Formación Laical en la Iglesia Local
Formación Laical en la Iglesia Local
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existentes en la Iglesia son tan diversas que lo lógico es que ésta se
exprese en múltiples conceptos y prácticas formativas. Por ello es
lugar de diversidad y hasta de conflicto.
En la formación se deciden muchas cosas del futuro. De ella de-
pende la existencia de cristianos y cristianas con significación pú-
blica, con una fe viva y confesante en todos los niveles de la vida
cotidiana, con una capacidad para una corresponsabilidad real en
la Iglesia, con proyección en el mundo teológico y con responsabi-
lidades pastorales. Así que en la formación se juega no sólo, pero
sí de una forma decisiva lo que el CLIM considera objetivo central:
«promover la corresponsabilidad y participación de los laicos en la
vida de la Iglesia y en la sociedad civil»383.
El significado más extendido del término formación es el referi-
do a la adquisición de contenidos y destrezas con el objeto de co-
nocer, interpretar la realidad y actuar en ella. En este sentido la for-
mación cristiana consiste en la adquisición de una cultura religio-
sa, moral y teológica. Está dirigida a la vida y al compromiso, pero
desde un estatuto y unas lógicas propias de la reflexión y el pen-
samiento, de la noética.
Christifideles laici no habla de formación cristiana en este sentido.
Ésta es una dimensión necesaria, la doctrinal, pero no es el todo. Su
concepción de la formación es integral, integrada e integradora, una
formación para descubrir y vivir la propia vocación y misión. Así
dice: «en el descubrir y vivir la propia vocación y misión, los fieles
laicos, han de ser formados para vivir aquella unidad con la que está
marcado su mismo ser de miembros de la Iglesia y de ciudadanos
de la sociedad humana» (n. 59). Dentro de este objetivo de unidad
fe-vida «se sitúan los múltiples y coordinados aspectos de la forma-
ción integral de los fieles laicos» (n. 60). La formación pues, de que
habla, es la formación integral para una vida cristiana vocacional-
mente vivida. Así se podría resumir el conjunto de ricos elementos
implicados en esta concepción de formación: en orden a descubrir y
vivir la propia vocación y misión y madurar, consiguientemente,
una síntesis orgánica de la vida cristiana (n. 59), con la iniciativa,
guía y el sostén del Espíritu (n. 61), habrán de integrarse, desde la
vida secular (n. 59), en y por la Iglesia (n. 61), teniendo en cuenta la
cultura humana del lugar (n. 63), la formación espiritual, el creci-
miento en los valores humanos y la formación doctrinal (n. 60).
383
Subtítulo del documento. Completa el objetivo del Plan de Acción Pastoral de
la CEE para el trienio 1990/1993: «promover la participación de los laicos en la vida y
misión de la Iglesia», en el que se inscribe la propia aprobación del documento.
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Desgranando cada uno de los elementos que caracterizan la for-
mación en Christifideles laici.
Una formación vocacional. El objetivo fundamental de la forma-
ción cristiana es descubrir y vivir la vocación y misión como cris-
tianos laicos. La iniciativa es de Dios que es quien llama a la per-
sona. Es un proceso —este carácter dinámico es importante— que
requiere madurar una síntesis orgánica entre la fe y la vida de
modo que la persona cristiana viva, desde la fe y el seguimiento de
Jesús, el conjunto de las facetas de su vida. Se trata de personalizar
la fe y de unificar la vida desde la fe.
Una formación en y desde la vida secular. Este proceso acontece
desde la vida laical, la vida de familia, del trabajo, de las relaciones
sociales, del compromiso político y de la cultura en orden a vivir
ahí, en las condiciones culturales propias del lugar, la vocación
cristiana. Son lugares de revelación de Dios y donde se realiza la
caridad de Jesucristo para gloria de Dios y servicio a los hermanos.
Una formación integral: espiritual, ética y doctrinal. Es una forma-
ción integral con una triple dimensión: una central, la espiritual,
de manera que el conjunto del proceso crece en la intimidad con
Jesús, en conformidad con la voluntad del Padre, en la entrega a
los hermanos en la caridad y en la justicia, a través de la oración y
de la participación en la liturgia; dos, como formación en los valo-
res humanos propios de la vida familiar, la convivencia cívica y la
actividad profesional, así como actitudes de probidad, espíritu de
justicia, sinceridad, respeto y fortaleza de ánimo; y tres, con una
dimensión doctrinal, derivada del natural dinamismo de la fe que
quiere comprenderse de manera más completa, también por la ne-
cesidad de dar razón de la esperanza cristiana en nuestra cultura
ante los interrogantes que agitan a la humanidad, y con el objeto
de conocer para aplicar la Doctrina Social de la Iglesia, particular-
mente en el campo de la política.
Una formación radicada en la comunidad cristiana y acompañada por
ella. Es una formación en la Iglesia, esto es, desde la participación
en la fe vivida en la comunidad de los creyentes en sus diferentes
formas: la familia, las pequeñas comunidades, las asociaciones, las
parroquias. Es una formación acompañada por Dios, que guía, sos-
tiene y alimenta este proceso de descubrimiento, encuentro y ma-
duración desde el interior de la persona, desde la historia en que
vive y desde la palabra que la Iglesia propone como educadora, a
través de sus agentes educativos.
Esta caracterización vocacional, secular, integral y eclesial de
la formación es ciertamente la que ha de iluminar y la que ha de
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verse garantizada en los procesos de formación de las Iglesias lo-
cales.
Es ciertamente una formación que como dice el Cristianos laicos,
Iglesia en el Mundo ha de contribuir a «vivir en la unidad dimen-
siones que, siendo distintas, tienen con frecuencia a escindirse:
— vocación a la santidad y misión de santificar el mundo,
— ser miembro de la comunidad eclesial y ciudadano de la so-
ciedad civil,
— condición eclesial e índole secular; en la unidad de la nove-
dad cristiana,
— solidario con los hombres y testigo del Dios vivo;
— servidor y libre,
— comprometido en la liberación de los hombres y contempla-
tivo,
— empeñado en la renovación de la humanidad y en la propia
conversión personal,
— vivir en el mundo sin ser del mundo, como el alma en el
cuerpo así los cristianos en el mundo» (n. 77).
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todología de experiencia de vida o sobre una metodología de estu-
dio y reflexión. La primera es la que caracteriza o debe caracterizar
a los procesos catecumenales y a las pequeñas comunidades, aso-
ciaciones y movimientos; y la segunda es la que caracteriza a ser-
vicios de formación, centros teológicos, religión en la escuela y
universidades. Pero insisto, esta concepción vocacional, secular, in-
tegral y eclesial de la formación son criterio de referencia para los
unos y para los otros.
Esta concepción de la formación es incomprensible sin el acom-
pañamiento de las personas. Un acompañamiento que debe partir
de la centralidad del sujeto, de sus procesos interiores y de su pro-
tagonismo. Una formación no inserta en procesos de acompaña-
miento no podrá ser una formación cristiana vocacional, ni inte-
gral. Esto conlleva procesos que han de ser muy personalizados
que requieren verdaderos testigos de la fe, mistagogos y maestros
del diálogo. Como bien dice Ramón Prat «tan sólo para poder
acompañar en la fe a una persona, ya valdría la pena realizar un
proyecto pastoral»384. Son objetivos del acompañamiento el descu-
brimiento de la realidad, la lectura de la realidad como sacramen-
to de Dios, la aceptación de Dios como salvador de la propia per-
sona, el descubrimiento de la Persona de Jesucristo como camino,
verdad y vida, como conversión, luz y fuerza para transformar la
realidad personal y social, el descubrimiento de la singular voca-
ción de Dios para cada persona, el aprendizaje para la explicitación
de la fe y las exigencias de la evangelización.
384
Ramón PRAT: Compartir la alegría de la fe, Secretariado Trinitario, Salamanca,
1988, p. 213.
385
Enrique MIRET MAGDALENA y Javier SÁBADA: El Catecismo de nuestros padres, Pla-
za y Janés, Barcelona, 1998, p. 36.
335
Se trataba de aprender o tener más claro lo que había que creer y
lo que había que hacer como cristianos. En ello consistía la cate-
quesis. Como dice Javier Sádaba en El Catecismo de nuestros padres
se trataba de «inculcar en la memoria del que aprende un conjun-
to de doctrinas, una técnica que hundía sus raíces en la experiencia
histórica de la transmisión oral386.
El pluralismo cultural y religioso actual representa una oportu-
nidad por cuanto la fe es más auténtica y el fruto de una elección
personal, así fue en el Evangelio y en los primeros siglos del cris-
tianismo. Pero también merma la plausibilidad y el sostén cultural
a la fe cristiana. Antes se era cristiano por el hecho de nacer. Hoy
la falta de apoyaturas socio-culturales requiere inevitablemente
una mayor personalización de la fe, así como red de grupos.
La personalización supone la introducción del adolescente, del jo-
ven, en una experiencia cristiana que ha de darse en la totalidad de
dimensiones de la persona humana: razón, sentimiento, decisión, op-
ción libre, acción en el mundo, relación interpersonal… así como en
la inagotable riqueza de las dimensiones de la fe: teológica, espiri-
tual, ética, política y eclesial. De hecho la falta de un cristianismo vo-
cacional y públicamente presente hoy en España tiene mucho que
ver con procesos de formación cristiana docente, basados en la trans-
misión de ideas y doctrina. «De aquellos polvos, estos lodos», que
dice el refrán —ello no obsta para afirmar que la formación teológica
es una dimensión de la evangelización decisiva en esta hora—.
En este proceso de personalización es especialmente decisivo
preparar a la persona para vivir en conflicto o en alteridad o en so-
ledad cuando menos con el ambiente cotidiano y dominante. En la
familia, en el trabajo, entre amigos, en el clima mediático ser cris-
tiano identificado es algo insólito. Hay una tasa de privatización
del cristianismo que nos convierte en «secta». La presión social jue-
ga en contra de una identidad personal cristianamente vivida. Por
ello es especialmente importante la interiorización, los momentos
de sedimentación y de opción personal meditada en discernimien-
to. Los procesos de iniciación cristiana en grupo pierden demasia-
das veces la importancia del proceso de cada persona. Por otro
lado crean un microcosmos que por un lado facilita la incorpora-
ción al misterio de Cristo y a la Iglesia pero por otro crean una bur-
buja artificial que en el tránsito a la vida adulta al pincharse, debi-
lita y desfigura lo que hace bien poco parecía una opción sin la que
no se podría vivir. Sin una identidad cristiana bien arraigada en su
386
Ibíd., p. 55.
336
experiencia personal no será cristiano. Que un retoño crezca en
medio de un camino muy transitado es difícil. Esa es la situación
del creyente en medio de la sociedad, particularmente de los jóve-
nes. Sin una identidad personal hecha, que es más difícil de hacer
que antes, al no haber horizontes globales definidos, que debe ser
necesariamente más fuerte, y que a su vez debe ser dialogante y no
fundamentalista.
Hoy la personalización de la fe requiere de un dilatado proceso
de iniciación cristiana. La transmisión de la fe implica, desde la
perspectiva del destinatario, todo un proceso de formación de una
identidad, de conversión de actitudes y comportamientos, de apro-
piación de una visión de la realidad y de identificación con una co-
munidad de referencia original y específica en la sociedad. Este
proceso requiere un itinerario cada vez más largo —petrino— o en
algunos casos más a lo «caída de caballo» —paulino—. En estos
años ha aumentado la distancia entre el ambiente religioso cultural
y el cristianismo. Los itinerarios de la personalización o de la ini-
ciación cristiana se han dilatado consiguientemente. No sólo. El re-
traso de la incorporación al trabajo y en el acceso a una vida autó-
noma y a un proyecto de vida familiar, así como un clima cultural
más presentista y existencialista retrasan considerablemente los
procesos de maduración de las personas en las opciones funda-
mentales que van a vertebrar su vida. De hecho la Iniciación cris-
tiana no concluye con la Primera Comunión, ni siquiera con la Con-
firmación, sino más tarde, con 22-25 años, al menos es lo que ates-
tigua la experiencia de la pastoral de juventud de estos 25 años.
En la iniciación cristiana de jóvenes, se juega en buena parte
que haya cristianos en el futuro y también qué tipo de cristianos.
La perspectiva de la formación cristiana que hemos planteado en
el primer apartado tiene como consecuencia una concepción de la
iniciación cristiana que no admite planteamientos de iniciación
cristiana a partir del desarrollo de temas de formación. Temas da-
dos, nivel superado, tres niveles, sacramento realizado.
Hoy como bien plantea J. Martín Velasco la iniciación cristiana
requiere de un proceso de personalización de la fe con varios pro-
cesos básicos esenciales: proceso kerigmático, proceso de conver-
sión, proceso de personalización y proceso integral.
337
— Conversión: haberse enfrentado con la llamada a la conver-
sión y haber respondido de corazón con la aceptación, la
acogida, la conversión, la sumisión, el gozo, la disponibili-
dad, el reconocimiento...
— Personalización: realizar la experiencia cristiana en la totali-
dad de dimensiones de la persona humana: razón, senti-
miento, decisión, opción libre, acción en el mundo, relación
interpersonal… y de sus ámbitos de vida: familia, trabajo,
barrio, tiempo libre, dinero…
— Integralidad: realizar la experiencia cristiana en la inagota-
ble riqueza de las dimensiones de la fe: noética o teológica,
estética o espiritual, práctica o ético y política y eclesial.
387
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA: La Iniciación Cristiana. Reflexiones y Orienta-
ciones, Madrid, 1998.
338
preciso «poner al joven frente a Cristo»388. Esto depende en
gran medida de los propios monitores, catequistas o ani-
madores. Si su propia identidad cristiana es discontinua,
fragmentaria, vergonzante… difícilmente se puede trans-
mitir a Jesucristo. Es preciso más rigor en la elección y el
envío de los testigos y catequistas de la fe. Su estilo de vida,
espiritualidad, identidad eclesial y su formación teológico-
pastoral, deben estar acreditados.
b) Centralidad de la vida y de integralidad. Es obvio que la Inicia-
ción Cristiana debe ser integral. Un texto de la Conferencia
Episcopal así lo dice: «no se puede reducir a un simple pro-
ceso de enseñanza y de formación doctrinal, sino que ha de
ser considerada una realidad que implica toda la persona,
la cual ha de asumir existencialmente su condición de hijo
de Dios en el Hijo Jesucristo, abandonando su anterior
modo de vivir, mientras realiza el aprendizaje de la vida
cristiana y entra gozosamente en la comunión de la iglesia,
para ser en ella adorador del Padre y testigo del Dios
vivo»389. Y es que la vida ha de ser el eje vertebrador del
proceso de Iniciación Cristiana. Sin embargo hay muchos
procesos que todavía hoy entienden la Identidad Cristiana
más como comunión de ideas que comunión de vida. Así se
estructuran sobre la base de la transmisión de una doctrina
distribuida en temas. Se trata de ver los temas, dialogarlos,
y aplicarlos a la vida en un orden establecido que va mar-
cando la agenda del proceso educativo. El proceso conclu-
ye cuando se van acabando los temas. El criterio de refe-
rencia no es la experiencia y la vida del joven y cómo en
ellas va encontrando a Cristo y va configurando un estilo
de ver, juzgar y actuar. El monitor no suele tener dificulta-
des para programar, tampoco es demasiado necesario el
trabajo en equipo. Con el libro basta. Al modo escolar. Lo
más patente es que con tal modelo no se producen dos co-
sas que nadie cuestiona como centrales en la Iniciación
Cristiana, el Encuentro con Jesucristo y la Conversión a Él:
el abandono del anterior modo de vivir. Gran parte de la
evangelización del pasado presenta tal problema. Muchos
sabían de Jesús de oídas, no por un encuentro personal. Y
388
Domenico SIGALINI: La etapa catecumenal en la Pastoral de Juventud, en CEAS-PAS-
TORAL DE LA JUVENTUD: La etapa catecumenal, Edice, Madrid, 1999, p. 18.
389
CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA: La Iniciación Cristiana..., o.c., p. 20
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sin tal no es posible la metanoia, ese cambio que nace de la
hondura del corazón y que afecta a la totalidad de las di-
mensiones de la vida de una persona y a la totalidad de las
dimensiones de la fe. Sin conversión no hay evangelización
de la persona. Sin encuentro vivo con Cristo y en la vida y
sin conversión, no es de extrañar el fracaso de tantos proce-
sos de iniciación cristiana.
c) Pedagogía de acción pública. Hoy falta un laicado católico con
identidad y sin complejos. El modo de concebir la Inicia-
ción Cristiana tiene que ver con este laicado con tan escasa
proyección pública. No voy a argumentar la dimensión po-
lítica de la vida humana y de la salvación cristiana. Es ob-
vio que el Reino de Dios se juega en el conjunto de las le-
yes, instituciones, decisiones y asociaciones que conforman
la vida pública. Las llamadas de los obispos en Católicos en
la Vida Pública son claras y del Papa en Christifideles laici
también: «los fieles laicos de ningún modo pueden abdicar
de la participación en la política» (CL 42). Estas declaracio-
nes de principios han ido germinando en algunas acciones
señeras de la Iglesia como son el voluntariado de solidari-
dad y la cooperación Norte/Sur. Éstas se ha constituido en
un fenómeno que incluso está haciendo emerger una nueva
realidad económica, lo que se llama el «tercer sector», a me-
dio camino entre el sector público y el privado. Sin embar-
go la caridad cristiana sigue teniendo grandes dificultades
para incorporarse al mundo de las instituciones y los parti-
dos políticos. Hay una cierta inmadurez. La iniciación cris-
tiana ha de hacerse en diálogo con la vida pública y los pro-
blemas estructurales, en particular, es preciso trabajar las
experiencias de acercamiento al mundo doliente, de los po-
bres y las víctimas. Esto implica una pedagogía de la acción
transformadora y evangelizadora. El ambiente es lugar de
iniciación cristiana del joven. Cuanto más, lo que hacemos
es formar a los jóvenes en el análisis de los problemas so-
ciales pero no en la intervención ante ellos. La acción no es
algo advenizo para la fe. Es la Pedagogía de Dios con el ser
humano. Se revela actuando en la historia. Así es nuestro
Dios. No es un ser inmóvil. En AT: Cre-ación del Mundo y
Liber-ación del Pueblo de Israel. En NT: Encarn-ación y
Exalt-ación de Jesús. Jesús, sacramento de Dios, actuó y ac-
tuó. El Evangelio no es un libro doctrinal es una narración
de vida y de acción situada en una historia. La acción del
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espíritu del Resucitado hace germinar la Iglesia que nos na-
rra el libro de los Hechos. El cristianismo es oferta de Sal-
vación. Acción de salvar. Salvación real, eficaz. La Iglesia
tiene una misión, o mejor, una misión tiene a la Iglesia: la
evangeliz-ación. Dios habla... Su palabra se inserta y cobra
significado en la Acción. Su palabra es acción. A la vez su
Palabra aporta significado a la acción, dándole sentido y
comprensión. La palabra sin acción es ruido, palabra vana,
palabra hueca. La acción de la persona, vía de acceso a
Dios. «Sólo quien ama conoce a Dios» (1 Jn 4, 7-8).
d) Integración e identificación eclesial. Hay objetivamente un pro-
blema de integración e identificación del joven con la co-
munidad cristiana realmente existente. Un trabajo de Ini-
ciación Cristiana de años y años culmina en una realidad
eclesial en muchos casos pobre reducida a una eucaristía
mortecina, muy distante de la «cumbre» y «fuente» de la
vida cristiana que dice Sacrosantum Concilium (n. 10) Tiene
múltiples interpretaciones. Quisiera destacar una ya men-
cionada: el choque no resuelto entre una religiosidad insti-
tucional y una religiosidad existencial emergente. Su epi-
centro es la eucaristía. Una eucaristía desde una religiosi-
dad existencial necesita más interioridad, más expresivi-
dad, más participación, menos frecuencia y más identidad
y solidaridad mutua de la comunidad celebrante. No es
sólo un problema de la pastoral de juventud, también lo es
de la pastoral de adultos de 30-50 años. Son necesarios es-
pacios asociativos o experiencias puente que sirvan de co-
munidad concreta de identificación, contraste y referencia.
También es preciso formar en una conciencia eclesial que
ayude a sentirse miembro de una Iglesia amplia que es im-
posible afectivizar como muchos jóvenes demandarían
para sentirse a gusto.
f) Adaptación al tránsito a la vida adulta. La pastoral de juventud
ha ido modelándose inconscientemente con unos presu-
puestos propios de la vida juvenil que llegado el momento
hacen que determinados esquemas no sirvan. El tránsito a
la vida adulta es insuficientemente acompañado y deficien-
temente preparado. El joven cuenta con mucho tiempo li-
bre, en torno a la parroquia o el centro educativo constitu-
ye un microcosmos en el que se llena este tiempo y se reali-
zan necesidades de utilidad social, de afectividad y de sen-
tido. Con el paso a ser joven adulto, la persona entra en el
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primer trabajo, o en la búsqueda de trabajo, lo que ha de
complementar con formación, su disponibilidad de tiempo
libre se reduce. Por otro lado, sus relaciones afectivas se
van definiendo. El grupo comienza a sobrar porque su lu-
gar lo va ocupando una persona, la pareja, su familia. Así
trabajo y matrimonio se van configurando como los ámbitos
de realización y de responsabilidad, como los ámbitos fun-
dantes de vida. Las tres «enes»: «novia, nómina, niños» que
dice A. M. Unzueta. Paralelamente se van dejando o redu-
ciendo los compromisos. Se vive un alejamiento efectivo. Es
más, a los responsables pastorales, animadores, monitores
les parece que la persona se está alejando y no es bien vis-
to. Y sin embargo, es en esos ámbitos en los que la persona
se hace adulto, cuando llega la hora de la verdad, cuando la
persona tiene ante sí la posibilidad de configurar sus opcio-
nes fundamentales desde el discernimiento en el Espíritu
de Jesús, cuando deja de ser acompañada por la parroquia,
el centro educativo y sus responsables pastorales. El Reino
de Dios se juega en la vida, en el mundo, en esas biografías
que se van construyendo día a día entre grandezas y mise-
rias. Así el momento cumbre de respuesta a la llamada al
seguimiento de Jesús se trunca. La etapa determinante de la
Iniciación Cristiana no queda rematada.
g) La narración, como unión entre razón y experiencia. Antes he-
mos criticado la iniciación concebida como enseñanza doc-
trinal, como transmisión de ideas y teologías. Y he reivindi-
cado la necesidad de una Iniciación Cristiana integral. Aho-
ra quiero subrayar la necesidad del conocimiento, de la for-
mación reflexiva, del lenguaje cristiano, de la teología. El
cristianismo supone una visión específica y original sobre
la realidad, sobre la totalidad de la realidad. Es una tradi-
ción religiosa que arranca de Jesús de Nazaret. Y ésta nece-
sita poner nombre a la realidad. Por la visión de la fe las per-
sonas somos hijos e hijas de Dios. La vida procede de la
Gracia del Espíritu de Dios. El mal es pecado contra Dios.
La muerte no es fin, sino principio. El mundo no es sin sen-
tido, hay una Esperanza. Es más propio al hombre el amor
y la justicia que el egoísmo. La vida es sagrada e inviolable,
don y bien supremo. La realidad toda está habitada por
Dios. Los justos tienen salvación. El lenguaje tiene capaci-
dad performativa, esto es, crea y transforma realidad. La re-
flexión asienta y clarifica los sentimientos y las acciones. La
342
narración adentra al interlocutor en una nueva realidad. El
exceso de lenguaje convierte la fe en ideología alejada de la
experiencia cristiana, tumba de la fe. Pero sin lenguaje la
vida pierde significación divina, la fe se incapacita para el
diálogo en el aerópago, queda enmudecida sin posibilidad
de ser comunicada. No comunicamos la fe que tenemos,
sino que tenemos la fe que comunicamos. La falta de una
cultura religiosa en las nuevas generaciones es argumento
grave para dar la importancia que tiene al lenguaje evangé-
lico y a la formación teológica. Ahora el reto está en hacer
una buena integración en los procesos de Iniciación Cristia-
na de esta dimensión. No se puede yuxtaponer, en paralelo.
Ha de caminar de la mano de la experiencia a veces prefi-
gurándola, a veces acompañándola, a veces como momen-
to segundo para leer en creyente como hicieron los anti-
guos con la historia de la salvación.
343
ideológica que no hunde sus raíces en una espiritualidad de segui-
miento de Jesús.
El riesgo principal es el que una formación que necesariamente
ha de ser vocacional, secular, integral y eclesial se convierta en una
formación bancaria, de acumulación de información, pseudo-aca-
démica. Hay varias razones que operan a favor de ello: a) existe
una gran tradición en la Iglesia de ello; la catequesis y los procesos
de confirmación son buena muestra, acaba el proceso cuando se
acaban los temas del libro, b) en muchos sectores eclesiales preo-
cupa más la ortodoxia que la ortopraxia, c) es más fácil organizar y
aparentemente más eficaz, a corto plazo, una escuela de formación
que una experiencia de movimiento laical, d) es menos implicativo
tanto para los laicos como para los presbíteros participar en espa-
cios y programas de formación que en una asociación apostólica, y
e) porque resulta obvio, para muchos laicos y curas, la necesidad
de formación teórica para preparar catequistas y monitores para
reproducir los mismos procesos de iniciación cristiana realmente
existentes.
La formación al margen del asociacionismo, al menos como cul-
tura eclesial, se presenta muy limitada para educar cristianos y
cristianas que asumen su responsabilidad en la vida familiar, ecle-
sial y pública. De una formación sin asociacionismo no salen ni lai-
cos apostólicos, ni laicos ministeriales. El asociacionismo introduce
en el proceso de formación cuatro caracteres imprescindibles para
una formación cristiana: el protagonismo del sujeto, un proceso es-
piritual de experiencia cristiana de Dios, una acción en la vida re-
sultante de la gracia y la conversión, y una dimensión de eclesiali-
dad vivida.
Hay entre laicos y curas prevenciones hacia el asociacionismo,
como tal, en cualquiera de sus formas: nuevos movimientos, co-
munidades, movimientos de Acción Católica... Algunas están justi-
ficadas. Pero otras no, particularmente, la que por parte de los lai-
cos, teme la disolución del protagonismo de la persona en la orga-
nización, y la que, por parte de los curas, teme la autonomía y el
protagonismo de los laicos respecto al clero. A los primeros hay
que decir que si algo son y han sido las organizaciones laicales en
medio de sus limitaciones a lo largo de la historia han sido educa-
doras de sujetos cristianos protagonistas de la historia y de la co-
munidad cristiana. Y a los segundos, que es hora de apostar sin
miedos por un cristianismo vocacionalmente vivido y adulto.
La prevención ante una formación de corte doctrinal no nos
debe llevar a menospreciar su necesidad. Hablaremos de ello, es-
344
pecialmente de la necesidad de la formación teológica. Es más a
menudo el debate sobre los modelos formativos ha llevado a de-
terminadas asociaciones a abandonar la pretensión de una forma-
ción bíblica, teológica y ética rigurosas. Se han confiado en el acti-
vismo, el espiritualismo, el «que bien todos unidos» o el culto al lí-
der, que es el dotado para hablar en lenguas. Las consecuencias de
cualquier mutilación para la formación de laicos son nefastas. Es
necesaria una formación bíblica, teológica y moral serias y profun-
das, pero han de estar bien insertas en los procesos de personali-
zación de la fe, en el proceso espiritual, en la vida eclesial y en úl-
timo término en el desarrollo de la vocación y misión propias.
Por otro lado la formación no se puede reducir al asociacionis-
mo. Hay que reivindicar en la Iglesia el apostolado individual, que
es mayoritario, y que también reclama formación al margen de la
participación asociada. Para la persona cristiana es la comunidad
reunida en torno a la eucaristía del domingo su expresión asociati-
va. Eso es exigencia mínima de fe, otros niveles asociativos no.
Asimismo, son necesarias formaciones diferentes y complemen-
tarias a las de las asociaciones. Normalmente las asociaciones pre-
sentan recorridos formativos homogéneos y básicos y necesitan de
otras ofertas y experiencias que ofrezcan a sus miembros la posibi-
lidad de realizar itinerarios personales diversificados acordes a los
recorridos y carismas de cada cual.
Así que, en conclusión, para la promoción de un laicado más
apostólico y ministerial son precisos planteamientos que como cul-
tura eclesial, no necesariamente en todas y cada una de las perso-
nas, sepan integrar ambas opciones. La apuesta por la formación
de laicos en el CLIM viene planteada en realidad a través de dos
opciones pastorales fundamentales, la formación integral de los
laicos y la promoción de las asociaciones de apostolado seglar. No
se pueden entender separadamente. Han de ir articuladas.
Una última consideración previa, la finalidad del asociacionis-
mo laical no es sólo la formación. A menudo se da esta apreciación
en el discurso eclesial, por la cual, la razón fundamental para el
asociacionismo es la formación de cristianos y cristianas laicos.
Pues bien, en primer lugar y de modo radical el asociacionismo,
como bien dice Pedro Escartín, es expresión de comunión, de la co-
munión que viene de Dios, uno y trino. Y son un medio para la
evangeliz-acción. Separo con un guión esta palabra porque está
compuesta por dos «evangelio» y «acción», y porque hay que su-
brayar esto: el asociacionismo eclesial es un medio de acción en la
Iglesia y en el mundo. La acción educa. Pero la acción obedece a
345
más objetivos que los formativos. Los objetivos principales de la
acción son el testimonio, la transformación evangélica del mundo,
el anuncio misionero y la renovación de la Iglesia. A lo largo de los
años ochenta y noventa buena parte del asociacionismo laical se ha
configurado como un asociacionismo de referencia, vuelto hacia sí,
que ha cumplido una misión de sostén de la fe y de la coherencia
fe-vida de la persona, pero que ha arrinconado o reducido la ac-
ción común, en cuanto tal asociación, en el mundo y en la Iglesia.
Esto se debe a razones complejas que no vamos a analizar aquí.
Pero al menos en este capítulo en el que vamos a hablar de forma-
ción y asociacionismo conjuntamente conviene dejar claro que la
formación es una de las funciones a las que sirve el asociacionismo
laical pero no es la única. Sin olvidar que hemos hablado ya, en el
capítulo de este libro dedicado a la presencia pública, sobre el aso-
ciacionismo de acción y sobre la necesidad de impulsar una pre-
sencia pública, en cuanto tal, de las asociaciones de referencia y
formación
Por todo lo dicho es pertinente recordar la reflexión sobre el pa-
pel de las asociaciones laicales en España que citan P. González
Blasco y J. González-Anleo en el informe Religión y Sociedad en la
España de los 90390. Para estos autores las funciones que ejercen son:
a) de mediación: «sirven de canal de comunicación entre la
Iglesia y los fieles y de aclaración de las exigencias mutuas
y de las finalidades últimas de la Iglesia, con modulaciones
procedentes de la base»,
b) de integración social e identificación: «compensan la debili-
dad de los vínculos primarios, típica de las sociedades se-
riales y de las grandes organizaciones; posibilitan relacio-
nes humanas y más creativas, y permiten dar sentido y fi-
nalidad a la vida, vacunando a los participantes contra la
anomía religiosa»,
c) de comprensión de la Iglesia: «/a su través/ los creyentes
se comprometen en tareas creativas y, por medio de su par-
ticipación en la misión de la Iglesia, adquieren una com-
prensión más exacta y dinámica de la organización y del
funcionamiento de la misma Iglesia. De esa forma y por es-
tos medios se favorece la interacción dentro de la misma
Iglesia, la cohesión social, etc.»,
390
Cf. P. GONZÁLEZ BLASCO/J. GONZÁLEZ ANLEO: Religión y Sociedad en la España de
los 90, Madrid, 1992, pp. 102-104.
346
d) de sensibilización a las exigencias eclesiales: «actúan tam-
bién como un mecanismo de sensibilización de los creyen-
tes a las exigencias y a las necesidades generales de la Igle-
sia. La condición fundamental es que tales grupos y asocia-
ciones favorezcan el universalismo de la Iglesia y no dege-
neren en capillismos o sectarismos»,
e) de participación en el poder: «permiten a los creyentes in-
fluir de una manera más eficaz en la cúpula eclesiástica.
Esta situación es frecuente, sobre todo si existe un grado
considerable de desconfianza en el sistema eclesial por par-
te del pueblo católico»,
f) de cambio en la Iglesia: «sacan a la luz y hacen que la Igle-
sia acepte en ocasiones como suyas muchas iniciativas, tareas
y actividades originadas en esos grupos que, debido a la
mayor libertad reinante en su seno, alcanzan mejor sus ob-
jetivos sin la rémora de la burocracia eclesiástica. Además,
dada la viveza e inmediatez de las relaciones informales tí-
picas de los grupos, la participación emocional en ellos sue-
le ser alta, lo que ayuda muchas veces a encontrar solucio-
nes a los problemas de la misma Iglesia».
347
otros movimientos más populares como la Acción Católica
—en sus diversas ramas—, las congregaciones marianas, o
las asociaciones de estudiantes católicos o de antiguos
alumnos de centros educativos confesionales».
4. LAICADO Y PARROQUIA.
LA NECESIDAD DEL APOSTOLADO SEGLAR ASOCIADO
391
Congreso Parroquia Evangelizadora, Edice, Madrid, 1989, pp. 67-68.
348
grega personas de buena fe y voluntad, desde la libertad, mantie-
ne capacidad de convocatoria y de iniciación a la fe de niños, ado-
lescentes, jóvenes y adultos, es Iglesia del pueblo, es una realidad
humana estable, está siendo garantía de universalidad y publici-
dad de lo cristiano392... Pero no llega a formar cristianos con una fe
vocacionalmente vivida, testigos de la fe en sus ámbitos de vida,
estudio y trabajo, familia, convivencia social, ni acaba de proyectar
una presencia misionera y transformadora en los pueblos, ciuda-
des y barrios en que se ubica.
Detengámonos en algunos rasgos de la situación de las parro-
quias.
a) Sigue habiendo un trabajo de iniciación cristiana realizado
por laicos, sobre todo laicas, a través de la catequesis y de la
iniciación cristiana de jóvenes, que llega a muchos niños y
adolescentes, pero que tiene muchas dificultades para edu-
car en un cristianismo vocacionalmente vivido.
b) Existe una franja juvenil, fruto de la acción pastoral con
edades anteriores, caracterizada por: una existencia preca-
ria que se desvanece a medida que se acerca la vida adulta,
la búsqueda «a salto de mata» de métodos de formación, la
falta de acompañamiento de adultos, la orientación prefe-
rentemente intraeclesial de su compromiso cristiano, la es-
casa conciencia socio-política, bajo tono misionero, el divor-
cio entre fe y vida juvenil, la configuración de microgrupos
comunitarios con dificultades de inserción eclesial con la
comunidad adulta y a niveles supraparroquiales y la mino-
ritaria presencia militante en barrios y pueblos.
c) Hay adultos con una fe identificada, en edad de crianza de
hijos, en los que la mujer trabaja. Es un pequeño grupo, a
veces de personas aisladas, donde hay matrimonios cristia-
nos y cristianos en la familia, cuya fe no es compartida por
su pareja. Tienen escaso tiempo disponible para la vida pa-
rroquial pues su vida está sobrecargada por las responsabi-
lidades familiares y laborales. Es frecuente su pequeño
compromiso con acciones o con organizaciones de volunta-
riado y de cooperación internacional, de derechos huma-
nos, de trabajo por la paz. A menudo la vida de estos va
por un lado y la vida de la parroquia por otro. La eucaris-
392
Cf. Lorenzo TRUJILLO y otros: «Parroquia, comunidad y misión», en Congreso Pa-
rroquia Evangelizadora, o.c., pp. 111-115.
349
tía, si reconocer y acoge a los niños es un motivo de unión
familiar y ocasión de transmisión de la fe. Si no es motivo
de distorsión de la vida familiar.
d) Hay una significativa presencia de adultos de más de 60
años. Son responsables de la liturgia, la economía, Cáritas
y otras iniciativas sociales, participan en los Consejos Pas-
torales, allá donde existen. En algunos casos forman gru-
pos de encuentro, de formación y referencia cristiana. Son
los que hoy componen el tejido eclesial activo de la mayo-
ría de las parroquias. Se sienten más colaboradores del
cura que corresponsables. Son mayoritariamente mujeres.
Muchas han dado mucho a la Iglesia y dan señales de can-
sancio. Quienes han desarrollado un compromiso político
lo viven de modo totalmente privatizado en el interior de
la Iglesia.
e) La escasa presencia de ambiente de los cristianos en los ba-
rrios y pueblos donde están ubicadas las parroquias. La
cual se hace básicamente por la misma existencia física de
los templos, los sacramentos, otros actos litúrgicos, princi-
palmente funerales y la figura del cura. Una labor inexis-
tente o insuficiente para el acompañamiento de una presen-
cia militante significativa en los ámbitos de vida, como la
familia, el estudio, en el caso de jóvenes y el trabajo, en el
caso de adultos.
f) La profunda dificultad para superar una pastoral de mante-
nimiento, que no es sino un subproducto de la pastoral de
cristiandad; y, además, la insuficiencia numérica grave de
presbíteros siquiera para este servicio de mantenimiento a
las comunidades parroquiales, el cual no disminuye corre-
lativamente.
g) La sobrecarga de tareas de todo tipo sobre el grupo minori-
tario de los presbíteros que están realizando de hecho una
pastoral educativa, evangelizadora y misionera, y el senti-
miento de impotencia para acompañar como sería necesa-
rio a los grupos y las diferentes actividades que existen en
sus parroquias o arciprestazgos.
Seguro que hay parroquias con mejor y con peor pulso evange-
lizador respecto al tipo que he descrito. Sirva sólo como indicativo.
No obstante creo que la media sí se puede caracterizar así.
Esta situación, desde el punto de vista de la formación de laicos
y laicas con una fe vocacionalmente vivida, es francamente preo-
350
cupante. La mayoría de las parroquias tienen bloqueadas sus posi-
bilidades de formación para un cristianismo apostólico y ministe-
rial a la altura de la misión hoy.
Pero no todas las asociaciones laicales responden igualmente a
las funciones de que hemos hablado, ni a las necesidades genera-
les de revitalizar la misión evangelizadora de las parroquias. De
hecho, hay movimientos y comunidades eclesiales que se constitu-
yen en alternativa a la comunidad parroquial, seleccionan y sacan
de la comunidad a sus personas más valiosas empobreciendo la
vida y la misión de la parroquia, sectarizan u orientan centrípeta-
mente el compromiso de sus miembros.
Es preciso promocionar, en consonancia con el CLIM, un aso-
ciacionismo laical en el marco de las parroquias con estas caracte-
rísticas:
351
e) aquél que asume como propia, sin necesidad de carismas
específicos, la misión evangelizadora de la parroquia (o ar-
ciprestazgos) en la demarcación territorial que ésta tenga
encomendado —barrios, pueblos…— convirtiéndose en ese
factor de dinamización eclesial que necesitan para superar
la situación de estancamiento evangelizador en que se en-
cuentran,
f) y, aquel asociacionismo que supere el nivel de organización
supraparroquial, por lo menos a un nivel diocesano, de tal
forma que más allá de la presencia de líderes carismáticos
individuales, sean curas, religiosos o laicos, este tejido pue-
da ser un sostén estable y un alimento permanente de los
grupos que a él se vinculen o con él se crean.
393
Es propuesta por el CLIM de forma explícita como una línea de acción: «Pro-
mover e impulsar la acción católica, en su doble vertiente: general y especializada» y
la desglosa a lo largo de cinco números (del 124 al 128). Justifica tal prioridad explíci-
ta apelando en primer lugar a los documentos del Concilio Vaticano II (AA 2O) y a la
Christifideles laici (n. 31).
352
5. LA ACCIÓN CATÓLICA: FORMA HABITUAL DE ASOCIACIÓN
DE LAICOS DE LA DIÓCESIS
394
CEAS, La Acción Católica Española hoy, Edice, Madrid, 1990, p. 34.
395
L' Osservatore Romano, 5-7-2004. Suplemento dominical.
353
Hay que reconocer a la Acción Católica en España el camino
realizado tras la profunda crisis (1966-1972). Aquélla fue desatada
por el cese de varios consiliarios y por las dimisiones reactivas de
varios presidentes. La jerarquía actuó cautiva del régimen que no
toleraba el activo papel en favor de la democracia que, sobre todo,
los movimientos especializados estaban desempeñando con cre-
ciente influjo apostólico y social en el periodo 1955-1965. Había sin
duda más factores en juego, una recepción del Vaticano II que po-
larizó las tensiones, infiltración de la oposición al franquismo en
los movimientos en un régimen que recortaba las libertades de
asociación, tendencias secularizantes que provocan crisis de identi-
dad cristiana, separación y también tensión entre movimientos y
diócesis, desconfianza entre la jerarquía y los dirigentes de movi-
mientos, entre unos y otros movimientos, etc. Todos ellos los ana-
liza el arzobispo Elías Yanes con acierto y equilibrio396, pero sin el
contexto político, las cuestiones, probablemente, se hubieran podi-
do conducir de otra manera397.
Los propios obispos han impulsado este proceso de reconstruc-
ción a partir de la crisis. Han sido hitos de éste las «Orientaciones
sobre el Apostolado Seglar» de 1972 que renuevan la confianza en
la Acción Católica tras la crisis, y las conversaciones ente Obispos
de la CEAS y Movimientos del periodo 1986-1990 que llevan a una
interesante relectura de las cuatro notas recogidas en el documen-
to Mirando al futuro (1990) que se presenta en la L Asamblea plena-
ria (abril de 1989). Este proceso concluye con la aprobación de las
Bases Generales y los nuevos Estatutos de la Federación de Movi-
mientos de Acción Católica (1993) en elaboración desde 1978, y,
particularmente, con la aprobación del proyecto del Movimiento
de Jóvenes de Acción Católica (1996)398. Entre medio la aprobación
del Cristianos Laicos, Iglesia en el Mundo (1991) supone un espalda-
razo definitivo de los obispos a la Acción Católica, general y espe-
cializada.
En la primera etapa de esta reconstrucción, hasta 1983, es meri-
torio el proceso que laicos y sacerdotes de los propios movimien-
tos conducen, con diferentes ritmos, el último la JOC, en orden a
clarificar y asentar la identidad cristiana, eclesial y evangelizadora
de los mismos. En la segunda etapa, desde 1983 hasta 1990 es des-
396
Elías YANES: La Acción Católica, un don del Espíritu, Federación de Movimientos
de Acción Católica, Madrid, 2000.
397
Pedro ESCARTÍN: Historia de la Acción Católica, Presencia Joven Separata nº 6,
JAC, Madrid, 1992.
398
CEAS, Movimiento de Jóvenes de Acción Católica, Edice, Madrid, 1996.
354
tacable el clima de encuentro y diálogo entre los movimientos y
con los obispos, en orden a clarificar el papel de la AC en España
y a sentar las bases del futuro. En la tercera etapa, a partir de 1990,
es digno de mención:
— la voluntad de los movimientos de AC de disponerse a las
diócesis y parroquias,
— la constitución de una Federación de Movimientos de AC, y
el fortalecimiento de la Secretaría y la Viceconsiliaría de la
misma,
— la creación del Consejo General de Movimientos de A.C.
como órgano de comunión e impulsor de iniciativas comu-
nes,
— la celebración anual desde 1994 de los Encuentros Generales
de Apostolado Seglar,
— la creación en cada diócesis del Consejo Diocesano de Ac-
ción Católica integrado por los diferentes movimientos,
— la reconfiguración del antiguo Mujeres de Acción Católica
con grupos de Hombres de A.C. en ACGA (Acción Católica
General de Adultos),
— la refundación de los Jóvenes de Acción Católica con el Mo-
vimiento de Jóvenes de Andalucía, después con Geideak-
Movimiento Diocesano de Juventud (Bilbao) y con los GPJ
(Grupos Parroquiales de Jóvenes) de algunas diócesis, en lo
que es MJAC (Movimiento de Jóvenes de Acción Católica),
como general,
— la reflexión y decisión del Junior de configurarse como mo-
vimiento general al servicio de las parroquias,
— la reflexion sobre la Formación en la Acción Católica (2000).
— la incorporación de «Frater» como movimiento de discapaci-
tados y enfermos de A.C. (el reconocimiento oficial data de
2001),
— la creación del Movimiento de Profesionales de Acción Ca-
tólica.
355
ca, es la forma habitual de asociación de los laicos de la diócesis y
otra es la vivencia real que agentes de pastoral, sacerdotes, perso-
nas laicas y responsables diocesanos tienen de la concepción a me-
nudo patrimonialista de este bien de la Iglesia entera que es la AC,
por parte de no pocos consiliarios, militantes y movimientos. Aquí
está la base de una cierta marginación en la que realmente vive a
pesar de su identidad. Hay que abrir más la AC para ponerla en
manos del sujeto eclesial realmente existente. En el fondo hay que
disponerse a negociar la identidad histórica adquirida. Tras la difi-
cultad a abrirse hay un celo por custodiar el cofre de la identidad.
Pues bien, hay que abrirla y colocar su identidad histórica como
fermento en la vida de las diócesis de modo que los laicos y agen-
tes de pastoral puedan, desde la tradición de la AC y desde su ex-
periencia y visión, contribuir a una nueva recreación de tal identi-
dad. Lo dice Atilano Rodríguez el Obispo Consiliario de la Acción
Católica: «es necesario superar el miedo a perder identidad y lu-
char contra la inercia que impide la integración en la Iglesia comu-
nión. Esto supone aceptar la realidad parroquial y diocesana tal
como es, para que, con la colaboración consciente de los miembros
de los movimientos apostólicos, llegue a ser lo que Dios espera de
ella»399. En este sentido puede ser una buena iniciativa el Proyecto
Itinerario de formación cristiana para laicos adultos que se está
preparando, desde el año 2000, al servicio no sólo de la formación
básica de los militantes de la rama general, sino también abierta a
todos los laicos adultos que necesiten esta formación en las parro-
quias. Es buena señal de lo que digo que este Itinerario de Forma-
ción Cristiana se titule «formación cristiana para laicos adultos», y
que diga que es una pretensión clave del proyecto «incorporar la
formación catequética a la formación militante»400. Es un buen in-
dicador de una reconstrucción de la identidad de la AC, en este
caso de la general, sobre la base de las mejores tradiciones existen-
tes en las Iglesias locales. Este reto no se juega sólo en la convic-
ción de los obispos o de los gobiernos diocesanos. A menudo ésta
es notablemente insuficiente. Hay cosas como ésta que no se im-
ponen por la voluntad venida de arriba. Hay que convencer en ho-
rizontal, al tejido eclesial. También lo expresa con claridad el obis-
399
Atilano RODRÍGUEZ: «La parroquia y la Acción Católica», en AA.VV., Parroquia
misionera y Acción Católica. IX Encuentro de Apostolado Seglar. El Escorial 22-23 de abril
de 2003, Federación de Movimientos de Acción Católica, Madrid, 2003, p. 107.
400
ACE: Ser cristianos en le corazón del mundo. Proyecto-Itinerario de Formación Cris-
tiana para laicos adultos, Madrid, febrero de 2004, p. 18. Material ciclostilado.
356
po Atilano Rodríguez: «La AC tiene que ganarse la confianza y el
reconocimiento de los restantes miembros de la comunidad cristia-
na»401. Sólo así se puede salir de una cierta marginación que en no
pocas diócesis vive la AC. Y debe asumir hasta las últimas conse-
cuencias que «no tiene otro plan pastoral que el mismo de la Igle-
sia en cada una de sus diócesis»402 como bien afirma Alfonso Fer-
nández Casamayor.
El segundo. Una presencia significativa en la sociedad. Hoy los mo-
vimientos de AC, tanto por separado como en conjunto, salvando
alguna experiencia, carecen de una significación pública en la so-
ciedad. Esto afecta a muchas organizaciones de Iglesia, pero no a
todas. Hay dos ejemplos como el de Cáritas o el de la Comunidad
de San Egidio que sí traspasan los filtros de los medios para pro-
yectarse a través de ellos en la sociedad. No es pues una tarea im-
posible. Cuáles pueden ser las claves. Su aportación conecta con
valores significativos para la sociedad: solidaridad, paz, diálogo,
derechos humanos... Desarrollan obras, programas y actividades
útiles, objetivas, visibles, en cuanto tal organización... Implican a
las instituciones públicas... Se basan en redes informales de amis-
tad bien cuidadas.... Asocian a sí a la institución eclesial... Tienen
políticas de comunicación sistemáticas... La AC necesita plantearse
a fondo que la evangelización requiere presencia pública y que
ésta no se puede basar en manifiestos esporádicos firmados por to-
dos los movimientos. Es preciso algún tipo de acción colectiva des-
tinada a proyectar presencia pública. La AC italiana, por ejemplo,
tiene una peregrinación anual a Loreto que constituye un aconteci-
miento con repercusión pública. En la edición de 2004 se beatifican
dos laicos italianos y un sacerdote catalán de la AC403. La Comuni-
dad de San Egidio organiza desde 1986 en los primeros días de se-
tiembre el Encuentro Internacional por el diálogo y la paz entre las
religiones. Un encuentro de este tipo con ponencias, testimonios,
personas significativas de la vida pública y de la Iglesia, de otras
confesiones cristianas, de miembros de AC de otros países puede
ser toda una experiencia no sólo de presencia pública, en torno a
401
Atilano RODRÍGUEZ: «La parroquia y la Acción Católica», en AA.VV.: Parroquia
misionera y Acción Católica. IX Encuentro de Apostolado Seglar. El Escorial 22-23 de abril
de 2003, Federación de Movimientos de Acción Católica, Madrid, 2003, p. 107.
402
Alfonso FERNÁNDEZ CASAMAYOR: «Bases eclesiológicas de la Acción Católica»,
en CEAS: Sacerdocio actual y Acción Católica, Edice, Madrid, 1996, p. 73.
403
Peregrinación a Loreto de la ACI, 5 de septiembre de 2004. Juan Pablo II beati-
fica a la mujer italiana Pina Suriano; al joven ingeniero y político italiano, Alberto
Marvelli; y al sacerdote español, Pere Tarrés i Claret.
357
alguna cuestión social capital, sino también de pertenencia y con-
vocatoria eclesial, una oportunidad de participación, así como una
ocasión de comunión eclesial entre movimientos y con obispos.
Otro medio indispensable es Internet a través del cual los movi-
mientos de AC pueden y deben estar presentes en los debates de la
sociedad española aportando criterios y reflexiones desde una
perspectiva cristiana. Por supuesto, en las diversas lenguas oficia-
les del Estado español. Estas propuestas permiten un avance como
AC en su conjunto.
En tercer lugar, superar el reparto de territorios, en expresión de
Pedro Escartín404. La primera teología del laicado tuvo como acier-
to dar una identidad y una misión al cristiano a secas. Pero a pe-
sar de ello seguía siendo deudora de una esquema de contraposi-
ción entre ministerio pastoral y laicado, que en la práctica impli-
caba un reparto de territorios: los curas a la iglesia, los laicos al
mundo. O mas matizado, los curas a la pastoral, los laicos al com-
promiso secular. Como he puesto de manifiesto en los capítulos 6
y 9 de este libro este esquema ha hecho crisis, porque la seculari-
dad también es cosa de los curas y porque la ministerialidad tam-
bién es cosa de los laicos. Pues bien, aquella teología del laicado
todavía condiciona en exceso la mentalidad de la AC, no en vano
fue la pionera de esta concepción y práctica en las décadas ante-
riores al Concilio Vaticano II. Hoy la AC debe considerar tan pro-
pio el compromiso de sus militantes en la parroquia en orden a la
iniciación de jóvenes, como el ejercicio de una responsabilidad
sindical. ¿Acaso no es tan mundo el joven adolescente que llega a
una parroquia como el sindicato? ¿Acaso no es tan eclesial el com-
promiso de testificar la Iglesia en el sindicato como el del monitor
de jóvenes? Otra cosa es que este compromiso se escorara dema-
siado hacia el interior del espacio parroquial. Pero no es éste el
riesgo. Es frecuente ver en el ambiente de movimientos de AC que
son los curas los atentos a las cuestiones de Iglesia, a la presencia
e incidencia de la AC en el interior de la Iglesia, mientras los mili-
tantes viven esto con lejanía, como asunto de los curas. En este or-
den de cosas la AC, debe considerar prioritario la aportación de
laicos y laicas para el ejercicio de ministerios laicales en la Iglesia.
Primero es coherente con la vocación laical. Segundo, es muy bue-
no para una ministerialidad laical atenta a la secularidad, que hay
laicos que han forjado desde ahí su identidad. Tercero, la Iglesia lo
404
Pedro ESCARTÍN: ¡Un laico como tú en una Iglesia como ésta!, BAC, Madrid, 1997,
pp. 87 y ss.
358
necesita. Cuarto, es una posición clave para hacer realidad la AC
como forma habitual de la asociación de laicos en la diócesis. El
Proyecto de Actuación de la Acción Católica a fecha de 2003, es
consciente de esta realidad y de este desafío. Por ello recuerda ci-
tando el CLIM que «la participación de los laicos en la vida de la
comunidad eclesial y su acción evangelizadora en la sociedad ci-
vil no son responsabilidades paralelas y acciones separables y
contrapuestas»405.
En cuarto lugar y último. El desafío del cambio cultural leído desde
la fe. Hoy se están produciendo una serie de transformaciones cul-
turales que afectan a nuestra manera de ver la realidad, a nuestros
estilos de vida, a la forma de ser cristiano y de ser Iglesia. A lo lar-
go del libro se han apuntado algunas de estos. Pues bien entre
ellos hay tres que suponen una seria interpelación al paradigma
moderno en que se ha inculturado la AC en el siglo XX, esto son:
la religiosidad existencial, la religiosidad doméstica y la religión
multicultural. Brevemente. La religiosidad existencial llama a la
AC a intensificar la espiritualidad; el cultivo de los retiros y ejer-
cicios espirituales; a renovar el sentido litúrgico, más vivo y entu-
siasta; a valorar los encuentros de identificación y afirmación pú-
blica; a ser menos discursiva y más simbólica; a ser menos mora-
lista y más espiritual; menos prometeica y más abandonada a la
gracia. La religión doméstica llama a la AC a centrar su eclesiali-
dad no en la organización, sino en los lazos de afecto y los tejidos
relacionales; a la primacía de las prácticas de comunión y solida-
ridad vivida; a la organización en términos de horizontalidad, de
redes, más que en términos verticales, con mucho papel de ida y
de vuelta; a poner el corazón de la AC en la Iglesia local. La reli-
gión multicultural llama a la AC a integrar en sí en calidad de su-
jetos la realidad multicultural y global en varias direcciones, por
un lado a buscar la participación de inmigrantes como sujetos de
fe y miembro de AC, en segundo lugar a vivir en no sólo en las
cúpulas, sino en el tejido relacional de sus miembros la realidad
del mundo mundial, y en tercer lugar a vivir con protagonismo en
las redes religiosas, eclesiales y sociales que se están configurando
a nivel mundial.
Todavía hay algunos otros desafíos que la AC está acometiendo,
cómo ser una y diversa AC, a través de un proyecto apostólico de
405
ACE: Proyecto de Actuación de la Acción Católica. Borrador, Madrid, septiembre
de 2003, p. 25.
359
la AC en la Iglesia y en la Sociedad. Son los pasos lógicos para una
maduración del proyecto tras la reestructuración y reorganización
realizadas en el periodo 1990-2000.
360
La reflexión que a continuación presento nace de una expe-
riencia particular, la de la formación del laicado en la diócesis
de Bilbao que desarrolla su Instituto Diocesano de Teología y
Pastoral. Las opciones que se plantean se concretan en un pro-
yecto resultado de un esfuerzo diocesano que arranca en el cur-
so 1991-92 bajo la dirección de Jesús Martínez Gordo y que ve-
nía siendo demandado por la Asamblea Diocesana (1984-1987).
Hoy es una realidad consolidada que con modestia se puede
ofrecer406.
Los destinatarios de esta formación son laicos y laicas necesita-
dos de una formación teológico-pastoral que pretenden una capa-
citación para el ejercicio de su misión apostólica, bien desde la li-
bre Iniciativa bautismal o desde un Envío eclesial, esto es, por en-
cargo y en nombre de la comunidad cristiana.
406
DIÓCESIS DE BILBAO: Proyecto y Oferta de Formación del Laicado -Laikoen Heziketara-
ko Egitasmoa eta Ezkeintza SDFL-LHEZ, Col. Gogaide 7, IDTP, 2001.
361
Formación aquí y ahora desde los pobres
La vida cristiana se inscribe en un contexto cultural, político, eco-
nómico en el que brotan las preguntas de la fe y en el que adquiere
significado la salvación cristiana. La globalización, el abismo de la
desigualdad Norte/Sur, la exclusión social, las identidades cultura-
les, el desarrollo exponencial de la tecnociencia, la transformación
de lo religioso, la religiosidad difusa, la revolución silenciosa de la
mujer, las perspectivas de género, la violencia, el diálogo interreli-
gioso... son realidades que no pueden quedar al margen de la refle-
xión teológica. Es decisivo incorporar la realidad tanto social como
eclesial al proceso de reflexión teológica. Y no de manera periférica
sino vertebral. La sociología ha concluido que el conocimiento tiene
un lugar social y un interés. Los pobres y las víctimas, sin paterna-
lismos, son el criterio de autenticidad de una mirada evangélica a la
realidad. La misericordia y la práctica de la justicia son vía de cono-
cimiento de Dios. Así lo dice la Primera carta de Juan: «Quien no
ama no ha conocido a Dios ya que Dios es amor» (1 Jn. 4, 8).
362
Dimensión eclesial de la formación
363
de un responsable de Pastoral penitenciaria o de un animador de
la Celebración dominical en ausencia de presbítero. En estos casos
es un Envío eclesial el que autoriza y capacita para el ejercicio de
tal compromiso. Este exige un discernimiento eclesial y una for-
mación.
Uno y otro tipo de apostolado son objetivo de la formación del
laicado. No pocas especialidades deben dirigirse a una formación
que en último término requiere un Envío eclesial. Es más, la dióce-
sis ha de ir regularizando que determinadas responsabilidades
pastorales no pueden ser asumidas si no se ha dado la formación
teológico-pastoral requerida. Es el caso de los educadores en la fe
o de los laicos con nombramiento episcopal. No será suficiente esta
formación, pero sí es condición necesaria. Ahora bien, el Envío
eclesial no es el resultante automático de la conclusión del proceso
de formación. Este Envío es tarea de la comunidad cristiana, de sus
órganos de corresponsabilidad y de sus responsables pastorales. El
Envío se confiere en el marco de una Celebración litúrgica en la
que se presenta públicamente la persona o personas que le van a
recibir.
364
de compromiso: Mediaciones seculares, Norte/Sur, Caridad y Jus-
ticia, Pastoral de la Salud, Catequesis, Pastoral de Juventud, Pasto-
ral familiar, Liturgia…
Formación teológica desde una pedagogía activa y eficiente.
Hay que poner a la persona ante libros y autores, ante la tarea de
una reflexión propia. Basta ya de apuntes y charlas, basados en la
pasividad del educando. Es necesaria una formación en marcos de
aprendizaje grupal, con pedagogías participativas. Una formación
así, que ha de servir, como dice el informe Delors, para «aprender a
aprender» continuamente, a formar criterios de pensamiento, mar-
cos de referencia, hábitos de reflexión, destrezas, capacidad de se-
lección y de búsqueda de la información... y conversión cristiana.
409
Programa y método: Dura tres cursos, con una sesión de trabajo semanal de
dos horas basada en la reflexión grupal a partir del trabajo personal. Lo que supone
180 horas, es decir 18 créditos. Requiere un trabajo de preparación que supone la lec-
tura de un libro —tema a tema— y la respuesta a un cuestionario. No hay clases ma-
gisteriales. Los grupos son pequeños —de 8 a 12 personas—, con un Acompañante,
que guía el proceso de formación. Los grupos se organizan por sectores y vicarías. El
programa se ordena en conformidad con este lema: «En este País, el cristiano sigue a
Jesús, en comunión con la Iglesia local, con un Compromiso personal preferente». Tie-
ne dos partes: el Diseño Común (2 años) y la Especialidad (1 año) que se distribuyen
como sigue. El Diseño Común. Comienza con un Bloque Introductorio que ayuda a
centrar el sentido de la formación en la perspectiva de una realización de la Vocación
laical. Prosigue con el esquema anteriormente citado: «En este País, el cristiano sigue a
Jesús, en comunión con la Iglesia local, con un Compromiso personal preferente». «En
este País». Análisis de la realidad social, política, económica y cultural de la que parten nues-
tras preguntas. 2. Historia reciente del País Vasco y de la Iglesia. «El Cristiano sigue a Jesús».
3. La Biblia. Palabra de Dios en palabras humanas 4. Cristología. ¿Quién es Jesús, el Cristo, a
365
ejercicio de cualesquiera responsabilidad con envío eclesial,
incluida en asociaciones y movimientos. Es organizada por
el servicio diocesano. Se precisa un discernimiento eclesial
previo para participar en este tipo de formación. Se desarro-
lla de modo descentralizado en los territorios (arciprestaz-
gos y vicarías). Es un nivel de formación sólo conferido por
algún movimiento, en cuyo caso se reconoce o si es el caso
se complementa, previo discernimiento específico. Contem-
pla la Especialidad, esto es, la formación específica en fun-
ción del compromiso personal preferente que la persona
haya adquirido o vaya a adquirir. Han de diferenciarse los
objetivos y métodos según edad410.
— Nivel de Profundización. Es un nivel de formación teológica
sistemática de rango universitario. Hay varias modalidades.
La de 100 créditos, el «Sakontzen» —Curso de Agentes lai-
cales de evangelización411. Es exigida para el ejercicio de res-
ponsabilidades pastorales con nombramiento episcopal y
aconsejable para responsabilidades de carácter interparro-
quial. Contempla la Especialidad, la cual se desarrolla a tra-
vés de materias optativas, que al menos ocupan 13,5 crédi-
tos. Las universitarias. Diplomatura de Ciencias Religiosas
quien seguimos? «En comunión con la Iglesia local». 5. Eclesiología. La Iglesia de Jesús. «Con
un compromiso personal preferente». Es la especialidad, entre las que se pueden elegir: Li-
turgia, Catequesis infantil y de adultos, Pastoral de Juventud, Pastoral de la Salud,
Pastoral Familiar, Caridad y Justicia, para el compromiso en Cáritas, Nor-
te/Sur, Pastoral Penitenciaria, Educador cristiano para profesorado cristiano y Media-
ciones Seculares, para el compromiso socio-político.
410
Hay dos perfiles: joven (18-23) y adulto (23-….). Perfil adulto: se desarrolla en
diseños de 18 créditos (180 horas). De ellos la especialidad ocupa 6 créditos. Perfil jo-
ven: se desarrolla en diseños de 12 créditos (120 horas). De ellos la especialidad ocupa
8 créditos.
411
Curso primero: «La llamada a la salvación en la realidad humana». Fenomenolo-
gía y Filosofía de la Religión (4,5 cr.); Sociología del Hecho religioso (6 cr.); Introducción a la
Sagrada Escritura (3 cr.); Introducción al Antiguo Testamento (6 cr.); Evangelios y Hechos
(6 cr.). Curso segundo: «La propuesta cristiana de salvación». Teología Fundamental-Re-
velación y Fe (4,5 cr); Cristología (6 cr.); El misterio de Dios trinitario (6 cr); Antropología
teológica (4,5 cr.) e Historia de la Iglesia (6 cr.). Curso tercero: «Los efectos de la salvación»:
Eclesiología (6 cr.); Moral fundamental (6 cr.); Moral Social (6 cr.); El misterio de Dios Trini-
tario (6 cr.). Cada curso han de realizarse dos asignaturas optativas entre las siguien-
tes: Teología Pastoral, Teología del Laicado, Caridad y Justicia, Evangelización y Pa-
rroquia, Pastoral de Juventud, Cristología Bíblica, Cooperación y Desarrollo, Teología
Política, Pastoral Familiar, Cooperación Misionera, Fe y Economía, Signos de los Tiem-
pos, Liturgia y Espiritualidad, Pastoral de la Salud, Pastoral Penitenciaria, Evangeliza-
ción y Cultura, Evangelización en la Enseñanza, Evangelización en el Tiempo libre,
Catequética, Evangelización en el Trabajo.
366
(150 créditos), Licenciatura en Estudios eclesiásticos (280
créditos), Licenciatura y Doctorado en Teología. Deben estar
contempladas las convalidaciones para facilitar el progreso
de un nivel a otro independientemente de que participen di-
ferentes instituciones formativas.
Los destinatarios principales de esta formación son lai-
cos. Específicamente: a) laicos y laicas con nombramiento
episcopal para alguna tarea pastoral que incluye su retri-
bución económica media o completa y que aún carecen de
este nivel formativo; b) laicos y laicas que participan acti-
vamente en la vida de las parroquias y que tras una for-
mación de fase territorial, con un discernimiento eclesial
previo, abierto a la preparación para responsabilidades
ministeriales como voluntariado, se plantean el objetivo
de una formación más profunda; c) laicos y laicas que
participan profesionalmente en obras propias y en servi-
cios centrales de la diócesis en el marco de programas de
formación permanente; d) laicos y laicas cuya presencia
en ámbitos temporales o seculares aconseja una forma-
ción teológica sistemática que, sin necesidad de alcanzar
la globalidad propia de la universidad, sí debe tener el ni-
vel, la sistematicidad, el rigor y la profundidad propias de
dicho ámbito.
367
ción en sus respectivos ámbitos de responsabilidad, a partir de las
necesidades que se detectan. En nombre de sus comunidades enví-
an a la formación y la apoyan económicamente. Se interesan por el
apoyo y el diálogo con la persona en formación a lo largo del pro-
ceso. Intervienen directamente en el proceso de discernimiento so-
bre el lugar de compromiso y en la elaboración del proyecto de in-
tervención evangelizadora. Y realizan una evaluación continua so-
bre la calidad y bondad del proceso de formación.
Es muy importante la coordinación y el encuentro periódicos
entre los Acompañantes y los Responsables pastorales a través de
las mesas territoriales, por vicarías. Ello implica una descentraliza-
ción por la cual el servicio formativo se acerca a la vida de las pa-
rroquias y sectores de la diócesis; se coloca la gestión de la forma-
ción en manos de los responsables pastorales; y hay una mayor ca-
pacidad de captar y de responder de manera diferenciada y ajusta-
da a las necesidades formativas de las diferentes vicarías.
Las funciones de estos órganos son auscultar las necesidades
formativas y realizar la selección de las ofertas, como apoyo a los
Responsables pastorales que son quienes convocan a la formación;
el seguimiento de los procesos formativos, así como la preparación
de las actividades comunes; el apoyo a los Acompañantes y la re-
lación recíproca de estos con los responsables pastorales y final-
mente la dinamización de reflexiones e iniciativas sobre diferentes
aspectos de la formación de laicos en la vida diocesana.
Son presididas por los Vicarios territoriales y animadas por una
Responsable de la Delegación diocesana de Formación.
El papel de los servicios y departamentos pastorales de Curia se
sitúa en relación a las diferentes especialidades pastorales. La cola-
boración se establece así: elaboración, contraste y evaluación de los
materiales de la especialidad. Criterios y consulta sobre elección de
acompañantes de especialidad. Durante el desarrollo de la especia-
lidad: presentación de la especialidad a los acompañantes antes y
durante el desarrollo de la misma, presencias en los grupos, orien-
tación del Proyecto de Intervención Evangelizadora y seguimiento
puesta en marcha. Informe de SDFL a los Departamentos al térmi-
no de las especialidades.
368
dad on-line para el acceso a la Diplomatura de Ciencias Religiosas.
En España la única experiencia en esta modalidad de estudios es la
que promueve el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Bar-
celona (ISCREB), patrocinado por la Facultad de Teología de Cata-
luña (FTC). Desarrolla esta experiencia en colaboración con los Ins-
titutos Superiores de Ciencias Religiosas de Girona, Lleida, Tarra-
gona y Vic. Y también en convenio con la Escuela de Agentes de
Pastoral de Solsona y con el Obispado de Menorca. El director es
Antoni Matabosch Soler y la responsable pedagógica del Iscreb
Virtual es M. Claustre Solé Auguets.
Esta experiencia comienza en el curso 2001-2002 y ya desarrolla
todas las asignaturas en castellano y catalán. Desde el 2 de julio de
2003 ha obtenido el permiso de la Congregación para la Educación
Católica para impartir los estudios de Ciencias Religiosas de forma
mixta, alternando la enseñanza virtual con la presencial. El apren-
dizaje por internet no excluye algunas reuniones presenciales,
pues como dice su página web, la finalidad de los Institutos Supe-
riores es «formar personas de forma global y no solamente de in-
formar o dar conocimientos». Han creado un campo virtual que
posibilita una verdadera interacción entre alumno-profesor, alum-
no-centro y alumno-compañeros. Busca «lograr que el estudiante
experimente, con el debido soporte tecnológico, la sensación de
formar parte de una verdadera comunidad educativa, se encuentre
donde se encuentre, una comunidad vertebrada alrededor de los
ejes de cualquier campus universitario: docencia, investigación y
atención personal». La accesibilidad al profesor y el trabajo en
equipo con compañeros, así como la consulta de documenación
son posibles a través de internet. El papel del profesor en este con-
texto virtual «está pasando de ser un orador del aula al de un ins-
tructor y acompañante de un grupo de personas que se implican
en aquello que estudian. Esto favorece no sólo a la adaptación del
temario al ritmo y a las posibilidades de cada alumno, sino que fa-
cilita también la interacción entre los distintos estudiantes».
Hay un tipo de laicos y laicas adultos, con edades entorno a los
40-45 años, que en el ejercicio de sus responsabilidades profesiona-
les y familiares carece de tiempo para acudir a sistemas presencia-
les poco eficaces y con enormes costes de tiempo en desplaza-
mientos. Son laicos que tienen normalmente una formación uni-
versitaria anterior y por tanto con habilidades de trabajo cultural.
También tienen familiaridad con las nuevas tecnologías. Es un des-
tinatario potencial muy importante que a menudo está alejado de
los tejidos asociativos de la Iglesia.
369
7. VOCACIONES PARA LA ACCIÓN PÚBLICA,
ACOMPAÑAMIENTO Y FORMACIÓN
370
compromiso es un quehacer eclesial (n. 175). Si el compromiso en
la vida pública es un quehacer eclesial. Necesitamos una cultura
eclesial que no de modo marginal, sino central sea alentadora de la
acción política.
Es preciso pues un clima eclesial que ayude a superar la priva-
tización a la que hoy se somete el quehacer político. Este concierne
a toda la comunidad, es un quehacer que pertenece a la misión
evangelizadora. Sin embargo a menudo este apoyo general no es
suficiente, por lo que es preciso «una formación y un acompaña-
miento más especializados» (nn. 184). Los Católicos en la Vida Públi-
ca dice que estos cristianos y cristianas tienen «necesidad y dere-
cho de ser ayudados y acompañados por la misma Iglesia que urge
su compromiso» (n. 173). Así cita entre estos apoyos suplementa-
rios las comunidades y movimientos apostólicos (n. 185), asocia-
ciones a iniciativa del cristiano laico (n. 187), cursos de formación
básica en Doctrina Social y Teología (n. 188), sacerdotes prepara-
dos (n. 190), instituciones... «donde los cristianos adultos y jóvenes
puedan descubrir la nobleza de la vocación política y las exigen-
cias cristianas de su ejercicio» (n. 170).
Hay experiencias ejemplares del papel de los movimientos y co-
munidades en la promoción de cristianos para la vida pública. Es
el caso de la HOAC. Tanto en el repaso a la historia de este siglo
como en el capítulo que hemos dedicado a las nuevas energías de
santidad y participación, como en el dedicado a la presencia de los
cristianos en los diferentes partidos, nos encontramos con una
ecuación: la doble militancia en una asociación y en un partido. El
papel de los movimientos apostólicos y asociaciones diferentes ha
sido y es esencial en orden a la formación y el acompañamiento de
cristianos para la vida pública. Ésta es una línea que hay que se-
guir promoviendo.
Normalmente en estas experiencias se dan una serie de proce-
sos esenciales para el descubrimiento y la maduración de una vo-
cación laical para la acción política:
371
nes en ámbitos de exclusión, solidaridad, paz y derechos
humanos, etc., es una de las mejores escuelas para este obje-
tivo. Mejor esto que las juventudes varias de los partidos
políticos,
— una visión lúcida de las raíces estructurales de los proble-
mas y de las responsabilidades políticas, más allá de mora-
lismos vagos. El cristiano debe aceptar las mediaciones y
tomar en serio las contradicciones provisionalmente insolu-
bles, las resistencias y las necesidades técnicas, «las servi-
dumbres de la carne»412. A menudo los cristianos tanto des-
de la derecha como desde la izquierda, como desde el na-
cionalismo, se acercan a la política con esa actitud que
Mounier llama «clericalismo de la inteligencia» y que con-
siste en juzgar sobre cualquier problema en nombre de
principios muy generales413. Esto requiere una formación
sólida, no sólo en los valores, sino en las mediaciones del
saber en que se han de concretar, verificar y articular tales
valores, esto es, en el orden sociológico, jurídico, económi-
co y de pensamiento político. Y una conciencia de lo que el
propio Mounier llama el «cuarto término clandestino», esto
es, la mediación ideológica, por la que se pasa de unos
principios cristianos a un programa político. No hay un ac-
ceso cristiano a la política único, objetivo o definitivo. Hay
una mediación sociológica que puede ser diversa para unos
u otros cristianos,
— el fortalecimiento de unas características psicológicas. Son
necesarias una capacidad combativa asentada en fuertes
convicciones, la audacia para transitar caminos extraños y a
la intemperie, el liderazgo movilizador de personas y gru-
pos, la capacidad para el trabajo en equipo en medio de una
gran competitividad, la capacidad para tomar decisiones en
condiciones de incertidumbre, con intereses y bienes encon-
trados, y con recursos limitados, la capacidad de elaborar
propuestas, salidas, caminos de acción...,
— la maduración de una experiencia espiritual en Dios que da
unidad, fecundidad, reconciliación, esperanza y perspectiva
justa sobre el valor de las cosas, en medio de la dispersión
del activismo, de la división interior propia de las servi-
dumbres de la carne; del pecado en las relaciones con los
412
Emmanuel MOUNIER: Obras completas I, Sígueme, Salamanca, 1992, p. 440.
413
Ibíd., pp. 438-441.
372
otros y en las propias motivaciones enraizado en la idolatría
del poder y del culto al ego; del desclasamiento respecto a la
vida de las víctimas, de los pobres, de las diferentes formas
de exclusión; de la desolación, el fracaso y la soledad que en
uno u otro momento salen al encuentro del político. El culti-
vo de una espiritualidad política es esencial para la persona
porque es la experiencia que en último lugar integra valores,
prácticas, sentimientos, creencias y sentido.
414
José M. MARDONES: Fe y Política, Sal Terrae, Santander, 1993, pp. 181-201.
415
Cfr. Patxi LOIDI: Gritos y Plegarias, DDB, Bilbao, 1982. También la obra más re-
ciente Mar adentro, Sal Terrae, Santander, 2003.
373
to de cristianos en la vida pública. Desde esta perspectiva creo in-
teresante señalar algunas que reúnen esta condición del acompa-
ñamiento, como son:
374
Es preciso desarrollar con más intensidad iniciativas de forma-
ción política basadas en el acompañamiento y en el discernimiento
de vocaciones para este mundo. En este sentido hay todo un suje-
to cristiano ya concienciado políticamente que trabaja desde el vo-
luntariado o como profesional en los movimientos sociales, en
ONGs, en temas de paz y derechos humanos, en cooperación para
el desarrollo, en el sector de la educación formal e informal... al
que es preciso proponer procesos y experiencias de trasvase hacia
la acción política.
Una de las cuestiones más complejas es la toma de partido, el
salto a la organización política y, posteriormente, el mantener la re-
ferencia cristiana.
Con esta finalidad en el ámbito del PSOE se están creando los
«grupos de cristianos socialistas» o de Cristianos en el PSOE.
Constituyen una experiencia que no sólo representa una forma ex-
plícita de estar en una organización, un modo de contribuir desde
la fe a la cultura política del partido, una herramienta para tender
puentes entre este partido y el mundo cristiano, sino también una
experiencia de puente para nuevos militantes y una experiencia de
alimento de la referencia cristiana en los avatares de la propia ac-
ción política y partidaria.
Hay finalmente todo un mundo que requiere algún tipo de ini-
ciativa y convocatoria. Hay bastantes cristianos en política que sin
embargo son invisibles. Un buen editorial de la Revista Fomento So-
cial editada por la Universidad cordobesa ETEA416 hace un elenco
de modos de relación entre fe y política actualmente existentes, es-
tos son:
«Emigración». Quienes entienden el compromiso de una forma
secularizada y probablemente profesional. Son cristianos y políti-
cos como dos esferas separadas. Cuestionan el mesianismo cristia-
no por su inviabilidad en el espacio laico. Reducen su fe a lo per-
sonal y familiar.
«Reconfiguración». Quienes habiendo llegado a la política des-
de la fe, y manteniendo el carácter inspirador de ésta en un nivel
espiritual subrayan la autonomía de este espacio. Insisten en las li-
mitaciones de la fe para elaborar no sólo políticas, sino también
cultura política.
«Mediación». Quienes estando presentes en diferentes media-
ciones como partidos y sindicatos subrayan la encarnación y re-
416
«La acción política de los cristianos», en Revista de Fomento Social, 229 (2003), pp.
11-34.
375
nuncian a una presencia visible. Están pero no se les ve. Es un mo-
delo fraguado en los años 60 y 70, particularmente en la presencia
en el movimiento obrero.
«Presencia». Quienes hacen de la fe una cultura y un programa
políticos, y por ello afirman la conveniente unidad política de los
cristianos. Viven la política realmente existente con disconformi-
dad. La familia y la educación, entendida de una manera tradicio-
nal, ocupa el epicentro de la acción política. También la afirmación
del individuo y de la sociedad civil frente al Estado.
«Radicalismo». Quienes viven la aportación de la fe cristiana a
la política como profetismo, como radicalismo ético-político. Pre-
tende que la ética de máximos tenga una traducción directa en la
acción política. Los pobres y la justicia y las demandas a una inter-
vención social y pública del Estado ocupan el centro de la preocu-
pación política.
«Monaquismo político» (añadida por mí). Es un tipo que por ra-
dicalismo político se aparta en último término de la política y con-
fía en la transformación a través de la creación de espacios alterna-
tivos. Es particularmente activo en los movimientos sociales con
un fuerte componente político.
«Mediación significativa». Es una suerte de paulinismo político.
Quienes consideran que el reinado de Dios se puede construir en
la tensión del «ya sí, pero todavía no». Asimismo, es partidaria de
la encarnación de la fe en otras ideologías políticas, pero sin re-
nunciar a su originalidad ni a su visibilidad. La fe es un factor de
cultura política.
La mayor parte de estos modelos, salvo el de presencia y el de
mediación significativa, son invisibles y, sin embargo, están ahí. Es
preciso activar desde Delegaciones de Pastoral Social de las dióce-
sis, desde Instituciones de la Iglesia en el orden de la formación y
de la cultura, y desde el apostolado laical asociado iniciativas con-
vocantes para no pocos políticos que son también cristianos.
376
terios y servicios de la comunidad, para ejercer aquellos ministe-
rios y servicios que les sean confiados y que tienen su fundamen-
to en el bautismo y la confirmación y para muchos además en el
matrimonio». En consecuencia «facilitarán la adecuada prepara-
ción de los candidatos, su formación permanente y dedicación»
(n. 39).
La recepción de una encomienda con nombramiento episcopal
requiere una formación. El Código de Derecho Canónico lo expre-
sa con claridad: «Los laicos que de modo permanente o temporal
se dedican a un servicio especial de la Iglesia tienen el deber de ad-
quirir la formación conveniente que se requiere para desempeñar
bien su función, y para ejercerla con conciencia, generosidad y di-
ligencia» (CIC 231.1). De esto se debe colegir lógicamente que los
laicos que reciben una encomienda episcopal, tras los discerni-
mientos pertinentes, no pueden quedar arrojados a la actividad
pastoral. El acompañamiento y la formación deben acompañar, no
sólo preceder, el ejercicio de la responsabilidad pastoral. Me guia-
ré en esto nuevamente por la experiencia de la diócesis de Bilbao417.
El acompañamiento
377
tas significan, ejerce un servicio de orientación hacia la persona en
su proceso, señalando objetivos, perspectivas, medios para cualifi-
car sus aptitudes y actitudes para el servicio eclesial y pastoral.
Asegura las condiciones formativas del ejercicio de la responsabili-
dad eclesial en las diferentes facetas de formación teológica, servi-
cio pastoral y proceso espiritual. Es la persona con quien cada uno
contrasta el proyecto del curso.
Es tarea del Acompañante apoyar y orientar los primeros pasos
de la responsabilidad pastoral encomendada. Se trata de evitar ex-
periencias de arrojo y soledad. Normalmente, a pesar del recorrido
anterior, la liberación para una responsabilidad pastoral exigirá un
aprendizaje en un modo de estar, de actuar y de ser, que necesita
ser contrastado y acompañado.
En este aprendizaje adquiere relieve el proceso por el cual la
persona del laico pasa a ubicarse como responsable cara a la co-
munidad, ejerce su tarea en comunión con la Iglesia y se sitúa con
los modos, actitudes y espiritualidad propios de la caridad pasto-
ral.
El Acompañante habrá de ayudar a cuidar la espiritualidad y
las actitudes de vida. Un ministerio no es un trabajo al margen de
un estilo de vida. La responsabilidad eclesial reclama un especial
testimonio de vida cristiana. En este sentido conviene aclarar que
no es un acompañamiento en razón del proyecto personal de vida
cristiana, sino en función de un servicio ministerial.
Asimismo habrá de acompañar los itinerarios de formación teo-
lógica del laico en conformidad con los criterios diocesanos pro-
pios del nivel de profundización, anteriormente expuestos.
Es determinante ayudar a la persona a dar profundidad a la ta-
rea. Por ello es especialmente importante acompañar la lectura es-
piritual y vocacional de esta experiencia singularmente intensa de
servicio eclesial.
En un principio el acompañamiento está más centrado en la ta-
rea. A medida que madura la experiencia, puede darse la posibili-
dad de que la persona viva la llamada a un servicio eclesial más
sostenido o incluso como opción de vida. Esto es, puede implicar
una orientación del proyecto profesional hacia el servicio eclesial
con importantes implicaciones en el proyecto de vida de la persona.
El Acompañante debe saber situarse desde la persona para esti-
mular o para posponer, para clarificar y para discernir la dimen-
sión vocacional-profesional.
El Acompañante, junto al Responsable pastoral de la persona,
y el Responsable diocesano de Formación del Laicado, serán
378
quienes propongan la apertura del discernimiento para un se-
gundo nombramiento. Forma parte de la Mesa de Discernimien-
to que evaluará la idoneidad o no de tal segundo nombramien-
to.
Son actitudes a cuidar por parte del acompañante la escucha,
la predisposición a apoyar, a ayudar a descubrir aspectos positi-
vos y negativos, a hacer de espejo, a hacerse preguntas. Es im-
portante ejercer un servicio de orientación y consejo. También
ha de ejercerse la corrección. Ha de cuidarse el no forzar los
procesos, o que nuestras ansiedades y demandas anulen la li-
bertad y los deseos reales de la persona. Hemos de tener siem-
pre presente que cada persona es una. El Acompañante ha de
estar cercano, accesible. En toda esta tarea es importante estar al
tanto y recabar el reflejo de la comunidad cristiana ante el mi-
nisterio laical.
El acompañamiento requiere una cierta frecuencia de trato y
como mínimo una entrevista al trimestre.
En la elección del Acompañante habrán de tenerse en cuenta
principalmente estos dos criterios: proximidad al servicio pasto-
ral del laico y alteridad suficiente para la labor de contraste y
orientación. Su encomienda ha de ser respaldada por el Obispo.
Ha de participar en su propuesta el Responsables Pastoral. En el
caso de personas cuya responsabilidad sea de ámbito diocesano,
la elección de acompañante no estará sujeta en tal medida al cri-
terio local.
En el acompañamiento ocupa un papel importante el propio
grupo de personas que desarrollan el ejercicio de la encomienda
episcopal. Así han de tener una dinámica de encuentro común, con
una cierta frecuencia, por ejemplo mensual, en la que se combinen
espacios espirituales, reflexiones sobre la experiencias, tratamien-
tos temáticos, momentos para compartir los proyectos para cada
año así como la evaluación de la experiencia vivida.
379
vicio eclesial y a madurar la asunción del servicio eclesial como
proyecto vocacional-profesional418 de vida.
Desde esta perspectiva es preciso un discernimiento por el cual
la persona y la institución eclesial, vivida una primera experiencia
de servicio eclesial, dan un sí a la posibilidad de un servicio ecle-
sial con proyección de futuro. No será un discernimiento definiti-
vo. Éste requerirá ulteriores decisiones que requieren un periodo
no menor de cinco años de formación teológica, responsabilidad
pastoral y maduración espiritual hasta el establecimiento de un
vinculo entre la persona laica y la diócesis.
El discernimiento ha de ser vocacional, esto es, si el servicio ecle-
sial y, singularmente, la animación pastoral en cooperación con el
Obispo y el presbiterio diocesano, puede ser la vocación-profesión
de la persona. Ello implica una llamada de Dios y de la Iglesia a la
persona y una disponibilidad de la misma para este servicio eclesial
como proyecto de vida con cierta estabilidad que puede implicar
una renuncia temporal, parcial o total a otra profesionalidad. La
perspectiva principal no debe ser la necesidad pastoral, ni la dispo-
nibilidad económica, sino vocacional. En caso de no disponibilidad
o de no idoneidad queda claro para las partes que en el futuro no
habrá vínculo laboral. En caso de disponibilidad y un primer dis-
cernimiento positivo de idoneidad, éste no será definitivo sino de
tránsito a una etapa de maduración, en la que habrá que plantear
una serie de objetivos de formación. En este discernimiento son de-
cisivos el criterio de la persona y el de la autoridad eclesial, por
cuya parte debe haber un ejercicio explícito y público de discerni-
miento respecto a la idoneidad de la persona y la continuidad, aún
temporal, de su servicio pastoral y de su formación, a la espera de
la culminación de esta etapa de maduración.
Son numerosas las razones que aconsejan la realización de este
discernimiento con profundidad. Caben destacar las siguientes.
Por pastoral vocacional. La Iglesia necesita obreros para la mies,
personas que se dediquen con entrega y caridad al servicio eclesial
418
Nota aclaratoria: Decimos vocación-profesión porque para las personas de las
que aquí hablamos, un caso específico de ministerialidad laical, el ejercicio del mismo
significa objetivamente una identidad profesional para la que la persona se siente lla-
mada por Dios y por la comunidad cristiana. Supone una dedicación intensa y estable,
que requiere un nivel elevado de formación y capacitación en todas las dimensiones,
que, de facto, la hace difícilmente compatible con otras identidades profesionales. Esto
supone la concreción de uno de los dos ejes principales que definen la vida de una
persona adulta: el afectivo-estado de vida y el socio-profesional. Es una respuesta a la
pregunta «y tú, ¿qué eres?».
380
en cooperación con el Obispo y con el presbiterio diocesano. Entre
quiénes viven una experiencia de liberación temporal, particular-
mente siendo jóvenes y en pastoral de juventud, hay personas que
muestran un carisma y una idoneidad especial para el servicio
pastoral. Si no hay propuesta diocesana no puede haber madura-
ción correlativa de la propia persona. Además, una vocación-pro-
fesión de servicio a la Iglesia va a exigir una formación teológica y
pastoral acorde de nivel superior, lo que va a suponer una inver-
sión importante para la persona y para la propia institución ecle-
sial, que requiere como condición necesaria una expectativa mutua
de estabilidad y proyección hacia el futuro.
Por razón del proyecto personal. A medida que una persona se
acerca a los 30 años va definiendo su opción vocacional-profe-
sional, es algo propio del acceso a la vida adulta en nuestra so-
ciedad. Le aportará identidad, realización personal, sustento eco-
nómico, capacidad de vida autónoma, posibilidad de construir y
sostener una vida familiar, etc. Esta clarificación es un deber en
primer lugar para la persona. La diócesis, consciente de esta ne-
cesidad, no puede alargar confusamente una dedicación a la
Iglesia que objetivamente retrasa la incorporación al mercado la-
boral. Una misericordia mal entendida o necesidades que no se
pueden cubrir de mejor manera pueden llevar a mantener perso-
nas en plantilla que no son adecuadas para un servicio eclesial
estable. Al final, eso puede ser injusto con la persona y también
con la institución. Lo ético es la claridad de la institución con la
persona.
El quicio del discernimiento se sitúa en la disponibilidad de la
persona para un servicio eclesial estable y la idoneidad contrasta-
da para el mismo (actitudes, aptitudes, espiritualidad, forma-
ción…). Éste debe tener presente que no es una decisión última,
sino que da paso a una etapa de maduración, tras la cual habrá un
discernimiento, éste más definitivo.
Los criterios principales de discernimiento han de ser: la espiri-
tualidad con la que se vive el servicio pastoral, la idoneidad para
el ejercicio del servicio pastoral, la formación teológica y la densi-
dad vocacional.
381
b) La idoneidad para el ejercicio pastoral: carisma probado de
animación de comunidades, de liderazgo, de educación en
la fe, de acogida y servicio, de sensibilidad hacia los pobres,
de servicio a la comunión desde las diferencias y los con-
flictos, de espíritu de comunión y fraternidad con los agen-
tes de pastoral y de sensibilidad por el anuncio de Jesucris-
to en medio de nuestra cultura.
c) Formación teológica: gusto y capacidad para la reflexión teo-
lógica sobre la realidad social y eclesial, adquisición de los
objetivos propios de una introducción a la Biblia, a las Cien-
cias Humanas, a la Teología Sistemática y Pastoral (equiva-
lente a 90-100 créditos).
d) Densidad vocacional: la vivencia del servicio eclesial como
llamada de Dios y de la Iglesia, la vivencia de esta llamada
como implicación total de la propia persona, la identifica-
ción de este servicio como profesión propia, la perspectiva
de estabilidad y proyección hacia el futuro.
382
ción, proceso personal y orientación futura los niveles de for-
mación académica pueden ser distintos, bien Diplomatura de
Ciencias Religiosas o Licenciatura de Teología. La dedicación
a estos estudios se financia según diversos criterios.
— En la dimensión pastoral. La formación pastoral es una di-
mensión esencial del proceso educativo. Se trata de madurar
aptitudes como un espíritu apostólico, el trabajo en equipo
ministerial, la capacidad de liderazgo pastoral, la reflexión
teológico-pastoral, la lucidez ante los problemas, el coraje y
la creatividad para abordarlos, la disposición para la pasto-
ral de conjunto, el amor y la entrega a quienes se dirige el
servicio pastoral, la opción por los pobres, el talante misio-
nero, cualidades de comunicación, de autocrítica y de dejar-
se acompañar. En el proceso es importante profundizar en la
conciencia de Iglesia local y de comunión con la Iglesia uni-
versal e integrarla adecuada y dinámicamente con la expe-
riencia particular y concreta que cada persona vive. Profun-
dizar en la perspectiva evangelizadora como razón de ser de
la Iglesia. Asimismo ha de ayudar a crecer en valoración de
la comunión y del pluralismo suscitados por el Espíritu a su
Iglesia. Un medio esencial para este proceso es la inserción
plena en un Equipo pastoral.
— En la dimensión secular. Es una dimensión fundamental de la
Iglesia, de un ministerio eclesial y singularmente de la voca-
ción laical. La suerte de la persona y especialmente de los
pobres, la causa de la paz, de la igualdad, de la dignidad de
la persona humana, del derecho a la vida, del conjunto de
los derechos humanos, son sensibilidad ética y evangélica a
desarrollar. La familia, la cultura, el trabajo, la economía, la
política, la profesión, los medios de comunicación, la ense-
ñanza, cooperación norte-sur... son campos de evangeliza-
ción en los que es precisa una conciencia y una actuación de
los laicos, desde la propia identidad cristiana y eclesial en
conformidad con la Doctrina Social de la Iglesia. Es impor-
tante un crecimiento en esta dimensión de todos los laicos
en proceso de formación, con medios, experiencias, reflexio-
nes y compromisos adecuados, según el carisma que cada
uno ha de descubrir. Cada persona ha de madurar en com-
promiso transformador, anuncio explícito y testimonio de
vida en la secularidad concreta que vive.
— En la dimensión espiritual. La experiencia de fe debe estar acu-
ñada por el espíritu de generosidad y por la disponibilidad
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para aventurarse en las necesidades que la sociedad actual
plantea a la evangelización. Una espiritualidad adecuada-
mente integrada en este proceso de formación debe ayudar a
vivir vocacionalmente, en el seguimiento de Jesucristo, el
compromiso pastoral y apostólico. Esa espiritualidad del se-
guimiento incluye como elementos fundamentales la escu-
cha de la Palabra, la contemplación del misterio de la pre-
sencia de Dios en la historia, la radicalidad evangélica y un
estilo de vida según el espíritu de las bienaventuranzas. La
oración personal y una participación regular en la liturgia de
la comunidad, que tengan como punto de partida y de lle-
gada la historia personal, social y eclesial vivida, constitu-
yen dos pilares fundamentales de la formación espiritual. La
fe se expresa y alimenta normalmente en una vida interior
sólida. Ésta ha de recoger la variedad de formas correspon-
diente a las necesidades personales y al creciente pluralismo
eclesial, así como a los condicionamientos propios de la di-
versidad de ámbitos de actuación. Es necesario, a lo largo de
los años de formación de esta etapa vivir una semana de
ejercicios o retiro al año, así como un tiempo intensivo de
oración como son los ejercicios espirituales en la vida coti-
diana con un acompañamiento especial que impulse y moti-
ve la maduración espiritual.
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mación y el sostenimiento espiritual, la inserción activa en el co-
lectivo de responsables pastorales de la diócesis con su identidad
específica y el diálogo previo a la determinación de las enco-
miendas.
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