"El Mundo Se Liberta: Profecía Nuclear de Wells"
"El Mundo Se Liberta: Profecía Nuclear de Wells"
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H. G. Wells
El mundo se liberta
Una historia de la humanidad
ePub r1.0
lenny 11.03.2019
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Título original: The World Set Free: A Story of Mankind
H. G. Wells, 1914
Traducción: Juan Guixé, 1926
Retoque de cubierta: lenny
Editor digital: lenny
ePub base r2.0
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Índice de contenido
Cubierta
El mundo se liberta
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Sobre el autor
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PRELUDIO
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La historia del género humano es la historia de la adquisición del poder externo. El
hombre es el animal que inventa el utensilio y hace el fuego. Desde el principio de su
terrenal carrera, le hallamos supliendo con su industria la fuerza y natural defensa de
las fieras por el calor del fuego y el rudo instrumento de piedra. Gracias a esos
inventos consigue superar al mono. Desde entonces empieza a progresar. Poco
después logra domeñar el poder del caballo y del buey; encauza, el hombre, la
energía del agua y la fuerza impetuosa del viento; aviva con fuelles la llama de la
hoguera, y sus instrumentos rudimentarios, reforzados con puntas de hierro y de
cobre, aumentan y varían, llegando a estar mejor construidos y siendo más eficaces.
Templa con el fuego el recinto de las casas y hace más fáciles sus medios de
comunicación, construyendo senderos y caminos. Complica sus relaciones sociales y
aumenta su eficacia gracias a la división del trabajo. Empieza a almacenar
conocimientos. A un invento sigue otro invento, y el precedente le habilita para seguir
adelantando. Avanza siempre en el largo recorrido, y aunque alguna vez retroceda
recupera otra vez el retraso.
Hace un cuarto de millón de años, el hombre más remoto era un salvaje, un ser
apenas articulado que habitaba la concavidad de las rocas: armado con rudo
instrumento tallado en pedernal, o con cayado torcido al fuego, desnudo, viviendo en
pequeños grupos familiares; asesinado por el hombre más joven, tan pronto como su
primera virilidad declinaba. Sobre la mayor extensión de la tierra, entonces desierta,
buscaríais en vano al hombre; sólo podréis hallarlo en el templado clima subtropical,
habitando valles ribereños, apacentando en los baldíos su exiguo rebaño: un macho
cabrío, algunas hembras; un chiquillo como pastor o algo a esto semejante.
No conocía el futuro en aquel entonces ni otra clase de vida que la propia. Vagaba
en torno a la cueva del oso; sobre las rocas llenas de mineral de hierro, que
encerraban en promesa la espada y la lanza; y acaso moría helado al borde de un
yacimiento de carbón de piedra; bebía agua enlodada en vaso de arcilla que alguna
vez sería la taza de porcelana; mascaba la espiga de trigo silvestre que él mismo
arrancara, y seguía, con un obscuro proyecto en sus ojos, el vuelo de las aves que se
remontaban más allá de su alcance. Pero de súbito, percibió la huella de otro macho y
rompió a rugir, siendo este rugido informe como una precursión o anticipo de
preceptos morales. Era, en los orígenes, el hombre, un gran individualista, no
pudiendo soportar a nadie que no fuera él mismo.
Por ende, a través de muchas generaciones, este torpe precusor de todos nosotros
luchaba, engendraba y perecía, cambiando apenas perceptiblemente.
Sin embargo, cambiaba. La imperiosa necesidad de adaptarse conformaba como
un cincel la garra del tigre y afinaba al torpe Orchipas hasta llegar a producir el tipo
del caballo rápido y grácil; esta necesidad de adaptarse hacía presión sobre él, y en
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este sentido trabaja todavía. El más torpe, el más feroz y estúpido entre ellos, era con
más frecuencia eliminado, prevaleciendo el tipo de mano más fina, de cerebro mayor
y de cuerpo mejor equilibrado; edad tras edad, los utensilios se perfeccionaban,
adaptándolos con más precisión a las necesidades que un mayor refinamiento
aumentaba. El hombre llegó a ser más variable; acrecían sus rebaños; ya no
expulsaba ni mataba a su hijo adolescente; un sistema de «clanes» o «tabús» hizo
posible la coexistencia; respetábase su organización entre los miembros del «clan», y
aun él transmitía su tradición después de la muerte, y en cada «clan» o «tabú» se
aliaban los hombres para luchar juntos contra las fieras y contra el resto del género
humano. Pero estaba prohibido tocar la mujer de la propia tribu; los hombres que la
formaban raptaban en otro «clan» las mujeres; mas cada hijo perseguía a su madrastra
y después se ocultaba, huyendo temeroso de la cólera que había excitado en el
«hombre más viejo» de la tribu. Sobre todo el mundo, perdurando hasta nuestros días,
se extendió el plan trazado en esos «clanes» o «tribus».
Y en este tiempo las cuevas fueron constituidas por chozas y cabañas; el fuego
fué mejor conservado y empezaron a usarse los vestidos; así pertrechados, los
hombres se propagaron por los climas más fríos, y en ocasiones las tierras de pan
llevar, abandonadas, al cultivarlas de nuevo, dieron sus frutos, iniciándose las labores
agrícolas.
Y ya las horas de ocio permitieron al hombre pensar.
El hombre comenzó a pensar. Llegó tiempo en que ya estuvo alimentado; se
apaciguaron sus codicias y temores y el sol que alumbraba las tierras baldías
encendió proyectos en sus ojos. El hombre labraba; empieza a descubrir relaciones
entre las cosas, y prosiguiendo en su tarea, llega al arte pictórico. Modela, entre sus
dedos, la arcilla maleable traída de la margen del río, y se complace en sacar copias
del modelo; da a la arcilla forma de vasos y comprende que pueden contener el agua.
Contempla la corriente del río y admira el manantial generoso de donde el agua
incesantemente mana; observa, entornando sus ojos al sol, y sueña que acaso algún
día podrá tenderle una trampa o cepo y herirlo con su lanza cuando el astro, tras las
colinas distantes, se retira a su morada. Se apresura a comunicar a su hermano que ya
ha realizado su sueño o al menos que ya alguien lo había ejecutado e imagina que
acaso un sueño tan osado como éste llevó, algún día, a la caza del mamuth, y
entonces empieza la ficción a abrirle el camino a la hazaña y surge la augusta
procesión de los sueños proféticos.
Durante veintenas y cientos de siglos, las miríadas de generaciones de nuestros
antepasados iban progresando. Desde el principio hasta la madurez o sazón de esa
fase de la vida humana, desde la grosera astilla del pedernal hasta el primer
instrumento de piedra pulimentada, pasaron dos o tres mil centurias, se sucedieron
diez o quince mil generaciones. Así, lentamente, por etapas humanas, toda la
humanidad llegó a manejar utensilios más perfectos que las naturales defensas de las
fieras.
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Este primer vislumbre de proyecto, esa primera historia de la hazaña, se le debe al
narrador o cuentista cuya figura hirsuta gesticulaba ante un espectador que bostezaba
distraído, a quien el narrador agarraba por la muñeca para que se interesara por su
relato.
En el principio fué éste el suceso más maravilloso que el mundo ha visto. Se
domó al mamuth y se tiende la trampa o cepo que había de cazar al sol.
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Este sueño fué sólo un corto lapso de tiempo en la vida del hombre, cuyo principal
cuidado era proporcionarse comida, matar a sus semejantes, según la manera de las
agrupaciones de los animales. En torno de él, ocultos por velos sutiles, estaban los
intactos manantiales del Poder, cuya magnitud aún hoy podemos sospechar apenas;
Poder que podría hacer realizables todos los sueños. Pero los cimientos de la raza
estaban echados, aunque desconociéndolos, muriese ciego el hombre.
Allá, en los fructíferos y cálidos valles ribereños, donde es abundante la
manutención y muy fácil la vida, domaba sus rencores llegando a ser, cuando las
necesidades elementales eran menos urgentes, más social, amable y tolerante,
organizando comunidades más amplias.
Empieza la división del trabajo, algunos se especializaron en sus conocimientos y
en sus orientaciones, el hombre fuerte se erigió en jefe guerrero, y el sacerdote y el
rey comenzaron a representar sus papeles en la apertura del drama de la historia del
hombre. La misión del sacerdote era sembrar en el tiempo de la sementera y recoger
la abundante cosecha, y la del rey dictar leyes para la paz y la guerra. En un centenar
de valles ribereños, próximos a la zona templada, había, hace ya una veintena de
miles de años, ciudades y templos de cuyo florecimiento no queda testimonio;
ignoraban el pasado y no sospechaban el futuro, porque en aquel entonces no se
conocía la escritura.
Muy lentamente el hombre aumentaba su dominio sobre la inimitable riqueza del
Poder que se ofrecía al alcance de su mano. Domesticó algunos animales y le dió un
sentido ritual a la agricultura primitiva y arbitraria. Con el uso de los metales el
hombre perfecciona sus medios de vida; fué empleando en su industria el cobre, el
estaño, el hierro, el plomo, el oro y la plata para suplir el uso de la piedra; aserró y
talló la madera, trabaja de alfarero, y en sus embarcaciones bogó río abajo hasta
llegar al mar; descubrió la rueda e hizo los primeros caminos; pero su principal
actividad durante más de un centenar de siglos fué la de subyugarse a sí mismo y a
sus semejantes para constituir grupos sociales cada vez más amplios. La historia del
hombre no es sólo la conquista del poder externo; es primeramente la conquista de
sus rencores y fierezas, en los que se condensaba, trabándoles, la herencia de los
instintos animales. Hay aún reminiscencias del mono en nosotros. Desde el albor de
la edad de piedra hasta la realización de la Paz en el Mundo, el mayor interés del
hombre es dominarse a sí mismo y a su semejante, comerciando, pactando,
promulgando leyes, transigiendo, esclavizando, conquistando, exterminando,
realizando, en fin, todo aquello que implicase incremento del Poder; tenaz en su
propósito, lucha de continuo para socializarse. Incorporar e incluir a sus semejantes
en un grupo social es la aspiración última y más fuerte de sus instintos. Ya antes de la
última fase de la edad de la piedra pulimentada, había llegado a ser un animal
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político. Hizo admirables descubrimientos dentro de sí mismo, acumulando datos,
primero en la tradición oral y después en los anales escritos, y así logró que el grupo
social inscripto en la ciudad ampliase sus dominios; en los valles del Nilo y del
Éufrates, y en los caudalosos ríos de la China, tuvieron lugar los primeros Imperios y
las primeras leyes escritas.
Los hombres, especializados en la lucha guerrera, dictaron leyes para los soldados
y para los caballeros. Más tarde, cuando aumentó el tonelaje de las embarcaciones, el
Mediterráneo, que hasta entonces había sido una barrera, fué un camino, y tras la
turbulenta política del pirata vino la gran guerra entre Cartago y Roma. La historia de
Europa es la historia de la victoria y del desastre del Imperio Romano. Todos los
monarcas de Europa, del primero al último, han imitado a César, llámense Kaiser o
Czar, Imperator o Kasir-i-Hind. Comparado con la vida de un hombre el período
comprendido entre la primera dinastía en Egipto y el invento del aeroplano, parece un
largo espacio de tiempo; pero aplicando una escala más amplia que abarque hasta la
edad de la piedra pulimentada, todo ese largo curso de tiempo es como una historia
acaecida ayer.
Durante un período de más de doscientos siglos, predominan los estados
guerreros, y las mentes de los hombres estaban principalmente ocupadas por los
sucesos políticos y las recíprocas agresiones. Por ende la adquisición del Poder
externo fué lenta, rápida si se compara con la de la edad de piedra; pero lenta
parangonada con la edad de sistemáticos descubrimientos en que vivimos.
Se modificaban apenas las armas y la táctica de la guerra; los métodos aplicados a
la agricultura, la navegación; el conocimiento del mundo habitable; la forma de vida
y los utensilios domésticos, en el lapso de tiempo comprendido entre los días de los
primeros Egipcios y la infancia de Cristóbal Colón (sic). Naturalmente, hubo
innovaciones y cambios; pero también había retrocesos; las cosas descubiertas fueron
otra vez olvidadas. Hubo en todo progreso; pero no por etapas sucesivas. Era la
misma la vida del hombre del campo; había sacerdotes y abogados, artífices en las
ciudades; señores terranientes, gobernadores, doctores, sabias mujeres, soldados y
marineros, en Egipto, China y Asiria y Sudeste de Europa; hacían las mismas cosas y
llevaban igual forma de vida que los hombres de la Europa del año 1500 después de
J. C. Los investigadores ingleses del año 1900 después de J. C., al hallar en las
excavaciones de Babilonia y de Egipto correspondencia familiar reveladora de la vida
privada de aquellos tiempos, y al leer los exhumados documentos legales, sintieron
perfecta simpatía con los hombres de aquella época. Hubo a través de este período
grandes cambios en lo religioso y en lo moral; la esclavitud experimentó en Italia
varias alternativas; censurada una y otra vez fué rechazada en el Nuevo Mundo. El
Cristianismo y el Mahometismo barrieron más de mil cultos diferentes; eran estos
cambios, en lo esencial, progresivas adaptaciones del género humano a las
condiciones de la vida material que fueron fijadas para siempre. La idea de cambios
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bruscos o de carácter revolucionario en la condición de la vida material, fué
completamente ajena al pensamiento del hombre de aquellos tiempos.
Pero el soñador, el forjador de historias, esperaba la oportunidad para
manifestarse, entre los negocios comerciales, en medio de tan diversas oscilaciones,
entre guerras y cortejos, en tanto se erigían castillos y catedrales, entre las artes y las
armas, las intrigas de la pequeña diplomacia, las interminables contiendas, cruzadas y
tráfico de la Edad Media. Ya no podía realizar sus especulaciones con la ilimitada
libertad de los tiempos salvajes de la edad de piedra; los preceptos que emanaban de
la autoridad eran un obstáculo en su sendero; mas realizaba sus investigaciones con
un cerebro mejor organizado; en ocio sedentario miraba al cielo siguiendo el curso de
los astros, o permanecía meditabundo con una moneda o pedazo de cristal en su mano
para deducir sus propiedades. En medio de la actividad y tráfico de esos días
quedábale al forjador de historias tiempo para pensar. Los hombres sentían
descontento ante la apariencia de las cosas, no les satisfacían las soluciones que daba
el credo ortodoxo; advertían la dificultad de interpretar el sentido de los ignorados
símbolos del mundo extendido en torno a ellos; y la sabiduría escolástica inquiría la
finalidad de los seres. No pudieron los hombres por más tiempo conformarse con su
vida cotidiana y el sentido vulgar de las cosas, desde que habían oído esta voz.
Estaban cada vez más convencidos de que era el mundo como una cortina o telón tras
el que había algo por nadie adivinado; pero que esos secretos eran Poder. Hasta
entonces lo que el hombre sabía del Poder lo había hallado por azar; pero ahora
aparecen estos investigadores, investigando, investigando entre objetos raros,
curiosos y dudosos, hallando utilizable a veces alguna cosa rara, en ocasiones
engañándose con fantásticos descubrimientos, otras en pretenciosa busca. Todo el
mundo y todos los tiempos se reían de estos seres excéntricos o les parecían enojosos
e insoportables, o bien inspiraban temor a las gentes convirtiéndolos en santos, en
magos y en hechiceros. Cierto que algunos en ocasiones codiciaban su trato; pero la
mayor parte de las veces los despreciaban. Sin embargo, estos seres excéntricos eran
de la sangre de aquel que primero soñó en atacar al mamuth, y el objeto que ellos
veían, aunque nadie lo inquiriera, era la trampa o cepo que había de cazar al sol.
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Entre estos investigadores puede incluirse a Leonardo da Vinci, que vivió en la corte
de Sforza, en Milán, dedicado a dignas abstracciones. Sus libros más conocidos están
llenos de profecías sutiles y de ingeniosas anticipaciones de los métodos empleados
por los primeros aviadores. Dürer fué su paralelo y Roger Bacon —a quien los
Franciscanos silencian— es de la misma estirpe. A ellos semejante fué un hombre
que vivió en una ciudad más antigua: Hero de Alejandría. Él conoció el poder del
vapor diez y nueve cientos de años antes de que fuera aplicado en la práctica. Y aún
más antiguo fué Arquímedes de Syracusa, y todavía más remoto el legendario
Vaedalus de Cnossos.
Siempre que en el decurso de la historia hay una tregua en la brutalidad guerrera,
surgen los investigadores. Y aun los alquimistas pueden casi incluirse en la tribu de
ellos.
Cuando Roger Bacon ideó el primer fusil de pólvora, pudo suponerse que iba a
llegarse pronto a la máquina explosiva; mas no aconteció de esta suerte. No es
posible que este hecho ocurriera entonces.
La metalurgia era demasiado rudimentaria para construir esa máquina, aunque ya
estuviera ideada. Durante algún tiempo no pudo fabricarse un instrumento bastante
sólido para resistir la nueva fuerza de la pólvora, aunque sólo fuera para arrojar un
proyectil. Este cañón del primer fusil no tenía más resistencia que la ensambladura de
un tonel de madera; y el mundo esperó más de cinco cientos de años antes de que la
máquina explosiva se aplicara.
Aunque los investigadores hallaran alguna cosa, transcurre largo espacio de
tiempo hasta que en el mundo puedan utilizarse los inventos, aun en su aplicación
más cilla. Si el hombre, en general, ya no era tan ciego para percibir las
inconquistadas energías latentes a su alrededor, cómo su precursor del tiempo
paleolítico, era, en el mejor caso, un miope.
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La energía latente del carbón y el poder del vapor esperaron largo tiempo al margen
de los descubrimientos, antes de que empezaran a influir en la vida humana; es
indudable que hubo muchos inventos como aquel fuego de Hero de Alejandría; mas
cayeron luego en olvido; durante algún tiempo sirvieron de esparcimiento y diversión
en cortes y palacios; y no era necesario que el carbón fuese explotado en las minas a
la par del hierro para que la inversión fuese algo más que mera curiosidad. Y es digno
de notarse que los primeros ensayos de la aplicación del vapor se hicieron para
menesteres guerreros.
En un folleto del tiempo de Isabel se hace referencia al uso, como armas
arrojadizas, de botellas encorchadas, de hierro, llenas de agua hirviendo. El empleo
del carbón para la combustión; la fundición de hierro en gran escala que el hombre no
había hecho nunca antes; el vapor aplicado a la bomba aspirante impelente, la
maquinaria y el barco de vapor, se sucedieron con una necesidad lógica. Es el
capítulo más interesante en la historia de la inteligencia humana, la historia del vapor,
como un hecho en la conciencia del hombre, siguiendo el proceso en el
perfeccionamiento de la turbina mecánica como precedente a la utilización del poder
intramolecular. Casi todos los hombres habían visto el vapor durante muchos miles de
años, sin que solicitara su atención. Las mujeres, en sus quehaceres domésticos, veían
de continuo el agua en ebullición, impeliendo las tapas de las cazuelas. Millares de
gentes, en tiempos diversos, habían observado la fuerza del vapor, viendo las rocas
empujadas fuera del cráter de los volcanes como balas y triturarlas hasta reducirlas a
espuma. Y puede investigarse en los archivos humanos formados con cartas, libros,
inscripciones y cuadros, sin que se halle en todos ellos ni un vislumbre de que el
vapor es una fuerza y de que esa energía es susceptible de aplicación. Pero de súbito
el hombre se irguió de su sueño, y una red de vías se extendió por el globo. Los
barcos de hierro, engrandeciéndose de continuo, empezaron su lucha vacilante contra
el viento y las olas.
El vapor es el que primero llega de entre los nuevos poderes, y empezó entonces
la Edad de la Energía, que había de cerrar la larga historia de los Estados guerreros.
Pero durante largo tiempo los hombres no advirtieron la importancia de esta
novedad, no fueron capaces de comprender que un hecho fundamental había
acaecido.
Le llamaron a la máquina de vapor «caballo de hierro» y supusieron que las
substituciones, que gracias a ella iban a realizarse, eran parciales y sin importancia.
La máquina de vapor y la producción fabril revolucionaron, notablemente, las
condiciones de la producción industrial. Una incesante corriente humana fué desde el
campo a la ciudad, condensándose, la población, en pocos centros urbanos. Las
mercancías llegaban salvando enormes distancias, hecho sin precedente, en
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comparación de las cuales nada significaba el viaje de aquellas embarcaciones que,
cargadas de trigo, llegaron a Roma. Caudales emigratorios de pueblos, cada vez
mayores, tuvieron lugar, ante Europa, el Oeste de Asia y América.
Sin embargo, ese descubrimiento abría un nuevo cauce en la vida del hombre. Era
como si se hubiera abierto una compuerta en cuya represa las aguas estancadas se
acumulaban.
El sobrio inglés del final del siglo XIX podía sentarse a su mesa de comedor en la
hora del desayuno, optando por el té de Ceylán o el café del Brasil, devorando un
huevo procedente de Francia con algún jamón dinamarqués o comer una costilla de
cordero de Nueva Zelanda, terminando el desayuno con un plátano de la India
Occidental; echar una ojeada a los últimos telegramas de todo el mundo, enterarse de
cómo marchaban los asuntos en el Sur de África, el Japón y Egipto, y sin embargo,
decirles a los niños que estaban a su lado, continuación de su remota ascendencia,
que el mundo cambiaba muy poco. Podían jugar al «cricket»; arreglarse el pelo
cuando lo hubieran menester; ir a la vieja escuela a la que él había ido; emperezarse
leyendo las lecciones que a él también le aburrían; aprender algunos fragmentos de
Horacio, Virgilio y Homero, y que haciendo esto, todo marcharía bien para los
chicos.
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La electricidad, a pesar de merecer prelación en su estudio entre esas dos energías,
irrumpe en la vida cotidiana del hombre pocas décadas después de la aplicación del
vapor. La electricidad, como en aquél, sin embargo de su ostensible proximidad al
género humano, éste permanece completamente ciego con relación a sus efectos
durante tiempo incalculable.
¿Puede darse nada más enérgico que las llamadas de la electricidad solicitando la
atención del hombre? Truena en sus mismos oídos, se le manifiesta en el relámpago
cegador, en ocasiones lo mata y, sin embargo, no se pára a reflexionar en este
fenómeno como si de una manera directa no le concerniera. Entra la electricidad en la
casa del hombre y en el gato, que ve a su lado, se le manifiesta, insinuante,
arrancando chispazos el felino cuando alguien frota su piel. Y, sin embargo, no se
registra un caso de alguien que haya preguntado por qué la piel del gato chisporrotea
o cuál es la causa de que el cabello sea tan rebelde al cepillo en los días helados, antes
del siglo XVI. Durante interminables años parece que el hombre se ha propuesto no
parar mientes en estos fenómenos hasta que el nuevo espíritu del Investigador se
vuelve hacia ellos.
¡Cuántas veces hechos como éstos se miraron sin darle importancia, antes de que
el ojo especulativo llegara al momento de la visión! Fué Gilbert, médico en la corte
de la reina Isabel, quien primero reflexionó sobre estas cosas al frotar, con un pedazo
de seda, trozos de ámbar y de vidrio, y desde entonces, con rapidez, la mente humana
se percató de la manifestación universal de este fenómeno. Y aun en aquella época la
ciencia de la electricidad quedó reducida a un pequeño grupo de hechos curiosos
durante cerca de doscientos años. Hechos que, conjeturalmente, se relacionan con el
magnetismo y con la electricidad atmosférica.
Ancas de rana pendientes de ganchos de cobre en contacto con una barra de
hierro, se agitan innumerables veces antes de que Galvani reparase en el fenómeno.
Excepto en la invención del pararrayos, sólo doscientos cincuenta años después de
Gilbert, la electricidad, que era mera curiosidad en el gabinete del científico, entró en
la vida del hombre vulgar. Entonces, súbitamente, en la mitad del siglo comprendido
entre 1880 y 1930 surge la máquina de vapor aplicada a la tracción y a los usos
domésticos, y por fin se llega a la telefotografía y al teléfono sin hilos, que suprimen
las distancias.
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Había una extraordinaria resistencia mental hacia los descubrimientos y los inventos,
por lo menos aún en un centenar de años después que la revolución científica
empezó. Cada nuevo invento se abría camino, en la práctica luchando contra el
escepticismo y los obstáculos, que aumentaban a medida que el descubrimiento
progresaba.
Un escritor reproduce, acerca de estos sucesos, un gracioso diálogo doméstico,
que ocurre, según él, en el año 1898, dentro del plazo de diez años en que se hicieron
los primeros ensayos de aviación.
Él nos refiere cómo, sentado a su pupitre de estudio, entabló conversación con su
hijo pequeño.
El chiquillo estaba profundamente turbado. Él sentía deseos de hablar muy
seriamente a su padre; pero como era un mocito amable no quería hacerlo con
demasiada dureza. El hecho acaeció de la manera siguiente:
—Yo quisiera, papaíto —dijo el chiquillo entrando en materia—, que no
escribieras más acerca de esas bagatelas que hablan de los vuelos. ¡El tendero se
burla de mí!
—¿De veras? —dijo su padre.
—Y el viejo Broomie, quiero decir el director del colegio, también se chancea…
¡Todo el mundo se burla de mí!
—Pues se volará muy pronto.
El chiquillo estaba muy bien educado y no quiso contradecir a su padre diciendo
lo que pensaba acerca del particular.
—De todos modos —le dijo—, yo desearía que no escribieras más acerca de ese
asunto.
—Tú volarás dentro de poco tiempo, antes de que mueras —aseguró el padre.
El muchacho le miró entristecido.
Su padre dudó un momento; pero después, abriendo su carpeta, le mostró al niño
un bosquejo que era la ampliación de una fotografía.
—Ven aquí y mira esto —le dijo.
El muchacho se acercó a él. La fotografía representaba un arroyo que discurría
por un prado y lejos, entre los árboles, se percibía en el aire una pincelada negra
semejando una superficie plana a la cual se adosaban alas. Era el primer proyecto del
primer aparato más pesado que el aire que se sostenía en la atmósfera gracias a la
fuerza de un motor. Escrito en el margen se leía: «¡Cada vez iremos más arriba, cada
vez más altos!», por S. P. Langley, Instituto Smithsoniano, Washington.
El padre observó el efecto que este documento probatorio había producido en su
hijo.
—¿Qué te parece? —le dijo.
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—Esto —contestó el muchacho después de reflexionar— es solamente un
proyecto.
—Un proyecto hoy, una realidad mañana.
El muchacho duda, mas de súbito se decide argumentando con una persona a
quien consideraba omnisciente.
—Pero el viejo Broomie —contestó— dijo ayer a los chicos en clase que el
hombre no volaría nunca; «quien haya visto —nos decía— caer una gallina silvestre
o un faisán en un tiro al suelo, jamás creerá en semejante cosa».
Aquel muchacho, durante su vida, voló sobre el Atlántico y escribió recordando
la conversación que había tenido con su padre.
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A fines del siglo XIX, como multitud de documentos literarios lo atestiguan, se pensó
que el hombre, por el hecho de haber convertido el vapor, que antes le abrasaba, en
objeto de tráfico, y de utilizar para fines prácticos la electricidad, que antes lo
fulminaba desde el cielo, era una prueba cumbre del coraje de la inteligencia humana.
El tono de «Nime Dimittis» sonaba en algunos de estos escritos.
«Las grandes cosas han sido descubiertas —escribió Gerald Brown en su resumen
del siglo XIX—. Para nosotros, el trabajo que nos resta es cuestión de detalles.» Sin
embaí go, el espíritu del investigador era aún raro en el mundo; la educación era
torpe, faltándole al estudiante estímulo y aprecio; eran contadas las personas que se
dedicaban a la ciencia y el método de investigación científico, que entonces se usaba,
no era más que un débil bosquejo, empezando apenas los descubrimientos. En donde
antes sólo había una veintena de investigadores, aparecen en este siglo a miles, y por
unos cuantos especuladores que en 1800 descorrían apenas la cortina o tela que oculta
las apariencias, hay ahora cientos; pero ya la Química, que durante la mayor parte del
tiempo comprendido en esta centuria parecía satisfecha con el descubrimiento de sus
átomos y moléculas, se preparaba para dar, próximamente, un paso gigantesco que
habría de revolucionar la vida de punta a cabo.
Se comprueba lo elemental que era la ciencia de aquel tiempo cuando se
considera el caso de la composición del aire. Lo estudió un genio extraño y aislado:
ese hombre de inteligencia desengañadora fué Henry Cavendish. Teniendo en cuenta
los elementos de que disponía, su obra está admirablemente hecha. Él separó todos
los elementos conocidos que integran la composición del aire, con una precisión muy
digna de notarse. Cavendish anotó las dudas que acerca de la pureza del nitrógeno
existían. Durante más de cien años sus experimentos se repitieron en todo el mundo y
su aparato de investigación llegó a ser «clásico», como suele decirse, conservándose
en Londres. Y siempre, cada una de las innumerables veces que se repitió este
experimento, el componente fugitivo llamado argón se escondía en el nitrógeno (con
una pequeña porción de helium y vestigios de otras substancias conducentes al nuevo
camino de lo que la química llegaría a ser en el siglo XX). En todas las repeticiones
del experimento el argón se deslizaba, inaprehensible, entre los dedos del profesional.
¿Tiene algo de extraño que con este margen de incuria que se advierte en los
albores del siglo XX, los inventos científicos fueran sólo una sucesión fortuita de
accidentes en vez de una sistemática conquista de la natura?
Pero el espíritu investigador se esparció por todo el mundo; ni aun el catedrático
podía refrenarlo. Por un puñado de curiosos que en el siglo XIX trataban de descubrir
los secretos de la naturaleza, hay ahora, en el XX, miríadas de investigadores que
escapan de los límites fijados por la rutina intelectual y por las costumbres de la vida
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cotidiana, difundiéndose por Europa y América, Norte y Sur, por el Japón y la China,
por todas partes, en fin, de la superficie del mundo.
Fué en 1910 cuando los padres del joven Holsten, a quien toda una generación de
hombres científicos llamó «el más grande químico de Europa», habitaron una villa
cerca de Santo Domenico, entre Fiesole y Florencia.
Atrajo principalmente la atención del investigador el fenómeno de la
fosforescencia por su aparente falta de relación con cualquier otro origen o manantial
de la luz.
Nos dice en sus memorias cómo observaba atento las mariposas de luz en sus
raudos giros resplandecientes, que volaban entre los árboles negros bajo el cielo de
un azul cálido de las noches de Italia, cómo lograba cogerlas y, guardándolas en
jaulas, las disecaba, estudiando minuciosamente la anatomía general de los insectos,
observando el efecto que sobre ellas producían determinados gases, y sometiendo sus
luces a diversos grados de temperatura. Entonces, el feliz hallazgo de un juguetillo
científico, inventado por Sir William Crookes, un juguete que se llamaba el
«espinthariscopio», en el cual unas partículas de radium impregnadas en sulfito de
zinc lo hacían luminoso, indujo a Holsten a asociar esas dos series de fenómenos. Fué
una feliz asociación para sus estudios. Siendo también afortunado suceso el que se
hallasen unidos el don del matemático y la afición a esa clase de investigaciones.
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Mientras Holsten, aún un chiquillo, se alucinaba en Fiesole con el vuelo de las
mariposas de luz, un profesor llamado Rufus daba en Edimburgo un curso de
conferencias de tarde acerca del radium y de la radioactividad. Estas lecturas habían
llamado vivamente la atención del público. El profesor leía estas conferencias en un
pequeño teatro, y el auditorio acrecía considerablemente a medida que el curso
progresaba. Cuando las conferencias finalizaban, la muchedumbre atestaba el teatro.
Algunos permanecían en pie sin dar muestras de fatiga, fascinados por tan sugestiva
lectura. Era entre todos el más entusiasta un muchacho de cabezota risible, cuyo
cabello tenía la aspereza de un estropajo; era natural de las Higlands o montañas. Se
sentaba sosteniendo su rodilla entre sus manos grandes y rojas; bebía, con sus ojos
saltones, cada palabra del conferenciante, y con la emoción se le encendían los
carrillos y le ardían las orejas.
—Por consiguiente —decía el profesor—, vemos que el radio, que parecía
primeramente una excepción fantástica, una radical inversión en todo lo que se
consideraba fundamentalmente establecido, es sólo, en realidad, un elemento más. Él
se manifiesta en sus efectos de manera más ostensible y poderosa, en tanto que la
acción de los otros elementos es lenta y apenas perceptible. Es como una gran voz
aislada que prorrumpe en el silencio, descubriendo una muchedumbre que se agita en
las tinieblas. El radium es un elemento que rompe con todo lo establecido, tirándolo
por tierra hecho pedazos; pero tal vez los otros elementos han realizado algo
semejante, aunque no de manera tan perceptible; puede entre éstos contarse el
uranium, el thorium —la materia que cubre a este gas incandescente—, el actinium, y
me parece que aún estamos empezando la lista. Ahora sabemos que el átomo, que se
creyó duro e impenetrable, indivisible e inanimado, es en realidad un recipiente de
inmensa energía Tal descubrimiento es el más admirable en este orden de
investigaciones; poco tiempo hace pensábamos que el átomo era a modo de un
ladrillo, como material para construcción, cual algo, en fin, sólido, compacto e
inanimado; mas ¡he aquí! que estos ladrillos son cajas, cajas de caudales, recipientes
llenos de intensa fuerza. Este recipiente o pequeña botella contiene alguna porción de
óxido de uranium, esto es, cerca de catorce onzas del elemento uranium, que
equivale, próximamente, a una libra. En esta botella, señoras y señores, en los átomos
que contiene esta botella, hay tanta energía latente como en la obtenida en la
combustión de 160 toneladas de carbón. En una palabra: si súbitamente pudiera
soltarse esa energía, todos los que estamos aquí ahora volaríamos hechos pedazos; si
esa energía pudiera aplicarse a un motor de luz, la ciudad de Edimburgo
resplandecería durante una semana; pero hasta ahora ningún hombre sabe cómo la
energía contenida en este pedazo de materia puede descargarse de repente: cierto que
se va desprendiendo; pero poco a poco, como por cuentagotas. Lentamente el
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uranium se cambia en radium, el radium en la emanación del gas radium, y éste de
nuevo en lo que llamamos radium, etc., y en esa manera continúa el proceso, dando
lugar al nuevo estado de energía en la forma a que ha llegado actualmente; pero esa
energía no puede precipitarse de una manera rápida.
—¡Te comprendo, hombre! —cuchicheó el muchacho de la cabezota ridícula, y
con nerviosidad su mano roja se retorcía como un tornillo sobre su rodilla—. Te
comprendo, hombre. ¡Oh, sigue, sigue!
El profesor continuó tras breve pausa:
—¿Por qué este cambio gradual? ¿Por qué esta pequeña fracción de radium se
desintegra en cada segundo? ¿Por qué se distribuye de una manera tan lenta y exacta?
¿Por qué todo el uranium no se cambia de repente en radium, y todo el radium en la
substancia inferior? ¿Por qué ese desprendimiento gota a gota y no «en masa»?
Suponed que hemos hallado la forma de que esa energía se descargue súbitamente.
El muchacho de la cabezota ridícula la agitó con rapidez.
La idea prodigiosa de una manera inevitable había surgido. El muchacho,
agarrándose su rodilla, la alejó hasta su mentón, y removiéndose excitado en el
asiento, repetía:
—¿Por qué no? ¿Por qué no?
El profesor levantó su dedo índice.
—Dado este supuesto —dijo—, notad las cosas que seríamos capaces de hacer;
teniendo el hombre en su mano la fuerza de tan poderoso manantial de energía,
podría alumbrar una ciudad durante un año, o volar una flota de barcos de guerra, o
impeler a través del Atlántico nuestros gigantescos buques mercantes; pero somos
inhábiles para acelerar el proceso de desintegración en cualquiera de estos elementos;
es la disminución tan lenta que escapa a nuestros instrumentos más precisos de
mensuración. Cada fragmento de materia sólida llegaría entonces a ser en el mundo
un eficaz recipiente de fuerza concentrada. ¿Os hacéis cargo, señoras y señores, de la
importancia que estos hechos tienen para nosotros?
El de la cabeza de estropajo la movió con rapidez.
—Ello significaría un cambio en las condiciones de la vida humana que sólo
puede ser comparable al descubrimiento del fuego, ese invento que elevó al hombre
sobre el bruto. Nosotros estamos en relación a la radioactividad en la misma relación
en que estaban nuestros antepasados antes de encender el primer fuego. Lo conocían
entonces como algo que estaba más allá de su dominio; era en el cráter del volcán
llama vacilante o rojo elemento destructor que se propagaba a través de los bosques.
Tal es lo que hoy conocemos de la radioactividad. Ésta será el alba de un nuevo día
en la vida del hombre. En aquel grado de civilización que tuvo su comienzo en el
martillo de pedernal y en el palo torcido al fuego del salvaje, hasta el tiempo actual en
el que, gracias a los elementos disponibles de energía, nuestras crecientes necesidades
podían satisfacerse, descubrimos la posibilidad de una civilización completamente
nueva. Esa energía tan necesaria para nuestra existencia y que la Naturaleza nos
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suministra de manera tan paulatina, está cerrada bajo llave en cantidades
inconcebibles muy cerca de nosotros. Hasta el presente no hemos podido dar con esa
clave, pero…
Hizo una pausa. Su voz se apagó tanto que el auditorio tuvo que esforzarse para
escucharle.
—… la conseguiremos.
»Entonces —dijo, levantando otra vez su dedo flaco, gesto en él peculiar—.
Entonces, esa perpetua lucha por la existencia, esa constante lucha para vivir de la
escasa energía sobrante en la Naturaleza, dejará de ser la herencia del hombre. Éste
dará un paso desde el pináculo de la actual civilización al principio de la siguiente.
Yo no poseo elocuencia, señoras y señores, para expresar la visión del porvenir de la
vida material que se abre ante nosotros. Ya veo los continentes ahora desiertos,
transformados; los helados polos ya no serán inhabitables, el mundo entero será como
un Edén. Yo veo el poder del hombre llegar hasta las estrellas.
El conferenciante paró bruscamente. El gesto que hizo al contener su aliento,
muchos actores u oradores podrían envidiarlo.
La lectura había terminado; el auditorio quedó suspenso y en silencio profundo; a
poco empezó a fluctuar y a removerse preparándose para salir. En la sala se
encendieron más luces, y lo que antes era una masa de figuras borrosas fué ahora
brillante confusión de movimiento. Algunos llamaban a sus amigos, otros en tropel
subieron al escenario para observar los aparatos que el conferenciante manejara
durante la lectura, y para tomar notas de sus diagramas; pero el muchacho de la
cabezota ridícula, cuyo cabello era de estropajo, salió sin reparar en nada, abstraído
en las reflexiones que la conferencia le sugiriera. Necesitaba quedarse a solas con sus
pensamientos. Marchó abriéndose camino a codazos, con lento andar bovino,
alejándose temeroso de que alguien le hablara, invadiendo con la conversación la
esfera ardiente de su entusiasmo.
Él iba a través de las calles con faz transportada, como un santo que ve visiones.
Tenía sus brazos demasiado largos, y de forma ridícula sus grandes pies. Necesitaba
permanecer solo, elevarse sobre la muchedumbre vulgar que tropezaba en la vida
cotidiana.
Echó a andar, llegando hasta la cima llamada el Sitio de Arturo, y allí se sentó
envuelto en el oro del ocaso. De tiempo en tiempo cuchicheaba una frase que quedó
grabada en su mente.
—Si —murmuraba—, si yo pudiera dar con esa clave.
El sol se abatía sobre las colinas lejanas. Ya no irradiaba sus rayos; era como un
globo de un oro rojizo colgado de las grandes y espesas nubes que lo absorbían.
Lo observó primero distraído y después con fijeza persistente. A su mente llegó
en imagen un extraño eco de aquella salvaje Edad de Piedra; parecióle ver esparcidos
montones de huesos de hacía más de cien mil años.
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—Tú, rojo globo de sol —dijo. Sus ojos brillaban; dobló su mano como si
pretendiera coger algo—. Tú, cosa roja, yo te dominaré, a pesar de todo.
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CAPÍTULO I
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1
El problema que ya había sido discutido por hombres científicos como Ramsay,
Rutherford y Soddy en los primeros años del siglo XX, el problema de convertir la
radioactividad en elementos más densos y pesados para poder así sondear la energía
interna de los átomos, fué resuelta gracias a una admirable combinación de
inducción, intuición y azar, por Holsten hacia el año de 1933. Desde los primeros
hallazgos de la radioactividad hasta su primera aplicación a los fines humanos, media
más de un cuarto de siglo. A partir de esa fecha, aun durante el plazo de veinte años,
pequeñas dificultades impiden que la radioactividad se aplicara con éxito completo;
pero lo esencial en este orden de investigaciones ya se había hecho. En este año
traspuso en su marcha el progreso humano un nuevo límite. Se realizó una
desintegración atómica en una diminuta partícula de bismuto, que explotó con gran
violencia en un pesado gas de extrema radioactividad, el cual fué desintegrado a su
vez en el plazo de siete días, y sólo después de otro año de trabajo el investigador
pudo demostrar prácticamente que el último resultado de la descarga rápida de
energía era oro. Pero la experiencia estaba hecha, aunque el verificarla le costara al
operador una quemadura y una herida en un dedo, y desde el momento en que la
invisible mancha de bismuto fué ya una energía separada, Holsten comprendió que
había abierto un camino al género humano que, aunque angosto y obscuro, podía
conducir a mundos de poder ilimitado. Él anotó un extraño diario biográfico que legó
al mundo, un diario que fué redactado en el momento en que le afluían
especulaciones y cálculos, extensa y asombrosa minuta, documento humano de
sensaciones y emociones que la humanidad entera podría comprender.
Daba Holsten con frases entrecortadas y con palabras sueltas, aunque no por eso
menos expresivas, una relación hecha en el proceso de veinte horas, de la exactitud
de sus demostraciones, intrincados cálculos, computaciones y conjeturas.
«Yo creo que no podría dormir» —escribe; las palabras omitidas estaban suplidas
con paréntesis (los cálculos sobre eso) «dolor en (la) quemadura de la mano, (el)
admirador de lo que yo había hecho… «Durmió como un niño.»
A la mañana siguiente se sintió extraño y desconcertado; no tenía nada que hacer,
vivía solo en una habitación situada en Bloomsbury, y decidió dar un paseo subiendo
hasta Hampstead Heath, que había conocido cuando lo frecuentaba siendo muchacho,
como un campo de recreo. Tomó el ferrocarril subterráneo, que era entonces en
Londres medio de comunicación de una punta a otra de la ciudad, y subió a pie calle
de Heath arriba, desde la estación que se abría en el parque.
Halló allí una zanja llena de tablones y andamios, delimitada por las casas
derruidas. El espíritu del tiempo se había asido a aquel paraje inclemente, angosto y
escarpado, y actuaba en tal lugar para transformarlo según los ideales estéticos
preconizados por Neo-Georgian. Tan ilógica es la psicología humana, que acabando
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Holsten de realizar un invento que había de ser como un petardo puesto bajo las
costumbres de la civilización entonces actual, vió con un sentimiento de desagrado
los cambios que en aquel paraje habían tenido lugar. Miles de veces había subido por
la calle de Heath, parándose ante los escaparates de las pequeñas tiendas, pasando el
tiempo en el teatro-cinematógrafo ya desaparecido, y admirando los altos edificios,
primeras obras de Georgian, sitos en la banda derecha de la barranca que servía de
paraje; sintió ahora extrañeza ante las reformas realizadas en este sitio, añorando las
para él familiares ya desaparecidas. Sintió alivio al abandonar aquel laberinto de
trincheras, grúas y zanjas, y continuando su paseo fué a salir cerca del puente de la
Piedra Blanca, ya desde hacía tiempo para él conocido.
Aun flanqueaban la calle a derecha e izquierda las viejas y hermosas casas de
ladrillo; el puente había sido embellecido por un pórtico de mármol y en la esquina de
la calle se alzaba la fachada blanca de la hostería en cuyo pórtico se esculpían ramos
de flores; se veía la azul colina de Haroow y la torre del mismo nombre, brillaba el
agua de los estanques entre la arboleda del parque y ensombrecían de tiempo en
tiempo el paisaje las nubes impelidas por el viento. Era aquel elevado paraje como
una ventana abierta sobre Londres. Todas estas cosas que en torno se veían, difundían
tranquilidad en el espíritu. Era la misma que en otro tiempo la muchedumbre que por
aquel lugar paseaba; la misma la continua corriente de automóviles que partiendo de
Galbatical se deslizaban fugitivos hacia la campaña. En una parte del parque tocaba,
como antes, una banda de música, en otra se agrupaban en un meeting las mujeres
sufragistas discutiendo, gracias a la tolerancia, sus adquiridos derechos, que servían
otra vez de burlas necias a la plebe. Allá grupos de oradores socialistas y políticos.
Era también el mismo que antaño el ladrido salvaje de los perros que en su alegría
frenética parecían bendecir la mano que los soltara de su cadena. A lo largo de
camino de los Españoles paseaba una vasta muchedumbre comentando lo
distintamente que, en aquella tarde clara, se percibía la ciudad de Londres.
El joven Holsten caminaba pálida la faz y vacilante el paso, delator de la fatiga de
unos nervios esforzados en las tareas y de un cuerpo debilitado por exceso de estudio.
Al llegar al puente de la Piedra Blanca se detuvo en la encrucijada dudando cuál
camino había de tomar. Volteando el bastón en su mano, permanecía indeciso; mas
era preciso decidirse por un camino para no aguantar los empujones de los que por el
sendero marchaban. Se sintió, confesándoselo, «inadecuado para la vida cotidiana».
Se consideraba inhumano y nocivo. Toda la gente en torno a él tenía aspecto de
próspera dicha, de felices y alegres, de bien hallados con la vida que llevaban —un
domingo para lucir los mejores trajes en apacible paseo, después del trabajo de toda
la semana—, pero él iba a botar al agua algo que desorganizaría la fábrica entera,
sostén de las ambiciones, satisfacciones y esparcimiento de aquellas gentes.
—Me siento —se dijo el inventor— como el imbécil que deja en manos de un
niño una caja llena de revolvers cargados.
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Holsten encontró a un hombre llamado Lawson, antiguo compañero de colegio; la
historia solamente sabe de él que tenía la cara roja y un perro terrier. Los dos amigos
caminaron juntos, y advirtiendo Lawson la palidez y aspecto débil de su compañero,
díjole que necesitaba holgarse porque su semblante revelaba exceso de trabajo.
Ambos amigos se sentaron en lugar próximo a la Casa-ayuntamiento de Galders Hill
Park y enviaron a un camarero al «Bull y Rush» por un par de botellas de cerveza,
partiendo sin duda de Lawson la invitación. La cerveza calentó el entumecido
organismo de Holsten. Éste empezó a explicar a Lawson lo que su gran invento
significaba. Lawson fingía atención; pero carecía de cultura y de imaginación para
comprender a su amigo… «En fin, antes de que transcurran muchos años este
invento, eventualmente, cambiará la guerra, el tráfico, el alumbrado, toda clase de
manufactura, todo lo concerniente, en fin, a la vida material humana.»
Entonces, Holsten se detuvo bruscamente; Lawson, al levantarse, le había pisado
un pie.
—¡Ese condenado perro! —gritó Lawson—. Míralo ahora, ¡Jí, aquí! ¡Fiuu, fiuu,
fiuu! ¡Ven aquí, Bobs, ven aquí!
El joven científico, que aun llevaba su mano vendada, quedó fatigado después de
explicar las investigaciones admirables que tanto tiempo le habían absorbido. Por un
momento Holsten miró a Lawson con atónita fijeza, observando el efecto que la
explicación del invento había producido en su amigo.
Pero haciéndose cargo, dijo: «¡Bien!» Sonrió con timidez y apuró el bock de
cerveza.
Lawson se sentó otra vez.
—Madame tiene obligación de vigilar su perro —dijo en tono de excusa.
—¿Qué estaba usted diciéndome?
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2
Al anochecido Holsten salió otra vez. Se dirigió hacia la Catedral de San Pablo y
permaneció algún tiempo cerca de la puerta escuchando los oficios de tarde. Los
candelabros que lucían en el altar le recordaron, por una asociación rara, a las
mariposas de luz en Fiesole. Entonces, entre las luces del anochecido, retrocedió
hacia Westminster. Se sentía deprimido; estaba, en verdad, como aplastado por las
inmensas consecuencias de su descubrimiento. Tenía esa noche la vaga idea de que
no debía publicar el resultado de su invento; que una secreta asociación de sabios
debería cuidarse de su obra pasándola de generación en generación hasta que el
mundo estuviese maduro para realizar su aplicación práctica. Sintió Holsten que entre
los miles de gentes que pasaban, ninguna apetecía un cambio en su manera de vivir;
aceptaban el mundo tal cual era, no gustando de alteraciones demasiado rápidas;
querían que se respetasen sus instituciones, sus creencias, los hábitos y posiciones
sociales ganadas.
Se dirigió hacia los jardincillos que estaban bajo las iluminadas ventanas de los
hoteles «Savoy y Cecil». Sentándose en un banco, prestó atención a la charla de dos
personas que próximas a él estaban. Era la conversación de una joven pareja en
víspera de matrimonio. El hombre en noviazgo se sentía satisfecho por haber, al fin,
encontrado un empleo fijo que regularizaba su vida… «Ellos están contentos de mi
conducta —dijo— y a mí me gusta el trabajo. De continuar en ese trabajo una docena
de años, alcanzaré posición más ventajosa. Ésta es la verdad completa acerca de mi
situación, Hetty. No hay razón ninguna para que nosotros no vivamos con mucho
decoro; pero lo que se dice muy decentemente.»
¡El deseo del pequeño éxito, aseguradas las condiciones de la vida material! Esta
conversación se grabó en la mente de Holsten. Añadió en su diario: «Tengo una
visión de conjunto del mundo, y es eso…» Con esa frase quería significar una visión
clarividente de todo el mundo habitado, con sus ciudades, pueblos y aldeas; carreteras
con los mesones a su orilla, con sus jardines, quintas y praderas de la montaña, sus
barqueros y marineros con sus buques describiendo amplios círculos en el Océano,
con sus mesas contadoras, sueldos, pagos y deudas. Todo esto lo percibía Holsten
como un espectáculo progresivo y coherente. Algunas veces visiones semejantes
surgían en él; su mente, acostumbrada a las generalizaciones, aunque con sensibilidad
aguda para advertir los detalles, vió las cosas de una manera más comprensiva que
sus contemporáneos. Constantemente la fecunda esfera se mueve circularmente
siguiendo prefijado fin y es constante la velocidad por su sendero en torno al sol; pero
la mirada del investigador continuamente percibía cambio y progreso; mas ahora
sentía fatiga y decaimiento ante el incesante fluir de la vida; parecióle ésta un círculo
eterno. Cayó en la creencia vulgar de los que preconizan el retorno y rutina de la vida
humana. El remoto pasado del salvaje nómada y los inevitables cambios del mañana
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le permanecían velados; Holsten sólo vió ahora día y noche, sementera y cosecha,
amor y procreación, nacimientos y muertes, paseos al sol durante el verano y cuentos
al calor del lar en el invierno, siempre la antigua sucesión de las esperanzas, los
hechos realizados y el tiempo de la vejez, sucesión perennemente renovada; siempre
lo mismo; sólo que ahora la mano impía del investigador había sacudido esa
somnolencia, ese dulce murmullo del hábito, ese tejer de la existencia humana.
Durante algún tiempo olvidaba en sus reflexiones las guerras y los crímenes, los
odios y las persecuciones, hambres y pestilencias, las crueldades de las fieras, el
cansancio y los tiempos inclementes, quiebras, insuficiencias y retrocesos. Vió todo
el género humano como lo había visto aquella pareja de novios domingueros sentados
cerca de él, en cuyos proyectos triviales y mezquinos era dudoso que encontraran la
dicha. Yo tenía una visión de conjunto del mundo y era ésa.
La inteligencia de Holsten, luchó, por algún tiempo en vano contra esta manera de
ver el mundo. Sin embargo, llegó a tranquilizarse, rechazando la idea de que él era un
ser extraño e inhumano que, descarriado de la manada, volvía maleado de su
contranatural excursión, en medio de las tinieblas y fosforescencias, bajo la hermosa
superficie de la vida. El hombre no había sido siempre rutinario y trivial; los instintos
y deseos del reducido hogar y el pequeño pedazo de tierra no eran toda su naturaleza;
también era un aventurero y un experimentador, un curioso inquieto combatido por
deseos insaciables. Cierto que durante el transcurso de poco más de mil generaciones,
había cultivado la tierra siguiendo el cambio de las estaciones y rezado sus plegarias,
molido sus granos y, llegado el mes de octubre, pisado el vino en el lagar; pero aún,
en este plazo corto, no cesaban sus activas inquietudes.
—Si encerrado en su hogar no tuvo aspiraciones y cultivando el campo cayó en la
rutina —pensó Holsten—, habían existido también «aventureros del mar».
Volvió la cabeza, y en la eminencia próxima vió emplazados los grandes hoteles,
llenos de molicie, de amortiguadas luces del color y de la agitación del festín.
¿Podrían los placeres del género humano ser más que eso? Cuando salía, subiendo
del jardín, vió en perspectiva, en un contraluz del atardecer azul, un tren de lujo, cuya
luz conductora, cálida, dejaba a su paso una estela brillante; cruzó el dique y se paró
un momento para contemplar la corriente obscura del río y se tornó a pasear entre los
edificios iluminados y a cruzar los puentes. En su mente empezó a surgir un esquema,
en el cual se bosquejaba una reposición en el orden de aquellos edificios apiñados.
—Ello ha empezado —escribió en su diario, del cual esta narración está tomada
—. Yo no puedo prever. Yo soy una parte, no un todo. Yo soy una pequeña pieza en la
armadura del Cambio. Si yo quemase todos estos papeles, antes de una veintena de
años, habrá aparecido otro hombre que ejecute lo que yo hice.
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Holsten, antes de su muerte, estaba destinado a ver la energía atómica dominando a
todos los demás manantiales de poder; pero, por espacio de algún tiempo, una vasta
red de dificultades impidió que, ultimándose algunos detalles, pudiera este invento
invadir la vida cotidiana. El sendero que conduce del laboratorio a la fábrica es en
ocasiones tortuoso. Las radiaciones electro-magnéticas fueron conocidas y
demostradas veinte años antes de que Marconi las hiciera viables en la práctica, y de
la misma manera transcurrieron veinte años antes de que la descubierta radio-
actividad pudiera utilizarse prácticamente. El invento, como es natural, fué discutido
muy largamente, con más calor quizá en el tiempo de su descubrimiento que durante
el intervalo de su aplicación técnica, aunque sin hacerse cargo el público de la
enorme revolución económica que la aplicación de este invento suponía.
Lo que principalmente impresionó a los periodistas del año 1933 fué la
conversión del bismuto en oro, realizándose el sueño infructuoso de los alquimistas;
se acabaron las discusiones y la expectación subió de punto entre la minoría
inteligente de los varios países que seguían el movimiento científico; pero la mayor
parte de la gente continuó entregada a sus negocios —como ellos, también van a sus
negocios los habitantes de las aldeas suizas, que viven bajo la perpetua amenaza de
las rocas de los montes circundantes—, para ellos lo posible era imposible y lo
inevitable podía diferirse aplazándose por tiempo indefinido su acaecimiento.
Fué en 1953 cuando la primera máquina radio-activa, de Holsten-Roberts, se
aplicó en la esfera de la producción industrial, y fué su primera aplicación la
substitución de las máquinas de vapor en las fábricas generadoras de luz eléctrica.
Poco tiempo después de ésta apareció la máquina de Dass-Tata —pertenecía a la
brillante pléyade de los inventores de Bengala que por este tiempo el pensamiento
modernizado de la India había producido—; aplicábase, principalmente, este motor a
los automóviles, aeroplanos hidroaviones y otros usos análogos relacionados con la
tracción de vehículos. La máquina del americano Kemp, aunque difería grandemente
en principio de las anteriores, era igual a ellas en sus aplicaciones. A la zaga de éstas
vino la de Krupp Erlanger, y en el otoño de 1954 una enorme substitución de los
métodos aplicados a la industria tuvo lugar, y fué reemplazándose la maquinaria en
todo el mundo habitado. Pero lo más digno de notarse en estas primeras máquinas
atómicas, aún poco perfeccionadas, era el escaso gasto de su funcionamiento. Usando
la lubrificación de la máquina de Dass-Tata, una vez el motor puesto en marcha en un
recorrido de treinta y siete millas, su gasto era de un penique, añadiendo sólo nueve y
la cuarta parte de una libra si se tenía en cuenta el peso del vagón remolcado. Era este
coste insignificante comparado con lo que consumía un automóvil movido con
alcohol, en aquellos tiempos en uso. Antes de la aparición del motor atómico, el
carbón y toda clase de combustible líquido había alcanzado niveles tan altos que
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pareció inevitable el retorno del caballo en la tracción; pero ahora, con la aparición de
la nueva máquina, el cambio del tráfico por todos los caminos del mundo fué
instantáneo. En el espacio de tres años la espantosa armadura de aquellos monstruos
que habían rechinado, humeado y tronado por toda la tierra durante cuatro terribles
décadas, fué barrida hacia los mercados de metal viejo; y por las carreteras cruzaban
ahora vehículos limpios, fulgentes y silenciosos, construidos con acero plateado. Al
mismo tiempo se le dió a la aviación un nuevo impulso. Gracias a la enorme fuerza
de la máquina atómica, en relación con su escaso peso, fué posible añadir al
aeroplano el ingenioso invento de Redmayne, llamado «helicóptero» (¿autogiro?),
gracias al cual el aparato podía ascender y descender verticalmente en sentido de
movimiento, que antes era imposible con la hélice vertical, la única propulsora en los
aeroplanos. Gracias a esta nueva dirección del vuelo que la nueva máquina ingrávida
al aeroplano imprimía, salvada la última dificultad, con desenfrenado ímpetu cruzaba
la atmósfera. Los periodistas de aquellos tiempos llamaron a este período la época del
Salto en el Aire. El nuevo aeroplano, de motor atómico, llegó a ser una verdadera
manía; todo el mundo quería poseer un aparato tan seguro y manejable que librara al
viajero del polvo y peligro del camino. Sólo en Francia, treinta mil aeroplanos del
nuevo tipo fueron construidos en el año 1943, y conseguida la autorización
pertinente, se remontaron, zumbando quedamente por el cielo.
Con igual rapidez se aplicó la maquinaria atómica a otras formas de la industria.
Los ferrocarriles pagaron enormes sumas para obtener la prioridad en el uso de la
máquina atómica; los motores atómicos se construían y aplicaban con tal vehemencia
que ocurrieron explosiones y catástrofes por la impericia en el manejo del nuevo
poder. En cuanto a las viviendas, la revolución que el nuevo invento produjera en los
precios de los materiales de construcción, hacía que el presupuesto de gastos
solamente se refiriera a los planos del maestro de obras y al decorado de la casa.
Vista desde este ángulo la edad «del Salto en el Aire», en la que el nuevo poder se
desarrollaba, era de una sorprendente prosperidad disfrutando de ella los financieros
y fabricantes que, percatándose del cambio, habían negociado y obtenido materiales
con él relacionados.
Las compañías que obtuvieron patente pagaron dividendos de cinco o seiscientos
por ciento. Se hicieron enormes fortunas y eran fantásticos los sueldos que percibían
quienes se relacionaban en alguna manera con la nueva industria. Esta prosperidad la
encarecía el hecho de que, gracias a las maquinarias inventadas por Dass-Tata y
Holsten-Roberts, pudo obtenerse el producto oro. Primeramente desintegrado de
polvo de bismuto y más tarde de limadura de plomo. Esta nueva manera de obtener el
oro condujo, naturalmente, a una alza en los precios a través de todo el mundo.
Este espectáculo de febriles empresas, esta superabundancia de producción, esta
muchedumbre alada y dichosa, esta afortunada gente enriquecida —cada gran ciudad,
en su mutación rápida, era como si a un reptil de súbito le brotaran alas—. Este era el
lado brillante de la nueva fase de la historia humana; pero bajo él se agolpaban las
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tinieblas y era profunda la consternación. Si había habido un gran desenvolvimiento
en la producción, hubo también una enorme destrucción de valores. Las iluminadas
fábricas trabajando noche y día, los nuevos vehículos fulgentes deslizándose
silenciosos a lo largo de los caminos, los alados dragones que en raudos giros el aire
hendían. Eran estas luces como la claridad de las lámparas que se encienden en el
crepúsculo, en la hora en que el mundo se sumerge en la noche. Esas luces que por lo
alto brillaban acumulaban siniestras esa inminente catástrofe social. Las minas de
carbón estaban, evidentemente, próximas a cerrarse; el aceite comprado llegó tiempo
en que ya no tenía salida; millones de mineros que trabajaban en las minas de carbón,
los obreros del acero en las viejas líneas, los trabajadores inadaptados vagaban en
enjambres, no encontrando ocupación, desalojados por la superior eficacia de la
nueva maquinaria; el rápido descenso en el coste del transporte, hizo bajar los solares
en todos los centros de población, el valor de la propiedad en los inmuebles urbanos
llegó ser problemático; el oro bajaba en precipitada depreciación; todas las garantías
sobre las que se asentaba el crédito del mundo oscilaban y se desparramaban,
oscilaban los bancos y en las bolsas de cambio se veían escenas de pánico febril; éste
era el reverso del espectáculo antes representado, las sombras y monstruosas
consecuencias del Salto en el Aire.
Se refiere la historia de un agente de cambio en Londres, que se había vuelto loco,
el cual, corriendo a lo largo de la calle de Threadneedle, en tanto se desgarraba el
traje, gritaba: «El Trust del acero se desmigaja todo hasta el cimiento; en los
ferrocarriles del Estado las máquinas se hacen migas. Todo se hace pedazos.
¡Camaradas, venid y hagamos migas la casa de la moneda!»
En el año de 1955 se cuadruplicó en los Estados Unidos de América el número de
suicidios, llegando a una cifra nunca alcanzada. Y en todo el mundo hubo un aumento
considerable de crímenes violentos. El invento aparecía en una humanidad que no
estaba para ello preparada. Parecía que la sociedad iba a caer con estrépito bajo la
magnificencia de su propia adquisición.
Nadie había previsto el curso de estos sucesos. En parte alguna se habían hecho
tentativas para calcular la dislocación que esta inundación, esta incalculable energía
iba a producir en los negocios humanos. El mundo, en aquellos días, no estaba, en
realidad, gobernado en el sentido, al menos, que la palabra gobierno tuvo en los años
siguientes. El gobierno era un negocio, no un régimen. Era curialesco, conservador
irreflexivo, falto de iniciativas.
En todo el mundo estaba el régimen en manos de una predominante casta de
abogados, excepto en donde aún había vestigios de absolutismo que lo regentaba el
favorito dilecto o el vasallo fiel. Estos profesionales abogados ascendían al Poder
gracias a ingenuos métodos electivos en donde permanecían en actitud alerta contra
las reclamaciones, aprovechándose de las circunstancias favorables, sospechando
siempre de todo acto noble. Las empresas arriesgadas de una minoría siempre estaban
obstruidas por el gobierno, el progreso avanzaba fuera de los límites de acción de la
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hora pública y en ocasiones a pesar de ésta. La legislación no se hacía eco de los
clamores insistentes ni de los hechos, que se imponían con tanta agresividad que a
veces turbaban el digno aislamiento del juez o amenazaban dar al traste con toda la
distraída máquina política.
El mundo estaba con tal ineptitud gobernado, que al llegar este tiempo de
abundancia, en esta hora de mareas plena, cuando podía tenerse todo lo necesario
para satisfacer exigencias humanas y colmar los anhelos del corazón, todavía se
quejaba la gente de privaciones, hambres, cóleras, confusiones, conflictos y
sufrimientos. No se había trazado un proyecto que indicase en qué forma había de
hacerse la distribución de la nueva riqueza abundante, que había llegado últimamente
al drama del hombre; tampoco había la idea clara de que esta distribución fuera
posible. Para tener una visión de conjunto de lo que eran estos primeros años de la
nueva edad, como una prueba del agotamiento de los años que la precedieron,
compárese con los tiempos preatómicos, sin amplitud de minas, en las que un
insensato individualismo dominaba. Y ahora, bajo ese enternecedor amanecer de
poder y libertad, bajo un cielo preñado de promesas, cuando la ciencia, como una
diosa generosa, llega a las tinieblas más recónditas de la vida humana, cuando nos
guía con su robusto brazo hacia la seguridad y la abundancia, dándonos la solución de
los enigmas y la clave de las más arriesgadas aventuras, cuando acaba de colmarnos
de presentes, el mundo es testigo de espectáculo tan lamentable como el pleito de
Dass-Tata por causa de una patente de invención.
Estaba atestada en Londres la sala del Tribunal; la habitación en donde el juicio se
celebraba era como una caja de forma oblonga.
Las sesiones se celebraban en el año de 1956, durante el mes de mayo, que era en
extremo caluroso. Como principal asunto del día, disputábase, se argumentaba a
veces en la Audiencia acerca de los derechos que podía tener la compañía Dass-Tata
para limitar los métodos empleados por Holsten-Roberts en la aplicación del nuevo
poder. El tenaz propósito de la compañía Dass-Tata era establecer el monopolio
mundial de la maquinaria movida con energía atómica. El juez, siguiendo el uso de
aquellos tiempos, ocupaba el sitio más elevado en el tribunal. Vestía el juez una toga
ridícula y una enorme peluca disparatada. Los miembros del tribunal también
llevaban pelucas, de aspecto sucio, y una extraña bata puesta sobre el traje corriente;
las pelucas y togas que usaban serían, al parecer, necesarias para pronunciar sus
alegatos. En los sucios bancos de madera se agitaban y cuchicheaban astutos
procuradores, atareados relatores emborronaban cuartillas, estaban también las partes
litigantes, se empujaban más lejos grupos de curiosos, los que acudían a las
citaciones. Algunos jóvenes abogados, en fin, y para aprender, presenciando aquella
causa que era singular ejemplo de crueldad; también se veía algún espectador
excéntrico que prefería permanecer en este pozo de iniquidad a tomar el sol que fuera
brillaba.
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Como era mucho el calor que en la sala hacía, el sudor humedecía las frentes, y
algunos miembros del tribunal del rey se enjugaban con amplio pañuelo la
transpiración que mojaba el rasurado labio superior. En esa atmósfera de ambiciones
y exaltaciones humana, la luz diurna se filtraba a través de una ventana, por cierto
bastante sucia. El jurado se sentaba en una doble fila de bancos, a la izquierda del
juez y tenían sus miradas una expresión de molestia como las de unas ranas que
hubieran caído en un pozo de ceniza; en el banco de los testigos estará el testimonio
del omnívoro Dass, sometido a interrogatorio.
Holsten tenía siempre la costumbre de publicar el resultado de sus investigaciones
tan pronto como consideraba que por su estado de adelanto podían suministrar
nuevos datos para la prosecución de su obra; fué de una de estas notas confidenciales,
apoyado en su aptitud para aplicar los inventos, de la que el avisado Dass se valió
para aprovecharse de una aplicación del método inventado por Holsten. A esta astucia
de Dass se debía la actual demanda.
Pero, de hecho, una vasta multitud de astutos se agolpaba para obtener patentes,
adquirir o monopolizar este o aquel aspecto del invento. El actual proceso es uno
entre los innumerables de la misma clase. Durante algún tiempo la faz del mundo se
infectó con una absurda legislación referente a las patentes de invención. Sin
embargo, en este proceso de Holsten había algo singularmente dramático que de los
otros lo diferenciaban: después de haber esperado dos días la vista de la causa, como
puede esperar un mendigo a la puerta de un potentado; después de aguantar las
fanfarronadas de los ujieres y la vigilancia de la policía, tuvo que soportar las
impertinencias del tribunal y las interrupciones del juez, diciendo a Holsten que
evitase el empleo de «equívocos», advertencia hecha en los momentos en que el
inventor se expresaba de una manera clara y explícita.
El juez, rascándose la nariz con el mango de la pluma, se burlaba por bajo la
punta de su monstruosa peluca, del azoramiento que aquel ambiente producía en el
inventor. ¿No era Holsten un gran hombre? —parecía preguntarse el juez—. Pues
bien, en una Audiencia, a los grandes hombres se les colocaba en su sitio como a
cualquier otro.
—Nosotros necesitamos saber si el demandante añadió o no algo a este invento
—decía el juez.
—Nosotros no necesitamos conocer su opinión de usted referente a si las mejoras
introducidas por Sir Philip Dass en el invento fueron meras adaptaciones superficiales
o desarrollo de las ideas implícitas en las notas de usted. Es indudable —procediendo
usted según la manera de los otros inventores— que usted piensa más cosas que las
expresadas al describir el invento, quedando, aunque no expuestas, implícitas en las
notas. Sin duda alguna, pensaréis también que algunas adiciones y modificaciones
que puedan hacerse al invento son meramente superficiales. El proceso seguido por
los inventores en sus desenvolvimientos es análogo, en todos los casos, a éste. Pero a
la ley no le conviene este aspecto del asunto. La ley nada tiene que ver con la vanidad
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propia de los inventores. A la ley lo que le importa saber es si la patente de invención,
en litigio, posee la originalidad que el demandante reclama. Que las reformas
introducidas deben o no progresar y todas las demás cosas que usted está diciendo,
contestando, superfluamente, a preguntas que nadie le hace, es llevar la cuestión a un
terreno que no nos interesa. Es para mí constante motivo de sorpresa ver en esta sala
a hombres científicos que se jactan de justos y veraces en la expresión, divagar y
divagar en cuanto se sientan en ese banco. ¡Yo no conozco procesados más inhábiles!
La cuestión litigiosa, en términos sencillos, es ¿si el señor Philip Dass ha hecho
verdaderamente alguna adición real a los conocimientos y métodos empleados en este
orden de investigaciones, o en realidad, no añadió nada? No necesitamos saber si esas
adiciones fueron grandes o pequeñas, o cuáles pueden ser las consecuencias que su
introducción puede tener. Lo demás es separarse de la cuestión que nos interesa.
Holsten permaneció silencioso.
—¿Qué contesta usted? —dijo el juez impaciente.
—No, él no añadió nada —dijo Holsten, experimentando por una vez en su vida
el sentimiento de desprecio.
—¡Ah! —dijo el juez—. ¿No pudo contestar usted lo que ahora me dice cuando
fué objeto de interrogatorio ante el tribunal?
Una nota tomada en el diario autobiográfico de Holsten escrita cinco años más
tarde, decía: «Aun estoy sorprendido. En este país no hay nada más peligroso que la
ley. Tiene cientos de años. No hay en ella ni una idea. Este vino nuevo en el más
viejo entre los viejos envases, es el más explosivo de los vinos. Algo acaecerá que los
sorprenda».
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Había algo de verdad en la consideración de Holsten de que las leyes tienen «cientos
de años de edad».
Son en relación con la manera de pensar actual y la aceptación de las amplias
ideas algo ya arcaico. Mientras todo lo referente a los medios materiales y a los
métodos de vida ha ido cambiando rápidamente, acelerando siempre su marcha, los
tribunales y la legislación luchan desesperadamente para conciliar con las exigencias
modernas sus tretas y procedimientos.
Los conceptos de derecho, de propiedad, de autoridad y obligaciones son, en
relación, tan groseros como los de los tiempos bárbaros. Las pelucas de crin de
caballo y la antigua vestidura de los jueces británicos, sus enmohecidos tribunales y
cohibidas maneras son la manifestación visible de profundos anacronismos. La
organización política y legal, a mediados del siglo XX, era en todas partes un
complicado ropaje, aunque gastado, todavía fuerte, que encadenaba al cuerpo en vez
de protegerlo. Ya ese espíritu del libre pensamiento y de su expresión en el campo de
las ciencias naturales, se manifiesta a través de todo el siglo XVIII y XIX infundiendo
en el degenerado cuerpo viejo un nuevo espíritu. La idea de una completa
subordinación de los intereses individuales y las instituciones establecidas a una
colectividad futura, se marca cada vez con más vigor en la literatura de estos tiempos.
Este movimiento crítico se abre camino lentamente oponiéndose al orden legal, social
y político entonces establecido. Ya a principios del siglo XIX, Shelly, sin ambages,
considera anárquicas las reglas por que el mundo se regía.
Y no considerando las soluciones que da el socialismo aceptables, sobre todo en
lo referente a las relaciones internacionales, considerando sus propósitos faltos de
originalidad, todavía espera una concepción más moderna que regule las relaciones
internacionales y aclare la idea confusa acerca de la propiedad legal.
La palabra «Sociología» fué inventada por Herbert Spencer, un escritor popular
que escribió acerca de temas filosóficos y que vivió a mediados del siglo XIX; pero la
idea de un Estado planeado como puede proyectarse un trazado de tracción eléctrica,
sin referencia a ningún aparato precedente, sólo aplicando un procedimiento
científico, no tomó incremento en la imaginación popular hasta el siglo XX. Entonces,
la creciente impaciencia del pueblo americano contra la inadecuada política de
partido que surgió de un absurdo sistema electoral, dió por resultado lo que se llamó
«El Tratado Moderno». Una pléyade brillante de escritores en América, Europa y
Oriente, instigó al mundo con un pensamiento intrépido de interacción social,
revisión de la propiedad, de los cargos y del gobierno, que nunca antes surgiera. Es
indudable que las ideas de este Moderno Estado eran un reflejo, sobre las cuestiones
sociales y el pensamiento político, de la amplia revolución ocurrida en las cosas
materiales, que había ido progresando durante un período de doscientos años; pero
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por espacio de largo tiempo parecían no tener influjo sobre las instituciones vigentes,
del mismo modo que los escritos de Rousseau y de Voltaire no le tuvieron hasta años
después de su muerte. Fermentaban esas ideas en las mentes de los hombres, y esas
fuerzas sociales y políticas, al empuje del nuevo invento de la maquinaria atómica, se
manifestaron de súbito, aunque realizándose de una manera incipiente e imperfecta.
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Wander Fabre es una novela de Federico Barnet, escrita en forma autobiográfica, que
alcanzó gran popularidad en la tercera y cuarta década del siglo XX. Fué publicada en
1970 y debe considerarse más bien por su valor intelectual y espiritual que por su
mérito literario. Por su título y procedimiento recuerda la novela de Goethe intitulada
Wilhelm Meister, publicada centuria y media antes que aquélla.
Su autor, Federico Barnet, refiere en ella una detallada y curiosa historia de su
vida e ideas entre sus diez y nueve y veintitrés años de edad. No era Barnet un
escritor original ni brillante; pero narra con la habilidad de un novelista de
circunstancias. Aunque ningún retrato auténtico conserve de él la posteridad, se
deduce, por frases sueltas de su relato, que era hombre de estatura pequeña, serio, de
ademanes pesados, de cara llena, algo granulosa, y de ojos azules. Perteneció, hasta la
débâcle financiera de 1956, a las clases pudientes y adineradas.
Voló en aeroplano sobre Italia; hizo después una excursión pedestre desde
Génova a Roma, y, viajando por Grecia y Egipto, retornó pasando por los Balkanes y
Alemania. La fortuna de su familia, que había sido invertida en acciones, en minas de
carbón y en inmuebles, se perdió totalmente. Reducido Barnet a la penuria, tuvo que
buscar medios para ganarse la vida; sufrió muchas privaciones y, alcanzándole la
guerra, prestó servicio, primero como oficial en el arma de infantería, y después en el
ejército de pacificación. Un libro nos refiere estos sucesos de una manera tan sencilla
y clara, que parece que se están viendo, y gracias a él podrán tener las generaciones
futuras una visión clara de los años del gran cambio.
«Él era —nos dice— por instinto, un hombre del Estado Moderno, desde sus
comienzos, educado en estas ideas, que se propagaban en las aulas y laboratorios de
la escuela Fundación Carnegie, que erguía su esbelta y hermosa fachada en la margen
Sur del Támesis, opuesta a la casa de quien en lo antiguo ejercía el cargo de fomerset.
El pensamiento de la escuela informaba a la vanguardia intelectual en el renacimiento
de la educación en Inglaterra. Barnet, después de permanecer algunos años en
Heidelberg y París, fué a la clásica escuela de la Universidad de Londres. Lo que en
lo antiguo llamaban educación «clásica» los viejos pedagogos británicos, era de lo
más estancado, ineficaz y rutinario que puede darse en la vida humana. Esta
institución Carnegie barrió esos procedimientos de educación, substituyéndolos por
los métodos modernos, y aprendió el latín y el griego con tanta perfección como antes
había aprendido alemán, español y francés. Llegó a escribir y hablar con facilidad
esas lenguas clásicas, pudiendo penetrar en las civilizaciones que son fundamento y
clave de la europea. (Estos cambios en los métodos eran recientes. Recuérdese si no
el caso de aquel graduado en Oxford, que hablaba latín, hallándose en Roma, con
prosodia de Wilfshire, y al escribir cartas en griego sacaba la lengua como un
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parvulillo y sólo entendía a derechas las sentencias en griego cuando eran sólo citas
en un texto.)
Barnet conoció los últimos días de la máquina de vapor discurriendo por los
carriles de Inglaterra y la gradual limpieza de la atmósfera de Londres cuando la
humeante combustión del carbón fué substituida por las calorías eléctricas. Los
edificios de los laboratorios en Kensington estaban aún construyéndose. Barnet tomó
parte en la revuelta de estudiantes que aplazó la remoción del Memorial Albert. Él
llevaba un estandarte, en uno de cuyos lados se leía la inscripción siguiente: «Nos
gusta la estatuaria cómica. Sitio y doseles para las estatuas. ¿Por qué los mausoleos,
nuestros grandes muertos, permanecen en la Llivia?» Por aquellos días se adiestró
Barnet en la aviación en la Universidad fundada en Sydenham, y gustaba de volar
sobre las prisiones, en Wodmowd Clubs, en donde estaban algunos autores de libelos
políticos.
—Hacíalo adrede —nos dice— para alegrarlos, en tanto que en el patio hacían
ejercicio.
Era en el tiempo en que se había prohibido toda clase de crítica del poder judicial,
y la prisión estaba llena de periodistas que osaron llamar la atención acerca del caso
de demencia del juez mayor Abrahams. Barnet no era un aviador muy experto.
Confiesa que se sentía un poco receloso de su aparato. Nada de extraño tiene que
cualquier aviador se sintiera receloso en aquellos aeroplanos de tipo primitivo,
rudamente construidos. Nunca se atrevió a realizar arriesgados aterrizajes ni muy
altos vuelos. También nos dice en sus anales que era dueño de una de aquellas
motocicletas en las que se empleaba el aceite, cuya ruda complicación y suciedad
causa extrañeza a los visitantes del museo de maquinaria de South Kensington. Nos
habla en otro lugar de su crónica de las carreras de perros, y se queja de las crecidas
sumas invertidas en las riñas de gallos o spatch-coks que tuvieron lugar en Surrey.
Esta palabra, spatch-coks, lo es de jerga usada en esa clase de espectáculo.
Se examinó el número de veces necesarias para que su servicio militar quedara
reducido al mínimo de tiempo. Por su carencia de especialización científica y
conocimientos técnicos, y por su prematura obesidad, no prestó servicio en la
aviación, ingresando en la infantería de línea, que era el arma más generalizada.
Aunque las teorías acerca de la guerra habían alcanzado gran desarrollo, fueron
apenas experimentadas en la práctica. Las luchas acaecidas en aquel tiempo lo habían
sido de poca monta o entre Estados incivilizados, sostenidas por soldados rústicos o
indisciplinados, equipados deficientemente y no disponiendo del instrumental
moderno. Las grandes potencias del mundo conservaban, en líneas generales, la
organización de los ejércitos como en las guerras acaecidas en Europa desde hacía
treinta y cuarenta años. Las fuerzas de caballería (soldados caballeros) actuaban, en
proporción con la infantería, en la misma relación que se empleó en la guerra franco-
germana de 1871. Había también artillería, y, por razones inexplicables, la mayor
parte de ésta era todavía arrastrada por caballos, aunque había también en todos los
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ejércitos de Europa algunos fusiles-motores cuyas ruedas estaban a propósito
construidas para salvar el terreno barrancoso. Adquirió gran desarrollo todo lo
concerniente al cuerpo de ingenieros, empleándose motores para el transporte,
motocicletas para los exploradores, aplicándose también la maquinaria a la aviación y
a otros usos análogos.
Las inteligencias de primera clase no se especializaron en los asuntos pertinentes
a la guerra ni le aplicaron los modernos inventos; pero una serie de hábiles juristas,
entre ellos Lord Haldane, justicia mayor de Briggs, y el experto consejero del rey,
Philbrick, reconstruyeron el ejército al adoptar el servicio obligatorio, poniéndolo en
un pie que parecería imponente a las gentes de 1900. En un momento, el Imperio
británico podía poner millón y cuarto de adiestrados soldados en la frontera.
Los ejércitos, según tradición, eran en la Europa Central y el Japón más fastuosos
y menos burocráticos. La China aún rechazó resueltamente el advenir un poder
militar y conservó su reducido ejército, tomando el de América como modelo, y se
comentaba la gran eficacia de estas tropas Rusia, cuyo riguroso gobierno prohibía
toda crítica de la organización del Estado, apenas introdujo mejora alguna en su
ejército, no cambiando ni siquiera el uniforme, ni aun la táctica de una batería,
permaneciendo todo igual desde las primeras décadas del siglo. Barnet tenía de la
instrucción militar una opinión muy desfavorable, y su adhesión a las ideas del
Estado Moderno le inducían a considerar como una majadería todo lo referente a esa
instrucción, y su sentido común la calificaba de inútil.
—Durante tres días seguidos, por razones inexplicables, salíamos, sin
desayunarnos, antes del amanecer —refiere Barnet—. Yo supongo que con esto
querían mostrarnos que, cuando el Día llegase, teníamos que estar preparados para
aguantar estas incomodidades que nos echaban a perder. Hicimos por aquel entonces
una marcha a Kriegspiel, acuerdo tomado por misteriosas razones de la autoridad que
nos lo comunicaba. El último día caminamos ocho millas bajo el calor de un sol
mañanero, tardando en recorrerlas tres horas; viaje que en un autómnibus pudimos
realizarlo en nueve minutos y medio (yo lo hice al día siguiente en ese tiempo);
después hicimos, en masa, un ataque a unas trincheras, y hubiéramos muerto todos si
los árbitros o directores no lo hubieran impedido. Luego vino un ligero simulacro de
ataque a la bayoneta; pero yo dudaba si sería bastante bárbaro para atacar con este
largo cuchillo a ninguna cosa viviente. De cualquier modo, yo en esta batalla no
hubiera tenido suerte. Por milagro, en tres ocasiones no me mataron de un tiro, y
cuando llegué a la trinchera con mi sucio fusil en alto, estaba abatido por el calor y el
cansancio. Fueron los otros los que empezaron el ataque a la bayoneta.
»Durante algún tiempo fuimos vigilados por dos aeroplanos enemigos; entonces
uno de los nuestros se elevó, volando contra ellos —las aplicaciones de la aviación a
la guerra, aún en prácticas, eran poco conocidas—; los aeroplanos hostiles,
intimidados por el nuestro, se alejaron describiendo graciosos círculos sobre las
«Colinas de Fox».
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Todas las notas que Barnet tomó, referentes al tiempo de su instrucción militar,
estaban escritas con ese tono de protesta y semidesagrado. Era él de opinión que las
probabilidades de que participara en uña guerra de verdad, eran muy problemáticas,
y, aun en caso de que la guerra acaeciera, las circunstancias serían muy diferentes de
las que rodeaban a una maniobra militar, en las cuales, sin peligro, se evolucionaba
como en un juego. Todas estas notas estaban redactadas con entera franqueza. Nunca
hubo hombre más libre de fanfarronadas heroicas.
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Barnet acogió con agrado la aparición de la maquinaria atómica, aunque no sin la
duda burlona que siempre incitan los inventos recientes en la mocedad, y por algún
tiempo relacionó el adviento de la moderna máquina con el desastre económico de su
familia. «Yo sospecho que mi padre será perseguido» —decía. Por aquel entonces
emprendió un viaje por Italia, Grecia y Egipto, con tres de sus camaradas, en los
nuevos modelos de motores atómicos. Volaron sobre las islas del Canal y Tousaine y
en torno a Mont Blanc. «Estos nuevos helicópteros —decía— han evitado el peligro
de las caídas súbitas, que eran inevitables en los viejos tipos de aeroplanos.»
Después, Barnet continuó su viaje por la vía de Pira, Paestum, Ehirgonti y Atenas, y
vió las pirámides a la luz de la luna; y desde aquel lugar, pasando por el Cairo, siguió
el Nilo hasta Khartoum. Aun para un espectador de tiempos posteriores hubiera sido
este viaje de recreo interesante, por las experiencias adquiridas y peligros que en él se
pasaban. Una semana después del regreso de Barnet, su padre, que ya había quedado
viudo, se suicidó ingiriendo una opiata.
Barnet se encontró arruinado, sin un céntimo, y no sabiendo cómo ganarse la
vida, se dedicó al periodismo y a la enseñanza; pero se encontraba descentrado en ese
ambiente, acostumbrado, como estaba, a la vida holgada y placentera. Para la
generalidad de los hombres este cambio de vida hubiera significado la destrucción de
su vida espiritual; pero Barnet, aunque gravitara, naturalmente, hacia los ámbitos
confortables, adquirió fuerza para reaccionar gracias al estoicismo de aquellos
tiempos, en los que un alba nueva apuntaba. Soportó con valentía estos sufrimientos y
dificultades, consiguiendo reaccionar.
En su libro agradece a la fortuna que le haya vuelto la espalda. «Yo pudiera haber
vivido y muerto en aquel confortable paraíso de prodigalidades, y nunca hubiera
conocido la cólera y el dolor de la gente desheredada. En mis días prósperos todas las
cosas me parecían muy bien ordenadas.» Ahora, desde su nuevo punto de vista, le
parecía que el orden no era tan perfecto. Que el Gobierno usaba unas veces hostil y
otras cobardemente del poder, que era la ley un convencionalismo entre intereses y
que el pobre y el débil, aunque tenían muchos maestros diligentes, tenían pocos
amigos.
«Cosas he visto ahora que antes no advirtiera —escribía—. Cuando viajaba a pie
por los caminos, he visto con asombro que a los que perecían de inanición nadie les
tendía una mano.»
Retornó a su posada, sita en un barrio extremo de Londres.
«Me costó trabajo convencer a mi patrona, una pobre viuda, un alma de Dios, con
quien ya estaba en deuda, para que me permitiera tener una cómoda en donde poder
guardar mis recuerdos, cartas y otros objetes análogos. Vivía siempre temerosa del
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inspector de Riqueza Pública y del de Moralidad, porque era demasiado pobre para
pagar la contribución correspondiente.»
Al fin consiguió sitio en un desván, bajo una escalera, y de allí hacía sus salidas al
mundo para que la suerte le deparase alimento y amparo.
Vagaba entre la alegre muchedumbre, recorriendo los lugares por donde anduvo
en sus tiempos prósperos, entre los que gastaban el dinero.
Londres, bajo la ley del Humo Visible, que multaba toda manifestación de humo
que con excusa o sin ella fuera ostensible, cesó de ser la ciudad humeante y sombría
de los tiempos de Victoria. Las reconstrucciones de edificios eran frecuentes, y las
calles presentaron aquellas características que las distinguió en la segunda mitad del
siglo XX.
El caballo y la bicicleta plebeya desaparecieron de los caminos, que resplandecían
ahora impolutos, como una superficie de cristal. El paso para los peatones fué
reducido a un estrecho sendero, vestigio de la antigua acera, a los lados de la rodada,
multando a quien cruzase el camino.
La gente descendía de sus automóviles en el pavimento, y, pasando sobre los
comercios, ascendía por escaleras a las aceras que corrían a lo largo de la fachada de
las casas, a la altura de los primeros pisos. Estas aceras altas estaban a trechos unidas
por puentes, y Londres presentaba un aspecto parecido al de Venecia. En algunas
calles había hasta tres pisos, superpuestos, de aceras. Durante día y noche se encendía
luz eléctrica en los escaparates. Algunos establecimientos tenían aceras, en forma de
canales, a través de sus edificios, lo cual aumentaba el espacio de sus escaparates.
Barnet caminaba receloso por esta escena nocturna, por temor a que un policía le
detuviera pidiéndole su carnet, pues en caso de probarse que no tenía empleo, era
obligado a descender al pavimento inferior.
Pero aún había cierta elegancia y gentileza en el porte de Barnet, para que lo
confundieran con un indigente; además, la policía tenía otras cosas en que pensar
aquella noche; pudo Barnet llegar sin obstáculo a los jardines de la plaza de Leicester,
que era en los Londres uno de los grandes focos de vida y de placeres.
Nos da Barnet, en esta noche, una animada descripción de la escena. En el centro
de la plaza estaba el jardín, encuadrado por arcos festonados de luces, cuyas aceras
altas se comunicaban por ocho puentes esbeltos. Por el pavimento del arroyo
zumbaban, entrecruzándose, los vehículos de motor vibrando en corriente opuesta
hacia Este y Oeste, hacia Norte y Sur. Arriba se destacaban las fachadas barrocas
adornadas con relieves de porcelana, tachonadas de luces, y luminosos anuncios, de
atrevida traza, proyectaban resplandecientes reflejos. Alzábanse también un music-
hall histórico: el teatro de Shakespeare, costeado por el Municipio, cuyo repertorio
consistía en la reposición del ciclo de las obras shakesperianas. Las cúpulas
luminosas de los bares, cafés y teatros, irradiaban hacia el azul obscuro de la noche.
La parte Sur de la playa estaba obscurecida, contrastando su penumbra con los otros
ángulos de ella: los edificios que en aquella parte había, de la época de Victoria,
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fueron derruidos, reconstruyéndose en sus cimientos nuevas edificaciones. Tras un
enrejado formado por barrotes de acero, veíanse enormes grúas entre las zanjas que
formaban los cimientos de las casas que allí hubo.
Estas armazones y andamiajes solicitaron la atención de Barnet con interés
exclusivo. No se advertía en aquel lugar movimiento alguno. Había en aquel sitio una
quietud, e inacción de muerte. Ningún obrero trajinaba por los andamios y las grúas y
máquinas permanecían inmóviles. De tiempo en tiempo la luz verde y vacilante de
los reflectores iluminaba aquel lugar, metiendo sus rayos por los intersticios de las
construcciones. En aquella claridad lunar se vieron sombras inmóviles en actitud
alerta; ¡eran soldados que estaban de centinela!
Preguntóle a un hombre, que por aquel paraje vagaba, la causa de que en tal sitio
hubiera centinelas, y le dijo que algunos trabajadores se dirigieron hostiles contra un
remachador, cuyo motor era movido con energía atómica, por cuyo empleo, más
rápido y eficaz que el trabajo manual, la mitad de los obreros del acero fueron
despedidos.
—No tendría nada de extraño que se decidieran a arrojar una bomba —dijo el
interlocutor de Barnet. Éste permaneció un momento perplejo y después se dirigió al
teatro Alhambra.
Barnet reparó en el movimiento inusitado que se advertía en los quioscos sitos en
las esquinas de la plaza. Alguna noticia muy sensacional brillaría en los
transparentes. Olvidándose de que no tenía un céntimo, cruzó por uno de los puentes
para comprar un periódico. Por aquellos días los periódicos estaban impresos en
delgadas hojas metálicas de estaño, siendo sólo vendidos en determinados sitios por
vendedores que habían obtenido previa licencia. Al llegar a la mitad del camino se
detuvo, advirtiendo un cambio en la circulación de vehículos, que sólo discurrían por
una de las mitades de la calle, que bajo el puente pasaba, cumpliendo las órdenes de
la policía. En uno de los transparentes que habían substituido a los carteles usados en
los tiempos de Victoria, leyó el anuncio de la Gran Manifestación de los sin trabajo,
que acrecían en el Extremo Este. Pudo Barnet hacerse cargo de lo que iba, suceder sin
necesidad de gastar en la compra del periódico.
Barnet describe en su libro esta manifestación que la policía consideró
imprudente impedir y que se organizó espontáneamente a imitación de las
manifestaciones de los sin trabajo en tiempos anteriores. Barnet esperaba una
revuelta; pero había en la manifestación que iba pasando una disciplina malévola. La
vió pasar bajo él, como una columna interminable, de aspecto frívolo y cansado, a lo
largo de la rodada. Tuvo Barnet intención de unirse; pero permaneció observándoles
como espectador. Era una multitud mísera, sólo apta para aplicarse a trabajos
anticuados, ya reemplazados. Llevaban estandartes con la inscripción entonces en
boga: «Trabajo, no Caridad.» La mayor parte de los manifestantes no llevaban
insignia alguna.
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No cantaban ni hablaban, no había nada de agresivo ni de truculento en su
aspecto; no llevaban un objetivo definido, sólo querían recorrer para exhibirse en los
lugares más prósperos de Londres. Eran una muestra de aquel tropel de trabajadores
torpes y baratos que una maquinaria más económica y eficaz había reemplazado para
siempre. Sobraban ellos como los caballos habían «sobrado».
Barnet permaneció acodado en la baranda observándolos; recordó de súbito que
su situación también era precaria. «Durante algún tiempo —nos dice—, sentí sólo
desesperación a la vista de aquel espectáculo. ¿Qué no había hecho él para salvar
aquella cosecha humana que sobraba? ¿Era tan notoriamente incapaz e inútil que
inspiraba piedad?»
De súbito una idea iluminó su mente descifrando el enigma que aquella multitud
encerraba. Era un clamor contra lo inesperado e imprevisto, una súplica a los que por
su «inteligencia» eran más afortunados, más capaces y más poderosos. Esta gente
muda, mal alimentada, que desfilaba en largas filas, protestaba persuadida de que los
otros debieron prever ese cambio súbito que originó la dislocación en el orden actual
de cosas, que alguien debió prever lo que aconteció para adaptarlo. Eso es lo que esa
multitud náufraga sentía y veía, aunque muda no supiera expresarlo.
—Yo vi las cosas a mi alrededor —nos dice—. Como si una luz se hubiera
encendido en una habitación obscura. Estos hombres rezaban ante sus semejantes
como se reza ante Dios. Lo último que aprende el hombre de las cosas que le rodean
es que son inanimadas. Él ha transferido su alma al género humano. Cree aún el
hombre que hay una inteligencia en alguna parte, aunque ésta sea indiferente y
malévola. Esta es la idea que ha excitado y herido mi conciencia incitándole al
esfuerzo.
«Veo también que todavía no existe semejante inteligencia. Esa inteligencia que
actúa conjuntamente con la voluntad para el bien está todavía por hacer. Sólo existen
fragmentos o alguna hermosa semilla esparcida en el alma que revela un designio
común; pero es algo que está todavía por venir.»
Es una característica de la manera de pensar del tiempo, creer que no hubo en
ninguna edad anterior ningún mozo tan heroico que podía conjuntamente interesarse
por el problema de sus propias necesidades en un círculo más amplio, por las que son
propias de su raza.
En medio de estas violencias y conflictos de luz del alba rumiaba una nueva era.
El espíritu de la humanidad huía; aun en este tiempo escapaba de la estrecha prisión
de las preocupaciones individuales. La salvación conseguida por el dominio de las
propias pasiones que ha oído la conciencia religiosa formada durante miles de años,
la conciencia religiosa que se forjó en las mortificaciones y la meditación en el
desierto y por otras innumerables sendas extrañas, ha llegado a ser una inclinación
natural en el hombre. Inclinación que ratifican y confirman los libros que se publican,
el periódico diario y aún las conversaciones. Los anchos horizontes, las mágicas
posibilidades que el espíritu del investigador ha revelado a los hombres, ha
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substituido con su conciencia a las amenazas de los tormentos del infierno. Por eso,
Barnet, este muchacho sin hogar, previendo que carecería de lo indispensable en
horas inmediatas, en presencia de aquella manifestación reveladora de la
desorganización social, en medio de aquel incendio que ocultaba el brillo de las
estrellas, pudo, en efecto, pensar como nos dice que pensó.
«Yo vi la vida plenamente —escribe—. Yo vi la gigante tarea que tenemos
delante de nosotros y el esplendor de sus intrincadas e inmensurables dificultades me
llena de exaltación. Yo vi que todavía no hemos descubierto una eficaz forma de
gobierno, que todavía sabemos poco de los métodos que deben emplearse en la
educación, preparación necesaria para el gobierno. Yo veo en todo este advenir de
sucesos, en los cuales el insignificante trazo de vida se sumerge —esto y la historia,
que aún fué ayer, de Grecia, Roma y Egipto, no son nada. Fueron la tenue polvareda
del principio; los movimientos y confusos murmullos de un durmiente que pronto
despertará…»
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Ahora nos cuenta en su historia, con atractiva naturalidad, su descenso de esta visión
extática de la realidad.
«De nuevo empecé a sentir frío y un poco de hambre.»
Recordó las oficinas de Socacowd de John Burns, que estaban emplazadas sobre
el dique del Támesis. Caminó por entre los puestos de vendedores de libros hasta
llegar al Museo Nacional, que estaba actualmente abierto noche y día, teniendo a él
acceso toda la gente que fuera bien vestida. Cruzó los jardines de la Plaza de
Trafalgar, y por entre la columnata del hotel llegó al Socorro. Hacía tiempo que
conocía estas oficinas admirablemente instaladas, que habían barrido a mendigos,
postulantes y eventuales indigentes de las calles de Londres, y creyó que podría
proporcionarse un ticket para la comida y el alojamiento durante la noche,
indicándole también en dónde podría conseguir empleo.
No recordaba el nuevo disturbio que ocasionaron los sin trabajo, y cuando llegó al
«Socorro» halló las oficinas llenas y sitiadas por una muchedumbre desenfrenada.
Quedó algún tiempo indeciso y perplejo, no decidiéndose a meterse entre la gente que
esperaba. Enterándose de lo que aquel movimiento significaba, decidió escabullirse
de la gente; atravesando las arcadas de los grandes edificios que se yerguen en el sitio
en donde antes se emplazaban las estaciones del ferrocarril, que por entonces se
trasladaron hacia la parte sur del río. Siguió Barnet por la calle cubierta de Strand. En
esta calle, a la luz intensa de la media noche, vió muchos hombres sin trabajo
mendigando; pero pidiendo limosna, sin recatarse, a la gente que salía de los teatros y
otros lugares de esparcimiento que en ese paraje abundan.
Era éste un espectáculo sin precedentes. Desde hacía un cuarto de siglo no se
habían visto mendigos en Londres; pero esa noche parecía que la policía no quería o
no podía contender con los sin trabajo, que invadían aquel barrio lujoso de la ciudad.
Advinieron los policías, ciegos como piedras, ante aquel manifiesto desorden.
Barnet pasó hendiendo la muchedumbre, no atreviéndose a pedir; acaso se
hubiera atrevido de no ir tan bien trajeado y de no presentar un aspecto decente.
Cerca de los jardines de la Plaza de Trafalgar, una muchacha de mejillas coloreadas y
de cejas ennegrecidas que paseaba sola, le habló con una amabilidad peculiar:
—Yo estoy muerto de hambre —dijo él bruscamente.
—¡Oh, pobrecito! —exclamó ella. Y con la impulsiva generosidad de las de su
clase, miró en torno, y deslizó una moneda de plata en la mano de Barnet.
Esto era un regalo a despecho del precedente de De Quincey. Dado el carácter
represivo de la legislación social en aquellos tiempos, Barnet corrió el riesgo de ser
detenido y amarrado en una prisión; pero a pesar de todo, cogió la moneda, según
confesión propia, y agradeciéndola lo mejor que supo fuése satisfecho a comer.
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Algunos días más tarde vagaba en pleno campo. Libre, paseaba por donde le placía,
sin que nadie le llamase la atención exigiéndole documentos, lo cual, según Barnet,
era síntoma de desorganización social y del desconcierto de la policía.
Nos describe cómo eran los caminos en aquella edad plutocrática; cercados con
erizadas alambradas para defender las casas de los vagabundos; las altas tapias que
defendían a los jardines de los hurtos y del polvo de los estrechos caminos públicos.
Por el aire volaba, dichosa, en sus aparatos, la gente rica, olvidándose de la desgracia
que bajo ellos estaba. Como ellos, también él, dos años hacía que volara. A lo largo
del camino los nuevos vehículos cruzaban raudos, veloces y resplandecientes. Aun
por los caminos en campo abierto, no sonaba apenas silbidos, bocicas ni sirenas. La
policía rural estaba furiosa por el exceso de trabajo. En los refugios se amontonaban
los vagabundos sin empleo, que por no tener ya dónde meterse dormían en filas bajo
los cobertizos y al aire libre, y como dar limosna al caminante era una acción punible,
ninguno de los vagabundos recibía ayuda de los pocos transeúntes que por el camino
pasaban, ni de las quintas próximas a la carretera.
—Yo no estoy encolerizado —dice Barnet—. Yo veo un inmenso egoísmo. Un
monstruoso desprecio de la gente que está sobre nosotros, por todo lo que no sea
poseer y gozar; pero yo comprendo que esto es inevitable.
Si los más ricos se pusieran en el sitio de los más pobres, las cosas quedarían lo
mismo. ¿Qué otra cosa puede suceder, que lo acaecido cuando el hombre usa de la
ciencia y de sus aplicaciones, aumentando el progreso material, la riqueza y los
medios de fabricación, y dejando la forma de gobierno y lo referente a la educación
con los tradicionales procedimientos mohosos de hace cien años? Esas tradiciones
nos vienen de aquellas edades obscuras, cuando realmente no había bastante para
todos, cuando la vida era una fiera lucha que podía enmascararse, pero que no era
posible eludirla. Esas carestías y hambres, ese fiero despojar a los otros, es
consecuencia de la desarmonía entre lo material y lo moral. Naturalmente, los ricos
son más incultos, y el salvajismo de los pobres aumenta, por secuela de esa
desarmonía; cuando los hombres, gracias a algún invento, acrecientan su poder, el
rico se hace más rico y el pobre menos necesario y menos libre. Los hombres que
encontró en los «refugios» y en las oficinas de «socorro», crepitaban hablando de
justicia, de injusticias y de represalias. No veo esperanza de salvación en esas charlas,
ni en nada; la única solución es la paciencia…
Barnet no se refería a una paciencia pasiva. Quería decir que el procedimiento
para reconstruir la sociedad era todavía un enigma, que ninguna reorganización era
posible, hasta que este intrincado enigma fuera despejado. «He intentado hablar a
estos hombres descontentos —escribió—, pero es duro hacerles ver las cosas como
yo las veo —escribió—. Cuando yo les hablo de paciencia y de mis amplios
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proyectos, me contestan. Pero para entonces ya estaremos todos muertos.» Yo no
puedo hacerles comprender, aunque claramente lo veo, que eso no afecta al problema
que tratamos. Los hombres que sólo de la vida presente se preocupan, no sirven para
los proyectos de un estadista.
Barnet, en tanto anduvo errante, no leyó ningún periódico, y sólo por casualidad
leyó en una plaza de mercado —Obispo Stortford— un letrero que decía: «Grave
situación internacional.» No dio importancia al epígrafe. En los últimos años había
habido muchas graves situaciones internacionales.
Por este tiempo se decía que las potencias de la Europa Central habían atacado de
súbito a la Confederación Eslava, y que Francia e Inglaterra ayudaban a los eslavos.
A la siguiente noche halló, entre otros vagabundos, una comida aceptable en el
«refugio», y supo por el director del Asilo que todos los hombres aptos para el
servicio militar debían presentarse a la mañana siguiente en los centros de
movilización. La nación estaba en vísperas de guerra. Su primer sentimiento —refiere
— fué de alivio, porque aquella civilización «sin esperanzas, era atacada en su
cimiento». Él estaba próximo. Pero este alivio que Barnet sintiera fué grandemente
modificado, cuando advirtió que la movilización se hacía con precipitado descuido.
Por espacio de treinta y seis horas, en el improvisado depósito de Eprom, no tenían
nada que comer, pudiendo beber tan sólo una taza de agua fría. El depósito estaba en
absoluto desprovisto, no permitiendo a nadie que de él saliera.
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CAPÍTULO II
LA ÚLTIMA GUERRA
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Desde el punto de vista de un criterio sano que apetezca el orden social, es difícil
comprender y enojoso investigar los motivos que sumergieron al género humano en
la guerra que llena la historia de la media década del siglo XX. No debe olvidarse que
la colectividad inteligente de aquel tiempo no influía en la formación de la estructura
política del mundo. Ese es un hecho central en la historia de ese período. Por espacio
de doscientos años no hubo grandes cambios en política ni en los métodos y
procedimientos legales; los cambios más profundos hacían referencia a los límites de
fronteras o rectificaciones formales, mientras que en otro aspecto de la vida hubo una
revolución fundamental, gigantescas transformaciones y enormes desplazamientos de
hitos y metas. Los absurdos tribunales de justicia y los indignos procedimientos del
gobierno representativo y parlamentario, determinaron que las mejores inteligencias
se apartaran de ese campo de actividad, no interviniendo en los negocios públicos. Al
gobierno en el siglo XX le aconteció algo análogo de lo que ocurrió en el aspecto
religioso; sólo interesaba e influía en las gentes de segunda categoría. Todos
reconocían que los puntos de vista de los que ocupaban el poder, eran mezquinos; sus
ideas, conformadas en la tradición del pasado, ciegas para las nuevas posibilidades.
Tal vez lo más peligroso en estas ajadas tradiciones era lo referente a los límites
fronterizos en los diversos «estados soberanos» y la concepción, que entre ellos,
alguno debía tener la hegemonía. La memoria de los imperios de Roma y Alejandro
se agazapaban como fantasmas carnívoros en la memoria humana, taladraban el
cerebro humano como un hórrido parásito, llenándolo de pensamientos desordenados
y de impulsos violentos. Durante más de un siglo la nación francesa exhaustó su
vitalidad en convulsiones bélicas, pasando luego la infección a los pueblos de habla
alemana, que eran el centro del corazón de Europa; y desde allí avanzó sobre los
eslavos. Tiempos posteriores han de recopilar y desdeñar la vasta e insana literatura
que obsesionaba estos tiempos, los intrincados tratados y secretos acuerdos, las
infinitas habilidades de los escritores políticos, los astutos repulgos para aceptar
plenamente los hechos; las tretas estratégicas, tácticas y maniobras los anales que
refieren las movilizaciones y contramovilizaciones.
Hechos tales, después que han ocurrido, apenas puede creerse que tal como se
relatan acaecieran. Y, sin embargo, en el alba de esta nueva edad, los legisladores y
estadistas, alumbrados por históricas bujías, a pesar de los resplandores de insólitos y
nuevos clarobscuros, aun discutían y planeaban la rectificación, que podía hacerse en
los mapas de Europa y del mundo.
Sutiles investigaciones se han hecho para averiguar por qué millones de hombres
y mujeres, fuera del campo de actividad de estos especializados estadistas, seguían
simpatizando y estando de acuerdo con sus planes y discusiones. Algunos psicólogos
opinan que esta adhesión de la muchedumbre a todo lo relacionado con la guerra no
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era tan viva como parece; mas a pesar de esta opinión, es evidente el hecho que
sugestionaban a las multitudes los proyectos bélicos. El hombre primitivo ha sido un
fiero animal de combate. Innumerables generaciones han pasado sus vidas
guerreando; la perduración de los ideales bélicos dejaron en el hombre huella
bastante profunda para que aun le interesen las dañinas maquinaciones
internacionales que preparan la guerra. Las ideas políticas del hombre medio se han
formado por azar y de una manera arbitraria; nadie en su educación ha intentado
inculcarle el sentimiento de ciudadanía; esa concepción sólo aparece verdaderamente
con el desenvolvimiento de las ideas del Moderno Estado. Fué, por ende, tarea
relativamente fácil llenar esa mente vacante con exasperados recelos determinantes
de las agresiones internacionales.
Ejemplo de esto es la escena que Barnet nos describe en Londres durante la
movilización. Su regimiento, procedente del depósito, pasó por esta ciudad preparado
para marchar a la frontera de Francia. Nos refiere Barnet cómo los chiquillos,
mujeres, mozos y viejos voceaban aclamando a las tropas en las calles, cuyas aceras
estaban engalanadas con las banderas de las potencias aliadas. En el Ministerio del
Trabajo se instalaron las oficinas para el enganche, siendo en aquellos centros más
calurosa la excitación patriótica. En los sitios próximos a la línea del Túnel del Canal
esperaban espectadores entusiastas. El espíritu de la tropa, aunque su aspecto era
hosco presintiendo un porvenir ceñudo, era también grato a la guerra.
Pero eran estas emociones volubles, versatilidad propia en las mentes en las que
no están bien asentadas las ideas. Emociones, nos dice Barnet, que en él, como en la
muchedumbre, eran producidas por los colores de los gallardetes y por los sones de la
trompetería militar, excitación que también provocaba el vago sentimiento de peligro.
La gente había sentido durante tanto tiempo la opresión de la amenaza de la guerra,
que al acaecer el hecho experimentaba una positiva impresión de alivio.
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2
El plan de campaña de los aliados asignaba la defensa de la parte baja del Mosa a los
ingleses y los trenes militares iban directamente desde los depósitos británicos a los
lugares sitos en la región de Ardennes en donde tenían propósito de atrincherarse.
Los más de los documentos relacionados con la campaña fueron destruidos
durante la guerra. Al principio los proyectos de los aliados parecían ser algo
confusos; pero es muy probable que pensaran instalar un parque de aviación en esta
zona para dominar la vasta región industrial del bajo Rhin y organizar un raid que,
volando sobre Holanda, atacase de flanco la base naval que Alemania tenía en la boca
del Elba: éstas eran las partes que integraban el proyecto original.
Nada de esto sabían los peones que, como Barnet y su compañía, se movían en el
juego. Su cometido era cumplir las órdenes que emanaban de misteriosas
inteligencias cuya sede estaba en París, que también habían sido transferidas al
Estado Mayor residente en Whitehall. Estas inteligencias directoras eran un misterio
para el cuerpo del Ejército, veladas bajo el nombre de «Ordenes». No había Napoleón
ni César en quienes se encarnara el entusiasmo. Barnet dice: «Hablamos de Ellos.
Ellos nos envían a Luxemburgo. Ellos restablecerán el derecho en Europa.»
Tras ese indeciso velo, un grupo de hombres más o menos aptos, desde sus
Cuarteles Generales dirigían e intentaban controlar la marcha de la guerra. En el
grande edificio de «Inspección de guerra», cuyos ventanales se abrían sobre el Sena y
el Trocadero y los palacios del barrio del Oeste, una serie de mapas en relieve, de
amplias escalas, se extendían sobre las mesas indicando los lugares en que la guerra
se desarrollaba. El Estado Mayor empleado en la «Inspección» constantemente movía
las fichas que representaban las tropas contendientes. Adyacentes a esta habitación
estaban las oficinas telegráficas en donde se recibían las noticias de los movimientos
realizados en el campo. En otras habitaciones más pequeñas había mapas menos
detallados relacionados con los planes del Almirantazgo, y en una mesa próxima los
referentes a la dirección de los ejércitos eslavos. Sobre estos mapas, como sobre un
tablero de ajedrez, el mariscal Dubois, en combinación con el general Viard y el
conde de Delhi, jugaban la gran partida del mundo contra la hegemonía de los
poderes de la Europa Central. Probablemente tenían una idea definida de cómo
habían de llevar su juego, y es muy posible que tuvieran un plan coherente y
admirable; pero no habían concedido bastante importancia a la sincera estrategia de la
aviación ni de las posibilidades que pudiera realizar la aplicación de la energía
atómica que Holsten había descubierto para el género humano. Mientras él planeaba
atrincheramientos e invasiones en la línea de fuego, el generalato de la Europa
Central, activo el cerebro, observaba. Y mientras receloso y dubitativo, preparaba el
mariscal los planes desarrollados por Napoleón y Moltke, el cuerpo de técnicos, a sus
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órdenes, con actividad solapada, pertrechaba un golpe contra Berlín. «¡Estos viejos
locos!» —pensaban los técnicos.
La Inspección de guerra en París, en la noche del 2 de julio, era una solemne
manifestación de lo que representaba la organización militar científica en la mitad
primera del siglo XX. Ese Estado Mayor, por todos consultado, diríase formado por
dioses que regían el mundo a su talante.
Era esta muchacha una mecanógrafa hábil, capaz de escribir cerca de sesenta palabras
por minuto, y había sido alistada, con otras mujeres de empleos similares, para copiar
las órdenes, que debían hacerse por duplicado, para ser expedidas a los oficiales y
archivadas. Era durante el tiempo de descanso.
La oficinista salió del escritorio a la terraza para airearse y tomar un ligero
refrigerio que consigo traía, esperando que de nuevo requiriesen sus servicios.
Desde la terraza veía la muchacha, no sólo el ancho cauce del río que allá abajo
fluía, sino también la parte Este de París, desde el Arco del Triunfo hasta Saint Cloud.
De tiempo en tiempo luces rosadas y áureas relampagueaban en la obscuridad, y fajas
de puntos luminosos brillaban bajo el cielo sin estrellas. Tras la muchacha se extendía
el espacioso interior del amplio hall, con sus esbeltas columnas y graciosos arcos, en
los que las lámparas se enracimaban.
En el fondo, sobre las anchas mesas, se extendían los enormes mapas, hechos
sobre escalas tan amplias, que se hallaban fácilmente los países más pequeños; los
ayudantes y ordenanzas entraban con frecuencia, moviendo las fichas en los mapas,
que representaban cientos y miles de hombres. El Alto Mando y sus dos auxiliares
permanecían en pie, observando en el plano los movimientos del combate, dirigiendo
y trazando proyectos. No tenían más que pronunciar una palabra, e inmediatamente,
en el mundo de la realidad, se moverían miríadas de hombres, e irguiéndose,
avanzarían hacia la muerte. El destino de las naciones estaba en la mirada de esos tres
hombres. En verdad, eran como dioses.
Pero quien más semejaba a un dios era Dubois; a él le incumbía decidir y ordenar.
A la mecanógrafa, que lo miraba, le llevaba su alma. Era este anciano tan grave,
elegante y tranquilo, que a la muchacha le inspiraba pasión rayana en idolatría.
Una vez la habló el mariscal para comunicarle directamente una orden. Ella,
temblando de felicidad, le escuchaba como en éxtasis. Era, en su exaltación,
tremendo el terror que tenía de cometer algún error que la desacreditara.
Ahora, viéndolo tras los cristales, lo observaba atentamente, con esa minuciosidad
propia de la mujer apasionada.
Ella notó que el mariscal pronunciaba algunas palabras; después echó un vistazo a
los mapas. Al inglés, alto, que estaba detrás del mariscal, le turbaba un enjambre de
ideas contradictorias; erguía su cuello a cada movimiento de las fichas rojas, azules,
negras y amarillas, y solicitaba la atención del Alto Mando cuando realizaba uno y
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otro movimiento. Dubois escuchaba, asentía con inclinaciones de cabeza, emitía
alguna palabra y advenía otra vez impasible; tenía una actitud, puede decirse,
incubadora, como el águila nacional.
Sus ojos, profundamente sumergidos en sus cejas blancas, apenas se veían. Sus
mostachos caían sobre su boca, de palabras decisivas. Viard también hablaba poco:
era un hombre moreno, de cara triste y ojos melancólicos y vigilantes. Le importaba,
cuestión de sentimiento, que Francia, a través del Rhin, afirmase en Alsacia sus
derechos. Era Viard, ya lo averiguó la mecanógrafa, un antiguo compañero de
Dubois; inspirábale más confianza que el hermético inglés.
Dubois había, años hace, elevado a máximas de magisterio: la parquedad en las
palabras, la permanencia impasible y el no dar nunca la cara, presentando siempre el
perfil; parecer que lo sabía todo, nunca aparentar sorpresa, no precipitarse ni
rectificar. Gracias a la simplicidad de estas reglas, Dubois consiguiera una reputación
sólida ya cuando era oficial, porque aun siendo joven era hombre reflexivo, aunque
listo. Todos los que le conocían decían al mirarlo: «Llegará muy lejos.»
Durante los quince años que en tiempo de paz prestó servicio, nadie le vió vacilar.
Su impasible terquedad seducía e hipnotizaba, y gracias a ella consiguió superar a
muchos de inteligencia más aguda.
Hombre de alma profunda, ocultó sus conocimientos acerca del arte de la guerra,
clave de su carrera. Y las reglas de este arte eran: que nadie supiera nunca nada de sus
planes; quien actúa en seguida disparata, y quien habla se confiesa.
El hombre lento, aplomado y callado, tiene probabilidades de éxito. Ahora,
gracias a la aplicación de esas normas, pensaba descubrir los misteriosos manejos del
Alto Mando de la Europa Central. Delhi realizaría un ataque por el flanco a través de
Holanda, apoyándole en el Rhin los submarinos, hidroplanos y torpedos británicos.
Viard podía entrar por las montañas suizas con sus motos y aeroplanos,
abalanzándose sobre Viena. La cuestión era esperar, acechando la ocasión oportuna.
Y en tanto, Dubois seguía presentándose sólo de perfil, con un aire de seguridad.
(Parecía un hombre que se sienta en un automóvil, después de dar al chauffeur la
dirección conveniente.)
Todos tenían seguridad en aquel hombre, cuya faz imperturbable daba la
sensación de fuerza, unida a un aire de sapiencia y tranquila seguridad.
Las enracimadas luces de los arcos proyectaban franjas de sombras en los mapas;
un haz de luces esparcían un claro obscuro en los planos, indicando en el campo de
batalla diversas direcciones. Cuando un oficial llegaba de las oficinas telegráficas
indicando un movimiento en las fuerzas de la Europa Central, movíanse los peones
del juego, substituyendo por una franja el lugar que ocupaban, y los peones que
representaban las tropas aliadas, según los casos, retrocedían o avanzaban.
El mariscal volvía la cabeza, pareciendo no advertir los movimientos realizados, y
otras veces miraba a los mapas asintiendo con una ligera inclinación de cabeza, como
el maestro que aprueba algún acierto del colegial: «Sí, eso está mejor.»
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«¡Qué hombre tan admirable!» —pensaba la mecanógrafa, viéndolo a través del
ventanal. ¡Qué admirable todo lo que él hacía! Era el cerebro del mundo occidental.
Estaba olímpico con la tierra en guerra, extendida a sus plantas. Era el guía de
Francia que, librándola del dominio de un imperio, la reintegraría a su antiguo
predominio.
Le parecía que participar de sus trabajos estaba más allá del límite de los méritos
que pueda tener una mujer…
Era duro para una mujer dominar sus tempestuosas pasiones y personal adhesión,
apareciendo impersonal, abstracta, exacta y puntual. Debía dominarse…
Se entregó a fantásticos sueños, sueños de los días de paz, cuando en el mundo se
hubiera entronizado la victoria. Entonces, tal vez, estas rudezas y armaduras podrían
dejarse, y los dioses descansarían. Los párpados de la muchacha se abatieron.
Se levantó presa de zozobra. Pocas horas de la noche habían aún transcurrido. Se
notaba una extraña excitación en la gente que pasaba bajo los puentes y que corría
por las calles. En lo alto, entre las nubes, más allá del Trocadero, vacilaban luces
exploradoras. La excitación y el tumulto, subiendo de las calles, invadió el hall del
edificio de Inspección.
Uno de los centinelas que estaba en la terraza, llegó al umbral de la estancia
dando voces, gesticulando y gritando algunas palabras.
Todo el mundo había cambiado. Era como un estremecimiento. La mecanógrafa
no comprendía nada. Era como si todas las maquinarias, motores y cables extendidos
por las calles, empezaran a vibrar en una pulsación violenta. Cerca de ella sopló
como una ráfaga de viento. Un viento deletéreo.
Los ojos de la muchacha buscaron, espantados, la cara del mariscal; lo miró como
un niño puede mirar a su madre.
Dubois permanecía sereno. Frunció ligeramente su entrecejo. «Este gesto —pensó
ella— es natural en tales circunstancias.» El conde de Delhi gesticulaba
violentamente; con su mano enguantada cogió al mariscal por un brazo, llevándolo
hacia la amplia puerta que daba acceso a la terraza. Viard se precipitó a los anchos
ventanales; en extrañas actitudes inclinaba su cuerpo hacia fuera y miraba a lo alto.
¿Pasaba alguna cosa por allá arriba? Fué como si un trueno estallara sobre su
cabeza.
El estampido percutió en la mecanógrafa como un porrazo. Se agazapó tras la
baranda y miró hacia arriba. Vió en el desgarrón de una nube tres objetos negros
abalanzándose como aves de rapiña; un poco más abajo, dos de ellos ya se alejaban,
dejando tras ellos rizosas estelas rojas.
Todo, en su ser, que no fuera atención hacia aquellas formas negras, quedara
paralizado; permaneció algunos minutos, que le parecieron infinitos, observando
aquellos proyectiles que, en torbellinos, en torno a ella giraban.
Sintió que alrededor de ella el mundo se desgarraba. El mundo no era más que un
intenso resplandor de púrpura y carmesí, y un ruido ensordecedor que lo abarcaba
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todo. Todas las otras luces habían sido eclipsadas por aquel siniestro resplandor
intenso. En el lampo carmesí se veían muros derruidos, columnas vacilantes,
fragmentos de cornisas y pedazos de enormes láminas de vidrio.
Ella experimentaba todas las sensaciones de quienes despiertan de un sueño.
Se halló echada de bruces en un barranco, corriendo sobre sus pies arroyos de
agua caliente. Intentó levantarse; pero sus piernas no la sostenían. No supo si era
noche o día, ni el lugar en donde estaba.
Haciendo un segundo esfuerzo, avanzó arrastrándose, y llegando a un desnivel del
terreno se sentó. Todo permanecía en profundo silencio. En realidad llenaba el
ambiente un vasto rugido; pero ella no podía percibirlo, porque sus oídos fueron
exterminados.
Al principio no se hacía cargo de lo que veía en torno, porque no podía
relacionarlo con ninguna experiencia anterior.
Le parecía estar en un extraño mundo sin sonidos, formado por un montón de
ruinas y escombros. Recordaba una luz —éste era en su mente el recuerdo más
preciso—, una vacilante luz purpurina y carmesí.
Entonces, cerca de ella, reconoció, entre un montón de escombros, las ruinas del
Trocadero; aunque alterado en sus líneas principales, todavía se reconocía el edificio
en sus contornos. Permanecía en pie en medio de un torbellino rojizo de vapor.
Entonces ella recordó a París y al Sena y la hermosa noche de las luminarias en la
«Inspección de Guerra».
Se arrastró un corto espacio por el ribazo en donde yacía y empezó a aumentarse
su comprensión de lo acaecido.
La porción de tierra en donde ella estaba se adentraba como un cabo en el río.
Muy cerca de ella había un lago de agua hirviendo, del cual manaban los arroyos.
Espirales de vapor, levantadas un pie de alto de su superficie, se espejaban en el lago
formando círculos. Columnas de edificios bien conocidos reflejaban con precisión sus
fustes de piedra en el agua. No lejos de aquel lugar se apilaba un montón de ruinas,
formando una colina de resplandeciente cima. En ella giraban raudos torbellinos de
encendido vapor, elevándose hacia el zenit. Era de esta cresta de la colina de donde
procedía la luz de intensidad cegadora. La mecanógrafa relacionó el brillo
resplandeciente de este montículo con la demolición del edificio de la Inspección de
Guerra.
—¡Mais!… —cuchichea la muchacha, y permaneció agazapada en la tierra
caliente.
Entonces este ser humano de conciencia turbia y de cuerpo roto, empezó a mirar
en torno. Empezó a sentir la necesidad de relacionarse con alguien. Necesitaba
hablar, preguntar y referir lo acaecido.
Su pie le dolía horriblemente. Una ráfaga de consciencia cruzó su mente.
—Por aquí debe haber ambulancias; esto ha sido una catástrofe, seguramente.
Después de una catástrofe siempre hay ambulancias y enfermeros que van y vienen.
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Irguió su cabeza. Algo había allá lejos. ¡Pero todo permanecía tranquilo!
—¡Monsieur! —gritó. Advirtió una sensación extraña en sus oídos, y comprendió
que algo siniestro iba a acaecerle. Reinaba una horrible soledad en medio de ese
paraje caótico; pero tal vez aquel bulto que ella confusamente percibiera era un
hombre; mas con dificultad podía cerciorarse de ello. Si era un hombre permanecía
inmóvil e insensible; acaso por la emoción de la catástrofe había quedado idiotizado.
Un lampo de aquella luz intensa se proyectó hacia aquel rincón, y la muchacha
columbró distintamente los más pequeños detalles. Aquel bulto era el mariscal
Dubois. Su busto se ocultaba entre los pedazos de aquel enorme mapa de la guerra.
En torno a él se veían dispersos algunos objetos de madera; los escudos del arma de
Infantería y Caballería, y los fusiles de los que estaban preparados para salir a la línea
de fuego. Dubois no parecía prestar atención a lo que alrededor de él acaecía. Pero
esta actitud distraída no era de pasiva indiferencia, más bien era una actitud
pensativa.
Ella no pudo verle los ojos, ocultos bajo sus erizadas cejas; pero era seguro que el
entrecejo continuaba fruncido. Su gesto hosco parecía indicar que no quería que nadie
le molestara. Su cara todavía conservaba aquella expresión de serena confianza;
semejaba manifestar en ella la seguridad de que si Francia acataba sus órdenes, se
salvaría.
La muchacha no volvió a llamarle; pero, arrastrándose, se acercó un poco.
Penosamente fué acercándose, tirando de su pie torcido, hasta llegar a una distancia
desde la que pudo verle completamente entre los escombros de muros derruidos. Ella
tocó alguna cosa húmeda, y después de un movimiento convulsivo advino rígida.
No era un hombre entero lo que allí había, era nada más que un trozo de hombre,
la cabeza y los hombros de un hombre cuyo cuerpo desmochado se hundía en un
charco de agua negra y brillante…
Cuando la muchacha lo miraba fijamente, la tierra del ribazo en donde estaba
empezó a oscilar y a desmoronarse, y un chorro de agua caliente fluyó sobre ella.
Entonces sintió que era arrastrada hacia abajo…
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3
Cuando el feroz aviador, con la cabeza en forma de bala y el pelo negro corto peinado
a «lo cepillo», adscripto al Cuerpo Técnico en Francia, oyó hablar de este desastre de
la «Inspección de Guerra», como sólo le importaba lo que le afectaba directamente,
rompió a reír.
Eso de que París estuviera ardiendo tenía poca importancia. Sus padres y su
hermana vivían en Caudebec y la única novia que él había tenido, pobre víctima del
amor, era una muchacha de Rouen.
Poco tiempo hacía que ascendiera el aviador al grado superior de mando.
—Ahora —se decía— nada habrá que pueda impedirnos la marcha sobre Berlín
para aplicarles la ley del talión. Saltaremos por encima de la estrategia y de las
razones de estado… ¡Vete allá, muchacho, y enséñales a esas viejas mujeres lo que
nosotros somos capaces de hacer cuando algo se nos mete en la cabeza!
Tardó cinco minutos en telefonear, y después bajó al patio del castillo que
habitaba, dando orden de que viniera su automóvil. Todos los preparativos habían de
hacerse rápidamente, porque poco más de hora y media faltaba para el amanecer.
Miró al cielo y advirtió con satisfacción densas nubes hacia la parte Este, que ya el
alba empalidecía.
Era este aviador hombre de infinita astucia; tenía todo su material y aeroplanos
ocultos bajo tablas y pilas de heno. Ni un cazador de halcón podría dar con la
madriguera. Mas aquella noche sólo precisaba uno de los aparatos que, dos millas
distante del castillo, oculto bajo montones de paja estaba.
Dirigióse a aquel lugar para preparar el vuelo, que sólo con otro compañero había
de realizar sobre Berlín.
Dos hombres eran bastante para hacer lo proyectado.
Tenía en sus manos los dones que la ciencia había ofrecido al género humano, los
medios de destrucción, y este aviador, antes que nada, era un avieso aventurero…
Era un mozo moreno, surcada su faz resplandeciente de vetas negras. Sonreía
complacido como quien presiente horas de intensos placeres. Había una suave caricia
en el tono de su voz cuando emitía las órdenes, y solía subrayarlas apuntando con un
dedo de su mano grande y velluda.
—Bien, les aplicaremos la ley del talión —se decía—. Ojo por ojo y diente por
diente. No hay tiempo que perder, muchachos.
Y ya sobre las espesas nubes que ocultaban a las tierras de Westfalia y de Sajonia,
volaba raudo el aeroplano. El aeroplano, movido por energía automática, se deslizaba
silencioso por el aire como un rayo de sol. De tiempo en tiempo fosforescía el
giroscopio. El aparato hendía la atmósfera como una flecha para clavarse en el
corazón de la Europa Central.
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No se remontaba muy alto; rozaba los espesos «cúmulos» que ocultaban la tierra,
presto a sumergirse en la húmeda obscuridad nubosa si persistía el vuelo de un
enemigo. La tensa atención del piloto se dividía entre las estrellas orientadoras y la
vacilante superficie de las nubes que le ocultaban el mundo. Sobre grandes
extensiones los bancos de nubes permanecían inmóviles como una corriente de lava
congelada y, a intervalos, por claros y luminosos desgarrones, se veían allá abajo
fragmentos de terreno. Pudo columbrar perfectamente una grande estación del
ferrocarril delineada en las luces y en los discos de la vía. Y más adelante espesos
torbellinos de humo que surgían de una colina. Mas si el mundo permanecía casi
oculto para los aviadores, subían hasta ellos los sonidos de la tierra. A través del
vapor de los cúmulos pasaba el profundo rugido de los trenes y el silbo de las sirenas
de los automóviles. Una descarga de fusilería percutió hacia la parte Sur, y poco más
tarde, nuncios del término de su viaje, oyeron los aviadores el canto de los gallos…
Las estrellas que brillaban en el indeciso horizonte de aquel mar de nubes
empezaron a borrarse, y un pálido resplandor de amanecer se extendió hacia el NE.
La Vía Láctea se perdía en el azul y las estrellas de pequeña magnitud se
desvanecieron. La cara del aventurero piloto se distinguía a intervalos en la ventana
ovalada que ante sí tenía; era de viril belleza su gesto de fuerza reconcentrada; pero
algunas veces lo animaba una inexpresiva alegría infantil. Su compañero era un tipo
menos interesante. Sentábase, con sus piernas extendidas, sobre una caja en forma de
ataúd, cuyos compartimentos contenían las tres bombas de energía atómica; aquellas
nuevas bombas de explosión indefinida aún no se habían experimentado. Hasta
entonces el «Carolinum», substancia esencial de que estaban compuestas, había sido
empleado en cantidades infinitesimales dentro de cámaras de acero revestidas con
plomo. El auxiliar del piloto, su mente llena del propósito exterminador tenía entre
sus piernas las negras bombas destructoras. Había escuchado con atención, sin
discutirlas, las órdenes de su compañero, y estaba dispuesto a ejecutarlas
exactamente. Su perfil aguileño, recortado en el resplandor sideral, expresaba una
profunda melancolía.
Hasta entonces el viaje había sido singularmente afortunado, porque ningún
aeroplano volara persiguiéndoles. Debieron pasar durante la noche sobre los
vigilantes de la frontera, cuando densas nubes ocultaban el aparato; ancho era el
mundo, y la suerte también les ayudó, no encontrando en su raid ningún centinela
volador. Además, el color gris pálido del aparato se borraba en las nubes, haciéndolo
desde abajo casi invisible. Hacia la parte Este, el cielo se teñía por la salida del sol.
Para llegar a Berlín sólo faltaban una veintena de millas. Poco a poco, las nubes bajas
empezaron a disolverse.
Hacia la parte NE., en un despejado lago luminoso, se extendía Berlín, brillando
aún todo su alumbrado nocturno.
El piloto, con el índice de su mano izquierda, apuntó en el plano, que bajo el
volante estaba cubierto con una lámina de mica. Allá, formando lagunas de luz,
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estaba el camino dé Harel, hacia la derecha; un poco más arriba debían estar los
bosques de Spandau; hacia otra parte, el río se bifurcaba en la isla de Potsdam; más a
la derecha estaba Charlottemburg, de donde partiendo recta, como una hendidura
luminosa, llegaba una avenida al barrio imperial. Allá, bastante claro, se veía
Thiergarten; más lejos se erguía el palacio imperial, y a su derecha se apiñaban las
techumbres de ingentes edificios, en donde el Estado Mayor de la Europa Central
debía alojarse. Sobre la ciudad iba extendiéndose la luz fría y pálida del amanecer.
El piloto miró de repente hacia arriba: había oído un tenue zumbido que
rápidamente aumentaba. Casi encima de su cabeza un aeroplano alemán descendía,
desafiándolos desde inmensa altura, trazando círculos. El piloto tocó con su brazo al
melancólico compañero, que cerca de él estaba sentado. Después se dobló sobre el
volante, agarrándolo con ambas manos, y torció el cuello para observar al enemigo
que sobre ellos volaba. Él estaba seguro de su destreza. Ningún alemán viviente, ni
aun los mejores entre los franceses, podrían aventajarle en el manejo de su aparato.
Se abalanzarían sobre él con la presteza de un halcón; pero él sabría esquivarlos.
Acaso al emprender el vuelo imaginaba estarían ateridos y abatidos por el frío intenso
del amanecer, y sería poco temible su esgrima perezosa. El aeroplano alemán volaba,
acercándose. Cuando estuvieron a la distancia de una milla empezaron a hablarles
con auxilio de un megáfono. Las palabras llegaron al piloto como un murmullo
ronco. El avión alemán, como no obtuvo respuesta a la señal, se precipitó sobre el
aparato enemigo, quedando a una yarda de distancia. Debieron comprender que
preparaban los perseguidos una agresión.
El piloto dejó de observar los vuelos del aparato enemigo y, reconcentrando su
atención en el volante, puso rumbo hacia Berlín. Los dos aeroplanos volaban
próximos.
Una bala del aparato alemán desgarró el aire. A poco siguió otra. En la máquina
del aparato francés se sintió un topetazo.
No había tiempo que perder. La ciudad estaba próxima. Las anchas avenidas, el
parque y los palacios iban ampliándose a medida que se acercaban en su vuelo.
—Pronto —dijo el piloto.
La faz descarnada del arrojador de bombas expresaba el espanto. Sacó de la caja
una bomba atómica y la apoyó contra el borde. Era una esfera negra, de dos pies de
diámetro. Entre sus asas tenía una cápsula de celuloide; a ella acercó su boca el
aviador, mordiéndola para que entrara aire en el gas inducido; seguro de su
accesibilidad, alargó el cuello fuera del aparato para medir las distancias, y colgó la
bomba en uno de los lados del aeroplano, pisando la cápsula de celuloide.
—Gira —dijo con voz apenas perceptible.
La bomba resplandeció en medio del aire con una luz escarlata; caía silbando,
dejando tras sí una brillante estela en espiral. Ambos aeroplanos fueron sacudidos
como un volante en el juego, dieron un respingo y quedaron de través. El piloto, con
los ojos brillantes y mostrando los dientes en una sonrisa, contrabalanceó la
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oscilación del aparato describiendo curvas. El demacrado arrojador de bombas, a
pesar de ir firmemente amarrado con correas, se adhería al banco con manos y
rodillas. Dilataba las alillas de la nariz y los dientes le temblaban en los labios.
Cuando ya recobrado el equilibrio pudieron observar lo que abajo acaecía, vieron
una llamarada como el cráter de un volcán en erupción. En el abierto jardín del
castillo imperial, una estremecida estrella de resplandor siniestro salpicaba llamas
hacia arriba entre nubes de humo: se levantaban contra los aviadores como una
acusación. Estaban demasiado altos para distinguir la gente claramente o para notar
en detalle los efectos de la bomba en los edificios; pero de súbito vieron en el intenso
resplandor vacilar y desmoronarse las fachadas como se disuelve el azúcar en el agua.
El arrojador de bombas, sonriendo con maligna sonrisa, quedó mirando fijamente
a la tierra en llamas; después se movió en su asiento todo lo que sus ligaduras le
permitían, y, picando la cápsula de celuloide, colgó otra bomba en el costado del
aparato, que fué a buscar a su camarada.
La bomba esta vez explotó debajo del aeroplano, que, subiendo de súbito, se
ladeó. La caja de las bombas estaba casi vacía. El arrojador extrajo de ella la tercera
bomba, aproximando su cara al estuche de celuloide. La agarró por sus asas, y con un
gesto de deleite fué a colgarla en el costado del aparato, picando el celuloide.
Antes de que pudiera arrojar la bomba, el aeroplano «tangueó». Instintivamente,
el arrojador se inclinó hacia el costado del aparato para impelerla.
Entonces la bomba explotó, y piloto, auxiliar y aeroplano volaron hechos jirones
y astillas de metal.
Una tercera columna de humo subió en espirales desde los escombros.
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4
Nunca hasta entonces se habían aplicado en la guerra los explosivos de explosión
continua. Hasta mediados del siglo XX, los explosivos eran combustibles cuya
eficacia se debía a lo repentino de la explosión. Aquellas bombas atómicas, que
reventaron esa noche en el mundo, eran extrañas aun para los hombres que las
manejaban. Las usadas por los aliados eran pedazos de Carolinum puro, Cydomator
exoidizado que estaba herméticamente cerrado en una caja membranosa. Una cápsula
de celuloide puesta entre las asas por donde la bomba se cogía, desgarraba, antes de
lanzarse, la bomba, introducía aire en su interior y entonces advenía activo el
principio radio contenido en el Carolinum. A los pocos minutos, la bomba
resplandecía en una explosión continua.
Antes se usaban en las guerras balas de explosión que sólo en el momento de
reventar eran mortíferas; pero el Carolinum, que pertenecía al grupo B que Hyslop
llama «desintegrador suspendido», una vez que el proceso de desintegración empieza,
continúa furiosamente la irradiación de energía, que nada puede detener. Hasta el
presente no se conoce ningún principio activo más poderoso.
Lo que los químicos de principios del siglo XX llamaban período medio de
actividad era diez y siete días, plazo del tiempo en el cual las mayores moléculas que
almacenaba el principio radioactivo iban desparramando su energía. En los diez y
siete días siguientes, la energía esparcida disminuía la mitad con relación al primer
período. El Carolinum, como todas las demás substancias radioactivas, aunque en
cada diez y siete días pierde la mitad de su poder, aunque constantemente disminuye
hasta llegar a ser su energía apenas perceptible, nunca se agota completamente, y así
permanecía siempre difuso en los campos de batalla en donde las bombas habían
explotado, siendo por ello lugares poco apacibles.
Lo que ocurría al picarse la cápsula de celuloide que estaba entre las asas de la
bomba, era que se oxidizaban los elementos contenidos en la bomba, adviniendo
activos. Entonces la superficie del Carolinum empezaba a desintegrarse; esta
desintegración pasaba lentamente a los elementos que formaban la bomba.
Al principio de arrojada la bomba la explosión era sólo superficial y descendía
envuelta en llamas tonantes. Cuando echada desde los aeroplanos caía en tierra, su
parte más activa estaba intacta.
Fundiendo las rocas que a su paso hallaba, perforaba el terreno. Entonces acrecía
la actividad del Carolinum extendiendo su fuerte energía en monstruosas cavernas
que al exterior semejaban volcanes en miniatura.
El Carolinum, que no se dispersa, permanecía en erupción entre vapores
hirvientes y tierras removidas. Desde que la bomba era lanzada nadie podía detener
su ímpetu, que duraba hasta que la energía se agotara. Algunas veces permanecía en
actividad durante años, meses o días, según fueran las dimensiones de la bomba. El
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cráter rugía lanzando un denso vapor incandescente, fragmentos de roca y fango que,
por ir saturados de Carolinum, iban desplazándose los ardientes centros de energía.
Este era el triunfo de que más se vanagloriaba la ciencia militar, el explosivo que
había de decidir la guerra…
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5
Un historiador contemporáneo nos dice del mundo de su tiempo: «Que se pagaba de
palabras convencionales y era irremediablemente ciego para ver las cosas más
claras.» Nada debía parecer más obvio a los hombres de principios del siglo XX que el
hecho de que en breve plazo la guerra llegaría a ser imposible, y, sin embargo, no se
dieron cuenta de ello hasta que las bombas atómicas explotaron en sus manos torpes.
Estos hechos evidentes debieron antes resplandecer en toda mente algo reflexiva.
Durante los siglos XIX y XX, la energía de que los hombres podían disponer
aumentaba continuamente; no eran, sin embargo, proporcionados los medios de que
disponía para evitarla. Aplicado al arte de la guerra, el poder destructivo de esa
energía iba constantemente en aumento. No aumentaban, sin embargo, los medios
para evitar sus estragos. Toda clase de defensa pasiva: armaduras, fortificaciones y
otras análogas, son aniquiladas por el tremendo aumento de los elementos
destructivos. Los medios de destrucción han llegado a ser tan fáciles que están al
alcance de cualquier grupo de descontentos. Esto revolucionó los medios de represión
y la policía de los Estados.
Antes de la última guerra nadie ignoraba que cualquiera podría llevar en su
maleta energía en potencia suficiente para hacer volar una ciudad. Hasta los
chiquillos de la calle sabían esto y todavía el mundo «daba vueltas de loco
alrededor», como dicen los americanos, con sus paradas militares y sus pretensiones
guerreras.
Sólo teniendo en cuenta el profundo divorcio entre el mundo científico e
intelectual y el de la política de abogados puede comprender el hombre de tiempos
posteriores el absurdo estado de los negocios públicos. La organización social era
todavía como en los tiempos bárbaros.
Había ya entonces un gran número de hombres de activa inteligencia que la
aplicaba a las relaciones privadas y a los asuntos comerciales; pero la comunidad,
vista en conjunto, carecía de ideales. Su indisciplina y desorganización era el colmo
de la imbecilidad. La civilización que en las colectividades había de imprimir el
«Estado Moderno» estaba todavía en la entraña del futuro…
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6
Pero volvamos a Wander Yahre, la novela de Frederick Barnet, y veamos cómo
refiere este hombre de tipo medio lo que durante el tiempo bélico observó. Cuando
aquellos terroríficos descubrimientos de la ciencia se aplicaron a la guerra en París y
en Berlín, Barnet, con su compañía, se atrincheraba por la zona de Bélgica y
Luxemburgo. Él nos refiere, con expresiva frase, sus jornadas al Norte de Francia y
en Ardennes durante los días de verano. El campo estaba empardecido por el calor
estival, en los árboles agostados se iniciaba el color de otoño y la sazón doraba los
trigales. Cuando se detuvieron una hora en Hirson, hombres y mujeres, llevando la
insignia tricolor, se agitaban llenos de entusiasmo en los andenes y distribuían
pasteles y vasos de cerveza a los soldados. «Apetecible era aquella fría cerveza —nos
dice Barnet—. Desde que saliera de Epsom no había comido ni bebido nada.»
Algunos monoplanos «semejantes a gigantescas golondrinas» exploraban el
horizonte ennegrecido por el ocaso.
El batallón de Barnet fué enviado a través del país de Sedan, a un lugar llamado
Virton, y de allí a los bosques de Jemelle, que flanquea la línea del tren. En este sitio
se apearon y empezaron un penoso vivaqueo por la vía. Durante toda la noche
estuvieron pasando trenes de mercancías. A la siguiente mañana marcharon hacia la
parte Este. La amanecida era turbia y fría; mas pasadas las primeras horas de la
mañana se dejó sentir un calor ardiente. La campaña era interrumpida por largas
extensiones de bosques que se dilataban hacia Arlon. En este lugar la infantería
emprendió el trabajo de zanjas y trincheras entre St. Hubert y Virton, cuyo objeto era
detener el avance en la línea fortificada del Mosa.
Durante dos días, cumpliendo las órdenes recibidas, trabajaron en las trincheras
sin que vieran al enemigo ni sospecharan la brutal decapitación de los ejércitos de
Europa que convirtieron el Oeste de París y el centro de Berlín en un montón de
ruinas llameantes que recordaban las de Pompeya.
En las noticias que al fin se recibieron, venía atenuada la catástrofe. «Vimos que
las bombas de los aeroplanos habían causado daños en París», pero no supieron nada
concreto acerca de lo acaecido. «En alguna parte se proyectarían y darían las órdenes
que ahora se recibían.» Cuando el enemigo empezó a salir de los bosques lindantes
un ardor bélico nos impelía y ninguna otra cosa que el próximo combate nos
importaba. Si alguno se levantara para observar lo que allá por el cielo pasaba, el
silbo desgarrador de una bala pronto nos haría recobrar la posición horizontal.
La batalla se desarrollaba en la zona comprendida entre el Norte de Louvain y el
Sur de Longway. El peso del combate lo llevaba la infantería. Los aeroplanos no
parece tomasen por aquel entonces una participación decisiva en la lucha, aunque
volando sobre el campo combatiente previesen la sorpresa de un ataque. Ya se usaban
aeroplanos movidos por energía atómica; pero no bombas atómicas ni otra clase de
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bombas arrojadizas cuyo empleo no era práctico en los campos de batalla. Y aunque
los aeroplanos combatiesen con tiros de fusil, la lucha en el aire, como auxiliar de las
columnas, no había alcanzado grandes proporciones. Por ello, los aviadores no
usaban sus aparatos en la refriega, limitándose en sus vuelos a explorar el campo
beligerante.
Después de unos días de trabajo en las trincheras, Barnet salió para la línea de
fuego. Se parapetaban en hondos surcos ocultos por la paja de las mieses y esta fila
de trincheras se comunicaban entre sí por zanjas. El enemigo avanzaba ciego y
confiado por el campo que dominaba nuestras trincheras y hubiéramos hecho una
carnicería si hacia la derecha algunos soldados no se hubieran precipitado en hacer
fuego.
«Avanzaban hacia nosotros llenos de impetuoso ardor —nos confiesa—; en nada
se parecía aquel avance a los simulados en las maniobras. Hicieron alto algún tiempo
en la linde del bosque y después siguieron avanzando desplegados en guerrilla.
Avanzaban por nuestra derecha sin vernos ni aun cuando estuvieron al alcance de
nuestros fusiles. Parecían no advertir la presencia enemiga. Los oficiales silbaban a
los soldados avisándolos. Uno o dos de ellos hicieron alto en el fuego, y, entonces,
todos empezaron a retroceder hacia el bosque próximo. Al principio se retiraban
lentamente; pero después, como si el bosque les atrajera, precipitaron la retirada. Los
disparos del enemigo eran frecuentes; hacían fuego sin acertar, de una manera
mecánica. Entonces yo disparé, advertí que mi disparo había sido certero, porque
pude distinguir un bulto que caía entre los trigales. Sin embargo, el hombre seguía
avanzando aunque su andar era vacilante; me pareció que se paraba agachándose en
una zanja. «Eres mío —cuchicheé— y apreté el gatillo.»
«Me produjo una extraña impresión la muerte de aquel hombre; al principio,
cuando creí que lo había matado, yo irradiaba orgullo y alegría. Lo vi pegar un brinco
con los brazos en alto.
»Sin embargo, los trigos en donde había caído ondulaban de tiempo en tiempo.
Súbitamente recobré mi serenidad comprendiendo que no estaba muerto.
»De todas maneras aquel hombre sólo quedaba fuera de combate y era inútil para
la lucha. Yo quedé pensativo…
»Cerca de dos horas aquel prusiano estuvo agonizando entre las mieses. De
tiempo en tiempo llamaba a voces y alguien, gritando, le contestaba.
»Al poco se levantó de un salto e hizo el último esfuerzo para mantenerse en pie;
después cayó como un fardo y quedó inmóvil para siempre.
»Me pareció que alguien disparaba sobre el muerto. Yo, que estaba al acecho,
tuve también intención de hacerlo.»
El enemigo empezó a disparar desde los refugios que había construido en el
bosque. Un hombre que estaba en la trinchera cerca de Barnet, fué alcanzado por los
disparos. Al sentirse herido lanzaba maldiciones y gritos de rabia. Barnet,
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arrastrándose a lo largo de la trinchera, se aproximó a él. Tenía su mano partida por la
mitad y de la herida manaba abundante sangre.
—¡Mira esto! —dijo mostrándole la mano partida—. ¡Maldita locura! ¡Maldita
locura! ¡Mi mano derecha, señor! ¡Mi mano derecha!
Durante algún tiempo, Barnet no consiguió tranquilizarlo. El herido renegaba de
la guerra, que le parecía algo estúpido.
Vió como en un relámpago la inutilidad cruenta de la guerra al sentir el dolor de
su mano rota que para siempre le había inutilizado para su labor de artífice.
Observaba su mano lesionada y el dolor de la herida lo dejaba impenetrable para
ninguna otra idea.
Barnet curó la herida al pobre mutilado torciéndole el muñón sangriento, y,
ayudándole, lo sacó por una zanja de la trinchera.
Cuando Barnet volvió a su puesto sus hombres clamaban pidiendo agua. Durante
aquel día interminable la sed les abrasaba. Para comer tenían chocolate crudo y pan.
«Al principio, mi bautismo de fuego me había excitado extraordinariamente; pero
a medida que el día avanzaba y el calor se dejaba sentir, experimenté un enorme
tedio. Los mosquitos no nos daban punto de reposo y una plaga de hormigas
ennegrecía el cañón de mi fusil. Yo no podía moverme del sitio. Empecé a pensar en
el prusiano muerto entre los trigales y en los gritos amargos que mi hombre herido
lanzaba: ¡Maldita locura! ¡Maldita locura! Esto era una maldita locura; pero ¿quién
era el responsable a quien podía reclamarse?
En las primeras horas de la tarde, un aeroplano intentó desalojarnos de las
trincheras con bombas de dinamita, pero una o dos veces los disparos de cañón
consiguieron alcanzarle; lo vimos alejarse, en vuelo descendente, más allá de unos
árboles.
—Desde Holanda hasta los Alpes —reflexionaba yo— debe haber agazapados y
echados por tierra cerca de millón y medio de hombres, tratando de inferirse
irreparable daño unos a otros. Esto es tan idiota, que parece el colmo de lo imposible.
Es tan irreal como un sueño; pero ahora yo despertaré.
Yo reflexionaba, echado en tierra, si muchos hombres entre aquellos cientos y
miles sentirían su espíritu en rebelión contra la bandera y contra los imperialismos.
¿No estábamos acaso en la agonía de la última crisis? ¿No estaríamos cerca del
término de esta obscura y hórrida pesadilla? ¿No despertaríamos pronto?
No sé cuándo terminaron mis meditaciones. Tal vez las interrumpieron las
descargas de fusilería que percutieron a lo largo de la extensa fila rompiendo el fuego
sobre Namur.
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Pero Barnet no había visto hasta entonces más que los apacibles comienzos de la
guerra moderna.
Sólo había tomado parte en un ligero tiroteo. El ataque a la bayoneta que rompió
las líneas avanzadas, se inició desde un lugar llamado Croix Rouge, distante veinte
millas del lugar en donde Barnet combatía. En la obscuridad de la noche fueron
abandonadas las trincheras. Su compañía hizo la retirada sin bajas.
El regimiento de Barnet retrocedió hasta la línea fortificada que se extendía entre
Namur y Sedán; tomó el tren en la estación llamada Mettet. Siguiendo hacia el Norte
atravesó las regiones de Antwerp y Rotterdam, llegando a Haarlem. De allí partió
para el Norte de Holanda. Fué en su marcha por la tierra de Holanda cuando Barnet
pudo apreciar el aspecto catastrófico y monstruoso de la lucha, en la cual participó sin
distinguirse.
Nos describe complacido las jornadas por las colinas y despejada tierra de
Brabante: el paso de la tropa por el Rhin; los llanos y fértiles campos de Holanda que
contrastaban con el ondulado terreno de Bélgica; los claros caminos que flanqueaban
los diques y los innumerables molinos de viento que se erguían en la llanura
holandesa. Era ininterrumpida la extensión de terreno comprendida entre Alkmaar,
Leiden y Dollart. Las tres grandes provincias del S. y N. holandés y de Zuiderzee,
fueron varias veces reformadas en el largo período comprendido entre el siglo X y el
año 1945. En sucesivos períodos, el terreno, gracias a los diques, fué elevándose
sobre el nivel del mar, y una población densa e industriosa ocupó la tierra emergida.
Una intrincada red de leyes y costumbres regulaba la manera de cómo había de
realizarse la perpetua defensa de aquellos hombres contra el mar sitiador.
En la zona comprendida entre Walcheren y Friesland, que tenía más de doscientas
cincuenta millas de extensión, la línea que diques y esclusas formaban eran la
admiración del mundo entero.
Si algún dios curioso quisiera vigilar el curso de los sucesos en aquellas
provincias norteñas, mientras progresaba por el flanco el avance británico, elegiría
para punto de observación, en aquellos días críticos que precedieron a la catástrofe,
aquel cúmulo de nubes que avanzaba lentamente por un cielo azul. El tiempo era
claro, templado y seco. Un viento suave levantaba tenues nubes de polvo. El dios
vigilante vería desde su sitial anchos campos de un verde brillante, obscurecido a
retazos por la sombra que proyectaban las nubes. Vería en los lagos de yerbosa orilla,
orlados de sauces, espejarse el cielo, y los caminos despejados bordeando los canales
de agua azul; la pradería alegrada por los ganados que en ella se apacentaban; las
carreteras ocupadas por el tráfico de acémilas, bicicletas y automóviles, que llevaban
aldeanas vestidas con trajes de gayos colores; el pulular de la gente aun en los parajes
más apartados, entre los trojes y pilas de heno de las eras; por las aldeas remotas de
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esbelta iglesia, en las compactas ciudades unidas por canales que pasaban bajo
numerosos puentes; los paseos de recortados árboles. No había lugar en aquella tierra
que no estuviera habitado por el hombre. La gente de aquel país no se contaba entre
los beligerantes. Los intereses y simpatías de los holandeses estaban tan divididos que
la nación permaneció indecisa y pasiva ante la lucha de los Estados que se disputaban
el poder del mundo. A lo largo del camino por donde la tropa pasaba, se arremolinaba
la muchedumbre en actitud de observador imparcial: chiquillos y mujeres cubiertas
con sus peculiares tocas y calzadas con zuecos a la antigua usanza; viejos de
rasuradas mejillas, que pensativos fumaban en largas pipas. No temían a sus
invasores; aquellos tiempos en que bandas de soldadesca entraban a pillaje, habían ya
pasado.
Aquel dios que acaso vigilaba entre las nubes, también habría visto el desfile de
aquel ejército, uniformado con trajes de zahaké, y todo el armamento de guerra
pintado de gris, desfilar por las tierras de Holanda. Habría también observado los
largos trenes que por la línea del Norte serpeaban, prestos a reponer los deterioros
causados, en los que los hombres se amontonaban, y fusiles y material de guerra se
apilaban. Habría advertido el estrepitoso desfile de la caballería e infantería y el
avance de los enormes cañones a lo largo de los caminos que orillaban los diques, y
la actitud tranquila y equívoca con que el neutral danés presenciaba este movimiento
bélico.
Todas las barcas y buques que navegaban por los canales habían sido requisadas,
empleándose como transportes. Como el día era claro y caluroso, todos estos
movimientos, más que preparativos guerreros, parecían mejor festival extravagante o
animados juegos.
Cuando el sol se hundió en el Occidente, algo cambió el aspecto de las cosas. Una
bruma dorada envolvía aquellos parajes.
Todas las cosas tomaron un brillo cálido, y los objetos, en la luz áurea del
crepúsculo, adquirieron un relieve más definitivo. La sombra que proyectaban las
iglesias se dilataba hasta llegar a la del horizonte, fundiéndose con la sombra del
Universo. La sombra, lenta y blandamente, fué envolviendo al mundo, y todos sus
repliegues borrándose en un azul intenso. Llegó la noche —la noche, primero toda
obscura, luego con tímidos puntos luminosos esparcidos aquí y allá, y después se
enjoyaron las tinieblas con cientos y miles de luces. En aquella semiobscuridad y
resplandores inciertos, los ruidos se hicieron más sensibles, porque en la penumbra
no había objeto alguno que distrajera la atención.
Acaso el vigilante, que estaba allá arriba, en el espacio translúcido, bajo los
astros, aquella noche dormitase, mas tal vez en la cuarta noche, cuando el avance de
todo el flanco del ejército, despertó. En esa noche, la batalla aérea decidió el destino
de Holanda.
Al fin, los aeroplanos entablaron la lucha. De súbito aparecieron unos en lo alto y
otros más próximos a la tierra. Surgieron de las cuatro partes del cielo, raseros
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aquéllos, buceando en las nubes éstos. Elevándose unas veces al zenit, descendiendo
otras. Venían a atacar o a defender a los habitantes del país.
Secretamente, las potencias de la Europa Central habían reunido todos sus
aparatos y los arrojaban sobre aquellas gentes como un gigante puede tirar desde su
altura un puñado de diez mil cuchillos sobre la tierra. Entre aquel enjambre de
aeroplanos, cinco de ellos se dirigieron, en arriesgado vuelo, hacia las murallas de
Holanda, llevando bombas atómicas. Por el Norte, Sur y Este surgieron aeroplanos de
los aliados, voltejeando por el aire, para repeler los aparatos enemigos que
súbitamente atacaban.
Entonces empezó la guerra aérea. Los hombres, cabalgando aquella noche sobre
torbellinos de viento, como arcángeles, cayeron exterminadores. El cielo llovió
héroes sobre la tierra atómica.
Seguramente la última lucha del género humano era la mejor. ¿Qué eran las
pesadas armas de los héroes de Homero ni el crujiente ímpetu de los carros guerreros,
al lado del veloz arrojo de estos aeroplanos, de sus violentos estampidos, de su
triunfo vertiginoso, de su vuelo intrépido y raudo hacia la muerte?
Entre los arrojados giros del aéreo duelo, cuando los aeroplanos se agitaban entre
la luz de las ciudades y las estrellas, percutió un estampido más fuerte que un trueno,
y una veintena de largas serpientes de fuego bucearon ávidamente en los diques
holandeses, y un intenso resplandor carmesí, envuelto en nubes de vapor y de humo,
se alzó entre la tierra y el mar.
Con espanto y terror, pedazos de tierra saltaron en las tinieblas, y el mar, con su
espuma roja como la sangre, temblaba de rabia.
Por todo el populoso contorno sonaban extraños gritos de las multitudes fugitivas,
y las campanas en las iglesias tocaban a rebato.
Los aeroplanos que se salvaron de la refriega, girando en un vuelo, se perdieron
en el horizonte; huían, como si de súbito hubieran adquirido conciencia de su
perversidad…
A través de unas hendiduras del terreno, ígneas y tonantes, las olas que el agua no
pudo apagar, bramando se precipitaron sobre la tierra…
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8
«Fué para nosotros gran suerte —refiere Barnet— que no pudiéramos llegar aquella
noche a nuestros cuarteles de Alkmaar. Había allí, nos dijeron, provisiones, tabacos y
todo lo que se pidiera; pero el canal mayor entre Zaandam y Amsterdam estaba
obstruido, no habiendo esperanza de que pudiera por él navegarse. Alegrándonos de
que el azar nos impidiera unirnos al grueso de nuestra columna, nos refugiamos en un
pequeño puerto abandonado, y de sucio fondo, en cuya orilla se alzaba una casa
entonces desierta. Entramos en ella y hallamos una barrica de arenques, un montón de
quesos y botellas de aguardiente de ginebra en la bodega; gracias a esto, los hombres
a mis órdenes, que estaban hambrientos, se animaron. Encendimos fuego; en él
calentamos el queso y asamos los arenques. Nadie había dormido durante cuarenta
horas; por ello decidí que permaneciéramos en el refugio hasta el alba, y si el tráfico
en el mar estaba aún interrumpido, marchar por el camino hasta Alkmaar.
El lugar en donde nos alojamos distaba del canal unas veinte yardas, situado bajo
un pequeño puente de ladrillo, desde el cual podíamos ver la flotilla y oír las voces de
los soldados.
Cinco o seis barcas, que navegaban por un canal, fondearon en un lago próximo
al lugar en donde nosotros estábamos. Venían llenas con tropas del regimiento de
Antrim. Con ellos repartí las provisiones que habíamos encontrado, obteniendo en
cambio tabaco.
A nuestra derecha manaba un manantial de agua abundante; más allá se apiñaban
las techumbres de las casas y se distinguían las dos torres de una iglesia. Como la
barca estaba abarrotada de gente, destaqué varias escuadras, que eran en total treinta
o cuarenta hombres, para que vivaqueasen por la orilla del canal. No permití que toda
mi gente entrase en la casa por temor a que deteriorasen los muebles que en ella
había. Dejé una nota, allí, de las provisiones que habíamos tomado. Lo que más nos
alegraba era tener tabaco y buen fuego, que ahuyentaba a los numerosos mosquitos
que en torno volaban.»
«La fachada de la casa en la cual nos habíamos aprovisionado estaba adornada
con una leyenda que decía: Vreugde bij Vrede, “Alegría en la paz”. Daba la impresión
de un retiro que un propietario cuidaba con amor diligente. Zarzales de rosas y
perfumados setos hacían delicioso aquel lugar, y agradable para pasar una temporada
de verano. Sentado en el jardín vigilaba desde él mis hombres, que agachados por la
margen del canal en cocinar se entretenían. El sol se ocultaba en un cielo sin nubes.»
«Durante las dos últimas semanas yo fuí un hombre muy ocupado; sólo me
importaba obedecer las órdenes que me transmitían.
»En ese tiempo, trabajé todo lo que permitían mis facultades mentales y mis
fuerzas físicas, dedicando pocas horas al sueño. Ahora, en este inesperado descanso,
se destacaban, llenándome de admiración, todos los actos realizados por nosotros en
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aquel período. Yo sentía profundo afecto por los hombres de mi compañía, y
admiraba el ardor y la disciplina que habían demostrado en la campaña. Yo vigilaba
su conducta oyendo, ahora, sus alegres voces. ¡Qué hombres tan diligentes! ¡Qué
prestos en aceptar las órdenes y cómo se olvidaban de ellos mismos, sólo atentos a
los fines colectivos! Yo pensaba en la virilidad con que mi gente había soportado el
esfuerzo y las fatigas en las dos últimas semanas, en su tenaz compañerismo, en la
dulzura de sus caracteres, a pesar de esta locura de sangre. Ellos eran buena muestra
de lo que es la especie humana. Su resignación y buena voluntad estaba latente en
ellos como la energía en el átomo, esperando a alguien que supiera utilizarla
debidamente. Otra vez surgió en mi ánimo, con poderosa fuerza, la idea de que
nuestra raza, lo que sobre todo necesita es alguien que la gobierne, y que la suprema
tarea es hallar ese conductor, que olvidado de su propia persona sólo al fin de la raza
atienda. Una vez más yo tuve una visión plena de la vida…»
Son muy representativas las impresiones que este «obeso» y joven oficial nos
dejó en su novela Wander Jahre; también muy representativa del cambio que se
estaba operando en el corazón de los hombres que preparaban la nueva fase de la
historia humana.
Él veía la «redención» humana en la absorción de la individualidad en la ciencia y
en el trabajo. Estas ideas eran entonces virginales, aunque ahora nos parezcan un
obvio lugar común.
El brillo del sol se abatía; el crepúsculo se fundió en la noche.
Se encendieron algunas hogueras. Unos soldados irlandeses cantaban en el lago
próximo; pero los hombres de Barnet estaban demasiado fatigados para esos
esparcimientos. A poco, en la orilla del canal y en nuestro barco, se amontonaban los
cuerpos de la gente dormida.
Sólo yo no podía dormir, acaso por exceso de fatiga. Tras un febril sueño ligero,
apoyado en la caña del timón de la barca, desperté sobresaltado.
En esa noche, Holanda parecía toda ella cielo. Para apoyo de los objetos no había
más que una estrecha orilla en declive al borde de los canales, y sobre nosotros el
raudo giro del hemisferio celeste. Nada turbaba la serenidad del cielo, y, sin embargo,
mi inquietud con el cielo se relacionaba.
«Yo, en esta hora, estaba triste. Los que en torno a mí dormían parecían
experimentar una sensación penosa. ¡Estos hombres, que habían venido de tan lejos
dejando tras ellos el tejido de su vida cotidiana para empeñarse en una campaña
absurda, mera fiebre de lucha, que iba consumiendo todo lo que estaba a su alcance!
Yo comprendí lo pequeña y endeble que es la vida del hombre, cuán expuesta a
mutaciones, impotente para realizar el más tímido de sus sueños. Yo me admiraba de
que siempre fuera lo mismo. Tal vez ese animal que es el hombre estaba condenado,
hasta lo último de su vida, a ser juguete del destino, sin que nunca pueda subyugarle.
Acaso siempre sería, aunque amable, celoso; si reflexivo, ansioso; aunque hábil,
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torpemente impulsivo, y esto tal vez ocurriría hasta que Saturno, que lo engendró,
llegara a devorarlo.
De estas meditaciones le sacó un escuadrón de aeroplanos, que muy altos y
lejanos hacia la parte Nordeste volaban. Vistos contra el azul de la media noche
parecían listones negros.
«Recuerdo que lo vi pasar con indiferencia, como quien ve volar una bandada de
pájaros. Después columbré que este escuadrón de aeroplanos era el ala extrema de
una gran flota aérea, que muy rápidamente avanzaba en dirección de la frontera. Mi
atención se intensificó.
»Me extrañé de que antes no hubiera advertido el vuelo de aquella flota.
»Me levanté suavemente temiendo turbar el sueño de mis compañeros. Mi
corazón, excitado y sorprendido, latía rápidamente. Agucé mi oído y percibí disparos
de fusilería a lo largo de la línea de nuestro frente. Casi de manera instintiva volví la
cabeza buscando a quien por la parte del Suroeste viniera a protegernos. Y apareció.
De las tinieblas surgieron tres líneas de aeroplanos. Rápidamente se acercaban hacia
nosotros. El grueso de la flota volaba a una altura de dos mil pies. Y otro escuadrón
de aparatos, cuyo número, por no columbrarse distintamente, no puedo precisar,
volaba más bajo. Los aparatos que volaban en el centro eran tan delgados que a través
de ellos se veían grupos de estrellas. Comprendí que la batalla aérea era inminente.
Había algo de extraordinariamente extraño en la rápida y silenciosa convergencia de
aquellos combatientes casi invisibles que volaban sobre la hueste dormida. Nadie en
torno mío había aún advertido el peligro. Los cantos de los soldados habían cesado;
no se advertía movimiento alguno en las embarcaciones que estaban en el canal
mayor, cuyo caudal, tildado de confiadas luces y franjeado por el resplandor de las
fogatas, debía percibirse claramente desde arriba. Entonces, distante del lugar en
donde nosotros estábamos, hacia la parte de Alkmaar, se oyeron toques de corneta,
luego disparos de fusilería y después el clamor de las campanas repicando a rebato.
Decidí que mi gente continuara durmiendo hasta que pudiera. La batalla se trabó con
la rapidez de un sueño. Yo creo que no transcurrieron cinco minutos desde que
aparecieron los primeros aeroplanos de la flota aérea de la Europa Central, hasta el
contacto de las dos fuerzas. Los veía en silueta recortada con precisión en el
iluminado horizonte de la parte Norte. Los aeroplanos de los aliados, franceses en su
mayor parte, cayeron como un turbión en medio de la flota de la Europa Central.
Semejaban, exactamente, un chaparrón de lluvia.
Se percibía un crujiente sonido —hasta entonces no se advirtiera ruido alguno—,
que supuse serían disparos de fusilería, y una luz que recordaba las Auroras Boreales
Había exhalaciones como en las noches de verano, y después la batalla aérea fué, en
el cielo, un confuso torbellino silencioso. Algunos aeroplanos de la Europa Central,
recibiendo una embestida certera, volteaban, y cayendo a plomo, se inflamaban con
brillante resplandor alucinante que impedía la observación de la lucha.»
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«Yo, para seguir las peripecias del combate, hice de mi mano pantalla para evitar
la luz cegadora. Ya mi gente empezaba a removerse cuando arrojaron las bombas
atómicas en los diques. Estallaron en el aire como poderoso trueno y caían, como el
Lucifer que imaginan en los cuadros, dejando una estela de resplandeciente carmesí
en el cielo.»
«Aquella noche translúcida, llena de extraordinarios acaecimientos, pareció
desvanecerse, quedando como negro fondo de las tremendas columnas de fuego…»
«Dominó todos los ruidos un viento bramador, luces vacilantes llenaron el cielo y
nubes avanzaron impetuosas…»
«Había algunas treguas en estos choques. Durante algún tiempo solamente yo
vigilaba en el mundo dormido; pero poco más tarde se erguían y el mundo despertaba
espantado…»
«Después un viento impetuoso me golpeó como una bofetada, arrebatándome el
casco. Aquella casa, apacible residencia de verano, en cuya fachada se esculpía la
leyenda Vreugde bij Vrede, fué segada como hierba por la guadaña. Vi caer las
bombas, y en el sitio en donde chocaban surgían, como montañas, densas nubes de
vapor rojo que se encaramaban hacia el zenit. Vi, esclarecidas por este resplandor,
largas extensiones de terrenos, y en el centelleo destacaban su negro contorno
iglesias, árboles y chimeneas. De súbito comprendí: las fuerzas de la Europa Central
habían roto los diques. Aquellas llamaradas habían reventado los diques y dentro de
poco las aguas del mar nos cubrirían…»
Nos refiere Barnet, prolijamente, todos los pasos que dió —y fueron acertados—
para resolver la espantosa crisis. Embarcó a su gente y se puso al habla con las barcas
próximas. Ordenó al mecánico de la lancha que ocupara su puesto, y ya en marcha el
motor de la lancha soltó las amarras. Recordó entonces las provisiones que habían
quedado en tierra, y desembarcando con cinco hombres, conseguido que hubo hasta
una docena de quesos, tornó a embarcar antes de que la inundación les alcanzara.
Barnet, con razón se jacta de su serenidad en tal riesgo. Su intención era tomar el
mar de proa y forzando la máquina dominar la corriente.
Daba gracias al cielo porque el tráfico del canal mayor no estaba interceptado.
Debió calcular exageradamente —me parece— la fuerza probable que las aguas
traían. Temió —nos dice— que la corriente los arrastrara, haciendo chocar el barco
contra las casas y árboles.
Nada nos dice respecto al tiempo que medió entre la ruptura de los diques y la
llegada de las aguas; pero es probable que hubiera un intervalo de veinte minutos o de
media hora. Se levantó un viento impetuoso. Maniobraban en las tinieblas. Las únicas
luces que brillaban eran las linternas colocadas en la proa y en la popa del barco.
Remolinos de vapor se desparramaban, surgiendo de las aguas que avanzando se
precipitaron, se recordará, a través de grietas ígneas abiertas en los diques. Estos
densos remolinos de vapor pronto velaron los centros de explosión de donde las
llamas surgían.
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«Al fin las aguas —continúa Barnet— avanzaron precipitadamente en cascadas.
Fueron como un ancho rodillo, que barrió todo el contorno. De las aguas desbordadas
surgía un profundo rugido. Yo esperaba que aquel torrente sería como un Niágara;
pero el desnivel del terreno no era más que de doce pies. Nuestro barco dió unos
cuantos bandazos, y después, como escapando de la muerte, puso proa a la corriente.»
«En torno a nosotros soplaba un viento tan fuerte como el torrente de las aguas.
En la marcha chocábamos con todos los objetos que flotaban entre la barca y el mar.
No había más luz en aquel mundo que la de nuestras linternas. Las nubes de vapor
eran tan impenetrables que a veinte yardas de nuestro barco no podíamos ver cosa
alguna. Las aguas que azotaban los costados eran de un negro brillante; cuando la
corriente pasaba bajo el resplandor de nuestras lámparas parecía un trazo de ébano;
después se perdía en la obscuridad impenetrable. Flotando sobre la corriente venían
objetos diversos: unas veces era un bote medio sumergido, otras una vaca muerta o ya
enormes pedazos de las vigas de una casa, o cajones embalados o bien los tablones de
un andamio. Todos estos residuos los veíamos pasar a la luz de nuestras linternas
como por una entreabierta contraventana; unas veces se rompían contra nuestra proa
y otras conseguíamos esquivarlas. Una vez vi con claridad la cara pálida de un
hombre. A veces pasábamos sobre sumergidas tierras laborables y las copas de sus
árboles asomaban sobre la corriente, balanceándose muy cerca de nuestra
embarcación. Yo rectifiqué el rumbo para evitar la embestida contra unas ramas;
parecían gesticular frenéticas tras las negras nubes de vapor. Una de ellas, que de
entre las otras se destacaba, pareció estremecerse cuando la desgarró mi mano. Lo
último que yo había visto en la casa en cuya fachada estaba inscrito: Vreugde bij
Vrede, la noche antes de que las aguas la tragaran, quedaba destruido tras la popa de
nuestro barco.»
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9
La mañana sorprendió a la barca de Barnet flotando aún sobre las aguas. Los costados
de la embarcación estaban resquebrajados por los choques y la barca hacía agua;
algunos hombres empezaron a achicarla.
Recogimos en nuestra «motora» algunos náufragos cuyas lanchas cerca de
nosotros zozobraran y remolcamos otros tres botes. Barnet navegaba entre
Amsterdam y Alkmaar aunque no podía precisar su situación. La luz de aquel día
semejaba la de la media noche. Las aguas grises, bajo un cielo gris, se extendían en
todas direcciones. De ellas emergían la parte alta de las casas, en su mayor parte
arruinadas, las copas de los árboles y los molinos de viento. Todo lo que era, en fin,
más elevado en el escenario familiar de Holanda. Una escuadrilla de pequeños botes
era arrastrada por la corriente turbia del canal; algunos ya habían zozobrado. Se veían
también ajuares de las casas, balsas y una mezcla de objetos diversos.
Todo lo náufrago en aquella mañana estaba sumergido.
Sólo se veía aquí y allá rígidas figuras adheridas a sus cofres y sillas que
avanzando se inclinaban en la superficie. Sólo en el viernes próximo todo lo náufrago
afluyó al haz del agua. El horizonte estaba limitado por una niebla gris que formaba
en lo alto como un dosel. Durante la tarde, el aire se esclareció, y hacia la parte Este
surgió de entre densas nubes el vapor y bancos de detritus, la llamarada de las
bombas atómicas en erupción que se reflejaban en aquel desierto de agua.
Su brillo sombrío entre la bruma, era como una puesta de sol en Londres.
«Se erguían sobre el mar —nos dice Barnet— rozando la superficie como
nenúfares de fuego.»
Barnet, según parece, se dedicó aquella mañana a realizar trabajos de salvamento
a lo largo del curso del canal. Socorrió algunas personas a quienes la corriente
arrastraba, recogió los restos de los botes hundidos y salvó alguna gente de las casas a
punto de desmoronarse. Halló otras barcas militares que se empleaban en trabajos
análogos, y fué sólo después de realizar estos trabajos de salvamento cuando pensó
en dar de comer y beber a sus hombres, para que con más bríos siguieran prestando
socorros. De las provisiones sólo les quedaba un poco de queso, pero no tenían agua.
Las órdenes, que de una misteriosa dirección emanaban, habían completamente
desaparecido. Comprendió que ahora era él solo el responsable de sus propios actos.
«El sentido de destrucción había alcanzado en los hombres tales proporciones,
que parecía locura buscar alguna cosa que se conservara como antes de la guerra. Me
senté sobre cubierta y entablé conversación con Mylins, ingeniero de nuestra lancha
motora; con Remp y otros dos oficiales que no estaban de servicio. La magnitud de la
catástrofe nos había desconcertado y desanimado. De acuerdo reconocimos que, en
nuestra actual situación, nuestra intervención en la lucha sería poco eficaz, y que lo
que más urgía era procurarnos provisiones e ir a recibir órdenes; pero no sabíamos
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quién había de transmitírnoslas, porque todo el plan de la campaña había sido
despedazado. Mylins era de opinión que debíamos navegar con rumbo al Oeste y
cruzando el mar del Norte regresar a Inglaterra. Él calculaba que con la fuerza del
motor de nuestra lancha, podríamos arribar a las costas de Yorkshire en el plazo de
veinticuatro horas; pero yo deseché esta idea, porque nuestras provisiones eran pocas,
y sobre todo porque carecíamos de agua.»
«Todos los botes que próximos navegaban, se ponían al habla con nosotros para
pedirnos agua, y esta súplica exasperaba nuestra sed. Yo decidí navegar con rumbo al
Sur, en donde acaso hallaríamos alguna colina emergida o alguna porción de tierra
que no estuviera inundada en donde pudiéramos encontrar algún manantial para
satisfacer nuestra sed. Cerca de nosotros pasaban algunas embarcaciones arrastradas
por la corriente, envueltas en la bruma, y aunque eran soldados británicos los que en
ellas iban, que habían pertenecido a la flota del Canal del Norte, no parecían mejor
informados que nosotros del curso de los acontecimientos. Las órdenes que
esperábamos no parecían por parte alguna.»
«Sin embargo, en las últimas horas de la tarde se nos transmitieron al fin por
medio de un megáfono, desde una lancha torpedera británica. Nos anunciaban una
tregua, comunicándonos la buena noticia de que provisiones y agua nos llegarían
pronto del Bajo Rhin, y que una flotilla de barcas vendría en nuestro auxilio,
navegando nosotros a su encuentro por el viejo Rhin hasta Leiden.»
No seguiremos a Barnet en su azaroso viaje entre árboles, casas e iglesias,
navegando por Zaandam, Harlem y Amsterdam para llegar a Leiden. Era un viaje a
través de una neblina roja, en un mundo de vaporosas siluetas, lleno de extrañas
voces. Entre todas era la sed febril la sensación dominante.
«Yo me sentaba —refiere Barnet— entre un grupo confuso de gente que apenas
hablaba, soportando en silencio tanto sufrimiento. Era, en aquel silencio, el único
ruido el maullido persistente de un gato, que uno de nuestros hombres había salvado
de una pila de heno que flotaba por el canal, cerca de Zaandara. Dirigidos por una
brújula que había construido el ingeniero Mylius, navegamos con rumbo al Sur…»
«Yo creo que nadie se sentía como formando parte integrante de un ejército
derrotado, ni a nadie le importaba el sesgo que la guerra había tomado. Lo único que
todos sentíamos era el peso de la enorme catástrofe.» «Las bombas atómicas habían
empequeñecido todo lo que se refería a las relaciones internacionales, considerando
tales hechos como insignificantes. Cuando nuestra inteligencia quedaba libre de lo
que hacía referencia a la satisfacción de nuestras necesidades inmediatas, especulaba
para hallar los medios que pudieran detener el efecto de estos horrorosos explosivos
antes de que el mundo fuera totalmente destruido. Para nosotros era un hecho claro
que estas bombas y todos los demás poderosos medios de destrucción que ellas
habían de seguir, harían pedazos toda clase de relaciones sociales y destruirían las
instituciones ideadas por el género humano.»
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—¿Pero qué está haciendo esa gente? —preguntaba Mylius—. ¿Qué es lo que se
proponen? Es un hecho claro que la guerra toca a su término, y que las cosas tienen
que ir por otro camino. Esto, todo esto, es imposible que continúe.
—No —le contesté inmediatamente. Por extraña asociación recordé la figura de
aquel hombre herido en el primer fuego en que yo tomé parte. Lo vi otra vez colérico
y mirándome con mirada desgarradora, mostrarme su viscoso muñón sangriento y
repetir en tonos de airada protesta o ya abatido suspirar: «Maldita locura, maldita
locura. ¡Mi mano derecha, señor! ¡Mi mano derecha!»
Cinco minutos antes había sido ésta la mano hábil de un hombre.
La fe que en los hombres tuve en algún tiempo, me abandonó completamente.
—Yo creo que somos demasiado imbéciles para acabar con las guerras —contesté
a Mylius—. Si hubiéramos tenido alguna vez ese propósito, ya lo hubiéramos
realizado antes de que esto ocurriera.
—Mire usted aquello —y le señalé un despedazado molino de viento, que sobre
las aguas de reflejos sangrientos se alejaba ridículo y grotesco—, esto es el fin.
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10
Por ahora, nuestra historia debe separarse de la compañía de Federico Barnet y de su
barco cargado de hombres medio muertos de frío y de hambre.
Durante algún tiempo pareció que la civilización de la Europa de Occidente había
llegado al colapso final. Retoñaba la tradición de las naciones coronadas que
Napoleón había plantado y Bismarck regó, abriéndose, encendidas «como nenúfares
de fuego», sobre las naciones destruidas, sobre las iglesias despedazadas o
sumergidas, sobre las ciudades en ruinas y los campos perdidos para el cultivo, sobre
un millón de cuerpos tumbados. ¿Sería esta lección bastante para el género humano, o
continuarían las hogueras ardiendo en medio de las ruinas?
Es claro que ni Barnet ni sus compañeros podrían contestarnos a esta pregunta
con probabilidades de acierto. Ya en la historia del género humano se ven países
como América, antes de su descubrimiento por los blancos, en donde había ya una
civilización organizada, y en ella se rendía principal culto a una divinidad guerrera.
Llega a dudar el hombre pensativo, que acerca de estos hechos reflexione, si en el
mundo entero prevalecerá, en escala aún más amplia, esta estirpe de guerreros. Si
triunfará siempre el instinto destructivo de la raza.
Los siguientes capítulos de la narración de Barnet ratifican esta trágica
posibilidad. Nos presenta en una serie de viñetas a la civilización despedazada, al
parecer, casi irreparablemente. Halló las colinas de Bélgica enjambradas con los
fugitivos del desastre, y desolada por el cólera.
Los vestigios de los ejércitos contendientes descansaban en una tregua, mas sin
dejar las costumbres adquiridas en la vida bélica. Por todas partes había una completa
ausencia de plan.
En lo alto, los aeroplanos pasaban con vuelo de misterio. Corrían rumores que en
los valles de Jensoy y en la región forestal del E. de Ardennes había habido casos de
canibalismo, y aparecido en el país muchos visionarios fanáticos.
Se tenían noticias de un ataque de la China y el Japón sobre Rusia, y de una
enorme revolución que había estallado en América. Nunca, en esta región devastada
por la guerra, se había conocido un tiempo atmosférico tan tempestuoso. Eran
frecuentes en el país desolado los truenos y las exhalaciones, y de tiempo en tiempo
las nubes rompían en aguaceros…
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CAPÍTULO III
EL FIN DE LA GUERRA
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En una montaña situada sobre la ciudad de Brissago, que domina la extensión del
Lago Mayor, cuya ladera oriental cae sobre Belinzona y la del Sur sobre Luino, hay
una gradería de yerbosos prados que en la primavera hermosean multitud de flores
silvestres. Es, sobre todo a principios de junio, deleitable, con sus asfódelos y sus
espigados lirios de San Bruno, de talle esbelto y blanca flor. Hacia la parte O. de estos
amenos prados, hay una hondonada, cubierta de bosque, que forma como un golfo de
una milla de ancho, sobre el cual se yerguen altos precipicios abruptos. Estos
escarpados declives, desiertos pétreos, forman en lo alto, sobre el campo de
asfódelos, una rocosa crestería que cierra en curva la línea del luminoso horizonte.
Este fondo austero y desolado contrasta vivamente con la luminosa serenidad del lago
que se extiende en la hondonada y el espacioso horizonte de verdes colinas por el
S. y E., surcadas de caminos y moteadas de aldeas y con las llanas tierras arrozales,
de un oro cálido, de Val Maggia, hacia la parte N.
Era este paraje escondido y remoto, lejos de las muchas tragedias y desastres que
asolaron al mundo, de las ciudades incendiadas y de las muchedumbres muertas de
hambre; era en este lugar, defendido, tranquilo y santo, en donde había de celebrarse
la conferencia de hombres de Estado para detener, en lo posible, la débâcle de la
civilización antes que fuera demasiado tarde. Aquí, el infatigable y enérgico Leblanc,
apasionado filántropo, embajador de Francia en Wáshington, reunió a los jefes de las
principales potencias del mundo para celebrar la última y desesperada conferencia
que se proponía salvar la humanidad.
Leblanc era uno de esos hombres ingenuos cuya participación en los asuntos
públicos, en un período normal de seguridad, hubiera sido insignificante, pero que en
estos tiempos de trágica crisis en que era preciso simplificar los procedimientos para
resolver los asuntos internacionales, se destacó de súbito en primer término,
desempeñando un papel que había de inmortalizarlo en la historia. Era un hombre
semejante a Abraham Lincoln y a Garibaldi. Leblanc, con su transparente inocencia
infantil, el completo olvido de su propia persona, en medio de la confusión y recelos
que el desastre suscitara, llegó lleno de confianza y buen sentido. Cuando hablaba, su
voz estaba «llena de amonestaciones». Era un hombre pequeño, calvo, que usaba
lentes. Inspirábanse sus opiniones en el intelectual idealismo que ha sido uno de los
más preciados dones que Francia legó a la humanidad. Había adquirido la clara
persuasión que el único medio de terminar con las guerras era dotar al género
humano de un buen gobierno. Él pasaba rápidamente sobre cualquier otra clase de
consideraciones. Poco después de romperse las hostilidades, cuando las dos ciudades
capitales de los beligerantes fueron destruidas, se entrevistó con el presidente
americano en «La Casa Blanca», proponiéndole que interviniese en las negociaciones
de paz. Tomó el asunto con todo interés. Tuvieron fortuna sus gestiones en
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Wáshington, pues consiguió impresionar la imaginación de ese niño gigante que es el
americano. Estas sencillas gentes de América también creyeron en la posibilidad de
salvar al mundo. Consiguió imponer sus ideas al presidente y Gobierno americano;
sus opiniones fueron estimadas, y logró una representación de América cerca de los
escépticos Gobiernos de Europa. Conseguidos estos poderes, emprendió su tarea. Era
fantástica empresa poner de acuerdo a todos los jefes de las potencias del mundo
unificando sus criterios. Escribió innumerables cartas, envió mensajes y emprendió
penosos viajes; nadie con más tenacidad que él podía empeñarse en la realización de
sus propósitos. Durante el terrible otoño de la última guerra, este visionario con lentes
parecía un canario optimista gorjeando bajo los truenos de una tempestad. La
magnitud del desastre no hizo vacilar su firme convicción de que había de llegar al
fin.
El mundo entero entró en una ardiente fase de destrucción monstruosa. Todas las
potencias de la superficie del globo procuraban anticipar el ataque a la agresión de
otra potencia. Iban a la guerra, impulsadas por un pánico delirante, a ver cuál de las
potencias podía usar primero las bombas destructoras. Los ejércitos de la China y el
Japón habían invadido Rusia y destruido Moscou. Los Estados Unidos atacaban al
Japón. La India fué presa de una revolución anarquista. Delhi borbotaba fuego y
muerte. El temible rey de los Balkanes movilizaba su ejército. Era para todos
evidente que en aquellos días el mundo se deslizaba, precipitadamente, hacia la
anarquía. En la primavera de 1959, desde doscientos centros de energía, cuyo número
aumentaba cada semana, irradiaba rugiendo la inextinguible conflagración carmesí de
las bombas atómicas. El endeble edificio del crédito mundial se desvanecía; la
industria estaba completamente desorganizada, y cada ciudad, aun sólo un área de
tierra habitada, si no habían perecido de hambre sus habitantes estaban al margen de
la inanición. La mayor parte de las ciudades, capitales del mundo, habían sido
incendiadas; millones de gentes perecieron, y sobre extensas superficies de terreno no
regía gobierno alguno. Un escritor contemporáneo comparó la humanidad de aquella
época con un durmiente que enciende un fósforo en sueños y se despierta envuelto en
llamas.
Durante muchos meses se planteó el problema de si en el espíritu de la raza
quedaría inteligencia y voluntad bastantes para contener la ruina del orden social.
Por espacio de algún tiempo, el espíritu guerrero anulaba todos los esfuerzos que
se aunaban para reconstruir el orden perturbado. Leblanc protestaba contra los
temblores de tierra que las bombas atómicas producían, cuya energía destructora
semejaba aliarse a la fuerza devastadora del cráter del Etna. Aunque el destrozado
gobierno oficial clamase por la paz, aún parecían bandos irreconciliables de exaltados
patriotas; políticos desesperados, que en todas partes estaban en posesión de los
aparatos desintegradores de la energía atómica, iniciaban, en uno y otro lugar, nuevos
centros de destrucción. Esta actividad malévola ejerce una fascinación irresistible en
alguna clase de inteligencias. ¿Por qué diferir el ataque teniendo al alcance los
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medios para destruir al enemigo? Mientras hubiera alguna probabilidad de
aniquilarlo, ¿por qué cejar?
El poder de destrucción, que había sido hasta entonces el privilegio del gobierno,
estaba ahora extendido por todas partes, en manos de todo el mundo. Hubo pocos
hombres reflexivos que durante este período de incendios y devastaciones no
pronunciase las palabras de desesperación que Barnet escribió en su novela: «Esto es
el fin».
En tanto Leblanc, con sus resplandecientes lentes, iba y venía sin cesar en sus
gestiones. Los que al principio no le atendían, empezaron a escucharle. Nunca tuvo
dudas de que este caótico conflicto tendría fin. Lo que al principio sólo parecía un
sueño, empezó ya a verse como una difícil posibilidad. La gente que en el año 1958
escuchaba con impaciente sonrisa los proyectos de Leblanc, ya en 1959 seguía con
interés sus negociaciones. Las numerosas cartas que había enviado tuvieron, cada vez
con más frecuencia, contestaciones llenas de esperanza. Cruzando el Atlántico llegó
Leblanc a Italia, y empezó a realizar sus gestiones para la reunión del Congreso.
Escogió para celebrarlo los altos terrenos que dominaban a Brissago, por las razones
que quedan apuntadas.
«Debemos huir —decía— de los procedimientos de los viejos congresos.»
Empezó a realizar todos los preparativos necesarios para la reunión de la
asamblea; trabajaba con firmeza animado por la contestación que merecieron sus
misivas.
Leblanc, sin arrogancias, en actitud humilde, dirigía los trabajos para la
convocatoria del Congreso. Subieron algunos obreros a aquellas escarpadas alturas
para instalar los aparatos de telegrafía sin hilos; llegaron más tarde otros con tiendas
de campaña y provisiones, y en la parte baja del camino de Locarno buscaron lugar
conveniente para tender el cable de un elevador.
Leblanc llegó diligentemente, atendiendo a todos los detalles que se referían a la
organización de la asamblea, y aunque no fuese él quien había de dar remate a la
obra, era, sin embargo, el iniciador del Congreso. Y empezaron a llegar los
congresistas al lugar designado: unos en el elevador, los más en aeroplanos, y algunos
empleando otros medios de locomoción. Reuniéronse al fin todos los hombres que
habían de asistir a la conferencia para organizar el estado del mundo.
La conferencia que iba a celebrarse no tendría título alguno. Firmábanla nueve
monarcas; los presidentes de cuatro repúblicas; algunos ministros y embajadores;
influyentes periodistas y algunas otras personalidades prestigiosas. Había también
hombres de ciencia, contándose entre ellos Holsten, ya anciano, cuyo nombre era ya
famoso en todo el mundo; él, con otros científicos, contribuirían a hallar la solución
al problema del gobierno del Estado, que era el verdadero problema de aquella época.
Solamente Leblanc había osado convocar aquella asamblea, constituida por
personalidades prestigiosas, por hombres poderosos y por intelectuales; sólo él había
tenido el valor de esperar que todos ellos llegaran a un acuerdo…
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Uno, al menos, de los que fueron llamados para asistir a la conferencia de hombres de
Estado, llegó a pie al lugar en donde había de celebrarse el Congreso. Era éste el rey
Egbert, el joven rey del reino más venerable de Europa. Era un rebelde, y por
deliberada elección, se había rebelado contra la magnificencia de su posición.
Gustaba de dar largos paseos a pie y de dormir al aire. Venía ahora por el camino de
Santa María Maggiore, cruzó en un bote el lago hasta Brissago, y después subió a pie
por un sendero de la montaña, sombreado de robles y de frescos castaños. Todo lo
que era necesario para su comodidad y dignidad de su persona, indispensable en
ocasiones como la presente, lo envió por el elevador.
Llevaba en su bolsillo pan y queso; ascendía despacio. Le acompañaba en su
camino su secretario particular, llamado Fermín, que antes de ocupar este cargo fué
profesor de Derecho Internacional en la Escuela Sociológica de Ciencias Económicas
y Políticas de Londres. Fermín era un hombre de pensamiento más fuerte que rápido;
había adquirido gran ascendencia en su nueva posición. Después de llevar algunos
años en su cargo, aprendió cuán difícil es saber escuchar bien. Desde el principio de
su secretaría se dedicó a los asuntos internacionales, a las cuestiones de los derechos
fronterizos y a lo relacionado con la estrategia. Sus ideas influyeron notablemente en
la opinión pública.
Mas le sorprendió el uso de las bombas atómicas en la guerra, y hubo de rectificar
completamente, después de presenciar tanto estrago, la idea que tenía del efecto que
causan estas bombas de explosión continua.
Este rey se había libertado completamente de las trabas de la etiqueta. Sus ideas,
y era hombre muy dado a las teorías, eran francamente democráticas. Era solamente
por el puro hábito adquirido en la costumbre por lo que consentía que su secretario
Fermín cargase con la mochila que había comprado en una tienda del valle, antes de
emprender la subida a la montaña, y en la cual llevaba algunas botellas de cerveza. El
rey, en sus excursiones, nunca llevaba equipaje.
—No quiero que llevemos cosa ninguna con nosotros —decía—. Quiero marchar
completamente libre.
Por eso Fermín sólo llevaba cerveza. Marchaban sendero arriba; el rey precedía a
Fermín. Hablaban de la conferencia que iba a celebrarse próximamente.
El secretario del rey, con una falta de firmeza en sus convicciones, de la que él
mismo se hubiera sorprendido durante los años de su profesorado, juzgaba la política
de Leblanc. «En sus líneas más generales, señor —decía Fermín—, me parecen
plausibles los proyectos de Leblanc pero me creo que aun siendo admisibles, debía
crearse un centro de inspección para conducir los asuntos internacionales, algo
parecido al Congreso de La Haya, que ejerciera su autoridad sobre las potencias; no
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hay razón para que se pierda de vista el principio de las nacionalidades y la
autonomía imperial.»
—Fermín —dijo el rey—, yo quiero dar un buen ejemplo a mis hermanos, los
otros reyes.
Y Fermín dejó entrever una curiosidad que ocultaba un temor.
—Quiero acabar con todos esos absurdos —dijo el rey.
Apuró el paso sendero arriba, y el secretario, que marchaba algo fatigado, no
pudo replicar.
—Voy a terminar con todos esos absurdos —dijo el rey cuando ya Fermín se
preparaba para contestar—. Voy a tirar mi realeza y mi imperio encima de una mesa y
declarar de una vez que no se admiten titubeos. Todas esas declaraciones de derechos
y protocolos han sido siempre un demonio en los negocios humanos. Voy a cortar
esos abusos.
Fermín se paró de repente:
—¡Pero señor! —exclamó.
El rey se detuvo seis yardas delante de él, y volviendo la cabeza, se quedó
mirando la cara sudorosa de su secretario.
—¿Has creído, Fermín, que yo he venido aquí como uno de esos políticos
infernales, para explotar mi corona y la bandera de la patria y otras cosas por el estilo,
so pretexto de negociar la paz? Ese francesito tiene razón. Todas esas cosas han
pasado. Nosotros, los reyes, los gobernantes, todos los que representaban la
autoridad, éramos los verdaderos causantes del daño. La disensiones entre nosotros
eran una constante amenaza de guerra, y esto supone la acumulación de más y más
bombas atómicas. Acabemos con las viejas burlas. Ahora no podemos perder tiempo.
El mundo espera. ¿No crees, Fermín, que debemos acabar con esas viejas burlas?
El secretario se arregló una correa de la mochila, enjugóse con su mano la
sudorosa frente y dijo seriamente:
—Yo creo, señor, que no sería retroceder en los procedimientos de gobierno el
establecimiento de una jerarquía que ejerciera su autoridad. Algo así como un consejo
anfictiónico.
—No habrá más que un gobierno en todo el mundo —dijo el rey, sintiéndolo
pesar sobre sus hombros.
—Pero eso es romper con todo lo hasta ahora instituido.
—¡Vaya un golpe! —gritó el rey.
Fermín no contestó a esta interrupción, pero una débil sombra de arrojo contrajo
sus facciones encolerizadas.
—Ayer —dijo el rey por vía de explicación—, los japoneses llegaban muy cerca
de San Francisco.
—Nada he oído, señor.
—Los americanos derribaron al aeroplano japonés en el mar y la bomba explota
bajo la superficie del mar.
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—Bajo el mar, señor.
—Sí, formando un rocal submarino. Su tramo se ve desde la costa de California, y
con acaecimientos como éste queréis que andemos con dilaciones en la asamblea que
ha de celebrarse en esa colina. Considerad el efecto que ello produciría en mi primo
el emperador. Y en todos los otros.
—Él romperá esos proyectos.
—No los modificará en lo más mínimo.
—Pero, señor…
—Leblanc no lo consentiría.
Fermín se paró en seco y dió un tirón a la correa de la mochila.
—Señor, escuchad la opinión de sus adversarios. —Lo dijo en un tono que
parecía relacionarse con la molestia que le ocasionaba la correa de la mochila.
El rey lo observaba.
—Vamos a llegar un poco más arriba —le dijo—. Cuando hallemos esa aldea,
deshabitada en este tiempo, beberemos la cerveza. Ya no debe faltar mucho. Allí
beberemos la cerveza y tiraremos las botellas. Cuando hayamos bebido te pediré,
Fermín, que mires las cosas de una manera más noble.
—… porque usted sabe; usted debe…
Se volvió y reanudaron la marcha. Durante algún tiempo sólo se oía el ruido de
sus botas en las piedras del camino y la respiración irregular de Fermín.
Transcurrido algún tiempo, que a Fermín le pareció largo y corto al rey, la
pendiente de sendero disminuía y a poco, ensanchándose el camino, se hallaron en un
hermoso paraje. En aquel alto lugar se agrupaban cobertizos y casas, que aun se
hallan en las montañas del Norte de Italia, que sólo se habitan en pleno verano,
cerrándolos en invierno y primavera hasta mediados de julio. Las casas estaban
construidas con una piedra de tono gris, rodeada de verde césped y sombreadas por
castaños.
La amarilla flor de la retama irradiaba allí un extraordinario brillo. Nunca había
visto el rey hiniesta tan admirable. Al ver la luz de su flor quedó admirado. Semejaba
luminosa, porque la hiniesta parecía dar más luz solar que la que recibía. El rey se
sentó de golpe en una piedra musgosa. Sacó de su bolsillo el pan y el queso y díjole a
Fermín que pusiera las botellas de cerveza a la sombra de los matorrales para que se
enfriara.
—La gente hace cosas desacertadas, Fermín —dijo—. ¡Cuánto mejor es la vista
que se disfruta sentado en estas alturas sin que sea preciso para gozarla navegar en el
aire!
Fermín miró en torno con mirada desapacible.
—Lo habéis visto en la mejor época, señor. Antes de que los aldeanos vengan
aquí otra vez y ensucien este paraje.
—De todas maneras estará hermoso —dijo el rey.
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—Mirándolo por encima, señor —dijo Fermín—. Pero debió recibirse alguna
orden para que la gente abandonase estas alturas; a juzgar por las hierbas que se ven
en las chozas y entre las piedras de las casas, este lugar debe estar deshabitado.
—Yo supongo —dijo el rey— que los labriegos subirán de nuevo a estos lugares
después que hayan segado el heno de sus labranzas. Subirá aquel ganado de paso
tardo, de color crema, que hemos visto, y aquellas muchachas atezadas que cubrían
su negro cabello con un pañuelo rojo…
Es admirable cuán antigua es esta hermosa vida pastoril. En los tiempos de Roma,
y aun mucho tiempo antes de que el nombre de Roma llegase aquí ni aun como un
rumor, ya subían a este lugar los pastores en verano para apacentar sus ganados.
¡Cuántas generaciones habitaron este paraje! Hubo aquí viñas, esperanzas. Los
chiquillos que jugaban con las ovejas añosas morían cuando ya eran viejos patriarcas.
¡Cuántos amantes se acariciaron entre la retama de flor dorada!
En tanto el rey se entregaba a estas meditaciones daba un bocado al pan y al
queso.
—Debimos traer un jarro para la cerveza —dijo.
Fermín sacó un vaso plegable de aluminio y al rey le plació beber.
—Yo desearía, señor… —dijo Fermín de súbito—. Yo me atrevo a aconsejaros
que aplacéis vuestra decisión.
—No se hable de eso, Fermín —dijo el rey—. En lo que a ello se refiere, mi
inteligencia es tan clara como la luz del día.
—Señor —protestó Fermín, esperando una verdadera emoción, llena su boca de
pan y queso—, no sentís veneración por vuestra dignidad real.
El rey, tras una pausa, contestó con insólita gravedad:
—Precisamente tomo esa decisión porque no quiero ser un muñeco en ese juego
de la política internacional.
Miró un momento a su secretario y después añadió:
—¡La dignidad real! ¿Sabéis lo que eso significa, Fermín? Sí —le gritó el rey a su
atónito consejero—. Por la primera vez en mi vida voy a ser un rey de verdad. Voy a
gobernar y a gobernar con mi propia autoridad. En la sucesión de doce generaciones
mi familia ha sido un juguete entre las manos de sus consejeros. ¡Los consejeros!
Arrojaré esta corona de la cual hasta ahora he sido un esclavo. Es necesario poner fin
a tanta vergüenza. El viejo mundo se funde en un crisol, y yo que hasta ahora no he
sido más que un muñeco envuelto en el manto real, seré un rey entre los reyes. Voy a
ponerme a la cabeza de los negocios para terminar con la sangre y el fuego y con ese
desorden idiota.
—¡Pero, señor! —protestó Fermín.
—Ese Leblanc tiene razón. El mundo entero debe ser una República, una e
indivisible. No ignoraréis eso, y mi deber es hacer el camino más fácil. Un rey regirá
a su nación. Hoy será para los reyes el día del sacramento. Lo que el género humano
nos han confiado es que lleguemos al fin. Debemos repartir con ellos nuestro manto y
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hacer partícipes a todos de la dignidad real; ahora sólo un rey en todos los órdenes de
actividad debe regir el mundo. ¿No te haces cargo de la importancia que todo esto
tiene? Ya me verás, Fermín, en la asamblea actuar como un vulgar procurador
impertinente, turnar en el debate solicitando ora una compensación o ya una
modificación…
Fermín encogió sus hombros y adoptó una expresión desesperada. En tanto, debió
decirse, comamos.
Durante algún tiempo permanecieron silenciosos. Comía también el rey y
revolvía en su mente las frases que había de pronunciar en su discurso de la
conferencia. Por privilegio de la antigüedad de su corona le tocaba presidir la
asamblea, y era su propósito hacer aquella presidencia memorable. Seguro ya de su
elocuencia, observó el gesto malhumorado y desconfiado de Fermín por algún
tiempo.
—Fermín —le dijo—, has idealizado la monarquía.
—Ese ha sido mi sueño, señor —dijo Fermín tristemente—. Servir.
—De palanca, Fermín —dijo el rey.
—Os complacéis en ser injusto —dijo el secretario profundamente herido.
—Lo que yo quisiera era sacar algún provecho de este congreso.
—¡Oh, Fermín, no pienses que mis propósitos de rebeldía no han de pasar de mi
imaginación! Yo quiero revindicar mis derechos. Soy un rey que quiere libertarse de
esta prisión que pesa sobre mi cabeza. Soy un rey que despierta. Mis reverendos
antepasados durante sus augustas vidas no despertaron ni un momento. Ellos amaban
las intrigas, en las que vosotros, los consejeros, de quienes nunca dudaban, los
enzarzabais. Pero venirme a mí con consejos es como regalarle una muñeca a una
mujer que va a tener un hijo.
Mis antepasados gustaban de los cortejos y de toda clase de ceremoniales.
Y algo increíble. Gustaban mis antepasados de formar albums con los recortes de
periódicos picarescos, rompiéndolos cuando estaban demasiado claros. Pero a pesar
de mi liberación, hay en mí algo de atávico; yo quiero retroceder a la monarquía
inconstitucional. Quiero que en el Congreso lleguemos a esto. Me creo apto para el
gobierno.
Las precauciones que durante mi educación tomaron en palacio, me impidieron
caer en el vicio. Yo fuí criado en la Corte más pura que nunca ha visto el mundo.
Verdaderamente pura, mi mayor distracción eran las lecturas de los libros, Fermín,
interesándome los problemas que planteaban, y aunque para algunas cosas se me
pusieron límites, tarde o temprano llegué a averiguarlas. Tal vez debido a estas mis
aficiones, yo no soy un hombre vicioso. ¡Creo yo que no lo soy! —Reflexionando
añadió—: No.
Fermín carraspeó.
—Yo no creo que lo seáis, señor. A otras diversiones preferís…
Se paró de pronto; iba a decir «charlar», pero substituyó la palabra por «ideas».
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—¡La dignidad real! —añadió el rey—; dentro de poco tiempo, nadie
comprenderá lo que eso significa; habrá llegado a ser un enigma.
Entre otras cosas, la monarquía es un mundo en perpetuo traje de etiqueta. Todos
ante nosotros andaban siempre de etiqueta, aunque de ordinario vistiesen estameña.
Si fuerais rey, Fermín, y os paraseis ante un regimiento, al punto cesarían en la
instrucción, y en uniforme de gala os presentarían armas. Cuando mis augustos
padres viajaban en un tren, el carbón del ténder de la máquina solían blanquearlo; es
probable, Fermín, que si el carbón fuese de color blanco lo ennegrecieran. Y de esta
manera le presentaban todas las cosas. La gente que cerca de nosotros pasaba para
mirarnos, se ponía de frente; nunca podíamos ver a nadie de perfil. Todas las cosas
del mundo se nos presentaban falseadas. Cuando ya empecé a plantearme algunos
problemas y preguntaba al canciller y al arzobispo y a todos los demás palatinos qué
es lo que debíamos hacer si viéramos que el pueblo perdía confianza en nosotros, esta
inesperada pregunta desagradaba a todos, porque era impropia de mi real
discernimiento.
Permaneció algún tiempo meditabundo.
—Yo reconozco, Fermín, que hay algo en eso que llaman la dignidad real. Ella
mantuvo firme a mi augusto abuelo, y dió a mi abuela una especie de dignidad, que
no perdía ni aun cuando estaba enojada, y eso que se enfadaba con frecuencia.
Ambos tenían un profundo sentido de la responsabilidad. Mi padre tuvo poca salud
durante su corta carrera. Nadie, fuera de nuestro círculo, sabe el esfuerzo que él hacía
para cumplir con su deber. «Mi pueblo espera en nosotros», solía decir abatido de
cansancio. La mayor parte de las cosas que él hizo fueron erróneas, y ello en parte se
debe a una tradición nociva; pero fueron siempre buenas sus intenciones… El espíritu
de la monarquía es algo hermoso, Fermín, yo lo siento filtrado en mis huesos. Yo no
sé qué podría yo ser, si no fuera rey.
Yo podría morir por mi pueblo y tú no podrás nunca. No me digas que morirías
por defender mi causa, porque lo sé bien. No creas que me olvido de la dignidad real,
Fermín, no imagines eso. Yo soy un rey, un rey regio por derecho divino. El hecho de
que yo sea joven y algo parlanchín, no me quita autoridad alguna. Pero el libro a
propósito para reyes no son las Memorias Cortesanas ni El doctor Político
Internacional que me habéis dado a leer. Es un viejo libro de frases que se llama La
rama dorada. ¿Lo has leído, Fermín?
Fermín lo había leído.
—Aquéllos eran reyes auténticos. Al fin sus reinos fueron repartidos, tocándole a
cada uno pequeñas porciones. Regaron varias naciones con aquella monarquía.
Fermín se volvió y le miró la cara a su amo.
—¿Qué es lo que intentáis hacer, señor? —le preguntó—. ¿Qué decisiones vais a
tomar esta tarde antes de escucharme?
El rey se sacudió unas migas de pan de la chaqueta.
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—Decididamente vamos a terminar con la guerra para siempre, Fermín, y ello se
conseguirá cuando el mundo esté regido por un solo gobierno. Nuestras coronas y
banderas patrióticas toman el portante. Decididamente todo esto se acaba.
—Sí, señor —interrumpió Fermín—. ¿Pero de qué gobierno se trata? Yo no sé
qué gobierno va a conseguirse, gracias a una abdicación universal.
—Bien —dijo el rey, poniendo sus manos sobre las rodillas—. Tendremos el
gobierno.
—¡Confeccionado en la conferencia! —exclamó Fermín.
—¿En dónde, si no? —preguntó el rey.
Después de un corto silencio añadió:
—Eso es una cosa sencillísima.
—Pero —gritó Fermín— se necesitan sanciones. ¿No habrá algún sistema de
elecciones, pongo por caso?
—¿Para qué sirve eso? —preguntó el rey con curiosidad.
—El asentimiento de los gobernados.
—Van a cesar, Fermín, todas nuestras disensiones, para formar un solo gobierno,
sin ninguna clase de elección y sin sanción alguna. El asentimiento de los gobernados
sera tácito. Si alguna oposición surgiera, ya sabríamos reducirla para que viniera en
nuestra ayuda; no vamos a violentar al pueblo para obtener su voto. La mayor parte
de los hombres no le dan importancia a la elección. Actuaremos en tal forma que los
intereses de todos serán atendidos. Esto ya es bastante en el camino de la democracia.
El gobierno sólo presenta dificultades cuando rigen los abogados con sus
procedimientos recelosos. Considera lo que ocurre en el lugar donde hay abogados.
¿Pero dónde están ahora? Muchos de ellos, los peores, desaparecieron cuando triunfó
mi legislatura. ¿No habéis conocido al último Lord Canciller?…
—Es necesario enterrar esos derechos y crearlos de nuevo. Los abogados viven
del derecho muerto, y nosotros queremos lo que esté vivo. Nosotros no necesitamos
más que un código, y con él el gobierno regirá sin trabas…
—Hoy, antes de que se ponga el sol, confía en mí; habremos abdicado todos
nosotros y declarado la república del mundo supremo e indivisible. ¡Si mi augusta
abuela levantara la cabeza! ¡Abdicado todos mis derechos! Y entonces gobernaremos
de veras. ¿Qué otra cosa puede hacerse? Sobre todo el mundo declararé, que no hay
tuyo ni mío, sino sólo nuestro. China y los Estados Unidos, y las dos terceras partes
de Europa, nos prestarán obediencia. ¿Qué otra cosa pueden hacer si están entre
nosotros sus hombres de Estado? Ninguna resistencia pondrán a obedecernos. Y
entonces declaramos que toda clase de propiedad queda en manos de la República…
—¡Pero señor! —exclamó Fermín de súbito.
—Eso va a realizarse en seguida.
—Mi querido Fermín, ¿crees que hemos venido aquí a charlar? Eso de charlar
estaba bien hace medio siglo, charlar y escribir. Mas ahora han cambiado las cosas y
hablaremos de una manera obvia no diciendo más que lo preciso.
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El rey se puso en pie.
Fermín, olvidando la costumbre de hacía veinte años, permaneció sentado.
—Bien —dijo por último—. Yo no sé nada.
El rey sonrió placentero. Le divertían estas charlas con Fermín.
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En la conferencia que iba a reunirse sobre la vega de Brissago había la más
heterogénea colección de prohombres que hasta entonces se había reunido. Soberanos
y próceres despojados de sus antiguos poderes aceptaban su nueva posición
humildemente.
Concurrieron a ella reyes y emperadores cuyas cortes eran ardientes focos de
destrucción; estadistas que vieron sus países convertidos en un caos, políticos y
potentados financieros.
Pensadores y hombres de ciencia también concurrieron, aunque con repugnancia,
para dirigir la parte técnica de los debates. De ellos, noventa y tres, se habían
adherido a las ideas que Leblanc había difundido por el mundo intentando llevarlas a
la práctica. Habiendo obtenido recursos del rey de Italia, de una manera tan sencilla
organizó la conferencia, procurando la mayor rapidez en sus procedimientos, que
mereció la aprobación de todos. Eligió al joven rey Egbert para presidente de la
Asamblea. Tenía Leblanc tanta fe en las aptitudes del rey que éste llegó a dominarlo.
Ante él adoptaba la actitud que un secretario puede tener ante su jefe, y todas las
órdenes del rey Egbert eran ejecutadas por Leblanc puntualmente. Creía que gracias a
la presidencia del rey habían de realizarse los proyectos del Congreso. Vestía Leblanc
en las sesiones un traje de seda blanco, y al hablar consultaba un montón de notas que
cerca de él tenía. Se justificó diciendo que nunca para hablar había necesitado notas;
pero que esta ocasión era excepcional.
Después se levantó para hablar el rey, y su discurso no defraudó a los
concurrentes.
La efusión de un generoso sentimiento humedeció los cristales de los lentes de
Leblanc.
El rey empezó diciendo:
—Vamos a prescindir de toda clase de etiquetas. Se trata de dar un nuevo
gobierno al mundo. Nuestra pretensión ha sido siempre dotar al mundo de un
gobierno eficaz, y es esta ocasión oportuna para realizar nuestro propósito.
—Naturalmente —asintió Leblanc con un rápido movimiento de su cabeza—.
Naturalmente —cuchicheó.
El rey añadió:
—El mundo ha sido desquiciado, y queremos montarlo otra vez sobre sus ruedas.
En esta crisis se precisa el concurso del buen sentido de todos sin que nadie
busque el provecho propio. ¿No ha de ser éste el tono que predominará en la
conferencia?
La concurrencia estaba formada por hombres viejos, endurecidos y de condición
heterogénea, poco propensos al entusiasmo; sin embargo, cuando el rey expuso sus
propósitos de abdicación y renuncia, el congreso le escuchaba atónito. Fermín tomaba
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notas, sentado detrás de su amo, escuchando lo que ya había oído en la montaña
cuando descansaban cerca de la amarilla retama. Con un extraño sentimiento que le
parecía un sueño, asistía a la proclamación del Estado del Mundo, y vió la pulsación
de los aparatos de la telegrafía sin hilos enviando mensajes sobre toda la superficie
del globo habitable.
—Dentro de poco —añadió el rey Egbert, con una alegre excitación en su voz—,
estarán en nuestro poder todos los átomos que haya de Carolinum, y todos los
inventos del género humano serán controlados por nosotros.
No era sólo Fermín el incrédulo en esta asamblea. Cierto que las personas que la
formaban eran razonables y había un fondo de benevolencia en su carácter; pero no
tenían una idea clara de la responsabilidad del poder, que unos poseían por
nacimiento y otros adquirieron en lucha; sin embargo, nadie olvidaba y todos
apreciaban la magnitud del desastre. Las circunstancias se impusieron a sus
inteligencias, que Leblanc había diligentemente cultivado.
Todos seguían al rey Egbert por el ancho y claro camino, aunque en sus
convicciones hubiera mezcla de extrañeza por la novedad de la empresa. Las cosas
marchaban fácilmente. El rey de Italia explicó las precauciones que se habían tomado
en previsión a cualquier ataque que pudiera hacerse al lugar donde se celebraba el
congreso. Un millar de aeroplanos vigilantes, equipados de todo lo preciso,
guardaban a los congresistas. Centinelas estaban convenientemente apostados, y
durante la noche unos veinte faros exploraban el cielo. A todo proveía Leblanc
diligente. Conocía estos lugares porque hacía veinte años había estado en ellos en
viaje de recreo con Madame Leblanc.
—Se han tomado toda clase de precauciones —explicaba—, considerando el
desorden de los estados que están cerca de nosotros. Por lo que pudiera ocurrir,
tenemos excelentes provisiones. No faltará leche fresca, ni el buen vino tinto, carne,
pan, ensalada, limones… Y espero que dentro de poco tiempo todas estas cosas, en
manos de un buen proveedor, mejoren…
Los miembros del nuevo gobierno del mundo comían en tres largas mesas
sostenidas sobre caballetes, y para suplir la flaqueza del menú, Leblanc había
extendido hermosos ramos de rosas como centro de mesa. En una meseta de la parte
inferior de la montaña se instalaron los auxiliares y la servidumbre.
Los debates de los congresistas tenían lugar durante las horas de la comida, al aire
libre, y el sol radiante de junio que se hundía tras la pétrea y obscura crestería del
monte esparcía su luz crepuscular sobre el banquete. No se guardaban sitios de
preferencia entre los noventa y tres congresistas que formaban el núcleo de la
asamblea. El rey Egbert se sentaba entre un simpático japonés pequeño y de lentes,
un significado prohombre de la política en Bengali y el presidente de los Estados
Unidos de América; más allá del japonés estaba Holsten, el viejo químico, y un paso
más lejos se sentaba Leblanc.
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El rey hablaba animadamente, abundando su charla en proyectos. Entabló una
amable discusión con el presidente americano. Decía éste que la asamblea carecía de
fuerza para resolver las dificultades que pudieran surgir.
Quería el presidente imprimir a los debates los procedimientos dominantes en la
tendencia trasatlántica. Englobar todos los problemas apelando a recursos
extraordinarios, acentuando la nota enérgica. Incurría en los defectos propios de su
pueblo. Decía que ahora iba a empezar una nueva era, a partir del día en que se había
reunido el congreso, marcado como el primero de un año nuevo.
El rey opinaba que ese acaecimiento había de demorarse.
—A partir del día de hoy, señor —decía el americano—, el hombre tomará
posesión de su herencia.
—El hombre —dijo el rey— siempre estuvo en posesión de su herencia. Tenéis
los americanos una debilidad peculiar por los aniversarios. Olvidáis mis propósitos en
la marcha del debate. Sí, yo repruebo esa afición que sentís por el efecto dramático.
Las cosas van acaeciendo siempre de manera indefinida; pero vosotros creéis que el
hecho acaece en un instante determinado, y todo el tiempo lo subordináis a esa fecha
precisa.
El americano afirmó que aquel día haría época.
—Seguramente —dijo el rey—; pero no vais a condenar a toda la humanidad a
que someta para siempre todos sus actos al hecho que acaeció el día 4 de junio. Es
inocente eso de celebrar los aniversarios: ningún día merece que se recuerde. ¡Ah,
vosotros no queréis como yo acabar con los días memorables! Mis abuelos
ratificarían vuestra opinión.
Lo peor de estos ostentosos aniversarios es que rompen la digna sucesión de
nuestras emociones contemporáneas; interrumpen; son un retroceso. De súbito surgen
las banderas y los fuegos de artificio, desenmohecen los viejos entusiasmos,
perdiéndose de súbito el sentido de las cosas actuales. A cada día le basta su cuidado.
Dejad que los muertos entierren a sus muertos. Esa preocupación vuestra por las
fechas del calendario es un sentimiento aristocrático, y yo soy demócrata. Yo sólo
aprecio lo que vive de su propio mérito. Ningún día actual debe grabarse con lo que
ya pertenece al pasado.
—¿Qué opináis acerca de esto, Wilhelm?
—Sí; para el noble todos los días son nobles.
—Exactamente; ésa es mi actitud —afirmó el rey, quedándose muy satisfecho de
lo que había dicho.
Entonces el presidente americano compelió al rey para que no charlase más de lo
referente al aniversario, porque era más interesante el tema de la política a seguir. Y
aquí surgía la verdadera dificultad. Podía dársele un gobierno único al mundo que
asegurara la paz; pero en precisar en detalle los procedimientos que habían de
aplicarse para obtener este resultado estribaba la dificultad. El rey advirtió que la
solución era difícil.
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Acaso la ciencia daría solución al problema. Por de pronto, el enorme presupuesto
de gastos que hasta entonces figuraba para el sostenimiento del ejército y armada,
debía rectificarse.
—Un hombre que trabaja vale por mil.
—Sólo hemos empezado a asomarnos a las soluciones probables —dijo el rey.
Y, dirigiéndose a Holsten:
—Vuestra opinión es estimable porque habéis sondeado los sótanos de la casa
donde se halla el tesoro.
—Son insondables —sonrió Holsten.
—El hombre —dijo el presidente americano deseando ratificar su opinión ante las
fluctuantes contradicciones del rey—, el hombre empieza ahora a tomar posesión de
su herencia.
El rey dijo dirigiéndose a Holsten:
—Decidnos algo que nos instruya; dadnos una idea de lo que debemos hacer en la
hora presente.
La opinión de Holsten abriría amplias perspectivas.
—La ciencia —exclamó el rey de pronto— es el nuevo rey del mundo.
—Nuestro punto de vista —dijo el presidente— es que la soberanía reside en el
pueblo.
—¡No! —dijo el rey—. La soberanía es algo más sutil que eso y menos
matemático. La soberanía no es mi familia ni nuestro pueblo emancipado: es algo que
flota por encima de nosotros, sobre nosotros y a través de nosotros. Es la voluntad y
la inteligencia común e impersonal. La ciencia es lo que más se asemeja a esa
soberanía. Es la mente de la raza. Ella nos ha reunido aquí a todos y ante sus
exigencias todos nos inclinamos…
Hizo una pausa, lanzando una mirada a Leblanc, y después continuó, dirigiéndose
a su primer antagonista.
—Hay una predisposición —dijo el rey— a considerar esta reunión, en la que
noventa hombres que se creen extraordinarios estamos tomando parte, como algo que
depende exclusivamente de nosotros; y creéis que, gracias a nuestra libre voluntad y a
nuestra sabiduría, vamos a unificar al mundo. Nos inclinamos a considerarnos a
nosotros mismos como hombres agudos y hábiles, y nos aplicamos otros muchos
elogios como éste; pero, en realidad, no somos nada de eso que nosotros creemos. Yo
dudo si la capacidad media de los noventa hombres aquí reunidos sería superior a la
de cualquier otro grupo de personas escogidas casualmente. No somos creadores: no
somos más que consecuencias. Hoy nosotros aquí no somos nada: lo es todo el viento
de la convicción que sobre nosotros sopla, reuniéndonos en este lugar.
El presidente americano confesó que le parecía algo dura la opinión que el rey
tenía de sus colegas.
—Holsten, tal vez, y uno o dos más de los que forman el Congreso, pueden
colocarse un poco más altos —concedió el rey—. ¿Pero el resto de nosotros?…
LA NUEVA FASE
FIN