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Título original: MATILDA
©1 988, Roald Dahl Story Company.
Roald Dahl es una marca registrada de The Roald Dahl Story Company Ltd.
© 1988, Quentin Blake
© De la traducción: 1989, Pedro Barbadillo
©De esta edición:
2020, Santillana Infantil y Juvenil, S. L.
Avenida de los Artesanos, 6. 28760 Tres Cantos (Madrid)
Teléfono: 91 744 90 60
ISBN: 978-84-9122-136-4
Depósito legal: M-37.830-2015
Printed in Spain - Impreso en España
Quinta edición: marzo de 2020
Más de 55 ediciones publicadas en Santillana
Directora de la colección:
Maite Malagón
Editora ejecutiva:
Yolanda Caja
Dirección de arte:
José Crespo y Rosa Marín
Proyecto gráfico:
Marisol del Burgo, Rubén Chumillas, Julia Ortega y Álvaro Recuenco
Cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta obra
solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares,
salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO
(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Matilda
Roald Dahl
Ilustraciones de Quentin Blake
Para Michael y Lucy
La lectora de libros
Ocurre una cosa graciosa con las madres y los pa- 9
dres. Aunque su hijo sea el ser más repugnan-
te que uno pueda imaginarse, creen que es
maravilloso.
Algunos padres van aún más lejos.
Su adoración llega a cegarlos y es-
tán convencidos de que su vástago
tiene cualidades de genio.
Bueno, no hay nada malo en
ello. La gente es así. Solo cuando
los padres empiezan a hablarnos de las maravillas
de su descendencia es cuando gritamos: «¡Tráigan-
me una palangana! ¡Voy a vomitar!».
Los maestros lo pasan muy mal teniendo que
escuchar estas tonterías de padres orgullosos, pero
normalmente se desquitan cuando llega la hora de
las notas finales de curso. Si yo fuera maestro,
imaginaría comentarios genuinos para hijos de
padres imbéciles. «Su hijo Maximilian —escribi-
ría— es un auténtico desastre. Espero que tengan
ustedes algún negocio familiar al que puedan
orientarle cuando termine la escuela, porque es
seguro, como hay infierno, que no encontrará
trabajo en ningún sitio».
10 O si me sintiera inspirado ese día, podría escri-
bir: «Los saltamontes, curiosamente, tienen los ór-
ganos auditivos a ambos lados del abdomen. Su hija
Vanessa, a juzgar por lo que ha aprendido este cur-
so, no tiene órganos auditivos».
Podría, incluso, hurgar más profundamente en
la historia natural y decir: «La cigarra pasa seis 11
años bajo tierra como larva y, como mucho, seis
días como animal libre a la luz del sol y al aire. Su
hijo Wilfred ha pasado seis años como larva en
esta escuela y aún estamos esperando que salga de
la crisálida». Una niña especialmente odiosa po-
dría incitarme a decir: «Fiona tiene la misma belle-
za glacial que un iceberg, pero al contrario de lo
que sucede con este, no tiene nada bajo la superfi-
cie». Estoy seguro de que disfrutaría escribiendo
los informes de fin de curso de las sabandijas de
mi clase. Pero ya está bien de esto. Tenemos que
seguir.
A veces se topa uno con padres que se compor-
tan del modo opuesto. Padres que no demuestran
el menor interés por sus hijos y que, naturalmen-
te, son mucho peores que los que sienten un cari-
ño delirante. El señor y la señora Wormwood eran
de esos. Tenían un hijo llamado Michael y una hija
llamada Matilda, a la que los padres consideraban
12 poco más que como una postilla. Una postilla es
algo que uno tiene que soportar hasta que llega el
momento de arrancársela de un papirotazo y lan-
zarla lejos. El señor y la señora Wormwood espera-
ban con ansiedad el momento de quitarse de enci-
ma a su hijita y lanzarla lejos, preferentemente al
pueblo próximo o, incluso, más lejos aún.
Ya es malo que haya padres que traten a
los niños normales como postillas y juane-
tes, pero es mucho peor cuando el niño
en cuestión es extraordinario, y con esto
me refiero a cuando es sensible y
brillante. Matilda era ambas cosas,
pero, sobre todo, brillante. Tenía
una mente tan aguda y aprendía
con tanta rapidez que su talento
hubiera resultado claro para padres
medianamente inteligentes. Pero el señor y la seño-
ra Wormwood eran tan lerdos y estaban tan ensi-
mismados en sus egoístas ideas que no eran capa-
ces de apreciar nada fuera de lo común en sus hijos.
Para ser sincero, dudo que hubieran notado algo
raro si su hija llegaba a casa con una pierna rota.
Michael, el hermano de Matilda, era un niño de
lo más normal, pero la hermana, como ya he di- 13
cho, llamaba la atención. Cuando tenía un año y
medio hablaba perfectamente y su vocabulario era
igual al de la mayor parte de los adultos. Los pa-
dres, en lugar de alabarla, la llamaban parlanchina
y la reñían severamente, diciéndole que las niñas
pequeñas debían ser vistas pero no oídas.
Al cumplir los tres años, Matilda ya había
aprendido a leer sola, valiéndose de los periódicos
y revistas que había en su casa. A los cuatro, leía
de corrido y empezó, de forma natural, a desear
tener libros. El único libro que había en aquel ilus-
trado hogar era uno titulado Cocina fácil, que per-
tenecía a su madre. Una vez que lo hubo leído de
14 cabo a rabo y se aprendió de memoria todas las re-
cetas, decidió que quería algo más interesante.
—Papá —dijo—, ¿no podrías comprarme al-
gún libro?
—¿Un libro? —preguntó él—. ¿Para qué quie-
res un maldito libro?
—Para leer, papá.
—¿Qué demonios tiene de malo la televisión?
¡Hemos comprado un precioso televisor de doce
pulgadas y ahora vienes pidiendo un libro! Te es-
tás echando a perder, hija...
Entre semana, Matilda se quedaba en casa sola
casi todas las tardes. Su hermano, cinco años ma-
yor que ella, iba a la escuela. Su padre iba a tra-
bajar y su madre se marchaba a jugar al bingo a
un pueblo situado a ocho millas de allí. La señora
Wormwood era una viciosa del bingo y jugaba cin- 15
co tardes a la semana. La tarde del día en que su
padre se negó a comprarle un libro, Matilda salió
sola y se dirigió a la biblioteca pública del pueblo.
Al llegar, se presentó a la bibliotecaria, la señora
Phelps. Le preguntó si podía sentarse un rato y
leer un libro. La señora Phelps, algo sorprendida
por la llegada de una niña tan pequeña sin que
la acompañara ninguna persona mayor, le dio la
bienvenida.
—¿Dónde están los libros infantiles, por favor?
—preguntó Matilda.
—Están allí, en las baldas más bajas —dijo la
señora Phelps—. ¿Quieres que te ayude a buscar
uno bonito con muchos dibujos?
—No, gracias —dijo Matilda—. Creo que podré
arreglármelas sola.
A partir de entonces, todas las tardes, en cuanto
su madre se iba al bingo, Matilda se dirigía a la bi-
blioteca. El trayecto le llevaba solo diez minutos y le
quedaban dos hermosas horas, sentada tranquila-
mente en un rincón acogedor, devorando libro tras
libro. Cuando hubo leído todos los libros infantiles
que había allí, comenzó a buscar alguna otra cosa.
16 La señora Phelps, que la había observado fasci-
nada durante las dos últimas semanas, se levantó
de su mesa y se acercó a ella.
—¿Puedo ayudarte, Matilda? —preguntó.
—No sé qué leer ahora —dijo Matilda—. Ya he
leído todos los libros para niños.
—Querrás decir que has contemplado los dibu-
jos, ¿no?
—Sí, pero también los he leído.
La señora Phelps bajó la vista hacia Matilda
desde su altura y Matilda le devolvió la mirada.
—Algunos me han parecido muy malos —dijo
Matilda—, pero otros eran bonitos. El que más me
ha gustado ha sido El jardín secreto. Es un libro lleno
de misterio. El misterio de la habitación tras la puer-
ta cerrada y el misterio del jardín tras el alto muro.
La señora Phelps estaba estupefacta.
—¿Cuántos años tienes exactamente, Matilda?
—le preguntó.
—Cuatro años y tres meses.
La señora Phelps se sintió más estupefacta
que nunca, pero tuvo la habilidad de no demos-
trarlo.
—¿Qué clase de libro te gustaría leer ahora?
18 —preguntó.
—Me gustaría uno bueno de verdad, de los que
leen las personas mayores. Uno famoso. No sé
ningún título.
La señora Phelps ojeó las baldas, tomándose su
tiempo. No sabía muy bien qué escoger. ¿Cómo iba
a escoger un libro famoso para adultos para una
niña de cuatro años? Su primera idea fue darle al-
guna novela de amor de las que suelen leer las chi-
cas de quince años, pero, por alguna razón, pasó de
largo por aquella estantería.
—Prueba con este —dijo finalmente—. Es muy
famoso y muy bueno. Si te resulta muy largo, dí-
melo y buscaré algo más corto y un poco menos
complicado.
—Grandes esperanzas —leyó Matilda—. Por
Charles Dickens. Me gustaría probar.
—Debo de estar loca —se dijo a sí misma la se-
ñora Phelps, pero a Matilda le comentó—: Claro
que puedes probar.
Durante las tardes que siguieron, la señora
Phelps apenas quitó ojo a la niñita sentada hora
tras hora en el gran sillón del fondo de la sala, con
el libro en el regazo. Tenía que colocarlo así porque
era demasiado pesado para sujetarlo con las manos, 19
lo que significaba que debía sentarse inclinada ha-
cia delante para poder leer. Resultaba insólito ver a
aquella chiquilla de pelo oscuro, con los pies colgan-
do, sin llegar al suelo, totalmente absorta en las
maravillosas aventuras de Pip y la señorita Havis-
ham y su casa llena de telarañas dentro del mágico
hechizo que Dickens, el gran narrador, había sabido
tejer con sus palabras. El único movimiento de la
lectora era el de la mano cada vez que pasaba una
página. La señora Phelps se apenaba cuando llegaba
el momento de acercarse a ella y decirle: «Son las
cinco menos diez, Matilda».
En el transcurso de la primera semana, la seño-
20 ra Phelps le preguntó:
—¿Viene tu madre todos los días para llevarte
a casa?
—Mi madre va todas las tardes a Aylesbury a
jugar al bingo —le respondió Matilda—. No sabe
que vengo aquí.
—Pero eso no está bien —dijo la señora
Phelps—. Creo que sería mejor que se lo conta-
ras.
—Creo que no —contestó Matilda—. A ella no
le gusta leer. Ni a mi padre.
—Pero ¿qué esperan que hagas todas las tardes
en una casa vacía?
—Ir de un lado para otro y ver la tele.
—Ya.
—A ella no le importa nada lo que hago —dijo
Matilda con un deje de tristeza.
A la señora Phelps le preocupaba la seguridad
de la niña cuando transitaba por la concurrida ca-
lle Mayor del pueblo y cruzaba la carretera, pero
decidió no intervenir.
Al cabo de una semana, Matilda terminó Gran-
des esperanzas, que, en aquella edición, tenía cua-
trocientas once páginas.
—Me ha encantado —le dijo a la señora 21
Phelps—. ¿Ha escrito otros libros el señor Dic-
kens?
—Muchos otros —respondió la asombrada se-
ñora Phelps—. ¿Quieres que te elija otro?
Durante los seis meses siguientes, y bajo la aten-
ta y compasiva mirada de la señora Phelps, Matilda
leyó los siguientes libros:
Nicolas Nickleby, de Charles Dickens.
Oliver Twist, de Charles Dickens.
Jane Eyre, de Charlotte Brontë.
Orgullo y prejuicio, de Jane Austen.
Teresa, la de los d’Urbervilles, de Thomas Hardy.
Viaje a la Tierra, de Mary Webb.
Kim, de Rudyard Kipling.
El hombre invisible, de H. G. Wells.
El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.
El ruido y la furia, de William Faulkner.
Alegres compañeros, de J. B. Priestley.
Las uvas de la ira, de John Steinbeck.
Brighton Rock, de Graham Greene.
Rebelión en la granja, de George Orwell.
22
Era una lista impresionante y, para entonces,
la señora Phelps estaba maravillada y emociona-
da, pero probablemente hizo bien en no mostrar
su entusiasmo. Cualquiera que hubiera sido testi-
go de los logros de aquella niña se hubiera senti-
do tentado de armar un escándalo y contarlo en el
pueblo, pero no la señora Phelps. Se ocupaba solo
de sus asuntos y hacía tiempo que había descu-
bierto que rara vez valía la pena preocuparse por
los hijos de otras personas.
—El señor Hemingway dice algunas cosas que
no comprendo —dijo Matilda—. Especialmen-
te sobre hombres y mujeres. Pero, a pesar de eso,
me ha encantado. La forma como cuenta las cosas 23
hace que me sienta como si estuviera observando
todo lo que pasa.
—Un buen escritor siempre te hace sentir
de esa forma —dijo la señora Phelps—. Y no te
preocupes por las cosas que no entiendas. Deja que
te envuelvan las palabras, como la música.
—Sí, sí.
—¿Sabías —le preguntó la señora Phelps— que
las bibliotecas públicas como esta te permiten lle-
var libros prestados a casa?
—No lo sabía —dijo Matilda—. ¿Podría hacer-
lo?
—Naturalmente —dijo la señora Phelps—.
Cuando hayas elegido el libro que quieras, tráeme-
lo para que yo tome nota y es tuyo durante dos se-
manas. Si lo deseas, puedes llevarte más de uno.
A partir de entonces, Matilda solo iba a la bi-
blioteca una vez por semana, para sacar nuevos
libros y devolver los anteriores. Convirtió su pe-
queño dormitorio en sala de lectura y allí se sen-
taba y leía la mayoría de las tardes, a menudo con
un tazón de chocolate caliente al lado. No era lo
bastante alta para llegar a los cacharros de la co-
24 cina, pero colocaba una caja que había en una
dependencia exterior de la casa y se subía en ella
para llegar a donde deseaba. La mayoría de las ve-
ces preparaba chocolate caliente, calentando la
leche en un cazo en el hornillo, antes de añadir-
le el chocolate. De vez en cuando preparaba Bo-
vril y Ovaltina. Resultaba agradable llevarse una
bebida caliente consigo y tenerla al lado mien-
tras se pasaba las tardes leyendo en su tranquila
habitación de la casa desierta. Los libros la trans-
portaban a nuevos mundos y le mostraban per-
sonajes extraordinarios que vivían unas vidas ex-
citantes. Navegó en tiempos pasados con Joseph
Conrad. Fue a África con Ernest Hemingway y a la
India con Rudyard Kipling. Viajó por todo el mun-
do, sin moverse de su pequeña habitación de aquel
pueblecito inglés.