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Alta cocina, Gonzalo España.

A los dos años cumplidos, Melissa era una personita. Una personita alegre, risueña, encantadora,
coqueta. Fue como si el destino Se hubiese acordado de que a Rosaura le había correspondido criarla
sola, hubiera decidido echarle una mano. Melissita (con doble s, como ella quería que fuera su nombre,
para darle distinción) era un ser de rasgos espirituales muy altos y nítidos, y además rubia, despierta,
adorable. No causaba ninguna clase de molestias. Rosaura pudo librarse del martirio de la niñera
permanente antes que cualquier otra madre y confiarla a la guardería, donde la dejaba a las siete y
treinta de la mañana y la recogía pasadas las cuatro. La niña la esperaba llena de felicidad, le echaba los
bracitos al cuello, la besaba tiernamente y empezaba a contarle las cosas del día. Parecía una viejita
enumerando cachivaches. Rosaura se derretía escuchándola. Ya de vuelta en casa, se ocupaba de sus
cosas: le daba de beber a la vaquita de plástico para que la vaquita de plástico diera leche moviendo la
cola, besaba al payasito Esteban en la boca y acariciaba largo rato su oso de peluche, al que decía
infinidad de ternezas. Entre tanto, Rosaura preparaba de comer. Ella trabajaba de corrido y llegaba a
casa muerta de hambre. Después de la cena, ambas veían un rato de televisión. La niña, desde luego, era
la primera en quedarse dormida.

Así transcurrían los días, Rosaura no se daba cuenta del tiempo porque solo tenía ojos para su pequeña.
Ni siquiera reparó que el apartamento de enfrente, tanto tiempo vacío, había sido al fin ocupado. Igual,
allí hubiera podido vivir el Papa o Charles Aznavour, ella no se habría dado cuenta. pero la nueva vecina
era gringa y vino a presentarse. Los gringos son así.

A Rosaura le fascinó esa mujer. Era una gringa, joven, bonita, moderna, de bluyines forrados y blusita
ceñida. Le pareció ver a Melissa cuando grande. Gracias a Dios, Tobías, el padre de Melissa, ya no estaba
viviendo con ella. Se hubiera ganado disgusto de esos que le causaban migraña, porque Tobías a esas
mujeres no se las perdonaba, esa había sido la causa del divorcio. Chelsea era todo un bocadito, un
primor. En cambio su marido, el gringo Abraham, no parecía gringo. Más bien tenía cara de científico.

Ambos tocaron a la puerta la mañana de un sábado, y todavía un poco tímidos, un poco forasteros, en
un castellano chistoso repleto de palabras que no les salían, pero que se adivinaban, señalaron la puerta
del apartamento de enfrente, que habían dejado abierta a propósito para indicarle que ellos "ser los
nuevos vecinos y estar a la ooooorrrden". Melissa se asomó y sus ojitos encontraron los de Chelsea. La
gringa retrocedió boca abierta. "¿Tú ser cierta, o ser una pinturita?", preguntó, abriendo mucho los ojos
azules. "iQué niña taaan preciosa!". Rosaura se sintió halagada hasta el fondo del alma. Y como ella se
abandonaba a las elecciones de su hija, pues su hija era quien elegía las amistades, éste fue un amor a
primera vista. Chelsea y Melissa casaban y se parecían como dos gotas de agua.

Ya cuando empezaron a intimar, y eso no les tomó media hora, Chelsea le contó a Rosaura que ella se
moría por un hijo, pero que los continuos viajes de Abraham no le habían permitido tenerlo. Él era un
ingeniero de prospecciones subterráneas, o algo por el estilo, la compañía para la que trabajaba
lollevaba
de un lado a Otro, Chelsea permanecía sola mucho tiempo. Era una gringa solitaria, pero no lo fue desde
el momento en que se conocieron, porque Melissa la adoraba y Rosaura, fiel a las elecciones
sentimentales de su hija, la adoptó como la amiga de su vida.

Las tres formaron un mundo nuevo y alegre. Los sábados eran días de supermercado y parque de
diversión, los domingos ciclovía y almuerzo en las afueras. Pero cuando Abraham estaba en casa se
quedaban a comer, porque ese señor cocinaba como un ángel. No en vano tenía cara de científico.
Melissa se chupaba los dedos con sus salsas y repetía el plato. Nada hacía más feliz al gringo que el
apetito voraz de esta pequeña adicta a sus recetas.

En fin, el cuento no tiene nada de singular: una madre y su pequeña hija que ge hacen amigas de sus
vecinos, una simpática pareja de extranjeros. Esto ocurre hoy en cualquier capital suramericana. Al cabo
de un mes, un paseo a las afueras, porque los gringos tienen carro. A los tres meses, un fin de semana en
una cabaña con piscina. Esa gente no pelea, esa gente no riñe, esa gente es suave, esa gente no se
siente. Rosaura solo hablaba de sus amigos norteamericanos. Algo extraordinario había ocurrido en su
vida, era más feliz. Lo era por Melissa.

Andando el tiempo, quedó acordado entre los cuatro que en diciembre las vacaciones serían en la costa.
Los gringos querían conocer, este es un país lindo, "qué país tan lindo tener ustedes los colombianos,
¿cómo es que matarse por nada?". Las artesanías, los mercados campesinos, el paisaje, cosas que no se
veían en su tierra. Ya había quedado claro también que r los gastos no había que preocuparse, la vida
para aquel gringo que ganaba en dólares era tan barata que todo le parecía ridículo. Rosaura no se hacía
la tonta, pero a la hora de pagar, siempre estaba adelante Chelsea.

—Tú enséñanos tu país, nosotros correr con los gastos.

Era una gringuita dulce y bella, pero si Tobías hubiera estado presente no había ni para qué preguntarse,
Tobías se la hubiera cargado a la primera oportunidad. Simplemente aquella amistad no hubiera sido
posible, Tobías le habría metido mano a la gringa.

En cambio, a Rosaura el gringo Abraham no le despertaba ningún entusiasmo. Eso se lo atribuía al


respeto, Rosaura era una mujer de respeto, cuando una respeta no la atacan los malos pensamientos.

Las vacaciones serían en diciembre, pero Abraham regresó de improviso un fin de semana. Tenía libre
hasta el martes siguiente, no quería pasar el descanso encerrado en el apartamento.

—He reservado una cabaña, volveremos el lunes —dijo a Rosaura, con la cara iluminada de complicidad
—. Vengan con nosotros.

Le costó mucho trabajo negarse, pero no, definitivamente no. Ella trabajaba los lunes, dejar de hacerlo
implicaría perder el empleo.

—Pedir un permiso —insistió el gringo.


—Imposible —respondió Rosaura.
—Mamita —le cantó Melissa desde abajo, tironeándole con dulzura la falda.

Chelsea se agachó para hablarle junto a la carita, mientras le acariciaba el cabello.

-Dile entonces a tu madre que te deje venir, y vendrás con nosotros.

Nunca había hablado tan claro la gringa.

Rosaura pensó que ella era una vieja anticuada, pues si viviera en Norteamérica nunca habría pensado
en negarse, como lo pensó en ese momento de manera espontánea. Allá dejaban ir a los hijos de paseo
con los vecinos, ella lo había visto en las películas. Además, que Melissa perdiera kindergarden un lunes
no tenía ninguna importancia. pero lo que se le vino de primera fue negarse. ¿Entonces por qué le salió
aquella condescendiente pregunta?

—¿Quieres ir con ellos? —había dicho contra su voluntad.


—Pero tú te quedas sola, mamita —renunció la niña, con su eterna dulzura de ángel protector.
—No importa. Tengo mucho qué hacer, me la pasaré ocupada: si quieres ir, anda con tus amigos.

Chelsea dio un grito de felicidad. Madre e hija se besaron en un arrebato de amor y se pusieron de
inmediato a alistar las cosas de llevar. Melissa era una personita demasiado organizada y casi lo tenía
todo a punto. Su morral estuvo listo en quince minutos.

En otros quince minutos se fueron. Había que ver la cara de emoción de los gringos, lo orgullosos y
felices que los puso la confianza que les dispensaba Rosaura. Era como si les hubiera otorgado el derecho
a ser padres por un par de días, algo que la vida y el trabajo les negaban. Casi puede decirse que se
afanaron en irse IO más pronto posible, como si temieran que la aturdida madre pudiera arrepentirse a
última hora.

Rosaura quedó contenta, pelo pensativa. Aquella era la primera vez en la vida que se separaba de su hija,
le parecía increíble que hubiera dado ese paso tan pronto. Sabía que algún día tendría que suceder, y
que algún día, a lo mejor, Melissa partiría para otra ciudad, y hasta se casaría y partiría para siempre.
Pero nunca se imaginó que la primera separación pudiera ocurrir ese sábado. iTodo había sido tan
repentino y tan fácil! Ella no lo hubiera aceptado con ninguna otra persona, pero resultaba imposible
decirle no a Abraham y a Chelsea. Ellos pertenecíanuna civilización superior, a un mundo más amable, a
otra cosa.

Quedó pensativa y muy sola, y no era cierto que tuviera mucho trabajo, de modo que el domingo ya se
puso tristona. La pasó aburrida leyendo revistas, sin hacer almuerzo y sin prender la televisión, hasta las
cuatro de la tarde, cuando repicó el teléfono.

—¿Señora Rosaura Peñalosa?


_con ella.
—¿Conoce usted a los señores Abraham Pickurt y Chelsea Danielson ?
—Cómo no voy a conocerlos, si son mis vecinos.
—¿y es usted la madre de una niña de dos años y medio llamada Melissa?
—Claro que lo soy. ¿pero quién habla? ¿Quién es usted?
—Señora, le habla Libardo Parada, de la Dirección de Aduanas del aeropuerto El Dorado. Debe usted
acudir de inmediato a este lugar.
—¿pero qué ocurre? ¿A dué se debe la llamada?
—No puedo darle más detalles. Haga usted el favor de tomar las indicaciones y venir.

Le repitieron la forma de llegar, le insistieron que acudiera de inmediato, y colgaron. Cuando al otro lado
se cortó el diálogo, el teléfono se le cayó de las manos.

¿Aeropuerto? ¿Dirección de Aduanas? Era una mujer que no tenía nada de bruta. Antes de llegar a la
puerta, después de echarse encima un abrigo cualquiera y tomar el bolso de afán, cayó en cuenta de lo
que ocurría.
—Gringos hijueputas! —chilló, como si le hubieran pisado los callos con una porra de acero—¡han
intentado robarse a mi niña!

Detuvo en forma bárbara y arbitraria el primer taxi que encontró en la calle y se metió en él,
desquiciada:
—iAl aeropuerto! iDe urgencia! gritando como una

Definitivamente habían querido robarle a Melissa. No era que Chelsea y Abraham no tuvieran hijos por
falta de tiempo, era que el malparido no podía tenerlos por alguna razón. ¿para venderla? ¿Traficantes
de niños? No, no podía creerlo, no era capaz de admitir semejante monstruosidad. ¿Acaso no los había
conocido y tratado durante largos mcscs? ¿Acaso le habían dado algo qué pensar, por pequeño que
fuera? NO, definitivamente no, juzgarlos tan a la ligera estaba muy mal. De pronto, le vino a la cabeza la
idea espantosa del comercio de órganos. Rompió a llorar con escándalo.

—iApúrele, señor, por favor!

El taxista declaró que no podía ir más rápido, pues estaba lloviendo. Para llegar a tiempo y no perder el
avión debía salir más temprano.

—Esto no es un vuelo, es que intentaron robarme la niña.

La gente estaba como aguardando su llegada, pues le bastó preguntar a gritos dónde quedaba la
Dirección de Aduanas para que más de una docena de brazos se levantaran a indicárselo. Una agente
bonita, vestida de azul, la esperaba en la puerta de la famosa Dirección de Aduanas, y sin siquiera
preguntarle el nombre la condujo a través de un largo pasillo.

—Yo los vi a las diez de la mañana —iba diciéndole-•—. La mujer tenía a la niñita dormida en sus brazos,
envueltica en una ruana rosada. Ya habían legalizado todos los papeles, pero el avión demoró a
última hora. Después volví a verlos a las once. La niñita seguia dormida, en la misma posición.
Me pareció muy extraño.

Se detuvieron juntoa un ventanal apartado, frente al cual se hallaban varios hombres de pie. Uno de
ellos se hizo a un lado para abrirle campo. Adentro, sentados alrededor de una mesa, estaban Chelsea y
Abraham. Ella tenía la cara crispada, él parecía estúpido.

No podían verla, se trataba de un cristal reflectivo, un cuarto de esos donde interrogan a las mulas del
narcotráfico. La niña no estaba Con ellos.

—¿Es usted la madre? —preguntó el hombre, que lucía cansado.


—Sí. ¿Dónde está Melissa?
—¿Los reconoce?
—Son mis vecinos gringos.

El hombre la miró con cara de congoja, como si no supiera por dónde empezar.

—La agente Martínez cayó en cuenta de que había algo extraño en la niña. Llevaban más de dos horas
con ella dormida en los brazos, se la turnaban, pero no la colocaban en el asiento, la niña no parecía
moverse.
—¿La narcotizaron? —preguntó Rosaura, empezando a perder el control.
—Sí, parece que sí —dijo el tipo, como para salir del embrollo.
—¿Dónde está? —insistió Rosaura, con urgencia de verla.
—Venga conmigo.

Echaron a andar por un largo y frío pasillo, había más de veinte personas con ellos, pero nadie los siguió.
Cien metros adelante, el hombre llamó discretamente a una puerta. Abrió un sujeto en bata de
enfermero.

—La señora es la madre de la niña.

Se quedaron mirándose a los Ojos, como tratando de entenderse. Rosaura apuró:

—¿Dónde está? ¿Cómo sigue?

El hombre de la bata se apartó para dejarla pasar.

—Ya se la traigo, señora, haga usted el favor de sentarse. A Rosaura le llamó la atención que la tuvieran
en una caja de cartón, pues fue de allí de donde la sacó el de la bata. Pero Melissa estaba muy linda,
como siempre muy linda, aunque profundamente dormida. Sus mejillas parecían encendidas de calor, la
ruanita rosada en que estaba envuelta le infundía aspecto de angelito. La besó y la encontró fría, pero
era que aquel lugar estaba muy frío, el lugar aquel era una nevera.

—¿Cuánto tardará en despertar? —preguntó. Los dos hombres volvieron a mirarse.


—Es cosa de tiempo —dijo el que había venido con ella.
Melissita estaba muy liviana, nunca se había dado cuenta de que su hija pesaba tan poco. Una pluma. A
lo mejor los gringos miserables no le habían dado de comer desde hacía muchas horas.

—¿No sería mejor suministrarle algún alimento?—preguntó. El de la bata retrocedió, con cara de terror.
—No, señora, es mejor que no, yo sé por qué se lo digo.

En ese momento, llamaron a la puerta. Un periodista se identificaba en voz alta. Rosaura aprovechó el
descuido para sacarse con disimulo un pezón y ponérselo en la boca a Melissa.

No habia leche en sus senos desde hacía mucho tiempo, pero estaba convencida de que el contacto le
agradaría a la niña. Afuera se armó una conversación marginal entre el hombre de la bata, que pretendía
hablar en voz baja, y el periodista. La captó sin querer y la fue olvidando de inmediato, porque todo su
cerebro estaba centrado en los futuros planes con Melissa.

—Mi abuela preparaba los pavos de Navidad de esa forma, es una técnica culinaria muy sofisticada, la
conozco por eso. Se trata de dejar la carne tan tierna como si estuviera viva. La cocción estuvo en sá
punto exacto, calculo no más de ciento veinte grados centígrados durante unas doce horas_ Debieron
rebañarla muchas veces en su salsa, ni siquiera perdió el color de la piel, aunque la maquillaron un poco.
Sí, claro, la evisceraron primero, después la rellenaron de cocaína y la cosieron. Siete kilos de cocaína
pura, cómo no. Todo un trabajo de alta cocina, ya no saben qué inventar.
Rosaura no procesó estas palabras, ni el fragor lejano de los aviones, ni las pisadas en los pasillos.
Simplemente acordó consigo misma, como una promesa sagrada y solemne, que nunca más volvería a
separarse de su hija.

—Cuando te cases, me llevas contigo —le dijo al oído.


Y para que tuviera un sueño feliz se puso a cantarle:
—Arrurrú mi niña, arrurrú mi ñá...

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