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Reflexiones sobre Agua y Bioética

El documento discute la relación entre los seres humanos y el agua. Señala que las sociedades antiguas tenían una relación más armoniosa con el medio ambiente y el agua, mientras que las sociedades modernas tienden a tratar el agua como un recurso. También explora diferentes perspectivas sobre el significado del agua, desde una molécula hasta una entidad con la que se puede comunicar.

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Reflexiones sobre Agua y Bioética

El documento discute la relación entre los seres humanos y el agua. Señala que las sociedades antiguas tenían una relación más armoniosa con el medio ambiente y el agua, mientras que las sociedades modernas tienden a tratar el agua como un recurso. También explora diferentes perspectivas sobre el significado del agua, desde una molécula hasta una entidad con la que se puede comunicar.

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Tratamiento Ecológico de Aguas

Apuntes Taller
Bioetica y tratamiento de aguas1
Dice R. Van Potter (1971:78-79) “Perhaps what is needed is not conservatism or liberalism
but realism –realism about the nature of man and realism about the nature of the world we
live in. We are not talking about what every educated person ought to know and does not.
There is not presently available within a single cover any reliable authoritative summary of
what one would hope a college graduated, or even a high school graduated, might be
expected to know about man and his world and the relationship between order and
randomness in each. Knowing involves knowing what we do not know as well as what we
do know, and there is a little doubt that if a group of the best minds from seven continents
were mobilized, they could come up with surprisingly large areas of agreement on
knowledge and ignorance.”
“Quizás lo que se necesita no es conservadurismo o liberalismo, sino realismo: realismo
sobre la naturaleza del hombre y realismo sobre la naturaleza del mundo en que vivimos.
No estamos hablando de lo que toda persona educada debería saber y no sabe.
Actualmente no disponemos dentro de lo que se puede apreciar, una síntesis confiable de
lo que uno esperaría de un graduado universitario, o incluso de lo que un graduado de
secundaria debería saber sobre el ser humano, su mundo y la relación entre el orden y la
aleatoriedad en cada caso. Saber implica, tanto saber lo que no sabemos, como aquello que
sabemos, y no hay la menor duda de que si un grupo de las mejores mentes de los siete
continentes se movilizara juntos, podrían llegar a grados sorprendentemente grandes de
acuerdo sobre el conocimiento y la ignorancia.” (Traducción libre de J. C. Stauber)
Este reconocimiento del padre de la Bioética sobre la necesaria relación entre saber y no-
saber, entre ser humano y medio ambiente, impacta de lleno en la tensión que se genera
cuando ciencias y tradiciones, valores y datos, dudas y certezas, conservar o liberar,
fidelidad y rupturas, significa en la búsqueda de una síntesis que nos integre y contenga. En
el mismo sentido, Potter se preguntaba por aquello que podría ser un “conocimiento
peligroso”. Sin duda la respuesta no está en un solo lado, en una sola cultura ni en una sola
ciencia. Es menester cruzar miradas, intercambiar las perspectivas, integrar opuestos y
complementar perspectivas. Los humanos no somos sólo UNA cosa sino una síntesis
dinámica, que se cuestiona, que se auto-comprende, y que duda de sí misma. Fluir es una

1
Artículo publicado con colaboración de Juan Carlos Stauber, para la Revista PELICANO, Facultad de Filosofía
Y Humanidades, Universidad Católica de Córdoba. ISSN 2469-0775. Web www.pelicano.ucc.edu.ar
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de nuestras maneras de estar vivos. Como el agua, de la que somos parte, o que es parte
nuestra.
El campo de la reflexión bioética se pregunta por lo que nos constituye, no en sentido
meramente simbólico sino en el sentido material: aquello de lo que estamos hechos. Una
parte importante del planeta está formada de agua, y también una parte importante de
nosotros/as. Más aún, solo porque existe el agua, existe la vida en cualquiera de sus formas.
¿Existirá alguna relación entre la calidad del agua, su cuidado o su regeneramiento, y
nuestra calidad de vida, nuestra re-creación, inter-acción y sustentabilidad? El Agua es
símbolo de vida, de proceso infinito, de variaciones versátiles y del misterio que nunca cesa
de manifestarse nuevo: correr, limpiar, transformarse, vivificar o fructificar. ¡Cuánto
ignoramos aún del agua, como de los procesos humanos y culturales! ¡Cuánto más
necesitamos saber de sus interacciones maravillosas y de la simple maravilla de su poder!
Comencemos por una pregunta más simple: ¿Cuál es la idea de “agua” que tenemos
habitualmente, y cuál la de su uso? Por el tema de que “somos agua”.
Tomando en cuenta la evolución de nuestra especie, podemos afirmar que la relación del
ser humano con su entorno configura claramente su experiencia y desarrollo.
Muchas personas tienen una cierta idea acerca de que el “ser antiguo” (los ancestros), del
que sabemos algo por la herencia de saberes y prácticas, algo por la academia, y algo por
las ciencias ocultas, desarrolló una relación con su entorno basada en un diálogo armónico
y acompasado a los ritmos de la naturaleza. Pero hablar del “ser antiguo” es un
reduccionismo. Existieron culturas, pueblos, y hasta naciones de las que se sabe que la
valoración de su entorno les perfiló una cosmovisión de integridad positiva con su tierra,
mientras que otras culturas ya desde temprano tuvieron bien en claro su inclinación a
guiarse por las demandas de yo individual (poder egoico), y experimentaron, miles de años
atrás, el decaimiento social como efecto del decaimiento ambiental. No podemos hablar de
un pasado color de rosa, ni sostener livianamente que todo tiempo pasado fue mejor.
Entre las culturas de relación más armónica con su entorno, conocemos a los pueblos de la
América profunda, que aún hoy subsisten en selvas y valles de nuestro continente, así como
otros pueblos del mundo, que podríamos denominar “culturas-raíces”, por su arraigo al
territorio y el respeto por los ritmos de su entorno natural. Entre las culturas más propensas
a conducirse por el imperio del yo y sus deseos omnipotentes, según Broswimmer en su
libro Ecocidio, 24 de las 36 reconocidas como “grandes civilizaciones de la humanidad”,
desplomaron su poderío por causa de la presión que realizaron sobre su ambiente. Para
quien quiera bucear en estas experiencias, el ejemplo arquetípico del decaimiento de una
cultura por destrucción ambiental, suele citarse la cultura antigua de la Isla de Pascua, dado
que todo pasó dentro de los límites de una isla pequeña, con paralelismo significativo con
la “isla” que podría representar nuestro planeta, en términos de espacio finito.
En este trabajo deseamos abordar nuestra relación como sociedad moderna con el agua,
uno de los elementos esenciales del ambiente, y en ello, uno de los elementos esenciales
de la vida. Hacer un mapeo sobre las formas de relación de la sociedad moderna con el agua

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en su dimensión de consumo masivo, podría contemplar las distintas formas de explotación


y tratos con fuentes naturales de la misma, sistemas de transporte y movimiento en
infraestructura de redes, comercialización y distribución de agua en espacios públicos,
industrias y poblaciones urbanas y rurales, y las alternativas de descarga del fluido a los
medios naturales luego de su uso. En este trabajo solo acotaremos este espectro a los
términos de consumo y desecho en el hogar.
Cuando damos talleres sobre tratamientos de agua, el disparador que proponemos es la
pregunta “¿qué es el agua?”. Las respuestas de les asistentes comienzan por obviedades
técnicas (lo que la escuela nos dijo), y llegan a categorías espirituales, metafísicas, propias
del camino de cada quien. Y es este el cuadro de referencia que asumimos para el “ser
humano moderno de occidente”, un ser que viene deconstruyéndose en su intimidad
(algunes incluso ya han podido llevar esa deconstrucción a una escala familiar o
comunitaria), lo que está reconfigurando su relación con su entorno, con su ambiente.

¿De qué hablamos cuando decimos “agua”?


Entonces si preguntamos ¿qué es el agua? abiertamente, en una clase, en la mesa familiar,
en el asado después del picadito, en la cola del banco, recogeremos miradas exactas de
dónde está parado cada quién en su relación con su medio.
El positivismo, (aún) actual modelo hegemónico de pensamiento en la academia y el estado,
redujo al agua a una molécula (hache, dos, ‘o’ = H2O) en términos descriptivos, y a un
“recurso” en términos de gestión social (el recurso hídrico). Más allá de lo inexacta,
inapropiada, y hasta técnicamente falente de esta reducción, es este enfoque que nos
enseñan desde nivel Inicial en los colegios, y lo repiten hasta el último día en las facultades
(al menos las Técnicas), la madre del deterioro de la entidad agua. Cabe relacionar a esta
instancia, que con la degradación del agua como matriz de vida, sobreviene la degradación
de los ambientes y la salud de las poblaciones.
En otra escala de las miradas, traigo una anécdota que experimentamos en un colegio
quichua-parlante, de la ciudad de Quito, Ecuador. Habiendo ido a realizar una devolución
sobre un proyecto de diseño permacultural de la chacra del Colegio Sachay Huasi (casa del
saber en Quichua), el maestro que revisaba el documento observó:
-Está bueno el diseño, nos gusta, mas ¿no hay otra manera de llevar el agua a los cultivos
que no sea con manguera?
Marcos, el diseñador en Permacultura, quien guiaba el diseño, responde que podían
estudiarlo, y que tal vez podían hacer acequias empedradas para mover el agua. Pero le
pregunta: ¿por qué no querían el sistema con mangueras?
-“Porque con el agua adentro de las mangueras no podemos hablar”, respondió el maestro.
Imagínese el lector, la sorpresa de Marcos al verse confrontado con la idea de “hablar con
el agua”.
Esto ocurre porque existen tantas cosmovisiones sobre el agua, como pueblos en el planeta.
Para este caso, la comunidad andina, el agua es una entidad. Para otras, el agua es un

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elemento arquetípico. Para otras miradas, el agua es el canal de sanaciones, el dominio de


los seres que gobiernan la abundancia. Según la ciencia propuesta por Rudolf Steiner el agua
es portadora de mensajes en términos de memoria. El agua adquiere memoria, y traslada
la información que memorizó. Este es el principio de la medicina homeopática. El agua se
memoriza con sustancias, es decir que alteran en un sentido físico su estructura micro, y
esa memorización es la que afecta a la patología para la que se usa dicha dilución
homeopática. Este principio fue discutido y ridiculizado por la Academia científica mundial,
que persiguió incluso en la década de 80s y 90s, a quien osase demostrarlo2. Varios hechos
fueron espectáculos de persecuciones y difamaciones de científicos que demostraron esta
memorización, entre los que tal vez, el ataque por parte de la revista Nature al Dr.
Benveniste sea el caso más icónico.
En esa misma década, un japonés vendedor de aparatos electrónicos para terapias, le puso
imágenes a la discusión (sin formar parte de ella), y por desenvolverse en un ámbito no
académico, pudo tomar fama mundial y expandir las memorias del agua. Hablamos de
Masaru Emoto y su fototeca de cristales de agua afectados por intensiones, palabras,
música y emociones.
Sin adentrarnos en la simbología que el agua representa para diversas culturas del mundo,
retomemos aquello de más arriba: nuestra comprensión del agua como causa de nuestro
trato hacia ella.

Qué hicimos con el “recurso agua”


El enfoque de nuestra sociedad occidental moderna sobre el agua, está dominado por la
mirada positivista y reduccionista que nuestra cultura tiene sobre lo tangible. Desde el
Jardín Maternal hasta la Universidad, se nos presenta al agua como un ser in-orgánico, no
vivo (factor abiótico), con su trilogía característica: incolora, inodora e insípida. Creciendo
con esa mirada del agua, nos llevará varias nuevas lecturas, saberes y experiencias, poder
ver un ser en lugar de un mero fluido. Es decir, romper con nuestra ignorancia de las demás
dimensiones del agua como forma de existencia dentro de este planeta tan original.
Ahora bien ¿qué es un recurso y qué podemos hacer con él? Pues un recurso es materia o
energía al servicio de demandas y necesidades antrópicas, propicio de ser usado,
usufructuado, alterado, permutado, comprado, vendido, degradado, o vuelto a desechar,
para cumplir esas demandas y necesidades. Sin embargo, con un ser, el enfoque empieza a
cambiar. Si se trata de una entidad con existencia, que puede reconocerse como sagrada
(representación o don de lo divino), o al menos una entidad par o de suma esencialidad,
entonces, las posibilidades se enriquecen.

2
Recuérdese al propósito el escándalo desatado por el recientemente fallecido Mario Bunge sobre los
cursos de medicinas alternativas que se enseñaban en la UNC años atrás, Véase, por ej.: Clarín on line del
21/4/2010 https://www.clarin.com/ediciones-anteriores/polemica-cursos-medicina-alternativa-
universidad_0_HJmGZiI06Fg.html
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Al tan punto hemos usado vorazmente el “recurso agua”, que en la industria argentina
durante décadas ni siquiera tenía costo significativo en la matriz económica, y en la mayor
parte de la historia industrial de nuestro país, la legislación sobre su tratamiento era débil,
y en la práctica se permitieron vertidos fuera de control como algo naturalizado. Una
consideración semejante nos llevaría a repensar críticamente la matriz de nuestra
cosmovisión sobre el agua, como pilar fundamental sobre el que se despliega el ecocidio
que realiza la megaminería, la industrialización urbana, y las actividades relacionadas al
agronegocios (feetlot, agroquímicos, transgénicos). No ahondaremos en este artículo sobre
el uso y abuso que hacemos del agua en el sector industrial, sino que nos quedaremos con
lo que hacemos a nivel domiciliario. Pero evidentemente no hay parangón entre los usos
descomunales de agua que hace la industria y la megaminería, al lado del humilde uso
domiciliario, que habitualmente es desigual, pues no es el mismo acceso al agua según las
clases sociales o las regiones más pobres y marginales.3
El agua es vida, así versa un lema popular al que poco le rendimos devoción. Somos agua,
otro concepto popularizado que nos identifica con ella en términos de elemento
constitutivo de nuestra corporeidad. Técnicamente lo somos, pues nuestro cuerpo posee
alrededor de un 65% de agua, casi en la misma proporción que la superficie del planeta.
Dicho esto ¿qué consecuencias tendría para nuestra antropología y para nuestras
concepción del si, un trato agresivo con nuestra constitución?
Ningún desarrollo inmobiliario tendría éxito sin el suministro de agua. El agua como derecho
humano básico también sería otro eje de trabajo futuro. En este documento fraccionaremos
el abordaje solo a las acciones que realizamos con el agua para devolverlas a su medio: el
tratamiento de aguas grises y negras.

Una forma de hogar muy nueva


Cuando damos talleres de Permacultura, nos gusta jugar con la siguiente imagen. Si
hiciésemos una línea del tiempo entre las primeras culturas comunitarias (lo más semejante
a nuestros pueblos) y la actualidad, deberíamos cubrir cerca de 14 mil años, según la
antropología académica. Si ahora trasladamos ese tiempo a una distancia de 14 metros
(algo así como catorce trancadas, o algo más de tres autos en fila), el tiempo que ocupa
nuestra moderna sociedad de consumo, puede representarse con apenas 15cm (la distancia

3
Valga, solo como ejemplo, la cita de la Red Bioética de Unesco: “No se trata de si nuestro nivel de riqueza
nos permite pagarlo, sino de que es un bien común, un bien que no pertenece o mejor dicho no debe
pertenecer a nadie, como lo son la tierra y el aire. Los grandes comerciantes que manejan los capitales que
dicen imprescindibles para la economía (cosa falsa porque sabemos que lo que mueve la economía no es el
capital sino el trabajo), quieren apoderarse ahora del agua, considerando que puede ser “explotada”, (no es
casual este término en este contexto), por empresas privadas y quitando las decisiones de manos de los
estados que se supone representan a las poblaciones (y algunas veces lo hacen). Fuente: Red Bioética Unesco
(2019), El agua como derecho humano, en https://redbioetica.com.ar/el-agua-como-derecho-humano/
Recuperado el 1/8/2019

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entre la punta de tu pulgar y el extremo de tu índice, estirados), que es el mismo tiempo de


llevamos consumiendo petróleo bajo una lógica comercial. Quince centímetros en catorce
metros es muy poco para demostrarnos que nuestro modo de reproducir la cultura sea
viable en el tiempo. En ello, el estereotipo de hogar que poseemos actualmente ocupa aún
menos metraje en esa línea. Hablo de casas con cañerías para la instalación de agua,
abastecimiento de red, tanques plásticos de almacenamiento, bacha lavaplatos, bacha
lavamanos, inodoro y bidet con aguas, duchas, y la cantidad de grifos suficientes para no
alejar el agua de ningún rincón. Este tipo de viviendas reemplazó a la casa rural con su
abastecimiento de agua de pozo, el circuito de agua dentro de la casa con jarras y bateas, y
el escusado para los desechos humanos.
Ahora bien, con el impacto que la masificación de “este tipo” de consumo de agua generó,
necesitamos preguntarnos: si el agua limpia, y se lleva lo sucio, lo muerto o lo seco. ¿a
dónde va a parar, y qué calidad adopta? Este modelo de vivienda tiene asociado un modelo
de manejo de aguas que con el tiempo, generó impactos irreversibles en términos
negativos, sobre las aguas subterráneas y superficiales.
Luego de pasar por las etapas de usos dentro de la vivienda, el agua se carga de sustancias
que le hacen perder su naturaleza, incluso llegando a contaminarla a niveles patogénicos.
En sus usos domésticos, utilizamos agua para limpiar utensilios y alimentos, ropa, y en el
baño, además de la higiene personal, el agua se utiliza como medio de transporte de las
heces y la orina. Son estos últimos usos lo que genera las llamadas “aguas negras”, por
considerarse al agua luego de mezclarse con heces humanas. Esta mezcla genera un fluido,
técnicamente denominado efluente cloacal, que se contamina a un nivel de riesgo
patogénico, es decir, que puede cargar y ser el medio de reproducción de bacterias
patógenas.
El problema aumenta aguas abajo del tren de abordaje, ya que para el diseño tradicional de
tratamiento de aguas domiciliarias, se implementó el uso de cámaras sépticas, a donde
llegan todas las aguas de la vivienda. Entonces, el resto de flujos de agua que no pasaron
por el inodoro (más del 80% del total), terminan convirtiéndose en aguas negras por el solo
hecho de mezclarse en esta etapa. De haberse separado antes, el 80% de las aguas podría
tener un tratamiento diferenciado y más proclive a su reutilización.
La implementación de cámaras sépticas surge en la primera mitad del siglo pasado como
una solución importante para esta problemática. Una cámara séptica es una pileta
enterrada, diseñada para favorecer una descomposición de la materia orgánica presente en
el agua servida, por acción de bacterias anaeróbicas. Esto genera un efluente de descarga,
que en el mejor de los casos, logra un tratamiento que disminuye en un 70% la materia
orgánica disuelta. Por limitaciones técnicas, una cámara séptica no puede realizar un
tratamiento total de este parámetro, y no puede eliminar el riesgo de patógenos. Por lo
pronto, debemos sumar un tratamiento posterior a esta etapa para devolverle al agua que
usamos en casa, al menos, la condición de mínima concentración de materia orgánica
disuelta, y poder verterla al ambiente, nuevamente sin riesgo de contaminarlo. Sin

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embargo, la Cámara Séptica, que en su momento resolvió un gran problema de vertido de


aguas crudas, según en cada región de la provincia y del país se fue implementando, con
este modelo de tratamiento, generó 3 distintos abordajes sobre su etapa siguiente. Los
veremos a continuación.

Algo huele mal… en nuestra casa


En grandes ciudades, donde se implementaron las redes colectoras de líquido cloacal, el
efluente de las cámaras sépticas sigue su curso hacia un punto de concentración mayor y
total de las aguas domiciliarias, donde el Estado monta costosas plantas industriales y
lagunas de estabilización para finalizar el tratamiento. Estas plantas, con el tiempo van
quedando obsoletas (el caso de Bajo Grande en la Córdoba Capital es tal vez el más
difundido) o demandan ampliaciones y actualizaciones de su infraestructura. En ellas, el
consumo y uso del agua aumenta década a década, tanto en su valor neto como en el
promedio por habitante.
El principio rector del tratamiento de todo tipo de residuo (solido, liquido o gaseoso),
enseña que un tratamiento es más eficaz y económico (tanto en costos monetarios como
energéticos) cuanto más cerca está de su punto de origen, de su generación. Luego, con
cada etapa de alejamiento del origen del residuo, el costo (monetario y energético),
aumenta en un orden de magnitud. Visto desde esta premisa, las redes y plantas
municipales de tratamiento de efluentes cloacales, si bien resuelven el tema a nivel político,
porque es el Estado quien asume el tratamiento del efluente cloacal, requieren un costo
monetario y energético de dos a tres órdenes de magnitud mayor que si pudiésemos
resolverlo en el mismo hogar dónde se genera el efluente. Otro de los riesgos asociados a
este abordaje, es que cualquier eventualidad tanto en la red como en la planta de
tratamiento, produce liberación de efluente en la vía pública, y/o vertido de grandes
caudales de efluente crudo (sin tratamiento) aguas debajo de las plantas.
En poblaciones serranas, la etapa siguiente a la cámara séptica es la sangría, albañal, o
lecho filtrante. Este tratamiento consiste en una red de cañerías ranuradas a medio metro
por debajo del nivel del suelo, que reposan sobre un lecho de unos 60cm de piedra bola. El
principio de tratamiento secundario a la cámara séptica, consiste en una segunda
degradación biológica (ahora aeróbica), que se produce por colonias de microorganismos
que se generan en los intersticios de las piedras de la sangría, previo a su infiltración final
en el suelo. Ello está favorecido por los altos valores de infiltración de agua que poseen la
mayoría de suelos serranos y periserranos, y por las grandes distancias en las que se suelen
encontrar las napas de aguas subterráneas en estas zonas. Pero no ocurre lo mismo en otras
regiones. Esta técnica, si bien es superadora desde el punto de vista de energético y
económico -por resolver el tratamiento a metros de donde se genera el efluente- tiene dos
contrapartidas. La primera, es que no se hace uso ni seguimiento sobre el agua tratada. En
el mejor de los casos se colocan achiras (u otras plantas de suelo saturado como carrizos,
totoras, calas, orejas de elefantes) que aportan belleza y biodiversidad a los patios, al

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tiempo que consumen parte del efluente. En segunda instancia, con el tiempo, las ranuras
de la cañería se van tapando, disfuncionalizando los tramos de la sangría, hasta su
saturación, generando en la mayoría de los casos, que las mismas deban rehacerse al cabo
de entre 5 a 10 años.
El tercer modelo de tratamiento domiciliario de aguas, tal vez el más dañino para el
ambiente, se dio en las poblaciones rurales de la llanura, donde la etapa siguiente a la
cámara séptica se resolvió vertiendo el efluente directamente al subsuelo, en lo que se
conoce como perforación o sondeo. En estos casos, las napas freáticas (aguas del subsuelo)
suelen estar muy cerca de la superficie (incluso cercanas al metro en épocas húmedas), las
que previo al desarrollo inmobiliario eran las napas de consumo humano. Por ello se buscó
enviar la salida de las sépticas a napas por debajo de los 20 o 30 metros. Así se realiza una
perforación del subsuelo con una barra metálica de aproximadamente 8 o 10 cm de
diámetro, hasta llegar a la profundidad deseada, donde se descarga el efluente. Esto genera
una contaminación tacita del agua de subsuelo, que en la mayoría de las poblaciones del
interior de la provincia de Córdoba, significó una práctica de sacrificio para estas napas,
generando plumas de contaminación de aguas subterráneas de tamaños y profundidades
dantescas. Podemos entender que, en los dos siglos pasados, poseer agua de buena calidad
a pocos metros de nuestros pies, fue tal vez, una de las principales valoraciones de un lugar
para determinar su potencialidad urbana y rural. Este modelo de tratamiento de aguas
domiciliarias, junto con las prácticas agrícolas basadas en sustancias toxicas, y las
actividades industriales, en los últimos 30 años transformaron ese manto sagrado de agua
subterránea en un subsuelo contaminado que ya no podrá utilizarse hasta que la naturaleza
pueda regenerar sus características organolépticas y fisicoquímicas de agua prístina.
Si una de las preguntas de inicio fue: ¿existirá alguna relación entre la calidad del agua, su
cuidado o su regeneramiento, y nuestra calidad de vida, nuestra re-creación, inter-acción y
sustentabilidad? Ahora podemos respondernos no sólo afirmativamente, sino ahondando
en el vínculo entre un tipo particular de uso, generación y consumo de los medios para
reproducir la vida, y el impacto negativo que ha tenido sobre la calidad del agua que nos
constituye.

Un nuevo enfoque sobre el tratamiento domiciliario de aguas


Sin embargo, el modelo degradante del agua, al que le rendimos culto en nuestras
sociedades bajo el eslogan del “desarrollo inmobiliario”, posee alternativas en muchísimas
culturas, técnicas y tecnologías. Por el alcance de este documento y nuestras experiencias,
presentaremos brevemente nuestro trabajo actual sobre el tratamiento de aguas
domiciliarias, que responde a principios de la Permacultura.
Nuestro camino en el tratamiento de los efluentes tiene ya cerca de 15 años desde que
comenzamos a trabajarlo, primero haciendo formación y abordaje académico para el
manejo industrial, y luego migrando a un abordaje permacultural para hogares que deciden
optar por este camino. Así complementamos los conocimientos técnicos académicos con la

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sapiencia popular, su valoración y la comprensión del agua como un ser a respetar, cuidar,
y vivificar, posteriormente a su uso.
Hasta aquí, es importante aclarar algunos conceptos que hemos utilizados respecto a
nuestras acciones sobre el agua. Desde un punto de vista técnico, conceptos como “tratar”,
“sanear” y “vivificar” agua, implican una serie de acciones sobre el efluente, que varían en
los objetivos sobre los indicadores de la calidad del agua final. Podríamos resumir diciendo
que el tratamiento de aguas tiene como objetivo acondicionar la calidad del líquido sobre
sus parámetros fisicoquímicos tabulados por normativas. El saneamiento, en cambio,
persigue, además del acondicionamiento de esos parámetros, devolverle al agua sus
características organolépticas (incolora, inodora, insípida). Mas, para los objetivos de la
vivificación, el agua final debe restablecer su condición de elemento natural, es decir, que
más allá de sus parámetros fisicoquímicos y organolépticos, el agua vuelva a configurarse
en sus propiedades sutiles por medios naturales, como entidad viva en su sentido original.
El primer criterio que nos proponemos es disminuir el consumo innecesario dentro del
hogar. Para esto, tal vez una de las principales alternativas es la implementación del baño
seco. Esta técnica, busca alternativas a las demandas del agua como medio de transporte
de heces y orina. Para esto, se acondicionan con varias técnicas, un lecho de defecación,
que estéticamente puede ser similar a los tronos de sanitarios tradicionales, para que, luego
de realizar nuestras deposiciones sólidas, se promueva un compostaje equilibrado en
nutrientes básicos y de mínima emanación de olores desagradables. Las deposiciones
líquidas se guían con separadores de orina, que la recogen y almacenan en recipientes para
su posterior uso como fertilizante líquido. Podríamos escribir un artículo entero solo
explayándonos sobre el paradigma de la implementación y tipos de Baños secos, sus
características, sus beneficios, sus opciones, más, por ahora, solo resaltaremos la opción de
no generar aguas negras en nuestros hogares. Esto, además de reducir hasta un 20% a 30%
el volumen de efluentes, impide que el resto se transforme en aguas negras, facilitando su
tratamiento y vivificación.
En caso que la familia no quiera optar por un cambio de hábitos respecto al baño, el diseño
del tratamiento de efluentes sugiere separar las corrientes de aguas grises de las aguas
negras. Esta práctica tan simple, disminuye la complejidad de las soluciones a niveles de
mínimo costos, simples tecnologías, y nulos riesgos ambientales.
El tren de tratamiento de las aguas grises que hemos puesto a punto posee tres etapas, que
promueven la separación de sólidos, grasas y aceites, degradación de materia orgánica, y
vivificación del agua.
La primera etapa para estos objetivos, consiste en la implementación de un Clarificador de
Paja como primer tratamiento de las aguas de la cocina. El agua que pasa las bachas de la
cocina de nuestros hogares carga la mayor proporción de contaminantes de las aguas grises.
Se suman dos complejidades para la depuración de esta corriente. La primera es que las
aguas de la cocina van asociadas al uso de jabones y detergentes, sustancias que tienen
como propiedad solubilizar grasas y aceites en el agua, es decir, mezclar lo que no se mezcla.

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Y la segunda complejización, es que, por lo general, el agua de la cocina posee temperaturas


altas (en relación a la temperatura ambiente), promoviendo mayores concentraciones por
dilución, de sustancias en el agua. Cuando estas sustancias llegan a las perforaciones o
sangrías, saturan de grasas las superficies de absorción, y son las causantes de las
anegaciones y disfunciones de estas etapas. Con el objetivo de separar estas sustancias lo
antes posible del agua, diseñamos e implementamos una cámara muy pequeña (del tamaño
de un cajón de manzanas) la que llenamos de paja, para fomentar que el trayecto del
efluente por esta cámara sea tortuoso, y de esta forma favorecer el desprendimiento de
todos los sólidos que tienden a decantar y flotar. Hemos bautizado a esta etapa “clarificador
de paja”, porque al estar tan cerca del punto de generación del efluente, genera un agua
libre de sólidos y sustancias inmiscibles en ella, pasando a la etapa siguiente con mayor
índice de claridad.
Este clarificador solo lo implementamos para el agua de la cocina, porque no hemos tenido
resultados considerables para las aguas de duchas, lavabos y lavarropas, las otras corrientes
que suelen llevar algo de sólidos. En el tren de tratamiento, juntamos todas las corrientes
en una cámara de inspección y las dirigimos hacia una etapa de fitodepuración. Esta técnica,
como su etimología sugiere, consiste en un tratamiento del efluente por su contacto con
plantas de suelo saturado. La técnica recibe el nombre de Fitodepuradora o humedal
artificial, puesto que es un medio donde se recrean ciertas condiciones de los humedales
naturales. Estos últimos consisten en un suelo saturado de agua donde se desarrollan
especies vegetales propias de este medio. Al pasar el agua por un humedal, entra en
contacto con la microbiología de la rizósfera de las plantas, que acondicionan las
características fisicoquímicas y biológicas del agua, y vivifican la misma por una complejidad
de fenómenos físicos, y reacciones químicas y biológicas. Los humedales artificiales, además
de generar la degradación óptima de la materia orgánica disuelta en el agua, imposibilitan
la proliferación y supervivencia de microrganismos patógenos, por acciones de la radiación
solar sobre el lecho, junto a reacciones de oxidación de la rizósfera de las plantas. Con esta
técnica el agua es acondicionada a características similares a las naturales, y puede ser
dispuesta para un vertido a subsuelo, a aguas superficiales, a riego, o consumo animal sin
riesgo alguno de afectar estos medios.
El diseño permacultural propone el criterio de que cada elemento genere varias funciones.
En ello, las fitodepuradoras para el tratamiento de aguas domiciliarias, en un elemento que
genera paisaje (belleza), alimentos y medicina -puesto que podemos incluir especies como
mentas, cola de caballo, achiras, o regar con ellas frutales- biodiversidad, bordes biológicos,
agua de consumo animal o riego, además de darle sentido y uso a las aguas que pasan por
nuestros hogares.
Para el caso de las aguas negras, desde este abordaje tenemos dos opciones de
tratamiento, ambos se diferencian luego de la implementación de la cámara séptica. Con
esto debemos decir, que la división de aguas grises de negras, nos orientan en diseñar e
implementar cámaras sépticas hasta un cuarto más pequeña que lo habitual. En el primero

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de ellos, podemos implementar una fitodepuradora para el tratamiento de aguas negras.


No existe diferencia sustancial en tratar aguas negras de grises con fitodepuración. Sin
ahondar en variables de diseño, la principal, podría resumirse en que la superficie de las
fitodepuradoras (para aguas grises y negras) se asemejan para un caudal de aguas grises
cuatro veces superior a aguas negras. Para ejemplificar, en el caso de una familia de tres o
cuatro personas, una Fitodepuradora de aguas grises posee aproximadamente tres metros
cuadrados, superficie semejante a la necesaria para tratar el caudal de aguas negras de esta
familia.
En caso que la familia no quiera o no pueda disponer de espacio o predisposición para hacer
una Fitodepuradora para aguas negras, la opción es realizar algo semejante a una sangría,
pero reducido en espacio y complejidad, que es lo que llamamos “puntos de infiltración”.
Estos puntos, surgen luego de medir y cuantificar la capacidad de infiltración del suelo
donde se hará el vertido. Esto genera pozos de aproximadamente 80 centímetros de
diámetro por uno de profundidad (en la mayoría de casos), rellenado con piedra bola
(semejando una sangría) sobre la que se vierte la salida de la cámara séptica. Alrededor de
este punto colocamos especies vegetales de suelo saturado con el objetivo de captar la
mayor cantidad posible del efluente que satura el entorno del punto de infiltración, por el
que, el volumen de agua que no evapo-transpiran las plantas, se transforma en materia
vegetal que podrá ser funcional a cierto objetivo de diseño (cortina forestal, sombra,
biodiversidad, ornamentos, aromas, alimentos).
Es de subrayar que los costos en materiales de estas técnicas son tan mínimos, que el
abordaje económico de las mismas también es un elemento a favor en el cambio de
perspectivas. Debemos resaltar, además, la simplicidad y el nulo mantenimiento de estas
técnicas, y aun en ello, como toda técnica, este abordaje es mejorable, y es de esperar que
irá evolucionando en el tiempo hacia sistemas más robustos y diversificados en términos de
diseño, tecnificación, y comercialización.
Es de esperar también que en el momento, tanto la Academia como el Estado se apropien
de estas técnicas, las potencien, las lleven a otros niveles de desarrollo, y evalúen la
infinidad de opciones de implementación que posee en cada contexto. Como ha pasado en
otros países, tal vez la industria pueda tomarlas y en su implementación, expandir su
poderío como principal técnica de saneamiento de aguas industriales.

La bio-ética tras la técnica


Las prácticas que como sociedad tenemos con nuestro ambiente, desnudan aspectos
relevantes de nuestra cosmovisión como cultura moderna. Quienes van transitando un
cambio de perspectiva de este paradigma hacia uno más holístico, se ven motivados a
mudar sus prácticas del estar y hacer, en relación con el ambiente. Algunos de esos cambios,
se contagian y refuerzan en la práctica colectiva, y pueden incluso ser adoptadas por el
Estado o instituciones que las expanden hacia la totalidad de la sociedad. Ejemplo de esto,
son los avances en materia de tratamiento de residuos sólidos, que hasta hace tres décadas,

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no formaban parte de las agendas de todo los niveles de gobierno y hoy, por la presión de
prácticas ciudadanas se han normalizado en cada comunidad del país. En ese camino, la
valoración del agua como bien indispensable, viene ascendiendo en escalas de valoración
social, que obliga a revisar todos los tratos que tenemos para con ella, en sus diversas
matrices y suministros.
Acotando específicamente al trato hacia el agua como desecho domiciliario, las técnicas
hasta hoy canonizadas, son deficientes para devolverle a esta entidad su dimensión natural,
y en algunos casos, muestran incluso un desprecio o subvaloración de la cultura moderna
hacia su esencialidad. En tal sentido, volviendo al párrafo introductorio, del texto de R. Van
Potter, podemos decir que aún no nos adueñamos de nuestras ignorancias, y no
consideramos que estos aspectos tan elementales, como un vínculo responsable con el
agua, deba ser parte de lo que un ser humano aprenda en su formación básica para vivir en
sociedad. Delegamos toda responsabilidad en el Estado, e ignoramos las consecuencias de
lo que ello implica.
Las técnicas propuestas por la permacultura, en particular las descriptas en este documento
(fitodepuración), avanzan en un diálogo de vinculación para con la dimensión natural del
agua, poniendo a los habitantes de una casa (oicos en griego, de donde vienen “eco”), en
relación visible con una línea de tratamiento y devolución del agua a su medio, a partir de
elementos del paisaje (plantas). Esta visibilización del ciclo aguas debajo de su hogar para
con sus efluentes, configura en el usuario de una fitodepuradora una actitud empoderante
y responsable de sus acciones, en un nivel regeneración menos pesado en sus
consecuencias ambientales. Un tratamiento de aguas vivo, como el propuesto por la
permacultura, es belleza, alimento, aves libando flores, ranas, es decir, un microecosistema
sumando bordes de biodiversidad al patio de un hogar, que le configuran robustez y
regeneración biológica al mismo. Entonces, lo que era un problema visto desde la
perspectiva inmobiliaria comercial (cloacas, sangría, perforación) se convierte en un
elemento de paisaje, de abundancia, solo con la adopción de otra técnica, y en ello
reconfigura la emocionalidad de conexión del ser con naturaleza, en un ambiente
desprovisto de ese poder (la infraestructura civil) hasta entonces.

Conclusión
En las últimas décadas, el sujeto moderno occidental ha sido sobre-expuesto a una
valoración negativa e individualista sobre el daño que genera al ambiente. El bombardeo
de información sobre los efectos degradantes de la modernidad sobre el entorno, impregna
en el inconsciente colectivo una sensación de victimario ambiental. La potencialidad de
regeneración de ese mismo ser no posee publicidad ni rumor popular para balancear el
mensaje negativo de nuestro estar en este planeta. La sensación de acciones locales
insuficientes, que los voceros de los poderes hegemónicos alientan sobre cada individuo,
va socavando la creencia en las acciones inmediatas y de esfera personal y colectiva que
podemos asumir.

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Frente a ello, el paradigma permacultural empodera estas acciones locales, personales y


comunitarias, cotidianas, como sustancia madre para el cambio regenerativo que el planeta
debe atravesar en los próximos años, sino hoy, presente sacudido, todo revuelto y
acondicionado, para refundar la cultura. En este camino, el ser humano se encuentra
profundamente cuestionado por su alimentación, por sus residuos, por la educación y la
salud, suya y de su familia, por el ciclo y fuente de los materiales con que está hecha su
casa, por el tratamiento de sus efluentes.
La reconceptualización del agua, de recurso a entidad, de “hache-dos-o” (H2O) a un ser con
el que dialogar, resulta una transformación profunda de la cosmovisión y el paradigma
moderno, primero en un nivel intelectual, que luego materializa sensaciones, emociones,
para terminar enriqueciendo el ámbito sutil que diluye la frontera de las experiencias
corporales en las espirituales.
En este punto, podemos decir que todo nuevo abordaje respecto a las perspectivas de
nuestra conexión con la materia, que incluyan nuevos niveles de valoración de nuestro
ambiente y los seres que lo habitan, será un ejercicio, una gimnasia hacia la sensibilización
de la experiencia humana.

Biliografía
Van Potter R. (1971) Bioethics: a bridge to the future. New Jersey: Prentice Hall
Broswimmer F.J. (2002) Ecocidio. Ed. Laetoli, S.L.
Citro M.; Emoto M. (2013) La ciencia de lo invisible. Ed. Obeliso, S.L.
Holmgren, D. (2002) Principios de Permacultura. Ed. Kaikron
Mollison, B.; Slay, R.M. (1994) Introducción a la Permacultura. Ed. Tagari Publications

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