Se adelantó unos metros y ellos fueron siguiendo sus
pasos, como siempre perfectamente sincronizados.
Mientras caminaban, por primera vez desde que tenía
uso de razón, el asno se lamentó:
– ¡Ay, amigo, fíjate en qué estado me encuentro! Nuestro
dueño puso todo el peso sobre mi espalda y creo que es
injusto. ¡Apenas puedo sostenerme en pie y me cuesta
mucho respirar!
El pequeño burro tenía toda la razón: soportar esa carga
era imposible para él. El caballo, en cambio, avanzaba a
su lado ligero como una pluma y sintiendo la perfumada
brisa de primavera peinando su crin. Se sentía tan
dichoso, le invadía una sensación de libertad tan grande,
que ni se paró a pensar en el sufrimiento de su colega. A
decir verdad, hasta se sintió molesto por el comentario.
– Sí amiguete, ya sé que hoy no es el mejor día de tu
vida, pero… ¡¿qué puedo hacer?!… ¡Yo no tengo la
culpa de lo que te pasa!
Al burro le sorprendió la indiferencia y poca sensibilidad
de su compañero de fatigas, pero estaba tan agobiado
que se atrevió a pedirle ayuda.
– Te ruego que no me malinterpretes, amigo mío. Por
nada del mundo quiero fastidiarte, pero la verdad es que
me vendría de perlas que me echaras una mano. Me
conoces y sabes que no te lo pediría si no fuera
absolutamente necesario.
El caballo dio un respingo y puso cara de sorpresa.
– ¡¿Perdona?!… ¡¿Me lo estás diciendo en serio?!
El asno, ya medio mareado, pensó que estaba en medio
de una pesadilla.
– ‘No, esto no puede ser real… ¡Seguro que estoy
soñando y pronto despertaré!’