EL ÚLTIMO GRITO E.J.
MONDRAGÓN
Entré en el interior de aquella sala helada, donde todos los cuerpos eran refrigerados para
atrasar su descomposición. Aquella habitación con sus camillas frías, y, con un solo
cadáver recién llevado.
Había sido traído desde las salas de autopsias, porque al siguiente día lo entregarían. Esa
noche solo me correspondía vigilar, lo cual para mí era sinónimo de “descansar”. Pero esa
noche solitaria y silenciosa se tornó espeluznante… nada similar he escuchado en mi vida.
Decidí hacer la ronda por los cuerpos a las dos de la mañana, quizás el cansancio por mi
trabajo doble hizo hacerme escuchar gemidos y gritos provenientes del cadáver.
Al principio no fue nada raro, ya que los muertos suelen hacerlo porque se forman gases
dentro de su cuerpo, algo aterrador para una persona que no conoce esta profesión. Aunque
por ser muy dotados y veteranos, tenemos sentimientos y miedos, los cuales permiten
asustarnos, como todo ser humano. Cuando caminé hace su camilla y destapé su rostro (casi
normal, como si estuviera durmiendo), pude notar sus facciones arrugadas por la vejez. La
muerte siempre te permite entrar en la reflexión, algún día todos vamos a pasar por esa
puerta, quizás nunca estamos preparados para ver morir a alguien, para sufrir por su partida.
No entré más en cavilaciones y dispuse de volver a cubrirla. Y regresando a mi puesto volví
a escuchar sus gritos, pero ahora no eran solo sonidos, sino, palabras… palabras
aprehensión…
- Iré por tí… no puedo irme sola… aquí nadie cuida de los enfermos… todos esperan
algo a cambio – exclama el cadáver con una voz gélida y terrorífica. – A nadie le
gusta servir, piensan solo en ustedes mismos, su vanidad los hace presas de sus
problemas… el mundo está invadido de gente egoísta y soberbia, que no les
importa hacer el mal, para sentirse bien… - su voz gutural me hacía temblar.
El frío que erizaba mi piel, los bombeos de mi corazón seguían la marcha de sus palabras,
no había explicación alguna de tal suceso. Trataba de encontrarlo, mi curiosidad pudo más
qué mi miedo. Solo me levanté de mi asiento, me dirigí donde creía que había venido
aquella voz. Ahora el aire que respiraba era denso, por mi garganta corría saliva que
raspaba como cuchillas. Destapé aquel rostro, pero todo estaba normal; mientras mi mente
trataba de hacer conjeturas, cada una más increíble que la anterior.
Volví a taparla, y mientras caminaba de regreso a mi oficina, noté atrás de mí una gran
sombra que se levantaba desde el suelo, probablemente, sentía alguna corriente de aire (o
tal vez, su respiración, aunque los muertos no respiran) volteé para ver, pero todo era
tranquilidad atrás de mí. Seguí caminando, en esa habitación solo mis pasos hacían eco.
Tras llegar a mi oficina, y seguir sintiendo esa sensación de persecución logré sentarme,
pero algo tocó esa puerta… un golpe seco y tosco la azotó. Un alarido de horror se
escuchaba al otro lado.
- No me dejes aquí… sola, no tengo a nadie que me cuide – su voz ahora era
monótona – Entraré e iremos al infierno juntas, aquí nadie te va a extrañar, tu
soledad se irá.
EL ÚLTIMO GRITO E.J. MONDRAGÓN
La fuerza de los golpes aumentaba, hasta casi tumbar la puerta. Cerré los ojos, creí en ese
momento en Dios, clamé a su nombre y como siempre no respondió. O así pensé, hasta que
la presión de aquella habitación fría congeló los golpes y alaridos… se detuvieron,
nuevamente reinaba el silencio total, abrí los ojos y mientras estaba arrinconada en un
rincón del cuarto pude ver una luz tenue que se desvanecía en unos cuantos segundos.
Mi cuerpo estaba en shock, pero mi mente trataba de darle una teoría válida a los que había
presenciado. Quizá había sido un sueño a causa de mi cansancio, o todo había sido
producto de mi mente. Llegué al punto de no querer levantarme hasta que llegara mi
cambio de turno, pero todavía faltaban tres horas, y la ultima ronda era dentro de una hora y
media. Cuando pude salir del impacto psicológico, me levanté y la tranquilidad estaba por
todas partes, como si tal no había pasado nada. Decidí ir a ver por última vez, tomar el
valor suficiente para enfrentar mis miedos, ese temor a la muerte era más grande que mis
ganas de matarme.
Tomé un bisturí de mi escritorio, abrí las puertas con precaución, vigilé a los dos lados,
pero no encontraba nada extraño, caminé lentamente y estaba alerta a cualquier sonido o
suceso. Algo inquietante se notaba a lo lejos en aquel cuerpo. las sabanas blancas en la que
estaba envuelta se habían tornado grises, y un intenso olor asfixiante brotaba de él.
Mientras más me acercaba el olor se volvía más repugnante. Cuando al fin llegué y quité la
manta grisácea y pegajosa de su cuerpo, pude ver su carne podrida, sus ojos eran grandes
cuencas sin relleno, pero su lengua estaba ulcerada. Salté hacia atrás con asombro y un
tremendo pánico. Pude notar algo que se movía entre sus ojos, un enorme gusano verdoso
comecarne, se alimentaba de lo que quedaba de su piel. Nada era ficción, ni un sueño o
fantasía. Pude tocar con el bisturí al gusano, y lo destripé… el asco que me provocó hizo
que corriera para vomitar.
Al llegar al baño y vomitar, todo el mareo y cansancio se fueron. Regresé para hacer la
última ronda, aferrarme a mi terror, queriendo apartar toda cobardía. Saber de que algún día
moriré, que los gusanos comerán mis órganos y lo que queda de mi piel. Comprender que
pasaré por la puerta de la muerte y que provocaré dolor a todo aquél que me quiso, todo
aquél que pudo comprender el dolor ajeno, que hizo todo para que no sintiera este dolor. Un
dolor que no es físico, más bien es sentimental, aquel dolor de ver por última vez a un ser
querido, de ver morir en una cama de hospital a tu madre, y no tener más consuelo que
llorar; en la soledad, que es el verdadero infierno…
Al visualizar nuevamente su cuerpo, se escuchó un último grito; pero este ya no provenía
del cadáver, sino, del sentir y ver brotar sangre… sangre que salía disparada de mi cuello
como una fuente de agua, durante aquel mareo final escuché el llamado de aquella voz que
había prometido asesinarme para cuidar de ella.