Morir por ser mujer: El Perú
registra 26 feminicidios en el
2019
Cifra de los últimos diez años asciende a 1178 féminas asesinadas por
varones en todo el país
Morir por ser mujer: El Perú registra 26 feminicidios en el 2019
Solo tenía 22 años cuando Carlos Javier Hualpa Vacas le roció gasolina y le prendió
fuego en un bus de transporte público. Eyvi Liset Ágreda Marchena falleció el 1 de
junio de 2018, tras más de un mes de agonía. Su agresor no aceptó ser rechazado y
decidió “que si no era de él, no sería de nadie”.
Ese mismo año, los sueños de Marisol Estela Alva (25 años) fueron sepultados por el
machismo. Su cuerpo fue hallado en un cilindro, en Villa El Salvador. El autor del
crimen sería su expareja Luis Estebes Rodríguez, quien la mató luego de que ella se
negara a volver con él.
Ambos feminicidios conmocionaron a la ciudadanía, pero lamentablemente solo
pasaron a formar parte de una estadística de terror. Según el Ministerio de la Mujer y
Poblaciones Vulnerables (MIMP), en diez años, desde 2009 hasta la fecha, hubo 1178
víctimas de este delito. Y en lo que va del 2019, hay un total de 26 mujeres asesinadas.
Según el sector, la mayoría de casos se dieron en Lima Metropolitana, Arequipa,
Junín y Puno, mientras que los feminicidas fueron principalmente la pareja o la
expareja de la mujer. Además, las modalidades que más usaron para cometer sus
crímenes son asfixia y acuchillamiento.
El Ministerio Público, en tanto, reporta que 6 de cada 10 víctimas tenían entre 18 y 34
años; pero también han habido menores de edad. En el caso de los asesinos, se trata
también de hombres de entre 18 y 34 años.
En relación con las tentativas de feminicidio, el MIMP registra solo en enero 44
víctimas, quienes fueron atacadas mayoritariamente en sus hogares.
Eliana Revollar, adjunta para los Derechos de la Mujer de la Defensoría del Pueblo,
consideró que si bien se han dado avances “el gran reto del Estado es dar una
respuesta que se concrete a favor de las víctimas que acuden a denunciar casos de
violencia, brindándoles la protección y sancionando a los agresores, es decir, un
recurso judicial efectivo”. Asimismo, refirió que se necesita una “inversión suficiente”
para concretar las acciones de prevención, que debe ser multisectorial e involucrar a
la sociedad en su conjunto.
Los cinco puntos
1.- Elaborar un diagnóstico estatal sobre todo tipo de violencia
contra las mujeres para identificar los problemas específicos de
cada región, con la finalidad de generar acciones específicas de
prevención.
2.- Diseñar y ejecutar una estrategia para atención y prevención
de la violencia contra las mujeres en el transporte público y crear
una Unidad de Contexto para investigar los feminicidios,
homicidios dolosos de mujeres, violencia sexual y desaparición,
mediante análisis que identifiquen dinámicas delictivas y de
violencia.
3.- Estructurar una unidad especializada con las autoridades de
justicia involucradas, que revise los expedientes y carpetas de
investigación de los feminicidios, homicidios, desaparición de
mujeres y delitos sexuales de los últimos ocho años.
4.- Que dicha unidad especializada diagnostique los expedientes en
archivo o reserva y la identificación de las posibles deficiencias en
las indagatorias, para sugerir cómo se puede conseguir el
esclarecimiento de los hechos.
5.- Fortalecer con recursos económicos, materiales y humanos a
las instituciones que previenen, atienden, investigan y sancionan la
violencia contra mujeres.
En el Perú, según la Encuesta Demográfica y de Salud Familiar-ENDES de 2016 (INEI,
2016) el 32,2% de las mujeres ha sido, al menos una vez, víctima de una forma de
violencia física y/o sexual por parte de su cónyuge o pareja, el 64,2% de una forma de
violencia psicológica y/o verbal y el 60,5% de ellas manifiesta haber sido o ser el objeto de
alguna forma de control o dominación. Estas cifras están por debajo de los resultados
registrados en las últimas encuestas, en particular la de 2012 en la que las proporciones
fueron las siguientes: 37,2%, 70,6% y 66,3% respectivamente. Sin embargo, la tendencia
se mantiene: la violencia de género contra las mujeres se ha instalado como un fenómeno
estructural de la sociedad peruana mientras que su magnitud hace extremadamente
difícil, por el momento, una mayor democratización e igualdad en la relación entre los
sexos, por ejemplo en la toma de decisiones concernientes a la sexualidad, las elecciones
profesionales o la vida familiar cotidiana.
Muralización en Barrios Altos, Lima-Perú (Créditos foto: Leslie Camacho)
La literatura sobre la violencia contra las mujeres muestra dos principales formas de
expresión. La primera se inscribe en las relaciones de poder y de control, llamada
“terrorismo íntimo”, en la que la violencia psicológica y física encierra a las víctimas en la
relación conyugal y crea una situación de miedo permanente y de disminución de recursos
personales (confianza, autoestima), financieras (dinero para huir) y sociales a través de
las redes de apoyo potencial (familia, amigos) (Leone et al., 2007). Esta forma de violencia
se origina generalmente en un modelo patriarcal de dominación masculina y en una
legitimación de la violencia en el seno de la familia. La segunda es llamada “violencia
situacional”. Esta es la consecuencia de un conflicto abierto entre los miembros de una
pareja y más específicamente una disputa que desemboca en un acto de violencia física
más circunstancial (Johnson & Leone, 2005).
Factores contextuales e individuales múltiples
Los contextos de vulnerabilidad social y económica tienen una cierta incidencia sobre las
dimensiones y la magnitud de la violencia, en particular doméstica, por el hecho de crear
tensiones entre los mismos padres y entre los padres y los hijos, pudiendo desembocar en
situaciones de agresión verbal y/o física agravada. Hay otros factores que pueden tener
una influencia en la victimización de las mujeres en la relación de pareja, en particular su
nivel de instrucción en la medida en que la acumulación de un número más importante de
años de estudios contribuye a una mejor inserción profesional y a mayores oportunidades
en el mercado laboral en condiciones estables (contrato formal, sistema de protección
social, mayores ingresos). Esta situación les permite adquirir una mayor autonomía en su
vida privada y estar menos expuestas a actos de violencia en su relación de pareja. Sin
embargo, es probable que este análisis encuentre limitaciones en el caso del Perú, donde la
autonomía de las mujeres puede constituir un factor de violencia originado por la
frustración de los hombres frente a su falta de control sobre su vida cotidiana, más que la
probabilidad de la denuncia de la violencia de la que las mujeres son víctimas (Benavides,
Bellatín & Cavagnoud, 2017). Pareciera que la misma tendencia se verifica en el caso de
Colombia, donde la incorporación creciente de las mujeres en el mercado laboral no ha
sido sinónimo de la disminución de los maltratos conyugales (Meil Landwerlin, 2004).
Marcha « Ni una menos », Lima – Perú
Además, la violencia de género contra las mujeres también puede reproducirse según la
lógica intergeneracional. Las mujeres que crecieron en una familia en la cual sus madres
fueron maltratadas por sus padres muestran una probabilidad mayor de exposición a las
formas de agresión por parte de sus cónyuges. A este respecto, existe una suerte de
asimilación y legitimación del maltrato en el seno del hogar y una instalación de la figura
masculina dominante que tiene la capacidad de usar la violencia para imponer su
autoridad en el conjunto familiar. En esas circunstancias, es frecuente que el consumo de
alcohol sea uno de los factores desencadenantes de las agresiones. Según los resultados de
ENDES de 2016, un 49,1% de las mujeres víctimas de violencia declaran que sus cónyuges
estuvieron al menos una vez bajo la influencia del alcohol y/o las drogas en el momento de
cometer el acto violento (56,7% en 2012). En este caso, las mujeres—e igualmente sus
hijos— fueron víctimas de la violencia ejercida por los hombres adultos de la familia,
principalmente por el padre, pero también por parte de otros miembros masculinos como
el suegro o un tío. Además de violencia doméstica no es raro finalmente que las niñas y
adolescentes sean el blanco de diferentes agresiones en el colegio o en la proximidad de su
domicilio, en el barrio de residencia. En numerosos ejemplos tomados de la actualidad,
estas formas de abuso físico pueden transformarse en agresiones de carácter sexual.
Respuesta pública y escaso acceso a los servicios de protección
Frente a las situaciones de violencia, las mujeres pueden acceder a las instituciones
especializadas en este dominio para presentar una queja o recibir apoyo psicológico y
social. En el Perú, según la Ley de Protección frente a la Violencia Familiar (Ley N°
26260), que establece un protocolo de denuncia, investigación y sanción en el caso de
violencia familiar, la Policía Nacional, el fiscal y el juez son los principales actores
institucionales a cargo de intervenir y de abrir un proceso que conduzca a una posible
pena. Paralelamente, se han abierto centros especializados para asegurar una mejor
atención: las Comisarías de la Mujer y los “Centros de Emergencia Mujer” (CEM).
El Perú es uno de los países pioneros en la región con la creación de estas instituciones
especializadas y la inauguración en 1992 de la primera Comisaría de la Mujer como
respuesta a las demandas de la sociedad civil frente al trato frecuentemente humillante y
discriminatorio en las instancias policiales manejadas por hombres (Estremadoyro, 1992),
provocando un fenómeno de “re-victimización” hacia las mujeres. Existen actualmente 32
Comisarías de Familia a nivel nacional de las cuales 9 pertenecen a la metrópoli de Lima
y Callao.
Además, los Centros de Emergencia Mujer constituyen los principales órganos
operacionales en el marco del Programa Nacional contra la Violencia Familiar y Sexual
del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP). El primer Centro de
Emergencia Mujer fue creado el 8 de marzo de 1999 y al término del mismo año un total
de 13 centros habían sido puestos en marcha. Estos últimos son espacios independientes
para el depósito de denuncias en casos de violencia familiar y/o sexual y deben
normalmente permitir simplificar el protocolo de denuncia y hacer un seguimiento más
preciso de ello. A la fecha existen casi 270 Centros de Emergencia Mujer instalados en
todos los departamentos del país, de los cuales 30 funcionan las 24 horas del día. Se trata
de un servicio público y gratuito que ofrece una orientación a la vez legal, de defensa
judicial y de ayuda psicológica.
Sin embargo, el acceso a estos servicios de denuncia y de ayuda continúa siendo muy
limitado en razón a una serie de factores individuales y contextuales. Según los resultados
de la ENDES de 2016, solo el 27,2% de las mujeres víctimas de violencia física se
acercaron a una institución para presentar una denuncia o buscar una forma de apoyo.
Este resultado se mantiene estable con relación a la encuesta de 2012 (27,3%) pero es
significativamente mayor con relación a la de 2009 (16,1%). Pero no indica ningún
elemento sobre la calidad de la atención recibida y menos aún sobre el resultado de la
denuncia y de la condena eventual del conyugue. Entre las mujeres que han recurrido a
una institución para encontrar ayuda 75.9% acudieron a la comisaría, 10.9% un Centro
de Emergencia Mujer (DEMUNA), 9.8% a un fiscal, 9.3% a un juez, 4.8% a un centro de
salud, 4.2% al MIMP y 5.7% se dirigieron hacia otro tipo de institución.
Finalmente la edad de las mujeres tiene una influencia significativa en este proceso y
muestra diferencias muy claras entre las generaciones. Según la misma ENDES, sólo el
9.1% de mujeres de 15 a 19 años víctimas de la violencia siguen un proceso institucional,
contra el 16,2% de las mujeres de 20 a 24 años, el 24,6% de las mujeres de 25 a 29, el
28,8% de las mujeres de 30 a 34 años, el 29,7% de las mujeres de 35 a 39 años, el 32,5%
de las mujeres de 40 a 44 años y el 35,9% de las mujeres de 45 a 49 años. Sin embargo,
pocos elementos empíricos explican esta tendencia.
¿Cómo explicar la baja proporción de mujeres que denuncian?
Un estudio reciente realizado a partir de entrevistas a profundidad a mujeres víctimas de
violencia en el distrito de San Juan de Miraflores de la periferia noreste de Lima
(Benavides, et al., 2017) identifica numerosas razones de orden individual que conducen a
ciertas mujeres a denunciar estos actos a los servicios de ayuda y de protección social, a
diferencia de aquellas, en su mayoría, que optan por no tomar acciones legales.
Primero, el nivel escolar de las mujeres parece tener una influencia en la probabilidad de
denuncia. Las mujeres que recurrieron al servicio de ayuda han estudiado al menos hasta
el nivel secundario, mientras que otras han sido menos escolarizadas o no han estudiado
más que algunos años del nivel primario. Esta observación va en el sentido de los
resultados de la ENDES de 2016 según la cual la denuncia de un acto de violencia en una
comisaría aumenta sensiblemente con el nivel educativo de las mujeres: de 57,3% para
aquellas que no han alcanzado un nivel de educación “primaria” a 81,6% para aquellas
que tienen un nivel de educación universitaria.
Además, la severidad del acto violento por parte del cónyuge aparece como un motivo
determinante en el proceso de denuncia. La referencia a actos de violencia física, incluida
la sexual (más que psicológica), en repetidas ocasiones se refleja en el testimonio de las
mujeres que terminan yendo a una comisaría. Este caso es todavía más frecuente cuando
los niños son los principales testigos de estas escenas que resultan imposibles de soportar
física y psicológicamente para unos y otros:
“El padre de mis hijos me pegaba… a mis hijos también, con kerosene nos quemaba, era de
esteras mi casa … y yo estaba bien escondida y mi hijita estaba bien escondida y corría,
corría, porque la quería agarrar pe’ a ella, mi hijito al mayor le había agarrado y le ha dicho
no hay tu madre y les había bañado con querosene y el agarraba fosforo dice y mi hijito
mientras eso fuufff… lo soplaba … y traje al policía y lo agarraron le quitamos la ropa y le
había hecho llagas el querosene …” (Testimonio de A. M. O., 59 años).
Cuanto más agudo y perjudicial sea un acto de agresión física, más inclinadas están las
mujeres a denunciar a su cónyuge para proteger a sus hijos y no exponerlos a
consecuencias más graves. A pesar de esta voluntad de acudir a las autoridades, sucede
sin embargo que un obstáculo administrativo como la ausencia de un documento de
identidad válido o un acto de corrupción del cónyuge impide la puesta en marcha del
protocolo de denuncia. El “terrorismo íntimo” expresado a través de escenas
extremadamente violentas y regulares, así como de relaciones sexuales forzadas, motiva
más intensamente a las mujeres a vencer su temor y denunciar estas violencias, a
diferencia de la “violencia situacional” donde las mujeres dudan, a menudo, en acudir a
un puesto policial.
Para comprender la elección de las mujeres para llevar a cabo el proceso de denuncia de
su cónyuge, según este estudio, se debe tomar en cuenta la combinación de tres factores:
1) la situación profesional de las mujeres y la autonomía financiera que ellas pueden
obtener gracias a su trabajo, 2) el número de hijos menores de edad que tienen bajo su
responsabilidad, 3) la existencia de una red de apoyo fuera de su casa. Tener un empleo
estable y en cierta medida correctamente remunerado permite cubrir los gastos básicos de
sus hijos y, por lo tanto, aparece como requisito previo para señalar un acto de violencia
física. La denuncia supone a corto plazo la detención provisoria de su cónyuge y, en
consecuencia, un riesgo de pérdida financiera para los hijos. En este sentido, la situación
de las mujeres en el mercado laboral puede condicionar en gran parte su motivación a
acudir a un servicio de ayuda como la comisaría o el Centro de Emergencia Mujer.
Más allá de la dimensión económica, las mujeres deben igualmente disponer de una
solución alternativa/de respaldo para cambiar de domicilio y/o seguir al cuidado de sus
hijos luego de una denuncia que resulta en la mayoría de los casos una separación o un
divorcio. Esta alternativa puede ser vista al interior de una red de parentesco femenina
constituida por la madre, las hermanas o las amigas más cercanas. La constitución previa
de este recurso social es primordial para encontrar un apoyo alternativo a la familia de
origen representada por la pareja marido/mujer y los niños con el fin de denunciar al
cónyuge y encontrar un espacio de protección para los hijos. La existencia de este apoyo
es bastante extraña en los testimonios recogidos en este estudio y se manifiesta, en su
mayoría, de manera inversa por la manifestación de su ausencia:
“Yo quería ir denunciarlo y separarme de él (su cónyuge) pero yo no sabía para nada
adónde ir y me sentía impotente. Tenía cuatro hijos pequeños y no sabía a dónde ir y si
encontraría un trabajo, no sabía a quién podría encargarlos. Por eso finalmente decidí
soportar la situación” (Testimonio J. I. S., 59 años).
Para las mujeres, el desarrollo de su autonomía personal con la obtención de un empleo
estable y/o la gestión individual de su vida íntima puede incrementar la probabilidad de
violencia doméstica en el caso del Perú (Benavides, Bellatín & Cavagnoud, 2017) pero en
contraparte este factor puede también ayudar a las mujeres a tomar la decisión de poner
una denuncia para responder a esta violencia doméstica. Las mujeres socialmente
aisladas de su familia o de su red de vecinos muestran así una probabilidad muy ínfima de
acudir al servicio social. Esta falta de socialización las aleja de todo recurso que les
permita encontrar un apoyo fuera de su domicilio.
Finalmente, es frecuente observar en el testimonio de numerosas mujeres víctimas de
violencia doméstica una forma de resignación y fatalismo que las aleja de toda idea de
denuncia contra su cónyuge, acompañada de cierta culpabilidad por los hechos de las que
son víctimas. Esta inclinación a no intentar ninguna acción legal y a la autocondenación
de las mujeres es recurrente en el caso de la “violencia situacional”, mezclando a la vez las
agresiones verbales y los insultos repetidos. En todos los casos, este fenómeno conduce
directamente a una interiorización de las estructuras de género asimétricas que obedecen
a la dominación de los hombres, particularmente frecuente en la sociedad peruana.
***
Ante esta situación, podemos preguntarnos en qué medida el surgimiento de movimientos
de la sociedad civil puede contribuir a mejorar el acceso de las mujeres víctimas de
violencia a tipos de servicios y dispositivos de ayuda institucional como los descritos
líneas atrás. Si bien “Me Too” y otras iniciativas similares destinadas a denunciar la
dominación de los hombres en el ámbito de la intimidad y la sexualidad han permitido
destacar, principalmente gracias al uso de las redes sociales, las múltiples escenas y
contextos de violencia de las cuales las mujeres son el blanco, queda por ver si estas
manifestaciones de buena voluntad pueden proporcionar recursos reales para mejorar la
situación de vida de las mujeres en contextos sociales que van más allá de la clases medias.
La denuncia de la violencia permite, sin ninguna duda, liberar la palabra silenciada
durante mucho tiempo por temor a represalias o amenazas. Produce un discurso que
permite poco a poco comunicar y alcanzar ambientes sociales donde las mujeres
experimentan otras formas de vulnerabilidades (empleo, salud, educación, protección
social, cuidado de niños, segregación urbana), además de la violencia de género. Si un
mayor acceso a los servicios de ayuda institucional debe y puede ser visto en entornos
sociales marcados por una gran inseguridad, es conveniente para los actores locales
(Comisarías de la Mujer, Centros de Emergencia Mujer, municipios) tomar el discurso y
hacerlo “operativo” bajo la forma de acción política, no partidista, de prevención y de
intervención, con el propósito de proporcionar un apoyo sostenible a las mujeres, de todas
las edades y de todas las condiciones sociales, víctimas de este flagelo.
Bibliografía:
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