El
Extraño Mental
Arik Eindrok
En el lúcido tatuaje de la sombra,
ahí donde creo sentirme más seguro
de la monstruosidad que devora mi alma,
es donde contempla dios mi mente suicida
Melisa, tu prometida, se suicidó ayer por la noche. Supuse que sería
algo que querrías saber, pero no sé. Ven pronto, los detalles están en la
carta, en caso de que te interese saber…
Eso fue lo que leí en la pequeña nota al interior del sobre tras abrir la carta que
recogí llegando del trabajo. La verdad es que me sentía cansado y no tenía
humor para leer cartas sobre personas que se suicidaban, pero, en cierta forma,
no pude evitar esbozar una mueca de confusión y, debo confesarlo,
satisfacción. Mi habitual indiferencia se vio destrozada ante esta esquela y eso
me intrigó. Paulatinamente descubrí el porqué de tal sobresalto, vaya que era
rápido en olvidar las cosas… Melisa era la mujer que creía amar hasta hace
poco, aquella con quien me casaría y con quien formaría una familia para vivir
bajo los estándares de la sociedad. No encontraba ahora razón más disparatada
para desternillarme. ¿Se había suicidado la mujer que hasta hace poco tiempo
era el amor de mi vida? En todo caso, ¿eso tenía algo que ver conmigo?
¿Debía acaso afectarme de alguna manera? ¿Me dolía siquiera saber su
defunción? ¿Qué significaba todo esto para mí? La respuesta a esta y más
interrogantes fue un rotundo no. Más aún, obvié lo leído y terminé
recostándome en el sillón para tomar el libro que tenía pensado terminar hasta
que el crepúsculo estuviera en una fase bastante avanzada. Solamente colegí,
antes de enfrascarme en mi lectura, lo que siempre pensaba sobre cualquier
cosa absurda que pasaba en mi caótica y carente de sentido existencia: me es
indiferente.
En verdad había sido un día agotador. El jefe quiso que lo acompañase a
una reunión con los nuevos clientes, puesto que los próximos proyectos
tendrán que ver con temas que involucran mi área. Debo decir que estudie
matemáticas en una supuesta universidad famosa en la ciudad. Esto,
curiosamente, también me resulta insulso. En ocasiones recuerdo la forma
estúpida y desquiciada con la que seguía los patrones de la sociedad, cosa que
todavía hago, por más que lo evada. En ese entonces tenía sueños de ser un
gran científico e investigador, vaya tontería. Me desternillo cada vez que
rememoro lo absurdo y patético de tales divagaciones. Indudablemente era yo
un capullo, un sujeto infectado de la estulticia global entre los mi edad. Pasó
algún tiempo, sin embargo, para que descubriera que el camino académico era
tan miserable como lo era la existencia misma de los humanos. Y, como decía,
en aquel entonces creía que la ciencia realmente podía usarse para cambiar el
mundo y ayudar a los más necesitados. ¿Debo seguir mintiendo? ¡Creo que
no! ¿A quién quiero engañar con esas zarandajas? Realmente sentía que, si
estudiaba alguna cosa complicada que casi nadie entendiera, podría elevar mi
ego y satisfacer mi intrínseco anhelo: ser diferente a los demás monos.
No encuentro, ciertamente, algo más gracioso y estúpido que el orden
ficticio que intenta imponer el mono en su delirio y en su jactanciosa cabeza.
Solo una cosa es la que siempre ha figurado entre mis principales
pensamientos, sino es que ocupando el trono entre ellos: el humano, por más
que intente aparentar algo distinto, no está destinado a realizar grandes cosas.
Es gracioso, pues siempre las personas terminan enojándose conmigo y
tachándome de demente, descorazonado y pesimista irremediable. La verdad
es que no soy nada de eso, me considero sencillamente alguien a quien todo le
da igual, a quien la existencia le resulta algo odioso, enfermizo e inútil, pero
que no encuentra todavía el valor para desaparecer y unirse a la nada. Mis
puntos de vista desagradan a la mayoría y he sido rechazado constantemente
por un conjunto de seres que todavía no entienden que sus insignificantes
acciones en nada cambiarán su miserable existencia. En fin, siempre me
pierdo en mi cabeza e interrumpo lo que estoy haciendo, como ahora que he
dejado el libro que me había propuesto terminar esta noche.
Y bien, tengo un trabajo como analista de datos, vaya cosa. Para nada es
lo que yo quiero hacer en la vida, aunque, ciertamente, no hay nada que quiera
hacer, tal vez solo dormir o morir. Estudié matemáticas por razones que ahora
me son totalmente ajenas, y, si pudiese elegir de nuevo mi profesión, creo que
elegiría no haber nacido. Si pudiese, borraría mi existencia de este mundo para
toda la eternidad, pero eso es imposible. Me he obsesionado con tal cuestión,
pues considero que, aunque me matase, mi existencia ha quedado definida en
cierto momento en el tiempo en que se supone palpita este triste y derruido
planeta. Entonces ¿cómo podría desaparecer por completo? ¿Cómo podría ser
borrado de la existencia para siempre? Mi recuerdo continuaría en las mentes
de aquellos que me conocieron. Más aún, mis acciones, aunque
intrascendentes, quedarán para siempre asentadas. De hecho, ya han quedado,
pues lo que yo he realizado no puede alterarse ni deshacerse jamás, pues se
encuentra en aquel periodo de tiempo conocido como el pasado, al cual la
ciencia moderna no ha conseguido aproximarse de manera tangible.
El hecho es que estudié matemáticas, y al final de la carrera todo se
tornó en un absoluto, infame y vomitivo calvario. Los profesores me
parecieron de lo más banal y mísero, con sus gastadas e insignificantes teorías
que no eran sino meras repeticiones de lo que otros sujetos ya habían repetido
hasta el cansancio. Y así fue toda mi estancia en la universidad, tan solo una
vil acción consagrada plenamente a la repetición de ideas sin cuestionamiento.
Lo único bueno de la escuela es que se haya terminado, y ¡pensar que antes
quería hacer posgrado, y lo que le sigue! Era, grotescamente, un pobre infeliz;
y quizás ahora no sea distinto, pero ya me es indiferente. Por un milagro me
titulé tras concluir un infernal seminario donde casi me arranco los ojos con la
estupidez de los profesores y mis compañeros. Pero todo eso ha quedado
reducido a memorias vagas y absurdas que ahora me causan risa. No sé qué
será de mí ni me interesa, no tengo un plan de vida ni tampoco lo quiero. Por
ahora trabajo y pago mis gastos, pero no pienso estar mucho tiempo en este
mundo. Me enferma la humanidad, especialmente la mía.
Tras haber quedado más que asqueado de la escuela, decidí que tendría
que trabajar; de hecho, no tenía opción si quería sobrevivir en este banal
mundo materialista y efímero. Y eso es lo que hago: trabajo para mantenerme,
para pagar mis gastos sin molestar a los demás y para ser parte de una
sociedad que detesto. Esos son los detalles de todo cuanto hago, además de
que ocasionalmente voy a correr y, sobre todo, me gusta bastante leer. Por
fortuna, mi metabolismo es una maravilla y no requiero de gran actividad
física para conservarme delgado, aunque igualmente me sería indiferente si
estuviese obeso, pero creo que eso nunca ocurrirá. Entre mis lecturas favoritas
se encuentran las novelas de Dostoievski y de Hermann Hesse. También los
aforismos de Cioran me parecen bastante peculiares.
A veces también veo algunas series o películas, aunque, en general, no
presto mucha atención, pues mi cabeza parece estar siempre desconectada de
mi cuerpo, como si viajase por extraños eones del cosmos mientras mi
putrefacta forma carnal se encuentra atada a este mundo superfluo. En un
tiempo tuve la idea de pintar o escribir, pero no me he animado a emprender
tal empresa, quizás algún día lo haga. En mi época adolescente incursioné en
el campo de la música, tomando algunas clases de piano y violín, pues me
encanta la música clásica, único género que tolero, pero más tarde todo
culminó de manera ridícula y desastrosa. Mis padres, creyéndose con el
derecho de decidir sobre mi futuro por el simple y casual hecho de haberme
engendrado en este mundo al que yo no pedí venir, o así quiero creerlo, se
tomaron la desfachatez de alejarme de lo único que he llegado a adorar.
Cuando más concentrado estaba y más en serio tomaba mis estudios de
música, cuando más progresos había realizado con el violín, el piano y hasta el
violoncelo, fue cuando mis entrometidos padres decidieron que estaba
descuidando mis acondicionados estudios académicos y se precipitaron cuanto
pudieron para presionarme y, al fin, hacer que abandonase la escuela de
música. Pienso que, sin su intervención, acaso sería yo ahora un grandioso
músico, aunque fuese en los vagones del metro.
Como sea, siempre he pensado, a pesar de mi indiferencia y pesimismo
ante la existencia, que existen solamente tres actividades que podrían hacer
interesante la vida de un humano: la música, la literatura y el arte.
Particularmente adoro la poesía y la filosofía existencialista. Y, en cuanto a la
música, me quedo sin palabras al escuchar las aberraciones que hoy en día se
hacen llamar con tal término, pero es natural que así sea, pues hoy en día es
fácil engañar a personas que han nacido y morirán engañadas. No obstante, no
quiero decir que, gracias a la música, el arte y la literatura la existencia
humana tenga sentido alguno; eso sería dar mucho crédito a una
insignificancia de magnitud megalítica. No, desde luego que no es así, aunque
se diga siempre lo contrario. Las personas solo son apariencia hoy en día,
hacen todo lo posible por encajar con los patrones que la sociedad dicta y por
sentirse parte de algo, aunque ese algo sea absurdo. Pero ¿qué se le va a hacer?
Esta es la vida, y, si todo carece de sentido, entonces eso representa, asimismo,
una libertad como ninguna otra. El humano se ha limitado a sí mismo
imponiéndose religiones, falsos estatutos morales, valores insulsos, reglas y
normas bajo las cuáles quiere ordenar un caos infinito.
Yo, por mi parte, no tengo moral en lo absoluto, tampoco valores ni me
interesa. Algunas personas dicen que mi corazón es de piedra y que mi sangre
es tan gélida como la nieve, pues raramente expreso emociones o
sentimientos. No sé si esto, en gran medida, tenga algo que ver con la
disociación que siento entre mi cabeza y mi cuerpo, pues todo en mí tiende al
racionalismo, y creo que ya no siento nada. No sé si he perdido esa capacidad
o si tan solo la he inhibido, posiblemente he pasado tanto tiempo en mi cabeza
que me he olvidado de mi cuerpo, pero ¿no es esa la forma de sobrevivir en
este mundo absurdo? Como sea, soy un hombre absurdo y no me interesa
seguir alguna convención social, religiosa, política, moral, económica,
deportiva o de cualquier otra índole. Los humanos me parecen seres viles y
asquerosos por naturaleza, pues su constante tendencia a la envidia, la
ambición, el poder y lo material los ha reducido a entes de perpetua estupidez
y superflua esencia. Pienso que, incluso si este mundo corrompido se limpiase,
no serviría de nada, pues el humano volvería a ensuciar ese nuevo mundo con
sus locuras y sus nauseabundas concepciones. Por tanto, puedo afirmar, sin
temor a equivocarme, que el humano no merece un mundo diferente, que este
es precisamente el que debe tener y que morirá bajo las condiciones ominosas
que él mismo ha diseñado.
En fin, hoy es un día extraño. No sé por qué he pensado en todas estas
banalidades, supongo que es por la ingente cantidad de café que bebí para
resistir y así poder culminar el libro que desde hace dos meses no he podido
finalizar. De la vida, como comentaba, no tengo grandes expectativas, jamás
las tuve. Crecí siendo un niño tímido, callado y detestado; y cuando fui
adolescente las cosas no cambiaron. En la universidad tampoco fue diferente.
Recuerdo que rara vez entraba a mis clases, prefería aislarme y estudiar por mi
cuenta, cosa que a veces molestaba a ciertos profesores puesto que mis notas
llegaban a ser más sobresalientes que las de aquellos con asistencia. Nunca he
tenido amigos, al menos así lo creo, compañeros tal vez. Lo primero que
pienso cuando conozco a alguien, tras mi experiencia conociendo personas, es
que, por defecto, debo considerarlo estúpido. Curiosamente, esta percepción
casi nunca falla y la he tomado como una constante. Odio conocer personas,
esa es la verdad, y lo evito siempre que puedo, sean hombres o mujeres, me es
indiferente.
Como sea, desde pequeño fui reservado y me entretenía mirando a los
adultos preocuparse por problemas absurdos, como el gasto, los hijos, la renta
o el trabajo. No entendía, ni entenderá jamás, por qué las personas tienen
hijos. Es una cuestión difícil de responder, aunque creo que todo tiene que ver
con su propia imbecilidad. Y ahora que soy adulto miro a los demás,
particularmente a la gente anciana, y siento náuseas. Me enferma saber que
algún día yo terminaré como ellos, gente sin el más mínimo sentido cuyas
vidas han discurrido en la absurdidad de la existencia y en el banal y tedioso
ciclo de costumbres y creencias. La gente anciana me parece, sin lugar a duda,
la imagen perfecta de una vida condenada a la insignificancia. Nacer, crecer,
reproducirse, morir. ¿Qué más hay en la vida de los humanos? Todos afirman
que experimentar cosas, aprender, tener hijos, casarse, divertirse… Pero, al
final, debemos aceptar que son solo pretextos para matizar la vida de un
conglomerado de sentidos que simplemente no tiene. ¿Hasta cuándo aceptarán
los humanos que la pseudorealidad en que nos suspendemos no va hacia
ninguna parte, que la existencia humana no tiene el más mínimo sentido?
Pero ya es noche, muy noche, casi la una de la mañana. Me hallo en mi
habitación, ubicada en un barrio de mala muerte. Antes vivía en un lugar de
buena reputación, pero me enloquecía hasta la demencia mirar a aquellas
personas estereotipadas pasear a sus repugnantes mascotas y presumir por
tener más dinero que el resto de los monos. Y aquí estoy bien, sumido en la
desdicha de una vida caótica y sin sentido, en este cuarto hediondo que rento
por una cantidad modesta. Por fortuna, no me queda tan lejos del trabajo y eso
ayuda, además de que el metro queda cerca. Si algún día me balean antes de
llegar a la puerta, ¡qué suerte la mía! Nunca aseo, esa es la verdad, ni me
interesa hacerlo. Lo más que hago es llevar mi ropa a la lavandería y barrer
ocasionalmente. Me encargo de mi alimentación y de todas mis cosas, fue así
como lo quise cuando me fui de la casa de mis padres.
En fin, avancé lo que pude en mi lectura y creo que me resignaré a
terminar este libro mañana, pues ahora se me cierran los ojos y mañana será
un día pesado. No importa lo que pase, pues sé que, cuando despierte, la
pesadilla comenzará de nuevo. Debo admitir que, si antes no me molestaba,
ahora se ha convertido en una tragedia: existir me enferma.
Y justamente cuando estaba por acostarme, tras haberme cepillado los
dientes y haber preparado mi ropa, tropecé, por desgracia, con la misiva en
donde se me notificaba sobre el suicido de mi antigua amante Melisa. ¿Qué
hacer? ¿La tiraría así nada más sin esperar encontrar algo sobresaliente?
Bueno, abrí el sobre y, antes de arrojarla al basurero, una curiosidad infame se
apoderó de mi cordura. No es que me importase lo que había ocurrido con
Melisa, como tampoco me importó lo que mis padres sintieran el día que me
fui de casa, como tampoco me interesaba entrar a clases o tener amigos, ni
mucho menos seguir los patrones y la falsa moral de una raza de humanos
cuya principal habilidad era decir estupideces y hacer hasta lo imposible por
ser más patéticos cada día. Era solo que, de algún modo, algo en mí me
impulsó a leer. Abrí la esquela sin entusiasmo, olvidándome de leer la fecha y
todos esos datos molestos. Esto fue lo que encontré en el contenido:
De: Margaret Rochet
Para: Lehnik Belz
Te escribo para darte la fatal noticia, esperando que abandones tu estado de reticencia y que abras
los ojos ante la realidad de tu vida. Debes saber, y en verdad me acongoja que intentes hacer
como si nada hubiera ocurrido, que, con pesar escribo mientras las lágrimas escurren
abundantemente por mis mejillas, Melisa Rochet, mi hermana y tu prometida hasta hace pocas
semanas, se suicidó por la madrugada, mientras todos descansábamos en paz y nos preparábamos
para un nuevo despertar. Ella se cortó las venas y, por lo que encontramos, tardó mucho en
perder la consciencia, por lo cual infiero que debió haber sufrido en demasía. No te culparé ni te
ofenderé, pues solo tú sabrás la magnitud de la equivocación que has cometido y la carga que tu
consciencia albergará para siempre. Espero, por tu bien, que puedas dormir tranquilo después de
esto, aunque más me gustaría que reflexionaras y que corrigieras tu indolente y egoísta actitud y
pudieras asistir al funeral de mi hermana y tu anteriormente prometida, que se llevará a cabo el
viernes de la semana en curso. Melisa te amaba, siempre lo hizo y murió amándote, aunque a ti
en nada te importen sus sentimientos ni los de ninguna otra persona. Su único error fue haber
amado a un hombre con corazón de piedra como tú. ¿Es que no lo ves? ¿Acaso piensas estar solo
el resto de tus días? ¿No ves que te equivocas con tu actitud sardónica e intransigente? Tienes
que cambiar, necesitas ayuda profesional. No sabes cuánto me duele saber que mi hermana se
quitó la vida por ti, porque te fuiste así nada más sin saber que ella… que ella estaba esperando
un hijo tuyo. Así que piénsalo bien, no solo acabaste con su vida, sino también con la de una
criatura inocente. En caso de que esto no sea razón suficiente para que te presentes, ¿qué clase de
monstruo eres? ¿Cómo podrás dormir y vivir sabiendo lo que has hecho? Mis padres están
destrozados y lo único que piden es verte, que muestres un poco de interés en la mujer que te
amo y que murió por ti. Nadie te ofenderá ni te culpará más de lo que dios pueda juzgarte, pues
si Melisa cometió tal acción por ti fue su decisión, pero, por favor, ven al funeral, por respeto a la
vida misma y al dios que tanto niegas. Melisa murió desangrándose y entre sus manos guardó tu
foto y todo lo que le obsequiaste cuando aparentabas quererla. Ella solo tenía un sueño, y era
estar por siempre a tu lado, el que hicieras un pequeño espacio en tu ajetreada vida para que ella
pudiera hacerte feliz. ¿No te hubiera gustado tener una familia con ella? Piénsalo
detenidamente… Bueno, ya solo me queda orar por la salvación de tu alma, para que en el día
del juicio final tus pecados sean perdonados.
Pobre Melisa, nunca pensé que la destrozarías de este modo, no cabe duda de que eres un
hombre insensible, aciago y, tal vez, el más aberrante de todos.
¿Qué clase de cosa acababa de leer? ¿Qué era toda esa declaración que
se hacía en mi contra para luego fingir perdón y suplicarme por asistir a un
funeral? Apenas y podía absorber el contenido de tan aberrante misiva. Lo
único que acerté a hacer, sin temor alguno, fue a esbozar una sonrisa. No tenía
ya humor para estas banalidades y el cansancio me cerraba los ojos. Así, me
acosté un tanto molesto por aquella misiva que había interrumpido mi
tranquilidad. Por ahora solo debía dormir, así que me apresuré a colocar el
libro sobre el estante y me dirigí a la cama, dispuesto a arrojarme sobre los
brazos del olvido absoluto al que tanto me fascinaba entregarme.
II
Era la hora de la comida y me hallaba sentado en aquella cocina económica a
la que asistía diariamente sin la mayor importancia. Pensaba un poco en cómo
había sucedido la cadena de acontecimientos que me condujeron hasta la
supuesta situación en la que se me acusaba de no tener corazón, y, en caso de
tenerlo, estar hecho de piedra. La misiva me pareció bastante graciosa y todas
las acusaciones y súplicas resultaron fútiles y patéticas para mí. Ciertamente,
había querido un poco a Melisa, al menos eso creía. Todo con ella fue curioso,
rememoraba los sucesos ahora sin sentir algo en especial, ni felicidad ni
tristeza, solo en un estado al que yo llamaba indiferencia absoluta, pues era el
que imperaba en mi existencia y el único en el que me sentía a gusto, aunque
casi a todos les desagradara.
Había conocido a Melisa en la universidad, mientras estudiaba el quinto
semestre. Ella, por su parte, había ido en aquella ocasión tan solo para visitar a
una amiga que estudiaba ingeniería en la escuela adyacente a la mía. De
alguna manera las cosas pasaron y terminé entablando amistad con ella gracias
a su amiga. Esa vez fue un tanto desconcertante para mí, pues era la primera
ocasión en que sentía no ser yo mismo, en que mi impasible aspecto se había
visto perturbado de forma brutal. ¡Qué gracioso resulta ahora rememorar
aquellos días en que me creía enamorado, y es que tal vez así había sido! Me
enamoré estúpidamente de Melisa y compartimos momentos que nos elevaron
hacia un lugar al que jamás creí llegar. No estoy seguro de si ella pudo sentir
todo lo que yo, aunque, a final de cuentas, de nada sirvió.
Y es que así era el amor, solo una estafa momentánea para engañarse y
creer que la vida podría ser valiosa. Las personas suelen, de manera absurda y
repugnante, hacerse promesas que racionalmente no están dispuestas a
cumplir, y que, en la mayoría de las ocasiones, escapan de su alcance. Simple
palabrería, mera charlatanería y solo un cáliz efímero que actúa como
sucedáneo de un sentido inexistente. Todo aquel que se haya enamorado sabrá
de qué hablo, pues naturalmente dicho sentimiento termina por mostrarse en
su auténtica faceta, quedando reducido a una maltrecha ilusión. Me atrevería a
decir que el amor ha acabado con más personas de las que han sucumbido en
las guerras, pues las artimañas que tiene para llegar tan subrepticiamente y
escapar de manera tan descorazonada son perfectas.
Una vez que el amor se ha extinguido, nada queda por decir o hacer,
salvo aferrarse a lo que ya no puede ni podrá jamás ser. Esta es la esperanza en
la que reposan las marchitadas esperanzas de los antiguos amantes, quienes
intentan desesperadamente cualquier remedio ante la inevitable muerte de
aquello que antes fuese el máximo aliciente. Pero el amor se va, se termina
tarde o temprano, y es mejor no prestarle demasiada atención. Uno de los
mayores males del amor es la desgracia en que deja al antiguo portador, pues
toma mucho más de él de lo que en otros tiempos le otorgó. He ahí el mayor
acto de cobardía por parte del amor: siempre quita y arrebata violentamente
con una intensidad mucho mayor con la que da. Enamorarse es complicado,
pero aceptar que ya no se está en tal condición lo es aún más.
Fácilmente las personas se engañan matizando su desvencijado amor con
cualquier otro elemento, ya sea apego, costumbre, necesidad, dependencia,
trastorno, entre otros. Cualquier fundamento que sirva como chantaje para
mantener a esa persona que antes significó todo resulta aceptable. Y ¡qué triste
es atisbar la decadencia del amor, la penumbra de dos amantes que, en su
delirio, todavía intentar nadar en un eterno y lóbrego mar sin fondo! Así me
parecía el amor, como un barco milagroso y fastuoso en donde se refugian
temporalmente los supuestos amantes, pero que, en algún momento y de
manera inextricable, deberán abandonar para sumergirse nuevamente en
aquella negrura oceánica. No importa si es consciente o inconscientemente, el
barco siempre es temporal, nadie puede quedarse eternamente. Por tales
razones, el amor entre los humanos me parece hosco y fútil, igual que la
existencia misma. Se intenta luchar contra lo inevitable y se precipita
vertiginosamente hacia la propia perdición, hacia esa grieta de insondable
profundidad donde se mira cómo mueren los últimos destellos de lo que
alguna vez se llamó amor.
Pensaba, como siempre tiendo a pensar más de lo que vivo, que mi
teoría sobre el por qué las personas se mantenían juntas durante años seguía
siendo tan cierta. Y es que el humano es un ser por naturaleza social, tan
miserable e incompleto que depende del sexo opuesto para sentirse pleno.
Acaso me atrevería a barruntar que lo máximo a lo que se puede aspirar es
solo al enamoramiento, sin que se abandone esa temporal fase que, en la
mayoría de los casos, no abarca más allá de unos cuántos meses. Precisamente
una vez concluida esta fase llega la decadencia para corroer la inmaculada
farsa del amor. Por eso aquellos que se mantienen juntos durante años me
parecen los más hipócritas, los que están tan ciegos como para no darse cuenta
de la trampa en la que han caído sus consciencias desgastadas.
Aunque, ahora que lo recuerdo, fue por Melisa que comencé a
reflexionar. ¡Qué lejanos me parecen esos tiempos donde, indolente y absurdo,
prometía amor eterno y demás babosadas bajo los embriagadores efectos de la
mayor mentira alguna vez inventada! ¡Qué irónico resulta saber que, por más
que se luche, el amor se terminará, dejando un hueco imposible de llenar! No
comprendo cómo es que las personas se atreven a amar, aunque supongo que
cada uno tiene sus propias maneras de torturarse. Lo único que me queda claro
es que yo, desde hacía mucho, había dejado de amar a Melisa. El problema fue
que su prejuiciosa concepción no pudo aceptar que entre nosotros nada
quedaba ya, que habíamos exprimido mucho antes de lo normal el tropel de
mentiras que nos envolvían en fragantes almizcles, que nos habíamos
lastimado mucho más de la cuenta, y que, para ser claros, jamás podríamos
volver a mirarnos como el primer día en que nos habíamos conocido, cuando
aconteció en mi interior una estelar conmoción: el enamorarme perdida y
estúpidamente por primera y última vez en mi asquerosa existencia humana.
Por desgracia, Melisa continuaba obsesionada, y, de cierta manera, yo
también. Ambos entendíamos perfectamente la situación, sabíamos que ese
sentimiento puro y fulgurante que antes nos había ligado ya se había
desvanecido para siempre. No obstante, ninguno quiso desligarse del otro y
continuamos con la argucia tanto como pudimos, incluso forzándonos a
mantener relaciones íntimas cuando ya ni siquiera era sano. Así, nuestra
relación antes sincera se tergiversó en una enfermiza necesidad y una
dependencia malsana, hasta tal punto en que ambos fuimos incapaces de
confesar nuestros verdaderos sentimientos y romper con todo. Así fue lo
nuestro hasta que yo tomé el gran paso y la abandoné, extirpando el nefando
recuerdo que de ella conservaba tan impregnado. Recuerdo que esa noche me
embriagué como nunca y no dejé de llorar, pero fue la última vez desde
entonces. Tras este incidente, pareciera como si mi interior estuviese vacío,
como si mi mente hubiese tomado el control y mis pensamientos hubiesen
aniquilado a mis sentimientos. No me cuestiono estupideces sobre si pudiese
amar de nuevo, puesto que no necesito hacerlo, incluso me molestaría que
ocurriese. He tenido ya bastante de aquella fantasía llamada amor y me siento
asqueado de haberme hundido en sus fauces. Desde luego que Melisa no había
corrido con tan buena suerte, pues haberla abandonado al parecer la había
conminado a un estado delirante que culminó con el suicidio.
Pero comenzaba a fastidiarme que estos asuntos amorosos relacionados
con Melisa hubiesen interrumpido mi hora de lectura, pues siempre
aprovechaba la hora de la comida para tal actividad. ¿Sentía yo
remordimiento? ¿Me importaba en lo más mínimo que Melisa, la mujer que
alguna vez amé cuando tuve sentimientos, se hubiese quitado la vida por mi
causa? No. La respuesta, al igual que ayer cuando sostenía la carta, fue un
rotundo no. Incluso me esforcé por sentir lo más mínimo: angustia, pena,
dolor, tristeza, compasión, lástima o lo que fuera, pero nada podía sentir
brotando de mí. Sin importar cuánto lo intentase mi interior era como un seco
y árido paisaje, gris y fúnebre, en donde ningún color bastaba para alterar el
lienzo. En verdad que traté cuanto pude, casi me arrancaba los cabellos
intentando sentir algo que no podía. Ya me había engañado antes lo suficiente,
y, en esta ocasión, no caería de nuevo en aquel tremebundo juego. La verdad
era que no sentía nada ante el suicidio de Melisa, salvo quizá gusto, pues esto
derivaba directamente de mis creencias sobre la muerte. Su imagen estaba
claramente en mi cabeza, pero, por alguna razón, me sentía en la indiferencia
absoluta. Y así había sido desde aquella noche donde me embriagué como
nunca.
Me retiré para continuar con mis banales labores cotidianas, algo que me
parecía tan execrable, pero que no podía hacer de lado. Supongo que estaba
bien, pues, de otro modo, me aburriría en mi cuarto. Así de monótona y
aburrida era la vida humana, aunque se intentase cualquier cosa para aparentar
lo contrario. Pasé el resto de la tarde sumido en la oficina y concentrado en
mis deberes, pues se acercaba la fecha de entrega de uno de los proyectos. No
tuve tiempo para elucubrar sobre Melisa ni tampoco para decidir si asistir al
funeral como se me solicitaba, pero muy probablemente no. La verdad es que
no quería hacer nada, menos tal actividad. Además, me costaría tanto
aparentar sufrimiento, e incluso, tal vez, no lograría derramar ni una sola
lágrima. Esto, sabía, ofendería e indignaría a todos los presentes, y no quería
un escándalo ni más problemas. Lo mejor sería pasarla en el trabajo o en casa,
como siempre.
Llegué algunos minutos más tarde que de costumbre a mi habitación,
ligeramente mojado de los zapatos y sin ganas de existir, cosa normal. Me
quedaba claro lo horripilante que era estar rodeado de humanos, sentir su
respiración o escuchar los blasfemos sonidos que emitían al hablar. Me
estresaba y entraba en crisis de ansiedad cuando había gente a mi alrededor,
me ponía mal saber que estaba rodeado por humanos torpes. Siempre que
tomaba el metro cerraba los ojos para evitar mirar a la gente, condición que
repetía siempre que podía, pues mirar a las personas me fastidiaba. Al regresar
a mi cuarto mi vida es rutinaria, y fuera de él también. Y es que no podría ser
de otro modo, pues cualquier vía de escape estaba fuera de mi alcance.
El trabajo me ocupa desde temprano hasta tarde, por lo cual el tiempo
restante, que es bastante escaso, lo dedico a leer, y a veces también corro.
Básicamente, mi vida es tan intrascendente como la del resto, y eso me jode.
Quisiera hace algo distinto, algo que fuese contrario a lo banal, pero es
imposible en este campo de mentiras eviternas. Soy solo un mortal que, acaso
por una divina equivocación, ha sido conminado a habitar en este cementerio
de sueños rotos. La verdad es que detesto salir, aunque deba hacerlo para no
pagar los cinco pesos extra de la comida a domicilio.
El desayuno y la comida siempre tienen lugar en la misma cocina
económica donde hoy elucubré imbécilmente acerca del amor. En un
comienzo, cuando dejé la casa de mis padres, este asunto se tornó bastante
intrincado dado que yo tenía pensado cocinar, pero a la semana me rendí y
preferí pagar por ello. Por cierto, también coloqué la carta del suicidio de
Melisa en un lugar donde no estorbase, ya tendría tiempo para arrojarla a la
basura después. Y así, me recosté sumamente cansado, tan solo para
reflexionar sobre el sinsentido de la existencia humana en un caótico cosmos
donde representamos menos que nada, y en donde vivimos como si fuésemos
los amos del todo, destruyendo y manipulando la ilusión de la realidad para
satisfacer nuestros enfermizos y errantes deseos de supervivencia.
Odiaba esta mierda, esta sensación en la cual me veía forzado a despertar.
¡Qué magnificente era soñar y qué escalofriante, abrumador y pestilente era
sentirme vivo de nuevo! ¿No podía dormir eternamente sin necesidad de
recurrir al suicidio? Me había vuelto un fanático de teorías sobre personas que
entraban en coma y no despertaban jamás, añorando que fuese mi caso uno
más de esos. ¡Qué complicadas eran todas mis mañanas, sin el más absoluto
deseo de levantarme, como si aquellas cobijas representasen un refugio
inmarcesible en un mundo ponzoñoso como el del humano! Eso,
curiosamente, venía pensando desde aquella noche donde me embriagué como
nunca. Por eso, en parte había decidido ser sincero conmigo mismo y no
mentir jamás, aunque eso, bien sabía, era una enorme desventaja en un mundo
basado plenamente en cómicas falacias. De cualquier modo, siempre tuve la
convicción de morir joven, así que estaba bien.
Hoy me toca trabajar desde casa, así que no debo salir al mundo y odiar
más gente. Realmente me parece desagradable e insensata la existencia de un
ser tan vil y putrefacto como el humano. Debo confesar que a veces rezo,
aunque sé que de nada sirva, por la destrucción de esta raza execrable.
Digamos que mi mayor sueño es que caiga un meteorito o que se consume el
fantástico apocalipsis de la biblia. Por eso me alegro cuando alguien muere,
porque sé que ya no estará en este mundo nauseabundo donde nos vemos
obligados a permanecer hasta nuestra defunción. No entiendo por qué las
personas lloran cuando alguien se marcha hacia el supuesto más allá, pues
¿qué podría ser peor que esta vida marchita? ¿Existirá realmente un infierno
mayor que este en donde nos hallamos cómodamente y que ha sido creado por
el mayor de todos los demonios: el humano?
Ciertamente, si se reflexiona, el humano tiene el mundo que lo
representa en toda su extensión. No importa si el mundo se purifica y
comienza una nueva era, pues, mientras el humano permanezca vivo, es
seguro que extenderá su corrupción para que, tarde que temprano, ese nuevo y
pacífico mundo se contamine. El humano, según lo veo, es un ser que solo
sabe y puede vivir envidiando lo que otros tienen y esparciendo su malsana
esencia, creando guerras y conflictos por mero gusto e imponiendo estúpidas
jerarquías, gobiernos, fronteras y divisiones de cualquier clase. El humano
necesita, además, creer en alguna mierda religiosa que le prometa un bienestar
en un mundo después de la muerte, pues así todas sus execrables acciones y su
miseria pueden ser más llevaderos, de ahí el inmenso y casi delirante éxito de
todas las religiones que tan asquerosamente han envenenado aún más un
mundo ya de por sí horrible.
Por otra parte, el humano necesita siempre sentirse poderoso. Requiere
humillar a otros de alguna manera, ya sea mediante la violencia, la
intelectualidad o el dinero. Lo más gracioso es que todavía hay personas que
mantienen esperanzas en este mundo patético, pero cada uno se engaña como
mejor le place. Supongo que no soy diferente, pues sé demasiadas cosas sobre
el mundo que podrían llevarme a la locura si intentase darles la contra, pero no
soy así. Prefiero ignorarlas y vivir como si nada importase, con la firme
convicción de que cada día se acorta mi miserable existencia. Al final, moriré
como todo y todos, en este putrefacto mundo diseñado para adoctrinarnos y en
donde la verdad está prohibida.
Llevaba ya una hora con las luces apagadas cuando me paré a beber un
vaso de agua y, al mirar por la ventana, creí experimentar cierta nostalgia
como en mi adolescencia, pero fue mi imaginación solamente. Ahora que
estoy lejos y que no tengo ningún contacto con mi supuesta familia me siento
mejor y mucho más tranquilo, sin ningún remordimiento ni culpa. No entiendo
por qué las personas siempre buscan estar en sociedad. ¿Qué clase de
estupidez los enferma hasta el punto de querer vivir bajo un mismo techo
cuando claramente los problemas son latentes? Fui a la cama con cierto dolor
de cabeza y no quise saber más de la existencia y su ominosa forma. Dormí
plácidamente, aunque apenas hace unos días había recibido la noticia del
suicidio de Melisa, pero ¿a mí qué me importaba? Me alegraba en parte que lo
hubiera hecho, pues a mí me había quitado un enorme peso de encima y ella se
había librado de esta vida absurda.
III
Al despertar, triste y mirando que el día era gris y lluvioso, comenzó mi
tormento nuevamente: otro banal día en el asqueroso mundo humano. Lo que
no había notado es que era viernes, al fin el tan añorado y consagrado viernes.
Con razón había más tráfico de lo normal y las personas lucían ansiosas. La
decadencia era evidente y todos participábamos en ella de forma dulce y
complaciente, sin resistirnos lo más mínimo. La gran mayoría optaba por
emborracharse en algún antro y amanecerse hasta terminar hechos mierda,
vociferando absurdidades y regurgitando las enormes cantidades de alcohol
que habían ingerido. Este tipo de comportamiento era usual entre los
oficinistas y demás empleados. En general, se había vuelto una tendencia del
mundo moderno. Por alguna razón incomprensible a los humanos nos atraía
desperdiciar el dinero en diversiones nocturnas, y yo tampoco era la
excepción. Algunas veces me embriagaba para probar que, en todo caso, era
igual de absurdo que los demás.
Por supuesto, estaba plenamente consciente de que tales actitudes y
comportamientos eran inadecuados para un hombre que buscase superarse y
ser sublime, pero yo no era esa clase de hombre. Recordaba, mientras estaba
en la oficina sentado mirando aquella pintura de un sujeto sobre un caballo y
una ciudad deprimente, cómo alguna vez intenté ser mucho más que un
absurdo humano. En aquel entonces tenía a Melisa a mi lado y su inspiración
colmaba mis pesares y me alentaba a llegar más lejos que nunca. Escribía
poesía, quería ejercitarme y demostrar que el mundo podía cambiar. Quería
dar a conocer que las personas no eran solamente un conglomerado de
estupidez, putrefacción y ambición como comúnmente veo a la humanidad.
Sin embargo, todo eso se fue al carajo, pues, entre más luchaba contra esta
pseudorealidad, más constantemente algo en mi cabeza me susurraba cosas
acerca de la imposibilidad de mi victoria. Entre más intentaba sobresalir, más
hundido me sentía. Sabía que, de cualquier manera, el mundo seguiría siendo
la misma basura, aunque luchase con todo mi ser.
Era, curiosa y absurdamente, una falsedad de la peor calaña cuando se
afirmaba que el mundo podría cambiar si cada uno cambiaba también. Yo
intenté ese cambio verdadero y me llevó, a lo mucho, a la locura en la que
ahora divago. Sin importar cuánto yo cambiase, jamás el mundo cambió, esa
era una obviedad que inmediatamente noté. Y es que el humano no necesita un
cambio, no lo requiere e incluso le resulta peligroso, pues está perfectamente
acomodado en esta isla de ignorancia en donde existen tantas cosas execrables
y torcidas, injustas y vomitivas, donde todo se reduce a dinero y sexo,
entretenimiento y embriaguez, juego y diversión, guerras y destrucción. El
humano no es capaz de vivir en paz puesto que su naturaleza belicosa es
inmarchitable.
Así fue como comprendí que, aunque yo cambiase, el mundo humano
estaba conminado a pudrirse y hundirse en la más ominosa insania. Entonces
me percaté de que podía hacer lo que quisiera puesto que la existencia de seres
como los humanos es totalmente absurda. No había ninguna razón para sufrir
o llorar, para estar triste o apesadumbrado. Y, aunque tampoco las había para
estar feliz, emocionado, animado o asombrado, el mundo se suspendía en un
envoltorio que no lograría jamás comprender. Sabía que había gente muriendo
de hombre, guerras sin sentido, enfermedades generadas por los gobiernos,
terrorismo propiciado por agendas ocultas, sociedades y sectas que esparcían
miseria y esclavitud para obtener más y más poder, compañías que
contaminaban los recursos naturales, sobrexplotación, desigualdad, injusticia,
entre otras tantas imprecaciones. Al final, lo que pensaba era que, de cualquier
manera, nada podía hacer yo para cambiar el sendero que este mundo parecía
tomar, puesto que era prácticamente imposible salvar aquello que por voluntad
propia no quería serlo.
Así, cada vez me preocupé menos por los asuntos terrenales y me solacé
en los actos más instintivos de mi repugnante naturaleza. Yo no era ningún
mesías, no tenía la habilidad de entrar en la cabeza de los demás y
reprogramarlos, pues el acondicionamiento que habían recibido se había
consolidado estupendamente. En caso de que intentase luchar, ¿valdría acaso
la pena? Y ¿qué si no me masturbaba, si no me tiraba putas o no miraba
pornografía? Y ¿qué si tenía relaciones con muchas mujeres a la vez y en nada
me importaban los supuestos sentimientos? Y ¿qué si no me importaba ya
convivir con mi familia ni asistir a sus pestilentes convivios? Y ¿qué si vivía
en soledad y en la sórdida miseria de una existencia absurda? ¿Quién era
distinto a mí? ¿Quién entre toda esta peste de inmundicia podía decir que
había superado su propia esencia humana? Evidentemente nadie, puesto que el
simple hecho de ser humano ya representa una condición maligna. Esas eran
mis razones para rechazar todas las concepciones de un mundo artificial y de
una moral ficticia. Si quería hacer todo aquello que estaba mal ante los ojos de
los estúpidos humanos, lo haría, e incluso con gusto. Me daba igual si era
juzgado por mis acciones o por mis pensamientos, pues sabía que, en el fondo,
todos somos iguales. Sí, todos estamos corrompidos y nos limitamos a
esconder lo que no es moral ni socialmente correcto, pero en lo más profundo
lo seguimos deseando. ¡Todos somos unos cerdos hambrientos de sexo, poder
y dinero!
Lo único que me quedaba claro es que los humanos escondían y
reprimían sus más oscuros deseos por miedo a ser juzgados y rechazados, o
incluso encerrados en manicomios o cárceles. Pero, si no existiera ninguna
prohibición al respecto, puedo asegurar sin temor a equivocarme que el
humano ya se hubiera trastornado de manera más violenta y execrable de lo
que hasta ahora se ha visto. Sabía que todas las personas guardaban deseos y
acciones que les encantaría realizar en todos los ámbitos, particularmente en el
sexual. El hecho de reprimir estas conductas clasificadas como obscenas
limitaba la capacidad intelectual del ser. Para que realmente existiese libertad
tenía que provenir del interior en principio, y ¿cómo exigir un mundo libre
cuando nosotros mismos encerramos nuestra verdadera forma? Y ¿qué si al
humano le gustaban las orgías, el incesto, el masoquismo y demás
asquerosidades y raras conductas? Y ¿qué si al humano le satisfacía
mantenerse siempre en guerra y discutiendo por cualquier cosa? Y ¿qué si al
humano le enloquecía lo superficial, lo material y lo banal? A final de cuentas,
como bien había dilucidado hacía tiempo, el humano no estaba destinado para
grandes cosas, era un mero títere en un vasto universo donde nada entendía y
donde su reproducción ofendía todas las concepciones divinas.
Por eso mismo la humanidad me parecía sumamente hipócrita, aferrada
a valores impuestos por gente mucho más repugnante y hambrienta de poder.
Las personas no estaban dispuestas a respetar los valores que debían guiar sus
vidas. Y, en el colmo del cinismo, en la cumbre de la más grotesca y fútil
desesperación, el ser había recurrido a la religión como un modo más de
autoengañarse y de sentirse espiritual a pesar de estar hundido por completo en
su propia miseria. De tal suerte que se inventaron historias y libros, relatos y
supuestos mandamientos comunicados por el mayor impostor de la historia:
dios. Si las religiones verdaderamente sirvieran de algo, donarían su dinero y
sus joyas para acabar con el hambre y no construirían iglesias megalíticas y
orladas tan elegantemente, ni tampoco sus líderes pregonarían paz mientras
usan coronas de oro. Pero la hipocresía y la estupidez han alcanzado límites
nunca sospechados, por eso hoy en día el humano vive con la esperanza de un
reino celestial en donde será recompensado por sus buenas acciones, y
aquellos que se atreven a entregarse a lo que es la naturaleza humana son
condenados a una eternidad en los abismos.
Jamás entenderé el sentido de todo lo que se ha creado bajo el patético
sustantivo de civilización. ¿Tiene el más mínimo sentido que exista un planeta
donde ocurra toda la basura que vivimos diariamente? Si el universo se
mantiene en constante expansión, y si existen otros universos y planos más
allá de nuestra percepción, entonces ¿por qué precisamente tenía que darse la
vida en este? Sospecho que tal vez todo sea parte de un cuento, de meras
invenciones creadas por gente a la que seguramente le conviene mantener a los
humanos entretenidos y siguiendo concepciones preparadas para que sus
huecas cabezas puedan digerirlas y absorberlas como propias. La existencia
humana carece de todo valor, importancia y sublimidad, y lo mejor que podría
hacer una persona si quiere cambiar el mundo en donde habitamos es evitar
reproducirse. Y, en un futuro no muy lejano, tras haber liberado todo lo que
yace en la sombra de su verdadero yo, pegarse un tiro y sonreír por su
auténtica contribución.
En fin, no sé porque estaba pensando en tantas cosas, tal vez porque en
realidad nada tenía que hacer en el trabajo. La hora de la comida se acerca y se
nota que es viernes. Hay demasiado ruido, tráfico y el estrés aumenta. Y es
que precisamente por esta zona existe gran cantidad de antros donde se puede
ir a embriagarse o coquetear, pues también hay una variada gama de mujeres
ansiosas por divertirse y gastar la quincena. Los jóvenes abundan, y aunque yo
todavía me considero uno de ellos, es gracioso ver cómo tiran sus vidas a la
basura. Aunque quizá no hay nada que tirar, pues probablemente no podrían
vivir de otro modo. El sistema es muy fuerte y siempre tiene el modo perfecto
para entrar y averiguar contra qué no podemos defendernos, hasta que
finalmente nos vencemos a nosotros mismos y nos despojamos de todas las
máscaras innecesarias y los trajes horribles. El humano mostrado en su forma
más pura es la criatura más impura que pueda haber en este diminuto pedazo
del cosmos.
El jefe, por suerte, se ha retirado temprano, así que podré ir a comer a
gusto y tal vez hasta saldré temprano. Sobre lo que tengo contemplado hacer
no estoy seguro, ya veré. Antes solía apresurarme para ir a ver a Melisa y
pasar tiempo a su lado. Ahora, sin embargo, ella está muerta y, curiosamente,
hoy es su entierro. Lo había olvidado por completo. Ni siquiera me pasa por la
cabeza la más insignificante posibilidad de asistir al funeral de la que una vez,
supongo, fue la mujer que amé. ¿A qué iría? ¿Qué haría o diría? Seguramente
todos me culparían y tendría que fingir que estoy afligido y me resultaría
complicado derramar lágrima alguna, tal vez hasta me dormiría. Además, su
familia cree en toda esa mierda religiosa que a mí me tiene sin cuidado, y no
deseo oír discursos disparatados sobre la resurrección de los muertos, el día
del juicio, el arrepentimiento de los pecados o la salvación eterna. Ya
suficiente tengo con que mi madre siempre me hable para pedirme que me
redima y vuelva a ser un ciervo de dios. La religión es algo demasiado banal y
aburrido. No entiendo cómo los sacerdotes pueden resistir tanto tiempo sin
copular, debe ser abrumador. Me he convencido de que mi presencia sería una
tragedia en el funeral de Melisa, podría terminar burlándome o ridiculizando
sus inútiles creencias, y quiero evitarme el drama.
Finalmente estaba libre del trabajo, podía olvidarme de aquel martirio
por el fin de semana entero. Me sentía aburrido y tenía ganas de follar, así que,
antes de abandonar la oficina, aparté algo de efectivo para ir al centro de la
ciudad y pagarme una puta de esas que lucen tan atractivas con sus tacones
ostentosos y sus senos operados. Pensaba que, en todo caso, no era algo
malvado buscar sexo con una mujerzuela. La hipocresía del vulgo me aturdía
de nuevo y la respuesta era bastante obvia. ¿Acaso tendría algún impacto que
yo no fuese cliente de la prostitución? Si me abstenía de ello, ¿los demás lo
harían? ¿Podría cambiarlos también y disuadirlos de tal propósito? El hecho
de que yo no pagara por una puta no significaba que todas las putas del mundo
iban a desaparecer, y que toda la prostitución del país, quiero decir del mundo,
se acabaría mágicamente. El mundo no era así, era mucho más intrincado que
eso, pues intereses oscuros se encargaban de dictar lo que debía pasar y lo que
no. ¡Qué lástima sentía por aquellos moralistas infames que se abstenían de
tan dulce y exquisito placer, pues follar a una puta es una de las mejores cosas
en este banal mundo! La religión, la espiritualidad, los valores, el matrimonio,
las enfermedades ¡Que se joda toda esa mierda! Preferiría follarme a una puta
hoy y morir después que vivir siguiendo falsas doctrinas místicas que
simplemente aprisionaban lo incontrolable.
Desde luego que yo sabía la verdad, era plenamente consciente de que la
prostitución era uno de los factores que más contribuían a la decadencia, pero
¿qué más me daba? El mundo seguiría siendo decadente independientemente
de si yo me follaba a una, dos, tres o a todas las putas habidas y por haber. Si
alguien me asegurase que, de no hacer lo previamente dicho, la prostitución se
acabaría, entonces pensaría que es un loco, un soñador o un escritor fracasado,
o todo en uno. La inmundicia no terminaría conmigo, pues yo no la había
comenzado ni tampoco creado. El planeta de los humanos estaba destinado a
un fatal y sórdido final, ¿por qué seguir conteniéndose? Si mis padres o
Melisa, desde algún reino en los cielos, me viesen follándome a una puta, me
sería absolutamente indiferente. Pero mis padres estaban lejos y Melisa
muerta, cosa que me producía satisfacción. Así que era libre, plenamente libre
para follarme a quien yo quisiera cuantas veces quisiera.
En el camino pensé algunas cuantas cosas, absurdas desde luego, pero
era interesante traerlas a colación precisamente ahora. En parte recordaba lo
mucho que me ha gustado siempre hablar de la muerte y las funestas e
inexplicables consecuencias que ello me ha traído. Desde luego que todo tiene
que ver con el factor humano y su decadencia, pues para el humano la muerte
es el mayor de los enemigos y aquello que debe rechazar y evitar a como dé
lugar. En contraste, la vida, o lo que se define como vida, es lo más preciado y
valioso, lo que debe cuidarse y preservarse. Pero resulta natural considerando
que el humano teme a lo que desconoce y la muerte le parece algo misterioso
y abyecto, el fin de todo su deleite y el desprendimiento de una existencia que,
en su mentira más fulgurante, ha creído con sentido alguno. Y por eso se llora
tanto en los entierros y en los hospitales, por eso tantas plegarias y fantasías
místicas y religiosas sobre una nueva vida en algún cielo o plano distinto, todo
con el fin de evadir y solapar de alguna manera lo que la muerte es. El humano
pierde todo poder, de toda índole y en todo aspecto cuando muere, al menos
hasta donde se sabe, y por ello le resulta odiosa y deplorable tal condición.
En particular, yo añoro morir, pues sé que la vida y la muerte solo son
facetas de lo mismo, que ninguna diferencia existe entre vivir o morir, pues la
existencia de criaturas como nosotros los humanos es tan irrisoria, absurda,
patética, miserable y vil que la vida queda reducida a un conjunto aleatorio e
impreciso de casualidades, las cuales se intenta matizar de destino y, así,
adjudicarse una importancia insensata en el cosmos eterno e infinito. Pero
cuando el humano se percata de su error, sabe que incluso quizás existe una
inversión de los conceptos, que tal vez esta decadencia sea la auténtica muerte
y el morir sea el despertar tan anhelado. Claro está que la verdad sigue
parapetada en las cumbres más elevadas para seres tan terrenales y pútridos
como nosotros, y que infinitas teorías se pueden conjeturar sobre la muerte y
su muy posible relación con la vida como la conocemos.
Lo gracioso del asunto es la estupidez que el humano muestra y expresa
de forma infame con respecto a la muerte. Por ejemplo, recuerdo
particularmente que de pequeño mis padres me obligaban a ir a la iglesia y
rezar por los familiares fallecidos, luego pedirles salud y bienestar y, en
ocasiones, cuando la desfachatez iba demasiado lejos, hasta se llegaba a decir
que los muertos venían en determinados momentos para transmitirnos
mensajes desde el más allá. Gracias a no sé qué jamás creí por completo estas
patrañas, y, afortunadamente, cuando crecí pude consolidar mi mente para
rechazar estas quimeras inventadas por gente más poderosa que solo busca el
adoctrinamiento de una caterva de imbéciles. Recuerdo que también me
aburría demasiado en el panteón, pues mis padres tenían la creencia de que los
muertos debían ser enterrados con honores y de que se les debía ir a dejar
flores, orar y pedir cosas a cambio.
Por otra parte, me parecía tan cómico cómo el mismo patrón se repetía
generación tras generación. Parecía que el humano no se sabía otra historia
que sufrir por otros, que querer que otros actuasen como él pedía. Pero
igualmente me parecía natural en una raza tan plagada de vicios y tendencias
absurdas, pues el humano siempre buscaba proyectar su sombra sobre cuantos
desdichados pueda. El humano ocultaba lo que odiaba en otros puesto que el
hecho de creerse superior en algún sentido le confería tan afable solaz. Así,
entre más se reprimían los instintos más bajos y pasionales, mayor era la
intensidad con que se multiplicaban en el interior. De tal suerte que las
imposiciones sociales, religiosas, morales y lo que se aceptaba como bueno o
adecuado dentro de los márgenes que dictaba la civilización, era lo que debía
hacerse, pues era bien visto, halagado y admirado por todos los tontos.
En contraste, los hechos o acciones que, por alguna razón desconocida,
pero aceptada por todos, eran tachados como malos o inadecuados, eran
condenados al abismo. Por ejemplo: un hombre que se dedicaba a estudiar,
trabajar y que formaba una familia, tenía hijos y los mantenía, que se le veía
en todo instante satisfecho con su mujer, progresaba, tenía salud y bienestar y
que, además, ayudaba a la comunidad; ese era, por mucho, el estereotipo del
humano a seguir. En cambio, un hombre que fuese alcohólico, drogadicto, que
gustase de la vida nocturna, que se acostase con putas o que tuviera muchas
mujeres, que fuese infiel, que no siguiese religión alguna ni le importase
casarse, que no tuviera hijos y que no respetase a los ancianos ni tampoco
ayudase a sus familiares ni a nadie era inmediatamente tachado como un
sujeto malvado.
Y no sé por qué pensaba tantas cosas en el metro, siempre hago lo
mismo. Por suerte, tras haberme encasillado en mi cabeza con elucubraciones
superfluas, descendí del vagón y aspiré el fresco y reconfortante aire de la
noche cerúlea. Al caminar un poco me percaté de que había más gente que de
costumbre, aunque tal vez solo era yo quien se equivocaba. Sin perder tiempo
me dirigí hacia el lugar predilecto y comencé mi búsqueda. Tras pasar la calle
donde se posan siempre los travestis y recibir algo de manoseo indeseado,
alcancé la avenida principal donde refulgían las mujeres más hermosas que
alguna vez he conocido: las putas de la avenida Astraspheris. No podía
imaginarme en otro lugar ni momento sino ahí, contemplando los excelsos
cuerpos de aquellas rameras. Lo que más me prendía eran los tacones y los
ojos bien maquillados. No entiendo qué clase de efecto ocasionaban en mi
cerebro, pero adoraba ver a esas mujerzuelas con toda gama de tacones, desde
los más pintorescos hasta los más oscuros.
Desde luego que, para elegir una puta, tomaba en cuenta algunos otros
aspectos. Nada relacionado con la higiene o cosas sin sentido como esas, pues
me parecía una tontería que los hombres se cuidaran en condiciones como las
actuales. Por mi parte dejé de usar condón desde que abandoné a Melisa y no
me arrepiento; de hecho, creo que, en algunas ocasiones, ya cuando habíamos
terminado y solo nos veíamos para fornicar, había yo mantenido relaciones
con putas sin protección. Desde luego, Melisa jamás lo supo y, ahora que está
muerta, creo que ha sido lo mejor. En lo que a mí respecta, no tengo la
intención de vivir mucho, así que está bien. Me gustaba dar varias vueltas
antes de elegir a la mujer en la cual depositaría mi esperma, pues
indudablemente todas accedían con un poco más de dinero. Yo pensaba que
era un trato justo y a veces las invitaba a cenar, aunque tenía que pagar todo y
de manera apresurada. Ciertamente, me atraían las mujeres con cuerpo
delgado, sin tanta prótesis y sobre todo con un rostro bonito.
No sé qué clase de endemoniado y esquizofrénico impulso se apoderaba
de mí al pensar que aquellas putas follaban con tantos hombres, pero mi pene
se ponía tan duro como el cemento, aunque a veces recurría a la pastilla azul o
a ciertos suplementos para durar más o inclusive estar con más de una puta.
Me enloquecía la idea de correrme en sus coños penetrados por tantos otros
hombres. Este detalle era un incentivo demencial, pues, en cuanto lo pensaba,
no podía parar hasta haberme venido dentro en varias ocasiones. Dado que
estas mujerzuelas de la vida galante ya habían renunciado, como yo, a la
esperanza de un sentido o de valorar algo en este banal mundo, una dosis extra
de billetes hacía toda la magia. Desde luego que yo, en lo más profundo de mi
ser, sabía que la prostitución era decadente, que aquellos nichos de perfidia y
aborrecible placer carnal no eran sino una de las facetas más repugnantes que
el ser había inventado para satisfacer sus primitivos instintos; sin embargo,
precisamente eran éstos los que le daban un mínimo toque de frescura a la
cotidianidad y la rutina abyecta en la que todos nos veíamos sumergidos. Los
humanos solo buscaban una manera para escapar del insoportable y execrable
tedio de la existencia sin sentido que ostentaban, y, entre más funesto fuera el
vicio, más regocijo se experimentaba.
Por eso, me había dejado de preocupar por pertenecer a la miseria y
putrefacción del mundo cometiendo actos como la prostitución y
masturbándome con la pornografía. ¡Sí, claro que eran elementos horripilantes
y nauseabundos en su totalidad!, pero ¿de qué otra manera podía matizar mi
triste y desvencijada, patética y absurda vida? Solo dejarse llevar, abolir todas
las concepciones y prejuicios de la sociedad, sentirse tan malditamente libre
como para actuar sin que los demás tuvieran injerencia en nuestra consciencia.
¿No era acaso yo, a final de cuentas, otro títere más de este holocausto? Y
¿quién era diferente? ¿Había la posibilidad de serlo? En un tiempo había
amado, había luchado por mis ideales y había intentado ser sublime, pero ¿qué
gané con eso? Absolutamente nada sino cegarme, atiborrarme de ideales
imposibles para mi abyecta humanidad. Todo se fue al carajo, tanto Melisa
como mis sueños, mis deseos y mi lucha contra esta epidemia de blasfemias. Y
ahora, aunque conozco perfectamente la decadencia y la repugnancia, me
hundo en ella sin titubear y sin remordimientos. En todo caso, ¿conoce el
humano otro modo de rellenar este efímero y sórdido pasaje llamado vida?
Mientras reflexionaba revisaba minuciosamente a las putas. Tras darme
algunas vueltas como generalmente lo hacía y cruzar miradas curiosas con los
demás asistentes de aquel pestilente lugar, recordé cómo era yo hace un
tiempo. Probablemente estaría rogándole a Melisa que me diera otra
oportunidad mientras ella me humillaba, o tal vez estaríamos juntos mirando
alguna aburrida película o haciendo cualquier zarandaja. Observé
meticulosamente a una mujer que me encantó dada la finura de sus formas. No
poseía un cuerpo espectacular ni nada por el estilo, pero su semblante me
recordó lo hermoso que puede ser acostarse con alguien sin sentir nada en
absoluto. Calculé que debía ser una mujer de unos treinta años, con cabellos
rojizos y rizados, de rostro inefable, con sus tacones negros y un vestido verde
muy corto que permitía contemplar sus piernas blancas. Me acerqué a ella sin
mucha cautela y volteando la mirada de unos ancianos que farfullaron algo
acerca de lo desesperados que eran los hombres al acostarse con aquellas
rameras, pero me era indiferente lo que hablasen. Pregunté la tarifa que ya
sabía de memoria solo para escuchar su voz, la cual me fascinó. Acepté de
inmediato y, rumbo al hotel, supe que se llamaba Eskira.
Cuando salí del hotel todo el ambiente tenía la misma apesadumbrada y
fastidiosa banalidad de siempre, con el añadido de que ahora, tras haber
consumado el acto sexual, la existencia se tornaba más absurda que nunca.
Odiaba esos momentos, incluso me atrevo a colegir que eran lo peor que me
pudiera ocurrir. Hace tiempo que había perdido la capacidad de alcanzar el
orgasmo, pero al menos penetrar la vagina de alguna puta y escuchar sus
gemidos todavía era placentero. Como sea, el instante después del sexo
siempre era una molestia, una situación de lo más execrable, tanto que debía
refugiarme en el alcohol. Precisamente esto fue lo que hice y, en lugar de
regresar a mi pringosa habitación en aquella maloliente calle, me dirigí hacia
una cantina donde me hundí en las copas. Una tras otra eran servidas hasta que
ya no pude más y pedí un taxi que me dejó en la puerta de la casa, donde
apenas y pude entrar a mi cuarto.
Una vez recostado en mi cama y con todo dando vueltas, recordé cada
detalle de Eskira, particularmente su fragancia y lo bonito de sus contorsiones,
así como la voz tan melódica que poseía y sus cabellos pelirrojos alborotados.
Supuse que hasta el momento había sido la mejor puta que me había tirado,
porque verdaderamente me atrajo con una magia descomunal. Saboreó
detenidamente mis testículos para luego devorar mi pene y casi tragárselo,
llegando a vomitar ligeramente. Esto, lejos de asquearme, me prendió
sobremanera y, sin pensarlo dos veces, terminé en su boca y le hice tragar todo
mi esperma. Pero el asunto estaba lejos de terminar, pues, a continuación, ella
me confesó que le fascinaba la lluvia dorada y yo complací su fetiche. Debo
decir que Eskira no solo era demoniacamente preciosa, sino que guardaba
demasiadas fantasías que le gustaba poner en práctica gracias a su nada
desdeñable trabajo.
Noté que era una de las pocas putas que follaban con pasión, eso o tal
vez yo le gusté también, pero no lo creo. El hecho es que le oriné todo el
cuerpo y eso la calentó en demasía. Posteriormente me masturbó con sus
tacones, fetiche muy mío que siempre solicito a las putas que me tiro y que me
embelesa totalmente. Era claro que Eskira no era una mujer ordinaria, pues su
cara tenía dotes de intelectualidad y cierto matiz tan extraño que no logro
explicar, pero follaba como una maldita perra. Lo hicimos en todas las formas
posibles, tanto recostados como de pie. El sexo anal fue el mejor de toda mi
vida, pues tenía el agujero incluso más abierto que el de la vagina, además de
que me confesó que siempre, desde su primera vez a los diez años, prefería
sentirla en su culo que en su coño.
Sus piernas delicadas las lamí y las mordí como a ninguna otra puta se lo
había hecho, además de que, llevado al borde del delirio, desterré todo rastro
de cordura posible y arremetí en desquiciadas lamidas contra su vagina jugosa
y rosada, sin interesarme qué tipo de infección podría contraer. Era la primera
vez que una puta me había calentado tanto como para emprender ese tipo de
locuras, aunque sus fluidos me supieron exquisitos y la muy zorra no cesaba
en venirse, pasando de un orgasmo a otro. También me encantó cuando metí
mis dedos en sus dos agujeros. Primero fueron dos dedos, luego tres, y al final
la mano completa, tanto en el ano como en la vagina que estaba
increíblemente dilatada y chorreante. Pero el asunto no finalizó ahí, pues la
puta pelirroja me pidió que introdujera mi pie en sus dos agujeros. En un
principio dudé pensando que podría lastimarla, pero abandoné esta ridícula
preocupación inmediatamente, impulsado en parte por las confesiones que me
hizo acerca de que cuando era niña solía ya meterse todo tipo de cosas, desde
pepinos, botellas de refresco, latas y hasta globos.
Nunca había sentido un placer como el que experimenté cuando mi pie
se sumergió enteramente en su vagina, con mis dedos sentía correr aquellos
fluidos mezclados con orina. Eskira gemía a tal punto que temí que fuese a
morir en el acto, aunque esto era secundario. Luego, me pidió que la golpease,
pero me sentí incapaz y mejor la arrojé al suelo y le abrí las piernas por
completo, arremetiendo contra ella cual bestia salvaje y eyaculando como
jamás en mi vida en su interior. Era absolutamente delirante sentir el esperma
saliendo y mezclándose con el calor y el río de fluidos que Eskira emanaba en
sus orgasmos.
Finalmente, decidí meterme en las cobijas tras haberme masturbado
recordando cómo hace unas horas había tenido la mejor relación sexual hasta
ahora, y muy posiblemente en toda mi vida. Pero era absurdo, todo seguía
siendo ridícula y estúpidamente absurdo. Me terminé aquel maldito cigarrillo,
intenté que la borrachera se me bajara un poco mojándome con agua fría la
cabeza, pero nada. ¡Qué aburrido era vivir! Y ahora pensaba en lo repugnante
e intrascendente que era fornicar con una prostituta, sin importa lo hermosa y
caliente que pudiera ser. ¡Cómo odiaba este sensación! Pero no era
arrepentimiento, o no sé. Creo que antes de cerrar los ojos por completo y
escapar por unos momento de esta horrible realidad, sentí como si hubiese
derramado unas cuentas lágrimas, pero no, era imposible. En fin, otro día
menos, otra noche más de soledad y tristeza. Pero así era la existencia, una
melancólica pesadilla de la que era imposible despertar mientras uno no se
suicidase.
IV
Era sábado, exactamente las diez en punto y yo seguía acostado, con dolor de
cabeza y náuseas. Colegí que había bebido mucho más de lo normal y me
sentía muy adolorido, además de que un sabor amargo imperaba en mi boca.
No sentía deseos de levantarme, aunque claro que esto era normal dado que
me fastidiaba y me importunaba tener que vivir. Día tras día lo mismo, ¿esto
era vivir? ¿Qué era vivir y qué morir, en todo caso? ¿Qué era real y qué no?
¿Cómo podía definir lo que existía y lo que aparentaba existir? Me estorbaba
mi humanidad y, si creía ser real, era porque lo asumía y así se me inculcó
desde pequeño.
Reuniendo toda mi fuerza conseguí levantarme y tomar mi ropa para
darme un baño. Mi habitación estaba más sucia que de costumbre, pero esto en
nada me afectaba, jamás la limpiaba. Decidí no afeitarme y tampoco usar
loción, pues a nadie importante vería. Tomé una pastilla para solventar los
deplorables síntomas de la resaca y tomé un libro que un compañero del
trabajo me había prestado. Aproximadamente leí media hora, tras lo cual me
quedé dormido y desperté a las dos de la tarde, ya más recuperado y sin tanto
malestar. Entonces decidí que era momento de comer algo y salí para
dirigirme a la cocina económica que se ubicaba en la calle adyacente, junto al
local de imprenta del señor Volmta, quien, por cierto, rentaba también un
departamento en el mismo lugar que yo, ubicándose en el primer piso.
Ocasionalmente lo saludaba y conversábamos, me gustaba que siempre
estuviera bebiendo y platicando sobre los problemas del país. Pensaba que me
gustaría, en un futuro, tener una plática más profunda con él. Pedí el menú del
día y traté de terminar cuanto antes, dado que comer, al igual que la vida, me
parecía un gasto innecesario. Además, hacía tanto que había perdido la
capacidad de degustar un platillo. Vivir y morir me daba lo mismo, pero
seguía sin reunir fuerzas suficientes para matarme. Los días en que disfrutaba
los alimentos y demás sensaciones o actividades habían quedado en el más
recóndito olvido.
De pronto, una silueta se acercó y se sentó frente a mí. Era Virgil, la hija
del encargado de la cocina.
–Hola, ¡qué gusto que hayas venido a comer por aquí! Hace tiempo que
no te habías presentado y ya estaba muy triste –expresó mientras sonreía
estúpidamente.
–Claro, hace ya algún tiempo –repliqué desinteresado en primera
instancia–. Es porque he salido los fines de semana y he regresado ya muy
noche.
–Ya veo –musitó Virgil en tono de recriminación–. Y ¿a dónde vas?
Digo, si se puede saber.
–Pues a donde sea, a veces ni yo sé. No creo que importe, o ¿sí?
–Bueno, a mí sí, y bastante. Pero mejor dime ¿cómo has estado? ¿Qué
has hecho de tu vida? ¿Cómo vas con tu trabajo? ¿Ya te casaste?
Noté en sus ojos un extraño brillo que me apabulló. Virgil no era fea,
pero era muy insistente conmigo para que aceptase salir con ella pese a mis
negativas. Sus ojos cafés eran bonitos y sus cabellos castaños siempre olían
bien. Era la mesera de la cocina y siempre andaba muy concentrada en sus
labores, aunque yo la despistaba un poco. Ahora era sábado y los clientes eran
escasos, así que aprovechaba para conversar conmigo.
–Bien, tú ganas, platicaremos un poco –repliqué mirando cínicamente
sus enormes tetas, cosa que a ella no le importó y creo que hasta deseaba–. La
verdad es que no he hecho nada interesante, pues solo me he dejado llevar por
el absurdo de la existencia. He estado normal, podría decirse, con intervalos de
angustia y episodios de ansiedad. El trabajo va bien, pero me aburre y no
quisiera hacerlo, aunque, de otra manera, no podría sobrevivir. Y, con respecto
a lo de casarme, creo que ni estando loco lo haría.
–Pero ¿cómo puedes pensar de tal manera con respecto a algo tan
sagrado y bello como el matrimonio? –inquirió sumamente sobresaltada
Virgil.
–En realidad, es algo tan absurdo como cualquier otra cosa en esta
existencia. A final de cuentas me resulta indiferente, es solo que cuando las
personas se casan condenan su ya de por sí miserable vida. Por eso no pienso
casarme, para mí no significa nada en absoluto, me da lo mismo.
–¡Hum! Ya veo, eres raro –musitó ella intentando asimilar lo que yo
espetaba–. Y, a la vez, me das miedo.
–¿Miedo? ¿Por qué?
–Porque no eres un hombre normal, pienso que no tienes realmente
sentimientos ni corazón. Y no es malo, ciertamente es el modo en que se
puede ser inmune ante la mierda que ocurre cotidianamente en nuestras vidas;
sin embargo, no quisiera depender de ti de alguna manera. No sé si me
expliqué –titubeó un poco y luego prosiguió, sonrojándose–, no quiero ser
grosera, es solo que a veces quisiera que expresaras algún tipo de emoción,
que te inquietara algo, que no todo te diera igual, que la existencia no te fuese
indiferente y los sucesos tuvieran un poco de sentido. ¿Nunca has pensado en
lo maravillo que sería si alguien llegase a tu vida y pudieses amar?
–Todo eso suena muy bonito, pero es imposible –sentencié mirándola
fijamente a los ojos–. No estoy interesado en ver el lado hermoso de la vida,
suponiendo que hubiese uno, pues ni siquiera me importa seguir vivo. No
tengo ninguna noción que me indique el porqué de todo esto, y, entre más
busco, peor me encuentro. Es casi seguro que la humanidad sea solo un
conglomerado de seres viles, imbéciles y hambrientos de placeres carnales,
que por accidente tuvieron que contaminar este triste planeta. Por eso tampoco
me interesa amar, hace tiempo que he olvidado si quiera disfrutar lo más
mínimo. La comida no me sabe a nada, el sexo se ha tornado en un placer
trivial, y así con cada sensación y suceso. La vida tiene un toque de fétida
irrelevancia y todo lo que en ella haga me resulta molesto. Si mañana mismo
muriese, sería al fin feliz, así resumo mi pensamiento. Nada hay en esta
existencia que me mantenga atado, que me haga sentir obligado a permanecer
en este cementerio de sueños rotos.
–Sí, eres un sujeto siniestro, pero eso me encanta de ti –expresó Virgil,
sonriendo y acercándose hacia mí.
–Supongo que sí. Los humanos solo se esconden de la verdad, utilizan
máscaras todo el tiempo para justificar su sinsentido, de ahí que la hipocresía,
la mentira y la moral ficticia imperen en nuestra sociedad.
–No entiendo mucho de lo que dices… Lo único que sé es que me
encanta mirarte, escucharte hablar y presenciar esa ironía con que te expresas
¡Cuánto no haría para poder hacerte feliz!
–¡Je, je! Es una bonita proposición si me importase vivir, pero no.
Muchas gracias, estoy bien así y, además, pienso morir en poco tiempo.
–No digas esas cosas, eso me entristece. ¿No piensas en tus padres o en
la gente que te aprecia? ¿Es que acaso su sufrimiento no te afecta?
–Pues, una vez muerto, creo que no. En todo caso, es secundario.
Supongo que, al menos, puedo elegir mi muerte, pues no fui quien eligió mi
vida.
–¡Estás loco! Aunque eso hace que te aprecie todavía más –susurró
Virgil sin quitarme la mirada de encima.
–Supongo que los humanos tienden a adorar lo que no comprenden,
como una forma de culto anómalo e irracional, aunque a veces ocurre lo
contrario y terminan detestándolo.
–Pues yo te aprecio bastante y me gustaría que fueras feliz. Si tú
quisieras, yo podría ayudarte un poco, puedes empezar por sonreír más a
menudo.
–Sí sonrío, pero no creo que eso tenga algo que ver con ser o no feliz.
Eres muy amable, solo que me gusta estar solo, sin compromisos.
–¿Te refieres a que no te gustan las relaciones serias? –preguntó ella con
cierto toque de ingenuidad que me divirtió.
–Así es, prefiero ese tipo de cosas que algo formal. La verdad es que
hace tiempo creí que quería a alguien en serio, pero todo terminó de forma
trágica y absurda, dejándome con un pésimo sabor de boca y con el corazón
destrozado. Por supuesto que, si yo hubiese sido el que soy ahora, me hubiera
evitado estúpidos problemas amorosos.
–Siempre imaginé que no eras un tipo de una sola chica –mencionó
quedamente, al parecer eso le ocasionaba cierta molestia.
–Bueno, perdóname. Lo que pasa es que me aburre la gente y no hallo
ningún sentido en estar con alguien, no más allá del sexo; aunque también me
aburra y para hacerlo necesite estar borracho. ¿Sabes? He pensado que es lo
único que llega a unir a las personas, aunque hipócritamente siempre se afirme
lo contrario. Sin embargo, una vez satisfecho el deseo carnal, se cae en cuenta
de lo bonita que es la soledad y la independencia. Los humanos podemos vivir
del modo que nos plazca, siempre y cuando se satisfagan los placeres carnales,
pues a partir de ello se construye el resto. Lo que quiero decir es que las
personas se engañan con el matrimonio y demás bagatelas cuando lo único que
anhelan es acostarse y pegar sus cuerpos. Tanto hombres como mujeres
piensan solo en ese momento, aunque ellas siempre lo nieguen.
–Posiblemente tengas razón –respondió Virgil cambiando su tono afable
por uno cortante–. Me pareces muy sincero al hablar de esa manera, por lo
cual entiendo mejor tu forma de ser y de pensar.
–¡Virgil! ¿En dónde demonios te has metido? Tu padre quiere que
traigas más pan de la tienda, al parecer habrá más venta que de costumbre.
–¡Ya voy, mamá! Es solo que estaba conversando con Lehnik, ya sabes
que siempre me gusta hacerle la plática –dijo con su vocecita entrecortada, y
luego salió disparada hacia el fondo de la cocina.
–¡Por el amor de dios! ¿Acaso crees que no tienes obligaciones aquí?
Todos trabajamos muy duro mientras tú te la pasas molestando a los clientes –
vociferaba la señora mientras yo dejaba la propina y me disponía a retirarme.
Al salir de aquella cocina barata donde al menos podía consumir los
alimentos que este trivial cuerpo orgánico necesitaba para subsistir en este
caos sin el más mínimo sentido llamado existencia, y en donde me exasperaba
la estupidez de las personas que me rodeaban, me dirigí hacia mi habitación,
como siempre. Nada nuevo había acontecido en mi intrascendente vida, solo
otra rutinaria semana de trabajo absurdo, lectura absurda, ejercicio absurdo y
destellos de posibles escritos que terminaba por borrar. En resumen, una vida
absurda era la mía, pero ¿es que acaso podía ser de otra manera? ¿No era, de
cualquier forma, este el destino que yo había elegido? O ¿el a mí? ¿Por qué
tenía esta amarga sensación de que, sin importar cuánto lo intentase, mi
existencia seguiría siendo miserable? ¿Para qué vivir entonces? ¿Para qué
intentar conocer la verdad suprema? ¿Para qué ayudar a los necesitados y los
discapacitados si el mundo, aun con nuestras dádivas, seguirá siendo
repugnante y patético? No entendía tantas cuestiones y me sumergía en un
sinfín de dilemas irrelevantes. No obstante, lo único que imperaba, sin
importar cuánto me enfrascase en teorías insulsas, era la convicción de que
mis acciones nada significaban y, por ende, podía hacer lo que me viniera en
gana sin esperar jamás castigo alguno, pues era evidente que dios no existía.
¿Cómo podía tanta gente vivir bajo el yugo de la otra vida y lo que de ella
esperaba?
Si lo meditaba a fondo, me percataba de que la concepción del alma y
los diversos planos o reinos en otros niveles de la existencia eran una
preciosidad sin igual cuando el humano necesitaba justificar algo que
sencillamente carecía de todo objetivo. Así, cuando el ser se veía en el
incoherente callejón en donde se preguntaba si sus acciones tenían
importancia, siempre recurría a justificarlas todas mediante meras quimeras
que estaban basadas en viles creencias inculcadas. Pero nadie intentaba
construir sus propios principios para dar forma a una auténtica personalidad,
pues todos se sentían complacidos con la absurda impostura de la sociedad y
lo que en sus mentes se había programado para actuar como autómatas.
¿Qué eran los valores y la moral, la educación y el respeto, la dignidad y
la honradez? ¿Por qué debíamos pensar, actuar y seguir los atavismos de una
civilización arcaica y decadente? ¿Por qué no cuestionarlos y repugnarlos con
nuestro supuesto raciocinio? ¿Qué certeza tenía el humano de que existiera el
alma, el espíritu o cualquier cosa parecida? ¿Qué sentido era el que nos
impelía a estar aquí y ahora, haciendo exactamente lo que hacíamos? ¿Qué
definía nuestros actos? ¿Éramos solo títeres en un tablero donde ciertas
fuerzas realizaban todos los movimientos pertinentes, y donde nuestro libre
albedrío era solo un chiste? Y por supuesto que, en caso contrario, ¿realmente
importaba si podíamos decidir o no? Nuestras elecciones eran demasiado
absurdas para considerarse importantes. Este putrefacto mundo que, por
casualidad, quizás albergaba a tan funesta raza, era menos que el más abismal
concepto de la nada que se pudiera imaginar, pero a la vez era todo lo que
teníamos.
Pensaba también en cuántas ocasiones las personas actuábamos tan
absurdamente, siempre dándonos una importancia suprema, siempre
considerándonos el punto central del cosmos, de la creación y de la existencia.
No obstante, nunca caíamos verdaderamente en cuenta de cuan banales,
pestilentes y carentes de todo maldito sentido eran nuestras vidas. ¿Qué
importaba si yo me follaba a una prostituta hoy? Y ¿qué si rechazaba a Virgil y
a tantas otras mujeres honradas? Y ¿qué si prefería solo a mujeres fáciles y
atrevidas? ¿Qué jodido significado tenía despertarme temprano, cumplir con
mis deberes laborales, ayudar a mis padres y los más necesitados, comer
comida cara o barata, tomar agua o beber alcohol, ser bueno o malo?
Evidentemente ninguna, pero los humanos atribuían una excesiva y enfermiza
importancia a cada acto y a cada momento.
En el fondo, todo era irrelevante, y precisamente esto era lo mejor y lo
más cómodo, pues así se podía vivir sin ninguna responsabilidad, sin esperar
ningún castigo celestial ni preocuparse por reencarnar y pagar las deudas del
karma, o por rendir cuentas ante un divino tribunal e irse al infierno por
siempre. Así era como las personas se engañaban de manera sublime,
inventándose tantos elementos estúpidos para guiar sus actos y darles un
sentido a sus vidas, para perpetuar este execrable error llamado vida, para
continuar reproduciéndose asquerosamente e inculcando su basura mental a
sus vástagos, los cuáles seguirían el mismo camino y así hasta el fin de los
tiempos.
¡No podía tolerarlo más! Debía parar, debía acabar conmigo mismo a
como diera lugar, pues, aunque todo me era indiferente, el mundo humano no
era uno a mi medida, pues su hipocresía, sus mentiras y su absurda visión de la
moral y de supuestos valores a seguir me enconaban sobremanera. Siempre se
buscaba juzgar a un humano tan solo clasificándolo como bueno o malo, pues
esa era la percepción que el ser, en sus limitaciones mentales obvias, podía
entender. Era incapaz de percatarse de su estrechez y su nauseabunda
estupidez, de vislumbrar la gama de posibilidades que jamás podrían ser
encuadradas en tan solo bien y mal. Por eso detestaba a los humanos, por su
absurda escala con la que iban por ahí desdeñando lo que en el fondo ellos
eran y se negaban a aceptar, porque eran incapaces de atisbar lo miserable de
su propia naturaleza y lo repugnante de todas sus creaciones, tanto tangibles
como intangibles. Los humanos habían dilucidado tantas formas para
engañarse y hacer de esta efímera y mísera existencia un tormento en lugar de
aferrarse a su única escapatoria. Los humanos no sabían qué hacer con la
libertad y por ello buscaban la manera de ser sometidos y dominados, ya sea
ante una imagen mística, una gran corporación, un sujeto con poder y ataviado
elegantemente, un tipo que patea un balón o que gobierna un país, que posee
cuentas bancarias o que produce ominosos sonidos ante un micrófono.
No importaba qué fuera aquello a lo que el humano rindiera tributo,
cualquier excusa era buena para entregar la libertad, pues era un elemento
demasiado peligroso para poder ser apreciado y utilizado. Y así, desde el
comienzo de esta era inicua, el humano había luchado por ser esclavizado y
por adorar aquello que lo privaba de su libertad. Actualmente, era evidente que
el humano vivía bajo la opresión del sistema capitalista y de todo aquello que
le había sido impuesto con el fin de matizar su existencia miserable y arroparle
mediante vicios y distracciones. Pero ¿qué era realmente lo que el humano
perseguía en este caos absurdo? ¿Hacia dónde tendía toda esta inmundicia? En
momentos donde la abstracción se tornaba espantosamente intrigante,
intentaba convencerme de que mis creencias, evidentemente humanas, debían
estar equivocadas. No podía ser que todo esto existiera, si es que lo hacía, sin
propósito alguno. ¿Qué clase de entidad divina, espiritual o extraterrestre
había osado contaminar la existencia con tan infames, sacrílegas, viles, y
ridículas monstruosidades humanas como nosotros?
Siendo realistas y sensatos, los humanos debíamos aceptar que nuestra
existencia carecía de propósito alguno, y que en la ranciedad, podredumbre y
estulticia de la monótona vida en sociedad se hallaban los factores
deprimentes que mantenían viva la llama de un posible sentido. No obstante,
siempre se perseguían falsas concepciones y se mantenían como verdaderas
las más grandes mentiras. Y, ahora que me lo planteaba, era verdad que los
humanos amaban demasiado esto que se llamaba vida, y que se deleitaban y
buscaban extender su fetidez tanto como fuese posible. La pregunta clave era
¿por qué? ¿Qué había en esta vida más allá de los ocasionales solaces y
distracciones que valiera la pena experimentar? Al fin y al cabo, todo
terminaba siendo un sufrimiento sin sentido, pues lo único valioso se
evaporaba demasiado pronto y dejaba hechos trizas los corazones más débiles
y carcomidos.
Por ejemplo, el amor o el sexo, que enloquecían y venían con un néctar
exquisito; que lentamente se acercaban, y que tanto deseábamos experimentar.
Pero, cuando se retiraban, lo hacían de la manera más rauda y sin el más
previo aviso. El amor llegaba y se esfumaba en un santiamén, dejando una
dependencia enfermiza y una tristeza que nunca se iba del todo. Y el sexo era
igual, pues, antes de querer follarse a alguien la sangre hervía y el deseo
inundaba la mente y el cuerpo, pero, cuando se consumaba el acto, se tenían
orgasmos, se satisfacían por completo todos los anhelos carnales y llegaba el
momento de doblar las sábanas, entonces se caía en un vacío absoluto donde
no quedaba otra cosa más que cuestionarse ¿por qué el sexo parecía ser lo
único que anhelábamos los humanos? Más aún ¿por qué, tras hacerlo, se caía
en una demente y pantanosa nada en donde la nostalgia y la melancolía
atacaban cual fieras rabiosas? Era absurdo.
Y así pasaba con todo lo que podría considerarse bonito en esta supuesta
vida, en esta realidad execrable adornada con múltiples cromatismos
distractores. Todo se terminaba, todo cambiaba y la felicidad era imposible.
Entonces ¿qué caso tenía experimentar dicha sensación si se terminaba
demasiado pronto? ¿Qué había en los humanos que siempre teníamos la
tendencia de arruinar y contaminar lo único aparentemente incorruptible? ¿Es
que acaso esto era lo máximo a lo que se podía aspirar en esta falacia de
existencia? ¿Tan pobre y patética era la momentánea, frágil y fugaz felicidad
que se podía experimentar en este caos infinito? ¡Qué absurdo resultaba
entonces todo y qué razón tenía para ser indiferente! Así evitaría tanto
sufrimiento, decepciones y estupideces por las que el ser sufre. Así podría
también un día sonreír y levantarme para continuar con la insipidez de mi
rutinaria y malsana vida. Así podría decidirme a tomar la pistola y terminar
con este delirio de miseria e insensatez en donde me sentía atrapado. La
verdad era esa: me sentía forzado a vivir.
Pero mis creencias y mis ideales eran los de un humano cualquiera, los
que las personas tendrían si no fuesen tan hipócritas y mentirosas y aceptasen
lo que en el fondo somos todos. ¡Cómo odiaba ser igual al resto y con qué
vigor me aferraba a ello! ¡Qué temor tenía de mi individualidad y con qué
absurda complacencia me parapetaba en una humanidad que repugnaba y que,
al mismo tiempo, necesitaba para seguir vivo! Ese era el punto en donde me
desmoronaba siempre que pensaba esto, pues me era imposible renunciar a mi
humanidad y seguir existiendo. ¿Qué significaba matarse entonces? ¿No
estaba ya muerto desde hace tanto tiempo por no sentir ni importarme nada?
¿No estaban todos los humanos muertos por dentro al haber reducido su
auténtica forma? ¿Quiénes eran los muertos y quiénes los vivos? ¿No era más
sensato suicidarse que permanecer en esta trágica comedia de pésimo gusto a
la que estúpidamente se le llamaba existencia? ¡Qué miserable y deprimente
era todo alrededor!
Parecía como si toda mi vida fuese una aciaga contradicción a pesar de
todos mis esfuerzos. Incluso la indiferencia no iba conmigo, pero era lo único
que me quedaba, pues sentir y pensar más allá de mí estaba enterrado en el
pasado. Como sea, decidí que estaba ya muy afectado para continuar
cavilando tonterías que, de cualquier modo, siempre convergían en recalcar
cuánto despreciaba a la humanidad y a mí mismo, cuánto odiaba a la religión y
sus cómicos dioses y libros, cuánto detestaba toda clase de imposición social,
política, deportiva, moral, económica, militar, espiritual o de la índole que
fuera. Sabía que yo no era diferente y que el mundo jamás cambiaría. Había
aceptado vivir, aunque estuviese ya muerto; y a veces necesitaba la
confirmación, la culminación de tan pacificadora condición. Y, si no me
suicidaba, no era debido a algún factor como el que se adjudica de manera
horrorosa a los suicidas, ni tampoco tenía nada que ver con el dolor que
causaría a mis padres o algunos otros que pudieran apreciarme. Si no me
suicidaba era tan solo porque todavía no creía merecerlo, todavía mantenía una
muy tenue llama de falsas esperanzas en esta mortecina e infame realidad. O
no sé, la verdad es que cada día sentía más repulsión y tristeza. Solamente
debía reunir todo el malestar y la desesperación que me ocasionaban este
mundo, quizá solo así podría finalmente ahorcarme.
Cuando la señora del vestido rojo, de nombre Akriza, pasó y me miró,
regresé a mi insípida realidad, esa donde era un mero empleado de oficina y
estaba condenado a trabajar hasta el fin de mis días. Algo había, sin embargo,
en la apocalíptica mirada de esa mujer. Ya varias veces me había mirado de la
misma manera, singularmente pasional y abyecta a la vez. Akriza hizo que me
levantara y la espiara, cautivado por sus tetas ligeramente caídas y esas piernas
carnosas que se transparentaban cuando usaba ese vestido rojo que me
fascinaba. A pesar de ser una ama de casa ordinaria, producía en mí una
excitación tremenda, de un modo que nunca comprendía en su totalidad. Me
gustaba su cara y la manera en que siempre descargaba su ira sobre su hija, la
pequeña Jicari, quien recibía una golpiza tras otra y se la pasaba llorando todas
las noches, pues, aunque contase con solo nueve años, su vida había sido una
tortura de la peor calaña, al mismo grado que la de su madre. Yo las conocía
someramente, lo más que había hecho, hacía ya un buen tiempo, había sido
robar una tanga de Akriza para masturbarme con ella y luego colgarla de
nuevo, con la ligera sospecha de que ella me había visto. Claro que, en esa
ocasión, estaba demasiado ebrio. En fin, estas dos infelices vivían en el mismo
condominio que yo, aquel edificio de mala muerte y de pestilencia
inconfundible donde ocupaban el tercer piso, uno más arriba de donde yo me
ubicaba. Y, por ende, escuchaba irremediablemente todo cuanto acontecía en
cada funesta escena.
El marido de esta desdichada, un tal señor Golpin, le hacía honor a su
nombre de la mejor forma posible, pues diariamente propinaba unas golpizas
tremendas a su esposa, quien lloraba como desquiciada mientras su hija bajaba
al piso donde yo me ubicaba y tarareaba una canción un tanto extraña:
Él vendrá por ti y te desangrará
Nada puede hacerse para sus dientes evitar
Él tocará tu vientre y luego se lo comerá
Nada puede pensarse para hacerlo regurgitar
Él quiere que seas tú la encarnación aquí
Y jamás se equivocará al saborear
Él es un maldito genio en su humanidad
Pero cuando sueña enloquece de verdad
No lo irrites tanto o el coño te joderá
Tal era la canción que Jicari, aquella niña pringosa de nueve años solía cantar
a unos cuántos pasos de mi puerta. Los sucesos siempre ocurrían en el mismo
orden: el señor Golpin llegaba borracho, drogado y con dos gordas
aparentemente sacadas de algún burdel barato. Luego, entraban al
departamento como a la 1 am y la fiesta comenzaba. Como yo dormía poco, en
nada me incomodaban sus gritos execrables. Ciertamente, tenía algunas ideas
con respecto a lo que ocurría en aquel departamento lamentable, pero nada
concreto. Tras una media hora, las gordas cabareteras se retiraban entre vómito
y eructos, pero el martirio de la señora Akriza recién comenzaba. En tanto, la
pequeña Jicari se acercaba con su canción a mi puerta. Acto seguido, se
escuchaban unos golpes espantosos, propinados seguramente con un cinturón
o algún cable. Entonces los sollozos de la señora Akriza se propagaban, con la
evidente intención de ser contenidos, pero sin tener éxito. Había ofensas,
maldiciones, injurias y toda clase de palabras vulgares e hirientes eran
lanzadas sobre la desdichada, quien jamás respondía para defenderse.
La pringosa Jicari, por su parte, parecía ya acostumbrada a esto. A veces
permanecía dormida en las escaleras, puesto que, cuando me dirigía a la
oficina, la veía con un peluche en forma de puerco, igual de desgastado y
maloliente que ella. Debo decir que, extrañamente, nunca sentía lástima por
esta pobre miserable, pues, en todo caso, no era yo el culpable de sus penas.
Además, nada podía hacerse para evitar que su padre, el señor Golpin,
maltratara tan brutalmente a Akriza, pues era su mujer. En resumidas cuentas,
aquella familia era un ejemplo más de las mucha que abundaban en toda la
ciudad. En verdad parecía que las personas siempre hacían su mejor esfuerzo
por ser aún más estúpidas de lo que ya eran. ¡Bueno, supongo que habría que
felicitar a la humanidad por eso!
No obstante, pensaba que no me gustaría estar en la situación de aquella
famélica niña y su grotesca madre, quien, por alguna razón, soportaba todos
los desvaríos de su desquiciado marido. Debo confesar que me masturbaba
pensando en la señora Akriza e imaginando sus gestos, movimientos y
palabras obscenas, alcanzando altos grados de un placer mayor al de la
masturbación normal. Y ni hablar de sus tetas enormes y ligeramente caídas,
pues me enloquecían a tal punto que, en los ocasionales encuentros que
solíamos tener donde nos limitábamos a mirarnos, mis ojos siempre se
posaban directamente en el lugar donde imaginaba se hallaban sus pezones.
Me fascinaba cuando usaba escotes y yo, desde mi ventana, me asomaba
impaciente al escuchar a Jicari con su griterío absurdo y horrible. Esto ocurría
siempre por las tardes, donde ambas se dirigían al parque, y, mientras Jicari se
solazaba en los columpios con aquellas ropas pringosas y cabellos
desgreñados, su madre se sentaba en las bancas y conversaba con la señora
Faki, algunas veces llorando y suplicando por ayuda. Pero nunca parecía
hablar en serio, pues cada tarde retornaba a su departamento en el piso tres de
aquel condominio malsano para ser golpeada por su bestial esposo, quien
debía tener extrañas y grotescas prácticas sexuales.
Ciertamente, Akriza era una mujer madura y sumamente atractiva, razón
por la cual me resultaba inconcebible creer que permaneciera atada a tan
ominosa relación con su deplorable esposo, golpeador y fetichista. Pero no
eran mis problemas y, además, lo único que deseaba era follármela, pues tenía
el presentimiento de que su bestial esposo, el repugnante señor Golpin, no la
tocaba hacía ya bastante tiempo. A final de cuentas, ambos teníamos nuestras
necesidades carnales y, aunque fuese la mujer de otro hombre, esto en nada me
importaba. Así como tampoco influía el hecho de que ya tuviese una mugrosa
hija, dado que parecía serle un estorbo.
En ocasiones fantaseaba con cometer una locura e irme muy lejos con
Akriza, ella parecía suplicármelo cada vez que nos mirábamos y yo ardía en
deseos de complacerla en todo sentido. Se había equivocado al aceptar el yugo
de aquel golpeador, pero a leguas se notaba que buscaba un escape, que no le
interesaba en lo absoluto lo que podría ocurrirle a la desaliñada y miserable
Jicari, y que todo cuanto añoraba era un nuevo comienzo, al igual que la
mayor parte de las personas que absurdamente se colocan las cadenas de aquel
absurdo tormento llamado matrimonio.
Pensaba que todos merecíamos una segunda y hasta una tercera
oportunidad; es más, ni siquiera debía existir un límite. La vida era tan patética
e irrisoria que de nada servía hacer promesas ni juramentos, pues
evidentemente el humano no estaba capacitado para llevar a cabo tales
empresas. Por otra parte, al igual que las personas promedio, Akriza se había
dejado llevar por la entelequia del matrimonio y por las habladurías de la
gente banal, que consideran como sagrado tal concepto. Todo esto, sin
embargo, para mí no era sino pura superchería y otra de las casi infinitas
formas en que el humano renunciaba a su libertad.
Tampoco creía, por supuesto, que desear la mujer de otro hombre
estuviera condenado. En nuestros pensamientos podíamos desear a todas las
mujeres habidas y por haber, podíamos follarlas y masturbarnos pensando en
ellas, y esto en nada afectaba el caos cósmico ni ocasionaba que se enfureciera
alguna entidad divina, puesto que era inexistente. Por lo tanto, me sentía en
pleno derecho de desear mujeres casadas, separadas, viudas y en cualquier
estado que se me ocurriera, pues, si esto era otro factor de la decadencia y
carencia de valores impuestos, también lo aceptaba como lo hacía con la
pornografía y la prostitución. ¿Qué diferencia había entre ser decadente o no?
¿En qué afectaban mis actos el irremediable absurdo y banal ciclo de la
existencia humana? ¿Cómo atribuir una enfermiza y obsoleta importancia a
una casualidad desproporcionada que, en todo caso, se acercaría a un
experimento fallido? Me incomodaba y me asqueaba la excesiva importancia
que el ser adjudicaba a toda clase de normas y maneras aceptables de vivir en
sociedad.
En múltiples ocasiones había intentado entablar conversación con
Akriza de alguna manera, al menos pasar de los buenos días y corroborar que
deseaba ser penetrada por mí. Tenía ciertos indicios de que así era, pero seguía
dudando. Para nada me preocupaba lo que el desquiciado señor Golpin pudiera
hacer en venganza por haberme tirado a su esposa, pues, si algo así acontecía,
siempre saldría yo ganando. Necesitaba idear la manera de solicitar algo más
allá de meras formalidades y saludos, de llamar su atención y de inmiscuirme
en sus pensamientos. Probablemente podría hacerlo a través del dinero, ya que
ella y su mugrosa hija parecían sufrir siempre por ello. Esto no me extrañaba
dado que el señor Golpin debía malgastar su quincena en los burdeles y las
gordas taiboleras con las que cometía quién sabe qué actos sexuales tan
exóticos. En fin, era cuestión de animarme y hacerlo.
Decidí dejarme de tonterías y regresar a mi departamento en aquel condominio
nauseabundo. Antes de ir a mi habitación y recostarme par leer alguno de los
últimos libros que había comprado en la semana, pasé a la tienda para comprar
unas golosinas. Casualmente, cuando estaba a punto de entrar al vomitivo
condominio, alguien abrió la puerta y me sobresalté al percibir que eran
Akriza y su raquítica y maloliente hija. Me miraron y, tras haber
intercambiado un forzado saludo de buena noche, salieron en dirección a la
panadería. Me quedé ahí y pensé que, si hoy no conseguía hablarle, nunca lo
haría. No sé qué especie de convicción insana fue la que se apoderó de mi
cordura en aquellos momentos, pero retiré la llave de la puerta y decidí seguir
a la mujer que con tanto fervor deseaba.
Decidí proseguir y seguirlas hasta la plaza de la colonia, donde fueron a
sentarse y la funesta niña se abalanzó de inmediato sobre unas palomas torpes
que picoteaban insensatamente el suelo, en busca de migajas o cualquier cosa.
Jicari no dejaba de gritar como una maldita aberración y saltaba
demencialmente de un lado a otro con su putrefacta dentadura, esparciendo su
mugre y contaminando el aire. Noté que había pocas personas realmente en
aquella plaza a la cual rara vez asistía porque precisamente era el lugar donde
los padres iban para que sus asquerosas criaturas perdieran el tiempo y
conversar sobre chismes y bagatelas. Pero la concurrencia, a pesar de ser
domingo, no era tanta como yo esperaba, en parte pensé que esto se debía a la
latente posibilidad de lluvia.
Colegí que sería el momento idóneo para acercarme y conversar con
Akriza. Si la sucia Jicari se acercaba, podría otorgarle alguna golosina para
que nos dejara en paz y se largara a molestar a las palomas. El único problema
era si algún conocido del condominio nos miraba juntos, pues la gente
realmente se inventa chismes y habladurías de cualquier calaña con tal de
apaciguar su tediosa vida. Es una lástima que los humanos vivan más
preocupados por enterarse de la vida de otros que por la propia, pero qué se le
va a hacer. Cuando ya me había decidido, y cuando casualmente la pestilente
Jicari se había largado a recoger piedras con otros niños vagabundos, mi plan
fracasó. Ya había yo salido de la pared donde me escondía y caminado unos
cuántos pasos hasta quedar de espaladas a Akriza cuando, inesperadamente,
una sombra se me adelantó y se colocó junto a ella. Era la señora Faki, madre
de Virgil y dueña de la cocina barata donde a veces comía.
No tuve más opción que rendirme y hacer como si estuviese recogiendo
un objeto del suelo, puesto que las dos mujeres viraron y creo que sospecharon
algo, pero me alejé raudamente y sin dar muestras de mis intenciones. Lo
único que me faltaba era que aquella cerda, la señora Faki, se apareciera para
platicar con Akriza, como lo hacían en el parquecito frente al condominio. Mi
plan estaba momentáneamente arruinado, pero no renunciaría tan fácilmente al
coloquio con la inspiradora de todas mis fantasías. Por lo tanto, reflexioné y
me parapeté nuevamente, a la espera de que la charla culminara pronto. Me
pareció, no obstante, que transcurrió una eternidad hasta que, al fin, Akriza se
levantó y llamó a Jicari, tras lo cual se despidió de la señora Faki y partieron
de vuelta al condominio. Al menos así lo creía yo hasta que se detuvo en una
tienda de antigüedades donde se rumoraba que el encargado, un viejo
exguerrillero y depravado senil contaminado con sida, vendía LSD.
La lluvia se avecinaba y las gotas, aunque ligeras, comenzaban a incrementar
en intensidad. Esperé un poco, pero me desesperé de inmediato. Tenía un
extraño presentimiento y, tras veinte minutos parado en medio de la lluvia, que
por momentos arreciaba, decidí entrar a la tienda de antigüedades para
enterarme de lo que ocurría. Si Akriza o Jicari lograban reconocerme, no sería
extraño pensar que, de nuevo, la casualidad nos había colocado en el mismo
sitio por tercera vez en menos de una hora. Además, existía la posibilidad de
voltearme precisamente cuando ellas salieran y así evitar cualquier sospecha.
Entré sin más dilación y quedé cautivado por las reliquias que aquel
decrépito sujeto mantenía con tanto cuidado en sus vitrinas. Había toda clase
de curiosos objetos y de instrumentos bonitos y vetustos. Indudablemente se
debía tratar de un coleccionista sin igual que, durante todos los años de su
absurda existencia, había conseguido amalgamar tan curiosos elementos. La
oscuridad era evidente y me costó trabajo dilucidar la pequeña silueta que se
mantenía recargada en lo que parecía ser la mesa de cobro, era Jicari. Al
mirarme, sonrió con sus putrefactos dientes y me indicó que guardara silencio.
Me acerqué un poco más para interrogarla.
–Hola, pequeña. ¿Cómo estás? ¿Qué haces por aquí? –pregunté en voz
baja y con una curiosidad incipiente.
–¡No hagas ruido o nos escucharán! Podríamos interrumpirlos en su
juego –replicó con un temor excesivo.
–¿Juego? ¿Escuchar? No entiendo de qué hablas, explícame –solicité,
asomándome un poco para intentar ver.
–¡No! ¿Qué crees que haces? –chilló mientras me jalaba para
retroceder–. Veo que no sabes que a momi no le gusta cuando alguien la espía
mientras juega.
–Sigo sin comprender, ¿en dónde está tu mamá? ¿Es que acaso…? –
inquirí sin completar mi pregunta, pues una sola idea fulminó mi mente.
–Bueno, yo nunca veo a momi jugar, pero sé que se divierte bastante, o
eso siempre dice. También me ha comentado que, cuando yo sea mayor,
deberé ser muy buena jugando si es que no quiero terminar como ella.
No estaba plenamente seguro de que mi idea fuese cierta, pero ya había
llegado hasta allí y no me detendría. De manera automática mi mente trazó un
plan macabro que podría seguir para conseguir mis objetivos a pesar de lo que
estuviese ocurriendo ahí dentro. A como veía las cosas, lo primero sería
convencer a la pringosa Jicari de que yo debía ver a su momi jugando, pues
solo así permanecería tranquila sin alertar de mi presencia a su madre y a
aquel viejo aprovechado. Colegí que sería suficiente con un ligero sermón y
unos cuántos caramelos que, por suerte, todavía traía en mis bolsillos.
–Escúchame. Te llamas Jicari, ¿cierto? –le dije calmadamente,
colocando una paleta de fresa entre sus callosas manos–, pues necesito
urgentemente comprar algo de la tienda y debo hacerlo ya. De otro modo,
¡alguien en mi familia podría morir!
–¿Qué es lo que está diciendo, señor? ¿Alguien podría morir? Pero
¿cómo?
–Sí, tal como lo escuchas –asentí mostrándome afligido sobremanera y
sosteniendo su mano huesuda y sucia–. En caso de no adquirir hoy cierto
artefacto que solo en este lugar venden, una persona muy cercana a mí
morirá…
–¡Qué terrible! Yo no quiero que nadie muera ni sufra. Entonces
intentaré llamar a momi para que deje de jugar y usted pueda comprar lo que
tanto requiere.
–Entonces ¿momi juega con el encargado de este lugar? –pregunté solo
para corroborar mi funesta teoría sobre lo que “jugar” significaba
verdaderamente.
–Así es, momi siempre necesita jugar, pues, de otro modo, tiene un
carácter de los mil diablos, y se la pasa encerrada en el baño haciendo ¡quién
sabe qué cosas!
–Ya veo, es eso –balbucí, pensativo–. Pero tú no debes molestar a momi,
yo personalmente me encargaré de llamar al viejo para que me consiga lo que
deseo.
–¡No! ¡Usted no debe entrar! ¡Nadie debe molestar a momi o sino…! –
expresó aterrada.
–Si no, ¿qué? ¿Acaso pasará algo tan terrible? O ¿por qué te pones así?
–Es que momi siempre me encarga que nadie la moleste mientras ella
juega y yo…, temo desobedecerle, porque, de ser así…
–No te preocupes, en verdad yo me encargo –comenté con más
confianza y notando que Jicari temblaba con la misma intensidad con que
apestaba–. Te haré una promesa, solo entraré y tomaré lo que necesito sin
molestar a momi con sus juegos, ¿qué te parece?
–Yo… no estoy segura –contestó tras elucubrar unos segundos, luego
pareció asentir con la cabeza–, pero, si es así como usted lo plantea, entonces
momi no se enojará y todo estará bien.
–Bueno, entonces ya está decidido, entraré y tú esperarás aquí sin gritar
ni realizar algún movimiento, ¿cómo ves?
–Me parece que no hay inconveniente, solo tenga cuidado. A momi
usualmente le disgustaría si usted la ve mientras juega… –susurró en un tono
extraño con su vocecita odiosa.
–Déjamelo a mí, verás que saldré de ahí en menos tiempo de lo que
piensas. Solo necesito aquello, y luego me iré.
–¡Espere un momento, por favor! –gritó de pronto, incomodándome al
imaginar que se había arrepentido y que podría delatarme–. Si usted tuviera
otra de esas deliciosas paletas de fresa, se lo agradecería tanto.
–Desde luego. Aquí tienes, tómala –contesté extendiendo mi mano para
otorgarle la última de las paletas en mi bolsillo–. Ahora vuelvo, mantente
quieta.
Me escabullí silenciosamente a través de la entrecerrada puerta hacia
unos escalones pestilentes que subían en espiral y terminaban en un pasillo
igual de fétido. El lugar era de una antigüedad bárbara, haciendo honor al local
de la planta baja. ¡Quién sabe cuánto tiempo tenía desde la última
remodelación! Me centré en hallar a Akriza y contemplar sus supuestos
juegos, y, aunque esto me excitaba, también hacía que mi corazón palpitara
tremendamente.
Si en aquellos instantes el viejo me encontraba, era hombre muerto, pues
no iba armado y él interpretaría mi intromisión como un robo. Por suerte, me
era indiferente seguir vivo o estar muerto, y abandoné tan insulsas reflexiones
para luego avanzar sigilosamente por el asqueroso pasillo hasta que comencé a
escuchar un sonido proveniente del último cuarto. Sabía, gracias a los chismes
locales, que el viejo rabo verde siempre molestaba a las jovencitas o a las
señoras maduras con proposiciones indecorosas y que vivía solo desde hacía
algún tiempo, por lo cual no corría peligro de ser molestado por alguien más,
con lo cual mi huida también se vería bastante beneficiada.
Conforme me acercaba al último cuarto, mi teoría se confirmaba cada
vez más. Y, cuando al fin estuve a unos cuántos metros, noté que la puerta
estaba cerrada y que una ligera abertura me permitiría fisgar todo lo que en el
interior estuviese ocurriendo. Al principio dudé, aunque me convencí de que
no podía flaquear ahora. ¿Qué era, de cualquier manera, lo peor que podría
ocurrir? Sin saber por qué, mi corazón parecía estallar, pero me controlé.
Cansado de mi inutilidad, me lancé hacia la abertura y, aunque tenía una vaga
idea de lo que vería, la escena me sorprendió mucho más de lo que debería.
Ahí, sentado en un sillón de aspecto bastante incómodo y pringoso, se
encontraba sentado el viejo asqueroso, con su cosa erecto y una expresión de
placer delirante en su rostro, mientras se contorsionaba repugnantemente. Y
junto a él yacía Akriza, con sus enormes tetas fuera del vestido y rebotando de
un lado a otro, en tanto se inclinaba para succionar el miembro de aquel viejo
ominoso.
Permanecí como hipnotizado mucho más de lo que hubiera deseado,
pues mis ojos solo podían mirar aquellas monstruosas y descomunales tetas
con sus pezones mucho más puntiagudos de lo que hubiera imaginado.
Además, Akriza saboreaba la cosa de aquel viejo como si verdaderamente lo
disfrutara, pues miraba su rostro y no parecía haber ni un solo rastro de asco o
algo parecido, sino únicamente el vivo reflejo del delirio y la complacencia.
Dado que ellos estaban de lado, logré atisbar cada detalle de la increíble
e inefable succión que Akriza le proporcionaba al infame anciano. Lamía
ambas bolas con majestuosidad y después, con la punta de su lengua, rozaba la
cabeza y la abertura. Luego se alocaba y lo introducía todo de golpe,
incluyendo las bolas, tras lo cual parecía vomitar y tosía demasiado. En
determinadas ocasiones, el miembro del viejo debía entrarle hasta lo más
profundo de la garganta, pues en sus cachetes atisbaba las bolas mismas. El
viejo, colegí, debía haberse tomado algunas pastillas azules antes del acto,
pues no era concebible que su cosa estuviese tan erecta a esa edad. No
importaba, no podía dejar de mirar las divinas tetas y los cósmicos pezones de
Akriza, que se revoloteaban de un lado a otro hasta que entre ellos se incrustó
el miembro del asqueroso senil.
En esos precisos instantes sentí una explosión en mi interior, un calor
como ningún otro fluía por todo mi cuero y mi sangre hervía como nunca.
Noté que mi cosa estaba también erecta y pensé que podría entrar ahí y
follarme a Akriza si no fuese por aquel viejo, pero ahora él había ganado y yo
debía esperar una mejor oportunidad, la cual seguramente tendría dadas todas
las preguntas que ahora flotaban en mi cabeza. Pero esto fue interrumpido por
una especie de diálogo que no logré escuchar dado que solamente musitaban,
pero inferí que algo había acontecido para suscitar una posible disputa.
Akriza parecía reclamar algo al viejo mientras se alzaba el vestido, con
lo cual noté que no usaba nada debajo, sencillamente su vagina se hallaba
desprotegida y esperando ser cogida bajo aquella sedosa tela rojiza. Se había
colocado en cuatro y no entendía por qué maldita razón aquel viejo estúpido
no la follaba como a una vil perra, hasta que miré detenidamente y noté que su
inservible cosa estaba flácida y caída como un espagueti cocido. No pude
evitar desternillarme y casi se me escapa una carcajada diabólica, pero me
contuve recordando mi situación. Era simplemente una burla, un sacrilegio
que aquel viejo ridículo no pudiese penetrar a Akriza, quien estaba
absolutamente puesta para que le destrozara el rabo. Y yo ahí afuera, tan solo
mirando y masturbándome al contemplar el inigualable y magnificente culo de
aquella madura ansiosa de fornicar. No podía resistir las ganas de patear la
puerta y arremeter con violencia hasta correrme como un demente adentro
aquella zorra.
Pero no, debía tranquilizarme y ponderar de mejor manera mis
posibilidades. Todavía no era el momento adecuado para desflorar el
magnífico rabo y el jugoso coño de Akriza, necesitaba un plan. Decidí esperar,
puesto que no parecía que fuesen a salir pronto, aunque no dejaba de
masturbarme tan violentamente como podía. Observé que el ridículo e
impotente viejo entraba al sanitario con una caja de medicina, posiblemente
más viagra. Entonces la mujer de mis fantasías comenzó a tocarse como una
auténtica loca, gimiendo de tal manera que todos en la calle debían escucharla.
Pensé entonces en la asquerosa Jicari y su odiosa cara de simio, en cómo debía
haber palidecido en aquel momento tras escuchar cómo su madre
supuestamente era cogida como la vil perra malparida que era, aunque la
realidad fuese otra. Sin embargo, también barrunté que aquella blasfema
pringosa debía ya estar consciente de lo que su golfa momi hacía, y por ello
lucía tan espantada y hablaba de un juego y no sé qué otras tantas babosadas.
Como sea, me concentré en Akriza y en sus diabólicas tetas, que me
parecían las más divinas y exquisitas de entre todas las tetas naturales, pues
debían serlo. Y ¡ni qué decir de sus caderas tan anchas, su cintura reducida,
sus piernas gordas y ese rabo inenarrable que añoraba lamer y destrozar! En
mi alienación y lujurioso delirio, pensaba que Akriza debía haber sido una
diosa en otros reinos o al menos una reencarnación de la mismísima Afrodita,
pues era absolutamente innatural que una mujer poseyera tan perfectas curvas
y proporciones, pero lo era. Y, entre más la observaba, más descaradamente se
tocaba aquella zorra caliente, y con mayor intensidad sus gemidos resonaban,
seguramente desconcertando a cuantos infortunados pasaban a aquella hora
por la calle, aunque no serían tantos considerando que la lluvia había arreciado
un poco durante los últimos minutos.
Al fin, Akriza experimentaba múltiples orgasmos, y un chorro, como
fuente, brotó de su enorme coño peludo, pero luego vino otro y así hasta que
perdí la cuenta. Debía estar al borde del delirio aquella perra, y nuevamente
mis deseos absurdos de entrar y hacerla mía, de correrme en su interior y
preñarla, se hicieron latentes. Pero me resistí, no sé cómo ni por qué. A aquel
viejo ridículo lo hubiera vapuleado de haber intentado detenerme. Lo que más
risa me daba, además de su importancia, eran sus ojillos y su barba que parecía
de chivo. En fin, decidí esperar hasta que alguno de los dos se dirigiese a la
puerta.
Entonces el viejo estúpido salió del baño, tal vez envalentonado por la
pastilla azul o verdaderamente excitado milagrosamente gracias a Akriza, pues
su cosa estaba erecta y su rostro ansioso de penetrar. Para mi sorpresa, la
ardiente zorra no permitió que esto sucediera y se arrojó sobre su cosa para
chuparlo y jalarlo de manera precipitada, como si quisiera arrancárselo. Yo
sentía no resistir más y, cuando miré cómo el inútil anciano se corría
abundantemente en la boca, rostro, tetas y abdomen de Akriza, me corrí
también manchando el suelo y, dado lo apretado de aquel pasillo, arrojando un
poco de semen hacia la calle mediante una ventana abierta.
No pude evitar seguir con la cosa erecta cuando vislumbré cómo Akriza
se tragaba y saboreaba con majestuoso deleite el rancio esperma de aquel
viejo, procediendo a lamer lo que le había quedado embarrado en la punta del
miembro. La imagen de Akriza, con su vestido rojo levantado y sus tetas
salidas, toda bañada de semen y gimiendo como una maldita e invariable
zorra, era algo con lo que podría jalármela de por vida, pero deseaba más.
Comprendí que el acto no terminaría ahí, pues el viejo entró de nuevo al baño
con otra pastilla azul. Y, cuando salió, se inclinó de tal manera que Akriza
comenzó a chuparle el ano mientras se metía el mango de un sartén en el suyo.
Medité si quedarme a contemplar lo que acontecería después, pero
decidí que no, sería mejor aprovechar la oportunidad y largarme mientras ellos
continuaban “jugando”. Además, mis planes eran otros, e inevitablemente
terminaría cogiéndome a Akriza tarde o temprano. En verdad me resultaba
imposible no desearla y ahora mucho más, quería poseerla cuanto antes y
eyacular en su vagina para preñarla, pero debía esperar. Todo marcharía mejor
si me iba de aquel pestilente lugar y me llevaba conmigo a la deplorable Jicari,
pues aprovecharía para interrogarla y averiguar más detalles sobre su momi y
su siniestra forma de “jugar”.
Además, no fracasaría en absoluto, pues cuando Akriza regresara tendría
el pretexto perfecto para entablar diálogo con ella usando a Jicari como
intermediario, argumentando que la había hallado caminando en solitario bajo
la lluvia y la había guiado hacia el condominio donde sabía que vivía en un
piso más arriba que yo. Aquel cuento sería ideal para ganarme la confianza y
la gratitud de Akriza, y, en adelante, podría resultarme más fácil indagar y
discernir ciertos aspectos hasta llegar a follármela.
VI
Obedeciendo mi instinto y muy en contra de mi voluntad, decidí virar para
guardarme mi cosa y proseguir con lo planeado. No obstante, enorme y
escalofriante fue mi sorpresa cuando descubrí a la infame Jicari mirándome
con los ojos abiertos de par en par y estremecida en grado extremo. Por suerte,
estaba muda y tiesa cuando logré guardarme mi miembro y me acerqué hacia
ella, de otro modo habría estado en graves problemas. Sin mencionar palabra
alguna sobre lo que había presenciado, la tomé de la manita y ambos bajamos
mecánicamente los derruidos y húmedos escalones en espiral. Luego la saqué
de aquella lóbrega tienda de antigüedades y la persuadí para que me
acompañara de vuelta al condominio.
Se negaba a seguirme sin importar lo que yo argumentase, al menos
hasta que le prometí comprarle un helado, no con el señor de las nieves
rancias, sino en la heladería donde el más barato costaba al menos lo de diez
nieves rancias. Sin más opciones accedí y nos retiramos caminando
raudamente bajo la lluvia, la cual había disminuido como por arte de magia.
Llegamos al fin a la heladería y ella ordenó uno de chocolate, en tanto yo pedí
uno de nuez y, para poner las cosas en claro con respecto a mis futuros planes,
pedí una costosa paleta de piñón para Akriza, pues la mugrienta Jicari me
contó que era la favorita de su momi, pero que rara vez la comía debido a su
alto precio. Se mostró sorprendida y sonrió con cierta malicia cuando me
escuchó pedir una de estas paletas para llevar. Después, caminamos lo que
faltaba para el nefando condominio y ahí nos sentamos en el parquecito,
donde, una vez más tranquilos ambos, charlamos mientras comíamos nuestros
helados.
Desde luego que Jicari cuestionó lo que yo ya sabía que querría saber,
así que tuve que inventar algo para enmascarar mi descuido. En cierta manera,
aquella interrogante abrió una puerta que, de otro modo, hubiese sido muy
difícil siquiera empujar un poco.
–Oiga señor, ¿qué era eso que estaba haciendo mientras yo lo miraba
detenidamente al final del pasillo? –preguntó mientras lamía su helado con su
simiesca y odiosa fisonomía.
–Bueno, son ciertas cosas que a veces las personas hacemos cuando
estamos estresadas o desesperadas. Tú eres demasiado pequeña para
comprender.
–Eso es lo que usted cree, pero la verdad es que no –replicó sin apartar
sus ojos negros de mí–. ¡Yo sé que usted se estaba jalando la miembro!
–Pero ¿qué dices? –exclamé en un paroxismo total–. ¿Dónde has
aprendido tales cosas o quién te ha instruido acerca de ello?
–Si usted supiera las cosas que miro diariamente, no me tomaría por una
ingenua criatura. O ¿acaso piensa usted que soy ignorante solo por estar tan
sucia y harapienta?
–No, para nada –mencioné dubitativo, pero mostrando interés en el
tema–. Yo no creo que tú seas eso, sino todo lo contrario. Pienso que eres una
niña demasiado despierta y astuta; de hecho, vendría bien si me hablases de lo
que sabes, pues yo podría ayudarte a comprender.
–¡No necesito comprender! ¡Tampoco quiero contarle nada! ¡Solo quiero
que pare ahora mismo! –expresó con furia y dando brincos.
–Está bien, no preguntaré más acerca de lo que vives, si así te sientes
menos incómoda –afirmé lamiendo mi helado.
–No importa, usted tampoco entendería, es igual a los demás. O ¿acaso
puede usted hacer que se vaya y que me deje en paz? ¡Claro que no! ¡No
puede, estoy segura de que no!
Me volteé y esperé antes de responder. Tal vez me había equivocado en
mis suposiciones, pues claramente Jicari, aunque imberbe, no ignoraba lo que
yo deseaba saber. Seguramente le contaría a su momi lo que yo había hecho,
aunque esto no era del todo desalentador. Sin embargo, me inclinaba más a
seguir el plan original y hacer que aquella criatura me confesase todo cuanto
ocurría en aquella habitación cuando su padre llegaba borracho con esas dos
gordas cabareteras, así como cualquier otro detalle concerniente a Akriza.
También sabía que, en estos precisos instantes, la madre de aquella niña
desaliñada estaba siendo desflorada y chorreada por aquel viejo abyecto. Me
cuestionaba si no sería conveniente ir a mi habitación, tomar el revólver y
regresar a aquella tienda de antigüedades para matar al pestilente viejo rabo
verde y hacer mía a aquella zorra. Un trueno y un relámpago anunciaron una
tromba y así aconteció, pues el cielo se cayó sobre la funesta ciudad para
purificarla un poco de toda la podredumbre y miseria humana. Tomé a Jicari
de la mano y ambos subimos a mi departamento, tenía la esperanza de que ahí
pudiera revelarme algo de mi interés.
Al principio me costó que aceptara entrar, pues no se sentía segura con
un extraño como yo. Pero una vez dentro le ofrecí una taza de café que aceptó
gustosa y algunas galletas. La lluvia había aumentado y parecía no cesar, las
densas nubes grisáceas no ofrecían tregua. Noté que la sucia Jicari miraba la
ventana cada 5 minutos, posiblemente había comenzado a preocuparse por su
momi. Sin cuestionarle nuevamente, se puso elocuente de manera súbita y me
contó lo que tanto añoraba averiguar, no sin estafarme con una galleta extra
cada vez que devoraba la que tenía entre manos. Me causó un poco de
repulsión mirar sus uñas largas y ahítas de mugre, pero toda ella era un
amasijo de podredumbre, así que ignoré el asunto. Lo único que por ahora me
concernía era que me hablase de los horrores que presenciaba y a los que su
madre se había resignado desde hacía quién sabe cuánto.
–Te contaré lo que quieres saber, pero debes prometerme que de ninguna
manera se lo contarás a nadie, pues es muy delicado. Además, si momi se
entera de que yo te conté, me matará –comentó entre murmullos matizados de
una melancolía inusual.
–No tienes de qué preocuparte, puedes estar absolutamente segura de
que mi boca permanecerá sellada respecto a lo que sea que me cuentes.
Una vez dicho esto, se colocó en la posición donde habitualmente la
encontraba en las escaleras aquel estado lamentable.
–La vida es horrible y hubiera preferido nunca haber existido de saber
que esto era vivir… Hace ya algún tiempo desde que este martirio comenzó,
aunque parece como si se tratase de eones en vez de simples semanas o meses.
Como sabes, en el departamento vivimos mi padre, momi y yo, y, aunque
estamos apretados, no existe algún otro lugar en donde se nos permita
retrasarnos tanto con el pago de la odiosa renta. A decir verdad, yo no
comprendo muy bien qué es todo eso del dinero, pero observo que momi
siempre está preocupada por él y procura tenerlo en abundancia, lo adora. Ella
dice que, cuando yo sea más grande, podré ganar mi propio dinero sin tener
que recurrir a los ardides y juegos que ella se ve forzada a llevar a cabo por
unos cuántos billetes. También me ha comentado que soy demasiado inocente
como para comprender lo que ella hace o dice, pero no es así. Sé que momi
deja que otros hombres hagan cosas repugnantes con su cuerpo y por eso le
pagan. Yo quisiera que no fuera así, pero, de otra manera, no tendríamos para
malcomer, pues mi padre se gasta todo en estupideces y hace mucho desde la
última vez que dio el gasto. Estas cosas de adultos me enfurecen y me
molestan puesto que no las comprendo, aunque siento que, generalmente,
cuando uno es grande, pierde la capacidad de razonar o se vuelve imbécil en
gran medida.
“Como sea, momi me cree ignorante de sus asuntos y está bien que así
sea. Sin embargo, yo sé a la perfección en qué anda metida y, cuando puedo,
robo lo que esté a mi alcance para no ocasionar molestias. Si hay algo que me
irrita es la dádiva y la compasión con la que me mira la gente, además de que
todos se tapan las narices puesto que mi olor es repugnante, pero realmente
apenas y tenemos agua, pues no la hemos pagado y lo poco que obtenemos
solo cubre las necesidades fundamentales. Hace ya tanto que no tomo una
ducha y que uso las mismas ropas sucias que he olvidado la sensación de estar
limpia. Supongo que esto me traerá infecciones y enfermedades, pero me
mantengo fuerte y, de cualquier manera, si me muero, será lo mejor; seré una
carga menos para momi y nadie me extrañará. De hecho, debo confesarte que,
en varias ocasiones, he estado a nada de arrojarme a las vías del tren, pero
siempre me acobardo cuando las luces parpadean en la oscuridad.
“Es sumamente extraño, pues aquella luminiscencia parece impregnarme
de un aliento vital muy cálido y sugestivo, el cual me retorna a mi cotidiana
miseria con mayor voluntad. Lo que no tolero es aquella gente que mira
morbosamente cuando me siento en la orilla de las vías, esperando el día en
que accidentalmente caiga o sencillamente me arroje por decisión propia. Por
ahora creo que viviré mucho más, así que deberé abandonar mis visitas a la
estación de trenes. No importa, mi existencia es miserable e irrelevante, y las
personas nunca miran más allá de sus deleites y pasiones. A todos les interesa
solo complacerse a sí mismos a cualquier precio y a costa de lo que sea, pero
está bien, ¡que se joda el mundo!
“Y bueno, como te decía, en diversas ocasiones robo cuanto puedo, y,
dada mi condición de niña pobre, las personas casi nunca reclaman. He
tomado frutas, verduras, semillas, panes, carne, pescado y demás; también
algo de ropa, como estos calcetines que tomé a escondidas y que son los
únicos que tengo. Así me he hecho de mis cosas, tomando lo ajeno y
escurriéndome o poniendo cara de lástima. Lo que jamás he robado es dinero,
me aterra pensar que yo podría contaminarme de esa suciedad y envilecerme
como todas las personas. Puedo robar casi cualquier cosa, excepto efectivo,
me enferma la simple idea. Y los alimentos que tomo los como a escondidas, o
a veces le doy algo a momi argumentando que me lo encontré tirado en la calle
o que me lo obsequiaron en uno de mis solitarios paseos, pues momi
frecuentemente se la pasa tirada en una vieja hamaca y yo me salgo sin
avisarle.
“Creo que ya se le ha hecho costumbre que le lleve algo de comer
diariamente y, aunque sospeche que lo robo, o en verdad acepte que me
regalan las cosas, le da igual. No espero permanecer mucho tiempo en esta
vida, pues me parece grotesco que alguien como yo exista; tan solo
contemplar la repulsión con que las personas me observan me basta para
sentirme de tal manera. Sé que parezco un simio, que soy horrible, apestosa y
huraña, pero solo soy una niña de diez años que existe sin ningún sentido.
Detesto sobre todas las cosas a aquellos engreídos oficinistas que siempre
andan en sus lujosos automóviles o que viven en zonas residenciales y pueden
deleitarse con las mejores comidas y vestirse con joyas y ropas caras.
“Sin embargo, no creo que te interese lo miserable que es mi existencia,
así que me disculpo. Lo que debo contarte es todavía más vomitivo, considero
yo, pero lo haré. Pasa que mi padre, el señor Golpin, a quien todos conocen
aquí por sus escándalos, su vida nocturna, su desconsideración, su perfidia y
su estupidez, no siempre fue así. Él abandonó a mi madre cuando se enteró
que estaba embarazada, y desde entonces momi ha tenido que vivir en las
calles sobreviviendo de sus juegos y las limosnas, pues no tiene familia
alguna, ya que mis abuelitos murieron muy jóvenes y mis tíos desaparecieron
sin dejar rastro. El punto es que, cuando yo tenía aproximadamente 5 años, mi
padre volvió y afirmó estar arrepentido, prometiendo no sé cuántas cosas y
suplicando por una nueva oportunidad. En un principio momi no lo aceptó,
pero, al ver lo difícil que era sobrevivir en este mundo obsceno siendo una
triste mujer inútil, terminó por ceder e irse a vivir con su “renovado” hombre.
Recuerdo que durante los años siguientes todo estuvo de maravilla, mi padre
trabajaba y nos mantenía, mientras momi tejía y cocinaba, preparaba todo en
el hogar, limpiaba y sonreía más a menudo. Yo estaba feliz y a todos les
contaba lo fabuloso que era tener a papá de vuelta, y cuánto me quería.
“Por desgracia, lo bueno termina demasiado pronto y nuestro caso no
fue la excepción. Tras habernos mudado a este condominio, mi padre comenzó
a embriagarse de forma frecuente, a fumar y drogarse. Llegaba demasiado
noche, si es que lo hacía, y a veces desaparecía durante varios días, pero
cuando regresaba siempre se notaba muy demacrado. Su salud se deterioró y
nos evitaba a toda costa, está de más decir que intentamos conversar con él en
infinitas ocasiones, pero siempre nos esquivaba. Parecía que, con cada día que
transcurría, olvidaba un fragmento de lo que había sido y se imponía en su ser
la nueva esencia, por así decirlo. Se entrometió en asuntos de brujería, magia
negra y oscuros rituales, pues en sueños solía gritar pavorosamente, y a veces
balbucía de modo sórdido que algo se estaba apoderando de su cabeza y que lo
estaba devorando desde dentro. No recuerdo qué tantas otras cosas solía decir,
pues su contacto con nosotras se tornó nulo y enfermizo. Asistía a raras
reuniones y supuestos retiros y limpias, realizaba sacrificios de animales y
ritos repugnantes.
“Y llegó un día donde mi padre enfermó al punto de perder demasiado
peso y pasársela encerrado en el departamento durante trece días. Había
perdido su empleo y su deterioro era bastante evidente. Tras reponerse
ligeramente, consiguió el empleo actual, y desde entonces ha estado así. Lo
peor es lo que hace cada noche, pues siempre trae a dos señoras obesas al
departamento y… ¡Se las folla frente a nosotros! El muy desgraciado obliga a
momi a mirar aquel acto y, si se distrae durante unos segundos, hace que una
de las señoras cachetee a momi. La verdad es que es horrible lo que pasa, pero
momi parece haber enloquecido también. Estas señoras son trabajadoras del
burdel aledaño al trabajo de mi padre y seguramente él gasta todo su dinero y
su tiempo ahí, bebiendo y fornicando, pero no le basta con eso, sino que
también daña a momi y a mí me asquea.
“Y eso no es lo peor, pues a veces hace que momi pase de ser una simple
espectadora a ser partícipe de sus deplorables fantasías. La amarra como si
fuese un animal y deja que las gordas cabareteras la orinen y defequen sobre
ella, o la obliga a oler sus gases y a lamer sus traseros. Algunas ocasiones deja
que ellas le peguen a momi hasta sangrarle la boca y ponerle las mejillas
moradas, o hace que la manoseen asquerosamente e introduzcan toda clase de
cosas en su vagina. Lo cierto es que ese señor, que antes llamé mi padre, y que
ahora detesto con todo mi ser, jamás penetra a momi ni tiene el más mínimo
contacto sexual o deseo por ella. Pienso que le agrada mantenerla consigo solo
para satisfacerse a sí mismo y cumplir sus fetiches, pues nunca deja que momi
cierre los ojos, ella debe ver todo lo que él hace con aquellas dos gordas
asquerosas. Durante el transcurso del acto acumulan fluidos en un vaso que
dan a tomar a momi o que avientan en su cara. Además, arrojan toda clase de
cosas y le escupen o la insultan tremendamente. A él parece excitarle mucho
que estas gordas destrocen a momi con golpes o palabras, y las alienta para
que la degraden y la humillen de cualquier forma.
“Cuando el suceso blasfemo acaba, él desata a momi y se caga en su
cara mientras propina fuertes golpes en su estómago que la hacen toser
desagradablemente. Esta es la realidad que día con día ocurre sin falta, sin que
yo pueda hacer algo para cambiar las cosas. En verdad amo a momi y no sabes
cuánto me destroza verla en tal estado, pues yo soy quien la anima y la cuida.
Creo que, de no ser por mí, ya estaría muerta, pues ahora ha enloquecido y se
la pasa recostada, salvo cuando salimos por las tardes al parquecito.
Constantemente escucho que llora y eso me entristece. No sé qué hacer para
cambiar la situación y solo momi evita que me arroje a las vías del metro. He
pensado en sugerirle que nos arrojemos juntas, pero seguramente se negaría.
No entiendo por qué no deja a ese execrable hombre y hace una nueva vida, en
verdad no comprendo nada. Tal vez porque, después de todo el horrible
bacanal, aquel señor repugnante siempre deja una bolsita llena de algo que
momi más tarde se fuma, para sumergirse en su delirio. He notado que momi
necesita diariamente de esa cosa, pues sin ella se pone furiosa y odiosa.
Supongo que esa es la razón por la cual permanece junto a mi asqueroso
padre, tan solo espera recibir aquello para fumárselo y luego olvidarse de lo
que es su miserable existencia.”
Cuando la pequeña y sucia Jicari terminó de contarme todo aquello,
sentí náuseas y a la vez una insaciable curiosidad. Había tanto que me
desconcertaba en aquella narración que preferí no hacer preguntas e intentar
dilucidarlo en la oscuridad de mi habitación.
–Y eso es lo que sé. Creo que es precisamente lo que querías saber.
Entiendo que tendrás algunos cuestionamientos, pero el porqué de las cosas es
algo complicado.
–No importa, así está bien –me apresuré a contestar sin prestar
demasiada atención a su simiesco rostro–. Ahora veo que has sufrido
demasiado y que tu momi necesita escapar de las garras de ese sujeto vil
cuanto antes.
–Yo pienso lo mismo, pero ella se resiste y se aferra a permanecer con
él. Cuando la interrogo sobre esos asuntos dice que yo no sé nada de la vida y
que él, en el fondo, es bueno y tierno, pero por ahora está atravesando una fase
un tanto lunática. Momi afirma que se le pasará y que todo volverá a ser como
antes. Además, ante cualquier cosa, ella lo ama, aunque juegue con el señor de
la tienda de antigüedades y otros más, eso no importa. Ella ama a ese señor vil
que es mi padre y no lo dejará. Dice que la mayor prueba de amor es
precisamente quedarse a su lado soportando todos sus desvaríos y deslices,
pues al final será feliz, incluso si él nunca se percatase. Y, si en su lecho de
muerte él llora o no, le dará lo mismo, ella morirá contenta y complacida por
haberlo amado.
–Vaya cosas, al parecer tu padre no es el único al que se le han cruzado
los cables.
–¿Cables? ¿De qué cosa estás hablando?
–Nada, mejor olvídalo. Espero que tu madre no tarde tanto en regresar,
aunque con esta lluvia…
–Seguro que vendrá pronto, mientras tanto háblame un poco de ti.
Siempre te veo cuando amanece y yo estoy recostada en las escaleras, pasas
muy de prisa y tan pensativo que me pregunto qué clase de cosas son las que
ocuparán la mente de los mayores. Momi dice que sería mejor que me quedase
así para siempre, pequeña e inocente, pues, según ella, este mundo es un lugar
terrible para vivir, y yo creo que en parte tiene razón.
–¿Por qué en parte solamente? ¿A ti te gustaría vivir y permanecer en
este mundo?
–No, desde luego que no –replicó ensimismándose y haciendo gestos
grotescos–. Lo que yo quiero es morir cuanto antes, pero me parece muy
improbable.
–¿De verdad? ¿No estás bromeando?
–No miento, es la auténtica verdad. De hecho, he intentado en vano
aguantar la respiración, pero nada pasa. También he querido aventarme desde
el techo de este edificio, pero considero que podría sobrevivir y quedar peor. Y
ahorcarme, pegarme un tiro o cortarme las venas me parece muy trágico.
Quisiera morir quedamente y sin alboroto, donde nadie note ni se entere de mi
muerte. Tal vez tú podrías ayudarme en algún momento, ¿lo harías?
–Sí, ¿por qué no? –respondí con franqueza–. Para mí la existencia no
vale nada, y es interesante que a tu corta edad tengas en tan elevado concepto
el suicidio, pues siempre lo he visto como el néctar prohibido solo bebido por
algunos elegidos.
–Y ¿si ahora te pido que me mates del modo que mejor se te ocurra?
–Bueno, supongo que tendría que hacerlo, si así es como lo quisieras.
–Eres extraño, pero me agradas. Eres el extraño mental a quien una vez
soñé matándose a sí mismo, pero también observándose.
–¿Por qué lo dices? Usualmente no le agrado a la gente.
–Lo sé, es natural.
–¿Cómo? ¿Por qué?
–Por tu mirada y tu semblante. Inspiras sensaciones inmensamente
decadentes y a la vez sentimientos encontrados y sombríos. Tus ojos son
distintos a los del resto de las personas. Tus ojos arden y luego colapsan en un
matiz espectacular. Me parece que eres sincero y arrogante, pero en lo
profundo de tu ser sufres como ninguna otra criatura en esta contradictoria
existencia. Y sé que a las personas de este mundo les fascina mentir y
aparentar, pues es todo lo que sus corrompidas esencias alcanzan a discernir en
este caos. Por eso me agradas, porque eres la primera persona que conozco
que no ha dudado ni un poco en ayudar a alguien más a consumar su suicidio.
–No esperaba eso –musité sobresaltado cuando me percaté de que me
miraba fijamente con su rostro simiesco y enseñándome de modo repugnante
sus dientes putrefactos.
–Y puedo ver más, pero usualmente me lo guardo. Siempre creo que las
personas son estúpidas, y casi nunca me equivoco, por lo cual me reservo mis
comentarios para no herirlos en su ridícula concepción de la vida.
–¡Tú pareces robarme las ideas, porque exactamente eso suelo pensar
yo!
–No es tan complicado, solo debe uno ser sensato y sincero para saber
que el mundo se ha ido al carajo y que las personas que lo habitan son carentes
de sentido.
–E, incluso en esta náusea, todavía luchamos por algo, por dejar huella
en esta paradójica pseudorealidad que creemos es la vida.
–¿Te consideras decadente? Porque yo creo que, pese a todo, todavía
tienes algo que los seres de este mundo ya han perdido –dijo Jicari con su
rostro mugroso y tosco, verdaderamente parecía más un simio que un humano.
VII
No supe qué contestar. ¡Si tan solo aquella inocente niña supiera quién era yo
en realidad! ¡Si supiera qué cosa tan aterradora e insignificante era mi vida!
Desde luego que era sincero y no creía seguir los patrones de la sociedad, pero
¿no era yo precisamente parte de esa decadencia? ¿No asistía cada fin de
semana a follarme a aquellas putas y embriagarme en antros baratos y buscar
placeres en infinidad de labios? ¿No era yo un mero trabajador de oficina con
una vida absurda y mediocre, rayando en una absoluta insipidez? ¿No usaba
tantas máscaras y a la vez ninguna? ¿Qué clase de hombre había sido todos
estos años y en qué continuaría transfigurándome? ¿No había reconocido la
decadencia y la estupidez del mundo y había decidido obviarla y entregarme a
toda clase de impulsos mundanos? ¿Dónde estaban precisamente mis
sentimientos y qué era eso que yo tenía y que el mundo había perdido? ¿Cuál
era mi auténtica esencia y en qué clase de pantanosa miseria me revolcaba sin
importarme nada más? ¿Acaso había pasado tanto tiempo solo y sin sentido,
sumido en reflexiones que no llevaban a ninguna parte, que me había olvidado
de mí mismo? ¿Acaso había dejado todo a esta humanidad recalcitrante que
rechazaba y adoraba a la vez?
¿Me había olvidado de sentir, de conocerme a mí mismo, de profundizar
en el origen de mi yo verdadero? Por supuesto que era decadente, pues todo
me era indiferente, incluso si se trataba de la muerte de Jicari o de cualquier
otra niña. ¿Qué me importaba también si Melisa si había suicidado por mi
culpa? Y ¿qué si mis padres me extrañaban y pedían que los visitara? Y +qué
si renunciaba hoy al trabajo, o mañana, o pasado mañana? ¿Qué relevancia
tenía comer, dormir o reír? ¿Qué era amar, sentir, extrañar o llorar? ¿En dónde
estaba verdaderamente mi corazón? ¿En dónde estaba yo? ¿Quién era yo en
este ínfimo fragmento de existencia caótica? ¿Qué jodida y aciaga
significación tenía vivir o morir si, en todo caso, terminaba por sentirme del
mismo modo cada día? Hacía tanto tiempo que no hallaba la diferencia entre
estos conceptos. Hacía tanto que me parecía haber muerto, y, sin embargo,
todavía respiraba y creía ser real, al menos tangible y materialmente, al menos
en este supuesto plano ignominioso donde la única liberación era lo que Jicari
había mencionado. Pero no fui capaz de responderle, sus cuestionamientos y
afirmaciones me desconcertaron, como si por primera vez algo quisiera
imponerse a mi indiferencia absoluta.
–Supongo que es imposible no serlo, al menos mientras uno esté vivo.
–Y ¿consideras que lo estás? ¿Qué certeza tienes de ello?
Justamente antes de que pudiera intentar responder a tal inquisición
apareció Akriza, la madre de aquella inverosímil y mugrosa niña. Noté que, en
cuanto la vio subir por las escaleras y dirigirse hacia nosotros, toda empapada
y con mal humor, Jicari sonrió y comenzó a brincar estrepitosamente. Debía
querer mucho a su madre, realmente era algo supremo y adorable que pudiese
abrazarla y besarla, sentir algo en su interior a pesar de querer morirse. Yo me
limité a encender un cigarrillo y coloqué mis manos en los bolsillos. La verdad
es que fumaba mucho, tanto que ya no contaba las cajetillas que fumaba al día,
pero ¿acaso tenía alguna importancia?
Akriza venía sumamente mojada, pues el aguacero no había cesado
desde que habíamos entrado al condominio. Traía lo que parecían ser unas
bolsas de pan y también leche y huevo. Me pregunté cómo diablos habría
conseguido tales alimentos, pero luego opté por no cuestionarme más. No
quería ni imaginarme todo lo que tendría que haber hecho y con cuántos. Pero
tuve también la extraña impresión de que eso estaba bien. Sí, de que yo no era
nadie para alterar las funestas acciones de esa mujer que tanto me inquietaba.
¿Acaso podría cambiar su destino solo porque me atraía con una fuerza
misteriosa? ¡Bah! Ni siquiera creía en el destino, ¿para qué complicarse tanto?
Mejor sería solo contemplarla y disfrutarla, sin enredarse en asuntos tan
profundos.
En cuanto llegó hasta nosotros la devoré con la mirada, percatándome de
que no traía sostén y sus pezones lucían muy puntiagudos debido al frío que la
invadía. Además, aunque de alguna manera sabía que no era bella, me gustaba
demencialmente, me atraía de un modo que no concebía explicarme. Quería
tomarla y besarla, hacerla mía cuanto antes, tal como aquel vejestorio lo había
hecho. Seguramente todavía traería el esperma en su vagina, pero no
importaba, ahora que la tenía tan cerca me era indiferente saber con cuántos
hombres se había acostado o cuántas bocas había besado, lo único que deseaba
era ser uno más en su lista.
Así ocurría siempre con todas las mujeres, pues, dado que el amor era
solo un engaño execrable, lo único que se podía buscar en el sexo opuesto era
el contacto físico y el idílico intercambio de fluidos, fuera de eso todo era
mísero y obsoleto. Y todos los que se engañaban a sí mismos aparentando que
se amaban o que se adoraban me producían estrepitosas carcajadas. El humano
no era una criatura apta para amar, solo se trataba de un reflejo instintivo
manifestado en la copulación, y nada más existía fuera de esto. Pero así eran
estos seres de los que me veía rodeado diariamente, intentando luchar por
cosas banales y por meras ilusiones que, en su desesperación, creían reales
para dar un sentido al lúgubre vacío de sus tediosas vidas.
–¿Dónde diablos te habías metido, chiquilla del demonio? ¿Es que acaso
no te cansas de ocasionar problemas? –fue lo primero que Akriza espetó, casi
ignorando mi presencia y tomando a la pringosa Jicari del brazo.
–Estaba con mi nuevo amigo, Lehnik, quien vive en el piso de abajo.
–Y ¿con qué derecho es que te vas con desconocidos y dejas a tu pobre
madre batallar en su pensamiento? ¿Acaso crees que no te he buscado como
una loca por todo el barrio?
–Lo siento, es solo que me aburrí de esperar.
–Y eso ¿a mí qué? Todo lo que tenías que hacer era vigilar y quedarte
quieta.
–Bueno, ya no te enojes así, momi. Además, ha valido la pena el regaño.
–Ah, ¿sí? ¿Y por qué?
–Por mi nuevo amigo, mi primer amigo en toda mi vida.
–Buenas tardes, mucho gusto –dije interrumpiendo a Jicari y
aprovechando la oportunidad que tanto había esperado–. Creo que solo nos
conocíamos de vista, y realmente yo tenía grandes deseos de entablar
conversación con usted.
–Buenas tardes –replicó Akriza como analizando mis intenciones–.
Entonces es usted quien trajo a Jicari hasta aquí, o ¿me equivoco?
–Sí, fui yo. Me disculpo si le ocasioné algún inconveniente.
–No, para nada. Lo único que no tolero es que esta sinvergüenza siempre
ande queriendo pasarse de lista.
–Pero momi, yo solo…
–Nada de momi, ya verás que algún día lo pagarás cuando tengas hijos y
un marido.
–Por eso jamás me casaré ni tendré hijos. Es más, ni siquiera deseo
continuar viviendo.
–¡Cállate! Deja de hablar estupideces, ¿qué va a decir el señor Lehnik de
ti? ¿Es que no te da pena lo que la gente pueda pensar?
–No; de hecho, creo que su hija es una niña bastante despierta para su
edad, es muy inteligente –interrumpí nuevamente.
–El señor Lehnik es un sujeto bastante intrigante, tiene ideas un tanto
parecidas a las mías.
–¡Santo cielo! Ahora veo por qué me parecía sospechoso todo esto –se
lamentó Akriza, luego se dirigió a mí–. No le haga mucho caso, es solo una
niña tonta y no sabe nada de la vida. Me imagino que usted ya sabrá de lo que
le hablo, es mejor dejar que su cerebro madure, pues, por ahora, creo que dice
puras tonterías.
–Pero momi, yo solo digo la verdad y lo que percibo.
–¡Cállate! ¿Acaso es que te atreves a contradecirme?
–Como usted diga. De todos modos, no creo lo que otros me dicen tan
fácilmente, siempre me cuestiono todo –expresé mirando a Jicari y guiñándole
el ojo.
–Pues será mejor que así sea. Por ahora debemos irnos, pero le deseo
que tenga una tarde agradable y disculpe por las molestias que hayamos
podido ocasionarle.
–Hasta luego Lehnik, supongo que podremos hablar con más calma en
otra ocasión, ¡je, je! –dijo Jicari mientras sonría y me mostraba sus dientes
podridos.
–Seguramente sí, hasta luego.
Y así fue como se marcharon las dos mujeres, tanto la pringosa Jicari
como su pérfida madre. Todavía percibí que discutían un asunto mientras se
dirigían hacia las escaleras que conducían al tercer piso. Por supuesto que mis
ojos solo pudieron observar los movimientos de aquella mujer y fantasear de
todas las maneras posibles. Terminé mi cigarrillo y entré en mi habitación,
feliz porque al fin había podido, aunque no de la mejor manera, dirigir algunas
palabras a Akriza. Barrunté que Jicari podría serme de gran ayuda, pues me
daría bastantes detalles de lo que ocurría en su hogar con la mayor fidelidad,
pues nunca mentía. Por otra parte, podría usar esto como pretexto para fingir
que me interesaba ir a su departamento a platicar y así visualizar la mejor
oportunidad para follarme a su madre.
Ni por un momento podría sacar de mi memoria la concupiscencia con
que aquel vejestorio se la tiraba. Reflexionaba que, si este viejo había podido
hacerla suya, entonces no debía resultar tan complejo que yo lo hiciera; tal vez
resultaría mucho más fácil de lo que imaginaba. Posiblemente ella querría
dinero, o se vería en la necesidad de solventar los gastos y la renta, cosa que su
funesto esposo no haría ni en sus sueños. Lo más extraño de todo era la
naturalidad con que se habían enlazado los sucesos, y parecía como si una
especie de destino, cosa en la que no quería creer, hubiera actuado
misteriosamente. Del señor Golpin no debía preocuparme en lo absoluto, pues
casi nunca estaba y, cuando lo hacía, era en un estado de absoluta ebriedad.
Así pues, dentro de muy poco conseguiría mis objetivos, solo debía ser
paciente y concentrarme en el modo en que lo haría. No cabía la menor duda
de que Akriza sería mía en una de las noches próximas, y que al fin saciaría
esta ansiedad desquiciante por poseerla.
Terminé el día sin cenar, masturbándome tres veces seguidas con los
vívidos recuerdos de Akriza y aquel viejo. Luego, cuando ya me disponía a
dormir, volvió a mi cabeza el asunto del suicidio y todo el discurso de Jicari,
incluyendo su rara actitud hacia mí y sus inexplicables afirmaciones.
Innegablemente existía algo que la había trastornado y yo creía saber qué era.
La pobre y mugrosa Jicari lucía endurecida ante esto, con la firme convicción
de querer morir y no ser parte de este mundo decadente. Debo confesar que,
por unos instantes, me recordó aquella ocasión en que tomé el revólver y casi
me volaba los sesos de no haber sido porque escuché un susurro a lo lejos que
decía mi nombre. Lo raro fue que, cuando salí, caminé sin dirección alguna,
hasta detenerme en un pequeño club de baile, lugar en donde conocería a
Melisa y mi vida cambiaría hasta lo que es ahora. En fin, sabía que un nuevo
día estaba por comenzar, otra insípida página en este anodino libro que era mi
vida, o, tal vez, mi muerte.
Después de desayunar pensé en qué haría el resto del día, era muy
temprano y el sol brillaba con intensidad, anunciando un domingo despejado.
Supuse que podría hacer muchas cosas si tan solo realmente quisiera hacerlas.
Sabía que los humanos eran así siempre, pues llevaban a cabo actos
maquinalmente, por mero impulso y sin reflexionar si realmente se trataba de
algo que quisieran hacer. La vida, por esto mismo, no tenía sentido. Pues ¿qué
sentido podría haber en sentirse forzado en todo momento a hacer cosas que
uno no quería para vivir la vida? No era congruente el querer y el hacer, pero
tampoco necesario. Las personas trabajaban no por obligación, sino porque así
querían hacerlo, ya que en realidad podían decidir lo contrario y morirse de
hambre por no comer. Pero siempre se podía decidir, o al menos así me
gustaba creerlo, en esta clase de cosas. Y, aunque era un misterio saber si antes
de vivir existía también la elección de hacerlo o no, pensaba que este era un
tormento sin igual.
La existencia era un gasto innecesario de energía, de inconexos destellos
de genialidad y abundantes fragmentos de absurdidad. En todo lo que había
experimentado hasta ahora no me parecía que pudiese verme a mí mismo
eligiendo vivir. Y, de ser así, ¿qué clase de cosas podrían haberme impulsado a
tal elección? ¿Es que debía aceptar que todos estábamos aquí por algo y que
esto no era tan absurdo como pensaba? Entonces ¿sí importaba negarse a las
pasiones mundanas y vivir bajo un esquema espiritual? ¡Qué oscuro y confuso
era lo que me atormentaba! Pero, al fin y al cabo, uno podía creer lo que
quisiera y basar todos sus comportamientos y acciones en esto, incluso si fuese
una mentira. Porque, de ser así, ¿cuándo tendríamos la certeza de que nuestro
modo de vivir había sido bueno o malo, correcto o incorrecto, espiritual o
mundano, sublime o vil? Precisamente esta certeza la tendríamos cuando ya
hubiésemos muerto, y, por tanto, ya ninguna relevancia tendría.
Siendo así, era válido que el humano se reconstruyera bajo sus propios
principios y valores, anulando toda clase de atavismo e imponiéndose no tanto
como dogma, sino como guía de un despertar cósmico. Y, si en la muerte no
existían respuestas, me sentiría decepcionado, pero también encantado por no
volver jamás a esta experiencia infame. De tal suerte que ser decadente o
consciente eran conceptos demasiado vagos para tener importancia. Yo era un
sujeto tan intrascendente como cualquier otro, por mucho que quisiera
encubrir esta angustia.
No obstante, podría pasarme el resto del día intentado discernir lo
indescifrable. Con cierto desagrado noté que no tenía ganas de nada, ni
siquiera de existir, y era en verdad algo sórdido y agobiante el tener que
soportar esta vida banal en esta sociedad repugnante. Fue entonces cuando
pensé en mis padres, en esos sujetos que siempre se habían preocupado por mí
y a los cuáles no visitaba desde hace ya tanto. Hoy sería el momento, hoy y no
otro día era el elegido para visitar aquella casita agradable en las lejanías de la
ciudad. Aunque estaba algo lejos, no podía negar que me agradaba pasar el
tiempo ahí cuando, hasta hace unos años, todavía no me daba igual que mis
padres estuviesen vivos o muertos. Pero todos actuábamos del mismo modo,
solo que la hipocresía cegaba a tantos y los atiborraba de prejuicios y
obsoletas acciones.
Yo sabía que los padres rara vez entendían los requerimientos de los
hijos, y estos a su vez querían libertad e independencia. Solo en los humanos
débiles seguía vivo el concepto de permanecer siempre junto a la familia y de
agradecer a los padres por todo lo brindado. Esa era otra de las máscaras que
se colocaban cotidianamente las personas, aunque yo había decidido hace
tiempo que ni siquiera asistiría al funeral. Es más, de preferencia elegiría que
los cremasen, pues para nada sería de esos ingenuos patéticos quienes
derramaban lágrimas y atascaban las tumbas de flores. Yo no tenía ni tiempo
ni ganas para ello, y por eso mis padres se habían molestado conmigo antes de
que me fuera de la casa.
Debo decir que en el camino pensé muchas cosas, especialmente me
molestaba tener que existir. Sí, eso era una verdadera desgracia. Si tan solo
pudiera borrar mi existencia, pero era imposible. Además, ¿qué o quién había
decidido que yo tenía que existir? Y, también, ¿para qué existir? Eso era lo
más perturbador, que no parecía haber una razón. Todo era tan absurdo, todo
lucía tan gris y todo me aburría. Sin duda, como cada vez que elucubraba
acerca de esto, terminaba con la misma pregunta: ¿por qué no me suicidaba?
Pero, cuando menos lo noté, ya era la hora de bajarme del tren. Era extraño,
hacía ya tanto tiempo que no visitaba a mis padres que incluso había olvidado
sus rostros.
Era un poco gracioso que ahora yo fuese tan diferente, que ahora todo
me diera igual. Por unos momentos hasta me pareció ver a un chico con un
balón que usaba una sudadera muy parecida a una que yo usaba cuando iba a
jugar fútbol en las canchas del parque. Y lo que más me cautivó era la sonrisa
del adolescente, pues me hizo recordar que hacía tanto desde la última vez que
me había sentido feliz y que había esbozado una ligera mueca similar a una
sonrisa. ¿Desde cuándo todo se había descompuesto en mí? ¿Por qué sentía tal
indiferencia? ¿Quién era yo ahora? En fin, al llegar a la casa de mis padres
noté que la fachada lucía un poco mejor desde la última visita que había hecho
hacía ya tanto. Cuando llamé a la puerta mi padre abrió sonriendo y dándome
la bienvenida.
Fue ligeramente exagerada mi llegada, pues mi madre me colmó de
besos y bendiciones, mostrándose tan alegre de que, al fin, después de tan
prolongado lapso de ausencia, me decidiera a pasar un día en su compañía.
Charlamos un poco, aunque me mostré adusto como siempre, pues rara vez
lograba tener una plática profunda con alguien. En general, casi todas las
charlas que lograba entablar eran muy superficiales, pues para nada me atraía
conversar sobre los clásicos temas que la gente consideraba interesantes:
fútbol, vidas ajenas, dinero, trabajo y espectáculos. Y, algunos a quienes creía
intelectuales engañados, se la pasaban hablando de algunas ciencias
particulares o filosofías obsoletas, lo cual también me aburría. Era apático, eso
no se podía negar, pero ¿qué hacer? ¿Acaso fingir que me interesaba hablar
sobre bagatelas sería más correcto?
Y con mis padres no era distinto, como bien yo sabía, pues, cuando
intentaba hablar de temas más profundos o expresar mi verdadero
pensamiento, se molestaban y decían que yo estaba demente o que dejara de
decir tonterías. Por supuesto que les ofendía en demasía el hecho de que no
creyera en ningún dios, pues, cuando el coloquio era religioso, las cosas entre
ellos y yo nunca marchaban en paz. Y así con otros tantos asuntos, como
también con la mayoría de las otras personas. Por eso casi siempre me
mantenía en silencio, interactuando con fines netamente laborales o
indispensables. Creo que con quienes más llegaba a entenderme y a hablar
eran las prostitutas de la avenida Astraspheris. Entonces pensé en Jicari,
indudablemente me había agradado su forma de ser y su percepción. Con
aquella niña simiesca y apestosa ¡sí que me entendía bien! Tal vez porque ella,
como yo, también vivía obsesionada con la idea del suicidio.
–¡Lehnik! Por fin has decidido visitarnos, estaba un tanto angustiado por
ti y tu salud –exclamó repentinamente una voz que reconocí de inmediato–.
¿Por qué has dejado pasar tanto tiempo antes de visitarnos? No tienes idea del
llanto que mamá diariamente suelta en tu honor.
–Hola hermano, me da gusto ver que te encuentras bien –repliqué.
El día transcurrió de la manera más sencilla posible, como cualquier otro
domingo donde nada en especial hacía. Tras conversar sobre los detalles más
intrascendentes, tales como mi empleo, mi salud, mis pasatiempos, etc.,
acompañé a mi madre al mercado para comprar las cosas de la comida y
aproveché para adquirir unas cuántas prendas baratas que consideraba me
hacían falta. Mi hermano se quedó en casa puesto que tenía que realizar
algunas tareas para la escuela. Estaba ya en el último semestre de la
preparatoria y se sentía presionado puesto que también debía estudiar para el
examen a la universidad. Según dijo someramente, quería ser químico, o si no,
bacteriólogo. A mí me pareció interesante, aunque a mis padres,
evidentemente, no les satisfacía esta decisión.
Por otra parte, mi madre parecía feliz y disfrutaba enormemente mi
presencia; yo era casi como una deidad para ella. Creía que la quería
demasiado, aunque era incapaz de tener la certeza de que así fuera. ¿Por qué
habría de apreciarla a tal grado? ¿Era solo el simple hecho de que era mi
madre? En cualquier caso, ¿significaba esto que los hijos deben
automáticamente querer a sus padres por el sencillo y trivial, e incluso
accidental punto de que gracias a ellos existimos? No lo entendía, pero miraba
a mi madre reír con tal naturalidad que no quise enfrascarme en reflexiones
tan extrañas, al menos no por ahora. ¡Qué raro era pasar tiempo con mi familia
después de años sin verlos! En el fondo, sin embargo, sabía que yo no podía
ser lo que ellos querían.
Miraba a las personas ir y venir mientras esperaba a que mamá comprara
las verduras, lo único que faltaba para regresar a casa. Entonces una nostalgia
se apoderó de mí, creo que incluso llegó a ser, en determinado momento,
mucho más fuerte que mi indiferencia. Eso era lo que me confundía y me
hostigaba de los sentimientos, o lo que entendía por ellos: que siempre
cambiaban y no ofrecían tregua, que llegaban tan violentamente para
desaparecer con la misma rapidez. Ciertamente, cuando estos inusuales
ataques sentimentales llegaban a mí, me mantenía absorto hasta que
desaparecían. Era como estarse ahogando en un mar inmenso donde la marea
subía y bajaba a cada instante, sin posibilidad alguna de predecir sus
movimientos.
Entonces hallaba tan complejo mantener la respiración bajo el agua, y
también me resultaba intrincado sentirme fuera. No estaba tranquilo ni dentro
ni fuera, sino que buscaba absurdamente que todo se calmara, y esto lo lograba
con mi indiferencia. Así era en la caótica existencia, detestaba cuando venían
emociones fuertes, ora buenas, ora terribles. Prefería mantenerme inamovible
frente a cualquier viento, fuese una ligera brisa o un torbellino. Y aquellas
personas continuaban yendo y viniendo, adquiriendo objetos y alimentos,
riendo y enojándose, creyendo vivir y resignados a la cotidianidad de su
rutinaria esencia. Me entristeció saber que yo, pese a todo, pertenecía a ellos.
Y que seguramente, mientras mamá hacía lo mismo cada día, yo me entretenía
con cualquier prostituta, o coqueteaba con las mujeres a las que solo utilizaba
para divertirme. O, tal vez, estaría hundido en el alcohol en algún antro de
mala muerte rodeado de borrachos imposibles como yo, vomitado y hasta
orinado, sin poder ni siquiera mantenerme en pie.
Luego estaban ellos, el resto de los seres que causalmente se cruzaban en
mi interior. Era misterioso elucubrar que, mientras papá trabajaba para
mantener los gastos de la casa y mi hermano estudiaba fervientemente y me
idolatraba en su mente, yo proseguía con mi irónico y absoluto desprecio e
indiferencia. Ellos seguían sus vidas tan desconsideradamente, sin
cuestionarse jamás el sentido de su existencia. Y esas personas yendo y
viniendo eran iguales, yo lo era también. Pero a la vez esto contradecía mi
naturaleza, pues, si bien era similar al resto de personas, también, muy en el
fondo, algo susurraba lo contrario. Si tan solo mamá supiera todo lo que había
hecho en estos últimos años, ¿acaso me querría un poco menos por eso? ¡Cuán
enigmático resultaba ser todo ese asunto del amor fraternal, tan distinto del
apego sustancial en las relaciones de pareja! Y, pese a todo, terminaba por
reducirse a lo mismo, a una mera percepción desgastada por el paso del
tiempo. Si toda clase de querer y amar convergían a un desastroso percance,
entonces ¿para qué hacerlo? Si toda existencia iba y venía, se corrompía y, en
última estancia, se extinguía en el ocaso de la eviterna poesía de la muerte,
entonces ¿para qué experimentarla?
VIII
Mamá tocó mi hombro indicándome que ya había comprado todo lo que
necesitaba y que podíamos, al fin, regresar. Luego de comer papá se la pasó
mirando la televisión y durmiendo, particular atención dedicó al partido de su
equipo predilecto, pero hasta ahí. La verdad es que no teníamos mucho de qué
platicar más allá de los triviales detalles que ya habíamos compartido. A mí no
me importaba saber cómo le iba en su trabajo ni qué planes tenía para arreglar
la casa ni nada similar. Del mismo modo, aunque mamá toleraba un poco más
mis alocadas ideas, también terminaba por apartarse. Afirmó que estaba
cansada y tomó sus cosas para subir a su habitación, complacida por el poco
tiempo que le había dedicado y en el cual había sido feliz, al menos
humanamente. Cuando dieron las cinco de la tarde mi hermano bajó y comió.
Estaba profundamente desvelado y aún le faltaba tarea para el día siguiente,
aunque eso no impidió que me contase en qué andaba ahora.
–Papá siempre se queda dormido después de la comida y no despierta
sino hasta muy noche, tras lo cual cena y se duerme nuevamente. Así pasa los
fines de semana, realmente me agrada que descanse –comenzó por mencionar
Ujamh, mientras cenaba.
–Supongo que está bien, aunque, a decir verdad, siempre quise que
hiciera algo más que solo mirar el fútbol y conformarse con trabajar.
–Eso es porque esperas mucho de las personas, ¿no crees?
Reflexioné un poco su afirmación, y, aunque posiblemente estuviese en
lo correcto, ¿qué maldita opción tenía? Muy probablemente no existía
respuesta para ninguna de mis interrogantes, puesto que todo carecía de
sentido. Pero, modo de extraño, me atormentaba a mí mismo tratando de hallar
algo que diera sentido a lo que jamás lo tendría. Yo quería que las personas
luchasen y diesen la contra a la decadencia, cosa que estaba absolutamente
imposibilitado de realizar por cuenta propia, y todo era con el único objetivo
de sentirme menos miserables en esta existencia absurda.
–Lo que dices podría ser cierto. Es lo que una vez, cuando me decidí a
visitar a un psicólogo, afirmó también –contesté.
–Pues creo que entonces eres un gran optimista. Mis padres hablan de ti
seguido, pero creo que ya se les está pasando esa sensación enfermiza de
extrañarte todo el tiempo. Yo, por mi parte, he estado concentrado en mis
estudios, los cuales basta decir que me ocupan casi todo el día. Pero, en mi
poco tiempo libre, he emprendido una misión que quizá te agrade saber: el
arte.
–¿Arte? Supongo que entonces te refieres a que has comenzado a pintar.
–En efecto. Al principio no estaba seguro, pero el tedio de la rutina me
dejaba fastidiado, y, cuando una vez tomé un lápiz y un pedazo de papel, me
pareció interesante plasmar mis sentimientos y emociones. Sin embargo –se
detuvo y tragó un trozo de pan rancio que mamá usualmente compraba–, no es
tan fácil como parece. La verdad es que amo el arte, pero no sé si tenga el
talento y la determinación necesarios.
–Supongo que es un sacrificio que no muchos están dispuestos a hacer.
Ya sabes, necesitas tiempo y dinero –mencioné tragando igualmente pan
rancio–. Y lo de siempre: ¿para qué lo haces? De ninguna manera creería,
menos en el mundo actual, que el arte, la literatura o la música están exentas
de la decadencia y la corrupción que impera. Las personas jamás valorarán lo
que hagas y, por lo tanto, es mejor no esforzarse por querer cambiar el mundo.
–Lo sé –replicó Ujamh tornándose ligeramente melancólico–. Pero yo
creo que el mundo todavía puede cambiar. ¿Por qué no podría?
–Porque no quiere, así de sencillo. Es evidente que se puede, pero nada
queda por hacer en una sociedad donde el cambio implica reconfigurarlo todo.
Las personas no están listas, y nunca lo estarán, pues este sistema las ha
programado y moldeado perfectamente. Por ende, si intentásemos ese
despertar o cambio, solo terminaríamos locos o muertos.
–Bastante triste, aunque no sé sea del todo cierto.
–¿Por qué lo dudas?
–No sé, algo me dice que todavía debemos luchar por nuestros sueños.
–¿Crees que las personas de este mundo decadente todavía tienen algo
por qué luchar? Es más, ¿crees que tienen sueños aún?
–Sí, naturalmente. Todos los tenemos, ¿no?
–Es extraño –insinué esbozando una sonrisa sardónica–. La verdad es
que ya nadie tiene sueños, Ujamh. Basta con mirar a los habitantes de esta
civilización y percatarse de que sus probables sueños les han sido implantados.
–¿Qué quieres decir con eso? ¿Es acaso que aceptas que en algún
momento tuvimos sueños los humanos y luego…?
–Tal vez en algún momento de nuestra superflua existencia tuvimos
sueños, metas, anhelos o lo más parecido. No obstante, conforme crecemos
éstos son reemplazados por los principales elementos de la pseudorealidad,
entendiendo este término como lo que nos han hecho creer como realidad, y
entonces nos olvidamos de nuestras auténticas razones para continuar. Esto es,
abandonamos lo más puro e intrínseco y, en su lugar, somos rellenados con
cualquier cosa que se pueda comprar con dinero, o que tenga que ver con sexo,
vicios, entretenimiento y la rutinaria y asquerosa vida que tantos padecemos.
Me refiero a que, al crecer, van menguando esos deseos por trascender, pues
vienen los hijos, el matrimonio, el trabajo y, sobre todo, el conformismo con la
actualidad.
–Ya veo, suena interesante. Pero dime, ¿no crees que haya todavía
algunos que sean diferentes?
–Es probable, pero son aniquilados antes de que puedan convertirse en
un verdadero problema. Algunos son tomados como dementes y se les
ridiculiza. Ya ves lo que ha pasado con los que han querido cambiar el mundo,
nada bueno han obtenido sino la muerte. Y, ciertamente, este camino me
parece mucho más sensato que seguir viviendo una vida que simple y
sencillamente no quieres. ¿Cómo proseguir en este banal mundo cuando te
sientes forzado a hacerlo? Y los sueños son un buen aliciente, incluso una
excelsa argucia para luchar, pero llega el punto en que la pseudorealidad te
vacía, te consume y te arroja a la nada como un pedazo de trapo viejo.
–Yo he sentido eso que dices, y, aunque sea absurdo, aún lucho. Tienes
razón al decir que gran parte de la humanidad está sumida en la decadencia,
pero ¿qué pasaría si nosotros también nos uniéramos a ellos?
–Nada, absolutamente nada, como tampoco cambiaría en nada el asunto
si no lo hiciéramos. Escucha Ujamh, nosotros no cambiaremos el mundo. Y lo
que necesitas entender es que no se trata de un asunto que tenga que ver con el
poder, sino con el querer. Es inútil esparcir palabras de sabiduría entre sujetos
tan sordos y tercos como los humanos, pues ostensiblemente ensuciarán las
perlas que les arrojemos.
–¿Por qué lo harían? ¡Es una tontería entonces!
–¡No! En verdad lo harían, y la razón es tan sencilla y desconcertante.
Lo harían porque esa es nuestra naturaleza como humanos: corromper, hacer
guerras, añorar poder, buscar ser más que los demás, cometer cualquier acto
que envilezca lo inmaculado. El humano jamás se sentirá satisfecho con la paz
y la armonía, ¿no lo ves? Es imprescindible que haya conflictos, pobreza,
miseria y avaricia, solo así es la forma en que seres como nosotros podemos
sentirnos vivos. Lo que más destruye al mono también es lo que le
proporciona la mayor ilusión de ser real y de tener sentido en este caos.
–Tal pareciera que lo único que tiene sentido en esta vida absurda es,
entonces, la muerte –musitó Ujamh.
–Bueno, no lo sé. A final de cuentas, cada uno es libre de pensar lo que
se le venga en gana y de obrar conforme a ello.
–Sí, y por eso se explica también la diversidad de religiones que existen,
aunque ninguna sirva para cumplir con sus auténticos propósitos.
–Te equivocas –lo interrumpí mirándolo fijamente–, sí que lo cumplen.
–¿En serio? Pero ¿cómo?
–Pues estafando a aquellos borregos que adoctrinan para que paguen el
diezmo y sirvan al señor con el cuento de que obtendrán la vida eterna. ¿No
has colegido la gran estafa de las religiones? Siempre prometen cosas a futuro
que ayudan a que la gente acepte su miseria actual, y se basan en cosas del
pasado que ya nadie puede probar. Lo que me asombra es la caterva tan
inmensa de monos que idolatran y defienden vigorosamente su supuesta fe. Es
gracioso ver a los sacerdotes luciendo joyas y artefactos de oro cuando todos
aquellos a los que dicen ayudar y a quienes se les promete el reino de los
cielos continúan en la pobreza más extrema. Supongo que es parte de lo que
considero la hipocresía del humano y su gran afición por hallar cualquier cosa
para engañarse y otorgar su libertad.
–Bueno, eso de las religiones es más que evidente. Lo que yo estaría
interesado en averiguar sería si dios realmente existe o no,
independientemente de lo que sus peligrosos y enloquecidos seguidores
pregonen.
–En ese caso –dije suspirando y acomodándome mejor en la silla tan
incómoda que me habían pasado para que me sentase–, solo puedo cavilar que,
si dios no existe, entonces cualquier cosa es posible.
–Si algo superior al humano, sea lo que sea, no existe, entonces nada
tiene sentido.
–Pues digamos que solo de cierta manera. Si el humano se halla solo, sin
ninguna influencia superior, entonces verdaderamente existe una gama infinita
de opciones. Esto es lo mismo que decir que existe el libre albedrío y que el
destino es solo una quimera, pues le otorga al humano todo el poder de la
decisión y toda la responsabilidad por sus acciones, sean buenas o malvadas.
Y, al mismo tiempo, implica una libertad escalofriante, una absoluta
independencia de cualquier karma. Pero en estos terrenos el mono para nada
se siente cómodo, pues le espanta su propia libertad, ya que ha sido
acondicionado para adorar falsos dioses y aferrarse a las cadenas que lo
limitan. De tal manera que esta grosera insinuación de libertad no hace sino
amedrentar al humano y lo obliga a reconfigurarse en cualquier otro elemento
de esta pseudorealidad. Por suerte, lo anterior es solo una posibilidad entre
millones, pero, de ser cierta, ofrece una despreocupación eviterna, puesto que
el humano puede obrar como le venga en gana sin preocuparse jamás por un
castigo o remuneración. Si nada más allá existe, entonces no hay diferencia
entre lo sublime y lo miserable, entre el bien y el mal. Bajo esta percepción
entonces nada tiene el más mínimo sentido, pues terminará por ser irrelevante,
y lo mismo da vivir en decadencia que en lucha, oponerse al sistema que
formar parte de él. Finalmente, vivir y morir caen en lo mismo. Amar u odiar,
ser o no ser, respirar o suicidarse, existir o no. ¿Qué importancia tiene al fin?
–Eso suena aterrador, pero no podemos descartar la posibilidad.
–Desde luego que no, aunque a la mayoría le cause molestia. No
obstante, se debe a que todos están demasiado seguros del sentido que tienen
sus vidas y nunca han tenido la más mínima duda que quiénes son realmente,
o si el propósito al que tanto se aferran para continuar viviendo no es una mera
entelequia. El mono mismo existe porque así lo cree ya que así se le ha
inculcado. Así como también considera que esto es la vida, pero nada puede
probar que tales concepciones sean absolutamente inequívocas, ni siquiera la
ciencia, pues es demasiado humana. Digamos que a las personas se les
encierra en una bandeja donde ya todo está sazonado, pero no pueden
percatarse de los ingredientes utilizados, mucho menos de la preparación. Es
bueno que los monos no se cuestionen, para no romper con los patrones
establecidos debe ser así. Es incluso obsceno que intentemos juzgar y expresar
lo que nuestra percepción nos sugiera como bueno o malo cuando nuestras
herramientas más inmanentes nos son en el fondo tan ajenas. Así, nadie es ya
él mismo. Tan solo somos las máscaras que la sociedad quiere que mostremos
en determinados momentos y lugares para no quebrar las convenciones de una
civilización en decadencia y con la mayor hipocresía glorificada.
–Ya veo. De cualquier manera, existen muchas teorías y ninguna ha
logrado discernir la verdad, pues tal vez sea imposible en nuestro actual y
precario estado evolutivo. Pero entonces ¿tú te consideras parte de la
decadencia?
–Así es, no existe otra forma de sobrevivir.
–Y eso ¿no significa que te has rendido y que has abandonado tus
sueños?
–En cierta medida sí, pero también significa que ya nada me interesa:
todo me es indiferente. Así es como he llegado a ser lo que soy: solo un
muerto viviente que, en cualquier instante, lo estará de verdad. En los
momentos más controvertidos, en mi interior considero que la vida, o lo que
sea esto, es tan efímera, y que muy probablemente yo ya he vivido más de lo
que debería.
–¿Y crees que alguien a quien le da igual todo deja de ser humano?
¿Crees que sea malo vivir así?
–No sé, es raro. Supongo que cuando todo te da igual también implica
que los sentimientos y las emociones se desvanecen por completo, y entonces
solo queda una cosa por hacer: matarse.
–¿El suicidio?
–Exactamente. Solo experimentándolo es que quizá tendremos una vaga
noción de la verdad, no antes, no ahora, y tal vez nunca.
–Eso me tiene triste. Pensar que todo es tan trivial y que moriremos en la
irrelevancia.
–Pero tal vez sea lo más natural, y aunque la agonía y la tristeza sean tan
alarmantes y avasallantes, lo único que es real es lo que no podemos ver.
Supongo que es curioso, pero tengo más esperanzas de comenzar a vivir en la
muerte que ahora mismo.
–Y ¿qué hay de Melisa? ¿No te ibas a casar con ella? ¿Qué pasó con su
relación?
Por unos momentos mi mente se abstrajo totalmente en cuanto el
nombre de Melisa fue pronunciado por los labios de Ujamh. De alguna
manera, la imagen de su piel blanca y sus ojos azules me perseguía, sin
mencionar aquellos cabellos despeinados y negros. Ni siquiera me acuerdo ya
del sabor de sus besos, como tampoco me interesa ir a llorar a su tumba, pues
ella está bien muerta y yo estoy mejor así. Creo que no podría ser un final más
memorable. Todavía recordaba con una precisión magnífica el día en que me
enteré de que ella había suicidado y lo que experimenté al leer aquella carta:
nada. Sencillamente me daba lo mismo si vivía o moría, pero me alegré
porque su condición fuese la segunda. Mayor fue mi sorpresa cuando me hallé
al día siguiente follándome a las putas de la avenida Astraspheris. ¡Qué rápido
había cambiado todo, yo en particular! Pero nada podía hacerse para evitarlo:
algo había muerto en mí y había sido reemplazado por la indiferencia absoluta.
Y, aunque a veces no podía creer que me fuese tan indiferente la muerte
de Melisa, comprendía entonces que el supuesto amor humano no estaba
exento de la hipocresía y las formas aciagas de la mentira que tanto nos gusta
lucir como máscaras, sean internas o externas. Desde ese día, cuando arrojé
aquella esquela al basurero, supe que ningún humano podía verdaderamente
llegar a amar o a considerar especial a otro, pues no estaba en nosotros
albergar tales sentimientos, al menos no por mucho tiempo. Lo mejor para
preservar intacto y puro el amor, y cualquier otro elemento según valioso,
sería suicidarse antes de que éste muriera primero.
–Con respecto a Melisa, ella murió hace poco: se suicidó cuando lo
nuestro acabó, pero fue lo mejor.
–¿Qué dices? ¡No lo creo! ¡Maldición, Lehnik!
Me divirtió tanto notar la expresión de Ujamh cuando escuchó de mi
boca aquellas palabras con una tranquilidad grotesca. No me inmuté en lo más
mínimo, pues, al contrario de las personas, quienes consideran a la muerte
como algo que debía evitarse, yo creía que no existía algo más real y hermoso
que el idílico momento del desenlace en este mundo cruel y miserable. Que
alguien muriese me ocasionaba una inmensa felicidad. Sin embargo, sabía que
Ujamh, mis padres y la gran mayoría desdeñaban mis concepciones por
parecerles irrespetuosas e inhumanas, aunque, en el fondo, eran solo bagatelas.
Dejé que Ujamh se calmara por cuenta propia, luego proseguí sin dar mayor
importancia o detalles.
–Y sí, ella se suicidó. Se cortó las venas hace poco, creo. Me envió una
carta su hermana Margaret, pero me pareció de lo más irrelevante.
–¿Una carta?
–Parecía una súplica para que asistiera al funeral de Melisa.
–¿En verdad no sentiste nada al leerla?
–Debo confesarte que me sentía tan cansado que me pareció molesto
tener que perder mi tiempo con eso.
–Comprendo…
Luego de esto la plática culminó y cada uno guardó silencio. No sé por
qué, pero antes de acostarme pensé que me producía una sensación de
repugnancia extrema hallarme sentado ahí, tolerando las absurdas pláticas de
mis padres y con deseos de desaparecer para siempre del mundo. ¿Por qué
debía existir alguien como yo? Si era todo simple casualidad, como
seguramente lo era, entonces maldecía el conjunto de elementos que hicieron
posible mi existencia. De alguna manera me asqueaba la manera en que mi
familia había decidido vivir y también que intentasen a toda costa que yo
tuviese una vida normal como la de todo el mundo. Para nada me interesaba
tener hijos, casarme, formar una familia y hacer todas esas estupideces que no
son sino el resultado del moldeamiento al que desde pequeños nos vemos
sometidos.
Por la mañana, después del desayuno donde mi padre habló de lo
importante que era dios en la vida, me retiré con apuro. En realidad, no tenía
nada qué hacer, pero quería estar solo. Necesitaba a mi soledad mucho más de
lo que alguna vez llegué a necesitar a alguien. En fin, me retiraría a mi
habitación en aquel repugnante condominio. Tal vez fuera a fornicar con
alguna mujerzuela de la avenida Astraspheris, o quizá me la pasase todo el día
echado en cama, deprimiéndome y a la vez torturándome con
cuestionamientos irresolubles sobre la existencia. Era solo que no sabía ya
cómo sentirme, pues experimentaba algo parecido a un hartazgo existencial
extremo y a una melancólica desesperación que me taladraba el alma. La
indiferencia absoluta era solo la mitad, era solo una máscara más, pero
efectiva. Sin embargo, cuando estaba solo, podía ser yo mismo un poco más,
pero solo un poco. Sí, era peligrosos ser uno mismo en sociedad. Bueno, todo
era, al fin y al cabo, jodidamente intrascendente. Mi vida era una estupidez y
yo era un maldito imbécil.
IX
Al fin volvía a mi hogar, a mi sucio y horripilante departamento en el segundo
piso de la calle Miraluz. Ciertamente, había algo de repugnante en el hecho de
salir a la calle y mirar a las personas, escucharlas u olerlas. Creo que ya casi
no toleraba nada, ni siquiera a mí mismo. Siempre, después de verme forzado
a convivir con un conjunto de personas, me parecía que quedaba más agotado
que de costumbre, pero quizás era solo mi imaginación. Como sea, esperaba
no tener que visitar pronto a mi familia de nuevo, porque me aburría
demasiado estando en su casa y no teníamos absolutamente ningún tema de
qué platicar. Me tiré en la cama, leí un poco de Hermann Hesse y luego solo
me quedé mirando el techo.
En parte era escalofriante pensar en lo absurdo que era todo, quién sabe
si también la muerte sería igual, pero esperaba que no. Me fastidiaba pensar
que mañana, al abrir los ojos, comenzaría de nuevo otra banal semana donde
la rutina y el tiempo me consumirían poco a poco como lo venían haciendo
hasta ahora. Pero ¿qué opción tenía entonces? Solo quedaba el suicidio, era la
única alternativa confiable. Pensaba que, si tenía que soportar más noches así,
donde el hartazgo y el asco de existir se incrementaban al máximo, realmente
tendría que matarme dentro de poco. Necesitaba encontrar algo que me hiciera
sentir menos miserable, pero era inútil, pues ya no había nada con lo que
pudiera engañarme.
Nuevamente era viernes por la tarde y yo salía del trabajo. Casi una semana
había transcurrido desde que, tras una larga ausencia, había visitado a mis
padres. Precisamente hoy tenía la oportunidad de poner a prueba lo que podría
hacerme diferente. Y es que esta semana había estado pensativo, sin realizar
ninguna actividad execrable y manteniéndome pulcro. No me había
masturbado, no había mirado pornografía ni había tenido pensamientos
concupiscentes. Tampoco había asistido a la avenida Astraspheris para
follarme a una de aquellas prostitutas amargadas. Pensé que no todo me era
indiferente, que debía existir una razón para seguir, para intentar darle la
contra a esta repugnante condición humana.
Y así me mantuve hasta apenas ayer, cuando la tentación de mirar
pornografía fue demasiada y me masturbé furiosamente, pero sin terminar por
arrepentirme en último momento. Me había despejado de todo cuanto
atormentaba mi cabeza, pero no por mucho. No había entablado conversación
con ninguna de las mujeres con las que me besaba y fornicaba, ni había
intentado coquetear con Akriza. Cabe destacar que tampoco platiqué con
Jicari, pues en aquellos días se ausentó inexplicablemente.
Y ahora llegaba la verdadera prueba, pues era viernes y estaba
anocheciendo. El ajetreo y el tráfico no eran sino el preludio de otro día en
donde los monos eran más decadentes que de costumbre. Habría borracheras
en los antros de la ciudad, hombres deseosos de follarse a las estúpidas
jovencitas que restregarían sus traseros en sus penes y que igualmente se
pondrían ebrias. Habría gente que pagaría comidas caras y bailaría, que se
divertiría y que ignoraría la miseria mediante más miseria. Y, entre todo ese
barullo, algunos cuántos sonreirían y dirían que aquello era la vida. En verdad
miraba a tantas mujercillas besándose con un cualquiera (como yo) y
entregando sus cuerpos tan fácilmente para luego quedar preñadas y aportar un
elemento más a este mundo deplorable. Por desgracia, nada se podía hacer
para evitarlo, nada podía frenar los pensamientos de los humanos: sexo y
dinero, rápido y fácil, cuanto más seguro y duradero mejor. Seguiría habiendo
pordioseros, niños hambrientos y esclavizados, mujeres secuestradas, violadas,
tratadas como basura. La religión continuaría lavando cerebros y recaudando
el diezmo, los gobiernos continuarían enriqueciéndose con los impuestos del
rebaño, y este, a su vez, se olvidaría momentáneamente de su decadencia para
volver el lunes por la mañana a la misma y absurda falacia.
Pero ¿a quién le importaba que hubiese siempre guerras, muertes,
injusticias o todo tipo de aberraciones en el mundo? Hoy era día para festejar,
era el momento de sentirse más vivo que nunca, de dejar fluir todas las
pasiones y entregarse sutilmente a la humanidad que nos conformaba. Así era
el mundo, reinaba deliciosamente la hipocresía y la apariencia, la
superficialidad y la mentira, pero en verdad nada se podía hacer para cambiar
esto. Y, sin embargo, yo tampoco había sido diferente, y la pregunta clásica era
si no quería o no podía. El mundo iba en picada, pero ¿era por voluntad
propia? O ¿realmente era inevitable? ¿Era este el destino de la sociedad o la
repugnante elección de cada habitante?
Constantemente decían que, para cambiar el mundo, debía primero
cambiar uno, pero esto era mera superchería, pues de nada servía, al fin y al
cabo. Además, si todo era absurdo, si nada divino había y todo estaba
permitido, ¿qué importaba ser decadente? Y ¿qué si uno se embriagaba y se
gastaba la quincena en una sola noche con mujeres de mala vida? Y ¿qué si lo
perdía todo en apuestas o en gastos innecesarios? ¿No era la vida eso
justamente, un desperdicio inmundo e innecesario de energía? ¡Al diablo el
sentido de todo! ¡Al demonio las cavilaciones! Era la hora de sumirlo todo y
ahogarlo en las copas, de besarse, revolcarse y despertarse para que
comenzase la verdadera pesadilla, pero aún no. Todavía podía gozarse de la
decadencia, todavía podía ser humano.
Salí de la oficina a las siete, pero el bullicio era sórdido y recalcitrante
en las avenidas. Estaba en un dilema, pues dos caminos se presentaban ante
mis ojos. Si tenía realmente libre albedrío, entonces este era el momento en
que podría ejercerlo. Por una parte, estaba lo que creía era lo correcto, que
básicamente consistía en ir a ver a mis padres y pasar el fin de semana con
ellos. Si hacía esto, podría ayudarles en todas sus actividades banales, como ir
a comprar mandado, hacer el agua, poner los platos, etc. Por otra parte, podría
continuar como hasta ahora, hacer lo que tantas semanas había hecho. Esto
consistía en unirme a la decadencia e ir a embriagarme para luego besarme
con quien fuera o, en su defecto, follarme a una de aquellas prostitutas en la
pestilente avenida Astraspheris. Podría, incluso, invitar a alguna madre soltera,
mis principales amistades para pasarla bien; o a Lary, la muchachita que más
me gustaba por ser siempre tan simpática y nada celosa.
Ciertamente, también estaba Virgil, pero era demasiado ortodoxa y
moralista, pues solo hablaba de una relación seria donde pudiésemos amarnos
eternamente, cosa que me producía risas y náuseas a la vez. Pobre Virgil, tan
creyente del amor y tan ingenua, no hacía sino fregar platos en aquella cocina
económica donde su madre cobraba apresuradamente con sus grasosas manos
gordas. Y ella, tan tierna y estúpida, añoraba que yo contrajese nupcias y
viviese a su lado felizmente. No podía sino regurgitar antes que visualizarme
en tales circunstancias, pero la dejaba ilusionarse dándole falsas esperanzas
que jamás se cumplirían. La verdad es que solo quería follármela, pero se
hacía la difícil, quizá debía ser más insistente.
Como sea, el tiempo se escurría y no podía decidirme. Ahora sabía lo
complicado que era elegir, lo inextricable del libre albedrío. Sería mejor
dejarle todo al destino, pues así se vivía más fácilmente, pero no me convencía
tampoco. ¡Cuán odioso era tener que decir sí o no, blanco o negro, bueno o
malo! Me mordí las uñas y comencé a apretar los dedos de los pies sin sentido
alguno, pero nada. Y es que yo sabía lo que debía hacer, sabía que ya no debía
continuar en la decadencia. Tal vez si me fuese a casa de mis padres hasta
podría invitarlos a cenar, pues los pobres añoraban tanto verme y convivir
conmigo, en especial mi madre, quien sufrió terriblemente cuando abandoné el
hogar. ¿Realmente quería eso? No estaba seguro. Me causaba gracia cómo en
el fondo tenía la respuesta, pero no era capaz de renunciar a mi naturaleza
como humano. De cualquier manera ¿qué más me daba? Era indiferente ser o
no ser decadente. Era un humano como el resto, en nada cambiaría las cosas si
me embriagaba o no, si veía a mis padres o iba a follarme a una de aquellas
prostitutas.
¿Qué diferencia habría entre la sodomizada Akriza, la madre soltera
Lary o la inmaculada Virgil? Mujeres decadentes contra una chica socialmente
correcta. Unas que añoraban solo sexo y dinero, mientras que otra soñaba con
casarse y llevar una existencia honorable. ¡Oh, que tristeza! Si tan solo me
importase hacer esto último, pero no. Y ahora venía Melisa a mi mente, los
recuerdos de nuestras infidelidades y la hipocresía de estar juntos,
¡nuevamente tragedia y dolor! La existencia no debía ser permitida a seres
como nosotros. Sabía que, de existir diferencia alguna entre Akriza, Lary o
Virgil, nada significaba, pues preferiría a una cualquiera antes que a una
recatada moralista. Entonces no había duda, pues no podía contener ni negar lo
que era, aunque ese no fuese yo mismo en el fondo. Esta era la sombra de mis
deseos, lo que ocultaba y no temía mostrar como el resto. La decisión estaba
tomada, así que saqué el celular y marqué un número. Lary contestó de
inmediato.
Vería a Lary para irnos cuanto antes a un antro cercano al centro de la ciudad y
luego dejaríamos que pasara lo que fuera, pues ya briagos cualquier cosa sería
buena. Sin embargo, caminaba sin prestar atención a mi alrededor, con las
manos dentro de los bolsillos, un cigarrillo en la boca y preguntándome ¿qué
sentido tenía la existencia en este mundo? Si todo era absurdo, ¿por qué no
terminaba ya? Ocasionalmente me distraía mirando las nalgas de alguna mujer
que se cruzaba conmigo, pero hasta ahí. Por unos momentos estuve a punto de
arrepentirme y volver a la estación para tomar el tren que me llevaría a casa de
mis padres, pero era inútil si quiera considerarlo, pues bien sabía que no lo
haría.
–¡Oye, Lehnik! ¿A dónde vas ahora? –exclamó de pronto una voz que
yo conocía, viré y me percaté de que era Lary.
–Hola Lary, discúlpame. Es que iba tan abstraído en mis reflexiones.
–No importa, no te preocupes. ¿Cómo estás? Luces un tanto pálido.
–Estoy bien, gracias. No tiene relevancia, de verdad –afirmé con
vehemencia para no retrasarnos–. Será mejor que nos vayamos, no
alcanzaremos lugar si continuamos aquí.
–Sí, tienes razón. ¿Ya sabes a dónde ir entonces?
–Desde luego, es un lugar que me han recomendado algunos
compañeros. Pero ¡vámonos ya!
Nos dirigimos al lugar en donde amaneceríamos seguramente. Me
gustaba mirar a Lary, pues era bonita a su modo. Tenía cabellos rojos y largos,
sus ojos eran rasgados, su rostro afilado y su piel morena. Era delgada y se
arreglaba bien, con pantalones ajustados y buenos escotes, aunque no poseía
grandes senos. Eso no importaba, me agradaba mirarla con lascivia porque eso
parecía excitarla. En nuestros encuentros previos sencillamente nos habíamos
limitado a mantener relaciones sexuales sin asistir a ningún otro lugar como
ahora. Por lo tanto, era natural que luciese tan emocionada y que se hubiese
arreglado tanto. Yo le gustaba, eso pude percibirlo desde que la conocí, y, en
verdad, hubiésemos formado una bonita pareja de no haber sido por dos
factores. El primero es que ella era madre soltera de un niño bastante
repugnante al que no quedé con ganas de ver después de nuestra presentación
como amigos. El segundo, invariablemente, se refería a que yo no me hallaba
ni un poco interesado en mantener una relación seria.
Ese tipo de cosas simplemente me aburrían, incluso me irritaba atisbar a
tantas parejas de imbéciles fingiendo quererse y solo añorando rozar sus
cuerpos en la cama. Tal vez por eso me agradaban más las putas de la avenida
Astraspheris, pues, al menos, ellas eran sinceras en sus convicciones. Sí, claro
que eran decadentes y vendían sus cuerpos a cerdos hambrientos de sexo como
yo, pero eso era preferible a la hipocresía del mundo. Desde esa perspectiva,
me parecía mucho más valiosa y loable una zorra esquinera que Virgil o
Melisa. Para mí, ninguna diferencia existía entre las mujeres virtuosas y las
fáciles.
–¿En qué tanto piensas, Lehnik? Hoy más que otros días te noto
sumamente extraño –inquirió Lary mientras caminábamos rumbo al antro.
–En nada, no importa –repliqué aparentando indiferencia–. Quizás a la
vez en muchas cosas también, pero es complicado que intente explicarte.
–Bueno, podrías intentarlo ahora que al fin aceptas salir conmigo.
–Sí, podría, pero no sé. Ya veremos si con unas copas encima me animo.
–Me parece bien, la verdad es que tengo muchas ganas de embriagarme.
–Ah, ¿sí? Y eso ¿por qué? ¿A qué se debe ahora?
–Te contaré cuando estemos en el antro, mientras tanto dime ¿cómo ha
estado tu semana? ¿Qué dice el trabajo?
–Pues lo mismo de siempre, solo zarandajas.
–Pero ¿qué es exactamente lo que haces?
–La verdad es que me parece de lo más intrascendente.
–Ya veo, suena bien.
No hablamos más hasta que llegamos al antro. Por suerte, y a pesar de la
hora, no había tanta gente, así que pasamos fácilmente y nos acomodamos en
una mesa un tanto cargada hacia la izquierda. El lugar tenía todos los matices
de una taberna y apestaba como tal. Había muchas personas bailando y el
volumen de la música se me antojó un tanto alto, por lo cual tenía que hablar
un poco más elevado que de costumbre. Las luces me ocasionaron un leve
mareo hasta que me acostumbré, pues contrastaban exóticamente con la
oscuridad del sitio. De inmediato sentí la atmósfera típica de un viernes por la
noche, y eso que recién comenzaba. Tanto hombres como mujeres bebían y
reían, coqueteaban y olvidaban sus penas. Algunos, aunque era muy temprano,
ya estaban hasta atrás de borrachos, otros vomitaban y recitaban maldiciones a
sus exparejas o juraban amar todavía a no sé quién. Los había de todos gustos,
colores y sabores, pero lo que imperaba era embriagarse, el dulce néctar de
aquella sustancia para hundirse en la miseria, en la sórdida decadencia. Si me
preguntasen por qué las personas asistían a ese tipo de lugares, mi respuesta
sería sencilla: para olvidar lo miserable que era el mundo.
Sé bien que mis padres y otros tantos moralistas condenaban este tipo de
acciones, que religiosos imberbes injuriaban embriagarse en un antro. Y yo
solo reflexionaba y me cuestionaba que, de cualquier manera, ¿había algo más
que pudiera hacerse? Existía diferencia alguna entre estar borracho hasta el
amanecer y hundido en la decadencia, o estar en cama durmiendo y siendo
buena persona. Antes creía que sí, y, por eso, intentaba ser distinto, porque
tenía fe en un cambio, en un despertar. Sin embargo, eso nunca ocurrirá. La
existencia humana es carente de todo sentido, y, al fin y al cabo, estar borracho
con alguna mujerzuela fácil y sin moral era preferible a estar aburrido en casa
masturbándome o fingiendo que amaba a mi esposa y que añoraba una buena
vida con mi familia.
¿Qué me importaba dar una buena impresión en la sociedad, casarme,
tener hijos y educarlos, ir a la iglesia, practicar un deporte, trabajar y luchar
por un hogar, vivir para y por alguien más, seguir las normas de lo que era
correcto en esta existencia hipócrita y funesta? ¿Qué diferencia había entre
una mujer cualquiera y una virtuosa, entre un borracho y un sacerdote, entre
un drogadicto y un padre de familia, entre un mujeriego y un buen marido,
entre un sujeto que quería morir joven y otro que deseaba llegar a la vejez?
¿No estaba la balanza a favor de los primeros, de los decadentes e inmorales,
de los insensatos y despreocupados? Y yo ¿en qué lado estaba?
Fehacientemente, en el de los primeros. Y es que yo ya ni siquiera podía
reconocerme como alguien que en realidad existía.
–Bueno, pues ya estamos aquí –mencionó Lary, sonriendo con encanto–.
¿Qué es lo que pediremos?
–Pues a mí me gusta el vodka –dije con picardía.
–Bien, entonces pediremos vodka para comenzar.
–Por mí está bien –asentí con indiferencia–. ¿Hasta qué hora te irás?
–Pues la verdad es que no tengo una hora. No me interesa llegar a casa,
preferiría terminar en cualquier otro sitio.
–De acuerdo, veo que comienzas a despejarte.
–Tal vez, es solo que estoy harta de los problemas, siento que ya no
puedo más.
La mesera se acercó y pedimos la bebida, aunque Lary rompió en llanto
subrepticiamente. Sentí un poco de pena, pero entendí que no era el momento
para complicar el asunto. Mi especialidad no era escuchar los problemas de
otras personas, razón por la cual rara vez aceptaba alguna salida con alguien,
pues sabía que los humanos solo buscaban un desahogo y me importaba un
bledo enterarme de sus pesares. Con Lary, sin embargo, podría hacer una
excepción, o eso esperaba, tan solo porque era una mujer fácil a la cual podía
tirarme cuando me viniera en gana. De su vida sabía poco y, de no ser porque
ahora parecía decidida a explayarse, continuaría ignorando plácidamente
aquellos asuntos. Y, en todo aquel escenario miserable, hubo algo que llamó
mi atención de modo palpitante: la mesera. Ella era demasiado hermosa como
para no fijar mi percepción en su silueta.
Afortunadamente, Lary no me miraba con detenimiento debido a su
llanto, pero yo sí clavé mis ojos en aquella muchachita que debía tener casi la
misma edad, menos de treinta seguramente. Me cautivaron sus ojos de azul
índigo, resplandecientes y grandes, los cuales contrastaban perfectamente con
su piel blanca y ahíta de tatuajes coloridos. Su cabello negro y corto me
embelesó pues traía unas extensiones rosas. Usaba unos pantaloncillos cortos
que solo le cubrían muy por debajo de sus partes íntimas, exponiendo así unos
fantásticos y relucientes tatuajes de planetas matizados en sus bien trabajadas
piernas. Noté de inmediato que se trataba de una chica de gimnasio y esto me
agradó bastante. Sus senos eran grandes y firmes, y sus labios parecían
hipnotizarme más que el parpadeo de las luces del lugar. Ella me miró y, dada
la intensidad, entendí que yo le había gustado. Se retiró un tanto sonrojada y
Lary ni siquiera se percató de nuestra conexión, aunque yo disimulaba
esporádicamente para percatarme de sus movimientos, pero lo hacía con tal
discreción que pasaba desapercibido.
Los tragos llegaron y la charla con Lary, quien ahora parecía estorbarme,
prosiguió. Debo confesar que la escuchaba solo mi cuerpo, porque mi mente
estaba en otra parte.
–Ahora bien, ¿me contarás por qué estás tan pensativo?
–Sí, desde luego. La verdad es que se trata de fruslerías, pero, si quieres
saber, te diré.
–Me gusta cómo siempre tachas todo lo humano de banal.
–Sí, supongo es normal en mí.
–A mí me encanta, aunque a veces me hace sentir mal.
–Muy bien, pues hay un tema muy absurdo que hace poco me fue
comunicado y que mi cabeza sigue procesando a pesar de que no quiero
mantenerlo en mí –expuse confundido, relatándole todo lo acontecido desde el
suicidio de Melisa.
–¡Qué fuerte, qué cosas! –dijo exaltándose–. Vaya que son impresiones
que yo no podría resistir. Sin embargo, tú luces tan tranquilo.
–Pues me es indiferente, esa es la razón.
–Pero no es normal, en verdad que no –repuso conmocionada–. Las
personas no podemos ser como tú, tan frío y alejado. ¿Es que acaso nunca has
tenido emociones o sentimientos? ¿Nada te ha inquietado alguna vez?
–Pues creo que antes sí, cuando creía en el mundo y quería cambiarlo
todo.
–Y ¿qué pasó entonces? ¿Tiene algo que ver con esa tal Melisa de la que
alguna vez me comentaste?
–No, ciertamente no –aclaré de inmediato–. Si bien es cierto que ella fue
un ser a quien creí de manera ridícula amar, no fue por ella. Lo que pasa es
que de nada sirve intentar darle la contra, cosa que antes quería hacer.
–¿La contra a qué? No te sigo.
–A esto.
–¿A qué?
–A la pseudorealidad.
–¿Qué diablos es eso?
–Pues digamos que es un término que yo mismo me he inventado para
describir el entorno en que se desarrolla nuestra trivial existencia.
–¿Trivial existencia? Entre más te conozco, más raro me pareces. No
entiendo por qué no habíamos tenido la oportunidad de conversar más
profundamente antes –dijo emocionada.
–Supongo que por razones obvias –respondí riendo sardónicamente, lo
cual ella entendió–. Me cuesta entablar coloquios como ahora, de suerte que
los efectos de la bebida me ponen un poco más elocuente.
–Pero háblame un poco más de la pseudorealidad como tú lo entiendes,
¿qué es o cómo surge? ¿Por qué dices que a todos nos envuelve?
–La pseudorealidad es un concepto que me ayuda a separar mi mente de
lo que hay, de la ficción que impera. Por lo tanto, en dicho concepto englobo
todo lo decadente, lo que nos constituye sin ser intrínseco, lo que se nos ha
implantado desde nuestro nacimiento para sentirnos cómodos en este mundo
banal y no cuestionarnos.
–Suena interesante, al menos para mí –comentó sonriendo con cariño
mientras me miraba.
–Supongo que sí. El punto es que todo cuanto hacemos y somos es
pseudorealidad, y por más que se luche nadie puede escapar de ella. La verdad
es que, en un tiempo, traté de luchar, pero comprendí que nuestra naturaleza
humana nos impide reunir suficiente voluntad para liberarnos de esa espesa
capa. Por ejemplo, supongamos que un humano se libra, o cree librarse de la
pseudorealidad, pues este ser podría mantenerse fuera de la pseudorealidad por
determinado periodo, pero invariablemente terminaría retornando a ella,
porque se encuentra tan inmanente en él mismo. Los humanos no podemos
vivir sin esto que nos rodea, sin este consumismo desmedido y estas
apariencias repugnantes. De cualquier manera, terminaremos haciéndonos
daño a nosotros mismos, negando lo que en el fondo somos y añoramos,
absteniéndonos de placeres que son los únicos que nos hacen sentir vivos. El
engaño se prolongará tanto como se intente luchar, pero llegará el momento
del quiebre, ya sea mediante sexo, dinero, o cualquier otro agente. La
pseudorealidad siempre sabe identificar nuestras fallas, y es ahí donde se
encasqueta como una espina que se hunde cada vez más y que, entre más
rechacemos, más nos infectará. Es imposible darle la contra, al menos no lo
considero viable siendo humano.
–Jamás en mi vida hubiera previsto eso de la pseudorealidad –dijo y se
acercó a mí para unir su boca con la mía.
–Entonces ¿no hay nadie que se salve de la pseudorealidad?
Y así prosiguió la plática, con aquella mujercita joven, desalmada y
miserable fascinándose con mis aseveraciones extrañas sobre la humanidad.
Creo que la divertía mi manera de ver las cosas, aunque era imposible que
pudiese aceptarlas o meditar acerca de tan tormentosos dilemas. Yo respondía
tan solo porque quería seguir bebiendo, así como olvidarme de mi existencia
sin sentido en aquel antro vil y oscuro donde las personas a mi alrededor
hacían lo mismo. Sabía que terminaría acostándome con Lary como en tantas
otras ocasiones, pero ahora me veía tentado a seguirle el juego. Una especie de
sardónico placer me deleitaba al responder sus inocentes preguntas. Al fin y al
cabo, esta sería otra noche más donde todo era siniestramente absurdo. Si tan
solo pudiera suicidarme, si tan solo pudiera cumplir mi deseo de no existir más
en ninguna realidad, entonces todo, en verdad todo sería solo felicidad.
Ese juego me gustaba, pues sabía que ella era una completa imbécil, y que me
apreciaba como si yo fuese un dios. Podría hacer cualquier cosa para ganarme
su desdicha y, aun así, continuaría teniéndome en lo más elevado. Esto era así
porque ella pertenecía a esa clase de individuos sumamente banales que no
conciben otro modo de regocijarse que contemplando lo que jamás podrían
tener ni ser. En mi caso, sabía que Lary me admiraba y que haría lo que fuese
si yo se lo pidiese. Nada le quedaba en su marchitada vida, abandonada con un
niño de seis años y echada de la casa de sus padres. Trabajaba
incansablemente para pagar la renta con un primo quien también se
aprovechaba sexualmente de ella, pero eso a mí me importaba un rábano. Si
Lary daba las nalgas a cuanto tipo se le presentara por ahí, era tema que no me
atañía en el más mínimo sentido, siempre y cuando yo fuera uno de esos. La
verdad es que era atractiva, aunque muy torpe, y jamás negaba una de mis
proposiciones. En fin, últimamente su hijo nos estaba dando muchos
problemas, pues le tomaba cada vez más tiempo atenderlo.
–De vuelta al mismo punto, pero está bien –asentí contrariado–. Con
respecto a la pseudorealidad y sus artimañas, creo que desde nuestro
nacimiento se nos atasca la cabeza con todo tipo de atavismos que nos son
implantados para poder sentirnos a gusto en este mundo. Por ello digo que
nadie es realmente él mismo, nadie tiene ideas propias, ya que se nos han
encasquetado todo por medio del entorno nauseabundo. Cuando naces, vienes
en blanco a lo que conocemos y creemos como realidad, que es donde se
desarrollará nuestra terrenal existencia, pero desgraciadamente no se nos
permite aprender y decidir por cuenta propia. Esto es complicado dado que, al
ser tan pequeños, dependemos en absoluto de otros humanos, en este caso de
nuestros padres. El gran error cometido por éstos surge cuando, en su
ignorancia, contaminan nuestra esencia intentando educarnos a su modo; esto
es, enseñándonos lo que ellos creen que está bien o mal. Básicamente, nos
transmiten sus costumbres, creencias, pensamientos, moral, valores,
educación, religión, entre muchas otras cosas. ¡He ahí el gran problema, según
lo veo!
–Creo que entiendo lo que dices. La problemática es en sí el nacimiento
en las condiciones actuales, ¿no?
–Una gran parte se debe a ello, pero hay más –asentí–. Es un grave error
que los hijos se críen con sus padres, pues éstos se encargan de arruinarles la
mente de por vida. Claro que considero de antemano ridículo el hecho de
procrear. Es un desperdicio que las personas sueñen con tener hijos y basar el
sentido de sus vidas en éstos, manteniendo la esperanza de que conseguirán lo
que ellos no. Pero vamos, ¿qué es lo que ellos añoraban lograr? ¿No es
también más de lo mismo, solo metas banales? Los padres reflejan esta
superflua conducta en lo que esperan de sus hijos, por eso los educan a su
modo y les inculcan todo, pero hacen mal. Actuando de tal manera es como se
ha caído en esta decadencia, como se ha conseguido obnubilar desde muy
temprana edad el razonamiento, la intuición, la creatividad y la imaginación.
Los niños lo reciben todo de sus padres, absorben lo que a éstos les parece
correcto y crecen en un ambiente determinado con patrones de conducta y
pensamientos moldeados. Aunque bueno, en primera instancia todo este
galimatías se podría evitar si los humanos no tuvieran la estúpida convicción
de reproducirse, aunque entiendo que se trata del mayor impulso biológico,
pero es tan absurdo traer otro ser a este mundo trivial y aciago. Y, por ello,
asumiendo que las personas no pueden evitar la desfachatez de engendrar, es
que avanzo al siguiente nivel y me percato de que los hijos son un producto
etiquetado de antemano. Sé que esta sociedad así lo demanda, pues con todo el
entretenimiento y las distracciones que hay es complejo resistirse. Lo que no
concibo es que, a los niños, los padres les inculquen todo tipo de elementos
para destruir su incertidumbre. Lo grave realmente es que, con el paso de los
años, estos atavismos se solidifican en el individuo, convirtiéndole para
siempre en un esclavo de patrones, creencias, modos de pensamiento y
comportamiento que él ni siquiera eligió, sino que le fueron implantados por la
pseudorealidad mediante sus padres. Y así vive y muere la gente,
absolutamente seguros de su existencia y de la realidad que pueden percibir
nuestros ojos. ¿No te parece ominoso que ya nadie pueda ser auténtico? Es
lamentable que seamos solo producto de lo que intereses oscuros quieren, que
se nos enseñe qué y cómo pensar, que se nos diga cómo vivir y que se nos
obligue a hacerlo aún a costa de nuestro libre albedrío, el cual queda reducido
a una falacia. ¿Cómo elegir cuando lo más profundo, las raíces de lo que
somos, la semilla que da pauta a nuestra esencia nos ha sido colocada
artificialmente?
–Ahora que lo dices parece tan cierto, no sé cómo es que antes no lo
había ni siquiera considerado.
–Eso es porque la pseudorealidad tiene métodos muy puntuales para que
sus habitantes no se percaten jamás de que están en ella. Ese es uno de los
excelsos modos de control: hacerle creer a las personas que son libres, que
piensan por sí mismos, que pueden hacer lo que les venga en gana. Pero
realmente todos somos esclavos, nadie está exento de las redes execrables del
acondicionamiento para el que hemos sido preparados desde pequeños. Y me
temo que las impresiones encasquetadas en la mente en la edad temprana son
tan fuertes que ya nunca, o muy difícilmente, pueden ser removidas. Las
personas vivirán el resto de sus días recurriendo a lo que otros les inculcaron,
esa es su manera de obrar. No importa si es una situación frustrante,
placentera, odiosa, ridícula o terrible. Es indiferente si se trata de una cuestión
moral, política, económica, social, científica o de la índole que sea, pues el
humano ya ha sido configurado desde la infancia para responder de
determinada manera.
–¿Y qué hay de la escuela? Digo… –murmuró Lary apenada–, yo no
terminé la preparatoria y es natural que nada sepa de ese asunto, pero tú eres
matemático y seguramente eso te ha ayudado a despertar, o a salir
mínimamente de la pseudorealidad como tú le llamas.
–Nada más falso –repliqué, en tanto comenzaba a sentirme acalorado y
en sintonía con el ambiente que me rodeaba–. Desde luego que la escuela es
otra vil patraña.
–¿Cómo? ¿Acaso eso puede ser posible? Yo creía que la gente que
estudiaba era lo máximo, que tenían las mentes más adelantadas y sus
razonamientos eran los más elevados.
–Sí, eso se suele creer, pero nuevamente es pseudorealidad, es tan solo
lo que nos han metido para que así lo creamos. Es un tanto aterrador si lo
reflexionas, pues la repetición de ciertos factores e ideas a temprana edad
hacen que éstas se consoliden eternamente. Y es que, aunque a las personas se
les intente cambiar ahora de grandes, es una pérdida de tiempo. Digamos que
la mayoría de los humanos ya están arruinados, nada puede hacerse por ellos
puesto que de pequeños fueron perfectamente trabajados por la
pseudorealidad. Incluso sería peligroso intentar cambiarlos, pues ofender sus
supuestas creencias propias los encolerizaría y querrían asesinar a quien se
atreviera a cuestionar sus más preciados pensamientos; es ridículo, lo sé. Lo
que trato de decir es que los humanos se aferran a falsas concepciones que
consideran como axiomas para vivir y que defenderán a toda costa. Si alguien
intenta hacerles ver que estos elementos tan enraizados en su ser no son para
nada inherentes, sino meros accidentes y atavismos que les han sido
introducidos por la pseudorealidad para poder amoldarse a esta decadente
sociedad, es seguro que lo liquidarían a la primera oportunidad. Precisamente
a estos revolucionarios que surgen en tan escasas ocasiones los llaman locos y
los encierran en manicomios o los asesinan impúdicamente, pues resulta
peligroso incitar a las masas a una profunda reflexión de su existencia. No
obstante, me he convencido de que es una pérdida de tiempo hacerle ver a la
humanidad la miseria en la que se encuentra.
–Ya lo creo, aunque probablemente todavía existan humanos que
intenten despertar.
–Lo dudo mucho, y, de haberlos, serían unos necios.
–Pues ya sería algo, ¿no? Yo, sinceramente, no entiendo mucho de lo
que planteas, pero lo que si comprendo es que estamos mal, que las personas
hemos dejado de ser nosotras mismas y que esto es casi imposible de cambiar
puesto que, desde nuestro nacimiento, somos víctimas de la pseudorealidad
mediante todo lo que estúpidamente nos inculcan nuestros padres y profesores.
Lo que aún no me has respondido es ¿qué pasa con la escuela? ¿No es una
manera de despertar?
–La verdad es que no, se trata de una argucia más de esta
pseudorealidad. Debo decirte que absolutamente todo lo que existe en este
mundo, o lo que creemos que existe, es pseudorealidad. Claro que esto es
permitido y hasta alentado por los nauseabundos padres, quienes pasan sus
vidas trabajando para poder darle una vida digna a sus hijos, sin entender que
el hecho de haberlos traído a este sórdido mundo es una blasfemia, y que
haberlos adoctrinado del sacrílego modo en que les han atiborrado la cabeza
de ideas suministradas por la pseudorealidad les ha ya jodido la existencia
hasta la muerte. No creo en lo más mínimo en que la educación pueda
contribuir a un despertar en las personas porque también ésta es parte de la
pseudorealidad. Pongámoslo de esta manera: lo que los padres no hayan
podido lograr durante todos los años en que idiotizaron a sus hijos y
permitieron que se embobaran con el televisor y demás, lo solventa la escuela.
Y es así puesto que estudiar ya no se realiza con pureza ni con objetivos
sinceros.
–Y ¿cómo sería eso? ¿Estudiar sería malo entonces?
–Lo es del modo en que actualmente se realiza, pero no queda de otra
puesto que la educación se ha envilecido demasiado. Hoy en día los humanos,
si es que estudian, lo hacen con un único y aberrante fin: dinero. Las escuelas
se han convertido en el medio a través del cual las personas, tras concluir con
toda esa algarabía que representa atravesar las distintas etapas escolares,
obtendrán una remuneración monetaria sustanciosa. Así, podrán pagar sus
vicios y adquirir bienes materiales, realizar viajes a lugares agradables y
formar una familia. Ese es el objetivo que las personas, tarde o temprano,
terminan por añorar. Es demasiado complicado que se estudie sin fines de
lucro, que se tenga la determinación de aprender y usar ese conocimiento para
ayudar a la humanidad, a la que por cierto no le interesa tampoco ser ayudada.
Pero estudiar se trata de eso, e, incluso los docentes, que en su mayoría son
absurdos y banales, propagan esta ideología. Asistir a una universidad no
significa absolutamente nada; de hecho, es algo bastante acondicionado. Jamás
pensaría que en un horripilante lugar como ese donde se mide el potencial de
una persona mediante ridículas pruebas escritas basadas en memorizar
información irrelevante podría conseguirse un despertar. Estudiar sirve solo
para obtener un buen salario al concluir, si se tiene suerte, claro está. Y, como
esto es todo lo que interesa en la humanidad actual, además de sexo y
diversión, se cumple así el ciclo del moldeamiento. Tan solo mira la forma en
que se desarrolla la vida: nacer, crecer, estudiar (si se hace), trabajar,
reproducirse y morir. ¿Qué clase de nefanda rueda es la que continuamos
abordando? ¿Para qué? Los padres adoctrinan y arrebatan la incertidumbre a
los niños, los cuales, al crecer, asisten a escuelas donde se les termina de
extirpar la poca creatividad e imaginación que puedan tener, lo cual se logra
mediante un modelo educativo deplorable y arcaico basado en repetición de
patrones, y no en cuestionamientos propios ni reflexiones profundas. En parte
esto es bueno, pues supongo que estudiar sería un calvario si realmente se
buscase despertar duda, crítica y creación en los estudiantes. Pero sería
peligroso para la pseudorealidad, y acaso algo contradictorio e inútil, pues la
base del acondicionamiento propiciado por los ignorantes padres ya está
demasiado avanzada. Por ello, detesto haber asistido a una escuela, porque
siempre me sentí incapaz de razonar por mi propia cuenta y de crear, tan solo
me limitaba a repetir banales teorías.
–¡Wow! Yo creía que la escuela era lo máximo y tú lo has reducido a un
mero elemento de la pseudorealidad para perpetuar la decadencia.
–Naturalmente que así es. Recuerdo que hubo un tiempo en que deposité
todas mis esperanzas en la escuela, creía que en aquellas teorías, números,
fórmulas y axiomas hallaría la razón de nuestra existencia, pero buscaba algo
que sencillamente no existe –asentí con severidad exagerada, ya estaba
bastante tomado–. Sobre todas las cosas me fastidiaba ver a mis estúpidos
compañeros alborotarse cuando alguno de aquellos viejos ineptos mencionaba
haber estudiado algún doctorado en un centro de investigación prestigiado del
país, y ¡con qué cara de atolondrados quedaban todos cuando algún profesor
realizaba dichos estudios en el extranjero! Simplemente no soportaba la idea
de que esos viejos fuesen superiores, y no por envidia, ¡eso jamás!, tan solo
porque eran seres adoctrinados y esclavos de la pseudorealidad como nosotros.
Y yo, contrariamente a lo que todos mis compañeros hacían, era incapaz de
sentir admiración por un doctor en ciencias. Y no solo por ello, puesto que me
niego a aceptar algo tan banal como exitoso. Sé que en este mundo se
considera admirable a un sujeto rico, guapo, con buen físico, respetable,
honorable, que asiste a la iglesia, que es padre de familia, que cumple con sus
obligaciones, que ama a su esposa, que sigue los patrones de esta vomitiva
civilización, que posee un buen puesto, que viste con elegancia, que tiene
buenos modales, que no se va con mujerzuelas, que no se droga ni se embriaga
en antros los viernes por la noche, que adquiere bienes materiales, que ayuda a
su familia, que practica deporte, que se amolda de manera idílica a la
pseudorealidad y que perpetúa esta hipocresía eterna. ¡Pues todo eso es basura
para mí! ¡Al diablo con lo que se considere correcto aquí en este mundo! ¡Por
eso soy decadente a pesar de saber lo que sé! Porque me importa un rábano ser
un depravado, un cerdo, un asesino, un sujeto vil y sinvergüenza, un borracho
sin remedio, un drogadicto, un adúltero, un vicioso, un ser de lo peor. ¡Sí, soy
un decadente y lo seré hasta que muera, lo cual no debería tardar mucho! ¡Que
se joda lo que está considerado como bueno en esta quimera! ¿Qué podría ser,
de cualquier manera, bueno si no lo inculcado por la pseudorealidad? Y se
atreven los humanos a juzgar y tachar actos como malvados con su moral
nauseabunda e impropia. ¡Seguiré siendo un maldito decadente, continuaré
existiendo de esta manera! ¡Es más, seré todavía peor, mucho peor de lo que
he sido!
–¡Tranquilo, Lehnik! Creo que la bebida ya te está haciendo efecto. Me
estabas hablando de por qué consideras que la educación no podría conducir a
un auténtico despertar. Y luego terminaste eufórico, arremetiendo contra el
mundo y aduciendo cosas que, ciertamente, no comprendí.
–Sí, lo siento, me aloqué un poco –dije acalorado, con la sangre
hirviendo y con deseos de embriagarme hasta las chanclas, pues ¿qué más me
daba? Si quería, podía matarme en ese mismo instante, me era indiferente
seguir vivo o estar muerto.
–Termina de contarme, te escucho.
–Desde luego, ¿en qué estaba? ¡Ah, sí! Ya recuerdo. Bien, pues toda la
universidad fue más de lo mismo. Creo que solo estuve bien el primer año,
luego todo se fue al carajo. Había entrado con la firme convicción de aprender
y descubrir. Pero, al salir, supe que eso era una argucia solamente. La verdad
es que ni yo sabía qué había hecho cuatro años de mi vida en aquella ominosa
institución donde se jactaban de ser los mejores matemáticos del país.
¿Realmente había tenido un propósito para haber entrado ahí? ¿No sería acaso
que la pseudorealidad me había seducido para caer de manera horrible en sus
fauces? Entre más cavilaba al respecto, más me convencía de que no había
tenido el más mínimo sentido haber estudiado lo que estudié. ¿Para qué?
Quizá solo para matar el tiempo, para fingir que me interesaba seguir el mismo
sendero que los humanos de mi calaña. Tal vez para no tener que trabajar y
que mi padre me pagase las colegiaturas, algo demasiado vil. No sé, pero caí
en un tremendo vacío al saber que no tenía sentido ya nada para mí. Era
extraño, pues todo deseo de proseguir vivo en este mundo atroz parecía
haberse extinguido. La ciencia, a la que tanto había apelado, no era sino la
misma basura que todo lo demás. Y por eso me fastidiaban aquellos viejos
doctores en matemáticas y en física, totalmente enclaustrados en esta mierda
absurda y estúpida, aferrados a teorías insulsas y a conocimientos tan
superfluos y miserables que jamás podrían elevar la esencia humana a lo
sublime. Pero estaban ciegos, igual que los zascandiles que los idolatraban y
que todo el sistema educativo.
–Me parece interesante el hecho de que no admires a nadie. ¿Ni siquiera
podría decirse que a tus padres? ¿No hay alguien que te parezca menos banal?
–La verdad es que no. A mis padres creo que los quiero, pero hasta ahí.
Ellos piensan que estoy demente y jamás podrían aceptar lo que yo pienso.
Nadie que sea humano podría ser distinto, es nuestra naturaleza ser viles y
banales.
–Tienes una curiosa forma de expresarte, pero me gusta. Ahora dime,
¿qué pasó entonces cuando terminaste la universidad?
–Pues nada en realidad. En los últimos semestres me la pasé sin entrar
casi a clases, me parecían tan triviales los supuestos conocimientos que se
impartían en la escuela que prefería estudiar en casa y presentarme solo a los
exámenes. Cabe destacar que no todos los profesores toleraban esto, pues, en
sus nefandas creencias, argüían que era menester asistir al aula para poder
acreditar la asignatura; nada más vomitivo. Gracias a ello tuve algunas
complicaciones con algunos de esos viejos empedernidos de ciencia banal,
hasta que, al fin, conseguí todos los créditos y pude, no sin bastantes
dificultades burocráticas, conseguir mi boleta. Sin embargo, ni siquiera
deseaba hacerlo, y, por eso, tampoco me he titulado ni pienso hacerlo. Mis
padres insisten en que lo haga, aunque nada signifique ya. Quizás antes lo
habría hecho, habría luchado por concluir al cien por ciento mis estudios, pero
ahora no. Quedé hastiado de todo lo que tenga que ver con el sistema
educativo y la horrorosa forma en que se utiliza el conocimiento para lucrar.
Por cierto, en los niveles de posgrado no es diferente, ¡es, incluso, peor! En su
mayoría, los investigadores solo persiguen cuantiosas becas o buscan la
manera de irse a divertir al extranjero fingiendo que trabajan en proyectos
multidisciplinarios. Me disculparás por esto, pero me parece una pérdida de
tiempo y una estupidez lo que ellos hacen. En especial, lo digo porque sus
mentes, evidentemente adoctrinadas y plagas de la pseudorealidad que impera
en todo ámbito. No sabes el asco que siento al ver lo corrompida que está la
ciencia y el uso nauseabundo que se hace de ella, siendo empleada en los más
fútiles aspectos y siempre por gente con los recursos para pagar por ella. Es
obvio que la ciencia, al igual que todo en este banal y aciago mundo, es
manejado por intereses ocultos a los cuáles les conviene sobremanera que
haya miseria, pobreza e injusticia. ¿Es concebible que se destinen tantos
recursos al hecho de hallar vida fuera de este planeta cuando existen millones
de humanos muriendo de hambre, siendo exterminados en guerras o
enfermados con químicos esparcidos por los gobiernos? ¡Me parece una gran
contradicción científica! ¿Para qué se querría hallar un planeta similar a la
Tierra cuando hemos hecho todo para destruirla? ¿Es sensato querer que el
humano se expanda más allá de este terrenal mundo? ¿Para qué la ciencia, la
tecnología y demás charlatanería si no se ha conseguido erradicar tanta miseria
y dolor?
–En el fondo tienes una faceta compasiva, pues te sigue interesando lo
que pueda pasarle a este mundo, aunque afirmes lo contrario –exclamo Lary
pidiendo otra botella de vodka–.
Pude notar, por su tono de voz y sus movimientos torpes, que estaba
igual o más borracha que yo. Extrañamente me sentía muy elocuente, cosa que
no me había pasado en anteriores ocasiones al embriagarme, al menos no a tal
punto. A veces sentía que ya no controlaba lo que decía, todo en mi cabeza
daba vueltas, todo giraba gracias al típico efecto del alcohol. Pensé que era
demasiado temprano todavía, miré el reloj y marcaba las doce y media. El
antro se había atascado en cuestión de minutos y la música proseguía con un
volumen demasiado elevado, por lo cual mi garganta se hallaba resentida.
¿Qué hacía yo en un lugar tal? Eso fue lo que llegué a pensar en determinado
momento, aunque no importaba. Es más, ¡me valía lo que pasara conmigo y
con el resto de mi vida! Ahora estaba borracho y sentía deseos de hablar, de
conversar incoherencias. Lary también lo estaba y eso hacía todo mejor y más
fácil.
–Podría ser que tengas razón –dije para retomar nuestra plática–,
probablemente me importe muy en el fondo, pero es ínfimo lo que significa.
Este mundo es banal y la existencia carece de sentido, y yo también.
–Me llamó la atención algo que comentaste sobre tus padres. Me parece
que dijiste que creías quererlos, ¿es cierto?
–¡Ah, era eso! –repliqué divertido–. Es precisamente de ese modo, pues
considero que he dejado de sentir. Sí, he perdido la capacidad de sentir, y tal
vez sea porque todo intento razonarlo. Antes podía abrazar a mi padre y besar
a mi madre, exteriorizar cariño y agradecimiento, pero ya no. No sé qué sea,
probablemente es debido a mi decadencia o a algún factor psicológico, pero ya
nada siento más allá de lo físico. Esto no debería de sorprenderte puesto que
estamos inmersos en la pseudorealidad donde los sueños, los sentimientos, las
elucubraciones y lo inmaculado están enterrados. Además, debemos
considerar la hipocresía y la mentira que reinan en el mundo y lo que el
humano hace para enmascarar sus verdaderas intenciones, para aparentar que
puede amar y ser amado a pesar de su vileza y su banalidad. No obstante, si
somos sinceros, sabemos que todo es apego, costumbre y dependencia,
realmente nadie entiende a nadie ni tiene deseos de estar con él por la
eternidad. He considero, entonces, que no podría querer a mis padres, no
podría amarlos porque no sé qué es el amor fuera de lo que me ha sido
enseñado por el acondicionamiento. Algo análogo al concepto de felicidad y
demás sensaciones que son inadecuadamente empleadas. Y, si no sé qué es el
amor, ¿cómo podría brindarlo o solicitarlo? En el caso del supuesto amor
fraternal no veo diferencia. Los padres imponen a sus hijos lo que no pudieron
cumplir y éstos los quieren en la medida en que dependen de ellos
económicamente. Una vez rota esta vinculación, nada hay que represente
amor. ¡Nada de eso tiene sentido para mí! Esto te parecerá todavía más extraño
y acaso odioso, pero he deseado su muerte. Sí, lo he hecho porque representan
una carga, porque me fastidia saber que acaso les importo. Preferiría no cargar
con ellos, saber que ya no existen más en esta pseudorealidad y que nunca más
volveré a mirarlos. Y esto se incrementa cuando intentan expresarme su amor
y yo nada siento, pues, cuando me abrazan, incluso experimento cierta
repulsión. Por eso no creo llorar en su entierro, tal vez muera yo primero, no
sé. Es raro, también ruin, pero no creo quererlos, no podría. Ellos me
acondicionaron, pero ¡qué más me da! Lo único que me alegraría sería saber
que mis padres ya no existen más, que se han ido a quién sabe dónde,
seguramente al vacío, y que yo podría, entonces, matarme a gusto.
XI
Lary me miraba confundida. Estaba borracha, eso era cierto, pero, por
instantes, olvidaba que ella era como el resto. ¡Yo también, de hecho!
Entonces ¿qué me afectaba? ¡No, yo no! ¿Qué me ocurría? Me hallaba en un
antro, hundido en el alcohol y con una mujerzuela a la cual podía tratar como
me viniera en gana. Sabía de la decadencia y no hacía nada para evitarla, ¿no
me hacía eso más vil y miserable que cualquiera? ¿Qué era peor entonces?
Acaso saber de la miseria que impera en la existencia y, aun así, entregarse a
ella. O no saber nada de ello y proseguir viviendo en la ignorancia, pero
contribuyendo de cualquier manera a la horrorosa banalidad del mundo. Creía
que yo era peor, pues, si tan solo hubiese sido ignorante de tantas cosas, podría
hacerlas sin atormentarme. ¿Qué estaba diciendo? ¿En verdad era así? ¿No me
era todo indiferente? Debía ser por la borrachera que mis ideas estaban tan
mezcladas. La voz de Lary me sacó del ensimismamiento.
–Entonces ¿tus padres evitan que te suicides? No eres indiferente a ellos,
o ¿sí?
–Pues yo consideraría que sí.
–Pero ¿todavía sientes algo por ellos? Mencionaste que estarías mejor si
estuvieran muertos.
–Supongo que los quiero de modo humano, el cual termina por ser falso
e hipócrita. La verdad es que tenemos poco en común, pues para ellos mis
ideas son abstrusas y dementes. Cuando les hablo de querer suicidarme
siempre se encolerizan y me reclaman cosas relacionadas con los gastos que
pasaron para pagarme la universidad. Creo que esperaban en mí a un sujeto
normal, puesto que ellos me criaron transmitiéndome sus atavismos y modos
de actuar, pero, de alguna manera, los rechacé. Son, por otra parte, demasiado
moralistas y de mente muy cerrada.
–Me intriga saber cómo sería ser tú.
–Te aseguro que no quedarías muy complacida –respondí notando que se
me complicaba ponerme de pie.
–Voy al sanitario, creo que me tardaré un poco. Ha sido una gran plática,
he aprendido cosas interesantes. Ahora vuelvo, no se te ocurra irte –añadió
mirándome con simpatía.
Esperé cinco minutos y luego me levanté para explorar el lugar. Era un
antro demasiado concurrido, especialmente a la media noche. No sé qué clase
de extraño impulso me impregnó e hizo que rondara e indagara más sobre las
personas. Así, me alejé de la mesa donde sostuviese aquella plática con Lary y
miré a los asistentes. Noté que muchos estaban igual de tomados que yo, y, al
pasar a un costado suyo, sonreían y gritaban quién sabe cuántas cosas. Todos
lucían alegres, salvo uno que otro tonto cuyo llanto seguramente se debía a
problemas amorosos. Pero el ambiente estaba a tope, los cuerpos se agitaban
con júbilo y la música sonaba más fuerte que nunca, imposibilitando las
pláticas. En parte por eso mismo decidí escudriñar un poco, así descansaría mi
garganta. Hacía unos cuántos minutos que habían incrementado el volumen, lo
cual hacía impensable charlar con normalidad.
Había demasiadas mujeres hermosas, la mayoría eran jovencitas
atrevidas y estúpidas a las que atraía el relajo y la concupiscencia, Iban
ataviadas con ropas descaradas y se comportaban como unas cualquiera, pero
eso era exactamente lo que yo admiraba en ellas. Las mujeres así, viles y
libertinas, siempre habían sido de mi agrado por su rebeldía ante las
costumbres moralistas y las ataduras de valores sencillamente arcaicos. Lary
me gustaba por esa razón, pues ella era atrevida y cachonda, sin ningún
prejuicio a las relaciones rápidas y fáciles. Con ella no debía preocuparme de
los famosos pleitos de pareja ni de las escenas ahítas de celos y paranoia. Si
quería tirármela, lo hacía, y, al siguiente día, éramos dos completos extraños.
¿Por qué las personas seguían fingiendo que les interesaba casarse y estar bien
con alguien cuando se podía ser libre y revolucionario?
Resolví abandonar la cuestión y alejarme hacia la terraza. Una vez ahí
nuevamente fui atacado por diversos cuestionamientos y elucubraciones
superfluas. Me parecía que todo era tan banal y decadente en aquel lugar, pero,
al mismo tiempo, creía sentirme alegre, acaso feliz. ¡Era una argucia y una
tontería! Sí, claro que lo era, pues la felicidad humana no podía ser de otra
manera, muy posiblemente ni siquiera existía, pero ¿a mí qué?
Me acerqué al borde de la barda de aquella terraza y miré hacia abajo,
estábamos en el cuarto piso de un edificio bastante elevado. ¿Coincidencia?
No lo consideré así. Me molestaba pensar que la existencia era una sucesión
de coincidencias, pero todavía más abrumador e irritante era la idea de un
destino. Esta estupidez era mencionada por los humanos en las más
degradantes acciones, tales como conocer a sus parejas o recibir algún dinero,
¡vaya charlatanería! Me preguntaba si realmente alguna entidad divina o algún
elemento superior, no el destino, se interesaría por lo que ocurriese en la vida
de los monos que poblaban este triste planeta. Como sea, estaba más borracho
de lo que creía y el mareo se acrecentaba a cada instante. Al asomarme hacia
el vacío y sentir el fresco aire nocturno, la idea de arrojarme me trastornó.
Cuanto más miraba hacia abajo, más deseos sentía de acabar con todo.
La vida carecía de cualquier sentido, pero la muerte podría caer en lo mismo.
Lo único que la diferenciaba era la incertidumbre que con ella traería. Y, para
los sujetos decadentes y contradictorios como yo, ¿qué esperanza habría en
arrojarme de aquel lugar y morir al fin? ¿Para qué quería morir, para qué
vivir? Ambas facetas me resultaban aburridas y hostiles, aunque en la primera
ponderaba mejores resultados. Y sí, mi muerte también sería irrelevante puesto
que mi vida lo era. No obstante, si mi vida hubiese sido menos decadente,
¿implicaba eso que mi muerte sería sublime como creía que debía serlo? No
estaba seguro y jamás lo estaría hasta haberlo experimentado, pero carecía de
fe para tener plena certeza. ¡Era tan gracioso! Comencé a reír como un
enfermo mental y hasta fui a dar al suelo, luego de haberme estrellado contra
una mesa.
Si tan solo hubiera optado por ir a ver a mis padres en vez de estar en
aquel antro embriagándome y malgastando el dinero. Pero valdría la pena,
pues en breves instantes estaría con Lary, besándola y penetrándola,
consumando el acto y saciando mis instintos más primitivos, los únicos que
me conferían cierta sensación de estar vivo aún, al menos en carne. Sin
embargo, no conseguía apartarme de la barda. Yo tenía que luchar por el
dominio de mi ser, pues cada día existían fragmentos que combatían por el
control, voces susurrando toda especie de improperios e intentando imponerse
en mi interior para modificar el exterior. Si algo sabía en los últimos tiempos
era que, de quien más debía desconfiar, era de mí mismo, pues carecía del
dominio de mi mente y de lo que ésta pudiera implantar.
Entre estas reflexiones observé pasar a la preciosa mesera que nos había
atendido, moviéndose agitadamente con sus caderas y sus ojos hermosos. Me
miró y se sonrojó, pero yo, tal vez por el alcohol, le guiñé el ojo y le hice una
seña para que viniera. Pero ella, todavía más astuta, se acercó y me jaló del
brazo para conducirme entre todo el gentío hacia un rincón donde cabíamos a
la perfección. Nos miramos por un reducido intervalo y luego unimos nuestras
bocas. Experimenté un tropel de emociones desconcertante, jamás había
sentido eso, ni siquiera con Melisa. Así estuvimos bastante tiempo, mucho
más de lo que consideraría un beso ordinario, y luego, al fin, abrí los ojos para
perderme en el incomparable matiz índigo de los suyos. Podía matarme si lo
quisiera, pues en aquella mirada se encerraban los símbolos que me
devolverían el aliento las veces que fuese necesario. En aquella boca se
encontraba el universo en el cual podría abstraerme por siempre con tan solo
sentir el roce de sus labios y la colisión que provocaban en mi interior. ¿Por
qué ahora? ¿Quién era ella para quebrar mi indiferencia así? Sabía que aquello
no era amor, pero me conmovía ferozmente y consumía mi ser.
–¿Quién eres? ¿Por qué me obligas a hacer esto? –cuestionó, agitándose
y ruborizándose.
–¿Obligarte yo? Pero si tú eres quien me ha besado con tal pasión y
desenfreno.
–Ya lo sé, pero hay algo en ti, como si encerraras una sombra que me
atrae irremisiblemente. Verás, cuando te vi por vez primera sentado en aquella
mesa, hiciste que delirara, que fantaseara contigo. Entonces colegí que no
podía seguir viviendo si no probaba tus labios.
–¡Qué raro! A mí me pasó algo bastante similar y tampoco comprendí
qué era, pero mira –mencioné tomando su mano y posándola sobre mi
corazón, el cual palpitaba como nunca–, ¿ves? Es como si fuera a estallar.
–El mío está igual –dijo haciendo lo mismo con mi mano–. No te
conozco y posiblemente después de hoy no te vuelva a ver jamás, pero has
provocado en mí lo que nadie más causará el resto de mis días.
–¿Puedes darme tu número o existe alguna forma de contactarte?
–No tendría caso, es mejor así.
–¿Por qué lo dices? Podemos vernos en otro lugar con más calma y
entonces…
No alcancé a completar la frase puesto que ella me estrechó entre sus
brazos y me condujo hacia unas cortinas oscuras. Al entrar supe sus
intenciones, las cuáles no podían ser otras que las mismas que yo tenía. Nos
besábamos con furor, acaso mucho más que si nos amásemos. No tenía la
menor idea de qué acontecería después de esa noche, pero no importaba. Lo
realmente placentero era el aquí y ahora, poseerla y entregarme a ella cuanto
antes, degustar su cuerpo e introducir mi pene en su vagina. ¿No era esa la
forma de amor que conocíamos los humanos, acaso la única? ¿Qué más,
verdaderamente, podían hacer dos personas del sexo opuesto sino fornicar y
ya? Lo demás era hipocresía, falsedad y moralidad pestilente. ¡Que el diablo
me llevara después si quería!
Las mujeres como ella me encantaban por su sinceridad y su convicción
al sexo libertino, en contraste con tipas como Virgil quienes sostenían infinitos
prejuicios y añoraban un amor eterno y único. Para estas torpes y deplorables
recatadas lo más sagrado era el matrimonio, y no entregaban a nadie placer si
no se sentían comprometidas. ¡Cómo detestaba esa actitud moralista y
pestilente! ¿De cuándo acá resultaba que la humanidad se interesaba por algo
que no fuera sexo en cuanto a las relaciones concernía? ¡Era absurdo!
Precisamente la vagina de aquella desconocida mujer se sentía como la
de las prostitutas que tantas veces había follado, pues era grande y se calentaba
rápido. Noté que no resistía más puesto que gemía como una impúdica zorra y
me incitaba a meterle mis dedos en la boca, lo que parecía causarle extremo
goce. Es más, tomó mi mano entera y se atragantó con ella. Ambos ardíamos
en deseos de pegarnos y retorcernos en aquel cuarto maloliente cubierto por
pesadas y oscuras cortinas. Ella me sacó la camisa y los pantalones mientras
yo clavaba mis dedos en su interior, luego la encueré totalmente e introduje
toda mi mano en su abertura. Era un poco gracioso y salvaje, pero le
fascinaba. Una mano entera en la boca y otra, igualmente entera, en su vagina.
Me pedía que las sacudiera, que no me interesara si llegaba a lastimarla. Esto
me hizo recordar que había mujeres que enloquecían durante el sexo, pues
eran capaces de solicitar los más viles actos y prenderse más allá de los
simples orgasmos.
Y, más que el acto mismo de la penetración, lo que le mojaba la vagina
con abundancia era el hecho de ser golpeada y humillada en todo sentido. Con
cada golpe infringido sobre su bello rostro crecía mi erección y me esforzaba
por orinarla tanto como podía. Ella no cabía en su deleite y, cuando la sangre
brotó de sus labios, se abalanzó sobre mi miembro y se lo tragó, a punto de
regurgitar. Yo no resistí más y le bañé la cara y la boca con una abrupta y
chorreante expulsión de esperma hirviendo. Me había corrido como nunca y
ella se lo tragaba todo, lo saboreaba y gemía como la vil zorra que era,
suplicándome que le diera de beber más agua amarilla, por lo cual deduje que
era adicta a la orina. Entonces se puso de pie y clavó sus preciosos e inefables
ojos azules en mí al tiempo que sacudía su negra cabellera mojada.
–No sabes las ganas que tenía de esto. Mis anteriores novios eran unos
imbéciles a los cuáles les espantaba lo que les solicitaba, pero tú no. Si tan
solo te hubiera conocido antes, pero no importa. Ahora quiero que me rompas
el culo por completo, ¡hazlo sin piedad, anda!¡Trátame como la puta impúdica
y caliente que soy! O ¿te vas a arrepentir? Estoy ansiosa por sentir tu miembro
mientras yo arrimo mi trasero y tus testículos rebotan exquisitamente. ¿Qué
esperas para follarme como una perra? ¡Anda, apúrate!
Entonces, sin oportunidad alguna para responder, la tomé de los cabellos
y la volteé, no sin antes haberle propinado unas nalgadas tremendas. Noté que
su culo estaba más bueno que el de cualquier puta y que poseía llamativos
tatuajes de unos ojos sobre unas pirámides, además de pentagramas y demás
simbolismos esotéricos que alguna vez estuve interesado en analizar. Pensé si
sería bruja, ¿qué importaba? Le penetré el ano y arremetí contra ella con una
violencia tal que creí se desmayaría por las brutales embestidas, pero no.
¿También muchos la habrían antes cogido por ahí? Seguramente sí, pero y
¿qué? Continué, al borde del delirio, arremetiendo contra ella hasta que sentí
mi cosa enterrada en lo más profundo de su ser y por segunda vez me vine a
placer. Al sacarla de su culo macizo un abundante chorro de semen caliente
escurrió por sus piernas. No sé cuántos orgasmos habíamos tenido, pero lo
mejor estaba por venir.
–Ahora me penetrarás por la vagina, ¿cierto?
–Sí, así es.
–No te pongas condón. Cógeme así, al natural.
–Y ¿si me vengo adentro y te embarazo? –cuestioné más por costumbre
que porque realmente me importase.
–¡No importa! ¿Por qué preguntas esas tonterías ahorita? Si eso pasa me
tomo la pastilla y ya. O si no, pues aborto.
–Bien, me importa poco.
–¡Sí, papi! ¡Házmelo rico!
–Como tú digas.
Pero casi cuando estaba por penetrarla se detuvo y su rostro expresó una
náusea horrible, palideció y me alejó.
–¿Qué pasa? ¿Ya no quieres hacerlo al natural? Si gustas puedo ponerme
protección –exclamé con tal de no perder el ánimo del acto.
–No es eso, es solo que yo…
–¿Tú qué? ¿Acaso tienes novio?
–No…, bueno sí. Pero eso no me importa en lo más mínimo. Mi novio
es un imbécil al que no se le para, por eso me veo obligada a satisfacer mis
deseos con jóvenes apuestos a los que sí les sirva el miembro; como tú, por
ejemplo.
–Entonces ¿qué es? ¿Sientes remordimiento por él?
–¡Que se joda ese perdedor, obviamente no! ¿Cómo podría sentir algo
así por él? Es un niño, un sujeto que ni siquiera puede complacerme
sexualmente. Lo que siento por él es lástima y quisiera que se muriera, por
desgracia él me mantiene y además yo… –pronunció confundida y
mordiéndose los labios con ferocidad mientras se chupaba la sangre escurrida.
–¿Qué? ¿Tú qué? ¡Dímelo ya!
–¡Tengo sida!
–¿Qué dices? –inquirí palideciendo un poco.
–Lo que acabas de escuchar: ¡soy una sidosa que no logra calmar su
ninfomanía!
–¿Acaso es cierto eso? ¡Imposible, debes estar bromeando!
–No, no bromeo. Esa es la verdad.
Noté que estaba agitada y enloquecida, me miraba con ansiedad y, en el
fondo, sabía que añoraba mi pene en su coño, anhelaba ser penetrada y recibir
una corrida interna de mi parte. ¿Qué la detenía entonces? Muy fácil… el sida.
–Pero ya no tiene caso cuidarse, te cogí el culo y es probable que ya esté
también infectado –dije sin perder las esperanzas de metérsela.
–Lo sé, discúlpame. Debí habértelo dicho antes –asintió con una risita
malévola.
–Y ¿qué te impidió hacerlo? ¿Fue solo el hecho de que no podías resistir
las ganas de follar?
–No, no solo fue eso. La verdad es que no coordino lo que digo, mira
esto –me mostró su brazo y comprendí el punto, pues era el típico brazo de
una adicta a la heroína–. Hace una hora me puse una elevada dosis y eso me
ha hecho sincera en extremo.
–Ya lo creo, entonces ¿qué fue?
–Sabes, soy adicta a varias cosas, pero todas están condenadas en este
mundo: el sexo, el semen, el alcohol, la nicotina, la cocaína, la heroína, la
marihuana, la piedra, las tachas y, sobre todo, el LSD. Tengo un amigo que me
provee bastante bien, aunque ahora me meto tres cuadros al día, si no es que
hasta el doble –agregó, riendo nerviosamente.
–Entiendo, pero ¿por qué lo haces?
–Porque quiero y puedo, ¿me juzgarás por eso?
–No, para nada. Yo he querido probar algo, la verdad es que nunca en mi
vida he consumido drogas, solo tabaco y alcohol.
–Pues deberías de, son riquísimas. Además, coger bajo sus efectos es lo
mejor. Te potencian demasiado; como ahora, por ejemplo.
–Suena tentador, supongo.
–Es endemoniadamente supremo el placer. Si tuviéramos más tiempo, te
daría a probar, pero bueno. Ya sabes mucho de mí, mucho más que cualquier
otra persona, así que me despido.
–No, espera –proferí rápidamente colocándome entre ella y la salida de
las cortinas, me sentía excitado y triste a la vez–. Todavía no me has contado
tus razones para tener sexo conmigo sin protección sabiendo que tienes sida.
–Ese no es mi asunto. Además, estás delirando, estás demasiado ebrio.
–Dime esas razones, te lo ruego.
–Está bien, si tanto quieres saber… La primera es que me pareció que tú
también eres alguien que morirá pronto, puedo notarlo en tu mirada. Tú y yo
somos similares: decadentes e indiferentes ante nuestro entorno. No sé qué
clase de sensación inquietante despertaste en mí, solo presentí que no te haría
ningún mal si te contagiaba, pues, en todo caso, quieres morirte pronto, ¿estoy
en lo cierto?
–Sí, lo estás.
¿Te parece que eso es destino?
–No, detesto pensar en esas cosas del destino.
–Pero eso no implica que no pueda ser cierto.
–Lo sé, pero significa que nada cambiaría con ello.
–Cierto, muy cierto. Ahora me retiro, ya nada queda por hablar entre
nosotros, mucho menos por hacer.
–No te vayas, por favor. Continúa platicando conmigo, necesito
escucharte y mirarte.
–Estás ebrio, no comprendes la gravedad del asunto. ¡Tienes sida con
una gran probabilidad, yo te contagié intencionadamente!
–Y eso ¿qué me importa? Tú lo has dicho –mencioné presa de una
insania mental tremebunda y estrepitosa–, a mí no me interesa nada en esta
vida. Tú y yo, en efecto, somos muy parecidos, por eso te admiro.
–¿Me admiras? Pareciera como si fueses un hombre incapaz de admirar
a alguien… Y, por otra parte, ¿qué hay de la chica con quien venías? Debe
estarte buscando como loca.
–¡Me importa un bledo esa mujer! Y también lo otro, debes saber, me
vale.
–¿Qué te vale?
–¡Todo! No me importa seguir existiendo, deseo morir.
–Aunque tuvieses razón, esta no es la forma.
–¡Que el diablo me lleve, a mí y a cualquier vida que pudiera haber
elegido! Creo que…, creo que yo…
–¡Eres un terco de pacotilla y un ridículo de primera clase! ¿Cómo
pretendes que me trague esas palabras? ¡Sé que, en cuanto se te pase el efecto
de la borrachera, vendrás corriendo para matarme por haberte contagiado de
sida! Mejor dejemos esto así, y hagamos como si nunca nos hubiésemos
conocido… ¡Perdóname por haberte arruinado la vida!
–¿La vida? Por favor, ¿qué clase de vida es esta? Ya te dije que me
interesa poco…
–¡Que te jodan, por santo cielo! ¿Acaso estás completamente loco? No
cabe duda de que has perdido la razón –exclamó con sobresalto–. ¿Acaso no
ves cómo son las cosas?
–¡Cállate, maldita ramera! –le grité mientras la tomaba del cuello y la
azotaba contra la pared–. Yo quiero follarte y escucha bien esto: ¡me importa
un rábano si tienes sida o cualquier otra enfermedad! Yo voy a cogerte y
besarte cuanto me plazca, pues solo será esta noche. Después, que sea lo que
tenga que ser. Y, si muero mañana, que así sea. Si estoy loco, enfermo y ahora
sidoso, no me interesa para nada. De cualquier forma, quiero morirme,
¿entiendes? Hace unos instantes, antes de que aparecieras, cavilaba si debía
arrojarme por la terraza y terminar con todo de una buena vez.
–Y ¿qué pasó? ¿Por qué no lo hiciste?
–Porque también la muerte es un desperdicio y una fruslería, tanto como
la vida. Estoy hastiado de ambas y nada espero de ninguna de las dos. Siendo
así, ¿acaso puedes pensar que no te cogeré como una zorra tan solo porque
tienes sida? ¡Que el demonio me cuelgue si no lo hago!
–¡Estás demente! ¡Suéltame, no quiero! –exclamaba mientras oponía
cada vez menos resistencia, yo sabía que me deseaba más que nunca.
–¿Por qué lo haces? ¿Es acaso porque quieres probar tus principios
nihilistas? ¿Qué quieres demostrar con esto? Solo dame una maldita razón y lo
permitiré. Dime por qué, solo eso necesito.
–Porque yo… ¡Te amo! –vociferé sin darle oportunidad de responder,
pues me abalancé sobre ella y le mordí los pezones hasta sangrárselos.
XII
Ciertamente, había enloquecido. Me parecía como si todo aquello no fuese
sino un sueño. La verdad es que no existía ninguna cosa que probara lo
contrario. La vida humana era insulsa y anodina, pero ni siquiera estábamos
seguros de que esto que experimentábamos lo fuese. El hecho es que aquella
mujer, la más hermosa y frágil que alguna vez conociera, arañaba mi espalda
mientras mi miembro entero entraba cada vez más en su infectada vagina. Fue
entonces cuando llegó el clímax y una delirante fiebre acabó con la poca
cordura que me quedaba, reduciéndome a menos que un animal. No obstante,
me sentía mejor que nunca; de hecho, haberme entregado a la demencia y a la
banalidad me reconfortaba. Además, pensar en cuántos hombres antes que yo
habían introducido ahí sus miembros infectando a aquella zorra con quién sabe
qué cosas, me prendía demasiado.
Mirarla era inefable, con esos ojazos de un azul índigo que sobrepasaba
cualquier expresión de belleza, con esos cabellos sueltos y orinados que la
hacían lucir majestuosa, con ese cuerpo esbelto y ahíto de tatuajes siniestros y
esotéricos, con esa boca que besaba con fuego y que derretía mi indiferencia,
con ese rostro que ya nunca olvidaría y ese color de piel blanca como la
pureza extinta en su ser. No sabía ni siquiera su nombre, tampoco me
interesaba averiguar más detalles. Todo lo que importaba era follarla, correrme
en ella y acaso preñarla. Claro que eso era mera ficción, solo sueños rotos y
masticados por nuestros impulsos sexuales imposibles de frenar y encapsular
en nuestra psique. ¡Qué linda era, qué melódicos eran sus gemidos! La amaba,
la amaría por siempre y no significaba nada el que me hubiera contagiado de
sida; de hecho, hasta me producía cierto placer y contribuía a aumentar mi
excitación.
La embestía brutalmente, le desfloraba la vagina peor que a cualquiera
de las putas que antes me había tirado. ¡Ansiaba correrme y romperla, partirla
en dos! Me importaba un bledo si era una maldita sidosa, pues, en todo caso,
yo estaba ya condenado desde que todo me era indiferente y me valía la vida.
Era preferible hundirse en la podredumbre y morir joven que vivir
absurdamente hasta la deplorable vejez. ¡Era tragicómico y contradictorio!
Ella, tan bella y decadente, podría haber sido la mujer perfecta y haberlo
tenido todo en la vida, pero no. A veces pasa, según razonaba, que las personas
más magníficas tienen una extraña tendencia a ensuciarse en la más sórdida
podredumbre, a hundirse en la miseria más execrable y, a pesar de todo,
conservar su inigualable brillo. Esto solo ocurre con aquellos seres a quienes
este mundo banal ya nada tiene por ofrecerles y cuyos talentos, aunque
sublimes, terminan por encasquetarse en el absurdo de la asquerosa
humanidad.
Entonces se produjo el añorado suceso, pero no fue en sí la simple
acción lo que desencadenó la euforia total y el orgasmo máximo. Había algo
entre esa mujercita y yo, algo ignoto e incomprensible en nuestra humana
esencia. Acaso había sido el destino que nos había unido, aunque no creyera
para nada en él. No obstante, casi se me detenía el corazón al penetrarla. Y fue
tan vertiginoso el momento de la algidez que inclusive mis piernas se
acalambraron y quedé tembloroso. Estaba empapado en sudor y tuve la corrida
más abundante y satisfactoria de toda mi lamentable existencia. El placer
experimentado no se parecía a nada en absoluto. ¿Acaso se debía al hecho de
que en verdad amaba a aquella ninfómana drogadicta de ojos acendrados? O
¿era que nuestras vibraciones estaban en la sintonía correcta? Ambos éramos
decadentes, y ahora yo me había unido plácidamente al mundo del sida, pero
¿importaba realmente? Para nada, me valía, me era indiferente. Ahora que yo
estaba también infectado, comenzaría una nueva vida, todavía peor y más
decadente de la que había llevado. Sí, seguiría en el mismo sendero de lo
insano y multiplicaría mi crápula por un número bastante elevado, casi
infinito.
Lo que sentía trascendía cualquier emoción, acaso porque estuviese
hasta atrás de borracho o porque mi interior, el cual creía muerto hace tanto,
había resurgido mínimamente. Lo que hubiera dado, pensaba mientras fijaba
mi mirada en el azul celeste de aquellos ojos que me hipnotizaban, por haberla
conocido antes. Si tan solo esta nefanda vida nos hubiese hecho coincidir en
algún momento previo, nada sería como ahora, todo sería ridículamente
genial. Es más, me encantaría verla de la misma manera, siendo una
consumida ninfómana y refugiándose en las drogas, perdiéndose en toda clase
de depravaciones y siendo follada por todo tipo de hombres, pero habría una
diferencia, tan solo una… ¡Yo estaría en su vida! Así es, yo podría consolarla
y hacerle el amor con tanta pasión como hace apenas unos minutos.
Entre toda la neblina, yo sería el sol que le confiriese salvación, el
inmaculado emblema del descanso eterno. Sin embargo, las cosas no se habían
dado así, tanto ella como yo estábamos desechos y nos comprendíamos a tal
punto que entendíamos nuestras mutuas concepciones. Sabíamos, por ejemplo,
que tras haber finalizado el acto sexual que tan fantásticamente habíamos
realizado, todo se iría al demonio. Ambos lo deseábamos y lo necesitábamos,
de nada servía cobijarse con la misma manta de hipocresía que cubría a toda la
humanidad haciéndole creer que dos personas de sexos opuestos podían
entenderse, convivir y estar juntos más allá de la fornicación. Raudamente me
vestí, sin intercambiar comentario alguno con aquella ansiosa ninfómana. Solo
la miraba, y me parecía muy hermosa, tanto que hasta llegué a pensar que
quizás, y solo quizás, ella no era tan real como yo había supuesto.
Era normal, en última instancia, siempre que se aceptase como cierta la
hipótesis de que en nuestro más profundo ser se almacenaban todos aquellos
impulsos y anhelos reprimidos desde la infancia, todo lo que socialmente se
nos prohibía y que era condenado tan escandalosamente en el día a día. No
obstante, entre más se reprimiera el mono, mayor sería la caída que sufriría
cuando finalmente no pudiese contener más aquello que repugnaba y detestaba
con apremio. Así, por ejemplo, aquel hombre que se abstuviera de masturbarse
por un largo periodo tenía más propensión a convertirse en un depravado y
posteriormente en un violador, que el que sí se procuraba satisfacción propia.
Podría decirse que el interior era como un baúl donde se iba acumulando
toda la gama de cosas prohibidas por una u otra razón, aquello que no nos era
posible expresar por temor al rechazo y el asco social que ocasionaría en el
rebaño. Pero la hipocresía era fehaciente cuando podíamos percatarnos de que
esos mismos quienes conminaban nuestros pensamientos obscenos y lascivos
eran los primeros en descarriarse cuando su baúl no pudiese contener más su
auténtica faceta. De tal manera que había individuos sumamente recatados y
opuestos a las más primitivas y cruentas prácticas que, al entregarse a su
verdadero ser, fracturaban por completo la fingida e ilusoria imagen que
habían pretendido ser y arrojaban todas las máscaras al diablo, mostrándose tal
cual eran. Esto, según colegía, era una gran razón para explicar la existencia
de asesinos, pederastas, narcotraficantes y demás náusea. Se trataba de
humanos que se habían reprimido a un nivel demencial y en quienes el baúl
había explotado machacando su cordura y trastornándoles en un ser torcido y
mucho más ignominioso que el promedio. Era como inflar un globo, como
alimentar aquella parte oculta en el interior inflándola con toda gama de
repugnancias y asquerosidades que se simulaba rechazar, cuando lo único que
pasaba era precisamente aumentar el tamaño del globo hasta que reventaba,
extinguiendo para siempre el sello.
La humanidad se engañaba solamente, pues, si a alguien se le confiriese
el poder para violar, asesinar o cometer cualquier acto pernicioso y siniestro, si
a un ser se le otorgase la divinidad para hacer su voluntad sin ningún prejuicio,
culpa o atadura religiosa o social, es seguro que se entregaría a toda clase de
depravaciones sin la menor vacilación. Esta hipocresía enmascarada en los
humanos me enfadaba constantemente, pues era mejor mostrarse al natural,
exponer siempre los verdaderos deseos y no guardarse nada. Si se
encapsulaban estos impulsos, solo se contribuía a alimentar la sombra que más
tarde destruiría a su propio creador, era como arrojar leña al fuego que barrería
con nuestra sanidad mental en una postrera condición de debilidad.
Así iba el asunto: aquel que más se negaba a los actos viles e impúdicos
y que los rechazase con mayor ahínco en el exterior y en sus semejantes, sería
el primero en corromper su interior y atormentarse crudamente. ¿Para qué
fingir entonces? ¿Por qué no aceptar la decadencia como elemento intrínseco
de nuestra constitución? ¿Qué más daba si el humano era malvado y vomitivo?
Y ¿qué si se prefería estar en la cama de cualquier mujerzuela que en la de la
esposa? Y ¿qué si la mujer quería ser fornicada por otros hombres que no
fuesen su marido? ¿Qué importancia tenía no masturbarse o no ser adúltero?
Todo era abrumadoramente absurdo, abstenerse de la más impía crápula no
significaba nada, pues la existencia humana era ruin por sí misma y carente de
virtudes y sentido. Al final, todos moriríamos, y no estaba para nada claro si
un tribunal nos juzgaría o un dios nos salvaría a pesar de ser pecaminosos.
Estaba hastiado de fingir, cansado de aparentar, fatigado de mantener
prisionera mi megalítica sombra y asqueado de mi propia existencia.
En todo caso, solamente los locos y los muertos me parecían reales. La
mayor parte de la humanidad, en la cual estaba yo incluido, necesitaban con
tremebunda ansiedad de la mentira. Sí, sin esto último nada tenía sabor ni
razón de ser; el engaño constituía la base fundamental de los principios
humanos. Cada uno, sin embargo, se engañaba a su modo y desde la
perspectiva más agradable, ya fuese por comodidad o simple ironía. Esto,
colegía yo, debía ser de tal manera, pues, si no, entonces era imposible
continuar viviendo, al menos en esta pseudorealidad. Si un humano intentaba
vislumbrar la verdad parapetada más allá del cúmulo de argucias en las cuáles
se había producido su nacimiento y su existencia hasta ahora, nada bueno
obtendría. Cualesquiera que fuesen los caminos que pudiera tomar, lo
conducirían hacia las únicas dos facetas de la realidad: la megalomanía y el
suicidio. Sin falacias, la vida humana carecía de propósito y de metas.
Resultaba indispensable engañarse a toda costa, sin importar si era con
entretenimiento, placeres sexuales, dinero o materialismo.
Yo sabía todo esto a la perfección, pero nada podía hacerse para evitarlo.
¿Era yo un hombre absurdo? ¡Sí, por supuesto que sí! Ni siquiera me cabía la
menor duda de ello, era tajantemente ridículo incluso cuestionárselo. Entonces
¿por qué en mi cabeza tenía tantas ideas acerca de la banalidad del mundo si
yo no era diferente? Aunque, ciertamente, había un detalle, y era que los
humanos todavía esperaban algo después de esta vida tragicómica y patética,
pues, de la manera que fuera, se aferraban a ella y luchaban. Sin embargo, yo
nada esperaba ni me interesaba reencarnar o alguna de esas bagatelas. ¡Que el
diablo cargara conmigo! Esa era la distinción, que las personas no reconocían
su miseria espiritual y se creían merecedores de algo más allá de esta banal
perfidia. Pero yo, con plena sinceridad, aceptaba mi decadencia y hasta llegué
a acostumbrarme a ella, y por eso mismo nada esperaba ni deseaba. Vivía, si
esto era vivir, del modo más nauseabundo posible, absolutamente vacío y sin
ningún aliciente, desprovisto de todo sueño u objetivo que no hubiese sido
impuesto por esta pseudorealidad. Desde hace mucho tiempo me había
vencido a mí mismo y estaba bien. ¡He ahí la escisión suprema! Ellos querían
vivir y añoraban reinos celestiales y demás estupideces. Yo solo esperaba que,
al morir, pudiese fundirme con la nada. Sería una desgracia, una blasfemia,
una estupidez tener que vivir de nuevo.
Por otra parte, tal vez la vida misma chupaba la vida. Esta irónica y
curiosa idea la había tenido desde hace un par de noches. Muy posiblemente,
al morir, solo sería el cascarón el que terminaba por quebrarse y pudrirse, pues
la manera actual en que el mundo existía era tan repugnante y ominosa que
seguramente los humanos nos veíamos vaciados diariamente. Dada la
decadencia y la ignominia en que las personas nos desenvolvíamos no era
descabellado concebir que, al llegar la muerte, nuestro interior se hallaba
hueco, que toda gama de emociones, sentimientos, cavilaciones,
pensamientos, concepciones, percepciones y lo más intrínseco posible había
sucumbido ante la pseudorealidad. Pero ¿qué era realmente la vida? ¿Cómo
definirla y diferenciarla de la muerte? Y ¿qué eran la felicidad, el amor, la
amistad, la compasión, la justicia, la libertad y demás palabras? Esto era parte
esencial de este sistema pseudoreal: desde el nacimiento se implantaban falsas
concepciones que, en el mundo, serían tomadas como verdades irrefutables, y
mediante las cuales los monos serían esclavizados.
Entonces entré, mi cigarrillo se había extinguido. Abandoné las reflexiones
que fluían en mi cabeza y, un tanto exhausto aún por el encuentro sexual tan
demandante que acababa de tener, subí hacia el cuarto piso. Ciertamente,
había quedado muy cansado y me sentía muy mareado también. Para mi
sorpresa, al asomarme en aquel espacio de perfidia en donde las personas
intentan olvidar lo miserable que es el mundo, observé a la misteriosa mujer
de ojos azul índigo atendiendo una nueva mesa. Miré y mi corazón latió con
vehemencia, pues la chica con quien hasta hace unos cuantos minutos me
había besado y con quien había fornicado como nunca en la vida se hallaba
sentada en los pies de un negro horrible y asqueroso. Esto me produjo una
repulsión tremenda; sin embargo, me mantuve firme solo para presenciar qué
más ocurriría.
Ella, con su preciosa figura angelical, lo besaba en la boca y, sin gran
discreción, introducía su mano en su pantalón para agitarle el miembro. Noté
que cada vez lo hacía más rápido y él, a su vez, la besaba con impudicia y
como queriendo arrancarle los labios. Indudablemente se trataba de una
cualquiera, de una vil golfa ninfómana, de una zorra hambreada, ¡qué mejor!
¡Cómo me encantaban ese tipo de seres que, sin ningún tapujo, exhibían su
auténtica naturaleza! Pensaba que, si alguien era sublime en la vida, sería ella,
pues no solo era excesivamente preciosa, sino también inteligente y sincera.
¿Qué importaba si quería ser follada por muchos hombres a la vez y cometer
las más nauseabundas y obscenas crápulas? ¡Que el diablo cargara con todos
aquellos que la juzgasen! Para mi forma de pensar aquella chica valía más que
cualquier recatada temerosa y ferviente del matrimonio. ¿De qué serviría una
mujer virtuosa y fiel? ¿Acaso era esta la naturaleza humana? ¡No, para nada!
¡Mejor era entregarse sin dilación al libertinaje y al adulterio! ¡Que se jodiera
la monogamia y todos sus pestilentes defensores! Yo sabía que el humano, por
su natural e imperturbable esencia, deseaba la copulación con más de una sola
pareja. ¡Cómo se engañaban aquellos quienes se juraban fidelidad eterna y
supuestamente amor infinito!
En fin, lo último que presencié fue que aquella insaciable y hermosa
mujer se agachó e inhaló un polvo blanco para luego arrastrar consigo al
negro. Se dirigieron hacia el oscuro cubículo en donde hacía cuestión de
minutos había estado conmigo. De inmediato, otro negro, quien ostentaba una
mórbida obesidad, penetró en dicho cuartucho, y seguramente no sería lo
único que penetraría. Gracias al elevado y dañino volumen de la música, los
gritos de la mujer más valiosa en toda la humanidad no conseguían ser
escuchados. Me acerqué un poco y me coloqué a un costado, pegando mi oído
lo más que podía en una de las paredes del cubículo.
Ella gemía como una perra en celo y, al parecer, estaban haciendo un
trío. Me decidí a observar, pues sabía que los humanos éramos voyeristas en
su mayoría. Sí, nos excitaba sobremanera el hecho de mirar a otros cogiendo, e
incluso sin necesidad de nuestra intervención. Recordé entonces cuando
escuchaba y presenciaba en primera plana las embestidas que aquellos
hombres desconocidos y ebrios le daban a mi madre en aquella pocilga donde
habitábamos. Ella era una prostituta, pero estoy seguro de que, si siguiese
viva, me la tiraría. ¿O acaso ella, por ser mi progenitora, me negaría sus
servicios? Creo que sería enigmático el resultado, cuanto más considerando
que era una maldita adicta a la heroína y al sexo.
Estaba resuelto a observar cómo aquellos dos vomitivos negros se
tiraban a la preciosa mesera de ojos azul índigo cuando, subrepticia y
escalofriantemente, una delgada mano se posó sobre mi hombro. Volteé con
cierta gesticulación de horror y descubrí la identidad de aquella sombra, se
trataba de Lary. Me pareció molesta su intervención y estuve a punto de
recriminarle y pedirle que me dejara en paz, pero no me atreví. ¿Lo sabría?
¿Estaría ya al tanto de que me había acostado con aquella pérfida ninfómana?
¡Imposible, no recordaba haberla visto al dirigirnos hacia aquel pringoso
cubículo! En un tono un tanto airado y solemne, expresó:
–¿Dónde demonios te habías metido? Te he estado buscando como una
loca poseída por casi media hora, incluso bajé y recorrí las calles aledañas.Y al
subir te encuentro aquí con toda la calma del mundo.
–Lo siento, no era mi intención –repliqué sorprendido.
–Bueno, no importa –exclamó irascible, pero luego sonrió–. De
cualquier modo, creo que ya es momento de irnos, estás demasiado ebrio y
necesitas descansar.
–No, yo no estoy tomado… Más bien serás tú, ni siquiera sé por qué te
traje.
–¿Yo? ¡Claro que no! ¿Qué clase de sandeces estás diciendo?
–Sí, digo que me estorbas, que nunca debí haber venido aquí
acompañado.
No entendía qué ocurría, pero experimentaba un paroxismo vil. Algo me
impelía a injuriar a Lary y recriminarle su compañía. Me sentía fuera de mí
mismo, como suplantado por otro yo. Esto acontecía en momentos cuando no
conseguía imponerme y una personalidad más hostil y hosca surgía. Al
comienzo lo atribuía a debilidad, pero luego me convencí de que sería una
especie de trastorno bipolar que no quería aceptar. Sabía que las personas
hacían alusiones a ello para llamar la atención, y yo no sería parte de ese circo.
Además, no era del todo insano permitirse no ser uno mismo por algunos
instantes, y ¡qué más daba si eran días o semanas!
–¿Por qué dices eso? No te entiendo… Primero te desapareces y, cuando
te encuentro, me sales con estas cosas –expresó Lay, apenándose al ver que
otros curiosos se arremolinaban a nuestro alrededor para presenciar la supuesta
discusión, aunque no hubiese tal–. Si tan solo supieras cuánto me preocupé
buscándote, si te imaginaras…
–Bien, supongamos que eso sea cierto –asentí con desenfundado cinismo
y en tono sardónico–. ¿Acaso yo te lo pedí? O ¿tal vez te figuraste que me
importaba lo que pudieras hacer por mí? Estoy bien, ¡mírame! ¿Dices que
estoy borracho en extremo? ¡Tonterías, solo sabes decir eso!
Noté que el rostro de Lary se convulsionaba y se escindía entre el
encono y la vergüenza. Era evidente que no esperaba aquello, y, a decir
verdad, yo tampoco; sin embargo, no podía evitarlo. Desgraciadamente, un
sujeto de lo más trivial se encolerizó e intentó intervenir en la plática.
–¡Oye tú, imbécil! –balbuceó dirigiéndose a mí en tono despectivo–
¿Acaso estás loco? ¿Cómo te atreves a hablarle así a una señorita como ella?
–No es nada, solo está extremadamente borracho, ya se le pasará –
intervino Lary al ver que el sujeto, bastante fornido ciertamente, avanzaba
hacia mí.
–¡Vaya, vaya! Ya salió el defensor –mencioné con sarcasmo
encarándome con aquel inoportuno sujeto.
–Mira, te voy a pedir que te calmes y que te retires ahora mismo. Pero,
por si acaso… –agregó mirando a Lary con desdén–, ella se quedará hasta que
tú te hayas retirado.
–Muchas gracias, amable hombre, pero lo conozco bien y solo son los
efectos de la borrachera. Le aseguro que es incapaz de cometer algún acto
violento en mi contra, ¿no es así? –inquirió Lary, lanzando una inquisitiva
mirada que me molestó.
–Bueno, tal vez… Y si así fuera ¿qué? –espeté con sarna y dándole la
espalda al sujeto–. No entiendo por qué los humanos tienen tan intempestiva
costumbre de entrometerse en los asuntos ajenos. ¿Es acaso que los vuelve
locos el morbo? O ¿a qué se debe que siempre se esté hablando y prestando
atención a lo que verdaderamente no les concierne?
–Lo único que te estás ganando es una buena paliza. ¡No eres sino un
hablador!
–¡Ya, por favor, basta! No permitiré que le pegues a mi novio –afirmó
decisivamente Lary, estrechándome entre sus brazos y besándome en la frente.
–¿Este idiota es tu novio? Si lo único que hace es insultarte… Siento
pena por ti, ¡vaya perdedor! –farfulló aquel zascandil encarándose conmigo.
XIII
Me sentía anonadado por una sensación inexplicable. Lary me estrechaba
entre sus brazos y creía recordar a Melisa… ¡Sí, eso era! Rememoraba cómo
alguna vez llegué a experimentar cosas bonitas, y también volvió a mi
memoria el trágico desenlace… ¿Qué hacer? ¿Cómo proceder? Era un punto
que debía analizar en milisegundos… En efecto, sentía mi cabeza bullir en
alcohol, estaba brutalmente alcoholizado y mi razón no era la de siempre; o,
tal vez, se hallaba más pulcra que nunca. Como sea, podía bien abrazar a Lary
y ceder ante aquella frenética muestra de cariño. Después de todo, ¿qué había
de malo en ella? Cierto era que tenía un hijo fastidioso, pero no lo mantendría
yo. Ella trabajaba y era independiente, ¿por qué no iniciar una nueva etapa a
su lado? Luego reflexioné y vino a mi mente Virgil, la pobre campesina.
¿No deseaba ella también quererme bien y amarme como a un esposo?
¿No eran aquellas mujeres, aunque distintas sobremanera, expresiones de un
atavismo absurdo que se había implantado en la sociedad? ¿Casarme yo?
¡Tonterías! ¡Que me llevara el diablo antes! ¿Por qué cambiar ahora? Era un
cerdo, un sujeto vil y adusto. En resumidas cuentas, un decadente consagrado
que ni siquiera había tenido la dignidad de presentarse en el sepelio de su
supuesta prometida para derramar lágrimas y fingir sentimientos. Cavilando de
tal modo, la decisión estaba tomada y nada haría que compusiese mi camino,
cuanto más tanto que no había nada que componer, simplemente estaba
aceptando mi naturaleza inmanente. La felicidad no era mi símbolo y no me
interesaba estar bien ni fraguarme un porvenir. ¡Al demonio la existencia, sería
yo mucho peor de lo que había sido hasta ahora!
–Mejor será que nos vayamos o esto se va a poner feo –susurró Lary en
mi oído.
–¿Qué dices? ¿Para quién? ¿Qué podría hacerme ese zascandil? ¡Ji, ji, ji!
Míralo, parece como un simio –vociferé con la intención de ser escuchado.
La risa explotó a nivel general, en parte incitada por el alcohol y por la
imitación que hacía para irritar más al metiche ese. Así pues, procedí para
remarcar la vileza de mi alma ante la atónita mirada de todos. La casualidad
vino en mi auxilio, pues apareció a un costado del molesto chismoso su novia,
una mujer algo demacrada, pero con senos grandes y maquillaje excesivo. La
verdad es que ni siquiera la miré, sino que procedí impulsado por quién sabe
qué energía cerval. Me abalancé sobre ella sin dejar a nadie la más mínima
oportunidad de responder y… ¡la besé en la boca con tanta voluntad como me
fue posible! Dado que nadie lo esperaba, mucho menos ella, el ósculo fue
tremendo, pues introduje mi lengua hasta su garganta saboreando su sabor
embriagante. También deduje que estaba sumamente marihuana y que hasta lo
había disfrutado. Solo el ensimismamiento general producido por un acto tan
mezquino e impío podría haber ocasionado el mutismo y la inmovilidad de
todos los presentes. No obstante, tras milésimas de segundo, el tiempo se
aceleró y estalló en un abrumador coro de injurias y risotadas. El sujeto a cuya
novia acababa de comerle la boca estalló en una furia inconmensurable y se
abalanzó sobre mí, al tiempo que Lary, aunque presa de suma indignación,
intentaba separarnos.
Todo el lugar era una babel de imprecaciones, mentadas de madre,
puñetazos, patadas y hasta arañazos. La verdad es que estaba tan bestialmente
ebrio que no conseguí defenderme en lo más mínimo, y aquel sujeto me trató
como a un trapeador. Sin embargo, su puntería era tan mala, o quizá se debiera
a la intervención de Lary, que no consiguió darme ni uno solo en la cara
contundentemente. Tras unos cuantos minutos aparecieron los guardias de
seguridad y detuvieron la trifulca, lo cual no fue complicado gracias al estado
general de embriaguez que reinaba en aquel pestilente antro. La mesera de
ojos azul índigo salió del cubículo acompañada de los dos negros, pero nadie
lo notó. Nos dirigieron unas cuántas recomendaciones y también amenazas.
Lary comunicó a uno de los guardias que lo más prudente sería sacarnos por la
puerta trasera para que los demás no intentaran seguirnos, pues era obvio que,
tras lo realizado por mí en aquel impulso odioso, ardían en deseos de
lincharnos, especialmente el que caminaba como mono, a cuya novia me había
agasajado a placer. Aunque en principio aquel imbécil se mostró renuente ante
nuestra petición, Lary depositó en sus manos un valioso billete para intentar
persuadirlo. Así, en menos de lo que esperábamos, nos hallamos fuera,
refrescándonos con el aire que la noche turbulenta traía consigo. Lo único que
lamenté fue no haber dirigido una última mirada a la preciosa mesera
ninfómana. La borrachera se me había bajado un poco, lo suficiente como para
sentir un verdadero golpe o, mejor dicho, una tremenda cachetada
proporcionada por Lary, quien sollozaba y parecía consumida por los celos.
–¡Eres un completo imbécil, canalla del demonio! ¿Cómo pudiste hacer
algo tan bajo? Ya me lo sospechaba yo… –balbuceaba mientras clavaba su
mirada en mí.
Guardé silencio, extrañamente Lary me parecía mucho más bonita
cuando se enfadaba, quizá tendría que besarme con otras mujeres frente a ella
para conseguir aquel efecto. En fin, si ya nada de interesante podría ocurrir,
entonces tendría que ir a otro lugar para hundirme en la miseria de mi
embriaguez hasta que amaneciera.
–Y, encima de todo, te quedas callado… ¡Hum! ¡Qué ruin eres! Lo único
que me faltaba, y eso que mi anterior novio se tiró a otra en la misma cama en
que me tiraba mí. No obstante, pensé que tú serías distinto…
–Bueno, solo te recuerdo –increpé para no dejar pasar la oportunidad de
aumentar su euforia y malestar– que tú y yo no somos oficialmente nada…
Siempre hemos sido solo compañeros de sábanas.
–¡Y dices eso ahora! Precisamente ahora tienes que descararte tanto…,
pero si estás ahogándote en alcohol, ¡qué necesidad! Pensé que habíamos
tomado lo mismo y a similar ritmo, aunque ya veo que no.
–No deberías de enfadarte así conmigo, por favor.
–No me hables, estoy molesta contigo y posiblemente esta sea la última
vez que nos veamos –sentenció dándose la vuelta y dándome la espalda.
La miré confundido, jamás había comprendido las verdaderas
intenciones de las mujeres. De pronto, una vaga memoria llegó hasta mí como
tantas otras veces, muy tenuemente. Era Melisa, más hermosa que nunca,
observando la escena, sonriendo y profiriendo una serie de palabras
ininteligibles. Yo la miré absorto, pero todavía con una gran indiferencia. Con
ella jamás había discutido por tales fruslerías, por el simple hecho de que tal
vez llegué a quererla, o porque nunca tuvimos la costumbre de frecuentar el
tipo de lugares tan decadentes como aquel en el que ahora me hallaba con
aquella mujer a quien despreciaba en el fondo, pero que también representaba
una buena distracción.
–Bueno, no creo que tengas por qué enojarte así, no fue tan grave.
–¿No? ¿Es que acaso a ti todo te da igual? Ya lo olvidaba, es cierto. Eres
el amo de la indiferencia, pero ¡besarte con otra frente a mis ojos!
–Tal vez si lo hubiera hecho a tus espaldas… –farfullé
despreocupadamente.
–¡Cállate, no eres más que un infeliz! Yo pensaba que…
–¿Qué pensaba? ¿Acaso que podría quererte bien?
–No, pero... ¡Quizá sí! ¡Qué más da! Todo está arruinado, más yo. Debo
volver a casa, ya es noche.
–Como gustes, nadie te detiene –asentí.
–Y tú ¿qué harás?
–Iré a otro lado para seguir el jolgorio, aún es demasiado temprano para
ir a dormir. No tengo nada mejor que hacer en esta existencia, así que, ¿por
qué preocuparme por bagatelas cuando puedo embriagarme?
–¿Es que no te importa nada?
–No, nada en absoluto.
–¿Qué hay de tus padres, tus amigos? ¿Qué dirá la sociedad de ti?
–Nada podría importarme menos que la percepción de seres como ellos.
La razón por la cual me rio en sus caras es que los considero a todos mucho
más estúpidos y triviales de lo que yo podría ser. Al menos, yo acepto lo que
soy y no finjo un aciago interés por cosas que van en contra de mi propia
naturaleza; no soy un mentiroso ni un hipócrita. Si al humano se le ofreciera
ser decadente por siempre, lo sería, aunque ahora lo niegue. Todos ven mal el
que alguien sea demasiado lujurioso o tenga perversiones y fantasías; no
obstante, quienes más reprimen este tipo de anhelos, son aquellos a quienes
más pronto consume su ansiedad por entregarse a lo que rechazan con tanta
vehemencia. Lo que más negamos en el exterior es lo que más añoramos en el
interior. De ahí que, por ejemplo, los más puritanos terminen siendo casi
siempre los más infieles.
–Ahora también eres psicólogo, ¿no?
–Creo que no, solo soy un imbécil sin moral. No creo en la psicología,
sociología, psiquiatría ni nada de esas zarandajas, pues solo son vanos intentos
por entender lo incognoscible.
–¡Vaya sujeto! –exclamó ella sin saber qué hacer.
–Si quieres, ve y embriágate como un cerdo, revuélcate con cuantas
prostitutas encuentres y haz lo que mejor te venga en gana. ¡Yo me largo!
–De acuerdo, muchas gracias por el consejo.
Comencé a caminar hacia la avenida, con la cabeza en cualquier sitio
menos en donde debía estar, sin preocuparme por lo que a Lary pudiera
ocurrirle. Era demasiado pronto para volver a mi habitación. Además, ¿qué
haría? Mi vida era tan absurda como la de cualquier otro, mi existencia podía
ser intercambiada por la de otro humano promedio y nadie lo notaría. Sin
embargo, sumido en reflexiones sobre mi banalidad y tambaleándome, alcancé
a sentir como una mano me detuvo, era Lary de nuevo.
–¿Ahora qué? ¿Qué es lo que deseas, más regaños? –inquirí
instintivamente.
Recibí una cachetada, luego otra, y así hasta que me digné a detenerle la
mano. Entonces, no sé si debido a la embriaguez que la acuciaba también o al
despecho de haberme visto besado a otra delante de ella, aprovechó la ocasión
para unirse a mi boca.
–Vamos a mi casa –musitó a mi oído con cálido aliento–, ¿no quieres?
–¿Qué hay de tu hijo y de tu madre?
–¡Que se los lleve el diablo, me importa un comino eso ahora! ¿Me
acompañas o no? ¡Dime, rápido!
Asentí con un leve movimiento de cabeza y luego paramos un taxi que
nos dejó en la puerta de su casa. Además, creo que nos cobró el doble, no
recuerdo dado que había perdido la capacidad de la razón; el alcohol lo traía
hasta el copete. Lary estaba por igual, pude notarlo. Con frecuencia pasa que
las personas aparentan interesarse en demasía por las situaciones más a su
alcance o aquello con lo que se sienten comprometidos, tal era el caso de la
pobre diabla con la que ahora iba a fornicar. Su carácter era débil, pues se
trataba de una jovencita educada bajo los comunes preceptos del matrimonio y
la bienaventuranza, pero que, después de haber quedado preñada de un chico
libertino que desapareció sin dejar rastro tras la noticia, se había entregado a
cualquier clase de placer, buscando así sanar su roto corazón. En el fondo, no
era una mala persona, solo una más del rebaño, con metas absurdas y sueños
de amor sincero detrás de ese comportamiento hosco y de las borracheras que
se ponía cada viernes mientras su paralítica y un tanto alienada madre
medianamente cuidaba a su hijo, el cual fácilmente se entretenía como todos
los ineptos chiquillos de su edad con la televisión.
Lary me había hablado someramente de estos detalles, pero yo había
explorado en su mirada la tristeza y el desazón que esto ocasionaba en ella,
conminada a trabajar para mantener un hijo al que ahora detestaba por
recordarle su imbecilidad, cuando lo que verdaderamente añoraba era
proseguir con su soltería, divertirse y acostarse con un borracho libertino como
tantas otras mujercillas de su edad. El amor la había trastornado muy pronto, y
ella, como una auténtica incauta, lo había entregado todo. No obstante, la
tragedia fue lo único que le quedó y, en su mente, deseaba libertad. Sí, libertad
de todo, de aquel fastidioso mocoso, de su paralítica madre y de ella misma.
Se trataba, en resumidas cuentas, de uno de tantos espíritus cuya existencia sin
sentido se veía envuelta por la miseria y la opresión.
–¡Mamá, ya llegué! –gritó ella a pesar de la hora, luego se dirigió a mí–.
Pasa, ¿por qué te quedas ahí? No te hagas el tímido ahora.
–Sí, claro. Voy detrás de ti, te lo aseguro.
Pero antes de subir el segundo escalón previo a la puerta, resbalé y caí
estrepitosamente, justo en el mismo instante en que una vieja con muletas,
raquítica, mustia y semidesnuda aparecía frente a mi embriagada mirada. Me
observó con desprecio y luego añadió:
–Otra vez con tus aventuras, ¿hasta cuándo aprenderás a comportarte
como una mujer bien? No te ha bastado con que te hagan uno, ¿cierto? Ahora
quieres la parejita, ¡je, je, je!
–Mamá, no digas esas cosas –replicó Lary afligida, su semblante me
gustaba cada vez más; debía estar más borracho de lo que pensaba–. Él no es
como el resto, se trata de un buen amigo al que frecuento y con quien me
entiendo bien.
–Pues a mí me parece igual que el resto, hasta incluso más torpe. Míralo
ahí en el suelo, sin hacer esfuerzo alguno por levantarse, hasta parece más un
perro que un hombre, ¡ji, ji, ji!
–Mamá, estás más grosera que de costumbre, ¿tomaste más dosis de la
necesaria?
–¡Pastillas, esas malditas pastillas! Siempre me pregunto cuándo será el
día en que al fin me muera. Pasen ya, con un carajo, que no me voy a quedar
aquí toda la noche.
Como pude, sosteniéndome de la pared y ayudado por Lary, entré en
aquel cuchitril. Ciertamente, el mío era bastante similar, lo cual me agradó. La
pobreza y estrechez en que vivía Lary fue lo de menos, lo que me aturdió fue
el desorden cósmico que reinaba: trastes sucios por doquier, restos de comida
junto a montones de ropa mugrosa, trapos pringosos colgando de ganchos
viejos, carcomidas maderas esparcidas por aquí y por allá, cartones, bolsas,
telas, etc. Luego vino lo peor, pues el infame aún no se había dormido y, al
mirar a su embriagada e impúdica madre, corrió hacia ella y, de un jalón, mi
mano apartó.
–¿Quién es él? ¿Quién es? ¿Qué hace aquí? ¡Tengo hambre, quiero
comer, dame algo! –gritó el mocoso en un ataque de celos y arrojándose al
piso en un tremendo berrinche.
–No ha querido comer en todo el día. Dice que le prometiste llevarlo a
los videojuegos en cuanto regresaras del trabajo.
–¡Demonios, lo olvidé! Discúlpame, lo lamento tanto, mi niño –replicó
Lary mientras intentaba contenerlo.
–Sí, claro; lo olvidaste –declaró su madre con sarcasmo–. Y ¿por qué no
se te olvidó también que estoy cansada de que traigas visitas a la casa? Todos
los viernes haces lo mismo, dices que llevarás al niño a distraerse y, cuando
menos pienso, dan las seis, las siete y de ahí en adelante te desapareces. Da
gracias a la providencia que estoy inválida, sino iría por ti y te traería
arrastrando de los cabellos. A tu edad yo jamás hice esas cosas, nunca llevé a
un hombre tras otro a casa de mis padres. Lo que más me aturde es el pobre
angelito, lo tienes tan descuidado que pareciera que lo quieres matar de
hambre. Hoy tuve que comprar los alimentos con parte de mi escueta pensión,
y tú llegas a medianoche, bestialmente ebria y además traes a este perro…
Dime, ¿dónde has estado? ¿Qué es lo que haces o buscas en esas tabernas
donde te embriagas sin parar? ¿Crees que eso es digno de una jovencita de tu
talante? ¡Qué digo jovencita, una señora ya, con responsabilidades, con una
boca que alimentar…! Ahora bien, ni siquiera me das ya dinero, cobras y así
se te va todo en borrachera y juego. Al pobre Mati no le prestas atención, solo
te interesa estar con ese cochino teléfono, pasas horas sonriendo como una
tonta. Únicamente el diablo sabrá qué tanto platicas y con quién… Pero todo
se paga en esta vida, eso lo decía siempre mi abuela, y ya verás cómo ese niño
al que ahora descuidas, tienes desalimentado y enfermo, te pagará con la
misma moneda… Por cierto, el maestro dijo que tienes que llevarlo a un
psicólogo, que necesita más atención y que, de seguir con ese bajo
rendimiento, probablemente repita año… También quiere hablar contigo,
averiguar por qué no te presentas en la escuela desde hace ya tanto…
Pero Lary ya no prestaba atención. Se limitó a levantar al emberrinchado
Mati y lo colocó en un sillón mugroso, tanto como el niño. Acto seguido, sacó
de la alacena una bolsa de comida chatarra y dijo:
–Cuando termines, preparas tus cosas. Mañana iremos al parque a jugar
con la pelota, y te compraré un delicioso helado. Ahora, vete a dormir, mi
héroe.
A continuación, me tomó de la mano y, haciendo oídos sordos a los
reclamos de su paralítica y miserable madre, se metió conmigo en su
habitación. Lo único que alcancé a escuchar en mi embriaguez fue aquella
odiosa voz diciendo:
–Otra vez, otra vez lo mismo. ¡Ya se la van a coger de nuevo!
–Así siempre se pone, no te lo tomes personal, por favor. Ya ves que es
una vieja loca y envidiosa. Dice que le molesta que traiga hombres a casa,
pero sé que en el fondo los mira con lascivia.
–Ah, ¿sí? No lo noté –repliqué ya más calmado–. ¿Por qué vives con
ella? ¿Qué te hace permanecer aquí?
–No preguntes tonterías, Lehnik. Tú ya sabes de sobra las razones, te lo
he contado miles de veces.
–¿Tu hijo? ¿Tu madre? ¿Tu miedo, acaso? ¡Vámonos, déjalos y
larguémonos muy lejos! –exclamé frenéticamente, sin ningún sentido de lo
que decía, hablando bajo el influjo del alcohol.
–¿Qué dices? ¡Estás loco! ¿Cómo podría hacerlo?
–Fácil. Toma tus cosas y salgamos, yo te compraré todo, ¡tú serás mi
mujer! Veo con claridad en tu interior y sé que detestas a ambos, que te
importa un cacahuate lo que le ocurra a esa paralítica y a ese diablo. ¿Para qué
te engañas fingiendo que ellos le dan un sentido a tu vida? Mira nada más
cómo vives, y no me refiero a la miseria física, sino a la interna. Estoy seguro
de que, si vivimos juntos, podríamos ser felices. Piénsalo, beberíamos todos
los viernes hasta el amanecer, nos divertiríamos mucho.
–Pero seguirías besándote con otras, o ¿no?
–No, no, ¿cómo crees? –mencioné confundido–. Bueno, tal vez sí, pero
ya no lo haría tan seguido. Lo que quiero decir es que… No, perdón… Quiero
decir que ya no lo haría, que lucharía por ser fiel.
–No me engañes, dijiste que tú nunca eras mentiroso, pero ahora me
estás mintiendo.
–No, no es así, no te miento. Yo por ti haría lo que fuera, eres un lucero,
una adoración –me acerqué a ella, sostuve su rostro entre mis manos y la besé
en la boca con pasión, pegando su cintura a la mía, perdiéndome en su fulgor.
–¡Estás ebrio!, ¡ja, ja, ja! No creo ni una sola palabra de lo que me dices
–repuso Lary arrojándome a la cama y olvidando toda su frustración.
–Si no crees en lo que te digo, ¿por qué haces esto?
–Por diversión, solo eso, querido. No sé qué pienses tú, pero a mí me
agrada. Es tan simple como asimilar que nos gustamos y que podemos salir,
embriagarnos, divertirnos y volver para acostarnos y olvidarlo todo al
amanecer.
–Tienes razón, suena bastante sencillo.
–¿Por qué te noto pensativo?
–Por nada, olvídalo, se trata solo de tonterías. La verdad es que ya no sé
ni lo que digo.
–Ya me di cuenta, pero nada puede hacerse. Lo único que me queda es
esto, ¿no lo crees así? –cuestionó, mirándome fijamente–. No tengo nada, no
aspiro a ser feliz, así que, por ende, puedo hacer lo que quiera. Tú has leído
bien en mí y sabes cuánto me atormenta mi situación. Hay veces en las que ya
no resisto más y solo puedo imaginar que escapo, que corro muy lejos y sin
mirar atrás ni una sola vez. Entonces vuelven los fantasmas, la desgracia y la
perdición de un hijo al que no quiero criar y de una madre paralítica a la que
debo soportar. Sin embargo, ¿qué me queda por hacer sino entregarme a los
placeres de la sensualidad? ¿Qué me importa ser una cualquiera, una pérfida o
una cabaretera? Hasta ahora no he recurrido a ello para ganar dinero, pero
quién sabe, en cualquier momento podría darse, y entonces… ¡Estoy perdida,
yo no puedo ser como tú, es que me duele todo esto! Quisiera no despertar, no
sufrir más, solo comenzar mi vida muy lejos, donde estos absurdos problemas
jamás me puedan alcanzar.
–Ya comprendo –murmuré recostándome en su abdomen y sosteniendo
su mano–. Somos muy parecidos y a la vez tan diferentes. Lo único cierto es
que actuamos como todos y eso nos confiere paz. Ser igual al resto es
renovador, ¿no lo crees?
–Pero tú no lo eres, aunque te esfuerces por aparentarlo así. En el fondo
escondes algo, eres un sujeto misterioso porque confundes mi percepción. A
prima vista parecieras un simple borracho adicto al sexo, pero, tras analizarte
un poco, sé que eres más, mucho más.
–Te equivocas.
–¿Por qué hablamos de esto ahora? ¿Qué importa si eres un depravado o
un místico? Da lo mismo mientras puedas hacerme el amor, así que ven y
ahoga estos sufrimientos con tu calor.
XIV
Me sentía extraño, pero pude vencer aquellas reflexiones impertinentes y actúe
tal y como Lary me lo solicitaba. A mí me encantaba su boca, porque estaba
fresca y sus gemidos me prendían mucho, aunque no tanto como los de las
putas con las que solía revolcarme. Los instintos más primitivos, entendía, era
lo único que tenía el humano para sentirse momentáneamente vivo, para
engañarse y creer que su existencia tenía un sentido más allá de lo terrenal.
Así que, de acuerdo con esto, me dejé llevar y me entregué a aquella mujer.
Sus gemidos aumentaban conforme la noche crecía, con la plena confianza de
que su madre y su hijo estaban bajo un sueño reparador. Yo también me
aferraba a ella y a su cintura, me encantaba esa porción de grasa que me
permitía apretujarle y empaparme con su sudor. Sus orgasmos eran continuos
y fascinantes, me mordía los labios con fiereza y podía notar, por sus
actitudes, que hacía demasiado tiempo que aquella mujer no había sido
follada. Sin embargo, entre aquel intercambio natural de fluidos, quizá debido
un poco a esa ligera distracción que me inquietaba sin saber por qué, percibí
que, en el filo de la puerta, había un ojo que nos observaba.
Al comienzo, no le presté atención y continúe fornicando con Lary como
si nunca hubiese visto aquello. No obstante, al cabo de unos cuántos minutos,
la sensación me produjo cierta curiosidad y excitación. El hecho de que en la
naturaleza humana estuviese cierta predisposición al voyerismo era algo que
daba por sentado y que me encendía la sangre. Así éramos todos, incluso para
algunos el mirar a otros teniendo sexo era mucho más placentero que el acto
mismo. Algunos tenían la extraña manía de excitarse hasta el delirio cuando
aquella persona a la que amaban era follada frente a sus miradas, incluso
llegaban a masturbarse durante la contemplación. Este tipo de conductas
sumamente criticadas y condenadas en la sociedad moderna, cuya hipocresía y
mentira eran el pan de cada día, me trastornaban. ¿Qué de malo había en
aceptar que uno se quería tirar a su propia madre o hermana, a su perro o a un
muerto, a una abuela o un enano? ¿Qué pecado se cometía mirando
pornografía, entregándose a la prostitución o a los brazos de una amante que,
por la mañana, no sería sino un extraño más? Esta era la ventaja de no creer en
nada, de saber que todo estaba permitido puesto que ninguna entidad suprema
había y nadie sería juzgado ni conminado a ningún infierno.
Metiéndosela con mayor vigor a Lary y, por otra parte, cavilando así,
puse particular atención en el mirón, hasta que descubrí su identidad cuando la
puerta se abrió un poco más; se trataba de aquel infame de nombre Mati. Sus
ojillos se mantenían clavados en nosotros dos. Observaba impertérrito cómo
su madre era embestida una y otra vez, primero despacio y luego rápido, hasta
caer en lo brutal. Noté que no expresaba ninguna emoción, tampoco tenía
deseos de intervenir. Le gustaba atisbar aquella escena en la cual su joven y
ramera madre era follada por un hombre como yo, a quien él envidiaba y
detestaba. Y es que, en efecto, yo había notado su rencor en el momento en el
que me separó de su madre. Posiblemente habría podido pasar desapercibido
por cualquiera, pero no por mí. A pesar de ser un niño, intuía que deseaba a su
madre. En principio, tal afirmación resultaba insana y absurda, pero conseguí
discernirla penetrando en la mirada de Mati. Era un niño berrinchudo,
consentido a pesar de la miseria en que se hallaba, glotón y huraño. Como
ahora, seguramente algunas otras veces había visto a su madre fornicando con
cuanto jovencito libertino se le cruzase, incluso con señores o viejos, pues
Lary no le hacía el feo a nada.
Este tipo de observación, unido con la inquietante falta de atención que
el niño sufría, habrían despertado en él ciertas tendencias curiosas. Y no
solamente en él, tal vez así ocurría en todos los infantes cuando cierto
conjunto de características convergían, detonando patrones sexuales
incestuosos y lascivos. Por mi parte, no veían ningún problema en que el
infante deseara a su madre, era totalmente natural, especialmente si ésta lo
despreciaba y aborrecía. Esto incrementaba el deseo del hijo por poseer a su
madre, a la cual no consideraba más allá de un medio para existir, y no como
una entidad a la cual se sintiese ligado sentimentalmente. Además, el
desmedido tiempo frente a la televisión y los videojuegos, artificios
preparados minuciosamente para impactar en el subconsciente con su
combinación de colores, sonidos, escenas violentas, sexuales y sentimentales,
habían hecho estragos en aquel pequeño.
Sin embargo, esto me importaba un bledo. Solo era interesante notar,
nuevamente, la hipocresía y la mentira en que la sociedad divagaba. En el
fondo, todos deseábamos follarnos a nuestras madres, besarnos con personas
de nuestro mismo sexo, cometer todo tipo de actos degradantes y depravados,
involucrarnos en orgías y aquelarres, batirnos tanto fuese posible de lo más
sucio y aberrante posible. Y ¿por qué? Sencillamente porque estaba en la
esencia humana ser así, pero las restricciones sociales lo impedían. Era tal y
como pensaba en los demás aspectos: el humano no tenía límites en los actos
que podría realizar, fuesen buenos o malos, pero se limitaba por la percepción
que de él se tendría, y, por ello, era imposible su evolución. Para que una
criatura como el humano trascendiera, si es que en algún punto lo hacía,
aunque fuese después de millones de años, era necesario aceptar la sombra
que, sobre todos sin excepción, se extendía. Esto significaba aceptar lo que
cada uno era en el fondo, en lo más profundo de su ser. Y hacer propios esos
deseos que no le confesaríamos a nadie, aquello que jamás revelaríamos a la
persona más amada o sensata, lo más íntimo y oscuro que, si pudiéramos,
cometeríamos sin vacilar. Pero el humano, al ser hipócrita y mentiroso, negaba
y reprimía esa parte suya por considerarla incorrecta e inmoral, y prefería
seguir los patrones impuestos por la sociedad en lugar de fundirse con lo que
más detestaba en él.
En fin, todos esos pensamientos y más revoloteaban en mi cabeza
mientras embestía con furia a Lary. Su trasero, a pesar de no ser tan
voluminoso, me gustaba. No obstante, en cuanto contemplé y averigüé que
aquella sombra detrás de la puerta era Mati, quien, absorto y con
voluptuosidad mantenía su mirada rencorosa en su madre y en mí, un destello
atravesó mi mente. Era una reminiscencia, algo que creía haber olvidado para
siempre y que, hasta ahora, se había desvanecido por completo. Volvía a mí,
empero, tan fugaz y vehementemente, que, en cuestión de segundos, me
impregnó de su esencia. ¿Cómo podría haberlo ignorado tantos años? ¿De qué
manera funciona la memoria humana que es capaz de almacenar memorias
durante tanto tiempo y, aun así, traerlas frescas cuando ya ha transcurrido tanto
de haberlas vivido? Eso me ocurría ahora, me enfrentaba con un suceso donde
yo no era el actor, sino el observador. Así es, pues rememoraba que, en un
pasado demasiado lejano para mi configuración humana, y demasiado joven
para una posible divinidad que rechazaba, yo había sido aquel niño asustadizo
y pícaro que miraba cómo su madre era fornicada.
Flotaban aquellas escenas como viejos pedazos de madera en mi
desafortunada memoria. En ellos sabía que yo era Mati y que Lary era mi
madre. ¿Cuántas veces no presencié aquella clase de actos? Primero había
comenzado como mero morbo, como una simpleza a la cual no concedía
importancia, pero quizás así es como comienzan todos los vicios que nos
destruyen y nos desgarran desde lo más profundo. Ese es entonces el momento
más peligroso, el instante inicial donde aceptamos algo que punza y tira de
nuestros corazones con una fuerza mucho mayor a la que estamos
acostumbrados a tolerar. Entonces finalmente cedemos y nos entregamos a
ello, destinamos nuestra energía y recursos a satisfacer los estímulos que el
vicio nos reclama, sea sexo, drogas, juego, amor, pornografía o cualquier otra
cosa, da igual. Además, lo más peligroso es cuando estos elementos se
combinan. Por ejemplo, la violencia y la pornografía, cuya conjugación tiene
repercusiones extremadamente estimulantes que van más allá de lo físico y lo
mental.
Una persona adicta a la pornografía, a la masturbación o a la
prostitución, y que, aun así, no se sienta satisfecho y busque un incentivo
mayor, es un caso que se debe considerar como excepcional. Pero todo esto no
eran sino el tipo de reflexiones en las que me enfrascaba cuando Melisa aún
vivía y creía en un sentido. Al fin y al cabo, seguramente dios no existía y todo
era absurdo. Cualquier tipo de acto, por sucio o sublime que fuera, estaba
permitido, y en nada diferenciaba a una puta de una mujer virtuosa, a un cerdo
pornográfico de un místico, a una familia incestuosa de una que asiste a misa
todos los domingos. En este mundo se podía hacer lo que se viniera en gana,
siempre y cuando se tuviera la fuerza para destrozar en uno mismo lo que
había sido implantado por la pseudorealidad para no rebelarse.
Divagaba, pero mi cabeza era un mar de ideas hasta que aterricé por
completo en aquellos días. Entonces escuchaba sonidos, gemidos y palabras
lascivas, provenientes del cuarto de mi madre. La primera vez fue la más
desconcertante, tanto que subí a mi habitación y lloré toda la noche, y por la
mañana me mostré huraño y molesto con ella. Me parecía una persona
asquerosa, impura y a la que ya jamás volvería a mirar con amor y gloria.
Luego, conforme el suceso se repetía, descubrí que yo mismo pertenecía a la
clase de personas impías, pese a ser solo un niño. Comencé a observar, cada
vez incrementando ciertos deseos prohibidos en aquel entonces. Primero fue la
masturbación, que era muy diferente a cuando lo hacía pensando en aquellas
jovencitas fornicando en internet. Así continúe hasta que entré a la primaria,
donde todo se desbordó. Ya no solamente era casual, sino que incluso
intencionalmente bajaba y necesitaba ver cómo mi madre era follada por
aquellos hombres que pagaban por ella. Presenciar sus gesticulaciones, sus
gemidos, sus expresiones candentes, sus piernas abiertas y la majestuosa
forma en que solicitaba mayor ritmo y rapidez. Todo lo que le hacían esos
cerdos me llevaba al delirio, hacía que chorreara mis calzoncillos con esperma
caliente y abundante. Y así, la situación progresó hasta que mirar no me bastó
ya.
Requería ser yo quien hiciera sentir tal placer a mi madre, para lo cual
tendría que deshacerme de alguno de esos hombres y tomar su lugar. Muchas
noches iba a la cocina y tomaba un cuchillo, decidido a asesinar a aquel
extraño y a forzar a aquella zorra a chuparme las bolas y dejarse penetrar por
su propio hijo. Tenía también sueños húmedos que progresaron en pesadillas,
pues en ellas comenzaba haciéndolo con mi madre, a la cual besaba con pudor
y follaba con vigor, tocando sus tetas duras y abriendo sus carnosas piernas,
para venirme en ella y preñarla; no obstante, a los pocos segundos la situación
cambiaba y me veía a mí mismo siendo mujer, delirando de placer y actuando
como mi madre, teniendo su cuerpo, y lo más aterrador: ¡siendo fornicado por
un hombre asqueroso con cara de puerco! Entonces entendí que no era bueno
para mí continuar con aquellas travesías nocturnas para espiar a la golfa de mi
madre. Así que me limité a masturbarme y a chorrear de semen sus tangas.
El hecho es que, al mirar a Mati en el borde de la puerta, tocándose
desde las sombras y gozando, imaginándose a sí mismo arremetiendo contra la
desgastada vagina de su madre, y también asesinándome, un tropel de
memorias un tanto malditas y confusas llegaron a mí. ¿Por qué ahora? ¿Por
qué yo? ¿Qué significaba que a mí llegaran esos recuerdos que yacían
enterrados y de los cuáles no sabía ya nada? Aquel suceso representaba para
mí una fractura, un escenario que intervenía con mi habitual indiferencia, con
la inmutabilidad de mi cotidiana y absurda existencia, en la cual me sentía
cobijado y a salvo, seguro y lejos de mí mismo, de conocer quién era en lo
profundo y en el interior, sin necesidad de refugiarme en el exterior, el cual
por sí mismo resultaba mera ilusión. Y, entre más miraba a Mati, más fuerte
follaba a Lary, intentando desquitar cierto dolor que despertaba en mí el
conjunto de memorias recién arrojadas a mi yo actual. Sabía que aquel niño
me odiaba, que en cualquier momento entraría para matarme y tomar mi lugar.
O, tal vez, haría lo contrario, querría matar a su madre y ser penetrado por mí,
lo cual me asustaba y me trastornaba. Al fin, presa de una mezcolanza de
emociones que desde hace años no sentía, puesto que ya nada podía sentir,
eyaculé en el ano de Lary, viniéndome lo más abundantemente que pude y
perdiendo de inmediato la erección.
–¿Te sientes bien? –cuestionó Lary, todavía gimiendo un poco–.
Estuviste muy raro a partir de cierto instante, ¿ya no te gusto?
–No es eso, es que me mareé.
–Estás desconcentrado, ¿cierto?
–No, no es eso. No tiene nada que ver contigo, soy yo.
–Lo hacen mejor tus amantes, ¿verdad?
–No, tampoco es eso. A veces no sé qué me pasa, ya no sé ni quién soy.
–Pues deberías de ir con un psicólogo, podría ayudarte.
–Lo dudo, no creo ni un pelo en la psicología. Está tan contaminada de
humanidad como cualquier otra ciencia.
–¡Estás loco! Nunca había conocido a nadie como tú.
Pero yo ya no escuchaba a Lary, me dolía la cabeza y me sentía extraño,
algo estaba acabando con mi natural indiferencia. Sentía un vacío distinto al
común, aquellas reminiscencias habían escombrado mi interior para
susurrarme una especie de disimulado dolor. Tomé mis cosas y me vestí tan
pronto como pude, dije adiós a Lary y, pese a ser las 4 am, me fui. No
obstante, antes de abandonar aquella miserable casa que era tan similar a mi
habitación, pero excesivamente desordenada, tuve la curiosidad de asomarme
por una ligera ranura que había en la puerta de la habitación de la inválida y
gruñona madre de Lary, quien se había quedado dormida y no inquirió de más
tras mi incomprensible partida, pues ya conocía mi exótico comportamiento.
Le bastó saber que quería estar solo y vagar por los edificios de la ciudad, en
parte para reflexionar y también para bajarme la borrachera, pues la cabeza
comenzaba a dolerme.
Pero como decía, antes de marcharme, tuve la desdicha de asomarme, o
tal vez una fuerza desconocida me impelió. El hecho es que vi una posible
atrocidad: la vieja se hallaba desnuda, con las piernas abiertas y la piel
arrugada y llena de costras, gimiendo cual puta y babeando de placer. Además,
Mati la follaba como un perro, pegado a ella y moviéndose como un
profesional. La escena me desconcertó en un principio, más cuando la vieja,
no sé cómo, volteó y su mirada en mí clavó. No obstante, esto en nada la
inquietó, e incluso parecía decir: “Mírame, presencia cómo un niño de diez
años fornica con su abuela inválida y engusanada, mientras tú lo hacías con su
madre y él te miraba”. Colegí que tal vez no era la primera vez que lo hacían,
quién sabe. Posiblemente, siempre que Mati miraba a su madre siendo
embestida por algún bribón hacía lo propio con su abuela, la cual no rechazaba
la oportunidad de gozar a merced de un niño abandonado, indefenso,
incestuoso y retrasado mental.
Cuando salí a la calle, una oleada de aire fresco me golpeó. No sé si fue
debido a la embriaguez o a la indiferencia que creía perdida tras la babel de
memorias incestuosas, pero, de alguna manera, me pareció normal y hasta
cierto punto adecuado que dos seres abandonados, la abuela inválida y el niño
incestuoso con retraso mental, fornicaran. Nada de malo había en ello, así lo
veía yo. Tal vez la moral de las personas comunes no habría permitido
aquellos actos, aunque peor hubiese sido si el sexo estuviese cambiado; esto
es, si un hombre anciano se tirara a una niña. Pero ese tipo de cosas eran muy
simples, meros reflejos de lo absurdos que eran los postulados de la sociedad
moderna; reprimida y hambrienta, al mismo tiempo, de todo lo que condenaba
y rechazaba con fervor. ¡Vaya cosas, la moral de la humanidad, bien sabía, no
era sino una estupidez! Pero ¿por qué rechazar lo que en el fondo se desea con
fervor? ¿No era esto una blasfemia? ¿Qué sentido tendría ir en contra de
nuestra sombra cuando, de hecho, es ella quien nos alimenta y nos mantiene
vivos interiormente? El incesto, al igual que el aborto y el suicidio, eran algo
normal, mucho más bueno que malo.
Comencé mi caminata, sintiendo todavía un poco de esperma
escurriendo de mi pene. Había sido una noche muy sexual, primero con la
mesera de ojos azul índigo y luego con Lary, pero también extraña por los
recuerdos despertados y lo observado y razonado. Caminé como un demente,
aunque no era la primera vez que lo hacía. Me deslindaba de todo y de todos,
tanto putas, alcohol, compañeros de juego, antros y dinero. Entonces caminaba
sin rumbo alguno, vagando por la decadente ciudad de edificios megalíticos y
calles oscuras y sombrías, contemplando solo la oscuridad imperante y
elucubrando, hundiéndome en cavilaciones que no me hacían bien,
perdiéndome en disertaciones filosóficas que solo laceraban mi mente,
esculpiendo teorías insensatas y fraguando mi propio fin.
A veces, sentía deseos de caminar así eternamente, hasta que me
sangraran los pies. Deseaba que nunca se hiciera de día, que aquel silencio,
con excepción de las tabernas y demás bullicio, lo envolviera todo, que la
oscuridad de la noche consumiera mi ser. Inclusive, llegué a colegir que tenía
un alma, que no todo me era indiferente y que aquel era solo el camino por el
que un hombre como yo debía ir, aunque fuese tormentoso y me pareciera
siempre sin ningún sentido. Ocasionalmente me orinaba en algún parque o
conversaba con algún vagabundo, regalándole más limosna de la que debería
gracias a mi recalcitrante ebriedad. Esa era mi historia de cada viernes: irme a
embriagar, fornicar con alguna puta, terminar hasta las chanclas y caminar sin
parar, recorrer aquella sociedad que en el día odiaba y de la que no me sentía
parte. Odiaba el mundo como era, sabía que una raza como la humana estaba
destinada a perecer por su propia mediocridad. Y, más allá, me aborrecía a mí
mismo hasta el delirio, porque sabía que yo era igual que ellos, que el rebaño,
que los humanos. Sin embargo, también había algo distinto en mí; o, así lo
creía, pues, hasta ahora, no sentía que estuviera vivo.
Que esto fuera vivir siempre era mi máxima duda. Meditaba sobre dios,
la existencia, la muerte, el suicidio, la banalidad, la mente, la creación y
demás. A nada llegaba en tales momentos de desvarío nocturno, solo escapar
de mí y nada más. ¿Quién dijo que esto era vivir? ¿Quién definió la vida de
esta manera; así como el amor, la tristeza, el odio o la felicidad? ¿Qué eran los
sentimientos, las emociones, la nada, el vacío, la indiferencia? ¿En dónde se
hallaban las respuestas a la ingente cantidad de preguntas que abotagaban mi
mente? Y, pese a ello, me embriagaba como un cerdo, me perdía en una
supuesta vida absurda que no podía ser de otra manera. Podría vivir de nuevo
en términos humanos y nada cambiaría, volvería a caer en esta depravación
natural, volvería a hacer que Melisa se suicidase, que mis padres me
repugnaran y se preocuparan, malgastaría exactamente la misma cantidad de
dinero en putas, alcohol, tabernas y decadencia. Sería el mismo por siempre.
No, sería todavía peor, pues, en el fondo, era un juego, una vacilada. Si esto
era realmente estar vivo, y si todo estaba permitido, entonces todas mis
reflexiones no servían de nada, y eso me atormentaba más que hallar un
sentido a mis acciones.
Pero era solo un juego, uno que podía jugar las veces que quisiera,
porque, al fin y al cabo, esto no era vivir, no podía serlo; algo me lo sugería en
el interior. Además, siempre estaba la solución a todo, esa fructífera agua
emanada del paraíso y purificadora de humanidad en la cual todo se disolvería:
la muerte. Sin importar qué, bastaba con apretar el gatillo y todo quedaría
reducido a la nada. Cualquier acto, bueno o malvado, bonito o feo, honrado o
inmoral se tornaría vano al morir. Eran solo mis ideas, simples y humanas
cavilaciones, pero tenía la tenue sensación que, al traspasar el umbral de la
carne, al desconectarme de este juego decadente y marchitado, podría
comenzar, finalmente, a entender, aunque fuese de manera somera, lo que
significaba vivir.
Sin notarlo, había caminado demasiado, como tantas otras veces. Ya me
dolían los pies y el cansancio era latente. Miré el reloj por primera vez,
marcaba las siete en punto de la mañana. Había estado vagando
aproximadamente dos horas y me parecía como si no hubieran transcurrido
más de diez minutos, pero así siempre era. Pasé al cajero a retirar un poco de
dinero, presenciando un amanecer más en la absurda existencia que plagaba
este planeta. Era sábado, y las personas podían elegir entre dormir todo el día
o salir a pasear. En realidad, el fin de semana era la consagración del absurdo
que imperaba en el mundo, lo sabía bien porque lo experimentaba en carne
propia. Las personas, acostumbradas a trabajar como esclavos de lunes a
viernes, gozaban de una ficticia libertad, o tal vez de una real, pero tan
abrumadora que no sabían qué hacer con ella.
Así, los monos intentaban llenar este vacío o esta incomprensión con
cualquier bagatela: salían con personas igual de estúpidas y vacías que ellas,
visitaban plazas diseñadas para embobar a seres como ellos, iban al cine, se
atascaban de comida basura; si tenían suerte hasta fornicaban, escuchaban
música mediocre, se reunían con amigos para emborracharse, visitaban algún
museo en compañía familiar, miraban todo el día la televisión o alucinaban
con videojuegos, entre otras cosas. Solo entretenimiento y falsedad, aunque,
de otro modo, sería imposible rellenar el tiempo en que se creía vivir. Y sí,
¡cuán aburrido era existir en este mundo de infinita miseria donde todo,
absolutamente todo carecía de sentido! Al final, yo solo era un idiota más, un
títere de fragmentadas ensoñaciones que ahora eran devoradas paulatinamente
por la idílica boca del suicidio.
Al regresar a mi habitación, ya con el transporte público funcionando,
después de una noche de sexo, ebriedad, fiesta, decadencia, reminiscencias de
mi niñez y triviales reflexiones, me di cuenta de que era un imbécil más,
aunque no un hipócrita ni un mentiroso. Me sentía asqueado de mí mismo, y
por eso solía hundirme más en aquello que condenaba y me repugnaba en los
demás. Sin embargo, había un elemento que me salvaba y me elevaba a la
condición de un dios: la percepción. Ellos, el rebaño, eran mediocres y
miserables, estúpidos y acondicionados, pero actuaban así sin percibirse nunca
como tal. Yo, en cambio, lo sabía todo sobre mi conducta, la pseudorealidad,
la decadencia y demás elementos impropios de la sublimidad. Yo conocía a la
perfección los vicios y las bagatelas a las que me entregaba. Estaba
completamente seguro de ser un idiota, un humano ensuciado por la
corrupción de la sociedad moderna, aceptando cada aspecto de mi asquerosa
humanidad y también odiándome por eso.
Y, por eso mismo también, había decidido matarme cuando así lo
creyera necesario, lo cual no debía tardar mucho. Yo no era como ellos,
aunque tuviera los mismos vicios y estuviera sumergido en su decadencia,
porque yo podía percibir que había algo más allá de tal condición. Me sentía
asqueado de lo que hacía y era un hombre absurdo puesto que continuaba
realizando tales depravaciones y actos inútiles en lugar de cambiar. Pero, dado
que nada era seguro y no se tenía la certeza de algo divino o de qué cosas
realmente estaban prohibidas y por quién, entonces eso me confería la libertad
de matar, violar, humillar y revolcarme en la más infame ignominia hasta
donde abarcara mi propia humanidad.
XV
Sabía, en el fondo, que había algo distinto en mí, pese a simular ser como
todos ellos: ¿qué era? ¿Cuándo podría entender por qué no podía considerarme
tan estúpido y adoctrinado como el resto de los monos, si realizaba el mismo
tipo de actos y era tan decadente, absurdo y depravado como cualquier otro
humano? Me asustaba tal concepción, pero, como decía, pronto me mataría
para no continuar torturándome, para renunciar a mi libertad en la vida y, así,
aniquilar el inminente dominio de mi humanidad, latente en cada paso y
potente como solo mi sombra me parecía ser. Además, todo era un juego, solo
eso, ni más menos. Esto no era vivir, pues aún no había muerto para conocer
lo opuesto a tal concepto y así dictar un veredicto. ¿Quién dijo que esto era la
vida?
Llegué a casa y me recosté. Noté que en los demás pisos había un
griterío, como si estuvieran matando a alguien, pero eso era común, puesto
que vivía en un barrio de mala muerte y me hospedaba en un condominio, en
el número 11 de la calle Miraluz, de los más baratos y con los cuartos en peor
estado. Lo había decidido así no tanto por mi condición económica, sino
porque me parecía absurdo vivir, gastar tanto en un lugar donde estar…, pero
mis ideas se mezclaban con mis sueños ya… Mi habitación era un desorden, lo
cual me molestó, pero no tuve la fuerza para acomodar nada. Me dormí como
un cerdo, brutalmente ebrio e incapaz de moverme, tieso y apestoso, acaso
meado y basqueado, pero sabiendo que, al menos, yo era sincero y verdadero,
que no era como ellos.
Al despertar, tenía dolor de cabeza, náuseas y debilidad, tenía la famosa
cruda. El ron, el vodka, la cerveza y demás habían cobrado la tarifa, haciendo
de mí un ser patético y a punto de sucumbir. Sin embargo, aunque añoraba
morir, pensé que resultaría pertinente comer algo previo a. Tomé una ducha,
ordené mi cuarto, notando que había más cucarachas que de costumbre y más
humedad también, pero me daba igual. Preparé un poco de agua, la bebí con
una pastilla para bajar el malestar y salí, dispuesto a comer algo y luego
regresar para continuar durmiendo y reponerme por completo. Por el camino,
noté que el ambiente era tranquilo, adecuado para un sábado, al menos en
aquel rincón de mal vivencia separado unas cuántas calles del centro de la
ciudad, donde todo era consumismo, materialismo, prostitución, juego y
embriaguez, tal como la noche del día anterior, pero yo no podía disfrutar de
ello dada mi condición, lo cual me pareció extraño.
La cocina de la señora Faki, aquella obesa sudorosa, estaba cerrada. ¿Por
qué razón? No lo sé, pero no quise indagar, así que vagué hasta hallar un local
donde vendían toda clase de basura, lo cual me vendría de maravilla. Entré sin
prestar atención a los que estaban comiendo, como siempre solía hacerlo. Los
miraba con desdén y sabiéndome superior, por no ser hipócrita ni mentiroso y
aceptar mi naturaleza decadente. No dije buenas tardes ni provecho, como
todos suelen hacer, sencillamente fui y me ubiqué en una mesa cualquiera, con
las miradas de todos posándose sobre mí. Colegí que ello se debía a mi
desaseado estado, con la barba crecida, el cabello polvoso, el rostro ojeroso,
demacrado y vil. La mesera tardó mucho en venir y me comunicó que ya solo
quedaba consomé de pollo, el cual siempre detesté. Di las gracias y me largué,
aunque, a los pocos pasos, me arrepentí y quise volver y aceptar. Pero era
demasiado tarde, mi mesa la ocupaba un jovencito de ojos verdes, rostro fino y
cabellos negros, pero que se me antojó demasiado adusto como para compartir
mesa. Así, abandoné mi propósito y decidí inspeccionar más adelante,
ignorante de lo complicado que es hallar buena comida un sábado entrada la
tarde.
Por fin, me refugié en el lugar menos esperado, pero acaso el único
donde había comida a precios accesibles. Se trataba de una taberna, donde
nuevamente sentí aquella extraña dualidad en mí: la decadencia y la
sublimidad. Hacía tiempo ya venía experimentando aquello, sabiendo que
algunos sujetos, entre ellos yo, requerían ambas perspectivas, ambas caras de
la moneda. Este tipo de extraños seres podían sentirse a gusto tanto en el cielo
como en el infierno, en la opulencia o en la mediocridad; les era indiferente
cualquier predilección. Es más, requerían de ambas facetas, no podían
solamente ser buenos o malvados, divinos o miserables. Su ser estaba
perfectamente amalgamado para funcionar complementando ambos extremos,
y, de no ser así, entonces terminaban por recurrir al suicidio, como yo lo
anhelaba. Pero eran tonterías, tal vez en mí nada quedaba de sublime, lo había
enterrado desde el momento en que decidí que todo me daba igual, o quién
sabe. Lo más extraño de todo es no saber quién es uno, o en qué se ha
convertido cuando, después de un tiempo, se mira al espejo y descubre una
silueta sombría con la cual está inexplicablemente conectado, y a la cual
también se ama y se detesta por esta mística y anómala conexión.
El caso es que entré en la taberna pensando, hundiéndome de nuevo en
esas malditas reflexiones humanas. Inspeccioné el lugar raudamente, atisbando
que era, a todas luces, la decadencia misma labrada con tabique y cemento. Se
trataba de un lugar común, de esos que abundan en la sociedad moderna donde
los lobos van a cazar y las hembras se sienten regocijadas con tal actividad.
No sé ni cómo llegué a tal lugar, o si fue el destino, cosa que rechazaba y
adoraba a la vez, el que me había colocado ahí. Hombres y mujeres entraban y
salían cada 5 minutos, ya fuera acompañados o solos, pero ninguno sobrio ni
emanando paz. El encargado del lugar, un negro raquítico y pelón al que todos
llamaban calaca, y cuyo rostro hacía honor a su apodo, sonreía cínicamente y
parecía encantado por la manera en que se daban las cosas. Claro que esto era
porque inmensos fajos de billetes pasaban de los clientes a sus huesudas
manos.
Por lo demás, era natural hallar mujerzuelas acercándose a uno e
intentando sacar uno que otro trago o ganancia particular al negocio, dando la
apariencia de un putero más que de una taberna. El lugar era lo
suficientemente amplio para que en el fondo estuvieran ubicadas mesas de
juego y de billar. Los asistentes reían a carcajadas y, entre bromas e injurias,
proseguían apostando, como si eso fuese todo lo que en la vida tuvieran por
hacer. Se podía colegir fácilmente, por sus semblantes, que algunos de estos
perros llevaban en esa taberna desde el día anterior, que no habían tenido la
decencia de llegar a sus hogares y dar al menos una moneda para el gasto o los
pañales, pues es común que en la sociedad la mayoría de las personas tengan
hijos que no cuidarán y esposas solo por obligación o terquedad.
Yo lo sabía y me divertía pensar en la importancia que concedían ciertos
analistas a este tipo de conductas, siendo yo mismo a veces uno de estos
puritanos sin amabilidad. El hecho es que el griterío se escuchaba hasta la
calle, donde era opacado por el jolgorio entablado entre las casi prostitutas de
la taberna que salían de vez en cuando a pescar algún ganapán. El olor a
tabaco era recalcitrante, así como los tragos derramados y la decadencia en
general. Entre los juegos estaban las cartas de todo tipo, la ruleta, el billar, el
dominó, los dados, la lotería, y algunos imbéciles aparentando intelectualidad
movían con extrema delicadeza sus piezas de ajedrez. Parecía como una regla
del lugar que, entre más ganancia acumulaba algún truhan, más mujerzuelas se
apilonaban a su alrededor, proveyéndole de caricias estimulantes por debajo de
la mesa y susurrando incoherentes propuestas, o también viendo si podían
sacarle algo de sus bolsillos. Y, cuando el sujeto lo perdía todo, lo cual pasaba
tarde que temprano, las damiselas se retiraban al instante y buscaban un nuevo
galán, incluso exigiendo ficticias deudas que el perdedor les debía pagar.
Entre los asistentes se encontraba gente de todo tipo, por eso la taberna
Diablo Santo resaltaba entre todas las demás. Había albañiles, plomeros,
carpinteros, mecánicos, obreros, cerrajeros y toda la plebe que se pudiera
imaginar; no obstante, y en aparente contradicción con su condición, había
también abogados, licenciados, ingenieros, médicos, oficinistas, arquitectos,
profesores y, según habladurías, hasta sacerdotes concurrían para expiar las
culpas en aquel excéntrico y oscuro lugar. Lo único seguro es que había un
factor común en todos los asistentes, algo que los unía cual hermandad y que
ninguna otra actividad o lucha podría igualar jamás, y es que todos eran gente
cualquiera, absurda y libertina, esclava de sus vicios y sus impulsos, de
escueta voluntad, entregada al juego, la borrachera, la depravación y cualquier
otra clase de crápula que pudiera acontecer.
Todos ahogaban sus problemas en alcohol, olvidaban momentáneamente
las preocupaciones del hogar, los hijos, la esposa, la amante, los impuestos, la
carga laboral, la opresión, la humillación y, sobre todo, la dignidad y la
realidad. Aquellos tragos y mujerzuelas tenían el poder de obnubilar la
consciencia como ninguna otra cosa parecía conseguirlo, pues sometían a los
asistentes a un viaje hacia una especie de más allá donde todo era diversión y
felicidad, donde no existía el hecho de tener que vivir por algo en particular, ni
de alimentar bocas indeseables, ni de cumplir con los requerimientos de una
sociedad. Por eso todos iban a las tabernas, con las prostitutas, a embriagarse y
hallar más como ellos, a sentir que eran más que su propia humanidad. Todo
eso era pura banalidad y decadencia, pero era, tal vez, lo único que hacía arder
en el humano la llama de lo que significaba vivir. Era la manera de olvidar,
aunque fuese por tan corto tiempo, lo miserable que era el mundo y su
temporalidad.
Sonreía al pensar que la existencia de aquellos imbéciles podía acabarse
hoy mismo sin ninguna clase de lamentación, pues eran tan miserables y
decadentes que su muerte resultaría una bendición. Sin embargo, también me
desternillé como un demente cuando me percaté de que yo estaba ahí, que ese
ambiente me era tan familiar como si estuviese en mi hogar. Otra vez era el
mismo dilema: ser y no ser como ellos al mismo tiempo, odiarme y
mantenerme por encima, ser sublime y decadente, cumplir con la dualidad
que, al final, terminaba por transformarse en indiferencia total, en la manera
en que todo perdía su sentido y el vacío degollaba mi integridad. El calaca se
acercó a mí y, con excelente talante, tomó mi orden, la cual consistió en un
plato de una pasta imposible de descifrar, pero que terminé aceptando por ser
la especialidad del lugar. No estaba seguro si sobreviviría después de comer tal
inmundicia, pero qué más daba vivir o morir. Entretanto, un grupo de señores
a mis espaldas entablaba una encarnizada conversación sobre cambiar el
mundo. Los escuché por diversión hasta que me trajeron mi comida.
–Es como te digo –mencionó un señor de dientes podridos y aspecto
peor que el mío en cuanto a ropas–, este mundo solamente va a cambiar
cuando el gobierno ponga más escuelas y hospitales en las regiones más
pobres.
–¡Tonterías, Piji! –replicó otro, hundido en el tequila–. Solo sabes decir
tonterías, esa no podría ser, de ninguna manera, la solución a este galimatías.
–Ah, ¿sí? Y entonces ¿cuál sería? No me digas, ya sé. De acuerdo
contigo y tus modernas influencias, la solución sería que el humano se permita
absolutamente todo.
–Sí, desde luego esa sería. ¿De qué otro modo podría el humano vivir
feliz sino cediendo a sus impulsos y siendo él mismo? Verás, comúnmente se
habla de crisis social, de decadencia y ausencia de valores en las nuevas
generaciones, de asesinatos y desastres; en general, de lo que los noticieros y
los diarios nos informan día con día. Sin embargo, todo eso no es sino la
consecuencia; esto es, solamente estamos enfocados en atacar el resultado de
la monstruosidad. Puede ser intrincado de comprender y yo puedo no ser un
excelente expositor, menos bajo los efectos del licor y sumido en esta miseria,
pero creo fervientemente en ello. Mientras no ataquemos la causa y nos
centremos en percibir y remediar las consecuencias, aunque se pongan todos
los hospitales y escuelas del mundo por doquier, esto seguirá yéndose al
carajo.
–Y ¿qué es lo que propones para atacar esa supuesta causa?
–Realmente no lo sé, solo soy un hombre acabado, un ebrio
desconsolado que alguna vez fue profesor de matemáticas; y de los mejores,
por cierto. Pero verás, creo que una migaja de la solución a este enigma sería
que el humano perdiese el deseo de hacer daño a los demás, de ambicionar lo
que otro posee, sea material o carnalmente. Además, debemos ser sinceros,
pues hoy en día la sociedad se ha acostumbrado a vivir tomando como bases la
mentira y la hipocresía, en lugar aceptar nuestra propia naturaleza y unirnos
con ella. Sé que no soy claro en mi discurso, es oscuro hablar de este modo
cuando son meras especulaciones las que discurren por mi cabeza. Cualquiera
puede hacer postulados y aferrarse a ello, cualquiera puede venir aquí y
hundirse en la crápula y el alcohol, en el juego y la prostitución; no obstante,
pocos son quienes vislumbran en este ambiente la salvación, y de ellos ha de
esperarse esa solución de la que hablo. Debemos sacar lo que guardamos bajo
llave en el interior, expulsar todos esos demonios acumulados desde el
nacimiento, pisotear la moral que la iglesia y el gobierno nos han impuesto
para mantenernos dentro del corral, y entonces surgirá un nuevo amanecer
donde nadie niegue lo que es y el mundo resplandezca sin apariencias ni
obstáculos. Todo en el humano será permitido, nada estará ya oculto ni será
motivo de burla o vergüenza como lo es hoy. Cualquier pensamiento aflorará e
inundará las calles, se discutirá y se extenderá sin importar su profundidad o
consternación. Así, al final mostraremos lo que en verdad somos, sin máscaras
ni tapujos, sin tabúes de ninguna clase. Solo cuando hayamos mostrado al
infinito nuestro interior, aquellos deseos sexuales, asesinos y mordaces se
evaporarán. Confío en que esa es la clave, apostarlo todo para evolucionar.
Únicamente dos opciones: renacer o yacer eternamente. Si el humano
consigue liberar todos sus instintos, aún los más oscuros y nauseabundos sin
hacer daño a los demás, entonces tendremos gloria.
–Y, si no, ¿qué acontecerá si no es así? –inquirió el tal Piji, fumando con
un demente su tabaco.
–Entonces, si una vez vaciado el interior y liberada la sombra que tanto
pesaba sobre nosotros, continuamos en el mismo camino de la perdición, no
quedará de otra más que morir.
–¡Je, je, je! Sospechaba que dirías algo así, siempre terminas adulando a
la muerte.
–No es eso, tan solo soy realista. Esa es la solución, mis amigos, no hay
más. Cualquier otra concepción en la que el mundo pueda cambiar terminará
por carecer de sentido, sin importar si se trata de escuelas, hospitales,
revoluciones, golpes de estado, marchas, levantamientos y demás. Este
sistema está preparado para enfrentar todo lo exterior, para apaciguar cualquier
cambio que no esté a su favor; no obstante, nada evitará que se derrumbe si
ese cambio surge en el interior. La única que tiene la habilidad para salvarse a
sí misma es la humanidad y nada más, ningún dios o doctrina podrá componer
esta tragedia de amarga perpetuidad.
–Bueno, Komar. Ya nos ha quedado claro –exclamó riendo uno de
aquellos borrachos–. Mira nada más, acabas de derramar la mitad del trago en
el pantalón.
–¡No es nada, déjenme! Ustedes nunca han tomado en serio mis
sermones, solo lo toman como un medio de diversión.
–Ya, basta. No se peleen de nuevo, o tendré que limpiarles el labial –
intervino el tercer sujeto de aquel grupito ominoso, que hasta ahora no había
espetado una sola palabra, limitándose a escuchar con atención y vaciar su
vaso.
–La culpa la tiene este bravucón –replicó Komar, apurando su trago y
respirando con dificultad–, nunca entiende lo que significa pensar
profundamente. Para él todo es siempre práctico y de rápida aplicación,
cualquier teoría la rechaza el muy animal.
–Así siempre ha sido mi buen Piji, nunca cambiará, es un práctico sin
remedio. Lo que no puedo comprender es por qué siempre terminamos
hablando de lo mismo en estas reuniones, siempre es el mismo tópico: cambiar
el mundo.
Entonces la mirada de aquel sujeto se cruzó con la mía, puesto que los
miraba atentamente mientras comía. Debo confesar que su charla me interesó,
pues, aunque era una de esas típicas conversaciones de ebrios soñadores y
acabados por el vicio, algo me atrajo, algo había de místico en aquella
perdición. Aquel señor que había hablado poco era ya de edad avanzada,
conservaba sus cabellos contrariamente a la mayoría de los hombres de su
edad, aunque lucían canosos y un tanto alborotados. Su aspecto era elegante
también, no rayando en el traje y la corbata, pero sí ataviado con pantalón de
vestir y camisa, ambos impecables y bien planchados. Pensé que también
estaría perfumado y que su rostro era curioso. Lo que me ligó a él fue más
bien mental, una especie de familiaridad espiritual que a veces se puede sentir
con ciertas personas, como si una especie de insensato destino se burlara de
nosotros y nos revelara, solo por un instante, la grandeza que en nuestra torpe
humanidad estamos lejos de discernir. El hecho es que aquel señor ya entrado
en años me miró, y ambos supimos que debíamos hablar. Tenía la impresión
de haberlo visto someramente en alguna otra parte, pero no podía ser. Como
sea, desvié la mirada y decidí esperar un poco más el momento propicio para
unirme a ellos e incursionar en la conversación.
–Y tú ¿qué piensas, Volmta? ¿Estás de acuerdo con este teórico
ganapán? –inquirió el tal Piji con inquietud, exhibiendo algunos tatuajes
malhechos en su brazo derecho.
–Pues creo que es complicado –comenzó el señor con el que
extrañamente me había sentido vinculado y cuyo nombre ahora sabía–. Todos
podemos tener opiniones y formas de pensar, querer aplicar principios e
ideologías que nos parezcan convenientes para progresar. Sin embargo,
realmente uno puede hacerlo y ya, cambiar. Pero es imposible, o así lo veo yo,
imponer que otro viva conforme queremos. Sea como dices tú, Komar,
mediante una expulsión de nuestros demonios para luego destrozarlos en el
exterior, sincerarnos con nuestros deseos aberrantes y obnubilar el daño hacia
el prójimo partiendo de la premisa de que todo es permisible. O como tú nos
has comentado en tantas ocasiones, Piji, utilizando recursos para construcción
de escuelas y hospitales, abandonando la teoría y practicando toda concepción.
Al final, creo que nada se conseguirá.
–¿Qué dices, Volmta? No juegues, esperaba algo serio.
–Es la verdad, Piji; solo la verdad. Cuando era joven solía pasar días y
noches enteras cuestionándome tales cosas y perdiendo toda tranquilidad.
Durante tanto tiempo indagué en la ciencia y la filosofía, y, al percatarme de
que nada hallaría en ellas diferente a lo inculcado, incursioné en el misticismo
y el esoterismo, sin lograr nada tampoco. Por eso ahora rechazo todo,
especialmente la religión y alguna especie de reino celestial como nos lo
venden. Ciertamente, detesto a las personas cuya fe las ciega y las hace
perderse en su propia estupidez matizada con tantas falacias místicas. Ustedes
saben que rara vez alguien consigue ser de mi agrado, pues todos me resultan
imbéciles, al fin y al cabo. Pero aún sostengo algo más, sin llegar al punto de
una deidad, que posiblemente existe independiente a nuestra percepción. En
este mundo hay tanto que está mal y que podría cambiar de manera tan
sencilla, sin necesidad de teorías ni aplicaciones del espíritu o construcciones,
solamente mediante la comprensión de lo que cada quién en verdad necesita
para vivir.
–¿Qué quieres decir con eso? ¿De qué hablas? –cuestionó Komar,
impaciente.
–Muy fácil, que la solución a la causa o la consecuencia es tan sencilla
que escapa a nuestros ojos, los cuáles no perciben lo inmediato sino solo lo
que aparenta ser superior. El humano no requiere de ningún dios, moral o
creencia para existir, pues en él se encuentra esta dualidad para decidir.
Tampoco creo en algo como el destino, ni me interesa saber si es real este
mundo o no. Lo único que me interesa es que existo, que, al menos en
términos humanos, quizá muy terrenales, sigo aquí. Por lo tanto, lo que
debemos razonar antes de arrojarnos a inútiles elucubraciones es saber lo que
necesitamos para ser sin impedir el flujo natural de las cosas.
–¿Flujo natural? ¿De qué diablos hablas ahora, Volmta? Creo que ya se
te pasaron los tragos. Y ¡yo que creía que, como bebes diario, ya no te
afectaba! –exclamó desternillándose Piji, pidiendo otra botella de ron.
–¡Ja, ja, ja! Unos idiotas como ustedes no lo comprenderían –replicó con
ironía y un tono de desfachatez el tal Volmta.
–¿Qué dices? Siempre te has creído el muy listo, y, a decir verdad, lo
eres, pero denigras nuestras ideas –asintió Komar, moviéndose un poco y
dejándome verlo mejor.
En este último sujeto noté un reflejo insano. Por alguna razón tenía la
firme impresión de que no viviría mucho. Era un hombre de esos cuya edad no
se puede averiguar, que divagan entre los veintiocho y los treinta y cinco.
Poseía las características de un fracasado y un maniático, muy propios de un
matemático frustrado que pasa sus días en un salón de clases, enseñando
lecciones ininteligibles a estúpidos bobos que no prestan nunca atención y solo
esperan los viernes de juerga y libertinaje. El mismo Komar pertenecía a esa
clase de libertinos soñadores quienes se creían diferentes de un mundo que
odiaban y al que perfectamente representaban, ¡era tal como yo! Pese a ser
más joven, la calvicie había hecho estragos con el pobre infeliz, además de
que sus dientes eran horribles y su rostro voluble. Noté que este mentado
Komar era uno de esos individuos consumidos por traumas de su infancia, que
difícilmente contenían sus delirios y que se entregaban totalmente a sus vicios
sin reprenderse de nada, y, si lo hacían, era solo por obligación