Leslie Bethell - Historia de América Latina Tomo 11
Leslie Bethell - Historia de América Latina Tomo 11
LATINA
11. ECONOMÍA Y SOCIEDAD DESDE 1930
CRITICA C1RIJAUU) MONDADORI HARClil.ONA
HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
SERIE MAYOR
Directores: FONTANA y (¡ON/AIX) PONTÓN
Por
LESLIE BETHELL, catedrálico cnu-iiio de historia de America Latina,
Universidad de Londres, y sénior ivsearcli fcllow. Si. Antony's College, Oxford >
VÍCTOR BULMER-TÍJOMAS, catedrático de economía, Queen Mary and Westfield College e Instilute oí Latin
American Studies, Universidad de Londres RICARDO FFRENCII-DAVIS, primer asesor regional, Comisión
Económica para
América Latina y el Caribe (CEPAL), Santiago, Chile NORMAN LONG, Departamento de Sociología, Universidad
Agraria
de Wageningen, Países Bajos Ti JOMAS W. MERRICK, asesor sobre población, Banco Mundial, Washington, D.C.
ÓSCAR MUÑOZ, Corporación de Investigaciones Económicas para Latinoamérica
(CIEPLAN), Santiago, Chile ORLANDINA DE OLIVBIRA, directora. Centro de Estudios Sociológicos, El Colegio
de México, México, D.F. JOSÉ GABRIEL PALMA, Facultad de Economía, Universidad de Cambridge BRYAN
ROBERTS, titular de la cátedra C.B. Smith de Relaciones entre Estados
Unidos y México, Universidad de Texas en Ausíin ROSEMARY THORP, uniyersity reader en economía de América
Latina y fellow.
Sí. Antony's College, Oxford
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en
las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el
Diseño de la colección y cubierta: Enric Satué © 1994: Cambridge University Press, Cambridge © 1997 de la traducción
castellana para España y América: CRÍTICA (Grijalbo Mondadori, S.A.), Aragó, 385, 08013 Barcelona
ISBN: 84-7423-435-2 obra completa ISBN: 84-7423-739-4 tomo 11 Depósito legal: B. 15.653-1997 Impreso en España
PREFACIO
Los primeros cuatro volúmenes de la Historia de América Latina de Cam- bridge se ocupan principalmente de los aspectos
económicos, sociales, políticos, intelectuales y culturales de los tres siglos de gobierno colonial español y (en el caso de
Brasil) portugués, comprendidos entre el «descubrimiento», la invasión, la conquista y la colonización del «Nuevo Mundo»
por los europeos, a finales del siglo xv y comienzos del xvi, y la víspera de la independencia latinoamericana en las
postrimerías del xvin y principios del x/x.
Los volúmenes quinto y sexto examinan el fracaso y el derrocamiento del régimen colonial que tuvieron lugar en toda
América Latina (a excepción de Cuba y Puerto Rico) durante el primer cuarto del siglo xix, y la historia econó- mica, social
y política durante el medio siglo posterior a la independencia (entre aproximadamente 1820 y 1870). En los cuatro
volúmenes siguientes se analiza la situación de América Latina hasta 1930.
Durante el primer medio siglo que siguió a la independencia, América Latina experimentó, en el mejor de los casos,
únicamente unas tasas muy modestas de crecimiento económico y, al menos en Hispanoamérica, violentos conflictos polí-
ticos e ideológicos, así comb una considerable inestabilidad política. Aparte de la guerra entre México y los Estados Unidos
(1846-1848) y de frecuentes inter- venciones extranjeras, especialmente británicas, también hubo, al finalizar el período, dos
conflictos importantes entre estados latinoamericanos: la guerra de la Triple Alianza (1865-1870) y la guerra del Pacífico
(1879-1883). Contrastan- do con ello, el medio siglo siguiente, y sobre todo el período que concluyó con la primera guerra
mundial, fue para la mayoría de los países latinoamericanos una «edad de oro» caracterizada por el crecimiento económico
inducido de for- ma predominante por las exportaciones, de prosperidad material (al menos para las clases dominantes y las
clases medias de las ciudades), de consenso ideoló- gico y, con algunas excepciones notables como México durante la
revolución (IVI0-1920), de estabilidad política. Asimismo, aunque continuaron las inter- venciones extranjeras
—principalmente las norteamericanas en México, Améri- ca Central y el Caribe—, no hubo importantes conflictos
internacionales en América Latina entre el fin de la guerra del Pacífico (1883) y el estallido de la guerra del Chaco (1932).
El séptimo volumen lo forman nueve capítulos de carácter general sobre la historia económica y social del conjunto de
América Latina. Dos capítulos exa- minan el crecimiento ¡le las economías latinoamericanas, el primero en el perío-
VIII HISTORIA DE AMERICA LATINA
do 1870-1914, el segundo en los años que van de la primera guerra mundial a la víspera de la depresión
mundial del decenio de 1930. Este crecimiento fue en gran parte fruto de la gran aceleración de la
expansión, así como de significativas entradas de capital extranjero, particular- mente británico, y, en el siglo
xx, norteamericano. Al mismo tiempo, no se pasan por alto los mercados nacionales y la acumulación de
capital igualmente nacio- nal. Las relaciones de América Latina con las principales potencias europeas y,
sobre todo en América Central y el Caribe, con los Estados Unidos, cada vez más expansionistas, se tratan
por separado. Otro capítulo analiza el crecimiento de la población latinoamericana (de 30 millones en 1850 a
105 millones en 1930), que en parte fue producido por la inmigración en masa de europeos, singularmente en
Argentina y Brasil. El profundo efecto de la penetración capitalista en el mundo rural es la materia de que se
ocupan dos capítulos, uno de los cuales se concen- tra en las tradicionales tierras altas de México, América
Central y los Andes, y el otro en el Caribe español. El primero de ellos, a la vez que afirma que las eco-
nomías y sociedades rurales experimentaron mayores cambios en el período de 1870-1930 que en cualquier
otra época anterior exceptuando la conquista, tam- bién se propone demostrar que en muchas zonas rurales,
especialmente en los Andes, las fuerzas de cambio encontraron resistencia y continuaron existiendo
estructuras precapitalistas. La sociedad urbana también experimentó cambios rápidos en este período, y hay
capítulos que examinan por separado el creci- miento de las ciudades latinoamericanas, en especial ciudades
importantes como Buenos Aires, Río de Janeiro y Ciudad de México, todas las cuales ya tenían entre uno y dos
millones de habitantes en 1930 y rivalizaban con las principales urbes de Europa y los Estados Unidos; los
comienzos de la industria, sobre todo en Bra- sil, Argentina, Chile, Colombia y México; y la aparición de una
clase trabajado- ra urbana como fuerza significativa en muchas repúblicas, así como la historia de los
independencia y especialmente en el período de 1870-1930. Empieza con un capítulo que trata la evolución de
las ideas políti- cas y sociales (y en especial la adaptación del liberalismo a unas sociedades muy
estratificadas que tenían economías subdesarrolladas y una tradición polí- tica de autoritarismo, así como la
influencia del positivismo en las élites gober- nantes e intelectuales). Un segundo capítulo examina de qué
modo la Iglesia católica latinoamericana se adaptó a la disminución de su poder y sus privile- gios en una era
secular, al mismo tiempo que consenmba la adhesión de la inmensa mayoría de los latinoamericanos.
literatura, la música y el arte de América Latina en este período. Los volúmenes noveno y décimo se
componen de capítulos sobre la historia económica, social y, sobre todo, política de los distintos países
latinoamericanos desde c. 1870 hasta 1930. El volumen noveno se ocupa de la historia de México, América
Central y el Caribe. En la primera parte, dedicada a México, hay capí- tulos sobre el Poifiriato (los treinta y
cinco años de dictadura de Porfirio Díaz, 1876-1910), la revolución y la reconstrucción bajo la «dinastía
sonorense» durante el decenio de 1920. La segunda parte dedica un capítulo único a las cin-
PREFACIO Í X
co repúblicas de América Central y capítulos a Cuba, Puerto Rico, la República Dominicana y Haití. El décimo volumen
está dedicado a América del Sur. La pri- mera parte consiste en cuatro capítulos sobre la evolución económica, social y
política de Argentina, que en muchos aspectos era ya la nación más avanzada de América Latina en 1930, y capítulos
individuales sobre Uruguay y Paraguay. La segunda parte contiene capítulos referentes a Chile, Bolivia y Perú en el medio
siglo que empezó al concluir la guerra del Pacífico y capítulos que hablan de Colombia, Ecuador y Venezuela. Finalmente,
en la tercera parte, dedicada a Brasil, hay capítulos que estudian su economía dominada por el café en este período, el
sistema político y la política reformista durante los últimos tiempos del imperio (1870-1889) y la estructura social y política
de la primera repúbli- ca (1889-1930).
Los volúmenes undécimo y duodécimo versan sobre economía, política y sociedad desde 1930. El volumen undécimo,
Economía y sociedad desde 1930, comprende seis capítulos. Los tres primeros examinan las economías latinoame- ricanas
durante la década de 1930, tras la depresión de 1929, durante e inme- diatamente después de la segunda guerra mundial, y
durante la nueva «edad de oro» de crecimiento económico (1950-1980), impulsada esta vez principalmente por la ISI
(industrialización de sustitución de importaciones) y a la que, no obs- tante, siguió la llamada «década perdida» de 1980. El
cuarto aborda el cambio demográfico durante el período 1930-1990, en que la población de América Latina se cuadruplicó
(de 110 a 450 millones). El quinto capítulo analiza la rápida urbanización de América Latina (menos del 20 por 100 de su
población estaba clasificada como urbana en 1930; en 1990, casi el 70 por 100) y el cam- bio social urbano, principalmente
en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Méxi- co y Perú. La transformación de las estructuras agrarias es el tema del sexto
capítulo.
El volumen duodécimo, Política y sociedad desde 1930, consta de cinco capí- tulos. El primer capítulo estudia el avance, y
también los retrocesos, de la demo- cracia en América Latina, principalmente en Chile, Costa Rica, Colombia, Uru- guay y
Venezuela y, en menor grado, en Argentina, Brasil y Perú. Los éxitos y fracasos de la izquierda latinoamericana, la
democrática y la no democrática, son material del segundo capítulo. El tercer capítulo se centra en la clase obre- ra urbana
y el movimiento obrero urbano, subrayando su papel en la política. El cuarto capítulo explica la movilización y la violencia
rurales, especialmente en México, América Central y los Andes. El quinto se ocupa de los militares en la política
latinoamericana: sus intervenciones y los golpes de Estado, así como los regímenes militares y los problemas de la
transición al gobierno civil.
Estos dos volúmenes, los más problemáticos de la Historia de América Lati- na de Cambridge, ya que abordan la historia
económica, social y política de la región en su conjunto desde 1930 hasta el presente, han requerido un largo tiem- po i>ara
ser escritos y editados. Algunos capítulos fueron encargados hace quince anos. Aquellos autores que cumplieron con los
plazos originales (estoy pensando puriicularnieiite en Thomas Merrick) han tenido que esperar más de una década partí ver
sus trabajos publicados. Este es un lapso inaceptablemente largo desde < lutlqit'tcr punió de vista y les estoy agradecido por
su paciencia. Ciertos autores desistieron u lo largo del camino; otros fueron abandonados; uno, Carlos Díaz- Aleíaiidro.
líiiiieiiiablemciiie falleció: hubo que reemplazarlos. Algunos autores
X HISTORIA DE AMERICA LATINA
—por ejemplo, José Gabriel Palma— se unieron a aquellos (en este caso Ricardo Ffrench-Davis y Óscar Muñoz) que
habían estado ya trabajando en sus capítulos por cierto tiempo. Convencimos a Guillermo de la Peña para que escribiera un
capítulo independiente sobre la movilización rural, tema que había sido original- mente parte del capítulo sobre las
estructuras agrarias. Stephen Suffern asumió la tarea de sintetizar y corregir una traducción poco satisfactoria del francés
del capí- pilo de Alain Rouquié sobre los militares en la política latinoamericana y agregó una sección final sobre la
desmilitarización en los años ochenta. Arturo Valenzuela y Jonathan Hartlyn aceptaron la invitación a escribir el capítulo
sobre democracia en América Latina cuando el resto del volumen estaba ya bastante avanzado. Muchos capítulos fueron
revisados ampliamente durante estos años y reescritos —en algunos casos más de una vez. Al final todos los colaboradores
fueron obliga- dos —_y aquí la demora de la publicación ha tenido quizá algunos beneficios— a tomar en cuenta los
importantes cambios ocurridos en América Latina en los años ochenta.
Una conferencia en la Universidad de California, San Diego, en febrero-marzo de 1986, organizada por Paul Drake,
entonces director del Centro de Estudios Ibé- ricos y Latinoamericanos y por mí, brindó la oportunidad inicial para que
algu- nos colaboradores presentaran borradores preliminares de sus capítulos a otros colaboradores y a un prestigioso
grupo de no colaboradores. La conferencia fue financiada generosamente por la Fundación Tinker. Durante mi período
como director del Instituto de Estudios Latinoamericanos, también se realizaron dos semi- narios en la Universidad de
Londres en 1990 y 1991, con el apoyo financiero del Instituto y de la Cambridge University Press.
Muchos de los colaboradores de estos volúmenes: siete latinoamericanos (uno residente en Inglaterra), siete británicos (dos
residentes en Estados Unidos), dos norteamericanos (uno residente en Francia) y un francés, comentaron los capítulos de
sus colegas. Por ello expreso mi agradecimiento especialmente a Alan Angelí, Víc- tor Bulmer-Thomas e lan Roxborough.
James Dunkerley dio apoyo y aliento en varias etapas clave de la edición de estos volúmenes.
Tom Passananti y Titn Girven, estudiantes de doctorado de historia latinoame- ricana en la Universidad de Chicago y la
Universidad de Londres, respectivamente, fueron asistentes de investigación en las etapas finales de la edición de este volu-
men durante 1993. Haz.el Aitken, del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Londres (en el período
1987-1992), y Linnea Cameron, del Depar- tamento de Historia de la Universidad de Chicago (en 1992-1993), brindaron su
apoyo como secretarias.
Una vez más, debo expresar mi gratitud a Josep Fontana y Gonzalo Pontón por su interés y dedicación en la presente
edición castellana.
LESLIE BETHELL
los elementos de un modelo más sofisticado y equilibrado de desarrollo basado en la exportación eran ya
evidentes a comienzos del siglo xx. De modo cinc, en algunos países, el crecimiento basado en la exportación era
bastante compatible con el crecimiento de las manufacturas orientadas al mercado interno y el reem- plazo de la
importación de bienes de consumo. No obstante, el modelo dependía de un acceso relativamente libre a los mer-
xados mundiales de factores y bienes, y el comienzo de la primera guerra mun- dial lo hizo peligrar. Cuando
estalló la guerra en Europa, el 2 de agosto de 1914, no sólo quebrantó el equilibrio internacional de poder: el
sistema global de co- mercio y pagos, que había surgido paulatinamente desde el fin de las guerras napoleónicas,
quedó sumido en la desorganización. Con la firma del armisticio de 1919, se dio una buena apariencia a los
intentos de reconstruir el sistema an- terior a la guerra, pero el viejo orden económico internacional había
perecido y el nuevo, inaugurado en la década de 1920, era peligrosamente inestable. Como dicha inestabilidad
era apenas perceptible en el momento, las regiones periféri- cas —tales como América Latina— quedaron en una
situación muy vulnerable frente al colapso del comercio internacional y de los flujos de capital a finales de los
años veinte. La principal característica del viejo orden había sido la existencia de un co- mercio internacional
relativamente libre de restricciones —un reflejo de los in- tereses del poder económico dominante (Gran Bretaña)
en el siglo xix; las pocas restricciones vigentes asumieron generalmente la forma de aranceles, que tenían la
ventaja de ser evidentes para todas las partes interesadas. Tanto el capital como el trabajo eran libres de
trasladarse a través de las fronteras internacionales, y los pasaportes eran la excepción antes que la regla. El
patrón oro, adoptado por Gran Bretaña, se había propagado en todos los principales países industriales a finales
del siglo xix, y proporcionaba un mecanismo bien establecido para el ajuste de la balanza de pagos. El equilibrio
interno (pleno empleo e inflación igual a cero) era considerado menos importante que el equilibrio externo, de
modo que el ajus- te a las coyunturas adversas se conseguía generalmente por medio de la deflación de los
precios y el subempleo. Los países latinoamericanos se habían ubicado en este esquema con relativa facilidad
apoyándose en la exportación de bienes primarios, la recepción de capital y —en el caso de Argentina, Brasil y
Uruguay en particular— la migra- ción internacional. El ajuste de la balanza de pagos nunca estuvo libre de
tropie- zos y los flujos de capital eran habitualmente procíclicos, bajando justo en el momento en que eran más
necesarios, aunque las interrupciones eran raras (por ejemplo, la crisis de Baring) y tenían un reducido impacto
en la dinámica del cre- cimiento económico mundial. El ajuste interno era amortiguado por la existencia de un
gran sector de agricultura no exportadora con baja productividad al cual muchos trabajadores podían desplazarse
en el caso de descenso de la demanda de trabajo. En la cima, del sistema económico internacional de la preguerra
estaba Gran Bretaña. Aunque su posición dominante en la exportación de bienes manufac- turados y su liderazgo
en ciencia y tecnología peligraban a finales del siglo xix, Inglaterra era aún una potencia financiera mundial, una
fuente de capital para la periferia y un gran importador de materias primas. La preponderancia financiera
británica reforzaba las reglas del sistema internacional y su flota estaba lista para
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, J 929-1939 5
impedir todo intento de restringir la libertad de comercio y de movimiento del capital. La primera baja de la gran
guerra fue el patrón oro y el movimiento de capi- tal. La convertibilidad de la moneda fue suspendida por los
países beligerantes, se cancelaron las nuevas emisiones de capital y los antiguos préstamos fueron reclamados
para equilibrar el balance de las instituciones financieras europeas. Las repúblicas latinoamericanas sumamente
dependientes de las finanzas de la balanza de pagos con el mercado europeo, tales como Argentina y Brasil,
sufrie- ron especialmente cuando los bancos europeos demandaron el pago de los prés- tamos, lo que tuvo por
efecto una crisis financiera interna. La guerra en Europa también ocasionó el cese del flujo de inversiones extran-
jeras directas procedentes del Viejo Mundo. Estados Unidos, neutral en la primera guerra hasta 1917, aumentó su
inversión directa en América Latina, particularmen- te en la extracción de materias primas estratégicas, pero no
estuvo en condiciones de incrementar sus préstamos en cartera hasta la década de 1920. Sin embargo, los bancos
estadounidenses, que habían tenido prohibido por ley invertir en filiales extranjeras hasta 1914, comenzaron a
establecer sucursales en América Latina: en 1919 el National City Bank, el primer banco multinacional de
Estados Unidos, tenía cuarenta y dos sucursales en nueve repúblicas latinoamericanas.1 Las turbulencias en el
mercado de capitales se reflejaron en la desorgani- zación del mercado de bienes, pero en éste el impacto a corto
plazo fue muy diferente al de largo plazo. La penuria de transporte marítimo al comienzo de la guerra, conjugada
con la ausencia de crédito comercial, interrumpió la oferta nor- mal, pero la demanda descendió aún más rápido y
desencadenó una bajada de precios en muchos mercados. La caída de los ingresos de la exportación a corto
plazo, sumada al descenso de nuevos flujos de capital, redujo la demanda de artículos importados (la oferta de los
cuales había quedado, por lo demás, inte- rrumpida por la dificultad del transporte). La caída de la importación
fue tan bru- tal que se estimó que América Latina en su conjunto tenía un excedente en cuen- ta corriente en
1915, pero el rápido ajuste a corto plazo al desequilibrio externo produjo un gran descenso del ingreso fiscal real
—el cual dependía de los aran- celes sobre la importación. En Chile, por ejemplo, los ingresos fiscales cayeron
en un tercio entre 1913 y 1915, lo cual contribuyó más que cualquier otro factor a la inestabilidad política en esa
época. El impacto a corto plazo de la desorganización del mercado de bienes fue pronto superado por el viraje
hacia una economía de guerra en los principales países industriales. La demanda de materias primas estratégicas
(por ejemplo, cobre, petróleo) se disparó y los poderes aliados se ocuparon de dar facilidades para el transporte.
Los precios de materiales estratégicos se elevaron abrupta- mente y los países que exportaban una alta proporción
de los mismos —por ejemplo, México (petróleo), Perú (cobre), Bolivia (estaño) y Chile (nitratos)— disfrutaron
incluso de una mejora en los términos netos de intercambio pese a la subida de los precios de importación. Sin
embargo, aunque la capacidad para importar aumentó pronunciadamente, el volumen de importaciones quedó
res-
I. VY-asc Haibara Stallings, Bunker to the 'lliird World: Portfolio Investment in Latín Ame- II. o, l'KKI /'>,SY>, Itciirlcy, Cal., l()K7, p. Wi (hay
liad, casi.: Haiu/ncro pora el Tercer Mundo: inversiones de eailem de l'stados I luidos en Ámeriea Latino, l'XU) /</SY), México, D.P., IWO).
6 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
tringido en muchos casos. La consecuente alza de los precios de importación, unida al excedente comercial y al
déficit presupuestario, provocó la inflación interna. El impacto de esta inflación sobre el salario urbano real fue
inmediatamente después de la primera guerra mundial. Los países que exportaban materias primas no
estratégicas (por ejemplo, ,, café) no fueron tan favorecidos. Los precios se elevaron, pero los términos de
intercambio se deterioraron y el transporte siguió siendo un serio obstáculo para el volumen de la exportación.
Brasil, por ejemplo, muy dependiente de la expor- tación de café fue incapaz de sostener su primer plan de
valorización del café y vio caer los términos de intercambio en un 50 por 100 entre 1914 y 1918, a la vez que el
volumen de exportación quedaba estancado.2 Los pequeños países de América Central y el Caribe estuvieron
protegidos hasta cierto punto por su cer- canía a Estados Unidos, aunque la exportación de bananas padeció
gravemente por la escasez de transporte hasta la conclusión de la guerra. El estallido de las hostilidades en
Europa no condujo a la pérdida total de los mercados tradicionales. Gran Bretaña permaneció casi absolutamente
dependien- te de alimentos importados (por ejemplo, carne, azúcar) y se hicieron arduos esfuerzos para mantener
arduos para impedir el acceso de Alemania a las materias primas latinoamericanas. Aunque los princi- pales
países en la región (a excepción de Brasil) se mantuvieron neutrales duran- te toda la guerra, el comercio con
Alemania se tornó cada vez más dificultoso. Tanto Estados Unidos como Gran Bretaña hicieron uso de una lista
negra de empresas en América Latina a las que creían que estaban bajo el control de ciu- dadanos alemanes. El
resultado fue un drástico descenso de las exportaciones que se consideraban destinadas a Alemania y de las
importaciones cuya proce- dencia se atribuía a dicho país. El mayor beneficiario de esta restricción fue Estados
Unidos que era ya el principal proveedor de México, América Central y el Caribe. Con la guerra se convirtió en
el mercado más importante para la mayoría de países latinoamerica- nos, mientras que su porcentaje en la
importación alcanzaba un 25 por 100 en América del Sur y casi el 80 por 100 en el Caribe (incluido México). La
coinci- dencia fortuita de la apertura del canal de Panamá a comienzos de la guerra, cuando el comercio
transatlántico empezaba a hacerse peligroso y difícil, per- mitió a las exportaciones de Estados Unidos penetrar
los mercados de América del Sur que antes habían sido aprovisionados por Europa, y en especial, por Ale-
mania. La red de sucursales de bancos norteamericanos que siguió a este inter- cambio, se sumó a un agresivo
esfuerzo diplomático en apoyo de las empresas estadounidenses, lo que aseguraba que el advenimiento de la paz
dejaría a los Estados Unidos en una posición hegemónica en los países latinoamericanos más cercanos y en una
posición fuerte en los restantes de la región. El eclipse de Alemania como comprador no sólo contribuyó al
ascenso de la importancia de Estados Unidos, sino que suavizó el declive de Gran Bretaña, la cual retuvo su
preponderancia en el comercio con Argentina, que era con mucho el mercado más grande en América Latina y
exportador más importante de la región. Sin embargo, las exportaciones argenti- nas a Gran Bretaña excedían en
gran proporción sus importaciones de la misma, y este balance favorable se compensaba grosso modo con su
déficit comercial con Estados Unidos. Este triángulo de comercio exterior —que era el inverso en el caso de
Brasil— podía sólo operar en un sistema mundial de moneda conver- tible y pagos multilaterales, de modo que
el comercio exterior de las más gran- des repúblicas latinoamericanas se hizo vulnerable a cualquier alejamiento
de la ortodoxia del patrón oro en la década de 1920. La restauración del patrón oro fue efectivamente una
prioridad después del tratado de Versal les, pero demoró algunos años en conseguirse y —en el caso de Gran
Bretaña— significó un gran problema debido a la adopción de una paridad sobrevaluada para la libra esterlina.
El lento crecimiento de la economía británi- ca en la década de 1920 fue un golpe para aquellos países
latinoamericanos que tradicionalmente habían considerado a Gran Bretaña un mercado para sus expor- taciones
y el ascenso de Estados Unidos como el poder económico dominante fue un escaso alivio para las repúblicas
que vendían bienes que competían con los de los agricultores norteamericanos. Entre 1913 y 1929, las
importaciones estadounidenses de América Latina se elevaron en un 110 por 100 (mucho más rápidamente que
las importaciones británicas que crecieron sólo el 45 por 100), pero las exportaciones procedentes de Estados
Unidos a la región aumentaron el 161 por 100, sobrepasando las importaciones por un margen considerable que
éste recibía de la región. De esta manera, América Latina, que había tenido un excedente comercial considerable
con Estados Unidos antes y durante la guerra, se encontró en la situación inversa a finales de los años veinte. En
1929 la expor- tación a Estados Unidos representaba el 34 por 100 del total exportado, mientras que las
importaciones procedentes de Estados Unidos dominaban el 40 por 100 del total importado. El excedente del
que disfrutaba Estados Unidos en su intercambio de bienes y servicios con América Latina reflejaba su ascenso
como exportador de capital. Nueva York reemplazó a Londres después de la guerra como el principal centro
financiero internacional y las repúblicas latinoamericanas acudieron cada vez más a Estados Unidos para la
emisión de bonos, préstamos al sector público e inversión extranjera directa. Apoyada en sus inicios por el
esfuerzo del gobierno norteamericano de favorecer la diplomacia del dólar, la inversión extranjera (directa e
indirecta) inundó América Latina y el porcentaje de capital contro- lado por inversores de Estados Unidos
creció constantemente a costa del que tenían los países europeos. Gran Bretaña y Francia continuaron
invirtiendo en ciertas áreas de América Latina, pero las nuevas inversiones eran moderadas y reflejaban la débil
situación de la balanza de pagos de ambos países. El ascenso de Estados Unidos en la década de 1920 como
fuente principal de capital extranjero fue una ambigua bendición para América Latina. La aparición de nuevos y
dinámicos mercados de capital en el hemisferio occidental era cla- ramente de gran importancia en vista de la
disminución del excedente de capital disponible en los mercados europeos tradicionales, pero los nuevos
préstamos se conseguían sólo a un alto costo. En las repúblicas más pequeñas, los nuevos prés- lamos eslaban
combinados con los objetivos de la política exterior norteameri- cana y muchos países se vieron obligados a
ceder el control de las aduanas a los lisiados I luidos o incluso los íeiTocaniles para asegurar el rápido pago de
las
8 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
deudas. En algunas repúblicas más grandes, la fiebre por nuevos prestamos alcanzó las proporciones de una
epidemia durante el proceso llamado la «danza de los millones». Se hizo poco esfuerzo para que los fondos
fueran inverti- dos productivamente en proyectos que pudieran garantizar el pago en divisas,3 y el nivel de
corrupción alcanzó dimensiones grandes en unos cuantos casos. Los funcionarios de Estados Unidos podían
ocupar las aduanas de los países latino- americanos con afanes de rectitud fiscal, pero tenían un control nulo o
mínimo sobre los banqueros de su propio país que continuaban emitiendo bonos para cubrir el déficit cada vez
más grande del sector público. El cambiante equilibrio internacional de poder y la reorientación del merca- do
internacional de capital no eran los únicos problemas con que América Lati- na tenía que luchar. Más serios aún
eran las transformaciones en los mercados de bienes y el incremento en el precio de las mercancías y la
inestabilidad de las ganancias. Las inestables condiciones durante y después de la primera guerra oca- sionaron
súbitas alteraciones en las curvas de demanda capaces de hundir los pre- cios de las mercancías. Un caso a
propósito es la recesión mundial en 1920-1921: los precios de muchos artículos (especialmente el azúcar)
sufrieron un colapso cuando se pusieron en circulación las existencias que se habían almacenado con propósitos
estratégicos. La abolición de los controles de precios de la época béli- ca, aplicados por funcionarios con poderes
draconianos en los principales países, provocó sucesivamente un alza inicial de precios, una reacción dinámica
de la oferta y un colapso de precios en muchos mercados. La depresión mundial de 1920-1921 fue breve, pero el
problema de la satura- ción del mercado duraría mucho más. Pese a que, en los países metropolitanos, se estaba
sucedáneos sinté- ticos—, la tasa de crecimiento a largo plazo de la oferta estaba aumentando ace- leradamente
como resultado del progreso tecnológico, las nuevas inversiones en infraestructura social (incluido el transporte)
y la protección a la agricultura en muchas áreas de Europa. Estos cambios de la oferta y la demanda produjeron
trastornos en el equili- brio de precios a largo plazo que deberían haber actuado como señales para que se
modificara la asignación de recursos en América Latina. Entre 1913 y 1929, los términos netos de intercambio se
deterioraron para muchos países. Sin em- bargo, un conjunto de factores distorsionaron la información 'provista
por los indicadores de precios, mientras que la incertidumbre creada por la guerra y sus consecuencias hicieron
difícil que los empresarios privados y los funcionarios del sector público en América Latina sacasen las
conclusiones pertinentes. Como resultado, América Latina no sólo fracasó en ajustar su sector externo a las
nuevas condiciones internacionales en la década de 1920, sino que incluso su dependencia de la exportación de
El primer problema fue la inestabilidad a corto plazo de los precios de las mercancías, la cual ocultaba las
tendencias a largo plazo. Esto había sido un pro- blema para los exportadores de bienes primarios
latinoamericanos antes de la guerra, pero fue mucho mayor en los años veinte; en Chile, por ejemplo, la ines-
tabilidad de los precios de las exportaciones duplicó la existente antes de 1914, y la inestabilidad del valor de la
exportación fue casi cinco veces más alta.4 Incluso en Argentina, con exportaciones mucho más diversificadas, la
inestabili- dad de la exportación fue mucho más grande en la década de los veinte que en cualquier otro momento
gicos» durante unos cuantos años después de la guerra. La necesidad de controlar la oferta de petróleo, cobre,
estaño, etc., indujo a que se promoviese oficialmente a las compañías norteamericanas a invertir masivamente en
América Latina, mientras que los países europeos hacían lo mismo en sus colonias y dominios, con lo cual se
presentaba realmente un peligro de saturación mundial de algunos minerales. Ade- más, cuando estas nuevas
inversiones llegaron a raudales durante el segundo lustro de los años veinte, la demanda estratégica había
disminuido en muchos casos y las existencias comenzaron a acumularse. Cuando, a comienzos del auge de la
bolsa en 1928, los tipos de interés mundiales se elevaron, los costos de mantener estas existencias aumentaron
drásticamente y desalentaron las compras adicionales. El tercer problema fue la manipulación de los precios en
un conjunto de mer- cados clave. El plan de valorización del café brasileño, que resurgió en los años veinte,
redujo la oferta brasileña y elevó los precios. Sin embargo, otros exporta- dores de café (por ejemplo, Colombia)
reaccionaron ante los precios mundiales más altos expandiendo sus plantaciones; este incremento de producción
tuvo im- pacto pocos años después cuando el mercado del café quedó saturado ya en 1926. Brasil intentó repetir
el experimento con el caucho, pero su cuota en el mercado mundial era entonces demasiado pequeña como para
tener un efecto significativo en los precios. El último problema fue la debilidad del sector no exportador en
muchos paí- ses latinoamericanos. La idea de que los recursos se orientarían fácilmente fuera de la exportación
de bienes primarios en respuesta al decreciente equilibrio de precios a largo plazo suponía no sólo que los precios
a largo plazo eran obser- vables, sino que se podía hallar un uso alternativo para los recursos. Esta era una
expectativa legítima en aquellas repúblicas donde la industrialización había teni- do un inicio prometedor; sin
embargo, hasta los años veinte, la mayoría de las repúblicas latinoamericanas sólo habían dado un modesto paso
hacia la indus- trialización, de modo que solamente una caída general en el equilibrio de precios a largo plazo
—tal como ocurrió en la depresión de 1929— era capaz de inducir la requerida reasignación de los recursos. Los
pequeños descensos en el equili- brio de precios a largo plazo —aun cuando eran perceptibles— podían siempre
de impuestos a la exportación o de términos de crédito más favorables. En efec- to, algunos de los países más
pequeños estaban preparados para recurrir a tales políticas incluso en los años treinta, antes que para fomentar
una reorientación general de los recursos del sector exportador. A finales de ¡a década de 1920, el sector
industrial se había desarrollado en algunas de las repúblicas más grandes (Argentina, Brasil, Chile, Colombia,
Méxi- co y Perú), y también en las suficientemente prósperas como para haber formado un vigoroso mercado
interno (Uruguay). Incluso antes de la primera guerra mun- dial, el crecimiento basado en la exportación había
generado en la mayoría de estas siete repúblicas un mercado interior lo bastante amplio como para justificar la
presencia de establecimientos manufactureros modernos. Estas fábricas produ- cían principalmente bienes de
consumo perecedero (por ejemplo, textiles, alimen- tos elaborados y bebidas) que podían competir con las
importaciones gracias a aranceles que contenían ya un elemento proteccionista. La primera guerra mun- dial dio
mayor impulso a las manufacturas en unos cuantos países (claramente en Brasil), mientras que las importaciones
escaseaban, pero el estímulo principal para la industria provino del crecimiento del consumo interior, el cual
estaba todavía estrechamente ligado —incluso en los años veinte— a la suerte del sector expor- tador. En ningún
país el sector manufacturero tenía un tamaño suficiente para ope- rar como el motor del crecimiento, aunque
estaba comenzando a adquirir cierto dinamismo autónomo en Argentina y Chile —las dos naciones donde la
indus- trialización había progresado más hasta los años veinte. El sector manufacturero brasileño, pese a su gran
industria textil, estaba aún aplastado por el atrasado sec- tor agrícola del país, que ocupaba más del 50 por 100 de
la fuerza labora!, y lo mismo es válido para México. En el primer decenio que siguió a la primera guerra
las repúblicas siguieron ligadas a alguna for- ma de crecimiento basado en la exportación; a fines de 1920 (véase
el cuadro 1.1), las exportaciones todavía representaban una alta proporción del producto interior bruto (PIB) y la
PIB— oscilaba entre menos del 40 por 100 en Brasil y más del 100 por 100 en Costa Rica y Venezuela.'' El
cambio estructural en la década de 1920 no originó la di versificación den- tro del sector exportador. Por el
contrario, la composición de las exportaciones a finales de la década era muy parecida en el alto grado de
concentración a la que había existido en la víspera de la primera guerra mundial. En todos los países, tres
de los ingresos del comercio exterior, y un solo producto representaba más del 50 por 100 de las exportaciones en
diez países (Bolivia, Brasil, Colombia, Cuba, El Salvador, Honduras, Guatemala, Nicaragua, la República
Dominicana y Vene- zuela). Prácticamente todas los ingresos de la exportación provenían de bienes primarios y
casi el 70 por 100 del comercio exterior se realizaba con sólo cuatro países (Estados Unidos, Gran Bretaña,
Francia y Alemania). De modo que, en el umbral de la depresión de 1929, las economías latino- americanas
continuaban fieles a un modelo de desarrollo que las hacía muy vul- nerables a las condiciones adversas en los
mercados mundiales de bienes prima- rios. Incluso Argentina, con mucho la economía latinoamericana más
avanzada a finales de la década de 1920, cuyo producto interior bruto (PIB) per cápita dupli- caba el promedio
regional y cuadruplicaba el brasileño, había sido incapaz tic romper el vínculo por el cual un descenso de
El comienzo de la depresión de 1929 se asocia generalmente con la quiebra de la bolsa de Wall Street en Nueva
York en octubre de 1929. Sin embargo, algu- nas señales llegaron antes a América Latina. En muchos casos, los
precios de las mercancías subieron verticalmente antes de 1929, aunque la oferta (restablecida después de la
interrupción bélica) tendía a sobrepasar la demanda. El precio del trigo argentino alcanzó su cota máxima en
mayo de 1927, el azúcar cubano en marzo de 1928, y el café brasileño en marzo de 1929. El auge de los
mercados de valores antes de la quiebra de Wall Street condujo a un exceso de demanda de crédito y a una subida
de los tipos de interés mundiales, lo que elevó el costo de mantenimiento de las existencias y redujo la demanda
de muchos de los bie- nes primarios exportados por América Latina. El alza de los tipos de interés (el descuento
sobre los pagarés de Nueva York llegó al 50 por 100 en los 18 meses previos a que la bolsa se desplomase)
ejerció una presión adicional sobre Amé- rica Latina a través del mercado de capitales. La fuga de capitales
—atraídos por tipos de interés más elevados fuera de la región— aumentó, mientras el flujo de capital disminuyó
a medida que los inversionistas extranjeros aprovechaban tasas de rendimiento más atractivas ofrecidas en
Londres, París y Nueva York. La quiebra de la bolsa en octubre movilizó una cadena de acontecimientos en los
principales mercados abastecidos por América Latina; la caída del valor de los activos financieros redujo la
demanda de los consumidores canalizada a través del llamado efecto de riqueza; las deudas atrasadas llevaron a
la restricción de nuevos créditos y a una contracción monetaria, y el conjunto del sistema finan- ciero' quedó
sometido a una severa presión; los tipos de interés comenzaron a caer en el último trimestre de 1929, pero los
importadores no podían o no desea- ban reponer sus existencias de materias primas ante la perspectiva de
restriccio- nes crediticias y una demanda decreciente. La consiguiente caída de los precios de las materias primas
fue verdadera- mente espectacular. Ni un solo país latinoamericano quedó a salvo. Entre 1928 y 1932 (véase el
cuadro 1.2), el valor unitario de las exportaciones cayó en más del 50 por 100 en diez de los países de los que
disponemos datos y los únicos países con una caída modesta en valores unitarios fueron aquellos en que los
precios de los productos básicos los administraban compañías extranjeras y no reflejan con precisión las fuerzas
de mercado (por ejemplo, Honduras y Venezuela). También cayeron los precios de las importaciones, cuando el
descenso de la demanda mundial y la caída en los costos produjo una doble presión en el valor unitario de los
bienes vendidos a América Latina. Sin embargo, los precios de Tas importaciones no cayeron, por lo general,
más deprisa o tan abajo como lo hicie- ron los de las exportaciones y los términos netos de intercambio (véase el
cua- dro 1.2) cayeron bruscamente para todos los países latinoamericanos entre 1928 y 1932 excepto dos. Las
excepciones fueron Venezuela, donde el valor unitario de las exportaciones de petróleo cayó «sólo» el 18,5 por
Poder de Precio de las Volumen de Términos netos compra de las País exportaciones exportaciones de intercambio
exportaciones
Argentina 37 '88 68 60 Bolivia 79» 48" s.d. s.d. Brasil 43 86 65 56 Chile 47 31 57 17 Colombia 48 102 63 65 Costa Rica 54
81 78 65 Ecuador 51 83 74 60 El Salvador 30 75 52 38 Guatemala 37 101 54 55 Haití 49 b 104'' s.d. s.d. Honduras 91 . 101
130 133 México 49 58 64 37 Nicaragua 50 78 71 59 Perú 39 76 62 43 República
Dominicana ,55 A 106* 81* 87* Venezuela 81 100 .„- 101 100 América Latina 36 78 56 43
NOTAS: " 1929; '' 1930. FUENTES:
CEPAL, América Latina: relación de precios del intercambio, Santiago, 1976; V. Bulmer-Thomas, Political
Economy of Central America since 1920, Cambridge, 1987; R. L. Ground, «The Génesis of Import Substitulion in Latín America», CEPAL
Review, 36 (diciem- bre de 1988).
el «precio» de exportación de las bananas fue determinado por las compañías bananeras para cubrir simplemente
los costos en moneda local y fue reducido en esos años hasta el 9 por 100.7 Aunque todos los países afrontaron
una caída en el precio de sus exportacio- nes de bienes primarios, había un gran contraste respecto al volumen de
sus exportaciones. Las más afectadas fueron aquellas naciones (véase el cuadro 1.2) que sufrieron una caída de
los precios y de los volúmenes de exportación, entre las que se contaban Bolivia, Chile y México;
significativamente, los minerales dominaban la totalidad de las exportaciones de estos tres países cuando las
empre- sas de los países importadores reaccionaron a la depresión agotando las existen- cias acumuladas en vez
de hacer nuevos pedidos. No es sorprendente que estos países experimentaran el descenso más pronunciado
poder de compra de sus exportaciones (esto es, los términos de intercambio netos ajustados según las variaciones
en el volumen de la exportación). En el caso chi- leno, la caída del 83 por 100 del poder de compra de sus
exportaciones fue el más grande registrado en América Latina para un período tan corto y uno de los más
drásticos en el mundo. Cuba debería ser incluida en este primer grupo, aunque no aparece en el cua- dro 1.2
debido a la falta de datos comparables. Sus exportaciones, dominadas por el azúcar, cayeron rápidamente
después de 1929 cuando la isla sufrió las conse- cuencias de su especialización azucarera y de su gran
dependencia de Estados Unidos. En 1930 una comisión dirigida por Thomas Chadbourne, un abogado de Nueva
York con intereses en el azúcar cubano, repartió el mercado norte- americano de manera que provocó una
disminución pronunciada de la expor- tación azucarera cubana y el año siguiente se firmó el Convenio
Internacional del Azúcar entre los principales productores y consumidores que imponía nuevas res- tricciones a
las exportaciones cubanas. El segundo grupo de países fue más numeroso y experimentó un modesto des- censo
(menos del 25 por 100) en el volumen de exportaciones. Este grupo —Ar- gentina, Brasil, Ecuador, Perú y toda
América Central— producía una diversidad de materias primas agrícolas y alimentos, cuya demanda no podía
satisfacerse con las existencias disponibles;s en agosto de 1929, por ejemplo, Gran Bretaña tenía almacenado en
sus puertos trigo importado equivalente a sólo el 2 por 100 de la importación anual de trigo.9 Igualmente, la
acentuada caída del precio era suficien- te en algunos casos para sostener la demanda de los consumidores a
pesar de la caí- da del ingreso real en los países importadores; por ejemplo, en 1932 el volumen de importación
mundial de café estaba en el mismo nivel que en 1929. Un tercer grupo de países (véase el cuadro 1.2)
experimentó un descenso muy pequeño (menos del 10 por 100) en el volumen de exportación entre 1928 y 1932;
Colombia, aprovechando la confusión causada por el colapso del plan brasileño de valorización del café,10
consiguió un pequeño aumento de sus exportaciones de café; Venezuela sufrió un descenso en el volumen de sus
exportaciones de petró- leo después de 1929, pero esto simplemente compensó el gran incremento ocurri- do en
1928 y 1929. Las exportaciones de la República Dominicana, dominadas por el azúcar, crecieron constantemente
durante los peores años de la depresión: como exportadores azucareros sacaron provecho de las restricciones
impuestas a Cuba, primero por la comisión Chadbourne y más tarde por el Convenio Interna- cional del Azúcar
de 1931 que no fue firmado por la República Dominicana (ni por Brasil)." La combinación de precios de
exportación decrecientes en todos los países con el descenso de volúmenes de exportación en la mayoría de ellos
provocó una caída vertical en el poder de compra de las exportaciones durante los peores años de la depresión
el petróleo, y Honduras, amparada por la decisión de las compañías bananeras de concentrar su producción
global en sus plantaciones hondurenas de bajo costo. En otras partes, el impacto de la depresión sobre el poder de
compra de la expor- tación fue durísimo, perjudicando a los productores mineros (en México), a los productores
de alimentos de zonas templadas (por ejemplo, Argentina) y a los ex- portadores de productos tropicales (por
ejemplo, El Salvador). Aunque los precios de exportación e importación comenzaron a derrumbarse desde 1929,
hubo un «precio» que se mantuvo: el tipo de interés nominal fijo sobre la deuda externa pública y privada.
Mientras los demás precios caían, el tipo de interés real sobre esta deuda (principalmente bonos del gobierno)
subía, aumentando la carga fiscal y de la balanza de pagos para aquellos gobiernos preocupados por preservar su
crédito en el mercado internacional de capital por medio de un puntual pago del servicio de la deuda. El aumento
del peso real de la deuda hizo que un mayor porcentaje de las (decrecientes) exportaciones totales debiera
dedicarse a los pagos de la deuda. Argentina, por ejemplo, destinó 91,2 millones de pesos a cubrir los pagos de la
deuda externa en 1929 cuando la exportación total era de 2.168 millones de pesos. En 1932 las exportaciones
habían bajado a 1.288 millones de pesos, pero los pagos del servicio de la deuda externa se mantuvieron en 93,6
millones de pesos, con lo que el peso real de la deuda quedó prácticamente duplicado. La combinación de pagos
estables del servicio de la deuda e ingresos descen- dentes de la exportación ejercieron una fuerte restricción
sobre las importaciones. Cuando el volumen y el valor de las importaciones cayeron, los gobiernos tuvie- ron que
lidiar con el nuevo problema causado por la fuerte dependencia del ingre- so fiscal respecto a los impuestos al
comercio exterior. La fuente principal del ingreso fiscal, el impuesto a las importaciones, no podía mantenerse a
causa del colapso de las mismas; Brasil, por ejemplo, recaudaba el 42,3 por 100 del total del ingreso fiscal de los
impuestos a las importaciones en 1928. Hacia 1930, la recaudación de impuestos a la importación había
descendido en un tercio y el ingreso fiscal en un cuarto. Aquellos países que también dependían en alto grado de
los impuestos de exportación (por ejemplo, Chile) experimentaron un recorte particularmente radical del ingreso
fiscal. El alza de la carga real del servicio de la deuda afectó la situación fiscal de modo muy similar a la balanza
de pagos. La combinación de un ingreso fiscal decreciente con pagos del servicio de la deuda fijos en términos
nominales creó una gran presión sobre el gasto público. Se hicieron esfuerzos de inventiva con- table (por
ejemplo, los funcionarios hondurenos recibían sus salarios en sellos de correo durante un tiempo), que no
obstante no consiguieron paliar la crisis subya- cente. La mayoría de repúblicas latinoamericanas tuvieron
cambios de gobierno durante los peores años de la depresión; la ley del péndulo favoreció a los parti- dos o
individuos que habían estado fuera del poder durante el colapso de Wall Street. Las excepciones más importantes
fueron Venezuela, donde el gobierno autocrático de Juan Vicente Gómez, en el poder desde 1908, sobrevivió
hasta la muerte del dictador en 1935, y México, donde el recién formado Partido Nacio- nal Revolucionario
dirigía un país agotado por el torbellino revolucionario y la guerra civil. En una situación internacional menos
crítica, un gobierno latinoamericano podría haber (cuido esperanzas de salir de sus dificultades con la ayuda de
prés-
16 HISTORIA DE AMERICA LATINA
tamos internacionales. Sin embargo, había razones para que el flujo de nuevos préstamos a América Latina —ya
en descenso incluso antes de la crisis de Wall Street— quedase interrumpido en 1931. En ese año, el pago al
capital en car- tera de Estados Unidos excedía su nueva inversión en cartera por primera vez desde 1920 y el
flujo neto se mantuvo negativo (con la insignificante excep- ción de 1938) hasta 1954.12 Incluso Argentina, que
desde todo punto de vista tenía la más alta reputación de crédito en América Latina, fue incapaz de obtener nue-
vos préstamos de envergadura durante los primeros años de la depresión. Ningún país de América Latina escapó
a la depresión de los años treinta, pero para algunos países el impacto fue peor que para otros. La combinación
más desas- trosa consistía en un alto nivel de apertura, un gran descenso del precio de las exportaciones y una
disminución abrupta del volumen de las mismas. No es sor- prendente, entonces, que las naciones más
seriamente afectadas fueran Chile y Cuba donde el impacto externo fue más fuerte. En efecto, se han hecho
estimacio- nes de la renta nacional cubana en los años de entreguerras que muestran un des- censo de un tercio de
la renta nacional real per cápita entre 1928 y 1932,13 mientras el descenso del PIB real en Chile entre 1929 y
1932 se estima en el 35,7 por 100.14 Sólo en circunstancias excepcionales se pudo mitigar el impacto externo,
aunque no pudo evitarse. Así, la República Dominicana —dependiente de la exportación azucarera— estuvo en
condiciones de aprovechar el no haber suscrito los convenios azucareros posteriores a 1929; Venezuela se
benefició de su posi- ción de productor de petróleo con los costos unitarios más bajos en todo el conti- nente
americano; países con exportaciones dominadas por compañías extranjeras (por ejemplo, Perú) vieron algunas de
las cargas transferidas al exterior cuando disminuyeron las remesas de ganancias y creció el valor retornado en
proporción al total de la exportación. Sin embargo, el impacto externo fue globalmente muy serio y la
introducción de medidas de estabilización para restaurar el equilibrio externo e interno no podía retrasarse.
LA ESTABILIZACIÓN A CORTO PLAZO
El impacto externo asociado con la depresión de los años treinta creó dos desequilibrios que los dirigentes de
cada nación tuvieron que afrontar urgente- mente. El primero fue el desajuste externo creado por el colapso de
los ingresos de la exportación y el descenso de los flujos de capital; el segundo fue el desa- juste interno creado
por la contracción del' ingreso fiscal, que dio origen a un déficit presupuestario que no pudo ser financiado con
recursos externos.
Durante los años veinte, las repúblicas latinoamericanas habían adoptado el patrón oro por primera vez (es el
caso de Bolivia), o lo habían retomado (es el caso de Argentina). Se suponía que con el patrón oro el ajuste al
desequilibrio extemo era automático —en efecto, este era uno de sus principales atractivos.
12. Véase Stallings, Banker to the Third World, apéndice 1. 13. Véase C. Brundenius, Revolutionary Cuba; the Challenge- of Economic Growth
with Equity, Boulder, Coló., 1984, cuadro A 2.1. La fuente original es J. Alienes, Características fun- damentales de la economía cubana. La
Habana, 1950.
14. Véase Palma, «From an Export-led to an Import-substituting Economy», cuadro 3.5.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 17
Cuando cayeran las exportaciones, el oro o las divisas.serían drenados del país, lo que disminuiría la masa monetaria, el
crédito y la demanda de importaciones; a su vez, la contracción monetaria rebajaría el nivel de precios, lo que haría más
competitivas las exportaciones y más caras las importaciones. De este modo, la reducción del gasto y su reorientación
provocaría la caída de las importaciones y el proceso continuaría hasta que el equilibrio externo quedase restaurado.
Sin embargo, el descenso del valor de las exportaciones fue tan radical des- pués de 1929 que no resultaba evidente que el
equilibrio externo pudiese restable- cerse automáticamente; además, la disminución del flujo de capital y la decisión inicial de
pagar la deuda externa implicaba que la caída de las importaciones tenía que ser particularmente pronunciada para eliminar el
déficit de la balanza de pagos. Argentina, por ejemplo, vio caer el valor de sus exportaciones de 1.537 mi- llones de dólares en
1929 a 561 millones en 1932, y esto no fue lo más grave; con importaciones evaluadas en 1.388 millones de dólares en 1929,
Argentina necesi- taba recortar como mínimo en un 70 por 100 las compras en el exterior, si desea- ba mantener los pagos del
servicio de la deuda en 1932 en los mismos términos que en 1929.
Aquellos países que trataban de seguir las reglas del patrón oro vieron que sus reservas de oro y divisas caían rápidamente.
Colombia por ejemplo, luchó hasta cuatro días después de que los británicos suspendieron la vigencia del patrón oro (21 de
septiembre de 1931); para entonces las reservas del país habían descendido al 65 por 100. Con todo, la mayoría de países
optaron ya por aban- donar el sistema formalmente (es el caso de Argentina en diciembre de 1929), ya por limitar la salida de
oro y divisas por medio de una serie de restricciones ban- carias y otras medidas (por ejemplo, Costa Rica). Esto no evitó la
necesidad de políticas de estabilización para reducir las importaciones y restablecer el equili- brio externo, e indicó que el
proceso ya no sería automático.
Tres países (Argentina, México y Uruguay) suspendieron la vigencia del patrón oro antes que Gran Bretaña decidiera dejar de
vender oro y divisas sobre pedido, aunque Perú —el único país en América Latina— introdujo por dos veces una nueva
paridad con el oro. La mayoría de países, no obstante, adoptó el control de cambios en una forma u otra, y creó un sistema de
cuotas para la importación. Esto ocurrió en las principales naciones; en efecto, los únicos paí- ses que no hicieron uso del
control de cambios fueron las pequeñas repúblicas caribeñas que utilizaban el dólar de Estados Unidos como medio de pago
oficial (Panamá y la República Dominicana) o extraoficial (Cuba y Honduras).
El deseo de seguir las- reglas internacionales implicó que la devaluación —de- preciación de la moneda— fuera utilizada en
contadas ocasiones al comienzo. Nadie esperaba que la depresión llegase a ser tan grave como finalmente resultó. La última
depresión mundial (1920-1921) había pasado rápidamente sin ocasionar una ruptura permanente en el sistema financiero
internacional. Además, impul- sados en algunos casos por las misiones dirigidas por E. W. Kemmerer, muchos países
latinoamericanos habían organizado sus sistemas financieros en la déca- da de los veinte, habían vuelto a la ortodoxia del tipo
de cambio y el patrón oro, creando bancos centrales y luchando por mantener una disciplina monetaria; la \ depresión de 1929
fue vista como la primera prueba real para dichas instituciones y hubo una resistencia natural a admitir su fracaso al dar paso a
la depreciación de la moneda.
18 HISTORIA DE AMERICA LATINA
A finales de 1930, sólo cinco países (Argentina, Brasil, Paraguay, Perú y Uruguay) habían visto sus monedas
depreciarse en más del 5 por 100 respecto al dólar desde el fin del año anterior. Sin embargo, Perú había
cambiado la paridad respecto al oro, y el peso paraguayo, vinculado oficialmente al peso de oro argentino,
también se depreció respecto al dólar norteamericano, una conse- cuencia indeseada de la política del tipo de
cambio. La suspensión británica del patrón oro y la consiguiente depreciación de la libra esterlina implicó que las
monedas latinoamericanas vinculadas a ésta —Argentina, Bolivia, Paraguay (por intermedio del peso argentino)
y Uruguay— se derrumbasen respecto al dólar norteamericano después de septiembre de 1931 hasta que la
suspensión del pa- trón oro decretada en Estados Unidos en abril de 1933 produjo una revaloriza- ción
igualmente abrupta. La decisión de Gran Bretaña y Estados Unidos de abandonar el patrón oro forzó finalmente a
las repúblicas a afrontar el problema de la manipulación del tipo de cambio. Seis pequeñas repúblicas (Cuba,
Guatemala, Haití, Honduras, Pa- namá y la República Dominicana) vincularon sus monedas al dólar norteameri-
cano durante los años treinta; tres más (Costa Rica, El Salvador y Nicaragua) tra- taron de hacer lo mismo, pero
se vieron finalmente forzadas a devaluar; incluso en América del Sur, algunas de las naciones más'grandes
hicieron muchos inten- tos de vincular sus monedas a la libra esterlina o al dólar norteamericano, aunque
Paraguay siguió con su política (pero con poco éxito) de paridad con el peso •• argentino; Argentina, con algún
éxito, y Bolivia, sin ninguno, trataron de vincular sus monedas a la libra esterlina a partir de enero de 1934 y de
enero de 1935 res- pectivamente, mientras Brasil (diciembre de 1937), Chile (septiembre de 1936), Colombia
(marzo de 1935), Ecuador (mayo de 1932) y México (julio de 1933) tra- taron todos de vincular sus monedas al
dólar norteamericano. Los casos de monedas auténticamente flotantes fueron raros. El bolívar vene- zolano
estuvo flotando y rápidamente se revalorizó frente al dólar norteamerica- no entre finales de 1932 y finales de
1937. Después de la suspensión del patrón oro en Estados Unidos, varios países suramericanos (Argentina,
Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador y Uruguay) adoptaron un sistema dual de tipo de cambio que per- mitía al cambio
extraoficial flotar libremente; este cambio libre fue utilizado para diversas transacciones, incluidas la exportación
de capital, las remesas de ganan- cias, las exportaciones no tradicionales y las importaciones suntuarias. Esta
expe- riencia —que fue muchas veces una fuente de ganancias para el sector público— demostraría ser
inestimable para la utilización del tipo de cambio después de la segunda guerra mundial. En vista de la
reluctancia a adoptar un genuino régimen flotante de tipos de cambio, la mayoría de los países se vio forzada a
confiar en otras técnicas para lograr el equilibrio externo. La más popular fue el control de cambios y un sis-
tema de racionamiento de las importaciones no basado en el precio; esta técnica no se limitó a las naciones más
grandes, sino que varios países pequeños (Costa Rica, Bolivia, Ecuador, Honduras, Nicaragua, Paraguay y
Uruguay) adoptaron agresivamente este sistema. En la mayoría de países, los aranceles se elevaron en un
momento en que el precio de las importaciones (incluido el costo internacio- nal del transporte) estaba
descendiendo; esto elevó el costo real de las importa- ciones abruptamente y' alentó una reorientación del gasto
hacia los sustitutos internos. Incluso en aquellos casos en que los aranceles sólo se elevaron formal-
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 19
mente, el costo real de las importaciones tendió a crecer como resultado del am- plio uso de aranceles
diferenciales. En unos pocos países el equilibrio externo se consiguió sin recurrir ni al con- trol de cambios ni al
racionamiento de la importación no basado en el precio; se obtuvo mediante el mecanismo de tipo patrón oro, en
que el déficit de cuenta corriente fue financiado con una salida de reservas internacionales que reducía la oferta
monetaria tan drásticamente que la demanda nominal caía al nivel de la reducción requerida en importaciones
nominales; los casos más patentes de ajus- te automático al equilibrio externo fueron Cuba, Haití, Panamá y la
República Dominicana. México, sin embargo, también experimentó un descenso pronun- ciado en su masa
monetaria nominal en los primeros años de la depresión como resultado de su peculiar sistema monetario en el
que monedas de oro y plata for- maban la mayor parte del numerario en circulación.15 A finales de 1932, se había
restaurado el equilibrio externo en casi todas las repúblicas a un nivel mucho más bajo de exportaciones e
importaciones nomina- les y,a un nivel ligeramente más bajo de pagos nominales del servicio de la deu- da. El
excedente de la balanza comercial de América Latina en 1929 de 570 millones de dólares norteamericanos había
aumentado a 609 millones, pese a ¡a caída de dos tercios de las exportaciones nominales, que pasaron de 4.683
millo- nes de dólares norteamericanos a 1.663. Los ocho países que habían registrado una balanza comercial
deficitaria en 1929 se habían reducido a seis en 1930, a cinco en 1931, y a cuatro en 1932. Sin embargo, estos
cuatro (Cuba, Haití, Pana- má y la República Dominicana) eran las excepciones que confirmaban la regla; todos
eran economías en las que el dólar circulaba libremente sin control de cambios, de modo que el déficit comercial
y la salida de divisas era el mecanis- mo por el que la demanda nominal se conformaba al poder de compra de las
exportaciones. El logro del equilibrio externo, aunque penoso, era inevitable. La mayoría de los países no podían
pagar por las importaciones con su propia moneda, por lo que la oferta de divisas establecía un límite para las
importaciones disponibles una,vez que las reservas internacionales quedaran agotadas. En cambio, el equi- librio
interno era una cuestión distinta, ya que un gobierno podía siempre emitir su propia moneda para financiar el
déficit presupuestario. Sólo en países, tales como Panamá, donde el dólar circulaba libremente y no había banco
central, podía uno estar seguro de que la consecución del equilibrio externo también su- ponía la del equilibrio
interno. En la mayoría de países, la suspensión del patrón oro y la adopción del con- trol de cambios trazó una
separación entre ajuste externo e interno. Donde el déficit presupuestario persistiese y fuera financiado
internamente, la oferta mo- netaria nominal no se ajustaría a la bajada en importaciones nominales. Esto cau-
saría que el índice de crédito interno para las importaciones creciera, creando un exceso de oferta monetaria que,
a su vez, estimularía el gasto interno en térmi- nos nominales. Que el crecimiento en gasto nominal se reflejara
en incrementos, fuesen de precio o fuesen de volumen, sería esencial para determinar cuan rápida y exitosamente
Oferta monetaria: depósitos en demanda y a tiempo bancario comercial. Precios actuales (1929 = 100)
1930 1931 1932 1933 1934 1935 1936
101 115 109 125 131 141 Chile 84 68 82 96 110 124 143 Colombia 87 78 90 94 102
62 78 100 116 137 Uruguay 114 115 126 114 116 124 139 Venezuela 49 68 69 76 85
NOTAS: " Incluye depósitos en dólares; '' los datos se compilaron sobre una base diferente en 1932 y 1935 de
tades asociadas con los severos recortes en salarios y sueldos para los empleados públicos hicieron prácticamente
imposible limitar el gasto lo suficiente como para eliminar el déficit presupuestario. En ausencia de nuevos
préstamos externos, el déficit se tuvo que financiar a través del sistema bancario con un efecto expan- sivo sobre
la oferta monetaria. En tercer lugar, el declive del crédito privado interno no era tan abrupto como podría haberse
esperado en vista de las estrechas relaciones entre el sistema bancario y el sector exportador. El pequeño número
de bancos —por ejemplo, México sólo tenía once— y su importancia pública creó un poderoso incentivo para
evitar el fracaso bancario; la estrecha relación entre banqueros y exporta- dores (a veces eran los mismos
individuos) permitía una mayor flexibilidad en la reprogramación de la deuda que la que habría permitido un
contexto más com- petitivo; en los años veinte los bancos también tendían a operar con reservas en efectivo por
encima del mínimo legal, lo que dejó cierto margen disponible para los difíciles tiempos que siguieron a 1929.
Los bancos extranjeros, impo- sibilitados de hacer remesas de ganancias a causa del control de cambios, tuvie-
ron recursos adicionales para sostenerse a sí mismos durante los años de la depresión. Por consiguiente, la
política monetaria durante la etapa más grave de la de- presión fue relativamente laxa en muchos países, de
suerte que el equilibrio interno —a diferencia del equilibrio externo— no se había restablecido a finales de 1932.
Se comprobó que los esfuerzos para elevar los impuestos, incluidos los aranceles, eran insuficientes y que nuevos
incrementos sólo podían ser contra- producentes. Los recortes de sueldos en el sector público y en los salarios
eran más difíciles debido a la agitada coyuntura política de comienzos de los años treinta, de modo que las
políticas para reducir el déficit presupuestario se con- centraron cada vez más en los pagos del servicio de la
deuda. El retraso en el pago de la deuda no era nada nuevo en la historia económica de América Latina; en
efecto, las aduanas de algunas pequeñas naciones (por ejemplo, Nicaragua) estaban todavía repletas de
funcionarios estadounidenses encargados de recaudar los impuestos al comercio exterior y evitar una repetición
de antiguos incumplimientos en el pago. Sin embargo, todos los países hicieron arduos esfuerzos para cumplir
con el pago del servicio de la deuda con la espe- ranza de que así preservarían su acceso a los mercados de
capital internacional. No obstante, ello entrañaba un fascinante dilema: el principal acreedor en térmi- nos de
bonos internacionales seguía siendo Gran Bretaña, donde las reglas de la bolsa hacían imposible para los países
morosos colocar nuevas emisiones de liónos; pero, el flujo anual de nuevo capital hacia América Latina se había
hecho cada vez más dependiente de Estados Unidos, donde las multas por morosidad eran menos definidas.
Cuando se hizo evidente, en términos generales, que Amé- rica Latina no podía esperar financiación adicional de
Gran Bretaña, la tentación de una moratoria se hizo irresistible. México, todavía atrapado por las secuelas de la
revolución, había suspendi- do los pagos del servicio de la deuda con mucho adelanto en 1928; sin embargo, la
suspensión comenzó generalmente en 1931 y cobró fuerza en los años siguien- les. 1 ,a moratoria fue unilateral,
pero ningún país desconoció su deuda externa y no lodos los casos fueron tratados de la misma manera; Brasil,
por ejemplo, esta- bleció siete clases de bonos en 1934, con tratos diferenciales que iban desde el
)•) HISTORIA DE AMERICA LATINA
pago lolal hasta la suspensión total de pagos sobre el interés y el capital.16 Por lanío, el impacto sobre el gasto
público varió sustancialmente incluso entre los países morosos, aunque los recursos destinados al pago de la
deuda tendieron a descender en todas partes conforme la década llegaba a su fin. No lodos los países
suspendieron el pago a la deuda externa y la moratoria en la lleuda externa no necesariamente implicó suspensión
del pago a la deuda hí- lenla (o viceversa). Venezuela, bajo Gómez, terminó de amortizar su deuda y exlerna -
-iniciada quince años antes— en 1930; Honduras suspendió el pago a su deuda interna, pero cumplió
religiosamente con su deuda externa (junto con I lailí y la República Dominicana). Sólo Argentina pagó su deuda
interna y exter- na puntualmente por razones que son todavía discutibles. Algunos de los facto- res que
persuadieron a los políticos argentinos de pagar la deuda, de cuya mayor pai le era acreedora Gran Bretaña,
fueron su relación particular con ésta, los estre- chos vínculos comerciales y la perspectiva de obtener más
préstamos; además, la ortodoxia financiera de los gobiernos conservadores argentinos en la década de 1930 creó
una fuerte predisposición en favor del pago de la deuda. lin la mayoría de países, el incumplimiento con la deuda
alivió la presión sobre el déficit presupuestario y (en el caso de la deuda externa) liberó divisas que pudieron
utilizarse con otros fines. Con todo, el descenso de pagos del servi- cio de la deuda, al rebajar la presión sobre la
política fiscal, evitó la necesidad de nuevos impuestos o recortes del gasto. El déficit presupuestario, por tanto, se
mantuvo como algo normal y el equilibrio interno siguió siendo un remoto obje- livo en la mayoría de las
naciones. La tensión entre el equilibrio externo y el desequilibrio interno produjo una grave inestabilidad
económica y financiera en algunos países (por ejemplo, Bolivia), pero también pudo contribuir a la recupe-
ración económica a un ritmo más rápido que el que se daba en países donde unas esiriclas políticas fiscales y
monetarias dejaron al sector no exportador con una demanda insuficiente e incapaz de responder al nuevo vector
de precios relativos.
I ,A KI'X'UI'HRACIÓN DE LA DEPRESIÓN
I .as políticas adoptadas para estabilizar cada economía frente a la depresión iiileiilaban restaurar el equilibrio
interno y externo a corto plazo; pero, inevita- blemente, también tuvieron consecuencias a largo plazo en aquellos
países don- de- afectaron de una manera permanente a los precios relativos. El colapso de los precios de
exportación después de 1929, el deterioro en los lerminos netos de intercambio y la subida de los aranceles
nominales favo- recieron en términos de precios relativos al sector no exportador (tanto en los artículos no
comercializables a nivel internacional como en los importables) más que al sector exportador. En aquellos países
donde hubo una devaluación real (eslo es, una devaluación nominal más rápida que las diferencias entre los pre-
cios internos y externos), lanío los bienes exportables como los importables obtu- vieron una vcnlaja de precios
relativos respeclo a los productos no comercializa- dos inlcinai lonalmciilc I v esie modo, el precio del sector que
competía con la
|(> VV.i-.r 11 l-h linifiivii y I.' I'niii-.. .Sili luir Ivlauhs in t lio lini <>f Uoiul Finalice», 111 r I I f< < I-, <'nllrj<r. I liiivi'l'.lil.ul i Ir I mitin-.. I »r.i
nv.inii l'.i[«'i in lúnnciiiiics, n." ,H, l'WX.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 23
importación, en todos los casos, mejoró tanto en relación con los bienes expor- tables como a los no
comercializables en el exterior, mientras que el sector no comercializado aumentó sus precios relativos respecto
al sector exportador, excepto en el caso en que ocurriera una devaluación real (con lo que el resulta- do quedaba
por determinar). El que estas fluctuaciones a corto plazo en los precios relativos persistieran dependía en gran
medida de la fluctuación en los precios de exportación e impor- tación. Para América Latina en su conjunto, los
precios de las exportaciones cayeron constantemente hasta 1934; en ese momento comenzó un nuevo ciclo, que
produjo una pronunciada recuperación de los precios en 1936 y 1937 seguida por dos años de precios de
exportación descendentes. Sin embargo, los precios de importación se mantuvieron muy bajos, de modo que los
términos netos de intercambio mejoraron desde 1933 hasta 1937 e incluso en 1939 estaban aún al 36 por 100 por
encima del nivel de 1933 y al mismo de 1930. En consecuencia, para la región en su conjunto una mejora
permanente del precio relativo del sec- tor que competía con las importaciones dependía menos de variaciones en
los términos netos de intercambio y más de los aumentos en la tasa de aranceles y de una devaluación real. El
sector competidor con las importaciones comprendía todas las actividades capaces de sustituir los artículos
(ISI), en vista de la importancia de las manufacturas en la importación. Sin embargo, en los años veinte, muchos
países estaban importando cantidades significativas de productos agrícolas que podían ser producidos
importaciones (ASI) como parte del sector competidor con la importación. El cambio de los precios relativos
fomentó la reasignación de recursos y actuó como un mecanismo para la recuperación de la depresión. Sin
embargo, esto era sólo una parte de la cuestión; por ejemplo, una caída en la producción del sector exportador, y
un alza en la producción del sector, que competía con la importación, no necesariamente produciría una
recuperación en el PIB real, aun- que produjera un cambio estructural. La recuperación sólo quedaba asegurada si
el sector competidor con la importación se expandía sin un descenso del sector exportador, o si crecía tan
rápidamente como para compensar el descenso del sector exportador; la primera posibilidad indica la importancia
del comporta- miento del sector exportador en los años treinta —un tema muy desatendido—, mientras el
segundo necesita que se tome en cuenta el crecimiento de la deman- da nominal. En las páginas anteriores, se ha
sostenido que a partir de 1929 los programas de estabilización habían sido muy exitosos en restaurar el equilibrio
externo en casi todas las naciones hacia 1932; sin embargo, muchos países tuvieron menos éxito en eliminar el
déficit interno. La permanencia del déficit en algunas repú- blicas, incluso después de la reducción en los pagos
del servicio de la deuda por medio de moratorias, dio un estímulo a la demanda nominal que, dadas ciertas
circunstancias, podría esperarse que tuviera efectos reales (es decir, keynesia- nos); estas condiciones
comprendían la existencia de capacidad disponible y una respuesta clástica de precio oferta en el sector
competidor con la importación, además de un sislcma financiero capaz de proporcionar capital activo a bajos
24 HISTORIA DE AMERICA LATINA
tipos de interés reales. Donde estas condiciones no existían (por ejemplo, Boli- via), las consecuencias del déficit
fiscal y el crecimiento de la demanda nominal eran simplemente la inflación y un colapso del tipo de cambio
nominal; pero donde dichas condiciones se daban (por ejemplo, en Brasil), las políticas fiscales y monetarias
poco estrictas podían contribuir a la recuperación. De modo que, para algunas naciones, los efectos de medidas
incompletas de estabilización en pos del equilibrio interno después de 1929 no fueron totalmente desfavorables;
„en cambio, algunas repúblicas «virtuosas» (como Argentina) se enfrentaron a la paradoja de que las políticas
fiscales y monetarias ortodoxas en pos de un pre- supuesto equilibrado podían haber reducido su tasa de
crecimiento económico en la década de 1930. La recuperación de la depresión, en términos del PIB real,
comenzó después de 1931-1932 con sólodos excepciones menores (Honduras y Nicaragua). En los años
siguientes de la década, todas las repúblicas de las que existen datos dis- ponibles lograron un crecimiento
positivo, y en todas el PIB real sobrepasó el punto más alto anterior a la depresión con las mismas dos
excepciones; sin embargo, la velocidad de la recuperación variaba considerablemente y también sus mecanismos.
En particular, casi ningún país se basó exclusivamente en la 1SI para recobrarse y algunos simplemente
dependieron del retorno de condiciones más favorables a los mercados de exportación. Siguiendo a Chenery,17
podemos estudiar la recuperación en los años treinta en América Latina por medio de una ecuación para
elasticidad del ingreso. No es posible aplicar empíricamente esta ecuación a ninguna de las repú- blicas
latinoamericanas en los años treinta, pero es factible identificar una serie de mecanismos de recuperación que
üDaHaQ
PAÍSES DE RECUPERACIÓN MEDIA
Argentina Colombia El Salvador
PAÍSES DE RECUPERACIÓN LENTA
Honduras Nicaragua Uruguay
NOTAS: LOS países de recuperación rápida se supone que incrementaron el PIB real desde el aflo crítico hasta 1939 más del 50 por 100; los
países de recuperación media en más del 20 por 100 y menos del 50 por 100; los países de recuperación lenta en menos del 20 por 100.
• índice de producción manufacturera neta respecto al PIB que se asume que aumentó sig- nificativamente.
• índice de la agricultura para consumo interno (ASI) respecto al PIB que se supone que aumentó significativamente.
11 índice de la exportación respecto al PIB que se considera haber aumentado significati- vamente en términos reales o nominales. FUENTES;
Véase el cuadro 1.1.
términos. Esto se muestra en el cuadro 1.4, donde catorce países para los que existen datos sobre el PIB se
agrupan en tres categorías: recuperación rápida, media y lenta. I <A grupo de recuperación rápida incluye ocho
naciones donde el PIB real ere- cié) hasta más del 50 por 100 entre el año de la depresión (1931 o 1932) y 1939.
Se puede considerar grandes a dos países (Brasil y México), medianos a cuatro (Chile, Cuba, Perú y Venezuela),
y pequeños a dos (Costa Rica y Guatemala). De modo que no hay correlación entre tamaño y ritmo de
recuperación. La ISI es un mecanismo importante de recuperación para la mayoría del grupo, excepto para Cuha,
(¡tialcmala y Venezuela; en efecto, la recuperación cubana se debió prin- cipalmente a los mejores precios del
recuperación media incluye países donde el PIB real creció en más del 20 por 100 entre el año de la crisis y 1939.
Sólo tres naciones (Argenti- na, Colombia y El Salvador) se pueden incluir con toda certeza en este grupo,
aunque algunas otras (Bolivia, Ecuador, Haití y la República Dominicana), de las que no existen cuentas
nacionales para el período, registraron un aumento signi- ficativo en el volumen de exportaciones después de
1932 y probablemente expe- rimentaron un alza en el PIB que las colocaría en la segunda categoría. La ISI fue
exportación no fue notable. El último grupo comprende los países con un resultado menos favorable. Sólo tres
(Honduras, Nicaragua y Uruguay) aparecen en el el cuadro 1.4, pero la desastrosa evolución de las exportaciones
en Paraguay y Panamá (para los que no hay datos disponibles de las cuentas nacionales) sugiere que también
deberían ser incluidos. Los cinco eran pequeñas economías (a excepción de Uruguay) con reducidas
posibilidades de compensar una débil participación en la exportación por medio de un crecimiento de las
actividades para sustituir las importaciones. No obstante, Uruguay experimentó un crecimiento de su producción
industrial y la ISI fue importante, aunque no fue suficiente para contrarrestar el estanca- miento de su esencial
industria ganadera. En el caso de Panamá, donde la exporta- ción de servicios era tan importante, el declive del
volumen de comercio mundial produjo un descenso en el número de embarcaciones que utilizaban el canal en la
década de 1930, lo cual tuvo un impacto adverso sobre su funcionamiento eco- nómico global. Paraguay, aunque
victorioso en la guerra del Chaco con Bolivia (1932-1935), sufrió graves pérdidas y el valor nominal de las
exportaciones siguió cayendo hasta 1940. Si nos limitamos al período de 1932 a 1940, en que la recuperación
estaba en auge en América Latina, hubo doce países —todos los que figuran en el cua- dro 1.1, excepto
Uruguay— que proporcionaron datos suficientes de sus cuentas nacionales como para realizar una versión
limitada de la ecuación para contabili- zar el crecimiento, en la cual la variación del PIB real se divide en tres: la
parte debida al crecimiento de la demanda interna final (sin cambios en los coeficien- tes de importación), la
parte generada por la variación de los coeficientes de importación y la parte debida a la recuperación de las
exportaciones (véase el cuadro 1.5). En todos los casos, la contribución mayor es por un gran margen la
recuperación de la demanda interna final, seguida por la promoción de las expor- taciones, mientras que la
contribución debida a los cambios en los coeficientes de importación es generalmente negativa ya que éstos
tendieron a subir antes que a bajar después de 1932. Si en lugar de 1932 se utiliza como punto de partida
cualquier año de la dé- cada de 1920, el panorama cambia considerablemente (véase el cuadro 1.5) por cuanto los
coeficientes de importación en 1930 fueron indefectiblemente más bajos que los de la década anterior. Sin
embargo, la promoción de las exporta- ciones era todavía una causa positiva de crecimiento en la mayoría de los
casos, mientras que la contribución de la demanda interna final (dado un coeficiente de importación estable) era
y 1939; d 1926-1939.
FUENTE: Cálculos del autor utilizando datos de las mismas fuentes indicadas en el cua- dro 1.1.
todos los países más grandes, con excepción de Argentina. Estos resultados no significan que la industrialización
de sustitución de importaciones no fuera im- portante, puesto que la ecuación para determinar las fuentes de
crecimiento apli- cada exclusivamente al sector manufacturero puede dar un resultado diferente. Sin embargo, al
industrial en los países más grandes (Argentina, Brasil, Chile, Colombia y México) se ha estimado en un
promedio del 39 por 100 —lo que implica que el crecimiento de la demanda interna final (la contribución de las
exportaciones industriales puede ser ignorada) era muy importante para el sector manufacturero también.18 La
recuperación de la demanda interna final era un reflejo de las políticas monetarias y fiscales poco estrictas
mencionadas anteriormente. El déficit presu- puestario era común y —en ausencia de fuentes externas de
préstamos— se I mandaba habitualmente por medio del sistema bancario, lo que tenía un efecto expansivo sobre
la oferta monetaria. Las instituciones financieras, fortalecidas por la creación de bancos centrales en varios países
Salvador) o apoyadas por las reformas monetarias de la década de 1920, eran capaces de compensar las pérdidas
de préstamos al sector exportador con esta nueva y lucrativa fuente de préstamos. Dada la contracción existente
en la utili- zación de la capacidad, el crecimiento de la masa monetaria era sólo tenuemente inflacionaria y tenía
efectos reales sobre los precios. La demanda interna final no se compone únicamente del gasto público, sino
también de la inversión y el consumo privado. La inversión pública, drástica- mente recortada entre 1929 y 1932,
fue estimulada por los programas de cons- trucción de carreteras en casi todos los países ya que los gobiernos se
ciñeron a una forma de gasto con una cuota baja de bienes importados. El crecimiento de la red viaria fue
como al de la agricultura para el mercado interno. Incluso la inversión privada, pese a su alto contenido de bienes
importados, pudo recobrarse después de 1932 a medida que la contracción de la balanza de pagos comenzó a
ceder. El crecimiento en el consumo privado —el elemento más importante de la demanda interna final— era una
condición necesaria para el crecimiento indus- trial en los años treinta. El consumo privado fue fomentado por la
recuperación del sector exportador y por políticas fiscales y monetarias poco estrictas. Cuan- do la demanda
interna se recobró las compañías nacionales tuvieron una excelen- te oportunidad para satisfacer un mercado en
el que el precio relativo de los artículos importados había subido. Pocas instituciones privadas —incluso aquellas
recién establecidas en la década de los treinta— se dedicaron principalmente a proporcionar créditos al consumo,
de modo que la demanda de bienes duraderos de alto precio (por ejemplo, automóviles) era aún muy modesta; sin
embargo, el consumo de bienes perecederos, tales como bebidas y tejidos, experimentó un cre- cimiento
sustancial. Ha habido alguna especulación sobre si el crecimiento de la demanda del consumidor en la década de
1930 puede haber estado alimentada por cambios en la distribución funcional de la renta. No existen datos para
confirmar o negar esta hipótesis, pero es evidente que en determinados sectores hubo cambios impor- tantes en
los rendimientos obtenidos por el trabajo en contraste con los del capi- tal. Por ejemplo, en el sector exportador el
impacto de la depresión fue sentido más fuertemente por los propietarios de capital, cuya tasa real de rendimiento
cayó más drásticamente que los salarios reales; la recuperación del sector des- pués de 1932 ayudó a reconstituir
los márgenes de ganancias, pero es improba- ble que la tasa de rendimiento del capital se haya restablecido al
nivel que tenía antes de 1929. En ese sentido es realista hablar de un cambio en la distribución funcional del
ingreso en favor del trabajo en el sector exportador. Por otra parte, en el sector que competía con la importación
es más probable que ocurriese lo opuesto. El crecimiento del sector, sostenido por un tipo de cam- bio depreciado
y aranceles nominales más altos, generó una alteración en los pre- cios relativos, del cual los propietarios de
capital habrían sido los principales beneficiarios. A su vez, los salarios nominales respondieron lentamente a la
sua- ve subida de precios en los países con moneda devaluada y pudo haber tenido lugar un mayor
desplazamiento hacia las ganancias. Tanto la depresión como la subsiguiente recuperación probablemente
dejaron la distribución funcional sin mayores cambios en el sector que no competía en el mercado exterior, de
modo
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 29
que el cambio global en la distribución funcional del ingreso no puede haber sido muy grande. En consecuencia,
es improbable que el crecimiento de la demanda del consumidor en los años treinta pueda atribuirse a cambios
capacidad importadora a partir de 1932 y a la res- tauración de tasas positivas de crecimiento económico. Pero
esta recuperación de las exportaciones no fue simplemente un retorno al sistema de intercambio mun- dial
existente antes de 1929. Al contrario, el contexto económico internacional en los años treinta sufrió una serie de
cambios que tuvieron un peso importante en la suerte de cada una de las naciones latinoamericanas. El principal
cambio en el sistema mundial de comercio fue el incremento del proteccionismo. El notable arancel
Smoot-Hawley en 1930 elevó las barreras para los exportadores latinoamericanos al mercado norteamericano, en
tanto que un arancel particular impuesto en 1932 a la importación de cobre desde Estados Unidos golpeó
conferencia de Ottawa en 1932, impuso aranceles discriminatorios a América Latina en su segundo gran
mercado; el ascenso de Hitler en Alemania implantó el aski-mark —una moneda inconverti- ble con que se
pagaba a los exportadores latinoamericanos y que sólo podía uti- lizarse para comprar artículos importados a
Alemania; algunos alimentos (espe- cialmente el azúcar) quedaron sujetos a un convenio internacional que
estableció cuotas para los principales exportadores (por ejemplo, Cuba), mientras que el estaño boliviano quedó
regulado por el Convenio Internacional del Estaño. Pese al viraje hacia el proteccionismo, el comercio mundial
(medido en dóla- res) creció constantemente desde 1932 —como mínimo— hasta que la nueva de- presión en
Estados Unidos hizo caer las importaciones norteamericanas y el comercio en 1938. Las importaciones de los
principales países industrializados alcanzaron un momento crucial entre 1932 y 1934 (únicamente en Francia la
recuperación ocurrió después de 1935). En el esencial mercado norteamericano, las importaciones se recuperaron
en un 137 por 100 entre 1932 y 1937 —esti- muladas parcialmente por las gestiones del secretario de Estado
Cordell Hull para paliar el efecto del arancel Smoot-Hawley por medio de convenios bilatera- les de comercio
que comprendían reducciones arancelarias recíprocas. Para América Latina en su conjunto, la evolución de las
exportaciones des- pués de 1932 parece a primera vista poco destacada. En los siete años anteriores a la segunda
guerra mundial, las exportaciones en términos de valor permanecie- ron prácticamente sin cambios, mientras que
el volumen de exportaciones creció en un limitado 19,6 por 100. Pero esto induce a equívoco, ya que las cifras
están haslanlc condicionadas por el deficiente resultado de Argentina —desde siempre, el más importante
exportador de América Latina con casi el 30 por 100 del total ivj'ional. Excluida Argentina, el volumen de las
exportaciones creció hasta en un Mi por 100 entre 1932 y 1939. Además, si se excluye también a México, el vo-
durante el mismo período —una tasa anual del 6,3 por 100. Las exportaciones mexicanas, que en efecto crecieron
rápidamente de 1932 a 1937, cayeron en un 58 por 100 entre 1937 y 1939. Los precios más altos del oro y la
plata después del colapso del patrón oro no pudieron compensar el embargo comercial impues- to como
represalia por la expropiación de las compañías petroleras extranjeras en 1938. Las exportaciones argentinas han
sido objeto de numerosos análisis. Experi- mentaron un descenso constante en volumen después de 1932 que no
cambió de signo hasta 1952. Sin embargo, la tendencia quedó oscurecida por los precios favorables y los
términos netos de intercambio (TNI) que Argentina disfrutó durante la mayor parte de los años treinta —entre
1933 y 1937, por ejemplo, los TNI subieron en un 71 por 100 como resultado de una serie de malas cosechas en
América del Norte, ¿rué impulsó el alza de los precios del grano y la carne. En efecto, la dependencia de
Argentina respecto al mercado inglés fue un gran obs- táculo a la expansión de las exportaciones. El tratado
Roca-Runciman de 1933 dio a Argentina una cuota en el mercado británico para sus principales productos
primarios de exportación, pero lo mejor que podía esperarse con este tratado era la preservación de un porcentaje
del mercado de importación; por otra parte, los agricultores británicos contaban con el incentivo del precio que
les daba el aran- cel discriminatorio para aumentar su producción a costa de la importación. De modo que, aun la
exportaciones argentinas a Gran Breta- ña. Las exportaciones argentinas también resultaban perjudicadas por las
altera- ciones del tipo de cambio real. Aunque en muchas repúblicas latinoamericanas las exportaciones
tradicionales disfrutaron de una depreciación real a largo plazo, los exportadores argentinos se enfrentaron a un
tipo de cambio real que tendía a apreciarse en la década de 1930. Por ejemplo, dado que los precios británicos al
por mayor descendieron un 20 por 100 en el decenio que siguió a 1929 y los pre- cios al por mayor en Argentina
se elevaron hasta el 12 por 100, la devaluación nominal del peso frente a la libra esterlina, necesaria para
mantener competitivas las exportaciones argentinas a Gran Bretaña, era como mínimo del 32 por 100. Esto
superaba la devaluación efectiva del tipo de cambio oficial en toda la déca- da, aunque las marcadas
fluctuaciones de año en año hicieron poco por dar con- fianza en el sector exportador. En cambio, los
exportadores brasileños en el mis- mo período tuvieron una devaluación real del 49 por 100 basada en el tipo de
En el resto de América Latina, el comportamiento de las exportaciones des- pués de 1932 fue sorprendentemente
sólido (véase el cuadro 1.6). De los dieci- siete países que dieron datos sobre el volumen de exportación, sólo
Honduras —además de Argentina y México— sufrió un descenso entre 1932 y 1939. Ade- más, si se toma 1929
como año base, la mitad de los países considerados expe- rimentaron un incremento en el volumen de
exportación pese a las circunstancias excepcionalmente difíciles que predominaron durante toda la década. Tres
factores son responsables del relativamente sólido comportamiento de las exportaciones. El primero fue la
dedicación de los dirigentes a la preserva- ción del sector exportador tradicional —el motor del crecimiento en el
modelo basado en la exportación— a través de un sistema de políticas que iban desde la depreciación del tipo de
fue la alteración de los términos netos de intercambio a partir de 1932. El terce- ro fue la lotería de mercancías que produjo
un número de ganadores procedentes de la lista latinoamericana de exportaciones en los años treinta.
A inicios de los años treinta, muy pocas naciones, si es que hubo alguna, podía permitirse ignorar el sector exportador
tradicional. Esto era particularmen- te exacto respecto a las repúblicas más pequeñas, donde el sector seguía siendo la mayor
fuente de empleo, de acumulación de capital y de poder político. Incluso en los países más grandes, el declive del sector
exportador amenazaba debilitar el sector no exportador como resultado de las conexiones directas e indirectas entre ambos.
Significativamente, de los trece países con datos sobre el PIB real y sobre exportaciones en los años treinta, sólo uno registró
un incremento en las expor- laciones reales y el PIB real a la vez; la excepción fue Argentina, donde —como liemos ya
visto— el volumen de las exportaciones no logró aumentar.
Sin embargo, Argentina es la excepción que confirma la regla. Con mucho era el país más rico de América Latina a inicios de
los años treinta (su único rival en términos de renta per cápita era Uruguay) y tenía la estructura económica más diversificada
y la base industrial más fuerte. El sector no exportador era sufi- cientemente sólido para convertirse en el nuevo motor del
crecimiento en la década de l()3(), de modo cine el PIB real y la exportación real se desplazaron cu direcciones opuestas.
También debe recordarse que los TNI mejoraron significa
32 HISTORIA DE AMERICA LATINA
tivamente en Argentina, lo que dio un impulso a la demanda interna final y al consumo privado después de 1932.
En consecuencia, incluso Argentina no pudo escapar enteramente de su dependencia heredada del sector
exportador. Las medidas para apoyar y promover el sector exportador en América Latina fueron diversas,
complejas y con frecuencia heterodoxas. Sólo seis de las veinte repúblicas (Cuba, Guatemala, Haití, Honduras,
Panamá y la República Domini- cana) rehuyeron toda forma de control sobre el tipo de cambio, prefiriendo más
bien preservar su vinculación al dólar norteamericano anterior a 1930. En otros lugares, la devaluación nominal
fue frecuente y los múltiples tipos de cambio, comunes. Como el caso de Argentina ha mostrado, la devaluación
nominal no implica necesariamente depreciación real, pero el alza interna de los precios era generalmente
modesta, y sólo Bolivia —víctima de las caóticas condiciones financieras creadas por la guerra del Chaco y sus
secuelas— se hundió en un círculo vicioso de elevada inflación interna y devaluación del tipo de cambio. El
descenso del crédito para el sector exportador procedente de fuentes na- cionales y extranjeras a partir de 1929
puso a muchas empresas bajo la amenaza de la ejecución de hipotecas por parte de los bancos. Los gobiernos
intervinieron unánimemente con la moratoria de Ja deuda para impedir la erosión de la base exportadora; en
algunos casos, nuevas instituciones financieras se establecieron con el apoyo o participación del Estado para
canalizar recursos adicionales al sector exportador. Los grupos de presión que representaban intereses exportado-
res se fortalecieron o se establecieron por primera vez y a menudo se redujeron los impuestos a la exportación.
La mejora de los TNI después de 1932 representó un nuevo impulso para el sector exportador. De los quince
países considerados (véase el cuadro 1.6) sólo cuatro registraron un deterioro en el período entre 1932 y 1939.
Dos de éstos (Costa Rica y Honduras) eran importantes exportadores de banana y sufrieron con la corrección a la
baja de los precios de este producto empleada por las gigantescas compañías bananeras en sus transacciones
globales; puesto que estos precios eran artificiales en gran medida, el deterioro de los TNI no fue muy serio en la
práctica. Lo mismo es válido para Venezuela, donde los precios del petró- leo permanecieron bajos y causaron
una caída de los TNI; sin embargo, Vene- zuela comenzó a obtener un valor de retorno más alto de las empresas
petroleras extranjeras después de la caída de Gómez, por medio de la revisión de los con- tratos y un incremento
en el ingreso debido a los impuestos, de modo que el poder de compra de las exportaciones creció
constantemente.19 El único otro país en sufrir una caída de los TNI fue Brasil. El colapso de los precios del café
después de 1929 lo castigó duramente. Un nuevo plan de apoyo al café, financiado en parte por un impuesto a la
exportación de café y en parte por créditos estatales,2" proporcionó recursos para destruir parte de la cosecha;
19. Véase J. McBeth, Juan Vicente Gómez and the OH Companies in Venezuela, 1908- 1935, Cambridge, 1983,
cap. 5. 20. El impacto macroeconómico de este pian de financiación ha sido muy discutido. Véanse, por ejemplo,
Celso Furtado, The Economic Growth of Brazil, Berkeley, Cal., 1963, y C. Peláez, Historia da industrializagcio
brasileira, Río de Janeiro, 1972. Hay un excelente exa- men del debate, favorable en general a la interpretación
de Furtado que ve el plan como expan- sivo, en A. Fishlow, «Origiñs and Consequences of Import Substitution in
Brazil», en L. Di Marco, ed., International Economics and Development, Nueva York, 1972.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 33
esto redujo la oferta que llegaba al mercado mundial y permitió a Brasil vender a precios más altos en dólares, lo
cual no habría sido posible de otra manera. Al mismo tiempo, la devaluación elevó el precio del café en moneda
local, de modo que la caída de los ingresos procedentes del café fue mucho más severa de lo que implicaba el
deterioro de los TNI. Sin embargo, ninguna resolución con los instrumentos disponibles podía ocultar el hecho de
que el sector cafeta- lero estaba en una crisis profunda. Como el precio relativo del algodón respecto al del café
se elevó en los años treinta, hubo una reasignación de recursos que hizo que la producción y la exportación
brasileña de algodón se disparasen. Entre 1932 y 1939 el área plantada de algodón aumentó casi cuatro veces y la
producción casi seis, mientras que la exportación creció tan rápidamente que en términos de volumen se
incrementó más rápido que en cualquier otra república (véase el cuadro 1.6). Las ganancias brasileñas en dólares
procedentes de la exportación pueden considerarse bajas, pero el crecimiento en términos de volu- men y de
moneda local fue mucho más impresionante. La lotería mercantil produjo una serie de ganadores y perdedores en
Améri- ca Latina. El principal perdedor fue Argentina, porque sus exportaciones tradi- cionales fueron
perjudicadas debido a su dependencia del mercado británico. Las exportaciones cubanas de tabaco, incluidos los
cigarros, también perdieron y sufrieron seriamente con las medidas proteccionistas adoptadas por el mercado
norteamericano. Los principales ganadores fueron los exportadores de oro y plata a medida que los precios
subieron notoriamente en la década de los treinta. Esta bonanza de la lotería benefició a Colombia y Nicaragua,
con respecto al oro, y a México, con respecto a la plata. Bolivia se benefició del alza de los precios del estaño
lograda por la Comisión Internacional del Estaño después de 1931. Tam- bién Chile, después de sufrir la caída
más drástica en los precios de exportación durante los peores años de la depresión, vio sus TNI crecer en un
promedio del 18,6 por 100 al año entre 1932 y 1939 cuando el rearme comenzó a reflejarse en los precios del
cobre. Finalmente, la República Dominicana aprovechó su posi- ción independiente del Convenio Internacional
del Azúcar para obtener precios más altos y mayores volúmenes de ventas de azúcar. La recuperación del sector
de exportación tradicional fue la principal razón para el crecimiento de los volúmenes de exportación a partir de
1932. La diversi- ficación de las exportaciones (con excepción del algodón en Brasil) fue de impor- tancia
limitada, caracterizada por algunos ensayos esporádicos tales como la pro- ducción de algodón en El Salvador y
Nicaragua, y de cacao en Costa Rica (en plantaciones bananeras abandonadas). Sin embargo, el auge de la
Alemania nazi y de su agresiva política comercial basada en el aski-mark hizo que la distri- bución geográfica del
comercio exterior cambiara de forma significativa. En 1938, el último año no afectado por la guerra, Alemania
recibía el 10,3 por 100 de to- das las exportaciones latinoamericanas y proporcionaba el 17,1 por 100 de todas las
importaciones comparados con el 7,7 por 100 y el 10,9 por 100 respectiva- mente en 1930. La gran perdedora a
causa de esta creciente participación alema- na resultó ser Gran Bretaña, aunque el mercado de Estados Unidos
también se contrajo para las exportaciones latinoamericanas (del 33,4 por 100 en 1930 al 31,5 por 100 en 1938).
La mayor importancia del mercado alemán se debió en gran parte a la po- lítica comercial del Tercer Reicli. líl
el aski-mark inconvertible era ofrecer precios más altos por sus exportaciones tradicionales; por ejemplo, para
Brasil, Colombia y Costa Rica, que buscaban nuevos mercados para el café, el mercado alemán adquirió una
creciente impor- tancia y su pérdida, al estallar la guerra, les acarrearía graves problemas. Uruguay, que tenía
problemas para acceder al mercado británico, vio crecer sus exporta- ciones al 23,5 por 100 del total en 1935. En
cambio, los convenios comerciales recíprocos promovidos por Cordell Hull no consiguieron un crecimiento de la
participación en el mercado de Estados Unidos, aunque contribuyeron a un incre- mento del valor absoluto del
comercio hasta la depresión de 1938. A finales de la década, el sector exportador todavía no había recuperado to-
talmente su inicial importancia, pero había contribuido en parte a la recuperación del PIB real desde 1932. Al
comparar 1928 y 1938 (véase el cuadro 1.1), se apre- cia que la mayoría de países considerados experimentó un
descenso en el índice de las exportaciones reales con respecto al PIB real; sin embargo, sólo en México,
Honduras y Argentina —los casos especiales ya examinados— hubo un descen- so significativo e incluso Brasil
tuvo un incremento. La recuperación del volumen de exportación en la mayoría de países latino- americanos
contribuye a explicar el brusco crecimiento del volumen de las im- portaciones a partir de 1932 (véase el cuadro
1.6). Sin embargo, esta no es la his- toria completa en lo que respecta al volumen de importaciones recobrado en
cada caso considerado (incluidos los tres donde el volumen de la exportación descen- dió). Las explicaciones
adicionales sobre el movimiento de las importaciones las proporcionan los cambios en los términos netos de
intercambio y las reducciones en los pagos de factores debido al atraso en el pago de la deuda, al control del tipo
de cambio y a la caída en los rendimientos de ganancias. De esta manera, incluso en Argentina —donde la deuda
externa fue pagada puntualmente y el volumen de las exportaciones cayó— los movimientos favorables en los
TN1 y la reducción de las remesas de utilidades hicieron posible un incremento anual en el volumen de
importaciones del 4,6 por 100 entre 1932 y 1939. El crecimiento del volumen de artículos importados en cada
república a par- tir de 1932 es tan sorprendente que vale la pena examinar la correlación entre los cambios en las
importaciones reales y el PIB real. Para doce de las naciones de las que existen datos disponibles —es decir,
todas aquellas del cuadro 1.1 excepto Uruguay— era positiva, con un coeficiente de correlación en mínimos
cuadrados de 0,75 por lo menos —el cual es significativo al nivel del 1 por 100. Tomando en cuenta la opinión
común de que los años treinta fueron un período de recuperación económica sostenido por la industrialización de
sustitución de importaciones y la contracción de la importación, este resultado es un saludable recordatorio de la
importancia abrumadora del sector externo y del comercio exterior aun después de la depresión de 1929. Vale la
pena explorar este punto más profundamente ya que el punto de vis- ta común está tan firmemente arraigado. La
sustitución de importaciones en la industria fue en efecto importante, como veremos en la siguiente sección, y
du- rante el decenio comprendido entre 1928 y 1938 el índice de importación real cayó respecto al PIB real. Sin
embargo, la contracción de la importación fue más seria en los peores años de la depresión (1930-1932) y ejerció
una intensa presión sobre las importaciones de bienes de consumo. A partir de 1932, el crecimiento industrial fue
La recuperación del sector exportador, sea en términos de volumen, o sea en términos de precios y en muchos
casos en ambos términos, contribuyó al creci- miento de las economías latinoamericanas en la década de 1930. El
renacimien- to del sector exportador, junto con políticas monetarias y fiscales poco estrictas, produjeron una
expansión de la demanda interna final nominal. Ésta correspon- dió a un incremento en la demanda interna final
real que permitió al sector no exportador expandirse rápidamente en algunos casos, pues los incrementos del
precio se mantuvieron en un nivel muy modesto en la mayoría de repúblicas. El sector manufacturero fue el
principal beneficiado, aunque la agricultura para con- sumo interno (ACI) también creció y hubo un incremento
significativo en algu- nas actividades no comercializables como la construcción y el transporte. Argentina fue el
único país donde la recuperación del PIB real no estuvo aso- ciada con la recuperación del sector exportador. Por
el contrario, los valores nominal y real de las exportaciones continuaron descendiendo en Argentina muchos años
después de que el PIB real alcanzase su nadir en 1932. Sin embar- go, Argentina tenía una estructura industrial
más amplia y más sofisticada (con excepción de los textiles) que cualquier otra nación a finales de los años
veinte y esta madurez industrial permitió al sector manufacturero sacar de la recesión a la economía argentina
respondiendo a la abrupta alteración en los precios relati- vos de bienes extranjeros y bienes locales producida
por la depresión. El cambio de precios relativos —que afectaban a todos los bienes de impor- lación y no sólo a
los bienes manufacturados— surgió por tres razones. Primero, el difundido uso de aranceles específicos en
América Latina significaba que la lasa del arancel comenzaba a subir a medida que los precios de las importacio-
nes caían; los aranceles específicos —una desventaja grave en un período de pre- cios en alza— produjo una
progresiva protección en tiempos de precios decre- cientes, incluso sin la intervención estatal; sin embargo, la
mayoría de repúblicas respondieron a la depresión con la subida de aranceles, dando así un mayor ajus- te a la
protección nominal. Estos incrementos estuvieron en muchos casos dirigidos a elevar los ingresos fiscales
principalmente, pero —como es habitual— actua- ron como una barrera proteccionista contra la importación.
Venezuela, por ejem- plo, vio la tasa promedio de los aranceles elevarse desde el 25 por 100 a finales de los años
La segunda razón para la alteración de los precios relativos fue la deprecia- ción del tipo de cambio. A inicios
de la década de 1930, cuando prácticamente ¡os precios estaban en descenso en todas partes, una depreciación
nominal del tipo de cambio era una garantía razonable de devaluación real. A mediados de los años treinta,
dados los pequeños incrementos de precios en algunos países, la devaluación real sólo quedaba asegurada si la
depreciación nominal excedía la diferencia entre los cambios de los precios internos y los externos. Muchos paí-
ses, particularmente los más grandes, cumplieron estas condiciones y la política cambiaría se convirtió en un
instrumento poderoso para reorientar los precios rela- tivos en favor de los bienes producidos internamente que
competían con las importaciones. Aquellas repúblicas que utilizaban múltiples tipos de cambio (la mayoría en
América del Sur), tuvieron una oportunidad adicional para elevar el costo en moneda nacional de aquellos
bienes de consumo importados que las empresas locales estaban en mejores condiciones de producir. El control
de cambios proporcionó la tercera razón para la alteración de los precios relativos. Las cuotas de divisas para las
importaciones de carácter sun- tuario efectivamente elevaron su costo en moneda nacional incluso sin devalua-
ción real. De esa forma, algunos de los países que mantenían la paridad de su tipo de cambio con el dólar
norteamericano todavía disfrutaron de una devalua- ción de fado como resultado del control de cambios. La
excepción notable es Venezuela, donde el bolívar se apreció fuertemente frente al dólar e hizo desa- parecer
gran parte de la ventaja que ofrecía el incremento de los aranceles. La alteración de los precios relativos,
sumada al control del cambio en muchos casos, proporcionó una oportunidad excelente a los manufactureros en
aquellos países donde la industria ya estaba afirmada. Aquellos países donde el sector manufacturero tenía
capacidad disponible antes de 1929 estuvieron mejor preparados incluso; en ellos, la producción podía
responder inmediatamen- te a la recuperación de la demanda interna y a la alteración de los precios relati- vos
sin necesidad de costosas inversiones que dependieran de bienes de capital importados. Un grupo de países
latinoamericanos se hallaba en esta situación. Se ha men- cionado ya a Argentina. Brasil, aunque mucho más
pobre que Argentina, había estado desarrollando de modo constante su base industrial y había aprovechado las
favorables circunstancias de los años veinte para expandir su capacidad ma- nufacturera. México había tenido
una ola de inversiones industriales durante el porfiriato y, después del tumulto revolucionario, había comenzado
a invertir otra vez en modesta escala. Entre los países medianos, Chile había construido con éxito una base
industrial relativamente sofisticada incluso antes de la primera guerra mundial, y Perú había disfrutado de un
auge de inversiones industriales en la década de 1890 que sólo se sostuvo en períodos de precios relativos
favora- bles posteriormente. Colombia, cuyo progreso industrial había quedado detenido por su fracaso en
construir un fuerte mercado interno en el siglo xix, comenzó finalmente a formar una importante base industrial
en los años veinte. Entre las repúblicas más pequeñas, sólo se puede considerar a Uruguay que había estable-
cido un sector manufacturero moderno con empresas atraídas por la concentración de población y altos ingresos
en Montevideo, la capital. Estas siete repúblicas eran las mejor situadas para aprovechar las condicio- nes
(I) (2) (3) (4) Argentina 7,3 22,7 122 12,7 Brasil 7,6 14,5 24 20,2 Chile 7,7 18,0'- 79 25,1 Colombia 11,8 9,1 17
32,1 México 11,9 16,0 39 20,1 Perú 6,4" 10,0d 29 s.d. Uruguay 5,3* 15,9 84 7,0
NOTAS: (1) Tasa anual de crecimiento de la producción manufacturera neta, 1932-1939. (2) índice (%) de la
producción manufacturera neta respecto al PIB en 1939 (precios de 1970). (3) Producción manufacturera neta per
cápita (en dólares de 1970 traducidos al cambio oficial), c. 1939. (4) Número de trabajadores por
establecimiento, c, 1939. " 1933-1938;* 1930-1939; '• 1940; d 1938. FUENTES: Véase el cuadro 1.1; también, G.
Wythe, Industry in Latín America, Nueva York, 1945; C. Boloña, «Tariff Policies in Perú, 1880-1980», tesis
na se comenzó a restablecer. En efecto, la tasa anual de crecimiento de la pro- ducción manufacturera neta superó
el 10 por 100 en unos cuantos casos (véase el cuadro 1.7). Aunque la capacidad disponible fue utilizada primero
para sa- tisfacer el incremento de la demanda, ésta había comenzado a quedar agotada a mediados de la década.
En México, las gigantescas fundiciones de hierro y acero en Monterrey —no rentables durante la mayor parte del
siglo— fueron finalmente capaces de rendir saludables dividendos cuando la capacidad utiliza- da llegó al 80 por
100 en 1936." Por consiguiente, la demanda sólo pudo ser satisfecha con nuevas inversiones que implicaban la
compra de bienes de capital importados. De ese modo, la industrialización comenzó a modificar la estructura de
las importaciones con una proporción decreciente de bienes de consumo y una creciente proporción de bienes
intermedios y de capital. Argentina siguió siendo la nación más industrializada, tanto en términos de la
participación de las manufacturas en el PIB como en los de la producción manu- facturera per cápita (véase el
cuadro 1.7). Sin embargo, el sector manufacturero brasileño hizo considerables progresos en la década de 1930.
Pese al descenso del precio mundial del café, el ingreso en moneda nacional derivado del café se redu- jo mucho
menos gracias al programa de apoyo al café, y las exportaciones de algodón proporcionaron una dinámica nueva
fuente de ganancias. Al mismo tiem- po, la combinación entre depreciación real, alza de aranceles y control de
cambios dio a los consumidores un fuerte incentivo para sustituir los artículos importados
??,. Véase S. Haber, Indiisirv and Undcrdcvelopmcnt: llw IndusírializcUion of Mc.xico, IN'H) l')-l(). Slanlord,
por productos locales. Este estímulo estaba operando en otros países, pero sus limitaciones de la capacidad
impidieron muchas veces a las empresas responder más positivamente. No obstante, la capacidad manufacturera
en Rrasil había sido notablemente ampliada debido al alto grado de importaciones de bienes de capi- tal posible
durante la década de 1920. En consecuencia, las empresas brasileñas estuvieron preparadas para satisfacer la
demanda no sólo en las industrias tradi- cionales, como los textiles, los zapatos, los sombreros, sino también en
nuevas industrias que producían bienes de consumo duradero e intermedio. Incluso la industria brasileña de
bienes de capital avanzó en los años treinta. Sin embargo, su participación en el valor agregado fue sólo del 4,9
por 100 en 1939.23 La industrialización brasileña, por tanto, se mantuvo acentuadamente dependiente de la
importación de bienes de capital, y por eso las limitaciones de la capacidad comenzaron a reaparecer a finales de
los años treinta en varias ramas. Al igual que en otros grandes países latinoamericanos, estas restricciones de la
capacidad industrial incentivaron las tareas que empleaban trabajo intensivo y la sustitución del capital por
trabajo donde quiera que fuera posible. El em- pleo manufacturero creció en Brasil rápidamente, favoreciendo
particularmente a Sao Paulo donde la tasa de crecimiento se mantuvo por encima del 10 por 100 a partir de 1932.
En efecto, los insumos del trabajo «explican» la mayor parte del crecimiento de la industria brasileña en los años
treinta, pues los incrementos de la productividad fueron reducidos. En consecuencia, ¡a eficiencia de esta indus-
trialización y la capacidad de las empresas para competir internacionalmente pueden ser puestas en duda. La
industrialización en los años treinta provocó un cambio importante en la composición de la producción industrial
en los principales países latinoamerica- nos. Aunque los textiles y los alimentos elaborados continuaron siendo
las ramas más importantes de las manufacturas, varios sectores nuevos comenzaron a adqui- rir importancia por
primera vez, entre los que se contaban los bienes de consumo duraderos, productos químicos (incluidos los
productos farmacéuticos), metales y papel. El mercado para los bienes industriales comenzó también a
diversificarse; aunque la mayoría de empresas continuó vendiendo bienes de consumo (durade- ros y
perecederos) a los hogares, las relaciones interindustriales se hicieron más complejas, toda vez que un conjunto
de establecimientos proveía de insumos necesarios a otras industrias, que antes los solían comprar en el
extranjero. Estos cambios fueron significativos, pero no deben ser exagerados. A finales de la década de 1930,
por ejemplo, la participación de la industria en el PIB era todavía modesta (véase el cuadro 1.7). Sólo en
Argentina la participación supe- raría el 20 por 100 e incluso allí la agricultura era todavía más importante. Pese
a su reciente esfuerzo industrial, el sector manufacturero de Colombia represen- taba menos del 10 por 100 del
PIB real en 1939. Brasil y México habían hecho un progreso destacado hacia la industrialización, pero el
producto neto de las manufacturas per cápita en ambos países estaba muy por debajo de los niveles en Argentina,
Chile y Uruguay (véase el cuadro 1.7). Hubo otros problemas que el sector industrial afrontó en los años treinta.
Atraído por el muy protegido mercado interno, este sector no tenía incentivos
23. Véase Fishlow, «Origins and Consequences of Import Substitution in Brazil», cua- dro VII.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 39
para superar sus abundantes ineficiencias y para comenzar a competir en el mer- cado exportador. A finales de la
década de 1930, el sector era todavía de una escala diminuta con un número promedio de trabajadores por
establecimiento que iba del 7,0 en Uruguay al 32,1 en Colombia (véase el cuadro 1.7). La pro- ductividad de la
fuerza de trabajo era también baja, el valor añadido por trabaja- dor incluso en Argentina era un cuarto del nivel
de Estados Unidos, y en la mayoría de países más de la mitad de la fuerza laboral estaba empleada en la pro-
ducción de alimentos y textiles. Los problemas de la baja productividad del sector industrial pueden atribuir- se a
la escasez de electricidad, la falta de trabajo cualificado, el acceso restringi- do al crédito y el uso de maquinaria
anticuada. A finales de los años treinta, los gobiernos de varios países aceptaron la necesidad de una intervención
estatal indi- recta en favor del sector industrial y establecieron varios organismos estatales para promover la
formación de nuevas actividades manufactureras con economías de escala y maquinaria moderna. Un notable
ejemplo fue la Corporación de Fomen- to de la Producción (CORFO) de Chile, así como corporaciones similares
para el desarrollo formadas en Argentina, Brasil, México, Bolivia, Perú, Colombia y Ve- nezuela. La mayor parte
de estas corporaciones aparecieron demasiado tarde como para tener gran impacto sobre los desarrollos
industriales en curso en los años treinta —CORFO, por ejemplo, se formó en 1939—, de modo que su influencia
se apreció más en la década de 1940. En unos pocos casos, la intervención estatal fue más bien directa que in-
directa. La nacionalización de la industria del petróleo en México en 1938 puso las refinerías petroleras bajo
dominio público; la propiedad estatal en el Uruguay socialdemócrata se extendió a las plantas cementeras y a las
procesadoras de car- ne. Sin embargo, la industria fue generalmente controlada por intereses privados internos,
entre los que desempeñaron un papel vital los inmigrantes recién llega- dos de España, Italia y Alemania. ¡Sólo
en Argentina, Brasil y México hubo filia- les de propiedad extranjera de compañías internacionales importantes e
incluso en esos países su aporte a la producción industrial global fue pequeña. El cambio en los precios relativos
de los bienes nacionales y extranjeros favoreció a la agricultura de sustitución de importaciones (ASI) tanto como
al ISI. El modelo basado en la exportación antes de 1929 había llevado la espe- cialización hasta el extremo de
que la importación de muchos alimentos y ma- terias primas era necesaria para satisfacer la demanda interna. El
cambio en los precios relativos proporcionó una oportunidad para modificar esto y alentó la producción de la
agricultura para el consumo interno (ACI). La expansión de la agricultura para el mercado interno fue
particularmente impresionante en el área del Caribe. Estas pequeñas repúblicas, que carecían de una base
industrial significativa, tuvieron en la ASI una manera fácil de com- pensar la falta de oportunidades en la ISI. A
extranjera habían creado una gran demanda de alimentos importados para alimentar al pro- letariado rural y la
creciente población de los centros urbanos; con un excedente de tierra y trabajo, sumado a los incentivos
proporcionados por el cambio en los precios relativos, fue comparativamente una cuestión sencilla expandir la
pro- ducción inlerna a cosía de las importaciones. Aunque la ASI íuc unís importadle en las pequeñas repúblicas
de América
40 HISTORIA DE AMERICA LATINA
Central y el Caribe, afectó también a América del Sur. Se puede discernir una pauta clara para muchos productos
agrícolas, cuya importación sufrió un brutal descenso en la depresión a consecuencia del colapso del poder de
compra y que luego no pudieron recobrar el alto nivel anterior a la depresión, mientras que la producción interna
de alimentos y materias primas crecía. Las principales excep- ciones (por ejemplo; algodón, cáñamo) fueron
todas materias primas requeridas por el sector industrial en rápida expansión, de modo que los artículos importa-
dos siguieron siendo importantes. El cambio en los precios relativos de los bienes nacionales y extranjeros fue un
factor importante para la expansión de la ACI y la industria. Sin embargo, los bienes y servicios no
economía real y la recuperación de la demanda nacional final. La orientación de recursos hacia el sector indus-
estimularon nuevas inversiones en fuentes de elec- tricidad (incluidas presas hidroeléctricas), la explotación
petrolera y las refine- rías de petróleo. El desfase entre oferta y demanda fue un problema constante durante la
mayor parte de la década de 1930, pero la existencia de un exceso de demanda fue un estímulo poderoso para el
construcción se benefició también de las inversiones en el sistema de transportes. En los años treinta, el auge
ferroviario de América Latina había concluido, pero la región apenas había comenzado a desarrollar el sistema
vial necesario para satisfacer la demanda de camiones, autobuses y auto- móviles. La construcción de carreteras
—predominantemente financiada por el Estado— tuvo el gran mérito de utilizar trabajo y materias primas locales
y de no ser notoriamente dependiente de importaciones complementarias. En toda América Latina hubo una
expansión de la red vial en los años treinta, con un cre- cimiento particularmente impresionante en Argentina,
que proporcionó una opor- tunidad para absorber a la fuerza de trabajo desempleada en muchas áreas rurales. La
expansión del sistema vial requirió un incremento del gasto público que implicó una presión adicional sobre los
limitados recursos fiscales del Estado. Algunos gobiernos autoritarios, tales como el régimen de Ubico en
Guatemala, recurrieron a la coerción para obtener la fuerza laboral necesaria para la expan- sión del sistema vial.
Una vez edificada, sin embargo, la red vial permitió a las regiones aisladas comercializar el excedente agrícola y
contribuir al crecimiento de la ACI, lo cual se ha demostrado claramente en el caso del Brasil.24 El sistema de
transporte aéreo también se amplió rápidamente en la década de 1930, aunque comenzó desde un nivel tan bajo
que su capacidad para trans- portar pasajeros y carga se encontraba estrictamente limitada a finales del dece- nio.
Sin embargo, en países donde la geografía impedía o dificultaba los viajes por tren o por autopista, la creación de
un sistema de transporte aéreo fue un paso importante hacia la modernización y la integración nacional. En
Honduras, por ejemplo, donde el presidente Carias otorgó el monopolio a un empresario neoze- landés como
civiles en cazabombarderos durante la guerra civil de 1932, los recién organiza- dos Transportes Aéreos
Centroamericanos (TACA) tuvieron una participación importante al comunicar las aisladas provincias orientales
con la capital. Finalmente, mientras la depresión en Europa y América del Norte se abría paso en el sistema
financiero de los países desarrollados, con la retirada masiva de depósitos y el colapso bancario convertidos en
experiencia normal, América Latina pasó los peores años de la depresión con apenas un daño limitado a su sis-
tema financiero. Además, los años treinta presenciaron la creación de nuevos bancos centrales, la expansión de
las compañías de seguros y el crecimiento de la banca secundaria (incluidas las corporaciones estatales para el
desarrollo). La estabilidad del sistema financiero fue muy notable si se considera la estre- cha relación entre
muchos bancos y el sector exportador. Como el valor de los ingresos de la exportación se hundió a partir de
1929, muchos exportadores no pudieron cumplir sus Compromisos financieros y la situación empeoró más para
los bancos cuando los gobiernos declararon una moratoria de las ejecuciones de hipotecas. Sin embargo, las
reformas financieras generales de los años veinte (impulsadas en muchos casos por el profesor Kemmerer)
habían llevado a la creación de un sistema financiero más fuerte en América Latina con reglas cla- ramente
definidas en el período de la depresión. La novedad del sistema hizo que en muchos países los índices de la
reserva en metálico estuvieran por encima de los límites legales, lo que permitió absorber el inevitable declive de
depósitos. Una segunda explicación para la supervivencia del sistema bancario la da el con- trol de cambios. Las
estrechas relaciones entre los bancos en América Latina y las instituciones financieras extranjeras habían
generado una gran dependencia respecto a los fondos extranjeros; la existencia del control de cambios rescató a
un conjunto de bancos de la obligación de hacer pagos de interés o de capital a los acreedores externos, lo que de
otra manera podría haber ocasionado su banca- rrota. De todas formas, quizá la más importante razón fue el papel
del sistema bancario en financiar el déficit presupuestario de la década de 1930. Los bancos contribuyeron
generosamente a la emisión de bonos locales por los gobiernos y fueron premiados con un flujo constante de
pagos de intereses; la financiación bancaria del déficit puede haber contribuido al alza de precios en América
Lati- na a partir de inicios de los treinta, pero la inflación se mantuvo reducida y el cobro de intereses se convirtió
en una útil fuente de ingresos para los bancos. Además, cuando el sector exportador comenzó a recuperarse, los
bancos fueron capaces de retornar a una relación más normal con muchos de sus clientes tradi- cionales y
algunos comenzaron a aprovechar las nuevas oportunidades que se abrían fuera del sector exportador.
La recuperación de América Latina en los años treinta fue rápida (véase el cuadro 1.6). El PIB real en Colombia,
donde la depresión había sido relativa- mente suave, superó el nivel más alto anterior a la depresión ya en 1932.
Brasil lo consiguió en 1933, México en 1934, y Argentina, El Salvador y Guatemala en 1935. Chile y Cuba,
donde la depresión fue particularmente seria, tuvieron que esperar hasta 1937, mientras la infortunada Honduras
—abrumadoramente de- pendiente de la exportación de bananas— tuvo que esperar hasta 1945. Con una
población que crecía alrededor del 2 por 100 por año, la mayoría de los países habían recuperado el nivel anterior
a la depresión del PIB real per cápita a fina- les de 1930. I ,as excepciones más graves fueron Honduras y
Nicaragua.
42 HISTORIA DE AMERICA LATINA
CONCLUSIÓN
La depresión mundial que comenzó a finales de los años veinte se transmitió a América Latina a través del sector
externo. En casi todos los casos, la recupe- ración de la depresión se asoció también a la recuperación del sector
externo. El crecimiento de las exportaciones, unido al cese del pago de la deuda, a una reducción de las remesas
de utilidades, y a una mejora de los TNI, permitió un crecimiento sustancial en el volumen de las importaciones,
con el cual se halla en estrecha correlación el crecimiento del P1B real en la década de 1930. Se combinaron
políticas fiscales y monetarias poco estrictas, el cambio en los pre- cios relativos favorable a la producción
interna que competía con las importa- ciones y el acceso a artículos de importación complementarios mediante
una menor restricción de la balanza de pagos, para producir un cambio estructural significativo en la década de
1930, que favoreció particularmente al sector manufacturero en los países más grandes y la agricultura para
consumo interno en los más pequeños. El comportamiento de las economías latinoamericanas en los años treinta
no debería ser visto entonces como un «momento decisivo», como se ha expresado tan frecuentemente, aunque la
década sí marcó un hito importante en la transi- ción del crecimiento basado en las exportaciones tradicionales a
la ISI. Es ver- dad que el sector industrial era particularmente dinámico y que crecía más rápi- do que el PIB real
en la mayoría de países. Pero esto había ocurrido también en los años veinte. Sólo en el caso de Argentina, donde
el sector manufacturero lide- ró la recuperación de la depresión a inicios de los años treinta, se puede sostener
que, a comienzos de la década, la economía había alcanzado un nivel suficiente- mente avanzado para que su
funcionamiento no pudiera ser afectado seriamente por el descenso del volumen de la exportación. En otras
partes, no hay evidencia de que los países más grandes, con una base industrial más amplia, se hayan desenvuelto
mejor que los más pequeños, carentes prácticamente de un sector manufacturero moderno; en ambos casos, su
resultado dependió en alto grado de la recuperación de la capacidad de importar y, en el caso argentino, incluso
fue sensible a la significativa mejora de los TNI a partir de 1933. Sin embargo, se puede argumentar que el
crecimiento industrial había produ- cido un cambio tanto cualitativo como cuantitativo en la estructura de las
econo- mías de las repúblicas más grandes a finales del decenio. En los años cuarenta y cincuenta, estos cambios
maduraron hasta el punto de que la industria y el PIB real en muchas repúblicas fueron capaces de orientarse en
la dirección opuesta a la exportación de bienes primarios, por lo que el modelo de crecimiento ba- sado en la
exportación dejó de ser una descripción adecuada de su funciona- miento. En consecuencia, los cambios en los
años treinta pueden ser vistos como los que establecieron los fundamentos para una transición hacia el modelo
puro de sustitución de importaciones, que alcanzó su fase más intensa en las décadas de 1950 y 1960. Con
seguridad, esto es exacto respecto a Brasil, Chile y México, que se habían sumado a Argentina a finales de los
años treinta como los únicos países que habían impulsado la industrialización y el cambio estructural hasta con-
seguir que la demanda interna no fuera ya determinada por el sector exportador. El cambio más importante en la
década de 1930 consistió en susliluir las
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1929-1939 43
políticas económicas autorreguladoras por el uso de instrumentos de política que tenían que ser activados por las
autoridades. A finales de los años veinte, la fide- lidad al patrón oro había dejado a la mayoría de repúblicas
latinoamericanas sin una política cambiaría independiente; el funcionamiento del patrón oro también hizo que la
política monetaria fuera predominantemente pasiva, donde los flujos de entrada y salida del oro condicionaban
los movimientos en la oferta moneta- ria para producir el ajuste automático al equilibrio externo e interno.
Incluso la política fiscal había perdido mucha de su importancia; en las repúblicas más pequeñas, la diplomacia
del dólar y un gran número de condicionamientos habían llevado en muchos casos al control extranjero de los
aranceles —la fuen- te más importante de rentas fiscales—, y en los países más grandes, la «danza de los
millones» había vuelto más fácil financiar el gasto con préstamos externos que mediante la reforma fiscal. El
hundimiento del patrón oro forzó a todos los países a tratar la cuestión de la política cambiaría. Unas cuantas
repúblicas (pequeñas) se inclinaron por vincu- larse al dólar norteamericano, abandonando así el tipo de cambio
como un ins- trumento activo. La mayoría de países, incluidos algunos pequeños, optaron por un tipo de cambio
controlado. En economías de gran apertura, el tipo de cambio tiene un efecto inmediato y potente sobre los
precios de muchos bienes, de ma- nera que es el único determinante de importancia de los precios relativos y de
la asignación de los recursos; una política cambiaría independiente también alienta la formación de grupos de
presión para influir a los gobiernos en favor de las alteraciones en el tipo de cambio que favorezcan sus intereses.
No es sorpren- dente que muchos países de América Latina en los años treinta optaran por un sistema de
múltiples tipos de cambio para equilibrar estas presiones competiti- vas. Esa es la razón de que en 1945, después
de la Conferencia de Bretton Woods, el recién organizado Fondo Monetario Internacional encontrase que treinta
y uno de los cuarenta países que operaban con sistemas de múltiples tipos de cambio en el mundo eran
latinoamericanos. La constricción de la balanza de pagos en los años treinta, sumada al control estatal, hizo que
el movimiento de divisas —dinero de origen externo— dejara de ser un determinante importante de la oferta
monetaria. En cambio, la moneda de baja ley fue movilizada más por el déficit presupuestario gubernamental y la
política de redescuento del banco central, mientras que los cambios en el índi- ce de reservas afectaron al
multiplicador monetario. Así, los cambios en la oferta monetaria se debieron más a los cambios en la moneda de
origen interno, lo que implicaba la adopción de una política monetaria más activa por casi todas las repúblicas.
Las principales excepciones fueron aquellos países, como Cuba y Panamá, que carecían de un banco central y
fueron, por tanto, incapaces de influenciar la oferta monetaria a través de cambios en la base monetaria. La
recuperación del sector exportador y la capacidad de importar no necesa- riamente implicó un incremento en el
valor del comercio exterior. Por tanto, el ingreso fiscal proveniente de los impuestos al comercio quedó
seriamente afec- tado y la reducción no quedó completamente compensada por la disminución de gastos en el
pago de la deuda externa a causa de la moratoria; la crisis provocó la reforma fiscal y una política fiscal más
activa en todos los países. Una opción preferida fue el alza de los aranceles, aunque se puede detectar un cierto
giro hacia los-impuestos directos renta y propiedad- en los años treinta, así como
44 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
la introducción de una variedad de impuestos indirectos sohx- H > "ir.umo inter- no. A finales de la década, la
correlación entre.el valor del comcum .- -temo y el ingreso fiscal se había relajado, socavando por tanto un
cambiarías, monetarias y fiscales mas apesivas fue tan difundida, que es difícil sustentar la tesis de que las
iipublu as latinoameri- canas pueden dividirse entre grandes países que adopianm politn as -activas» y pequeños
países que siguieron políticas -pasivas-. Aunque ludas las grandes naciones asumieron efectivamente políticas
activas, también lo liicicion muchas pequeñas repúblicas, incluidas Bolivia, Costa Rica, lidiador, Jil Salvador,
Nicara- gua y Uruguay. Los casos más obvios de países pasivos (Cuba, Haití, Honduras y Panamá) fueron todos
semicolonias de Estados Unidos en los años treinta, pero no todas las semicolonias (por ejemplo, Nicaragua)
pueden ser descritas como pasivas. Estos cambios en la utilización de los instrumentos clave de la política eco-
nómica no equivalen a una revolución intelectual. Al contrario, la teoría del desa- rrollo hacia adentro estaba
todavía en sus inicios, el sector exportador era aún dominante y sus partidarios eran aún poderosos políticamente.
No obstante, las opciones afrontadas por los gobernantes en los años treinta en las áreas de polí- tica cambiaría,
monetaria y fiscal marcaron un importante paso en el camino hacia la revolución intelectual asociada a la
Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de la ONU después de la segunda guerra mundial y en el
desa- rrollo explícito de un modelo de sustitución de importaciones. La conducción de la política en los años
treinta mostró que la asignación de recursos podía ser afec- tada sensiblemente por los precios relativos; la
respuesta del sector manufactu- rero en las repúblicas más grandes fue un saludable recordatorio de cuan eficaz
puede ser la política económica. La conducción de la política económica en los años treinta fue bastante exi- tosa
y se compara favorablemente con la experiencia de los años que siguieron a la segunda guerra mundial. La
carencia de experiencia de los dirigentes fue com- pensada de diversas formas. En primer lugar, los funcionarios
a cargo de la polí- tica fiscal y monetaria (por ejemplo, Raúl Prebisch en el Banco Central de Argentina) fueron
casi siempre teenócratas muy preparados que aprovecharon la ignorancia general de la ciencia económica y
fueron capaces de tomar decisiones en un contexto relativamente apolítico. En segundo lugar, una perfecta
previsión y una información perfecta —dos condiciones requeridas para llegar a la conclu- sión de esperanzas
racionales sobre la inefectividad de la política gubernamen- tal— estaban claramente ausentes en los años treinta,
de modo que había mucho menos peligro de que el proyectado impulso de cambio en la política económica fuera
frustrado por la omnisciencia del sector privado. En tercer lugar, la acele- ración de la inflación, el azote de la
política económica en el período posterior a la segunda guerra mundial, era un problema mucho menor en los
años treinta. La ilusión monetaria (basada en parte en la falta de estadísticas de precios), los pre- cios
decrecientes en la economía mundial y la capacidad disponible en la econo- mía interna implicó que las políticas
económicas estaban en menor riesgo de hundirse en el círculo vicioso del déficit presupuestario y de la inflación.
Las políticas fiscales y monetarias poco estrictas en los años treinta sostu- vieron el crecimiento de la demanda
Cárdenas (1934-1940) fortaleció la agricultura no exportadora, el listado se con- virtió en una importante fuente
ele inversión y muchas compañías en los siviores de la'industria y de la construcción comenzaron a apoyarse en
los contratos del sector público. Los años treinta en América Latina no pueden presentarse como una radical
ruptura con el pasado, aunque la década tampoco representa una oportunidad perdida. En un contexto externo
generalmente hostil, la mayoría de países logra- ron reconstruir su sector externo; casi todos expandieron la
producción de artícu- los importables donde era factible, y acrecentaron la oferta de bienes y servicios no
comercializables en el comercio exterior. Estos cambios proporcionaron la base para un crecimiento significativo
del comercio intrarregional a comienzos de los años cuarenta, cuando el acceso a las importaciones del resto del
mundo quedó interrumpido. Los cambios en la política económica de los años treinta fueron generalmente
racionales; una retirada absoluta del sector exportador y la construcción de una economía semicerrada habría
basado en la exportación habría limitado la región a una asignación de recursos que ya no era compatible con una
ventaja comparativa dinámica a largo plazo. Los historiadores económicos, que tratan de detectar el período del
siglo xx en que la política y el comportamiento económicos de América Latina se desca- rriaron seriamente,
latinoamericana durante la segunda guerra mundial y el período que siguió a ésta, poniendo de relieve
señalado en el capítulo anterior, en los años treinta el funciona- miento económico de América Latina estaba aún
basado en la exportación de bienes primarios, aunque en la mayoría de los países la industria creció más rápido
que el producto interior bruto real (PIB). La política económica logró la extraordinaria hazaña de estimular a la
vez las exportaciones primarias y el desarrollo industrial, lo cual fue un importante logro, ya que las
exportaciones primarias eran la principal fuente de divisas para la importación de bienes intermedios y de capital.
Hacia los años cincuenta, sin embargo, América Lati- na se hallaba totalmente aferrada a la industrialización de
sustitución de impor- taciones (ISI), cuya característica clave fue una fuerte discriminación de las exportaciones
combinada con una necesidad mayor de divisas. Es decir, dis- criminaba un sector que era esencial para su
funcionamiento. Debemos com- prender, por tanto, cómo y porqué la política pasó de la relativa coherencia de
los años treinta a las contradicciones de los cincuenta. Este capítulo examina- rá, en primer lugar, el impacto de
la segunda guerra mundial en las economías latinoamericanas y, en segundo lugar, la evolución de las políticas
económicas —y del comportamiento económico— en los años inmediatos a la guerra. El análisis tendrá
necesariamente que abarcar la década de 1950, ya que nuestra conclusión es que el rechazo explícito del viejo
modelo de crecimiento basado en las exportaciones y la consolidación del nuevo modelo de crecimiento de la I
SI y de desarrollo económico hacia adentro ocurrieron, al menos en los paí- ses más j.'.randes, entre finales de los
Arthur Lewis ha descrito los años 1913 a 1939 como «una época de disloca- ción y de experimentación» en la
economía mundial.1 La primera juierra mundial actuó como un catalizador al abrir grietas y mostrar las
cambiantes cslriicluras: hacia 1918 el viejo sistema centrado en Londres y el patrón oro se encontraban en
descomposición, y el dominio de Estados Unidos en los circuitos comerciales y de capital era evidente. Sin
embargo, el sistema no estaba preparado para cam- biar en un sentido real: el pensamiento contemporáneo sólo
podía buscar resta- blecer las viejas formas, volviendo al patrón oro o incluso a una paridad mone- taria
inadecuada. Se omitía el grado en que el viejo sistema había dependido para tener éxito no sólo de un equilibrio
subyacente sino de un único centro, Londres. Como ahora existían más de un centro financiero y una oferta
mucho más amplia de fondos inconstantes a corto plazo, el sistema se hizo peligrosamente inestable. Estados
Unidos, que al finalizar la guerra tenía un balance de créditos a largo plazo de 3.300 millones de dólares
(equivalente a más de un 40 por 100 de sus exportaciones de bienes anuales),2 no adoptó la conducta del
«acreedor cauto» que importa bienes para permitir a los deudores pagar y presta prudentemen- te para proyectos
que fomenten la capacidad de pago. Adoptó, en cambio, polí- ticas proteccionistas y buena parte del capital
exportado por banqueros privados inexperimentados adoptó la forma de préstamos que financiaron proyectos
aven- turados y extravagantes. El crac de 1929 puso en evidencia la debilidad funda- mental del sistema. Por
consiguiente, durante la década de 1930, la mayoría de gobiernos siguieron políticas puramente defensivas
dominadas por un creciente proteccionismo y controles de cambios que sólo permitían un crecimiento lento del
comercio mundial. Hubo poca inversión extranjera durante ese período; en efecto, el flujo principal de capital iba
hacia Estados Unidos que una vez más se convirtió en un deudor neto. Aunque afectado profundamente por la
ruptura del sistema internacional durante la primera guerra mundial y en particular por la depresión de 1939, el
período de 1913 a 1939 no fue para América Latina de depresión generalizada. Por el contrario, especialmente en
los años treinta, se logró un crecimiento sig- nificativo. La industria de sustitución de importaciones surgió como
el sector de vanguardia en la mayoría de los países más grandes y la agricultura para consu- mo interno en
algunos de los más pequeños. En algunos casos notables, como los de Brasil y Colombia, la recuperación
económica ocurrió antes de que las expor- taciones volvieran a los niveles de los años veinte, y se debió en gran
medida a una gestión heterodoxa: controles comerciales, cambiarios y de capital, y gasto público anticíclico. Con
la industrialización y la expansión de la intervención del Estado los prerrequisitos para un nuevo modelo de
crecimiento diferente al mo- delo basado en la exportación comenzaron a tomar forma. Sin embargo, como se ha
depreciación del tipo de cambio y otras medidas, con la ayuda de la recuperación de los términos de intercambio.
Esta política fue necesaria dado el peso económico y político de los sectores primarios en las economías
latinoamericanas. El único país que siguió un sendero diferente fue Argentina, una excepción que confirma la
regla, pues en su caso la diversificación económica había reducido ya el peso del sector primario. Con el estallido
de la guerra en 1939, las repúblicas latinoamericanas se enfrentaron no sólo a problemas legales y políticos
comunes, sino también a pro- blemas económicos comunes, ya que sus fuentes de suministro, sus mercados de
exportación, servicios de transporte y recursos financieros quedaron amenaza- dos.3 Los británicos bloquearon a
Alemania a partir de septiembre de 1939, pero los efectos del bloqueo tardaron en hacerse sentir. En junio de
1940, sin em- bargo, cuando Italia entró en la guerra y Alemania controlaba gran parte de la costa europea,
América Latina había perdido no sólo el mercado alemán, sino la mayor parte del europeo, que había absorbido
el 30 por 100 de las exporta- ciones latinoamericanas y había proporcionado una gran porción de importacio- nes.
Las adquisiciones británicas continuaron pero se limitaban cada vez más a los bienes esenciales —azúcar y
petróleo, pero no tabaco, por ejemplo. El cobre chileno fue reemplazado por suministros de las posesiones
británicas, pero se compró gran cantidad de alimentos y de materias primas en otros países en la costa oriental de
América Latina. En consecuencia, el valor de las importacio- nes británicas de América Latina creció en 1939 y
1940. Pero para preservar las reservas de oro y divisas de Gran Bretaña, estas importaciones tenían que pagar- se,
en lo posible, por medio de una cuenta de esterlinas que sólo podía ser utili- zada para financiar compras en Gran
Bretaña o en sus posesiones y para el pago a los acreedores británicos. Una misión fue enviada a América del Sur
en 1940 para explicar la posición británica, y su deseo de reducir los perjuicios para las economías
latinoamericanas al mínimo, pero cuando ésta ya había partido, el gabinete británico decidió que sería necesario
limitar los volúmenes comprados a los países fuera de la comunidad y posesiones británicas. A su vez, Gran
Bretaña tenía menos para exportar. Las exportaciones a Amé- rica Latina comenzaron a caer en 1941 y
continuaron cayendo. Las crecientes tarifas de carga y los precios en alza contribuyeron a la caída. El principal
pro- blema económico para América Latina comenzó a ser la acumulación de grandes excedentes de exportación
—trigo, maíz, aceite de linaza, café, cacao, azúcar y bananas—, cuyos precios descendieron inevitablemente, y
también de exceden- tes de pieles, madera, algodón, nitratos y metales, aunque de éstos la guerra esta- ba creando
una demanda mayor. Los países más duramente afectados fueron aquellos con conexiones comerciales más
estrechas con Europa que con Estados Unidos. En Brasil, la caída de las exportaciones de café había tenido
inicialmen- tc como contrapeso las compras británicas de carne, pero perdió un tercio de sus antiguos mercados.
quedó cercenado. En Chile, hubo excedentes de productos acucólas, lana y maderas, así como de nitratos. En
junio, Perú había vendido solo MU tercio de su cosecha de algodón. Un país no europeo, Japón, intentó sacar
provecho del bloqueo europeo para proteger su propio abastecimiento de materias primas esenciales lín 1940
forma- lizó un pacto con Argentina, ratificó un acuerdo comercial con lliuj'iiay, firmó un convenio petrolero con
México y sus compras de minerales chilenos y de algodón peruano y brasileño crecieron. I'ero Japón cía incapaz
ilc proporcionar los bienes que América Latina deseaba y que Europa había proporcionado ante- riormente,
además había un fuerte sentimiento antijaponés, bil ímpetu comercial japonés se mantuvo en 1941, pero se vio
obstaculizado cada vez más en la adqui- sición de materias primas cruciales por convenios entre Estados Unidos
y varios países latinoamericanos y por el cierre del canal de Panamá a la navegación japo- nesa. Las relaciones
comerciales quedaron suspendidas con el ataque japonés a Pearl Harbor. Estados Unidos era muy consciente de
los peligros que para la solidaridad panamericana planteaban las dificultades económicas de América Latina. En
la Conferencia de ministros de Asuntos Exteriores americanos, celebrada en Panamá en septiembre de 1939 para
debatió también la coope- ración económica y se tomó la decisión de establecer un Comité Asesor ínter-
americano Económico y Financiero (CAIAEF). El CAIAEF creó a su vez una Comisión Interamericana de
Desarrollo para estimular el incremento de importa- ciones no competitivas a Estados Unidos, el comercio
interamericano y el desa- rrollo de la industria latinoamericana. Esbozó un estatuto para que un Banco
Interamericano ayudase a la estabilización de la moneda y del desarrollo eco- nómico, pero la idea no fue bien
recibida en ese momento. En junio de 1940, el miedo a una Europa dirigida por el Eje impulsó a Roosevelt a
plantear la idea de un gigantesco cártel para controlar el comercio en el hemisferio occidental, pero no tuvo eco.
Sin embargo, se establecieron una Compañía de Reserva de Caucho y una Compañía de Reserva de Metales para
adquirir y almacenar existencias de materias primas estratégicas utilizadas en la producción de armas y
municiones en América Latina y en otras partes. El Banco de Exportación e Importación fue fortalecido con una
inyección de nuevo capital y se convirtió en un instrumento primordial del control de Estados Unidos sobre las
julio de 1940 pidió del CAIAEF que tratase de desarrollar un convenio sobre las mercancías. Para ello planeó la
Convención Interamericana del Café que se llevó a cabo en abril de 1941 y estableció las cuotas básicas de
exportación para los países productores de café. Las compras de productos agrícolas fueron impul- sadas en parte
por el deseo de mantener el suministro fuera del control del Eje y en parte también por la percepción general de
En septiembre de 1940, el Banco de Exportación e Importación había con- certado un convenio con Brasil para
dar un crédito de 20 millones de dólares para construir una planta siderúrgica en Volta Redonda, proyecto al que
Ja em- presa alemana Krupps había mostrado interés en apoyar. En noviembre, la Com- pañía de Reserva de
el estaño boliviano, excepto el producido por las compañías mineras de Patino (los mayores productores), el
cual se vendía a Gran Bretaña. Estados Unidos también compró cobre y nitratos chilenos en gran cantidad. En
consecuencia, el comercio entre Estados Unidos y América Latina creció. En comparación con las de 1938, en
1940 las exportaciones de Estados Unidos a América Latina crecie- ron un 45 por 100 y las importaciones de
América Latina en un 37 por 100.4 Otra tendencia significativa fue el incremento del comercio
interlatinoamericano y los esfuerzos por aumentarlo. Argentina, por ejemplo, firmó convenios con Brasil,
Bolivia, Colombia y Cuba, y ratificó un pacto con Chile. De modo que Estados Unidos comprendía muy bien
que la defensa hemis- férica tenía tanto fundamentos económicos como políticos y militares. Se ha- bían
propuesto varios medios para enfrentarse con los excedentes de exportación y los precios decrecientes y para
fortalecer las economías latinoamericanas, y se habían tomado algunas medidas prácticas. Pero, aunque las
exportaciones de América Latina a Estados Unidos habían crecido, el incremento de las expor- taciones de
Estados Unidos a América Latina había sido mucho más grande. A finales de 1940, América Latina tuvo un
enorme balance comercial negativo con Estados Unidos. A raíz del ataque contra Pearl Harbor, Estados Unidos
se involucró más pro- fundamente en la guerra y entró a combatir no sólo contra Japón, sino con Ale- mania e
Italia en diciembre de 1941, con lo que América Latina quedó más gra- vemente afectada. En primer lugar,
Estados Unidos exigió un compromiso con la causa aliada. En segundo lugar, se abrieron posibilidades de
mayor ayuda eco- nómica a cambio de su solidaridad y apoyo y en respuesta a las crecientes nece- sidades
estratégicas. En la Conferencia de ministros de Asuntos Exteriores en Río de Janeiro en enero de 1942 se tomó
la decisión de romper las relaciones comerciales y diplomáticas con las potencias del Eje: sólo los países del
cono sur se mantuvieron distantes de esta posición. La postura de México cambió radical- mente a lo largo de
1941 en favor de una intensa colaboración con Estados Uni- dos. México y la mayoría de países
centroamericanos y caribeños declararon la guerra inmediatamente después de Pearl Harbor. En agosto de 1942
Brasil fue el primer país suramericano en declarar formalmente la guerra. Fue seguido por Bolivia en abril de
1943, y Colombia en 1944. Los beneficios llegaron rápidamente. Al convenio previo para comprar esta- ño
boliviano siguieron una serie de convenios para la compra de materiales es- tratégicos de México, Brasil, Chile,
Perú y Argentina. En consecuencia, la de- manda de ciertos productos, anteriormente excedentarios, amenazó
con superar a la oferta, y la de otros bienes, incluidos varios productos agrícolas y forestales, creció
considerablemente. El Banco de Exportación e Importación ofreció en- tonces créditos para la construcción de
y para proyectos de desarrollo. En Brasil, Estados Unidos dio prioridad especial a los encargos de acero,
maquinaria y equipos en Volta Redonda, y decidió facilitar í'encialmente el envío de materiales requeridos por
la industria brasileña. La misión Cooke a Brasil (1942) fue una de las numerosas misiones de cooperación
Estados Unidos y las exportaciones contribuyeron a organizar la Corporación Peruana del Santa (hierro y acero).
Se formalizaron convenios para la estabili- zación en varios países, incluidos Brasil y México. La inversión,
pública y priva- da, de Estados Unidos en América Latina comenzó a crecer, particularmente en las áreas
esenciales de transporte y comunicaciones. En 19 13 estos sectores representaban el 31 por 100 del total de la
inversión extranjera dilecta en Améri- ca Latina, comparada con el 15 por 100 de 1924.'' No es sorprendente que
algunos de los efectos más fuertes fueran apreciados en México, donde, el 15 de julio de 1941, se concluyó un
convenio comercial según el cual Estados Unidos se comprometía a comprar la producción comple- ta de once
materiales estratégicos mexicanos y a proporcionar las mayores faci- lidades para la exportación de aquellos
productos más necesarios para la indus- tria mexicana. El 19 de noviembre, después de meses de paciente
petroleras), se llegó a un acuerdo general sobre todos los pro- blemas principales de la nacionalización de la
industria del petróleo, lo que puso finalmente las relaciones entre ambos países sobre una firme base de amistad y
cooperación. En una serie de convenios, Estados Unidos prometió ayuda finan- ciera para estabilizar el peso
mexicano, para comprar plata mexicana en gran cantidad, para proporcionar préstamos y créditos, para completar
la parte mexi- cana de la autopista panamericana, y para negociar un tratado comercial. México se comprometió
a pagar 40 millones de dólares a los ciudadanos norteamerica- nos. En lo referente al contencioso petrolero, una
comisión conjunta de dos exper- tos debía establecer el valor de las propiedades expropiadas y recomendar el
mon- to y el método de compensación. Las recomendaciones de los expertos fueron realizadas, y aceptadas el 19
de abril de 1942, para gran indignación de las com- pañías. Se hicieron algunas modificaciones mínimas, pero un
capítulo largo y difícil de las relaciones México-Estados Unidos quedó cerrado con el convenio. En julio de 1943
la Comisión Mexicano-Norteamericana para la Cooperación Económica emitió un informe en que examinaba los
problemas a largo y corto plazo de la economía mexicana, tomando como principio directriz la industriali- zación
de México a un ritmo tan rápido como fuera compatible con las restric- ciones necesarias en el uso de materiales
y equipos durante la guerra. Un resul- tado del informe fue el establecimiento de una comisión industrial que
esbozó un programa económico mínimo para 1944, que comprendía veinte proyectos, incluidos los de desarrollo
de las industrias siderúrgica, textil, cementera, pape- lera y química, al costo de unos 24 millones de dólares;
también aprobó un conjunto de proyectos a gran escala, y fue responsable de la creación en junio de 1944 de una
Comisión Agrícola de México y Estados Unidos. Los países exceptuados de este flujo de beneficios
estadounidenses fueron los del Cono Sur renuentes en mayor o menor grado a ligar su suerte a los Esta- dos
Unidos. Argentina, sin embargo, aprovechó la necesidad de Gran Bretaña de carne y en menor grado de cueros,
aceite de linaza y trigo. El Reino Unido nece- sitaba carne tanto para su población civil como para sus fuerzas de
combate; y, con cierto fundamento, no tenía confianza en que se pudieran conseguir adecua- dos reemplazos de
la carne argentina en Estados Unidos o en otros países. Esto
5. Naciones Unidas, Foreign Capital in Latín America, Nueva York, 1955, pp. 155 y 160.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1939-C. 1950 53
hizo del Reino Unido un involuntario participante de la campaña estadounidense para presionar a Argentina. En
junio de 1943 ocurrió el golpe que tres años más tarde llevaría al primer gobierno peronista. Pese a su enérgica
desaprobación del nuevo régimen, el ministro de Alimentación británico formalizó un nuevo con- trato hasta
octubre de 1944 para la compra de carne argentina por Gran Bretaña en representación de las Naciones Unidas y
otro para la de huevos. El Departa- mento de Estado estaba ansioso de que el gobierno británico emitiera una
decla- ración que disipase toda sospecha de que la firma del contrato sobre la carne implicase en algún sentido la
aprobación a la neutralidad argentina; y el Foreign Office escogió la firma del contrato sobre los huevos como el
momento apropia- do para emitir tal declaración. En diciembre de 1943, el gobierno boliviano fue derrocado por
un golpe nacionalista, y Cordell Hull, un secretario de Estado virulentamente antiargenti- no, quiso imponer
sanciones contra Argentina por su supuesto apoyo. El Foreign Office instó a que no se tomasen medidas
precipitadas, señalando que en 1944 Argentina estaría proporcionando el 14 por 100 del trigo, el 70 por 100 de
acei- te de linaza, el 40 por 100 de reses, el 29 por 100 de carne enlatada y el 35 por 100 de los cueros que
importaba Gran Bretaña.6 Consideraba que la cuota de car- ne de Gran Bretaña no podía ser recortada. Los jefes
del estado mayor británico temían que las operaciones militares en 1944 no pudieran continuar como se había
planeado a menos que la ración de carnes de los civiles fuera drásticamente reducida; consideraban que una
reducción en el abastecimiento de cueros tendría un efecto grave en la capacidad operativa militar a finales de ese
año y que una escasez de aceite de linaza afectaría el mantenimiento del material y la produc- ción de camuflaje
esencial. Sólo cuando Argentina declaró por fin la guerra contra Japón y Alemania en marzo de 1945, Estados
Unidos revocó las restricciones a las ventas y compras argentinas. Gran Bretaña reanudó las negociaciones para
un convenio sobre la carne a largo plazo, que habían sido suspendidas por deseo de Estados Unidos en
noviembre de 1944, pues ahora el Departamento de Estado daba su consenti- miento, aunque más tarde surgirían
reparos fundados en que el contrato transgre- día los principios de un comercio multilateral y no discriminatorio.
Chile tampoco deseaba romper con las potencias del Eje. La prensa chilena argüía que Estados Unidos no podía
ofrecer protección a Chile, y que Chile, que estaba suministrando cobre y otros minerales estratégicos a Estados
Unidos —un convenio se había firmado con la Compañía de Reserva de Metales el 29 de ene- ro de 1942—,
podía contribuir mejor a la defensa hemisférica al no romper con las potencias del Eje que con un rompimiento.
La propaganda del Eje alimentó las ideas de que Estados Unidos estaba intentando ejercer sobre Chile una pre-
sión indecorosa, y que Perú, y en consecuencia Bolivia, estaban resultando más favorecidas que Chile. Los
productos importados de Estados Unidos eran muy pocos —las cuotas de petróleo habían comenzado en abril—
y esta escasez se atribuía equivocadamente a la discriminación económica. El gobierno chileno tam- poco
estableció los controles económicos y financiero que había recomendado la conferencia de Río sobre las
empresas «indeseables», para asegurar el total con- trol gubernamental de las telecomunicaciones con el Eje y los
países bajo su
(i. 1 liinipliirys, ¡.tilín America and lite Scconil World War, II, p. 155.
54 HISTORIA DE AMERICA LATINA
• Una nota de Estados Unidos al gobierno chileno en octubre de 1942 decla- raba que, mientras no se ejerciera un
control efectivo sobre las empresas de los países considerados hostiles a los aliados, sería difícil para Estados
Unidos pro- porcionar bienes que podían acabar finalmente en manos de intereses enemigos y de individuos
cuyas actividades estaban socavando la defensa hemisférica. Gran Bretaña y Estados Unidos intentaban dar
preferencia a países que les garantiza- ban que los suministros no beneficiarían indirectamente a los intereses del
Eje. La posición chilena cambió gradualmente; Estados Unidos prometió que un con- venio de arriendo y
préstamo sería firmado cuando se produjera una ruptura con las potencias del Eje. En enero de 1943 las
relaciones fueron rotas y en marzo se firmó el atrasado convenio de arriendo y préstamo. ¿Qué significó entonces
la segunda guerra mundial para el proceso de tran- sición económica? Ante todo, después de la primera guerra
mundial y de la de- presión de 1929, representó otro golpe para el modelo basado en la exportación, que esta vez
mercados de productos primarios a los conflictos políticos mundiales. Cabe ver estos golpes acumulativamente:
el resultado del último golpe fue que los países más grandes del continente estu- vieron por fin preparados para
responder a la creciente sensación de la necesidad de una fuente endógena de dinamismo. Sin embargo, lo que es
paradójico sobre este impacto externo y contribuye a explicar la ambigüedad de la subsiguiente evolución de la
política, es que no aumentó la autonomía latinoamericana; por el contrario, como hemos visto, fue acompañada
por un crecimiento abrumador de la influencia de Estados Unidos, a medida que este país intentaba salvaguardar
los suministros existentes e impul- sar el desarrollo de nuevos recursos esenciales. En México, por ejemplo, la
trans- formación de las relaciones con Estados Unidos fue tan completa, que ya en ¡ 942 el ministro de Asuntos
Exteriores mexicano describía la frontera como una línea de unión no de división. Observaciones como estas
resultaban asombrosas, si se tiene en cuenta el encarnizado enfrentamiento por el petróleo ocurrido entre ambos
países sólo cuatro años antes.7 Durante este período, los vínculos eco- nómicos entre Brasil y Estados Unidos se
reforzaron considerablemente y contri- buyeron a fortalecer los crecientes lazos entre la industria brasileña y los
milita- res. De las economías más grandes, sólo Argentina resistió la expansión de la influencia y presencia de
Estados Unidos. Entre las sorprendentes paradojas de los años de la guerra, y una de sus con- secuencias
principales, estuvo la paulatina intervención económica de Estados Unidos en América Latina junto con el mayor
papel de los gobiernos nacionales, incluido el uso de controles directos. En gran parte de América Latina, los in-
tereses del sector privado comenzaron a estar más estrechamente ligados a los del gobierno, de manera muy
similar a como sucedió en Estados Unidos, donde el gobierno cooptó a los líderes de las empresas para planificar
y ejecutar un con-
7. Véase Stephen R. Niblo, The impact of War: México and World War II, La Trobe Uníversíty Institute of Latín American Studies, Occasional
Paper n.° 10, Melbourne, 1988, pp. 7 ss.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1939-C. 1950 55
CUADRO 2.1
Indicadores económicos latinoamericanos, 1940-1945
Porcentaje déla Porcentaje de la industria industria Coste de la PIB per en el PIB, en el PIB, vida, 1945 Exportaciones" cápita*
11 161 Costa Rica 0,9 -1,5 13 12 189 Cuba 15 s.d. s.d. 26c 205 Ecuador 18,9 2,0 16 18 s.d. El Salvador 12,8 -0,3 10 11 191
Guatemala 5,5 -7,3 7 13 191 Haití 19 s.d. s.d. 7 s.d. Honduras 2,7 0,8 7 7 146 México 4,6 4,6 17 19 200 Nicaragua -1,1 0,5 11
11 433 Panamá -2,5 s.d. s.d. 6 s.d. Paraguay 20,9 -0,1 14 16 233 Perú 4,5 s.d. s.d. 13 183 República Dominicana s.d. s.d. s.d.
s.d. s.d. Uruguay 5,4 1,3 17 18 133 Venezuela 9,7 2,6 14 15 134
NOTAS: " Tasa anual compuesta de crecimiento de artículos exportados en dólares cons- tantes; * tasa de crecimiento anual del PIB real a
precios de 1970;' manufacturas no azucareras en porcentaje de la producción total, esto es, el total es menor que el PIB.
FUENTES: Exportaciones: James W. Wilkie, Statistics and National Policy, suplemento 3, UCLA, Los Angeles, Cal., 1974. Los datos están
deflacionados según el índice de precios de exportación de Estados Unidos: 1930 = 100; 1940 = 1,07 y 1945 = 1,52; PIB: Comisión Econó-
mica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL), Series históricas de crecimiento en América Latina, Santiago de Chile, 1978; V.
Bulmer-Thomas, The Political Economy of Cen- tral America since 1920, Cambridge, 1987; Industria: CEPAL, Series históricas; Bulmer-Tho-
mas, The Political Economy of Central America; Cuba: C. Brundenius, Revolutionary Cuba, ¡he Challenge of Economic Growth with Equity,
Londres, 1984, p. 146; Coste de la vida: James W. Wilkie, Statistics and National Policy.
junto de nuevos proyectos. Estos dos desarrollos serían fundamentales para el nuevo modelo de crecimiento en el
período de posguerra. Hl efecto económico específico inmediato y más sobresaliente de la guerra l'uc el
crecimiento de las exportaciones (véase el cuadro 2.1) en respuesta a la CRvienle demanda de productos
primarios. Casi todos los países experimentaron un crecimiento tic la exportación en precios constantes de más
del 4 por 100 por ano. Sin emban'o, la capacidad de un país para beneficiarse de esto variaba am-
56 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
pliamente. En el caso de los minerales, los controles de precios y los pagos atrasados representaban pocos
beneficios extra. Esto explica el crecimiento re- lativamente limitado de los beneficios de la exportación para los
países expor- tadores de minerales, como Chile, Bolivia y Perú. Pero incluso cuando había beneficios
disponibles, había poco en qué gastarlos: hubo así una acumulación sustancial de reservas aunque también de
grado variable. Las reservas de divisas de Brasil crecieron el 635 por 100 entre 1940 y 1945, las de Colombia el
540 por 100, las de México el 400 por 100, las de Chile el 214 por 100, las de Argenti- na el 156 por 100 y las de
Perú el 55 por 100.8 En la industria operaban fuerzas contradictorias. La escasez de artículos importados alentaba
realmente nuevos proyectos de sustitución, que a su vez es- taban limitados por la escasez de bienes de capital
esenciales importados. El re- sultado neto fue la continuación del crecimiento industrial ya experimentado en la
década de 1930, pero con una nueva propensión hacia los bienes de capital y los insumos básicos. Ciertas
empresas que llegaron a ser importantes más tarde en la industria brasileña de bienes de capital, se transformaron
de talleres en fábricas durante este período.9 La insistencia de las misiones y asesores extran- jeros sobre el hierro
y acero y otros insumos básicos contribuyeron a impulsar el patrón de industrialización en una dirección que
luego sería desbordada por un renovado énfasis en los bienes de consumo. Además, comenzó en el continente la
exportación de manufacturas: las exportaciones textiles brasileñas y mexicanas pasaron de ser prácticamente cero
a finales de los años treinta al 20 por 100 de las exportaciones hacia 1945. En el caso de Brasil, muchas de estas
ventas se diri- gieron a otros países latinoamericanos; México también vendió fuera de la re- gión.10 Los
resultados respecto al crecimiento per cápita aparecen en el cuadro 2.1, donde se muestra que no existe
correlación entre el PIB y las exportaciones rea- les. Esto es inteligible en relación a los factores señalados: el
grado variable en que los países productores acumularon realmente beneficios de la exportación, y los límites
para utilizar divisas en una situación de guerra. En muchos casos, el impulso dado a la demanda por las
exportaciones y las dificultades para obte- ner importaciones alentaron la inflación inevitablemente, la cual se
originaba en los precios mundiales en alza. Pero las presiones aumentaron debido al impulso a incrementar la
oferta de los bienes de exportación, pues la tierra se dejó de de- dicar a la producción para el mercado interno. La
acumulación de grandes balan- zas de exportación agravaron el problema. El cuadro 2.1 muestra el comporta-
miento de los precios. Sólo Colombia parece haber puesto en funcionamiento instrumentos monetarios bastante
Una consecuencia grave de estas presiones inflacionarias fue la sobrevalora- ción del tipo de cambio. Muchos
países no podían percibir a corto plazo las venta- jas de devaluar, ya que las exportaciones se vendían a precios
fijos en convenios de compra directa con Estados Unidos. Como veremos, las fuertes desviacio- nes resultantes
del tipo de cambio «razonable» demostrarían ser uno de los as- pectos más desastrosos del período bélico. Un
efecto más positivo de las crecientes divisas fue que la deuda externa impagada de los años treinta pudo ser
satisfecha. Hacia 1943 varios países, por ejemplo México y Brasil, habían saneado completamente su notable
deuda, abriendo el camino para su renovada integración en los mercados internacio- nales de capital, que serían
Mientras en el período de entreguerras las señales que indicaban la necesidad de un cambio en el sistema
internacional eran débiles y conflictivas, en los años que siguieron a la segunda guerra se percibió claramente
que el sistema se había resquebrajado y que requería un gran cambio institucional. Un país, Estados Uni- dos,
era evidentemente el escenario principal de la economía mundial. Su capa- cidad productiva se había
incrementado el 50 por 100 durante la guerra y en 1945 producía más de la mitad del total mundial de los bienes
manufactura- dos. Aún más significativo, Estados Unidos poseía la mitad de la capacidad de transporte mundial
(comparada con sólo el 14 por 100 en 1939) y suministraba un tercio de las exportaciones mundiales, mientras
que consumía solamente una décima parte de las importaciones mundiales.12 Además, Estados Unidos estaba
totalmente preparado para actuar deliberada y afirmativamente para generar un cambio institucional y para
proporcionar los fondos que contribuyeran a la recu- peración. Al finalizar la guerra, los dirigentes
norteamericanos tenían una idea relativamente clara de los cambios que eran necesarios para reconstruir la eco-
nomía internacional. Primero, había que completar el desmantelamiento de los controles establecidos durante la
década de 1930 y que habían aumentado nece- sariamente durante la guerra. Esto implicaba un cambio en el
proteccionismo evidente antes de la guerra, y el fin de muchos tipos de intervención que habían proliferado con
la guerra. Segundo, la inflación, un mal inevitable de la época de la guerra, tenía ahora que ser domeñada.
Según el convenio de Bretton Woods de 1944 el objetivo era volver a un sis- tema de tipos de cambio estables y
a una oferta constante de capital a largo pla- zo para propósitos productivos. La creación del Fondo Monetario
Internacional
que debían ser tomados obligatoriamente por los bancos, la Federación Nacional de Cafeteros ilc Colombia y los importadores de capital.
Además, el 20 por 100 de las ganancias de todas las empresas tenían que invertirse en nuevos certificados, no negociables, a dos años con un
interés del i al •! por 100. Véase R. Triffin, «La moneda y las instituciones bancadas en Colombia», Hrvistti ilrl Banco tlr ln Itrpiíblini
(suplemento), junio de 1944, pp. 23-27.
I.'.. W. Asliworlli, A Slmrl llislory of ¡he World Economy Since 1850, Londres, 1975, p. .'<>K.
58 HISTORIA DE AMERICA LATINA
(FMI) y del Banco Mundial se plantearon en Bretton Woods paia i-DiiM-i-iiir ambos objetivos. Se restauró un
patrón «cambio oro» en el que las monedas con- vertibles (en la práctica el dólar) eran aceptadas como parte de
las divisas, En las dos décadas siguientes esta medida estableció el dólar como divisa. Tanto el I'MI como el
Banco Mundial asumieron el compromiso de presionar para la liberali- zad ón del comercio y de las cuentas de
capital. Al principio se esperaba que después de la inevitable ayuda de emergencia de inicios de la posguerra,
estas nuevas instituciones facilitarían bastante el flujo privado de financiación para agilizar el funcionamiento del
sistema. La verdad es que los problemas causados por el excedente comercial de Estados Unidos y la resultante
se lanzó la iniciativa del «plan Mar- shall» en 1947, en la forma de un programa de reconstrucción de cuatro años
para Europa, que a cambio se comprometía a elevar la productividad y a rebajar las barreras aduaneras y la
inflación. Hacia 1953 las aportaciones estadounidenses al exterior sumaban desde la guerra 33.000 millones de
dólares, de los cuales 23.000 millones se habían destinado a Europa. En esa fecha, la recuperación europea se
había iniciado bien y evolucionaba favorablemente, y el comercio mundial en manufacturas comenzó a crecer
visiblemente. En 1951, sin embargo, América Latina era un área sin ningún programa de ayuda por parte de
Estados Unidos; Bélgica y Luxemburgo juntas recibieron más ayuda entre 1945 y 1951 que toda América
Latina." A diferencia del período posterior a la primera guerra mundial, cuando tales pasos hubieran sido
considerados amenazantes para el interés de sus industrias nacionales, Estados Unidos ya no se oponía a que sus
percibido entonces como la mejor protección para la democracia. En esta épo- ca las empresas de Estados Unidos
estaban interesadas en la industrialización del Tercer Mundo, ya que tal desarrollo podía proporcionar mercados
para sus pro- ductos y oportunidades de inversión.'4 Pero aunque la inversión estadouniden- se en América Latina
creció a finales de los años cuarenta, era relativamente baja en comparación con otros lugares, y con lo que
llegaría a crecer después. El flu- jo de capital total a América Latina era positivo en 1946-1950, pero negativo si
se excluye a Venezuela (petróleo) y Cuba (azúcar).15 Sólo con la guerra de Corea, cuando Estados Unidos buscó
extender su control sobre recursos minerales estra- tégicos en América Latina, se produjeron inversiones de
significativos capitales estadounidenses privados en, por ejemplo, yacimientos de hierro en Brasil y Venezuela,
de cobre y plomo en México y Perú, y de bauxita en el Caribe. Para Estados Unidos, América Latina no era un
punto central de interés ni en términos económicos ni políticos. Una vez que el movimiento comunista se
a Europa Latina
Argentina
área relativamente a salvo de la amenaza comunista. Desde la perspectiva opues- ta, sin embargo, y considerando
la percepción latinoamericana de su dependen- cia respecto a Estados Unidos, encontramos que la guerra había
puesto de mani- fiesto muy definidamente el nivel de poder e influencia de Estados Unidos tanto en términos
económicos como políticos. La nueva hegemonía de Estados Unidos después de la guerra se reflejaba tanto en
los circuitos del comercio como en los de la inversión. Los cambios en las pautas comerciales de Argentina,
Brasil, México y Chile durante y después de la guerra se muestran en el cuadro 2.2. En cada uno de los casos, la
participación de Europa en las exportaciones del país bajó al menos un 20 por 100 entre 1938 y 1950, mientras
que la de Canadá y Estados Unidos cre- ció, especialmente en el caso de México. El comercio intrarregional
retrocedió después de la guerra, aunque no a su nivel previo, con excepción de México; pero los cuadros dejan
claro la persistente marginalidad esencial del comercio interre- gional. El interés por los convenios regionales de
comercio de la época de la gue- rra se desvaneció rápidamente; en Argentina, por ejemplo, había habido conside-
rable interés en una zona de comercio libre en el cono sur durante esta época.16 Aunque, comparada con Europa,
América Latina no recibió demasiada inver- sión de Estados Unidos después de la guerra, tampoco la tuvo de
Europa y la nue- va tendencia surgida en la década de 1920 continuó. Mientras que en los años veinte había un
rendimiento de la inversión ligeramente más alto para Europa que para listados Unidos, en 1949 Estados Unidos
estaba recibiendo diez veces más ingresos de América Latina que los que iban desde allí a otras partes del mundo
(véase el cuadro 2.3). Del incremento en valor contable de la inversión de Esta- dos Unidos en América Latina
entre 1936 y 1950, el 42 por 100 estaba en petró- leo venezolano, seguido por el 23 por 100 en Brasil y el 17 por
100 en Panamá.17
Id. I>. Rock, Argentina. lñl()-l<JX7. From Spanish Colonization to Alfonsín, Berkeley y Los Aliarles, California, 19X7, p. ^ 19. I / Naciones
Unidas, ¡•'t>n-iy,n Ciipilnl in Inlin Aincrica. Nueva York, 1955, p. 159.
60 HISTORIA DE AMERICA LATINA
C U A D R O 2.3
Balanza de pagos de América Latina, ¡925-1929, 1949 y 1950 (millones de dólares)
Ingresos de la
Capilal a largo Exportaciones Importaciones inversión plazo
(f.o.b.) (f.o.b.) . (neto)" (neto)''
1925-1929 (promedio anual):
Estados Unidos 990 840 300 200 Europa 1.460 910 -360 30
TOTAL 2.450 1.750 -600 230 1949
Estados Unidos 2.503 2.624 -550 588 Resto del mundo 2.592 1.845 -47 -104
TOTAL 5.095 4.469 -597 484 1950
Estados Unidos 3.090 2.658 -748 194 Resto del mundo 3.020 1.837 -7 -161
TOTAL 6.110 4.495 -755 33
NOTAS: " Incluye oro no monetizado; * incluye ganancias reinvertidas de filiales junto con amortización y readquisiciones de deuda externa a
largo plazo y transacciones con el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo; excluye donaciones gubernamentales.
FUENTE: Naciones Unidas, Comisión Económica para América Latina (ONU, CEPAL), Fo- reign Capital in Latín America, Nueva York,
1955, p. 163.
Tras promover enérgicamente la intervención estatal a causa de la guerra, Estados Unidos en 1945 estaba ansioso
por retroceder drásticamente. Sus repre- sentantes establecieron el «Acta Económica de las Américas» en la
Conferencia Interamericana sobre los Problemas de la Guerra y la Paz en Chapultepec, Méxi- co, D.F., en
febrero-marzo de 1945. Estados Unidos no sólo exigió un compro- miso global por parte de América Latina de
reducir aranceles y de dar acogida al capital extranjero, sino que condenó el nacionalismo económico y propuso
que se desalentase la empresa pública. Los participantes latinoamericanos pregunta- ron si los primeros pasos no
deberían provenir de Estados Unidos y del Reino Unido: ¿qué evidencia tenían de que Estados Unidos recibiría
las importaciones del sur? El documento final no contenía ningún compromiso sobre los aranceles, y aceptaba la
libertad de inversión excepto en casos contrarios a los principios fundamentales del interés público.18 Condenaba
sólo los «excesos» del naciona- lismo económico, y dejó de lado toda referencia a las empresas públicas. En
América Latina la opinión a favor del proteccionismo se había hecho más fuer- te. Como señaló posteriormente
un empresario mexicano, lo que los empresarios necesitaban era protección según el modelo de Estados Unidos."
18. S. Mosk, Industrial Revolution in México, Berkeley, California, 1950, pp. 17-19. 19. Ibid., p. 38.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1939-C. 1950 61
Los años 1945 a 1948 se caracterizaron por la continua esperanza latino- americana de que llegaría una sustancial
ayuda de Estados Unidos, y por la con- tinua renuencia de Estados Unidos, renuencia que se debía en parte a la
esperan- za de que, bajo la amenaza de perder su ayuda, otros países latinoamericanos presionarían exitosamente
a Argentina para que abandonase sus simpatías fascis- tas y sus políticas intervencionistas. 2" Varias conferencias
se pospusieron, y final- mente en la Novena Conferencia de la OEA celebrada en Bogotá en marzo y abril de
1948 quedó claro que Estados Unidos no tenía intención de ofrecer un plan Marshall a América Latina. 21
Entretanto, las conferencias de las Naciones Unidas que se efectuaron en La Habana (noviembre de 1947-marzo
de 1948), para considerar el establecimiento de una Organización Internacional de Comer- cio, tenían poco
tiempo para las propuestas latinoamericanas en favor del pro- teccionismo, aunque cierto éxito se consiguió
porque el grupo latinoamericano derrotó anteriores propuestas que habrían forzado a los países menos desarrolla-
dos a emprender negociaciones para reducir aranceles.22 La Comisión Económica para América Latina (CEPAL)
de la ONU, que apa- reció en 1948, pronto lanzó un importante desafío al pensamiento ortodoxo de la época. En
un corto período de tiempo, la nueva organización tuvo que probarse a sí misma que podía sobrevivir y el grupo
de jóvenes economistas asociados tuvo que demostrar que había un «punto de vista latinoamericano» válido. De
ello surgió, en 1949, la «tesis Prebisch»:23 su argumento básico —carente de coherencia inicialmente— era que
las mejoras de la productividad del pro- greso técnico en la industria en el centro no se reflejaban en precios más
bajos, sino que eran retenidas allí, mientras que en la periferia las mejoras de la productividad en el sector
primario eran menos significativas y los salarios se mantenían bajos por el excedente de mano de obra. Versiones
posteriores subrayaron más la cuestión de la demanda en el modelo: la asimetría del desa- rrollo de las
elasticidades de la demanda para las importaciones en el centro y la periferia, con las implicaciones resultantes
para el comportamiento de los tér- minos de intercambio. En el centro de este enfoque estaba el análisis de por
qué las economías latinoamericanas no respondían «automáticamente» a la señal del precio de los términos de
intercambio: la razón eran las «rigideces estructurales» —imperfecciones del mercado enraizadas en las
deficiencias estructurales y en
20. Rabe, «The Elusive Conference»; C. A. Macdonald, «The U.S., the Cold War and Perón», en C. Abel y C. M. Lewis, eds., Latín America:
Economic Imperialism and the State, Londres, 1985, pp. 411-412.
21. Rabe, «The Elusive Conference», pp. 286-287. 22. K. Kock, International Trade Policy and the GATT, 1947-67, Estocolmo, 1969, pp. 41-
•17. Durante este período, hubo intereses conflictivos dentro de la política estadounidense tam- bién, ya que los intereses empresariales
«internacionalistas» presionaban por oportunidades de inversión en el extranjero bajo barreras proteccionistas. Véase Maxfield y Nolt,
«Protectio- nisin», pp. 52-53.
.'.i. lil documento clave original es Economic Survey of Latín America, 1949, de la Co- misión Económica para América Latina (CEPAL) de las
Naciones Unidas. Véase el capítulo di- Jusepli 1,. l.ovc, «Economic Ideas and Ideologies in Latín America since 1930» (no re- producido aquí)
en (111 A, vol. VI, 1.a parte, pp. 393-460, para una exposición y bibliografía cúmplelas, y para un reeuenlo de la historia inicial de la CEPAL.
Véase también, E. V. K. Fitz- f-'.iM'nlil, ••l;,( I A and llie l'ormalion oí) ,alin America Economic Doctrine», en D. Rock, ed., Latin Ainciii a ni
i/i,- l't-IOs: Win iiml l'ostwar l'riinsilioiu Herkclcy, California, 1994.
62 HISTORIA DE AMÉRICA LATINA
las instituciones y los sistemas y valores políticos y sociales. Las economías lati- noamericanas, por tanto,
requerían una promoción deliberada del gobierno a la .industrialización. Los flujos de capital extranjero eran
útiles para íacililar la superación de las rigideces, pero la CEPAL de los años cincuenla consideraba que tales
flujos estaban formados en su mayor parte por capital público. La industrialización debía generar independencia
respecto a las exportaciones pri- marias inestables y estancadas. No se veía una contradicción en utilizar el capi-
tal extranjero, canalizado a través del gobierno, para conseguir csle objetivo y no se abordaron directamente
asuntos tales como las restricciones externas sobre las opciones de política. Sin embargo, se requería algo más
que las racionalizaciones previstas por la CEPAL: era necesaria una evolución de dos factores políticos para que
el modelo de desarrollo basado en la IS1 se estableciera de una manera estable. El primero se refería a los
prerrequisitos necesarios para el flujo de financiación foránea. Como se ha subrayado, la versión original de la
CEPAL hacía hincapié en el papel del capital extranjero público, y esto era coherente con el papel de éste
durante la segunda guerra mundial y con las esperanzas que se abrigaban sobre nuevos fondos, pues si Estados
Unidos miraba hacia la reconstrucción de pos- guerra en Europa, se suponía que miraría hacia otras partes
también. Sin em- bargo, retrospectivamente, sabemos que el modelo tal como se desarrolló en realidad no
dependió sustancialmente de fondos públicos, sino de la inversión extranjera directa. Para conseguirlo, fue
necesario un nuevo desarrollo de las delicadas relaciones entre el capital estatal, nacional y extranjero: sólo
cuando esto estuvo resuelto más completamente que en 1945 llegaría a hacerse evidente un claro compromiso
con la industrialización. El segundo elemento es una con- secuencia del primero: si el capital extranjero tenía
que entrar en América Latina en cantidad y sentirse seguro, entonces debía definirse la situación de la fuer- za
laboral. Las tendencias militantes surgidas durante y después de la guerra tenían que ser «controladas» en pro de
una adecuada confianza empresarial. El conflicto sobre la inversión privada extranjera puede ser estudiado en el
caso donde alcanzó más desarrollo (y ha sido mejor documentado): Brasil. Ya en sus comienzos el pensamiento
de la CEPAL halló eco en la burguesía industrial brasileña. La CEPAL articulaba las opiniones del grupo de
industriales liderado por Roberto Simonsen.24 Hubo una sólida y completa coincidencia de ideas, in- cluso en
privilegiar el papel del capital extranjero público antes que el privado. Las diferencias iniciales de énfasis
desaparecieron rápidamente: por ejemplo, inme- diatamente después de la guerra, la ambición de los
industriales estaba concen- trada en mantener y expandir los mercados de exportación. Al menos en Brasil, la
experiencia de las negociaciones para el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) de 1947 les
mostraron vividamente cuan renuentes eran los países metropolitanos a permitir en absoluto cualquier
penetración comercial; la vía estaba entonces preparada para aceptar la insistencia de la CEPAL en el mer- cado
interno. Pero durante los años cuarenta, este no era aún un proyecto hegemónico, incluso en Brasil, y afortiori
controles de la época bélica, que fue fuerte en Estados Unidos, también respondía a fuerzas internas en América
Latina. Esto se evidenció claramente en Brasil con la famosa polémica entre Roberto Simonsen y Eugenio Gudin
al final de la guerra.25 Gudín encabezaba una sólida facción neoliberal que, aunque no se oponía a la
industrialización en sí misma, se opo- nía firmemente a cualquier protección, y de hecho a la intervención estatal
de cualquier tipo. La fuerza de la facción liberal se puso de manifiesto cuando se constituyó en la base del primer
gobierno de Brasil después de la guerra: la pre- sidencia de Eurico Dutra (1946-1950). La complejidad de la
realidad subraya lo que señalamos sobre los elementos contradictorios en juego. Pese a que la retó- rica y algunas
breve experimento de reducción de aranceles terminó en 1947, cuando los controles sobre la importación fueron
reimplantados, a causa de la dimensión del déficit. Pero las fuerzas que apoyaban a Gudin eran lo bastante
fuertes, pues los industriales en Brasil parecen haberse dado cuenta de que poner todas sus esperanzas en una
reforma arancelaria impor- tante era irreal. En cambio, se aseguraron una protección parcial pero sustancial a
través de los controles de la importación (y más tarde por medio de múltiples tipos de cambio). Sólo en 1957 se
implantó por primera vez un nuevo arancel sis- temático y fue ratificado por el congreso. En otras regiones de
América Latina, el papel de los aranceles se aceptó con más presteza. Pero la cuestión no tan claramente aceptada
fue la del papel empre- sarial directo del Estado. En Brasil, Petrobras afrontó una constante oposición cuando
apareció en la década de 1950. En México, una curiosa paradoja fue la propuesta surgida de la Comisión
Mexicano-Norteamericana para la Cooperación Económica de crear una Comisión Federal de Fomento Industrial
para expandir la industria bajo propiedad directa del Estado, incluso cuando se intentaba que el papel del Estado
fuera temporal, suscitaba gran preocupación y oposición en los medios empresariales y no consiguió ser
aceptado.27 En Chile, como en todas las economías con un sector minero altamente productivo, la intervención
estatal era particularmente decisiva, ya que sin ella el tipo de cambio habría estado a un nivel en el que nuevas
exportaciones habrían sido antieconómicas. Por supuesto, aun esto representaba conflicto —en el caso de Chile
desarrollo industrial, fundado en 1939. El sector industrial recibió bien CORFO, pero más por su oferta de
créditos subvencionados que por su papel empresarial directo, al cual temían naturalmente. Sin embargo, este
papel concentró la mayor parle de recursos de CORFO en sus primeros años.28
25. Véase Instituto de Planejamento Económico e Social (IPEA), A Controversia de Pla- nejamento na Economía Brasileira: Coletánea da
Polémica Simonsen x Gudin, Río de Janeiro, 1'ÍVK, pp. 21-40.
.'(i. Véase, en particular, Sonia Draibe, Rumos e metamorfoses: Estado e industrializagáo no Hrasil. 1930-1960, Río de Janeiro, 1985, pp.
139-176. Ella cuestiona la interpretación de ( V I; i. Hilado e planejamento económico no Brasil, 1930-1970, Río de Janeiro, 1971.
.' / Mosk, Industrial lievolution iu México, pp. 95-97. 2N. I,. OiU-c.a el al., COKI-O: 50 años de realizaciones 1939-1989, Universidad de Chi-
!i\ Saiilíaj'o di- ('liiir, |<)K<), p. I 12.
64 HISTORIA DE AMERICA LATINA
La aceptación de protección y la proliferación de controles cu l«>, .nm:. <(in- siguieron a la guerra llevó a un gran incremento
de las relaciones eni|>iesanales estatales «clientelistas» en (odas las economías industrializantes de Anu-rica Latina, como el
medio evidente para reconciliar la necesidad y el miedo del lisia- do. En México, por ejemplo, eslá claro que -el sislema»
creció a sallo', v sobre- saltos durante la guerra y los años que siguieron inniedialaincnle. Los vínculos se debieron más a la
iniciativa empresarial, aunque Invierna considerable aliento del gobierno.29 La sutileza de la relación ha sido bien descrita por
Saníord Mosk: «Es verdad que los empresarios adjudican al gobierno un papel prominente, pero desean que el gobierno adopte
decisiones sobre la base de información y con- sejo dados por los grupos de interés industriales. Lo que proponen es más bien
la intervención empresarial en el gobierno que la intervención gubernamental en la empresa».1"
La misma expansión de la red de interconexiones puede rastrearse en otras partes,31 parcialmente en la participación legislada
en juntas directivas y otras instituciones, y también en contactos informales. Claramente, el sistema era tal que casi siempre la
manera de aumentar las ganancias era operar a nivel político antes que con las variables técnicas convencionales que
determinan la producti- vidad. En Brasil, a mediados de los años cincuenta, los ecos del debate Simon- sen-Gudin habían
cesado y el nuevo papel del Estado estaba tan bien establecido y aceptado que el «Plano de Metas» de Juscclino Kubitschek
(1956) no suscitó oposición.
Las fuerzas en conflicto también operaban en la década de 1950 respecto al capital extranjero. Nuevamente, el debate
Simonsen-Gudin es representativo. Simonsen deseaba un acceso «selectivo» del capital extranjero, y veía el capital público
como la solución principal. Era uno de los que favorecía en consecuen- cia un «plan Marshall» para América Latina. Gudin
deseaba, por supuesto, la liberalización total. Sin embargo, cuando la protección incentivó la penetración de capital extranjero
en el sector manufacturero brasileño el peso relativo de los intereses se modificó. La burguesía industrial se volvió más
fragmentaria. Nuevos grupos surgieron a finales de los años cuarenta e inicios de los cincuenta cada vez más asociados al
capital extranjero, de tal modo que anularon la resistencia potencial a la legislación final encarnada en la instrucción 113 de
1955, de la Superintendencia da Moeda e do Crédito (SUMOC), la cual daba efectivamente tratamiento preferencial al capital
extranjero.32 La cuestión se sumió en mayor confusión debido a la política de «palo y zanahoria» seguida por diferentes
gobiernos, que ofrecían incentivos a la exportación, tipos favorables de cambio y por último la reforma arancelaria. La
paradoja implícita en la evolución de un
29. Véase Shafer, Mexican Business Organizations, p. 126. 30. Mosk, Industrial Revolution in México, p. 29. Aquí está escribiendo sobre el
«nuevo grupo» de industriales que surgió con la guerra, cuya importancia autores posteriores conside- ran exagerada. Pero\están de acuerdo en
que la descripción encaja con la actitud general que actualmente se ha desarrollado ampliamente en toda América Latina.
31. Por ejemplo, en Chile, véase Ó. Muñoz, Chile y su industrialización: pasado, crisis y opciones, Santiago de Chile, 1986, p. 210; Brasil,
véase Leopoldi, «Industrial Associations and Politics», pp. 245-292.
32. SUMOC, la Superintendencia da Moeda e do Crédito fue creada en 1945 con la pers- pectiva de convertirse gradualmente en un auténtico
banco central.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1939-C. 1950 65
modelo viable de industrialización que provocaría un rápido crecimiento en la década siguiente, basada en la
triple alianza entre el Estado, las multinacionales y la burguesía nacional donde la última era definitivamente un
socio menor, se sintetiza en la frase de un miembro de dicho grupo: «Al final nosotros ganamos, pero no
recibimos el premio».33 Paulatinamente, país por país, los principales rasgos de la política económi- ca de las
décadas de la posguerra se consolidaron. Ésta comprendía típicamente medidas que definían la cuestión del
capital extranjero, que lograban cierta reducción del uso de controles directos, particularmente de los controles a
la importación y a la moneda extranjera, y que intentaban reducir el nivel de sobre- valoración del tipo de
cambio, que habitualmente se combinaba con la simplifi- cación del anterior sistema de múltiples tipos de
cambio. Esta consolidación fue estimulada, y a veces efectivamente promovida, desde 1949 por la fuerza
creciente en la política de Estados Unidos del grupo de interés que favorecía la industrialización del Tercer
Mundo y que consideraba que los aranceles proporcionaban oportunidades para la inversión multinacional de Es-
tados Unidos. Su presión, fuerte durante la segunda guerra mundial, se debilitó durante la concentración
interdepartamental del go- bierno de Estados Unidos, comenzó a presionar con renovado vigor para la in-
dustrialización del Tercer Mundo desde entonces, aceptando cada vez más la necesidad de protección.34 En Brasil
el nuevo enfoque se encarnaba en la ley de divisas de 1953 y la instrucción 113 de SUMOC de 1955. En Chile la
legislación crucial sobre el capital extranjero también apareció en 1955, aunque Chile estaba más avanzado en el
proceso de consolidar actitudes e instituciones necesitadas para que la ISI floreciera, dado su temprano inicio y la
fuerza y amplitud de la participación estatal. A comienzos de 1950, los problemas de la inflación y la balanza de
límite, y la reorientación de 1955 fue más importante que en otras partes, implicando un gran esfuerzo de
estabilización y un compro- miso con políticas más orientadas al mercado.33 En Argentina, 1955 también fue un
año crítico en el que la cuestión del capital extranjero fue precisamente lo que precipitó la caída de Perón. Sin
embargo, un desplazamiento más abierto a una posición no intervencionista y a favor del capital extranjero no
apareció hasta que Frondizi asumió el poder en 1958. Durante la guerra, se aprobó en México, en 1944, un
intento de controlar la in- versión extranjera, limitando la propiedad extranjera en las firmas al 49 por 100. I ,as
industrias «estratégicas» debían ser de propiedad mexicana en su totalidad. Sin embargo, el decreto no
especificaba cuáles eran estas industrias estratégicas, con- fusión que no fue aclarada hasta 1945, cuando se
determinó que eran estratégicas quince industrias. Se determinó también que los extranjeros podían poseer más
del 49 por 100 en industrias «no estratégicas», dejando cada caso a discreción del
Í3. .loao Paulo de Almeida Magalhaes, entrevistado en 1981 por M. A. Leopoldi (Leo- polili, «liuluslrial Associalions and Politics», p. 337).
1-1. Max/Vid y Noli, «Pratcclionism», p. 58. Vi. (lilri'a, COK I'O, |)p. 132 138; Muñoz, Chile y su industrialización, pp. 125-145.
66 HISTORIA DE AMERICA LATINA
ministro de Economía. Después de la guerra, se ejerció gran presión sobre el gobierno mexicano para que
suavizase sus leyes sobre inversión extranjera. En 1946 la Ley de Industrias Nuevas y Necesarias cedió a estas
presiones, aunque el gobierno logró mantener su imagen pública. La ley intentaba dar estímulo a las industrias
nacientes, pero estipulaba que todas las ganancias podían ser reci- bidas tanto por inversores extranjeros como
mexicanos, dando así un estímulo igual a ambos. Como se ha visto, Chile tenía un nivel de industrialización
extraordinaria- mente avanzado. El carácter exclusivo del dominio del capital extranjero sobre el cobre chileno, y
el predomino de éste en las exportaciones chilenas, forzó a la élite local a buscar oportunidades de ganancia en
otras ramas y en particular en la industria en un momento relativamente temprano. El efecto de las rentas del
cobre sobre el tipo de cambio era tal que otras mercancías exportables sólo podían sobrevivir si había una acción
estatal bastante fuerte. En los años veinte y treinta, Chile había desarrollado mecanismos de intervención en favor
de la industria en un grado extraordinario para el tamaño del país,36 que culminaron en la creación de CORFO.
En cambio, el sector del café, la principal exportación de Colombia, era de propiedad local, y su particular
desarrollo institucional hizo que incluso la comercialización del café quedara en manos locales: la fuerza de la
Federación Nacional de Cafeteros Colombianos era tal que las casas comercia- les extranjeras preferían áreas
más fáciles. Además, el vínculo entre el café y la industria era armonioso y natural: la actividad cafetalera
regionalmente dispersa llevó a la elaboración local y a una industrialización vinculada, y el excedente del
comercio cafetalero necesitaba una salida." Debido a un inicio muy tardío, había un nivel relativamente bajo de
necesidad de «resolver» la cuestión del capital extranjero no era tampoco un problema rele- vante: Colombia
mantuvo su actitud sutil pero firmemente desalentadora a una penetración sustancial de inversión extranjera
directa, y no aprobó ninguna ley semejante a aquellas que hemos señalado en las otras economías de diversas
dimensiones. Hemos descrito la evolución en la economía política de instrumentos impor- tantes para implantar
políticas de ISI, es decir, aranceles, tipos de cambio y le- gislación sobre el capital extranjero. Hay, además, otros
instrumentos potenciales de crédito que no han sido mencionados: la tributación (diferente a la implícita en las
políticas señaladas antes). La omisión refleja el hecho de que las reformas tributarias fueron notables por su
ausencia en este período. La única tributación que sí evolucionó fue la aplicada a las multinacionales
exportadoras: este fue el medio evidente para financiar la industrialización en Chile y Venezuela.18 Si el primer
lustro de la década de 1940 reveló claramente varias caracterís- ticas importantes para el «cambio en el modelo»
ló la industria e incluso los sectores de bienes básicos y de capital crecieron, el papel del Estado se amplió, se
inició el comercio interregional, y la inseguridad de un modelo fuertemente dependiente del comercio exterior se
confirmó de nuevo), en cierto sentido el resto de la década demostró ser un retroceso, inclu- so en las economías
más grandes. Por ejemplo, hemos visto las presiones exter- nas desplazarse decididamente para reducir otra vez
el grado de participación estatal: esto, aunque estimuló un intento de racionalizar de alguna manera las dis-
torsiones de la etapa bélica, también debilitó las fuerzas que impulsaban el desa- rrollo de las industrias básicas.
A su vez, la actividad para reducir las distorsio- nes consiguió poco: la distorsión clave fue el tipo de cambio
todo caso, a acrecentar la dependencia de los controles a la impor- tación, y no a disminuirla, a medida que el
auge de la importación ganaba ímpe- tu en los años que siguieron a la guerra. Los inversores extranjeros
percibieron las distorsiones y controles de la mayoría de países latinoamericanos como un contexto relativamente
hostil. Entretanto, como muestra el cuadro 2.4, el creci- miento de las exportaciones primarias fue generalmente
vigoroso en los años in- mediatos a la segunda guerra mundial, en respuesta primero a la recuperación de
posguerra, y después a la guerra de Corea, pese a la sobrevaloración del tipo de cambio (en realidad
permitiéndola). El cuadro 2.5 muestra el movimiento anual en términos de comercio. El petróleo y los minerales
experimentaron el alza de precios más pronunciada, reflejado en los crecientes ingresos de exportación de
Venezuela y México. El café también experimentó una fuerte demanda en estos años, al igual que los productos
de clima templado que satisfacían la escasez de alimentos durante la guerra. Con las exportaciones en ascenso y
la renovación del suministro de importaciones, las tasas de crecimiento global alcanzaron un nivel bastante
respetable como muestra el cuadro 2.4. La industrialización, sin embargo, continuó al ritmo de la época bélica. El
la renta per cápita fue bastante lento, y más lento a comienzos de los años cincuenta que en los años iniciales de
la posgue- rra. La inflación fue mucho más alta que durante la guerra. Estos hechos reflejan las contradicciones
de la política económica de Argentina, tanto como las del contexto internacional, contradicciones que eran una
forma extrema de lo que estaba ocurriendo en otras partes. El contexto argentino estaba dominado por los
conflictos con Estados Unidos anteriores a la guerra, pero que empeoraron notablemente con ésta y con el sur-
gimiento del peronismo. En la década de 1930, la cuestión era el comercio: Esta- dos Unidos rehusaba cualquier
concesión a los productores agrícolas como Argentina cuyos bienes duplicaban los de su propio sector rural
gravemente deprimido/' Argentina respondía utilizando tipos de cambio discriminatorios para provocar una caída
en las importaciones de Estados Unidos. La negativa de Argentina a apoyar a las fuerzas aliadas hicieron que no
recibiera nada bajo la ley de arriendo y préstamo, y el surgimiento del movimiento peronista fue rá-
W K'iH'k, Ary.ailiiia. |). .'."i.
129
Argentina
México
Brasil
Colombia
Chile
Venezuela
Perú
Cuba
Uruguay
Guatemala
Ecuador
Bolivia
República
Dominicana
El Salvador
Paraguay
Honduras
Costa Rica
Nicaragua
Panamá
unawa
885
-0.9
1,56
$.d.
796
698
6,9
0,0)
s.d.
188
s.d.
2.525
533
s.d.
5,0)
s.d.
512
3.0
2,0
-0,9
-0,2
12
s.d.
21,7
3,1
22,4
30,1
16,8
29,8
0,0
125
167
2.057
144
410
323
298
239
217
1,7
-2.6
-5.4.
3,0
231
4,6
116
130
229
115
133
95
110
AOO
4,2
4,1
4,3
5.2
125
165
-2,5
1,1
10
113
NOTAS: « Ordenado según el tamaño del PIB de 1950. Cuba está clasificada sobre la
base de cifras del precio existente en 1950, ya que no hay esti maciones con precios
de 1970; " la producción no azucarera como porcentaje del total de la producción
material, esto es, el total es menor que el PIB.
FUENTES: Comisión Económica para América Latina (CEPAL). Estadísticas históricas,
Santiago de Chile, 1978: James W. Wilkie, Statistics and Natio nal Policy, suplemento
3, UCLA, Los Ángeles, California, 1974; V. Bulmer-Thomas, The Political
Economy of Central America since 1920, Londres, 1987; C. Brundenius,
Revolutionary Cuba: The Challenge of Economic Growth with Equity, Londres,
1984.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1939-C. 1950 69
CUADRO 2.5
1939 100,0 1940 95.3 1941 97,0 1942 98.2 1943 98,2 1944 93,9 1945 97.3 1946 127,7 1947 138.4 1948 133,8
1949 134.7 1950 161,2 1951 161.0 1952 146.0 1953 156,6 1954 164.2 1955 152,0
FUKNTL: Naciones Unidas, Comisión Económica para América Latina (CEPAL), Econo- mic Sunry of Latín
America 1949, Nueva York. 1950. p. 17. ONU. CEPAL (1962), Boletín Económico de América Latina, vols.
V-VII, p. 46.
pidamente identificado por Estados Unidos como una de las amenazas más vigorosas en el continente al retorno a
problema de la inconvertibilidad de gran parte de las divisas del país, y a la necesidad de favo- recer su base
política interna en el movimiento obrero urbano, el nuevo gobier- no de Juan Perón se decidió por una enérgica
política de promoción del sector industrial para el mercado interno. Combinó los elementos comunes a muchos
de los países vecinos (un tipo de cambio sobrevaiuado y el uso de controles a la importación y aranceles para
proteger la industria), con la creación en 1946 de un organismo estatal comercializador, el Instituto Argentino
para la Promoción del Intercambio (IAPI), que procedió a pagar a los exportadores menos de la mitad del precio
internacional. Además, dio crédito amplio y barato al sector in- dustrial. La política aplicada rápidamente se
tornó contraproducente. Las expor- taciones de bienes manufacturados de la época bélica habían cesado en todo
caso, como ocurría en todo el continente. En 1947-1949 su valor era menos de un tercio del que había sido en
1945-1946.40 Pero las exportaciones de carne y granos también evolucionaron deficientemente: entre mediados
ta y 1948-1952, la participación de Argentina en el mercado mundial triguero bajó del 23 por 100 a sólo el 9 por
100, el porcentaje de maíz del 64 por 100 a sólo el 24 por 100. Con los salarios urbanos en alza, el consumo
interno creció fuertemente: durante el mismo período el consumo interno de carne y granos subió en un tercio,
aunque el volumen de exportación descendió dos tercios.41 De modo que las divisas rápidamente comenzaron a
escasear; el problema se com- plicó por la cuestión de la convertibilidad. Necesitada de importar de Estados
Unidos pero imposibilitada de exportar granos o carne, Argentina acumuló fon- dos inconvertibles de su
comercio con Europa que no podía utilizar con Estados Unidos. A comienzos de 1948, Estados Unidos decidió
además que los dólares del plan Marshall no podían ser utilizados para comprar bienes argentinos. El
por carencias ínfraestructurales, surgi- das de la falta de inversión en los sectores tradicionales o en los
ferrocarriles y otros activos recién adquiridos de los británicos, quienes bloqueaban los saldos en esterlinas.
Hacia 1949, Perón había advertido que la presión sobre la agri- cultura era una política contraproducente —pero
como veremos cada intento de cambiar la política de precio relativo producía inflación antes que un aumento de
interpretación unívoca de los datos económicos es difícil. Sin embargo, está claro en primer lugar que las
exportaciones crecieron sólidamente (cuadro 2.4) y que este crecimiento se basó en el café. Esto permitió el
manteni- miento de un tipo de cambio sobrevaluado, que permaneció constante entre 1939 y 1952, pese a que
los precios internos se multiplicaron varias veces al 100 por 100 en ese período. El alza de precios del café fue
tan fuerte que la inversión se volcó hacia el café,42 pero las exportaciones secundarias sufrieron, y en particu- lar
las nuevas exportaciones de la época bélica se hundieron bruscamente. El grado en que el gobierno liberal de
Dutra (1946-1951) descuidó la indus- tria es discutible. Desde el principio, la prioridad fue claramente la lucha
contra la inflación, y los medios principales de la política fueron el tipo de cambio fijo y la liberalización de las
importaciones. Esta opción política se basó en un opti- mismo inicial respecto a la oferta de divisas, basada
tanto en la expectativa de un flujo de recursos provenientes de Estados Unidos43 como en las perspectivas de
precios del café. Al mismo tiempo, la retórica fue la de restringir el papel del Es- tado, y en efecto la única
iniciativa específica en términos de la acción estatal fue el Plano Salte (Saude, Alimentacao, Transporte,
Energía), aprobado sólo en el congreso en 1950 y abandonado en 1951. Sin embargo, como hemos visto,44
incluso en los años iniciales la interven- ción fue considerable, mientras que la facilidad de importación
permitió el rea- bastecimiento de bienes de capital.45 Por otra parte, la liberalización de las impor-
41. Ibid. 42. Sergio Besserman Vianna, «Política económica externa e industrializacíío: 1946-1951», en Marcelo de P. Abreu, ed., A ordem do
progresso, Río de Janeiro, 1990, pp. 115-116.
43. Abreu, ed., A ordem. do progresso, pp. 107-108. 44. Véase Draibe, Rumos e metamorfoses, p. 138. 45. Abreu, ed., A ordem do progresso, p.
108.
LAS ECONOMÍAS LATINOAMERICANAS, 1939-C. 1950 71
taciones duró hasta 1947, cuando los controles fueron reimplantados pues el flujo de capital no cumplió las
expectativas. Es fácil entender entonces, como se ha visto, que la política de tipos de cambio reasignaba recursos
enérgicamente de la exportación a la industria y a la vez que hacía también exactamente lo con- trario.46 Sin
embargo, el hecho es que Brasil no experimentó un descenso de la participación de la industria en los años de la
posguerra, como ocurrió en muchos países latinoamericanos (véase el cuadro 2.4). La industrialización se
convirtió en el rasgo centra) de la política económica mexicana de Ávila Camacho, cuando asumió el poder en
diciembre de 1940, y el presidente Alemán continuó con la misma línea política en los años inmedia- tos a la
guerra (1946-1952). El primer ministro de Economía de Alemán, Anto- nio Ruiz Galindo, era un destacado
industrial y un enérgico promotor de la industrialización mexicana. En febrero de 1946, una nueva Ley de
Desarrollo Industrial aumentó las exenciones de impuestos para la industria y dio al pre- sidente libertad para
implantar cambios arancelarios sin consultar al congreso. La protección creció mucho en esos años. Como en
otras partes, sin embargo, la tasa de crecimiento de la producción industrial de la época bélica no pudo man-
tenerse: el incremento del 2 por )00 en el porcentaje de la industria de 1940 a 1945 se limitó a mantener su
porcentaje en un producto interior bruto (PIB) que crecía rápidamente, mientras se disparaban las exportaciones
de 1945-1950 (véa- se el cuadro 2.4) y el PIB per cápita crecía casi tan rápido como en Brasil, con tasas
parecidas de crecimiento demográfico. Las políticas mexicanas siguieron la pauta general, con un tipo de cambio
sobrevaluado y controles directos además de aranceles y una inundación de importaciones en la posguerra que
causó déficits hacia 1947-1948. En 1947 y 1948, la protección arancelaria creció más. La devaluación que en
otras partes se demoró hasta la década de 1950, llegó a México en 1949. Se ha recalcado en la literatura —más
que en otros países— la financiación inflacionaria del crecimiento económico de México. Sin embargo, como
muestra el cuadro 2.4, la inflación mexicana fue en realidad la más moderada entre las economías más grandes.
Los productores industriales afrontaban dificultades de importación y de divisas, así como obstáculos legales,
administrativos y de otro tipo.47 La restricción más grave para la producción fue el lento ritmo a que se podía
importar maquinaria y equipos después de la escasez de los años de la guerra. Además, aunque hubo entusiasmo
por la industrialización, no hubo una verdadera planificación, ni un programa global de desarrollo económico
nacional.48 Chile es el único caso entre las cinco economías más grandes, cuyas ex- portaciones crecieron
bastante limitadamente en términos reales después de la guerra, lo cual fue resultado de los controles al precio
del cobre por Estados Unidos, y también de la decisión consciente del gobierno chileno de subir los impuestos al
sector cuprífero para financiar el desarrollo industrial mediante CORFO. Como hemos visto, la economía tenía
•17. <'. W, ki'ynnld.s, 'l'lie Mexicini F.conomy, Twentieth Century Structure and Grmvth, New llnvni, ( 'muí., 19/0, |). .<<).
líi. Mu:;k, Indiisti ttd Kcvnltilinn in Me\ien, |). M)H.
72 HISTORIA DE AMERICA LATINA
tivamente avanzado. El notable desarrollo institucional que acompañó y promo- vió esto fue la clave para
mantener el crecimiento industrial en un período rela- tivamente lento y difícil del crecimiento global. Pero
claramente el costo fue la inflación. La explicación clásica de Hirschman sobre la inflación en Chile en este
período es que era la válvula de escape favorita para las tensiones sociales. Sos- tiene que en cualquier año del
período que estamos analizando, algunos de los siguientes factores estaban probablemente en actividad: «déficit
fiscal, monetiza- ción de los excedentes de la balanza de pagos, alzas (nominales) generales de sueldos y
salarios..., expansión del crédito bancario, subidas de precios interna- cionales inducidas por la guerra, crédito del
Banco Central para los organismos de desarrollo patrocinados por el Estado»: «quizá el único rasgo común que
apa- rece en todas las etapas sucesivas fue la aguda debilidad de algo que hoy día lla- maríamos una medida
antiinflacionaria significativa».49 Colombia disfrutó del auge de la exportación de café, pero creció con bas- tante
lentitud. La razón principal fue que las instituciones para moderar los efec- tos del auge del café estaban ya en
vigor y la política estaba gobernada por un deseo de prudencia y resistencia a una expansión posiblemente
inflacionista. Como hemos visto, Colombia tenía un nivel de industrialización excepcional- mente bajo al
terminar la guerra: dado el margen para nivelarse no es sorpren- dente que el porcentaje de la industria en el PIB
creciera más que en ningún otro país latinoamericano. Lo que es más interesante sobre la gestión económica que
lo produjo es una cuestión que veremos al referirnos a la agricultura: Colombia, a diferencia de todos los países
estudiados aquí, fue la única que implantó una política proteccionista bastante moderada y trató de evitar la
discriminación con- tra la agricultura y la exportación implícita en los demás casos. En Colombia la concepción
era de una protección integral basada en estimular tanto la agricultu- ra como la industria. Uruguay es un caso
curioso y excepcional. A primera vista parece encajar en el patrón de las políticas de las economías más grandes,
ya que tuvo una deva- luación significativa en 1955 seguida por la extensiva alteración de la política representada
por la Ley de Reforma Monetaria y Cambiaría de 1959, que elimi- naba muchos controles internos y externos.
De hecho, como con Perú, el parecido es superficial, pues la ley de 1959 no significó el florecimiento de una ISI
plena, sino su fin. Uruguay, por supuesto, estaba ya altamente industrializado para su ta- maño en 1945, su
industria representaba el 18 por 100 del PIB, una cifra caracterís- tica de Brasil y México que tenían un PIB seis
veces mayor. Esto era producto de las políticas proteccionistas del Estado batllista. El crecimiento de la industria
en 1945-1955, basado en una fuerte protección, fue de más del 6 por 100 al año. Los controles que hacían desistir
al capital extranjero en otros lugares no fueron un obstáculo; había poca inversión foránea, pero existía un
excedente disponible a corto plazo procedente de las ganancias protegidas y del sector rural, que se beneficiaba
del auge de la guerra de Corea. La situación subyacente era, sin embargo, poco saneada: el estancamiento a largo
plazo del sector rural persis- tía, sin ningún crecimiento en el volumen exportado en esos años. Este estan-
cuya explicación es la discusión clave en la historia económica uruguaya, de- bate que va más allá de nuestro
período. El crecimiento de la industria fue un producto de los controles comerciales y cambiarlos, y carecía de
elementos de una política de desarrollo a largo plazo. Como ha escrito Henry Finch: «La estructura de la
producción interna fue de hecho modificada por los instrumen- tos políticos que operaban en el sector externo,
más que por instrumentos fis- cales internos, políticas integradas de crédito industrial o un banco industrial de
desarrollo».50 A mediados de la década de 1950, el crecimiento industrial se había detenido, a medida que el
estancamiento rural causaba problemas para obtener materias primas y divisas y a medida que las limitaciones
del mercado comenzaron a hacerse sentir. Uruguay alcanzó así prematuramente el grado de «agotamiento» que
en otras partes sólo se percibiría como un problema en los años sesenta. Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia y
Paraguay estaban menos preparados para la industrialización en el período inicial de la posguerra en términos de
su base previa. Pero mientras en América Central la fuerza de los intereses de la éli- te exportadora y el éxito de
las exportaciones dictaban una adhesión relativa- mente clara ai antiguo modelo de exportación primaria, el
desarrollo de estas economías medianas era menos simple, ya que la diferenciación interna de los grupos de
interés era relativamente mayor. En cada caso la participación de la importación en el PIB aumentó,
habitualmente debido al crecimiento de la parti- cipación de los bienes de consumo, lo que indica un reducido
progreso en la industrialización (véase el cuadro 2.6). Pero esto estuvo asociado con marcadas diferencias en el
comportamiento de la exportación, como muestra el cuadro 2.4. Bolivia y Paraguay perdieron terreno
radicalmente, mientras Venezuela y Ecua- dor y, en un menor grado, Perú parecen casos patentes de fuerte
crecimiento de la exportación tradicional, lo cual permitió e impulsó un nuevo compromiso con el antiguo
modelo de crecimiento basado en la exportación. El cuadro 2.1 muestra que el porcentaje de la industria en el
PIB en Vene- zuela era del 14 por 100 en 1940, pese a su clasificación como la sexta economía más grande de
América Latina. La respuesta es evidente: el auge petrolero comen- zó en los años veinte y generó graves
distorsiones asociadas con tales impactos favorables. Otros bienes comercializables en el mercado externo
sufrieron grave- mente, particularmente el café, dada la apreciación del tipo de cambio, y la única industria que
no sufrió fue la de la construcción y ramas relacionadas, como la del cemento, y algunos sectores naturalmente
protegidos, como la cerveza y be- bidas envasadas.51 No era necesario resolver las «tensiones en el modelo»
sobre el papel del capital extranjero o la relación de la burguesía nacional con el Esta- do, ya que la acogida al
capital extranjero era total y los grupos nacionales se identificaban totalmente con el Estado.52 La concentración
de recursos en las manos del gobierno mediante los ingresos petroleros propició la percepción sin paralelo de que
«el desarrollo pasa por el Estado». La centralidad del gobierno como controlador del ingreso del petróleo









