TENDENCIAS
El realismo físico exagerado. Se afirma la presencia de Cristo en la Eucaristía con el
mismo cuerpo carnal, como estaba aquí sobre la tierra, hasta proponer una serie de
cuestiones que son llamadas bajo el término de «cafarnaitismo» o «estercorismo».
Pascasio Radberto, abad del monasterio de Corbie, con su Liber de Corpore e sanguine
Domini (844). Su posición teológica es clara: en la Eucaristía tenemos el mismo cuerpo de
Cristo, nacido de la Virgen María que ha sufrido y que ahora está sentado a la derecha del
Padre, también cuando esto se da en el sacramento.
El simbolismo sacramental: contra Pascasio Radberto, un monje de la misma abadía,
proponen explicaciones más matizadas bajo la línea del sacramentalismo y el simbolismo
de los Padres, especialmente de Agustín. No niegan el realismo de la presencia ni el sentido
salvífico de la presencia del Señor y de la comunión eucarística, sino que insisten en la
diferencia de la presencia del cuerpo y de la sangre de Cristo en su realidad y en el modo de
su presencia sacramental, precisamente porque se trata de un modo diferente de presencia.
Berengario, reacciona contra el realismo eucarístico, lo reduce a un puro simbolismo, hasta
tal punto que afirma la presencia de Cristo en la Eucaristía no a nivel de realidad en el pan
y en el vino, sino sólo en la mente y en la fe de aquéllos que creen y comulgan. La
Eucaristía queda pan y vino, pero para quien cree, y en virtud de la fe, el pan y el vino son
el cuerpo y la sangre de Cristo. Una presencia, pues, espiritual, y del todo sugestiva, sin
realismo sacramental. Se come a Cristo con la fe, no con la boca, aunque se retiene la
eficacia salvífica de esta comunión.
En el siglo XIII, con Alberto Magno, Tomás y Buenaventura, tenemos una elaboración
más equilibrada. Se afirma la presencia sacramental y real de Cristo. Se utiliza la
terminología presencia, presencia real, continetur, adest... Se encuentra después en el
sistema hilemórfico y en los términos de sustancia y accidentes la formulación filosófica
adecuada para hablar de la presencia de la sustancia de Cristo y la permanencia de los
accidentes del pan y del vino. Se encuentra también el modo de justificar el cambio: cambia
la sustancia, quedan los accidentes. Se forja así la terminología y la explicación de la
transustanciación.
En el siglo XIV el concilio de Costanza (1414-1418) (DS 1151-1153) condena algunos
errores de J. Wycliffe. Representa una primera reacción a las proposiciones de tipo
escolástico que, según él, no respetan la realidad misma de la Eucaristía. Para él: en la
Eucaristía permanecen la sustancia del pan y del vino, los mismos accidentes del pan y del
vino no se dan sin el propio sujeto. No se puede decir que en la Eucaristía Cristo se
encuentre con la misma y real presencia con la cual está ahora en el cielo. Más que de
transustanciación se trata de una «consustanciación».
La posición de los reformadores
Lutero presenta estas tres grandes líneas de pensamiento:
1) Afirma convencido la presencia real de Cristo en la Eucaristía, según las mismas
palabras de Cristo.
2) Niega la transustanciación, de la que se ríe cáusticamente como palabra bárbara y
explicación ridícula. Para él la presencia de Cristo se contiene con la sustancia y
bajo la sustancia del pan y del vino; se trata, más bien, de una consustanciación de
Cristo con el pan y con el vino (empanación, se dirá) («ubiquismo» eucarístico).
3) Admite la presencia del Señor en la Eucaristía sólo «in usu», para la comunión;
niega, pues la permanencia de la presencia fuera de la comunión, y es contrario al
culto eucarístico fuera de la misa que él condena como idolatría, como adoración
del pan.
Zwinglio: La presencia de Cristo es sólo espiritual. La Eucaristía es sólo una presencia en
signo, también si reclama su pasión y muerte, estimula nuestra fe y es nutrimento espiritual
del alma.
Calvino niega las explicaciones de Lutero y de Zwinglio: ni ubiquismo, ni simple
simbolismo. Acentúa la fuerza espiritual «Virtus espiritualis», que al pan y al vino confiere
el Espíritu Santo, en la medida en que es aceptada y recibida por la fe.
Repuesta del concilio de Trento
Decreto sobre el sacramento de la Eucaristía
Cap. 1. De la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en el santísimo sacramento de
la Eucaristía
Concilio: confiesa, que en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la
consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y sustancialmente [Can. 1]
nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas
sensibles.
Cap. 2. Razón de la institución de este santísimo sacramento
Salvador, cuando estaba para salir de este mundo al Padre, instituyó este sacramento en el
que vino como a derramar las riquezas de su divino amor hacia los hombres, componiendo
un memorial de sus maravillas [Sal 110, 4], y mandó que al recibirlo, hiciéramos memoria
de Él [1 Co 11, 24] y anunciáramos su muerte hasta que É1 mismo venga a juzgar al mundo
[1 Co 11, 25].
Cap. 3. De la excelencia de la santísima Eucaristía sobre los demás sacramentos
la santísima Eucaristía de común con los demás sacramentos «ser símbolo de una cosa
sagrada y forma visible de la gracia invisible»; mas se halla en ella algo de excelente y
singular, a saber: que los demás sacramentos entonces tienen por vez primera virtud de
santificar, cuando se hace uso de ellos; pero en la Eucaristía, antes de todo uso, está el autor
mismo de la santidad [Can. 4].
Cap. 4. De la Transustanciación
Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia
de pan [Mt 26, 26 ss.; Mc 14, 22 ss.; Lc 22, 19 s; 1 Co 11, 24 ss.]; de ahí que la Iglesia y
este santo Concilio digan, que por la consagración del pan y del vino se realiza la
conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y
de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y
convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia Católica [Can. 2].
Cap. 5. Del culto y veneración que debe tributarse a este santísimo sacramento
todos los fieles de Cristo en su veneración a este santísimo sacramento deben tributarle
aquel culto de latría que se debe al verdadero Dios [Can. 6].
Cap. 6. Que se ha de reservar e1 santísimo sacramento de la Eucaristía y llevarlo a los
enfermos
La costumbre de reservar en el sagrario la santa Eucaristía es tan antigua que la conoció ya
el siglo del concilio de Nicea. Además, que la misma Sagrada Eucaristía sea llevada a los
enfermos. Por lo cual este santo Concilio establece que se mantenga absolutamente esta
saludable y necesaria costumbre [Can. 7].
Cap. 7. De la preparación que debe llevarse, para recibir dignamente la santa Eucaristía
la costumbre de la Iglesia declara ser necesaria aquella prueba por la que nadie debe
acercarse a la Sagrada Eucaristía con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le
parezca estar, sin preceder la confesión sacramental.
Cap. 8. Del uso de este admirable Sacramento
tres modos de recibir este santo sacramento. Algunos sólo lo reciben sacramentalmente,
como los pecadores; otros, sólo espiritualmente, a saber, aquellos que comiendo con el
deseo aquel celeste Pan eucarístico experimentan su fruto y provecho por la fe viva, que
obra por la caridad [Ga 5, 6]; los terceros, en fin, sacramental a par que espiritualmente
[Can. 8]; y éstos son los que de tal modo se prueban y preparan, que se acercan a esta
divina mesa vestidos de la vestidura nupcial [Mt 22, 11 s].
Cánones sobre el santísimo sacramento de la Eucaristía
Can. 1. Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene
verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la
divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que sólo
está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema [cfr. 874 y 878].
Can. 2. Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la
sustancia de pan y de vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor
Jesucristo, y negare aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan
en el cuerpo y de toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies
de pan y vino; conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transustanciación,
sea anatema [cfr. 877].
Can. 3. Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo
entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las
especies hecha la separación, sea anatema [cfr. 878].
Can. 4. Si alguno dijere que, acabada la consagración, no está el cuerpo y la sangre de
nuestro Señor Jesucristo en el admirable sacramento de la Eucaristía, sino sólo en el uso, al
ser recibido, pero no antes o después, y que en las hostias o partículas consagradas que
sobran o se reservan después de la comunión, no permanece el verdadero cuerpo del Señor,
sea anatema [cfr. 876].
EL DOGMA DE LA PRESENCIA REAL
No se trata, por tanto, de afirmar sólo la presencia real, sino también el modo de la
presencia, que es la transubstanciación, y sus consecuencias, que son los corolarios sobre la
presencia.
La presencia real de Cristo en la Eucaristía
Afirmaciones dogmática
en el momento en el que brota el cisma en torno al misterio eucarístico: «Precisamente
aquella Eucaristía que nuestro Salvador ha dejado en su Iglesia como signo de su unidad y
de la caridad, con la que quiso que todos los cristianos estuvieran enlazados y unidos entre
sí»
La afirmación general del Magisterio de la Iglesia está contenida en el canon 1 y en el
capítulo 1 del Decreto sobre la Santísima Eucaristía. Dicha afirmación puede sonar así en
una proposición positiva:
En el santísimo sacramento de la Eucaristía está contenido verdadera, real y
sustancialmente el cuerpo, la sangre, el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y,
por tanto, Cristo todo entero.
Lo que está contenido: cuerpo, sangre, alma, divinidad, todo Cristo (totus Christus).
Una afirmación general: después de la consagración del pan y del vino, está contenido
nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, bajos las especies de
aquellas cosas sensibles.
Una respuesta a las objeciones: no choca que Cristo esté en el cielo, según su modo
natural de existir, y esté sacramentalmente entre nosotros en otros lugares con su sustancia,
con aquella forma de existir que aunque apenas podamos expresar con nuestras palabras,
debemos creer y admitir que es posible a Dios.
Los argumentos: tal es la unánime tradición de la verdadera Iglesia; así deben ser
comprendidas las palabras de Jesús en la última Cena. Se rechazan, pues, todas las teorías
que niegan esta realidad.
El sentido de la institución: se recuerda el hecho de la institución y el sentido del
memorial del Señor: alimento de los vivientes, remedio de los pecados, prenda de la gloria
futura, símbolo de la Iglesia, Cuerpo místico, en la trabazón de la vida de fe, esperanza y
caridad.
Dicha presencia del totus Christi es afirmada:
ex vi verborum: el cuerpo bajo la especie del pan, la sangre bajo la especie del vino;
ex vi naturales concomitantiae: en cada una de las especies totus Christus;
Cristo, el resucitado, con su unanimidad y divinidad está presente en cada una de las
especies y de sus partes.
Algunas anotaciones
En el texto del tridentino debemos considerar algunos aspectos de gran interés:
Aunque ordinariamente se habla de presencia real, la terminología del tridentino privilegia
más bien el realismo de la palabra «continetur», está contenido, que comprende también la
presencia y que se caracteriza como verdadera, real, sustancial.
El tridentino sitúa la presencia real en el justo marco teológico que es el de las palabras de
la institución con la referencia al memorial-sacrificio y a la comunión.
LA TRANSUBSTANCIACIÓN
Afirmación dogmática
Si alguno dijere que en el sacrosanto sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia del
pan y del vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare
aquella maravillosa y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y de
toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las especies de pan y vino;
conversión que la Iglesia Católica aptísimamente llama transustanciación, sea anatema.
Explicación de la terminología
Conversio. La palabra clave es precisamente «conversión»
La conversión es un cambio de lo positivo a lo positivo, con un nexo entre lo que era y lo
que es ahora. Puede ser sustancial, si cambia la sustancia y accidental o formal, si cambian
los accidentes. La conversión sustancial de por sí, exige también el cambio de los
accidentes, porque la sustancia se manifiesta con los propios accidentes. Una conversión
sustancial es una transformación de la realidad y de sus accidentes. Sin embargo, una
conversión accidental no cambia de por sí la sustancia; puede cambiar la forma o la figura,
el significado y la finalidad (transfiguración, transignificación, transfinalización).
La conversión eucarística es obviamente una conversión «sui generis», en cuanto que
cambia la sustancia pero permanecen los accidentes o especie.
En la conversión eucarística, se trata de una conversión entre una realidad de este
mundo –pan y vino– y una realidad, en el fondo, humano-divina, y en la actual
economía de la salvación de una realidad gloriosa.
Substantia. Es la palabra clave que explica el tipo de conversión. la sustancia (del pan y del
vino) es la realidad propia de una cosa en sí misma, la que la hace igual en la naturaleza a
otras de la misma composición y aquélla que la distingue de cosas diferentes. También en
las cosas iguales en la naturaleza o sustancia pueden darse manifestaciones accidentales
diversas (color, sabor, calidad, peso...).
Especies son las propiedades de las cosas, aquéllas que las hacen accesibles a nuestros
sentidos y califican y manifiestan una sustancia: cantidad, extensión, color, sabor, peso.
Sustancia y especie están siempre de por sí unidas. Cambiada la sustancia, cambian las dos
especies.
Transubstantiatio. Palabra difícil pero expresiva. Algunos Padres quisieron cambiarla en el
último momento por la expresión conversión sacramental. El teólogo jesuita Laynez,
defiende la elección de la palabra, con este argumento: «Aunque la palabra parezca nueva,
siempre se dio según la costumbre de la Iglesia... Dicha palabra fue usada en el Lateranense
IV y los mismos Santos Padres afirman con sus expresiones el mismo concepto cuando
dicen que el pan cambia (transmutari) en el cuerpo de Cristo, o que el pan se convierte (fit)
en cuerpo de Cristo, u otras palabras similares...»
Sentido de la definición
Después de la consagración, en virtud de las palabras del Señor, no se da ya la sustancia del
pan y del vino; se ha dado una conversión total de la sustancia del pan y del vino en el
cuerpo y sangre de Cristo; quedan, sin embargo, y sólo, las especies del pan y del vino.
La definición del Tridentino se puede explicar a nivel simple con este razonamiento
articulado:
a. Según las palabras del Señor, claramente expresadas y así comprendidas por la Iglesia
con su fe, el pan no es ya pan, sino el cuerpo de Cristo; y el vino no es ya vino, sino la
sangre de Cristo;
b. Dado que, según el principio de no contradicción, una cosa no puede ser al mismo
tiempo dos, una sustancia no puede ser a la vez dos sustancias y, sin embargo, para nuestros
sentidos el pan y el vino permanecen tales.
c. Es preciso admitir que la única forma de salvaguardar la verdad de las palabras del Señor
es nuestra experiencia y la afirmación del cambio de la sustancia del pan y del vino y la
permanencia de la especie.
El primer principio (a) es un dato de fe; el segundo (b) es un dato de razón y de
experiencia; el tercero (c) es una conclusión de fe y de lógica.
Pablo VI en la Encíclica Mysterium Fidei, entre otras, ofrece estas esenciales precisiones
contra las teorías que se propagan, especialmente en Holanda:
• Es preciso afirmar la transustanciación y no hablar de una simple transignificación o
transfinalización. Se necesita, además, conservar el sentido propio de las definiciones
dogmáticas y de su terminología.
• «Las especies del pan y del vino, tras la consagración, tienen un nuevo significado y un
nuevo fin porque contienen una nueva realidad que llamamos ontológica».
PROFUNDIZACIONES TEOLÓGICAS SOBRE LOS TEMAS DE LA PRESENCIA
REAL Y DE LA TRANSUSTANCIACIÓN
1. La presencia de Cristo en la Eucaristía
El marco teológico-celebrativo
La presencia del Señor en la Eucaristía debe ser estudiada en su ámbito propio que es el del
memorial y el de la comunión eucarística. Presencia y memorial se exigen recíprocamente,
de otra manera se tendría sólo una celebración puramente simbólica.
Culmen de la presencia personal y sacramental de Cristo en la Iglesia
La teología del Vaticano II (SC 7), corroborada por la Mysterium Fidei, ha redescubierto la
múltiple presencia de Cristo en la Iglesia y en la liturgia. No para oscurecer la presencia
eucarística, sino para ponerla más de relieve como momento culminante de la presencia
sacramental de Cristo en la Iglesia.
La Eucaristía supone la presencia de Cristo en la asamblea, en la palabra eucarística, en la
plegaria eucarística, en la acción sacramental eucarística –de ofrenda sacrificial y de
donación salvífica en el alimento y bebida; pero ella es la presencia de toda la persona de
Cristo en su unanimidad gloriosa, pero como realidad sustancial, que asume, cambiándolas,
el pan y el vino, para ser la máxima penetración ontológica de su presencia en este mundo.
Una presencia que se comunica a partir del misterio pascual
La clave de comprensión de la Eucaristía en toda su riqueza no puede ser más que el
misterio pascual.
El misterio pascual es la realidad única, viva y actual de Cristo. El modo de estar presente
en su Iglesia. El misterio pascual es misterio «parusíaco», de presencia, aparición,
comunicación y comunión personal y vital.
LA TRANSUSTANCIACIÓN: informaciones sobre el debate teológico moderno
en torno a este dogma.
toda la fuerza de la definición de la Iglesia parte del dato de fe, es decir, de la
verdad de las palabras de Cristo y del poder de su voluntad que puede hacer y
hace del pan y del vino su cuerpo y su sangre. Toda teoría que no respete este
cambio real reduce la Eucaristía a una presencia puramente simbólica. Pertenece
también a la definición, la permanencia de la especie o propiedad del pan y del
vino; ellos son el modo, el vehículo con el que Cristo nos da, de manera sensible
y humana su presencia sacramental.
Aplicaciones metafísicas
Entre las teorías clásicas de los teólogos postridentinos enumeramos:
La teoría de la «anihilatio». La sustancia del pan y del vino deja de ser porque
Dios la aniquila, y la sustituye por el cuerpo de Cristo. Es la sentencia medieval,
ya rechazada por santo Tomás, S. Th., q. 75, a. 3.
La teoría de la reproducción. Según F. Suárez, en la conversión eucarística se da
una especie de reproducción del Cuerpo de Cristo; esto se da mediante una
acción de Dios que es casi-creativa, aunque no propiamente tal, porque el cuerpo
de Cristo es pre-existente. Una teoría similar es propuesta por el cardenal Lugo.
La teoría de la «adductio». Según R. Bellarmino, no se trata ni de un
aniquilamiento ni de una reproducción, sino de una venida o «adductio» del
cuerpo de Cristo que está en el cielo en las especies eucarísticas, pero sin
movimiento local.
Todas estas teorías no respetan las nociones de «conversión».
Teoría de la simple conversión. Expuesta por santo Tomás. se trata de una
simple acción divina que convierte toda la entidad del pan y del vino en el cuerpo
y en la sangre de Cristo. Objeto de esta conversión es la sustancia del pan y del
vino; no se da aniquilamiento, sino conversión de una sustancia en la otra; el
cuerpo de Cristo y su sangre ya preexisten, porque se trata de su presencia
gloriosa; las especies sacramentales tienen una relación real con el cuerpo y
sangre en cuanto que los contienen («realis habitado continendi corpus
Christi»).
Las teorías fisicistas: Apenas iniciado el viraje científico en la filosofía, los
pensadores cristianos se sintieron en el deber de aplicar a la conversión
eucarística las nuevas explicaciones científicas, porque tenían miedo que una
crisis del sistema hilemórfico pudiese acarrear consecuencias desastrosas para la
fe y la teología eucarística.
Las teorías simbólicas: reducía la presencia a un puro simbolismo del cuerpo y
de la sangre del Señor.