TEMA 3: LA IGLESIA EN CUANTO TIENE SU ORIGEN EN CRISTO.
1. Fundación, origen y fundamentación.
Antes de comenzar, debemos de diferenciar algunos términos1: Son los tres términos
sobre la iglesia radicada en Jesús en clave sacramental. La institución de Cristo a la cual
responde la fundación, el signo externo responde al origen, y el efecto interno de la gracia
responde a la fundamentación.
- La fundación de la Iglesia por Jesús se manifiesta en la eclesiología implícita y procesual, la
cual atestigua que ya antes de la Pascua Jesús ya inicio un “movimiento de restauración de todo
el pueblo de Dios”.
- El origen de la Iglesia está en Jesús, pues tras la Pascua el movimiento iniciado en su
ministerio se reconstituyo y se expandió con fuerza.
- La fundamentación de la Iglesia radica en Jesucristo, ya que él actúa y continua presente en
la Palabra de Dios, los Sacramentos, en la vida de los creyentes, y en la comunidad
eclesial.
2. La cuestión del Reino de Dios y la Iglesia2.
- Interpretaciones sobre el Reino de Dios
Presentamos estas interpretaciones antes, durante y después del Vaticano II.
a) En el s. XIX el protestantismo liberal planteó una ruptura entre el Reino de Dios y la
Iglesia (esto encontró eco en el ámbito católico dentro del modernismo). Es conocida
la frase célebre de A. Loisy: «Cristo quiso el Reino, pero vino la Iglesia».
a. Los escatologistas (A. Schweitzer, A. Loisy) sostuvieron que Jesús predicaba
sólo un Reino de Dios que se instauraría con la parusía, que Jesús mismo pensaba
que era inminente. Sin embargo, no tienen en cuenta que Jesús dice que el tiempo
es desconocido, que pasará largo tiempo antes de que llegue precedido de una
apostasía general, y que vendrá inesperadamente (cf. Mt 24, 36). La armonía entre
estos textos puede explicarse por su conciencia mesiánica, en la que se entrelazan
la inminencia y la larga espera: urge a la conversión, porque el Reino ya está aquí;
pero su plenitud tardará en llegar.
b. Otros autores, liberales y racionalistas protestantes (F. Schleiermacher, A.
von Harnack), pensaron que el Reino era sólo una realidad «espiritual» y más bien
individualista (así interpretaron el pasaje de Lc 17, 21, traduciendo: «El Reino de
Dios está dentro de vosotros»; una traducción preferible sería «El Reino de Dios
está ya en medio de vosotros»). Y que la Iglesia vino aparte anunciando una
doctrina ética, o bien que era una realidad colectiva de pura gracia invisible, pero
no una comunidad organizada por Jesús. Estas doctrinas fueron condenadas por
san Pío X.
b) El concilio Vaticano II, en la constitución Lumen gentium, n. 5, afirma que «la Iglesia
constituye en la tierra el germen y el principio del Reino de Dios», y vive en tensión escatológica
hasta el Reino de Dios consumado. Reino de Dios e Iglesia en parte se identifican y en
parte se diferencian. Ambos han sido fundados o iniciados por Cristo.
1 Se tomara del Libro de Eclesiología de Salvador Pie Ninot, pp.113
2 Del libro de Eclesiología de R. Pellitero, p. 58ss.
c) Después del concilio en el ámbito de la teología católica han continuado algunas
corrientes de interpretación secularista del Reino de Dios: pasando de un supuesto
eclesiocentrismo al cristocentrismo y luego al teocentrismo y al reinocentrismo. En
conjunto estas corrientes tienden a interpretar el mensaje de Cristo en la línea de un reino
de paz y justicia entre los hombres y la creación, que debe aunar las religiones.
- Aclaraciones sobre las relaciones entre Reino de Dios e Iglesia
A partir de la predicación de Jesús se pueden reconstruir los rasgos del Reino de
Dios por él predicado, y sus relaciones con la Iglesia (cf. LG 5, CEC 763):
a) Sobre la dimensión espiritual del Reino de Dios. Ciertamente el Reino de Dios
tiene una dimensión espiritual y escatológica (cf. 1 Co 15, 28): no es algo meramente
exterior ni político (cf. Mc 10, 24; 12, 17).
a. El Reino es espiritual (de misericordia y no de castigo: cf. Mt 18, 11; se
alcanza por la conversión, metanoia); pero no es una realidad exclusiva-
mente interior a las personas; Jesús se dirige no sólo a cada persona, sino
también al pueblo como tal y no rechaza la ley ni las instituciones judías (el
templo, el sacerdocio, etc.), sino su degeneración.
b. Tampoco el Reino vendrá solamente al final, pues ya está presente donde
está Cristo (pues Cristo en persona es el Reino, la autobasileía, dice Orígenes)
y crece en la historia (cf. las parábolas del grano de mostaza, del grano de
trigo, de la levadura, etc.). El perdón de los pecados, la victoria contra Satanás
y los milagros son signos de esa presencia que trae ya, incoadamente, la
salvación y la gracia, la vida eterna.
b) Sobre la interpretación secularista o «reinocentrista» del Reino de Dios. Se trata
de un reduccionismo postcristiano y antropocéntrico donde Dios desaparece. La
realidad es que Jesús anuncia un Reino de Dios teocéntrico, donde actúa el Dios vivo,
y por tanto anuncia el reinado o la soberanía universal de Dios que trasciende a la
historia (cf. Mt 22, 30; aunque los hijos de Israel tienen derecho antes que los demás
a ser hijos del Reino, cf. Mt 8, 11); pero a la vez está presente, particularmente en la
liturgia (como anticipación del mundo venidero) y en la vida incluso social de los
creyentes, especialmente a partir de la oración.
c) Las tres interpretaciones (la escatologista, la espiritualista y la reinocentrista) son
equivocadas por ser unilaterales. El Reino de Dios viene con Cristo y el Espíritu
Santo. Y la Iglesia es manifestación e instrumento del Reino de Dios, a la vez
que la Iglesia es figura concreta y garantía del Reino, si bien no lo sustituye (cf. CEC
764).
3. La fundación de la Iglesia por Cristo3.
El origen cristológico de la Iglesia según el Magisterio.
Tanto la encíclica Mystici corporis, de Pío XII (1943) como el concilio Vaticano II
recogen el pensamiento de los Padres de la Iglesia sobre este punto, que puede sintetizarse
en esta frase:
3 Del libro de Eclesiología de R. Pellitero, p. 61ss.
«Del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de toda la
Iglesia» (SC 5, cf. LG 3).
La idea central es que la Iglesia nace del misterio mismo de Cristo. La Iglesia se
origina con la Encarnación, se concreta en el Misterio Pascual y se culmina en Pentecostés,
comenzando visiblemente su andadura. Cristo no funda la Iglesia en un momento o con un
documento determinado, sino que funda la Iglesia con toda su vida y la sigue fundando en cuanto
que es su fundamento siempre vivo.
En este marco conjunto se pueden distinguir «actos fundacionales» antes o después
de la Pascua.
Ante todo conviene reafirmar algunos presupuestos teológicos: según el concilio de
Calcedonia (a. 451) y el concilio III de Constantinopla (a. 681), Cristo es uno, Dios y hombre (hoy
diríamos: el «Cristo de la historia» y el «Cristo de la fe» son el mismo). Y Cristo quiso la Iglesia
como cabeza, fundador y fundamento siempre presente. Esto es contrario a la separación entre
un «Jesús de la historia» y otro «Cristo de la fe», propuesta por el protestantismo liberal,
afirmando también que Cristo no quiso la Iglesia.
La diferencia entre el Cristo de la Historia y el de la Fe, procede de la Teología de
Liberal, y teólogos como Bultman, o K. Barch, que ambos criticaron la Teología Liberal.
Llegan a decir que el protestantismo liberal es la que muestra la verdadera Biblia, en el cual
pues desvalorizan al Jesús Histórico, creando interrogantes, como por ej., que no es claro
que Cristo fundará la Iglesia.
La actividad de Cristo en orden a la fundación de la Iglesia
Cristo no fundó la Iglesia en un solo acto, sino con toda su vida y su entrega por
nosotros. Esto se manifiesta en su oración. Y en este marco cabe distinguir diversos actos en
orden a la fundación de la Iglesia.
a) Actos preparatorios
- La constitución de la comunidad de los discípulos (primero fueron setenta o setenta y dos
discípulos, luego de entre ellos eligió a los doce apóstoles). El grupo más grande de los
discípulos representa el horizonte universal –la humanidad entera– de la Iglesia que desea
formar Jesús.
- La elección de los doce apóstoles. Doce eran los patriarcas, doce las tribus de Israel, doce las
columnas y las puertas de la Ciudad de Dios y doce las estrellas que coronan a la «mujer»,
según el Apocalipsis. Todo ello es prefiguración de la Iglesia hasta su consumación cósmica
en el Reino de Dios definitivo. La elección de los doce es, por tanto, un gesto escatológico
de esperanza.
De hecho la elección de Matías tiene como objeto completar el número de «los doce»,
que estaban constituidos en forma de «colegio» o grupo estable. «Los doce» (como se llamaban
antes de la resurrección) fueron enviados para evangelizar, enseñar y curar demonios, y para
ser el germen de la jerarquía en la Iglesia.
- Vocación y misión de Pedro, a quien Jesús considera como roca o piedra fundamental, cabeza
de la Iglesia, para ser vicario de Cristo.
b) La Última Cena del Señor en cuanto acto anticipador y recapitulador del misterio de la
Iglesia.
Hablar del lugar de la Última Cena del Señor equivale a hablar del lugar central del
Misterio de la Pascua, que viene anticipado en la Eucaristía junto con la institución del
sacerdocio y la exaltación de la caridad, en la fundación de la Iglesia.
- La Última Cena es el acto fundacional más importante y el verdadero manantial de la
Iglesia (J. Ratzinger): porque instituye la Eucaristía que anticipa la Cruz y, participada en
la Iglesia, reúne al Nuevo Pueblo de Dios de todos los tiempos y lugares (como anticipo
del definitivo banquete de bodas de Dios con la humanidad); porque consagra sacerdotes
(como representantes de Cristo cabeza en la comunidad visible y organizada de la Iglesia);
y porque manifiesta plenamente la caridad (como centro del Evangelio, perfeccionando
la Nueva Alianza).
- La relación entre la Iglesia y la Eucaristía puede resumirse en esta expresión: «La Eucaristía
edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía» (Enc. Ecclesia De Eucharistia, 17-IV-2003, n 26;
CEC 766).
c) Actos por los que Cristo resucitado confiere a Pedro y a los Doce la potestad en la Iglesia:
- Confiere el poder de perdonar los pecados (cf. Jn 20,2).
- Confiere el primado (siguiendo la imagen del Buen Pastor, cf. Jn 10 y Jn 21, 15-20).
- Envía a los apóstoles con potestad de ir a todo el mundo, hacer discípulos y bautizar (cf.
Mt 28, 19 y par.); este envío tiene lugar no con un documento, sino prometiendo su
presencia hasta el final de los siglos (cf. CEC 765).
d) Pentecostés como acto de impulso definitivo de la Iglesia por medio del envío del Espíritu
Santo
Cristo creó y estructuró la Iglesia durante su vida terrena. Y continuó haciéndolo después
de su resurrección, especialmente cuando le infundió vitalidad y fuerza enviando al Espíritu
Santo.
Como hemos visto, según los Padres la Iglesia nació (o fue concebida) del costado
abierto de Cristo en la Cruz. Esto no contradice que la Iglesia haya sido fundada por Cristo
y tampoco que fuera impulsada públicamente por la venida del Espíritu en Pentecostés.
Algunos Padres afirman que el Espíritu Santo es fruto de la Cruz. En todo caso, la Iglesia ha
nacido plenamente solo en Pentecostés. De una manera simbólica pero bien real, el acontecimiento
de Pentecostés revierte con creces la situación representada por el suceso de Babel (cf. CEC,
767-768).
Si la Iglesia no tiene su fundamento, no tiene su fundación en Cristo, la Iglesia no
serviría para nada. Pero vemos que Cristo quiso una Iglesia, aunque las ramales protestantes
digan que no está claro, o digan que la iglesia se autoproclamado4. Bueno de la Fuente dice
que la vinculación de la iglesia con Jesús es una de las cuestiones decisivas de la eclesiología,
porque nos muestra que la Iglesia está unida a la misión del Hijo, y no está situado como algo
extrínseco a Jesucristo. Si no se establece la unión real de Cristo con su Iglesia, no podemos
hablar de una presencia continua de Jesús en su Iglesia.
Esta convicción ha sido cuestionada recientemente. Jesús anuncio el Reino, y lo que
vino fue la Iglesia. Frente a tales dudas e incertidumbre, la teología católica ha afirmado la
fundación de la Iglesia por Cristo. Pero recientemente la misma teología católica ha
4 Pag. 49 de Eclesiologia de Bueno de la Fuente.
cuestionado tal expresión, al estar condicionada por intereses polémicos y apologéticos. Hay
que valorar por tanto la validez de la expresión, pero sobre todo los datos exegéticos e
históricos que la han provocado.
Ya Lutero, más allá de la reforma de la Iglesia, apuntaba a una propuesta alternativa de
Iglesia. La lógica de la Reforma acabaría rechazando la idea de una institución de la Iglesia
por Jesús ya que podía atentar contra la primacía de la Palabra de Dios. La respuesta católica
pretendió defender el carácter visible e institucional demostrando por vía histórica que Cristo
había fundado su Iglesia sobre Pedro. Los manuales posteriores hablarían de la fundación de
la Iglesia «ut societas proprie dicta et visibilis» (“”).
El s. XIX, época del Modernismo, lanzo un fuerte ataque contra tal fundamentación
histórica. La exegesis protestante, tanto en su vertiente liberal como escatológica, intentaba
demostrar que la Iglesia surgió o bien como fruto espontanea de la fe, o bien como solución
alternativa al fracaso del proyecto mesiánico de Jesús. Como argumentos se aducen los
siguientes datos: Jesús realmente anuncio el Reino de Dios y no una Iglesia futura, sus
destinatarios fueron los miembros todos del pueblo de Israel y no el núcleo originario de la
posterior comunidad eclesial, en sus labios ni aparece el término ni la idea de un grupo que
prolongara su misión, esperaba la llegada inminente del fin de los tiempos por lo que
resultaba inviable la aparición de la Iglesia... Con ello se planteó una cuestión que se
prolongaría a lo largo del s. XX.
Ante los datos exegéticos y ante los datos teológicos que deben ser tenidos en cuenta
la teología católica ha matizado sus posiciones. Reconociendo su carácter polémico y
unilateral, se puede hablar de un consenso acerca de la insuficiencia de una «próxima ac directa
institutio», como si se pudiera fijar un acto formal y explícito de Jesús mediante el cual la Iglesia
hubiera quedado constituida en sus estructuras y rasgos fundamentales; se reconoce
igualmente la importancia de la Pascua y la necesidad de tener en cuenta todo el
acontecimiento de Cristo para entender la fundación de la Iglesia. Dentro de estas
convicciones básicas podemos delimitar tres posturas principales:
a) Algunos autores católico no excluyen la noción de fundación, si bien de modo distinto a
como la entendían los manuales clásicos; hablan con mayor precisión de una «previsión por
el Cristo prepascual de la Iglesia»;
b) Otros prefieren hablar más directamente de una Iglesia «fundada en el acontecimiento Cristo»,
de su origen en el ministerio de Jesús y de la Pascua como principio de la Iglesia; en esta
línea se llega a afirmar que Jesús no fundó en vida una Iglesia pero que con su predicación
y actividad puso los fundamentos para la aparición de la Iglesia postpascual;
c) Al presentar a Jesús como fundamento se puede indicar tan sólo que Jesús se encuentra
en el origen en cuanto que la Iglesia nace de la dinámica iniciada por Jesús; se pretende
evitar la separación o la disociación entre la Iglesia y Jesús, pero se afirma que lo que
Jesús pretendía era una nueva creación escatológica de Israel por parte de Dios que no
es plenamente idéntica con la Iglesia posterior; la creación de una entidad nueva quedaría
fuera de las pretensiones de Jesús.
La posición católica común debe estructurarse, a nuestro juicio, en torno a estos dos
ejes: a) la existencia en la intención y en la actuación de Jesús de actos eclesiológicamente
relevantes, es decir, que apuntan a un objetivo radicado en la autoconciencia de Jesús; b)
existe una continuidad histórica entre la Iglesia que se manifestó en Pentecostés, la
comunidad reunida en el cenáculo de Jerusalén y el grupo de discípulos que Jesús reunió en
torno a sí. Dos documentos de la Comisión Teológica Internacional explicitan estas
convicciones:
a) La vida de Jesús atestigua la conciencia de su relación filial con el Padre, de ser el Hijo
único, y por ello conoce y acepta el fin de su misión, que implica la entrega de su vida en
favor de la salvación de los hombres;
b) Para realizar su misión quiso reunir a los hombres, llevando a cabo una serie de actos
cuya interpretación, en su conjunto, no puede ser más que la preparación de la Iglesia, la
cual no quedará definitivamente constituida (en el pleno sentido teológico del término)
más que en Pascua y Pentecostés;
c) Hay que afirmar por tanto que Jesús quiso fundar la Iglesia, lo cual no significa que
estableciera todos sus aspectos institucionales, pero sí que dotó a la comunidad de una
estructura que permanecerá hasta el cumplimiento del Reino definitivo;
d) Aunque no se puede concentrar su intención en una palabra o en un hecho, hay que
reconocer como eclesiológicamente relevantes una serie de elementos preparatorios, de
actos estructurantes, de etapas progresivas que conducen a la Iglesia:
Jesús hereda y asume las promesas veterotestamentarias referentes al pueblo de Dios
y a una nueva alianza;
La predicación del Reino de Dios sintetiza el sueño de Dios en favor de los hombres,
que queda sintetizado en su persona y en su misión;
Los destinatarios eran todos los miembros del pueblo de Israel en su conjunto, pero
no simplemente para que recuperaran su vocación originaria, sino para que creyeran
en él y le siguieran;
Concibió la realización del Reino en una comunidad vinculada a su persona; su
autoconciencia (como mesías, Hijo del hombre o siervo de Yahvé) va unida a la
existencia de una comunidad distinta y alternativa a los grupos sociales existentes;
La institución y envío de los Doce no sólo los vincula a su persona sino a la
prolongación duradera de su misión;
El rechazo por parte de Israel abre el espacio para que se exprese la gracia de la
nueva alianza, tal como se manifiesta en la última cena, que se conservará como
memorial del pueblo de los tiempos escatológicos.
La cruz, en cuanto entrega consciente y generosa de la propia vida por la salvación
de todos, abre el paso a la reconstitución de la comunidad, dotada ya de los dones
escatológicos, especialmente del Espíritu Santo.
4. La Iglesia del Señor
La Iglesia no está sólo vinculada a Jesús por su origen histórico y por el encargo de
prolongar su misión. La Iglesia se mantiene además en estrecha dependencia del Señor
Resucitado y Glorioso. La identidad (en la tensión) entre el Jesús de la historia y el Cristo de
la fe debe mantenerse en eclesiología. El mismo Jesús que dio inicio a la Iglesia es el que, en
la gloria de Dios, alienta su vida por el Espíritu. Sin ello la Iglesia quedaría reducida a una
más de las instituciones humanas y mundanas.
Estas afirmaciones se apoyan en la centralidad de la Pascua como victoria definitiva de
la gracia, como acontecimiento trinitario por antonomasia: el Padre resucita a Jesús como
ratificación de que el amor de Dios es más grande que el rechazo de los hombres; como sello
y garantía (arras y primicias) tiene lugar la efusión del Espíritu. Las tinieblas del viernes santo
quedan rasgadas por la claridad del domingo de pascua.
El misterio pascual es la reapertura de la historia de la salvación (enriquecida
cristológica y pneumatológicamente) como tiempo de la Iglesia. Esta acción escatológica del
Dios Trino es por ello el acto radical de eclesiogénesis. Es el momento radical de la
convocatoria, que está invadida de experiencia de alegría, la experiencia básica de la
constitución de la Iglesia:
a) Porque los discípulos son rescatados desde el pecado de su cobardía y desesperanza por
el Jesús glorificado que los encuentra en un acto de perdón y de comunión;
b) Porque la buena noticia que reconvoca a la ekklesía es un evangelio, el kerygma, la
proclamación de que el Reino de Dios se ha realizado en Jesús (cf. Hch 28,31), de que
las promesas esperadas se han hecho realidad ya que en Jesús se manifiesta el auténtico
rostro de Dios y el auténtico rostro del hombre, ya reconciliados;
c) Porque el Espíritu hará que lo acontecido en Jesús no se pierda en el pasado, sino que
adquiera perennidad y actualidad inagotable; la eficacia de la historia de Jesús se
prolongará en la soberanía del Kyrios, en cuyo ámbito existirá la Iglesia.
La alegría y la convicción que constituyen a la Iglesia desde sus inicios pascuales se
prolongan en virtud de la presencia garantizada de Jesús en la Iglesia y en los cristianos. Se
trata de un dato atestiguado en el Nuevo Testamento de modo constante y bajo modalidades
distintas:
a) El Resucitado no habla de partida o de despedida, sino de otro modo de presencia en su
comunidad; Jesús no es alguien reducido a los límites del tiempo o del espacio, sino que
seguirá estando en medio de su Iglesia convocándola y vivificándola (cf. Mt 18,20; 28,20;
Jn 20,21).
b) La teología joanea utiliza «fórmulas de inmanencia» entre Padre e Hijo en las que quedan
incluidos los creyentes por su unión a Cristo (cf. 17,20-26); las expresiones estar-en o
morar-en, que atraviesan el capítulo 14 del evangelio y los c.4-5 de la primera carta, se
condensan en el símbolo de la vid y los sarmientos (Jn 15,1-8).
c) San Pablo usa el giro en Cristo (1 Cor 1,2.4; 2 Cor 5,17; Gal 3,28; 5,6; Flp 2,1.5; Rom 3,24;
12,5) o la preposición con seguida de un infinitivo que designa una acción de Cristo en la
que también participa el creyente (Rom 6,4.6.8; 8,17). La reciprocidad es tan profunda
que a la existencia del hombre en Cristo corresponde la presencia de Cristo en vosotros (Rom
8,1 y 8,10). Por eso puede proclamar: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal
2,20). Aquí se nos ofrece la abreviatura más precisa de la teología del Cuerpo de Cristo.
Esta implicación no se debe entender, sin embargo, de modo físico o mágico, sino como
la inserción en un evento, la determinación por un dinamismo histórico (cf. Flp 2,5).
Esta mutua implicación del creyente y Cristo, y por ello de Cristo en la Iglesia, se
produce y se expresa de modo especial en el bautismo y la eucaristía, que por ello son
momentos estructurantes de la génesis eclesial (y no sólo sacramentos que celebra o «hace»
la Iglesia).
El bautismo es realización máxima del con y en Cristo. Según Rom 6 el creyente participa
en la muerte y resurrección de Cristo; así el hombre antiguo es crucificado, por lo que no
sirve ya al pecado (v.6), a los poderes disgregadores del mal, y pasa a una nueva vida (v.4)
que es la vida en el Espíritu (Rom 8,1-4). Al ser el hombre nueva criatura (2 Cor 5,17), la
unión sacramental debe entenderse en sentido ontológico y real; pensar en una unión
«mística» o «moral» sería desvalorizar el hondo realismo de Pablo (el cuerpo de Cristo no se
encuentra limitado a su individualidad histórica, por lo que quienes son bautizados se
convierten en miembros suyos).
El mismo realismo se muestra en la eucaristía. Con mayor claridad incluso permite
comprender cómo el cuerpo eclesial se encuentra incluido en el cuerpo del Señor. 1 Cor
10,16-17 permite acceder al razonamiento de Pablo: si el pan partido y compartido es la
comunión del cuerpo de Cristo, convierte en un solo y único cuerpo a quienes participan del
único pan (no hay motivos para pensar que «cuerpo» tenga significados diversos en ambos
versículos). 1 Cor 11,23-29 recuerda que la participación en el mismo cuerpo es el memorial
que debe ser celebrado para que la comunidad eclesial se mantenga en la nueva alianza de
Cristo.
Estas afirmaciones pretenden ante todo expresar la presencia de Cristo en su Iglesia y
la intimidad entre el creyente y Cristo. No identifican todavía el Cuerpo de Cristo con la
Iglesia. Pero ofrecen los presupuestos para ello.
5. Carácter fundante de la Iglesia Apostólica5.
Tenemos que ponderar la importancia de la Iglesia Apostólica, dotada de presencias,
ayudas, dones; porque la norma de la Iglesia, el ser de la Iglesia, vendrá dado por la Iglesia
Apostólica, es decir, tiene una vertiente en la Revelación y en la Eclesiología.
¿Pero cómo llega, como lo sabemos? No hay una manera certera de conocerlo, sino es
por la revelación, por el evento-Cristo, accesible por los apóstoles. Nos dice la DV7:
“Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres
permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en
quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres
el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó
El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las
costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron
con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo,
o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos
que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.
Más para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles
dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente,
esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia
peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a
cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2)”.
Lo que se quiere decir, que la importancia de la Iglesia de los apóstoles, el acceso que
tenemos de Jesús es por parte de los apóstoles que conservan la Palabra de Jesús. La palabra
Apóstol tiene una significación de autoridad, no solo está revestido del envío, sino también
de una autoridad. Esta Iglesia recibe el Evangelio, es decir, la Revelación y el depósito de la
fe, que es recibido por los apóstoles a los cuales se les encomienda la misión de transmitir el
Evangelio, que tiene que ser transmitido de forma autorizada; y de conservar un orden, pues
en este Evangelio se encuentra la Revelación y la Salvación que tiene que llegar a todos. Esta
5
es la misión en cuanto el Magisterio, que busca conservar incólume, es decir, que no se pierda
nada, no se añade,…
Los apóstoles como hemos vistos en la DV7, nombran como sucesores a los obispos,
y es lo que se conoce como sucesión apostólica, y que hace que la revelación no llegue de manera
adulterada. Esta sucesión ira formando el llamado colegio apostólico, formado por los
“sucesores” de los apóstoles.
Se tiene que ver esta iglesia primitiva como elemento fundante de la Iglesia Actual, que
se encuentra en las Cartas, en los Hchs. de los Apóstoles. A través de la Iglesia primitiva se
incluye en el proceso histórico.
El carácter fundante de la Iglesia Apostólica6.
Tiene importancia decisiva para la eclesiología y para toda la fe cristiana por razón del
carácter definitivo de la revelación plena que es Jesucristo. Ahora bien. No fue hasta la
Reforma cuando esta cuestión se comenzó a plantear a nivel magisterial; el Concilio de
Trento afirmo el primero de todos que la revelación fue entregada a la Iglesia “por medio de
los apóstoles en la Iglesia católica” (DH 1501). En esta línea de comprensión se situó
igualmente el Vaticano I al confirmar que la revelación “fue transmitida por los apóstoles”
(DH 3070)
J. B. Frazelin, siendo el experto del Vaticano I, fue quien acuño la formulación positiva
de “La revelación católica por medio de Jesucristo y del Espíritu Santo se completó en los
Apóstoles” (tesis XXII). De forma similar lo hará el cardenal J. H. Newman, aunque con una
formulación negativa que será la más divulgada posteriormente: “No ha sido dada una nueva
verdad después de la muerte de Juan (o el ultimo discípulo)”.
En este contexto, K. Rahner con su habitual lucidez interpretará eclesiológicamente la
fórmula tradicional de “conclusión de la revelación” como expresión de la salvación
escatológica del Dios presente de forma plena en la Iglesia, por esta razón deberá entenderse
tal formula como la clara indicación de que ha llegado ya la “consumación de la fundación
de la Iglesia”.
El CVII situara toda esta cuestión en una perspectiva primariamente cristológica al
afirmar que “Dios es mediador y plenitud de toda la revelación” (DV2), formulación
novedosa por lo que respecta a la palabra “plenitud” aplicada a Jesucristo, que no se
encuentra en la tradición bíblica y eclesial. Se confirma más adelante al declarar que Jesucristo
“consuma la obra de salvación […], llevando a la plenitud toda la revelación” (DV4).
6 Salvador Pie Ninot, p. 114: La Iglesia Apostolica