RIENDO Y NUBLADO
Antología esencial de José Watanabe
Selección Club Antipoesía
¿Me dejará la muerte
gritar
como ahora?
LOS VERSOS QUE TARJO
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Las palabras no nos reflejan como los espejos, así
exactamente,
pero quisiera.
Escribo con una pregunta obsesiva en las orejas:
¿Es ésta la palabra exacta o es el amague de otra
que viene
no más bella sino más especular?
Por esta inseguridad
tarjo,
toda la noche tarjo, y en el espejo que aún porfío
sólo queda una figura borrosa, mutilada, malograda.
Es como si cumpliera la amenaza de la madre
sibilina
al niño que estaba descubriéndose, curioso,
en su imagen:
“Tanto te miras en el espejo
que algún día terminarás por no verte”.
Los versos que irreprimiblemente tarjo
se llevarán siempre mi poema.
REFULGE OTRA VEZ EL SOL
Refulge otra vez el sol sobre el río,
siéntate en la hierba con espíritu tranquilo
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y mira a los muchachos bañarse y reír.
Acepta estrictamente esta visión.
(Has mirado tu sombra desde el puente
y te ha extrañado
que no tuerza hacia la corriente.)
Tú también te bañaste aquí
y entonces el río era igualmente sucio, dejaba
estrías de barro en las comisuras de la boca
donde se formaba esa risa gratuita, risa
sólo por estar allí, zambulléndose
y emergiendo con un único conocimiento,
el de las cualidades tangibles del agua.
Ése era el sentido de la risa.
Acepta estrictamente ese sentido y declina
la especulación poética. Porque es tu verso opaco
contra tu brillante alegría de muchacho.
EL MELODRAMA
La luz del alba daba lucidez al canto de un pájaro en el
jardín.
Cantaba como si lo supiera todo clarísimamente.
Yo desperté con miedo
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y tú dormías haciendo mohínes, tal vez esperando una
piedad.
El pájaro lo entendía todo. Cada signo
le era claro.
Yo descifro las cosas con lentitud y cansancio
y siempre he querido una vida más explícita.
Mi pantalón colgaba de un clavito
y era muy cómodo a la mirada,
colgaba bello y vulgar:
un objeto real, no signo, no cifra en la primera luz.
Nada que descifrar, sólo un poco de pena evidente
porque caía laxo y abatido como un trapo. Y entonces
en su caída
empezó a dibujarnos, y se hizo signo, y qué feroz.
¿Tú, aún sigues esperando en tu sueño una piedad?
MI OJO TIENE SUS RAZONES
Creo que mi ojo tiene un arbitrario criterio de selección.
Obviamente hubo más paisaje alrededor,
imposible que sólo fuéramos ella y yo en el rompeolas.
Soy de repeticiones, como todos. Entonces puedo suponer
que
si hubo niebla
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le dije: botes en la bruma pueden ser sólo reflejos,
espejismos,
y le mencioné el antiguo haiku de Harumi:
“Entre la niebla
toco el esfumado bote.
Luego me embarco.”
Si hubo sol
le tomé fotografías con el hueco de la mano y acaso la
azoré
diciéndole: posa con los senos hacia el viento.
Si pasaron gaviotas y ella las admiró, le recordé
que eran aves carniceras y que únicamente su feo canto es
honesto.
Mi ojo todo lo veía, no descartaba nada.
Entramos en el mar por el rompeolas de rocas cortadas.
Sobre una roca saliente ella recogió su falda
y deslizó sus pies hacia el agua.
Sus muslos desnudos hallaron comodidad en la piedra.
Era particularmente raro
el contraste de su muslo blanco contra la roca gris:
su muslo era viviente como un animal dormido en el
invierno,
la roca era demasiado corpórea y definitiva.
Hubiera querido inscribir mi poema en todo el paisaje,
pero mi ojo, arbitrariamente, lo ha excluido
y sólo vuelve con obsesiva precisión
a aquel bello y extremo problema de texturas:
el muslo
contra la roca.
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LA PIEDRA ALADA
EL pelícano, herido, se alejó del mar
y vino a morir
sobre esta breve piedra del desierto.
Buscó,
durante algunos días, una dignidad
para su postura final:
acabó como el bello movimiento congelado
de una danza.
Su carne todavía agónica
empezó a ser devorada por prolijas alimañas, y sus
huesos
blancos y leves
resbalaron y se dispersaron en la arena.
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Extrañamente
en el lomo de la piedra persistió una de sus alas,
sus gelatinosos tendones se secaron
y se adhirieron
a la piedra
como si fuera un cuerpo.
Durante varios días
el viento marino
batió inútilmente el ala, batió sin entender
que podemos imaginar un ave, la más bella,
pero no hacerla volar.
ANIMAL DE INVIERNO
Otra vez es tiempo de ir a la montaña
a buscar una cueva para hibernar.
Voy sin mentirme: la montaña no es madre, sus cuevas
son como huevos vacíos donde recojo mi carne
y olvido.
Nuevamente veré en las faldas del macizo
vetas minerales como nervios petrificados, tal vez
en tiempos remotos fueron recorridos
por escalofríos de criatura viva.
Hoy, después de millones de años, la montaña
está fuera del tiempo, y no sabe
cómo es nuestra vida
ni cómo acaba.
Allí está, hermosa e inocente entre la neblina, y yo entro
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en su perfecta indiferencia
y me ovillo entregado a la idea de ser de otra sustancia.
He venido por enésima vez a fingir mi resurrección.
En este mundo pétreo
nadie se alegrará con mi despertar. Estaré yo solo
y me tocaré
y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña
sabré
que aún no soy la montaña.
EL LENGUADO
Soy
lo gris contra lo gris. mi vida
depende de copiar incansablemente
el color de la arena,
pero ese truco sutil
que me permite comer y burlar enemigos
me ha deformado. He perdido la simetría
de los animales bellos, mis ojos
y mis narices
han virado hacia un mismo lado del rostro. soy
un pequeño monstruo invisible
tendido siempre sobre el lecho del mar.
Las breves anchovetas que pasan a mi lado
creen que las devora
una agitación de arena
y los grandes depredadores me rozan sin percibir
mi miedo. El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre. Mi cuerpo no es mucho. Soy
una palada de órganos enterrados en la arena
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y los bordes imperceptibles de mi carne
no están muy lejos.
A veces sueño que me expando
y ondulo como una llanura, sereno y sin miedo, y más
grande
que los más grandes. Yo soy entonces
toda la arena, todo el vasto fondo marino.
COMO EL PEJE-SAPO
Nunca escuchaste canto más razonable
que el de los pájaros que anoche huían de la tormenta:
“Más vale/ estar asido/ del aire”.
Porque en el peligroso borde palpas verso como ramita
providencial
o frase de la filosofía como piedra para apoyar el pie.
Sí, más te hubiera valido aprender a asirte del aire.
Tendido, tu cuerpo suena sus tripas y te recuerda que
aún te quedan tus humildes voces
vegetativas. Sonríes
y con ternura maternal oyes tu borborigmo y tu pedo,
y te serenas:
en el peligroso borde te afirmas como el peje-sapo en la
roca marina,
con el vientre.
Callada tu mente y su prestigioso trabajo,
descubres, en el peligroso borde, que tu cuerpo es más
inteligente
y que es tuyo y de todos. Todo cuerpo es tótem.
Levántate y muestra tu desnudez al alba que ya empieza.
A las 7 los cirujanos te abrirán el pecho con sus
escalpelos.
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No morirás: tus voces vegetativas siguen sonando
y ya son (y ya eres) parte del rumor panteísta que viene del
bosque
y, al parecer, de un alba más remota.
EL BAÑO
Mientras el agua cae
sobre tu cuerpo
yo pienso
que de todos los cuerpos del mundo
tú posees el más preciso.
Tienes algo de intercambiable
conmigo, algunos órganos secretos,
los más saludables y hermosos,
o el sabor
o la mirada.
Ayer
me acerqué por tus espaldas
y deslicé mis manos
bajo tus axilas
hasta tocar tus senos. De pronto
sentí
el temblor de una restitución:
si yo hubiera tenido tetas
serían
como las tuyas.
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EL TOPO
Estaba ahí,
acorralado en el ruedo de los curiosos. Sus garras
escarbaban inútilmente el cemento de la vereda,
y sangraban. No avanzaba,
sólo esponjaba y contraía su cuerpo
según su miedo. Y con su hocico,
rosado y móvil, husmeaba,
lejos de sus oscuras galerías,
el aire soleado de los hombres.
Jamás habíamos visto un topo.
Habían capturado un mito, un animal
de bestiario. Por eso
nuestra mente demoraba, se estremecía,
no podía creer
que bajo la realidad estridente del sol
hubiera otro animal
de carne lastimada como la nuestra.
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EN ESA CASA…
En esa casa, a puerta cerrada,
mataban chanchos.
Ver muertes y destripes
nos hubiera sido más benigno:
ya habríamos olvidado.
Pero no: sentados en la vereda rota
sólo oíamos gritos desesperados,
largos vagidos de agonía. Nuestra imaginación
creó un animal casi humano.
Los ruidos de la muerte venían por el aire.
No respires, dijo alguien.
¿Fui yo el que hablo? No lo se, pero todos intuimos
que esa agonía
entraba en nosotros
como un oscuro veneno
que algún día tenemos que devolver.
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NATIVIDAD
Ésta es tu patria, hijo mío,
un establo donde tu madre
ya duerme
de regreso a nuestra especie:
hasta ahora
ella era un animal mítico: el vientre
avanzado
y habitado
por Ti, entonces voraz nonato,
que le consumías hasta los huesos.
Tengo ya muchos años y he visto
de todo. Sin embargo,
me sobrecoge mirarte, mi recién nacido:
a pesar de las madres
todo niño está abandonado
sobre la vastedad de una tierra callada.
Tu madre,
muchacha todavía sorprendida
por Ti, no cantó
una canción de cuna. Mirándote
sólo murmuró inacabablemente:
es espantoso esperar de Él
lo que esperan.
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EL ACERTIJO
Tumbado en la cama busco el ángulo, la coincidencia,
el montaje visual que me permita sacar los pies por la
ventana.
De este modo mis pies van a posarse en la pequeña colina
de las
amapolas.
Allí permanecen toda la tarde moviéndose
acompasadamente
como metrónomos. Los miro
pálidos y delgados.
Recuerdo que no hace mucho entre ellos se repartía
el instinto del vago
que viaja intuyendo las pieles más amables de la tierra,
arena, yerba, polvo, una y otra piedra en medio del río,
y sin extraviarse nunca.
La colina de las amapolas oscurece, recojo mis pies.
En el cielo empiezan las estrellas, numerosas y
parpadeantes.
La más brillante y seguramente la más sarcástica
se acerca hasta el filo del tejado:
«Entre nosotras hay un acertijo, un camino
disimulado, el largo camino de regreso a tu casa,
tienes que encontrarlo posando el pie en la estrella
correcta».
En un hospital se confunden las voces propias y las
flotantes.
¿La estrella ha hablado?
Díganle que mis pies han perdido el instinto del vago
y que el acertijo es muy cruel.
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EL HARAGÁN
Inmóvil
el haragán mira la manzana que brilla
en la mesita de las flores.
La tarde
es diáfana y crea entre las cosas
una disposición
a avenirse.
Con el mundo así,
tan cordial, no es insensato
que él llame a la manzana y le ofrezca
su mano.
Juego inútil:
pronto el espacio
como el ánimo
se torna denso
y sobre las cosas cae
y se cierra
un alud de vidrio.
¿Cuándo era
que una fe esencial
traía las cosas
volando
hasta la mano?
El haragán sonríe,
quiso evitar
algunos movimientos vanos,
pero no:
tendrá que romper el mundo
para llegar
a la manzana.
Las cosas
demandan siempre
demasiado esfuerzo.
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LA CURA
El cascarón liso del huevo
sostenido en el cuenco de la mano materna
resbalada por el cuerpo del hijo, allá en el norte.
Eso vi:
una mujer más elemental que tú
espantando a la muerte con ritos caseros, cantando
con un huevo en la mano, sacerdotisa
más modesta no he visto.
Yo la miraba desgranar sobre su regazo
los maíces de la comida
mientras el perro callejero se disolvía en el relente del sol
lamiendo
el dolor arrojado a la tierra
junto con el huevo del milagro.
Así era. La vida pasaba sin aspavientos
entre gente parca, padre y madre
que me preguntaban por mi alivio. El único valor
era vivir.
Las nubes pasaban por la claraboya
y las gallinas alineaban en su vientre sus santas ovas
y mi madre esperaba nuevamente el más fresco huevo
con un convencimiento:
la vida es física.
Y con ese convencimiento frotaba el huevo contra mi
cuerpo
y así podía vencer.
En ese mundo quieto y seguro fui curado para siempre.
En mí se harán todos los milagros. Eso vi,
qué no habré visto.
RIENDO Y NUBLADO
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La meningitis mató en su cama al hijo del carnicero.
Tanta sangre hubo en esa casa
que una muerte limpia sólo fue aceptada
ante un espejo brillante, sin la opacidad de un resuello.
Desde entonces, los muchachos
empezamos a asomarnos con incredulidad a los espejos.
Nada pagaba
la luz que veíamos bailando en nuestros ojos
y la satisfacción de la veladura en el cristal
tras echarle nuestro aliento, el mejor gesto de los vivos.
Mirándome en los espejos
y soplándoles tontamente mi hálito
he persistido hasta hoy.
Sí, ese señor entrecano en el marco dorado
soy yo.
Grito: ¡Soy yo! ¡Soy yo!
Y me da un enorme place verlo, riendo y nublado. Soy yo
y si no lo fuera también diría que soy yo
porque quiero ser (y seguir siendo) en cualquier rostro
vivo
con tal de no ser, como el hijo del carnicero, el muerto.
RESPONSO ANTE EL CADÁVER
A este cadáver le falta alegría.
Qué culpa tan inmensa
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cuando a un cadáver le falta alegría.
Uno quiere traerle algo radiante o gustoso (yo recuerdo
su felicidad de anciana comiendo un bife tierno),
pero Dora aún no regresa del mercado.
A este cadáver le falta alegría,
¿alguna alegría aún puede entrar en su alma
que está tendida sobre sus órganos de polvo?
Qué inútiles somos
ante un cadáver que se va tan desolado.
Ya no podemos enmendar nada. ¿Alguien guarda todavía
esas diminutas manzanas de pobre
que ella confitaba y en sus manos obsequiosas
parecían venidas de un árbol espléndido?
Ya se está yendo con su anillo de viuda.
Ya se está yendo, y no le prometas nada:
le provocarás una frase sarcástica
y lapidaria que, como siempre, te dejará hecho un idiota.
Ya se está yendo con su costumbre de ir bailando
por el camino
para mecer al hijo que llevaba a la espalda.
Once hijos, Señora Coneja, y ninguno sabe qué diablos
hacer
para que su cadáver tenga alegría.
LA TEJEDORA
Mirando
a la muchacha que teje en el telar de cintura
me aprieto
solitario y concupiscente
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contra la yerba que crece en esta colina de mi pereza.
Mi oído
cree escuchar
el chirrido de la tierra girando sobre su eje.
Si en alguna parte suena, sería aquí.
Y entonces recuerdo el globo terráqueo de escritorio
donde jugaba
a buscar un lugar para vivir, apuntándolo con el dedo.
al azar.
Tu teoría, Copérnico,
explica la alternancia del día y la noche,
mientras los hombres buscamos
en la tierra
un lugar para vivir.
La tejedora
intercala la lanzadera
entre las mil hebras del telar, y ya se puede ver
las figuras que idealiza:
un colibrí
frente a la flor del floripondio.
Su mano
cogiendo la lanzadera que parece puñal
insinúa
otro movimiento, el que puede herir,
pero no
este es un lugar apacible
y todo se mueve con bondad.
¿Sería posible, Copérnico,
sumar los movimientos de su mano
con los infinitos otros de la misma índole
y hacer uno solo
para que la vida que gira sobre tu teoría
sea rápidamente bella
como en este tejido de Cajamarca?
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EN SU CARTA MI HERMANA DORA DICE
Ha creído verme cruzando
el jardín del fondo, del limonero a la mampara
de la sala.
De puro hermana, sabiendo que estoy aquí, adonde
me envía su carta,
adonde, aprensivo
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y sobrecogido, leo y me digo: ¿no estaré recogiendo
mis pasos?
El que desanda ignora que desanda. Otros lo ven,
silencioso, volviendo
sin razón real para volver, o tal vez para comprender
sin ansia
que pudo acceder o permitirse más.
Razones históricas, dicen, explican las vidas, no
fatalismos, pero
de qué
sirven
si ya bien definitivo es lo que alcancé
de veras, seres con volumen y peso, y que
seguramente ahora,
desandando, rodeo
y que seguramente ahora
son fósiles.
¿Dónde andaré en mi desande?
Si me he sobrecogido es prueba de que aún no llego
al chivo: otro espíritu yo tendría.
Les explico brevemente lo del chivo.
Yo era un muchacho tras los frutos de los cactus de
cerro,
y lo vi
y para esta hora pedí ser como él, chivo en el alto
roquerío
que sabe estarse con arrogancia ante el vacío.
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EL GUARDIÁN DEL HIELO
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
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El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
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POEMA COLECTIVO
CUANDO ENCUENTRE LA PALABRA
Cuando encuentre la palabra
escribiré un poema
¡Anaranjado!
Tratando de captar un atardecer
Recurrir a palabras, letras, números
1, 3, 5
recurrir a abstracciones para encerrar lo concreto
¿cuándo por fin podremos dibujar el mundo con líneas
que nunca encontraremos en él?
Mundo es una palabra demasiado grande
como para saberse presa en ella
Regar la sombra en la noche que somos
regalarla a trazos, estrellas, gritos, voces
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fragmentos de palabras para devenir otra
el murmullo, tal vez, de mi yo que me espera.
La luz que se cuela entre las
hojas, suena. Descanso sobre ellas
como niño en andén. hagamos una
palabra que haga cuerpo. iniciemos
un grito
El grito Permanente
es el silencio.
Iniciemos un grito
que retumbe en los cuerpos
que haga temblar al mundo.
¿Por qué gritamos?
para recordarnos a nosotros mismos
que podemos gritar
o no.
Andá a saber.
¿Y qué pasó?
con aquellos que buscaban
ese llamado de libertad,
que se llenaron
de desilusión, exponiéndose
a las modas y deidades
Andá a saber sobre ellos
Ya volvieron
las palabras
cosechadas en mi pecho
regada por mis páginas
Excretadas y limpiadas por las mismas
y feliz
Andá
Saber sobre lo que
voló en mi mano.
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