EL ADVERBIO: EL PROBLEMA
DE SU DEFINICIÓN Y CLASIFICACIÓN
Antonia María Coello Mesa y Pedro Ángel Martín Rodríguez
Universidad de La Laguna
RESUMEN
No cabe duda de que tanto la definición de los adverbios como su clasificación plantean
problemas que todavía requieren respuestas más satisfactorias. Muchas teorías han intenta-
do determinar qué son y cómo funcionan estas unidades, pero su heterogeneidad constitu-
ye, a todas luces, un grave escollo y este trabajo pretende aclarar algunos de los interrogantes
que permanecen sin solución, con el propósito de mejorar nuestro conocimiento sobre esta
categoría.
PALABRAS CLAVE: lengua española, gramática, adverbio.
ABSTRACT
There is no doubt that the adverbs definition as well as their classification display problems
which still require more satisfactory answers. Many theories have attempted to determine
what these words are and how they work, although their heterogenity constitutes, evidently,
a hard obstacle and this paper tries to clarify some of the questions that remain without
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solution, in order to improve our knowledge of this category.
KEY WORDS: Spanish language, grammar, adverb.
«Parte de la oración», «partícula», «categoría gramatical» o «categoría fan-
tasma», el adverbio, tan defendido por unos como criticado por otros, se revela
como una de las denominaciones más polémicas y controvertidas de toda nuestra
gramática. Qué es, en qué consiste o cómo funciona son preguntas que carecen
aún de una respuesta concluyente, a pesar de los múltiples trabajos que han abor-
dado su análisis desde las más diversas perspectivas. La complejidad que comporta
su estudio es reconocida por todos los lingüistas, tal y como advierte M.C. García
Tejera (1984: 183): «...el adverbio es una de las categorías gramaticales más com-
plejas con las que se han venido enfrentando los gramáticos de todos los tiempos.
Esta complejidad [...] nace de una enorme heterogeneidad, que abarca tanto a la
diversa procedencia de los adverbios como a sus formas, a sus funciones e incluso
a los diferentes matices que presenta su significación». En efecto, la llamada «cate-
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goría adverbial» reúne en su seno unidades muy heterogéneas, de tal modo que
resulta extremadamente complicado establecer las características comunes a todas
ellas. Los problemas que giran a su alrededor son innumerables y tienen su origen
en la propia Antigüedad clásica. Ya Dionisio de Tracia indicó que «el adverbio es
una parte de la oración que se añade al verbo para completar su significación»
(Ramajo Caño, 1987: 185), y de ahí han partido la mayoría de las definiciones
posteriores.
Aún en la Edad Media, con Tomás de Erfurt, se consideraba que esta clase
de palabras debía ir unida al verbo (García Tejera, 1984: 185), y todavía F. Navarro
y Ledesma, en 1903, o E. Benot, en 1910, continúan defendiendo dicha teoría
(Calero Vaquera, 1986: 143-144). No obstante, ya en el año 1874, la GRAE había
reconocido la capacidad del adverbio para modificar también a adjetivos, partici-
pios o a otros adverbios (ídem: 193). Esta afirmación, aunque parezca paradójico,
ya había sido apuntada por Escalígero, que, a juicio de Mounin, puede considerar-
se el padre de toda la lingüística clásica ulterior, a raíz de las ideas expuestas en su
obra De causis linguae latinae, de 1540 (Mounin, 1974: 131; Carbonero Cano,
1978: 175). Algunos siguieron sus pasos, como el Brocense (García, 1960: 144),
Jiménez Patón (Gómez Asencio, 1981: 231) o Bello (1981: 159). Salvá, sin em-
bargo, llega más lejos, defendiendo la idea de que el adverbio (<AD VERBUM) es
capaz de determinar a cualquier palabra, excepto a conjunciones e interjecciones
(Salvá, 1988: 284).
Han sido muchos también los que no lo consideran como una categoría
diferenciada, sino que lo agrupan con las preposiciones, las conjunciones y las in-
terjecciones, dentro de lo que, en general, denominan «partículas indeclinables».
Tal es la opinión de la Gramática de Lovaina (1555), de Correas (Álvarez Martínez,
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1992: 283-4), o de otros autores como Villalón o el Brocense. Pero no sólo los
gramáticos antiguos abogan por esta clasificación, sino que también autores más
modernos, como Jespersen, consideran que dicho planteamiento es el más idóneo:
Casi todas las gramáticas tratan los adverbios, preposiciones, conjunciones e inter-
jecciones como cuatro «partes de la oración» diferentes [...] propongo volver a la
antigua terminología de acuerdo con la cual se considera a dichas cuatro clases
como si fuera una, la de las «partículas» (Jespersen, 1968: 89).
El hecho de que el carácter invariable esté presente no sólo en el adverbio,
sino también en otras partes de la oración, ha originado que el criterio formal se
utilice siempre secundariamente, dado que no puede distinguir a esta categoría
frente a todas las demás (Calero Vaquera, 1986: 139). Y ello, por supuesto, al mar-
gen de que algunos adverbios admiten sufijos diminutivos (cerquita) o superlativos
(tempranísimo). No faltan tampoco quienes establecen una estrecha relación exclu-
sivamente entre las preposiciones y los adverbios. Así, por ejemplo, Nebrija incluye
muchos de los que hoy consideramos adverbios dentro de las preposiciones que se
«aiuntan» con genitivo (Nebrija, 1980: 195). Esta postura guarda cierta similitud
con la adoptada, entre otros, por Jackendoff, quien habla de «preposiciones
transitivas» e «intransitivas». Estas últimas serían las que «no precisan la presencia
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de un complemento»1, y entre ellas se encontrarían muchos adverbios. Asimismo,
ha tendido a compararse el papel del adverbio con el del adjetivo, de tal forma que
Bello señala: «Como el adjetivo modifica al sustantivo y al verbo, el adverbio modi-
fica al verbo y al adjetivo» (Bello, 1981: 159). Esta opinión, no obstante, ya estaba
recogida en la Gramática de la lengua castellana, de Nebrija (1989: 209) y aparecerá,
luego, en distintas ediciones de la GRAE (Calero Vaquera, 1986: 143).
Lo cierto es que no existe una frontera clara entre los adverbios y otras
«partes de la oración», como las preposiciones, las conjunciones, los sustantivos o
los adjetivos que, como es sabido, pueden ejercer una función adverbial al quedar
inmovilizados en sus variaciones de género y número (Alarcos, 1994: 128); para
estas últimas formas algunos autores han creado la denominación de adverbios
adjetivales (Kovacci, 1999: 712-715). Los llamados adverbios engloban, efectiva-
mente, una enorme amalgama de unidades muy heterogéneas y procedentes, en
gran medida, de otras categorías gramaticales. De ahí que resulte tan complejo
elaborar una definición coherente, precisa y, al mismo tiempo, lo suficientemente
amplia como para abarcar un gran número de términos sin caer en contradicciones.
A lo largo de la tradición se ha planteado no pocas veces la necesidad de
definir esta «categoría» de un modo más lógico y efectivo. Las primeras definiciones
estaban quizá demasiado sujetas a criterios distribucionales y, así, se concebía el
adverbio como ‘elemento que se coloca junto al verbo’ (Ramajo Caño, 1987: 185;
Carbonero Cano, 1978: 175). Tales interpretaciones, con evidente fondo
etimológico, mostraban serias deficiencias, no sólo porque no describían todos los
contextos en los que podía encontrarse una unidad, sino porque a través de la dis-
tribución sólo es posible determinar dónde aparecen los miembros de una catego-
ría, y no lo que esa categoría es. Por este motivo se ha rechazado en ocasiones la
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denominación de «adverbio», puesto que nos circunscribe ya en una perspectiva
muy específica, condicionando nuestra visión de los hechos. Aun así, como señala
Jespersen, «en la práctica sería imposible eliminar toda la terminología tradicional y
crear otra totalmente nueva», por lo que «hemos de tomar la mayoría de los térmi-
nos antiguos como son y hacer el mejor uso que podamos de ellos» (Jespersen,
1968: 419).
Apartándose, pues, del criterio distribucional, se han propuesto, asimismo,
definiciones sustentadas en puntos de vista funcionalistas, como el defendido por
E. Alarcos:
En sentido estricto, adverbio designa una clase de palabras invariables en su
significante y a menudo indescomponibles en signos menores, destinadas en prin-
cipio a cumplir por sí solas el papel de adyacente circunstancial del verbo. Esta
función no impide que además, dentro de un grupo unitario nominal, se presente
1
Esta opinión la expresa R.S. JACKENDOFF en «The Base Rules for Prepositional Phrases»,
citado en M.L. Hernanz y J.M. Brucart (1987: 33).
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el adverbio como un adyacente de un adjetivo o de otro adverbio distinto (Alarcos,
1994: 128).
Se analizan, por tanto, los elementos susceptibles de recibir modificación
por parte del adverbio. En la misma línea se sitúan los autores que definen esta
«categoría» como «incidencia de incidencias» (Carbonero Cano,1978: 182) o quie-
nes le atribuyen capacidad para expresar «conceptos dependientes de otros concep-
tos dependientes» (Alonso y Henríquez Ureña, 1971: 160). Estas dos últimas no-
ciones están en clara relación con la «teoría de los rangos» de Jespersen. Con todo,
este tipo de definiciones no está exento de inconvenientes y es que, en efecto, al
afirmar que el adverbio actúa como complemento circunstancial o complemento
del nombre, no se nos está diciendo qué es un adverbio exactamente, sino cómo
funciona. Es probable que en estos casos se haya tendido a confundir categoría y
función, a pesar de que son conceptos distintos, pues un elemento puede variar de
función sin que ello implique necesariamente un cambio de categoría.
A diferencia de estas explicaciones, primordialmente sintácticas, hay otras
que inciden más bien en el supuesto significado de los adverbios y, de este modo,
suele indicarse que la categoría adverbial está constituida por todas aquellas unida-
des capaces de remitir a la idea de lugar, tiempo, modo... El problema radica en que
estas definiciones, aparentemente semánticas, no lo son en sentido estricto, ya que
se basan, más que en el significado, en el referente. Acorde con este criterio semántico
se desarrollaron, durante el s. XIX, planteamientos que identificaban al adverbio con
el segmento «preposición + régimen» (Gómez Asencio, 1981: 222):
Definiciones semánticas en su sentido más estricto sólo son presentadas por
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Hermosilla, por sus dos seguidores —Saqueniza y Noboa— y también por Mata
(1842). Los tres primeros se acogen al modelo definitorio de Port-Royal [...], luego
adoptado por muchos gramáticos filósofos [...] y según el cual el adverbio es el
equivalente semántico del grupo preposición + régimen (sabiamente = con sabiduría).
Esta equivalencia, sin embargo, no resulta admisible hoy en día, lo que
pone de manifiesto que las diversas definiciones que han venido dándose del adver-
bio a lo largo de la historia gramatical no pueden aceptarse por completo, circuns-
tancia que ya ha sido reconocida por algunos autores:
Se ha caracterizado [el adverbio] en su forma [...], en su significación [...], en su
parentesco con otras partes de la oración, etc. Pero todas estas caracterizaciones no
suelen entrar en la definición primera, sino en las explicaciones posteriores (Car-
bonero Cano, 1978: 172).
En consecuencia, las distintas definiciones que se han barajado a lo largo de
la tradición gramatical adolecen, sin duda, de ciertas carencias, lo que, sin embargo,
no las invalida por completo, pues cada una de ellas aporta datos relevantes a la
hora de desentrañar las características esenciales de eso que llamamos adverbio. Tal
vez haya que incidir más en la significación preferentemente mostrativa de la mayo-
ría de estas unidades, o en la combinación del significado mostrativo y descriptivo.
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En cualquier caso, habrán de tomarse en consideración todas las definiciones hasta
ahora expuestas, sin olvidar que cualquier nuevo intento por profundizar en esta
categoría será inevitablemente deudor de los ya existentes.
Muy vinculado a esta controversia se encuentra el conflicto que gira en
torno a las denominadas «locuciones adverbiales», definidas, generalmente, como
aquéllas que están formadas por «dos o más palabras que constituyen un conjunto
sintáctico indivisible, que se comporta igual que un adverbio» (Gómez Torrego,
1997: 212). El problema reside en que la mayoría de los adverbios se han gestado,
históricamente, por la unión de preposiciones y sustantivos, adjetivos u otros ad-
verbios (encima, deprisa, afuera...), de tal modo que, como muy bien apunta E.
Alarcos (1994: 133):
Si se consideran estas unidades como adverbios, no hay ningún fundamento para
no estimar como tales también otros conjuntos análogos, aunque la grafía manten-
ga separados sus componentes: a veces, a golpes...
En efecto, el criterio gráfico no parece el método más idóneo para distin-
guir unas unidades de otras, aunque tampoco se han planteado otras opciones que
logren solventar la cuestión (Álvarez Martínez, 1992a: 22-23).
Ahora bien, si la definición de los adverbios y de las locuciones conlleva
indudables dificultades, no menos problemática resulta su clasificación. Pese a ello,
han sido menos las propuestas que han surgido en este campo, hasta el punto de que,
aún hoy, la mayoría de los lingüistas aceptan o, al menos, no critican la clasificación
que en su momento planteó Dionisio de Tracia (García Tejera, 1984: 183). Nebrija
no dudó en seguir a los autores griegos y latinos (García, 1960:142), en tanto que los
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gramáticos posteriores se precipitaron en perpetuar una tradición cuyo peso, quizá
excesivo, ha dificultado enormemente el avance en esta materia concreta. Con todo,
han sido varias las voces discrepantes que han puesto de relieve la necesidad de una
nueva clasificación que atienda a otro tipo de factores. Alarcos lleva a cabo, en este
sentido, un interesante resumen de las posturas más significativas:
Suelen clasificarse los adverbios en varios grupos teniendo en cuenta sus valores
léxicos y, por tanto, las referencias que hacen a la realidad. Se enumeran, pues,
adverbios de tiempo [...], adverbios de lugar [...], adverbios de modo [...], adver-
bios de cantidad [...], de afirmación [...], de negación [...], de duda [...]. A la par de
esta clasificación semántica se baraja otra que obedece a criterios en parte fun-
cionales: se mencionan entonces adverbios demostrativos [...], relativos [...] e inte-
rrogativos [...]. No cabe duda de que lo que permite distinguir unos adverbios de
otros es la significación. Si entendemos como comunicaciones diferentes Ven aquí
y Ven ahora es porque los adverbios aquí y ahora se refieren a circunstancias distin-
tas de la experiencia que transmitimos (Alarcos, 1994: 129-130).
Como apunta este autor, los adverbios se han clasificado por lo general
siguiendo criterios semánticos, y así se dividen en aquellos referidos al lugar, tiem-
po, modo... Alarcos justifica en parte este tipo de clasificación señalando que, cier-
tamente, lo que diferencia a aquí y ahora es que «se refieren a circunstancias distin-
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tas de la experiencia que transmitimos». Pero, ¿son esas circunstancias siempre dis-
tintas? Parece que no, como lo prueba el hecho de que aquí, en determinados con-
textos, puede tomar un sentido temporal, muy cercano (aunque no idéntico) al de
ahora (De aquí a mañana resuelvo este asunto), con lo que ambos son capaces de
aludir a la misma experiencia «real». En efecto, la diferencia entre aquí y ahora no
debe buscarse en su referente, sino en su significado. Estos dos adverbios no signifi-
can lo mismo, siempre que consideremos que «el significado de una unidad es una
hipótesis semántica que conviene a todas sus ocurrencias», tal y como lo define
Ramón Trujillo (1983: 191). El hecho de que aquí, por ejemplo, pueda aludir tanto
al lugar como al tiempo demuestra que ambas nociones se hallan íntimamente
relacionadas, y son reflejo no de una realidad concreta, sino de la visión que el
hablante tiene de tal realidad.
De todo lo expuesto sería lógico deducir que las clasificaciones pretendida-
mente semánticas no lo son en su totalidad, pues no tienen en cuenta el significado
de las unidades, sino sólo el referente que adoptan con más frecuencia y que perte-
nece, en todo caso, a la realidad, no a la lengua.
Por otra parte, esta clasificación, como indican Alcina y Blecua, presenta
«el grave inconveniente de mezclar dentro de cada grupo unidades de naturaleza y
comportamiento distintos» (Alcina y Blecua, 1989: 705). Pese a ello, éste es un
lastre que comparte la mayoría de las clasificaciones, si no todas, pues dar preemi-
nencia a una serie de características suele suscitar la omisión de otras muchas.
Interesante es también la postura de Jackendoff, que establece un paralelis-
mo entre las clasificaciones de los adjetivos y de los adverbios, para poner de mani-
fiesto la incongruencia que supone separar estos últimos en función de su aparente
«significado»:
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First of all, given that lexical items have semantic interpretations, we can abandon
the division of adverbs into syntactic categories. Adjectives are not divided syntac-
tically into adjectives of color, size, quality, degree, frequency, and so forth, it is
taken for granted that their semantic representations will automatically account
for these properties. We will assume that the same is true of adverbs (Jackendoff,
1972: 48).
Pero no ha sido sólo Jackendoff el que ha intentado trazar un puente de
unión entre adjetivos y adverbios; también otros muchos gramáticos han propuesto
clasificaciones basadas precisamente en este supuesto vínculo:
La Gramática tradicional, básicamente desde Rodolfo Lenz, ha distinguido dos
tipos claramente diferenciados en los adverbios. Esta distinción se basa en el signi-
ficado de estas palabras: al igual que en los adjetivos se establecen dos grupos por la
significación que poseen y por las características que manifiestan en la oración,
también en los adverbios se habla de «determinativos» y de «calificativos» (Álvarez
Martínez, 1992a: 30).
Ésta es, por ejemplo, la clasificación defendida por R. Seco (1979: 115-
118), que, a su vez, lleva a cabo una subdivisión entre adverbios pronominales (aquí,
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así, entonces...) y nominales (delante, arriba, lejos...). Otros autores prefieren hablar
de adverbios pronominales y léxicos (Kovacci, 1999: 707).
Esta clasificación parece más plausible que la anterior, ya que tiene en cuen-
ta, en mayor medida, el verdadero significado de cada uno de los adverbios, distin-
guiendo, por un lado, las formas en las que predomina la significación mostrativa y,
por otro, aquéllas en las que adquiere mayor relevancia la significación descriptiva.
Sin embargo, en ocasiones resulta bastante complejo deslindar ambas vertientes y,
por añadidura, el hecho de que la inmensa mayoría de los adverbios pertenezca al
primero de estos grupos hace que tal clasificación no sea excesivamente operativa.
Así, dentro de los adverbios léxicos, se incluirían formas como las siguientes:
[adverbios] de lugar: cerca, lejos, arriba, abajo, adentro, etc.; de tiempo: antes, des-
pués, luego, etc.; todos ellos son transitivos, es decir, pueden llevar complemento
prepositivo: cerca de mí; antes de las cuatro; y pueden ser términos de preposición
(suele decirse que esta es una propiedad «nominal» de estos adverbios): Lo vi de
lejos; Lo dejaron para después (Kovacci, 1999: 707).
Ahora bien, hay que tener en cuenta que unidades como abajo o adentro no
suelen admitir complementos prepositivos (*abajo de la escalera, *adentro del mar),
sino que se utilizan, en todo caso, con un adyacente antepuesto (escalera abajo, mar
adentro); para expresar el primer contenido ya existen, de hecho, las formas debajo y
dentro (debajo de la escalera, dentro del mar). De ello se deduce que uno de los requi-
sitos de estos adverbios no se cumple por completo. Con respecto a la otra particu-
laridad, esto es, que pueden ser términos de preposición, conviene recordar que no
es exclusiva de este tipo de adverbios, sino que también está presente en otros consi-
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derados pronominales, como aquí o allí (por aquí, desde allí). De todo ello se deduce
que es enormemente complicado elaborar una clasificación sin fisuras, puesto que
incluso adverbios aparentemente distintos muestran rasgos sintácticos similares, y
viceversa. Quizá sean estos problemas u otros similares los que han llevado a algunos
autores, como Carbonero Cano, a plantear una división tripartita, distinguiendo
adverbios calificativos, cuantificadores y deícticos (Carbonero Cano, 1978: 191).
Éstas serían, en suma, algunas de las propuestas que intentan ordenar el
conjunto aparentemente «caótico» de los adverbios. Es evidente que las clasificacio-
nes posibles son infinitas, y todas ellas pueden admitirse como válidas. El optar por
una u otra dependerá de la perspectiva que adoptemos, puesto que se trata siempre
de una cuestión metodológica:
Bien es verdad que plantearse la cuestión de si un conjunto de elementos reunidos
en un grupo paradigmático, en virtud de determinados criterios, pertenece a una
sola o a varias clases de palabras o partes del discurso no deja de ser algo relativo y
metodológico (ídem: 179).
En efecto, toda clasificación no supone más que un artificio, una manipu-
lación de ese ente natural y genuino que es la lengua, pero, al fin y al cabo, son la
manipulación y el artificio los que rigen el desarrollo de toda ciencia y, por supues-
to, también de la lingüística.
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