capítulo 14 “ENTRE LA VIOLENCIA Y LA PAZ: 1986-2016” del libro “Historia
mínima de Colombia” de Jorge Orlando Melo.
EL GOBIERNO DE VIRGILIO BARCO
Bajo del gobierno del liberal Virgilio Barco, impulsaba algunas reformas que
consideraba centrales, como la de la justicia, y fortalecer el ejército dentro de
marcos legales, para enfrentar a la guerrilla y realizar una negociación de paz, con
una guerrilla debilitada por la acción militar. Además, el gobierno tituló a las
comunidades indígenas gran parte del territorio nacional: entre 1988 y 1990 más
de veinte millones de hectáreas fueron asignadas como resguardos sobre todo en
la Amazonia y la Orinoquia. Esta decisión del gobierno, según el autor, fue una de
las decisiones de mayor impacto tomada por un gobierno colombiano en el siglo
XX.
El gobierno del Virgilio Barco, recibió también desde el comienzo duros golpes de
los narcotraficantes. En el año 1986, asesinaron al director asistente del diario
Occidente, Raúl Echavarría, y director de El Espectador, Guillermo Cano. El
presidente Barco respondió con una guerra total contra el narcotráfico, pidiendo la
colaboración de todos los países consumidores y productores. A pesar del
esfuerzo del gobierno de reforma la justicia, trasladando el juicio de los
narcotraficantes a la justicia penal militar y reviviendo muchas de las normas
represivas del Estatuto de Seguridad, el poder de los narcotraficantes influyó en el
Congreso, haciendo varias modificaciones a la propuesta del gobierno.
En 1988, fue dictada la orden de captura contra Pablo Escobar y Gonzalo
Rodríguez Gacha, cabezas del cartel de Medellín. Ésta fue el inicio de la guerra: el
terrorismo general: bombas en centros comerciales, destrucción del edificio del
Departamento de Seguridad del gobierno, asesinatos del procurador general de la
Nación, de policías y de decenas, etc. Los niveles de violencia y homicidio
crecieron con rapidez, con acciones paramilitares y masacres.
En 1988, el gobierno reabrió las conversaciones con la guerrilla. La negociación
llevó, a comienzos de 1990, a la firma de la paz con el M-19 y otros grupos de
guerrilleros, mientras que las FAR y el ELN rechazaron los acuerdos con el
gobierno que les exigía el desarme. Esta negociación coincidió con los esfuerzos
de promover una amplia reforma constitucional. La campaña electoral de 1989-
1990 estuvo marcada por la violencia de los narcotraficantes y los paramilitares
quienes mataron a tres de los candidatos a la presidencia. De todos modos, el
proceso de paz y la búsqueda de reformas se unieron otra vez en 1990: en las
elecciones en las que triunfó el liberal César Gaviria.
EL GOBIERNO DE CÉSAR GAVIRIA, LA CONSTITUCIÓN Y LA BÚSQUEDA DE
LA PAZ
El presidente César convocó a la elección de la asamblea, donde participaron los
exguerrilleros del M-19 y el EPL, y siguió buscando un acuerdo con las FARC y el
ELN. La política hacia el narcotráfico fue cambiada por el gobierno al ofrecer la
posibilidad de un tratamiento judicial, sin extradición, a los que se sometieran a la
justicia colombiana. Esto produjo una gran reducción de violencia terrorista. La
estructura del cartel de Medellín se transformó con la muerte de Pablo Escobar en
un enfrentamiento con la policía en 1993.
La asamblea convocada en 1990 para hacer la reforma de la Constitución ofrecía
una oportunidad a la guerrilla para probar su respaldo popular. Mientras que el M-
19 participó en las elecciones, las FARC no aprovecharon la nueva oportunidad de
entra en la política legal a través de la reforma constitucional, siguieron creando
nuevos frentes de guerra. La asamblea no reformó la carta, sino que expidió una
nueva Constitución que buscó fortalecer el respecto a los derechos humanos, la
capacidad de representación de las instituciones políticas, la posibilidad de
autogobierno local. Fue la amplia búsqueda del consenso entre los colombianos
representados por delegados de todas las creencias, costumbres, experiencias y
convicciones políticas, hubo también la presencia de los indígenas, así que nadie
tenía mayorías para imponer una idea, esto se veía en la sola concepción,
discusión y aprobación del preámbulo.
Así, la Constitución de 1991 creó grandes esperanzas. Sin embargo, la
Constitución de 1991 dejó también efectos secundarios e involuntarios, uno de
ellos fue elevar los niveles de corrupción local ya muy altos en muchos sitios de
Colombia. La Constitución creó también el marco para que parte de los recursos
del Estado se orientara al pago de subsidios para reducir la desigualdad en el
disfrute de derechos económicos y sociales, que abrieron la puerta a nuevas
formas de clientelismo y corrupción, telecomunicaciones o nuevas tecnologías.
SAMPER Y PASTRANA: CUESTIONAMIENTO MORAL Y NEGOCIACIONES
GENEROSAS
El gobierno de Ernesto Samper estuvo marcado por un sorpresivo enfrentamiento
con los EE UU y por el apoyo que los narcotraficantes de Cali dieron a su
campaña. Aunque la gestión administrativa y económica de Samper no tuvo
grandes dificultades, en 1997 y 1998 las autoridades económicas elevaron las
tasas de interés, para impedir las especulaciones contra el peso. La guerrilla bajo
este gobierno abandonó la táctica de ataque y retirada para reemplazarla por la
llamada “guerra de posiciones”. Las guerrillas aumentaron su capacidad militar en
la región de cultivos de coca y dieron golpes que parecían ser el anuncio de una
ofensiva final contra el ejército.
La fatiga de la población con el enfrentamiento armado y su simpatía por alguna
forma de acuerdo o negociación política creció entre 1996 y 1998, y llevó a que en
la elección de este año el candidato conservador Andrés Pastrana fuera elegido
porque las FARC respondieron bien a sus gestos en favor de una negociación. En
la región del Caguán, se retiró el ejército, permitió que las FARC lo usara como
sitio de refugio, área de acumulación de recursos militares y económicos y lugar
de experimentación de nuevas formas de poder local.
En 1997, crearon las Autodefensas Unidas de Colombia, agrupando una decena
de organismos regionales, y se lanzaron a la destrucción armada de los frentes
guerrilleros en sus zonas de influencia, otra vez con el apoyo de autoridades
departamentales y municipales, de sectores del ejército y la policía, y de parte de
la población amenazada por la guerrilla. Esto llevó a un aumento de violencia y del
terrorismo rural, a la generalización de masacres contra poblaciones civiles
acusadas de complicidad y tolerancia a la guerrilla, al ataque sistemático a
organizaciones sociales y políticas que simpatizaban con la guerrilla.
LA REACCIÓN URIBISTA
Desde 2002, tuvieron que enfrentar, durante ocho años, un gobierno que apoyó
con firmeza la acción militar, aunque sin descartar una eventual negociación,
limitada a discutir las condiciones de reintegro de la guerrilla a la vida civil y
condicionada a la previa suspensión de sus acciones armadas. Entre 2002 y 2007
el ejército atacó con algún éxito a los grupos guerrilleros, aunque, como en años
anteriores, el uso de métodos ilegales resurgió y llegó esta vez a niveles insólitos,
como los llamados falsos positivos. Al mismo tiempo, el gobierno había ofrecido en
2002 un tratamiento judicial favorable a los grupos armados que se
desmovilizaran. Después de la firma de un acuerdo de paz con los paramilitares
en Ralito en 2003, entre 2005 y 2006 se desmovilizaron los principales frentes
paramilitares y se entregaron unos 31 000 hombres, presentados como
combatientes. De 2002 a 2007 los homicidios cayeron 50% como resultado de la
derrota relativa de las FARC. Sin embargo, se formaron nuevas bandas armadas
para proteger el negocio de la droga. En 2008, tuvieron lugar las marchas
populares más grandes en la historia del país para protestar por los secuestros de
civiles de las FARC. Al mismo tiempo, las nuevas revelaciones sobre
irregularidades de la fuerza pública: falsos positivos, grabaciones ilegales y
hostigamientos a opositores crearon desconfianza hacia el gobierno entre los
electores.
SANTOS: UNA NUEVA NEGOCIACIÓN DE PAZ
En 2010 eligieron al ex ministro liberal Juan Manuel Santos, quien prometía
continuidad y firmeza contra la guerrilla, pero sin las rigideces y arbitrariedades del
gobierno que terminaba. La negociación comenzada en 2011, se apoyaba en
condiciones nuevas, que le daban algunas posibilidades de éxito: ya no se hacía
porque la fuerza de la guerrilla llevara a admitir su proyecto político o sus ideas
sobre el orden social o económico, sino para reducir los costos de una larga
guerra contra un grupo. E 2016, lo que estaba en discusión eran las condiciones
para la reintegración de las FARC, a la sociedad y a la democracia representativa
convencional o burguesa: las garantías para que los militantes no sean
perseguidos y exterminados, las formas de acción política abiertas a los dirigentes
guerrilleros, el tratamiento legal y judicial a los combatientes por los delitos
políticos y por delitos de guerra y crímenes de lesa humanidad. Después de cinco
años de conversación, en agosto de 2016, las FARC y el gobierno anunciaron que
se había firmado un acuerdo de paz. El acuerdo ha entrado en un proceso de
revisión muy incierto. Fue modificado a fines de 2016 para tener en cuenta el
rechazo de los ciudadanos, encabezados por los partidos afines al Uribe y los
representantes de los grupos rurales empresariales y políticos más enfrentados a
la guerrilla, que buscan sanciones fuertes, incluyendo cárcel y pérdida de los
derechos políticos para los jefes de las FARC. En marzo de 2017, ellos
comenzaron a entregar las armas a las Naciones Unidas, concentraron sus
hombres en zonas definidas de acuerdo con el gobierno y siguen mostrando su
voluntad de convertirse en un partido legal.
REFLEXIÓN
El proceso de la paz en Colombia es una negociación compleja y prolongada por
varias razones. Es compleja porque hay muchos frentes que cubrir desde el punto
de vista del gobierno. Es porque tiene que negociar con varias guerrillas, con dos
grandes grupos guerrilleros que no coinciden necesariamente. Tiene que despejar
el asunto de los paramilitares que es complicado. Tiene que darle alguna solución
y, según sea la perspectiva que tome el gobierno, eso puede afectar la
negociación con las guerrillas. Y finalmente está el tema de los cultivos ilícitos, del
cual depende la relación con los Estados Unidos que es fundamental para este
gobierno.
Cinco años después de la firma del acuerdo de paz, como siempre, hay luces y
sombras, pero vemos más luces que sombras. Una de las sombras muy graves es
el asesinato sistemático de líderes sociales y comunitarios, muchos de ellos
reclamantes de tierras o promotores de la sustitución voluntaria de cultivos
ilegales. Otra sombra es la lentitud en la aprobación de leyes que incorporan otros
temas fundamentales del acuerdo, como la política rural integral para las víctimas
en las zonas de conflicto.
Al hablar de las luces, podemos decir que el acuerdo está blindado contra los
ataques de quienes quisieran regresar al pasado. Sus principales pilares se han
convertido en parte de nuestro marco legal. Hay menos víctimas de violencia,
menos soldados heridos, más turistas entrando al país, así, el acuerdo de la paz
es un éxito.
Las zonas del país que fueron más afectadas por la guerra, se están comenzando
a hacer grandes inversiones sociales y de infraestructura, priorizadas por las
propias comunidades. Además, la JEP, el primer sistema de justicia transicional en
el mundo en que ambas partes acuerdan una jurisdicción y se someten a ella—
está funcionando. Hemos logrado la primera de hacer la paz: rendir las armas,
dejar de matarse y reintegrar los antiguos combatientes a la vida civil y política. La
segunda es construir la paz: lograr una verdadera reconciliación y abandonar las
dinámicas del odio y la venganza. Esta fase es más difícil y toma mucho más
tiempo. Sanar las heridas de una guerra de más de medio siglo requiere de
paciencia, perseverancia y resiliencia. En esto valoramos los esfuerzos de tantas
agentes de paz, sobre todo, la Comisión de la Verdad.
Fuentes:
https://journals.openedition.org/revestudsoc/31133
https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2019/09/23/juan-manuel-santos-luces-y-sombras-
de-la-paz-en-colombia/
https://we.tl/t-1onqAcrdNZ