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Prenotandos Matrimonio y Orden

Este documento describe la importancia y dignidad del sacramento del matrimonio en la Iglesia Católica. Resalta que el matrimonio es una alianza entre un hombre y una mujer establecida por Dios para toda la vida, y que para los cristianos también es un sacramento elevado. Explica que Cristo elevó el matrimonio a la dignidad de sacramento para representar su alianza con la Iglesia. También destaca los roles y responsabilidades de los obispos, párrocos y comunidad en la preparación, celebración y apoyo
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Prenotandos Matrimonio y Orden

Este documento describe la importancia y dignidad del sacramento del matrimonio en la Iglesia Católica. Resalta que el matrimonio es una alianza entre un hombre y una mujer establecida por Dios para toda la vida, y que para los cristianos también es un sacramento elevado. Explica que Cristo elevó el matrimonio a la dignidad de sacramento para representar su alianza con la Iglesia. También destaca los roles y responsabilidades de los obispos, párrocos y comunidad en la preparación, celebración y apoyo
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INTRODUCCIÓN GENERAL (Praenotanda)

I IMPORTANCIA Y DIGNIDAD DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

1. La alianza matrimonial, por la que el hombre y la mujer se unen entre sí para toda
la vida [1:Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1055, § 1.], recibe su fuerza y vigor de
la creación, pero además, para los fieles cristianos, se eleva a una dignidad más alta, ya
que se cuenta entre los Sacramentos de la nueva alianza.

2. El Matrimonio queda establecido por la alianza conyugal o consentimiento


irrevocable de los cónyuges, con el que uno y otro se entregan y se reciben mutua y
libremente. Tanto la misma unión singular del hombre y de la mujer como el bien de los
hijos exigen y piden la plena fidelidad de los cónyuges y también la unidad indisoluble
del vínculo [2: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, núm. 48.].

3. Por su propia naturaleza, la misma institución del Matrimonio y el amor conyugal


se ordenan a la procreación y educación de la prole, y con ellas se coronan logrando su
cima [3: Cf. ibid., núm. 48.], ya que los hijos son en realidad el don más excelente del
Matrimonio y contribuyen sobre manera al bien de los mismos padres.

4. La íntima comunidad de vida y de amor, por la cual los cónyuges “ya no son dos,
sino una sola carne” [4: Mt 19, 6.], ha sido fundada por Dios Creador, provista de leyes
propias, y enriquecida con la única bendición que no fue abolida por la pena del pecado
original [5: Cf. Misal Romano, Misa en la celebración del Matrimonio A, Oración por la
esposa y el esposo.]. Por tanto, este sagrado vínculo no depende del arbitrio humano,
sino del autor del Matrimonio, que lo quiso dotado de unos bienes y fines peculiares
[6: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en
el mundo actual, núm. 48.].

5. Cristo el Señor, al hacer una nueva creación y renovarlo todo [7: Cf. 2Co 5, 17.],
quiso restituir el Matrimonio a la forma y santidad originales, de tal manera que lo que
Dios ha unido no lo separe el hombre [8: Cf. Mt 19, 6.], y, además, elevó este indiso-
luble pacto conyugal a la dignidad de Sacramento, para que significara más claramente
y remitiera con más facilidad al modelo de su alianza nupcial con la Iglesia [9: Cf.
Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes,sobre la Iglesia en el
mundo actual, núm. 48.].

6. Con su presencia trajo la bendición y la alegría a las bodas de Caná, convirtiendo el


agua en vino, anunciando así por adelantado la hora de la alianza nueva y eterna: “Pues
de la misma manera que Dios en otro tiempo salió al encuentro de su pueblo con un
pacto de amor y fidelidad, ahora el Salvador de los hombres” [10: Ibid., núm. 48.] se
ofrece a la Iglesia como esposo, cumpliendo en su misterio pascual la alianza con ella.

7. Por el Bautismo, sacramento de la fe, el hombre y la mujer, de una vez para


siempre, se insertan en la alianza de Cristo con la Iglesia, y así su comunidad conyugal
es asumida en la caridad de Cristo y enriquecida con la fuerza de su sacrificio [11: Cf.
JUAN PABLO II, Exhortación apostólicaFamiliaris consortio, núm. 13: AAS 74
(1982), p. 95; Concilio Vaticano II, Constitución pastoralGaudium st spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, núm. 48.]. Por esta nueva situación, el Matrimonio válido de
los bautizados es siempre Sacramento [12: Cf. Código de Derecho Canónico,can. 1055,
§ 2.].

8. Por el sacramento del Matrimonio los cónyuges cristianos significan el misterio de


unidad y de amor fecundo entre Cristo y la Iglesia [13: Cf. Ef 5, 25.] y participan de él;
debido a ello, tanto al abrazar la vida conyugal, como en la aceptación y educación de la
prole, se ayudan mutuamente a santificarse y encuentran ellos también su lugar y su
propio carisma en el pueblo de Dios [14: Cf. lCo 7, 7; Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 11.].

9. Por este Sacramento, el Espíritu Santo hace que, así como Cristo amó a la Iglesia
y se entregó así mismo por ella [15: Cf. Ef 5, 25.], también los cónyuges cristianos,
iguales en dignidad, con la mutua entrega y el amor indiviso, que mana de la fuente
divina de la caridad, se esfuercen por fortalecer y fomentar su unión matrimonial. De
modo que, asociando a la vez lo divino y lo humano, en la prosperidad y en la
adversidad, perseveren fieles en cuerpo y alma [16: Cf. Concilio Vaticano II,
Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia, en el mundo actual, núms. 48 y
50.], permaneciendo absolutamente ajenos a todo adulterio y divorcio
[17: Cf. ibid., núm. 49.].

10. El verdadero cultivo del amor conyugal y todo el sentido de la vida familiar, sin
subestimar los demás fines del Matrimonio, tienden a que los cónyuges cristianos estén
animosamente dispuestos a cooperar con el amor del Creador y Salvador, quien por
medio de ellos amplía y enriquece día a día a su familia [18: Cf. ibid., núm. 50.]. Y así,
confiando en la divina Providencia y ejercitando el espíritu de sacrificio [19: Cf. lCo 7,
5.], glorifican al Creador y se esfuerzan por alcanzar la perfección en Cristo cuando
cumplen la función de procrear con generosa responsabilidad humana y cristiana [20:Cf.
Concilio Vaticano LI, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, núm. 50.].
11. Dios, que llamó a los esposos al Matrimonio, continúa llamándolos a perfeccionar
su propio Matrimonio [21: Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris
consortio, núm. 51: AAS

74 (1982), p. 143.]. Los que se casan en Cristo, desde la fe en la palabra de Dios,


pueden celebrar con fruto el misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia, vivirlo
santamente y testificarlo públicamente ante todos. El Matrimonio deseado, preparado,
celebrado y vivido cotidianamente a la luz de la fe, es aquel “que la Iglesia une, que la
oblación confirma, que la bendición refrenda, que los ángeles proclaman, que el Padre
tiene por válido... ¡Qué preciosa la unión entre dos fieles que tienen una misma
esperanza, un mismo modo de vida y de servicio! Ambos son hijos de un mismo Padre,
ambos servidores de un mismo Dueño, sin ninguna separación ni en la carne ni en el
espíritu. Son ciertamente dos en una sola carne; donde hay una sola carne, hay un solo
espíritu” [22:TERTULIANO, Ad uxorem, II, VIII: CCL 1, p. 393.].

II OFICIOS Y MINISTERIOS

12. La preparación y celebración del Matrimonio, que atañe en primer lugar a los
mismos futuros cónyuges y a sus familias, compete, por razón de la cura pastoral y
litúrgica, al Obispo, al párroco y a sus vicarios y también, según le es propio, a toda la
comunidad eclesial [23: Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris
consortio, núm. 66: AAS 74(1982), pp. 159-162.].

13. Teniendo en cuenta las normas o indicaciones pastorales que la Conferencia


Episcopal haya podido establecer acerca de la preparación de los novios o la pastoral del
Matrimonio, corresponde al Obispo regular en toda la diócesis la celebración y la
pastoral del Sacramento, disponiendo la atención a los fieles para que el estado
matrimonial se mantenga en el espíritu cristiano y se vaya perfeccionando
[24: Cf. ibid., núm. 66; cf. Código de Derecho Canónico, cáns. 1063-1064.].

14. Los pastores de almas deben procurar que en la propia comunidad esta atención
se preste sobre todo:

1) con la predicación, con la catequesis adaptada a los pequeños, a los jóvenes y


a los adultos, empleando incluso los medios de comunicación social, para que con ello
se instruya a los fieles acerca del significado del Matrimonio y de los deberes de los
cónyuges y padres cristianos;

2) con la preparación personal a contraer Matrimonio, en la que los novios se


dispongan para la santidad y obligaciones de su nuevo estado;
3) con la fructuosa celebración litúrgica del Matrimonio, para que en ella se
ponga de relieve que los cónyuges manifiestan el misterio de la unidad y del amor
fecundo entre Cristo y la Iglesia y participan del mismo;

4) con la ayuda proporcionada a los casados, para que ellos, observando y


protegiendo fielmente la alianza conyugal, alcancen una vida familiar cada día más
santa y más plena [25: Cf.Código de Derecho Canónico, can. 1063.].

15. Se requiere un tiempo suficiente para la debida preparación del Matrimonio, y se


debe advenir con antelación a los novios de esta necesidad.

16. Los pastores, movidos por el amor a Cristo, han de acoger a los novios y antes de
nada fomentarán y robustecerán su fe: pues el sacramento del Matrimonio la supone y
exige [26: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sa-
grada Liturgia, núm. 59.].

17. Después de recordar oportunamente a los novios los elementos fundamentales de


la doctrina cristiana, de los que se ha hablado antes (cf. núms. 1-11), se les dará una
catequesis sobre la doctrina del Matrimonio y la familia, del Sacramento y sus ritos,
preces y lecturas, para que así puedan celebrarlo de manera consciente y fructuosa.

18. Los católicos que no hayan recibido todavía el sacramento de la Confirmación, lo


recibirán antes de ser admitidos al Matrimonio, con el fin de completar la iniciación
cristiana, siempre que pueda hacerse sin dificultad grave. Se recomienda a los novios
que en la preparación del sacramento del Matrimonio reciban, si es necesario, el
sacramento de la Penitencia y se acerquen a la sagrada Eucaristía, principalmente en la
misma celebración del Matrimonio [27: Cf. Código de Derecho Canónico, can. 1065.].

19. Antes de que se celebre el Matrimonio debe constar que nada se opone a su
celebración válida y lícita [28: Cf. ibid., can. 1066.].

20. Durante la preparación, teniendo en cuenta la manera de pensar del pueblo acerca
del Matrimonio y la familia, los pastores se esforzarán por evangelizar a la luz de la fe
el mutuo y auténtico amor entre los novios. Incluso aquellas cosas que son requeridas
por el derecho para contraer Matrimonio válido y lícito pueden servir para promover en
los novios una fe viva y un amor fecundo, con miras a la formación de la familia cristia-
na.

21. Pero si, a pesar de todos los esfuerzos, los novios manifiestan de manera clara y
expresa que rechazan lo que pretende la Iglesia cuando se celebra el Matrimonio entre
bautizados, el pastor de almas no puede admitirlos a la celebración; por mucho que le
pese, debe tener en cuenta la realidad y hacer ver a los interesados que no es la Iglesia,
sino ellos mismos, quienes, en estas circunstancias, impiden la celebración, por más que
la soliciten [29: Cf. JUAN PABLO II, Exhortación apostólicaFamiliaris
consortio, núm. 68: AAS 74 (1982), p. 165.].

22. En el Matrimonio, más de una vez se dan casos especiales: como es el Matrimonio
con parte bautizada no católica, con un catecúmeno, con parte simplemente no
bautizada, o también con parte que ha rechazado explícitamente la fe católica. Los
pastores tendrán presentes las normas de la Iglesia para estos casos y, si es necesario,
recurrirán a la autoridad competente.

23. Conviene que sea un mismo presbítero, quien prepare a los novios, haga la
homilía en la celebración del Sacramento, reciba el consentimiento y celebre la Misa.

24. También el diácono puede, recibida la facultad del párroco o del Ordinario,
presidir la celebración del Sacramento [30: Cf. Código de Derecho Canónico, can.
1111,], sin excluir la bendición nupcial.

25. Cuando no haya sacerdotes ni diáconos, el Obispo diocesano puede, previo voto
favorable de la Conferencia Episcopal y obtenida la licencia de la Sede Apostólica,
delegar a laicos para que asistan a los Matrimonios. Se elegirá a un laico idóneo, capaz
de instruir a los novios y que sea apto para realizar debidamente la liturgia matrimonial
[31: Cf. ibid., can. 1112, § 2.]. Éste pide el consentimiento de los esposos y lo recibe en
nombre de la Iglesia [32: Cf. ibid., can. 1108, § 2.].

26. Los demás laicos pueden tomar parte de varias maneras, tanto en la preparación
espiritual de los novios como en la misma celebración del rito. Conviene que toda la
comunidad cristiana coopere siendo testigo de la fe y manifestando el amor de Cristo al
mundo.

27. El Matrimonio se celebrará en la parroquia de uno u otro de los novios, o en otro


lugar con licencia del propio Ordinario o del párroco [33: Cf. ibid., can. 1115.].
III CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO

Preparación

28. Puesto que el Matrimonio se ordena al crecimiento y santificación del pueblo de


Dios, su celebración tiene un carácter comunitario, que aconseja también la
participación de la comunidad parroquial, por lo menos a través de algunos de sus
miembros. Teniendo en cuenta las costumbres de cada lugar, si no hay inconveniente,
pueden celebrarse varios Matrimonios al mismo tiempo o realizarse la celebración del
Sacramento en la asamblea dominical.

29. La misma celebración del Sacramento se ha de preparar cuidadosamente, y, en


cuanto sea posible, con los que van a casarse. El Matrimonio se celebrará normalmente
dentro de la Misa. No obstante, el párroco, atendiendo tanto a las necesidades pastorales
como al modo con que participan en la vida de la Iglesia los novios o los asistentes,
juzgará si es mejor proponer la celebración del Matrimonio dentro o fuera de la Misa
[34: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada
Liturgia, núm. 78.]. De acuerdo con los mismos novios, si es oportuno, se escogerán las
lecturas de la Sagrada Escritura que serán explicadas en la homilía; la fórmula con que
expresarán el mutuo consentimiento; los formularios para la bendición de los anillos,
para la bendición nupcial, para las intenciones de la plegaria universal y para los cantos.
Conviene también utilizar correctamente las variantes previstas en el rito y las
costumbres locales que puedan conservarse, si son oportunas.

30. Los cantos que se van a interpretar han de ser adecuados al rito del Matrimonio y
deben expresar la fe de la Iglesia, sin olvidar la importancia del salmo responsorial en la
liturgia de la palabra. Lo que se dice de los cantos vale también para la selección de las
obras musicales.

31. Es necesario que se exprese de manera adecuada el carácter festivo de la


celebración del Matrimonio, incluso en la ornamentación de la iglesia. Sin embargo, los
Ordinarios cuidarán de que no se haga ninguna acepción de personas privadas o de
clases sociales, excepto los honores debidos a las autoridades civiles, según las leyes
litúrgicas [35: Cf. ibid., núm. 32.].

32. Si el Matrimonio se celebra en un día de carácter penitencial, sobre todo en tiempo


de Cuaresma, el párroco advertirá a los esposos que tengan en cuenta la naturaleza
peculiar de aquel día. En ningún caso se celebrará el Matrimonio el Viernes Santo en la
Pasión del Señor ni el Sábado Santo.
Rito que se ha de emplear

33. En la celebración del Matrimonio dentro de la Misa, se emplea uno de los


formularios ofrecidos en el capítulo I. En la celebración sin Misa, el rito debe realizarse
después de la liturgia de la palabra, como se indica en el capítulo II.

34. Cuando el Matrimonio se celebra dentro de la Misa, se utiliza la Misa ritual “por
los esposos” con ornamentos de color blanco o festivo, a no ser que la celebración tenga
lugar alguno de los días reseñados en los números 1-4 de la tabla de los días litúrgicos,
en cuyo caso se emplea la Misa del día con sus lecturas, conservando en ella la
bendición nupcial y, si se cree conveniente, la fórmula propia de la bendición final.

No obstante, si durante el tiempo de Navidad o el tiempo ordinario la Misa en


que se celebra un Matrimonio en domingo es participada por la comunidad parroquial,
se toma el formulario de la Misa del domingo.

Cuando no se dice la Misa “por los esposos”, una de las lecturas puede tomarse
de los textos previstos para la celebración del Matrimonio, puesto que la liturgia de la
palabra, acomodada a su celebración, tiene una gran fuerza para la catequesis sobre el
Sacramento mismo y sobre las obligaciones de los cónyuges (núms. 374-419).

35. Se destacarán los principales elementos de la celebración del Matrimonio, a saber:


la liturgia de la palabra, en la que se resalta la importancia del Matrimonio cristiano en
la historia de la salvación y sus funciones y deberes de cara a la santificación de los
cónyuges y de los hijos; el consentimiento de los contrayentes, que pide y recibe el que
legítimamente asiste al Matrimonio; aquella venerable oración en la que se invoca la
bendición de Dios sobre la esposa y el esposo; y, finalmente, la comunión eucarística de
ambos esposos y de los demás presentes, con la cual se nutre sobre todo su caridad y se
elevan a la comunión con el Señor y con el prójimo [36: Cf. Concilio Vaticano II,
Decreto Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los seglares, núm. 3;
Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 12].

36. Si el Matrimonio se realiza entre parte católica y parte bautizada no católica, debe
emplearse el rito de la celebración del Matrimonio sin Misa (núms. 186-224); pero, si el
caso lo requiere, y con el consentimiento del Ordinario del lugar, se puede usar el rito de
la celebración del Matrimonio dentro de la Misa (núms. 47-87); en cuanto a la admisión
de la parte no católica a la comunión eucarística, se observarán las normas dictadas para
los diversos casos [37: Cf. Código de Derecho Canónico,can, 844.]. Si el Matrimonio se
celebra entre parte católica y parte catecúmena o no cristiana, se debe usar el rito que se
halla más adelante (núms. 3 15-342), empleando las variantes previstas para los
diversos casos.
37. Este Ritual incluye el rito de la bendición y entrega de las arras, de gran raigambre
en la tradición de muchas diócesis de España, que sirve para expresar la comunidad de
vida y de bienes que se establece entre los esposos. Para que este significado aparezca
con mayor claridad, el rito ha sido enriquecido con la entrega, también por parte de la
esposa, de arras a su marido -antes sólo el esposo las entregaba-.

38. En los formularios de este Ritual inspirados en la antigua liturgia hispana se


encuentran también el rito de la velación nupcial y una modalidad propia de rito de
despedida, la antiguamente llamada “entrega de la esposa”.

La velación, situada inmediatamente antes de la bendición nupcial, recupera un


signo tradicional y expresivo de la unión indisoluble que el Sacramento ha realizado
entre los esposos.

El rito de despedida de nuestra tradición hispana, teniendo el sabor de los


antiguos ritos de entrega de la esposa al esposo, insiste en la dignidad de la mujer que se
entrega como esposa -igual al esposo- y no como simple criada.

39. Porque los pastores son ministros del Evangelio de Cristo en favor de todos,
tendrán un cuidado especial hacia aquellas personas, ya sean católicas o no católicas,
que nunca o casi nunca participan en la celebración del Matrimonio o de la Eucaristía.
Esta norma pastoral vale en primer lugar para los mismos esposos.

40. Si el Matrimonio se celebra dentro de la Misa, además de lo requerido para la


celebración de la misma, estarán preparados en el presbiterio el Ritual Romano y los
anillos para los esposos. Si parece oportuno, se preparará también el acetre con agua
bendita y el hisopo, y un cáliz con suficiente capacidad para la comunión bajo las dos
especies.

IV ADAPTACIONES QUE HAN DE PREPARAR

LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES

41. Compete a las Conferencias Episcopales, en virtud de la Constitución sobre la


sagrada Liturgia [38: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum
Concilium, sobre la sagrada Liturgia, núms. 37-40 y 67, b.], acomodar este Ritual
Romano a las costumbres y necesidades de cada región, de modo que, una vez
confirmados los textos por la Sede Apostólica, se aplique en las regiones de que se trata.

42. En esta materia, será competencia de las Conferencias Episcopales:

1) Determinar las adaptaciones de que se habla posteriormente (núms. 43-46).


2) Si el caso lo requiere, adaptar y completar la “Introducción general” que
figura en el Ritual Romano a partir del número 36 y siguientes (“Rito que se ha de
emplear”), para hacer que la participación de los fieles sea consciente y activa.

3) Preparar las traducciones de los textos, de manera que se acomoden realmente


a la índole de las diversas lenguas y a la manera de ser de las diversas culturas,
añadiendo, siempre que sea oportuno, melodías aptas para el canto.

4) Al preparar las ediciones, ordenar la materia en la forma que parezca más adecuada
para el uso pastoral.

43. Al preparar las adaptaciones, se tendrá en cuenta lo siguiente:

1) Las fórmulas del Ritual Romano pueden ser adaptadas o, si el caso lo


requiere, enriquecidas (incluso el interrogatorio antes del consentimiento y las mismas
palabras del consentimiento).

2) Cuando el Ritual Romano presenta varias fórmulas ad libitum, se permite


añadir otras fórmulas del mismo género.

3) Respetando la estructura del rito sacramental, se puede variar el orden de las


partes. Si parece más oportuno, el interrogatorio antes del consentimiento puede
omitirse, quedando a salvo la norma de que quien asiste pida y reciba el consentimiento
de los contrayentes.

4) Si la necesidad pastoral lo exige, se puede determinar que el consentimiento


de los contrayentes se pida siempre con el interrogatorio.

5) Terminada la entrega de los anillos, teniendo en cuenta las costumbres del


lugar, se puede proceder a la coronación de la esposa o a la velación de los esposos.

6) Si en algún lugar el darse la mano o la bendición y entrega de los anillos es


incompatible con las costumbres del pueblo, puede determinarse la supresión de estos
ritos o que sean suplidos por otros.

7) Se considerará con atención y prudencia qué es lo que puede admitirse de las


tradiciones y manera de ser de cada pueblo.

44. Además, cada Conferencia Episcopal, tiene la facultad de elaborar un rito propio
del Matrimonio, a tenor de la Constitución sobre la sagrada Liturgia [39: Cf. ibid., núm.
63, b.], conforme a los usos de los lugares y pueblos, y con la aprobación de la Sede
Apostólica, quedando a salvo la norma de que el legítimo asistente pida y reciba el
consentimiento de los contrayentes [40:Cf. ibid., núm. 77.], y que se imparta la
bendición nupcial [41: Cf. ibid., núm. 78.]. El rito propio ha de ir precedido también de
la “Introducción general” que contiene el Ritual Romano [42: Cf. ibid.,núm. 63, b.],
exceptuando lo que se refiere al rito que se ha de emplear.

45. En cuanto a los usos y maneras de celebrar el Matrimonio que están en vigor en
los pueblos recién evangelizados, se sopesará comprensivamente todo lo que sea
honesto y no esté entremezclado de manera inseparable con supersticiones y errores, y,
si es posible, se conservará completo y cabal, más aún, se admitirá también en la misma
liturgia, a condición de que concuerde con la índole del verdadero y auténtico espíritu
litúrgico [43: Cf. ibid., núm. 37.].

46. En aquellos pueblos en que, por costumbre, tienen lugar en las casas ceremonias
matrimoniales, incluso durante varios días, conviene adaptarlas al espíritu cristiano y a
la liturgia. En este caso, la Conferencia Episcopal puede establecer, según las
necesidades pastorales de los pueblos, que el mismo rito del Sacramento pueda
celebrarse en las casas.
CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA PONTIFICALIS ROMANI RECOGNITO
POR LA CUAL SE APRUEBAN LOS NUEVOS RITOS
PARA LA ORDENACIÓN DEL DIÁCONO,
DEL PRESBÍTERO Y DEL OBISPO

PABLO OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS, PARA PERPETUA MEMORIA

La revisión del Pontifical Romano no sólo se prescribe de modo genérico por el


Concilio Vaticano II [1: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada
Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 25.], sino que además se rige por unas normas
peculiares, según las cuales este mismo Sagrado Sínodo mandó cambiar los ritos de las
Ordenaciones, “tanto en lo referente a las ceremonias como a los textos” [2: lbid., núm.
76.].

En cuanto a los ritos de la Ordenación, hay que atender en primer lugar a


aquellos que, por el sacramento del Orden, conferido en grado diverso, constituyen la
sagrada jerarquía: “Así, el ministerio eclesiástico, de institución divina, es ejercido en
diversos órdenes por quienes ya desde antiguo vienen llamándose Obispos, Presbíteros
y Diáconos” [3: Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen
gentium, núm. 28.].

En la revisión de los ritos de las sagradas Ordenaciones, además de los


principios generales que, según las prescripciones del Concilio Vaticano II, han de guiar
toda la reforma litúrgica, hay que atender con el mayor cuidado a aquella esclarecedora
enseñanza sobre la naturaleza y efectos del sacramento del Orden que expuso el mismo
Concilio en la Constitución sobre la Iglesia; una enseñanza que sin duda ha de quedar
expresada también en la Liturgia, al modo que le es propio; en efecto, “los textos y los
ritos se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas santas que
significan y, en lo posible, el pueblo cristiano pueda comprenderlas fácilmente y
participar en ellas por medio de una celebración plena, activa y propia de una
comunidad” [4: Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada
Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 21.].

Ahora bien, el mismo Santo Sínodo enseña “que con la consagración episcopal
se confiere la plenitud del sacramento del Orden, la cual, en efecto, en el uso litúrgico y
por boca de los santos Padres es designada con el nombre de sumo sacerdocio, cumbre
del ministerio sagrado. La consagración episcopal, junto con la función de santificar,
confiere también las funciones de enseñar y de gobernar, las cuales, sin embargo, por su
propia naturaleza, sólo pueden ejercerse en comunión jerárquica con la cabeza y los
miembros del Colegio. En efecto, por la tradición, que se pone de manifiesto
principalmente en los ritos litúrgicos y en la práctica de la Iglesia tanto de Oriente como
de Occidente, queda claro que con la imposición de manos y la Plegaria de
consagración se confiere la gracia del Espíritu Santo y se imprime el carácter sagrado de
tal manera que los Obispos, de modo eminente y visible, hacen las veces del mismo
Cristo Maestro, Pastor y Pontífice y actúan en su persona” [5: Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 21.].

A estas palabras hay que añadir muchas y excelentes cuestiones doctrinales


sobre la sucesión apostólica de los Obispos y sobre sus funciones y oficios, las cuales,
aunque están ya contenidas en el Ordo Consecrationis episcopalis, parece que han de
ser expresadas de un modo mejor y más esmerado.

Para alcanzar adecuadamente este fin, ha parecido oportuno tomar de las fuentes
antiguas la plegaria consecratoria que se encuentra en la llamada “Tradición Apostólica
de Hipólito Romano”, escrita a principios del siglo III y que, en gran parte, se conserva
todavía en la liturgia de Ordenación de los Coptos y Sirios occidentales. De este modo,
en el mismo acto de la Ordenación, se da testimonio de la concordancia de la tradición,
tanto oriental como occidental, en lo referente a la función apostólica de los Obispos.

En lo que atañe a los presbíteros, hay que recordar principalmente estas palabras
de las Actas del Concilio Vaticano segundo: “Los presbíteros, aunque no tienen la
cumbre del pontificado y dependen de los Obispos en el ejercicio de su potestad, están,
sin embargo, unidos a ellos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del
Orden, son consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen
de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5, 1-10; 7, 24; 9, 11-28), para predicar el
Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino” [6: Ibid.,núm. 28.]. Y
en otro lugar se lee lo siguiente: “Los presbíteros, por la sagrada Ordenación y la misión
que reciben de los Obispos, son promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y
Rey, de cuyo ministerio participan, con lo cual la Iglesia se va edificando
continuamente aquí en la tierra como pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del
Espíritu Santo” [7: Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, Presbyterorum Ordinis, núm. 1.].

En la Ordenación presbiteral, tal como estaba en el Pontificale Romanum, se


describía con toda claridad la misión y la gracia del presbítero como ayudante del Orden
episcopal. No obstante, ha parecido necesario dar una mayor unidad a todo el rito, que
antes estaba distribuido en varias partes, y resaltar con más fuerza la parte central de la
Ordenación, esto es, la imposición de manos y la Plegaria de consagración.
Finalmente, por lo que se refiere a los diáconos, además de lo que se dice en la
Carta Apostólica Sacrum Diaconatus Ordinem, promulgada motu proprio por Nos el
día 18 de junio de 1967, hay que recordar principalmente estas palabras: “En el grado
inferior de la jerarquía están los diáconos, a los cuales se les imponen las manos ‘no
para el sacerdocio, sino para el ministerio’(Constitutiones Ecclesiae Aegyptiacae, III, 2).
En efecto, fortalecidos con la gracia sacramental, sirven al pueblo de Dios, en comunión
con el Obispo y su presbiterio, en el ministerio (diaconia) de la liturgia, de la palabra y
de la caridad” [8: Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen
gentium, núm. 29.]. En la Ordenación diaconal había que introducir unos pocos
cambios, habida cuenta tanto de las recientes prescripciones sobre el diaconado como
grado propio y permanente de la jerarquía como de una mayor simplicidad y claridad de
los ritos.

Además, entre los restantes documentos del Supremo Magisterio referentes a las
sagradas Órdenes, consideramos digna de especial mención la Constitución
Apostólica Sacramentum Ordinis,promulgada por nuestro antecesor, de feliz memoria,
Pío XII el 30 de noviembre de 1947, en la cual se declara: “La imposición de manos es
la materia, y única materia, de las sagradas Órdenes del diaconado, del presbiterado y
del episcopado; y la forma, también única, son las palabras que determinan la aplicación
de esta materia, las cuales significan de manera unívoca los efectos sacramentales -a
saber, la potestad de Orden y la gracia del Espíritu Santo- y que en este sentido toma y
utiliza la Iglesia” [9: AAS 40 (1948), p. 6.]. Sentado este principio, el mismo
documento determina qué imposición de manos y qué palabras constituyen la materia y
forma en la colación de cada Orden.

Ahora bien, puesto que en la revisión del rito ha sido necesario añadir, suprimir
o cambiar algunas cosas, ya sea para restituir con fidelidad los textos a su forma más
antigua, ya sea para hacer más claras algunas expresiones, o también para que queden
mejor expuestos los efectos del sacramento, hemos creído necesario, para alejar toda
controversia y para evitar ansiedades de conciencia, declarar qué es lo que se debe
considerar esencial en el rito revisado.

Por tanto, acerca de la materia y forma en la colación de cada Orden, con nuestra
suprema Autoridad Apostólica, decretamos y establecemos lo que sigue:

En la Ordenación de diáconos la materia es la imposición de manos del Obispo,


que se hace en silencio sobre cada uno de los ordenandos antes de la Plegaria de
consagración; la forma consiste en las palabras de esta Plegaria de consagración, entre
las cuales son esenciales, y por tanto necesarias para la validez del acto, las siguientes:
“Emítte in eos, Dómine, quaésumus, Spíritum Sanctum, quo in opus ministérii
fidéliter exsequéndi múnere septifórmis tuae grátiae roboréntur”.

(Envía sobre ellos, Señor, el Espíritu Santo, para que, fortalecidos con tu gracia
de los siete dones, desempeñen con fidelidad su ministerio.)

En la Ordenación de presbíteros la materia es también la imposición de manos


del Obispo, que se hace en silencio sobre cada uno de los ordenandos antes de la
Plegaria de consagración; la forma consiste en las palabras de esta Plegaria de
consagración, entre las cuales son esenciales, y por tanto necesarias para la validez del
acto, las siguientes:

“Da, quaésumus, omnípotens Pater, in hos fámulos tuos presbytérii dignitátem;


ínnova in viscéribus eorum Spíritum sanctitátis; accéptum a te, Deus, secúndi
mériti munus obtíneant, censurámque morum exémplo suae conversatiónis
insínuent”.

(Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la


dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad;
reciban de ti el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean, con su conducta,
ejemplo de vida.)

Finalmente, en la Ordenación del Obispo la materia es la imposición de manos


que hacen en silencio los Obispos consagrantes, o por lo menos el consagrante
principal, sobre la cabeza del elegido antes de la Plegaria de consagración; la forma
consiste en las palabras de esta Plegaria de consagración, entre las cuales son esenciales,
y por tanto necesarias para la validez del acto, las siguientes:

“Et nunc effúnde super hunc eléctum eam virtútem, quae a te est, Spíritum
principálem, quem dedísti dilécto Fílio tuo Iesu Christo, quem ipse donávit
sanctis Apóstolis, qui constituérunt Ecclésiam per síngula loca, ut sanctuarium
tuum, in glóriam et laudem indeficiéntem nóminis tui”.

(Infunde ahora sobre este tu elegido la fuerza que de ti procede: el Espíritu de


gobierno que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los
santos Apóstoles, quienes establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada
lugar para gloria y alabanza incesante de tu nombre.)

Así pues, Nos mismo, con nuestra autoridad apostólica, aprobamos este rito para
la administración de las sagradas Órdenes del Diaconado, Presbiterado y Episcopado,
revisado por elConsilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, “con la
ayuda de los expertos y después de consultar a los Obispos de diversas partes del
mundo” [10: Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada
Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 25.], de forma que de ahora en adelante se
emplee para conferir estas Órdenes, en lugar del rito existente todavía en el Pontificale
romanum.

Queremos que estos nuestros decretos y prescripciones sean firmes y eficaces


ahora y en el futuro, sin que obsten, si se da el caso, las Constituciones y Ordenaciones
Apostólicas promulgadas por nuestros antecesores, ni las demás prescripciones, ni que
sean dignas de peculiar mención y derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 18 de junio de 1968, quinto de nuestro


pontificado. PABLO PP. VI

INTRODUCCIÓN GENERAL (Praenotanda)

I. LA ORDENACIÓN SAGRADA

1. Por la ordenación sagrada, algunos fieles cristianos son instituidos en el nombre


de Cristo, y reciben el don del Espíritu Santo, para apacentar la Iglesia con la palabra y
la gracia de Dios [1: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la
Iglesia, Lumen gentium, núm. 11.].

2. Porque “Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36), hizo a
los Obispos partícipes de su propia consagración y misión por mediación de los
Apóstoles, de los cuales son sucesores. Estos han confiado legítimamente la función de
su ministerio en distintos grados a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el ministerio
eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes que ya desde antiguo
recibían los nombres de Obispos, Presbíteros y Diáconos” [2:Ibid., núm. 28.].

3. Los Obispos, “cualificados por la plenitud del sacramento del Orden”


[3: Ibid., núm. 26.], “por el Espíritu Santo que han recibido en la Ordenación”, “han
sido hechos los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores” [4: Cf.
Concilio Vaticano II, Decreto sobre el Ministerio Pastoral de los Obispos en la
Iglesia, Christus Dominus, núm. 2.], y como tales presiden la grey del Señor en la
persona de Cristo cabeza.

4. “Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los


Obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo están unidos a éstos en el honor del
sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos
Sacerdotes de la Nueva Alianza a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote, para
anunciar el Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto divino” [5: Cf.
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia,Lumen gentium, núm.
28.].

5. A los diáconos, “se les imponen las manos para realizar un servicio y no para
ejercer el sacerdocio. Fortalecidos, en efecto, con la gracia del sacramento, en comunión
con el Obispo y sus presbíteros, están al servicio del pueblo de Dios en el ministerio de
la liturgia, de la palabra y de la caridad” [6: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución
dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium,núm. 29.].

6. La Ordenación sagrada se confiere por la imposición de las manos del Obispo y


la Plegaria con la que bendice a Dios e invoca el don del Espíritu Santo para el
cumplimiento del ministerio [7:Cf. Pío XII, Constitución Apostólica Sacramentum
Ordinis: A.A.S. 40 (1948) 5-7; Pablo VI, Constitución Apostólica Pontificalis Romani
recognitio; CIC, can. 1009 § 2.]. Pues, por la tradición principalmente expresada en los
ritos litúrgicos y en la práctica de la Iglesia tanto de Oriente como de Occidente, está
claro que, por la imposición de las manos y la Plegaria de Ordenación, se confiere el
don del Espíritu Santo y se imprime el carácter sagrado, de tal manera que los Obispos,
los presbíteros y los diáconos, cada uno a su modo, quedan configurados con Cristo
[8: Cf. PABLO VI, Constitución Apostólica Pontificalis Romani recognitio.].

II.ESTRUCTURA DE LA CELEBRACIÓN

7. La imposición de las manos y la Plegaria de Ordenación son el elemento


esencial de todas las Ordenaciones: en él la misma plegaria de bendición e invocación
determina el significado de la imposición de las manos. En consecuencia, estos ritos,
por ser el centro de la Ordenación, deben ser inculcados por medio de la catequesis y
puestos de relieve a través de la celebración misma.
Mientras se imponen las manos, los fieles oran en silencio, pero participan en la
Plegaria de Ordenación escuchándola, y, por medio de la aclamación final,
confirmándola y concluyéndola.

8. Capital importancia, dentro de la celebración de las Órdenes, tienen los ritos


preparatorios, a saber, la presentación del elegido o la elección de los candidatos, la
homilía, la promesa de los elegidos, las letanías, y sobre todo los distintos ritos
explicativos de las diversas Órdenes, que señalan las funciones, conferidas por la
imposición de las manos y la invocación del Espíritu Santo.

9. La Ordenación se ha de celebrar dentro de la Misa en la que los fieles, sobre


todo el domingo, participan activamente “junto a un único altar, que el Obispo preside
rodeado por su presbiterio y sus ministros” [9: Concilio Vaticano II, Constitución sobre
la Sagrada Liturgia,Sacrosanctum Concilium, núm. 41.].

De este modo se unen al mismo tiempo la principal manifestación de la Iglesia y


la administración de las Órdenes sagradas junto con el Sacrificio eucarístico, fuente y
cumbre de toda la vida cristiana [10: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática
sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 11.].

10. El íntimo nexo de la misma Ordenación con la Misa celebrada se manifiesta


oportunamente no sólo por la inserción del rito y por las fórmulas propias en la Plegaria
eucarística y en la bendición final, sino también, observado lo prescrito, por medio de
las lecturas que se pueden elegir y empleando la Misa ritual propia, según el Orden que
se confiere.

III. ADAPTACIONES SEGÚN LA VARIEDAD DE REGIONES Y


CIRCUNSTANCIAS

11. Corresponde a las Conferencias Episcopales acomodar el rito de la Ordenación


del Obispo, de los presbíteros y de los diáconos a las necesidades de cada una de las
regiones para que, tras la aprobación de la Sede Apostólica, sea utilizado en sus
respectivas regiones. En esta materia, corresponde a las Conferencias Episcopales,
habida cuenta de las circunstancias, la idiosincrasia y las tradiciones de los pueblos:

a) determinar la forma con que la comunidad presta su asentimiento a la elección


de los candidatos según la costumbre de la región (en la Ordenación del Obispo, núms.
38 y 78; en la Ordenación de presbíteros, núms. 122, 150, 266 y 307 en la Ordenación
de diáconos, núms.198, 226, 224 y 305);

b) establecer que se añadan, si parece oportuno, otras preguntas a las previstas


en los ritos antes de la Ordenación (en la Ordenación del Obispo, núms. 40 y 76; en la
Ordenación de presbíteros, núms. 124, 152, 270 y 311; en la Ordenación de diáconos,
núms. 200, 228, 268 y 309);

c) determinar la forma con la que los elegidos para el diaconado y el


presbiterado prometen reverencia y obediencia (núms. 125, 153, 201, 228, 269, 271,
310 y 312);

d) establecer que el propósito de asumir la obligación del celibato se manifieste


con alguna forma externa, además de la respuesta a la pregunta al respecto (en la
Ordenación de diáconos, núms. 200, 228, 268 y 309);

e) aprobar algunos cantos para utilizarlos en lugar de los indicados en este libro;

f) proponer a la Sede Apostólica otras adaptaciones de los ritos para


introducirlos con su consentimiento. Sin embargo, la imposición de manos no se puede
omitir; la Plegaria de Ordenación no se puede reducir ni sustituir por otros textos
alternativos. Debe respetarse la estructura general del rito y la índole propia de cada uno
de sus elementos.

CAPÍTULO I

ORDENACIÓN DEL OBISPO

I. IMPORTANCIA DE LA ORDENACIÓN

12. Se es constituido del Cuerpo de los Obispos en virtud de la Ordenación


episcopal y por la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio y sus miembros.

El Orden de los Obispos sucede en el magisterio y en el régimen pastoral al colegio de


los Apóstoles, más aún, en él perdura ininterrumpidamente el cuerpo apostólico [11: Cf.
Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm.
22.]. Pues los Obispos, “como sucesores de los Apóstoles, reciben del Señor, a quien se
le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todos los pueblos
y de predicar el Evangelio a todo el mundo para que todos los hombres, por al fe, el
bautismo y el cumplimiento de los mandamientos, consigan la salvación (cf. Mt 28,18)”
[12: Ibid., núm. 24.]; el Colegio episcopal, reunido bajo una sola cabeza, el Romano
Pontífice, sucesor de Pedro, expresa la unidad, variedad y universalidad de la grey de
Cristo [13: Ibid., núm. 22.].

13. A su vez, cada uno de los Obispos, puestos al frente de las Iglesias particulares,
ejercen su gobierno pastoral sobre la porción del Pueblo de Dios que se les ha confiado
[14: Ibid., núm. 23.]; son el principio y fundamento visible de la unidad en esas Iglesias
particulares, conformadas a imagen de la Iglesia universal, pues en ella y por ellas existe
la Iglesia católica [15: Ibid.].

14. La predicación del Evangelio sobresale entre las funciones principales de los
Obispos; porque los Obispos son heraldos de la fe, que conducen nuevos discípulos a
Cristo, y doctores auténticos que predican al pueblo a ellos confiado la fe que ha de
creer y aplicar a la vida moral [16: Cf. ibid., núm. 25.]. Y así como por el ministerio de
la palabra comunican la fuerza de Dios a los creyentes para que se salven (cf. Rm 1,16),
también mediante los sacramentos santifican a los fieles; ellos regulan la administración
del bautismo; ellos son los ministros originarios de la confirmación, los que confieren
las sagradas Ordenes y los moderadores de la disciplina penitencial. Investidos de la
plenitud del sacramento del Orden, son “administradores de la gracia del sumo
sacerdocio” sobre todo en la Eucaristía que ellos mismos ofrecen o procuran que se
ofrezca. Pues toda legítima celebración de la Eucaristía es dirigida por ellos: y en toda
comunidad reunida en torno al altar, bajo el ministerio sagrado del Obispo se manifiesta
el símbolo de la caridad y unidad del Cuerpo místico [17: Cf. Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm.26.].

II. OFICIOS Y MINISTERIOS

15. Todos los fieles tienen obligación de orar por la elección de su Obispo y por el
elegido. Hágase esto principalmente en la oración universal de la Misa y en las preces
de Vísperas.

Puesto que el Obispo es constituido en favor de toda la Iglesia lobal, deben ser
invitados a la Ordenación clérigos y otros fieles, de manera que asistan a la celebración
en el mayor número posible.

16. Al celebrar la Ordenación, según la práctica tradicional desde antiguo, el Obispo


ordenante principal debe estar acompañado al menos de otros dos Obispos. Pero es muy
conveniente que todos los Obispos presentes tomen parte en la elevación del nuevo
elegido al ministerio del sumo sacerdocio [18: Cf. ibid., núm. 22.], imponiéndole las
manos, pronunciando lo que está determinado en la Plegaria de Ordenación y
saludándole con el beso de la paz.

Así, en la misma Ordenación de cada uno de los Obispos, se significa la índole


colegial del Orden.

Como de costumbre, el Metropolitano ordene al Obispo sufragáneo, y el Obispo


del lugar al Obispo auxiliar.
El Obispo ordenante principal pronuncia la Plegaria de Ordenación, en la que se
bendice a Dios y se invoca al Espíritu Santo.

17. Dos presbíteros de la diócesis para la que se ordena el elegido, le asisten al


celebrar la Ordenación: uno de ellos, en nombre de la Iglesia local, pide al Obispo
ordenante que confiera la Ordenación al elegido. Estos dos presbíteros y, en cuanto sea
posible, también los otros presbíteros, sobre todo los de la misma diócesis, concelebran
la liturgia eucarística en unión con el Obispo ordenado en esta celebración y con los
demás Obispos.

18. Dos diáconos sostienen el libro de los Evangelios sobre la cabeza del elegido
mientras se pronuncia la Plegaria de Ordenación.

III. LA CELEBRACIÓN

19. Antes de celebrar la Ordenación, el elegido debe hacer ejercicios espirituales


durante el tiempo oportuno.

20. Conviene que todas las comunidades de la diócesis para la que es ordenado el
Obispo se preparen bien para celebrar la Ordenación.

21. El Obispo que, como cabeza se pone al frente de una diócesis, debe ser ordenado
en la iglesia catedral. Los Obispos auxiliares, que se ordenan al servicio de una diócesis,
deben ser ordenados también en la iglesia catedral o en otra iglesia de gran importancia
en la diócesis.

22. La Ordenación del Obispo celébrese con la asistencia del mayor número posible
de fieles en domingo o en día festivo, preferentemente en una fiesta de Apóstoles, a no
ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se excluyen el Triduo pascual, el
Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la Conmemoración de todos los fieles
difuntos.

23. La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa estacional, una vez terminada la
liturgia de la palabra y antes de la liturgia eucarística.

Puede emplearse la Misa ritual “En la que se confieren las sagradas Órdenes”,
excepto en las Solemnidades, los Domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, los días
de la octava de Pascua y las fiestas de los Apóstoles. En estos casos se dice la Misa del
día, con sus lecturas. Pero en los otros días, si no se dice la Misa ritual, se puede tomar
una de las lecturas de las que se proponen en el Leccionario con este fin.

La Oración universal se omite porque las letanías ocupan su lugar.


24. Proclamado el Evangelio, la Iglesia local por medio de uno de sus presbíteros
pide al Obispo ordenante principal que ordene al elegido. El elegido, en presencia de los
Obispos y de todos los fieles, manifiesta la voluntad de ejercer su ministerio según los
deseos de Cristo y de la Iglesia, en comunión con el Orden de los Obispos bajo la
autoridad del sucesor de san Pedro Apóstol. En las letanías todos imploran la gracia de
Dios en favor del elegido.

25. Por la imposición de las manos de los Obispos y la Plegaria de Ordenación, se le


confiere al elegido el don del Espíritu Santo para su función episcopal. Éstas son las
palabras que pertenecen a la naturaleza del sacramento y que por ello se exigen para la
validez del acto:

“Et nunc effúnde super hunc eléctum eam virtútem, quae a te est, Spíritum
principálem, quem dedísti dilécto Fílio tuo Iesu Christo, quem ipse donávit
sanctis Apóstolis, qui constituérunt Ecclésiam per síngula loca, ut sanctuarium
tuum, in glóriam et laudem indeficiéntem nóminis tui”.

(Infunde ahora sobre este tu elegido la fuerza que de ti procede: el Espíritu de


gobierno que diste a tu amado Hijo Jesucristo, y él, a su vez, comunicó a los
santos Apóstoles, quienes establecieron la Iglesia como santuario tuyo en cada
lugar para gloria y alabanza incesante de tu nombre.)

El Obispo ordenante principal pronuncia la Plegaria de Ordenación en nombre


de todos los Obispos presentes; las palabras esenciales son pronunciadas por todos los
Obispos que, junto con el Obispo principal, impusieron las manos al elegido. Pero estas
palabras se han de decir de tal modo que la voz del Obispo ordenante principal se oiga
con claridad, mientras los demás Obispos ordenantes las pronuncian en voz baja.

26. Por la imposición del libro de los Evangelios sobre la cabeza del ordenando
mientras se pronuncia la Plegaria de Ordenación, y por la entrega del mismo en manos
del ordenado, se declara como función principal del Obispo la predicación fiel de la
palabra de Dios; por la unción de la cabeza se significa la peculiar participación del
Obispo en el sacerdoci de Cristo; por la entrega del anillo se expresa la fidelidad del
Obispo a la Iglesia, esposa de Dios; por la imposición de la mitra, el deseo de alcanzar
la santidad, y por la entrega del báculo pastoral, su función de regir la Iglesia que se le
ha confiado.

Con el beso que el Ordenado recibe del Obispo ordenante principal y de todos
los Obispos se pone como un sello a su acogida en el Colegio episcopal.
27. Es muy conveniente que el Obispo ordenado en la propia diócesis presida la
concelebración de la liturgia eucarística. Pero si la Ordenación se ha hecho en otra
diócesis, preside la concelebración el Obispo ordenante principal: en este caso, el
Obispo recién ordenado ocupa el primer lugar entre los otros concelebrantes.

IV. LO QUE HAY QUE PREPARAR

28. Además de lo necesario para la celebración de la Misa estacional deben


prepararse:

a) El libro de la Ordenación;

b) separatas de la Plegaria de Ordenación para los Obispos ordenantes;

c) el gremila;

d) el santo crisma;

e) lo necesario para lavarse las manos;

f) el anillo, el báculo pastoral, la mitra para el elegido y, en su caso, el palio.


Estas insignias, excepto el palio, no necesitan bendición previa cuando se entregan en el
mismo rito de la Ordenación.

29. Además de la cátedra del Obispo ordenante principal, se han de preparar sedes
para los Obispos ordenantes, para el elegido y para los presbíteros concelebrantes, de
esta forma:

a) En la liturgia de la palabra, el Obispo ordenante principal se sienta en la


cátedra; los otros Obispos ordenantes, junto a la cátedra, a ambos lados; y el elegido, en
el lugar más a propósito del presbiterio, entre los presbíteros que le asisten;

b) la Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra; pero si es necesario


para la participación de los fieles, prepárense las sedes para el Obispo ordenante
principal y para los demás Obispos ordenantes delante del altar o en otro lugar más
oportuno; pero las sedes para el elegido y para los presbíteros que asisten prepárense de
modo que los fieles puedan ver bien la acción litúrgica.

30. El Obispo ordenante principal y los Obispos y presbíteros concelebrantes visten


los ornamentos sagrados que se exige a cada uno para la celebración de la Misa.

Conviene que el Obispo ordenante principal lleve la dalmática bajo la casulla.


El elegido viste todos los ornamentos sacerdotales y además la cruz pectoral y la
dalmática.

Pero los Obispos ordenantes, si no concelebran, han de llevar alba, cruz pectoral,
estola y, si se cree oportuno, capa pluvial y mitra. Los presbíteros que asisten al elegido,
si no concelebran, vestirán capa pluvial sobre el alba.

Los ornamentos han de ser del color de la misa que se celebre o, si no, de color
blanco; también pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

CAPÍTULO II

ORDENACIÓN DE PRESBÍTEROS

I. IMPORTANCIA DE LA ORDENACIÓN

101. Por la Ordenación sagrada se confiere a los presbíteros aquel sacramento que,
“mediante la unción del Espíritu Santo, marca a los sacerdotes con un carácter especial.
Así están identificados con Cristo Sacerdote, de tal manera que pueden actuar como
representantes de Cristo Cabeza” [1:Concilio Vaticano II, Decreto sobre el ministerio y
vida de los presbíteros, Presbyterorum Ordinis,núm. 2.].

En consecuencia, los presbíteros tienen parte en el sacerdocio y en la misión del


Obispo. Como sinceros cooperadores del Orden episcopal, llamados a servir al pueblo
de Dios, forman, junto con su Obispo, un único presbiterio dedicado a diversas
funciones [2: Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen
gentium, núm. 28.].

102. Participando, en el grado propio de su ministerio, del oficio del único Mediador,
Cristo (1Tm 2, 5), anuncian a todos la palabra divina. Pero su oficio sagrado lo ejercen,
sobre todo, en la asamblea eucarística. Desempeñan con sumo interés el ministerio de la
reconciliación y del alivio en favor de los fieles penitentes o enfermos, y presentan a
Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hb 5, 1-4). Ejerciendo en la
medida de su autoridad el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios
como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre por
medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey lo adoran en Espíritu y en verdad
(cf. Jn 4, 24). Se afanan, finalmente, en la palabra y en la enseñanza (cf. 1Tm 5, 17),
creyendo aquello que leen cuando meditan la ley del Señor, enseñando aquello que
creen, imitando lo que enseñan [3: Cf.ibid.].
II. OFICIOS Y MINISTERIOS

103. Es propio de todos los fieles de la diócesis acompañar con sus oraciones a los
candidatos al presbiterado. Háganlo principalmente en la oración universal de la Misa y
en las preces de Vísperas.

104. Puesto que el presbítero es constituido en favor de toda la Iglesia local, deben
ser invitados a la Ordenación de presbíteros los clérigos y otros fieles, de manera que
asistan a la celebración en el mayor número posible. Principalmente han de ser invitados
todos los presbíteros de la diócesis a la celebración de las Órdenes.

105. El Obispo es el ministro de la sagrada Ordenación [4: Cf. Concilio Vaticano II,
Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 28.]. Conviene que sea el
Obispo de la diócesis quien confiera la Ordenación de presbíteros a los diáconos. Pero
los presbíteros presentes al celebrar la Ordenación imponen las manos a los candidatos
juntamente con el Obispo “a causa del espíritu común y semejante del clero”
[5: HIPÓLITO, Traditio Apostolica, 8.].

106. Uno de los colaboradores del Obispo que han sido delegados para la formación
de los candidatos, al celebrar la Ordenación, pide en nombre de la Iglesia la colación del
Orden y responde a la pregunta sobre la dignidad de los candidatos. Algunos de los
presbíteros ayudan a los ordenados a revestirse de los ornamentos presbiterales. Los
presbíteros presentes, en cuanto sea posible, saludan con el beso de paz a los hermanos
recién ordenados como señal de acogida en el presbiterio y concelebran la liturgia
eucarística juntamente con el Obispo y los ordenados.

III. LA CELEBRACIÓN

107. Conviene que la Iglesia local, a cuyo servicio se ordenan los presbíteros, se
prepare para la celebración de las Órdenes.

Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en retiro practicando


ejercicios espirituales al menos durante cinco días.

108. Téngase la celebración en la iglesia catedral o en las iglesias de aquellas


comunidades de las que son oriundos algunos de los candidatos, o en otra iglesia de
gran importancia.

Si se van a ordenar presbíteros de alguna comunidad religiosa, puede hacerse la


Ordenación en la iglesia de la comunidad en la que van a ejercer su ministerio.
109. Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número posible de fieles en
domingo o día festivo, a no ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se
excluyen el Triduo Pascual, el Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la
Conmemoración de todos los fieles difuntos.

110. La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa estacional, una vez terminada la
liturgia de la palabra y antes de la liturgia eucarística.

Puede emplearse la Misa ritual “En la que se confieren las sagradas Órdenes”
excepto en las Solemnidades, los Domingos de Adviento, Cuaresma, Pascua y los días
de la octava de Pascua. En estos casos se dice la Misa del día con sus lecturas.

Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual, se puede tomar una de las lecturas
de las que se proponen en el Leccionario con este fin.

La oración universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar.

111. Proclamado el Evangelio, la Iglesia local pide al Obispo que ordene a los
candidatos. El presbítero encargado informa al Obispo, que le pregunta, ante el pueblo,
de que no existen dudas acerca de los candidatos. Los candidatos, en presencia del
Obispo y de todos los fieles, manifiestan la voluntad de cumplir su ministerio, según los
deseos de Cristo y de la Iglesia bajo la autoridad del Obispo. En las letanías todos
imploran la gracia de Dios en favor de los candidatos.

112. Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se les
confiere a los candidatos el don del Espíritu Santo para su función presbiteral. Estas son
las palabras que pertenecen a la naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen
para la validez del acto:

“Da, quaésumus, omnípotens Pater, in hos fámulos tuos presbytérii dignitátem;


ínnova in viscéribus eorum Spíritum sanctitátis; accéptum a te, Deus, secúndi
mériti munus obtíneant, censurámque morum exémplo suae conversatiónis
insínuent”.

(Te pedimos, Padre todopoderoso, que confieras a estos siervos tuyos la


dignidad del presbiterado; renueva en sus corazones el Espíritu de santidad;
reciban de ti el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean, con su conducta,
ejemplo de vida.)

Juntamente con el Obispo, los presbíteros imponen las manos a los candidatos
para significar su recepción en el presbiterio.
113. Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación se revisten los ordenados
con la estola presbiteral y con la casulla para que se manifieste visiblemente el
ministerio que desde ahora van a ejercer en la liturgia.

Este ministerio se declara más ampliamente por medio de otros signos: por la
unción de las manos se significa la peculiar participación de los presbíteros en el
sacerdocio de Cristo; por la entrega del pan y del vino en sus manos se indica el deber
de presidir la celebración Eucarística y de seguir a Cristo crucificado.

El Obispo, con el beso de paz, pone en cierto modo el sello a la acogida de sus
nuevos colaboradores en su ministerio; los presbíteros saludan con el beso de paz a los
ordenados para el común ministerio en su Orden.

114. Los ordenados ejercen por primera vez su ministerio en la liturgia eucarística
concelebrándola con el Obispo y con los demás miembros del presbiterio. Los
presbíteros recién ordenados ocupan el primer lugar.

IV. LO QUE HAY QUE PREPARAR

115. Además de lo necesario para la celebración de la Misa estacional, deben


prepararse:

a) El libro de la Ordenación;
b) casullas para cada uno de los ordenandos;
c) el gremial;
d) el santo crisma;
e) lo necesario para lavarse las manos el Obispo y los ordenados.

116. La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra; pero si fuere necesario


para la participación de los fieles, prepárese la sede para el Obispo delante del altar o en
otro lugar más oportuno.

Las sedes para los ordenandos deben prepararse de modo que los fieles puedan
ver bien la acción litúrgica.

117. El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los ornamentos sagrados que
se les exigen a cada uno para la celebración de la Misa.

Los ordenandos llevan amito, alba, cíngulo y estola diaconal. Los presbíteros
que imponen las manos a los elegidos para el presbiterado, si no concelebran, estén
revestidos de estola sobre el alba o sobre el traje talar con sobrepelliz.
Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra o, si no, de color
blanco; también pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

CAPÍTULO III

ORDENACIÓN DE DIÁCONOS

I. IMPORTANCIA DE LA ORDENACIÓN

173. Los diáconos se ordenan mediante la imposición de las manos heredada de los
Apóstoles, para desempeñar eficazmente su ministerio por la gracia sacramental. Por
eso, ya desde la primitiva época de los Apóstoles, la Iglesia Católica ha tenido en gran
honor el sagrado Orden del diaconado [1: Cf. PABLO VI, Carta apostólica Sacrum
diaconatus Ordinem, 18 de junio 1967: A.A.S. 59 (1967) 697-704.].

174. Es oficio propio del diácono, según le fuere asignado por la autoridad
competente, administrar solemnemente el Bautismo, reservar y distribuir la Eucaristía,
asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia, llevar el Viático a los
moribundos, leer la sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir
el culto y la oración de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los
funerales y de la sepultura. Dedicados a los oficios de la caridad y de la administración,
recuerden los diáconos el aviso del bienaventurado Policarpo: “Compasivos, diligentes,
actuando según la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos” [2: Concilio
Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 29.].

175. Los que van a ser ordenados diáconos deben ser admitidos por el Obispo como
candidatos, exceptuando los que están adscritos por los votos a un instituto clerical
[3: Cf. PABLO VI, Carta apostólica Ad pascendum, núm. 1; A.A.S. 64 (1972) 538;
CIC, can. 1034.].

176. Mediante la Ordenación de diácono se obtiene la incorporación al estado clerical


y la incardinacíón a una diócesis o prelatura personal.

177. Por la libre aceptación del celibato ante la Iglesia, los candidatos al diaconado se
consagran a Cristo de un modo nuevo. Están obligados a manifestarlo públicamente aun
aquellos que hayan emitido el voto de castidad perpetua en un instituto religioso.

178. En la celebración de las Órdenes se encomienda a los diáconos la función de la


alabanza divina en la que la Iglesia pide a Cristo, y por él al Padre, la salvación de todo
el mundo; y así han de celebrar la Liturgia de las Horas por todo el pueblo de Dios, más
aún, por todos los hombres.
II. OFICIOS Y MINISTERIOS

179. Es propio de todos los fieles de la diócesis acompañar con sus oraciones a los
candidatos al diaconado. Háganlo principalmente en la oración universal de la Misa y en
las preces de Vísperas.

Como los diáconos “se ordenan al servicio del Obispo” [4: HIPÓLITO, Traditio
Apostolica, 8.], deben ser invitados a su Ordenación los clérigos y otros fieles, de
manera que asistan a la celebración en el mayor número posible. Principalmente han de
ser invitados todos los diáconos a la celebración de las Órdenes.

180. El Obispo es el ministro de la sagrada Ordenación. Uno de los colaboradores del


Obispo, delegado para la formación de los candidatos, al celebrar la Ordenación pide en
nombre de la Iglesia la colación del Orden y responde a la pregunta sobre la dignidad de
los candidatos.

Los diáconos ayudan en la celebración de las Órdenes, vistiendo a los


Ordenados los ornamentos diaconales. Si no hay diáconos, otros ministros pueden
realizar este cometido. Los diáconos, o al menos algunos de ellos, saludan con el beso a
los hermanos recién ordenados como señal de acogida en el diaconado.

III. LA CELEBRACIÓN

181. Conviene que la Iglesia local, a cuyo servicio se ordena cada uno de los
diáconos, se prepare a la celebración de las Órdenes.

Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en retiro practicando


ejercicios espirituales al menos durante cinco días.

182. Téngase la celebración en la iglesia catedral o en las iglesias de cuyas


comunidades son oriundos uno o más de los candidatos, o en otra iglesia de gran
importancia. Si se van a ordenar diáconos de alguna comunidad religiosa, puede hacerse
la Ordenación en la iglesia de la comunidad en la que van a ejercer su ministerio.

183. Como el diaconado es uno solo, conviene que tampoco en la celebración de las
Órdenes se haga distinción alguna por razón del estado de los candidatos. Sin embargo
puede admitirse una celebración especial para los candidatos casados o para los no
casados, si parece oportuno.

184. Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número posible de fieles en
domingo o día festivo, a no ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se
excluyen el Triduo pascual, el Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la
Conmemoración de todos los fieles difuntos.

185. La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa estacional, una vez terminada la
liturgia de la palabra y antes de la liturgia eucarística. Puede emplearse la Misa ritual
“En la que se confieren las sagradas Órdenes” excepto en las Solemnidades, los
Domingos de Adviento, Cuaresma, Pascua, y los días de la octava de Pascua. En estos
casos se dice la Misa del día con sus lecturas.

Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual, se puede tomar una de las lecturas
de las que se proponen en el Leccionario con este fin.

La oración universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar.

186. Proclamado el Evangelio, la Iglesia local pide al Obispo que ordene a los
candidatos. El presbítero encargado informa al Obispo que le pregunta, ante el pueblo,
de que no existen dudas acerca de los candidatos. Los candidatos, en presencia del
Obispo y de todos los fieles, manifiestan la voluntad de cumplir su ministerio, según los
deseos de Cristo y de la Iglesia bajo la autoridad del Obispo. En las letanías todos
imploran la gracia de Dios en favor de los candidatos.

187. Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de la Ordenación, se


confiere a los candidatos el don del Espíritu para su función diaconal. Estas son las
palabras que pertenecen a la naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen para la
validez del acto:

“Emítte in eos, Dómine, quaésumus, Spíritum Sanctum, quo in opus ministérii


fidéliter exsequéndi múnere septifórmis tuae grátiae roboréntur”.

(Envía sobre ellos, Señor, el Espíritu Santo, para que, fortalecidos con tu gracia
de los siete dones, desempeñen con fidelidad su ministerio.)

188. Inmediatamente después de la Plegaria de la Ordenación se revisten los


Ordenados con la estola diaconal y con la dalmática para que se manifieste visiblemente
el ministerio que desde ahora van a ejercer en la liturgia.

Por la entrega del libro de los Evangelios se indica la función diaconal de


proclamar el Evangelio en las celebraciones litúrgicas y también de predicar la fe de
palabra y de obra.

El Obispo con su beso pone en cierto modo el sello a la acogida de los diáconos
en su ministerio: los diáconos saludan con el beso a los Ordenados para el común
ministerio en su Orden.
189. Los Ordenados ejercen por primera vez su ministerio en la liturgia eucarística
asistiendo al Obispo, preparando el altar, distribuyendo la Comunión a los fieles y
principalmente sirviendo el cáliz y proclamando las moniciones.

IV. LO QUE HAY QUE PREPARAR

190. Además de lo necesario para la celebración de la Misa estacional, deben


prepararse:

a) el libro de la Ordenación;

b) estolas y dalmáticas para cada uno de los ordenados.

191. La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra; pero si fuera necesario


para la participación de los fieles, prepárese la sede para el Obispo delante del altar o en
otro lugar más oportuno.

Las sedes para los ordenados deben prepararse de modo que los fieles puedan
ver bien la acción litúrgica.

192. El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los ornamentos sagrados que
se les exigen a cada uno para la celebración de la Misa.

Los ordenados llevan amito, alba y cíngulo.

Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra o, si no, de color
blanco; también pueden emplearse otros ornamentos festivos o más nobles.

CAPÍTULO IV
ORDENACIÓN DE DIÁCONOS Y PRESBÍTEROS
EN UNA MISMA ACCIÓN LITÚRGICA

I. CELEBRACIÓN DE ÓRDENES PARA DIÁCONOS Y PRESBÍTEROS

248. Conviene que la Iglesia local, a cuyo servicio se ordenan los diáconos y los
presbíteros, se prepare a la celebración de las Órdenes.

Los candidatos mismos deben prepararse con la oración en retiro practicando


ejercicios espirituales al menos durante cinco días.
249. Téngase la celebración en la iglesia catedral o en las iglesias de cuyas
comunidades son oriundos uno o más de los candidatos, o en otra iglesia de mayor
importancia.

Si los ordenandos son miembros de alguna comunidad religiosa, puede hacerse


la Ordenación en la iglesia de la comunidad en la que van a ejercer su ministerio.

250. Celébrese la Ordenación con la asistencia del mayor número posible de fieles en
domingo o día festivo, a no ser que razones pastorales aconsejen otro día. Pero se
excluyen el Triduo pascual, el Miércoles de Ceniza, toda la Semana Santa y la
Conmemoración de todos los fieles difuntos.

251. La Ordenación tiene lugar dentro de la Misa celebrada en rito estacional, una vez
terminada la liturgia de la palabra y antes de la liturgia eucarística.

Puede emplearse la Misa ritual “En la que se confieren las sagradas Órdenes”
excepto en las Solemnidades, los Domingos de Adviento, Cuaresma, Pascua y los días
de la octava de Pascua. En estos casos se dice la Misa del día con sus lecturas.

Pero en otros días, si no se dice la Misa ritual, se puede tomar una de las lecturas
de las que se proponen en el Leccionario con este fin.

La oración universal se omite, porque las letanías ocupan su lugar.

252. Proclamado el Evangelio, la Iglesia local pide al Obispo que ordene a los
candidatos. El presbítero encargado informa al Obispo, que le pregunta, ante el pueblo,
de que no existen dudas acerca de los candidatos. Los candidatos, diáconos y
presbíteros cada cual en su momento, en presencia del Obispo y de todos los fieles,
manifiestan la voluntad de cumplir su ministerio, según los deseos de Cristo y de la
Iglesia bajo la autoridad del Obispo. En las letanías todos imploran la gracia de Dios en
favor de los candidatos.

253. Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se les
confiere a los candidatos al diaconado el don del Espíritu Santo para su función
diaconal. Estas son las palabras que pertenecen a la naturaleza del sacramento y que por
tanto se exigen para la validez del acto: cfr. supra n. 187.

Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación se revisten los ordenados


con la estola diaconal y con la dalmática para que se manifieste visiblemente el
ministerio que desde ahora van a ejercer en la liturgia.
Por la entrega del libro de los Evangelios se indica la función diaconal de
proclamar el Evangelio en las celebraciones litúrgicas y también de predicar la fe de la
Iglesia de palabra y de obra.

254. Después de que todos han orado de nuevo, sigue la Ordenación de los
presbíteros.

Por la imposición de las manos del Obispo y la Plegaria de Ordenación, se


confiere a los candidatos el don del Espíritu Santo para su función presbiteral. Estas son
las palabras que pertenecen a la naturaleza del sacramento y que por tanto se exigen
para la validez del acto: cfr. supra n. 112.

Inmediatamente después de la Plegaria de Ordenación, se revisten los ordenados


con la estola presbiteral y con la casulla para que se manifieste visiblemente el
ministerio que desde ahora van a ejercer en la liturgia.

Este ministerio se declara más ampliamente por medio de otros signos: por la
unción de las manos se significa la peculiar participación de los presbíteros en el
sacerdocio de Cristo; por la entrega del pan y del vino en sus manos se indica el deber
de presidir la celebración eucarística y de seguir a Cristo crucificado.

255. El Obispo, con el beso de paz, pone en cierto modo el sello a la acogida de los
presbíteros y de los diáconos como nuevos colaboradores en su ministerio. En cuanto
sea posible todos o al menos algunos presbíteros saludan con un beso a los ordenados de
presbíteros y, a su vez, los diáconos a los recién ordenados de diáconos en señal de
acogida en su Orden.

256. Los ordenados presbíteros ejercen por primera vez su ministerio en la liturgia
eucarística concelebrándola con el Obispo y con los demás miembros del presbiterio.
Los presbíteros recién ordenados ocupan el primer lugar.

Y los diáconos asisten al Obispo. Uno de ellos prepara el altar, distribuye la


comunión a los fieles, sirve el cáliz y proclama las moniciones.

II. LO QUE HAY QUE PREPARAR

257. Además de lo necesario para la celebración de la Misa estacional, deben


prepararse:

a) El libro de la Ordenación;
b) casullas para cada uno de los ordenandos de presbíteros; estolas y dalmáticas
para cada uno de los que se van a ordenar de diáconos;
c) el gremial;
d) el santo crisma;
e) lo necesario para lavarse las manos el Obispo y los ordenados de presbíteros.

258. La Ordenación hágase normalmente junto a la cátedra; pero si fuere necesario


para la participación de los fieles, prepárese la sede para el Obispo delante del altar o en
otro lugar más oportuno.

Las sedes para los ordenandos deben prepararse de modo que los fieles puedan
ver bien la acción litúrgica.

259. El Obispo y los presbíteros concelebrantes visten los ornamentos sagrados que
se les exigen a cada uno para la celebración de la Misa.

Los que van a ser ordenados presbíteros llevan amito, alba, cíngulo y estola
diaconal; los ordenandos diáconos toman amito, alba y cíngulo.

Los presbíteros no concelebrantes que imponen las manos a los elegidos para el
presbiterado estén revestidos de estola sobre el alba o sobre el traje talar con sobrepelliz.

Los ornamentos han de ser del color de la Misa que se celebra o, si no, de color
blanco; también pueden emplearse otros ornamentos festivos más nobles.

OBISPO PRESBITEROS DIACONOS

.Dios y Padre de nuestro Señor Asístenos, Señor, Padre santo, Asístenos, Dios todopoderoso,
Jesucristo, Dios todopoderoso y eterno, de quien procede toda gracia,
Padre de misericordi y Dios de autor de la dignidad humana que estableces los ministerios
todo consuelo, y dispensador de todo don y gracia; regulando sus órdenes;
que habitas en el cielo por ti progresan tus criaturas inmutable en ti mismo, todo lo
y te fijas en los humildes; y por ti se consolidan todas las cosas. renuevas;
que lo conoces todo antes de Para formar el pueblo sacerdotal, por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor
que exista. tú dispones con la fuerza del Espíritu Santo nuestro
Tú establecisste normas en tu en órdenes diversos a los ministros de tu -palabra, sabiduría y fuerza tuya-,
Iglesia Hijo Jesucristo. con providencia eterna todo lo
con tu palabra bienhechora. Y en la primera Alianza aumentaron los proyectas
Desde el principio tú oficios, y concedes en cada momento cuanto
predestinaste instituidos con signos sagrados. conviene.
un linaje justo de Abrahán; Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente A tu Iglesia, cuerpo de Cristo,
nombraste prícipes y sacerdotes de tu pueblo enriquecida con dones celestes
y no dejaste sin ministros tu para gobernarlo y santificarlo, variados,
santuario. les elegistes colaboradores, articulada con miembros distintos
Desde el principio del mundo te subordiandos en orden y dignidad, y unificada en admirable estructura
agrada
ser glorificado por tus elegidos. que les acompañaran y secundaran. por la acción del Espíritu Santo,
INFUNDE AHORA SOBRE Así, en el desierto, la hace crecer y dilatarse
ESTE TU ELEGIDO diste parte del espíritu de Moisés, como templo nuevo y grandioso.
LA FUERZA QUE DE TI comunicándolo a los setenta varenes Como un día elegiste a los levitas
PROCEDE: prudentes para servir en el primitivo
EL ESPÍRITU DE con los cuales gobernó más fácilmente a tu tabernáculo,
GOBIERNO pueblo. así ahora has establecido tres órdenes
QUE DISTE A TU AMADO Así también hiciste partícipes a los hijos de de ministros
HIJO JESUCRISTO, Aarón encargados de tu servicio.
Y ÉL, A SU VEZ, de la abundante plenitud otorgada a su padre, Así también, en los comienzos de la
COMUNICÓ A LOS para que un número suficiente de sacerdotes Iglesia,
SANTOS APÓSTOLES, ofreciera, según la ley, los sacrificios, los apóstoles de tu Hijo,
QUIENES sombra de los bienes futuros. movidos por el Espíritu Santo,
ESTABLECIERON LA Finalmente, cuando llegó la plenitud de los eligieron, como auxiliares suyos en
IGLESIA tiempos, el ministerio cotidiano,
COMO SANTUARIO TUYO enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo, a siete varones acreditados ante el
EN CADA LUGAR, Jesús, pueblo,
PARA GLORIA Y Apóstol y Pontífice de la fe que profesamos. a quienes, orando e imponiéndoles
ALABANZA INCESANTE Él, movido por el Espíritu Santo, las manos,
DE TU NOMBRE se ofreció a ti como sacrificio sin mancha, les confiaron el cuidado de los
Padre santo, tú que conoces los y habiendo consagrado a los apóstoles con la pobres,
corazones, verdad, a fin de poder ellos entregarse con
concede a este servidor tuyo, los hizo partícipes de su misión; mayor empeño
a quien elegiste para el a ellos, a su vez, les diste colaboradores a la oración y a la predicación de la
episcopado, para anunciar y realizar por el mundo entero palabra.
que sea un buen pastor de tu la obra de la salvación. Te suplicamos, Señor, que atiendas
santa grey También ahora, Señor, te pedimos nos propicio
y ejercite ante ti el sumo concedas, a éstos tus siervos,
sacerdocio como ayuda a nuestra limitación, estos a quienes consagramos
sirviéndote sin tacha día y colaboradores humildemente
noche; que necesitamos para ejercer el para el orden del diaconado
que atraiga tu favor sobre tu sacerdocio apostólico. y el servicio de tu altar.
pueblo TE PEDIMOS, PADRE ENVÍA SOBRE ELLOS, SEÑOR,
y ofrezca los dones de tu santa TODOPODEROSO, EL ESPÍRITU SANTO,
Iglesia; QUE CONFIERAS A ESTOS SIERVOS PARA QUE FORTALECIDOS
que por la fuerza del Espíritu, TUYOS CON TU GRACIA DE LOS
que recibe como sumo sacerdote LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO; SIETE DONES,
y según tu mandato, RENUEVA EN SUS CORAZONES EL DESEMPEÑEN CON
tenga el poder de perdonar ESPÍRITU DE SANTIDAD; FIDELIDAD EL MINISTERIOS.
pecados; RECIBAN DE TI EL SEGUNDO Que resplandezca en ellos
que distribuya los ministerios GRADO un estilo de vida evangélico, un amor
y los oficios según tu voluntad, DEL MINISTERIO SACERDOTAL sincero,
y desate todo vínculo conforme Y SEAN, CON SU CONDUCTA, solicitud por pobres y enfermos,
al poder EJEMPLO DE VIDA. una autoridad discreta,
que diste a los Apóstoles; Sean honrados colaboradores del orden de una pureza sin tacha
que por la mansedumbre y la los obispos, y una observancia de sus
pureza de corazón para que pos su predicación, obligaciones espirituales.
te sea grata su vida como y con la gracia del Espíritu Santo, Que tus mandamientos, Señor,
sacrificio de suave olor, la palabra del Evangelio se vean reflejados en sus costumbres,
por medio de tu Hijo Jesucristo, dé fruto en el corazón de los hombres y que el ejemplo de su vida
por quien recibes la gloria, el y llegue hasta los confines del orbe. suscite la imitación del pueblo santo;
poder y el honor, Sean con nosotros fieles dispensadores de que, manifestando el testimonio de
con el Espíritu, en la santa tus misterios, su buena conciencia,
Iglesia, para que tu pueblo se renueve perseveren firmes y constantes con
ahora y por los siglos de los con el baño del nuevo nacimiento, Cristo,
siglos y se alimente de tu altar; de forma que, imitando en la tierra a
para que los pecadores sean reconciliados tu Hijo
y sean confortados los enfermos. que no vino a ser servido sino a
Que en comunión con nosotros, Señor, servir,
imploren tu misericordia merezcan reinar con él en el cielo.
por el pueblo que se les confía Por nuestro Señor Jesucristo...
y en favor del mundo entero.
Así todas las naciones, congregadas en
Cristo,
formarán un único pueblo tuyo
que alcanzará su plenitud en tu Reino.
Por nuestro Señor Jesucristo..

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