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Conrado Nalé Roxlo - Homicidio Filosófico

El documento narra la investigación de un asesinato realizada por un policía que aplica métodos filosóficos. Tras interrogatorios a posibles sospechosos basados en sus filosofías, el policía descubre que el culpable es un hombre que cree en la teoría del eterno retorno de Nietzsche, lo que explica sus acciones repetitivas.

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Conrado Nalé Roxlo - Homicidio Filosófico

El documento narra la investigación de un asesinato realizada por un policía que aplica métodos filosóficos. Tras interrogatorios a posibles sospechosos basados en sus filosofías, el policía descubre que el culpable es un hombre que cree en la teoría del eterno retorno de Nietzsche, lo que explica sus acciones repetitivas.

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Homicidio filosófico

Conrado Nalé Roxlo

Filidoro Fonseca fue un compadrito hasta que vistió el uniforme


policial; después de esa monotonía indumentaria se convirtió en un
compadrón. La metamorfosis tiene antelaciones clásicas. Asevera Cayo
Cornelio Tácito (Anales, libro XVII, Edición elzeviriana de Gronovio,
Amsterdam, 1672) que los jovencitos romanos, al abandonar la pueril
toga pretexta, afectaban jactanciosas y prepotentes virilidades.
Mi primera visualización de Fonseca es coetánea de una agravación
del desbarajuste callejero por una algarada estudiantil. Era agente
montado y, revoleando el charrasco, vocalizaba esta exhortación.
—¡ Disuélvansen o no me responsabilo por las bochinchazones que
aiga! (Joya idiomática que abandono al Instituto de Filología.)
Nuestra segunda entrevista fue más morosa. Intimé con él junto al
mostrador de un despacho de bebidas de Villa Mazzini. Entonces me
dijo:
—Cada hombre tiene su idea; pero, ¡qué quiere que le diga!, yo soy
kantiano.
Esta evolución melancólica se había operado en actos de servicio.
Destinado a guardar el orden en salones de conferencias u otras
culturalidades, no pudo cuerpear el tráfico de las ideas. Al principio
salía de un aula magna o de un paraninfo con el casco caliente y las
botas frías; pero, poco a poco, se fue aficionando al tejemaneje
filosófico, y se alzó —son sus memorables palabras— con una cultura
de plantón. De sus partes rebalsaba la terminología del ramo. Si tenía
que informar sobre las actividades de una milonguita sospechosa de
otras actividades, se explayaba sobre la cosa en sí y la cosa en no;
todas sus detenciones las efectuaba bajo los impostergables auspicios
del imperativo categórico ante la identidad incierta de un prevenido,
chapoteaba en el río heraclitano hasta que de la diestra de Parménides
sacaba (como de un juego completo de impresiones digitales) el ser o
no ser Fulano o Mengano el inculpado.

1
Lo pasaron a investigaciones para ahorrarse la lata.
A él le tocó descubrir el crimen del hotel de Adrogué —donde suelo
transcurrir displicentes y sesteados veranos—; y para esa fecha no
tenía nada que envidiarle a un profesor aventajado de la calle
Viamonte o a uno de sus alumnos del “Bar Florida”.
El difunteado era don Nepomuceno Carámbula, hacendado de Nico
Pérez, en la Banda Oriental. Lo encontraron ya frío junto a un cantero
de frutillas del jardín. Declaraba un hematoma en la sien derecha y no
se observaban rastros papilares, ni de robo y menos de ultraje al
pudor, como pretendió una impulsiva edición de Crítica.
El insistente ausentismo del arma homicida espesaba la nebulosidad
del hecho. El nicoperence era varón de costumbres tranquilas, pues
practicaba el celibato; no tenía enemigos y era lícito desechar
cualquier perpetración por parte de pintorescos sacerdotes de cultos
esotéricos, abundantes en brazos, ya que nunca había transitado la
India. También era plausible el descarte de agresividades patrióticas,
ya que sus relaciones con el fútbol eran objetivas y más bien
displicentes.
Bioy Casares expuso su teoría que, oralmente, postulaba esto: ¡Vaya
uno a saber por qué lo mataron! Amorim le opuso un argumento, que
casi desvanece la afirmación Bioy, pero después se vio que era el de
una de sus novelas, no olvidable por cierto. También el poeta
entrerriano Carlos Mastronardi arriesgó cautelosamente una metáfora.
Y hasta un desconocido que cruzó el corredor arrojó un pucho con
visible intención polémica. Pero, sólo quedó en pie, como única pista,
la propuesta por Bioy Casares.
Con todo, nuestras ociosidades no fueron más allá que las de la
policía. Y en ese punto muerto la pesquisa le fue arrojada, como un
hueso ya roído, al agente de investigaciones de tercera clase Filidoro
Fonseca, mi amigo.
Se instaló de incógnito en una piecita del fondo, y puedo declarar sin
jactancia que era sincero cuando al estrecharme la mano, me dijo:
—Me congratulo de verlo.

2
Desde aquel día me obsequió con reiteradas secuencias de mate
amargo y no ineptas disquisiciones filosóficas. A mis discretas
inquisiciones de cómo marchaba la pesquisa solía responderme:
—¡Como la simia!... perdonando la palabra bruta. Pero usted sabe que
no se redactó el Discurso del Método en horas veinticuatro.
—Y usted, ¿qué método sigue?
—Uno filosófico —y con sonrisa que peticionaba disculpas, agregó—:
¡Dónde irá el buey que no are!... Procedo de acuerdo con la premisa del
malogrado don Gilberto K. Chesterton, que expresa: sólo conociendo la
filosofía de un hombre se podrá inferir la naturaleza de sus actos. Por
eso he comenzado a levantar un censo del pensamiento filosófico de
los huéspedes y personal del hotel.
—¿Y todos son filósofos?
—¡Qué esperanza! Pero siguiendo el método socrático o de hábil
interrogatorio incruento, les voy sonsacando que serían si dispusieran
de una cultura.
— ¿Y en qué se basa para suponer que el asesino es de la casa?
—Me sustento en la intuición, léase a Bergson, che. El mozo del
comedor, Manolo, es pragmatista, y así nunca habría dejado de
desvalijar al difunto, aunque el primer motor de su acción fuera la
celotipia. El cocinero, el árabe Ali Babucha, como buen mahometano,
es fatalista y habría esperado a la puerta de su cocina que pasara el
cadáver yacente de su enemigo. Rosaura, la cajera, comulga en los
templos de Allan Kardec y el eminente doctor Cosme Marino, por lo
consiguiente, habría procedido a desencarnar el cuerpo astral de
Carámbula golpeándolo con una mesa de tres patas, sin clavos, y el
golpe mortal no responde a esa crédula ebanistería, ya que fue dado
con un objeto de fierro. Como ve, hasta ahora todos tienen su coartada
ideológica, como quien expresa.
— ¿Y el patrón?
—El patrón es partidario acérrimo del retorno a la vida natural, a la
manera de Juan Jacobo Rousseau. Lo habría despachado en un
picnic.

3
Una noche de luna llena, como canta el poeta persa, mientras
intercambiábamos parecidas amenidades, nos llegó de la glorieta el
rasgueo de una guitarra y poco después una voz, no del todo desoíble,
que cantaba con identificable tonada salteña:
Señores, yo soy Arjona
y siempre el mismo ei de ser,
y aunque me tiren al agua
en la espuma ei de volver.
Filidoro Fonseca pegó un respingo y me oprimió el brazo para que me
callara, aunque era él quien perseveraba en el uso de la palabra.
Escuchamos, y durante largo rato el cantor insistió, abyectamente, en
la reiteración de la misma folkloridad.
—¿Quién será ese pájaro? —cuestionó el pesquisa —Por la tonada
salteña debe ser un Cornejo
—arriesgué
Así lo ratificó el mozo. También aportó que frisaba en los cuarenta
años. Sus demás datos eran banales.
—Tengo que vigilarlo —dijo Fonseca y se encerró en un mutismo,
indubitablemente especulativo. Yo hice lo mismo en mi cuarto y
distraje la desvelada con la lectura de la Encyclopacdia Britannica y los
abominables sueños de algunos discutibles heresiarcas.
Al día siguiente salimos a caminar por el pueblo y vimos a Cornejo
cabalgando el celeste y estilizado caballo de una calesita. Por su ancho
rostro, más bien achinado, se derramaba la miel de una inefable
beatitud. Detalle recordable: no se interesaba por sacar la sortija.
—¡El hombre se está vendiendo! —exclamó Filidoro, frotándose las
manos alegremente. Y a una inquisición mía, repuso:
—Le solicito que me dispense, pero las preguntas no son las
indiscretas, sino las respuestas, como expresó el notable polígrafo y
detenido inglés, señor Oscar Wilde.
No volvimos a comentar el asunto. Pero una tarde, cuando ya
comenzaba a desmayar el verano en el moroso desprenderse de las
azules glicinas, entró en mi cuarto y me dijo:

4
-Sindudamente usté está resentido por mi hermetismo, pero respondía
al esoterismo sumarial, llamado, vulgarmente, secreto del sumario.
Después se sentó en la cama con colcha floreada, no sin antes pedir
permiso, encendió un cigarrillo negro, y me soltó a boca de jarro:
—El sospechado Cornejo era el autor.
Me sorprendí cortésmente. Continuó:
— ¿Usted ha leído al finado Federico Nietzsche, un alemán bigotudo
él?
—En la edición alemana de sus obras completas, impresas el Leipzig
en 1931, sin contar algunas aproximaciones de infieles traductores
catalanes.
—Entonces recordara la teoría del Eterno Retorno, pues bien, Cornejo
es un eternorretornista, si me excusa el galicismo. La primera
sospecha la tuve aquella noche en que cantaba la coplita norteña.
Fácil me resultó asociar a ese Arjona, terco y volvedor, con el
indostánico Arjuna del Bhagavad-Gita, al que la señora madama
Vlawasky cita como el principio del renacimiento repetido infinita-
mente. También la forma francamente aburridora de insistir en la
misma copla fue para mí otra sospecha de su credo filosófico.
—Pero ¿usted no lo había indagado, como a los demás?
—Efectivamente, varias veces traté de palparlo de teorías, pero el
hombre escondía el hidromiel, como quien dice, y aseguraba que era
radical. Sospechaba que lo tenía fichado.
“Otro día —y usted fue testigo ocular— lo vi jineteando un caballo de
calesita, ¡grandulón! ¿Y qué es una calesita? La expresión recreativa y
con música del Eterno Retorno; siempre está retornando, ya que no se
sabe si va o viene. Otro dato: el inculpado pernoctaba en la pieza
número ocho. Me enteré de que había insistido en ubicarse en ese
guarismo, aunque había una gotera. Y el ocho acostado es la
representación gráfica del infinito, que retorna sobre sí mismo.
Obrando en mi poder esos datos, comencé a seguirlo y pude
comprobar que siempre sacaba boleto de ida y vuelta a Constitución,
aunque siempre lo traía un amigo en auto. El hombre se gastaba unas
chirolas demás por convicción filosófica. ¿Qué me dice?”

5
—Que no se puede hilar más delgado. Pero ¿qué tiene que ver el que
creyera en el regreso constante con el crimen? Me va a decir que
también volvía insistentemente al Jugar del hecho. Eso lo hacen desde
los tiempos de Raskolnicof todos los criminales, hasta los de las más
ineptas y olvidables novelas policíacas.

—Espere, amigo. ¿Con qué arma cometería un crimen un profesante


de la teoría del Eterno Retorno?... ¿No cae?... ¡Con un bumerang!
—O con un molinillo de café —le dije zurdamente y por puro espíritu
de contradicción.
—Sí, claro..., o con un ventilador y, a mayor abundamiento, con un
cobrador. Pero es el caso que, como dice el apotegma australiano,
donde menos se piensa salta el kanguro, y el bumerang homicida fue
encontrado en la bolsa marsupial del kanguro del Jardín Zoológico al
ser palpado de cuerpos extraños por su cuidador, como hace todos los
días. Me enteré por un rotativo y solicité se estudiara el arma: el
análisis arrojó este saldo: sangre seca del mismo grupo que la del
finado y cuatro pelos ruanos de su misma flora capilar. El criminal al
depositar en el kanguro el bumerang quiso desviar la atención de la
policía hacia los australianos residentes en el país, pero todos
presentaron coartadas tan buenas, por lo menos, como la del kanguro
o la que habría podido aducir un eucalipto cinéreo, pongo por caso.
Apestillado, Cornejo cantó de plano. Además, en su cuarto se en-
contraron documentos comprometedores: La vuelta al mundo en
ochenta días de Julio Verne, un tomo de Nietzsche, con subrayados
que eran toda una confesión, y el disco, también rayado, de Gardel y
Lepera “Volver”. Abrumado por tantas pruebas, también confesó el
móvil del crimen, que tenía el mismo origen filosófico que el hecho en
sí.
—¿Y era?...
—Que el finado se negó a retornarle un vuelto.

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