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Naricita Respingada

La niña Lucía, apodada Naricita, vive con su abuela y la criada Anastasia. Una tarde, mientras alimenta a los peces en el arroyo, un pez y un escarabajo vestidos elegantemente inspeccionan su nariz, creyéndola una montaña o roca. Lucía estornuda y los asusta. El pez es el Príncipe Escamado y la invita a visitar su reino acuático. Naricita acepta entusiasmada la invitación.

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Naricita Respingada

La niña Lucía, apodada Naricita, vive con su abuela y la criada Anastasia. Una tarde, mientras alimenta a los peces en el arroyo, un pez y un escarabajo vestidos elegantemente inspeccionan su nariz, creyéndola una montaña o roca. Lucía estornuda y los asusta. El pez es el Príncipe Escamado y la invita a visitar su reino acuático. Naricita acepta entusiasmada la invitación.

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Naricita respingada

Monteiro Lobato

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Naricita.
En una casita blanca, allá en la nca del
Carpintero Amarillo, vive una vieja de más de
sesenta años. Se llama doña Benita. Quien pasa
por el camino y la ve en la terraza, con un cesto
de costura en las rodillas y anteojos de oro en
la punta de la nariz, sigue su marcha pensando:
—Qué tristeza vivir así, tan solita en este
desierto...
Pero se engaña. Doña Benita es la más feliz de
las abuelas, porque vive en compañía de la más
encantadora de las nietas: Lucía, la niña de la
naricita respingada, o Naricita, como todos le
dicen. Naricita ene siete años, es morena
clara, adora las palomitas de maíz y ya sabe
hacer unos deliciosos bollitos de yuca.
Dos personas más viven en la casa; a
Anastasia, una criada negra casi de la familia,
que cargó a Lucía cuando era un bebé, y Emilia,
una muñeca de paño con un cuerpo bastante
desmañado. A Emilia la hizo a Anastasia, con
ojos de seda negra y cejas tan altas que la
hacen parecer una bruja. No obstante, Naricita
la quiere mucho; no almuerza ni come sin

ti

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tenerla a su lado, ni se acuesta sin antes


acomodarla en una pequeña red entre dos
patas de una silla.
Además de la muñeca, el otro encanto de la
niña es el arroyo que pasa por los fondos de la
arboleda. Sus aguas, muy veloces y cantarinas,
corren por entre piedras negras de limo, que
Lucía llama las “ as Anastasias del río”.
Todas las tardes Lucía toma su muñeca y va a
pasear a la orilla del agua, donde se sienta en
la raíz de una vieja acacia para dar migas de
pan a los peces.
No hay pez de río que ella no conozca; en
cuanto aparece, todos acuden con gran
familiaridad. Los más pequeños llegan hasta
muy cerca; los mayores parece que descon an
de la muñeca, pues permanecen cautelosos,
espiando de lejos. Y a tales diversiones dedica
horas la niña, hasta que a Anastasia se asoma
a la puerta de la arboleda y grita con voz
tranquila:
—¡Naricita, te está llamando la abuela!...




Una vez ...

Una vez, después de dar comida a los peces,


Lucía sin ó los ojos pesados
de sueño. Se recostó en la hierba con la
muñeca al brazo, y se puso a mirar las nubes
que cruzaban por el cielo, formando a veces
cas llos, a veces camellos. Y se iba ya
durmiendo, arrullada por el movimiento de las
aguas, cuando sin ó cosquillas en el rostro.
Abrió los ojos: un pececito ves do de gente
estaba de pie en la punta de su nariz.
¡Sí, ves do de gente! Traía casaca roja, chistera
en la cabeza y paraguas en la mano... ¡la mayor
de las galanuras! El pececito miraba la nariz de
Naricita frunciendo la frente, como quien no
está entendiendo nada de lo que ve.
La niña contuvo el aliento por miedo de
asustarlo, y así se estuvo hasta que sin ó
cosquillas en la frente. Espió con el rabillo del
ojo. Era un escarabajo, que se había posado
allí. Pero un escarabajo también ves do de
gente, portando sobrecasaca negra, lentes y
bastón.
ti
ti

ti

ti

ti

ti
ti
Lucía se inmovilizó aún más, tan interesante le
iba pareciendo aquello.
Al ver al pez, el escarabajo se quitó
respetuosamente el sombrero.
—¡Muy buenas tardes, señor Príncipe! —dijo.
—¡Salud, maestro Cascudo! —fue la respuesta.
—¿Qué novedad trae a Vuestra Alteza por
aquí?
—Sucede que me rasguñé dos escamas del
lomo y el doctor Caracol me recetó aires del
campo. Vine a tomarlos en este prado, que es
muy reconocido, pero encontré este morro que
me parece extraño —y el Príncipe golpeó con la
punta del bastón la nariz de Naricita.
—Creo que es de mármol —observó.
Los escarabajos son muy entendidos en
asuntos de erra, pues viven cavando agujeros.
Pero incluso así aquel escarabajo de
sobrecasaca no fue capaz de adivinar qué clase
de “ erra” era aquella. Se inclinó, acomodó sus
anteojos, examinó la nariz de Naricita y dijo:
ti

ti

—Muy blanda para ser mármol. Más bien


parece requesón.
—Muy morena para ser requesón. Más bien
parece raspadura de azúcar —replicó el
príncipe
El escarabajo probó la tal erra con su lengua:
—Muy salada para ser raspadura. Tal vez...
Pero no terminó, porque el Príncipe jaba ya
suatención en las cejas.
—¿Serán cerdas, maestro Cascudo? Venga a
verlas. ¿Por qué no se lleva algunas, para que
sus niños jueguen con ellas?
El escarabajo aprobó la idea, y se puso a
recoger cerdas. Cada hebra que arrancaba
hacía penar a la niña ¡buenas ganas sin ó de
espantar al intruso con una mueca! Pero se
contuvo, deseosa de ver en qué paraba todo
aquello.
Dejando al escarabajo ocupado con las cerdas,
el pececito se ocupó en inspeccionar las
ventanas de la nariz.
—¡Qué hermosas cuevas para una familia de
escarabajos! —exclamó—. ¿Por qué no se


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ti
viene a vivir aquí, maestro Cascudo? A su
esposa le encantaría este juego de
habitaciones.
Con un haz de cerdas bajo el brazo, el
escarabajo fue a examinar las cuevas. Midió la
altura con el bastón.
—De verdad, son estupendas —dijo—. Pero
temo que viva adentro alguna era peluda.
Y, para asegurarse, hurgó en el fondo del
agujero.
—¡Uh, uh! ¡Sal de ahí, bicho inmundo!...
No salió ninguna era, pero como su bastón
había hecho cosquillas a la nariz de Lucía, lo
que salió fue un formidable estornudo.
¡Atchíss! Y los dos bichitos, cogidos de
sorpresa, cayeron al suelo agitando las patas.
—¿Pues no lo dije? —exclamó el escarabajo,
levantándose y cepillando con la manga la
chistera sucia de erra—. ¡Vaya si es un nido de
eras!
¡Y de eras estornudadoras! Me largo. No
quiero problemas con esa gente. ¡Hasta luego,
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ti
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fi

Príncipe! Hago votos para que se cure y sea


muy feliz.
Y allá se fue, zumbando que ni un avión.
Pero el pececillo, que era muy valiente, no
perdió sus arrestos, cada vez más intrigado con
la tal montaña que estornudaba. Por n la niña
se apiadó de él y decidió aclarar el misterio. Se
sentó de súbito y dijo:
—No soy ninguna montaña, pececito. Soy
Lucía, la niña que todos los días viene a traerles
comida. ¿No me reconoces? —Era imposible
reconocerte, niña. Vista desde adentro del
agua pareces muy diferente...
—Puede que así sea, pero te aseguro que soy
la misma.
Y esta señorita que está aquí es mi amiga
Emilia.
El pececito saludó respetuosamente a la
muñeca, y en seguida aseguró ser el Príncipe
Escamado, rey del reino de las Aguas Claras.
—¡Príncipe y rey al mismo empo! —exclamó
la niña ba endo palmas—. ¡Qué maravilla!

ti

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fi

¡qué maravilla! Siempre tuve el deseo de


conocer a un príncipe-rey.
Conversaron un buen rato, y después el
príncipe la invitó a visitar su reino. Naricita no
disimulaba su entusiasmo.
—Pues vamos de una vez —gritó—, antes que
a Anastasia me llame.
Y allá se fueron los dos, cogidos del brazo,
como viejos amigos. La muñeca los seguía, sin
decir palabra.
—Parece que doña Emilia está disgustada —
observó el Príncipe.
—No es disgusto, no, Príncipe. La pobre es
muda de nacimiento. Ando en busca de un
buen doctor que la cure.
—Hay uno excelente en la corte, el célebre
doctor Caracol. U liza unas píldoras que curan
todos los males, menos su baba. Estoy seguro
de que el doctor Caracol pondrá a la señora
Emilia a hablar hasta por los codos.
Y aún estaban comentando los milagros de las
famosas píldoras cuando llegaron a cierta gruta
que Naricita no había visto jamás en aquellos

ti

parajes. ¡Qué cosa extraña! El paisaje había


cambiado.
—He aquí la entrada a mi reino —dijo el
príncipe. Naricita espió, con miedo de entrar.
—Muy oscura, príncipe. Emilia es muy
miedosa.
La respuesta del pececito fue sacar del bolsillo
una luciérnaga con mango de alambre, que le
servía de linterna viva. La gruta se iluminó y la
muñeca perdió el miedo. Entraron. Mientras
caminaban eran saludados, con grandes
muestras de respeto, por varias lechuzas y
numerosos murciélagos. Minutos después
llegaron al portal del reino. La niña abrió la
boca con gesto de admiración.
—¿Quién construyó este maravilloso portal de
coral, príncipe? Es tan bonito que hasta parece
un sueño.
—Fueron los pólipos, los albañiles más
trabajadores e incansables del mar. También
construyeron mi palacio, todo de coral rosa y
blanco.


Naricita aún no salía de su asombro cuando el
príncipe advir ó que aquel día el portal no
había sido cerrado.
—Es la segunda vez que esto sucede —observó
con disgusto—. Apuesto a que el guardia está
durmiendo.
Al entrar, cer có que así era. El guardia
dormía entre ronquidos. El tal guardia no
pasaba de ser un sapo bastante feo, que
ostentaba el grado de mayor en el ejército
marino.
Mayor Agarra y ya no Suelta. Recibía de sueldo
cien moscas por día, para que permaneciera en
su si o, lanza en ristre, casco en la cabeza y
espada al cinto, vigilando la entrada del
palacio. Pero el Mayor tenía el vicio de dormir
a deshoras, y por segunda vez le habían pillado
en falta.
El príncipe se dispuso a despertarlo de un
puntapié en la barriga, pero la niña intervino.
—¡Todavía no! Tengo una idea estupenda.
Vamos a ves rlo de mujer, para verle la cara
cuando despierte.
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ti
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Y, sin esperar respuesta, re ró la faldita de


Emilia y vis ó con ella al dormilón. Le puso
también la co a de la muñeca en lugar del
casco, y el paraguas del príncipe en lugar de la
lanza. Después de dejarlo transformado en una
perfecta vieja, dijo al príncipe:
—Adelante con la patada.
El príncipe, ¡zas! Le aplicó un tremendo
puntapié en la barriga.

—¡Hum!... —gimió el sapo, y abrió los ojos,


todavía medio dormido.
Con voz de enojo, el príncipe exclamó:
—¡Bonita cosa, Mayor! Durmiendo como un
puerco, y además ves do de vieja decrépita...
¿Qué signi ca esto?
El sapo, sin comprender nada de aquello, se
miró pasmado en un espejo que había por allí.
Y le echó la culpa al pobre espejo.
—¡Él está min endo, príncipe! No le crea nada.
Nunca fui así...
fi
ti
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ti

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—Es cierto, nunca fuiste así —con rmó Naricita


—. Pero como dormías hecho un tronco
estando de servicio, el hada del sueño te
transformó en una horrible vieja. Bien
merecido...
—Y de cas go —agregó el príncipe— te
sentencio a tragar cien piedritas redondas en
lugar de las cien moscas de nuestro trato.
El sapo, aba dísimo y al borde del llanto, fue a
esconderse en un rincón.

En el palacio

El príncipe consultó el reloj.


—Es hora de la audiencia —murmuró.
Démonos prisa, pues tengo muchos casos que
atender.
Prosiguieron. Entraron directamente a la sala
del trono, y la niña se sentó al lado del
príncipe, como si fuera una princesa. ¡Linda
sala! Toda ella de un coral lechoso, guarnecido
de oro, y con colgaduras de perlas, que se

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ti

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mecían al menor soplo. El piso, de nácar


tornasolado, era tan liso que Emilia resbaló tres
veces.
El príncipe dio comienzo a la audiencia
golpeando con una gran perla negra una
concha sonora.
El mayordomo introdujo a los primeros
querellantes, una banda de moluscos desnudos
que ritaban de frío. Venían a quejarse de los
Bernardos Eremitas.
—¿Quiénes son esos Bernardos? —preguntó la
niña.
—Son unos cangrejos que enen la mala
costumbre de robar las conchas de estos
pobres moluscos, dejándolos en carne viva en
el mar. Los peores ladrones que tenemos aquí.
El príncipe resolvió el caso ordenando dar una
concha nueva a cada uno de los moluscos.
Después apareció una ostra, quejándose de un
cangrejo que le había hurtado la perla.
—Era una perla muy joven, ¡y tan gen l! —dijo
la ostra, enjugándose las lágrimas. La raptó por
simple maldad, porque los cangrejos no se
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alimentan de perlas, ni las usan como joyas.


Seguro la dejó por ahí, en la arena...
El príncipe resolvió el caso adjudicando a la
ostra una perla nueva, del mismo tamaño.
En estas entró a la sala, muy apresurada y
a igida, una cucarachita de man lla, que se fue
abriendo camino entre los asistentes hasta
quedar frente al príncipe.
—¿Usted, señora, por aquí? —exclamó éste,
admirado—. ¿Qué desea?
—Ando buscando a Pulgarcito —respondió ella
—. Hace dos semanas que huyó del libro donde
vive, y no lo encuentro en ninguna parte. Ya
recorrí todos los reinos encantados sin
descubrir el menor rastro suyo.
—¿Quién es esta vieja? —susurró la niña al
oído del príncipe—. Me parece conocida...
—Sin duda, pues no hay niña que no conozca a
la célebre doña Hechicera de los cuentos, la
cucarachita más famosa del mundo.
Y volviéndose a la vieja:
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—No sé si Pulgarcito anda por mi reino. No lo


vi, ni tengo no cias de él, pero puede usted
buscarlo con toda libertad...
—¿Por qué huyó? —preguntó la niña.
—No lo sé —respondió doña Hechicera—, pero
he notado que muchos personajes de mis
cuentos están ya cansados de vivir toda la vida
presos en ellos. Quieren otros aires.
Hablan de salir a recorrer mundo para meterse
en nuevas aventuras. Aladino se queja de que
su lámpara maravillosa se está oxidando. La
bella durmiente ene deseos de meter el dedo
en otra roca para dormir otros cien años.
El gato con botas se peleó con el marqués de
Carabás y quiere irse a los Estados Unidos a
visitar al gato Félix. Blanca Nieves anhela
teñirse el cabello de negro y aplicarse rouge en
la cara. Andan todos rebotados, y me da un
gran trabajo contenerlos. Pero lo peor es que
amenazan con huir, y ya Pulgarcito dio el
ejemplo.
Naricita admiró tanto aquellas rebeldías que
aplaudió alegremente, con la esperanza de

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toparse tal vez en su camino con alguno de


aquellos queridos personajes.
—Todo esto —con nuó doña Hechicera— a
causa de Pinocho, del gato Félix, y en especial
de una tal niña de naricita chata que todos
están deseando conocer. Hasta estoy por
pensar que fue esa diablilla la que envenenó a
Pulgarcito, aconsejándole huir.
El corazón de Naricita la ó a toda prisa.
—Pero, ¿conoce usted a esa niña? —preguntó,
cubriéndose la nariz por miedo a ser
reconocida.
—No la conozco —respondió la vieja—, pero sé
que vive en una casita blanca, en compañía de
dos viejas decrépitas.
¡Ah! ¿cómo se le ocurrió decir aquello? Oyendo
ldar a su abuelita de vieja decrépita, Naricita
perdió los estribos.
—¡Muérdase la lengua! —gritó, roja de la ira—.
Vieja decrépita es usted, y
tan chismosa que ya nadie quiere saber de sus
fantasías. La niña de la naricita respingada soy
yo, pero sepa de una vez que es men ra que yo
ti

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ti

haya seducido a Pulgarcito, aconsejándole la


fuga. Nunca tuve esa “bella idea”, pero ahora
voy a aconsejarle, a él y a todos los demás, que
huyan de sus libracos apolillados, ¿se entera?
La vieja, furiosa, la amenazó con enderezarle la
nariz la primera vez que la encontrara sola.
—Y yo le achataré la suya, ¿me oye? ¡Llamar a
mi abuelita vieja decrépita! ¡Habrase visto!...
Doña Hechicera le sacó la lengua —una lengua
muy aca y seca— y se re ró furiosísima,
rezongando vaya a saberse qué cosas.
El príncipe respiró con alivio al ver terminado el
incidente. A con nuación clausuró la audiencia,
y dijo al primer ministro:
—Envíe una invitación a todos los nobles de la
corte, para la gran esta que ofreceré mañana
en honor de nuestra dis nguida visitante. Y
diga al maestro Camarón que haga enganchar
el coche de gala para un paseo por el fondo del
mar. ¡Aprisa!

El bufoncito
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El paseo que dio Naricita con el príncipe fue el


más bello de toda su vida. El coche de gala
corría sobre la arena blanquísima del fondo del
mar, conducido por el maestro Camarón y
rado por seis parejas de hipocampos, unos
bichitos con cabeza de caballo y cola de pez. En
lugar de lá go, el cochero usaba para azuzarlos
los hilos de su propia barba: ¡lept! ¡lept! ...
¡Qué lindos lugares vio la niña! Florestas de
coral, bosques de esponjas vivas, campos de
algas, con formas a cual más extraña. Conchas
de todos los colores y aspectos. Pulpos,
anguilas, erizos, millares de criaturas marinas,
tan extrañas que casi parecían men ras del
barón de Munchausen.
En cierto lugar, Naricita encontró una ballena
dándoles de mamar a sus ballenatos, y se le
ocurrió la idea de llevar a la nca una botella
de leche de ballena, solo por ver la cara de
asombro que pondrían doña Benita y a
Anastasia. Pero en seguida desis ó del
proyecto, pensando: “No vale la pena; ni
siquiera así lo creerían”.
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En esto apareció a lo lejos un formidable pez
espada. Con su largo espolón apuntaba
directamente al cetáceo, que es como los
sabios llaman a la ballena. El príncipe se asustó:
—¡Ahí viene el malvado! —dijo—. Esos
monstruos se divierten pinchando a las pobres
ballenas como si fueran almohadillas para
al leres. Vámonos de aquí, porque la lucha
será terrible.
Al oír la orden de regresar, el camarón restalló
sus barbas y puso a los “cabecitas de caballo”
al galope.
De regreso al palacio, el príncipe dejó a la niña
y a la muñeca en la gruta de sus tesoros, y fue a
ocuparse de los prepara vos de la esta.
Naricita comenzó a mirarlo todo... ¡Cuántas
maravillas! Perlas enormes por montones;
muchas, todavía en la concha, sacaban sus
cabecitas, espiaban a la niña, y volvían a
esconderse, con miedo de Emilia.
En cuanto a caracoles, era cosa de nunca
acabar, los había de todas las formas
imaginables. ¡Y conchas! ¡Cuántas, Dios del
cielo!
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ti

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Naricita se habría quedado allí la vida entera,


examinando una por una todas aquellas joyas,
si un pececillo de cola roja no hubiera llegado a
avisarle, de parte del príncipe, que la cena
estaba servida.
Corrió a toda prisa, y halló el comedor aún más
bonito que la sala del trono. Se sentó al lado
del príncipe, y elogió con entusiasmo el arreglo
de la mesa.
—Mérito de las señoras sardinas —dijo él—.
Son las mejores organizadoras del reino.
“No por casualidad —pensó la niña— se saben
organizar tan bien dentro de las latas...”
Llegaron los primeros platos: cos llitas de
camarón, letes de marisco, omeletes con
huevos de pica or, longaniza de lombriz —un
pla llo que agradaba mucho al príncipe.
Mientras comían, una excelente orquesta de
cigarras y zancudos tocaba melodías
zumbadoras, dirigida por el maestro Tangará,
de batuta en el pico. En los intervalos, tres
luciérnagas de circo hicieron lindos números de
magia, entre los cuales fue muy admirado el de
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tragar fuego: no hay como ellas para lidiar con


fuego.
Encantada con todo aquello, Naricita ba a
palmas y daba gritos de alegría. En cierto
momento, el mayordomo del palacio entró y
dijo unas palabras al oído del príncipe.
—Pues hazlo entrar —dijo éste.
—¿Quién es? —quiso saber la niña.
—Un enanito que se apareció aquí ayer, para
ofrecerse como bufón de la corte. Estamos sin
bufón desde que a nuestro querido Carlito
Pirulito lo devoró un pez espada.
El candidato a bufón de la corte entró
conducido por el mayordomo, y de inmediato
saltó sobre la mesa y empezó a hacer piruetas.
Naricita advir ó al instante que el pequeño
bufón no era otro que Pulgarcito, ves do con el
clásico jubón de cascabeles y un bonete,
también de cascabeles, en la cabeza. Lo
advir ó, pero ngió no haberse dado cuenta de
nada.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el príncipe.
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—¡Soy el gigante Traga Tortas! —respondió el
bufoncito sacudiendo los cascabeles.
Pulgarcito no tenía talento alguno para aquello.
No sabía hacer muecas graciosas, ni decir
frases que hicieran reír. Naricita sin ó una gran
pena por él, y le susurró en voz muy baja:
—Aparécete por la nca de abuelita, señor
Traga Tortas.
Tía Anastasia hace unas tortas deliciosas para
tragar. Vente a vivir conmigo, en vez llevar esa
vida idiota de bufón de la corte. No sirves para
esto.
En ese momento reapareció en el salón la
cucarachita, de man lla, con la nariz levantada,
como quien está olfateando algo.
—¿Encontró al fugi vo? —preguntó el príncipe.
—Aún no —respondió ella—. Pero apuesto a
que anda por aquí. Le estoy sin endo el olor.
Y olfateó otra vez el aire con su nariz de lora
seca.
A pesar de que era bastante tonto, el príncipe
sospechó que el tal Traga Tortas era el
mismísimo Pulgarcito.


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—Tal vez sea cierto —dijo—. Tal vez Pulgarcito


sea el bufón que vino a ofrecerse para sus tuir
a Carlito Pirulito. ¿A dónde se fue? —preguntó,
mirando a su alrededor. No hace medio minuto
que estaba aquí...
Lo buscaron inú lmente por todas partes. Y es
que la niña, apenas vio entrar a la vieja bruja,
lo había escondido con disimulo en una manga
de su ves do.
Doña Hechicera husmeaba en todos los
rincones, hasta dentro de las tazas, siempre
rezongando.
—Está aquí, sí. Siento su olor cada vez más
cerca. Esta vez no se me escapa.
Viéndola acercarse cada vez más, Naricita se
asustó. Y para disimular gritó:
—Doña Hechicera está chocheando. Pulgarcito
usa las botas de siete leguas y, de haber estado
aquí, ya debe andar en Europa.
La vieja soltó una risita burlona.
—¡No soy tan boba! En cuanto sospeché que
quería huir, me apresuré a encerrar sus botas
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en mi cajón. Pulgarcito huyó descalzo y no se
me escapa.
—¡Sí que se escapará! —gritó Naricita en tono
de desa o.
—¡No lo hará! —retrucó la vieja—. Y no se me
escapa porque ya sé dónde está. Está
escondido ahí en su manga, ¿verdad? —Y
avanzó hacia la niña.
Se armó un gran revuelo en el salón. La vieja se
enfrentó a Naricita, y ciertamente la hubiera
dominado, si la muñeca, que estaba en la mesa
al lado de su dueña, no hubiese tenido la bella
idea de arrancarle los anteojos y salir corriendo
con ellos.
Doña Hechicera no veía nada sin sus gafas, de
modo que quedó dando tumbos en medio del
salón, mientras la niña corría a esconder a
Pulgarcito en la gruta de los tesoros, en el
fondo mismo de una concha.
—Quédate ahí bien quietecito hasta que yo
vuelva —le recomendó.
Y regresó al salón, muy orgullosa de su hazaña.

La costurera de las hadas

Después de cenar, el príncipe llevó a Naricita a


la casa de la mejor costurera del reino. Era una
araña de París, que sabía hacer ves dos lindos,
lindos de verdad. Ella misma tejía la tela, ella
misma inventaba las modas.
—Doña Araña —dijo el príncipe—, quiero que
le haga a esta ilustre dama el ves do más
bonito del mundo. Pienso dar una gran esta
en su honor, y quiero que deslumbre a toda la
corte.
Tras decir esto, se re ró. Doña Araña tomó el
metro y, con la ayuda de seis arañitas muy
hábiles, comenzó a tomar las medidas.
Después tejió a toda prisa una tela color de
rosa con estrellitas doradas, la cosa más linda
que imaginarse pueda. Tejió también piezas de
cintas, piezas de encaje y piezas de forro, y
hasta carreteles de hilo.
—¡Qué belleza —iba exclamando la niña, cada
vez más admirada ante los prodigios de la
costurera—. He visto muchas arañas en casa de

ti

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mi abuela, pero solo saben hacer telas para
cazar moscas; ninguna es capaz de hacer
siquiera un pañito de delantal...
—Es porque tengo mil años de edad —explicó
doña Araña—, y soy la costurera más vieja del
mundo. Aprendí todos los secretos. Trabajé
durante mucho empo en el reino de las
hadas; fui yo quien hizo el ves do de baile de
Cenicienta, y casi todos los trajes de boda de
casi todas las jóvenes que se casaron con
príncipes encantados.
—¿Y también cosió para Blanca Nieves?
—¡Por supuesto! Justamente estaba tejiendo
su velo de novia cuando me accidenté. Las
jeras cayeron sobre mi pie izquierdo, rajando
el hueso aquí en este lugar. Me trató el doctor
Caracol, un médico estupendo. Curé, aunque
quedé coja para el resto de la vida.
—¿Cree usted que ese doctor Caracol es capaz
de curar a una muñeca que nació muda? —
preguntó la niña.
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—Sí que es capaz. Tiene unas píldoras que


curan todos los males, excepto cuando el
enfermo muere.
Mientras charlaban, doña Araña seguía
trabajando en el ves do.
—Está listo —dijo al n—. Vamos a probarlo.
Naricita se vis ó, y fue a verse en un espejo. —
¡Qué belleza! —exclamó ba endo palmas—.
¡Hasta parezco un cielo abierto!…
Y la verdad es que estaba linda. Tan linda con
su ves do de tela rosada con estrellitas de oro,
que hasta el espejo abrió mucho los ojos del
puro asombro.
Abriendo en seguida su cofre de joyas, doña
Araña puso en la cabeza de la niña una
diadema de rocío, y brazaletes de rubíes
marinos en los brazos, y anillos de brillantes de
mar en los dedos, y hebillas de esmeraldas de
mar en los zapatos, y una gran rosa marina en
el pecho.
Más linda todavía quedó Naricita, tanto más
que el espejo siguió abriendo los ojos, y
comenzó a abrir la boca.
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—¿Listo? —preguntó la niña, deslumbrada.


—Espera —respondió doña Araña—. Faltan los
polvos de mariposa.
Y ordenó a sus seis hijas que trajeran las cajas
de polvo de mariposa. Escogió el más
conveniente, que era el famoso polvo tornasol,
tan brillante que parecía polvo de cielo sin
nubes mezclado con polvo de sol recién nacido.
¡Así empolvada, la niña parecía la viva estampa
de un sueño dorado! Linda, lindísima, tan linda,
tanto que el espejo fue abriendo aún más los
ojos, y más, y más, y más, hasta que... ¡crack!...
se par ó de arriba abajo en seis pedazos.
Lejos de enfadarse, como temió Naricita, doña
Araña se puso a bailar de alegría.
—¡Gracias al cielo! —exclamó, dando un
suspiro de alivio—. Llegó al n el día de mi
liberación. Cuando nací, una cruel hada, que
detestaba a mi pobre madre, me convir ó en
araña, condenándome a vivir de costuras la
vida entera. Al mismo instante, sin embargo, un
hada buena apareció, y me dio este espejo
diciéndome: “El día que tejas el ves do más
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hermoso del mundo, dejarás de ser araña y


serás lo que quieras ser”.
—¡Qué bueno! —aplaudió Naricita— ¿Y en qué
piensa conver rse?
—Todavía no lo sé —respondió la araña—.
Tengo que consultar al príncipe.
—Muy bien, pero no se convierta en nada
antes de hacer con estos retazos un ves do
para Emilia. La pobre no puede presentarse en
el baile así como está, con ese triste camisón
que lleva.
—Ya es tarde, niña. El hechizo está roto; ya no
soy costurera. Pero mis hijas podrán hacer el
ves do de la muñeca. No será gran cosa,
porque no enen mi prác ca, pero servirá.
¿Dónde está la señora Emilia?
Naricita no lo sabía. Después que robó los
lentes de la vieja y salió corriendo, nadie la
había visto.
Doña Araña se dirigió a las seis arañitas.
—Hijas mías —dijo—, el hechizo está roto y
pronto me veré conver da en aquello que
desee. Voy pues a abandonar esta vida de
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costurera, dejándolas a ustedes en mi lugar. El
hechizo se prolonga en ustedes. Cada una
deberá conservar un pedazo del espejo, y pasar
la vida cosiendo, hasta que logre un ves do
capaz de hacer rajar de admiración a ese
pedazo, tal como sucedió con el espejo grande.
En ese momento apareció el príncipe. Naricita
le contó toda la historia, inclusive la confusión
de la araña con respecto a lo que quería ser.
El príncipe comentó que a su reino le estaban
faltando sirenas, y que sería muy de su agrado
que la señora Araña se convir era en una.
—¡Nunca! —protestó Naricita, que tenía un
gran corazón—. Las sirenas son criaturas
malvadas, cuyo mayor placer es hundir navíos.
Es mejor que se convierta en princesa.
Hubo una gran discusión, sin que nada se
decidiera. Finalmente, la araña decidió no
conver rse en nada.
—Pre ero seguir como soy. Así, coja de una
pierna, si me vuelvo princesa quedaré siendo la
Princesa Coja; si me vuelvo sirena, seré la
Sirena Coja, y todos se burlarán de mí. Además,
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como desde hace mil años soy araña, estoy


acostumbradísima.
Y siguió siendo araña.

La esta y el mayor

Llegó la hora de la esta. Dando la mano a


Naricita, el príncipe se dirigió al salón del baile.
—¡Qué linda es! —exclamaron los hidalgos allí
presentes al verla entrar—. Con certeza es la
hija única del hada de los siete mares...
El salón parecía un cielo abierto. En vez de
lámparas, colgaban del techo ramos de rayos
del sol cogidos esa mañana. Flores en can dad,
traídas y dispuestas por colibríes. Tantas perlas
regadas por el suelo que hasta se hacía di cil
caminar. No hubo ostra que no trajera su perla,
para colgarla de un gajo de coral o arrojarla en
cualquier lugar a manera de adorno. Y lo que
no era perla era or, y lo que no era or era
nácar, y lo que no era nácar era rubí, y
esmeralda, y oro y diamante. ¡Un absoluto
vér go de belleza!
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El príncipe solo había convidado a los seres


pequeños y de cuerpos delicados, tal como lo
era él mismo. De aparecerse por allí un
hipopótamo o una ballena habría causado un
desastre mayúsculo. Naricita paseó su mirada
por la audiencia. Ningún espectáculo podría ser
más curioso.
Moscardones de frac y or en la solapa
conversaban con cucarachitas de man lla y
nomeolvides en el cabello. Abejas doradas,
verdes y azules, hablaban mal de las avispas de
cintura na, juzgando una exageración el uso
de corsés tan apretados. Sardinas por
centenares cri caban los cuidados excesivos
que las mariposas con tocados de gasa
dedicaban al polvo de sus alas. Avispitas de
aguijones enguantados para no morder. Y
canarios cantando, y pica ores picando ores,
y camarones camaronando, y cangrejos
cangrejando, y todo lo que es pequeñito y no
muerde, pequeñitando y no mordiendo.
Naricita y el príncipe bailaron la primera
contradanza, ante los ojos admirados de la
concurrencia. A causa de las reglas de la Corte,
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cuando el príncipe bailaba todos debían
mantener la boca y los ojos muy abiertos.
Después comenzó la gran cuadrilla.
Fue la parte que más disfrutó Naricita.
¡Cuántas escenas diver das! ¡Cuántas
tragedias! Un vetusto cangrejo que había
sacado a bailar a una lagarta, la apretó tanto
que la hizo sangrar con su aguijón.
Al empo que esto sucedía, un moscardón del
Ins tuto Histórico tropezó con una perla, cayó
al suelo y se dislocó gravemente.
Se llamó de inmediato al doctor Caracol, para
atender a los heridos.
—¡Qué buen cirujano! —exclamó Naricita,
viendo la pericia
con que el médico procedía a vendar a la
lagarta y al moscardón —solo sobraron dos
piezas, una pierna y una antena—. Y trabaja
cien camente —pensó la niña, al ver que
antes de tratar al enfermo hacía un perfecto
diagnós co—. Mañana mismo —dijo al
príncipe— voy a llevar a Emilia a su consultorio.
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—Y ya que la menciona, ¿dónde está? —


preguntó éste—. Desde la pelea con doña
Hechicera no la veo.
—Ni yo. Será bueno que su majestad mande a
buscarla.
El príncipe ordenó al mayordomo que
encontrara a la muñeca cuanto antes.
Mientras tanto, el baile proseguía. Llegaron las
libélulas, que pasan por ser las más gráciles
bailarinas del mundo. ¡Y qué cierto es! Bailan
sin posar los pies en el suelo, volando todo el
empo. Su lindo vals iba por la mitad, cuando
apareció el mayordomo, muy agitado.
—¡Doña Emilia fue asaltada por algún bandido!
—gritó— ¡Está en la cueva del tesoro, tendida
en el suelo, como muerta!
Naricita saltó al instante del trono y corrió a
socorrer a su querida bruja. La encontró caída
en la erra, con arañazos en el rostro , sin dar
la menor señal de vida. El doctor Caracol,
llamado con urgencia, se apresuró a
despertarla con un buen pellizco, después de
hacer el indispensable diagnós co.
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—¿Qué clase de monstruo pudo hacerle esto a


la pobrecilla? —exclamó Naricita, tras
examinarle la cara y comprobar que le habían
arrancado uno de los ojos—. Ahora no solo es
muda, sino que también va a quedar ciega. ¡Mi
pobrecita Emilia!...
—Imposible descubrir al criminal —declaró el
príncipe—. No hay indicios. Solo después que
el doctor Caracol la cure de su mudez
podremos saber alguna cosa.
—Hablaremos de eso mañana bien temprano
—concluyó Naricita—. Ya es muy tarde. Me
estoy cayendo del sueño...
Y dando las buenas noches al príncipe, se re ró
con Emilia a sus aposentos.
Pero no pudo dormir. No acababa de acostarse
cuando oyó gemidos en el jardín que había al
lado. Se levantó, espió desde la ventana. Era el
sapo que ella misma había ves do de vieja.
—¿Buenas noches, mayor Agarra! ¿Qué
gemidos tan tristes son esos? ¿No está
contento con su traje nuevo?

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—No bromee, niña, que el asunto no está para
bromas —respondió el pobre sapo con voz
llorosa—. El príncipe me condenó a tragarme
cien guijarros. Ya me tragué noventa y nueve...
¡No puedo más! Tenga piedad de mí, querida
niña, y pídale al príncipe que me perdone.
Tanta compasión sin ó Naricita que así como
estaba, de camisola, fue corriendo hasta el
cuarto del príncipe, y llamó con decisión a su
puerta: ¡Toc, toc, toc!
—¿Quién es? —preguntó el pececito, que
estaba quitándose las escamas para irse a
dormir.
—Es Naricita. Quiero que le perdone al pobre
mayor Agarra.
—¿Perdonarle qué? —preguntó el príncipe,
que tenía muy mala memoria.
—¿Olvida que lo condenó a tragarse cien
guijarros? Ya se tragó noventa y nueve y se le
está atragantando el úl mo. ¡No le entra! ¡No
le cabe! Ahí está en el jardín, con la barriga
repleta, y gime y llora tanto que no me deja
dormir.

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El príncipe se irritó.
—¡Vaya estúpido el tal mayor! Aquello que le
ordené era una broma. Dígale que se saque las
piedritas y no me incomode más.
Naricita, brincando de alegría, fue a darle al
sapo la buena no cia.
—¡Está perdonado, mayor! El príncipe le
ordena que se saque los guijarros y vuelva a su
trabajo.
Pero, a pesar de sus esfuerzos, el sapo no
lograba deshacerse de las piedras. Estaba
empachado.
—¡Imposible! —gimió—. La única solución es
que el doctor Caracol me abra la barriga y me
saque las piedras, una por una, con ese aguijón
de cangrejo que le sirve de pinzas.
—Siendo así, muy buenas noches, señor sapo.
Mañana hablaremos de su caso. Tenga
paciencia, y trate de no morirse esta noche.
El sapo agradeció a la niña sus buenos o cios,
prome éndole además que, si lograba huir de
las garras del príncipe, se iría a vivir a la nca
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de doña Benita, para mantener su huerta


limpia de bichos.
Ya Naricita se disponía a irse a la cama, cuando
se acordó de Pulgarcito, al que había dejado
escondido en la concha.
—¡Santo Dios! ¡Qué cabeza la mía! El pobrecito
debe estar cansado de esperarme...
Y se fue corriendo a la cueva de los tesoros.
Pero perdió el viaje. Pulgarcito había
desaparecido con concha y todo...

La píldora parlante

AL día siguiente se levantó muy temprano para


llevar la muñeca al consultorio del doctor
Caracol. Lo encontró con cara de quien se ha
tragado una víbora de cascabel rellena de
escorpiones.
—¿Qué pasa, doctor?
—Pasa que encontré saqueado mí depósito de
píldoras. Me las han robado todas .

—¡Qué tragedia! —dijo la niña,


preocupadísima.
Pero, ¿no puede fabricar otras? Sí quiere, le
ayudaré a amasrlas.
—Imposible. Ya murió el escarabajo bo cario
que fabricaba las píldoras, sin haber revelado el
secreto a nadie.
A mí sólo me quedaban cien de las diez mil que
le compré a los herederos. El infeliz ladrón sólo
me ha dejado una, que no sirve para el caso
porque no es píldora parlante.
—¿Y ahora?
—Ahora es necesario una operación quirúgica.
Le abro la garganta a la muñeca y le pongo
dentro un poqui to de habla —respondió el
doctor, a lando su cuchillito pun agudo.
En ese momento se oyó un gran barullo en el
corredor.
—¿Qué será? —preguntó la niña, sorprendida.
—Es el papagayo que llega —declaró el doctor.
—¿Qué papagayo, hombre de Dios? ¿Qué
viene a hacer un papagayo aquí?
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El maestro Caracol le explicó que, como no


encontrara las píldoras, mandó que trajeran un
papagayo muy charlatán que había en el reino.
Tenía que matarlo para extraerle la habiilla que
iba a ponerle a la muñeca en la garganta.
Naricita, que no permi a que se matara ni a las
hormigas, se indignó ante semejante
barbaridad.
—¡En ese caso, no quiero! Pre ero que Emilia
sea muda toda la vida a sacri car una pobre
ave que no ene ninguna culpa.
No había terminado de decirlo cuando los
ayudantes del doctor, unos cangrejos la mar de
an pá cos, llegaron a la puerta arrastrando a
un pobre papagayo con el pico atado. El
pobrecito resis a, pero podían más los
cangrejos ¡y se oía cada bofetada! ...
Indignada por semejante estupidez, Naricita se
les fué encima a puntapiés y coscorrones.
—¡No quiero! ¡No admito que se le torture! —
gritó rojita de rabia, desatando el pico del loro
y rando las cuerdas a la nariz de los cangrejos.
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El doctor Caracol quedó apabullado, porque sin


píldoras ni papagayo era imposible curar a la
muñeca. Y ordenó que le trajeran el segundo
paciente.
Trajeron entonces al sapo en una carre lla.
Tenía que venir sobre ruedas a causa de la
hinchazón del vientre; parecía como si las
piedras hubieran aumentado de volumen
dentro. Y como estaba aun ves do con la
pollera y la toca de Emilia, Naricíta hubo de
taparse la boca para no reír en momento tan
inoportuno.
El famoso cirujano le abrió la barriga al sapo
con su cuchillito y con las pinzas del cangrejo le
extrajo una de las piedritas del vientre. Al
mirarla a la luz del día, su cara se cubrió de
sonrisas caracoleras.
—¡No es una piedra! —exclamó conten simo.
Es una de mis queridas píldoras. Pero ¿ cómo
es que habrá ido a parar a la barriga del sapo?
Volvió a meter la pinza y sacó otra piedra. ¡Era
otra píldora! Y así hasta completar el número
de noventa y nueve. ¡Había sido el sapo el
ladrón del remedio maravilloso ...

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La alegría del doctor era enorme. Como no


sabía curar sin las píldoras milagrosas, había
temido que lo echaran del puesto.
—Ahora podemos curar a la señorita Emilia —
aseguró después de haberle cosido la barriga al
sapo.
Llegó la muñeca. El doctor escogió una píldora
parlante y se la dió a tomar.
—¡Trágala de una vez! —le dijo Naricita,
enseñándole a Emilia cómo se toman las
píldoras. Y no hagas tantas muecas, que vas a
reventar el otro ojo.
Emilia tragó la píldora muy bien y comenzó a
hablar en el mismo instante. Lo primero que
dijo fué: ¡Tengo un horrible gusto a sapo en la
boca! Y habló, habló, habló más de una hora
sin parar. Habló tanto que Naricita,
atormentada, pidió al doctor que le hiciera
devolver esa píldora y le diera otra menos
fuerte.
—No es necesario —le dijo el doctor. Que
hable hasta que se canse. Después que haya
hablado unas tres horas se calmará y hablará

como toda la gente. Lo que ene es charla


depositada —que ene que salir.
Y así fue. Emilia habló durante tres horas sin
respirar.
Después se calló.
—¡Gracias a Dios! —exclamó la niña. Ahora
podemos conversar como la gente y saber
quién fue el bandido que te asaltó en la gruta.
Cuenta todo el caso.
Emilia se es ró toda y comenzó a decir en su
voz na de muñeca de trapo:
—Pues fue aquella diabla de doña Hada. La
vieja taimada apareció en la gruta de las
cáscaras ...
—¿Qué cáscaras, Emilia? Me parece que aun
no estás en tus cabales.
—Sí, cáscaras —replicó la muñeca
caprichosamente. De esas cáscaras de bichos
blandos que tanto admiras tú y que llamas
conchas. La vieja taimada apareció y empezó a
buscar al muñeco ...
—¿Qué muñeco?
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—Ese tal Pulgada que tragaba tortas y que tú


escondiste en una cáscara, bien al fondo.
Comenzó a buscar y fue sacudiendo una por
una todas las cáscaras, para ver si tenían el
muñeco dentro. Y tanto buscó que acabó por
encontrarlo. Cogió la cáscara y se fue con ella
bajo la manta.
—¡La man lla, Emilia!
—¡Manta!
—¡Man lla, tonta!
—Manta. Se iba con la cáscara bajo la manta
cuando la vi y salté sobre ella. Pero la vieja
gruñona me arañó la cara y me golpeó la
cabeza con la cáscara con tanta fuerza que me
dejó dormida. Sólo desperté cuando el doctor
Cara de Col …
—¡Caracol! ¡ Doctor Caracol, Emilia!
—Doctor Cara de Col. Sólo me desperté cuando
el doctor Cara de Colísima me pegó un
"llipizcón" ...
—Pellizcón —corrigió Naricita por úl ma vez,
me éndose a la muñeca en el bolsillo. Vio que
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el habla de Emilia no estaba aun bien ajustada,


cosa que sólo el empo podría corregir. Vió
también que era de genio insistente, dura de
entendederas por naturaleza, y que pensaba
respecto de todo de un modo especial, muy
suyo.
—Mejor que sea así — losofó Naricita. Las
ideas de abuelita y a Anastasia son tan
conocidas que la gente las adivina antes de que
abran la boca. Las de Emilia han de ser siempre
novedosas.
Y volvió al palacio donde estaba la gente
reunida para otra esta que el príncipe había
organizado. Pero apenas había entrado en la
sala de baile se oyó un estruendo enorme
afuera, el estruendo de una voz que decía:
—¡Naricita, abuelita te está llamando!
Aquel estruendo causó tal susto a todos los
personajes del reino marino que
desaparecieron como por encanto.
Sobrevino entonces un ventarrón muy fuerte
que envolvió a la niña y a la muñeca y las llevó

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desde el fondo del océano hasta las playas del


arroyuelo que corría entre los árboles frutales.
Estaban otra vez en la quinta de doña Benita.
Naricita corrió a la casa. Apenas la vio entrar
doña Benita, le dijo:
—Hay una gran novedad, Lucía. Vas a tener un
buen compañero de juegos en la quinta.
¿Adivina guién es?
La niña se acordó de inmediato del Mayor
Agarra que prome ó ir a vivir con ellos.
—¡Ya lo sé! —dijo. Es el Mayor Agarra-y-No-
Larga-Más. Bien me prome ó que vendría.
Doña Benita puso cara de espanto.
—Estás soñando, niña. No se trata de ningún
Mayor.
—¡Si no es el sapo, es entonces el papagayo! —
dijo Naricita, recordando que también el loro le
prome ó visitarla.
—¡Qué sapo, ni loro, ni elefante, ni yacaré!
Quien viene a pasar una temporada con
nosotros es Perucho, el hijo de mi hija Antonia.
Lucía dio tres saltos de alegría.
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—¿Y cuándo llega? —preguntó.


—Debe llegar mañana por la mañana.
Prepárate. Arregla el cuarto de huéspedes y
compón esa muñeca. ¿Dónde se ha visto una
niña de tu edad con una muñeca en camisón y
con un ojo solo?
—¡Es culpa de ella, doña Benita! Naricíta me
sacó la pollera y se la dio al sapo rayado —dijo
Emilia, hablando por primera vez desde que
llegaron a la quinta.
Doña Benita sin ó tamaño susto que a poco se
cae de la silla de patas serradas. Con los ojos
muy abiertos, gritó a la cocinera:
—¡Corra, a Anastasia! Venga a ver el
fenómeno ...
La negra llegó a la sala secándose las manos en
el delantal.
—¿Qué pasa, señora? —preguntó.
—¡La muñeca de Naricita habla!
La buena negra rió alegremente con toda la
inmensidad de sus labios.


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—Imposible, señora. Esto es cosa que no se ha


visto nunca. Naricita está bromeando con
usted.
—¡Bromeando con tu nariz —gritó furiosa
Emilia.
Hablo y he de hablar. Yo no hablaba porque era
muda, pero el doctor Cara de Col me dio una
píldora de la barriga del sapo, la tragué y
comencé a hablar y hablaré toda la vida,
¿sabe?
La negra abrió la mayor boca del mundo.
—Habla, señora, habla! —exclamó en el auge
del asombro. ¡Habla como la gente! ¡Zape! El
mundo está perdido ...
Y se apoyó en la pared para no caer.
FIN

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