Baba o Babo [Spectacled cayman]
(Caiman crocodilus)
Lugar: Hato Masaguaral, Corozopando, Estado Guárico,
Llanos centrales de Venezuela.
Place: Masaguaral Ranch, Corozopando, Guarico State,
central Venezuelan Llanos.
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Sobre la Baba o Babo tenía escrito desde hace algunos
años el texto que sigue
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Las babas pertenecen a una familia, los Aligatóridos,
distinta a la de los cocodrilos, de los cuales se diferencian
por su menor tamaño, por tener un hocico ancho y
redondeado en lugar de largo y estrecho y porque «el
cuarto diente de la mandíbula inferior (destaca por ser
mayor que los otros dientes inmediatos) encaja en un
hueco de la mandíbula superior, en vez de coincidir con
una hendidura, como ocurre con los verdaderos
Cocodrilos; lo que determina que en los Cocodrilos el
diente quede al descubierto aun cuando el animal tenga
la boca cerrada» (López, 1984, p. 68).
Por cierto que, dicho sea de paso, los dientes de caimán
han fungido de amuleto infalible desde hace mucho
tiempo, siendo notorios los alegatos hechos por el jesuíta
José Gumilla al respecto, quien decía que se habían
puesto en su época de moda «a causa de haberse
descubierto en la provincia de Caracas ser dichos
colmillos un gran contraveneno» (Gumilla, 1963 [1741].
Para 1962 aseguraba Miguel Acosta Saignes que «éstos se
usan todavía y es posible comprar un colmillo
“preparado” en el propio centro de Caracas» (Acosta,
1962, p. 138).
Las costumbres de babas y cocodrilos también presentan
algunas diferencias ya que, mientras éstos parecen sentir
predilección por los ríos anchos de corrientes rápidas, las
babas «prefieren frecuentar las aguas tranquilas de
charcos y lagunas aun cuando también pueden
observarse en los cauces de los ríos, pero sobre todo en
zonas donde la corriente es menor» (López, 1984, p. 70).
Por ello decía bien Juan Pablo Sojo cuando, en uno de los
muchos párrafos descriptivos contenidos en Nochebuena
Negra, señalaba que «a ratos sacudía la nata parduzca
que cubría las linfas un suave estremecimiento de babas
y cotúas, rebuscando en las profundidades del agua»
(Sojo, 1976 [1930], p. 131).
También divergen en la manera de hacer los nidos,
puesto que los cocodrilos (o más bien las cocodrilas), al
igual que las tortugas, escarban huecos donde depositan
los huevos y luego los rellenan con la misma arena
valiéndose de patas y rabo, mientras que las babas,
siguiendo más bien el estilo de muchas aves, lo fabrican
con hojas y ramas, aunque podridas, ya que así
preservan el calor requerido para la incubación de la
nidada.
En contrapartida, ambas especies ponen el mismo celo en
cuidar del nido para evitar el escamoteo de los huevos
por obra de matos de agua, caricares, zorros y otros
depredadores. Los huevos eclosionan en épocas
diferentes, ya que las crías de los cocodrilos nacen al
comienzo de la estación lluviosa y las de las babas lo
hacen al final. Lo que sucede en tal momento es
aleccionador, aunque a veces haya sido malinterpretado,
ya que «existe la creencia popular de que los padres se
comen a sus crías. Este canibalismo se basa en que tanto
la madre como el padre meten las crías dentro de la boca,
en una bolsa que forman al deprimir su lengua, pero no
con la intención de devorarlas sino más bien de llevarlas
de un sitio a otro, con la finalidad de brindarles un mejor
cuidado y protección. Evidentemente que un animal que
posee este tipo de comportamiento, es menos primitivo
que lo que la mayor parte de las personas afirman»
(López, 1984, p. 84-85). Los padres continuarán la
custodia de sus crías hasta que éstas puedan establecerse
por su cuenta en un territorio propio, lo cual sucederá
unos 18 meses después.
Las babas pasaron a ocupar los nichos dejados libres
debido a la exterminación que sufrieron los caimanes a
finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX,
de modo que se hicieron tan abundantes que «para el año
1964, dada ya la situación poblacional que acusaban los
caimanes, producto del aprovechamiento indiscriminado
sin control que ubicó a ambas especies en “peligro de
extinción”, se inicia el aprovechamiento de la piel de la
baba, piel con menor valor económico pero como una
alternativa al comercio de las pieles de caimán» (Quero
et al, 1996, p. 37). La consecuencia de tal medida fue una
caída en picada de la población de babas, lo que obligó en
1972 a decretar una veda total que duró diez años,
seguida de un plan de manejo «con cosechas anuales
sustentables» que se colocaron entre 1984 y 1995 en el
orden de cerca de 87.000 pieles anuales en promedio
(Quero et al, 1996, p. 38-39).
Cabe resaltar, por último, que las babas no suelen ser
agresivas, lo cual, unido a su menor tamaño, hace que la
gente les tenga menos temor que al caimán. Este hecho
pudiera ser la razón que explique la persistente falta de
noticia cierta que ha habido en Barlovento sobre la
presencia allí de caimanes de la costa, lo cual contrasta
con lo que sucede con las babas, que sin ser
particularmente numerosas, se dejan ver de vez en
cuando en uno que otro caño, quebrada o laguna de la
región.