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El Peligro del Progreso Personal

Este documento discute cómo el progreso hacia las metas a largo plazo puede tener el efecto no deseado de socavar esas mismas metas. Los estudios muestran que recordarle a la gente su progreso los hace más propensos a ceder ante las tentaciones que van en contra de sus objetivos. Esto ocurre porque el progreso satisface temporalmente la parte de nosotros que busca lograr las metas, liberando la parte que desea gratificaciones inmediatas. Para evitar este efecto contraproducente, es mejor enfocarse en el compromiso continuo
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El Peligro del Progreso Personal

Este documento discute cómo el progreso hacia las metas a largo plazo puede tener el efecto no deseado de socavar esas mismas metas. Los estudios muestran que recordarle a la gente su progreso los hace más propensos a ceder ante las tentaciones que van en contra de sus objetivos. Esto ocurre porque el progreso satisface temporalmente la parte de nosotros que busca lograr las metas, liberando la parte que desea gratificaciones inmediatas. Para evitar este efecto contraproducente, es mejor enfocarse en el compromiso continuo
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El problema con el progreso Aunque no conviertas los retos a tu fuerza de voluntad en

medidas de tu valía moral, puedes caer de todos modos en la trampa de la licencia moral,
porque hay una cosa sobre la que todos moralizamos instintivamente. No, no se trata del sexo.
¡Es el progreso personal! El progreso es bueno, y progresar en nuestros objetivos nos hace
sentir bien. Tan bien que nos gusta darnos palmaditas en la espalda. ¡Muy bien hecho, tío!, nos
decimos. Pero quizá deberíamos pensárnoslo dos veces antes de ponernos una medalla.
Aunque la mayoría creamos que progresar en nuestras metas nos anima a alcanzar un mayor
éxito, los psicólogos saben que no tardamos en usar nuestro progreso como una excusa para
hacer el vago. Ayelet Fishbach, profesora en la Facultad de Posgrado de Administración de
Empresas de la Universidad de Chicago, y Ravi Dhar, profesor en la Escuela de Administración
de Empresas de Yale, han demostrado que progresar en la consecución de una meta nos
motiva a actuar de un modo que la sabotea. En un estudio, les recordaron a los participantes
que estaban a dieta lo mucho que habían progresado en cuanto a su peso ideal. Después, para
agradecérselo, les ofrecieron una manzana o una chocolatina. El 85 por ciento de los
felicitados eligieron la chocolatina en lugar de la manzana, comparados con el 58 por ciento de
los participantes a los que no les recordaron su progreso. Un segundo estudio descubrió el
mismo efecto en las metas universitarias. Los estudiantes a los que felicitaron por lo mucho
que habían estudiado para preparar un examen fueron más propensos a pasarse la noche
jugando a la cerveza pong [11] con los amigos. Progresar puede hacernos abandonar la meta
por la que tanto nos hemos esforzado, ya que cambia el equilibrio entre nuestras dos partes en
conflicto. Recuerda que por definición, un reto a la fuerza de voluntad implica dos metas
contrapuestas. Una parte tuya piensa en tus intereses a largo plazo (p. ej. adelgazar), y la otra
quiere una gratificación inmediata (¡chocolate!). En el momento de la tentación, necesitas tu
yo superior para que razone con una voz más alta que la voz de tu parte caprichosa. Pero
conseguir controlarte tiene una consecuencia no buscada: satisface temporalmente —y por lo
tanto silencia— a tu yo superior. Cuando progresas hacia tus objetivos a largo plazo, el cerebro
— con su lista mental del montón de metas— desactiva el proceso mental que te anima a
alcanzar tus objetivos a largo plazo. Y se fija en la meta que no has alcanzado, en la voz de los
caprichos. Los psicólogos lo llaman liberación de (producida por) la meta. La meta que has
estado reprimiendo se vuelve más fuerte, y cualquier tentación se vuelve más tentadora. En la
práctica significa que un paso hacia delante te da permiso para dar dos hacia atrás. Contratar
un plan de jubilación satisface tu parte ahorradora, liberando esa parte tuya que desea ir de
compras. Ordenar los archivos satisface tu parte trabajadora, liberando tu parte que quiere
mirar el partido en la tele. Estuviste escuchando al ángel de la guarda, pero ahora el demonio
te parece mucho más persuasivo. Hasta el instrumento más fiable para alcanzar una meta, «la
lista de tareas», puede ser contraproducente. ¿Has hecho alguna vez una lista de todo lo que
debías hacer en un proyecto, y luego te has sentido tan bien que has decidido no seguir
trabajando en él el resto del día? Si es así, no eres el único. Nos sentimos tan aliviados por
haber hecho la lista, que confundimos la satisfacción de identificar lo que necesitamos hacer
con el esfuerzo de progresar hacia nuestras metas. (O, como uno de mis estudiantes dijo, le
encantan los seminarios de productividad porque le hacen sentirse de lo más productivo...
aunque no haya producido nada.) Aunque se oponga a todo cuanto creemos sobre las metas,
centrarnos en el progreso personal nos puede impedir triunfar. No estoy diciendo que el
progreso sea un problema. El problema está en cómo nos hace sentir, e incluso entonces sólo
es un problema si nos dejamos llevar por la sensación en lugar de seguir con nuestras metas. El
progreso personal puede motivarnos e incluso animarnos a controlarnos en el futuro, pero
sólo si vemos nuestras acciones como una prueba de que nos hemos comprometido con
nuestra meta. Es decir, necesitas observar lo que has hecho y concluir que te debe importar
tanto tu meta, que incluso quieres hacer más cosas para alcanzarla. Esta actitud es fácil de
adoptar, aunque no solamos pensar de este modo. Lo más habitual es buscar una razón para
abandonarla. Estas dos actitudes mentales tienen consecuencias muy distintas. Cuando a las
personas que han dado un paso positivo hacia un objetivo —por ejemplo, haciendo ejercicio,
estudiando o ahorrando— les preguntan: «¿Cuánto crees haber progresado en tu meta?»,
tienden más a hacer algo que va en contra suya, como no ir al gimnasio al día siguiente, salir
con los amigos en vez de estudiar o comprar algo caro. En cambio, a los sujetos a los que les
preguntan: «¿Cuán comprometido estás con tu meta?», no sienten la tentación de actuar en
contra de ella. Un simple cambio en el modo de enfocarlo lleva a una interpretación muy
distinta de nuestras acciones: «Lo hice porque quería», y no «Lo hice, estupendo. ¡Ahora
puedo hacer lo que de verdad quiero!»

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