MARIO ARTECA
TARDE TEMPLADA EN FERROWHITE
“Para darnos calor, primero debiéramos
sentir un poco más el frío”, decía cierta
persona a la que nunca se le encontró
obstáculo necesario. Hasta que, como
en un sueño que se ajusta a una nueva
pesadilla, alguien dijo: “No, justamente.
No justamente”. Si el silencio tuviera
movimiento, sería el de una represa
dinamitada que se regenera, de acuerdo
a la broma de un editor trasnochado.
La imagen será la misma: el agua
se reabsorbe, logra ubicarse dentro
de la rajadura, hasta formar parte
de la reparación del concreto. Ahora
es sólo una antigua huella de identidad,
y para ganar sentido se presenta uniforme.
La premisa sobre el calor y el frío pareciera
ser una muralla defendida con la pertinacia
de los loros al cable de luz que los sostiene.
La tarde se muestra como un paquete
de alimento echándose a perder.
La exposición y la falta de cuidados
desmantela cierta fuerza sostenida como
irreversible. Sin esto por delante, tal vez,
podríamos convencer a volúmenes
de desesperados a punto de encontrarle
la vuelta y seguir su camino. Por lo general,
quien propone “abrigo”, necesita de él
más que nosotros. A todos nos pesa ser
un animal asilado, sostener a voluntad
cierta relación con las cosas. Nuestra vida,
un junco por donde pasa de largo
la vista gorda, feliz, del entendimiento.
NINGÚN LADRILLO EN LA PARED
La incapacidad de construir es, por definición,
suceso enorme. Pura incapacidad. O bien:
falta de preparación, ausencia de habilidad,
de entendimiento. No nos hemos entendido
mucho en estos años. Pusimos al borde
de la alacena un nebulizador, al que le dimos
vida un par de ocasiones, y donde tampoco
él supo hacer algo por nosotros. Leímos
mucho, eso sí, como locos, hasta rompíamos
las páginas para deshacernos del impulso
de seguir cavando en las ruinas de la letra,
nos ahogábamos en los pijamas de una lectura
a dos voces, siempre atravesada, nos
superponíamos (le llamabas “yuxtapuesto”)
y era allí donde estar juntos era sentirse
mezclados, cómo no. Pero cuando hablábamos
de poner ladrillo sobre ladrillo, sólo estaba
la referencia de aquellos refractarios, previo
calentarlos en una hornalla que quemaba
azul por falta de presión o de pago. Nadie
edifica un mundo con ladrillos huecos, es
una casa sin médula, un caracú desprovisto
de su alimento concentrado que tanto gusta
a la niña. Teníamos manos pero nada podíamos
hacer con ellas. Aún las tengo, supongo vos
también. Veinte dedos sólo para marcar letras
en la PC. Escribí de corrido un acróstico
grosero, fuera de orden y protocolo. No pienso
de esa manera, aunque en el apuro siempre
se piensa de ese modo. Los pocos ladrillos
que quedaron son mesitas de luz para una
próxima familia, en este sitio refractario.
¿Qué se siente ser el inventor de una tecnología
sencilla? Estoy seguro que no era la luz del día
o la creencia en la maldad a la que nos
somete beber agua potable, como un grito
que recorre con insistencia la misma ranura.
¿ES TAN DIFÍCIL HACERSE ENTENDER?
Si cuando se habla sólo se replica
es que nada estamos diciendo
de nosotros mismos. No se puede
uno refugiar en el arquetipo
del adolescente para comprender
qué le ocurre a un hijo por fuera
del control insuficiente de los padres.
Nada alcanza, apenas un abrazo.
Hoy me pidió uno mi hija, los dos
solos en la terraza de Radio Universidad.
El abrazo y la fuerza de ese abrazo son
el lenguaje de las carencias y la abundancia
que ellos desean recibir. Quieren oler
qué se siente estar dentro del padre.
Lo que percibimos, eso creo, es que ese
abrazo será insuficiente para quien lo recibe,
porque se vuelca sin miramientos detrás
de una lengua pre-digerida. Debo definir
más cosas de las previstas, antes que sean
asunto consumado. Y porque a una persona
se le puso un nombre para que marche,
no para que refracte en su semilla.