Alegraos y regocijaos, con estas palabras inicia el papa Francisco su encíclica, haciendo
referencia a lo que afirma Jesús con respecto a los que son perseguidos o humillados por su
causa. El Señor lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, Él nos quiere santos. Y la
Biblia está presente, de diversas maneras, el llamado a la santidad. El papa no tiene la
intención de hacer tratado sobre la santidad, sino que su objetivo es hacer resonar una vez
más el llamado a la santidad procurando encarnarlo en el contexto actual de cada persona.
Capítulo I: El llamado a la santidad
Los santos que nos alientan y acompañan
En la carta a los hebreos encontramos testimonios que nos animan. Abraham, Sara, Moisés,
etc. Son modelos que nos alientan a no detenernos en el camino. Sin embargo, también la
santidad puede estar presente en nuestra propia madre, una abuela u otras personas
cercanas. Puede que su vida no siempre haya sido perfecta, pero siguieron adelante y
agradaron al Señor. Por otro lado, los santos que ya han llegado a la presencia de Dios
mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. Y ello lo atestigua el libro del
Apocalipsis, pues los mártires interceden por nosotros y estamos rodeados, guiados y
conducidos por los amigos de Dios. En los procesos de beatificación y canonización
encontramos signos de heroicidad en el ejercicio de las virtudes: entrega de la vida en el
martirio, ofrecimiento de la propia vida por los demás e imitación ejemplar de Cristo.
Los santos de la puerta de al lado
El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes en el santo pueblo fiel de Dios porque
fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres. El Señor, en la historia de la
salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo.
Por eso nadie se salva solo. El papa resalta su gusto por ver la santidad en el pueblo de Dios
paciente, donde hay padres que crían con tanto amor a sus hijos, hombres y mujeres que
trabajan llevar el pan a su casa, etc. En esa constancia para seguir adelante día a día, se ve
la santidad de la Iglesia militante. Hay que dejarnos estimular por los signos de santidad a
través de los más humildes miembros de ese pueblo como nos sugiere santa Teresa
Benedicta: “En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos”. La
santidad es el rostro más bello de la Iglesia. Pero aun fuera de la Iglesia Católica y en
ámbitos muy diferentes, el Espíritu suscita signos de su presencia, que ayudan a los mismos
discípulos de Cristo.
El Señor llama
El Señor hace a cada uno de nosotros un llamado a la santidad “Sed santos, porque yo soy
santo”. El Concilio Vaticano II lo afirma: “Todos los fieles cristianos, de cualquier
condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son
llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la
que es perfecto el mismo Padre”. No se trata por lo tanto de desalentarse cuando uno
contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables. No son para que tratemos de
copiarlos, sino que cada creyente debe discernir su propio camino y saque a la luz lo mejor
de sí, puesto que la vida divina se comunica a unos en una manera y a otros en otra.
Dentro de las formas variadas se debe destacar el “genio femenino”, es decir, estilos
femeninos de santidad. En las épocas en que las mujeres fueron más relegadas, el Espíritu
Santo suscitó santas cuya fascinación provocó nuevos dinamismos espirituales. Tomemos
por ejemplo a santa Brígida, Catalina de Siena, Teresa de Ávila o santa Teresa de Lisieux,
que cada una a su modo, sostuvo y transformó familias y comunidades con la potencia de
su testimonio. Esto debería entusiasmar y alentar a cada uno para darlo todo, para crecer
hacia ese proyecto único e irrepetible que Dios ha querido para él desde toda la eternidad.
También para ti
No es necesario ser obispos, sacerdotes o religiosos para ser santos. La santidad no está
reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones
ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. Todos estamos llamados a ser santos
viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí
donde cada uno se encuentra.
Si eres consagrado, se santo viviendo con alegría tu entrega.
Si eres casado, se santo amando y ocupándote de tu marido o esposa como Cristo lo
hizo con la Iglesia.
Si eres trabajador, se santo cumpliendo con honradez tu trabajo al servicio de los
hermanos
Si eres padre o abuelo, se santo enseñando con paciencia a los niños a seguir a Jesús
Si tienes autoridad, se santo luchando por el bien común y renunciando a tus
intereses personales.
Hay que dejar que la gracia del Bautismo fructifique en un camino de santidad, y que todo
esté abierto a Dios para optar por él, y elegir a Dios una y otra vez. El papa motiva a no
desalentarnos, porque tenemos la fuerza del Espíritu Santo para que sea posible la santidad
que es el fruto del Espíritu Santo en nuestra vida. Y cuando venga la tentación decir
entonces
“Señor, yo soy un pobrecillo, pero tú puedes realizar el milagro de hacerme un poco
mejor”.
El Señor ha llenado a la Iglesia de dones con la Palabra, con los sacramentos, con vida de
las comunidades y con el testimonio de sus santos Esta santidad a la que el Señor nos llama
irá creciendo con pequeños gestos.
En ocasiones la vida presenta desafíos mayores, pero el Señor nos invita a nuevas
conversiones que permiten que su gracia se manifieste mejor en nuestra existencia. Hay
encontrar una forma más perfecta de vivir lo que ya hacemos, tal como el Cardenal
Francisco
Javier Nguyên van Thuân que renunció a desgastarse esperando su liberación estando en
prisión, entonces su opción fue vivir el momento presente colmándolo de amor. Asi es
como con muchos gestos vamos construyendo esa figura de santidad que Dios quería, pero
no como seres autosuficientes sino como buenos administradores de la multiforme gracia
de Dios.
Tu misión en Cristo
Para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como
un camino de santidad Cada santo es una misión que debe reflejar y encarnar un aspecto del
Evangelio. Por lo tanto, esa misión tiene su sentido pleno en Cristo y solo se entiende desde
él. La santidad es vivir en unión con él los misterios de su vida y reproducir los distintos
aspectos su vida terrena. Cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza
de Jesucristo y regala a su pueblo.
Para reconocer cuál es esa palabra que el Señor quiere decir a través de un santo, no
conviene entretenerse en los detalles. Lo que hay que contemplar es el conjunto de su vida,
su camino entero de santificación, figura que refleja algo de Jesucristo. Así nosotros
necesitamos concebir la totalidad de la vida como una misión, y debemos intentarlo
escuchando a Dios en la oración y reconociendo los signos que él nos da. El papa afirma
“Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, déjate transformar, déjate renovar por el
Espíritu”
La actividad que santifica
Como no se entender a Cristo sin el reino que él vino a traer, la propia misión es
inseparable de la construcción de ese reino. La identificación con Cristo implica el empeño
por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo quiere vivirlo con
nosotros en los esfuerzos o renuncias, en las alegrías y en la fecundidad. Por otra parte, no
es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la
actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio, pues somos llamados a vivir la
contemplación también en medio de la acción. No es que la vida tenga una misión, sino que
es misión.
Una tarea movida por la ansiedad, el orgullo, la necesidad de aparecer no será santificadora,
sino que el desafío es vivir la propia entrega de tal manera que los esfuerzos tengan un
sentido evangélico y nos identifiquen más y más con Jesucristo. Esto no implica que hay
que despreciar los momentos de quietud, soledad y silencio ante Dios, porque las
constantes novedades a veces no dejan espacios vacíos donde resuene la voz de Dios. Allí
no reina la alegría sino la insatisfacción de quien no sabe para qué vive, y entonces en
algún momento tendremos que percibir de frente la propia verdad, para dejarla invadir por
el Señor. Nos hace falta un espíritu de santidad que impregne tanto la soledad como el
servicio, tanto la intimidad como la tarea evangelizadora de manera que cada instante sea
expresión de amor.
Más vivos, más humanos
No se debe tener miedo de la santidad, pues no quita fuerzas, vida o alegría, sino que se
llegara a ser lo que el Padre pensó cuando nos creó y seremos fieles a nuestro propio ser.
Depender de él nos libera de las esclavitudes y nos lleva a reconocer nuestra propia
dignidad. En la medida en que se santifica, cada cristiano se vuelve más fecundo para el
mundo. No tengamos miedo de apuntar más alto, de dejarse amar y liberar por Dios. No
tengamos miedo de dejarnos guiar por el Espíritu Santo.
“En la vida existe una sola tristeza, la de no ser santos”
-León Bloy