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"El Mundo Se Liberta: Profecía Nuclear de Wells"

El mundo se liberta es una novela de ciencia ficción de H. G. Wells, escrita en 1913, que predice la guerra nuclear y describe un arma de destrucción masiva. Wells utiliza su conocimiento de la física atómica para explorar las consecuencias de la radiación y la desintegración de elementos como el uranio. La obra es un análisis profético de la humanidad y su relación con el poder y la tecnología.

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"El Mundo Se Liberta: Profecía Nuclear de Wells"

El mundo se liberta es una novela de ciencia ficción de H. G. Wells, escrita en 1913, que predice la guerra nuclear y describe un arma de destrucción masiva. Wells utiliza su conocimiento de la física atómica para explorar las consecuencias de la radiación y la desintegración de elementos como el uranio. La obra es un análisis profético de la humanidad y su relación con el poder y la tecnología.

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El

mundo se liberta es una novela de ciencia ficción de H. G. Wells, escrita en 1913 y


publicada originalmente en Londres en 1914.
En esta novela profética, Wells predice la guerra nuclear con décadas de anticipación
y describe las reacciones en cadena involucradas y la radiación resultante. Describe
un arma de enorme poder destructivo, lanzada desde el aire, que arrasaría con todo en
kilómetros, y utiliza el término «bombas atómicas».
Los científicos de la época eran muy conscientes del hecho de que la lenta
desintegración radiactiva natural de elementos como el radio continúa durante miles
de años, y que si bien la tasa de liberación de energía es insignificante, la cantidad
total liberada es enorme. Wells utilizó esto como base para la novela. El
conocimiento de Wells de la física atómica provino de la lectura de científicos como
William Ramsay, Ernest Rutherford y Frederick Soddy; este último había descubierto
la desintegración del uranio.

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H. G. Wells

El mundo se liberta
Una historia de la humanidad

ePub r1.0
lenny 11.03.2019

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: The World Set Free: A Story of Mankind
H. G. Wells, 1914
Traducción: Juan Guixé, 1926
Retoque de cubierta: lenny

Editor digital: lenny
ePub base r2.0

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Índice de contenido

Cubierta

El mundo se liberta

Preludio: Los cazadores del sol


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Capítulo I: El nuevo manantial de energía


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Capítulo II: La última guerra


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Capítulo III: El fin de la guerra


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Capítulo IV: La nueva fase


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Capítulo V: Los últimos días de Marcos Karenin


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Sobre el autor

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PRELUDIO

LOS CAZADORES DEL SOL

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1
La historia del género humano es la historia de la adquisición del poder externo. El
hombre es el animal que inventa el utensilio y hace el fuego. Desde el principio de su
terrenal carrera, le hallamos supliendo con su industria la fuerza y natural defensa de
las fieras por el calor del fuego y el rudo instrumento de piedra. Gracias a esos
inventos consigue superar al mono. Desde entonces empieza a progresar. Poco
después logra domeñar el poder del caballo y del buey; encauza, el hombre, la
energía del agua y la fuerza impetuosa del viento; aviva con fuelles la llama de la
hoguera, y sus instrumentos rudimentarios, reforzados con puntas de hierro y de
cobre, aumentan y varían, llegando a estar mejor construidos y siendo más eficaces.
Templa con el fuego el recinto de las casas y hace más fáciles sus medios de
comunicación, construyendo senderos y caminos. Complica sus relaciones sociales y
aumenta su eficacia gracias a la división del trabajo. Empieza a almacenar
conocimientos. A un invento sigue otro invento, y el precedente le habilita para seguir
adelantando. Avanza siempre en el largo recorrido, y aunque alguna vez retroceda
recupera otra vez el retraso.
Hace un cuarto de millón de años, el hombre más remoto era un salvaje, un ser
apenas articulado que habitaba la concavidad de las rocas: armado con rudo
instrumento tallado en pedernal, o con cayado torcido al fuego, desnudo, viviendo en
pequeños grupos familiares; asesinado por el hombre más joven, tan pronto como su
primera virilidad declinaba. Sobre la mayor extensión de la tierra, entonces desierta,
buscaríais en vano al hombre; sólo podréis hallarlo en el templado clima subtropical,
habitando valles ribereños, apacentando en los baldíos su exiguo rebaño: un macho
cabrío, algunas hembras; un chiquillo como pastor o algo a esto semejante.
No conocía el futuro en aquel entonces ni otra clase de vida que la propia. Vagaba
en torno a la cueva del oso; sobre las rocas llenas de mineral de hierro, que
encerraban en promesa la espada y la lanza; y acaso moría helado al borde de un
yacimiento de carbón de piedra; bebía agua enlodada en vaso de arcilla que alguna
vez sería la taza de porcelana; mascaba la espiga de trigo silvestre que él mismo
arrancara, y seguía, con un obscuro proyecto en sus ojos, el vuelo de las aves que se
remontaban más allá de su alcance. Pero de súbito, percibió la huella de otro macho y
rompió a rugir, siendo este rugido informe como una precursión o anticipo de
preceptos morales. Era, en los orígenes, el hombre, un gran individualista, no
pudiendo soportar a nadie que no fuera él mismo.
Por ende, a través de muchas generaciones, este torpe precusor de todos nosotros
luchaba, engendraba y perecía, cambiando apenas perceptiblemente.
Sin embargo, cambiaba. La imperiosa necesidad de adaptarse conformaba como
un cincel la garra del tigre y afinaba al torpe Orchipas hasta llegar a producir el tipo
del caballo rápido y grácil; esta necesidad de adaptarse hacía presión sobre él, y en

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este sentido trabaja todavía. El más torpe, el más feroz y estúpido entre ellos, era con
más frecuencia eliminado, prevaleciendo el tipo de mano más fina, de cerebro mayor
y de cuerpo mejor equilibrado; edad tras edad, los utensilios se perfeccionaban,
adaptándolos con más precisión a las necesidades que un mayor refinamiento
aumentaba. El hombre llegó a ser más variable; acrecían sus rebaños; ya no
expulsaba ni mataba a su hijo adolescente; un sistema de «clanes» o «tabús» hizo
posible la coexistencia; respetábase su organización entre los miembros del «clan», y
aun él transmitía su tradición después de la muerte, y en cada «clan» o «tabú» se
aliaban los hombres para luchar juntos contra las fieras y contra el resto del género
humano. Pero estaba prohibido tocar la mujer de la propia tribu; los hombres que la
formaban raptaban en otro «clan» las mujeres; mas cada hijo perseguía a su madrastra
y después se ocultaba, huyendo temeroso de la cólera que había excitado en el
«hombre más viejo» de la tribu. Sobre todo el mundo, perdurando hasta nuestros días,
se extendió el plan trazado en esos «clanes» o «tribus».
Y en este tiempo las cuevas fueron constituidas por chozas y cabañas; el fuego
fué mejor conservado y empezaron a usarse los vestidos; así pertrechados, los
hombres se propagaron por los climas más fríos, y en ocasiones las tierras de pan
llevar, abandonadas, al cultivarlas de nuevo, dieron sus frutos, iniciándose las labores
agrícolas.
Y ya las horas de ocio permitieron al hombre pensar.
El hombre comenzó a pensar. Llegó tiempo en que ya estuvo alimentado; se
apaciguaron sus codicias y temores y el sol que alumbraba las tierras baldías
encendió proyectos en sus ojos. El hombre labraba; empieza a descubrir relaciones
entre las cosas, y prosiguiendo en su tarea, llega al arte pictórico. Modela, entre sus
dedos, la arcilla maleable traída de la margen del río, y se complace en sacar copias
del modelo; da a la arcilla forma de vasos y comprende que pueden contener el agua.
Contempla la corriente del río y admira el manantial generoso de donde el agua
incesantemente mana; observa, entornando sus ojos al sol, y sueña que acaso algún
día podrá tenderle una trampa o cepo y herirlo con su lanza cuando el astro, tras las
colinas distantes, se retira a su morada. Se apresura a comunicar a su hermano que ya
ha realizado su sueño o al menos que ya alguien lo había ejecutado e imagina que
acaso un sueño tan osado como éste llevó, algún día, a la caza del mamuth, y
entonces empieza la ficción a abrirle el camino a la hazaña y surge la augusta
procesión de los sueños proféticos.
Durante veintenas y cientos de siglos, las miríadas de generaciones de nuestros
antepasados iban progresando. Desde el principio hasta la madurez o sazón de esa
fase de la vida humana, desde la grosera astilla del pedernal hasta el primer
instrumento de piedra pulimentada, pasaron dos o tres mil centurias, se sucedieron
diez o quince mil generaciones. Así, lentamente, por etapas humanas, toda la
humanidad llegó a manejar utensilios más perfectos que las naturales defensas de las
fieras.

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Este primer vislumbre de proyecto, esa primera historia de la hazaña, se le debe al
narrador o cuentista cuya figura hirsuta gesticulaba ante un espectador que bostezaba
distraído, a quien el narrador agarraba por la muñeca para que se interesara por su
relato.
En el principio fué éste el suceso más maravilloso que el mundo ha visto. Se
domó al mamuth y se tiende la trampa o cepo que había de cazar al sol.

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Este sueño fué sólo un corto lapso de tiempo en la vida del hombre, cuyo principal
cuidado era proporcionarse comida, matar a sus semejantes, según la manera de las
agrupaciones de los animales. En torno de él, ocultos por velos sutiles, estaban los
intactos manantiales del Poder, cuya magnitud aún hoy podemos sospechar apenas;
Poder que podría hacer realizables todos los sueños. Pero los cimientos de la raza
estaban echados, aunque desconociéndolos, muriese ciego el hombre.
Allá, en los fructíferos y cálidos valles ribereños, donde es abundante la
manutención y muy fácil la vida, domaba sus rencores llegando a ser, cuando las
necesidades elementales eran menos urgentes, más social, amable y tolerante,
organizando comunidades más amplias.
Empieza la división del trabajo, algunos se especializaron en sus conocimientos y
en sus orientaciones, el hombre fuerte se erigió en jefe guerrero, y el sacerdote y el
rey comenzaron a representar sus papeles en la apertura del drama de la historia del
hombre. La misión del sacerdote era sembrar en el tiempo de la sementera y recoger
la abundante cosecha, y la del rey dictar leyes para la paz y la guerra. En un centenar
de valles ribereños, próximos a la zona templada, había, hace ya una veintena de
miles de años, ciudades y templos de cuyo florecimiento no queda testimonio;
ignoraban el pasado y no sospechaban el futuro, porque en aquel entonces no se
conocía la escritura.
Muy lentamente el hombre aumentaba su dominio sobre la inimitable riqueza del
Poder que se ofrecía al alcance de su mano. Domesticó algunos animales y le dió un
sentido ritual a la agricultura primitiva y arbitraria. Con el uso de los metales el
hombre perfecciona sus medios de vida; fué empleando en su industria el cobre, el
estaño, el hierro, el plomo, el oro y la plata para suplir el uso de la piedra; aserró y
talló la madera, trabaja de alfarero, y en sus embarcaciones bogó río abajo hasta
llegar al mar; descubrió la rueda e hizo los primeros caminos; pero su principal
actividad durante más de un centenar de siglos fué la de subyugarse a sí mismo y a
sus semejantes para constituir grupos sociales cada vez más amplios. La historia del
hombre no es sólo la conquista del poder externo; es primeramente la conquista de
sus rencores y fierezas, en los que se condensaba, trabándoles, la herencia de los
instintos animales. Hay aún reminiscencias del mono en nosotros. Desde el albor de
la edad de piedra hasta la realización de la Paz en el Mundo, el mayor interés del
hombre es dominarse a sí mismo y a su semejante, comerciando, pactando,
promulgando leyes, transigiendo, esclavizando, conquistando, exterminando,
realizando, en fin, todo aquello que implicase incremento del Poder; tenaz en su
propósito, lucha de continuo para socializarse. Incorporar e incluir a sus semejantes
en un grupo social es la aspiración última y más fuerte de sus instintos. Ya antes de la
última fase de la edad de la piedra pulimentada, había llegado a ser un animal

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político. Hizo admirables descubrimientos dentro de sí mismo, acumulando datos,
primero en la tradición oral y después en los anales escritos, y así logró que el grupo
social inscripto en la ciudad ampliase sus dominios; en los valles del Nilo y del
Éufrates, y en los caudalosos ríos de la China, tuvieron lugar los primeros Imperios y
las primeras leyes escritas.
Los hombres, especializados en la lucha guerrera, dictaron leyes para los soldados
y para los caballeros. Más tarde, cuando aumentó el tonelaje de las embarcaciones, el
Mediterráneo, que hasta entonces había sido una barrera, fué un camino, y tras la
turbulenta política del pirata vino la gran guerra entre Cartago y Roma. La historia de
Europa es la historia de la victoria y del desastre del Imperio Romano. Todos los
monarcas de Europa, del primero al último, han imitado a César, llámense Kaiser o
Czar, Imperator o Kasir-i-Hind. Comparado con la vida de un hombre el período
comprendido entre la primera dinastía en Egipto y el invento del aeroplano, parece un
largo espacio de tiempo; pero aplicando una escala más amplia que abarque hasta la
edad de la piedra pulimentada, todo ese largo curso de tiempo es como una historia
acaecida ayer.
Durante un período de más de doscientos siglos, predominan los estados
guerreros, y las mentes de los hombres estaban principalmente ocupadas por los
sucesos políticos y las recíprocas agresiones. Por ende la adquisición del Poder
externo fué lenta, rápida si se compara con la de la edad de piedra; pero lenta
parangonada con la edad de sistemáticos descubrimientos en que vivimos.
Se modificaban apenas las armas y la táctica de la guerra; los métodos aplicados a
la agricultura, la navegación; el conocimiento del mundo habitable; la forma de vida
y los utensilios domésticos, en el lapso de tiempo comprendido entre los días de los
primeros Egipcios y la infancia de Cristóbal Colón (sic). Naturalmente, hubo
innovaciones y cambios; pero también había retrocesos; las cosas descubiertas fueron
otra vez olvidadas. Hubo en todo progreso; pero no por etapas sucesivas. Era la
misma la vida del hombre del campo; había sacerdotes y abogados, artífices en las
ciudades; señores terranientes, gobernadores, doctores, sabias mujeres, soldados y
marineros, en Egipto, China y Asiria y Sudeste de Europa; hacían las mismas cosas y
llevaban igual forma de vida que los hombres de la Europa del año 1500 después de
J. C. Los investigadores ingleses del año 1900 después de J. C., al hallar en las
excavaciones de Babilonia y de Egipto correspondencia familiar reveladora de la vida
privada de aquellos tiempos, y al leer los exhumados documentos legales, sintieron
perfecta simpatía con los hombres de aquella época. Hubo a través de este período
grandes cambios en lo religioso y en lo moral; la esclavitud experimentó en Italia
varias alternativas; censurada una y otra vez fué rechazada en el Nuevo Mundo. El
Cristianismo y el Mahometismo barrieron más de mil cultos diferentes; eran estos
cambios, en lo esencial, progresivas adaptaciones del género humano a las
condiciones de la vida material que fueron fijadas para siempre. La idea de cambios

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bruscos o de carácter revolucionario en la condición de la vida material, fué
completamente ajena al pensamiento del hombre de aquellos tiempos.
Pero el soñador, el forjador de historias, esperaba la oportunidad para
manifestarse, entre los negocios comerciales, en medio de tan diversas oscilaciones,
entre guerras y cortejos, en tanto se erigían castillos y catedrales, entre las artes y las
armas, las intrigas de la pequeña diplomacia, las interminables contiendas, cruzadas y
tráfico de la Edad Media. Ya no podía realizar sus especulaciones con la ilimitada
libertad de los tiempos salvajes de la edad de piedra; los preceptos que emanaban de
la autoridad eran un obstáculo en su sendero; mas realizaba sus investigaciones con
un cerebro mejor organizado; en ocio sedentario miraba al cielo siguiendo el curso de
los astros, o permanecía meditabundo con una moneda o pedazo de cristal en su mano
para deducir sus propiedades. En medio de la actividad y tráfico de esos días
quedábale al forjador de historias tiempo para pensar. Los hombres sentían
descontento ante la apariencia de las cosas, no les satisfacían las soluciones que daba
el credo ortodoxo; advertían la dificultad de interpretar el sentido de los ignorados
símbolos del mundo extendido en torno a ellos; y la sabiduría escolástica inquiría la
finalidad de los seres. No pudieron los hombres por más tiempo conformarse con su
vida cotidiana y el sentido vulgar de las cosas, desde que habían oído esta voz.
Estaban cada vez más convencidos de que era el mundo como una cortina o telón tras
el que había algo por nadie adivinado; pero que esos secretos eran Poder. Hasta
entonces lo que el hombre sabía del Poder lo había hallado por azar; pero ahora
aparecen estos investigadores, investigando, investigando entre objetos raros,
curiosos y dudosos, hallando utilizable a veces alguna cosa rara, en ocasiones
engañándose con fantásticos descubrimientos, otras en pretenciosa busca. Todo el
mundo y todos los tiempos se reían de estos seres excéntricos o les parecían enojosos
e insoportables, o bien inspiraban temor a las gentes convirtiéndolos en santos, en
magos y en hechiceros. Cierto que algunos en ocasiones codiciaban su trato; pero la
mayor parte de las veces los despreciaban. Sin embargo, estos seres excéntricos eran
de la sangre de aquel que primero soñó en atacar al mamuth, y el objeto que ellos
veían, aunque nadie lo inquiriera, era la trampa o cepo que había de cazar al sol.

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Entre estos investigadores puede incluirse a Leonardo da Vinci, que vivió en la corte
de Sforza, en Milán, dedicado a dignas abstracciones. Sus libros más conocidos están
llenos de profecías sutiles y de ingeniosas anticipaciones de los métodos empleados
por los primeros aviadores. Dürer fué su paralelo y Roger Bacon —a quien los
Franciscanos silencian— es de la misma estirpe. A ellos semejante fué un hombre
que vivió en una ciudad más antigua: Hero de Alejandría. Él conoció el poder del
vapor diez y nueve cientos de años antes de que fuera aplicado en la práctica. Y aún
más antiguo fué Arquímedes de Syracusa, y todavía más remoto el legendario
Vaedalus de Cnossos.
Siempre que en el decurso de la historia hay una tregua en la brutalidad guerrera,
surgen los investigadores. Y aun los alquimistas pueden casi incluirse en la tribu de
ellos.
Cuando Roger Bacon ideó el primer fusil de pólvora, pudo suponerse que iba a
llegarse pronto a la máquina explosiva; mas no aconteció de esta suerte. No es
posible que este hecho ocurriera entonces.
La metalurgia era demasiado rudimentaria para construir esa máquina, aunque ya
estuviera ideada. Durante algún tiempo no pudo fabricarse un instrumento bastante
sólido para resistir la nueva fuerza de la pólvora, aunque sólo fuera para arrojar un
proyectil. Este cañón del primer fusil no tenía más resistencia que la ensambladura de
un tonel de madera; y el mundo esperó más de cinco cientos de años antes de que la
máquina explosiva se aplicara.
Aunque los investigadores hallaran alguna cosa, transcurre largo espacio de
tiempo hasta que en el mundo puedan utilizarse los inventos, aun en su aplicación
más cilla. Si el hombre, en general, ya no era tan ciego para percibir las
inconquistadas energías latentes a su alrededor, cómo su precursor del tiempo
paleolítico, era, en el mejor caso, un miope.

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La energía latente del carbón y el poder del vapor esperaron largo tiempo al margen
de los descubrimientos, antes de que empezaran a influir en la vida humana; es
indudable que hubo muchos inventos como aquel fuego de Hero de Alejandría; mas
cayeron luego en olvido; durante algún tiempo sirvieron de esparcimiento y diversión
en cortes y palacios; y no era necesario que el carbón fuese explotado en las minas a
la par del hierro para que la inversión fuese algo más que mera curiosidad. Y es digno
de notarse que los primeros ensayos de la aplicación del vapor se hicieron para
menesteres guerreros.
En un folleto del tiempo de Isabel se hace referencia al uso, como armas
arrojadizas, de botellas encorchadas, de hierro, llenas de agua hirviendo. El empleo
del carbón para la combustión; la fundición de hierro en gran escala que el hombre no
había hecho nunca antes; el vapor aplicado a la bomba aspirante impelente, la
maquinaria y el barco de vapor, se sucedieron con una necesidad lógica. Es el
capítulo más interesante en la historia de la inteligencia humana, la historia del vapor,
como un hecho en la conciencia del hombre, siguiendo el proceso en el
perfeccionamiento de la turbina mecánica como precedente a la utilización del poder
intramolecular. Casi todos los hombres habían visto el vapor durante muchos miles de
años, sin que solicitara su atención. Las mujeres, en sus quehaceres domésticos, veían
de continuo el agua en ebullición, impeliendo las tapas de las cazuelas. Millares de
gentes, en tiempos diversos, habían observado la fuerza del vapor, viendo las rocas
empujadas fuera del cráter de los volcanes como balas y triturarlas hasta reducirlas a
espuma. Y puede investigarse en los archivos humanos formados con cartas, libros,
inscripciones y cuadros, sin que se halle en todos ellos ni un vislumbre de que el
vapor es una fuerza y de que esa energía es susceptible de aplicación. Pero de súbito
el hombre se irguió de su sueño, y una red de vías se extendió por el globo. Los
barcos de hierro, engrandeciéndose de continuo, empezaron su lucha vacilante contra
el viento y las olas.
El vapor es el que primero llega de entre los nuevos poderes, y empezó entonces
la Edad de la Energía, que había de cerrar la larga historia de los Estados guerreros.
Pero durante largo tiempo los hombres no advirtieron la importancia de esta
novedad, no fueron capaces de comprender que un hecho fundamental había
acaecido.
Le llamaron a la máquina de vapor «caballo de hierro» y supusieron que las
substituciones, que gracias a ella iban a realizarse, eran parciales y sin importancia.
La máquina de vapor y la producción fabril revolucionaron, notablemente, las
condiciones de la producción industrial. Una incesante corriente humana fué desde el
campo a la ciudad, condensándose, la población, en pocos centros urbanos. Las
mercancías llegaban salvando enormes distancias, hecho sin precedente, en

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comparación de las cuales nada significaba el viaje de aquellas embarcaciones que,
cargadas de trigo, llegaron a Roma. Caudales emigratorios de pueblos, cada vez
mayores, tuvieron lugar, ante Europa, el Oeste de Asia y América.
Sin embargo, ese descubrimiento abría un nuevo cauce en la vida del hombre. Era
como si se hubiera abierto una compuerta en cuya represa las aguas estancadas se
acumulaban.
El sobrio inglés del final del siglo XIX podía sentarse a su mesa de comedor en la
hora del desayuno, optando por el té de Ceylán o el café del Brasil, devorando un
huevo procedente de Francia con algún jamón dinamarqués o comer una costilla de
cordero de Nueva Zelanda, terminando el desayuno con un plátano de la India
Occidental; echar una ojeada a los últimos telegramas de todo el mundo, enterarse de
cómo marchaban los asuntos en el Sur de África, el Japón y Egipto, y sin embargo,
decirles a los niños que estaban a su lado, continuación de su remota ascendencia,
que el mundo cambiaba muy poco. Podían jugar al «cricket»; arreglarse el pelo
cuando lo hubieran menester; ir a la vieja escuela a la que él había ido; emperezarse
leyendo las lecciones que a él también le aburrían; aprender algunos fragmentos de
Horacio, Virgilio y Homero, y que haciendo esto, todo marcharía bien para los
chicos.

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La electricidad, a pesar de merecer prelación en su estudio entre esas dos energías,
irrumpe en la vida cotidiana del hombre pocas décadas después de la aplicación del
vapor. La electricidad, como en aquél, sin embargo de su ostensible proximidad al
género humano, éste permanece completamente ciego con relación a sus efectos
durante tiempo incalculable.
¿Puede darse nada más enérgico que las llamadas de la electricidad solicitando la
atención del hombre? Truena en sus mismos oídos, se le manifiesta en el relámpago
cegador, en ocasiones lo mata y, sin embargo, no se pára a reflexionar en este
fenómeno como si de una manera directa no le concerniera. Entra la electricidad en la
casa del hombre y en el gato, que ve a su lado, se le manifiesta, insinuante,
arrancando chispazos el felino cuando alguien frota su piel. Y, sin embargo, no se
registra un caso de alguien que haya preguntado por qué la piel del gato chisporrotea
o cuál es la causa de que el cabello sea tan rebelde al cepillo en los días helados, antes
del siglo XVI. Durante interminables años parece que el hombre se ha propuesto no
parar mientes en estos fenómenos hasta que el nuevo espíritu del Investigador se
vuelve hacia ellos.
¡Cuántas veces hechos como éstos se miraron sin darle importancia, antes de que
el ojo especulativo llegara al momento de la visión! Fué Gilbert, médico en la corte
de la reina Isabel, quien primero reflexionó sobre estas cosas al frotar, con un pedazo
de seda, trozos de ámbar y de vidrio, y desde entonces, con rapidez, la mente humana
se percató de la manifestación universal de este fenómeno. Y aun en aquella época la
ciencia de la electricidad quedó reducida a un pequeño grupo de hechos curiosos
durante cerca de doscientos años. Hechos que, conjeturalmente, se relacionan con el
magnetismo y con la electricidad atmosférica.
Ancas de rana pendientes de ganchos de cobre en contacto con una barra de
hierro, se agitan innumerables veces antes de que Galvani reparase en el fenómeno.
Excepto en la invención del pararrayos, sólo doscientos cincuenta años después de
Gilbert, la electricidad, que era mera curiosidad en el gabinete del científico, entró en
la vida del hombre vulgar. Entonces, súbitamente, en la mitad del siglo comprendido
entre 1880 y 1930 surge la máquina de vapor aplicada a la tracción y a los usos
domésticos, y por fin se llega a la telefotografía y al teléfono sin hilos, que suprimen
las distancias.

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Había una extraordinaria resistencia mental hacia los descubrimientos y los inventos,
por lo menos aún en un centenar de años después que la revolución científica
empezó. Cada nuevo invento se abría camino, en la práctica luchando contra el
escepticismo y los obstáculos, que aumentaban a medida que el descubrimiento
progresaba.
Un escritor reproduce, acerca de estos sucesos, un gracioso diálogo doméstico,
que ocurre, según él, en el año 1898, dentro del plazo de diez años en que se hicieron
los primeros ensayos de aviación.
Él nos refiere cómo, sentado a su pupitre de estudio, entabló conversación con su
hijo pequeño.
El chiquillo estaba profundamente turbado. Él sentía deseos de hablar muy
seriamente a su padre; pero como era un mocito amable no quería hacerlo con
demasiada dureza. El hecho acaeció de la manera siguiente:
—Yo quisiera, papaíto —dijo el chiquillo entrando en materia—, que no
escribieras más acerca de esas bagatelas que hablan de los vuelos. ¡El tendero se
burla de mí!
—¿De veras? —dijo su padre.
—Y el viejo Broomie, quiero decir el director del colegio, también se chancea…
¡Todo el mundo se burla de mí!
—Pues se volará muy pronto.
El chiquillo estaba muy bien educado y no quiso contradecir a su padre diciendo
lo que pensaba acerca del particular.
—De todos modos —le dijo—, yo desearía que no escribieras más acerca de ese
asunto.
—Tú volarás dentro de poco tiempo, antes de que mueras —aseguró el padre.
El muchacho le miró entristecido.
Su padre dudó un momento; pero después, abriendo su carpeta, le mostró al niño
un bosquejo que era la ampliación de una fotografía.
—Ven aquí y mira esto —le dijo.
El muchacho se acercó a él. La fotografía representaba un arroyo que discurría
por un prado y lejos, entre los árboles, se percibía en el aire una pincelada negra
semejando una superficie plana a la cual se adosaban alas. Era el primer proyecto del
primer aparato más pesado que el aire que se sostenía en la atmósfera gracias a la
fuerza de un motor. Escrito en el margen se leía: «¡Cada vez iremos más arriba, cada
vez más altos!», por S. P. Langley, Instituto Smithsoniano, Washington.
El padre observó el efecto que este documento probatorio había producido en su
hijo.
—¿Qué te parece? —le dijo.

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—Esto —contestó el muchacho después de reflexionar— es solamente un
proyecto.
—Un proyecto hoy, una realidad mañana.
El muchacho duda, mas de súbito se decide argumentando con una persona a
quien consideraba omnisciente.
—Pero el viejo Broomie —contestó— dijo ayer a los chicos en clase que el
hombre no volaría nunca; «quien haya visto —nos decía— caer una gallina silvestre
o un faisán en un tiro al suelo, jamás creerá en semejante cosa».
Aquel muchacho, durante su vida, voló sobre el Atlántico y escribió recordando
la conversación que había tenido con su padre.

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A fines del siglo XIX, como multitud de documentos literarios lo atestiguan, se pensó
que el hombre, por el hecho de haber convertido el vapor, que antes le abrasaba, en
objeto de tráfico, y de utilizar para fines prácticos la electricidad, que antes lo
fulminaba desde el cielo, era una prueba cumbre del coraje de la inteligencia humana.
El tono de «Nime Dimittis» sonaba en algunos de estos escritos.
«Las grandes cosas han sido descubiertas —escribió Gerald Brown en su resumen
del siglo XIX—. Para nosotros, el trabajo que nos resta es cuestión de detalles.» Sin
embaí go, el espíritu del investigador era aún raro en el mundo; la educación era
torpe, faltándole al estudiante estímulo y aprecio; eran contadas las personas que se
dedicaban a la ciencia y el método de investigación científico, que entonces se usaba,
no era más que un débil bosquejo, empezando apenas los descubrimientos. En donde
antes sólo había una veintena de investigadores, aparecen en este siglo a miles, y por
unos cuantos especuladores que en 1800 descorrían apenas la cortina o tela que oculta
las apariencias, hay ahora cientos; pero ya la Química, que durante la mayor parte del
tiempo comprendido en esta centuria parecía satisfecha con el descubrimiento de sus
átomos y moléculas, se preparaba para dar, próximamente, un paso gigantesco que
habría de revolucionar la vida de punta a cabo.
Se comprueba lo elemental que era la ciencia de aquel tiempo cuando se
considera el caso de la composición del aire. Lo estudió un genio extraño y aislado:
ese hombre de inteligencia desengañadora fué Henry Cavendish. Teniendo en cuenta
los elementos de que disponía, su obra está admirablemente hecha. Él separó todos
los elementos conocidos que integran la composición del aire, con una precisión muy
digna de notarse. Cavendish anotó las dudas que acerca de la pureza del nitrógeno
existían. Durante más de cien años sus experimentos se repitieron en todo el mundo y
su aparato de investigación llegó a ser «clásico», como suele decirse, conservándose
en Londres. Y siempre, cada una de las innumerables veces que se repitió este
experimento, el componente fugitivo llamado argón se escondía en el nitrógeno (con
una pequeña porción de helium y vestigios de otras substancias conducentes al nuevo
camino de lo que la química llegaría a ser en el siglo XX). En todas las repeticiones
del experimento el argón se deslizaba, inaprehensible, entre los dedos del profesional.
¿Tiene algo de extraño que con este margen de incuria que se advierte en los
albores del siglo XX, los inventos científicos fueran sólo una sucesión fortuita de
accidentes en vez de una sistemática conquista de la natura?
Pero el espíritu investigador se esparció por todo el mundo; ni aun el catedrático
podía refrenarlo. Por un puñado de curiosos que en el siglo XIX trataban de descubrir
los secretos de la naturaleza, hay ahora, en el XX, miríadas de investigadores que
escapan de los límites fijados por la rutina intelectual y por las costumbres de la vida

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cotidiana, difundiéndose por Europa y América, Norte y Sur, por el Japón y la China,
por todas partes, en fin, de la superficie del mundo.
Fué en 1910 cuando los padres del joven Holsten, a quien toda una generación de
hombres científicos llamó «el más grande químico de Europa», habitaron una villa
cerca de Santo Domenico, entre Fiesole y Florencia.
Atrajo principalmente la atención del investigador el fenómeno de la
fosforescencia por su aparente falta de relación con cualquier otro origen o manantial
de la luz.
Nos dice en sus memorias cómo observaba atento las mariposas de luz en sus
raudos giros resplandecientes, que volaban entre los árboles negros bajo el cielo de
un azul cálido de las noches de Italia, cómo lograba cogerlas y, guardándolas en
jaulas, las disecaba, estudiando minuciosamente la anatomía general de los insectos,
observando el efecto que sobre ellas producían determinados gases, y sometiendo sus
luces a diversos grados de temperatura. Entonces, el feliz hallazgo de un juguetillo
científico, inventado por Sir William Crookes, un juguete que se llamaba el
«espinthariscopio», en el cual unas partículas de radium impregnadas en sulfito de
zinc lo hacían luminoso, indujo a Holsten a asociar esas dos series de fenómenos. Fué
una feliz asociación para sus estudios. Siendo también afortunado suceso el que se
hallasen unidos el don del matemático y la afición a esa clase de investigaciones.

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Mientras Holsten, aún un chiquillo, se alucinaba en Fiesole con el vuelo de las
mariposas de luz, un profesor llamado Rufus daba en Edimburgo un curso de
conferencias de tarde acerca del radium y de la radioactividad. Estas lecturas habían
llamado vivamente la atención del público. El profesor leía estas conferencias en un
pequeño teatro, y el auditorio acrecía considerablemente a medida que el curso
progresaba. Cuando las conferencias finalizaban, la muchedumbre atestaba el teatro.
Algunos permanecían en pie sin dar muestras de fatiga, fascinados por tan sugestiva
lectura. Era entre todos el más entusiasta un muchacho de cabezota risible, cuyo
cabello tenía la aspereza de un estropajo; era natural de las Higlands o montañas. Se
sentaba sosteniendo su rodilla entre sus manos grandes y rojas; bebía, con sus ojos
saltones, cada palabra del conferenciante, y con la emoción se le encendían los
carrillos y le ardían las orejas.
—Por consiguiente —decía el profesor—, vemos que el radio, que parecía
primeramente una excepción fantástica, una radical inversión en todo lo que se
consideraba fundamentalmente establecido, es sólo, en realidad, un elemento más. Él
se manifiesta en sus efectos de manera más ostensible y poderosa, en tanto que la
acción de los otros elementos es lenta y apenas perceptible. Es como una gran voz
aislada que prorrumpe en el silencio, descubriendo una muchedumbre que se agita en
las tinieblas. El radium es un elemento que rompe con todo lo establecido, tirándolo
por tierra hecho pedazos; pero tal vez los otros elementos han realizado algo
semejante, aunque no de manera tan perceptible; puede entre éstos contarse el
uranium, el thorium —la materia que cubre a este gas incandescente—, el actinium, y
me parece que aún estamos empezando la lista. Ahora sabemos que el átomo, que se
creyó duro e impenetrable, indivisible e inanimado, es en realidad un recipiente de
inmensa energía Tal descubrimiento es el más admirable en este orden de
investigaciones; poco tiempo hace pensábamos que el átomo era a modo de un
ladrillo, como material para construcción, cual algo, en fin, sólido, compacto e
inanimado; mas ¡he aquí! que estos ladrillos son cajas, cajas de caudales, recipientes
llenos de intensa fuerza. Este recipiente o pequeña botella contiene alguna porción de
óxido de uranium, esto es, cerca de catorce onzas del elemento uranium, que
equivale, próximamente, a una libra. En esta botella, señoras y señores, en los átomos
que contiene esta botella, hay tanta energía latente como en la obtenida en la
combustión de 160 toneladas de carbón. En una palabra: si súbitamente pudiera
soltarse esa energía, todos los que estamos aquí ahora volaríamos hechos pedazos; si
esa energía pudiera aplicarse a un motor de luz, la ciudad de Edimburgo
resplandecería durante una semana; pero hasta ahora ningún hombre sabe cómo la
energía contenida en este pedazo de materia puede descargarse de repente: cierto que
se va desprendiendo; pero poco a poco, como por cuentagotas. Lentamente el

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uranium se cambia en radium, el radium en la emanación del gas radium, y éste de
nuevo en lo que llamamos radium, etc., y en esa manera continúa el proceso, dando
lugar al nuevo estado de energía en la forma a que ha llegado actualmente; pero esa
energía no puede precipitarse de una manera rápida.
—¡Te comprendo, hombre! —cuchicheó el muchacho de la cabezota ridícula, y
con nerviosidad su mano roja se retorcía como un tornillo sobre su rodilla—. Te
comprendo, hombre. ¡Oh, sigue, sigue!
El profesor continuó tras breve pausa:
—¿Por qué este cambio gradual? ¿Por qué esta pequeña fracción de radium se
desintegra en cada segundo? ¿Por qué se distribuye de una manera tan lenta y exacta?
¿Por qué todo el uranium no se cambia de repente en radium, y todo el radium en la
substancia inferior? ¿Por qué ese desprendimiento gota a gota y no «en masa»?
Suponed que hemos hallado la forma de que esa energía se descargue súbitamente.
El muchacho de la cabezota ridícula la agitó con rapidez.
La idea prodigiosa de una manera inevitable había surgido. El muchacho,
agarrándose su rodilla, la alejó hasta su mentón, y removiéndose excitado en el
asiento, repetía:
—¿Por qué no? ¿Por qué no?
El profesor levantó su dedo índice.
—Dado este supuesto —dijo—, notad las cosas que seríamos capaces de hacer;
teniendo el hombre en su mano la fuerza de tan poderoso manantial de energía,
podría alumbrar una ciudad durante un año, o volar una flota de barcos de guerra, o
impeler a través del Atlántico nuestros gigantescos buques mercantes; pero somos
inhábiles para acelerar el proceso de desintegración en cualquiera de estos elementos;
es la disminución tan lenta que escapa a nuestros instrumentos más precisos de
mensuración. Cada fragmento de materia sólida llegaría entonces a ser en el mundo
un eficaz recipiente de fuerza concentrada. ¿Os hacéis cargo, señoras y señores, de la
importancia que estos hechos tienen para nosotros?
El de la cabeza de estropajo la movió con rapidez.
—Ello significaría un cambio en las condiciones de la vida humana que sólo
puede ser comparable al descubrimiento del fuego, ese invento que elevó al hombre
sobre el bruto. Nosotros estamos en relación a la radioactividad en la misma relación
en que estaban nuestros antepasados antes de encender el primer fuego. Lo conocían
entonces como algo que estaba más allá de su dominio; era en el cráter del volcán
llama vacilante o rojo elemento destructor que se propagaba a través de los bosques.
Tal es lo que hoy conocemos de la radioactividad. Ésta será el alba de un nuevo día
en la vida del hombre. En aquel grado de civilización que tuvo su comienzo en el
martillo de pedernal y en el palo torcido al fuego del salvaje, hasta el tiempo actual en
el que, gracias a los elementos disponibles de energía, nuestras crecientes necesidades
podían satisfacerse, descubrimos la posibilidad de una civilización completamente
nueva. Esa energía tan necesaria para nuestra existencia y que la Naturaleza nos

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suministra de manera tan paulatina, está cerrada bajo llave en cantidades
inconcebibles muy cerca de nosotros. Hasta el presente no hemos podido dar con esa
clave, pero…
Hizo una pausa. Su voz se apagó tanto que el auditorio tuvo que esforzarse para
escucharle.
—… la conseguiremos.
»Entonces —dijo, levantando otra vez su dedo flaco, gesto en él peculiar—.
Entonces, esa perpetua lucha por la existencia, esa constante lucha para vivir de la
escasa energía sobrante en la Naturaleza, dejará de ser la herencia del hombre. Éste
dará un paso desde el pináculo de la actual civilización al principio de la siguiente.
Yo no poseo elocuencia, señoras y señores, para expresar la visión del porvenir de la
vida material que se abre ante nosotros. Ya veo los continentes ahora desiertos,
transformados; los helados polos ya no serán inhabitables, el mundo entero será como
un Edén. Yo veo el poder del hombre llegar hasta las estrellas.
El conferenciante paró bruscamente. El gesto que hizo al contener su aliento,
muchos actores u oradores podrían envidiarlo.
La lectura había terminado; el auditorio quedó suspenso y en silencio profundo; a
poco empezó a fluctuar y a removerse preparándose para salir. En la sala se
encendieron más luces, y lo que antes era una masa de figuras borrosas fué ahora
brillante confusión de movimiento. Algunos llamaban a sus amigos, otros en tropel
subieron al escenario para observar los aparatos que el conferenciante manejara
durante la lectura, y para tomar notas de sus diagramas; pero el muchacho de la
cabezota ridícula, cuyo cabello era de estropajo, salió sin reparar en nada, abstraído
en las reflexiones que la conferencia le sugiriera. Necesitaba quedarse a solas con sus
pensamientos. Marchó abriéndose camino a codazos, con lento andar bovino,
alejándose temeroso de que alguien le hablara, invadiendo con la conversación la
esfera ardiente de su entusiasmo.
Él iba a través de las calles con faz transportada, como un santo que ve visiones.
Tenía sus brazos demasiado largos, y de forma ridícula sus grandes pies. Necesitaba
permanecer solo, elevarse sobre la muchedumbre vulgar que tropezaba en la vida
cotidiana.
Echó a andar, llegando hasta la cima llamada el Sitio de Arturo, y allí se sentó
envuelto en el oro del ocaso. De tiempo en tiempo cuchicheaba una frase que quedó
grabada en su mente.
—Si —murmuraba—, si yo pudiera dar con esa clave.
El sol se abatía sobre las colinas lejanas. Ya no irradiaba sus rayos; era como un
globo de un oro rojizo colgado de las grandes y espesas nubes que lo absorbían.
Lo observó primero distraído y después con fijeza persistente. A su mente llegó
en imagen un extraño eco de aquella salvaje Edad de Piedra; parecióle ver esparcidos
montones de huesos de hacía más de cien mil años.

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—Tú, rojo globo de sol —dijo. Sus ojos brillaban; dobló su mano como si
pretendiera coger algo—. Tú, cosa roja, yo te dominaré, a pesar de todo.

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CAPÍTULO I

EL NUEVO MANANTIAL DE ENERGÍA

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1
El problema que ya había sido discutido por hombres científicos como Ramsay,
Rutherford y Soddy en los primeros años del siglo XX, el problema de convertir la
radioactividad en elementos más densos y pesados para poder así sondear la energía
interna de los átomos, fué resuelta gracias a una admirable combinación de
inducción, intuición y azar, por Holsten hacia el año de 1933. Desde los primeros
hallazgos de la radioactividad hasta su primera aplicación a los fines humanos, media
más de un cuarto de siglo. A partir de esa fecha, aun durante el plazo de veinte años,
pequeñas dificultades impiden que la radioactividad se aplicara con éxito completo;
pero lo esencial en este orden de investigaciones ya se había hecho. En este año
traspuso en su marcha el progreso humano un nuevo límite. Se realizó una
desintegración atómica en una diminuta partícula de bismuto, que explotó con gran
violencia en un pesado gas de extrema radioactividad, el cual fué desintegrado a su
vez en el plazo de siete días, y sólo después de otro año de trabajo el investigador
pudo demostrar prácticamente que el último resultado de la descarga rápida de
energía era oro. Pero la experiencia estaba hecha, aunque el verificarla le costara al
operador una quemadura y una herida en un dedo, y desde el momento en que la
invisible mancha de bismuto fué ya una energía separada, Holsten comprendió que
había abierto un camino al género humano que, aunque angosto y obscuro, podía
conducir a mundos de poder ilimitado. Él anotó un extraño diario biográfico que legó
al mundo, un diario que fué redactado en el momento en que le afluían
especulaciones y cálculos, extensa y asombrosa minuta, documento humano de
sensaciones y emociones que la humanidad entera podría comprender.
Daba Holsten con frases entrecortadas y con palabras sueltas, aunque no por eso
menos expresivas, una relación hecha en el proceso de veinte horas, de la exactitud
de sus demostraciones, intrincados cálculos, computaciones y conjeturas.
«Yo creo que no podría dormir» —escribe; las palabras omitidas estaban suplidas
con paréntesis (los cálculos sobre eso) «dolor en (la) quemadura de la mano, (el)
admirador de lo que yo había hecho… «Durmió como un niño.»
A la mañana siguiente se sintió extraño y desconcertado; no tenía nada que hacer,
vivía solo en una habitación situada en Bloomsbury, y decidió dar un paseo subiendo
hasta Hampstead Heath, que había conocido cuando lo frecuentaba siendo muchacho,
como un campo de recreo. Tomó el ferrocarril subterráneo, que era entonces en
Londres medio de comunicación de una punta a otra de la ciudad, y subió a pie calle
de Heath arriba, desde la estación que se abría en el parque.
Halló allí una zanja llena de tablones y andamios, delimitada por las casas
derruidas. El espíritu del tiempo se había asido a aquel paraje inclemente, angosto y
escarpado, y actuaba en tal lugar para transformarlo según los ideales estéticos
preconizados por Neo-Georgian. Tan ilógica es la psicología humana, que acabando

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Holsten de realizar un invento que había de ser como un petardo puesto bajo las
costumbres de la civilización entonces actual, vió con un sentimiento de desagrado
los cambios que en aquel paraje habían tenido lugar. Miles de veces había subido por
la calle de Heath, parándose ante los escaparates de las pequeñas tiendas, pasando el
tiempo en el teatro-cinematógrafo ya desaparecido, y admirando los altos edificios,
primeras obras de Georgian, sitos en la banda derecha de la barranca que servía de
paraje; sintió ahora extrañeza ante las reformas realizadas en este sitio, añorando las
para él familiares ya desaparecidas. Sintió alivio al abandonar aquel laberinto de
trincheras, grúas y zanjas, y continuando su paseo fué a salir cerca del puente de la
Piedra Blanca, ya desde hacía tiempo para él conocido.
Aun flanqueaban la calle a derecha e izquierda las viejas y hermosas casas de
ladrillo; el puente había sido embellecido por un pórtico de mármol y en la esquina de
la calle se alzaba la fachada blanca de la hostería en cuyo pórtico se esculpían ramos
de flores; se veía la azul colina de Haroow y la torre del mismo nombre, brillaba el
agua de los estanques entre la arboleda del parque y ensombrecían de tiempo en
tiempo el paisaje las nubes impelidas por el viento. Era aquel elevado paraje como
una ventana abierta sobre Londres. Todas estas cosas que en torno se veían, difundían
tranquilidad en el espíritu. Era la misma que en otro tiempo la muchedumbre que por
aquel lugar paseaba; la misma la continua corriente de automóviles que partiendo de
Galbatical se deslizaban fugitivos hacia la campaña. En una parte del parque tocaba,
como antes, una banda de música, en otra se agrupaban en un meeting las mujeres
sufragistas discutiendo, gracias a la tolerancia, sus adquiridos derechos, que servían
otra vez de burlas necias a la plebe. Allá grupos de oradores socialistas y políticos.
Era también el mismo que antaño el ladrido salvaje de los perros que en su alegría
frenética parecían bendecir la mano que los soltara de su cadena. A lo largo de
camino de los Españoles paseaba una vasta muchedumbre comentando lo
distintamente que, en aquella tarde clara, se percibía la ciudad de Londres.
El joven Holsten caminaba pálida la faz y vacilante el paso, delator de la fatiga de
unos nervios esforzados en las tareas y de un cuerpo debilitado por exceso de estudio.
Al llegar al puente de la Piedra Blanca se detuvo en la encrucijada dudando cuál
camino había de tomar. Volteando el bastón en su mano, permanecía indeciso; mas
era preciso decidirse por un camino para no aguantar los empujones de los que por el
sendero marchaban. Se sintió, confesándoselo, «inadecuado para la vida cotidiana».
Se consideraba inhumano y nocivo. Toda la gente en torno a él tenía aspecto de
próspera dicha, de felices y alegres, de bien hallados con la vida que llevaban —un
domingo para lucir los mejores trajes en apacible paseo, después del trabajo de toda
la semana—, pero él iba a botar al agua algo que desorganizaría la fábrica entera,
sostén de las ambiciones, satisfacciones y esparcimiento de aquellas gentes.
—Me siento —se dijo el inventor— como el imbécil que deja en manos de un
niño una caja llena de revolvers cargados.

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Holsten encontró a un hombre llamado Lawson, antiguo compañero de colegio; la
historia solamente sabe de él que tenía la cara roja y un perro terrier. Los dos amigos
caminaron juntos, y advirtiendo Lawson la palidez y aspecto débil de su compañero,
díjole que necesitaba holgarse porque su semblante revelaba exceso de trabajo.
Ambos amigos se sentaron en lugar próximo a la Casa-ayuntamiento de Galders Hill
Park y enviaron a un camarero al «Bull y Rush» por un par de botellas de cerveza,
partiendo sin duda de Lawson la invitación. La cerveza calentó el entumecido
organismo de Holsten. Éste empezó a explicar a Lawson lo que su gran invento
significaba. Lawson fingía atención; pero carecía de cultura y de imaginación para
comprender a su amigo… «En fin, antes de que transcurran muchos años este
invento, eventualmente, cambiará la guerra, el tráfico, el alumbrado, toda clase de
manufactura, todo lo concerniente, en fin, a la vida material humana.»
Entonces, Holsten se detuvo bruscamente; Lawson, al levantarse, le había pisado
un pie.
—¡Ese condenado perro! —gritó Lawson—. Míralo ahora, ¡Jí, aquí! ¡Fiuu, fiuu,
fiuu! ¡Ven aquí, Bobs, ven aquí!
El joven científico, que aun llevaba su mano vendada, quedó fatigado después de
explicar las investigaciones admirables que tanto tiempo le habían absorbido. Por un
momento Holsten miró a Lawson con atónita fijeza, observando el efecto que la
explicación del invento había producido en su amigo.
Pero haciéndose cargo, dijo: «¡Bien!» Sonrió con timidez y apuró el bock de
cerveza.
Lawson se sentó otra vez.
—Madame tiene obligación de vigilar su perro —dijo en tono de excusa.
—¿Qué estaba usted diciéndome?

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2
Al anochecido Holsten salió otra vez. Se dirigió hacia la Catedral de San Pablo y
permaneció algún tiempo cerca de la puerta escuchando los oficios de tarde. Los
candelabros que lucían en el altar le recordaron, por una asociación rara, a las
mariposas de luz en Fiesole. Entonces, entre las luces del anochecido, retrocedió
hacia Westminster. Se sentía deprimido; estaba, en verdad, como aplastado por las
inmensas consecuencias de su descubrimiento. Tenía esa noche la vaga idea de que
no debía publicar el resultado de su invento; que una secreta asociación de sabios
debería cuidarse de su obra pasándola de generación en generación hasta que el
mundo estuviese maduro para realizar su aplicación práctica. Sintió Holsten que entre
los miles de gentes que pasaban, ninguna apetecía un cambio en su manera de vivir;
aceptaban el mundo tal cual era, no gustando de alteraciones demasiado rápidas;
querían que se respetasen sus instituciones, sus creencias, los hábitos y posiciones
sociales ganadas.
Se dirigió hacia los jardincillos que estaban bajo las iluminadas ventanas de los
hoteles «Savoy y Cecil». Sentándose en un banco, prestó atención a la charla de dos
personas que próximas a él estaban. Era la conversación de una joven pareja en
víspera de matrimonio. El hombre en noviazgo se sentía satisfecho por haber, al fin,
encontrado un empleo fijo que regularizaba su vida… «Ellos están contentos de mi
conducta —dijo— y a mí me gusta el trabajo. De continuar en ese trabajo una docena
de años, alcanzaré posición más ventajosa. Ésta es la verdad completa acerca de mi
situación, Hetty. No hay razón ninguna para que nosotros no vivamos con mucho
decoro; pero lo que se dice muy decentemente.»
¡El deseo del pequeño éxito, aseguradas las condiciones de la vida material! Esta
conversación se grabó en la mente de Holsten. Añadió en su diario: «Tengo una
visión de conjunto del mundo, y es eso…» Con esa frase quería significar una visión
clarividente de todo el mundo habitado, con sus ciudades, pueblos y aldeas; carreteras
con los mesones a su orilla, con sus jardines, quintas y praderas de la montaña, sus
barqueros y marineros con sus buques describiendo amplios círculos en el Océano,
con sus mesas contadoras, sueldos, pagos y deudas. Todo esto lo percibía Holsten
como un espectáculo progresivo y coherente. Algunas veces visiones semejantes
surgían en él; su mente, acostumbrada a las generalizaciones, aunque con sensibilidad
aguda para advertir los detalles, vió las cosas de una manera más comprensiva que
sus contemporáneos. Constantemente la fecunda esfera se mueve circularmente
siguiendo prefijado fin y es constante la velocidad por su sendero en torno al sol; pero
la mirada del investigador continuamente percibía cambio y progreso; mas ahora
sentía fatiga y decaimiento ante el incesante fluir de la vida; parecióle ésta un círculo
eterno. Cayó en la creencia vulgar de los que preconizan el retorno y rutina de la vida
humana. El remoto pasado del salvaje nómada y los inevitables cambios del mañana

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le permanecían velados; Holsten sólo vió ahora día y noche, sementera y cosecha,
amor y procreación, nacimientos y muertes, paseos al sol durante el verano y cuentos
al calor del lar en el invierno, siempre la antigua sucesión de las esperanzas, los
hechos realizados y el tiempo de la vejez, sucesión perennemente renovada; siempre
lo mismo; sólo que ahora la mano impía del investigador había sacudido esa
somnolencia, ese dulce murmullo del hábito, ese tejer de la existencia humana.
Durante algún tiempo olvidaba en sus reflexiones las guerras y los crímenes, los
odios y las persecuciones, hambres y pestilencias, las crueldades de las fieras, el
cansancio y los tiempos inclementes, quiebras, insuficiencias y retrocesos. Vió todo
el género humano como lo había visto aquella pareja de novios domingueros sentados
cerca de él, en cuyos proyectos triviales y mezquinos era dudoso que encontraran la
dicha. Yo tenía una visión de conjunto del mundo y era ésa.
La inteligencia de Holsten, luchó, por algún tiempo en vano contra esta manera de
ver el mundo. Sin embargo, llegó a tranquilizarse, rechazando la idea de que él era un
ser extraño e inhumano que, descarriado de la manada, volvía maleado de su
contranatural excursión, en medio de las tinieblas y fosforescencias, bajo la hermosa
superficie de la vida. El hombre no había sido siempre rutinario y trivial; los instintos
y deseos del reducido hogar y el pequeño pedazo de tierra no eran toda su naturaleza;
también era un aventurero y un experimentador, un curioso inquieto combatido por
deseos insaciables. Cierto que durante el transcurso de poco más de mil generaciones,
había cultivado la tierra siguiendo el cambio de las estaciones y rezado sus plegarias,
molido sus granos y, llegado el mes de octubre, pisado el vino en el lagar; pero aún,
en este plazo corto, no cesaban sus activas inquietudes.
—Si encerrado en su hogar no tuvo aspiraciones y cultivando el campo cayó en la
rutina —pensó Holsten—, habían existido también «aventureros del mar».
Volvió la cabeza, y en la eminencia próxima vió emplazados los grandes hoteles,
llenos de molicie, de amortiguadas luces del color y de la agitación del festín.
¿Podrían los placeres del género humano ser más que eso? Cuando salía, subiendo
del jardín, vió en perspectiva, en un contraluz del atardecer azul, un tren de lujo, cuya
luz conductora, cálida, dejaba a su paso una estela brillante; cruzó el dique y se paró
un momento para contemplar la corriente obscura del río y se tornó a pasear entre los
edificios iluminados y a cruzar los puentes. En su mente empezó a surgir un esquema,
en el cual se bosquejaba una reposición en el orden de aquellos edificios apiñados.
—Ello ha empezado —escribió en su diario, del cual esta narración está tomada
—. Yo no puedo prever. Yo soy una parte, no un todo. Yo soy una pequeña pieza en la
armadura del Cambio. Si yo quemase todos estos papeles, antes de una veintena de
años, habrá aparecido otro hombre que ejecute lo que yo hice.

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Holsten, antes de su muerte, estaba destinado a ver la energía atómica dominando a
todos los demás manantiales de poder; pero, por espacio de algún tiempo, una vasta
red de dificultades impidió que, ultimándose algunos detalles, pudiera este invento
invadir la vida cotidiana. El sendero que conduce del laboratorio a la fábrica es en
ocasiones tortuoso. Las radiaciones electro-magnéticas fueron conocidas y
demostradas veinte años antes de que Marconi las hiciera viables en la práctica, y de
la misma manera transcurrieron veinte años antes de que la descubierta radio-
actividad pudiera utilizarse prácticamente. El invento, como es natural, fué discutido
muy largamente, con más calor quizá en el tiempo de su descubrimiento que durante
el intervalo de su aplicación técnica, aunque sin hacerse cargo el público de la
enorme revolución económica que la aplicación de este invento suponía.
Lo que principalmente impresionó a los periodistas del año 1933 fué la
conversión del bismuto en oro, realizándose el sueño infructuoso de los alquimistas;
se acabaron las discusiones y la expectación subió de punto entre la minoría
inteligente de los varios países que seguían el movimiento científico; pero la mayor
parte de la gente continuó entregada a sus negocios —como ellos, también van a sus
negocios los habitantes de las aldeas suizas, que viven bajo la perpetua amenaza de
las rocas de los montes circundantes—, para ellos lo posible era imposible y lo
inevitable podía diferirse aplazándose por tiempo indefinido su acaecimiento.
Fué en 1953 cuando la primera máquina radio-activa, de Holsten-Roberts, se
aplicó en la esfera de la producción industrial, y fué su primera aplicación la
substitución de las máquinas de vapor en las fábricas generadoras de luz eléctrica.
Poco tiempo después de ésta apareció la máquina de Dass-Tata —pertenecía a la
brillante pléyade de los inventores de Bengala que por este tiempo el pensamiento
modernizado de la India había producido—; aplicábase, principalmente, este motor a
los automóviles, aeroplanos hidroaviones y otros usos análogos relacionados con la
tracción de vehículos. La máquina del americano Kemp, aunque difería grandemente
en principio de las anteriores, era igual a ellas en sus aplicaciones. A la zaga de éstas
vino la de Krupp Erlanger, y en el otoño de 1954 una enorme substitución de los
métodos aplicados a la industria tuvo lugar, y fué reemplazándose la maquinaria en
todo el mundo habitado. Pero lo más digno de notarse en estas primeras máquinas
atómicas, aún poco perfeccionadas, era el escaso gasto de su funcionamiento. Usando
la lubrificación de la máquina de Dass-Tata, una vez el motor puesto en marcha en un
recorrido de treinta y siete millas, su gasto era de un penique, añadiendo sólo nueve y
la cuarta parte de una libra si se tenía en cuenta el peso del vagón remolcado. Era este
coste insignificante comparado con lo que consumía un automóvil movido con
alcohol, en aquellos tiempos en uso. Antes de la aparición del motor atómico, el
carbón y toda clase de combustible líquido había alcanzado niveles tan altos que

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pareció inevitable el retorno del caballo en la tracción; pero ahora, con la aparición de
la nueva máquina, el cambio del tráfico por todos los caminos del mundo fué
instantáneo. En el espacio de tres años la espantosa armadura de aquellos monstruos
que habían rechinado, humeado y tronado por toda la tierra durante cuatro terribles
décadas, fué barrida hacia los mercados de metal viejo; y por las carreteras cruzaban
ahora vehículos limpios, fulgentes y silenciosos, construidos con acero plateado. Al
mismo tiempo se le dió a la aviación un nuevo impulso. Gracias a la enorme fuerza
de la máquina atómica, en relación con su escaso peso, fué posible añadir al
aeroplano el ingenioso invento de Redmayne, llamado «helicóptero» (¿autogiro?),
gracias al cual el aparato podía ascender y descender verticalmente en sentido de
movimiento, que antes era imposible con la hélice vertical, la única propulsora en los
aeroplanos. Gracias a esta nueva dirección del vuelo que la nueva máquina ingrávida
al aeroplano imprimía, salvada la última dificultad, con desenfrenado ímpetu cruzaba
la atmósfera. Los periodistas de aquellos tiempos llamaron a este período la época del
Salto en el Aire. El nuevo aeroplano, de motor atómico, llegó a ser una verdadera
manía; todo el mundo quería poseer un aparato tan seguro y manejable que librara al
viajero del polvo y peligro del camino. Sólo en Francia, treinta mil aeroplanos del
nuevo tipo fueron construidos en el año 1943, y conseguida la autorización
pertinente, se remontaron, zumbando quedamente por el cielo.
Con igual rapidez se aplicó la maquinaria atómica a otras formas de la industria.
Los ferrocarriles pagaron enormes sumas para obtener la prioridad en el uso de la
máquina atómica; los motores atómicos se construían y aplicaban con tal vehemencia
que ocurrieron explosiones y catástrofes por la impericia en el manejo del nuevo
poder. En cuanto a las viviendas, la revolución que el nuevo invento produjera en los
precios de los materiales de construcción, hacía que el presupuesto de gastos
solamente se refiriera a los planos del maestro de obras y al decorado de la casa.
Vista desde este ángulo la edad «del Salto en el Aire», en la que el nuevo poder se
desarrollaba, era de una sorprendente prosperidad disfrutando de ella los financieros
y fabricantes que, percatándose del cambio, habían negociado y obtenido materiales
con él relacionados.
Las compañías que obtuvieron patente pagaron dividendos de cinco o seiscientos
por ciento. Se hicieron enormes fortunas y eran fantásticos los sueldos que percibían
quienes se relacionaban en alguna manera con la nueva industria. Esta prosperidad la
encarecía el hecho de que, gracias a las maquinarias inventadas por Dass-Tata y
Holsten-Roberts, pudo obtenerse el producto oro. Primeramente desintegrado de
polvo de bismuto y más tarde de limadura de plomo. Esta nueva manera de obtener el
oro condujo, naturalmente, a una alza en los precios a través de todo el mundo.
Este espectáculo de febriles empresas, esta superabundancia de producción, esta
muchedumbre alada y dichosa, esta afortunada gente enriquecida —cada gran ciudad,
en su mutación rápida, era como si a un reptil de súbito le brotaran alas—. Este era el
lado brillante de la nueva fase de la historia humana; pero bajo él se agolpaban las

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tinieblas y era profunda la consternación. Si había habido un gran desenvolvimiento
en la producción, hubo también una enorme destrucción de valores. Las iluminadas
fábricas trabajando noche y día, los nuevos vehículos fulgentes deslizándose
silenciosos a lo largo de los caminos, los alados dragones que en raudos giros el aire
hendían. Eran estas luces como la claridad de las lámparas que se encienden en el
crepúsculo, en la hora en que el mundo se sumerge en la noche. Esas luces que por lo
alto brillaban acumulaban siniestras esa inminente catástrofe social. Las minas de
carbón estaban, evidentemente, próximas a cerrarse; el aceite comprado llegó tiempo
en que ya no tenía salida; millones de mineros que trabajaban en las minas de carbón,
los obreros del acero en las viejas líneas, los trabajadores inadaptados vagaban en
enjambres, no encontrando ocupación, desalojados por la superior eficacia de la
nueva maquinaria; el rápido descenso en el coste del transporte, hizo bajar los solares
en todos los centros de población, el valor de la propiedad en los inmuebles urbanos
llegó ser problemático; el oro bajaba en precipitada depreciación; todas las garantías
sobre las que se asentaba el crédito del mundo oscilaban y se desparramaban,
oscilaban los bancos y en las bolsas de cambio se veían escenas de pánico febril; éste
era el reverso del espectáculo antes representado, las sombras y monstruosas
consecuencias del Salto en el Aire.
Se refiere la historia de un agente de cambio en Londres, que se había vuelto loco,
el cual, corriendo a lo largo de la calle de Threadneedle, en tanto se desgarraba el
traje, gritaba: «El Trust del acero se desmigaja todo hasta el cimiento; en los
ferrocarriles del Estado las máquinas se hacen migas. Todo se hace pedazos.
¡Camaradas, venid y hagamos migas la casa de la moneda!»
En el año de 1955 se cuadruplicó en los Estados Unidos de América el número de
suicidios, llegando a una cifra nunca alcanzada. Y en todo el mundo hubo un aumento
considerable de crímenes violentos. El invento aparecía en una humanidad que no
estaba para ello preparada. Parecía que la sociedad iba a caer con estrépito bajo la
magnificencia de su propia adquisición.
Nadie había previsto el curso de estos sucesos. En parte alguna se habían hecho
tentativas para calcular la dislocación que esta inundación, esta incalculable energía
iba a producir en los negocios humanos. El mundo, en aquellos días, no estaba, en
realidad, gobernado en el sentido, al menos, que la palabra gobierno tuvo en los años
siguientes. El gobierno era un negocio, no un régimen. Era curialesco, conservador
irreflexivo, falto de iniciativas.
En todo el mundo estaba el régimen en manos de una predominante casta de
abogados, excepto en donde aún había vestigios de absolutismo que lo regentaba el
favorito dilecto o el vasallo fiel. Estos profesionales abogados ascendían al Poder
gracias a ingenuos métodos electivos en donde permanecían en actitud alerta contra
las reclamaciones, aprovechándose de las circunstancias favorables, sospechando
siempre de todo acto noble. Las empresas arriesgadas de una minoría siempre estaban
obstruidas por el gobierno, el progreso avanzaba fuera de los límites de acción de la

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hora pública y en ocasiones a pesar de ésta. La legislación no se hacía eco de los
clamores insistentes ni de los hechos, que se imponían con tanta agresividad que a
veces turbaban el digno aislamiento del juez o amenazaban dar al traste con toda la
distraída máquina política.
El mundo estaba con tal ineptitud gobernado, que al llegar este tiempo de
abundancia, en esta hora de mareas plena, cuando podía tenerse todo lo necesario
para satisfacer exigencias humanas y colmar los anhelos del corazón, todavía se
quejaba la gente de privaciones, hambres, cóleras, confusiones, conflictos y
sufrimientos. No se había trazado un proyecto que indicase en qué forma había de
hacerse la distribución de la nueva riqueza abundante, que había llegado últimamente
al drama del hombre; tampoco había la idea clara de que esta distribución fuera
posible. Para tener una visión de conjunto de lo que eran estos primeros años de la
nueva edad, como una prueba del agotamiento de los años que la precedieron,
compárese con los tiempos preatómicos, sin amplitud de minas, en las que un
insensato individualismo dominaba. Y ahora, bajo ese enternecedor amanecer de
poder y libertad, bajo un cielo preñado de promesas, cuando la ciencia, como una
diosa generosa, llega a las tinieblas más recónditas de la vida humana, cuando nos
guía con su robusto brazo hacia la seguridad y la abundancia, dándonos la solución de
los enigmas y la clave de las más arriesgadas aventuras, cuando acaba de colmarnos
de presentes, el mundo es testigo de espectáculo tan lamentable como el pleito de
Dass-Tata por causa de una patente de invención.
Estaba atestada en Londres la sala del Tribunal; la habitación en donde el juicio se
celebraba era como una caja de forma oblonga.
Las sesiones se celebraban en el año de 1956, durante el mes de mayo, que era en
extremo caluroso. Como principal asunto del día, disputábase, se argumentaba a
veces en la Audiencia acerca de los derechos que podía tener la compañía Dass-Tata
para limitar los métodos empleados por Holsten-Roberts en la aplicación del nuevo
poder. El tenaz propósito de la compañía Dass-Tata era establecer el monopolio
mundial de la maquinaria movida con energía atómica. El juez, siguiendo el uso de
aquellos tiempos, ocupaba el sitio más elevado en el tribunal. Vestía el juez una toga
ridícula y una enorme peluca disparatada. Los miembros del tribunal también
llevaban pelucas, de aspecto sucio, y una extraña bata puesta sobre el traje corriente;
las pelucas y togas que usaban serían, al parecer, necesarias para pronunciar sus
alegatos. En los sucios bancos de madera se agitaban y cuchicheaban astutos
procuradores, atareados relatores emborronaban cuartillas, estaban también las partes
litigantes, se empujaban más lejos grupos de curiosos, los que acudían a las
citaciones. Algunos jóvenes abogados, en fin, y para aprender, presenciando aquella
causa que era singular ejemplo de crueldad; también se veía algún espectador
excéntrico que prefería permanecer en este pozo de iniquidad a tomar el sol que fuera
brillaba.

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Como era mucho el calor que en la sala hacía, el sudor humedecía las frentes, y
algunos miembros del tribunal del rey se enjugaban con amplio pañuelo la
transpiración que mojaba el rasurado labio superior. En esa atmósfera de ambiciones
y exaltaciones humana, la luz diurna se filtraba a través de una ventana, por cierto
bastante sucia. El jurado se sentaba en una doble fila de bancos, a la izquierda del
juez y tenían sus miradas una expresión de molestia como las de unas ranas que
hubieran caído en un pozo de ceniza; en el banco de los testigos estará el testimonio
del omnívoro Dass, sometido a interrogatorio.
Holsten tenía siempre la costumbre de publicar el resultado de sus investigaciones
tan pronto como consideraba que por su estado de adelanto podían suministrar
nuevos datos para la prosecución de su obra; fué de una de estas notas confidenciales,
apoyado en su aptitud para aplicar los inventos, de la que el avisado Dass se valió
para aprovecharse de una aplicación del método inventado por Holsten. A esta astucia
de Dass se debía la actual demanda.
Pero, de hecho, una vasta multitud de astutos se agolpaba para obtener patentes,
adquirir o monopolizar este o aquel aspecto del invento. El actual proceso es uno
entre los innumerables de la misma clase. Durante algún tiempo la faz del mundo se
infectó con una absurda legislación referente a las patentes de invención. Sin
embargo, en este proceso de Holsten había algo singularmente dramático que de los
otros lo diferenciaban: después de haber esperado dos días la vista de la causa, como
puede esperar un mendigo a la puerta de un potentado; después de aguantar las
fanfarronadas de los ujieres y la vigilancia de la policía, tuvo que soportar las
impertinencias del tribunal y las interrupciones del juez, diciendo a Holsten que
evitase el empleo de «equívocos», advertencia hecha en los momentos en que el
inventor se expresaba de una manera clara y explícita.
El juez, rascándose la nariz con el mango de la pluma, se burlaba por bajo la
punta de su monstruosa peluca, del azoramiento que aquel ambiente producía en el
inventor. ¿No era Holsten un gran hombre? —parecía preguntarse el juez—. Pues
bien, en una Audiencia, a los grandes hombres se les colocaba en su sitio como a
cualquier otro.
—Nosotros necesitamos saber si el demandante añadió o no algo a este invento
—decía el juez.
—Nosotros no necesitamos conocer su opinión de usted referente a si las mejoras
introducidas por Sir Philip Dass en el invento fueron meras adaptaciones superficiales
o desarrollo de las ideas implícitas en las notas de usted. Es indudable —procediendo
usted según la manera de los otros inventores— que usted piensa más cosas que las
expresadas al describir el invento, quedando, aunque no expuestas, implícitas en las
notas. Sin duda alguna, pensaréis también que algunas adiciones y modificaciones
que puedan hacerse al invento son meramente superficiales. El proceso seguido por
los inventores en sus desenvolvimientos es análogo, en todos los casos, a éste. Pero a
la ley no le conviene este aspecto del asunto. La ley nada tiene que ver con la vanidad

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propia de los inventores. A la ley lo que le importa saber es si la patente de invención,
en litigio, posee la originalidad que el demandante reclama. Que las reformas
introducidas deben o no progresar y todas las demás cosas que usted está diciendo,
contestando, superfluamente, a preguntas que nadie le hace, es llevar la cuestión a un
terreno que no nos interesa. Es para mí constante motivo de sorpresa ver en esta sala
a hombres científicos que se jactan de justos y veraces en la expresión, divagar y
divagar en cuanto se sientan en ese banco. ¡Yo no conozco procesados más inhábiles!
La cuestión litigiosa, en términos sencillos, es ¿si el señor Philip Dass ha hecho
verdaderamente alguna adición real a los conocimientos y métodos empleados en este
orden de investigaciones, o en realidad, no añadió nada? No necesitamos saber si esas
adiciones fueron grandes o pequeñas, o cuáles pueden ser las consecuencias que su
introducción puede tener. Lo demás es separarse de la cuestión que nos interesa.
Holsten permaneció silencioso.
—¿Qué contesta usted? —dijo el juez impaciente.
—No, él no añadió nada —dijo Holsten, experimentando por una vez en su vida
el sentimiento de desprecio.
—¡Ah! —dijo el juez—. ¿No pudo contestar usted lo que ahora me dice cuando
fué objeto de interrogatorio ante el tribunal?
Una nota tomada en el diario autobiográfico de Holsten escrita cinco años más
tarde, decía: «Aun estoy sorprendido. En este país no hay nada más peligroso que la
ley. Tiene cientos de años. No hay en ella ni una idea. Este vino nuevo en el más
viejo entre los viejos envases, es el más explosivo de los vinos. Algo acaecerá que los
sorprenda».

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Había algo de verdad en la consideración de Holsten de que las leyes tienen «cientos
de años de edad».
Son en relación con la manera de pensar actual y la aceptación de las amplias
ideas algo ya arcaico. Mientras todo lo referente a los medios materiales y a los
métodos de vida ha ido cambiando rápidamente, acelerando siempre su marcha, los
tribunales y la legislación luchan desesperadamente para conciliar con las exigencias
modernas sus tretas y procedimientos.
Los conceptos de derecho, de propiedad, de autoridad y obligaciones son, en
relación, tan groseros como los de los tiempos bárbaros. Las pelucas de crin de
caballo y la antigua vestidura de los jueces británicos, sus enmohecidos tribunales y
cohibidas maneras son la manifestación visible de profundos anacronismos. La
organización política y legal, a mediados del siglo XX, era en todas partes un
complicado ropaje, aunque gastado, todavía fuerte, que encadenaba al cuerpo en vez
de protegerlo. Ya ese espíritu del libre pensamiento y de su expresión en el campo de
las ciencias naturales, se manifiesta a través de todo el siglo XVIII y XIX infundiendo
en el degenerado cuerpo viejo un nuevo espíritu. La idea de una completa
subordinación de los intereses individuales y las instituciones establecidas a una
colectividad futura, se marca cada vez con más vigor en la literatura de estos tiempos.
Este movimiento crítico se abre camino lentamente oponiéndose al orden legal, social
y político entonces establecido. Ya a principios del siglo XIX, Shelly, sin ambages,
considera anárquicas las reglas por que el mundo se regía.
Y no considerando las soluciones que da el socialismo aceptables, sobre todo en
lo referente a las relaciones internacionales, considerando sus propósitos faltos de
originalidad, todavía espera una concepción más moderna que regule las relaciones
internacionales y aclare la idea confusa acerca de la propiedad legal.
La palabra «Sociología» fué inventada por Herbert Spencer, un escritor popular
que escribió acerca de temas filosóficos y que vivió a mediados del siglo XIX; pero la
idea de un Estado planeado como puede proyectarse un trazado de tracción eléctrica,
sin referencia a ningún aparato precedente, sólo aplicando un procedimiento
científico, no tomó incremento en la imaginación popular hasta el siglo XX. Entonces,
la creciente impaciencia del pueblo americano contra la inadecuada política de
partido que surgió de un absurdo sistema electoral, dió por resultado lo que se llamó
«El Tratado Moderno». Una pléyade brillante de escritores en América, Europa y
Oriente, instigó al mundo con un pensamiento intrépido de interacción social,
revisión de la propiedad, de los cargos y del gobierno, que nunca antes surgiera. Es
indudable que las ideas de este Moderno Estado eran un reflejo, sobre las cuestiones
sociales y el pensamiento político, de la amplia revolución ocurrida en las cosas
materiales, que había ido progresando durante un período de doscientos años; pero

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por espacio de largo tiempo parecían no tener influjo sobre las instituciones vigentes,
del mismo modo que los escritos de Rousseau y de Voltaire no le tuvieron hasta años
después de su muerte. Fermentaban esas ideas en las mentes de los hombres, y esas
fuerzas sociales y políticas, al empuje del nuevo invento de la maquinaria atómica, se
manifestaron de súbito, aunque realizándose de una manera incipiente e imperfecta.

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Wander Fabre es una novela de Federico Barnet, escrita en forma autobiográfica, que
alcanzó gran popularidad en la tercera y cuarta década del siglo XX. Fué publicada en
1970 y debe considerarse más bien por su valor intelectual y espiritual que por su
mérito literario. Por su título y procedimiento recuerda la novela de Goethe intitulada
Wilhelm Meister, publicada centuria y media antes que aquélla.
Su autor, Federico Barnet, refiere en ella una detallada y curiosa historia de su
vida e ideas entre sus diez y nueve y veintitrés años de edad. No era Barnet un
escritor original ni brillante; pero narra con la habilidad de un novelista de
circunstancias. Aunque ningún retrato auténtico conserve de él la posteridad, se
deduce, por frases sueltas de su relato, que era hombre de estatura pequeña, serio, de
ademanes pesados, de cara llena, algo granulosa, y de ojos azules. Perteneció, hasta la
débâcle financiera de 1956, a las clases pudientes y adineradas.
Voló en aeroplano sobre Italia; hizo después una excursión pedestre desde
Génova a Roma, y, viajando por Grecia y Egipto, retornó pasando por los Balkanes y
Alemania. La fortuna de su familia, que había sido invertida en acciones, en minas de
carbón y en inmuebles, se perdió totalmente. Reducido Barnet a la penuria, tuvo que
buscar medios para ganarse la vida; sufrió muchas privaciones y, alcanzándole la
guerra, prestó servicio, primero como oficial en el arma de infantería, y después en el
ejército de pacificación. Un libro nos refiere estos sucesos de una manera tan sencilla
y clara, que parece que se están viendo, y gracias a él podrán tener las generaciones
futuras una visión clara de los años del gran cambio.
«Él era —nos dice— por instinto, un hombre del Estado Moderno, desde sus
comienzos, educado en estas ideas, que se propagaban en las aulas y laboratorios de
la escuela Fundación Carnegie, que erguía su esbelta y hermosa fachada en la margen
Sur del Támesis, opuesta a la casa de quien en lo antiguo ejercía el cargo de fomerset.
El pensamiento de la escuela informaba a la vanguardia intelectual en el renacimiento
de la educación en Inglaterra. Barnet, después de permanecer algunos años en
Heidelberg y París, fué a la clásica escuela de la Universidad de Londres. Lo que en
lo antiguo llamaban educación «clásica» los viejos pedagogos británicos, era de lo
más estancado, ineficaz y rutinario que puede darse en la vida humana. Esta
institución Carnegie barrió esos procedimientos de educación, substituyéndolos por
los métodos modernos, y aprendió el latín y el griego con tanta perfección como antes
había aprendido alemán, español y francés. Llegó a escribir y hablar con facilidad
esas lenguas clásicas, pudiendo penetrar en las civilizaciones que son fundamento y
clave de la europea. (Estos cambios en los métodos eran recientes. Recuérdese si no
el caso de aquel graduado en Oxford, que hablaba latín, hallándose en Roma, con
prosodia de Wilfshire, y al escribir cartas en griego sacaba la lengua como un

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parvulillo y sólo entendía a derechas las sentencias en griego cuando eran sólo citas
en un texto.)
Barnet conoció los últimos días de la máquina de vapor discurriendo por los
carriles de Inglaterra y la gradual limpieza de la atmósfera de Londres cuando la
humeante combustión del carbón fué substituida por las calorías eléctricas. Los
edificios de los laboratorios en Kensington estaban aún construyéndose. Barnet tomó
parte en la revuelta de estudiantes que aplazó la remoción del Memorial Albert. Él
llevaba un estandarte, en uno de cuyos lados se leía la inscripción siguiente: «Nos
gusta la estatuaria cómica. Sitio y doseles para las estatuas. ¿Por qué los mausoleos,
nuestros grandes muertos, permanecen en la Llivia?» Por aquellos días se adiestró
Barnet en la aviación en la Universidad fundada en Sydenham, y gustaba de volar
sobre las prisiones, en Wodmowd Clubs, en donde estaban algunos autores de libelos
políticos.
—Hacíalo adrede —nos dice— para alegrarlos, en tanto que en el patio hacían
ejercicio.
Era en el tiempo en que se había prohibido toda clase de crítica del poder judicial,
y la prisión estaba llena de periodistas que osaron llamar la atención acerca del caso
de demencia del juez mayor Abrahams. Barnet no era un aviador muy experto.
Confiesa que se sentía un poco receloso de su aparato. Nada de extraño tiene que
cualquier aviador se sintiera receloso en aquellos aeroplanos de tipo primitivo,
rudamente construidos. Nunca se atrevió a realizar arriesgados aterrizajes ni muy
altos vuelos. También nos dice en sus anales que era dueño de una de aquellas
motocicletas en las que se empleaba el aceite, cuya ruda complicación y suciedad
causa extrañeza a los visitantes del museo de maquinaria de South Kensington. Nos
habla en otro lugar de su crónica de las carreras de perros, y se queja de las crecidas
sumas invertidas en las riñas de gallos o spatch-coks que tuvieron lugar en Surrey.
Esta palabra, spatch-coks, lo es de jerga usada en esa clase de espectáculo.
Se examinó el número de veces necesarias para que su servicio militar quedara
reducido al mínimo de tiempo. Por su carencia de especialización científica y
conocimientos técnicos, y por su prematura obesidad, no prestó servicio en la
aviación, ingresando en la infantería de línea, que era el arma más generalizada.
Aunque las teorías acerca de la guerra habían alcanzado gran desarrollo, fueron
apenas experimentadas en la práctica. Las luchas acaecidas en aquel tiempo lo habían
sido de poca monta o entre Estados incivilizados, sostenidas por soldados rústicos o
indisciplinados, equipados deficientemente y no disponiendo del instrumental
moderno. Las grandes potencias del mundo conservaban, en líneas generales, la
organización de los ejércitos como en las guerras acaecidas en Europa desde hacía
treinta y cuarenta años. Las fuerzas de caballería (soldados caballeros) actuaban, en
proporción con la infantería, en la misma relación que se empleó en la guerra franco-
germana de 1871. Había también artillería, y, por razones inexplicables, la mayor
parte de ésta era todavía arrastrada por caballos, aunque había también en todos los

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ejércitos de Europa algunos fusiles-motores cuyas ruedas estaban a propósito
construidas para salvar el terreno barrancoso. Adquirió gran desarrollo todo lo
concerniente al cuerpo de ingenieros, empleándose motores para el transporte,
motocicletas para los exploradores, aplicándose también la maquinaria a la aviación y
a otros usos análogos.
Las inteligencias de primera clase no se especializaron en los asuntos pertinentes
a la guerra ni le aplicaron los modernos inventos; pero una serie de hábiles juristas,
entre ellos Lord Haldane, justicia mayor de Briggs, y el experto consejero del rey,
Philbrick, reconstruyeron el ejército al adoptar el servicio obligatorio, poniéndolo en
un pie que parecería imponente a las gentes de 1900. En un momento, el Imperio
británico podía poner millón y cuarto de adiestrados soldados en la frontera.
Los ejércitos, según tradición, eran en la Europa Central y el Japón más fastuosos
y menos burocráticos. La China aún rechazó resueltamente el advenir un poder
militar y conservó su reducido ejército, tomando el de América como modelo, y se
comentaba la gran eficacia de estas tropas Rusia, cuyo riguroso gobierno prohibía
toda crítica de la organización del Estado, apenas introdujo mejora alguna en su
ejército, no cambiando ni siquiera el uniforme, ni aun la táctica de una batería,
permaneciendo todo igual desde las primeras décadas del siglo. Barnet tenía de la
instrucción militar una opinión muy desfavorable, y su adhesión a las ideas del
Estado Moderno le inducían a considerar como una majadería todo lo referente a esa
instrucción, y su sentido común la calificaba de inútil.
—Durante tres días seguidos, por razones inexplicables, salíamos, sin
desayunarnos, antes del amanecer —refiere Barnet—. Yo supongo que con esto
querían mostrarnos que, cuando el Día llegase, teníamos que estar preparados para
aguantar estas incomodidades que nos echaban a perder. Hicimos por aquel entonces
una marcha a Kriegspiel, acuerdo tomado por misteriosas razones de la autoridad que
nos lo comunicaba. El último día caminamos ocho millas bajo el calor de un sol
mañanero, tardando en recorrerlas tres horas; viaje que en un autómnibus pudimos
realizarlo en nueve minutos y medio (yo lo hice al día siguiente en ese tiempo);
después hicimos, en masa, un ataque a unas trincheras, y hubiéramos muerto todos si
los árbitros o directores no lo hubieran impedido. Luego vino un ligero simulacro de
ataque a la bayoneta; pero yo dudaba si sería bastante bárbaro para atacar con este
largo cuchillo a ninguna cosa viviente. De cualquier modo, yo en esta batalla no
hubiera tenido suerte. Por milagro, en tres ocasiones no me mataron de un tiro, y
cuando llegué a la trinchera con mi sucio fusil en alto, estaba abatido por el calor y el
cansancio. Fueron los otros los que empezaron el ataque a la bayoneta.
»Durante algún tiempo fuimos vigilados por dos aeroplanos enemigos; entonces
uno de los nuestros se elevó, volando contra ellos —las aplicaciones de la aviación a
la guerra, aún en prácticas, eran poco conocidas—; los aeroplanos hostiles,
intimidados por el nuestro, se alejaron describiendo graciosos círculos sobre las
«Colinas de Fox».

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Todas las notas que Barnet tomó, referentes al tiempo de su instrucción militar,
estaban escritas con ese tono de protesta y semidesagrado. Era él de opinión que las
probabilidades de que participara en uña guerra de verdad, eran muy problemáticas,
y, aun en caso de que la guerra acaeciera, las circunstancias serían muy diferentes de
las que rodeaban a una maniobra militar, en las cuales, sin peligro, se evolucionaba
como en un juego. Todas estas notas estaban redactadas con entera franqueza. Nunca
hubo hombre más libre de fanfarronadas heroicas.

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Barnet acogió con agrado la aparición de la maquinaria atómica, aunque no sin la
duda burlona que siempre incitan los inventos recientes en la mocedad, y por algún
tiempo relacionó el adviento de la moderna máquina con el desastre económico de su
familia. «Yo sospecho que mi padre será perseguido» —decía. Por aquel entonces
emprendió un viaje por Italia, Grecia y Egipto, con tres de sus camaradas, en los
nuevos modelos de motores atómicos. Volaron sobre las islas del Canal y Tousaine y
en torno a Mont Blanc. «Estos nuevos helicópteros —decía— han evitado el peligro
de las caídas súbitas, que eran inevitables en los viejos tipos de aeroplanos.»
Después, Barnet continuó su viaje por la vía de Pira, Paestum, Ehirgonti y Atenas, y
vió las pirámides a la luz de la luna; y desde aquel lugar, pasando por el Cairo, siguió
el Nilo hasta Khartoum. Aun para un espectador de tiempos posteriores hubiera sido
este viaje de recreo interesante, por las experiencias adquiridas y peligros que en él se
pasaban. Una semana después del regreso de Barnet, su padre, que ya había quedado
viudo, se suicidó ingiriendo una opiata.
Barnet se encontró arruinado, sin un céntimo, y no sabiendo cómo ganarse la
vida, se dedicó al periodismo y a la enseñanza; pero se encontraba descentrado en ese
ambiente, acostumbrado, como estaba, a la vida holgada y placentera. Para la
generalidad de los hombres este cambio de vida hubiera significado la destrucción de
su vida espiritual; pero Barnet, aunque gravitara, naturalmente, hacia los ámbitos
confortables, adquirió fuerza para reaccionar gracias al estoicismo de aquellos
tiempos, en los que un alba nueva apuntaba. Soportó con valentía estos sufrimientos y
dificultades, consiguiendo reaccionar.
En su libro agradece a la fortuna que le haya vuelto la espalda. «Yo pudiera haber
vivido y muerto en aquel confortable paraíso de prodigalidades, y nunca hubiera
conocido la cólera y el dolor de la gente desheredada. En mis días prósperos todas las
cosas me parecían muy bien ordenadas.» Ahora, desde su nuevo punto de vista, le
parecía que el orden no era tan perfecto. Que el Gobierno usaba unas veces hostil y
otras cobardemente del poder, que era la ley un convencionalismo entre intereses y
que el pobre y el débil, aunque tenían muchos maestros diligentes, tenían pocos
amigos.
«Cosas he visto ahora que antes no advirtiera —escribía—. Cuando viajaba a pie
por los caminos, he visto con asombro que a los que perecían de inanición nadie les
tendía una mano.»
Retornó a su posada, sita en un barrio extremo de Londres.
«Me costó trabajo convencer a mi patrona, una pobre viuda, un alma de Dios, con
quien ya estaba en deuda, para que me permitiera tener una cómoda en donde poder
guardar mis recuerdos, cartas y otros objetes análogos. Vivía siempre temerosa del

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inspector de Riqueza Pública y del de Moralidad, porque era demasiado pobre para
pagar la contribución correspondiente.»
Al fin consiguió sitio en un desván, bajo una escalera, y de allí hacía sus salidas al
mundo para que la suerte le deparase alimento y amparo.
Vagaba entre la alegre muchedumbre, recorriendo los lugares por donde anduvo
en sus tiempos prósperos, entre los que gastaban el dinero.
Londres, bajo la ley del Humo Visible, que multaba toda manifestación de humo
que con excusa o sin ella fuera ostensible, cesó de ser la ciudad humeante y sombría
de los tiempos de Victoria. Las reconstrucciones de edificios eran frecuentes, y las
calles presentaron aquellas características que las distinguió en la segunda mitad del
siglo XX.
El caballo y la bicicleta plebeya desaparecieron de los caminos, que resplandecían
ahora impolutos, como una superficie de cristal. El paso para los peatones fué
reducido a un estrecho sendero, vestigio de la antigua acera, a los lados de la rodada,
multando a quien cruzase el camino.
La gente descendía de sus automóviles en el pavimento, y, pasando sobre los
comercios, ascendía por escaleras a las aceras que corrían a lo largo de la fachada de
las casas, a la altura de los primeros pisos. Estas aceras altas estaban a trechos unidas
por puentes, y Londres presentaba un aspecto parecido al de Venecia. En algunas
calles había hasta tres pisos, superpuestos, de aceras. Durante día y noche se encendía
luz eléctrica en los escaparates. Algunos establecimientos tenían aceras, en forma de
canales, a través de sus edificios, lo cual aumentaba el espacio de sus escaparates.
Barnet caminaba receloso por esta escena nocturna, por temor a que un policía le
detuviera pidiéndole su carnet, pues en caso de probarse que no tenía empleo, era
obligado a descender al pavimento inferior.
Pero aún había cierta elegancia y gentileza en el porte de Barnet, para que lo
confundieran con un indigente; además, la policía tenía otras cosas en que pensar
aquella noche; pudo Barnet llegar sin obstáculo a los jardines de la plaza de Leicester,
que era en los Londres uno de los grandes focos de vida y de placeres.
Nos da Barnet, en esta noche, una animada descripción de la escena. En el centro
de la plaza estaba el jardín, encuadrado por arcos festonados de luces, cuyas aceras
altas se comunicaban por ocho puentes esbeltos. Por el pavimento del arroyo
zumbaban, entrecruzándose, los vehículos de motor vibrando en corriente opuesta
hacia Este y Oeste, hacia Norte y Sur. Arriba se destacaban las fachadas barrocas
adornadas con relieves de porcelana, tachonadas de luces, y luminosos anuncios, de
atrevida traza, proyectaban resplandecientes reflejos. Alzábanse también un music-
hall histórico: el teatro de Shakespeare, costeado por el Municipio, cuyo repertorio
consistía en la reposición del ciclo de las obras shakesperianas. Las cúpulas
luminosas de los bares, cafés y teatros, irradiaban hacia el azul obscuro de la noche.
La parte Sur de la playa estaba obscurecida, contrastando su penumbra con los otros
ángulos de ella: los edificios que en aquella parte había, de la época de Victoria,

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fueron derruidos, reconstruyéndose en sus cimientos nuevas edificaciones. Tras un
enrejado formado por barrotes de acero, veíanse enormes grúas entre las zanjas que
formaban los cimientos de las casas que allí hubo.
Estas armazones y andamiajes solicitaron la atención de Barnet con interés
exclusivo. No se advertía en aquel lugar movimiento alguno. Había en aquel sitio una
quietud, e inacción de muerte. Ningún obrero trajinaba por los andamios y las grúas y
máquinas permanecían inmóviles. De tiempo en tiempo la luz verde y vacilante de
los reflectores iluminaba aquel lugar, metiendo sus rayos por los intersticios de las
construcciones. En aquella claridad lunar se vieron sombras inmóviles en actitud
alerta; ¡eran soldados que estaban de centinela!
Preguntóle a un hombre, que por aquel paraje vagaba, la causa de que en tal sitio
hubiera centinelas, y le dijo que algunos trabajadores se dirigieron hostiles contra un
remachador, cuyo motor era movido con energía atómica, por cuyo empleo, más
rápido y eficaz que el trabajo manual, la mitad de los obreros del acero fueron
despedidos.
—No tendría nada de extraño que se decidieran a arrojar una bomba —dijo el
interlocutor de Barnet. Éste permaneció un momento perplejo y después se dirigió al
teatro Alhambra.
Barnet reparó en el movimiento inusitado que se advertía en los quioscos sitos en
las esquinas de la plaza. Alguna noticia muy sensacional brillaría en los
transparentes. Olvidándose de que no tenía un céntimo, cruzó por uno de los puentes
para comprar un periódico. Por aquellos días los periódicos estaban impresos en
delgadas hojas metálicas de estaño, siendo sólo vendidos en determinados sitios por
vendedores que habían obtenido previa licencia. Al llegar a la mitad del camino se
detuvo, advirtiendo un cambio en la circulación de vehículos, que sólo discurrían por
una de las mitades de la calle, que bajo el puente pasaba, cumpliendo las órdenes de
la policía. En uno de los transparentes que habían substituido a los carteles usados en
los tiempos de Victoria, leyó el anuncio de la Gran Manifestación de los sin trabajo,
que acrecían en el Extremo Este. Pudo Barnet hacerse cargo de lo que iba, suceder sin
necesidad de gastar en la compra del periódico.
Barnet describe en su libro esta manifestación que la policía consideró
imprudente impedir y que se organizó espontáneamente a imitación de las
manifestaciones de los sin trabajo en tiempos anteriores. Barnet esperaba una
revuelta; pero había en la manifestación que iba pasando una disciplina malévola. La
vió pasar bajo él, como una columna interminable, de aspecto frívolo y cansado, a lo
largo de la rodada. Tuvo Barnet intención de unirse; pero permaneció observándoles
como espectador. Era una multitud mísera, sólo apta para aplicarse a trabajos
anticuados, ya reemplazados. Llevaban estandartes con la inscripción entonces en
boga: «Trabajo, no Caridad.» La mayor parte de los manifestantes no llevaban
insignia alguna.

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No cantaban ni hablaban, no había nada de agresivo ni de truculento en su
aspecto; no llevaban un objetivo definido, sólo querían recorrer para exhibirse en los
lugares más prósperos de Londres. Eran una muestra de aquel tropel de trabajadores
torpes y baratos que una maquinaria más económica y eficaz había reemplazado para
siempre. Sobraban ellos como los caballos habían «sobrado».
Barnet permaneció acodado en la baranda observándolos; recordó de súbito que
su situación también era precaria. «Durante algún tiempo —nos dice—, sentí sólo
desesperación a la vista de aquel espectáculo. ¿Qué no había hecho él para salvar
aquella cosecha humana que sobraba? ¿Era tan notoriamente incapaz e inútil que
inspiraba piedad?»
De súbito una idea iluminó su mente descifrando el enigma que aquella multitud
encerraba. Era un clamor contra lo inesperado e imprevisto, una súplica a los que por
su «inteligencia» eran más afortunados, más capaces y más poderosos. Esta gente
muda, mal alimentada, que desfilaba en largas filas, protestaba persuadida de que los
otros debieron prever ese cambio súbito que originó la dislocación en el orden actual
de cosas, que alguien debió prever lo que aconteció para adaptarlo. Eso es lo que esa
multitud náufraga sentía y veía, aunque muda no supiera expresarlo.
—Yo vi las cosas a mi alrededor —nos dice—. Como si una luz se hubiera
encendido en una habitación obscura. Estos hombres rezaban ante sus semejantes
como se reza ante Dios. Lo último que aprende el hombre de las cosas que le rodean
es que son inanimadas. Él ha transferido su alma al género humano. Cree aún el
hombre que hay una inteligencia en alguna parte, aunque ésta sea indiferente y
malévola. Esta es la idea que ha excitado y herido mi conciencia incitándole al
esfuerzo.
«Veo también que todavía no existe semejante inteligencia. Esa inteligencia que
actúa conjuntamente con la voluntad para el bien está todavía por hacer. Sólo existen
fragmentos o alguna hermosa semilla esparcida en el alma que revela un designio
común; pero es algo que está todavía por venir.»
Es una característica de la manera de pensar del tiempo, creer que no hubo en
ninguna edad anterior ningún mozo tan heroico que podía conjuntamente interesarse
por el problema de sus propias necesidades en un círculo más amplio, por las que son
propias de su raza.
En medio de estas violencias y conflictos de luz del alba rumiaba una nueva era.
El espíritu de la humanidad huía; aun en este tiempo escapaba de la estrecha prisión
de las preocupaciones individuales. La salvación conseguida por el dominio de las
propias pasiones que ha oído la conciencia religiosa formada durante miles de años,
la conciencia religiosa que se forjó en las mortificaciones y la meditación en el
desierto y por otras innumerables sendas extrañas, ha llegado a ser una inclinación
natural en el hombre. Inclinación que ratifican y confirman los libros que se publican,
el periódico diario y aún las conversaciones. Los anchos horizontes, las mágicas
posibilidades que el espíritu del investigador ha revelado a los hombres, ha

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substituido con su conciencia a las amenazas de los tormentos del infierno. Por eso,
Barnet, este muchacho sin hogar, previendo que carecería de lo indispensable en
horas inmediatas, en presencia de aquella manifestación reveladora de la
desorganización social, en medio de aquel incendio que ocultaba el brillo de las
estrellas, pudo, en efecto, pensar como nos dice que pensó.
«Yo vi la vida plenamente —escribe—. Yo vi la gigante tarea que tenemos
delante de nosotros y el esplendor de sus intrincadas e inmensurables dificultades me
llena de exaltación. Yo vi que todavía no hemos descubierto una eficaz forma de
gobierno, que todavía sabemos poco de los métodos que deben emplearse en la
educación, preparación necesaria para el gobierno. Yo veo en todo este advenir de
sucesos, en los cuales el insignificante trazo de vida se sumerge —esto y la historia,
que aún fué ayer, de Grecia, Roma y Egipto, no son nada. Fueron la tenue polvareda
del principio; los movimientos y confusos murmullos de un durmiente que pronto
despertará…»

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Ahora nos cuenta en su historia, con atractiva naturalidad, su descenso de esta visión
extática de la realidad.
«De nuevo empecé a sentir frío y un poco de hambre.»
Recordó las oficinas de Socacowd de John Burns, que estaban emplazadas sobre
el dique del Támesis. Caminó por entre los puestos de vendedores de libros hasta
llegar al Museo Nacional, que estaba actualmente abierto noche y día, teniendo a él
acceso toda la gente que fuera bien vestida. Cruzó los jardines de la Plaza de
Trafalgar, y por entre la columnata del hotel llegó al Socorro. Hacía tiempo que
conocía estas oficinas admirablemente instaladas, que habían barrido a mendigos,
postulantes y eventuales indigentes de las calles de Londres, y creyó que podría
proporcionarse un ticket para la comida y el alojamiento durante la noche,
indicándole también en dónde podría conseguir empleo.
No recordaba el nuevo disturbio que ocasionaron los sin trabajo, y cuando llegó al
«Socorro» halló las oficinas llenas y sitiadas por una muchedumbre desenfrenada.
Quedó algún tiempo indeciso y perplejo, no decidiéndose a meterse entre la gente que
esperaba. Enterándose de lo que aquel movimiento significaba, decidió escabullirse
de la gente; atravesando las arcadas de los grandes edificios que se yerguen en el sitio
en donde antes se emplazaban las estaciones del ferrocarril, que por entonces se
trasladaron hacia la parte sur del río. Siguió Barnet por la calle cubierta de Strand. En
esta calle, a la luz intensa de la media noche, vió muchos hombres sin trabajo
mendigando; pero pidiendo limosna, sin recatarse, a la gente que salía de los teatros y
otros lugares de esparcimiento que en ese paraje abundan.
Era éste un espectáculo sin precedentes. Desde hacía un cuarto de siglo no se
habían visto mendigos en Londres; pero esa noche parecía que la policía no quería o
no podía contender con los sin trabajo, que invadían aquel barrio lujoso de la ciudad.
Advinieron los policías, ciegos como piedras, ante aquel manifiesto desorden.
Barnet pasó hendiendo la muchedumbre, no atreviéndose a pedir; acaso se
hubiera atrevido de no ir tan bien trajeado y de no presentar un aspecto decente.
Cerca de los jardines de la Plaza de Trafalgar, una muchacha de mejillas coloreadas y
de cejas ennegrecidas que paseaba sola, le habló con una amabilidad peculiar:
—Yo estoy muerto de hambre —dijo él bruscamente.
—¡Oh, pobrecito! —exclamó ella. Y con la impulsiva generosidad de las de su
clase, miró en torno, y deslizó una moneda de plata en la mano de Barnet.
Esto era un regalo a despecho del precedente de De Quincey. Dado el carácter
represivo de la legislación social en aquellos tiempos, Barnet corrió el riesgo de ser
detenido y amarrado en una prisión; pero a pesar de todo, cogió la moneda, según
confesión propia, y agradeciéndola lo mejor que supo fuése satisfecho a comer.

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Algunos días más tarde vagaba en pleno campo. Libre, paseaba por donde le placía,
sin que nadie le llamase la atención exigiéndole documentos, lo cual, según Barnet,
era síntoma de desorganización social y del desconcierto de la policía.
Nos describe cómo eran los caminos en aquella edad plutocrática; cercados con
erizadas alambradas para defender las casas de los vagabundos; las altas tapias que
defendían a los jardines de los hurtos y del polvo de los estrechos caminos públicos.
Por el aire volaba, dichosa, en sus aparatos, la gente rica, olvidándose de la desgracia
que bajo ellos estaba. Como ellos, también él, dos años hacía que volara. A lo largo
del camino los nuevos vehículos cruzaban raudos, veloces y resplandecientes. Aun
por los caminos en campo abierto, no sonaba apenas silbidos, bocicas ni sirenas. La
policía rural estaba furiosa por el exceso de trabajo. En los refugios se amontonaban
los vagabundos sin empleo, que por no tener ya dónde meterse dormían en filas bajo
los cobertizos y al aire libre, y como dar limosna al caminante era una acción punible,
ninguno de los vagabundos recibía ayuda de los pocos transeúntes que por el camino
pasaban, ni de las quintas próximas a la carretera.
—Yo no estoy encolerizado —dice Barnet—. Yo veo un inmenso egoísmo. Un
monstruoso desprecio de la gente que está sobre nosotros, por todo lo que no sea
poseer y gozar; pero yo comprendo que esto es inevitable.
Si los más ricos se pusieran en el sitio de los más pobres, las cosas quedarían lo
mismo. ¿Qué otra cosa puede suceder, que lo acaecido cuando el hombre usa de la
ciencia y de sus aplicaciones, aumentando el progreso material, la riqueza y los
medios de fabricación, y dejando la forma de gobierno y lo referente a la educación
con los tradicionales procedimientos mohosos de hace cien años? Esas tradiciones
nos vienen de aquellas edades obscuras, cuando realmente no había bastante para
todos, cuando la vida era una fiera lucha que podía enmascararse, pero que no era
posible eludirla. Esas carestías y hambres, ese fiero despojar a los otros, es
consecuencia de la desarmonía entre lo material y lo moral. Naturalmente, los ricos
son más incultos, y el salvajismo de los pobres aumenta, por secuela de esa
desarmonía; cuando los hombres, gracias a algún invento, acrecientan su poder, el
rico se hace más rico y el pobre menos necesario y menos libre. Los hombres que
encontró en los «refugios» y en las oficinas de «socorro», crepitaban hablando de
justicia, de injusticias y de represalias. No veo esperanza de salvación en esas charlas,
ni en nada; la única solución es la paciencia…
Barnet no se refería a una paciencia pasiva. Quería decir que el procedimiento
para reconstruir la sociedad era todavía un enigma, que ninguna reorganización era
posible, hasta que este intrincado enigma fuera despejado. «He intentado hablar a
estos hombres descontentos —escribió—, pero es duro hacerles ver las cosas como
yo las veo —escribió—. Cuando yo les hablo de paciencia y de mis amplios

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proyectos, me contestan. Pero para entonces ya estaremos todos muertos.» Yo no
puedo hacerles comprender, aunque claramente lo veo, que eso no afecta al problema
que tratamos. Los hombres que sólo de la vida presente se preocupan, no sirven para
los proyectos de un estadista.
Barnet, en tanto anduvo errante, no leyó ningún periódico, y sólo por casualidad
leyó en una plaza de mercado —Obispo Stortford— un letrero que decía: «Grave
situación internacional.» No dio importancia al epígrafe. En los últimos años había
habido muchas graves situaciones internacionales.
Por este tiempo se decía que las potencias de la Europa Central habían atacado de
súbito a la Confederación Eslava, y que Francia e Inglaterra ayudaban a los eslavos.
A la siguiente noche halló, entre otros vagabundos, una comida aceptable en el
«refugio», y supo por el director del Asilo que todos los hombres aptos para el
servicio militar debían presentarse a la mañana siguiente en los centros de
movilización. La nación estaba en vísperas de guerra. Su primer sentimiento —refiere
— fué de alivio, porque aquella civilización «sin esperanzas, era atacada en su
cimiento». Él estaba próximo. Pero este alivio que Barnet sintiera fué grandemente
modificado, cuando advirtió que la movilización se hacía con precipitado descuido.
Por espacio de treinta y seis horas, en el improvisado depósito de Eprom, no tenían
nada que comer, pudiendo beber tan sólo una taza de agua fría. El depósito estaba en
absoluto desprovisto, no permitiendo a nadie que de él saliera.

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CAPÍTULO II

LA ÚLTIMA GUERRA

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Desde el punto de vista de un criterio sano que apetezca el orden social, es difícil
comprender y enojoso investigar los motivos que sumergieron al género humano en
la guerra que llena la historia de la media década del siglo XX. No debe olvidarse que
la colectividad inteligente de aquel tiempo no influía en la formación de la estructura
política del mundo. Ese es un hecho central en la historia de ese período. Por espacio
de doscientos años no hubo grandes cambios en política ni en los métodos y
procedimientos legales; los cambios más profundos hacían referencia a los límites de
fronteras o rectificaciones formales, mientras que en otro aspecto de la vida hubo una
revolución fundamental, gigantescas transformaciones y enormes desplazamientos de
hitos y metas. Los absurdos tribunales de justicia y los indignos procedimientos del
gobierno representativo y parlamentario, determinaron que las mejores inteligencias
se apartaran de ese campo de actividad, no interviniendo en los negocios públicos. Al
gobierno en el siglo XX le aconteció algo análogo de lo que ocurrió en el aspecto
religioso; sólo interesaba e influía en las gentes de segunda categoría. Todos
reconocían que los puntos de vista de los que ocupaban el poder, eran mezquinos; sus
ideas, conformadas en la tradición del pasado, ciegas para las nuevas posibilidades.
Tal vez lo más peligroso en estas ajadas tradiciones era lo referente a los límites
fronterizos en los diversos «estados soberanos» y la concepción, que entre ellos,
alguno debía tener la hegemonía. La memoria de los imperios de Roma y Alejandro
se agazapaban como fantasmas carnívoros en la memoria humana, taladraban el
cerebro humano como un hórrido parásito, llenándolo de pensamientos desordenados
y de impulsos violentos. Durante más de un siglo la nación francesa exhaustó su
vitalidad en convulsiones bélicas, pasando luego la infección a los pueblos de habla
alemana, que eran el centro del corazón de Europa; y desde allí avanzó sobre los
eslavos. Tiempos posteriores han de recopilar y desdeñar la vasta e insana literatura
que obsesionaba estos tiempos, los intrincados tratados y secretos acuerdos, las
infinitas habilidades de los escritores políticos, los astutos repulgos para aceptar
plenamente los hechos; las tretas estratégicas, tácticas y maniobras los anales que
refieren las movilizaciones y contramovilizaciones.
Hechos tales, después que han ocurrido, apenas puede creerse que tal como se
relatan acaecieran. Y, sin embargo, en el alba de esta nueva edad, los legisladores y
estadistas, alumbrados por históricas bujías, a pesar de los resplandores de insólitos y
nuevos clarobscuros, aun discutían y planeaban la rectificación, que podía hacerse en
los mapas de Europa y del mundo.
Sutiles investigaciones se han hecho para averiguar por qué millones de hombres
y mujeres, fuera del campo de actividad de estos especializados estadistas, seguían
simpatizando y estando de acuerdo con sus planes y discusiones. Algunos psicólogos
opinan que esta adhesión de la muchedumbre a todo lo relacionado con la guerra no

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era tan viva como parece; mas a pesar de esta opinión, es evidente el hecho que
sugestionaban a las multitudes los proyectos bélicos. El hombre primitivo ha sido un
fiero animal de combate. Innumerables generaciones han pasado sus vidas
guerreando; la perduración de los ideales bélicos dejaron en el hombre huella
bastante profunda para que aun le interesen las dañinas maquinaciones
internacionales que preparan la guerra. Las ideas políticas del hombre medio se han
formado por azar y de una manera arbitraria; nadie en su educación ha intentado
inculcarle el sentimiento de ciudadanía; esa concepción sólo aparece verdaderamente
con el desenvolvimiento de las ideas del Moderno Estado. Fué, por ende, tarea
relativamente fácil llenar esa mente vacante con exasperados recelos determinantes
de las agresiones internacionales.
Ejemplo de esto es la escena que Barnet nos describe en Londres durante la
movilización. Su regimiento, procedente del depósito, pasó por esta ciudad preparado
para marchar a la frontera de Francia. Nos refiere Barnet cómo los chiquillos,
mujeres, mozos y viejos voceaban aclamando a las tropas en las calles, cuyas aceras
estaban engalanadas con las banderas de las potencias aliadas. En el Ministerio del
Trabajo se instalaron las oficinas para el enganche, siendo en aquellos centros más
calurosa la excitación patriótica. En los sitios próximos a la línea del Túnel del Canal
esperaban espectadores entusiastas. El espíritu de la tropa, aunque su aspecto era
hosco presintiendo un porvenir ceñudo, era también grato a la guerra.
Pero eran estas emociones volubles, versatilidad propia en las mentes en las que
no están bien asentadas las ideas. Emociones, nos dice Barnet, que en él, como en la
muchedumbre, eran producidas por los colores de los gallardetes y por los sones de la
trompetería militar, excitación que también provocaba el vago sentimiento de peligro.
La gente había sentido durante tanto tiempo la opresión de la amenaza de la guerra,
que al acaecer el hecho experimentaba una positiva impresión de alivio.

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El plan de campaña de los aliados asignaba la defensa de la parte baja del Mosa a los
ingleses y los trenes militares iban directamente desde los depósitos británicos a los
lugares sitos en la región de Ardennes en donde tenían propósito de atrincherarse.
Los más de los documentos relacionados con la campaña fueron destruidos
durante la guerra. Al principio los proyectos de los aliados parecían ser algo
confusos; pero es muy probable que pensaran instalar un parque de aviación en esta
zona para dominar la vasta región industrial del bajo Rhin y organizar un raid que,
volando sobre Holanda, atacase de flanco la base naval que Alemania tenía en la boca
del Elba: éstas eran las partes que integraban el proyecto original.
Nada de esto sabían los peones que, como Barnet y su compañía, se movían en el
juego. Su cometido era cumplir las órdenes que emanaban de misteriosas
inteligencias cuya sede estaba en París, que también habían sido transferidas al
Estado Mayor residente en Whitehall. Estas inteligencias directoras eran un misterio
para el cuerpo del Ejército, veladas bajo el nombre de «Ordenes». No había Napoleón
ni César en quienes se encarnara el entusiasmo. Barnet dice: «Hablamos de Ellos.
Ellos nos envían a Luxemburgo. Ellos restablecerán el derecho en Europa.»
Tras ese indeciso velo, un grupo de hombres más o menos aptos, desde sus
Cuarteles Generales dirigían e intentaban controlar la marcha de la guerra. En el
grande edificio de «Inspección de guerra», cuyos ventanales se abrían sobre el Sena y
el Trocadero y los palacios del barrio del Oeste, una serie de mapas en relieve, de
amplias escalas, se extendían sobre las mesas indicando los lugares en que la guerra
se desarrollaba. El Estado Mayor empleado en la «Inspección» constantemente movía
las fichas que representaban las tropas contendientes. Adyacentes a esta habitación
estaban las oficinas telegráficas en donde se recibían las noticias de los movimientos
realizados en el campo. En otras habitaciones más pequeñas había mapas menos
detallados relacionados con los planes del Almirantazgo, y en una mesa próxima los
referentes a la dirección de los ejércitos eslavos. Sobre estos mapas, como sobre un
tablero de ajedrez, el mariscal Dubois, en combinación con el general Viard y el
conde de Delhi, jugaban la gran partida del mundo contra la hegemonía de los
poderes de la Europa Central. Probablemente tenían una idea definida de cómo
habían de llevar su juego, y es muy posible que tuvieran un plan coherente y
admirable; pero no habían concedido bastante importancia a la sincera estrategia de la
aviación ni de las posibilidades que pudiera realizar la aplicación de la energía
atómica que Holsten había descubierto para el género humano. Mientras él planeaba
atrincheramientos e invasiones en la línea de fuego, el generalato de la Europa
Central, activo el cerebro, observaba. Y mientras receloso y dubitativo, preparaba el
mariscal los planes desarrollados por Napoleón y Moltke, el cuerpo de técnicos, a sus

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órdenes, con actividad solapada, pertrechaba un golpe contra Berlín. «¡Estos viejos
locos!» —pensaban los técnicos.
La Inspección de guerra en París, en la noche del 2 de julio, era una solemne
manifestación de lo que representaba la organización militar científica en la mitad
primera del siglo XX. Ese Estado Mayor, por todos consultado, diríase formado por
dioses que regían el mundo a su talante.

Era esta muchacha una mecanógrafa hábil, capaz de escribir cerca de sesenta palabras
por minuto, y había sido alistada, con otras mujeres de empleos similares, para copiar
las órdenes, que debían hacerse por duplicado, para ser expedidas a los oficiales y
archivadas. Era durante el tiempo de descanso.
La oficinista salió del escritorio a la terraza para airearse y tomar un ligero
refrigerio que consigo traía, esperando que de nuevo requiriesen sus servicios.
Desde la terraza veía la muchacha, no sólo el ancho cauce del río que allá abajo
fluía, sino también la parte Este de París, desde el Arco del Triunfo hasta Saint Cloud.
De tiempo en tiempo luces rosadas y áureas relampagueaban en la obscuridad, y fajas
de puntos luminosos brillaban bajo el cielo sin estrellas. Tras la muchacha se extendía
el espacioso interior del amplio hall, con sus esbeltas columnas y graciosos arcos, en
los que las lámparas se enracimaban.
En el fondo, sobre las anchas mesas, se extendían los enormes mapas, hechos
sobre escalas tan amplias, que se hallaban fácilmente los países más pequeños; los
ayudantes y ordenanzas entraban con frecuencia, moviendo las fichas en los mapas,
que representaban cientos y miles de hombres. El Alto Mando y sus dos auxiliares
permanecían en pie, observando en el plano los movimientos del combate, dirigiendo
y trazando proyectos. No tenían más que pronunciar una palabra, e inmediatamente,
en el mundo de la realidad, se moverían miríadas de hombres, e irguiéndose,
avanzarían hacia la muerte. El destino de las naciones estaba en la mirada de esos tres
hombres. En verdad, eran como dioses.
Pero quien más semejaba a un dios era Dubois; a él le incumbía decidir y ordenar.
A la mecanógrafa, que lo miraba, le llevaba su alma. Era este anciano tan grave,
elegante y tranquilo, que a la muchacha le inspiraba pasión rayana en idolatría.
Una vez la habló el mariscal para comunicarle directamente una orden. Ella,
temblando de felicidad, le escuchaba como en éxtasis. Era, en su exaltación,
tremendo el terror que tenía de cometer algún error que la desacreditara.
Ahora, viéndolo tras los cristales, lo observaba atentamente, con esa minuciosidad
propia de la mujer apasionada.
Ella notó que el mariscal pronunciaba algunas palabras; después echó un vistazo a
los mapas. Al inglés, alto, que estaba detrás del mariscal, le turbaba un enjambre de
ideas contradictorias; erguía su cuello a cada movimiento de las fichas rojas, azules,
negras y amarillas, y solicitaba la atención del Alto Mando cuando realizaba uno y

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otro movimiento. Dubois escuchaba, asentía con inclinaciones de cabeza, emitía
alguna palabra y advenía otra vez impasible; tenía una actitud, puede decirse,
incubadora, como el águila nacional.
Sus ojos, profundamente sumergidos en sus cejas blancas, apenas se veían. Sus
mostachos caían sobre su boca, de palabras decisivas. Viard también hablaba poco:
era un hombre moreno, de cara triste y ojos melancólicos y vigilantes. Le importaba,
cuestión de sentimiento, que Francia, a través del Rhin, afirmase en Alsacia sus
derechos. Era Viard, ya lo averiguó la mecanógrafa, un antiguo compañero de
Dubois; inspirábale más confianza que el hermético inglés.
Dubois había, años hace, elevado a máximas de magisterio: la parquedad en las
palabras, la permanencia impasible y el no dar nunca la cara, presentando siempre el
perfil; parecer que lo sabía todo, nunca aparentar sorpresa, no precipitarse ni
rectificar. Gracias a la simplicidad de estas reglas, Dubois consiguiera una reputación
sólida ya cuando era oficial, porque aun siendo joven era hombre reflexivo, aunque
listo. Todos los que le conocían decían al mirarlo: «Llegará muy lejos.»
Durante los quince años que en tiempo de paz prestó servicio, nadie le vió vacilar.
Su impasible terquedad seducía e hipnotizaba, y gracias a ella consiguió superar a
muchos de inteligencia más aguda.
Hombre de alma profunda, ocultó sus conocimientos acerca del arte de la guerra,
clave de su carrera. Y las reglas de este arte eran: que nadie supiera nunca nada de sus
planes; quien actúa en seguida disparata, y quien habla se confiesa.
El hombre lento, aplomado y callado, tiene probabilidades de éxito. Ahora,
gracias a la aplicación de esas normas, pensaba descubrir los misteriosos manejos del
Alto Mando de la Europa Central. Delhi realizaría un ataque por el flanco a través de
Holanda, apoyándole en el Rhin los submarinos, hidroplanos y torpedos británicos.
Viard podía entrar por las montañas suizas con sus motos y aeroplanos,
abalanzándose sobre Viena. La cuestión era esperar, acechando la ocasión oportuna.
Y en tanto, Dubois seguía presentándose sólo de perfil, con un aire de seguridad.
(Parecía un hombre que se sienta en un automóvil, después de dar al chauffeur la
dirección conveniente.)
Todos tenían seguridad en aquel hombre, cuya faz imperturbable daba la
sensación de fuerza, unida a un aire de sapiencia y tranquila seguridad.
Las enracimadas luces de los arcos proyectaban franjas de sombras en los mapas;
un haz de luces esparcían un claro obscuro en los planos, indicando en el campo de
batalla diversas direcciones. Cuando un oficial llegaba de las oficinas telegráficas
indicando un movimiento en las fuerzas de la Europa Central, movíanse los peones
del juego, substituyendo por una franja el lugar que ocupaban, y los peones que
representaban las tropas aliadas, según los casos, retrocedían o avanzaban.
El mariscal volvía la cabeza, pareciendo no advertir los movimientos realizados, y
otras veces miraba a los mapas asintiendo con una ligera inclinación de cabeza, como
el maestro que aprueba algún acierto del colegial: «Sí, eso está mejor.»

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«¡Qué hombre tan admirable!» —pensaba la mecanógrafa, viéndolo a través del
ventanal. ¡Qué admirable todo lo que él hacía! Era el cerebro del mundo occidental.
Estaba olímpico con la tierra en guerra, extendida a sus plantas. Era el guía de
Francia que, librándola del dominio de un imperio, la reintegraría a su antiguo
predominio.
Le parecía que participar de sus trabajos estaba más allá del límite de los méritos
que pueda tener una mujer…
Era duro para una mujer dominar sus tempestuosas pasiones y personal adhesión,
apareciendo impersonal, abstracta, exacta y puntual. Debía dominarse…
Se entregó a fantásticos sueños, sueños de los días de paz, cuando en el mundo se
hubiera entronizado la victoria. Entonces, tal vez, estas rudezas y armaduras podrían
dejarse, y los dioses descansarían. Los párpados de la muchacha se abatieron.
Se levantó presa de zozobra. Pocas horas de la noche habían aún transcurrido. Se
notaba una extraña excitación en la gente que pasaba bajo los puentes y que corría
por las calles. En lo alto, entre las nubes, más allá del Trocadero, vacilaban luces
exploradoras. La excitación y el tumulto, subiendo de las calles, invadió el hall del
edificio de Inspección.
Uno de los centinelas que estaba en la terraza, llegó al umbral de la estancia
dando voces, gesticulando y gritando algunas palabras.
Todo el mundo había cambiado. Era como un estremecimiento. La mecanógrafa
no comprendía nada. Era como si todas las maquinarias, motores y cables extendidos
por las calles, empezaran a vibrar en una pulsación violenta. Cerca de ella sopló
como una ráfaga de viento. Un viento deletéreo.
Los ojos de la muchacha buscaron, espantados, la cara del mariscal; lo miró como
un niño puede mirar a su madre.
Dubois permanecía sereno. Frunció ligeramente su entrecejo. «Este gesto —pensó
ella— es natural en tales circunstancias.» El conde de Delhi gesticulaba
violentamente; con su mano enguantada cogió al mariscal por un brazo, llevándolo
hacia la amplia puerta que daba acceso a la terraza. Viard se precipitó a los anchos
ventanales; en extrañas actitudes inclinaba su cuerpo hacia fuera y miraba a lo alto.
¿Pasaba alguna cosa por allá arriba? Fué como si un trueno estallara sobre su
cabeza.
El estampido percutió en la mecanógrafa como un porrazo. Se agazapó tras la
baranda y miró hacia arriba. Vió en el desgarrón de una nube tres objetos negros
abalanzándose como aves de rapiña; un poco más abajo, dos de ellos ya se alejaban,
dejando tras ellos rizosas estelas rojas.
Todo, en su ser, que no fuera atención hacia aquellas formas negras, quedara
paralizado; permaneció algunos minutos, que le parecieron infinitos, observando
aquellos proyectiles que, en torbellinos, en torno a ella giraban.
Sintió que alrededor de ella el mundo se desgarraba. El mundo no era más que un
intenso resplandor de púrpura y carmesí, y un ruido ensordecedor que lo abarcaba

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todo. Todas las otras luces habían sido eclipsadas por aquel siniestro resplandor
intenso. En el lampo carmesí se veían muros derruidos, columnas vacilantes,
fragmentos de cornisas y pedazos de enormes láminas de vidrio.
Ella experimentaba todas las sensaciones de quienes despiertan de un sueño.
Se halló echada de bruces en un barranco, corriendo sobre sus pies arroyos de
agua caliente. Intentó levantarse; pero sus piernas no la sostenían. No supo si era
noche o día, ni el lugar en donde estaba.
Haciendo un segundo esfuerzo, avanzó arrastrándose, y llegando a un desnivel del
terreno se sentó. Todo permanecía en profundo silencio. En realidad llenaba el
ambiente un vasto rugido; pero ella no podía percibirlo, porque sus oídos fueron
exterminados.
Al principio no se hacía cargo de lo que veía en torno, porque no podía
relacionarlo con ninguna experiencia anterior.
Le parecía estar en un extraño mundo sin sonidos, formado por un montón de
ruinas y escombros. Recordaba una luz —éste era en su mente el recuerdo más
preciso—, una vacilante luz purpurina y carmesí.
Entonces, cerca de ella, reconoció, entre un montón de escombros, las ruinas del
Trocadero; aunque alterado en sus líneas principales, todavía se reconocía el edificio
en sus contornos. Permanecía en pie en medio de un torbellino rojizo de vapor.
Entonces ella recordó a París y al Sena y la hermosa noche de las luminarias en la
«Inspección de Guerra».
Se arrastró un corto espacio por el ribazo en donde yacía y empezó a aumentarse
su comprensión de lo acaecido.
La porción de tierra en donde ella estaba se adentraba como un cabo en el río.
Muy cerca de ella había un lago de agua hirviendo, del cual manaban los arroyos.
Espirales de vapor, levantadas un pie de alto de su superficie, se espejaban en el lago
formando círculos. Columnas de edificios bien conocidos reflejaban con precisión sus
fustes de piedra en el agua. No lejos de aquel lugar se apilaba un montón de ruinas,
formando una colina de resplandeciente cima. En ella giraban raudos torbellinos de
encendido vapor, elevándose hacia el zenit. Era de esta cresta de la colina de donde
procedía la luz de intensidad cegadora. La mecanógrafa relacionó el brillo
resplandeciente de este montículo con la demolición del edificio de la Inspección de
Guerra.
—¡Mais!… —cuchichea la muchacha, y permaneció agazapada en la tierra
caliente.
Entonces este ser humano de conciencia turbia y de cuerpo roto, empezó a mirar
en torno. Empezó a sentir la necesidad de relacionarse con alguien. Necesitaba
hablar, preguntar y referir lo acaecido.
Su pie le dolía horriblemente. Una ráfaga de consciencia cruzó su mente.
—Por aquí debe haber ambulancias; esto ha sido una catástrofe, seguramente.
Después de una catástrofe siempre hay ambulancias y enfermeros que van y vienen.

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Irguió su cabeza. Algo había allá lejos. ¡Pero todo permanecía tranquilo!
—¡Monsieur! —gritó. Advirtió una sensación extraña en sus oídos, y comprendió
que algo siniestro iba a acaecerle. Reinaba una horrible soledad en medio de ese
paraje caótico; pero tal vez aquel bulto que ella confusamente percibiera era un
hombre; mas con dificultad podía cerciorarse de ello. Si era un hombre permanecía
inmóvil e insensible; acaso por la emoción de la catástrofe había quedado idiotizado.
Un lampo de aquella luz intensa se proyectó hacia aquel rincón, y la muchacha
columbró distintamente los más pequeños detalles. Aquel bulto era el mariscal
Dubois. Su busto se ocultaba entre los pedazos de aquel enorme mapa de la guerra.
En torno a él se veían dispersos algunos objetos de madera; los escudos del arma de
Infantería y Caballería, y los fusiles de los que estaban preparados para salir a la línea
de fuego. Dubois no parecía prestar atención a lo que alrededor de él acaecía. Pero
esta actitud distraída no era de pasiva indiferencia, más bien era una actitud
pensativa.
Ella no pudo verle los ojos, ocultos bajo sus erizadas cejas; pero era seguro que el
entrecejo continuaba fruncido. Su gesto hosco parecía indicar que no quería que nadie
le molestara. Su cara todavía conservaba aquella expresión de serena confianza;
semejaba manifestar en ella la seguridad de que si Francia acataba sus órdenes, se
salvaría.
La muchacha no volvió a llamarle; pero, arrastrándose, se acercó un poco.
Penosamente fué acercándose, tirando de su pie torcido, hasta llegar a una distancia
desde la que pudo verle completamente entre los escombros de muros derruidos. Ella
tocó alguna cosa húmeda, y después de un movimiento convulsivo advino rígida.
No era un hombre entero lo que allí había, era nada más que un trozo de hombre,
la cabeza y los hombros de un hombre cuyo cuerpo desmochado se hundía en un
charco de agua negra y brillante…
Cuando la muchacha lo miraba fijamente, la tierra del ribazo en donde estaba
empezó a oscilar y a desmoronarse, y un chorro de agua caliente fluyó sobre ella.
Entonces sintió que era arrastrada hacia abajo…

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3
Cuando el feroz aviador, con la cabeza en forma de bala y el pelo negro corto peinado
a «lo cepillo», adscripto al Cuerpo Técnico en Francia, oyó hablar de este desastre de
la «Inspección de Guerra», como sólo le importaba lo que le afectaba directamente,
rompió a reír.
Eso de que París estuviera ardiendo tenía poca importancia. Sus padres y su
hermana vivían en Caudebec y la única novia que él había tenido, pobre víctima del
amor, era una muchacha de Rouen.
Poco tiempo hacía que ascendiera el aviador al grado superior de mando.
—Ahora —se decía— nada habrá que pueda impedirnos la marcha sobre Berlín
para aplicarles la ley del talión. Saltaremos por encima de la estrategia y de las
razones de estado… ¡Vete allá, muchacho, y enséñales a esas viejas mujeres lo que
nosotros somos capaces de hacer cuando algo se nos mete en la cabeza!
Tardó cinco minutos en telefonear, y después bajó al patio del castillo que
habitaba, dando orden de que viniera su automóvil. Todos los preparativos habían de
hacerse rápidamente, porque poco más de hora y media faltaba para el amanecer.
Miró al cielo y advirtió con satisfacción densas nubes hacia la parte Este, que ya el
alba empalidecía.
Era este aviador hombre de infinita astucia; tenía todo su material y aeroplanos
ocultos bajo tablas y pilas de heno. Ni un cazador de halcón podría dar con la
madriguera. Mas aquella noche sólo precisaba uno de los aparatos que, dos millas
distante del castillo, oculto bajo montones de paja estaba.
Dirigióse a aquel lugar para preparar el vuelo, que sólo con otro compañero había
de realizar sobre Berlín.
Dos hombres eran bastante para hacer lo proyectado.
Tenía en sus manos los dones que la ciencia había ofrecido al género humano, los
medios de destrucción, y este aviador, antes que nada, era un avieso aventurero…
Era un mozo moreno, surcada su faz resplandeciente de vetas negras. Sonreía
complacido como quien presiente horas de intensos placeres. Había una suave caricia
en el tono de su voz cuando emitía las órdenes, y solía subrayarlas apuntando con un
dedo de su mano grande y velluda.
—Bien, les aplicaremos la ley del talión —se decía—. Ojo por ojo y diente por
diente. No hay tiempo que perder, muchachos.
Y ya sobre las espesas nubes que ocultaban a las tierras de Westfalia y de Sajonia,
volaba raudo el aeroplano. El aeroplano, movido por energía automática, se deslizaba
silencioso por el aire como un rayo de sol. De tiempo en tiempo fosforescía el
giroscopio. El aparato hendía la atmósfera como una flecha para clavarse en el
corazón de la Europa Central.

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No se remontaba muy alto; rozaba los espesos «cúmulos» que ocultaban la tierra,
presto a sumergirse en la húmeda obscuridad nubosa si persistía el vuelo de un
enemigo. La tensa atención del piloto se dividía entre las estrellas orientadoras y la
vacilante superficie de las nubes que le ocultaban el mundo. Sobre grandes
extensiones los bancos de nubes permanecían inmóviles como una corriente de lava
congelada y, a intervalos, por claros y luminosos desgarrones, se veían allá abajo
fragmentos de terreno. Pudo columbrar perfectamente una grande estación del
ferrocarril delineada en las luces y en los discos de la vía. Y más adelante espesos
torbellinos de humo que surgían de una colina. Mas si el mundo permanecía casi
oculto para los aviadores, subían hasta ellos los sonidos de la tierra. A través del
vapor de los cúmulos pasaba el profundo rugido de los trenes y el silbo de las sirenas
de los automóviles. Una descarga de fusilería percutió hacia la parte Sur, y poco más
tarde, nuncios del término de su viaje, oyeron los aviadores el canto de los gallos…
Las estrellas que brillaban en el indeciso horizonte de aquel mar de nubes
empezaron a borrarse, y un pálido resplandor de amanecer se extendió hacia el NE.
La Vía Láctea se perdía en el azul y las estrellas de pequeña magnitud se
desvanecieron. La cara del aventurero piloto se distinguía a intervalos en la ventana
ovalada que ante sí tenía; era de viril belleza su gesto de fuerza reconcentrada; pero
algunas veces lo animaba una inexpresiva alegría infantil. Su compañero era un tipo
menos interesante. Sentábase, con sus piernas extendidas, sobre una caja en forma de
ataúd, cuyos compartimentos contenían las tres bombas de energía atómica; aquellas
nuevas bombas de explosión indefinida aún no se habían experimentado. Hasta
entonces el «Carolinum», substancia esencial de que estaban compuestas, había sido
empleado en cantidades infinitesimales dentro de cámaras de acero revestidas con
plomo. El auxiliar del piloto, su mente llena del propósito exterminador tenía entre
sus piernas las negras bombas destructoras. Había escuchado con atención, sin
discutirlas, las órdenes de su compañero, y estaba dispuesto a ejecutarlas
exactamente. Su perfil aguileño, recortado en el resplandor sideral, expresaba una
profunda melancolía.
Hasta entonces el viaje había sido singularmente afortunado, porque ningún
aeroplano volara persiguiéndoles. Debieron pasar durante la noche sobre los
vigilantes de la frontera, cuando densas nubes ocultaban el aparato; ancho era el
mundo, y la suerte también les ayudó, no encontrando en su raid ningún centinela
volador. Además, el color gris pálido del aparato se borraba en las nubes, haciéndolo
desde abajo casi invisible. Hacia la parte Este, el cielo se teñía por la salida del sol.
Para llegar a Berlín sólo faltaban una veintena de millas. Poco a poco, las nubes bajas
empezaron a disolverse.
Hacia la parte NE., en un despejado lago luminoso, se extendía Berlín, brillando
aún todo su alumbrado nocturno.
El piloto, con el índice de su mano izquierda, apuntó en el plano, que bajo el
volante estaba cubierto con una lámina de mica. Allá, formando lagunas de luz,

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estaba el camino dé Harel, hacia la derecha; un poco más arriba debían estar los
bosques de Spandau; hacia otra parte, el río se bifurcaba en la isla de Potsdam; más a
la derecha estaba Charlottemburg, de donde partiendo recta, como una hendidura
luminosa, llegaba una avenida al barrio imperial. Allá, bastante claro, se veía
Thiergarten; más lejos se erguía el palacio imperial, y a su derecha se apiñaban las
techumbres de ingentes edificios, en donde el Estado Mayor de la Europa Central
debía alojarse. Sobre la ciudad iba extendiéndose la luz fría y pálida del amanecer.
El piloto miró de repente hacia arriba: había oído un tenue zumbido que
rápidamente aumentaba. Casi encima de su cabeza un aeroplano alemán descendía,
desafiándolos desde inmensa altura, trazando círculos. El piloto tocó con su brazo al
melancólico compañero, que cerca de él estaba sentado. Después se dobló sobre el
volante, agarrándolo con ambas manos, y torció el cuello para observar al enemigo
que sobre ellos volaba. Él estaba seguro de su destreza. Ningún alemán viviente, ni
aun los mejores entre los franceses, podrían aventajarle en el manejo de su aparato.
Se abalanzarían sobre él con la presteza de un halcón; pero él sabría esquivarlos.
Acaso al emprender el vuelo imaginaba estarían ateridos y abatidos por el frío intenso
del amanecer, y sería poco temible su esgrima perezosa. El aeroplano alemán volaba,
acercándose. Cuando estuvieron a la distancia de una milla empezaron a hablarles
con auxilio de un megáfono. Las palabras llegaron al piloto como un murmullo
ronco. El avión alemán, como no obtuvo respuesta a la señal, se precipitó sobre el
aparato enemigo, quedando a una yarda de distancia. Debieron comprender que
preparaban los perseguidos una agresión.
El piloto dejó de observar los vuelos del aparato enemigo y, reconcentrando su
atención en el volante, puso rumbo hacia Berlín. Los dos aeroplanos volaban
próximos.
Una bala del aparato alemán desgarró el aire. A poco siguió otra. En la máquina
del aparato francés se sintió un topetazo.
No había tiempo que perder. La ciudad estaba próxima. Las anchas avenidas, el
parque y los palacios iban ampliándose a medida que se acercaban en su vuelo.
—Pronto —dijo el piloto.
La faz descarnada del arrojador de bombas expresaba el espanto. Sacó de la caja
una bomba atómica y la apoyó contra el borde. Era una esfera negra, de dos pies de
diámetro. Entre sus asas tenía una cápsula de celuloide; a ella acercó su boca el
aviador, mordiéndola para que entrara aire en el gas inducido; seguro de su
accesibilidad, alargó el cuello fuera del aparato para medir las distancias, y colgó la
bomba en uno de los lados del aeroplano, pisando la cápsula de celuloide.
—Gira —dijo con voz apenas perceptible.
La bomba resplandeció en medio del aire con una luz escarlata; caía silbando,
dejando tras sí una brillante estela en espiral. Ambos aeroplanos fueron sacudidos
como un volante en el juego, dieron un respingo y quedaron de través. El piloto, con
los ojos brillantes y mostrando los dientes en una sonrisa, contrabalanceó la

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oscilación del aparato describiendo curvas. El demacrado arrojador de bombas, a
pesar de ir firmemente amarrado con correas, se adhería al banco con manos y
rodillas. Dilataba las alillas de la nariz y los dientes le temblaban en los labios.
Cuando ya recobrado el equilibrio pudieron observar lo que abajo acaecía, vieron
una llamarada como el cráter de un volcán en erupción. En el abierto jardín del
castillo imperial, una estremecida estrella de resplandor siniestro salpicaba llamas
hacia arriba entre nubes de humo: se levantaban contra los aviadores como una
acusación. Estaban demasiado altos para distinguir la gente claramente o para notar
en detalle los efectos de la bomba en los edificios; pero de súbito vieron en el intenso
resplandor vacilar y desmoronarse las fachadas como se disuelve el azúcar en el agua.
El arrojador de bombas, sonriendo con maligna sonrisa, quedó mirando fijamente
a la tierra en llamas; después se movió en su asiento todo lo que sus ligaduras le
permitían, y, picando la cápsula de celuloide, colgó otra bomba en el costado del
aparato, que fué a buscar a su camarada.
La bomba esta vez explotó debajo del aeroplano, que, subiendo de súbito, se
ladeó. La caja de las bombas estaba casi vacía. El arrojador extrajo de ella la tercera
bomba, aproximando su cara al estuche de celuloide. La agarró por sus asas, y con un
gesto de deleite fué a colgarla en el costado del aparato, picando el celuloide.
Antes de que pudiera arrojar la bomba, el aeroplano «tangueó». Instintivamente,
el arrojador se inclinó hacia el costado del aparato para impelerla.
Entonces la bomba explotó, y piloto, auxiliar y aeroplano volaron hechos jirones
y astillas de metal.
Una tercera columna de humo subió en espirales desde los escombros.

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Nunca hasta entonces se habían aplicado en la guerra los explosivos de explosión
continua. Hasta mediados del siglo XX, los explosivos eran combustibles cuya
eficacia se debía a lo repentino de la explosión. Aquellas bombas atómicas, que
reventaron esa noche en el mundo, eran extrañas aun para los hombres que las
manejaban. Las usadas por los aliados eran pedazos de Carolinum puro, Cydomator
exoidizado que estaba herméticamente cerrado en una caja membranosa. Una cápsula
de celuloide puesta entre las asas por donde la bomba se cogía, desgarraba, antes de
lanzarse, la bomba, introducía aire en su interior y entonces advenía activo el
principio radio contenido en el Carolinum. A los pocos minutos, la bomba
resplandecía en una explosión continua.
Antes se usaban en las guerras balas de explosión que sólo en el momento de
reventar eran mortíferas; pero el Carolinum, que pertenecía al grupo B que Hyslop
llama «desintegrador suspendido», una vez que el proceso de desintegración empieza,
continúa furiosamente la irradiación de energía, que nada puede detener. Hasta el
presente no se conoce ningún principio activo más poderoso.
Lo que los químicos de principios del siglo XX llamaban período medio de
actividad era diez y siete días, plazo del tiempo en el cual las mayores moléculas que
almacenaba el principio radioactivo iban desparramando su energía. En los diez y
siete días siguientes, la energía esparcida disminuía la mitad con relación al primer
período. El Carolinum, como todas las demás substancias radioactivas, aunque en
cada diez y siete días pierde la mitad de su poder, aunque constantemente disminuye
hasta llegar a ser su energía apenas perceptible, nunca se agota completamente, y así
permanecía siempre difuso en los campos de batalla en donde las bombas habían
explotado, siendo por ello lugares poco apacibles.
Lo que ocurría al picarse la cápsula de celuloide que estaba entre las asas de la
bomba, era que se oxidizaban los elementos contenidos en la bomba, adviniendo
activos. Entonces la superficie del Carolinum empezaba a desintegrarse; esta
desintegración pasaba lentamente a los elementos que formaban la bomba.
Al principio de arrojada la bomba la explosión era sólo superficial y descendía
envuelta en llamas tonantes. Cuando echada desde los aeroplanos caía en tierra, su
parte más activa estaba intacta.
Fundiendo las rocas que a su paso hallaba, perforaba el terreno. Entonces acrecía
la actividad del Carolinum extendiendo su fuerte energía en monstruosas cavernas
que al exterior semejaban volcanes en miniatura.
El Carolinum, que no se dispersa, permanecía en erupción entre vapores
hirvientes y tierras removidas. Desde que la bomba era lanzada nadie podía detener
su ímpetu, que duraba hasta que la energía se agotara. Algunas veces permanecía en
actividad durante años, meses o días, según fueran las dimensiones de la bomba. El

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cráter rugía lanzando un denso vapor incandescente, fragmentos de roca y fango que,
por ir saturados de Carolinum, iban desplazándose los ardientes centros de energía.
Este era el triunfo de que más se vanagloriaba la ciencia militar, el explosivo que
había de decidir la guerra…

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Un historiador contemporáneo nos dice del mundo de su tiempo: «Que se pagaba de
palabras convencionales y era irremediablemente ciego para ver las cosas más
claras.» Nada debía parecer más obvio a los hombres de principios del siglo XX que el
hecho de que en breve plazo la guerra llegaría a ser imposible, y, sin embargo, no se
dieron cuenta de ello hasta que las bombas atómicas explotaron en sus manos torpes.
Estos hechos evidentes debieron antes resplandecer en toda mente algo reflexiva.
Durante los siglos XIX y XX, la energía de que los hombres podían disponer
aumentaba continuamente; no eran, sin embargo, proporcionados los medios de que
disponía para evitarla. Aplicado al arte de la guerra, el poder destructivo de esa
energía iba constantemente en aumento. No aumentaban, sin embargo, los medios
para evitar sus estragos. Toda clase de defensa pasiva: armaduras, fortificaciones y
otras análogas, son aniquiladas por el tremendo aumento de los elementos
destructivos. Los medios de destrucción han llegado a ser tan fáciles que están al
alcance de cualquier grupo de descontentos. Esto revolucionó los medios de represión
y la policía de los Estados.
Antes de la última guerra nadie ignoraba que cualquiera podría llevar en su
maleta energía en potencia suficiente para hacer volar una ciudad. Hasta los
chiquillos de la calle sabían esto y todavía el mundo «daba vueltas de loco
alrededor», como dicen los americanos, con sus paradas militares y sus pretensiones
guerreras.
Sólo teniendo en cuenta el profundo divorcio entre el mundo científico e
intelectual y el de la política de abogados puede comprender el hombre de tiempos
posteriores el absurdo estado de los negocios públicos. La organización social era
todavía como en los tiempos bárbaros.
Había ya entonces un gran número de hombres de activa inteligencia que la
aplicaba a las relaciones privadas y a los asuntos comerciales; pero la comunidad,
vista en conjunto, carecía de ideales. Su indisciplina y desorganización era el colmo
de la imbecilidad. La civilización que en las colectividades había de imprimir el
«Estado Moderno» estaba todavía en la entraña del futuro…

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Pero volvamos a Wander Yahre, la novela de Frederick Barnet, y veamos cómo
refiere este hombre de tipo medio lo que durante el tiempo bélico observó. Cuando
aquellos terroríficos descubrimientos de la ciencia se aplicaron a la guerra en París y
en Berlín, Barnet, con su compañía, se atrincheraba por la zona de Bélgica y
Luxemburgo. Él nos refiere, con expresiva frase, sus jornadas al Norte de Francia y
en Ardennes durante los días de verano. El campo estaba empardecido por el calor
estival, en los árboles agostados se iniciaba el color de otoño y la sazón doraba los
trigales. Cuando se detuvieron una hora en Hirson, hombres y mujeres, llevando la
insignia tricolor, se agitaban llenos de entusiasmo en los andenes y distribuían
pasteles y vasos de cerveza a los soldados. «Apetecible era aquella fría cerveza —nos
dice Barnet—. Desde que saliera de Epsom no había comido ni bebido nada.»
Algunos monoplanos «semejantes a gigantescas golondrinas» exploraban el
horizonte ennegrecido por el ocaso.
El batallón de Barnet fué enviado a través del país de Sedan, a un lugar llamado
Virton, y de allí a los bosques de Jemelle, que flanquea la línea del tren. En este sitio
se apearon y empezaron un penoso vivaqueo por la vía. Durante toda la noche
estuvieron pasando trenes de mercancías. A la siguiente mañana marcharon hacia la
parte Este. La amanecida era turbia y fría; mas pasadas las primeras horas de la
mañana se dejó sentir un calor ardiente. La campaña era interrumpida por largas
extensiones de bosques que se dilataban hacia Arlon. En este lugar la infantería
emprendió el trabajo de zanjas y trincheras entre St. Hubert y Virton, cuyo objeto era
detener el avance en la línea fortificada del Mosa.
Durante dos días, cumpliendo las órdenes recibidas, trabajaron en las trincheras
sin que vieran al enemigo ni sospecharan la brutal decapitación de los ejércitos de
Europa que convirtieron el Oeste de París y el centro de Berlín en un montón de
ruinas llameantes que recordaban las de Pompeya.
En las noticias que al fin se recibieron, venía atenuada la catástrofe. «Vimos que
las bombas de los aeroplanos habían causado daños en París», pero no supieron nada
concreto acerca de lo acaecido. «En alguna parte se proyectarían y darían las órdenes
que ahora se recibían.» Cuando el enemigo empezó a salir de los bosques lindantes
un ardor bélico nos impelía y ninguna otra cosa que el próximo combate nos
importaba. Si alguno se levantara para observar lo que allá por el cielo pasaba, el
silbo desgarrador de una bala pronto nos haría recobrar la posición horizontal.
La batalla se desarrollaba en la zona comprendida entre el Norte de Louvain y el
Sur de Longway. El peso del combate lo llevaba la infantería. Los aeroplanos no
parece tomasen por aquel entonces una participación decisiva en la lucha, aunque
volando sobre el campo combatiente previesen la sorpresa de un ataque. Ya se usaban
aeroplanos movidos por energía atómica; pero no bombas atómicas ni otra clase de

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bombas arrojadizas cuyo empleo no era práctico en los campos de batalla. Y aunque
los aeroplanos combatiesen con tiros de fusil, la lucha en el aire, como auxiliar de las
columnas, no había alcanzado grandes proporciones. Por ello, los aviadores no
usaban sus aparatos en la refriega, limitándose en sus vuelos a explorar el campo
beligerante.
Después de unos días de trabajo en las trincheras, Barnet salió para la línea de
fuego. Se parapetaban en hondos surcos ocultos por la paja de las mieses y esta fila
de trincheras se comunicaban entre sí por zanjas. El enemigo avanzaba ciego y
confiado por el campo que dominaba nuestras trincheras y hubiéramos hecho una
carnicería si hacia la derecha algunos soldados no se hubieran precipitado en hacer
fuego.
«Avanzaban hacia nosotros llenos de impetuoso ardor —nos confiesa—; en nada
se parecía aquel avance a los simulados en las maniobras. Hicieron alto algún tiempo
en la linde del bosque y después siguieron avanzando desplegados en guerrilla.
Avanzaban por nuestra derecha sin vernos ni aun cuando estuvieron al alcance de
nuestros fusiles. Parecían no advertir la presencia enemiga. Los oficiales silbaban a
los soldados avisándolos. Uno o dos de ellos hicieron alto en el fuego, y, entonces,
todos empezaron a retroceder hacia el bosque próximo. Al principio se retiraban
lentamente; pero después, como si el bosque les atrajera, precipitaron la retirada. Los
disparos del enemigo eran frecuentes; hacían fuego sin acertar, de una manera
mecánica. Entonces yo disparé, advertí que mi disparo había sido certero, porque
pude distinguir un bulto que caía entre los trigales. Sin embargo, el hombre seguía
avanzando aunque su andar era vacilante; me pareció que se paraba agachándose en
una zanja. «Eres mío —cuchicheé— y apreté el gatillo.»
«Me produjo una extraña impresión la muerte de aquel hombre; al principio,
cuando creí que lo había matado, yo irradiaba orgullo y alegría. Lo vi pegar un brinco
con los brazos en alto.
»Sin embargo, los trigos en donde había caído ondulaban de tiempo en tiempo.
Súbitamente recobré mi serenidad comprendiendo que no estaba muerto.
»De todas maneras aquel hombre sólo quedaba fuera de combate y era inútil para
la lucha. Yo quedé pensativo…
»Cerca de dos horas aquel prusiano estuvo agonizando entre las mieses. De
tiempo en tiempo llamaba a voces y alguien, gritando, le contestaba.
»Al poco se levantó de un salto e hizo el último esfuerzo para mantenerse en pie;
después cayó como un fardo y quedó inmóvil para siempre.
»Me pareció que alguien disparaba sobre el muerto. Yo, que estaba al acecho,
tuve también intención de hacerlo.»
El enemigo empezó a disparar desde los refugios que había construido en el
bosque. Un hombre que estaba en la trinchera cerca de Barnet, fué alcanzado por los
disparos. Al sentirse herido lanzaba maldiciones y gritos de rabia. Barnet,

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arrastrándose a lo largo de la trinchera, se aproximó a él. Tenía su mano partida por la
mitad y de la herida manaba abundante sangre.
—¡Mira esto! —dijo mostrándole la mano partida—. ¡Maldita locura! ¡Maldita
locura! ¡Mi mano derecha, señor! ¡Mi mano derecha!
Durante algún tiempo, Barnet no consiguió tranquilizarlo. El herido renegaba de
la guerra, que le parecía algo estúpido.
Vió como en un relámpago la inutilidad cruenta de la guerra al sentir el dolor de
su mano rota que para siempre le había inutilizado para su labor de artífice.
Observaba su mano lesionada y el dolor de la herida lo dejaba impenetrable para
ninguna otra idea.
Barnet curó la herida al pobre mutilado torciéndole el muñón sangriento, y,
ayudándole, lo sacó por una zanja de la trinchera.
Cuando Barnet volvió a su puesto sus hombres clamaban pidiendo agua. Durante
aquel día interminable la sed les abrasaba. Para comer tenían chocolate crudo y pan.
«Al principio, mi bautismo de fuego me había excitado extraordinariamente; pero
a medida que el día avanzaba y el calor se dejaba sentir, experimenté un enorme
tedio. Los mosquitos no nos daban punto de reposo y una plaga de hormigas
ennegrecía el cañón de mi fusil. Yo no podía moverme del sitio. Empecé a pensar en
el prusiano muerto entre los trigales y en los gritos amargos que mi hombre herido
lanzaba: ¡Maldita locura! ¡Maldita locura! Esto era una maldita locura; pero ¿quién
era el responsable a quien podía reclamarse?
En las primeras horas de la tarde, un aeroplano intentó desalojarnos de las
trincheras con bombas de dinamita, pero una o dos veces los disparos de cañón
consiguieron alcanzarle; lo vimos alejarse, en vuelo descendente, más allá de unos
árboles.
—Desde Holanda hasta los Alpes —reflexionaba yo— debe haber agazapados y
echados por tierra cerca de millón y medio de hombres, tratando de inferirse
irreparable daño unos a otros. Esto es tan idiota, que parece el colmo de lo imposible.
Es tan irreal como un sueño; pero ahora yo despertaré.
Yo reflexionaba, echado en tierra, si muchos hombres entre aquellos cientos y
miles sentirían su espíritu en rebelión contra la bandera y contra los imperialismos.
¿No estábamos acaso en la agonía de la última crisis? ¿No estaríamos cerca del
término de esta obscura y hórrida pesadilla? ¿No despertaríamos pronto?
No sé cuándo terminaron mis meditaciones. Tal vez las interrumpieron las
descargas de fusilería que percutieron a lo largo de la extensa fila rompiendo el fuego
sobre Namur.

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Pero Barnet no había visto hasta entonces más que los apacibles comienzos de la
guerra moderna.
Sólo había tomado parte en un ligero tiroteo. El ataque a la bayoneta que rompió
las líneas avanzadas, se inició desde un lugar llamado Croix Rouge, distante veinte
millas del lugar en donde Barnet combatía. En la obscuridad de la noche fueron
abandonadas las trincheras. Su compañía hizo la retirada sin bajas.
El regimiento de Barnet retrocedió hasta la línea fortificada que se extendía entre
Namur y Sedán; tomó el tren en la estación llamada Mettet. Siguiendo hacia el Norte
atravesó las regiones de Antwerp y Rotterdam, llegando a Haarlem. De allí partió
para el Norte de Holanda. Fué en su marcha por la tierra de Holanda cuando Barnet
pudo apreciar el aspecto catastrófico y monstruoso de la lucha, en la cual participó sin
distinguirse.
Nos describe complacido las jornadas por las colinas y despejada tierra de
Brabante: el paso de la tropa por el Rhin; los llanos y fértiles campos de Holanda que
contrastaban con el ondulado terreno de Bélgica; los claros caminos que flanqueaban
los diques y los innumerables molinos de viento que se erguían en la llanura
holandesa. Era ininterrumpida la extensión de terreno comprendida entre Alkmaar,
Leiden y Dollart. Las tres grandes provincias del S. y N. holandés y de Zuiderzee,
fueron varias veces reformadas en el largo período comprendido entre el siglo X y el
año 1945. En sucesivos períodos, el terreno, gracias a los diques, fué elevándose
sobre el nivel del mar, y una población densa e industriosa ocupó la tierra emergida.
Una intrincada red de leyes y costumbres regulaba la manera de cómo había de
realizarse la perpetua defensa de aquellos hombres contra el mar sitiador.
En la zona comprendida entre Walcheren y Friesland, que tenía más de doscientas
cincuenta millas de extensión, la línea que diques y esclusas formaban eran la
admiración del mundo entero.
Si algún dios curioso quisiera vigilar el curso de los sucesos en aquellas
provincias norteñas, mientras progresaba por el flanco el avance británico, elegiría
para punto de observación, en aquellos días críticos que precedieron a la catástrofe,
aquel cúmulo de nubes que avanzaba lentamente por un cielo azul. El tiempo era
claro, templado y seco. Un viento suave levantaba tenues nubes de polvo. El dios
vigilante vería desde su sitial anchos campos de un verde brillante, obscurecido a
retazos por la sombra que proyectaban las nubes. Vería en los lagos de yerbosa orilla,
orlados de sauces, espejarse el cielo, y los caminos despejados bordeando los canales
de agua azul; la pradería alegrada por los ganados que en ella se apacentaban; las
carreteras ocupadas por el tráfico de acémilas, bicicletas y automóviles, que llevaban
aldeanas vestidas con trajes de gayos colores; el pulular de la gente aun en los parajes
más apartados, entre los trojes y pilas de heno de las eras; por las aldeas remotas de

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esbelta iglesia, en las compactas ciudades unidas por canales que pasaban bajo
numerosos puentes; los paseos de recortados árboles. No había lugar en aquella tierra
que no estuviera habitado por el hombre. La gente de aquel país no se contaba entre
los beligerantes. Los intereses y simpatías de los holandeses estaban tan divididos que
la nación permaneció indecisa y pasiva ante la lucha de los Estados que se disputaban
el poder del mundo. A lo largo del camino por donde la tropa pasaba, se arremolinaba
la muchedumbre en actitud de observador imparcial: chiquillos y mujeres cubiertas
con sus peculiares tocas y calzadas con zuecos a la antigua usanza; viejos de
rasuradas mejillas, que pensativos fumaban en largas pipas. No temían a sus
invasores; aquellos tiempos en que bandas de soldadesca entraban a pillaje, habían ya
pasado.
Aquel dios que acaso vigilaba entre las nubes, también habría visto el desfile de
aquel ejército, uniformado con trajes de zahaké, y todo el armamento de guerra
pintado de gris, desfilar por las tierras de Holanda. Habría también observado los
largos trenes que por la línea del Norte serpeaban, prestos a reponer los deterioros
causados, en los que los hombres se amontonaban, y fusiles y material de guerra se
apilaban. Habría advertido el estrepitoso desfile de la caballería e infantería y el
avance de los enormes cañones a lo largo de los caminos que orillaban los diques, y
la actitud tranquila y equívoca con que el neutral danés presenciaba este movimiento
bélico.
Todas las barcas y buques que navegaban por los canales habían sido requisadas,
empleándose como transportes. Como el día era claro y caluroso, todos estos
movimientos, más que preparativos guerreros, parecían mejor festival extravagante o
animados juegos.
Cuando el sol se hundió en el Occidente, algo cambió el aspecto de las cosas. Una
bruma dorada envolvía aquellos parajes.
Todas las cosas tomaron un brillo cálido, y los objetos, en la luz áurea del
crepúsculo, adquirieron un relieve más definitivo. La sombra que proyectaban las
iglesias se dilataba hasta llegar a la del horizonte, fundiéndose con la sombra del
Universo. La sombra, lenta y blandamente, fué envolviendo al mundo, y todos sus
repliegues borrándose en un azul intenso. Llegó la noche —la noche, primero toda
obscura, luego con tímidos puntos luminosos esparcidos aquí y allá, y después se
enjoyaron las tinieblas con cientos y miles de luces. En aquella semiobscuridad y
resplandores inciertos, los ruidos se hicieron más sensibles, porque en la penumbra
no había objeto alguno que distrajera la atención.
Acaso el vigilante, que estaba allá arriba, en el espacio translúcido, bajo los
astros, aquella noche dormitase, mas tal vez en la cuarta noche, cuando el avance de
todo el flanco del ejército, despertó. En esa noche, la batalla aérea decidió el destino
de Holanda.
Al fin, los aeroplanos entablaron la lucha. De súbito aparecieron unos en lo alto y
otros más próximos a la tierra. Surgieron de las cuatro partes del cielo, raseros

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aquéllos, buceando en las nubes éstos. Elevándose unas veces al zenit, descendiendo
otras. Venían a atacar o a defender a los habitantes del país.
Secretamente, las potencias de la Europa Central habían reunido todos sus
aparatos y los arrojaban sobre aquellas gentes como un gigante puede tirar desde su
altura un puñado de diez mil cuchillos sobre la tierra. Entre aquel enjambre de
aeroplanos, cinco de ellos se dirigieron, en arriesgado vuelo, hacia las murallas de
Holanda, llevando bombas atómicas. Por el Norte, Sur y Este surgieron aeroplanos de
los aliados, voltejeando por el aire, para repeler los aparatos enemigos que
súbitamente atacaban.
Entonces empezó la guerra aérea. Los hombres, cabalgando aquella noche sobre
torbellinos de viento, como arcángeles, cayeron exterminadores. El cielo llovió
héroes sobre la tierra atómica.
Seguramente la última lucha del género humano era la mejor. ¿Qué eran las
pesadas armas de los héroes de Homero ni el crujiente ímpetu de los carros guerreros,
al lado del veloz arrojo de estos aeroplanos, de sus violentos estampidos, de su
triunfo vertiginoso, de su vuelo intrépido y raudo hacia la muerte?
Entre los arrojados giros del aéreo duelo, cuando los aeroplanos se agitaban entre
la luz de las ciudades y las estrellas, percutió un estampido más fuerte que un trueno,
y una veintena de largas serpientes de fuego bucearon ávidamente en los diques
holandeses, y un intenso resplandor carmesí, envuelto en nubes de vapor y de humo,
se alzó entre la tierra y el mar.
Con espanto y terror, pedazos de tierra saltaron en las tinieblas, y el mar, con su
espuma roja como la sangre, temblaba de rabia.
Por todo el populoso contorno sonaban extraños gritos de las multitudes fugitivas,
y las campanas en las iglesias tocaban a rebato.
Los aeroplanos que se salvaron de la refriega, girando en un vuelo, se perdieron
en el horizonte; huían, como si de súbito hubieran adquirido conciencia de su
perversidad…
A través de unas hendiduras del terreno, ígneas y tonantes, las olas que el agua no
pudo apagar, bramando se precipitaron sobre la tierra…

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«Fué para nosotros gran suerte —refiere Barnet— que no pudiéramos llegar aquella
noche a nuestros cuarteles de Alkmaar. Había allí, nos dijeron, provisiones, tabacos y
todo lo que se pidiera; pero el canal mayor entre Zaandam y Amsterdam estaba
obstruido, no habiendo esperanza de que pudiera por él navegarse. Alegrándonos de
que el azar nos impidiera unirnos al grueso de nuestra columna, nos refugiamos en un
pequeño puerto abandonado, y de sucio fondo, en cuya orilla se alzaba una casa
entonces desierta. Entramos en ella y hallamos una barrica de arenques, un montón de
quesos y botellas de aguardiente de ginebra en la bodega; gracias a esto, los hombres
a mis órdenes, que estaban hambrientos, se animaron. Encendimos fuego; en él
calentamos el queso y asamos los arenques. Nadie había dormido durante cuarenta
horas; por ello decidí que permaneciéramos en el refugio hasta el alba, y si el tráfico
en el mar estaba aún interrumpido, marchar por el camino hasta Alkmaar.
El lugar en donde nos alojamos distaba del canal unas veinte yardas, situado bajo
un pequeño puente de ladrillo, desde el cual podíamos ver la flotilla y oír las voces de
los soldados.
Cinco o seis barcas, que navegaban por un canal, fondearon en un lago próximo
al lugar en donde nosotros estábamos. Venían llenas con tropas del regimiento de
Antrim. Con ellos repartí las provisiones que habíamos encontrado, obteniendo en
cambio tabaco.
A nuestra derecha manaba un manantial de agua abundante; más allá se apiñaban
las techumbres de las casas y se distinguían las dos torres de una iglesia. Como la
barca estaba abarrotada de gente, destaqué varias escuadras, que eran en total treinta
o cuarenta hombres, para que vivaqueasen por la orilla del canal. No permití que toda
mi gente entrase en la casa por temor a que deteriorasen los muebles que en ella
había. Dejé una nota, allí, de las provisiones que habíamos tomado. Lo que más nos
alegraba era tener tabaco y buen fuego, que ahuyentaba a los numerosos mosquitos
que en torno volaban.»
«La fachada de la casa en la cual nos habíamos aprovisionado estaba adornada
con una leyenda que decía: Vreugde bij Vrede, “Alegría en la paz”. Daba la impresión
de un retiro que un propietario cuidaba con amor diligente. Zarzales de rosas y
perfumados setos hacían delicioso aquel lugar, y agradable para pasar una temporada
de verano. Sentado en el jardín vigilaba desde él mis hombres, que agachados por la
margen del canal en cocinar se entretenían. El sol se ocultaba en un cielo sin nubes.»
«Durante las dos últimas semanas yo fuí un hombre muy ocupado; sólo me
importaba obedecer las órdenes que me transmitían.
»En ese tiempo, trabajé todo lo que permitían mis facultades mentales y mis
fuerzas físicas, dedicando pocas horas al sueño. Ahora, en este inesperado descanso,
se destacaban, llenándome de admiración, todos los actos realizados por nosotros en

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aquel período. Yo sentía profundo afecto por los hombres de mi compañía, y
admiraba el ardor y la disciplina que habían demostrado en la campaña. Yo vigilaba
su conducta oyendo, ahora, sus alegres voces. ¡Qué hombres tan diligentes! ¡Qué
prestos en aceptar las órdenes y cómo se olvidaban de ellos mismos, sólo atentos a
los fines colectivos! Yo pensaba en la virilidad con que mi gente había soportado el
esfuerzo y las fatigas en las dos últimas semanas, en su tenaz compañerismo, en la
dulzura de sus caracteres, a pesar de esta locura de sangre. Ellos eran buena muestra
de lo que es la especie humana. Su resignación y buena voluntad estaba latente en
ellos como la energía en el átomo, esperando a alguien que supiera utilizarla
debidamente. Otra vez surgió en mi ánimo, con poderosa fuerza, la idea de que
nuestra raza, lo que sobre todo necesita es alguien que la gobierne, y que la suprema
tarea es hallar ese conductor, que olvidado de su propia persona sólo al fin de la raza
atienda. Una vez más yo tuve una visión plena de la vida…»
Son muy representativas las impresiones que este «obeso» y joven oficial nos
dejó en su novela Wander Jahre; también muy representativa del cambio que se
estaba operando en el corazón de los hombres que preparaban la nueva fase de la
historia humana.
Él veía la «redención» humana en la absorción de la individualidad en la ciencia y
en el trabajo. Estas ideas eran entonces virginales, aunque ahora nos parezcan un
obvio lugar común.
El brillo del sol se abatía; el crepúsculo se fundió en la noche.
Se encendieron algunas hogueras. Unos soldados irlandeses cantaban en el lago
próximo; pero los hombres de Barnet estaban demasiado fatigados para esos
esparcimientos. A poco, en la orilla del canal y en nuestro barco, se amontonaban los
cuerpos de la gente dormida.
Sólo yo no podía dormir, acaso por exceso de fatiga. Tras un febril sueño ligero,
apoyado en la caña del timón de la barca, desperté sobresaltado.
En esa noche, Holanda parecía toda ella cielo. Para apoyo de los objetos no había
más que una estrecha orilla en declive al borde de los canales, y sobre nosotros el
raudo giro del hemisferio celeste. Nada turbaba la serenidad del cielo, y, sin embargo,
mi inquietud con el cielo se relacionaba.
«Yo, en esta hora, estaba triste. Los que en torno a mí dormían parecían
experimentar una sensación penosa. ¡Estos hombres, que habían venido de tan lejos
dejando tras ellos el tejido de su vida cotidiana para empeñarse en una campaña
absurda, mera fiebre de lucha, que iba consumiendo todo lo que estaba a su alcance!
Yo comprendí lo pequeña y endeble que es la vida del hombre, cuán expuesta a
mutaciones, impotente para realizar el más tímido de sus sueños. Yo me admiraba de
que siempre fuera lo mismo. Tal vez ese animal que es el hombre estaba condenado,
hasta lo último de su vida, a ser juguete del destino, sin que nunca pueda subyugarle.
Acaso siempre sería, aunque amable, celoso; si reflexivo, ansioso; aunque hábil,

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torpemente impulsivo, y esto tal vez ocurriría hasta que Saturno, que lo engendró,
llegara a devorarlo.
De estas meditaciones le sacó un escuadrón de aeroplanos, que muy altos y
lejanos hacia la parte Nordeste volaban. Vistos contra el azul de la media noche
parecían listones negros.
«Recuerdo que lo vi pasar con indiferencia, como quien ve volar una bandada de
pájaros. Después columbré que este escuadrón de aeroplanos era el ala extrema de
una gran flota aérea, que muy rápidamente avanzaba en dirección de la frontera. Mi
atención se intensificó.
»Me extrañé de que antes no hubiera advertido el vuelo de aquella flota.
»Me levanté suavemente temiendo turbar el sueño de mis compañeros. Mi
corazón, excitado y sorprendido, latía rápidamente. Agucé mi oído y percibí disparos
de fusilería a lo largo de la línea de nuestro frente. Casi de manera instintiva volví la
cabeza buscando a quien por la parte del Suroeste viniera a protegernos. Y apareció.
De las tinieblas surgieron tres líneas de aeroplanos. Rápidamente se acercaban hacia
nosotros. El grueso de la flota volaba a una altura de dos mil pies. Y otro escuadrón
de aparatos, cuyo número, por no columbrarse distintamente, no puedo precisar,
volaba más bajo. Los aparatos que volaban en el centro eran tan delgados que a través
de ellos se veían grupos de estrellas. Comprendí que la batalla aérea era inminente.
Había algo de extraordinariamente extraño en la rápida y silenciosa convergencia de
aquellos combatientes casi invisibles que volaban sobre la hueste dormida. Nadie en
torno mío había aún advertido el peligro. Los cantos de los soldados habían cesado;
no se advertía movimiento alguno en las embarcaciones que estaban en el canal
mayor, cuyo caudal, tildado de confiadas luces y franjeado por el resplandor de las
fogatas, debía percibirse claramente desde arriba. Entonces, distante del lugar en
donde nosotros estábamos, hacia la parte de Alkmaar, se oyeron toques de corneta,
luego disparos de fusilería y después el clamor de las campanas repicando a rebato.
Decidí que mi gente continuara durmiendo hasta que pudiera. La batalla se trabó con
la rapidez de un sueño. Yo creo que no transcurrieron cinco minutos desde que
aparecieron los primeros aeroplanos de la flota aérea de la Europa Central, hasta el
contacto de las dos fuerzas. Los veía en silueta recortada con precisión en el
iluminado horizonte de la parte Norte. Los aeroplanos de los aliados, franceses en su
mayor parte, cayeron como un turbión en medio de la flota de la Europa Central.
Semejaban, exactamente, un chaparrón de lluvia.
Se percibía un crujiente sonido —hasta entonces no se advirtiera ruido alguno—,
que supuse serían disparos de fusilería, y una luz que recordaba las Auroras Boreales
Había exhalaciones como en las noches de verano, y después la batalla aérea fué, en
el cielo, un confuso torbellino silencioso. Algunos aeroplanos de la Europa Central,
recibiendo una embestida certera, volteaban, y cayendo a plomo, se inflamaban con
brillante resplandor alucinante que impedía la observación de la lucha.»

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«Yo, para seguir las peripecias del combate, hice de mi mano pantalla para evitar
la luz cegadora. Ya mi gente empezaba a removerse cuando arrojaron las bombas
atómicas en los diques. Estallaron en el aire como poderoso trueno y caían, como el
Lucifer que imaginan en los cuadros, dejando una estela de resplandeciente carmesí
en el cielo.»
«Aquella noche translúcida, llena de extraordinarios acaecimientos, pareció
desvanecerse, quedando como negro fondo de las tremendas columnas de fuego…»
«Dominó todos los ruidos un viento bramador, luces vacilantes llenaron el cielo y
nubes avanzaron impetuosas…»
«Había algunas treguas en estos choques. Durante algún tiempo solamente yo
vigilaba en el mundo dormido; pero poco más tarde se erguían y el mundo despertaba
espantado…»
«Después un viento impetuoso me golpeó como una bofetada, arrebatándome el
casco. Aquella casa, apacible residencia de verano, en cuya fachada se esculpía la
leyenda Vreugde bij Vrede, fué segada como hierba por la guadaña. Vi caer las
bombas, y en el sitio en donde chocaban surgían, como montañas, densas nubes de
vapor rojo que se encaramaban hacia el zenit. Vi, esclarecidas por este resplandor,
largas extensiones de terrenos, y en el centelleo destacaban su negro contorno
iglesias, árboles y chimeneas. De súbito comprendí: las fuerzas de la Europa Central
habían roto los diques. Aquellas llamaradas habían reventado los diques y dentro de
poco las aguas del mar nos cubrirían…»
Nos refiere Barnet, prolijamente, todos los pasos que dió —y fueron acertados—
para resolver la espantosa crisis. Embarcó a su gente y se puso al habla con las barcas
próximas. Ordenó al mecánico de la lancha que ocupara su puesto, y ya en marcha el
motor de la lancha soltó las amarras. Recordó entonces las provisiones que habían
quedado en tierra, y desembarcando con cinco hombres, conseguido que hubo hasta
una docena de quesos, tornó a embarcar antes de que la inundación les alcanzara.
Barnet, con razón se jacta de su serenidad en tal riesgo. Su intención era tomar el
mar de proa y forzando la máquina dominar la corriente.
Daba gracias al cielo porque el tráfico del canal mayor no estaba interceptado.
Debió calcular exageradamente —me parece— la fuerza probable que las aguas
traían. Temió —nos dice— que la corriente los arrastrara, haciendo chocar el barco
contra las casas y árboles.
Nada nos dice respecto al tiempo que medió entre la ruptura de los diques y la
llegada de las aguas; pero es probable que hubiera un intervalo de veinte minutos o de
media hora. Se levantó un viento impetuoso. Maniobraban en las tinieblas. Las únicas
luces que brillaban eran las linternas colocadas en la proa y en la popa del barco.
Remolinos de vapor se desparramaban, surgiendo de las aguas que avanzando se
precipitaron, se recordará, a través de grietas ígneas abiertas en los diques. Estos
densos remolinos de vapor pronto velaron los centros de explosión de donde las
llamas surgían.

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«Al fin las aguas —continúa Barnet— avanzaron precipitadamente en cascadas.
Fueron como un ancho rodillo, que barrió todo el contorno. De las aguas desbordadas
surgía un profundo rugido. Yo esperaba que aquel torrente sería como un Niágara;
pero el desnivel del terreno no era más que de doce pies. Nuestro barco dió unos
cuantos bandazos, y después, como escapando de la muerte, puso proa a la corriente.»
«En torno a nosotros soplaba un viento tan fuerte como el torrente de las aguas.
En la marcha chocábamos con todos los objetos que flotaban entre la barca y el mar.
No había más luz en aquel mundo que la de nuestras linternas. Las nubes de vapor
eran tan impenetrables que a veinte yardas de nuestro barco no podíamos ver cosa
alguna. Las aguas que azotaban los costados eran de un negro brillante; cuando la
corriente pasaba bajo el resplandor de nuestras lámparas parecía un trazo de ébano;
después se perdía en la obscuridad impenetrable. Flotando sobre la corriente venían
objetos diversos: unas veces era un bote medio sumergido, otras una vaca muerta o ya
enormes pedazos de las vigas de una casa, o cajones embalados o bien los tablones de
un andamio. Todos estos residuos los veíamos pasar a la luz de nuestras linternas
como por una entreabierta contraventana; unas veces se rompían contra nuestra proa
y otras conseguíamos esquivarlas. Una vez vi con claridad la cara pálida de un
hombre. A veces pasábamos sobre sumergidas tierras laborables y las copas de sus
árboles asomaban sobre la corriente, balanceándose muy cerca de nuestra
embarcación. Yo rectifiqué el rumbo para evitar la embestida contra unas ramas;
parecían gesticular frenéticas tras las negras nubes de vapor. Una de ellas, que de
entre las otras se destacaba, pareció estremecerse cuando la desgarró mi mano. Lo
último que yo había visto en la casa en cuya fachada estaba inscrito: Vreugde bij
Vrede, la noche antes de que las aguas la tragaran, quedaba destruido tras la popa de
nuestro barco.»

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La mañana sorprendió a la barca de Barnet flotando aún sobre las aguas. Los costados
de la embarcación estaban resquebrajados por los choques y la barca hacía agua;
algunos hombres empezaron a achicarla.
Recogimos en nuestra «motora» algunos náufragos cuyas lanchas cerca de
nosotros zozobraran y remolcamos otros tres botes. Barnet navegaba entre
Amsterdam y Alkmaar aunque no podía precisar su situación. La luz de aquel día
semejaba la de la media noche. Las aguas grises, bajo un cielo gris, se extendían en
todas direcciones. De ellas emergían la parte alta de las casas, en su mayor parte
arruinadas, las copas de los árboles y los molinos de viento. Todo lo que era, en fin,
más elevado en el escenario familiar de Holanda. Una escuadrilla de pequeños botes
era arrastrada por la corriente turbia del canal; algunos ya habían zozobrado. Se veían
también ajuares de las casas, balsas y una mezcla de objetos diversos.
Todo lo náufrago en aquella mañana estaba sumergido.
Sólo se veía aquí y allá rígidas figuras adheridas a sus cofres y sillas que
avanzando se inclinaban en la superficie. Sólo en el viernes próximo todo lo náufrago
afluyó al haz del agua. El horizonte estaba limitado por una niebla gris que formaba
en lo alto como un dosel. Durante la tarde, el aire se esclareció, y hacia la parte Este
surgió de entre densas nubes el vapor y bancos de detritus, la llamarada de las
bombas atómicas en erupción que se reflejaban en aquel desierto de agua.
Su brillo sombrío entre la bruma, era como una puesta de sol en Londres.
«Se erguían sobre el mar —nos dice Barnet— rozando la superficie como
nenúfares de fuego.»
Barnet, según parece, se dedicó aquella mañana a realizar trabajos de salvamento
a lo largo del curso del canal. Socorrió algunas personas a quienes la corriente
arrastraba, recogió los restos de los botes hundidos y salvó alguna gente de las casas a
punto de desmoronarse. Halló otras barcas militares que se empleaban en trabajos
análogos, y fué sólo después de realizar estos trabajos de salvamento cuando pensó
en dar de comer y beber a sus hombres, para que con más bríos siguieran prestando
socorros. De las provisiones sólo les quedaba un poco de queso, pero no tenían agua.
Las órdenes, que de una misteriosa dirección emanaban, habían completamente
desaparecido. Comprendió que ahora era él solo el responsable de sus propios actos.
«El sentido de destrucción había alcanzado en los hombres tales proporciones,
que parecía locura buscar alguna cosa que se conservara como antes de la guerra. Me
senté sobre cubierta y entablé conversación con Mylins, ingeniero de nuestra lancha
motora; con Remp y otros dos oficiales que no estaban de servicio. La magnitud de la
catástrofe nos había desconcertado y desanimado. De acuerdo reconocimos que, en
nuestra actual situación, nuestra intervención en la lucha sería poco eficaz, y que lo
que más urgía era procurarnos provisiones e ir a recibir órdenes; pero no sabíamos

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quién había de transmitírnoslas, porque todo el plan de la campaña había sido
despedazado. Mylins era de opinión que debíamos navegar con rumbo al Oeste y
cruzando el mar del Norte regresar a Inglaterra. Él calculaba que con la fuerza del
motor de nuestra lancha, podríamos arribar a las costas de Yorkshire en el plazo de
veinticuatro horas; pero yo deseché esta idea, porque nuestras provisiones eran pocas,
y sobre todo porque carecíamos de agua.»
«Todos los botes que próximos navegaban, se ponían al habla con nosotros para
pedirnos agua, y esta súplica exasperaba nuestra sed. Yo decidí navegar con rumbo al
Sur, en donde acaso hallaríamos alguna colina emergida o alguna porción de tierra
que no estuviera inundada en donde pudiéramos encontrar algún manantial para
satisfacer nuestra sed. Cerca de nosotros pasaban algunas embarcaciones arrastradas
por la corriente, envueltas en la bruma, y aunque eran soldados británicos los que en
ellas iban, que habían pertenecido a la flota del Canal del Norte, no parecían mejor
informados que nosotros del curso de los acontecimientos. Las órdenes que
esperábamos no parecían por parte alguna.»
«Sin embargo, en las últimas horas de la tarde se nos transmitieron al fin por
medio de un megáfono, desde una lancha torpedera británica. Nos anunciaban una
tregua, comunicándonos la buena noticia de que provisiones y agua nos llegarían
pronto del Bajo Rhin, y que una flotilla de barcas vendría en nuestro auxilio,
navegando nosotros a su encuentro por el viejo Rhin hasta Leiden.»
No seguiremos a Barnet en su azaroso viaje entre árboles, casas e iglesias,
navegando por Zaandam, Harlem y Amsterdam para llegar a Leiden. Era un viaje a
través de una neblina roja, en un mundo de vaporosas siluetas, lleno de extrañas
voces. Entre todas era la sed febril la sensación dominante.
«Yo me sentaba —refiere Barnet— entre un grupo confuso de gente que apenas
hablaba, soportando en silencio tanto sufrimiento. Era, en aquel silencio, el único
ruido el maullido persistente de un gato, que uno de nuestros hombres había salvado
de una pila de heno que flotaba por el canal, cerca de Zaandara. Dirigidos por una
brújula que había construido el ingeniero Mylius, navegamos con rumbo al Sur…»
«Yo creo que nadie se sentía como formando parte integrante de un ejército
derrotado, ni a nadie le importaba el sesgo que la guerra había tomado. Lo único que
todos sentíamos era el peso de la enorme catástrofe.» «Las bombas atómicas habían
empequeñecido todo lo que se refería a las relaciones internacionales, considerando
tales hechos como insignificantes. Cuando nuestra inteligencia quedaba libre de lo
que hacía referencia a la satisfacción de nuestras necesidades inmediatas, especulaba
para hallar los medios que pudieran detener el efecto de estos horrorosos explosivos
antes de que el mundo fuera totalmente destruido. Para nosotros era un hecho claro
que estas bombas y todos los demás poderosos medios de destrucción que ellas
habían de seguir, harían pedazos toda clase de relaciones sociales y destruirían las
instituciones ideadas por el género humano.»

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—¿Pero qué está haciendo esa gente? —preguntaba Mylius—. ¿Qué es lo que se
proponen? Es un hecho claro que la guerra toca a su término, y que las cosas tienen
que ir por otro camino. Esto, todo esto, es imposible que continúe.
—No —le contesté inmediatamente. Por extraña asociación recordé la figura de
aquel hombre herido en el primer fuego en que yo tomé parte. Lo vi otra vez colérico
y mirándome con mirada desgarradora, mostrarme su viscoso muñón sangriento y
repetir en tonos de airada protesta o ya abatido suspirar: «Maldita locura, maldita
locura. ¡Mi mano derecha, señor! ¡Mi mano derecha!»
Cinco minutos antes había sido ésta la mano hábil de un hombre.
La fe que en los hombres tuve en algún tiempo, me abandonó completamente.
—Yo creo que somos demasiado imbéciles para acabar con las guerras —contesté
a Mylius—. Si hubiéramos tenido alguna vez ese propósito, ya lo hubiéramos
realizado antes de que esto ocurriera.
—Mire usted aquello —y le señalé un despedazado molino de viento, que sobre
las aguas de reflejos sangrientos se alejaba ridículo y grotesco—, esto es el fin.

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Por ahora, nuestra historia debe separarse de la compañía de Federico Barnet y de su
barco cargado de hombres medio muertos de frío y de hambre.
Durante algún tiempo pareció que la civilización de la Europa de Occidente había
llegado al colapso final. Retoñaba la tradición de las naciones coronadas que
Napoleón había plantado y Bismarck regó, abriéndose, encendidas «como nenúfares
de fuego», sobre las naciones destruidas, sobre las iglesias despedazadas o
sumergidas, sobre las ciudades en ruinas y los campos perdidos para el cultivo, sobre
un millón de cuerpos tumbados. ¿Sería esta lección bastante para el género humano, o
continuarían las hogueras ardiendo en medio de las ruinas?
Es claro que ni Barnet ni sus compañeros podrían contestarnos a esta pregunta
con probabilidades de acierto. Ya en la historia del género humano se ven países
como América, antes de su descubrimiento por los blancos, en donde había ya una
civilización organizada, y en ella se rendía principal culto a una divinidad guerrera.
Llega a dudar el hombre pensativo, que acerca de estos hechos reflexione, si en el
mundo entero prevalecerá, en escala aún más amplia, esta estirpe de guerreros. Si
triunfará siempre el instinto destructivo de la raza.
Los siguientes capítulos de la narración de Barnet ratifican esta trágica
posibilidad. Nos presenta en una serie de viñetas a la civilización despedazada, al
parecer, casi irreparablemente. Halló las colinas de Bélgica enjambradas con los
fugitivos del desastre, y desolada por el cólera.
Los vestigios de los ejércitos contendientes descansaban en una tregua, mas sin
dejar las costumbres adquiridas en la vida bélica. Por todas partes había una completa
ausencia de plan.
En lo alto, los aeroplanos pasaban con vuelo de misterio. Corrían rumores que en
los valles de Jensoy y en la región forestal del E. de Ardennes había habido casos de
canibalismo, y aparecido en el país muchos visionarios fanáticos.
Se tenían noticias de un ataque de la China y el Japón sobre Rusia, y de una
enorme revolución que había estallado en América. Nunca, en esta región devastada
por la guerra, se había conocido un tiempo atmosférico tan tempestuoso. Eran
frecuentes en el país desolado los truenos y las exhalaciones, y de tiempo en tiempo
las nubes rompían en aguaceros…

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CAPÍTULO III

EL FIN DE LA GUERRA

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En una montaña situada sobre la ciudad de Brissago, que domina la extensión del
Lago Mayor, cuya ladera oriental cae sobre Belinzona y la del Sur sobre Luino, hay
una gradería de yerbosos prados que en la primavera hermosean multitud de flores
silvestres. Es, sobre todo a principios de junio, deleitable, con sus asfódelos y sus
espigados lirios de San Bruno, de talle esbelto y blanca flor. Hacia la parte O. de estos
amenos prados, hay una hondonada, cubierta de bosque, que forma como un golfo de
una milla de ancho, sobre el cual se yerguen altos precipicios abruptos. Estos
escarpados declives, desiertos pétreos, forman en lo alto, sobre el campo de
asfódelos, una rocosa crestería que cierra en curva la línea del luminoso horizonte.
Este fondo austero y desolado contrasta vivamente con la luminosa serenidad del lago
que se extiende en la hondonada y el espacioso horizonte de verdes colinas por el
S. y E., surcadas de caminos y moteadas de aldeas y con las llanas tierras arrozales,
de un oro cálido, de Val Maggia, hacia la parte N.
Era este paraje escondido y remoto, lejos de las muchas tragedias y desastres que
asolaron al mundo, de las ciudades incendiadas y de las muchedumbres muertas de
hambre; era en este lugar, defendido, tranquilo y santo, en donde había de celebrarse
la conferencia de hombres de Estado para detener, en lo posible, la débâcle de la
civilización antes que fuera demasiado tarde. Aquí, el infatigable y enérgico Leblanc,
apasionado filántropo, embajador de Francia en Wáshington, reunió a los jefes de las
principales potencias del mundo para celebrar la última y desesperada conferencia
que se proponía salvar la humanidad.
Leblanc era uno de esos hombres ingenuos cuya participación en los asuntos
públicos, en un período normal de seguridad, hubiera sido insignificante, pero que en
estos tiempos de trágica crisis en que era preciso simplificar los procedimientos para
resolver los asuntos internacionales, se destacó de súbito en primer término,
desempeñando un papel que había de inmortalizarlo en la historia. Era un hombre
semejante a Abraham Lincoln y a Garibaldi. Leblanc, con su transparente inocencia
infantil, el completo olvido de su propia persona, en medio de la confusión y recelos
que el desastre suscitara, llegó lleno de confianza y buen sentido. Cuando hablaba, su
voz estaba «llena de amonestaciones». Era un hombre pequeño, calvo, que usaba
lentes. Inspirábanse sus opiniones en el intelectual idealismo que ha sido uno de los
más preciados dones que Francia legó a la humanidad. Había adquirido la clara
persuasión que el único medio de terminar con las guerras era dotar al género
humano de un buen gobierno. Él pasaba rápidamente sobre cualquier otra clase de
consideraciones. Poco después de romperse las hostilidades, cuando las dos ciudades
capitales de los beligerantes fueron destruidas, se entrevistó con el presidente
americano en «La Casa Blanca», proponiéndole que interviniese en las negociaciones
de paz. Tomó el asunto con todo interés. Tuvieron fortuna sus gestiones en

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Wáshington, pues consiguió impresionar la imaginación de ese niño gigante que es el
americano. Estas sencillas gentes de América también creyeron en la posibilidad de
salvar al mundo. Consiguió imponer sus ideas al presidente y Gobierno americano;
sus opiniones fueron estimadas, y logró una representación de América cerca de los
escépticos Gobiernos de Europa. Conseguidos estos poderes, emprendió su tarea. Era
fantástica empresa poner de acuerdo a todos los jefes de las potencias del mundo
unificando sus criterios. Escribió innumerables cartas, envió mensajes y emprendió
penosos viajes; nadie con más tenacidad que él podía empeñarse en la realización de
sus propósitos. Durante el terrible otoño de la última guerra, este visionario con lentes
parecía un canario optimista gorjeando bajo los truenos de una tempestad. La
magnitud del desastre no hizo vacilar su firme convicción de que había de llegar al
fin.
El mundo entero entró en una ardiente fase de destrucción monstruosa. Todas las
potencias de la superficie del globo procuraban anticipar el ataque a la agresión de
otra potencia. Iban a la guerra, impulsadas por un pánico delirante, a ver cuál de las
potencias podía usar primero las bombas destructoras. Los ejércitos de la China y el
Japón habían invadido Rusia y destruido Moscou. Los Estados Unidos atacaban al
Japón. La India fué presa de una revolución anarquista. Delhi borbotaba fuego y
muerte. El temible rey de los Balkanes movilizaba su ejército. Era para todos
evidente que en aquellos días el mundo se deslizaba, precipitadamente, hacia la
anarquía. En la primavera de 1959, desde doscientos centros de energía, cuyo número
aumentaba cada semana, irradiaba rugiendo la inextinguible conflagración carmesí de
las bombas atómicas. El endeble edificio del crédito mundial se desvanecía; la
industria estaba completamente desorganizada, y cada ciudad, aun sólo un área de
tierra habitada, si no habían perecido de hambre sus habitantes estaban al margen de
la inanición. La mayor parte de las ciudades, capitales del mundo, habían sido
incendiadas; millones de gentes perecieron, y sobre extensas superficies de terreno no
regía gobierno alguno. Un escritor contemporáneo comparó la humanidad de aquella
época con un durmiente que enciende un fósforo en sueños y se despierta envuelto en
llamas.
Durante muchos meses se planteó el problema de si en el espíritu de la raza
quedaría inteligencia y voluntad bastantes para contener la ruina del orden social.
Por espacio de algún tiempo, el espíritu guerrero anulaba todos los esfuerzos que
se aunaban para reconstruir el orden perturbado. Leblanc protestaba contra los
temblores de tierra que las bombas atómicas producían, cuya energía destructora
semejaba aliarse a la fuerza devastadora del cráter del Etna. Aunque el destrozado
gobierno oficial clamase por la paz, aún parecían bandos irreconciliables de exaltados
patriotas; políticos desesperados, que en todas partes estaban en posesión de los
aparatos desintegradores de la energía atómica, iniciaban, en uno y otro lugar, nuevos
centros de destrucción. Esta actividad malévola ejerce una fascinación irresistible en
alguna clase de inteligencias. ¿Por qué diferir el ataque teniendo al alcance los

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medios para destruir al enemigo? Mientras hubiera alguna probabilidad de
aniquilarlo, ¿por qué cejar?
El poder de destrucción, que había sido hasta entonces el privilegio del gobierno,
estaba ahora extendido por todas partes, en manos de todo el mundo. Hubo pocos
hombres reflexivos que durante este período de incendios y devastaciones no
pronunciase las palabras de desesperación que Barnet escribió en su novela: «Esto es
el fin».
En tanto Leblanc, con sus resplandecientes lentes, iba y venía sin cesar en sus
gestiones. Los que al principio no le atendían, empezaron a escucharle. Nunca tuvo
dudas de que este caótico conflicto tendría fin. Lo que al principio sólo parecía un
sueño, empezó ya a verse como una difícil posibilidad. La gente que en el año 1958
escuchaba con impaciente sonrisa los proyectos de Leblanc, ya en 1959 seguía con
interés sus negociaciones. Las numerosas cartas que había enviado tuvieron, cada vez
con más frecuencia, contestaciones llenas de esperanza. Cruzando el Atlántico llegó
Leblanc a Italia, y empezó a realizar sus gestiones para la reunión del Congreso.
Escogió para celebrarlo los altos terrenos que dominaban a Brissago, por las razones
que quedan apuntadas.
«Debemos huir —decía— de los procedimientos de los viejos congresos.»
Empezó a realizar todos los preparativos necesarios para la reunión de la
asamblea; trabajaba con firmeza animado por la contestación que merecieron sus
misivas.
Leblanc, sin arrogancias, en actitud humilde, dirigía los trabajos para la
convocatoria del Congreso. Subieron algunos obreros a aquellas escarpadas alturas
para instalar los aparatos de telegrafía sin hilos; llegaron más tarde otros con tiendas
de campaña y provisiones, y en la parte baja del camino de Locarno buscaron lugar
conveniente para tender el cable de un elevador.
Leblanc llegó diligentemente, atendiendo a todos los detalles que se referían a la
organización de la asamblea, y aunque no fuese él quien había de dar remate a la
obra, era, sin embargo, el iniciador del Congreso. Y empezaron a llegar los
congresistas al lugar designado: unos en el elevador, los más en aeroplanos, y algunos
empleando otros medios de locomoción. Reuniéronse al fin todos los hombres que
habían de asistir a la conferencia para organizar el estado del mundo.
La conferencia que iba a celebrarse no tendría título alguno. Firmábanla nueve
monarcas; los presidentes de cuatro repúblicas; algunos ministros y embajadores;
influyentes periodistas y algunas otras personalidades prestigiosas. Había también
hombres de ciencia, contándose entre ellos Holsten, ya anciano, cuyo nombre era ya
famoso en todo el mundo; él, con otros científicos, contribuirían a hallar la solución
al problema del gobierno del Estado, que era el verdadero problema de aquella época.
Solamente Leblanc había osado convocar aquella asamblea, constituida por
personalidades prestigiosas, por hombres poderosos y por intelectuales; sólo él había
tenido el valor de esperar que todos ellos llegaran a un acuerdo…

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Uno, al menos, de los que fueron llamados para asistir a la conferencia de hombres de
Estado, llegó a pie al lugar en donde había de celebrarse el Congreso. Era éste el rey
Egbert, el joven rey del reino más venerable de Europa. Era un rebelde, y por
deliberada elección, se había rebelado contra la magnificencia de su posición.
Gustaba de dar largos paseos a pie y de dormir al aire. Venía ahora por el camino de
Santa María Maggiore, cruzó en un bote el lago hasta Brissago, y después subió a pie
por un sendero de la montaña, sombreado de robles y de frescos castaños. Todo lo
que era necesario para su comodidad y dignidad de su persona, indispensable en
ocasiones como la presente, lo envió por el elevador.
Llevaba en su bolsillo pan y queso; ascendía despacio. Le acompañaba en su
camino su secretario particular, llamado Fermín, que antes de ocupar este cargo fué
profesor de Derecho Internacional en la Escuela Sociológica de Ciencias Económicas
y Políticas de Londres. Fermín era un hombre de pensamiento más fuerte que rápido;
había adquirido gran ascendencia en su nueva posición. Después de llevar algunos
años en su cargo, aprendió cuán difícil es saber escuchar bien. Desde el principio de
su secretaría se dedicó a los asuntos internacionales, a las cuestiones de los derechos
fronterizos y a lo relacionado con la estrategia. Sus ideas influyeron notablemente en
la opinión pública.
Mas le sorprendió el uso de las bombas atómicas en la guerra, y hubo de rectificar
completamente, después de presenciar tanto estrago, la idea que tenía del efecto que
causan estas bombas de explosión continua.
Este rey se había libertado completamente de las trabas de la etiqueta. Sus ideas,
y era hombre muy dado a las teorías, eran francamente democráticas. Era solamente
por el puro hábito adquirido en la costumbre por lo que consentía que su secretario
Fermín cargase con la mochila que había comprado en una tienda del valle, antes de
emprender la subida a la montaña, y en la cual llevaba algunas botellas de cerveza. El
rey, en sus excursiones, nunca llevaba equipaje.
—No quiero que llevemos cosa ninguna con nosotros —decía—. Quiero marchar
completamente libre.
Por eso Fermín sólo llevaba cerveza. Marchaban sendero arriba; el rey precedía a
Fermín. Hablaban de la conferencia que iba a celebrarse próximamente.
El secretario del rey, con una falta de firmeza en sus convicciones, de la que él
mismo se hubiera sorprendido durante los años de su profesorado, juzgaba la política
de Leblanc. «En sus líneas más generales, señor —decía Fermín—, me parecen
plausibles los proyectos de Leblanc pero me creo que aun siendo admisibles, debía
crearse un centro de inspección para conducir los asuntos internacionales, algo
parecido al Congreso de La Haya, que ejerciera su autoridad sobre las potencias; no

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hay razón para que se pierda de vista el principio de las nacionalidades y la
autonomía imperial.»
—Fermín —dijo el rey—, yo quiero dar un buen ejemplo a mis hermanos, los
otros reyes.
Y Fermín dejó entrever una curiosidad que ocultaba un temor.
—Quiero acabar con todos esos absurdos —dijo el rey.
Apuró el paso sendero arriba, y el secretario, que marchaba algo fatigado, no
pudo replicar.
—Voy a terminar con todos esos absurdos —dijo el rey cuando ya Fermín se
preparaba para contestar—. Voy a tirar mi realeza y mi imperio encima de una mesa y
declarar de una vez que no se admiten titubeos. Todas esas declaraciones de derechos
y protocolos han sido siempre un demonio en los negocios humanos. Voy a cortar
esos abusos.
Fermín se paró de repente:
—¡Pero señor! —exclamó.
El rey se detuvo seis yardas delante de él, y volviendo la cabeza, se quedó
mirando la cara sudorosa de su secretario.
—¿Has creído, Fermín, que yo he venido aquí como uno de esos políticos
infernales, para explotar mi corona y la bandera de la patria y otras cosas por el estilo,
so pretexto de negociar la paz? Ese francesito tiene razón. Todas esas cosas han
pasado. Nosotros, los reyes, los gobernantes, todos los que representaban la
autoridad, éramos los verdaderos causantes del daño. La disensiones entre nosotros
eran una constante amenaza de guerra, y esto supone la acumulación de más y más
bombas atómicas. Acabemos con las viejas burlas. Ahora no podemos perder tiempo.
El mundo espera. ¿No crees, Fermín, que debemos acabar con esas viejas burlas?
El secretario se arregló una correa de la mochila, enjugóse con su mano la
sudorosa frente y dijo seriamente:
—Yo creo, señor, que no sería retroceder en los procedimientos de gobierno el
establecimiento de una jerarquía que ejerciera su autoridad. Algo así como un consejo
anfictiónico.
—No habrá más que un gobierno en todo el mundo —dijo el rey, sintiéndolo
pesar sobre sus hombros.
—Pero eso es romper con todo lo hasta ahora instituido.
—¡Vaya un golpe! —gritó el rey.
Fermín no contestó a esta interrupción, pero una débil sombra de arrojo contrajo
sus facciones encolerizadas.
—Ayer —dijo el rey por vía de explicación—, los japoneses llegaban muy cerca
de San Francisco.
—Nada he oído, señor.
—Los americanos derribaron al aeroplano japonés en el mar y la bomba explota
bajo la superficie del mar.

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—Bajo el mar, señor.
—Sí, formando un rocal submarino. Su tramo se ve desde la costa de California, y
con acaecimientos como éste queréis que andemos con dilaciones en la asamblea que
ha de celebrarse en esa colina. Considerad el efecto que ello produciría en mi primo
el emperador. Y en todos los otros.
—Él romperá esos proyectos.
—No los modificará en lo más mínimo.
—Pero, señor…
—Leblanc no lo consentiría.
Fermín se paró en seco y dió un tirón a la correa de la mochila.
—Señor, escuchad la opinión de sus adversarios. —Lo dijo en un tono que
parecía relacionarse con la molestia que le ocasionaba la correa de la mochila.
El rey lo observaba.
—Vamos a llegar un poco más arriba —le dijo—. Cuando hallemos esa aldea,
deshabitada en este tiempo, beberemos la cerveza. Ya no debe faltar mucho. Allí
beberemos la cerveza y tiraremos las botellas. Cuando hayamos bebido te pediré,
Fermín, que mires las cosas de una manera más noble.
—… porque usted sabe; usted debe…
Se volvió y reanudaron la marcha. Durante algún tiempo sólo se oía el ruido de
sus botas en las piedras del camino y la respiración irregular de Fermín.
Transcurrido algún tiempo, que a Fermín le pareció largo y corto al rey, la
pendiente de sendero disminuía y a poco, ensanchándose el camino, se hallaron en un
hermoso paraje. En aquel alto lugar se agrupaban cobertizos y casas, que aun se
hallan en las montañas del Norte de Italia, que sólo se habitan en pleno verano,
cerrándolos en invierno y primavera hasta mediados de julio. Las casas estaban
construidas con una piedra de tono gris, rodeada de verde césped y sombreadas por
castaños.
La amarilla flor de la retama irradiaba allí un extraordinario brillo. Nunca había
visto el rey hiniesta tan admirable. Al ver la luz de su flor quedó admirado. Semejaba
luminosa, porque la hiniesta parecía dar más luz solar que la que recibía. El rey se
sentó de golpe en una piedra musgosa. Sacó de su bolsillo el pan y el queso y díjole a
Fermín que pusiera las botellas de cerveza a la sombra de los matorrales para que se
enfriara.
—La gente hace cosas desacertadas, Fermín —dijo—. ¡Cuánto mejor es la vista
que se disfruta sentado en estas alturas sin que sea preciso para gozarla navegar en el
aire!
Fermín miró en torno con mirada desapacible.
—Lo habéis visto en la mejor época, señor. Antes de que los aldeanos vengan
aquí otra vez y ensucien este paraje.
—De todas maneras estará hermoso —dijo el rey.

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—Mirándolo por encima, señor —dijo Fermín—. Pero debió recibirse alguna
orden para que la gente abandonase estas alturas; a juzgar por las hierbas que se ven
en las chozas y entre las piedras de las casas, este lugar debe estar deshabitado.
—Yo supongo —dijo el rey— que los labriegos subirán de nuevo a estos lugares
después que hayan segado el heno de sus labranzas. Subirá aquel ganado de paso
tardo, de color crema, que hemos visto, y aquellas muchachas atezadas que cubrían
su negro cabello con un pañuelo rojo…
Es admirable cuán antigua es esta hermosa vida pastoril. En los tiempos de Roma,
y aun mucho tiempo antes de que el nombre de Roma llegase aquí ni aun como un
rumor, ya subían a este lugar los pastores en verano para apacentar sus ganados.
¡Cuántas generaciones habitaron este paraje! Hubo aquí viñas, esperanzas. Los
chiquillos que jugaban con las ovejas añosas morían cuando ya eran viejos patriarcas.
¡Cuántos amantes se acariciaron entre la retama de flor dorada!
En tanto el rey se entregaba a estas meditaciones daba un bocado al pan y al
queso.
—Debimos traer un jarro para la cerveza —dijo.
Fermín sacó un vaso plegable de aluminio y al rey le plació beber.
—Yo desearía, señor… —dijo Fermín de súbito—. Yo me atrevo a aconsejaros
que aplacéis vuestra decisión.
—No se hable de eso, Fermín —dijo el rey—. En lo que a ello se refiere, mi
inteligencia es tan clara como la luz del día.
—Señor —protestó Fermín, esperando una verdadera emoción, llena su boca de
pan y queso—, no sentís veneración por vuestra dignidad real.
El rey, tras una pausa, contestó con insólita gravedad:
—Precisamente tomo esa decisión porque no quiero ser un muñeco en ese juego
de la política internacional.
Miró un momento a su secretario y después añadió:
—¡La dignidad real! ¿Sabéis lo que eso significa, Fermín? Sí —le gritó el rey a su
atónito consejero—. Por la primera vez en mi vida voy a ser un rey de verdad. Voy a
gobernar y a gobernar con mi propia autoridad. En la sucesión de doce generaciones
mi familia ha sido un juguete entre las manos de sus consejeros. ¡Los consejeros!
Arrojaré esta corona de la cual hasta ahora he sido un esclavo. Es necesario poner fin
a tanta vergüenza. El viejo mundo se funde en un crisol, y yo que hasta ahora no he
sido más que un muñeco envuelto en el manto real, seré un rey entre los reyes. Voy a
ponerme a la cabeza de los negocios para terminar con la sangre y el fuego y con ese
desorden idiota.
—¡Pero, señor! —protestó Fermín.
—Ese Leblanc tiene razón. El mundo entero debe ser una República, una e
indivisible. No ignoraréis eso, y mi deber es hacer el camino más fácil. Un rey regirá
a su nación. Hoy será para los reyes el día del sacramento. Lo que el género humano
nos han confiado es que lleguemos al fin. Debemos repartir con ellos nuestro manto y

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hacer partícipes a todos de la dignidad real; ahora sólo un rey en todos los órdenes de
actividad debe regir el mundo. ¿No te haces cargo de la importancia que todo esto
tiene? Ya me verás, Fermín, en la asamblea actuar como un vulgar procurador
impertinente, turnar en el debate solicitando ora una compensación o ya una
modificación…
Fermín encogió sus hombros y adoptó una expresión desesperada. En tanto, debió
decirse, comamos.
Durante algún tiempo permanecieron silenciosos. Comía también el rey y
revolvía en su mente las frases que había de pronunciar en su discurso de la
conferencia. Por privilegio de la antigüedad de su corona le tocaba presidir la
asamblea, y era su propósito hacer aquella presidencia memorable. Seguro ya de su
elocuencia, observó el gesto malhumorado y desconfiado de Fermín por algún
tiempo.
—Fermín —le dijo—, has idealizado la monarquía.
—Ese ha sido mi sueño, señor —dijo Fermín tristemente—. Servir.
—De palanca, Fermín —dijo el rey.
—Os complacéis en ser injusto —dijo el secretario profundamente herido.
—Lo que yo quisiera era sacar algún provecho de este congreso.
—¡Oh, Fermín, no pienses que mis propósitos de rebeldía no han de pasar de mi
imaginación! Yo quiero revindicar mis derechos. Soy un rey que quiere libertarse de
esta prisión que pesa sobre mi cabeza. Soy un rey que despierta. Mis reverendos
antepasados durante sus augustas vidas no despertaron ni un momento. Ellos amaban
las intrigas, en las que vosotros, los consejeros, de quienes nunca dudaban, los
enzarzabais. Pero venirme a mí con consejos es como regalarle una muñeca a una
mujer que va a tener un hijo.
Mis antepasados gustaban de los cortejos y de toda clase de ceremoniales.
Y algo increíble. Gustaban mis antepasados de formar albums con los recortes de
periódicos picarescos, rompiéndolos cuando estaban demasiado claros. Pero a pesar
de mi liberación, hay en mí algo de atávico; yo quiero retroceder a la monarquía
inconstitucional. Quiero que en el Congreso lleguemos a esto. Me creo apto para el
gobierno.
Las precauciones que durante mi educación tomaron en palacio, me impidieron
caer en el vicio. Yo fuí criado en la Corte más pura que nunca ha visto el mundo.
Verdaderamente pura, mi mayor distracción eran las lecturas de los libros, Fermín,
interesándome los problemas que planteaban, y aunque para algunas cosas se me
pusieron límites, tarde o temprano llegué a averiguarlas. Tal vez debido a estas mis
aficiones, yo no soy un hombre vicioso. ¡Creo yo que no lo soy! —Reflexionando
añadió—: No.
Fermín carraspeó.
—Yo no creo que lo seáis, señor. A otras diversiones preferís…
Se paró de pronto; iba a decir «charlar», pero substituyó la palabra por «ideas».

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—¡La dignidad real! —añadió el rey—; dentro de poco tiempo, nadie
comprenderá lo que eso significa; habrá llegado a ser un enigma.
Entre otras cosas, la monarquía es un mundo en perpetuo traje de etiqueta. Todos
ante nosotros andaban siempre de etiqueta, aunque de ordinario vistiesen estameña.
Si fuerais rey, Fermín, y os paraseis ante un regimiento, al punto cesarían en la
instrucción, y en uniforme de gala os presentarían armas. Cuando mis augustos
padres viajaban en un tren, el carbón del ténder de la máquina solían blanquearlo; es
probable, Fermín, que si el carbón fuese de color blanco lo ennegrecieran. Y de esta
manera le presentaban todas las cosas. La gente que cerca de nosotros pasaba para
mirarnos, se ponía de frente; nunca podíamos ver a nadie de perfil. Todas las cosas
del mundo se nos presentaban falseadas. Cuando ya empecé a plantearme algunos
problemas y preguntaba al canciller y al arzobispo y a todos los demás palatinos qué
es lo que debíamos hacer si viéramos que el pueblo perdía confianza en nosotros, esta
inesperada pregunta desagradaba a todos, porque era impropia de mi real
discernimiento.
Permaneció algún tiempo meditabundo.
—Yo reconozco, Fermín, que hay algo en eso que llaman la dignidad real. Ella
mantuvo firme a mi augusto abuelo, y dió a mi abuela una especie de dignidad, que
no perdía ni aun cuando estaba enojada, y eso que se enfadaba con frecuencia.
Ambos tenían un profundo sentido de la responsabilidad. Mi padre tuvo poca salud
durante su corta carrera. Nadie, fuera de nuestro círculo, sabe el esfuerzo que él hacía
para cumplir con su deber. «Mi pueblo espera en nosotros», solía decir abatido de
cansancio. La mayor parte de las cosas que él hizo fueron erróneas, y ello en parte se
debe a una tradición nociva; pero fueron siempre buenas sus intenciones… El espíritu
de la monarquía es algo hermoso, Fermín, yo lo siento filtrado en mis huesos. Yo no
sé qué podría yo ser, si no fuera rey.
Yo podría morir por mi pueblo y tú no podrás nunca. No me digas que morirías
por defender mi causa, porque lo sé bien. No creas que me olvido de la dignidad real,
Fermín, no imagines eso. Yo soy un rey, un rey regio por derecho divino. El hecho de
que yo sea joven y algo parlanchín, no me quita autoridad alguna. Pero el libro a
propósito para reyes no son las Memorias Cortesanas ni El doctor Político
Internacional que me habéis dado a leer. Es un viejo libro de frases que se llama La
rama dorada. ¿Lo has leído, Fermín?
Fermín lo había leído.
—Aquéllos eran reyes auténticos. Al fin sus reinos fueron repartidos, tocándole a
cada uno pequeñas porciones. Regaron varias naciones con aquella monarquía.
Fermín se volvió y le miró la cara a su amo.
—¿Qué es lo que intentáis hacer, señor? —le preguntó—. ¿Qué decisiones vais a
tomar esta tarde antes de escucharme?
El rey se sacudió unas migas de pan de la chaqueta.

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—Decididamente vamos a terminar con la guerra para siempre, Fermín, y ello se
conseguirá cuando el mundo esté regido por un solo gobierno. Nuestras coronas y
banderas patrióticas toman el portante. Decididamente todo esto se acaba.
—Sí, señor —interrumpió Fermín—. ¿Pero de qué gobierno se trata? Yo no sé
qué gobierno va a conseguirse, gracias a una abdicación universal.
—Bien —dijo el rey, poniendo sus manos sobre las rodillas—. Tendremos el
gobierno.
—¡Confeccionado en la conferencia! —exclamó Fermín.
—¿En dónde, si no? —preguntó el rey.
Después de un corto silencio añadió:
—Eso es una cosa sencillísima.
—Pero —gritó Fermín— se necesitan sanciones. ¿No habrá algún sistema de
elecciones, pongo por caso?
—¿Para qué sirve eso? —preguntó el rey con curiosidad.
—El asentimiento de los gobernados.
—Van a cesar, Fermín, todas nuestras disensiones, para formar un solo gobierno,
sin ninguna clase de elección y sin sanción alguna. El asentimiento de los gobernados
sera tácito. Si alguna oposición surgiera, ya sabríamos reducirla para que viniera en
nuestra ayuda; no vamos a violentar al pueblo para obtener su voto. La mayor parte
de los hombres no le dan importancia a la elección. Actuaremos en tal forma que los
intereses de todos serán atendidos. Esto ya es bastante en el camino de la democracia.
El gobierno sólo presenta dificultades cuando rigen los abogados con sus
procedimientos recelosos. Considera lo que ocurre en el lugar donde hay abogados.
¿Pero dónde están ahora? Muchos de ellos, los peores, desaparecieron cuando triunfó
mi legislatura. ¿No habéis conocido al último Lord Canciller?…
—Es necesario enterrar esos derechos y crearlos de nuevo. Los abogados viven
del derecho muerto, y nosotros queremos lo que esté vivo. Nosotros no necesitamos
más que un código, y con él el gobierno regirá sin trabas…
—Hoy, antes de que se ponga el sol, confía en mí; habremos abdicado todos
nosotros y declarado la república del mundo supremo e indivisible. ¡Si mi augusta
abuela levantara la cabeza! ¡Abdicado todos mis derechos! Y entonces gobernaremos
de veras. ¿Qué otra cosa puede hacerse? Sobre todo el mundo declararé, que no hay
tuyo ni mío, sino sólo nuestro. China y los Estados Unidos, y las dos terceras partes
de Europa, nos prestarán obediencia. ¿Qué otra cosa pueden hacer si están entre
nosotros sus hombres de Estado? Ninguna resistencia pondrán a obedecernos. Y
entonces declaramos que toda clase de propiedad queda en manos de la República…
—¡Pero señor! —exclamó Fermín de súbito.
—Eso va a realizarse en seguida.
—Mi querido Fermín, ¿crees que hemos venido aquí a charlar? Eso de charlar
estaba bien hace medio siglo, charlar y escribir. Mas ahora han cambiado las cosas y
hablaremos de una manera obvia no diciendo más que lo preciso.

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El rey se puso en pie.
Fermín, olvidando la costumbre de hacía veinte años, permaneció sentado.
—Bien —dijo por último—. Yo no sé nada.
El rey sonrió placentero. Le divertían estas charlas con Fermín.

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En la conferencia que iba a reunirse sobre la vega de Brissago había la más
heterogénea colección de prohombres que hasta entonces se había reunido. Soberanos
y próceres despojados de sus antiguos poderes aceptaban su nueva posición
humildemente.
Concurrieron a ella reyes y emperadores cuyas cortes eran ardientes focos de
destrucción; estadistas que vieron sus países convertidos en un caos, políticos y
potentados financieros.
Pensadores y hombres de ciencia también concurrieron, aunque con repugnancia,
para dirigir la parte técnica de los debates. De ellos, noventa y tres, se habían
adherido a las ideas que Leblanc había difundido por el mundo intentando llevarlas a
la práctica. Habiendo obtenido recursos del rey de Italia, de una manera tan sencilla
organizó la conferencia, procurando la mayor rapidez en sus procedimientos, que
mereció la aprobación de todos. Eligió al joven rey Egbert para presidente de la
Asamblea. Tenía Leblanc tanta fe en las aptitudes del rey que éste llegó a dominarlo.
Ante él adoptaba la actitud que un secretario puede tener ante su jefe, y todas las
órdenes del rey Egbert eran ejecutadas por Leblanc puntualmente. Creía que gracias a
la presidencia del rey habían de realizarse los proyectos del Congreso. Vestía Leblanc
en las sesiones un traje de seda blanco, y al hablar consultaba un montón de notas que
cerca de él tenía. Se justificó diciendo que nunca para hablar había necesitado notas;
pero que esta ocasión era excepcional.
Después se levantó para hablar el rey, y su discurso no defraudó a los
concurrentes.
La efusión de un generoso sentimiento humedeció los cristales de los lentes de
Leblanc.
El rey empezó diciendo:
—Vamos a prescindir de toda clase de etiquetas. Se trata de dar un nuevo
gobierno al mundo. Nuestra pretensión ha sido siempre dotar al mundo de un
gobierno eficaz, y es esta ocasión oportuna para realizar nuestro propósito.
—Naturalmente —asintió Leblanc con un rápido movimiento de su cabeza—.
Naturalmente —cuchicheó.
El rey añadió:
—El mundo ha sido desquiciado, y queremos montarlo otra vez sobre sus ruedas.
En esta crisis se precisa el concurso del buen sentido de todos sin que nadie
busque el provecho propio. ¿No ha de ser éste el tono que predominará en la
conferencia?
La concurrencia estaba formada por hombres viejos, endurecidos y de condición
heterogénea, poco propensos al entusiasmo; sin embargo, cuando el rey expuso sus
propósitos de abdicación y renuncia, el congreso le escuchaba atónito. Fermín tomaba

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notas, sentado detrás de su amo, escuchando lo que ya había oído en la montaña
cuando descansaban cerca de la amarilla retama. Con un extraño sentimiento que le
parecía un sueño, asistía a la proclamación del Estado del Mundo, y vió la pulsación
de los aparatos de la telegrafía sin hilos enviando mensajes sobre toda la superficie
del globo habitable.
—Dentro de poco —añadió el rey Egbert, con una alegre excitación en su voz—,
estarán en nuestro poder todos los átomos que haya de Carolinum, y todos los
inventos del género humano serán controlados por nosotros.
No era sólo Fermín el incrédulo en esta asamblea. Cierto que las personas que la
formaban eran razonables y había un fondo de benevolencia en su carácter; pero no
tenían una idea clara de la responsabilidad del poder, que unos poseían por
nacimiento y otros adquirieron en lucha; sin embargo, nadie olvidaba y todos
apreciaban la magnitud del desastre. Las circunstancias se impusieron a sus
inteligencias, que Leblanc había diligentemente cultivado.
Todos seguían al rey Egbert por el ancho y claro camino, aunque en sus
convicciones hubiera mezcla de extrañeza por la novedad de la empresa. Las cosas
marchaban fácilmente. El rey de Italia explicó las precauciones que se habían tomado
en previsión a cualquier ataque que pudiera hacerse al lugar donde se celebraba el
congreso. Un millar de aeroplanos vigilantes, equipados de todo lo preciso,
guardaban a los congresistas. Centinelas estaban convenientemente apostados, y
durante la noche unos veinte faros exploraban el cielo. A todo proveía Leblanc
diligente. Conocía estos lugares porque hacía veinte años había estado en ellos en
viaje de recreo con Madame Leblanc.
—Se han tomado toda clase de precauciones —explicaba—, considerando el
desorden de los estados que están cerca de nosotros. Por lo que pudiera ocurrir,
tenemos excelentes provisiones. No faltará leche fresca, ni el buen vino tinto, carne,
pan, ensalada, limones… Y espero que dentro de poco tiempo todas estas cosas, en
manos de un buen proveedor, mejoren…
Los miembros del nuevo gobierno del mundo comían en tres largas mesas
sostenidas sobre caballetes, y para suplir la flaqueza del menú, Leblanc había
extendido hermosos ramos de rosas como centro de mesa. En una meseta de la parte
inferior de la montaña se instalaron los auxiliares y la servidumbre.
Los debates de los congresistas tenían lugar durante las horas de la comida, al aire
libre, y el sol radiante de junio que se hundía tras la pétrea y obscura crestería del
monte esparcía su luz crepuscular sobre el banquete. No se guardaban sitios de
preferencia entre los noventa y tres congresistas que formaban el núcleo de la
asamblea. El rey Egbert se sentaba entre un simpático japonés pequeño y de lentes,
un significado prohombre de la política en Bengali y el presidente de los Estados
Unidos de América; más allá del japonés estaba Holsten, el viejo químico, y un paso
más lejos se sentaba Leblanc.

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El rey hablaba animadamente, abundando su charla en proyectos. Entabló una
amable discusión con el presidente americano. Decía éste que la asamblea carecía de
fuerza para resolver las dificultades que pudieran surgir.
Quería el presidente imprimir a los debates los procedimientos dominantes en la
tendencia trasatlántica. Englobar todos los problemas apelando a recursos
extraordinarios, acentuando la nota enérgica. Incurría en los defectos propios de su
pueblo. Decía que ahora iba a empezar una nueva era, a partir del día en que se había
reunido el congreso, marcado como el primero de un año nuevo.
El rey opinaba que ese acaecimiento había de demorarse.
—A partir del día de hoy, señor —decía el americano—, el hombre tomará
posesión de su herencia.
—El hombre —dijo el rey— siempre estuvo en posesión de su herencia. Tenéis
los americanos una debilidad peculiar por los aniversarios. Olvidáis mis propósitos en
la marcha del debate. Sí, yo repruebo esa afición que sentís por el efecto dramático.
Las cosas van acaeciendo siempre de manera indefinida; pero vosotros creéis que el
hecho acaece en un instante determinado, y todo el tiempo lo subordináis a esa fecha
precisa.
El americano afirmó que aquel día haría época.
—Seguramente —dijo el rey—; pero no vais a condenar a toda la humanidad a
que someta para siempre todos sus actos al hecho que acaeció el día 4 de junio. Es
inocente eso de celebrar los aniversarios: ningún día merece que se recuerde. ¡Ah,
vosotros no queréis como yo acabar con los días memorables! Mis abuelos
ratificarían vuestra opinión.
Lo peor de estos ostentosos aniversarios es que rompen la digna sucesión de
nuestras emociones contemporáneas; interrumpen; son un retroceso. De súbito surgen
las banderas y los fuegos de artificio, desenmohecen los viejos entusiasmos,
perdiéndose de súbito el sentido de las cosas actuales. A cada día le basta su cuidado.
Dejad que los muertos entierren a sus muertos. Esa preocupación vuestra por las
fechas del calendario es un sentimiento aristocrático, y yo soy demócrata. Yo sólo
aprecio lo que vive de su propio mérito. Ningún día actual debe grabarse con lo que
ya pertenece al pasado.
—¿Qué opináis acerca de esto, Wilhelm?
—Sí; para el noble todos los días son nobles.
—Exactamente; ésa es mi actitud —afirmó el rey, quedándose muy satisfecho de
lo que había dicho.
Entonces el presidente americano compelió al rey para que no charlase más de lo
referente al aniversario, porque era más interesante el tema de la política a seguir. Y
aquí surgía la verdadera dificultad. Podía dársele un gobierno único al mundo que
asegurara la paz; pero en precisar en detalle los procedimientos que habían de
aplicarse para obtener este resultado estribaba la dificultad. El rey advirtió que la
solución era difícil.

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Acaso la ciencia daría solución al problema. Por de pronto, el enorme presupuesto
de gastos que hasta entonces figuraba para el sostenimiento del ejército y armada,
debía rectificarse.
—Un hombre que trabaja vale por mil.
—Sólo hemos empezado a asomarnos a las soluciones probables —dijo el rey.
Y, dirigiéndose a Holsten:
—Vuestra opinión es estimable porque habéis sondeado los sótanos de la casa
donde se halla el tesoro.
—Son insondables —sonrió Holsten.
—El hombre —dijo el presidente americano deseando ratificar su opinión ante las
fluctuantes contradicciones del rey—, el hombre empieza ahora a tomar posesión de
su herencia.
El rey dijo dirigiéndose a Holsten:
—Decidnos algo que nos instruya; dadnos una idea de lo que debemos hacer en la
hora presente.
La opinión de Holsten abriría amplias perspectivas.
—La ciencia —exclamó el rey de pronto— es el nuevo rey del mundo.
—Nuestro punto de vista —dijo el presidente— es que la soberanía reside en el
pueblo.
—¡No! —dijo el rey—. La soberanía es algo más sutil que eso y menos
matemático. La soberanía no es mi familia ni nuestro pueblo emancipado: es algo que
flota por encima de nosotros, sobre nosotros y a través de nosotros. Es la voluntad y
la inteligencia común e impersonal. La ciencia es lo que más se asemeja a esa
soberanía. Es la mente de la raza. Ella nos ha reunido aquí a todos y ante sus
exigencias todos nos inclinamos…
Hizo una pausa, lanzando una mirada a Leblanc, y después continuó, dirigiéndose
a su primer antagonista.
—Hay una predisposición —dijo el rey— a considerar esta reunión, en la que
noventa hombres que se creen extraordinarios estamos tomando parte, como algo que
depende exclusivamente de nosotros; y creéis que, gracias a nuestra libre voluntad y a
nuestra sabiduría, vamos a unificar al mundo. Nos inclinamos a considerarnos a
nosotros mismos como hombres agudos y hábiles, y nos aplicamos otros muchos
elogios como éste; pero, en realidad, no somos nada de eso que nosotros creemos. Yo
dudo si la capacidad media de los noventa hombres aquí reunidos sería superior a la
de cualquier otro grupo de personas escogidas casualmente. No somos creadores: no
somos más que consecuencias. Hoy nosotros aquí no somos nada: lo es todo el viento
de la convicción que sobre nosotros sopla, reuniéndonos en este lugar.
El presidente americano confesó que le parecía algo dura la opinión que el rey
tenía de sus colegas.
—Holsten, tal vez, y uno o dos más de los que forman el Congreso, pueden
colocarse un poco más altos —concedió el rey—. ¿Pero el resto de nosotros?…

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Su mirada se dirigió rápidamente hacia Leblanc.
—Ahí tenéis a Leblanc —dijo el rey—. Es un hombre de alma sencilla. Hay
cientos y miles como él. Yo le concedo cierta habilidad y lucidez; pero en cualquier
ciudad de provincias de Francia se encuentra un hombre como Leblanc, sentado en
un café céntrico, a eso de las dos de la tarde. No es su condición de superhombre lo
que le ha destacado en las actuales circunstancias. En tiempos más felices —no lo
dudéis, Wilhelm— Leblanc no sería más que lo que fué su padre: un dichoso tendero
muy limpio, muy correcto y muy honrado. En los días festivos iría con madame
Leblanc, que llevaría su labor de gancho y una damajuana llena de algo apetecible; y,
llegados que hubieran al río, sentaríase a pasear en la barca bajo una grande sombrilla
de rayas verdes. Pescaría pulcramente, teniendo un éxito el cebo de su anzuelo…
El presidente americano y el príncipe japonés de los lentes protestaron al mismo
tiempo.
—Si he sido algo injusto —dijo el rey— es sólo porque he querido presentar con
claridad mi argumento. Yo quiero que resalte claramente lo pequeño que es el hombre
y la sucesión de los otros comparado con todo el género humano.

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4
Así habló el rey Egbert en Brissago, después de proclamarse la unidad del mundo.
Después de esta sesión, los congresistas se reunían a la hora de comer y charlaban a
su gusto y talante, entrecambiando agudas ideas. Durante algún tiempo trabajaban de
consuno y creían que habían inventado un nuevo gobierno para el mundo. Se discutía
una constitución del Estado; pero había otras cuestiones que no admitían espera, y
por ello lo referente a la constitución sólo se trataba incidentalmente. Como el rey
Egbert había prescrito, la constitución fué aplazada indefinidamente, dando prelación
el Consejo a los debates en que se planteaba la forma de gobierno.
En las últimas horas de la primera tarde en que se reunió el Congreso, el rey
charló y bebió abundantemente el puro y rojo vino del país que Leblanc les había
proporcionado. El rey reunió un grupo de amigos con quienes más simpatizaba,
pronunciando entre ellos un discurso elogiando la simplicidad en los procedimientos
y alabando la sencillez en sus diversas manifestaciones, diciendo que la última
tendencia del arte, la religión, la filosofía y la ciencia era simplificar. Se declaró como
un devoto de todo lo simple, y Leblanc corroboró su opinión, ensalzando también esa
cualidad. Acerca de este punto todos estaban de acuerdo.
Cuando los comensales se levantaron de la mesa, el rey rebosaba admiración y
afecto hacia Leblanc; juntos marcharon por el camino, y el rey iba hablándole de algo
que consideraba asunto sin importancia. Decíale que iba a hacerle un señalado
presente: se refería a la Orden del Mérito, que estaba dispuesto a otorgarle; los
hombres más preclaros, según testimonio de los cronistas de su familia, la habían
poseído. Era, entre todas, la única orden que no se había manchado.
El rey reconocía que, actualmente, lo referente a condecoraciones y blasones
estaba obscurecido por problemas más urgentes; por su parte, él nunca le había dado
importancia a estas distinciones; pero acaso llegue tiempo en que estas recompensas
sean estimadas. No tenía el rey otro propósito para otorgarle a Leblanc esta
recompensa que demostrarle la estima en que le tenía. Y así diciendo, pasó el rey su
brazo, con un afecto casi fraternal, sobre el hombro del francés. Leblanc recibió esta
prueba de afecto lleno de modesta turbación. Con ella demostraba el rey hasta la
exageración la admiración que sentía por todo lo sencillo. Sin embargo, Leblanc
manifestó que debía aplazarse la imposición de la distinción que el rey le había
otorgado, dejándola para cuando hubiera puesto fin y remate a sus servicios. En las
actuales circunstancias suscitaría rivalidades. El rey no aprobó esta resolución. Los
dos hombres se despidieron con expresiones de mutuo afecto.
Después el rey le dijo a Fermín que anotase todo lo que en aquel día había
acontecido; pero, transcurridos unos veinte minutos, el aire de la montaña produjo en
el rey una dulce somnolencia. Y, despidiendo a Fermín, fuése a dormir.
Durmió muy tranquilamente. Aquel día había sido de gran actividad.

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5
El establecimiento del nuevo orden, que había tenido un principio tan humano, hacía,
comparado con los procedimientos pacificadores de pasados tiempos, rápidos
progresos. El espíritu guerrero en el mundo estaba exhausto. Sólo aquí y allá había
aún algunos chispazos de ferocidad. Durante muchas décadas, la causa de las guerras
no era el instinto combativo del hombre, sino las divergencias políticas entre los
Estados. Casi todos los armamentos que sostenían las naciones era, más bien que
instinto agresivo, el temor al ímpetu belicoso de la nación vecina. Es bastante dudoso
que ninguno de los hombres que por entonces entraron en fuego sintieran realmente
hambre y sed de sangre ni amor al peligro. El ejército era una profesión en la que el
acto de matar era sólo una desagradable posibilidad más bien que un acaecimiento
que se previese con certeza. Si se leen los periódicos de aquel tiempo, se advierte,
entre los que sostenían la tendencia militarista, que no defendían al ejército porque
conquista gloria ni por lo que hay en él de espíritu de aventura, sino que la nota
constante era los inconvenientes que pueden traer las invasiones de una nación
extranjera y la pérdida de la independencia. En una palabra: el militarismo era algo
que ya apestaba. La resolución de la Europa armada del siglo XX a entrar en la guerra
fué parecida a la de la tímida oveja a zambullirse en el agua. Y ahora que las armas
ofensivas habían explotado en las propias manos de Europa, sentía ésta ansia por
desprenderse de ellas, abandonando su actitud violenta.
Por este tiempo, el mundo entero se había decidido por la franqueza en las
negociaciones. Los hombres más inteligentes, que hasta entonces habían sido
partidarios de las beligerancias y de la política de separación, sentían ahora la
necesidad de la franqueza en los procedimientos internacionales y de las actitudes
sinceras. En este ambiente de renacimiento moral no tenía probabilidades de éxito la
resistencia que aún algunos oponían a la implantación del nuevo orden de cosas. Es
indudable que la humanidad es necia; pero una minoría comprendió que era una
locura continuar dándose de cuchilladas en mitad de aquel incendio.
Los que esto comprendieron estaban al lado de los congresistas de Brissago. Sin
embargo, aún una banda de patriotas se alzó en armas en Osaka, y, apoderándose del
arsenal, trataron de levantar al Japón contra su inclusión en República del Género
Humano, que consideraban había herido el orgullo nacional y querían vengar a sus
compatriotas. Esa lucha en el arsenal de Osaka fué un interesante final del capítulo de
la historia de la guerra. Los últimos «patriotas» estaban indecisos, si en caso de verse
acosados por el enemigo emplearían las bombas atómicas. Sin embargo, la lucha se
limitó a cargas con armas blancas en las calles. De los combatientes, cortos en
número, casi todos perecieron en la refriega; cuando las tropas de la república
pusieron fin al combate, sólo quedaban diez ilesos.

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6
Solamente un monarca rechazó la sumisión al nuevo gobierno; era su reino una
extraña supervivencia de medievalismo. Llamaban a este rey de los Balkanes «El
Zorro Eslavo». A las repetidas citaciones que recibió del congreso de Brissago daba
contestaciones astutas y a veces altivas, discutiendo y aplazando su sumisión.
Fingíase enfermo y decía que ocupaba toda su atención el cuidado que la nueva reina
le inspiraba. Su corte, semi-bárbara, conservaba la etiqueta de las antiguas naciones
de sentimiento romántico. Secundábale, hábilmente, en el gobierno, su primer
ministro, el Doctor Pertovitch. La insistencia del rey de los Balkanes, Carlos
Fernando, en conservar su independencia y ser tratado como estado favorecido,
entorpecía la realización de los proyectos del congreso de Brissago. Finalmente,
pareció someterse, aunque con muchas reservas, y puso una porción de obstáculos
para enviar representantes oficiales al congreso. Estas decisiones del rey eran
apoyadas con entusiasmo por sus súbditos y por la mayor parte de los campesinos
analfabetos, en los que arraigaba un apasionado patriotismo de sentimiento confuso,
apoyando también esta actitud del rey el desconocimiento que tenía del poder
destructor de las bombas atómicas. Se reservó el dominio de todos los aeroplanos del
reino de los Balkanes.
Por una vez, la excesiva ingenuidad de Leblanc pareció mitigarse con un rasgo de
astucia. Siguió sus gestiones para el logro de la pacificación del mundo, como si los
Balkanes se hubieran sometido completamente y de buena fe a las decisiones del
congreso de Brissago, ordenando la dispersión de la flota de aeroplanos que defendía
el lugar en donde se celebraba el congreso en previsión de lo que pudiera acaecer en
el próximo día del quince de julio; pero, en realidad, lo que hizo fué redoblar el
número de la flota y adoptar otras medidas defensivas. Se consultó con algunos
expertos, y cuando confidencialmente habló de sus propósitos con el rey Egbert,
mostró tal claridad y previsión en sus planes, que el rey rectificó aquella fantasía de
un Leblanc pescador de caña, en día de asueto, bajo una sombrilla verde.
Hacia las cinco de la mañana del día 17 de julio, uno de los aeroplanos centinelas
destacado del resto de la flota aérea, cuando volaba sobre la parte inferior del lago de
Garda, vió venir hacia la parte Oeste un extraño aeroplano. Le habló cuando estuvo al
alcance de la voz de su megáfono, y no obteniendo contestación satisfactoria, hizo
funcionar el telégrafo sin hilos avisando al resto de la flota. Un enjambre de
aeroplanos apareció de pronto sobre las montañas del Oeste, y antes de que el aparato
desconocido avistase el lago de Como, una docena de los de la flota de Brissago se
precipitaron sobre él. El aparato desconocido pareció dudar en el rumbo que había de
tomar, y después voló en la dirección Sur descendiendo entre las montañas.
El aparato se inclinaba esquivando rápidamente sus perseguidores. Describió una
curva, y alejado de ellos unas cien yardas, pasó por delante del sol saliente.

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Entonces, los de Brissago rompieron el fuego con tal acierto, que a sus disparos
cayó el pasajero que iba al lado del piloto. Éste, aferrado al volante, debió sentir tras
él el grito de su compañero; pero sólo atento a la fuga, no volvió su cabeza. A poco
sonaron otros dos disparos. Aceleró el motor de su aparato, y, agachado sobre el
volante, pareció esperar que la bomba fuera arrojada, pero nadie podía arrojarla.
Cuando miró en tomo suyo para observar a sus perseguidores vió a su compañero,
que yacía muerto entre las bombas atómicas.
Los que iban a su caza no consiguieron alcanzarle con sus disparos; pero le
perseguían inexorablemente en su descenso. En vuelo curvo paró a unas cien yardas
de unos maizales y plantaciones de arroz. Ante él, destacando su obscuro contorno
contra el sol saliente, veíase, en medio de una aldea, una esbelta y alta cúpula de la
cual partían líneas de cables sosteniendo placas de metal que el aeroplano
desconocido no pudo esquivar en su vuelo.
El aparato detuvo su motor bruscamente y cayó rápidamente planeando. Su piloto
trató de levantar las bombas cuando hubo aterrizado, pero sus implacables
perseguidores fueron derechos hacia él disparándole en el momento en que caía.
Otros tres aeroplanos de los perseguidores descendieron describiendo curvas en
sitio próximo al campo en donde cayera el aparato enemigo, cuyo motor, en el
descenso brusco, había quedado destrozado. Sus pasajeros descendieron de los
aparatos, acercándose, el moderno fusil en mano, al sitio donde yacían los dos
hombres muertos entre los restos del aeroplano desconocido. Una caja, en forma de
ataúd, ocupaba el centro del aparato; en ella había tres objetos negros provistos de
asas como un jarro. Yacían ahora inofensivas entre los restos del aparato destrozado.
Estos objetos debieron tener tan tremenda importancia para los ojos de los
capturadores que no hicieron caso de los dos cuerpos ensangrentados de los aviadores
que yacían entre los restos del aparato. Los miraron como podían haber mirado una
rana muerta que se tropieza en un sendero.
—¡Por Dios! —gritó el primero de ellos.
—¡Aquí están!
—¡Y sin explotar! —dijo el segundo.
—Nunca, antes de ahora, las había visto —dijo el primero.
—Son más grandes de lo que yo pensaba —observó el segundo.
Un tercero llegó al lugar en donde los otros estaban y observó al hombre que
yacía muerto en el centro del motor destrozado, sobre la caja de las bombas.
—No hay peligro ninguno —dijo en tono de excusa.
Los otros dos aviadores también observaban las víctimas.
—Debemos dar cuenta de lo hallado —dijo el primero.
Una sombra pasó entre ellos y el sol, levantaron la cabeza y vieron el aeroplano
que había hecho el último disparo.
—¿Qué habéis encontrado? —preguntaron por megáfono.
—Tres bombas —contestaron al mismo tiempo.

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—¿De dónde vienen? —preguntó el megáfono.
Los tres aviadores se miraron unos a otros y empezaron a registrar a los muertos.
Uno de ellos dijo:
—Busquemos alguna marca que pueda identificarlos.
Llegaron otros aviadores al lugar del suceso y empezaron a registrar las ropas de
los dos muertos. Registraron los bolsillos y todas sus ropas ensangrentadas…
Después buscaron entre los restos del motor y en el armazón del aparato. No
encontraron ni el trazo de una marca. Todo estaba construido sin que hubiese vestigio
alguno que pudiera indicar su origen.
—No podemos encontrar nada —gritaron los del aeroplano.
—¿Ni un signo?
—Ni un signo.
—Descenderemos —dijo un hombre desde arriba.

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7
«El Zorro Eslavo» permaneció en pie tras la baranda del balcón de su palacio
construido según el pintoresco Arte Nuevo. Daba la real mansión a un despeñadero
que defendía la pequeña y luminosa ciudad. Al lado del rey estaba Pertovitch, hombre
ya canoso, de expresión astuta, que mostraba en aquellos momentos una
extraordinaria excitación. Tras una mampara de cristal veíase la estancia, lujosamente
decorada con aluminio y esmaltes carmesíes. El rey volvía la cabeza mirando una y
otra vez hacia el interior de la estancia, sobre su hombro, con expresión inquisidora.
Desde el balcón en donde estaba podía distinguir una estancia a través de cuyas
franqueadas puertas veíanse los muros recubiertos de azul adonde el oficial que
estaba en la torre del palacio, transmitía las órdenes que se recibían por la telegrafía
sin hilos. Dos pajes, vestidos con ostentosas libreas, esperaban atentos en esta
estancia. La habitación estaba amueblada con augusta dignidad. En el medio de ella
veíase una mesa cubierta con un verde tapete, provista de macizos tinteros de metal y
antiguas salvaderas, aunque de traza moderna, de gusto romántico. Era en esta
estancia en donde se reunía el consejo del rey, formado por una media docena de
ministros que constituían su gabinete. Aunque habían sido citados para las doce, ya
pasaba media hora y el rey continuaba holgándose en el balcón, en donde esperaba
noticias que no llegaban.
El rey y su primer ministro charlaban al principio en voz baja; pero después
permanecieron silenciosos, porque nada tenían que expresar sino una vaga ansiedad.
Allá en una colina veíanse los blancos techos de metal bajo los cuales se ocultaban la
fabricación de las bombas atómicas. (El químico que las había construido por orden
del rey murió súbitamente poco después de la declaración de la república en
Brissago.)
Nadie sabía de aquella fábrica clandestina sino el consejero del rey y tres de sus
más fieles servidores. Los aviadores que esperaban ahora en plena luz de mediodía,
con los aparatos que habían de llevar las bombas atómicas y el pasajero encargado de
arrojarlas, ignoraban también el lugar en donde las bombas se ocultaban. Era tiempo
de pensar si había llegado la hora de desarrollar los planes que había imaginado
Pertovitch. Sus proyectos eran magníficos. Aspiraba nada menos que al Imperio del
Mundo. El gobierno de idealistas y de catedráticos que se reunía en Brissago, volaría
hecho pedazos, y entonces un enjambre de aeroplanos volaría por Este, Oeste, Norte
y Sur, sobre el mundo ya desarmado, proclamando a Carlos Fernando nuevo César,
Amo y Señor de la Tierra. Era un plan magnífico, pero ahora era considerable la
tensión de nervios con que se esperaban noticias del raid que se había ordenado
realizar.
El Zorro Eslavo estaba intensamente pálido. En su cara se destacaba una larga
nariz, bajo la cual se extendía un corto mostacho. Sus ojos azules estaban demasiado

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próximos y eran harto pequeños para que resultaran agradables. Tenía la costumbre
de tirarse del pequeño bigote cuando estaba algo preocupado, y ahora, a causa de su
excitación nerviosa, atusábase su bigotillo sin darse punto de reposo. Este ademán
pertinaz exasperó la paciencia de Pertovitch.
—Voy —dijo el ministro— a ver si han transmitido alguna noticia por el telégrafo
sin hilos. Nada sabemos de lo ocurrido, ya sea favorable o adverso.
El rey, al quedarse solo, siguió tirándose de su bigotillo a su gusto y talante sin
que ya la presencia de alguien pudiera estorbarlo. Acodándose en el balcón continuó
en su tarea, y en esa actitud parecía un perro royendo un hueso. Supongamos —
reflexionaba— que han cogido a nuestros aviadores. ¿Qué ocurriría entonces?
Los relojes de las torres de la ciudad, extendida bajo el palacio, sonaron la media
hora después del mediodía.
El rey y Pertovitch pensaban que aun en el caso de haber cogido a los aviadores
no se descubriría el secreto. Probablemente al capturarlos los habrían matado. Su
consigna era: negar, negar y negar…
Allá, en el alto azul, brillaron hasta una media docena de puntos luminosos.
Pertovitch se presentó de súbito.
—Señor —dijo—, se han recibido noticias oficiales.
—¡Mira! —le interrumpió el rey, señalando hacia lo alto con su grueso índice.
Pertovitch siguió la dirección indicada y después se quedó mirando al rey.
—Nos veremos obligados a afrontarlos —dijo.
Por algún tiempo permanecieron observando las luces mensajeras que descendían
describiendo espirales, y después entablaron un apresurado diálogo.
Concluyeron que esperar en la rendición de Brissago era un supuesto inocente…
Después acordaron reunir el consejo para decidir lo que había de hacerse. Cuando
el ex rey Egbert entró en palacio, encontró al rey Carlos Fernando posando en una
actitud teatral en la presidencia de su consejo de ministros y en medio de todos sus
cortesanos. La puerta que comunicaba con las oficinas del telégrafo sin hilos estaba
cerrada.
El ex rey, que venía de Brissago, entró en el palacio a través de los tapices y entre
los servidores, como una corriente de aire.
Tras él le seguía, con paso rápido, su secretario Fermín.
El rey Carlos Fernando, al ver aquella simplicidad en sus maneras, le clavó una
mirada dura. Se levantó para saludarlo. El rey de los Balkanes sintió otra vez en su
corazón, como ya lo había experimentado cuando estaba acodado en el balcón, un
frío sentimiento de desprecio. No será tan fácil —reflexionaba— engañar a este loco
charlatán, que por seguir la opinión de un insignificante racionalista francés de lentes
había arrojado la corona más antigua del mundo.
Uno debe negar y negar…
Después, reflexionando con más calma, pensó que no habría motivo para negar,
porque el rey nada sabía. Un visitante, con amable locuacidad, hablaba de todo,

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recordando los debates de Brissago.
¿Qué habría ocurrido con los aviadores? —se preguntaba el rey Carlos Fernando
—. ¿Habrían aplazado el raid? ¿O tal vez aterrizado con alguna avería sin que
hubieran sido capturados? ¿O acaso mientras este loco charlaba estarían sus
aeroplanos descargando sobre los montes de Brissago su carga mortífera?
Una extraña esperanza volvía a levantar el rabo del Zorro Eslavo.
¿Qué le importaba todo lo que aquel hombre le estaba diciendo? Tal vez de un
momento a otro se abriese la pequeña puerta de bronce, y tras ella darían la noticia de
que Brissago había volado hecho pedazos. Cuando así se reflexionaba, tuvo intención
de detener la charla de su interlocutor. ¿Llegarían a matarlo?
El ex rey indicó:
—¿Llegarían a matarlo? Es una manía ridícula que baséis vuestra confianza en la
posesión de las bombas atómicas.
El rey Carlos Fernando rechazó esta observación con energía.
—¡Oh!, es necesario que atendáis a mis observaciones.
—¿En qué os fundáis para exigirlo?
El ex rey hizo un gesto de desagrado y soltó una carcajada diabólica, si es que el
diablo se ríe:
—Prácticamente, en nada… Pero con esas cosas no todos saben tener bastante
cuidado.
El rey Carlos Fernando experimentó una sensación de frío a lo largo de su
espinazo.
Pertovitch experimentó una profunda depresión al ver el entrecejo fruncido en la
cara de Fermín, el secretario del ex rey. El primer ministro fué en ayuda de su amo,
porque temía llegara demasiado lejos en sus protestas.
—¡Nos exigís un registro! —exclamó el rey.
—¡Y el embargo de nuestros aeroplanos!
—Solamente con carácter provisional —dijo el ex rey Egbert—; sólo durante el
tiempo que se realice la requisa.
El rey Carlos Fernando reunió su consejo de ministros.
Un hombre inquieto y pequeño, vestido con un suntuoso uniforme, dijo:
—El pueblo, señor, no consentirá que se lleve a cabo esa requisa.
—No tendréis más remedio que hacerla —dijo el ex rey dirigiéndose al consejo.
El rey Fernando miró a la puerta de bronce cerrada, esperando que alguien la
abriera para transmitir la expresada noticia.
—¿Cuándo queréis que se haga esa requisa? —preguntó el rey.
El ex rey irradiaba alegría.
—No podremos hacerla antes de pasado mañana.
—¿Aquí, en la capital?
—¿En dónde si no? —preguntó el rey, cada vez más satisfecho.

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—Por mi parte —dijo el ex rey—, me parece esta medida ridícula. Nadie es ya
tan necio que se atreva a ocultar bombas atómicas. Nadie. Porque si lo cogen lo
cuelgan. Y si no, las mismas bombas que oculta le harían al fin volar hecho pedazos.
Hoy el mundo entero ha depositado en mí su confianza, y para cumplir sus órdenes
estoy yo aquí.
El rey Fernando quedó pensativo, echando una mirada a Pertovitch, quien movió
imperceptiblemente su cabeza. Es locura oponerse abiertamente —reflexionó—;
mejor será optar por la vía diplomática.
—Naturalmente —dijo el rey—. Yo reconozco una poderosa fuerza y hasta una
cierta clase de lógica en estas órdenes procedentes de Brissago.
—Es mejor que lo reconozcáis —dijo el rey respirando satisfecho—. Será
preferible llegar a un acuerdo.
Al fin, se llegó al acuerdo con algunas discusiones en la parte formal. Los
aeroplanos de los Balkanes no se aventurarían a surcar el aire en tanto no se hubiera
terminado lo concerniente a la requisa; en cambio, la flota del gobierno del mundo se
remontaría evolucionando libremente por el cielo. En todas las ciudades se fijarían
pasquines ofreciendo un premio a quien descubriera bombas atómicas.
—Firmaréis eso —dijo el ex rey.
—¿Para qué?
—Para demostrar que no sois hostil a nuestros proyectos.
Pertovitch hizo a su amo un gesto afirmativo con su cabeza.
—Además de esto —dijo el ex rey con la soltura en él habitual—, pondréis a
nuestra disposición algunos números de la policía a vuestro servicio para que nos
ayuden a resolver las dificultades que puedan surgir. Y así todo marchará bien.
Entretanto deseo ser vuestro huésped.
Cuando Pertovitch se quedó a solas con el rey, sentía éste necesidad de
expansionarse; su espíritu vacilaba como sacudido por una racha marina. En algunos
momentos se sentía exaltado, sin temor a la requisa, y después caía en una profunda
depresión.
—Si las encuentran, Pertovitch, nos cuelgan.
—¿Nos cuelgan?
El rey metió su larga nariz por la cara de su consejero:
—Ese tiene cara de ser bastante bruto para hacerlo. Nos colgarán sin remedio, si
la suerte no nos salva.
—¡Pero y todo su Estado de civilización moderna!
—¡Creéis que queda algo de piedad en esa manada de hombres insensibles como
dioses! En ese hato de ladronzuelos. ¿Creéis, Pertovitch, que ellos comprenden algo
de lo que son altas ambiciones y espléndidos sueños? —gritó el último rey de
romance—. ¿Creéis que pueda impresionarlos en modo alguno nuestra caballeresca y
sublime aventura? Yo soy el más grande y el último de los Césares románticos.
¿Pensáis que ellos desperdiciarán la ocasión de verme colgado como un perro o de

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matarme en un agujero como una rata? ¡Ese monarca renegado que fué un rey
ungido! Yo odio —añadió el rey— la sonrisa dura con que miran sus ojos. Si
permanecemos aquí, me cazarán como a un conejo alucinado —concluyó el rey—. Es
preciso cambiar de sitio las bombas.
—Es peligroso —dijo Pertovitch—. Dejadlas en donde están.
—No —dijo el rey—; llevémoslas cerca de la frontera. Mientras que
permanezcan en mi territorio, estaremos constantemente vigilados. Para llevarlas
utilizaremos un aeroplano extranjero.
El rey estuvo toda la tarde en un estado febril de irritación; mas, sin embargo,
preparó sus planes con infinita astucia. A toda costa había que deshacerse de las
bombas; por de pronto podrían ocultarse bajo unas pilas de heno.
Pertovitch iba y venía dando órdenes a la servidumbre, trazando planes y
proyectos. Cuando el rey y el ex rey volvieron a encontrarse hablaron amablemente,
pero durante la conversación el rey Carlos Fernando no dejaba de recordar sus
aeroplanos desaparecidos. No llegaban noticias de los aviadores capturados ni de
nada referente a ellos. De un momento a otro, todo el poder de su huésped podía
quedar deshecho y desvanecido.
Media noche era por filo cuando el rey, embozado en su capa y tocado con tosco
sombrero, que lo mismo podía usar un hidalguete que un burgués, se deslizó por una
puerta del servicio que daba salida por la parte O. del palacio, y pasó bajo el boscaje
de los jardines, que descendían formando una serie de terrazas hasta la ciudad.
Pertovitch y Peter —ayuda de cámara del rey—, vestidos de parecida manera,
esperaban al rey ocultos tras unos laureles, saliéndole al encuentro cuando lo vieron
venir. La noche era clara y caliente, mas las estrellas parecían más remotas,
obscurecidas por los faros de los aeroplanos que sondeaban el cielo. Un rayo de luz
de lo alto iluminó por un momento al rey, cuando éste salía de palacio. Cuando
pasaban por los jardines, advirtió que alguien les vigilaba.
—Nos están espiando —dijo el rey.
—Nada hay que temer —contestó Pertovitch.
Cuando el rey levantó su vista, le pareció ver un círculo luminoso que parecía
parpadear ante él, y al eclipsarse lo dejó ofuscado.
Los tres hombres emprendieron el camino. Salieron por una puerta oculta en la
empalizada del jardín, que Pertovitch dejó descerrojada; el rey se paró bajo la sombra
de una coscoja, y se quedó mirando al palacio. El edificio, alto y estrecho, era una
reminiscencia de medievalismo en el siglo XX, medievalismo con bronce, cemento,
acero y opacos cristales. Salpicaban el cielo una confusión de pináculos. En el ala O.
se abrían las ventanas de las habitaciones que ocupaba el ex rey Egbert. Una de ellas
estaba encendida, y en el vacío iluminado se veía una pequeña figura negra que en
actitud tranquila parecía asomarse para contemplar la noche.
El rey exhaló un gruñido.
Pertovitch dijo:

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—Qué ajeno está ése de que ahora nos estamos deslizando de entre sus dedos.
Cuando así hablaba, vió en la ventana iluminada al ex rey, que extendía sus
brazos lentamente hacia arriba, como si se desperezara; bostezando y restregándose
los ojos, se internó en la habitación: sin duda se preparaba para meterse en la cama.
El rey, con paso rápido, descendió por unas calles angostas que formaban la parte
antigua de la ciudad; en una esquina, previamente indicada, esperaba un automóvil de
aspecto mezquino, movido por energía atómica.
A él subieron los tres hombres. El automóvil era un coche corriente de alquiler,
aunque ya movido por energía atómica, de los peores que entonces se conocían. El
chauffeur era uno más entre los muchos que circulaban por la ciudad, pero a su lado
se sentaba el joven secretario de Pertovitch, que conocía la finca en donde estaban
ocultas las bombas atómicas.
El automóvil pasó a lo largo de las calles estrechas de la vieja ciudad, aún
iluminadas y llenas de gente, pues la flota aérea que volaba sobre la ciudad hacía que
circulasen por las calles transeúntes curiosos que invadían las terrazas de los cafés;
después, el auto atravesó un gran puente recién construido, y, cruzando por los
suburbios, salió al campo.
El rey, respaldado en el auto, cruzó tranquilo y silencioso su gran ciudad, en la
cual algún día habría de sobrepujar a César. Cuando salieron a la obscuridad del
campo, les sorprendieron las líneas exploradoras vagando por la campiña anochecida
como inquietos espíritus de gigantes. El rey levantó la vista para ver de dónde
procedían aquellos fugitivos lampos, y vió el vuelo encendido de los aeroplanos.
—No me gustan esas cosas —dijo el rey.
Entonces, un retazo de luz blanca se fijó en los pasajeros, siguiendo su automóvil.
El rey se respaldó en el coche.
—Estas cosas son detestablemente silenciosas. Es como si nos rondaran gatos
hambrientos.
La luz no se separaba de ellos.
—Este camarada nos viene persiguiendo —dijo el rey.
Y después, súbitamente exclamó presa de pánico:
—Pertovitch —dijo apretando el brazo de su ministro—, nos vienen espiando; yo
no sigo más adelante; vienen espiándonos; quiero volverme a palacio.
Pertovitch procuraba disuadirlo.
—Dile al chauffeur que vuelva —dijo el rey tratando de abrir la ventanilla.
Por unos momentos hubo una terrible lucha en el interior del coche:
retorcimientos de muñecas y algún golpe.
—Yo no quiero seguir más adelante —repetía el rey—. Yo no quiero seguir más
adelante.
—Van a colgarnos.
—No lo harán si nos volvemos ahora y entregamos las bombas. Eres tú quien me
ha metido en esto.

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Al fin, Pertovitch buscó una solución. Distante de allí, poco más de media milla,
había una posada; allí podían apearse, y el rey, bebiendo una copa de coñac,
tranquilizaría sus nervios, y si aún persistía en el capricho de regresar, volverían.
—Mirad —dijo Pertovitch—, la luz ha desaparecido otra vez.
El rey se asomó para observar y dijo:
—Yo creo que algunas veces nos persiguen sin luz.
Ya en la sucia y vieja posada, dudaba el rey si regresaría a palacio, entregándose a
las decisiones del Consejo.
—Si hay Consejo —dijo Pertovitch—, las bombas serán colocadas en lugar
seguro.
—Pero si ese infernal aeroplano da con ellas…
—No es tan fácil encontrarlas.
—Pero, Pertovitch, vos podríais arreglar este asunto, sin necesidad de que yo
interviniera.
Pertovitch, por algunos momentos, permaneció silencioso. Después dijo:
—Yo creo que debíamos arreglar pronto el asunto de las bombas —y así diciendo
se asomó a la ventana de la posada. En torno a su automóvil había un círculo de luz
brillante—. Voy a enviar a mi secretario para que con cualquier pretexto arme una
disputa con el conductor, y en tanto usted, yo y Pedro iremos por el camino que hay
por la parte de atrás, entrando en la quinta por el seto.
El proyecto era digno de la reputación de sutil que Pertovitch gozara, y se realizó
felizmente.
Al cabo de diez minutos llegaron a las tapias de la granja, mojados, cubiertos de
lodo y sin aliento; pero consiguieron llegar hasta el muro sin ser vistos. Cuando lo
saltaron, la luz volvió a fijarse sobre ellos, y el rey gruñó un reniego o una blasfemia.
La luz pasó.
¿Pero la luz pasó en seguida o estuvo vacilando algunos segundos?
—No nos han visto —dijo Pedro, el secretario de Pertovitch.
—No creo que nos hayan visto —dijo el rey, mirando a la luz que, alejándose,
descendía hacia el monte próximo como un ave de rapiña. Se detuvo algunos
momentos sobre unas pilas de heno, y después retrocedió precipitadamente—. ¡En el
granero…! —gritó el rey.
Se detuvo un momento, tropezando con un obstáculo, y después los tres hombres
entraron en el cuartón del granero, construido de acero, en el cual estaban las carretas
que habían de sacar las bombas atómicas. Rurt y Abel, dos hermanos de Pedro, las
habían traído a aquel lugar durante el día. Tenían preparada una carga de heno para
cubrir las bombas tan pronto como el rey mostrase el sitio donde se ocultaban.
—Aquí tiene que haber un pozo —dijo el rey—. No encendáis ninguna linterna
—añadió—. Con esta llave aflojo un candado.
Durante algún tiempo nadie habló en las tinieblas del granero. Se oyó el ruido de
una losa de piedra, al ser levantada, y después los pasos de unos pies que descendían

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por una escalera al fondo del pozo. Se oyeron cuchicheos, y luego la respiración
fatigosa de Rurt luchando para salir del fondo del pozo cargado con la primera bomba
atómica en él oculta.
—Aún no hemos terminado —dijo el rey exhalando un suspiro—. ¡Esa maldita
luz! ¿Por qué? ¡cielos! ¿Cerráis la puerta del granero? —La ancha puerta permanecía
abierta de par en par y veíase el campo anochecido iluminado por un resplandor azul
que exploraba, encendiendo también en sus lampos el vano de la puerta del troje.
—Cierra la puerta, Pedro —dijo Pertovitch.
—No —gritó el rey—. Procura agacharte —avisó el rey demasiado tarde, pues
Pedro permanecía en pie en el vano iluminado de la puerta. Rurt, que salía del pozo,
avanzó un paso apoyándose en el hombro de su hermano.
Por espacio de cinco minutos, los tres hombres con aspecto sereno permanecían
en pie. La luz pareció alejarse; pero de pronto retornó alucinante.
—Ahora —dijo el rey, inquieto—. Ahora podéis cerrar la puerta.
—No completamente —indicó Pertovitch—. Dejad una rendija por donde
podamos salir. Los hombres trabajaban con ahinco para sacar pronto las bombas del
pozo. El rey les ayudaba como si fuera un trabajador cualquiera, y Pertovitch,
tomando también parte en la tarea, iba colocando las bombas entre la carga de heno.
Trabajaban haciendo el menor ruido posible.
—Ssh —avisó el rey—. ¿No habéis oído?
Pero Kurt y Abel no habían oído ocupados en retirar del pozo la escalera portátil,
después de sacar la última carga.
—Ssh —cuchicheó Pedro, acercándose hacia ellos. Los dos hombres se quedaron
quietos.
La puerta del granero se abrió un poco más, y en la azul luz ofuscadora que venía
de fuera, se vió recortada la sombra negra de un hombre.
—¿Quién hay aquí? —preguntó con acento italiano.
El rey rompió a sudar frío.
Entonces Pertovitch contestó:
—Sólo un pobre labrador que está cargando su heno —y con la horquilla cargada
de hierba fué hacia el carro, dejándola en él suavemente.
—Cargáis vuestro heno en muy mala hora y con luz aún peor —dijo el hombre en
el umbral de la puerta—. ¿No tenéis aquí luz eléctrica?
Entonces súbitamente aquel hombre se volvió un poco, y encendió una antorcha
eléctrica, a cuya luz se destacó la figura de Pertovitch, y el desconocido, arrancándole
la horquilla de sus manos, le gritó: «¡Fuera de mi granero!»
Pertovitch tuvo el propósito de echarse sobre él y apuñalarlo; pero aquel hombre
retrocedió y empezó a llamar en voz alta. Instantáneamente sonaron ruidos de pisadas
que, corriendo por el campo, se aproximaban.
—¡Bombas! —gritaba el hombre desde el umbral de la puerta, empuñando en su
mano la horquilla para defenderse de la acometida de Pertovitch; los hombres que

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acababan de llegar dispararon sobre éste, atravesándole el cuerpo con una bala.
El hombre que luchó con Pertovitch estaba tumbado en tierra malherido; pero aún
seguía gritando: «¡Bombas!»
Consiguió ponerse de rodillas, y levantando la antorcha eléctrica iluminó de lleno
la cara del rey.
—Pegadles un tiro —seguía gritando en el suelo el hombre apuñalado, que al
toser escupía sangre. La cabeza del rey estaba ceñida por un halo de luz.
La luz vacilante de la antorcha eléctrica iluminaba todos los pasos del rey. Los
hombres que a las voces del herido habían llegado al granero, lo vieron cuando se
escondía tras la carreta, quedando de rodillas cerca de Pedro, que estaba tumbado en
el suelo. El viejo zorro que había caído en el cepo, los miraba de reojo. Su cara pálida
tenía una expresión perversa. Entonces, tambaleándose, en una actitud casi heroica,
se abalanzó sobre las bombas que estaban detrás. Los hombres desde la puerta
dispararon sobre él, que cayó con la cabeza atravesada por un balazo.
La parte superior de la cara del rey había desaparecido.
—Pegadles un tiro —seguía gritando el hombre apuñalado—. Matadlos a todos.
Entonces alguien le arrebató la antorcha de la mano, haciéndolo rodar hasta los
pies de sus compañeros que estaban en la puerta. Mas éstos iban provistos de luces,
que encendieron, y todos los objetos se percibieron distintamente en el granero.
Entonces dispararon sobre Pedro, que, con las manos en alto, indicaba que se rendía.
Kurt y Abel parecían vacilar en lo alto de la escalera portátil que conducía al
fondo del foso, y después, volviéndose de espaldas, se zambulleron en el pozo.
—Si no los matamos —dijo uno de los aviadores centinelas— algún día nos
harían pedazos con sus bombas.
—Se han colado por ese escotillón. Acerquémonos.
—Allá están. ¡Manos arriba! Bien los veo. ¡Sostén la luz mientras yo disparo!

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8
Era aún de noche cerrada cuando Fermín y el ayuda de cámara entraron en la estancia
del ex rey Egbert, para indicarle que el asunto había tenido feliz término.
El ex rey se incorporó en el lecho, quedando sentado al borde de la cama.
—¿Qué habéis hecho de él? —preguntó el ex rey.
—Está muerto —contestó Fermín—. Lo han fusilado.
El ex rey reflexionó.
—Nada mejor pudo haber ocurrido. ¡Se ocultaban en la granja que está al pie de
la colina! ¿Qué se proponían al ocultarlas en sitio tan visible? Vamos allá. Voy a
vestirme, Fermín. ¿Podrían hacerme una taza de café?
Bajo el crepúsculo matutino corría el automóvil del ex rey hacia la granja en
donde el último rey rebelde yacía muerto entre sus bombas atómicas. En el cerco del
cielo ya resplandecía el alba; la parte Este era cada vez más brillante y el sol salía tras
las colinas cuando el ex rey llegó a la granja. Allí aún pudo ver la carreta de heno
bajo el cual las terribles bombas estaban ocultas.
Una veintena de aviadores guardaba el patio de la casa cuando el ex rey entró.
Fuera se reunía un grupo de campesinos mirando hacia el interior de la finca,
ignorantes aún de lo que había ocurrido. Apoyados contra el muro de piedra que
cerraba la granja estaban los cuerpos de los cinco hombres muertos, en fila.
Pertovitch tenía en su cara una expresión de sorpresa, y el cadáver del rey sólo se
identificaba por sus largas manos blancas y por su bigote rubio. El aeronauta herido
en la refriega con Pertovitch había sido llevado a la posada próxima. El ex rey dió
órdenes para indicar la manera como las bombas habían de ser conducidas para
llevarlas a un laboratorio especial que había cerca de Zurich, en donde habían de
desembalarse para inutilizarlas introduciéndolas en una atmósfera de chlorino;
después de dar estas órdenes se fijó en los cinco muertos, que, apoyados en el muro,
tenían un valor ejemplar.
«¿Qué otra cosa podía hacerse con ellos?» —dijo contestándose a una pregunta
interior.
—Me admiraría, Fermín, que después de este escarmiento aún hubiera más…
—¿Bombas, señor? —preguntó Fermín.
—No; reyes semejantes a éste.
—¡Ese loco despreciable! —dijo el ex rey siguiendo sus pensamientos.
—Fermín, tú que eres ex profesor de Política internacional, ¿dónde opinas que
podemos enterrarlos? ¿Hacia aquella parte?… No los entierren en ese lugar, porque
allí cerca hay una fuente y la gente del pueblo viene a beber a ese manantial. Ordenad
que los entierren lejos, en mitad del campo.

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CAPÍTULO IV

LA NUEVA FASE

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1
El plan que trataba de realizar la Asamblea de Brissago, visto desde una época
distante como un hecho ya consumado, era en sus líneas generales muy sencillo.
Esencialmente, consistía en organizar la sociedad en armonía con los últimos
adelantos de la ciencia.
Había precipitación en la forma en que el Congreso trataba de resolver los
problemas que la última catástrofe mundial le imponía con urgencia. Dos eran las
soluciones que podían adoptarse: o bien que el género humano retrocediera a los
tiempos de la vida agrícola primitiva, de la cual había salido gracias a penosos
esfuerzos, o bien que adaptase la organización social a los últimos adelantos de la
ciencia. Las viejas tendencias de la naturaleza humana (suspicacia, envidia, egoísmo
e instintos belicosos) eran incompatibles con el monstruoso poder destructivo que la
última aplicación de la inhumana lógica científica había producido. El equilibrio de la
civilización sólo podía restablecerse, o bien retrocediendo a un medio de civilización
en el cual no pudieran producirse los elementos destructores modernos, o ya
adaptando la naturaleza humana a las nuevas circunstancias científicas por una
renovación de las instituciones políticas. Por esta última alternativa se optó en la
Asamblea de Brissago.
Más tarde o más temprano, el género humano tenía que arrostrar esta solución. El
súbito desarrollo de la ciencia atómica no hizo más que precipitar, haciéndolo más
rápido y dramático, el choque entre lo nuevo y lo antiguo, pugna ya existente desde
que el hombre labró el primer instrumento de pedernal o encendió la primera
hoguera. Desde el día en que el hombre inventó el primer instrumento de trabajo y
consintió que un semejante viviera cerca de él, fué algo más que un animal sacudido
por los instintos primitivos. Desde aquel día, una ancha brecha se abrió entre sus
pasiones egoístas y sus necesidades sociales. Lentamente fué adaptándose a la vida
del hogar y sus impulsos pasionales se supeditaron a las exigencias colectivas de la
clase y de la tribu; mas, sin embargo, dentro de él quedaba latente el cazador
primitivo y el nómada, que irrumpían en su civilización rudimentaria. Nunca se
subyugó completamente al suelo ni se adaptó del todo a la vida del hogar. Necesitaba
un maestro y un sacerdote que lo constriñera a mantenerse dentro de los límites de la
vida agrícola y de pastoreo. Lentamente, un vasto sistema de imperativos
tradicionales fueron superponiéndose a sus instintos prístinos, imperativos eficaces
para adaptarlos a su vida de labrador, que fué su vida normal durante largos años.
De una manera imprevista, sin que la generalidad de los hombres lo desearan,
llegó la Civilización como algo superfluo que sobrepasaba las labores agrícolas.
Apareció primeramente en la forma de tráfico comercial. El hombre empezó a
navegar por los ríos y después lanzó sus embarcaciones al mar. Instituyó los primeros
tribunales de justicia, erigió templos, y, en medio del tráfico y animación de los

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puertos, surgió la filosofía y la ciencia, estableciéndose la vida sobre un nuevo orden
de cosas. Lentamente al principio, y después con acelerada velocidad, empezaron a
aparecer los nuevos poderes. El hombre no los buscaba ni los apetecía: se los
arrojaron entre sus manos. Durante algún tiempo, el hombre usó estos nuevos poderes
desconociendo su alcance, no importándole las consecuencias que pudiera traer su
aplicación. Durante una larga sucesión de generaciones, el cambio se hacía
suavemente; pero después las alteraciones fueron bruscas. Por una serie de sacudidas
se pasó, en el último período, de la vieja a la nueva vida.
Ya antes de la desintegración de la energía atómica, las diferencias entre la nueva
y la vieja vida eran internas. Cambios tan radicales no los hubo ni aun cuando el
colapso de la civilización del Imperio romano.
De un lado estaba la vida de la antigua familia, los reducidos grupos raciales y la
industria en pequeña escala; de otro, los horizontes remotos y los proyectos extraños.
No podían coexistir por mucho tiempo en los mercados las libres transacciones y los
sindicatos; ni los lentos carros y los motores eléctricos en el mismo camino; ni las
primitivas armas arrojadizas y los aeroplanos en el mismo ejército. En el mismo
mundo no podían coexistir por largo tiempo la rudimentaria industria del campesino
al lado de las poderosas factorías. Y era todavía menos posible que pudieran coexistir
al lado de las ideas y ambiciones del hombre primitivo los descubrimientos
científicos de la nueva edad. Si la aparición de las bombas atómicas no hubieran
determinado la precipitada reunión de la Asamblea de Brissago, se hubieran reunido
asambleas de gente idónea para conciliar las contradicciones que existían en el
mundo. Si el descubrimiento de Holsten hubiera ido apareciendo lentamente a través
de varios siglos y comunicándose al mundo por grados imperceptibles, hubiera sido
de todas maneras necesario trazar planes nuevos para el futuro. Ya antes de la crisis
mundial la literatura de aquel período tenía un tono profético; eran ya muchos los
proyectos que se habían trazado para un Estado Moderno. La aparición de las bombas
atómicas acentuó y dramatizó la urgencia del problema.

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2
Los miembros que componían la Asamblea eran hombres de extraordinarias dotes
intelectuales. Eran gentes bien intencionadas, deseosas de hallar soluciones
favorables. Estaban humanizadas por la «conmoción moral» que habían producido las
bombas; mas no había motivo para que en las circunstancias actuales surgieran
personalidades que se destacaran notablemente del nivel vulgar. Podían citarse miles
de ejemplos de errores y de proyectos ineficaces. En el proceso del debate se
advertían omisiones, disputas acaloradas y muestras de fatiga.
No eran pocos los desaciertos. Excepto Holsten, que era una persona bien dotada,
especializado en profundos estudios, es dudoso si entre el resto de los miembros de la
Asamblea habría algún hombre de cualidades sobresalientes; pero había en sus
resoluciones un modesto terror y una rectitud de miras en los propósitos que daba a la
Asamblea un tono general de distinción. Entre los congresistas se señalaba Leblanc
por su noble simplicidad; mas al observarlo ocurría preguntar si era sólo un hombre
honrado y de buena intención, sin llegar a ser ningún genio.
El ex rey era persona discreta y de arrojo romántico, pero hombres como él los
hay a millares. Escribió un libro de memorias y gracias a él podemos apreciar sus
cualidades y las de los demás congresistas. El libro se lee con agrado, aunque
sorprenden algunos pasajes. La idea que el rey tenía de la gran obra que iba a realizar
el congreso, era tan infantil como la que un niño tiene de Dios. Parecía inconsciente
de la magnitud de la obra que la asamblea realizaba. Nos dice en el libro divertidas
trivialidades cuando habla de su primo Wilhelm y de su secretario Fermín; se permite
chanzas con el presidente americano, que no podía considerarse como un hombre
representativo de su país, siendo una figura política secundaria. El ex rey, en una
larga descripción de su libro, nos refiere de cómo anduvo tres días perdido por la
montaña en compañía de un congresista japonés. Su ausencia no causó una seria
interrupción en la marcha de los debates del congreso.
La conferencia de Brissago se ha considerado por algunos escritores como un
congreso en donde se reunía la flor de la humanidad. Encaramada en la cima de un
monte, gracias al capricho o al ingenio de Leblanc, tenía rasgos olímpicos. La
inteligencia humana, propensa a esta clase de encumbramientos, llegó a verlos como
si fueran dioses; mas también puede compararse a aquellas reuniones sinceras y
primitivas que debieron celebrarse poco después del Diluvio. La fuerza del congreso
se fundaba en las desastrosas circunstancias que aguzaban las inteligencias, disipaban
las vanidades y libertaban al hombre de sus tradicionales ambiciones y rivalidades.
Despojado este congreso de la tradición que acumulan los siglos, afrontaba con
claridad y sin trabas la solución de los problemas gubernamentales. La sencillez de
sus procedimientos en nada se parecía a la compleja y complicada de tiempos
anteriores.

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3
La tarea que se había impuesto el congreso de arreglar el mundo, desquiciado por el
último desastre, era demasiado urgente e importante para que las inmediatas
soluciones permitieran disensiones y discrepancias en el seno de ella. Interesa
bosquejar en pocas frases cuál era la condición del género humano al final del
período de estos estados guerreros, en los años de crisis que siguieron a la
desintegración de la energía atómica. Este mundo, en estado de espantosa confusión y
miseria, era extraordinariamente limitado si se mide con cánones de tiempos
posteriores.
Debe recordarse que en aquellos tiempos los hombres aún habían dejado
deshabitadas enormes extensiones de la superficie del globo; vastos montes y bosques
permanecían desiertos; aún había muchas áreas de desiertos arenosos y de tierras
heladas. Los hombres habitaban las riberas de suelo laborable en los climas
subtropicales. Vivían sólo en los valles ribereños y erigían las grandes ciudades a la
orilla de los caudalosos ríos navegables y en sitios próximos al mar y aún sobre
muchas áreas de estas tierras fértiles volaban moscas infecciosas sobre la humanidad
destruida, que por abundar más en las forestas grandes extensiones de bosques
vírgenes quedaban intactas. El mundo entero, aun en sus zonas más pobladas, estaba
lleno de enjambres de moscas y de insectos nocivos en una proporción que ahora nos
parece increíble. En un mapa que indica cómo estaba distribuida la población en el
mundo de 1950, se ve la zona ennegrecida, indicando la mayor densidad de población
a lo largo del curso de los ríos y a la orilla del mar. Tan acentuado es este rasgo que el
observador llega a preguntarse si el homo sapiens de aquella época sería un animal
anfibio. Los caminos y las vías férreas también estaban construidas en los terrenos
bajos, y sólo aquí y allá veíase algún monte perforado por un túnel o algún hotel de
recreo en la cima de una montaña, a la altura de 3000 pies. A través del océano el
tráfico también estaba delimitado en una zona definida; había cientos y miles de
millas cuadradas que sólo surcaba algún barco de rumbo perdido.
Bajo la corteza terrestre aun no se había profundizado más de cinco millas; fué
gracias a una trágica pertinacia del hombre, que sólo hacía cuarenta años había
conseguido llegar a los polos de la tierra. La ilimitable riqueza de los círculos ártico y
antártico estaba todavía enterrada bajo remotos témpanos de hielo. Aun no se habían
profundizado los ricos secretos de la corteza terrestre. Las altas regiones montañosas
sólo eran conocidas por unos cuantos escaladores que habitaban allá en pequeños
hoteles. Desiertas estaban aun grandes extensiones de continentes, desde el Gobi al
Sahara, y aun permanecía deshabitada la espina dorsal de América con su aire puro y
sus luminosos días del sol espléndido, sus noches templadas y serenas de
resplandecientes estrellas y con sus profundos estanques de agua. Aún, para la
imaginación del vulgo, eran desolados estos lugares.

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Y ahora, bajo el choque de las bombas atómicas, grandes masas de población
reunidas en enormes centros urbanos, durante el período que siguió al desastre, se
dispersaba por las áreas rurales. Era como si una fuerza brutal hubiera sacudido al
mundo para curar al hombre de su ceguera indicándole una ruta salvadora. Las
regiones industriales y los grandes centros urbanos que se habían librado de las
bombas, habían sufrido un colapso económico; otros distritos populosos veíanse
envueltos en el trágico incendio; los campos estaban llenos de mendigos y de
vagabundos.
Muchas partes del mundo eran presa del hambre y de las epidemias. Las fértiles
llanuras de la India Septentrional, que gracias a las vías de comunicación habían
llegado a una situación próspera, fueron arrasadas por fanáticos patriotas que
destruyeron sus caminos y canales, quedando aquellas regiones reducidas a la
miseria. Ciudades enteras perecieron abandonadas por sus habitantes. Manadas de
tigres y panteras devoraban a los extenuados supervivientes de la catástrofe, y con la
sangre envenenada se internaban en las selvas en donde morían. En extensas
comarcas de la China merodeaban partidas de bandoleros…
Es digno de notarse que no se conserva ninguna narración contemporánea que se
refiera al período de la explosión de las bombas atómicas. Hay, naturalmente,
innumerables relatos parciales que aluden a esos hechos, y gracias a ellos pueden
imaginar las generaciones posteriores aquella época de devastaciones.
El carácter de las explosiones cambiaba cada día y, aun de hora en hora,
desplazábanse fragmentariamente los centros de explosión, variando su aspecto según
que irrumpiese en la tierra o en el agua. Barnet, que por aquel tiempo, en el mes de
octubre, estaba a cuarenta millas de París, nos habla de la confusión social de aquella
comarca, en donde no regía gobierno alguno. De tiempo en tiempo —nos dice—
cubrían aquella región densas nubes de vapor; y hacia la parte Suroeste del cielo
veíanse durante la noche rojos resplandores. Algunas partes de París todavía
continuaban ardiendo. Grupos de gentes acampadas en lugar próximo contemplaban
aquel montón de ruinas salvajes que tantas riquezas atesoraron. Nos habla también de
los muchos sordos que las explosiones producían aun, «que eran como el ruido de un
tren que pasa por un puente de hierro».
Otras descripciones están acordes con ésta: nos hablan de «continuas
reverberaciones» y «de truenos como martillazos» o emplean expresiones análogas.
Y varios cronistas atestiguan que cubrían los escombros un palio mortuorio, del que a
intervalos, entre relámpagos, caían torrentes de lluvia. Nos refieren que cerca de París
se habían levantado campamentos, en donde gentes sin morada, hambrientos y
pordioseros acampaban. El cielo iba obscureciéndose con negros nubarrones que
fueron eclipsando la luz del día, extendiéndose en las tinieblas un rojo resplandor
«que causaba profunda depresión en el ánimo». Al reflejo de este resplandor triste
mucha gente arrastraba una vida penosa en sus viviendas, alimentándose apenas de

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los frutos de sus huertos y de escasos víveres que habían conseguido almacenar los
traficantes.
Para evitar accidentes había establecido la policía un cordón en los lugares de más
peligro, que impedía en él el acceso a aquellos que intentaban restituirse a su hogar o
querían entrar en el recinto donde estaban sitos sus bienes para recuperarlos.
Llamábase ésta «la zona del peligro más inminente».
Los límites de esta zona eran algo arbitrarios. Eran allí constantes los truenos que
detonaban entre lampos de un rojo purpúreo, produciendo temblor en la tierra y
vibraciones en el aire las incesantes explosiones de la substancia radioactiva. Los
edificios se hundían en bloque envueltos en llamas, y aquellas llamas parecían pálidas
al alzarse contra el resplandor carmesí que incendiaba el horizonte.
Las armazones de los edificios ya quemados se percibían a intervalos en medio de
una bruma roja.
En esta zona de inminente peligro, en una depresión del terreno, se abría como el
cráter de un volcán en erupción. Este centro hirviente de substancia radioactiva se
desplazaba inesperadamente hacia nuevas regiones. Si alguien se aventuraba a entrar
en esta zona veía pasar sobre su cabeza, despedidos desde el centro eruptivo,
columnas de tierra y fragmentos de las casas derruidas, o abrirse grietas bajo sus pies.
Si alguno osaba penetrar en esta zona de destrucción, caso que saliera con vida, no le
quedaba ganas de repetir la experiencia.
Algunas veces, rachas luminosas de substancia radioactiva recorrían veintenas de
millas desde su punto de origen arrasando todo lo que encontraban al paso. La
primera conflagración radioactiva que estalló en París se extendió hacia el O.,
llegando hasta el mar.
El aire en el centro de este círculo infernal de luz roja era de una sequedad
cáustica que producía erupciones en el cutis e inflamación en los pulmones difíciles
de curar.
Tal era el estado en que quedó París, y era análoga la situación de Chicago; la
misma suerte cupo a Berlín a principios de la guerra, a Moscú, Tokio, a la parte E. de
Londres, a Toulon y a Kiel y otros muchos centros populosos o lugares que durante la
guerra habían sido bases de operaciones. De todas estas ciudades irradiaban
destrucción las bombas atómicas que aún no se han extinguido completamente.
Desde este día, aunque con una constante disminución de vigor y fragor, las
explosiones continúan. En los mapas de casi todos los países del mundo se ven tres,
cuatro y hasta más círculos rojos de una veintena de millas de diámetro marcando la
posición de las bombas atómicas y la extensión de las áreas mortales que los hombres
tuvieron precisión de abandonar. Dentro de estas áreas se hundieron museos que
guardaban en sus galerías preciadas obras de arte; catedrales, palacios y bibliotecas.
Todo el saber acumulado por una sucesión de generaciones quedó enterrado bajo
aquellas ruinas que acaso en futuros siglos se exhumará para examinarlos.

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El estado de ánimo de los que perdieron en las ciudades sus medios de vida era, en
los días negros del otoño que siguió a la última guerra, de desconcierto desesperado.
Enjambres de hombres vagaban por el campo, siendo muchos los que perecían.
Barnet nos describe, con algunos trazos, cuál era la situación de aquellos grupos de
gentes que acampaban por los viñedos de la campiña. Pudo observarlos mientras
prestaba servicio en el ejército de pacificación.
Nos refiere como ejemplo el caso de un modisto de París a quien encontró en el
camino que por la parte O. sube hasta Epernay.
Se acercó a él preguntándole nuevas de la ciudad. Era —nos refiere Barnet— un
hombre de cara redonda, y vestía un traje negro muy pulcro, y era el aspecto de aquel
hombre tan impoluto y pulido que producía la impresión de que durante los días
aciagos había vivido en una tienda de campaña revestida de tapices. Eran sus maneras
urbanas y suntuosas; adornaba su cara con un cuidado bigotillo; arqueaba al hablar
las expresivas cejas, y llevaba su cabello muy planchado y brillante.
Barnet le dijo contestando a sus preguntas:
—Nadie puede entrar en París.
—Pero, señor, podía intentarse la empresa —dijo el modisto con un gesto de
cansancio.
—El peligro es demasiado grande. Las radiaciones de las bombas desuellan a las
gentes que se ponen a su alcance.
El modisto arqueó sus cejas.
—¿Nada podrá hacerse para evitar esto?
—Nada puede hacerse.
—Pero, señor, es extraordinariamente desagradable esta vida del desterrado
siempre esperando. Mi esposa y mi hijo pequeño sufren mucho. Aquí no hay sitios en
donde amenizar el tiempo. El invierno se aproxima. Las provisiones encarecen y ya
es difícil conseguirlas. ¿No creéis, señor, que podía hacerse algo para que París
vuelva a ser habitable?
Barnet se quedó mirando a su interlocutor.
—Ya dije a usted que París no será habitable otra vez durante la sucesión de
muchas generaciones.
—¡Pero esto es absurdo! Reflexione, señor. ¿Qué hará entretanto la gente de mi
condición? Yo soy un modisto. Mis conexiones e intereses y mi peculiar estilo exigen
el ambiente de París…
Barnet contemplaba el cielo, del cual empezó a caer una menuda lluvia; los
campos de cosecha ya recolecta y los álamos temblones que se alzaban en la margen
del camino.

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—Naturalmente —acordó—. Usted necesita ir a París; pero París ha
desaparecido.
—¡Desaparecido!
—Se acabó.
—Pero, entonces, señor, ¿qué va a ser de mí?
Barnet volvió la cabeza para contemplar el ancho y blanco camino que hacia la
parte O. se extendía.
—¿Cuál otro lugar —dijo el sastre— puede ser para mí apropiado?
Barnet no contestó.
—Tal vez la Riviera o bien un lugar como Hamburgo; acaso una playa elegante.
—Todo eso —dijo Barnet aceptando por primera vez los hechos que desde una
semana hacía adquirieron en su mente claro sentido—, todo eso desaparecerá
también.
Hubo una breve pausa; tras ella el modisto reanudó el diálogo.
—¡Pero, monsieur, eso es imposible; entonces no dejarán nada en pie!
—No, muy poca cosa.
—Entonces, ¿qué hacer? ¡Uno no puede de repente ponerse a plantar patatas!
—Esa es la mejor solución si usted pudiera acostumbrarse a ello.
—¡La vida del labrador! ¿Y mi señora? Usted no puede imaginar la delicada
distinción de mi esposa; es una dependiente refinada de un peculiar encanto. Parece
una esbelta enredadera tropical salpicada de grandes y blancas flores… Pero es una
locura hablar de todo esto. París, que ha sobrevivido a tantos infortunios, renacerá
también ahora.
—No creo que renazca. París se acabó, Londres y Berlín también. Todas las
grandes capitales serán hechas pedazos.
—¡Pero, monsieur, permítame que no comparta su opinión!
—Pues será así.
—Eso es imposible. La civilización no puede terminar de esa manera. El género
humano persistirá.
—¿En París?
—En París.
—Yo espero, señor, que volvamos algún día al Maelstrom para empezar allá de
nuevo los negocios.
—Soy optimista, señor; mi fe no me abandona.
—El invierno se acerca. ¿No encontraríamos alguna casa donde meternos?
—¿Lejos de París decíais?… No, monsieur. Eso que imagináis no sucederá…
Padecéis una tremenda equivocación… Estáis en un error… Yo trataré de
informarme…
—La última vez que vi al modisto —refiere Barnet— estaba en lo alto de una
colina, apoyado en un poste del telégrafo, mirando hacia París. En su mirada fija me

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pareció advertir alguna duda de la posibilidad de su retorno. En su distracción no
parecía advertir la pertinaz llovizna que iba filtrando la humedad a través de su ropa.

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Esta postración de los ánimos en el tiempo de la trasguerra, que de una manera
imperfecta nos refiere Barnet, se hizo más profunda a medida que el invierno se
acercaba. Era demasiado exigir a esta turba de nómadas romos y mal dispuestos que
comprendiesen lo que significaba el fin de aquella edad, en la cual las viejas normas
habían perdido su eficacia rectora, y hacerles ver que ya no retornarían los tiempos
idos.
Aún muchas miradas se volvían hacia París, reducido a escombros, cuando
cayeron los primeros copos de nieve de aquel enero calamitoso. Ahora la historia
adviene más ceñuda.
Vi el espectáculo que presencia Barnet a su retorno a Inglaterra; no es tan
monstruosamente trágico como en el continente; son, sin embargo, allí las
circunstancias más duras. En Inglaterra se presenciaba el espectáculo de amos
crueles, ocultando en sus casas las provisiones y arrojando a los vagabundos a los
caminos para que no muriesen de hambre en el umbral de sus puertas; asesinando a
los ladrones, que asaltaban sus viviendas.
Los restos de las tropas británicas salieron de Francia a fines de marzo,
cumpliendo las órdenes urgentes que emanaban del gobierno provisional de Orleans,
que no podía sostener por más tiempo la permanencia del ejército extranjero en su
territorio. Las tropas, aun bien disciplinadas, eran carga parásita para el país, aunque,
según opinión de Barnet, contribuían a mantener el orden social y a reprimir las
bandas esporádicas de bandoleros. Al retornar a Inglaterra se encontró con un país
devastado por el hambre, y es desoladora la descripción que durante aquella
primavera nos hace Barnet de Inglaterra. Este país sufría mucho más que Francia, por
haberse interrumpido el tráfico marítimo. Las tropas se aprovisionaron de pan y
pescado seco en Dover y marcharon después a la isla de Ashford, donde percibieron
algún salario. Al desembarcar vieron cerca del camino por donde pasaban cuatro
hombres colgados de los postes del telégrafo, que fueron ejecutados por robo. El pan
que comía la muchedumbre de vagabundos en el refugio de Kent estaba mezclado
con arcilla y con serrín. Espectáculo análogo a éste pudo presenciarse en Surrey.
Barnet pasó a través de la desolada campiña de Winchester, temiendo acercarse al
área envenenada por las bombas atómicas, próxima a Londres. En Winchester tuvo la
fortuna de entrar como ayudante de un oficial que prestaba servicio en la estación
central de la telegrafía sin hilos, sita en lo alto de una gredosa colina, desde la cual se
descubría la parte Este de la ciudad.
Tuvo allí ocasión de ver la llegada de un mensaje cifrado procedente de la
Asamblea de Brissago, en el cual se proclamaba el fin de la guerra y se declaraba que
el Congreso asumía el gobierno del mundo.

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Sentía aquel día Barnet una profunda apatía y apenas se dio cuenta de los
despachos que transmitía, realizando de una manera mecánica la tediosa tarea.
Después de este despacho de declaración del gobierno se precipitaron en la
estación varios telegramas cuya interpretación costó a Barnet gran esfuerzo. Al
atardecer fué relevado de su servicio, y, después de tomar una frugal cena, acodóse en
el balcón de la estación telegráfica, y fumando un cigarrillo descansaba su cerebro de
la importante y urgente labor que aquel día había realizado.
Entablando conversación con un compañero de oficina, le dijo:
—Ahora empiezo a comprender lo que significa el trabajo que hoy he realizado, y
me hago cargo de la importancia de los despachos que hoy llegaron a mis manos
durante cuatro horas. Sin embargo, el entusiasmo que al principio me produjo la
llegada del despacho, va dejando lugar a la duda. Yo creo que todo esto es un enorme
bluff.
Mi compañero se mostró más esperanzado.
—Esto significa —dijo— el fin de las destructoras bombas atómicas. Y también
el fin del hambre, porque, restablecido el tráfico, nos llegará el grano de América.
—¿Cómo van a enviarnos grano de América si carece de valor nuestra moneda?
—pregunté yo.
Súbitamente nuestra atención fué solicitada por un ruido que subía de la ciudad.
Las campanas de la catedral, que durante tanto tiempo habían permanecido
silenciosas, empezaron a sonar quedamente al principio; pero a poco nos hicimos
cargo de lo que aquel toque significaba, porque, agitándose con más viveza,
rompieron en un alegre repicar.
—Comprenderéis lo que esto quiere decir —dijo mi compañero.
—Pero ¿qué puede hacerse ahora —pregunté yo— si todo ha sido destruido?
Y con esa sentencia, de manera inesperada, Barnet, bruscamente, finaliza su
historia.

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6
Desde el principio, la Asamblea de Brissago asumió el nuevo gobierno del mundo
con gran alteza de miras. Después del desastre, era inevitable que así ocurriera. Desde
el comienzo de su actuación comprendió el nuevo Gobierno que para solucionar el
problema había que considerar al mundo entero, y no fragmentariamente delimitado
por fronteras. Había librado al mundo de la explosión destructora de las bombas
atómicas y asegurado la paz universal permanente.
De su capacidad para abarcar a todos los países del globo en el nuevo régimen,
dependía el éxito de la Asamblea. Era la única solución posible en aquella situación
crítica.
Una vez que el nuevo Gobierno tuvo en su poder toda la munición de energía
atómica y los aparatos con los que se conseguía la sintetización del Carolinum, se
procedió al licenciamiento de las tropas o a utilizar socialmente las que aún quedaron
empleándolas en recoger las cosechas y en proveer de provisiones y alojamiento al
tumulto de gente que vagaba sin hogar. En Canadá, en Sudamérica y en la Rusia
Asiática había gran acumulación de provisiones que no eran transportadas a causa de
la depreciación de la moneda y de la falta del crédito. Estas provisiones, por orden del
Gobierno, fueron enviadas rápidamente a las comarcas azotadas por el hambre,
evitando así la despoblación en estos lugares. En este trabajo de transporte,
reanudado el tráfico, a más de los soldados del ejército socializado fueron muchos los
braceros aptos que encontraron empleo. La tarea de alojar a tanta gente sin morada
era empresa gigantesca que el Comité de los Concejos resolvió al principio
construyendo campamentos, reemplazados después rápidamente por construcciones
más sólidas. El Gobierno encontró menos resistencia de la que al principio pudo
creerse para que la gente se plegara a la labor reconstructiva.
Aquellos años de sufrimiento y de muerte habían domado al pueblo. Ya no creía
en la tradición y había desarraigado los prejuicios. Sentíase como extranjero en aquel
mundo extraño y propicio a aceptar cualquier clase de jefatura.
Las órdenes del nuevo Gobierno llegaron en momento oportuno. La gente, en
todas partes, aceptaba de buen grado la autoridad.
Un trabajador experto y viejo, superviviente de aquellos tiempos, atestigua:
«La gente trabajaba como una cuadrilla de jornaleros en una tierra nueva.»
Y ahora la energía atómica, aplicada a todas las posibilidades de acción social,
aparece. La nueva maquinaria que había aparecido antes de la última guerra aumentó,
multiplicándose en el período postbélico. El Congreso se encontró no sólo con
millones de brazos disponibles, sino con aparatos movidos con la nueva energía que
revolucionaban la antigua manera del trabajo. Los campamentos proyectados, para
cuya construcción iban a emplearse materiales de hierro y de madera de pino, fueron
construidos con piedra y bronce; los férreos caminos, antes angostos senderos,

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advinieron espaciosos. En los huertos se aumentó la producción gracias al empleo de
abonos químicos y a la acción de la luz artificial. Y por este cultivo científico
llegaron a conseguirse productos bastantes para la satisfacción de las necesidades
humanas.
El Gobierno tuvo al principio la idea de reconstruir temporalmente el orden social
y el sistema económico que había prevalecido antes del empleo de la maquinaria
atómica, porque a las ideas y sistemas anteriores a ese advenimiento estaba habituada
la gran masa de gente, siendo por ello fácil la adaptación; mas no pudo realizar su
propósito de reconstrucción: los hechos demostraron que esto era absolutamente
imposible. Tanto hubiera valido intentar el restablecimiento de la esclavitud. El
antiguo sistema capitalista había fracasado completamente, y era empresa difícil
restablecerlo a causa de la facilidad con que podía obtenerse el oro y de la aplicación
a la industria de la nueva energía.
Ya antes de la guerra las clases industriales habían quedado sin trabajo; el ensayo
que se hizo para evitar esta crisis aplicando las viejas normas, no tuvo éxito. El
antiguo régimen social quedó reducido a astillas. El gobierno tuvo que proveer de
alojamiento, vestido y manutención a aquella muchedumbre que no había manera de
emplear en trabajo alguno. En todas partes aquella multitud de vagabundos constituía
un evidente peligro para el orden social. El gobierno tuvo que inventar obras
superfluas para dar ocupación a los sin trabajo. Los empleó en los decorados en
piedra y en madera que adornaban las nuevas casas, en el cultivo en gran escala de
huertos y jardines. La asistencia de los adultos en las escuelas era gratuita y en ellas
se les capacitaba para el manejo de la nueva maquinaria. Así, insensiblemente, fué
reorganizándose la vida urbana e industrial, asentando el orden social sobre nuevas
bases.
La política de la intriga y del negocio había desaparecido y en menos de un año el
gobierno, ya directamente o bien por medio de comités especializados, proyectó un
nuevo orden social que había de ser común en toda la tierra habitable.
«No es posible que haya verdadera estabilidad social ni felicidad para el género
humano mientras en extensas comarcas del mundo las clases populares tengan
civilización diferente a la de un grupo social civilizado. Es imposible que grandes
bloques de población estén en desavenencia con la finalidad social que la comunidad
persigue permaneciendo en una situación económica inferior al resto de la sociedad.»
Así planteaba el Congreso el problema que trataba de resolver. El labriego, el
cultivador del campo, todos los trabajadores estaban «en desventaja económica» con
relación a las clases más educadas, y la lógica de las actuales circunstancias impelía
al Congreso a suprimir esta capa inferior de la sociedad gracias a una organización
más eficaz de la producción. Gracias a la implantación progresiva del moderno
sistema a través del mundo, se modificaba la agricultura incorporándose el labrador a
la vida del hombre civilizado, y este progreso va haciéndose aún en los tiempos
actuales. La idea central del moderno sistema era la substitución del cultivo

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individual por el gremio y la vida en común en aldeas y alquerías. Estos gremios eran
asociaciones de hombres y mujeres que cultivaban un determinado número de
hectáreas laborables y de praderías, haciéndose responsables de un promedio de
producción. Estos gremios eran organizaciones bastante pequeñas para que pudieran
regirse por una constitución estrictamente democrática y bastante amplias para que
pudieran atender a la satisfacción de las necesidades humanas. Sólo en tiempo de la
recolección de la cosecha venían gentes de fuera para ayudar en la faena. Dentro de la
demarcación del gremio había casas de labranza, pero lo fácil y económico de los
modernos medios de locomoción permitía a estos gremios tener una residencia en la
ciudad más próxima, con un refectorio común, un casino y en las capitales del distrito
una casa ayuntamiento. Gracias a este moderno sistema desapareció la población
«rústica» o rural que desde tiempos inmemoriales se había extendido por gran parte
del viejo mundo. Aquella vida de la choza aldeana, cominera y sin estímulo, apartada
de las bibliotecas y de toda manifestación del pensamiento, sólo en contacto con las
reses, cochinillos y aves de corral y con sus excrementos, pasó a la historia.
En el siglo XIX esta clase social ya no era necesaria y sólo la ausencia de una
inteligencia colectiva y un régimen de incomprensión soldadesca fué causa de que la
clase baja no ascendiera de nivel.
En tanto, la colonización del campo progresaba. Los campamentos urbanos que se
iniciaban en los primeros tiempos del Congreso, se desarrollaban rápidamente, en
parte gracias a una fuerza inmanente y no poco se debía a la dirección del Congreso.
De estos campamentos surgió el tipo de la ciudad moderna.

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La Asamblea de Brissago, para resolver los problemas de mayor importancia,
procedía lentamente y sólo los afrontaba cuando las circunstancias lo exigían y aun
en este caso con extremo recelo. Tal sucedió con la cuestión referente a la unificación
del idioma en todo el mundo, a cuya solución no se llegó hasta fines del primer año
en que empezó a funcionar la Asamblea. Fueron rechazadas las proposiciones que
trataban de implantar en todo el mundo una lengua artificialmente construida.
Deseaba el Congreso solucionar el problema de la manera más rápida posible,
evitando que la innovación aumentara los obstáculos. Al fin se optó por el idioma
inglés, por ser la lengua por aquel entonces más extendida en el mundo,
contribuyendo también a esta elección del inglés la simplicidad de su gramática. Las
naciones de habla inglesa vieron con algún desagrado aquella declaración ecuménica
de su lengua. En el idioma se hicieron algunas supresiones; en la gramática inglesa se
suprimió en los verbos el modo condicional o subjuntivo y algunos plurales
irregulares también fueron abolidos. En el deletreo de las palabras se adoptó para las
vocales el mismo sonido que en el continente europeo y la incorporación al léxico
anglosajón de nombres y de verbos exóticos adquirió enormes proporciones. Diez
años después de la proclamación de la República del Mundo aumentó su vocabulario
el Nuevo Diccionario Inglés a 250 000 palabras; a un hombre del año 1900 le sería
difícil leer un periódico corriente de aquellos tiempos. Y sin embargo, los hombres
del nuevo período podían aún apreciar la literatura inglesa más antigua. Algunas otras
modificaciones de detalle se hicieron para adoptar el idioma mundial. La idea de la
común inteligencia entre los diversos países y de la simplificación en todos los
órdenes de la vida, trajo como consecuencia la unificación del sistema de pesas y
medidas. Hízose también alguna rectificación en el calendario para evitar la
confusión en la cronología. El año se dividió en trece meses, constando cada uno de
cuatro semanas, y los días de año nuevo y de año bisiesto se consideraban como
festivos, no incluyéndose en la semana ordinaria, Cuando el rey hablaba a Fermín de
este asunto, díjole que había que «clavar, para hacerla amovible, la Pascua de
Resurrección».
En este asunto, como en muchos otros, la nueva civilización tendía a la
simplificación, evitando las complicaciones de los antiguos tiempos. La historia del
calendario a través del mundo es la historia de las inadecuadas adaptaciones; tanteos
para fijar la época de la recolección de las cosechas y el tiempo de solsticio de
invierno, y esto se remonta a las sociedades humanas rudimentarias. Por eso esta
rectificación tiene un valor simbólico, aparte de su conveniencia práctica. Pero el
Congreso no se arriesgaba a las innovaciones atrevidas. No hubo alteración en el
nombre de los meses ni en la enumeración de los años.

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La moneda se unificó también en todo el mundo. Durante algunos meses después
de la ascensión al poder del Gobierno de Brissago, todos los negocios continuaron su
curso normal.
Sobre extensas regiones del mundo la moneda estuvo aún en uso, pero con
grandes fluctuaciones en su valor y desacreditada. Antiguamente, la escasez del oro
aumentaba su valor; pero ahora el oro se obtenía fácilmente; gracias a la
desintegración de la energía atómica, ya ningún metal podía servir de base al sistema
monetario. Desde ahora, la moneda acuñada tenía que probar su valor. El mundo
entero estaba acostumbrado a la moneda metálica, y gran parte de las relaciones
humanas estaban cimentadas en las cajas de caudales, y era la moneda para todos un
factor indispensable. Parecía absolutamente necesario para la vida del organismo
social alguna clase de moneda corriente, y el Gobierno trataba de descubrir un valor
real en que fundarla. En la escala de valores estables se examinaron la tierra y las
horas de trabajo; pero el Gobierno tenía ahora en su poder todos los aparatos que
producían la desintegración de la energía atómica y fijó cierto número de unidades de
esta energía como valor equivalente a una libra esterlina, entendiendo que el valor de
la libra equivalía, respectivamente, a veinte marcos, a veinticinco francos y a cinco
dólares. La cantidad de energía atómica se entregaba en valor proporcional al dador
que presentase la cantidad representativa de una libra. Gracias a este canje, la moneda
adquirió de nuevo valor, y, con diversas fluctuaciones, esta forma de moneda, cuyo
valor real era la energía atómica, llegó a circular corrientemente.

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Los campamentos provisionales que construía el Gobierno de Brissago fueron
desarrollándose hasta llegar a ser un tipo nuevo de ciudad. El Gobierno, decidido a
reformar el mundo, aun a pesar suyo, encargó lo referente a la redistribución de la
población en la tierra habitable, hasta entonces difundida sobre una base agrícola, a
un comité especializado. En este comité delegó el gobierno su autoridad.
La ciudad nueva, contenida en un pequeño germen cuyo origen, si europeo o
americano, aún hoy se discute, empezó a bosquejarse en la última década del
siglo XIX.
Preocupáronse los elementos directores de la manera de hacer razonable la
habitabilidad del mundo. Hasta entonces la distribución de la gente en la tierra
habitable era desordenada y arbitraria y extendíase como el agua puede esparcirse en
un terreno accidentado. Todas las peripecias de la historia son causadas por esta
distribución absurda en la superficie de la tierra. En algunas comarcas se apiña la
gente congestionando aquel lugar, produciéndose después para despejarlo la guerra
devastadora. Otros parajes estaban apenas habitados. Si algún atractivo tenía esta
distribución arbitraria era sólo el de lo pintoresco.
El hombre, con el poder que ya había conquistado la raza, se establecía ahora en
la superficie terrestre distribuyéndose en lugares más convenientes. Las ciudades ya
no se construían exclusivamente cerca del caudal de los ríos ni próximas a las tierras
laborables. No se tenía tampoco en cuenta para su erección ningún motivo estratégico
ni ningún otro que supusiera la esquivación de un peligro para el grupo.
El aeroplano y lo económico que resultaba la nueva energía aplicada a la
locomoción, abolió el lento tráfico caminero.
Un idioma común y una legislación universal suprimió miles de inconvenientes y
obstáculos. Ahora podía vivirse en todas partes.
Empezó una sorprendente dispersión de la población para habitar todas las
regiones del mundo.
Son ahora nuestras ciudades amontonamientos de gente, cada una con rasgos
propios y característicos, con intereses peculiares y hasta con una ocupación común.
Las ciudades se construían en regiones yermas; en medio de las nieves perpetuas;
ocultas en remotas islas, o abrasándose a la orilla de los pantanos. Por algún tiempo la
tendencia del género humano fué abandonar el valle ribereño que durante medio
millón de años había sido su cuna; pero ahora que la lucha científica venció al
mosquito palúdico, retornó a estos lugares apeteciendo con renovado gusto, los
espaciosos jardines bordeados por sosegados ríos; placíale vivir en medio de las islas
y aun en casas flotantes, contemplando por la noche, desde los puentes, el reflejo de
las luces en las aguas tranquilas.

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El hombre había dejado de ser un animal agrícola, adviniendo un constructor, un
viajero y un fabricante. Hasta qué punto había dejado de ser un cultivador de la tierra
lo demuestra un mapa después de la redistribución que de los habitantes hizo el
Comité del nuevo gobierno. Cada día las investigaciones de los laboratorios
científicos aumentó la producción simplificando y disminuyendo el trabajo del
labrador. En el mundo había provisiones en una proporción de menos de un 1 por 100
con relación a los habitantes de la tierra, proporción que tendía a disminuir. Pocos
trabajadores se necesitaban para la tierra, que, gracias al cultivo científico, se
mostraba óptima. Como consecuencia de esta fertilidad se redujeron el número de
hectáreas empleadas en la producción, dedicándose grandes extensiones de terreno a
prados de césped, jardines y alamedas.
Hacia 1975 el cultivo intensivo, en las tierras laborables, dejó improductivas
grandes extensiones de terreno. Estas hectáreas de tierra libertadas del arado se
cubrieron de flores.
Sin embargo, a pesar de los triunfos de la química, gracias a los cuales se
obtenían fácilmente productos artificiales, no fueron del todo substituidos por los
productos naturales porque siempre es agradable coger el fruto de un árbol. Cada año
aparecía una variedad nueva de frutas y aumentaba el número las flores deliciosas.

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Los primeros años de la República del Mundo acusan un recrudecimiento en la
política de intriga. Es digno de notarse que desde que la figura del rey Carlos
Fernando desapareció de la vista de los hombres, no se advirtió en el seno de la
Asamblea de Brissago ningún caso de separatismo imperialista; pero en algunas
comarcas, cuando ya pasado el período de hambre que siguió a la guerra, las
necesidades físicas más urgentes estuvieron satisfechas, surgieron algunas
personalidades que, aprovechándose de la confusión política de aquellos tiempos,
pretendieron escalar, sólo atentos al propio provecho, algunos puestos de
importancia; pero en ningún caso se buscaba ya como pretexto el nombre de los
reyes. Es un hecho claro que la forma monárquica de gobierno se consideraba ya
como anticuada; pero el político intrigante explotaba la supervivencia de los
sentimientos patrióticos y étnicos en las comarcas en donde aún estos sentimientos
existían. Alegaban, con razón, estos intrigantes, que el gobierno había hecho caso
omiso de las tradiciones de raza y de nación, no teniendo para nada en cuenta lo
referente al problema religioso. La gran meseta de la India era particularmente
prolífica en esta clase de agitadores de muchedumbres.
La reaparición de la prensa periódica, interrumpida durante el año terrible, a
causa de la total depreciación de la moneda, fué vehículo eficaz para este orden de
acusaciones. Al principio el Congreso no tuvo en cuenta esta política de oposición;
mas al acrecerse la afrontó francamente dominándola.
Nunca se recuerda un gobierno de carácter tan provisional como el reunido en
Brissago.
Era de una ilegalidad extravagante. Era poco más que un «club» o peña de
amigos, un club formado por un centenar de personas.
Al principio el congreso sólo estaba compuesto de noventa y tres miembros,
número que aumentaba por la invitación que la Asamblea hizo a algunas
personalidades, por quienes también se reemplazaban a los ya fallecidos. Al fin el
congreso llegó a constar de 119 miembros. El conjunto así formado era en gran
manera heterogéneo; pero en ningún caso la admisión en la Asamblea implicaba la
adquisición de ningún derecho. La vieja institución de la monarquía, contra lo que
podía esperarse, acogió bien las reformas del nuevo régimen.
Nueve de los individuos que al principio constituían la Asamblea, eran testas
coronadas que habían abdicado, y nunca el número de miembros regios bajó de seis.
Había entre ellos una vaga apetencia de gobierno; pero excepto las pretensiones
infinitesimales que expresó algún ex presidente de república ninguno de los
miembros se creía con derecho a la participación del poder. El partido de oposición
en la Asamblea se agrupaba en torno a una idea: demandaba la forma electiva de
gobierno y el retorno al régimen parlamentario.

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El congreso decidió satisfacer estas demandas; pero en forma que las aspiraciones
de la oposición no quedaron satisfechas. Llegó, en efecto, a ser una Asamblea
representativa. Advino un congreso magníficamente representativo. Tan
representativo, que los representados se ahogaban en un diluvio de votos. Cada
adulto, sin distinción de sexos, de polo a polo, emitía su voto. El mundo se dividió en
diez comités, a los que llegaban los sufragios por una modificación introducida en el
franqueo de correos. La elección de los miembros que formaban el congreso era
vitalicia, salvo en el caso que se hiciera constar su revocación por un cierto número
de electores. En las elecciones, que eran quinquenales, podían añadirse cincuenta
representantes cuando las circunstancias lo requiriesen.
El sistema electivo era de representación proporcional transferible, y el votante
podía hacer constar, en lugar indicado en la papeleta, el nombre del miembro de la
Asamblea que él considerase revocable. Un miembro del congreso era revocable por
un número de votos igual al que habían decidido su elección y en los primeros
miembros elegidos en la Asamblea, para su revocación, se retrotraía el sufragio al
tiempo de su primera elección.
Sobre estas bases quedó asentada la Asamblea de Brissago elegida por sufragio
universal.
En la elección ninguno de sus miembros fué revocado. Entre los cincuenta
elegidos, veinte se distinguieron por su actuación en la asamblea; mas la
heterogeneidad de sus opiniones impedía que su intervención fuese un obstáculo en la
marcha de los asuntos del Congreso.
La Asamblea, libre de toda traba y reglamento, evitaba cualquier clase de
obstrucción en los debates. Y cuando dos de los nuevos elegidos quisieron presentar
un proyecto de ley en pro de la autonomía de la India, se les contestó que en el
Congreso no se admitían proyectos de ley.
Formulando un ruego a la presidencia de la cámara, escucharon del ex rey Egbert,
el miembro más antiguo, refutación tan discreta, que frustró sus propósitos.
Mas ya por aquel tiempo la finalidad que el Congreso perseguía se apartaba de
estas polémicas. La tarea que iba a emprender se descentraba, perdiendo su carácter
politiquero.
La vida de la raza advenía cada vez más independiente de las meras formalidades
gubernamentales. El congreso en sus comienzos tuvo una actividad heroica; era como
el dragón legendario; atacaba al principio una embrollada maraña de ideas anticuadas
y el grotesco derecho del propietario. Gracias a algunas medidas preventivas
garantizó la libertad de pensamiento, la libertad del tráfico, apartando las opresiones
económicas, y estableció un régimen común de educación.
Con éste, el aspecto constructivo de su actuación quedó terminado. Y ahora cada
vez de manera más acentuada, la labor de la Asamblea se limitaba a garantir el orden,
siendo parca en iniciativas. Nada se parece la embrollada legislación actual a las
reformas emprendidas por la Asamblea. Delegó su autoridad en comités

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especializados que atendían a las reformas parciales. Y así la actividad social quedó
como la vida entre el cielo y la tierra, incluso en la ley. Tan inhibitoria fué la actitud
del Congreso, que sólo llegó a reunirse en Brissago en los días luminosos en los que
florecen los lirios de San Bruno, limitándose la labor de la Asamblea a poco más que
a bendecir el trabajo de los comités. Y aun estos comités fueron restringiendo cada
vez más sus iniciativas, llegando sólo a ser mera expresión del pensamiento de la
colectividad. Adviene difícil señalar las personalidades que se destacan como
directoras del mundo. Todos los pensamientos generosos y todos los cerebros aptos
caen dentro de ese reino de frontera imprecisa en el cual se recogen todos los
designios y energías de la raza.

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10
Es difícil prever si en la historia humana volverán a surgir «políticos» como los que
en este período asumieron el gobierno del mundo, hombres serios que de buena fe
buscaban soluciones a los conflictos sociales. Parece ser que se entraba en una nueva
fase de la historia en la cual las profesiones curialescas de leguleyos quedaron
relegadas, no considerándose ya como ocupación honorable entre los hombres.
La paz entre las naciones coincidió con la paz entre los individuos. Se vivía en un
mundo que ya envejecía. La profesión de guerrero y de abogado, todos los aspectos
de la vida, en fin, en los que se luchaba por el medro personal, quedaron
obscurecidos, y surgieron para reemplazar a esas profesiones desaparecidas, el
hombre soñador de iniciativas, el investigador desinteresado y el artista creador.
No se halla nunca en la historia el hombre en estado natural. Es, y ha sido
siempre, un recipiente de posibilidades incompatibles; un palimpsesto en el que se
superponen hábitos heredados. Era una característica en muchos escritores de
principios del siglo XIX considerar como constitutivo de la naturaleza humana: la
estrecha vida del negocio en que sólo se perseguía el lucro, el instinto del ahorro, la
suspicacia y el aislamiento, y que la amplitud de miras y el predominio del espíritu
hazañoso sobre el instinto de propietario era algo anormal y no constitutivo en la
naturaleza humana. Cuán errónea era esta opinión, en las décadas siguientes a esta
centuria, quedó atestiguado al proclamarse con normas desinteresadas y altruistas la
república del mundo.
Cuando los habitantes de la tierra se vieron libres de la aspereza e inseguridad que
implicaba la lucha por la vida, pudo comprobarse cuán dispuesta estaba parte de la
gran masa del pueblo para apasionarse por lo que no redundase de una manera
inmediata en su propia utilidad y provecho. Desde ese día de liberación la obra del
mundo fué principalmente de carácter estético. Esta fase estética de la historia, cuya
«floración» aún no ha terminado, se prolonga hasta nuestra época. La mayoría de
nuestras poblaciones están formadas por artistas, y la mayor porción de actividades
en el mundo ya no se refieren a la satisfacción de necesidades más inmediatas, sino a
la realización de obras de arte superfluas que tienden a refinar y a embellecer la vida.
Hubo un evidente cambio en la calidad de estas obras; de poco tiempo a esta parte
perdió el arte algo de su primera elegancia y primor; pero ganó en intensidad.
Este cambio fué más bien de dimensión que de naturaleza. Vino este cambio de la
sensibilidad, como consecuencia de un sentido más profundo de la filosofía y de una
educación más sólida. Hay un orden natural en la sucesión de estas actividades del
espíritu: el arte aparece primero que la ciencia, y aquélla después que las necesidades
elementales fueron satisfechas. La apetencia de placeres, que no es arte, y el gusto
por los juegos, aparecen en la vida humana antes que el sentido utilitario…

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Durante miles de años este conjunto de impulsos en el hombre hacia una obra
creadora, luchaban contra las limitaciones impuestas por su falta de aptitud para la
vida social. Era un fuego oculto bajo cenizas, que al fin se alzó, propagándose en
torno. Esta lucha patética del hombre contra las circunstancias, para dominarlas, es
uno de los aspectos más interesantes en los anales de nuestros antepasados. En el área
mortal que en torno a Londres definió la explosión de las bombas atómicas, hay una
región en donde aún quedan en pie algunas casas, que nos dan idea de lo pobre que
era la vida en aquellos tiempos. Eran estas viviendas de horrible apariencia: todas
uniformes, de forma cuadrada y proporciones inarmónicas, de inconfortables
interiores. Sólo una población inapta para crear un medio más adecuado de
habitabilidad, se resignaba a vivir en aquellas moradas inhóspitas. Ante ellas se
extendía un rectángulo ridículo, al que llamaban «jardín», en donde solía colgarse la
ropa a secar, y en el cual había un cajón maloliente, lleno de basura y desperdicios.
Ahora que, por haber perdido las bombas parte de su poder mortífero, se andaba
con relativa seguridad por aquellos lugares, podía apreciarse el aspecto mísero de
algunas casas, ya abandonadas, y jardines.
En una parte veíase una raquítica glorieta para solaz veraniego, más allá una
fuente ornada de conchas de ostras, aquí un montículo de «rocas» contrahechas, y
acullá un pequeño «taller». Los esfuerzos hechos para mejorar el interior de estas
viviendas eran de una inaptitud increíble. El pobre decorado era de notorio mal gusto,
y los cuadros que de las paredes pendían, de muy endeble factura, parecían esos
dibujos hechos por un pintor de ojos vendados, o eran como los garabatos que se ven
en los muros de las viejas cárceles; pero este ajuar mísero es claro testimonio de los
esfuerzos que hacían aquellas gentes para avanzar hacia la luz.
El dios de la expresión alegre no era el dios lar de nuestros pobres padres. No
conocían esta divinidad benéfica. En los viejos días, la única ambición de aquellas
almas simples era ser dueños de un pedazo de tierra y de un hogar, a la manera
inglesa, hermético e independiente, y todas las ambiciones y sueños de prosperidad
de aquella gente apenas si salían del recinto de la casa. Sin embargo, la propiedad
siempre se consideró como un medio y no como un fin; y es la avaricia, contra lo que
pudo creerse, una perversión de la naturaleza humana. Los hombres querían adquirir
propiedades para adquirir, gracias a ellas, completa independencia y libertad en la
vida. Ahora que todos los hombres son ya dueños de un pedazo de tierra, esta
aspiración del viejo propietario se ha transformado en una nueva apetencia. El
hombre comprendió que debía abandonar aquellas viviendas que, alineadas a lo largo
de los soportales de alguna playa, recordaban aún por su traza la caverna prehistórica.
Habían cambiado en la transguerra las circunstancias de la vida. El trabajo, que había
sido hasta entonces la substancia de la existencia social —porque los hombres
empleaban toda su vida en ganársela—, es ahora sólo una ligera carga no más pesada
que aquella ligera mochila en la que los escaladores de montañas llevaban sus
provisiones.

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Poco importa que para llegar a la liberación de los tiempos actuales apenas
ayudara la muchedumbre que se dejaba vivir sin producir nuevas formas de belleza ni
contribuir a la perfección de la ciencia. Su ayuda era nada más que indirecta, refleja o
receptora; pero la indiferencia de esta muchedumbre inerte no impedía, sin embargo,
que el mejoramiento se realizase.

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11
Este cambio gigantesco en el contorno de la vida humana era tan rápido y admirable
como el de la adolescencia, en el hombre, a la madura virilidad. Esta transformación
moral y mental siguió en lo social las mismas fases que en el desarrollo del individuo.
El viejo orden de cosas no se sumergió en el tiempo de una manera automática, ni las
nuevas ideas surgieron de improviso. Las circunstancias bélicas determinaron el
cambio en la condición humana, haciendo que emergieran en la conciencia del
hombre, desarrollándose en el ambiente propicio, tendencias hasta entonces
sumergidas y refrenadas. Fué, más bien que un cambio esencial en la naturaleza
humana, un nuevo aspecto del hombre que surgió a la luz. El mundo adoptó una
nueva actitud antes apenas iniciada. Puede tomarse como ejemplo de la antigua
manera lo ocurrido en Las Mesetas, que en el siglo XVII eran devastadas por partidas
de bandoleros, siendo ya en el XIX habitadas por personas de honrada conducta. A
principios del siglo XX ya no se registraban en la Europa Occidental odiosas matanzas
y habían ya desaparecido las violencias que eran frecuentes dos siglos antes. En los
años que precedieron a la última guerra, había una marcada diferencia entre las ideas
y sentimientos de las clases acomodadas y la que formaban la gente pobre. En las
más bajas capas sociales irrumpía, en el ambiente sucio, la pasión violenta y prístina;
pero éstas diferencias eran meramente circunstanciales, determinadas por hábitos
mentales contraídos. Las circunstancias postbélicas hicieron desaparecer esta
diferencia meramente accidental, lo cual es buena prueba de la riqueza de
posibilidades que encierra la naturaleza humana.
La catástrofe de las bombas atómicas que sacudió la vida habitual en las ciudades
y la marcha corriente de los negocios, acabó también con las creencias y prejuicios
que dominaron en los tiempos idos. Rotas las viejas trabas, alboreó una humanidad
nueva apta para insertarse en asociaciones inéditas de tendencias nocivas o
beneficiosas, según quien asumiera la dirección.
El Congreso de Brissago encauzó con acierto esta energía humana. Tal vez si
hubiera prevalecido la tendencia imperialista que representaba el rey Carlos
Fernando, dando en el blanco sus fracasadas bombas atómicas, los sucesos se
hubieran eslabonado en una cadena perniciosa; mas empujar al mundo en este
retroceso hubiera sido empresa más ardua que dirigirlo hacia el rumbo que indicaba
el nuevo Congreso.
La sacudida moral producida por las bombas atómicas fué tan profunda, que el
hombre, en un impulso vital, desplegó toda su astucia en una dirección
reconstructora; para lograr esta renovación, las tendencias litigiosas, lucrativas y
egoístas, tuvieron que agazaparse en su conciencia. Las nuevas aspiraciones exigían
una rectificación en los procedimientos, y cuando se recrudecieron las antiguas
«reclamaciones», la mala hierba no pudo arraigar en el suelo pétreo, en el que la

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nueva legislación ya se había consolidado, la cual, prefiriendo el pasado, se
organizaba mirando al futuro, en su pretensión de esplender una luz nueva sobre el
mundo renovado. Una nueva literatura, una nueva interpretación de la historia brotó
en el grupo social, ya una nueva pedagogía regía las escuelas y una fe renaciente
arraigaba en la juventud. Un respetable caballero que propuso en la asamblea la
expansión inglesa sobre Sussex adquiriendo, por una compensación, predominio en
esos territorios, fué expulsado de la Cámara, por su pretensión absurda, entre la mofa
de los congresistas. Por aquel entonces resurgió el proceso Dass, que había litigado
con Holsten por causa de una patente de invención; un periódico, llamado el Grito de
la Justicia, acogió la renovada protesta de Dass, que exigía una indemnización de
cien millones de libras esterlinas, percibiendo además cinco millones de libras
anuales por las modificaciones originales que había introducido en el invento de
Holsten. Pretensión tan absurda en las nuevas ideas de justicia fué rechazada; pero
Dass no cejaba en sus pretensiones. Obsesionado por esta idea, murió loco, víctima
de la manía conspiratoria, en un Sanatorio de Niza.
Acaso este hombre y su defensor del Grito de la Justicia, en la Inglaterra de
principios del siglo XX, hubiera salido adelante con su demanda, y sus riquezas le
hubieran conquistado una posición honorable. Este es un caso sintomático que marca
la diferencia del nuevo período con relación al tiempo pasado.
El nuevo Gobierno comprendió la necesidad de una educación mundial, para
adaptar a los hombres a una amplia concepción de una ley universal; no atacó
fanáticamente ninguna de las diversas religiones y sectas que por aquel tiempo habían
dividido la tierra en una taracea de odios y disturbios; dejó que estas organizaciones
hicieran, cuando lo creyeran oportuno, la paz con Dios; pero proclamó como si fuera
una verdad secularmente admitida el deber del sacrificio entre los hombres.
Reorganizó las escuelas y fundó otras nuevas, esparciéndolas por todo el mundo; en
ellas se enseñaba la historia bélica y las consecuencias morales que había tenido la
última guerra.
En todas partes se enseñó, mas no tratando de inculcarlo como sentimiento, sino
dándolo como un hecho consumado, la realización de un deber común a todo el
género humano y la ocupación en determinada tarea de todos los hombres y mujeres.
Todas estas cosas, que ahora nos parecen elementales, lugares comunes, parecían
al Congreso de Brissago, cuando por primera vez tuvo la osadía de proclamarlas,
maravillosos descubrimientos e indubitables verdades, cuya proclamación había de
encender en todos el entusiasmo.
El gobierno puso todo lo referente a la reconstrucción educativa en manos de un
comité de hombres y mujeres, que con tino y aliento emprendieron la reforma
pedagógica. A este comité se le dió tanta importancia como al encargado de la
redistribución de la población en el mundo. Asumió su dirección, que durante algún
tiempo fué exclusiva, un ruso llamado Karenin, que padecía una parálisis congénita;
con su cuerpo encorvado, apenas podía andar; los dolores físicos le hacían sufrir

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agudamente, aumentando con la edad sus padecimientos, hasta tal punto, que tuvo
que sufrir dos operaciones; en la segunda de ellas murió. Ya las deformaciones
físicas, antes tan frecuentes, hasta el punto que el mendigo tullido era en los tiempos
medioevos una figura esencial en el espectáculo humano, habían llegado a ser en esta
época casos inusitados y extraños. El efecto que la enfermedad de Karenin producía
en sus colegas es digno de notarse; era una mezcla de piedad lo que les inspiraba, y
de un sentimiento no exento de cierto sentido inhumano. A este sentimiento piadoso
que Karenin inspiraba se debe gran parte de su éxito. Era su cara de facciones fuertes,
de ojos negros, pequeños, brillantes y excavados y de mentón enérgico. Su cutis
arrugado tenía un color amarillo, y su pelo era de un gris hierro. Era hombre de
carácter impaciente, propenso a la cólera; mas perdonábanle sus arrebatos por
comprender que su enfermedad los causaba. Hacia el fin de su vida había adquirido
gran prestigio sobre sus coevos. A él más que a ninguno de sus colegas se deben las
bases de la educación universal contemporánea. Él arraigó en el mundo espiritual de
su tiempo la idea de la abnegación y del olvido de la propia persona. Un
memorándum dirigido por aquel tiempo a todos los maestros del mundo, clave del
moderno sistema de educación, es probablemente obra suya.
«Quienes quieran salvar su alma —escribía— deben perderla. Este es el emblema
que debe escribirse sobre el sello de este documento y el punto de partida de la obra
que ha de realizarse en resumen. Sobre esta base habréis de erigir vuestra obra.
Debéis enseñar el olvido de vuestra propia persona y todo lo demás ha de colaborar y
subordinarse a este fin. La educación es el abandono por el hombre de su propia
persona, es el vivir enajenado. Abriréis anchos horizontes ante los niños, si
enardecéis e intensificáis su curiosidad y cultiváis y ampliáis el círculo de sus
simpatías. Esta es la labor que os está encomendada. Bajo vuestra dirección y
sugestiones, se reformará el alma del niño, desapareciendo en él los viejos instintos
adámicos, suspicacias y pasiones hostiles, y llegando a sentirse incluso en el gran ser
del universo. El pequeño círculo de sus egotismos se irá ensanchando, hasta que su
arco coincida con los designios de la raza. Lo que a los otros enseñáis debéis
aprenderlo también vosotros cuidadosamente. La filosofía, los descubrimientos que la
humanidad haya realizado, toda clase de destrezas y oficios, el amor; éstos son los
medios para sacar al hombre de sus estrechas miras aisladas. El egoísmo, la
preocupación constante hacia su propia persona, es un infierno para el individuo, una
traición que se hace al espíritu de la raza y un alejamiento de Dios…»

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12
Cuando los hechos ya acaecieron y pueden verse en perspectiva, adquieren un claro
sentido. Desde el umbral de una nueva edad, al volver la vista hacia atrás, el ancho
caudal de la literatura se comprende en visión de conjunto con claridad.
Los hechos que parecían inconexos, oteados desde otra época, adquieren
coherencia y se ordenan como enunciados de un gigantesco problema. Un enorme
acervo de escritores sinceros en los siglos XVIII, XIX y XX, confluyen en un criterio
unánime; es un amplio tejido que es variante de un solo tema; siempre entran en
conflicto, de una parte, el egoísmo humano y la pasión personal, y de otra, como
antagónica, el sentido de realidades más espaciosas y desinteresadas.
Ese conflicto es evidente ya en una obra tan temprana como el Cándido de
Voltaire, en la cual el deseo de justicia y de felicidad altruista pulsa contra las
pequeñas contrariedades humanas, resignándose al fin el héroe a la vida de pequeños
placeres. El Cándido fué el gastador que inició una literatura inadaptada y
descontenta, al cual hasta el presente siguió una innumerable multitud de libros de
esa índole. La mayor parte de la literatura en el siglo XIX, excepto algunos cuentos
meramente amenos, atestigua este deseo de cambio en las circunstancias, que no llega
a realizarse por falta de un esfuerzo eficaz. Bajo diferentes aspectos, ya trágicamente
o bien de una manera cómica, ya mostrando una chistosa afectación o un alto
desinterés, innumerables escritores coinciden en el mismo argumento: el antagonismo
entre sueños utópicos y la limitación que impone la realidad. Siempre un grupo de
innovadores, ora entre risas o ya entre lágrimas, luchan entre ese espíritu de
innovación y las normas consagradas por las tradiciones.
En la época actual, cuando se llega al corazón de su literatura, se advierte la
tendencia a eludir el planteamiento de un problema importante. Era una convención
aceptada por los escritores de la época la de que no había de tocarse a la cuestión
religiosa. Ello suscitaría la cólera de los profesionales dómines de la religión. Era
difícil llegar a un acuerdo en estas cuestiones. La religión era sólo privilegio del
púlpito…
No era sólo en la novela en donde se omitía el planteamiento del problema
religioso; también este tema dejó de tratarse en la prensa periódica. Atentos sólo a
reflejar la actualidad cotidiana, soslayaban, por parecer impropio y pedantesco, esta
clase de temas; pero esta omisión no implicaba indiferencia hacia esta clase de
problemas.
Las viejas instituciones religiosas eran todavía objeto de un enorme respeto, tan
grande, que se consideraba como irreverente ocuparse del problema religioso en la
crónica diaria.
La visión que de este aspecto espiritual tenía Marcos Karenin era clara y certera.
Él advertía la importancia que tiene el sentimiento religioso en el tejido de la vida

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humana. Veía la religión sin alucinaciones, prejuicios ni supersticiones; consideraba
este sentimiento tan necesario como el alimento y como el aire, tan indispensable
como la tierra y como la energía vital, y que fomentarlo redundaba en pro de la
República. Reconocía Karenin que la religión ya no habitaba en el templo, y había
prescindido de jerarquías y símbolos, siendo un sentimiento anónimo, obscuro y
difuso, dentro de la organización del gran estado. Comprendió con claridad lo que el
sentimiento religioso entonces significaba situándolo en la perspectiva que convenía
a la luz de la nueva aurora.
Pero si retornamos al estudio de las novelas de ese período, considerándolas como
manifestación del espíritu de la época, se adquiere la evidencia, siguiendo en su
lectura un orden cronológico, que en los últimos años del siglo XIX y principios
del XX, estos escritores registran con más cuidado que los precedentes los cambios y
transformaciones de cada centuria. Los novelistas anteriores a este período mostraban
«la vida como es»; los de ahora la observan en su continuo cambio y progreso. Les
preocupa sobre todo las evoluciones mundiales para adaptar y modificar las
circunstancias.
Desde los tiempos de la última guerra, la literatura se traza paralela a este
acelerado cambio mundial. El libro de Barnet, de gran valor documental, nos
transmite una franca y sincera impresión de ese mundo, que como un barco navega a
velas desplegadas. Los últimos novelistas alinean, como cuadros en una vasta galería,
la serie de sus obras que nos muestran el conflicto entre los viejos hábitos y
costumbres, las ideas limitadas y los temperamentos egoístas contra una concepción
más ancha y altruista de la vida; gracias a esa literatura conocemos los sentimientos
de aquella gente anticuada, ya desarraigados, que se resignaba con el inconfortable
confort del tiempo ido. Por ello deducimos el egotismo miope de algunos jóvenes,
que pugnaban con los cambios que se observaban en la vida social. Nos hablan esos
libros de las perniciosas tendencias que en ese mundo luchaban para apoderarse de
las almas; de la quiebra del romanticismo; de los conceptos erróneos que trataban de
dirigir la marcha del mundo, y deducimos que todas estas tendencias dispersas y
heterogéneas empujaban al mundo en su ascenso.
Todas estas novelas, de desenlace desastroso o de soluciones optimistas, el
corolario es una posible salvación del mundo. Todos los caminos espirituales del
mundo conducen a la religión, y por esta ruta puede llegarse lejos…
Parece haber sido extraña a los primeros hombres la preocupación de si en todo el
mundo habían arraigado los sentimientos cristianos; pero es seguro que hoy no
podemos desarraigar de nuestras conciencias el espíritu del cristianismo; ésta es la
primera expresión religiosa del mundo, que se propaga rechazando las disputas
triviales. Durante dos mil años el espíritu del cristianismo trabajó la conciencia del
género humano; todas las experiencias de la vida se filtraban por una conciencia
purificada por los mismos sentimientos cristianos, y todos llegaron a familiarizarse
con su doctrina. Este sentimiento no pierde su eficacia, aunque el cristianismo tenga

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precedentes en religiones más antiguas. El pensador científico, aunque su actividad
mental se desarrolla en un ambiente que no abarca los problemas morales, vive, sin
embargo, bajo las palabras de Cristo. Este espíritu cristiano informó la República del
mundo. Ahora el mundo vive libre del fanatismo sectario.

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CAPÍTULO V

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE MARCOS KARENIN

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1
La segunda operación quirúrgica que sufrió Marcos Karenin fué en el sanatorio de
Pasan, asentado en la alta cordillera del Himalaya, en la parte en que el desfiladero de
Fustlej desciende al Thibet. Paisaje de tan ruda belleza no se halla en parte alguna del
mundo. La terraza de granito que rodea al edificio del sanatorio domina un anfiteatro
de montañas. Allá abajo, oculto en una profunda hendidura, el río se despeña
espumoso hacia las pobladas llanuras de la India. No llega a la serenidad de estas
alturas el tumulto de sus ciudades. Más allá de la vegetación, que forma como una
azul bahía y en la cual bosques de árboles gigantescos y milenarios parecen sólo un
retazo de musgo, se alzan altos precipicios de rocas rojizas, de lisa cima, por cuyas
vertientes la nieve fundida forma cascadas. Hacia la parte Norte altísimas mesetas de
nieve helada se elevan culminando en las mayores alturas del mundo: Vhanlagin y el
Everest. Son en estas regiones cimeras tan profundas las simas, que en ellas podía
ocultarse todo el Monte Blanco. Dilatados mares de hielo se extienden por estas
alturas y, a pesar de la inclemencia de estos lugares, en el abrigo de los angostos
barrancos florecen exóticas flores. Más abajo, en las mesetas del Thibet, se yerguen
las cúpulas góticas de una ciudad de porcelana: es Lio Porgynll; sus torres y murallas
se alzan en un ribazo rocoso, sobre unos mil pies del nivel del río. Y lejanos, cerrando
el horizonte hacia la parte Este y Oeste, cumbres y más cumbres se recortan en el
cielo azul profundo del Himalaya, Descendiendo más hacia la parte Sur, se
amontonan los nimbus que fecundan la llanura indiana. Se detienen en los picachos
como si una mano invisible los contuviera.
Sobre estos lugares, con la rapidez de un sueño, volaba Marcos Karenin en un
aeroplano, sobre los canales de riego que partían del Rajputana y sobre las torres y
cúpulas de Delhi. Las agrupaciones ciudadanas en los repliegues de esta ingente
cordillera son como el juguete que un niño ha perdido. Ningún camino conduce a
estos lugares; sólo a a ellos puede llegarse en el vuelo de un avión.
El piloto descendió en el amplio patio del sanatorio, y Marcos Karenin, ayudado
por su secretario, se apeó del aparato. Cuando cruzaba una de las alas del edificio
algunos empleados del establecimiento se acercaron para saludarle.
En este paraje conspicuo, lejos de los focos de infección, de las distracciones y de
los ruidos, se había instalado una clínica y un sanatorio. La arquitectura de este
edificio debía parecer admirable a los ojos acostumbrados a las casas erigidas sólo
con un propósito lucrativo. Estaba este sanatorio construido con piedra de granito. La
rudeza de su fachada desafiaba las inclemencias invernales; el interior del edificio,
pulcro y cuidado, daba la impresión de una inconmovible solidez. En sus
habitaciones, distribuidas como celdas de colmena, se habían instalado,
resplandeciendo inmáculos, las mesas de operaciones, el instrumental de bronce, de
vidrio, oro y platino.

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Hombres y mujeres llegaban a esta clínica desde todas las partes del mundo para
realizar experimentos e investigaciones científicas. Usábase en el sanatorio un
uniforme blanco. Comíase en un refectorio común, en donde largas mesas se
alineaban. Los enfermos vivían en la parte alta del edificio asistidos por enfermeras y
auxiliares expertos.
El primer oficial que se acercó para saludar a Karenin fué Ciana, que era el
director científico de esta institución. Al lado de éste estaba Raquel Borken, a quien
incumbía lo referente a la organización.
—¿Estáis fatigado? —preguntó ella.
El viejo Karenin asintió con un movimiento de cabeza.
—Inválido —dijo—. Necesito reposarme en estos parajes.
Después charlaron de cosas indiferentes. Tras una corta pausa Karenin preguntó:
—¿Cuántos médicos hay en este sanatorio?
—Unos ciento noventa y dos —contestó Raquel Borken.
—¿Y entre enfermos y auxiliares?
—Más de dos mil.
—Yo seré un enfermo más —dijo Karenin—. Mas antes de someterme a
tratamiento como un enfermo quisiera visitar los departamentos de este sanatorio.
Así diciendo echó a andar.
—He dejado organizada —recordaba— mi labor y he puesto en orden mi trabajo.
—¿Vuestro trabajo ha sido muy duro? —preguntó Raquel Borken.
—Sí, y ahora no me queda más que hacer. Esta fastidiosa enfermedad me ha
postrado.
Después elogió las estancias del sanatorio que iba visitando.
—Son hermosas estas crujías y acertada la distribución de las luces del edificio;
bello el paisaje de montaña que desde aquí se domina. En todo se advierte un plan
bien ideado.

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2
Marcos Karenin yacía en la cama, apoyado en un mullido edredón. Towler, que era el
cirujano encargado de operarle, sentado al borde del lecho, hablaba con él. Un
practicante se sentaba próximo a la cama del enfermo. Como ya los médicos lo
habían reconocido podían prever el desenlace. Aunque fatigado, mostrábase sereno.
—Es seguro que moriré —dijo—; ¿van a operarme?
Towler asintió.
—Entonces —dijo Karenin sonriendo—, probablemente moriré.
—Seguramente, no.
—¿Si no muriese quedaría apto para el trabajo?
—Si operamos con suerte…
—Lo más probable es que muera; y si no muriese, ¿no sería un inválido inútil?
—Yo creo que si usted vive podrá hacer todo lo que hace ahora.
—Bien; entonces yo creo que vale la pena de correr el riesgo. ¿Pero no sabéis de
alguna droga que por algunos días me vivificara en vez de someterme a esta
operación? Vivir algunos días con vida activa y después terminar.
Towler quedó pensativo.
—Todavía no tenemos seguridad bastante para hacer eso.
—Pero algún día llegará en que podréis realizarlo con seguridad de éxito.
Towler asintió con una inclinación de cabeza.
—Yo creo —dijo Karenin— que seré el último contrahecho. La deformidad física
es sin duda alguna un defecto. Mi trabajo es siempre incierto y penoso, porque mi
cuerpo oscila entre la muerte y la vida. Yo creo que dentro de poco tiempo cuerpos
deformes como el mío no nacerán en el mundo.
—Me parece —dijo Towler tras una corta pausa— que almas como la vuestra es
necesario que existan en el mundo.
—Cierto —dijo Karenin— que mi vida espirital es activa; pero si creéis que ello
se debe a mis defectos físicos, estáis en un error. Nunca de este defecto puede ser
consecuencia una virtud. A mí siempre me ha indignado esta opinión. Si yo pudiera
moverme libremente y vivir sano larga vida, más de lo que hice pudiera haber hecho.
Mas tal vez algún día vosotros sabréis enderezar los cuerpos torcidos, cambiando lo
deforme en esbelto. Vuestra ciencia está empezando solamente. La química y la física
llegarán a producir esos milagros. Y entretanto los que son como yo deben morir
resignados.
—Ya la ciencia ha realizado hermosas obras. Yo no sé aplicarlas, carezco para
ello de competencia. Yo puedo comprender la lección de un maestro, apreciar los
descubrimientos de los más hábiles y usar de mis manos como cirujano; pero nada
más. Pugon, Mastertox y Lie han dado nuevo impulso al adelanto científico.
¿Tuvisteis tiempo de seguir su obra?

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Karenin sacudió su cabeza.
—Pero puedo imaginar cuáles son sus objetivos.
—Somos ahora muchos los hombres que nos consagramos a los trabajos
científicos. Yo creo que actualmente hay mil hombres que se dedican a la observación
y a la experimentación científica por cada uno de los que en el año 1900 se dedicaban
a este duro trabajo.
—Sin contar a los que solamente se dedican a archivar esos conocimientos.
—Sin contarlos. Cierto que el índice o archivo en donde se van anotando los
resultados de las investigaciones científicas, solamente de poco tiempo a esta parte ha
empezado a llevarse con método. Ahora empiezan a apreciarse las consecuencias
importantes de esta catalogación. Todos los trabajos advienen más eficaces desde
que, prescindiendo de la idea de lucro, se hacen sólo por devoción. Aquí —yo os la
enseñaré porque ha de interesaros— tenemos una copia del índice enciclopédico;
cada semana sus hojas son reemplazadas por otras nuevas con los recientes resultados
científicos que en un aeroplano nos llegan del Departamento de Investigación. Es un
índice científico que aumenta constantemente, adviniendo cada vez más exacto.
Nunca antes de ahora se han empleado métodos análogos a éste.
—Cuando yo me hice cargo del comité de educación —dijo Karenin—, el formar
este índice de conocimiento parecía cosa imposible. El conjunto de investigaciones
científicas ha producido un montón caótico de resultados al publicarse en cien
lenguas diversas y en mil tipos diferentes de ediciones. —Sonrió recordando sus
gestiones—. ¡Cuánto hemos trabajado para ordenar ese caos!
—Ya está casi ordenado. Después lo veremos.
—Sí, me gustaría examinarlo. No he tenido tiempo de ocuparme de eso. Mi obra
absorbía toda mi actividad.
Después el enfermo se quedó mirando con curiosidad al cirujano.
—¿Trabajáis siempre en este sanatorio? —preguntó de súbito.
—No —dijo Towler.
—¿Pero la mayor del tiempo permanecéis aquí?
—De los últimos diez años he trabajado aquí siete. De vez en cuando salgo de
este paraje y me voy allá abajo a vivir una vida agitada entre la muchedumbre.
Resulta monótono vivir aquí siempre. Uno siente a veces hambre de vida apasionada,
de aventura y de amor; de comer y beber en medio de las orgías, de sentirse
empujado por la gente y de reír, sobre todo de reír.
—Sí —dijo Karenin comprendiendo.
—Y después, un buen día, retornar otra vez a la serenidad de estas altas
montañas.
—Así hubiera vivido yo si no hubiese sido un enfermo.
—Sólo los que han nacido con una anormalidad física saben lo que es la tristeza
desesperada. Es hermoso sentirse vivir en cada día con un cuerpo sano. Su alma,
entonces sin trabas, se remonta a las alturas.

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—Pronto arreglaremos todo eso —dijo Towler.
—Durante una sucesión interminable de generaciones —dice Karenin— el
hombre ha luchado sin tregua contra las miserias de su cuerpo y las indignidades de
su alma, contra los dolores y las inaptitudes, contra la cobardía vil, el negro humor y
la desesperación. En esta lucha se ha invertido algún tiempo más que el que usted
gasta en sus cortos esparcimientos. ¿No es verdad que en todo hombre hay algo de
bestia enferma? Yo, que los he analizado un poco, conozco algo de eso. Es ahora, en
los tiempos presentes, cuando, gracias a la ciencia, empieza a penetrar la verdad, que
dejará de ser una bestia y un enfermo. Antes de que esta generación muera se habrá
logrado dominar estas imperfecciones. Siervo antes el hombre de un cuerpo, al
dominarlo podrá explotar toda la energía vital en él contenida. Vosotros, los
científicos, llegaréis a convertir a los sucesores del viejo Adán en lo que os plazca, y
los vestigios del bruto y del reptil, que expiran agazapados en su cuerpo y en su alma,
desaparecerán.
—Planteáis el problema con audacia —dijo Towler.
Karenin rió de buena gana al escuchar esta observación.
—Bien —y preguntó de súbito—: ¿Cuándo me operáis?
—Pasado mañana —dijo Towler—. En estos días comeréis y beberéis lo que se
os prescriba… Y podéis hablar cuanto os plazca.
—Me gustaría pasear por estos parajes.
—Esta tarde pasearéis. Yo avisaré dos hombres para que os lleven en una litera. Y
mañana permaneceréis algunas horas sentado en la terraza. Desde ella se dominan las
montañas más hermosas del mundo.

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3
A la mañana siguiente Karenin se levantó temprano y presenció la salida del sol que
de las montañas emergía. Después de tomar un ligero desayuno entró a despachar los
asuntos del día su secretario el joven Gardener… ¿Quería recibir visitas? ¿O exigían
soledad sus dolores y cuidados?
—Yo quiero hablar —dijo Karenin—. Hay aquí personas inteligentes; dejad que
pasen y charlaremos. Me convienen distracciones. ¡No sabéis qué luz tan sugestiva
envuelve las cosas cuando las ilumina el resplandor de la última aurora del día
postrero!
—¿Cómo del último día?
—Towler, el cirujano, me matará.
—Él no dice eso.
—Towler me matará, y aunque después de la operación conserve la vida, será
muy poco lo que de mi persona quede. Este será mi último día, porque aun
sobreviviendo a la operación, mi vida será ya insoportable. Yo sé…
Gardener, el secretario, iba a contestar; pero Karenin, siguiendo su conversación,
le interrumpió:
—Yo espero que el cirujano me mate, Gardener; eso sería lo mejor. No tratéis de
animarme con consuelos pasados de moda. A lo único que le temo son a estos días
agónicos en los que mi vida es ya sólo un harapo. La obra que hasta ahora he
realizado era la exteriorización de lo mejor que dentro de mí había… En lo sucesivo
seré un hombre enojoso… Perdido el dominio sobre mí mismo, surgirían las pasiones
egoístas que nunca llegaré a dominar completamente… Usted lo sabe, veis con
claridad a veces en mi conciencia. ¡No, Gardener, no! Suponed que saliera con vida
de la operación: sería en el resto de mis días un hombre vano, rencoroso y bilioso…
Acaso explotaría el prestigio que he conseguido entre la gente para emplearlo en
pasiones nocivas…
Permaneció algún tiempo silencioso contemplando la neblina mañanera que se
desgarraba en los picachos de la montaña y los cambios de luz de las nubes que el sol
saliente desvanecía.
—Sí; le temo a la fatiga anestésica de los últimos días —dijo al fin—. Es posible
que todo ello no sea más que el temor de abandonar la vida. ¡La muerte! Nadie se
atreve a mirarla cara a cara… Towler es un practicante hábil; pero algún día la ciencia
quirúrgica se perfeccionará cuando el operador, más que a salvar la vida de un
enfermo determinado, atienda a un fin humano más amplio… Yo quiero que mi fin
sea digno de la obra que he realizado… Después de la operación que me practique
Towler, yo quedaré inútil para el trabajo. Y entonces, ¿para qué vivir? Yo sé que no
he de quedar apto para ninguna clase de labor…

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—Yo no sé por qué motivo para juzgar una vida entera han de tenerse sólo en
cuenta sus últimas huellas. Yo la veo en la hora culminante de su esplendor, a pesar
que desde el principio de ella he sido una criatura enferma. Conozco bastante la vida
para confundirla sólo con uno de sus aspectos corticales. Recordad lo que ahora,
Gardener, voy a deciros: si en la hora postrera mi ánimo desfallece y mis últimas
palabras contradicen acaso la obra de toda mi vida, no tenedlas en cuenta; si el tejido
del paño fué bueno nada importa su orillo o borde. Mientras vivimos, nuestros actos
se juzgan adheridos a la hora fugitiva; pero después de nuestra muerte la posteridad,
para juzgarnos, abarca nuestra vida de su primer momento hasta el último.

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4
Para cumplir el deseo de Karenin se permitió en su estancia la entrada de los
visitantes y, distraído por la tertulia, Marcos olvidó otra vez sus propias cuitas.
Raquel Borken hacíale compañía durante largo tiempo y, hablaban principalmente de
cuál sería en el mundo el porvenir de la mujer; solía también acompañarlos una
muchacha llamada Edith Haydon, que era ya bien conocida por su destreza como
especialista en algunas enfermedades. También solían concurrir a esta tertulia algunos
investigadores que trabajaban en el sanatorio. Un poeta enfermo llamado Rahn y un
pintor escenógrafo nombrado Eduardo. La charla vagaba de un asunto a otro, siendo
unas veces interesante y acalorada y otras trivial, pues no se premeditaban los temas.
Gardener nos recuerda en sus notas los argumentos de estas conversaciones. Gracias
a ellas sabemos el concepto que Karenin tenía del mundo y de lo que pensaba y sentía
de los principales problemas de la vida.
—En nuestra época —decía— se ha realizado un cambio de decoración en la
escena. Nosotros hemos preparado el escenario desalojando el viejo drama de las
tablas cuyo desarrollo era ya tedioso. ¡Si yo pudiera permanecer para presenciar las
escenas del nuevo espectáculo!
—¡Qué carga tan embarazosa pesa sobre el mundo! Era un enfermo como yo,
cuyas dolencias arrecian de continuo; era resuelto, febril y confuso. Necesitaba que
alguien curase sus dolencias y ninguna terapéutica mejor que la violencia de las
bombas atómicas para que recobrara la salud. Yo creo que su advenimiento era
necesario. Así como una enfermedad que ataca una entraña se refleja en todas las
vísceras del cuerpo, llegaron a dañarse todas las cosas del viejo mundo. Las
organizaciones políticas quedaron rezagadas y obsoletas al lado de los progresos que
había realizado la ciencia. Desmoralizadas las instituciones sociales y religiosas,
dieron al poder conquistado por la ciencia una aplicación nociva. Se coaccionó la
palabra de los reformadores y la educación no se puso al nivel de las necesidades del
tiempo nuevo. Vosotros que sois jóvenes no podéis imaginar la desesperación y el
desaliento de los que creíamos en la eficacia de la ciencia aplicada en la práctica, en
aquellos años que precedieron al descubrimiento de la energía atómica.
No era sólo que la gran masa del pueblo no comprendiese el significado de la
ciencia; pero aun los que la comprendían no creían en ella. Veían las cosas, pero no
entraban en ellos. Hace poco he leído algunos periódicos del tiempo viejo. Sorprende
la actitud que nuestros padres adoptaban ante la ciencia. La odiaban y la temían.
Veían indiferentes el trabajo de algunos hombres de ciencia que formaban una
reducida minoría. «Trabajad en buen hora, parecían decir; pero no toquéis nuestras
instituciones, ni intentéis modificar nuestra visión de las cosas. Mejoradnos si queréis
nuestra vida con algunas pequeñas y agradables reformas. Iluminadnos con luz
eléctrica, porque es un alumbrado económico; curadnos de algunas enfermedades

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desagradables, como el cáncer y la tuberculosis y los constipados, pero nada más.»
Todo eso ya ha cambiado, Gardener; la ciencia ya no es una sierva del hombre. Es ya
algo que está por encima de nuestras preocupaciones individuales. Es la inteligencia
de la raza que despierta —dentro de poco— preveo ese corto plazo. Se rasgará el
velo. Mientras yo yazgo en este sanatorio —añadió— Londres se limpia de los
escombros que esparcieron las bombas atómicas. Tratan de reparar las ruinas y de
reedificar la ciudad como antes de la guerra. Tal vez desentierren una casa sita en San
Juan de Wood, en donde habitó mi padre cuando fué expulsado de Rusia. Aquel
Londres de mis recuerdos me parece ya un lugar del otro mundo. Vosotros, que sois
aún gente joven, creeréis que es una ciudad que nunca ha existido.
—¿Han dejado en ella algo en pie? —preguntó Edith Haydon.
—Dicen que algunas millas cuadradas que apenas experimentaron daño, en la
parte S. y NO.; consérvanse también muchos puentes y los diques. Westminster,
donde había gran parte de las oficinas del Estado cuando cayó aquella pequeña
bomba que derrumbó el Parlamento, fué muy deteriorado; poco queda también del
pasaje Whitehall, mas ya se han trazado amplios proyectos para reconstruir estos
edificios. Quedaron también zanjas profundas en el centro de Londres que fácilmente
podrán ser niveladas. Los distritos del Norte y del Sur también quedaron en mal
estado, pero será fácil reconstruirlos. Ya adviene difícil evocar esos tiempos pasados
aun para los que presenciamos el desastre.
—A mí me parecen muy distantes —dijo la muchacha.
—En aquel tiempo el mundo estaba enfermo —reflexionó Karenin—. En mi
niñez toda la gente que veía me parecía enferma en aquel mundo confuso. Todo el
mundo tenía ansia de dinero y para lograrlo cometía verdaderos desatinos. La comida
era una extraña mezcla de viandas; comíase unas veces con exceso y otras muy poco
y a horas inconvenientes. Por los anuncios de la postguerra conocemos la
insuficiencia de aquellos alimentos. En la nueva parte de Londres cuyos escombros
ahora remueven, hállanse muchos carteles anunciando diferentes clases de píldoras.
Parece ser que todo el mundo tomaba alimento sintético en píldoras. En un equipaje
abandonado en una habitación de un hotel de Stand encontráronse hasta nueve cajas
de píldoras de diferentes clases. Después de la época de las armas y de las guerras es
natural que viniera a edad de las píldoras. Tampoco por aquel tiempo andaban muy
bien de higiene. Durante varios meses no se mudaban su traje ya sucio. Nuestro
cuidado de desechar los trajes cuando los hemos usado sólo durante una semana,
parecería entonces una exageración. ¡Nada hay que decir de lo congestionado de la
población en algunas comarcas! En las grandes ciudades todo el mundo andaba a
empujones. Era un torbellino. La gente moría aplastada en las calles a centenares.
Cada año los automóviles y autobuses en Londres mataban o inutilizaban a veinte mil
personas, y en París todavía era peor; algunas personas morían por falta de aire entre
la muchedumbre apiñada. El desasosiego de Londres en los interiores y en las calles

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rayaba en la locura. Era el de aquel tiempo un mundo vesánico; parecía un niño
enfermo, tenía como él precipitaciones febriles y enfados caprichosos.
—Toda la historia —decía Karenin— es como los anales de una infancia.
—Y aún no es exacta la comparación; hay siempre algo de claro y acendrado en
un niño aunque esté enfermo y rasgos que conmueven. Pero la historia del viejo
tiempo sólo produce indignación. Es de una grosera, pesada y torpe estupidez que en
nada se parece a la gracia espontánea de un niño.
—El otro día leí un libro de Bismarck, cuya vida paralela fué Napoleón. Fué el
canciller, héroe de la política del siglo XIX, un dios de «sangre y de hierro». Era
obstinado y taciturno. Nunca hubo hombre tan vulgar y grosero que llegara a las
alturas del Poder. Era un hombre de cara basta e inexpresiva, cuya boca mísera
ocultaba un espeso bigote. Para él en el mundo no había más que Alemania, el
nombre de Alemania pronunciado con fuerza. La dura Germania guerrera siempre
ensanchando su dominio. Alemania sobre todo y, dentro de ella, su clase social. Fuera
de esto, era inaccesible a toda especie de ideas. En su inteligencia sólo arraigaba la
primitiva astucia y fué, sin embargo, el hombre más influyente de su tiempo. Ninguna
personalidad ha dejado a su paso huella tan profunda, porque nunca le faltó un coro
que reforzara las ásperas notas que él emitía. El canciller pisoteó con pie zafio lo más
amable que había en la humanidad. No, no era un niño; su agresividad nacionalista
fué más nociva que la travesura de un rapazuelo: la infancia es una promesa y
Bismarck fué una supervivencia. Europa entera le ofreció la flor de su juventud, la
educación, el arte, todas las esperanzas que había depositado en el futuro, todo fué
ofrendado al golpe sonoro de su sable. El monstruoso culto que mereció aquel viejo
lord amasado «con sangre y con hierro» se extendió por todo el mundo. Hasta que las
bombas atómicas señalaron la ruta libertadora.
—La gente de hoy —dijo uno de los jóvenes— ve a Bismarck en la perspectiva
prehistórica del megaterio.
Por aquel entonces todo el género humano no se preocupaba más que de fabricar
miles de cañones y cientos de acorazados, siendo la única finalidad la guerra.
—¿Pero no había hombres cuerdos y sanos en aquellos tiempos para luchar contra
esa idolatría?
—Todos estaban desesperados —dijo Edith Haydon.
—No están tan lejanos esos tiempos —dijo un muchacho—. Aún viven quienes
conocieron a Bismarck.

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5
—Mas tal vez he sido injusto con el canciller Bismarck —dijo Karenin siguiendo el
curso de sus pensamientos—. Los hombres deben verse inscritos en las circunstancias
de su tiempo. Con frecuencia creemos que cimentamos nuestra opinión en la realidad,
cuando sólo la apoyamos en una teoría. Encontré el otro día un hombre interesante:
era un Maorí cuyo abuelo había sido un caníbal. Por suerte el Maorí conservaba un
daguerrotipo de su antepasado, el antropófago, y entre ambos había una maravillosa
semejanza. Es frecuente juzgar una época determinada cometiendo un error de
perspectiva. La gente suele ser víctima de las circunstancias de su época; los hombres
que en un determinado período fueron modorros y estúpidos, en otro más propicio
hubiesen sido inteligentes. También el mundo tiene sus modas.
»Pensad en las ideas políticas que apacentaron la inteligencia de Bismarck
durante su infancia; era en el tiempo de las victorias y humillaciones de Napoleón,
cuando en la Batalla de las Naciones vencía una muchedumbre de testas coronadas.
Todos en aquellos días, necios y discretos, creían que la división del mundo en una
multitud de estados era inevitable, y esta opinión prevaleció durante miles de años.
Pero las cosas son inevitables hasta que alguien no las convierte en imposibles.
Cualquiera que hubiese negado la inevitabilidad de este hecho político, ¡oh!, sería
marcado con un estigma. El viejo Bismarck no hizo más que acentuar el trazo de las
ideas comúnmente aceptadas. Eso es todo. Él creyó que implantando la política de los
diferentes estados podría organizar una Alemania fuerte en su régimen interior e
invencible en las fronteras. Porque su inteligencia se nutriera con las erróneas ideas
políticas de su tiempo, no merece le juzguemos como un necio. Nuestra época
aventaja aquellos tiempos; hemos llegado a la unidad del mundo y en nuestros
cerebros se ha grabado el ideal colectivista. ¿Qué hubiera sido de nosotros sin las
reformas introducidas en el grupo social gracias a la aplicación de los adelantos
científicos? Yo hubiera sido un miembro de la «Intelligenza Rusa», de quien las
persecuciones y maltratos habrían hecho un hombre amargado y rencoroso, un
conspirador, un presidiario y tal vez un asesino. Y —añadió dirigiéndose a Edith—
usted hubiera sido una sufragista inquieta que en las revueltas callejeras la
emprendería a golpes con los escaparates haciéndolos pedazos.
—Nunca —dijo Edith resueltamente.
Después empezaron a charlar de política, chanceándose de algunas
personalidades, haciéndoles sonreír la torpeza de los viejos procedimientos de los
gobernantes; pero después un joven que se dedicaba a estudios científicos, en cuyo
cerebro rebosaban las ideas, dió un sesgo nuevo a la conversación:
—Estáis en lo cierto, señor —dijo—. Yo también me inclino a creer (aunque el
probarlo es difícil) que la civilización estaba próxima al desastre cuando las bombas
atómicas explotaron en su seno. Creo yo también que si Holsten no hubiera

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introducido la radioactividad, el mundo también hubiera sido despedazado por otras
causas que la energía atómica; sólo que en vez de ser como fué, una catástrofe
redentora, hubiese sido una crisis sin convalecencia posible. Algo sé yo de materias
económicas, y aplicándome a esos estudios, he visto que un siglo antes del invento
Holsten, desde hacía cien años, el despilfarro y derroche de las riquezas naturales iba
en aumento. Sólo el excesivo individualismo de ese período, la total carencia de
sentido colectivo, puede explicar este despilfarro. El género humano explotaba
insensatamente los yacimientos minerales. Había agotado las tres cuartas partes del
carbón esparcido por el planeta; consumía más aceite que el que podía producirse;
había talado los bosques y casi se había agotado el estaño y el cobre. Las tierras de
pan llevar estaban cansadas, reduciéndose el número de las áreas laborables por el
aumento de población. En algunas ciudades populosas estaba tan bajo el nivel del
depósito de las aguas que las surtían, que todos los veranos y durante las sequías era
el agua insuficiente. El sistema financiero del mundo se precipitaba hacía la
bancarrota. Cada año se invertía mayor cantidad de numerario y energía en el
sostenimiento de los ejércitos, y los capitales no pudieron atender al excesivo
desarrollo de la industria. Todo el sistema económico se bamboleaba antes de que
Holsten empezara sus investigaciones científicas. La mayor parte de la gente que
habitaba aquel mundo no tenía sentido del peligro ni se preocupaba de atajarlo. No
creía que la ciencia podía salvarla y ni aun experimentaba el deseo de redimirse. No
quería ni podía ver la sima que se abría a sus pies. Todo aquella gente lo fiaba a la
suerte, no creyendo que el progreso pudiera acelerarlo la investigación científica. Yo
creo también, señor, que sin el acaecimiento de las bombas atómicas, una revolución
hubiera asolado al mundo difundiendo por la tierra el hambre y el terror. El tráfico se
habría interrumpido en todo el mundo; la red de caminos férreos se alargaría mohosa
porque cesado había todo el tránsito; las líneas telefónicas veríanse rotas y caídas en
su desuso; los enormes trasatlánticos, abandonados en los puertos, irían
convirtiéndose en un montón de planchas de hierro, y las ciudades, abandonadas e
incendiadas, serían la guarida de cuadrillas de bandoleros. Acaso os haga sonreír esta
descripción que acabo de hacer, pero hechos como éste ya acaecieron en la historia
humana. Por todo el mundo hay esparcidas ruinas de civilizaciones hundidas. Hordas
de bárbaros convirtieron a la Acrópolis en una fortaleza. Y desde la tumba de
Adriano los enemigos de Roma, ya en ruinas, atacaban el Coliseo. ¿El año de 1940
está tan lejano de aquellos tiempos y han cambiado tanto las circunstancias, que no
pueden repetirse hechos análogos?
—Ya parecen bastante lejanos —dijo Edith Haydon—; ¿pero y la catástrofe de
hace sólo cuarenta años?
—No —dijo Karenin mirando las cimas de las montañas que se dominaban desde
la terraza.
—Vuestra duda es infundada. Me parece que estimáis en poco la inteligencia
humana, cuyo poder se ha intensificado desde la primera década del siglo XX. Tal vez

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en el orden político no se ha manifestado aún toda su eficacia; pero ya empieza a
regir en esa esfera. Y en cuanto a vuestra hipótesis de que el hecho de la energía
atómica pudo no acaecer, no me parece admisible. Yo dudo si el descubrimiento de
Holsten es posible que se aplazara transfiriéndose a una época posterior a la en que
tuvo lugar. Hay una especie de lógica inevitable en el progreso de la investigación
científica. Desde hace más de cien años, el pensamiento humano y la ciencia han
trazado su camino sobre los hechos eventuales que acaecen en la vida cotidiana. Me
comprendéis: «se han desligado en su proceso de las circunstancias». Si no hubiera
nacido Holsten, otro hombre análogo a él hubiera existido. Si la energía atómica no
se hubiera descubierto en el año en que se descubrió, hubiera aparecido en fecha
próxima… En Roma la ciencia apenas había empezado… Nínive, Babilonia, Atenas,
Siracusa, Alejandría, fueron primeros centros civilizados, en donde las
experimentaciones, aún rudimentarias, llegaron a coordinarse, dando alguna certeza
al análisis que se iniciaba. El hombre necesitaba acumular experiencias antes de
empezar su camino. Pero desde hace doscientos años el método experimental llega a
resultados admirables… La política, la jerarquía social y las guerras de los siglos XIX
y XX eran sólo los últimos lampos que el ave fénix, simbolizando las primeras
culturas, proyectaba sobre los comienzos de la nueva era. Su espíritu aún nos
informa…
—El hombre vive en un perpetuo amanecer —dijo Karenin—. La vida es
comienzo y sólo principio. Es un eterno empezar. Cada paso parece más largo que el
precedente; pero en realidad ambos no son más que una preparación para el que
sigue. Nuestro moderno Estado hace sólo cien años era una maravillosa utopía, y ya
en la vida actual no es más que un lugar común. Pero cuando yo desde este sitio
considero las posibilidades de la inteligencia humana, que gracias a este remanso de
paz que disfrutamos podrán alcanzar su plenitud, estas grandiosas montañas, que ante
nosotros ondulan, no son nada…

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6
Cerca de las once Karenin hizo su comida de mediodía, y después, apoyándose en
almohadones y abrigado con pieles, durmió durante dos horas. Cuando despertó le
sirvieron una taza de té. Después entró a visitarle su secretario Gardener, y sabiendo
que era asunto que le interesaba, le habló de las escuelas que en conexión con la
Moravian se habían fundado en la tierra de «El Labrador y en «Tierra Verde». El
enfermo escuchaba algo fatigado; después permaneció solo durante algún tiempo, y a
poco entraron las dos muchachas que en los días anteriores le habían hecho
compañía, y más tarde llegaron Eduardo, el pintor, y Kahn, el poeta. Hablaron acerca
de la pasión amorosa, y también trataron el tema feminista, discutiendo el puesto que
le tocaría ocupar a la mujer en aquel mundo que renacía… Tenue neblina se extendía
sobre la llanura indiana, y en lo alto de la cordillera el sol caía a plomo sobre los
precipicios que se escalonaban hacia el Oeste… Alguna vez, mientras la gente que
habitaba el sanatorio charlaba en la terraza, oían un fuerte crujido, y de lo alto de un
precipicio veían caer, desprendido del bloque, un pedazo de roca, o bien retumbando
como un trueno desprenderse hasta el fondo de una sima un alud de nieve y témpanos
de hielo…

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7
Durante algún tiempo Karenin permaneció silencioso, en tanto Kahn, el poeta
popular, charlaba largamente del amor apasionado. Decía que la pasión amorosa
había sido el permanente anhelo de la humanidad desde que ésta existía. Sucesión de
generaciones habían perseguido éste, sin que jamás lograran alcanzarlo. Cuando con
obstinación se perseguía el objeto amoroso, surgía la pasión trágica. Ahora que la
vida se había libertado de la miseria sórdida, hombres y mujeres podían esperar en la
realización de un amor triunfante. Era esta edad la del «Alba del Amor».
Karenin permanecía abatido y pensativo mientras Kahn decía estas cosas. El
poeta al empezar su charla se dirigía preferentemente a Karenin, pero al observar el
aire distraído de éste, pareció desanimarse algo, bajando el tono de su voz, y solicitó
con su mirada la atención de Edith Haydon y de Raquel Borken; Edith observaba a
Karenin, y deliberadamente evitaba encontrarse con la mirada del poeta. Raquel
escuchaba en silencio.
—Ya sé —dijo Karenin— que creéis que el amor es un factor importante en el
mundo. Sé que cuando decís que el mundo se liberta, dais a esta frase un sentido
armonioso. Sé de memoria vuestra canción, Kahn, con letra semimística. En ella
representáis a este mundo viejo y áspero disolviéndose en una neblina luminosa de
amor sexual. No sé si estáis en lo cierto o no; sois mozo imaginativo y veis la vida
ardientemente con ojos de juventud. Pero el poder que nos ascendió hasta estas
alturas, congregándonos bajo este cielo de azul profundo, y que nos señala un camino
que conduce a un futuro grandioso, es algo más profundo y más serio que vuestras
canciones emocionadas…
»A través de mi vida de trabajo, he reflexionado sobre el poder ilimitado que tiene
el amor sobre el alma de la raza. He visto al mundo entero en éxtasis amoroso, y
escuché la voz que cantaba: «Dejadnos cantar y que gocemos del maravilloso
amor…» La orgía aún está empezando, Kahn. Reconozcamos la fuerza de este hecho
inevitable. Pero éste no es el verdadero fin del género humano…
»Considerad que el hombre es algo más que un sujeto amoroso. En días ya
lejanos, que es como un ayer en el tiempo interminable, la vida de los hombres era un
perpetuo sueño; soñaba tan profundamente que de sí propio se olvidaba. Vivía en
constante admiración, presa de sus instintos y deseos, y abrumado por el misterio
moría. Incalculable sucesión de visiones de un resplandor falaz, pasaban ante su vista
selvas vírgenes en países ignotos, ríos de ancho caudal. Oía a veces el rumor de unas
alas que se remontaban…, y el crepitante terror de llamas, que nunca habían existido.
La vida, entonces rápida y difícil, se desvanecía como un juego de luces. Pero
entonces venimos nosotros, llega el hombre, al abrir sus ojos formula una pregunta y
al extender sus manos una exigencia, y entonces empieza una inteligencia impersonal
que no muere cuando los hombres mueren, es una superinteligencia, y aparece una

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voluntad dominadora… Esta exigencia y aquella pregunta se levantan hasta las
estrellas… Las necesidades prístinas y el terror empiezan a ser desalojadas. Y eso que
vosotros encarecéis en vuestras trovas, el amor sexual, son los elementales de la vida,
de los cuales surgen aspiraciones más elevadas. Esos elementales, os lo concedo,
tuvieron, durante algún tiempo, importancia decisiva; pero ahora nosotros los
dejamos atrás.
—Pero el Amor… —dijo Kahn.
—Hablo del amor que surge en la intimidad de los diferentes sexos, y a ese amor
os referíais.
Karenin sacudió su cabeza.
—No se puede descansar sentado en la raíz de un árbol y subir al mismo tiempo a
su copa —dijo—. No —añadió tras corta pausa—. La excitación sexual y la historia
del amor, son sólo una parte de la evolución humana, y nosotros ya nos desarrollamos
fuera de ella. Y es que la literatura y el arte, todas las expresiones de la emoción y del
sentimiento, fueron durante algún tiempo adolescentes; pero ya la inteligencia adulta
de la humanidad se destaca en ellas. Es sintomático el caso de que ya ningún poeta
muere joven; antes pocos pasaban de los treinta, y ahora son muchos los que cumplen
ochenta y cinco años. Usted, Kahn, será uno de éstos. Os auguro largos años de
estudiosa vida… Era pesado el fardo sexual que la tradición había cargado sobre
nosotros, sin que de él pudiéramos libertarnos completamente. Debemos sacudir esa
carga. La ciencia ha hecho retroceder a la muerte, y aquella sexualidad bárbara de
otros tiempos agoniza; es como un martillo que ha perdido su yunque, sumergiéndose
en el pasado de la vida humana. Vosotros los poetas jóvenes cantáis el amor,
haciéndolo deleitable. Esos temas poéticos deben dejarse. Dentro de poco, los poetas
fortalecerán su cerebro y podrá arraigar en él el pensamiento, y con estro más elevado
cantarán las grandes empresas humanas. El nuevo brote en el viejo tronco de las
antiguas religiones, también contribuye a reprimir estas tendencias. Por el nuevo
camino de la investigación del saber, marcharán también los poetas nuevos hacia la
conquista del poder.
—Pero casualmente —dijo Raquel Borken—, habéis olvidado una de las mitades
de la humanidad. En la mujer es más importante que en el hombre el factor amoroso
y todo lo concerniente a la reproducción; parecen estas funciones, aunque lo sexual
haya perdido importancia, privativas del sexo femenino.
—En ambos sexos tiene igual importancia lo referente al amor y a la
reproducción.
—Pero las mujeres llevan la carga más pesada.
—No todas piensan de ese modo —dijo Eduardo.
—Pero cuando habláis —dijo Kahn— del amor como una fase en la evolución
humana, consideraréis que es ésta una etapa necesaria. Aun prescindiendo de su
aspecto reproductivo, el amor entre los sexos es necesario. ¿No es el amor sexual el

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que ha dado alas a la imaginación del hombre? Sin esta excitación, ¿no tendría
nuestra vida la tranquilidad bovina que tiene un buey en su establo?
—La llave que abre la puerta —dijo Karenin— no es la meta de la jornada.
—¡Pero y las mujeres! —gritó Raquel—. ¡Aquí estamos nosotras! ¿Cuál es
nuestro porvenir como mujeres? ¿Es que hemos dado ya un cerrojazo a las puertas de
la imaginación del hombre? Hablemos de estas cuestiones ahora. Constantemente
estoy pensando en eso, Karenin. ¿Qué opinión tenéis de nosotras? Me interesa
saberlo, porque usted ha pensado mucho acerca de esos problemas.
Karenin contestó, hablando despacio, pesando sus palabras:
—Yo no creo que las mujeres tengan un porvenir distinto del hombre, a pesar de
que se hayan considerado ambos sexos con características diferentes. No hay un
porvenir para las mujeres porque sean hembras y otro para los hombres porque sean
varones. Yo trato de anular esos sendos futuros unificándolos. Yo sólo veo a ambos
sexos como inteligencias que integran la inteligencia universal de la raza.
Humanamente no existe apenas diferencia, aunque las instituciones sociales y las
costumbres hayan acentuado esa divergencia. No creo que haya un porvenir privativo
de las mujeres. Esta idea no es nueva, Platón pensaba lo mismo. No llego al extremo
de negar que esa diferencia existe. Pero esa diferencia natural no debe acentuarse,
sino tratar de reducirla a unidad.
—A pesar de todo, las mujeres seguiremos siendo mujeres —dijo Raquel Borken.
—¿Queréis seguir siendo mujeres, pensando y sintiendo como tales?
—A la fuerza; no nos queda más remedio —dijo Edith Haydon.
—Yo no creo que las mujeres sean menos mujeres porque se vistan y trabajen
como un hombre —dijo Eduardo—, Las mujeres que aquí viven, me refiero a las
mujeres dedicadas a trabajos científicos, llevan un traje blanco igual al de los
hombres. Recogen su cabello, trenzándolo en lo alto de la cabeza, en un peinado
sencillo; trabajan como si en el mundo solamente hubiera un sexo. Y, no siendo tan
femeninas, sois más mujeres que las lindas señoritas que allá abajo, en las ciudades,
sólo se visten para excitar con sus ostentaciones, que no piensan más que en el amor,
procurando en sus modos marcar su sexo… Yo os prefiero.
—Pero el trabajo que aquí realizamos también es propio de mujeres —dijo Edith
Haydon.
—¿Importa eso? —preguntó Raquel.
—Pero aunque ustedes trabajen en labores que os son peculiares y los hombres en
las suyas, ¡por los cielos!, no por eso sois más mujeres —dijo Karenin—. Yo no digo
que deba suprimirse en absoluto la diferencia de los sexos, sino de abolir esa tediosa
obsesión obstructiva, verdadera rémora del mejoramiento, que cimentaba el orden
social en la diferencia de los sexos. Cierto que las sociedades primitivas en esa
diferencia se fundaban, siendo la familia la piedra angular de ellas, y el primer estado
una confederación basada en el parentesco o relaciones de la sangre, y que a las leyes
de los primeros «taboos» las informaba un criterio sexual. Hasta hace pocos años, la

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moral se limitaba a prescribir normas para la conducta sexual. Hasta poco tiempo
hace, el principal móvil de la actividad del hombre era fundar una familia, y el de la
mujer atrapar al hombre para que sostuviera su casa de ella.
Este era el drama que llenaba toda la vida, y los recelos y exigencias que esta vida
hogareña implicaba, el motivo central de todo el mundo. Decíais, Kahn, poco hace,
que gracias al amor sexual salíamos de nuestra soledad interior; pero este amor, la
mayor parte de las veces, no es más que la soledad de dos seres… Puede ser que en
algún tiempo fuese necesario como cimiento social; pero hoy ya no lo es. Ahora todas
las cosas cambian rápidamente. Vuestro porvenir, Raquel, «como mujer», es un
futuro de horizonte muy reducido.
—Karenin —preguntó Raquel—, ¿queréis decir que las mujeres se conviertan en
hombres?
—Que los hombres y las mujeres advengan seres humanos.
—¡Pero con vuestra teoría suprimís las mujeres! ¡Karenin, escúcheme! Esta
diferencia no es sólo cuestión de sexo; aparte de ello, somos las mujeres diferentes de
los hombres. Vemos la vida de manera muy diversa. Os olvidáis, Karenin, que
nosotras, ante todo, somos hembras, somos seres humanos, sí; pero diferentes del
hombre, y es otro nuestro destino. En muchas cosas no somos más que una sombra
que se proyecta desde un segundo término. Yo estoy en este sanatorio gracias a mi
malicia femenina de ama de casa. Edith está aquí por sus manos ingrávidas y sutiles
de enfermera. Quien lleva el peso de la ciencia en el sanatorio es el hombre: no puede
negarse el predominio de éste como hacedor de historia; puede escribirse un período
entero de la historia sin que aparezca ni un nombre de mujer. Como compensación,
nosotras ponemos en el trabajo un sentido devoto, la inspiración es nuestra guía y
descubrimos el poder que se oculta en el amor y en la belleza: la intuición es nuestro
patrimonio. En cambio los hombres dan pasos de ciego en estas regiones. En los
hombres hay una versatilidad turbulenta. Nosotras somos la estabilidad. No vemos
horizontes inéditos ni descubrimos senderos nuevos; pero en las conquistas del
futuro; ¿no tendremos un puesto secundario? Acaso sea tan importante como el que
los hombres han conquistado. Nosotras sostenemos el mundo ascendido aunque los
hombres lo hayan levantado.
—Sabéis muy bien, Raquel, que vuestras opiniones son las mías. Yo nunca he
pensado en la abolición de la mujer; pero yo quiero suprimir la heroína, esa heroína
de la sexualidad; yo quiero acabar con la mujer que difunde celos y recelos y cuyo
sólo anhelo es la posesión; yo intento suprimir la mujer que se ostenta y se pone
precio como si fuera un tesoro y derrocar la heroína que en su sitial resplandece como
un ídolo.
—En América —dijo Eduardo— se baten los hombres en duelo para conquistar a
la mujer que se entrona como Reina de la Belleza.
—Yo vi en Lahor una hermosa muchacha —dijo Kahn—, sentada bajo un dosel
de oro como una diosa, y tres hombres aguerridos, vestidos a la antigua usanza como

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paladines, sentábanse en unas gradas bajo ella esperando sólo una señal de la
hermosa para combatir.
—De esas escenas tienen la culpa los hombres —dijo Edith Haydon.
—Lo sé —exclamó Eduardo—. La imaginación del hombre es más propicia a
trazar cuadros sexuales que la de la mujer. ¿Cuándo un hombre hubiera imaginado
escenas semejantes? En la mayor parte de los casos la mujer no hace más que
someterse al hombre, aunque después explote su sumisión.
—No hay malicia ni pecado entre hombres y mujeres. El mal surge por causa de
poetas como vosotros, Kahn, que con vuestras canciones corrompéis y excitáis las
amistades de camaradas entre los sexos; pero hay algo de predisposición en algunas
mujeres que responde a estas provocaciones. Ellas llegan a ser las inspiradoras de ese
arte que tiende sobre la cabeza femenina el dosel de oro. He leído en viejos
periódicos, anteriores al descubrimiento de la energía atómica, la táctica que la mujer
empleaba en su tendencia emancipadora. Tratando de liberarse de las desventajas
sociales que eran consecuencia de su sexo, terminó por convertirse en heroína
explotando su belleza. Helena de Halloway causó tantos estragos en su camino como
la Helena de Troya. Todas las hembras que no consiguen despojarse de lo que
verdaderamente tienen de mujer —dijo sonriendo a Raquel— preferís, antes de
señalarnos como seres inteligentes, ser un caso peligroso de Helenismo. Consideraros
como mujeres es veros en nuestras relaciones con el hombre. No podéis evitar que se
os observe en ese aspecto. Debéis presentaros ante los hombres en tal actitud que en
vez de veros relacionadas con ellos os puedan contemplar en relación con el sol y con
las estrellas. Ya no sois, Raquel, para el hombre una aventura amorosa, sino una
compañera en nuestras aventuras…
Y extendió sus manos hacia el cielo obscuro sobre la cima de las montañas.

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8
—A estos y otros problemas han de darnos solución la investigación científica —dijo
Karenin—. Mientras nosotros aquí charlamos ociosa e inexactamente de lo que es
necesario hacer en el mundo y de lo que puede ser, hay cientos de hombres de agudo
ingenio que se ocupan de estos asuntos desapasionadamente y que realizan sus
investigaciones sólo por amor al saber. Las ciencias que ahora han de recoger
abundantes cosechas son la psicología y la neurofisiología. Las perplejidades
causadas por la relación que debe existir entre hombres y mujeres y los males que
causa la obstinación egoísta, son daños sólo circunstanciales de nuestros tiempos.
Todas estas incompatibilidades llegarán a conciliarse y moldearemos nuestro cuerpo
determinando en él reacciones y sentimientos como ahora perforamos los montes,
hacemos retroceder el mar y cambiamos la dirección del viento.
—Ese tiempo está próximo —dijo Towler, que había entrado en la terraza,
sentándose en una silla cerca de Karenin.
—Naturalmente, en los viejos días —dijo Eduardo— los hombres estaban
fatigados de sus ciudades y de sus campos, fatigados de las habitaciones que poseían
y del trabajo que realizaban.
—No creo —dijo Karenin— que tenga límite el poder que el hombre llegará a
tener sobre sí mismo.
—No lo tiene —dijo Jorward, andando hacia la balaustrada de la terraza y
poniéndose frente a Karenin para verle la cara—. No hay límite absoluto para su
conocimiento o poder… Supongo que no os fatigará esta charla.
—No; me interesa —dijo Karenin—, Yo creo que dentro de poco el hombre
dejará de sentir toda clase de fatiga. Yo creo que dentro de poco tiempo habréis
descubierto algún producto que evite toda clase de depresión, substituyendo casi en
seguida nuestros tejidos ya cansados. Esta vieja máquina debe marchar sin ninguna
clase de entorpecimientos.
—Eso es posible, Karenin; pero aún hay mucho que aprender.
—Y todas las horas que empleamos en la digestión y en el reposo, ¿no creéis que
podrán acortarse?
Towler asintió con un movimiento de cabeza.
—Despertar y otra vez volver a dormirse. Cuando el hombre con su espléndido
alumbrado puso término a la noche en sus ciudades y casas —y de esto hace sólo cien
años— empezaron a parecerle excesivas las ocho horas que dedicaba al descanso.
¿No llegará a inventarse alguna substancia gracias a la cual sólo nos baste una hora
de reposo, levantándose otra vez fresco y despejado?
—Trobisher y Ameer Ali han trabajado ya en ese sentido.
—Las enfermedades y achaques propios de la vejez ya pueden corregirse,
prolongando cada vez más los años de la juventud, evitando las contracciones seniles

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del organismo. El hombre podrá llegar alguna vez en plena juventud al término de sus
años aunque alcance longevidad. Podéis aniquilar todos los elementos nocivos del
cuerpo, que determinan la ruina del organismo. Podéis cincelarlo limpiándolo de toda
especie de taras. Los psicologistas han aprendido a moldear las inteligencias
reduciendo y removiendo los complejos de motivos y de pensamiento mal trabados,
suprimir los obstáculos que entorpecen el proceso discursivo y ensanchar las ideas.
Así, paso a paso, cada vez con más eficacia, somos más aptos para transmitir lo que
aprendemos y de fijarlo en la memoria de la raza. La raza, el conocimiento racial, la
ciencia, aúnan continuamente su poder para conducir al individuo humano a su
propio fin. ¿No es así?
Towler dijo que así era, y por algún tiempo Karenin habló del progreso que
alcanzaban los trabajos científicos en la India y en Rusia…
—¿Qué pensáis acerca de la cuestión de la herencia? —preguntó Karenin.
Towler habló del conjunto de investigaciones que había acumulado el genio de
Tchen, que había llegado a definir con claridad las leyes de la herencia, pudiendo ya
determinarse y preverse el sexo de los niños que habían de nacer, su complexión y
muchas de sus cualidades.
—¿Puede «hacerse» eso actualmente?
—Por ahora no es más que un triunfo de laboratorio —dijo Towler—, pero
mañana será aplicable a la práctica.
—¿Habéis oído? —dijo Karenin riendo hacia Edith y Raquel—; mientras
estábamos teorizando acerca de los hombres y de las mujeres los descubrimientos de
la ciencia vienen a poner fin a la vieja discusión. Si hay demasiadas mujeres en el
mundo, ¿cómo pueden determinarse los sexos?; será reduciendo su número, y si no
nos gusta un cierto tipo de hombres y mujeres podrá conseguirse su desaparición
aplicando un procedimiento científico. Esos cuerpos viejos y gastados, todas las
limitaciones del viejo animal, se sueltan, como el gusano su capullo. Cuando os
estaba escuchando imaginaba que el mundo era el gusano de una falena que pronto,
aunque aún temeroso, había de remontar el vuelo.
—Más allá de la humanidad —dijo Kahn.
—No —dijo Karenin—; debemos posar todavía nuestro pie en la tierra que nos ha
hecho, pero la atmósfera dejará pronto de aprisionarnos; este redondo planeta no ha
de encadenarnos durante mucho tiempo.
»Dentro de poco el hombre, que sabe cómo producir extrañas gravitaciones,
alterar las presiones, atenuar la acción de los gases deletéreos, se aventurará algún día
fuera de la tierra; nuestro espíritu nos levantará… Y aquel pequeño galeón del aire
bogará en la altura, siendo ya un punto luminoso que pronto absorberá el azul
inmenso. La cadena de los seres no se interrumpe; lo que unos hombres que ya
perecían lucharon en vano para lograr, lo alcanzará la generación por venir.
»Es como si una ancha ventana se abriera delante de mí —dijo Karenin.

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9
Cuando ya la tarde estaba próxima al crepúsculo Karenin y sus acompañantes
subieron a la parte alta del sanatorio, desde donde podían contemplar mejor la puesta
del sol y el rubor de las montañas encendidas por el orto del astro. Estaban allí dos
cirujanos procedentes de los laboratorios del valle y una enfermera, que poco hacía
entrara para servir a Karenin un refresco en una copa de cristal translúcido. Era una
tarde apacible y despejada bajo el cielo azul profundo. Hacia la parte Norte
resplandecían las luces de dos biplanos que volaban hacia las montañas del Everest,
en donde estaban emplazados los observatorios astronómicos, distantes doscientas
millas de los precipicios ahondados hacia la parte E. La gente que con Karenin estaba
vieron volar los aeroplanos sobre las montañas y desvanecerse después en el azul de
la lejanía. Durante algún tiempo hablaron de los trabajos que se realizaban en el
observatorio. De aquí la conversación derivó a los trabajos de investigación científica
que se emprendían en todo el mundo. Y el pensamiento de Karenin se dirigió otra vez
hacia el hermoso futuro que esplendía ante la imaginación del hombre. Hizo a los
médico-cirujanos algunas preguntas referentes al progreso de su ciencia,
interesándose vivamente en la conversación.
En tanto ellos hablaban tocaba el sol poniente las cimas de los montes. Como un
hemisferio de llama líquida se hundió en la sierra.
Karenin miró parpadeando la oscilación incandescente del último cerco del sol, y
ocultándose los ojos permaneció silencioso.
De repente se estremeció.
—¿Qué es? —preguntó Raquel Borken.
—Me había olvidado.
—¿De qué se había usted olvidado?
—De la operación de mañana. Hoy me interesa tanto el «hombre» que me había
olvidado de Marcos Karenin. Marcos Karenin mañana estará debajo de vuestro
cuchillo, Towler, y, probablemente, Marcos Karenin morirá. —Levantó ligeramente
su mano rugosa—. No importa, Towler. Siempre me ha interesado poco lo que pueda
a mí ocurrirme. ¿Ha sido Karenin quien hace poco hablaba aquí sentado o era sólo
una partícula de la inteligencia humana que ante vosotros representaba su papel?
Ustedes y yo hemos ensartado en nuestra vida un pensamiento sobre otro; pero el
torzal en que se enhebraban no era mío ni vuestro. Yo siento que Marcos Karenin se
vacía del vaso que aprisionó estrechamente su juventud. Vuestra belleza, querida
Edith, y vuestra ancha frente pensadora, mi buena Raquel, y vosotros, Towler, de
mano firme y hábil, las siento tan mías y tan inmediatas a mí como mi propia mano,
que ahora golpea el brazo de esta butaca. El espíritu que desea saber, el espíritu que
nos incita a la acción y habló hoy en nosotros, vivió en Atenas y en Florencia y vivirá
siempre.

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»Y tú, viejo sol de la espada de fuego, enciende por última vez los pobres ojos de
Marcos; ¡pero guárdate de mí! Pensáis acaso que muero; pero en realidad sólo estoy
cambiando de traje para conseguiros. Ya te había amenazado hace diez mil años, y ya
te previne entonces que pronto retornaría. Ya estoy otra vez desnudo, despojado de
mi último disfraz. Ahora, muy pronto, Sol, yo me arrojaré a ti. Yo llegaré hasta ti y
pondré mi pie en tu cara manchada, y te traeré cogido por uno de tus mechones de
fuego. El primer paso será hasta la Luna y desde allí daré un salto hasta ti. Yo he
hablado de ti, viejo Sol, millones de veces, ahora empiezo a recordarlo. Sí, hace ya
mucho tiempo, algunos miles de generaciones ya pasaron, cuando yo andaba
desnudo, y era aún un salvaje hirsuto, yo te señalé con mi mano y te imaginé preso en
mi cepo o trampa. ¿Te has olvidado de esto, viejo Sol?
»Viejo Sol, me recojo del charco individual donde estuve sumergido. Y mis
pensamientos y voliciones se diluyen en la ciencia aunándose para un propósito
común. No te valdrá, Sol, que te ocultes de mí agachándote tras las montañas…

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10
Karenin expresó su deseo de quedar a solas soñando antes de retornar a la celda en
donde dormía. Pareció sentir alivio de una pena que empezaba a turbarle. Lentamente
el aire crepuscular se enfriaba. Karenin se envolvió en sus pieles, y cuando ya la
gente que le acompañaba hubo salido permaneció algún tiempo sentado
contemplando el último lampo del Sol, cuyos débiles reflejos ya dejaban esparcirse la
obscuridad nocturna.
Los que en aquella hora pudieron observar a Karenin sin que él los viera decían
que su actitud era de profunda meditación.
Los blancos picos de las montañas, apenas enrojecidos, fueron tomando su
contorno en el azul frío de la noche. Y las estrellas indianas, que no apaga la luz de la
Luna, tachonando el cielo, empezaron su vigilia.
Tras los precipicios que vieran el horizonte por la parte E. se inició el resplandor
de la Luna, y antes que de ellos emergiera sus rayos oblicuos iluminaban la neblina
tendida en el fondo de las hondonadas, y convertían las torres y pináculos de Lio
Porgynl en una ciudad mágica de ensueño.
El contorno de las rocas del horizonte empezó a iluminarse con una luz fantástica,
y después, como una burbuja que se hincha, destacándose en la superficie de un
líquido, la Luna flotó clara en el cielo de un negro insondable.
Karenin se levantó. Anduvo algunos pasos por la terraza y después se quedó
contemplando la Luna, que parecía un disco de plata. Ese escudo de plata había de ser
la primera conquista en el espacio por el hombre.
Después Karenin se volvió y permaneció en pie, con las manos cruzadas en la
espalda, mirando las estrellas que aparecían hacia la parte Norte.
Al fin, descendiendo, se fué a su celda. Se tendió en el lecho y durmió
profundamente. Por la mañana se le anestesió, preparándole para la operación que
había de sufrir. Al fin la operación se ejecutó.
El resultado fué favorable, pero Karenin, postrado en el lecho, sentíase débil,
aunque muy tranquilo. Cuando transcurrían siete días un grumo de sangre se
desprendió de la cicatriz que había quedado de la operación; este grumo de sangre
llegó al corazón del enfermo y Karenin murió de repente durante la noche.

FIN

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H. G. WELLS. Escritor y filósofo británico, Herbert George Wells fue uno de los
primeros escritores de ciencia ficción, género con el que consiguió convertirse en un
clásico de la literatura de anticipación.
Nacido en 1866, tuvo varios trabajos y comenzó a formarse en Biología. Debido a su
falta de recursos económicos, tardó varios años en licenciarse. Poco después, debido
a problemas físicos, decidió dedicarse a la escritura de manera constante.
Su obra es prolífica, con más de cien libros y multitud de cuentos, y en ella podemos
encontrar tanto obras de ciencia ficción, como La guerra de los mundos (1898) o La
máquina del tiempo (1895) —ambas llevadas al cine en más de una ocasión—, como
obras de corte social, Tono Bungay (1909), o centradas en el estudio de la historia.
De fuertes convicciones políticas, H. G. Wells defendió la posibilidad de una
sociedad utópica, y criticó duramente a políticos y mandatarios, sobre todo en
relación a los conflictos armados y las guerras mundiales.
Wells murió en Londres el 13 de agosto de 1946.

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