Instituto de Formación Docente y Técnica N°78
Materia: Lectura y Escritura
Profesor: Christian Pieroni
Tema: Jorge Luis Borges
Estudiante Johanna Dina Vallejos
Espacio para crecer desde la circulación de la palabra.
Entrevista de Jorge Luis Borges
(A) ¿De que manera abordar
Borges en la entrevista la
idea del “otro”?.
(B) ¿Qué asocia con el vértigo a
partir del verso de Blake?.
(C) ¿Qué siente Borges en sus
propias palabras con
respecto al tiempo y la
edad?.
(D) Investiga ¿Por qué motivo es
echado de su puesto de
trabajo?.
(E) ¿Cómo se siente el autor con
respecto a la edad?.
(F) “El tiempo es un Don de la
eternidad” en tus palabras, que te sugiere esta frase,
desarrolla.
(G) En la entrevista deja entrever que domina varios
idiomas ¿Pensas que influyó positiva o
negativamente en su forma de escribir? ¿Por qué?.
(H) Hace referencia al “El judío errante”, ¿Conoces la historia? ¿De que se trata?.
Cómo se describe…
(A) Borges y yo la idea del “otro”, su identidad
personal. Al “otro” a Borges es quién le ocurre las
cosas, yo camino por Buenos Aires y me demoro,
a caso ya mecánicamente, para mirar el seco
zaguán y la puerta cancel. Borges, tengo noticias
por correo y veo su nombre por una terna de
profesores en un diccionario Biográfico, me gustan
los relojes de arena, mapas, etimología, la
Tipografía del siglo 18, el sabor del café y la prosa
de Stevenson. El “otro” comparte esa preferencias
pero de un modo vanidoso, que las corriente de
un modo en un actor sería exagerado afirmar que nuestra relación es
sutil. Yo vivo, yo me dejó vivir para que Borges pueda clamar su
Literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que a
logrado ciertas páginas validas, pero esas páginas no me pueden
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salvar. Quizás es porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del
“otro”, sino del lenguaje o la tradición, por demás yo estoy destinado
definitivamente y solo un instante de mí podrá sobrevivir en el “otro”,
poco a poco voy cediéndole todo aunque me consta su perversa
costumbre de falsear y magnificar. Espinoza entendió, …”Todas las
cosas quieren perseverar en su ser la piedra eternamente es piedra y el
tigre es eternamente tigre”… .
Borges Reconoce ser El mismo, el que quizás quiere ser “pero no
siempre”. Se aferra a sus historias y sus sentimientos. En la teoría
de Sigmund Freud (1856-1939) el Yo es entendido como la parte
consciente de la mente, que debe satisfacer los impulsos instintivos e
inconscientes del Ello teniendo en cuenta las exigencias del mundo
externo y de la propia conciencia -el Superyó, constituido por normas
sociales interiorizadas.
(B) “El tiempo es el don de la eternidad”. Un sentir un vivir sucesivamente,
“vivimos en un sueño”, (la vigilia) porque si no pensáramos en la
eternidad viviríamos abrumados. Todo nos mataría.
sería como un vértigo, nos abruma, es una suerte que tengamos un
sueño la vigilia, sucesivamente. “El don de la eternidad”. No puede
morir. La veo es una forma del insomnio, padeciendo. Asocia al vértigo
con la muerte esa sensación de vivir en una eternidad. Nos aterraría
pensar en la muerte cada día.
(C)
¿Cuál de los dos cumple 80 años?
Borges dice; Espero que sea el “otro”, yo personalmente estoy
avergonzado del “otro”, La biblia aconseja unos 70 años, yo ya
sobrepasé ese límite, diez. Las aflicciones después de los 70.
Eh tenido muchas felicidades también, estas páginas que eh leído, con
la diferencia entre particular, yo soy el particular y el hombre público,
que en este momento también soy, pero que vamos hacer. Felizmente
estoy defendido por el olvido. Son los atributos de la vejez. El tiempo
está abusando de mí, está maltratándome.
(Otro ejemplo del tiempo) es el “Judío errante” (Judío eterno) La
inmortalidad está representada cómo algo terrible, un castigo.
(D) Jorge Borges había querido ser escritor, pero, tras la publicación de
una novela fallida, reconoció que su hijo tenía el talento a que él le
faltaba. Por eso, prefería que Borges se dedicara por entero a la
literatura antes que saliera a trabajar. "Para escribir", decía Hebe Uhart,
"tenés que desclasarte". Y, de alguna manera, eso fue lo que hizo
Borges. Sin dinero propio, dependía por entero de sus padres. Lo poco
que gastaba era la plata que le daba la madre para los taxis en las
noches de reuniones literarias.
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Así se mantuvieron hasta que la enfermedad hizo estragos en el cuerpo del padre y
Borges tuvo que buscarse un trabajo. El 8 de enero de 1938, con 38 años de edad,
Borges entró como auxiliar en la Biblioteca Municipal Miguel Cané. No está claro si las
gestiones fueron de Adolfo Bioy padre o del poeta Francisco Luis Bernárdez, que era el
director de las Bibliotecas Públicas Municipales. En cualquier caso, Borges sentía que
ocupaba un cargo inferior a su capacidad y su jerarquía, y concentró en Bernárdez su
resentimiento y frustración.
Se sentía rodeado por gente vulgar, superficial, de poca cultura. Sus compañeros lo
trataban con displicencia; casi no hablaba con nadie. Todavía no había llegado el tiempo
en que se figurara el Paraíso bajo la especie de una biblioteca.
Borges escribió “El Aleph” en la
Biblioteca Miguel Cané. Aquí la portada
de la edición de Alianza
Sombra terrible de Borges, voy a
evocarte
Debido al poco trabajo que había,
Borges se las ingeniaba para resolver
las obligaciones diarias durante la
primera hora y luego se dedicaba a leer y escribir hasta el fin de la jornada. En invierno se
refugiaba en el sótano; en verano subía a la terraza.
Aquellos años escribió como un poseso: reseñas para Sur, artículos para La Nación y El
Hogar, notas de cine, columnas de opinión, ensayos, traducciones, esquelas biográficas,
infinidad de prólogos —entre otros, el de La invención de Morel, de Bioy Casares—,
poemas. Muchísimos cuentos: "Las ruinas circulares", "Examen de la obra de Herbert
Quain", "La biblioteca de Babel", "La lotería de Babilonia", "Funes, el memorioso", "La
forma de la espada", "Tres versiones de Judas". Preparó casi la totalidad de El jardín de
los senderos que se bifurcan y Ficciones. Uno de los borradores de "El Aleph" está escrito
en papel membretado de la biblioteca. Publicó la Antología de la literatura fantástica y
la Antología poética argentina; ambos junto a Bioy y Silvina Ocampo. Y con Bioy,
justamente, creó esos monstruos bicéfalos únicos, que son Benito Suárez Lynch y Bustos
Domecq. Muy probablemente haya tomado como modelo para ellos a algunos de sus
compañeros.
A medida que su figura se agigantaba, la Biblioteca Cané quedaba entre las sombras.
Son ocho años reducidos a un puñado de anécdotas que se repiten en todas las
biografías. Que Borges leía la Divina Comedia en el tranvía camino al trabajo. Que las
frívolas secretarias recién se interesaron por él cuando Elvira de Alvear lo llamó por
teléfono para invitarlo a tomar el té. Que una tarde, un compañero encontró en una
enciclopedia la entrada sobre un tal Jorge Luis Borges y, sorprendido, le dijo que había un
escritor con su nombre. Que fue el mismísimo Honorio Pueyrredón quien lo ascendió a
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auxiliar de primera. Que de vez en cuando, el municipio repartía paquetes de yerba y él
los tiraba antes de volver a casa pensando en cómo esos regalos subrayaban la
humillación de un puesto inferior y deprimente. Que con la excusa de mejorar el fondo de
la biblioteca consiguió que se comprara una cantidad de clásicos en inglés. Que, en 1946,
a instancias de Juan Perón, lo destinaron al Mercado Central como inspector de aves y
conejos.
De todas, la última es la más difundida. Y es falsa.
Edelmiro Farrell
El decreto para desactivar a Perón
1945. Con los derechos cívicos
menoscabados, aún tras la victoria popular
que supuso el 17 de octubre, nadie se
opuso al decreto de diciembre, a través del
cual Farrell le prohibía que los funcionarios
y los empleados públicos participaran en actividades políticas. Quien lo hiciera, decía el
texto, cometería una falta grave y sería sancionado.
Es muy probable que aquel decreto, haya sido el último intento de Farrell para desactivar
al peronismo. Las elecciones se iban a llevar menos de dos meses después y la victoria
de Perón parecía inexorable.
Borges, tras años de mantenerse al margen —desde el tiempo en que presidió el Comité
de Intelectuales Jóvenes durante la segunda campaña de Yrigoyen—, se sintió
convocado a apoyar activamente a la Unión Democrática. Firmaba solicitadas en apoyo a
la fórmula Tamborini-Mosca, convencido de que era la manera de conjurar el peligro del
populismo y el totalitarismo peronista.
Pero Borges era empleado de una biblioteca municipal. Pocos días después de que
firmara la solicitada del 8 de enero del 46, la Dirección de Sumarios de la Municipalidad
pidió información para levantarle un cargo administrativo. Tres meses más tarde se le
registró el apercibimiento: un castigo menor, debido a lo bien considerado que estaba en
el trabajo.
La sanción a Borges parece ser un daño colateral de Farrell. De hecho, todo el proceso se
realizó antes de la asunción de Perón: comenzó unas semanas antes de las elecciones y
terminó en abril. Perón llegó la presidencia el 4 de junio de 1946.
Borges, sin embargo, como un prestidigitador asombroso, prefería contar otra versión.
Inspector de aves y conejos
El mito dice que tras la llegada de Perón al poder, Borges fue reubicado como inspector
en el Mercado Central. Que debiera ocuparse de las gallinas y los conejos era una burla a
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su falta de hombría. Pero el pase de funciones nunca fue comprobado. La última página
del legajo de Borges en la Biblioteca Cané calla y en ese silencio anida el misterio.
Lo que sigue queda en el rango de la especulación, pero daría la sensación de
que Borges no renunció ni por Perón ni por un cargo que no se llegó a registrar. Tal vez,
con la llegada del peronismo haya cambiado el equilibrio de fuerzas y sus compañeros lo
hayan hecho nuevas apretadas. Tal vez sí existió el traslado, pero como amenaza. Tal
vez, simplemente se cansó de un trabajo que le resultaba humillante. Tal vez aceptó el
ofrecimiento de algún benefactor.
Lo cierto es que Borges no fue un excluido ni un perseguido durante el peronismo: siguió
publicando, asistió a las reuniones de la Sociedad de Escritores, participó como jurado en
numerosos premios, dio clases y conferencias.
La primera vez que se mencionó el cargo como inspector de aves fue un mes después de
su renuncia, irónicamente en el diario "democracia", de extracción peronista. El texto sin
firma pintaba a nuestro héroe un poco cándido a la vez que se convertía en un dardo para
el intendente: "¿Supone el Doctor Siri que la Patria progresará mucho si los escritores se
dedican a cuidar gallinas y los avicultores a escribir novelas?"
El prólogo a “El jardín de los senderos que se bifurcan”
Dele Dele
En agosto del 46, la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), que de a poco iría
radicalizando su posición antiperonista, organizó una cena de desagravio para Borges.
Esa noche, él preparó un texto, que, por timidez, le pidió a Pedro Henríquez Ureña o
Francisco Ayala, que leyeran.
Lo primero que llama la atención es una imprecisión forzada: Borges dice que trabajó
nueve años —cuando en realidad fueron ocho— para asociar el tiempo a los círculos del
infierno de la Divina Comedia. Lo segundo, es que deja entrever que la sanción es por
haber apoyado a los aliados durante la Segunda Guerra antes que por oponerse al
peronismo. Así contaba cómo se enteró de la sanción y el cambio de trabajo:
"Me confiaron, [en la policía municipal], que esa metamorfosis era un castigo por haber
firmado aquellas declaraciones. Mientras yo recibía la noticia con el debido interés, me
distrajo un cartel que decoraba la solemne oficina. Era rectangular y lacónico, de formato
considerable, y registraba el interesante epigrama 'Dele Dele'. No recuerdo la cara de mi
interlocutor, no recuerdo su nombre, pero hasta el día de mi muerte recordaré esa
estrafalaria inscripción. Tendré que renunciar, repetí, al bajar las escaleras de la
Intendencia, pero mi destino personal me importaba menos que ese cartel simbólico".
Muchos años después, en el "Ensayo autobiográfico" que publicaría en The Newyorker,
Borges sería aún más explícito: Perón lo había echado por su posición pro-aliados.
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Ningún papel oficial da cuenta del pase al Mercado y, sin embargo, ese cartel rectangular
y lacónico es una evidencia notable del encuentro. No es posible que Borges lo haya
inventado. Seguramente no decía "Dele Dele", sino DLDL. Era un distintivo color verde
Nilo que venía de tiempos de la presidencia de Ramírez y lo usaban quienes querían que
le diera —"Dele, dele, General"— la Secretaría de Trabajo a Perón.
Si la llamada de la intendencia fue real, ¿existió el pase? El misterio no está resuelto.
(E)