mujeres que
tangueaban con los del Norte, no decían esta boca es mía. Yo esperaba algo, pero no lo que
sucedió.
Ajuera oímos una mujer que lloraba y después la voz que ya conocíamos, pero serena, casi
demasiado serena, como si ya no juera de alguien, diciéndole: Entrá, m'hijay luego otro llanto.
Luego la voz como si empezara a desesperarse. ¡Abrí te digo, abrí gaucha arrastrada, abrí, perra!
se abrió en eso la puerta tembleque, y entró la Lujanera, sola. Entró mandada, como si viniera
arreándola alguno. La está mandando un ánima dijo el Inglés. Un muerto, amigo dijo entonces
el Corralero. El rostro era como de borracho. Entró, y en la cancha que le abrimos todos, como
antes, dió unos pasos marcado alto, sin ver y se fue al suelo de una vez, como poste. Uno de los
que vinieron con él, lo acostó de espaldas y le acomodó el ponchito de almohada. Esos ausilios
lo ensuciaron de sangre. Vimos entonces que traiba una herida juerte en el pecho; la sangre le
encharcaba y ennegrecia un lengue punzó que antes no le oservé, porque lo tapó la chalina. Para
la primera cura, una de las mujeres trujo caña y unos trapos quemados. El hombre no estaba
para esplicar. La Lujanera lo miraba como perdida, con los brazos colgando. Todos estaban
preguntándose con la cara y ella consiguió hablar. Dijo que luego de salir con el Corralero, se
jueron a un campito, y que en eso cae un desconocido y lo llama como desesperado a pelear y le
infiere esa puñalada y que ella jura que no sabe quién es y que no es Rosendo. ¿Quién le iba a
creer? El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo
arregló. El hombre, sin embargo, era duro. Cuando golpeó, la Julia había estao cebando unos
mates y el mate dió la vuelta redonda y volvío a mi mano, antes que falleciera. "Tápenme la
cara", dijo despacio, cuando no pudo más. Sólo le quedaba el orgullo y no iba a consentir que le
curiosearan los visajes de la agonía. Alguien le puso encima el chambergo negro, que era de
copa altísima. Se murió abajo del chambergo, sin queja. Cuando el pecho acostado dejó de subir
y bajar, se animaron a descubrirlo. Tenía ese aire fatigado de los difuntos; era de los hombres de
más coraje que hubo en aquel entonces, dende la Batería hasta el Sur; en cuanto lo supe muerto
y sin habla, le perdí el odio. Para morir no se precisa más que estar vivo dijo una del montón, y
otra, pensativa también: Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas.
Entonces los norteros jueron diciéndose un cosa despacio y dos a un tiempo la repitieron juerte
después.
Lo mató la mujer. Uno le gritó en la cara si era ella, y todos la cercaron. Ya me olvidé que tenía
que prudenciar y me les atravesé como luz. De atolondrado, casi pelo el fiyingo. Sentí que
muchos me miraban, para no decir todos. Dije como con sorna: Fijensén en las manos de esa
mujer. ¿Que pulso ni qué corazón va a tener para clavar una puñalada? Añadí, medio desganado
de guapo: ¿Quién iba a soñar que el finao, que asegún dicen, era malo en su barrio, juera a
concluir de una manera tan bruta y en un lugar tan enteramente muerto como éste, ande no pasa
nada, cuando no cae alguno de ajuera para distrairnos y queda para la escupida después?
El cuero no le pidió biaba a ninguno. En eso iba creciendo en la soledá un ruido de jinetes. Era
la policía. Quien más, quien menos, todos tendrían su razón para no buscar ese trato, porque
determinaron que lo mejor era traspasar el muerto al arroyo. Recordarán ustedes aquella ventana
alargada por la que pasó en un brillo el puñal. Por ahí paso después el hombre de negro. Lo
levantaron entre muchos y de cuantos centavos y cuanta zoncera tenía lo aligeraron esas manos
y alguno le hachó un dedo para refalarle el anillo. Aprovechadores, señor, que así se le
animaban a un pobre dijunto indefenso, después que lo arregló otro más hombre. Un envión y el
agua torrentosa y sufrida se lo llevó. Para que no sobrenadara, no se si le arrancaron las vísceras,
porque preferí no mirar. El de bigote gris no me quitaba los ojos. La Lujanera aprovechó el
apuro para salir. Cuando echaron su vistazo los de la ley, el baile estaba medio animado. El
ciego del violín le sabía sacar unas habaneras de las que ya no se oyen. Ajuera estaba queriendo
clariar. Unos postes de ñandubay sobre una lomada estaban como sueltos, porque los
alambrados finitos no se dejaban divisar tan temprano. Yo me fui tranquilo a mi rancho, que
estaba a unas tres cuadras. Ardía en la ventana una lucecita, que se apagó en seguida. Te juro
que me apuré a llegar, cuando me di cuenta. Entonces, Borges, volví a sacar el cuchillo corto y
filoso que yo sabía cargar aquí, en el chaleco, junto al sobaco izquierdo, y le pegué otra revisada
despacio, y estaba como nuevo, inocente, y no quedaba ni un rastrito de sangre.