Épica Griega: Poemas de Hesíodo y Homero
Épica Griega: Poemas de Hesíodo y Homero
griega
Introducción
El término “épica” proviene del neutro plural del adjetivo latino epicus –a –um, y tiene el
sentido de “los poemas épicos” en su conjunto; su raíz, naturalmente, se encuentra en el griego
ἔπος / épos —“palabra”, “discurso”, “relato”—, ya que éstos fueron los primeros en definir y
caracterizar dicho género. La épica se define como un tipo de poema, de carácter narrativo, en el
que se presentan hechos de carácter heroico asociados a uno o más personajes, cuyos rasgos
determinan una serie de cualidades o valores que los miembros de una sociedad —la que produce
el poema— consideran valiosos. De acuerdo con el especialista Roberto Morales Harley, la épica
griega posee las siguientes características:
1
Los Έκατόνχειρες / Hekatónkheires, literalmente “cien manos” y por ello también llamados Centimanos, eran
criaturas gigantes, con cien manos y cincuenta cabezas.
2
Estos episodios también son tratados en Los siete contra Tebas, de Esquilo, y en las Fenicias, de Eurípides.
En las batallas, intervienen primero los hijos de Edipo, cuando resultan vencedores los argivos y los siete
capitanes; sus descendientes luchan en la batalla en que Tebas se alza victoriosa.
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La epopeya Tebaida trata de esta guerra, y Calino, que hace mención de ella, dice que fue
Homero el que la compuso, y muchos y distinguidos sabios son de la misma opinión. Yo tengo
en la mayor estima estos poemas, después de la llíada y del que trata de Odiseo. (Pausanias
2008: 263)
Así ellos comían carne de bueyes y lavaban los cuellos sudorosos de sus caballos, cuando se
hartaron de la guerra. / Pusiéronse luego la coraza, una vez descansados. Y desde las torres
se esparcieron y se alzaba un inmenso griterío. (Aristófanes: La Paz, v. 1280 y s.)
Existió también dentro de los poemas épicos una Alcmeónida —el nombre de su autor no
ha sobrevivido—, que continuaba lo expuesto en los Epígonos, y servía como nexo entre el ciclo
edípico y el ciclo troyano; de este último, sólo nos han llegado íntegras La Ilíada y La Odisea,
atribuidas a Homero. Los otros textos que, al igual que las demás obras de la épica griega arcaica,
se conocen por medio de menciones en otras obras o bien por fragmentos, se llamaban: Cantos
Ciprios —o Ciprias, atribuido al poeta Estasino, quien habría sido yerno de Homero—, extenso
poema en once cantos que se ocupaba del juicio de Paris y los primeros años de la guerra; la
Etiópida —del ya mencionado Arctino de Mileto—, que trataba de los hechos ocurridos luego de la
muerte de Héctor hasta la muerte de Aquiles, incluyendo la anterior batalla del héroe con Pentesilea;
la Pequeña Ilíada —compuesta por Lesques de Pirra, o bien de Mitilene, ambas ciudades de
Lesbos—; que contaba sobre el suicidio de Áyax, el asedio a Troya y el caballo de madera; la
Iliupersis o “Saqueo de Troya” —también de Arctino—, sobre la invasión y posterior saqueo de la
ciudad; y Nóstoi —de Agías de Trezén—,3 sobre los regresos de los héroes a sus patrias —excepto
por el retorno de Odiseo, que es relatado en la obra homérica—; el ciclo finaliza con la Telegonía,
que narra el viaje de Odiseo a Tesprocia y la historia de Telégono, hijo del héroe y de la maga Circe.
Este texto, posiblemente de Eugamón de Cirene, se habría basado en otro poema anterior, del
mismo tema, llamado Tesprócida.
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Alberto Bernabé Pajares (1999) menciona que pudieron existir entre uno y cinco poemas sobre los regresos:
el de Agías, otro atribuido a Antímaco de Teos, uno de un colofonio, un cuarto de un tal Eumolpo —que el
teórico asocia con Eumelo— y otra obra sobre un regreso específico, de autor desconocido, titulada Regreso
de los Atridas.
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Según el especialista François Jouan (citado por Bernabé Pajares 1999: 97), la cronología
aproximada de composición de los poemas del ciclo troyano es la siguiente:
Otros poemas épicos de los que se conoce el nombre y poco más son la Focaida, sobre la
fundación de Focea; la Forónida, sobre el origen mítico de la Argólide y quien sería el primer ser
humano, el héroe Foroneo; la Danaida, unos 6500 versos sobre la epopeya de Dánao y un catálogo
de sus hijas y descendientes; la Naupactia, una genealogía femenina relacionada con los
Argonautas; Cércopes, una obra en la que Heracles se enfrenta a unos extraños humanos con cola,
que vivían en las Termópilas; y la Miníada, probablemente sobre los habitantes de Orcómeno,
aunque los fragmentos conservados tratan sobre el descenso de Teseo al Hades.
De los poetas épicos cuyo nombre ha pervivido, pero no se sabe casi nada de su obra,
podemos mencionar a Quersias de Orcómeno, de principios del siglo VI a.C.; a Hegesínoo, autor
de un poema titulado Atis, ya perdido en época de Pausanias —siglo II d.C.—; a Pisandro de
Camiro, que vivió alrededor del 648 a.C. y escribió una Heraclea en dos libros, sobre los doce
trabajos del héroe; y a Creófilo de Samos —posible pariente o huésped de Homero—, autor de una
Toma de Ecalia.
Eumelo de Corinto
Εὔμηλος / Eúmēlos vivió a mediados del siglo VIII a.C., y es uno de los poetas épicos de
quien existen más datos fehacientes. Se le atribuyen la ya citada Titanomaquia; un poema
genealógico sobre el origen de Corinto llamado Corintíacas; una Europia, sobre el rapto de la ninfa
Europa por parte de Zeus en forma de toro y su posterior búsqueda por Cadmo; un Himno
procesional a Delos, un canto coral no épico que describe el amor de Zeus por una ninfa; y una
Bugonía, de la que sólo se sabe el título pero no su contenido.
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Cinetón de Esparta
Κιναίθων / Kinaíthōn de Esparta, o de Lacedemonia, vivió en algún lapso entre el 625 a.C. y
el 500 a.C. Se consideran como obras suyas una Edipodia, una Genealogía, una Heraclea, y una
Pequeña Ilíada, que puede o no ser la misma ya mencionada dentro del ciclo troyano.
Asio de Samos
De Ἄσιος / Ásios, autor de comienzos del siglo VI a.C., hijo de un tal Anfiptólemo, se conocen
varios fragmentos de poemas hexamétricos, aunque no se saben sus títulos. Sus textos
conservados responden a poemas genealógicos, de diversos ciclos y regiones, más un fragmento
elegíaco y otro más lírico sobre el lujo de los samios en la procesión de la diosa Hera.
Aristeas de Proconeso
Dicen, pues, que Aristeas, ciudadano en nobleza de sangre a nadie inferior, habiendo entrado
en Proconeso en la oficina de un lavandero, quedó allí muerto, y que el lavandero, dejándole
allí encerrado, fue luego a dar parte de ello a los parientes más cercanos del difunto.
Habiéndose extendido por la ciudad cómo acababa de morir Aristeas, un hombre natural de
Cízico, que acababa de llegar de la ciudad de Artacia, empezó a contradecir a los que esparcían
aquella nueva, diciendo que él al venir de Cízico había encontrado con Aristeas y le había
hablado en el camino. Manteníase el hombre en negarque hubiera muerto. Los parientes del
difunto fueron a la oficina del lavandero, llevando consigo lo que hacía al caso para llevar el
cadáver, pero al abrir las puertas de la casa, ni muerto ni vivo compareció Aristeas. Pasados
ya siete años, dejó verse él mismo en Proconeso y entonces hizo aquellos versos que los
griegos llaman Arimaspos, y después de hechos desapareció por segunda vez. (Heródoto
2006: 488-489)
Επιμενίδης / Epimenídēs fue un filósofo, sacerdote, teólogo y poeta cretense que vivió entre
los siglos VII y VI a.C. Intervino en la purificación de Atenas luego de la mancilla obtenida por los
alcmeónidas4 ya que se lo estimaba mucho por su experiencia en rituales y sacrificios; además, fue
probablemente confidente y consejero de Solón. Según Pausanias, cuando Epiménides murió, su
piel quedó al descubierto y se pudieron observar en ella algunos tatuajes rituales; esto generó cierta
discordia sobre su estatus de profeta, ya que los griegos reservaban los tatuajes únicamente para
los esclavos. La piel de Epiménides fue preservada en la corte de Esparta, donde la consideraban
como portadora de buen augurio para la ciudad.
Se le atribuyen un poema de cinco mil versos que configura una Teogonía —aunque
considerablemente distinta de la hesiódica—, otro de seis mil quinientos sobre la construcción de la
Argo y el viaje de Jasón a la Cólquide —es decir, una Argonáutica—, una obra en prosa sobre la
constitución política de Creta, otra sobre Minos y Radamantis, unas Purificaciones, Oráculos y una
Historia Telquínica. Además, hay una paradoja falsídica que lleva su nombre. Según la “paradoja
de Epiménides”, el filósofo habría afirmado “todos los cretenses son unos mentirosos”, siendo él
mismo un cretense; de este modo, se generaría una aparente paradoja lógica.
Paniasis de Halicarnaso
Πανύασις / Panýasis fue uno de los más tardíos poetas épicos, que produjo su obra cuando
el género ya estaba en decadencia. Vivió a comienzos del siglo V y murió luchando contra el tirano
Lígdamis, vasallo del rey de Persia que gobernaba Halicarnaso. Tras la victoria griega en las
Guerras Médicas, hacia el 468 o 467 a.C., Lígdamis ordenó su ejecución y el destierro de su sobrino
Heródoto —el renombrado historiador— a Samos.
Escribió una Heraclea en catorce libros y nueve mil versos, de los que sólo quedan
fragmentos; también elaboró unas Jónicas, hoy perdidas. Dice Alberto Bernabé Pajares que
“después de él la imitación sustituye a la tradición y lo libresco a lo espontáneo, en pleno declive del
género. Paniasis cierra así un período de la historia del género épico”. (Bernabé Pajares 1999: 361)
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La casta de los alcmeónidas fue expulsada de la polis luego de que cometieron sacrilegio, al asesinar a unos
hombres que escapaban de la justicia. Los fugitivos, después de intentar un golpe de estado, se habían
refugiado bajo la estatua de la diosa Atenea, y habían solicitado que no les hicieran daño; los alcmeónidas,
aun cuando habían dicho que no los lastimarían, mataron a la mayoría y de esta manera profanaron el templo
y el honor de la diosa.
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Hesíodo
La Teogonía
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Las obras fragmentarias de Hesíodo con títulos conocidos son Lecciones de Quirón, Melampodia, la Boda
de Ceix, Descenso de Pirítoo, Dáctilos ideos, Grandes trabajos, Egimio, Astronomía, Los alfareros,
Ornitomancia y Grandes Eeas.
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Un proemio es una introducción poética, cantada por lo general en honor de los dioses. Los himnos —como
los Himnos Homéricos, por ejemplo— solían recibir el nombre de proemios.
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De acuerdo con la cosmogonía, en primer lugar existió el Χάος / Khaos, el “Caos”, aunque
también tiene el significado de “hendidura entre el cielo y la tierra”, del que comenzó a ordenarse el
mundo. De allí surgió Gea —la Tierra—, el Tártaro y otras divinidades primordiales asociadas a
fuerzas de la naturaleza; éstas pertenecen a una clase de deidades denominadas ctónicas. 7 De la
unión de Gea y Urano —el Cielo— nacieron una serie de dioses que representan elementos y
fenómenos naturales, pero también algunos con rasgos marcadamente antropomórficos: los Titanes
—seis varones y seis mujeres, entre los que destaca Κρόνος / Krónos, el más joven de ellos,
representación del tiempo—, los Cíclopes —que eran tres: Brontes, Estéropes y Arges— y los
Hecatónquiros —también tres: Coto, Briareo y Giges.
A partir de este punto, cobran una importancia mayúscula los mitos de sucesión, que
corresponden a las luchas entre las distintas generaciones de divinidades. El primero de ellos relata
la castración de Urano: puesto que el dios no quería separarse de Gea, seguía indefinidamente
cubriéndola y copulando con ella; así, de los hijos de la Tierra que no podían emerger de su seno,
se alzó el más joven de ellos quien, tomando una hoz, cortó los genitales de su padre y los arrojó
al Ponto —el mar. De la sangre que cayó sobre Gea, fueron naciendo otras criaturas, como los
Gigantes y las Erinias. De la espuma que los genitales produjeron sobre el mar surgió Afrodita
Urania.
El segundo de los mitos de sucesión narra la caída de Cronos y el alzamiento de Zeus: como
Urano había vaticinado que el Titán sería derrocado por uno de sus propios hijos, Cronos decidió
devorarlos a medida que nacían; sin embargo, su esposa Rea —una de las seis Titánides—
escondió a Zeus y le dio a su padre una roca, para que éste la devorara. Al crecer, Zeus luchó con
Cronos, lo venció y liberó a sus hermanos. Así, se inició una guerra entre los dioses Olímpicos —
Zeus con sus hermanos y hermanas— y los Titanes, por la legitimación del poder. Los más jóvenes
vencieron, con la ayuda de los Gigantes, los Cíclopes y algunos Titanes que cambiaron de bando,
por lo que encerraron a casi todos los vencidos en el Tártaro —un abismo subterráneo— y se
dividieron los ámbitos de influencia: Zeus se alzó como dios principal y regente de los cielos, a
Poseidón le tocó el espacio de las aguas, mientras que Hades se transformó en señor del
Inframundo.
En otra instancia de legitimación del poder de los Olímpicos —sobre todo de Zeus—, La
Teogonía relata la Tifonomaquia, una lucha contra el monstruo Tifón —hijo de Gea y padre de otros
monstruos mitológicos, como el león de Nemea, Cerbero o Fix—, en la que el padre de los dioses
derrota a la criatura y la arroja al Tártaro. Cerca del final del poema, se mencionan los descendientes
de los dioses Olímpicos, así como sus uniones con mortales. Sin embargo, la obra abunda en
digresiones, entre las que destacan el mito de Prometeo y la deglución de Metis por parte de Zeus,
hecho que da origen al nacimiento de la diosa Atenea.
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χθόνιος / khthónios quiere decir “relativo a la tierra”.
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A continuación se ofrece un cuadro con la genealogía de los dioses, según la obra de
Hesíodo:
Con una extensión de 828 versos, Ἔργα καὶ Ἡμέραι / Érga kaì Hēmérai es la segunda obra
íntegra que se ha conservado de Hesíodo. Así como la Teogonía es el poema de los dioses, esta
obra es el canto de los hombres: su tema central gira en torno a la justicia divina y a la necesidad
de trabajar que tienen los seres humanos para cumplir con su destino. Este texto es, en principio,
una extensión del anterior; como dice el especialista Carlos Miralles: “a pesar de lo diferentes que
a un lector moderno puedan tal vez parecerle Teogonía y Trabajos y días, se trata, en rigor, de dos
poemas que sólo cobran su sentido confrontados: Trabajos y días quiere establecer, con desigual
aliento y no en un discurso suficientemente depurado de un trasfondo divino que intenta, pero sólo
hasta cierto punto, racionalizar, un orden humano ahora y aquí, que sea paralelo al divino
establecido por Zeus [en la Teogonía]” (Miralles 1975: 6).
La temática de la obra tiene, según nos dice el propio Hesíodo, una justificación biográfica,
ya que Perses —hermano del poeta— había iniciado un juicio contra él, reclamándole parte de los
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dineros que ambos habían recibido como herencia, ya que Perses había dilapidado su parte y
Hesíodo no. Los corruptos jueces fallaron a favor del hermano, por lo que el autor debió darle parte
de sus riquezas. Dicen los estudiosos Pérez Jiménez y Martínez Díez con respecto a este texto:
Pues bien, en los Trabajos también vemos a Zeus como garante de la justicia; pero al
contemplar la realidad humana, esa concepción de Zeus plantea ineludiblemente al poeta la
responsabilidad del mal en el mundo. Para explicar este problema Hesíodo recurre a tres mitos
(el de Prometeo, el de Pandora y el de las Edades) que le llevan a la conclusión de que el
origen del mal radica en la propia naturaleza humana, en su orgullosa sabiduría y en su torpe
necedad e injusticia. Así, a diferencia del mundo divino, el de los hombres sigue un proceso
de degradación que sólo se resolverá cuando Zeus resuelva poner justicia definitivamente
entre los hombres. Él no es la causa, sino el que impone ese castigo que merecen los injustos
o el premio que corresponde a los justos. (Hesíodo 1978: 116)
El Escudo de Heracles
Al igual que en los otros poemas hesiódicos, en Ἀσπὶς Ἡρακλέους / Aspìs Hērakléous el
tema central es la justicia de Zeus, que se vale de su hijo, el semidiós Heracles —llamado Hércules
por los romanos—, como instrumento para limpiar el mundo de impurezas e injusticias. La obra
toma el nombre de la extensa descripción que se hace del escudo del héroe —versos 141 a 317—
, elemento que se puede poner en relación con la descripción homérica del de Aquiles, en el canto
XVIII de La Ilíada.
La crítica ha dudado de la atribución a Hesíodo de este poema. Una postura que goza de
una mayor consideración que otras es la que supone hesiódicos a los primeros 56 o 58 versos, de
los 480 totales que posee la obra.
Homero
La cuestión homérica
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Los aedos —ἀοιδός / aoidós, literalmente “cantor”— eran intérpretes de poemas épicos, los que recitaban
acompañándose de un instrumento musical de cuerdas. Su figura es equivalente a la de los bardos celtas. Se
distinguieron de los rapsodas —ῥαψωδός / rapsodós; que proviene de ῥάπτειν / raptein, “coser”, y ᾠδή / ōidē,
“canto”— ya que estos últimos eran los autores de las composiciones que recitaban —lo que impedía la
improvisación—, y porque además no tocaban un instrumento sino que marcaban la métrica de su poema
con golpes de un bastón en el suelo.
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a comienzos del siglo XIX— comenzaron a discutir acerca de la veracidad de su ser histórico. Este
debate se conoce desde entonces como “la cuestión homérica”.
Una de las teorías, lógicamente, implica que Homero fue un sujeto real, que vivió en algún
punto de Grecia; si se acepta esta posición, por lo general se ubica su lugar de nacimiento en la isla
de Quíos. Otra posibilidad tiene que ver con el nombre Ὅμηρος / Hómēros, que en su forma de
sustantivo común significa “rehén”; esta teoría sugiere que existió un grupo de aedos, llamados
“homéridas”, que eran descendientes de prisioneros de guerra y cuya labor consistía en cantar las
glorias militares, tanto míticas como presentes. Esto tenía que ver con una práctica orientada a la
seguridad: como no se podía confiar en la lealtad en batalla del hijo de un prisionero, se les asignaba
el deber de cantar las hazañas guerreras de sus nuevas patrias. Una propuesta más moderna
sugiere que Homero es un personaje ficticio, que representa un sentimiento colectivo, y que
recupera una etimología diferente, ya que parte de un supuesto juego de palabras que significaría
“el que no ve”; la vista, para los griegos, era un sentido clave, como veremos más adelante: si
alguien que poseía tanta sabiduría estaba privado de la visión, era aún más digno de admiración.
La cuestión homérica se extiende también a la autenticidad de los poemas y a sus modos
de elaboración, e incluso a su posible adscripción a más de un “Homero”, o hasta a una “Homera”.
El investigador Richmond Lattimore especuló que el poeta fue, en realidad, una mujer; por su parte,
Samuel Butler propuso que fue una poetisa la autora sólo de Odisea, idea que fue recuperada por
el especialista Robert Graves en su novela La hija de Homero (1955). Otros autores sugirieron que
los poemas fueron desde su inicio un producto de la escritura; otros, que sólo fueron puestos por
escrito mucho después de que hayan sido producidos. Sin embargo, la mayoría de los
investigadores coincide en que, más allá de que haya uno o más Homeros, los primeros dos poemas
que veremos a continuación son el producto de una herencia tradicional, de carácter oral, que se
consolidó entre los siglos VIII y VII a.C.
Ilíada
Ἰλιάς / Iliás, la obra cumbre de la épica griega, es un extenso poema narrativo de 15693
versos, compuesto alrededor del siglo VIII a.C. Se ubica dentro del ciclo mítico de Troya —a la que
los griegos llamaban Ilión, y de donde la obra recibe el nombre—, específicamente durante un
período que abarca 51 días del último año de la guerra, de entre los diez que duró. El tema central
—aunque su título nos marque una dirección distinta— es la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, el más
destacado de los héroes aqueos. Así lo indican los versos iniciales del poema:
μῆνιν ἄειδε εὰ Πηληϊάδεω Ἀχιλῆος Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles,
οὐλομένην, ἣ μυρί' Ἀχαιοῖς ἄλγε' ἔθηκεν cólera funesta que causó infinitos males a los Aqueos
Nadie ha valorado esta construcción ambiciosa mejor que Aristóteles, quien en su Poética
destaca su trazado genial frente a las epopeyas cíclicas: Homero no ha tratado la totalidad de
la guerra, sino que ha entresacado un suceso parcial y le ha dado vida a través de numerosos
episodios [...] el toque decisivo, es decir, reunir una acción muy estructurada en torno al
motivo de la cólera de Aquiles, ha sido realizado de tal modo que este poema de la cólera se
convirtió simultáneamente en una Ilíada. Se han calculado unos cincuenta días para la
duración de la acción, pero si se descuentan períodos con poca acción (tales como los nueve
días de peste, la estancia de doce días de los dioses junto a los etíopes, los doce días de
ultrajes a Héctor, los nueve días en que se apiló la leña para su hoguera), quedan muy pocos
días con una acción concentrada al máximo. Homero se ha valido, ante todo, de dos recursos
para reflejar en tan breve lapso la Guerra de Troya. A la exposición concisa del tema de la
cólera siguen escenas ampliamente configuradas, que exponen la lucha contra Troya. De este
modo, también adquiere sentido la tan extraña prueba a la que se somete al ejército: ya han
pasado nueve años desde que comenzó la guerra; reina un gran cansancio, y se necesitan
nuevos impulsos para volver a poner todo en movimiento. Y en conexión con tales nuevos
puntos de partida, el poeta puede incluir en su Ilíada motivos que corresponden a los
comienzos de la guerra, tales como el intento de solucionar todo el conflicto a través de una
lucha singular o bien la contemplación desde la muralla. Por otra parte, el poeta, a través de
Además del tema central de la ira, la obra se enfoca también en el tratamiento del concepto
de κλέος / kléos —"renombre", "fama"—, que implica la ganancia de gloria personal y familiar —
pues se hereda de padres a hijos, quienes son responsables de acrecentar el buen nombre
paterno—, normalmente a través de hazañas de combate y, en no pocas ocasiones, a través de la
propia muerte en batalla. Por cierto, La Ilíada no trata de los hechos de hombres corrientes, sino de
héroes-semidioses: de uno y otro bando se pueden rastrear antepasados divinos entre los
guerreros. Son, por lo tanto, ἄριστοι / aristoi —“los mejores”— y por ello deben tratar de sostener la
ἀρετή / aretḗ —“excelencia”. Esta noción implica que no sólo poseen origen noble, sino que también
se destacan en materia de belleza y virtud; esto significa que los griegos asignaban a los héroes el
concepto de καλοκαγαθία / kalokagathía —de καλὸς καί ἀγαθός / kalós kai agathós, literalmente,
“bello y bueno”—, que implica que lo hermoso y lo moralmente benévolo funcionan en consonancia:
algo hermoso es, también, algo excelente, y posee virtud. En las lógicas propias de Homero y de
su tiempo, entonces, tener areté, ser kalós y ser agathós era, esencialmente, lo mismo.
Los rasgos constitutivos de esta areté, siguiendo a Morales Harley (2016: 153) —quien sigue
a su vez a Larrañaga— son: la armonía física y espiritual del héroe; su capacidad de superar los
límites humanos, que viene de una fusión entre la herencia —recordemos que los héroes son, casi
siempre, semidioses— y el esfuerzo individual; el honor y el deseo de competir; la gloria, que se
obtiene en la batalla; el botín, que materializa dicha gloria; la δόξα / doxa, que es el conocimiento
obtenido a través de la experiencia; la ayuda de los dioses; la aceptación de su μοῖρα / moira, es
decir de su destino, que lo guía hacia la muerte; y su amor propio, que proviene de abrazar su
condición de ser humano.
En esta misma línea, una fórmula narrativa que destaca en el poema —casi como una
sucesión— es la denominada ἀριστεία / aristeia, que consiste en la puesta en primer plano de alguno
de los héroes; éste, embargado por una fuerza sobrehumana, arrasa con el enemigo, y puede morir
en este momento de máxima gloria personal.9 Por este motivo, podemos afirmar que los aqueos
están entregados a la muerte, aunque no es una muerte cualquiera, sino una “muerte bella”, en
palabras del estudioso de la literatura griega Pierre Vidal-Naquet (2001: 30).
En la Ilíada, merece la pena destacar la relación entre los acontecimientos de los hombres
y el ámbito divino —un rasgo constitutivo de la épica griega—, de cuya intervención dependen
muchos de los sucesos acaecidos en la obra. Los dioses olímpicos, bajo el mando de Zeus, se
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La aristeia por excelencia es la de Aquiles, en los cantos XX y XXI, luego de la muerte de Patroclo; aquí, el
héroe no encuentra la muerte, pero se dirige inexorablemente hacia ella.
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agrupan de acuerdo con sus afinidades por un bando u otro y, además, se involucran activamente
en la lucha. Dice Vidal-Naquet sobre este hecho:
En el canto V, Afrodita y Ares son heridos por Diomedes, hijo de Tideo; Atenea acompaña a
Aquiles en el episodio decisivo del duelo con Héctor. Engaña al héroe troyano al asumir la
figura de su hermano Deífobo. Ayuda a Ulises y Telémaco en cada pasaje de La Odisea. De
todos estos encuentros y enfrentamientos de los hombres con los dioses, sin duda el más
sorprendente es la batalla implacable que libra contra Aquiles, en el canto XXI de La Ilíada, el
río Escamandro, harto de cargar con los cadáveres de las víctimas del hijo de Peleo. El río
trata de ahogar al héroe y deberá intervenir el dios Hefesto con el fuego de su forja para
salvarlo. Esa guerra del fuego contra el agua nos acerca a las cosmologías creadas en el siglo
VI antes de nuestra era por los primeros filósofos. (Vidal-Naquet 2001: 34)
10
Durante la década de 1870, el comerciante y arqueólogo aficionado Heinrich Schliemann desenterró los
restos de Troya —ciudad con la que estaba obsesionado— en la colina de Hisarlik, actual Turquía. A partir
de ese momento, la sagrada Ilión ingresó en el ámbito de la Historia, sin abandonar el de las Letras.
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Odisea
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El primer antecedente de este tipo de historias se encuentra en la Historia del marinero náufrago o Cuento
del náufrago, un texto egipcio compuesto alrededor del 2200 a.C., ampliamente conocido y difundido en la
antigüedad.
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Con respecto a la temporalidad de la obra, merece la pena destacar los siguientes aportes
de Albin Lesky:
Por otra parte, en este poema, además del motivo de los regresos, denominado νόστοι /
nóstoi, tiene un espacio destacado la νέκυια / nekyia —“evocación de los muertos”— en el canto
XI,12 es decir, la consulta a los muertos —que se relaciona con la nigromancia— como medio de
profecía. El héroe realiza una serie de ritos para comunicarse con el sacerdote y adivino Tiresias,
de modo que éste pueda revelarle la forma de regresar a Ítaca; aprovecha, también, para
comunicarse con los eidola —plural de εἴδωλον / eidōlon, “imagen”, o sea una copia astral,
asimilable a nuestra idea de espíritu o fantasma— de otro héroes fallecidos.
La característica más destacada de Odiseo es su astucia, su μῆτις / mễtis,13 que, junto a la
ayuda de la diosa Atenea, le permite sortear las dificultades que se le presentan durante su viaje.
12
La nekyia generalmente se asocia a una κατάβασις / katábasis (“descenso”), es decir, un recorrido
topográficamente hacia abajo —recordemos que, para los griegos, se ubicaba directamente bajo tierra:
literalmente un Inframundo— para adentrarse en el reino de los muertos. Este trayecto derivaba en una
ἀνάβασις / anábasis (“ascenso”), la salida “hacia arriba” de dicho espacio. Algunas catábasis famosas son la
de Orfeo para rescatar a Eurídice, la de Eneas en La Eneida, la del mismo Jesucristo, o la de Dante en La
Divina Comedia.
13
Tenemos aquí otro contraste entre los protagonistas de los dos poemas homéricos, a partir de sus rasgos
más distintivos: la μῆνις / mễnis (“ira”) de Aquiles y la μῆτις / mễtis (“astucia”) de Odiseo.
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Así, de la misma manera que en La Ilíada, los dioses olímpicos se involucran en el devenir de los
acontecimientos y nos muestra de qué modo el imaginario cultural y religioso estaba integrado en
la vida de los antiguos griegos. Reflexiona, a propósito de esto último, Lesky:
La relación existente entre los dioses y los hombres no puede reducirse a unas pocas fórmulas
ético-religiosas. También aquí reina una enorme variedad, y la voluntad poderosa de estos
señores olímpicos es a menudo su última ley. Trataremos de eludir el peligro de una
simplificación violenta de lo múltiple, dejándonos guiar por tres antinomias en nuestra
observación de las relaciones recíprocas entre dioses y hombres.
Proximidad y distancia es el primer par antinómico. Estos dioses se relacionan con los hombres
de muy diversas maneras. Zeus envía mensajeros o señales, otros dioses aparecen tomando
figura humana, que en ocasiones sólo les recubre a manera de una vestimenta flotante.
Cuando les place, se les aparecen a sus favoritos sin contar con semejante enmascaramiento.
[...]
La segunda de nuestras antinomias —favor y crueldad— se vincula íntimamente a lo ya dicho.
Estos dioses otorgan favores a sus favoritos, y lo hacen, ante todo en la Ilíada, obedeciendo
a su propio capricho. Mucho de la naturaleza de los dioses homéricos se expresa en el leve
gesto con el que Atena imprime a la flecha de Pándaro (4, 130) una dirección inofensiva, de
la misma manera en que una madre ahuyenta una mosca que molesta a su hijito. También
recoge el látigo de Diomedes, que Apolo le había hecho soltar. Pero esta benevolencia, que
Atena ante todo otorga a sus preferidos, se convierte, por otra parte, en la más implacable
crueldad. Esto lo advertimos principalmente en la muerte de Héctor, a quien la diosa pone a
merced de la espada de Aquiles mediante un ardid traidor.
[...]
Si como tercera antinomia consideramos la arbitrariedad y la justicia, nos topamos con la
cuestión de la moralidad de los dioses homéricos, que también preocupó vivamente a los
antiguos. Ante todo, en esto se observa una divergencia entre la Ilíada y la Odisea. La disputa
de los dioses al principio del canto 4 nos muestra con particular precisión cómo en la epopeya
más antigua sólo tiene vigencia la voluntad de los dioses.
[...]
Es evidente que la idea de un proceder de orientación ética por parte de los dioses tiene un
alcance mucho mayor en la Odisea. El pasaje que más nos da que pensar se encuentra al
principio, cuando Zeus se queja de los hombres que atribuyen el mal a los dioses, mientras
que, como ocurrió en el caso de Egisto, son ellos quienes se lo procuran por su propia culpa.
Los dioses le han hecho una advertencia a través de Hermes, del mismo modo que los
pretendientes han sido también advertidos repetidas veces en el curso de la acción. Esto
apunta al hecho de que esta acción como totalidad constituye un ejemplo moral, y como tal,
difiere profundamente de la oscura tragedia de la Ilíada, que desemboca en la aniquilación
La Batracomiomaquia
El Margites
Según la tradición, existen treinta y tres himnos que fueron atribuidos al poeta Homero, más
uno —fragmentario— que aparece mencionado en la obra del historiador Diodoro, dedicado a
Dionisos. En la actualidad, sin embargo, se considera que su escritura es posterior al siglo VII a.C.,
por lo que pertenecen a otros autores desconocidos.
Cada una de las composiciones, escritas en hexámetros dactílicos al estilo épico, también
fueron llamadas proemios, es decir, canciones introductorias. Esto se debe a que, probablemente,
servían a los rapsodas como introducción para sus recitaciones épicas. Su extensión es variada, lo
mismo que su temática. Cuatro de ellos son bastante extensos —del 2do al 5to de la siguiente
enumeración—, y todos se encuentran destinados a alguna divinidad. El orden que se les ha dado,
tradicionalmente, es el siguiente: 1. Dionisos; 2. Deméter; 3. Apolo; 4. Hermes; 5. Afrodita; 6.
Afrodita; 7. Dionisos; 8. Ares; 9. Artemisa; 10. Afrodita; 11. Atenea; 12. Hera; 13. Deméter; 14. La
madre de los dioses; 15. Heracles, corazón de león; 16. Asclepio; 17. Los Dioscuros; 18. Hermes;
19. Pan; 20. Hefesto; 21. Apolo; 22. Poseidón; 23. Zeus; 24. Hestia; 25. Las musas y Apolo; 26.
Dionisos; 27. Artemisa; 28. Atenea; 29. Hestia; 30. La Tierra, madre de todos; 31. Helios; 32. Selene;
33. Los Dioscuros.
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