Llueven vacas
Carlos Be
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Acto I
Llueven vacas
«Llueven vacas», pienso.
FERNANDO.- ¡Nena!
MARGARITA.- ¿Qué pasa?
FERNANDO.- ¡Llueven vacas! Mira.
MARGARITA.- Es verdad.
FERNANDO.- Mira esa qué grande. Es enorme. Ya no la ves. Qué rápido caen.
MARGARITA.- Voy a por el chubasquero.
FERNANDO.- ¿Vas a salir con este tiempo?
MARGARITA.- ¿Dónde dejaste el chubasquero?
FERNANDO.- Donde siempre, nena. Ahí encima.
MARGARITA.- Ahí encima no está. ¡Ah, ahí encima!
FERNANDO.- No te olvides de coger la escopeta.
MARGARITA.- ¿Para?
FERNANDO.- Para apoyarte. Úsala de muleta. Recuerda que te falta una pierna.
MARGARITA.- Ah. ¿Sí?
FERNANDO.- ¿Ves? ¡Ya te has vuelto a olvidar! Si es que eres más despistada...
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MARGARITA.- Es verdad. Me falta una pierna. ¿Y cuándo la perdí? ¡Ya me acuerdo! ¡En
el accidente!
FERNANDO.- En el accidente, ¿qué?
MARGARITA.- En el accidente perdí una pierna.
FERNANDO.- ¿Cuál?
MARGARITA.- La derecha. ¡No, la izquierda! ¡No, la derecha! ¡Sí, la derecha!
FERNANDO.- ¿En qué accidente perdiste la pierna?
MARGARITA.- A ver... Hace un mes... ¡Es que ha pasado tanto tiempo!
FERNANDO.- Eres un desastre. En un cepo. Pisaste un cepo.
MARGARITA.- ¡Sí! ¡Ahora me acuerdo! ¡Calla, calla! ¡Qué dolor!
FERNANDO.- ¿Aún te duele el muñón?
MARGARITA.- No sé. De vez en cuando noto, cómo decirlo, la parte de la pierna que no
está, como si aún sintiera por ahí, como si aún pudiera sentir.
FERNANDO.- Eso es normal. Pero, ¿te duele o no?
MARGARITA.- Sí. No. A veces, cuando está a punto de llover. Pero hoy ni me he
enterado. Supongo que sólo me duele cuando llueve... Eh... Cuando llueve agua.
FERNANDO.- Se estropeará la cosecha.
MARGARITA.- ¡Los manzanos!
FERNANDO.- Nuestra ruina.
MARGARITA.- Saldremos de esta, no te preocupes.
FERNANDO.- ¿Alguna vez has visto llover vacas?
MARGARITA.- Nunca.
FERNANDO.- Es nuestra ruina.
MARGARITA.- Qué desastre. Y qué agujeros en el suelo, peores que los topos.
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FERNANDO.- ¿Los ves?
MARGARITA.- Sí.
FERNANDO.- Ruina total.
MARGARITA.- Plantaremos otra cosa.
FERNANDO.- ¿Vacas?
MARGARITA.- ¿Echan raíces?
FERNANDO.- ¿Cómo va a echar raíces una vaca?
MARGARITA.- No sé… De la misma manera que lo hacen las patatas… Si esas vacas
son capaces de llover, o de volar, yo qué sé, ¿por qué no van a echar raíces? Es un
disparate. O quizás… Quizás alguna sobreviva a la caída… ¿Y pasarnos a la
ganadería? Con que se salven tres o cuatro, con tres o cuatro vacas tendríamos
bastante para...
FERNANDO.- Eso mismo. A duras penas nos mantenemos con dos mil y pico hectáreas
de terreno, vamos a hacernos de oro con tres vacas.
MARGARITA.- O cuatro. Tres o cuatro.
FERNANDO.- ¿Dónde vas si puede saberse?
MARGARITA.- Afuera.
FERNANDO.- ¿A qué?
MARGARITA.- A ver la lluvia.
FERNANDO.- No seas tonta. Puede darte una vaca en la cabeza.
MARGARITA.- No lo había pensado.
FERNANDO.- Estás cargada de manías.
MARGARITA.- ¿Manías? ¿Qué he hecho ahora? Ahora no he hecho nada.
FERNANDO.- Estamos arruinándonos y tú sólo piensas en salir a pasear. Eso es todo.
Crees que todo se soluciona paseando. Llueven vacas y a pasear. No puedes dormir y
a pasear. Se te quema la comida y a pasear.
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MARGARITA.- Me gusta pasear. Me gusta pasear hasta la carretera. Me relaja. Ver los
coches pasar.
FERNANDO.- No se te ha perdido nada en la carretera.
MARGARITA.- Sólo llego hasta el arcén. Me quedo en el arcén. De pie. Un rato. Mirando
los coches. Los coches me miran.
FERNANDO.- Nena, ¿no entiendes que no puedes salir con este tiempo?
MARGARITA.- No hace malo. Llueven vacas, pero no hace malo. Mira. Hace sol.
FERNANDO.- Eres tonta.
MARGARITA.- No me digas eso.
FERNANDO.- No me digas eso. Tonta.
MARGARITA.- Cariño...
FERNANDO.- Cariño…
MARGARITA.- No me quieres.
FERNANDO.- No me quieres.
MARGARITA.- ¿No me dejas salir?
FERNANDO.- Sal, si quieres. Tú misma. Si te cae una vaca en la cabeza, allá tú.
MARGARITA.- Si la cosecha se echa a perder, tendremos que avisar a los jornaleros.
Para que no vengan. Y el teléfono sigue sin funcionar…
FERNANDO.- ¿No está asegurada?
MARGARITA.- ¿El qué?
FERNANDO.- La cosecha.
MARGARITA.- ¡Eres un genio, cariño! ¡Saldremos de esta!
FERNANDO.- No des esos brincos, vas a hacerte daño.
MARGARITA.- ¡Ay! Es verdad, la pierna...
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FERNANDO.- Mañana iré a ver al abogado.
MARGARITA.- ¿Y si no para de llover? Si mañana sigue lloviendo, no podrás coger la
camioneta.
FERNANDO.- Mañana habrá escampado.
MARGARITA.- De todas maneras, conduce con cuidado. El camino estará lleno de
socavones.
FERNANDO.- Es cierto. Claro. Muy bien.
MARGARITA.- Si mañana vas a la ciudad...
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Podría...
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- ¿Puedo echar unas fotos a las vacas? No bajaré del porche. Lo prometo.
Desde el balancín. Y mañana llevas el carrete a revelar a la ciudad.
FERNANDO.- ¿Dónde tienes la cámara?
MARGARITA.- En el cajón de los cubiertos, al fondo, detrás.
FERNANDO.- No lo sabía.
MARGARITA.- ¿Puedo? ¿Me dejas? Sólo unas pocas... ¿Puedo? Y luego... ¿Qué te
parece si luego te echo unas fotos a ti? ¿A la hora de la cena…? ¡Cocinaré algo es-
pecial! ¡Hoy es un día especial! ¡No todos los días llueven vacas y hace sol!
«Saltas con la escopeta como muleta. Qué arriesgado. Te la has colocado en el
brazo que no es pero por hoy tiene un pase... ¿Adónde vas?».
FERNANDO.- Nena.
MARGARITA.- ¿Qué?
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FERNANDO.- La cocina está por allí.
«Allí, muy bien. A veces me pregunto qué vería en ti...».
FERNANDO.- Date prisa, anda. Algunas vacas ya se escapan trotando campo a través.
MARGARITA.- ¿Qué te dijo el abogado?
FERNANDO.- ¿Otra vez?
MARGARITA.- Sí, es que no acabo de entenderlo.
FERNANDO.- Ayer tampoco acabaste de entenderlo. Ni anteayer.
MARGARITA.- Por eso.
FERNANDO.- Por eso, ¿qué?
MARGARITA.- Por eso, que vuelvas a explicármelo. Es que sigo sin acabar de
entenderlo.
FERNANDO.- Que el seguro no cubre los desperfectos.
MARGARITA.- Si no ha quedado ni un manzano en pie.
FERNANDO.- No cubre daños producidos por vacas. Solamente lluvias o factores
climatológicos como puede ser un ciclón o una tempestad…
MARGARITA.- ¡Era una tempestad! ¡De vacas, pero una tempestad! No había truenos
pero mugían. Mugir es como tronar, ¿no? Puede parecerse... ¡Muuuu! ¿Un poco…?
¿No? ¡Muuuu!
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FERNANDO.- No nos darán nada, nena.
MARGARITA.- ¡Qué desgracia!
«¡Que mierda!».
FERNANDO.- ¡Qué mierda!, mejor dicho. ¡Qué mierda!
MARGARITA.- Por eso rompiste los papeles.
FERNANDO.- Delante de sus narices. Tú no viste al pasmarote ese. Vaya un abogado.
Con su corbata rosa, un mariquita es lo que era, repeinado como un mariquita, con la
raya en medio, parecía un culo peludo…
MARGARITA.- Si hubiéramos capturado alguna vaca... Al menos ahora tendríamos un
poco de leche fresca por la mañana.
FERNANDO.- ¿Y quién iba a cazarlas? ¿Tú a lo cowboy? ¿No sabes que ese tipo de
vacas son silvestres? Pueden arrancarte el brazo de un bocado.
MARGARITA.- Mientras me dejara un trozo de axila para apoyar la escopeta.
FERNANDO.- Eso. Se lo pides a la vaca antes del bocado. Señora vaca, por favor, ya sé
que quiere arrancarme el brazo de cuajo, sí, pero muerda sólo hasta aquí, por favor, si
no le importa, sí, mire, le mantengo la marca con el dedo, ¿ve mi dedito?, no se lo vaya
a zampar, ¿eh?, muy bien, así, déjeme un trocito de sobaco que es que lo necesito,
que si no cuando me levante de la cama me caeré en redondo.
«Cómo ríes».
MARGARITA.- ¡En redondo y de lado! ¿Cariño? Eso que has dicho antes, lo del abogado,
que es mariquita…, ¿quieres decir que es…? ¿Algo así como retorcidillo?
FERNANDO.- No te enteras.
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MARGARITA.- Eh… Es que mariquita puede ser tantas cosas y ya no sé lo que es animal
de verdad y lo que no...
FERNANDO.- ¡Nena!
MARGARITA.- Perdona, cariño… ¿Cariño?
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- ¿Volverán a llover vacas?
FERNANDO.- Tal vez.
MARGARITA.- Por favor. Me gustó mucho verlas. Fue muy emocionante. Lástima por los
manzanos, pero fue tan bonito. Tan extraño.
FERNANDO.- No es tan extraño. Llueven vacas en todo el mundo.
MARGARITA.- Qué increíble. No me imagino una lluvia de vacas en el polo norte. Pobres
esquimales. Con sus casitas de hielo.
FERNANDO.- Iglús.
MARGARITA.- Iglús. ¿Es otro animal?
FERNANDO.- Nena...
MARGARITA.- ¡Broma! ¿Volveremos a ver llover vacas pronto?
FERNANDO.- Sí.
MARGARITA.- Qué ilusión.
FERNANDO.- ¿Te gustaría?
MARGARITA.- Ahora que ya lo he visto una vez, la pierna... Puede que la pierna me
duela antes de que vuelvan a llover. Ahora ya sabe que también llueven vacas.
«Estás tan fea cuando sonríes».
MARGARITA.- Muac.
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FERNANDO.- Muac.
MARGARITA.- Cariño...
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Tienes carmín en el cuello. En el cuello de la camisa. Carmín. Rojo.
FERNANDO.- ¿Esto? ¡Esto no es carmín!
MARGARITA.- ¿No?
FERNANDO.- Sangre.
MARGARITA.- ¿Te has cortado al afeitarte?
FERNANDO.- Sí.
MARGARITA.- Hoy no te has afeitado. Será car... Será sangre de ayer.
FERNANDO.- Posiblemente.
MARGARITA.- Y eso que planché la camisa esta mañana y estaba inmaculada.
FERNANDO.- Óxido de la plancha.
MARGARITA.- Es inoxidable.
FERNANDO.- La camisa no.
MARGARITA.- La plancha.
FERNANDO.- Hasta que se demuestre lo contrario.
MARGARITA.- ¿Lo contrario de qué?
FERNANDO.- Lo contrario de que es inoxidable, de que no se oxida. Que no es
inoxidable. Que no no se oxida.
MARGARITA.- También podría ser sangre. Hasta que se demuestra lo contrario.
FERNANDO.- ¿Eh?
MARGARITA.- Lo contrario. Que no es sangre. Que sea no sangre.
FERNANDO.- No sigas...
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MARGARITA.- Pero rojo, rojo sí es. Óxido rojo… Carmín rojo… Son cosas rojas. Como
ejemplo.
FERNANDO.- Es óxido porque lo digo yo, y punto. Además, si fuera carmín, ¿de quién
podría ser?
MARGARITA.- No lo sé. ¿Del mariquita?
FERNANDO.- ¿El abogado?
MARGARITA.- ¿Se pinta el culo el abogado?
FERNANDO.- ¡Qué dices! ¡Cómo se va a pintar el culo un abogado!
MARGARITA.- Bien que se pone una corbata rosa y se repeina con…
FERNANDO.- Hoy no he ido al abogado.
MARGARITA.- No. Fuiste anteayer. Y hoy no has visto al abogado, ¿verdad?
FERNANDO.- ¡No!
MARGARITA.- ¿Qué has ido a hacer hoy a la ciudad?
FERNANDO.- ¿Cuándo?
MARGARITA.- Hoy. ¿Qué has ido a hacer a la ciudad?
FERNANDO.- Hoy no he ido a la ciudad.
MARGARITA.- Entonces, ¿por qué has cogido la camioneta?
FERNANDO.- He ido a inspeccionar los cepos. Saltaron algunos. Por las vacas.
MARGARITA.- Nunca he entendido por qué tanto cepo.
FERNANDO.- No es que no lo entiendas, es que no te acuerdas.
MARGARITA.- ¿Cómo?
FERNANDO.- Que lo has olvidado, como todo lo demás. ¡Te lo he contado millones de
veces!
MARGARITA.- Los conejos.
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FERNANDO.- ¡Bien! Los conejos, sí. La única carne que comemos. Carne de conejo. Y la
carne de conejo viene de los conejos. Y los conejos, de los cepos.
MARGARITA.- ¿Y había muchas vacas en los cepos?
FERNANDO.- Ni una. Los arrancaron o los dejaron hechos pedazos.
MARGARITA.- Qué mala suerte. ¿Ni siquiera...?
FERNANDO.- ¿Ni siquiera...?
MARGARITA.- Sangre.
FERNANDO.- ¿De?
MARGARITA.- Sangre de vaca. O un trozo de pellejo. O un rabo. Un rabo de vaca.
FERNANDO.- Nada.
MARGARITA.- Menos mal.
FERNANDO.- ¿Por qué?
MARGARITA.- He recordado... Nada, tan solo que era... De pequeña. Alérgica a muchas
cosas. A la carne. Bueno, a la carne no era alérgica. A otras cosas sí, pero a la carne
no. La carne me daba asco. La vida en el campo. Mi padre. Los animales y los golpes.
No podía. El estómago cerrado. Tú me acostumbraste a la carne de conejo. ¿Te lo he
contado alguna vez?
FERNANDO.- ¿El qué?
MARGARITA.- Lo de las alergias. No... Nunca me has preguntado nada. De mí, de antes
de conocernos.
FERNANDO.- ¿Para qué querría saberlo? Tengo bastante con saber cada día de ti, como
para además tener que saber cómo eras antes de conocerte. Y no hablemos de
aguantarte. A ver si encima tengo que aguantarte los días que aún no tenía que
aguantarte. El acabose, vamos.
MARGARITA.- ¿Tan pesada soy?
FERNANDO.- No eres pesada. Molesta. Eres molesta. Pero bien, ¿eh? Molesta sin llegar
a ser pesada. Eso está bien.
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MARGARITA.- ¿Me quieres?
FERNANDO.- Vaya preguntitas, nena. Hoy tienes el día inspirado.
MARGARITA.- Gracias. A veces se me ocurren cosas. Como lo de antes, lo de las
alergias...
FERNANDO.- Tú no tienes alergias.
MARGARITA.- Yo no tengo alergias. Pero a las ostras sí.
FERNANDO.- ¿A las ostras?
MARGARITA.- Sí. Y a la piña.
FERNANDO.- ¿Cuándo has comido ostras?
MARGARITA.- De pequeña. Con mi madre. En una terraza de la playa. Era un restau-
rante muy bueno, con terraza y un toldo gigante a rayas blancas y azules desde donde
se veía el mar.
FERNANDO.- Nena...
MARGARITA.- Soplaba la brisa, yo era muy chica, muy chica, así de chica, y vestía de
blanco y azul y tenía un pequeño quitasol también blanco y azul y el mar, con sus olas,
tantas olas, también era a rayas blanco y azul...
FERNANDO.- Nena...
MARGARITA.- Las ostras sobre la mesa, baboseando por sus bocas, me sentaron tan
mal... Mamá las abría con un cuchillo corto...
FERNANDO.- Nena.
MARGARITA.- ¿Qué?
FERNANDO.- Tú nunca has tenido madre.
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«¿No me has visto? No. ¿Qué haces? Hojeas un álbum de fotos. Desastrado.
Dos pasos más. Pareces incluso feliz. ¿Todavía no me has visto? Bien... Un
paso más y a ver qué dices que haces».
«Miras hacia el lado equivocado. El dedo también te iba a delatar, a punto de
señalar el lado por el que he venido. Te he dicho millones de veces que el salón
no está hacia ahí. Que está hacia allí. Entornas los ojos. Ya te has dado cuenta
del error. Qué rápida eres. Aunque no lo suficiente. Me he dado cuenta.
Recuerdas... ¿Haces como que recuerdas o te lo crees de verdad? Ah, por fin.
Corriges. El dedo. Y la mirada. Muy bien, es hacia allí».
FERNANDO.- ¿Qué haces?
MARGARITA.- Mirar fotos. ¿Quieres verlas? ¿Las vemos juntos?
«De qué te ríes. Hoy estás de buen humor, ¿eh? Pues a mí no me hace ninguna
gracia. Esa niña, en esa foto, ¿quién es...?».
FERNANDO.- ¿Quién es esa niña?
MARGARITA.- Yo.
FERNANDO.- ¡Qué dices!
MARGARITA.- ¡Sí! ¿Nunca has visto esa foto? ¡Tenía tres años! Haciendo equilibrios en
una piedra. Esa piedra todavía está por ahí afuera. Se me daba bien, hacer equilibrios.
De mayor quería ser... ¿Cómo se llaman esas mujeres que con una cuerda y desde
muy alto...?
FERNANDO.- Ahorcadas.
MARGARITA.- No, hombre, no.
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«Eres tonta».
FERNANDO.- ¿Estás segura?
MARGARITA.- ¡No me líes! Esas que con una cuerda y desde muy alto van por encima
de la cuerda de una punta a otra, de un árbol a otro, y dan volteretas en el aire, en los
circos, y hay otras que no usan cuerda, usan un alambre muy fino, muy fino y suave,
más que el de alambrada, y caminan por un alambre, y cuando se animan dan esas
volteretas, saltos, unos saltos impresionantes en el aire, dobles mortales, triples
mortales, cua... Cua… ¿Cuátriples?
FERNANDO.- Cuartos mortales.
MARGARITA.- Eso, cuartos mortales. Pues eso, que de pequeña quería ser... ¿Cómo
dijiste?
FERNANDO.- Ahorcada.
MARGARITA.- Ahorcada. Ahorcada con faldellín de gasa y bailarinas, sin pechito, y
caminar de punta... De pequeña era tan frágil... Tan ligera... Para volar más alto, para
hacer tonterías de niña. Suerte que mi padre sabía lo que me convenía y me sacó
todas esas burradas de la cabeza. Los animales y los golpes. Mira esta otra foto, ¿te
he contado alguna vez la historia de...?
FERNANDO.- Sabes que no me interesa.
MARGARITA.- ¡Sólo esta otra foto! ¡Sólo ésta! ¿Tú sabes que soy muy sensible?
FERNANDO.- Claro que lo sé.
MARGARITA.- ¿Y que tienes que tratarme con cuidado?
FERNANDO.- No tendrás queja.
MARGARITA.- No.
FERNANDO.- Pues calla.
MARGARITA.- ¿Qué te pasa?
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FERNANDO.- Me aburres. Tú y tus fotos. Un día de estos voy a tirarte el álbum por la
ventana.
MARGARITA.- ¡No!
«¡Qué risa! Disfruto cuando te asustas».
FERNANDO.- ¡Era broma! Sólo una broma para enfurecer un poquitín a mi niña sensi-
ble...
MARGARITA.- ¡Idiota! A ver ese cuello. Ves, no hay nada como el agua oxigenada para
quitar... el óxido.
FERNANDO.- Por estas cosas te quiero. Por estas pequeñas cosas, estos pequeños
detalles que haces por mí. Para mí. Sólo para mí.
MARGARITA.- A mí también me gusta hacértelas. ¿Te enseño las fotos de las vacas?
FERNANDO.- No. Has dicho que sólo una foto más y van a ser dos.
MARGARITA.- Míralas. ¡Huy, se ha despegado la vaca!
FERNANDO.- ¿Traigo el pegamento de tubo?
MARGARITA.- No queda, se acabó.
«Aplano la cabeza recortada con el dedo embadurnado en saliva. Parece que
funciona... ¡Mierda! ¡Victoria demasiado pronto!».
MARGARITA.- Se ha arrugado el cuerno. Se ve un poco el revés pero da igual. No pasa
nada.
FERNANDO.- El próximo día que lluevan sacas más fotos.
MARGARITA.- ¿Será pronto?
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FERNANDO.- Sí.
MARGARITA.- ¡Cariño! Pero...
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- No me compraste más carretes.
FERNANDO.- ¡Pues las pintas!
«Te refugias en el álbum».
MARGARITA.- Mira ésta... Aquí estoy con esta señora...
FERNANDO.- ¿Quién es?
MARGARITA.- No lo sé. Él es mi padre. Ella... No lo sé. Tan ladeada, como
rehuyéndole...
FERNANDO.- Si no lo sabes tú que estabas allí…
MARGARITA.- No me acuerdo... Y, además, los tenía detrás.
FERNANDO.- ¿No dijiste una vez que tenías una tía a la que querías mucho?
MARGARITA.- ¿Una tía?
FERNANDO.- Sí, una tía. La hermana de tu padre. No entiendo por qué olvidas las cosas
tan rápido. Estábamos aquí, mirando el álbum, no sé cuándo fue. Me enseñaste esta
misma foto y me contaste que era tu tía.
MARGARITA.- ¿Te dije cómo se llamaba?
FERNANDO.- Lo tienes escrito detrás de la foto. Siempre escribes detrás los nombres de
la gente, precisamente para eso, para no olvidar quiénes son.
«Giras la foto».
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MARGARITA.- ¡Es verdad!
FERNANDO.- ¿Qué pone?
«Los ojos, ¡los abres mucho!, se te llenan de lágrimas.»
MARGARITA.- Qué mala letra... Ma. Ma... Margarita. ¡Ahora recuerdo, Margarita, cómo
no! ¿Mi tía se llamaba como yo? Margarita. Todos los nombres de nuestra familia
comienzan por eme. No entiendo cómo he podido olvidarlo.
FERNANDO.- No llores.
«Te beso en el pelo. Sonríes. Para que te calles de una vez y me dejes en paz».
MARGARITA.- Es que me emociono. Hacía tanto que no miraba estas fotos. Me gusta
mirarlas. Me pongo triste pero me gusta mirarlas.
FERNANDO.- Creo que pronto volverá a llover vacas.
MARGARITA.- Qué bien.
FERNANDO.- He leído en el periódico que la borrasca ha girado y está de vuelta.
MARGARITA.- Qué alegría. ¿Me traerás un carrete de la ciudad?
FERNANDO.- Dalo por hecho.
MARGARITA.- Entonces, ¿mi padre se llamaba Kodak?
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MARGARITA.- ¿Un regalito?
FERNANDO.- ¿Para quién más puede ser?
MARGARITA.- ¿Para mí? ¿Un carrete de fotos?
FERNANDO.- No...
MARGARITA.- Ay. ¿Hoy es mi cumpleaños?
FERNANDO.- No que yo sepa.
MARGARITA.- ¿Qué día cumplo años?
FERNANDO.- Margarita, no lo sé...
MARGARITA.- ¿Cómo que no lo sabes?
FERNANDO.- ¿El veintinueve de febrero?
MARGARITA.- No, es más hacia el otoño... ¿No es un carrete de fotos? ¿Seguro?
FERNANDO.- ¡No! ¿Por qué quieres adivinarlo?
MARGARITA.- Ay, pues no sé...
«Fuera el papel de regalo.»
MARGARITA.- ¡La piedra! ¡La piedra!
«¡Qué contenta!».
FERNANDO.- Cuando la vi ahí fuera me dije es la de la foto, no puede ser otra. Y mira
que normalmente no suelo fijarme en las piedras, pero la vi y me dije es la piedra de la
foto, es su piedra, y te la he traído. ¿Te gusta?
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«Estás emocionada».
FERNANDO.- ¿Quieres subir? Recuerda que te falta una pierna.
«¿Por qué me miras en silencio?».
FERNANDO.- La derecha.
MARGARITA.- ¿La derecha?
FERNANDO.- Sí. La derecha. Venga, prueba a ver si conservas todavía un mínimo de
equilibrio.
MARGARITA.- Me da un poco de miedo. De pequeña tenía dos piernas.
«Te acercas a la piedra».
MARGARITA.- ¿Y si tengo vértigo? Ahora soy más alta. La caída es más...
FERNANDO.- No seas miedica.
MARGARITA.- ¡Voy!
«¿Qué está tarareando? Abres los brazos, ¿por qué? Sigues tarareando. No
reconozco la melodía. Subes a la piedra. Al fin. Te mantienes en equilibrio con
los brazos abiertos. Pareces la niña de tres años que nunca más volverás a ser.
Qué mal bailas. ¿A eso lo llamas tú bailar? Sólo se ve tu lejanía con la niña, no
la proximidad. Qué vergüenza. ¿Qué haces mirándome a los ojos?».
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MARGARITA.- ¡Mira, cariño, mira!
«Sonríes. Nunca te he visto una sonrisa tan amplia. Y caes. Al fin. Al suelo. En
redondo. Y de lado. En redondo y de lado. ¡Qué risa!».
MARGARITA.- Cariño... Me he hecho daño...
FERNANDO.- ¿En la pierna mala?
MARGARITA.- En la otra. Me duele. Mucho...
FERNANDO.- ¡Qué tonta eres!
MARGARITA.- Cariño... No puedo levantarme.
«¡Ay, no puedo parar de reír...!».
MARGARITA.- Me duele...
«Venga, ya te ayudo... No me aprietes el brazo tan fuerte, voy a levantarte igual
si aprietas un poco menos. El teléfono. NO. Das un respingo. Tus ojos. El
sonido. No. El teléfono NO está sonando. ¿Qué miras? No me inmuto. El
teléfono NO está sonando. El teléfono NO suena por tercera vez. Me estoy
poniendo nervioso. El teléfono NO vuelve a sonar. El teléfono NO suena por
última vez. Respiro hondo».
MARGARITA.- ¿Has oído algo?
FERNANDO.- Se aproxima la borrasca.
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«Vas hacia la ventana. ¿Por qué?».
MARGARITA.- De pequeña nunca llovían vacas.
FERNANDO.- Arriba.
«Debe dolerte mucho la pierna, pero llegas a la ventana. Te apoyas. El balancín
afuera, en el porche».
MARGARITA.- Gracias, cariño.
«Tu rostro iluminado».
FERNANDO.- ¡Te lo tengo dicho! ¡Mira que te lo tengo dicho! ¿Qué dices? ¡Estás loca!
¿No comprendes que no puede ser? Nena, si vuelves a...
«¡Margarita!».
MARGARITA.- ¿Qué haces?
«Cuelgo. Rápido. ¡Mierda! Me ha visto. ¿Cómo le digo yo ahora que no estaba
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hablando por teléfono?».
FERNANDO.- Comprobaba que seguía sin funcionar.
MARGARITA.- Hablabas.
FERNANDO.- Sí. Hablaba. Pero con nadie. Sólo comprobaba...
MARGARITA.- Ah.
FERNANDO.- Que sigue sin funcionar.
MARGARITA.- Vale.
FERNANDO.- ¿Cómo estás?
MARGARITA.- Un poco triste. La lluvia de ayer fue preciosa. Duró poco, pero fue
preciosa. Qué lástima que nunca llueva después del anochecer.
FERNANDO.- ¿Y por eso estás triste? ¡Qué tonta!
MARGARITA.- No, por eso estoy feliz. Estoy triste por otra cosa...
FERNANDO.- Por no poder hacer fotos.
MARGARITA.- Sí. Qué lástima no tener carrete.
FERNANDO.- Cuando vaya a la ciudad te compraré uno. ¡No! ¡Te compraré dos! Para
que tengas muchas lluvias de vacas en tu álbum de fotos.
MARGARITA.- Gracias, cariño.
FERNANDO.- ¿Cómo está la pierna?
MARGARITA.- ¿La pierna?
FERNANDO.- La pierna.
MARGARITA.- Nunca me has preguntado por cómo está la...
FERNANDO.- Que cómo está la pierna.
MARGARITA.- Duele.
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FERNANDO.- Es normal. Podría haber sido peor. Podrías haberte matado de la caída.
MARGARITA.- He tenido suerte.
FERNANDO.- Bastante. ¿Te mareaste?
MARGARITA.- No. Vértigo no tuve. Sólo perdí el equilibrio.
FERNANDO.- Ya te vale. A tus años...
MARGARITA.- Lo siento, estropeé tu regalo.
FERNANDO.- No pasa nada.
MARGARITA.- Me hizo mucha ilusión.
FERNANDO.- Lo sé. ¿Dónde la has guardado?
MARGARITA.- ¿La piedra? En el horno. Porque hace tiempo que no lo utilizo, pensé…
FERNANDO.- Bien.
MARGARITA.- El teléfono sigue sin funcionar.
FERNANDO.- Sigue sin funcionar.
MARGARITA.- La próxima vez que vayas a la ciudad puedes pasarte...
FERNANDO.- Voy esta tarde.
MARGARITA.- Ah, ¿sí?
FERNANDO.- Sí. Tengo cosas que hacer.
MARGARITA.- Pues acuérdate de comprar el carrete de fotos, los carretes de fotos, los
dos, y después pásate por el técnico a ver si viene a arreglar el teléfono de una vez.
FERNANDO.- Siempre que paso tienen cerrado.
MARGARITA.- ¿Y si llamas antes para...?
«¡Te voy a dar!».
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MARGARITA.- ¡No me pegues!
FERNANDO.- ¿Cuándo te he levantado la mano?
MARGARITA.- Nunca.
FERNANDO.- Nunca, aunque motivos no me falten, ni ganas.
MARGARITA.- Fernando...
«¿Fernando? Mala señal».
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Hace mucho que no...
FERNANDO.- ¿Que no qué?
MARGARITA.- Que tú y yo no...
FERNANDO.- ¿No qué?
MARGARITA.- ¿Ya no me tienes ganas? Ganas de aquéllas...
FERNANDO.- ¡Qué barbaridades dices! ¡Claro que tengo ganas de aquéllas!
MARGARITA.- Pues...
FERNANDO.- ¿Otra vez?
MARGARITA.- ¿Otra vez?
FERNANDO.- Sí, otra vez. Si esta mañana lo hemos hecho un par de veces...
MARGARITA.- ¿Tú con...?
FERNANDO.- ¿Cómo que tú con...?
MARGARITA.- Yo no me acuerdo. ¿No sería con otra?
FERNANDO.- ¿Cómo que con otra? ¡Margarita!
MARGARITA.- Perdona, perdo...
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« Te lo has ganado. Por esta vez sólo te cruzo la cara. Entérate bien. Que sepas
que me he contenido. La próxima...».
MARGARITA.- Perdona. ¡Me asustas!
FERNANDO.- ¿Qué yo te asusto? ¡Te asustas tú sola!
MARGARITA.- Perdona…
FERNANDO.- ¡Es que no me tienes ninguna consideración! ¡No sé cómo te aguanto! ¡Si
es que tengo una paciencia...! ¿No sabes todo lo que hago por ti? ¿Tengo que
recordártelo? Qué tontería, por supuesto que tengo que recordártelo, si todo lo olvidas.
MARGARITA.- Sí...
FERNANDO.- Sí, ¿qué?
MARGARITA.- Sí me acuerdo.
FERNANDO.- Ni enferma ni nada. Irresponsable, eso es lo que eres. Una irresponsable
como no hay otra en el mundo. Y yo, qué santa paciencia tengo, cargando contigo, con
tu vida... ¿Has pensado alguna vez lo duro que es tirar de dos vidas, de la mía y de la
tuya? ¡Cómo vas a pensarlo, si nunca has pensado!
MARGARITA.- Soy tonta.
FERNANDO.- Tonta es poco. ¡Toda tu irresponsabilidad se convierte en una
responsabilidad extra para mí! ¡Y que nadie se atreva a decir que no me esfuerzo,
nadie, porque lo mato! ¿Y sabes por qué lo hago? ¿Lo sabes? ¿O también te has
olvidado?
MARGARITA.- Porque me quieres.
FERNANDO.- ¡Porque me quieres, sí! ¿Y así me lo pagas?
MARGARITA.- Soy mala.
FERNANDO.- Y desconsiderada. Y culpable. Culpable de que discutamos. Como ahora.
Todas las discusiones son por tu culpa, ¿no lo ves? Siempre te equivocas. ¡Nos
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casamos, Margarita! ¡Somos marido y mujer! ¡Entregamos nuestras vidas al otro! ¡Y tú
me cargas de...! ¡De...!
MARGARITA.- De dolor.
FERNANDO.- ¡De rabia! ¡De responsabilidades, de compromisos, de exigencias! ¡No
sabes lo mal que lo paso! ¡No soy tu padre!
MARGARITA.- No lo eres...
FERNANDO.- ¡Y encima me pides que te haga...! ¡El amor! Con todo lo que me estás
haciendo pasar, ¿crees que tengo yo ánimo para hacer el amor?
MARGARITA.- Lo hemos hecho esta mañana. Dos veces.
FERNANDO.- Sí. Dos veces.
MARGARITA.- Qué bien.
FERNANDO.- Yo también me he quedado muy a gusto.
«No debí dejarte a solas. Me confíe. Por suerte, llegué en el momento preciso.
Ni antes ni después. En el momento preciso. No sé si es la primera vez que lo
haces. Espero que sí. Quiero creer que sí. Si lo hubieras hecho antes, me habría
dado cuenta, ¿verdad?, tarde o temprano me habría dado cuenta. Pero puedo
asegurarte que será la última vez que lo haces. Ahí, de pie, sin escopeta, sin
escopeta ni escoba que te sostenga, hay que ver. Sostenida por las dos piernas.
Por tus dos piernas. Aferrada al teléfono.»
MARGARITA.- ¡Mamá!
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«¡Basta! Entro. No crees en mí. Me oyes, te giras, el golpe te derrumba. Al suelo.
No crees en mí...».
FERNANDO.- ¡No crees en mí!
MARGARITA.- ¡Sí!
FERNANDO.- ¡No crees en mí!
MARGARITA.- ¡Sí!
FERNANDO.- ¿Quién te quiere más que yo?
MARGARITA.- Nadie...
FERNANDO.- ¿A quién quieres más que a nadie?
MARGARITA.- A ti…
FERNANDO.- No confías en mí...
MARGARITA.- Sí.
FERNANDO.- ¿Totalmente?
MARGARITA.- Sí.
FERNANDO.- ¿Solamente?
MARGARITA.- Sí.
FERNANDO.- No me lo demuestras... Pero vas a esforzarte, ¿verdad? ¿Verdad?
MARGARITA.- Sí.
FERNANDO.- Voy a ayudarte a esforzarte. Vamos a asegurarnos de que hacemos las
cosas bien.
«Salgo de la habitación. Intenta huir, si quieres. No lo harás, supongo. No
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llegarías muy lejos. Quizás intentes recoger el auricular, recuperar la
comunicación, pedir auxilio. Creo que no, que tampoco. ¿Correr hacia la puerta?
No, no sabes conducir, acuérdate. Acuérdate bien. Acuérdate bien y acuérdate
de que te falta una pierna. O tal vez te acuerdes también de que me quieres. De
que confío en ti. Y tú en mí. Entro con la escopeta. Me siento. Aquí sentado
estoy bien. La cargo».
MARGARITA.- Cariño... ¿Qué vas a hacer?
FERNANDO.- Volarte la pierna.
«Me miras como nunca me has mirado. ¿Qué estás viendo?».
MARGARITA.- ¿Cómo?
FERNANDO.- Así nunca más olvidarás cuál es la pierna que te falta.
«Mejor de pie. Me levanto. Apunto. Y disparo. Te vuelo una pierna».
MARGARITA.- ¡Cariño! Creo que se ha salido una rueda.
«Señalas la esquina de la plataforma. Baila. Me agacho, ay, mi espalda, a ver.
No veo nada. Ah, sí, aquí».
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FERNANDO.- Se ha aflojado. Hay que atornillarla bien.
MARGARITA.- Qué mala pata.
«Qué bajita pareces. Qué pequeña».
FERNANDO.- Es que las cosas no pueden hacerse con prisas.
MARGARITA.- Tengo que cocinar.
FERNANDO.- Espera un momento. ¿La caja de herramientas?
MARGARITA.- Te la llevaste esta mañana. Para quitar los cepos.
FERNANDO.- En el porche. Está en el porche.
MARGARITA.- ¿De verdad que la carne de conejo puede sentarme mal?
FERNANDO.- Eso dijo el médico.
MARGARITA.- No lo entiendo. ¿Antes no y ahora sí?
FERNANDO.- ¿Estabas tú en la consulta?
MARGARITA.- No.
FERNANDO.- Pues eso dijo el médico. Que antes no y ahora sí. Créeme.
MARGARITA.- El dolor no se ha ido.
FERNANDO.- Aún es muy pronto. El no comer carne te calmará el dolor.
MARGARITA.- No lo entiendo.
FERNANDO.- Yo tampoco, nena. Será algo de la carne. La carne llama a la carne y con
menos carne, pues menos carne, digo yo. Te haces demasiadas preguntas.
MARGARITA.- No sé cómo me aguantas.
FERNANDO.- Voy a por el destornillador.
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MARGARITA.- ¿Me has construido la escalerilla? Para poder cocinar.
FERNANDO.- He hecho algo mejor. ¡He bajado los fogones! A ras de suelo.
MARGARITA.- ¿Eso has hecho?
FERNANDO.- Sí.
MARGARITA.- ¿Y el horno?
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- ¡Mi piedra! ¡Estaba en el horno! ¿Qué has hecho con mi piedra?
FERNANDO.- ¿Quieres cocinar o no? Pues te he bajado los fogones. No quiero que uses
una escalerilla. ¿Y si te viene vértigo? Tienes vértigo. Te mareas. Mientras cocinas, te
atornillo la rueda. Luego iré a ciudad. A la colchonería, para que no duermas más en la
alfombrilla. ¿Ves cuántas cosas hago por ti?
MARGARITA.- ¿Y dejarme la escalerilla para subir a la cama?
FERNANDO.- No quiero arriesgarme a que te caigas. Además...
MARGARITA.- ... tengo vértigo. No me lo recuerdes, sólo pensarlo…
FERNANDO.- No seas histérica.
MARGARITA.- No, no... Y por mí no hace falta que vayas a la ciudad hoy, en la alfombrilla
duermo muy bien.
FERNANDO.- Nunca me has pedido que me quede.
MARGARITA.- ¿No?
FERNANDO.- No.
MARGARITA.- Es que... Vas a la ciudad por mí. Has ido tantas veces a la ciudad por mí.
Me lo haces todo. Me consientes como a una princesa. No quiero molestarte tanto. Son
mis responsabilidades.
FERNANDO.- Soy tu marido, nena. Tus responsabilidades son las mías.
MARGARITA.- Muac.
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«Ahora tus besos son más bajos. Vienen de más abajo. Y de más lejos».
FERNANDO.- Muac.
MARGARITA.- Es que te echo de menos cuando no estás. La casa parece tan grande...
Aunque quizás sea porque yo soy más bajita…
FERNANDO.- Pues tendría que hacérsete más pequeña.
MARGARITA.- El techo parece más alto.
«Qué risa».
FERNANDO.- Pues sigue a la misma altura.
MARGARITA.- Tendré uno de esos días tontos.
FERNANDO.- Para variar. ¿Puedo ir a por la caja de herramientas o prefieres ir
arrastrándote por toda la casa?
MARGARITA.- Perdona por ponerme triste.
FERNANDO.- No me gusta verte triste. Me das grima.
«Ríes como una niña traviesa. Qué grima. Vuelves a reírte, más flojito, te tapas
la cara, avergonzada. No tienes remedio. No te mueves. Ni un ápice. Dejo los
zapatos en el suelo y corro. Te destapas la cara, no me encuentras. He llegado a
tiempo al recibidor. Me buscas con la mirada. A tu alrededor. Estás sorprendida.
Ya no recuerdas lo rápido que puede moverse alguien con piernas. Confías en
que salga de mi escondite. En que vuelva. No lo haré. Iré directamente a la
ciudad. Intentas avanzar con la plataforma. Escucho el crujido de la rueda.
Sueltas un gritillo. Como de cerda. Cuando vuelva por la noche, te encontraré
tirada en el suelo, abrazada a mis zapatos, harta de llorar, de sufrir por pensar
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que te he abandonado. Cuando me veas regresar, te pondrás tan contenta...».
FERNANDO.- ¿Estabas dormida?
MARGARITA.- Sí, qué frío está el suelo. Creo que he cogido frío. Cariño...
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- ¿Quién es ella?
CORAL.- Hola.
FERNANDO.- No seas maleducada, nena, responde.
MARGARITA.- Hola.
CORAL.- Me llamo Coral.
MARGARITA.- Hola, Coral. Yo me llamo Margarita.
CORAL.- Encantada.
MARGARITA.- Yo también. Qué labios más bonitos tienes.
CORAL.- Es el carmín. Megareflexion.
FERNANDO.- Así me gusta. Que os llevéis bien.
MARGARITA.- ¿Sola?
FERNANDO.- ¿Cómo que sola?
MARGARITA.- ¿Y su marido?
CORAL.- No estoy casada.
MARGARITA.- ¿Cuántos años tienes?
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FERNANDO.- No seas indiscreta.
MARGARITA.- Pensaba que estabas casada. ¿Y de qué vives?
CORAL.- Trabajo.
MARGARITA.- ¿Tú? ¿Y la casa?
CORAL.- ¿Qué pasa?
MARGARITA.- ¿De qué trabajas?
CORAL.- Soy azafata en torneos de boxeo.
MARGARITA.- Necesitas un marido.
FERNANDO.- Coral viene a pasar unos días con nosotros.
MARGARITA.- Pero...
FERNANDO.- No pongas pegas, nena. Ya está hablado.
MARGARITA.- No he limpiado la casa. No he tenido tiempo. Está todo patas arriba. No te
asustes por el desorden. No he podido preparar la habitación de invitados. Está arriba y
así no he podido... Cariño, tendrías que haberme avisado. No está ni la cama hecha.
FERNANDO.- No te preocupes, dormirá con nosotros. Hay espacio de sobra. Tú duermes
en la alfombrilla, ¿no?, y ella puede dormir conmigo. No he tenido tiempo de ir a la
colchonería.
CORAL.- Margarita...
MARGARITA.- ¿Qué?
CORAL.- ¿Qué te ha pasado?
MARGARITA.- La rueda. Se ha aflojado una rueda. ¿Encontraste la caja de
herramientas?
FERNANDO.- Sí. Estaba en el porche.
MARGARITA.- ¿Y el destornillador?
FERNANDO.- En la caja de herramientas.
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MARGARITA.- Lógico.
FERNANDO.- Lógico.
CORAL.- Lógico.
MARGARITA.- ¿Y me apretarás la rueda?
FERNANDO.- ¡Nena!
MARGARITA.- ¿Qué he dicho?
CORAL.- Has dicho, más o menos textualmente, que si te apretará la rueda.
FERNANDO.- Nena, tenemos una invitada. ¿Cómo voy a ponerme ahora con la rueda?
Mañana habrá tiempo de sobra.
MARGARITA.- Sí, mañana habrá tiempo. También. Pero es que quería ir a la cocina...
FERNANDO.- Por un día puedes ir arrastrándote, ¿no? Nadie se ha muerto por
arrastrarse durante un día.
MARGARITA.- No... Pero ella... No sé si te molestará...
CORAL.- Oh, a mí no me importa. Arrástrate todo lo que quieras. Como en tu casa.
MARGARITA.- Pues... Entonces... Voy a cocinar. Permiso.
«Coral quiere decir algo pero le callo a tiempo, ha entendido mi gesto. Bien.
Margarita, a rastras hacia la cocina. Quién te ha visto y quién te ve. Coral me
mira, asiento, Coral respira aliviada, dilo ya, no sea que revientes, venga».
CORAL.- Hemos traído la cena.
MARGARITA.- ¿Habéis traído…?
FERNANDO.- Sí.
MARGARITA.- ¡Qué bien! Menos mal, porque hay tan poca cosa en la nevera... Y nada
de carne. La carne es muy buena pero no la probamos.
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CORAL.- Qué casualidad, yo tampoco.
MARGARITA.- Hay que ver, qué coincidencia.
CORAL.- Como lo oyes.
MARGARITA.- Nosotros antes comíamos conejo. La casa estaba cercada de cepos. Para
cazar conejos.
FERNANDO.- Pero a Margarita no le sienta bien el conejo. Desde el accidente. El médico
dijo que nada de carne. Y nada de carne incluye el conejo.
CORAL.- ¿Qué accidente?
FERNANDO.- Sus piernas.
CORAL.- Ah. ¿Sus piernas?
FERNANDO.- Sí.
CORAL.- ¿Qué les pasa a sus piernas?
FERNANDO.- Pasarles, no les pasa nada.
MARGARITA.- No están. Desde el accidente con los cepos.
FERNANDO.- Antes comíamos conejo. Pero desde que perdió las piernas con los cepos,
no puede comer conejo. Y he quitado los cepos. Los he tenido que quitar.
CORAL.- Pues por mí no os preocupéis. Soy vegetariana.
MARGARITA.- Yo también lo era. De pequeña. Luego no. Después de la muerte de mi
padre empecé a probar la carne. Conejo. Y después del accidente, nada de nuevo.
Qué lío.
FERNANDO.- En resumen, que se acabaron los conejos.
CORAL.- Muy bien.
MARGARITA.- Los vegetales también están muy ricos. Perdona que esté todo tan
desordenado...
CORAL.- No está tan mal.
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MARGARITA.- ¿Qué hora es? Tendréis hambre. Voy a cocinar algo...
FERNANDO.- Coral acaba de decirte que hemos traído comida.
CORAL.- Voy a buscarla.
«Coral sale a por la cena».
MARGARITA.- Qué despistada. Son los nervios. No recibimos muchas visitas... ¿Hay que
calentar algo? Ahora puedo calentar la comida, con los fogones a ras de…
«Coral entra con la bolsa y una botella de vino».
CORAL.- La comida y una botella de vino…
MARGARITA.- ¡Oh, vino! Fernando me ha instalado los fogones a ras del suelo para que
pudiera cocinar. Es un tesoro, mi Fernando.
CORAL.- Voy a por el regalo.
MARGARITA.- ¡Un regalo!
«Coral vuelve a salir. Me encanta su culito».
MARGARITA.- La mesa sí que habrá que ponerla. Voy a sacar la mantelería del ajuar...
Espero que no huela a naftalina, hace tanto que no las usamos…
«Coral casi no pasa por la puerta con el rótulo gigante».
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CORAL.- Es de donde trabajo. Iban a tirarlo. Me hacía gracia, pero en casa no tengo
donde ponerlo. Suerte de la camioneta de Fernando. En el maletero de un coche no
cabe.
MARGARITA.- Qué bien que nos acompañes, Coral, cenaremos con amiga y todo…
¿Qué cubiertos pongo? ¿Cuchara, cuchillo, tenedor? ¿Qué hay para cenar?
FERNANDO.- Ostras.
«En el rótulo, en colores deslumbrantes, puede leerse: CERRADO POR FIESTA
PRIVADA».
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Acto II
Cerrado por fiesta privada
FERNANDO.- ¡Arreglada!
«Coral aplaude. ¿Por qué la miras como si estuviera haciendo algo malo?»
FERNANDO.- Prueba a ver, nena.
«Te cuesta dar la vuelta. Pero la rueda está bien apretada. Te sientes cansada,
¿no? ¿Qué te pasa?»
MARGARITA.- Gracias.
FERNANDO.- Te noto cansada.
MARGARITA.- No he pegado ojo en toda la noche.
FERNANDO.- Es que ayer apenas cenaste. No se puede ir uno a la cama con hambre.
MARGARITA.- Las ostras.
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Me sentaron mal.
FERNANDO.- Hay que cambiar la alimentación. Nada de carne...
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MARGARITA.- ¡Si las ostras son carne!
FERNANDO.- ¡Qué dices! Las ostras son marisco. Fruto del mar.
CORAL.- Claro que sí.
FERNANDO.- Coral es vegetariana. Si las ostras fueran carne, Coral no las comería. Eso
lo sabemos muy bien tanto Coral como yo, nena.
CORAL.- Sí, tiene razón.
MARGARITA.- Tienes razón.
CORAL.- Además, estaban deliciosas.
FERNANDO.- Entonces no te quejes. Estás cansada porque ayer cenaste poco. Por eso
estás así. Si no me haces caso, atente a las consecuencias. ¿Cansada? Pues estate
cansada. Otro día cenarás en condiciones.
MARGARITA.- Además hicisteis mucho ruido.
FERNANDO.- ¿Nosotros? ¿Cuándo?
MARGARITA.- Por la noche.
CORAL.- Intentamos no hacer ruido.
MARGARITA.- ¿Estuvisteis hablando hasta muy tarde?
CORAL.- Nooo.
MARGARITA.- Me lo pareció... Desde la alfombrilla... Algo dormiríais. No parecéis tan
cansados como yo. Incluso tenéis buena cara. Se duerme bien en la cama, ¿no?
CORAL.- Mucho.
FERNANDO.- Quizás no pudiste dormir por la excitación de ayer. Tener una invitada en
casa...
MARGARITA.- También. Qué ilusión.
FERNANDO.- A veces sólo ves las cosas negativas, nena. Llega a cansar, tanto
pesimismo. En cambio, Coral es tan alegre.
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«Coral sonríe».
CORAL.- Gracias. Lo sé. Y si, por lo que sea, me siento un poco triste, me pongo a
bailar.
FERNANDO.- ¿Bailamos?
CORAL.- ¿Ahora? ¡Sí!
MARGARITA.- Eh...
FERNANDO.- Pon un disco, nena.
MARGARITA.- ¿Cuál?
«Cojo a Coral por la cintura».
FERNANDO.- El que quieras, nena.
MARGARITA.- ¿Sí? ¿Me dejas escogerlo a mí?
FERNANDO.- Venga.
«Ya estás tardando».
FERNANDO.- Es para hoy.
MARGARITA.- Voy.
FERNANDO.- Nena, ven a bailar con nosotros.
MARGARITA.- ¡Qué bien bailáis! ¡Qué gusto veros!
CORAL.- Gracias, nena.
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«Bofetada. Coral no se la esperaba. Me mira con rabia, le he dejado los cinco
dedos marcados en la cara».
FERNANDO.- ¡No la llames nena! ¡Sólo yo puedo llamarla nena! ¡Y no me mires así!
CORAL.- Lo siento.
MARGARITA.- ¿Os pongo otra canción?
CORAL.- No.
MARGARITA.- Ahora me han venido a mí las ganas de bailar.
FERNANDO.- Déjalo. Tengo hambre.
MARGARITA Y CORAL.- ¿Quieres comer?
FERNANDO.- Sí.
MARGARITA.- Voy a preparar algo.
CORAL.- Yo.
MARGARITA.- ¿Cómo vas a cocinar a ras del suelo? Vas a mancharte el vestido.
FERNANDO.- Déjala hacer, Coral. Eres nuestra invitada.
CORAL.- Me gustaría ayudar en algo. Preparar lo que sea.
FERNANDO Y MARGARITA.- No hace falta.
CORAL.- Un pequeño aperitivo. Dejadme preparar un aperitivo, veréis qué delicia. Para
abrir el apetito.
FERNANDO.- Déjala, si insiste.
CORAL.- Y después vemos si preparo la comida o no, por si Margarita quiere descansar
un rato. ¿No estabas tan cansada?
MARGARITA.- Se me ha pasado... Un poco. Con la música.
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CORAL.- Prepararé el aperitivo. Solamente el aperitivo. De momento.
FERNANDO.- Así me gusta.
CORAL.- Voy a haceros unos tomates condimentados a mi estilo. Tomates de Coral.
Para chuparse los dedos. La salsa está riquísima. Veréis, veréis qué bien, y con nada,
poca cosa, cuatro ingredientes. Ah, y sobraron ostras de ayer.
FERNANDO.- ¡Ostras! ¡Eso sí me apetece!
CORAL.- Voy a traerlas. ¿Dónde tienes las fuentes, Margarita?
MARGARITA.- En la cocina.
CORAL.- Ya. Hasta ahí, llego.
«Coral se va hacia... Tú, en dirección contraria. Nena, tú sí que sabes...».
FERNANDO.- Coral...
CORAL.- ¿Qué?
FERNANDO.- La cocina está por allí.
«Frunce el ceño. Se gira y te sigue».
10
CORAL.- ¡Hemos llegado!
MARGARITA.- ¿Habéis comprado algo?
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CORAL.- ¿No lo ves?
«Coral deja el ramo de flores en el suelo. Yo dejo el que llevo al lado del de ella
y regreso a la camioneta, que revienta de flores. Hay que descargarlas todas».
CORAL.- ¿Cómo te encuentras hoy?
MARGARITA.- Mal.
CORAL.- ¿Pero tan mal, tan mal como ayer?
MARGARITA.- Peor.
CORAL.- Vaya.
MARGARITA.- Sí. Muy mal. Y me pongo a pensar en mi padre...
CORAL.- Cariño, ¿quieres que te ayude?
FERNANDO.- No, no, tú ve colocándolas.
MARGARITA.- Tuvo un final muy triste. Su ataúd no entraba en la fosa. Habían hecho el
agujero demasiado pequeño. La fosa. No tuvieron en cuenta la medida del ataúd. Un
ataúd de madera de manzano, el único capricho de mi padre al morir. Madera de
manzano. Fernando lo construyo con sus propias manos, por aquel entonces Fernando
trabajaba para nosotros, ¿eso lo sabías?, era el capataz de los jornaleros. Yo le miraba
trabajar en el ataúd. Desde el umbral del taller. Tenía una cara mientras pulía la
madera. Cómo miraba. Recuerdo la luz del atardecer entrando por las ventanas, el aire
lleno de serrín, Fernando con la mascarilla y sus ojos. De animal. También el ataúd se
quedó corto, mi padre era muy alto. Mucho más que yo. Yo le llegaba por aquí, bueno,
antes, cuando tenía piernas. Reprendí a Fernando, tuvieron que meter a mi padre con
las rodillas dobladas. Qué duro estaba el cuerpo. Y qué frío. ¿Has tocado alguna vez a
un muerto? Están muy fríos. Tan fríos que te recuerdan que ya no están aquí, que ya
no son lo que eran. El ataúd pequeño se quedó pequeño para mi padre, la fosa se
quedó pequeña para el ataúd. Fue muy raro. Cuánto más grande era todo, más
pequeño era todo... ¿Me entiendes?
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CORAL.- Más o menos.
MARGARITA.- Al entierro fue poca gente, la mayoría de ellos jornaleros. Yo era su única
familia. Y lo que pasó en la fosa… También me reí, qué remedio, qué iba a hacer.
Familia, lo que se dice familia, ya no me quedaba. Mi madre se había ido hace muchos
años. Sólo me quedaba mi padre, y había muerto. Ya no estaba. Los más cercanos
eran sus jornaleros. A partir de ese momento, mis jornaleros. A ver, no me reí mucho,
sonreía, al fin y al cabo se trataba mi padre. Fernando me acompañó a casa. Durante
todo el viaje me miraba... Sabes cómo mira. Me miraba de la misma manera que al pu-
lir la madera. Sus ojos se clavaban dentro, dentro... Un cosquilleo, aquí, nunca había
sentido nada parecido. Me miraba y sus ojos hacían ruido, como si me perforasen. Era
el ruido de la pulidora eléctrica, pero parecía que saliera de sus ojos. Me acompañó a
casa y seguía mirándome así y ese ruido dentro... En el porche, ahí mismo, en el
balancín, ese que no te gusta, el que te parece…
CORAL.- Hortera.
MARGARITA.- Me pidió la mano.
CORAL.- ¿Y qué le dijiste?
MARGARITA.- Que sí, claro. ¿Qué iba a decirle?
CORAL.- Margarita... ¿Puedo preguntarte algo?
MARGARITA.- Sí.
CORAL.- Íntimo.
MARGARITA.- Sí...
CORAL.- ¿Tienes algún deseo, algún capricho en particular para el día en que...?
MARGARITA.- ¿... Mueras?
CORAL.- Sí.
MARGARITA.- Sí. Eh... Fernando ya lo sabe. Te lo contaré, pero no se lo digas a nadie
más, ¿eh? Es un secreto...
CORAL.- No se lo diré a nadie.
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MARGARITA.- Júralo.
CORAL.- Lo juro.
MARGARITA.- Por tu madre.
CORAL.- Lo juro por mi madre.
MARGARITA.- ¿Tú tienes madre?
CORAL.- Como todo el mundo.
MARGARITA.- Como todo el mundo no. Yo no tengo madre.
CORAL.- Eso es imposible.
MARGARITA.- ¿Imposible? Pregúntaselo a Fernando.
«Descargo el enésimo ramo en el suelo».
FERNANDO.- Ya me lo preguntó. Antes.
MARGARITA.- ¿El qué?
FERNANDO.- Tu capricho.
MARGARITA.- ¿Mi capricho? ¿Y te lo dijo?
CORAL.- Sí.
MARGARITA.- ¿Y qué te pareció?
CORAL.- Muy bonito. Sólo quería escucharlo de tus labios...
MARGARITA.- Flores. Muchas flores. Muchísimas flores. Quiero que me entierren
rodeada de flores, pero no de flores en ramos. Quiero que todo el campo esté cubierto
de flores. Que no se vea el suelo. Hasta donde llegue la vista, que sólo se vean flores.
Las que sean, pero flores.
CORAL.- Qué bonito.
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MARGARITA.- Qué feliz sería. Seguro que reiría de contenta dentro del ataúd, grande o
pequeño, me daría igual, sería feliz...
CORAL.- Qué maja eres.
MARGARITA.- ¿Maja? ¿Por qué?
CORAL.- No sé, me lo pareces, vaya.
MARGARITA.- Fernando también tiene caprichos así.
CORAL.- ¿Sí?
MARGARITA.- Sí, pero no para su entierro. A él no le gusta pensar en su funeral. Tiene
caprichos en vida.
CORAL.- ¿Como cuáles?
MARGARITA.- ¿No te los ha contado?
CORAL.- No...
MARGARITA.- ¿Ni siquiera uno? ¿Uno cualquiera?
CORAL.- No.
FERNANDO.- ¿De qué estáis hablando?
MARGARITA.- De la casa. De lo pequeña que se me ha quedado ahora que no tengo
piernas. Al poder moverme sólo por la planta baja... Lo pequeña y lo grande...
FERNANDO.- No me mientas, nena.
MARGARITA.- Hablábamos de los caprichos.
FERNANDO.- Tonterías. Los caprichos no son más que tonterías.
MARGARITA.- Mis flores no son ninguna tontería.
FERNANDO.- No, tus flores no. Me refería a los caprichos en general.
MARGARITA.- Ah.
FERNANDO.- ¿Cómo estás hoy, nena?
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MARGARITA.- Bien. Tantas flores alrededor me animan. ¿Para qué son?
FERNANDO.- Acabas de intoxicarte.
MARGARITA.- No...
FERNANDO.- ¿No te duele la barriga?
MARGARITA.- Será un empacho.
FERNANDO.- No me hagas reír. Casi no ha probado bocado.
CORAL.- A lo mejor eres alérgica a las ostras.
MARGARITA.- No puede ser. Nunca he probado las ostras antes... Nunca he estado en
ninguna terraza de la playa, vestida de blanco y azul y tenía un pequeño quitasol
también blanco y azul... Nunca he estado con mi madre... Nunca.
FERNANDO.- Nena...
MARGARITA.- ¿Las ostras? Un poco de manía sí que les tengo, lo reconozco. Son tan
feas, tan arrugadas... Otra de mis manías. Estoy cargada de manías.
FERNANDO.- Nena.
MARGARITA.- ¿Qué?
FERNANDO.- ¿Qué te pasa en la boca?
MARGARITA.- Megareflexion.
CORAL.- Le dejé mi pintalabios.
FERNANDO.- Pareces una mona.
CORAL.- No le digas eso...
FERNANDO.- Digo lo que me viene en gana.
«Friégate bien la boca en la manga, quítate todo el carmín, que no quede ni
rastro, no me obligues a...».
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CORAL.- Fernando tiene razón. Margarita, estás más guapa sin maquillar.
FERNANDO.- Lo que podrías hacer es vestirla en condiciones. A veces me pregunto
quién la viste.
CORAL.- Le puedo dejar algo de ropa.
FERNANDO.- Algo viejo que no te pongas.
CORAL.- Igualmente tengo poca ropa. Sólo traje una maleta diminuta. Podríamos ir
algún día a la ciudad a comprar ropa.
FERNANDO.- ¿A qué?
CORAL.- A comprar ropa.
«Esta mujer sólo sabe pedir».
MARGARITA.- ¿Sabéis...?
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Se me acaba de ocurrir.
FERNANDO.- ¿El qué?
MARGARITA.- Otro capricho.
FERNANDO.- ¡Otro!
MARGARITA.- Sí.
CORAL.- Cuenta...
MARGARITA.- ¿Secreto, eh? No se lo digáis a nadie...
CORAL.- Di...
MARGARITA.- Vacas.
CORAL.- ¿Vacas?
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FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Vacas. Sí, vacas. Me gustaría que, el día que muriera, llovieran vacas.
11
«Llueven vacas. Y qué poco a poco sucede todo en el interior de la casa. Da la
impresión de que la luz viaje más lentamente. La realidad se trueca, tiembla y se
desprende el papel de regalo que la cubre, que cae para descubrir que sólo
existe la relatividad. Nuestra relatividad. Coral me hace leer por las noches. O
leo o nada. Creo que empieza a afectarme. Dice que así aprenderé a
expresarme utilizando más de quinientas palabras. A mí, quinientas palabras me
sobran. Nunca he necesitado decir una frase de quinientas palabras. Y tú, tú
permaneces ahí, en tu plataforma con ruedas, en el centro de la habitación, con
la mirada fija en la ventana. El suelo a tu alrededor inundado de flores. Y Coral
de pie, detrás de ella. Las dos, contemplando la lluvia. Felices.»
MARGARITA.- No las veo...
FERNANDO.- Sólo han llovido unos pocas. Espera. Caen muy espaciadas.
MARGARITA.- ¿Puedes acercarme un poquito más a la ventana, Coral, por favor?
FERNANDO.- No te impacientes. Desde ahí ves perfectamente. ¡Anda, esa, qué enorme!
MARGARITA.- ¡No la he visto, no la he visto!
CORAL.- A ver...
«Coral se acerca y sigue mi dedo».
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FERNANDO.- ¿La ves?
CORAL.- No...
FERNANDO.- ¡Es enorme!
MARGARITA.- ¡Quita, quita, que no veo!
FERNANDO.- ¿No estarás quedándote también ciega, nena?
MARGARITA.- ¿También?
FERNANDO.- Las ostras te intoxicaron, nena. Puede que te afecten también a la vista.
Además de a la vida.
MARGARITA.- ¿A la vida?
FERNANDO.- Sí, a la vida.
MARGARITA.- ¿Quieres decir que...?
FERNANDO.- Sí.
«Por fin VES las flores».
FERNANDO.- Vas a morirte.
MARGARITA.- ¡No!
FERNANDO.-¿Cómo que no?
MARGARITA.- No... No veo las vacas.
FERNANDO.- Pues más vale que las veas. Estás en tu funeral.
«Balbuceas. No sabes qué decir».
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FERNANDO.- ¡Aparta!
«Echo a Coral a un lado».
FERNANDO.- ¿Las ves ahora?
«Escrutas por la ventana».
FERNANDO.- La lluvia arrecia.
MARGARITA.- Sí. He visto algo. Parecía una. Una vaca lloviendo.
«Tu rostro se transforma. De tu rostro cuelga una sonrisa. Un trozo de papel de
regalo».
FERNANDO.- Vas a morir, nena, que lo sepas.
MARGARITA.- ¿Cómo?
FERNANDO.- ¿Cómo?
MARGARITA.- Sí. Cómo. Ayúdame.
FERNANDO.- ¿Que te ayude?
MARGARITA.- Sí, no sé cómo. No sé hacerlo. Nunca lo he hecho...
FERNANDO.- Las flores. A tu alrededor. Y las vacas. Llueven vacas. Tienes que ser feliz.
¿Lo eres?
MARGARITA.- Sí... Casi.
FERNANDO.- ¿Casi? ¿Qué te falta?
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MARGARITA.- ¿Puedes besarme?
FERNANDO.- Cuándo estés fría.
MARGARITA.- No, ahora. Antes de que muera. Para poder sentirte.
«No... Me acerco».
MARGARITA.- Espera.
«Me miras...»
MARGARITA.- Fernando...
FERNANDO.- ¿Qué?
MARGARITA.- Llueven vacas.
«Cierras los ojos. Estás llorando.»
FERNANDO.- Y yo.
«Frunces los labios. Me inclino. Te beso».
FERNANDO.- Estás muerta. No llores. No puedes llorar si estás muerta.
«Te enjuagas las lágrimas y asientes».
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FERNANDO.- Puedes morir. Puedes morir por mí. Puedes morir de verdad.
«Mueres. Has muerto. Estás muerta.»
CORAL.- Cariño... ¿Quieres estar solo?
FERNANDO.- No... ¿Sabes? No vio las vacas. Quería ver las vacas. Y no las vio. Pero
murió igualmente. Me quería tanto... ¿Sabes?
«La mano de Coral en mi hombro. Te la cojo y te la beso».
FERNANDO.- Salgo.
CORAL.- ¿Adónde?
FERNANDO.- Afuera. Al balancín. Necesito aire.
CORAL.- Está lloviendo... Y muy fuerte... Puede ser peligroso.
FERNANDO.- Me da igual, ¿no lo ves? ¿Qué importa la vida?
«Salgo y te veo un instante, Coral, me giro en el porche, por la ventana, y te veo,
contemplas el cadáver de Margarita. El balancín chirría. Bajo la escalera del
porche y empiezo a correr. Luego te asomas para mirar la lluvia. Y yo corro entre
las vacas que caen. Corro. Qué difícil es hablar del dolor».
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FERNANDO.- Qué difícil es hablar del dolor.
CORAL.- Cariño... ¿Cómo te encuentras? Mírame a la cara. Por favor.
FERNANDO.- Nena, ¿qué haces tan pintada?
CORAL.- Perdona, me he olvidado...
FERNANDO.- Pareces una mona.
CORAL.- Ahora me lo quito.
FERNANDO.- No te preocupes. Me da igual. Pero podrías intentar hacer algo por mí. Por
poco que te pida.
CORAL.- No me digas eso...
FERNANDO.- Te digo lo que pienso.
CORAL.- Es que... Es ella.
«Te giras hacia el cadáver de Margarita.»
CORAL.- Me da repelús.
FERNANDO.- Es... Fue mi mujer. Un poco de respeto. Y quítate eso de la cara.
«¿Te vas o no te vas?».
FERNANDO.- El lavabo está al otro lado.
CORAL.- No iba al lavabo.
FERNANDO.- Nena... No sé lo que me pasa. Es el luto... Cuesta, ¿lo entiendes? Y cada
vez que te miro, la veo a ella. No puedo evitarlo. A veces me pregunto si... Si habría
sido más feliz, si le hubiera dicho lo que quería escuchar...
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CORAL.- Puedes consolarte conmigo. Puedes decirme todo lo que quieras.
FERNANDO.- Todo lo que quieras escuchar.
CORAL.- Es lo mismo.
FERNANDO.- ¿Crees?
CORAL.- Sí. Y seguro que ella también lo creía.
FERNANDO.- Me consuela.
«Me abraza. Sus brazos en mis hombros. Qué incordio».
FERNANDO.- Me arrepiento de lo que te he dicho antes... ¡Joder, no hago más que
disculparme! Nena...
CORAL.- Cariño....
FERNANDO.- ¿Qué?
CORAL.- Nada.
FERNANDO.- Claro.
CORAL.- Me gustaría que pensaras más en mí. Ya es hora de pensar en los vivos, no en
los muertos. Llevas días así...
FERNANDO.- Fue...
CORAL.- Ya no.
FERNANDO.- Qué sabia eres cuando quieres, aunque con esa cara pareces una puta.
«Sales hacia el lavabo».
CORAL.- ¡Que sepas que sigo pensando que deberíamos enterrarla!
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«Aún levantas la voz. Cuestión de tiempo. Me acerco al cadáver. No se
descompone. No se enfría. Es como Margarita, pero sin vida».
FERNANDO.- Nena...
«Tengo la impresión de que el cadáver se estremece. Le seco una lágrima».
FERNANDO.- Siempre lloverán vacas.
«La beso...».
CORAL.- ¿Qué haces?
«Me acabas de pillar. Me has pillado. Me da igual».
FERNANDO.- Voy a la ciudad. ¿Necesitas algo?
CORAL.- ¿Puedo ir contigo?
FERNANDO.- No.
CORAL.- ¿Vas al abogado?
FERNANDO.- Sí. A ver si nos aclaramos de una vez con el pago del seguro. Hay que
demostrar lo de la intoxicación... Y el testamento, claro...
CORAL.- Puedo ayudarte...
FERNANDO.- No.
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CORAL.- Pero...
FERNANDO.- ¡Coral, basta!
«Me voy. No soportas la presencia del cadáver de Margarita, lo sé. No debería
haberte dejado sola. Tan pronto, no. Me arrepentiré más tarde... Doy media
vuelta y llego a tiempo. Estrangulas al cadáver que se convulsionaba
aterrorizado. No puedo actuar. De alguna manera, comprendo que era
irremediable. Tenía que suceder. Tarde o temprano. Sueltas el cuerpo inerte.
Empieza a enfriarse. Entonces me descubres observándote desde el umbral de
la puerta».
CORAL.- Perdona... Necesito que me quieras más...
FERNANDO.- Necesitas quererme más.
CORAL.- Lo haré. Dame tiempo.
FERNANDO.- Corre. Más te vale que corras. No sé cuánto tiempo puedo darte.
CORAL.- Lo haré. De verdad.
FERNANDO.- ¿De verdad?
CORAL.- De verdad. De verdad y para siempre. Déjame que la entierre.
FERNANDO.- Hazlo.
CORAL.- ¿Me ayudarás?
FERNANDO.- No.
CORAL.- Empezaremos de cero. Sé que es difícil.
FERNANDO.- Imposible.
CORAL.- Sé que es imposible. Pero si nos lo proponemos, podemos conseguirlo, es lo
que me dijiste antes de traerme a esta casa, ¿recuerdas?, dijiste que todo estaba al
alcance de la mano. De nuestras manos.
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FERNANDO.- Es verdad.
CORAL.- Puedo llegar a quererte tanto...
FERNANDO.- A ver.
CORAL.- Lo haré. Cariño...
FERNANDO.- Qué.
CORAL.- ¿Verdad que llovieron vacas de verdad?
FERNANDO.- Claro. Claro que sí. Llovieron vacas. Llovieron vacas de verdad. Y volverán
a llover.
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