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Dios: Perdón y Salvación en Cuaresma

El documento habla sobre Dios como fuente de perdón y salvación. Explica que aunque el progreso moral no ha seguido el progreso científico y hemos cometido crímenes, Dios puede perdonarnos. Las lecturas describen cómo Dios salvó a su pueblo a través de Ciro y cómo, a través de Cristo, Dios nos ha salvado de la esclavitud del pecado y nos ha dado vida eterna por su amor.
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Dios: Perdón y Salvación en Cuaresma

El documento habla sobre Dios como fuente de perdón y salvación. Explica que aunque el progreso moral no ha seguido el progreso científico y hemos cometido crímenes, Dios puede perdonarnos. Las lecturas describen cómo Dios salvó a su pueblo a través de Ciro y cómo, a través de Cristo, Dios nos ha salvado de la esclavitud del pecado y nos ha dado vida eterna por su amor.
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Dios, fuente de perdón y salvación

AMBIENTACIÓN
En nuestra peregrinación de 40 días hacia la Pascua, nos encontramos ya, en el
cuarto tramo, en el cuarto Domingo de Cuaresma. La Pascua, hacia la que caminamos,
es la gran fiesta de nuestra liberación. La Palabra de Dios nos invita a ser
conscientes de nuestra redención, a vivir alegres por ello y a ser portadores de esa
alegría y esperanza a los demás.

Al mismo tiempo también se nos invita a evaluar nuestra situación ante la realidad
de la Semana Santa: ¿nos preparamos para vivirla esperanzadamente,
responsablemente?; ¿serán unos días como los del resto del año? Cada uno de
nosotros debe dar la respuesta que estime más sincera. Una vez más, en este cuarto
domingo de Cuaresma, pedimos al Señor que perdone nuestros pecados:
Nadie puede negar los pasos formidables de progreso en los campos científicos y
técnicos. Pero nuestro progreso moral, lamentablemente, no corre a la par que nuestro
progreso científico. No podemos negar que con nuestro progreso hemos cometido
crímenes. Miles de víctimas inocentes nos acusan y no sabemos a quién dirigir los ojos.
Todos nosotros, hombres y mujeres, necesitamos ser perdonados. Pero ¿quién es
capaz de reunir los gritos, los sufrimientos, los dolores de todos los hombres aplastados
y perdonarnos?
Sentir hambre y sed de salvación; ser conscientes de nuestra necesidad de perdón,
es la primera gracia de Dios. Levantemos los ojos y esperemos. Dios es perdón y
salvación.

1. PREPARACIÓN: Invoquemos AL ESPIRITU SANTO


Ven a mí, Espíritu Santo,
Espíritu de sabiduría: dame mirada y oído interior
para que no me apegue a las cosas materiales,
sino que busque siempre las realidades del Espíritu.
Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de amor:
haz que mi corazón
siempre sea capaz de más caridad.
Ven a mí, Espíritu Santo, Espíritu de verdad:
concédeme llegar al conocimiento de la verdad
en toda su plenitud.
Ven a mí, Espíritu Santo,
agua viva que lanza a la vida eterna:
concédeme la gracia de llegar
a contemplar el rostro del Padre
en la vida y en la alegría sin fin. Amén.
(san Agustín)
2. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto?

2Cro. 36, 14-16. 19-23: «Quien de entre Uds. pertenezca a su Pueblo,


sea su Dios con él »
La primera lectura nos habla de la historia del pueblo escogido de la antigua
alianza. En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo
multiplicaron sus infidelidades... Es un pueblo escogido entre los pueblos. Dios se ha
unido a él con un pacto que lo compromete. Ha querido habitar en medio de él y
acompañarlo en sus marchas. Les ha enviado mensajeros y profetas que les recuerden
su compromiso y les declaren que El, el Dios vivo de la alianza, el siempre fiel, está allí
presente. Pero ellos despreciaron sus palabras. Es una respuesta de infidelidad,
quebrantamiento del pacto, desobediencia formal. La historia trae acontecimientos que
el autor lee como la consecuencia de esa infidelidad: incendio de la ciudad y de la Casa
de Dios, cautividad y muerte de muchos.

Pero Dios vuelve sus ojos a su pueblo, se acuerda de la Alianza, y suscita a Ciro,

El escritor sagrado, al concluir su narración de las vicisitudes de la Casa de David,


que llega en aquel momento al sumo de la humillación, hace «teología» le la
Historia. Es decir, busca el sentido e interpretación que tienen los acontecimientos
de Israel mirados desde la perspectiva de Dios.
Dirigentes, sacerdotes y Pueblo han multiplicado sus idolatrías y sacrilegios (v. 14).
Dios les ha enviado Profetas y mensajeros. Pero se han reído de los Profetas; hasta los
han perseguido (v 16). Con ello «la ira de Yahvé contra su Pueblo subió hasta tal punto
que fue irremediable» (v 16). El instrumento del castigo ha sido Nabucodonosor
(Emperador de Babilonia). Ha incendiado la ciudad de Jerusalén y su Templo; y se ha
llevado cautivos a Babilonia, como esclavos, los supervivientes de Judá.

La historia del pueblo de Dios fue una historia de desconfianza en el poder


Salvador de Dios. Creyeron que el Dios del Desierto era incapaz de salvar y llenaron el
Templo de dioses de la naturaleza y de los poderes asirios y babilónicos que
amenazaban el ser del pueblo. La voz de Dios, los profetas, sonó en Israel; pero para el
pueblo fueron más fuertes las voces de los poderosos ejércitos de los reyes y de los
ritos de fecundidad; prefirieron fabricarse cisternas de agua turbia a la fuente que
procedía de Dios. Ellos dejaron de ser el Pueblo de Dios y los ejércitos de
Babilonia no hicieron más que certificar la no existencia del Pueblo de Dios.

El castigo ha provocado el arrepentimiento; y éste, el perdón de Dios. Dios


suscita a Ciro (Emperador persa). Uno de los primeros gestos del conquistador de
Babilonia fue decretar la liberación de los judíos; y darles permiso para la repatriación y
la reconstrucción del Templo de Jerusalén. Dios no los abandonó y envió a un
salvador, Ciro, rey pagano que no lo conoce, para que en su nombre les dé la libertad.
El sentido de la lectura es claro: Dios está por la vida y la libertad, por el bien y el
bienestar, no por la esclavitud y la muerte, es un Dios no sólo de pasado sino de futuro y
esperanza, no obstante la infidelidad y contumacia del pueblo. Ciro, suscitado por Dios,
volvió a hacer posible la vida de un pueblo humilde y purificado en Jerusalén.

Sal. 137(136): «Que se me pegue la lengua al paladar, si me olvido de


ti, Jerusalén»
Más que un canto de los desterrados, este salmo es un canto de los repatriados
que, a la vista y en presencia de Jerusalén, recuerdan el pasado, el destino trágico de la
ciudad y de sus habitantes, y le declaran su amor profundo e inquebrantable.
Hay que notar en el salmo la belleza de su poesía así como la delicadeza de sus
sentimientos: sentimientos de tristeza cuando se evoca la suerte de Jerusalén;
sentimientos de fidelidad en la aflicción con ausencia de toda alegría y toda diversión;
sentimientos de impaciencia en el deseo de encontrar de nuevo a Sion, y a Yahvé su
Dios. El autor trabaja muy certeramente los contrastes: Babilonia es la opuesta a
Sion. Al principio del salmo aparecen los canales de Babilonia, signo de fertilidad y de
vida; al final, la peña seca contra la cual se estrellarán los proyectos criminales del
tirano, desde sus mismas raíces.
«En terminos de poesía lirica, lo considero como uno de los mejores poemas del
salterio». (A. Schökel).

Ef. 2, 4-10: «Dios nos ha creado en Cristo Jesús»


La carta a los Efesios nos da la clave del por qué de este actuar de Dios. El Padre
«Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos
por los pecados nos ha hecho vivir con Crist»... Todo este drama en que Dios se
encuentra envuelto en su relación con el hombre, que lleva su imagen y semejanza,
pero que es libre, tiene una única explicación: el amor libre e infinito de Dios por
nosotros. La Biblia lo llama la misericordia. Está hecha de ternura, de cuidado solícito,
de atención delicada. No es el gesto, quizás frío de la compasión, sino el amor que sale
de la entraña misma maternal de Dios, amor gratuito pero comprometido hasta lo
inimaginable.

San Pablo nos da una síntesis preciosa de la Liberación-Salvación que nos ha


traído Cristo: Judíos y paganos vivían, por igual, esclavizados por el pecado, que es la
verdadera muerte espiritual (Ef. 3, 1); dominados por el «mundo», el «demonio» y las
«concupiscencias» (vv. 2-3). De tan triste e insuperable esclavitud nos ha libertado
Cristo. Esta Salvación de Cristo la gozamos ya «ahora» y «aquí» en toda su riqueza y
plenitud. Es propio de San Juan y de San Pablo considerar la «escatología» -o salvación
definitiva- en su interioridad y en su actualidad. En efecto, incorporados a Cristo por
la fe, vivificados por su gracia, poseedores del Espíritu Santo, prenda y arras de nuestra
herencia, es tan real y plena nuestra Salvación, que se puede decir de nosotros: «Con-
vivificados, con-resucitados, con-entronizados en los cielos en Cristo
Jesús» (v 6). Poseedores de la gracia, nos pertenece la herencia de la «Gloria».
De esta Salvación recalca San Pablo la «gratuidad»: «Es incomprensible riqueza
de gratia, es benignidad de Dios» (v 7). Es pura «gracia». Nosotros sólo aportamos la
«Fe»; la cual es también «don» de Dios (v 8). Así, nadie tiene de qué gloriarse, ni judíos
ni gentiles. A todos nos salva Dios, en Cristo, por gracia. La belleza y riqueza de esta
«gracia» la enaltece San Pablo al decir que en virtud de ella somos «una obra de
Dios, una nueva creación en Cristo» (v 9), infinitamente más prodigiosa que la
creación primera. Y ahora nosotros, respondiendo al plan de Dios, viviremos conforme a
nuestra dignidad de hijos suyos en Cristo; «y andaremos por aquellos caminos de
santidad, para los que nos preordena Dios» (v. 9).
Ser auténtico cristiano es responder a esta gracia de Dios hasta alcanzar la más
perfecta configuración interior y exterior con Cristo. « El cual a los que nacimos
esclavos del pecado antiguo nos eleva, regenerados por el Bautismo, a la
dignidad de hijos adoptivos de Dios» (Prefacio Cuaresmal).
Jn. 3, 14-21: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo»

EVANGELIO DE JESUCRISTO
SEGUN SAN JUAN
R/. Gloria a Ti, Señor
14
«Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser
elevado el Hijo del hombre, 15 para que todo el que crea tenga en él
la vida eterna.
16
Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito
para que no perezca ninguno de los que creen en él sino que tenga
vida eterna.
17
Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al
mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él,
no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha
creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.
19
Y el juicio está en que la luz vino al mundo, y los hombres amaron
más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. 20 Pues
todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no
sean censuradas sus obras.
21
Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de
manifiesto que sus obras están hechas según Dios».
Palabra del Señor.

R/. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Re-leamos LA PALABRA para interiorizarla


a) Contexto: Diálogo de Jesús con Nicodemo: Jn. 3, 1-21
Casi continuando el evangelio del domingo anterior, el de hoy forma parte de la
conversación de Jesús con Nicodemo (Jn 3,1-21), más en concreto, la segunda parte de
dicha conversación. El motivo central de toda la conversación es el nacer de nuevo, es
decir, creer en Jesús para alcanzar vida eterna. Una vida eterna que puede comenzarse
a vivir en esta historia gracias a la fe. Después de este evangelio, seguirá una extraña
mención al ministerio de Jesús como «bautista» (cf. 3,22, pero también 4,1-2 (!)) y el
último testimonio de Juan Bautista sobre Jesús (3,23-36), que retoma la temática del
evangelio de hoy (cf. 3,27.31.36) y cede definitivamente el «protagonismo» a Jesús

San Juan, en el marco histórico del diálogo de Jesús con el sanedrita Nicodemo,
nos da la doctrina sobre el Bautismo (Jn. 3, 5). Este «nuevo nacimiento» (regeneración)
nos entra en el Reino de Dios (v. 5) y nos torna «celestes», «espirituales», «divinos» (vv
3. 5. 6. 7). No son cosas que vean los ojos de la carne, pero sí se conocen por sus
efectos (v 8). Nicodemo piensa y habla a ras de tierra, y nada entiende (v 4). Como
«Maestro de Israel» que es (v 10), debería saber por la Escritura de este «nuevo
nacimiento por el Espíritu». Y, al menos, creer al Testigo Celeste que le habla (v 13).

En la presente lectura, que continúa la respuesta a Nicodemo, Jesús revela su


propia identidad y la suerte que le espera, la misión recibida del Padre y su desenlace
entre los hombres. Después de haberse identificado con la figura gloriosa del Hijo del
hombre bajado del cielo (v. 13), Jesús se parangona con la serpiente de bronce
que Moisés había alzado en el desierto para librar de la muerte segura al pueblo
pecador (cfr. Nm. 21,8s).

b) El Texto
Este evangelio no es unidad textual propia (perícopa). Pese a ello, podemos
distinguir una estructura en dos partes, con tres subdivisiones en cada parte.

>: La primera parte (vv. 14-18) está centrada en la fe en Jesús, que fue enviado
por Dios para salvar al mundo y por medio del cual se alcanza la vida eterna. Todo
tiene su origen en el amor de Dios al mundo.
>: La segunda parte (vv. 19-21) está centrada en el juicio que la venida de Jesús
provoca: la contraposición entre la luz y la tiniebla, las obras malas y las obras en
(según) Dios. El texto está repleto de términos teológicos fundamentales en el
evangelio de Juan, y sobresalen las causas («porque») y las finalidades («para/para
que»). La fe en Jesús, la luz, nos impulsa hacia el futuro (la vida eterna) y hacia un
presente transformado por unas obras hechas «según Dios».

c) Comentario:
vv. 14-15:
Para comprender el pasaje, es preciso adentrarse en el mundo de los símbolos,
tan característico del cuarto evangelio: la serpiente recuerda la muerte, pero también
su antídoto. De hecho, en la civilización en contacto con Israel, la serpiente era figura
de la fecundidad.
La referencia a Moisés y la serpiente del v. 14 remite a Nm 21,4-9, donde se narra
un episodio de la historia de Israel, donde el instrumento de muerte del que Dios se
había valido para castigar las murmuraciones y la ingratitud de su pueblo (la serpiente)
se convierte en instrumento de salvación. La cruz de Jesús, instrumento de muerte,
será salvación para todo el que crea. Jesús, en continuidad con la historia de la
salvación de Israel, es el definitivo instrumento de salvación paratodo el mundo. Y, en
concreto, su modo de morir: la cruz. Es todo un reto para nuestra fe: en medio de la
debilidad más total, se abre paso la salvación ofrecida por Dios.
La elevación de Jesús en la cruz, aunque represente el culmen de la ignominia,
constituye también el máximo de su gloria. Encontramos aquí la primera expresión de la
teología joanea que hace coincidir la elevación en la cruz con la glorificación de Cristo,
porque precisamente en la cruz se manifiesta en todo su esplendor el amor salvífico de
Dios.
Jesús explica a Nicodemo el misterio de la «Redención». El Mesías ha de ser
«exaltado» a la Cruz. Como El lleva sobre sí todos los pecados del mundo, su
crucifixión será la salvación de todos. A cuantos miren (crean) al Crucificado llegará la
Salvacion.
Esto preanunció Moisés al levantar en alto la «Serpiente» en el Desierto: «Señal
de Salvación... Cuantos la miraban se salvaban » (Sab. 16, 6.7). Cuantos miren a Cristo
Crucificado y en El crean, se salvarán (v. 16). Esta Salvación es universal y es personal:
La Salvación dada gratuitamente a todos por Cristo se personaliza: a) con la Fe (Jn. 3,
16-8) y b) con las obras (Jn. 3, 20; Ef. 2, 9).

v. 16: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo unigénito para que no
perezca ninguno de los que creen en él sino que tenga vida eterna».

Todo nace de una experiencia fundante: el amor de Dios hacia el mundo. El amor
de Dios Padre pasa al Hijo: “Como el Padre me amó, así os he amado yo; permaneced
en mi amor” (Jn 15,9). Es un amor que le lleva a entregar la vida: «Nadie tiene un amor
mayor que éste: entregar la vida por sus amigos» (Jn 15,13). El amor del Padre consiste
en dar a su Hijo único; el amor del Hijo consiste en dar su vida por nosotros; el amor
nuestro consiste en…Esa frase sencilla encierra un misterio inaudito que está muy
encima de toda comprensión humana. Es el amor el que mueve al Padre a entregar al
Unigénito para que el hombre pase del pecado a la vida eterna (v. 16). Pero este don
exige la acogida de la fe: en el desierto había que mirar a la serpiente de bronce, ahora
se debe creer en Jesús.
Al crear el mundo y al hombre, al hacer a éste libre, Dios mismo ha introducido un
drama fundamental en el ser humano. Ser capaz de enfrentarse con Dios, incluso de
negarlo… Dios no ha querido tener esclavos sin libertad, hombres sometidos a su poder
infinito. Dios ha querido tener hijos, pero hijos capaces de toda rebeldía. Personas con
quienes dialogar, con quienes hacer pactos y alianzas.

v. 17:
En esa libertad también el hombre se está jugando su destino final. Lo dice el texto
de san Juan: «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar el mundo sino
para que el mundo se salve por él». Por «mundo» entendemos la humanidad de
todos los tiempos, hombres y mujeres, creyentes y no creyentes, lo que conocen a
Jesucristo y los que no lo conocen, los del pasado, los del presente y los que han de
venir. El envío del Hijo es para una misión de salvación, y cada uno, con su
adhesión o su rechazo, hace una opción que implica un juicio. Dios tiene un
proyecto que se llama salvación. Esa palabra significa realización total, culminación
de todo anhelo de infinito y de trascendencia, llegar a la plenitud de lo que soñamos ser
vida feliz.

v. 18:
Es el proyecto que Dios ofrece al hombre con una condición sin embargo: creer en
él. La fe como respuesta a Dios, como entrar en el proyecto que Dios ofrece, con
libertad pero con decisión radical. Un sí perentorio a Dios. En esa respuesta está la
suerte final.
- La respuesta humana a esos amores consiste en creer, es decir, en confiar y
abandonarse en manos de Dios, dispuestos siempre a recorrer los caminos que nos
señala (= caminar hacia la luz). Así, hay acciones que debemos evitar, porque son
tinieblas (¿cuáles?) y hay acciones que tenemos que asumir, porque son «en/según
Dios» (¿cuáles?). ¿Qué aspectos de nuestra vida iluminan y transparentan a Dios entre
nosotros? ¿Qué aspectos opacan y oscurecen esa presencia de Dios?

v. 19:
El hombre puede perder su realización definitiva no porque Dios así lo quiera sino
porque el hombre lo rechaza. la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las
tinieblas que la luz. Lenguaje poético, simbólico, pero de fácil comprensión. La luz
representa la vida y la felicidad; la tiniebla significa el hundimiento en la muerte y en la
frustración de todo sueño.
vv. 20-21:
El diálogo con Nicoedemo pone de manifiesto ese drama que, con frecuencia, nos
ha evocado el Evangelio: el conflicto de dos mundos: Dios y el mal. Un drama de
pecado y de perdón, de infidelidad y de fidelidad, de proyectos humanos y del gran
proyecto de Dios.
Lo que Dios preparaba para el hombre es mucho mayor que una liberación política
y terrena. Pero el hombre como que prefiere obrar el mal. El mal fundamental del
hombre es su falta de esperanza, su frustración fundamental. Estar hecho para lo infinito
y verse incapaz de saciar su anhelo. Y por lo contrario, el hombre se empeña en
alejarse de Dios y pretende dictarse por sí mismo su propio destino. Soberbia
fundamental que no le trae sino decepciones.
¿Cómo curarlo de su ceguera y su incapacidad de escuchar?: «el que obra la
verdad, va a la luz». Dios hace lo impensable: la Encarnación. Ingresar él mismo en la
historia, hacerse hombre, mostrar el camino de una obediencia y fidelidad total al Padre
Dios, llevar en sí mismo, encarnado, al hombre para que encuentre su último destino y
su felicidad y libertad total, y hacerlo a través de su muerte y su resurrección.
En la Obra Salvífica intervienen:
a) El Amor del Padre: Nos envía a su Hijo-Salvador (v. 16).
b) El Amor del Hijo: toma sobre si nuestros pecados y los expía (v. 14).
c) La respuesta del hombre: éste con fe y amor acepta la salvación. El que no
cree, él mismo se pone en zona de muerte y condenación (v. 19).

3. MEDITACIÓN: ¿QUE NOS DICE el texto?

Lección de la historia de Israel


Al leer, en el libro 2º. de las Crónicas, los recuerdos de la Historia Sagrada en
tiempo cuaresmal podemos poner de relieve dos lecciones:

a) La llamada que nos hace Dios al arrepentimiento. Los castigos que Dios envía o
permite a individuos y naciones son invitaciones misericordiosas a conversión. La
constante histórica de Israel: pecado - castigo - conversión - perdón, deben ser también
aviso para el «Israel de Dios», es decir, para nosotros, la Iglesia de Jesucristo.

b) Ciro, por su gesto de libertador de Israel, es en boca de los Profetas «Tipo» y


figura del Mesías Libertador: «Así dice Yahvé a su Ungido («Mesías», en hebreo y
«Cristo», en griego) Ciro, a quien he tomado de la diestra» (Is. 45, 1). «Es mi amigo;
realizará mis planes: yo le he llamado» (Is. 48, 14). Por tanto, para los Profetas que
interpretan teológicamente la Historia, Ciro, que libera a los judíos de la cautividad de
Babilonia para que retornen a la Tierra Prometida, es un logradísimo Tipo y prenuncio
del Ungido, el Mesías, que será el Libertador verdadero, pleno, definitivo.

El esquema de la alianza está claro:


a) El Pueblo se olvida de Dios y se aparta: es el pecado del pueblo
b) La con secuencia es que el ese Pueblo siente el castigo de Dios, que se aparte
de ese Pueblo que noi quiere aqcopger su Alianza...
c) El sufrimiento por el abandono suscita en el Pueblo el arrepentimiento que lo
lleva a clamar a Dios y solicitar su misericordia y su perdón: el Pueblo se
arrepiente y busca purificación
d) Dios se compadece y envía un libertador...
Dios muestra misericordia aún en el castigo, siempre y cuando el Pueblo sepa
aprovechar la oportunidad brindada por Dios: la conversión...

Para nosotros hoy


Nos acercamos a la gran fiesta de la Pascua, celebración de la muerte y la
resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios. Es el acontecimiento central de la historia del
hombre. Acontecimiento actual, vivo y dinámico en nuestro tiempo. No es la mera
evocación de un hecho que pasó hace más de dos mil años, que se perdió en el
pasado, y que sólo con nostalgia y admiración recordamos.

Las lecturas de la Palabra de Dios que hemos escuchado nos iluminan sobre la
significación de ese acontecimiento.

Mirar al Crucificado
Tenemos alguien a quien dirigir nuestras miradas. Una cruz, la cruz de Jesús, Uena
la historia. En el nuestra soledad y abandono han sido rotos. No es la cruz el signo de la
venganza de un Dios justo, sino el grito de un Dios amor que lo entrega todo, que se
vacía por amor a nosotros y esto carece de toda explicación.

El signo de salvación, del amor total ha aparecido en la Historia. Mirarlo con fe es


nuestra salvación. Unirse es comprometerse en el amor de la cruz. Si él nos amó,
nosotros debemos amar; si él dio la vida, nosotros debemos darla.

Esto explica nuestro miedo a mirar la cruz. Mirar es nuestra muerte y la luz del
Señor nos hace daño en nuestros ojos egoístas y negativos.

Abrirse a la fuerza de la cruz es salvación; cerrarse es nuestra condena. No es Dios


quien nos condena, somos nosotros los que nos condenamos. Cerrar los ojos a la luz es
condenarse.
4. ORACIÓN: ¿QUE LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?
Padre de misericordia,
conscientes de nuestra necesidad de Ti,
único Salvador nuestro, y reconociendo nuestro pecado,
abrimos a Ti nuestros corazones hambrientos.
Concede a la Iglesia de Cristo, que,
en medio de los pueblos,
sea un lugar de salvación y perdón...
Que no confiemos demasiado en el poder,
en la técnica, en la ciencia, sino que comprendamos
que la única salvación viene de Ti
y abramos nuestros corazones a la acción de tu gracia..
Que quienes nos reunimos en torno a la cruz de Cristo,
no cerremos los ojos a la LUZ
y vivamos la vida nueva de amor
que procede de Ti.
Danos, Señor, Dios de bondad, fuente de toda gracia,
el sentir hambre y sed de perdón y salvación
y poner toda nuestra esperanza en Ti,
único capaz de salvar…
Danos luz para reconocernos pecadores,
y danos humildad para que sepamos ir a Ti
pidiendo perdón por todos nuestros pecados.
Que tu Palabra nos ilumine, para que comprendamos
que nada podemos hacer sin Ti y
que toda la vida de los hombres y toda la historia
sin Ti camina hacia la ruina y la perdición.
Llena, Señor, nuestro corazón y nuestra vida de Ti
para que podamos ofrecerte algo, que merezca la pena.
Que realicemos siempre y en todo
nuestra vocación de hijos tuyos,
y que sepamos poner en tus manos
todos los momentos de nuestra vida:
salud, enfermedad, alegrías y penas,
y hasta nuestro propio pecado,
pues eres el único capaz de perdonarlos.
Señor, que no vayamos al mundo con autosuficiencia,
sino con la humildad de los perdonados.
Y si hemos sido perdonados por Ti,
que sepamos convertirnos nosotros en perdón
y reconciliación en medio de nuestros hermanos.
Amén.
5. CONTEMPLACIÓN - ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE la
PALABRA?
Ya próximos a la celebración de estos misterios hagamos una pausa en la vida y
reflexionemos. Ojalá tengamos la capacidad de asombro para contemplar este misterio.
Sintámonos amados por Dios el Padre hasta lo increíble al darnos a Jesucristo, su Hijo,
al hacer que entremos en su misterio y en él vivamos nuestra condición de hijos.
Nuestra vida puede cambiar y transformarse a impulso de ese amor divino. Amor que
recibimos y compartimos con todos aquellos que hacen parte de nuestra vida, sin
distingos ni fronteras. Es el llamado urgente que el Padre Dios nos hace en este final de
la cuaresma. Digámosle que sí con todo el corazón,
Carecemos de fuerzas para vivir la vida de Dios. Una y otra vez comenzamos el
camino y nos cansamos. ¿No será que tenemos demasiada fe y confianza en nosotros?
Dios es quien salva y perdona. Nuestra máxima exigencia es la fe, confiar en el Señor,
el único que es capaz de salvar.
Pecar es desconfiar de Dios y apoyarnos en nosotros. Creernos los únicos justos
que pueblan la tierra... juzgar duramente a nuestros hermanos... no necesitar de Dios.
¿Es así nuestra vida? Pidamos perdón.
Relación con la Eucaristía
Eucaristía es acción de gracias. En ella se nos manifiesta diariamente que
«tanto amó Dios al mundo que nos dio a su propio Hijo».
Descubramos en la Eucaristía la gratuidad del don de Dios y encontremos en Él
nuestra salvación.

Algunas preguntas para meditar durante la semana


1. Cuando la luz viene a mí y yo «veo» lo correcto que debo hacer o lgo que debo
cambiar, ¿acepto en seguirla?
2. ¿Tomo los sufrimientos que son inevitables en mi vida como una manera de
purificación?
3. ¿Amo yo a la Iglesia con el amor con que un judío ama la ciudad de Jerusalén?
4. Cada comunidad cristiana viene a ser una Iglesia en pequeño, una mística
Jerusalén: ¿me siento unido a mis hermanos de comunidad con vinculo de fe y
de fraternidad? ¿En qué se manifiesta este amor?
5. Hay gente que cree en Cristo y no cree en la Iglesia: ¿a qué se debe esta
dicotomía? ¿Qué puedo hacer para que la Iglesia, mi Iglesia, sea mas creíble?

P. Carlos Pabón Cárdenas, CJM.

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