0% encontró este documento útil (0 votos)
128 vistas18 páginas

Sregional

El documento describe el quiebre institucional en el Ejército Argentino después de la derrota en la guerra de Malvinas en 1982. Los oficiales medios del ejército perdieron la confianza en los altos mandos después de la guerra, viendo la "desmalvinización" como un intento de echar la culpa a los subordinados. Esto llevó a levantamientos como el del teniente coronel Aldo Rico en 1987, expresando la crisis en la mentalidad profesional del ejército. La derrota también facilitó el regreso a

Cargado por

Cesar Alonso
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
128 vistas18 páginas

Sregional

El documento describe el quiebre institucional en el Ejército Argentino después de la derrota en la guerra de Malvinas en 1982. Los oficiales medios del ejército perdieron la confianza en los altos mandos después de la guerra, viendo la "desmalvinización" como un intento de echar la culpa a los subordinados. Esto llevó a levantamientos como el del teniente coronel Aldo Rico en 1987, expresando la crisis en la mentalidad profesional del ejército. La derrota también facilitó el regreso a

Cargado por

Cesar Alonso
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Título: De los golpes a la cooperación: una mirada a la mentalidad profesional en el

Ejercito Argentino - El acontecimiento: el quiebre institucional en el Ejército

5. EL ACONTECIMIENTO: EL QUIEBRE INSTITUCIONAL


EN EL EJÉRCITO

Habían luchado dignamente, pero "pronto, sin embargo, trascendió que


los valientes que inmolaban sus vidas en el campo de batalla habían
sido víctimas de una grave confabulación, consecuencia a su vez de
traición e ineficacia". Los oficiales de alta graduación del estado mayor
general, que intervenían en la guerra desde sus cómodos salones del
Cairo, eran los culpables. Para mal de males, al ejército se le dieron
armas defectuosas. Fueron vencidos "no porque el enemigo fuese más
valiente ni más eficiente, sino en virtud de sus mejores armas y
equipos, mientras que ellos, casi desarmados, entraron en batalla en
inferioridad de condiciones y murieron no a manos del enemigo, sino
de los traidores, bandidos y corrompidos de la corte real y los cuadros
de oficiales superiores del Cairo". Los soldados rasos "a menudo
respondían con amargura: 'Nos han traicionado, señor'". El abatimiento
del ejército se completó cuando, al volver, se vio, "por primera vez en
su historia, convertido en objeto de mofa". 68

De teniente coronel para atrás, teníamos una guerra contra la


subversión en el lomo, un proceso político militar desastroso, la derrota
de Malvinas, y la huida pavorosa del poder de los generales que
hicieron todo esto, para entregarle el poder a Alfonsín. 69

- (...) entre los Generales hay mucha desconfianza de los que regresaron
de la guerra. Existen temores.70
El Jueves Santo de 1987, 16 de abril, un hasta entonces ignoto teniente
coronel se sublevó contra sus mandos, encabezando la toma de la
Escuela de Infantería sita en Campo de Mayo. Aldo Rico, jefe de la
Compañía de Comandos 602 en Malvinas, junto a un grupo cercano al
medio centenar de oficiales de grado equivalente o inferior,
sorprendieron a la población con un hecho que parecía remitir al pasado
golpista, aunque se esmeraran en aclarar que se trataba de "problemas
internos" del Ejército, antes que de un golpe de Estado. El resto del
Ejército, a pesar de las órdenes del Estado Mayor, pareció simpatizar
con la actitud tomada por quienes a partir de allí comenzaron a
llamarse carapintadas. Aunque la tendencia predominante fuera
personalizar en Rico la causa de los sucesos, gran parte de la oficialidad
media simpatizaba con los motivos de la rebelión, lo cual demostraba
abiertamente adhiriendo a la proclama, negándose a participar de su
represión, o haciéndolo con mayor parsimonia que una tortuga.

La sublevación duró tres días. La intervención del Presidente de la


Nación, en directa negociación con el líder rebelde, y los acuerdos allí
tomados, pusieron fin a la acción. No así al movimiento, que produciría
otros tres conatos de rebelión.

El retorno al estado deliberativo en el Ejército, sin embargo, se había


producido mucho antes. Ya desde los mismos finales de la guerra de
Malvinas, y principalmente a través de una política institucional que los
oficiales medios percibieron como de "desmalvinización", los cuadros
superiores parecían empeñarse en continuar con la acostumbrada pauta
organizativa de dominio, a la cual se sumaban sospechados intereses
personales. Las riendas del mando y la obediencia, que los conductores
de las últimas décadas habían manejado con tan ajustada presión,
habían comenzado a soltarse, produciendo una intensa crisis
profesional.

En el período que comienza en 1987, y hasta diciembre de 1990, se


produjeron cuatro levantamientos militares. Siempre en nombre del
carapintadismo como grupo político dentro del Ejército, los
levantamientos fueron evolucionando en sus reclamos, cambiando sus
líderes, y variando sus objetivos implícitos. La rebeldía carapintada
expresó, sin embargo, con todos sus matices la intensa crisis a la que
estaba sometida la mentalidad profesional.

El Ejército después de Malvinas. El retorno a la democracia y los


juicios a militares

La derrota en Malvinas fue un duro golpe para las fuerzas armadas,


pero particularmente para el Ejército. Contrariamente a lo que el
sentido común hubiera supuesto, los mandos de la Fuerza decidieron
que los combatientes emprendieran un regreso sin gloria, no sólo por la
derrota, sino por la oscuridad de su retorno. 71 En junio de 1982, la
cúpula del Ejército relevó a todos los jefes de unidades que habían
actuado en Malvinas. Los oficiales medios, que percibían la actitud de
los generales como un deseo de "desmalvinización" de la Fuerza,
comenzaron a percibir también el derrumbe del tan mentado "orgullo
profesional". Y a preguntarse cuáles eran las virtudes morales y
profesionales de quienes los habían conducido en la derrota, para
provocar una "desmalvinización" que parecía tener por objetivo el
echar las culpas sobre los subordinados. La Escuela de Infantería, casa
de las compañías de comandos que habían actuado en Malvinas, fue
uno de los lugares donde surgió con mayor vigor esta preocupación.

Al final del camino, y como producto de la mentalidad profesional que


había guiado los destinos del Ejército en el último medio siglo, la
Argentina se hallaba en el medio de la mayor crisis de relaciones
cívico-militares de la historia. Si los cantos de 1973 parecían
agraviantes y exaltados para los oficiales de entonces, las marchas y
movilizaciones posteriores a 1982 habían incorporado al léxico popular
otras palabras y frases como "asesinos", "milicos mal paridos", "digan
qué han hecho con los desaparecidos, la deuda externa, la corrupción",
"qué pasó con nuestros chicos en Malvinas", y otras del mismo tenor,
que obligaron paulatinamente a los militares a una situación de práctico
aislamiento. Vestir el uniforme, uno de los símbolos del código de
honor sanmartiniano, se convirtió en sinónimo de escándalo, y no
fueron pocos los que prefirieron en los próximos años salir a la calle
con ropas civiles.

La derrota en Malvinas fue la variable interviniente que provocó una


transición a la democracia única en América Latina, en la cual las
fuerzas armadas no contaron con margen para condicionamientos o
acuerdos. Aún así, durante dieciocho meses el Gobierno militar intentó
conservar prerrogativas, y manejó las reglas electorales y de partidos
políticos.72 Los suspiros finales del intento del Proceso por manejar la
transición (particularmente en la temática de derechos humanos, que
resultaba la más preocupante para las fuerzas), fueron un Informe Final
sobre la Guerra contra la Subversión y el Terrorismo con el que buscó
justificar ideológicamente lo sucedido en los años anteriores, y el
dictado de una Ley de Amnistía el 23 de septiembre de 1983, a pocos
días de las elecciones generales. Nada de eso resultaría.

Inmediatamente iniciado el Gobierno del Presidente Raúl Alfonsín, en


el mismo mes de diciembre se derogó la Ley de Amnistía y se ordenó,
mediante el Decreto 158/83, el inicio de causas judiciales contra las tres
primeras Juntas Militares del Proceso de Reorganización Nacional.
Asimismo, se formó una comisión presidencial compuesta de figuras
destacadas del quehacer nacional, la Comisión Nacional sobre la
Desaparición de Personas (CONADEP), cuyo objetivo principal era
recibir testimonios de víctimas de la represión, a fin de aportar
materiales para el juicio a los comandantes.

Los juicios, en el mensaje presidencial que los anunció, se basaban en


un concepto diferenciador del tipo de acciones ejecutadas por los
militares: un primer grupo, compuesto por quienes organizaron y
comandaron la represión desde el nivel más alto del Estado; un segundo
grupo, en el cual se incluía a quienes más allá de las órdenes recibidas
habían cometido otras clases de delitos o se habían excedido en el
cumplimiento de las órdenes; y un tercer grupo, amparado por el
concepto de la obediencia debida a los superiores, quienes habían
ejecutado lo ordenado.

Esta diferenciación, cuya consecuencia directa era el sometimiento a la


justicia de los dos primeros grupos, pretendía resolver el dilema que
aquejaba al Gobierno: responder a la demanda social de justicia, sin que
eso supusiera un desfile incesante de oficiales militares ante los
estrados judiciales, situación intolerable para la relación Gobierno-
fuerzas armadas.

Sin poder discernir aún si por impericia, ingenuidad, indecisión o deseo


de enfrentar a la sociedad con sus fuerzas armadas (interpretaciones que
surgen según la fuente que se consulte), lo cierto es que a la luz de lo
sucedido posteriormente resulta difícil comprender las razones que
guiaron al Gobierno de Alfonsín a llevar adelante estos juicios,
basándose en la premisa de que las fuerzas armadas se juzgarían a sí
mismas. El esquema jurídico sancionado en la reforma del Código de
Justicia Militar incluía dos instancias: el Consejo Supremo de las
Fuerzas Armadas, en primer lugar y como instancia natural de la
justicia militar; y los tribunales civiles en segundo lugar. Cuando
ninguno de ellos respondió a las orientaciones del Gobierno, la endeble
política gubernamental respecto de los juicios a militares se derrumbó
rápidamente, dejando al descubierto una situación incontrolable.

La actitud adoptada por el Consejo Supremo constituyó un claro


planteo militar de insubordinación al Presidente como Comandante en
Jefe. Así como al interior del Ejército los mandos no supieron
comprender los cambios en la pauta de autoridad, tampoco advirtieron
el cambio en la cultura política y el derrumbe de su imagen moral
frente a la sociedad. La dilación en que incurrieron a fin de evitar los
juicios, fue respondida por la justicia civil con intensa premura: la
Cámara Federal de Apelaciones de la Capital Federal tomó las causas
bajo su égida, y procedió a los juicios de las cúpulas del Proceso. 73

El fantasma tan temido por el Gobierno y por las fuerzas armadas se


corporizó durante 1986: a los juicios de los ex -comandantes siguió una
avalancha de juicios iniciados en la justicia civil a militares
involucrados en violaciones a los derechos humanos. A partir del fallo
de la Cámara Federal (ratificado por la Corte Suprema en diciembre de
1985), que ordenaba el juzgamiento de los comandantes de zonas y de
quienes ejercieron responsabilidad operativa, se destruía el andamiaje
pergreñado por el Gobierno, en cuanto a la diferenciación de grupos
pasibles de juzgamiento.

La conducción del Ejército, personificada en su Jefe de Estado Mayor,


general Héctor Ríos Ereñú, elaboró una ofensiva basada en librar una
"batalla jurídica", que consistía en el fondo en la aceptación de los
juicios a los subordinados, basándose en el supuesto de que una
adecuada negociación con el Gobierno reduciría al mínimo los costos
de las posibles condenas. Sin embargo, algunos generales manifestaron
su descreimiento respecto de las capacidades de la Fuerza para librar
una batalla en un terreno fundamentalmente político. 74

Los oficiales del Ejército no asistían por cierto pasivamente a estos


hechos. Oficiales y suboficiales resistían ser citados a comparecer ante
la justicia por los hechos de la lucha antisubversiva. Según permiten
reconstruir algunos testimonios, la política del Gobierno de Alfonsín
era percibida por muchos de ellos como "antimilitar", y en esta
interpretación los juicios eran la punta de lanza de un objetivo final,
cual era la destrucción de la institución militar. En este pensamiento, la
conducción del Ejército, corporizada en algunos generales que a
entender de la oficialidad "habían pactado con Alfonsín", aparecía
como incapaz de defender la institución, y de poner un límite hasta
"con sables sobre la mesa" para que el Gobierno entendiera el mensaje:
el Ejército no estaba dispuesto a perder, en el terreno político, una
guerra que había ganado en el campo de batalla. En los pasillos del
poder militar circulaba con insistencia la versión: el Gobierno radical
había emprendido una política de persecución ideológica, que buscaba
acorralar al poder militar y demostrar a la sociedad que los militares
habían cometido sólo atrocidades en la guerra contra la subversión. Y
los mandos, "generales de escritorio", habían pactado su supervivencia,
entregando a los subordinados.

La drástica reducción del gasto militar era interpretada, en este sentido,


como otro fuerte indicador de la política antimilitar del Gobierno. De
un porcentaje del 4,39% del producto nacional bruto en 1983, el
presupuesto descendió a un 2,84% en 1985.75 El Gobierno ponía en
práctica una política dubitativa: fuera de la pantalla pública, intentaba
cooptar a los militares con reivindicaciones de la lucha antisubversiva,
mantenía intactas las estructuras legales y organizativas (como las de
inteligencia),76 y demoraba los intentos parlamentarios de producir
reformas en el aparato militar. Públicamente, denostaba las violaciones
de derechos humanos y las consecuencias políticas del Proceso,
aceptaba las conclusiones del Nunca Más elaborado por la Conadep, y
alentaba (a ojos de los militares) el ataque virulento de los medios de
comunicación a la institución.77
El apuntalamiento del semi-derribado edificio jurídico planeado por el
Gobierno y las cúpulas militares -en medio de una fuerte resistencia de
vastos sectores de la sociedad civil, que acusaba al Gobierno de estar
pactando con los militares- fue la sanción de una llamada Ley de Punto
Final,78 hecho inmediatamente anterior al primer levantamiento
carapintada.

Para marzo de 1987, el estado deliberativo en el Ejército preanunciaba


el estallido. De parte de la oficialidad media, en vilo por el desarrollo
de las citaciones judiciales, la situación de inseguridad personal había
provocado un fuerte debate interno, entre los llamados "guantes
blancos" y los que "se habían embarrado en la guerra".

A partir de allí, y hasta diciembre de 1990, se desarrollará en el Ejército


Argentino una intensa lucha por el poder, entre dos mentalidades
militares diferentes, cuyas repercusiones en las relaciones cívico-
militares continúan hasta el día de hoy.

Esquema cronológico de los acontecimientos

 Primer Levantamiento: Campo de Mayo, 16 al 19 de Abril de 1987

Líder: Tcnl Aldo Rico

Objetivos:
Explícito: Provocar la remoción de la cúpula del Ejército, y demandar
una "solución política" a los juicios contra militares en actividad.

Implícito: Detener la acción "antimilitar" del Gobierno, a fin de


recuperar la imagen "honrosa" de las Fuerzas Armadas, y la
reivindicación de la lucha antisubversiva.

Contexto Político y Sucesos:


Fracaso de la Ley de Punto Final, lo cual supone la comparecencia de
militares en servicio activo ante los tribunales civiles. El detonante fue
la negativa (y posterior fuga) del Mayor Ernesto Barreiro (acusado de
violaciones a los derechos humanos en el centro clandestino de
detención La Perla durante el Gobierno militar) a presentarse ante la
Cámara Federal de Apelaciones de Córdoba, el 15 de abril. La negativa
supuso su baja del Ejército. Rico y otros oficiales toman la Escuela de
Infantería de Campo de Mayo, y desde allí lanzan los pedidos de
remoción de la cúpula del Ejército y de solución política a los juicios.

El movimiento se descontroló frente a la falta de adhesión de mandos


superiores, lo cual frenó el levantamiento de unidades en todo el país,
como estaba previsto.79 Sí se produjo el autoacuartelamiento del
Regimiento de Infantería 14 de Córdoba, que depuso su actitud el día
17. Aún así, la clase política dio en sus comienzos el carácter de intento
de golpe de estado a la rebelión. El Gobierno acudió a la conducción
del Ejército a fin de lograr la represión; esto no fue posible debido a la
negativa de los comandantes de unidades a enfrentarse con sus
camaradas. Intentos de entendimiento emprendidos por el Jefe del
Ejército y el Ministro de Defensa fracasaron ante la intransigencia de
Rico y su desconocimiento de la autoridad de los mandos. El general
Heriberto Auel, quien era mencionado -y aceptado por los carapintadas-
como posible reemplazo en la Jefatura del Ejército, participó de la
negociación entre los rebeldes y el Gobierno, "a fin de evitar la guerra
civil".80

La negociación final fue conducida por el Presidente, quien acordó con


los sublevados la "solución política", aunque lo negara públicamente en
su célebre frase "la casa está en orden". 81

Resultados Internos en el Ejército:


Ríos Ereñú pide su pase a retiro, y es reemplazado por el General Dante
Caridi. Rico es detenido, y procesado en el fuero militar bajo la
acusación de motín.82 A pesar de que los rebeldes habían acordado con
Alfonsín que la responsabilidad del levantamiento cayera sobre Rico
-con la correspondiente pena- la política adoptada por Caridi consistió
básicamente en la depuración de los elementos explícitamente
carapintadas o sospechados de simpatizar con ellos, por vías
administrativas (pases a retiro, disponibilidad, calificaciones, o
sumarios). Esta política se consuma abiertamente en el mes de
septiembre, cuando se releva a oficiales carapintadas de destinos con
mando de tropa, en un claro quiebre con los acuerdos tomados durante
la negociación con Alfonsín. A partir de allí, el estado deliberativo se
desarrolla exponencialmente, entendiendo los carapintadas que Caridi
hacía uso político de los beneficios de Semana Santa (obediencia
debida) hacia el interior de la Fuerza, al tiempo que eliminaba a sus
responsables.

Política Gubernamental:
El Gobierno no nombra como Jefe a ninguno de los generales
propuestos por los carapintadas. Apoyando a la nueva conducción del
Ejército en el restablecimiento de su pauta de autoridad, niega la
existencia de pactos con los sectores rebeldes. A pesar de ello, en el
mes de junio se sanciona la Ley de Obediencia Debida (n° 23.521), la
cual exime de responsabilidad a aquellos que hubieran actuado en
virtud del principio de la obediencia debida al mando, o aún por
coerción. Esta ley otorga la mentada solución política al tema de los
juicios. Sin embargo, la crisis militar ya había adquirido su propia
dinámica, independientemente de la aparente causa que la había
originado.

 Segundo Levantamiento: Monte Caseros, 14 al 18 de Enero de 1988

Líder: Tcnl Aldo Rico

Objetivos:
Explícitos: demandar el cumplimiento de los acuerdos de Semana
Santa. Resolver la situación procesal de Aldo Rico, como símbolo de
reconocimiento a la acción carapintada.

Implícitos: provocar un hecho político de magnitud, que posicionara al


sector en mejores condiciones para combatir con el generalato "liberal"
del Ejército. Capitalizar políticamente la figura de Aldo Rico.

Contexto Político y Sucesos:


El detonante aparente fue el intento del Jefe de Estado Mayor, Dante
Caridi, de evitar que Aldo Rico abandonase el régimen de prisión
preventiva rigurosa a la que estaba sometido. Durante los primeros días
de enero de 1988, Caridi y el resto de los mandos del Ejército
planificaron la estrategia a seguir en el fuero militar, para impedir el
retorno de Rico a la arena del poder interno. En cuanto se logró el
dictado de una nueva prisión preventiva rigurosa, Rico huyó
del country Los Fresnos donde estaba alojado, con paradero
desconocido. Recaló en el Regimiento de Infantería 4 de Monte
Caseros (Corrientes)83, desde donde inició un nuevo levantamiento.

Aunque recibió adhesiones de otras unidades, el movimiento no contó


con la simpatía masiva de Semana Santa, probablemente por entender
que se confundían objetivos personales de Rico con objetivos
institucionales. En esta ocasión, los generales convocados para reprimir
el movimiento en el interior del país, cumplieron sus objetivos. En
Monte Caseros, la cantidad de tropa reunida por Caridi para intimar al
líder rebelde, provocó la rendición de Rico, quien había necesitado esta
arriesgada jugada para comprobar que el método de la sublevación ya
no servía a los fines de construir una alternativa política interna dentro
del Ejército.

Un claro indicador de ello es que, en esta ocasión, la situación fue


conducida directamente por el Ejército y no por el Gobierno, quien
incluso ordenó a las restantes fuerzas armadas que apoyaran la
represión.

Resultados Internos en el Ejército:


El sector carapintada resulta notoriamente debilitado, al tiempo que se
fortalece el llamado Ejército oficial, con la figura de Caridi al frente del
mismo. Sin embargo, el hecho demostró que el concepto de disciplina
dentro de la fuerza continuaba en franca crisis, y que la institución por
ende estaba desarticulada. Cerca de 400 miembros fueron procesados,
Aldo Rico fue detenido y dado de baja, y sus seguidores más cercanos
pasados a retiro. Con ello, y con la profundización de la vía
administrativa de relevos y disponibilidad, se descabezó el movimiento,
pero sólo para permitir la aparición de un nuevo líder: Mohamed Alí
Seineldín, y de una nueva base de apoyo: los suboficiales.

Política Gubernamental:
El Gobierno califica el hecho como un problema interno del Ejército y
delega en éste su resolución, a pesar de las funciones que corresponden
al Presidente como Comandante en Jefe. La situación se retrotrae, en
este sentido, a la legitimación de la autonomía militar.

Pese a los intentos gubernamentales de continuar manteniendo


funciones de la llamada seguridad nacional para las fuerzas armadas, en
abril de 1988 el Congreso Nacional sanciona una nueva Ley de Defensa
Nacional con apoyo del Partido Radical, estableciendo una clara
distinción entre seguridad interior y defensa nacional, e impidiendo a
los militares actuar en el marco interno. Con ello, se establece que, a
pesar de las leyes sancionadas para terminar con los juicios, la lucha
antisubversiva no es considerada legítima por la clase política.

Por otra parte, y también debido a los condicionamientos de la crisis


económica, se mantiene el panorama de recortes presupuestarios y
bajos salarios, lo cual estimula los reclamos carapintadas de
"repotenciar" al Ejército, cuyas misiones aparecían a ojos de la Fuerza,
con la nueva ley de defensa, más confusas que nunca.

 Tercer Levantamiento: Villa Martelli, 2 al 9 de Diciembre de 1988

Líder: Cnl Mohamed Alí Seineldín

Objetivos:
Explícitos: cumplir los objetivos de Semana Santa, y provocar el retiro
de Dante Caridi como Jefe de la Fuerza.

Implícitos: instaurar la figura de Seineldín como líder natural del


Ejército, para desde allí presionar a las autoridades civiles a fin de
provocar cambios en la política militar, y consolidarse como núcleo
principal de la Fuerza en vistas a la posible presidencia de Carlos
Menem, que auguraría la victoria del "Ejército nacional".84

Contexto Político y Sucesos:


El detonante aparente fue la imposibilidad del coronel Seineldín de
ascender a General, con lo cual se daba por tierra la última esperanza
carapintada: colocar a uno de sus hombres en el mando de la Fuerza.
Sin embargo, la explosión de este tercer levantamiento fue gestándose
durante el transcurso de 1988, a partir del endurecimiento de la postura
institucional respecto de los participantes de los anteriores
levantamientos, expresada en las actuaciones de la justicia militar que
prometía duras penas para los amotinados.

El cambio de liderazgo impondría una impronta diferente a los


levantamientos. A pesar de mantener los objetivos declarados en
Semana Santa, Seineldín presentó como condición para hacerse cargo
del movimiento que ninguno de los tenientes coroneles que habían
participado de los anteriores levantamientos (identificados como Grupo
Rico) actuara en la operación que él conduciría. 85 Seineldín, que desde
su puesto como formador del primer grupo comando en el Ejército
(Halcón 8), había cultivado una imagen mística del profesional militar,
parecía caber a la perfección en este rol de líder salvador que acudía al
llamado de sus subordinados.

A fines de noviembre el hasta entonces desconocido coronel


desapareció de Panamá, país donde cumplía funciones de agregado
militar. Los primeros días de diciembre, la conducción del Ejército ya
tenía informaciones acerca de su ingreso clandestino al país, y de la
puesta en marcha de un nuevo levantamiento militar.

El movimiento rebelde se cumplió en esta ocasión en dos etapas: una


primera, focalizada en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo,
sublevada el 2 de Diciembre; la segunda, consistió en el traslado de las
operaciones al Batallón de Arsenales de Villa Martelli, el día 3.

Diversos factores explican la duración del hecho, y la facilidad de


maniobra de los rebeldes:

- El desgaste al que había estado sometido el sector carapintada


había sido intenso en los últimos dos años. Visto desde esta
perspectiva, parecía claro que tenían nada que perder, y que su
apuesta era jugar a ganar. La impresión de que esto sería
determinante en la actitud a adoptar por los rebeldes si se
produjera un enfrentamiento armado, habrá sin duda influído en
la evaluación política de quienes demoraron o negaron un ataque
represivo. La personalidad de Seineldín agregaba, en este
sentido, intranquilidad, pensando en las posiblemente escasas
restricciones psicológicas que tendría para decidir pasar a las
armas. Sin duda, no parecía estar dispuesto a moverse demasiado
en el farragoso terreno político, como lo había hecho Rico. El 3
de diciembre de 1990 esta presunción quedaría lamentablemente
confirmada.
- La política seguida por Caridi tampoco encontraba, en este
punto en el que había demostrado su inutilidad para resolver la
indisciplina, adhesiones en los propios generales. Por otra parte,
las demandas principales de los carapintadas (reivindicación de
la lucha antisubversiva, finalización de la política "antimilitar"),
eran compartidas por muchos de los que entonces ya revistaban
como generales, aunque no compartieran los métodos. 86
- El Gobierno, por su parte, se hallaba en una situación política
más que precaria al iniciar su sexto año de administración. No
contaba con margen de apoyo parlamentario y popular para
imponer su autoridad al Ejército, o para evitar pactos internos.
De hecho, la orden de represión dada por Alfonsín a su regreso
al país, no fue en la práctica suficiente para los generales que
debían ejecutarla.
- Un papel preponderante en la negociación entre ambos bandos
fue protagonizado por el general Isidro Cáceres quien -según los
carapintadas plantearían posteriormente- buscaba congraciarse
con el sector teniendo en mente su posible ascenso a la Jefatura
del Arma.
- Proporcionalmente, este levantamiento contaba con mayor
número de insubordinados (casi mil hombres), respecto de los
anteriores, y había involucrado a un grupo de Prefectura Naval, y
consagraba la inclusión de los suboficiales. Aparentemente, la
base de apoyo de Seineldín provenía de orígenes diversos.

Una serie de largas negociaciones entre la Jefatura y Seineldín (con


Cáceres como garante) culminó en el llamado Pacto de Villa Martelli,
cuya existencia fue posteriormente negada tanto por el Gobierno como
por la cúpula del Ejército. El acuerdo consistía básicamente en:

- Restablecer la disciplina, para lo cual se entendía como


indispensable promover la unidad de la Fuerza. Respecto de las
consecuencias disciplinarias y judiciales, se acordó que
solamente Seineldín y otro subordinado, el Mayor Abete (quien
había sublevado el Regimiento de Infantería 6) 87 serían
responsabilizados por el hecho; al mismo tiempo, se finalizarían
las causas contra los 432 oficiales y suboficiales que aún estaban
respondiendo por los levantamientos anteriores.88
- Reivindicación de la lucha antisubversiva.
- Retiro de Caridi de la Jefatura, antes de la Navidad.

Resultados Internos en el Ejército:


Dante Caridi elevó su renuncia como Jefe de Estado Mayor, lugar que
ocupó Francisco Gassino. Asimismo, el nombramiento de Cáceres al
frente del II Cuerpo de Ejército pareció otra muestra de que, esta vez,
no solamente iban a cumplirse los acuerdos, sino que el movimiento
había arrojado resultados positivos.

La posición del sector carapintada en el esquema de poder interno,


ostensiblemente debilitada luego de Monte Caseros, experimentó una
inyección de energía luego de Villa Martelli. La utilización de la figura
mística de Seineldín, y la adhesión de suboficiales, fueron factores de
peso en esta repotenciación del sector.

Política Gubernamental:
El Gobierno, en primera instancia, respaldó la política de Caridi, y su
reemplazo por el general Gassino fue una confirmación de que no se
aceptarían los reclamos carapintadas respecto del nombramiento de un
Jefe afín al sector. De todas formas, la temática de derechos humanos
continuaba siendo prioritaria para Alfonsín, pues resguardaba esa área
como uno de los últimos lazos que sostenían su figura ante la opinión
pública. La solicitud de amnistía para los militares enjuiciados fue,
obviamente, rechazada de plano.

En enero de 1989, al producirse el ataque al Regimiento La Tablada por


parte del Movimiento Todos por la Patria (MTP), el Gobierno
reacciona concediendo una anhelada demanda del Ejército: mediante el
decreto 327/89, se establece un Consejo de Seguridad Nacional
(COSENA), y se permite a las fuerzas armadas formar parte del mismo,
en abierta contradicción con la ley de Defensa Nacional.

 Cuarto Levantamiento: Buenos Aires, 3 de Diciembre de 1990

Líder: Cnl Mohamed Alí Seineldín

Objetivos:
Explícitos: Cumplimiento del Pacto de Villa Martelli. Provocar la
remoción del Jefe del Estado Mayor, y retomar las banderas de Semana
Santa. Cohesionar al Ejército.

Implícitos: Alcanzar la cúspide del poder interno, y construir el Ejército


que el sector anhelaba. Presionar al Gobierno para que modificara la
política de seguridad, de defensa y militar, devolviendo a la Fuerza
protagonismo en la decisión de los destinos nacionales.

Contexto Político y Sucesos:


Los últimos meses del Gobierno de Alfonsín fueron el escenario de la
continuación de la depuración de elementos carapintadas (o siquiera
sospechados de serlo), por parte de la conducción del Ejército. En el
plano político nacional, el triunfo de Carlos Menem en las elecciones
presidenciales de mayo de 1989 significaron, para el sector liderado por
Seineldín, la esperanza de ver cumplidos sus anhelos no solamente
respecto de la interna de la Fuerza, sino también respecto de la política
general a adoptar por el país. La especulación política carapintada, con
Seineldín, había traspuesto los objetivos específicamente internos,
hacia la arena misma de la política nacional, confundiendo -como otros
antecesores en la historia- el papel de los militares y exagerando sus
capacidades para pensar acerca de todo lo que tuviera que ver con la
Nación.89

Indudablemente este tipo de pensamiento fue alentado desde el entorno


del nuevo Presidente (o directamente por él mismo). Seineldín relata
detalladamente 51 reuniones, entre diciembre de 1988 y diciembre de
1990, mantenidas entre el sector carapintada y los nuevos ocupantes del
poder, incluyendo a Carlos Menem.90 Estas reuniones fueron
realizadas para tratar no solamente la situación del Ejército, sino
también otros asuntos tan variados e inconducentes para la salud de un
régimen democrático,91 como la plataforma de defensa del Partido
Justicialista, ternas para la designación del Ministro de Defensa y del
Jefe de Estado Mayor del Ejército, proyectos de ley de amnistía, o la
política de defensa a aplicar por el Gobierno.

Sin embargo, las expectativas carapintadas respecto de Menem y del


Jefe de Estado Mayor por él designado (general Isidro Cáceres, quien
cumplía las condiciones desde siempre enarboladas por el
carapintadismo), no se vieron satisfechas en el sentido de otorgar al
grupo un espacio de poder. El 16 de junio de 1989, ante la decisión de
Seineldín de dejar sin efecto el Pacto de Villa Martelli, aduciendo su
incumplimiento por parte de la conducción del Ejército, Cáceres
reacciona desconociendo públicamente dicho pacto.

A pesar de los indultos presidenciales que beneficiaron no sólo a


quienes habían participado de los anteriores levantamientos (decreto
1004/89, del 6 de octubre), sino también a ex -comandantes del Proceso
(eliminando así una de las principales banderas carapintadas: la
reivindicación de la lucha antisubversiva), el enfrentamiento interno del
Ejército había adquirido su propio dinamismo, más allá del estado de
las relaciones cívico-militares.

La nueva ruptura de lanzas entre ambos sectores internos del Ejército


llegará en noviembre de 1989, al ser citados los principales jefes
carapintadas a fin de comunicarles su pase a retiro. 92 En diciembre, una
inoportuna declaración de Seineldín condenando la invasión a Panamá
le vale diez días de arresto domiciliario. Llegado 1990, los sucesos se
desencadenan: la interna del Ejército, sumado al desencanto del grupo
con la política nacional adoptada por Carlos Menem, 93 provocan la
decisión de iniciar otra conspiración. A partir de mayo, una nueva
acción se pone en marcha.

Diversas pujas de poder en los meses subsiguientes terminan con el


arresto de Seineldín en La Pampa, por sesenta días, a finales de octubre.
El enfrentamiento, en la mente de los conspiradores, ya era inevitable.

El 3 de Diciembre de 1990, oficiales y suboficiales del sector


carapintada tomaron los cuarteles de Palermo, el Edificio Libertador
(sede del comando de la Fuerza), la Fábrica TAMSE, el Batallón de
Intendencia 601, efectivos y blindados de la Brigada Blindada II, del
Regimiento de Caballería de Tanques 2 (con el fin de contar con
reserva para operar sobre Buenos Aires), y de los Regimientos de
Villaguay y Concordia. El operativo militar, hasta allí, se había
desarrollado cumpliendo las expectativas de los planes elaborados.

La complicada ingeniería del plan comenzó a fracasar a partir de


diversos hechos y actitudes que, combinados, provocaron un desenlace
trágico y -esta vez- sin retorno:

- En primer lugar, el fracaso del operativo de liberación de


Seineldín de su lugar de detención, para ponerlo al mando de la
operación.
- En segundo lugar, el Ejército tenía información acerca de la
realización del levantamiento.
- Como actitud fundamental para la resolución que finalmente
adoptó el conflicto, el presidente Carlos Menem decidió
inmediatamente ordenar su represión, sin ninguna clase de
negociaciones.
- Otra actitud clave fue la asumida por el Ejército, quien esta vez
adhirió y cumplió la orden de represión, empleando sus armas
para ello.94
- Las muertes producidas.95
- La falta de apoyo de otros coroneles para asumir puestos de
mando.96

Al caer el mismo día, el movimiento había finalizado. La conjunción de


la acción del Gobierno, con la asumida por el resto del Ejército,
provocaron la más rápida rendición de todos los levantamientos
carapintada. El último, el más sangriento, y el definitivo para la lucha
del poder en una fuerza armada cuyo estado deliberativo ya amenazaba
con su propia destrucción.97

68. FINER, SAMUEL. Los Militares en la Política Mundial {1962}. Editorial


Sudamericana, Buenos Aies, 1969, pág. 89 (citando a EL-BARAWY,
RASHED, The Military Coup in Egypt. Rennaisance Bookshop, Cairo, 1952,
pág. 190). Se refiere a la situación del ejército egipcio en 1948.
69. Aún conociendo las dudas que provocan las fuentes anónimas, preferimos
mantener en reserva el nombre del oficial argentino que pronunció estas
palabras en una entrevista.
70. SEINELDIN, MOHAMED ALI. Malvinas: un Sentimiento..., op. cit., pág. 212.
71. Este hecho no sólo fue hecho público y reconocido por los carapintadas,
sino hasta por el ex Jefe de Estado Mayor hasta diciembre de 1999, General
Martín Balza, quien sirvió como artillero en Malvinas.
"Aquí la desmalvinización comienza a partir del momento en que los
combatientes de Malvinas regresamos al continente y somos ocultados. El trato
que las tropas argentinas -incluso oficiales, suboficiales y soldados- recibimos
en el continente de parte de la conducción que en aquel momento tenía el
Ejército fue peor que el que nos dieron los ingleses cuando estuvimos
prisioneros en San Carlos". HERNANDEZ, PABLO. Conversaciones con el
Teniente Coronel Aldo Rico. De Malvinas a la Operación Dignidad. Editorial
Fortaleza, Buenos Aires, 1989, pág. 68.
72. Para mayores detalles, ver McSHERRY, J. PATRICE. Incomplete
Transition..., op. cit., cap. 4. La tesis de esta autora -con la cual discrepamos-
es que el Proceso militar no colapsó, sino que mantuvo prerrogativas que se
ejercieron aún retornada la democracia. Otros autores, con los cuales
coincidimos mayormente, hacen hincapié en la falta de asunción de las propias
prerrogativas por parte del electo gobierno civil.
73. Una descripción completa de todo este proceso puede encontrarse en SAIN,
MARCELO F. Los Levantamientos Carapintada. 1987-1991. Centro Editor de
América Latina, Buenos Aires, 1994 (2 tomos); y en LOPEZ, ERNESTO. Ni la
Ceniza..., op. cit.
74. En una entrevista con la autora, un oficial que servía bajo el mando del
general Auel afirma que a comienzos de marzo de 1987, dicho general advirtió
a la conducción acerca del estado de insubordinación que estaba gestándose
en la Fuerza.
75. SCHEETZ, THOMAS y CACERES, GUSTAVO (Cnl R). Defensa No
Provocativa. Una Propuesta de Reforma Militar para la Argentina. Editora
Buenos Aires, Buenos Aires, 1995.
76. Ver por ejemplo STEPAN, ALFRED. Repensando a los Militares en Política.
Cono Sur: un Análisis Comparado. Grupo Editorial Planeta, Buenos Aires,
1988, particularmente el capítulo 6.
77. Sobre el tema del doble discurso del Gobierno alfonsinista, ver LOPEZ,
ERNESTO. Ni la Ceniza..., op. cit., y McSHERRY, J. PATRICE. Incomplete
Transition..., op. cit., cáp. 5.
78. Esta ley (n° 23.492) buscaba terminar con las causas contra militares,
estableciendo un plazo perentorio para la ordenación de citaciones
indagatorias. Sancionada a fines de diciembre de 1986, el plazo de 60 días
establecido impediría claramente que antes de mediados de febrero se
sustanciaran demasiadas citaciones. Pero la justicia civil -trabajando
nuevamente contra reloj durante la feria judicial- logró enviar más de 400
citaciones, con lo cual hizo fracasar el objetivo gubernamental y militar.
79. Según testimonios, estaba prevista la participación de por lo menos un
general en la asonada. Su ausencia catapultó a Rico a la cabeza del
levantamiento.
80. Entrevista a un oficial que servía junto a Auel en Río Gallegos.
81. "Para evitar derramamiento de sangre he dado instrucciones a los mandos
del Ejército para que no se procediera a la represión, y hoy podemos dar todos
gracias a Dios: la casa está en orden (...)". Discurso del Presidente Alfonsín en
Plaza de Mayo el domingo 19. Diario Clarín, 20 de Abril de 1987.
82. La demanda civil por rebelión, iniciada de oficio por el juez Piotti durante
los mismos sucesos, fue anulada en junio por el juez interviniente
argumentando defectos procesales.
83. El segundo jefe de esa unidad, Jorge Jándula, había servido como
comando en Malvinas, aunque no en la compañía de Rico.
84. "A nuestros objetivos de recuperación del Honor y la Dignidad se le sumaba
ahora el de lograr la libertad de nuestros camaradas presos por los sucesos de
Monte Caseros, pues nos resultaba incomprensible que hombres tan valiosos
para la institución estuviesen en prisión por querer defender a su Ejército...
(...).
"Algunos jefes que participaron de Semana Santa y Monte Caseros y que no
estaban en prisión, comenzaron a reorganizar nuevamente nuestros cuadros,
pero había que superar un serio inconveniente cual era el de encontrar un
nuevo comandante, dado que el anterior (teniente coronel Rico) permanecía
preso. Era voz populi en el Ejército que la situación que se vivía en la
institución podía ser solucionada con un buen comandante, un hombre con
mucho prestigio y con grandeza de espíritu, capaz de cohesionar la Fuerza, y
cuando a estas condiciones había que ponerle un nombre, todos coincidían: el
coronel Seineldín." ABETE, HUGO. Por qué Rebelde. La Verdad sobre el 3 de
Diciembre de 1990. Librería Huemul, Buenos Aires, 1996, pág. 75.
85. Ver ABETE, HUGO. Por qué...,op. cit., pág. 76.
86. Así lo demuestra la existencia de un radiograma interno enviado por los
generales, que estipulaba que ambos bandos luchaban por el mismo objetivo, y
que en adelante habría una reivindicación planteada por el conjunto del
Ejército. Puede encontrarse el mismo en CHUMBITA, HUGO. Los
Carapintadas. Historia de un malentendido argentino. Editorial Planeta, Buenos
Aires, 1990.
87. La posición de poder de Seineldín puede apreciarse en el hecho de que
Abete se negó a entregar el mando de su unidad a menos que fuera relevado
por el mismo Seineldín, quien inclusive fue personalmente a producir el
recambio, una vez entregado Villa Martelli. Situación insólita que revela cómo,
en realidad, parecían existir dos ejércitos paralelos.
88. La cifra es citada por SAIN, MARCELO F., en Los Levantamientos..., op. cit.,
pág. 167.
89. Si bien Aldo Rico negocia espacios de poder con Seineldín en abril de 1989,
este entendimiento no duraría mucho, y Rico se alejaría definitivamente del
movimiento carapintada durante 1990, para dedicarse a la actividad política.
90. Ver ABETE, HUGO. Por qué Rebelde..., op. cit., págs. 40-57.
91. Más aún si se piensa que las negociaciones se hacían con un detenido, en
su lugar de detención, u otorgando permisos para salidas.
92. El 3 de julio se había negociado el llamado Pacto de Palermo entre
Seineldín y Cáceres, por el cual se acordó el pase a retiro de jefes de ambos
bandos: once por el sector carapintada (Seineldín a la cabeza de ellos), y nueve
generales "irritativos" para los carapintadas. Así, supuestamente, finalizaría la
depuración. Los retiros de noviembre no estaban contemplados en este
acuerdo. En realidad, los indultos de octubre tampoco habían conformado a
los carapintadas, pues aducían que a partir de ellos se dejaba la puerta abierta
para provocar los pases a retiro.
93. "Menem no es un político diferente a los demás y en tal sentido le importa
más el Poder que el Bien Común. Y para el Poder, el Ejército Administrativo es
más conveniente que un Ejército Guerrero y Nacional.
(...) A partir del momento en que él se vuelca por el proyecto liberal, nosotros
dejamos de tener cabida en las FF.AA. y, como hombres de pensamiento
nacional, pasamos a ser sus principales opositores." Entrevista a Mohamed Alí
Seineldín, reproducida en ABETE, HUGO R. Por qué Rebelde..., op. cit., págs.
60-61.
94. Fundamental para esta actitud fue el conocimiento de la muerte del
Teniente Coronel Pita y del Mayor Pedernera, en Palermo. Para los cuadros de
la Fuerza, estas muertes significaron un punto sin retorno, a partir del cual los
carapintadas habían matado a camaradas a fin de lograr sus objetivos. Por
parte de los carapintadas, han negado sistemáticamente haber sido los autores
de esas muertes, producidas según ellos por francotiradores ubicados en el
terraplén del ferrocarril, frente a la entrada del Regimiento, y por la actitud de
Pita y Pedernera, quienes -dicen- ingresaron "a los tiros", vestidos de civil y en
la oscuridad sin intimar rendición. Esto fue planteado en el juicio civil que se
les sustanció posteriormente. También, puede consultarse esta versión en
ABETE, HUGO R. Por qué Rebelde..., op. cit., págs. 165-200. Entre otras cosas,
dice que "(...) era suficiente para comprobar la intención de los 'leales' de
aniquilarnos sin contemplaciones. Esto me llevó a proponerle al coronel
Baraldini convocar urgentemente a una conferencia de prensa para aclarar lo
sucedido, pues de lo contrario nos iban a presentar como unos desaforados.(...)
sacamos las siguientes conclusiones: a) que no habría en el futuro ningún
intento de negociación ni de intimación a la rendición, como de hecho no los
había habido hasta entonces. B) Que el EMGE explotaría psicológicamente las
muertes producidas y las presentaría ante la opinión pública como asesinatos.
C) Que las adhesiones que esperábamos, ya no se iban a concretar. D) Que los
indiferentes iban a tomar partido en contra nuestra de allí en más.(...)", op. cit.,
pág. 172.
95. Las muertes de Pita y Pedernera también resultaron fundamentales para la
moral de los carapintadas. A partir de allí, se decidió sacar a los soldados y
oficiales leales del Regimiento y, a pocas horas, rendirse sin resistencia
armada. En los sucesos de TAMSE, el conocimiento de lo acaecido en Palermo,
sumado a la comprobación de que el Ejército estaba dispuesto a reprimir,
provocó también la decisión de no emplear los imponentes medios que tenían
en su poder, y dirigirse hacia Mercedes. En el trayecto, un tanque embistió a
un colectivo, matando a seis civiles. Este hecho también permanece bajo
discusión, acerca de cuál era el sector que manejaba ese tanque. En la retirada
de la columna de tanques, también perdió la vida el coronel Jorge Romero
Mundani, quien se suicidó en el interior de su tanque.
En los sucesos de Entre Ríos, en circunstancias no aclaradas perdió la vida un
soldado.
Por otra parte, que el Ejército actuó sin intimar resistencia fue reconocido por
el propio Jefe de la Fuerza, General Martín Bonnet (quien había reemplazado a
Cáceres luego de su muerte), en el juicio ante la Cámara Federal.
96. En el caso del Regimiento Patricios, se sumó la circunstancia de que
accidentalmente resultaran heridos pocos minutos antes del comienzo de la
intentona el oficial que iba a hacerse cargo de las operaciones allí.
En el caso de la toma del símbolo del poder, el edificio del estado Mayor,
finalmente terminó haciéndose cargo del operativo un capitán (Gustavo Breide
Obeid), pues el coronel que debía hacerse cargo nunca llegó. También allí
resultó muerto un suboficial carapintada, el sargento Guillermo Verdes.
97. Los resultados internos para el Ejército, y la política gubernamental, serán
abordados en el capítulo 7.

También podría gustarte