0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 1K vistas36 páginasLa Vuelta de Pedro Urdemales
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Wek PRET
Titulo uriginal: La YETTA DE PEDRO URLEMALES
1999, Flosioe Péres
© De tes ilustrnipnds 1999, Carkos Rejes,
oficing de proyecros escuela de Disefio Universidad ARCIS
© De esta edicidn:
2002, Aguilas Chiteng de Ediciones. $A.
Dy, Anthal Ariztfa 1444, Providencia
Santiago de Chile
* Grupo Santillane de Ediciones 5.A,
‘Yorrelaguna 66, 78043 Madrid, Espaha
» Aguilar, Altes, Taurus, Alfaguara, S.A. de CV.
Buda, Uninertided,, 767. Gall del Valle,
Mexico DL 05100
© Aguilar, Akea, Taurus, Alfaguars, S.A. de Ediciones
Bearley 3860, 1437 Buenos Aires, Argentina
« Sancillana S.A.
Avda. San Pelipe 731, Jesis Maria 11, Lima, Peri
+ Ediciones Santillana $A.
Conscieucion, 1889, 11800 Monvevideo, Uruguay
* Santillana 5.4,
CI Rio de Janeiro, 1238 esquina Frutos pane
Asuncién, Paraguay
* Santillana de Ediciones 5.A.
Avda. Arce 2333, entre Rosendo Gutiérrez
¥ Belisarin Salinas, La Paz, Bolivia
ISBN: 956-239-081-0
Lnsctipcién Ne 110,495
Primera edicién en Chile: septiembre 1994
Cuarta edicién: noviembre 2002
Impueso co ChilefPrinted in Chile
DiseBie de colecchbas
Jost Crespo. Rosa Marin, Jestis Sanz,
Todontos decechos reservados,
Esta publicacié, wo pucde ser reprowucida i
én tose at Ar,
ni en, parwe, ni cegiereda en, transcnitide por SN
fats sisseont de recupericldn de informacion, cf ove
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eceraspticas pit Fomicupia. 6 cuakgeter orc
tin el permisa previo por escrito de ta editorial:
La vuelta de ©
Pedro Urdemales
Floridor Pérez
Hast ractones de Carlos RojasPedro Urdematles,
un huaso del campo,
pero no de las chacras
Cuando yo era nifio, conocl a
Pedro Urdematles en mi Libre de Lec-
tura, donde era el cartere del otro
mundo. A la salida de la escuela me
volvta lentamente a casa, deteniéndo-
me en cada esquina, sin perder la espe-
ranza de verlo entrar al pueblo mon-
tado al revés en un burro, mirande
hacia atrds...
jUrde - males...! Can ese apellida
le resulta bien dificil negar su fama de
pills. Sin embargo, él asegura que no en-
gana a nadie. ;Otra cosa muy distinta es
que no se deje engafiar!
Y yo dirta que junto con algu-
nay diabluras suele darles un merecidoescarmiento a los dvaros, que quiste-
ran tener una olltta que caliente sin’
fuego, o un drbol que en vez de frutos
dé dinero, 0 un sombrerite que pagne
sus gastos...
Pedra Urdemates les dice «no,
sefiores: st quieren gastar menos, eco-
nomicen combustible, gdnense el dine-
ro con el sudor de su frente y paguen
sus deudas»,
Pero la opinién mds importan-
te es la que cada uno se forme después
de conocer fas aventurds J desventuras
de este roto sufrido y divertido, de este
huasito que, segin dicen que dice, vie-
ne del campo, pero no de las chacras:..
Floridor PérezUna verdad del porte de un cerro
Un pueblino de esos que creen
saberlo todo, se encontré con Pedto Ur-
demales en un polvoriento camino rural.
Al verlo de chupatla, pan-
talén arremangado y ojotas, se le
ocurrid burlarse de ese huasito.
A poco de entablar conversa-
cién, le dijo:
—i¥ qué tal es para calcular,
" amigo?
—Me defiendo no mas, sefior
—respondid Pedro, con humildad.
—Bueno pues, digame en-
tonces, jde cudntas camionadas cal-
cula usted que podria llevarme a la
ciudad aquel cerro?12
Y¥ le mostraba el cerro mds al-
to del lugar, en cuya cumbre una
enorme cruz parecta abrazar al valle.
Pedro se acomodé la chupalla
con aire pensativo:
—Eso depende del tamafio de
su camién, caballero. Si su camién es
de la mitad del cerro, va a necesitar
dos camionadas. Pero si se consigue
un camién del porte del cerro, jde
una camionada se lo Ileva!
La apuesta con un campedn
Una helada mafiana de invier-
no, camino de la ciudad, Pedro Ur-
demales encontré un gorrién casi
escarchado, que ni podia caminar,
mucho menos volar.
Compadecido, lo recogié y se
lo eché al bolsillo.
Entrando a la ciudad pasdé
por el estadio, donde se entretuvo
mirando a un atleta que se entrenaba
en el lanzamiento de la bala.
Pedro parecia tan interesado,
que el deportista pensé jugarle una
brama y lo Hamé a la pista.
—Pareces un huaso forzudo
—tc dijo a modo de saludo— y si me15
ganas a lanzar Ja bala, ce invitaré a
una patrillada en el restaurante del
frente...
De una cancha vecina habia
caido una destefiida pelota de tenis,
y el lanzador la tomé, simulando que
pesaba como las balas de fierro con
que se estaba entrenando. Luego, to-
mando impulso, la lanzé con tal
fuerza, que fue a caer debajo de las
galerias de la cancha de futbol.
—jLejazos la tiré! ~comentd
Pedro agachdndose a recoger algo-.
Alld en el campo sdlo lanzo pefiasca-
zos —explicé-, de modo que lanzaré
esta piedra.
¥ mientras el atleta aprobaba
sin preocuparse de lo que lanzara,
Urdemales cambié la piedra por el
gorrién que llevaba en el bolsillo.
—jAlla va! —exclamé Pedro
lanzando el pajarillo que, repuestas16
sus energfas y recobrada su libertad,
vold, volé y volé en linea recta.
El arleta no salfa de su asom-
bro, mientras eso que crefa una pie-
dra cruzaba sobre la pista, las galerfas
y hasta las blancas murallas del Esta-
dio Municipal.
Por un momento temié que el
pefiascazo fuera a caer justo en los
ventanales del restaurante del frente,
donde ahora deberfa it a pagar su
apuesta a Pedro Urdemales, que ya lo
esperaba con un hambre olimpica.
Las tres flores
El fundo Las tres flores era la
admiracitén de todas en la cofmarca.
A los agricultores se les hacia agua la
boca ver sus tubios trigales, y a los
huasos jévenes, las rubias trenzas de
las tres hermosas hijas de su propie-
tario: Rosa, Margarita y Jazmin.
Sea porque el padre no se con-
solara de su temprana viudez, sea que
pensara que en la zona no habja amis-
tades dignas de J, lo cierto es que rara
vez salia de su propiedad. 7¥ las nifias?
jApenas podia vérselas algunas veces,
tras un velo de polvo levantado por su
caballo cochero trotande rumbo a la
ciudad! Si Jas nifias se animaban a9
pedir permiso para paseos o fiestas la
respuesta del padre era siempre: jno!
Era dificil creer, entonces, que
Pedro Urdemales pudiera presentarse
con las tres sefioritas en la inaugura-
cidén de las préximas ramadas de Fies-
tas Pacrias. Pero asf lo habia asegura-
do él en unas carreras a la chilena. Y
las apuestas no se hicieron esperar.
La mds sonada fue la de un
conocido agricultor, que le prometidé
un caballo ensillado si llegaba con las
tres nifias... Pero si no lo consegula,
deberia cosecharle a echona, sin ayu-
. day gratis, una cuadra de trigo.
Como vispera de fiesta, en las
casas del fundo Las tres flores ese 17
de septiembre se almorzé cazuela de
pava y empanadas de horno. Hasta
una jarra de vino de su propia mesa
mandé el patrén a la cocina, peto
aunque todo estaba sabroso y todos20
gozaban la comida y la bebida, Pedro
Urdemales andaba desabrido. ;Cé-
mo harfa para ganar la apuesta?
La inauguracién oficial de las
ramadas seria a las siete de la tarde, y °
a las cinco, metido ya en su pantaldén
de mezclilla y su camisa a cuadros,
Pedro recibié la orden de acompafiar
al pacrén a la loma. Dos lefiadores
habian descubierco alli un derrumbe
en un canal de riego, y era urgente
remediarlo. Como para ese caso de
nada servian Jas hachas de los lefia-
dores, el patrén le dijo a Pedro:
—Te veo demasiado elegante
para esto: te puedes ir a esas rama-
das, pero antes mandame a Ruperto
con las tres palas grandes.
«Las tres...o, pensd feliz Pe-
dro y volé cuesta abajo,
Ya en la casa, se planté frente
a las tres hermanas:
21
—El patrén se ha arrepentido
de negarles permiso, sefioritas, y me
manda que las Ileve a las tres a la
inauguracién de las ramadas.
Y¥ como a las bellas nifias, con
toda razdn, les costaba creer lo que
oian, les dijo:
—Asémense a esa puerta y lo
veran.
Acto seguido se paré en me-
dio del patio y, haciendo bocina con
las manos, grité hacia la loma:
—jPatrdéooon...! ;Me dijo que
lleve las treeees...?
Y el patrdn, impaciente, res-
pondis:
—;Siili... las treees... y pron-
tooo...!
—Ya ven ~les dijo Pedro-, y a
él no le gusta repetir las érdenes.
Y eso si lo sabian muy bien
sus hijas.22
Y mientras Ruperto subfa la
loma cargando las tres palas, por la
puerta del fondo Pedro subia su pre-
ciosa carga al coche. Y no paré el
trote hasta ver las banderas de las ra-
madas ondeando al viento.
Los cerdos empantanados
Aburrido de su fama de hom-
bre poco serio, Pedro Urdemales se de-
cidié a buscar trabajo, y lo encontrd en
una granja.
Y¥ sucedié que el granjero, des-
contento con su crianza de cerdos, se
decidié a vender el ultimo pifio.
—Dan poca ganancia —dijo él.
—-Y muy mal olor -agregé su
mujer.
Como Pedro se habia ganado
pronto su confianza, no dudé en man-
darlo a vender el pifio a la feria mas
proéxima. Fijé el precio de cada cerdo y
dijo a Pedro:
—Fste serd tu primer negocio,24
si le sacas mejor precio, cendrés una
buena comisién.
Eso le parecié muy bien a Pe-
dro, que ya empezaba a comprender
que tener ganancias era parte de las ,
preocupaciones de todo hombre serio.
Arrear media docena de cerdos
no era tarea facil, y a Pedro le costaba
evitar que se metieran a un gran pan-
tano que habfa justo al lado del cami-
no. En eso estaba, rabiando con los
cerdos, cuando lo alcanzé un jinete
que parecfa hombre de negocios.
—Bonitos sus cerdos, ami-
go... jLos lleva a la feria?
—Para alld voy.
Si es asf, yo se los compro
aquf mismo —propuso el jinete, ofre-
ciéndole el mismo precio fijado por
el granjero.
-—Allé pagan mds -comentéd
Pedro, haciéndose el desinteresado.
25
~-Seguramente —replicéd el
cometciante—, pero los compran al
peso, zy ha pensado cudntos kilgs ba-
jarin en el viaje?
Pedro no lo habia pensado ni
pensaba pensarlo, pero puso cara de
pensativo. Lo que en realidad caleu-
laba era cudnto mds se cansarfa él
mismo en el resto del viaje.
— Yo se los venderfa, mi sefior
dijo por fin Urdemales con exage-
rada humildad-, pero con una
condicién,
-—Si es por el pago, pienso
hacerlo en efectivo...
—No es cuestién de dinero
~aclaré Pedro-. Es algo mds impor-
tante... Es que he criado a estos chan-
chitos desde pequefios, y me gustaria
guardar sus colitas de recuerdo...
El jinete pensé que era lo més
descabellado que habfa ofdo en su27
vida, pero el negacio era bueno y coma
él queria el pifio para hacer cecinas, na-
die le reclamarfa una ridfcula cola.
Echando pie a tierra y mano al
pufal que Hevaba en su montura, fue
cortando cada cola de cerdo que Pe-
dro iba guardando cuidadosamente
en un pafiuelo, tal como las sefioras
antiguas guardaban las monedas de
més valor,
Hecho el negocio, Pedro
Urdemales se senté sobre una piedra
con cara de hombre que vefa partir
algo muy querido.
Pero apenas el comprador se
* perdid tras un monte, se pard dgil-
mente y se dedicé a pegar cada colita
de cerdo en la zona mds endurecida
del pantano. No bien terminé tan cu-
ciosa labor, aparecié otro jinete en la
misma direcci6n del anterior. Tan
pronto lo vie, Pedro se puso a caminar28
de un lado a otra, con ademanes de
hombre desesperado.
—j;Puedo ayudarle en algo,
hombre por Dios? ~dijo a manera de
saludo el recién llegado.
—-Ya no hay remedio, amigo
~exclamé Pedro, mostrandole el
panrano-. Un afio engordando me-
dia docena de cerdos, y ahora que los
llevo a la feria, un perro me los es-
panta y se van de cabeza al panta-
no... No més las colitas se ven, como
haciéndome burla.
Sélo entonces el jinete obser-
v6 el pancano, tratando de recompo-
ner la escena ocurrida. Entre frases
de consuelo fue averiguando el ta-
mafio de los cerdos y calculando
cudnto producirfan convertidos en
manteca, jamén y longanizas...
—En fin dijo el jinete, siem-
pre con tono de consuclo~, mejor es
19
perder menos que més, y si parados en
el camino sus cerdos valian mucho, en
el fonda del pantano no valen nada.
Por suerte para usted yo iba a comprar
cerdos a la feria , y me atrevo a ofrecer-
le unes buenos pesos ahi mismo don-
de estan, a ver si recupero algo,
Pedro no dijo ni si ni no, pero
cuando el jinete le extendié los bille-
tes, se los eché al bolsillo con cara de
resignacion, y parti.
El comerciante volvié al galo-
pe a buscar gente que le ayudara a
sacar del pantano aquellos cerdos
que tan barato le habfan costado.
Pedro Urdemales cegresd
donde el granjero, y rindié detallada
cuenta de la venta de la media doce-
na de cerdos que llevé a la feria.
Pero nada més... porque ne-
gocios de colitas de cerdo nadie le
habia encomendado...El charqui pa’ Julio
Se cuenta de una viejecita que
siempre andaba guardando un mon-
t6n de cosas, como hacen todos los
ancianos, Vivia con su nieta, una ni-
flita que todo lo trajinaba y todo lo
preguntaba, como hacen todas las
nifitas.
Entre los muchos objetos
guardados de la abuela se contaba
una bolsa de charqui, que cuidaba
como hueso de santo.
La nifia solia pregunearle:
— iY pa’ qué guarda esa bolsa,
abuclita?
—-La puatdo pa’ julio --res-
pondia la anciana.32
Y en verdad Ja guardaba para
comer charqui tomando mate en las
lluviosas noches de julio... pero la
nieta entendia otra cosa.
Ye no sé cémo Ilegé a ofdos
de Pedro Urdemales la historia de es-
ta bolsa, pero el caso es que un dia
que vio salir a la anciana, llamé a la
puerta de calle.
—Cémo ke va, sefiorita —salu-
dé muy atento a la nifia que vino a
abrirle.
—;Qué se le ofrece, joven?
-pregunté timidamente ella.
—Sélo paso a ver a su abue-
lita...
—Lo siento pero acaba de salir.
—Bueno, pues, qué le voy a
hacer. Digale que le dejé muchos sa-
ludos, y que después vendré.
—Muy bien —dijo la nifia-,
pero :quién es usted, para decirle?
33
—jYo soy Julio... pa servir a
su mercé!
—Entonces espere un poco
—dijo la inocente nifia, que no tardé
en volver con la famosa bolsa de la
abuela.
-—Adids, buena sefiorita —di-
jo Pedro, tomando la bolsa-, jy mu-
chas gracias!
Y en verdad harto agradecié
su pobre estémago, siempre medio
vacio, aquella sabrosa porcién de
charqui.El cartero del otro mundo
Al tlegar a Jas primeras casas de
un poblado, Pedro Urdemales vid jun-
to al camino un burro flaco mordis-
queando el pasto de un potrero,
Pensando en cémo ganarse el sustento
ese dia, se acercé al animal y se monté
al revés, mirando para atrds, cosa que
no preocupé al borrico. Le hincé los
talones y el burro comenzé a caminar.
Al pasar frente a las primeras
casas, Pedro se lanzé a pregonar:
— El cartero del otto munde!
;Aqui va el cartero del otro munda!
Los aldeanos estaban acos-
tumbrados a esos forasteros que pa-
satan comprando lana o charqui y36
vendiendo sal o cochayuyo, pere ja-_
tnds habfan visto a un cartero del
otro mundo, ni tampoco de este
mundo, por la simple razén de que
alli no habfa correo.
jQué raro este pregdn y qué
raros ese jinete y burro! A pesar de ir
juntos parecian avanzar en distintas
direcciones, it y¥ venir, alejarse y re-
gresar al mismo tiempo.
—iQuién tiene cartas para el
mis alld? —voceaba Pedro Urdemales-,
jSe [Link] carcero del otro mundo!
Hombres, mujeres y nifios le
dedicaban un momento de atencién,
y una vez satisfecha su curiosidad,
volvian a sus trabajos y sus juegos.
Cuando Pedro comenzaba a
perder toda esperanza, una anciana ves-
tida de riguroso luto le salié al camino:
— Es verdad que viene del
otro mundo, sefior?
37
——;Para alla voy, sefiora! —dijo
Pedro, sin mentir casi nada, pues ya
se sentia moric de hambre.
——jLastima no haberlo sabido
antes para escribirle unas letras a mi
Juancho —se Jamencé la anciana-,
pero al menos espere un minuto pa-
ta enviarle algunas cositas...!
Pedro esperé gustoso y con
mds gusto atin recibiéd un gran pa-
quete y dos billetes de los mds gran-
des, con el encargo de entregarselo
todo personalmente a Juancho, sin
olvidar decirle que ella lo tenia muy
presente en sus araciones.
Urdemales le aseguré que asi
lo haria. Puso en marcha al burro y
se alejé pregonando:
—jSe va el cartero del otro
mundo! ;Se fue el cartero del otro
mundo.,..!
Tras la ultima casa del poblado38
se monté como es debido, y més alld
s¢ detuvo junto a un atroyo.
Las «cositas» enviadas resulta-
ron ser un traje y un par de zapatos
del finado, que le quedaron a la me-
dida, ademas de una tortilla al rescol-
do, jamén ahumado y huevos duros.
Pedro Urdemales se puso tra-
je y calzado y, muy contento, se echd
to demas al cuerpo.
La ollita de virtud
Vagando por esos mundos, a
Pedro Urdemales le Hegé la hora del
mediodia. Encendié un pequefio
fuego entre unas piedras, y puso a
calentar una ollicra con su modesto
almuerzo.
Cuando éste hervia que daba
gusto, vio a la distancia venir a un ji-
nete. Pronto reconocié en él a un se-
for famoso en la comarca por bo ava-
ro y negociante. Tapdé con tierra el
fuego, y se trasladé con su ollica jun-
to al camino, dando la espalda al ji-
nete, como si no lo hubiera visto.
Tomé dos varillas y se puso a tambo-
rilear sobre Ja tapa, repitiendo:
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