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Reflexiones sobre El Bosco

El autor recuerda su primera visita al Museo del Prado cuando tenía 21 años, donde vio por primera vez El carro de heno de Hieronymus Bosch. Sesenta y un años después, vuelve a ver la misma pintura en otro museo y reflexiona sobre cómo ha cambiado su forma de mirar las obras de arte a lo largo de los años a pesar de que la pintura sigue siendo la misma. También contempla el misterio sin resolver de El jardín de las delicias de Bosch. Más tarde, es invitado a colaborar en un documental sobre Bosch

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Reflexiones sobre El Bosco

El autor recuerda su primera visita al Museo del Prado cuando tenía 21 años, donde vio por primera vez El carro de heno de Hieronymus Bosch. Sesenta y un años después, vuelve a ver la misma pintura en otro museo y reflexiona sobre cómo ha cambiado su forma de mirar las obras de arte a lo largo de los años a pesar de que la pintura sigue siendo la misma. También contempla el misterio sin resolver de El jardín de las delicias de Bosch. Más tarde, es invitado a colaborar en un documental sobre Bosch

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Cees Nooteboom

El Bosco
Un oscuro presentimiento

Traducción del neerlandés de


Isabel-Clara Lorda Vidal

Siruela
Detalle de
Las tentaciones
de san Antonio,
4 panel central
Un oscuro presentimiento

1
Según Roland Barthes, no hay recuerdo que pueda re- Detalle de
producirse fielmente. Muchos son los elementos que Las tentaciones
de san Antonio,
obstaculizan el camino. Desfiguramos nuestros re- panel central
cuerdos, los dilatamos, mentimos inconscientemente,
manipulamos lo que tomamos por memoria, describi-
mos una verdad que nunca ha existido y continuamos
viviendo con todo ello a cuestas. Era yo un joven de
unos veintiún años, que aún no conocía España,
cuando visité el Museo del Prado por primera
vez. Cascos alemanes, ese fue el primer mis-
terio con el que me enfrentó el país. Los sol-
dados de Franco parecían alemanes en una
obra dramática equivocada. Vagué por aque-
llas grandes salas del museo entre el extremo
poderío del arte español y contemplé por pri-
mera vez las pinturas de Velázquez y Zurbarán,
sobre quienes escribiría más adelante. Aunque en 5
Detalle de realidad no sé si las vi de veras. Cascos alemanes. El in-
Las tentaciones
solente silbido con que se llamaba a los camareros, un
de san Antonio,
panel izquierdo sonido inconcebible en mi país, al igual que las palma-
das con que se avisaba de noche al sereno que en su
gran manojo de llaves guardaba también la de mi pen-
sión. Y entre todas esas primeras experiencias, destaca
esta: aquel cuadro que de alguna manera tenía que ver
con mi país, un carro de heno, o tal como sé hoy, El
carro de heno, la obra que esta semana, sesenta y un
años después, he vuelto a ver en el Museo Boij-
mans van Beuningen de Róterdam y que ha
sido prestada por el Museo del Prado. ¿Reco-
nocí el cuadro? ¿Era el hombre de ochenta y
dos años capaz de ver lo que aquel joven de
veintiún años había visto en ese pasado ya
inimaginable? Según cuenta Plutarco, Herá-
clito sostuvo que es imposible detenerse dos
veces en el mismo río. El agua en la que uno se mete
por primera vez corre y sigue su curso. La segunda vez
que uno se baña en ese río, el agua ya no es la misma.
Yo siempre he interpretado ese aforismo de otro
modo: no solo es el agua la que cambia, también cam-
bia uno mismo. Aquel que en 2015 contempla El carro
de heno conserva el mismo nombre y el mismo cuerpo
de entonces. Lo del cuerpo es un decir. Comoquiera
que sea, él sigue llamándolo «su» cuerpo. También la

6
obra ha conservado el mismo nombre. De modo que
Detalle de
sesenta y un años después él contempla de nuevo el Las tentaciones
de san Antonio,
mismo objeto material hecho de madera y pintura, una panel derecho
tabla pintada por el anverso y el reverso. ¿Qué ha cam-
biado entonces? Ha transcurrido más de medio siglo y
me pregunto si soy capaz de mirar con los mismos ojos
que entretanto han visto tantas otras cosas. ¿O acaso
veo otra pintura ahora que ha cambiado mi forma de
mirar? Y si eso es así para mí, ¿cómo lo perciben mis
contemporáneos? ¿Acaso ven ellos la misma pintura 7
Detalle de que Hieronymus Bosch vio en su taller cuando deci-
Las tentaciones
dió que había concluido su obra? ¿Qué tienen en
de san Antonio,
panel izquierdo común un escritor del siglo XXI y un pintor del siglo XV?
Los dos proceden del mismo país, pero ¿se entende-
rían hoy si pudieran conversar? Intentemos leer la
poesía mística de la poetisa medieval Hadewijch de
Amberes o la obra del beato Jan van Ruusbroec, ambos
anteriores al Bosco, aunque seguro que él los conoció,
y comprobaremos con qué muro lingüístico pode-
mos toparnos. En ese mismo viaje de 1954
debí de ver también El Jardín de las De-
licias, pero ahí el recuerdo concuerda,
y no quiere recorrer ese largo ca-
mino en el tiempo. No fue hasta
muchos años después, en una
época en que intentaba escribir
algo sobre Las meninas y me
había ocupado por primera vez
de Zurbarán y sus monjes,
cuando descubrí el misterio de
aquel jardín y sus delicias, un
misterio que entonces no fui
capaz de resolver como tampoco
ahora, que he tenido la ocasión de
estar tan cerca de él que podría ha-
berlo tocado. ¿Tiene eso alguna im-

8
portancia? No lo creo. Una de las frases
más memorables que le debemos a Harry Mulisch es
«lo mejor es acrecentar el misterio», y la verdad es que
en los últimos tiempos se me han brindado muchas
oportunidades para ello. Fue a principios de este ve-
rano cuando el Bosco me asaltó, literalmente, en forma
de una carta del Museo del Prado invitándome a cola-
borar en un documental sobre el maestro neerlandés,
que en 2016 es homenajeado por cumplir el medio mi-
lenio. Junto con la invitación enviaron un libro de
Reindert Falkenburg, The Land of Unlikeness, que
contiene un gran número de reproducciones detalla-
das del Jardín de las Delicias y un texto que plantea
una o varias posibilidades de exégesis. Una obra muy
erudita, académica y a veces incluso teológica. Leí el
libro, admiré los conocimientos del especialista y al
mismo tiempo eché de menos a mi anterior «yo», capaz
de contemplar ese extraño tríptico sin ningún equi-
paje. En esa misma época me escribió un amigo ame-
ricano, a quien le había comentado mi futura aventura
en el Prado, recomendándome vivamente la lectura de
un libro de Wilhelm Fraenger de 1975. También este
libro contenía reproducciones desplegables, algunas
en blanco y negro, lo que curiosamente intensificaba
para mí la brutal naturaleza onírica de las imágenes.
Acepté la invitación, pero decidí primero tomar un
vuelo desde la isla española en la que vivo a Lisboa para
ver el tríptico de Las tentaciones de san Antonio y así 9

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