Educación y Cultura en México 1900s
Educación y Cultura en México 1900s
En sus escritos filosóficos, de inspiración pitagórica y platoniana, que muchos años mas
tarde sintetizaron en su libro Todología, filosofía de la coordinación (impreso en 1952),
Vasconcelos privilegia la experiencia estética como la función armónica del espíritu
humano que permite “componer”y “coordinar los valores cognoscitivos”, de ahí la
importancia concedida a las bellas artes como el eje de la educación las artes útiles
debían existir, pero subordinadas. Así se explica su magnifica y mil veces criticada acción
de publicar miles de ejemplares de obras de la literatura clásica Goethe y los Evangelios,
Homero y Tolstoi, Plutarco y Dante para nutrir las bibliotecas de las escuelas mas rusticas
y ser repartidas entre los adultos alfabetizados. No obstante su predilección por los
clásicos, creía, sin embargo en el fomento de un arte nacional, que recuperara las
tradiciones propias de México sin caer en tradicionalismos dogmáticos, tanto españolas
como indígenas. En Arquitectura, defendía una actualización de los espacios de los
edificios coloniales, que él consideraba funcionales y armónicos, sin rechazar las
ornamentaciones de inspiración prehispánica: el edificio de la SEP, así como numerosos
edificios escolares que el mando construir, ejemplificaban estos principios. Impulso una
pintura mural que recogía, de nuevo, tanto las enseñanzas de los frescos renacentistas y
la tradición de la evangelización novo hispana como el arte vanguardista y socialista que
visualizara el ascenso del pueblo del pueblo mexicano hacia la cultura universal, con todo
y sus raíces indígenas y vivencias históricas; para realizarla recluto a una generación de
pintores rebeldes al academicismo imperante en los años porfiristas (varios de ellos recién
llegados de Europa): Diego Rivera, Roberto Montenegro, Adolfo Best Maugard, el Doctor
Atl, José Clemente Orozco...
Las figuras que aparecen en estos murales son algo inéditos en el arte previo indígenas,
campesinos, obreros: personajes populares reales, junto a los héroes de independencia,
la Reforma y la Revolución: otra vez el panteón de héroes de los liberales y positivistas,
pero ahora como símbolos de la fuerza del pueblo. “La temática mas frecuente la ocupan
las diferencias opuestas de las clases sociales; las fiestas, el mundo del trabajo, el
maestro, el líder y el capataz, la opresión y la injusticia. Los emblemas más socorridos
son la serpiente (a veces como alusión a Quetzalcoatl o... al escudo nacional), el águila,
el nopal, la mazorca, el fusil, las cananas, el traje blanco de manta, el sombrero, el jaguar
y la bandera". Estos mismos emblemas se transmitían en las escuelas al aire libre de la
SEP donde se enseñaban el Método Best, por el que los alumnos aprendían a componer
motivos mexicanos a partir de figuras geométricas simples (“ los siete elementos lineales
de las artes mexicanas indígenas y populares”) y las técnicas de dibujo ideadas pos
Manuel Rodríguez Lozano. Y en los libros y cuadernos escolares aparecían motivos y
figuras semejantes a los de los murales, realizados por los mismos artistas.
Las casas del pueblo y las misiones culturales: hacia una cultura
comunitaria
(...) se quería constituir la escuela para la comunidad y la comunidad para escuela en una
entrega reciproca que ( permitiera), por una parte, transmitir la cultura heredada y, por la
otra, remover los aspectos retardados de la misma para acelerar el desarrollo de la
comunidad y de la nación en pos de la homogeneidad. La tendencia era llevar al indio y al
campesino en general la educación moral y social que lo con[jer] a al ejercicio de la
libertad, lo hiciera consiente de su propio valer, lo capacitara para una acción cívica que lo
engrande[ciera], la form[ara] hábitos de mutua solidaridad, en fin, lo integr[ara] dentro de
la vida nacional; la educación cívica habría de conseguirse por la influencia de una acción
constante, oportuna, vital y progresiva que impusiera el cumplimiento de todas las
funciones de actividades de la institución.
La Casa del Pueblo tenia, pues, finalidades sociales, económicas y morales, y no solo
intelectuales; estas ultimas preferían “la intensidad... la enseñaza (que) deje huella
perdurable” al “enciclopedismo indigesto”. Tenia también finalidades físicas y estéticas:
fomentar la higiene, el uso del jabón, el conocimiento de las medicinas tradicionales y
modernas, la difusión de las vacunas; “formar hombres físicamente fuertes y vigorosos,
dulcificando su carácter por medio de manifestaciones artísticas”. Por las noches la casa
era escenario de conferencias didácticas sobre temas misceláneos. Al menos una vez al
mes, el maestro comía con los padres de familia y les leía textos instructivos o patrióticos.
Los sábados en la mañana se podía a disposición de los vecinos para consultas o ayudas
personales y grupales, encabezaba días de campo comunitarios. También se esperaba
de la función de liderazgo en las brigadas de trabajo voluntario para obras de beneficio
material (empredado de calles, mantenimiento de caminos, perforación de pozos,
canalización de aguas...y para la construcción y ampliación de la propia casa del Pueblo),
así como en la organización de los festivales cívicos. Estos recuperaron la tradición de
rendir homenaje a los héroes de la independencia y la reforma, pero ahora se exaltaba
además al mexicano ordinario: al campesino, al obrero que había peleado en la
revolución, y se revivan canciones y danzas vernáculas y otras muestras de arte popular.
Si la cultura de la Casa del Pueblo implicaba una refuncionalizacion y transfiguración de la
cultura comunitaria, su integración a una cultura moderna y nacionalista se aseguraba
mediante la institución de las Misiones Culturales. Inequivocadamente, Vasconcelos
aceptaba que el nombre se inspiraba en los frailes de la temprana colonización. A los
primeros alfabetizantes voluntarios s les dio el titulo de “maestros misioneros”; después se
conservaron brigadas misioneras que recorrían los pueblos para auxiliar y asesorar a los
maestros rurales y para llevar a la gente a exhibiciones y clases de pintura, danza y canto.
En 1922, el ingeniero, Roberto Medellín jefe del Departamento Escolar de la SEP, había
organizado los cursillos de orientación para maestros rurales, donde se instruía a
maestros congregados en la enseñanza de labores manuales; con base en esta
experiencia, Medellín y en diputado agrarista José Gálvez establecieron la Dirección de
Misiones Culturales, y encargada de sistematizar, ampliar y optimizar este tipo de
cursillos. La primera misión Cultural se celebro en Zacualtipan, Hidalgo, en octubre de
1923, presidida por Medellín y por el profesor Rafael Ramírez Castañeda, quien seria
luego un personaje clave en la SEP, la integraban un especialista en enseñanza primaria
(el propio Ramírez) y docentes de talleres (perfumería, jabonería y curtiduría), agricultura,
canciones populares y orfeones, y educación física, amen de un medico encargado de las
practicas de vacunación. Es Zacualtipan se habían congregado para la misma misión 54
maestros rurales de Hidalgo y Estados del centro de la Republica), pero asimismo 120
adultos y 82 alumnos primarios aventajados, procedentes de poblados vecinos. siguiendo
este modelo visitas a localidades estratégicas, donde se congregaban maestros rurales,
vecinos y alumnos; cada visita con duración promedio de tres semanas se multiplicaron
las acciones misioneras, a partir de centros de trabajo en Puebla, Iguala, Colima,
Mazatlán, Hermosillo, Monterrey, Pachuca y San Luis Potosí. Por supuesto, las misiones
distribuían los libros publicados por la SEP y además la revista didáctica El Maestro que
llego a tirar 60,000 ejemplares. Vasconcelos en persona redacto un Programa de Acción
de los misioneros, al que se añadieron sugerencias de Gabriela Mistral; este programa
hoy lo llamamos “de investigación-acción” pedía a los misioneros recopilar
sistemáticamente información de la región donde trabajan, desde las condiciones
geográficas en la historia de los grupos indígenas locales hasta las condiciones
económicas y sociales; instruía sobre la formación de juntas de educación, diagnostico y
planeación de edificios escolares, trabajos en el campo y talleres y acción social y cultural,
finalmente, hacia hincapié en la importancia del espíritu cívico y ciudadano, y de la
conciencia de las raíces culturales propias.
El ímpetu indigenista
Mediante las casas del Pueblo y las Misiones culturales, la SEP pretendía enfrentar un
problema que se había formulado solo vagamente: el de la educación indígena era un
resabio del colonialismo destinado s desaparecer. Los pedagogos del porfiriato, como
Gregorio Torres Quintero, urgía la castellanización del indio, pero reconocían la ingente
dificultad de la tarea en un México rural incomunicado y con gobiernos estables poco
dispuestos en gastar recursos en fundar escuelas en serranías remotas. Las llamadas
“escuelas rudimentarias”, creadas al agonizar la dictadura, respondían al proyecto de
Torres Quintero de usar fondos federales para abrir escuelas en las zonas mas
abandonadas; pero el proyecto estuvo muy lejos del éxito. No fue sino hasta la
instauración de la SEP cuando el gobierno federal asumió la tarea de llevar la educación a
todos los rincones del país: y esto implicaba dar de bruces con la población indígena.
Aunque en un principio Vasconcelos se resistía a concederle un estatuto especial en las
políticas educativas leo hicieron cambiar de parecer su sentido común y el influjo de
figuras como Corona Morfin y José Gálvez, y, curiosamente, la opinión del presidente
Obregón.
Vasconcelos dejo la SEP el 1924 y pronto rompió con el régimen revolucionario; Gamio,
nombrado subsecretario de Educación Publica por el presidente Calles, callo en desgracia
política el 1925 y abandono el país por varios años. Pero la huella de ambos quedo en el
movimiento indigenista Mexicano así como en general en los proyectos educativos, al
menos hasta la década de 1940, sí bien con nuevos matices. Moisés Sáenz, sucesor de
Gamio en la subsecretaria, continuo la labor de las Misiones Culturales y las Casas del
Pueblo, si bien a estas ultimas las doto de una estructura más amplia y formalizada donde
el primer año de trabajo para los niños se dedicaría exclusivamente al aprendizaje del
castellano, así como de contenidos esteticistas y más pragmáticos. Sáenz, formando
originalmente como ministro evangélico, también había recibido en la universidad de
Columbia la influencia de Boas, quien compartía las convicciones antirracistas y el interés
por la investigación de campo; pero su principal maestro fue Jonh Dewey quien insistía en
una enseñanza practica, centrada no simplemente en el trabajo sino en la solución de los
problemas cotidianos de los alumnos (“la escuela de la acción”). Aunque Vasconcelos
mas tarde abominara del “ultimo yanqui” de Dewey, de hecho había dejado que su
influencia penetrara en la SEP, sobre todo a través de los maestros defensores de la
“escuela racionalista”, a quienes había apoyado y dado su voz en los congresos; sin
embargo, con Sáenz las doctrinas pragmáticas cobraron una importancia fundamental.
Para el nuevo subsecretario continuaba el sueño de la red de pequeñas escuelas
comunitarias que revitalizarían el agro mexicano; pero el sueño se interrumpió
bruscamente cuando, en largos recorridos a pie y a caballo, visito las escuelas rurales
mas apartadas, por ejemplo en las sierras de Puebla y Oaxaca y en el desierto de San
Luis Potosí. Le parecieron maravillosos el entusiasmo de los maestros y la receptividad
de un buen numero de personas; pero en muchas comunidades donde predominaba el
monolingüismo indígena encontró una brecha insalvable entre la escuela y el pueblo.
Reflexionando sobre estas visitas, Moisés Sáenz entendió profundamente la importancia
medular dela lengua en el problema de la educación y la cultura nacional, pero también
que la solución no era simplemente imponer el castellano. Sin ambages, planteo que la
miseria del indio era producto de una situación de terrible injusticia y explotación que no
habían logrado extirpar los gobiernos revolucionarios. Cuestiono asimismo la tesis de la
incorporación propuesta por Gamio:
Hablamos de incorporación cultural, que por lo misma vaguedad del termino nos compromete poco; pero ¿la
incorporación política y la rehabilitación económica?. Aun en el propio terreno de la incorporación cultural,
¿ hemos resuelto cumplidamente cuando menos algunos de sus múltiples aspectos? ¿los hemos siquiera
definido? ¿Que se ha decidido en cuanto a las lenguas indígenas en las escuelas de indios? [...] en vez de
incorporación, se propone la tesis integralista.
No incorporar al indio sino integrar a México [...] Integrar en lo cultural, no vendiendo retazos de civilización ni
importando cartabones de cultura, menos todavía importando del exterior lo que no es nuestro; recombinando,
si, nuestros valores vernáculos, solidarizándonos con las obligaciones de la tradición [...] Integración política,
mas que escribiendo estatutos y formando jurisprudencia, por el diario esfuerzo para que la justicia social sea
un hecho[... ]
Integrar quería decir tomar en serio no solo el talento artístico y la solidaridad de los
indios, los rasgos positivos que Gamio quería preservar sino también sus instituciones
como las formas de representación política y la organización económica comunal y
aceptarlas como formas vigentes en el México moderno, sin por ello renunciar al sistema
nacional republicano ni a la economía de mercado: un planteamiento utópico, por el que
valia la pena luchar. Asimismo, había que dar a las lenguas un papel activo en la
educación, sin renunciar a tener en el castellano una lengua común para todos los
mexicanos. Años después, en 1932, Sáenz quiso poner a prueba su tesis integralista de
creación de una cultura mestiza “desde Abajo”, una cultura popular participativa que se
reflejara en una escuela igualmente participativa, y fundo la Estación Experimental de
Carapan, en el corazón de una micro región puré pecha, en Michoacán: la Cañada de los
11 Pueblos. Siguiendo a Gamio, llevo consigo un equipo multidisciplinario, que además
pretendía alentar la autoorganización de la gente. El experimento duro poco por
problemas de salud de Sáenz y sobre todo por la inquina, por un lado, de los nuevos
caciques agraristas, y por el otro, de los católicos tradicionales; ambos veían en la
estación una amenaza. Empero, de allí surgió un proyecto que se haría efectivo bajo la
presidencia de Lázaro Cárdenas, la creación de un Departamento Autónomo de Asuntos
Indígenas.
Entre tanto cobraba vida una nueva idea. Los maestros a cargo de la vital tara de la
educación y cultura indígena debían ser indígenas ellos mismos. Había pues que
seleccionar jóvenes indígenas que se preparaban adecuadamente para desempeñar el
papel de intermediarios culturales. El primer paso en esa dirección se dio en 1925 con un
experimento audaz, auspiciado por el propio presidente Calles, por el ministro José
Manuel Puig Casaurane y por el profesor Enrique Corona Morfin, quien seria el primer
director: la Casa del Estudiante Indígena, situada en la ciudad de México. A ella acudían
varones de 14 a 21 años, de preferencia “indios puros “ y hablantes de lenguas
vernáculas (de hecho muchos eran mestizos o de comunidades bilingües), para que
completaran su educación primaria , recibieran instrucción pedagógica y en artes y oficios,
y luego retornaran a sus comunidades. Quedaría así demostrado que los indios “eran
capaces de redención” . la institución funciono durante siete años y cada año albergo
aproximadamente a 200 jóvenes. Había empero deserciones continuas: además de
problemas de inadaptación, los indígenas sufrían discriminación y malos tratos en las
escuelas a las que asistían, la supresión de la Casa del Estudiante Indígena, en 1932, se
debió a reacciones negativas de la opinión publica, a criticas de antropólogos como
Gamio que juzgaban aberrante el arrancar a los indios de su entorno, y sobre todo a
informas negativos de inspectores: muchos exalumnos, al haber adquirido una cultura
urbana, se negaban a volver a sus comunidades. A pesar de que la Casa del Estudiante
Indígena produjo un centenar de maestros rurales y algunos, como los tarahumaras, se
convirtieron en lideres y gestores efectivos, la institución fue clausurada para dar paso a
los internados Indígenas: estos, de 11 que eran en 1932, alcanzaron el numero de 33 en
1937. se trataba en los internados de formar a los maestros indígenas sin desarraigarlos,
y de multiplicar su presencia en las escuelas rurales; incluso se buscaba ponerlos en
contacto con maestros mestizos para que estos aprendieran lenguas vernáculas.
Implícitamente, y a pesar de todo, la cultura escolar revolucionaria ya no se definía en
términos de una transición en las que los indios “incorporarían” la cultura occidental a su
modo de vida, sino como ámbito en que la cultura indígena podria reconocerse en su
propio valor.
Al narrar su experiencia en Carapan, Moisés Sáenz dejo en claro que “los redentores”
enviados por la SEP no siempre eran bienvenidos. Los informes oficiales citaban a
menudo testimonios de la desconfianza que los maestros suscitaban en los curas y en
muchos de sus feligreses, de ataques violentos a la escuela por parte de los
terratenientes y caciques, y de la frecuente indiferencia de los habitantes de los pueblos.
En un estudio de Tlaxcala durante las décadas posrevolucionarias, Hélice Rockwell y
Ruth Mercado muestran las disputas entre autoridades, facciones y barrios en pos del
control de la escuela, así como las protestas de los padres de familia ante las excesivas
demandas económicas y de trabajo que les imponían las Casas del Pueblo, y ante el
autoritarismo de maestros y misioneros culturales. En las escuelas de la comarca de
Tecamachalco nos dice Mary Kay Vaughan, en el estudio ya citado los maestros y el
inspector de la SEP se vieron inopinadamente envueltos, en sangrientas disputas agrarias
y por el control del poder local; hábilmente usaron los festivales escolares, ahora
celebrados no solo en la cabecera distrital sino en todos los pueblos donde se iban
fundando las nuevas escuelas rurales, para estimular el orgullo localista y regional,
mediante competencias deportivas. A su vez, las competencias legitimaban a las escuelas
pues allí se adiestraban niños y jóvenes en el deporte.... también en los festivales se
presentaban obras teatrales y cuadros plásticos con los nuevos héroes revolucionarios y
se difundían las nuevas versiones de la historia patria, con sus hitos fundamentales: la
Constitución de 1917, la Reforma agraria, la fundación de escuelas. En ambos casos, lo
estudios muestran que la cultura hegemónica tríada por la escuela podía negociarse.
La negociación se tornaba mas difícil en ciertas regiones y entre ciertos grupos sociales
por la percepción de que la educación publica estaba en manos de “ateos” o
”protestantes”, que respondía a los designios de un gobierno anticatólico y antirreligioso.
Tal percepción no era infundada. La educación racionalista, abanderada por el maestro
José de la Luz Mena, discípulo declarado de ideólogos y pedagogos anarquistas,
cobraba ímpetu del país, y era protegida abiertamente por la CROM la central obrera
callista y por gobernadores como Tomas Garrido Canabal, en Tabasco, o Adalberto
Tejeda en Veracruz; y esta corriente pedagógica no solo pugnaba por la enseñanza
practica sino también por una cosmovisión “emancipada de dogmas y prejuicios
religiosos”. En los planteles donde prevalecía la orientación racionalista se celebraban los
lunes rojos, rituales de exaltación de la razón de propaganda antirreligiosa. Entre 1926 y
1929, y de nuevo en 1932 y 1933, el país se vio sacudido por el movimiento cristero, una
de cuyas demandas era libertad para la educación religiosa. Los maestros y escuelas
oficiales fueron blanco de agresiones y boicoteo, y los católicos se refugiaron en su
propias escuelas, que no tenían reconocimiento gubernamental y por un tiempo operaron
clandestinamente. Después de la pacificación, muchas de estas escuelas continuaron en
funciones, algunas adscritas a parroquias o a ordenes y congregaciones religiosas; en
ellas, la cultura nacional no se defendía de acuerdo con los criterios del régimen sino se
hacia hincapié en una historia según la cual los enemigos de la iglesia eran los enemigos
de la patria.
El titular de la SEP de 1931 a 1934 fue Narciso Bassols, quien se propuso vigorizar de
nuevo la educación rural federal y recuperar el entusiasmo por la cultura escolar
comunitaria vinculada al régimen de la revolución. Como Las Misiones Culturales se
habían vuelto permanentes (desde 1928), Bassols revitalizo el papel de los inspectores;
estos deberían asumir la mística misionera y recordar a los maestros y presidentes
municipales como lo hacia en 1932 el inspector encargado de la zona de Atlacomulco, en
el Estado de México que “ la escuela es un agente de bienestar social [...] debe hacer
porque los indios nos entiendan y nosotros entendamos a los indios [para] arrebatarles su
confianza y llevarlos con cariño a laborar socialmente. Siendo personalmente anticlerical y
simpatizante abierto del marxismo, Bassols se oponía a los discursos antirreligiosos:
bastaban la observación resuelta del laicismo escolar que implicaba una vigilancia
estricta de las escuelas particulares y la promoción del trabajo productivo:
La muerte del prejuicio religioso es, por fortuna, una consecuencia automática de la educación de las masas.
Basta mostrarles con los rudimentos de la cultura el absurdo del prejuicio religioso, para que vuelvan la
espalda a sus antiguos exploradores[...]. la SEP cree también que la liberación económica de los campesinos
y trabajadores es otro factor decisivo para limpiar la conciencia de los hombres.
En muchos casos, "alfabetismo" significa la mera capacidad de pronunciar palabras castellanas sin
mucha comprensión de su significado, En efecto, 16 de las personas descritas en el censo como
alfabetas son también descritas como ignorantes del castellano, Como no se da instrucción en
maya [...] su conocimiento de lectura en español es una destreza superficial, un logro, pero no un
instrumento de comunicación.
Los mismos autores llaman la atención como también lo había hecho Sáenz - sobre la
gran escasez de textos escritos accesibles a la gente de los pueblos. (La actividad
editorial de la SEP había caído en picada después de Vasconcelos.)
Ayudaba al radicalismo y audacia del personal del DAAI el hecho de que muchos de sus
miembros, antiguos misioneros culturales, pertenecían a la asociación gremial más
independiente y beligerante: el Sindicato único de Trabajadores de la Enseñanza Superior
Campesina: Pero además el DAAI reunió un equipo intelectual de primer orden, dedicado
a crear una cultura escolar compatible con la cultura indígena. Este equipo se aglutinaba
en tomo a una figura excepcional: Morris Swadesh, formado en Yale bajo la tutoría de
Edward Sapir, uno de los fundadores de los estudios modernos del lenguaje. Al tiempo
que escribía un manual de campo para los maestros de las zonas indígenas – La nueva
filología, Swadesh lanzaba el Proyecto Tarasco que servirla de piloto para futuros proyec-
tos regionales. Sus colaboradores incluían profesores y alumnos de la recién fundada
Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), jóvenes graduados
estadounidenses, miembros del Instituto Lingüístico de Verano, y maestros bilingües del
DAAI. Después de realizar trabajo de campo para identificar variantes dialectales,
eligieron una de ellas (la de Cherán) como vehículo de comunicación didáctica; redujeron
el sistema fónico a grafías latinas, inspirándose en los vocabularios de los misioneros del
siglo XVI, y procedieron a adiestrar a jóvenes recién salidos de los internados y a diseñar
material didáctico. Las brigadas alfabetizadoras se relacionarían con la academia de la
Lengua Tarasca formada por Lingüistas y por los jóvenes maestros más avanzados, que
cuidaría de la calidad técnica de la enseñanza y generaría literatura en la propia lengua
purépecha.
El fin del proyecto fin del proyecto no era castellanizar, sino alfabetizar en la lengua
vernácula y convertir a ésta en un medio escrito; la castellanización vendría después,
como el instrumento de comunicación nacional. La pertinencia de los materiales escritos
requería un conocimiento adecuado de la cultura regional, a través de estudios
etnológicos; para realizar éstos, se consiguió ayuda de las instituciones Carnegie y, la
Smíthsonian, así como de la Universidad de California y de la ENAH. El modelo iba
cuajando, pero no pudo repetirse en ninguna parte, pues el Proyecto Tarasco fue
bruscamente interrumpido en 1941 por el secretario de Educación nombrado por el
presidente Ávila Camacho, Octavio Véjar Vé1azquez. Las razones: era una, empresa de
extranjeros sediciosos y radicales indeseables, cuyos efectos serán la desorientación de
los indios y el agravamiento de la fragmentación del país. Una fragmentación intolerable
para la ideología política que se oficializaba en el contexto de la participación de México
en la Segunda Guerra Mundial: la unidad nacional.
De la cultura de la unidad a la crisis de la cultura nacionalista
Sin embargo, el sistema escolar ideado por Vasconcelos, Gamio y Sáenz contenía
muchos elementos que aprovechaban la cultura comunitaria: el igualitarismo, e1 espíritu
de cooperación y trabajo, las responsabilidades compartidas y los beneficios de la
educación en un mundo cada vez mas abierto e interdependiente no eran despreciados.
Cuando Robert Redfield regresó al pueblo maya de Chan Kom: en la década de 1940, 15
años después de la primera visita, pudo escribir:
Para la gente del pueblo, la escuela es una cosa en parte buena y en parte mala [...] Es bueno leer y escribir y
aprender a hablar español. Es bueno aprender un poco de aritmética. La maestra visitante que enseña a las
niñas a coser o a cocinar guisos antes desconocidos es muy apreciada; también han sido del gusto de todos
los cursillos de cultivo de hortalizas y avicultura. Por otro lado, la escuela a menudo se considera un lugar de
ociosidad y, peor aún, de aprendizaje de hábitos viciosos. Hay maestros que pasan horas de pie o sentados,
mientras los escolapios estudian, lo cual constituye un ejemplo de ociosidad. El tiempo empleado en juegos o
deportes es visto por muchos padres como un desperdicio, aunque otros hablan bien del valor del ejercicio
para la salud. Pero el mayor mal de la escuela reside para la mayoría de la gente en que estimula el contacto
cercano entre muchachos y chicas, y vuelve a éstas in modestas.
Los años del cardenismo, con todo y el discurso socialista, fueron en general de
pacificación; quizás, sobre todo, porque las promesas revolucionarias reparto de tierras,
escuelas, clínicas, caminos...se cumplían con mayor eficacia que en la década previa,
incluso con más entusiasmo que en los años obregonistas. La movilización y organización
popular, mil veces proclamada, se utilizaban en la construcción de un partido de masas
controlado verticalmente; pero al mismo tiempo, permitían algunos espacios de
participación de las bases, como los congresos regionales indígenas, donde se podían
replantear los proyectos del Estado, al menos parcialmente; y los esfuerzos de educación
indígena comenzaban a construir un nuevo tipo de nacionalismo no simplemente mestizo
sino pluricultural. El cambio de gobierno, de Cárdenas a Ávila Camacho, en el momento
en que el país se unió a loa Aliados tuvo un efecto desmovilizador.
La SEP, con Vejar Velásquez, impulsó acciones represivas (castigos y despidos) contra
los maestros que se habían destacado en la promoción abierta y diligente de la educación
socialista (por más que el termino no se quito del articulo Y sino hasta 1946). Se trataba
de volcar la escuela hacia una política de unidad nacional; se hablaba de una ''escuela del
amor"; Se buscaba, como en el porfiriato, la neutralidad ideológica; se hacían las paces
con la iglesia y fue imponiéndose una gran tolerancia hacia las escuelas católicas. El
maestro ya no seria el promotor social, ya no se ocuparía de la redención de los
campesinos y de los indios, sino se dedicaría solo a sus labores pedagógicas. En cuanto
a las velocidades del DAAI, se le redujo el presupuesto y el personal, y se interrumpieron
los trabajos de enseñanza en lengua vernácula, que atentaban contra la homogeneidad
deseada en una nación armónica y moderada.
Al amparo del recién fundado INI, de nuevo se realizaron varios estudios regionales (en la
cuenca del Tepalcaltepec, en la cuenca del Papaloapan, la sierra Tarahumara y la sierra
Mixteca), con propósitos de análisis etnológico y diagnóstico socioeconómico; en ellos ya
vislumbraban tanto una nueva concepción de lo indígena como un replanteamiento del
trabajo indigenista. En primer lugar, se adopta Una definición del indio no sólo en términos
culturales sino en términos de su pertenencia a la comunidad dotada de una identidad
histórica y una estructura social característica, originada en la colonia. En segundo lugar
de analiza la realidad de la comunidad en términos de su pertenencia a una región
organizada, donde existen también grupos mestizos residentes en una ciudad o capital
regional. En tercer lugar, se entiende la organización regional como una estructura de
dominio: el dominio de la ciudad mestiza sobre el hinterland de comunidades indígenas, y
el de la casta mestiza, cuyos miembros monopolizan las tierras más feraces, las industrias
y el comercio de mediana y gran escala, sobre la casta indígena de campesinos
depauperados y jornaleros. Ser indio significa sufrir tal estructura de sujeción en las
regiones de refugio como 1as bautizó Aguirre Beltrán que implica una exclusión de Jacto
de los bienes estratégicos de la nación. En cuarto lugar, se propone una acción
indigenista consistente en romper la estructura y acabar con la exclusión, mediante un
desarrollo integral regional dirigido desde un centro coordinador situado precisamente en
la ciudad primada, dirigido no sólo a los indios sino también a los ladinos. En estos
nuevos planteamientos se pretendía recoger tanto las experiencias de Gamio, Sáenz,
Basauri y Swadesh, como de dos grandes estudios de antropología regional: el de la
península de Yucatán, de Robert Redfield y Alfonso Villa Rojas, y el del sistema de
mercadeo en Oaxaca, de Bronislaw Malinowski y Julio de la Fuente, así como las teorías
sociológicas de la modernización económica y política.
Un libro del filosofo Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México publicado
originalmente en 1934, en plena euforia nacionalista y radical de preguntaba por el
genuino “ser del mexicano” y6 diagnosticaba un complejo colectivo de inferioridad, una de
cuyas manifestaciones era precisamente el radicalismo agresivo; otra, la imitación acritica
de lo extranjero. Cincuenta años después, Guillermo Bonfil publica su ensayo México
profundo, que descubre un núcleo racista en los complejos colectivos: el rechazo
inauténtico al mundo indígena y la pretensión de construir un México artificial, basado en
la imposición de modelos europeos y estadounidenses.
A un siglo de las demandas de los primeros Congresos Nacionales educativos y de Justo
Sierra por una escuela profundamente mexicana, el tema de “ la penetración de la cultura
extranjera” no despierta discusiones acaloradas, y los debates sobre la educación
nacionalista parecen haberse estancado en las dos ultimas décadas.
¿Qué tiene que ver el México de Sierra y Vasconcelos con el del final del siglo y del
milenio? Entonces, en el contexto de un país dividido en compartimientos, la escuela
penetraba en los microcosmos rurales como un ariete en los muros de una fortaleza; se
creía razonablemente que de ella dependía, para bien o para mal, el futuro de las
culturas locales y la posibilidad de establecer un sistema nacional de comunicación y
dominio. Hoy la escuela se yuxtapone como un elemento más en un mundo abigarrado
de organismos gubernamentales y privados, comunicaciones internacionales a través de
medios de difusión masiva, migraciones multidireccionales y flujos informáticos. Los
maestros ya no son misioneros más o menos ingenuos sino un cuerpo profesionalizado,
cada vez más consciente de sus carencias formativas y la necesidad de crear espacios
de participación democrática en el ejercicio de su profesión. En las zonas indígenas, los
jóvenes formados como maestros bilingües rechazan la vieja doctrina indigenista de la
aculturación para cobrar ellos mismos conciencia de las posibilidades de su cultura sin
que ello implique huir de la modernización tecnológica ni de la participación en la
construcción de un México democrático. Hoy, la escuela y los maestros forman parte de
un vasto campo de interacciones heterogéneas, donde las aspiraciones de desarrollo
humano venturosamente se han ampliado; a pesar de todo, la escuela sigue teniendo un
papel privilegiado en la formación de valores, en cuanto mediación universalista entre lo
publico y lo privado. El postulado durkheimiano, con todos los matices que deben
hacérsele, no ha sido abolido; seguimos esperando de la educación formal el papel de
vanguardia en la recreación de nuestra cultura nacional, que recoja las aspiraciones
históricas de justicia y solidaridad, y se abra a la democracia, al respeto a los derechos
humanos y al pluralismo cultural.