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Crítica al Sufragio Femenino

Prinicipales escritos de Emma Goldman, incluyendo: El sufragio femenino; La hipocresía del puritanismo; Matrimonio y amor; La tragedia de la emancipación de la mujer.
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Crítica al Sufragio Femenino

Prinicipales escritos de Emma Goldman, incluyendo: El sufragio femenino; La hipocresía del puritanismo; Matrimonio y amor; La tragedia de la emancipación de la mujer.
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EMMA

GOLDMAN
1869 – 1940
El sufragio femenino

Escrito: En o antes de 1910.


Publicada por vez primera: En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).
Versión digital: Escritos de Emma Goldman en la página web de Espacio Comunitario y Librería
Anarquista Emma Goldman; descargado diciembre de 2009.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2010.

Nos jactamos de pertenecer al siglo de las luces de los grandes descubrimientos, del
adelanto portentoso de la ciencia y de un progreso extraordinario en todos los órdenes de la
actividad humana. ¿No es extraño que sigamos comulgando en el culto de los fetiches? La verdad,
nuestros fetiches de ahora cambiaron de forma y sustancia, pero el influjo que ejercen en la mente
humana continúa siendo tan desastroso como el de los antiguos.
Otro de nuestros modernos fetiches es el sufragio. Y lo es para aquellos que apenas
terminaron de combatir en las revoluciones sangrientas que lo instauró, como lo es para aquellos
que disfrutaron su reinado llevando su penoso sacrificio al altar de sus omnipotentes dietas. ¡Guay
del hereje que ose disentir con esa divinidad!
Las mujeres, aun más que los hombres, son fetichistas, y aunque sus ídolos pueden cambiar,
seguirán arrodilladas, con las manos en alto, ciegas siempre ante ese dios con pies de arcilla. De ahí
que desde tiempo inmemorial el sexo femenino haya sido el más grande sostenedor de todo género
de deidades. De ahí, también, que tuviera que pagar un precio que sólo los dioses exigen, que fue su
libertad, sus sentimientos, su vida entera.
La memorable máxima de Nietzche: cuando vayas con mujeres provéete de un látigo,
aunque se la considere demasiado brutal, resulta muy justa para ellas en su actitud hacia sus dioses.
La religión, especialmente la cristiana, la condenó a una vida de inferioridad, a la esclavitud.
Torció su íntima naturaleza, sus instintos más sanos, reprimió los impulsos de su alma; sin embargo,
la Iglesia no posee un sostén más firme que la devoción de la mujer. Se puede decir, sin temor de ser
desmentidos, que la religión habría cesado de existir hace mucho tiempo como un factor
preponderante en la vida de las personas, si no fuera por el continuo apoyo que recibe de las
mujeres. Las más fervientes devotas, que llenan las iglesias, son mujeres; los más incansables
misioneros que viajan por todo el mundo, son mujeres; mujeres que siempre continúan
sacrificándose en el altar de los dioses, que encadenaron su espíritu y esclavizaron su cuerpo.
La guerra, el insaciable monstruo, le roba a ella todo lo que es más querido y precioso. Le
arranca sus hermanos, sus novios, sus hijos y en pago la sume en la soledad y en la desesperación.
Sin embargo, el apoyo más sólido que posee el culto de la guerra procede de la mujer. Ella es la que
a sus hijos inspira el anhelo de la conquista y del poder; ella susurra en los oídos de sus pequeñuelos
la gloria de la guerra, y cuando mece la cuna del bebé, le duerme musitándole cantos marciales, en
los que suenan los clarines y rugen los cañones. Es la mujer la que corona a los victoriosos que
regresan de los campos de batalla. Sí, es la mujer la que paga el más alto precio al monstruo
insaciable de la guerra.
Llega su turno al hogar. ¡Qué terrible fetiche es! De qué manera va royendo las energías más
vitales de la mujer, dentro de esa moderna prisión con barrotes de oro. Los rayos deslumbrantes que
despide ciegan a la mujer que ha de obrar el duro precio de esposa, de madre y de ama de casa.
Asimismo se aferra tenazmente al hogar, esa poderosa institución que la mantiene en la esclavitud.
Puede decirse que la mujer, reconociendo cuán dócil y deleznable instrumento es para el
Estado y la Iglesia, necesita del sufragio que ha de liberarla. Esto puede ser cierto para una pequeña
minoría; mas la mayoría de las sufragistas repudian esta sensata tendencia como algo sacrílego. Al
contrario, insisten que al concedérsele el sufragio a la mujer, ella logrará ser una más perfecta
cristiana, ama de casa y mejor ciudadana. De este modo el sufragio no es más que un medio para
fortalecer la omnipotencia de todos esos dioses que adoró y sirvió desde tiempo inmemorial.
Entonces ¿qué asombro puede causar que ella vuelva a ser tan celosa, tan devota, como
antaño lo fue, y se postre ante el nuevo ídolo, el sufragio? Desde la antigüedad soporta
persecuciones, encarcelamientos, torturas y toda forma de sufrimientos con la sonrisa que le ilumina
el rostro. Desde la antigüedad espera también con el corazón ligero, el eterno milagro de la deidad
del siglo XIX, el sufragio. Una nueva vida, dicha, goces, alegrías, libertad e independencia personal,
todo eso y más tiene la esperanza que surja del sufragio, como por escotillón. En su ciega devoción,
no ve lo que percibieron hace cincuenta años otros intelectos: que el sufragio es un grandísimo daño
que cooperó en la esclavización del pueblo; mas ella astutamente cierra los ojos ante la evidencia,
en el deseo que su ilusión no se disuelva en el aire.
El sufragio, en igualdad de condiciones para la mujer y el hombre, se basa en la idea
fundamental que ella debe tener el mismo derecho que su compañero a participar en los asuntos de
la sociedad. No es posible que se pueda rehusarle esa justa participación en la vida societaria,
aunque el sufragio fuera una práctica sana y justiciera. Mas la ignorancia de la mente humana está
compuesta para ver un derecho, una libertad, donde no hay más que una imposición. ¿No significa
acaso una de las más brutales imposiciones esto que un grupo de personas conciban y confeccionen
leyes para obligar con la fuerza y la violencia a que otras las acaten y obedezcan? Y todavía la mujer
clama por esa única oportunidad, que trajo tanta miseria al mundo, que le hurtó al hombre su
integridad y la confianza en sí mismo; una imposición que corrompió totalmente al pueblo,
convirtiéndolo en fácil presa en las manos de políticos sin escrúpulos y venales.
¡EI pobre y estúpido ciudadano libre norteamericano! Libre para morirse de hambre, libre
para vagar por las calles de las grandes ciudades y del campo; él disfruta de la bienaventuranza del
sufragio universal, y con su derecho forjó las cadenas que arrastran sus pies. La recompensa que
recibe se reduce a una labor agotadora, leyes prohibiendo con graves penas el derecho del boicot,
de atacar a los rompehuelgas, en efecto, todo, casi todo, menos salvaguardar su sacrosanto derecho
a fin de que no le roben el fruto de su trabajo. Y asimismo nada le enseñaron a la mujer los
desastrosos resultados de este fetiche del siglo XIX. Es que se nos asegura que si ella entra en la liza,
purificará la política.
Innecesario sería decir que no me opongo al sufragio femenino; en el sentido convencional
de la idea pura, debería ejercerlo. Ya que no veo por cuáles razones físicas, psicológicas y morales la
mujer no posee los mismos derechos del hombre. Mas esto no me ciega hasta llegar a la absurda
noción que la mujer ha de llevar a cabo cosas en las que el hombre fracasó. Si ella no las hará peor,
tampoco las hará mejor.
Presumir que ella logrará purificar lo que no es susceptible de purificación, es adjudicarle
poderes sobrenaturales que nunca tuvo. Desde que su más grande desgracia fue que se la
considerase un ángel o un demonio, su verdadera salvación se halla en que se le otorgue un
razonable sitio en la tierra; es decir, que se la considere un ser humano y por ende sujeta a cometer
los yerros y las locuras propios de la condición humana.
¿Podremos entonces creer que dos errores se convertirán porque sí en dos cosas justas,
sensatas? Las más ardientes partidarias del sufragio femenino, ¿serán capaces de asentir con
semejante locura?
De hecho los intelectuales más avanzados que trataron la cuestión del sufragio universal
llegaron a la conclusión que el actual sistema político es absurdo y completamente inadecuado para
satisfacer las apremiantes exigencias de mejoramiento, de justicia, de la vida moderna. Este punto
de vista lo comparte una gran convencida de las bondades del sufragio femenino, Dra. Helen I.
Summer. En su valioso trabajo Equal Suffrage, dice: En Colorado pude darme cuenta muy bien que la
igualdad del voto femenino y masculino, ha servido solamente para demostrar del modo más
contundente la esencial podredumbre del actual sistema y la degradación que él significa.
Naturalmente la doctora Summer, al hablar así, subentiende un particular sistema de votaciones,
pero con igual acierto lo dicho se aplica a la entera maquinaria política. Con semejante base es difícil
comprender de qué manera la mujer, como factor político, puede beneficiarse a sí misma y al resto
de la humanidad.
Pero las devotas del sufragio nos dicen: Contemplen y observen en los países y en los
Estados en donde el sufragio femenino existe. Comprueben lo que las mujeres realizaron en
Australia, en Nva. Zelandia, Finlandia, los países escandinavos, y en nuestros mismos Estados de
Idaho, Colorado, Wyoming y Utah. La distancia añade encantos desconocidos, para citar el dicho
polaco: nos hallamos muy bien donde nunca estuvimos. De ahí que se quiera presumir que en esos
países y Estados, totalmente diferentes de los otros, poseen la más grande libertad, una grande
igualdad económica y social, una noble apreciación de la vida, una bondadosa comprensión de la
encarnizada lucha económica y en todo lo que atañe a las cuestiones vitales de la raza humana.
Las mujeres en Australia y en Nueva Zelandia pueden votar y colaborar en la confección de
las leyes. ¿Las condiciones de los trabajadores en general son mejores que las de Inglaterra, donde
las sufragistas desarrollan una heroica lucha? ¿Existe una libre maternidad más dichosa en la
concepción de sus hijos que en Inglaterra? ¿No se sigue considerando a la mujer como un mero
objeto de placer o de comodidad sexual? ¿Se emancipó ella de la moral puritana que igualmente
afecta a ambos sexos? Ciertamente que no, pero la mujer política ha de responder afirmativamente,
que sí, que todo se consiguió ya. Si esto fuese así, aun me parecería ridículo señalar a Australia y
Nueva Zelandia como La Meca de las hazañas de la igualdad de sufragio.
Por otra parte, quienes conocen a fondo las condiciones políticas de Australia, afirman que
los políticos amordazaron a los trabajadores con leyes tan restrictivas que si se declara una huelga
sin el permiso legal de una comisión de arbitraje, este acto es considerado como un crimen de alta
traición.
Ni por un momento pienso implicar al sufragio femenino como responsable por este estado
de cosas. Lo que deseo indicar es que no hay razón para destacar a Australia como una obra
maestra, fruto de las actividades femeninas, desde que con su influencia fue incapaz de libertar a los
trabajadores de la esclavitud de la política patronal.
Finlandia le otorgó a las mujeres el derecho del voto, y también el de sentarse en el
Parlamento. ¿Esto le valió para desarrollar entre sus mujeres un más grande heroísmo, un
sentimiento más intenso por la libertad que en las de Rusia? Finlandia, así como Rusia, estuvo bajo el
sangriento látigo del zar. ¿Dónde existen las finlandesas Perovskaias, Spiridonovas, Figners,
Breshskovskalas? ¿Donde las innumerables muchachas finlandesas, como las rusas, quienes
marchaban alegremente a Siberia en defensa de sus ideas? Finlandia tuvo una escasez penosa de
libertadores heroicos. ¿El voto puede crearlos? El único finlandés vengador de su pueblo fue un
hombre, no una mujer, y para el caso empleó un arma más eficaz que el voto.
Por parte de nuestros Estados, donde las mujeres votan, y a los que constantemente se los
señaló como lugares de maravillas, ¿qué cosa se realizó con la ayuda del voto de la mujer que los
otros Estados no tengan y gocen ampliamente, o que no se haya podido acometer mediante
esfuerzos enérgicos, sin que el voto mediara para nada?
Si es verdad que en los Estados en que fue instaurado el sufragio femenino, la mujer
participa de los mismos derechos del hombre sobre la propiedad, ¿de qué le vale esto a la masa de
mujeres sin propiedad, a los millares de asalariadas, quienes viven al día? La igualdad en el voto no
afectó sus condiciones; esto también lo admite la Dra. Summer, capacitada para conocer lo que allí
sucede. Siendo una convencida sufragista, fue enviada al Colorado por el Collegiate Equal Suffrage
league of New York para realizar una serie de encuestas e investigaciones, recogiendo datos en favor
del sufragio femenino. Ella será, pues, la última persona que diga algo en contra de su propio credo;
y asimismo nos informa que la igualdad del sufragio alteró ligeramente las condiciones económicas
de la mujer. Esta no recibe una paga adecuada a su trabajo; aunque en el Colorado el derecho de
votar lo adquirió desde 1876, las maestras reciben un salario menor al de sus colegas de California.
Por otra parte, la Srta. Summer nos hace notar el hecho de que habiendo la mujer ejercido el simple
derecho del voto durante 34 años, y que desde 1894 se haya instaurado el sufragio en igualdad de
condiciones para los puestos femeninos electivos, un censo realizado hace pocos meses, solamente
en Denver descubrió 15,000 niños defectuosos físicamente en edad escolar. Ello con la agravante
que en el Departamento de Educación había algunas mujeres desempeñando altas funciones, y
también que el elemento femenino hizo votar leyes severas para la protección de los niños y los
animales. Además, ellas tomaron el más grande interés por las instituciones del Estado, las cuales
tratan de recoger los niños vagabundos, los defectuosos y los delincuentes. ¿Qué queda de la fama
gloriosa del sufragio femenino si fracasó en su cometido más importante, el niño? ¿Y qué le resta de
una más noble idea de la justicia, para que lleve a la niñez en la esfera de la política? Y en 1903,
cuando los propietarios de las minas emprendieron una verdadera guerrilla contra los mineros de la
Western Miners Union; cuando el general Bell implantó el reinado del terror, arrancando del lecho a
los trabajadores, apaleándolos por las calles, masacrando a varios, arrojando a otros en los
calabozos, declarando: al infierno la Constitución, al fuego con ella, ¿dónde estaban entonces las
mujeres políticas y por qué no ejercieron el poder de sus votos? Sí, ellas lo emplearon. Ayudaron así
a derrotar al gobernador Waite, un hombre de principios y de amplias miras liberales. Tuvo que
cederle el sitio al instrumento de los reyes de las minas, el gobernador Peabody, el enemigo de los
trabajadores, el zar del Colorado. Ciertamente, el sufragio masculino no habría hecho otra cosa.
Claro que no. ¿Dónde están entonces las ventajas para la mujer y la sociedad, derivadas del sufragio
femenino? La repetida afirmación que ella purificará la política no es más que un mito. Es el
concepto que se deduce por las personas que estudiaron las condiciones políticas de Idaho,
Wyoming, Colorado y Utah.
La mujer, esencialmente una puritana en lo moral, es naturalmente santurrona, siendo por
eso incansable en su esfuerzo de convertir a los otros en buenas criaturas, como ella piensa que
deben ser. De ahí que en Idaho, ella se apartó de su hermana de la calle, de reputación dudosa y la
declaró inepta para votar. Eso de lo dudoso, no ha de comprenderse por la prostitución en el
matrimonio. No hay necesidad de decir que la prostitución ilegal y el juego de azar son actividades
severamente prohibidas. Respecto a las leyes, deberían pertenecer al gramatical género femenino:
todo es prohibido. Por lo demás, las leyes son maravillosas. No necesitan extenderse mucho sin que
su espíritu se abra a todas las plagas del infierno. La prostitución y los juegos de azar nunca
florecieron allí con más exhuberancia como ahora que tienen las leyes en su contra.
En Colorado el puritanismo de las mujeres se manifestó en una forma drástica: Los hombres
de existencia notoriamente viciosa y en relación con los lugares de corrupción, desaparecieron
desde que la mujer adquirió el derecho de votar (Equal suffrage, Dra. Helen Summer). ¿Pudo el
hermano Comstock portarse tan bien? ¿Pueden los padres puritanos hacer más? No sé si muchas de
ellas han de comprender la gravedad que encierra este paso en falso. No sé si querrán comprender
este hecho, que en vez de elevar a la mujer, la convirtieron en una espía política, una despreciable
entrometida en los asuntos privados de la gente, no tanto por servir la causa, sino como decía una
de ellas: les gusta ir a las casas desconocidas y husmear todo lo que ven, escuchar todo lo que oyen,
tratándose de política o de otras cosas. (Equal Suffrage). Sí; hasta fisgonear dentro del alma humana
en todos sus más escondidos rincones. ¿Y cuándo pudieron disfrutar de tan excelentes
oportunidades, sino ahora que se metieron en la política?
Hombres notorios por sus existencias viciosas, relacionados con los sitios de corrupción.
Ciertamente, esa mujer que desea reunir muchos votos no puede ser acusada de falta de sentido.
¿Afirmando desde ya que estas movimentadas corporaciones pueden decidir entre lo que es vicio o
virtud, o proponer cuáles son las vidas limpias para un ambiente eminentemente limpio, acaso los
políticos no deberán seguir a esos regentes de lugares de corrupción, no entran ellos en la misma
categoría? A menos que lo niegue la americana hipocresía, puesta de manifiesto en la ley de
prohibición, cuyas sanciones no hicieron más que extender el vicio de la embriaguez entre las clases
ricas, mientras vigila el único sitio donde beben los pobres. Si no fuera que por esta sola razón, o sea
su estrechez puritana hacia la vida, debe considerarse como uno de los más grandes peligros al
dejarle en sus manos el poder político. El hombre se halla atiborrado de prejuicios y todavía la mujer
se está engolfando más en ellos. Aquel, en el reñido campo económico, se ve obligado a desplegar
todas sus capacidades intelectuales y físicas. De modo que no le queda tiempo ni humor para medir
la moralidad de su vecino con el metro puritano. En sus actividades políticas tampoco se conduce
ciegamente. Comprende que es la cantidad, no la calidad, lo que se necesita para hacer mover las
muelas de los molinos políticos, y a menos que no sea un reformista sentimentaloide o un fósil, sabe
muy bien que los políticos no pueden representar otro conglomerado que el de una ciénaga
pestilencial.
Las mujeres, quienes se hallan más o menos enteradas acerca del proceder de los políticos,
conocen la naturaleza de la bestia; pero, por su vanidosa suficiencia y por su egotismo, creen que
bastan sus caricias para que este animal se vuelva un corderito, todo gentileza, dulzura y pureza.
¡Como si las mujeres no fuesen capaces de vender sus votos y como si las mujeres políticas no
fuesen capaces de comprarlos! Si su cuerpo se puede adquirir mediante una recompensa material,
¿por qué no el voto? y esto es lo que está sucediendo en Colorado, así como en otros Estados, sin
que el hecho pueda ser refutado por esas mismas mujeres que se hallan en favor del sufragio.
Como hiciera constar antes, su punto de vista tan estrecho sobre los principales asuntos de
la vida, no es el solo argumento que la inhabilita para creerse superior al hombre en la faz política.
Hay otros. Su larga existencia económicamente parasitaria borró completamente de su conciencia el
concepto de la igualdad. Exige iguales derechos que el hombre, más sabemos que muy raras mujeres
feministas tratan de propagar sus ideas en los distritos poco atrayentes (Dra. Helen A. Sommer).
¡Qué mezquina igualdad es ésta, comparada con la de la mujer rusa, quien posee en alto grado el
valor de afrontar las penas del infierno por su ideal!
La mujer pide iguales derechos que el hombre, y asimismo se indigna si con su sola presencia
no puede herirlo de muerte: porque fuma, no se descubre ante ella y no le cede el asiento
instantáneamente, como impulsado por un resorte. Se considerarán estas cosas muy triviales, sin
embargo, para la verdadera naturaleza de las sufragistas norteamericanas, es algo capital. Sin duda
alguna que sus hermanas las inglesas se hallan por encima de estas estupideces. Ellas han
demostrado encontrarse a la misma altura en lo que piden y en la voluntad heroica para sostenerlo.
Todo el honor al heroísmo y a la testaruda fuerza de las suffragettes.
Gracias a sus enérgicos y agresivos métodos le insuflaron un poco más de vitalidad ciertas
señoras norteamericanas demasiado blandas de carácter y pobres de espíritu. Pero después de todo,
también las suffragettes carecen de un concepto claro de lo que es verdaderamente la idea de
igualdad. ¿No lo comprueba ese tremendo, gigantesco esfuerzo que están llevando a cabo para
conseguir un puñado de conquistas que beneficiarán a un grupo de mujeres propietarias, sin que
nada se provea para la vasta masa de los trabajadores? Ciertamente, desde su punto de vista político
deben ser forzosamente oportunistas, aceptar por lo pronto lo menos, la conquista transitoria, por
no perderlo todo. Mas como mujeres inteligentes y liberales, deberán comprender que si el voto es
un arma temporal, las desheredadas lo necesitan mucho más que las de una clase económicamente
superior, quienes desde ya disfrutan de un poder más grande en virtud de su privilegiada situación
económica.
La brillante adalid de las suffragettes inglesas, Sra. Emmeline Pankhurst, no tuvo a menos de
admitir, en una conferencia pronunciada en Norteamérica, que en política hay también la división de
las clases en inferiores y superiores. Si es así, las mujeres trabajadoras de Inglaterra ¿qué actitud
adoptarán al cobrar fuerza de ley el proyecto Shackleton1, que solamente beneficiará a las de una
situación económica superior? ¿Seguirán aquéllas trabajando de común acuerdo con sus superiores?
No es muy probable que las del tipo Annie Keeney, -tan llena de entusiasmo, de convicción, capaz de
realizar los mayores sacrificios por su causa-, se avengan a cargar con las mujeres de sus patronos,
así como las cargan ya en la faz económica. Y esas clases dominantes tratarán que siempre sea así,
aunque el sufragio univer5al igual para mujeres y hombres se estableciera en Inglaterra. Hagan lo
que hagan los trabajadores en el presente régimen, siempre serán ellos los que habrán de pagarlo
todo. Mas los que aún creen en el poder del voto, demuestran bastante pequeñez espiritual al
querer acaparar ese poder para ellos solos, sin ninguna consideración para los que lo necesitan
mucho más.
El sufragio en los Estados Unidos hasta ahora no ha sido más que una cosa aparte,
absolutamente alejada de las necesidades económicas del pueblo. Por eso, Susan B. Anthony, sin
duda un tipo excepcional de mujer, no sólo se demostró indiferente a la precaria situación de los
trabajadores, sino que no vaciló en exhibir su manifiesto antagonismo, cuando en 1869 aconsejó a
las mujeres que ocupasen los lugares de los tipógrafos en huelga (Equal suffrage, Ora. H. A.
Summer). No sé si su actitud mental pudo cambiar antes de su muerte.
Aquí hay, como es natural, algunas sufragistas afiliadas con las obreras de Women's Trade
Union League; pero son una pequeña minoría y sus actividades son esencialmente económicas. Las
demás contemplan al proletariado que pena con sus herramientas -constructoras de la dicha ajena-
con el mismo olímpico despego que hace la sublime providencia. ¿Qué sería de los ricos si no fuera

1
Shackleton fue un miembro del partido laborista cuyo credo luego renegó. La autora hace notar que
el parlamento inglés está lleno de estos judas.
por el trabajo de los pobres? ¿En qué se convertirían esas parásitas señoras, que derrochan en una
semana lo que sus víctimas ganan en un año? ¿Igualdad? ¿Quién oyó semejante cosa?
Pocos países han producido un tan arrogante esnobismo como Norteamérica. Esto se aplica
particularmente a la mujer de la clase media. No solamente se considera igual al hombre, sino
superior en pureza, bondad y moralidad. No hay que asombrarse entonces que las sufragistas
otorguen al voto femenino el más grande poder milagroso. En su exaltada soberbia no se da cuenta
de qué modo se halla esclavizada, no sólo por el hombre, sino por sus estúpidas nociones sobre la
tradición. El sufragio en nada podrá remediar este caso doloroso; más bien podrá acentuarlo, como
ya está haciéndolo.
Una de las más grandes líder de los ideales feministas decía que no sólo la mujer tenía
derecho a igual salario al del hombre, sino que también le pertenecía el salario del marido. Este, al
dejar de sostenerla económicamente sería condenado por la ley a cierto tiempo de prisión, y lo que
ganara en la cárcel debería ir a las manos de su esposa. ¿No es éste otro de los brillantes exponentes
de cómo el voto femenino entiende suprimir los males sociales, los que han sido combatidos en
vano por el esfuerzo colectivo de las mentalidades más ilustradas del mundo? ¿No es lamentable
que el supuesto creador del universo nos haya presentado este admirable y maravilloso orden de
cosas y que asimismo el voto femenino en manos de la mujer no pueda subvertirlo?
Nada es más peligroso que la disección de los fetiches. Si nosotros hubiésemos vivido en la
época en que semejantes herejías eran castigadas con la hoguera, no nos habríamos salvado de
aquellos cuya estrechez mental quisiera condenar a muerte a quien disienta con sus ideas y las
nociones preestablecidas. Por lo pronto, se me ha de presentar como enemiga del movimiento
feminista y de la mujer en general. Repito lo que dije al principio: no creo que la influencia de la
mujer empeore el ambiente político, pero tampoco creo que lo mejore. ¿Y si no puede enderezar los
errores de los hombres, por qué contribuir a perpetrarlos?
La historia puede ser muy bien una compilación de mentiras; no obstante, algunas verdades
contiene, y éstas son la sola guía para el futuro. La historia de las luchas políticas llevadas a cabo por
el hombre nos demuestra que nada le benefició sin que le costara largos o graves quebrantos. En
una palabra, cada pulgada de tierra conquistada, le valió un constante combate, una incesante brega
para afianzar sus derechos, y no fue logrado esto mediante el sufragio. No hay, pues, razón para
creer que la mujer, si quiere escalar las vallas de su propia emancipación, deberá ser ayudada por el
voto político.
En los más sombríos países, Rusia, con su absoluto despotismo, la mujer llegó a ser igual al
hombre, no a través del voto y si por su voluntad de querer y poder. No conquistó únicamente para
ella un vasto campo de enseñanzas para sus particulares vocaciones, sino que alcanzó la estima del
hombre, su respeto y su camaradería; y es más, se ganó el respeto, la admiración del mundo entero.
Y esto no fue por el sufragio y si por su heroísmo, su fortaleza, su industriosidad y su poder de
soportarlo todo en la lucha por la libertad. ¿En qué país las mujeres que ejercen el derecho del
sufragio pueden reclamar para sí semejante victoria? Cuando consideramos lo que la mujer
norteamericana emprendió y realizó hasta ahora, encontramos que se necesita algo mucho más
poderoso y profundo que el sufragio para que ella obtenga su emancipación.
Hace justamente sesenta y dos años que un puñado de mujeres en el congreso de Seneca
Falls presentó un plan de reformas y de demandas por las que se exigía el derecho de tener la misma
educación que los hombres y el acceso a varias profesiones, oficios, etc. ¡Qué triunfo, que empresa
más magna fue esta! ¿Quién se atreve a decir que la mujer es un trasto bueno sólo para los trabajos
domésticos? ¿Quién podrá incurrir en la tontería de sugerir que una u otra profesión no es adecuada
a ella porque carece de capacidad para desempeñarla? Durante 62 años se amoldó a esta nueva
atmósfera, que significa una nueva vida para ella. Y todo ello sin sufragio, sin el derecho de fabricar
leyes, sin el privilegio de llegar a ser juez, carcelero o verdugo.
Sí, muy bien puedo ser considerada una enemiga de la mujer; pero si puedo conducirla por
un camino en donde la ilumine la luz de la razón, no he de lamentarme.
La gran desventura de la mujer no estriba tanto en su inadaptabilidad para desempeñar
cualquier trabajo masculino, sino en que fue desgastando todas sus fuerzas durante una vida entera,
asistida, asesorada por una tradición ancestral y centenaria que la incapacitó físicamente para
concertar la paz con su compañero de ruta, el hombre. Lo que importa no es el género de trabajo
que emprenda, sino la calidad del trabajo que produzca. En ese sentido el sufragio ni añadirá ni
quitará esa cualidad intrínseca. El desenvolvimiento ideal de sus facultades, su libertad, su
independencia personal deberá ser la obra de su propio intelecto y de sus propias manos. Primero,
afinándose como carácter y como individualidad libre, y no como un objeto de placer; segundo,
rechazando todo derecho que se quiera imponer sobre su cuerpo; rehusándose a procrear, cuando
no se sienta con necesidad de hacerlo, negarse a ser sierva de dios, del Estado, de la sociedad, del
marido, de la familia, simplificando su existencia tornándola más profunda y rica en nobleza.
Solamente esto, y no el voto político, habrá de libertar a la mujer, convirtiéndola en una
fuerza aún desconocida para el mundo; en una lucida y poderosa fuerza para el verdadero amor,
para la verdadera paz, para la verdadera armonía; fuerza de divino fuego, creadora de vida, del
hombre y de la mujer libres.
La hipocresía del puritanismo

Escrito: En o antes de 1910.


Publicada por vez primera: En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).
Versión digital: Escritos de Emma Goldman en la página web de Espacio Comunitario y Librería
Anarquista Emma Goldman; descargado diciembre de 2009.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2010.

Hablando del puritanismo respecto al arte, Mr. Gutzon Borglum ha dicho:


El puritanismo nos ha hecho tan estrechos de mente y de tal modo hipócritas y ello por tan
largo tiempo, que la sinceridad, así como la aceptación de los impulsos más naturales en nosotros
han sido completamente desterrados con el consecuente resultado que ya no pudo haber verdad
alguna, ni en los individuos ni en el arte.
Mr. Borglum pudo añadir que el puritanismo hizo también imposible e intolerable la vida
misma. Esta, más que el arte, más que la estética, representa la belleza en sus miles cambiantes y
variaciones es, en realidad, un gigantesco panorama en mudanza continua. Y el puritanismo, al
contrario, fijó una concepción de vida inamovible; se basa en la idea calvinista, por la cual la
existencia es una maldición que se nos impuso por mandato de Dios. Con la finalidad de redimirse, la
criatura humana ha de penar constantemente, deberá repudiar todo lo que le es natural, todo sano
impulso, volviéndole la espalda a la belleza y a la alegría.
El puritanismo inauguró su reinado de terror en Inglaterra durante los siglos XVII y XVIII,
destruyendo y persiguiendo toda manifestación de arte y cultura. Ha sido el espíritu del puritanismo
el que le robó a Shelley sus hijos porque no quiso inclinarse ante los dictados de la religión. Fue la
misma estrechez espiritual que enemistó a Byron con su tierra natal; porque el genio supo rebelarse
contra la monotonía, la vulgaridad y la pequeñez de su país. Ha sido también el puritanismo el que
forzó a algunas mujeres libres de Inglaterra a incurrir en la mentira convencional del matrimonio:
Mary Wollstonecraft, luego, George Elliot. Y más recientemente también exigió otra víctima: Oscar
Wilde. En efecto, el puritanismo no cesó nunca de ser el facto más pernicioso en los dominios de
John Bull, actuando como censor en las expresiones artísticas de su pueblo, estampando su
consentimiento solamente cuando se trataba de la respetable vulgaridad de la mediocracia.
Y es por eso que el depurado británico Jingoísmo (o sea, la belicosidad puritana), ha
señalado a Norteamérica como uno de los países donde se refugió el provincialismo puritano. Es una
gran verdad que nuestra vida ha sido infectada por el puritanismo, el cual está matando todo lo que
es natural y sano en nuestros impulsos. Pero también es verdad que a Inglaterra debemos el haber
transplantado a nuestro suelo esa aborrecible doctrina espiritual. Nos fue legada por nuestros
abuelos, los peregrinos del Mayflower. Huyendo de la persecución y de la opresión, la fama de los
padres peregrinos hizo que se estableciera en el Nuevo Mundo el reinado puritano de la tiranía y el
crimen. La historia de Nueva Inglaterra y especialmente de Massachusetts, está llena de horrores
que convirtieron la vida en tinieblas, la alegría en desesperación, lo natural en morbosa enfermedad,
y la honestidad y la verdad en odiosas mentiras e hipocresías. Emplumar vivas las víctimas con
alquitrán, así como condenarlas al escarnio público de los azotes, como otras tantas formas de
torturas y suplicios, fueron los métodos ingleses puestos en práctica para purificar a Norteamérica.
Boston, ahora una ciudad culta, ha pasado a la historia de los anales del puritanismo, como
La Ciudad Sangrienta. Rivalizó con Salem, en su cruel persecución a las opiniones heréticas religiosas.
Una mujer medio desnuda, con su bebé en brazos, fue azotada en público por el supuesto delito de
abusar de la libertad de palabra; en el mismo lugar se ahorcó a una mujer cuáquera, Mary Dyer, en
1657. En efecto, Boston ha sido teatro de muchos crímenes horribles cometidos por el puritanismo.
Salem, en el verano de 1692, mató ochenta personas acusadas del imaginario delito de brujería.
Como bien dijo Canning: Los peregrinos del Mayflower infectaron el Nuevo Mundo para enderezar
los entuertos del Viejo. Los actos vandálicos y los horrores de ese periodo hallaron su suprema
expresión en uno de los clásicos norteamericanos: The Scarlet Letter.
El puritanismo ya no emplea el torniquete y la mordaza, pero sigue manteniendo una
influencia cada vez más deletérea, perniciosa, en la mentalidad norteamericana. Ninguna palabra
podrá explicar, por ejemplo, el poder omnímodo de Comstock. Lo mismo que el Torquemada de los
días sombríos de la inquisición, Comstock es el autócrata de nuestra moral o morales; dicta los
cánones de lo bueno y de lo malo, de la pureza y del vicio. Como un ladrón en la noche, se desliza en
la vida privada de las personas, espiando sus intimidades más recatadas. El sistema de espionaje
implantado por este hombre supera en desvergüenza a la infame tercera división de la policía
secreta rusa. ¿Cómo puede tolerar la opinión pública semejante ultraje a sus libertades públicas y
privadas? Simplemente porque Comstock es la grosera expresión del puritanismo que se injertó en
la sangre anglosajona, y aun los más avanzados liberales no han podido emanciparse de esta triste
herencia esclavizadora. Los cortos de entendimiento y las principales figuras de Young Men's and
Women's Christian Temperance Unions, Purity League, American Sabbath Unions y el Prohibition
Party, con su patrono y santón Anthony Comstock, son los sepultureros del arte y de la cultura
norteamericana.
Europa por lo menos puede jactarse de poseer cierta valentía en sus movimientos literarios
y artísticos, los que en sus múltiples manifestaciones trataron de ahondar los problemas sociales y
sexuales de nuestro tiempo, ejerciendo una severa critica acerca de todas nuestras indudables fallas.
Con el bisturí del cirujano ha disecado la carcasa del puritanismo, intentando despejar el camino
para que los hombres, descargados del peso muerto del pasado, puedan marchar un poco más
libremente. Mas aquí el puritanismo es un constante freno, una insistente traba que desvía, deforma
la vida norteamericana, en la cual no puede germinar la verdad, ni la sinceridad. Nada más que
sordidez y mediocridad dicta la humana conducta, coartando la naturalidad de las expresiones,
sofocando nuestros más nobles y bellos impulsos. El puritanismo del siglo XX sigue siendo el peor
enemigo de la libertad y de la belleza, como cuando por primera vez desembarcó en Plimouth Rock.
Repudia como algo vil y pecaminoso nuestros más profundos sentimientos; pero siendo él sordo y
ciego a las armoniosas funciones de las emociones humanas, es el creador de los vicios más
inexplicables y sádicos.
La historia entera del ascetismo religioso prueba esta verdad irrebatible. La Iglesia, así como
la doctrina puritana, ha combatido la carne como un mal y la quiso domeñar a toda costa. El
resultado de esta malsana actitud ha compenetrado ya la mentalidad de los pensadores y
educacionistas modernos, quienes han reaccionado contra ella. Han comprendido que la desnudez
humana posee un valor incomparable, tanto físico como espiritual; aleja con su influencia la natural
curiosidad maliciosa de los jóvenes y actúa sobre ellos como un preventivo contra el sensualismo y
las emociones mórbidas. Es también una inspiración para los adultos, quienes crecieron sin
satisfacer esa juvenil curiosidad. Además, la visión de la esencia de la eterna forma humana, lo que
hay de más cerca a nosotros en el mundo, con vigor, su belleza y gracia, es uno de los más
portentosos tónicos de esta vida (The psychology of sex). Pero el espíritu del puritanismo ha
pervertido de tal manera la imaginación de la gente, que ella ha perdido ya su frescura de
sentimientos para apreciar la belleza del desnudo, obligándonos a ocultarlo con el pretexto de la
castidad. Y todavía la castidad misma no es más que una imposición artificial a la naturaleza,
evidenciando una falsa vergüenza cuando hemos de exhibir la desnudez de la forma humana. La idea
moderna de la castidad, en especial respecto a las mujeres, no es más que la sensual exageración de
las pasiones naturales. La castidad varía según la cantidad de ropa que se lleva encima, y de ahí que
un purista cristiano procura cubrir el fuego interior, su paganismo, con muchos trapos, y en seguida
se ha de convertir en puro y casto.
El puritanismo, con su visión pervertida tocante a las funciones del cuerpo humano,
particularmente a la mujer la condenó a la soltería, o a la procreación sin discernir si produce razas
enfermas o taradas, o a la prostitución. La enormidad de este crimen de lesa humanidad aparece a la
vista cuando se toman en cuenta los resultados. A la mujer célibe se le impone una absoluta
continencia sexual, so pena de pasar por inmoral, o fallida en su honor para toda su existencia; con
las inevitables consecuencias de la neurastenia, impotencia y abulia y una gran variedad de
trastornos nerviosos que significarán desgano para el trabajo, desvíos ante las alegrías de la vida,
constante preocupación de deseos sexuales, insomnios y pesadillas. El arbitrario, nocivo precepto de
una total abstinencia sexual por parte de la mujer, explica también la desigualdad mental de ambos
sexos. Es lo que cree Freud, que la inferioridad intelectual de la mujer o de muchas mujeres respecto
al hombre, se debe a la coacción que se ejerce sobre su pensamiento para reprimir sus
manifestaciones sexuales. El puritanismo, habiendo suprimido los naturales deseos sexuales en la
soltera, bendice a su hermana la casada con una prolífica fecundidad. En verdad, no sólo la bendice,
sino que la obliga, frágil y delicada por la anterior continencia, a tener familia sin consideración a su
debilidad física o a sus precarias condiciones económicas para sostener muchos hijos. Los métodos
preventivos para regular la fecundidad femenina, aun los más seguros y científicos, son
absolutamente prohibidos; y aun la sola mención de ellos podrá atraer a quien los enuncie el
calificativo de criminal.
Gracias a este tiránico principio del puritanismo, la mayoría de las mujeres se hallan en el
extremo límite de sus fuerzas físicas. Enfermas, agotadas, se encuentran completamente
inhabilitadas para proporcionar el más elemental cuidado a sus hijos. Añadido esto a la tirantez
económica, impele a una infinidad de mujeres a correr cualquier riesgo antes que seguir dando a luz.
La costumbre de provocar los abortos ha alcanzado tan grandes proporciones en Norteamérica, que
es algo increíble. Según las investigaciones realizadas en este sentido, se producen diecisiete abortos
cada cien embarazos. Este alarmante porcentaje comprende sólo lo que llega al conocimiento de los
facultativos. Sabiendo con qué secreto debe desenvolverse necesariamente esta actividad y el fatal
corolario de la inexperiencia profesional con que se llevan a cabo estas operaciones clandestinas, el
puritanismo sigue segando miles de víctimas por causa de su estupidez e hipocresía.
La prostitución, no obstante se le dé caza, se la encarcele y se le cargue de cadenas, es a
pesar de todo un producto natural y un gran triunfo del puritanismo. Es uno de los niños más
mimados de la intolerancia devota. La prostituta es la furia de este siglo que pasa por los países
civilizados como huracán que siembra por doquier enfermedades asquerosas en devastación
mortífera. El único remedio que el puritanismo ofrece para este su hijo malcriado es una intensa
represión y una más despiadada persecución. El último desmán sobre este asunto ha sido la Ley
Page, que impuso al estado de Nueva York el último crimen de Europa, es decir, la libreta de
identidad para estas infortunadas víctimas del puritanismo. De igual manera busca la ocultación del
terrible morbo -su propia creación-, las enfermedades venéreas. Lo más desalentador de todo esto,
fue la obtusa estrechez de este espíritu que llegó a emponzoñar a los llamados liberales, cegándoles
para que se uniesen a la cruzada contra esta cosa nacida de la hipocresía del puritanismo, la
prostitución y sus resultados. En su cobarde miopía se rehúsa a ver cuál es el verdadero método de
prevención, el que puede consistir en esta simple declaración: Las enfermedades venéreas no son
cosas misteriosas, ni terribles, ni son tampoco el castigo contra la carne pecadora, ni una especie de
vergonzoso mal blandido por la maldición puritana, sino una enfermedad como otra que puede ser
tratada y curada. Por este régimen de subterfugios, de disimulo, el puritanismo ha favorecido las
condiciones para el aumento y el desarrollo de estas enfermedades. Su mojigatería se ha puesto al
desnudo más que nunca debido a su insensata actitud respecto al descubrimiento del profesor
Ehrlich, y cuya indecible hipocresía intenta echar una suerte de velo sobre la importante cura de la
sífilis, con la vaga alusión de que es un remedio para cierto veneno.
Su ilimitada capacidad para hacer el mal tiene por causa su atrincheramiento tras del Estado
y las leyes. Pretendiendo salvaguardar a la gente de los grandes pecados de la inmoralidad, se ha
infiltrado en la maquinaria del gobierno, y añadió a su usurpación del puesto de guardián de la
moralidad, que le correspondía a la censura legal, la fiscalización de nuestros sentimientos y aun de
nuestra propia conducta privada.
El arte, la literatura, el teatro y la intimidad de la correspondencia privada se hallan a
merced de este tirano. Anthony Comstock u otro policía igualmente ignorante, retiene el poder de
profanar el genio, de pisotear y mutilar las sublimes creaciones de la naturaleza humana. Los libros
que tratan e intentan dilucidar las cuestiones más vitales de nuestra existencia, los que procuran
iluminar con su verbo los oscuros y peligrosos problemas del vivir contemporáneo, son tratados
como tantos delitos cometidos; y sus infortunados autores arrojados a la cárcel, o sumidos en la
desesperación y la muerte.
Ni en los dominios del zar se ultraja tan frecuentemente y con tal extensión las libertades
personales como en los Estados Unidos, la fortaleza de los eunucos puritanos. Aquí el solo día de
fiesta, de expansión, de recreo, el sábado se ha hecho odioso y completamente antipático. Todos los
autores que escribieron sobre las costumbres primitivas han convenido que el sábado fue el día de
las festividades, libre de enojosos deberes, un día de regocijo y de alegría general.
En todos los países de Europa esta tradición sigue aportando algún alivio a la gente, contra la
formidable monotonía y la estupidez de la era cristiana. En las grandes ciudades, en todas partes, las
salas de conciertos y de variedades, teatros, museos, jardines, se llenan de hombres, de mujeres y
de niños, especialmente de trabajadores con sus familias rebosantes de alegría y de nueva vida,
olvidados de la rutina y de las preocupaciones de los otros días ordinarios. Y es que en ese día las
masas demuestran lo que realmente significa la vida en una sociedad sana, que por el trabajo
esclavo y sus sórdidas miras utilitarias, echa a perder todo propósito ennoblecedor.
Y el puritanismo norteamericano le robó a su pueblo, asimismo, ese único día de libre
expansión. Naturalmente que los únicos afectados son los trabajadores: nuestros millonarios poseen
sus palacios y los suntuosos clubs. Es el pobre el que se halla condenado a la monotonía aburridora
del sábado norteamericano. La sociabilidad europea, que se expande alegremente al aire libre, se
trueca aquí por la penumbra de la iglesia o de la nauseabunda e inficionada atmósfera de la cantina
de campaña, o por el embrutecedor ambiente de los despachos de bebidas. En los estados donde se
hallan en vigencia las leyes prohibitivas el pueblo adquiere con sus magras ganancias, licores
adulterados y se embriaga en su casa. Como todos bien saben, la ley de prohibición de los alcoholes
no es más que una farsa. Esta, como otras empresas e iniciativas del puritanismo, trata solamente de
hacer más virulenta la perversión, el mal, en la criatura humana. En ningún sitio se encuentran
tantos borrachos como en las ciudades donde rige el régimen prohibitivo. Pero mientras se pueda
usar siempre caramelos perfumados para despistar el tufo alcohólico de la hipocresía todo irá bien.
Si el propósito ostensible de esa ley prohibitiva es oponerse al expendio de los licores por razones de
salud y economía, su espíritu siendo anormal, no hace más que dar resultados anormales creando
una vida de anormalidades y de aberración.
Todo estímulo que excita ligeramente la imaginación e intensifica las funciones del espíritu,
es necesario, como el aire para el organismo humano. A veces vigoriza el cuerpo y agranda nuestra
visión, sobre la fraterna cordialidad universal de los seres humanos. Por otra parte, sin los
estimulantes de una forma o de otra es imposible la labor creadora, ni tampoco ese tolerante
sentido de la bondad y de la generosidad. El hecho de que algunos hombres de genio hallaron su
inspiración en el cáliz de cualquier excitante y abusaron también de ellos, no justifica que el
puritanismo intente amordazar toda la gama de las emociones humanas. Un Byron y un Poe
activaron de tal modo las fibras más nobles de la Humanidad, que ningún puritano llegará, ni cerca, a
realizar ese milagro. Este último le dio a la vida un nuevo sentido y la vistió de colores maravillosos;
el primero tornó el agua en sangre viviente y roja; la vulgaridad en belleza y en deslumbrante
variedad lo uniforme, lo monótono.
En cambio, el puritanismo, en cualquiera de sus expresiones no es más que un germen
ponzoñoso. En la superficie podrá parecer fuerte y vigoroso; pero el veneno, el tóxico letal obrará
por dentro, hasta que su entera estructura sea derribada. Todo espíritu libre convendrá con Hipólito
Taine en que el puritanismo es la muerte de la cultura, de la filosofía y de la cordialidad social; es la
característica de la vulgaridad y de lo tenebroso.
Matrimonio y amor

Escrito: Antes de 1910.


Publicada por vez primera: En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).
Versión digital: Escritos de Emma Goldman en la página web de Espacio Comunitario y Librería
Anarquista Emma Goldman; descargado diciembre de 2009.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2010.

La noción popular acerca del matrimonio y del amor, es que deben ser sinónimos, que
ambos nacen de los mismos motivos y llenan las mismas humanas necesidades. Como la mayoría de
los dichos y creencias populares, éste no descansa en ningún hecho positivo y si sólo en una
superstición.
El matrimonio y el amor nada tienen de común; uno y otro están distantes, como los polos;
en efecto, son completamente antagónicos. No hay duda que algunas uniones matrimoniales fueron
efectuadas por amor; pero más bien se trata de escasas personas que pudieron conservarse
incólumes ante el contacto de las convenciones. Hoy en día existen muchos hombres y mujeres para
quienes el casarse no es más que una farsa, y solamente se someten a ella para pagar tributo a la
opinión pública. De todos modos, si es verdad que algunos matrimonios se basan en el amor y que
también este puede continuar después en la vida de los casados, sostengo que eso sucede a pesar
de la institución del matrimonio.
Por otra parte, es enteramente falso que el amor sea el resultado de los matrimonios. En
raras ocasiones se escucha el caso milagroso de una pareja que se enamora después de casada, y si
se observa atentamente, se comprobará que casi siempre se reduce a avenirse buenamente ante lo
inevitable. A otras criaturas les unirá un afecto, surgido del trato diario, lo que está lejos de la
espontaneidad y de la belleza del amor, sin el cual la intimidad matrimonial de una mujer y un
hombre no será más que una vida de degradación.
El matrimonio, por lo pronto, es un arreglo económico, un pacto de seguridad que difiere del
seguro de vida de las compañías comerciales, por ser más esclavizador, más tiránico. Lo que
devenga, es completamente insignificante con lo que se invistió. Tomando una póliza de seguros se
paga por ella en dólares y en centavos, siempre con la libertad de cesar los pagos de las cuotas. Si,
de cualquier modo, el premio de la mujer es un marido, ella lo paga con su nombre, con sus íntimos
sentimientos, con su dignidad, su vida entera, y hasta la muerte de una de las dos partes. Así, para
ella, el seguro del matrimonio la condena a una vida de dependencia, al parasitismo, a una completa
inutilidad, tanto individual como social. El hombre, también, paga su juguete, pero su radio de acción
es más amplio, el matrimonio no lo coarta tanto como a la mujer. Sentirá sus cadenas más bien por
el lado económico.
De ahí que el motto que Dante aplicó a la entrada del Infierno, se aplica con igual propiedad
al matrimonio: Oh, voi che entrate, lasciate ogni speranza!
El matrimonio es un ruidoso fracaso, esto ni el más estúpido lo negará. Basta echar una
mirada a las estadísticas de los divorcios para comprender cuán amargo es este fracaso. No será
suficiente ni siquiera el estereotipado argumento de los filisteos, escudado en la holgura y la
elasticidad de las leyes del divorcio y del creciente relajamiento de las costumbres femeninas, para
justificar este hecho: primero, de cada doce matrimonios casi todos terminan en el divorcio;
segundo, que desde 1870 los casos de divorcio han aumentado de 28 a 73 por cada mil habitantes;
tercero, desde 1867 hasta hoy el adulterio como causa para divorciarse, aumentó el 270.8 por
ciento; cuarto, el abandono del hogar aumentó en un 369.8 por ciento.
Añadida a estos números se puede citar una vasta documentación teatral o literaria,
dilucidando el asunto. Robert Herrick, en Together (Juntos); Pinero, en Mid Channel (A mitad del
camino); Eugene Walter, en Paid in Full, y una serie más de otros escritores que discuten la
monotonía, la sordidez, lo inadecuado del matrimonio como factor de armonía y de comprensión
entre los dos sexos.
El estudioso en cuestiones sociales no se contentará con estas superficiales excusas sobre
este fenómeno. Querrá ahondar en la vida de los sexos para explicarse la causa por la cual resulta
tan desastroso el matrimonio.
Edward Carpentier dice que detrás de un casamiento se halla la atmósfera vívida de los dos
sexos; un ambiente condimentado de circunstancias tan diferentes una de la otra que el hombre y la
mujer han de sentirse también extraños el uno al otro. Separado por una valla de supersticiones, de
costumbres y hábitos, el matrimonio no tiene el poder de desarrollar el conocimiento mutuo y el
respeto del uno para el otro, sin lo cual toda unión de esta clase está sometida al fracaso, a la
desavenencia continua.
Enrique Ibsen, el revelador de las convenciones sociales más vergonzosas, fue el primero
que dijo la gran verdad. Nora abandona a su marido no, como algunos críticos estúpidos afirman,
porque estaba hastiada de cargar con sus responsabilidades, sino porque llega a comprender que
durante ocho años vivió con un extraño con quien fue obligada a tener hijos. ¿Puede haber algo más
humillante, más degradado que la intimidad carnal de toda una vida entre dos extraños? No es
necesario que la mujer sepa nada del marido, salvo su renta, su salario, mensual o anual. Y de la
mujer ¿qué tendrá que conocerse, sino que posea una simpática y placentera apariencia? Todavía la
generalidad no se ha zafado del teológico mito de que la mujer no tiene alma, y es sólo un apéndice,
hecho de una costilla, justamente para la conveniencia del caballero que, siendo tan fuerte, tuvo
miedo de su propia sombra.
La pobreza del material del que habría surgido la mujer, quizá ha de ser responsable por su
manifiesta inferioridad. Y en todo caso, si no tiene alma ¿qué se ha intentado buscar y sondear en
ella? Además, cuanto menos alma, cuanto menos espíritu posea, más grande será su probabilidad de
formar una esposa modelo, y así también será absorbida más pronto por la individualidad del
marido. Es por la dócil y esclavizadora aquiescencia a la superioridad del hombre que la institución
del matrimonio ha quedado, al parecer, intacta por tan largo tiempo. Ahora que la mujer vuelve por
los fueros de su dignidad e intenta ponerse fuera de la gracia y merced de su dueño, la sagrada
ciudadela del matrimonio va siendo minada gradualmente, y ninguna lamentación sentimental ha de
salvarla de su definitivo derrumbe.
Desde la infancia casi hasta la mayoría de edad de las muchachas, se les dice que el
casamiento es la única finalidad de su vida; y la educación que se les prodiga se dirige a ello. Lo
mismo que a la bestia muda, que se engorda para el matadero, a ella se le prepara para el sacrificio
de su vida. Y es curioso, y asombra constatarlo, que se le permite instruirse en todo menos acerca de
las funciones de esposa y madre; esto que necesita ordinariamente el artesano para poder aprender
su oficio, es indecente y sucio para una muchacha de respetabilidad el enterarse de las relaciones
maritales. Entonces, por la apariencia de lo respetable, la institución del casamiento convierte lo que
antes era sucio en la más pura y sagrada relación consanguínea, que nadie se atreverá a censurar.
Continúa todavía siendo exacta esta actitud de los hogares frente a las bodas y casamientos de la
supuesta esposa y madre, y es mantenida en completa ignorancia de lo que será su capital
enseñanza en la lucha de los sexos. Luego al comenzar la convivencia matrimonial con el hombre, se
hallará a sí misma, repentina y hondamente desazonada, repelida y ultrajada más allá de los límites
por ella supuestos en el natural y más sano instinto: el sexo. Se puede afirmar, sin temor a un
desmentido, que el mayor porcentaje de casos de desdichas, de desastres y de padecimientos físicos
en el matrimonio, se debe a esa criminal ignorancia en cuestiones sexuales, que se ha exaltado como
una grandísima virtud. Tampoco será exagerado que diga que mucho más de un hogar ha sido
deshecho por causas tan deplorables.
Si por cualquiera circunstancia, la mujer se sintiera capaz de libertarse de ciertos pequeños
prejuicios y fuera lo bastante arriesgada para desflorar los misterios del sexo sin la sanción del
Estado y de la Iglesia, se vería condenada a permanecer como un instrumento inservible para
casarse con un hombre bueno y honesto; aun cuando tan bellas prendas personales consistan en
tener una cabeza vacía y una bolsa llena de dinero. ¿Puede haber algo más repugnante que esta idea
de que una mujer, crecida ya, sana, llena de vida y de pasión se halle obligada a rechazar las
exigencias imperiosas de su naturaleza, a tener que sofocar sus más intensos anhelos, yendo en
desmedro de su salud, quebrantando su espíritu, absteniéndose de la profunda gloria del sexo, hasta
el día que un buen hombre venga y la solicite para que sea su esposa? Y este es uno de los aspectos
más significativos del matrimonio. ¡Cómo no ha de ser forzosamente un fracaso semejante
transacción! En consecuencia, ese es uno de los factores, no poco importante, que diferencia el
matrimonio del amor.
Nuestra época es muy positiva, muy práctica. Los tiempos en que Romeo y Julieta rompían el
pacto de enemistad entre sus padres, por su incontenible pasión, cuando Gretchen se ofreció en
holocausto a la maledicencia del vecindario por amor, están un poco lejos. Si, en raras ocasiones la
juventud se permite el lujo de ser romántica, los parientes adultos o ancianos tendrán buen cuidado
de hacerle marcar el paso y acosarla de tal manera que la convertirán en gente muy sensata.
¿Acaso la lección moral que se le inculca a las muchachas, es para que se basen en el amor
que el hombre despertará en ellas, o más bien para que se le pregunte cuánto posee y tiene? Lo
importante y el único dios de la utilitaria vida americana es: ¿Podrá este hombre ganar para vivir?
¿Podrá mantener a una mujer? Es lo que justifica solamente los casamientos. Gradualmente este
concepto satura los pensamientos de las muchachas, quienes no soñarán con claros de lunas, ni con
besos, risas y llantos, sino con las giras de compras por las tiendas, con vestidos, sombreros y el
regateo inherente a todas estas operaciones. Esta pobreza de espíritu y la sordidez, son elementos
substanciales a la institución del matrimonio. El Estado y la Iglesia no aprueban otros ideales más
que estos, porque necesitan que se hallen bajo su control los hombres y las mujeres.
Es dudoso que existan aquí quienes consideran el amor por encima de los dólares y los
centavos. Particularmente esta verdad se aplica a esa clase que por sus precarias condiciones
económicas se ha visto forzada a vivir del trabajo de uno y otro. El notable cambio aportado en la
posición de la mujer por ese poderoso factor, es verdaderamente asombroso cuando se reflexiona
que hace muy poco tiempo que ella ingresó en el campo de las actividades industriales. Hay seis
millones de mujeres asalariadas; seis millones de mujeres que tienen el mismo derecho que los
hombres a ser explotadas, robadas y a declararse en huelga; también a morirse de hambre. ¿Algo
más, señor mío? Sí, seis millones de trabajadoras asalariadas en cada tramo de la vida, desde el
elevado trabajo cerebral hasta el más difícil y duro trabajo manual, en las minas y en las estaciones
de ferrocarril; sí, también detectives y policías. Seguramente su emancipación es ahora completa.
A pesar de todo, un número muy reducido del inmenso ejército de mujeres asalariadas mira
el trabajo como un medio permanente de vida, lo mismo que el hombre. Nada importa a qué grado
de decrepitud llega este último; se le enseñó a ser independiente y tendrá que seguir así,
manteniéndose solo. ¡Oh, sé muy bien que nadie es realmente independiente en nuestro sistema
económico! Pero asimismo al hombre más miserable le repugna ser un parásito; por lo menos, que
se le considere como tal.
En cambio, la mujer considera su posición de trabajadora como algo transitorio, que dejará
de lado en la primera oportunidad. Por eso, es infinitamente más difícil tratar de organizar a las
mujeres que a los hombres. ¿Para qué he de entrar en una asociación? Me voy a casar y espero
tener mi hogar. ¿No se le enseñó a ella que siempre debería responder a esto, como a su último
llamado? Muy pronto se aclimata a su hogar, aunque no sea más ancho que la celda de una cárcel, o
los cuartuchos del taller o de la fábrica, posee puertas más sólidas y barrotes de hierro irrompibles.
Tiene un guardián tan fiel que a él nada se le escapa. La parte más trágica de todo esto es que su
situación de casada no la redime de la esclavitud del salario, y sólo aumenta su faena.
Según las últimas estadísticas sometidas a un Comité acerca del trabajo y los salarios y la
congestión de la población, el diez por ciento de las trabajadoras asalariadas de Nueva York eran
casadas, y debían trabajar por pagas irrisorias. Añádase a esto el peso de los quehaceres domésticos,
¿qué es lo que queda de la protección, de la gloria del hogar? Además, tampoco las jóvenes de las
clases medias pueden jactarse de poseer un hogar, desde que es el hombre exclusivamente el que
crea esa órbita doméstica, donde ella será solamente un satélite. Nada importa que el marido sea un
bruto, o muy gentil. Lo que en definitiva quiero probar es que el matrimonio le asegura un hogar a la
mujer, gracias al marido. Allí, ella se moverá años y años hasta que el aspecto de su vida y de sus
relaciones con aquel se volverá chato, mezquino y aburrido como todo lo que la rodea. Escaso
asombro causará si llega a ser chicanera, chismosa, regañona y tan insoportable que el hombre
procurará quedarse en casa lo menos posible. Ella no puede irse, aunque lo quisiera; no tiene
ninguna parte donde refugiarse. Se vuelve atolondrada, frívola o pesada, tímida en sus decisiones,
cobarde en sus juicios; será un peso y un aburrimiento que muchos hombres llegarán a odiar y a
despreciar. Una atmósfera de inspiraciones maravillosas ¿no es cierto?
Pero ¿el niño? ¿Cómo será protegido sino por el matrimonio? ¿Después de todo no es esto
lo que más debe tenerse en cuenta? ¡La vergüenza y la hipocresía y todo ello! El casamiento protege
a sus vástagos, y no obstante, miles de niños se hallan en la calle, sin pan ni techo. El matrimonio
protege a sus pequeñuelos y a pesar de todo, los orfelinatos rebosan de ellos, los reformatorios no
tienen más sitios para alojarlos y las sociedades que tratan de prevenir los malos tratos contra la
niñez no dan abasto rescatando a las pequeñas víctimas de las manos de padres amorosos, para
colocarlas bajo la protección de sociedades de beneficencia. ¡Oh, el sarcasmo amargo de todo eso!
El casamiento podrá tener el poder de conducir el caballo a la fuente de agua, pero jamás
pudo obligarlo a beber. La ley hace arrestar al padre, le viste de penado; ¿remedió con ello el
hambre de su hijo? Si el padre no tiene trabajo, o si esconde su identidad, ¿qué hará el matrimonio?
Invoca la ley y lo lleva ante la justicia, la que lo pondrá bajo llave en la prisión; el trabajo que allí haga
no irá a salvar de la miseria al niño, sino que pasará a las fauces del Estado. El pequeño heredará la
maldita memoria de su padre, con el traje a rayas de penado.
Referente a la protección de la mujer, es ahí en donde está la peor maldición del
matrimonio. No es que no la proteja realmente; mas esta sola idea es asqueante, es tal ultraje e
insulto a la vida, tan degradante para la dignidad humana, que esto bastaría para condenar para
siempre jamás esta parasitaria institución.
Es como la patria potestad, capitalismo, le roba al hombre su derecho en cuanto nace,
impide su crecimiento por todos los medios, envenena su cuerpo, lo mantiene en perfecta
ignorancia, y en la más horrida pobreza y servilismo; después sus instituciones de beneficencia y de
caridad borran los últimos vestigios de dignidad en él.
La institución del matrimonio hace de la mujer un absoluto parásito, un ser que está
sometido a otro ser. La incapacita para la lucha por la vida, aniquila su conciencia social, paraliza su
imaginación, y entonces le impone su graciosa protección, lo que no es nada más que una trampa,
disfrazada de humanitarismo.
Si la maternidad es la suprema misión de la mujer, ¿qué otra protección necesitará si no
amor y libertad? Y es lo contrario, el casamiento corrompe, desnaturaliza, violenta su alto rol en la
vida. ¿No se le dice a la mujer: solamente si me sigues a todas partes donde yo vaya, he de dar vida a
tu seno? ¿No es esto infamante, no la condena sin remisión, si por acaso se rehúsa a comprar el
derecho de maternidad vendiéndose en cuerpo y alma? No solamente el matrimonio no sanciona la
maternidad, sino que ¿acaso no la hace concebir con odio y repugnancia? Y aún las veces que la
maternidad elige libremente en el éxtasis del amor, en impulso irrefrenable de pasión, ¿no coloca al
pobre inocente una corona de espinas y con letras de sangre le graba en la frente el afrentoso
epíteto de bastardo? Si el casamiento hubiese de contener todas las virtudes que se le adjudican
gratuitamente, los crímenes que ha cometido contra la maternidad lo excluiría, de hecho, del
reinado del amor.
El amor, que es el más intenso y profundo elemento de la vida, el precursor de la esperanza,
de la alegría y del éxtasis; el amor, que desafía impunemente todas las leyes humanas y divinas y las
más aborrecibles convenciones; el amor uno de los más poderosos modeladores de los destinos
humanos, ¿cómo tal torrente de fuerza puede ser sinónimo del pobrecito Estado y del mojigato
sacramento matrimonial, concedido por nuestra santa madre Iglesia?
¿Amor libre? Si hay algo en el mundo libre, es precisamente el amor. El hombre pudo
comprar cerebros pero con todos sus millones no consiguió el amor. El hombre subyugó los cuerpos,
pero no logrará subyugar el amor. El hombre conquistó naciones enteras; pero sus ejércitos no
pudieron conquistar un grano de amor. El hombre cargó de cadenas el espíritu, pero se encontró
completamente inerme, indefenso ante el amor. Encaramado en el más alto trono, con todo su
esplendor y su oro, su poder será omnímodo, pero basta que el amor pase a su lado para que lo
suma en una profunda desolación. Y si en cambio visita una miserable choza, la convertirá en el más
radiante paraíso, dándole el sentido de una nueva vida, más animada en ternura y fantasía. El amor
tiene la mágica virtud de convertir a un mendigo en un rey. Sí; el amor es libre; no puede existir en
otra atmósfera. En plena libertad se entrega sin reservas, abundante y totalmente. Todas las leyes,
todos los códigos y todas las cortes judiciales del universo no podrán arrancarlo del suelo, una vez
que haya echado raíces en él. ¿Cómo se quiere, entonces, si el suelo es estéril, que el matrimonio le
haga dar frutos? Es parecida a la lucha desesperada de la muerte contra el raudo vuelo de la vida.
El amor no necesita protección; se basta a sí mismo. Tan pronto como el amor impregne la
vida con su ardiente y perfumado aliento no habrá más criaturas desamparadas, ni los hambrientos,
ni los sedientos de afectos. Sé muy bien que esto es verdad. Conocí a una mujer que llegó a ser
madre libremente con el hombre que amaba. Pocos niños en su cuna de oro fueron rodeados de
más cariño, de más cuidados y devoción como los que es capaz de prodigar la libre maternidad.
Los defensores de la autoridad temen el advenimiento de la libre maternidad, que les ha de
robar sus presas. ¿Quiénes irían a los campos de combate? ¿Quiénes han de crear el bienestar
común? ¿Quién sería policía, carcelero, si la mujer se negara a dar a luz, y sólo se aviniese a ello, no
como a una función maquinal, sino con inteligencia y discernimiento? ¡La raza!, ¡la raza!, gritan el
rey, los presidentes de las repúblicas, el capitalista y el cura. La raza ha de ser preservada y
aumentada, aunque la mujer se convierta en una mera máquina; y es que el matrimonio no es más
que una válvula de escape contra el peligro del despertar del sexo femenino. Pero son en vano esos
desesperados esfuerzos para conservar este estado de esclavitud. En vano, también, los edictos de la
Iglesia, los vesánicos ataques de legisladores, y en vano el arma de la ley. La mujer no necesita
prestarse más a ser un medio de producción de una raza de seres enfermos, débiles, decrépitos, sin
la fuerza ni el valor moral para sacudir el yugo de la pobreza y de la esclavitud. Por el contrario, ella
quiere pocos hijos y mejores, vigorosos y sanos; concebidos por el amor y elegidos libremente; no
por obligación e indistintamente, así como lo impone el matrimonio. Nuestros pseudo moralistas
tienen todavía que aprender lo que es la profunda responsabilidad contraída con el niño al nacer,
que el amor libre despertó en la mujer. Más bien rechazará la gloria de la maternidad, que traer
nuevos seres a la vida, a un ambiente que respira solamente destrucción y muerte. Y si llega a ser
madre, es para otorgarlo todo, lo más hondo que pueda darle de sí misma. Nacer y crecer con sus
pequeñuelos, es su lema; comprende ella que es la única manera de construir una raza sana.
Ibsen tuvo la verdadera visión de cuál sería la maternidad libre, cuando de mano maestra
trazó la figura de Mrs. Alving de Los Espectros. Ello, representaba la madre ideal, porque supo ver
bien los horrores del matrimonio, rompió sus cadenas y trató de liberar su espíritu de los prejuicios a
precio de muchos sufrimientos hasta volverse en una personalidad fuerte y moralmente pura.
Solamente que fue muy tarde para que ella rescatara la única alegría de su vida, su Osvaldo; pero ni
tan tarde tampoco para llegar a comprender que el amor libre había de ser la única condición a fin
de que la vida fuese bella. Aquellas que, como la señora Alving pagaron con sangre y lágrimas el
despertar de su espíritu, también repudiaron el matrimonio como una imposición arbitraria, como
una mancilla y una mofa absurda. Ellas saben que donde el amor existe, sea por un breve espacio de
tiempo o por una eternidad, allí está la fuerza creadora, la gran corriente de inspiración que echará
las bases para una nueva raza y para un nuevo mundo.
En los tiempos presentes, de pigmea catadura espiritual, el amor es algo extraño a mucha
gente, Falseado y huido, rara vez logra arraigarse en las almas; y cuando lo hace, muy pronto agoniza
y desaparece. Sus delicadas fibras no pueden soportar la exasperada tensión del diario trajín. En su
esencia, es tan complejo que no puede ajustarse a la estrecha medida de nuestra fábrica social. El
llora, gime y sufre con aquellos que lo necesitan, y asimismo le falta impulso para llegar a la cima.
Algún día y algunos hombres y mujeres surgirán para elevarse a los picos más altos, y allí se
encontrarán grandes, fuertes y libres, prestos a recibir, a compartir en un abrazo los rayos de oro del
amor. Qué fantasía, que imaginación, que genio poético podrá prever aún aproximadamente la
tremenda potencia creadora que tendrá ese torrente de fuerzas en la existencia de las mujeres y los
hombres. Si el mundo ha de dar nacimiento al verdadero compañerismo entre los humanos, la
fraterna unión de ellos, no el matrimonio, sino el amor será su padre fecundo.
La tragedia de la emancipación de la mujer

Escrito: En 1906.
Publicado por vez primera: En Emma Goldman, "The Tragedy of Woman's Emancipation", revista
Mother Earth, v. 1, no 1 (marzo 1906); pp. 9-17.
Versión digital: Escritos de Emma Goldman en la página web de Espacio Comunitario y Librería
Anarquista Emma Goldman; descargado diciembre de 2009.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2010.

Comenzaré admitiendo lo siguiente: sin tener en cuenta las teorías políticas y económicas
que tratan de las diferencias fundamentales entre las varias agrupaciones humanas; sin miramiento
alguno para las distinciones de raza o de clase, sin parar mientes en la artificial línea divisoria entre
los derechos del hombre y de la mujer, sostengo que puede haber un punto en cuya diferenciación
misma se ha de coincidir, encontrarse y unirse en perfecto acuerdo.
Con esto no quiero proponer un pacto de paz. El general antagonismo social que se
posesionó de la vida contemporánea, originado, por fuerzas de opuestos y contradictorios intereses,
ha de derrumbarse cuando la reorganización de la vida societaria, al basarse sobre principios
económicos justicieros, sea un hecho y una realidad.
La paz y la armonía entre ambos sexos y entre los individuos, no ha de depender
necesariamente de la igualdad superficial de los seres, ni tampoco traerá la eliminación de los rasgos
y de las peculiaridades de cada individuo. El problema planteado actualmente, pudiendo ser resuelto
en un futuro cercano, consiste en preciarse de ser uno mismo, dentro de la comunión de la masa de
otros seres y de sentir hondamente esa unión con los demás, sin avenirse por ello a perder las
características más salientes de sí mismo. Esto me parece a mí que deberá ser la base en que
descansa la masa y el individuo, el verdadero demócrata y el verdadero individualista, o donde el
hombre y la mujer han de poderse encontrar sin antagonismo alguno. El lema no será: perdonaos
unos a otros, sino: comprendeos unos a otros. La sentencia de Mme. Stael citada frecuentemente:
Comprenderlo todo es perdonarlo todo, nunca me fue simpática; huele un poco a sacristía; la idea
de perdonar a otro ser demuestra una superioridad farisaica.
Comprenderse mutuamente es para mí suficiente. Admitida en parte esta premisa, ella
presenta el aspecto fundamental de mi punto de vista acerca de la emancipación de la mujer y de la
entera repercusión en todas las de su sexo.
Su completa emancipación hará de ella un ser humano, en el verdadero sentido. Todas sus
fibras más íntimas ansían llegar a la máxima expresión del juego interno de todo su ser, y barrido
todo artificial convencionalismo, tendiendo a la más completa libertad, ella irá luego borrando los
rezagos de centenares de años de sumisión y de esclavitud.
Este fue el motivo principal y el que originó y guió el movimiento de la emancipación de la
mujer. Más los resultados hasta ahora obtenidos, la aislaron despojándola de la fuente primaveral
de los sentidos y cuya dicha es esencial para ella. La tendencia emancipadora, afectándole sólo en su
parte externa, la convirtió en una criatura artificial, que tiene mucho parecido con los productos de
la jardinería francesa con sus jeroglíficos y geometrías en forma de pirámide, de conos, de
redondeles, de cubos, etc.; cualquier cosa, menos esas formas sumergidas por cualidades interiores.
En la llamada vida intelectual, son numerosas esas plantas artificiales en el sexo femenino.
¡Libertad e igualdad para las mujeres! Cuántas esperanzas y cuántas ilusiones despertaron
en el seno de ellas, cuando por primera vez estas palabras fueron lanzadas por los más valerosos y
nobles espíritus de estos tiempos. Un sol, en todo el esplendor de su gloria emergía para iluminar un
nuevo mundo; ese mundo, donde las mujeres se hallaban libres para dirigir sus propios destinos; un
ideal que fue merecedor por cierto de mucho entusiasmo, de valor y perseverancia, y de incesantes
esfuerzos por parte de un ejército de mujeres, que combatieron todo lo posible contra la ignorancia
ylos prejuicios.
Mi esperanza también iba hacia esa finalidad, pero opino que la emancipación como es
interpretada y aplicada actualmente, fracasó en su cometido fundamental. Ahora la mujer se ve en
la necesidad de emanciparse del movimiento emancipacionista si desea hallarse verdaderamente
libre. Puede esto parecer paradójico, sin embargo es la pura verdad.
¿Qué consiguió ella, al ser emancipada? Libertad de sufragio, de votar. ¿Logró depurar
nuestra vida política, como algunos de sus más ardientes defensores predecían? No, por cierto. De
paso hay que advertir, ya llegó la hora de que la gente sensata no hable más de corruptelas políticas
en tono campanudo. La corrupción en la política nada tiene que ver con la moral o las morales, ya
provenga de las mismas personalidades políticas.
Sus causas proceden de un punto solo. La política es el reflejo del mundo industrial, cuya
máxima es: bendito sea el que más toma y menos da; compra lo más baratoy vende lo más caro
posible, la mancha en una mano, lava la otra. No hay esperanza alguna de que la mujer, aun con la
libertad de votar, purifique la política.
El movimiento de emancipación trajo la nivelación económica entre la mujer y el hombre;
pero como su educación física en el pasado y en el presente no le suministró la necesaria fuerza para
competir con el hombre, a menudo se ve obligada a un desgaste de energías enormes, a poner en
máxima tensión su vitalidad, sus nervios a fin de ser evaluada en el mercado de la mano de obra.
Raras son las que tienen éxito, ya que las mujeres profesoras, médicas, abogadas, arquitectos e
ingenieros, no merecen la misma confianza que sus colegas los hombres, y tampoco la remuneración
para ellas es paritaria. Y las que alcanzan a distinguirse en sus profesiones, lo hacen siempre a
expensas de la salud de sus organismos. La gran masa de muchachas y mujeres trabajadoras, ¿qué
independencia habrían ganado al cambiar la estrechez y la falta de libertad del hogar, por la carencia
total de libertad de la fábrica, de la confitería, de las tiendas o de las oficinas? Además está el peso
con el que cargarán muchas mujeres al tener que cuidar el hogar doméstico, el dulce hogar, donde
solo hallarán frío, desorden, aridez, después de una extenuante jornada de trabajo. ¡Gloriosa
independencia esta! No hay pues que asombrarse que centenares de muchachas acepten la primera
oferta de matrimonio, enfermas, fatigadas de su independencia, detrás del mostrador, o detrás de la
máquina de coser o escribir. Se hallan tan dispuestas a casarse como sus compañeras de la clase
media, quienes ansían substraerse de la tutela paternal.
Esa sedicente independencia, con la cual apenas se gana para vivir, no es muy atrayente, ni
es un ideal; al cual no se puede esperar que se le sacrifiquen todas las cosas. La tan ponderada
independencia no es después de todo más que un lento proceso para embotar, atrofiar la naturaleza
de la mujer en sus instintos amorosos y maternales.
Sin embargo la posición de la muchacha obrera es más natural y humana que la de su
hermana de las profesiones liberales, quien al parecer es más afortunada, profesoras, médicas,
abogadas, ingenieras, las que deberán asumir una apariencia de más dignidad, de decencia en el
vestir, mientras que interiormente todo es vacío y muerte.
La mezquindad de la actual concepción de la independencia y de la emancipación de la
mujer; el temor de no merecer el amor del hombre que no es de su rango social; el miedo que el
amor del esposo le robe su libertad; el horror a ese amor o a la alegría de la maternidad, la inducirá a
engolfarse cada vez más en el ejercicio de su profesión, de modo que todo esto convierte a la mujer
emancipada en una obligada vestal, ante quien la vida, con sus grandes dolores purificadores y sus
profundos regocijos, pasa sin tocarla ni conmover su alma.
La idea de la emancipación, tal como la comprende la mayoría de sus adherentes y
expositores, resulta un objetivo limitadísimo que no permite se expanda ni haga eclosión; esta es: el
amor sin trabas, el que contiene la honda emoción de la verdadera mujer, la querida, la madre capaz
de concebir en plena libertad.
La tragedia que significa resolver su problema económico y mantenerse por sus propios
medios, que hubo de afrontar la mujer libre, no reside en muchas y variadas experiencias, sino en
unas cuantas, las que más la aleccionaron. La verdad, ella sobrepasa a su hermana de las
generaciones pretéritas, en el agudo conocimiento de la vida y de la naturaleza humana; es por eso
que siente con más intensidad la falta de todo lo más esencial en la vida -lo único apropiado para
enriquecer el alma humana, -y que sin ello, la mayoría de las mujeres emancipadas se convierten a
un automatismo profesional.
Semej ante estado de cosas fue previsto por quienes supieron comprender que en los
dominios de la ética quedaban aún en pie muchas ruinas de los tiempos, en que la superioridad del
hombre fue indisputada; y que esas ruinas eran todavía utilizadas por las numerosas mujeres
emancipadas que no podían hacer a menos de ellas. Es que cada movimiento de tinte revolucionario
que persigue la destrucción de las instituciones existentes con el fin de reemplazarlas por otra
estructura social mejor, logra atraerse innumerables adeptos que en teoría abogan por las ideas más
radicales y en la práctica diaria, se conducen como todo el mundo, como los inconscientes y los
filisteos (burgueses), fingiendo una exagerada respetabilidad en sus sentimientos e ideas y
demostrando el deseo de que sus adversarios se formen la más favorable de las opiniones acerca de
ellos. Aquí, por ejemplo, tenemos los socialistas y aun los anarquistas, quienes pregonan que la
propiedad es un robo, y asimismo se indignarán contra quien les adeude por el valor de media
docena de alfileres.
La misma clase de filisteísmo se encuentra en el movimiento de emancipación de la mujer.
Periodistas amarillos y una literatura ñoña y color de rosa trataron de pintar a las mujeres
emancipadas de un modo como para que se les erizaran los cabellos a los buenos ciudadanos y a sus
prosaicas compañeras. De cada miembro perteneciente a las tendencias emancipacionistas, se
trazaba un retrato parecido al de Georges Sand, respecto a su despreocupación por la moral. Nada
era sagrado para la mujer emancipada, según esa gente. No tenía ningún respeto por los lazos
ideales de una mujer y un hombre. En una palabra, la emancipación abogaba solo por una vida de
atolondramiento, de lujuria y de pecado; sin miramiento por la moral, la sociedad y la religión. Las
propagandistas de los derechos de la mujer se pusieron furiosas contra esa falsa versión, y exentas
de ironía y humor, emplearon a fondo todas sus energías para probar que no eran tan malas como
se les había pintado, sino completamente al reverso. Naturalmente -decían- hasta tanto la mujer
siga siendo esclava del hombre, no podrá ser buena ni pura; pero ahora que al fin se ha libertado
demostrará cuan buena será y cómo su influencia deberá ejercer efectos purificadores en todas las
instituciones de la sociedad. Cierto, el movimiento en defensa de los derechos de la mujer dio en
tierra con más de una vieja traba o prejuicio, pero se olvidó de los nuevos.
El gran movimiento de la verdadera emancipación no se encontró con una gran raza de
mujeres, capaces y con el valor de mirar en la cara a la libertad. Su estrecha y puritana visión,
desterró al hombre, como a un elemento perturbador de su vida emocional, y de dudosa moralidad.
El hombre no debía ser tolerado, a excepción del padre y del hijo, ya que un niño no vendrá a la vida
sin el padre. Afortunadamente, el más rígido puritanismo no será nunca tan fuerte que mate el
instinto de la maternidad. Pero la libertad de la mujer, hallándose estrechamente ligada con la del
hombre, y las llamadas así hermanas emancipadas pasan por alto el hecho que un niño al nacer
ilegalmente necesita más que otro el amor y cuidado de todos los seres que están a su alrededor,
mujeres y hombres. Desgraciadamente esta limitada concepción de las relaciones humanas hubo de
engendrar la gran tragedia existente en la vida del hombre y de la mujer moderna.
Hace unos quince años que apareció una obra cuyo autor era la brillante escritora noruega
Laura Marholom. Se titulaba La mujer, estudio de caracteres. Fue una de las primeras en llamar la
atención sobre la estrechez y la vaciedad del concepto de la emancipación de la mujer, y de los
trágicos efectos ejercidos en su vida interior. En su trabajo, Laura Marholom traza las figuras de
varias mujeres extraordinariamente dotadas y talentosas de fama internacional; habla del genio de
Eleonora Duse; de la gran matemática y escritora Sonya Kovalevskaia; de la pintora y poetisa innata
que fue María Bashkirtzeff, quien murió muy joven. A través de la descripción de las existencias de
esos personajes femeninos y a través de sus extraordinarias mentalidades, corre la trama
deslumbrante de los anhelos insatisfechos, que claman por un vivir más pleno, más armonioso y más
bello y al no alcanzarlo, de ahí su inquietud y su soledad. Y a través de esos bocetos psicológicos,
magistralmente realizados, no se puede menos de notar que cuanto más alto es el desarrollo de la
mentalidad de una mujer, son más escasas las probabilidades de hallar el ser, el compañero de ruta
que le sea completamente afín; el que no verá en ella, no solamente la parte sexual, sino la criatura
humana, el amigo, el camarada de fuerte individualidad, quien no tiene por qué perder un solo rasgo
de su carácter.
La mayoría de los hombres, pagados por su suficiencia, con su aire ridículo de tutelaje hacia
el sexo débil, resultarían entes algo absurdos, imposibles para una mujer como las descritas en el
libro de Laura Marholom. Igualmente imposible sería que no se quisiese ver en ellas más que sus
mentalidades y su genio, y no se supiese despertar su naturaleza femenina.
Un poderoso intelecto y la fineza de sensibilidad y sentimiento son dos facultades que se
consideran como los necesarios atributos que integrarán una bella personalidad. En el caso de la
mujer moderna, ya no es lo mismo. Durante algunos centenares de años el matrimonio basado en la
Biblia, hasta la muerte de una de las partes, se reveló como una institución que se apuntaba en la
soberanía del hombre en perjuicio de la mujer, exige su completa sumisión a su voluntad y a sus
caprichos, dependiendo de él por su nombre y por su manutención. Repetidas veces se ha hecho
comprobar que las antiguas relaciones matrimoniales se reducían a hacer de la mujer una sierva y
una incubadora de hijos. Y no obstante, son muchas las mujeres emancipadas que prefieren el
matrimonio a las estrecheces de la soltería, estrecheces convertidas en insoportables por causa de
las cadenas de la moral y de los prejuicios sociales, que cohíben y coartan su naturaleza.
La explicación de esa inconsistencia de juicio por parte del elemento femenino avanzado, se
halla en que no se comprendió lo que verdaderamente significaba el movimiento emancipacionista.
Se pensó que todo lo que se necesitaba era la independencia contra las tiranías exteriores; y las
tiranías internas, mucho más dañinas a la vida y a sus progresos -las convenciones éticas y sociales-
se las dejó estar, para que se cuidaran a sí mismas, y ahora están muy bien cuidadas. Y éstas parece
que se anidan con tanta fuerza y arraigo en las mentes y en los corazones de las más activas
propagandistas de la emancipación, como los que tuvieron en las cabezas y en los corazones de sus
abuelas.
¿Esos tiranos internos acaso no se encarnan en la forma de la pública opinión, o lo que dirá
mamá, papá, tía, y otros parientes; lo que dirá Mrs. Grundy, Mr. Comstock, el patrón, y el Consejo de
Educación? Todos esos organismos tan activos, pesquisas morales, carceleros del espíritu humano,
¿qué han de decir? Hasta que la mujer no haya aprendido a desafiar a todas las instituciones, resistir
firmemente en su sitio, insistiendo que no se la despoje de la menor libertad; escuchando la voz de
su naturaleza, ya la llame para gozar de los grandes tesoros de la vida, el amor por un hombre, o
para cumplir con su más gloriosa misión, el derecho de dar libremente la vida a una criatura
humana, no se puede llamar emancipada. Cuántas mujeres emancipadas han sido lo bastante
valerosas para confesarse que la voz del amor lanzaba sus ardorosos llamados, golpeaba
salvajemente su seno, pidiendo ser escuchado, ser satisfecho.
El escritor francés Jean Reibrach, en una de sus novelas, New Beauty -La Nueva Belleza-
intenta describir el ideal de la mujer bella y emancipada. Este ideal está personificado en una joven,
doctorada en medicina. Habla con mucha inteligencia y cordura de cómo debe alimentarse un bebé;
es muy bondadosa, suministra gratuitamente sus servicios profesionales y las medicinas para las
madres pobres. Conversa con un joven, una de sus amistades, acerca de las condiciones sanitarias
del porvenir y cómo los bacilos y los gérmenes serán exterminados una vez que se adopten paredes
y pisos de mármol, piedra o baldosas, haciendo a menos de las alfombras y de los cortinados. Ella
naturalmente, viste sencillamente y casi siempre de negro. El joven, quien en el primer encuentro se
sintió intimidado ante la sabiduría de su emancipada amiga, gradualmente la va conociendo y
comprendiendo cada vez más, hasta que un buen día se da cuenta que la ama. Los dos son jóvenes,
ella es buena y bella y, aunque un tanto severa en su continencia, su apariencia se suaviza con el
inmaculado cuello y puños. Uno esperaría que le confesara su amor, pero él no está por cometer
ningún gesto romántico y absurdo. La poesía y el entusiasmo del amor le hacen ruborizar, ante la
pureza de la novia. Silencia el naciente amor, y permanece correcto. También, ella es muy medida,
muy razonable, muy decente. Temo que de haberse unido esa pareja, el jovencito hubiera corrido el
riesgo de helarse hasta morirse. Debo confesar que nada veo de hermoso en esta nueva belleza, que
es tan fría como las paredes y los pisos que ella sueña implantar en el porvenir. Prefiero más bien los
cantos de amor de la época romántica, don Juan y Venus, más bien el mocetón que rapta a su
amada en una noche de luna, con las escaleras de cuerda, perseguido por la maldición del padre y
los gruñidos de la madre, y el chismorreo moral del vecindario, que la corrección y la decencia
medida por el metro del tendero. Si el amor no sabe darse sin restricciones, no es amor, sino
solamente una transacción, que acabará en desastre por el más o el menos.
La gran limitación de miras del movimiento emancipacionista de la actualidad, reside en su
artificial estiramiento y en la mezquina respetabilidad con que se reviste, lo que produce un vacío en
el alma de la mujer, no permitiéndole satisfacer sus más naturales ansias. Una vez hice notar que
parecía existir una más estrecha relación entre la madre de corte antiguo, el ama de casa siempre
alerta, velando por la felicidad de sus pequeños y el bienestar de los suyos, y la verdadera mujer
moderna, que con la mayoría de las emancipadas. Estas discípulas de la emancipación depurada,
clamaron contra mi heterodoxia y me declararon buena para la hoguera. Su ciego celo no les dejó
ver que mi comparación entre lo viejo y lo nuevo tendía solamente a probar que un buen número de
nuestras abuelas tenían más sangre en las venas, mucho más humor e ingenio, y algunas poseían en
alto grado naturalidad, sentimientos bondadosos y sencillez, más que la mayoría de nuestras
profesionales emancipadas que llenan las aulas de los colegios, las universidades y las oficinas. Esto
después de todo no significa el deseo de retornar al pasado, ni relegar a la mujer a su antigua esfera,
la cocina y al amamantamiento de las crías.
La salvación estriba en una enérgica marcha hacia un futuro cada vez más radiante.
Necesitamos que cada vez sea más intenso el desdén, el desprecio, la indiferencia contra las
antiguas tradiciones y los viejos hábitos. El movimiento emancipacionista ha dado apenas el primer
paso en este sentido. Es de esperar que reúna sus fuerzas para dar otro. El derecho del voto, de la
igualdad de los derechos civiles, pueden ser conquistas valiosas; pero la verdadera emancipación no
empieza en los parlamentos, ni en las urnas. Empieza en el alma de la mujer. La historia nos cuenta
que las clases oprimidas conquistaron su verdadera libertad, arrancándosela a sus amos en una serie
de esfuerzos. Es necesario que la mujer se grabe en la memoria esa enseñanza y que comprenda que
tendrá toda la libertad que sus mismos esfuerzos alcancen a obtener. Es por eso mucho más
importante que comience con su regeneración interna, cortando el lazo del peso de los prejuicios,
tradiciones y costumbres rutinarias. La demanda para poseer iguales derechos en todas las
profesiones de la vida contemporánea es justa; pero, después de todo, el derecho más vital es el de
poder amar y ser amada.
Verdaderamente, si de una emancipación apenas parcial se llega a la completa
emancipación de la mujer, habrá que barrer de una vez con la ridícula noción que ser amada, ser
querida y madre, es sinónimo de esclava o de completa subordinación. Deberá hacer desaparecer la
absurda noción del dualismo del sexo, o que el hombre y la mujer representan dos mundos
antagónicos.
La pequeñez separa; la amplitud une. Dejen que seamos grandes y generosos. Déjenos hacer
de lado un cúmulo de complicadas mezquindades para quedarnos con las cosas vitales. Una sensata
concepción acerca de las relaciones de los sexos no ha de admitir el conquistado y el conquistador;
no conoce más que esto: prodigarse, entregarse sin tasa para encontrarse a sí mismo más rico, más
profundo, mejor. Ello sólo podrá colmar la vaciedad interior, y transformar la tragedia de la
emancipación de la mujer, en gozosa alegría, en dicha ilimitada.

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